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Abbagnano Nicolas Historia de La Filosofia Vol-2

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Telesio intentó la reducción natural de la vida intelectual y moral del
hombre y puso esta reducción como fundamento y justificación del valor de
una y otra vida. En realidad, en cuanto el hombre es parte o elemento de la
naturaleza, la naturaleza se revela al hombre, y el conocimiento humano está
garantizado en su validez. De la misma manera, en cuanto el hombre es parte
de la naturaleza, sn conducta moral se relaciona con un principio autónomo
y así la vida moral queda justificada en su valor. Ya hemos dicho que, según
Telesio, todo conocimiento se reduce a la sensibilidad. Y de hecho el alma,
humana no es otra cosa 'que un producto natural, como el alma de los
animales; es el espíritu producido por la semilla. Veremos después cómo el
hombre está dotado, según Telesio, de un alma inmortal e infundida
directamente por Dios; pero esta alma, que es el sujeto de la vida religiosa,
no toma parte en la vida natural del homore. La parte predominante, que se

RENACIMIENTO Y NATURALISMO

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refiere, en cambio, a la sensibilidad, se debe al hecho de que mediante ella el
hombre se une a la naturaleza y por ella es, él mismo, naturaleza. En efecto,
a través de la sensibilidad, la acción de las cosas llega hasta el hombre. Esta
acción se verifica por contacto, y por ello el tacto tiene prioridad sobre
todos los otros sentidos, ya que es el único medio por el que se puede
verificar una modificación del espíritu como consecuencia de la acción de
las cosas externas (De rer. nat., VII, 8). Con todo, la sensación no se limita a
la acción de las cosas externas ni a la modificación que produce en el
espíritu: implica, además, la percepción (percepito) que el espíritu tiene de
ambas. Que el espíritu sea modificado por las cosas, no es un hecho que
determine la sensación, si de tal modificación no se tiene conciencia. El
sensismo de Telesio no es de ninguna manera materialismo. La percepción es
la conciencia provocada ciertamente por la acción de la cosa y por la
modificación que ella produce, pero no queda limitada a tales factores
materiales (7«¿, VII, 3).
La inteligencia se reduce a la sensibilidad entendida así. Integra y
sustituye a ía sensibilidad, que tiene siempre un campo de acción limitado.
Y como no siempre se hallan presentes ante la sensibilidad todas las
cualidades de una cosa, sino que muchas veces permanece ignorada u oculta
alguna de ellas, el acto específico de la inteligencia consiste en percibir dicha
cualidad, revelando su presencia, a pesar de que en aquel momento no
aparecía manifiesta (Ib., VII, 3). Se trata de un acto de valoración o de
recuerdo y, en consecuencia, supone también sensibilidad, aunque
imperfecta y analógica. La inteligencia no es, según Telesio, sino el sustituto
mas o menos adecuado de la sensibilidad. Todos los principios de la ciencia
no son otra cosa que generalizaciones de percepciones sensibles. Al trazar el
círculo y el triángulo, la geometría no hace otra cosa que atribuirles a ellos y
a sus especies lo que el sentido percibe como propio del círculo, del
triángulo y de sus especies. Otras cualidades son,- en cambio, postulados,
porque no son diferentes de las que se perciben y no repugnan a las mismas,
sino que, al contrario, son semejantes a ellas y casi idénticas. Otros
principios, los axiomas, proceden también directamente de los sentidos ; los
cuales, por ejemplo, nos atestiguan que el todo es mayor que la parte, y que
dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí (Ib., VIII, 4). El valor de
las matemáticas, pues, se funda enteramente en la experiencia sensible.
Telesio afirma, con todo, la superioridad de las ciencias que se relacionan
más directamente con la experiencia. Las matemáticas proceden por signos e
indicios; pero, por ejemplo, que el calor haga evaporar el agua, no se conoce
por señal alguna, sino por la misma naturaleza, esto es, por el calor y el agua
percibidos y conocidos por los sentidos (Ib., VIII,. 5). No por esto son
enos ciertas las matemáticas; también ellas derivan sus principios de los
sentidos o de la analogía con las cosas percibidas por los sentidos
(Ibid., VIH, 5).

Telesio reduce a principios puramente naturales la vida moral del hombre.
El bien supremo es la conservación del espíritu en el mundo. El hombre
encuentra placer sólo en la medida en que puede verificar las acciones
necesarias para su conservación; el placer es el sentido de su conservación; el
dolor el sentido de su destrucción. Esto no implica que placer y dolor deben
ser tomados como motivos de la acción moral. Entra en el orden del mundo,

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FILOSOFIA MODERNA

establecido y garantizado por Dios, que todo ser tienda a su conservación.
La propia conservación es, pues, el fin moral supremo para el hombre; y una
acción que sea necesaria para ella, debe ser ejecutada, aunque sea muy
molesta, y debe ser tenida como buena mientras sirva para aquel fin (Ib., IX,
4). La valoració'n de las acciones respecto al fin de la conservación, es el
fundamento d^ la virtud. La medida que el hombre pone a las pasiones se
origina precisamente en la necesidad de evitar los excesos .que pueden
debilitarlo o destruirlo: la misma virtud no es, pues, otra cosa que la
condición necesaria para la conservación del hombre en el mundo (Ib., IX,
4). Las virtudes y los vicios no son, por esto, como quería Aristóteles,
hábitos, sino facultades naturales que se refuerzan sólo por el ejercicio,
porque las aquilata y las hace más puras (Ib., IX, 31).
Telesio ha realizado así la reducción naturalista de toda la vida intelectual
y moral del hombre. Ya se ha visto que la divinidad misma no es para
Telesio un factor extranatural. Lo sería en el caso de que interviniera para
determinar en la naturaleza un hecho cualquiera,-que pudiera explicarse
solamente en virtud de su intervención. Pero esto no sucede. Contra
Aristóteles, excluye hasta la acción motriz directa de Dios. Dios no hace
solamente aquello: Dios lo hace todo. Pero precisamente porque lo hace
todo, su acción no está más presente en un lugar que en otro, y sólo es la
condición suprema de la acción uniforme y normal de los principios
naturales. En Dios, Telesio ve solamente (como después Descartes) el
garantizador del orden y de la uniformidad de la naturaleza. Hay, con todo,
un elemento que esta en la naturaleza, pero que no pertenece a la
naturaleza; y es la vida religiosa del alma, la aspiración del hombre hacia lo
trascendente. El sujeto de esta aspiración no puede ser el espíritu producido
por la semilla, el alma que el hombre tiene en común con los otros animales
y que en él se diferencia solamente por la mayor pureza y, por tanto, por la
mayor eficiencia operativa. El sujeto de la vida religiosa es un alma creada e
infundida directamente por Dios. La existencia de la misma no es un dato de
fe, sino que puede ser conocido mediante razones puramente humanas. En
efecto, el hombre aspira a conocer no solamente las cosas que sirven para su
conservación, sino también la sustancia y las operaciones de los seres divinos
y de Dios: Aspira, además, a un bien que está más allá de todo bien presente,
y cree 'en una vida futura más feliz que ésta. Considera infelices a lo;
malvados, aunque dispongan de bienes terrenales en abundancia, y tiene por
felices solamente a los hombres buenos. Y, en fin, cree que en el más allá
será restablecido "el equilibrio moral que muchas veces no se realiza en el
mundo', donde los mejores sufren a veces y los peores tienen abundancia de
bienes (Ib., V, 2). Esta alma divina es llamada por Telesio forma
sobreañadida:
ella contribuye indudablemente a dar al alma humana aquella
mayor pureza y facilidad de movimientos que es su característica frente al
alma de los animales (Ib., Vili, 15). Pero Telesio no le reconoce ninguna
función específica en la vida intelectual y moral del hombre. En el hombre
no puede actuar sino a través del espíritu producto de la semilla, que es el
único que le puede dar a conocer los movimientos de- las cosas percibidas y,
mediante éstos, la misma naturaleza de las cosas. Y la misma vida moral no
depende en nada de ella: tampoco el león puede sustraerse al peligro con la
fuga, sino que va de buen grado al encuentro de la muerte, para no

RENACIMIENTO Y NATURALISMO

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mostrarse tímido o degenerado (Ib., V, 40). La forma sobreañadida da,
empero, al hombre la libertad que le es propia: la elección entre el bien
natural y el bien sobrenatural; y así constituye la característica original del
hombre frente a todos los demás seres de la naturaleza. Por ello se ve que el
reconocimiento del alma inmortal como forma sobreañadida no es en
Telesio una concesión a las creencias religiosas, sino el reconocimiento de la
originalidad de la existencia humana respecto al resto de la naturaleza; y así,
el hombre, por su alma inmortal, no puede ser reducido a los demás entes de
la naturaleza, lo sustrae al determinismo y lo eleva a la elección entre lo
temporal y lo eterno.
Este límite de la reducción naturalista no constituye una falta en el
naturalismo de Telesio. En realidad, su sistema se desarrolla de manera que
no exige adiciones o integraciones de orden metafísico. Las adiciones e
integraciones que Telesio pide y desea de un modo expreso, lamentando no
haberlas podido dar él mismo, son todas de orden físico. El interés de
Telesio es científico más que filosófico. Su natural continuador es Galileo, a
pesar de la diversidad de principios de que ambos se valieron. Bruno y
Campanella representan, por tanto, una desviación de la orientación
instaurada por Telesio, porque intentan el injerto de su riguroso naturalismo
en el viejo tronco de la metafísica neoplatónica y mágica.

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