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PRÓLOGOS A «LAS ELEGANCIAS»

por
LORENZO VALLA

[Texto tomado de: Petrarca, Bruni, Valla, Pico della Mirandola, Alberti, Manifiestos del
humanismo, Península, Barcelona, 2000, pp. 75-96. Los números entre corchetes remi-
ten a las páginas de esta edición]

PREFACIO A LOS SEIS LIBROS DE LAS ELEGANCIAS

[75] Cuando me detengo a contemplar, como me sucede con frecuencia, las hazañas
de nuestros antepasados, ya sean realizadas por los reyes o por el pueblo, me parece que
nuestros compatriotas han superado al resto, no solo por la amplitud de sus dominios,
sino también por la difusión de la lengua. Pues, efectivamente, los persas, los medos, los
asirios, los griegos y muchos otros han hecho conquistas a lo largo y ancho; algunos im-
perios, aunque menores en tamaño al de los romanos, consta que perduraron durante
mucho más tiempo. Sin embargo, ninguno extendió su propia lengua como los romanos,
quienes, dejando de lado aquellas tierras italianas llamadas antaño Magna Grecia, Sici-
lia (perteneciente también a esa región) y la península itálica entera, en breve espacio
hicieron la lengua de Roma —llamada latina por el Lacio, donde está Roma— célebre y
poco menos que reina por casi todo el occidente, en las regiones septentrionales y en
parte no pequeña de África. Por lo que respecta a las provincias, las ofrecieron a los
hombres como óptima cosecha de la que sacar simiente; fue este un acto mucho más
preclaro y espléndido que la propia constitución del imperio. Ciertamente, quienes acre-
cientan el imperio suelen recibir grandes honores y se les da el nombre de emperadores;
mas los que [76] aportan algún beneficio a los hombres deberían ser celebrados con elo-
gios dignos, no ya de los hombres, sino más bien de los dioses, porque han actuado no
solo en favor de la grandeza y la gloria de su propia ciudad, sino del provecho y el bie-
nestar de la humanidad entera. Así como nuestros mayores superaron a todos los demás
en la gloria militar y en otras muchas cosas, en la difusión de la lengua se superaron a sí
mismos; tanto, que casi abandonado el imperio terrenal, se unieron en el cielo a la asam-
blea de los dioses. ¿Acaso se considera que mientras Ceres por descubrir el trigo, Baco
el vino, Minerva el aceite, y muchos otros por realizar descubrimientos semejantes en
beneficio del género humano son merecedores de un lugar entre los dioses, es menor
mérito haber hecho llegar a todas las naciones la lengua latina, mies óptima y verdade-
ramente divina, alimento no del cuerpo sino del espíritu? Esta fue la que formó a aque-
llas gentes y a todos los pueblos en las artes que llaman liberales; esta la que instruyó
las mejores leyes; esta la que abrió camino a la sabiduría en fin, fue esta la que impidió
que se les siguiera llamando bárbaros. Por consiguiente, ¿quién que sea un juez justo no
antepondrá a aquellos que alcanzaron la fama en el cultivo de las letras a quienes lo hi-
cieron llevando a cabo espantosas guerras? De estos dirás que su comportamiento fue
digno de un rey; mas dirás con toda justicia que son divinos aquellos otros, los cuales no
se limitaron, como es humano, a acrecentar la república y la majestad del pueblo ro-
mano, sino que a manera de dioses buscaron el bien de todo el orbe. Tanto más cuanto
que quienes aceptaban nuestro dominio, perdían el suyo y, lo que resulta más amargo, se
veían despojados de su libertad, aunque quizás no se sentían agraviados por ello: com-
prendían que la lengua latina no iba en detrimento de la suya; al contrario, de alguna
manera la mejoraba, de igual forma que descubrir [77] el vino no significa dejar el agua,
ni la seda la lana y el lino, ni el oro rechazar la posesión de otros metales, sino que des-
cubrir estos nuevos materiales supone un incremento para los otros bienes. Así como
una gema no afea el anillo de oro en que está engastada, sino que lo adorna, de igual
modo nuestra lengua aporta esplendor a las lenguas vernáculas, no se lo resta. Y no im-
pone su dominio con las armas, ni con la crueldad, ni con la guerra, sino con el bien, el
amor y la concordia. Por lo que se puede conjeturar, la raíz, por así decirlo, de este he-
cho se encuentra en lo siguiente: primeramente, en que nuestros mayores cultivaban ma-
ravillosamente todo tipo de estudios, de modo que en verdad nadie destacaba en las ar-
mas a menos que primero sobresaliera en las letras, lo cual no era precisamente pequeño
estímulo para la emulación en una y otra disciplina. En segundo lugar, ofrecían premios
realmente eminentes a quienes profesaban las letras. Por último, exhortaban a todos los
ciudadanos de la provincia a hablar latín tanto en las provincias como cuando se halla-
ban en Roma.
Para qué decir más; con esto baste a propósito de la comparación entre la lengua la-
tina y el imperio romano. De éste se deshicieron hace ya tiempo las gentes y las na-
ciones como de pesada carga; a aquella la han considerado más suave que cualquier
néctar, más brillante que cualquier seda, más preciosa que el oro y que todas las piedras
preciosas, conservándola entre ellos casi como un dios bajado del cielo. Grande es, por
tanto, el sacramento de la lengua latina, grande es sin duda el espíritu divino que ha he-
cho que los extranjeros, los bárbaros, los enemigos la custodien con pía religiosidad a lo
largo de los siglos, de modo que no debe ser motivo de pesadumbre, sino de alegría para
nosotros, los romanos, como también de que nos gloriemos ante el orbe entero que nos
escucha. Perdimos [78] Roma, perdimos el imperio y el poder; y, sin embargo, no fue
por culpa nuestra, sino del tiempo, aunque cierto es que con este espléndido dominio
continuamos reinando en gran parte del mundo. Nuestra es Italia, nuestra la Galia, nues-
tra Hispania, Germania, Panonia, Dalmacia, Ilírico y muchas otras naciones: allí donde
estuvo el imperio romano domina la lengua latina. ¡Que vengan ahora los griegos a jac-
tarse de su abundancia de lenguas! Más vale la nuestra siendo una sola, aunque pobre
—según algunos quieren—, que cinco de las suyas, de una gran riqueza si hemos de
creerles. Muchos pueblos tienen, como casi única ley, la lengua de Roma; en Grecia,
siendo una, lo que resulta vergonzoso, no hay una sola lengua, sino muchas, tantas
como facciones en una república. Los extranjeros convienen con nosotros en la lengua;
los griegos no pueden ponerse de acuerdo entre ellos sin que tengan la esperanza de
convencer al otro de que hable en su lengua. Sus escritores se expresan en modalidades
diferentes: en ático, en eólico, en jónico, en dórico, en una koiné; los nuestros —es de-
cir, los de muchas naciones— no hablan sino latín. En esta lengua se tratan todas las
disciplinas dignas de un hombre libre, que los griegos, en cambio, exponen en multitud
de lenguas. ¿Y quién ignora que los estudios y las disciplinas florecen cuando la lengua
posee vigor y se marchitan cuando aquella decae? ¿Quiénes han sido en verdad los filó-
sofos, los oradores, los juristas y, finalmente, los escritores más destacados sino aquellos
que se esforzaron al máximo en expresarse correctamente? Pero el dolor me impide aña-
dir más y me lacera y me empuja al llanto, viendo desde qué altura y cuán bajo ha caído
la facultad de la lengua. ¿Qué literato, qué amante del bien común refrenará las lágrimas
viéndola en el mismo estado en el que un día estuvo Roma ocupada por los galos? Todo
saqueado, incendiado, asolado, apenas permanece en pie el Capito-[79]-lio. Hace ya si-
glos que no solo no se habla latín, sino que para colmo casi no se comprende leído.
Como resultado, los estudiosos de la filosofía no entienden a los filósofos, los abogados
a los oradores, los leguleyos a los jurisconsultos, y los restantes lectores no han entendi-
do ni entienden los libros de la Antigüedad, como si tras la caída del imperio romano ya
no fuera apropiado ni hablar ni saber latín, dejando que el descuido y la herrumbre apa-
guen aquel esplendor de la latinidad.
Los hombres prudentes han hallado diversas explicaciones para este hecho, sobre las
que yo no me atrevo a pronunciarme claramente acerca de si son las adecuadas o no; ni
tampoco sobre por qué razón las artes que están próximas a las liberales, como la pintu-
ra, la escultura y la arquitectura, después de haber sufrido un declive tan prolongado que
parecían casi tan muertas como las mismas letras, ahora remontan y renacen, y si flore-
cerá una cosecha tan abundante de obras artísticas como de hombres de letras. Cierta-
mente, tanto cuanto fue infeliz el tiempo pasado, en el que apenas se encontraba un
hombre docto, tanto más debemos congratularnos de nuestra época, en la cual, con un
poco más de esfuerzo, confío en que pronto restauraremos la lengua de Roma mejor aún
que la ciudad, y con ella todas las disciplinas. Por ello, por mi amor a la patria, que se
extiende a la humanidad entera, y por la magnitud de la empresa, quiero exhortar y con-
vocar en voz alta a la comunidad de los estudiosos de la elocuencia y, como suele decir-
se, tocar a batalla. ¿Hasta cuándo, oh ciudadanos romanos (así llamo a los literatos y a
los que cultivan la lengua latina, porque ellos solos y verdaderamente son quirites, ver-
daderos poseedores de la ciudadanía; los demás, en todo caso, habría que llamarlos me-
jor emigrantes), hasta cuándo, digo, oh quirites, dejaréis en mano de los galos vuestra
ciudad, a la que no llamaré sede [80] del imperio, mas sí madre de las letras? Es decir,
¿hasta cuándo permitiréis que la latinidad permanezca oprimida por la barbarie? ¿Hasta
cuándo asistiréis con ojos indiferentes y casi impíos a esta completa profanación? ¿Has-
ta que no queden ya sino los restos de los cimientos? Alguno de vosotros escribe libros
de historia: eso es como residir en Veyo. Otro traduce del griego: eso es como vivir en
Ardea. Otro compone oraciones, otro poemas: eso es defender el Capitolio y la ciudade-
la. Empresas ilustres, cierto, y merecedoras de no pocos elogios, pero de este modo no
se expulsa al enemigo, no se libera a la patria. Camilo es quien ha de ser imitado; el que,
como dice Virgilio, devuelva las insignias a la patria, restableciéndola. Su valor sobre-
pasa tanto al de los demás que sin él no podrían salvarse los defensores del Capitolio,
Ardea o Veyo. Así ocurre ahora, y los restantes escritores se verán no poco socorridos
por aquel que componga alguna cosa en latín. Yo, en lo que me toca, imitaré a Camilo.
Él me da ejemplo: reuniré cuantas fuerzas tenga para formar un ejército al que guiaré
contra el enemigo tan pronto como pueda; yo marcharé en primera fila para animaros.
Luchemos, os lo ruego, en este honorabilísimo y bellísimo combate; y hagámoslo para
rescatar a la patria de los enemigos, pero también para ver quién sobrepuja a Camilo en
la batalla. Bien difícil resulta, es verdad, destacar como él destaca, en mi opinión el ma-
yor de todos los generales, llamado con toda justicia el segundo fundador de Roma des-
de Rómulo. Esforcémonos cuantos podamos en esta empresa, para que al menos entre
muchos consigamos lo que uno solo logró. Con todo, deberá llamarse legítima y verda-
deramente Camilo quien la lleve a cabo con éxito. De mí solo puedo afirmar que, como
no creo que llegue a alcanzar tal meta, he escogido la parte más difícil y la región más
árida con el fin de impulsar a los demás a que persigan esta tarea [81] con mayor ligere-
za. Así pues, estos libros no contendrán nada de lo que los restantes autores han tratado,
al menos aquellos que nos han llegado hasta ahora. Y con esos buenos augurios, demos
comienzo a nuestra obra.

PREFACIO AL SEGUNDO LIBRO DE LAS ELEGANCIAS

He tratado hasta aquí acerca del nombre y del verbo y del participio, que deriva de
los dos anteriores. Ahora hablaré de las otras partes del discurso, de sus propiedades ca-
racterísticas y después de los elementos que las componen. Antes de proseguir, he de
confesar que no faltará quien juzgará despreciable esta disertación sin haberla leído o
haberla tenido siquiera en sus manos. Sin embargo, esos no comprenden en absoluto lo
que la Antigüedad ha dictaminado lo que es digno de ser recordado, de manera que con-
denan a la misma Antigüedad, en parte por negligente, en parte por ignorante, por haber
pasado por alto lo que, a mi parecer, en cambio, antaño se conservaba como tradición. O
peor, si aceptamos ambas faltas, entonces somos objeto de reprobación tanto yo por en-
señar banalidades y minucias que no merece la pena recordar, como los antiguos, en
todo perfectos y expertos, por no haber sabido prever qué tenían que traspasar a las ge-
neraciones siguientes. Para responder a la primera objeción diré que no veo yo por qué
habrían de considerar esta materia indigna de sí César, que escribió sobre la analogía, o
Mesala, que dedicó volúmenes enteros a cada una de las letras; o Varrón, que trató de
cuestiones etimológicas muy particulares; o Marcelo y Pompeyo, que estudiaron la len-
gua latina; o Aulio Gelio, que ejercía casi como censor público de las letras y considera-
ba que había hecho una observación relevante, entre otros, a Cicerón porque le hizo no-
tar que [82] había escrito explicaverunt por explicuerunt y esse in hostium potestate por
potestatem, cosas que admito que serían indignas de mi obra; o Macrobio, émulo de Ge-
lio, que parece haber escrutado todos los libros para reunir, en la medida de sus posibili-
dades, todo aquello de la lengua latina digno del oído humano; o aquella especie de
triunvirato, Donato, Servio y Prisciano, de los cuales los eruditos no pueden decidir cuál
sea el principal, y que yo tengo en tanta estima, que todos los que escribieron posterior-
mente sobre la lengua latina me parece que balbucean: entre ellos el primero es Isidoro,
el más presuntuoso de esos iletrados, que como no sabía nada, todo lo quería enseñar.
Tras él vienen Papias y algunos aún más incultos, como Ebrerardo, Uguccione, el autor
del Catholicon, Aymo y otros que no merece la pena mencionar, que por un alto precio
enseñaron a no saber nada, acrecentando la estulticia de sus discípulos. Paso por alto a
muchos ignorantes, cuyo número es incontable, así como a los doctos, entre los que se
encuentran Pediano y Victoriano, de los cuales, uno comentó los discursos de Cicerón,
el otro sus obras retóricas, si bien el primero precede con mucho al segundo tanto en an-
tigüedad como en doctrina. Por último, no veo por qué alguien que escriba sobre gramá-
tica y lengua latina deba considerar tales cuestiones menores en su tarea, cuando no hay
nada tan imprescindible en la gramática y en la latinidad, como podrá verificarse en el
siguiente libro. Siendo así la cosa, ¿diré acaso que los he omitido por negligencia o ig-
norancia? De ninguna forma.
Sin embargo, los libros de G. César y de Mesala se han perdido por culpa del tiem-
po; los de Varrón sobre la lengua latina se han encontrado a medias, aunque en ellos a lo
mejor se halla lo que yo enseño. Los demás puede que consideraran que no habían de
tratar cuestiones de las que sabían que ya se habían ocupado sus antecesores. En fin,
[83] de muchos escritores no ha llegado hasta nosotros ni el recuerdo. Pero que no espe-
re alguno que diga aquí que no resulta denigrante para nuestros predecesores que los
que han venido después hayan añadido algo a los hallazgos de aquellos, que los anti-
guos no han barrado nunca el camino a ninguno, que nada ha alcanzado la perfección y
que todos no pueden hacerlo todo. No repetiré lo que dice Prisciano, que los más anti-
guos autores de gramática están equivocados del todo y que los más recientes les sobre-
pasan, y de largo, en saber y en diligencia. Al contrario, diré —puedo verdaderamente
afirmarlo— que he compuesto esta obra, no por voluntad propia, sino incitado por el
consejo de hombres sumamente prudentes y muy queridos, sobre todo de Aurispa y Le-
onardo Bruni. Ellos cultivaron mi inteligencia, uno enseñándome a leer griego, el otro a
escribir en latín; aquel haciendo de maestro, pues a mí solo daba clases, este corrigién-
dome; considero a ambos como si fueran mis padres. Les puse al tanto de mi propósito
por separado, dándoles a conocer partes de mi obra; los dos, cada uno por su cuenta, me
han animado a finalizarla y a que la publique bajo su responsabilidad, de modo que, de
hecho, no habría podido oponerme a su autoridad, si es que hubiera querido hacer tal
cosa. Pero, como suele decirse, me impulsaron a apresurarme. ¡Oh varones dignos de
alabanza, merecedores de las letras y de los letrados! Vosotros no teméis que otros lle-
guen a donde habéis llegado, aunque sea labor ardua; al contrario, exhortáis, animáis y
casi extendéis la mano al que empieza. Por ello, a cuantos se preguntan sobre mi atrevi-
miento y se admiran de él querría responderles que esta obra ha nacido y ha salido a la
luz por consejo de egregios varones. En lo que respecta a mi ambición, ¿cuál sería mi
pereza y mi dejadez, si dejara que otro me preparase el camino para la gloria, cualquiera
que esta sea? Porque hay algunos que [84] han insertado en sus obras las cosas que han
aprendido de mí, bien porque me las han oído decir a mí directamente o a través de al-
guno de mis discípulos —pues nunca he hecho un secreto de mis conocimientos— y se
han apresurado a publicarlas, de modo que parezca que ellos las descubrieron antes.
Pero las propias cosas han puesto de manifiesto a qué dueño verdaderamente pertene-
cen. Cuando por amistad me puse a leer un opúsculo de uno de estos en su presencia,
encontré ciertas ideas mías en él y me di cuenta de que me habían robado lo que ignora-
ba que había perdido. Os ahorro sus nombres. Eran los pasajes relativos a per y quam en
compuestos, sobre los que versa el siguiente libro, y a quisquam cuando va acompañado
de superlativo. Sin embargo, se trataba de ello de modo negligente e indocto, de modo
que era fácil saber que había sido tomado de otro lugar, que no era algo genuino, pro-
ducto de oídas y no de la propia reflexión. Todo trastornado, le pregunté: «Reconozco
esta elegancia, declaro que es propiedad mía y puedo acusarte de plagio». Entonces él,
aunque cortésmente, me contestó que yo era un mal padre que expulsaba del hogar a los
hijos que había engendrado y educado, mientras que él por piedad y amistad hacia mí
los había acogido bajo su techo y los educaba como suyos. Renuncié a enfadarme com-
prendiendo que era mucho mayor la falta de mi negligencia que su coger aquello que
otros descuidaban. ¿Quién no verá, pues, que no es una deshonra que me ponga a escri-
bir lo que yo he descubierto, lo que otros no consideran vergonzoso robar para incluir
entre sus escritos? Por consiguiente, he sido impelido a componer esta obra no solo por
el consejo de grandes hombres, sino también por necesidad. Ahora tornemos a nuestro
propósito.

PREFACIO AL LIBRO TERCERO DE LAS ELEGANCIAS

[85] Hace poco leí los cincuenta libros del Digesto, en donde se extractan numero-
sas obras de jurisconsultos, y los he vuelto a leer de grado y con verdadera admiración.
En primer lugar, no sé qué es digno de mayor alabanza y más destacable, la diligencia o
la gravedad, la prudencia o la equidad, la erudición del contenido o la elegancia del dis-
curso. En segundo lugar, como estos méritos son igualmente excelentes y perfectos en
cada uno de ellos, me asaltan fuertes dudas sobre cuál preferir. Por ejemplo, la cuestión
de la coherencia estilística —por hablar solo de esto último, que es lo que nos concierne
— era lo que solía admirar en las epístolas de Cicerón, las cuales aunque están escritas
por muchos, sin embargo parecen haber sido compuestas por uno solo, y añadiré con
mayor audacia que, si se quitara a las personas, juzgarías que Cicerón solo las había es-
crito, hasta tal punto las palabras y las opiniones y el modo de decir son semejantes.
Esto mismo resulta tanto más de admirar en los jurisconsultos, porque mientras aquellas
vivieron en la misma época y se formaron casi en los mismos juegos y en la misma es-
cuela, a éstos les separan siglos unos de otros, aunque todos son posteriores a Cicerón, y
de aquí que haya en ellos expresiones diferentes a las que empleaba éste, incluyendo
usos propios de Virgilio y de Livio. No obstante, de Servio Sulpicio y de Mucio Escévo-
la no queda rastro, pero sí del otro Mucio más reciente. Y no podemos juzgar cuáles fue-
ron los primeros jurisconsultos elocuentes y cómo era su elocuencia, puesto que no lie-
mos leído nada de ellos. Sin embargo, en los que he manejado no hay nada, en mi opi-
nión, que deba añadirse o quitarse, no tanto en lo que toca a la elocuencia, pues cierta-
mente la materia no lo sufriría en exceso, como en la ele-[86]-gancia de la lengua latina,
sin la cual cualquier doctrina resulta ciega y ajena a las artes liberales, sobre todo en el
derecho civil.
En efecto, como dice Quintiliano, todo el derecho consiste en la interpretación de las
palabras o en distinguir entre el bien y el mal. De la importancia de la interpretación de
las palabras son principales testigos los propios libros de los jurisconsultos, que se ocu-
pan sobre todo de ello. Ojalá fueran así todos, o desearía al menos que no existieran los
que han sucedido a Justiniano contradiciéndole. Son muy conocidos los que lo han he-
cho y sus nombres gozan de gran fama, por lo que resulta ocioso que los enumere. Éstos
apenas entienden una quinta parte del derecho civil y debido al velo de su ignorancia
afirman que los estudiosos de la elocuencia no pueden ser expertos en derecho civil,
como si aquellos antiguos jurisconsultos se expresaran de manera rústica—es decir, se-
gún suelen hacerlo ellos—o no dominaran de sobra esta ciencia. ¿Para qué seguir ha-
blando de ellos? Yo, de mediano ingenio y de una modesta cultura literaria, me declaro
capaz de dar lecciones a cuantos interpretan el derecho civil. Lo que Cicerón afirmaba,
inmerso en un constante ajetreo, que, si los jurisconsultos le fastidiaban, era capaz de
hacerse jurisconsulto en tres días, ¿no me atreveré yo acaso a decirlo, si los jurisperitos
—no quiero decir los jurisimperitos— me irritan —y aunque no lo hagan—, que soy ca-
paz de escribir en tres años unas glosas al Digesto mucho más útiles que las de Acursio?
Los excelsos varones antiguos se lo merecen, en verdad se merecen que alguien los
explique conforme a verdad y a derecho y les defienda de los malos intérpretes, de los
godos más que de los latinos. ¿No hay nada que deba valorarse de estos godos y vánda-
los? Cuando estas gentes conquistaron Roma tras haberla invadido repetidas veces, [87]
quedamos bajo su dominio y también bajo su lengua, según piensan algunos; y proba-
blemente muchos descendemos de ellos. Prueba de ello son los códices en letra gótica,
de los que hay un gran número. Si este pueblo pudo corromper la escritura romana,
¿cómo debemos considerar su lengua, sobre todo por la descendencia que han dejado?
Después de las invasiones, tanto en las primeras generaciones como en las siguientes,
no se encuentran escritores elocuentes entre ellos, por lo que fueron muy inferiores a los
antiguos. Ved cuán bajo cayó la literatura romana: los antiguos mezclaban su lengua con
el griego, estos con la lengua germánica. Y no lo digo para atacar a los estudiosos del
derecho, sino más bien para exhortarles y convencerles de que sin estudios de humani-
dades no pueden adquirir la pericia a la que aspiran, si es que quieren semejar antes ju-
risconsultos que no leguleyos. Pues, como dice el verso de Virgilio: «¡Oh afortunados
agricultores, si fueran conscientes de sus bienes!». De igual modo llamaré afortunados a
los que se dan al derecho, si reconocen sus propios bienes. ¿Qué disciplina hay —es de-
cir, entre las que públicamente se enseñan— que sea tan ornada, tan áurea como el dere-
cho civil? ¿Quizás el derecho pontificio, que llaman canónico, que en su mayor parte es
germánico? ¿O los libros de los filósofos, que ni los godos ni los vándalos podían enten-
der? Esos filósofos cuyo máximo error consiste en que carecen de elegancia en la expre-
sión, como he demostrado en los libros de mi Dialéctica, que ya habría sacado a la luz
si no fuera porque mis amigos me han impelido a publicar estos antes. ¿Quizás los de
los gramáticos, cuyo propósito parece haber sido infamar el latín? ¿O, por fin, los de los
retóricos, que hasta nuestra época han proliferado, donde nada se enseña excepto a ha-
blar a la manera de los godos? Queda el derecho civil, la única ciencia que permanece
todavía incólume y santa, [88] casi como la ciudadela de Tarpeya en la ciudad devasta-
da. Los godos, no los galos, la han intentado desacreditar y pervertir bajo la excusa de
que son sus amigos, y aún siguen intentándolo. Yo mismo he procurado protegerla cuan-
to está en mi mano, como hizo M. Manlio Torcuato; de hecho, deben protegerla todos
cuantos la profesan. Si lo hicieran así, como espero y deseo, serán jurisconsultos y no
leguleyos. Por lo que se refiere a esta obra mía, no robaré el justo elogio a los fundado-
res del derecho. Porque a sus libros creo que se debe lo mismo que a aquellos que un día
defendieron el Capitolio de las armas y las estratagemas de los galos, por cuyas hazañas
no solo no se perdió la ciudad, sino que incluso pudo ser reconstruida por completo. Fue
gracias a la lectura diaria del Digesto como la lengua romana pudo perdurar siempre,
parcialmente incólume, y fue honrada, de modo que en breve podrá recuperar toda su
dignidad y su difusión. Pero vayamos a lo restante.

PREFACIO AL CUARTO LIBRO DE LAS ELEGANCIAS

Sé de algunos, sobre todo los que se creen más santos y religiosos, que se atreverán
a reprender mi propósito y mi labor como indignos de un cristiano, porque exhorto a la
lectura de libros seculares. Por su afición hacia ellos, Jerónimo confesó haberse flagela-
do ante el tribunal de Dios cuando se acusó de ser ciceroniano, como si no se pudiera
ser al mismo tiempo un fiel cristiano y tuliano. Prometió solemnemente —y esto en me-
dio de horribles imprecaciones— que a partir de entonces no leería libros seculares. Tal
crimen no es exclusivo de esta obra, mas es común a mí y a otros literatos, cuya afición
a las letras profanas y su doctrina son objeto de reprehensión. Contestemos, por [89]
tanto, a las acusaciones de aquellos y, por nuestra parte, les acusaremos también de ha-
ber contribuido en el pasado en no poco al abandono y al naufragio de las letras latinas.
¿Dices —acogiéndote a la autoridad de Jerónimo— que no hace falta leer libros profa-
nos? Entonces, te pregunto, ¿cuáles son esos libros? ¿Quizás los de todos los rétores, to-
dos los historiadores, todos los poetas, todos los filósofos, todos los jurisconsultos y los
restantes autores? ¿Acaso solo los de Cicerón? Si te refieres —según deberías— a todos
ellos, ¿por qué no censuras a los estudiosos de las otras disciplinas literarias, con los que
debes o condenarme o absolverme? Si por el contrario no piensas así y haces reo solo a
Cicerón, ten cuidado de no hacer pasar a Jerónimo por simple, ya que él prometió no
leer ningún escritor profano, aunque solo debería haberlo prometido acerca de Cicerón.
Mas dirás: no se debe tener en cuenta qué prometió, sino de qué había sido acusado; y
fue acusado de ser ciceroniano. ¿No es así? Luego, descartemos a Cicerón, dejémosle a
un lado, librémonos de él. Y con el resto de los autores, ¿qué es lo que piensas hacer?
¿Y con la multitud de disciplinas? Ciertamente todas ellas son seculares, incluso genti-
les —es decir, no cristianas—, pues no tienen por objeto la religión cristiana. Si afirma-
ras que hay que estudiarlas, te contradecirías, porque me reprochas que yo las enseñe. Si
rechazas tal posibilidad, ten mucho cuidado, no sea que las familias de las ciencias pro-
fanas se te echen encima y, falto de ayuda, te hagan pedazos. De ninguna manera será
así, dirás. Sin embargo, cuando Jerónimo fue reprehendido por ser ciceroniano, se le re-
prehendía por ser estudioso de la elocuencia. Se entiende que fue condenado y expulsa-
do en la medida que procuraba aprender retórica. Ya comprendo: tienes miedo de ser
malquisto, mas ya es demasiado tarde, pues te encuentras empantanado con el mismo
problema, aunque solo exclu-[90]-yas a los retóricos. ¿Por qué primero me vetabas —
como sueles hacer a menudo— los libros seculares en su conjunto y después limitabas
la acusación a los elocuentes? Así sea. Te has equivocado de plano; disculpo tu ignoran-
cia y, aunque provocado, refreno el deseo de contraatacar. No obstante, ¿por qué disien-
tes de Jerónimo, que prometió no tocar los libros seculares y no solo los elocuentes?
¿Qué significa esta opinión indecisa y vacilante? Por otro lado, oh dioses bondadosos,
¿no hay nada en esos libros aparte de elocuencia? ¿No hay en ellos memoria de los
tiempos pasados y de la historia de las naciones, sin los cuales nadie pasa de ser un
niño? ¿No se tratan por extenso cuestiones pertinentes para la moral? ¿No versan sobre
todas las ciencias? ¿Acaso debería pasar por alto todo esto, no sea que quizás, mientras
aprendo tales cosas, aprenda también retórica, absorbiendo el veneno disuelto en el
vino? ¿Debería preferir por temor el agua y beber agua pantanosa en lugar de este dulcí-
simo falerno? Además, ¿cuáles son estos libros en los que se oculta el veneno de la elo-
cuencia? Cierto, no conozco ninguno que no sea elocuente, excepto los tuyos y los que
escriben los de tu jaez, carentes de vigor y de esplendor alguno; en cambio, las demás
obras exhiben cada una de por sí una maravillosa elegancia formal. Así que, o se leen li-
bros elocuentes o no debe leerse ninguno. En cuanto a aquellos dos autores a los que se
refería Jerónimo, ¿acaso aquel griego, Platón, careció de elocuencia o nuestro latino, Ci-
cerón, fue segundo a algún autor —al menos entre los romanos— en filosofía? De am-
bos no sé cuál sea mayor, el filósofo o el orador.
Ahora bien, si todos los libros de los antiguos son tan elocuentes que cuando trans-
miten sabiduría se caracterizan por la suma elocuencia y cuando transmiten elocuencia
por la suma sabiduría, entonces ¿cuáles de éstos consi-[91]-deraremos que han de ser
condenados por su elocuencia? Y como Jerónimo declaró haber leído aquellos dos tipos
de libros, ten cuidado, no sea que sus palabras no se refieran a las obras sobre oratoria
de Cicerón, sino a las filosóficas. Yo, por mi parte, entiendo que alude a las filosóficas,
puesto que había mencionado únicamente a los filósofos. No se le puso reparos a que
fuera platónico, como si hiciera algo santo leyendo a Platón, sino a que fuera cicero-
niano, porque siendo romano deseaba ante todo expresarse en estilo ciceroniano; un es-
tilo, insisto, del que se servía en las cuestiones filosóficas, no en las causas y discursos
forenses o en el senado. En cualquier caso, Jerónimo no pretendía llegar a ser un orador
de causas civiles, sino un escritor de discusiones religiosas. En consecuencia, ¿por qué
no hemos de creer que Platón resultaba no menos nocivo que Cicerón?, ¿por qué no los
filósofos, más que los oradores? O al contrario, ¿es el ornamento en el decir, no la cien-
cia, lo que es objeto de reprobación? Si es así, entonces el reproche nos alcanza a todos.
Pues, ¿quién carece de elegancia formal? Has lanzado una calumnia intolerable en rela-
ción a este punto, ya que no se menciona el ornato en aquella acusación, mas solo el ci-
ceronianismo. ¿Es que solo en Cicerón se halla elegancia formal? ¿No la hay en la filo-
sofía? ¿Ni en las restantes artes? ¿No hay, como dije, elocuencia en Platón? ¿Tampoco
en los demás? ¿Por qué no acabamos con todos por igual? ¿Por qué no hemos de pensar
que a Jerónimo la filosofía de Cicerón le fue más perjudicial que su retórica? No quiero
hacer aquí un parangón entre la filosofía y la elocuencia acerca de cuál de las dos puede
resultar más dañina, porque es cuestión que ya muchos han tratado, mostrando cómo la
filosofía no puede armonizarse con el cristianismo y cómo todas las herejías han mana-
do de fuentes filosóficas. La retórica, en cambio, no tiene nada que no sea digno de ala-
[92]-banza, pues te enseña a descubrir y a disponer, por así decirlo, los huesos y los ner-
vios del discurso, y a adornarlo, o sea a darle carne y colores; por último, te muestra
cómo enviarlo a la memoria y cómo pronunciarlo con elegancia, esto es, cómo respirar
y gesticular. ¿Cómo creer que esto pueda dañar a nadie, salvo que deje de lado todo lo
demás, en especial la verdadera sabiduría y las virtudes, que eran precisamente los as-
pectos tenidos en cuenta por Jerónimo? ¿Llegaré a pensar alguna vez que la retórica
puede infligir tal daño? Ciertamente no más que la pintura, la escultura, el grabado y,
para no salir de las artes liberales, que la música. Y si de los que cantan, pintan y escul-
pen bien, y de todas las restantes artes se deriva una gran utilidad y un gran ornamento
para el culto divino, de tal modo que parecen haber nacido destinadas a este fin, con
mucha mayor razón se podrá decir lo mismo de la elocuencia.
Por tanto, la acusación contra Jerónimo no consistía tanto en que era ciceroniano,
sino más bien en que no era cristiano, a pesar de que proclamaba tal condición de sí
mismo; pero la falsedad de esta afirmación quedaba de manifiesto cuando desdeñaba las
Sagradas Escrituras. No censuramos el estudio del arte de la elocuencia, sino el estudio
excesivo, ya sea de esta o de otras artes, cuando es tal que no permite hacer mejores co-
sas. No se acusa a ningún otro, solo a Jerónimo; de todos modos, a los demás se les ha
censurado con reproches semejantes. No obstante, la misma medicina no es adecuada
para todos, pues a uno le conviene una cosa, a los demás otra diferente, ni siempre ni en
las mismas circunstancias se puede permitir o prohibir a todos lo mismo. Ni aquel mis-
mo se atrevió a prohibir la retórica a los otros; al contrario, alabó a muchos, anteriores a
él y contemporáneos suyos, por su elocuencia.
Pero ¿qué necesidad hay de extenderse más? ¿Quién hay más elocuente que Jeróni-
mo?, ¿quién hay que sea [93] mejor orador? Aunque con frecuencia quiso disimularlo,
¿quién hay más solícito, más afanoso, más respetuoso con el decir bien? ¿Quién? Sin
embargo, lo cierto es que lo ocultaba, pues cuando Rufino se lo reprocha en su sueño, le
rechaza desdeñosamente y confiesa que lee continuamente las obras de los gentiles; que
también se deben leer. Afirma eso mismo en muchos otros lugares y, aunque no lo con-
fesara, estaría claro con solo leer la epístola a aquel gran orador. Vete, pues, con el te-
mor de ser culpable de una acusación hecha contra otro, cuando él no era culpable de la
que se lanzó contra él, y no oses llevar a cabo lo que él no dudó en hacer rompiendo su
promesa. A pesar de todo, no faltan quienes creen que Jerónimo aprendió aquellas cosas
en su infancia y que luego las conservó siempre en su memoria. ¡Oh ridículos hombres,
carentes de toda doctrina! ¡Que piensen que pudo aprender tan pronto tantas cosas y
tanta ciencia que superaba a cualquier cristiano sin que se le olvidara durante un periodo
tan largo cuando son rarísimos los que han podido reunir la centésima parte de su saber
y, además, el trabajo necesario para recordarlo no es menor, como dice el antiguo dicho,
que el que se requiere para obtenerlo! Más aún, ¿cuánto tiempo transcurrió entre el robo
y la no restitución de lo robado? ¿De qué sirve prohibir a los otros que roben, si mues-
tras abiertamente tu robo? Si no debemos aprender a ser elocuentes, no es menos cierto
que debemos hacer uso de la elocuencia en el caso de que la hayamos aprendido.
¿Cómo es que Jerónimo se sirve de continuo del testimonio de los gentiles? Si no es lí-
cito leerlos, sin duda menos lo será exhibir su conocimiento, y si tratara de disuadirnos
de que leamos a los gentiles —lo que no hace—, creo que habría que fijarse más en lo
que él hace que en lo que dice a otros que hagan; aunque, en realidad, dice y hace siem-
pre lo mismo. Así, después de haber ali-[94]-mentado su tierna edad con el saludable
alimento de las Sagradas Escrituras y de haberse fortalecido en aquella ciencia que antes
había despreciado, estando ya fuera de peligro, volvió a leer a los gentiles, ya fuera para
adoptar su elocuencia o para condenar sus falsedades demostrando qué opiniones eran
verdaderas. Eso mismo hicieron todos los demás Padres, griegos y latinos: Hilario, Am-
brosio, Agustín, Lactancio, Basilio, Gregorio, Crisóstomo y tantos otros que en todas las
épocas engastaron las piedras preciosas de la divina palabra en el oro y la plata de la
elocuencia sin que abandonaran una ciencia por la otra.
A mi parecer, si se emprende la escritura de textos teológicos, poco importa si se
hace uso de algún otro conocimiento o no, pues nada aportan éstos al conjunto. Mas a
quien es un ignorante de la elocuencia, a ése lo considero del todo indigno de hablar de
teología. Y sin duda solo quienes son elocuentes, como aquellos que he enumerado, son
pilares de la iglesia, incluso si te remontas hasta los Apóstoles, entre los que me parece
que Pablo no sobresale por ninguna otra cosa sino por su elocuencia. Por tanto, tú verás
si ella te lleva a la conclusión contraria. No solo no debe ser objeto de reproche estudiar
elocuencia, sino todo lo contrario: lo que debe censurarse es no estudiarla. Yo trato de
contribuir a su defensa cuanto puedo, ya que es el más importante de mis propósitos.
Sin embargo, no escribo sobre ella, sino acerca de la elegancia de la lengua latina, desde
la cual se accede a la elocuencia misma. De hecho, quien no sea elocuente no habrá de
ser castigado mientras no haya podido lograrlo; sí, en cambio, quien haya evitado el es-
fuerzo por conseguirlo. Quien no sepa hablar con elegancia y sin embargo pone por es-
crito sus pensamientos, en especial los teológicos, carece de vergüenza y, si afirma ha-
cerlo a propósito, de razón. Aunque no hay nadie que no quiera expresarse con elegan-
cia y flui-[95]-dez, si alguno, como les sucede a aquellos, no lo consiguiera, querrán que
parezca, perversos según son, que no deseaba hacerlo, o incluso que no debía expresarse
así. Por eso afirman que habiendo hablado de tal modo los gentiles, no deben hablar
igual los cristianos, como si aquellos que he nombrado se expresaran como ellos y no al
modo de Cicerón y los restantes gentiles; un modo de hablar que éstos ni conocen ni
han experimentado. Ni la lengua, de los gentiles, ni la gramática, ni la retórica, ni la dia-
léctica, ni las restantes artes deben ser condenadas desde el momento que los Apóstoles
escribieron en griego, sino los dogmas, el culto, las falsas opiniones acerca de las obras
virtuosas por las cuales ascendemos al cielo. Las restantes artes y ciencias son indiferen-
tes, ya que pueden utilizarse bien o mal. Por este motivo, esforcémonos, os lo imploro,
en llegar o, al menos, en aproximarnos a donde han llegado las luminarias de nuestra fe.
Ves con cuán maravilloso ornamento fue adornada la vestimenta de Aarón, el arca
del pacto, el templo de Salomón; me parece que con ello se quería simbolizar la elo-
cuencia, la cual, como dice un noble autor de tragedias, es reina de las cosas y sabiduría
perfecta. De igual manera que otros adornan sus hogares —los que estudian derecho ci-
vil y canónico, medicina o filosofía— sin aportar nada al culto divino, adornemos noso-
tros la casa de Dios, de forma que cuando entremos en ella, la incuria no haga nacer en
nosotros el desdén, sino que nos veamos inducidos a devoción por la majestad del lugar.
No puedo contenerme en decir lo que siento. Aquellos antiguos teólogos me parecen
abejas, que habiendo volado en prados lejanos, atesoran dulcísima miel y cera; los mo-
dernos son más bien semejantes a hormigas, que habiendo robado a su vecino, ocultan
el grano sustraído en sus escondrijos. En cuanto a mí, no solo prefiero las abejas a las
hormigas, sino que an-[96]-tes prefiero militar en las filas de las abejas, bajo el mando
de su reina, que capitanear el ejército de hormigas. Espero que esto sea considerado pro-
bado por los jóvenes de mente despejada, pues de los viejos nada puede esperarse.
Vuelvo ahora a mi tarea, aunque cuanto sigue difiera de cualquier precedente. Trata-
ré del significado de las palabras, pero no de todos los vocablos, sino solo de algunos, a
modo de aperitivo, y en especial del de aquellos que no han sido tratados por otros, pues
hablar de todos sería casi interminable.

Tomo los prólogos a las Elegantiae linguae latinae (completadas en la década de 1440)
de la edición de E. Garin, Opera omnia, Florencia, 1962, vol. I, pp. 1-235, que sigue la
edición estándar renacentista, Laurentii Vallae Opera, Basilea, 1580. El mismo Garin
había publicado, siguiendo esta vez la impresión de las Elegantiae de Roma, 1471, los
prólogos en su Prosatori latini del Quattrocento, Milán y Nápoles, 1952, pp. 594-631
(la introducción general y los prefacios a las primeras cuatro partes de las Elegancias
están en las pp. 594-623).