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Imperio de Papel - Antología

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Una antología documental para fines didácticos
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IMPERIO DE PAPEL Una antología documental de la historia novohispana

Felipe Castro Gutiérrez

Colección Lecturas Históricas de México Los textos imprescindibles de la historia nacional Coordinador: Enrique Florescano EDITORIAL CAL Y ARENA

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INDICE

Introducción | EL GOBIERNO Bula papal de donación de las islas y tierra firme del Mar Océano al reino de Castilla, 1493. Cédulas, capítulos de ordenanzas que tratan acerca de la jurisdicción del Consejo de las Indias y la orden que se ha de tener en la expedición de los negocios de gobernación, justicia, gracia y merced, 1571. Cédula en que manda cómo y donde han de hacer los que pasaren a las Indias sus informaciones ante la Casa de Contratación de Sevilla, y lo que han de probar, 1552. Instrucción dada al virrey marqués de Montesclaros por el presidente del Consejo de Indias, 1603. Informe de don Juan de Palafox, obispo de la Puebla, al conde de Salvatierra, virrey de esta Nueva España, 1642. Real cédula para que en las Indias haya audiencias y cancillerías reales, 1528. Real cédula para que los oidores no tengan casas propias ni granjerías, ni traten ni contraten por sí ni por interpósitas personas, ni se sirvan de los indios, 1549. Real cédula que manda que no se puedan casar en las Indias ningún virrey, presidente, oidor y alcalde del crimen, ni fiscal de las audiencias de las Indias, 1575. Instrucción a los alcaldes y corregidores de Nueva España, 1571. Real cédula para que se proceda con todo rigor contra los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores que tratan y contratan, 1716 Real cédula aceptando la compra y venta de oficios públicos, 1606. Cédula del emperador Carlos V concediendo el título de marqués del Valle de Oaxaca a Hernán Cortés, 1529. Real cédula a Hernán Cortés haciéndole merced de 22 pueblos y 23.000 indios vasallos, en razón de los servicios prestados, 1529. Ordenanzas de población de Felipe II, 1573 Instrucciones para la reducción de pueblos de indios del virrey conde de Monterrey, 1598. Título de fundación de la villa de Salamanca, 1602. Ordenanzas de gobierno de la nobilísima ciudad de México (introducción), 1728. Instrucciones del visitador de la Nueva España, licenciado Tello de Sandoval, 1543. Orden que para tomar residencia debe seguir la Real Audiencia, 1528. Real cédula a la Real Audiencia ordenando sean hechos pueblos de indios y se elijan autoridades, 1549. Informe del virrey Bucareli sobre la jurisdicción del Juzgado de la Acordada, 1775 Real cédula sobre la fundación de la Armada de Barlovento, 1635. Visita e información sobre los tributos pagados por Tlalmanalco, 1564. LA IGLESIA

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Cédula general dada en declaración del patronazgo real, 1564. Bula Sublimis deus del papa Paulo III sobre la naturaleza de los indios, 1537. Nombramiento del obispo de México como protector de indios y límite de sus facultades, 1530. Testimonio de los principales de Texcoco sobre el culto idolátrico, 1539. Carta de Diego Rodríguez Bibanco, defensor de los indios de Yucatán, sobre que los franciscanos haciéndose inquisidores cometen agravios contra los indios, 1563. Nombramiento de inquisidor apostólico contra la herética pravedad al doctor Pedro de Moya de Contreras para las provincias de Nueva España, 1570. Auto de la Audiencia Real manteniendo la prohibición a los religiosos de San Francisco, Santo Domingo y San Agustín, de azotar, trasquilar y prender indios; y, en cambio, ratificando sus privilegios respecto de las informaciones matrimoniales, 1573. Informe del doctor Luis de Anguis sobre las diferencias y poca conformidad de prelados y religiosos. Consulta del Consejo de Indias sobre que los indios y los mestizos puedan ascender a la dignidad del sacerdocio y las demás eclesiásticas, 1696. Nombramiento y funciones de un cura párroco en Nueva Galicia, 1560. Constituciones de la cofradía de nuestra señora del Tránsito, San Juan Bautista de Xichú, 1742. Memorial y estado actual de las misiones de la Pimería Alta y Baja, 1772. Memorial ajustado de los autos de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, 1665. LA ECONOMIA Real cédula ampliando a 600 varas a la redonda los términos del pueblo de indios y a 1100 varas los límites de fijación de las estancias, 1687 Real cédula a la Audiencia de México admitiendo las reclamaciones de los labradores y corrigiendo las medidas entre pueblos de indios y estancias, 1695. Mandamiento del virrey conde de Monterrey prohibiendo los repartimientos de indios para los ingenios de azúcar, aunque permitiendo que se empleasen en ellos a indios alquilados, 1599. Parecer del asesor general del virreinato, Diego Antonio Cornide, sobre la venta de reos a los obrajes, 1767. Ordenanzas del gremio de algodoneros, 1809 Ordenanzas para el gobierno de las minas de Pachuca y Real del Monte, 1766 Real cédula para que las elecciones de priores y cónsules del Consulado de Comerciantes se realicen según lo propuesto por su Tribunal, 1728. Bando del virrey marqués de Croix sobre organización de la feria de Xalapa, 1769. De la navegación y comercio de las Islas Filipinas, China, Nueva España, y Perú, 1635, 1636. EL TRABAJO, LA SOCIEDAD Y LA VIDA COTIDIANA Las Leyes Nuevas, 1542. Real cédula prohibiendo los servicios personales como parte de la tasación dada al encomendero, 1549.

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Nueva orden sobre la paga y tratamiento de los indios de repartimiento de esta Nueva España, 1599. Real cédula prohibiendo el repartimiento de trabajadores indios, 1632. Bando sobre el trabajo de los peones de las haciendas, 1784. Capítulos que por instrucción y delegación de la ciudad de México fueron expuestos ante su majestad por los procuradores Loaiza y Cherinos, 1542. Informe del padre ministro de San Pablo sobre los inconvenientes de vivir los indios en el centro de la ciudad, 1692. Ordenanzas de esclavos del virrey Antonio de Mendoza, 1548. Testamento de Ana Hernández, negra libre, 1593. Real cédula por la que se prohíbe el juego de gallos, 1688. Bando contra las bebidas prohibidas, 1740. Causa criminal y pesquisa sobre la sublevación y tumulto ejecutado por varios indios rebeldes del pueblo y cabecera de Papantla, 1767. Carta de un vecino de la ciudad de Guanajuato sobre la escasez de maíz y demás semillas en la ciudad y de sus minas, 1785. Los gobernadores y oficiales de república de Pomacuaran y otros pueblos de Michoacán sobre la gravísima falta de semillas y epidemia de peste que padecen, 1786. LOS CAMBIOS DEL SIGLO XVIII Mandamiento reservado al virrey para que proceda de acuerdo con el arzobispo a separar de los curatos o doctrinas a los regulares, 1749. Prospecto de la nueva forma de gobierno político y económico del Hospicio de Pobres de esta capital (fragmento), 1806. Bando contra los vagos, 1806. Bando que declara el fuero y preeminencias que deben gozar las milicias, 1766. Bando para la expulsión de los jesuitas, 1767 Dictamen del virrey Bucareli sobre el proyecto de establecer intendencias en la Nueva España, 1774. Nombramiento de gobernador y capitán general de las Provincias Internas en favor del caballero don Teodoro de Croix, e instrucciones de gobierno, 1776. Instrucción del virrey Bernardo de Gálvez al comandante general Jacobo Ugarte y Loyola, para el gobierno y defensa de las Provincias Internas, 1786. Relación del intendente de Nueva Galicia Jacobo Ugarte y Loyola, sobre providencias tomadas respecto de los bienes de comunidad y fundo legal de los pueblos de indios, 1792. Real cédula para que en los reinos de las Indias se destierren los diferentes idiomas de que se usa y sólo se hable el castellano, 1770. Real cédula sobre bienes de obras pías en América y Filipinas, 1804. Glosario Obras de referencia

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Introducción

Los límites de la autoridad imperial Cuando en el siglo XVI se pensaba en Europa en un "Imperio", no se trataba del agonizante Sacro, Romano y Germánico, sino aquel dirigido por los reyes de España y que se extendía desde Flandes pasando por las Indias hasta llegar a las remotas Filipinas. Aun en sus peores momentos no existió nada comparable en Occidente. Es cierto que en el siglo XVII el Imperio pasó por una grave crisis: agotamiento demográfico, ruina de la economía, quiebra fiscal y pérdida de los Países Bajos y en Portugal. Sin embargo, el progresivo derrumbe de la política imperial europea contrasta con la estabilidad de la administración colonial. Esta aparentemente pesada maquinaria gubernamental logró mantener la integridad esencial de sus dominios indianos, cumplir con sus propósitos evangelizadores, proteger a los indígenas de los peores abusos, contener los ímpetus autonomistas de los colonos y proporcionar cierto orden a este gigantesco y heterogéneo conjunto de reinos, sociedades y culturas. Estos logros son aun más paradójicos cuando se consideran los elementos que atentaban en su contra. En efecto, hablar de un “Estado español” en las Indias solamente puede aceptarse como una imagen literaria. El reino era posesión personal del rey; no existía una distinción entre el gobierno y el gobernante, o entre la hacienda pública y los bienes privados del linaje real. Este concepto patrimonial y personal del poder repercutía en la imposibilidad de establecer una burocracia profesional, centralizada, ordenada por criterios de eficiencia. Importaba más el favor del monarca que los méritos y habilidades; el cargo fácilmente se convertía en una forma de recompensa, en una “merced”. La falta de un

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plan y la ausencia de una idea de división de poderes provocaba la superposición de jurisdicciones y la confusión entre facultades gubernativas, judiciales y legislativas. Por las mismas razones, el sistema fiscal era una acumulación de disposiciones casuísticas, existía una considerable corrupción y era, en conjunto, bastante ineficiente. Como los gastos más urgentes eran siempre los metropolitanos, los funcionarios virreinales estaban mal pagados e incluso, con el tiempo, muchos alcaldes mayores dejaron de recibir salario. Esto obligaba a los representantes del rey a obtener el sustento de sus mismos cargos. Además de los eventuales ingresos derivados del legítimo ejercicio de sus funciones (actas judiciales, multas, etcétera) no había mayor objeción a que utilizaran el puesto para su propio provecho. Así, los oidores buscaban provechoso vínculos conyugales con las familias de la oligarquía local, los alcaldes mayores actuaban como comerciantes que aprovechaban su poder para imponer contratos mercantiles abusivos a los indios y todos los funcionarios traficaban más o menos abiertamente con la concesión de licencias, permisos y mercedes. Se llegó a estimar los “aprovechamientos” de los diferentes cargos y jurisdicciones, esto es, las cantidades que ilegalmente podían obtenerse de su posesión. Agréguese a esto que muchas funciones fiscales y judiciales se delegaban a corporaciones locales (como el Consulado de Comerciantes de México) y numerosos cargos públicos se remataban al mejor postor, pasaban a ser propiedad personal del beneficiario y podían heredarse generación tras generación. La Iglesia, desde luego, gozaba de abundantes privilegios y contaba con su fuero y sus tribunales particulares; en las regiones apartadas y especialmente la frontera norte del virreinato, los misioneros eran los verdaderos representantes de la autoridad imperial. Un aspecto esencial del Estado –el monopolio de la violencia legal, la posibilidad de imponer sus determinaciones por la fuerza- no existía para efectos prácticos. Si dejamos de

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lado la decorativa guardia de alabarderos de los virreyes, las únicas guarniciones permanentes en la Nueva España estaban en los puertos y en las fronteras “de tierra adentro”. En las provincias, los alcaldes mayores y corregidores pagaban de su bolsillo a algunos "ministros de vara" para auxiliarlos en la prisión de delincuentes. Los gobernantes del virreinato llegaron incluso al extremo de privatizar las cárceles mediante la práctica de “vender” los reos condenados a trabajos forzados a los propietarios de obrajes textiles o plantaciones. Puede decirse que el Estado no se había separado de la sociedad como una esfera autónoma y excluyente de ejercicio de la legislación, la justicia y la gobernación. La distinción entre gobernantes y gobernados no era tan clara y nítida como hoy día la asumimos. El espacio de las instituciones se extendía, mezclaba y confundía con el de consulados de comerciantes, gremios de artesanos, personalidades locales e incluso caciques y principales indios. Todos, en mayor o menor medida, eran parte de un sistema político con límites imprecisos y difusos Por eso, a pesar el despotismo nominal de la monarquía, la vida política cotidiana incluía una amplia dosis de consultas, negociaciones, discretas presiones y compromisos sobreentendidos que eran la clave de la estabilidad política. Este sistema permitía asimilar cierto grado de cambios, acomodar las fuerzas en conflicto, disolver las tensiones, mantener la imagen del monarca como fuente de autoridad lejana, poderosa y justiciera y mantener la paz del reino con un mínimo de recursos. Los virreyes y otros altos funcionarios designados por el monarca para gobernar la Nueva España tenían necesariamente que utilizar el prestigio anexo a su cargo y su facultad de conceder mercedes y honores para edificar una cuidadosa red de lealtades, amistades y clientelas personales. El éxito de estos funcionarios dependía de su habilidad para moverse

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en la trama de este complejo tejido político. Debían promover los intereses metropolitanos, pero al mismo tiempo no traspasar los límites implícitos que mantenían la obediencia y el respeto dados a los representantes del rey. Buena muestra de este delicado equilibrio se encuentra en la política económica de la Corona. Una constante general se advierte en esta legislación: la economía no constituye en esta época un área separada y autónoma del conocimiento. Por el contrario, la actividad productiva está siempre a medio camino entre la idea del "bien común", de que la economía debe servir a la "república" y constituir el fundamento de un orden cristiano, y las presiones de los grupos de poder, las necesidades concretas inmediatas y las urgencias fiscales de la Corona. Esta contradicción aparece bien en las vacilaciones respecto a la extensión de las "tierras por razón de pueblo" (que concordaba con el proteccionismo oficial hacia los pueblos de indios pero perjudicaba a poderosos hacendados), la hostilidad contra los ingenios azucareros (que producían una mercancía que atendía más al gusto que a la necesidad) o los jaloneos respecto a la prohibición del juego de gallos (que fomentaba las "malas costumbres") y al comercio del pulque (que provocaba embriaguez y “ofensas a ambas majestades) pero que eranfiscalmente rentables. Los desafíos que afrontaban los gobernantes indianos eran sin duda delicados y complejos; pero no lo eran menos los que atendía la jerarquía eclesiástica. En ocasiones se contempla la iglesia colonial como una vasta, coherente, y monopólica estructura, que impuso sus creencias y su autoridad de manera incontestable. La realidad era, desde luego, mucho más variada e inestable. Para empezar, la Iglesia tuvo que crear y aceptar una estructura sui generis, dirigida para efectos prácticos por los miembros de las órdenes regulares, encargados de llevar a cabo la evangelización de millones de “gentiles”. Esta irregularidad fue motivo de interminables problemas y conflictos que no se resolvieron

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plenamente sino hasta fines del siglo XVIII. La misma estrecha vinculación entre Imperio e Iglesia que en los siglos iniciales fue esencial para la legitimación de la conquista y la conversión de los sometidos, pasó por momentos de fricción y derivó a la larga en una situación de fricciones y golpes de mano que muchos consideraron que ponía en cuestión la existencia misma de los “justos títulos” de España sobre Indias. Incluso, hablar de “la Iglesia” es una simplificación que oculta una institución dividida (y en ocasiones fracturada) en varias corporaciones, reglas, proyectos evangélicos, condiciones sociales, influencia y poder económico. Buena prueba de esta heterogeneidad fueron los experimentos, fracasos y soluciones a medias que aquejaron a una cristiandad indiana que se había soñado perfecta, libre de la corrupción, los compromisos dudosos y los vicios del Viejo Mundo. Los documentos que aquí se incluyen ilustran estas pugnas entre corporaciones y personalidades eclesiásticas – que, más allá de las cuestiones puramente personales, encarnaban distintos proyectos de cristiandad- y ponen una atención particular al espinoso y nunca bien resuelto problema de cómo resolver los casos de herejía y apostasía entre los nuevos conversos. Por otro lado, atienden asimismo a los éxitos más duraderos de la Iglesia: la creación de asociaciones de largo arraigo, como las cofradías y, desde luego, la aparición y fomento del culto guadalupano. Que estas instituciones y creencias no evolucionaran exactamente en el sentido que sus fundadores y promotores esperaban y que en ocasiones acabaran por amenazar el mismo orden colonial es, en cierto sentido, testimonio del éxito paradójico de la Iglesia indiana. La conjunción de los planes, éxitos y fracasos de la Iglesia y el Estado español, la migración de un número considerable de colonos europeos y la relación contradictoria, variada e imprevisible que establecieron con los grupos indígenas y los esclavos traídos del

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continente africano dio lugar a la formación de una sociedad extremadamente compleja. Esta antología procura dar razón del programa político de los colonos, de su temor a los indios y negros, de los problemas que conllevaba introducir un orden y un concierto en una sociedad heterogénea, unida por pasiones comunes y a la vez dividida por tensiones que a veces derivaban en episodios de violencia; pero, también, la obra busca proporcionar una imagen del mestizaje y de la aparición y paulatina consolidación de solidaridades y valores compartidos. Esta compilación cierra con varios documentos pertenecientes al periodo de las "reformas borbónicas" de las últimas décadas del siglo XVIII. Estas innovaciones gubernamentales procuraron modificar radicalmente las relación entre la metrópoli y sus dominios indianos. En particular, la intención fue desplazar a la Iglesia como pilar y fundamento de la autoridad, hacer más eficiente la recaudación fiscal, crear una burocracia profesional obediente y confiable, combatir la influencia de las corporaciones y oligarquías locales, poner un firme control sobre los pueblos de indios y la plebe urbana, e instaurar fuerzas militares que respaldaran con las armas estas innovaciones y reprimieran cualquier intento de protesta. A la larga, estas disposiciones consiguieron un éxito solamente relativo debido tanto a las dudas y ambigüedades de los gobernantes como a la capacidad de la sociedad novohispana para limitar, cooptar y reinterpretar en su propio beneficio muchas de las disposiciones e instituciones llegadas desde la metrópoli. Un Imperio de papel Tanto en su vertiente tradicional como en la que sobrevino con las reformas borbónicas, el sistema imperial giraba en torno a la figura real. Esta concentración de facultades legislativas, gubernativas y judiciales creaba inevitablemente un sistema burocrático que se asemejaba a una pirámide. Los litigios, las leyes y ordenanzas, las

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decisiones judiciales, las normas sobre el comercio, la minería, los derechos de los ayuntamientos, las peticiones, propuestas, solicitudes de honores y mercedes, nombramientos de funcionarios, creación de obispados, erección de pueblos y misiones...todo lo que era de cierta importancia derivaba hacia el monarca. Desde luego, los reyes no se ocupaban personalmente de todos estos asuntos; gobernaban con ayuda de consejos, tribunales y funcionarios a los que delegaban parte de su autoridad y que con sus sentencias y disposiciones iban poco a poco generando una jurisprudencia aplicable. Aun así, estas corporaciones y personalidades debían constantemente consultar, dar opiniones, informar o excusarse ante la autoridad central. Siempre era posible que el rey los llamara a cuentas, o se hiciera presente a través de los temidos y detestados “jueces visitadores” que podían averiguar, encausar, encarcelar y embargar bienes a los funcionarios incumplidos o que mostraban demasiada iniciativa en el desempeño de su cargo. Así, la primera preocupación de todo colonizador, conquistador o funcionario era poner sus actos y sus derechos por escrito. Las ciudades, las haciendas, la posesión de bienes, los privilegios, no existían hasta que se registraban en un documento y éste era entregado a la autoridad competente Todo esto motivaba un constante ir y venir de papeles, ordenanzas, cédulas, cartas, relaciones, pareceres, consultas y mandamientos de toda índole. El concepto de "despotismo burocrático" colonial, inicialmente surgido de la polémica marxista sobre el modo de producción, tiene aquí una aplicación inesperada. No es seguro que los españoles inventaran la burocracia moderna; pero no hay duda de que la llevaron a un grado de centralidad, complejidad y organización hasta entonces desconocidos. Si el rey era la cabeza de la res publica, la documentación era su sistema nervioso. Los dominios españoles eran, literalmente, un Imperio de papel.

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Es comprensible, entonces, la añeja y prolongada fascinación de los historiadores por compilaciones de leyes, cedularios y ordenanzas como un medio privilegiado para obtener una imagen del pasado colonial. Estos documentos tienen la indudable ventaja de presentar una imagen amplia y detallada de la legislación sobre cada aspecto de la vida indiana; dado que eran documentos frecuentemente de carácter confidencial, permiten acceder a los entretelones de los conflictos y polémicas de la época; y al seguir su evolución al través del tiempo, puede contemplarse una sociedad colonial que fue construida con dudas, utopías, errores y rectificaciones. A diferencia de las “crónicas” e “historias” escritas para el público en general, que tienen una intención y un mensaje más o menos explícito, las ordenanzas, cédulas e informes presentan de una manera más cruda e inmediata las preferencias, afinidades y odios de los protagonistas. Parece claro que no es posible dejar sin más de lado las preocupaciones morales de los gobernantes como si fuesen vacías declaraciones de principios. Estas inquietudes generaban leyes, instituciones y tradiciones duraderas; de aquí se derivaron, por ejemplo, el reconocimiento legal de los pueblos de indios (con el derecho al uso exclusivo de sus tierras y aguas, aceptación de sus “usos y costumbres”, y gobierno local autónomo), el concepto del gobernante como padre protector de los humildes y buena parte de la legislación mexicana contemporánea sobre la propiedad nacional de los recursos naturales. En muchos casos estas disposiciones objetivamente perjudicaron a la oligarquía colonial y resultaron contrarias a la buena marcha de la economía, como sucedió a raíz de la liberación de esclavos indios y las limitaciones impuestas a las encomiendas. Sin embargo, esta documentación tampoco puede leerse y aceptarse sin precaución. De creer al pie de la letra las disposiciones legales, el Imperio habría estado gobernado por piadosas intenciones, rectas voluntades e impecables moralidades personales; los aspectos

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más negativos (la virtual esclavización y casi extinción de la población indígena en las Antillas Mayores, por ejemplo) habrían sido incidentes provocados por la fatalidad o bien por la falibilidad humana. Esta versión formal y legalista de la historia provocó inevitablemente su contraparte: las ideas de justicia, la protección a los indios, la preocupación por el bien común fueron simples justificaciones ("ideologías" en el sentido marxista clásico) destinadas a encubrir el saqueo colonial o la violencia de la imposición religiosa. La polémica sobre la "verdadera naturaleza" del dominio español ha sido larga, apasionada y cada tanto es reavivada por nuevas conmemoraciones o acontecimientos tales como la rebelión neozapatista de Chiapas. Esta añeja y circular polémica vino a tomar un nuevo giro con el apogeo, a mediados del pasado siglo vigésimo, de la historia social y económica. La nueva manera de ver las cosas trajo consigo un interés por el estudio de los grupos subordinados que hasta entonces habían estado en el trasfondo de la investigación histórica, por la aproximación cercana y minuciosa a las regiones, pueblos e instituciones, y un nuevo énfasis por las realidades “profundas” de la economía y la demografía. Una consecuencia del cambio de perspectiva fue cierto menosprecio hacia las grandes compilaciones legales en favor de los documentos de archivos parroquiales, notariales y provinciales, una mayor atención por las cartas e informes de funcionarios menores, y una relectura de los documentos en búsqueda de datos no explícitos, de indicios que podrían remitir hacia las ideas y las normas no escritas que permiten comprender el amplio espacio existente entre el ideal previsto por las leyes y la realidad cotidiana de la sociedad. La tendencia reciente en la producción historiográfica ha procurado conciliar estas explicaciones antagónicas. En conjunto, la política imperial no puede reducirse sin más a un determinismo simplista. Por el contrario, parece resultar de la compleja y no siempre

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previsible interacción entre los imperativos jurídicos, las urgencias y necesidades de la Corona y la influencia de grupos de poder (los comerciantes, los ayuntamientos...) tanto metropolitanos como coloniales. Asimismo, las quejas y la resistencia de los trabajadores de los obrajes, los esclavos de las plantaciones y los comuneros indígenas también incidieron en el desarrollo de la sociedad colonial, así fuese de una manera lateral y muchas veces con terribles costos colectivos. Acerca de esta edición Esta antología procura, en cierto modo, realizar una síntesis de la experiencia historiográfica relativa a los documentos. Incluye las leyes y disposiciones generales que, aunque no siempre se siguieran al pie de la letra constituían el marco de referencia para los actores sociales; pero, asimismo, reproduce informes y opiniones reservadas de funcionarios y personalidades que nos entregan una visión crítica de las realidades sociales y políticas. Asimismo, la selección contempla documentos provenientes de archivos parroquiales y notariales, que nos da una textura cotidiana de la historia “menor” y de la manera en que vivía y moría la gente sencilla del pasado colonial. Por otro lado, esta compilación ha intentado reunir materiales que puedan resultar al mismo tiempo útiles para profesores y alumnos que necesitan materiales de referencia sobre el conjunto de la sociedad y la vida institucional novohispana, y que al mismo tiempo resulte atractiva para el lector que se acerca a estas páginas por el simple deseo y placer de acercarse al pasado colonial. Cada documento viene precedido de una breve introducción que ubica y explica su contexto, y de breves referencias bibliográficas pensadas para el caso de que el lector requiera lecturas adicionales sobre el tema. Dado que esta compilación se orienta hacia un público amplio, se optó por modernizar la ortografía y, en algunos pocos casos, modificar la

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puntuación para hacer más comprensible el texto. En ciertos documentos demasiado extensos para reproducirlos aquí íntegramente, se indica con puntos suspensivos donde se suprimió parte del original.
El lector hallará notas aclaratorias en algunas alusiones en los documentos que pueden presentar alguna duda, así como para algunos giros verbales y arcaísmos.

El autor quiere agradecer la entusiasta colaboración de Gerardo Lara Cisneros en la labor de selección y ubicación de diversos documentos, y de Lilia Cervantes, quien con su acostumbrada eficiencia capturó varios de los textos de esta obra. Felipe Castro Gutiérrez

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EL GOBIERNO Bula papal de donación de las islas y tierra firme del Mar Océano al reino de Castilla.1 La bula papal de 1493 constituye un documento fundamental para la comprensión del dominio español en América, la importancia concedida a la evangelización, la influencia de la Iglesia indiana y la condición jurídica del indio. Apoyándose en la teoría de la jurisdicción universal del papa como vicario de Jesucristo, la bula traza los límites entre el Imperio español y el portugués y prohíbe la intrusión de cualquier otro príncipe cristiano. Además describe a los “indios” como un grupo de una naturaleza afín a las virtudes evangélicas y que poseen una intuición de la existencia del verdadero Dios, por lo cual se confía a los Reyes Católicos su evangelización y conversión a la verdadera fe. Esta definición fue hábilmente utilizada por los escritores “indigenistas” como Las Casas, quienes argumentaron que la bula papal excluía el despojo de los señoríos y bienes de los indígenas, así como la existencia de instituciones que, como la encomienda y la esclavitud, se orientaban a exigir coercitivamente trabajo y tributo a los nativos. La Corona española recurrió a la bula papal para legitimar sus pretensiones al dominio exclusivo de las Indias, pero mantuvo una ambigua reserva frente a las limitaciones que implícitamente señalaba el documento. La fórmula oficial llegó con el tiempo a sostener que los dominios ultramarinos pertenecían al rey “por donación papal y otros justos títulos”. Alejandro, obispo, siervo de los siervos de Dios. A los ilustres carísimo en Cristo, hijo rey Fernando, y muy amada en Cristo, hija Isabel, reina de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia y de Granada, salud y bendición apostólica. Lo que más, entre todas las obras, agrada a la divina majestad y nuestro corazón desea es que la fe católica y religión cristiana sea exaltada mayormente en nuestros tiempos, y que en toda parte sea ampliada y dilatada, y se procure la salvación de las almas, y las bárbaras naciones sean deprimidas y reducidas a esa misma fe. Por lo cual, como quiera que a esta sacra silla de San Pedro, a que por favor de la divina clemencia, aunque indignos, hayamos sido llamados, conociendo de vos que sois reyes y príncipes católicos verdaderos, cuales sabemos que siempre lo habéis sido, y vuestros preclaros hechos de que ya casi todo el mundo tiene entera noticia lo manifiestan, y que no solamente lo deseáis, más que con todo conato, esfuerzo, fervor y
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. Fuente: Agustín de Solórzano y Pereyra, Política indiana, México, Secretaría de Programación y Presupuesto, 1979, p. 43-45.

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diligencia, no perdonando a trabajos, gastos ni peligros, y derramando vuestra propia sangre lo hacéis, y que habéis dedicado desde atrás a ello todo vuestro ánimo y todas vuestras fuerzas como lo testifica la recuperación del reino de Granada que ahora con tanta gloria del divino nombre hicisteis, librándole de la tiranía sarracena. Dignamente somos movidos, no sin causa, y debemos favorablemente y de nuestra voluntad, concederos aquello mediante lo cual cada día con más ferviente ánimo, a honra del mismo Dios y ampliación del imperio cristiano, podáis proseguir este santo y loable propósito de que nuestro inmortal Dios se agrada. Entendimos que desde atrás habíais propuesto en vuestro ánimo buscar y descubrir algunas islas y tierras firmes remotas e incógnitas, de otros hasta ahora no halladas, para reducir los moradores y naturales de ellas al servicio de nuestro redentor y que profesen la fe católica, y que por haber estado muy ocupados en la recuperación del dicho reino de Granada no pudisteis hasta ahora llevar a deseado fin este vuestro santo y loable propósito; y que finalmente, habiendo por voluntad de Dios cobrado el dicho reino, queriendo poner en ejecución vuestro deseo, proveísteis al dilecto hijo Cristóbal Colón, hombre apto y muy conveniente a tan gran negocio y digno de ser tenido en mucho, con navíos y gente para semejantes cosas bien apercibidos no sin grandísimos trabajos, costas y peligros, para que por la mar buscase con diligencia las tales tierras firmes e islas remotas e incógnitas adonde hasta ahora no se había navegado, las cuales, después de mucho trabajo, con el favor divino, habiendo puesto toda diligencia, navegando por el Mar Océano, hallaron ciertas islas remotísimas y también tierras firmes que hasta ahora no habían sido por otros halladas, en las cuales habitan muchas gentes que viven en paz y andan, según se afirma, desnudas y que no comen carne, y a lo que los dichos vuestros mensajeros pueden colegir, estas mismas gentes que viven en las susodichas islas y tierras firmes creen que hay un Dios creador en los cielos y que parecen asaz aptos para

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recibir la fe católica y ser enseñados en buenas costumbres, y se tiene esperanza que si fuesen doctrinados se introduciría con facilidad en las dichas tierras e islas el nombre del salvador, señor nuestro Jesucristo; y que el dicho Cristóbal Colón hizo edificar en una de las principales de las dichas islas una torre fuerte, y en guarda de ellas puso ciertos cristianos de los que con él habían ido para que desde allí buscasen otras islas y tierras firmes remotas e incógnitas, y que en las dichas islas y tierras ya descubiertas se halla oro y cosas aromáticas y otras muchas de gran precio, diversas en género y calidad. Por lo cual, teniendo atención a todo lo susodicho con diligencia, principalmente a la exaltación y dilatación de la fe católica, como conviene a reyes y príncipes católicos y a imitación de los reyes vuestros antecesores de clara memoria, propusisteis con el favor de la divina clemencia, sujetar las dichas islas y tierras firmes y los habitadores y naturales de ellas, reducirlos a la fe católica. Así que Nos, alabando mucho en el señor este vuestro santo y loable propósito, y deseando que sea llevado a debida ejecución y que el mismo nombre de nuestro salvador se plante en aquellas partes, os amonestamos mucho en el señor y por el sagrado bautismo que recibisteis, mediante el cual estáis obligados a los mandamientos apostólicos, y por las entrañas de misericordia de nuestro señor Jesucristo, atentamente os requerimos que cuando intentáredes emprender y proseguir del todo semejante empresa queráis y debáis con ánimo pronto y celo de verdadera fe inducir los pueblos que viven en tales islas y tierras a que reciban la religión cristiana y que en ningún tiempo os espanten los peligros y trabajos, teniendo esperanza y confianza firme que el omnipotente Dios favorecerá felizmente vuestras empresas. Y para que siéndoos concedida la liberalidad de la gracia apostólica, con más libertad y atrevimiento toméis el cargo de tan importante negocio, motu propio2 y no a
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. De propia voluntad.

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instancia de petición vuestra ni de otro que por vos nos la haya pedido, más de nuestra mera libertad y de cierta ciencia y de plenitud del poderío apostólico, todas las islas y tierras firmes halladas y que se hallaren descubiertas y que se descubrieren hacia el occidente y mediodía, fabricando y componiendo una línea del polo Artico, que es el septentrión, al polo Antártico, que es el mediodía, ora se hayan hallado islas y tierras ora se hayan de hallar hacia la India o hacia otra cualquier parte, la cual línea diste de cada una de las islas que vulgarmente dicen de Azores y Cabo Verde, 100 leguas hacia el occidente y mediodía; así que todas las tierras firmes e islas halladas y que se hallaren descubiertas y que se descubrieren desde la dicha línea hacia el occidente y mediodía, que por otro rey o príncipe cristiano no fuesen actualmente poseídas hasta el día del nacimiento de nuestro señor Jesucristo próximo pasado del cual comienza el año presente de 1493, cuando fueren por vuestros mensajeros y capitanes halladas algunas de las dichas islas, por la autoridad del omnipotente Dios, a Nos en San Pedro concedida, y del vicariato de Jesucristo que ejercemos en las tierras, con todos los señoríos de ellas, ciudades, fuerzas, lugares, villas, derechos, jurisdicciones y todas sus pertenencias, por el tenor de las presentes las damos, concedemos y asignamos perpetuamente a vos y a los reyes de Castilla y de León vuestros herederos y sucesores. Y hacemos, constituimos y diputamos a vos y a los dichos vuestros herederos y sucesores, señores de ellas con libre, lleno y absoluto poder, autoridad y jurisdicción, con declaración que por esta nuestra donación, concesión y asignación, no se entienda ni se pueda entender que se quite ni haya de quitar el derecho adquirido a ningún príncipe cristiano que actualmente hubiera poseído las dichas islas y tierras firmes hasta el susodicho día de natividad de nuestro señor Jesucristo. Y allende de esto, os mandamos en virtud de santa obediencia, que así como también lo prometéis, y no dudamos por vuestra grandísima devoción y magnanimidad real que <no> le dejaréis de hacer, procuraréis enviar

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a dichas tierras firmes e islas, hombres buenos, temerosos de Dios, doctos, sabios y expertos, para que instruyan a los susodichos naturales y moradores en la fe católica y les enseñen buenas costumbres, poniendo en ello toda la diligencia que convenga. Y del todo inhibimos a cualesquier personas de cualquier dignidad, aunque sea real o imperial, estado, grado, orden o condición, so pena de excomunión latae sententiae3, en la cual por el mismo caso incurran si lo contrario hicieren, que no presuman ir, por haber mercaderías o por otra cualquier causa, sin especial licencia vuestra y de los dichos vuestros herederos y sucesores, a las islas y tierras firmes halladas y que se hallaren descubiertas y que se descubrieren hacia el occidente y mediodía, fabricando y componiendo una línea desde el polo Artico, ora las tierras firmes o islas sean halladas y que se hayan de hallar, hacia la India o hacia cualquier otra parte, la cual línea diste de cualquiera de las islas que vulgarmente llaman de las Azores y Cabo Verde como queda dicho, no obstante constituciones y ordenanzas apostólicas y otras cualesquiera que en contrario sean, confiando en el señor, de quien proceden todos los bienes, imperios y señoríos, que encaminando vuestras obras pías, si proseguís este santo y loable propósito, conseguirán vuestros trabajos y empresas en breve tiempo, con felicidad y gloria de todo el pueblo cristiano, prosperísima salida. Y porque sería dificultoso llevar las presentes letras a cada lugar donde fuere necesario llevarse, con los mismos motu y ciencia, mandamos que a sus trasuntos4, firmados de mano de notario público para ello requerido y corroborados con sello de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica o de algún cabildo eclesiástico, se les dé la misma fe, en juicio y fuera de él y en otra cualquier parte, que se daría a las
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. Excomunión amplia, habitualmente mencionada como excomunión mayor; es una censura eclesiástica que excluye al afectado de la comunión con los creyentes, inhabilita para recibir sacramentos y para ejercer el ministerio. Se produce por el mismo hecho de cometer el acto censurado, sin necesidad de declaratoria expresa. 4 . Copia o transcripción de un documento.

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presentes si fuesen exhibidas y mostradas. Así que a ningún hombre sea lícito quebrantar o con atrevimiento temerario ir contra esta nuestra carta de encomienda, amonestación, requerimiento, donación, concesión, asignación, constitución, diputación, decreto, mandado, inhibición y voluntad, y si alguno presumiere intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación del omnipotente Dios y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo. Dada en Roma, en San Pedro, a cuatro de mayo del año de la encarnación del señor de 1493, en el año primero de nuestro pontificado. Bibliografía recomendada: Silvio Zavala, La filosofía política en la conquista de América, México, Fondo de Cultura Económica, 1947, 163 p. Clarence H. Haring, El Imperio español en América, México, Alianza, 1990, 490 p. ________________________________________________________

Cédulas, capítulos de ordenanzas que tratan acerca de la jurisdicción del Consejo de las Indias y la orden que se ha de tener en la expedición de los negocios de gobernación, justicia, gracia y merced (1571)5 La conquista y colonización de las “Islas y Tierra Firme del Mar Océano” sorprendió a la Corona de Castilla sin una estructura institucional capaz de gobernar y administrar los nuevos, lejanos y desconocidos territorios. Desde principios del siglo XVI fue creciendo lentamente un conjunto de funcionarios que integraron lo que se denominó informalmente “Consejo de Indias”, dependiente del Consejo de Castilla. Fue sólo en 1524 que el Consejo se convirtió en una instancia separada, con un presidente (generalmente un eclesiástico), y varios consejeros que por lo común eran otros eclesiásticos, juristas y en ocasiones funcionarios con experiencia colonial. La institución fue creando reglas y adoptando decisiones a medida que se iban presentando situaciones particulares, y no fue sino hasta 1542 cuando en la parte inicial de las Leyes Nuevas se establecieron ordenanzas para su gobierno interno. El Consejo tenía jurisdicción sobre todos los asuntos legales, militares, administrativos y fiscales de Indias; como organismo consultor, proponía decisiones al rey, quien usualmente seguía su dictamen. Era instancia de última apelación en las decisiones de las audiencias (en casos trascendentes) y vigilaba las prerrogativas que el real patronato daba al rey sobre la Iglesia indiana. La única excepción a estas amplias facultades eran las causas inquisitoriales, que dependían del Supremo Tribunal de la Inquisición.
. Fuente: Diego de Encinas, Cedulario indiano, ed. Alfonso García Gallo, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1945, vol. I. p.1, 4.
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La actuación del Consejo ha sido criticada en el sentido de que era lento, burocrático, rara vez tomaba iniciativas de reformas, y en ocasiones resultaba evidente su desconocimiento de la realidad indiana. Sin embargo, logró mantener la integridad fundamental y el funcionamiento del Imperio durante casi dos siglos, hasta que en el XVIII, en el contexto de las reformas borbónicas, fue paulatinamente relegado a un papel secundario por el nombramiento de ministros de Marina e Indias, . Por otro lado, puede decirse que indirectamente su rutina y lentitud burocrática favorecieron la tendencia hacia una cierta autonomía de las oligarquías coloniales y la configuración de redes locales de autoridad e influencia. Cap. 1 De las ordenanzas del Consejo Real de las Indias, hechas en 24 de septiembre de 1571 años, que trata de los ministros y oficiales6 que ha de haber en él. Primeramente, considerando los grandes beneficios y mercedes que de la benignidad soberana habemos recibido, y de cada día recibimos con el acrecentamiento y ampliación de los reinos y señoríos de las nuestras Indias; y entendiendo bien la obligación y cargo que con ellos se nos impone, procuramos de nuestra parte, después del favor divino, poner medios convenientes para que tan grandes reinos y señoríos sean regidos y gobernados como conviene. Y porque en las cosas del servicio de Dios nuestro señor, y bien de aquellos estados se provea con mayor acuerdo, deliberación y consejo. Establecemos y ordenamos que siempre en nuestra corte residan acerca de Nos en el nuestro Consejo de las Indias un presidente de él y los consejeros letrados que la ocurrencia y necesidad de los negocios demandaren que por ahora se han hecho, y un fiscal, que todos sean personas aprobadas en costumbres y limpieza de linaje, temerosos de Dios, y escogidos en letras y prudencia; un secretario que refrende y dos escribanos de cámara, expertos y diligentes en sus oficios, y de la fidelidad que se requiere; el uno que entienda y se ocupe en las cosas de gobernación, y otro ante quien pasen las de justicia; dos relatores, un abogado y un procurador de pobres; un solicitador fiscal, y los porteros necesarios; dos
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. Los funcionarios del rey.

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contadores de cuentas hábiles y suficientes; un receptor de penas de cámara; un registrador y un canciller y un alguacil y un cosmógrafo cronista. Los cuales todos sean de la habilidad y suficiencia que se requiere; y antes de ser admitidos a sus oficios, hagan juramento según de derecho lo deben hacer, de quien bien y fielmente los usarán y guardarán las ordenanzas del Consejo, y el secreto de él. ...... Cap. XXIII. De las dichas ordenanzas, que trata de los casos y cosas que más particularmente se ha de conocer y tratar en el Consejo. Tenemos ordenado que los del Consejo de Indias se abstengan cuanto se pudiere en cosas de justicia entre partes, a fin que para las de gobierno haya más tiempo y lugar. Por lo cual mandamos que solamente conozca el dicho Consejo de las visitas que se toman a los virreyes, presidente y oidores y oficiales de nuestras audiencias y hacienda, y a los gobernadores proveídos con títulos nuestros. Y asimismo de los pleitos de segunda suplicación que por comisión nuestra les fueren cometidos, conforme a lo que por Nos está mandado; y de los pleitos y demandas puestas sobre repartimientos de indios de que, según lo que por Nos proveído, no pueden ni deben conocer las audiencias. Item, conozcan de todas las causas criminales que vinieren al Consejo en grado de apelación, de los oficiales de la Casa de Contratación que reside en Sevilla; y de los <litigios> civiles que fueren de la cantidad que está ordenado; y de los otros, de que conforme a las leyes de este libro pudieren y debieren conocer; y no advoque a sí los pleitos y negocios de que deben conocer las nuestras audiencias y cancillerías reales de la Indias, conforme a las ordenanzas de ellas; salvo si se ofreciere algún negocio grave y de calidad, que les parezca que se debe advocar al Consejo, porque en tal caso permitimos que lo puedan hacer por cédula nuestra. Bibliografía recomendada:

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Gildes Bernard, Le Secretariat d`Etat et le Conseil espagnol des Indes (1700-1808), Genėve, Droz, 1972, viii-296 p. Clarence H. Haring, El Imperio español en América, México, Alianza, 1990, 490 p. ________________________________________________________

Cédula en que manda cómo y donde han de hacer los que pasaren a las Indias sus informaciones ante la Casa de Contratación de Sevilla, y lo que han de probar, 1552.7 La Casa de Contratación, fundada en 1503 en Sevilla y posteriormente trasladada al vecino puerto de Cádiz, tenía la facultad de dirigir, regular y cobrar impuestos sobre todas las mercancías (incluyendo metales preciosos) que circulaban entre España e Indias; de manera particular, se encargaba de que la flota que una vez al año cruzaba el océano partiera en tiempo y a cargo de naves y pilotos adecuados. La Casa vigilaba asimismo que todos los pasajeros que se embarcaban con destino a ultramar fuesen debidamente registrados y cumplieran con las disposiciones legales que excluían a quienes fuesen “sospechosos en la fe” y restringían el viaje de los casados que no fuesen acompañados de sus esposas. A pesar de estas reglas, fuese por ineficiencia de los funcionarios o por la existencia de influencias y corrupción, pasaron a Indias muchas personas que en teoría tenían prohibido emigrar. El caso más notorio fue de los judíos conversos portugueses, que desde fines del siglo XVI fueron perseguidos con saña por la Inquisición novohispana. El príncipe. Oficiales del emperador rey mi señor que residís en la ciudad de Sevilla en la Casa de Contratación de las Indias. A Nos se ha hecho relación que muchos de los pasajeros y personas que conforme a lo que por Nos está mandado, y a las licencias que de Nos llevan, pueden pasar a las Indias, al tiempo que van a esa Casa a dar las informaciones de si son casados o no, o de lo demás que son obligados de darla, presentan testigos falsos para probar lo que ellos quieren cerca de esto, de donde viene que muchos que son casados dan información que son libres y se hacen otros fraudes de que Dios nuestro señor y Nos somos muy deservidos. Y queriendo proveer en ello, visto por los del Consejo de las Indias de su majestad, fue acordado que debía mandar dar esta mi cédula para vos, y yo túvelo por
. Fuente: Diego de Encinas, Cedulario indiano, ed. Alfonso García Gallo, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1945, vol. I, p. 397.
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bien; porque vos mando que de aquí adelante no dejéis ni consintáis pasar a ninguna parte de las Indias a ningún pasajero ni a otra persona de aquellas que pudieren pasar conforme a lo que por Nos está proveído y mandado, o que llevaren cédula de licencia nuestra, sin que lleven y presenten ante vosotros informaciones hechas en sus tierras y naturalezas, así como las habían de dar en esa Casa, por donde conste si son casados o solteros, y las señas y edad que tienen, y que no son de los nuevamente convertidos a nuestra santa fe católica de moro o de judío, ni hijo suyo ni reconciliados, ni hijos ni nietos de personas que públicamente hubieren traído sambenito, ni nietos de quemados o condenados por herejes por el delito de la herética pravedad, por línea masculina ni femenina, y con aprobación de la justicia 8 de la ciudad, villa o lugar donde la tal información se hiciere, en que se declare como la persona que así da la tal información es libre o casado, y con las tales informaciones y aprobación de la justicia y con las otras diligencias que en esta Casa hubieren de hacer, dejaréis pasar a aquellos que conforme a lo que por Nos está mandado puedan pasar a aquellas partes o a los que llevaren expresas licencias nuestras, y no de otra manera. Y porque lo suso dicho venga a noticia de todos, y ninguno de ellos pueda pretender ignorancia, haréis pregonar esta nuestra cédula en las gradas de esa ciudad, por pregonero y ante escribano público. Hecha en Madrid, a 5 días del mes de abril de 1552 años. Yo el príncipe. Bibliografía recomendada: Lutgardo García Fuentes, El comercio español con América, 1650-1700, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1980, xxvi-574 p. Clarence H. Haring, Comercio y navegación entre España y las Indias en la época de los Habsburgos, México, Fondo de Cultura Económica, 1939, xxvi- 460 p. ________________________________________________________

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. El funcionario que representa la justicia del rey en determinado lugar.

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Instrucción dada al virrey marqués de Montesclaros por el presidente del Consejo de Indias, 14 de enero de 1603.9 Desde el arribo de Antonio de Mendoza en 1535, el virreinato estuvo gobernado por virreyes. La adopción de esta institución vino de la necesidad de contar en estos lejanos dominios con un gobernante procedente de la alta nobleza metropolitana, con experiencia militar y que pudiera actuar como el “otro yo” del rey, convocando en torno a su persona la lealtad y devoción que inspiraba la figura real. Los virreyes tenían facultades superiores en materia administrativa, hacendaria y de gobierno. Como capitanes generales contaban con supremas facultades militares en defensa de las fronteras contra los grupos indígenas del norte y contra los piratas que amenazaban las costas, así como para evitar y castigar tumultos y rebeliones. El virrey nombraba y supervisaba a los gobernadores, alcaldes mayores, corregidores y demás funcionarios locales; se apoyaba en los ayuntamientos y pueblos de indios para cuestiones de orden público y administración local; se ocupaba, en fin, de atender reclamos y resolver conflictos que podían llegar a alterar la paz y el orden. Presidía la Real Audiencia, podían sesionar con ella en materias graves en lo que se denominaba el “real acuerdo” y tenían facultades judiciales particulares en asuntos de indios. Respecto a la Iglesia, actuaban como vicepatronos y por ende contaban con una autoridad decisiva en todos los asuntos que no fueran propiamente de fe, como provisión de cargos eclesiásticos, creación y división de curatos, diezmos y otras contribuciones religiosas. Así puede comprenderse el prestigio otorgado a la figura virreinal, las expectativas y agitación que generaba la designación de un nuevo virrey, la práctica de las ciudades de México y Puebla de realizar suntuosas y aparatosas ceremonias de bienvenidas. El siguiente documento muestra, precisamente, la importancia concedida a la preservación del prestigio y dignidad de la imagen del virrey como poseedor de un paternalismo autoritario, a la vez temido y reverenciado por los súbditos. Capítulo 1o. Del gobierno de su persona. El virrey don Martín Enríquez fue uno de los mayores gobernadores que ha tenido el mundo, el cual decía que el virrey de la Nueva España no había de alzar los ojos sin orden porque la gente de aquella tierra es algo maliciosa y no muy corriente, briosos, largos en hablar, y tras esto son nobles y fáciles de regir y guiar. Ante todas cosas el virrey ha de ser y mostrar que lo es muy amigo del culto divino y en materia de religión hacer gran demostración y ha de confesar y comulgar a menudo y rezadas sus devociones se ha de recoger media hora de noche y haciendo examen de su
. Fuente: Ernesto de la Torre Villar, Instrucciones y memorias de los virreyes novohispanos, México, Porrúa, 1991, vol.1, p. 296-299.
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conciencia con su poco de oración pedir a nuestro señor le dé gracia que acierte a gobernar para su santo servicio. Ha de tener gran composición, modestia y gravedad en su persona y en todos sus actos y en esto ha de andar siempre con cuidado hasta que se habitúe. El vestido honesto, la capa siempre más larga que corta, y los vestidos de camino de colores graves y autorizados, sombreros sin plumas, y así en esto como en todo lo demás ha de parecer siempre más viejo que mozo. El andar muy despacio siempre y con mucho orden, sosegado y autorizado. En la iglesia y calles no mirar jamás ahincadamente a una parte hacia la gente, aunque al descuido y de capa10 procure verlo y notarlo todo, y que cuando viniere a mirar <a> alguno sea de manera que le respete. Palabras pocas, graves, dulces y con término blando. Cuando se enojare, sin descomposición, y que con una sola palabra o un mirar baste para castigo. Oír a todos con mucha paciencia y consolarlos y nadie oiga de su boca mala palabra ni vaya desconsolado y cuando haya de desengañar o despedir algún pretendiente sea por tercera persona que por vía de consejo u otro camino, le desengañe. No hable a nadie sino fuese vestido como cuando ha de salir fuera. Todos los días ha de dar audiencia ordinaria a las once y esto ha de ser infalible si no lo estorba alguna muy forzosa causa, arrimado a un bufete debajo del dosel. A pocos ha de dar silla, sólo aquellos que llamare de merced, como son oidores, inquisidores, hábitos11, etcétera.

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. Discretamente, ocultamente. . Miembros de las órdenes militares españolas, como la de Santiago.

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Que los oidores y alcaldes de corte le teman de manera que con sólo mirarlos los corrija y tiemblen de él, porque es gente muy libertada y tras esto los honre y trate de manera que le amen y teman. Todas las veces que fuere a holgarse a Chapultepec, que es una recreación de los virreyes media legua de la ciudad, ha de ir mi señora la marquesa, porque así conviene como se dirá de palabra. Por ninguna vía ni camino se le ha de entender ningún género de materia de mujeres porque es el mayor fundamento en aquella tierra para que no se le pierda el respeto en presencia ni en ausencia. En materia de juegos, sólo por recreación. No salir de casa sino a muy urgente ocasión, con mucho orden y algunas fiestas señaladas, hacer su paseo por la ciudad. Cuando hay carrera en la plaza del Volador que llaman, salir algunas veces a las ventanas o jacal para que los caballeros conozcan que les hace merced. Alabarles muy al descuido los caballos, y de buenos jinetes porque en este género es México la mejor tierra del mundo. Jamás ha de salir en ningún género de fiestas, antes todas las que se hicieren sea en orden de alegrar la ciudad y servicio del virrey. No ha de ser compadre, padrino, convidado ni albacea de ningún género de persona, de cualquier estado y condición que sea. Los favores de palabra que hiciere sea con tanto orden que al que se le diere, lo estime y los demás lo celebren y den el parabién. Los memoriales que le dieren cuando fuere a las audiencias a presidir los lleve en la mano y en asentándose, los ponga sobre la mesa y los lea todos luego. Y lo mismo ha de hacer en los acuerdos para que si hay cosa a que se haya de acudir luego, se ponga en obra sin estorbo.

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Los memoriales que le dieren en sus audiencias ordinarias y de camino los ha de llevar todos en la mano hasta llegar a su retrete12, advirtiendo que los papeles que le dieren en su mano jamás delante de nadie los dé al secretario, antes los meta en su pecho o faltriquera. Por sí, ni por interpuestas personas para siempre jamás los virreyes han de recibir ningún género de cosa de precio de ninguna suerte que sea, y en este género se ha de sacar con todos, de manera que cobren nombre y fama de limpias, porque esto es de tanta importancia que es toda la llave y libertad del buen gobierno. Y no los engañe el diablo con decir no se sabrá, que es imposible dejarse de saber en aquella tierra, so pena que ha de gobernar mal el virrey y no ha de hacer el deber. Para las audiencias y visitas extraordinarias se ha de señalar desde las tres de la tarde hasta las diez de la noche. A cualquiera que trajere negocio de prisa o de importancia, casos sucedidos, avisos, cartas y otras cosas semejantes que suelen pedir breve remedio o despacho, se le dé puerta, avisando los porteros y pajes como se dirá en su lugar. Cuando fuere pasando por entre el acompañamiento y pretendientes que siempre están en dos hileras prolongadas desde los corredores hasta la sala grande, no ha de quitar la gorra a ninguno, aunque me dicen que el conde de Monterrey la quita a todos, lo cual no ha hecho ningún virrey, más de volverse antes que se entre en su retrete y quitar la gorra a todos juntos, y así lo hacía don Martín Enríquez. Cuando estuviere dando audiencia a ninguno de los que llegare quite la gorra, y el que le pareciere que lo merece le diga “cubríos” y lo que falta de gorra se ha de suplir de palabras pocas y dulces.

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. Aposento pequeño y privado de un funcionario.

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A los residenciados hasta que se vean sus residencias y visitas ha de mostrar sequedad. Y cuando no haya más que lleguen a hablarle, después de haber aguardado un breve rato, quítese la gorra y éntrese en su retrete con grandísima gravedad y rostro apacible, amoroso y aspecto blando, como que da a entender que va gustoso de haberlos oído. A los ruegos, billetes, cartas, favores, responder a todos bien, sin jamás prendarse de nadie, respondiendo: “yo tendré cuidado, se hará todo lo posible” y otras cosas a este tono. Tener cuidado en las provisiones que hiciere que sean preferidos los hijos, nietos y descendientes de los conquistadores, descubridores y primeros pobladores que fueren capaces, mostrando siempre que este género de gente son favorecidos del virrey, dada uno en su tanto y conforme su calidad. La virreina ha de ser afable con las mujeres principales de la ciudad, hermanándolas y tratándolas con todo el buen término que pudiere, mostrándoles mucha amistad a cada una conforme su calidad, de tal manera que todas salgan contentas y diciendo bien. No ha de recibir nada de nadie ni encargarse de cosa que no fuera muy justificada. No ha de visitar a nadie, y con todo género de hombres ha de ser sumamente grave. Han de tener una regla general los virreyes, que ningún género de cosa que les digan los altere, ni se crean de ligero y que procuren conocer el trato y condiciones, así de los de dentro de casa como los de fuera, creyendo a cada uno lo que se les puede creer y encargarle lo que se le puede encargar. Con esto se ha dicho algo de lo que toca a la persona de donde se podrá inferir lo demás, como fuere sucediendo, advirtiendo el virrey que se le torna a encargar que ha de ser con todo género de mujeres que lo merezcan muy bien criado y a ninguna mire ahincadamente ni se entienda que la crianza se extiende a más que cumplimiento de buen

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término, y no se les olvide esto, pues en todo han de poner los ojos los virreyes, en que se han de morir y que se ha de acabar aquello, y que sólo ha de durar el bien o mal que hicieren. Bibliografía recomendada: Ignacio Rubio Mañé, Introducción al estudio de los virreyes de Nueva España, 1535-1746, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1955-63, 4 v. ___________, El virreinato, 2a. ed., México, Universidad Nacional Autónoma de México Fondo de Cultura Económica, 1983, 4 v. Informe de don Juan de Palafox, obispo de la Puebla, al conde de Salvatierra, virrey de esta Nueva España, 1642.13 El obispo de Puebla Juan de Palafox y Mendoza es una de las personalidades que dominan una época. Es buen ejemplo de los funcionarios a la vez puritanos y reformistas, convencidos de que era su misión personal reformar la sociedad y el gobierno. Su influencia en la corte fue tan grande que después de arribar a la Nueva España como obispo de Puebla fue propuesto para el arzobispado de México, encargado de realizar una visita general y comisionado para destituir y suceder al virrey duque de Escalona. Se destacó por su voluntad de combatir los “pecados públicos”, promover al clero secular y por consecuencia a los criollos, y dedicarse empeñosamente a reducir los privilegios de las órdenes regulares, lo cual le llevó a un sonado y escandaloso conflicto con los jesuitas. El “Informe....” a su sucesor, el virrey conde de Salvatierra, es notable porque en lugar de limitarse a una serie de recomendaciones específicas aborda una serie de principios generales de gobierno y se acerca en este sentido al género literario de los “Espejos de príncipes”, en boga por entonces entre la nobleza europea. El “Informe...” hace repetidas referencias al motín del 15 de enero de 1624, cuando la plebe de México tomó por asalto el palacio virreinal y forzó la deposición del virrey Gelve, un reformista que había cometido el error de enemistarse sucesivamente con el arzobispo, la audiencia y el ayuntamiento. Cuando las órdenes y cédulas reales no me obligaran a que diera razón a vuestra excelencia del estado de estas provincias y de las materias que pertenecen a él, me introdujera en este cuidado el celo y amor que vuestra excelencia trae y manifiesta del mayor servicio de su majestad; el cual ayudado de su mucha capacidad, comprensión,

. Fuente: Ernesto de la Torre Villar, Instrucciones y memorias de los virreyes novohispanos, México, Porrúa, 1991, vol.1, p. 412-17.
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experiencia y obligaciones de su sangre, casa y persona, le guiará fácilmente a los aciertos que hoy necesita la Corona real, y que debemos todos esperar de la fineza y prudencia con que vuestra excelencia ha obrado en los puestos que con tan clara opinión ha servido en España; y así reducido a breves términos lo que se me ofrece representar a vuestra excelencia en tan dilatadas materias, es lo que se sigue: De lo que toca al estado y guerra dentro de estos reinos El cargo del virrey de estos reinos no tiene príncipes confinantes, como el de Nápoles, Milán, Sicilia y gobierno de Flandes, donde es necesaria muy despierta y advertida atención para los puntos del Estado; y así todo él se reduce a conservar estas provincias en paz y en justicia, mirar con amor la hacienda del rey, amparar a los indios, dar bueno y breve despacho a las flotas y armadas, defender las costas del mar de invasión de enemigos, excusar dentro de estos reinos discordias públicas o tumultos y finalmente, encaminar todas las materias al mayor servicio de Dios y de su majestad. Y porque con la guerra se conserva la paz, trataré primero de la guerra. Esta puede considerarse interior, esto es, la que se despierta con disensiones, tumultos e inquietudes que pueden suceder dentro de estas provincias por algún accidente inopinado; o exterior, de armadas de enemigos que infestan estas costas, como sería guerra de chichimecos, Nuevo México, Sinaloa y algunos indios confinantes que se hallan por conquistar. Los españoles en estas provincias son no sólo fieles, sino finos al servicio de su majestad y con blandura y buen gobierno acudirán con prontitud y alegría a lo que se les mande en su real nombre; y los indios son gente tan miserable, que no pueden dar más cuidado a vuestra excelencia que el que debe tener de su amparo, porque de su sudor y sobre sus espaldas se fabrican todos los excesos de los alcaldes mayores, doctrineros14,
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. Los religiosos de órdenes regulares que se desempeñaban como párrocos en pueblos de indios.

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caciques15 y gobernadores, y cuanto puede imaginar y sutilizar la codicia para vestirse de la desnudez y la miseria de estos desdichados. Los negros, mulatos, mestizos y otros, que por la mezcla de la sangre tienen diferentes nombres, son muchos; y éstos y los indios y algunos españoles perdidos y facinerosos son los que forman pueblo en estas provincias; con lo cual, quedando en pie la fidelidad de los blancos y nobles, corre riesgo entre tanta diversidad de colores, naciones y condiciones, todas ellas con poca luz de razón y ninguna vergüenza, de donde resultó el tumulto de 15 de enero con el señor marqués de Gelves, y otros riesgos que después han padecido y que es necesario que atienda el que gobierna estas provincias. Para prevenir este punto y que dentro del cuerpo de este reino no se vayan criando humores gruesos y corrompidos a que después no se pueda ocurrir con tiempo y sin mucho gasto y peligro, se me ofrece advertir lo siguiente: Lo primero: honrar la nobleza con agrado, siempre decente a la dignidad, de suerte que ni en las sobradas demostraciones la hagan de menor reverencia, ni la mucha mesura le quite el amor, y cuando bien se haya de exceder en algo, sea hacia la parte que mira al agrado. Lo segundo: mantener al pueblo de México en bastante abundancia de bastimentos, señaladamente trigo, maíz y agua; porque como quiera que el más ejecutivo y sensible dolor para él es la falta de alimentos, con grande facilidad se destemplan con esta ocasión, como se ve cada día en el pueblo de Nápoles, Palermo y otras partes, donde han llegado a quitar la vida a los ministros y puesto en cuidado al gobierno.

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. Indígenas reconocidos por la Corona como descendientes de los principales señores de la época prehispánica, y por tanto poseedores de privilegios de honra, exención de servicios personales y de tributos.

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Lo tercero: excusar en lo posible competencias con cualesquiera cabezas a quien pueda tener amor o reverencia el pueblo, como sería al arzobispo de esta metrópoli o cuerpo de la Audiencia, porque no tenga su facilidad en que tomar satisfacción de las quejas ordinarias que tienen contra los que gobernamos; advirtiendo que aunque los virreyes tienen más mano en los eclesiásticos que en otras provincias, por derecho del real patronato, los eclesiásticos la tienen más que en otras con el pueblo por ser naturalmente piadoso, y aunque en los indios toca algo en supersticioso, y como compuesto de indios, negros, mulatos y mestizos, fácil a cualquiera credulidad ligera. Lo cuarto: que pues es máxima asentada en los cuerdos que para cosas grandes es necesario no despreciar las pequeñas, se procure con tal destreza prevenir y moderar todo aquello que mirase a puntos de ceremonias, competencias y otras cosas de este género, que se reconozca pesan menos que la paz y seguridad de estos reinos, que es en lo que consiste la suma de las cosas. Lo quinto: que el virrey ayude a los prelados eclesiásticos y regulares que fueren más virtuosos a la reformación prudente de los súbditos, favoreciendo ya con el agrado, ya con el premio, a los que se señalaren más en virtud y letras; porque como quiera, que en estando reformadas las costumbres de los súbditos se halla segura en ellos la lealtad, hace un virrey con esto más lleno el número de los buenos y se pone freno a los malos, que son los que ordinariamente fomentan discordias y disensiones. Los sexto: honrar a las religiones con pía devoción, asistiendo a sus festividades y socorriéndolas en cuanto buenamente se pudiere, como a tan útiles instrumentos de la fe; pero siempre con tal prudencia y atención, que vayan poco a poco reduciéndose a su profesión y estado y a los santos claustros de sus conventos, donde allí son útiles, como fuera de ellos y fuera de su profesión embarazosos; a que ayuda mucho estar libres de las

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doctrinas como son la Merced, los descalzos carmelitas, franciscanos y padres de la Compañía. Para esto es sumamente importante ir lenta y suavemente y con blandura y leve mano, ejecutando las cédulas de su majestad en materia de las doctrinas, porque éstas con sus rentas y derechos inmoderados han desterrado de muy perfectas y venerables religiones aquella santa y sencilla pobreza con que tanto se edificaban los seglares y se reformaban los regulares, e introduciendo contra forma universal de la iglesia en estas provincias, religiosos ricos y clérigos pobres, causando en unos la riqueza y relajación, y en los otros la pobreza y ruina; y poniendo en la altura a los regulares que han resistido muchos años obedecer a su majestad y al Concilio, hasta que con la forma que se eligió este año de 40, se ha abierto un camino fácil, llano y suave para la disposición de estas materias, que respecto del tocar en la conciencia de su majestad reducir comunidades tan grandes a la obediencia, es de mucha ponderación. Lo séptimo: en las competencias que se ofrecieren con la Audiencia, ajustarse a las cédulas y órdenes de su majestad, sujetando a ellas el propio dictamen e inclinación; pues es justo que sean superiores las leyes y cédulas del rey nuestro señor al más superior ministro, y siendo así que el declarar las competencias entre el gobierno y la Audiencia toca a los virreyes por cédula particular; pero cuando se viere que han de resultar inconvenientes graves, es lo mejor suspender la resolución; y aunque sea dejándose vencer por entonces, dar cuenta a España para lo de adelante, y ejecutar lo que más conduzca a la paz y sosiego de estos reinos, por ser la paciencia gran maestra de gobernar y asegurar los estados, y lo mismo entiendo con la Audiencia en lo que se pudiere ofrecer. Lo octavo: con el visitador y cualquier otro que tuviere comisiones subdelegadas de su majestad, conviene tener buena y estrecha correspondencia, pues son entrambos ministros de un mismo rey y buscan un mismo fin, que es su servicio, confiriendo de

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conformidad todo aquello que pueda mirar a éste; y por otra parte, conservando al rey la jurisdicción ordinaria en toda reputación, encaminándole y ayudándole en la delegada a lo justo, pues ha de ser un virrey padre de todas las jurisdicciones y a todos ha de ayudar por representar la persona de su majestad, de quien se derivan todas. Y en habiendo alguna duda sobre a quién toca alguna materia, tratar de ella sin desconfianza y con toda violencia y buen deseo, remitiéndola de conformidad a ministros desinteresados y cuerdos, para que vistos unos y otros papeles y órdenes de su majestad, digan a quién pertenece la causa. Lo noveno: procurar en ocurrencias graves y que puedan despertar desasosiegos en estos reinos, gobernarse con parecer del real acuerdo, y, si fuere necesario, con el de otros ministros o varones doctos y experimentados, dejándoles libre el sentir y el decir; y en duda, inclinándose a lo que más se acercare a la quietud, paz y sosiego de los vasallos, que por no haber tenido esta atención en estas provincias y dado sobrado lugar a algunas personas de menos recta intención, han sucedido grandes daños y conocidos riesgos de la causa pública. Lo décimo: aunque algunos señores virreyes han conservado dos o tres compañías de guarnición después del suceso de 15 de enero para que halle el vulgo ese freno en cualquier accidente; todas están suprimidas con orden de su majestad por la costa considerable que causaban a su Real Hacienda y juzgarse que no eran muy necesarias, y aplicando lo que en ellas se gastaba a la armada de Barlovento; y como quiera que no es bien que esté expuesta la dignidad y la persona a ligereza de un pueblo tan mal compuesto, será conveniente montar los treinta caballos de que está hecho acuerdo general de hacienda en mi tiempo; pues un capitán y ellos pueden sustentarse de algunas reformaciones de

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plazas16 no necesarias, las cuales viviendo dentro de palacio servirán de castigar los ladrones y bandoleros que son muchos dentro y fuera de la ciudad, asegurar la plata de su majestad cuando viene de las minas y va a la Vera Cruz; acompañar la persona del virrey y dar más decoro a la dignidad y fuerza a la justicia. Lo undécimo: tener atención con los portugueses de estas provincias, no dándoles puestos militares, ni jurisdicción, ni consintiéndoles armas de fuego; pues no sólo han dado cuidado desde el levantamiento de Portugal y traiciones de aquella Corona, sino que aun antes tenían prevenido las cédulas reales un punto tan importante y que no conviene descuidar. Y así es sumamente necesario para el comercio y para la seguridad tener las costas de entrambos mares limpias de este género de gentes y apartarlos de las minas; porque son tan sutiles en adelantar el caudal, como en sustentar sus correspondencias con Holanda y Lisboa, que es el centro único a donde tiran sus líneas, aborreciendo a nuestra fe la mayor parte ellos, como hebreos, y a nosotros, como portugueses. Lo duodécimo: el juntar sin ruido en la armería de palacio, mosquetes, picas y otras armas y municiones, por lo menos para poderse armar quinientos hombres, procurando disponer esto de cosas extraordinarias y que no toquen a la hacienda del rey, cuando aunque fuera de ella se hallará bien gastado en cosas tan necesarias y más no habiendo armería alguna en este reino. Lo decimotercio: conviene mucho no usar de muchos remedios a un mismo tiempo, aunque sea en cosas muy necesarias y útiles al servicio de su majestad o causa pública, señaladamente en imposiciones de tributos; porque como quiera que materias de este género y otras de reformación, todas son odiosas, es necesario que se vayan sucediendo
. En asuntos militares, la “reformación” de plazas es su supresión; también se aplica a los militares retirados o milicianos que habían cumplido su periodo de servicio, a los que se llamaba “reformados”.
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unas a otras y que se dé lugar a que respiren el sentimiento y la queja, porque no obren, saliendo juntos, contrarios y opuestos efectos al intento; teniendo por el mayor tributo la conservación de la paz y el amor de los vasallos, el cual suele dar con suavidad lo que niega la obligación, sin aquellos medios que hacen oposición a las voluntades humanas; que es conveniente conservar y beneficiar en los vasallos para que fructifiquen en el servicio de su rey con duración y perpetuidad; y esta atención debe preferirse a todas, pero con ella, justo es que sirvan los reinos a su rey al paso que lo va dictando y solicitando la necesidad y diferencia de los tiempos...... Bibliografía recomendada: Jonathan I. Israel, Razas, clases sociales y vida política en el México colonial. 1610-1670, México, Fondo de Cultura Económica, 1980, 310 p. ________________________________________________________ Real cédula para que en las Indias haya audiencias y cancillerías reales.17 Las audiencias tuvieron inicialmente en Nueva España funciones gubernativas, hasta la llegada del primer virrey. Antonio de Mendoza. Aun después estas instituciones gozaron de prerrogativas más amplias que sus equivalentes castellanas. En sus aspectos propiamente judiciales, las audiencias actuaban como tribunal de primera instancia en la ciudad donde tenían asiento y sus alrededores; recibían apelaciones de las sentencias de todos los magistrados menores, como los alcaldes mayores, y de los tribunales de las jurisdicciones privativas y particulares, como las de comerciantes, militar y eclesiástica. El tribunal podía, incluso, mediante el llamado “recurso de fuerza” ordenar el levantamiento de excomuniones. Bajo la autoridad de los oidores caían los juicios de residencia de los funcionarios (excepto el del virrey) y el envío de visitadores para inspeccionar, corregir y juzgar irregularidades administrativas o judiciales en algunos tribunales o regiones. Sus sentencias eran finales, y sólo en ciertos casos graves podían apelarse ante el Consejo de Indias. En su faceta de "cancillerías", las audiencias podían emitir documentos en nombre del rey y autenticados con su real sello. Las audiencias fueron inicialmente integradas por “oidores”, juristas laicos o eclesiásticos de particular experiencia y probidad; con el tiempo, sin embargo, el cargo llegó a obtenerse por influencias y, en el siglo XVII, por simple compra.

. Fuente: Alonso de Zorita, Leyes y ordenanzas reales de las Indias del Mar Océano, estudio crítico Beatriz Bernal, México, Porrúa, 1985, f. 141.
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Deseando el bien y pro común de los nuestros reinos y provincias de las nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano, porque nuestros súbditos y naturales que pidiesen justicia alcanzasen, y celando el servicio de Dios nuestro señor, bien y provecho y alivio de nuestros súbditos y naturales y la paz y sosiego de los pueblos de las dichas nuestras Indias, según somos obligados a Dios y a ellos a cumplir con el oficial que de Dios tenemos en la tierra, habemos acordado de mandar que en las dichas nuestras Indias haya audiencia y cancillerías reales; por ende ordenamos y mandamos que en la gran ciudad de Tenochtitlan México, de la Nueva España, haya y resida una audiencia de cuatro oidores cuanto nuestra voluntad fuere, y por el bien y ennoblecimiento de la dicha Nueva España y provincias de ella, habemos acordado que haya un virrey, el cual presida en la dicha nuestra audiencia. El emperador y doña Juana, su madre, en Madrid, a 20 de abril de 1528 años. Real cédula para que los oidores no tengan casas propias ni granjerías, ni traten ni contraten por sí ni por interpósitas personas, ni se sirvan de los indios18 La importancia judicial y gubernativa de las audiencias y el conocimiento de que los funcionarios indianos tendían casi inevitablemente a establecer vínculos de parentesco, amistad o conveniencia con personalidades locales provocó la preocupación de la Corona, siempre temerosa de perder el control del gobierno indiano. Por estas razones se aprobaron varias disposiciones que procuraban evitar que los oidores y otros altos funcionarios tuvieran intereses propios o contrajeran matrimonio en el territorio de su jurisdicción y, por estas vías, cayeran bajo la influencia de las oligarquías locales; a la larga, fue un propósito fallido. Sobre todo, la prohibición del matrimonio de los oidores fue prácticamente letra muerta, dado que bastaba solicitar una licencia especial que raras veces era denegada. El rey. Nuestros oidores de la Audiencia y Cancillería Real de la Nueva España. Porque por experiencia han parecido los daños e inconvenientes que se han seguido de que

. Fuente: Diego de Encinas, Cedulario indiano, ed. Alfonso García Gallo, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1945, vol. I, p. 345.
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los que gobiernan en esas partes entiendan en granjerías19 y descubrimientos, y en otros aprovechamientos, queriendo proveer en ello como convenga al servicio de Dios nuestro señor y nuestro y al bien de nuestros súbditos y porque vosotros y los que de aquí adelante gobernaren en esa tierra tengáis y tengan más libertad para entender en lo que convenga al buen gobierno de ella. Visto por los de nuestro Consejo de las Indias, y que teniendo esta consideración se vos mandaron señalar competentes salarios, fue acordado que debía mandar dar esta mi cédula para vos, y yo túvelo por bien. Porque vos mando que ahora ni de aquí adelante ninguno de vosotros entendáis en armadas ni descubrimientos, ni tengáis granjerías de ninguna suerte de ganados mayores ni menores, ni estancias20 ni labranzas, ni minas, tengáis tratos de mercaderías ni otras negociaciones ni tratos por vosotros ni en compañía ni por interpósitas personas, directa ni indirectamente, ni os sirváis de los indios, de agua, ni yerba, ni leña, ni otros aprovechamientos ni servicios directa o indirectamente, so pena de la de nuestra merced y de perdimiento de vuestros oficios. Y los que de vosotros al presente tuviéredes ganados u otras granjerías, os deshagáis de ellos dentro de medio año primero siguiente que os damos de término para ello. Lo cual cumplid so la dicha pena y más de mil castellanos para nuestra Cámara, y mandamos al nuestro presidente de esa dicha audiencia que haga luego notificar esta nuestra cédula a vos los dichos oidores por ante un escribano de Cámara de esa audiencia. Y así notificada se nos envíe testimonio de cómo la dicha cédula se notificó. Hecha en la villa de Valladolid a 29 días del mes de abril de 1549 años. Maximiliano. La reina.

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. Cualquier actividad lucrativa, especialmente relacionada con la agricultura. . La estancia de ganado es una unidad para la medición de superficie de pastos, que inicialmente excluía su utilización agrícola; la de ganado mayor equivalía a 1750 há., y la de ganado menor a 780 há.
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Real cédula que manda que no se puedan casar en las Indias ningún virrey, presidente, oidor y alcalde del crimen, ni fiscal de las audiencias de las Indias21 El rey. Por cuanto por visitas y residencias y algunas otras relaciones que se han enviado y por experiencia se han visto algunos inconvenientes que se han seguido y siguen de casarse los nuestros virreyes, presidentes y oidores, y alcaldes del crimen y fiscales de las nuestras audiencias de las islas, Indias y Tierra Firme del Mar Océano, y sus hijos en ellas; y que conviene a la buena administración de la nuestra justicia y lo demás tocante a sus oficios que estén libres de parientes y deudos de aquellas partes, para entereza de los negocios de que conocieren, y no haya ocasión ni necesidad de usar las partes de recusaciones y otros medios para que <se> hayan de abstener del conocimiento de ellas, sino que con la rectitud que conviene, se despachen. Y habiendo visto y platicado sobre ello por los del nuestro Consejo de las Indias, para evitar inconvenientes y que nuestros súbditos y vasallos alcancen justicia y no tengan ocasión de se agraviar en cuanto a esto, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula por la cual prohibimos y expresamente defendemos22 que ahora y de aquí en adelante, entretanto que por nosotros otra cosa se mande en contrario, sin nuestra licencia particular, como en estos reinos se hace, no se puedan casar ni casen en las dichas nuestras Indias los dichos nuestros virreyes, presidentes y oidores, alcaldes del crimen ni fiscales de nuestras audiencias de ellas en su distrito, y lo mismo sus hijas e hijas, durante el tiempo que ellos nos sirvieren en los dichos cargos, so pena que por el mismo caso sus plazas queden vacas y desde luego las declaramos por tales para las proveer en otras personas en quien fuere nuestra voluntad; y

. Diego de Encinas, Cedulario indiano, ed. Alfonso García Gallo, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1945, vol. I, p. 351. 22 . Además de su sentido moderno, vale también en esta época por “prohibir”. Nótese la doble negación, común en este y otros documentos coloniales.
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para que esto tenga cumplido efecto, mandamos que esta nuestra cédula se lea en todas y en cada una de las dichas audiencias en el acuerdo, concurriendo a él el presidente y oidores, alcaldes y fiscal, y nuestro escribano de cámara de gobernación, para que de fe de ello. Hecha en Madrid a 10 de febrero de 1575 años. Yo el rey. Bibliografía recomendada: Mark. A. Burkholder, y D. S. Chandler, De la impotencia a la autoridad. La Corona española y las audiencias en América, 1687-1808, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, 478 p. John H. Parry, La audiencia de Nueva Galicia en el siglo XVI. Estudios sobre el gobierno colonial español, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1993, 330 p. ________________________________________________________

Instrucción a los alcaldes y corregidores de Nueva España.23 Los corregidores y alcaldes mayores fueron los representantes provinciales de la autoridad real. Reunían en su persona facultades hacendarias, judiciales, gubernativas; estaban a cargo del orden público, de supervisar a los encomenderos y ayuntamientos, y tenían la obligación particular de proteger a los indígenas. Inicialmente los “corregimientos” fueron utilizados para recompensar a los conquistadores y primeros colonos, y durante un tiempo se planeó utilizarlos para compensar a los descendientes de encomenderos por la confiscación de sus beneficios. Como consecuencia, los corregidores consideraban sus cargos como una concesión temporal para obtener ganancias y realizar negocios particulares, sobre todo en perjuicio de los indios. El comportamiento de estos funcionarios fue uno de los principales motivos de queja de los indígenas en el siglo XVI, y es evidente que los virreyes los veían con desconfianza. Posteriormente la Corona procuró –sobre todo con la difusión de las alcaldías mayores- introducir criterios de selección basados en la formación educativa, la experiencia previa e integrar un grupo de funcionarios profesionales; sin embargo este objetivo nunca pudo cumplirse, dada la crónica escasez de fondos y la difusión de la práctica de la venta de cargos. El siguiente documento es un “formato” que se entregaba a corregidores y alcaldes mayores cuando llegaban a ocupar sus cargos, particularmente interesante porque enumera muchos de los abusos que cometían cotidianamente estos funcionarios.

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. Fuente: Mariano Cuevas (ed.), Documentos inéditos del siglo XVI para la historia de México, 2a.ed., México, Porrúa, 1975, p.246-249.

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Lo que vos, fulano, que vais proveído por alcalde mayor o corregidor a tal parte, habéis de hacer en el susodicho cargo es lo siguiente: I. Primeramente, al tiempo que se os entregare la provisión del dicho oficio, haréis juramento ante el secretario de la Gobernación de esta Nueva España, que lo usaréis bien y fielmente, como sois obligado, y en cuanto os fuere posible guardaréis lo contenido en esta instrucción, y que para entender lo que por ella se os manda la leeréis y recorreréis por lo menos una vez cada mes. El cual dicho secretario sea obligado a asentar el dicho juramento a las espaldas de la dicha provisión. Y por que podría ser que al tiempo que sois proveídos en el dicho oficio no estuviésedes en esta ciudad, en tal caso haréis claro juramento ante escribano real o nombrado que de ello de fe, y sin preceder esto y que conste a los jueces oficiales de la Real Hacienda mandando no os paguen el salario que con el dicho cargo se os señala. II. Item, tendréis especial cuidado de que los indios de vuestra jurisdicción sean industriados y enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica, y doctrina cristiana y se les administre los sacramentos y sean bien tratados. Y si en esto hubiere alguna falta me avisaréis para que lo mande remediar. III. Item, veréis las tasaciones de los pueblos de vuestra jurisdicción y tendréis especial cuidado que se guarden y cumplan y que no se pida ni lleve a los indios por vía de derrama, ni en otra manera, ninguna cosa más de lo que por las dichas tasaciones son obligados a dar, castigando con rigor a los que hicieren lo contrario. IV. Item, en llegado a la parte de donde váis proveído, no admitiréis demanda de un consejo a otro sobre términos ni sobre sucesión, sino los semejantes casos los remitiréis a esta Real Audiencia, porque en ella está proveído que las tales demandas y pedimentos se den en acuerdo. Y sobre los demás casos graves en las causas que ocurrieren ante vos, no

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admitiréis más probanza entre indios ni con ellos de cinco testigos de cada parte y vos tomaréis otros cinco de oficio, y con estos determinaréis la causa guardando cerca de ello el auto promovido en esta dicha Real Audiencia en 12 de julio del año pasado de 1569 años, que con esta se os entrega. Y en las demás causas que no sean arduas ni de calidad las determinaréis breve y sumariamente sin figura de juicio. V. Item, porque soy informado que los jueces compelen a los indios a que vendan los bastimentos a menos precio de lo que es razón y comúnmente valen, a causa de que se los den a ellos a precios muy bajos, en que son agraviados, dentro de cincuenta días después de que llegáredes a vuestra jurisdicción, os informaréis y averiguaréis a qué precios estén los bastimentos entre los naturales y se venden a los pasajeros, y me enviaréis relación de ello, para que vista, provea en el caso lo que convenga. VI. Item, por que soy informado que los jueces, para tener oprimidos a los indios y que no se atrevan a pedir justicia de los agravios que les hacen les toman cuenta muy a menudo de los bienes de sus comunidades y sobras de tributos y sus escribanos y intérpretes les llevan salarios y costas en excesivo grado, solamente tomaréis la dicha cuenta una vez dentro de dos meses después que llegáredes al dicho cargo, y no la tomaréis más sin mi expresa licencia. Y tendréis mucho cuidado que los dichos oficiales no les lleven salarios ni derechos demasiados, y en la dicha cuenta que tomáredes no pasaréis en cuenta lo de que no se mostrare carta de pago o recaudo bastante. VII. Item, porque soy informado que de traer ganados los jueces en sus jurisdicciones reciben muchos daños y agravios los indios y no osan pedirlos, no traeréis ganados en todos los términos de vuestra jurisdicción, guardando sobre esto lo que por leyes está mandado.

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VIII. Item, porque soy informado que algunos jueces quitan algunos alcaldes y alguaciles y otros ministros, no andando a su voluntad, y ponen otros en su lugar y les dan varas de justicia no lo pudiendo hacer, no os entremeteréis en quitar vara a ninguna persona que la tenga con mandamiento mío, sin conocimiento ni justificación de causa, y en tal caso, ni de otra manera, no nombraréis otro en su lugar sino lo remitiréis a mí con relación de causa, para que provea lo que convenga. IX. Item, no pediréis ni tomaréis de ninguna persona dádiva ni presente alguno aunque diga que lo da de su voluntad y que no tiene pleitos ante vos, aunque sean cosas de comida y en poca cantidad, sin lo pagar por lo que realmente entre los dichos indios vale. X. Item, no os entremeteréis a tomar dinero ni otra cosa alguna de la caja de las comunidades de vuestra jurisdicción, prestado ni de otra manera, guardando cerca de esto lo que se os manda por la provisión que del dicho cargo se os ha dado. XI. Item, no llevaréis ninguna parte de los derechos ni salarios que hubieren de haber y llevar los escribanos y intérpretes ni otros oficiales vuestros, por los inconvenientes que de llevar los jueces parte de ellos se suele seguir; ni consentiréis que vuestros oficiales lo lleven ni haréis con ellos concierto alguno sobre lo susodicho. XII. Item, porque los jueces acostumbran en los casos de ordenanzas, especialmente en las penas de ordenanzas de agostadero24, llevar las penas que se aplican antes que los indios sean pagados de los daños que han recibido, guardaréis lo dispuesto por las dichas ordenanzas, so las penas en ellas contenidas, por las cuales está mandado que no se lleven semejantes penas hasta estar pagados los daños.

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. Zonas de pastos o dehesas donde se conducía el ganado en verano o, en México, en la estación de secas.

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XIII. Item, porque de comprar los jueces estancias y tierras en sus jurisdicciones se ha visto por experiencia venir daños y inconvenientes a los indios, no compraréis en vuestra jurisdicción estancias y tierras ni otros bienes, ni trataréis ni contrataréis con los naturales de la vuestra jurisdicción en ningún género de contratación ni mercadería, so las penas en derecho establecidas. XIV. Item, tendréis especial cuidado de que al tiempo que se eligen los gobernadores, alcaldes y alguaciles y otros oficiales de república, se elijan de ellos personas buenos cristianos y de buena conciencia y que no sean borrachos ni revoltosos ni hombres de mal vivir, sino personas cuales convengan para el servicio de Dios y de su majestad y bien de los tales pueblos. XV. Item, tendréis especial cuidado de guardar lo que se os manda por la provisión del dicho oficio cerca de que los indios no anden vagamundos, y siembren y beneficien sus sementeras, al menos hasta cincuenta brazas en cuadra cada uno, pues se convierte en su utilidad y provecho y redunda bien de ello a toda la república25. XVI. Item, proveeréis y daréis orden que se aderecen los caminos y reparen las puentes de vuestra jurisdicción, procurando que se haga con la menor vejación que sea posible de los indios y que a la obra de ello acudan todos los que fueren obligados, sin que sean agraviados más los unos que los otros. XVII. Item, tendréis especial cuidado de que los indios no traigan armas ni anden a caballo con silla y freno sin mi expresa licencia. Y a los que hicieren lo contrario les tomaréis las tales armas y caballos y lo venderéis en pública almoneda, aplicando la mitad

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. La res publica o “cosa pública”, eso es, el gobierno, familias principales y común de un lugar poblado y reconocido como tal por la Corona. Se aplicaba tanto a las ciudades y villas de españoles como a los pueblos de indios. Por extensión, el conjunto de los súbditos.

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para la cámara de su majestad, y la otra mitad para vos, como juez que lo ejecuta, y denunciador, por iguales partes. XVIII. Item, tendréis especial cuidado de que no se haga pulque en vuestra jurisdicción ni se venda ni contrate la raíz con que se hace, guardando la ordenanza que cerca de esto está hecha. Y asimismo castigaréis las borracheras y pecados públicos, especialmente los perjurios, porque se entiende con facilidad exceden con esto los indios, y sobre ningún caso fuera de lo que es permitido por ordenanza no condenaréis a los indios en penas pecuniarias. XIX. Item, tendréis especial cuidado de que se guarde en vuestra jurisdicción lo por su majestad mandado cerca de que no se carguen indios por tamemes 26 con mercaderías, y que no los den los principales27, castigando a los que los dieren y a los que los llevaren cargados, con todo rigor. XX. Item, en los casos que en esta instrucción no van expresados veréis lo mandado por la dicha provisión real que se os da, del dicho oficio y capítulos de corregidores, y lo guardaréis y cumpliréis como en ellos se contiene y en todo haréis lo que sois obligado al servicio de Dios y de su majestad y bien de los naturales de vuestra jurisdicción, como de vuestra persona se confía. Hecha en México a . . . . días del mes de . . . . de 1571 años. Bibliografía recomendada:

. Los tamemes o indios cargadores eran el principal sistema de transporte mesoamericano. Los españoles retomaron el sistema para su beneficio, pero llevando a los cargadores con excesivos pesos y a largas distancias, lejos de sus pueblos. La Corona trató de prohibir la práctica, aunque tuvo que tolerarla en muchos casos donde no había otra opción de transporte. Los tamemes fueron desapareciendo paulatinamente al difundirse la arriería. 27 . Indígenas reconocidos por la corona como descendientes de los señores de la época prehispánica, o bien ascendidos a tal categoría por sus servicios a la Iglesia o al rey. Había principales que eran asimismo caciques, y otros de segundo rango.
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Woodrow Borah (coord.), El gobierno provincial en la Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Históricas, 1985, 252 p. Ethelia Ruiz Medrano, Gobierno y sociedad en Nueva España. Segunda Audiencia y Antonio de Mendoza, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1991, 412 p. ______________________________________________________ Real cédula para que se proceda con todo rigor contra los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores que tratan y contratan.28 La venta de oficios públicos, la difusión del concepto patrimonialista del cargo público, la crónica ausencia de fondos de la Corona, la insuficiencia o definitiva desaparición de los salarios de los funcionarios derivaron en el desarrollo del repartimiento de mercancías. Este consistía en que los funcionarios locales utilizaran su autoridad para crear un verdadero monopolio mercantil sobre los pueblos de indios, obligándoles a comprarles mercancías y, donde los indígenas producían artículos de valor comercial como la grana cochinilla, forzarlos a venderles sus cosechas en precios que no eran los del mercado. La práctica existió desde fechas tempranas, pero su generalización ocurrió en el siglo XVII. En la sociedad novohispana los asuntos económicos y políticos caían dentro del ámbito de lo moral, por lo cual no es raro ver a los obispos intervenir en asuntos que no eran propiamente religiosos. En este caso, el obispo de Puebla tomó pie para su intervención del hecho de que los funcionarios cometían un delito de perjurio al jurar, sobre los santos sacramentos, no realizar repartimientos de mercancías. El problema de fondo era que los funcionarios locales no tenían otro medio de subsistencia; la práctica, por otro lado, respondía a una lógica económica que obligaba a los indígenas a entrar en relaciones de mercado, impidiendo su tendencia al aislamiento y el autoconsumo. La reiteración del mandamiento es, en sí misma, prueba de la inevitabilidad de su incumplimiento. El rey. Mi virrey, gobernador y capitán general de las provincias de Nueva España y presidente de mi Audiencia Real de México. En vista de lo que en carta de 20 de abril de 1686 escribió el obispo de la Puebla de los Angeles don Manuel Fernández de Santa Cruz, en que dio cuenta de los graves perjuicios que se experimentaban con motivo de los juramentos que hacían los alcaldes mayores, gobernadores y corregidores de no tratar ni contratar, y que no obstante lo ejecutaban, tuve por bien mandaros y a mis audiencias de ese reino por despachos del año de 1687 que respecto de las repetidas noticias que se tenían
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. Fuente: Richard Konetzke, Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispano América. 1493-1810, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1962, vol.3, tomo 2, p. 123-124.

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de los excesos que cometían los alcaldes mayores y gobernadores en el punto del trato y contrato en que demás del delito que hacían por sus personas, se seguían graves perjuicios al común, procuraseis velar y celar así vos como las referidas audiencias en averiguar y castigar esta culpa rigurosamente conforme las penas impuestas por las leyes, dándome cuenta de quedar con este cuidado y de la enmienda que se pusiese; y considerando que no obstante lo mandado en el citado despacho, se continúa con mayor desahogo y exceso semejante abuso, por noticias que se han tenido en mi Consejo de las Indias y que no conviene al servicio de Dios y mío tolerarlo, he tenido por bien repetiros (como por la presente lo hago) el mayor encargo en materia de esta gravedad, previniéndoos que a todos los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores dispongáis se les hagan causas de perjuros, si en contravención del juramento trataren y contrataren, procediendo contra ellos y castigándolos con todo el rigor de las leyes; y del recibo de este despacho y de lo que en su virtud ejecutaréis, me daréis noticia. Madrid, 10 de febrero de 1716. Bibliografía recomendada: Brian R. Hamnett, Política y comercio en el sur de México. 1750-1821, México, Instituto Mexicano de Comercio Exterior, 1976, 198 p. Héctor Díaz-Polanco (coord.), El fuego de la inobediencia. Autonomía y rebelión india en el Obispado de Oaxaca. México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 1992, 216 p. Rodolfo Pastor, "El repartimiento de mercancías y los alcaldes mayores novohispanos: un sistema de explotación, de sus orígenes a la crisis de 1810", en W. Borah (coord.), El gobierno provincial en la Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Históricas, 1985, p. 201-236. ________________________________________________________

Real cédula aceptando la compra y venta de oficios públicos.29

29

. Fuente: Fabián de Fonseca y Carlos de Urrutia, Historia general de Real Hacienda, México, Secretaría de Hacienda y Crédito Público, 1978, vol. 3, p.64-67.

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En las primeras décadas del gobierno colonial la Corona concedió a algunas personas como merced vitalicia los puestos de regidor de los ayuntamientos y otros cargos y oficios públicos, ya fuese por sus méritos o por influencias. Los beneficiarios prontamente tendieron a considerar estos puestos como propiedad privada, y comenzaron a heredarlos o incluso enajenarlos para obtener provecho. Aunque inicialmente se trató de evitar esta práctica, los apuros financieros llevaron al rey a permitirla siempre y cuando los usufructuarios cumplieran con ciertos requisitos y “sirvieran” a la Real Hacienda con un “donativo”. En 1606, finalmente, se aceptó la enajenación de los cargos sin límite alguno, extendiéndose aun más la lista de oficios “enajenables”. Para este fin se estableció un ramo fiscal, el de “oficios vendibles y renunciables”. A la larga, incluso los puestos de gobierno provincial (los corregidores y alcaldes mayores) e incluso los de oidores de la Real Audiencia llegaron a estar a la venta. La generalización de esta práctica provocó inevitablemente la difusión del concepto patrimonial de la posesión del cargo público, la creación y extensión de diversos procedimientos para obtener provechos ilegales de parte de los funcionarios y, en términos más generales, que la aplicación concreta de las leyes reales pasara por personas que podían tener escaso interés en que se cumplieran. La oligarquía criolla, en particular, logró por esta vía acceder a puestos judiciales y de gobierno que en principio le vedaba la política restrictiva de la Corona, que prefería cubrir los puestos importantes con personas procedentes de otros reinos. El rey. Por cuanto el rey nuestro señor que haya gloria por cédula suya fecha a 3 de noviembre del año pasado de 1581 dio licencia para que los primeros compradores de los oficios de pluma30 de las Indias occidentales que son vendibles los pudiesen renunciar una vez sirviéndome con el tercio del valor de ellos según más largo en la dicha cédula a que me refiero se contiene. Y habiendo considerado que sería de mucha utilidad y beneficio para los que tuvieren o tienen los dichos oficios y para la conservación, población y aumento de aquella tierra y también para el acrecentamiento de Real Hacienda que los dichos oficios de pluma se fuesen renunciando siempre como las escribanías y otros oficios de estos reinos, mandé a mis audiencias reales de las Indias me informasen con su parecer acerca de ella. Y habiéndolo hecho y visto en mi Consejo Real de las Indias y consultádome, he tenido por bien por las dichas causas y por hacer merced a mis vasallos
. El servicio del rey se dividía en oficios “de pluma” (los puestos burocráticos en general), “de toga” (que requerían conocimientos jurídicos) y “de espada”, esto es, los que tenían funciones militares.
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de las dichas Indias de dar licencia y facultad como por la presente la doy y concedo para que los dichos oficios de pluma que se han acostumbrado renunciar y renuncien ahora y de aquí adelante para siempre jamás todas las veces que quisieren los poseedores de ellos, pagando en mis cajas reales el tercio del valor que tuvieren al tiempo de la renunciación, con que en reconocimiento de esta facultad que les doy y el beneficio, estimación y el mayor valor que mediante ella reciben los dichos oficios, las persona que los poseyesen y tuviesen en segunda vida, habiéndose renunciado en ellos me hayan de servir y sirvan y paguen en mis cajas reales al tiempo que los renunciaren la primera vez, con la mitad del valor de los oficios en lugar del tercio que ahora pagan, y de allí adelante cada vez que se renunciaren y pasaren de una cabeza en otra, con la tercia parte del verdadero valor que tuviesen los oficios al tiempo que se renunciaren, comprendiéndose en ellos y contándose por precio y valor suyo los registros, papeles y todo lo demás que les perteneciese, y los que tuviesen los dichos oficios en primera vida y puedan renunciar una vez en virtud de la dicha cédula de 13 de noviembre de 581, paguen conforme a ella el tercio en la primera renunciación, y en la segunda que comenzaren a gozar de esta licencia y facultad, la mitad del valor que tuvieren los oficiales <sic, por oficios> con sus papeles y registros al tiempo que comenzaren a gozar de la renunciación, y de allí adelante la tercera parte como los primeros. Y porque asimismo hay otros oficios en las dichas mis Indias occidentales, como son alguacilazgos mayores de mis audiencias reales y de las ciudades de ellas, veinticuatrías, regimientos, alferazgos mayores, fieles ejecutores, procuraciones y otros oficios de esta calidad; y en las casas de moneda de las dichas Indias hay también oficio de tesorero, balanzario, ensayador, tallador, guardas y otros oficios, y no se han permitido que los puedan renunciar, ni pasar de unas cabezas en otras, sino que con la muerte de los poseedores de los dichos oficios han vacado por las causas y condiciones suso referidas; he

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tenido y tengo por bien que los poseedores de los dichos oficios tengan la misma facultad de renunciarlos y por la presente se la doy y concedo a los que al presente tienen, tuvieren y poseyeren en adelante dichos oficios para que los puedan renunciar y renuncien de aquí adelante perpetuamente todas las veces que quisieren, con que en la primera renunciación me hayan de servir y sirvan con la mitad del verdadero valor de sus oficios, y de allí adelante todas las veces que se renunciaren y pasaren de una cabeza en otra, con la tercera parte del verdadero valor que tuvieren al tiempo de la renunciación como los demás de pluma; y con condición que los unos y los otros oficios de cualquiera calidad que sean, hayan de vivir y vivan veinte días después de la fecha de las renunciaciones que hicieren de ellos, y que dentro de sesenta días contados desde el mismo día, se hayan de presentar y presenten las dichas renunciaciones ante el virrey o audiencia más cercana del lugar donde de hicieren las dichas renunciaciones o ante el gobernador o justicia principal de aquel distrito, para que las dichas audiencias, gobernadores o justicias ante quien se presentaren las dichas renunciaciones, no siendo de las que tienen facultad mía para dar títulos para servir los dichos oficios en el ínterin que los confirmen, envíen luego los dichos recaudos a mis virreyes, presidentes de las audiencias pretoriales31, para que habiéndolos visto provean lo que convenga; más porque podía acaecer que algunos que tuviesen los dichos oficios viniendo a estos reinos o yendo de ellos a las Indias, los renunciasen en la mar, y porque los sucesores de ellos no pudiesen presentar las renunciaciones dentro del dicho término, en tal caso es mi voluntad y mando que las renunciaciones que se hicieren en la mar las presenten viniendo a estos reinos en el dicho mi Consejo Real de las Indias o yendo a ellas ante el gobernador o justicia principal del puerto en que se desembarcaren dentro de treinta días

. Las audiencias pretoriales eran las encabezadas por un presidente-gobernador, como era el caso de la de Guadalajara, desde 1563.
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contados desde el día que acabado el viaje, hubieren desembarcado en adelante, que es el plazo y término que señalo en el caso susodicho en lugar de los sesenta días para el efecto del uso referido, so pena que los que no vivieren enteramente los dichos veinte días después de la fecha de las renunciaciones o no las presentaren en lo sesenta o treinta que está dicho o declarado por cualquiera de estos casos, pierdan los tales oficios y hayan de quedar y queden vacos y se pueda disponer y disponga de ellos para beneficio de mi hacienda, como de oficios vacos, sin que haya obligación de volver ni dar, ni se vuelva, ni dé el precio de ellos ni parte alguna de él a los que así perdieren los oficios por cualquiera de las dichas causas; con que asimismo las personas en quien se renunciaren todos los dichos oficios y cualquiera de ellos hayan y presenten título y confirmación de ellos dentro de cuatro años que corran y se cuenten desde el día de la fecha de las renunciaciones de los dichos oficios en adelante, so pena que el que no lo hiciere pierda el oficio para no usarle más, y se disponga de él por mi cuenta como de oficio vaco, con que de lo procedido de él se vuelvan y restituyan las dos tercias partes del precio en que se vendiere, y la otra tercia parte se ponga en mi caja real para mí; de manera que la pena de no llevar y presentar la confirmación dentro de los dichos cuatro años sea perdimiento de la tercia parte del valor del oficio para mí y privación del uso de él. Y mando a mis virreyes, presidente y oidores de mis audiencias reales y gobernadores de las dichas Indias occidentales e islas de ellas que guarden, cumplan y hagan guardar, cumplir y ejecutar todo lo contenido en esta mi cédula, precisa y puntualmente según y como en ella se declara, sin dispensación, remisión ni interpretación alguna, y que en su conformidad y cumplimiento a las personas en quien se renunciaren los dichos oficios, siendo hábiles y suficientes y de las calidades y satisfacción que se requiere para servirlos; y constándoles que han metido en mis cajas reales el dinero que conforme a lo susodicho me hubiere pertenecido y debieren pagar por

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razón de las dichas renunciaciones, les den y despachen los recaudos necesarios para usarlos y ejercerlos, y los hagan admitir al uso y ejercicio de ellos con la dicha condición y obligación de llevar confirmación mía dentro de cuatro años. Y asimismo les mando que para que no haya fraudes ni engaños en las ventas y renunciaciones de los dichos oficios, sino mucha justificación, puntualidad y verdad, antes de pagárselos ni dar los recaudos para servirlos, hagan las averiguaciones y diligencias necesarias para entender y saber el verdadero valor de los que renunciaren para que se cobre justamente la cantidad con que me deben servir los renunciantes conforme lo susodicho, y que en ninguna manera admitan ni pasen las renunciaciones que se hicieren de los dichos oficios sino a quien hubiere cumplido enteramente las dichas condiciones. Y para que esta se pueda ver y entender mejor en el dicho mi Consejo Real de las Indias, al tiempo que acudieren las partes por las confirmaciones, mando que se traigan y presenten en él testimonios auténticos de las dichas renunciaciones y de sus presentaciones, y de haber enterado en mis cajas reales de lo que en virtud de ellas se debe meter en ellas, y de las demás diligencias que se hubieren hecho para que conste todo. Hecha en Madrid a 14 de diciembre de 1606 años. Yo el rey. Bibliografía recomendada: Mark. A. Burkholder, y D. S. Chandler, De la impotencia a la autoridad. La Corona española y las audiencias en América, 1687-1808, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, 478 p. John H. Parry, The Sale of Public Offices in the Spanish Indies under the Hapsburgs, Berkeley, University of California, 1953, 330 p. Francisco Tomás y Valiente, La venta de oficios públicos en Indias (1492-1606), Madrid, Instituto de Estudios Administrativos, 1972, 180 p. ________________________________________________________

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Cédula del emperador Carlos V concediendo el título de marqués del Valle de Oaxaca a Hernán Cortés32 En 1529 Carlos V concedió a Hernán Cortés la confirmación del título de marqués del Valle de Oaxaca, que incluía 22 pueblos de indios y 23 000 vasallos en encomienda. El marquesado fue en cierto modo un anacronismo en momentos en que la Corona procuraba afanosamente evitar la formación de grupos con privilegios hereditarios en España y en Indias, y en que existía una política de debilitar o eliminar las jurisdicciones particulares. De hecho, los años posteriores estuvieron marcados por la constante búsqueda gubernamental de limitar los derechos concedidos a Cortés y, en lo posible, recuperar prerrogativas reales dentro del marquesado. Un caso típico fue la bula concedida por el papa Clemente VII a Hernán Cortés, por el cual le otorgaba el derecho del patronazgo dentro del marquesado, que fue declarada inválida por no contar con el “pase regio”; otros puntos conflictivos fueron la adjudicación de tierras y aguas baldías, la fundación de villas españolas (exentas de la jurisdicción del marqués) y la vigilancia del orden público. El marquesado tenía una gran extensión, pero aparte del valle de Cuernavaca y el valle de Oaxaca, no constituía una unidad territorial continua. Dentro de esta jurisdicción se hallaban ingenios azucareros, minas, obrajes, estancias de labor y labores agrícolas propiedad del marqués. El marquesado sufrió a lo largo de su historia confiscaciones por diferentes motivos. Del punto de vista político, el problema se resolvió al extinguirse la descendencia masculina directa del conquistador, y pasar en el siglo XVIII el marquesado a las manos de una familia noble siciliana que dejó sus intereses novohispanos a un gobernador. Don Carlos, por la divina clemencia emperador semper augusto33, rey de Alemania; doña Juana, su madre, y el mismo don Carlos, por la gracia de Dios reyes de Castilla etcétera. Por cuanto Nos por una nuestra carta firmada de mí, el rey, habemos hecho merced a vos, don Hernando Cortés, nuestro gobernador y capitán general de la Nueva España, de 23.000 vasallos en la Nueva España, que vos descubristeis y poblasteis, señaladamente en ciertos pueblos del valle de Oaxaca que es en la dicha Nueva España y en otras partes de ella, como más largo en la provisión que de ello vos mandamos dar según en ella se contiene; por ende, acatando los muchos y señalados servicios que habéis hecho a los Católicos Reyes nuestros señores padres y abuelos, que hayan santa gloria, y a Nos,

. Fuente: José Luis Martínez, Documentos cortesianos. 1528-1532, vol. 3, México, Universidad Nacional Autónoma de México – Fondo de Cultura Económica, 1991, p. vol. 3, 53, 54. 33 . Por siempre augusto.
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especialmente en el descubrimiento y población de la dicha Nueva España de que Dios nuestro señor ha sido tan servido, y la Corona real de estos nuestros reinos acrecentada, y lo que esperamos y tenemos por cierto que nos haréis de aquí en adelante, continuando vuestra fidelidad y lealtad; y teniendo respeto a vuestra persona y a los dichos vuestros servicios, y por os más honrar y sublimar, y porque de vos y de vuestros servicios quede perpetua memoria, y porque vos y vuestros sucesores seáis más honrados y sublimados, tenemos por bien, y es nuestra merced y voluntad, que ahora y de aquí adelante vos podáis llamar, firmar e intitular, y vos llamedes e intituledes marqués del Valle, que ahora se llamaba Oaxaca, como en la dicha merced va nombrado; y por la presente vos hacemos y intitulamos marqués del dicho Valle llamado Oaxaca, y por esta nuestra carta mandamos al ilustrísimo príncipe don Felipe, nuestro muy caro y muy amado hijo y nieto, y a todos los infantes, duques, marqueses, perlados, condes, ricos hombres, maestres de las órdenes, priores, comendadores, y subcomendadores, alcaides de los castillos y casas fuertes y llanas, y a los del nuestro consejo, presidentes y oidores de las nuestras audiencias y cancillerías de estos reinos y de la dicha Nueva España, alcaldes, alguaciles de la nuestra casa y corte y cancillerías, y a todos los concejos, corregidores, asistentes, gobernadores y otras cualesquier justicias y personas de cualquier estados, preeminencia, condición o dignidad que sean, nuestros vasallos, súbditos y naturales que sean de estos nuestros reinos y de las Indias, islas y tierra firme del Mar Océano, así a los que ahora son como a los que serán de aquí adelante, y a cada uno y cualquier de ellos, que vos hayan y tengan y llamen marqués del dicho Valle de Oaxaca, y vos guarden y hagan guardar todas las honras, gracias, mercedes, franquezas y libertades, preeminencias, ceremonias y otras cosas que por razón de ser marqués debéis haber y gozar y vos deben ser guardadas, de todo bien y cumplidamente, en guisa que vos no mengüe ende cosa alguna; y los unos ni los otros no

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hagades ni hagan ende al por alguna manera, so pena de la nuestra merced y de 10.000 maravedises34 para la nuestra cámara, a cada uno y cualquier de ellos por quien fincare de lo así hacer y cumplir. Dada en la ciudad de Barcelona, a 6 días del mes de julio años del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo de 1529 años. Yo, el rey.

Real cédula a Hernán Cortés haciéndole merced de 22 pueblos y 23.000 indios vasallos, en razón de los servicios prestados.35 Barcelona, 26 de julio de 1529 Don Carlos por la divina clemencia emperador semper augusto rey de Alemania. Doña Juana, su madre, y el mismo don Carlos, etcétera. Por cuanto vos don Fernando Cortés, nuestro gobernador y capitán general de la Nueva España, por nos servir el año pasado de 1518, con nuestra licencia, fuisteis a la isla Fernandina, llamada Cuba, con una armada a descubrir la Nueva España de que teníais noticia. Y con la gracia de nuestro señor y con buena industria de vuestra persona descubristeis la dicha Nueva España en que se incluyen muchas provincias y tierras, y las pacificasteis y pusisteis todo debajo de nuestro señorío y Corona real. Y así están ahora, lo cual somos ciertos que han sido con muchos y grandes trabajos y peligros de vuestra persona, y nos habemos tenido de vos por muy bien servidos en ello. Y acatando los grandes provechos que de vuestros servicios han redundado, así para el servicio de nuestro señor y aumento de nuestra santa fe católica que en las dichas tierras que están sin conocimiento ni fe, se ha plantado con el acrecentamiento de ello, ha redundado a nuestra Corona real de estos reinos, y los trabajos que en ellas habéis pasado, y

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. En Nueva España, moneda “de cuenta” equivalente a la trigésima cuarta parte de un real, que era utilizada par calcular multas o pensiones en las monedas “corrientes”, como el peso y los reales. 35 . Fuente: José Luis Martínez, Documentos cortesianos. 1528-1532, vol. 3, México, Universidad Nacional Autónoma de México – Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 125-130.

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la fidelidad y obediencia con que siempre nos habéis servido, como bueno y fiel servidor y vasallo nuestro, según somos ciertos y certificados. Y porque a los reyes es justa y loable cosa hacer mercedes y honrar a aquellos que bien y lealmente les sirven, porque todos se esfuercen a hacer lo mismo. Y porque es razón que de lo susodicho quede perpetua memoria y porque los dichos vuestros servicios sean satisfechos y otros tomen ejemplo de nos servir bien y fielmente. Y acatando que a los reyes y príncipes es propia cosa honrar y sublimar y hacer gracias y mercedes a sus súbditos y naturales, especialmente a aquellos que bien y fielmente les sirven y aman su servicio. Por la presente os hacemos merced, gracia y donación pura, perfecta y no revocable, que es otra entre vivos para ahora y para siempre jamás, de las villas y pueblos de Cuinapan, Atlacavoye, Matlacingo, Toluca, Calimaya, Cuernavaca, Huastepec, Acapistla, Yautepeque, Tepistlán, Oaxaca, Cuyulapa, Etlantequila, Vacoa, Tehuantepec, Jalapa, Utlatepec, Atroyestán, Equetasta, Tuixtlatepeca, Izcalpan, que son en la dicha Nueva España hasta en número de 23.000 vasallos, y jurisdicción civil y criminal, alta y baja, mero mixto imperio, y rentas y oficios, y pechos y derechos, y montes y prados y pastos y aguas corrientes, estantes y manantes. Y con todas las cosas que Nos tuviéremos y lleváramos, y debamos gozar y llevar en las tierras que para la nuestra Corona real se señalaren en la dicha Nueva España. Y con todo lo otro al señorío de las dichas villas y pueblos, de suso declarados, perteneciente en cualquier manera, y para que todo ello sea vuestro y de vuestros herederos y sucesores, y de aquel o aquellos que de vos o de ellos o hubieren título o causa y razón. Y para que lo podáis vender, dar o donar y trocar y cambiar, y enajenar y hacer de ello y en

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ello todo lo que quisiereis y por bien tuviereis, como de cosa vuestra propia, libre y quieta y desembargada, habida por justo y derecho título. Reteniendo, como retenemos, en Nos y para Nos, y para los reyes que después reinaren en estos reinos, la soberanía de nuestra justicia real. Y que las apelaciones que de vos o de vuestro alcalde mayor que en las dichas villas y pueblos hubiere, vaya ante Nos y ante los de nuestro Consejo Real y oidores de las nuestras audiencias y cancillerías. Y que Nos hagamos y mandemos hacer justicia en ellas cada vez que nos fuere pedido, y viéremos que cumpla a nuestro servicio de la mandar hacer. Y que no podáis vos, ni vuestros herederos y sucesores, hacer ni edificar de nuevo fortalezas algunas en los dichos pueblos y sus tierras y términos sin nuestra licencia y especial mandado. Y tenemos así mismo para Nos y para los reyes que después de Nos vinieren los mineros y encerramientos de oro y plata, y de otros cualesquier metales y las salinas que hubiere en las dichas tierras. Y que hagáis la guerra por cada y cuando os lo mandáremos o enviáremos a mandar. Bibliografía recomendada: Ward Barret, La hacienda azucarera de los marqueses del Valle, México, Siglo XXI, 1977, 286 p. Bernardo García Martínez, El Marquesado del Valle. Tres siglos de régimen señorial en Nueva España, México, El Colegio de México, 1969, 175 p. José Luis Martínez, Hernán Cortés, 3ª. reimp. de la 1ª. ed., México, Universidad Nacional Autónoma de México – Fondo de Cultura Económica, 1997, 1012 p. Michael Riley, Fernando Cortés and the Marquesado in Morelos, 1522-1547. A Case Study in the Socioeconomic Development of Sixteenth century Mexico, Albuquerque, University of New Mexico, 1973, 168 p. ________________________________________________________ Ordenanzas de población de Felipe II, 157336

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. Fuente: Boletín del Archivo General de la Nación, tomo 6, mayo-junio 1935, no.3, p.321-360.

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Las Ordenanzas de 1573 constituyen el documento fundamental del urbanismo novohispano. En ellas confluyen los experimentos previos de formación planeada de ciudades (como Puebla) según un modelo renacentista que acentuaba la racionalidad y funcionalidad en la distribución del espacio; las conclusiones del largo debate sobre los “justos títulos”, que se manifiesta en la proscripción oficial del término “conquista” del vocabulario legal, sustituido por el de “pacificaciones”; y la preocupación gubernamental por “dar asiento” a conquistadores y colonos, ofreciéndoles solares, huertas, tierras, exención de impuestos y su reconocimiento como hidalgos. El documento insiste en la primacía simbólica del poder real, al disponer que los edificios públicos se hallen en la plaza principal mientras la iglesia debería edificarse en lugar aparte, aunque desde luego con la debida dignidad arquitectónica. En términos generales, el documento forma parte de una política imperial para establecer un orden reglamentado y vigilado por la Corona en tierras que hasta entonces habían sido gobernadas de manera casuística y sin un propósito general; recoge, asimismo las experiencias anteriores, al establecer que los “descubrimientos” deberían ser empresas privadas bajo licencia oficial. Las poblaciones de españoles que se edificarían en el norte novohispano (con excepción de los reales de minas) y los pueblos de indios que se establecerían con las congregaciones de fines del siglo claramente siguen las disposiciones de las Ordenanzas. Don Felipe, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias, Islas y Tierra Firme de la Mar Océano, conde de Barcelona, señor de Vizcaya y de Molina, duque de Atenas y de Neopatria, conde de Ruisellón y de Cerdeña, marqués de Loristán y de Goziano, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Bravante y de Milán, conde de Flandes y de Tirol, etcétera. A los virreyes, presidentes de audiencias y gobernadores de las nuestras Indias del Mar Océano, y a todas las otras personas a quien lo infrascrito toca y atañe y puede tocar y en cualquiera manera, sabed: que para que los descubrimientos y nuevas poblaciones y pacificaciones de las tierras y provincias que en las Indias están por descubrir, poblar y pacificar se hagan con más facilidad y como conviene al servicio de Dios nuestro señor y bien de los naturales, entre otras cosas hemos mandado hacer las ordenanzas siguientes:

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1. Ninguna persona de cualquier estado y condición que sea haga por su propia autoridad nuevo descubrimiento por mar ni por tierra, ni entrada, nueva población ni ranchería en lo que estuviere descubierto o se descubriere, sin licencia o provisión nuestra o de quien tuviere nuestro poder para la dar, so pena de muerte y de perdimiento de todos sus bienes para nuestra cámara; y mandamos a los nuestros virreyes, audiencias y gobernadores y otras justicias de las Indias, que no den licencia para hacer nuevos descubrimientos sin enviárnoslo primero a consultar, y tener para ello licencia nuestra; pero permitimos que en lo que estuviere ya descubierto puedan dar licencia para hacer las poblaciones que convengan, guardando la orden que en el hacerlas se manda guardar por las leyes de febrero, con que la población que se hiciere en lo descubierto, luego nos envíen relación. 2.Los que tienen la gobernación de las Indias, así en lo espiritual como en lo temporal, se informen con mucha diligencia si dentro de su distrito, en las tierras y provincias que confinaren con él, hay alguna cosa por descubrir y pacificar, y de las substancias y calidades de ellas, y de las gentes y naciones que las habitan, sin enviar a ellas gente de guerra ni otras que puedan causar escándalo, informándose por los mejores medios que pudieren; y asimismo se informen de las personas que serán convenientes para hacer los dichos descubrimientos y con las personas que les parecieren más convenientes, tomen asiento y capitulación, ofreciéndoles los honores y aprovechamientos que justamente y sin injuria de los naturales se les pudieren ofrecer y sin ejecutar lo de lo que hubieren capitulado, y de lo que averiguaren y de la relación que tuvieren, la den al virrey y a las audiencias y envíen al Consejo, y habiéndose visto en él y dado licencia para ello, puedan hacer el descubrimiento de ellas, guardando la orden siguiente: Habiéndose de hacer descubrimiento por tierra en los confines de la provincia, pacífica y sujeta a nuestra obediencia, en lugar conveniente, se pueble el lugar de

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españoles, si hubiere disposición para ello y si no, sea de indios vasallos, de manera que sean seguros. Desde el pueblo que estuviere poblado en los confines, por vía de comercio y rescate37, entren indios vasallos y lenguas38 a descubrir la tierra, y religiosos y españoles, con rescates y dádivas y con paz procuren de saber y entender el sujeto, sustancia y calidades de la tierra, y las naciones de las gentes que la habitan, y los señores que la gobiernan, y hagan discreción de todo lo que se pudiere saber y entender, y vayan enviando siempre relación al gobernador para que la envíe al Consejo. Miren mucho por los lugares y puertos donde se pudiere hacer poblaciones de españoles, sin perjuicio de los indios...... Aunque según el celo y deseo que tenemos de que todo lo que está por descubrir de las Indias, se descubriese para que se publicase el santo evangelio y los naturales viniesen al conocimiento de nuestra santa fe católica, teníamos en poco todo lo que se pudiese gastar de nuestra hacienda para tan santo efecto; pero atento a que la experiencia ha mostrado en muchos descubrimientos y navegaciones que sean por nuestra cuenta, se hacen con mucha costa y con mucho menos cuidado y diligencia de los que la van a hacer, procurando más de se aprovechar de la hacienda real que de que se consiga el efecto a que van, mandamos que ningún descubrimiento, navegación y población se haga a costa de nuestra hacienda, ni los que gobiernan puedan gastar en esto cosa alguna de ello, aunque tengan nuestros poderes instrucciones para hacer descubrimientos y navegaciones, si no tuvieren poder especial para lo hacer a nuestra costa.

. El “rescate” era lo que se obtenía por medio de comercio con los indígenas, aunque en ocasiones estas transacciones se diferenciaban poco del saqueo. 38 . En referencia a una persona: traductor.
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Habiendo frailes y religiosos de las órdenes, que se permitan pasar a las Indias, que con el deseo de se emplear en el servicio de nuestro señor quisieren ir a descubrir tierras y publicar en ellos el santo evangelio, antes a ellos que en otros se encargue el descubrimiento y se les de licencia para ello, y sean favorecidos y proveídos de todo lo necesario para tan santa y buena obra, a nuestra costa...... Los descubrimientos no se den con título y nombre de conquistas, pues habiéndose de hacer con tanta paz y caridad como deseamos, no queremos que el nombre dé ocasión ni color para que se pueda hacer fuerza ni agravio a los indios...... Al que se obligare de poblar un pueblo de españoles dentro del término que le fuere puesto en su asiento, que por lo menos tenga treinta vecinos, y que cada uno de ellos tenga una casa, diez vacas de vientre, cuatro bueyes o dos bueyes y dos novillos y una yegua de vientre, cinco puercas de vientre y seis gallinas, veinte ovejas de vientre, de Castilla; y que tendrá clérigo que administre los sacramentos y proveer la iglesia de ornamentos y cosas necesarias al servicio del culto divino, y diere fianzas que lo cumplirá dentro del dicho tiempo; si no lo cumpliere, que pierda lo que hubiere edificado, labrado y granjeado y que sea para Nos, y más que incurra en pena de mil pesos de oro39. Se le den cuatro leguas40 de término y territorio en cuadra o prolongado según la calidad de la tierra acaeciere a ser, de manera que en cualquiera forma que se deslinden vengan a ser cuatro leguas en cuadro, con que por lo menos disten los límites del dicho territorio cinco leguas de cualquiera ciudad, villa o lugar de españoles que antes estuviere poblado, y con que sea en parte donde no pare

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. Moneda de uso corriente; el común equivalía a ocho reales. El peso de oro “de minas” era moneda “de cuenta” que tenía mayor valor. 40 . Medida de longitud de extensión variable, que en Nueva España equivalía aproximadamente a 4.200 m.

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perjuicio a cualesquier pueblos de indios que antes estuvieren poblados, ni de ninguna persona particular. El dicho término y territorio se reparta en esta forma: Sáquese primero lo que fuere menester para los solares del pueblo y ejido competente y dehesa en que pueda pastar abundantemente el ganado que está dicho que han de tener los vecinos, y más otro tanto para los propios41 del lugar. El resto del dicho territorio y término se haga cuatro partes, la una de ella que escogiere para el que está obligado a hacer el dicho pueblo, y las otras tres se repartan en treinta suertes para los treinta pobladores del dicho lugar. Territorio y término para nueva población no se pueda conceder ni tomar en puerto de mar ni en parte que en algún tiempo pueda redundar en perjuicio de nuestra Corona Real y de la república, y porque los tales queremos que queden reservados para nos. Declaramos que se entienda por vecino el hijo o hija o hijos del nuevo poblador o sus parientes, dentro o fuera del cuarto grado, teniendo su casa y familias distintas y apartadas, y siendo casados y teniendo cada uno casa de por sí. Si, por caso fortuito los pobladores no hubieren acabado de cumplir la dicha población en el término contenido en el asiento, no hayan perdido ni pierdan lo que hubieren gastado ni edificado, ni incurran la pena. El que gobernare la tierra lo pueda prorrogar según el caso se ofreciere. Los pastos del dicho término sean comunes, alzados los frutos, excepto la dehesa boyal y concejil.

. Fondos pertenecientes en común a un ayuntamiento o cabildo; podían consistir en tierras previstas para este fin al momento de la fundación, o bien diferentes ingresos por concepto de rentas e impuestos.
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El que se obligare a hacer la dicha población, tenga la jurisdicción civil y criminal en primera instancia por los días de su vida o de su hijo o heredero, y pueda poner alcaldes ordinarios, regidores, y los otros oficiales del consejo de los vecinos del dicho pueblo, y en grado de apelación vayan las causas ante el alcalde mayor o audiencia en cuyo distrito cayere la dicha población. Al que hubiere cumplido con su asiento y hecho la tal población conforme a lo que estuviere obligado, le damos licencia y facultad para hacer mayorazgo o mayorazgos de lo que hubiere edificado y de la parte que del término se le concede y en ello hubiere plantado y edificado. Item les concedemos las minas de oro y plata y otros mineros y salinas y pesquerías de perlas que hubiere en el dicho término territorio, con tanto que del oro, plata, perlas y todo lo demás que sacaren de los dichos metales y mineros, el tal poblador y los moradores del dicho pueblo o otra cualquiera persona, den y paguen para nos y para nuestros sucesores el quinto42 de lo que sacaren, horro43 de toda costa. Item, concedemos a los dichos pobladores y a los vecinos de la población, que de todo lo que llevaran para sus casas y mantenimientos en el primero viaje, no nos paguen derechos de almojarifazgo44 ni otros algunos que nos pertenezcan. A los que se obligaren a hacer la dicha población y la hubieren poblado y cumplido con su asiento, por honrar sus personas y de sus descendientes, y que de ellos como

. El quinto era un impuesto que se cobraba sobre la producción minera; por concesión real, en la Nueva España se recaudaba solamente un décimo. La contribución íntegra se mantuvo para los metales preciosos “de rescate”, que se obtenían por concepto de botín de guerra o comercio con los indígenas. 43 . Libre. 44 . En Nueva España, impuesto que se pagaba en los puertos a la entrada y salida de mercancías.
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primeros pobladores quede memoria loable, los hacemos hijosdalgo45 de solar conocido, a ellos y a sus descendientes legítimos, para que en el pueblo que poblaren y en otra cualesquier parte de las Indias, sean hijosdalgo y personas nobles de linaje y solar conocido, y por tales sean habidos y tenidos y gocen de todas las honras y preeminencias y puedan hacer todas las cosas que todos los hombres hijosdalgo y caballeros de estos reinos de Castilla, según fuero46, leyes y costumbres de España, pueden y deben hacer y gozar. Habiendo quien quiera obligarse a hacer nueva población en la forma y manera dicha, de más vecinos de treinta o de menos, conque no sean menos de doce, se les conceda el término y territorio al respecto, y con las mismas condiciones. No habiendo personas que hagan asiento y obligación para hacer nueva población, si hubiere copia de hombres casados que se quieran concertar a hacer nueva población a donde les fuere señalado, conque no sean menos de diez casados, lo puedan hacer y se les dé término y territorio al respecto de lo que está dicho, y ellos puedan elegir entre sí alcaldes ordinarios y oficiales de consejo anuales. Habiéndose tomado asiento para nueva población por vía de colonia, adelantamiento, alcaidía mayor, corregimiento, villa o lugar, el consejo y los que gobernaren las Indias no se contenten con haber tomado y hecho el dicho asiento, sino que siempre los vayan gobernando y ordenando como los pongan en ejecución y tomándoles cuenta de lo que fueren haciendo. Habiendo hecho el gobernador asiento de nueva población, con ciudad, adelantamiento, alcalde mayor o corregidor de nueva población, la ciudad o persona con

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. Personas que pertenecen a un linaje reconocido como noble, exentas por lo mismo de ciertas contribuciones cobradas generalmente a todos los súbditos. 46 . Conjunto de leyes y privilegios aplicables a un grupo en particular, sea de oficio (como el eclesiástico y militar) o de nación (como los vascos).

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quien se tomare el dicho asiento tomará asimismo asiento con cada uno de los particulares que se hubieren registrado o vinieren a registrar para la nueva población; en el cual asiento la persona a cuyo cargo estuviere la dicha población se obligare de dar a la persona que con él quisiere poblar el pueblo, de su mando, solares para edificar casas y tierras de pastos y labor, en tanta cantidad de peonías y caballerías en cuanto cada uno de los pobladores se quisiere obligar a edificar, con que no excedan ni se den a cada uno más de cinco peonías, y tres caballerías a los que se dieren caballerías. Es una peonía, solar de cincuenta pies en ancho y cien en largo, cien fanegas47 de tierra de labor de trigo o cebada, diez <de> maíces, dos huebras48 de tierra para huerta y ocho para plantas de otros árboles; dése cada tierra de pasto para diez puercas de vientre, veinte vacas y cinco yeguas, cinco ovejas y veinte cabras. Una caballería de solar para casa de cien pies de ancho y doscientos de largo, y de todo lo demás como cinco peonías, que serán quinientas fanegas de labor para pan de trigo o cebada, cincuenta de maíz, diez huebras de tierra para huerta, cuarenta para plantas de otros árboles; dése cada tierra de pasto para cincuenta puercas de vientre y cien vacas, veinte yeguas, quinientas ovejas, cien cabras. Las caballerías, así en los solares como en las tierras de pasto y labor, se den deslindadas y apeadas en término cerrado, y las peonías, los solares y tierras de labor y plantas, se den deslindadas y divididas, y el pasto se les dé en común. Los que aceptaren asiento de recibir las caballerías y peonías se obliguen de tener edificados, poblada la casa y hechas y repartidas las hojas de las tierras de labor, y haberlas

. Unidad de capacidad equivalente a 55.5 litros; por extensión, unidad agraria donde podía recogerse esta cantidad de cereales. La fanega de sembradura de trigo o maíz variaba entre 3.5 y 5.3 há., con variedades regionales. 48 . Medida de tierra equivalente a la extensión que labraba una yunta de bueyes en un día.
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labrado y haberlas puesto de plantas y poblado de ganados, las de pasto, dentro de tanto tiempo, repartido por sus plazos y declarando lo que en cada uno de los plazos ha de estar hecho con pena de que pierda el repartimiento de solares y tierras, y más cierta cantidad de maravedíes de pena para la república, y ha de hacer obligación en forma pública con fianza llana y abonada. Los que hubieren hecho asiento y se hubieren obligado de edificar, labrar y pastar caballerías puedan hacer y hagan asiento con labradores que les ayuden a edificar y labrar y pastar, conforme a como se concertaron, obligándose los unos a los otros para que con más facilidad se haga la población y se labre y paste la tierra. El gobernador que concediere la nueva población y la justicia del pueblo que de nuevo se poblare, de oficio o a pedimento de parte, hagan cumplir los asientos de todos los que estuvieren obligados para las nuevas poblaciones con mucha diligencia y cuidado, y los regidores y procurador del consejo hagan instancias contra los pobladores que a sus plazos que están obligados no hubieren cumplido, y se compelan con todos remedios para que cumplan, y a los que se ausentaren se proceda contra ellos y se prendan y traigan a las poblaciones para que cumplan su asiento y población, y si estuviere en jurisdicción ajena, se den requisitorias, y todas las justicias las cumplan, so pena de la nuestra merced. Habiéndose hecho el descubrimiento, elegídose la provincia, comarca y tierra que se hubiere de poblar, y los sitios de los lugares adonde se han de hacer las nuevas poblaciones, y tomándose el asiento sobre ello, los que lo fueren a cumplir los ejecuten en la forma siguiente: Llegando al lugar en donde se ha de hacer la población, el cual mandamos que sea de los que estuvieren vacantes y que por disposición nuestra se puedan tomar sin perjuicio de los indios y naturales o con su libre consentimiento, se haga la planta del lugar repartiéndola por sus plazas, calles y solares, a cordel y regla, comenzando desde la plaza

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mayor y desde allí sacando las calles a las puertas y caminos principales y dejando tanto compás abierto que aunque la población vaya en grande acrecentamiento se pueda siempre proseguir en la misma forma; y habiendo disposición en el sitio y lugar que se escogiere para poblar, se haga la planta en la forma siguiente: Habiendo hecho la elección del sitio adonde se ha de hacer la población que como está dicho, ha de ser en lugares levantados, adonde haya sanidad, fortaleza y fertilidad de tierras de labor y pasto, leña y madera y materiales, aguas dulces, gente natural, comodidad de acarretos, entrada y salida, que esté descubierto el viento norte; siendo en costa téngase consideración al buen puerto, y que no tenga el mar a mediodía ni al poniente; si fuera posible no tenga cerca de sí lagunas ni pantanos en que se críen animales venenosos y corrupción de aires y aguas. La plaza mayor donde se ha de comenzar la población, siendo en costa de mar, se debe hacer al desembarcadero del puerto; en siendo en lugar mediterráneo, en medio de la población; la plaza sea en cuadro, prolongada, que por lo menos tenga de largo una vez y media de su ancho, porque de esta forma es mejor para las fiestas de a caballo y cualesquier otras que se hayan de hacer. La grandeza de la plaza sea proporcionada a la cantidad de los vecinos, teniendo consideración a que en las poblaciones de indios, como son nuevas, se va con intento de que han de ir en aumento, y así se hará la elección de la plaza, teniendo respecto a lo que la población puede crecer, no sea menos que doscientos pies de ancho y trescientos de largo, ni mayor que de ochocientos pies de largo y quinientos y treinta y dos de ancho la mediana, y de buena proporción es de seiscientos pies de largo y cuatrocientos de ancho. De la plaza salgan cuatro calles principales, una por medio de cada costado de la plaza y dos calles por cada esquina de la plaza y dos calles por cada esquina de la plaza; las

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cuatro esquinas de la plaza miren a los cuatro vientos49 principales, porque de esta manera, saliendo las calles de la plaza, no estarán expuestas a los cuatro vientos principales, que sería de mucho inconveniente. Toda la plaza a la redonda y las cuatro calles principales que de ella salen, tengan portales, porque son de mucha comodidad para los tratantes que allí suelen concurrir; las ocho calles que salen de la plaza por las cuatro esquinas, salgan libres a la plaza, sin encontrarse con los portales, retrayéndolos de manera que hagan hacer a derecha con la calle y plaza. Las calles en lugares fríos, sean anchas, y en los calientes sean angostas, pero para defensa donde hay caballos son mejores anchas. Las calles se prosigan desde la plaza mayor, de manera que aunque la población venga en mucho crecimiento, no venga a dar en algún inconveniente que sea a cambio de afear lo que se hubiere reedificado o perjudique su defensa y comodidad. A trechos de la población se vayan formando plazas menores en buena proporción, a donde se han de edificar los templos de la iglesia mayor, parroquias y monasterios, de manera que todo se reparta en buena proporción para la doctrina. Para el templo de la iglesia mayor, parroquia o monasterio se señalen solares, los primeros después de las calles y plazas, y sean en isla entera, de manera que ningún otro edificio se les arrime, si no fuere el perteneciente a su comodidad y ornato. Para el templo de la iglesia mayor, siendo la población en costa, se edifique en parte que en saliendo de la mar se vea, y su fábrica que en parte sea como defensa del mismo puerto.

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. Rumbos o puntos cardinales.

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Señálese luego sitio y solar para la casa real, casa de concejo y cabildo, aduana y atarazana, junto al mismo templo y puesto de manera que en tiempo de necesidad, se puedan favorecer las unas a las otras; el hospital para pobres y enfermos de enfermedad que sea contagiosa, se ponga junto al templo y por claustro de él para los enfermos de enfermedad contagiosa, se ponga el hospital en parte que ningún viento dañoso, pasando por él, vaya a herir en la demás población, y si se edificare en lugar levantado sea mejor. El sitio y solares para carnicerías pescaderías, tenerías y otras oficinas que de sí causan inmundicias, se den en parte que con facilidad se puedan conservar sin ellas. Las poblaciones que se hicieren fuera de puerto de mar, en lugares mediterráneos, si pudieren ser en ribera de río navegable, será de mucha comodidad, y procúrese que la ribera que dé a la parte del cierzo, y que a la parte de río y mar coja de la población, se pongan todos los edificios que causan inmundicias. El templo en lugares mediterráneos no se ponga en la plaza, sino distante de ella y en parte que esté separado de edificio que a él se llegue, que no sea tocante a él, y que de todas partes sea visto porque se pueda ornar mejor y tenga más autoridad, y hase de procurar que sea algo levantado del suelo de manera que se haya de entrar en él por gradas, y cerca de él entre la plaza mayor y se edifiquen las casas reales del concejo y cabildo, aduana, no de manera que den embarazo al templo sino que lo autoricen; el hospital de los pobres que no fueren de enfermedad contagiosa se edifique por del templo y por claustro de él, y el de enfermedad contagiosa a la parte del cierzo, con comodidad suya, de manera que goce del mediodía. La misma planta se guarde en cualquier lugar mediterráneo en que no haya ribera, conque se mire mucho que haya las demás comodidades que se requieren.

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En la plaza no se den solares para particulares, dense para fábrica de la iglesia y casas reales y propios de la ciudad, y edifíquense tiendas y casas para tratantes, y sea lo primero que se edifique, para lo cual contribuyan todos los pobladores, y se imponga algún moderado derecho sobre las mercaderías, para que se edifiquen. Los demás solares se repartan por suerte a los pobladores, continuándolos a los que corresponden a la plaza mayor y los que restaren queden para nos para hacer merced de ellos a los demás que fueren a poblar o lo que la nuestra merced fuere, y para que se acierte mejor, llévese siempre hecha la planta de la población que se hubiere de hacer. Habiendo hecho la planta de la población y repartimiento de solares, cada uno de los pobladores en el suyo asienten su toldo si lo tuviere, para lo cual los capitanes les persuadan que los lleven, y los que no los tuvieren, hagan su rancho de materiales que con facilidad puedan haber, adonde se puedan recoger, y todos con la mayor presteza que pudieren hagan alguna empalizada o trinchera en cerco de la población, de manera que no puedan hacer daño de ellos indios y naturales. Señálese <en> la población, ejido en tan competente cantidad que aunque la población vaya en mucho crecimiento siempre quede bastante espacio donde la gente se pueda salir a recrear y salir los ganados sin que hagan daño. Confinando con los ejidos, señálense dehesas para los bueyes de labor y para los caballos y para los ganados de carnicería y para el número ordinario de caballos y para los ganados de carnicería y para el número ordinario de ganados que los pobladores, por ordenanzas, han de tener, y en alguna buena cantidad para que se acojan para propios del consejo; y los restantes se señale en tierras de labor, de que se hagan suertes en la cantidad que se ofreciere de manera que sean tantas como los solares que puede haber en la población; y si hubiere tierras de regadío, se haga de ellas suerte y se partan en la misma

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proporción de los primeros pobladores y por sus suertes, y los demás queden para Nos, para que hagamos merced a los que después fueren a poblar. En las tierras de labor que repartan, luego inmediatamente siembren los pobladores todas las semillas que llevaren y pudieren haber, para lo cual conviene que vayan muy proveídos; y en la dehesa señaladamente todo el ganado que llevaren y pudieren juntar, para que luego se comience a criar y multiplicar. Habiendo sembrado los pobladores y acomodado el ganado en tanta cantidad y con tan buena diligencia de que esperen haber abundancia de comida, comiencen con mucho cuidado y valor a fundar sus casas y edificarlas de buenos cimientos y paredes, para lo cual vayan apercibidos de tapiales o tablas para los hacer, e todas las otras herramientas para edificar con brevedad y poca costa. Dispongan los solares y edificios que en ellos se hicieren de manera que en la habitación de ellos se pueda gozar de los aires de mediodía y del norte, por ser los mejores; dispónganse los edificios de las casas de toda la población generalmente de manera que sirvan de defensa y fuerza contra los que quisieren estorbar o infestar la población, y cada casa en particular la labren de manera que en ella puedan tener sus caballos y bestias de servicio, con patios y corrales, y con la más anchura que fuere posible por la salud y limpieza. Procuren en cuanto fuere posible que los edificios sean de una forma por el ornato de la población. Tengan cuidado de andar viendo cómo esto se cumple los fieles ejecutores y alarifes y las personas que para esto diputare el gobernador, y que se den prisa y la labor y edificio para que se acabe con brevedad la población.

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Si los naturales se quisieren poner en defensa50 de la población, se les dé a entender cómo se quiere poblar y no para hacerles ningún mal ni tomarles sus haciendas sino por tomar amistad con ellos y enseñarlos a vivir políticamente, y mostrarles a conocer a Dios y enseñarles su ley, por la cual se salvarán, dándoselo a entender por medio de los religiosos y clérigos y personas que para ello diputare el gobernador y por buenas lenguas, y procurando por todos los buenos medios posibles que la población se haga con su paz y consentimiento; y si todavía no lo quisieren consentir habiéndoles requerido por los dichos medios diversas veces, los pobladores hagan su población sin tomar de lo que fuere particular de los indios y sin hacerles más daño del que fuere menester para la defensa de los pueblos y para que la población no se estorbe. Entretanto que la nueva población se acaba, los pobladores en cuanto fuere posible, procuren evitar la comunicación y trato con los indios, de no ir a sus pueblos ni divertirse 51 ni derramarse por la tierra, ni que los indios entren en el circuito de la población hasta la tener hecha y puesta en defensa y las cosas de manera que cuando los indios las vean les cause admiración, y entiendan que los españoles pueblan allí de asiento y no de paso y los teman para no osar ofender y los respeten para desear su amistad. En comenzándose a hacer la población, el gobernador reparta a alguna persona que se ocupe en sembrar y cultivar la tierra de pan y legumbres de que luego se puedan socorrer para sus mantenimientos y que los ganados que metieren se apacienten en parte donde estén seguros y no hagan daño en heredad ni cosa de los indios, para que asimismo, de los susodichos ganados y sus crías, se pueda servir, socorrer y sustentar la población......

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. O sea, “en oposición”. . Esto es, “dispersarse”.

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Porque os mandamos que veáis las dichas ordenanzas según que de suso van incorporadas, y las guardéis y cumpláis, y hagáis guardar y cumplir según y como en ellas se contiene y contra el tenor y forma de ellas no vayáis ni paséis, ni consintáis ir ni pasar, so pena de la nuestra merced. Hecha en el bosque de Segovia, a 13 de julio de 1573 años. Yo el rey. Bibliografía recomendada: Francisco de Solano (coord.), Estudios sobre la ciudad iberoamericana, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1971, 882 p. Louisa Schell Hoberman and Susan Migden Socolow (eds.), Cities and Society in Colonial Latin America, Albuquerque : University of New México, 1986, 350 p. ________________________________________________________

Instrucciones para la reducción de pueblos de indios del virrey conde de Monterrey.52 Los españoles encontraron a su llegada al futuro territorio novohispano una población dispersa en innumerables y reducidos asentamientos, donde los verdaderos centros urbanos eran relativamente escasos. Esta situación dificultaba el control de la población, la recaudación de tributos, de los servicios personales y de la evangelización de los vencidos. Por otro lado, los españoles estaban convencidos de la superioridad de la vida urbana "en orden y policía" y desconfiaban de la preferencia de los indios por vivir en lugares apartados y de difícil acceso. Por estas razones procuraron “reducir” los poblados indígenas a pueblos mayores, situados en lugares despejados y de fácil acceso y comunicación. Una primera fase estuvo a cargo de los misioneros de una manera muy amplia y entusiasta, pero sin un plan general; hacia fines de siglo fue la Corona la que decidió realizar una reubicación total y sistemática de los pueblos de indios, creando nuevos asentamientos que siguieran las normas de las “Ordenanzas de población” de 1573. Las disposiciones emitidas por los virreyes para este fin muestran que existió la intención de no causar demasiados perjuicios a los indígenas y concederles suficientes tierras, aguas y montes. Pese a esto, los afectados se resistieron al cambio y las autoridades tuvieron que recurrir a la coerción; las tierras abandonadas fueron casi invariablemente usurpadas por los propietarios españoles. Las congregaciones modificaron radicalmente la organización social, las formas de autoridad y de uso del suelo en la sociedad indígena y contribuyeron decisivamente a destruir muchos de los rasgos culturales mesoamericanos que habían sobrevivido a la conquista.
. Fuente: María Teresa Jarquín Ortega, Congregaciones de pueblos en el Estado de México, Zinacantepec, El Colegio Mexiquense, 1994, p.17-21.
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Don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, etcétera.. Por cuanto para lo tocante a la reducción de los naturales de esta Nueva España a menos y mayores poblaciones para su policía, buen gobierno, salud y conservación y enseñamiento de las cosas de nuestra santa fe católica, como su majestad lo tiene mandado, tengo nombrados veintisiete comisarios para que por provincias, según Francisco Domínguez, cosmógrafo de su majestad, las tiene repartidas y señaladas, las vayan a visitar y demarcar, y dándoles comisiones e instrucciones, así para lo que a esto toca como para otras diligencias y cosas que se les encomiendan enderezadas a la utilidad y alivio de las repúblicas de los dichos naturales; y por estar tan adelante el tiempo para que antes de comenzar sus sementeras del año que viene puedan estar congregados en las partes que de nuevo se les han de señalar, me ha parecido que para que mejor se ocupen tan solamente los dichos comisarios en lo que tocare a la dicha reducción, descargarles de las otras cosas que en las dichas instrucciones públicas se les encomiendan en algunos capítulos de ellas y así mando que sólo guarden y cumplan los del tenor siguiente: Primeramente llevarán entendido que el intento y resolución del rey nuestro señor que es reducir los indios de este reino a pueblos formados donde puedan ser enseñados y conservados con aumento en la fe y doctrina cristiana y en policía y buen gobierno, teniendo a la mano la corrección y amparo necesario así para las cosas espirituales como para las temporales, y cuanto mayores fueren los pueblos, dándoles a los indios solares anchurosos a su modo, se tendrá por mejor y más conveniente, y por lo menos se desea hallar disposición para que ninguna población bajase de quinientos tributarios muy pocos más o menos, que es el número de gente que por el estilo de la gobernación se presupone bastante para ocuparse y asistir con ella un ministro de doctrina.

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Demarcarán la tierra de todo el distrito de cada una de las cabeceras que llevan a su cargo y verán personalmente cuanto sea posible la tierra, disposición y sitio de ellas, y la población que hoy tiene de pueblos y caseríos y sujetos, temples, aguas, tierras para cultivar y fertilidad de ellas, montes y pastos de toda la dicha demarcación. Harán pintura clara y cierta con bastante demostración de todo, declarando en ella las distancias y la parte donde cae cada cosa. Y de todo lo que así vieren y demarcaren, elegirán en cada cabecera el sitio o sitios que les pareciere más conveniente para hacer la nueva población y congregación, en que ha de haber todas las cosas necesarias y convenientes según la gente de la cabecera y sus sujetos, conformándose siempre con los temples de los naturales de suerte que los que habitan y son nacidos en tierras frías no pasen a las calientes y por el contrario; y que los tales sitios sean de los de mejor comarca para sus granjerías, así para la fertilidad de la tierra como para las cosas que se traen de acarreto o se navegan por ríos, lagunas o acequias, apuntándolo todo en la dicha pintura con sus sitios y calidades. Verán las haciendas de españoles o indios que hubiere circunvecinas de los sitios que eligieren y el embarazo que hacen o pueden hacer, y ponerlas han en la dicha pintura y traerán razón de los títulos o derechos conque están fundadas y se poseen las tales haciendas, mandando a los dueños que las exhiban y manifiesten con apercibimiento que proveeré lo que convenga. Considerarán los caminos que pasan por las tales cabeceras y sus sujetos y distritos y a qué partes van, y si son caminos reales y si están despoblados o tienen pueblos donde se hagan las jornadas o si se pueden poner ventas o mesones para acomodar el camino y señalarlo han en la pintura; y en esto irán con atención siempre a no impedir el fin que se lleva que es la congregación y junta de los naturales y no dividirlos ni esparcirlos, porque

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donde en los caminos no hubiere pueblo grande que por sí pueda tener ministro de doctrina no se ha de reservar de ser congregado y reducido o congregarse a él otros pueblos en que se ha de considerar que como la población fuese buena, antes será de comodidad al tránsito y caminantes y aún en partes de granjería para los indios, más siendo pequeña padecerá mucho en la vejación de los pasajeros y será mejor despoblar dicho puesto y procurará acomodarlos con visitas. Sabrán en todas las dichas cabeceras y sus sujetos qué lenguas usan los naturales y si las hay diferentes y diferentes naciones y entenderán cuáles y cuántas son y qué cantidad de gente tiene cada lengua o nación y si viven mezclados unos con otros o de por sí o en diferentes pueblos y a qué distancia y en qué disposiciones de tierra y temples. Y de todo lo referido, que es lo que parece importa para efectuar mejor y con más comodidad de los naturales las dichas congregaciones, demás de la dicha pintura harán relación por escrito con mucha claridad que se pueda tomar de ella bastante inteligencia y noticia para proveer lo que más convenga. Y porque se excuse trabajo y gasto a los naturales acerca de las pretensiones que suelen tener de impedir la elección de los puestos en que la congregación ha de hacerse, tomarán una breve y sumaria información de testigos de buen crédito, los cuales declaren lo que supieren y entendieren de las calidades, temples, tierras, aguas y montes y las demás cosas necesarias para la fundación de cualquier pueblo. Y los dichos sitios que así eligieren comunicarán a los ministros de la doctrina y de la justicia de quien antes se habrán informado. Y pondrán el pro y contra de lo que sintieren de la elección y arbitrio, y asimismo darán noticia a los naturales publicándolo en las iglesias donde los de aquella cabecera se congregan a oír misa, sin faltar ninguna iglesia en días de fiesta, y estando juntos les darán a entender cómo yo por orden de su majestad he

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acordado de congregarlos y juntarlos sin réplica ni excusa y que se trata de que sean aquellos sitios por ser los más convenientes para su comodidad y vivienda, de donde ya no se han de mudar ni pasar a otra parte y porque en todo se procura su utilidad y provecho; digan si tuvieren de qué advertir en cuanto a los dichos sitios y sus calidades, advirtiéndoles que con sólo lo que entonces dijeren y averiguaren se ha de determinar por mí lo que más convenga y sea justicia, sin que sean ni hayan de ser oídos en otra forma judicial; y de lo que dijeren, no pareciéndoles conveniente mudar acuerdo por las advertencias que hicieren, que en tal caso podrán mudarse y escoger otros sitios, tomarán de su parte otra breve y sumaria información de personas desinteresadas y de confianza para justificación de sus contradicciones, excusando cuanto fuere posible los perjurios, y hecha esta información con la de su oficio lo juntarán y traerán ante mí con la pintura y su parecer jurado. Harán particular relación de las tierras y sitios que tuvieren y quedaren en lo despoblado, y para que los indios, sus dueños, sean siempre amparados en ellas, y si para haciendas de labor, ganados mayores y menores y otros aprovechamientos hay otros pedazos de terreno y tierra que sean de provecho y que se puedan reservar para ejido y aprovechamiento común del pueblo de indios adonde aquel se redujere o de otro cercano o para hacer repartimiento de tierras entre los indios de estos pueblos. Y porque yo he dado nueva orden para que las cabeceras y sus comunidades tengan un sello con que señalen las cartas y memoriales que han de enviar a su procurador general para la confirmación de elecciones, nuevas cuentas y tasaciones de tributarios y otros pedimentos o pleitos que en nombre del común se hayan de intentar o seguir. Y asimismo, he proveído cerca del conocimiento que las justicias ordinarias han de tener en las causas de los indios y el orden de la expedición de ellas Y también he dado nueva forma en el orden de las pagas de los tributarios y sobras de tributos y de lo que cada indio paga a su

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comunidad y no de otra parte la contribución del mismo real de los salarios de los oficiales de la Audiencia y de las cajas y cepos que para ello ha de haber y otras cosas, como consta de los mandamientos y ordenanzas que se encargan a los dichos comisarios para que confieran el efecto de ellos como les he comunicado con las justicias y oficiales de república indios, y entregarán los dichos recaudos y proveimientos en su comunidad, presente el ministro de la doctrina, para que los cumplan y ejecuten con mucha atención y puntualidad. Todo lo cual ejecutarán y cumplirán los dichos comisarios con la claridad, puntualidad y buen modo que de sus personas y fidelidad se espera y la que conviene haya en negocio de tanta gravedad e importancia y con la menos dilación que se pueda, usando para el efecto de esta instrucción y no de las que antes les estaba dada, que si necesario es la revoco y doy por ninguna y de ningún valor y efecto para que no se use de ella en manera alguna. Hecho en México a 28 días del mes de noviembre de 1598 años. El conde de Monterrey. Bibliografía recomendada: Bernardo García Martínez, Los pueblos de la sierra, México, El Colegio de México, 1987, Gibson, Charles, Los aztecas bajo el dominio español (1519-1810), 2a. ed., México, Siglo XXI, 1975, 533 p. Ernesto de la Torre Villar, Las congregaciones de los pueblos indios : fase terminal, aprobaciones y rectificaciones, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995, 343 p. ________________________________________________________

Título de fundación de la villa de Salamanca, 1602.53

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. Fuente: AGN, General de Parte, vol. 6, f. 81v-85vol.

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Las ciudades y villas tuvieron un papel fundamental en el asentamiento y organización de la población española y mestiza. Las instituciones de gobierno civil y eclesiástico, la oligarquía novohispana, e incluso los encomenderos y funcionarios provinciales que administraban a la población indígena residían en centros urbanos; la vida económica, aunque basada en gran medida en la producción agrícola, giraba en torno a los mercados urbanos. Los ayuntamientos, que por entonces en España pasaban por una progresiva pérdida de su independencia, conocieron en el virreinato un nuevo auge; la conquista y colonización de cada nuevo territorio quedaba marcada invariablemente por la fundación de una corporación municipal. Casi siempre los ayuntamientos estaban controlados por unas pocas grandes familias, que mediante la compra de los puestos de regidores obtenían una posición hereditaria en el gobierno de la villa o ciudad. Este control les permitía influir decisivamente en la economía y la sociedad, dado que los ayuntamientos regían las concesiones de solares y huertas, los permisos para construir obrajes, panaderías y molinos, la provisión de agua, las condiciones del abasto de materias primas y alimentos, el pósito del trigo, la alhóndiga del maíz, la producción artesana e industrial y el movimiento de tiendas, tiánguis y mercados. Don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, etcétera. Por cuanto Bartolomé Sánchez Torrado por sí y en nombre de algunos españoles que viven y residen en las congregaciones de Irapuato y jurisdicción de Yuririapúndaro y otras partes me hizo relación que por vivir en ellas derramados y apartados unos de otros en sus haciendas y tierras de labor, sin orden ni policía de república y que aunque había muchas años que andaban en pretensión de juntarse y congregarse en algún sitio de aquella comarca no había tenido efecto por no haberse hallado lugar tan acomodado y suficiente como el tenía descubierto en el comedio de las jurisdicciones de las villas de Celaya y León, en la parte que dicen Valtierra, junto a la estancia de Barahona y al Río Grande que iba de Toluca, del cual por experiencia y prueba que habían hecho se podía sacar el agua para el riego de las tierras que caen en sus riberas que por ser tan secas eran inútiles y de poco provecho, y con tan buena ocasión se podían regar no solamente ellas sino más de quince leguas de tierra, sacándose el agua por acequias y presas que se ofrecían hacer a su costa. Y atento a esto y al servicio de su majestad y al bien y aumento de este reino, me pidió mandase concederles

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licencia para fundar en la dicha parte un pueblo con título de ciudad o villa y hacer merced a los vecinos que hubiesen de poblar, de tierras y estancias, con sitios para casas y huertas con el aprovechamiento del agua del dicho río. Y por mi visto, con cierta información hecha ante la justicia de las minas de Guanajuato, a pedimento del dicho Bartolomé Sánchez Torrado, cerca de las utilidades que se seguirían de hacer la dicha población y con ella algunas peticiones firmada de ochenta hombres que pedían lo mismo; y sin embargo lo que constaba de la dicha información, para ser más bien informado y entender el daño o perjuicio notable que se podría seguir y entender la disposición y comodidad de la tierra, di comisión a Martín de Jaso, alcalde mayor que a la sazón era de las dichas minas de Guanajuato, por ser persona de confianza, inteligencia y prudencia, para que fuese a la dicha parte y con todo cuidado y atención viese por vista de ojos el sitio y asiento y en qué distancia caía del de las dichas villas de Celaya y León y otros pueblos de indios y la comodidad de sus entradas y salidas, aguas, vegas, montes y serranías que le fuesen vecinas y favorables para su trato y comercio, citando para esto los tales pueblos, cabeceras y sujetos, y a los dueños de estancias y labores que cayesen en su contorno y por mayor satisfacción recibiese información con personas desinteresadas y de crédito. Y para acertar mejor esta población averiguase asimismo si se podrían aprovechar del agua del dicho río y en la distancia que cae del sitio y la facilidad o dificultad que tendría el sacarla para llevarla fuera de su curso para el riego de las tierras que se les repartiesen , y las que se podrían dar en riego y se queda para los vecinos que poblasen y se avecindasen adelante, tomando lista y memoria de ellos. Y hecha con lo demás actuado, lo enviase ante mí con su parecer jurado; en cuyo cumplimiento, poniendo en efecto lo contenido en su comisión hizo citar en forma a Jerónimo López, Gaspar de Valdés, vecinos y regidores de esta ciudad; Baltasar de la Cadena, Alonso Pérez de Bocanegra, Antonio de la Cadena, don Juan Velázquez de

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Salazar y Juan de Cuéllar como personas hacendadas y convecinas al dicho sitio y a otros interesados, y a los cabildos de las dichas villas de Celaya y León y vecinos de ellas, los cuales y algunos de ellos hicieron ciertas contradicciones, hallándose presentes las partes de los dichos Gaspar de Valdés, Baltasar de la Cadena y Antonio Martínez de Contreras, en nombre de la dicha villa de Celaya, en la parte y lugar donde se ha de nacer la saca del agua del dicho río que es donde llaman el Rincón de Alonso Hernández, junto a Surumutaro y por nuevo nombre que se le dio, Rincón de San Bartolomé, que ha de ser en un brazo que se aparta del dicho río hacia la parte del norte que sea encaminada hacia la dicha estancia de Valtierra y río que viene de Celaya, alegando y contradiciendo la dicha saca y fundación, hizo la dicha averiguación de su oficio y dio su parecer en que por todo consta ser el dicho sitio que se señaló de cierta tierra, sana y de buenos aires, con montes y aguas y baldíos suficientes a la orilla del dicho río, y no ser dificultoso hacer la dicha saca, y que sólo lo sería pasar el agua por el río que dicen de Celaya, sino otro arroyo que tiene allí cerca, con canales de madera o haciendo como pase, con cal y canto, y con esto tendría facilidad; y que la distancia de allí a la villa de Celaya eran siete leguas, y otras siete al pueblo de Yuririapúndaro, que es el más cercano y la villa de León trece leguas, y caer el dicho en la junta de las jurisdicciones de Guanajuato y León, por donde no tendría inconveniente hacer la dicha fundación, y que el daño que se podría seguir al dicho Baltasar de la Cadena es solamente pasar el acequia por los términos de sus estancias, resultándole de esto aventarle los ganados; y asimismo se le podía seguir perjuicio al dicho Alonso Pérez de Bocanegra en habérsele de tomar la estancia que tiene nombrada de Mancera para ejidos o para otro efecto, lo cual sin el ganado y apero podría valer hasta quinientos pesos el sitio solo; y que el mayor daño que se podría seguir era al dicho Gaspar de Valdés, por habérsele de tomar dos sitios de estancia que es la de Valtierra y la de Barahona y tener asentada y poblada con

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gente y ganados la dicha estancia de Valtierra, que ambos sitios valdrían hasta dos mil pesos; y que si llegase la población y sementeras de ella a una estancia de los herederos de Juan Velázquez de Salazar, que está despoblada, sería forzoso habérsele de tomar recompensándoselas con otro sitio o como mejor me pareciese. Y habiendo hecho lista y memoria de las personas que así se querían avecindar y poblar en número de cuarenta hombres y obligándose de pagar y contribuir repartiéndoseles rata por cantidad del gasto que tuviese hasta que se concediese, se trajo ante mí, y por mí cometieron los dichos autos y diligencias al doctor Alonso de Alemán, abogado de esta Real Audiencia, para que los hiciese y diese su parecer; el cual le dio. Y atento a lo que de todo ello resulta y al servicio que a Dios nuestro señor y a su majestad se hace, bien, utilidad y mayor crecimiento de este reino y a la justificación con que se ha procedido y a las conveniencias que se coligen haberse de seguir, conformándome con el intento del rey nuestro señor y su Real Consejo de Indias, en razón de semejantes poblaciones por la presente en su real nombre, doy y concedo licencia y facultad para que en la dicha parte de Valtierra, junto a la dicha estancia de Barahona y el dicho Río Grande, se pueble de españoles conforme a la traza que se diere, una villa que se llame, nombre e intitule, villa de Salamanca, por ahora y para siempre jamás, con las gracias, preeminencias y condiciones que de yuso irán declaradas; y los vecinos que en ella asentaren y vivieren, llegando a treinta hombres casados puedan juntarse y señalar cabildo y parte donde se congreguen, y desde el día de año nuevo primero venidero que se espera de 603 en adelante, habiendo oído misa del Espíritu Santo, elegir y nombrar cuatro regidores, los cuales después de nombrados y elegidos, nombren y elijan dos alcaldes ordinarios de los más viejos y honrados que entre ellos hubiere, los cuales conozcan de las causas y negocios civiles y criminales que en la dicha villa y cuatro leguas a la redonda se ofrecieren y ocurrieren, las cuales señalo por término y jurisdicción

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de ella, sin perjuicio de tercero, con declaración que si toparen con otras jurisdicciones de que en esta sazón no se tiene noticia, sea y se entienda ser tanto menos la jurisdicción por aquella parte la de la dicha villa, porque no ha de pasar adelante ni es mi intención haberle de conceder más distrito, caso si no mandare otra cosa por especial y expresa concesión, con conocimiento de causa que convenga y en el de las causas, procuren hacer justicia a las partes con que en las criminales no puedan proceder a pena de muerte ni efusión de sangre ni mutilación de miembro, sino que hagan los procesos y conclusos, los remitan, quedando los delincuentes presos y a buen recaudo, a los alcaldes de esta corte y cancillería, para que las determinen; y no han de tener jurisdicción sobre indios ningunos, porque esto ha de ser de la del alcalde mayor que se pusiere en la dicha villa, el cual ha de ser juez de los tales indios y conocer en prevención con los dichos alcaldes de los casos criminales, y en apelación de ello de los civiles; y los dichos alcaldes in fraganti puedan prender los dichos indios y recibir información, y sin proceder más adelante remitir las causas al alcalde mayor, el cual y los dichos alcaldes y regidores ante el escribano de su cabildo puedan por treinta años primeros siguientes y pasados, ha de quedar a disposición del virrey. (Al margen: Suertes de tierras.) Señalar a cada vecino dos solares ordinarios para casa y jardín en lo poblado, y en saliendo de la población fuera de ella, dos suertes para huerta y otras dos para viña y olivar, y a cada vecino cuatro caballerías de tierra, y para el riego de ellas el agua necesaria que se ha de sacar del dicho río; y esto se entienda en propiedad, por merced que en el dicho real nombre les hago de ello si dentro de dos años edificaren la casa y hicieren vecindad de diez años continuos, los que les corran desde luego, y dentro de ellos se les prohíbe el poder vender ni enajenar lo que así se les repartiere, y con declaración que han de asistir personalmente sin hacer ausencia, so pena que si la hicieren cuatro meses continuos sin licencia por escrito de la justicia, cabildo y regimiento, lo pierdan todo y

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quede vaco para que lo pueda repartir a otros dos nuevos vecinos que han de ser admitidos dentro de un año a lo más largo, dividiéndoles la heredad de fuera de la población y dando un solar donde edifiquen casa y jardín al segundo que admitieren, pues la casa vacante edificada para el primero sin división, y si dentro del dicho año no lo hallaren ni admitieren, se le vuelva a su majestad toda la hacienda vaca, advirtiendo que la licencia que se diere para hacer ausencia la ha de dar el dicho cabildo una vez y no segunda ni otra vez; y si conviene darse otra y las demás, ha de quedar a disposición del virrey para que las dé como le pareciere. Y los tales repartimientos que se hicieren a los dichos vecinos en la forma susodicha se traigan ante mí para que las apruebe y confirme y la elección de alcaldes y regidores que han de hacer cada un año el día de año nuevo, eligiendo los regidores que salieren a los regidores que hubieren de ser el año siguiente, y los así electos, elijan luego al alcalde para el tal año. Y esta orden se guarde en el entretanto que sobre el caso no se proveyere y mandare otra cosa, y los tales electos usen desde luego de los oficios con que dentro de treinta días siguientes lleven confirmación mía, y asimismo puedan elegir y nombrar por ahora un alguacil, ejecutor cada año para la ejecución de la justicia y un escribano, el que les pareciere más hábil y suficiente, los cuales tengan obligación dentro de los dichos treinta días, de llevar aprobación y confirmación mía, con que no arrienden el aprovechamiento de ninguno de los dichos dos oficios ni los vendan en manera alguna, y los unos y los otros que fueren elegidos un año, no los pueden ser el año siguiente; y en las tales elecciones salgan electos los que tuvieren más votos, y habiendo votos iguales, vote el alcalde mayor si estuviere en la dicha villa, y no lo estando, el alcalde que fuere primero electo. Y señaló una legua de tierra de largo y un cuarto de legua en ancho para ejidos de ganados menores y para potrero, conque esté cercado el dicho potrero en la forma que se concedió a la dicha villa de Celaya, sin perjuicio de terceros. Y asimismo les doy y concedo

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licencia para poder hacer a su costa las tomas y saca del agua del dicho Río Grande por la una y otra parte de él, sin perjuicio de tercero. Y prohíbo y defiendo desde luego que sin licencia mía por escrito no se pueden avecindar ni sean admitidos por vecinos en la dicha villa los de la de Celaya, San Miguel y San Felipe y León, en veinte años primeros siguientes, demás de lo cual concedo y doy facultad al dicho cabildo de poder dar a los demás vecinos que nuevamente vinieron a poblar, la mitad de lo que se da a cada uno de los primeros vecinos y con las mismas cargas y condiciones, y si la dicha villa hallare quien le quiera dar algo por ser admitido a la vecindad, le permito que lo pueda hacer y llevar, con que no exceda de 150 pesos de oro común por cada vecindad, y éstos se tomen y adjudiquen para propios de la dicha villa, entendiéndose esto por el mismo tiempo de los dichos treinta años que han de correr desde luego, y con que intervenga aprobación del virrey. Y en las tales vecindades y lo demás a ello anexo que de nuevo diere al cabildo, y pasados, no ha de poder ni pueda con la vecindad dar tierras para labor de pan, viña ni olivar, porque han de quedar a dispensación y gracia del virrey, y como lo demás del reino. Y también concedo a la dicha villa dentro del ámbito de ella, con título de propiedad y señorío para propios de ella, seis vecindades con lo a ello perteneciente y una cuadra de las calles que han de salir a la plaza principal, donde puedan hacer casas reales y de cabildo, mesón y otras casas públicas y propios de ella, y para mejor asiento de esta población, les concedo que puedan tomar dentro de los términos que les están señalados los sitios que en los dichos términos cayeren y se incluyeren y sus dueños los hayan de dejar y dejen libres y desembarazados para el efecto, sacando el ganado y apero, pagando la villa los sitios y edificios que se tomaren a las personas cuyos fueren, como está dispuesto generalmente por las mercedes de sitios y tierras. Y si alguno o algunos de los vecinos fundadores no acudieren a pagar y contribuir lo que les fuere repartido por la justicia, cabildo y regimiento

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de la dicha villa para hacer la dicha toma y sacas de agua y acequias y lo demás necesario al sitio y fundación, se proceda contra ellos y sean excluidos y despedidos del número de los dichos vecinos fundadores y no puedan gozar de las preeminencias y gracias que los demás vecinos han de tener y gozar. Y el dicho cabildo y regimiento, para el buen gobierno de su república, puedan hacer y hagan ordenanzas, conque para usar de ellas hayan de llevar y lleven confirmación mía. Y para mayor quietud y conservación de los vecinos de la dicha villa y por evitar graves inconvenientes que se podrían recrecer de que los negros y mulatos puedan traer armas defensivas, aunque tengan licencia para ello, se guarde lo ordenado en el reino con particular precisión y rigor en aquella población, por razón de la comarca en que han de estar y no la pueden tener ni traer, sin embargo de que para ello tengan licencia. Y desde luego mando que en la gobernación no se hagan ni despachen ningunas dispensaciones ni licencias, y los que entraren en la dicha villa y sus términos dispensados con semejantes licencias, no usen de ellas ni la justicia lo consienta. Y atento que le está señalado de distrito término y jurisdicción cuatro leguas y las estancias de ganado mayor que suelen pedir, han de caer tres leguas de poblado, conforme al estilo que se tiene, hago merced a la dicha villa de que en el distrito de ellas, no se concedan ni puedan darse mercedes de estancias para ganados mayores, y el cabildo de ella pueda y tenga facultad de dar criaderos convenientes para estos ganados a los vecinos. Y desde luego y para siempre uno de los alcaldes ordinarios, el cual ha de ser el del primer voto, suceda después del fin de su año en oficio de alcalde de mesta, el cual lo sea en la dicha villa y su jurisdicción teniendo en ella casa señalada para sus estrados y juzgado donde conozca de los casos y negocios de mesta que se ofrecieren aquel año, teniendo corral dedicado y aparte que se intitule de la dicha mesta, guardando en todo las ordenanzas de ella, sin exceder en cosa. Y el dicho cabildo y regimiento pueda en los términos de la dicha

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villa hacer la cañada o cañadas que bien visto les fuere, conforme a las leyes del reino y estilo de las villas de Castilla, para el pasaje de los ganados, los cuales pasen por las que les señalaren sin hacer ni causar daños, compeliéndoles a salir como convenga. Y en cuanto a los pleitos y demandas que hubiere de cincuenta pesos para abajo, que se ha pedido haya apelación del primer juez para el dicho cabildo y regimiento y que lo que en el se determinare se ejecute, le doy y concedo lo dispuesto por la ley del reino que trata cerca de esto, y eso se guarde y cumpla. Y declaro que si algunas poblaciones se hicieren dentro de los términos de la dicha villa con licencia del virrey y consentimiento del cabildo de ella, siendo de españoles, se rijan y gobiernen por las ordenanzas de ella o las que les diere, confirmándose por el virrey. Y en cuanto a la jurisdicción, así éstas como las que se fundaren de indios han de estar y estén sujetas al alcalde mayor que fuere de la dicha villa la cual dentro de sus términos y distrito ha de poder hacer los puentes y barcas que al cabildo bien visto le fuere para seguridad y pasaje de las gentes y ganados, tomando por ayuda de costas54 para estas obras los dineros que se impusieren de los barcajes y pontajes, los cuales han de ser tasados primero por la gobernación superior del virrey, precediendo mandamiento de diligencias y averiguación de lo que pareciere ser necesario para la justificación de la tasa. Y con esto mando que a la dicha villa tenga y se le guarden todas las exenciones, preeminencias y libertades que las demás villas les pertenecen y se les deben guardar de todo bien y cumplidamente, sin que falte cosa alguna; y mando a todos y cualesquier jueces y justicias de esta gobernación que en la población y asiento de la dicha villa y en la toma y saca de agua y lo demás que le va concedido no pongan ni consientan poner embargo ni contradicción alguna, antes den para ello todo el favor y ayuda que se les
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. Pensión otorgada por la Real Hacienda para algún propósito público o bien para sustento de gastos de algún funcionario.

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pidiere y fuere necesario, con que ante todas cosas los dichos vecinos que en ella hubieren de asentar y poblar o el que por poder suyo pretenda la dicha fundación nombren una persona. Y los dichos Gaspar de Valdés, Alonso Pérez de Bocanegra y los herederos del dicho Juan Velázquez de Salazar, cada uno por sí otra persona, las cuales aprecien el valor del sitio o sitios de estancia que cayeren dentro del asiento y término de la dicha villa que como dicho es, se les han de tomar para su población, reservando en mí nombrar un tercero no conformando ellos; y lo que ellos juntos o el uno de ellos no se conformando con el tercero apreciaren que valen, sean obligados los dichos vecinos a pagar y satisfacer a sus dueños lo que se tasare, sin dilación, dando luego fianzas para ello y seguridad bastante para que puedan ser pagados. Y los labradores y personas que tienen labranzas dentro de las dichas cuatro leguas que se da de jurisdicción a la dicha villa se junten en ella a vivir y residir y hacer sus casas y asiento dentro de un año primero siguiente, so pena de perdimiento de las tierras y labranzas que en el dicho término tuvieren, y para ello se los notifique esta cláusula; y esto hecho, se lleve a debida ejecución. Hecho en México, a 16 días del mes de agosto de 1602 años. El conde de Monterrey. Bibliografía recomendada: Carlos Juárez Nieto, La oligarquía y el poder político en Valladolid de Michoacán. 17851810, Morelia, CONACULTA - Instituto Nacional de Antropología e Historia – Instituto Michoacano de Cultura, 1994, 423 p. John Kicza, Empresarios coloniales. Familias y negocios en la ciudad de México durante los Borbones, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, 285 p. Reinhard Liehr, Ayuntamiento y oligarquía en Puebla, 1787-1810, México, Secretaría de Educación Pública, 1971, 2 v. ________________________________________________________

Ordenanzas de gobierno de la nobilísima ciudad de México (introducción), 1728.55
. Fuente: Francisco del Barrio Lorenzot, Ordenanzas de gremios de la Nueva España, ed. Genaro Estrada, México, Talleres Gráficos de la Nación, p. 188-191.
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El ayuntamiento de la ciudad de México actuó en los primeros años de la colonia como representante del conjunto de los conquistadores y pobladores y siempre reclamó para sí la primacía sobre todos las demás corporaciones municipales novohispanas. Aun en fechas tardías los virreyes tenían especial cuidado en congraciarse o controlar por vías indirectas al ayuntamiento capitalino, que en casos de conflictos podía influir decisivamente en la actitud e inquietudes de la población y la plebe urbana. Las ordenanzas de 1728 reglan el funcionamiento interno del cabildo, con especial énfasis en el “honor” de la corporación, las “políticas” o reglas de etiqueta que debían guardarse con altos funcionarios o personalidades distinguidas, y es particularmente prolijo en cuestiones tendientes a asegurar que las discusiones tuvieran lugar en armonía, sin dar lugar a la formación de “bandos”. Los demás ayuntamientos novohispanos con mucha frecuencia retomaran para sí las ordenanzas capitalinas. Las <ordenanzas> corrientes y nuevas dio la muy noble, insigne y muy leal e imperial ciudad de México en tres junio de 1720, aprobadas por el excelentísimo señor virrey de Nueva España marqués de Casafuerte en 1º. de marzo de 1723, y confirmadas por su majestad por su real cédula de 4 de noviembre de 1728. Que esta nobilísima ciudad conforme a la merced de su majestad se intitule la muy noble insigne y muy leal e imperial ciudad de México, y goce los privilegios y preeminencias de grande. El señor corregidor, avisando de su llegada, se salga a recibir y se lleve a su excelencia, a quien se le dará la ayuda de costa acostumbrada, y despachado se recibirá en cabildo y hará el juramento acostumbrado; y hecho se llevará al señor virrey; y al señor corregidor se conducirá en forma a su casa. Sean dos los cabildos cada semana, lunes y viernes, en la sala de cabildo que han de componer los porteros que han de cuidar la puerta y estar prontos a lo que se les ordenase. Juntos los señores capitulares cada semana, se avisa al señor corregidor venga al cabildo y venido, usadas las políticas56, entran, se sientan, se saca del archivo el libro capitular en donde se asienta el cabildo que se hace, y se firma y se vuelve a guardar para
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. Equivale a “cortesías”.

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principiar el cabildo; si es extraordinario entra el portero a dar razón de la citación y las excusas, luego se vota comenzando por el alguacil mayor, y puedan dos decir que quieren oír; y se hace cabildo por el voto de la mayor parte, que regula el escribano, y en discordia adonde se arrima el corregidor; y hace cabildo57 el voto de un solo capitular. Cualquier capitular puede pedir billete58 para otro cabildo, no comenzándose a votar, y otro en segundo cabildo puede pedir billete, y no más; más el procurador general los puede pedir en una materia, y ninguno puede decir de nulidad por falta de asistencia o citación a cabildo ordinario; y el procurador general precisamente asista. Para cabildo extraordinario se citen todos so pena de nulidad, y si estando en cabildo viniere alguno, hecha señal entre y se le de razón de lo tratado, y antes del cabildo se lean los acuerdos pasados para ver si se han ejecutado; y para que ninguno alegue no ser citado en el billete ponga sus nombres; y siempre para cabildo extraordinario haya billete. Cuando se tratare cosa que toque a regidor, pariente o deudo, ha de salir fuera, como cuando de su asistencia no haya libertad de votar o se tema bando, pero votando primero; pero cuando toque al señor corregidor se le avisa para que se cite a cabildo sin su asistencia, y si es contra el corregidor la materia, se pueda hacer precediendo el decano. Se guarde secreto en el cabildo y en las cosas que se trataren pena de perjuro, y en el modo de votar sea con reposo y sosiego, sin voces ni alteraciones; que componga el señor corregidor y no se permita salir a ninguno de cabildo sin necesidad, y con licencia. No se pueda revocar lo determinado en cabildo, y en caso de que se trate sea a los áditos (sic); y faltando alguno por excusa envíe su voto por escrito y lo determinado en

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. Hace “mayoría”. . O sea, pedir citación para otra reunión.

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cabildo han de firmar todos aunque sean de contrario sentir, y se ha de practicar lo determinado sino es que se apele. Las cartas para la nobilísima ciudad se abren precisamente en cabildo. Los papeles de privilegios de esta nobilísima ciudad estén en el archivo de tres llaves y también los libros y papeles de gravedad, y sólo se pueden reconocer por los capitulares y abogados dentro de la sala. El decano en falta de justicia presida los cabildos, y él representa a la nobilísima ciudad, entrega las llaves al virrey; es la voz en actos públicos, obediencia de cédulas, respuesta a notificaciones. Siendo necesario abogado, entre en cabildo y se le dé silla después del regidor moderno59. El capitular preso en la sala de cabildo por deuda, entre en cabildo. Llamado el contador mayor y otro oficial de esta jerarquía, se le dé asiento en banca; al escribano de gobierno de cámara en silla, al lado derecho del escribano. Se observe en preeminencia lo que dice Bobadilla60, que ninguno que no sea grande presida y siendo título se les dé lugar correspondiente. Se den los asientos a proporción de la jerarquía de los sujetos pero a todos después del decano, y no se salga a recibir a ninguno en forma sino es persona real; y el arzobispo o legado, la primera vez tan sólo, y no se introduzcan en la ciudad 61 sino <personas> notorias; y en caso que concurran se despidan; nombrándose comisarios para un negocio vayan por sí

. El de menor antigüedad. . Se trata de probablemente de Jerónimo del Castillo y Bobadilla, Política para corregidores y vasallos en tiempos de paz y de guerra, y para jueces eclesiásticos y seglares, y de sacas, aduanas, y de residencias, y sus oficiales, una obra que tuvo varias ediciones y fue muy consultada por los funcionarios coloniales. 61 . Esto es, en la sesión del cabildo.
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solos, sin interpolarse otros, y los porteros con varas altas; y el escribano asista en todos los actos públicos, y sólo se conviden a ellos personas notorias. Los regidores voten según su conciencia, aunque vean ya hecho el cabildo y así lo deben hacer en conciencia. Los regidores con excomunión menor puedan votar pero no ser elegidos; los de mayor en nada. Para recibir un regidor se vea su calidad y circunstancias, legitimación, y luego se cite para ver sus despachos, y todo perfecto entra, hace juramento y se le da posesión. En recibimiento de señores virreyes se nombren comisarios para su recibimiento para Puebla, de arco y tren.62 Se guarde la costumbre de asistencia a los entierros que asiste el señor virrey y Real Audiencia, y a los de los capitulares sus hijos y mujer, y también del escribano mayor, cargando los difuntos desde su casa al patio y de la tumba a la sepultura, y también se asista al viático de regidores. Los comisarios han de llevar instrucción, y dar cuenta acabada la comisión. No se salga en forma al paseo del tesorero de cruzada 63, <pero> sí al del señor comisario cumpliendo con la ceremonia. Que en discordias de los juzgados de propios, fiel ejecutoria y alhóndiga64 suban a cabildo, no votando, ni asistiendo los que fueren jueces.
. En el recibimiento de los virreyes se acostumbraba acompañarlos (en “tren”) y construir en su honor un arco alegórico. 63 . La bula “de Santa Cruzada” era un derecho que por concesión vaticana recaudaba el rey para la lucha contra los infieles y rescate de Tierra Santa; en la practica, era un ramo más de la real hacienda. Se acostumbraba proclamar con solemnidad, en un paseo o procesión pública que concluía con misa en la catedral o iglesia más relevante. 64 . El juez de propios era responsable de las tierras y otros ingresos que poseía el cabildo; el fiel ejecutor vigilaba que se cumplieran las ordenanzas municipales; el juez de alhóndiga supervisaba el granero municipal y las condiciones de comercialización del abasto del maíz.
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Bibliografía recomendada: José María Marroquí, La ciudad de México, México, 1909-1913, 3 v. Jonathan I. Israel, Razas, clases sociales y vida política en el México colonial. 1610-1670, México, Fondo de Cultura Económica, 1980, 310 p. ________________________________________________________

Instrucciones del visitador de la Nueva España, licenciado Tello de Sandoval65 Los jueces visitadores eran enviados sin aviso previo ya sea por el Consejo de Indias o por la Real Audiencia, normalmente cuando querían implementarse cambios que se sabía ocasionarían resistencias o se sospechaba que existían serias irregularidades en alguna rama del gobierno o los tribunales. Los visitadores podían recibir nombramientos para inspeccionar algún aspecto específico de la administración o bien actuar como visitadores “generales”, en cuyo caso solamente el virrey quedaba exento de la revisión de su actuación. Los visitadores podían averiguar, requerir testigos, levantar causas judiciales e incluso condenar a los infractores. Debido a sus grandes facultades y ausencia de vínculos de interés y parentesco, los visitadores podían actuar de manera tajante; por lo mismo eran generalmente temidos y por lo común detestados por las oligarquías y funcionarios locales. Tello de Sandoval arribó como visitador general, pero asimismo para aplicar en la Nueva España las Leyes Nuevas de 1542. Tello encontró que, sorprendentemente, casi todos los grupos e instituciones de poder e influencia presentaban un frente común ante las reformas, y halló inevitable tomar una actitud conciliatoria. En su visita a la Audiencia encontró que muchos de los oidores habían establecido nexos de parentesco, interés y amistad con los colonos, pese a las prohibiciones en contrario. Don Carlos, por la divina clemencia emperador semper augusto, rey de Alemania, doña Juana su madre, y el mismo don Carlos por la misma gracia, reyes de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algecira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias e Islas y tierra firme del Mar Océano, condes de Flandes y de Tirol, etcétera.

. Fuente: Ismael Sánchez Bella, Ordenanzas del visitador de la Nueva España, Tello de Sandoval, para la administración de justicia (1544), Santiago de Chile, Instituto de Historia, 1969, p. 489-561 (sic).
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A vos el licenciado Sandoval del nuestro Consejo de las Indias, salud y gracia. Bien sabéis como por nuestro mandado vais a la Nueva España a visitar al nuestro presidente e oidores de la Audiencia Real de ella y a los otros oficiales de la dicha Audiencia, y a entender en otras cosas de nuestro servicio, y porque nuestra voluntad es que el tiempo que en la dicha Nueva España residiéredes os informéis particularmente del estado de las cosas de aquella tierra y lo que viéredes que conviene remediarlo proveáis como convenga, vos mandamos que llegado que seáis a la dicha Nueva España visitéis la ciudad de México y los otros pueblos de aquella tierra, informándoos del estado en que han estado y están las cosas de ella y de la manera en que las nuestras justicias de ella han usado, entendido y tratado las cosas del servicio de Dios nuestro señor, especialmente en lo tocante a la gobernación y ejecución de las nuestras justicias como en el buen recaudo y fidelidad de nuestra hacienda, y que iglesias y monasterios hay hechas y de que se han hecho y si hay hechas todas las iglesias que son necesarias y en donde y en que hay falta en esto. Y asimismo vos informad que orden tienen dada los prelados de ellas en las cosas espirituales y en la doctrina y buen tratamiento de los naturales de ella y como son tratados los dichos naturales; y si en nuestra hacienda ha habido buen recaudo; y si se han hecho algunos fraudes así en las fundiciones como en el quintar como en otra cualquiera manera y por qué personas. Y asimismo vos informad de las penas que se han condenado y aplicado para nuestra cámara y fisco y en que cantidad y en poder de que personas están depositados; y así informado en aquello que viéredes que incumbe a Nos de mandar proveer en lo eclesiástico, lo visitaréis y proveeréis como convenga al servicio de Dios nuestro señor y a descargo de nuestra real conciencia; y en las otras cosas proveeréis como convenga a la población y buena gobernación de la dicha tierra y buen recaudo de nuestra hacienda.

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Y mandamos a cualesquier personas de quien entendiéredes ser informado que vengan y parezcan ante vos y vos informen muy particularmente de todo lo que les pidiéredes. Y siendo necesario digan sus dichos y deposiciones so las penas que les pusiéredes o mandáredes poner, las cuales por la presente les ponemos y habemos por puestas y condenados en ellas lo contrario haciendo, que para las ejecutar en los que rebeldes e inobedientes fueren y para todo lo demás en esta carta contenido vos damos poder cumplido con todas sus incidencias y dependencias y mergencias, anexidades y conexidades. Dada en la villa de Valladolid, a 26 días del mes de junio del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo de 1543 años. Yo el príncipe. Yo, Juan de Sámano, secretario de sus cesáreas y católicas majestades, la hice escribir por mandado de su alteza. Bibliografía recomendada: Clarence H. Haring, El Imperio español en América, México, Alianza, 1990, 490 p. Ignacio Rubio Mañé, Introducción al estudio de los virreyes de Nueva España, 1535-1746, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1955-63, 4 v. ________________________________________________________

Orden que para tomar residencia debe seguir la Real Audiencia.66 Todos los funcionarios debían pasar al término de su periodo por un juicio de residencia, durante el cual cualquier persona podía presentar quejas y cargos en su contra; mientras no se concluyera, el residenciado no podía abandonar el territorio de su jurisdicción sin especial autorización. La residencia estaba a cargo de un juez comisionado para este efecto, que frecuentemente era la persona que sucedía en el puesto al residenciado. Servían en principio para limitar los posibles abusos de los funcionarios; en la práctica derivaron frecuentemente en arreglos extrajudiciales entre el juez y el residenciado. Asimismo, puede haber sido un factor en la tendencia de los funcionarios a preservar la rutina y no afectar poderosos intereses locales.

. Fuente: Vasco de Puga (comp.), Cedulario de la Nueva España, México, Condumex, 1985, f.9v10a.
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El orden que sus majestades mandan que su presidente e oidores de la Nueva España guarden en el tomar residencia, que se les ha encomendado en la dicha tierra, conforme a la provisión de su majestad, es la siguiente: Primeramente los jueces de residencia deben de trabajar de tomar la residencia de tal manera que lo necesario venga muy averiguado, y todo lo superfluo se excuse, y para esto hagan lo siguiente: Lo uno, que vean y sepan los capítulos de los jueces de residencia; y lo de los corregidores, y guarden y cumplan en todo y por todo lo que por ellos está proveído. Lo otro, es que procuren por abreviar los procesos en que a pedimento de parte procedieron, y en los de oficio y las pesquisas que hicieren sobre las residencias, y en la examinación de los testigos, acorten cuanto buenamente pudieren, no dejando de preguntar lo sustancial y hacer que se asienta para saber la verdad, omitiendo lo superfluo; por manera que las cosas que no sean de sustancia, se dejen, y de lo que dijeren les repregunten, de manera que den suficiente razón de ellos; y si son enemigos del corregidor o gobernador o sus oficiales o les tienen odio o han sido por ellos castigados y punidos por algún exceso o delito que hicieron o en algún caso sentenciaron contra ellos, porque les tienen odio o si alguno los ha inducido a que digan sus dichos. Lo otro es que con mucha diligencia inquieran y averigüen las culpas y cargos de los corregidores y de los otros oficiales, examinando las personas que verosímilmente lo puedan saber o de aquellas a quienes los testigos de oídas se refieren, y si las personas de quien ha de ser informado de la verdad no estuvieren en la tierra, hagan las diligencias necesarias que buenamente se puedan hacer, y envíen la residencia por testimonio las diligencias que hizo porque puedan ver que no quedó cosa de hacerse de su parte para saber

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verdad y se sepa todo, y donde están las tales personas, con apercibimiento que se enviará persona a su costa que lo averigüe si ellos no lo hicieron, Lo otro es que después de tomada residencia, junto con ella envíe al Consejo una relación sacada por sí mismo brevemente de cada cargo por sí que hubiere con que el gobernador, corregidor y oficiales con los testigos que deponen cada un cargo si es de vista o de oídas y en que pregunta lo dice, todo ellos acotado a cuantas hojas está, y al pie el descargo, y lo que sintió de ello. Lo otro es que de la misma manera y forma, reciba y tome residencia de los regidores, escribanos, procuradores del consejo y fieles y otros oficiales del consejo y sesmeros de la tierra67, y alcaldes de la hermandad68, y alguaciles del campo, y de los nuncios que emplazan, y procuradores de la Audiencia, y enviar la relación de los cargos y descargos como está dicho en el capítulo de suso. Lo otro es que tomen las cuentas de los propios y casas y repartimiento que se hubieren hecho, y las envíe fenecidas y acabadas, no recibiendo en cuenta lo mal gastado, y ejecute los alcances sin embargo de cualquier apelación que las partes interpusieren, y envíen al Consejo juntamente la residencia con la relación de la cuenta de los propios y sisas69 y repartimientos, y de los gastos ordinarios, y de los otros gastos que fueren hechos, y lo que sobre ellos determinó. Asimismo envíe relación al Consejo de todo lo que le pareciere que conviene remediar y hacer y así en reparos de caminos y puentes y fuentes, como de otra cualquiera cosa para el bien público y ornato de la tierra y servicio de sus majestades.
. Los sesmeros eran en España funciones menores que gobernaban subdivisiones de los señoríos. No hay constancia de que existieran en Indias. 68 . La hermandad era un cuerpo de vigilancia rural, que en la Nueva España fue absorbido por los ayuntamientos; constituyen el antecedente del Tribunal de la Acordada. 69 . Imposición que se cobraba sobre los comestibles que entraban a las ciudades.
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Asimismo tome muy bien las cuentas de las penas de cámara, y haga que se cobren las penas que en tiempo del corregidor no se cobraron, y aquellas con las penas que condenare a los oficiales que fueren de tres mil maravedíes abajo las envíe al consejo. Lo otro es que no envíe en la residencia cosa indecisa o por determinar y que no haga remisión al Consejo de cosa alguna, salvo de aquellas que se deban remitir, conforme a los capítulos; con apercibimiento que si otra cosa remitiere sin determinar, que a su costa se enviará persona que lo determine. Asimismo, tened mucho cuidado y diligencia que durante el tiempo de su oficio, castigue los delitos que se hicieren en su jurisdicción, y los pecados públicos, y en la administración de la justicia que sea libremente e igual a las partes que se la pidieren, con apercibimiento que si teniendo los dichos oficios y cargos se proveyere por su culpa y negligencia juez de comisión para las cosas en que han de entender y ejecutar que le pagará las costas y el salario al tal juez. Hecha en Madrid, a 20 días del mes de agosto de 1528 años. Bibliografía recomendada: Mark. A. Burkholder, y D. S. Chandler, De la impotencia a la autoridad. La Corona española y las audiencias en América, 1687-1808, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, 478 p. Clarence H. Haring, El Imperio español en América, México, Alianza, 1990, 490 p. ________________________________________________________

Real cédula a la Real Audiencia ordenando sean hechos pueblos de indios y se elijan autoridades.70 Bajo el virreinato de Antonio de Mendoza se inició el proceso de constitución de pueblos y “repúblicas” indias, que poco a poco fueron desplazando la autoridad hereditaria
. Fuente: Francisco de Solano (comp.), Cedulario de tierras. Compilación de legislación agraria colonial (1497-1820), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1991, p. 171.
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de los antiguos señores. Los pueblos fueron refundados para cumplir con las normas urbanísticas españolas, y se estableció una “república”, esto es un sistema de gobierno basado en la elección anual o bianual entre los “principales” (los descendientes reales o supuestos de la antigua nobleza indígena) de gobernadores, alcaldes, alguaciles y regidores. La constitución de las “repúblicas” indígenas contribuyó decisivamente a la fragmentación de las antiguas y más amplias entidades étnicas, a la pérdida del poder de los caciques, la centralización de la autoridad de las cabeceras sobre los sujetos y la consolidación del arraigado localismo que sería típico de la sociedad indígena durante siglos. Valladolid, 9 de octubre, 1549. La reina. Presidente y oidores de la nuestra Audiencia Real de la Nueva España. A Nos se ha hecho relación que al bien de los naturales de esas partes y consolación convenía que se sustentasen e hiciesen pueblos de muchas casas y juntas en las comarcas que ellos eligiesen, porque estando como ahora están cada casa por sí, y aun cada barrio, no pueden ser adoctrinados como convendría, ni promulgarles las leyes que se hacen en su beneficio, ni gozar de los sacramentos de la eucaristía y otras cosas de que se aprovecharía y valdrían estando en pueblos juntos y no derramados. Y que en todos los pueblos que estuvieren hechos, y se hiciere, era bien que se crearan y proveyesen alcaldes ordinarios para que hicieran justicia en las cosas civiles, y también regidores cadañeros, y los mismos indios que los eligiesen ellos; los cuales tuvieran cargo de procurar el bien común y se proveyesen asimismo alguaciles y otros fiscales necesarios como se hizo y acostumbra hacer en la provincia de Tlaxcala y en otras partes. Y que también tuviesen cárcel en cada pueblo, para los malhechores, y un corral de consejo para meter los ganados que los hiciesen daño que no tuviesen guarda y que se les señalasen las penas que llevaren, y que se persuadiera a los dichos indios que tuviesen ganados, al menos ovejunos y puercos, en común o en particular, y que también en cada pueblo de indios hubiese mercados y plazas donde hubiere mantenimientos porque los caminantes españoles o indios pudiesen comprar por sus dineros lo que hubiesen menester para pasar su camino, y que se les debía compeler a que

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tuviesen rocines para alquilar o para otras cosas. Y de que todo lo susodicho debían ser los dichos indios persuadidos por la mejor y más blanda y amorosa vía que ser pudiera, pues era todo en su provecho y beneficio Y visto por los del nuestro Consejo de las Indias, queriendo proveer de ello fue acordado que debía mandar proveer y dar ésta mi cédula para vos, y yo túvelo por bien, porque os mando que veáis lo susodicho y platicado cerca de todo ello con los prelados sujetos a esa Audiencia, poco a poco, ordenéis sobre ello lo que viéredes que conviene. Bibliografía recomendada: Charles Gibson, Los aztecas bajo el dominio español (1519-1810), 2a. ed., México, Siglo XXI, 1975, 533 p. Robert Haskett, Indigenous Rulers. An Ethnohistory of Town Government in Colonial Cuernavaca, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1991, xii-294 p. Margarita Menegus Bornemann, Del señorío indígena a la república de indios. El caso de Toluca, 1500-1600, México, Conaculta, 1994, 268 p. ________________________________________________________ Informe del virrey Bucareli sobre la jurisdicción del Juzgado de la Acordada.71 Durante mucho tiempo la seguridad pública no fue una preocupación mayor para los virreyes. Aunque ocurrían tumultos intermitentes y rebeliones en las fronteras, la criminalidad se había mantenido como un problema menor y las ciudades, pueblos y caminos eran razonablemente seguros. La preservación del orden la realizaban sin mayor esfuerzo los alcaldes y alguaciles de los ayuntamientos y cabildos indígenas, sin que fuese necesario algún tipo de institución profesional y centralizada. Sin embargo hacia fines del XVII el problema del bandolerismo estalló de una forma notoria; las razones aun no son claras, pero parecen deberse al crecimiento demográfico, la consiguiente aparición de una “plebe” muy heterogénea, el desarrollo de barrios marginales en las ciudades y reales de minas, y las crisis agrícolas que, como la gran hambruna de 1692, debilitaron los vínculos sociales tradicionales y arrojaron a miles de personas a los caminos. Los métodos tradicionales de control de la criminalidad hacían difícil perseguir delincuentes que pasaban de una jurisdicción a otra, y no tenían los recursos para doblegar a criminales que, a diferencia de antes, no dudaban en enfrentarse a la autoridad. Por esa razón se estableció el Tribunal de la Acordada, con un juez y comisarios que cubrían todo el territorio; la nueva institución aplicó una campaña de vigilancia, represión, juicios y castigos sumarios que restablecieron el orden. A la larga, el Tribunal tuvo que enfrentar el endémico problema de
. Fuente: La administración de frey Antonio María de Bucareli y Ursúa, cuadragésimo sexto virrey de México, México, Archivo General de la Nación, vol. I, p., 286-289.
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la hostilidad de los funcionarios locales y de la Real Audiencia de México, que consideraban vulneradas sus jurisdicciones. Señor: La necesidad de un remedio activo y pronto para alejar los peligros de que se vio amenazado el reino por una inundación de salteadores que en los caminos, en los poblados y aun dentro de esta ciudad tenían en continuo susto a sus habitadores hizo abrazar, por el año de 10 de este siglo, el extraordinario de crear un alcalde provincial y no alcanzando las <facultades> que se le concedieron, porque la insolencia de los malhechores se había hecho formidable por su multitud por el año de 19, en virtud de real cédula del de 15 se acordaron nuevas extraordinarias facultades a don Miguel Velásquez Lorea, por cuyo celo y valor se había elegido y por su medio y a costa de las vidas de muchos delincuentes, reprimida la audacia de los demás, se logró la seguridad del reino. Los felices efectos de estas providencias que, como los graves daños que las dictaron, permanecen siempre vivas en la memoria de estos pueblos y del gobierno; los que sucesivamente se han experimentado y el justo recelo en que debe poner una plebe inmensa de multitud de castas de alguna recaída en semejantes males, movieron el real ánimo de los gloriosos predecesores de vuestra majestad a continuar este juzgado, sin embargo de las contradicciones que ha padecido en todos tiempos y a sostener su jurisdicción con algunas ampliaciones importantes a la salud pública, entre ellas la de una absoluta independencia de otra autoridad que la de los virreyes, y en efecto la han empeñado mis antecesores en protegerla. Lo mismo he ejecutado en el tiempo de mi gobierno; pero requerido por la Sala del Crimen con motivo de cierta competencia con el Juzgado de la Acordada sobre el cumplimiento de una real cédula de vuestra majestad de 15 de septiembre de 1771, mandé en su obedecimiento, con pedimento del fiscal, que el juez de la Acordada remitiese a la

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Sala todas las causas que estuviese siguiendo por delitos que no fuesen de hermandad, y que en adelante no admitiese en su juzgado denuncia de ellos. Las resultas me hicieron ver lo que la experiencia ha acreditado siempre que el vulgo ha conocido que se limitan o moderan las facultades de este Juzgado, pues comenzaron a ser frecuentes los homicidios, heridas y robos dentro de la ciudad, hasta que hube, por vía de providencia, de mandar que rondase en ella, como lo hacía antes, y continuase en procesar y castigar estos delitos el teniente del mismo Juzgado, don Francisco Antonio Ariztimuño, con lo que se restableció la seguridad pública. Posteriormente, me hizo éste una difusa representación manifestándome las facultades que por uno y otro título de alcalde provincial y juez de la Acordada debía gozar su Juzgado y las amplitudes y exenciones que en reales cédulas y órdenes se le habían concedido; y teniéndolas presentes con motivo de haber fallecido a este tiempo don Jacinto Martínez de la Concha, que servía estos empleo, satisfecho de la conducta de don Francisco Ariztimuño, y en el concepto de no haber otro más a propósito para el desempeño de unos cargos de tanta importancia, le nombré en calidad de interino con la misma amplitud que gozó su antecesor, declarándoselas en el título que le mandé expedir y la clemencia de vuestra majestad se dignó conferir por su real orden de 19 de marzo de este año. El perfecto conocimiento que adquirió en el tiempo que sirvió de teniente, sus bellas luces, desinterés y aplicación con que se ha dedicado, auxiliado de sus asesores, al examen del crecido número de causas que había detenidas; la elección que ha hecho de tenientes en las personas más distinguidas de los lugares de estos vastos dominios; la rectitud con que procede y la caridad con que son tratados y alimentados los reos de su cárcel, ha puesto en el grado que desea vuestra majestad y necesita el reino la administración de la justicia, logra el público el fruto de su quietud y creo que será permanente mientras este Juzgado se

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mantenga en la estimación que le dan sus amplitudes e independencia y servido por sujeto de consumado juicio y prudencia pero subordinado enteramente a los virreyes, que deberán siempre velar sobre él, sin perderlo de vista, porque los daños que seguirían el abuso de facultades podrían ser del tamaño de las que goza y notablemente ofensivos a la justicia o a los miserables reos. La actual constitución que he manifestado a vuestra majestad, la representación que me hizo Ariztimuño, fundada en las reales disposiciones que cito; lo que me expuso el fiscal más antiguo de esta Audiencia; la experiencia de los homicidios, heridas y robos que se empezaron a servir y el concepto de que la real intención de vuestra majestad en la cédula de 15 de septiembre de 1771 no fue coartar las facultades concedidas en otras, sino declarar que mi antecesor no tuvo arbitrio para extenderlas en el supuesto de haberlo hecho de propio motivo, me determinaron, sin embargo del voto consultivo del acuerdo de oidores, a proveer el decreto que incluye en el testimonio del expediente con que doy cuenta a vuestra majestad, manteniendo por él el Juzgado de la Acordada en el conocimiento de los delitos que contiene, ínterin vuestra majestad se digna de declarar su real ánimo, a efecto de que cesen las competencias de jurisdicción que frecuentemente forman la Sala del Crimen y demás jueces ordinarios con la Acordada. Nuestro señor guarde a vuestra majestad muchos años. México, 27 de julio de 1775. Bibliografía recomendada: Colin M. McLachlan, La justicia criminal del siglo XVIII en México, Un estudio sobre el Tribunal de la Acordada, México, Secretaría de Educación Pública, 1876, 190 p. ________________________________________________________

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Real cédula sobre la fundación de la Armada de Barlovento, 1635.72 Durante el siglo XVII los puertos del Golfo de México y el Caribe tuvieron la constante amenaza de los piratas, que llegaron incluso a capturar la entera flota que navegaba hacia España en 1628. Como resultado, la Corona determinó crear una “armada de Barlovento” que debería asegurar el tráfico, patrullar los mares y perseguir a los corsarios. Los fondos deberían obtenerse de contribuciones de las instituciones y corporaciones novohispanas. El ayuntamiento de la ciudad de México, en particular, pidió con este motivo que se le concedieran varias peticiones, entre ellas el restablecimiento del prohibido comercio con el Perú, la abolición del Consulado de Comerciantes, que se controlara mejor a los corregidores, se reservara la mitad de los cargos de oidor a los criollos y se limitara el número y la riqueza de las órdenes regulares. En la dura negociación subsiguiente, sin embargo, muy poco consiguieron. La Armada nunca cumplió la función para la cual había sido creada y la mayor parte del tiempo permaneció en reparación o seguramente anclada en puertos del Golfo. Marqués de Cadereita, presidente de mi Consejo de Guerra, mi mayordomo, a quien he proveído por mi virrey, gobernador y capitán general de la Nueva España y presidente de mi Audiencia Real que reside en la ciudad de México. Habiéndoseme propuesto por el Consejo de Indias y Junta de Guerra de ellas lo que conviene a mí servicio y a la defensa de las costas del mar del norte, Seno Mexicano73, Islas de Barlovento74 y a la conservación de las flotas, contratación y comercio entre aquellos y estos vasallos míos, el formar una armada de bastante número de bajeles que ordinariamente corra aquellos mares defendiéndolos de los rebeldes enemigos y corsarios que lo infestan. Y consultándome para esto diferentes medios de que se pueda sacar cantidad de plata para fabricar y sustentar esta armada con el menor daño de mi real hacienda y menos descomodidad de mis súbditos y porque algunos de ellos se han de practicar en la ciudad de México, Nueva España y provincias de ella sujetas que están a nuestro cargo, he resuelto de encargaros y mandaros

. Fuente: Manuel Alvarado Morales, La ciudad de México ante la fundacón de la Armada de Barlovento. Historia de una encrucijada (1635-1643), México, El Colegio de México – Universidad de Puerto Rico, 1983, p.247-249. 73 . El Golfo de México. 74 . El conjunto de islas que actualmente se denominan Pequeñas Antillas
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que los medios que irán insertos en esta mi cédula y despacho los ejecutéis y beneficiéis con las diligencias y cuidado que se requiere, pues en esto consiste el asegurar aquellas provincias y defenderlas de los enemigos que tan fuertemente los molestan y otros importantes efectos que se dejan fácilmente considerar. Y como sea esta materia de calidad que en ella no sólo deseo experimentar el cuidado y celo con que en todas ocasiones y puestos me habéis servido, sino en tal brevedad en su ejecución que de estos efectos tengáis junta y pronta la mayor cantidad que pudiere ser este año para comenzar la dicha fábrica en la forma que por mi Junta de Guerra de Indias se os advertirá, y para comprar los bajeles que se os diere orden, porque desde luego se vaya platicando la dicha armada y defensa y se hallen aquellos mares para cualquier suceso con la mayor fuerza que el estado de las cosas permite, recibiré de vos particular servicio que luego que lleguéis a México y toméis posesión de vuestro cargo sin perder tiempo alguno pongáis en ejecución los medios que contiene la orden que se os dio, valiéndoos para esto de los que os pareciere más a propósito para facilitarlos y disponerlos y de las personas que más juzgareis que os pueden asistir y ayudar, que para todo esto os doy la mano, autoridad y jurisdicción necesaria sometiéndolo a vos sólo en la forma que en esta mi cédula se dice, esperando de vuestra prudencia y desvelo el mayor acierto y dirección de mi servicio y de la causa pública. Y porque todos los medios que hasta aquí os he propuesto aunque de ellos se cree que procederán muy considerables cantidades, pero es cierto que no bastarán para formar fábricas y sustentar esta armada, será necesario que tratéis con la ciudad de México y dispongáis sus ánimos a que se ejecute en aquella ciudad y en las demás provincias y ciudades los medios más platicables, suaves y exequibles75 que puedan ofrecerse para suplir la cantidad que fuere necesaria para este efecto, poniéndoles en consideración la utilidad
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. Asequibles, oportunas, realizables.

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grande que de esto les resulta a aquellas provincias en la seguridad de sus costas, de su plata frutos y mercaderías en lo que irá creciendo por esta vía su comercio y riquezas que tendrán aquellos vecinos, como ejercitarse en mi servicio criando a sus hijos en armada y puestos militares con que se irán haciendo dignos de iguales o mayores mercedes que las que tengo hechas a sus padres. Y porque toda la formación y ejecución de esta armada habéis de ser por la ocupación del virrey de la Nueva España el superintendente universal de cuya mano, autoridad y diligencia ha depender todo cuanto se resolviere y ejecutare en esta materia, he despachado cédulas a mis presidentes de Guatemala; Santo Domingo, gobernadores de Yucatán, La Habana, Cartagena, Puerto Rico, Venezuela, Cumaná y la Margarita, y a todos los demás de las costas de Tierra Firme, islas de Barlovento, y a mi presidente del Nuevo Reino de Granada, mandando que se impongan para este fin diferentes derechos e imposiciones. Porque para la comisión de Acapulco y tomar residencia al marqués de Cerralvo, he de nombrar persona de toda satisfacción y de tal puesto e inteligencia que os pueda ser de alguna utilidad su asistencia, si quisiereis valeros de él lo podréis hacer; ya le he dado orden que acuda a lo que advirtiereis con fineza y cuidado, pero si os pareciere no embarazarlo lo podréis excusar porque a sólo a vos en señal de mayor confianza someto este negocio juzgándolo por de tal calidad que si no fuere por la mucha satisfacción que tengo de vuestra persona y de lo que en este caso habéis de hacer en materia tan grave, se pudiera enviar sólo a esto cualquiera de los mayores ministros de mi corte. Y pues en negocio tan importante ha de ser igual y sumo el cuidado en vuestro gobierno, procuréis luego que hayáis llegado y tomado posesión juntos los ministros o personas que os parecieren más a propósito y que tuvieran mayor inteligencia y expediente en las materias, manifestándoles mi real intento y deliberada resolución en la formación y conservación de esta armada y

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defensa de aquellas costas. Iréis practicando todo lo referido sin alzar la mano de ello ni perder tiempo alguno pues el estado de las cosas y progresos de mis enemigos no dan lugar a suspensiones, dilaciones ni réplicas, remitiendo a vuestra atención, celo y prudencia la ejecución y administración de estos derechos y al arrendamiento si os pareciere más conveniente con toda la justificación y seguridad, interviniendo en ellos los ministros que se acostumbra y entrando siempre todo en mis reales cajas con grande cuenta y razón, y no librando estas cantidades sino para este intento, enviándome todos los años relación los dichos oficiales reales de lo que hubieren valido estos derechos el antecedente y todo lo demás que por mi Consejo real se les ordenara y de lo que hubiereis ejecutado desde que tomareis la posesión hasta el primer aviso o flota que partiere de esas provincias. Y de allí adelante me daréis puntual relación escribiendo partida por partida y punto por punto cuanto se os ofreciere procurando en tal ejecución excusar dilaciones y consultas en lo que no fuese muy necesario, si bien de lo resuelto y del estado de la materia me habéis de dar, como tengo dicho muy particular cuenta; que lo que en esto hiciereis y trabajareis lo agradeceré como muy señalado servicio. Hecha en Madrid a cuatro de mayo de 1635 años. Yo el rey Bibliografía recomendada: Manuel Alvarado Morales, La ciudad de México ante la fundación de la Armada de Barlovento. Historia de una encrucijada (1635-1643), México, El Colegio de México – Universidad de Puerto Rico, 1983, 288 p. Kenneth R. Andrews, The Spanish Caribbean. Trade and Plunder, 1530-1630, London, Yale University Press, 1978, vii-268 p. ________________________________________________________

Visita e información sobre los tributos pagados por Tlalmanalco, 1564.76
. Fuente: Frances V. Scholes y Eleanor B. Adams, Documentos para la historia del México colonial, México, Porrúa, 1955, vol.1, p.126-129.
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En el siglo XVI los representantes de la Corona ordenaron realizar averiguaciones sobre los tributos pagados “en la gentilidad”, y se apoyaron en esos datos para establecer las tasaciones y limitar los peores abusos de los encomenderos (como las tasas excesivas y la exigencia de esclavos). A mediados del siglo XVI comenzaron a uniformar el pago, realizando el cálculo no por estimaciones de lo que podía pagar cada pueblo sino en base al número de tributario y estableciendo reglas generales (determinando, por ejemplo, que los nobles, los ancianos y los impedidos estarían exentos). A la larga, la tasa más extendida fue de ocho reales77 y media fanega de maíz por tributario; pero subsistieron muchos casos particulares y exenciones generales (los trabajadores de las minas, los pueblos de frontera) hasta el siglo XVIII. Desde 1549 se prohibió incluir en el tributo los servicios personales, que si bien en muchos casos subsistieron corrieron bajo otros conceptos e instrumentos legales. Los tributos se cobraban de manera estricta, y la ausencia de pago derivaba en prisión de los oficiales de república e incluso embargo de los bienes de comunidad. En sí no eran excesivos, pero se sumaba pesadamente a multitud de contribuciones laicas y eclesiásticas, unas ocasionales y otras permanentes, así como a variadas exigencias ilegales de los funcionarios locales. Una consecuencia de la monetarización del tributo fue que los indígenas tuvieron que vincularse a la economía de mercado española para obtener los reales requeridos. Yo, Alonso de Solórzano, escribano de su majestad y de la Audiencia y Cancillería Real de la Nueva España, doy fe que el muy magnífico señor doctor Vasco de Puga, del Consejo de su majestad y su oidor en la dicha su Real Audiencia, por virtud de una carta y provisión real de su majestad, sellada con su real sello y librada de los señores su presidente y oidores y otros oficiales de ella, según por la dicha real provisión parecía, fue a visitar y visitó el pueblo y provincia de Tlalmanalco, que está en la Corona real de su majestad. Y el dicho señor oidor hizo ciertas diligencias y por su mandado fue recibida cierta información de testigos que de oficio el dicho señor oidor mandó tomar en la dicha causa. Y parece que dijeron sus dichos por testigos mediante Juan Ortiz de la Rea, intérprete, ciertos indios del dicho pueblo, entre los cuales parece haber dicho su dicho Juan de Ribas, indio tequitato 78, natural del dicho pueblo de Tlalmanalco, el cual dice en el dicho su dicho que él, como

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. Moneda fraccionaria de uso corriente, equivalente a la octava parte de un peso. . Voz nahua; designa un funcionario indígena encargado de la recolección del tributo.

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calpisque79 que recoge los tributos del barrio de Tlilhuacan en el dicho pueblo de Tlalmanalco, y como natural de él sabe y ha visto que los naturales del dicho pueblo, y este testigo con ellos, pagan y dan excesivo tributo, porque así de la tasación que pagan a su majestad como en arrastrar vigas y maderas del monte y canoas y leña y otros servicios a sus caciques y comunidades, como por otros repartimientos como en cazas que les mandan hacer de codornices y conejos, todo junto y renumerado, sabe este testigo que fuera del tributo de su majestad, monta cinco pesos de oro común y de allí para arriba lo que cada uno de los naturales pagan en cada un año. Y sabe este testigo que a todos los naturales del dicho pueblo y sus sujetos se les hará muy gran limosna y merced en que a cada uno se les reparta de tributo para su majestad dos pesos de oro común, los cuales sabe que los pueden pagar muy descansada y holgadamente, y que se aumentarán gran número de vasallos a su majestad porque con los servicios que tienen en lo que dicho es, sabe este testigo que se mueren gran cantidad de gente en cada un año por ser el trabajo muy excesivo y no lo poder sufrir. Y Elías Carriazo, indio, tequitato, natural del dicho pueblo, asimismo dice en su dicho por testigo que como calpisque y tequitato del dicho barrio de Tlalhuacan en el dicho pueblo ha ayudado a recoger los tributos del dicho barrio de tres años a esta parte, y como natural del dicho pueblo que se ha criado en él, sabe y ve y ha visto que los naturales del dicho pueblo, y este testigo con ellos, pagan y dan en cada un año de tributo y servicios personales más de cinco pesos de oro común fuera de la tasación de tributo que pagan a su majestad, así en arrastrar vigas y madera del monte, tablas y canoas y leña, y servicios a sus caciques y comunidad, como por otros repartimientos y cazas que les mandan hacer en todo
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. Voz nahua equivalente a mandón; funcionario indígena designado para organizar el trabajo personal y recoger el tributo.

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el año de conejos, codornices y otras cosas. Renumerado todo junto, sabe este testigo que sin el tributo que pagan a su majestad monta en cada un año de cada uno de los dichos naturales más de cinco pesos de oro común. Y asimismo [sabe] este testigo, como natural del dicho pueblo, que a todos los naturales del dicho pueblo y sus sujetos se les haría y recibirían gran limosna y merced que todos ellos fuesen tasados cada uno a que pagasen de tributo por tasación dos pesos de oro común a su majestad, con lo cual sabe que estarían descargados y descansados y sin vejaciones, lo cual podrían bien pagar en solos dos meses del año. Y que en los demás trabajos que tienen, así de la madera como en lo demás que pagan y contribuyen, se mueren gran cantidad de gente. Y por lo que dicho tiene sabe este testigo que su majestad tendría más vasallos en gran cantidad de los que tiene y más tributos. Y Juan de Santiago, indio dice que como principal que es de la dicha provincia, sabe y ha visto que los naturales del dicho pueblo de Tlalmanalco, y este testigo con ellos, pagan y dan en cada un año excesivo tributo, porque así de lo que por tasación pagan a su majestad como de vigas que arrastran del monte y canoas y leña y tablas, y otros servicios a sus caciques y comunidades, como por otros repartimientos como de conejos y codornices que les mandan cazar en terno para ellos y para dar a quien ellos quieren, sabe este testigo que fuera de la tasación de su majestad y tributo que por tasación son obligados de dar, pagan en cada un año, cada uno de los dichos naturales, más de cinco pesos de oro común en cada un año. Y que asimismo sabe este testigo que muchas veces este testigo y un hermano suyo, que se dice Pedro Domínguez, han tratado de verse tan fatigados y no se poder valer ni sustentar, de decir al gobernador y los demás caciques que los vendiesen y se tomasen los dineros que por ellos diesen, porque ellos serían contentos, porque lo que les repartían y ellos pagaban ya no lo podían sufrir. Y sabe este testigo que todos los naturales

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de la dicha provincia recibirían señalada limosna y merced en que fuesen tasados de manera que a su majestad pagasen en cada un año dos pesos de oro común y algo más y no tributasen ni pagasen otra cosa y se les quitase las vejaciones y trabajos que tienen, lo cual sabe este testigo que pagarán sin vejación alguna y muy holgadamente en dos meses de todo el año y en menos tiempo. Y si así se hiciese y su majestad fuese servido de ello, habría más gente de la que hay en la dicha provincia y se darían más cantidad de pesos de oro a su majestad, porque con los dichos trabajos muy excesivos que han tenido y tienen se ha muerto y muere de cada día gran cantidad de gente en cada un año. Y asimismo hay otros testigos que en la dicha información, por mandado del dicho señor oidor y por ante Juan López, escribano, se recibieron, que dicen por palabras equivalentes acerca de lo susodicho, a que me refiero, según consta y parece por la dicha información. Y el dicho escribano da por fe que los dichos testigos, estando declarando y diciendo sus dichos, lloraban a lágrima viva, que de sus ojos salía corriendo en abundancia por las faces de sus caras y diciendo cómo Dios nuestro señor se acordaba de ellos pues que su majestad permitía remediar tantos trabajos como hasta entonces habían padecido y pasado, según más largamente consta de la fe que el dicho escribano da que está en la dicha información a que me refiero. La cual parece, fue hecha y mandada hacer por mandado del dicho señor oidor en el pueblo de Tlalmanalco en ciertos días del mes de diciembre del año de mis quinientos sesenta y tres años según que esto y otras cosas más largamente consta y parece por el proceso de la dicha causa y visita, a que me refiero. En fe de lo cual, por mandado del dicho señor oidor, y para que conste de ello, di la presente, que es hecha en la ciudad de México a cinco días del mes de febrero de 1564 años. Yo, Alonso de Solórzano, escribano de su majestad, etcétera., por mandado del dicho señor oidor lo escribí y saqué del dicho proceso según por él consta, a que me refiero,

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y por ende dice aquí este mío signo, que es tal. En testimonio de verdad, Alonso de Solórzano. Bibliografía recomendada: Charles Gibson, Los aztecas bajo el dominio español (1519-1810), 2a. ed., México, Siglo XXI, 1975, 533 p. José Miranda, El tributo indígena en la Nueva España durante el siglo XVI, México, El Colegio de México, 1980, 355 p. José Luis de Rojas, A cada uno lo suyo. El tributo indígena en la Nueva España en el siglo XVI, México, El Colegio de Michoacán, 1993, 171 p.

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LA IGLESIA

Cédula general dada en declaración del patronazgo real80 El Vaticano reconoció a los reyes españoles el derecho de patronato sobre la Iglesia indiana, como retribución a la labor emprendida en la conversión de innumerables “infieles”. Por esta razón la Corona tenía facultades que normalmente estaban reservadas a instancias eclesiásticas en materias de organización y administración de la Iglesia; se reservaba incluso el “derecho de pase”, una autorización real sin la cual ninguna bula o documento papal tendría validez en Indias. El “regio patronato” permitía a los reyes -y a los virreyes, como “vicepatronos”- tener una intervención decisiva en cuestiones de creación y división de obispados, nombramiento de obispos, miembros de cabildos catedralicios, curas párrocos y creación o supresión de parroquias o misiones. De hecho, la Corona actuaba como si la Iglesia fuese la rama eclesiástica de la administración imperial. Estos privilegios fueron celosamente vigilados por los funcionarios, que por ejemplo impidieron que tuviese efecto una concesión papal que concedía a Hernán Cortés el patronato en el territorio de su marquesado. La única excepción eran las órdenes regulares, que por su estructura tenían cierta autonomía de la autoridad real; sin embargo aun en estos casos la monarquía se reservaba algunos derechos, como el de decidir cuales religiosos pasarían a Indias. Los religiosos regulares, por otro lado, estaban sujetos al patronato en la medida que desempeñaban funciones parroquiales. El rey. Nuestro virrey de la Nueva España o la persona o personas que por tiempo tuvieren el gobierno de esa tierra. Como sabéis el derecho de patronazgo eclesiástico nos pertenece en todo el estado de las Indias, así por haberse descubierto y adquirido aquel nuevo orbe y edificado en él, y dotado en él las iglesias y monasterios a nuestra costa y de los reyes católicos, nuestros antecesores, como por habérsenos concedido por bulas de los sumos pontífices, concedidas de su propio motu. Y para conservación de él y de la justicia que a él tenemos, ordenamos y mandamos que el dicho derecho del dicho patronazgo, único e in solidum81 de las Indias, siempre sea reservado a Nos y a nuestra Corona real, sin que en todo o en parte pueda salir de ella, y que <ni> por gracia ni merced, ni por estatuto, ni por
. Fuente: Diego de Encinas, Cedulario indiano, ed. Alfonso García Gallo, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1945, vol. I, p. 83. 81 . Por entero.
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otra disposición alguna que Nos o los reyes nuestros sucesores hiciéramos, no seamos visto conceder derecho de patronazgo a persona alguna, ni a iglesia ni a monasterio, ni perjudicarnos en el dicho nuestro derecho de patronazgo. Y otro sí, que <ni> por costumbre ni prescripción, ni otro título alguno ninguna persona ni comunidad eclesiástica ni seglares, iglesia ni monasterio puedan usar de derecho de patronazgo, sino fuere la persona que en nuestro nombre y con nuestra autoridad y poder lo ejercitare, y que ninguna persona secular ni eclesiástica, orden ni convento, religión, comunidad de cualquier estado, condición y calidad y preeminencia que sean, judicial ni extrajudicialmente, por cualquier ocasión o causa que sea, sea osado a se entrometer en cosa tocante a nuestro patronazgo real, ni a nos perjudicar en él, ni a proveer iglesia ni beneficio ni oficio eclesiástico, ni a recibirlo, siendo proveído en todo el estado de las Indias, sin nuestra presentación o de la persona a quien Nos por ley y provisión patente lo cometiéremos; y el que contrario hiciere, siendo persona secular incurra en perdimiento de las mercedes que de Nos tuviere en todo el estado de las Indias y sea inhábil para tener y obtener otras, y sea desterrado perpetuamente de todos nuestros reinos, y no pueda tener ni obtener beneficio ni oficio eclesiástico en ellos, e incurra en las demás penas establecidas por leyes de estos nuestros reinos; y los nuestros virreyes, audiencias y justicias reales procedan con todo rigor contra los que así fueren y vinieren contra nuestro derecho y patronazgo, procediendo de oficio o a pedimento de nuestros fiscales o de cualquier parte que lo pidan, y en la ejecución de ello se tenga mucha diligencia. Queremos y mandamos que no se erija, instituya, funde ni constituya iglesia catedral, monasterio, hospital, iglesia votiva ni otro lugar pío ni religioso sin consentimiento expreso nuestro o de la persona que tuviere nuestra autoridad y veces para ello. Y otro sí, que no se pueda proveer ni instituir arzobispado, obispado, dignidad,

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canonjía, ración, media ración82, beneficio curado ni simple, ni otro cualquier beneficio u oficio eclesiástico o religioso sin consentimiento o presentación nuestra o de quien tuviere nuestras veces, y que la tal presentación y consentimiento sea por escrito en el estilo acostumbrado...... Hecho en San Lorenzo el Real, a primero de junio de 1564 años. Yo el rey. Bibliografía recomendada: Alberto de la Hera, Iglesia y Corona en América española, Bilbao, MAPFRE, 1992, 514 p. John Francis Schwaller, The Church and Clergy in Sixteenth Century Mexico, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1987, xvi-264 p. ________________________________________________________

Bula Sublimis deus del papa Paulo III sobre la naturaleza de los indios83 La bula “Sublimis Deus” (“Excelso Dios”) de 1537 se inscribe en la lógica de las antecedentes del papa Alejandro VI por las cuales se concedía a los reyes de España el dominio de las Indias para fines de conversión de sus naturales. Asimismo, sigue el argumento de fray Bartolomé de las Casas acerca de los abusos cometidos contra esta población y de que la única vía para su conversión era la realizada por los misioneros, excluyendo la violencia y el despojo. Aunque usualmente se afirma que la bula tenía el propósito de dejar en claro el carácter humano de los indios, en realidad éste parece ser una parte previa de la argumentación. Salvo ocasionales exabruptos, ni la Iglesia ni la Corona pusieron en duda la humanidad de los indios, como consta en muchos documentos previos. La discusión, más bien, giraba en torno a cuál era exactamente la naturaleza de la humanidad indígena y el derecho de los neófitos a poseer bienes, gobernarse a sí mismos y poseer las mismas libertades y obligaciones que los demás súbditos del rey. Paulo obispo, siervo de los siervos de Dios: A todos los cristianos que las presentes letras vieren, salud y bendición apostólica. El excelso Dios de tal manera amó al género humano que hizo al hombre de tal condición que no sólo fuese participante del bien, como
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. La ración era la renta que recibían algunos clérigos adscritos al servicio de distintas funciones de las iglesias catedrales; podía ser entera o media. Las dignidades eran los beneficios eclesiásticos de las iglesias catedrales, como los de deán, arcediano, chantre, maestrescuela y tesorero. 83 . Fuente: Mariano Cuevas (ed.), Documentos inéditos del siglo XVI para la historia de México, 2a.ed., México, Porrúa, 1975, p. 84-86.

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las demás criaturas, sino que pudiese alcanzar y ver cara a cara el bien sumo inaccesible, y como quiera que según el testimonio mismo de la sagrada escritura el hombre haya sido creado para alcanzar la vida y felicidad eternas, y esta vida y felicidad eternas ninguno la puede alcanzar sino mediante la fe de nuestro señor Jesucristo; es necesario confesar que el hombre es de tal condición y naturaleza que pueda recibir la fe de Cristo y que quienquiera que tenga la naturaleza humana es hábil para recibir la misma fe. Pues nadie se supone tan necio que crea poder obtener el fin, sin que de ninguna manera alcance el medio sumamente necesario. De aquí es que la verdad misma que no puede engañarse ni engañar, sábese que dijo al destinar predicadores de la fe al oficio de la predicación: Euntes docete omnes gentes84. A todas dijo sin ninguna excepción, como quiera que todos son capaces de la doctrina. Lo cual, viendo y enviando el émulo del mismo género humano que se opone a todos los buenos a fin de que perezcan, escogió un modo hasta hoy nunca oído para impedir que la palabra de Dios se predicase a las gentes para que se salvasen y excitó a algunos de sus satélites, que deseosos de conocer su codicia, se atreven a andar diciendo que los indios occidentales o meridionales deben reducirse a nuestro servicio como brutos animales, poniendo por pretexto que son incapaces de la fe católica y los reducen a esclavitud apretándolos con tantas aflicciones cuantas apenas usarían con los brutos animales de que se sirven. Por lo tanto Nosotros que, aunque indignos, tenemos en la tierra las veces del mismo señor nuestro Jesucristo, y que con todas nuestras fuerzas procuramos reducir su aprisco las ovejas de su grey de él, que nos han sido encomendadas y que están fuera del su aprisco. Teniendo en cuenta que aquellos indios, como verdaderos hombres que son, no solamente son capaces de la fe cristiana, sino que (como nos es conocido), se acercan a ella
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. “Id, y doctrinad a todas las gentes” . La cita procede del Evangelio según San Mateo, 28:1.

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con muchísimo deseo; y queriendo proveer los convenientes remedios a estas cosas, con autoridad apostólica por las presentes letras determinamos y declaramos, sin que contradigan cosas precedentes ni las demás cosas, que los dichos indios y todas las otras naciones que en lo futuro vendrán a conocimiento de los cristianos, aun cuando estén fuera de fe, no están sin embargo privados ni hábiles para ser privados de su libertad ni del dominio de sus cosas, más aun, pueden libre y lícitamente estar en posesión y gozar de tal dominio y libertad y no se les debe reducir a esclavitud, y lo que de otro modo haya acontecido hacerse sea írrito, nulo y de ninguna fuerza ni momento, y que los dichos indios y otras naciones sean convertidos a la dicha fe de Cristo por medio de la predicación de la palabra de Dios y del ejemplo de la buena vida; y que a las copias de las presentes letras firmadas de la mano de algún notario público y corroboradas con el sello de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica, se ha de prestar la misma fe. Despachado en Roma, en San Pedro, el año de la encarnación del señor de 1537 a los 2 de junio, de nuestro pontificado el año tercero. Bibliografía recomendada: Silvio Zavala, Repaso histórico de la bula Sublimis Deus de Paulo III en defensa de los indios, México, Universidad Iberoamericana - El Colegio Mexiquense, 1991, 118 p. Silvio Zavala, La filosofía política en la conquista de América, México, Fondo de Cultura Económica, 1947, 163 p. Lino Gómez-Canedo, “¿Hombres o bestias? (Nuevo examen crítico de un viejo tópico)”, en Estudios de Historia Novohispana, no.1, 1966, p. 29-51. ________________________________________________________

Nombramiento del obispo de México como protector de indios y límite de sus facultades85

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. Fuente: Vasco de Puga (comp.), Cedulario de la Nueva España, México, Condumex, 1985, f. 64,65.

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Desde su arribo a la Nueva España en el año de 1528 el obispo Zumárraga tuvo entre sus muchas y difíciles responsabilidades la de cumplir con su designación como “protector de naturales”. El nombramiento fue una de las respuestas oficiales a la prédica de Las Casas; y como ocurrió con frecuencia en las disposiciones indigenistas de la Corona, se hizo un gesto y una declaración de principios que no fue acompañada de medidas y medios prácticas para su ejecución. El cargo era de una gran vaguedad, e inevitablemente provocó conflictos con los funcionarios. Zumárraga desempeñó esta responsabilidad con gran energía, iniciando procesos judiciales contra conquistadores, colonos y aun contra los miembros de la Primera Audiencia, de infame memoria por sus abusos. Pero incluso los oidores de la bien reputada Segunda Audiencia se quejaron de la intromisión del obispo en su jurisdicción y consiguieron del rey, como en el siguiente documento se determina, que el protector estuviera para efectos concretos bajo su supervisión. En 1534 desapareció el cargo y sus funciones pasaron a la Audiencia. A la larga fue evidente que los pleitos de indios no podían tramitarse de la manera común por su indefensión y carencia de medios. En 1591 se llegó a la solución de establecer un tribunal privativo, el Juzgado General de Naturales, bajo la supervisión excepcional del virrey. Don Carlos, por la divina clemencia emperador de romanos, semper augusto, doña Juana su madre, etcétera. Por cuanto nos mandamos dar una nuestra provisión firmada de mi el rey y sellada con nuestro sello, su tenor de lo cual es éste que sigue: Don Carlos, por la gracia de Dios rey de romanos y emperador semper augusto; doña Juana su madre, etcétera. A vos el venerable y devoto padre fray Juan de Zumárraga obispo de Tenochtitlan México, salud y gracia. Sépades que nos somos informados que los indios naturales de la Nueva España son tratados de los cristianos españoles que en ella residen que los tienen en administración y encomienda y de otras personas, no como debían y como vasallos nuestros y personas libres como lo son, lo cual no mirando el servicio de Dios ni lo que son obligados, les han dado y dan demasiado trabajo pidiéndoles más servicio y cosas de las que buenamente pueden cumplir, y asimismo tomándoles sus mujeres e hijas y otras cosas que ellos tienen, por fuerza y contra su voluntad, y haciendo asimismo esclavos por rescatar y por otras formas a los que son libres, y los hierran contra su voluntad, y asimismo sirviéndose de ellos como de tales, y haciéndoles otras

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crueldades enormes, lo cual demás de ser en mucho deservicio de nuestro señor y estorbo para la conversión de los dichos indios a nuestra santa fe católica, ha sido y es en mucha disminución de los dichos indios y causa de despoblarse la dicha tierra. Lo cual visto por los del nuestro Consejo de las Indias y conmigo el rey consultado, queriendo proveer y remediar cerca de lo susodicho cómo los dichos indios y naturales de aquellas partes sean libertados y administrados como libres y vasallos nuestros y vengan en conocimiento de nuestra santa fe católica por amor, que es nuestro principal deseo e intención, siendo tan poblada y rica, fue acordado que debíamos proveer de una persona celosa del servicio de Dios y nuestro para que sea protector y defensor de los dichos indios y mire por su buen tratamiento y conservación y conversión de ellos a nuestra santa fe católica y no consienta que se les haga agravio ni sinrazón, y se guarde con ellos las leyes y ordenanzas para su buen tratamiento, y nos tuvímoslo por bien. Por ende confiando de vuestra fidelidad y conciencia, buena vida y ejemplo, que en esto guardaréis el servicio de Dios nuestro señor y nuestro, y con toda la rectitud y buen celo entenderéis en ello, es nuestra merced y voluntad, que cuanto nuestra merced y voluntad fuere, seáis protector y defensor de los indios de la dicha tierra. Por la presente vos mandamos cometemos y encargamos y mandamos que tengáis mucho cuidado de mirar y visitar los dichos indios y hacer que sean bien tratados e industriados y enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica por las personas que los tienen y tuvieren a cargo y veáis las leyes y ordenanzas e instrucciones y provisiones que se han hecho o hicieren cerca del buen tratamiento y conversión de los dichos indios, las cuales hagáis guardar y cumplir con mucha diligencia y cuidado, como en ella se contiene; y si alguna o algunas personas las dejan de guardar y cumplir o fueren o pasaren

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contra ellas, ejecutéis en sus personas y bienes las penas en ellas contenidas; para lo cual y para todo lo demás que dicho es, por esta carta vos damos poder cumplido con todas sus incidencias y dependencias, anexidades y conexidades y mandamos a nuestro presidente y oidores de la nuestra Audiencia y Cancillería Real de la dicha Nueva España y a los nuestros oficiales y otros jueces y justicias de ella que usen con vos en el dicho cargo y para ello vos den y hagan dar todo el favor y ayuda que les pidiéredes y menester hubiéredes y los unos ni los otros no hagades ende al por alguna manera, so pena de la nuestra merced y diez mil maravedíes para la nuestra cámara a cada uno que lo contrario hiciere. Dada en Burgos a diez días del mes de enero, año del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo de 1528 años. Yo el rey. Yo, Francisco de los Cobos, secretario de sus cesáreas y católicas majestades, la hice escribir por su mandado. Y ahora somos informados que por causa del dicho oficio de protector y ejercicio de él y de la manera como se ha de usar ha habido algunas diferencias entre el dicho presidente <de la Audiencia> y obispo de México, protector, y el presidente y oidores de la nuestra Audiencia de la dicha Nueva España según pareció por ciertos testimonios que por los dichos nuestro presidente y oidores al dicho nuestro Consejo fueron enviados, y queriendo proveer y remediar cerca de esto, cómo cesen las dichas diferencias, visto por los del nuestro Consejo de las Indias, fue acordado que debíamos de mandar dar esta nuestra carta en la dicha razón, y Nos tuvímoslo por bien; por la cual declaramos y mandamos que la dicha provisión que de suso va incorporada se guarde y cumpla y ejecute con tanto que cerca del uso y ejercicio del dicho oficio de protector se guarden la orden y limitaciones siguientes:

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Primeramente que el dicho protector pueda enviar personas a visitar a cualesquier parte de los términos de su protección donde el no pudiere ir, con que las tales personas sean vistas y aprobadas por nuestro presidente y oidores de la dicha Audiencia y de otra manera ninguna persona pueda ir a visitar. Otro sí, que el dicho protector o las tales personas que en su lugar enviare puedan hacer y hagan pesquisas e informaciones de los malos tratamientos que hicieren a los indios; y si por la dicha pesquisa merecieren pena corporal o privación de los dichos indios las personas que los tuvieren encomendados, hecha la tal información, pesquisa, la envíe al dicho presidente y oidores para que ellos la vean y determinen; y en tal caso el protector pueda prender a la tal persona y enviar la pesquisa juntamente con la información al dicho presidente y oidores; y caso que la condenación haya de ser pecuniaria, pueda el dicho protector o sus lugartenientes ejecutar cualquier condenación hasta en cincuenta pesos de oro y dende abajo, sin embargo de cualquier apelación que sobre esto se interpusiere y asimismo hasta diez días de cárcel y no más; y en lo demás que conociere y sentenciare en los casos que puede, conforme a esta nuestra carta, sean obligados a otorgar la apelación para la dicha Audiencia, y que no puedan ejecutar por ninguna manera la tal condenación. Item, que el dicho protector y las personas que hubieren de ir a visitar en su lugar, como dicho es, puedan ir a todas las partes, provincias y lugares de corregidores como de las otras partes y haber información sobre el tratamiento de los dichos indios así contra el corregidor y sus alguaciles, como contra otras cualesquier personas y si hallare culpa contra los dichos corregidores y justicias, envíe la información con su parecer al dicho presidente y oidores para que lo castigue, y por eso no es nuestra intención y voluntad que los protectores tengan superioridad alguna sobre las dichas justicias.

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Item el dicho protector o las otras personas en su nombre no puedan conocer y conozcan en ninguna causa criminal que entre un indio y otro pasare salvo los dichos presidentes y oidores y justicias nuestras. Dada en Madrid a dos días del mes de agosto de 1530 años. Yo la reina. Bibliografía recomendada: Woodrow Borah, El Juzgado General de Indios en la Nueva España, México, Fondo de Cultura Económica, 1985, 488 p. Joaquín García Icazbalceta, Don fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México, México, Porrúa, 1947, 4 v. Ethelia Ruiz Medrano, Gobierno y sociedad en Nueva España. Segunda Audiencia y Antonio de Mendoza, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1991, 412 p. ________________________________________________________

Testimonio de los principales de Texcoco sobre el culto idolátrico, 153986 El testimonio aquí reproducido forma parte del proceso inquisitorial contra el cacique de Texcoco, don Carlos Ome Tochtli Chichimecatecutli, que constituye un hito fundamental en la historia de la represión de la disidencia religiosa indígena. Los cargos en contra del cacique no eran particularmente graves –no había cometido sacrificios humanos o encabezado una resistencia organizada contra la fe católica- pero sin embargo fue condenado a la hoguera. El obispo Zumárraga parece haber decidido que era necesario dar a los indígenas un ejemplo de los riesgos terrenales y espirituales del aferramiento clandestino a su antigua religión. En efecto, del mismo proceso contra don Carlos resulta evidente que aunque el catolicismo se había impuesto, al menos oficialmente, en las ciudades y valles, las montañas y regiones apartadas seguían siendo espacios bien conocidos y públicos del culto indígena, como se desprende del siguiente documento. La ejecución del cacique fue considerada excesiva por la Corona; Zumárraga fue desposeído de sus facultades inquisitoriales y, a la larga, se determinó que los indios quedarían exentos de la jurisdicción inquisitorial. Sus delitos contra la fe pasaron a ser juzgados por el tribunal para la fe de naturales, dependiente de los obispos, que procedía con menor severidad que el inquisitorial. Testimonio de don Antonio, alcalde de Texcoco.

. Fuente: Proceso inquisitorial del cacique de Texcoco, pról. Luis González Obregón, México, Archivo General de la Nación, 1910, xvi-.p.22-24.
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El dicho don Antonio, principal y alcalde de Texcoco por su majestad, testigo recibido para información de lo que dicho es, habiendo jurado según forma de derecho y siendo preguntado lo que sabe de este caso por lengua del dicho intérprete; dijo que puede haber siete años, poco más o menos, que el dicho don Carlos solía vivir en las dichas casas donde ayer su señoría halló los ídolos; y este testigo iba allí algunas veces y veía aquella pared y figuras que estaban hacia fuera, sobre la haz de la pared, pero que no sabía lo que era, ni lo que estaba dentro, ni quien lo puso. Y que esta cuaresma pasada, estando juntos alcaldes, regidores y el gobernador, dijo don Hernando: que bien sería buscar a los pies de las cruces si habría algunos ídolos, porque algunas cruces estaban puestas donde solían tener los altares para sacrificar, y así lo acordaron de hacer. E hicieron cavar a los pies de las cruces, y hallaron figuras de ídolos y pedernales, y navajas, y cajetes, y otras cosas y menudencias de sacrificios, enterradas debajo otras cosas y menudencias de sacrificios, enterradas debajo de tierra, a los pies de las cruces. Y asimismo, en la sierra que se dice Tlaloc hallaron un ídolo de piedra que se dice Tlaloc, y lo quebraron, que era el ídolo, el dios del agua que cuando no llovía y había necesidad de agua, iban a la dicha sierra a ofrecerle al dicho Tlaloc, así de México como de Texcoco, Chalco y Huejotzingo, Cholula, y Tlaxcala, y de toda la comarca, pero que este testigo no ha visto ofrecerle después que los cristianos están en la tierra, al cual dicho ídolo hallaron enterrado debajo de tierra, y lo quebraron como dicho tiene. Y que los días pasados, cuando había falta de agua, algunos indios de Texcoco que iban a tratar a Huejotzingo y Tlaxcala decía que lo desenterraban, diciendo que por los de Texcoco que no llovía porque habían quebrado al dios Tlaloc, dios del agua, y que por su causa morían todos de hambre. Y como oyeron decir esto ellos, enviaron personas secretamente a Tlaxcala, y a Huejotzingo, a ver lo que se decía, y fueron allá, y cuando volvieron dijeron que no se decía cosa ninguna, más que habían visto que los

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de Huejotzingo tenían los caminos de los adoratorios y la sierra limpios como lo tenían por costumbre de hacer antiguamente para sus sacrificios. Y porque supieron que en la sierra donde solía estar el ídolo Tlaloc salía humo, enviaron allá indios a ver lo que era y hallaron muchos papeles con sangre, y copal, y una codorniz, y otras cosas de sacrificio, que parece que habían ofrecido y lo trajeron todo y lo tiene el gobernador. Y que según la manera de los sacrificios lo habían ofrecido los de Huejotzingo, porque cada pueblo tenía su manera de ofrecer. Y luego pusieron guardas en la dicha sierra para ver quien lo hacía, y dos o tres veces hallaron los dichos papeles y cosas ofrecidas con sangre, y no pudieron ver quien lo hacía, más de que oyeron decir que el camino estaba limpio desde la sierra hasta Huejotzingo, como lo solían hacer en el tiempo antiguo. Y que esta es la verdad por el juramento que hizo, y afirmóse en ello y el dicho intérprete lo firmó de su nombre. Joan González. (Rúbrica) Bibliografía recomendada: Joaquín García Icazbalceta, Don fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México, México, Porrúa, 1947, 4 v. Richard E. Greenleaf, Zumárraga y la Inquisición mexicana, 1536-1543, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, 182 p. Serge Gruzinski, El poder sin límites. Cuatro respuestas indígenas a la dominación española, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia-Instituto Francés de América Latina, 1988, 212 p. ________________________________________________________ Carta de Diego Rodríguez Bibanco, defensor de los indios de Yucatán, sobre que los franciscanos haciéndose inquisidores cometen agravios contra los indios.87 En 1562 el provincial de los franciscanos fray Diego de Landa inició una causa inquisitorial para descubrir, corregir y castigar la supervivencia de “idolatrías” entre los mayas yucatecos, que habría incluido elementos adoptados del cristianismo –notablemente, sacrificios humanos mediante crucifixión. La realidad de esta reincidencia en la antigua religión fue puesta en cuestión en su tiempo y sigue siendo hoy día materia de discusión. Lo que no cabe duda es que miles de indígenas fueron sometidos a tortura, alrededor de
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. Fuente: Cartas de Indias, ed. facs., Guadalajara, Aviña, 1970, p. vol.1, p. 392-396.

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doscientos murieron como consecuencia de los malos tratos y muchos más quedaron sumamente quebrantados. Landa realizó varios “autos de fe” donde gran número de “idólatras” fueron azotados, junto con destrucción de ídolos y quema de códices.; asimismo muchos caciques sufrieron la confiscación de bienes y fueron sentenciados a llevar “sambenitos” que aludían a sus delitos. La violencia de la persecución y castigo fueron completamente inusuales en la Nueva España. Reflejan tanto los rasgos personales del provincial franciscano como la situación muy precaria del dominio español en Yucatán, donde una reducida minoría de españoles vivía entre miles de indígenas y, muy cerca, persistían regiones no sometidas al dominio español El “defensor” Rodríguez Bibanco denunció las irregularidades de los procesos judiciales ante el obispo Toral, lo cual dio pie para la intervención del prelado y el inicio de una averiguación judicial contra fray Diego de Landa y el alcalde mayor Quijada. Parece ser que Bibanco actuó por instancias del mismo Toral, quien se ocuparía posteriormente de defenderlo y recomendar su permanencia en el cargo. Landa tuvo que abandonar Yucatán para ir a justificarse en España; años más tarde regresaría, ahora con la autoridad de obispo. Mérida, 8 de marzo de 1563. Sacra católica real majestad. Diego Rodríguez Bibanco, vecino de la ciudad de Mérida, que es en las provincias de Yucatán de las Indias del Mar Océano, defensor que soy de los indios naturales de estas provincias en términos de esta dicha ciudad, nombrado por provisión real de vuestra majestad librada en vuestra Real Audiencia de los Confines, en nombre de los dichos indios, por quien tengo obligación de volver a dar noticia a vuestra majestad de sus necesidades y agravios que se les hacen, la doy en ésta de lo que en estas dichas provincias ha sucedido en perjuicio y gran daño de muertes, lesiones, pérdidas y desasosiegos de los pobres indios. Y lo que pasa es que los frailes de la orden de San Francisco que en estas provincias residen, antes que a ella viniese obispo usaban de la jurisdicción eclesiástica diciendo que lo podían hacer por bulas apostólicas que tenían para usar de ella en las partes donde no hubiese obispos, y a este título, bueno o malo, y usando de las dichas bulas, que se ha entendido de ellas no les dar facultad para lo que han hecho y hacían, ordenaron de proceder contra los indios de todas estas provincias, generalmente,

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por vía de inquisición, haciéndose inquisidor el provincial de los frailes y acompañándose y nombrando a muchos de sus súbditos frailes para que también fuesen inquisidores, y algunos juntos y cada uno por sí han hecho desatinos y castigos en estos indios nunca oídos en todas las Indias, so color y diciendo que eran y estaban idólatras; y para tener más mano y fuerza para hacer lo que querían pidieron auxilio real al alcalde mayor de estas provincias, que es el doctor Diego Quijada, a quien vuestra majestad envió a ellas puede haber dos años poco más o menos, el cual inconsideradamente y como hombre liviano, de poco juicio y prudencia, les dio jueces legos con poderes bastantes para que ejecutasen todo lo que los frailes les mandasen; esto sin ver proceso ni culpa que hubiese en los indios por donde pudiere dar el auxilio real, sino por sola la relación de los frailes idiotas88, que algunos de ellos no saben leer. Y así, con el poder que ellos decían que tenían como jueces apostólicos y con el que vuestra justicia mayor les dio, comenzaron el negocio con gran rigurosidad y atrocidad, poniendo los indios en grandes tormentos de cordeles y agua, y colgando en alto a manera de tormento de garrucha, con piedras de dos y tres arrobas a los pies, y allí colgados dándoles muchos azotes, hasta que les corría a muchos de ellos sangre por las espaldas y piernas hasta el suelo; y sobre esto los pringaban, como se acostumbra hacer a negros esclavos, con candelas de cera de ella, y todo lo dicho sin proceder información, antes para hacerla y buscar las culpas les pareció que este era modo muy acertado y que por él sabrían la verdad de lo que pretendían saber. Y los pobres indios, flacos y miserables, viéndose tan afligidos y maltratados, medrosos y desatinados de los dichos tormentos, estando en ellos mismos confesaron desatinos, cosas que no habían hecho ni pensado hacer, diciendo eran idólatras y que tenían gran cantidad de ídolos y que habían sacrificado muchas personas humanas y hecho otras muy grandes crueldades, siendo
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. En esta época, por “idiota” se entiende la persona que no sabe leer ni escribir.

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todo mentira y falsedad y dicho de miedo y por la aflicción que se les hacía. Y así trajeron mucha cantidad de ídolos de los que solían tener en su gentilidad, que los tenían en edificios antiguos y montes y cuevas ya dejados y olvidados, y decían que de presente los tenían y usaban de ellos. Y vistas las confesiones, sin oír a los dichos indios ni a su defensor ni sin hacer averiguación ninguna más de lo que salía de los tormentos, luego los trasquilaban, azotaban y penitenciaban generalmente a todos los de cada un pueblo adonde andaban, y a algunos particulares, especial señores caciques y principales, condenaban a servicios de diez años más y menos y les echaban sambenitos 89 y desterraban de sus señoríos y pueblos y los ponían en la servidumbre de esclavos, y por tales eran tenidos, y a todos en general les condenaban en pena de dineros, a dos y tres y más ducados 90, y a los comunes a dos y cuatro reales, de donde recogieron y sacaron gran cantidad de moneda. Y por este modo se hacía con los más de aquellos indios de las provincias donde comenzó esta inquisición y castigo, e hicieron dos autos de inquisición, poniendo tablados altos y con banderas e insignias, según hacen los inquisidores de vuestra majestad en estos reinos, adonde sacaron muchos indios con corozas91 y sambenitos y les declararon lo que habían de hacer en el servicio y otras cosas a que eran condenados. De todo lo cual y de otras muchas cosas, que por la prolijidad de ellas no las declaro a vuestra majestad, resultó en los indios gran daño, porque entendiendo lo que pasaba muchos de ellos se huyeron a los montes, otros se ahorcaban y desesperaban, otros quedaron muy heridos y lisiados de los tormentos, mancos de brazos y manos, otros muchos murieron de los tormentos que les dieron. Y así
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. Capote o sobrevesta con una cruz roja aspada, que llevaban los reos condenados por la Inquisición. 90 . Moneda “de cuenta” o de referencia utilizada en las ordenanzas y otras disposiciones; en la práctica, se recurría a convertir esta cantidad en monedas “corrientes”. 91 . Capirote de papel en forma de cucurucho que se ponía a los sentenciados por la Inquisición en los autos de fe, con figuras que aludían a su delito.

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estuvo la tierra toda afligida y alterada y oprimida y maltratada, hasta que por el mes de agosto pasado llegó a ella el obispo don fray Francisco de Toral, a quien vuestra majestad proveyó por prelado y pastor de estas provincias, el cual tomó en sí el negocio y causa en el estado que le halló, y ante él yo, en nombre de esto indios, pedí remedio. Y no lo había osado hacer antes porque los frailes ponían excomuniones públicas contra cualquier persona que por ellos volviese, diciendo que no convenía y que era perturbar el Santo Oficio de la Inquisición, pues la justicia real era el que principalmente daba favor a los frailes. Así, yo no pude usar mi oficio porque me quitaban la libertad; sólo con cartas se les amonestaba que mirasen lo que hacían, pero éstas no aprovechaban ni aprovecharon. Ante el obispo, que oyó en las causas sin pasión y con celo cristiano, di descargos y averigüé ser los indios sin culpa molestados, y así soltó gran número de ellos que halló presos, y quitó los sambenitos a todos los que los habían echado, y los sacó de la servidumbre y esclavonía que les habían condenado y en que estaban, y sosegó la tierra, que sin duda estaba para perderse y alterarse, de lo cual han recibido los frailes y alcalde mayor gran pena, entendiendo lo malo que han hecho tan sin orden y sin justicia, y así procuran por todas vías de buscar culpas contra estos indios y aprobar lo que han hecho y que fue cosa necesaria, y para este efecto soy informado que hacen probanzas de abonos. El alcalde mayor presenta por testigos a los frailes, en abono de que es buen gobernador, y él y sus amigos y paniaguados dicen en favor de los frailes y suyo, de él, para que no se entienda el desatino que hizo, diciendo que los tormentos no fueron rigurosos y otras cosas a este modo. Y queriendo abonarse ante vuestra majestad, entendiendo que se ha de dar noticia de sus negocios, se previene a hacer informaciones en su abono y favor, diciendo que ha hecho gran servicio a Dios nuestro señor y a vuestra majestad en lo que hizo, y en ejecutar provisiones que no se ejecutaban, y que a esta causa se mueven a quererle mal; todo porque

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vuestra majestad no provea de remedio. Y cierto, con no verdadera relación, y lo que yo digo ante vuestra majestad lo es, y así lo tengo probado ante el obispo prelado y lo probaré cuando convenga, y vuestra majestad sea servido de proveer juez que desagravie a estos pobres de tantos agravios como les hicieron, y afrentas, muertes y perdición y destrucción de sus casas y haciendas y destierros, sin haber en ellos la culpa que se les impuso. Yo, en nombre de estos pobres que a mi cargo son, y como puedo y debo, y suplico, con el acatamiento debido, provea de remedio y justicia para que estos indios la hayan y alcancen contra el alcalde mayor que tanto daños les ha hecho, y contra los ministros que puso, y a los frailes que tantos agravios hicieron sean castigados o por sus prelados o por quien lo deba hacer y los saquen de esta tierra porque en ella tienen odio siempre a los indios, como no pueden ejecutar lo que comenzaron. Y lo mismo hace el alcalde mayor, que por atemorizarlos y que no hablen ni se quejen de lo pasado les busca todos achaques en visitas y negocios que busca contra los pobres indios, y así están tan atemorizados y espantados que temo no haya alguna rebelión y destrucción. Así, suplico humildemente a vuestra majestad lo mande remediar como cosa que tanto importa al servicio de Dios nuestro señor y al bien y aumento de estos pobres y servicio de vuestra majestad. Yo no envío los procesos y testimonios de lo que pasa y se ha hecho ante el obispo, porque son muy largos y costosos; de lo que el obispo informare, entenderá vuestra majestad la verdad, que la dirá, como es justo y como siervo de nuestro señor y celoso de su servicio y del de vuestra majestad y aun de estos pobres indios, y su información presentó en averiguación de lo que a vuestra majestad informo. Y nuestro señor, la sacra católica y real persona de vuestra majestad guarde por muchos años, con aumento de más reinos y señoríos. De Mérida, 8 de marzo de 1563. Diego Rodríguez Bibanco. Bibliografía recomendada:

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Carmen Bernard y Serge Gruzinski, De la idolatría. Una arqueología de las ciencias religiosas, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, 228 p. Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán, est. prel. De Carmen León Cázarez, México, Conaculta, 1992, 234 p. France V. Scholes y Eleanor Adams (comps.), Don Diego Quijada, alcalde mayor de Yucatán. 1561-1562, México, Porrúa, 1938, 2 v . ________________________________________________________ Nombramiento de inquisidor apostólico contra la herética pravedad al doctor Pedro de Moya de Contreras para las provincias de Nueva España.92 La Corona española tuvo desde fechas muy tempranas una preocupación particular por la preservación y pureza de la fe en sus nuevos dominios indianos. Fue común en la época la alusión de que al mismo tiempo que los herejes luteranos arrebataban a la verdadera fe gran parte de Europa, el católico monarca reponía con creces el territorio perdido al incorporar al catolicismo las miles de almas de sus nuevos súditos al otro lado del océano. En España la persecución de la “herética pravedad” había sido confiada al Tribunal de la Inquisición, pero al no existir una estructura comparable al otro lado del océano se recurrió a soluciones provisionales que resultaron ser poco satisfactorias, como confiar esta labor a las órdenes religiosas o a los obispos. De ahí provino la decisión de establecer formalmente la Inquisición novohispana, bajo la dirección del experimentado Moya de Contreras. El Tribunal tuvo jurisdicción exclusiva no solamente en asuntos de fe (herejías, apostasías, blasfemias) sino algunos relativos a la disciplina eclesiástica (la “solicitación” de favores sexuales por los religiosos), derecho conyugal (bigamia)¸ revisión de la ortodoxia de los libros e incluso moral pública (por ejemplo, la violación del juramento realizado durante un contrato podía ser materia inquisitorial). La única excepción en sus vastas facultades eran los casos de indígenas, que corrían bajo un tribunal dependiente de los obispos. Don Felipe, por la gracia de Dios, etcétera. A vos don Martín Enríquez, nuestro virrey y capitán general de la Nueva España; y presidente de la nuestra Audiencia Real que reside en la ciudad de Santiago, en la provincia de Guatemala, y a vos los nuestros oidores, alcaldes mayores de la nuestra Audiencia Real de la Nueva Galicia y provincias de la Nueva España con todos los distritos de las dichas audiencias y provincias, y con el obispado y provincias de Nicaragua y a cualesquier nuestros gobernadores, corregidores y

. Fuente: Diego de Encinas, Cedulario indiano, ed. Alfonso García Gallo, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1945, vol. I, p 46-48.
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alcaldes mayores y otras justicias de todas las ciudades, villas y lugares de ellas, así de los españoles como de los indios naturales que al presente sois o por tiempo fuéredes, y a cada uno de vos a quien la presente fuere mostrada y lo en ella contenido toca o pudiere tocar en cualquier manera, que en vuestros lugares y jurisdiciones fuéredes requeridos con ella o con su traslado auténtico. Salud y gracia. Sabed que considerando el aumento que ha resultado en lo de la religión a nuestra santa fe católica por el descubrimiento y conquista y nueva población de esas provincias y que por la providencia y gracia divina los naturales de ellas entre los otros grandes beneficios que han recibido han sido alumbrados para conocer el verdadero camino de la doctrina evangélica y que cada día se va acrecentando su población y se espera que se irá extendiendo y continuando, y considerada la gracia <grandeza?> y excelencia de las dichas provincias y la singular gracia y beneficio de que nuestro señor por su piedad y misericordia en estos tiempos ha usado con los naturales de ellas en darles claro conocimiento de nuestra santa fe católica, y que es tan necesario tener especial cuidado y vigilancia en la conservación de la devoción y buen nombre y reputación y fama de sus pobladores, nuestros naturales, que con tanto cuidado y fatiga han procurado el aumento de la religión y ensalzamiento de nuestra santa fe católica en esas partes como fieles y católicos cristianos y naturales y verdaderos españoles. Y visto que los que están fuera de la obediencia y devoción de la Santa Iglesia Católica Romana obstinados en gran pertinacia en sus errores y herejías siempre procuran pervertir y apartar de nuestra santa fe católica a los fieles y devotos cristianos, y con su malicia y pasión trabajan con todo estudio de los atraer a su dañada creencia y opinión, comunicando sus falsas opiniones y herejías y divulgando y esparciendo diversos libros heréticos y condenados para sembrar sus reprobadas y perniciosas opiniones, como se ha visto que lo han hecho en estos tiempos en

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otras provincias y reinos extraños, de lo cual se ha seguido gran daño y detrimento a nuestra santa fe católica y otros increíbles escándalos y movimientos; y como se tenga tan cierta noticia y experiencia de que el verdadero remedio de todos estos males, daños e inconvenientes consiste en desviar y excluir del todo la comunicación de las personas heréticas y sospechosas en la doctrina de nuestra santa fe católica, castigando y extirpando sus errores y herejías con el rigor que disponen los sagrados cánones y leyes de nuestros reinos y que por este tan santo medio por la clemencia y gracia divina nuestros reinos y señoríos han sido limpiados de todo error y se ha evitado esta pestilencia y contagio, y se espera en la divina misericordia que se preservarán de aquí adelante. Por obviar y remediar cómo no pase tan gran ofensa de la fe cristiana a esas partes a donde sus pobladores, nuestros naturales, han dado y dan tan buen ejemplo de su devoción y cristiandad, y los que nuevamente han venido al conocimiento de la fe se disponen con tanta docilidad a ser instruidos y enseñados en la doctrina cristiana y se evite tanta nota e infamia de nuestros súbditos y de su fidelidad y lealtad, y los naturales de ellas no sean pervertidos y apartados del gremio de la Santa Iglesia Católica Romana con nuevas, falsas y reprobadas doctrinas y errores de los herejes, el reverendísimo en Cristo padre, cardenal de Sigüenza, presidente de nuestro Consejo, inquisidor apostólico general en nuestros reinos y señoríos, con el celo que tiene al servicio de nuestro señor y nuestro, y al ensalzamiento de nuestra santa fe católica, habiendo procedido en ello mucha deliberación, con acuerdo de los del nuestro Consejo de la general Inquisición y de otras personas graves del nuestro Consejo, y consultado con Nos, entendiendo ser muy necesario y conveniente para el aumento y conservación de nuestra santa fe católica y religión cristiana poner y asentar en esas dichas provincias el Santo Oficio de la Inquisición, ha ordenado y proveído que así se efectúe y ponga en ejecución; y acordó por el descargo de nuestra real conciencia y de la suya diputar

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y nombrar por inquisidores apostólicos contra la herética pravedad en las dichas provincias, a los venerables el doctor Pedro de Moya de Contreras y licenciado Cristóbal de Cervantes y los oficiales y ministros necesarios para el uso y ejercicio del Santo Oficio; los cuales son personas de letras y recta conciencia e idóneas y legales en sus oficios; y nos suplicó les mandásemos dar favor de nuestro brazo real, según y como conviene al católico príncipe y celador de la honra de Dios y del beneficio de la república cristiana, para libremente ejercer el dicho oficio. Y Nos, por lo que toca al servicio de nuestro señor y al aumento de nuestra santa fe católica, deseando la ampliación y ensalzamiento de la religión cristiana y que las dichas provincias por Dios a Nos encomendadas mediante el favor divino sean libres y preservadas de todo error de herejía, y por el mucho amor que tenemos a nuestros naturales sus pobladores, considerando cuánto conviene en estos tiempos que se va extendiendo esta contagión <sic> se prevenga a tan gran peligro, y más particularmente en esas dichas provincias que con tanto cuidado se ha procurado fuesen pobladas de nuestros súbditos y naturales no sospechosos, de lo cual se espera seguir gran servicio de Dios nuestro señor y aumento de la santa universal Iglesia y acrecentamiento del culto divino y honor y beneficio de los pobladores de las dichas provincias. Por todas estas consideraciones, teniendo este tan santo negocio por el que más principalmente nos toca sobre todos los otros de nuestra Corona real, lo tuvimos por bien, y nuestra voluntad es que los dichos inquisidores, oficiales y ministros sean favorecidos y honrados, como la dignidad y calidad del oficio que les está cometido lo requiere. Por ende mandamos a vos y cualquiera de vos, que cuando los dichos inquisidores apostólicos fueren con sus oficiales y ministros a hacer y ejercer en cualquier parte de las dichas provincias el Santo Oficio de la Inquisición, recibáis y cualquier de vosotros reciba a ellos y a sus ministros y oficiales y personas que con ellos fueren con la honra y reverencia debida y que es decente y conviene, teniendo

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consideración al santo ministerio que van a ejercer, y los aposentéis y hagáis aposentar y les dejéis y permitáis libremente ejercer el dicho su oficio; y siendo por los dichos inquisidores requeridos, haréis y prestaréis el juramento canónico que se suele y debe prestar en favor del dicho Santo Oficio; y cada vez que se vos pidiere y para ello fuéredes requeridos y amonestados, les daréis y haréis dar el auxilio y favor de nuestro brazo real, así para prender cualesquier herejes y sospechosos en la fe como en otra cualquier cosa tocante y concerniente al libre ejercicio del dicho Santo Oficio, que por derecho canónico, estilo y costumbre e instrucciones de él se debe hacer y ejecutar. Otro sí: en todos aquellos que los dichos inquisidores que ahora son nombrados y diputados y por tiempo fueren, ejerciendo su oficio relajaren al brazo seglar, ejecutaréis las penas impuestas por derecho contra los condenados, relapsos y convencidos de herejía y apostasía. Y porque los dichos inquisidores, oficiales y ministros que ahora son o fueren de aquí adelante puedan más libremente hacer y ejercer el dicho Santo Oficio, ponemos a ellos y a sus familiares con todos sus bienes y haciendas so nuestro amparo, salvaguarda y defendimiento real, en tal manera que ninguno por vía directa y indirecta no sea osado de los perturbar, damnificar, ni hacer, ni permitir que le sea hecho daño o desaguisado alguno, so las penas en que caen y incurren los quebrantadores de salvaguarda y seguro de su rey y señor natural. El cual, si necesario es, mandamos ser publicado y pregonado por los lugares públicos de las ciudades, villas y lugares de las dichas provincias porque así conviene al servicio de Dios nuestro señor y a la buena administración de nuestra justicia; y esta es mi voluntad y de lo contrario nos tendríamos por muy deservidos. Dada en la villa de Madrid, a 16 días del mes de agosto del año del nacimiento de nuestro salvador de 1560 años <sic, por 1570>. Yo el rey. Yo Gerónimo de Zurita, secretario de su católica majestad la hice escribir por su

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mandado. Doctor cardenalis Seguntinus. El licenciado Francisco de Soto Salazar. El licenciado Juan de Ovando. El Licenciado Hernando de Vega de Fonseca. Bibliografía recomendada: Solange Alberro, Inquisición y sociedad en México. 1571-1700, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, 622 p. Richard E. Greenleaf, Inquisición y sociedad en el México colonial, Madrid, Porrúa, 1985, viii-326 p. ________________________________________________________ Informe del doctor Luis de Anguis sobre las diferencias y poca conformidad de prelados y religiosos.93 En 1560 el rey Felipe II pidió al doctor Anguis (provisor y mano derecha del arzobispo Montúfar), que le enviase un informe reservado acerca de los ruidosos conflictos que oponían al clero regular y secular, y que le diese su parecer sobre lo que debía hacerse para solucionar una pugna cada vez más enconada y que ponía en riesgo el prestigio de la Iglesia, la buena labor de evangelización y la prevención de las herejías. El informe subsiguiente acusa a los religiosos regulares de abusar de sus privilegios excepcionales en la administración de los indígenas (su ácida y burlona descripción de la práctica de los frailes en los delicados asuntos matrimoniales es un texto “clásico” frecuentemente citado) pero también arremete contra los obispos (particularmente, contra el michoacano Vasco de Quiroga), a quienes critica su carácter pleitista y el descuido de sus obligaciones pastorales. Más allá de las referencias a violencias y escándalos entre religiosos, el escrito de este “espía” de Felipe II es expresión clara de la preocupación de algunos funcionarios ante el gran poder de la Iglesia novohispana y el escaso control que en la práctica podían ejercer los ministros del rey sobre la vida religiosa. Sacra católica real majestad: ...... La otra ocasión es de ver que los dichos frailes casen y descasen con tanta facilidad, porque todas las veces que un indio se quiere casar y descasar por mano de un fraile, se casa y descasa, y aunque no tanto en este arzobispado por írseles más a la mano pero con mucha frecuencia en los demás obispados. Y diré el abuso que hallé en el obispado de Michoacán y lo comencé a remediar, y hallé tantos casos que lo dejé al cabo como cosa sin
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. Fuente: Mariano Cuevas (ed.), Documentos inéditos del siglo XVI para la historia de México, 2a.ed., México, Porrúa, 1975, p. 250-267.

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remedio; y era que como acaece de Pedro y María, indios que están casados y en faz de la iglesia94, el uno de ellos se amancebaba con otro, y éste, para descasarse de su mujer y casarse con quien está amancebado, no tiene necesidad de más de parecer ante el fraile y decir que cuando se casó con María en faz de la iglesia era primero casado con la otra que allí lleva. Luego incontinenti95 es creído, y allí de presente, sin más averiguación ni más información, los descasa y lo torna a casar con la que el indio quiere; y a la que quedó apartada le busca luego otro marido y la casa. Acaece después que este Pedro que pareció ante el fraile a descasarse y casarse, al primer enojo que pasa en su casa, torna a parecer ante el mismo fraile y dice que la relación que hizo primero no fue verdadera y que engañó en lo que dijo, que pide le tornen a la primera, la cual in plurimun96 se halla ya casada con otro. Y luego, con la misma facilidad que lo oyó primero lo torna a oír segunda vez, de manera que viene a armar una maraña de matrimonios que no bastará otro que Dios a deshacerla, porque se juntan cinco o seis matrimonios hechos todos en faz de la iglesia y todos fundados en lo que el primero urdió. Y esto es tan común como he dicho a vuestra majestad, y cada día se hacen y deshacen estos matrimonios, y pasa así porque lo experimenté y averigüé así en muchos casos. Y al mismo fraile que era un francés,97 que tenía de ordinario hacerlo así, trabajé por escrito y de palabra de encaminarlo, y no aproveché nada, porque decía que la conciencia de cada uno se había de creer y que había de tener por verdad lo que cada uno en su conciencia le decía. Y de ver los absurdos

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. Ante la Iglesia; dícese especialmente de los matrimonios celebrados de acuerdo a las ceremonias establecidas. 95 . Inmediatamente, en el acto. 96 . Por lo demás. 97 . Robert Ricard sugirió que se trata de fray Maturino Giberti o Ghiberti, un religioso reconocido por su gran dominio de la lengua tarasca pero también por su carácter conflictivo: criticó al obispo Quiroga, se le acusó de tener opiniones sospechosas ded luteranismo y de decir a los indios que los clérigos eran falsos sacerdotes, por lo cual sólo debían obedecer y reverencia a los mendicantes.

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grandes que acerca de esto hay, murmúranlo los prelados y los frailes no dejan de querer defender lo que hacen, y de esta suerte nacen las competencias. Cuanto a lo que se les imputa a los prelados de que no visitan sus ovejas con muy gran razón los culpan porque donde tanto número de ovejas y súbditos hay, no visitándolos sino por milagro, cómo puede dejar de haber notable falta. Obispo hay en esta tierra que de veinte y tantos años que ha que es prelado en ella, no creo yo que ha residido tres años en su obispado98, aunque se junte todo el tiempo que en él ha estado, porque según me dicen siempre ha residido del modo que reside después que ha que le conozco, y sobre todo ansia grandísima de dilatar sus obispados para tener de que dar mayor cuenta a Dios. Yo acá no los tengo por seguros, si acaso no les excusa lo que dicen, que <los> frailes los echan de sus obispados y que formarían conciencia si saliesen de México porque desde aquí resisten y siguen su justicia. En todo ello he sido de contrario parecer. Ellos aleguen lo que quisieren, que asaz cumplen con dar noticia de ello a vuestra majestad para que lo remedie, y más me parece que importa el morirse infinidad de indios sin sacramentos y sin bautismo que no cuantos pleitos y sentencias pueden ellos seguir y conseguir todos los días de su vida. Y diésense sacramentos y de los de ellos cual quisiere. A los menos los unos y los otros tienen obligación a concordarse para que estos miserables no perdiesen grande, que Dios les hizo con la noticia de su santa fe. Y así bien creo que si el obispo de Michoacán estuviera en su obispado que no hubiera el escándalo dicho de Tlazazalca99; y que si hubiera condescendido en algo con los frailes, sin mostrarles tanto rigor, que no hubiera lo que hay;

. Parece aludir al michoacano Vasco de Quiroga, quien efectivamente estuvo muchos años ausente en España y movió largos y enconados pleitos sobre límites con las diócesis de México y Guadalajara. 99 . La parroquia agustina de Tlazazalca estaba en disputa con el obispo de Michoacán, que quería dar la administración al clero secular. El pleito llegó a tal grado que un grupo de clérigos invadió la iglesia y le puso fuego.
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pero todos dan de cabeza y los unos y los otros se han ya cebado tanto en pleitos, que no se hallan sin ellos ni sin ir cada día a los estrados y a las audiencias como cosa que se lleva muy de propósito. Cierto, tendría por muy acertado si los pleitos han de pasar adelante, que se les diese otro medio y otro lugar para seguirlos y que no se admitiesen en las audiencias públicas; porque como son pleitos y sobre ellos toman cólera, dicen muchas veces flaquezas los unos de los otros y descúbrense cosas que no hay para que las sepa el pueblo. De aquí se han ya acostumbrado tanto a las dichas audiencias que con pleitos y sin ellos no saben salir de ellas, y concluyo en esto que acá parece peor que lo digo, porque no se pueden representar del todo los inconvenientes que acá vemos, y que por ocasión de asistir a estos demonios de pleitos el obispo deja su obispado, y el arzobispado su visita, y los frailes su coro y su decoro. Pero también se excusan los frailes en esto, porque diciéndoles yo algunas veces que para qué seguían tanto los pleitos y por qué se inquietaban con ellos, me han respondido: «no podemos más porque el virrey nos manda que los sigamos.» Y entre otros me lo respondió así sobre lo de Calimaya 100 fray Francisco de Toral, provincial de los franciscanos que al presente va <por obispo> electo de Yucatán...... Cuanto a los edificios que hacen y casas de monasterios que toman, pues las que hay hasta ahora hechas les bastan y sobran, porque si no son algunas, todas las demás tienen a dos y a tres frailes y muchas están solamente con uno, paréceme que convendría se mandase a vuestro virrey <Luis de Velasco> que no dé mandamientos para hacer más edificios ni tomar más casas, porque es tan ordinario cuanto más quieto está todo remanecer101 los frailes con un mandamiento y luego es la pendencia en las manos y parece que se abrasa la tierra; y como se quitase de que no se diesen sin primero consultarlo con
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. Los franciscanos, que reclamaban la administración de Calimaya, enviaron a cientos de indios armados con flechas para destruir y quemar la iglesia. 101 . Ocurrir u ofrecerse alguna cosa inesperada.

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vuestra real persona o vuestro Real Consejo de Indias no importunarían a vuestro virrey, ni él con estudio102 de complacerles se desgraciaría con los prelados. Con proveer estas dos cosas se provee y remedia mucho, porque casi la discordia de virrey y prelados nace de lo que acerca de esto provee el dicho virrey y por las licencias y mandamientos que da, por ventura con buen intento, porque creo que están con él mal acreditados los más de los clérigos y que le parece que en ampliar estas casas y monasterios de frailes hace servicio a Dios, y no tiene cuenta con el escándalo que se causa. De estas dos cosas están asidos los unos y los otros, porque que frailes dispensen o no, que murmuren o no, no es cosa que quitado lo demás se haría caso de ello. También convendría dar alguna orden y declaración sobre los casos que acaecen tocantes al Santo Oficio de Inquisición entre los religiosos, porque acaecen cada día y si son o no son no se acaba de averiguar aunque lo sean, porque los frailes de todas órdenes se ayudan de manera que no es parte nadie para castigarles, y por uno se ofrece toda la orden a la muerte y a decir que perderán la vida sobre ello. Y así, pocos días ha acaeció un caso que no ha dado poco escándalo en esta ciudad, sobre ciertas proposiciones que el arcediano103 de esta iglesia, Alonso Chico de Molina dijo, las cuales se han bien reñido en pareceres por los religiosos, haciéndolas unos católicas, y otros formalmente heréticas, hasta venir a decir unos que morirían y se dejarían quemar por lo que el arcediano dijo; y otros, que se dejarían quemar por lo contrario. De manera que como acá haya más libertad y estos negocios aun no estén bien en esta tierra debajo la protección y amparo del Santo Oficio, cada cual seglar tenían por estas calles la parte que quería con sólo decir que el arcediano y tal fraile o tal fraile la tuvo. Suplico a vuestra majestad, pues se le envía el proceso, lo mande ver y con la
. Con propósito, con intención deliberada. . Dignidad eclesiástica de las iglesias catedrales, siguiente al deán en importancia.

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brevedad provea lo que acá se deba hacer; porque demasiadamente se han entremetido los seglares en tener y decir cada uno lo que le parece, demás de que como he dicho, las religiones están sobre ello en competencia. Y con esta ocasión se me ofrece de suplicar a vuestra majestad que pues en esos vuestros reinos hay personas tales de calidad y méritos de quien poder proveer estas iglesias, que vuestra majestad las mande escoger, que sean conocidas en vida y ejemplo y cristianos viejos y de quien se tenga noticia que merecen la merced que se les hace, porque acá hay grandísima falta de personas tales. Y para decir a vuestra majestad sinceramente la verdad, si al presente se ofreciese necesidad de que el cabildo de esta santa iglesia hubiese de gobernar en alguna sede vacante 104, yo no sé en qué pararía esta iglesia, porque aun con irles a la mano no llevan medio las niñerías que pretenden cada día introducir en disminución de su coro y de su oficio y del culto divino. No sé si en parte tienen la culpa de esto los prelados como al contrario en otras cosas la tienen, porque en las de poco momento muestran todo rigor y ánimo; y en las que importan y son de peso, remisión y pusilanimidad. De aquí no es parte el provisor 105 a hacer su oficio como debe. La otra ocasión es de castigar los frailes a los indios idólatras o que caen en alguna herejía, y lo mismo a los frailes de sus órdenes que se hallan culpados de ella, excusando cuanto pueden que estos negocios no vengan a mano de los prelados; y así ha habido algunos casos entre ellos bien graves que <no> se los han castigado o disimulado, y en especial entre indios lo han hecho, excediendo y acortando el castigo, sin discernir negocio ni persona. De lo cual blasfeman los dichos prelados y dicen ser negocios reservados, así es que los dichos frailes no pueden entremeterse directa ni indirectamente. Y cierto, en los
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. El periodo que transcurría entre el fallecimiento o remoción de un obispo y el arribo de su sucesor; en estas circunstancias gobernaba el obispado el cabildo catedralicio. 105 . Jueces a cargo de todas las causas judiciales que caían dentro de una jurisdicción episcopal.

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castigos que los frailes han hecho en cualesquiera negocios ha habido gran desproporción porque lo poco han castigado por mucho, y lo mucho por poco, exagerando y disminuyendo los delitos sin discreción. De lo tocante a hacer edificios y casas de monasterios han sucedido mayores escándalos que de ninguna otra cosa, en especial en este arzobispado y en el obispado de Michoacán. Muchas veces han venido a las manos frailes y prelados, los unos por ocupar más tierra y los otros por echarlos de ella. Los frailes dicen que pueden edificar doquiera que escogieren, y así lo hacen de hecho o de derecho, fundados en los privilegios que dicen tener. Los prelados les resisten diciendo que so color de sus privilegios tiene abarcada toda la tierra y que no lo hacen por aprovechar sino por ser poderosos y por mandarlo todo, altercando de suerte que con ello tienen los unos y los otros escandalizada toda la tierra. Y ya a vuestra majestad constará lo que pasaron sobre lo de Calimaya y qué padecieron allí los pobres indios, que de miserables y de no saberse valer vienen al cabo a pagarlo ellos todo. Costóles a los tristes la discordia ajena de frailes y prelados hartos azotes y coscorrones, y en venir y volver a México unos descalabrados y otros desollados; y si fue verdadera la información que el arzobispo hizo entre ellos, constó por ella haber aun costado la vida y otros cuatro o cinco haber llegado a punto de muerte. De esto aunque lo vi por información, no daré entera fe pero puédola dar de muchos que vi venir descalabrados, y tales que me pusieron lástima; y no doy del todo crédito a la dicha información porque a cuantos con indios se hacen no hay por qué darles más crédito que si fuesen hechas con niños que no disciernen si han de decir sí o no. Y así, lo suplico a vuestra majestad, a las que de acá fueren hechas con indios dé el crédito que merecen, porque como los pobrecitos son tan ambiciosos y tan inconstantes, cualquier cosa dicen por la parte que sienten que los ha de favorecer y así se harán entre ellos cuantas informaciones quisieren, pro y contra,

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porque está en mano de cada uno pintarles a su placer, que no faltarán en su dicho del modo que los impusieren; y plega a Dios que españoles acá no hayan tomado la misma costumbre, que en verdad estoy por decir que casi se hace lo mismo entre ellos. Y asimismo constará a vuestra majestad lo que en el obispado de Michoacán han pasado los padres agustinos con los clérigos de aquella provincia, sobre cuál o cuáles habían de quedar en el pueblo de Tlazazalca, y cómo vinieron a tanto rencor los unos con los otros que amaneció quemada la casa de los frailes, y estuvo en poco que no se ardieran media docena de frailes de los que habían acudido a defender la casa. Y pues que hubo fuego y peligro de las vidas, mire vuestra majestad cuales andaban y en qué términos los negocios. Sobre haberse pretendido tanto salir con su interés, cada una de las partes, tres años ha que pretendían el dicho pueblo; y medio mal si se acabara, pero hoy día me certifican que hay desafíos entre ellos, llevando el negocio como si fuera entre soldados. Y al cabo es el mal que estas puñadas nunca se dan por estar donde más necesidad hay y donde más se pueda aprovechar a estos tristes naturales, sino donde a ellos mejor les está y donde mejor provisión y más regalos hay. Esta es la causa más principal y que más ha atizado los negocios de acá y lo que los prelados muestran que no pueden sufrir. Y no dejaré de avisar a vuestra majestad parte de los excesos que acá hay en los edificios y cuán demasiadamente los hacen suntuosos, donde ni Dios ni vuestra majestad ni los hombres de acá se sirven ni aprovecha de ello. Hay edificio en Michoacán, hecho por los padres agustinos, que certifican maestros de cantería que no se hiciera con sesenta mil ducados si por dinero se hubiera de hacer; y para un pueblo de indios vea vuestra majestad qué necesidad hay de cosa tan costosa y que los pobres indios la hacen con su sudor y fatiga, teniéndolos allí ocupados haciendo y deshaciendo muchas veces una cosa, pudiéndose ellos pasar con una casa honesta que a lo más les llegase a tres o cuatro mil

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pesos y aun era para ellos mucho. Yo vine espantado de algunas casas que vi de religiosos, y hallándome en algunas de ellas, soberbias y fuertes y diciendo que de qué servía tanta casa pues había tan pocos frailes que serían hasta dos y en muchas no más de uno, me respondían que las hacían así porque cuando fuese menester sirviesen a vuestra majestad de fortaleza. Y sin las dichas hay dos obras que se hacen a costa de vuestra majestad que hubieran sido bien excusadas, y no sé qué conciencia han gastado y gastan en ellas vuestra Real Hacienda en tanta cantidad, porque los gastos de ellas a nadie aprovechan y esta ciudad y aun la Nueva España tiene que murmurar y que reír. Y son la casa de San Agustín de esta ciudad <de México> y la iglesia catedral de Michoacán que se hace en Pátzcuaro. La casa de estos frailes agustinos se viene toda al suelo y toda porfían a hacerla con la Real Hacienda, sobre haberse en ella gastado una infinidad de dinero. Va tanta casa que ni ellos la han menester ni la casa a ellos, porque demás de caérseles cada día, y que no lleva fundamento, va como he dicho tan soberbia que basta para los de acá y los de allá si en ella se pusiesen juntos; de que la Nueva España tenía muy poca necesidad, atento lo que en ella deben los religiosos de pretender. Lo mismo digo de la iglesia de Pátzcuaro, con otra imaginación que no lleva pies ni cabeza y que nunca en la vida de los hombres se acabará ni al cabo sirve de cosa, ni hay para que vuestra majestad le gasten cada un año en ella tanta millarada de pesos para efectos de tres o cuatro españoles vecinos que allí hay y para indios que cualquiera cosa humilde les está mejor. Y Dios sabe del modo que los pobres indios con estos edificios son vejados y cuantos so color de ellos los roban. Más en particular pudiera referir excesos de estos que no son conformes a lo que acá se requiere y aun de cosas otras que no escandalizan poco; pero debajo de esto las pasaré siquiera por no dar sospecha que salgo del celo que he propuesto. De estos excesos y obras blasfeman los prelados y no pueden sufrir que los frailes que habían de estar pobres se muestren tan

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suntuosos y poderosos y ellos, que a su parecer habían de ser ricos, estén tan pobres y de ellos perseguidos. De aquí viene que los unos por defender su poder y los otros por derribarlo y deshacerlo vienen a las puñadas. Los prelados de acá se engañan mucho con poner delante y por ejemplo los prelados de esos vuestros reinos y las rentas que tienen, porque se persuaden que así habían acá de descansar y gozar al respecto de los de allá. Pero viendo que los que ellos habían de poseer está en manos y poder de los frailes, suspiran y les llega a lo íntimo del corazón. Por este tenor van las cosas de los dichos frailes y que en las demás se hallará lo mismo que he dicho, aunque como he dicho a vuestra majestad muchos hay de ellos celosos que se ejercitan cristianamente con provecho y sin ruido de nadie, cuya perfección no se menoscaba por decir de los demás díscolos que tienen necesidad de reformación y en especial a vuestra majestad, a quien incumbe saber y entender la manera de vivir de cada estado. No se remedia nada lo susodicho con lo que de parte de vuestro virrey se puede decir acerca de esto, porque dejado que en todo es de creer que pretende hacer su oficio como cristiano y de servir a vuestra majestad como es obligado y que así por lo que con él he comunicado como de lo que de él he oído y visto, en todo parece su deseo enteramente bueno; pero paréceme que la licencia y crédito demasiado que a frailes ha mostrado ha dado en mucha parte causa a los desasosiegos y escándalos sucedidos de parte de los frailes y que me parece que si él hubiera tratado los negocios de por medio de suerte que entendieran los frailes que no tenían más parte en él que el arzobispo ni obispos, todo estuviera remediado o no hubiera habido necesidad de poner remedio, y de esto no dude vuestra majestad porque en este negocio es la misma verdad y es así en hecho de ella. Pero porque no es justo que acerca de esto yo desmenuce negocios tocando a personas que vuestra majestad tiene en su lugar y a quien fuera de esto le deseo que vuestra majestad le

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haga mercedes con todo acrecentamiento, baste decir que tengo por averiguado que su calor ha podido mucho para traer los negocios al estado y punto en que están. Y no quiero en ello tampoco disculpar al arzobispo y obispos porque de su parte no me parece que buscan mucha la concordia; y a las veces intiman cosas de poca importancia y se tiene demasiadamente por agraviados. Hasta hoy vi hablarse prelados y virrey que no fuesen contrapunteándose los unos a los otros, como si tuvieren ponzoña en el cuerpo, captantes se in sermone106 sobre cosas como he dicho muchas veces, que no pesan ni importan un cabello; lo cual no había necesidad de significarlo aquí pues por las cartas que ellos escriben tendrá vuestra majestad entendido la amistad que tienen entre sí. Y creo que su intento es dar a entender a vuestra majestad que al uno o al otro haga mercedes en otra parte, y para esto sé que carga bien la mano el uno contra el otro, y ninguno de ellos, por ningunas palabras que escriba, puede significarlo a vuestra majestad tan enteramente como lo desea. De esta licencia larga verdaderamente nace todo el mal, y lo que peor es, que como los clérigos han sentido lo mismo que los frailes, comienzan ya a ir por el mismo camino de desacatos y descomedimientos, y hay en cosas que aprovecha tanto haber prelado como no haberlo. Contra los prelados toma ocasión vuestro virrey porque los nota de codiciosos, amigos de intereses, que son pleitistas y que desfavorecen los frailes y que no los quiere ordenar cuando ellos quieren, de lo cual sólo diré lo que hace al propósito sobre sus competencias. Es verdad que demasiadamente se oponen a todo cuanto los frailes hacen; y que como tienen entendido que los frailes murmuran de ellos y estudian por darles por todas vías disgusto y acedía107, se quieren pagar y de hecho se pagan en la misma moneda.

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. "Haciéndose objeto de murmuraciones". . Ponerse agria o avinagrada una cosa; metafóricamente, disgusto, desazón.

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Vuestro virrey dice que el arzobispo no muestra amor a sus ovejas y que es desabrido, en especial con sus clérigos, cosa es en que se pagan el uno al otro, porque lo mismo dice de él el arzobispo...... Con tanto nuestro señor guarde y ensalce la vida y real persona de vuestra majestad por muchos y muy felices tiempos, como los vasallos de vuestra majestad lo deseamos. De México, a 20 de febrero de 1561. Sacra católica real majestad. Menor siervo y capellán de vuestra majestad que sus reales pies y manos besa. Doctor Anguis. Bibliografía recomendada: Alberto de la Hera, Iglesia y Corona en América española, Bilbao, MAPFRE, 1992, 514 p. Robert Ricard, La conquista espiritual de México, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, 494 p. John Francis Schwaller, The Church and Clergy in Sixteenth Century Mexico, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1987, xvi-264 p. ________________________________________________________

Auto de la Audiencia Real manteniendo la prohibición a los religiosos de San Francisco, Santo Domingo y San Agustín, de azotar, trasquilar y prender indios; y, en cambio, ratificando sus privilegios respecto de las informaciones matrimoniales.108 La evangelización y la administración parroquial de los conversos indígenas de la Nueva España fue confiada inicialmente a las órdenes mendicantes, que tenían los misioneros, la organización y el entusiasmo apostólico necesario para esta gigantesca y ardua tarea. Esta situación era inusual dentro de la estructura habitual de la Iglesia, dado que la administración parroquial como norma general estaba confiada al clero secular. Para resolver esta irregularidad, el papa emitió una serie de bulas que concedían privilegios excepcionales a las órdenes establecidas en las Indias. A corto plazo, estos privilegios causaron quejas sobre los castigos que infligían los misioneros a los indígenas, la excesiva autoridad que adoptaban en asuntos pertenecientes al derecho canónico –particularmente, el espinoso asunto de convertir las uniones conyugales indígenas en matrimonios cristianos- y su virtual desconocimiento de la autoridad episcopal. Los funcionarios virreinales fueron poco a poco limando las principales asperezas, pero el problema de fondo de la confusión
108

.Fuente: Alberto María Carreño, Un desconocido cedulario del siglo XVI, México, Eds. Victoria, 1945, p. 234-235.

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de funciones y jurisdicciones no se resolvió sino hasta la secularización de las parroquias administradas por los regulares, a fines del siglo XVIII. Auto. En la ciudad de México, tres días del mes de agosto de 1573 años, los señores presidente y oidores de la Audiencia Real de la Nueva España, habiendo visto esta petición de suplicación presentada por los religiosos de la orden de San Francisco de esta Nueva España, por la cual piden se revoquen dos provisiones reales que fueron libradas a pedimento del deán y cabildo de la iglesia catedral de esta ciudad de México, la una para que se guarde y cumpla una cédula real de su Majestad en que manda que los religiosos de las tres órdenes de San Francisco, Santo Domingo y San Agustín no azoten, trasquilen ni prendan a los indios ni tengan cárceles ni cepos para ellos, y otra en que se manda guardar otra cédula de su majestad para que los dichos religiosos no conozcan de causas matrimoniales, cuyas datas son a catorce y veinticinco de febrero de este presente año, y piden por las causas que alegan se repongan y revoquen, dijeron que sin embargo de la suplicación de los dichos religiosos, mandaban y mandaron se guarde la una de las dichas provisiones donde se les prohíbe no azoten, trasquilen ni prendan los dichos indios, que es la que se libró el dicho día catorce de febrero, y revocaron, anularon y dieron por ninguna y de ningún valor y efecto la otra provisión de veinte y cinco de febrero en que se les prohibió el conocimiento de las dichas causas matrimoniales, para que no valga ni se use de ella, y mandaban y mandaron que en lo susodicho no se haga novedad, ni se les ponga impedimento conforme a lo mandado por su majestad por otra cédula dada en Valladolid en treinta de marzo de 1557; la cual, y las demás cédulas que tienen presentadas se guarden y cumplan con ellos en lo tocante a la guarda y observancia de sus privilegios y exenciones, para que en ello no se les ponga contradicción ni embargo; de lo cual se les dé provisión real, insertas las dichas cédulas. Y así lo mandaron asentar por auto.

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Bibliografía recomendada: Alberto de la Hera, Iglesia y Corona en América española, Bilbao, MAPFRE, 1992, 514 p. Robert Ricard, La conquista espiritual de México, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, 494 p. ________________________________________________________Consulta del Consejo de Indias sobre que los indios y los mestizos puedan ascender a la dignidad del sacerdocio y las demás eclesiásticas.109 El I Concilio Mexicano (1555), en el contexto de la nueva preocupación por la ortodoxia y la desconfianza hacia las novedades, prohibió la consagración de indígenas*y bloqueó, de esa manera, la posible formación de un clero nativo. La real cédula de 1696 abrió la puerta al ingreso del clero indígena, y efectivamente en años posteriores puede apreciarse la existencia de un limitado número de clérigos indígenas, proveniente del grupo de los “caciques y principales”.Los indígenas, sin embargo, no lograron acceder a las más restrictivas órdenes regulares; a lo sumo, en el siglo XVI hubo algunos que fueron aceptados como “donados” de los conventos y realizaban una vida monacal como si fueran frailes, pero sin tomar las órdenes. Robert Ricard, en su libro clásico sobre el tema de la evangelización, argumentó que la inexistencia de un clero nativo dejó al catolicismo como una religión extraña a los nuevos conversos indígenas, con negativas consecuencias para la aceptación de la fe y preservación de la ortodoxia. Madrid, 19 de diciembre de 1696. En cumplimiento de lo que vuestra majestad se sirvió mandar en decreto de 25 de abril del año pasado de 1692 se vio en el Consejo en 28 del mismo mes y año el memorial que puso en las reales manos de vuestra majestad don Juan Núñez Vela, presbítero racionero de la catedral en la ciudad de Arequipa, mestizo descendiente de indios gentiles, primitivos cristianos del reino del Perú, en que en nombre y voz de todos los indios y mestizos de la América expresa dilatadamente los motivos y circunstancias que concurren para que no sea estorbo, obstáculo ni óbice la limpísima y noble sangre de los indios, para obtener dignidades eclesiásticas hasta la del obispado, ni para ponerse hábitos de las tres
109

. Fuente: Richard Konetzke, Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispano América. 1493-1810, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1962, vol.3, tomo 2, p. 64-66.

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órdenes militares de Castilla, ni se les estorbe a los que tienen sangre de aquellos gentiles a entrar en colegios, iglesias, cátedras, universidades, capellanías110, puestos militares y todo cuanto sea del servicio de vuestra majestad y en que pueda pedirse limpieza de sangre111 para su ingreso; y suplicó se sirviese vuestra majestad de mandar establecer ley inviolable, en que se declare lo referido y observe inviolablemente, despachándose para su ejecución las cédulas que fueren convenientes. Y habiéndose juntado con este memorial todas las órdenes que están dadas a favor de los indios y remitidos a don Lope de Sierra, de este Consejo, para que con vista de todo y como quien ha servido en plazas y puestos preeminentes de la Nueva España dijese por escrito su sentir, y después pasasen estos papeles al fiscal del Consejo, discurrieron uno y otro muy práctica y especulativamente sobre la instancia de esta parte, órdenes dadas por vuestra majestad, lo que previenen las leyes de la Recopilación de las Indias y lo que en la materia tratan diferentes autores, buenos efectos que pueden esperarse de honrar vuestra majestad y favorecer a los indios y consuelo con que éstos se alentarán a merecer en el real servicio de vuestra majestad y que con más facilidad vengan a él y reduzcan a nuestra santa fe los que hasta ahora no conocen uno ni otro. El Consejo ha hecho ahora sobre todo la atenta reflexión correspondiente a este negocio y reconociendo que las órdenes dadas y leyes de aquellos reinos comprehenden cuanto solicita este sacerdote en nombre de los indios, pero que el no uso de ellas puede haber sido la causa que ha tenido para pretender por todos aquellos naturales se haga la ley que insinúa, y siendo conveniente el que los indios reconozcan la particular inspección con
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. La capellanía era el derecho vitalicio a una renta anual que recibía un clérigo, proveniente de una obligación sobre ciertos bienes inmuebles establecida por el fundador. Implicaba la obligación perpetua de celebrar ciertas misas. 111 . Requisito establecido para ciertos cargos y dignidades, que obligaba al solicitante a probar que sus padres y abuelos no habían sido musulmanes, judíos o procesados por la Inquisición.

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que vuestra majestad está atendiendo al consuelo de aquellos vasallos, parece al Consejo se haga despacho resumiendo en él así lo prevenido en las leyes 6 y 7, título 7 del libro 1 de la Recopilación de Indias a favor de sus naturales como las demás órdenes dadas a fin de que se pongan escuelas en que se les enseñe la lengua española, para que puedan tener oficios de república y que en el Colegio Seminario de México y los demás que se fundaren en las Indias se destine la cuarta parte de las becas de que se compusieren para los hijos de los caciques, y diciendo que deseando vuestra majestad la más puntual observancia de ellas, lo encarga y manda vuestra majestad por este despacho, previniendo al mismo tiempo y declarando de nuevo que vuestra majestad atenderá y premiará siempre a los descendientes de indios gentiles de unos y otros reinos de las Indias, consolándolos con su real amparo y superior patrocinio por medio de los prelados eclesiásticos y demás ministros del santo evangelio, virreyes, audiencias y gobernadores de todas las ciudades, villas y lugares de aquellos reinos, para que los aconsejen, gobiernen y encaminen al bien principal del conocimiento de nuestra santa fe católica, su observancia y vida política y a que se apliquen para emplearse en el servicio de vuestra majestad y gozar las remuneraciones que en él correspondiere al mérito y calidad de cada uno según y como los demás vasallos de vuestra majestad en sus dilatados dominios de la Europa, con quienes han de ser iguales en el todo los de una y otra América. Y que para que desde luego tengan uso las órdenes de vuestra majestad y leyes de aquellos reinos que hablan en razón de todo lo referido, se continúe su cumplimiento y se le dé a este nuevo despacho que ha de ser sobrecarta112 de las leyes citadas y órdenes anteriores; quiere vuestra majestad y por ésta da licencia a cualesquiera de los vasallos de los reinos de las Indias que hallándose con méritos de calidad en su
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. Decíase de las disposiciones que mandaban cumplir un mandamiento anterior que por alguna razón no había sido ejecutado.

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persona por su descendencia en reverencia y servicio de la santa Iglesia, ocasiones en que le hayan solicitado y también el de vuestra majestad en cualquier manera lo representen y justifiquen ante los virreyes, audiencias y gobernadores según las distancia más inmediata y de fácil recurso para cada uno, a fin de que los virreyes y gobernadores den cuenta a vuestra majestad como por esta orden se lo encarga y manda, y juntamente se ruega a los arzobispos y obispos de las representaciones referidas, enviando por este Consejo los papeles que con ellas se presentaren, para que poniendo todo lo que constare de ellos en la consideración de vuestra majestad, lo remunere con las honras de lustre, empleos y conveniencias con que premia y favorece a los vasallos de los reinos de las Españas, sin que para ello obste a los de las Indias la descendencia de la gentilidad. Y para que aquellos naturales se hallen desde luego con el consuelo que la benignidad de vuestra majestad les franquea, y puedan también solicitar y pretender los honores y beneficios ofrecidos a sus méritos, estando justificados, se envíe este despacho a los virreyes, arzobispos y obispos, audiencias y gobernadores de las Indias, mandando que cada uno de ellos en su distrito y jurisdicción de su gobierno le hagan publicar y den cuenta de haberlo ejecutado. Vuestra majestad resolverá lo que más convenga. Resolución del rey: Como parece. Bibliografía recomendada: Robert Ricard, La conquista espiritual de México, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, 494 p. José A. Llaguno, La personalidad jurídica del indio y el I Concilio Provincial Mexicano (1555), 2a. ed., México, Porrúa, 1983, xxvi-326 p. ________________________________________________________-

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Nombramiento y funciones de un cura párroco en Nueva Galicia113 Los curas párrocos y doctrineros (un término reservado para los párrocos de pueblos de indios) tuvieron un papel fundamental en la organización y evolución de la sociedad novohispana. Como guías espirituales disponían de la predicación y la confesión; eran los necesarios intermediarios en bautizos, matrimonios y velaciones; en los archivos de los curatos se hallaban los documentos que acreditaban la genealogía y “calidad” estamental de los feligreses; como directores de las cofradías, proporcionaban formas de devoción y sociabilidad a todos sus feligreses. Los párrocos, además, tenían facultades judiciales en asuntos familiares (como los amancebamientos y “palabras de matrimonio” no cumplidas), de orden público (por ejemplo, procurando que los conflictos en la comunidad no derivaran en escándalos y se resolvieran, en lo posible, mediante una conciliación), eran consejeros informales de los ayuntamientos españoles y cabildos indígenas y actuaban frecuentemente como representantes de la comunidad ante las autoridades virreinales. Aunque no todos los párrocos eran igualmente respetados y en ocasiones había quejas en su contra, la figura como tal del cura párroco fue grandemente reverenciada. La ofensiva regalista contra la Iglesia a fines de siglo XVIII a la vez debilitó un fundamental elemento del orden público y generó resentimientos que se apreciarían plenamente en la participación de muchos párrocos en la revolución de 1810 Nos el deán y cabildo de este obispado de <Nueva> Galicia, juez administrador en los pueblos y templos, acatando la suficiencia y buena conciencia de vos el muy reverendo bachiller Juan de Rivas, de cuya diligencia y buen ejemplo tenemos en el Señor entera confianza que bien y fielmente haréis y ejerceréis lo que por Nos vos fuere mandado y encargado, es nuestra voluntad de os nombrar y por la presente vos nombramos por cura y vicario en las minas de los Zacatecas, en el real donde suelen residir lo vicarios, donde estaba y residía por vicario el padre Alvaro Gutiérrez, para que en ellas podáis decir y digáis misa, y administrar y administréis los santos sacramentos de penitencia, bautismo, matrimonios, y de eucaristía y extremaunción, y todo lo demás a ello anexo y perteneciente, a todos los españoles e indios y negros, maestre <sic> feligreses, y los podáis absolver y absolváis de todos los pecados, crímenes y excesos que a vos se confesaren, excepto de los casos que conforme a derecho Nos son reservados y reservaremos.
. Fuente: José Enciso Contreras, (ed.), Cedulario de Zacatecas, 1554-1596, Aguascalientes, H. Ayuntamiento de Zacatecas – Universidad Autónoma de Zacatecas, 1998, p. 86,87.
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Otrosí, vos damos poder y facultad para que en las dichas minas y vuestra jurisdicción de ellas podáis proceder y procedáis como tal juez y vicario nuestro contra todos los blasfemos, perjuros, amancebados, alcahuetes, y contra todos aquellos que incurriesen en cualquier de los casos y cosas que de derecho se pueden y deben conocer y pertenecer a la jurisdicción eclesiástica y a Nos, excepto en los casos de herejía y apostasía y en lo demás que a Nos tenemos reservados, porque es nuestra voluntad que hechas las informaciones las enviéis ante Nos y con todo secreto, para que proveamos lo que más convenga al servicio de Dios nuestro señor, prendiendo los cuerpos a los culpados; y siendo necesario auxilio de la real justicia lo podáis pedir y demandar conforme a derecho, el cual encargamos que se os dé; y las demás causas podáis dar y determinar como tal juez y vicario vuestra sentencia o sentencias conforme a derecho, guardando en todo justicia a las partes de manera que no tengan causa ni razón de se nos venir a quejar. Y otrosí, os damos poder y facultad para que podáis discernir y discernáis vuestras cartas y censuras, así sobre cosas hurtadas como en los demás casos y cosas que en las dichas minas sucedieren inter114 se han de se discernir, las cuales y cada una de ellas mandamos que sean obedecidas, cumplidas y ejecutadas, como cartas y censuras de nuestros vicarios. Y mandamos, en virtud de santa obediencia y so pena de excomunión mayor a todos los vecinos y moradores, estantes y habitantes de las dichas minas, que os hayan y obedezcan por tal nuestro cura y vicario, y que os acusan y hagan acudir con todos los derechos y salarios y obvenciones a la dicha vicaría tocantes y pertenecientes, sin que os falte cosa alguna; en fe de lo cual mandamos dar y damos la presente provisión, firmada del nuestro secretario; la cual mandamos que valga por un año y menos o lo que nuestra
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. Mientras.

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voluntad fuere. Dada en Guadalajara, a diez y siete días del mes de octubre de 1560 años. El deán de Galicia, el canónigo115 Rincón, el canónigo Urista. Por mandado de los señores de su cabildo, Alonso de la Vera. Corre desde primero de noviembre de 1560 años. Obras recomendadas: William Taylor, Ministros de lo sagrado. Sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII, Zamora, El Colegio de Michoacán – Secretaría de Gobernación – El Colegio de México, 1999, 2 v. Carrillo Cázares, Alberto, Michoacán en el otoño del siglo XVII, Zamora, El Colegio de Michoacán-Gobierno del Estado, 1993, 520 p., mapas, ils. John Francis Schwaller, The Church and Clergy in Sixteenth Century Mexico, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1987, xvi-264 p. ________________________________________________________

Constituciones de la cofradía de nuestra señora del Tránsito, San Juan Bautista de Xichú.116 Las cofradías eran organizaciones con fines piadosos, compuestas usualmente de laicos aunque en ocasiones asimismo por religiosos. El propósito explícito era la promoción de las virtudes cristianas y fomentar el culto de un santo, una virgen u otra figura a la cual se daba devoción en su altar y en su fiesta. Las cofradías fueron enormemente populares, y en su conjunto formaron un tejido que incluía a todas los grupos étnicos y sociales. La razón, probablemente, estriba en que además de sus funciones propiamente religiosas las cofradías servían para otros fines: los artesanos encontraban en ellas un medio para establecer un sistema de asistencia social; los negros y mulatos hallaban una respetabilidad que les era negada en otros contextos; los indígenas veían en estas asociaciones una forma de reforzar y preservar su estructura comunitaria. Incluso grupos de la elite, como los comerciantes vascos, recurrían a las cofradías como una forma de promover su identidad particular. La iglesia, por su lado, las estimulaba porque además de contribuir al esplendor del culto, proporcionaban una parte muchas veces fundamental del llamado “pie de altar”, esto es, los ingresos de los curas párrocos. Los indígenas preferían que sus asociaciones se mantuvieran como “hermandades” informales, que por esta razón no podían ser bien vigiladas por los curas párrocos. La Iglesia, como puede verse en el siguiente texto, tendió a actuar para convertir estas hermandades en cofradías reglamentadas.
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.. Eclesiástico adscrito a una iglesia catedral, y que disfrutaba el beneficio de una canonjía o prebenda. 116 . Fuente: Archivo Histórico de San Juan Bautista de Xichú de Indios, cofradía de Nuestra Señora del Tránsito, vol.1, 1-10.

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Puede apreciarse asimismo que estas corporaciones contaban con bienes que, en algunos casos, podían llegar a ser considerables y tener una incidencia mayor en la economía regional. Las "constituciones" aquí propuestas fueron aprobadas, con la adición de que el mayordomo presentaría fianzas por el ganado a su cargo, que los cofrades contribuirían con dos reales al momento de su ingreso, y que todos los hermanos darían un "jornalillo" de medio real mensual para los fondos comunes. En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero y de la siempre virgen María, señora nuestra, concebida sin mancha de pecado original a cuyo honor y reverencia sea lo que aquí va expresado. Yo el gobernador don Rafael Ramírez de este pueblo de San Juan Bautista de Xichú, habiéndome notificado el señor juez eclesiástico de este partido y el demás común para que compareciéramos en la ciudad de México ante vuestra señoría y confirmar dicha hermandad en cofradía. Y siendo preciso el que tenga constituciones por donde se dirijan y gobiernen todos juntos, ordenamos lo siguiente: 1a. Primeramente ordenamos que todos los años cuando se hacen las demás elecciones de las demás cofradías, cuando ocurre el señor juez a ellas se hayan de juntar todos los principales y elegir un mayordomo, rector y diputados para el gobierno de esta cofradía; y han de votar en ella el común y principales de dicho pueblo con asistencia del señor juez eclesiástico que es o fuere del partido. 2a. Item, que el mayordomo que fuere elegido ha de ser de los principales y de toda satisfacción, y que dicho mayordomo de dicha cofradía ha de pagar cada dos meses dos pesos al padre cura ministro para que se cante una misa en dicho pueblo para los hermanos vivos y difuntos. 3a. Item, que el mayordomo conserve del libro donde asiente el recibo y gastos de dicha cofradía.

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4a. Item, que se haga un aniversario en el mes de noviembre por los hermanos difuntos con misa cantada y vigilia y esté obligado el mayordomo a dar al padre ministro tres pesos. 5a. Item, por cada cofrade que muriere se rece una misa por la limosna de cinco reales y esté obligado el mayordomo a pagarlos al padre que la dijere. 6a. Item, ordenamos que se cante una misa con vísperas y sermón y que sea el día trece de agosto y esté obligado el mayordomo a pagarle al padre cura ministro seis pesos. 7a. Item, que en la semana santa el día martes santo se cante una misa y a la tarde que haya sermón y procesión como antes se ha hecho en este pueblo, y esté obligado el mayordomo a pagar al padre ministro siete pesos. 8a. Item, ordenamos que ningún mayordomo sea osado a vender ningún ganado de vientre, solo lo infructible, pena de que cualquier mayordomo que tal hiciere esté obligado a volver de sus bienes y pagar vientre que sacare; antes si esté obligado dicho mayordomo que lo que sobrare de sus gastos en reales compre más ganado de vientre para que así vaya en aumento y no desfallezca dicha cofradía. 9a. Item, ordenamos que las cabras se cuiden con todo esmero. A las cuales constituciones nos obligamos para el gobierno, sin que ninguno pueda añadir ni quitar de ellas ni una tilde. Y pedimos y suplicamos a dicho señor provisor se sirva de aprobarlas y mandar que por su tenor y forma se rija y gobierne en lo de adelante, como también el que se pongan fiel y legalmente en el libro que ha de tener para que en todo tiempo conste y se lea todas las veces que nos juntaremos a la elección para que se observen y guarden con la pena o penas que vuestra señoría nos impusiere para su mayor observancia, y lo firmamos los que supimos en este pueblo de San Juan Bautista de Xichú, veinte y ocho días del mes de septiembre de este año de 1742. Don Rafael Ramírez,

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gobernador. Matheo José Gutiérrez. Pascual González. Don Juan de Santiago. Don Agustín Pedro de los Reyes y Prado. Don Baltasar Ramírez. Juan Ramírez Chamorro. Don Diego Ramírez. Don Francisco Xavier García. Angel Francisco López. Por mí y por los que no saben <firmar>, Angel Juan Antonio Ortiz, escribano. <Inventario de bienes:> Cabras de vientre, 247. Chivatos padres, 25. Chivatos primales, 97. Chivas de arredro, 89. Chivos de arredro, 87. Cabritos de puntas, 41. Corderos de punta, 5. Ovejas de vientre, 73. Carneros padres, 4. Primales, 11. Borregas de arredro, 14. Borregos de arredro, 18. Más dos machos aparejados, con lazo y reata. Bibliografía recomendada: Chance, John K. y William B. Taylor, “Cofradías and Cargos: an Historical Perspective on the Mesoamerican Civil Religious Hierarchy”, en American Ethnologist, no.12, 1, 1985. Pilar Martínez, Gisela von Wobeser y Juan Guillermo Muñoz, Cofradías, capellanías y obras pías en la América colonial, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998, 280 p. __________________________________________________________

Memorial y estado actual de las misiones de la Pimería Alta y Baja.117 Las misiones dominaron el horizonte de la frontera norte durante casi dos siglos; organizaron a la población indígena, sometieron a sus reglas a los colonos españoles, dominaron la economía regional mediante los sembradíos, hatos ganaderos y el control de la fuerza de trabajo y tuvieron un papel muy importante en la defensa contra las incursiones de grupos no sometidos. El éxito de las misiones fue desigual; en general, los misioneros tuvieron mayores dificultades cuando se trataba de reducir a grupos que tenían una tradición seminomádica, como los seris y californios. Los religiosos llevaban a cabo un programa de transformación cultural que implicaba erradicar las “idolatrías” y a los “hechiceros”, obligar al cumplimiento de los preceptos cristianos, prohibir la poligamia y someter al indígena a una
. Fuente: AGN, Misiones, vol. 14, f. 13-19vol. Publicado íntegramente en Boletín del Archivo General de la Nación, vol. 9, no.2, 1938, p. 276-285.
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estricta disciplina laboral, todo bajo la dirección entre autoritaria y paternal del misionero. Otros rasgos culturales –como danzas, vestimenta, juegos propios de los indígenas- podían ser tolerados o igualmente prohibidos. Los cambios conllevaban graves transformaciones en el modo de vida de los indígenas, que a veces provocaron levantamientos, la destrucción de las misiones y el asesinato de los misioneros. En otros casos, los indígenas huían a los despoblados o se iban a vivir a las poblaciones españolas y reales de minas. El “Memorial” del misionero de Propaganda Fide, fray Antonio de los Reyes es particularmente interesante porque presenta un inusual panorama crítico de la organización y la vida cotidiana de las misiones del norte después de la expulsión de los jesuitas, porque se inclina hacia el aislacionismo misional – una política que no era la de su orden-, no vacila en criticar a los obispos e, implícitamente, a las propias autoridades virreinales. Excelentísimo señor: Fray Antonio de los Reyes, misionero apostólico y procurador comisionado de todas las misiones que tiene a su cargo el Colegio de Propaganda Fide de la Santa Cruz de Querétaro, con el debido rendimiento presenta a vuestra excelencia la adjunta noticia y estado actual de las misiones de la Pimería Alta y Baja, en el cual ha procurado tenga el primer lugar la verdad y claridad. De todo el contenido en este escrito resulta que continuando el actual gobierno espiritual y temporal de aquellas misiones, son ociosos los trabajos y afanes de los misioneros, supuestos los gastos que se hacen a la Real Hacienda, y no se consigue el fin y piadosas intenciones del rey nuestro señor. Por todo lo cual a vuestra excelencia rendidamente suplica mande ordenar un nuevo método y gobierno espiritual y temporal propio y conveniente para el restablecimiento de las misiones, alivio y quietud de aquellos miserables neófitos y adelantamiento de las nuevas conversiones, para el mayor aumento de nuestra santa religión, honor de la nación, extensión y utilidad de los dominios del rey nuestro señor. México, 6 de julio de 1772 años. Fr. Antonio de los Reyes.

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Noticia y estado actual de las misiones que en la provincia de Sonora administran los padres del Colegio de Propaganda Fide de la Santa Cruz de Querétaro. En la gobernación de Sonora tienen a su cargo los padres misioneros del Colegio de Propaganda Fide de la Santa Cruz quince misiones, con los pueblos de visita que se notarán en la descripción particular de cada misión. Estas misiones y pueblos, son comúnmente distinguidas por la denominación de Pimería Baja y Pimería Alta. En el terreno más occidental de la provincia de Sonora, están situadas las siete misiones y pueblos de la Pimería Baja casi en un mismo meridiano, a excepción de la misión de Onavas, como se advertirá en su lugar. La Pimería Alta, es el último término de nuestras conquistas, al norte de la gobernación de Sonora. Las ocho misiones y tres presidios de Tubac, Terrenate y Altar, forman una línea de oriente a occidente, entre los treinta y uno y treinta y dos grados de latitud. La misión de Guevavi y Presidio de Tubac, es la más oriental y de ésta a la de Caborca, en las playas del mar de California será la distancia de ochenta leguas, poco más o menos. Gobierno espiritual 2. Para formar perfecta idea del gobierno espiritual de estas misiones, es preciso advertir que toda la gobernación de Sonora pertenece a la catedral de Durango. Tres señores obispos han visitado parte de estas misiones; y en los libros de administración se hallan decretos y autos de visita, que han sido y son causa de la mayor confusión y desórdenes en que viven aquellos infelices hijos de la Iglesia y vasallos del rey nuestro señor. Tengo presente un decreto del ilustrísimo señor Escañuela, cuyo contenido es en estos términos: "Y en atención a lo que su ilustrísima ha reconocido en esta visita, debía mandar y mandó que el cura en encomienda y vicario de este partido de ninguna manera permita el que a los españoles y demás gente de razón que viven en estas misiones y pueblos se les administren

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los santos sacramentos en sus iglesias y por los padres misioneros, y sólo administren en ellas a los indios o soldados que viven en cada una para su guardia y custodia; y en caso de administrarles a los españoles y gente de razón haya de ser con expresa licencia de dicho cura o vicario, como su propio párroco, y sin perjuicio de sus derechos; y en el evento de que alguno de sus feligreses elija sepultura o se entierre en las iglesias de estas misiones, lo pueda hacer sin perjuicio de los derechos parroquiales y de dicho cura, a quien se le han de pagar enteramente, como si se enterrara en su propia parroquia según queda mandado en los autos de visita de cada una de estas misiones". 3. Para el efecto de estas órdenes, han dividido los señores obispos toda la provincia de Sonora en dos curatos. Las misiones y pueblos de la Pimería Alta y Baja, cuya distancia norte sur será algo más de ciento y cincuenta leguas, y ochenta de oriente a occidente, pertenece al cura de San Miguel de Horcasitas, y las misiones y pueblos de los dos ríos y valles de Sonora y Oposura, al cura de Tonibabi, Estos curas no tienen vicarios ni iglesias parroquiales. En toda la provincia de Sonora no hay más iglesias que las de las misiones y algunas pequeñas capillas que se han fabricado en los presidios, a costa de la Real Hacienda, como la <de> Horcasitas, donde reside el gobernador de las provincias o por los comerciantes y mineros, como las de San Antonio de la Huerta, Tonibabi y otras. No conocen estos curas a sus feligreses, pero se valen de buenos medios para cobrar sus derechos y obvenciones, en cuya ejecución se experimentan increíbles opresiones por los recaudadores o comisionados que nombran los curas todos los años; y esta es una de las causas que obliga a los españoles, mulatos y demás gente de razón a andar vagueando por las misiones y pueblos, sin fijar domicilio, de donde se originan otros muchos daños que no pueden remediar los misioneros, porque si obligados de la caridad les administran los sacramentos, y movidos o estimulados de su conciencia quieren remediar algunos

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amancebamientos que en lo público son tenidos por matrimonios, y a este modo otros escándalos clama y se querella el cura in partibus118, que los misioneros le usurpan su jurisdicción; si se recurre a los superiores, se defienden y aprueban por la mitra estos desórdenes y continúan las iglesias y fieles de Sonora en peor estado que las iglesias de Grecia. 4. El gobierno particular de los indios se reduce a que un misionero tiene a su cargo dos o tres pueblos, con iglesias unas caídas y otras amenazando ruina por la inconstante fábrica de adobes y techos de zacate y tierra. Los actuales misioneros han puesto mucha solicitud en reparar y fabricar algunas iglesias, como se notará en la descripción particular de cada misión. Los indios, en lo general, están muy atrasados de doctrina y catecismo, y en los pueblos de visita tan ignorantes y salvajes que sólo el bautismo los distingue de los bárbaros gentiles. Los misioneros que el año de 67 fuimos mandados para la administración de estas doctrinas nos convenimos en establecer el método y costumbre siguientes: todos los días al salir el sol, se hace señal con las campanas llamando a misa; un indio viejo que vulgarmente llaman mador y dos fiscales, salen por todo el pueblo obligando a los niños y todos los que no son casados para que concurran a la iglesia y asistan con devoción y silencio al santo sacrificio de la misa. Concluida ésta, rezan todos con el padre misionero las oraciones y texto de la doctrina cristiana, en lengua castellana. Por las tardes, al ponerse el sol, se repite esta diligencia a la puerta de la iglesia y se concluye rezando el rosario y cantando la salve o el alabado. Los domingos y días festivos se tiene dada orden al mador y fiscales para que cuiden de obligarlos a todos, hombres, mujeres y niños, asistan a misa con sus pobres vestidos limpios y todos lavados y peinados. En estos días se canta la misa con
. La expresión concreta es in partibus indifelium; se aplicaba a los obispos que presidían diócesis, como las de Tierra Santa, que estaban en poder de musulmanes. En este caso, es una forma irónica de decir “en ausencia”.
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arpas, violines y cuatro o seis indios e indias cantoras. En el tiempo santo de cuaresma se les ha obligado a todos asistan diariamente a la misa y rezar las oraciones en lengua castellana; el padre les explica la necesidad, circunstancias y modo de hacer una buena confesión; y los domingos por la tarde se les hace una clara y material explicación de los novísimos.119 5. En la semana santa se celebran en las cabeceras de las misiones los oficios de aquellos santos días con monumento y procesiones, y se les predican y explican aquellos soberanos misterios. Después de pascua se reconocen las listas y padrones de los pueblos para saber los que han cumplido con la Iglesia. En los primeros años nos parecía a los misioneros imposible de vencer la rudeza y dificultades que hallábamos para poderlos confesar y administrarles la sagrada comunión; pero ya en estos últimos cumplimientos de iglesia se han confesado todos los jóvenes y algunos viejos en lengua castellana. Y en los pueblos principales donde regularmente reside el misionero muchos indios y indias frecuentan los sacramentos en las pascuas y días solemnes. En los más clásicos o festivos de María Santísima se sale cantando el rosario por el pueblo y en otros se les permiten bailes, diversiones y juegos honestos; y por pretender los misioneros prohibir y privar a los indios los bailes supersticiosos y danzas de cabelleras han tenido que tolerar fuertes contradicciones de los superiores de aquellas provincias que por sus pasatiempos y diversiones, quieren y pretenden que los indios continúen en estos desatinos. Gobierno temporal 6. Parece que los legisladores de aquellas provincias de Sonora han querido imitar para el gobierno civil y político la confusión y desorden del gobierno espiritual. El gobernador de Sonora hace nombramiento de alcaldes mayores, señalando los términos de
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. En el catolicismo, las postrimerías del hombre: muerte, juicio, infierno y gloria.

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la jurisdicción a cada uno. Los alcaldes mayores nombran tenientes; éstos eligen comisarios, de modo que en las misiones y pueblos de indios donde residen algunos españoles, mulatos o gente de razón, precisamente ha de haber uno que se nombra juez real. Este lo manda todo en el modo y forma en que le dicta su antojo y es fácil discurrir los desatinos e injusticias que cometerán unos hombres rústicos y en costumbres y virtudes morales peores que los más salvajes indios de las misiones. Los justicias indios son unos ministros obedientes y humildes, criados de este juez o comisario, que en muchas misiones y pueblos es un mulatos o de otras castas, enemigos declarados de los indios. El gobernador del pueblo sólo puede corregir y castigar a los indios de la misión; éstos recurren al juez y casi siempre se quedan impunes los delitos. Si alguna vez ocurre querer corregir el gobernador del pueblo a alguno que no sea indio, se expone a que lo maltraten y golpeen o a que el juez le mande dar una porción de azotes. Fácilmente se puede conocer el gobierno temporal, en lo general, por estas breves insinuaciones. 7. El particular gobierno temporal de las misiones se reduce para lo civil y político. Hay en cada pueblo un gobernador, un alcalde, un alguacil y un topil; y para que en ese particular gobierno se aumente la confusión y desorden y se fomenten las discordias, inquietudes y alzamientos de las naciones reducidas, el gobernador de las provincias nombra en cada nación un capitán, con insignias y jurisdicción sobre todos los gobernadores y justicias de los indios. Este capitán general elige un teniente general, y en cada pueblo nombra capitanes, tenientes, alféreces, sargentos y cabos y a todos les manda distinguir con sus correspondientes insignias y les hace saber están exentos de la jurisdicción de sus respectivos gobernadores y alcaldes, y sólo sujetos a él como capitán general de su nación. Continuamente se están ofreciendo en los pueblos inquietudes y discordias entre los gobernadores y capitanes; si éstos recurren al capitán general de su

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nación, se presencia éste en el pueblo y si el misionero lo quiere contener en sus desatinos, se expone a que le pierda la debida atención y respeto o a que movido el indio de su vanidad y presunción inquiete y mueva a los indios a un general alzamiento. Este principio tuvieron los yaquis y pimas altos para el general alzamiento del año de 40; los unos, por un injusto castigo que hizo con el capitán de un pueblo un juez real, y los otros, por una reprensión verbal del padre misionero al capitán general de la Pimería Alta. 8. Los actuales misioneros han solicitado y en algunas misiones y pueblos se ha conseguido que todos los años, en presencia del padre y a consulta de todo el pueblo, se elijan los gobernadores y demás justicias y que éstos sean juntamente capitanes, tenientes, etcétera. Para que los indios se muevan a tener respeto y veneración a sus gobernadores y superiores se han puesto bancas en algunas iglesias donde tienen su distinguido lugar el gobernador, el alcalde y el alguacil, porque el topil sólo sirve para asistir en las casas de comunidad que hay en cada pueblo. Estas casas de comunidad las costea el común de los indios, y el topil ha de asistir, servir y proveer a los pasajeros de leña, agua y zacate, sin llevar ni poder pedir interés alguno de este servicio personal. Esta buena obra la satisfacen los pasajeros las más veces con una multitud de desafueros, oprimiendo y obligando a los topiles para que les lleven de comer a su satisfacción o engañándolos para que sean terceros de sus brutales pasiones. Por esta y otras causas no han solicitado los misioneros fomentar a los indios para reedificar algunas de estas casas de comunidad que se han arruinado y caído. Al gobernador y alcaldes los instruye el padre misionero en las obligaciones de sus oficios y cargos para que mantengan el mejor orden y paz con los indios del pueblo. De cargo y cuenta del misionero corren las fábricas y reparos de las iglesias, ornamentos, gastos ordinarios y extraordinarios del altar y culto divino, manutención de sacristanes, maestros y fiscales que cuiden de los niños de doctrina, de velar y saber si asisten a misa, y si viven

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arreglados a las obligaciones de cristianos. En atención a la ninguna política y sociedad civil de los indios de estas misiones se ven los padres misioneros precisados y obligados a ejercitarse en los oficios de padres de familias, recogiendo, alimentando y vistiendo a los huérfanos, impedidos y viejos; en los de médico y enfermero de todo el pueblo donde no hay ni se halla otra botica y recurso que la casa y despensa del misionero; en los de tutores y abogados de sus personas y bienes temporales, defendiéndolos de las opresiones y engaños a que los obligan los que viven en sus pueblos o de aquellos que tienen el mayor interés en que los indios no salgan de su barbaridad, infidelidad y desnudez. Para ocurrir a las necesidades insinuadas y otras urgencias comunes de los pueblos, se tomaron los jesuitas el trabajo y arbitrio de establecer en todas las misiones, ranchos de caballadas, estancias de ganado mayor y menor, y abrir labores donde sembrar y cultivar todo género de semillas. Todos los indios eran obligados a trabajar tres días cada semana por sola la ración o comida, en servicio y cuidado de estos bienes comunes. Después del extrañamiento de aquellos misioneros nombró el gobernador de las provincias, comisarios reales que recibieron y administraron dos años estos bienes comunes de los pueblos, que con el nombre de temporalidades de los jesuitas se destinaron a varios y extraños fines sin aplicar la menor utilidad y producto a las iglesias y necesidades comunes de los pueblos, por lo que se originaron graves daños en las fábricas de las iglesias y casas de los ministros y muchas enfermedades y hambres en los indios. El ilustrísimo señor Gálvez pidió cuentas a los comisarios reales y ordenó se administrasen estos bienes comunes por los padres misioneros que recibieron inventarios formales, lo que se notará en cada misión y pueblo. El método, gobierno y destino actual de estos bienes es en la forma siguiente: el padre misionero hace saber a todos los indios la conveniencia y utilidades que tienen en las siembras y cultivo de las milpas de comunidad para tener seguros o como en depósitos

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alguna porción de granos y bastimentos, y a los gobernadores y alcaldes de sus respectivos pueblos se les encarga el cuidado y beneficio de estas milpas; y donde hay algún ganado o bestias, nombran semanariamente pastores. El producto de estos bienes de distribuye en esta forma: al tiempo oportuno de sembrar trigo, maíz y demás semillas, ocurren todos los indios al padre misionero, éste manda llamar al gobernador o justicias del pueblo y se reparte a todos las semillas que quieren sembrar cada uno en particular. El gobernador o alcalde les señala los aperos y yuntas que cada uno ha de tomar del común del pueblo, y el cuidado de volverlo a entregar. Estas siembras que han solicitado y solicitan los actuales misioneros haga cada indio en particular, les aprovecha muy poco por las causas y desórdenes insinuados en el informe de veinte y dos de abril, por lo que diariamente se está administrando de estos bienes comunes, y cuando trabajan de comunidad el gobernador o alcalde manda poner comida para todo el pueblo. A todos los enfermos se les asiste con comida y alimentos correspondientes a sus enfermedades. A las viudas, viejos o imposibilitados se les socorre en cuanto permite la abundancia o escasez de los frutos y bienes del común de la misión, y el padre misionero recoge y cuida de todos los huérfanos; y finalmente, se ocurre a los fines y necesidades insinuadas en el número antecedente...... Fray Antonio de los Reyes. México, 6 de julio de 1772. Bibliografía recomendada: José Luis Mirafuentes Galván, Movimientos de resistencia y rebeliones indígenas en el norte de México. (1680-1821). Guía documental, México, Archivo General de la Nación, 1975, xvi-204 p. Thomas Naylor y Charles W. Polzer, The Presidio and Militia on the Northern Frontier of New Spain. A Documentary History, Tucson, University of Arizona Press, 1986, 2 v. Ignacio del Río, Conquista y aculturación en la California jesuítica. 1697-1768, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Históricas, 1984, 244 p.

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________________________________________________________ Memorial ajustado de los autos de la milagrosa imagen de nuestra señora de Guadalupe, 1665.120 Los orígenes y significados del culto guadalupano han sido motivo de una prolongada y extensa polémica tanto en el pasado como en el presente. Existe cierto acuerdo en el sentido de que en el siglo XVI fue un culto local, de carácter mayoritariamente indígena, que fue hacia mediados del XVII cuando la tradición fue retomada por los criollos para convertirla en un símbolo de identidad y orgullo nacionales con connotaciones mesiánicas, y que el pleno auge y difusión social y geográfica de la devoción se ubican en la última centuria de la colonia.. El "Memorial" es una información judicial realizada en 1665 por el cabildo sede vacante de la iglesia catedral de México con el fin de proseguir con la solicitud hecha a la santa sede dos años antes para la aprobación del 12 de diciembre como día de guardar y de festividad. Fueron citados a declarar varios ancianos indios y mestizos de Cuautitlán, algunos de más de 100 años, y varios religiosos, entre ellos el bachiller Miguel Sánchez, autor de la Imagen de la Virgen María, madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en la ciudad de México..., que es el origen de la tradición mesiánica guadalupana que interpreta la aparición como una muestra del favor divino hacia los criollos y hacia México. Al final de esta información se incluyó un reconocimiento técnico de la imagen realizada por varios maestros pintores con el propósito de demostrar que su factura debía ser necesariamente sobrenatural. La promoción del cabildo tropezó con renuencias y tácticas dilatorias del Vaticano, y finalmente fue abandonada y olvidada hasta el siguiente siglo. Se transcribe aquí la declaración del primero de los testigos, don Marcos Pacheco, mestizo natural de Cuautitlán, de más de ochenta años. <Primera pregunta, sobre su identidad y conocimiento de las partes:> Los de Cuautitlán todos expresan sus padres que dicen eran criollos de aquel pueblo, los oficios que han obtenido en la república. <Segunda pregunta, sobre la milagrosa aparición de la virgen:> El primero <testigo> de oídas a doña María Pacheco su tía, que lo llamaba a este don Antonio y don Melchor Pacheco sus hermanos, y entre los documentos que le daba uno era decirles que Dios los hiciera como a Juan Diego, porque le conocía y comunicaba y a María Lucía su mujer, y a Juan Bernardino tío del susodicho; y que les decía a este testigo y
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. Fuente : AGN, Bienes Nacionales, leg.1162, exp. 5.

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a sus hermanos como a dicho indio se le había aparecido yendo a la doctrina de Tlatelolco, un sábado salió la virgen muy cerca de los cerros donde está fundada su ermita, y que le había dado un recado para que se lo diese al arzobispo, que le hiciese una ermita en aquel paraje, contándole la dicha su tía que se lo había dicho el dicho Juan Diego, que una señora, la que le había salido al camino muy resplandeciente y cerca de ella gran música pero que no veía quien cantaba; y que habiendo ido a dar el recado no hicieron caso de él, y volviendo con otro le sucedió lo mismo diciéndole el arzobispo llevase algunas señas. Y que yendo Juan Diego a Tlatelolco a traer un confesor para Juan Bernardino, su tío, por no encontrar con la virgen fue por diferente camino y sin embargo le salió y pidió que para que le creyese llevase por señas unas flores que le mandó la virgen las cortase, señalándole donde y que siendo en el tiempo más estéril halló muchas, unas diferentes de otras, y que le dijo la virgen hijo Juan, lleva esas flores y dile al arzobispo que por señas de ellas le hiciese la casa que le pedía; y que la dicha su tía quien les contaba esto lo sabía de boca de Juan Diego, y que era público. Y que llevando las flores, que son las mismas que su tía vio estampadas en la tilma, donde lo está la virgen, y que echándolas en el suelo se halló en la misma forma que hoy está, y que luego se trató de poner por obra la casa, y corrió la voz y que cuando volvió Juan Diego halló sano a su tío. Y que asimismo les contaba su tía haberse convocado mucha gente de la comarca, que en la feria pública se convocó a son de trompetas, y luego iban por semanas los indios e indias a la fábrica de la iglesia a barrerla y sahumarla. <Tercera pregunta, sobre que el arzobispo Zumárraga dispuso fabricar una ermita, continuidad del culto y milagros allí acaecidos:> El primero <testigo> que se remite a la antecedente, que lo que sabe y ha visto que la dicha ermita donde hoy está colocada la virgen la frecuentan mucha suma de gente de

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todas calidades a hacer novenas donde han acaecido y experimentádose innumerables milagros por medio de la imagen y cada día se van reconociendo y han reconocido de muchos años a esta parte, bebiendo y bañándose con la agua de un pozo que está conjunto a dicha ermita que aunque no es como las demás, dulce, es muy clara y por su virtud y de la virgen se ve en cada día innumerables milagros como han sucedido ya <a> algunos indios e indias del pueblo, y que se acuerda con toda distinción que van de ordinario de este pueblo y fueron desde su primera fábrica, como lo tiene declarado todo; que el dicho Juan Diego era natural del pueblo, y que los indios de él le decían a la dicha su tía habían ido a la fábrica de un aposento que se le hizo a Juan Diego, muy pegado a la ermita, donde oyó decir había muerto, como todo constaría de papeles judiciales y extrajudiciales a que se remite. <Cuarta pregunta, sobre si el ayate de la tilma es un género tan bruto y basto que ninguna diligencia humana es capaz de imprimir y aparejar una imagen:> Dice por haberlo visto y oído que las tilmas atadas al cuello, que usan los naturales, las usaron desde su gentilidad y de este mismo género la traía Juan Diego, que el ayate se teje a mano y aun rayándole con carbón salta, y no puede ir derecha ni perfecta la raya, por cuyas razones concluye con la pregunta. <Quinta pregunta, acerca de la honestidad, buenas costumbres y carácter ejemplar de Juan Diego:> El primero <testigo> lo depone así de oídas a su tía y demás referidos en la segunda <pregunta>, y haber visto en el dormitorio antiguo, y el primero que se hizo en el convento de Cuautitlán una pintura muy antigua en que estaba una imagen de nuestra señora y un religioso lego de San Francisco, que ha oído decir se llamaba Gante, detrás de ello, Juan Diego y Juan Bernardino con sus rótulos, y luego otros indios e indias sin ellos; de oídas a

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su tía, que ya era viudo de María Lucía, y de cincuenta y cinco a cincuenta y seis años de edad. <Sexta pregunta, si dado lo anterior, la imagen debe ser obra sobrenatural, como asimismo su preservación a través del tiempo:>. El primero <testigo> lo contenido en la cuarta pregunta, y específicamente depone sobre ésta de vista de veinte y cinco años a esta parte. <Séptima pregunta, sobre si la perfección de la imagen es tal que no ha habido maestro que la haya podido copiar con igual hermosura:> El primero, segundo y tercero <testigos> se remiten <a lo dicho por los maestros pintores que declaran>. <Octava pregunta, sobre a que se debe atribuir la conservación de la imagen dada la calidad y temperamento del sitio donde se fabricó la ermita e iglesia:> El primero <testigo>, que es húmedo y seco por estar cerca de la laguna y pegado a la punta de un cerro, donde corren muy de ordinario muchos aires muy recios, que levantan los vapores de aquella tierra, porque en secándose las orillas de la dicha laguna queda una tierra muy sutil y muy salitrosa, que come y borra cualquier género de pintura, porque este dicho pueblo <de Cuautitlán> tiene el mismo temperamento, y la tierra es salitrosa y muy sutil, que cualquier género de pintura no dura ni veinte ni treinta años porque luego se le quitan las colores y quedan resquebrajadas por el aire y tierra que se levanta, que aún los cimientos de las paredes se los come, como se está mirando por ser género tan fuerte y de tan mala calidad que no hay pintura, aunque sea de famosos artífices, y muy bien aparejado e imprimado, que dentro de breves años no desdigan los colores. Bibliografía recomendada:

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Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional en México, México, Fondo de Cultura Económica, 1977, 404 p. Richard Nebel, Tonantzin virgen de Guadalupe. Continuidad y transformación religiosa en México, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, 445 p. Edmundo O´Gorman, Destierro de sombras. Luz en el origen de la imagen y culto de Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1986, 306 p. Stafford Poole, Our Lady of Guadalupe: the Origins and Sources of a Mexican National Symbol, 1531-1797, Tucson, University of Arizona, 1995, 326 p.

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LA ECONOMIA Real cédula por la que se ordena que entre haciendas y pueblos de indios exista por lo menos una distancia de media legua.121 En las primeras décadas de la colonia los funcionarios advirtieron el problema de que las propiedades españolas estuvieran cercanas a los pueblos de indios: usurpaciones de tierras comunales, abusos de los peones mestizos y mulatos contra los indios, daños que los ganados hacían en las milpas. Dado que la conformación y preservación de los pueblos de indios era tanto un imperativo jurídico y moral como una necesidad práctica, distintos virreyes tomaron disposiciones para mantener las posesiones españolas a distancia. Inicialmente se estableció un espacio de exclusión que, con el tiempo, se convirtió en “las tierras por razón de pueblo” (el concepto de “fundo legal” es muy tardío). Estas tierras tuvieron primero quinientas y luego seiscientas varas por cada viento122, que después de algunas vacilaciones y disputas se midieron desde la iglesia del pueblo. En los más amplios espacios de la frontera norte, la distancia se estableció en una legua. La figura legal de las “tierras por razón de pueblo” se convirtió en una valiosa y por lo común exitosa herramienta jurídica de los pueblos en defensa de las tierras, dado que la concesión se otorgaba aunque fuese en perjuicio de propietarios españoles con títulos legítimos. Incluso llegó a darse el caso de rancherías de indios, mestizos y mulatos que se decían indios para reclamar y obtener tierras. Real cédula ampliando a 600 varas a la redonda los términos del pueblo de indios y a 1.100 varas los límites de fijación de las estancias.123 Madrid, 4 de junio, 1687 El rey. Por cuanto en mi Consejo Real de las Indias se tiene noticia que el marqués de Falces, conde de Santisteban, siendo virrey de las provincias de la Nueva España hizo una ordenanza de 26 de mayo de 1567 por la cual mandó que en los pueblos de indios que necesitasen de tierras para vivir y sembrar se les diesen quinientas varas o las que más hubiesen menester; y que de allí adelante no se hiciese merced a persona alguna de ninguna estancia ni tierra, si no fuese pudiéndose asentar mil varas de medir paño o seda distante o desviada de la población y casas de los indios, y las tierras quinientas varas apartadas de
. Fuente: Francisco de Solano (comp.), Cedulario de tierras. Compilación de legislación agraria colonial (1497-1820), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1991, p. 258. 122 . La vara era una medida de longitud equivalente a 0.84 m.Las seiscientas varas por cada viento equivalían aproximadamente a 101 hectáreas. 123 . Fuente: Francisco de Solano (comp.), Cedulario de tierras. Compilación de legislación agraria colonial (1497-1820), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1991, p. 365-367.
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dicha población, como ha constado del testimonio de dicha ordenanza. Y que contra este estilo, orden y práctica se van entrando los dueños de estancias y tierras en las de los indios, quitándoselas y apartándolos de ellas, unas veces violentamente y otras con fraude. Por cuya razón los miserables indios dejan sus casas y pueblos, que es lo que apetecen y quieren los españoles, intentando o consiguiendo que estas mil y quinientas varas <que> han de estar apartadas de los pueblos se midan desde la iglesia o ermita que ordinariamente tienen las poblaciones en el centro del lugar, conque vienen a quedarse sin lo que les dan. Debiéndose entender desde las últimas quinientas varas por todos cuatro vientos lo cual está dispuesto y mandado en las leyes 2 y 18 del título XII, libro IV de la nueva Recopilación de las Indias; y por los muchos inconvenientes, daños y menoscabos que esto resulta contra aquellos naturales se ha considerado conveniente mandar que a los pueblos de indios que tuvieren necesidad de tierras para vivir y sembrar se les diesen no sólo las quinientas varas que dispone la referida ordenanza, sino las que hubieren menester, midiéndose desde los últimos linderos y casas del lugar para afuera, por todos cuatro vientos, esto es quinientas varas o más al oriente, y otras tantas al poniente, norte y sur, quedando siempre de hueco el casco del pueblo que fuere cabecera, sino que a todos los demás que las pidieren y necesitaren de ellas, así los poblados como los que en adelante se fundasen y poblasen, pues con esto tendrían todos tierra para sembrar y en que comiesen y pastasen sus ganados. Siendo justo y muy de mi real piedad mirar por los indios que tantas injusticias y molestias tengo noticia padecen, a vista de ser los que más tributan utilizan y fertilizan mi real corono, y todos <son> mis vasallos. En cuya atención y habiendo oído lo que con vista de ellos y el referido testimonio y leyes 12 y 18 de la nueva Recopilación de Indias ha dicho y alegado el fiscal del dicho mi Consejo de ellas, he tenido por bien de resolver y

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mandar, como por la presente hago, que en conformidad de la ordenanza que el virrey y conde de Santisteban formó y dispuso en 26 de mayo de 1567 y de las leyes municipales que van citadas, se dé y señale generalmente a los pueblos de indios de todas las provincias de la Nueva España para sus sementeras no sólo las quinientas varas de tierra alrededor del lugar de la población hacia la parte del oriente y poniente, como norte y sur, y que no sólo sean las referidas quinientas varas sino cien más, a cumplimiento de seiscientas. Y que si el lugar o población fuese de más ordinaria vecindad y no pareciere esto suficiente, mi virrey de la Nueva España y mi Audiencia Real de México cuiden, como les encargo y mando, lo hagan, repartiéndoles mucha más cantidad. Y que a dichos lugares y poblaciones les repartan y señalen todas las varas de tierra que les pareciere son necesarias, para que los indios de ellas vivan y siembren sin escasez ni limitación. Y en cuanto a las estancias de ganado es mi voluntad y mando que no sólo estén apartadas las poblaciones y lugares de indios las mil varas señaladas en la referida ordenanza de 26 de mayo de 1567 sino las cien varas más, y que esas mil cien varas se midan desde la última casa de la población o lugar, y no desde la iglesia. Y si a mi virrey de la Nueva España le pareciere que las estancias de ganados estén en más distancia que en dichas mil cien varas, lo ordenará luego que reciba este despacho; o que se le manifieste que para todo lo contenido le doy a mi Audiencia Real de México el poder y facultad que para mandarlo y hacerlo ejecutar fuere necesario, sin limitación alguna, encargándoles, como lo hago, miren por todos los medios posibles por el alivio, buen tratamiento y conservación de los indios, no sólo en que se les mantenga y conserve en lo dispuesto y ordenado por la ordenanza del 26 de mayo de 1567 y leyes 12 y 18 de la nueva Recopilación de Indias que van citadas, sino que esto sea con el aumento de varas que en este despacho van señaladas, así en lo que toca a las tierras que se han de dar y tener los

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indios de toda la Nueva España para su vivir y sembrar, como la distancia en que han de estar las estancias de ganado sino en aquella más cantidad de varas que los dichos mis virreyes y Audiencia de México conocieren que necesitan, y repartieren y señalaren, que así es mi voluntad.

Real cédula a la Audiencia de México admitiendo las reclamaciones de los labradores y corrigiendo las medidas entre pueblos de indios y estancias.124 Madrid, 12 de julio, 1695 El rey. Presidente y oidores de mi Real Audiencia de México. Por parte de los labradores de esa Nueva España se me ha representado las vejaciones y molestias que reciben y padecen a causa de los pleitos que continuamente les mueven los indios, de que redunda el menoscabo no sólo de sus haciendas sino de la mía. Para cuyo remedio suplican sea servido mandar se guarden los privilegios que les están concedidos por los señores reyes mis predecesores observándolas literalmente, sin interpretación; que se les conceda un protector para sus causas y que éste lo sea un ministro de la Audiencia; que respecto de que para quitarles los indios sus haciendas de labor y ganados se valen de fabricar jacalillos de zacate o de piedra y lodo y con este motivo ocurren a esa Audiencia para que, conforme a la ordenanza del marqués de Falces, conde de Santisteban de 26 de mayo de 1567 se les midan las quinientas varas que debe haber desde sus haciendas a las de los indios, consiguiendo por este medio entrarse en las suyas. Y que aunque este perjuicio es de tanta gravedad, aún mayor es la que resulta de la cédula expedida en 4 de julio de 1678, pues se concede a los pueblos de indios otras circunstancias sobre las quinientas, mandando se les midan por todos cuatro vientos, desde la última casa, quedando libre el casco del pueblo.

. Fuente: Francisco de Solano (comp.), Cedulario de tierras. Compilación de legislación agraria colonial (1497-1820), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1991, p. 384,385.
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Y siendo esto tan en detrimento de los labradores piden no se practique y que la decisión de la ordenanza se entiende en aquellos pueblos que estuvieren poblados antes de las mercedes y fundaciones de sus haciendas, y que las medidas se entiendan no desde la última casa del pueblo sino desde el centro de la iglesia que está en medio. Y que esto sólo sea con aquéllos que fueren cabeceras, donde estuviere el santísimo sacramento, gobernadores y alcaldes mayores, pues de entenderse generalmente con cualquiera población, barrio o congregación fuera de gravísimo perjuicio por haber muchos de éstos, sujetos a las cabeceras, donde precisamente acuden a la administración de los sacramentos, pues para que las dichas varas se midan a los indios desde la iglesia, como piden, es motivo bastante el que éstos no tienen sus casas en forma regular, porque distan unas de otras treinta y cuarenta varas, y algunas casi un cuarto de legua, en que son damnificadas sus haciendas. Que no se permita a los indios que hagan sus jacales, ni ermitas en las tierras de sus labranzas, pues con este motivo fomentando una información falsa le hacen pueblo y se les da la medida de tierras y ellos son despojados de sus haciendas; y otros puntos sobre las ventas que los indios hacen de ellas y bienes, cantidades que los labradores pueden adelantar a los indios hacen de ellas y otros bienes, cantidades que los labradores pueden adelantar a los indios tales y que más que ejecuten en los montes y visitas que los gobernadores y alcaldes mayores hacen en sus haciendas y estancias por sus particulares fines e intereses, llevando crecidísimos salarios. Y visto en mi Consejo de las Indias con la atención que requiere la materia y lo que vos informasteis acerca de ella en carta de 17 de enero de este año y lo que en razón de todo dijo mi fiscal, he resuelto se guarde, cumpla y ejecute precisamente la cédula expedida en 4 de julio del año pasado de 1687 que va citada y de que avisasteis el recibo, como que se

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entienda que la distancia de las 600 varas que ha de por medio de las tierras y sementeras de los indios de esa jurisdicción a las de los labradores se cuentan desde el centro de los pueblos entendiéndose esto desde la iglesia de ellos y no desde la última casa. Y que lo mismo se practique para en cuanto a la a distancia de las mil cien varas que ha de haber desde el pueblo a las distancias que se han de contar del propio modo. Y si de esta suerte se experimenta de perjuicio así a las tierras de repartimiento de los indios como a la de los labradores se les recibirá <información> a unos y a otros alargando sus distancias por el paraje que no se reconociese más a propósito y más perjudicial a unas y otras partes. Y no habiendo tierras así del repartimiento de indios como de composición de los labradores de qué poderse resarcir el perjuicio, se haga de las que a mí me pertenecen. Y os cuidaréis de que esto se haga con tanta igualdad que no se dé motivo de queja a los indios, ni a los labradores, ni que entre ellos se susciten pleitos, antes bien se use con todos de tanta equidad que se les aliente a cada uno se contenga a los límites que le toca. Y atenderéis muy especialmente al bien y provecho de los indios, como lo tengo mandado, de suerte que en cuanto quepa queden beneficiados, que así es mi voluntad: y del recibo de este despacho y quedar en observancia lo dispuesto me avisaréis en la primera ocasión. Bibliografía recomendada: Francisco de Solano (comp.), Cedulario de tierras. Compilación de legislación agraria colonial (1497-1820), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1991, 590 p. François Chevalier, La formación de los latifundios en México, 2a. ed., México, Fondo de Cultura Económica, 1976, xv-512 p. Stephanie Wood, "The fundo legal or Lands Por Razon de Pueblo: New Evidence from Central New Spain", en Ouweneel and Miller (eds.), The Indian Community of Colonial Mexico. Fifteen Essays on Land Tenure, Corporate Organizations, Ideology and Village Politics, Amsterdam, CEDLA, 1990 p. 117-129. ________________________________________________________

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Mandamiento del virrey conde de Monterrey prohibiendo los repartimientos de indios para los ingenios de azúcar, aunque permitiendo que se empleasen en ellos a indios alquilados.125 Los ingenios azucareros atrajeron prontamente la atención de los empresarios españoles por la posibilidad de obtener grandes ganancias dada la demanda local existente, la ausencia de un control de precios y la posibilidad de acceder a mercados amplios, incluso fuera del territorio novohispano. Aunque hubo establecimientos pequeños, lo característico fue la creación de grandes plantaciones, que implicaban abundantes tierras y aguas, realización de costosas las de infraestructura, contratación (o adquisición, en el caso de los esclavos) de operarios calificados y disponibilidad de numerosos trabajadores. Por esta razón fue típico que los propietarios fuesen influyentes integrantes de la oligarquía (como Hernán Cortés), que la relación con propietarios vecinos y pueblos de indios fuese frecuentemente conflictiva, y que los dueños recurrieran a la obtención de indios de repartimiento y a la adquisición de esclavos. Las autoridades vieron siempre con cierta desconfianza a los ingenios, por su política de protección a los indígenas y porque preferían que la tierra se dedicara a la producción de cereales y ganados. Sin embargo, a pesar de las disposiciones terminantes venidas de la metrópoli, los virreyes tuvieron que permitir la subsistencia del trabajo asalariado voluntario indígena y, a pesar de lo que aquí se expresa, toleraron la permanencia del servicio de repartimiento (aunque por vía de “auxilio” y excepción) hasta 1633. México, 2 de abril, 1599 Don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, virrey, gobernador y capitán general de las provincias de la Nueva España. Por cuanto el rey nuestro señor, que en gloria sea, por un capítulo de instrucción que me mandó que por ninguna vía consintiese que sirviese indio alguno en los ingenios de azúcar, sino solamente negros, y habiendo parecido cosa difícil y que apenas se podría verificar el preciso cumplimiento de esta orden por ser los negros tan costosos y malsanos, y por consiguiente servicio de notable gasto, se sobreseyó126 la ejecución del proveimiento que se requería, conforme al mandato de su majestad. Y se envió a su Real Consejo de las Indias relación de lo que en esto pasaba y últimamente respondiendo a ello el rey, nuestro señor que hoy reina, en los primeros
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. Fuente: AGN, General de parte, vol. 5, f. 13-14. . Cancelar o declarar que no ha lugar la ejecución de un mandamiento o petición.

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pliegos que se han recibido de su majestad, despachados por el mismo Consejo, me ha mandado que todavía guarde y ejecute a esto la instrucción susodicha como en ella se contiene. Y atento a esto y a lo mucho que conviene no contravenir, a lo menos expresa y derechamente, lo que su majestad así manda por segunda vez, y siendo como es cosa verosímil y cierta que los indios que por repartimiento se dan a los dueños de los tales ingenios de azúcar se ocupan en el servicio de ellos contra la intención de su majestad y en beneficio de género menos necesario a la república que otros y de que ha venido a haber cantidad muy sobrada de la que es menester para usos forzados de la república, sin que de esto resulte bajarse el precio, antes irse encareciendo con el abuso que la gente en común va haciendo de los azúcares para golosinas y bebidas, unas en que no es necesario esta mezcla y otras en que se debe cargar, y por ventura otras en que son de inconvenientes, en especial para algunas maneras de personas y estados. He acordado de mandar, como por el presente mando, que por autoridad pública de su majestad, y mía en su real nombre, no se dé indio alguno de servicio a los dichos ingenios de azúcar. Y para el efecto de esto cesen cualesquiera repartimientos y mandamientos hechos y concedidos a favor de cualesquier personas desde el día de publicación de esta orden en los pueblos que dan el dicho repartimiento y servicio, el cual reservo en mí de aplicar a otros géneros de beneficio y labor necesaria al servicio de su majestad y bien de la república, y los días que esto tardare en ordenarse podrán reposar y descansar los dichos pueblos de indios a los dichos ingenios, ni a otro repartimiento ni servicio alguno, como lo proveo y mando; pero en cuanto a la parte restante de esta prohibición, que comprende los demás indios que voluntariamente sirven en los dichos ingenios, considerando la importancia de las haciendas de azúcar que están fundadas, así en

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la grosedad y valor de ellas y gastos que habían tenido en su fundación, como en la calidad de las personas y servicios que muchas de ellas han hecho a su majestad, y la imposibilidad o dificultad con que podrían conservar el estado presente si esta prohibición hubiera de ejecutarse, suspendo la ejecución de ella por ahora, para que su majestad pueda ser informado por segunda vez, y los interesados puedan ocurrir a la real persona en el dicho su Consejo de Indias, reservando en mí el proveer algunos medios convenientes con que se pueda acudir al desagravio de los indios alquilados y castigo de los excesos que contra ellos se hubieren cometido o cometieren, y prevención de ellos, y de cualesquiera fraudes que en sus jornales puedan recibir. Hecho en México a dos días del mes de abril de 1599 años. El conde de Monterrey por mandato del virrey Pedro de Campos. Obras recomendadas: Enrique Florescano Mayet (ed.), Haciendas, latifundios y plantaciones en América Latina, México, Siglo XXI Editores, 1975, 668 p. Gisela von Wobeser, La hacienda azucarera en la época colonial, México, Secretaría de Educación Pública – Universidad Nacional Autónoma de México, 1980, 366 p. Silvio Zavala, El servicio personal de los indios en Nueva España, México, El Colegio de México, 1984, 8 v. ________________________________________________________

Parecer del asesor general del virreinato, Diego Antonio Cornide, sobre la venta de reos a los obrajes, 1767.127 Los obrajes proporcionaban prendas de ropa y paños de bajo costo a una amplia población que no podía adquirir los textiles provenientes de la metrópoli. A diferencia de los talleres artesanales, fueron empresas que reunían un número relativamente elevado de trabajadores, requerían una fuerte inversión inicial y tenían una producción masiva, orientada hacia un mercado que iba más allá de la ciudad o la región circunvecina. Dado que los propietarios no se beneficiaron de la adjudicación de trabajadores por vía del repartimiento, tendieron a buscar la contratación de operarios indígenas que retenían mediante el endeudamiento. El obraje podía de hecho llegar a convertirse en una entidad
. Fuente: La administración de frey Antonio María de Bucareli y Ursúa, cuadragésimo sexto virrey de México, México, Archivo General de la Nación, vol.2, p. 251-257.
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social alternativa, donde residían los trabajadores y sus familias generación tras generación. Otros establecimientos fabriles, como las panaderías y tocinerías, compartían estas características con los obrajes textiles. Esta tendencia encontró la hostilidad de los funcionarios, que cada tanto realizaban inspecciones para asegurarse que los operarios retornaran a sus casas al fin de la jornada, cuidar que los indígenas no adquirieran deudas mayores a los cinco pesos estipulados por la ley y velar para que no existieran rejas, grilletes. Durante mucho tiempo se pensó que la real motivación de estas inspecciones fue coartar la competencia a los tejidos metropolitanos, pero no parece haber sido el caso. Los obrajes adquirieron un aspecto aún más oprimente cuando la Real Audiencia recurrió a ellos como una vía de mantener en prisión a los reos de delitos graves, a la vez que mediante la “venta” del reo resarcían parte de las costas judiciales. En fechas tempranas esta práctica fue útil para los propietarios, pero en el siglo XVIII, en un contexto de crecimiento demográfico y abundancia de operarios, encontró renuencias y resistencias.

De dos medios usa la real Sala del Crimen en la aplicación de reos: el uno es el que llaman por cordillera, destinándoles a obrajes y oficinas por el reino; y otro, a las panaderías y tocinerías de esta ciudad. El primero, en la actualidad se reduce a juntar una cuerda de reos de cuarenta o cincuenta y entregarlos a un conductor que los lleve a las ciudades del reino, y en cada una reparte entre obrajeros, hacenderos y dueños de oficinas los que considera corresponderles, pagando el dueño del obraje ciento ochenta pesos por cada uno de los reos que se le carga, a cuyo fin, y que no resistan el recibirlos, lleva el tal conductor despacho de la Sala con pena de mil pesos al que lo intentare; y se reparten los ciento ochenta pesos en la forma siguiente: veinte pesos por el primer año, veintiocho por el segundo, y treinta y tres por los cuatro siguientes, que hacen en seis años dicha cantidad, pagado el conductor (que es por cada reo un tanto a proporción de la distancia donde le deja) y los salarios de los ministros y gastos de la causa. El sobrante parece que por el superior gobierno se divide en tres partes: a la real cámara, estrados y gastos de justicia; y finalmente, el todo se refunde en pagar salarios a los dependientes de la Real Sala, por no alcanzar las penas de cámara a ello......

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El segundo medio de que usó y aun usa la Sala, sin embargo de dichas reales cédulas es que habiendo reos de delitos ligeros o pocos para cordilleras, aplicarlos a las referidas panaderías y tocinerías, en las que sirven para pagar los gastos del ofendido y costas de los ministros (conque todo no exceda de cincuenta pesos), y estos reos les llevan a entregar a las oficinas a quien corresponde por turno, los ministros de la Sala, y precisan a los dueños a su recibo y entrega de la cantidad en que van rematados, y parece proceden en este acto con bastante desorden y aun por ello, en mayo del año pasado, ocurrieron los del gremio a este superior gobierno, solicitando licencia para resistir el recibo de los reos por medio de dichos ministros y se les denegó, y se acaba de verificar el tal desorden por la queja dada a vuestra excelencia sobre lo practicado por los ministros de la Sala con el mayordomo de un fulano Pinal, panadero, que por resistir la entrega de los cincuenta pesos y recibo del reo, le han puesto en la cárcel, de la que por providencia le mandó vuestra excelencia salir...... Estos <los reos> son regularmente albañiles, carpinteros, zapateros, sastres y de este género de artesanos, y de destinarlos la Sala al obraje u oficina a quien corresponda por turno, sucede que a una panadería aplican a un zapatero o sastre, a una tocinería a un albañil o carpintero, y a tejer paños en un obraje, un cochero o cocinero; de suerte que para trabajar es preciso aprender primero el oficio que se ejerce en la oficina a que se destina, gastando para ello tiempo, y en él empeñándose para comer; por lo que es forzoso servir más del por que se le destinó por la Sala. Estos sujetos son naturalmente desidiosos e inclinados al ocio, y viendo que el oficio a que les aplican es distinto al suyo, y no les ha de servir en lo futuro, entran con violencia en aprenderle y cometen algunos descuidos y faltas, y como los dueños de los obrajes se valen de mayordomos de genio fuerte y aun cruel, ejecutan en estos infelices reos

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castigos que horroriza el oírlos, y exponen por muy pormenor en sus informes los señores Madrid y Gamboa, y entre ellos el de tenerlos en rigurosas prisiones, atarlos y azotarlos por cualquier falta, y con tanto exceso que algunos llegaron a morir de las heridas que les hicieron; precísanles a que trabajen a deshora de la noche para que concluyan las tareas que les dan a su arbitrio, y a cortarles el alimento de la tortilla de maíz, frijol y habas que es lo único que les ministran en estas oficinas, pues si alguna vez les dan pan cocido, es fabricado de la harina que por mala y podrida no se puede beneficiar, y si carne, de las reses que mueren al dueño del obraje, y aun se la hacen pagar a cuenta de su trabajo. No es esto lo peor que se averiguó en las justificaciones que recibieron estos señores ministros, pues como regularmente hay en los obrajes muchos trabajadores, y entre ellos diferentes casados, si no se les permite llevar a ellos sus mujeres, las dejan expuestas a muchos trabajos y malas resultas, y si se lo permiten, como regularmente duermen todos juntos, cerrados en unas galeras, se cometen adulterios y aun otros pecados más feos que aunque resultan de los autos, no es razón referirlos por no manchar los oídos de vuestra excelencia. Si el reo que se aplicó al obraje es buen trabajador y le consideran de conducta para el servicio, los dueños y mayordomos por conservarle en la oficina le van adelantando reales y efectos de sus tiendas, acaso para subvenir el alimento de su familia y acaso para gastar en otras ociosidades; y como los precios de los efectos son excesivos, jamás llegan a desempeñarse y aun corre la deuda, muerto el reo, precisando a su mujer e hijos a que continúen los servicios hasta conseguir la paga, y aunque esto es opuesto a las relaciones de la Sala, a lo provenido por reales autos de acuerdo y mandado observar por este superior gobierno, sin embargo de las justificaciones consta de práctica lo referido, no sólo con los rematados, sino con los que voluntariamente se empeñan; y aunque se castigaron algunos

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dueños de obrajes y mayordomos, no les sirvió de escarmiento, pues la distancia a algunos obrajes y oficinas y el ignorar lo que pasa en ellas, por estar cerradas, ocasiona estas libertades y el que no llegue a noticia de los que pueden remediarlas. Bibliografía recomendada: Manuel Miño Grijalva, Las manufactura colonial. La constitución técnica del obraje, México, El Colegio de México, 1993, 206 p. Carmen Viqueira y José Ignacio Urquiola, Los obrajes en la Nueva España, 1530-1630, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1990, 376 p. ________________________________________________________ Ordenanzas del gremio de algodoneros.128 Los gremios de artesanos fueron transplantados a México junto con los primeros conquistadores. Mantuvieron sus características tradicionales: la dependencia de las autoridades municipales, el carácter corporativo, jerárquico y monopólico, el principio de la solidaridad entre sus miembros, la desconfianza hacia las innovaciones, la hostilidad hacia toda expansión de la producción o competencia entre sus miembros. En México, además, adquirieron un componente de discriminación étnica; la maestría y los puestos de autoridad estuvieron en muchos casos reservados a los españoles y sus descendientes. Hacia mediados del siglo XVIII los gremios se vieron amenazados por la proliferación de talleres clandestinos (los "rinconeros"), la diferenciación social entre los maestros y la penetración paulatina del capital mercantil en la actividad artesanal. Por otro lado, los nuevos principios económicos adoptados por los gobernantes amenazaban su monopolio y exclusivismo étnico. Es el caso de los algodoneros, donde muchos maestros lograron mezclar la fibra del algodón con la seda (lo cual ocasionó la queja de los maestros sederos, celosos de su monopolio particular) y además conocieron un periodo de crecimiento productivo que hizo inevitable la tolerancia de talleres que por su envergadura se acercaban más a los obrajes que a los antiguos obradores familiares. Los veedores tuvieron que aceptar, asimismo, la desaparición de la reglamentación discriminatoria. La presente transcripción incluye la parte de las ordenanzas referente a la organización institucional y social del gremio. Traslado directamente sacado de las ordenanzas antiguas que sin estar confirmadas por el rey nuestro señor, y sólo sí vistas y aprobadas por el imperial excelentísimo ayuntamiento de esta nobilísima ciudad de México, dirigía el gremio de tejedores,

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. Fuente: AGN, Industria y Comercio, v. 32, f. 137-141.

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dispuestas a satisfacción de los mayorales del arte mayor de la seda. En cuya vista, nosotros, don José Toro y don Mariano Fragoso, maestros y actuales veedores del gremio, procedimos a la reformación, instruyendo las nuevas como es conveniente y según se preceptúa en la real cédula de su majestad hecha en Aranjuez a los 16 de febrero de 1800, expedida a estos efectos. Las cuales agregadas a dichas nuevas, presentamos al excelentísimo señor don Pedro Garibay, mariscal de campo de los reales ejércitos de su majestad, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España, año de 1809. .... 13. Item. Que ningún tejedor de algodón pueda tejer seda, ni mezclar algodón y seda, ni en fajas ni de un hilo de algodón y otro de seda; ni el tejedor de sedas pueda mezclar algodón ni mezcla de algodón y seda; pena de 25 pesos y perdidas las telas, y por la segunda, doblada, y por la tercera, la misma y dos años de presidio. Y los mayorales, por sí solos, pueden habiendo sospechas, visitar la casa, y el oficial se la franquee, y los veedores por sí solos; pena de cinco pesos y diez días de cárcel. 14. Item. Que los maestros de este oficio tengan sello en que esté grabado un castillo sobre un arco, y el apellido del maestro al pie o alrededor, y con este sello sellen las ropas todas que fabricaren, grandes y pequeñas, finas y bastas, pena de perdida la obra que se hallare sin él. 15. Item. Que todos los maestros de este oficio que no estén legítimamente impedidos, concurran el día 7 de enero de cada año, y siendo festivo y ocupado, el siguiente a las nueve de la mañana en la Secretaría de Cabildo para elegir dos veedores del gremio, que uno ha de ser maestro de lo llano y otro de labor, los que elegidos y despachados usen sus oficios con las mismas facultades, preeminencias y jurisdicciones que los veedores alcaldes mayorales de otros oficios. Y porque no haya omisión en los maestros a concurrir a acto tan

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de primera atención del gremio, como que de elegir los sujetos idóneos pende su estabilidad, se manda que los veedores que acaban, antes de la elección, den nómina de todos los maestros que haya en el oficio con expresión de los impedidos, pena de cinco pesos; y al que faltare, sin excusa se le saquen tres pesos. Y los veedores nuevos a los quince días de elegidos presenten en la Mesa de Propios lista de los telares de su gremio y los que están sin maestro para hacer examinar al que lo usa, pena de diez pesos. Y porque puede suceder que en el día no se concuerden en la elección, o no concurran la mitad a lo menos de dichos maestros a la elección, en este caso la Mesa de Propios, tomando razón e informe de los veedores pasados, nombre dos sujetos los que bien le parecieren. 16. Item. Que los veedores, en concurrencia con los mayorales de la seda o de uno sólo, hagan visitas tres veces al año de los obradores de los maestros, y reconozcan los urdidos y telas, si est n en la debida disposición, dando primero cuenta a la Fiel Ejecutoria para que se les dé ministro. Y dichos veedores en concurrencia a lo menos de un mayoral hagan los exámenes de las personas que lo pidieren, pena (a más de ser nulo el examen y visita sin su concurrencia) de diez pesos aplicados como dicho es; y paguen los que se examinen seis pesos tan solamente, que se repartan igualmente en los veedores y mayorales que asistieren. Pero sobre esta satisfacción de los seis pesos se aclara que a los pobres se les ayude por tales, y no se les detenga el examen y que paguen cuando puedan. 17. Item. Que para ser admitidos a examen han de hacer constar haber aprendido el oficio con maestro examinado el tiempo de dos años, con escritura hecha ante un escribano, excepto si es hijo de maestro, que constando haber estado en el oficio dicho tiempo en casa de su padre se debe admitir, pagando la mitad de los derechos so la pena de nulidad y diez pesos a los veedores.

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18. Item. Que no sea admitido aprendiz negro ni mulato libre o esclavo, sino sólo español, indio o mestizo, o castizo, para lo cual el aprendiz se ha de presentar ante los veedores y mayorales a quienes ha de hacer constar ser de la calidad que se requiere, y expresar el maestro con quien est , para que dado el permiso lo admita y se le haga escritura por dos años, que es el tiempo que se estima suficiente en el cual lo ha de entregar hábil y suficiente, pena al maestro que sin estos requisitos admitiere de 25 pesos aplicados como dicho es. (Nota del original: "Esta ordenanza 18 está derogada en cuanto a la calidad del sujeto".) 19. Item. Que los maestros examinados en el ramo de los llanos sólo puedan tener cuatro telares corrientes, dos de paños encuadrados y los otros dos de los demás tejidos. Y los maestros examinados en los ramos de llano y de labor, puedan tener ocho. Y los maestros de llano no puedan tejer de labor, pena de diez pesos al que contraviniere en cualquier parte de lo contenido. 20. Item. Que cualesquier persona de cualquier estado y condición que sea, no siendo examinado, con pretexto alguno no tenga ni pueda tener telar corriente en su casa, so pena de perdida la tela e hilados que se encontraren, y el telar se traiga a la diputación, donde se queme públicamente. Y si el telar fuere de maestro que lo amparare, a m s de la pena dicha incurra el maestro en diez pesos de multa. Y si fuere de oficial en su casa, que no ha pedido término para examen o se ha pasado el plazo que se le dio, incurra en pena de cinco pesos y perdida la tela y el telar e hilado, hasta que se examine. 21. Item. Que los tejidos perdidos por hechos contra ordenanzas, como quiera que se han de vender para repartirlos por cuartas partes, éstos se tasen por maestros nombrados por la justicia, y por su avalúo se vendan menudamente a los vecinos para su uso, marcándolos los veedores con marca que diga "malo", y los que quedaren sin vender los reciba el gremio

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marcados, pagando su valor prontamente, o al plazo que se le pusiere; y éste tenga persona diputada con oficina pública para que venda menudeado y no de otra manera, expresando a los compradores el defecto que padecen; y cualesquier persona que venda tejido con la marca de "malo" incurra en la pena de cinco pesos, diez días de cárcel y pérdida del tejido. 22. Item. Que los urdidos que por perdidos se rematan por la justicia sea precisamente en maestro del oficio, y no lo habiendo, el gremio lo reciba por su avalúo; y el que los comprare o recibiere dentro de tercer día ponga el urdido de la ley que previene la ordenanza, pena de cinco pesos. 23. Item. Que ningún maestro de algodón en actual ejercicio no pueda examinar el arte mayor de las sedas; pero dejándolo y haciendo constar ser de las calidades y requisitos establecidos por ordenanzas para ser admitido a examen, no le sirva de obstáculo el magisterio antecedente, bien entendido que nunca puede usar de los dos oficios sino de uno tan sólo, pena de privación de oficio. 24. Item. Que las contribuciones que hicieren los maestros y oficiales se colecten por la persona que nombraren los veedores y mayorales, quien precisamente ha de entrar cada mes en la arca que ha de haber de tres llaves; que una tenga el veedor, otra un mayoral y la otra el colector. Y en la arca haya libro donde se asiente lo que entra y lo que sale, que siempre ha de tener por justificación el consentimiento de los veedores y a lo menos de un mayoral, so pena de volver doblado lo que de otra manera se sacare. 25. Item. Que ninguna persona de cualesquier estado o condición que sea, con pretexto alguno, sea osado de comprar algodón hilado de telas para revender, pena de diez pesos y perdido el hilado que así comprare por la primera vez, y por la segunda doblada, y un mes de cárcel, y siendo del oficio, privación de él; y por la tercera, dos años de presidio. Y así

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los maestros sólo compren el que necesiten para sus obras, y los oficiales a quienes se les permite telar, lo hagan después de los maestros. 26. Item. Que estas ordenanzas no comprehenden a los indios de la Sierra, Villa Alta, Sultepec y otras provincias <por>que sus tejidos no son perjudiciales al gremio, por ser bien distinguidos, ni al público; pero sí se comprehenden los tejidos que de otra parte vinieren, de la naturaleza que contienen estas ordenanzas; y éstos puedan los veedores reconocer su calidad, y no siendo de la ley que se previene, den cuenta a la Fiel Ejecutoria para que determine lo que se deba ejecutar. Bibliografía recomendada: Felipe Castro Gutiérrez, La extinción de la artesanía gremial, México, Universidad Nacional Autónona de México, 1986, 190 p. Jorge González Angulo, Artesanado y ciudad a finales del siglo XVIII, México, Secretaría de Educación Pública - Fondo de Cultura Económica, 1983, 252 p. ________________________________________________________

Ordenanzas para el gobierno de las minas de Pachuca y Real del Monte. Los empresarios de la minería tuvieron que afrontar el problema de que muchas de los “reales” o yacimientos estaban ubicadas en zonas alejadas de los grandes centros de población sedentaria. Por esta razón, crearon el sistema de “partido”, por el cual los operarios recibían un jornal relativamente elevado y se comprometían a extraer un mínimo de mineral llamado “tequio” o tarea. El mineral que excedía este mínimo se dividía o “partía” entre el propietario y el trabajador, según acuerdos que variaban de lugar en lugar. El “partido” fue la clave para el desarrollo minero y la razón de la atracción migratoria del norte del virreinato. A mediados de la década de 1760 Pedro Romero de Terreros, conde de Regla y riquísimo propietario de las minas de Real del Monte, trató de cambiar el sistema. El conde aumentó el tamaño del tequio, introdujo un nuevo método para dividir el partido, rebajó el jornal e introdujo el pago obligatorio por diversas prestaciones que antes habían sido gratuitas. El descontento generó una gran conmoción; los mineros dieron muerte al alcalde mayor de Pachuca, estuvieron a punto de hacer lo mismo con Romero de Terreros y como medida de presión dejaron de trabajar. El preocupado virrey marqués de Croix envió al real a Francisco Xavier Gamboa, un reputado experto en asuntos y derecho mineros, quien restableció el orden, realizó algunos castigos por vía de ejemplo y dio nuevas ordenanzas que, en su mayor parte, preservaban la tradición a la vez que trataba de prever los “fraudes”

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de los operarios. Estas ordenanzas proporcionan una detallada descripción del sistema de trabajo de las minas, de las categorías laborales y de los puntos de fricción entre empresarios y trabajadores. Don Carlos Francisco marqués de Croix, caballero del orden de Calatrava, comendador de Molinos y Laguna Rota en la misma orden, teniente general de los ejércitos de su majestad, virrey, gobernador y capitán general del reino de Nueva España, presidente de su Real Audiencia, etcétera. Por cuanto hallándose comisionado por mi superior gobierno en los minerales de Pachuca y Real del Monte el señor don Francisco Xavier de Gamboa, del Consejo de su majestad y alcalde del crimen de esta Real Audiencia, en virtud de mis prevenciones formó para el régimen y gobierno de aquellas minas las 19 ordenanzas que son del tenor siguiente: Ordenanza primera. Debiendo ser redondos los puebles129 de las minas para su mejor labor a beneficio de su majestad y de los dueños, sin atrasarse la siguiente tanda por las antecedentes ni fatigar demasiado la salud de los operarios, entrarán dichas tandas cada doce horas, sin que el barretero130 o peón de la antecedente pueda seguir ni continuar en la inmediata aunque pretexte no haber acabado la tarea, pues al respecto de lo que sacare de ella se le pagará el jornal; y sin embargo de cualesquier otra causa, fundamento o motivo, saldrán de la mina las barras del pueble luego que entraren las del siguiente, pena a los capitanes de cuatro pesos de su salario por la primera vez que faltaren a la ejecución y cumplimiento de ello, doble por la segunda y por la tercera serán luego despedidos. Segunda ordenanza. Para distribuir con igualdad los trabajos y utilidades, cuidarán los rayadores que los operarios alternen no sólo la faena, sino en las barras de labor y
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. Cada grupo de trabajadores que ingresaba simultáneamente a la galería para realizar la extracción. 130 . Operario dedicado a la extracción de mineral con pico y barreta; era un trabajador calificado, mejor retribuido que los peones dedicados a acarrear agua o minerales.

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peonadas, sin asignar seguidamente o con más repetición a las unas o a las otras a unos mismos sujetos, ni gratificar o preferir a unos respecto de otros, atendiendo a todos con igualdad, para que alternen en el trabajo útil y estéril. Tercera ordenanza. Consintiendo la labor y gobierno interior de las minas en la destreza y habilidad de los mineros y capitanes para distribuir las barras con perfecto conocimiento de metales y labores, deberán los dueños elegir por mineros o capitanes a los operarios más arreglados y prácticos <por> su largo trabajo y experiencia; éstos cuidarán de distribuir las barras en las labores, sin asignar tres (por ejemplo) donde sólo caben dos barreteros, impidiéndose mutuamente en perjuicio del más abundante corte de metales. Lo segundo, asignarán los tequios, cuentas o tareas de cada doce horas de tanda, según la incomodidad de las aguas y según la blandura o dureza de la veta, sin cargar al operario de forma que no le dejen esperanza de partido, ni defraudar a los dueños asignando cortas tareas para que los operarios saquen partidos excesivos, procediendo con tal justicia y equidad que sin fraude de los dueños y operarios consigan los primeros el principal fruto y los segundos la prudente gratificación del partido, en fuerza de la costumbre observada en este real siempre que están las minas en metales. Lo tercero, que debiendo como deben quedar entendidos los operarios que durante la tanda, si endureciere la labor que se había tenido por suave, tendrán libre facultad de reclamar dentro de la mina, deberá también el capitán131 volver a reconocer la labor y calificar si hay justa causa para minorar racionalmente la tarea a proporción del tiempo que falta para concluir la tanda, y de la sobrevenida dureza de la veta. Lo cuarto, que si la veta ablandare cuando al principio se calificó por dura, no se ha de quitar al operario el mayor partido que por esta causa sacare en su tanda; pero deberá el capitán aumentar a la siguiente el tequio o tarea conforme a la
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. Trabajador responsable de organizar y supervisar el trabajo.

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blandura. Y si al tenderse los metales en las galeras132 por repetición de hechos se notare inteligencia o fraude entre capitanes y barreteros por reconocerse excesivos y desproporcionados los partidos respecto a las tareas, no sólo se despedirá luego al capitán por su culpable condescendencia sino que se moderará el exceso del partido si por tercera vez se reconociere el fraude referido. Ordenanza cuarta. Se darán las velas para la labor según la costumbre universalmente observada en las minas de esta jurisdicción, conviene a saber tres velas a cada operario, entrándose la refacción necesaria para que a discreción de los mineros o capitanes se les ministren velas en los casos que puedan necesitarse por razón de vapor o viento; y si justificare el operario con dos testigos que en estos casos dejó de sacar la tarea y partido, se le pagará el jornal y partido que verosímilmente dejó de sacar cargándosele al capitán por la culpa que le hace responsable del daño. Ordenanza quinta. Es de la obligación de los dueños dar los instrumentos aptos de pico y cuñas para la labor y pagar su salario al herrero y oficiales en que por su mismo interés de la mayor extracción de metales, no <se> presumen descuidados, por lo que deberá el operario reclamar al capitán estar embotada la cuña para que se le ministre por el rayador133 en el día, y el velador por la noche, a cuyo cargo debe estar la herramienta, sin deber los barreteros ocurrir por medio de sus peones al herrero para que calce la cuña; y si por culpa de rayador, velador o capitán dejare de trabajar el operario por no tener pico o cuña, justificándolo con dos compañeros, se le pagará por entero su jornal y lo que prudentemente pudo haber sacado de partido, el que se reemplazará por el dueño del salario del rayador, velador o capitán que respectivamente fuesen culpados.
. Túnel que recorre el yacimiento siguiendo la dirección de las vetas. . Trabajador encargado de anotar las jornadas de trabajo; asimismo era responsable de otras labores de organización y supervisión.
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Ordenanza sexta. Los cohetes para desmontar los metales se darán precisamente según la dureza de la veta o labores a discreción de los capitanes, y necesitándose más cohetes por la mayor dureza se les ministrarán a los operarios con calidad de que avisen del tiro134 a los capitanes de tandas o faenas para que les conste haberse gastado la pólvora en su preciso fin y sin extraviarse a otros. Ordenanza séptima. Los hurtos de metales, pólvora y herramienta, se celarán con la mayor vigilancia; y al operario que se le encontrare por la primera vez se le quitará el salario; por la segunda se le añadirá un mes de cárcel; y por la tercera, será desterrado diez leguas en contorno de esta jurisdicción; y al que pretextare que se le perdió el pico o cuña que era de su cargo, se le rebajará del salario su preciso costo y no más. Ordenanza octava. El tendero o persona que comprare o recibiere en empeño o paga o de otra cualesquiera suerte las herramientas de minas, después de perderlas, se le darán cincuenta azotes en la aldabilla, siendo de color quebrado, y dos meses de cárcel si fuere español, por la primera vez, doble por la segunda, y por la tercera se procederá con todo rigor de derecho como contra los encubridores de ladrones y hurtos y participantes en ellos, en consideración al abuso y a los perjuicios que en esta parte se experimentan públicamente en esta jurisdicción. Ordenanza nona. Los despachadores que cuidan de las tareas y partidos dentro de las minas, mientras los malacates se sacan a las bocas de los tiros a beneficio del amo y operarios no podrán recibir más metal que el que cabe en una copa o gorro de sombrero, rasada, como ha sido costumbre, y de ninguna suerte colmada ni mucho menos sombrero lleno en copa y en alas, con fraude del dueño y operarios, y será de cargo de los despachadores recibir los tequios y partidos, volviendo al peón el que estuviere
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. Túnel vertical que comunica las galerías entre sí y con la superficie.

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descabezado o flojo, sin recibirlo ni despacharlo por el tiro hasta que se llene, estando también obligados dichos despachadores a entregarlo en la misma forma, sin descabezarlos, bajo la pena de que si así se encontraren en las galeras, se completarán con sus jornales y partidos, y demás de eso se procederá contra ellos por la segunda vez con todo rigor de derecho por el hurto, en la forma que va dicho en la ordenanza antecedente. Ordenanza diez. Completo el tequio o tarea de metales para el amo, todo lo demás que el barretero sacare en las doce horas de tanda se partirá entre ambos; y se dice tarea de metales para que se entienda que si en él se hallaren tepetates o piedras por malicia del operario cuando debe ser de metal, en pena de ello perderá aquel día jornal y partido y se hará sacar el tepetate de la galera. Ordenanza once. La división de los partidos se hará en esta forma: Primeramente se pesarán los partidos en romana135 u otro ajustado peso y después se tenderán en el suelo, y reconociéndose que la tarea y partido son de igual calidad de metal se dividirá el partido por sí sólo, sin mezclarse ni revolverse con el de la tarea; pero si por estudio y fraude de los operarios sacaren lo mejor y más florido del metal en sus partidos y lo peor y más ordinario para el amo, debiéndose como se debe enmendar tan injusta desigualdad, se manda a los operarios saquen tareas y partidos como los diese la veta, para excusar todo fraude; pero si el partido fuere de superior ley que el tequio, de ninguna suerte se harán ferias perjudiciales al operario, y mucho más a los dueños, al paso que expuestas a controversias, sino que se mezclarán tarea y partido, siempre que éste sea de mejor metal. Ordenanza doce. La mezcla y revoltura de tequios y partidos en el referido caso se ejecutarán por los sirvientes que llaman cajones en presencia y a satisfacción de los operarios interesados, para que por el lado que estos últimos quisieren se les parta el
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. La romana era una balanza de brazos desiguales; da origen a un verbo, “romanear”.

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montón redondo y llenen por allí otros tantos costales o sacas que se romanearán para igualar el peso que tuvieron antes de mezclarse. Y los amos, cajones o mandones no podrán despedir a los operarios para hacer la revoltura a solas, con ningún pretexto, ni precisarlos a que llenen las sacas por los extremos del montón, sino que todo se hará a vista y presencia de ellos, y por el lado que eligieren. Ordenanza trece. Del montón de todo el partido se sacará la limosna que amos y operarios contribuyen a los conventos de San Diego y San Juan de Dios de Pachuca, en la forma acostumbrada, y de lo que quedare se harán dos partes de las cuales escogerá el operario la que quisiere. De esta parte de los operarios no se les forzará a dar limosna de metal (que harán si quisieren fuera de las galeras y de ninguna suerte dentro de ellas) ni a que lo contribuyan para el alquiler del costal o saca para llevar el partido a su casa, ni a otra alguna gabela; y solamente se sacarán las tres porciones siguientes, por ceder en beneficio del operario. La primera, lo que acostumbran dar al médico que los cura, les da botica y cirujano para ellos y sus familias. La segunda, una cuchara de metal, que nunca suba de cuatro libras, para el cajón y malacateros que sacan los partidos y tequios por los tiros y los portean desde allí a las galeras para que se extiendan y dividan. Y la tercera, una libra de metal al herrero que les da agua para beber dentro de las minas. Y para que no excedan de cuatro libras al cajón y una al herrero, se encarga la conciencia a los amos, administradores o mandones para que les hagan pesar o pongan tal medida que no se defraude a los operarios, quienes podrán libremente reclamar sin que los mandones les maltraten de obra o palabras, con advertencia que si partieren mogrollos136, como se dirá en la ordenanza

. Se denominaba mogrollo a los nódulos pétreos con un contenido de metal precioso muy alto, que en algunas raras ocasiones se encontraban en las minas.
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siguiente, se rebajarán lo del cajón a dos libras y una cuarta lo del herrero, y proporcionalmente lo del médico. Ordenanza catorce. Las ordenanzas antecedentes hablan de partidos regulares de metal, pero si se hiciere hacienda o tarea de mogrollo, siendo muy difícil dar norma y método fijo por la diversidad de leyes de este metal, más o menos ricas, en mayor o menor trabajo y dureza, no puede establecerse otra regla sino la de que se acuerden y convengan los amos y operarios por la variedad que ha habido en la materia, dando por lo más común la sexta parte a los operarios y otros también la octava o décima, según las calidades del mogrollo. Y para más fácil avenencia, se tendrá atención a la calidad y ley, de suerte que podrán dar los operarios la sexta, séptima u octava parte si la ley fuese de dos a tres marcos por quintal, la nona parte si excediere la ley hasta cinco marcos, y de ahí adelante sólo la décima; pero si se echare cinta de metal tan rico que más sea plata que tierra, la vigésima parte. Y a más de ser fácilmente avenibles los operarios en estos extraordinarios casos, deberán tener presente que aunque sea en ellos algo mayor el valor de partidos, ha de ser sin exceso y sin ofensa del dueño, que sufriendo las borrascas137, obras muertas, jornales y otros gastos debe sentir la principal utilidad de la riqueza. Ordenanza quince. Los faeneros de las minas gozarán el jornal acostumbrado en esta jurisdicción de cuatro reales por su tanda, y lo mismo por igualdad de razón los faeneros de los socavones, como que unos y otros hacen la misma fatiga en limpiar y desaterrar las labores y cañones, trabajando entre las aguas, cargando los tepetates y tierras y descendiendo y ascendiendo con igual riesgo por las lumbreras138 o caminos.

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. Perderse la veta. . El túnel que va hacia la superficie, destinado a introducir aire o desaguar las galerías.

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Ordenanza dieciséis. Los peones, cuya obligación es hacer las faenas acostumbradas en sus tandas, bajar y subir para ministrar a los barreteros lo necesario para ellos y la labor, y portear las sacas del tequio desde los planes a los despachos, gozarán del sueldo de cuatro reales, según la costumbre de estos minerales. Y arreglados también a ella, sacarán metal a partir que no pase de un costal ni de mayor peso que cualquiera de los del tequio del amo, respecto a que componen su partido no sólo con lo que cortan mientras descansa el barretero, con lo que éste les da y ellos se toman, sino con descabezar los costales de la tarea de los amos y partido de los barreteros, que es un hurto manifiesto y digno de reflexión y de entero reparo. En lo sucesivo se manda y previene a los barreteros que entreguen los costales del tequio y partido bien acondicionados y con presilla tendida en sus bocas de suerte que queden enteramente cerrados y sin que se rebose el metal, en cuya forma y no en otra los han de recibir los peones, y en esa misma los han de conducir desde las labores hasta el despacho. Y si el peón entregare descabezados los costales al despachador deberá éste reconvenirlo para que lo llene; y sino lo hiciere, será de la obligación del despachador justificarlo con dos testigos o dar luego aviso al capitán, para que de esta forma el costal que se reconozca descabezado en la galera, ya sea de tequio, ya de partido, se reemplace con el metal del peón; pero de recibirlo el despachador entero, si se encontrare en la galera descabezado, se completará con el partido de éste como va prevenido en la ordenanza nueve. La jarcia o costalería no excederá de cinco a seis arrobas poco más, para que sin mayores fatigas puedan portearla los peones de las labores a los despachos. Ordenanza diecisiete. Los atecas o achicadores de agua de los tiros tendrán los mismos cuatro reales de jornal, y por lo recio de su fatiga sólo trabajarán seis horas de tanda diariamente, por escasearse su número tan preciso a la consistencia y labor de las

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minas; y componiendo 42 horas cada semana, son tres puebles y medio de los que hacen los demás operarios; y éstos harán cuatro puebles a la semana, por quedar ya reducidos al preciso tiempo de doce horas cada tanda. Ordenanza dieciocho. Los ademadores139 deben bajar antes de las barras y trabajar todo el tiempo de su tanda, así en el astillero como en las obras subterráneas que les asignan los mineros en uno o en diversos lugares de la mina; y si en estos tales lugares y no en otros desmontaren metal para el encaje o trabazón del ademe o cubiertas, podrán sacar un costal regular, de que deducida la limosna de San Diego y San Juan de Dios, se les descabezará, quitándole la cuarta parte para el amo; pero si el costal excediere de seis arrobas, se les partirá como a los barreteros y peones. Y se previene y manda a los mineros y capitanes no permitan que los ademadores, dejando su obligación, trabajen en otras labores con la codicia del partido, por los graves inconvenientes que resultan de quitar el lugar a los barreteros, comerse los pilares y bordos, causando comunicaciones de aguas en las labores; y si sacasen metal a partir de otro lugar del que ademaron, se les quitará indefectiblemente, pues sólo han de tener partido del que encontraren en los sitios que se les señalen para la adema. Ordenanza diecinueve. Los recogedores140 tratarán bien a los operarios, y sin precisar a los que en el mismo o a los que en el inmediato antecedente día hubiesen entrado en pueble; y para la constancia deberán los rayadores dar a cada uno al salir de la mina un pequeño papel con el nombre del operario, día en que trabajó y rúbrica del rayador; entendidos también los mismos operarios de no excederse contra los recogedores, como
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. Trabajador encargado de realizar los “ademes” o labor de apuntalamiento de los tiros y galerías. . Personas que por licencia oficial y comisión de un empresario se dedicaban a capturar reales o supuestos “vagos” para que trabajaran de manera forzada (pero con pago del sueldo) en las minas durante una jornada. La práctica daba lugar a abusos y violencias.

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asignados con pública autoridad a beneficio de la labor de las minas; y que según la calidad del exceso, se les castigará con todo rigor. Y habiéndome dado cuenta con ellas en consideración a estar fundadas en equidad y justicia, en la costumbre de dichos minerales, comprobada en las juntas de minería que las precedieron, con otras varias solemnidades y el común uniforme consentimiento de dueños y operarios que han pedido su observancia, las aprobé, confirmé y ratifiqué por mi superior decreto de 3 del corriente mes. Por tanto prevengo y mando se publique y se fijen en las minas de dicha jurisdicción, y se guarden, cumplan y ejecuten como estatutos y ordenanzas municipales de ella, sin venirse contra su tenor y forma, bajo las penas que contienen y lo demás que reservo a mi superior arbitrio y de los excelentísimos señores virreyes mis sucesores, y demás tribunales y jueces que sobre sus asuntos deban, y puedan conocer. Dado en México, a 6 de octubre de 1766. El marqués de Croix. Bibliografía recomendada: Doris M. Ladd, The Making of a Strike. Mexican Silver Worker's Struggles in Real del Monte. 1766-1775, Lincoln, University of Nebraska Press, 1988, x-206 p. Luis Navarro García, "El virrey marqués de Croix (l766-1771)", en J. A. Calderón Quijano (ed.), Los virreyes de Nueva España en el reinado de Carlos III, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, l967, p.159-381. ________________________________________________________

Real cédula para que las elecciones de priores y cónsules del Consulado de Comerciantes se realicen según lo propuesto por su Tribunal.141 El Consulado de Comerciantes de la ciudad de México era un fiel reflejo del carácter colonial, centralizado y monopólico del comercio novohispano. La mayor parte de las mercancías que arribaban al reino eran adquiridas por los grandes “almaceneros” de la ciudad de México, quienes se hallaban en el centro de una compleja telaraña de
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. Fuente: Richard Konetzke, Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispano América. 1493-1810, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1962, vol.3, tomo 2, p. 193-196.

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representantes, comisionados y mercaderes menores que llevaban y adquirían bienes de todos los rincones del virreinato; incluso los corregidores, alcaldes mayores, gobernadores y capitanes de los “presidios” o fortalezas de las fronteras eran, por vías directas o indirectas, socios menores de esta cadena comercial. Los hacendados y los mineros, además, dependían de los comerciantes para conseguir préstamos que financiaran sus actividades. El poder de los grandes almaceneros tomó forma institucional con la creación del Consulado de Comerciantes en 1592. El Consulado era a la vez un grupo de presión en beneficio de los intereses de sus miembros, tribunal privativo en materia de comercio e instancia que se asociaba al gobierno encargándose de la recaudación de algunos impuestos, ciertas obras públicas y, más directamente, dando préstamos y “donativos graciosos” al rey. La trascendencia del Consulado dio lugar a conflictos por el control de sus autoridades; paulatinamente, en nombre del “buen orden”, los almaceneros lograron eliminar como electores a los mercaderes menores o asentados en las provincias, y afinaron un sistema de rotación que permitía equilibrar la influencia de sus dos grupos o “partidos” más poderosos, el de los montañeses y el de los vascos. El Pardo, 23 de enero de 1728. El rey. Presidente y oidores de mi Audiencia Real de la ciudad de México. Con carta de 10 de junio del año de 1727 acompañáis testimonio de autos informando lo que se os ofrece sobre la pretensión del Consulado de esa ciudad en las elecciones de prior y cónsules, expresando que con el motivo de las inquietudes y disturbios que se habían experimentado en los años anteriores en estas elecciones por parte de dicho Consulado, se ocurrió a mi Consejo de las Indias haciendo presentes estos inconvenientes, para que teniendo presente la disposición de la ley V, título 45, libro IX de la Recopilación quedasen reducidos los votos sólo a los comerciantes que residiesen en esa ciudad y tuviesen en ella almacenes y no tiendas públicas. Y en vista de esta instancia tuve por bien expedir despacho con fecha de 21 de agosto del año de 1715, para que esa Audiencia, precediendo informe del Consulado y comercio, diese su parecer con toda claridad y distinción, teniendo presente la observancia de las leyes. Y con este motivo y el que acaeció el año de 1727 en la elección que se hizo de prior y cónsul en las personas de don Miguel de Amozarrain y

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don Domingo Mateos, vecinos y comerciantes almaceneros de esa ciudad, me hacíais presente haberse experimentado los mismos disturbios que en las antecedentes y que arreglándoos a lo que por el referido Tribunal del Consulado os expuso por escrito que presentó, y viene inserto en el citado testimonio, diferentes motivos que se reducen a que la ordenanza de él se recopiló en la citada ley V que se hizo en el año de 1597, y que cuando se hizo era mucho menor el número de comerciantes de esa ciudad y el de los mercaderes de fuera de ella, por cuya razón eran todos conocidos y no había el riesgo de que con los votos legítimos se quisiese tripular el que no lo fuese, y que así se hacían las elecciones, quieta y pacíficamente, sin controversia en la calificación de los vocales. Que habiendo crecido el pueblo y vecindario de esa capital y con él el número de los comerciantes, cuyo aumento han ido teniendo las demás ciudades, villas y lugares de esa Nueva España de algunos años a esta parte, se ha ido haciendo de elección en elección más y más intratable el que en las de electores puedan votar todos los que la ley admite a votos activos. Que esto no sólo dimana de la muchedumbre, sino que más es de que con la ocasión se hacen inaveriguables en cada un individuo las calidades que requiere la ley y que caso que éstas se pudiesen rastrear son tantos los que ya se congregan o convocan para votar que en el poco tiempo que conforme a dicha ordenanza y desde el día del pregón hasta el de la elección, no cabe en lo natural y posible el que se puedan evacuar una por una las calificaciones de tan vasto número de concurrentes. Que aun los de dentro de esa ciudad son tantos que de muchos no hay aquel conocimiento necesario para su admisión, y que si esto sucede en los que son vecinos con más razón faltará la noticia conveniente para los muchísimos que vienen de fuera. Que se ha recurrido a la providencia de nombrar calificadores o informantes para que admitan o repelan a los que compareciesen, según su mérito o demérito, pero se ha experimentado que aun esta calificación está llena de

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tropiezos y de disputas, porque la inclinación de los que quisieran que fuesen votos los que se declara no serlo; por el contrario produce en cada uno de los que se califican una cuestión, una porfía y aun una rifa <riña?> en que no sólo se pierde el tiempo sino que se quiebran las amistades, se vulneran las conciencias, se introducen las desuniones y se originan los escándalos que todos lloran después de pasado el ardor de las elecciones, porque mientras dura el calor de ellas cada uno tira a vencer sin detenerse mucho en escrupulizar. Que los pretendientes tienen amigos, deudos, compadres y dependientes que se empeñan por ellos para que salgan electos, y que cuando no los hay nunca faltan aliados que los promuevan y alienten facilitándoles la consecución, y para ella recurren no sólo a ganar votos de los comerciantes de dentro de esa ciudad, sino a traer los de fuera aunque sea de muchas leguas de distancia. Que con ellos se hace un cúmulo indiferible de votos en que a título de la apresura del tiempo y de la ignorancia de los sujetos o se habilita al indigno o se despide al capaz, y que uno y otro es mal forzoso y cada día va creciendo más. Que pasaron de 200 votos los que en la elección de dicho año de 1727 hubo de exceso al respecto del de 1725, en que excedieron en mucho más de 100 votos a los del de 1723, y que temiendo que si no se inmuta la planta de estas votaciones para las que se puedan seguir no quedará hombre fuera de esa ciudad que no se transporte a ella; y que si en la próxima pasada concurrieron de más de 40 leguas de distancia, para las que se puedan seguir vendrán de más de 50 y l00 leguas, y que con el pretexto de un tendejón que tengan de pan y velas o de unas medias que vendan a la mano por las calles querrán ser tenidos por mercaderes y reputados por votos, y que aunque haya quien porque los conozca, los impugne, no faltará quien porque los ha menester los defienda. Que en la última elección hubo tanto de lo referido, que sobre los disidios que acaecieron se consultó al virrey, quien dirimió las dudas que se ofrecieron, con parecer y voto consultivo y después de excluidos

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muchos de los que quisieron votos, hubo 667, a cuya proporción debían esperar que en lo venidero pasarían de mil y aun de miles, y que si para la que próximamente se celebró fue necesario prorrogar por primera y segunda vez el tiempo establecido por la ley, que será menester para las futuras. Por todo lo cual, y que esto necesita de pronto reparo por los inconvenientes que consigo acarrea, y que en ellos es de considerable atención el perjuicio que pudiera resultar contra la Real Hacienda, porque el prior y cónsules son administradores de las reales alcabalas142 de esa ciudad y lugares de su agregación, por cabezón143 de quince años de que faltan once y medio, y que por una renta tan cuantiosa como la de 280.000 pesos anuales, si los oficiales de prior y cónsules cayesen en quienes administrasen menos bien este real ramo, lastarán cualquier falencia144 los demás comerciantes de dentro de México o porque los electores, que son los fiadores de dicha renta, la ejecutarán o porque la falta o quiebra se repartiría entre los comerciantes de dentro de esa ciudad, y fuera cosa terrible que ellos soportaran el riesgo de los nominados, no habiéndolo sido sino los mercaderes de fuera de ella, que ni tienen conocimiento de los que son o no a propósito para priores y cónsules y electores de ellos, ni caudal para cualquier disección; y que cuando la tuvieran no hubiera por donde hacer el cargo, porque como se vota secretamente se ignora quién sufragó o no por los nominados. Cuyos perjuicios cesarían si la elección de electores se redujese a que sin embargo de la ley se celebrase votando solamente los comerciantes vecinos de esa ciudad que tuviesen almacén en ella
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. La alcabala era un impuesto al consumo que se cobraba al pasar las mercancías de una a otra jurisdicción. 143 . El “cabezón” era el contrato establecido entre el rey y una corporación o persona particular a la cual se concedía la administración y recaudación de un ramo de la real hacienda, como el impuesto de la alcabala; se remataban en pública subasta y se concedían a quien ofrecía mejores condiciones y posturas. El beneficio se hallaba en la diferencia entre lo que ofrecía pagar al rey y lo que obtenía del público. A esta práctica también se le denominaba “encabezonamiento” (de poner “en la cabeza de”). 144 . O sea “pagarán por otros cualquier defecto o poca fiabilidad”.

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desde dos años antes de semejantes elecciones, en las que se hiciesen en lo futuro con exclusión expresa de los que tuviesen tienda en México y absoluta de los de fuera, ya sean almaceneros o tenderos. Cuya representación premeditada por vos y considerados los motivos que dicho tribunal os hizo presentes, y de que referís ser ciertos y notorios en todo ese reino, por cuya razón os hacía recelar que si en las votaciones siguientes se observase lo mismo que hasta aquí se seguirán grandes perjuicios y en adelante serán mayores por lo mucho que se ha engrosado el comercio; y que para evitar estos daños y que las elecciones se ejecuten con la paz y quietud que se necesita, no obstante lo prevenido en la citada ley sería bien se le concediese al consulado el que en adelante se hagan como propone. Y habiéndose visto en mi Consejo de Indias, con lo que en el asunto, me participaron mi virrey marqués de Casafuerte y don Joseph Francisco de Aguirre en cartas de 9 y 10 de junio del año de 1727, y expuso mi fiscal, he tenido por bien ordenaros y mandaros (como lo hago) que en adelante se ejecuten las elecciones de priores y cónsules en la conformidad que os representó dicho consulado y van mencionadas, lo que haréis practicar precisa y puntualmente para su ejecución. Bibliografía recomendada: John Kicza, Empresarios coloniales. Familias y negocios en la ciudad de México durante los Borbones, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, 285 p. David Brading, Mineros y comerciantes en el México borbónico, (1763-1810), México, Fondo de Cultura Económica, l975, 500 p. Luise Schell Hoberman, Mexico´s Merchant elite. 1590-1660. Silver, State and Society, Durham, Duke University, 1991, 352 p. .________________________________________________________

Bando del virrey marqués de Croix sobre organización de la feria de Xalapa.145

. Fuente: "La feria de Xalapa", en Boletín del Archivo General de la Nación, V, mayo-junio 1934, no.3, p.357- 365.
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El tráfico con la metrópoli se realizaba desde mediados del siglo XVI mediante una única flota anual, dando lugar a una feria que se realizó primero en la ciudad de México y, desde 1720, en Xalapa. La organización y vigilancia de la feria fue siempre una preocupación esencial para los virreyes, que se ocupaban de que los mercaderes encontraran en buen estado los caminos, hubiera alimentos y hospedaje adecuados, vigilar que no existiera contrabando, que se cobraran exactamente los derechos fiscales y combatir las inevitables prácticas especulativas o de manipulación de los precios. En la práctica, las ferias de Xalapa estuvieron controladas por los grandes comerciantes andaluces y de la ciudad de México, que con su gran capacidad de transporte y capitales prácticamente monopolizaban la oferta y la demanda. Ambos grupos estaban trabados en una relación que era a la vez de cooperación y de oposición. Los mexicanos procuraron vincularse directamente con el mercado sevillano mediante comisionistas o bien dilatar la adquisición de productos de la feria el máximo tiempo posible para conseguir mejores precios. Los sevillanos, por su lado, trataban de mantener artificialmente los precios elevados y consiguieron que se prohibiera que las mercancías que los mexicanos habían adquirido por comisionistas salieran de la feria antes de su finalización. El Consulado de Comerciantes de la ciudad de México, dominado por los grandes almaceneros de la capital, tenía un papel preponderante en el funcionamiento de la feria y desempeñaba algunas funciones organizativas y fiscales, actuando en la práctica como una extensión del gobierno colonial. Don Carlos Francisco de Croix, caballero del orden de Calatrava, comendador de Molinos y Laguna Rota en el mismo orden, teniente general de los reales ejércitos de su majestad, virrey, gobernador, capitán general de Nueva España, presidente de su Real Audiencia, superintendente general de Real Hacienda y ramo del tabaco de él, presidente de la Junta y juez conservador de este ramo, subdelegado general del nuevo establecimiento de correos marítimos y de tierra en el mismo reino. En consecuencia y puntual cumplimiento de las órdenes de su majestad (que Dios guarde), expedidas para la presente flota del mando del jefe de escuadra, marqués de Casa Tilly, y de las que están dadas desde el año de 1728 para el arreglo de tan importante asunto, anticipé con oportunidad y desde que recibí la primera noticia de que se hallaba pronta en Cádiz para hacerse a la vela cuantas con preferencia de la que han producido sus más ventajosos efectos conceptué propios a verificar los fines encargados por el rey y en que se interesan ambos comercios.

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2. Con la misma atención mandé el 31 de marzo publicar el bando de la llegada de la flota y que el Real Tribunal del Consulado de México nombrase los tres diputados que deben asistir en el pueblo de Xalapa de la Feria, encargada a su celo, con otros particulares respectivos a la pronta celebración de los efectos sujetos a ella, el de que facilitase por su parte los medios más a propósito para que los comerciantes del reino no retarden la remisión de caudales al nominado pueblo de Xalapa. 3. De todas las insinuadas previas disposiciones resulta que, consiguiente a ellas, se halla prevenido lo conveniente a la habilitación de caminos, a la pronta descarga de efectos que ha conducido la flota, a la abundante provisión de víveres y demás necesarios para la subsistencia de los concurrentes a la feria; a que no se demore la conducción de las mercaderías; a que los comerciantes no padezcan indebidas extorsiones en la paga de fletes y alquileres de casas, y a que puedan transportar bajo las seguridades y formalidades prevenidas los caldos y frutas secas, que no deben sujetarse a los términos y reglas de la feria, y por lo mismo se hace ya preciso prescribir las que se han de observar en éste, y son los siguientes: 4. Primeramente ordeno y mando a todos los ministros de su majestad, a los vecinos y comerciantes de esta ciudad y demás lugares del reino, a los cargadores y negociantes que han venido en la referida flota, a quienes toque o pueda tocar y especialmente al gobernador y ministros de Real Hacienda de Veracruz, a los diputados del comercio de España y a los maestres de los navíos, que todos y cada uno por su parte persuadidos con la buena fe que promete y corresponde a la feria, importancia y ventajas que ofrece no dilatar un instante todos los prudentes medios que contribuyan al desempeño de las ya dadas por mí, y al logro del fin tan deseado, conspiren uniformemente con actividad a que la descarga de los efectos y mercaderías venidas en la flota se concluya con la mayor brevedad, y que con las misma

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vayan los cargadores recibiéndolos y los dirijan al pueblo de Xalapa, en donde como lugar único y señalado por su majestad se ha de celebrar la feria, sin que les detenga ni embarace para principiar a hacer estas remisiones el no tener recibidas completamente sus configuraciones, procurando igualmente separar con el propio celo y objeto los inconvenientes o reparos que aparenten o promuevan la menor reflexión o comprensión en los asuntos, y dirigiéndose en todo con la sinceridad e instrucción que miren al premeditado buen efecto y a precaver los perjuicios y atrasos del comercio, cuyos individuos procederán en este particular con toda la atención que pide la actual estación del tiempo para aprovecharla a su propio beneficio. 5. Todas las mercaderías han de subir, como tengo ordenado, desde el expresado fuerte al pueblo de Xalapa de la Feria, vía recta, y se han de conducir con las formalidades de guías y marchamos prevenidos y en el modo declarado en mi resolución de 6 del presente mes, dada a consulta de los diputados del comercio de España, expresando en aquellas el número de fardos, cajones, baúles y demás piezas que comprenda cada una sus marcas y señales, y si van marchamos por la aduana de Veracruz o llevan todavía el que se les puso en la de Cádiz, cuyas guías refrendará el diputado de flota que reside en Veracruz, quedando obligados los dueños o conductores a manifestarlos luego que lleguen con sus cargas al sujeto que asista en Xalapa, y ha de correr con este y otros asuntos respectivos a la Comisaría de guías. 6. No se podrán guiar, dar despachos, ni salir del dicho puerto y ciudad de Veracruz, mercaderías algunas para otro lugar del reino que para el referido de Xalapa, ni conducirse a éste de otro modo que con las circunstancias y requisitos de guías y marchamos expresados, de que cuidarán puntualmente los ministros de Real Hacienda de Veracruz, el comandante y demás empleados en el resguardo, celando los de las puertas de dicha ciudad

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con esmero y fidelidad sobre este particular, refrendando las guías en la forma que les ordene el administrador de Real Hacienda de aquel puerto; en la segura inteligencia de que si se encontraren y aprehendieren sin estos requisitos indispensables cualesquiera cargas no sólo extraviadas sino aún en camino recto para dicho pueblo, las declaro desde ahora por de legítimo comiso y perdidas con las recuas en que se transporten, y a los arrieros o conductores los condeno en la pena de cuatro años de presidio, sin que se les admita excusa ni disculpa alguna; pues no pueden alegar ignorancia en la conducción de géneros de las anteriores flotas. 7. En conformidad de la orden que tengo ya dada para que se puedan transportar a esta capital y a las demás ciudades y pueblos de este reino la cera de Campeche, patíes146 y plantas de aquella provincia, el cacao, frutas secas, pasta, almendra, avellana, alcaparra, alcaparrón, aceituna, vino, aguardiente y demás licores, géneros de botica y otros de fácil corrupción, ordeno que todo lo expresado se ha de conducir con la precisa calidad de guía y demás formalidades a los parajes de su destino, y que para precaver que con el pretexto de estas remisiones no se internen otros géneros ni efectos, se reconozcan con la mayor exactitud los cajones, barriles y demás piezas así en Veracruz, antes de permitirse salida como en las aduanas o parajes de su destino, celando exactísimamente todas las justicias, administradores, fieles y receptores de alcabalas, empleados en el resguardo y los diputados de los pueblos encabezados, en cumplimiento de su obligación, que no se cometa el más leve fraude, de que me serán responsables, declarando como declaro por perdidos y de comiso los géneros que están prohibidos conducirse a otro paraje que al expresado pueblo de Xalapa, y los permitidos que con ellos se aprehendieron, de cuya observancia cuidarán

. Los patíes eran tejidos de algodón basto, realizados en telar de cintura por las mujeres indígenas; eran un artículo de comercio importante en el sureste del virreinato.
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principalísimamente los ministros de Real Hacienda de Veracruz, las justicias de la Antigua, de las villas e Córdoba y Orizaba, de Perote y Xalapa, el superintendente de la Aduana de esta capital, el administrador de la ciudad de la Puebla y demás a quienes toque o tocar pueda, procediendo con la mayor atención y prudencia y con todo rigor de derecho contra los transgresores, para lo que les concedo la comisión bastante necesaria; bien entendido que deben darme cuenta de lo que en su ejecución practicasen, y que para que se porten con la fidelidad y esmero correspondiente gozarán la cuarta parte de lo que legítimamente <de>comisaren, y que si se justificase que los diputados de los pueblos encabezados (sobre que también celarán las justicias de cada uno respectivamente) fuesen en todo o en parte contra lo referido, y que disimulen o dispensen por convenio, avenencia u otro respecto, además de que se les sacará irremisiblemente con el duplo el valor legítimo de cuanto en la forma prevenida debe sufrir la pena de comiso, se les impondrán las demás, según los casos y en digna satisfacción de los considerables y manifiestos perjuicios que son consiguientes de la inobservancia, así al dispendio de los efectos de la feria como a los verdaderos intereses de uno y otro comercio. 8. Repito a las expresadas justicias de Veracruz, de Xalapa, de los pueblos inmediatos y del tránsito (a quienes ya tengo ordenado cuanto conviene a este fin) que atiendan con especial aplicación a la abundante provisión de víveres y bastimentos con apercibimiento de que experimentándose carestía o escasez en alguno de los enunciados parajes, por omisión o negligencia, se les hará estrecho cargo e impondrán las penas según la malicia o poca aplicación en materia tan importante. 9. A efecto de que los comerciantes de los lugares internos logren proporcionadas ocasiones de remitir sus caudales con la posible anticipación para efectuar con la misma sus negociaciones en la feria de Xalapa, ordeno y mando a los oficiales de las cajas foráneas y

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reales de minas de este reino que dispongan hacer las remisiones y despachos de las platas de su majestad a esta capital, de modo que los particulares y comerciantes logren enviar sin atraso las que consiguieren y recogieren de uno a otro despacho de sus correspondientes o para emplearlas de su cuenta, portándose en esto como conduce a que se engrosen y aumenten las conductas y caudales, advertidos de que siendo este uno de los medios convenientes a la pronta celebración de la feria y a cumplir las soberanas resoluciones del rey, me será muy desagradable hasta la inacción o el descuido. 10. Los tres diputados que en junta general de comercio, consiguiente a mi decreto de 31 de marzo próximo ha nombrado el Tribunal del Consulado de este reino, deben pasar con la debida anticipación al pueblo de Xalapa, en donde necesariamente han de residir hasta concluida y finalizada la feria, y durante ésta y desde ahora no sólo han de usar y ejercer la jurisdicción y facultades concedidas a su ministerio, sino las amplias que yo les confiero por la justa confianza, particularísimos motivos para el desempeño de todos los encargos que hasta ahora han sido propios del comisario de guías, a cuyo fin lo tendrá así entendido el público, prometiéndome el más exacto desempeño de tan importantes asuntos conforme a las órdenes que les comunicaré oportunamente; y que se han de dedicar con la mayor armonía con los diputados de España y los individuos de ambos comercios a promover y facilitar con las consideraciones insinuadas, la más pronta celebración de la feria, procediendo con laudable empeño a superar y allanar cualesquiera reparos o embarazos que puedan ofrecer o se dirijan a retardar la última perfección de las negociaciones y contratos entre los individuos de ambos comercios. 11. Será a todos libre y facultativo poner precio en la venta de sus propios bienes y de los que con poder y facultad bastantes de su legítimo dueño puedan encargar; y del mismo modo queda a la voluntad bastante de los compradores, llegar a tratar de los efectos

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que quisieren y ofrecer por ellos el valor y cantidad que gustaren; y prohíbo seriamente que en las conferencias que tuvieren las diputaciones traten cuestiones ni providencien algún medio compulsivo ni opuesto a esta resolución; pues queda y ha de estar al arbitrio y voluntad de los vendedores y compradores la de hacer estos contratos, según cada uno por su parte pudiese facilitar a favor de sus propios intereses, haciendo los ajustes con la ventaja y utilidad que es natural procuren respectivamente. 12. Declaro que luego que alguno o algunos de los cargadores o encomenderos suban a Xalapa con el todo o parte de sus mercaderías, han de poder empezar a venderlas y feriarlos por junto o por menor, con toda libertad, y que con la misma podrán comprarlas los comerciantes de este reino, según y en la forma que entre sí convinieren, consultando también por este medio del rompimiento de precios, como es propio a acelerar la concurrencia de los compradores a que no se demoren las remisiones de caudales para hacer los empleos, y a fin de que se consiga con facilidad y en una feria pronta el total dispendio de los géneros que ha conducido la flota y llenar los soberanos deseos de su majestad en el breve despacho de ésta. 13. Las ropas y demás mercaderías que deben entrar o estuvieren (siendo de las sujetas a feria) en Xalapa, no han de poder por ningún caso salir de este pueblo ni conducirse a otra parte, aunque real y efectivamente estén vendidas y hayan pasado al poder y dominio de los comerciantes del reino; y por igual o mayor razón han de sujetarse a lo mismo las que por cuenta y riesgo de los vecinos de este reino hayan venido en flota, compradas con sus propios caudales en España, prohibiendo como prohíbo la internación y tráfico de aquellas de Xalapa arriba antes del día que me reservo señalar para la apertura de caminos, que ejecutaré con la posible brevedad y la repetida e importante consideración del pronto y ventajoso regreso de la flota, para cuyo tiempo dará el correspondiente permiso

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para la internación de las dichas mercaderías pertenecientes a vecinos de este reino; bien entendido que si alguno o algunos contravinieren a lo expresado en este capítulo se les impondrán las penas establecidas anteriormente, entendiéndose la comisión conferida a las justicias y demás expresados también para este caso, con la asignación de la cuarta parte, y la misma se dará a la persona o personas que descubrieren o denunciaren este fraude. 14. Respecto a que el único y preciso lugar en que indispensablemente se han de feriar y expender las mercaderías de flota durante la feria o fuera de ella es el pueblo de Xalapa, a fin de que los mercaderes del reino no tengan estímulo o motivo de retardar las compras ni los del comercio de España para mantenerse firmes en lo excesivo de los precios, declaro que los cargadores flotistas que no vendieren para su tornaviaje en flota han de residir y permanecer con los intereses de su cargo en el propio pueblo de Xalapa, y que por ninguna causa les concederé licencia ni daré permiso para subir a esta capital ni a otro cualquier paraje del reino; y amonesto y exhorto al Real Tribunal del Consulado que por sí, y su diputación, anime y aliente a los individuos de este comercio para que esforzándose todos, alcen enteramente con efectivos, caudales y frutos, la carga de la presente flota, atendiendo a las ventajas de uno y otro comercio, a que los flotistas se restituyan a España a vuelta de flota y a desempeñar el real ánimo de su majestad y la satisfacción con que me hallo de que por estos medios y no omitiendo alguno la acreditada conducta del Consulado, se logre la perfecta consecución de este importante asunto. 15. Portándose ambos comercios como me prometo, pues se interesa en ello el servicio del rey y su propia comodidad e intereses, acreditarán todos la digna estimación que se merece la soberana equidad del rey, que ha tenido por bien ordenar sean libres de éste, como en otras ferias, las mercaderías, de los derechos de alcabala, Unión de Armas y Armada de Barlovento, que debía satisfacer en todas las ventas que se hiciesen en Xalapa.

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Y para que todo lo expresado tenga el debido cumplimiento, y en la inteligencia segura de que en nada variaré estas reglas por ser conformes a las órdenes de su majestad, benéficas al público y las más propias a conseguir las justas ventajas de ambos comercios, mando se publiquen por bando en las partes y parajes acostumbrados de esta capital y que se remitan ejemplares a las demás ciudades, villas y pueblos de este reino para que llegue a noticia de todos y que cada uno en lo que tocare o tocar pueda, coadyuve a su observancia, se estimulen y conmuevan los comerciantes a ocurrir con sus caudales luego a la referida feria con la sana intención y acuerdo de emplearlos y utilizarse en las ganancias que les produjesen. Dado en México, a 22 de abril de 1769 Bibliografía recomendada: Luise Schell Hoberman, Mexico´s Merchant Elite. 1590-1660. Silver, State and Society, Durham, Duke University, 1991, 352 p. José Joaquín Real Díaz y Manuel Carrera Stampa, Las ferias comerciales de Nueva España, México, Instituto Mexicano de Comercio Exterior, s.f., 310 p. ________________________________________________________

De la navegación y comercio de las Islas Filipinas, China, Nueva España, y Perú.147 El comercio con Filipinas –y a través de esta posesión española, con China e Indochina- se realizaba mediante un solo barco, la nao o galeón de Manila. El tráfico estaba dominado en gran medida por los grandes almaceneros de la ciudad de México, que a pesar de las prohibiciones tenían agentes o “encomenderos” que les remitían mercancías asiáticas, realizando en Acapulco la ficción de una compraventa. Asimismo, existía un muy considerable contrabando, con la interesada colaboración de las autoridades militares y fiscales del puerto. El comercio entre los distintos reinos indianos fue visto con hostilidad porque se pensaba que perjudicaba los intereses de la monarquía y de los comerciantes agrupados en el poderoso Consulado de Sevilla; en 1632, de hecho, se prohibió el comercio directo entre los virreinatos mexicano y peruano.

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. Fuente: Recopilación de leyes de las Indias , libro IX, título XLV.

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Ley 1. Que de ninguna parte de las Indias se pueda tratar en Filipinas, si no fuere de Nueva España. 1635. Porque conviene que se excuse la contratación de las Indias Occidentales a la China, y se modere la de Filipinas, por haber crecido mucho, con disminución de la de estos reinos: Prohibimos, defendemos y mandamos, que ninguna persona de las naturales, ni residentes en la Nueva España, ni en otra parte de las Indias, trate ni pueda tratar en las Islas Filipinas y si lo hiciere, pierda las mercaderías con que tratare, aplicadas por tercias partes, a nuestra real cámara, denunciador, y juez que lo sentenciare. Y por hacer merced a los vecinos y habitantes, y que se conserve aquella contratación en la parte que baste, tenemos por bien, que sólo ellos puedan contratar en la Nueva España, en la forma que por otras leyes está ordenado, con tal condición, que traigan o remitan sus haciendas con personas que vengan de las dichas islas, y no las puedan enviar por vía de encomienda o en otra forma a los que actualmente residieren en la Nueva España, porque se excusen los fraudes de consignarlas a otras personas, si no fuere por muerte de los que vinieren con la hacienda desde las dichas islas, que en tal caso se podrá hacer. Y asimismo ordenamos que los vecinos de Filipinas, no puedan consignar sus mercaderías a generales, cabos, capitanes, oficiales, soldados, ni marineros de las naos de aquel comercio, ni a otros, aunque sean vecinos de las dichas islas, con las penas susodichas......

Ley 78. Que prohíbe el comercio y tráfico con el Perú y Nueva España. 1636. Estuvo permitido que del Perú a Nueva España anduviesen dos navíos cada año al comercio y tráfico, hasta en cantidad de doscientos mil ducados, que después se redujo a uno, con ciertas calidades. Y porque ha crecido con exceso el trato en ropa de China en el Perú, sin embargo de tantas prohibiciones convenientes a nuestro real servicio, bien, y

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utilidad de la causa pública, y comercio de estos, y aquellos reinos; habiendo precedido última resolución del virrey conde de Chinchón, y acuerdo de hacienda, para quitar absolutamente la ocasión ordenamos y mandamos a los virreyes del Perú y Nueva España, que infaliblemente prohíban y estorben este comercio y tráfico entre ambos reinos, por todos los caminos, y medios, que fuere posible, y que no le haya por otras partes, que nos por la presente lo prohibimos, guardando esta prohibición firmemente, y continuándolo en adelante. Bibliografía recomendada: Carmen Yuste (ed.), Comercio marítimo colonial. Nuevas interpretaciones y últimas fuentes, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1997, 202 p. Carmen Yuste, “Los comerciantes de la ciudad de México en la negociación transpacífica”, en Leonor Ludlow y Jorge Silva Riquer (comps.), Los negocios y las ganancias. De la colonia al México moderno, México, Instituto Mora – Universidad Nacional Autónoma de México, 1993, p. 211-224.

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EL TRABAJO, LA SOCIEDAD Y LA VIDA COTIDIANA

Las Leyes Nuevas.148 Las Leyes Nuevas resultaron de la conjunción de la prédica indigenista de Las Casas y otros religiosos con la preocupación de la Corona por el poder de la naciente oligarquía novohispana. Implicó un ataque frontal a las pretensiones de los colonizadores de crear en la Nueva España una sociedad señorial, basada en la esclavitud indígena y la encomienda. Al mismo tiempo, señaló la intención del rey de apartar a sus funcionarios de la intervención directa en actividades económica que, inevitablemente, les habría llevado a contraer compromisos y nexos de interés que podían afectar la recta aplicación de las órdenes metropolitanas. En la práctica, las Leyes Nuevas no pudieron aplicarse inmediata y completamente. El visitador Tello de Sandoval, comisionado para este fin, encontró inevitable adoptar una actitud conciliadora y animar a las personalidades y corporaciones locales a realizar representaciones ante el rey para defender sus méritos y derechos. A mediano plazo, la Corona sólo concedió que las encomiendas subsistieran por “dos vidas”, aunque poco después procedió a vaciarla de su contenido fundamental, prohibiendo los servicios personales como parte del tributo. La institución en adelante languideció, y para fines de siglo había dejado de tener una importancia social o económica. Las Leyes Nuevas dieron un golpe fatal a la esclavitud indígena, que prácticamente desapareció salvo rebrotes incidentales en la frontera de guerra del norte. Por otro lado, la nueva legislación probablemente alentó la corrupción de los funcionarios, al privarlos de sus ingresos empresariales legales. Barcelona, 20 de noviembre de 1542. Don Carlos, por la divina clemencia emperador semper augusto, rey de Alemania; doña Juana, su madre, y el mismo don Carlos, por la gracia de Dios reyes de Castilla, etcétera. Al ilustrísimo príncipe don Felipe, nuestro muy caro y amado nieto e hijo, y a los infantes nuestros nietos e hijos, y al presidente y los del nuestro Consejo de las Indias y a los nuestros virreyes, presidentes y oidores de las nuestras audiencias y cancillerías reales de las dichas nuestras Indias, islas y tierra firme del Mar Océano, y nuestros gobernadores, alcaldes mayores y otras nuestras justicias de ellas y a todos los consejos, justicias,

. Fuente: Las Leyes Nuevas, 1542-1543, transcripción y notas Antonio Muro Orejón, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad de Sevilla, 1945, 26 p.
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regidores, caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de todas las ciudades, villas y lugares de las dichas nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas o por descubrir, y a otras cualesquier personas, capitanes, descubridores y pobladores y vecinos, habitantes y estantes y naturales de ellas de cualquier estado, condición y preeminencia que sean, así los que ahora sois como a los que fueren de aquí adelante y a cada uno y cualquiera de vos en vuestros lugares y jurisdicciones a quien esta nuestra carta fuese mostrada o su traslado signado de escribano público o de ella parte supiéredes y lo en ella contenido o cualquier cosa y parte de ello toca y atañe y atañer puede en cualquier manera; salud y gracia. Sépades que habiendo muchos años ha tenido voluntad y determinación de nos ocupar de espacio en las cosas de las Indias por la grande importancia de ellas, así en lo tocante al servicio de Dios nuestro señor y aumento de su santa fe católica como en la conservación de los naturales de aquellas partes y buen gobierno y conservación de sus personas, <y> aunque hemos procurado desembarazarnos para este efecto, no ha podido ser por los muchos y continuos negocios que han ocurrido de que no nos hemos podido excusar, y por las ausencias que de estos reinos yo el rey he hecho por causas tan necesarias como a todos es notorio, y dado que esta frecuencia de ocupaciones no haya cesado este presente año, todavía hemos mandado juntar personas de todos estados, así prelados como caballeros y religiosos y algunos de nuestro Consejo para platicar y tratar las cosas de más importancia de que hemos tenido información que se debían mandar proveer, lo cual maduramente altercado y conferido y en presencia de mí el rey diversas veces platicado y discutido, y finalmente, habiéndome consultado el parecer de todos, me resolví en mandar y proveer y ordenar las cosas que de yuso serán contenidas, las cuales demás de las otras

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ordenanzas y provisiones que en diversos tiempos hemos mandado hacer según por ellas parecerá, mandamos que sean de aquí adelante guardadas por leyes inviolablemente...... Por tanto, ordenamos y mandamos que de aquí adelante por ninguna causa de guerra ni de otra cosa alguna, aunque sea so título de rebelión, ni por rescate, ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno y queremos sean tratados como vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son. Ninguna persona se pueda servir de los indios por vía de naboría149 ni tapia150 ni otro modo alguno contra su voluntad. Como habemos mandado proveer que de aquí adelante por ninguna vía se hagan los indios esclavos, así en los que hasta aquí se han hecho contra razón y derecho y contra las provisiones e instrucciones dadas, ordenamos y mandamos que las audiencias, llamadas las partes sin tela de juicio, sumaria y brevemente, sola la verdad sabida, los pongan en libertad si las personas que los tuvieren por esclavos no mostraren título <de> como los tienen y poseen legítimamente; y porque a falta de personas que soliciten lo susodicho los indios no queden por esclavos injustamente, mandamos que las audiencias pongan personas que sigan por los indios esta causa y se paguen de penas de cámara y sean hombres de confianza y diligencia. Item, mandamos que sobre el cargar delos dichos indios las audiencias tengan especial cuidado que no se carguen o en caso de que esto en algunas partes no se pueda excusar, sea de tal manera que de la carga inmoderada no se siga peligro en la vida, salud y conservación de los dichos indios y que contra su voluntad de ellos y sin se lo pagar, en

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. Indígena separado de su pueblo, que servía a los españoles. . Probablemente "tlapia" ("el que guarda algo", en nahuatl). término más bien inusual para designar un mayordomo y en general a indios que daban servicio a los españoles. También aparece en otros textos como “tapisques", que tiene la misma acepción.

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ningún caso se permita que se puedan cargar, castigando muy gravemente al que lo contrario hiciere, y en esto no ha de haber remisión por respeto de persona alguna. Porque nos ha sido hecha relación que de la pesquería de las perlas, haberse hecho sin la buena orden que convenía, se han seguido muertes de muchos indios, mandamos que ningún indio libre sea llevado a la dicha pesquería contra su voluntad, so pena de muerte, y que el obispo y el juez que fuere a Venezuela ordenen lo que les pareciere para que los esclavos que andan en la dicha pesquería así indios como negros se conserven y cesen las muertes, y si les pareciere que no se puede excusar a los dichos indios y negros el peligro de muerte, cese la pesquería de las dichas perlas, porque estimamos en mucho más, como es razón, la conservación de sus vidas, que el interés que nos puede venir de las perlas. Porque de tener indios encomendados los virreyes, gobernadores y sus tenientes y oficiales nuestros y prelados, monasterios y hospitales y casas así de religión como de casas de moneda y tesorería de ella y oficios de nuestra hacienda y otras personas favorecidas por razón de los oficios, se han seguido desórdenes en el tratamiento de los dichos indios, es nuestra voluntad y mandamos que luego sean puestos en nuestra real Corona todos los indios que tienen y poseen por cualquier título y causa que sea los que fueren o son virreyes, gobernadores o sus lugartenientes o cualesquier oficiales nuestros, así de justicia como de nuestra hacienda, prelados, casas de religión o de nuestra hacienda, hospitales, cofradías u otros semejantes, aunque los indios no les hayan sido encomendados por razón de los oficios, y aunque los tales oficiales o gobernadores digan que quieren dejar los oficios o gobernaciones y quedarse con los indios, no les valga, ni por eso se deje de cumplir lo que mandamos. Otro sí, mandamos que a todas las personas que tuvieren indios sin tener título, sino que por su autoridad se han entrado en ellos, se los quiten y pongan en nuestra Corona real.

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Y porque somos informados que otras personas, aunque tengan títulos, los repartimientos que se les han dado son en excesiva cantidad, mandamos que las audiencias, cada cual en su jurisdicción, se informen muy bien de esto y con toda brevedad y les reduzcan los tales repartimientos a las personas dichas a una honesta y moderada cantidad y los demás pongan luego en nuestra Corona real, sin embargo de cualquier apelación o suplicación que por las tales personas sea interpuesta y de lo que así hicieren las dicha audiencias, nos envíen relación con brevedad, para que sepamos como se cumple nuestro mandado. Y en la Nueva España se provea especialmente en los indios que tienen Juan de Infante y Diego de Ordaz y el maestre Roa y Francisco Vázquez de Coronado y Francisco Maldonado y Bernaldino Vázquez de Tapia y Juan Xaramillo y Martín Vázquez y Gil González de Benavides y Gil González de Avila y otras muchas personas que el número de los indios que tienen dizque es en cantidad muy excesiva según la información que se nos ha dado. Y porque somos informados que hay algunas personas en la dicha Nueva España que son de los primeros conquistadores y no tienen repartimiento ninguno de indios, mandamos que el presidente y oidores de la dicha Nueva España se informen de las personas de esta calidad y les den en los tributos que así hubieren de pagar los indios que se quitaren lo que les pareciere para la sustentación moderada y honesto entretenimiento de los dichos primeros conquistadores que así están sin repartimientos. Asimismo las dichas audiencias se informen de cómo han sido tratados los indios por las personas que los han tenido en encomienda, y si les constare que de justicia deben ser privados de ellos por sus excesos y malos tratamientos que les han hecho, mandamos que luego los priven y pongan los tales indios en nuestra Corona real...... Otro sí, ordenamos y mandamos que de aquí adelante ningún virrey, gobernador, audiencia, descubridor ni otra persona alguna no pueda encomendar indios por nueva

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provisión, ni por renunciación, ni donación, venta ni otra cualquier forma, modo, ni por vacación ni herencia, sino que muriendo la persona que tuviere los dichos indios sean puestos en nuestra real Corona, y las audiencias tengan cargo de se informar luego particularmente de la persona que murió y de la calidad de ella y sus méritos y servicios y de cómo trató los dichos indios que tenía y si dejó mujer e hijos o que otros herederos y nos envíen la relación y de la calidad de los indios y de la tierra, para que Nos mandemos proveer lo que sea nuestro servicio y hacer la merced que nos pareciere a la mujer e hijos del difunto, y si entre tanto parece a la audiencia que hay necesidad de proveer a la tal mujer e hijos de algún sustentamiento, lo pueda hacer de los tributos que pagarán los dichos indios, dándoles alguna moderada cantidad estando los indios en nuestra Corona, como dicho es. Item, ordenamos y mandamos que los dichos nuestros presidentes y oidores tengan mucho cuidado que los indios que en cualquiera de las maneras susodichas se quitaren y los que vacaren, sean muy bien tratados e instruidos en las cosas de nuestra santa fe católica y como vasallos nuestros libres que este ha de ser su principal cuidado y de lo que principalmente les habemos de tomar cuenta y en que más nos han de servir y provean que sean gobernados en justicia por la vía y orden que son gobernados al presente en la Nueva España los indios que estén en nuestra Corona real. Y porque es razón que los que han servido en los descubrimientos de las dichas Indias y también los que ayudan a la población de ellas que tienen allá sus mujeres, sean preferidos en los aprovechamientos, mandamos que los nuestros virreyes, presidentes y oidores de las dichas nuestras audiencias prefieran en la provisión de los corregimientos y otros aprovechamientos cualesquier a los primeros conquistadores y después de ellos a los

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pobladores casados siendo personas hábiles para ello, y que hasta que estos sean proveídos, como dicho es, no se pueda proveer otra persona alguna.. Bibliografía recomendada: Arthur Scott Aiton, Antonio de Mendoza, first viceroy of New Spain, Durham, Duke University, 1927, xii-240 p. Lesley Byrd Simpson, Los españoles y el indio americano, Barcelona, Península, 1970, 281 p. Silvio Zavala, Los esclavos indios en Nueva España, México, Colegio Nacional, 1967, 460 p. Silvio Zavala, La encomienda indiana, 3a. ed., México, Porrúa, 1992, 1043 p. ________________________________________________________

Real cédula prohibiendo los servicios personales como parte de la tasación dada al encomendero.151 Esta real cédula contribuyó decisivamente a derruir el poder de los encomenderos, ya puesto gravemente en cuestión por las Leyes Nuevas de 1542. Formó parte asimismo de una política laboral de la Corona que procuraba fomentar el trabajo libre asalariado y procuraba acabar con las modalidades coercitivas de relaciones laborales, ya fuesen las previstas por las tasaciones o aquellas establecidas por “acuerdos” más o menos voluntarios. La disposición vaciaba a la encomienda de su utilidad productiva, dado que frecuentemente los encomenderos habían utilizado el ahora prohibido trabajo de “sus indios” para sus labores agrícolas, estancias de ganado y minas. El encomendero se convirtió en una especie de rentista al que el gobierno permitía recaudar tributo en moneda y especie de ciertos pueblos de indios. La capacidad de influir en la vida social y política de los pueblos pasaría del encomendero a los funcionarios civiles, a los curas párrocos y a los propietarios de tierras circunvecinas. Presidente y oidores de la audiencia y cancillería real de la Nueva España. Yo soy informado que de darse lugar en esa tierra a que se den servicios personales de indios para echar a las minas y para otras cosas, por vía de tasación y permutación en lugar de los tributos que les están tasados, se siguen grandes inconvenientes, especialmente que como van muchos de los tales indios a servir fuera de su tierra y naturaleza 50 leguas, y otros más

. Fuente: Vasco de Puga (comp.), Cedulario de la Nueva España, México, Condumex, 1985, f. 171-173.
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y menos, donde están las minas, e ir cargados con sus comidas, mantas y camas, adolecen algunos de ellos y mueren algunos; demás que la doctrina cristiana que a los tales se había de dar se impide, y se cometen otras ofensas contra el servicio de Dios nuestro señor, y se menoscaba la gente de esa Nueva España y se siguen muchos daños e inconvenientes a la vida y salud delos dichos indios, y para su instrucción. Y que demás de lo susodicho hay muchos pueblos de indios, así los que están en nuestra cabeza como los que están encomendados a los pobladores, que están tasados en más de lo que buenamente pueden pagar. Y queriendo proveer en todo ello, como cosa importante al servicio de Dios y bien de esa tierra y naturales de ella, visto y platicado con los del nuestro Consejo de Indias, fue acordado que debía mandar dar esta mi cédula para vos, y yo túvelo <por> bien, porque vos mando que luego que ésta veáis, con todo cuidado y diligencia os informéis y sepáis en que pueblos de esa Nueva España se dan servicios personales de indios para echar a las minas y para sus casas y otros servicios y obras, y proveáis cómo de aquí adelante no se den por vía de tasación o permutación, aunque sea de voluntad de los caciques e indios de los tales pueblos, y que digan que hacen los dichos servicios personales en lugar de los tributos que les están tasados, y que ellos lo quieren y piden así. Y porque cesando las dichas conmutaciones de servicios personales han de pagar los tributos de los frutos naturales e industriales, según la calidad y uso de cada pueblo, conforme a lo que por Nos está cerca de ello mandado, y somos informados que las tasas de esta Nueva España en algunos pueblos son muy excesivas, y que los vecinos de ellos no las puedan buenamente cumplir ni pagar, por haberse disminuido los indios de ellos, y no tener la posibilidad que solían y por otras causas, veréis las tasaciones que están hechas de los tributos que han de dar los pueblos de indios que en esta Nueva España hay, así los que están en la Corona real como encomendados a persona particulares, y quitaréis de las tasaciones todos los servicios

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personales que hubiere en ellos ora sea por vía de tasación o conmutación, por cuanto, como dicho es, nuestra merced y voluntad es que en la tasación de los dichos indios no se tase ningún servicio personal, ni se conmute después de tasados, y tornaréis de nuevo a rever las dichas tasaciones, donde quitaredes las tales tasaciones o conmutaciones de tributos personales, y haréis nueva tasa de lo que han de pagar, guardando en ello el tenor y forma que está dada por una de las leyes por nos hechas acerca de la tasación que los indios han de pagar. Lo cual así cumplid sin embargo de cualquier reclamación que de ello hagan, así los nuestros oficiales, como las personas que tuvieren los tales indios encomendados y de otras cualesquier personas, así indios como españoles, porque nuestra voluntad es que sean bien tratados y relevados, y que el servicio que hubieren de hacer sea en aquellas cosas que ellos en su tierra tienen, y que buenamente, sin que sea impedimento para su multiplicación y conversión e instrucción en las cosas de nuestra santa fe católica, puedan dar...... Hecha en la villa de Valladolid, a 22 días del mes de febrero de 1549 años. Maximiliano; la reina. Por mandado de su alteza, en su nombre, Juan de Sámano. Bibliografía recomendada: Silvio Zavala, La encomienda indiana, 3a. ed., México, Porrúa, 1992, 1043 p. Lesley Byrd Simpson, Los españoles y el indio americano, Barcelona, Península, 1970, 281 p. ________________________________________________________ Nueva orden sobre la paga y tratamiento de los indios de repartimiento de esta Nueva España.152 La Corona introdujo el repartimiento de trabajadores indios para establecer un sistema más eficiente y controlado de utilización y adjudicación del trabajo obligatorio
152

. Fuente: AGN, General de parte, vol. 5, exps. 339-340, f. 75-76vol. Fue publicado con el inapropiado título de "Sobre el buen trato de los indios en las encomiendas" en Boletín del Archivo General de la Nación, vol. 6, nov-dic. 1935, no.6, p.835-838.

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indígena. Su auge corresponde al periodo del “indio escaso” a raíz de las epidemias de fines de siglo; implicaba para los pueblos la obligación de proporcionar tandas semanales de trabajadores para los propósitos que determinara el virrey y sus representantes locales. Como iba en contra del principio general establecido de que el indio era un vasallo libre, se argumentó que el repartimiento corregía su natural tendencia a la indolencia, que por esta vía obtendría los pesos necesarios para el tributo y que esta obligación era en beneficio de “la república”, esto es, de la sociedad en su conjunto. El repartimiento prontamente atrajo críticas y quejas, relacionadas sobre todo con abusos cometidos por los empresarios españoles y funcionarios locales. El siguiente documento pretender corregir estos inconvenientes y presenta una descripción detallada de la mecánica concreta de este servicio personal. Don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, etcétera. Por cuanto por muchas noticias y experiencias averiguadas se ha visto que los indios del servicio personal que se reparten por tiempo limitado para las minas, labores de panes y otros efectos padecen más vejación, molestia y carga de las personas a quien se reparten y de sus mayordomos y criados, en malos tratamientos y mala paga que les hacen y en servirse de ellos más tiempo del que es justo y se les manda, que en todo lo que realmente es de su obligación, de lo cual se sigue la mayor parte de la dificultad con que los dichos indios salen de sus casas para estos servicios y de la molestia grande que de ellos sienten, además de que muchas personas, con este color de mineros y labradores, se sirven de ella en muy diferentes efectos para sólo su aprovechamiento particular y no el de la república, como debieran, pues por su beneficio general se han permitido y tolerado los dichos repartimientos, demás de otros muchos géneros de mal uso que las personas a quienes se reparten los indios hacen de ellos. Y como de su naturaleza de los indios son gente de poca defensa y que viéndose sueltos y libres se van a su casas aunque vayan maltratados y sin paga, sin quejarse de los agravios que han recibido, no llegan a noticia de los jueces repartidores para poderlos castigar, que todo ha sido causa y motivo con harto fundamento para que algunas personas, así eclesiásticas como seglares, hayan hecho tanta instancia en

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que los repartimientos se alcen y suspendan. Y porque en el entretanto que se permiten es muy justo buscar algún medio y traza para excusar a los indios de los malos tratamientos y mala paga que se les hace; y para que mejor entiendan y sepan los jueces repartidores a quien está encomendado su amparo, los excesos que en esto hubiere y los puedan castigar y remediar, por la presente ordeno y mando que de aquí adelante hasta que otra cosa se provea y mande, los jueces repartidores de indios que ahora son y adelante fueren en el repartimiento y paga de los dichos indios, que dieren para cualesquier efectos, guarden y cumplan la orden y traza siguiente: Primeramente, que el día del repartimiento y al mismo tiempo de darle a cada uno los indios que ha de llevarse, haga cuenta del salario y jornal que al cabo de la semana o mes, porque se reparten los indios, han de haber, y ésto deposite luego la persona que los llevare, y se ponga en un arquilla de tres llaves, que la una tenga el juez repartidor y las otras dos los diputados que fueren por su turno, como es costumbre; y a los indios se dé a entender que allí queda depositado el dinero de su jornal, para que al cabo de su tequio no tengan que aguardar al minero, labrador u otra persona que los ha de pagar, sino que se vengan a la misma parte donde fueron repartidos, que allí se lo darán. Y para esto, el juez repartidor y los diputados que tuvieren las dichas llaves, que el día siguiente, como fuere cumplido el tequio de los dichos indios que así reparten, se hallen luego de mañana en el dicho repartimiento para que en llegando los vaya pagando y enviando a sus casas, sin detenerlos un punto. Y esto se entiende con los indios que fueren a servir a haciendas que no disten más de tres leguas de la parte donde se ha hecho el dicho repartimiento, porque los que fueren a servir fuera de las dichas tres leguas, no conviene vuelvan tan lejos por su jornal, sino que a las personas a quien sirvieren se lo paguen allá, para que de allí vayan pagados a sus casas; y en este caso encargo y mando a los dichos

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jueces repartidores que tengan mucho cuidado de informarse a menudo de la manera como son tratados y pagados estos indios, que por la distancia de las haciendas no vuelven por la paga al dicho repartimiento. Los dichos jueces repartidores y cada uno de ellos, al tiempo de pagar a los dichos indios, vean si vienen tanto como se enviaron a aquella hacienda, y si faltare alguno o algunos les pregunte a los demás, por intérprete fiel, dónde quedan o porqué no vienen con ellos, y si el dueño de la dicha hacienda o la persona que por él los llevó dio algunos a otras personas. Y asimismo sepa de los dichos indios en qué y como se han ocupado, y si han trabajado de noche o en los días de fiesta o les han hecho otros agravios y malos tratamientos de los que ahora se presumen y entienden. Y si parecieren algunos, proceda contra las personas dueñas de las haciendas y las demás que fueren culpadas, conforme a su primera instrucción. Y si por dicho de unos indios constare que otros quedan detenidos o se echare de ver que lo están, pues no vienen por su paga a la hora señalada, los dichos jueces repartidores envíen, a costa de los culpados, una persona con vara de justicia para que suelte a los dichos indios; y demás de esto procederá contra los que hubieren detenido, conforme a las ordenanzas de la dicha primera instrucción. Y porque suele acontecer que los indios se huyen y no es justo que las personas que se habían de servir de ellos queden defraudados en el servicio y en el dinero, cuando esta fuga de los indios o de algunos de ellos sucediere y lo dijeren las personas a quien se habían dado, les recibirán juramento en forma los dichos jueces repartidores a las tales personas y a las demás que citaren, de que lo entendieren o pudieren ver; y constando por el dicho juramento y sin escribir ninguna cosa, les volverá el dinero que hubieren depositado, si la fuga pareciere que fue antes de haber servido ningún día, y si hubieren huido al medio de la semana o en algún día de ella, después de haber comenzado a servir, contando a real por

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día, y al respecto lo que así hubieren servido y merecido aplico desde luego para el Hospital Real de los Indios, como de antes está mandado, y lo demás se vuelva a la persona que lo había depositado. Y para que haya buena razón y cuenta de lo que así perteneciere al dicho Hospital Real de los Indios, los dichos jueces repartidores tendrán cada uno un cuaderno aparte, donde escriba cada día de paga lo que se aplicare para el dicho hospital, y firme el dicho juez repartidor, y de este capítulo se dé noticia al mayordomo del dicho Hospital Real de los Indios, para que si quisiere por su persona o por otra interpósita, pueda hallarse presente a la paga de los dichos indios y darles a los dichos jueces repartidores cuaderno de su rúbrica y firma, donde asienta cada semana lo que le pertenece al dicho hospital, como dicho es. Y para que todo lo susodicho haya cumplido efecto y se pregone este auto en cada uno de los repartimientos que están dentro de diez leguas de esta ciudad, se envíe a cada uno de ellos otro mandamiento como éste, con un escribano que lo haga pregonar y dé fe al pie de él de haberlo hecho, y para que mejor se cumpla se le dé a cada escribano a razón de tres pesos cada día de los que en ellos se ocupare, y hecha la cuenta por el secretario infrascrito de la cantidad que es menester, se haga una libranza para que se pague de la caja del medio real de los indios que está a cargo del secretario Cristóbal de Osorio. Y a los demás repartimientos que están fuera de las dichas diez leguas, así de minas como de labores, se envíe otro tanto, y copia de este dicho mandamiento a las justicias ordinarias de las partes donde hubiere repartimiento y jueces repartidores, para que las dichas justicias los entreguen a los dichos repartidores y les aperciban que hagan cumplir y guardar todo lo susodicho, y del dicho entrego me envíe testimonio ante escribano. Hecho en México, a 25 días del mes de agosto de 1599 años. El conde de Monterrey; por mandado del virrey, Pedro de Campos.

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Bibliografía recomendada: Silvio Zavala, El servicio personal de los indios en Nueva España, México, El Colegio de México, 1984, - v. ________________________________________________________

Real cédula prohibiendo el repartimiento de trabajadores indios.153 El sistema de repartimiento motivó muchas críticas de los religiosos y quejas de los afectados por los muchos abusos a que se prestaba y lo pesado de la prestación en un momento de retracción demográfica. La Corona decidió en 1632 abolir el sistema, excepto para las minas (como Real del Monte y Guanajuato) y obras públicas (como los trabajos del interminable canal de Huehuetoca). La argumentación se remitió a los abusos y perjuicios cometidos en daño de los indígenas, pero por otro lado puede asimismo correlacionarse con la consolidación de la adscripción permanente y hereditaria de los trabajadores a las empresas mediante el endeudamiento –lo que en el caso de las haciendas se menciona como “peonaje”. La real cédula fue utilizada posteriormente con mucha frecuencia por los indígenas para protestar y pedir exención de muchos “servicios” locales de trabajo obligatorio, como los que demandaban las cabeceras indígenas, los curas párrocos y los funcionarios locales El rey. Marqués de Cerralvo, pariente, mi virrey, gobernador y capitán general de las provincias de la Nueva España o a la persona o personas a cuyo cargo fuere su gobierno. He sido informado que el principal acabamiento de los indios consiste en los repartimientos que de ello se hacen, sin que resulte de conservarlos, conveniencia, utilidad ni beneficio al labrador ninguno, sino antes opresión e inhumanidad de los jueces repartidores; y que conviene a la conservación de los dichos indios y descargo de mi real conciencia se quiten totalmente los dichos repartimientos, y habiéndose visto en mi Consejo Real de las Indias, juntamente con lo que dijo y alegó mi fiscal en él, porque quiero saber lo que acerca de lo

. Fuente: Silvio Zavala y María Castelo, Fuentes para la historia del trabajo en la Nueva España, México, Centro de Estudios para la Historia del Movimiento Obrero, 1980, vol. VI, p. 622-24. Véase AGN, Indios,13, f.28-32; también (con algunas variaciones) en AGN, General de Parte, 7, 321-322.
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referido se os ofrece y convendría proveer, os mando me informéis sobre ello y en el entretanto ejecutaréis en esta parte lo que pareciere más conveniente, atendiendo a que el repartimiento de los dichos indios sea con toda moderación, en conformidad de las órdenes que tengo dadas en esta razón. Hecha en Madrid, a 19 de agosto de 1631 años. Yo el rey; por mandado del rey nuestro señor, don Fernando Ruiz de Contreras. Y habiéndola obedecido, besado y puesto sobre mi cabeza, como se debe, pedí su parecer a los cabildos eclesiástico y seglar de esta ciudad de México y oí los de otras personas particulares de las partes y calidades que para esto se requieren, y habiéndolo comunicado también con el real acuerdo para que la resolución sobre cosa tan grave y nueva fuese más acertada, usando de la facultad que su majestad por dicha real cédula me da para que en el ínterin que en su Real Consejo se determina lo que convenga sobre el informe que tengo remitido a él, yo ejecute lo que tuviere por conveniente, he tenido por bien de mandar, como mando en nombre de su majestad, por la razón dicha y como su virrey, lugarteniente en este reino, que desde el primer día del año que entra de 1633 en adelante, todos los jueces repartidores de repartimientos que no fueren para minas cesen en el uso de estos oficios, dejando a los indios en su libertad para que sirvan a quien mejor partido y tratamientos les hiciere o se ocupen en lo que les fuere más conveniente, y las justicias los amparen en esto sin consentir que en ello se les haga violencia ni compulsión, pena de privación de oficio al que lo contrario hiciere o consintiere. Y por cuanto en los repartimientos para el beneficio de las minas corren algunas razones particulares que hacen la materia más dudosa, lo remito a la resolución que su majestad fuere servido de tomar sobre ello en su Real Consejo, y el ínterin no se innove la costumbre, advirtiendo como advierto de nuevo a las justicias jueces repartidores de minas, que tengan particularísima atención a que así en ellas como en el camino de ida y vuelta sean los indios muy bien

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tratados y pagados, no detenidos más que los días porque son repartidos, guardándoles todas las ordenanzas que en su favor hablan, sobre lo cual, demás del cargo y castigo que se les hará por las transgresiones u omisiones, les encargo las conciencias y pongo por cuenta de ellas en esta parte la de su majestad y la mía, y mando que por cualquiera leve culpa del minero en el tratamiento, paga o detención del indio, no se le den más sin nueva orden mía o de quien me sucediere, y por la culpa que en esto tuviere el juez, aunque sea de omisión, pierda el oficio y no pueda ser proveído en otro de aquel género sin nuevo y particular suplemento, que así conviene al servicio de Dios y de su majestad y bien de este reino. Y para que venga a noticia de todos se pregone públicamente en la plaza de esta ciudad y en las demás partes y lugares de esta Nueva España que convenga y de este auto se den los duplicados que pidieren los indios y otras cualesquier personas. Dado en México, a 31 de diciembre de 1632 años. El marqués de Cerralvo. Bibliografía recomendada: Silvio Zavala, El servicio personal de los indios en Nueva España, México, El Colegio de México, 1984, - v. ________________________________________________________

Bando sobre el trabajo de los peones de las haciendas.154 La legislación sobre las relaciones de trabajo es masiva y minuciosa en el siglo XVI, pero en los siglos posteriores comienza a hacerse escasa a mediados del XVII. El Imperio pasa por un periodo de crisis y desgobierno, que deriva un descuido del anterior estricto control de la vida colonial. Paralelamente, este es el periodo de la consolidación de la oligarquía novohispana, de la cristalización de la hacienda y del auge del peonaje. En el último cuarto del siglo XVIII, en cambio, ocurre un cambio en la actitud gubernamental que se manifiesta entre otros aspectos en una nueva preocupación por los “gañanes” o trabajadores de las haciendas. Se toman medida para asegurar su libertad de contratación y movimientos, que los propietarios no los retengan mediante el recurso al endeudamiento por encima de su capacidad de pago, y que no sean sometidos a cárceles y castigos privados. No se trata, propiamente hablando, de una política “indigenista” a la manera
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. Archivo General de la Nación, México, Bandos, vol. 13, f.. 344-346.

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lascasiana; estos funcionarios tenían por lo común una opinión poco favorable de los indios, a los que consideraban indolentes e irresponsables. Más bien, puede apreciarse un interés por recuperar el control de las relaciones laborales, evitar la sujeción de los trabajadores a sus amos, aliviar una tensión social que veían con inquietud, y quizás debilitar el poder de los hacendados que en muchas regiones constituían el verdadero poder. Esta nueva política laboral provocó el descontento de los hacendados y una agitación entre los peones, que reclamaban la aplicación literal del bando y en algunos casos se negaron a pagar sus deudas o seguir trabajando para sus amos. Don Matías del Gálvez, teniente general de los reales ejércitos de su majestad, virrey, gobernador y capitán general del reino de Nueva España, presidente de su Real Audiencia, superintendente de Real Hacienda y Ramo del Tabaco, juez conservador de éste, presidente de su Junta, y subdelegado general de Correos en el mismo reino, etcétera. La conservación y cuidado de los miserables indios, dignos siempre de la protección de los señores Reyes Católicos, ha sido uno de los principales puntos a que ha aplicado mis desvelos y primera atención desde que me posesioné del mando de este reino. Ellos deben ser privilegiados y mirados con consideración por las leyes, reales cédulas y órdenes, y por otros muchos justos motivos que les asisten y califican acreedores a toda protección y favor; pero a pesar de esto se ven en distintas provincias de este virreinato sufriendo así en uno como en otro sexo casi mísera esclavitud, crueles castigos, excesivas fatigas y convenciones injustas, con ofensa de sus derechos, trasgresión de las leyes y usurpación de la pública potestad. Deseando yo proveer de remedio a tantos males, mantener a los infelices indios su libertad, redimirlos de vejaciones y reglar sus trabajos, igualmente que cooperar al fomento de la agricultura en que estriba la subsistencia de todo el público y tiene recíproca dependencia con la conservación de los naturales, evitar en éstos la desidia que les inspira su falta de educación y el pernicioso ejemplo de sus padres, contenerlos en el justo yugo de la subordinación que deben guardar, y facilitarles suaves estímulos a la constante

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aplicación; he resuelto a pedimento del señor fiscal don Ramón de Posada, y con voto consultivo de esta Real Audiencia de 23 de diciembre del año próximo pasado de 1783, se observen en los territorios de mi mando las providencias y reglas siguientes: I. Los hacenderos han de llevar libros formales, y en ellos se expresarán con claridad y distinción los nombres de los operarios, sus trabajos, los jornales que ganan, los días que trabajan y aquellos en que se les ministra alguna cantidad a la cuenta, los alcances de las liquidaciones y razón de haberse satisfecho. II. A cada uno se le dará cartera firmada por el amo en que se han de apuntar a su presencia y satisfacción los suplementos que le hace, con líneas claras y distinguidas, de forma que ellos mismos las vean y conozcan, aunque no sepan leer, para que se cotejen con las de ésta las partidas del libro, al tiempo del ajustamiento; y no se deberá bonificar lo que no conste en ella, a menos que los indios pierdan estos comprobantes, en cuyo caso se estará para las liquidaciones a los libros de caja. III. Los amos están en obligación de mantener a los gañanes el tiempo de sus enfermedades y no precisarlos a trabajo alguno, y también si por ellas o por la edad se inhabilitaren; y cuando los remitan de correos a largas distancias les pagarán lo justo, les concederán días suficientes para el descanso y se los apuntarán como si hubiese trabajado. IV. En conformidad de la real orden de 23 de marzo de 1773, estando cerca de los pueblos de donde salen los indios para las haciendas, podrán ir a dormir a sus casas con sus mujeres, pues aunque disten media legua desde el amanecer hasta que salga el sol para ir a trabajar, y desde que se pone hasta anochecer para retirarse; pero siendo mayor la distancia no se les precisará a que se restituyan a los lugares de su vecindad, y se continuará la costumbre de que duerman en las trojes o tlapixqueras, separados los solteros de los casados.

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V. Ninguno podrá recibir operario que haya estado en otra hacienda, sin que por boleta de aquel administrador le conste no ser deudor, u obligándose, si lo fuere, el que lo recibe a pagar la dependencia con la calidad de que el descuento diario o semanario que se haga sea solamente de la cuarta parte, con atención a dejarle lo necesario para que se mantenga, pena de cincuenta pesos; y bajo de igual multa serán obligados los hacenderos a dar el papel al que se despida de la finca, y negándolo éste, lo ministrará el justicia, sin llevar derechos ni a los indios ni a los amos. VI. Cada cuatro meses, cuando más, se hará el ajuste de cuentas con los indios, y se les satisfará prontamente el alcance, sin que sean lícitas las convenciones de no ejecutarse hasta el año o en otros plazos. VII. Los indios gañanes y demás son libres como los más puros plebeyos españoles, y es en arbitrio y voluntad suya permanecer o no en las haciendas en que se hallen de sirvientes, irse a otras o a los pueblos, aunque deban cualesquiera cantidades y provengan de los suplementos o préstamos más privilegiados. Así es conforme a las leyes 37, título 18, Libro 2, 37, título 8, Libro 6, y a la real cédula de 4 de junio de 1687 en que se leen las siguientes cláusulas: mando que ningún español dueño de hacienda y otra persona alguna pueda apremiar ni apremie de aquí en adelante a ningún indio a que vaya a servirles, sino es que éstos lo hagan voluntariamente, y más adelante, dejando como dejo la elección de trabajos voluntad de los mismos indios. VIII. Considerando yo la inclinación de estos naturales a la ociosidad y su perjudicial desidia, bien explicada en las leyes 23, título 2, libro 5, título 12 y I, título 13, libro 8, prevengo muy estrechamente a los gobernadores, corregidores, alcaldes mayores y demás justicias que cuiden con particular celo y atención de que ningún indio viva ocioso,

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que todos trabajen y se ocupen en propio o en ajeno trabajo, sin excusa, todos los días que no sean de los prohibidos de trabajar. IX. Ruego y encargo a los curas párrocos y demás eclesiásticos, concurran por su parte a este objeto importantísimo, haciéndoles entender que castigaré con la mayor severidad los vagos, díscolos, ociosos, incorregibles, y abandonados a la holgazanería y a la ebriedad, y persuadiéndoles y aconsejándolos a todas horas a que no desamparen las gañanías y haciendas en que sean bien pagados, tratados y atendidos con humanidad, y que vayan a ellas a sus tiempos a auxiliar a los hacendados y agricultores en sus últimas ocupaciones y fatigas, debiendo éstos entender el abrigo y protección que siempre hallarán en mí, la que también quiero les dispensen desinteresadamente los justicias, facilitándoles sin apremios ni violencias de los indios por repartimientos, los que hubieren menester en el número y con las calidades prevenidas en las leyes. X. Ordeno que se paguen a los indios sus trabajos en dinero en efectivo, tabla y mano propia, según se ajustaren y convinieren con sus amos o se halle establecido por costumbre legítima y bien recibida, y que no sea en ropa, maíz, vino, aguardiente, yerba o brebajes. Así está dispuesto en las leyes 16, libro 6, título 10, 7, título 13, libro 6 y en la misma real cédula de 4 de junio de 1867 que estimó por conveniente no tasar (como se proponía) en ciertas cantidades los salarios y jornales de los indios, desaprobándose tácitamente en esta parte la ordenanza de mi antecesor duque de Alburquerque, porque los jornales deben ser respectivos a los tiempos y provincias, y variar según las circunstancias. XI. Con ningún pretexto ni motivo, aunque sea el de pagar las obvenciones de casamientos, bautismos, entierros, etcétera, podrán suplirse a los indios más de cinco pesos a cuenta de su trabajo. Los curas deberán cobrar sus derechos parroquiales, sin apremios y del mejor modo que pudieren, y en defecto perdonarlos a esta pobre y miserable gente,

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porque según la ley 10, libro I, título 18 de la Recopilación de estas Indias, nada deben exigirles los párrocos en derechos ni otra ninguna cosa por pequeña que sea. XII. Además de los cinco pesos dichos, podrán los labradores cobrar de los indios lo que les hubieren suplido en dinero para la paga de tributos, si lo acreditaren, quedando en su vigor y fuerza los capítulos 73, 74 y 75 de la ordenanza de este ramo aprobado por real cédula de 8 de junio de 1770, y lo mismo debe entenderse de lo que se supliese a los indios para sus necesidades gravísimas domésticas, acreditándolo con certificación del alcalde mayor o cualesquiera de sus tenientes. XIII. Lo ordenado en los dos antecedentes artículos 11 y 12 no comprende a los operarios de otras castas, como españoles, plebeyos o del estado llano, negros, mulatos ni mestizos de segundo orden, porque a todos éstos, como personas hábiles y capaces de contraer, se les puede adelantar todo lo que pidiesen y lo deberán satisfacer en la misma especie de dinero o con su trabajo en la misma hacienda, que no podrán dejar hasta que lo verifiquen, a menos que los amos, abusando de su suerte, procuren con dolo y seducción querer esclavizarlos en su servicio, sobre lo que celarán y velarán los jueces del partido y los visitadores. XIV. No se deben tratar los indios con rigor ni encerrar en prisiones, aunque se huyan, ni ser azotados por vía de corrección, ni compelidos a fatigas excesivas; pero trabajarán con cuidado y sin distracción alguna de sol a sol, menos las dos horas de descanso a la sombra de las doce a las dos de la tarde, como previene muy cristianamente la real orden de 23 de marzo de 1773, mandada observar y publicada por bando en 14 de julio del mismo año. XV. Cuando los indios no tengan que trabajar en las haciendas donde sirven, no se alquilarán por cuenta de ellas en otras para tomar los dueños sus jornales para sí,

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abonándoles a los indios el menor que ganan en la hacienda de que los alquilan. Está prohibida toda especie de conciertos, traspasos y cesiones sobre el trabajo de indios por las leyes 29, título I y 18, título 13, del libro 6, y se castigará su contravención rigurosamente, pero tampoco lo podrán hacer en otra parte sin consentimiento del dueño de la hacienda cuando éste tenga en qué ocuparlos, en el caso de estar en ella en calidad de gañanes o repartidos por cuadrilla por alguna temporada, porque en estos casos el primer amo debe ser preferido en el trabajo pagándole igual jornal. XVI. No se obligará a las mujeres de los indios a servir en las casas, y a las que se acomodaren de su libre voluntad no se destinarán a trabajos impropios y sobre las fuerzas de su sexo, sino en lavar, moler, guisar o semejantes, y se les facilitará la cal, leña, agua y además de la ración del maíz se les asistirá con algún salario mensual. Esto se entenderá también respecto de las indias solteras; pero no deberán concertarse sin la voluntad de sus padres como manda la ley 14, del título 13, libro 6, guardándose en cuanto a los indios que tengan edad de tributar la ley 9 del mismo título y libro. En cada hacienda se pondrá un ejemplar de este bando con obligación de tenerle siempre, pena de quinientos pesos, y expresa prohibición de encierros, prisiones, chirriones y castigos, con cuyo piadoso objeto se hará cada seis años una visita general de todo el distrito de la Real Audiencia por uno de los señores oidores, según las leyes previenen y su majestad mande; y en la visita particular que todos los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores deben de hacer de sus partidos informarán al gobierno y a la audiencia del estado y arreglo de todas las haciendas, siendo la omisión de este informe capítulo de residencia. XVIII. Para que se logren los fines de las apuntadas providencias pasarán los justicias a las haciendas de sus partidos y las harán notorias a los indios por medio de

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intérpretes, imponiéndoles perfectamente en su tenor y advirtiéndoles que en caso de faltárseles a cualesquiera de ellas deben ocurrir al justicia, quien se la administrará en lo que la tuvieren a costa del amo que los agraviare; y a los hacendados, sus administradores o mayordomos notificarán la pena de mil pesos que les impongo con las más que reservo y irremisiblemente sufrirán los contraventores. XIX. Y a fin de que a ninguno pueda disculpar la ignorancia, se publicarán por bando en esta capital y en todas las jurisdicciones del reino, remitiéndose número competente de ejemplares impresos, que se comunicarán y dirigirán por cordilleras a todos los tribunales, los ilustrísimos señores arzobispos y obispos de este virreinato en la forma de estilo. Dado en México, a 3 de junio de 1784. Bibliografía recomendada: Silvio Zavala, El servicio personal de los indios en Nueva España, México, El Colegio de México, 1984, - v. Isabel González Sánchez, Haciendas, tumultos y trabajadores. Puebla-Tlaxcala, 1778-1798, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1997, 181 p. ________________________________________________________

Capítulos que por instrucción y delegación de la ciudad de México fueron expuestos ante su majestad por los procuradores Loaiza y Cherinos.155 La proclamación de las Leyes Nuevas en la ciudad de México provocó gran descontento y agitación. Los funcionarios virreinales, mostrando tacto y habilidad política, convencieron a los colonos que la mejor vía para solucionar sus agravios era enviar procuradores o representantes que informaran al rey de la situación, expresaran sus quejas e hicieran otras peticiones que les parecían justas y necesarias. El ayuntamiento de la ciudad de México –que por entonces, extraoficialmente, representaba al conjunto de los vecinos españoles- envió unos “capítulos” que en cierto modo configuran su programa político. Se trata de la utopía de una sociedad señorial, donde los españoles “beneméritos” tendrían el derecho hereditario al trabajo y al tributo de los indios y, por lo mismo, velarían sobre la conservación y bienestar de sus súbditos. Podría a primera vista parecer un anacronismo feudal, si no se observara la petición de que se repartan tierras para establecer labores de
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. Fuente: Mariano Cuevas (ed.), Documentos inéditos del siglo XVI para la historia de México, 2a.ed., México, Porrúa, 1975, p.109-118.

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trigo, viñedos, estancias de ganados y talleres de sedería. Estos colonos que por un lado desean convertirse en señores de tierras y hombres, tienen intenciones empresariales que los vinculan con el mercado internacional. Los “capítulos” incluyen una sutil amenaza: si se siguen las opiniones desatinadas de quienes poco saben (como las de “un fray Bartolomé de las Casas”) el rey corre el riesgo de perder sus dominios indianos, porque no tendrá quien lo defienda ante el peligro latente de la rebelión indígena. El texto ha llegado hasta nosotros con notas marginales, al parecer de algún ministro del rey que examinaba las propuestas que parecían dignas de concederse. México, 28 de noviembre de 1542. Lo que la ciudad de Tenochtitlan México pide y suplica a su majestad haga merced, que conviene para la seguridad y perpetuación de toda la Nueva España de que llevan cargo y poder los señores licenciado Francisco de Loaisa, oidor, y Peralmíndez Cherinos, veedor156, es lo siguiente: Que su majestad haga merced a los que tienen indios encomendados en su real nombre, sea la encomienda perpetua, porque no siendo así, las personas que tienen los dichos indios, visto que la merced no es perpetua y que cada día <que> pasa no se arraigan ni perpetúan para vivir y permanecer en la tierra, antes por esta causa tienen respeto a adquirir lo que pueden para con ello permanecer y heredar a sus hijos en sus patrias donde están ciertos no les faltarán deudos y con lo que llevaren arraigarse, lo cual se ha visto así, y se excusaría con la dicha perpetuidad, porque con ella tomarán deudos en esta propia tierra y tendrán artenidad (sic) ellos y sus descendientes tener sustentamiento. Suplíquese a su majestad consigan y hayan la dicha merced los hijos naturales, no teniendo los tales comendatarios legítimos porque así conviene para la dicha perpetuidad.(Nota marginal: “No ha lugar y que se guarde lo que su majestad tiene ordenado”. Que su majestad haga merced a esta tierra de dar de comer a los conquistadores y otras personas que han venido a poblar y están en ella, que no tienen indios encomendados,
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. En los primeros años de la conquista, encargado de la recaudación de las rentas reales.

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prefiriendo a los conquistadores y casados, lo cual sea de los indios que se dan y andan en corregimiento, y que puesto que algunas cabeceras principales y de importancia convenga quedan y están en cabeza de su majestad, se haga el dicho repartimiento de lo demás, y sea perpetuo según de suso se suplica por las causas dichas en el capítulo antes de este. Lo cual será más servicio de su majestad, pro y utilidad de toda la tierra, y proveerse los dichos corregimientos, así porque con los salarios que se dan en ellos las más personas a que se proveen no se pueden sustentar, como porque haciéndose el dicho repartimiento procuren los tales comendatarios granjerías de coger y sembrar trigo y otras semillas de la tierra, y de tener y criar ganados y hacer y plantar viñas y otras heredades, lo cual será ayuda para sustentarnos y causa de la dicha perpetuidad, de que asimismo los naturales recibirán beneficio porque como se tenga perpetuo serán bien tratados y procurarán siempre sean aumentados y que permanezcan, lo cual no se ha sentido ni visto de los corregidores, porque, como se les da por un año, todos trabajan y su fin es cobrar su salario sin tener respeto a otra conservación y aun con el poder de justicia que tienen, se ha visto hacerles opresiones por sus propios intereses de que los dichos naturales han recibido y reciben y dado, y han sido castigados por ello los dichos corregidores. (Nota marginal: “Idem”). Y porque el verdadero remedio para poblar y perpetuar esta tierra y que se conserve, es que haya en ella muchos españoles que aunque se dé de comer y haga según de suso se dice, no hay en tanta cantidad que a todos se puedan dar indios, es necesario para animar los dichos españoles a que vengan y estén en estas partes, porque con el mucho número de ellos todo esté seguro, se suplique a su majestad, sea servido hacer merced a toda esta Nueva España sea franca perpetuamente de todo pecho157 o diezmo158 y alcabala, así de
. En sentido genérico, impuesto o contribución pagada al rey. . . Contribución que se cobraba para el sostenimiento de la Iglesia sobre todos los productos agropecuarios, equivalente a un décimo de la producción. Los indígenas estaban exentos siempre
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labranza y crianza como de ventas y contrataciones, como ahora se usa, porque con esta libertad y franqueza esta dan causa vengan a poblar y permanecer en esta tierra; y que su majestad lo conceda es justo, porque costumbre antigua es que las tierras que se ganen y están en frontera de enemigos, por los peligros y trabajos que tienen los que en ellas viven por la conservación y seguridad de ellas, concederles y se les ha concedido la dicha franqueza, y así se hizo con las ciudades de Granada, Antequera y Alcalá la Real y con otras ciudades de España, pues quien se puede decir no está puesto a tanto peligro como los españoles que en esta Nueva España estuvieren porque no tan solamente están en frontera de enemigos, pero en tanto número de ellos. (Nota marginal: “Que gocen de lo proveído y en lo demás para lo venidero se consultará a su majestad”.) Suplicar a su majestad haga merced a esta ciudad de propios y rentas convenientes según la calidad de ella, pues es cabeza de toda esta Nueva España, y estando ella próspera y engrandecida todo lo está, y seguro, en especialidad que tiene necesidad de los dichos propios para sustentar puentes y fuentes, calzadas, y pagar los salarios de regidores, letrados y procuradores, mayordomo, obreros, porteros y otros oficiales, y para tener posibilidad de enviar mensajeros a su majestad cuando convenga pronto le informar y suplicar lo que a su real servicio y bien de esta tierra conviene y para otras necesidades muy necesarias que cada día se ofrecen, y que su majestad sea servido señalar la cantidad necesaria para ello y situarlo en la cantidad de su almojarifazgo o quinto de su fundición de esta Nueva España o haciéndole merced de algunos pueblos, para que las cuentas y granjerías de ellos sean propios de ella, como se señalaron por el señor marqués del Valle siendo gobernador de esta Nueva España, y los tuvo y poseyó en la laguna de esta dicha

que no cultivaran productos europeos.

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ciudad. (Nota marginal: “Que envíe la Audiencia relación de la orden que se ha tenido y de la orden que se debe dar para que se supla a estos gastos públicos”) Y porque el número de los naturales es mucho, tanto que para un español hay más indios que todos los españoles que al presente están en esta Nueva España, y siempre van en crecimiento, saber, entendimiento, ánimo, según se ve de cada día y se vio en los alzamientos que se hicieron el año próximo pasado en la provincia de Jalisco que pacificó y castigó el ilustrísimo señor don Antonio de Mendoza, virrey de su majestad, conviene en esta ciudad, pues es cabeza de toda esta tierra o en que en ésta la seguridad de ella esté fuerte y segura, para la conservación y defensa de todo y ofender de ella a los contrarios si conviniere, suplíquese a su majestad sea servido de mandar dar orden y que se provea en la fortaleza y seguridad de esta dicha ciudad así y que se hagan en ella las fuerzas necesarias como en que estén las calzadas, entradas y salidas, fuertes y seguras, como lo que más conveniente y necesario sea, y porque esta dicha ciudad ha suplicado al dicho señor virrey sobre lo susodicho y su señoría ha respondido que es bien se provea según que todo se ve en los autos de ello firmado y signado de Hernando de Sierra, escribano del cabildo de esta dicha ciudad, llevarse ha el testimonio de lo susodicho con estos capítulos y hacerse ha presentación de ello a su majestad para que por su majestad visto lo mande proveer como más sea servido. Y con esto cumplimos con lo que somos obligados, pues informamos a su majestad de la verdad y lo que es su servicio y conviene para la seguridad de esta tierra, mayormente estando como está tan remota de socorro de España. (Nota marginal: “Que se escribirá al virrey y la Audiencia”). Suplicar a su majestad sea servido de hacer merced a esta ciudad y Nueva España de que haya en esta dicha ciudad universidad de estudio de todas ciencias porque los hijos de los españoles y naturales las aprendan y se ocupen de toda virtud y buenos ejercicios, y

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salgan y haya letrados de todas facultades porque de mejor voluntad huelguen de permanecer en la tierra, pues está notorio el mucho inconveniente y gastos que hay si los españoles hubiesen de enviar sus hijos a los estudios de España; que para que esto se efectúe su majestad sea servido situar la renta necesaria para que de todas ciencias haya cátedras, y pues para los naturales ha sido su majestad servido de proveer y mandarlo así 159, con mayor razón y justa causa es justo se haga la dicha merced para los españoles pues cuanto hay tanta ... <una palabra ilegible> de ellos legítimos y naturales. (Nota marginal: “Consulta con su majestad”). Y porque en esta dicha ciudad y Nueva España hay ya mucho número de doncellas hijas de españoles, legítimas y naturales, hijas de personas honradas y principales, y todas no se pueden casar, así por no tener con qué les dotar como por otros justos impedimentos, suplíquese a su majestad sea servido dotar en esta ciudad dos monasterios, uno de la orden de señor San Francisco y otro de la orden de señor Santo Domingo, en que las tales doncellas se metan y sean monjas. Y pues los Reyes Católicos, progenitores de su majestad los fundaron y dotaron en la ciudad de Granada, que se ganó como se ha ganado este reino, con más justa causa su majestad lo debe hacer en estas partes, pues de ello resulta servicio a Dios nuestro señor de su majestad, y gran merced, pro y utilidad a los españoles en ellos por la seguridad del estado de las tales doncellas. (Nota marginal: “Que por ahora no ha lugar”). Suplicar a su majestad que porque en esta tierra es subido y excesivo el precio que se lleva por las cosas de herramientas para el servicio de la labranza y crianza e instrumentos que se hacen para las minas de oro y plata y otras cosas, la causa de lo cual es
. Se refiere al Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1536 como casa de estudios (aunque no universidad) para hijos de nobles indígenas. Esta petición del ayuntamiento fue apoyada por el virrey Mendoza y es el antecedente directo de la fundación de la Universidad Real y Pontificia de México, en 1551.
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no venir de Castilla a estas partes el hierro que es menester, su majestad sea servido de mandar que todos los navíos que a estas partes vinieren, sean obligados a traer y traigan cada uno cien quintales de hierro, y más lo que su majestad mandare, porque haciéndose así, habrá abundancia de hierro y cesará la dicha carestía. (Nota marginal: “Al virrey y la Audiencia, que pues allá hay hierro, que den orden como allá haya hierro”). Y por cuanto los vecinos y moradores de esta Nueva España tienen hijos, y para que con más voluntad huelguen de los poner en toda virtud y a que aprendan ciencia y es justo que los virtuosos sean remunerados, suplíquese a su majestad sea servido que los beneficios de esta Nueva España sean patrimoniales, y que el proveer de dignidades, canonjías y raciones, se tenga memoria de las personas hijos de vecinos y moradores de esta Nueva España en quien concurran méritos para ello y que sean preferidos en la provisión de lo susodicho. (Nota marginal:"Que así ordenando por las erecciones y se suplica habiendo hijos patrimoniales".) Y porque entendido por el dicho señor virrey cuanto pro y utilidad viene que en esta Nueva España se críe y labre seda, y que en esta dicha ciudad estén los telares de ella así por la fidelidad y buena orden que se debe tener en el labrar de la dicha seda, como por el mucho acompañamiento que se requiere de españoles en esta dicha ciudad, según la grandeza de ella, y porque para el uso y ejercicio de ello se han hecho ciertas ordenanzas, las cuales se han confirmado por su señoría y se usan y guardan, suplicarse ha a su majestad confirme las dichas ordenanzas y haga merced a esta dicha ciudad por privilegio perpetuo de lo en ellas contenido, porque demás del mucho provecho y gran beneficio que toda la tierra recibe en el criar y labrar de la dicha seda, ésta dicha ciudad lo recibe que en ella estén los telares del labrar de ella, porque con ello es causa que más y mejor se pueble y sustente. (Nota marginal: “Que ya está proveído”).

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Y aunque esta ciudad tiene por cierto que el dicho señor virrey y Audiencia Real, oficiales de su majestad escriben el gran daño que generalmente reciben los vecinos de esta tierra que entienden en las minas de oro y plata, en les haber llevado el quinto, siendo tantas las costas que en lo susodicho gastan, y tan grande la careza de los esclavos, tanta que por la mucha costa se cree y tiene por cierto muchos no quieren entender en minas y renunciarán sus haciendas, teniendo cierto que quito (sic) costas interésense el dicho quinto, suplíquese a su majestad sea servido de mandar que se lleve el diezmo, porque siendo así, los tales que andan y procuran vivir por minas se podía sustentar y otros se animarán a entender en ellas, y de esta manera será más lo que se habrá del dicho diezmo que lo que se ha de quinto y todos recibirán mucha utilidad y provecho y las rentas y patrimonio real de su majestad irán en más crecimiento. (Nota marginal: “Que ya está proveído”). Y porque esta tierra es grande y en ella hay y ha de haber obispos, de cuya causa es necesario haya en estas partes arzobispado que sea cabecera de los obispados que hay y hubiere, así para que se ocurra al arzobispo en las quejas de agravios que de los obispos y de sus jueces y oficiales hubiere, como para que en las juntas quede prelados y religiosos hubiere para las cosas que conviniere haya la dicha cabecera; y no se puede alcanzar justicia de los tales agravios por la mucha dilación y gastos que para ello es menester, habiendo de ir al remedio de ello a Castilla, de cuya causa, y porque muchos no tienen con que sustentar las dichas costas, muchos se quedan con sus quejas y agravios y no alcanzan su justicia, suplíquese a su majestad sea servido suplicar a nuestro muy santo padre que la iglesia y obispado de esta ciudad sea arzobispado metropolitano en esta Nueva España; porque todos los casos que se ofrecieren, así en lo tocante a lo que dicho es, como en lo que más convenga, haya la dicha cabecera y superioridad ante quien se pida justicia y se haga en los dichos agravios y quejas. Y en el entretanto que lo susodicho se proveyere, sea su

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majestad servido que se provea juez conservador para que en lo pasado, presente y porvenir conozca y sea juez de apelaciones y en lo uno y en lo otro conozca y oiga a los querellosos contra los dichos obispos y sus jueces y oficiales y otras religiones, y haga justicia a las partes, porque por falta de esto reciben daño las repúblicas. Y no haya lugar, como se ha visto, que los clérigos que en un obispado han hecho delitos, se pasen al otro, y no teniendo como no tienen jurisdicción el obispo del obispado donde huyó en él donde se va, se quedan sin castigo. Todo lo cual cesará proveyéndose según es dicho.160 (Nota marginal: “Consulta”). Y porque al servicio de su majestad conviene haya en esta tierra mucho número de esclavos negros, así para sustentación de las dichas minas como para otros servicios, suplíquese a su majestad sea servido de dar licencia y facultad generalmente a todos para que puedan traer y traigan a esta Nueva España los dichos esclavos pagando en los puertos de ella su almojarifazgo, sin tener necesidad de otra licencia, porque de venir como y por la vía que hasta aquí han venido, han recibido mucha vejación las personas que en ello han entendido, lo cual será gran merced y beneficio a toda esta tierra y acrecentamiento de la hacienda de su majestad. (Nota marginal: “No ha lugar”). Y porque conviene para la seguridad de esta Nueva España que por todas vías se aumente esta ciudad y población de españoles en ella, suplíquese a su majestad sea servido para efecto de lo susodicho, de mandar que de todos los pueblos de esta ciudad comarcanos, se tomen tierras para dar y repartir por los españoles vecinos de esta dicha ciudad, para labranzas de trigo y otras semillas de la tierra, y otras semillas de la tierra, y hacer viñas y otras heredades en que se arraiguen y perpetúen en ella y sea parte para su sustentación; y porque lo susodicho se efectúe se dé para ello facultad al dicho señor virrey,
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. El arzobispado de México fue creado poco después, entre 1546-48.

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y para que si algunas tierras conviniere se tomen para lo susodicho a los naturales, dándoles en recompensa en otras partes lo que así se les tomare. (Nota marginal: “No ha lugar”). Y pues una de las principales cosas y que más conviene al servicio de Dios nuestro señor y de su majestad, y bien y acrecentamiento y perpetuidad de estas partes es que su majestad sea informado de todas las cosas de acá, según y como son y pasan, y esto no hay persona de ningún género ni calidad que sea que así lo pueda hacer, que el dicho señor licenciado Loaiza, oidor, por haber tantos años que ha sido parte principal en la gobernación y justicia de esta tierra, como ser uno de los oidores de esta Audiencia y Cancillería Real, y allende de esto que siempre por comisión del dicho señor virrey ha asistido en el cabildo y ayuntamiento de esta dicha ciudad, y el dicho Peralmíndez, veedor general y oficial de su majestad y voto en este cabildo, y le son notorias todas las necesidades, trabajos y miserias que esta ciudad y tierra padece y aun muchas más de las que por estos capítulos se suplica y han visto por experiencia y al presente ven los términos tan desasosegados y inconstantes que en esta Nueva España pasan y tan peligrosos, pues de dos años a esta parte, a dichos de prelados y de religiosos, caballeros y todo género de más gente, se pasó tan gran peligro de que se esperaba mucho daño sino viniera como vino tan breve el remedio y sosiego con el próspero suceso del dicho señor virrey, que con tanto trabajo suyo y de los que fueron en la jornada se castigó y allanó rebelión tan endiablada y se tomó enmienda de los frailes que martirizaron y de muchos españoles que mataron y de tantas abominaciones que intentaron, y como no sólo fue victoria especial en aquella parte sino general en toda la tierra y según los malos deseos y malas muestras que en toda la tierra y en todos los naturales parecieron, y como desde esta victoria acá el aumento de vecinos y mucho género de oficiales ha ido en harto número y acrecentamiento y el labrar de casas y plantarse heredades, y con más calor se ha mostrado en muchos voluntad de

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arraigarse y perpetuarse en estas partes, y como son tan delicados y tan varios los sucesos de acá al presente, con sólo cartas de particulares sin haber visto cédula en provisión de su majestad, en que dicen las cosas que algunos o algún religioso intenta en mudanza y desasosiego de las cosas de estas partes, en especial de un fray Bartolomé de las Casas, que conciencia ni experiencia no le pueden constreñir a lo que hace, a lo menos en lo de esta Nueva España, pues no lo ha visto ni entendido, ni residido en ella, ha puesto tanto desasosiego, tanta tibieza general y tanta baja en el valor de las raíces y granjerías de la tierra, que da ocasión que, sin ver de que se tema, temamos. Conviene que en nombre de esta gran ciudad o de esta Nueva España, su majestad sea informado de todo lo que pasa y, aunque tenemos por cierto que el deseo y voluntad de su majestad es servir a Dios nuestro señor y proveer lo mejor y que más convenga y hacer a todos mercedes, suplicarse ha a su majestad que a los religiosos y personas particulares que por ventura buen celo les mueve, su majestad sea servido oírles pero no para que sean partes para que su majestad y su muy alto Consejo, por información de los tales, se determine desde allá las cosas de acá necesarias determinadas, porque aun suele acontecer pedirse cosas, y escribirse y suplicarse, que después de venidas si se usaran fueran dañosas, por la constancia que hay y por lo que se tarda el remedio; y pues siempre ha de residir persona de gran reputación como al presente reside y Cancillería Real de personas doctas y entendidas en cargo tan excelente y tan grande, no se les quite lo que es a ellos de hacer por informaciones de religiosos ni de otras personas particulares, porque, aunque se muevan con buen celo, no son tan capaces que entiendan fundar un nuevo mundo y una nueva iglesia como lo es en estas partes, y donde van las cosas y tan delicadas y tan insertas unas doctrinas que pocos en el mundo las entenderían sino el que las tiene entre manos, y de esto y de todo

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informarán a su majestad como personas que en tales cargos han estado y copiosamente de todo lo que conviene, para efecto de todo lo que de suso se suplica y cualquier cosa de ello. Suplicarse ha a su majestad sea servido que en esta ciudad haya hermandad general conforme a las leyes del reino, y que un alcalde de los que fueren cada un año, sea del regimiento de esta ciudad por antigüedad, y el otro de los honrados hombres del pueblo. Porque siendo uno del regimiento no dejará el tal vecino persona honrada de aceptar el dicho cargo. Suplicar a su majestad que la escribanía de la dicha hermandad sea a proveer de esta dicha ciudad y para propios de ella. En la ciudad de Tenochtitlan México de esta Nueva España, 28 días del mes de noviembre, año del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo de 1542 años, estando en las casas del cabildo y ayuntamiento de la dicha ciudad en cabildo, según lo han de uso y de costumbre, para entender y proveer lo que conviene en el servicio de Dios nuestro señor y de su majestad y bien de esta república, los señores Gerónimo Ruiz de la Mota, alcalde ordinario, y Hernando de Salazar, factor de su majestad161, y Gonzalo Ruiz y don Luis de Castro y Bernaldino de Albornoz, alcalde de las atarazanas162, y Gonzalo de Salazar, regidores y votos de regidor, en presencia de mí, Hernando de Sierra, escribano de su majestad y del cabildo, los dichos señores justicias y regidores platicaron en las cosas que era necesario informar y suplicar a su majestad para el remedio, perpetuidad, conservación de esta tierra, y sobre ello hicieron y ordenaron la relación de suso contenida, que son diecisiete capítulos, y dijeron que por que al presente se ofrece van a los reinos de Castilla a su majestad los señores: el licenciado Francisco de Loaiza, oidor de la Audiencia Real de esta Nueva España, y Peralmíndez Cherino, veedor de esta dicha Nueva España, y porque
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. En el siglo XVI, recaudador de las rentas reales. . Astillero y arsenal naval; fortificación.

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sus mercedes y cada uno de ellos son personas que tienen noticia y saben la necesidad que hay en que se suplique a su majestad y su majestad provea y haga merced a esta tierra de lo que así se le pide y suplica en los dichos 17 capítulos para el bien y perpetuidad de toda esta Nueva España, fue acordado que se envíen los dichos capítulos con los dichos señores licenciado Loaiza y Peralmíndez Cherino y se les dé poder para el dicho negocio: y porque su majestad sea mejor informado de lo susodicho y de la necesidad que hay se provea lo que se suplica, acordaron se haga ver todo lo susodicho al ilustrísimo señor don Antonio de Mendoza, virrey y gobernador de esta Nueva España, para que visto por su señoría se informe, pida y suplique con su acuerdo; y lo firmaron de sus nombres. Gerónimo Ruiz de la Mota. Hernando de Salazar. Gonzalo Ruiz. Bernaldino de Albornoz. Gonzalo de Salazar. Por mandato de la dicha Ciudad de México, Hernando de Sierra, escribano. Bibliografía recomendada: Arthur Scott Aiton, Antonio de Mendoza, first viceroy of New Spain, Durham, Duke University, 1927, xii-240 p. Solange Alberro, Del gachupín al criollo; o de cómo los españoles dejaron de serlo, México, Fondo de Cultura Económica - El Colegio de México, 1992, 234 p. Lesley Byrd Simpson, Los españoles y el indio americano, Barcelona, Península, 1970, 281 p. ________________________________________________________

Informe del padre ministro de San Pablo sobre los inconvenientes de vivir los indios en el centro de la ciudad.163 En 1692 ocurrió una grave escasez de maíz, motivada por la pérdida de las cosechas y acentuada por la especulación, de la que el pueblo hacía responsable y beneficiario al propio virrey conde de Galve. El 8 de junio un incidente menor entre la gente que hacía cola para obtener maíz en la alhóndiga motivó un gran levantamiento popular. La multitud saqueó el Parián –el mercado principal, situado en la plaza mayor-, atacó y puso fuego al
. Fuente: AGN, Historia, 413, f.10-13; publicado íntegramente en Boletín del Archivo General de la Nación; 1938, 9, 1, p.12-16. “Sobre los inconvenientes de vivir los indios en el centro de la ciudad, reducción a sus barrios y doctrinas y los términos a que deben estos arreglarse, sin incorporarse con lo principal de la ciudad, para su mejor gobierno, y los informes pedidos sobre esto a los ministros de doctrina”.
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palacio virreinal y al edificio del cabildo. El virrey tuvo que huir y refugiarse en el convento de San Francisco, hasta que los jesuitas y las milicias de vecinos lograron restaurar el orden. En los acontecimientos, además de la desesperación por el hambre y el descontento por la especulación, hubo incidentes que mostraron el desafío popular a la autoridad y la hostilidad contra los gachupines”, esto es los peninsulares establecidos en México. Como respuesta al motín, las autoridades intentaron retornar a la vieja “traza” de la ciudad de México, que por razones de seguridad reservaba el cuadro central para los españoles y dejaba a los indios en la periferia. La información subsiguiente por la que se pretendía justificar este anacrónico proyecto muestra paradójicamente la completa imposibilidad de llevarlo a cabo, así como interesantes datos sobre mestizaje cultural y la relativa facilidad con la que se pasaba de una categoría social a otra. Excelentísimo señor: Por decreto de vuestra excelencia que se sirvió de remitirme, su fecha treinta de junio de 1692 años, con consulta del Real Acuerdo, me manda le informe así de los inconvenientes que resultan de vivir indios dentro de esta ciudad de México, en casas de españoles, revueltos con negros, mulatos y todo género de gente, como del distrito y linderos de los barrios propios de los naturales, que pertenecen y deben pertenecer a la jurisdicción y administración de esta doctrina de San Pablo, donde soy ministro por su majestad para su bien, orden y obediencia de la ley 19, libro 6o., título 1o. Y digo: que los inconvenientes que se siguen y experimentan de haber muchos indios metidos en la ciudad, viviendo en los corrales, desvanes, patios, pajares y solares de españoles, son graves e infinitos, los cuales tienen las justicias y ministros de doctrina experimentados (y hoy más con el inicuo estrago y maldad de quemar el palacio). Lo primero, señor, porque con la comunicación que continuamente tienen con gente tan vil y de tan pocas obligaciones, como son mulatos, negros, mestizos y criados de dichas casas, aprenden la lengua castellana y se hacen ladinos (que es el primer paso para tener atrevimientos, porque mientras hablan en su lengua son más humildes,) y siempre están confiriendo entre unos y otros grandes bellaquerías, y adquieren máquina de resabios y pésimas mañas, y no respetan a ningún superior, juez ni ministro de doctrina.

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Lo segundo, que siendo costumbre, estilo y obligación nuestra de los padres doctrineros y ministros, tener bien ordenadas y compuestas nuestras doctrinas, para la buena administración, por estar sus jurisdicciones por sus barrios, y cada barrio tiene su iglesia o ermita en forma de pueblo, sus alcaldes y merinos, su alguacil mayor de la iglesia, que los gobiernan y cuidad, así para las cosas del servicio de su majestad y recoger sus tributos, como para que acudan a las obligaciones de oír misa, confesar, comulgar, rezar, recogerlos a la cuenta los domingos, traernos a los muchachos para enseñarles la doctrina en la iglesia, para lo cual tienen sus tablas en cada barrio donde están todos asentados, chicos y grandes, y nosotros sus padrones, con los que están desunidos y separados y viven en la ciudad en casas de españoles no se ha podido conseguir este orden, ni nada de esto, por diligencias que se hacen. Porque ni quieren oír misa ni cumplir con la iglesia en sus parroquias, ni saben rezar, ni quieren acudir a la cuenta los domingos, ni ayudar a los de los barrios a los cargos y oficios necesarios del servicio de su majestad y de la iglesia, como son merinos, topiles, mayordomos y sacristanes, ni enviar a sus hijos a la doctrina. Y aunque los quieran sacar de dichas casas los amparadores, los defienden y resisten los mismos españoles sus caseros o sus mujeres o criados, con tener despachos de la Real Audiencia, con penas graves a quien no obedeciere, de donde se originan muchos pleitos y pesadumbres, y me hacen ir a mí mismo en persona, y aunque los traiga, vienen para cada uno de ellos dos o tres padrinos de estos españoles a pelear y a reñir, y de no concedérselo se huyen y los esconden en sus casas. Allí muchos de éstos se ponen medias y zapatos y algunos valonas, y se crían melenas y ellas se ponen sayas, y haciéndose mestizos se van a cumplir con la Iglesia a la catedral, por desistirse y desquiciarse de estas obligaciones necesarias y porque no los cuenten ni los castiguen si no oyen misa y vienen a la cuenta, porque se <declinan?> de ello y lo tienen por caso de menor valer. Ya no es decible lo que

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con ellos paso al salirlos a empadronar, y con la desvergüenza que se me resisten diciendo que son de la catedral, y así nos tienen en continua discordia con los curas por lo cual ahora cuatro años convoqué a los demás padres y ministros de esta ciudad y metimos una petición al señor arzobispo don Francisco de Seijas y Aguiar, y les notificó que todos los indios acudieran a sus parroquias a cumplir con la Iglesia y a la demás administración de los santos sacramentos, supuesto a que para que no se mezclasen indios con españoles, negros y mulatos, su majestad con santa providencia les asignó cuatro parroquias en esta ciudad, en los cuatro extremos o esquinas de ella, en cuadro, que son San Juan, donde estuvo antes la capilla de los naturales que administran los religiosos de San Francisco, San Pablo, San Sebastián y Santa María la Redonda (porque Santa Cruz es ramo de San Pablo). También se sigue que éstos, cogiendo traje de españoles, usurpan los reales tributos de su majestad y faltan a los cargos que deben tener en la república de los naturales, y ayudarles en las cosas de servicio real y de la iglesia. Y lo más grave y de mayor escrúpulo, las nulidades que puede haber en los matrimonios por no casarlos sus propios párrocos, no pudiendo nosotros por su retiro dar complemento a las reales cédulas, en que tanto nos encarga su majestad el cuidado y vigilancia de doctrinarlos, y que ellos nos obedezcan, ni gozan de muchos indultos especiales y privilegios, que en lo espiritual tienen concedidos algunos sumos pontífices a los naturales que administran los religiosos por el patronato real. También de los barrios los sacan los españoles, porque sucede que las mujeres, a título de compadrazgo o alquilándolos con el dinero, cada una se lleva un muchacho o muchacha para tener quien les sirva, y allá les van criando a lo español con los criados y demás gente, y a ellos les ponen medias y zapatos y a ellas sayas, y los llevan a cumplir con la iglesia a la catedral, y se van quedando allá para siempre y despoblándose los barrios.

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En cuanto al distrito, términos y linderos de la jurisdicción de esta doctrina, sus barrios y contornos, digo, señor que son trece; los once caen hacia el oriente y mediodía, saliendo para ellos de esta cabecera de San Pablo, que son todas esas chinampas en distrito de media legua, la acequia real abajo hasta confinar con Santa Ana e Ixtacalco, guardianía de los padres de San Francisco; y dando vuelta a mano derecha con los barrios de su doctrina de México, que es hacia el mediodía y por el oriente con los barrios de Santa Cruz, estos están en contorno, contiguos y bien ordenados con sus iglesias o ermitas, y cada uno con su merino que los cuida, y estos merinos sujetos a dos alcaldes, que son de toda la jurisdicción, y estos alcaldes al gobernador de San Juan. Otro barrio comienza desde la puerta de esta iglesia, saliendo para el poniente, que llaman Teocaltitlán, y llega hasta el fin de la primera cuadra, dando vuelta hacia el mediodía para el rastro y volviendo para este colegio; tiene dentro de este distrito, inmediata, la ermita de San Lucas, donde está interina la parroquia de San Miguel, de españoles, donde vienen a administrar los religiosos de San Francisco a los naturales, por cuya inmediación siempre hemos tenido algunas discordias con los padres. Vuestra excelencia, señor, en mandando que se vea y reconozca, proveerá lo que más convenga, viendo si es más útil que los administremos nosotros, por ser barrio de esta doctrina y por la inmediación y cercanía o que los administren de allá. El otro barrio está saliendo de esta iglesia, cogiendo para el norte, y va por detrás del convento de religiosas de San José de Gracia, y coge por atravesía a mano derecha hasta detrás de la Merced donde va a juntarse con los otros barrios. Mas en cuanto al distrito de los que siempre ha administrado esta doctrina dentro de la ciudad, coge saliendo de esta puerta del poniente, para San Jerónimo, y pasa a la calle del Arco, y de allí sube por Jesús Nazareno a Balvanera hasta la Merced, donde se junta con los

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barrios; porque era la jurisdicción que administraba en cuanto a los naturales un clérigo que antiguamente tenía esta doctrina, y su majestad, que Dios haya, el señor Felipe III 164 nos hizo merced de ella el año de 1575 años, siendo virrey el señor don Martín Enríquez, a quien fue cometida la cédula de merced, que está guardada con su ejecutoria en el archivo de este colegio, para que nos diese posesión diciendo: que al reverendo padre fray Alonso de la Veracruz, provincial del orden de San Agustín, le metáis y amparéis en la posesión de la iglesia de San Pablo, su circuito, y todo lo demás a ella anexo y perteneciente, espiritual y temporal. Ahora ha ocho meses, queriendo vuestra excelencia con su gran cuidado y vigilancia, mandarlos retirar a los barrios, conforme los que a cada doctrina perteneciesen, me tenía citado el señor doctor don Juan de Aréchaga, con recado que me envió con Pedro Rendón, el intérprete, para que saliésemos a reconocer estos de dicho distrito, y notificarles se entrasen y retirasen a los barrios donde hay sitios sin términos para que hiciesen sus jacales y los indios de los barrios con buen ánimo para ayudarles, y yo también, y siempre estuve esperando órdenes y ahora los de vuestra excelencia para ejecutarlos y obedecer en cuanto fuere servido de mandarme y conviene. Mas parece, señor, que para que en todo se consigan los buenos deseos de vuestra excelencia y que tenga complemento la observancia de la ley citada, es necesario que como a dichos indios que viven en la ciudad se han de sacar de entre los españoles, para que vivan en los barrios; que a los españoles que viven entre los indios en sus barrios, se saquen para la ciudad, porque es el mismo inconveniente que hay algunos en los barrios de adentro, que les han comprado casillas a los indios y otros que se las alquilan, que en los barrios inmediatos a esta iglesia me parece que será imposible, porque ya todos los solares
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. Debe tratarse de Felipe II (quien fue rey hasta 1598).

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están poblados de casas de españoles, entre las casas de los indios, y están unas y otras revueltas; y suplico a vuestra excelencia se sirva de mandar tenga subsistencia el que no traigan capotes, porque parece que les infunden soberbia, y con las mantas son más humildes y obedientes y no parecerán mestizos. Los indios panaderos, me parece, señor, será forzoso en la ciudad administrarlos donde están situadas las panaderías, porque viven dentro de ellas o como vuestra excelencia dispusiere que siempre estoy muy obediente a sus órdenes para el servicio de ambas majestades. Colegio de San Pablo y 4 de julio de 1692 años. Humilde siervo y capellán de vuestra excelencia. Fray Bernabé Núñez de Páez, ministro de San Pablo. Bibliografía recomendada: Douglas R. Cope, The Limits of Racial Domination. Plebeian Society in Colonial Mexico City, 1660-1720, Madison, University of Wisconsin Press, 1994, xiv-220 p. Carlos de Sigüenza y Góngora, Teatro de virtudes políticas. Alboroto y motín de los indios de México, pról. Roberto Moreno de los Arcos, México, Universidad Nacional Autónoma de México - Porrúa, 1986, liv-234 p. ________________________________________________________

Ordenanzas de esclavos del virrey Antonio de Mendoza.165 Las restricciones al empleo coercitivo de la población indígena condujeron a los colonos españoles a impulsar la importación y adquisición de esclavos negros, que prontamente proliferaron en las minas, plantaciones de caña de azúcar y en las residencias señoriales como sirvientes “de prestigio”. Este crecimiento demográfico provocó la preocupación de las autoridades, avivado por la actitud poco reverente de los negros y rumores de hipotéticos conspiraciones para un levantamiento general. El temor colectivo fue tal que el virrey Mendoza adoptó medidas extremas de control.

. Fuente: Francisco del Barrio Lorenzot, Ordenanzas de gremios de la Nueva España, ed. Genaro Estrada, México, Talleres Gráficos de la Nación, p. 263.
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La dio el muy ilustre señor virrey de Nueva España don Antonio de Mendoza en veinte de octubre de 1548. Se manda que ninguna persona de cualquier estado, calidad o condición no sea osada de vender o trocar en cualquier manera arma ofensiva ni defensiva a negros o moriscos libres o esclavos, ni a indios, sin expresa licencia del señor virrey, so pena de muerte y perdimiento de todos sus bienes aplicados la mitad para la Cámara y la otra mitad para el denunciador y juez; y so la dicha pena que ningún negro, morisco e indio tenga las dichas armas sin la dicha licencia excepto los criados de las justicias. Y que no se junten tres negros o moriscos, siendo de diversos dueños, so pena por la primera de cien azotes a cada uno públicamente, por la segunda doscientos azotes y una mordaza, y por la tercera pena de muerte; y sea bastante probanza el dicho jurado de un español mayor de 18 años. Que ningún negro ni morisco anden de noche media hora después de la oración, aunque sea sin armas, sino fuere con sus dueños, pena de cien pesos por cada vez que fueren cogidos, y si sus amos no los quisieren pagar, les den cien azotes, y si de noche fueren cogidos con armas, mueran por ello.

Testamento de Ana Hernández, negra libre.166 El documento que aquí presentamos es en cierto modo la contraparte del anterior. Si la “Ordenanza” del virrey Mendoza presenta a los negros como un grupo indeseable y peligroso, el testamento de Ana Hernández es una muestra muy temprana de la integración de los negros a la sociedad y las normas prevalecientes en la sociedad novohispana. En el texto aparecen valores tales como la preocupación por la salvación del alma, la devoción religiosa como acto público, la inquietud por el entierro “digno”, la participación en cofradías como medio de prestigio, y el cuidado por la propiedad y transmisión de bienes. Entre estas propiedades estaban tres negros esclavos y en cierto modo también su marido,
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. Fuente: Archivo Histórico de Notarías, México. Notaría 374, Andrés Moreno, vol. 2463, f. 3839. Este documento fue ubicado gracias a Seminario de Documentación e Historia Novohispana, Catálogo de protocolos del Archivo General de Notarías de la Ciudad de México, vol. 4, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, publicación electrónica, en edición.

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cuya libertad había comprado con sus propios medios. El documento deja en claro algo que la historiografía sobre el tema ha insinuado: las negras y mulatas libres tenían una personalidad muy vigorosa, frecuentemente tenían una posición acomodada y actuaban como prestamistas dentro de su grupo. Finalmente, la alusión a los jolofes (un grupo procedente de Senegal) y a la “cofradía de los jolofes” presenta un remarcable caso de la reconstitución de una conciencia solidaria y una organización étnica africana en el contexto de la sociedad colonial. En nombre de Dios todopoderoso amén. Sepan todos cuantos esta carta de testamento vieren como yo Ana Hernández, negra libre, vecina que soy de esta ciudad de México de la Nueva España, estando enferma del cuerpo, sana de la voluntad y en mi libre juicio y entendimiento tal que Dios nuestro señor fue servido de me dar creyendo como creo fiel y católicamente en el misterio de la santísima trinidad, padre, hijo y espíritu santo, tres personas y un solo Dios verdadero y todo aquello que tiene y que confiesa la santa madre Iglesia de Roma. Y con esta católica fe y creencia protesto vivir y morir y si contra ésta que aquí confieso en el artículo de mi muerte o en otro cualquier tiempo por enfermedad grave que tenga o por salida del demonio de suma cosa dijere o hiciere o mostrase, las revoco y doy por ninguna. Y tomando por mi abogada intercesora a la gloriosísima siempre Virgen María, señora nuestra, en la mejor vía y forma de derecho que hubiere lugar hago y ordeno mi testimonio última y final voluntad en la manera siguiente. Primeramente encomiendo mi alma a Dios nuestro señor que la fio y redimió por su preciosa sangre y el cuerpo a la tierra de que fue formado. Item, mando que si Dios nuestro señor fuere servido de me llevar de esta enfermedad siendo mi fallecimiento en ella, mi cuerpo sea sepultado en la iglesia mayor en la sepultura que a mis albaceas pareciere y se dé de limosna lo que les pareciere y me acompañe un cura, cruz y sacristán de la iglesia mayor y se dé la limosna acostumbrada. Y me acompañe la cofradía de Nuestra Señora de la Concepción y del Derramamiento de

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Sangre de nuestro señor Jesucristo, de donde soy cofrade y se pague por ello la limosna acostumbrada. Item, mando que el día de mi enterramiento si fuese hora, y si no luego cuanto día luego siguiente, se diga por mi ánima una misa de réquiem, cantada con su vigilia de tres lecciones, con su diácono y subdiácono167, ofrendada de pan, vino y cera y se dé por todo la limosna acostumbrada. Item, mando que se diga por mi ánima un novenario de misas rezadas en la iglesia mayor de esta ciudad y se pague por ello la limosna acostumbrada. Item, mando que se digan por las ánimas del purgatorio dos misas rezadas. Item, mando que se diga en el altar de Santa Ana, de la iglesia mayor, dos misas rezadas. Item, mando que se diga al ángel de la guarda, una misa rezada en el altar del perdón de la iglesia mayor. Item, mando que se digan por las personas a quien tiene obligación, cuatro misas rezadas. Item, mando que se digan por mi ánima, en la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, dos misas rezadas, y en la de Nuestra Señora de Guadalupe, otras dos. Item, mando que se digan por mi ánima otras cuatro misas rezadas en el Colegio de San Juan de Letrán de esta ciudad. Item, mando que se digan por mi ánima otras ocho misas rezadas donde le pareciere a mis albaceas.

. Personas que han recibido las órdenes mayores, que los incorporan al orden eclesiástico pero sin que puedan aún desempeñar las funciones sacerdotales que requerían la ordenación como presbítero. Los subdiáconos se desempeñaban habitualmente como asistentes en las misas y como maestros de doctrina de los niños; los diáconos además solían predicar.durante los servicios.
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Item, mando que se dé de limosna a la cofradía del Derramamiento de Sangre de nuestro señor, tres pesos de limosna, y otros tres pesos a la cofradía que está en el hospital de Nuestra Señora de la Concepción. Item, mando a las mandas forzosas y acostumbradas, a cada una, medio real con que las aparto de mis bienes. Item, mando que si alguna persona viniere declarando con juramento serle yo deudora de dinero hasta en cantidad de dos pesos, se le paguen de mis bienes, sin otra prueba alguna. Item, declaro que me deben las personas siguientes cantidad de pesos que aquí van declarados: Primeramente Vicente, negro libre, cuarenta pesos de oro común, mando que tan solamente se cobren de ellos veinte porque de los demás le hago gracia y donación por las buenas obras que de él ha recibido. Item, declaro que me debe un hermano del dicho Vicente, dos pesos sobre unos anillos de oro, mando se cobren de él y se le entreguen los anillos. Item, declaro que me debe Catalina de Sedeño, negra libre, diez pesos, mando se le cobren de ella. Item, declaro que me debe María de Chaves, esclava que fue de doña Catalina de Montejo, cincuenta pesos de oro común, mando se cobren de ella. Item, declaro que me debe Catalina Rodríguez, negra libre, esclava que fue de don Luis de Castilla, cuarenta y cuatro pesos, menos lo que la dicha Catalina Rodríguez con juramento declarare ser, y lo que declarare deberme se le cobre de ella. Item, declaro que me debe Pedro de Montejo treinta pesos; mando que se cobren de él si los tuviere y si no, no se le dé pesadumbre por ellos.

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Item, declaro que me debe María de Oaxaca, ocho pesos, mando se cobren de ella seis pesos nomás porque los dos le perdono. Item, declaro que tengo de presente por mis bienes, un negro que se llama Juan, el cual quiero que por lo que a mi parte toca quede libre, que yo lo dejo por tal, y si diere el precio de lo que vale la mitad de su servicio a mi marido quede del todo libre, y esto por descargo de mi conciencia. Item, declaro que tengo por mis bienes otro negro, llamado Antón, el cual dé por tiempo de ocho meses de jornal en cada mes, lo que pudiere, para que se haga bien mi ánima. Cumplidos los ocho meses quiero y es mi voluntad que quede libre sin ninguna obligación de servir a ninguna persona con que de en cada un mes de los ocho el jornal que pudiere para hacer bien por mi ánima. Item, declaro que tengo en empeño en la cofradía de los Jolofes que está fundada en el hospital de Nuestra Señora. Los bienes y cosas siguientes: una saya de paño azul con cuatro pasamanos de seda; un jubón de raso negro de Castilla; dos sábanas de ruán de Castilla; dos tablas de manteles de manta de China; un manto de amascote nuevo; tres almohadas de ruán con sus acerías, labradas las dos de carmesí y la una azul; todo lo cual está como tengo dicho empeñado por diez pesos que debo a la dicha cofradía. Mando den los diez pesos de mis bienes y se cobre y vendan las dichas prendas y se haga bien por mi ánima. Item, mando que se dé un paño de manos labrado a María, nieta de Catalina Jolofe. Item, declaro que tengo una saya de paño aceitunado nueva, y un jubón de sinabafa y una camisa de manta labrada con hilo blanco. Mando que todo esto se dé a una negra, llamada Isabel, que le ha curado y servido con mucho cuidado en su enfermedad.

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Item, declaro que tengo una mulata, mi esclava, llamada Luisa, que la compré con mis propios dineros. Declaro que, por los buenos y leales servicios que me ha hecho la dejo y quiero que después de mis días quede libre de servidumbre lo cual hago por descargo de mi conciencia. Item, declaro que me casé con Cristóbal, negro al que liberé con mis propios dineros; mando que lo que con juramento declarare ser suyo se le entregue. Item, declaro que cuando me casé con el dicho mi marido tenía muchos más bienes que los que al presente tengo, los cuales yo he ganado con mi industria y trabajo, y así quiero que se haga de ellos lo que por este mi testamento dejo declarado. Item, mando que el molino y aderezo con que hago fideos, se dé a María, mi ahijada, esclava de Pedro Rodríguez, pintor, por el mucho amor y voluntad que le tengo. Y para cumplir y pagar este mi testamento y las mandas y de gastos en él contenidas dejo y nombro por mis albaceas y testamentarios, ejecutorios y cumplidores de ellas al licenciado Alonso Moreno, presbítero, mi confesor y al dicho mi marido, a los cuales y a cada uno de ellos por sí e in solidum168 doy poder cumplido para que entren y tomen de mis bienes la parte que baste y la vendan y rematen en pública almoneda o fuera de ella bastasen cuanto he pagado este mi testamento y las mandas en él contenidas lo cual puedan hacer así sin que sea pasado el año de albaceas hecho. Y del remanente de mis bienes dejo y nombro por universal heredera a mi ánima y revoco y anulo y doy por mi juicio y de mi nombre y efecto cualesquier testamentos mandados y codicilo de que antes de éste haya hecho, así por escrito como de otra cualquier manera y sólo este quiero que valga por tal y declaro que sí lo revocare por testamento o codicilo no valga la tal revocación si expresamente no expresare en ella y en la tal
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. De mancomún.

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revocación la oración del pater noster y santa María: “Padre Nuestro, que están [sic] en los cielos, santificado sea el tu nombre, vénganos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como se hace en el cielo; el pan nuestro de cada día dánoslo hoy y perdónanos nuestras deudas así como nosotros las perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos de todo mal. Amén, Jesús”. Porque así he de expresar la oración en el tal testamento que así hiciere para revocación de éste, si no, no valga sino éste que ahora hago en la mejor vía y forma que de derecho hubiere en testimonio de lo cual otorgue a la presente carta ante escribano real de ella que se hacen en México a 22 del mes de julio de 1593 años. Siendo testigos Juan de Vera y Gaspar Calderón, y Gaspar Moreno y Antonio de Velasco, llamado Jolofe. Y la otorgante que doy fe conozco porque dijo no saber escribir. Así luego lo firmaron los testigos por los que no supieron y nosotros por estos: por testigo, Gaspar Calderón; por testigo, Antonio de Velasco; por testigo, Juan de la Vera. Hecho ante mí. Andrés Moreno, escribano de su majestad. Bibliografía recomendada: Luz María Martínez Montiel (coord..), Presencia africana en México, México, CONACULTA, 1994, 576 p. Gonzalo Aguirre Beltrán, La población negra de México. Estudio etnohistórico, 2a. ed., México, Fondo de Cultura Económica, 1972, 374 p. ________________________________________________________

Real cédula por la que se prohíbe el juego de gallos169 El juego o riña de gallos es una actividad que interesa por su profunda inserción en la cultura popular mexicana, pero también porque durante la colonia fue motivo de fricciones entre dos concepciones de la economía: la que la consideraba como una parte de la moral y aquella que atendía solamente a su regulación en beneficio del orden colonial y los intereses de la Corona. En general fueron consideradas indeseables, dado que se decía
. Fuente: María Cristina Sarabia Viejo, El juego de gallos en Nueva España, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1972, p. 123-125.
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que distraían a la plebe de las actividades productivas a las que debían dedicarse, eran lugar de reunión de malvivientes y las apuestas a que daba lugar traían la perdición de muchos hombres. Por otro lado, la actividad era potencialmente productiva y de fácil administración en términos fiscales, y de todos modos la prohibición solamente ocasionaba que existieran reñideros clandestinos donde, ante la falta de regulación, se cometían peores abusos. En 1685 finalmente se decidió crear un “asiento” o contrato monopólico en beneficio de la Real Hacienda. La preocupación de los eclesiásticos fue tal que el arzobispo de México, Aguiar y Seijas, ofreció comprar con sus rentas el “asiento”, para que así se pudiera prohibir el juego sin detrimento de las rentas reales. A fin de cuentas, como puede verse en el siguiente documento, el rey mandó devolver las sumas prometidas al arzobispo y que se estableciera una prohibición general de las riñas en México y Puebla. Sin embargo, desde 1727 prevaleció el criterio utilitario y los gallos fueron permitidos, a pesar de las protestas de eclesiásticos y moralistas. Madrid, 15 de junio de 1688. El rey. Muy reverendo en Cristo padre arzobispo de la Iglesia metropolitana de la ciudad de México, en las provincias de la Nueva España, de mi Consejo. En carta de 24 de julio del año pasado de 1687 representáis que, reconociendo la ruina temporal y espiritual que el juego de gallos causaba en esa ciudad de México, os determinasteis a dar de las rentas de la cuarta arzobispal170 1720 pesos cada año que daba el arrendatario, considerando ser mayor servicio de nuestro señor, aunque faltase esta parte de limosna a los pobres, y que aunque cesare en esa ciudad, se extendió en el resto de ese arzobispado tanto esta ruina, que os ponderaron los ministros doctrineros y los beneficiados171 de él ser grande el número de los juramentos, matrimonios deshechos, robos y desgracias que se originan de este juego que os obligaba a suplicarme fuese servido de mandar despachar cédula prohibiendo este pernicioso juego de que se seguiría gran servicio a nuestro señor, sosiego y conservación de mis vasallos. Y el conde de la Monclova, mi virrey actual de ese reino con carta del 25 del
. Los obispos recibían la cuarta parte de los diezmos recaudados en su jurisdicción, que en principio utilizaban (aunque no siempre era así) para caridades, obras piadosas y sostenimiento de hospitales y seminarios. 171 . Los curas beneficiados eran los clérigos que mediante un concurso de oposición obtenían una parroquia como beneficio absoluto y sin límite de tiempo, siempre que cumplieran con sus obligaciones.
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mismo mes y año acompaña la vuestra, diciendo le habéis hablado varias veces sobre que se prohíba este juego y que entiende que vuestra gran virtud y las instancias que me hacéis en esa materia son muy fundadas, para que sea servido de concederos esta gracia que solicitáis, meramente por excusar pecados en esos reinos y que será muy propio de mi piedad el mandar que se prohíba semejante juego para que la porción que habéis ofrecido, en el ínterin que yo lo resuelvo, no se defraude de la limosna que con gran ejemplo de todos repartís en ese arzobispado. Y vista vuestra representación y la del dicho mi virrey en mi Consejo Real de las Indias y lo que en esta razón me escribió el señor don Juan de Padilla Guardiola y Guzmán, oidor de mi Audiencia Real de esa ciudad y superintendente y administrador de la renta de los naipes, en que están mejor este y otros juegos, en carta de 6 de agosto de 1687 y lo que asimismo me había escrito sobre esta materia el doctor don Frutos Delgado, en cartas de 19 de agosto y 4 de noviembre de 1684, y lo que con vista de todo pidió mi fiscal; he tenido por bien de aprobar (como por la presente apruebo) la prohibición del referido juego de gallos, y os cometo y encargo la continuación de su observancia para que, en la parte que os toca, pongáis gran cuidado y aplicación en evitar este juego, no sólo en esa ciudad de México, sino en todo vuestro arzobispado y os doy gracias por el santo celo que habéis mostrado en evitar con su prohibición las ofensas tan continuas que de su uso se cometían en deservicio de Dios y nuestro, de que me doy bien servido de vos, teniendo entendido que no os admito la oferta que hicisteis de pagar lo que importase cada año su arrendamiento y que a mi virrey de ese reino cometo y encargo, asimismo por cédula de la fecha de ésta, la continuación de la observancia de la prohibición del referido juego de gallos en todo ese arzobispado y le ordeno que si hubiéredes enterado en mi caja real de esa ciudad o en poder del superintendente y administrador de la renta de los naipes algunas cantidades por razón del arrendamiento del dicho juego de gallos, haga

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se os vuelvan y restituyan de los efectos mismos; de que se os da noticia para que solicitéis así la continuación y observancia de la prohibición del juego de gallos, como para percibir lo que por razón de su arrendamiento hubiéredes pagado, que yo lo tengo así por bien. Bibliografía recomendada: María Cristina Sarabia Viejo, El juego de gallos en Nueva España, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1972, p. 123-125. Juan Pedro Viqueira Albán, ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, 304 p. ________________________________________________________

Bando contra las bebidas prohibidas172 Las bebidas alcohólicas producidas en Nueva España fueron consideradas indeseables, tanto por las razones declaradas en público (que por su mala factura causaban daños a la salud e inducían a la embriaguez a los trabajadores), como por la más discreta de que se suponía causaban una competencia inconveniente a los vinos y aguardientes introducidos desde Europa. Por otro lado, el elevado precio de los caldos ultramarinos hacía inevitable la fabricación de sucedáneos locales, y la prohibición solamente derivó en la creación de redes de contrabandistas frecuentemente amparadas por personajes influyentes y aun por las autoridades locales. Espoleados por las conminaciones morales de los eclesiásticos, los virreyes comisionaron la prohibición del delito al Tribunal de la Acordada, emitieron bandos y amenazaron con draconianas penas a los fabricantes, arrieros, taberneros y sus cómplices, en forma tan reiterada como inútil. El convencimiento de que la fabricación de bebidas alcohólicas era inevitable, de que la supuesta competencia a la producción metropolitana no era tal y que el consumo del más popular de las aguardientes locales, el de caña o “chinguirito” podía convertirse en un jugoso ramo de la Real Hacienda llevó a la aprobación en 1796, bajo ciertos reglamentos, de su producción y consumo. Don Pedro de Castro Figueroa y Salazar, duque de la Conquista, marqués de GraciaReal, caballero de las órdenes de Santiago y real de San Genaro, comendador de Castilseras en la de Calatrava, capitán general de los reales ejércitos de su majestad y de su supremo de guerra, sargento mayor e inspector de sus reales guardias de infantería española,
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. Fuente: AGN, Bandos, vol. 3, exp. 20, f. 208-210.

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gentilhombre de la cámara con entrada de su majestad siciliana y de su supremo Consejo de Guerra, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España y presidente de su Real Audiencia de ella, etcétera. Por cuanto en puntual observancia y cumplimiento de lo resuelto por su majestad en repetidas reales cédulas y ordenanzas se han promulgado reiteradamente por los excelentísimos señores virreyes mis predecesores y Real Sala del Crimen de esta corte, en diferentes tiempos, especialísimas órdenes y bandos no sólo en esta capital sino en todas las que mi gobernación comprende, por despachos de cordillera, para extirpar todo género de bebidas y confecciones que la humana malicia ha inventado contra la salud espiritual y temporal, pues de su uso y comercio se originan no sólo las embriagueces, sino incidentes excesos de latrocinios, sacrilegios, homicidios, nefandos e incestuosos delitos y desafueros que se están experimentando con lastimosa perdición de sirvientes, oficiales, esclavos y lo que más es, de muchas personas de calidad y distinción conocida que son comprendidas en semejantes torpezas o bien por su inclinación a la embriaguez o por la insaciable codicia de excesivas y reprobadas ganancias que en este prohibido comercio adquieren, teniendo de su cuenta fábricas, haciendo sombra y patrocinando por lo que les contribuyen a los fabricantes y expendedores, sin que hasta ahora se haya reconocido el deseado fin de su total exterminio a que conspiraron tan bien premeditadas providencias, siendo hoy más que nunca permanente el abuso detestable con que los contraventores han querido desentenderse de lo expresamente mandado. Y siendo como es una de las principales atenciones a que en cumplimiento de los generales y particulares encargos con que me hallo de su majestad debo dedicarme eficazmente la de expedir cuantos órdenes me parezcan ser en cualquier modo conducentes a la mayor quietud y conveniencia de la causa pública, mayormente en las que fueren origen o raíz de escandalosas consecuencias; reiterando,

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como reitero, todos los despachos, mandamientos y bandos que de este superior gobierno han dimanado, dejándolos en su fuerza y vigor para que entera y puntualmente se observen y cumplan, sin interpretación alguna, bajo las penas en ellos contenidas que irremisiblemente se ejecutarán luego en los contraventores. Nuevamente prohíbo el uso, fábrica, expendio y comercio de los aguardientes de maguey, caña, miel, cantincara, ololiuque, vinos de coco, sangres de conejo, vinguís, tepaches, mezcales, guarapos, vingarrotes, confecciones de piñas, de árbol del Perú y otras cualesquier confecciones, mezclas e ingredientes de que se componen y fabrican tales brebajes; y asimismo todo género de mistelas, aunque sean de las de Europa, respecto de que a título y con nombre de éstas se ha introducido el uso de las que contra artes y con manifiesto daño de la salud pública se fabrican en este reino, sobre aguardientes falsos. Y en consecuencia de esta resolución: Mando que ninguna persona de la jerarquía, dignidad, estado o graduación que fuere, caballero notorio, público, militar, noble o plebeyo, español, indio, negro, mulato, mestizo, lobo, coyote ni otro alguno, invente, fabrique, proteja, introduzca, venda, trate, comercie, use ni tenga pública o secretamente ninguna de dichas bebidas prohibidas, ni otras algunas, sean las que fueren, aunque por sus nombres no vayan expresadas, porque no ha de servirles de disculpa el mudarles los nombres, ni de que por otros sean conocidas o se diga no componerse con los referidos ingredientes, pues aunque sean más o menos de diferente especie, todas y cada una de por sí, como si aquí fuesen

expresadas y contenidas quedan expresamente prohibidas, sin que les pueda aprovechar el que acaso tengan licencia verbal o in scriptis o que las

toleran las justicias, porque ninguno aunque sea magistrado superior ,as puede conceder ni tolerar con ningún pretexto, entendiéndose igualmente comprendidas en esta prohibición y

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sus penas los administradores, asentistas173 y recaudadores de la bebida del pulque blanco, que por serlo no quedan excluidos si incurriesen en transgresión de reportarlas como los demás delincuentes, a quienes impongo, si fueren españoles, la de perdimiento de todos sus bienes y destierro perpetuo de esta ciudad o de los territorios donde estuvieren avecindados, sean como va expresado de la calidad o grado que fueren; y a los de color quebrado, la de 200 azotes y 10 años de galeras174, en que irremisiblemente serán condenados, sin dispensación ni conmiseración alguna luego que sean comprendidos en semejantes excesos, reservando conforme a la calidad o mayor gravedad de estos el castigarles con las más severas y exorbitantes penas que me parecieren correspondientes, con agravación y reagravación de ellas; y de la misma suerte sin diferencia alguna a los taberneros y demás personas que tales bebidas, fuera de las puras y permitidas, vendieren, tuvieren o comerciaren. Y asimismo a los maestros y oficiales que hicieren los alambiques, alquitaras y demás instrumentos para su fábrica, a los que concurrieren, dieren ayuda y permiso a ella, a los que lo supieren y no lo denunciaren, a los jueces, justicias y demás ministros que lo disimularen, consintieren o dieren tácito o expreso permiso o en cualesquier manera por algunos respetos toleraren y no procedieren con el desvelo, cuidado y vigilancia que materia tan grave pide, para cuyo pronto remedio especialísimamente les mando se dediquen con el mayor esmero y conato a inquirir, proceder y castigar a todos los culpados, sin excepción de personas, estados ni calidades; y si hallaren algunos inconvenientes o embarazos que retarden el puntual cumplimiento de lo que se les ordena me den cuenta luego para resolver lo conveniente, estando entendidos que por el menor descuido que se
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. Asiento, asentista. Los “asientos” eran contratos por los cuales el rey concedía a un particular (el “asentista”) el derecho de administrar y recaudar los derechos correspondientes a un ramo de la real hacienda, como el impuesto sobre el pulque. 174 . Servicio forzoso en la flota real, que en el Mediterráneo estaba compuesta básicamente por galeras, o barcos de remos.

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reconozca haber tenido en esto se procederá en virtud de la prueba irregular de tres testigos singulares de diferentes actos que previene la ordenanza primera de la bebida del pulque, aprobada por su majestad en la ley 39, título I, libro 6 de la Recopilación de estos reinos, al más severo castigo, y se les hará especial cargo en sus residencias, y a más de incurrir en la mayor indignación les declararé inhábiles para otro cualesquier oficio o empleo público; y para evitar de todas maneras los fraudes y ocultas introducciones que pueda haber, todos los que hicieren alquitaras, alambiques y otros instrumentos semejantes no los vendan a personas que se hubieren ocupado o tuvieren sospecha de que se puedan ocupar en semejantes fábricas prohibidas, y que los instrumentos que fabricaren antes de venderlos los manifiesten en la fiel ejecutoria y diputación de esta ciudad para que se sellen y reconozcan y expresen las personas para quienes fueren, su calidad y vecindad, firmándolo de su nombre. Y así lo cumplan y ejecuten debajo de las suso referidas penas; y los guardas de las calzadas y caminos no permitan las entradas, salidas, transporte ni pasaje a ninguna persona de cualesquier calidades que llevare caldos que no sean registrados y con boleta o guías del Consulado o de oficiales reales de la Veracruz o de las justicias de los partidos de donde los sacaren, dando cuenta como son obligados y denunciando a todos los transgresores bajo las mismas penas y la de que se procederá contra ellos a lo demás que haya lugar. Y el prior y cónsules registrarán, verán y reconocerán con personas inteligentes los caldos que se remitieren a esta ciudad o se sacaren de ella, y hallándolos adulterados los detendrán y me darán cuenta con expresión de la persona que los remitiere, y de la a quien fueren consignados, como también de las que los condujeren, para pasar al debido remedio y castigo del exceso, y se procederá en caso de contravención u omisión contra dicho prior y cónsules a lo mismo que les va intimado a las justicias, con quienes, y con oficiales reales de Veracruz, se entienda también la obligación del reconocimiento y demás diligencias

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encargadas a dicho consulado, dando todos por lo que les toca, boletas o guías para la conducción de los caldos, sin las cuales, y sin su reconocimiento, no se puedan conducir ni trajinar, sobre que se tendrá el mayor cuidado que sea posible para el entero cumplimiento de todo lo contravenido en este bando, que se publicará y fijará en las partes acostumbradas, remitiéndose por cordillera a todas las justicias de su majestad para que llegue a noticia de todos y ninguno pueda alegar ignorancia; y de esta suerte se vea logrado el fin a que se dirige esta nueva determinación con el escarmiento y castigo de los que torpe y maliciosamente han pretendido eludir y vulnerar las reiteradas órdenes de este superior gobierno. México, 14 de noviembre de 1740. El duque de la Conquista. Bibliografía recomendada: Teresa Lozano Armendares, El chinguirito vindicado: el contrabando de aguardiente de caña y la política colonial, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995, 356 p. William B. Taylor, Embriaguez, homicidio y rebelión en las poblaciones coloniales mexicanas, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, 298 p. ________________________________________________________

Causa criminal y pesquisa sobre la sublevación y tumulto ejecutado por varios indios rebeldes del pueblo y cabecera de Papantla.175 El tumulto de Papantla en 1767 es característico de las agitaciones populares ocurridas en el centro del virreinato: muestra la incapacidad de los funcionarios provinciales para imponer su autoridad frente a una protesta masiva, la omnipresente intervención de los eclesiásticos para evitar males mayores y procurar restaurar el orden, y asimismo describe un escenario de violencia popular que, pese a su carácter amenazante, no tenía un programa claro ni ponía en cuestión el orden social. Vale la pena señalar, asimismo, que la averiguación judicial subsiguiente derivó en contra del alcalde mayor Barga, quien monopolizaba la compra de vainilla y cera producida por los indígenas y cometía abusos tales como talar cientos de árboles frutales en represalia por las protestas de sus gobernados. El juez de la causa depuso y sometió a proceso a Barga, restableció la tranquilidad sin mayor esfuerzo ni violencias y condenó a 33 de los tumultuarios al castigo
175

. Fuente: AGN, Criminal, vol.303, 3, f. f..252-256.

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simbólico de tres años de trabajos públicos, que debían cumplir en su pueblo en el tiempo que les dejara libre la atención de las milpas. Auto de oficio. En el pueblo y cabecera de Santa María de Papantla a 25 días del mes de octubre de 1767, yo, don Alonso de la Barga y Segura, oficial mayor por el rey nuestro señor de la intendencia de su real casa y nuevo palacio, alcalde mayor y capitán a guerra por su majestad que Dios guarde de esa jurisdicción, sus costas y puertos de barlovento, en cumplimiento de mi obligación y buena administración de justicia, formé causa de oficio y cabeza de proceso a Nicolás de Olmos (alias Capa), indio revoltoso de este pueblo, por ser uno de los principales cabecillas de los tumultos y demás inobediencias sucedidas en esta cabecera de algunos años a esta parte por los indios de este pueblo, incitados por el dicho Nicolás y por tres veces en este presente año, siendo motor de tres tumultos y amotinamientos que hubo en la iglesia, faltando el expresado Nicolás al respeto debido al padre don José Ortiz, cura coadjutor176, vicario y juez eclesiástico de esta doctrina, y en otro día al bachiller Mariano Díaz, vicario que quedó sustituyendo a dicho padre Ortiz, en que la persuasión y desvergüenza de dicho Nicolás trató con mucha insolencia a este ministro de palabra, y tumultuando los indios e indias para que lo hiciesen de obra, lo que hubieran ejecutado a no haberlos apaciguado el actual alcalde mayor, apedreando igualmente el nominado Nicolás a los mayores, alguaciles de justicia que lo quisieron prender, cuya causa justificada en toda forma con las deposiciones de cinco testigos españoles, los más circunstanciados de este pueblo, que eran noticiosos de sus maldades de vista y experiencia, en que asimismo resultaban otros delitos, determiné por auto de 16 del corriente remitir la <causa> original con el reo a su alteza los señores de la Real Sala del Crimen de esa Real
. Los curas coadjutores eran ayudantes del cura párroco, pero que a diferencia de los demás vicarios tenían un nombramiento que venía del obispo o contaba con su aprobación; tenían asimismo mayores ingresos y autoridad.
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Audiencia para que su alteza resolviese lo que fuese más conveniente en justicia respecto a que aquí no hay cárcel segura y estar mandado que los comprendidos en los tumultos antecedentes se prendiesen y remitiesen en los que igualmente se halló dicho Nicolás como uno de los cabecillas, en que no tuvo enmienda, perseverando más insolente; para cuya remisión de causa y reo nombré un sargento y cuatro soldados de esta compañía de milicianos mulatos, a quien se le entregué el sábado 17 del corriente como a las cuatro y media de la mañana para su salida de este pueblo, y al tiempo de dicha entrega y salir de la cárcel dijo el referido Nicolás de Olmos que primero le matarían que a él le llevasen y a uno de los topiles que avisase y llamase a los indios, a cuyo tiempo dio dos gritos a la puerta de la cárcel, que sin duda era la seña que les tenía dada, y habiendo salido dichos soldados del pueblo ya con él como a cosa de media hora se oyó muchos gritos en los cerros a que todos se convocaban hasta que a poco tiempo tocaron las campanas a rebato para juntarse todos los indios incitados por varios cabecillas compañeros de dicho Nicolás, que continuamente insolentan el pueblo, y asimismo de su mujer llamada María Joaquina que igualmente incitaba con mucha osadía. Y ya estando así juntos como a las cinco de la mañana con mucho alboroto y gritería de voces, diciendo "vamos a matarlo porque nos lleva a México a Nicolás Capa", y otros decían "le quemaremos, pegarle fuego", se dirigieron a un jacal de palos y zacate que llaman casas reales en que vive el actual alcalde mayor para cogerlo por todas partes con el ímpetu que se deja considerar de un pueblo desenfrenado, a vista de lo cual y estar solo me salí de dicho jacal tomando por entre unas casas para refugiarme en la del capitán reformado don Plácido Pérez (que no estaba en el pueblo) que es de piedra, en donde igualmente vive don Francisco Ramírez, teniente de estas milicias, quien abriéndome una ventana me entré por ella para dicho refugio pues ya venían muchos indios en mi busca para matarme, decantándolo así con muchos gritos y

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alboroto, e incontinenti que me refugié en dicha casa salió dicho Ramírez diciendo "¿hijos que es esto, porqué es este alboroto?", y decían todos "porque nos lleva a México a Nicolás Capa", que es el dicho Nicolás de Olmos, y procurando aplacarlos prometiendo se les daría el reo para conseguirlo por obviar mayores inconvenientes, le dijeron mil insolencias propias de la ferocidad de un pueblo desenfrenado o sublevado, diciendo "llevarle a la cárcel, que él lo tiene guardado", haciendo fuerza para entrar en la casa y a voces decían "aquí está este pícaro de alcalde mayor, perro" y otras insolencias, dánosle y matarle, a cuyos ímpetus se resistió y varias mujeres que había en la casa y no los pudo detener, que atropellándolo todo catearon todas las casas hasta las camas y quiso Dios y la Virgen no me encontrasen, porque puesto en traje de mujer me habían pasado a otra donde me custodiaron en un costal de petates; y enfurecidos más de no haberme hallado, creciendo más la chusma de indios y viéndome sin auxilio pues no había gente española ni mulata en el pueblo, más que algunos seis u ocho impedidos y viejos, fueron a casa de don José Villavicencio que hace oficio de mi teniente a buscarlo y habiéndole encontrado ya en otra que se había refugiado, le maltrataron mucho de obra, dándole muchos golpes y le hubieran muerto sino se ha favorecido del mismo teniente de milicias y del gobernador y república con otros principales que apaciguaban, e insistiendo en buscarme para matarme, sin embargo de que para remediar esta vejación dije a dicho teniente enviase orden a los soldados les entregase el reo, aunque ya había salido una tropa de indios en su busca, maltratando al sargento y soldados a palos y que les quitarían la vida, llevando para ello piedras y machetes, apurándolos que les entregasen el pliego y papeles que llevaban, los que les sacaron de entre la silla de un caballo, tomando el pliego que contenía la causa formada de oficio de real justicia que cerrada y sellado con tres sellos iba rotulado con cubierta a su alteza los señores de la Real Audiencia de México, bajo de cuya cubierta

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contenía otra consulta para su alteza dichos señores sobre los malos procedimientos de Manuel González, indio revoltoso de este pueblo que habían mandado dichos señores soltar de aquella real cárcel bajo de rigurosos apercibimientos; y tuvieron la avilantez, desvergüenza y osadía de abrir estos pliegos y buscar quien se los leyera faltando al sagrado y respeto debido a la Real Audiencia, y traído que fue dicho preso entre su chusma y amigos, como a las once de dicho día, en lugar de aquietarse por verlo ya en su poder y por las exhortaciones cristianas que les predicaba y estuvo predicando desde el principio el bachiller don José Solano, cura vicario177 de esta doctrina, para que dejasen su temeridad, tuviesen respeto al rey nuestro señor y su real justicia, lejos de aquietarse y lo mismo el citado reo Nicolás y su mujer, se alteraron de nuevo y pasaron a embestir con mucha tropa de indios e indias segunda vez la casa del expresado capitán don Plácido Pérez, cercándola por todas partes y forzando sus puertas con mucho número de piedras que tiraron para volverla a catear y registrar, lo que consiguieron con mucha violencia, buscándome y diciendo con mucho griterío "matarlo, matarlo", y viendo que no me encontraron en la principal casa, que es de piedra, entraron en la cerca de ésta donde tiene tres casas dicho don Plácido y cocinas de palos y zacate y también las catearon y registraron, rompiendo los tapancos, queriendo Dios no me encontrasen, estando en el uno de ellos entre dos petates metido, y llenos de furia decían "pegarlas fuego que él saldrá", lo que en efecto iban a hacer y les contuvo el padre vicario y el mismo teniente de milicias con otro vecino y varias mujeres que estaban exhortándolos y habiendo logrado se salieran de estas casas pasaron a registrar y hacer los mismos estragos en otras muchas del pueblo donde consideraban pudiese estar para matarme, que era su anhelo, y viendo que no me encontraban y que no

. Los curas vicarios eran los ayudantes o tenientes de los curas párrocos, especialmente donde la parroquia era muy extensa o rica.
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había salido del pueblo donde consideraban pudiese estar, pues tenían cogidos todos los caminos y salidas con mucha porción de indios, se volvieron a juntar al anochecer del mismo día 17 haciéndose la acostumbrada seña y juntos más de mil indios en la plaza, con piedras, machetes y flechas y aun tizones de lumbre, capitaneados de José Juárez, maguín mayor que traía un bastón en las manos, y decía a voces "yo mando, que soy el rey, y yo gobierno", hicieron tercera embestida y avance para allanar y registrar las expresadas casas del citado don Plácido Pérez, repitiendo para ello la pedrería, y entrando a hacer el mismo registro, sin embargo de las exhortaciones de dicho padre Solano y su predicación, ni bastar a contenerlos y sosegarlos el haber sacado el padre cura don Miguel Márquez al creador de todo, nuestro Dios sacramentado en el viril, que viendo presente a su majestad santísima no hicieron caso todos los tumultuados ni aun para adorar al señor, diciendo a voces a los que les exhortaban que ellos estaban a su negocio, consiguiendo por tercera vez apedrear la casa y puertas hasta franquearlas y registrarlas, queriendo quemarlas, diciendo a voces "matarlo a ese pícaro perro del alcalde mayor, pegar fuego que él saldrá", lo que hubieran hecho también sino les hubiera contenido dicho padre Solano, llorando con su exhortación, y dicho teniente de milicias, persuadiéndoles que no estaba dentro, que había marchado ya, registrando igualmente con el mismo estrépito otras muchas casas al mismo fin, poniendo presos a los naturales que querían apaciguar y no los defendían, como lo hicieron con el gobernador y alcaldes, quitando primero el bastón y aporreándole y a los alcaldes las varas, dándoles de palos con ellas, cargando el bastón junto con el otro que ya traía el dicho José Juárez, como capitán de esta sedición, con otros cabezas que son según se me ha dado noticia Andrés Olarte, que le tenían ellos elegido como gobernador; Bartolomé Ortiz,(alias Cuate), para fiscal; Miguel Ortiz, su hijo, que andaba con un cuchillo picando y clavándole en las puertas y en las mesas, diciendo así le he de picar al alcalde mayor Miguel Ortiz;

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Miguel Vicente; Antonio Rodríguez; Andrés Ramírez; Lucas Hernández; Lucas Santiago; Francisco García; Lucas Jiménez; Juan San Martín; Mateo Núñez; Domingo Escobar; Domingo Jiménez; José Santiago; Juan Núñez; Antonio Villanueva (alias "Pacheco") en cuya casa son los concilios; Nicolás Hernández, cantor; José Méndez Serrano; Antonio Hernández (alias Plato); Gabriel Jiménez (alias "Cajero"), Nicolás Tejada; Antonio Cortés; Domingo Olmedo; Pedro Ventura; Luis Ramos; Miguel Ramos; Miguel Hernández; Bartolomé López y el dicho reo Nicolás de Olmos y su mujer María Joaquina, que también los más fueron cómplices en los otros tumultos y han quedado sin castigo, y éstos avisaban a los demás y los obligaban a concurrir diciendo los azotarían y matarían sino los ayudaban; soltaron igualmente a todos los presos de la cárcel, sin atender a sus delitos, que los del uno llamado Juan Castillo por ser soldado los tenía consultados al excelentísimo señor virrey para su decisión, haciendo pedazos las puertas de dicha cárcel. Y últimamente cometieron las insolencias, falta de obediencia y respeto al rey nuestro señor que se deja conocer de la ferocidad de un pueblo grande desenfrenado con cabeza o rey nuevo (a su modo de entender) que los mandaba como el mismo José Juárez lo decía, viendo que en los españoles y gentes de razón no había auxilio por haber muy pocos en el pueblo, como llevo dicho, y medio enfermos, pues estaban todos y los milicianos fuera de esta cabecera en su pesca de bobos y no tener armas ni pólvora para la defensa, lo que les insolentó más y los tumultuados lo decían a voces "saquen los trabucos y escopetas que no tienen pólvora", todo lo cual les estimuló a perder el miedo y a más maldad. En cuya atención, después de haberse aquietado algo, di providencia de juntar la milicia para la defensa y manifestarme públicamente a ella y estimular los ánimos y vociferar la obediencia de vida al rey nuestro señor por medio de los vivas y aclamaciones, acuartelando su real bandera a fin de que se les imprima el debido respeto a su majestad que dios guarde, su real justicia y se disipe esta

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sedición. Y porque se castiguen estos graves delitos por el excelentísimo señor virrey de esta Nueva España o la Real Audiencia de ella, resolviendo lo que más convenga a sostener la obediencia y soberanía del rey nuestro señor, respecto <a que> son ya muchas las sublevaciones de este pueblo, y que en él no se puede administrar justicia, debía de mandar y mandé hacer este auto de oficio y cabeza de proceso al tenor del cual se hagan las más exactas averiguaciones del hecho verídico, de quienes han sido los principales motores y cabezas de esta sublevación y levantamiento para que averiguado se remita la causa a su excelencia dicho señor excelentísimo virrey y tome las providencias que su elevada justificación tenga por más correspondientes. Y para que todo se haga con más solemnidad y pureza debía de nombrar y nombro por juez acompañado en este negocio a don José Galicia, español, vecino de este pueblo, a quien concedo la facultad que el derecho me permite y se le notificar acepte y jure este empleo de acompañado para los fines expresados, ejerciéndole bien y fielmente. Así lo proveí, mandé y firmé actuando como juez receptor con testigos de asistencia por no haber escribano real público ni numerario en esta jurisdicción, ni en el término que el derecho previene. Alonso de la Barga. Bibliografía recomendada: Friedrich Katz (comp.), Revuelta, rebelión y revolución. La lucha rural en México del siglo XVI al siglo XX, México, Era, 1988, 2 v. William B. Taylor, Embriaguez, homicidio y rebelión en las poblaciones coloniales mexicanas, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, 298 p. ________________________________________________________

Carta de un vecino de la ciudad de Guanajuato sobre la escasez de maíz y demás semillas en la ciudad y de sus minas.178

. Fuente: Enrique Florescano (comp..), Fuentes para la historia de la crisis agrícola de 17851786, México, Archivo General de la Nación, 1981, vol. I, 219-221.
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De manera periódica la Nueva España pasaba por años de malas cosechas, ocasionadas en algunas veces por la sequía y en otras por el exceso de lluvias. La especulación de hacendados y comerciantes, frecuentemente en connivencia con los funcionarios del rey, tendía a acrecentar el impacto de los desastres naturales. Estas situaciones preocupaban mucho a las autoridades, tanto porque estaba dentro de sus obligaciones morales velar por el bienestar del “común” como por la siempre latente posibilidad de que dieran lugar a alborotos populares. El informe aquí incluido sobre las medidas adoptadas por el ayuntamiento de Guanajuato para paliar la crisis muestra la forma en que los regidores se veían como “padres de la república”, el particular interés que por Guanajuato (o más exactamente por la producción de sus minas) manifestaban las autoridades virreinales y el papel de la Iglesia como institución que, en caso de desastres, utilizaba sus amplios fondos para evitar las peores manifestaciones de la crisis. Guanajuato 22 de noviembre 1785. El cabildo, justicia y regimiento de esta ciudad apenas conoció el mal aspecto del tiempo, con la escasez de lluvias, su frialdad y alto precio del maíz, luego meditó cuerdamente las fatales resultas que podría experimentar este vasto común y opulenta minería, y contuvo por algunas semanas lo subido de él expendiendo lo que tenía encerrado del pósito179; pero aumentándose las funestas noticias, y escaseándose las entradas de los labradores y arrieros a las alhóndigas, al paso que el mal pronóstico del año, calmaron las esperanzas y creció el cuidado con la falta de maíz y demás semillas. Sin perder instante, como padre verdadero y tutor de este público, puso en práctica cuantos arbitrios le dictó su prudencia para remediar las necesidades que tanto amenazaban en un terreno escabroso para sementeras y falto de recursos prontos, y en el entretanto que acopiaba maíz para el abasto, dio la pronta providencia de vender trigo y harina. Despachó comisarios regidores que inspeccionan y cateasen los lugares y haciendas de esta jurisdicción para extraer un repuesto de maíz que no hallaron el necesario para la provisión. Dirigió cartas suplicatorias de la situación y angustia en que se hallaba a las justicias y ayuntamiento de las ciudades y pueblos comarcanos y obispado, a fin de acopiar los frutos necesarios, que según los
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. Granero municipal e institución de control y comercialización del abasto del trigo.

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cálculos prudenciales más exactos de los años últimos escasos, asciende el gasto y consumo anual de las gentes y de las bestias de máquinas y desagües del giro de minas, a 350.000 fanegas de maíz, a cerca de 26.000 cargas de harina, y al respecto las de las semillas de frijol, garbanzo, arroz, lenteja, chile, y otras menesteres de que no se ha formado cuenta. De todos sus acuerdos, de sus críticas circunstancias, y de las ideas de sus proyectos económicos para remediar la escasez y rigor de la hambre, inacción y pérdida de las labores de las minas, emigración de sus operarios, perjuicios del comercio, atrasos de la Real Hacienda y demás reales rentas, lo presentó este ilustre ayuntamiento a la superioridad del excelentísimo señor virrey conde de Gálvez, y su alto laudable celo y acertado gobierno de luego a luego atendió los justos incesante clamores de esta ciudad y de su opulento, famoso y atendido mineral, franqueándole con generosa y sabia mano diferentes gracias y auxilios para su mejor subsistencia en bien del Estado, del real erario, y de todos los habitantes de ella y de los de fuera. Indultó a los operarios de estas minas de la contribución del real tributo por el presente año y el venidero de 86 para alivio de sus necesidades. Libertó del gravamen de la real alcabala todas las introducciones de los efectos e ingredientes que sirven de laborío y beneficio de las minas, para que no sean tan costosas las fatigas de los mineros y hacenderos de sus metales. Concedió facultad a este ilustre cabildo para sacar cantidad de dinero a réditos para el necesario acopio de maíz y demás semillas al sustento de este público y minería, y facultándose, franquea de estas reales cajas y tesoro de su majestad con calidad de reintegro cuanto convenga a subvenir el golpe que amenaza, mandando juntar en la sala capitular a todos los vecinos pudientes y de haberes, para que cada uno ministre sufragios a este importante objeto patriótico, con los demás que de su superior orden consta, de lo cual retribuyó este ilustre cabildo y a la benigna nata cristiana

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dignación de la magnanimidad del excelentísimo señor virrey las más sinceras y respetuosas gracias por tan plausibles y distinguidos favores. Se omite por difusa la nominación de los sujetos que con patriótico celo franquearon cuanto las presentes circunstancias permiten; y substrayéndose substancialmente a la cantidad prometida, al existente caudal del pósito, y al que mantienen las rentas públicas de propios y nuevo impuesto de esta ciudad suman un total de 86.000 pesos, además otros 40.000 pesos que entre tres sujetos de los más distinguidos se han concedido a réditos; y 100. 000 pesos que igualmente tiene pedidos este ilustre ayuntamiento con superior permiso a la Santa Iglesia Catedral de Valladolid de Michoacán a premio corriente. Correrán con estos intereses los de contado que existen depositados judicialmente de los concursos y litigios caucionados; los enseres de los fondos de obras pías y otros semejantes, sin que reciban de estas inversiones daño alguno los interesados, pues todo conspira la socorro y provisión de los pobres, del destierro de la hambre, de la conservación de esta ciudad, y de su mineral abundantísimo y rico de fundos preciosos de oro y plata, para bien del Estado y de la religión, como es notorio. En estas puntuales circunstancias nos hallábamos para particularizarlas prontamente a la más benigna caritativa penetración de nuestro padre benefactor memorable el excelentísimo señor virrey por medio de comisarios representantes por este ilustre ayuntamiento y cuerpo importante de la minería a la consecución de mayores empresas del meditado alivio y permanencia de la ciudad y mineros cuando el viernes 11 del corriente se nos apareció para nuestro consuelo y confianza el ilustre señor don Vicente de Herrera y Rivero, regente de la Real Audiencia de México, y caballero de la distinguida orden española de Carlos III, que haciendo saber su carácter y las facultades que traía del excelentísimo señor virrey y al ilustre ayuntamiento, luego se concilió las más brillantes

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atenciones de cuantos supieron su feliz llegada, prometiéndonos que sin duda con su práctico antiguo conocimiento, dulzura, humanidad y compasión natural acabaríamos de sentir las tristes resultas de la falta de maíz, y demás males que nos rodean, acompañado del señor doctor don Juan Antonio de Tapia, chantre180 dignidad y provisor del señor obispo de Valladolid, que por su parte también no ha dejado de causarnos sentimientos favorables. En efecto, sin ceremonia ni cumplidos exteriores, ha hecho congregar muchas veces a todas horas a este ilustre ayuntamiento y la diputación de minería compasando y afianzando por momentos a el mejor logro el proyecto de nuestros encarecidos deseos las providencias más ejecutivas y eficaces para el acopio del maíz y demás semillas para esta ciudad y su importante mineral, despachando cartas circulares en toda diligencia a los justicias de las ciudades, villas y lugares de esta provincia y de otras lejanas para que alcen los bandos y prohibiciones a los hacenderos, arrieros y trajineros que quieran traer maíces y otras semillas a esta ciudad, sin forma ni precisión de guías; que no se alteren por la presente necesidad los fletes; que no se retraiga ni incomode a quién introduzca estos granos, víveres y bastimentos, con otras dignas providencias de su benéfico corazón, demostrado bastantemente en la benignidad y dulzura con que ha visitado las cárceles de esta ciudad, mirado con sobrada especulación las mejores y más grandes minas del mineral, y tomado conocimiento de otros importantes asuntos; llenos nosotros todos de la mayor satisfacción, porque juzgamos consolidar nuestra conservación y la quietud popular. Y para que todo se colme, por su mandato ha nombrado el ilustre ayuntamiento los apoderados respectivos, para que salgan sin pérdida de tiempo, a hacer la compra y remisión de granos y demás para el abasto, con poderes suficientes para que nada falte, se destierre la necesidad, y continúe, que es lo más interesante, el laborío y beneficio de las minas.
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. Prebendado de la catedral que dirigía el coro en los responsos e himnos.

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Bibliografía recomendada: David Brading, Mineros y comerciantes en el México borbónico, (1763-1810), México, Fondo de Cultura Económica, l975, 500 p. Enrique Florescano, Precios del maíz y crisis agrícolas en México: 1708-1810, México, El Colegio de México, 1969, xix-254 p. Enrique Florescano Mayet y Susan Swan, Breve historia de la sequía en México, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1995, 246 p. ________________________________________________________

Los gobernadores y oficiales de república de Pomacuaran y otros pueblos de Michoacán sobre la gravísima falta de semillas y epidemia de peste que padecen.181 La aparición de enfermedades -como el sarampión y el tifus- hasta entonces desconocida, y frente a las cuales la población nativa no tenía una inmunidad adquiridad provocó un dramático desplome de la población. Este descenso brutal del número de los sometidos tuvo consecuencias sociales muy significativas. Entre ellas estuvo el fin de muchos elementos culturales mesoamericanos que habían sobrevivido al trauma de la conquista y el derrumbe de las aspiraciones de muchos colonizadores de crear en la Nueva España una sociedad señorial, basada en el tributo y el trabajo de los sometivos. La población india se estabilizó en el siglo XVII, para iniciar una paulatina recuperación en la última centuria colonial. Las epidemias, aunque no tan destructoras, no desaparecieron; solían acompañar o seguir a los desastres agrícolas que, como siempre, afectaban habitualmente a los grupos más expuestos. Las leyes preveían que en estos casos se concediera un relevamiento temporal de los tributos, para lo cual tenían que probar con testigos que se trataba de una epidemia y no de una enfermedad incidental, y asimismo que la enfermedad los tenía reducidos a extrema necesidad. Excelentísimo señor Conde de Gálvez. México, 29 de mayo de 1786. Al señor fiscal de Real Hacienda. Don Antonio Pérez, gobernador actual del pueblo de San Miguel Pomaquaran; don José Cardil, actual alcalde del pueblo de San Pedro Paracho; Don Juan Pascual, alcalde actual del pueblo de San Mateo Aguiran; don Juan de Sosa, alcalde actual de pueblo de Santa María Cheranachicum <Cheranatzicurin>; don Juan Lorenzo Bernabé, alcalde actual

. Fuente: Enrique Florescano (comp..), Fuentes para la historia de la crisis agrícola de 17851786, México, Archivo General de la Nación, 1981, vol. 2, p.706-708.
181

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del pueblo de Santa María Urapicho; don Juan Luis, alcalde del pueblo de San Bartolomé Cocucho; don Juan Bautista, alcalde actual del de Santa Cruz Tanaco; don Juan Bautista Bernabé, actual alcalde del pueblo de Santiago Nurio; don Juan Reyes, actual alcalde del pueblo de Gerónimo Aranza; don Andrés Cortés, gobernador actual del pueblo de San Luis Naguatzen; don Pedro Felipe Guerrero, alcalde actual del pueblo de Santa María Comachuén; don Manuel Acencio, alcalde actual del pueblo de San Francisco Cherán; don Luis Francisco Chávez, alcalde actual del pueblo de Santa María Sevina; don Juan Alejo, alcalde actual de San Juan Capácuaro; don José, alcalde actual del pueblo de Santa María Quinceo; don Pedro Gimenes, alcalde del de Santa María Arantepacua; y don Jacobo Sanches, alcalde actual del pueblo de San Andrés Turícuaro. Todos los cuales se comprenden sujetos al partido del citado de San Pedro Paracho, donde es cabecera de todos los citados pueblos en la jurisdicción de la ciudad de Pátzcuaro de esta provincia de Michoacán. En la más bastante forma que haya lugar en derecho y al nuestro convenga en términos de verdad y sinceridad, ante la distributiva de vuestra merced parecemos todos los contenidos in solidum y de por sí, cada uno a nombre del cabildo y común de naturales cada uno por la parte que nos toca y decimos que por cuanto en todos los nominados pueblos y en cada uno de por sí se esta padeciendo notablemente la gravísima ruina de falta de semillas que de cuatro años a esta parte han causado en estos terrenos la mucha escasez de agua y abundancia de hielos con cuya falta ya sus moradores temen pierdan las vidas la mayor parte de familias de estos concebidos pueblos, por la gravísima y casi extrema necesidad que de hambre padecen, como se acredita de público y notorio, que varias familias con bastante afán (y mayor compasión), se desertan en solicitud de yerbas para su preciso alimento, cuya calidad se ignora, sin sernos dable por otros medios poner remedio a tanto mal a respecto de ser constante público y notorio que el temperamento y terreno de

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este partido es muy contrario por lo reseco y frío, que continuamente está helando hasta los meses de abril y mayo a que se agrega la falta de agua que para el abasto de las gentes se alcanza muy escasa y a su abundamiento será muy estéril y de las semillas sólo el maíz se da con mucha escasez. De cuatro años a esta parte es notorio la abundancia de muertos que ha habido y está habiendo con la epidemia de peste que hasta el día se continúa de arraigo en dichos pueblos. Los oficios en que regularmente se trabajan en dichos pueblos de tres años a esta parte ya no aprovechan a respecto que sólo se advierte el trato en efectos comestibles, con cuyas lastimosas causas, faltos del aliento natural, sin habernos quedado bienes ni alhajas, no teniendo de que sufrir la paga del real tributo cuyo cumplimiento hemos dado de dos años a esta parte, en el mayor número de la cantidad que a cada uno nos toca, de nuestros bolsillos, tanto por la falla del número de tributarios que han muerto como por la que ha ocasionado la falta de semillas; en cuya virtud, exigidos de tan lamentables penas para impetrar de la caridad del excelentísimo señor virrey, el que nos releve de la paga de tributos durante dichas epidemias, se ha de servir vuestra merced mandar se nos reciba información de los testigos que para el efecto presentaremos, a quienes y a cada uno de por sí, bajo la religión del juramento declaren la verdad al tenor de los particulares referidos sobre las penurias expresadas cuyas diligencias sentadas a continuación de este nuestro escrito, se servirá usted asimismo recibir otra de oficio, examinando para ello a los testigos que a bien tenga sobre los mismos particulares y con arreglo y tenor de lo suscitado en este escrito sobre el asunto que lo provoca; la que concluida así propio se ha de servir vuestra merced darnos certificación jurada en la propia forma y tenor de los particulares suscitados declarando en ella todo lo que le conste y sea sabedor de público y notorio, cuyas

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resultantes diligencias originales se ha de servir vuestra merced mandar se nos devuelvan para el ocurso que protestamos hacer ante su excelencia, para de su vista mande (si lo estimare a bien) la relevación de tributos durante dichas epidemias. En cuyos términos: a usted rendidamente pedimos así se sirva mandar hacer que es justicia, juramos en forma no ser de malicia, costas y en lo necesario, etcétera; y por no saber firmar ninguno de los presentados firmó por todos el escribano de república de este precitado pueblo de Paracho, nombrado Nicolás Narciso de Hernández por todos los gobernadores y alcaldes contenidos en este escrito por no saber firmar, lo hice yo Nicolás Narciso Hernández, escribano de república. Bibliografía recomendada: Woodrow Borah, El siglo de la depresión en Nueva España, pres. de P.J.Bakewell, México, Secretaría de Educación Pública, 1975, 158 p. Donald B. Cooper, Epidemic disease in Mexico city, Austin, University of Texas, 1965, xii236 p. Enrique Florescano Mayet y Elsa Malvido, Ensayos sobre la historia de las epidemias en México (comp.), 2a. ed., México, IMSS, 1992, 2 v.

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LOS CAMBIOS DEL SIGLO XVIII

Mandamiento reservado al virrey para que proceda de acuerdo con el arzobispo a separar de los curatos o doctrinas a los regulares.182 La entrega de las parroquias administradas por los religiosos regulares al clero secular era una demanda largamente postergada de los obispos. Los regulares se habían aferrado a sus curatos valiéndose de sus influencias políticas y su arraigo entre los indígenas. Además, argumentaban que los clérigos seculares no conocían bien las lenguas autóctonas y que la secularización implicaría contribuciones de las que hasta entonces habían estado exentos sus feligreses. En el siglo XVIII los ministros reformistas de los reyes borbones procuraron un mayor control sobre la Iglesia. Parte de este programa fue realizar la secularización final de los curatos, con lo cual la administración parroquial pasaría a manos de una rama del clero que, por su dependencia directa de los obispos, resultaba más fácilmente manejable. Como medida conciliatoria, se estableció que los curatos sólo serían secularizados luego del fallecimiento del doctrinero secular, y que las órdenes podrían conservar dos curatos por cada una de las provincias religiosas en que estaban divididos. La secularización fue un duro golpe para las órdenes regulares, que después de dos siglos de vida secular activa tuvieron que retraerse en sus conventos. Su influencia social y política, inevitablemente, entró en un proceso de paulatina disminución, que se refleja en la caída de sus ingresos y la disminución de los novicios. Una cuestión que aún es materia de discusión es el de si la secularización debilitó la influencia eclesiástica sobre los pueblos, al quedar a cargo de clérigos que en muchos casos eran ausentistas y consideraban sus curatos fundamentalmente como una fuente de ingresos. El rey. Mi gobernador y capitán general de las provincias del reino de Nueva España y presidente de la Audiencia de la ciudad de México. Desde que la divina providencia entregó a mi cuidado el gobierno de los vastos dominios de esta monarquía reconocí la importancia de acudir con oportunas, competentes providencias al remedio de los graves desórdenes causados en la mayor parte por la sangrienta guerra que empezó con el siglo, y fue forzoso se repitiese en varios tiempos para conservar mis justos derechos, mantener el honor de mis armas y facilitar a mis vasallos la quietud, gloria y esplendor que les deseo,
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. Fuente: AGN, Reales Cédulas Originales, vol.69, exp. 103.

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destruyendo las máximas de mis enemigos, siempre dirigidas a deteriorarlas, con el único fin de que restablecido en mis reinos el orden correspondiente a cada estado, y afirmada la observancia de las leyes generales y de los particulares establecimientos respectivos concurriese cada uno en la más útil, decorosa conservación de sí mismo, a facilitar el beneficio común de toda la monarquía. Me han debido igual consideración mis dominios de las Indias, porque aunque los preservó la disposición divina de los trabajos y extorsiones de la guerra, auxiliando en el principio de las operaciones los medios que pareció oponer y permitió la distancia contra los reiterados insultos de mis enemigos, la atención de la que se encendió por tiempos en Europa hizo cesar y aún descuidar en los remedios que empezaban a aplicarse contra los daños que se habían advertido, y ha fortalecido lastimosamente con el tiempo la necesidad de tolerarlos. Habiendo llegado ya el caso de que la paz facilitada a mis reinos ponga término a tanto daño y dé disposición a la práctica de mis rectas y justificadas intenciones, tuve desde luego presente que la ocasión más principal de los que con notable escándalo de naturales y extranjeros se causan en mis dominios de América es la relajación de algunos de los regulares que ejercen los curatos y doctrinas en aquellos dominios, y de otros que viven en su compañía, fuera de sus claustros, ya con título de tenientes o ayudantes de los curas o con el de conventuales, suponiendo convento la casa de su habitación; y consideré que el único remedio para contener estos daños es el separar a los regulares de las doctrinas y curatos, y ponerlos a cargo del clero secular, pues aunque las distintas veces que este punto se ha examinado de propósito y controvertido por ministros celosos, doctos, de acreditadas experiencias y distinguida opinión, apenas ha habido alguno que no haya reflexionado gravísimos inconvenientes en resolver la absoluta universal separación, todos sin discordancia han comprendido esta providencia justa y útil, y algunos por necesaria. Me han confirmado en este propósito las novísimas noticias recibidas de

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personas fidedignas y las que han participado ministros condecorados por estímulos de su conciencia y desempeño de su obligación y celo del servicio de Dios y mío, todas calificadas con hechos del mayor escándalo que han sido asunto de la detracción y de mi mayor sentimiento, pues sobre las consideraciones a que llama la notoria relajación en las personas constituidas para conservar con el ejemplo y la doctrina en incontrastable pureza el precioso tesoro de la religión, hace grave peso en mi católico y piadoso ánimo la de que sean extremados los daños donde debe juzgarse más precisa la disciplina para fortalecer y radicar los ánimos aun tibios de tanto número de neófitos como comprenden esos vastos dominios. Aunque con los fervorosos deseos de no dilatar el remedio pensé dar providencias que le dispusiesen en parte, no queriendo fiarlas a sola mi determinación e inclinado a que se recurriese a la que dictase el juicio más prudente, después de bien examinado y controvertida con solidez materia de tanta gravedad mandé se formase una junta compuesta de teólogos y ministros de mi satisfacción, dotados de todas las precisas calidades, que me propusiesen en conciencia los medios que considerasen más conformes y convenientes al servicio de Dios y mío, al lustre, decoro y estimación de las religiones, y al bien y conveniencia de mis vasallos. En vista de lo que la junta me consultó, con presencia de todos los antecedentes causados en el asunto, y de lo que sobre el han escrito y discurrido ministros de la mejor opinión, con conocimiento práctico de los hechos que influyen en la providencia y prevención juiciosa de los inconvenientes que se presumen en su práctica, he resuelto que por el modo más fácil y adaptable a las circunstancias presentes se dé principio a la separación de los regulares de algunos curatos que fueren vacando, confiriéndolos a clérigos seculares idóneos y de las circunstancias precisas a completar el concepto de sus prelados diocesanos, y a evitar que por las mismas religiones se notase y publicase a insuficiencia; debiendo sólo entender la providencia por ahora en los

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arzobispados de México y Lima, y extenderse al de Santa Fe, para que dé norma y regla el suceso en ellos cuando se discurra conveniente la practica en los demás. En su consecuencia os mando que recibida esta mi cédula (que he mandado se os expida por mi Secretaría de Estado y del Despacho Universal de Indias) y habiendo pensado y discurrido cuanto conduce a la mejor y más prudente dirección en materia tan grave y delicada, y tratando y confiriendo sobre ella con el arzobispo de esta Iglesia, que va advertido de mis intenciones, y a quien entregaréis en propia mano la adjunta cédula, procedáis a cumplir con oportunidad y según los casos mi resolución en la parte que os toca, concurrente a que se separe de los curatos que fueren vacando a los regulares, se confieran a clérigos seculares idóneos y de ningún óbice de suficiencia, dándome cuenta de lo que se fuere ejecutando así para que con oportunidad os prevenga lo que conviniere como para tener noticia de lo que ocurra y convenga proveer en el caso de que me hagan recurso las religiones, quejándose de lo que ejecutareis o solicitando providencia contraria. Para conseguir el fin con más precaución de parte de la providencia y mejor reparo y advertencia de las religiones se ha discurrido podrá conducir se comience la separación por alguno o algunos de los curatos que vacaren y que por su menor renta, mayor distancia u otras consideraciones sean menos apreciables a las mismas religiones y no tan sensible la privación de ellos, porque si esto se lograse (como es regular) sin queja de la religión que le obtenía y quizá con gusto suyo por el menor valor, extendiendo después la providencia a otro de la misma religión, u otra que por ser más apreciable o por notar aquella de cuidadosa se quejase, podrá reconvenírsela con la aquiescencia primera y en este caso u otro, y sin cesar por eso de continuar en la separación, bien que atendiendo a que no sea muy repetida (si en ella conocierais inconveniente) y sin alguna intermisión en el número y en los tiempos, y a no practicarla en las doctrinas de tal estimación que les fuese desde

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luego notablemente sensible su falta, se les podrá persuadir o responder absolutamente que recurran a mí con la queja. Esta comisión y encargo le fío única y respectivamente a vos y del expresado arzobispo, como lo veréis en la citada adjunta cédula; siendo mi ánimo e invariable resolución (como lo reconoceréis por otra mi real cédula que va también adjunta, para que en caso necesario uséis de ella sin precisión de manifestar ésta, por los inconvenientes que de su noticia podrían seguirse) que por vía de fuerza, recurso ni otro motivo se mezclen las audiencias, jueces conservadores ni otro alguno en esta materia, ni puedan impedir las providencias para proceder y resolver en ella, pues la reservo a vos privativamente, con el especial encargo de que no permitáis otra cosa y de que sólo tenga noticia de vuestras disposiciones el expresado arzobispo, con quien habéis de conferir, auxiliando enteramente a ese prelado y sus ministros en lo que conduzca a estos fines y observando con él la conformidad y buena armonía que es tan útil y necesaria. Porque os considero bien instruido de los graves motivos que hay para igual providencia y de lo que interesa al servicio de Dios y el mío, el mayor bien de esos vasallos y la quietud pública en que se consiga, respecto de que tenéis a la vista los graves daños e inconvenientes que se siguen de lo contrario, suspendo llamar vuestro cuidado de toda la atención con que debéis dedicaros a desempeñar mi confianza porque vuestro acreditado celo me lo asegura; y os encargo estrechamente la reserva conveniente para evitar los perjuicios que contra la misma providencia resultarían de divulgarse o trascender a la noticia de las religiones, y también en que me deis cuenta únicamente por esta vía de cuanto ejecutéis y ocurra en todas las ocasiones que se ofrezcan; que así es mi voluntad, y que estéis advertido de que espero con impaciencia vuestros avisos y de que queda puesta en práctica en la parte que os prevengo, y se continúe sin la menor omisión esta resolución que comprendo, y es tan importante al servicio de Dios, y al mío. Dada en Buen Retiro, 4 de octubre de 1749. Yo el rey.

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Bibliografía recomendada: Nancy Farriss, La Corona y el clero en el México colonial, 1759-1821. La crisis del privilegio eclesiástico, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, 268 p. Oscar Mazín Gómez, Entre dos majestades. El obispo y la Iglesia del Gran Michoacán ante las reformas borbónicas, 1758-1772, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1987, 308 p. ________________________________________________________

Prospecto de la nueva forma de gobierno político y económico del Hospicio de Pobres de esta capital (fragmento), 1º. de julio de 1806.183 El Hospicio de Pobres, fundado en 1774 fue parte de una política borbónica de asistencia social que procuró desterrar la mendicidad -anteriormente tolerada, e incluso bien vista dado que permitían ejercer la virtud de la caridad cristiana- e inauguró la política de reclusión y trabajos forzados para todos los vagabundos y pobres. El Hospicio también incluía una "escuela patriótica" donde los huérfanos pobres aprenderían un oficio, virtudes civiles y cristianas, y un departamento de partos ocultos para las mujeres "frágiles y livianas". A la larga, los costos fueron prohibitivos, y la nueva política tropezó con la tendencia de la población a continuar dando limosna y por ende un modo de vida a los mendigos. A partir de la independencia, el Hospicio fue un asilo de ancianos, así como un internado y escuela para huérfanos. Si los hombres reunidos en sociedad no socorrieran mutuamente sus necesidades, sería el centro del desorden y no podría subsistir; pero como ningún particular por sí solo pueda remediar todas las de los pobres del pueblo, la sociedad, como la única que puede soportar sobre sus hombros esta carga, los socorre en los hospicios y casas de misericordia que sostienen con sus limosnas los individuos de todos los órdenes del Estado o las contribuciones que señala la autoridad pública para su dotación. Esta populosa ciudad debió a la piedad del señor chantre de esta santa Iglesia metropolitana, doctor don Fernando Ortiz Cortés, la erección del Hospicio de Pobres, que mereció la real aprobación de su majestad, contribuyese con mano franca para su dotación y dictara las providencias más piadosas, útiles y oportunas para que su gobierno económico y político se apoye en las dos bases de
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. Fuente: AGN, Bandos, vol. 242, exp.55, f. 141-148.

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la caridad y utilidad pública, lo que se ha reducido a efecto por las acertadas disposiciones del excelentísimo señor virrey don Joseph de Iturrigaray. El Hospicio, según lo dispuesto por las nuevas ordenanzas, se dividirá en cuatro departamentos. Primero: el de la Escuela Patriótica para educación de niñas y niños huérfanos. Segundo: el de Hospicio de Pobres verdaderos necesitados por su ancianidad, enfermedades y miseria. Tercero: el de corrección de costumbres de jóvenes huérfanos de ambos sexos. Cuarto: el de partos reservados y secretos. ...... Hospicio de Pobres Como no todos los individuos que componen la sociedad puedan ser acaudalados, muchos cuando llegan a la vejez carecen de los medios necesarios para subsistir en este periodo de vida en que el hombre sufre mayores aflicciones y es más digno de la compasión general; y otros desde su más tierna juventud fundan en su misma miseria el libertinaje y abandono en que viven. Los primeros en el Hospicio y casas de misericordia hallan remedio a sus miserias; y los segundos deben precisarse a ser útiles, destinándolos al servicio de las armas, a las obras públicas, al trabajo de los arsenales y nuevas poblaciones. Los necesitados por sus enfermedades habituales, los ciegos, los ancianos y de otra manera impedidos, se admitirán en el Hospicio. Serán instruidos y asistidos en todas sus necesidades, así espirituales como temporales, ejercitándolos en actos de piedad, instruyéndolos en los misterios sagrados de la religión, y haciendo que frecuenten los sacramentos bajo la dirección de los capellanes del Hospicio. Estos consolarán a los enfermos y auxiliarán a los moribundos con la caridad de que es acreedor el hombre en el instante de la muerte.

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Se pondrán las manufacturas y fábricas de géneros bastos de necesario consumo para no dañar las de la península, reduciéndolas a rebozos, mantelería, medias, mantas, jamanes, paños de la tierra, pañetes, sargas, bayetas, frazadas, jergas, jerguetillas, cintas, zapatos, sombreros, botas, beneficio de lino y cáñamo y otros semejantes. Todos los pobres de ambos sexos que de algún modo puedan trabajar en las manufacturas se aplicarán a ellas, porque ninguno debe estar desocupado, sino es únicamente los impedidos. De esas fábricas se habilitarán los departamentos de la ropa necesaria, y el sobrante se venderá. Como el objeto de su establecimiento no es fundar una casa de comercio para lucrar cuantiosas sumas sino desterrar la ociosidad, promover con la industria la educación popular y socorrer a los verdaderos pobres, se venderán a precios que sin perjudicar la industria del pueblo basten para dejar alguna utilidad que poco a poco pueda acrecer los fondos necesarios para cubrir con perfección tan importantes objetos. Se recogerán todos los pobres que mendigan. A los ociosos que con pretexto de la miseria piden limosna, se dará el destino que ordena el bando publicado el día 25 del pasado. Se observará en este departamento el mayor aseo. Vestirán sus individuos un traje honesto, sin señal ni divisa que lo haga odioso. Aquellos pobres que por su conducta sean acreedores de alguna distinción, saldrán a la calle los días de fiesta; pero si volvieran ebrios o pasada la hora señalada o no volvieren y después se les aprehende mendigando, no disfrutarán en adelante de este desahogo. Los pobres que sean casados y los hijos que tuvieren de tierna edad, se colocarán en viviendas pequeñas separadas unas de otras, en las que cada familia estará con el debido

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decoro, aseo y comodidad, y sus hijos conforme tengan la edad conveniente se trasladarán a la Escuela Patriótica. Observarán el mejor orden, castigándose al que no lo guardare o no respetare a los subalternos que los cuiden; y se celará de todos los modos posibles no se introduzcan bebidas espirituosas para evitar la embriaguez, cuyo exceso, como tan grave, se castigará sin dispensación. Ninguna autoridad podrá mandar al hospicio para castigo a individuo alguno, y los que están en esta clase se trasladarán por sus jueces respectivos adonde estimen por conveniente. Bibliografía recomendada: Silvia M. Arrom, "Desintegración familiar y pauperización: los indigentes del Hospicio de Pobres de la ciudad de México, 1795", en Pilar Gonzalbo Aizpuru y Cecilia Rabell Romero, Familia y vida privada en la historia de Iberoamérica, México, El Colegio de México - Universidad Nacional Autónoma de México, 1996, p. 119-131. ________________________________________________________

Bando contra los vagos184 Los virreyes reformistas del siglo XVIII iniciaron una campaña de "modernización" urbana que incluyó un nuevo sistema de alumbrado público, el empedrado de las calles, la creación de un sistema eficiente de recolección de basura, la reglamentación de parques y paseos y, de manera destacada, la persecución y expulsión de mendigos, personas mal vestidas, sin oficio y "vagabundos". Aunque las disposiciones contra los "vagos" no eran nuevas, lo que se establece en esta época es la absoluta prohibición de que permanecieran en las calles; las alternativa eran "registrarse" como personas impedidas para ser alojados en el Hospicio de Pobres o ser condenados a trabajos públicos. Don Joseph de Iturrigaray, caballero profeso de la orden de Santiago. teniente general de los reales ejércitos, virrey, gobernador y capitán general de Nueva España, presidente de su Real Audiencia, superintendente general subdelegado de Real Hacienda,
184

. Fuente: AGN, Bandos, vol.24, exp.54, f. 140.

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minas, azogues y ramo de tabaco, juez conservador de éste, presidente de su Real Junta, y subdelegado general de Correos en el mismo reino. Desde el momento en que tomé posesión del gobierno de estas dilatadas provincias he visto con admiración el crecido número de mendigos que aflige y mortifica a los vecinos de esta populosa ciudad con sus plegarias e incesantes pedimentos, siendo para mí lo más sensible que la gente viciosa y holgazana, disfrazada con la capa de la miseria, vive en el seno del abandono y pervierte con sus malos ejemplos a muchas personas que sin ellos serían útiles al Estado. Deseoso de evitar las perniciosas consecuencias que el público experimenta de semejantes desórdenes, he dado nuevo método al gobierno al Hospicio de Pobres de esta capital, con arreglo a las soberanas intenciones del rey nuestro señor, que sólo apetece el bien de sus muy amados vasallos los pobres verdaderamente necesitados de esta región, los que encontrarán en el Hospicio un verdadero asilo para sus miserias, y en el distinguido celo de la Junta de Caridad, a quien he confiado su gobierno político y económico, toda la ternura que inspira la religión para su mejor cuidado con arreglo a las nuevas ordenanzas que he tenido a bien aprobar por ahora, e ínterin su majestad se sirve resolver lo que sea de su real agrado. Para que sean públicas y notorias a todos mis superiores disposiciones, ordeno y mando a los pobres legítimamente impedidos de ganar el sustento por sí mismos, por su ancianidad, por estar estropeados y baldados, se presenten dentro del preciso término de cinco días, contados desde hoy, en el referido Hospicio, donde serán atendidos con toda caridad, así en lo espiritual como en lo temporal, según exijan sus circunstancias, concediéndoseles todos los alivios posibles y destinándolos a las ocupaciones que cómodamente puedan desempeñar. Prohíbo que persona alguna pida limosna pública o privadamente en las calles, plazas, paseos, casas, templos; y a los que pasado el término de

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los cinco días se sorprendieren mendigando por la tropa destinada a su recolección al mando del señor marqués de Guardiola, diputado de la Junta de Caridad para el efecto, y de su substituto el sargento mayor don Rafael Ortega, serán destinados al Hospicio siendo legítimamente impedidos y necesitados; y si fueren vagos que con el pretexto de la pobreza viven sin ocupación, se me dará cuenta y los destinaré al servicio de las armas en los regimientos fijos veteranos del reino o al de los arsenales de la Habana, fortificaciones de Veracruz, guarniciones de las Islas de Barlovento y Marianas, población de las Californias, y trabajos de las obras públicas, siendo españoles o castas; y si fueren indios, en el destino que sea más conforme a su naturaleza, con arreglo a las leyes. Mando a los jueces mayores y menores de los cuarteles de esta capital, velen y cuiden por su parte este punto de policía tan importante a la religión y al Estado; y ruego y encargo a los prelados eclesiásticos prohíban que en los templos los mendigos molesten a los fieles con sus súplicas y pedimentos, y a todos los que encuentren en ellos los remitan a disposición del señor marqués de Guardiola para que los traslade al Hospicio de Pobres, en donde se examinarán muy escrupulosamente las circunstancias que concurran en sus personas en los términos que previenen las nuevas ordenanzas. Y para que llegue a noticia de todos, y no se alegue excusa ni ignorancia, mando se publique esta mi superior resolución en los parajes acostumbrados, se inserte en la Gaceta y el Diario de esta capital, y se remitan los ejemplares correspondientes a todas las autoridades a quienes toque velar de su efectivo cumplimiento. México 25 de junio de 1806. Joseph de Iturrigaray Bibliografía recomendada: José Antonio Calderón Quijano, Los virreyes de Nueva España en el reinado de Carlos IV (1787-1808), Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1990, 490 p. ________________________________________________________

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Bando que declara el fuero y preeminencias que deben gozar las milicias.185 En 1764 la Corona envió a la Nueva España al inspector general Juan de Villalba para organizar cuerpos de tropa profesional y milicias de vecinos. La razón pública eran las amenazas externas (los ingleses habían tomado brevemente La Habana en 1762); la reservada era la voluntad de los reformistas de contar con una herramienta para respaldar y en su caso imponer por la fuerza innovaciones y reformas que se sabía encontrarían resistencias El reclutamiento de milicias despertó desconfianzas y animadversión. Existía el temor de que los milicianos fuesen llevados a la insalubre y lejana Veracruz para proteger el puerto contra amenazas de otras potencias. Además, los criollos resentían que los oficiales encargados de la formación de compañías menospreciaran a los reclutas en general y que en particular no respetaran su condición privilegiada respecto a los milicianos mestizos y mulatos. Los funcionarios trataron de solucionar estos problemas y de ganarse el apoyo de las oligarquías locales; para ello introdujeron privilegios particulares para los milicianos y en particular para los cargos de oficiales, reservados para las notabilidades de cada lugar. Este fue el origen del fuero militar que causaría tantos problemas en el México independiente. Don Joaquín Monserrat, marqués de Cruillas, virrey, gobernador y capitán general de Nueva España y presidente de la Real Audiencia de ella, etcétera. A consecuencia de haberse por su majestad mandado levantar en esta ciudad y demás jurisdicciones del reino cuerpos de milicias para la defensa de estos dominios bajo las reglas y ordenanzas con que se gobiernan las de España y fuesen adaptables en las circunstancias y gentes del país, ha sido necesario declarar el fuero y preeminencias que deben gozar a fin de que incitados sus individuos a un mismo tiempo, tanto de la natural obligación y propia conveniencia de defender su patrio suelo, cuanto del honor y prerrogativas que adquieren como miembros de tan distinguido cuerpo, a proposición que me hizo el excelentísimo señor don Juan de Villalba, comandante general de las armas de este reino, distribuida en 13 artículos conforme a las reales ordenanzas de milicias para hacerlos adaptables a las circunstancias y gentes del país, vine en declarar por mi superior decreto de 22 del corriente el fuero y preeminencias que deben gozar los cuerpos de milicias de él en la forma siguiente:
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. Fuente: AGN, Bandos, vol. 6, exp. 87.

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1. De los individuos que compusieren el cuerpo de milicias han de gozar los oficiales el fuero militar en todas sus causas, así civiles como criminales, siendo reos demandados y no siendo demandantes, actores o acusadores; y los soldados, sólo en las causas criminales en caso de ser reos, y no en el de ser actores; entendiéndose que de este fuero y demás preeminencias aquí declaradas han de gozar con la distinción prevenida entre oficiales y soldados, los españoles todo el tiempo de su servicio, según la ordenanza de milicias, y los mulatos y demás castas sólo en los casos militares, en los de hallarse prevenidos sobre las armas por esperarse enemigos y en los de asambleas o revistas; y con advertencia, que ni unos ni otros han de gozar del fuero en los delitos exceptuados por leyes y ordenanzas militares, y especialmente en el de fraude o contrabando a la Real Hacienda, para que el temor de no perderlo los haga abstener de incurrir en tan graves excesos y los aliente a conservar el lustre, y honor de tan recomendable cuerpo. 2. A ningún individuo de ellas sea oficial o soldado se le podrá echar repartimiento de oficio que le sirva de carga ni tutela contra su voluntad; tampoco repartirle alojamiento de tropa, ni bagajes, a menos que estreche tanto la necesidad que sea indispensable el que alcance la carga hasta los milicianos, cuya excepción debe considerarse y tratarse siempre, como las más privilegiada en todos los pueblos. 3. En todos los repartimientos generales de los pueblos se deberá atender con particular cuidado a no recargar a los individuos de milicias, sobre cuyo exceso si se verificase manda su majestad se proceda con el mayor rigor contra el juez repartidor o justicia que le cometiere, siendo la real intención de su majestad que se atienda estos sujetos a más de la calidad de vecinos que les iguala con los demás, para la equidad a la más estimable circunstancia de hallarse empleados en el distinguido servicio de las armas.

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4. Ningún individuo de milicias deberá pagar carcelaje ni otra alguna regalía por cualquiera tiempo, motivo o justicia que fuere arrestado, por ser esta excepción dependiente de el fuero militar de que todos gozan. 5. Aunque las justicias ordinarias han de poder aprehender a los milicianos, y proceder contra ellos por delitos que cometieren en su territorio, luego que se reclame por el juez militar deberán entregarle los reos y los procesos llanamente si el delito no fuere de aquellos porque se pierde el fuero; y en caso de duda si es o no de esta calidad deberán también hacer luego la entrega, pero en este caso ha de quedar responsable el juez o jefe militar a la custodia y entregue para cuando se decida la competencia a favor del juez ordinario por esta capitanía general, a quien pertenece la decisión. 6. A ningún miliciano podrá exigírsele derecho alguno, no solo por gastos de informaciones, que se ofrezcan hacer en puntos concernientes a excepciones o privilegios de milicias, ya sean verbales o por escrito, pero aun por la concesión de despachos, cédulas de retiro, tomas de razón o cúmplases; teniendo su majestad señalados los medios que se deben usar para subvenir a estos gastos sin gravamen de los interesados. 7. Los privilegios concedidos a los soldados milicianos que por hijos de familia no están sujetos a las cargas y repartimientos de que los releva este servicio, quiere su majestad sean transcendentales a sus padres y que los disfruten éstos todo el tiempo que sus hijos sirvieren sus plazas de milicianos manteniéndose bajo la patria potestad. 8. Siempre que un regimiento de milicias se mantuviere armado para hacer el servicio de campaña o guarnición gozarán todos sus individuos los sueldos que respectivamente señala para este caso el adjunto reglamento, que también previene los que deberán tener en los casos de asambleas que se formen para revistas o enseñanza de la tropa.

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9. Cuando sirviesen los cuerpos de milicias en guarnición o campaña disfrutarán los mismos auxilios que la demás tropa veterana, de alojamiento, utensilios, raciones hospitales, etcétera, y siempre que se libren las raciones de carne y mientras que considera su majestad en tiempo de guerra serán también comprendidos en esta distribución. 10. Todos los oficiales que sin intermisión sirvieran por espacio de diez años continuos en estos cuerpos con el celo debido se considerarán capaces y beneméritos para obtener mercedes de hábitos en las órdenes militares; y por lo que mira a los cadetes (en el concepto de que conforme a los prevenido en las reales ordenanzas, han de ser nobles) entrarán igualmente en el mismo privilegio cuando pasen a ser oficiales en los empleos que vacaren, quedando unos y otros relevados del servicio de montado y galeras, cuyo equivalente debe satisfacerse en reales por cualquier individuo que no haya militado. 11. A todo soldado que por espacio de doce años continuos sirviese en estos cuerpos se le despachará su licencia absoluta pare retirarse de él siempre que la solicite, sin que pueda volver a incluírsele en adelante por ningún pretexto en los alistamientos que se ofrecieren. 12. Todo oficial, que se retire del servicio habiendo completado en el término de veinte años, gozará por su vida del fuero militar y todas las excepciones que quedan expresadas. 13. Todo oficial o soldado que por herida recibida en la guerra le inutilizase para continuar el servicio y pidiese su retiro, gozará lo mismo que se expresa en el artículo antecedente y se hará acreedor a que se le solicite por la superioridad alguna remuneración con que la piedad del rey quiera señalarle. Y porque el fuero y privilegios que van declarados han de ser sólo para los milicianos de los cuerpos nuevamente establecidos y no para los que ya había y se hubiesen

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reformado y reformaren, han de quedar los individuos que los componían sujetos como los demás vasallos a la jurisdicción ordinaria. Y porque es consecuente al honor de la milicia el que los tributarios que se alistaren en sus compañías sean ejemplos de esta carga, estarán entendidos de que mientras su majestad no determina otra cosa han de estar exentos de la paga de tributos. Y para que llegue a noticia de todos y los individuos de los cuerpos de milicias se alienten con el honor y distinción de los demás vasallos en que se constituyen por medio del fuero, privilegios, y preeminencias que van declaradas, y los tribunales, jueces, ministros y demás personas a quienes toca se las guarden y hagan guardar, he mandado se publique por este bando. Dado en México a 3 de mayo de 1766. El marqués de Cruillas. Bibliografía recomendada: María del Carmen Velázquez, El estado de guerra en Nueva España, 1760-1808, México, El Colegio de México, 1950, 252-20 p. Christon Archer, El ejército en el México borbónico. 1760-1810, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, 416 p. ________________________________________________________

Bando para la expulsión de los jesuitas.186 La expulsión de los jesuitas de los dominios del Imperio fue una de las más sonadas manifestaciones del nuevo despotismo borbónico. Los ministros del rey aparentemente llegaron a la conclusión de que una corporación tan influyente, que además hacía cuestión de principios su devoción al papa sobre toda otra autoridad, era inconveniente para el nuevo orden que se pretendía imponer en la Iglesia española. La oposición de la Compañía de Jesús a la canonización del obispo Palafox, su conocida hostilidad frente a varios ministros de Carlos III y la supuesta inspiración de un motín ocurrido en Madrid en 1766 fueron motivos incidentales de la determinación. La expulsión de los jesuitas motivó levantamientos en Guanajuato y agravó la situación de descontentos y motines ocurridos previamente en San Luis Potosí y Michoacán en protesta contra varias innovaciones gubernamentales.. Aunque estas sublevaciones fueron violentamente aplastadas, subsistió en el virreinato un sordo descontento, dado que
. Fuente: Vicente Riva Palacio, México a través de los siglos, 15a.ed., México, Cumbres, 1979, vol. 2, p. 841-842.
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los jesuitas eran generalmente apreciados como predicadores y guías espirituales, la mayor parte del clero y de la abogacía se habían educado en sus colegios y muchos jesuitas provenían de familias criollas. Por otro lado, muchos pensaban que el rey y sus representantes locales (destacadamente, el detestado visitador José de Gálvez) habían violado su obligación de defender a la religión y a los religiosos y, por lo mismo, su legitimidad era ahora dudosa.

Don Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, caballero del orden de Calatrava, comendador de Molinos y Laguna Rota en la misma orden, teniente general de los reales ejércitos de su majestad, virrey, gobernador y capitán general del reino de Nueva España, presidente de su Real Audiencia, superintendente general de Real Hacienda y ramos del tabaco de él, presidente de la Junta y juez conservador de este ramo, subdelegado general del establecimiento de correos marítimos en el mismo reino. Hago saber a todos los habitantes de este Imperio que el rey nuestro señor, por resultas de las ocurrencias pasadas y para cumplir la primitiva obligación con que Dios le concedió la Corona de conservar ilesos los soberanos respetos de ella y de mantener sus leales y amados pueblos en subordinación, tranquilidad y justicia, además de otras gravísimas causas que reserva en su real ánimo, se ha dignado mandar a consulta de su Real Consejo y por decreto expedido el 27 siete de febrero último, se extraditen de todos sus dominios de España e Indias, islas Filipinas y demás adyacentes a los religiosos de la Compañía, así sacerdotes como coadjutores o legos que hayan hecho la primera profesión y a los novicios que quisieran seguirles; y que se ocupen todas sus temporalidades de la Compañía en sus dominios. Y habiendo su majestad para la ejecución uniforme de todos ellos autorizado privativamente al excelentísimo señor conde de Aranda, presidente de <Consejo de> Castilla, y cometiéndome su cumplimiento en este reino con la misma plenitud de facultades, asigné el día de hoy para la intimación de la suprema sentencia a los

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expulsos en sus colegios y casas de residencia de esta Nueva España, y también para anunciarla a los pueblos de ella, con la prevención de que estando estrechamente obligados todos los vasallos de cualquiera dignidad, clase y condición que sean a respetar y obedecer las siempre justas resoluciones de su soberano, deben venerar, auxiliar y cumplir ésta con la mayor exactitud y fidelidad, porque su majestad declara incursos en su real indignación a los inobedientes o remisos en coadyuvar a su cumplimiento, y me veré precisado a usar del último rigor o de ejecución militar contra los que en público o secreto hicieren con este motivo conversaciones, juntas, asambleas, corrillos o discursos de palabra o por escrito; pues de una vez en lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir, ni opinar en los altos asuntos del gobierno. México, 25 de junio de 1767. El marqués de Croix. Bibliografía recomendada: José Antonio Calderón Quijano (dir.), Los virreyes de Nueva España en el reinado de Carlos III, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, l967, 2 v. Felipe Castro Gutiérrez, Nueva ley y nuevo rey. Reformas borbónicas y rebelión popular en la Nueva España, Zamora, El Colegio de Michoacán - Universidad Nacional Autónoma de México, 1996, 288 p. ________________________________________________________

Dictamen del virrey Bucareli sobre el proyecto de establecer intendencias en la Nueva España, 1774.187 En la década de los setentas comenzó a planearse el establecimiento de un nuevo régimen de gobierno novohispano, basado en las intendencias. El territorio se dividiría en intendencias que agruparían varias de los antiguas alcaldías mayores y corregimientos; estos intendentes responderían directamente ante el rey, y tendrían facultades en materia de gobierno, hacienda, justicia y patronato eclesiástico. De esta manera se descentralizaría la autoridad administrativa, limitando así la autoridad antes muy extensa del virrey. En principio, los nuevos funcionarios serían escogidos con particular cuidado entre hombres compenetrados con el nuevo absolutismo monárquico, capaces de imponer las innovaciones
. Fuente: La administración de frey Antonio María de Bucareli y Ursúa, cuadragésimo sexto virrey de México, México, Archivo General de la Nación, vol. I, p.186-204.
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requeridas en la colonia y de gobernar las provincias sin los antiguos vicios derivados del repartimiento de mercancías y otras formas de corrupción y colusión con los intereses locales. El dictamen del virrey Bucareli al proyecto representa la opinión de los funcionarios “pragmáticos” de la vieja escuela que desconfiaban de las grandes innovaciones. Su parecer tuvo gran peso, porque en su periodo logró evitar crisis y problemas mayores, consiguió la tranquilidad de un virreinato alterado por la expulsión de los jesuitas y, además, remitió grandes sumas al tesoro del rey en España. Bucareli consideraba indispensable la preservación de la autoridad virreinal -el alter ego del rey- como factor de prestigio y de orden público; y por otro lado pensaba que los defectos del viejo sistema de gobierno no se hallaba en las instituciones, sino en los hombres. Sus cautas y conservadoras opiniones pesaron decisivamente para dilatar el establecimiento de las intendencias por más de una década. La experiencia mostró que las dificultades que preveía este virrey eran reales, de modo que buena parte de las disposiciones del nuevo régimen de gobierno jamás se aplicarían y otras tendrían una evolución distinta a la pensada por sus creadores. Excelentísimo señor. Para satisfacer la orden del rey de 15 de abril de 1772, en que su majestad me manda que visto el plano de las intendencias y sobre lo que él se advirtió en España diese mi dictamen sobre el modo de su establecimiento, me ha sido preciso no sólo una observación continuada de todos los expedientes que llegan y se despachan por este superior gobierno, sino pedir informes a las personas que por sus manejos, desinterés, talentos y amor al rey me parecieron más propios para que ilustrasen con su práctica la que a mí me faltaba. Estudiados estos dictámenes, con toda la premeditación de que soy capaz, deduzco que no está la población del reino en estado que permita la variación de sistema en su gobierno; que el establecimiento de intendencias, lejos de mejorarlo, atraería la confusión, ocasionarían mayores gastos al erario, minoraría por muchos años su entrada y faltaría la seguridad en las cobranzas, que hoy da la mancomunidad en la responsabilidad de las fianzas. Las sabias leyes de estos reinos establecieron las reglas más sólidas y fáciles para la administración de justicia, recaudo y seguridad de los reales intereses; bajo de ellas se ha

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formado y crecido este imperio, siempre con aumento del erario, como demuestra el cotejo de los dos últimos quinquenios, el estado del valor de las rentas del año pasado de 1773, la extraordinaria labor de Casa de Moneda en el mismo, y el cuantioso registro que sacó de Veracruz la última flota, comprensivos en el índice que acompaña. El mal no ha estado en el sistema o método de gobierno que prescriben las leyes, sino en la calidad de los empleados en aquellos tiempos obscuros, en que el favor, el beneficio de empleos y la idea de que venían a hacerse ricos introdujo el desorden y el nepotismo; como que los recursos eran tardos y los informes corrompidos por el interés. Esto, me persuado, obligó al Supremo Consejo a consultar providencias, restringiendo facultades a los que mandaron sujetarlos a método, aumentar sueldos, crear oficinas y ponerlos en el estado de perfección que hoy tiene, para que no sea oprimido el infeliz, para que el erario reciba íntegros los justos derechos que le corresponden y para que los virreyes tengan un seguro medio de desempeñar las graves obligaciones de su empleo, tomando informes de los que manejan los distintos ramos, oyendo a los fiscales, acordando en juntas de Real Hacienda todo lo que sea gasto extraordinario, tratando en ellas lo que parezca oportuno variar, y consultando a los acuerdos de las audiencias en los casos dudosos, para que cuando llegue al trono la novedad, se hayan extinguido aquí todos los recursos que en lo humano pueden proporcionar el acierto. Hoy sabe el virrey, por semanas, el ingreso y gastos de las cajas matrices, con distinción de ramos; por meses el de los ramos que se administran, y cada tres el de las cajas foráneas, que remiten certificación de quedar barridas, con el conocimiento del conductor a quien han entregado los caudales sobrantes para que los transporte a la capital; y por fin de cada año deben y dan todas sus cuentas, presentándolas con justificantes en el

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tribunal de ellas para su glosa, cuyas resultas afianzadas se les hace satisfacer sin que en estos tiempos de ilustración se vean descubiertos, ni pérdidas de la Real Hacienda. Ningún pago se puede hacer, sea de la naturaleza que fuese, sin decreto del virrey sin que alce órdenes prohibidas. El virrey ningún gasto extraordinario puede mandar hacer por sí, y cuando lo hace con urgencia tienen libertad y precisión los oficiales reales y Tribunal de Cuentas de representarle hasta tres veces, y responde en su residencia que deja afianzada con 40.000 pesos al cargo que le resulte si antes no ha tenido aprobación del rey. Estando hoy el gobierno bajo de estos seguros, no alcanzo por donde pueden ser en este reino útiles unos empleos como los de intendentes, a quienes el rey tiene concedidas tantas facultades que no afianzan, que no pueden cumplir sus obligaciones por la dificultad de encontrar subalternos, y de gente de razón en los más de los pueblos a quien dar sus comisiones, por las distancias que abrazan las intendencias demostradas en los mapas que se acompañan igualmente y expresa el referido índice, malos caminos para las visitas que nunca harán, y crecidos gastos que no podrán soportar con sus crecidos sueldos, y tal vez obligaría la necesidad a que los sufriese el infeliz con su trabajo, con sus bagajes y con sus víveres; porque todos somos hombres, y el nombre de intendentes no liberta de las pasiones. La naturaleza de estas provincias pide todavía distinto manejo que el de la metrópoli, y poco a poco es como debe irse ganando la uniformidad...... Nuestro señor guarde a vuestra excelencia muchos años. México, 27 de marzo de 1774. Bibliografía recomendada:

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José Antonio Calderón Quijano (dir.), Los virreyes de Nueva España en el reinado de Carlos III, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, l967, 2 v. Bernard E. Bobb, The viceregency of Antonio María Bucareli in New Spain, 1771-1779, Austin, University of Texas, 1962, xii-314 p. David Brading, Mineros y comerciantes en el México borbónico, (1763-1810), México, Fondo de Cultura Económica, l975, 500 p. ________________________________________________________

Nombramiento de gobernador y capitán general de las Provincias Internas en favor del caballero don Teodoro de Croix, e instrucciones de gobierno (fragmento), 1776.188 Las Provincias Internas fueron creadas en 1776 a instancias del anterior visitador de la Nueva España y por entonces poderoso ministro de Indias, José de Gálvez. El propósito fue colocar un "comandante general" con amplias facultades para defender la frontera frente a las incursiones de los indios “gentiles”, controlar rápidamente cualquier levantamiento de los sometidos, promover el desarrollo económico y la colonización de estas vastísimas regiones, que incluían Texas, Nuevo México, Coahuila, Nueva Vizcaya (donde se comprendía a los actuales estados de Chihuahua y Durango), Sonora, Sinaloa y la Alta y Baja California, y mantener una estrecha vigilancia ante toda expansión de potencias europeas rivales. También, lateralmente, la Comandancia fue una de las primera manifestaciones de una política que abandonaba la tradicional dependencia de las misiones para el control de las fronteras y procuraba descentralizar la administración, la justicia y la defensa militar. La innovación institucional encontró pronto la hostilidad de los virreyes -que veían limitada su autoridad- y serios problemas para la defensa adecuada de tan vastos territorios. A la larga, los virreyes recuperaron su autoridad sobre los comandantes generales, el gobierno civil pasó a los intendentes (1786) y los comandantes optaron por prácticamente por pagar a los indios hostiles –los apaches, sobre todo- para que se asentaran en pueblos, con el fin de asegurar una paz que permitiera cierto desarrollo económico y una limitada colonización española. El rey. Don Teodoro de Croix, caballero del Orden Teutónico, brigadier de mis ejércitos, segundo teniente de la Compañía Flamenca de mis Reales Guardias de Corps, gobernador y comandante general de las provincias de Sinaloa, Sonora, Californias y Nueva Vizcaya.

. Fuente: La administración de frey Antonio María de Bucareli y Ursúa, cuadragésimo sexto virrey de México, México, Archivo General de la Nación, vol. 1, p. 332-342.
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Por cuanto con atención a los grandes encargos, cuidados y obligaciones que tiene mi virrey de México y a la considerable extensión de las vastas provincias que comprende aquel imperio de la Nueva España, se trató y propuso desde el año de 1752 erigir la Comandancia y Capitanía General de las mencionadas provincias, por no ser fácil aplicar desde la metrópoli de México las providencias eficaces que exigía la suma importancia de ellas; con estos motivos y otros muy urgentes que tuve en consideración, representados por el virrey marqués de Croix y el visitador general don José de Gálvez en el año de 1768, resolví en julio de 769 establecer el referido empleo que ahora os he conferido por la completa satisfacción con que me hallo de vuestra capacidad, celo y amor a mi real servicio. Y para que podáis desempeñar mi confianza en el gobierno, defensa y extensión de los dominios que he puesto a vuestro mando, es mi voluntad que observéis con la mayor exactitud los artículos siguientes: 1o. Supuesto que por mi real título despachado a vuestro favor os tengo dada la jurisdicción y amplias facultades que necesitáis como gobernador y comandante general de las expresadas provincias y todas sus fronteras, declaro, por esta instrucción y real cédula, que en vuestro mando superior se han de entender incluidos y agregados los gobiernos subalternos de Coahuila, Texas y el Nuevo México, con sus presidios y todos los demás que se hallan situados en el cordón o línea establecida de ellos desde el Golfo de las Californias hasta la Bahía del Espíritu Santo, según mi reglamento y real instrucción dada en 10 de septiembre de 1772, que haréis observar con la mayor puntualidad y en la misma forma que estaba cometida a mi virrey de Nueva España. 2o. Aunque en todas las disposiciones y providencias de vuestro gobierno y capitanía general dependeréis sólo de mi real persona y de las órdenes que yo os dirigiere por la vía reservada de Indias, daréis noticia al virrey de México de las novedades

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interesantes y acaecimientos más notables que ocurrieren en las provincias de vuestro mando, para que se halle instruido aquel jefe superior del reino de todo lo que sobrevenga en sus países internos y os facilite los auxilios que necesitaréis, como mando que lo ejecute siempre que se lo pidieseis, y que a vuestro tránsito por la capital de México os instruya individualmente del estado actual en que se hallen las mencionadas provincias y fronteras, haciendo que se os entreguen copias autorizadas de todas las disposiciones, documentos y papeles respectivos a ellas, a fin de que entréis en vuestro mando con el debido conocimiento de las providencias dadas y de los objetos principales que deben ocupar vuestras primeras atenciones y cuidados. 3o. Asimismo declaro que en las provincias de vuestro gobierno habéis de ejercer la superintendencia general de mi real hacienda con inmediata dependencia de mi real persona y vía reservada de Indias, como por las leyes de ellas las tienen los virreyes de aquellos dominios y la continuará el de México de todo lo restante de la Nueva España. 4o. Os concedo igualmente las amplias facultades que por las mismas leyes de Indias competen a los virreyes y gobernadores pretoriales en el ejercicio de mi real patronato, para que usando de ellas presentéis sujetos en los curatos y beneficios, siendo aprobados y propuestos por los respectivos prelados diocesanos o sus cabildos en sede vacante. Pero con atención a las grandes distancia que hay entre aquellas provincias y que continua y sucesivamente debéis visitarlas, os concedo el permiso de subdelegar estas facultades en los gobernadores de Sonora, Nueva Vizcaya y demás de igual clase comprendidos en el distrito de vuestra capitanía general, a fin de que no se retarden las provisiones eclesiásticas. 5o. Con la mira de que os halléis siempre en proporción de ocurrir personalmente o con oportunas providencias a los parajes más distantes de vuestro gobierno, estableceréis

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por ahora la capital de vuestra residencia en el pueblo de Arizpe, situado sobre el río de Sonora y cercano a la frontera de aquellas provincia, por estar casi a igual distancia de las de Nueva Vizcaya y Californias; y desde luego os podéis alojar en la casa contigua a la iglesia que fabricaron los misioneros expatriados, ínterin se construye otra en el mismo pueblo o donde más convenga...... Dado en San Ildefonso, a 22 de agosto de 1766. Yo el rey. José de Gálvez. Bibliografía recomendada: Luis Navarro García, Don José de Gálvez y la Comandancia General de las Provincias Internas del norte de Nueva España, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1964, 602 p. José Antonio Calderón Quijano (dir.), Los virreyes de Nueva España en el reinado de Carlos III, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, l967, 2 v. David Weber, The Spanish Frontier in North America, New Haven, Yale University, 1992, xx-579 p. ________________________________________________________ Instrucción del virrey Bernardo de Gálvez al comandante general Jacobo Ugarte y Loyola, para el gobierno y defensa de las Provincias Internas189 El norte de la Nueva España fue una frontera de perpetua inestabilidad, ocasionada por las enormes distancias, la presencia de desiertos y cadenas montañosas, el precario control sobre los indígenas reducidos en misiones, la limitada colonización civil y la presencia de grupos no sometidos, que realizaban periódicas y destructoras incursiones. Los virreyes recurrieron al establecimiento de una línea de “presidios”, con capitanes y soldados que protegían a los comerciantes y viajeros; al fomento del poblamiento español y a la creación de milicias indígenas. Sus éxitos fueron desiguales, y en muchas ocasiones los conflictos entre los gobernadores civiles y los misioneros, la desorganización de los presidios y la renuencia o incluso los alzamientos de los indígenas de misión traían el caos y la destrucción en amplias zonas que nominalmente estaban bajo el dominio del rey. El caso más extremo fue el de Nuevo México, que tuvo que ser completamente abandonado entre 1680 y 1693 debido a la rebelión de los indios “pueblos”. La “Instrucción” del virrey Gálvez –con extensa experiencia personal en el norte- traza un cuadro dramático de la inestabilidad de la frontera, la descripción etnográfica de los grupos indígenas del norte, la imposibilidad del éxito de una victoria puramente militar y la necesidad de recurrir a una política de negociaciones como mejor y más eficiente medio para garantizar la paz y permitir la colonización civil.
. Fuente: AGN, Bandos, vol. 14, f. 114-134.. Publicado íntegramente en Boletín del Archivo General de la Nación, vol. 8, no.4, 1937, p. 491-540.
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Es notorio el infeliz estado en que se hallan las Provincias Internas que la piedad del rey se ha dignado confiar al mando de vuestra señoría, dependiente del mío. Las recibe vuestra señoría postradas con los rigores de la guerra, peste y hambre, y nuestros esfuerzos no pueden remediar verdaderamente estos graves males sin los auxilios de la divina providencia. Eficazmente se han aplicado los que caben en el poder humano desde el año de 1723, gobernando la Nueva España el excelentísimo señor marqués de Casafuerte, y han sido admirables las disposiciones, las fatigas y los sacrificios que en aquel tiempo y los sucesivos conspiraron a la pacificación y felicidad de esas provincias. El celo y prudencia de mis predecesores y de los de vuestra señoría, se han valido de todos los medios conducentes al logro de tan importantes fines; pero con la desgracia de que no hayan alcanzado a remediar las que padecen los territorios internos. Se han socorrido repetidamente con aumentos de tropas y presidios útiles, se han colocado estos antemurales en ventajosas líneas de frontera, y se han prevenido sabias reglas para el interior gobierno, manejo de caudales, disciplina y servicio de las compañías. Se han hecho descubrimientos, expediciones y campañas generales y particulares; se han celebrado <paces> con muchas naciones de indios enemigos, y se les ha indispuesto hasta el caso de ofenderse con hostilidades recíprocas. Nuestras tropas, según comprendo, se han sacrificado siempre en todas las operaciones que exige la guerra de esas provincias, y me parece que no se han omitido medios y máximas prudentes para cultivar la amistad de los indios y atraerlos con maña y dulzura a nuestra dependencia. Por último, es constante que la conservación de los dominios internos cuesta muchos millones de pesos a la Real

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Hacienda, y gruesas generosas contribuciones a los dignos vasallos del rey, que en esas remotas distancias acreditan su amor y lealtad profunda. En vista, pues, de estos grandes auxilios, y del triste actual estado de las provincias, debo persuadirme que su deseada pacificación ofrece hoy mayores dificultades que las que siempre se han experimentado. Son más insuperables en un tiempo tan calamitoso como el presente; pero Dios, que dotó esos territorios con las bellas proporciones de benignos temperamentos, feracidad y riquezas, usará de sus misericordias, restituyéndoles la salud y la abundancia, y bendiciendo nuestras operaciones de guerra. Asegurado de esta confianza, y justamente deseoso de corresponder a la que el rey me dispensa, declarando sujeto a mi mando superior el de esas provincias, procuraré cumplir con la real orden que me previno la formación de estas instrucciones. Las reduciré a metódicos y claros puntos, valiéndome de los antiguos conocimientos y experiencias que pude adquirir en el mando militar de la Nueva Vizcaya y en las frecuentes campañas y fatigas personales que ejecuté sobre las tierras de los indios en las fronteras de aquella provincia y de la de Sonora. Haré también el uso que convenga de las noticias que he tomado de varias personas de inteligencia, celo y carácter, y de las constancias de oficios y expedientes que con prolijidad he reconocido; pero después de todo, debo fundar principalmente las esperanzas del acierto, el remedio y felicidades de esas provincias, en el celo, gratitud y nobles sacrificios de vuestra señoría y de los demás jefes subalternos, qué han de observar y obedecer en la parte que les toque las prevenciones contenidas en los artículos siguientes...... 20. Ha de hacerse la guerra sin intermisión en todas las provincias y en todos tiempos a los apaches que la tienen declarada, buscándolos en sus rancherías, pues es el

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único modo de castigarlos y de que nos vayamos acercando a la pacificación de los territorios. 21. Para facilitar las operaciones ofensivas de esta guerra incesante y las de particular defensa de cada provincia, podrán vuestra señoría y sus cabos subalternos, distribuir las tropas de sus respectivos mandos en los puestos más ventajosos, y según les parezca conveniente, excusándose cuanto sea posible las escoltas inútiles, correos impertinentes, ordenanzas no necesarias y custodias particulares de bestias que no sirvan para la guerra, pues comprendo que en estos puntos hay muchos abusos. 22. El resguardo de los situados de caballada merece la mayor atención: las partidas de tropa que se destinen para su defensa deben ser en número competente y proporcionado a los riesgos de la frontera, han de prevenirse claras y terminantes órdenes para que se observen con la mayor exactitud y vigilancia; el menor descuido en esta parte se examinará y castigará seriamente, constituyendo responsables a los comandantes de las mismas partidas y capitanes de las compañías, hasta el caso de reemplazar a su costa las pérdidas que ocurran por falta grave de culpable descuido y aún deponerlos de sus empleos si fuere repetido el abandono en un asunto que siempre ocasiona las sensibles resultas de la inacción de nuestras operaciones de guerra y las mayores impunes hostilidades. 23. Los comandantes de destacamentos o partidas sueltas que salgan a campaña han de obrar en ellas con entera libertad, dejándoles la acción sin limitársela por término alguno; pues así procederán sin timidez y los efectos de sus operaciones acreditarán la utilidad o inutilidad de estos comandantes, debiendo también precaverse las sorpresas que suelen experimentarse en nuestras pequeñas partidas por la nimia confianza con que transitan y se manejan.

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24. Siempre que nuestras incesantes campañas produzcan el fruto de intimidar o consternar a los indios, de suerte que alguna o algunas congregaciones de la apachería soliciten la paz, se les concederá inmediatamente bajo de regulares y posibles puntos de capitulación, dándome cuenta para que yo prevenga lo demás que deba ejecutarse; pues es mi ánimo establecer con ellos un comercio que los atraiga, que los interese y que con el tiempo los ponga bajo de nuestra dependencia, pero los conceptos de este artículo exigen las explicaciones que haré en los números siguientes. 25. Nunca han sido ni se han considerado bastantes las tropas y los presidios para defender y asegurar las provincias; estuvieron guarnecidas en el año de 1729 con 734 hombres; sus situados190 importaban 283.930 pesos, y todo se ha ido multiplicando con aumentos parciales. Hoy contamos sobre las fronteras con cerca de cuatro mil hombres, sin incluir los que se emplean en los presidios de Californias, y con el gasto anual de más de un millón de pesos; pero a pesar de estos auxilios poderosos, se oyen en nuestro tiempo los mismos clamores de sangrientas hostilidades, próxima ruina y entera desolación que se oyeron en los antiguos. 26. Con mayor causa se oirán en los venideros si continúan los insultos muertes y robos, porque el decadente estado de las provincias no puede resistir estas desgracias, aun cuando se aminoren, sin llegar al extremo de su temida desolación. El recelo de que se verifique nunca lo han desvanecido los aumentos de fuerzas; antes bien, parece que con ellos se multiplican las hostilidades y ya debemos desengañarnos de que el ejército más numeroso de tropas veteranas no puede pacificar los territorios internos.

. Partidas previstas por la Real Hacienda para sostenimiento de guarniciones y otros gastos gubernamentales en regiones de frontera marítima o terrestre dependientes del virreinato.
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27. Es excusado referir los ardides, las seguridades y las ventajas con que los indios bárbaros nos hacen la guerra; todos sabemos que este es su único oficio y que lo ejercitan con valor, agilidad y destreza. No yerran golpe, pero si los nuestros fuesen capaces de desalojarlos de las ásperas serranías y bosques impenetrables que cubren los inmensos territorios de esas fronteras, buscarían su mejor asilo en las fragosidades de la Sierra Madre. 28. En este caso posible se aumentaría el número de nuestros enemigos con el de los infieles que ahora viven sin mayor inquietud en las profundas barrancas de la misma sierra, y con el de los malcontentos en sus pueblos de misión, trascenderían las hostilidades a las más sosegadas provincias del virreinato, y no habría fuerzas con que oponerse a las crueles irrupciones de una multitud de bárbaros. 29. Creo positivamente que el vencimiento de los gentiles191 consiste en empeñarlos a que ellos mismos entre sí se destruyan. No son capaces en su actual sistema, de reducirse a la religión ni al vasallaje sin un milagro de la omnipotencia, ni de guardar constante fe en sus armisticios; pero también comprendo que en el estado que tienen las provincias nos será más fructuosa una mala paz con todas las naciones que la soliciten, que los esfuerzos de una buena guerra. 30. No vino un grande ejército de españoles a la conquista de este imperio; ella se hizo con el auxilio de los tlaxcaltecas y progresivamente con el de todos los indios de Nueva España que contribuyeron a su ruina feliz. El jefe conquistador nunca se resistió a las paces que le ofrecían; se aprovechaba del trato fiel de sus verdaderos amigos, disimulaba los agravios del alevoso y los castigaba en la oportunidad para el ejemplar escarmiento. Así llevó sus rápidas empresas hasta la antigua California, propagó la

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. Los paganos, y en este caso indígenas no convertidos al cristianismo.

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verdadera religión en esta gran parte del mundo y puso los dominios más recomendables a los pies de nuestros católicos reyes sin el menor expendio del real erario. 31. Estos admirables sucesos no pueden cotejarse con los de Provincias Internas; la más moderna cuenta más de un siglo de ocupación; hemos perdido mucha parte de nuestros antiguos establecimientos y sólo adelantamos los importantes de la Nueva California, cuya inalterable quietud pende de que nunca despertemos la inocencia de aquellos indios. 32. Notablemente ilustrada la malicia de los que infestan las demás provincias de frontera, no es ya tiempo de abrazar todas las máximas de los conquistadores de Nueva España, que pelearon con muchas ventajas a expensas propias y con estrecha necesidad de vencer para asegurar su subsistencia, fortuna y premio. 33. Los indios enemigos que tenemos sobre esas fronteras saben sorprender y destrozar nuestras tropas en la sierra y en el llano, no ignoran el uso y poder de nuestras armas, manejan diestramente las suyas, son tan buenos o mejores jinetes que los españoles, y no teniendo ciudades, pueblos, palacios ni adoratorios que defender, sólo pueden ser atacados en sus rancherías dispersas y ambulantes. 34. En esta parte no son adaptables las máximas de los conquistadores, pero sí en la de admitir de paz a los indios y empeñarlos en su destrucción recíproca; de este medio se valen las colonias extranjeras, hoy sujetas al dominio del rey, para no sufrir las hostilidades, y es el único que puede remediar las que devastan esas provincias. 35. No será extraño ni nuevo que en ellas se celebren <paces> para con los indios; las tienen en Texas todas las naciones del Norte, los apaches lipanes en la misma provincia y la de Coahuila, los jicarillas, navajos, yutas y aun los comanches en el Nuevo México, y los seris y tiburones en Sonora; las tenían todos los apaches en el pueblo del Paso el año de

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1771, la tuvieron los gileños en el presidio de Janos, alguna vez en el de Fronteras y últimamente los mezcaleros en la Nueva Vizcaya. 36. Nadie ignora las veleidades de todos los indios y su mala fe; pero no siempre la han encontrado buena en nuestros procedimientos; hay mil ejemplares antiguos y muy modernos de esta verdad que jamás deben referirse. 37. Las paces se fundan, como todas las cosas del mundo, en intereses particulares, y los indios por lo general no han podido tenerlos en las que hasta ahora han celebrado; viven de la caza y de la guerra, pero aquélla no es bastante para el remedio de sus primeras necesidades; de suerte que si no roban y hostilizan, perecen de hambre y miseria. 38. Esta es la causa motriz de que tengamos sus paces por dolosas, y de que efectivamente lo sean; pero nuestras dádivas que no alcanzan a mantenerlos, tampoco pueden facilitarles otros auxilios que ya les son precisamente necesarios. 39. Carecen de caballos y mulas, y los apaches, a costa de los mayores riesgos, procuran adquirir estos animales para comer, porque son las delicias de su alimento, y todos los indios para sus cacerías y campañas contra nosotros y contra ellos mismos. 40. Desean con ansia proveerse de escopetas, pólvora y municiones, porque en el uso de estas armas encuentran el gusto y la seguridad de la caza y porque discurren equivocadamente que les son más ventajosas en la guerra. 41. Tienen también otros antojos que no pueden graduarse de impertinentes, pues conspiran a cubrir su desnudez, hacerse los hombres fieros y las mujeres agradables con las pinturas o embijes192, y colgarse adornos que a nuestra vista parecen ridículos. 42. Nos tendría mucha cuenta satisfacerles sus deseos; menos gastaría el rey que lo que ahora expende en considerables inútiles aumentos de tropas, los indios no podrían vivir
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. Pintura corporal, particularmente la utilizada por los indios de la frontera norte del virreinato.

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sin nuestros auxilios, llevarían sus armas contra ellos mismos en nuestro obsequio y de sus inclinaciones guerreras o acaso mejorando sus costumbres con el buen ejemplo, abrazarían voluntariamente la religión y el vasallaje, y de cualquier modo guardarían fe en sus armisticios. 43. Tenemos estas experiencias en nuestras colonias o nuevas adquisiciones, y a la verdad la hay también en las Provincias Internas de que las paces dolosas de los indios producen mejores efectos que la guerra declarada. 44. El indio, en tiempo de paz, remedia en parte sus necesidades con nuestras cortas dádivas y con el mezquino cambalache o permuta de sus pieles, semillas y frutos silvestres, no recibe agravios de nuestras armas que le inciten a la venganza, y por forzosa consecuencia, son menores las hostilidades. 45. Alguna suele experimentarse en la provincia, presidio o población donde celebran las paces, y nunca dejan de cometerlas en otros distintos territorios; pero todo proviene de unos mismos principios: la necesidad mal satisfecha que les obliga a robar para comer, la codicia de adquirir los bienes que desean, la libertad, el ocio y la misma pobreza que engendran y fomentan sus perversas inclinaciones. Si el hambre es grande, no reparan en ejecutar el insulto donde ofrecieron la amistad; si no es mucha, guardan allí la buena fe, y verdaderamente no la quebrantan, cometiendo hostilidades en otras partes, pues más de una vez han hecho esta sencilla confesión, persuadiéndose de que no ofenden a sus amigos con el daño que infieren a los demás vasallos del rey que viven en territorios donde no celebraron materialmente la paz. Así ha sucedido y sucede con todos los apaches en el pueblo del Paso y presidio de Janos, con los mezcaleros en la Nueva Vizcaya, con los jicarillas, navajos, yutas y comanches en el Nuevo México, con los lipanes en Coahuila y con las naciones del Norte en Texas.

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46. Ya se ve que esto trae algunos inconvenientes que hacen para algunos, problemáticas las utilidades de la paz; pues es constante que en donde los indios la celebran, dejan sus familias aseguradas para obrar con más desahogo en sus irrupciones, y también lo es que las emprenden con mayor confianza, porque se instruyen más bien de nuestras ideas, máximas y movimientos. Estos son los intereses que hoy estimulan a los indios para solicitar nuestra amistad y desde luego nos tendría más cuenta la guerra si no encontrásemos medios prudentes para celebrar mejores paces. 47. El interés del comercio enlaza y estrecha las voluntades de los hombres y lo que deseo se establezca con los indios en esas provincias, admitiéndolos de paz cualquiera parte que soliciten. 48. La romperán muchas veces por su carácter voluble, por la dificultad de que se avengan los ánimos de unas gentes que no reconocen otro superior que su libre albedrío, ni otra razón que la de sus antojos o porque será preciso castigarlos con causa justa; pero declarada y seguida la guerra con tesón, los indios volverán a solicitar la paz, y nosotros a concedérsela siempre que la pidan. 49. Mientras estén en paz se observarán por nuestra parte escrupulosamente las capitulaciones que se hicieren y se procurará que los indios ejecuten lo mismo por la suya, disimulándoles ciertos defectos leves que provienen de su ignorancia, bronco carácter y malas costumbres; pero castigando los graves en la oportunidad para el escarmiento, y cuando no haya riesgo de aventurar el decoro de nuestras armas. 50. También se fomentarán con maña eficaz las desavenencias y recíprocos daños entre las parcialidades de una misma nación y el odio irreconciliable de las del norte con los apaches.

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51. En la sujeción voluntaria o forzada de estos últimos o en su total exterminio, consiste la felicidad de las Provincias Internas, porque ellos son los que las han destruido, los que viven sobre sus fronteras, y los que causan los infieles procedimientos y la inquietud de los indios reducidos. 52. No creo que la apachería se sujete voluntariamente; Dios puede hacer este milagro y nosotros poner los medios de atraer las distintas parcialidades de esta nación, haciéndoles conocer las ventajas de la vida racional, que le tomen gusto, que se acostumbren al uso de nuestros alimentos, bebidas, armas y vestuario, y que entren en codicia de poseer bienes de campo. Aun no estamos en los principios conducentes a estos logros, exigen mucho tiempo; pero él nos irá poniendo en la senda del acierto para las providencias ulteriores. 53. La desunión entre las parcialidades apaches no es imposible, porque ya la hemos visto sañuda y sangrienta entre lipanes y mezcaleros. Si conseguimos que vuelvan a indisponerse y que estos enojos se propaguen entre los demás indios de la nación, ella se irá disminuyendo y entonces nos será más fácil sujetar el menor numero con la fuerza. 54. Finalmente, si la apachería por su desunión y por las fuertes irrupciones de los indios del norte, llegare a exterminarse, contarán las provincias muchos años de tranquilo sosiego, florecerán sus preciosas riquezas y tendremos tiempo para precaver las hostilidades de otras naciones que sin duda se irán acercando a nuestras fronteras. 55. Cuando por alguno de los motivos apuntados en artículo 48, se rompiese la guerra con los indios amigos, se les hará el con el tesón prevenido en el mismo articulo y en el 20 de estas instrucciones para que sientan el castigo incesante, el poder de las armas del rey y la privación de los bienes y seguridades que disfrutaban en los senos de la paz; de esta manera volverán a pretenderla sin orgullo, y será más durable......

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México, 26 de agosto de 1786. El conde de Gálvez. Bibliografía recomendada: Luis Navarro García, Don José de Gálvez y la Comandancia General de las Provincias Internas del norte de Nueva España, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1964, 602 p. José Antonio Calderón Quijano (dir.), Los virreyes de Nueva España en el reinado de Carlos III, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, l967, 2 v. Thomas Naylor y Charles W. Polzer, The Presidio and Militia on the Northern Frontier of New Spain. A Documentary History, Tucson, University of Arizona Press, 1986, 2 v. ________________________________________________________

Relación del intendente de Nueva Galicia Jacobo Ugarte y Loyola sobre providencias tomadas respecto de los bienes de comunidad y fundo legal de los pueblos de indios.193 Los propios de las villas y ciudades españolas y las cajas de comunidad de los pueblos de indios fueron establecidas por la legislación colonial desde fechas muy tempranas, con el fin de contar con fondos para obras públicas y subvenir a las necesidades y urgencias comunitarias –en el caso de los indígenas, la construcción de iglesias y el pago del tributo. Para este fin se previó que en los pueblos hubiera tierras que se trabajaran de forma colectiva, por tandas y se les dieron concesiones de mesones, pesquerías, molinos de azúcar, ganados, salinas, canteras y tierras para arrendamiento. Para evitar malos manejos, se estableció que los recursos obtenidos se pondrían en cajas de tres llaves, una de las cuales tendría el gobernador indígena y las otras funcionarios españoles. Las cajas fueron el sustento de la vida comunitaria, proveyendo ayuda a los necesitados, pequeños préstamos en efectivo o en bienes y colaborando decisivamente a mantener el ciclo de fiestas y la compleja vida ritual indígena. A raíz de la Ordenanza de intendentes (1786) estos fondos pasaron a ser administrados por los intendentes, que por lo común arrendaron tierras y pastos a empresarios españoles. Solamente se autorizó el empleo de los recursos comunales para algunas limitadas estividades y otros desembolsos considerados deseables (como el salario de los maestros de escuela). Finalmente, estos recursos fueron prácticamente confiscados mediante “donativos voluntarios” y la conversión de los pueblos indígenas en “accionistas” de la Banca de San Carlos, creada para subvenir a las urgencias fiscales de la Corona. Guadalajara, 18 de diciembre, 1792

. Fuente: Francisco de Solano (comp.), Cedulario de tierras. Compilación de legislación agraria colonial (1497-1820), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1991, p. 504-507.
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En órdenes circulares de 11 de febrero de 1791 se mandó a los ayuntamientos y subdelegados formasen y me remitiesen con separación de expedientes las noticias de propios y arbitrios y bienes de comunidad que gozan las ciudades, villas y lugares de españoles, y los pueblos de indios; concesión y origen de ellos; si precedió facultad real, con qué motivo y para qué destino se concedió; si subsiste la causa o ha cesado; cargas perpetuas o temporales que sufren; gastos precisos o extraordinarios a que están sujetos; sobras o faltas que resultan en fin de cada año; y existencia y custodia y cuenta de estos caudales, para proceder, con presencia de estas noticias a formalizar los reglamentos interinos que asegurasen su perfecto arreglo y distribución, conforme a lo dispuesto en la indicada real ordenanza, desde el artículo 31 hasta el 53. En ellas se dieron diversas providencias que al propio tiempo ministrasen luces de unos fondos hasta aquí inconocidos194 en las más partes de esta provincia, facilitasen ideas de los ramos que los componen y se empezase su establecimiento con gusto de los lugares y pueblos que no los tuviesen, fijándose reglas que de pronto asegurasen su manejo, cobro e inversión, y proporcionasen hacer efectivos los reglamentos que suspendían la libertad y son con que hasta ahora administraron estos recomendables intereses. Fenecidos los expedientes a costa de un continuo desvelo, se han hecho y puesto en observancia sin oposición los reglamentos de propios y arbitrios de esta capital, villas de Aguascalientes, Lagos, Real de Asiento de Ibarra y pueblo de Teocaltiche,, empezando en la primera, segunda y cuarta desde principios de este año, y en los otros desde enero próximo. Y los de bienes de comunidades de indios, respectivos a 53 pueblos de las jurisdicciones de Tequila, Etzatlán, Ahuacatlán, Barca y Lagos, teniendo presente para su formación lo dispuesto por el rey en la citada real ordenanza, leyes de la Recopilación
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. Inconocidos. Desconocidos.

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indiana y posteriores resoluciones acordadas por su majestad y Junta Superior de Real Hacienda de México. Los efectos de estas disposiciones son los más benéficos, porque los pueblos además de que hallarán en sus necesidades de pestes y hambres, que han destruido a los indios, pronto socorro a que ocurrir, sin nuevos gravámenes proporcionarán con qué atender a sus cargas, hermosura y composición de ellos y los caminos, hacer mesones que apenas en lo interno de esta provincia se conocen y fomento de la agricultura y las artes. Estos bienes que no pueden ser visibles al pronto porque como hasta ahora no se trató nunca de la justa economía, administración e inversión de estos caudales, se han consumido inútilmente a arbitrio de los ayuntamientos, con consultas del gobierno. Y en los pueblos de indios en que jamás se tomaron cuentas a los alcaldes que los administraban no se supo tuviesen otro destino que consumirlos en funciones y, alguna vez, en pagar parte del tributo que dan a su majestad; y de cuyas resultas tienen pendientes varios créditos y no pocos de anticipaciones que recibieron en cuenta de arrendamientos de tierras de comunidad, cuyas deudas dispuse se pagasen de sus productos. Y así lo aprobó la mencionada Junta Superior de Real Hacienda en la celebrada en 7 de junio de 1791. En ella se acordó igualmente, según lo consultado por mí, que para evitar el crecido número de festividades que costeaban los pueblos de indios a que son inclinadísimos y que en mi sentir han sido origen de gravísimos males, porque con tal pretexto las reducían a bailes, comidas y embriagueces, que en ningún pueblo de indios se hagan o celebren otras funciones que las de su santo patrono y Corpus, para cuyos gastos señalé la cantidad correspondiente, pagadera de los referidos bienes de comunidad. También dispuse se llevase a efecto lo mandado en la ley 31, título IV, libro VI de la Recopilación de leyes de Indias sobre que labren diez brazas de tierra cada indio para los

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fondos de comunidad, con la mira de que tomando incremento se aumente la agricultura. Como quiera que hay algunos pueblos cuyas tierras no son a propósito para labores en ellos, satisfacen real y medio cada uno para aquel fin. Y veo con complacencia que por efecto de estas providencias tiene hoy el pueblo de Tequila, después de pagar maestro de primeras letras y cubrir otras cargas de iglesia, 521 pesos depositados en esta tesorería principal de real hacienda; los del partido de Etzatlán custodian en sus arcas 905 pesos; los de La Barca, 863 pesos 7 reales; los de Sayula, 760 pesos. Y en todos los demás, según proporciones, situación y deudas contraídas, espero consigan iguales ventajas. De ellas ha de resultar, por consecuencia precisa, el aumento de la población, que hasta aquí ha ido en suma decadencia, por falta de prontos socorros en sus hambres y epidémicas enfermedades, porque las largas distancias y ningunos fondos para prestárselos con oportunidad les imposibilitaba lograrlos. En los órdenes de 5 de abril y 9 de junio de 1791 dispuse que, en observancia de las leyes, celasen con esmero y puntualidad todos los subdelegados que en los pueblos de indios no se matriculasen los que no lo sean o estén en posesión de tales, como con grave perjuicio de los naturales ha sucedido, admitiéndose mulatos y otras castas por indios al goce de sus privilegios, tierras y demás como si efectivamente lo fuesen. Que no consienta se pasen a avecindarse de unos a otros, sino en los casos permitidos por derecho. Que las tierras del fundo legal y comunes no se repartan sino a los indios respectivos y a cada uno sólo las necesarias, atenta su edad, número de familia y aplicación, con intervención del protector, partidario o defensor que se nombre a los indios, sin meterlos en posesión de ellas hasta que se apruebe el reparto por el juez real; que en el caso de morir algún indio que beneficie tierras comunes o de fundo, dejando viuda con hijos o sin ellos que no puedan cultivarlas por sí, se arrienden con autoridad del juez real y ministre

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a las viudas e hijos producto; que ésta falleciese han de quedar para que las labren los hijos u otros herederos consanguíneos del indio su marido, consignándolas en repartimientos, atentas las mejoras que sus padres hiciesen en ellas. Que en el caso de no haber viuda, hijos ni herederos que las demanden por aquel respecto, se arrienden como las demás sobrantes, después de atendidas equitativamente las familias en pública subasta y con las formalidades de derecho, para que sus productos entren en las cajas de bienes de comunidad, con arreglo a lo acordado en Junta Superior de Real Hacienda celebrada en 20 de noviembre de 1789. Que en el caso de que algunos indios disfruten muchas tierras del fundo legal y otros carezcan de las precisas para con su cultivo mantenerse, se les haya de repartir a éstos con la proporción y justicia que demande su necesidad. Y que las tierras que cada indio en particular goce, por compra a su majestad, donación u otro justo título, las posean ellos y sus herederos como que no son, ni han sido, del fundo legal del pueblo, asistiéndoles además con las que les quepan de las comunes por repartimiento, como individuos de él, declarando que los indios de los pueblos en particular, ni en común, puedan vender, ni enajenar el todo ni parte de las tierras de su fundo sin los requisitos de la ley, porque <no> gozan el dominio y propiedad y sí el usufructo. Todas estas providencias que conspiran al bien y felicidad de estos naturales y a su buen gobierno las hice entender por oficios de ruego y encargo a los curas párrocos, pidiéndoles contribuyesen a su efectivo cumplimiento. Y habiéndolo logrado, sin oposición de los indios, espero que surtan en su beneficio conocidas ventajas al Estado. La agricultura en esta provincia es la industria que ejercen y mantiene casi a todos sus habitantes, pues aunque se conocen aquellas artes precisas para el servicio de los pueblos, sin los principios que las perfeccionan, hay muchos minerales en que se trabaja

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con incesante afán. Y están establecidos cantidad de telares de algodón y lana, curtidurías, ingenios de azúcar y otros artefactos. Por efecto de la feracidad de este suelo en toda clase de producciones que facilita excesivas ganancias, son pocos los menestrales comparados con aquéllos. De este principio y de las abundantes lluvias y buenos riegos resulta que este ramo se halle en su perfección, que los graneros están llenos de semillas y tanto que hoy se ven precisados a sacarlos para engordes y poder encerrar las nuevas; porque a pesar de las exquisitas diligencias y experimentos hechos por los hacenderos no han podido hallar medio que las conserve sin corrupción más de uno, a lo sumo, dos años. Si se encontrase, difícilmente entraría en esta provincia la calamidad de la hambre. En el pueblo de Cozalapa, y otros de las dilatadas jurisdicciones de Juxcacuesco y Autlán, cuyas tierras siendo inservibles para siembras de granos son a propósito para el cultivo de añiles, enseñados aquellos naturales por dos vecinos que arriendan una pequeña parte de ellas hacen ya sus cosechas de él y tengo encargado estrechamente a los subdelegados que por su parte contribuyan a tan útil establecimiento y favorezcan a los sujetos dedicados a su cultivo. Bibliografía recomendada: José Antonio Calderón Quijano, El Banco de San Carlos y las comunidades de indios de Nueva España, Sevilla, Banco de España, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1963, 144 p. Horst Pietschmann, Las reformas borbónicas y el sistema de intendencias en Nueva España: un estudio político administrativo, México, Fondo de Cultura Económica, 1996, 321 p. Dorothy Tanck de Estrada, Pueblos de indios y educación en el México colonial, 17501821, México, El Colegio de México, 1999, 670 p. ________________________________________________________

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Real cédula para que en los reinos de las Indias se destierren los diferentes idiomas de que se usa y sólo se hable el castellano.195 La insistencia en la enseñanza del castellano no era nueva y puede observarse desde la Gramática de Nebrija, donde se postulaba que un Imperio requería una lengua común. Los borbones agregaron un nuevo giro a esta añeja intención: era necesario extinguir del todo las lenguas indígenas para conseguir una más fácil gobierno y administración religiosa. La evaluación de los resultados de esta disposición aun está pendiente; aunque no era raro que muchos curas párrocos se ufanaran de haber desterrado los idiomas aborígenes, esto puede haber sido un resultado inevitable del acelerado proceso de urbanización y mestizaje cultural existente en muchas regiones. Por otro lado, existían en el trasfondo de esta política lingüística asuntos que tocaban de cerca el temor de los criollos de origen modesto de perder una vía para ser ordenados como sacerdotes y que los curatos pasaran a manos de clérigos “de buena cuna” o incluso recién llegados de la península. Una última cuestión es la reacción de los indígenas afectados por las nuevas disposiciones, dado que el idioma es el centro organizador de cualquier cultura y que, posiblemente, las nuevas disposiciones llevaron a los curatos a sacerdotes que no entendían a sus feligreses y por ende podían perder el estrecho contacto y comunicación que tradicionalmente había permitido preservar el orden social. Aranjuez, 10 de mayo de 1770. El rey. Por cuanto el muy reverendo arzobispo de México me ha representado en carta de 25 de junio del año próximo pasado que desde que en los vastos dominios de la América se propagó la fe católica todo mi desvelo y el de los señores reyes, mis gloriosos predecesores y de mi Consejo de las Indias ha sido publicar leyes y dirigir reales cédulas a los virreyes y prelados diocesanos a fin de que se instruya a los indios en los dogmas de nuestra religión en castellano, y se les enseñe a leer y escribir en este idioma que se debe extender y hacer único y universal en los mismos dominios por ser el propio de los monarcas y conquistadores, para facilitar la administración y pasto espiritual a los naturales y que éstos puedan ser entendidos de los superiores, tomen amor a la nación conquistadora, destierren la idolatría, se civilicen para el trato y el comercio, y con mucha diversidad de

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. Fuente: Richard Konetzke, Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispano América. 1493-1810, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1962, vol.3, tomo 2, p. 364-368.

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lenguas no se confundan los hombres como en la torre de Babel; a cuyo fin se ha ordenado tantas veces a todas las jerarquías que se establezcan escuelas en castellano en todos los pueblos y que los obispos y párrocos velen sobre su observancia. Que estas santas, justas y repetidas determinaciones y decretos reales no han llegado a lograr su efecto y parece que cada día se indisponen más los ánimos, respecto de que pasados más de dos siglos y medio se mantienen en lo más descubierto y civilizado, como en México y Puebla, muchos y diferentes idiomas en que los indios están cerrados, rehusando aprender el castellano y el enviar sus hijos a la escuela; y aun en las inmediaciones a la capital de México, en el corto espacio de dos leguas en un propio curato hay pueblos mexicanos y otomites, verificándose esto mismo en otras partes, no porque los naturales no entiendan el castellano sino porque no quieren hablarle, mediante que ha visto pobres indios que entendían castellano, otomí y mexicano, y al cura y sus vicarios nunca les hablan en castellano, sucediendo lo mismo con los alcaldes mayores y justicias, valiéndose estos del intérprete. Que la raíz de este daño está en que se ha mirado con escrupulosidad la provisión de curatos en sujetos de los idiomas de los naturales, y como sus párrocos y ministros a quienes siempre tratan y ven les hablan en su lengua y les predican y explican la doctrina en ella, poco o nada se ha adelantado ni adelantará si no se aplica el remedio, a causa de que los párrocos y ministros hacen alarde de estar cada día más expeditos en los idiomas con la frecuente comunicación con los naturales, y no hay quien promueva en los pueblos el castellano, antes bien tiene noticia de que les impresionan en que es falta de respeto hablar en castellano o se les castiga si lo hacen; cuya impresión nace de dos bajos conceptos, uno de persuadirse los clérigos criollos que el modo de afianzar en ellos la provisión de los curatos y excluir a todo europeo son los idiomas, y el otro que extinguidos éstos, se les quitaba el título a que ordenarse, además de que en los naturales es propensa la inclinación a retener su propia

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lengua, dificultando los arbitrios para aprender otra ajena, añadiendo algo de malicia para ocultar sus acciones de los españoles, y no contestarles derechamente cuando conciben que no les tiene cuenta. Que para cortar semejantes males y que no tomen más cuerpo cada día, el seguro remedio era hacer la provisión de los curatos en los sujetos de más mérito aunque en los pueblos haya algunas personas que ignoren el castellano, con la obligación de mantener vicario del idioma para los casos urgentes de administración de sacramentos. Que es cierto que el pastor debe entender la voz de sus ovejas y por esta regla han creído algunos ser más estrecha obligación la de que los párrocos sepan el idioma de cada pueblo de la América; pero esta razón en nada convence, porque los obispos son los primeros pastores que han de visitar todos los pueblos y curar las enfermedades de sus ovejas, a las que ni entienden ni pueden entender todos sus diferentes idiomas, y nunca han pensado mis predecesores ni yo en colocar con preferencia a los que los saben, porque ninguna utilidad resultaría de ello y acaso muchos perjuicios. Que si sólo se hablase mexicano en una diócesis, ya fuera natural y más urgente la obligación de proveer párrocos de este idioma; pero habiendo en el mismo arzobispado, además de aquél, otros muy distintos, como son el otomí, huasteco, mazahua, tepehua y totonaco, y en cada diócesis otros muy diferentes, mediante que en la de la Puebla, además de los referidos, hay chocho, mixteco, tlapaneco, olmeco, dos géneros de totonaco, y en Oaxaca, tarasco y zapoteco, resulta un desorden que sólo con la experiencia se puede conocer, viendo pueblos muy inmediatos mantenerse cada uno en su propio idioma, como si distaran muchas leguas; y aun en Tlachco, de la diócesis de la Puebla, se ve que de dos barrios que tiene, uno es otomí y otro tepehua; que cuando Hernán Cortés hizo la conquista desde Yucatán hasta México, sólo se hablaba el mexicano o lengua culhua que era lo mismo, y la entendían perfectamente doña Marina y Gerónimo de Aguilar, no obstante que los españoles atravesaron todo lo que hoy es diócesis de

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Yucatán, la provincia de Tabasco, la diócesis <de> Tlaxcala, que es la Puebla de los Angeles, y el arzobispado de México, y en todo aquel terreno al presente hay otros diferentes idiomas compuestos del otomí y mexicano y con otros diversos términos y pronunciación, para los que se han compuesto artes y modos de aprenderlos, cuando no se puede negar que el conquistador sólo conocía las lenguas mexicanas y otomí, y ésta hacia la parte de Michoacán. Que el cura que es castellano y no sabe otro idioma, procura con esfuerzo extender el suyo, encarga y precisa a sus feligreses a que le hablen en él, promueve las escuelas en castellano; y al contrario el que sabe el idioma, siempre habla en él y mira con poco aprecio el castellano, enseña la doctrina en el idioma y no pocas veces deslizándose en errores, porque es muy difícil o casi imposible explicar bien en otro idioma los dogmas de nuestra santa fe católica, sobre que han tratado tanto los santos padres y teólogos, especialmente en los misterios de la encarnación y eucaristía, para afianzar y purificar las expresiones; y no procurando desterrar los idiomas, acontece que un clérigo de menos mérito, de bajo nacimiento y tal vez de peores costumbres, logra por saber un idioma un curato que debía ser premio de un sujeto más condecorado. Que en los colegios de México, Puebla y otras capitales se educan los jóvenes más distinguidos en nacimiento y habilidad, y es cosa dura que después de fatigarse en el estudio de facultades mayores vean ser promovidos a curatos clérigos de idioma que a lo más han estudiado una suma moral, pues cuesta mucho trabajo y desvelo el aprender los españoles otro idioma cuando no se han criado con los naturales, por lo que su dictamen no era ni podía ser que por ahora se dejasen sin ministros del idioma a los pueblos sino que se pusiese el principal cuidado en que los párrocos no pierdan por saber sólo el castellano, aunque podrá suceder que si al principio de la conquista se hubiese puesto todo el empeño en enseñar a los indios el castellano, en menos de medio siglo se hubiera conseguido; lo cual ha consistido en que al

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principio los regulares vincularon en sí los curatos manteniendo los idiomas, y después que los seculares los han aprendido ha sido trascendental el perjuicio, procediendo en esto contra la práctica de los conquistadores, como los romanos introdujeron su lengua en las naciones conquistadas. Que para que este mal se remedie le parecía también que si fuese de mi real agrado se encargase a los obispos que en las propuestas que se hacen para curatos se atienda únicamente al mayor mérito aunque ignoren el idioma, con la obligación de tener los vicarios que fuesen necesarios, respecto de que podía alegar casos de haberse hecho provisión de curatos de pueblos de puro idioma en clérigos sin él, como sucedió en Xumiltepec, que es de aquel arzobispado, Huaquechula, San Felipe y Totomehuacan, en el obispado de la Puebla, y haber logrado en pocos años que los indios confesasen y supiesen la doctrina cristiana en castellano, en lo cual nada se perjudicaba a los clérigos nacidos en aquellos países, antes se seguiría el mayor beneficio a las diócesis en tener por párrocos sujetos criados en seminarios de mejor porte, de más letras y más desinterés que los clérigos mercenarios, a los que no se les puede faltar título a que ordenarse, pues es mejor que sea al de administración, según se practica en algunas diócesis de la Nueva España Y el recelo de que fuesen europeos a ser párrocos era imaginario a causa de que nunca mi real piedad dejaría sin premio a los nacidos en aquel país, ni era posible que éstos vayan a oponerse, a no ser algún familiar de prelado, el que, si le acompañase la ciencia y virtud, no era justo perdiese por ser europeo. Y finalmente, que con lo expresado se podría entender por todos los ministros reales dentro de pocos años a los naturales sin la necesidad de intérpretes que con facilidad se pueden corromper; los obispos serían igualmente entendidos en todos los pueblos de sus diócesis, los indios no quedarían tan expuestos a ser engañados en sus tratos, comercios o pleitos; los párrocos estarían más uniformes; los colegiales de tantas comunidades respetuosas de aquellos dominios lograrían el premio de

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sus desvelos, y con la emulación crecería el adelantamiento, y toda la tierra podría gobernarse con más facilidad. Y vista la citada carta en mi Consejo de las Indias, con lo que en su inteligencia de los antecedentes del asunto y de lo que al mismo tiempo representó el marqués de Croix, mi actual virrey de las enunciadas provincias de la Nueva España, en otra de 27 del expresado mes y año, expusieron mis fiscales, y consultándome sobre ello en 17 de febrero de este presente, he resuelto aprobar los medios que propone el nominado arzobispo de México y mandar expedir reales cédulas circulares para que se practiquen y observen igualmente en todos mis dominios de la América, con advertencia de que en los parajes en que se hallen inconvenientes en su práctica, me los representen. Por tanto por la presente ordeno y mando a mis virreyes del Perú, Nueva España y Nuevo Reino de Granada, a los presidentes, audiencias, gobernadores y demás ministros, jueces y justicias de los mismos distritos y de las islas Filipinas y demás adyacentes; y ruego y encargo a los muy reverendos arzobispos, reverendos obispos, a los cabildos en sede vacante de sus iglesias, a sus provisores y vicarios generales, a los prelados locales de las religiones y a otros cualesquier jueces eclesiásticos de aquellos mis dominios, que cada uno en la parte que respectivamente le tocare, guarden, cumplan y ejecuten y hagan guardar, cumplir y ejecutar puntual y efectivamente la enunciada mi real resolución, disponiendo que desde luego se pongan en práctica y observen los medios que van expresados y ha puesto el mencionado muy reverendo arzobispo de México, para que de una vez se llegue a conseguir el que se extingan los diferentes idiomas de que se usa en los mismos dominios, y sólo se hable el castellano, como está mandado por repetidas leyes, reales cédulas y órdenes expedidas en el asunto, estando advertidos de que en los parajes en que se hallen inconvenientes en su práctica, deberán representármelo con justificación, a fin de que en su inteligencia resuelva lo que fuere de mi real agrado, por ser así mi voluntad.

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Bibliografía recomendada: Shirley Brice Heath, la política del lenguaje en México. De la colonia a la nación, México, CONACULTA – Instituto Nacional Indigenista, 1992, 320 . Luisa Zahino Peñafort, Iglesia y sociedad en Mexico, 1765-1800 : tradicion, reforma y reacciones, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1996, 237 p. William Taylor, Ministros de lo sagrado. Sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII, Zamora, El Colegio de Michoacán – Secretaría de Gobernación – El Colegio de México, 1999, 2 v. ________________________________________________________

Real cédula sobre bienes de obras pías en América y Filipinas.196 El desastroso estado de la hacienda real llevó en 1804 a la Corona a adoptar la medida desesperada de prácticamente expropiar los muchos bienes y vastos capitales pertenecientes a fundaciones piadosas que siempre había administrado la Iglesia. En España, la medida dio lugar a una circulación de tierras que hasta entonces habían estado fuera del mercado; en México, sin embargo, el grueso de los bienes de obras pías eran capitales impuestos en préstamos sobre propiedades urbanas y rústicas. El gobierno procedió por un lado a rematar los bienes de muchas obras pías y por otro a exigir a los deudores la entrega inmediata de los capitales, llevándolos en muchos casos a la ruina y al remate judicial de sus bienes. Entre los afectados estuvieron conventos, cofradías, hacendados, comunidades indígenas y mineros. La disposición efectivamente consiguió reunir y remitir a la península sumas muy considerables; pero provocó serios problemas económicos y un gran descontento entre miembros de la oligarquía y de la Iglesia. La real cédula de Consolidación puede considerarse una de las causas indirectas que provocaron la crisis del virreinato y el estallido de la revolución de 1810. El rey. Con real orden de 1º. de diciembre próximo pasado remití a mi Consejo de Indias para su cumplimiento en la parte que corresponde, copia del real decreto que me he servido expedir con fecha de 28 de noviembre último y de la instrucción que acompaña, relativo a la venta de los bienes de obras pías en mis reinos de las Indias e islas Filipinas, cuyo tenor, el de la citada instrucción y de los cuatro formularios que en ella expresan son los siguientes:

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. Fuente: AGN, Consolidación, vol.1, f.1-28.

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Por mi real decreto de 19 de septiembre de 1798 y por los motivos que en él se expresan, mandé enajenar los bienes raíces pertenecientes a obras pías de todas clases y que el producto de su venta y el de los capitales de censos 197 que se redimiesen o estuviesen existentes para imponer a su favor entrasen en mi Real Caja de Amortización con el interés anual de tres por ciento, y la esencial hipoteca de los arbitrios destinados y que sucesivamente se destinaren al pago de las deudas de la Corona a más de la general de todas sus rentas, pero conservándose siempre ilesos a los patrones respectivos los derechos que les correspondan, así en las presentaciones como en la percepción de algunos emolumentos que deberán satisfacérseles del tres por ciento del interés anual. Y aunque por entonces no fue mi real intención extender esta providencia a los dominios de América, habiéndose acreditado la experiencia en los de España su utilidad y ventajosos efectos tanto para las mismas obras pías, que libres de las contingencias, dilaciones y riesgos de su administración han conseguido el más fácil cumplimiento de sus fundaciones, como para el bien general de la monarquía y utilidad de mis vasallos, cuyo empeño en estas adquisiciones y gastos que están haciendo para mejorarlas son las pruebas más seguras de sus ventajas, he resuelto, por todas estas razones y las de particular cuidado y aprecio que me merecen los de América, hacerlos participantes de iguales beneficios, a cuyo fin mando que desde luego se proceda en todos aquellos dominios a la enajenación y venta de los bienes raíces pertenecientes a obras pías de cualquier clase y condición que sean y que su producto y el de los censos y caudales existentes que les pertenezcan se ponga en mi Real Caja de Amortización bajo el interés justo y equitativo que en el día sea corriente en cada provincia, a cuya seguridad y la de los capitales han de quedar obligados todos los arbitrios
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. El censo era una obligación impuesta sobre una propiedad inmueble, que implicaba el pago de un canon o rédito anual.

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que por la pragmática sanción de 30 de agosto de 1800 se consignaron general y especialmente; y sin embargo de que con ello y el celo de mi Consejo Real y su comisión gubernativa se están cumpliendo religiosamente estas obligaciones, para mayor seguridad de las de América añado la especial hipoteca de las rentas de tabacos, alcabalas y demás de mi Real Hacienda que entran en aquellas tesorerías, dejando al arbitrio de los interesados señalar la que más les acomode para su respectiva cobranza; y declaro desde luego libres por esta vez del derecho de alcabala y cualquiera otro, las ventas y contratos que se celebraren con arreglo a este decreto y a la instrucción firmada de mi secretario de Estado y del Despacho de Hacienda que acompaña. Y encargo a los muy reverendos arzobispos, reverendos obispos y prelados regulares, contribuyan por su parte en todo lo que fuere necesario al cumplimiento de este decreto y citada instrucción, como lo espero de su justificación y celo. Tendréislo bien entendido y lo comunicaréis a quienes corresponda, y particularmente a mi Consejo de Indias, a fin de que expida la real cédula correspondiente para su puntual cumplimiento. Señalado de la real mano de su majestad en San Lorenzo, a 28 de noviembre de 1804. Bibliografía recomendada: Francisco Cervantes Bello, “La consolidación de vales reales en Puebla y la crisis del crédito eclesiástico”, en María del Pilar Martínez López-Cano y Guillermina Bravo Pavón, El crédito en Nueva España, México, Instituto Mora, 1998, p.203-228 Carlos Marichal, "La bancarrota del virreinato: finanzas, guerra y política en la Nueva España, 1770-1808", en Josefina Z. Vázquez (coord.), Interpretaciones del siglo XVIII mexicano: el impacto de las reformas borbónicas, México, Nueva Imagen, 1992, p. 153-186. Asunción Lavrín, “The Execution of the Law of Consolidación in New Spain: Economic, Aims and Results”, en Hispanic American Historical Review, 53 (1), 1973.

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GLOSARIO DE VOCES Y EXPRESIONES INUSUALES O ARCAICAS
Estas glosas se basan en gran parte en el Diccionario de autoridades; la metrología se deriva principalmente de Claude Morin, Michoacán en la Nueva España del siglo XVIII. Crecimiento y desigualdad en una economía colonial. El autor quiere agradecer a Luis Ramos por su asesoría en términos de derecho canónico y a Rosa Lucas por su auxilio en algunas locuciones latinas. Acedía. Ponerse agria o avinagrada una cosa; metafóricamente, disgusto, desazón. Ademador. En las minas, trabajador encargado de realizar los “ademes” o labor de apuntalamiento de los tiros y galerías. Agostaderos. Zonas de pastos o dehesas donde se conducía el ganado en verano o, en México, en la estación de secas. Se utilizaban asimismo para este fin las tierras donde ya se habían levantado las cosechas. Alcabala. Impuesto al consumo que se cobraba al pasar las mercancías de una a otra jurisdicción. Alhóndiga. Granero municipal e institución de control y comercialización del abasto del maíz. Almojarifazgo. En Nueva España, derecho que se pagaba en los puertos a la entrada y salida de mercancías. Arcediano. Dignidad eclesiástica de las iglesias catedrales, siguiente al deán en importancia. Asiento, asentista. Los “asientos” eran contratos por los cuales el rey concedía a un particular (el “asentista”) el derecho de administrar y recaudar los derechos correspondientes a un ramo de la real hacienda, como el impuesto sobre el pulque. Atarazanas. Astillero y arsenal naval; fortificación. Atecas. También llamados achicadores; trabajadores ocupados de extraer el agua de las minas. Audiencias pretoriales. Las presididas por un gobernador, como era el caso de la de Guadalajara. Ayuda de costa. Pensión otorgada por la Real Hacienda a alguna persona, por sus méritos y servicios. Barretero. En las minas, operario dedicado a la extracción de mineral con pico y barreta; era un trabajador calificado, mejor retribuido que los peones dedicados a acarrear agua o minerales. Borrasca. En minería, el hecho de perderse la veta. Caballería. Medida agraria de superficie equivalente a 42.8 hectáreas. Cabezón, encabezonamiento. El “cabezón” era el contrato establecido entre el rey y una corporación o persona particular a la cual se concedía la administración y recaudación de un ramo de la real hacienda, como el impuesto de la alcabala; se remataban en pública subasta y se concedían a quien ofrecía mejores condiciones y posturas. El beneficio se hallaba en la diferencia entre lo que ofrecía pagar al rey y lo que obtenía del público. A esta práctica también se le denominaba “encabezonamiento” (de poner “en la cabeza de”).

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Caciques. Indígenas reconocidos por la Corona como descendientes de los principales señores de la época prehispánica, y por tanto poseedores de privilegios de honra, exención de servicios personales y de tributos. Los más importantes recibieron en el siglo XVI rentas, tierras y encomiendas. Caja de comunidad. Caja, generalmente con tres llaves depositadas en otras tantas autoridades para mayor seguridad, donde se depositaban los fondos provenientes de las propios y otras rentas de los pueblos de indios. Calpisque o calpixque. Voz nahua equivalente a mandón; funcionario indígena designado para organizar el trabajo personal y recoger el tributo. Canónigo. Eclesiástico adscrito a una iglesia catedral, y que disfrutaba el beneficio de una canonjía o prebenda. Capellanía. Derecho vitalicio a una renta anual que recibía un clérigo, proveniente de una obligación sobre ciertos bienes inmuebles establecida por el fundador. Implicaba la obligación perpetua de celebrar ciertas misas. Capitán. En las minas, trabajador responsable de organizar y supervisar el trabajo. Censo. Obligación impuesta sobre una propiedad inmueble, que implicaba el pago de un canon o rédito anual. Chantre. Prebendado de la catedral que dirigía el coro en los responsos e himnos. Coroza. Capirote de papel en forma de cucurucho que se ponía a los sentenciados por la Inquisición en los autos de fe, con figuras que aludían a su delito. Curas. Los beneficiados eran clérigos que mediante un concurso de oposición obtenían una parroquia como beneficio absoluto y sin límite de tiempo, siempre que cumplieran con sus obligaciones.Los vicarios eran los ayudantes o tenientes de los curas párrocos, especialmente donde la parroquia era muy extensa o rica o era necesario el conocimiento de una lengua indígena que no dominaba el beneficiado. Los coadjutores eran asimismo ayudantes del cura párroco, pero a diferencia de los vicarios tenían un nombramiento que venía del obispo o contaba con su aprobación; tenían asimismo mayores ingresos y autoridad. Damnificar. Causar daño. Deán. Dignidad de las iglesias catedrales, que presidía el cabildo eclesiástico en ausencia del obispo. Defender. Además de su sentido moderno, vale también en esta época por “prohibir” Desautoridad. Lo contrario a la autoridad.. Deservicio. Lo contrario al servicio, particularmente del rey y de Dios. Diácono, subdiácono. Personas que han recibido las órdenes mayores, que los incorporan al orden eclesiástico sin que puedan aún desempeñar funciones sacerdotales que requerían la ordenación como presbítero. Los subdiáconos se desempeñaban habitualmente como asistentes en las misas y como maestros de doctrina de los niñosa; los diáconos además solían predicar.durante los servicios. Diezmo. Contribución que se cobraba para el sostenimiento de la Iglesia sobre todos los productos agropecuarios, equivalente a un décimo de la producción. Los indígenas estaban exentos siempre que no cultivaran productos europeos. Dende. Desde ahí Dignidades. Los beneficios eclesiásticos delas iglesias catedrales, como los de deán, arcediano, chantre, maestrescuela y tesorero. Doctrineros. Los religiosos de órdenes regulares que se desempeñaban como párrocos en pueblos de indios.

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Ducados. Moneda “de cuenta” o de referencia utilizada en las ordenanzas y otras disposiciones; en la práctica, se recurría a convertir esta cantidad en monedas “corrientes”. Embijes. Pintura corporal, particularmente la utilizada por los indios de la frontera norte del virreinato. En faz de la Iglesia. Ante la Iglesia; dícese especialmente de los matrimonios celebrados de acuerdo a las ceremonias establecidas. Esclavonía. Esclavitud; también conjunto de esclavos. Estancia de ganado. Unidad para la medición de superficie de pastos, que inicialmente excluía su utilización agrícola; la de ganado mayor equivalía a 1750 há., y la de ganado menor a 780 há. Excomunión mayor, o latae sententiae. Excomunión amplia, que excluye al afectado de la comunión con los creyentes, inhabilita para recibir sacramentos y para ejercer el ministerio. Se produce por el mismo hecho de cometer el acto censurado, sin necesidad de declaratoria expresa. Exequibles. Asequibles, oportunas, realizables. Factor de su majestad. En el siglo XVI, recaudador de las rentas reales. Fanega. Unidad de capacidad equivalente a 55.5 litros; por extensión, unidad agraria donde podía recogerse esta cantidad de cereales. La fanega de sembradura de trigo variaba entre 3.5 y 5.3 há. Fuero. Conjunto de leyes y privilegios aplicables a un grupo en particular, sea de oficio (como el eclesiástico y militar) o de nación (como los vascos). Galeras, galerías. En la minería, túnel que recorre el yacimiento siguiendo la dirección de las vetas. Pena de galeras. Servicio forzoso en la flota real, que en el Mediterráneo estaba compuesta básicamente por galeras, o barcos de remos. Gentiles. Los paganos, y en este caso indígenas no convertidos al cristianismo. Granjería. Cualquier actividad lucrativa. Hermandad o hermandad general. Cuerpo de vigilancia rural, que en la Nueva España fue absorbido por los ayuntamientos; es antecedente del Tribunal de la Acordada. Hijosdalgo. Personas que pertenecen a un linaje reconocido como noble, exentas por lo mismo de ciertas contribuciones cobradas generalmente a todos los súbditos. Huebra. Medida de tierra equivalente a la extensión que labraba una yunta de bueyes en un día. Idiota. En esta época, persona que no sabe leer ni escribir. Inconocidos. Desconocidos. Islas de Barlovento. El conjunto de islas que actualmente se denominan Pequeñas Antillas. Justicia. Además de su acepción moderna, alude al funcionario que representa la justicia del rey en determinado lugar. Leguas. Medida de longitud de extensión variable, que en Nueva España equivalía aproximadamente a 4.200 m. Lengua (en referencia a una persona). Traductor. Limpieza de sangre. Requisito establecido para ciertos cargos y dignidades, que obligaba al solicitante a probar que sus padres y abuelos no habían sido musulmanes, judíos o procesados por la Inquisición. Lumbrera. En minería, el túnel que va hacia la superficie, destinado a introducir aire o desaguar las galerías.

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Maravadises. En Nueva España, moneda “de cuenta” equivalente a la trigésima cuarta parte de un real, que era utilizada par calcular multas o pensiones en las monedas “corrientes”, como el peso y los reales. Naborío. Indígena separado de su pueblo, que servía a los españoles. Novísimos. En el catolicismo, las postrimerías del hombre: muerte, juicio, infierno y gloria. Oficiales. Los funcionarios del rey. Oficios de pluma, de toga y de espada. El servicio del rey se dividía en oficios “de pluma” (los puestos burocráticos en general), “de toga” (que requerían conocimientos jurídicos) y “de espada”, esto es, los que tenían funciones militares Partido. En las minas, cantidad de metal que excedía al tequio o tarea, que se dividía entre el empresario y el trabajador. Pechos. En sentido genérico, impuesto o contribución pagada al rey. Peso. Moneda de uso corriente; el común equivalía a ocho reales. El peso de oro “de minas” era moneda “de cuenta” que tenía mayor valor. Pósito. Granero municipal e institución de control y comercialización del abasto del trigo. Principales. Indígenas reconocidos por la corona como descendientes de los señores de la época prehispánica, o bien ascendidos a tal categoría por sus servicios a la Iglesia o al rey. Había principales que eran asimismo caciques, y otros de segundo rango. Propios. Fondos pertenecientes en común a un ayuntamiento o cabildo; podían consistir en tierras previstas para este fin al momento de la fundación, o bien diferentes ingresos por concepto de rentas e impuestos. Provisor (del Obispado). Los provisores eran jueces a cargo de todas las causas judiciales que caían dentro de la jurisdicción episcopal. Pueble. En las minas, cada grupo de trabajadores que ingresaba simultáneamente a la galería para realizar la extracción. Quinto real. Impuesto que se cobraba sobre la producción minera; por concesión real, se recaudaba solamente un décimo. La contribución íntegra se mantuvo para los metales preciosos “de rescate”, que se obtenían por concepto de botín o de comercio con los indígenas. Ración. Rentas que recibían algunos clérigos adscritos al servicio de distintas funciones de las iglesias catedrales; la ración podía ser entera o media. Ramona. Balanza de brazos desiguales; da origen a un verbo, “romanear”. Rayador. En las minas, trabajador encargado de anotar las jornadas de trabajo; asimismo era responsable de otras labores de organización y supervisión. Real. Moneda fraccionaria de uso corriente, equivalente a la octava parte de un peso. Recogedores. En la minería, personas que por comisión de un empresario se dedicaban a capturar reales o supuestos “vagos” para que trabajaran de manera forzada en las minas durante una jornada. Reforma. En asuntos militares, la “reformación” de plazas es su supresión; también se aplica a los militares retirados o milicianos que habían cumplido su periodo de servicio, a los que se llamaba “reformados”. Remanecer. Ocurrir u ofrecerse alguna cosa inesperada. República. La “cosa pública”, eso es, el gobierno, familias principales y común de un lugar poblado y reconocido como tal por la Corona. Se aplicaba tanto a las ciudades y villas de españoles como a los pueblos de indios. Por extensión, el conjunto de los súbditos. Rescate. El “rescate” era lo que se obtenía por medio de comercio con los indígenas, aunque en ocasiones estas transacciones se diferenciaban poco del saqueo.

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Retrete. Aposento pequeño y privado de un funcionario. Sambenitos. Capote o sobrevesta con una cruz roja aspada, que llevaban los reos condenados por la Inquisición. Sede vacante. El periodo que transcurría entre el fallecimiento o remoción de un obispo y el arribo de su sucesor; en estas circunstancias gobernaba el obispado el cabildo catedralicio. Seno Mexicano. El Golfo de México. Sisa. Imposición que se cobraba sobre los comestibles que entraban a las ciudades. Situados. Partidas previstas por la Real Hacienda para sostenimiento de guarniciones y otros gastos gubernamentales en regiones de frontera marítima o terrestre dependientes del virreinato. Solar. Medida agraria de superficie de extensión variable, correspondiente aproximadamente a un sexto o un cuarto de hectárea; se concedía para edificar casa y huerta en las villas y ciudades de españoles. Sobrecarta, sobrecartar. Decíase de las disposiciones que mandaban cumplir un mandamiento anterior que por alguna razón no había sido ejecutado. Sobreseer. Cancelar o declarar que no ha lugar la ejecución de un mandamiento o petición. Tamenes. Los tamemes o indios cargadores eran el principal sistema de transporte mesoamericano. Los españoles retomaron el sistema para su beneficio, pero llevando a los cargadores con excesivos pesos y a largas distancias, lejos de sus pueblos. La Corona trató de prohibir la práctica, aunque tuvo que tolerarla en muchos casos donde no había otra opción de transporte. Los tamemes fueron desapareciendo paulatinamente al difundirse la arriería. Tapia. Probablemente “tapisque”, término más bien inusual para referirse a indios que daban servicio a los españoles. Tequio. Nahuatlismo por “tarea”; en la minería, cantidad mínima de mineral que el trabajador debía extraer cada jornada. Tequitato, tequitlato. Voz nahua; designa un funcionario indígena encargado de la recolección del tributo. Tiro. Enla minería, túnel vertical que comunica las galerías entre sí y con la superficie. Trasunto. Copia o transcripción de un documento. Vara. Medida de longitud equivalente a 0.84 m. Veedor de su majestad. En los primeros años de la conquista, encargado de la recaudación de las rentas reales. Vientos. Rumbos o puntos cardinales.

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OBRAS DE REFERENCIA

La presente antología no pretende ni puede abarcar la entera riqueza temática de la documentación virreinal. El investigador y el curioso lector pueden ampliar su revisión de textos en los Cedularios de Vasco de Puga, Diego de Encinas, Alonso de Zorita y la Recopilación de Ventura Beleña, que son excelentes compilaciones coloniales de disposiciones y ordenanzas, ordenadas cronológica y temáticamente. De este mismo periodo es la colección de ordenanzas sobre talleres artesanales y obrajes de Francisco del Barrio Lorenzot. En nuestros tiempos, Alberto María Carreño y Mariano Cuevas publicaron valiosas recopilaciones que atienden a la materia eclesiástica. La enciclopédica y pionera colección documental de Silvio Zavala es fundamental para cuestiones laborales y económicas, y proporciona también referencias valiosas sobre otros asuntos; de gran utilidad es asimismo el vasto trabajo de Richard Konetzke. Sobre temas más específicos, son de consultarse las obras de Ernesto de la Torre Villar, María Teresa Jarquín, José Luis Martínez y Francisco de Solano. Para los ámbitos regionales, existen importantes obras realizadas por José Enciso, Carlos Paredes, Thomas Naylor-Charles W. Polzer y Francis V. Scholes. El interesado en fuentes coloniales de un carácter más literario (crónicas, descripciones) puede consultar varias ya publicadas o bien remitirse a las antologías de Miguel León-Portilla et al., Historia documental de México y de Ernesto de la Torre Villar, Lecturas históricas mexicanas. El Archivo General de la Nación ha editado asimismo varios documentos valiosos, y su Boletín, especialmente en las primeras décadas, es de mayor utilidad. La administración de frey Antonio María de Bucareli y Ursúa, cuadragésimo sexto virrey de México, México, Archivo General de la Nación, 1936, 2 v. Ward Barret, La hacienda azucarera de los marqueses del Valle, México, Siglo XXI, 1977, 286 p. Arthur Scott Aiton, Antonio de Mendoza, first Viceroy of New Spain, Durham, Duke University, 1927, xii-240 p.

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