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htm

"Envíanos Señor tu Espíritu divino, que renueve la faz de la tierra.


Que ilumine a los hombres, que construya tu Iglesia con los lazos del amor. Para que la Iglesia sea más
pura, purifícanos del pecado.
Para que la Iglesia sea más radiante, aumenta nuestro celo misionero.
Para que la Iglesia sea más santa, aumenta en nosotros tu caridad. Amén".

(Oración escrita por Julio Spósito).

Julio

"Nuestro compromiso de cristianos, nos tiene que impulsar a luchar por


la construcción del Reino de Dios, aunque no lleguemos a ver cumplido
aquello que queremos conseguir" (reflexión de Julio Spósito).

Julio nació el 22 de enero de 1952 en Montevideo en el seno de una


familia cristiana. Estudiaba y trabajaba en un quiosco de venta de diarios
y revistas, aportando al presupuesto familiar. Integraba activamente los
grupos de jóvenes de la parroquia de Pocitos, y se desempeñaba como
animador del Movimiento de Infancia y Adolescencia (MIYA) dedicado
a la educación cristiana de los niños y adolescentes. El 1º de setiembre
de 1971, Julio participaba en una manifestación estudiantil en protesta
por la desaparición de dos militantes en manos de un escuadrón
parapolicial. En determinado momento se hacen presentes las fuerzas de represión, gaseando y baleando
a los estudiantes, y es ahí, donde Julio cae, baleado cobardemente por la espalda, mientras intentaba
ayudar a una chica que se había desmayado a causa de los gases. Tenía 19 años. Algunos simplemente lo
pusieron en la lista de los estudiantes asesinados en esa década. Para nosotros es un testigo de Cristo,
que supo entregar generosamente su vida, por el Reino.

"Desde que lo conocí, lo estimé como un excelente compañero, inquieto, inquisidor, exigente consigo
mismo y con los demás, entregado a lo que hacía, pobre y desprendido, audaz en lo que buscaba. Leal
con todos... Alegre, una profunda alegría que tan bien expresaba con su guitarra y su canto. Preocupado
por todos, cariñoso en su amistad, buscaba ser un cristiano íntegro, de una sola pieza". (Pbro. Adolfo
Chapper).

"Mi hijo fue un laico, que desde niño sintió el llamado de Jesús, y la responsabilidad de serle fiel; hizo
un camino de fe, su compromiso creció día a día hasta llegar a la plenitud del darse. Para mí su muerte
fue una reproducción de la Resurrección de Cristo. Me sentí impulsada a ocupar su lugar. A pesar de
llorar y llorar, Dios me dio la gracia de no sentir odio por sus asesinos y me impuse continuar su
entrega" (Libia, su madre). Umbrales 22,9