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El trígono 5

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Quinta parte para el Trígono.
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El trígono.

Libro 5.

La Maldición de Zothar.

Sandra Viglione. 2007

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El mago de negro subía silencioso la escalera caracol que llevaba al mirador. Desde que ella se había ido, cada atardecer subía allí. Treinta escalones en espiral, trepados uno a uno. Subidos con ira, subidos con furia, subidos con desesperación, subidos con miedo. Treinta veces había él trepado los treinta escalones y había esperado. Treinta noches que había esperado por ella hasta la medianoche, solo en la oscuridad del mirador de la cabaña. Treinta noches... Esta noche sería la última. Mañana, primer día del año, los aprendices llegarían y él no podría permanecer en la cabaña. No hasta... la próxima Puerta. Quizá durante algún fin de semana, pero... Pero estaba su hija. Y su trabajo. Y Cassandra los había dejado (lo había dejado a él) sin ninguna explicación, y ella... ¡Ella! Debería haberlo sabido. Debería haber sabido que ella haría algo así. Habían estado casados menos de tres meses, y ella huía de esa manera. Pero había dicho que regresaría, y debía creerle... le creía. Así que continuó subiendo los treinta escalones cada noche, hasta que la medianoche le decía que ese no era el día, que esa no era la noche. Esa noche era igual a las demás. Paseó la vista por la cascada, el bosque, el castillo más allá, las montañas más lejos. Escuchó los ligeros sonidos de la noche, y esperó. Una brisa perfumada se arremolinó a su alrededor, acariciándolo, su cara, su cabello. Una brisa más cálida que el aire de la noche. Extendió los brazos. Ella lo acarició una vez más, envolviéndolo en una corriente de aire dulce y perfumado y comenzó a tomar forma sólida entre sus brazos. Podía mirarla una vez más. Todos los días pasados, días de furia, días de ira, días de dolor, días de enojo, días de espera desesperada se borraron de su mente, y se inclinó a besarla de nuevo.

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Capítulo 1. El regreso de Cassandra.

El brillo del sol en los ojos lo despertó. Se apoyó sobre un codo para verla, para tocarla, para mirarla, para asegurarse de que ella estaba todavía allí. Estaban en un nido de ropas a medio quitar y un enredo de brazos y piernas. Él todavía la miraba como si no se atreviera a tocarla, cuando ella abrió los ojos. — Hola, — dijo suavemente. Su voz sonaba como si no la hubiera usado en mucho tiempo. — Creo que me iré a la cama ahora. Necesito dormir... de verdad. Un brillo pícaro le iluminó la mirada. Él sonrió y se inclinó a besarla. — ¿Dónde estuviste? — le preguntó. Su mirada se aguzó, y una expresión extraña le cruzó la cara. — Es personal. No puedo decírtelo, — dijo. Él se enderezó. — Cassandra... — Había un toque de advertencia en la voz. Ella le dedicó una sonrisa de esfinge. — No puedo decírtelo, — repitió. — Y me voy a dormir ahora. Ella trató de besarlo, pero él retrocedió con el ceño fruncido. Estaba enojado. Ella se rió de él, y se levantó. Andrei Leanthross regresó al Trígono la primera semana después de la Puerta del Otoño. No volvió solo. Cuando bajaba del tren, se sorprendió al encontrar a Javan en la estación. Lo miró levantando las cejas. — ¿Qué sucede? — preguntó. — Ella se fue, — dijo brevemente Javan. — ¿¡Qué?! — El grito salía del tren. Alessandra estaba allí, todavía a bordo. — Ella se fue, — repitió Javan, con la mirada apagada. Alessandra lo taladró con sus ojos color gris piedra. Abrió la boca como si fuera a decir algo, pero entonces, pensándolo mejor, apretó los labios y no dijo nada. Andrei la tomó por la cintura para ayudarla a bajar del tren. — Vamos a algún lugar adonde podamos hablar, — dijo con calma.

4 — Así que ella se fue. No pudiste mantenerla quieta ni siquiera por un trimestre, — le ladró Alessandra a Javan. — Alessandra, tú la conoces, — le reprochó Andrei. Ella resopló. Estaba enojada. — Pensemos con lógica. Después de todo, ella tiene una mente lógica. ¿Qué estaba haciendo antes de decidirse a huir? — No lo sé. Se suponía que estábamos de luna de miel... — Javan parecía derrotado. — ¿Estaba leyendo algo... extraño? — preguntó Andrei. Miraba fijamente a Javan. Ambos conocían el desaprensivo interés de Cassandra por cualquier cosa que se saliera de lo usual. Jamás le había importado si era conocimiento prohibido o no. — Sólo dijo que tenía que irse pero que volvería pronto, se transformó en viento y voló, — dijo él en voz baja y tono amargo. Se hizo un silencio. — No te preocupes, — Alessandra dijo de pronto, dando unas palmaditas en el hombro de Javan. — Si dijo que volvería, lo hará. — Javan se limitó a lanzarle una mirada vacía y sombría. Aquellos días habían sido muy difíciles para él. Alessandra se hizo cargo de la cabaña y de Kathy mientras la señora Fara permanecía en el Valle. Javan y Andrei recorrieron la zona buscando a Cassandra. No la hallaron. Comenzaron por registrar el bosque. Andrei lo conocía bien, por haber trabajado muchos años en él con Keryn, el centauro. Hacia el oeste y el sur, hacia el arroyo y la cascada de los unicornios, y más allá, hasta la entrada de la Cueva del Tiempo, registraron uno a uno los lugares favoritos de Cassandra. Preguntaron a los habitantes del bosque. Lyanne levantó las cejas con curiosidad, pero Nero sacudió la suya majestuosamente y no pudo (o no quiso) decirles nada. Hacia el oeste, siguieron los caminos del bosque hasta el viejo portón de madera, pero ninguna señal indicaba que ella hubiera pasado jamás por allí. Luego fueron hacia el norte, hacia la zona donde el bosque comenzaba a trepar por las colinas que se transformaban en montañas un poco más atrás. Ni rastro de ella. También revisaron el lago, y bajo el lago. Nakhira siseó algo como una risa maligna y los dejó pasar. No hallaron a Xanara. No hallaron nada. Verdaderamente se había ido. Entonces, una tarde, cuando Andrei y Alessandra habían ido al castillo y Kathy pasaba un par de días con la abuela, Javan sintió una extraña urgencia por ir a la cascada. Salió de la cabaña. Había algo en el aire, vibrando en el crepúsculo. Parecía

5 que algo lo llamaba, lo atraía al agua. Entró en el remanso, más y más profundamente, bajo el agua que caía y la neblina que murmuraba. Cuando Andrei y Alessandra regresaron, él todavía estaba bajo la cortina de agua, los ojos en blanco, la conciencia desvanecida. Estaba en trance. Lo llevaron al castillo caminando como un autómata, y la señora Corent lo cuidó hasta que se restableció. Se había sentido tan absolutamente desesperado hasta ese día, y ahora estaba seguro de que ella estaba cerca. Tan seguro. No permaneció en la enfermería más de un día. Como Cassandra, se escurrió fuera tan pronto como la enfermera se distrajo. Desde ese día, la esperó en el mirador cada noche. Cassandra abrió los ojos. Estaba en su cuarto, pensó con un suspiro. De regreso. Se sentía tan... relajante. Tranquilizador. Apacible. Un bálsamo para los sentidos. Se sentía tan llena de calma y de paz. Todo aquel cansancio, toda aquella urgencia desaparecidas. El miedo se había ido. Y escuchó unos sonidos familiares en su puerta. — Kathy, entra, querida, — dijo en voz alta, sentándose en la cama. — No es solo Kathy. ¿Podemos entrar? — dijo la voz de Javan. — Por favor... Estás en tu casa... — dijo Cassandra medio riéndose. No eran solo Kathy y Javan los que entraron en la habitación. Cassandra ahogó un grito de sorpresa cuando vio a Alessandra y a Andrei. — ¡Lessie, Andrei! No los esperaba aquí... — dijo. — Esta es toda una recepción... Ellos sonrieron. Kathy había saltado a la falda de Cassandra y estaba parloteando. — Cassie, ¿dónde estabas? Te extrañé mucho y papá no quiso... — Kathy, — interrumpió Javan. — Deja que Cassandra respire. Kathy miró a Cassandra, y después a Javan, perpleja. — Está respirando, papi. Cassandra se rió y la abrazó, y le susurró: — Hay algo para ti en mis bolsillos. Javan sonrió mientras miraba a Kathy saltar fuera de la cama para ir a registrar los bolsillos de Cassandra. Estaba metiendo la manito en el primero que encontró, cuando Cassandra la detuvo bruscamente. — No, en ese no. Mira en el de adentro, el de abajo... — le dijo. Algo en su tono de voz hizo que Javan se volviera a ella y observara cuidadosamente su expresión. Pero

6 Kathy ya estaba saltando de nuevo sobre la cama con un gran puñado de golosinas en la mano, y lo que parecía un gran cascarón gris en la otra. — Ah, el cascarón de tu prima, — explicó Cassandra sonriente. — ¿Prima? — Bueno... algo así. Al fin la Reina Dragón puso otra camada. Tres huevos esta vez. Los tres que... No importa. Cuando llegué dos estaban saliendo, pero el último parecía incapaz de romper la cáscara. Reina estaba muy nerviosa, y Gaspar... Nunca lo había visto tan alterado... y con razón. No podían hacer nada... Pero yo sí. Le hice un agujerito a la cáscara, y soplé un poco... fuego de Arthuz. No era tan caliente como los de Gaspar y Reina... y sí fue suficiente como para que Lys rompiera su huevo... Creo que ella heredó más características de la rama humana de la familia de Gaspar que sus hermanos... y... Javan... Necesitará un lugar donde aprender... — Ella lo miraba fijamente ahora. Parecía que le estuviera pidiendo permiso de algo. Él le devolvió la mirada inquisitivo. Ella se explicó: — Quiero decir que necesitará un maestro... Él dijo sin aliento: — Noo... ¿Quieres que adopte a una chica-dragón como aprendiza? — No es dragón... Es Ryujin, y sólo a medias... O tres cuartos... — Medio-dragón entonces... ¿Estás loca? Alessandra soltó una carcajada. — Los niños normales se conforman con traer ardillas o pájaros a casa... Tu mujer te trae dragones... ¿No es linda la vida de un brujo? — Es hechicero, no brujo, ya te lo expliqué, — corrigió suavemente Andrei. Pero Javan no les prestaba atención. Tenía la mirada clavada en Cassandra sin saber si debía besarla o fulminarla. Terminó por decir: — Lo discutiremos después, — y desvió la mirada de ella. Cassandra sonrió. Ya conseguiría su asentimiento... a su debido tiempo. — Cassie, dinos donde estuviste... — interrumpió Alessandra. — Estuvimos buscándote por todas partes desde setiembre... — La Puerta del Otoño... Tenía algo personal que resolver, — dijo Cassandra con tranquilidad. Sabía que no podía evitar las preguntas, pero tal vez pudiera eludir tener que dar las respuestas. No contaba con Kathy.

7 — Por favor, Cassie... Cuéntalo... — pidió mirándola con los ojos grandes y redondos que reservaba para seducir a su padre. Cassandra los encontraba tan irresistibles como el mismo Javan. Sonrió, y le acarició el cabello. — Bueno... — cedió. — Fui a NingunaParte, a ver a Nadie, a pedirle Nada. Traje Nada pero no exactamente aquí, y me fui otra vez, de vuelta a NingunaParte, a ver a Nadie, aunque no el mismo, y a pedirle Nada, que no era la misma, y de nuevo aquí, pero no exactamente... ¿Tengo que seguir? Esto es un trabalenguas. Javan la miraba arqueando las cejas, y Alessandra contenía la risa. Kathy la miraba sin pestañear. — ¿Y donde queda NingunaParte? — Muy lejos, bichito... Muy, muy lejos... — ¿Por eso tardaste tanto? — Ahá... — ¿Y visitaste a Gaspar? — Sí, ya te dije... — ¿Y a quién más? — Ah... — Cassandra se enderezó. Se había resignado al interrogatorio de Kathy por considerarlo más inofensivo que el de Javan, pero sabía que él no se perdía ni una sílaba. — Vi a nuestra amiguita... la amiguita de Andrei en realidad... Me costó bastante que me dejaran pasar... algo sobre deudas pagadas y rituales cumplidos... No entendí... — Cassandra se tocó el costado con precaución. Aunque había sucedido hacía casi quince días, y los moretones no se veían, todavía le dolía. Había tenido que luchar con los guardias para que le permitieran la entrada al lugar de las hikiris. — Tu amiguita te envía esto... — dijo mirando Andrei. Y juntando las manos sopló algo en ellas. Una burbuja se fue formando lentamente, y en la burbuja ardía una llama diminuta. — Lo lamento, tuve que traerla así, porque me quemaba en los bolsillos... Creo que agujereé el derecho... — Cassandra... ¿Sabes qué es eso? — dijo Andrei con un hilo de voz, mirando fascinado el objeto que Cassandra sostenía entre las manos, y sin tocarlo. — No... — Acabas de traerle a Andrei un huevo de hikiri... Y si no estoy recordándolo mal, sólo la reina pone los huevos... Kathy, no toques eso. Cassandra, deberías estar quemándote las manos... — indicó Javan con más calma de la que sentía. El huevo de hikiri estaba demasiado cerca de Kathy.

8 Cassandra se encogió de hombros. — Las Perlas de Fuego quemaban más... creo. ¿Qué vas a hacer con ella, Andrei? — ¿Yo? — preguntó el otro, sorprendido. — Ella dijo que era para ti... Javan resopló. La hikiri le había hecho un regalo similar a él, aunque de otra índole. Tenía que sacar ese huevo de delante de su hija. — Te conseguiré algo donde ponerlo para llevártelo. Lejos de aquí. Cassandra, ¿te recuerdo de qué lado de la frontera estamos? Cassandra sonrió, tendiéndole el huevo. Realmente estaba muy caliente. Javan lo tomó entre las manos y lo llevó abajo. Cassandra notó la mirada sorprendida de Andrei. — ¿Qué sucede? — le preguntó. Alessandra también lo miró. — No... nada. No tiene importancia... Discúlpenme... — Y Andrei salió tras Javan. — ¿Qué les pasa a estos hombres? — comentó Alessandra. — ¿Y qué clase de bicho trajiste que los puso tan nerviosos? — Ah, ese es un cuento que sí puedo contar... Y Cassandra se acomodó entre las almohadas para contar su historia. La cena de bienvenida de los aprendices resultó sumamente agradable. Cassandra secuestró a Alessandra en su rincón, y Andrei, por supuesto fue con ella. Había contado con el apoyo de Javan para convencerla que se fuera en el tren de la mañana. — Si tu crees que un solo día me alcanza para agotar las novedades... — le había dicho. Alessandra se rió. — Fuiste tú la que no estuvo en casa. Yo tengo trabajo que hacer... — Una sola noche no te matará... Y tengo unas cosas que preparar para que te lleves... — ¿Y la poción asquerosa que tu marido me hace tragar cada vez que vengo? — ¿Qué? ¿Te la dio la última vez? Lo voy a matar... — No, tranquila... De la boda me acuerdo... Pero en serio Cassa... — Entonces te quedas. Tengo seis calderos limpios en el sótano... Tenía... No sé... Vamos a ver... Y Cassandra había arrastrado a Alessandra a sus habitaciones en el castillo.

9 Ahora, la cena terminaba. En el equipaje de Alessandra iban embaladas veinticinco muestras para analizar. Conversaban ahora sobre los proyectos para el invierno, cuando algunos de los muchachos se acercaron. Dorin iba a la cabeza. — Profesora Troy... — empezó. — Fara. Ahora es profesora Fara, — dijeron Alessandra y Andrei a la vez. — Me casé el año pasado ¿recuerdas? — agregó ella. Javan hizo una mueca. — ¿Qué querían? — Nosotros... quisiéramos pedirle que contara un cuento... Hace años que no escuchamos una buena historia... — Sí. El año pasado solo bailaste... — dijo Andrei. — ¿Y ustedes creen que es hora de otro cuento? — preguntó ella con un brillo de travesura en la mirada. — Vamos, sabes que te mueres por hacerlo... — susurró Javan. Cassandra sonrió. Era cierto. — Bueno, entonces... ¿qué clase de historia quieren? — preguntó mientras se levantaba. Los chicos se miraron entre ellos. — ¿Una del colegio? — propuso un chico bajito. Cassandra torció la boca. — Si cuento una historia más del origen del colegio, el profesor Amerek me va a matar... Ya me lo advirtió. ¡Las fuentes! ¡Usted no verifica las fuentes!... Pero... — Sus ojos volvieron a chispear. — Lo harás de todas maneras... — murmuró Javan. Ella le dedicó una sonrisa y siguió a los estudiantes. Los aprendices más jóvenes la miraron con curiosidad, los mayores con expectativa cuando ella llegó al centro del comedor con la varita en alto. — Algunos de sus compañeros me han pedido que relate una historia... — dijo simplemente. — Aquí está. Y girando con la varita, dibujó un círculo. El espacio entre las mesas se había ampliado. Andrei apretó la mano de Alessandra. Las mesas se desvanecieron. Las paredes desaparecieron. Y se encontraron sentados en el suelo en un gran círculo, rodeados por un oscuro vacío. Cassandra estaba allí, en el centro. O no. Ya no era Cassandra. Ahora parecía un enorme pájaro rojo y anaranjado, del color del fuego, su vestido simulando alas, flotando detrás de ella. El

10 pájaro empezó a cantar, la voz de Cassandra era uno más de los sonidos, relatando la historia. — Hace mucho tiempo, había una mujer. No era bruja, pero podía entender las voces de los pájaros y era capaz de hablar con ellos. Vivía en una cabaña en el límite del bosque... lejos de los humanos, lejos de los pájaros... A medias entre dos mundos... Dos formas humanas se habían formado en puntos diferentes del círculo. Una parecía hecha de fuego luminoso. La otra de humo oscuro. Se acercaron a la mujerpájaro desde extremos opuestos. — En el mismo bosque coincidieron también dos hombres. Extranjeros. Los llamaremos el Fuego, Hoho... y el Humo, Ikinú... — Las figuras destellaron cuando ella les dio nombre. Continuaron acercándose. — Eran magos, no forasteros, y en aquella época, la frontera no era tan nítida como ahora. Hoho llegó desde el norte, huyendo de un profundo dolor, y un terrible secreto... Fuego se detuvo frente al ave y le hizo una reverencia. La mujer pájaro aleteó. Juntos comenzaron una danza alrededor del círculo; la danza del fuego que Cassandra había bailado el año que llegó al castillo. Pero este pájaro tomó fuego en sus alas, y cayó, sacudiéndose agónicamente. Humo alcanzó al ave, mientras la figura de fuego giraba y se alejaba en un delicado ballet. Cassandra continuó. — Cuando Hoho encontró a la mujer, despertó algo en ella, aunque no era su propósito... Su fuego era demasiado para una mujer mortal. Fue Ikinú quien se hizo cargo. Hoho no podía ayudara sin hacerle un daño peor. Ikinú la rescató, la cuidó y ella se enamoró de él. Mientras Cassandra hablaba, el pájaro de fuego había comenzado a bailar una vez más, esta vez con la figura de humo. Humo empezó a cambiar de color, del mismo modo que lo hacía el ave, y se mezclaron en una extraña escultura viviente. Entre el humo y las llamas se podían adivinar las figuras unidas de un hombre y una mujer. Cuando se separaron, solo eran el pájaro de fuego y la figura de humo. Fuego se reunió con ellos una vez más. — Ikinú quería llevarla a casa. Hoho no quiso permitírselo. No podía, por razones que no diré. Fuego y Humo pelearon mucho tiempo por esta causa... Las figuras de fuego y de humo, Ikinú y Hoho, danzaban ahora alrededor del pájaro de fuego. No era una danza elegante y graciosa como la que cada uno había bailado con la mujer-pájaro. Poco a poco los espectadores se percataron que no era una danza sino un duelo. Chispas y llamaradas saltaban y estallaban allí donde las figuras se

11 encontraban. Una de las llamaradas alcanzó a la mujer-pájaro. Fuego y Humo dejaron de luchar inmediatamente, y corrieron a auxiliar a la mujer. — Los magos trataron de salvarla, pero era muy difícil. Hoho tenía el fuego todavía adentro, y era de poca ayuda. Ikinú le dijo que se marchara, y Hoho no tuvo otra opción sino aceptar. No quería dañarla a ella... Cuando regresó, Ikinú había llevado a la mujer a casa, aunque para ello había tenido que recurrir a todo su poder... Cassandra no lo dijo. Pero las sombras de Humo oscurecieron las llamas del ave de fuego, y los dos ardían ahora con una luz rojiza y fría. — Fuego se dio cuenta de inmediato de lo que había sucedido. La ceremonia era antigua, difícil, y era muy fácil extraviarse... Ikinú había ido un poco más allá de lo permitido. Y entonces, inesperadamente, el ave de fuego se volvió contra Humo. Fuego corrió en su ayuda. Un fuego blanco, demasiado brillante salió de la figura de fuego y envolvió a los tres. Cuando la luz volvió a disminuir, notaron que la mujer-pájaro brillaba ahora con llamas claras. En su pecho había cuatro joyas: topacio, rubí y esmeralda formando un triángulo, y un zafiro azul en el centro: el emblema del Trígono. La luz en el ave se desvaneció, y el pájaro se transformó en la figura de una mujer. ‘¿Qué has hecho?’ chilló la voz de Ikinú. Su voz sonaba familiar. ‘Ahora podrán estar juntos,’ suspiró Hoho. Su voz sonaba triste, inexplicablemente triste, y muy familiar también. ‘Pero tú sabes cuál es el precio de lo que tú hiciste. Sólo te conseguí algo más de tiempo. En tanto ella conserve las Joyas, vivirá...’ — El pacto oscuro de Ikinú había condenado a su esposa. Las Joyas de Hoho le prolongaron la vida casi un año. De todas maneras, ese fue el fin de la amistad entre Fuego y Humo. Como Hoho había dicho, cuando ella perdió las Joyas, murió. Las Joyas fueron robadas, y la esposa de Ikinú murió en un terrible accidente. Ikinú y Hoho no se han vuelto a hablar en al menos mil años... Las últimas imágenes mostraron una batalla a las puertas de un castillo, y una flecha amarilla alcanzando a la mujer. Las imágenes se oscurecieron y se desvanecieron antes que pudieran reconocerla. Cassandra agregó con suavidad: — Esta es otra de las historias del castillo... Todavía no terminó. Sólo usé los antiguos nombres, los que usaban lejos de aquí para los amigos Hoho e Ikinú...

12 Un silencio pesado había caído en el salón. Lentamente cada uno fue notando que estaban todavía en el comedor, sentados a las mesas, y deseando irse a dormir. El fantasma de una adivinanza flotaba en el aire. — Buenas noches, — los despidió Cassandra. Los aprendices empezaron a moverse hacia las puertas.

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Capítulo 2. Javan.

Ella estaba todavía enredada entre sus brazos. Eran las seis de la mañana. Se estiró perezosamente, y se movió aún un poco más, sólo para sentir su piel temblar a su contacto. Sintió su mano deslizarse por su cuerpo desnudo y posarse sobre su ombligo. Tibia. Pesada. Apretada. Suspiró. — ¿Estás despierta? — preguntó él en voz baja. — ¿Mm? — Algo enigmática, tu historia... — insistió. — Mm... Él la besó en el hombro. Ella se estremeció y un leve tono rosa se extendió por su mejilla visible. Él sonrió y la besó de nuevo. — ¿Quiénes eran? — preguntó al cabo de un rato. — La mujer era Fiona, y Humo era Zothar... ¿No te diste cuenta? Lo sintió ponerse tenso y levantarse sobre un codo. Aún así, no separó sus manos de ella. Estaba, si es posible, más cerca. — ¿Estás tratando de decirme que la esposa de Zothar era forastera? — preguntó. — Igual que yo... Magia prestada. Ella y Zothar guardaron el secreto celosamente... Nadie lo sabía. — Hm... ¿Y Hoho? ¿Fuego? — Ah, él era un amigo de ellos. — ¿Y tú? ¿Cómo lo averiguaste? — Me lo dijo Hoho, — contestó ella. Él se dejó caer de nuevo en la cama. Hubo una pausa, y él comenzó a acariciarla otra vez. Ella se dio la vuelta para mirarlo, y encontró una mirada pensativa en sus ojos. Esta vez fue ella la que lo besó. — ¿Me dirás donde estuviste? — le preguntó él muy suavemente. — Fui a NingunaParte a encontrarme con Nadie y pedirle Nada y traerla aquí... — Estás diciendo tonterías. Estoy hablando en serio, — protestó él. Ella siguió canturreando. — Y otra vez la segunda vez... Fui a Ninguna...

14 Ella empezaba a sonar somnolienta otra vez y había cerrado los ojos. Él la sacudió, la besó y le dijo: — Hora de levantarse. Vamos a trabajar... Cassandra abrió los ojos gruñendo y se levantó tras él. Como los años anteriores, este año sus horarios estaban concentrados en las tardes. Si uno lo pensaba un poco, era lógico. Eran pocos los hechiceros que requerían entrenamiento de Viajeros. La mayoría de sus alumnos eran brujos menores. Y por la mañana, trabajaban con Javan y Norak en el salón de abajo. O mejor dicho, eran sistemáticamente torturados por Javan y Norak. Ninguno de los dos se caracterizaba por su flexibilidad y paciencia. Como fuera, ella tenía la mañana libre para ocuparse de sus asuntos, y lo primero en su agenda era acompañar a Alessandra a la estación. Fueron juntas, conversando animadamente y riendo en voz alta. El camino a la estación no era largo, pero a ellas les llevó casi media hora. En cierto momento, Alessandra miró a Cassandra muy seriamente: — Cassie, deberías ser más cuidadosa al tratar a tu marido. Cassandra saltó, sorprendida. — ¿Qué? — La pasó muy mal cuando te fuiste el mes pasado... — Cassandra frunció el ceño. Alessandra continuó: — Un día se metió a la cascada, allá en tu cabaña... Lo sacamos con Andrei. Parecía... autista. Como si hubiera quedado... no sé. ¿En trance, dicen ustedes? — Trance... — Cassandra recordaba bien lo de la cascada. Todavía estaba en medio de su viaje. Estaba del otro lado de la frontera, entregando Nada a quien podía guardársela hasta el momento indicado. La frontera era muy delgada aquí, y su deseo de estar con él la debilitaba aún más. Recordaba haber mirado a través de la frontera, como si fuera una ventana, deseando volver a verlo, queriendo tocarlo, acariciarlo... Sintió rebeldía por la misión que le robaba sus momentos con su esposo... Y lo vio salir de la cabaña. La frontera se adelgazó todavía más. Ella lo había sentido meterse al agua, acercarse a la cascada, buscándola, aún cuando ella estaba del otro lado. Dudó si acercarse a él... y la frontera decidió por ella. Simplemente desapareció, dejándola a su lado, frente a él, rodeándolo... Ella era parte del agua. Se levantó lentamente frente a él, una figura transparente de agua clara bajo la cortina de agua, y él se acercó. Lo besó, se fundió con él... Como el año anterior, en la danza del agua, en este mismo lugar. Este

15 lugar tenía algo especial para ellos. Parecía que siempre volvían al mismo punto... Pero tenía que hacer lo que tenía que hacer. Lo dejó en la cascada y siguió su viaje, deseando que terminara pronto. No podía hacer otra cosa. El año anterior, por su pereza, las cosas se habían complicado inútilmente. No fracasaría otra vez. No, no esta vez. No podía decírselo a Alessandra, pero estaba segura que su amiga comprendería. Algún día. Apretó los labios. Alessandra la observaba. La vio enrojecer, reprimir una sonrisa y apretar luego los dientes. No entendía. — Deberías tenerle algo de piedad, Cassa... Cassandra ocultó su turbación en la ironía. — Qué sabrás tú de piedad, Lessa... Alessandra sacudió la mano, descartando el asunto. — Estoy hablando en serio, y ése no es el punto. Andrei me contó de él, de los Malditos... Deberías cuidar de él, no molestarlo... Cassandra se la quedó mirando. Una sonrisa empezó a dibujársele en la cara. — Ah, no. No me hagas ese tonto jueguito otra vez, — dijo Alessandra. Cassandra resopló. No entendía este súbito interés en Javan. — ¿Desde cuando te preocupa Nag? — preguntó. Alessandra siguió. — Tu Nag tuvo una vida difícil, ya lo sabes. Perdió a su novia, o lo que fuera la hija del Anciano para él; después tuvo que esconder a Kathy, y la perdió... Después tuvo que vivir disfrazado tanto tiempo que creo que se ha olvidado de quién es. No es un mal hombre, Cassie... — Cassandra sonrió a medias. Viniendo de Alessandra... — ...Y te ama, — terminó. — Golpes bajos, ¿eh? Ya sé que Javan me ama, Lessie. Y yo lo amo a él... Más de lo que te podría decir. Pero hay cosas que tengo que hacer... No le haría daño nunca, pero... Tú sabes que siempre elijo lo que considero mejor para todos... Por eso me tuve que ir... — ¿Adonde fuiste, Cassie? ¿Qué estuviste haciendo...? Cassandra apretó los labios, terca. Ya iban cinco o seis veces que se lo preguntaban, así a quemarropa, tratando de tomarla desprevenida. — Fui a NingunaParte... — empezó a canturrear. — No... No otra vez... — gimió Alessandra. Cassandra se rió. Finalmente habían llegado a la estación.

16 El silbato ya anunciaba la partida del tren. El equipaje de Alessandra ya estaba a bordo. Ella y Cassandra se abrazaron. Entonces, Cassandra sacudió la cabeza para soltar el cabello. La varita de Metamórfica cayó en su mano. Cassandra la partió a la mitad y le tendió una a Alessandra. — Me han dicho que solo tres veces podré compartir esta vara con alguien... Quiero que tú tengas la primera mitad. Pide las flores que quieras, y la Metamórfica te las dará... Yo quiero... Mm... Rosas, en una cola de caballo. La mitad de Cassandra se cerró alrededor de su cabello en un broche de rosas rojas. Alessandra se conformó con un pequeño arreglo de nomeolvides. Cassandra sonrió. — ¿Ves? No es tan difícil pedir magia prestada... — Gracias, — dijo Alessandra, disimulando su emoción. El broche la hacía sentirse un poco más cerca de ella... y de Andrei. La abrazó. — Adiós, amiga... Escribe pronto... Se besaron de nuevo, y Cassandra continuó moviendo la mano hasta que el tren se perdió en la distancia. Javan tuvo un momento de indecisión en la puerta de sus habitaciones. Sólo un momento. El reloj estaba por marcar el comienzo de las clases, y Cassandra volvería antes de que terminaran. Tenía poco tiempo. Así que entró, y cerró la puerta tras de sí. La capa de Cassandra, la de viaje, estaba sobre la silla, donde ella la había dejado la tarde anterior, cuando vinieron de la cabaña. Del bolsillo interior había sacado Kathy los dulces. El bolsillo de la derecha estaba quemado, era el del huevo de la hikiri. El otro bolsillo era el que Cassandra no les había dejado mirar. Tuvo otro fugaz momento de duda. Y metió la mano en el bolsillo. Se sorprendió de que estuviera vacío. Cassandra no había tenido tiempo de guardar o esconder lo que fuera que hubiera en él. De modo que debía ser otra cosa. Buscó su varita. — Muestra tu contenido antes de esta hora... — ordenó. Unas sombras brillantes y otras más oscuras se mostraron brevemente. El reloj sonó allá arriba, y le hizo volver la cabeza. Cuando volvió a mirar, los objetos opacos habían ocultado las cosas luminosas, y no podía distinguir de qué se trataba. ¿Qué había guardado Cassandra en ese bolsillo? Ahora ya no podría averiguarlo. Las voces en el pasillo le indicaban que ya tenía aprendices a su puerta.

17

Y el semestre comenzó. Cassandra atravesó lentamente esas primeras semanas. Un día, sentada a la mesa del desayuno miraba a Javan marcharse a clase. Recordó las palabras de Alessandra, y sin saber porqué se sintió preocupada. Él se veía cansado. Se volvió a Andrei. — Le pasa algo ¿no te parece? Andrei siguió la dirección de su mirada. — Tuvo un verano difícil. Debe estar cansado... Cassandra frunció el ceño. No le habían hecho más preguntas, pero el reproche reaparecía una y otra vez. — Lessie dijo lo mismo cuando se fue... No fue mi culpa. Tenía que hacerlo... — No te estaba acusando. Pero él está cansado. Cassandra lo miró, esperando. Andrei pestañeó. — ¿Qué? — ¿No me darás un consejo? ¿Cuidarlo, o algo? Eso fue lo que dijo Alessandra. La sonrisa se extendió de nuevo por el rostro de Andrei al escuchar el nombre de Alessandra. — Bueno... Podrías mimarlo un poco. Llevártelo por el fin de semana... Tal vez danzar para él... Curiosamente, un escalofrío sacudió a Cassandra al escuchar mencionar una danza. Sin embargo sonrió y dijo: — Quizá una danza... Pero Cassandra intentó algo diferente. Era viernes de noche. Cassandra se puso su mejor vestido bajo la túnica. Cenaron en el comedor de arriba, como le gustaba a él, pero cuando la cena estaba terminando, ella le tomó la mano y le susurró muy despacio. — Salgamos a caminar, Javan. Necesito hablar contigo... Él la miró ligeramente sorprendido. Ella no necesitaba salir afuera para hablar con él. Andrei la había escuchado. Lanzó una mirada furtiva a la pareja mientras ellos se deslizaban discretamente fuera del cuarto, y sonrió para sí. En alguno de los años anteriores se habría sentido perturbado, pero no ahora. Eran sus amigos, los dos, y se sintió feliz por ellos.

18 Cassandra no llevó muy lejos a Javan. Caminaron hacia el bosque, a la gruta de los helechos. A ella le gustaba especialmente ese lugar. Ese y la cascada. Los perfumes de las flores se elevaban mezclados en el aire ya frío. Siempre era primavera en este jardín. Las flores lo sabían, pero la brisa no. El invierno ya avanzaba sobre ellos. Ella se sentó en el mismo tronco que solía usar cuando molestaba a Javan con Siddar. Él miró alrededor y se acercó lentamente a ella. Se quedó de pie unos momentos, hasta que ella tiró de su mano para hacerlo sentarse. — ¿Para qué me trajiste aquí? — preguntó él. — Necesitaba estar a solas contigo... — dijo ella, reclinándose contra su pecho. Él le pasó el brazo por los hombros, aunque fue un gesto rígido. Ella se acercó más. — ¿Y no podíamos hablar en el castillo? Es tarde, hace frío... Ella suspiró. No, no podían hablar en el castillo. Hacía demasiado tiempo que no hablaban en serio en el castillo. — ¿Qué te pasa, Javan? — le susurró, deslizando los dedos sobre los botones de su camisa. — Nada. — Su voz sonó fría. Cassandra se detuvo y lo miró. Sus ojos había recuperado aquel tinte indiferente que ella conocía de su primer año en este lugar. Se estremeció. Él había levantado un muro a su alrededor. Se enderezó un poco, y metió una mano en el bolsillo. Él volvió la cara hacia ella. — No confías en mí, — dijo él. — Te fuiste y me abandonaste... Nos abandonaste, a Kathy y a mí... Entonces yo tampoco puedo confiar en ti... Cassandra sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Una respuesta tan lógica y fría la desarmaba. Sujetó fuerte el objeto que tenía en el bolsillo, y sintió que el cristal del envase se rompía entre sus dedos. Algo húmedo y viscoso le tocó la mano. Tuvo que controlarse para no gritar. Con discreción, sacó el objeto y lo dejó caer entre las plantas detrás del tronco. Había creído que una porción de la pared de Javan, la que absorbía las emociones, podría ayudarla, pero... Cuando el objeto abandonó su mano se sintió mejor. Miró a Javan. — Sólo hice lo que era mejor para todos... — protestó débilmente. Con los ojos llenos de lágrimas no podía ver bien. Sintió que algo salía de ella, pero no prestó atención. La cabeza de Javan se recortaba contra la luz de la luna. La sintió acercarse, y sintió su respiración tibia cuando él la besó. — Sabes que me preocupo... No puedo soportar que tengas secretos conmigo, — dijo él con voz ahogada.

19 Ella sintió algo cálido, un sentimiento que regresaba. — Te prometo que te lo diré tan pronto como sea posible... Por favor... — Por favor... — él la besó de nuevo. También él sentía que algo se había alejado y que un sentimiento nuevo, cálido, regresaba. No sabía qué era, no sabía porqué... Solo sabía que ella estaba ahí. Volvió a besarla. — Por favor... perdóname... — Sh... sh... Ella estaba acurrucada contra él, dormida. Podía sentir el calor que ella irradiaba. Le recordó aquel día, en la cueva con la hikiri. Súbitamente sintió el frío, y el dolor en su costado. Se iba y volvía en los momentos más inesperados. Movió la mano como si tuviera la varita en ella. — Fuego... — susurró. La antigua invocación. Un fuego chisporroteante brotó a sus pies. No había usado la varita. Era magia antigua, el regalo de la hikiri... De nuevo, sintió algo que se alejaba... pero no prestó atención. Al alejarse lo que fuera, algo cálido volvió a brotar en su interior con fuerza renovada. Hundió la cara en el cabello de Cassandra, y el perfume de ella le invadió los sentidos. Ella suspiró en sueños. — ¿Dónde estuviste, mi amor? — susurró. Realmente no esperaba una respuesta. Ella se la dio en sueños. — Las Joyas... debía encontrarlas... reunirlas... devolverlas... — murmuró. — Sh... sh. Guarda el secreto, mi cielo. Guarda el secreto... — dijo. Ella suspiró de nuevo y lo abrazó más fuerte. El sábado de mañana los encontró caminando por el bosque. Ella estaba cantando una canción de lluvia, y entre los árboles, Javan podía ver las nubes atravesando el cielo. Iban a buscar la escoba para ir a la granja a pasar el fin de semana con Ada y Kathy. La tarde había sido lluviosa. Se habían sentado en el sofá, con Kathy entre ellos, la cabeza sobre las rodillas de Cassandra y las piernas sobre las de su padre. Estaba hablando y hablando acerca de su nueva maestra. El año pasado, Kathy había vuelto rosa al dorfin de la clase. Esta vez, la magia se disparó contra su maestra. No hubieron felicitaciones esta vez. Cassandra prometió ir a ver a la maestra el lunes por la mañana. — Y... Cassie, la cáscara que me diste se está derritiendo, — dijo Kathy. — ¿Qué? — preguntó Cassandra sorprendida.

20 — Se está derritiendo... Vamos, te la muestro... Cassandra fue con Kathy al cuarto, donde estaba el cascarón. La niña le mostró un objeto mojado y blando, muy distinto del cascarón gris de huevo de dragón que Cassandra le había traído unas semanas atrás. Cassandra frunció el ceño. Las cáscaras, igual que las pezuñas o las escamas de dragón, estaban entre las sustancias más resistentes que se conocían. Hasta los restos del cascarón del huevo de la naga Nakhira todavía formaban parte del amuleto de Zothar... allá en la torre de la Serpiente, mil años después. Ella había pensado que con un amuleto similar, Kathy estaría protegida del hechicero loco. Todavía temía que él quisiera atacar a la niña. Aunque, por alguna razón, él seguía ignorándola. Afortunadamente. Pero Cassandra sabía que eso no duraría por siempre. Solo mientras ignorara la ascendencia de Kathy la niña podría estar a salvo. Mientras tanto, ella había querido impregnar las cáscaras con la esencia de Kathy antes de empezar el trabajo... Pero esto... Javan estaba detrás de ella. Se volvió a él interrogante. Él fruncía el ceño, tan extrañado como ella. ¿Qué clase de magia podría fundir un huevo de dragón? Ocultando sus temores, Cassandra sostuvo el cascarón empapado entre sus manos. Javan apoyó las manos sobre las de ella. Ella podía sentir su fuerza a través de sus dedos. El antiguo poder, desbordándose por sus manos, fluyendo a través de ella. Nunca había percibido esa clase de magia en él. ¿Por qué ahora? Pero debía concentrarse en el cascarón. ¿Quién o qué lo estaba fundiendo? ¿Quién tenía semejante poder? Kathy los miró frunciendo el ceño. Cassandra había cerrado los ojos, y su padre también. Ahogando un gesto de disgusto, ella también apoyó sus manitos tocando los dedos de su padre y de Cassandra. Ellos abrieron los ojos de repente, y la niña vio una luz en los ojos de ambos. No tenía edad suficiente para saber que era miedo. Las visiones habían empezado cuando la niña tocó el cascarón. Cassandra habló primero. Quitando la cáscara de en medio, dijo con un ligero temblor en la voz. — Me quedaré con esto... Tal vez pueda arreglarlo. Estuvo un momento limpiando las manos de Kathy con un pañuelo, y luego se limpió las suyas, y pasó el pañuelo a Javan. Él también se limpió las manos mientras volvían a bajar por la escalera. Tiró el trapo a las llamas de la estufa con expresión abstraída.

21 Kathy había mirado a uno y a otra, y se sentó de nuevo entre ellos. Cassandra empezó de nuevo a hacerle cosquillas, pero no tenía muchas ganas de jugar. Kathy tampoco. Así que Cassandra la acomodó en sus rodillas y le contó historias hasta que la nena quiso irse a dormir. — ¿Y qué piensas de esto? — preguntó Cassandra mientras volaban de regreso al castillo. — No lo sé. Dímelo tú... Los dos habían tenido la misma visión. Lys, la chica-dragón, y Kathy al oscuro resplandor de unas llamas negras, haciendo algo... tal vez oscuro. La expresión de Kathy era terrible. La de Lys... indiferente. Parecía mayor que Kathy, pero los ryujin crecían deprisa y vivían tanto tiempo... Una sombra estaba de pie detrás de ellas, una mano sobre el hombro de cada una de las chicas. La amenaza de la Serpiente estaba allí. — ¿Crees que sea una visión del futuro? ¿Una amenaza, o una advertencia? Javan se volvió a medias. La luz de la luna iluminaba débilmente. El cielo se estaba despejando. Cassandra no pudo verle los ojos cuando dijo: — Lo que sea, lo enfrentaremos cuando llegue, no antes. Cassandra sacudió la cabeza y se aferró a él. El viento soplaba fuerte. — No debí haber traído esa cosa conmigo... Creí que podríamos hacer un amuleto... como el de Zothar... pero más fuerte... — No importa... — dijo él lentamente. — No puedes repetir la historia del Viejo... Además el Viejo quería poseer el poder de Nakhira. Tú no quieres que Kathy posea a nadie... o el poder de nadie... No hubiera funcionado. — Pero podría haberla protegido... — Protegido... No, no lo creo. Cassandra calló unos momentos. No quiso preguntar por qué. Estaba segura que no quería saberlo. — ¿Qué clase de magia puede hacer esto? — preguntó en cambio. El suspiró. — Sólo conozco una... — ¿Magia oscura? — No. El destino.

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Capítulo 3. Las señales.

De una forma o de otra, Javan recuperó su humor habitual. A la primera oportunidad, hizo que Cassandra probara una de sus pociones nuevas. Pero era lunes por la mañana, y ella tenía una cita con la maestra de Kathy. Ada ya le había dicho el año anterior que tendrían que hacer algo para que la magia de Kathy dejara de dispararse de esa manera, pero Cassandra no había querido escucharla. Ahora... Bueno, ahora Javan podría hacerse cargo. Cuando llegó para hablar con la maestra se dio cuenta que el preparado de Javan era una poción ensordecedora. Maldiciendo para sus adentros se dispuso a tener una charla con mímica con la maestra de Kathy. La señora Perkins, la maestra, era una mujer muy comprensiva. Lucía extraña con ese tentáculo saliendo de su oreja, y el pelo color violeta, ambos efectos causados por la magia de Kathy. Las manchas fosforescentes habían sido el resultado de tratar de revertir el encantamiento. Cassandra se rió cuando la maestra dijo que si el padre le daba pociones ensordecedoras a su esposa, ella podía sentirse tranquila de que Kathy solo se hubiera metido con su cabello. Cassandra sonrió y no dijo nada del tentáculo, que ahora se agitaba en el aire alegremente. Pensó en sacar la varita, pero no fue necesario. Una orden en el antiguo lenguaje alcanzó para que la maestra volviera a la normalidad. — Vaya, ni siquiera manchas... — dijo la señora Perkins. Cassandra sonrió, imaginando el gesto que haría el tentáculo si estuviera todavía ahí. De alguna manera se las arregló para explicarle a la maestra las fuentes de la magia predominantes en la familia, y la maestra prometió tener un ojo en Kathy. Cassandra intentó no pensar en lo que haría el tentáculo ante semejante afirmación. Se despidió muy risueña de la maestra, y regresó al castillo. Iba pensando qué iba a hacer con Javan y su poción sorda, cuando algo en el invernadero llamó su atención. No eran ruidos, no; en realidad no escuchaba nada. Pero parecía que Sylvia había traído una nueva partida de plantas. Las estaban bajando de una gran alfombra en ese momento. Cassandra se acercó al invernadero a paso rápido.

23 Calothar la saludó con la mano. El muchacho se había quedado con Sylvia desde aquel primer año de Cassandra en el castillo. Sin embargo, ya estaba por terminar aquí. Tenía uno o dos años más con los profesores del ala norte, los especialistas en vientos; y un tiempo indeterminado en la Rama de Fuego. Gertrudis no se decidía qué hacer con él. Ahora estaba ayudando, con otros tres muchachos, a acomodar unas plantas altas y frondosas en la parte de atrás del invernadero. — ¿Qué tienes ahí? — preguntó Cassandra, esperando no haber gritado. Calothar se enderezó vivamente. Dijo algo, pero Cassandra, por supuesto no le escuchó. Se acercó, y le sostuvo la cara con las manos para leerle los labios. — De nuevo, — dijo.— Y despacio. — Beso de bruja... Los encargó la profesora el mes pasado... Vio que Calothar hacía un gesto, y soltándolo se dio vuelta. Sylvia se acercaba con una sonrisa. — Poción para sordos... — la vio decir. Asintió. — ¿Qué son? — preguntó. — Ah, querida... No querrás que te lo explique así... son plantas mágicas... para atraer, atrapar y sujetar... buenas para fabricar colas y pegamentos, o para sellar hechizos, o puertas... Crecen bien al sol, pero a la sombra producen hojas mayores, aunque con menos poder. El sellado es casi instantáneo. Y solo tienes que... — Sylvia hablaba muy rápido, y se movía por todas partes mientras lo hacía. Cassandra perdía partes enteras de la explicación, mientras la seguía por el invernadero. La vio tomar una de las plantas más pequeñas y ponerla sobre la mesa, mientras señalaba las distintas partes y seguía hablando. — Y para activarla solo tienes que arrancar una hoja, ésta de aquí, y besarla... Por eso se llama Beso de bruja... Dicen que existe una Beso de mago, pero nunca he podido conseguirla... Tal vez la próxima vez que vayas a buscar productos al Mercado... Cassandra asintió. Estaba sorda, no muda, pero le costaba compaginar su falta de oído en una conversación. En ese momento oyó, sí, escuchó a Javan en la puerta. — Ah, estás aquí, — dijo él. Cassandra levantó la cabeza de la planta que había estado observando. Sin querer arrancó la hoja que Sylvia había indicado. — Pensé que te habías perdido... ¡Cassandra! ¿Qué tienes ahí? No irás a... — dijo él. Parecía algo sobresaltado. Cassandra escuchó como un rumor, que bien podía ser la risa de Sylvia, y más por intuición que por lo que había logrado escuchar de las explicaciones, besó la hoja y la sopló.

24 La exclamación de consternación de Sylvia fue nítida, y traspasó la poción sorda. Una a una, en un viento verde, todas las hojas de la planta habían volado tras Javan y se habían pegado sobre él. — Menos mal que era una planta pequeña, — rezongó él debajo de las hojas. Cassandra se rió. — Cuando a mí se me pase el efecto de tu poción, te llevo a que te despeguen las hojas... Lo escuchó refunfuñar un poco más, y la poción terminó su efecto. — Cassandra, — Sylvia le tocaba el brazo. — No puedes esperar tanto. Las hojas de la Besos tienden a asfixiar a la víctima. No creí que fueras a... — Yo tampoco. Vamos, Cassandra, empieza a trabajar... Tengo lo que hace falta para el antídoto contra el veneno... — dijo el montón de hojas. — Pero no puedo hacerlo así... — ¿Veneno? — Tienes que sacar las hojas... calentándolas con tu aliento, una por una... como un beso, — explicó Sylvia. — Pero al hacerlo, te envenenas. Comites, ¿estás seguro que tienes todo para el antídoto? Si no... — No importa, es su primera vez. Tendré tiempo suficiente... Vamos abajo. Tienes muchas hojas que besar, Cassandra... Y el montón de hojas se llevó a Cassandra abajo, a sus habitaciones. Besar todas las hojas le llevó media tarde. Las hojas debían ser despegadas en el exacto orden inverso en el que se habían adherido. Tres veces erró el camino, y las hojas volvieron a pegarse a Javan. Cuando al fin terminó, tenía la boca verde y un molesto sabor a tierra. — Puaj... Esto es asqueroso... ¿Por qué no me lo dijeron? — Porque estabas sorda hoy de mañana... ¡No bebas agua! Eso activará el veneno de la Besos. — ¿Y cómo funciona? — preguntó ella, curiosa, siguiéndolo al salón. Norak estaba con algunos de los aprendices. La miraron con curiosidad cuando pasó. — No toques nada con tierra o con agua... Echarías raíz. El veneno funciona transformando... lentamente. Las primeras dos o tres intoxicaciones no son muy intensas... No sé de nadie que haya sobrevivido a una cuarta... Ah, el antídoto dorado. — ¿Ese es? Pensé que...

25 — Es un antídoto universal... Ya no queda mucho... — Tendrás que hacer más. — ¿Hacer? ¿Creías que esto se... hace? — Javan la miraba divertido. — Sigues pensando sin magia. — ¿Qué vas a hacer entonces? — Ahora nada. En otras circunstancias... iría a buscar más. No te haces una idea de lo útil que es esta cosa... Cassandra asintió, mientras dejaba que él midiera una cucharadita del antídoto dorado y guardaba el frasco. Iba a beberla, pero él la detuvo. — Espera, no es tan sencillo... No puedes beberlo puro a menos que ya estés muerta... Tu antídoto estará listo en doce horas... Y encendiendo el fuego debajo de uno de los calderos pequeños, empezó a sacar cosas de los estantes. Y otra semana más pasó y se fue. Mañana sería de nuevo sábado, y Cassandra en lugar de suspender las actividades de la biblioteca de abajo, le pidió a Solana que se hiciera cargo. Demoró lo justo para decirle a Dríel lo del veneno de la Besos, y la pequeña dríade asintió muy interesada. Llevaba dos o tres años trabajando en una poción que permitiera transformar a una planta en humano o a un humano en planta. Esto parecía... una buena opción. Hecho esto, Cassandra se llevó a Javan y a Kathy de picnic. — Así que... ¿volvemos a la cabaña, Cassie? — preguntó Kathy cuando, tomada de la mano de Cassandra y Javan saltaron sobre una zanja. Cassandra no les había dicho adonde iba a llevarlos. — No. — Pero... éste es el camino. Cassandra sonrió y le dijo: — No. Kathy se detuvo en seco, tironeando de Javan y Cassandra. — ¿¡Qué?! — protestó Javan. Kathy miraba a Cassandra fijamente. — No daré otro paso hasta que me lo digas, Cassie... — dijo. Cassandra la miró fijo unos segundos y rompió a reír. Kathy pestañeó, terca. Javan gruñó: — ¿Quieres dejar de molestarla, por favor?

26 — Está bien. Vamos a la cascada de los unicornios... Parece que es el mismo camino de la cabaña, pero no lo es. Para ir a la cascada debes tocar este árbol aquí... Vamos, tócalo... — Y Cassandra, todavía riendo, levantó a Kathy hasta el nudo en el viejo árbol. Kathy lo acarició. — Oh... — La niña miró alrededor asombrada. La sonrisa de Cassandra se ensanchó. — ¿Lo ves? ¿Lo puedes sentir? No es el mismo camino... Sólo unos pocos magos pueden sentir la diferencia... — Quiero ir ahí... — dijo la nena. Cassandra la dejó en el suelo y Kathy corrió adelante, siguiendo el borrado sendero. — Nita, síguela, — dijo Cassandra con tranquilidad. Algo parecido a una araña se desprendió de su sombra y salió tras la chiquilla. Cassandra las miró alejarse entre los árboles. — ¿Te parece que una edom sea compañía adecuada para una niña? — le preguntó Javan, retomando la caminata. — ¿Prefieres que la deje sola? Nita es más traviesa que Kathy... Se llevan bien. — Eso es lo que me preocupa... Cassandra sonrió, y no dijo nada. Él le apretó la mano y ella lo miró. Había puesto tantas excusas como pudo, pero ella le había sonsacado el asentimiento al final. Así que dejó una gigantesca pila de trabajo en el escritorio y estaba paseando de la mano con su esposa. — No veo porqué debe preocuparte... — Cassandra... — suspiró Javan sacudiendo la cabeza. — ¿Qué sabes de los edom? — Que no hablan, menos Nita, y que no tienen nombre... menos Nita. Y que viven en tu sombra... menos Nita. — Ese es el problema. — ¿Nita? — Los edom viven en grandes grupos familiares, en una misma sombra. Mueren cuando la sombra que los alberga deja de existir. No el mago, sino la sombra. Había pensado llevarlos al interior y dejarlos bajo otra sombra... pero tú llegaste antes. — ¿Y yo qué tengo que ver? No hice nada... — Atrapaste a Nita en la cocina. Ella vive en tu sombra ahora. — ¿Y?

27 — Que ahora hay dos grupos familiares de edoms, relativamente cercanos. Mi grupo, y Nita. — ¿Y? — Cassandra seguía sin ver adonde quería llegar él. — Que cuando dos grupos familiares se acercan tanto como el tuyo y el mío, despierta en los edom el deseo de reproducirse. Cassandra ahogó una risita. Javan la miró, serio. — Cassandra ¿qué sabes de la reproducción de las arañas? — ¿Que ponen muchos huevos? Javan asintió. — Miles. Ahora multiplícalo por los diez mil edoms que hay en mi sombra... y tu Nita. — Bueno, seguramente, ella elegirá solo a uno. Javan sacudió la cabeza. — Pero... les llevará tiempo... De nuevo, Javan sacudió la cabeza, serio. — Pero... podremos dejarlos en la sombra de alguien más... Lejos... donde sus instintos reproductivos no... no se despierten. — Si tú o yo nos quedamos ahí tal vez. Cassandra, los edoms son plaga. Han sido deliberadamente exterminados de los lugares que habitaban. Hace varios años, cuando me enteré que había quedado un grupo de ellos en la India fui a buscarlos... No quería que desaparecieran... Los guardé a todos en mi sombra y dejé que los demás creyeran que habían sido... liquidados. Pensaba esconderlos del otro lado de la Puerta de Zothar, pero no quisieron abandonarme. Se lo dije al Maestro, y él convino que se podían quedar en la cocina, si se comprometían a no causar problemas. Hasta ahora no lo habían hecho... Hasta ahora. — Pero... Debe haber algo que podamos hacer... — Si, cruzar los dedos y esperar que Nita no haga capullos. Puede demorar unos diez años en hacerlo... Y cruzar de nuevo los dedos y esperar que Kathy no quiera atrapar un edom para ella sola. Y que el edom de mi hija no quiera tejer capullos también... Esto es como una infección... La única solución sería dejar que los exterminadores... — ¡No! No, no. Hiciste bien en salvarlos... No los podemos entregar ahora. Buscaremos una solución... Después de todo, tu idea de llevarlos al otro lado no era tan mala.

28 Javan la miró, mordiéndose los labios. ¿Para qué se lo habría dicho? Ella estaría preocupada ahora. Miraría a Nita con desconfianza... Quizá intentara... No. No se le ocurriría semejante cosa. Ella le tiró de la mano. — ¿Qué? — ¿Y si vuelves a atrapar a Nita? Javan hizo una mueca. — Ya la malcriaste demasiado. Ella no va a querer regresar. — ¿Y si se lo pregunto? — No te preocupes más. Ya pensaremos en algo... Ella lo miró, entre nerviosa y confiada. Él se detuvo, y se inclinó a besarla antes de seguir caminando. La tarde había pasado en calma. Javan y Kathy habían estado jugando ping pong en la hierba, y Nita había estado desviando silenciosamente las pelotas para que Kathy ganara. Malcriada, había dicho Javan. Y sí, no podía negarlo. Había malcriado a Nita, a la hikiri y al glub. Por suerte no tenían una niebla negra o un magma en el castillo. La tentación hubiera sido... intensa. Después de jugar un rato, habían merendado, y Kathy se había estado hamacando en un columpio que Javan había hecho aparecer para ella. Después había ido con Nita a la cima de la cascada. Javan había sacado uno de sus libracos hacía un rato, y ahora leía, completamente concentrado. Cassandra se aburría, mirando las nubes que cruzaban el cielo azul. ¡Poc! Un coquito golpeó el libro de Javan. Él lo sacudió con la mano, y siguió leyendo. ¡Poc! Levantó la vista. Cassandra miraba soñadoramente al cielo. ¿Podría ella...? No. Trató de volver al libro. ¡Poc! Esta vez captó el movimiento en su dirección. La miró molesto. Ella se enderezó. — ¿Qué?— dijo con risa contenida. — Termina con eso, — le advirtió. — ¿Qué? — se rió ella. — No estoy haciendo nada, aquí, aburriéndome, mientras tú lees, y lees... Sus ojos se volvieron al libro. ¡Poc! — Te la estás buscando, — dijo él en voz baja. Había sacado la varita. — ¡Piedra! Ella rodó fuera de su alcance, y se transformó en serpiente. Se lanzó hacia él como un ariete y lo derribó, envolviéndolo en sus anillos. Javan se transformó en agua y

29 salpicó fuera de su abrazo. Cassandra cayó al piso. Javan de agua estaba todavía de pie cuando Cassandra se transformó en un chorro de fuego y trató de envolverlo de nuevo. Él solo chapoteó de nuevo y el fuego se apagó. Cassandra regresó a su forma normal y Javan la derribó. Rodaron por el suelo, riendo, en formas mezcladas de fuego, agua y tierra. Se detuvieron justo junto al agua del remanso, con Cassandra encima. Ella lo miró sonriendo, con una expresión extraña en la cara, como si estuviera por decir algo. Se inclinó para besarlo, y él, tomó impulso y dio una vuelta más, para zambullirla en el agua clara. Un relámpago de luz verde recorrió el agua como una ola cuando ella la tocó. La risa se congeló en la garganta de Javan. Sólo pudo forzar una sonrisa, y levantándose, ayudó a Cassandra a salir del remanso. — ¿Qué fue eso? — dijo en voz muy baja. — ¿O no debería preguntar? — No preguntes, — dijo ella en el mismo tono y bajando la vista. Él le sostuvo el mentón y la obligó a mirarlo. La besó lento, muy lento. El sonido de una tos llamó su atención. — Hedrik, ¿cómo estás? — saludó Cassandra, soltando a Javan. Era un centauro, el mensajero de la Hija del Viento. Javan se limitó a una inclinación. — ¿Sucede algo? — Guardiana... Escuchamos la llamada. Vimos la señal. La Hija del Viento me envió a hablar contigo. Esperaba hallarte a solas. — Yo no envié ninguna llamada, Hedrik. Ni aquí ni al Interior... Lyanne debe haberse confundido. El centauro gris se inclinó, respetuoso. — No hay error. La llamada está escrita en los cielos, — dijo. — ¿Qué está sucediendo? — preguntó ella. De pronto sentía miedo. La mano de Javan en su cadera no pudo evitar su estremecimiento. — El Gran Signo, la formación de estrellas, comenzará pronto. Debes leer los signos en el cielo. Cassandra frunció el ceño. — ¿Cuál cielo, Hedrik? ¿Este o el del Interior? ¿O el del otro lado de la frontera? — Todos los cielos, Guardiana. Todos los signos coinciden. Las señales apuntan en la misma dirección...

30 — ¿Qué dirección, Hedrik? — preguntó Javan desde atrás de Cassandra. Había hablado con voz calma y clara, la misma que usaba para callar a un auditorio y llevarlo a la atención absoluta. Hasta los pájaros en los árboles habían callado. — La luna negra en la balanza, contra el sol oscuro... El Guerrero y el Vigía, el Sabio y el Curador se dividen los cielos... Cuando la luna nueva se levante, y ocupe su sitio en medio de los cielos, será el momento de la Serpiente de levantarse en todo su poder... Javan se estremeció, pero Cassandra habló con suavidad. — Ya pasamos por todo esto antes, ¿no? ¿Qué pasa con las constelaciones madre? — El Dragón declina ahora, y el Cazador se levanta con nueva fuerza... — fue la respuesta. Cassandra inclinó la cabeza, y se llevó la mano a la frente con un suspiro. — Bueno... — dijo. — Necesitaré algo de tiempo para hacer mis propios cálculos, si no te importa. Entonces estaré complacida de discutir el significado con la Hija del Viento... y con los ancianos de los centauros. Pero, Hedrik... Dile a Lyanne que no importa lo que digan las estrellas, yo me quedo. La mano de Javan se sintió más pesada sobre su cintura. Él también se quedaría. Ella se volvió a mirarlo, y él dijo: — Ambos nos quedaremos. El centauro se inclinó y desapareció en las verdes profundidades del bosque. — Ya no tienes más ganas de jugar, — observó Javan unos momentos después. Se habían sentado en uno de los troncos caídos. — ¿Mm? — Cassandra lo miró pensativa. — Fuego, — susurró él, señalando un punto cerca de sus pies. Cassandra estaba todavía mojada, y el tiempo no era tan cálido. Ella lo miró con atención. — No usaste la varita, — dijo. No era una pregunta, y Javan no la contestó. — Una atención de una amiga... — dijo. Y golpeó en el suelo a su lado. — Ven, siéntate conmigo. Está más abrigado abajo... A pesar de estar todavía pensando en la advertencia de los centauros, ella se sentó a su lado y reclinó la cabeza contra su hombro. — ¿Qué amiga? Él frunció los labios. — Guarda tus secretos, que yo guardo el mío.

31 — ¿Estás tratando de chantajearme? — soltó ella en tono de advertencia. El giró la cabeza para verla. En ese momento, Kathy corría de vuelta de la cascada con Nita. — ¡Hey! ¡Se metieron al agua! ¡Y sin mí! ¡No es justo! — gritó. Nita hizo un ruido en apoyo de Kathy. — Hace frío para meterse al agua, corazón... Yo solo me caí... Vamos, ven y siéntate. Vamos a tomar un café, y tú tomarás un chocolate, y después esperaremos para ver a los unicornios, si prometes estar muy callada... — ¡Ver unicornios! ¡Genial! — dijo la nena a toda voz. Cassandra se rió, sacudiendo la cabeza. Estaba agradable junto al fuego, y para pasar el tiempo, Kathy pidió un cuento. — Cuéntame del árbol junto al camino, el que abre el camino para venir aquí... — ¿El árbol? Sólo es un árbol, corazón. No conozco ningún cuento acerca de ese árbol... — ¿Y por qué dijiste que abre el camino? — Bueno, lo hace. Verás... Hay una frontera, un límite que separa el mundo mágico del de los forasteros... Desearía que no estuviera ahí, pero no todos los magos comparten mi idea... Los magos, aún los buenos como tu padre o tu abuelo, son incapaces de ver la línea, o de encontrarla. Ellos llevan su magia consigo, y la frontera está siempre lejos de ellos. Los forasteros, como Alessandra, tampoco pueden encontrarla... Ellos llevan no-magia con ellos, una especie de anti-magia, y la línea está siempre lejos de ellos. No es una frontera física, no es una línea quieta... Javan la miraba fijamente ahora. Su concepto de la frontera era diferente. Abrió la boca para preguntar, pero no lo hizo. Cassandra miraba las llamas pensativa, y Kathy estaba absorta en la historia. — La mayoría de los magos, como el Alcalde, y los ancianos del Círculo... y tal vez hasta tu maestra, y la mayoría de los profesores del Trígono... Todos creen que esta es la Frontera. En realidad, toda esta es la región por donde pasa la frontera, un poco de este lado, un poco del otro... Es una zona de transición, donde los mundos se mezclan y se cruzan... Javan asintió lentamente para sí. Por eso era tan fácil atravesar la frontera aquí. Cassandra miró un poco más el fuego, y continuó, en voz más baja. — Pero hay personas, en este lado y el otro... Personas-frontera... No son completamente forasteros, como los de allá, ni completamente magos como los de aquí... Personas que pueden ver ese límite, y pueden ver las marcas de paso... como el

32 árbol del camino. Es un mojón. Si eres forastero, vas por el camino de los forasteros y llegas a la cabaña. Si eres mago, y si se lo haces saber al mojón tocando el nudo en el tronco, entonces el camino mágico se abre para ti, y puedes venir a este lugar. Magos con poco poder se han perdido del otro lado por no ver los mojones... Y hay lugares escondidos... Lugares a los que no puedes entrar si no tienes magia suficiente... Kathy suspiró. — Quiero ir ahí, — dijo. — Llegar a todas partes... Cassandra sonrió, y le acarició la cabeza. — Cuando seas mayor, mi cielo... Cuando seas la hechicera más poderosa de este lado, y todos los magos se inclinen a tus pies... Kathy sonrió con los ojos entrecerrados. Cassandra miraba las llamas en silencio. Javan no quiso romper el encanto. Las estrellas empezaron a salir. El canto de los últimos pájaros, el chirrido de algún grillo, el crepitar del fuego eran los únicos sonidos. Kathy estaba casi dormida. A través de la niebla de un sueño vio a los unicornios bajando por la orilla opuesta para beber. El pájaro de alas rojas volaba de nuevo de este a oeste. Cassandra se puso de pie. Estaba sola en medio de los jardines. No se veía a nadie. Se apresuró hacia la Cueva, debía llegar a tiempo. El bosque estaba oscuro e indistinto. Se metió en la cueva casi corriendo, sacó la llave y la dejó girar en la cerradura. El terraplén estaba tan desnudo como siempre en las reuniones. Cassandra todavía sentía esa extraña urgencia, y el ligero olor a humo no apaciguó sus temores. Aún así, caminó cautelosamente hacia la vacilante luz del fuego. No había nadie allí. Miró nerviosa alrededor. Si ellos no estaban allí ¿quién había encendido el fuego? De pronto sintió un ruido a su espalda. Se volvió, sintiendo crecer su temor. Era Javan. En sus ojos brillaba una luz blanca. Otro Javan salió de atrás de un árbol, y otros dos más a su derecha. Diferentes edades, misma mirada en sus ojos. Todos los Javanes avanzaron hacia ella, y ella empezó a retroceder hasta que algo la detuvo. Algo tibio, con dos manos que la sostuvieron. Se volvió. Era el anciano Javan. — No esperes a la Puerta, Cassandra... Hazlo ahora... —Hazlo ahora... Hazlo ahora... — murmuraban los otros Javanes. Cassandra dio uno o dos pasos hacia atrás, se dio la vuelta y corrió.

33 Abrió los ojos de golpe, tratando de recuperar la respiración. Había sido una pesadilla. Claro, una pesadilla. Podía sentir el calor de Javan (un solo Javan) a través de la sábana. Se sentía raro no tener el peso de su mano sobre la cadera, la cintura o el ombligo. Se volvió y miró su espalda. Deslizó un dedo por su omóplato y le besó la nuca. — ¿Estás despierto? — susurró. Él gruñó en sueños. Ella lo besó otra vez, y trató de volver a dormirse. Faltaba un mes para la Puerta del Invierno.

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Capítulo 4. El Triegramma.

Cassandra se levantó tarde aquella mañana. Tarde y de muy mal humor. Rechazó a Javan cuando él intentó besarla en la mañana temprano, y de nuevo cuando trató de llevarle el desayuno a la cama. Él estaba perplejo. Nunca la había visto así. Y preguntándose qué le podría estar pasando, se fue a su oficina a ocuparse de sus propios asuntos. Cuando volvió al mediodía, por si ella quería que almorzaran juntos, no la encontró en su cuarto. Miró en la habitación interior, la de los aparatos forasteros; una habitación que ella había revestido con tres metales diferentes: plomo, plata y oro; y cuando hacía pasar corrientes de alta frecuencia, diferentes, sincronizadas según patrones determinados que dependían de no se sabe qué factores... como fuera, ella lograba un campo de interferencia que permitía que sus extravagantes aparatos funcionaran... casi normalmente. El verano anterior, uno de sus aparatos estalló de pronto en una nube de humo y chispas, y Cassandra salió hecha una furia. Alguien había cambiado la posición del artefacto dentro de la habitación, y el flujo mágico interferido lo hizo estallar. Ella se enojó con él, hasta que averiguó que Kathy y Nita habían estado jugando en la habitación... Pero todo eso había sido antes de que desapareciera en la Puerta del Otoño. Después de que regresó... Habían estado sucediendo cosas extrañas. Nada demasiado obvio, pero... pasaban cosas. Primero los extraños objetos que había entrevisto en sus bolsillos. El hechizo era claro: el bolsillo debía mostrar lo que contenía, claramente y sin adivinanzas. Evidentemente, había otra magia interfiriendo. Luego, el cascarón de dragón para Kathy. No había nada extraño en las golosinas que le trajo a la niña, pero... ¿esa idea de fabricar un amuleto de protección para Kathy? ¿Por qué? ¿Y por qué ahora? El relámpago verde en el agua del remanso solo había sido una señal más evidente. Le había parecido ver otros relámpagos antes. Pero cuando miró, Cassandra ya se alejaba, y no pudo verificarlo. Y por último, la advertencia de los centauros... Un momento estaba jugando como una niña, y de pronto apareció Hedrik. Y ella se convirtió de nuevo en la mujer. La sabia, poderosa, extraña, atrevida Guardiana del Trígono. La luna negra y el sol oscuro... ¿Por qué usarían los centauros una analogía

35 tan... críptica? Por lo que él sabía, Cassandra no había ido aún con los Tenai. ¿Constelaciones madre? ¿Quién, aparte de los centauros o los Abba-Tenai las llamaba constelaciones madre? El Dragón, el Cazador, el Rey y la Reina, el Rebaño... Alrededor del cielo, en posiciones prefijadas, solo los más avanzados observadores del cielo sabían de ellos. Sólo mostraban su influencia a través de un brillo creciente o una declinación de él. El Dragón declina, el Cazador se levanta... No presagiaba nada bueno. Tendría que ir a ver a Lyanne. Antes de que el asunto se saliera de control. Y aunque amaba a su esposa cuando era poderosa, pensó ahora que la prefería infantil otra vez. Y entonces, no encontrando nada mejor que hacer, subió las escaleras para almorzar. Encontró a Cassandra conversando tranquilamente con Andrei. El viejo desagradable sentimiento lo invadió otra vez. Nunca le había gustado la manera como él la miraba. De todas maneras, se las arregló para sonreírles cuando se sentó a la mesa. — Perdón por lo de esta mañana, — le dijo ella volviéndose. — No importa, — dijo simplemente. No era algo que quisiera discutir en público. — Necesito terminar un... eh... trabajo para mañana por la mañana... ¿Podría usar tu estudio esta noche? — ¿Si podrías? Lo que es mío, es tuyo, no necesitas preguntar. ¿En que clase de trabajo te metiste ahora? Ella sonrió. — Te lo mostraré cuando esté terminado. Los cálculos no son sencillos, me dijeron... — Cálculos... ¿Por qué no usas la computadora? Alessandra dice... — intervino Andrei. — Ojalá pudiera. No puedo usarla durante el semestre de clases... — ¿Y por qué no buscas ayuda? Alessandra dice que cuando no puedes solo debes buscar ayuda profesional... — Sí, pero eso lo dice antes de darle un puñetazo al espectrofotómetro... — se rió Cassandra. Javan gruñó: — Creo que pasas demasiado tiempo con ella, Andrei. Andrei se sonrojó. — Pero la idea es buena... ¿Quién es el profesional de los cálculos del Trígono? Javan frunció los labios, incómodo; pero Andrei contestó primero.

36 — Tenai. — ¿El profesor Tenai de la Rama de Fuego? Él se encargó de la decoración con Sylvia y el profesor Bjrak... en nuestra ceremonia, — aclaró volviéndose a Javan. — Tenai no es un él. — Ah, es una ella... Bueno, nunca la vi personalmente... Pero como todos le dicen ‘profesor’ y no ‘profesora’... — Tampoco es ella. Cassandra calló, confundida. Miró a Javan, y luego a Andrei. No, no le estaban haciendo ninguna broma. — ¿Y entonces? — Abba-Tenai es un poliser. Una entidad múltiple. Son varias identidades, reunidas en un solo individuo. — ¿Como un trastorno de personalidad múltiple? — Ahí va la forastera, — se quejó Javan. — Los casos de personalidad múltiple son en su mayoría abba-tenai menores, que desafortunadamente cayeron en los registros médicos forasteros. ¿Es que nunca has estado en la clase de Amerek? — Realmente, no. Él no me soporta. ¿Y qué pasa con nuestro abba-tenai? — El nuestro, como tú dices, ha ido rescatando los fragmentos de los otros, y ahora es el Abba-Tenai, con mayúscula. El más... múltiple. — Te podrás imaginar lo que eso puede hacer con la inteligencia de un ser... — dijo Andrei tranquilamente. — Sobre todo, considerando que la conciencia es común, y que cada uno puede acceder a los conocimientos de los demás. — ¿Y cómo...? — Sería de mal gusto poner a uno de tus compañeros de trabajo en estudio, Cassandra. Uno no va por ahí preguntando a las criaturas inteligentes qué comen o cómo se reproducen. — No, iba a preguntar qué hacen las identidades que no están funcionando. — Nada. Están inactivas, nada más. Esa es la teoría. Como dice Javan, cuando descubrimos que los tenai eran criaturas inteligentes, no se los siguió estudiando... de la manera que se solía hacer. — ¿Y eso fue...? — Hace un par de milenios. No te preocupes, Tenai no lo recuerda, y no te lo va a reprochar. Podrás hacer una cita con ellos el lunes por la mañana... Ahora, ¿cómo es eso que la computadora no funciona?

37 — Ah, eso. Durante la época de clases hay demasiada gente aquí, y los patrones de magia se vuelven muy inestables... No puedo interferirlos. Javan la miró ligeramente sorprendido. — Nunca lo dijiste, — protestó. — Sí, lo hice, pero no entendiste mi explicación. No te gusta la física. — Claro que no, soy mago, — dijo él con altanería. Ella lo observó cuidadosamente. — Todavía estás enojado conmigo por lo de la mañana ¿no? — le dijo suavemente. — No. Yo no... Ella se limitó a mirarlo, hablando en el mismo tono suave. — Lo estás, pero sabes que tengo que hacer lo que tengo que hacer. Y a veces... es demasiada presión. Javan hizo una mueca. — Eso es lo que me preocupa. Te exiges demasiado. ¿Estás bien? Ella le sonrió, y le acarició la rodilla bajo el mantel. — El Trígono sobrevivirá... Te lo prometo. Javan pensó, como lo había hecho varias veces antes: No es el Trígono lo que me preocupa; eres tú... Ella había seguido explicando cosas acerca de campos magnéticos y aparatos forasteros, de manera que él evitó toda referencia acerca de sus temores. La maldición de Zothar tendría que esperar. Las constelaciones madre, incluido el declinante Dragón también. Cuando el almuerzo acabara, se llevaría a Cassandra a la granja. Lejos de todas las amenazas, para ver si podían pasar el domingo en paz. Lejos de los signos en el cielo y de todos los Abba-Tenai. El entrenamiento de los Viajeros progresaba satisfactoriamente. Cassandra había planificado el curso en módulos independientes para el semestre obligatorio, y trabajo con proyectos en la segunda mitad. Por ahora, estaba sondeando los intereses del grupo. Las preguntas y las propuestas eran variadas, y Cassandra estaba pensando en cursos de nivelación para realizar estudios de perfeccionamiento del otro lado de la frontera. — ...Y esa es la diferencia entre la explicación forastera y la explicación mágica... ¿Tienen preguntas? — estaba diciendo. Una chica levantó la mano.

38 — ¿Cuál es la verdadera? — preguntó. Cassandra sonrió. Otra buscadora de absolutos. — Las dos. Dependiendo de lo que eres, es lo que puedes llegar a entender... o creer. Si eres forastera, solo aceptarás explicaciones forasteras, científicas. Todo lo demás es solo fantasía, no forma parte de tu realidad. Tu realidad se termina donde se termina tu ciencia... — No entiendo... — dijo la chica. Por las caras, Cassandra se dio cuenta que los demás tampoco. Pensó un poco. Después buscó su varita y la movió. Un gran espejo apareció frente a ella. Lo giró para que la clase pudiera verlo. — Esto es un espejo. Un vidrio común, cubierto con una delgada película de plata por un lado, y con un marco de madera. ¿De acuerdo? Un suave sonido fue la respuesta. — Las imágenes en él no son reales, y allá, del otro lado las llaman imágenes virtuales. Explican que son causadas por los rayos de luz, rebotando en la superficie de plata y reuniéndose de nuevo en sus ojos para formar la imagen. Ellos explican que la imagen virtual está solo en sus cerebros; para ellos tiene una realidad limitada. Cassandra hizo una pausa. La clase permaneció en silencio. — Esa es la explicación forastera para los espejos y los reflejos. Es la única realidad. ¿Me siguen? Ella observaba la clase a través del espejo. Un ligero asentimiento apareció en él. — Bien, entonces... ellos nunca podrían explicar cosas como ésta. Serían... alucinaciones, algo que no es real. Cassandra movió la mano sobre la superficie del espejo. Ésta tembló un poco y cambió ligeramente de color. Unos segundos más tarde estaban mirando una habitación llena de gente muy anciana. La chica que había preguntado saltó de su asiento, y lo mismo hizo uno de los reflejos. Ella y su reflejo se miraron una a la otra, asombradas. El reflejo de Cassandra no había cambiado para nada, y le sonrió a la chica, aunque Cassandra no se había movido todavía. El reflejo siguió con la explicación. — Cosas como esta no se supone que sucedan. Un espejo no debe mostrar ni pasado ni futuro, ni lugares lejanos; solo el lugar donde son colocados, a tiempo presente. Cosas como estas no suceden más allá de la frontera. El reflejo sonrió. La verdadera Cassandra movió su mano frente al cristal y el espejo volvió a reflejar normalmente la habitación.

39 — Así que, — continuó, — supongo que ahora querrán ustedes la explicación mágica. — Por favor... — pidió la chica sin aliento, sentándose otra vez. — De este lado de la frontera, los espejos no son solo cristal azogado. Son ventanas y aún portales para otros lugares y tiempos. Ciertamente, una explicación muy simple. La magia abre la ventana y ustedes... Cassandra pestañeó como si hubiera visto algo. — ¿Profesora? — Lo siento. Ustedes ven a través de él... — Cassandra fruncía el ceño ahora. Fue hacia la ventana y se asomó, mirando hacia el lago y la delgada cinta de campos que se podía ver desde aquí. — ¿Profesora, está bien? — Sí... Sí. — Cassandra sacudió la cabeza y trató de concentrarse de nuevo en la clase. — ¿En qué estábamos? — La explicación mágica para los espejos... — Ah, sí. Espejos... Los espejos se pueden usar para ver otros lugares y tiempos. A veces pueden usarse como puertas... Pero eso es... Es magia oscura, me han dicho. Hay demonios y criaturas de la oscuridad en el otro lado, así que mejor no lo intenten... En cuanto a los forasteros... esto no existe para ellos. Estas posibilidades no existen. — ¿Cuál es mejor? ¿Magia o ciencia? — preguntó uno de los chicos. ¿Thorogor? En este momento, Cassandra no podía decirlo. — Bueno... Eso me lo dirán ustedes. — Tarea. Hubo un murmullo de descontento. Cassandra casi nunca ponía tareas. — Tienen que encontrar una forma en que la magia mejore a la ciencia forastera, y otra en que la ciencia ayude a la magia... Piensen en varias posibilidades como para poder elegir su proyecto de allí... Este año los proyectos serán sobre combinación de magia y técnicas forasteras... El reloj de abajo dio las cuatro. Cassandra hizo desaparecer el espejo, mientras miraba a los chicos salir del salón. Volvió a la ventana. ¿Qué había sido ese reflejo de color que había visto? Había estado hablando de espejos, de reflejos, nada raro en eso, y de repente vio, o creyó ver un reflejo de luz verde. ¿Sería del lago? Pero el sol no tenía la inclinación adecuada. Otra vez estás mezclando las explicaciones científica y mágica, se dijo con una sonrisa. Tal vez no sea ninguna de las dos. Permaneció mirando los reflejos de luz blanca en la superficie del lago un largo rato.

40 — ¿C’ssie? — la llamó una voz. Cassandra se volvió. Javan estaba en la puerta. El cuarto estaba curiosamente en penumbras. — C’ssie... ¿Estás bien? — Sí... ¿Qué pasa? Tienes clase como hasta las seis... — Ella se fue hasta el escritorio a buscar sus papeles. — Son más de las seis, querida. Subí para ver porqué demorabas tanto... No viniste a tomar el té como de costumbre... — Él parecía preocupado. Cassandra pestañeó y lo miró seriamente. — Estaba dando clase. Terminé a las cuatro... fui a la ventana, y estuve mirando el lago un rato... No pueden ser las seis ahora. Es muy raro, ¿no? Él se había acercado y la abrazaba más estrechamente de lo usual. Su voz sonó tranquila. — Es un blanco... una laguna. No es raro en un lugar como este, y tu eres muy sensible a las efusiones de poder... Alguien pudo haber estado intentando algún hechizo nuevo... o alguno de los aprendices pudo haber desarrollado alguna capacidad inesperada... — No mencionó a los Tenai. Cassandra no había ido con ellos aún. — ¿No recuerdas nada más? — Me pareció que veía una luz verde en el agua... No lo sé. — ¿Has ido a ver a Xanara? — No. ¿Crees que pudo haber sido ella? Javan sacudió la cabeza. — Los centauros hablaron de un signo en el cielo. Realmente, Cassandra, ¿te sorprenderías si hubiera un signo en las aguas? Cassandra hizo una mueca. — No hemos visto ningún signo en la tierra, — objetó sin convicción. Javan la miró, serio. — ¿No? ¿No sabes porqué Silvestra ha estado trayendo plantas como la Besos de afuera? Cassandra sacudió la cabeza. — Sus plantas han estado marchitándose inexplicablemente. Vino a verme hace unas semanas para que le preparásemos algo... Dijo que tus chicos estaban trabajando en proyectos con fertilizantes. Cassandra apretó los labios.

41 — Algo anda mal... — susurró. — No lo sé, mi amor. Pero no te preocupes... todo estará bien, lo prometo... Cassandra sacudió la cabeza, mientras se apretaba contra él. — Necesitaremos ayuda con esto... — murmuró. Él se limitó a cerrar el abrazo. Cassandra se encerró en la oficina de Javan después de la cena. Dijo que tenía que terminar el trabajo, y que no podía esperar a los expertos. Javan la vio marchar, francamente aliviado de que los Tenai quedaran fuera del asunto. Pero ella se marchó preocupada. Y cuando finalmente estuvo a solas, y el pesado silencio viviente inundó de nuevo el castillo, se sintió incapaz de trabajar. Se sentó en la silla de Javan, mirando la pared. Los minutos o las horas pasaron, y ella permaneció allí, quieta, callada, inmóvil, silenciosa. Era medianoche cuando se levantó y desapareció a través de la pared hacia el bosque. Medianoche. La habitación estaba oscura, y ligeramente fría. Javan tanteó en busca de su ropa. Cassandra no estaba allí. Se vistió y fue a la oficina. Forzó la entrada. No le sorprendió que la habitación estuviera también vacía. Sobre el escritorio había un enorme pedazo de pergamino. Curioso, dado que ella casi nunca lo usaba. Prefería el papel común, los cuadernos y los anotadores pequeños que se perdían en los bolsillos mágicos. Siempre estaba encontrando alguno a medio usar. El enorme pergamino estaba abierto. Unas leves líneas se insinuaban en él, como un mapa. Un mapa del Trígono. Las líneas se desdoblaban en distintos colores, tonos luminosos para los lugares mágicos, y un gris desvaído para los lugares del otro lado. La cabaña estaba allí. Y la estación del tren. Las colinas, y la porción de la frontera que atravesaba el bosque. Mientras él miraba, vio con creciente temor, que otras líneas se estaban formando en el dibujo. No las líneas claras del otro lado. Líneas brillantes, del lado mágico. Líneas que iban trazando el lado mágico del bosque, el lago, el castillo. Superponiéndose a las líneas grises, por encima, por debajo, por en medio, interpenetrándose como lo hacían en la realidad, toda la región estaba siendo dibujada en este papel; los dos mundos, profunda e intrincadamente unidos. Javan permaneció examinándolo un largo rato, observando como se desarrollaba ante sus ojos. Desarrollar un mapa así requería un conocimiento que... Que Cassandra no tenía. Y la Guardiana tampoco. Alguien la estaba ayudando. Pero... Observó con más atención, reprimiendo el deseo de sacar la vara y detenerlos, detener a quien fuera.

42 Buscó, con detenimiento, hasta que encontró los débiles destellos en el claro de las esporinas. Ellas... Sí, era de esperar que Cassandra recurriera a Lalaith, esporino-elka. Ellas... Kathryn trataría de ayudar a la Guardiana, pero... ¿Lalaith? ¿Las otras? No. Con una sensación helada en el estómago, Javan volvió al dormitorio para salir por la claraboya como un viento fuerte. Cuando despertó a la mañana siguiente, Cassandra no recordaba nada. Javan trató de hacerla quedarse en la cama, pero ella no quiso. Así que fueron a desayunar arriba. Cassandra hablaba incesantemente, Javan apenas respondía, y Andrei los miraba con curiosidad. No actuaban muy normales. Cuando preguntó, Cassandra se encogió de hombros y sonrió, pero Javan dijo que quería hablar con él. En tu oficina, había dicho. Así que hacia allá fueron. Cassandra se sintió aliviada. Javan había estado tan... fastidioso esa mañana. Todo lo que ella decía, todo lo que hacía era un problema para él. Afortunadamente se había ido a molestar a Andrei. Tenía toda la mañana libre. Esperó a que el comedor empezara a vaciarse. Necesitaba una mesa grande para trabajar, y la de su patio era estrecha. Aquí podía juntar todas las que quisiera. Había levantado el pergamino del escritorio de Javan, y sabía que debía completarlo. Cuando el último estudiante se marchó, ella cerró las puertas desde adentro, y juntó tres mesas en centro del salón. —Tinta azul, —dijo, sosteniendo la varita como si fuera una pluma. Y comenzó a dibujar un círculo hacia el oeste, rozando el ala norte. — Tinta roja. — El nuevo círculo estaba sobre el bosque, centrado en la roca del árbol a la que había ido con Siddar una vez. — Tinta verde. — una pequeña mancha cayó cerca de los portones. — No, esto no está bien... — No se dio cuenta de que estaba hablando en voz alta. Apuntó con la varita, y la mancha desapareció. Un gran círculo rodeó gran parte del lago y el embarcadero. Su centro: la Roca Negra. — Dorado. — Un triángulo apuntaba al norte, con las esquinas en los invernaderos y en el huerto de Keryn. — Plata. — El nuevo trazado envolvía la cascada de los unicornios, y el claro de las esporinas. — Cobre. — El dibujo estaba casi terminado. Unas marcas en los círculos, los tres colores unidos, y una elipse tocando los otros trazados, como el último pétalo de una flor. Cassandra se echó hacia atrás, la mano temblorosa.

43 — Guau... — susurró una voz a su espalda. — Es el más completo y maravilloso Triegramma que he visto en casi veinte años... Cassandra se volvió. Era Tenai. — Profesor... profesores... No sé cómo dirigirme a ustedes... El hombre sonrió. No había nada múltiple en su aspecto. — ¿Qué es lo que parezco? ¿Uno o muchos? Solo uno de los Abba-Tenai está activo cada vez, así que cada vez soy solo uno... Cassandra le sonrió, a medias avergonzada. — ¿Confundida? Todos mis aprendices se acostumbran al cabo de un tiempo. Para algunos es más sencillo, para otros menos... Tómalo como es. El profesor Tenai se había vuelto al trazado otra vez. — Perfecto... ¿Puedo ver tus cálculos? Cassandra pestañeó. — No... no hice ninguno. Me... me dijeron que eran muy complejos, y pensaba ir a verlo... verte... pero... Cassandra se encogió de hombros sin terminar. Tenai la miró con la mitad de una sonrisa. Algo estaba cambiando indefiniblemente en sus ojos y su expresión. — Lo hiciste de memoria, entonces... — dijo. Su voz era ligeramente diferente ahora. — ¿Eres el mismo de hace un minuto? — dijo ella retrocediendo. Tenai levantó las cejas. — Siempre soy el mismo. Pero si te refieres a que acabo de cambiar la personalidad activa, sí. Puedes considerarte afortunada de darte cuenta. — ¿Y tú eres...? El hombre sonrió. — Tenai. Siempre soy Tenai. Es un gentilicio, no un nombre propio. ¿Por qué quieres complicarlo? Ella bajó los ojos hasta el dibujo. Algunas de las líneas empezaron a brillar. — ¿Qué es esto? — dijo, más para sí que para su extraño compañero. — Es un Triegramma, Guardiana. Un diagrama tridimensional que muestra los flujos de energía mágica de una especie y otra... — El dedo de Tenai señaló una línea negra que salía de la Roca Negra como una cicatriz. Y algo fue cambiando en ese dedo y en la voz de Tenai cuando repitió: — Es el más completo que... Perdón. Ya lo había dicho, pero me sorprende, realmente.

44 — Volviste a hacerlo. — ¿Cambiar? Sí. Todas mis abbas quieren ver el Triegramma. Estoy realmente impresionado... — Tus abbas... ¿tus partes, tus personalidades activas? Tenai asintió, y el imperceptible cambio volvió a producirse. Tres veces en una misma exclamación de asombro. — ¿No te cansa? Tenai se rió con ganas. — Cuando un abba se cansa, otra la sustituye. Pero nunca me había sucedido que todas quisieran estar presentes a la vez. Es una sensación extraña. Gracias. — ¿Por qué? — Por provocarla. Es verdaderamente estimulante... — En cuanto al Triegramma... — Ah, sí. — la voz volvió a cambiar. Parecía que la primer abba había regresado. — Es magnífico que no hayas olvidado las tendencias más oscuras de la magia, pero lo que me sorprende es que hayas incluido los flujos de ambos lados. ¿Ves el lado forastero? Allí también hay nodos premágicos. Casi nadie puede calcularlos hoy por hoy. En cuanto a los nodos mágicos propiamente dichos... Es un excelente trabajo. Los nodos cambian de lugar con el tiempo... Y a veces cambian incluso de signo. — ¿Cambiar de signo? ¿Qué significa? — A veces algunos nodos pasan de una forma de magia a otra. Cambian su fuente de poder. — ¿De magia blanca a magia oscura, quieres decir? Tenai asintió, serio. — Este año esperamos un cambio simultáneo en varios nodos, como tú sabes... — ¿Qué? Tenai la miró, y Cassandra no supo interpretar su mirada. — Este año, varios de los nodos se acumularán aquí... cerca del Trígono. En ese momento, las fuerzas de uno y otro lado lucharán por la supremacía. Supongo que sabes lo que significa... Cassandra volvió a mirar el Triegramma. Significaba peligro, pero no quería discutirlo con alguien tan perturbador como Tenai. — Y, dime, profesor... ¿Por qué tuve que dibujar esto? ¿Para qué me va a servir, si ni siquiera puedo leerlo?

45 — Lo harás a su tiempo, supongo. Lo hiciste bien antes... y este Triegramma es perfecto... Cassandra volvió a mirar a Tenai. El cambio se produjo de pronto, y la cara del hombre se contrajo. Los ojos se abrieron muy grandes, y la voz salió casi estrangulada: — El Triegramma permite usar, aunque solo una vez, el poder concentrado en los lugares que representa... Si lo usas mientras es blanco lo debilitarás un poco antes del cambio... de alguna manera... Tenai le apretó la mano. — Las otras abba no querían que te lo dijera... — La cara volvió a contraerse, y el cambio volvió a producirse. — ¿Por qué? — preguntó Cassandra al Tenai presente, que le soltó la mano. Tenai suspiró. — Habíamos acordado no influenciarte, pero algunas abbas me hacen más impulsivo de lo que quisiera. El daño ya está hecho. Lo lamento. — ¿Por qué? — Porque usar el poder de semejante Triegramma podría matarte, Guardiana. Y porque usar los nodos en el momento mismo del cambio puede alterar la esencia de tu magia... Aunque seas la Guardiana, no eres más que una mujer mortal. No quiero esa carga en mi conciencia. — Bueno... De todos modos, la decisión es mía, — dijo ella. Tenai le hizo una pequeña reverencia y se retiró. Casi en la puerta, se volvió a mirarla. Por un segundo Cassandra miró a los ojos al abba que la había advertido, y el abba le sonrió.

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Capítulo 5. El Bosque del Corazón.

Sin importar cuántas preocupaciones guardara Cassandra para sí, las semanas siguientes fueron desgranándose una tras otra, y la Puerta del Invierno estaba ya a la mano. Cassandra le había hablado a Javan del Triegramma y de Tenai, pero Javan la tranquilizó, considerando que el peligro ya había pasado. La había interrogado sobre los blancos en su memoria, y el hecho de que no se repitieran después de la visita a las esporinas y después de hacer el Triegramma y hablar con Tenai, le hicieron asumir que no se volverían a repetir. Los extraños resplandores también se habían ido espaciando, y el invierno parecía presentarse con normalidad. Cassandra no le contó de la pesadilla hasta que se repitió, la víspera de la Puerta. La víspera. Las semanas anteriores habían pasado en relativa calma, y mucha actividad. Cassandra había estado intentando ver a los profesores del ala norte buscando un experto en astronomía. Necesitaba además, un interpretador de signos. La biblioteca de abajo no le servía. La mayoría de los libros de adivinación de abajo los tenía Norak. Pensó en hablar con Nero, pero un sentimiento vago la detuvo. Tal vez el unicornio negro no quería ser interrogado. Pero el recuerdo de Nero trajo otra idea a su mente. Cuando ese domingo, Solana, Drovar y Calothar llamaron a su puerta, ella los estaba esperando. Estaba sola. Había enviado a Javan solo a ver a Kathy a la granja, para disponer de una tarde libre. — Cassandra, dijiste que querías mostrarnos algo... — dijo Solana. Cassandra asintió lentamente, sonriendo. — Vengan, pasen... — Miró a ambos lados del corredor, y cerró la puerta con cuidado. — ¿Por qué el misterio? — preguntó Drovar. — ¿Qué es lo que...? — Sh, — Solana lo hizo callar. Cassandra los miró por unos momentos. — ¿Tienen hambre? ¿quieren una taza de té o café? — No, gracias. Acabamos de almorzar, — dijo Calothar. Cassandra lo miró con aprobación. El día del incidente con la Besos no había reparado en lo mucho que el

47 muchacho había madurado desde... Mm. Desde que lo conocía. Desde que se había parado frente a una casi-hikiri y le había hecho frente al mismísimo señor de la Rama de Plata. El pajarillo de fuego... Sonrió. — Bueno, entonces vayamos al punto. Necesito mostrarles algo. ¿Cuánto recuerdan de mi primer año aquí, cuando obtuve el Huevo de Zothar? — Era la última prenda. Ya habías entregado las otras dos... Las perlas y la Metamórfica... Desapareciste tres días, y después volviste con Rhenna, — dijo Solana. — Y entonces, el fantasma de Zothar bajó de su estandarte y te reclamó las piedras. Tenías tres, Fara tenía otra... —Los ojos de Cassandra centellearon con el recuerdo. Calothar interrumpió la historia de Drovar. — Y él te puso una adivinanza... Una quinta piedra, que estaba dividida en pedacitos... — ¡Excelente! Lo recuerdan todo, — dijo Cassandra. — Pero hay más. La piedra blanca es el Corazón del Trígono. Es un símbolo de la unión de todos los habitantes y las distintas formas de magia que cada uno representa... Pero además es una llave. — Cassandra se detuvo, pensativa. — ¿Saben? No es un lugar físico. Es... el Corazón. Es diferente para cada Guardiana. El mío es un bosque. Y... — Cassandra miró a cada uno de ellos antes de seguir. — Y quisiera mostrárselos. Hubo un silencio. Solana lo rompió. — ¿Por qué? — No había desconfianza. Sólo curiosidad. — Porque ustedes, más que otros, tendrán necesidad de saber ciertas cosas. Y estar preparados. Desearía que no fuera este año precisamente, pero... No tengo opciones. Ustedes están entre los más preparados... ¿Quieren venir? Los tres se miraron entre sí. Drovar habló por los tres. — Por supuesto que sí, Cassandra. Ella sonrió. — Vamos, entonces, — y se levantó con energía. Los tres entraron en el ropero de Cassandra temblando de excitación. Ella tocó la pared de la derecha con la piedra blanca de su collar y la pared desapareció. Pasaron a través de un estrecho corredor y de repente se encontraron en medio de un camino que llevaba a un bosque. Hasta donde alcanzaba la vista, cada árbol tenía una cinta atada a su tronco. El aire claro estaba inmóvil y fresco como un cristal, y el cielo brillaba con

48 una luz azul y blanca. Cassandra olfateó el aire y frunció la nariz, pero haciendo a un lado su temores, sonrió y dijo: — Vamos, por allá. Parece que el Jardinero no está aquí... Una lástima, me hubiera gustado mostrárselos... Cassandra silbó. Cuatro pegasos volaron hacia ellos. El negro saludó a Cassandra con una pequeña inclinación. — ¿Caballos alados? — preguntó Solana. — Pegasos, así es... Blanco para la voladora, ésa eres tú... Rojo para el pajarillo de fuego... — dijo alcanzando las riendas a Calothar, — y el dorado es para el que hace su propio camino... — y se volvió a Drovar, que la miró frunciendo el ceño. — ¿Por qué no nos llamas por nuestros nombres, G... G... Guardiana? Cassandra sonrió. — Por la razón que acabas de experimentar... No tenemos nombres aquí. Traté de darte un buen título. ¿No te gustó? Calothar sonreía, pero Drovar frunció la nariz. — Hubiera preferido ‘el poderoso’ o algo así... Cassandra lo miró, de pronto seria. Sacudió la cabeza. — No, no es un título adecuado en este lugar. Aquí construyes lo que eres. Aprendes, creces... ‘El poderoso’ es alguien que ya creció. No tiene nada que hacer aquí... Drovar la miró un momento, y asintió. — Tienes razón, — dijo simplemente. Cassandra volvió a sonreír, y con un gesto lo invitó a montar el pegaso dorado. Cassandra había montado a Nero. Lo azuzó un poco, y el enorme y negro unicornio saltó hacia adelante, tomando el camino del bosque. En pocos minutos llegaron a una bifurcación. Cassandra se inclinó hacia adelante, y susurró algo en la oreja del animal. Nero tomó hacia la derecha, y en un momento se detuvo junto a un enorme árbol, rodeado por una cinta dorada. — ¿Ves? El dorado elige su propio camino. Este es el Jardinero... — dijo Cassandra, desmontando de un salto. Tocó el árbol a la altura de su cara, y escuchó el suspiro de asombro de los muchachos. — Es... Él es... — El Jardinero. Cuida de todos... Vamos. Nero dice que es por aquí.

49 Y llevando al unicornio por las riendas, Cassandra se internó en el sendero que se abría desde el camino principal. Cassandra iba explicando mientras caminaba. — Cada árbol en este lugar representa a alguien que vive o ha vivido en el Trígono. Encontrar a alguien aquí no es sencillo... pero siempre te enseña algo sobre ti mismo... — ¿Y ahora vamos...? — A buscarlos a ustedes. Hojas rojas y doradas tapizaban el sendero. — ¿Otoño? — preguntó uno de los chicos. Cassandra sonrió. — No. El árbol de fuego de Arthuz. Sus hojas cubren todo este cuadrante del bosque... Normalmente los cuadrantes se mezclan, así como se mezcla el poder en los magos... un poco de fuego, un poco de aire, un poco de agua... Últimamente se están separando. Creo que atravesaremos otra de las zonas antes de llegar... Los muchachos se miraron entre sí. Cassandra aceleró el paso hasta llegar a un pequeño claro rodeado de árboles rojos. La mayoría tenían cintas doradas a su alrededor. — Ah, hemos llegado. Estos son familia. Mira... Cassandra se acercó a un árbol pequeño y frondoso. Su sombra era realmente acogedora. Los tres muchachos se acercaron, y se sintieron refrescados. — Verás, — dijo Cassandra. — Siempre creíste que ella no era suficiente, ¿no? Pues... ninguno de los árboles de este claro tiene una sombra mejor que ésta... Y Cassandra tocó el tronco. Desde la madera, la cara de Dromelana, la bruja menor del clan Dro los miró sorprendida, y pareció que se sonrojaba. Cassandra sonrió al ver la perplejidad de Drovar. — Entonces, los otros son... — Tu familia, — dijo Solana. Y se volvió a Cassandra. — ¿Podemos mirar? — Por supuesto, para eso los traje... Cassandra dejó que los chicos se entretuvieran un rato bajo los árboles. Sonrió cuando uno de los árboles dejó caer unas hojas como una corona sobre la cabeza de Solana. Solana rió en voz alta, pero las hojas se habían deslizado más como una caricia que como una broma. Al cabo de un rato, Cassandra los volvió a llamar. — ¿Y los nuestros? — preguntó Solana. — Y el tuyo... — dijo Drovar. Había guardado una de las hojas de Dromelana en su bolsillo, para recordarse su valía.

50 — Vamos a ver qué encontramos... Y Cassandra tomó otro de los senderos que salía del claro. El árbol de Solana se encontraba junto a un arroyito. Cassandra miró a la muchacha con una sonrisa extrañada. — ¿Qué? ¿Qué sucede? — No... Nada... — dijo Cassandra, acercándose al árbol. No había dudas. Las raíces del árbol se hundían profundas en el agua barrosa de la orilla. La cinta dorada estaba destiñéndose. Pronto cambiaría de color. Pero no era fácil adivinar de qué color sería. Solana estaba cambiando la fuente y la dirección de su magia. Ya no era solo una voladora de fuego, como ella había supuesto el primer año. Había adquirido otros poderes... Cuando volvieran, tendría que hablar con Javan de ella. Necesitaba un maestro más poderoso. Iba a ser una hechicera de la talla de Adjanara, por lo menos. Y de pronto lo recordó. Iba a ser una digna sucesora de Adjanara. Sonrió ampliamente cuando les indicó a los muchachos un camino pedregoso que subía una colina. — Me preguntaron cuál era mi lugar aquí... — dijo al llegar a la pelada cima. — Bien, no tengo árbol. Sólo soy la Guardiana. Pero mi lugar está por allá... Cassandra señalaba un árbol solitario en la cima de la colina, alto como un centinela, a medias cubierto por una enredadera de flores blancas. — ¿Saben quién es? Drovar empezó a sacudir la cabeza, pero Solana le dio un codazo. — Es tu esposo, — dijo. Cassandra sonrió con orgullo. — Él me dio un lugar aquí. Él me albergó, y temo que querrá ser mi escudo cuando venga la tormenta... Cassandra señaló las nubes que se amontonaban en el horizonte. Una ráfaga de viento puso un sabor amargo en sus bocas. — Vámonos, por favor... — pidió Calothar en voz baja. Cassandra lo miró y asintió en silencio. Llamó a los pegasos, y montaron de nuevo. Pero Nero no los llevó al castillo todavía. Abrió las alas y los otros tres animales lo imitaron. Cassandra escuchó la exclamación de sorpresa de los muchachos. Nero empezó a volar en círculos en torno a un punto escondido en una bruma rojiza. Cassandra se estremeció. Los círculos fueron estrechándose más y más, y Nero empezó a descender. El maravilloso árbol de fuego de Arthuz estaba frente a ellos. Nunca, en todas las veces que había entrado en el Corazón, Nero la había traído tan

51 cerca del Fuego. Sentía el calor en la cara y en las manos, pero no la quemaba. Quizá... Pero al darse vuelta, vio las caras maravilladas de Drovar y Solana, y supo que ellos tampoco sentían el calor. Nero no descendió. Pero el pegaso rojo de Calothar sí lo hizo. Estrechando sus círculos más y más, Cassandra lo vio hundirse con el muchacho en una nube de hojas de oro rojo. Nero empezó a abrir sus círculos otra vez. Cassandra intentó decirle que bajara, que tenía que cuidar de Calothar, pero el unicornio negro no le prestó atención. Tres vueltas después, el pegaso rojo volvía a subir, y Nero los volvía a guiar, esta vez hacia el castillo. El castillo era muy similar al del Trígono. De hecho, era su exacta réplica. Cassandra entró confiada al vestíbulo. Un hombre los esperaba al pie de la escalera principal. Se parecía al Anciano Mayor. — Veo que has traído compañía, Guardiana, — dijo. — Necesitarán saber, y más pronto de lo que yo esperaba... — dijo ella. — Este pajarillo de fuego necesita respuestas. La biblioteca estará bien. — Ella tenía ambas manos sobre los hombros de Calothar. El hombre se inclinó. — El que elige su camino necesita elegir su camino... en el aire. La torre de los vientos sería adecuada... — continuó ella, señalando a Drovar. Drovar la miró sobresaltado. — ¿Qué? Yo no... — Por un breve momento la cara del hombre pareció cambiar a la de otra persona. Fue en ese momento que los muchachos se dieron cuenta que no se trataba en absoluto de un ser humano. — ¿Quién...?¿Qué es él? — Nuestro Guía. No te preocupes, está bien... — Cassandra sonó tranquilizadora. — Y por último, esta voladora verá el cuarto de los espejos. — Una buena elección, Guardiana, — estuvo de acuerdo el Guía. — ¿Dónde irás tú? — preguntó Solana, mirando a Cassandra. — Iré con ustedes... todos ustedes, — dijo Cassandra, y súbitamente se dividió en cuatro. Una Cassandra de fuego se paró junto a Calothar, y tomándolo del brazo, empezó a subir las escaleras. Cassandra de aire se inclinó hacia Drovar, le hizo cosquillas y lo empujó hacia la torre. Cassandra de tierra le sonrió a Solana, y movió una mano en gesto de invitación hacia una puerta lateral. Solana se volvió.

52 — ¿Y tú? ¿Adónde irás? Cassandra de agua la miró acuosamente y con misterio. — Tengo mis propios asuntos aquí, — dijo, y chapoteó perdiéndose de vista. Cuando por fin llegaron a la cima de la torre de los vientos, Drovar estaba muy cansado. La habitación estaba vacía. Las ventanas estaban todas abiertas, y hacía frío. — Te estaba esperando, — dijo una voz. Drovar miró en todas direcciones pero no vio a nadie. Escuchó una risita de Cassandra de aire. — ¿Quién está ahí? — Yo. Soy el único que está aquí... aparte de ti y de la Guardiana. — Muéstrate. El búho gris que estaba en la percha aleteó bruscamente. — Estoy aquí, — repitió. — ¿Una lechuza? — ¡Soy un Búho! ¿Tenías que traerme a un muchacho ignorante, Guardiana? — Perdónalo, Señor. Él... todavía no distingue bien las cosas de este lado... Es nuevo para él... Drovar se volvió a Cassandra. ¿Le había dado el título de Señor a este bicharraco? El Señor de las Nubes era Ara, un fénix majestuoso, poderoso, bello... y amigo personal de Andrei. Este... bicho, este búho polvoriento parecía a punto de caerse de la percha. — ¿Qué...? — Drovar sacudió la cabeza. De nada le valdría preguntar. — ¿Para qué estamos aquí, Guardiana? — Esa es mejor actitud, — sentenció el Búho. — Estás aquí para aprender a volar. — Y para volar necesitas... alas, — dijo Cassandra con una risa. Drovar sintió que ella lo envolvía en un remolino, y que su cuerpo se cubría de plumas. Sus brazos se transformaron en alas, y de pronto el piso se alejó de sus pies. La sensación de mareo se desvaneció pronto. Tomó súbita conciencia de él mismo como pájaro, y empezó a aletear furiosamente para no caer. Pudo escuchar la ligera risa de viento de Cassandra, y notó que ella todavía lo sostenía. Aleteó con más calma. El viejo Búho estaba frente a él ahora, enseñándole a volar. Fue asombroso. Fue la mejor, la más maravillosa lección de vuelo que nunca había tenido. Acompañado por el Búho y Cassandra de aire, salieron volando de la torre

53 y del castillo. Volaron sobre los campos, sobre el lago y sobre el bosque. Drovar pudo notar la separación en el Bosque, tal como Cassandra lo había explicado. Parecía que lo hubieran cortado en cuatro con un cuchillo... Pero no prestó demasiada atención. La sensación de volar era fantástica. Sentía que el mundo era suyo... por unos pocos, maravillosos momentos. Embriagado de placer en su vuelo, no se dio cuenta que estaba acercándose demasiado a las nubes de tormenta que se apretaban sobre el rincón de Zothar. Una niebla espesa envolvió de pronto sus alas nuevas. Un jirón de nube traicionera y pegajosa lo enredó y trató de atraparlo. Era fuerte, y tiró de él hacia atrás y hacia abajo. Cassandra de aire lo alcanzó justo a tiempo. La nube también la enredó, pero ella estaba hecha de aire, y la niebla, en su urgencia por atraparla dejó ir a Drovar. Cassandra sopló más fuerte, y volaron de regreso a la torre. Cassandra de tierra guió a Solana a la habitación de los espejos. Era una gran habitación circular, completamente llena de espejos de todos los tamaños, colores y formas. La atención de Solana fue rápidamente atraída por un brillante grupo de ellos en una mesa a su derecha. Se acercó a ellos lenta y cautelosamente. Miró el primero de ellos y dio un paso atrás, impresionada. — Sí, — le confirmó Cassandra de tierra. — Muestran a las personas relacionadas con nosotros, de uno u otro lado... — ¿Y de afuera? — preguntó la muchacha con un hilo de voz. — Por allá... Allá están los del otro lado de la frontera... El pequeño que está un poco aparte muestra a mi hija... — Pero Cassandra no se movió hacia la mesa. — ¿Y... y mis padres? — ¿Están del otro lado? Solana asintió. — Mi madre era Viajera, mi padre es forastero. — Ah... Debe ser uno de los de la mesa grande... Las parejas mixtas... Cada vez son más... Por suerte, — sonrió Cassandra de tierra. Y esta vez, se acercó a la mesa que señalaba y ayudó a Solana a buscar en los espejos. Era un pequeño espejo doble. Solana lo tomó entre sus manos temblorosas y miró en él. La mujer dejó caer un florero. ‘¿Qué pasa, querida?’ preguntó el hombre. Era un prolijo living forastero.

54 ‘Sol...’ ‘Está en ese colegio, mi cielo... Como tu querías...’ ‘Está en peligro...’ La mujer se había acercado a su marido y lo miraba preocupada. ‘Mi amor... Ella es casi una hechicera ¿no? Es seguro que sabrá defenderse...’ ‘Estoy preocupada...’ insistió la mujer. ‘Está bien,’ cedió él. ‘Yo cuido la ventana, y tú envías uno de esos... instantáneos.’ Las imágenes mostraron al hombre corriendo las cortinas mientras su esposa sacaba la varita. Solana suspiró. — A mi padre no le hace ninguna gracia la magia... — se excusó. Cassandra de tierra la miró. — Muchas personas rechazan lo que no entienden, — dijo. — No deberías avergonzarte de él. Al menos está haciendo el intento. — Yo no me... — Y Solana bajó la vista. — Tienes razón, me avergüenzo. Tal vez si yo fuera más tolerante con él... Si me interesara en lo que él hace... — Pruébalo, — le dijo Cassandra de tierra con una sonrisa. Solana dejó el espejo sobre la mesa. Los otros espejos estaban desapareciendo ahora, y lo mismo hizo el espejito doble. Solana miró a Cassandra. — Queda otro espejo... — dijo Cassandra moviendo la mano. A su espalda, cubriendo toda la pared había un enorme espejo oscurecido. No reflejaba nada ahora, pero mientras ellas se giraban para mirarlo, empezó a mostrar un remolino de colores que se disipaba lentamente. Solana lo miró boquiabierta. Mostraba algo inconcebible. Ella, Drovar y Calothar corriendo por los jardines del castillo, envueltos en un hechizo de invisibilidad. Una sombra oscura los seguía de cerca. Más formas oscuras salían de distintos lugares. El castillo detrás de ellos se había vuelto oscuro y amenazador. Algo andaba muy mal allí. En unos pocos flashes, pudo ver al Anciano derrotado, a Andrei y a Javan muertos, y el resto prisioneros de la Serpiente. No podía apartar la mirada del terrible cuadro, y empezó a temblar. Cassandra de tierra apoyó dos manos tibias en sus hombros y la hizo mirar a otro lado. La muchacha tenía una expresión aterrorizada.

55 — Esto es lo que podemos llegar a enfrentar, — le dijo Cassandra suavemente. — Pero no puedes decírselo a nadie... No todavía. La muchacha abrió la boca, pero no logró decir nada. — Necesitas estar preparada, — le dijo Cassandra. Cuando volvieron al vestíbulo, los otros ya estaban allí. Sin una palabra, las cuatro Cassandras se fundieron una en otra para volver a ser ella de nuevo. — Volvamos a casa, — dijo. Su sonrisa, aunque no mostraba alegría, calmó los nervios de los muchachos, y partieron hacia el Bosque.

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Capítulo 6. El Libro de los Secretos.

Para cuando salieron del ropero de Cassandra, todos estaban impacientes por escuchar las historias de los otros. — Volviste, al fin, — dijo una voz desde la mecedora. Era de noche. Un fuego bajo entibiaba el cuarto, y Javan leía un libro junto a él. Los muchachos se detuvieron bruscamente. Cassandra se acercó para besarlo y movió la mano hacia los chicos. — Vengan, siéntense aquí. Me muero de hambre. ¿Crees que se pueda conseguir algo en la cocina? — le dijo a Javan. — Es medianoche, — dijo él. — ¿Dónde has...? No, ya sé donde. ¿Qué estuviste haciendo todo el día? Cassandra sonrió. — Estuve trabajando. ¿Qué hiciste tú? — contestó, burlona. Los muchachos se relajaron un poco. — Está bien. — Los penetrantes ojos de Javan escudriñaron la expresión de Cassandra unos momentos. — Si te doy de cenar ¿me lo dirás? — Si no, tendré que buscarme la comida yo sola, y vas a estar fastidiándome por siempre jamás... De acuerdo, te lo diré, — dijo ella. De nuevo, la sombra de la burla en su tono. Javan no se levantó. Solamente sacó su varita y apuntó a la mesa. Una bandeja de sándwiches y una jarra de chocolate caliente aparecieron de inmediato. — ¿Café? — pidió Cassandra. Javan sonrió y movió la varia otra vez. La taza de café apareció en sus manos. — Gracias. — Ella se sentó a sus pies, recostándose contra sus rodillas. — Bien, — dijo él. — ¿Y la historia? — Fuimos al Corazón, ya lo sabes, — dijo ella. — ¿Por qué nos llevaste allá, Cassandra? — preguntó Solana. Javan reprimió un gesto de disgusto. Cassandra siempre había sido demasiado familiar con sus alumnos. — Creí que debía ofrecerles algo... que necesitarán más adelante. Que todos necesitaremos...

57 — ¿Y eso era...? — Drovar necesitaba dirección, Solana visión y Calothar conocimiento. Solana se volvió a Drovar. — ¿Qué hiciste en la torre de los vientos? Él se atragantó con un bocado demasiado grande y tosió. Cassandra le alcanzó un vaso de agua. — Cuéntales, por favor... Todavía tosiendo, Drovar contó su historia. Cuando terminó, le preguntó a Solana. — ¿Y tú? ¿Qué hiciste tú? Solana pareció incómoda. Aún así, también relató su historia. Cuando trató de relatar su visión en el Espejo del Futuro, encontró que no tenía palabras. Miró a Cassandra, que le devolvió una sonrisa fugaz. — Es un sencillo hechizo de discreción... No podrás contar esa parte... hasta que sea necesario que lo hagas. No te preocupes. Solana asintió en silencio. — ¿Qué fue lo que ella vio, Cassandra? — preguntó Javan en tono grave. — Un futuro posible... Que tal vez nunca suceda... Sólo eso, — suspiró Cassandra. — ¿Y tú, Cassandra? ¿Qué hizo la tú de agua? — preguntó Drovar. — Fui al lago. Necesitaba ver a alguien... Y mi yo-de-agua, como tú dices, es la más adecuada para estas cosas. Primero fui al fondo del lago. Ella me esperaba allí... Hablamos. Lo lamento, muchachos, pero lo que ella dijo no puede ser repetido fuera del Interior... Lo que puedo decir es que me dijo que debía seguir las tres corrientes que desembocaban en el lago. Así que tomé la primera... — Espera, — interrumpió Javan. — ¿Quién es ella? — La Primera Guardiana... Alice. — Está bien, continúa. — La primera de las corrientes era pequeña y estrecha, apenas un arroyo. La seguí un rato. Pasé junto a los árboles de ustedes, y continué. Al fin, llegué a la fuente. Estaba en el fondo de una cueva... como la cueva de los helechos, en el jardín de Ingelyn... — Cassandra torció la cabeza para mirar a Javan. — Había algo allí. Algo peligroso. Y es mi culpa que eso haya invadido el Corazón... ¡Como si no tuviéramos suficientes problemas!

58 Javan le apoyó la mano en el hombro y la miró con el ceño fruncido a medias. — ¿De qué estás hablando? Cassandra volvió a mirar al fuego. — ¿Recuerdas cuando fuimos allá... cuando comenzaron las clases? No estábamos muy bien... — Javan asintió en silencio. — Llevé algo de ayuda... — ¿Ayuda? — Un poco del fluido de tu pared... la que absorbe las emociones negativas... El recipiente donde la llevaba se rompió... y creo que el fragmento tomó las emociones equivocadas. O tomó otras cosas. No pude recuperar el fluido después... — ¿Y por qué crees que eso tuvo algo que ver con lo que viste en el Corazón? — Había algo allá... en el Corazón. Se parecía a un Niebla... pero no era exactamente eso. Tenía... otras cosas. No puedo explicarlo mejor... Era más lo que se sentía que lo que vi... — Cassandra suspiró. Lo que había visto la perturbaba. — Sí, principalmente una Niebla negra, aunque esta era violeta... con algo de glub y algo de hikiri... y algo de fuego como un magma... un híbrido de todas esas cosas. Javan apretó el hombro de Cassandra. — ¿Cómo sabes qué aspecto tiene una niebla, Cassandra? — preguntó lenta y desconfiadamente. — Había Nieblas Negras en los laberintos de donde trajimos las Perlas de Fuego... ¿Recuerdas, Sol? — Cuando te caíste de la escoba... — Ah, la caída. Sí, me tiré de la escoba para que la Niebla no llegara con ustedes. La espanté con fuego... En aquel momento no tenía magia, usé el fuego de Ryujin... Pero en el Corazón no tenía nada de fuego. Así que cuando vi que no podía con el híbrido huí en la corriente... Javan fruncía el ceño. Ella había apoyado la cabeza en sus rodillas, y estaba de nuevo mirando las llamas. ¿Así que había luchado con Nieblas Negras en los laberintos aún antes de poseer el poder de la Guardiana? ¡Con razón la habían elegido! Ella era capaz de todo. Le acarició el cabello con suavidad, aunque el gesto de preocupación no desapareció. — Continúa, por favor. — Bueno, volví al lago y seguí la segunda corriente. Ésta era un poco más ancha. Corría por lugares desiertos. No había árboles que señalaran el camino. Y si no

59 hubiera sido por la corriente, se hubiera parecido al... lugar detrás de la puerta de Zothar. Javan reprimió un estremecimiento. Ella continuó: — Llegué a la fuente. El arroyo brotaba de una roca negra, sin marcas. O al menos eso me pareció al principio. El sol subió, y la luz aumentó. Pensé que iba a achicharrarme. Empecé a caminar, buscando alguna pista. Se suponía que había un mensaje al final de cada corriente, y aquí no encontraba nada. Caminé un poco, y me interné en el valle. Había otra roca negra, como la del manantial. Esta tenía un ramillete encima: siemprevivas. Cuando toqué las flores, un hilo de agua empezó a manar de la roca, y fue a reunirse con el otro arroyo. Miré alrededor y encontré otras rocas negras... — ¿Con más flores? — Sí. — ¿Qué flores eran, Cassandra? Las siemprevivas no aparecen en las pociones, — observó Solana. — No creo que sea una receta. Dejen que continúe. — La primera, siemprevivas. La segunda, flores de noctaria. La tercera una sola flor de hierba sol. La siguiente, pétalos de nomeolvides. La última, unos tallos de ajenjo. Cada vez, un hilo de agua se reunía con la corriente principal, así que volví a ella. Sobre la roca encontré esto. Cassandra sacó algo de su bolsillo, que dejó sobre la rodilla de Javan. Una flor negra, marchita, a la que Cassandra dio forma con la mano. — Orquídea negra. — No me suena a poción, — repitió Solana. — Ni a amuleto. — No lo es, — dijo Javan, quitando la flor de su pierna y enviándola al escritorio. — Es un símbolo. Vida y muerte, dolor y curación. Pero no han sido muy específicos. — No, y terminar la primera roca con la Orquídea de la muerte... Tampoco me parece muy alentador. — Termina tu historia, Cassandra, por favor. — Volví y tomé la tercera corriente. Era la más ancha y oscura de las tres. Y estaba muy fría. Tan pronto como entré en la corriente supe donde nacía. La seguí, y me llevó al círculo, detrás del árbol de Zothar. Salí justo junto al árbol de la Serpiente. El silencio se había hecho pesado. La mano de Javan recorrió su cabello otra vez, y quedó sobre su hombro.

60 — La tormenta comenzaba allí, justo sobre su árbol. Lo pude ver bien... ¿Sabes? — ella bajó la voz. — Nunca había estado tan cerca. El tronco, todo lastimado, cayéndose, pudriéndose... las hojas, negras, marchitas, sucias... Es horrible... No entiendo como alguien puede hacerse algo así a sí mismo... Estaba destilando su veneno como siempre. La sabia goteaba hasta el suelo y corría en arroyitos hasta los árboles del círculo, sus sirvientes... Los estaba alimentando. Los alimenta con su odio. Cassandra dejó escapar un suspiro. — ¿Te habló? — preguntó Javan en un susurro. — No. Trató de atraparme, como cuando volamos con Drovar. En realidad, no sé si no fue al mismo tiempo. Estaba muy nublado, y no pude ver lo que hacía allá arriba... — Pero entonces, su poder en el Interior... — dijo Drovar. — Se multiplica, como el mío. Son sólo símbolos, Drovar. Cualquier Hechicero que los pueda interpretar los puede manipular. Y en el Corazón los símbolos valen más que los hechos. Si hay un lugar peligroso, ese es el Corazón del Trígono. — ¿Y qué hiciste, Cassandra? — preguntó Javan. — Lo único que podía... Huí, — dijo ella tranquila.— Nos reunimos y volvimos. Se produjo otro silencio. Javan los miró uno a uno. Sabía, por su propia experiencia en el Interior, que el Corazón debía haberles dado algo más que lo que acababan de compartir. Algo más allá de la magia o del conocimiento. Pero no era momento de interrogarlos. Algunas cosas necesitaban tiempo para madurar. Y otras eran estrictamente privadas. — Y todavía falta una historia. Mago Calothar, si eres tan amable... Calothar lo miró entre dudoso y desafiante. Era la primera vez que el Comites Fara de la Rama de Zothar lo reconocía como mago y no como aprendiz. Sabía que le había concedido esa distinción a Drovar un par de años antes, pero ¿a él? ¿ahora? ¿por qué? Drovar también miró a Javan un poco sorprendido, pero desvió la vista a Cassandra. Parecía pensar que era ella la autora del cambio. — Cassandra-de-fuego y yo fuimos a la biblioteca. Sólo leímos un libro, — dijo al fin. Cassandra sonrió a medias desde las rodillas de Javan. — Cuéntalo todo, Calothar. De otra manera, tus preguntas permanecerán sin respuestas.

61 — Está bien, — cedió el muchacho. — La Guardiana de fuego me llevó a la biblioteca. Estaba vacía. Tú me envolvías en fuego... se sentía raro. Tus llamas iluminaban y entibiaban la habitación. Y vi el libro. Era... Creo que era... — El Libro de los Secretos del Trígono, — completó Cassandra. — Él dijo que no era para nosotros, — protestó Javan. — No era para nosotros el año pasado. Era para Calothar, hoy... Sigamos con la historia. — El libro se abrió solo, y su luz me llamó. Me acerqué y leí... Leí sobre muchas cosas... Principalmente de mi familia... — Calothar calló. — Él sabe, — dijo Cassandra. — El pegaso rojo se lo mostró. Drovar y Solana se movieron, incómodos de repente. — Lo noté cuando entraron. ¿Cuándo lo supiste tú? — preguntó Javan. — Creo que cuando Nakhira trató de matarlo la primera vez... ¿Y tú? — Desde antes que naciera. — El tono de Javan era seco. — Soy el Vigía. — ¿Qué es lo que sabe Calothar? ¿Qué le mostró el pegaso rojo? — preguntó Solana, exasperada. No había entendido nada de la última parte de la conversación. — Calothar del Valle es el último descendiente de un antiquísimo e importante clan, que se ha visto obligado a vivir en secreto por muchos siglos... Una serie de hechizos y maldiciones los protegen de ser descubiertos, pero hace tres generaciones, su enemigo los descubrió. Aquí, en el Trígono. El enfrentamiento es famoso, todos han oído hablar de él. Uno o dos hechiceros de valía resultaron mancillados, y el Trígono Interior se cerró por bastante tiempo. Absolutamente cerrado, hasta para los Comites... El Comites de la Rama de Zothar intentó varias cosas, pero él era uno de los mancillados. No resultó. Sólo cuando el Primera Vara, Aurum se convirtió en Anciano Mayor, el Interior volvió a abrirse. El Comites de la Rama de Zothar desapareció. — ¿Y entonces la tomaste tú? — preguntó Cassandra. Javan resopló. — Sólo si la hubiera podido tomar antes de nacer. Tres magos más pasaron por la Rama antes de mí. — ¿Qué pasó con la familia de Calothar? — Sobrevivieron. Los que apoyan a su familia eran más numerosos antes, y de una u otra forma, lograron esconderlos. La Serpiente les perdió el rastro. — ¿La Serpiente? — preguntó Drovar. — Claro, — dijo Solana. — ¿Quién te crees que es el enemigo de todo el mundo?

62 — Está bien, es cierto... El problema de la abuela Lanara fue con un joven llamado Althenor. Pero eso pasó hace muchísimo tiempo... — La línea sigue viva, — dijo Javan, mirando al fuego. — Vive en ti, — dijo Cassandra. — Eres el Heredero. — ¡No lo quiero! ¡Yo nunca pedí ser del clan Huz! — ¿Clan Huz? ¿Están diciendo que Calothar es descendiente de Arthuz, el mismo de la Rama? Cassandra asintió con tranquilidad. — Línea directa de padres a hijos, excepto un par de rupturas. Una jovencita que huyó de casa en el siglo quince, justo a tiempo para no ser encontrada, y la joven Lanara, que fue descubierta. Dime, Calothar... ¿Cuál fue el problema de tu abuela con Althenor? — Si te digo que era por copiar en un examen, no me lo vas a creer, ¿no? — No, — sonrió Cassandra. Calothar suspiró. — La Serpiente quería que ella participara en un ritual con él. Algo con un espejo y sangre mezclada en el bosque... — Cassandra se estremeció bajo la mano de Javan. — Una muchacha había desaparecido hacía poco tiempo, y Althenor le dijo que era un hechizo o un ritual para encontrarla. Mi abuela sospechó algo raro, y se negó a ir. Él se puso furioso... Y cuando llegó la prueba para pasar a hechicera, él se la arruinó... — Tu abuela hizo bien. Ese ritual es para compartir el poder. — Apostaría que la Serpiente quería quitárselo todo, — observó Drovar. — Es lo más probable. Pero él era joven entonces, y... bueno, todavía no había cruzado algunos límites... Tal vez eso salvó a tu abuela. Javan frunció los labios. Permaneció un rato mirando al fuego, pensativo. Solana preguntó: — ¿Y qué fue lo que te mostró el pegaso rojo? — Ah... eso. El pegaso bajó junto al árbol de fuego. Las raíces eran gigantescas, muy gruesas... y rojas. Brillaban como brasas. El pegaso me llevó a lo largo de una de las raíces, trotando sobre ella como si fuera un camino. Al final de la raíz había un arbolito. — El tuyo. Calothar asintió en silencio. En ese momento, Javan le clavó una mirada indescriptible. Era como si toda su persona se proyectara en esa mirada. Calothar retrocedió un poco, pero enseguida se enderezó, y levantó su escudo mental.

63 — Bien, — dijo Javan. — Lo haces bien, pero tardas demasiado en reaccionar. Tendrás que entrenarte mejor. Se lo diré a Mydriel. Además... — No me va a poner más tarea... — protestó el chico. El Heredero del clan Huz volvía a ser un chico asustado. Javan hizo una mueca. — Realmente, creo que te haría bien. Pero supongo que el Libro ya te la dio, ¿no es así? Cassandra miró a Javan con curiosidad. Pero Javan solo miraba a Calothar. Lo tenía clavado en el asiento con el poder de su mirada. No le permitió eludir la respuesta. — El Libro tenía una adivinanza, — admitió Calothar de mala gana. — El agua y el fuego se unirán para dar fin a la amenaza... algo así. No recuerdo las palabras exactas. Javan lo presionó solo un momento más, y lo dejó ir. Calothar se sacudió como un perro que sale del agua. — Realmente eso no era necesario, Javan, — dijo Cassandra desde el suelo. — ¿Lo crees? He lidiado con los asuntos de la Serpiente desde hace más de veinte años. Él siempre mancha lo que toca. — No tocó el Libro de los Secretos. — Pero podría haber tocado la conciencia de Calothar cuando salió del Corazón. Tenía que asegurarme. — Tendrías que disculparte... Pero en fin... Lo lamento, Calothar del clan Huz. Mi marido no se disculpará por proteger al Trígono, a cualquier precio y contra quien sea... Y volviendo al punto... — ¿Qué crees de las visiones que tuvieron? — Javan hablaba con ella como si los muchachos no estuviera ahí. — Mm. No lo sé. Confío que el Corazón sabe más que yo lo que necesitamos. La tormenta sobre el árbol de la Serpiente no es buena señal... — ¿Qué significa, Cassandra? — preguntó Solana. — Que seremos atacados. Sigo buscando ayuda con el Gran Signo... pero el significado es claro. — ¿Vamos a ir a ver a Lyanne? Cassandra sacudió la cabeza. — Todavía no sé lo suficiente. Necesito un experto. — ¿En qué, Cassandra? — preguntó Drovar. — Astronomía, o astrología... Observación de las estrellas... Eso.

64 — Tenai. — ¿Qué? Solana lo había dicho. Javan reprimió un mal gesto. Tenai otra vez. — ¿Tenai sabe de astronomía? — Claro. Todo lo que tenga que ver con cálculos... Mm, excepto el Tenai de la Rama de fuego, que es algo diferente de los otros... Es más... — Impulsivo, — completó Cassandra. — Sí, impulsivo. Es una buena manera de describirlo. — Bueno, — las cortó Javan algo molesto. — Resumiendo, seremos atacados en breve por la Serpiente. Ya hemos pasado por esto, si puedo citarte... Cassandra no lo miró. — Pero nunca como ahora, — susurró. Y agregó de nuevo con voz normal: — Muchachos, deben estar tan cansados como yo, y mañana es día de trabajo, Puerta o no Puerta... ¿Por qué no se van a dormir? Ya tienen sus regalos y... — ¿Regalos? Cassandra se apoyó sobre un codo, en las rodillas de Javan. — ¿Todavía no lo entendieron? — Movió la mano, y un espejo apareció frente a ellos. — Bien, Drovar, transfórmate. — ¿Qué? ¿Cómo? — El muchacho la miraba perplejo. Cassandra se llevó la mano a la frente en gesto de desesperación. — Como te dijo el Búho. Mueve tus brazos hasta que sean alas... Y concéntrate. Drovar hizo lo que ella decía. Tres o cuatro movimientos alcanzaron para transformarlo en un gran búho castaño. — ¡Qué bien te quedan las plumas! — se rió Solana, — ... lechuza. — Soy un Búho, no una lechuza... ¿Qué, no sabes nada? — dijo Drovar volviéndose a transformar, muy rosa en la cara. Cassandra se rió. — Puedes pedir a Andrei que llame a Siddar para que te de unas lecciones extra... Pero yo en tu lugar guardaría el secreto. Puede ser una herramienta valiosa si nos atacan. Depende de ti... — Y Cassandra se volvió a Solana. — Ahora tú. Párate frente al espejo, y pasa la mano frente a él. Concéntrate en lo que quieres ver. Solana hizo lo que le indicaban. La luna se oscureció de repente. Estaban mirando como por una ventana, el dormitorio de una casa forastera. La mujer decía: ‘¿Estás seguro que ella estará bien?’

65 ‘Sí, querida, ella está bien... Te llegará su pájaro de papel en cualquier momento...’ El espejo volvió de nuevo a la normalidad. — Creo que debería contestarles de inmediato... — murmuró Solana. — ¿Tus padres? — preguntó Calothar. Ella asintió. — Y tú, Calothar... Acabas de reconocer y reencontrarte con tus raíces. No es un regalo vistoso como los de tus amigos, pero llegado el momento conocerás su valor. Es un conocimiento que no se puede borrar... Los muchachos se miraron entre sí. El tono de ella había sido peculiar. — Buenas noches, — dijo Cassandra. Ellos se movieron hacia la puerta. Con una mano en el picaporte, escucharon su voz, clara, fría, poderosa, viniendo desde las rodillas de Javan. — No recordarán el resto de las cosas hasta que el momento haya llegado. Captaron una última imagen de Cassandra apoyada contra las rodillas de su esposo, y a él acariciando su cabello antes de que la oscuridad cayera sobre sus últimos recuerdos.

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Capítulo 7. Aparatos forasteros.

La pesadilla había llegado ese día. Cansada como nunca, Cassandra no se había querido levantar a la hora de siempre. Volvió a quedarse dormida en la mañana, acunada por los rítmicos sonidos que llegaban desde el salón de al lado. Y la pesadilla vino. Se despertó con un grito. La puerta se abrió de un tirón. — ¿Qué pasó? — Javan estaba en la puerta. Cassandra se sentó en la cama, mirando confundida alrededor. — Solo un mal sueño, creo. No te preocupes. Vuelve a clase... Ella fruncía el ceño. Y él también. Los sueños de ella solían ser... peculiares. En su primer año aquí había estado soñando pesadillas ajenas la mitad del año. Ahora... Se volvió. — Mago Norak, ¿quieres hacer el favor de hacerte cargo de la clase? Gracias... — dijo en voz alta, y entrando en el dormitorio, cerró la puerta tras de sí. — Creo que es tiempo de hablar con el Anciano Mayor, — dijo él cuando ella terminó. No había tenido otro remedio que contarle la pesadilla. Sin embargo, ella negó con la cabeza. — No. Esta pesadilla no es sobre el Trígono... — Y entonces ¿sobre qué es? Ella esquivó su mirada, negándose a contestar. Él se sentó más cerca, tomándola por los brazos y forzándola a mirarlo. Ella lo miró. — ¿De qué se trata? — preguntó él otra vez. — Hoho e Ikinú, — murmuró ella. Él levantó las cejas. — Somos la primera pareja en siglos capaces de romper la maldición para siempre... La maldición de Zothar. Javan no respondió. Sólo la miró. — Quiero decir... que somos exactamente como ellos fueron. Si pasamos este año, la maldición se rompe... — Y el ataque de la Serpiente justo ahora... Cassandra asintió.

67 — Es tan... inconveniente. Parece como si la historia fuera a repetirse. Por eso es que ellos dicen que no espere a la Puerta... — ¿Cuál Puerta? — La del Verano. Iba a hacer... algo en la Puerta del Verano... Justo antes de nuestro aniversario. — ¿Algo como qué? Ella sacudió la cabeza. — Tiene que ver con lo que hice en el verano... Para su sorpresa, él asintió y no hizo preguntas. El reloj de arriba sonó lejano, como llamándolos desde otro mundo. El le sonrió, las preocupaciones todavía agazapadas en el fondo de su mirada. — ¿Estás segura de que estás bien? — dijo. — Sí. Y tengo trabajo que hacer... Y se está haciendo tarde. — Ahá. Deberíamos estar trabajando. — La besó antes de agregar: — Me voy a clase. Y los días siguieron pasando. Las clases llenaban todo su tiempo y su mente, empujando fuera las otras cosas. El Triegramma había quedado fuera de sus consideraciones hacía varias semanas, y la nueva cita con Tenai para analizar el Gran Signo quedó en el olvido. El entrenamiento de Viajeros continuaba, y sin darse cuenta, Cassandra se había metido hasta el cuello en el terreno de la física. Había empezado el día del espejo. De las explicaciones forasteras sobre el mundo había pasado a la mecánica clásica, y de ahí al electromagnetismo... Terminó enredada en comparaciones entre campos magnéticos y campos mágicos, y formas de energía. Y entró de lleno en el estudio de los aparatos forasteros. La línea de proyectos que había planteado al principio del ciclo había generado ideas de lo más insólitas. Así que, una mañana, ella y tres de los aprendices; Drovna; Sonja, la hermana de Solana, y Gherok, uno de los chicos más nuevos; entraron en el salón de abajo cuando la campana llamaba a todos a almorzar. — ¿Podemos pasar, profesor? Tenemos un trabajo que hacer aquí... — preguntó Cassandra desde la puerta. Javan la miró con un dejo de la antigua mirada de desconfianza. — Adelante, por favor. ¿Qué va a hacer, profesora? — dijo con una suavidad engañosa. Ella lo miró con falsa expresión de inocencia.

68 — Revisar las corrientes de aire aquí abajo y diseñar un buen sistema de extracción... — ¿¡Un qué!? — ladró él, poniéndose de pie. Ella no le había dicho nada ni parecido a eso. — Estoy cansada de la humedad aquí abajo, profesor... Mi ropa se está llenando de hongos. Y tenemos este proyecto con los chicos... Ella se había acercado, con la misma expresión inocente. Él sacudió la cabeza. — No quiero ningún artefacto forastero en mi clase, profesora, — advirtió. — ¿Artefacto forastero? Los artefactos forasteros no combinan con los pases mágicos... Usted me lo ha dicho cientos de veces. — Y usted tiene una computadora funcionando en el cuarto de atrás, — dijo él. Estaba haciendo su mejor esfuerzo para mantenerse serio. Ella se encogió de hombros. — Por favor, sabes que no funciona este semestre... — Está bien, está bien... Haz lo que quieras. Asumo que ya tienes la connivencia del Anciano Mayor... Ella hizo un gesto indefinido al que él respondió con una mueca. Suspiró, y se volvió a los aprendices: — Procedan, por favor... Pero que su profesora no incluya ningún artefacto de afuera en este recinto... Y dándoles la espalda, se retiró al escritorio. Por nada del mundo se hubiera perdido de lo que seguiría. Cassandra y sus estudiantes habían sacado sus varitas y las hacían humear. — Lo he visto hacer con humo de cigarrillo, — comentó Cassandra. —Ahora, ustedes ven que aquí parece no haber corrientes de aire que se lleven los vapores. — Pero, ¿y el aire caliente? — preguntó Sonja. — El aire caliente sube, el aire frío baja... Tenemos que ver qué sucede durante un turno de funcionamiento normal... A la vez, como si estuvieran sincronizados, los chicos encendieron los fuegos bajo los calderos. — ¿No habría que llenarlos con algo, si lo que quieren es ver vapores? — dijo Javan desde su escritorio, sin levantar la cabeza. Fingía estar concentrado en su propio trabajo. — Tienes razón, — dijo Cassandra, y movió su varita otra vez. Un ligero humo púrpura se levantó hacia el techo. Cassandra lo miró con la mano en el mentón. Sus

69 aprendices con curiosidad. El vapor subía recto hacia arriba y formaba una especie de nube allí, sobre la viga que atravesaba el salón de lado a lado. Ella retrocedió mirando hacia arriba, y tropezó con el escritorio. — ¡Hey! Ten cuidado, — protestó Javan. — Lo siento, — dijo ella distraída. Él la miró. — ¿Qué te sucede, profesora? — Se queda ahí, como si hubiera... Profesor, ¿podría haber un escape de aire allá? — Ella se había vuelto hacia él. — No lo creo. Se supone que este lugar está sellado. Era un calabozo, — dijo él. — Pero muy viejo... podría haber una grieta, causada por algún deslizamiento de tierra, o un movimiento en los cimientos... Aunque sea un lugar mágico, la física todavía funciona, — dijo ella, lanzando al aire y dejando caer un pequeño pisapapeles del escritorio para ilustrar su idea. Javan detuvo el pisapapeles en el aire con un gesto de su mano, y la miró levantando las cejas. — ¿Ah, sí? — dijo en voz baja. — No hagas trampas, — le sonrió ella. Y siguió: — Tiene que haber un agujero allá arriba... — Revísalo, pues, — dijo él. Era imposible discutir con ella. Así que le puso el mismo hechizo levitatorio que le había hecho a la piedra hacía un momento. — ¡Aaayyy! — gritó. Ella odiaba esos hechizos, y él lo sabía. — ¡No hagas eso! — Ella sacudía las piernas como si tratara de caminar o nadar. Él la envió arriba, al cielorraso, mientras ella seguía gritando y protestando, y los aprendices se reían en voz baja. De pronto, ella se calló. — Guau, —murmuró. — Interesante... — ¿Qué pasa ahora? — preguntó él. — Encontré a Louisse... O al menos su piel. — ¿Louisse? ¿Ahí arriba? — La boa había desaparecido hacía casi un año. Cuando Cassandra adoptó el glub. Javan subió al techo usando el mismo encantamiento que Cassandra. Ella se sostenía de la viga con una mano, mientras con la otra tironeaba de la piel. — No necesitas sostenerte, — le dijo él. — Puedes usar las dos manos... Ella lo miró y le sacó la lengua en un gesto infantil. Él sonrió, y tiró un poco de la piel. ¿Por qué Louisse habría subido a la viga? Normalmente era un animal tranquilo,

70 excepto cuando cambiaba de piel. Pero esta tenía un aspecto extraño, como si la hubiera cambiado aprisa y no por razones naturales precisamente. Unas costras de barro negro en el costado llamaron su atención, y empezó a tironear de la piel. — Cuidado, no la rompas... — le dijo a Cassandra. — ¿Qué pasa? — Mm. Que debería desprenderse, eso pasa... Y no lo ha...ce. Con un último tirón, la piel vieja de la boa se soltó. Había estado enganchada en una pequeña ranura en la pared, al final de la viga. La ranura daba al patio de Cassandra, justo encima del estante de las bromelias. Cassandra gateó por la viga hacia allí. Había pedazos de piel en los bordes. — Curioso... Hubiera jurado que la boa no cabía por este agujero. Javan la miró, y no le dijo nada. Ese agujero no debería estar ahí. Y sin dudas, Louisse no cabría jamás en él. Además, las manchas de barro... — Termina tu trabajo, después discutiremos esto, — le dijo. Y tomando la piel, volvió a descender. — Suban, — les dijo a los aprendices cuando llegó abajo con la piel de boa. — Y llévense su humo rosa. Los muchachos lo miraron perplejos. Su habitual mal humor había regresado, tan vivo como antes. No hicieron preguntas. Allá arriba, Cassandra se había sentado en la viga, y les hacía señas con la mano. Un rato después los chicos se habían marchado. Cassandra se acercó al escritorio de Javan. Él levantó la vista de sus papeles. La piel de boa había quedado a un lado. — ¿Qué estás tratando de hacer? — le dijo él. — Hacerlos pensar por sí mismos... Con más ayuda de la que les das tú. ¿Nunca leíste un libro de pedagogía? — Prefiero el nuevo tratado sobre pociones para cambiar la edad. Me refería a los artefactos forasteros. Estás llenando de basura todo el castillo... — Te dije que mi ropa se está llenando de hongos. Y tiene un olor horrible. Hay demasiada humedad aquí abajo, y un extractor no te hará daño... — Un extractor... — suspiró Javan. — Y... conseguí que me traigan un homogeneizador manual y un equipo de destilación la semana próxima... — ¿Para qué? ¿No tienes suficiente trabajo?

71 — ¡Por favor! Quiero preparar unos extractos y necesito el homogeneizador para unas mezclas cosméticas de Anika... Esa chica tiene en verdad talento. — ¡Mezclas cosméticas! — se escandalizó Javan. — Cremas de belleza, ungüentos rejuvenecedores... Esa clase de cosas. No creerías lo que Anika es capaz de lograr con unas cuantas hierbas y un mortero... Cuando vaya a ver a Alessandra la semana que viene voy a pasar por el Mercado para... — Siempre vas al Mercado en esta época. Cassandra se encogió de hombros. — Es la mejor época en los dos lados. Miriam está a punto de enviar sus pedidos, y no le doy tiempo de hacer preguntas. Y en el Mercado, en esta época, el Alcalde está fuera, y no me molesta... Javan echó la cabeza hacia atrás y se rió. — No te rías. Ese enano presumido me tiene harta... — ¿Ahora es un enano presumido? Pensé que solo era un incompetente... — Y Javan se levantó. — ¿Adonde vas? — preguntó ella sorprendida. Él sonrió. — Primero voy a abrazar a mi esposa, que llama enano presumido la máxima autoridad secular de este lado de la frontera... Y después me la voy a llevar a almorzar... Y la semana fue pasando. Cassandra y Javan habían estado discutiendo sobre artefactos forasteros durante todos los almuerzos de la semana. Él trataba de ganar a Andrei para su causa, y Cassandra para la suya. — Es una escuela de magia. No puedes llenar este lugar con cosas de afuera, — decía él. Andrei abría la boca, pero en general no llegaba a decir nada. — ¡Por favor! Te dije que no estamos tratando de llenar nada con nada. Sólo estamos comprobando como la tecnología puede ayudar a la magia y vice-versa. — ¡Somos magos, Cassandra! No expertos en basura forastera... Explícaselo, Andrei, ¿quieres? — ¡Basura! ¡Basura tus narices! ¡Andrei, por favor, hazlo razonar! — ¡Olvídalo! — decía él terminante. — ¡Oh, qué testarudo y prejuicioso! Necesitamos un destilador y lo sabes... Lo sabes. ¿O te lo tengo que deletrear? — Nunca en mi vida usé un destilador, y estoy seguro que no lo necesito, — decía él en tono bajo y amenazador.

72 — Dijiste que necesitabas un extracto purificado de belladona ¿no? Eso implica una extracción y posterior destilación. Necesitarás un Soxhlet y un... — ¿Un qué, perdón? — Andrei pudo interrumpir. — Un aparato para extracciones en caliente. No podemos seguir esperando por el Mercado. Ya nos fallaron una vez, — dijo ella. — Y sobrevivimos, — dijo Javan. — Salimos de esa. — Pues yo no quiero ir al mercado de la villa del Templo a cada rato. Una sola vez me bastó, — dijo ella. Se estaba empezando a enojar. Había empezado por juego, pero él era tan testarudo. — Y yo no quiero artefactos de forasteros en mi clase. Ella golpeó la mesa con la mano. Sus ojos echaban chispas. — Está bien, — dijo. —No los tendrás. Veremos cómo te las arreglas para conseguir tu jugo de belladona sin un Soxhlet. Y salió del salón a grandes pasos. — ¿Qué está pasando? — preguntó Andrei. — Ha estado insistiendo en traer algunos aparatos químicos al castillo. Le dije que no, pero ya sabes como es ella... Andrei lo miró gravemente. — ¿Por qué no la dejas salirse con la suya? Es solo un destilador y un Sox... lo que sea. — Sí. Y un sistema de extracción, y una computadora, un cromatógrafo, un... no me acuerdo el nombre. Está convirtiendo el salón de abajo en un laboratorio. — ¿Y que hay de malo en eso? — se atrevió a preguntar Andrei. Javan lo miró fijamente. — Pasas demasiado tiempo con Alessandra, — dijo. Andrei se rió. Estaba a punto de decir algo, pero un tremendo rugido de dragón rasgó el aire e hizo temblar los cristales. Varios de los nuevos aprendices levantaron la cabeza alarmados. — Ryujin, — dijo Javan con voz apagada. — Pensé que ella había dicho que saldría para el Mercado mañana. — Sí, yo entendí lo mismo... — Encogiéndose de hombros, Andrei se levantó. — De todas maneras, tengo que hablar con él. Disculpa. Encontró a Gaspar y a Cassandra en el vestíbulo. Ella se colgaba de su brazo como siempre.

73 — Bienvenido, Gaspar. ¿Cómo estás? — saludó Andrei. Gaspar se adelantó a estrecharle la mano. — ¿Qué tal? Le decía a Enna que salíamos mañana temprano, y si no necesitaban nada más... — Yo sí tengo algunos extras... — dijo Cassandra. — Pero si pasarás la noche aquí, tendremos que arreglar... — No será necesario. Tengo una cita para esta noche... Cassandra se quedó quieta un momento. — ¿Una cita? — repitió. Gaspar dijo con naturalidad: — Las esporinas. Ellas me pidieron que viniese... — ¿Para qué? — Enna, querida... Eso es asunto de ellas y mío. Es privado, no puedes ir metiendo las narices donde no te han llamado. — Qué buen consejo, — dijo Javan, que se había acercado silenciosamente al grupo. — Deberías escucharlo. — Comites Fara, buenas tardes, — saludó Gaspar formalmente. Javan levantó una ceja. — Una amiga suya le envía saludos y espera que se encuentre bien. — Estoy bien, gracias, — dijo Javan con brusquedad. — ¿Qué amiga? —preguntó Cassandra mirando a uno y a otro. Gaspar miró a Cassandra. — Si tu esposo no te lo dijo, yo no lo haré, Enna. Deberías mostrar algo más de respeto en su presencia, — dijo. — Anticuado, — dijo ella de mal humor. — Él es un... — Él es tu marido. El que tú elegiste. Y no me meterás en medio de su discusión. Hablemos de negocios si no te importa... — Está bien. Necesito un Soxhlet, un destilador y algunas otras cosas para la próxima semana. No nos venderán más belladona, ni extractos líquidos ni esencias alcohólicas. Tengo que preparar unas alcoholaturas, las infusiones no son problema... Creo que las restricciones seguirán con los productos animales, y necesitaré hacer los estándares yo misma. — ella había hablado en el tono serio que empleaba para los negocios. — ¿Qué estás diciendo? — preguntó Javan. Ella sonrió con amargura.

74 — Realmente creíste que estaba jugando, ¿no? Tenemos un verdadero problema con el extracto de belladona. Y escuché que hay otros productos a punto de ser restringidos... lo que significa que todos podrán tenerlos menos nosotros. Ya conoces al señor Alcalde. — ¿Por qué no lo dijiste? — Javan estaba perplejo. — Te lo dije. Pero además, esperaba que me tuvieras un poco más de confianza. En el fondo sigues pensando que soy una tonta forastera que no sabe nada del mundo mágico... Él la miró frunciendo el ceño. — Te ruego que me perdones. Yo no sabía... La sonrisa amarga estaba todavía ahí. — Soy una profesional. Sé cómo manejar esto. Si no puedo comprar el extracto, haré yo misma la extracción. Y si tengo que purificarlo personalmente, lo haré. Tendrás tu belladona a tiempo, — dijo ella. El reloj sonó, llamándolos a clase. — Discúlpenme, tengo que irme. Gaspar, siéntete como en tu casa. — Y salió. La cena en el comedor principal fue tan magnífica como siempre. Parecía que de alguna manera, los edoms siempre adivinaban cuando había visitas y se esmeraban más. Cassandra pasó la velada entre las conciliadoras atenciones de Javan, y la usual simpatía de Gaspar. Evitó el antiguo lenguaje, como forma de respeto a su esposo, excepto en una ocasión. — ¿Andiro en’Sporina? — preguntó. Gaspar asintió. — ¿Enquie onomon endulave te kir? — Ella se mordía el labio inferior. — Nokiro anté, valinaro. Y deja de preocuparte, andarienna. No tiene nada que ver contigo ni con los tuyos, y todo saldrá bien... Ella frunció los labios, pero no volvió a usar el antiguo lenguaje de nuevo. Después de la cena, Gaspar agradeció con una reverencia, como de costumbre, pero no presentó ninguna historia. Se despidió de Cassandra y partió en la noche hacia el bosque. — ¿Estás preocupada por él, no? — le susurró Javan un rato después. Ella asintió. — ¿Te importaría que camináramos un rato antes de dormir? — Será un placer, — le susurró él suavemente.

75 Ella no quería ir al bosque, así que se encaminaron hacia el lado norte de los terrenos del castillo. Un sendero empezaba donde la hierba no estaba cortada, y se perdía en los campos sin cultivar. Lo siguieron un rato, caminando en silencio a la luz de la luna. — ¿Qué hora es? — preguntó ella. — Casi las dos, — dijo él. Hubo una pausa. Los matorrales eran escasos, y estaban en la cima de una pequeña colina. Algunas piedras rodaron cuando las pisaron. — C’ssie... — la voz de Javan sonó muy suave en la noche silenciosa. Ella se volvió a él. — ¿Puedo pedirte algo? Ella asintió con la cabeza. No se atrevió a romper el silencio alrededor. — Quisiera que bailaras para mí... La danza del fuego, — pidió él en un ligero susurro. Ella sonrió. Él soltó su mano, y ella giró, alejándose de repente. Frente a sus ojos, su vestido se transformó en llamas vivientes, y mientras ella bailaba, el círculo comenzó y se completó. Giró a su alrededor, en círculos, en espirales, ora más rápido, ora más lento, y de nuevo, otra vez. Dibujó cintas de llamas, arcos y círculos en cambiantes colores. Y entonces lo llamó. Cerrando ojos de fuego lo besó, y se fundieron en un estallido de llamas.

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Capítulo 8. La Poción Envejecedora.

Cassandra partió para el Mercado a la mañana siguiente. Necesitaba hablar con Gaspar tranquila y a solas, así que lo llevó con la caja de Dherok a su casa en la frontera. Habían planeado regresar en el tren. Pero la mañana en la casa fue curiosa. Cassandra no lograba hablar de lo que le preocupaba, y se movía por toda la casa, poniéndola de cabeza, una y otra vez. Al fin, Gaspar la llamó a la cocina. — ¿Por qué no me dices de una vez lo que te molesta, Enna? Me estás crispando los nervios. Curiosamente, él parecía cómodo en la cocina forastera, sentado a la mesa, mirando tranquilamente el juego de luces del sol en la mesada y en el piso. Nita se las arreglaba para mantener la casa de la frontera perfecta, aún cuando ellos estaban en el castillo, o en la cabaña. Cassandra se dejó caer en la silla frente a él. Él le sonrió, tranquilizador. — ¿Y bien? — ¿Qué querían las esporinas de ti? — preguntó ella de un tirón. Él hizo una mueca. — Ah, ¿eso es lo que te preocupa? No es nada relacionado con el Trígono, Enna. Puedes quitártelo de la cabeza... Tal vez en el futuro... pero no inmediatamente. No te preocupes por ellas... — Pero, Gaspar... — Ellas querían que hiciera de juez. Necesitan un mediador imparcial en un asunto... inusual. — ¿Qué asunto? — ¡Kierenna, ino antulave ité! ¿Es que nunca dejas de preguntar cosas? Cassandra sonrió. ¡Se lo habían dicho tantas veces! Aunque nunca en el antiguo lenguaje. Gaspar se resignó a contestar. — Esta Puerta del Verano, varias de las estrellas del cielo mágico se reunirán sobre la Casa. La Casa es una de las constelaciones madre más amplias y difusas, tanto que la mayoría de los observadores suelen ignorarla. En este momento, el brillo de la

77 Casa va desde el Dragón hasta el Cazador, y para la Puerta, el Cazador quedará adentro de la Casa también. — ¿Eso es parte del Gran Signo? — ¿Gran Signo? ¿Ya has oído hablar de él, entonces? — Desde que el año empezó hemos estado recibiendo advertencias. Los centauros, Xanara en el lago... todas las criaturas del Trígono... Los Tenai me dijeron que en esta ocasión, los tres cielos, el del Interior, el de la frontera y el forastero tienen las mismas señales... Y que eso es un presagio poderoso. — Creo que no quiso decirte que para ti es un mal presagio. El Dragón declina en este signo, y tu eres la profesora Dragón, ¿recuerdas?. Cassandra sacudió la cabeza, como queriendo alejar la insinuación. — ¿Qué tiene que ver con las esporinas? — El Signo coincide con uno de sus ciclos de crecimiento... Tienen previsto un cambio importante... del cual no me está permitido hablar. — ¿Y por qué te llamaron a ti? — Porque soy más viejo que ellas, nada más... No te preocupes por ellas. Lo que ellas hagan no tiene nada que ver con el Trígono. Ella se resignó a aceptar lo que él decía. — Aún así, el Trígono corre peligro... — murmuró ella al cabo de un rato de mirar los parches de sol. — Ven, te lo mostraré... Mientras Gaspar la miraba, ella tomó la piedra blanca de su gargantilla y la desprendió. La sostuvo entre las puntas de sus índices, frente a Gaspar. Él la reconoció. Era una porción de la Piedra del Corazón, la última prueba que Zothar había puesto en el camino de Cassandra para convertirse en la Guardiana. Aunque era tan solo una pequeña parte de la piedra original, que según sabía, custodiaba el Anciano Mayor. La piedra comenzó a brillar con una luz blanca que no vacilaba. Gaspar se inclinó hacia ella, y apoyó los dedos en los otros lados de la piedra. El brillo se hizo más intenso, y los encegueció. De pronto, Gaspar se encontró en un lugar en el que nunca había estado antes. — ¿Dónde estamos? — susurró. — El Corazón del Trígono... Un lugar privado del Interior. — Ella estaba de pie ahora, y ya no era la forastera que él había conocido. Toda el aura de poder de la Guardiana brillaba en ella. La vio moverse hacia la derecha, y la pared de luz blanca se desvaneció para mostrar la reja de un balcón. Ella se apoyó allí, y Gaspar la siguió.

78 Estaban mirando el rincón de Zothar, en el Bosque. El cielo normalmente azul estaba negro, cubierto de espesas nubes de tormenta, y de tanto en tanto, la luz de los relámpagos mostraba el perfil del Bosque. Un trueno amenazador sonó a lo lejos. — Se está haciendo más fuerte, y será todavía peor... — dijo ella. — ¿Sabes lo que significa, no? — Atacará pronto. Este año, es seguro... Cassandra se volvió a mirarlo. — Cuando el Gran Signo destelle en todos los cielos... — dijo ella. Gaspar asintió. — De modo que has hablado con los Abba-Tenai... — Sí. Hice un Triegramma... A mi esposo no le gusta demasiado. — ¿El Triegramma o los Abba-Tenai? Ella hizo una mueca. — Ninguno. ¿Sabes por qué? Gaspar sonrió. — Sí. — Ella lo miró inquisitiva, y él dijo con tranquilidad: — Abba-Tenai no tiene problemas en sacrificarte para salvar al Trígono. Y usar un Triegramma puede ser muy peligroso para ti. Ninguna de esas cosas resulta tranquilizadora para él ¿no te parece? Ella sonrió a su vez, con una sonrisa triste, y volvió a mirar afuera, a la tormenta. — También tengo una pesadilla que se repite... Pero eso no es sobre el Signo. Es sobre la Maldición. — Tampoco te preocupes por ella. Es un viejo cuento, y con lo del otoño bastará... Cassandra suspiró. — A veces me pregunto si valdrá la pena intentarlo. Gaspar se acercó y la tomó por el brazo, curiosamente tenso. — ¿Por qué dices eso? Ella lo miró. — Esa... amiga que le envió saludos. Esas reuniones que tiene con el que venció a su maldición... No me dice lo que hace, y... yo no sé qué pensar... Esta vez Gaspar no reprimió la sonrisa. Ella hablaba de nuevo con voz infantil. — Estás celosa, — dijo. — Eso es bueno. — ¿Celosa, yo? No, yo no...

79 — Enna, eres peor que él. Más celosa y más posesiva que él. Si pudieras hasta filtrarías el aire que respira para que nada le llegara sin que tú te enteraras. Te conozco. — Ella hizo un ruido de fastidio. — Y te diré que eso es bueno. Estabas demasiado confiada, con esas escapadas al futuro que te haces. Demasiado segura... Ahora le prestarás más atención... en el presente. — ¡Qué tontería! — resopló ella. Gaspar se limitó a reír y se acercó a ella. — Créeme, el presente es lo único que en realidad tienes... El siguiente relámpago cayó demasiado cerca, e hizo estremecer a Cassandra. Gaspar la sostuvo y la retiró del balcón. La luz blanca se cerró tras ellos como una cortina. — Enna... Te ayudaré en cualquier problema que tengas, ya lo sabes... — le dijo de repente. — Aún cuando no nos afectase a nosotros... — Lo sé. Estás ligado al Trígono. — Había una especie de melancolía en la voz. — Y a ti, — dijo él. Y la miró a los ojos, sin pestañear. — Lo sé, — dijo ella sonriendo débilmente. Él la abrazó. — Lo sé... Las paredes blancas del mirador se habían desvanecido, y se encontraban de regreso en la casa. Cassandra estaba trabajando en los formularios que debía entregarle a Miriam. Gaspar la miraba desde el sillón en que se había instalado, perdido en sus propios pensamientos. Reina se lo había dicho. Las esporinas se lo habían repetido. El Signo en el cielo, en los tres cielos, empezaba a verse claro. El peligro era cierto, y por un momento deseó tener el poder de alejarlo de Cassandra. Lo que ella tendría que enfrentar... Sin duda, cuando se habían conocido en el claro del bosque, ella no tenía la fuerza. Después de compartir su magia con él, tampoco. Medio poder no alcanzaría. Pero le bastó para convertirse en la Guardiana. Hoy había comprobado cuánto había crecido, pero se preguntó si sería suficiente. Por mucho que Cassandra fuese su amiga, y por mucho que la quisiera, tenía una responsabilidad con el lado mágico. Y ella era la única herramienta que el Signo les dejaba contra el Cazador. ¿Qué pasaría si ella fallaba? Se repitió que era lo único que podía hacer, y se dijo de nuevo que tal vez era la única forma que ella pudiera sobrevivir. ¿Un ataque de la Serpiente y la Maldición de Zothar en el mismo año? No, sin duda era demasiado para una forastera. Siguió mirando a Cassandra por un largo rato, envuelto en una profunda preocupación.

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— Cassie... ¿Adónde vamos? — Estaba oscuro. — Necesito noctarias... — ¿Dónde vas a conseguir...? — ¡Sh! Casi llegamos. Es el lugar de la otra vez. ¿No te acuerdas? — ¡Auch! Sí. Recuerdo esta maldita piedra. Cassandra se rió en voz baja. — Sí. La última vez también te tropezaste en ahí... El cementerio de la iglesia estaba oscuro. No había luna que iluminara el camino. Cassandra no usó la varita, ni permitió que Alessandra llevara una linterna. Gaspar no había venido. Tenía otros asuntos, había dicho. Ellas se deslizaron entre las tumbas abandonadas por una calzada desierta. Sus pasos resonaban tétricos en el silencio. Finalmente alcanzaron un pozo medio derruido al otro lado de los edificios. — Es aquí. Sostén la cuerda con fuerza... No quiero caerme, — dijo Cassandra. Alessandra hizo una mueca. — Me siento como una violadora de tumbas, — dijo. — Será de pozos en todo caso. Esto es sólo un aljibe... Cassandra bajó por el pozo, casi hasta tocar el oscuro espejo de agua. Junto a un ladrillo suelto, cerca de la superficie del agua había un agujero, y en él, había encontrado las semillas de noctaria la primera vez. Así que bajó en busca de otra muestra. Estaba vacío. Su gemido de consternación subió hasta Alessandra allá arriba. — ¿¡Qué?! — gimió, aflojando la cuerda. Hubo un chapoteo, y un grito ahogado. Luego de unos tirones, Cassandra emergió completamente empapada, pero con una sonrisa. — ¿Estás bien? — preguntó Alessandra. — Sí. El primer hueco estaba vacío. Pero había otro hueco, unos ladrillos más abajo... No lo vi la otra vez. — Salgamos de aquí. No me gusta este lugar. Es fantasmagórico... — Sí, vamos a casa... El último día que Cassandra pasó en la frontera, Gaspar la llevó a un lugar especial. El viejo castillo estaba algunos kilómetros afuera de la ciudad. Gaspar condujo perezosamente hacia él. El camino era nuevo para Cassandra. El paseo, inesperado.

81 Entraron con los demás turistas, como si ellos también lo fueran. Pero en el momento en que su pie tocó el umbral, ella supo exactamente para qué estaban allí. El silbato anunciaba el arribo al Valle. Cassandra abrió los ojos. En sus rodillas, tres macetas de nomeolvides se balanceaban precariamente. Las miró extrañada. No recordaba cómo había llegado al tren, ni ningún momento del viaje. No había nadie con ella. ¿Dónde estaría Gaspar? Se sentía cansada y somnolienta. Bostezando y pestañeando trató de darse cuenta de dónde estaba ahora. El tren se detuvo. Ella estaba todavía mirando la pared cuando escuchó unos golpecitos en la ventanilla. Era Javan, y un poco más allá estaba Andrei. Les sonrió algo desorientada. — Ryujin envió un mensaje. Dijo que llegarías a esta hora... — Javan habló despacio, eligiendo con cuidado las palabras. — Andrei se ocupará de las cosas. — Ah... gracias... Cuida de mis plantas, An... — el resto se perdió en otro bostezo. Ella sacudió la cabeza. Andrei miró los nomeolvides con curiosidad, pero lo que preguntó fue: — ¿Estás bien? — Javan lo miró con el ceño fruncido. — Eh, sí... Bien... algo dormida todavía... — Cassandra se movía con lentitud. Javan le presentó el brazo, y ella se apoyó en él. — Gracias... Ella no habló mucho en el camino al castillo, y Javan no intentó que lo hiciera. Caminaba con los ojos casi cerrados, casi dormida, casi inconsciente. Había pensado que la caminata la despejaría. Ryujin se lo había dicho, sí. En la carta. Lo siento mucho por su esposa, Comites, ¡Qué fácil lo arreglaba!, pero que ella tiene que enfrentar es demasiado grande. Tengo que prepararla por su bien y por el del Trígono. Y el del mundo mágico... No había sabido qué pensar. El medio-dragón le decía que la había llevado a un antiguo lugar sagrado, donde la magia antigua que ella canalizaba se vería aumentada y reforzada. No decía por qué había decidido hacerlo. Explicaba que Cassandra estaría muy cansada por mucho tiempo, y que tendría que vigilarla. Javan resopló. ¿Qué otra cosa había estado haciendo desde que la conoció? Y sin embargo, cuando la vio en el tren, pálida y más desmayada que dormida... Parecía que no podía ni siquiera moverse. Se sintió preocupado.

82 — Javan... — Cassandra se había detenido al pie de las escaleras que llevaban a sus habitaciones. — Por favor, dile a Sylvia que venga cuando termine de cenar. Tengo algo para ella... — ¿No vas a cenar con los demás? — No, mi amor, estoy muy cansada, y quisiera recostarme... Pero tenemos que sembrar las noctarias esta noche. Él solo asintió con un gesto. Cuando volvió a bajar, acompañado por Sylvia, la encontraron dormida en la mecedora. Javan la sacudió con suavidad, y ella abrió los ojos con dificultad. Otra lánguida sonrisa le curvó los labios. — Bien, — dijo. — Vamos. — Cassandra, podríamos hacerlo mañana... — empezó Sylvia. Cassandra sacudió la cabeza. — No, — dijo. — Las necesito crecidas para mañana y floreciendo la semana que viene... Tengo mucho trabajo pendiente... Javan la miró intrigado. ¿cómo conseguiría noctarias crecidas para mañana? — ¿Te importaría venir, Javan? Necesito ayuda, – dijo. — Claro, — murmuró él. Se dirigieron al gran calabozo bajo el castillo, la enorme sala de tortura abandonada, ahora sellada, tapiada y prohibida a los aprendices. Cassandra se las había ingeniado años atrás para obtener la ayuda de Javan y guardar allí una explosiva colección de batilaris igneas, las babosas de fuego; y más tarde, para adoptar el glub que encontró en el pozo sin fondo. Era tan solo una larva del tamaño de un puño cuando ella y Kathy lo encontraron, pero lo cuidó y lo alimentó hasta que fue demasiado grande para su fuente, y tuvo que devolverlo al pozo. El mismo glub los había ayudado a buscar las Prendas robadas el año anterior, y así las había rescatado. El año anterior... Habían pasado tantas cosas, y aún así parecía que el tiempo corría tan lento. Sylvia sacó esos pensamientos de su cabeza. — ¿Qué es eso? — preguntó de repente. — ¿Qué? Ah, es un Triegramma. Es muy grande para la oficina... — No está abierto. ¿Por qué no lo abriste? — ¿Abrirlo? — Cassandra estaba sorprendida. — Es un diagrama tridimensional... te mostraré. — Sylvia avanzó hacia el dibujo, que estaba extendido sobre el potro como un mantel. Cassandra la siguió.

83 — ¿No deberías concentrarte en las noctarias? — preguntó Javan desde atrás. Parecía tenso. — Después. Ahora, observa: apuntas al centro con tu varita y sigues la línea principal diciendo: Tridimus apertis obli. Eso es todo. — ¿Cuál es la línea principal? — Cuando lo vayas a abrir, es la que se vea más brillante. Ahora es... Esta. Cassandra empezó a hacer como Sylvia le había indicado. Con un relampagueo, el dibujo empezó a abrirse en un estallido de color, pero la luz bajó y se oscureció pronto. — Estás muy cansada para hacerlo esta noche, Cassandra. Concéntrate en tus noctarias. — Extraño como pudiera parecer, Javan sonaba aliviado. Cassandra asintió. En realidad tenía dificultades para mantenerse despierta y en pie. Y lo que iba a hacer no era algo sencillo. Sylvia descendió al pozo usando la escala de seda que tenían para eso. Por supuesto, un pozo sin fondo no tenía un fondo que pudieras alcanzar (al menos con vida). Pero esta escala de seda permitía alcanzar la superficie del agua al final de las paredes de ladrillo. Había también una estrecha repisa donde uno se podía sostener. A ese lugar llegó Sylvia, apretando contra su pecho la cajita que contenía las semillas de noctaria. — Ya llegué, — gritó a la oscuridad. — Empieza. Cassandra asomada sobre el brocal, la oyó claramente. — Muy bien, — murmuró. Como había hecho en su cocina, allá lejos, desprendió la piedra central de su collar y la hizo flotar sobre la boca del pozo. Empezó a moverse alrededor de él, moviendo las manos y los brazos, girando de manera que siempre miraba a la piedra redonda. Se parecía a la danza de las esporinas, y era, sin embargo diferente; menos libre, más ritual. La piedra blanca comenzó a brillar con una luz similar a la de la luna. Luego de unos segundos, Sylvia gritó desde abajo: — ¡Está empezando, lo lograste! La piedra blanca simulaba una luna llena. A la tercera vuelta de Cassandra alrededor del pozo, la pequeña luna comenzó a menguar. La danza cambió de ritmo, más lenta, más pesada, más... Javan no supo si se trataba del cansancio de Cassandra, o el ritmo que la luna menguante le exigía a las esporinas, criaturas de las sombras y el plenilunio. La danza se iba enlenteciendo a medida que la falsa pequeña luna menguaba. Llegó a la media luz, y siguió menguando. Por tres veces más, Cassandra giró alrededor

84 del pozo, moviéndose cada vez con más lentitud. Al fin se detuvo. Javan se acercó a ella; la luna falsa todavía no era nueva. Cassandra apretó los ojos, y se apoyó en él. Y cambió al antiguo lenguaje. El esporinio no le respondería en la oscuridad. — Indokiro-loo, anna’tenn omaro indokiro... — repetía, en una voz que decrecía progresivamente, junto con la luz. Y la luz se apagó. Luna nueva. La voz de Cassandra casi no se distinguía de una respiración. — Indoki-anna, loo’tenn omaro... La frase había cambiado. La luna nueva nacía. El brillo en la falsa luna comenzó a aumentar una vez más, mientras Cassandra hacía un esfuerzo para hacer sonar su voz un poco más fuerte cada vez. Javan la sintió temblar, y la abrazó. Al cabo de lo que pareció un largo rato, cuando la falsa luna ya había pasado el creciente y se acercaba a la plena luz una vez más, la cabeza de Sylvia asomó por el borde del muro. — Por fin. Ella no hubiera resistido más, — dijo Javan enojado. Sylvia miró a Cassandra sorprendida. — Yo... Yo no pensé que... — Está bien, — dijo Cassandra. Simplemente extendió la mano y la Piedra del Corazón voló de nuevo hacia ella. — Sólo llévame a nuestras habitaciones. Una noche de descanso será suficiente. Sylvia, ¿qué pasó con...? — Las noctarias crecieron todo un mes allá abajo. Ya tienen botones, y llenan casi todo el pozo. Florecerán en dos o tres días... — dijo con calma. — Fue prefecto. Javan ya se la estaba llevando al cuarto. Ella no se preocupó de nada que no fueran sus brazos alrededor de su cintura. Después de eso, Cassandra durmió por dos días sin despertarse. En la segunda mañana, abrió los ojos y se volvió para darle un beso de buenos días a Javan, pero él no estaba allí. Gateó fuera de la cama, sintiéndose curiosamente vacía. Él estaba dormido en la mecedora. Parecía haber pasado la noche allí para no molestarla. Ella sintió de nuevo ese viejo sentimiento creciendo dentro de ella. No había manera de sofocarlo. Ni tampoco tenía sentido hacerlo. Se sentía rara, febril. Se acercó a la mecedora lenta y sinuosamente. Se apoyó en el respaldo, se inclinó y lo besó. Su respuesta fue clara y apasionada. Se había despertado. Sus brazos se estiraron para ceñir su cintura, y atraerla hacia sí. La mecedora siguió hamacándose un largo rato mientras ellos se besaban.

85 Más de la mitad de enero había quedado atrás, y la semana estaba a punto de terminar. Cassandra trabajaba en su patio. Orquídea negra trenzada con tallos de noctaria para formar el símbolo de la vida. Pétalos de nomeolvides y de siempreviva pegados a la trenza con sabia de hierba sol y ajenjo. El amuleto necesitaba ser secado en corriente de aire caliente, y luego ella debía probarlo. Pero... ¿Y si no funcionaba? Ella no quería lastimar a nadie. Cassandra movía las manos lentamente sobre la trenza, secándola con los fuegos de Arthuz. Pensaba... La puerta del salón se abrió de golpe. — ¡Profesora! — la llamó Norak. — ¡Necesito poción revertidora urgente! Cassandra se levantó con un mal presentimiento. — No queda más revertidora. Javan sabe que... — Miró al muchacho a la cara. — ¿Qué pasa? — Venga. ¡Rápido! — Los nervios le hacían perder sus modales. Él había sido siempre escrupulosamente formal con Cassandra. Ella lo siguió. La clase estaba congelada por el horror. Javan (o lo que quedaba de él) estaba sentado en una silla frente al escritorio. Parecía un cadáver viviente. — ¿Qué...? — Pociones envejecedoras... Estaba demasiado fuerte... — dijo Norak con voz ahogada. Cassandra aterrizó sobre sus rodillas, a los pies de Javan y le tomó las manos. Él la miró, pero sus ojos estaban cubiertos por una película blanquecina. Estaba ciego. Ella habló lentamente. — No hay más revertidora, tonto. Él murmuró algo ininteligible, pero apretó fuerte las manos de Cassandra. Ella frunció los labios y miró al suelo. En ese momento se dio cuenta que tenía el amuleto todavía en la mano. Ella no lo pensó dos veces. ¿Probarlo? ¡Más valía que funcionara! Apoyó la trenza contra el pecho de Javan, cubriéndola con las dos manos. Nadie vio lo que era. Murmuró algo en el antiguo lenguaje, pero nadie entendió lo que decía. Pero todos vieron el desello de luz casi azul, casi verde, y el efecto de inversión de la poción que se hizo de pronto visible. El cabello de Cassandra se volvió completamente blanco y recuperó su color, junto con el de él. La piel de sus manos se volvió apergaminada y arrugada, para inmediatamente recuperar su textura, igual que lo hacía la de él. Casi como si ella hubiera absorbido o canalizado el efecto de la poción. Pero ella no prestaba

86 atención a nadie más que a él. Lo miraba fijamente, murmurando, mientras él recuperaba su edad natural. Sus ojos recuperaron su color habitual, y pestañeó. — Gracias, — dijo él. Su voz sonó ahogada, pero normal. Ella se levantó. — No lo vuelvas a hacer, — le dijo, furiosa. Y lo besó delante de toda la clase. — O te mataré personalmente... La trenza que ella tenía en las manos era ahora irreconocible. — Está inservible ahora, — gruñó. — Tendré que empezar de nuevo. Y sin embargo, había un claro tono de satisfacción en su voz.

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Capítulo 9. El lugar en la Frontera.

Y febrero comenzó. En los invernaderos, la hierba sol florecía destellando en sus macetas, mientras las orquídeas negras colgaban del techo en cestos adecuados para ellas. Las noctarias estaban todavía en el pozo sin fondo, y Cassandra mantenía los nomeolvides y las siemprevivas en su patio cerrado, el que usaba como oficina. Las plantas continuaban floreciendo fuera de estación, porque estaban siendo regadas con unos preparados de floración continua diseñada por Dríel. El sistema funcionaba a la perfección. En cuanto a las clases, Cassandra guardaba sus aparatos forasteros arriba, en el salón de los Viajeros, hasta que Javan se rindiera. Ella había esperado que lo hiciera antes, pero cuando volvió del Valle, la interminable discusión por el extracto de belladona siguió como siempre. Él declaró que se las arreglaría sin él. Cassandra se encogió de hombros y abandonó la discusión. De todos modos, tenía demasiado trabajo. Hoy nevaba. Era tal vez la última nevada, y Cassandra miraba melancólica cómo la claraboya se iba cubriendo con un manto blanco. Una sensación de incomodidad la había estado invadiendo desde diciembre. Y cada vez que la pesadilla volvía, el veinte, o el veintiuno de cada mes, la sensación se incrementaba. Había algo allí afuera, y ella tenía que salir a buscarlo. Hoy era veinte. La pesadilla no tardaría en aparecer. Al atardecer no soportó más la inquietud. Si no salía del castillo iba a empezar a gritar. Así que convenció a Javan de llevarla a ver a Kathy. — ¿Por qué quieres ir justo hoy? — gruñó él, tomando la escoba. Ella sonrió, feliz. — Falta solo un mes para las vacaciones, y... — Y justo hoy. Está nevando. Nos vamos a congelar. — Él no la escuchaba de todas maneras, así que ella se calló. Montó tras él, abrazándolo fuerte, envuelta en una capa de piel gris. Él pateó el suelo y despegaron. El viejo juego de hacer saltar la escoba para molestarla seguía estando allí. Ella asomó un poco la cabeza y lo besó en la oreja. — Lo hago de nuevo si vas suave... — le susurró. — Si no, te muerdo.

88 Él detuvo la escoba en medio del aire. Ella lo pellizcó, balanceando los pies en el vacío. — Déjame pensarlo, — dijo él. La escoba comenzó a caer, perfectamente horizontal. Ella cerró los ojos con fuerza y lo apretó. — ¡Por favor! — gritó. El volvió la cabeza y la besó. — Está bien. No jugaré, — dijo, y arrancó de nuevo con un vuelo suave, controlado y perfecto. Cassandra pasó un rato haciendo deberes con Kathy en la cocina. Ada y Javan conversaban en el living. Después de eso, tuvieron una especie de picnic frente a la estufa. Kathy estaba feliz. Tanto, que decidió que quería bailar. Así que apartaron la mesa, despejaron el espacio, y Kathy se paró en medio de la habitación, mirando el suelo por unos momentos. Luego, levantó los brazos y comenzó a bailar. No se parecía a nada que hubieran visto antes. Era una danza totalmente inventada. Pero en su intuición infantil, Kathy dibujaba los símbolos arcanos, apenas esbozados en el movimiento de las manos y de los pies. Cassandra reprimió un estremecimiento. La niña no podía saber lo que estaba diciendo en su danza. Pero ella podía leer los signos. Arriesgó una mirada a Javan, pero él observaba embelesado a su niña. No contaba con el Vigía para esta tarea. Miró a Adjanara, pero Ada se limitaba a sonreír. Ella tampoco leía nada anormal en ese aletear de palomas que Cassandra veía en las manos de Kathy, ni escuchaba nada en el susurro de la ropa de la niña al moverse. Pensó que estaba imaginando cosas que en realidad no estaba ahí. Pero una y otra vez, en cada una de las evoluciones de la niña en la habitación, ella volvía a detectar los viejos signos. Miró a Kathy, y en un momento, su mirada se cruzó con la de la niña. Un destello apenas, pero creyó ver los ojos de la bruja fénix otra vez. Prestó más atención. Tierra. El salto y la inclinación se le antojaban la siembra y el crecimiento de una semilla. Aire. Ese peculiar balanceo de los brazos... Fuego. Giraba cada vez más aprisa, y la serie de inclinaciones le dijeron a Cassandra que ese fragmento era una proto-danza del fuego. No estaba completa... pero se podían distinguir los elementos principales. Agua. Los últimos giros eras más suaves, acompasados. Luego de girar y arder en un frenesí, llegaba la calma. Un vaivén suave, y un giro etéreo, y la danza acabó en algo que a Cassandra se le antojó la lluvia cayendo sobre la tierra sedienta.

89 Cassandra disimuló su desazón aplaudiendo y tendiendo los brazos a la chiquilla. Kathy la abrazó como siempre. Sus ojos eran exactamente los de una niña de seis años. Pero el mensaje de Kathara había sido entregado. Se quedó con ella hasta que la nena se durmió. — Realmente tuviste una buena idea, — dijo Javan cuando estuvieron de nuevo a solas en el castillo. Se oía satisfecho. Cassandra lo miró meterse a la cama. Ella también se sentía bien. La impresión que la danza le había causado... Bueno, podía esperar a la mañana. El Libro de Inga tendría algo que decir a ese respecto seguramente. Se acurrucó contra él. — Todavía tienes esa quemadura, — susurró ella luego de un rato. La tenía desde el hechizo revertidor contra la poción envejecedora. La única solución que habían encontrado había sido ordenarle a Zerhan que hiciera todas sus pociones diluidas a la mitad. Siempre hacía sus pociones demasiado fuertes. — Tuve suerte que funcionara, C’ssie, — dijo, y cuando la besó pudo sentir sus labios curvándose en una sonrisa. — ¿Qué? Había enderezado la cabeza para mirarla. Ella lo miraba con una expresión extraña. — Nada... — dijo ella. La volvió a besar. — C’ssie... — dijo él un rato después. Ella estaba casi dormida entre sus brazos. — ¿Mm? — Quisiera que tomaras esto conmigo... — Ella sintió su mano correr por su espalda, lenta e insinuante. — ¿Qué cosa? — preguntó, empezando a despertarse. — Poción intercambiadora... Quisiera saber cómo te sientes cuando nosotros... Ella estaba alerta ahora. Lo miró con atención. Una vaga sonrisa empezó a dibujarse en su cara. Se estiró sobre él hacia la mesa, rozándolo deliberadamente con todo su cuerpo al hacerlo, y tomó la botellita del cajón. — ¿Es ésta? — preguntó, todavía sobre él. Él asintió con los ojos brillantes. Ella la destapó con los dientes y bebió la mitad del contenido. Luego se la pasó, dejándole lugar para enderezarse lo suficiente para beber. La botellita vacía rodó sobre las mantas cuando ella lo besó otra vez. Fue la más extraña de las noches. Las emociones y sensaciones conocidas, sus propias emociones y sensaciones cambiaron de repente cuando la poción empezó a

90 actuar. La fuerza de su pasión la golpeó y la sobrepasó cuando la experimentó por dentro. Era un mundo distinto. Sus sensaciones, sus vivencias eran extrañas, ásperas, violentas, fuertes... Casi no sabía lo que hacía. Pudo entreverlo cerrando los ojos y sonriendo, y supo lo que él sentía. Podía experimentarse a sí misma besando y siendo besada, acariciando y siendo acariciada, abrazando y siendo abrazada... Un sentimiento penetrante, casi desgarrador, creciendo dentro de ella le hizo perder el aliento, y la siguiente ola de emociones les hizo perder por completo el control. Fue la más extraña de las noches, y al final, se durmieron juntos, abrazándose más fuerte que nunca. El sueño había cambiado. Era la pesadilla otra vez, y no era la misma. Estaba en una habitación llena de espejos, que la reflejaban oscuramente, y no era ella, sino Javan. Aún dentro del sueño recordó la poción intercambiadora. Los reflejos la miraban con ojos rojos. Ella retrocedió asustada. Los reflejos, no. Avanzaron hacia la luna y la alcanzaron. Cuando estaban a punto de alcanzarla el sueño cambió. Estaba huyendo de una multitud de Javanes de diferentes edades en un bosque oscuro. Su propia pesadilla. Abrió los ojos, jadeante, completamente despierta ahora. Luego de un momento, tanteó en busca del brazo de Javan, y lo escuchó respirando de forma irregular. — ¿Pesadilla? —preguntó. Él hizo un ruido vago. — No me dijiste que tú también tenías pesadillas, — le dijo. Se había sentado en la cama, y él le deslizaba la mano por la espalda, tratando de hacer que se acostara otra vez. Ella se reclinó de costado, mirándolo. Sus ojos aparecían ausentes, aunque sus manos no. — Basta. Quiero una respuesta, — dijo ella. Él enfocó la mirada en ella. — Tuve ese sueño dos veces. El día que te fuiste, y el día que trajiste las noctarias. En el sueño ellos se unen, se funden en uno, se transforman en ti y tú me asesinas. — Yo nunca... — Lo sé. Es sólo un sueño. Ella apoyó la cabeza en su hombro y pasó el brazo sobre su pecho. Él la acarició una vez más antes de decir quedamente: — Trata de dormir ahora... Cuando se despertó la siguiente mañana, se sentía descompuesta. Se tiró afuera de la cama y corrió a la pileta.

91 Se había apoyado en el borde, todavía tratando de respirar, cuando Javan la alcanzó. La sostuvo firme, con manos frías y continuó sosteniéndola hasta que el ataque pasó. Incluso le lavó la cara y las manos y la llevó de vuelta a la cama. — Yo no... No quería que tú vieras... — murmuró ella. — ¿Qué? ¿Que a fin de cuentas eres un ser humano normal? A veces te enfermas, como el resto de nosotros... — dijo él. Ella estaba de un feo color gris, y empapada en un sudor frío. Él le secó la cara con una toalla, y esperó a que se volviera a dormir. El reloj de arriba y el sonido de las clases que comenzaban la volvieron a despertar. El malestar había desaparecido por completo. Se encogió mentalmente de hombros mientras se levantaba y se vestía. Fue arriba a la cocina en busca de alguna tostada olvidada y algo de té. Estaba decidido. Ya sabía lo que tenía que hacer para acabar con las pesadillas. — ¿C’ssie? ¿Estás bien? Ella detuvo el tenedor a mitad de camino y levantó la vista. — ¿Por qué me lo preguntas? Estoy bien, — dijo ella, bajando el tenedor y enderezándose. — Esta mañana... — Él parecía preocupado. — Trabajé en la biblioteca toda la mañana después de eso. Tres proyectos diferentes para el próximo semestre. — Ella volvió su atención al almuerzo. — ¿Qué pasó esta mañana? — preguntó Andrei. — Me sentí mal, — dijo ella encogiéndose de hombros, y sin darle demasiada importancia al asunto. Andrei la miró, y luego a Javan, y de nuevo a Cassandra. Una curiosa sonrisa apareció en su cara. Los ojos de Javan centellearon. — ¿No creerás...? — empezó. Él también miró a Cassandra. Ella dejó de comer y los miró a los dos. — ¿Qué? No... No, no. Tenemos muy poco de casados. No podemos... — Oh, vamos. Eres una mujer adulta. Sabes que basta una vez para tener un bebé, — dijo Andrei encogiéndose él también de hombros. Pero todavía la miraba con una sonrisa divertida en la cara. — No, — dijo ella. — De ninguna manera. — C’ssie... — dijo Javan tratando de tranquilizarla. Sus ojos todavía brillaban.

92 — No me toques. Ya tuve suficiente de ustedes dos, — dijo ella, dejando la mesa muy alterada. — ¿Qué le pasa? — gruñó Javan, perplejo. — Yo que sé. Es mujer, — se encogió de hombros Andrei. Javan no pudo encontrar a Cassandra esa tarde. Cuando uno de los aprendices de ella bajó a la biblioteca de abajo fuera de turno, se dio cuenta que algo iba mal. Interrogó al muchacho, y le dijeron que ella había suspendido sus clases de esa tarde. ¿Todas? Sí, todas, las tres... ¿Y donde está ella? No lo sé, comites, no lo sé... Norak se hizo cargo de la clase, y él subió a buscar al Anciano Mayor. Pasaron por Andrei, y Drovar se hizo cargo de la clase de arriba. Los tres salieron en busca de Cassandra. Era casi dos luces cuando al fin la encontraron. Ella estaba sentada en un barranco desnudo, mirando el bosque allá abajo, y las ruinas del castillo más allá. Ruinas... Era el otro lado, y a la vez no lo era. El terreno era pedregoso y polvoriento, y la helada no evitaba que el viento levantara el polvo en pequeñas nubecillas. Una franja de luz color miel escapó por entre las copas de los árboles, y cruzó el suelo unos pasos delante de ellos, separándolos de Cassandra. La imagen se difuminó, y las ruinas a lo lejos, volvieron a ser un castillo. Era el lado mágico, y a la vez, no lo era. La luz cambió de color. — ¡C’ssie, por fin! ¿Estás bien? ¿Por qué no...? — Javan se interrumpió. Había empezado hablando alto y rápido, pero la extraña expresión en la cara de ella no le permitió seguir. — ¿Estás bien? — repitió con más suavidad. Ella tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando, aunque no había rastros de lágrimas en su cara. — Sí... — dijo ella en voz baja y ahogada. — Lo encontré... — ¿Qué encontraste? ¿Qué estás haciendo aquí? — Él la había alcanzado. Los otros se quedaron un poco más atrás. — La línea de la frontera. El verdadero límite... —susurró ella. — Tú no lo ves ¿o sí? Javan miró alrededor. — No, — dijo lentamente. Se había arrodillado frente a ella. Ella pestañeó y lo miró.

93 — He estado pensando, toda la tarde... Y estuve observando esta frontera... La vi temblar y moverse cuando ustedes se acercaban... Maestro, ¿usted puede verla? — No, Cassandra. Nunca he sido capaz de ver la frontera, — dijo el Anciano. Javan lo miró. — ¿Usted sabía de esa cosa? Pensé que solo era otra de sus historias... — No. Hace años que sé de ella, — dijo el Maestro. — Siempre pensé que no debería existir... Cassandra lo miró y sonrió. — Lo mismo yo, — dijo. — Déjame mostrarte, querido. Mira por mis ojos. Ella había gateado hacia él, y se arrodilló a su espalda. Cerrando los ojos, cubrió los de Javan con sus manos. Luego abrió lentamente los suyos. El color de los ojos de él destelló un momento en los de ella. Dio la vuelta lentamente, siempre cubriendo los ojos de Javan. Él tomó aire ruidosamente cuando ella miró la línea de la frontera. — Ahora la ves, — dijo ella, — como yo la veo... Andrei, ¿Puedes verla tú? Él respondió con lentitud. — Veo un cambio de luz y color. Más opaco allá, y más brillante de este lado. — Sí, lo es. Allá es el lado forastero. Yo podría desaparecer allá, y no me encontrarían jamás, ni con todos los rastreadores del mundo mágico... La otra vez me quedé demasiado cerca... En la zona intermedia... No, ni siquiera Vlad me podría encontrar del lado de allá... — ¿Qué Vlad? — preguntó Andrei. Javan dio un respingo. — El murciélago. Javan lo envió tras de mí hace un par de años... Javan había tomado las manos de Cassandra y los nudillos se le pusieron blancos por la presión. Tiró de los brazos de ella y se envolvió en su abrazo. — ¿No estarás pensando en huir otra vez? — preguntó, tenso. — No lo he decidido, — dijo ella con voz opaca. No había burla; estaba hablando en serio. Él la apretó un poco más. Ella lo miró sin una queja. — Sabes que elegiré lo mejor para todos nosotros... Lo mejor para ti, para todos ustedes... Siempre. Él aflojó un poco las manos, y acarició las marcas rojas que había dejado en las muñecas de ella. — ¿Para qué vino aquí, Cassandra? — preguntó el Anciano cono voz tranquila. — Necesitaba encontrar este lugar... Necesitaba recordar algo...

94 Ella calló unos momentos. Ellos no quisieron romper el silencio. El sol había desaparecido bajo el horizonte, y los últimos rayos rojos eran fríos. — ¿Qué querías recordar? — preguntó Javan finalmente. Cassandra apoyó el mentón en su hombro. — Una historia que escuché hace tiempo... En el principio, decían que el universo era solo pensamiento... Muchos pensamientos, puros y transparentes como cristales... Había uno en particular, una idea más grande y maravillosa que las otras, un cristal enorme, blanco, brillante... y otro, tan grande y maravilloso como él, pero hecho como de fuego... Aunque tal vez esa comparación no sea la adecuada... Creo que representa la energía vital, el deseo o la posibilidad de hacer... y el cristal blanco, la esencia de lo que existe... No estoy segura... Cuando el cristal de fuego se unió al cristal blanco, ambos estallaron en pedazos, miles de pedazos... Algunos de ellos cayeron de este lado, y otros, del otro lado de la frontera... Dice la historia que los pedazos de los cristales, un poco de cada uno, se transformaron en las almas de los hombres. Me dijeron que los pedazos de cristal siempre se están buscando unos a otros... Y que cuando algo les impide unirse, vuelven a caer a la tierra una y otra vez hasta encontrarse... — Es una bonita historia, Cassandra, — dijo el Anciano con suavidad. Javan la miraba, tratando de leer sus pensamientos. — ¿Qué es lo que querías recordar, Cassandra? ¿Esa historia? — preguntó en voz baja. — No, no la historia... Trataba de recordar si la frontera siempre estuvo aquí... — ¿La frontera? Ella asintió lentamente, mientras su mirada volvía acariciar la invisible línea. Javan la sintió apoyarse sobre sus hombros. — Cuando llegué aquí hace cinco años pasé por otro lado, no por este... punto. Pero no logro ver si la frontera también estaba aquí hace mil años... — ¿¡Hace mil...?! — empezó Andrei. Javan lo calló con un gesto. Habló en voz muy suave. — ¿Cómo podrías recordar dónde estaba la frontera hace mil años? — susurró. La voz de Cassandra fue todavía más suave cuando respondió. — Fiona recibió las Joyas en la frontera... En este mismo lugar... Yo... a veces puedo escuchar sus recuerdos... La vibración de su cristal... Si la historia es cierta... Estaba tratando de hacer que mi cristal vibrara con el suyo... para escuchar sus

95 recuerdos ¿sabes? Aquí escucho el eco de la voz de Hoho cuando le dio la Joya de Fuego... Antulave Ikinua, tannen kemir... Aquí te traigo el Fuego, esposa de Ikinú... Sí, creo que fue en este lugar, a esta misma hora... ¡Qué lejos que están...! Cassandra había cerrado los ojos ahora. Javan miró al Anciano y a Andrei con el ceño fruncido. El Maestro asintió ligeramente. — Vámonos a casa, Cassandra. Está haciendo frío. Cassandra pestañeó un poco, confundida. Miró a su alrededor extrañada. — Vámonos a casa, — repitió Javan. Ella asintió. En el suelo, en el lugar en que ella había estado sentada, quedaba un ramito de nomeolvides, atado con un tallo de noctaria, marcando el camino encontrado, temblando levemente en el viento frío.

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Capítulo 10. Las Joyas de Nadie.

Ni Cassandra ni Javan pudieron dormir esa noche. La sintió moverse y volverse a un lado y al otro. Trató de abrazarla para clamarla un poco, pero ella le dio la espalda, y siguió removiéndose por horas. Al fin él se durmió. Ella se despertó sintiendo sus manos deslizarse por su cintura como cada mañana. Se desperezó sensualmente y se dio la vuelta para verlo, todavía medio dormida y con los ojos entrecerrados. Las manos se escurrieron bajo el camisón. Ella lo acarició con los pies. Él había tironeado del camisón hacia arriba, enredándole las manos sobre la cabeza con él. Ella sonrió, pero él se detuvo bruscamente. Ella abrió los ojos. — ¿Qué es esto? — preguntó él. — ¿Qué?... Ah, lo olvidé. No se suponía que lo vieras... — Pero lo estoy viendo. ¿Cómo te hiciste esos cortes? — exigió él. Cassandra tenía cuatro marcas en el cuello, cerca de la garganta, como un collar de sangre, justo bajo la gargantilla de la Guardiana. Ella no contestó. Sólo rodó a un lado y volvió a ponerse el camisón, cerrándolo hasta el cuello. — Será solo por unos días... Hasta la Puerta de la Primavera... — trató de decir, pero Javan quería una respuesta. — No. Estoy realmente cansado de esto, Cassandra. Exijo saber qué estás por hacer. Ella apretó los labios y se levantó silenciosamente. — Cassandra. Te fuiste en el otoño y nunca me dijiste adonde. Lo acepté. ¿Ahora te vas por un solo día, y vuelves con esas marcas? Solo la magia oscura produce heridas como esas... Cassandra golpeó la mesa con las manos, haciendo saltar las tazas y los platillos del desayuno. Él la había seguido al patiecito. — No es magia de la oscura, — dijo. Javan la retuvo por los hombros. — ¿Qué es entonces? — preguntó escudriñándola con la mirada. Ella cerró los ojos y bajó la cabeza.

97 — Está bien, —dijo en voz baja. — Te lo diré... Esperó a que el agua hirviera y el té estuviera listo. Sólo cuando tuvo la taza caliente en las manos empezó a contarle, muy suavemente. — Arthuz ya nos había dicho que había que buscar las verdaderas Joyas, hace tiempo ¿recuerdas? Él la miró interrogante. Ella hizo un gesto vago. — En el Interior, cuando me encomendaron que restaurara la Puerta del Bosque... — Él asintió. Ella continuó. — Las Joyas... No sabía por donde empezar, de verdad. La víspera de la Puerta del Otoño encontré a Nero en el bosque. Me dijo que le preguntara al hombre-dragón... Pensé que sólo podría estar hablando de Gaspar, así que me fui. Fui a verlo, y logré que me contara la historia de las Joyas. Había visto algo en la mirada de Gaspar cuando habló con Zothar el año pasado, y conocía la historia pero a medias... Y pensé que había llegado el momento de averiguar la verdad... — ¿La verdad sobre qué? — La historia de las Joyas, la que conté al principio del año. ¿La recuerdas, no? — Por favor, refresca mi memoria, — pidió él. Cassandra suspiró. — Bien... Gaspar y Fiona se encontraron en el bosque, de la misma manera que él y yo nos conocimos. Sólo que no había Althenor en aquel entonces. Fiona cruzaba la frontera de vez en cuando. Creo que ni siquiera sabía lo que hacía. Era una personafrontera, ni totalmente forastera, ni completamente bruja. Los del pueblo de ella la creían una loca... En fin, conoció a Gaspar y se hicieron amigos. Ella le hablaba de pájaros y él de plantas. Un día, Zothar los siguió y la vio a ella. Los espió mucho tiempo, porque se sentía atraído por Fiona. Creo que se sentía celoso de Gaspar también. Hasta que un día hubo un accidente. Gaspar no me dijo exactamente lo que pasó, pero Fiona resultó herida. De alguna manera, fue Zothar y no Gaspar el que la salvó, y ella se enamoró de él. Gaspar nunca se lo perdonó a Zothar. Él y Fiona se casaron y vivieron en el bosque un tiempo, pero Zothar no podía seguir con la doble vida, el Trígono y Fiona... Así que buscó una solución, y se la llevó al castillo... — ¿Una solución? — Zothar usó una variación de un antiguo encantamiento para compartir el poder, su propia magia, con su esposa. Pero hubo un error. El encantamiento requiere de un mediador. Y Zothar... eligió a alguien del lado oscuro. — ¿A quién? ¿La Dama de blanco? Cassandra sacudió la cabeza.

98 — Eso hubiera sido afortunado, créeme. No tenía de donde elegir, necesitaba a alguien poderoso, y llamó a uno de los Horrores de NingunaParte. Javan la miró helado. Un Horror común era mala idea, pero uno de los de NingunaParte... Era terrible. Los primeros de los horrores, los más terribles y ancestrales de los demonios de un elemento... ¿Cómo había podido hacer algo así? Ella continuó. — El Horror actuaría como guardián del pacto, y al cabo de un año, regresaría a reclamar su pago. Supongo que Zothar pensaba conformarlo con alguna cosa... Sangre, un sacrificio, o dilatar el compromiso hasta que pudiera engañar al Horror de alguna manera... » Gaspar me dijo que había habido un cambio en Fiona, pero no sé hasta dónde creerle. El Horror pudo muy bien contaminar la porción de magia que era para ella... Pero Gaspar tampoco es imparcial. Todavía lamenta todo el asunto... » Cuando Gaspar volvió, los encontró en el castillo. El Trígono era muy joven todavía, demasiado joven para prevalecer ante una amenaza de ese tipo. Gaspar temía que el Horror quisiera apoderarse de todo el Interior... O de Fiona. Así que ideó con Reina todo el asunto de los Guardianes... La Guardiana. Plantó la idea en forma de sueños en los Tres, y también en Scynthé... que es la más sensible, y según Gaspar la que podría haber arruinado su plan. — ¿Y las Guardianas qué tienen que ver con esto? — preguntó Javan. Estaba escuchando con toda su atención. Las historia era mucho más complicada que al principio, cuando ella la contó por primera vez. — Se suponía que Fiona sería la primera de las Guardianas. ¿No lo ves? La única forma en que ella hubiera podido quedarse hubiera sido canalizando el poder ajeno, como yo. Así que con Reina... No sé cómo lo hicieron, y no sé de dónde salieron las Joyas... Pero Gaspar y Reina las consiguieron y las trajeron aquí. Se suponía que las iban a entregar a los Tres y a Scynthé, para que ellos eligieran a Fiona. Zothar no sería problema... Y los otros no eran demasiado difíciles de convencer. No sospechaban nada. Pero cuando Gaspar llegó con las Joyas, el Horror ya se acercaba, y... bien... No podía esperar. Entregó él mismo las Joyas a Fiona, en el lugar que fuimos ayer. Los Tres y Scynthé se enojaron mucho con Gaspar, pero al final él logró convencerlos que era lo mejor, sin delatar el secreto de Fiona y Zothar. El demonio estaba cerca, pero las Joyas lo detuvieron un tiempo... Casi un año. Al final, el Horror envió emisarios para robar las Joyas.

99 — ¿Emisarios? — Criaturas de un elemento, creo. Del lado oscuro de NingunaParte... — ¿Y esas cosas entraron en el Trígono? — Javan estaba atónito. — No lo sé. Por algo los Tres no los admiten aquí, ¿no te parece? La cuestión es que las Joyas fueron robadas, las cuatro en la misma noche, y Fiona murió en las mismas puertas del castillo, a la mañana siguiente. El resto lo recordarás... — Las Prendas... — Son sustitutos de las Joyas robadas. Como el collar de la Guardiana. Un símbolo del poder perdido... — ¿Y tu viaje? — Fui hasta NingunaParte. Hacia el norte, lejos, muy lejos, y después del último glaciar, puedes encontrar una pequeña depresión y un agujero. Si te arrastras por él, cada vez más profundo, llegas a NingunaParte. Me encontré con Nadie, que me dio la primera de las Joyas, y me indicó cómo llegar al siguiente NingunaParte... Hay cuatro de ellos, uno en cada punto cardinal. Encontré un Nadie en cada uno, y cada uno de ellos me dio una de las Joyas perdidas. — Así que decías la verdad... Cassandra sonrió. — Nunca te mentiría... — ¿Hubo algo de magia prohibida en esto? Ella sacudió la cabeza. — ¿Y la hikiri? ¿Para qué fuiste ahí? — Fui sólo porque estaba cerca... Quería ver como estaba... Pero tuve que luchar con los guardias... hasta que llegó ella. Dijo que había pagado su deuda, y que no tenía nada que reclamarle. Le dije que no le estaba reclamando nada, que solo había ido a ver si todo estaba bien... Y entonces me dio el huevo para Andrei. ¿Por qué crees que...? — Creo que es un trofeo para su Vara. — ¿Como los bebés de Joya en la vara de Kendaros? No entiendo ese tipo de regalos. Javan sonrió y se encogió de hombros. Se sentía mucho más tranquilo que una hora antes. El desayuno debía estar empezando arriba. — ¿Y lo de ayer? Y esas marcas... — dijo sin embargo. Ella lo miró, pero no intentó eludir la respuesta. También debía sentirse aliviada.

100 — Antes de volver a la cabaña oculté las Joyas, — dijo ella. — Sabía que no podía llevar esas cosas encima sin que se notara. La Esmeralda de Agua la escondí en la cascada de los unicornios... y tú viste los destellos cuando toqué el agua, el día del picnic... El Rubí de Fuego estaba en uno de los lugares de Arthuz, en el bosque. El Zafiro del Viento lo escondí en una de las torres deshabitadas, cerca del ala norte. ¿No escuchaste quejarse a Bjrak del viento? — No, pero vi los destellos cada vez que te acercas demasiado allá. Ella asintió gravemente. — Y el Topacio de Tierra lo escondí en el jardín de Ingelyn y Scynthé. El jardín de la Amistad. Ayer los fui a buscar a todos, y los escondí en mí misma. Ella se levantó. Caminó hacia el centro del patio y movió las manos. El fuego de la estufa rugió y se levantó, y el agua de la fuente saltó hacia arriba, entusiasta. Una brisa helada entró por la claraboya y movió su camisón. Las espirales en el suelo destellaron un momento, y Javan pudo ver las Joyas brillando en su cuello a través del camisón. — Ahora, — siguió ella, — debo devolverlas a los señores de las Ramas... Pensaba hacerlo en la Puerta del Verano, antes de nuestro aniversario... Pero las pesadillas... — No esperes a la Puerta, — citó Javan. — Voy a hacerlo en la Puerta de la Primavera, cuando comienzan todos los ciclos. Las insinuaciones de Andrei me convencieron. — ¿Andrei? — Javan se enderezó, en tensión. — Sí, — dijo ella mirando al piso. — Tú y él insinuando que podría estar... — Y miró a Javan directo a los ojos. — Si hay un bebé, no permitiré que le pase nada. — Tampoco yo, — dijo él, acercándose a ella. — Ni a él ni a ti. — Iré a la frontera en la Puerta... al lugar donde Fiona recibió las joyas, y las devolveré a los señores de las Ramas, — dijo. Él solo la abrazó, deseando poder retenerla allí, protegida para siempre. — ¿Vendrás conmigo? — preguntó. — Iré contigo, — dijo él. El reloj de arriba sonó, llamando a todos a sus tareas. Faltaba exactamente un mes para la Puerta de la Primavera. El día de la Puerta de la Primavera Cassandra se levantó en silencio antes del amanecer. Deslizó una almohada en su lugar de la cama. Javan gruñó en sueños y puso

101 el brazo alrededor de ella aún antes de que ella tuviera tiempo de dejar el cuarto. Lo miró y se sonrió. Por supuesto, ella recordaba perfectamente bien que le había pedido que la acompañara, pero la noche anterior lo había pensado mejor. El día sería largo y agotador. Nita le llevaría una merienda al lugar en la frontera, y quizá Javan se les uniera más tarde... Si no decidía ir con Lyanne al Interior. Hacía tiempo que no usaba la entrada de los muchachos. Así que tomó la capa de piel gris que él le había regalado, y se fue sin hacer ruido. La Danza de la Tierra estaba prevista para el amanecer. Como Kathara le había indicado: primero la tierra, como una semilla que despierta a la vida junto con el sol. Las estrellas todavía brillaban cuando ella llegó a la pendiente rocosa. Buscó un refugio más resguardado, y encendió una fogata. Luego caminó hacia la cima, y se detuvo justo en la línea que dividía los mundos. Dibujó un círculo con la varita de los Tres. Un círculo de Tierra. Luego sostuvo la varita en equilibrio sobre su palma. Las tres hebras de color, y el etéreo hilo de Scynthé se separaron hacia los cuatro puntos cardinales y se clavaron en el suelo como extraños tallos de colores. Podía ser el Trígono, pero las Joyas eran cuatro. Cassandra se paró en el centro, esperando al sol. Se quitó la capa y la envió al refugio. Traía su vestido amarillo con lentejuelas. El viento frío la envolvió y ella tembló. Y la primera luz dibujó líneas amarillas en el suelo. La danza comenzó. No había nadie observando, pero si lo hubiera habido, seguramente hubiera pensado que era muy similar a la danza del año anterior, en el vestíbulo del castillo al amanecer, como hoy. El sol se levantó, lento y majestuoso sobre los árboles. La neblina le daba sombras rojizas que se reflejaban en las lentejuelas del vestido de Cassandra. Chispas de luz tocaban las rocas cercanas, y los árboles, más lejos. Un giro, una inclinación, y otro giro. La luz jugaba con la bailarina en dulces toques y rápidos relámpagos, y la danza continuó hasta que el sol fue un círculo completo sobre los árboles. En ese momento, la hebra cobriza se convirtió en una columna de luz. Saliendo de ella, apareció Ingelyn, señora de la Rama de Cobre. Cassandra le hizo una reverencia y se acercó. El relámpago de luz, y el subsiguiente dolor la dejaron inconsciente unos minutos. Cuando Cassandra volvió en sí, estaba helada. Se arrastró hasta el refugio, y, envolviéndose en la capa de piel, se acurrucó junto al fuego y volvió a dormirse.

102 Cuando Javan la encontró, todavía dormía. La sacudió, y ella abrió los ojos. Ella sonrió. — Creo que me dormí de nuevo mientras te esperaba, — dijo, sentándose. — ¿Trajiste comida? — ¿Por qué no me despertaste? — preguntó él. — El día será largo... Tengo hambre, — dijo ella con tono infantil. — Está bien. Vamos a comer. ¿Estás segura que estás bien? — dijo él. — Estoy perfectamente... hambrienta. ¿Qué trajiste? Ella no esperó. Arrebató la bolsa de las manos de Javan y sacó los sándwiches. — ¿Otra vez? — protestó. Javan la miró. Se había sentido preocupado, al principio, pero ahora... No pudo reprimir la risa. Ella se detuvo y lo miró. — ¿Qué? — Eres... increíble, — le dijo. Ella se encogió de hombros. — Por supuesto. De otra manera nunca hubieras posado tus lindos ojos en mí... Él se rió de nuevo. La Danza del Aire se llevaría a cabo a mediodía. Cassandra se levantó y fue hacia el círculo, soplando sobre él, y se paró en el centro, esperando. Una brisa fresca se levantó exactamente a mediodía. Ella se había vuelto a quitar la capa, y estaba vestida ahora con un vestido blanco y azul, seda y gasa, que flotaba y se movía con el viento. La danza comenzó. Cassandra se movía como una hoja en el viento, corriendo en círculos, girando, flotando, y el viento soplaba alrededor de ella, casi tomando cuerpo para bailar con ella. Javan nunca había visto algo como esto antes. Se quedó muy quieto, mirando asombrado la danza, tan diferente de la que había visto en la fuente del suero de la visión. Ahora la danza estaba completándose. Se podía dar cuenta por la forma en que el viento se apagaba y los movimientos de Cassandra se enlentecían. Ella se veía cansada. Y se detuvo. La hebra transparente de la varita estalló en una columna de luz blanca. Algo blanco y maravilloso aleteó unos momentos en la luz, y dio paso a Ingarthuz, la hechicera. Ella se deslizó, leve y sin peso hacia Cassandra, que se inclinó ante ella. Un relámpago azul, y Cassandra cayó al suelo. El viento y la luz habían desaparecido.

103 Javan se apresuró hacia ella y la llevó de nuevo al refugio. Dos de las marcas rojas habían desaparecido ahora. La envolvió en la capa, y la acunó por un largo rato. Ella abrió los ojos, y la primera cosa que vio cuando miró hacia arriba fue el mentón de Javan. — Me pregunto por qué es que me agota tanto esto... — suspiró. Ella se enderezó, y él la dejó ir. — Es que eres una forastera, — le dijo él tan tranquilamente como si hubieran estado hablando de ello por largo rato. — ¿Té? — Gracias. Hace tiempo que no me dices eso. Él levantó una ceja. — ¿Decirte qué? — Llamarme forastera. Y nunca dijiste que esa fuera la razón de que me cansara tanto. Él sonrió. — Pero lo eres. Y te dije cientos de veces que juegas con cosas demasiado fuertes para que tú las manejes. Ella se encogió de hombros. — Salí adelante. Salimos adelante... — dijo. El té era reconfortante. — Ése es el problema. Siempre sales adelante. — Él calló unos momentos y Cassandra lo miró. — Se te dijo que no podías hacer funcionar aparatos forasteros en el castillo, y tienes una computadora en el cuarto de atrás. Se te dice que no se puede hacer algo, y solo vas y lo haces... — Él no parecía enojado, sin embargo. Lo habían discutido muchas veces antes. — Es difícil seguirte el paso. Ella solo siguió mirándolo. — Creo que voy a enamorarme un poco más de ti, — le susurró. — Tonta... Ella se acercó, y lo besó. La Danza del Fuego iba a realizarse a la caída del sol. El último rayo tocó el círculo, y éste se encendió en llamas. Y Cassandra bailó. Javan había visto esta danza antes. Tres veces, y las tres diferentes. La primera vez, cuando ella todavía era forastera. Y ella usó trucos falsos para hacer lo que ahora hacía con magia: jugar con anillos de fuego y envolverse con cintas, y moverse como una llama con su vestido de seda

104 blanca, amarilla y roja. Bailaba como una llama desnuda en la brisa del crepúsculo. Mientras la oscuridad crecía alrededor, Javan recordó la segunda vez. Estaban en la cabaña, y él le había pedido que le mostrara cómo había liberado el poder del fuego. En un resplandor rojo-verdoso, había visto aquella danza. Cassandra, mitad bailando, mitad jugando, había luchado con una hikiri de cincuenta metros. Ella había cambiado de elementos tan rápido que Zothar no la pudo seguir. Y ella ganó. Ahora ella giraba alrededor del círculo en una luz amarilla, naranja, roja. La miró y recordó la última danza. Había sido apenas unos meses atrás. Le había pedido que danzara para él, y ellos se habían fundido en fuego, después. Se preguntaba si ella sabría lo que le estaba haciendo. Se había fundido con él en agua, el año anterior. Y en piedra, o tierra, aunque no fue adrede. Ellos habían tenido que ocultarse de los sirvientes de la Serpiente, antes de rescatar las Prendas muertas. Y la última vez, en fuego. Si ella... No, cuando ella, porque estaba segura que ella lo haría; cuando ella le entregara el aire, él poseería los mismos poderes que ella. La hikiri se lo había advertido. De alguna manera, sabía que esto iba a ocurrir. Volvió su atención a Cassandra y su danza. Ella giraba en el centro, en una alta llama de oro. Los otros fuegos se apagaron, y la hebra del fuego se abrió en una columna de luz para que Arthuz entrase al círculo. El acostumbrado relámpago se produjo, y Cassandra cayó al suelo envuelta en llamas. Javan saltó dentro del círculo y las sofocó. Luego llevó a Cassandra al refugio. La brisa nocturna era realmente fría ahora. Eran casi las once cuando Cassandra logró despertar. — ¡Al fin! — dijo Javan. — Ya pensaba llevarte a la enfermería y dejar pasar el asunto de Zothar. — ¡No! — Su voz sonó urgente. — No podemos dejar pasar la última Joya. Todo el asunto quedará terminado a medianoche. — Y yo podré enterrarte. Estarás muerta para esa hora. — No exageres. Y dame una taza de té. ¿Para qué te casaste conmigo, en ese caso? — dijo ella de mal humor. Él retuvo sus manos cuando le tendió la taza. — Porque soy tan estúpido que me enamoré de ti, — gruñó. Ella lo miró. Se sentía tan cansada que estaba lista para toda clase de preguntas tontas. — ¿Por qué?

105 — ¿Por qué, qué? — ¿Por qué lo hiciste? Él resopló. Su enojo se había evaporado. Ella estaba casi normal ahora, diciendo las mismas tonterías que solía decir cuando quería que la mimaran. Había estado durmiendo tan profundamente que temió que no volviera a despertar. — Bueno... Llamaste mi atención al pronunciar mi nombre del Interior... antes de que te lo dijera nadie. Después... Mm. La lista es larga. Me forzaste con miradas de dragón, estropeaste mi pared, insultaste mi didáctica, me envenenaste con una intercambiadora... — Hey, esa no fue mi idea. — Sh, me haces perder la cuenta. ¿Íbamos en los venenos? El sporino-sepass, por supuesto. Me faltan los encantamientos... A ver, si no me equivoco... ojos de dragón para que olvide, ojos de dragón para que obedezca... lluvia sobre mí para que acceda a tus caprichos... — ¡Despetrificarme en el día no era un capricho! Y tú me drogaste sistemáticamente con esa maldita poción para olvidar... — Sólo mientras fue necesario. Y me haces perder la cuenta... Ah, ya recuerdo; llamaste incompetente y enano presumido al señor Alcalde, le tomaste el pelo en sus narices a la Serpiente en persona, sin mencionar que le arrebataste a uno de sus criados... Ungiste una Vara de hechicero, y una Marca de Fuego. Descubriste mis secretos, y eres capaz de perturbar a la misma Adjanara, la Grande. Y salvaste a tres Malditos... ¿Te parece poco? Porque hay más... — Mm. Estás olvidando la parte que la Serpiente me secuestró... — Ah, ya vamos llegando a eso. Movilizaste tú solita a todos los Rastreadores del Trígono, hiciste salir a los Tres, y sobreviviste a una Red Púrpura, cosa que nadie había logrado nunca... Después inundaste el Trígono con basura forastera, me mostraste una frontera que nadie sabe que existe, hiciste revivir la leyenda de las Joyas, y las del protector alado... Me mataste, me restauraste... No lo sé. Considerando todo esto... y es menos de la mitad... creo que me enamoré de ti. Él se había recostado contra el árbol, y estiraba las piernas. Ella se acurrucó contra él como de costumbre. Él le pasó el brazo por los hombros. — Así que solo es por las tonterías que hago... — dijo con voz infantil. — Y por esta increíble piel que tienes, y esta boca tan dulce... — murmuró él, deslizando la mano por su hombro y brazo, bajo la capa de piel.

106 — Ya habías dicho eso... — dijo ella. — No, no lo hice. Pero si tú lo escuchaste, es seguro que te lo voy a decir... Ella cerró los ojos, y dejó pasar el resto de la hora en un silencio confortable. La medianoche había llegado al fin. La hora de la Danza del Agua, según el mensaje de Kathara. Cassandra se dirigió hacia el centro del círculo por última vez, sintiéndose más tranquila que las veces anteriores. Sólo faltaba una danza. Sólo faltaba una Joya. El rocío cayó blandamente, llenando la línea del círculo. Cassandra, ahora vestida de verde, se movía lenta, sinuosamente. Una danza del agua diferente. La danza salpicó, se reunió, llovió, rodó, giró y se movió en lentas ondas hasta su final. La hebra verde se abrió en la columna de luz plateada para dar paso al señor de la Rama de Plata. Cassandra, y también Javan, miraron con la boca abierta al espíritu que tenían delante. No era el viejo Zothar. El espíritu les sonrió. — ¿No lo habían adivinado, entonces? — dijo. — No, — dijo Cassandra sin aliento. — ¿Quién eres? — Soy Zothar. De la manera que él debió ser. El Zothar que ustedes conocen, su figura, su imagen, fue realizada por mí. Yo hice el papel de Protector cuando el verdadero Zothar se marchó, luego de la muerte de Fiona. — Pero, ¿quién...? — Esta es la imagen del tío Solothar, si es eso lo que intentas preguntar. Los otros señores de las ramas personifican ellos mismos a sus Protectores, pero yo debí hacer el de Zothar. El se fue, y jamás regresó. Aún así, la Rama debía sobrevivir, y ellos, los tres que quedaban me apoyaron. El encantamiento para hacer vivir al Protector de la Rama de Plata fue demasiado fuerte para Solothar. Casi muere. Pero el Protector, o sea yo, todavía perdura. Soy una mezcla de Zothar y Solothar, puede decirse. El poder de uno, y la voluntad de construir, aprender y enseñar del otro. Y la mezcla es tan poderosa, que yo, de entre los Tres, soy el único que puede adoptar diferentes formas, a mi gusto. Cassandra lo miró completamente impresionada. — No podíamos mantener esto en secreto de la Guardiana y el Vigía, — dijo. Javan había entrado en el círculo. Estaba detrás de Cassandra, sosteniéndola por la cintura.

107 — Toma la Joya, por favor. Creo que todo esto es demasiado para mí hoy, — dijo ella en un susurro. Hubo un frío relámpago de luz, y ella cayó sin fuerzas en los brazos de Javan. No había ninguna marca en su cuello ahora.

108

Capítulo 11. Abril.

La semana siguiente a la Puerta de la Primavera pasó en calma. Como otros años, muchos de los habitantes del Trígono estaban en el Interior. Hacia la mitad de la semana, Cassandra aceptó la sugerencia de Javan, y fueron al Interior también ellos. Ella había estado evitando hacerlo. Entraron al atardecer, y la pradera de mar se abrió ante ellos. Javan miró a Cassandra levantando una ceja. — ¿Qué? — Así que esta es tu entrada. Bonita, aunque algo solitaria ¿no? — Ah, miren quien habla, el señor de la cueva de la Madre de las Serpientes... — Bueno... Vino con el título, ¿sabes? No la elegí. — ¿Y por eso le estuviste escapando tanto tiempo? — Ella discutía por gusto, pero él respondió en serio. — No. Fue por Kathy. Es muy difícil guardar secretos en el Interior, sus habitantes son muy perceptivos... — Entiendo. Yo había creído que era por las puertas... Una vez Joya me dijo que nunca habían podido atravesar la tercera, — dijo ella con suavidad. Javan la miró, e hizo una mueca. — Has hecho una chismosa de Joya, — dijo. Y luego agregó: — Las puertas me resultaron perturbadoras, al principio... Después que desentrañé su significado, intenté atravesar las tres. Pasado fue dolorosa, pero la pasamos. Presente... No sé lo que fue para ti, pero para mí era tan solo un túnel oscuro. Al menos hasta que tú llegaste. Las puertas me hablaban en símbolos simples, excepto la última. Una serpiente con el corazón de fuego... No sé lo que es. — ¿Una hikiri? Javan sacudió la cabeza. — No, estoy seguro que no es algo tan sencillo. Es una persona... Y esa persona no quiere que yo averigüe quién es. Cassandra le apretó la mano. — Estaré contigo, — le susurró. Él la miró y sonrió.

109 — Más te vale, — dijo. Aquella noche la pasaron en el Interior, observando las estrellas. El Gran Signo se mostraba nítido para todos los que quisieran levantar la vista y mirarlo. Cassandra, recostada en la hierba de la enorme y solitaria pradera, le mostró a Javan las constelaciones madre, dibujándolas con líneas de colores en el aire. La Casa, y dentro de la Casa, el Dragón. El Cazador, acechando siempre, presto a entrar en la Casa. El Rey, y la Reina, vigilando de lejos, su tenue luz visible solo desde aquí. Cassandra dejó escapar un suspiro, pero no quiso entrar en interpretaciones. Salieron del Interior al amanecer, sin haber hablado con nadie de adentro. Para celebrar el comienzo de las vacaciones, se celebró una cena especial. La caja de música de Dherok apareció como por encanto, traída por no se sabía quién, y la música llenó el salón enseguida de los postres. Kathy, que hoy pasaba la noche con ellos, se había ido con Solana un rato antes, y ahora discutía con Taran. Cassandra los miraba con aire ausente, muy silenciosa. — ¿Lo extrañas? — preguntó Javan. — ¿A quién? — Andrei. No está aquí para invitarte a bailar. — Su mirada tenía un brillo desagradable. Todavía estaba celoso. Cassandra buscó a Andrei con la mirada. — ¿Dónde está? — preguntó. — Del otro lado. Se fue con Alessandra... Cassandra sonrió. — Esos dos... ¿Debí haberlo adivinado, no? Pero tenía otras cosas en la cabeza... — Las insinuaciones de Javan no podían dar en ningún blanco. Un rato después, Javan le tocaba el brazo para preguntarle, algo avergonzado: — ¿Quieres bailar? — No, gracias... Estoy muy cansada esta noche... — Hm... entonces te tengo malas noticias. Allá viene tu brujito favorito con cara de profesora-cuéntanos-un-cuento... Cassandra hizo un gesto de desesperación. Realmente, Taran y tres de sus amigos se acercaban a la mesa de Cassandra. Javan se levantó y la ayudó a ponerse de pie. — Vamos. Te llevaré a tu cuarto... — le susurró. — Antes de que él llegue.

110 Ella le sonrió. — Quédate un poco más. Seguramente Kathy no quiera irse a dormir todavía... — le dijo ella al besarlo, y se marchó hacia las escaleras. Javan la miró alejarse, y volvió a la mesa. Cuando bajó a sus habitaciones, con Kathy dormida en los brazos, Cassandra no estaba. — Realmente, no debería sorprenderme, — gruñó mientras acostaba a la niña. Luego fue hacia la mecedora y se sentó a esperarla. Apenas había estirado las piernas cuando Cassandra entró en el cuarto. — ¿Javan? — llamó en un susurro. — ¿Estás aquí? — ¡Al fin! Dijiste que estabas cansada. ¿Dónde...? — empezó a rezongar. — Por favor... Hay.... hay algo que debes ver. Ven, vamos... — Ella estaba curiosamente alterada. Si pudiera ser, diría que estaba asustada, con una expresión de miedo mezclada con excitación en la mirada. Frunció el ceño. — ¿Qué...? — Por favor, sólo ven... — Ella tironeó de su brazo y lo arrastró hacia el corredor. Él la siguió, preguntándose qué podría estar pasando ahora. Ella lo llevó al calabozo clausurado. — Me estaba peinando frente al espejo, — dijo en un susurro, — y me pareció ver una mancha. Me incliné a limpiarla, y la Piedra del Corazón tocó el cristal... El espejo se abrió, y vi unas luces en la mazmorra... Tuve que venir, Javan. Ella señalaba el Triegramma. Estaba extendido en el suelo ahora, ya abierto, brillando con chispas de colores que saltaban hacia arriba en chorros de luz. — Dijeron que es un diagrama tridimensional mágico de los flujos de energía. Lo abrí como dijo Sylvia... y puse la Piedra Arco Iris sobre el castillo... — ella le apretó el brazo nerviosamente. — Javan, esa cosa empezó a crecer. Los dos, el mapa y la piedra. Javan suspiró. Esto estaba más allá de lo que él esperaba, pero aún dentro de los límites de sus temores. Recordó la carta de Ryujin. Había sido hacía unos meses ya, pero... Primero las esporinas y Tenai le hicieron dibujar un Triegramma. Luego el dragón reforzó su magia. Luego aprendió a abrir el Triegramma. Miró a Cassandra unos

111 momentos, considerando si todo esto no se estaría saliendo de cauce, y volvió a suspirar. No tenía otro remedio que enfrentarlo. — Está bien, Cassandra. Tienes que pararte sobre él. Tú también tienes que tomar tu lugar, — dijo con voz apagada. Ella lo miró con ojos asustados. Él sonrió, tranquilizador. — Has llegado tan lejos que... Quiero decir, sólo es un paso más allá. Él le dio unas palmaditas en el hombro y la empujó un poco. Ella pisó el dibujo con un estremecimiento. Pero continuó. Pisando cuidadosamente entre las cambiantes líneas de luz, llegó a su sitio y se paró allí. Hubo un estremecimiento mágico todo alrededor, y las líneas se levantaron como brillantes curvas de luz sólida, en todas direcciones. Las líneas danzaban en el aire a su alrededor, temblando, moviéndose, cambiando de dirección, cruzándose, tocándose unas a otras y centelleando en los puntos donde se encontraban. Luego, todas juntas se reunieron sobre Cassandra y la atravesaron. Ella tragó aire y se estremeció, pero logró mantener la posición todavía unos momentos. Javan tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para no arrancarla de ese Triegramma. Duro solo unos pocos instantes, y todo se completó. El Triegramma se oscureció otra vez, aunque no estaba cerrado. La Piedra Arco Iris brillaba oscuramente en su sitio. Javan subió al mapa y sacó a Cassandra de allí. Estaba inconsciente. La llevó a la enfermería sin vacilar. — ¿Qué le sucedió a su esposa, profesor? — Una voz femenina. — Se sobrecargó de flujo mágico. ¿Usted sabía que ella hizo un Triegramma? — Tenai me lo comentó, sí. Pero eso no sería suficiente para... — Una voz de hombre. — Puso la Piedra Arco Iris en él. Y las flores. Creo que no sabía lo que hacía cuando dejó caer las flores sobre el mapa. También vi la red... Creo que hay que interrogar a Tenai. — Antes quiero que termines tu historia, Javan. — Cuando ella me llevó allá, ya estaba centelleando, esperándola. Así que le dije que ocupara su lugar. ¡Ni siquiera tuve que explicarle! Sólo fue y se colocó sobre los círculos... Tenai tiene algo que ver con esto... — Javan... — Cuando ella se puso en su lugar, todos los flujos convergieron sobre ella. Y ella se desmayó.

112 — ¿Qué pasó con el Triegramma? — Está todavía allá. No se puede cerrar. — Hm... Vamos a hablar con Tenai. Pero solo si me prometes permanecer calmado. Las voces venían de una lejana oscuridad. Una nube sin color cubrió sus pensamientos. Estaba sobre algo tibio, suave, cómodo, y no tenía idea de dónde podía ser. Las voces eran irreconocibles, todas menos la de Javan. Volvió a sumergirse en la oscuridad de otro sueño. Una mañana soleada de primavera llenaba la ventana. Cortinas color marfil, paredes color celeste, piso y cielorraso de madera, cubrecama azul... Era la cabaña. Saltó de la cama y miró confundida alrededor. — Ah, estás levantada. Baja a desayunar entonces. El café se enfría, — dijo Javan desde la puerta. — ¿Qué día es hoy? ¿Qué pasó? — Tres de abril, mi cielo. Llevas dos días durmiendo en la enfermería, y anoche me harté, te secuestré y te traje aquí. Kathy está abajo, y esta tarde llega tu amiga Alessandra con Andrei. Será mejor que te vistas y comas algo. — ¿Y el Triegramma? ¿Qué pasó con...? Él hizo un gesto de impaciencia. — Todo está exactamente donde y como lo dejaste. ¿Vas a venir a comer? Kathy ya desayunó, pero yo me muero de hambre. — Ya voy. — Era algo extraño, pero Cassandra descartó su inquietud. Después de todo, ella también tenía hambre. Kathy y Javan habían ido a la estación a recoger a las visitas. Cassandra se quedó en casa. Se sentía algo extraña, como si algo no anduviera del todo bien. Por momentos, la invadía una sensación perturbadora, una inquietud que no sabía bien a qué atribuir... como no fuera al Triegramma. El mapa había quedado abierto en el castillo, había dicho Javan. Eso debía ser lo suficientemente lejos como para que no la afectara. Después de todo, era del otro lado de la frontera... Cassandra trepó al mirador, y observó las ruinas allá lejos. Sonrió, pensando que Javan nunca vería ruinas, sino el Trígono en todo su esplendor. Era como ser ciego, pero al revés. Él nunca podría estar por completo del otro lado. Pero era el Segunda Vara. No

113 podía desprenderse de su magia; sería como dejar de respirar. El caso de ella era bien diferente. Dejó que su mirada vagara por el bosque. Se veía normal. Las hojas nuevas de la primavera, y el perfume de las flores... No, no había nada de malo aquí... salvo ese olor almizclado... Cassandra olfateó el aire con más atención. No parecía venir de afuera. Cassandra se volvió, y siguió el rastro. ¿Venía de atrás? ¿De la escalera? ¿De su propia ropa? No, no era la ropa. Pero el perfume era más intenso... tras ella. Se acercó a la pared que había a su espalda, y al hacerlo, su sombra se recortó, nítida contra ella. El perfume almizclado venía de la pared, o mejor dicho, de su sombra. — ¿Nita? El susurro la tomó desprevenida. Se suponía que los edoms no hablaban. Pero había palabras en ese susurro. Tal vez palabras de alguno de los lenguajes prohibidos. — ¿Nita, eres tú? El susurro parecía un cántico. Cassandra sintió como la canción tanteaba sus sentidos, tratando de penetrar en ellos. Se estremeció. Sabía que los edoms eran criaturas mágicas, pero no sabía hasta donde podían llegar sus poderes. Levantó un escudo mental, tal como Javan le había enseñado. Cassandra oyó un quejido, y el cántico que se retiraba. Y entonces intentó algo que nunca había intentado antes. Dijo las palabras en un susurro tan suave que su sombra no pudiera oírla. Dio un salto hacia atrás y se separó de ella. La sombra quedó adherida a la pared, prisionera de la pared, en tanto ella no le abriera la puerta para que pudiera deslizarse escaleras abajo. Cosa, que por supuesto no pensaba hacer. Las siguientes palabras las dijo en voz alta, y la sombra se estremeció y se sacudió en su plana prisión. Cassandra avanzó, y entró en su propia sombra. Lo más sencillo sería decir que era un lugar extraño, pero en realidad era mucho más que eso. Era planamente extraño. Dos dimensiones... por donde se lo mirara. Cassandra ocupaba casi todo el espacio de su sombra, y no había lugar para Nita allí. Así que debía haber otra respuesta. Demoró un poco en dar forma a sus pensamientos planos, pero al fin halló una respuesta. La sombra no era el lugar de los edoms. Los edoms usaban la sombra como puerta a otro espacio. Ésa tenía que ser la solución. Así que forzó su paso a través de la sombra y alcanzó el otro lugar. El otro lugar era oscuro. No estaba dentro de la pared, ni dentro de la sombra. Podía sentir a su sombra tratando de volver a pegarse a su espalda... lo que en este momento sería más que inconveniente. Si lo hacía, ella no podría regresar al lado

114 correcto. Había cosas aquí, o más bien la sombra de las cosas. Un mundo en negativo. Cassandra reconoció partes del mirador, y partes de la cocina de la cabaña, partes de la casa en la frontera, y algunos lugares donde había estado... Como en un cuadro cubista, los fragmentos de lugares conocidos se mezclaban en una realidad irreal. Intentó recorrerlos, pero pronto se dio cuenta que los fragmentos se mezclaban como un calidoscopio. Empezó a perder su sentido de la orientación. — ¡Nita! ¿Dónde estás? El olor a almizcle era más intenso aquí. El cántico había cambiado. Parecía llamar a alguien. Cassandra se guió por el oído, ya que tenía el olfato casi embotado por el perfume. — Nita... Te estoy buscando... ¿dónde estás? — El sonido parecía más fuerte en la dirección de los fragmentos de la cocina del castillo. Cassandra se estremeció. — Nita... Y de pronto se tropezó con ellos. Tres hermosos y bien formados capullos obstruían el pasaje a las cocinas. La seda era suave al tacto, tersa, de un color indescriptible, nacarado, cambiante... Cassandra tuvo la tentación de tocar esa seda, meter la mano en el capullo y hundirse en él. La pata negra de Nita la detuvo. La edom la miró con los ojos facetados característicos de su forma arácnida. El olor de almizcle se convertía aquí en un tufo sofocante, y venía de Nita y de sus tres capullos. Cassandra retiró la mano, y retrocedió un paso. No puedes entrar aquí. — No puede ser... Javan dijo que demorarías al menos diez años en tejer capullos... No puedes estar aquí. Es mi lugar. Cassandra retrocedió otro paso. — Si tus capullos empollan tendremos problemas. No podemos ocultar a tantos de ustedes... Javan dijo... Mi antiguo amo no sabe. Los capullos son necesarios. Los pequeños llegarán. — ¿Cuándo? — Cassandra estaba sin aliento. Nita no respondió. O si lo hizo, fue con una medida de tiempo que Cassandra no logró traducir. — Tengo que hacer algo... — dijo Cassandra. — O Javan ya no podrá protegerlos.

115 Mis pequeños llegarán, se limitó a decir Nita con sus impresionantes ojos. Pero el tono había cambiado. Ahora tal vez pedía ayuda. Cassandra la miró. — Oh, Nita... ¿Qué vamos a hacer? Javan me va a matar... Necesito... Tiempo. Nita había tenido la idea al mismo tiempo que ella. Tiempo. Eso era lo que necesitaba. — Bien, escucha. El próximo menguante, antes que Javan se de cuenta o tus capullos se abran, vamos a llevarlos a la cueva del Tiempo... podemos dejarlos en algún momento de la historia donde estén seguros y a salvo de los cazadores de edoms... Nita le envió una imagen muy clara a su mente. Hogar. Cassandra la miró. ¿Qué le había mostrado? ¿Algún momento específico de la historia, o algún lugar lejano? Había visto el cielo azul y violeta, y los árboles altos, pero no sabía de qué lugar o tiempo provenía la imagen. Pensó preguntarle algo más a Nita, pero desechó la idea. Su sombra tironeaba de ella en forma insistente. — No dejes que Javan lo sepa, — le dijo antes de irse. Y diciendo las palabras mágicas al revés, salió de su sombra y la despegó de la pared. — ¿Qué es todo ese ruido? —preguntó Alessandra, acercándose a Andrei. Habían llegado en el tren de la tarde. La insistencia de Javan de que se quedaran en la cabaña era tan inusual que aceptaron. De todas maneras, era mucho más cómodo para Alessandra. Las barreras de protección solían ser agotadoras. Tan pronto como los vio, Kathy se zambulló sobre Alessandra y comenzó una avalancha de conversación. Habían simpatizado mucho el otoño anterior, cuando Cassandra estaba fuera. Pero aún cuando tuvieron tiempo a solas con Javan más tarde, él no les dijo por qué los había llamado. Habían tenido una buena cena, aunque Cassandra parecía un poco distraída. Pero ella cruzó una mirada de inteligencia con Andrei, y no hicieron comentarios. Tomaron el café junto a la estufa, y ni Cassandra ni Javan dijeron nada. Andrei y Alessandra se habían ido a la cama sin respuestas.

116 Ahora, Andrei leía el diario en uno de los sillones. El ruido provenía del jardín. Él levantó la vista del diario, y miró por la ventana. Los últimos rayos del sol coloreaban el cielo de rojo. — Parece una nevada fuera de estación, y una guerra de nieve entre tu madura amiga y su serio esposo. Se escucharon algunos gritos, y el sonido de una explosión llegó a través de la ventana. — Y eso parece el hombre serio repeliendo el ataque, — dijo Andrei volviendo al diario. — No sabía que ustedes podían construir paredes de fuego, — observó Alessandra mirando por la ventana. — No podemos. Sólo Cassandra puede. — Pues, Nag acaba de hacerlo, — dijo ella. Andrei levantó la cabeza, frunciendo el ceño y se acercó a la ventana. Había supuesto algo así, pero... No estaba seguro. La discusión con Javan acerca del huevo de hikiri no estaba zanjada ni por asomo. Él quería criarlo, y Javan que lo uniera a su vara. Incluso le ofreció su ayuda, algo por demás significativo. Llevaban medio año discutiéndolo. — ¡Ah! ¿Guerra de nieve? ¡Espérenme! — gritó Kathy desde la escalera. Cruzó el cuarto a la carrera antes de que nadie pudiera detenerla, y salió al jardín. — ¡Hey, cuidado! — gritó Alessandra saliendo tras ella. Pero Kathy ya estaba afuera de la cabaña. Corrió hacia el inestable límite que separaba la tormenta de nieve de Cassandra de la pared de llamas de Javan. La envolvieron las llamas, y gritó. — ¡Detente! — aulló Javan. Había escuchado a la niña. Una montaña de nieve medio derretida cayó sobre Kathy con un sonido hueco. Ahora fue Cassandra la que gritó. — ¡Kathy! — y corrieron hacia el lugar donde ella estaba, ahora cubierta por la nieve. Andrei y Alessandra salieron corriendo de la cabaña. — No deberíamos haber estado jugando así... — murmuraba Cassandra, escarbando la nieve con las manos. Alessandra la hizo levantarse. — Usa viento, — dijo Javan, pálido. Cassandra lo hizo. Un torbellino se llevó la nieve y la hizo desaparecer. Javan levantó a Kathy en brazos y la llevó a la cabaña. Alessandra se llevó a Cassandra, murmurando palabras de consuelo. — ¿Cómo está? — preguntó Andrei cuando todos entraron, y él cerró la puerta.

117 — Desmayada... Cassandra se veía asustada. Se acercó a la nena y la observó cuidadosamente. — Demasiado fría, — murmuró. Y sin consultar con nadie, se transformó en vapor caliente y entró en la niña por su boca y su nariz. — ¿¡Qué estás haciendo?! ¡Cassandra! — Javan estaba horrorizado. — ¡No le hagas eso a Kathy! Alessandra los miraba sin comprender. Sacudió la cabeza y retrocedió unos pasos. — No... No, esto no puede ser... — murmuró, sacudiendo la cabeza. Andrei la miró sorprendido. No esperaba que ella hiciera una reacción de incredulidad a la magia justo ahora. Javan se volvió a él. — Atiéndela en la otra habitación. Yo ya tengo suficiente con las mías... Andrei no tuvo ánimo para festejar la ironía. Se acercó casi cautelosamente a Alessandra, que retrocedía alarmada, y la llevó a la cocina. Sabía que en un lugar razonablemente familiar podría calmarla. Siempre había sido muy ecuánime, y tomaba las cosas con mucha más naturalidad que los otros forasteros que conocía. Logró hacer que se sentara, y le preparó un té. En la otra habitación, Javan depositó a Kathy en el sofá, mientras pensaba qué hechizo sería conveniente para sacar a Cassandra de ella. Cuando estuviera afuera la mataría. ¿Cómo había podido invadir así a otra persona? Era uno de los trucos más inhumanos y desagradables que se podían hacer. Tenía ya la varita en la mano, cuando Cassandra salió de la niña, tal como había entrado. Miró a Javan. — No tiene heridas internas... Estará bien... y yo voy a... — se desplomó. Javan no atinó a sujetarla, y el ruido de su caída trajo a Andrei y Alessandra del otro cuarto. Alessandra se veía más controlada. — ¿Cassandra? — Desmayada, — dijo Javan guardando la varita. — Ella... — ¿Mamá? — llamó Kathy en sueños. Javan la miró. Los ojos de Kathy brillaban afiebrados entre sus pestañas. Tendió la mano hacia Cassandra. — ¿Mamá? — Ayúdame a ponerlas juntas, — le dijo a Andrei, y después de cubrirlas con la misma manta, se dejó caer exhausto en un sillón. — Trae ese té, — dijo Alessandra, mirándolo. — Él lo necesita más que yo.

118 Javan estaba en el sillón, y Alessandra, de nuevo dueña de sí misma, le había puesto la taza de té en las manos. Andrei se sentó frente a él y le preguntó llanamente. — ¿Por qué nos querías aquí? Javan posó sobre él una mirada astuta. — Ella hizo un Triegramma. Andrei lo miró sin comprender. — ¿Y? — Tenai dijo que era el más perfecto y completo que había visto en casi veinte años. Sylvia le enseñó a abrirlo. Lo hizo hace tres días. — Sigo sin ver a qué quieres llegar. Javan miraba a sus dos mujeres. Kathy respiraba profundamente ahora que estaba junto a Cassandra. Se había dado la vuelta y la estaba abrazando. Javan se preguntó si ella no habría hecho uno de sus nudos mágicos, como Kathara. Desechó la idea. Kathy parecía tener un sueño normal. — Ella puso la Piedra Arco Iris sobre el Trígono en el mapa. — No entiendo, — dijo Alessandra. Andrei se volvió hacia ella. — La Piedra es un colector de energía. Y el Triegramma es como un mapa que enfoca el flujo de magia del lugar que representa. ¿Sabía Cassandra lo que estaba haciendo? — No lo creo. Tenai nos dijo que él no le había enseñado cómo potenciar un Triegramma. En realidad todas las abbas con las que hablamos parecían igualmente sorprendidas. Ella... incluso puso las flores en sus lugares... la hierba sol y las noctarias. No olvidó ni un solo símbolo... — Bueno, pero... — Ella lo abrió, y tomó también su lugar en el mapa. Los flujos se movieron, como siempre. — Eso es normal, la magia no es algo estático, — dijo Andrei en beneficio de Alessandra. — Pero esta vez, todos, todos los flujos convergieron sobre ella. Se sobrecargó, se desmayó, y estuvo tres días durmiendo en la enfermería. Hoy era el primer día que pasaba levantada. Sabes que ella siempre... — Y ahora lo hizo otra vez. Alessandra volvió a mirar interrogante a Andrei. Él hizo una mueca.

119 — Ese truco de convertirse en vapor... Exige mucho poder... O mejor dicho, control. Si ella estaba tan agotada... — ¿Por eso se desmayó? — Eso, o que trató de atar a Kathy con algún lazo mágico, — dijo Javan en tono seco. — De todos modos se hubiera desmayado. No era momento de jugar... — Javan, ella lo hizo para ayudar... — ¡Ayudar! ¿Te parece una manera adecuada de ayudar? — Claro, —dijo Alessandra. — Convertida en vapor caliente, ingresa al torrente sanguíneo por los pulmones y en unos pocos ciclos, si el ritmo cardíaco es adecuado, puede reparar todo el organismo... Calentarla desde adentro, y sin los riesgos de un calentamiento desde el exterior... Mecánica de fluidos, y algo de biología, Javan. Javan la miró indeciso. Andrei se dio cuenta que había algo más. Miró a Javan. — Presumo que eso no fue todo ¿o sí? Javan bajó la vista. — No, no lo fue... Hace un mes... Javan dejó escapar la historia de las Joyas. Sin saber por qué, después que lo hizo se sintió mejor. — No te preocupes, — dijo Alessandra. — Ella está cansada. Supongo que es demasiado esfuerzo para una sola persona. Inesperadamente, Javan estuvo de acuerdo con ella. — Espero que sea solo eso. Ella está acumulando poder más allá de su resistencia. — ¿Crees que ella está esperando algo? ¿Un ataque? Javan asintió lentamente. — ¿Y qué piensa el Maestro? — El Anciano Mayor está de acuerdo. Todo eso del Gran Signo... Hubo un silencio. — Sí... — murmuró Andrei. — Todo converge en el mismo punto... Alessandra frunció el ceño sin entender. Pero Javan entendió perfectamente. Todo convergía en la maldición de Zothar.

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Capítulo 12. Las señales se cumplen.

Cassandra se despertó con frío. Tembló. Todavía estaba en el sofá, y el fuego no estaba encendido. Javan dormía en un sillón. Kathy no estaba allí. — ¡Chist! Javan, ¿dónde está Kathy? — llamó Cassandra en un susurro. Javan se despertó con un sobresalto. — ¿Eh? Ella repitió la pregunta. — Ella está bien. La llevé a su cama, y Nita la está cuidando. Los ojos de Cassandra brillaron. — Ven aquí, entonces... hace tanto frío... — Y sacudió la manta. Javan dudó unos pocos segundos. Había atravesado todo el espectro emocional desde la pasada noche. Había sentido miedo, repulsión, preocupación, ternura, amor. Y las dudas huyeron ante la invitación. Él la apretó contra su cuerpo. — ¿Papá? ¿Cassie? ¿Qué están haciendo? Kathy estaba en la puerta, medio dormida, barriendo el piso con el camisón. Cassandra se rió desde debajo de la manta. — ¡Vamos Kathy! ¡Bienvenida a bordo! — ¡No! ¡Ay, ese es mi pie! ¡No me pises! — gruñó Javan. Cassandra se rió más fuerte, y Kathy le hizo eco. — ¡A él! — dijeron de repente, y un enredo de brazos y manos trataron de asir a Javan. Rodaron del sofá al piso. Cassandra todavía se reía cuando trató de sentarse y encender el fuego con magia. No pudo. Cuatro manos la arrastraron de nuevo bajo la manta y le hicieron cosquillas. Ella gritó, pero no la dejaron escapar, así que repelió como pudo el ataque, devolviendo las cosquillas con una mano a Kathy y con la otra a Javan. Kathy se defendió tan bravamente que Cassandra tuvo que usar las dos manos para reducirla. Y Javan aprovechó la oportunidad, y ganó simplemente enredando a sus dos chicas en la manta. — Está bien, ¡me rindo! — dijo Cassandra. — ¡No, no! ¡No quiero! ¡Yo no! — protestó Kathy.

121 — Corazón, me estoy ahogando acá abajo... — Cassandra estaba sofocada, ya fuera de risa o por la falta de aire. — Muy bien, las dejaré ir. Sin revancha, se los advierto, — dijo Javan. — Y te saldré de testigo, si es que necesitas uno. Alessandra estaba en la puerta. Su expresión divertida indicaba que había presenciado toda la escena. — ¡Oh! — fue la desilusionada exclamación de Kathy. — Vamos, busquemos algo para desayunar. — Alessandra extendió la mano y Kathy corrió hacia ella. — Creo que deberías tener algunos propios, — le dijo Cassandra con picardía. Alessandra se puso roja, pero replicó: — Te lo dejo a ti. Me dijeron que diste una falsa alarma. Cassandra hizo un gesto de disgusto. — Dijeron demasiado, — soltó. — Y la falsa alarma se quedará así: ¡falsa!. Dejó el cuarto y fue hacia su dormitorio, y Javan miró perplejo a Alessandra. — Hay veces que no la entiendo... — ¡Hombre! Sólo está asustada. ¿No te das cuenta? Él pestañeó, todavía más perplejo. Pasaron la última tarde de las vacaciones deslizándose por una pendiente herbosa detrás de la cabaña. Kathy suspiró por la nieve, pero Javan no quiso saber nada, y en lugar de trineos, usaron bolsas de arpillera. A la mañana siguiente, Andrei se llevó a Alessandra con la caja de Dherok, una vez que Cassandra la convenció de que era un medio de transporte de lo más seguro, y mucho más rápido que el tren. Cerraron la cabaña, y caminaron de regreso al Trígono. Las vacaciones habían terminado, y el ciclo optativo daba comienzo. La mayor parte de mayo pasó sin incidentes. Fue un período tranquilo, donde parece que no sucede nada que no sea rutina, y nadie quiere que suceda. Las ominosas advertencias habían quedado en el pasado, y nadie quería recordarlas. En el menguante, Cassandra fue en secreto a la Cueva del Tiempo, y se llevó a su sombra consigo. La Llave la dejó en un bosque de cielos violetas y helechos gigantes. Nita susurró Hogar... con sus facetados ojos, y sacó ella misma los capullos de

122 la sombra de Cassandra. Los dejaron allí, y Cassandra no preguntó ni donde ni cuando era. Le había parecido escuchar unos curiosos rugidos en la lejanía. La mitad de junio pasó de la misma manera, y una mañana cualquiera, antes de la Puerta del Verano, Cassandra notó que había perdido su collar. Lo buscó por todo el castillo sin encontrarlo. Al final, se rindió. Como le dijo Javan, aunque lo más importante era la capacidad de abrir el pasaje al Bosque del Corazón, el collar aparecería por sí mismo cuando fuera necesario. No pareció preocupado. En su interior, Javan pensaba que cuanto más lejos estuviera el Triegramma, tanto más feliz se sentiría. Esa cosa lo ponía nervioso, dadas sus características. Era la fuente de poder más concentrada que hubiera visto. Y permanecía abierto allá en el calabozo, sin que nadie hubiera podido cerrarlo. Ni siquiera el Maestro, ni siquiera Tenai... Teóricamente, podía ser usado cuando Cassandra quisiese. Ella no lo sabía. Y él esperaba de todo corazón que no lo necesitara jamás. En cuanto al collar... Cassandra ya había entregado las verdaderas Joyas. Supuso que el collar no importaría demasiado ya. Cassandra había estado trabajando duro. Sus investigaciones en cuanto al Triegramma habían quedado en punto muerto. Se concentró en el Gran Signo. Concertó una cita con Tenai, a espaldas de Javan, por supuesto, y luego fue con Isadora. Tuvo que esperar dos largos aullidos desde el círculo de silencio antes que la banshee pudiera hablar con ella. — ¿Qué es eso que tienes ahí? Isadora se llevó la mano al cuello. Llevaba un pequeño colgante, un ojo turquesa con una incrustación roja. — Es un amuleto que me dieron hace años... Me evita la parte más dolorosa de las visiones... lo encontré hace tres meses, y pensé volver a usarlo... — Así que elegiste permanecer un poco ciega... Isadora enrojeció, y pareció que iba a quitarse el collar. Cassandra la detuvo. — No, no te lo saques... Si eso te permite disfrutar de un poco de paz... Isadora sonrió agradecida. Después de eso, habían estado hablando largo rato de la interpretación de los signos en los tres cielos. En el cielo forastero, una desacostumbrada conjunción de planetas; Sol, Luna, Mercurio... en directa oposición a Marte y Urano. En el cielo fronterizo, la Señora de luto y el Heraldo oscurecido. Las Gemelas ya no estaban en el cielo, Cassandra las había reclamado el año anterior. Había un gran vacío en el cielo del

123 Trígono. Y en el cielo del Interior, la Casa aumentando de tamaño hasta envolver al Cazador. Y el Dragón que declinaba día por día. Isadora no quiso decir mucho, pero con un dedo pálido, le señaló las similitudes en los tres mapas estelares. Además de sus estudios personales, los proyectos de los Viajeros continuaban. Gherok, Sonja y Drovna instalaron en el salón de Javan una serie de tubos con boca de embudo, pintados de negro para que no se vieran desde abajo, e interconectados de tal manera que solo necesitaran una salida. La salida era a través de la grieta que Cassandra había encontrado, ensanchada mágicamente para dar cabida a los tubos, coronada por un propulsor de hélice que funcionaba mediante un conjuro de movimiento perpetuo... La mazmorra se volvió menos húmeda, y algunos la notaron menos fría. Javan no hizo comentarios. Otro de los proyectos era sobre música. La caja de música de Dherok no servía para eso. Cassandra, muy complacida, sacó a relucir su viejo grabador, y la colección del viejo profesor. A ella le encantaba esa colección de música vieja. Así que eligieron una tarde para hacer una recorrida completa por la historia de la música forastera. Eran las seis y media cuando, cansado de esperar a Cassandra para el té, Javan decidió subir al salón de los Viajeros. Mientras se acercaba al salón, escuchó el acostumbrado zumbido que producía el grabador forastero cuando ella lo forzaba a funcionar en ambientes mágicos. Suspiró. Se había olvidado del proyecto, aunque ella había estado hablando de él por semanas. Se detuvo un momento, pensando si debía interrumpir, cuando escuchó una risa de hombre. De hecho, la risa de Andrei. Espió en el salón desde la penumbra del corredor. Había una ronda de chicos y chicas bailando, todos en ropas forasteras... de diferentes épocas y estilos. Cassandra bailaba en el centro, con Andrei. Bailaron juntos unos momentos, y él retrocedió al círculo. Cassandra quedó sola en el medio. Miró alrededor, buscando un compañero, y eligió un chico... (¿Podía ser Ryzhak, de su propia Rama?) y bailó con él unos momentos. Luego lo dejó solo. Él eligió una chica, Membrill, de la Rama de Cobre, y la dejó sola. La escena se repitió. Parecían pasarla muy bien. Una de las chicas eligió de nuevo a Andrei, bajo un coro de risitas. Cassandra se rió con ellas. — Es la tercera... — le dijo. Él, por supuesto, la eligió a ella. — Para ti, es la quinta, — le contestó.

124 Bailaron un momento, pero él vio a Javan en la puerta, y dejó a Cassandra rápidamente. — Lo lamento. Se está haciendo tarde... Gracias por la invitación, — dijo, dejando la rueda. Cassandra lo miró extrañada. — ¡Por favor...! — empezó, y entonces ella también vio a Javan. — Guau... — Su voz tomó un tono burlonamente ronco. — Otro hombre... El coro de risitas no podía faltar, y Javan la miró enojado. Ella le sonrió. Le divertía provocarlo, y siempre había sido así. Extendió los brazos para invitarlo. — Puedes venir si te cambias de ropa... Él no hizo ningún movimiento. Ella no había dejado de bailar. — Oh, vamos... — le suplicó, acercándose. El círculo se abrió, y ella lo arrastró dentro, todavía bailando. Ella se movía sinuosa a su alrededor. — Nunca te había visto bailar así, — dijo él, parado rígidamente y observándola. — Raíces étnicas. No es danza ritual. Bailo para divertirme... Y todavía tienes la ropa equivocada... — Ella giró otra vez a su alrededor y movió la varita. Las ropas de Javan se transformaron en ropas forasteras. — Ah, así está mejor, — dijo ella. — Muévete. — Está bien, — gruñó él. Pero bailar con él era muy diferente de bailar con Andrei. Javan era mucho más posesivo. Era capaz de bailar los pasos más rápidos, y aún así, mantener una mano en su cintura o tomarla de la mano. La pieza terminó, y el reloj de abajo dio las siete. La habitación estaba bastante oscura ahora. Cassandra estaba por apagar el grabador, pero él no la dejó. Movió la varita, y cambió la música a la colección de piezas lentas. Cassandra sonrió. — La clase terminó. Nos vemos la semana que viene... — dijo, sacudiendo la mano por detrás de Javan. Suaves luces llenaron el cuarto, y ella cerró la puerta detrás del último estudiante con otro gesto de la mano. Cassandra se recostó en el asiento y cerró los ojos. Esa noche, cuando se metió en la oficina de Javan, buscando un poco de calma, había suspirado pensando que esa noche ella sería capaz de terminar los cálculos de Tenai. Y tenía razón. Había terminado con todos ellos. Esa noche, había pensado que eso la tranquilizaría, y ahora sabía que había estado equivocada. ¡Y cuánto! Apoyó la cabeza entre las manos.

125 — ¿Ya essstá? — preguntó Joya desde el aguamanil. — ¿Puedo dormir ahora, sss? Cassandra levantó la cabeza. No se había dado cuenta que la mascota de su esposo estaba allí. La culebra verde la miraba con sus pequeños ojillos brillantes. — Sí, Joya... — dijo ella en voz baja. — Vete a dormir... — ¿Y tú que harásss? Cassandra volvió a levantar la cabeza. — No lo sé. Joya se limitó a mirarla desde la húmeda palangana. Parecía capaz de decir mucho más con la mirada que con las palabras. — ¿Tú qué crees que deba hacer? — le preguntó al cabo de un silencio. — ¿Bussscar ayuda? Esss lo que siempre hacesss... Cassandra asintió con lentitud. Joya tenía razón. No podía con esto sola. Necesitaba ayuda. Se acercó al aguamanil y volcó un poco de agua fresca sobre la serpiente. Joya siseó de satisfacción. Cassandra sonrió, apagó las luces y se dirigió al comedor. Las antorchas se apagaron a medida que ella pasaba. El comedor estaba oscuro y silencioso. Serían las tres o las cuatro de la madrugada, y no había luna que se asomara por los ventanales. La próxima luna nueva... Ese sería el momento del ataque; en el eclipse. Se dirigió al centro del salón con un estremecimiento. ¡Quedaba tan poco tiempo! Levantó los brazos en una silenciosa y oscura invocación, y se movió en silencio entre las sombras. Ninguna luz la iluminó. Ninguna luz podía encontrarla en donde ella se encontraba. Cada movimiento de sus manos permaneció en el secreto de las sombras. La danza terminaba, y se escuchó el sonido de la puerta al abrirse. — ¿C’ssie? — susurró Javan a la oscuridad. Los brazos de ella cayeron a los lados, laxos. — Sí. ¿Por qué no estás durmiendo, querido? — murmuró ella. Podría haberle dicho acerca de la creciente desazón que sentía, la garra fría en su interior, la pesadilla, la inquietud... En su lugar dijo: — Te extrañaba. Ven, vamos a dormir... Otra noche había llegado. Cassandra se había sentido indispuesta una o dos veces en la semana anterior, pero había logrado disimularlo. No quería que Javan la

126 mirara esperanzado. Él quería tanto ese bebé que no tenían. En cuanto a ella, no estaba segura. De todas maneras, el malestar se debía a otras causas. Sabía que tenía que encontrar el collar ahora, antes de que fuera demasiado tarde. Las instrucciones no dejaban dudas al respecto. Y si para obligarla se valían de ese malestar... Bien. Tenía que hacer lo que tenía que hacer. Y nadie parecía poder ayudarla. Una extraña ceguera se había apoderado de todos. Trató de hablar con Tenai de sus nuevos cálculos, pero ninguno de las abbas parecía dispuesto a escuchar. Uno tras otro se iban, y ella debía volver a explicarlo todo otra vez. Fue a ver a Sylvia, después de la danza, pero ella estaba extrañamente relajada, ahora que el preparado de Dríel mantenía a sus plantas en perpetua floración. Isadora mantenía una calma antinatural, inducida seguramente por el extraño talismán que había encontrado. Ni siquiera gritó cuando fue a verla. Fue a ver a Andrei, pero él estaba muy ocupado en algún asunto y se limitó a fruncir el ceño con interés amistoso, y a no hacer nada. Aún Javan, quien, al menos desde que estaban casados solía prestarle atención, solo dijo: ‘Lo enfrentaremos cuando llegue, no antes...’ Era en verdad extraño como todos parecían cegados y permanecían indiferentes a las advertencias. Y era aún más extraño cómo ella sentía el deseo de hacer como los demás. Al fin decidió ir a ver a Lyanne esa noche. Las primeras advertencias provenían de la Hija del Viento. Y a las esporinas. La primera ayuda que había recibido en el mundo mágico provenía de ellas. Pero no quiso decirle a Javan, y toda la velada sintió sus ojos pendientes de cada uno de sus movimientos. Sospechaba algo, presentía el peligro. Salieron juntos del comedor. Ella se estaba poniendo el camisón, y él estaba a punto de meterse a la cama, pero la sensación de peligro era aguda. Ella sonrió con expresión culpable, y se acercó con un par de copas. Se movía sensualmente, las copas llenas de algo dorado y burbujeante. — ¿Te gustaría...? — susurró con los ojos brillantes y los labios húmedos. Él aceptó la copa, pero primero la besó. Luego levantó la copa. Bebieron. O eso creyó él. Ella le retiró la copa de la mano, y lo besó a su vez, lentamente. Cayó completamente dormido antes de que ella hubiera terminado. La expresión culpable era más nítida ahora.

127 — Lo lamento, — murmuró, haciendo rodar a Javan dentro de la cama y cubriéndolo con las mantas. Después se vistió otra vez y se deslizó fuera del castillo silenciosamente. Aunque era junio y la Puerta del Verano estaba al alcance de la mano, el aire sabía amargo. Caminó de prisa hacia el bosque. Había demasiado que hacer para una sola noche. Fue hacia la cascada de los unicornios. Era probable hallar allí a los centauros, y era el único lugar para hallar a las esporinas. Se apresuró, temiendo perder el rayo de luna de la medianoche. Al fin, llegó al lugar. Como siempre, todos los sonidos murieron cuando entró en el círculo de árboles negros. Fue hacia el centro con la luna. Una inclinación, un giro, una reverencia, y cuando giró otra vez, un brazo arriba y cerró la mano, la otra mano, una mano de brisa y hierba, estaba allí para ser tomada. — Cassandra Troy, viniste, — dijo la esporina. — Lalaith... — dijo Cassandra. — Necesito respuestas. La esporina se inclinó un poquito. No dejó de moverse. — Sabes que él viene... — dijo Cassandra. La esporina giró a su alrededor. — Necesitaré tu ayuda, — dijo Cassandra. La esporina se detuvo. Estiró los brazos y movió las manos como hojas en el viento, mientras miraba a Cassandra con expresión sombría. — Está bien, — dijo Cassandra. — Entiendo. Gracias. Cassandra se inclinó, y la esporina desapareció en la luz de la luna. Lyanne de los centauros, y Hedrik, su emisario la esperaban junto a la caída de agua. Cassandra la miró con cansancio, y fue a sentarse sobre las rocas. — Acabé mi investigación. ¿Es el Eclipse? — Eres lenta, Guardiana, — dijo Hedrik. — El Eclipse es solo la señal exterior... — ¿Les importaría llevarse a los unicornios y esconderlos en el Interior, como la otra vez? — dijo ella. Se estaba sintiendo muy cansada ahora. Lyanne la miró con expresión sombría. — No has leído bien los signos, si crees que el Interior estará a salvo, Guardiana. Cassandra levantó la vista. La mujer centauro pateó en el suelo con sus cascos. — Cuando los nodos que dibujaste cambien de signo, y se acumulen sobre las tres puertas de las Ramas, el Interior también cambiará de signo...

128 — Y será poseído por Althenor. — En la medida que algo así puede ser poseído. En realidad, el Interior devorará al Hechicero... Es la Casa la que cubre al Cazador. — ¿Pero a qué precio? Mientras el Interior lo devora, será devorado por la locura de la Serpiente... No es algo que esté dispuesta a negociar, Lyanne, — dijo Cassandra. — La Hija del Viento está de acuerdo contigo. Y todo el Interior. Los Tres han hablado, — dijo Hedrik, solemne. Cassandra miró directamente a Lyanne. — ¿Qué quiere decir eso? — Que todos nosotros, los que podemos cruzar las Puertas, estaremos aquí cuando nos llames. Cassandra miró a la mujer a los ojos. — Gracias, — dijo. — Espero estar a la altura de sus expectativas. La Hija del Viento, Señora de los Centauros del Interior, se inclinó, y desapareció entre los árboles seguida de su emisario. La última cosa que le quedaba por hacer era encontrar el collar. Pensó que lo había perdido en la cabaña, pero allí no estaba. Fue hacia la colina donde habían estado jugando el último día de las vacaciones en trineos de bolsa. La luz de la luna le daba un aspecto extraño al lugar. Ella recordaba una pendiente herbosa brillando al sol. Frente a ella tenía una pendiente llena de piedras y matorrales espinosos. ¿Qué le había sucedido a este lugar? La hierba se había secado y ahora las piedras puntiagudas apuntaban al cielo. Un lugar fantasmagórico y helado. Cassandra revisó la cima, y después bajó lentamente, buscando el collar. La primera vez que había notado su falta fue cuando regresaron de la cabaña. Se resbaló una o dos veces sin llegar a caer. Unas piedras sueltas rodaron por la pendiente. La tercera vez, perdió pie y cayó ahogando un grito. Rodó junto con las piedras hasta que unos arbustos la detuvieron. Esperó a que se hiciera de nuevo el silencio y trató de levantarse. Le dolía el tobillo. Rengueando se puso de pie y lo vio. La avalancha de piedras había arrastrado el collar, y estaba justo donde ella había caído. Lo levantó y se lo metió en el bolsillo. Todo estaba listo para lo que fuera. Un maullido sonó en los árboles, un poco más allá de ella.

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Capítulo 13. Polvos de indiferencia.

En el sueño, ella corría ciegamente. Podía sentir las ramitas de los arbustos arañando su piel. Podía sentir el aire tratando de escapar de sus pulmones. No podía respirar. En el sueño tropezó con algo cálido que no alcanzó a ver. Podía sentir la suavidad del contacto de este algo, las manos de este algo tocándola, acariciándola, sanando sus cortes y rasguños. En el sueño empezó a aparecer la luz, como en un amanecer. Este algo tibio la abrazaba con fuerza, y ella podía sentir su respiración cálida, cerca, muy cerca, en su hombro y en su cuello. En el sueño, la luz se hizo más fuerte, y ella pudo ver. La cosa tibia era un hombre, y se dio cuenta que no era su marido. Abrió los ojos y salió del sueño. Le tomó unos segundos recordar dónde estaba. Sintió el peso tranquilizador de la mano de Javan en su cadera. Aún en sueños, él siempre estaba ahí. Se volvió para besarlo, y el peso cayó. No era su mano, después de todo. Era el gato. Miró por unos momentos los ojos amarillos del animal, y lo empujó fuera de la cama. Javan dormía hacia el otro lado. Miró su espalda por un rato, escuchándolo respirar. Contuvo las ganas de acariciarlo para no despertarlo, y silenciosamente se levantó. El comedor estaba vacío a esta hora. Era domingo, y probablemente nadie se levantaría antes de las nueve. Se dirigió al centro del salón, pensando cuánto habían cambiado las cosas en los últimos años. Sonrió para sí. — Aldakiro aha endotenna amba nir. Emba ikirowe ontiro te kir... De pie en el centro del salón, podía sentir todo el poder del lugar fluyendo sobre ella. Se sentía como una ola gigantesca rompiendo sobre su cabeza. Respiró profundamente. Una luz, en realidad, tres luces de colores brillaron en los estandartes. Golpeó las manos por sobre su cabeza, y cuando las separó, un arco iris de luz sólida apareció entre ellas como una cinta. Giró e hizo unos pasos de baile, y la cinta de arco iris se movió en ondas hacia los estandartes en las paredes. La Joya correspondiente brilló en ellos. Cassandra giró una vez más y se detuvo. Aunque sin aliento, todavía sonreía.

130 Caminó hacia el estandarte de Arthuz. El Rubí de Fuego brillaba en su pico, y el Zafiro de Viento lo hacía a sus pies. Cassandra acercó una silla, y tocó las Joyas con las correspondientes piedras del collar de la Guardiana. Un relámpago, y ambas piedras quedaron restauradas. Cassandra arrastró la silla hacia el estandarte del unicornio. La luz del Topacio de Tierra la llamaba desde el cuerno de la figura. Otro relámpago restauró la piedra correspondiente. Cassandra miró desde donde estaba la Esmeralda de Agua. No necesitaba restaurar la piedra de Zothar, pero necesitaba que estuviera igualmente cargada de poder. Así que empujó la silla hacia el último estandarte. El relámpago plateado fue más brillante que los otros. Esa Prenda, esa piedra y esa Esmeralda habían permanecido intactas, mientras que las otras... Las otras habían sido robadas el año anterior, y las Prendas habían tenido que ser reconstruidas desde sus cenizas. Aún, y seguiría siendo así por algún tiempo, el elemento de Zothar era el más fuerte. Eso representaba un problema en estos días, pensó Cassandra. Porque el Gran Signo se fortalecía en ese elemento. Pero no había nada que ella pudiese hacer. Quedaban pocos días para la Puerta del Verano, y para el Eclipse. La luz plateada parecía no morir. Cassandra notó que los otros estandartes comenzaban a brillar de nuevo. Retrocedió al centro del salón. Los Tres querían hablarle. — Guardiana, — llamó Arthuz. Se volvió a él, escuchándolo.— El tiempo ha llegado. Ella lo miró. Como siempre, le resultaba difícil hablar cuando ellos lo hacían primero, así que lo hizo con lentitud. — ¿Tiempo para qué? — preguntó. — Tiempo de ver. Tiempo de elegir. Tiempo de salvar lo que pueda ser salvado. Tiempo de ser la Guardiana, — dijo Scynthé. Cassandra la miró. Ingelyn se adelantó y le presentó el Cetro. Cassandra frunció un poco el ceño. Estaba algo... diferente que la última vez. — Sí, — dijo la bruja. — Las Joyas han regresado a su sitio. Este Cetro será tu Vara cuando la necesites. Úsala con sabiduría. Cassandra retrocedió un par de pasos, y tropezó con Zothar. Su voz careció de piedad cuando habló: — Es tiempo de ser fuerte, Guardiana. Estás sola ahora. Cassandra tembló. De repente sentía frío.

131 Scynthé avanzó un paso. Tomó la mano de Cassandra, y dejó un nomeolvides en ella antes de retirarse. Ingelyn también se adelantó. Tenía una siempreviva en la mano. Arthuz ató las dos flores con un tallo de hierba sol y se volvió. Cassandra miró a Zothar. Él también tomó el ramillete, y también lo ató, pero con un tallo de noctaria. Devolvió las flores a Cassandra. — Es para protección, Guardiana, — dijo. No había sonrisas en ninguno de sus rostros cuando desaparecieron. Cassandra miró el ramillete por un largo rato. — Profesora Troy... — Una voz amable llegó a ella desde lejos. Pestañeó, y percibió las lágrimas. Se las secó sorprendida. — Maestro... Prefiero usar el apellido de mi marido, — sonrió. — Una vieja costumbre. ¿Qué hace aquí tan temprano? El desayuno es a las ocho. Cassandra miró alrededor. Las Joyas estaban de nuevo ocultas en los estandartes, el Cetro escondido, y no quedaba rastro de los Tres. — Sólo vagando por ahí... — dijo, evitando los ojos del Anciano. — Cassandra... Ella torció la boca. Conocía muy bien ese tono, exigente, autoritario... Jamás lo había podido resistir. — Hablé con los Tres... Ellos sólo... — estuvo a punto de decir “me condenaron” pero se limitó a decir: — Sólo dijeron que llegó el tiempo de elegir. — ¿Y eso fue todo? Ella asintió con la cabeza. — Ya veo... — Él fruncía el ceño. — ¿Dónde está su esposo? — Dormía hace media hora. Creo que yo también voy a dormir un rato más antes del desayuno. — ¿Cree usted que él...? Cassandra lo miró con súbito temor. — No, — dijo con brusquedad. — Si hay un espía no es él. ¿Qué les pasa a todos ustedes? Todo el mundo aquí parece ciego... Una expresión de disgusto cruzó la cara del Anciano. — No sé de qué está hablando, profesora Troy, — dijo. Ahora fue Cassandra la que frunció el ceño. Acababa de decirle que no quería usar ese nombre nunca más. El Anciano Mayor nunca hubiera olvidado un pedido como

132 ése. Estuvo encantado cuando ella y Javan se comprometieron y se casaron. Lo miró un momento. Algo muy malo estaba sucediendo. — Estoy muy cansada, Maestro. Lo lamento... — dijo. Se levantó de la silla en la que se había sentado y mostrando una vaga sonrisa salió del comedor. Javan la despertó besándola y haciéndole cosquillas bajo la manta. Ella abrió los ojos con una risita. Él parecía demasiado ansioso. La estaba lastimando. Lo miró. Mientras deslizaba los dedos por sus mejillas, mentón, garganta, lo miró a los ojos, y encontró aquella fría indiferencia que creía haber dejado atrás en el pasado. Un vacío helado que había creído adivinar en los ojos del Maestro, más temprano. Y que había visto en los ojos de otros, antes... ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Todos los demás, todos en el castillo tenían la misma mirada... Después de terminar los cálculos, Tenai parecía molestarse cuando la veía. Andrei parecía mantener una discreta vigilancia sobre ella y Javan. Sylvia... parecía que no le importaba nada más que sus nuevas plantas. Y Gertrudis, y el Anciano... todos en el castillo. Y ella no se había dado cuenta hasta... ¡Hasta que recuperó el collar! ¿Por qué Javan no había querido ayudarla a buscarlo? Se sintió súbitamente incómoda, pero la blanda respuesta que le había dado a su marido lo había tranquilizado un poco, y ahora él apoyaba la cabeza sobre su pecho. Ella torció la suya para susurrarle algo. — ¿Qué dijiste? — se sorprendió él, y la miró con los ojos brillantes. Ella se lo pidió otra vez. La besó profundamente antes de aceptar. La sala de los baños era un amplio espacio cerrado. Había tres bañeras para elegir: la de mármol negro, muy llana, en el rincón, adecuada para sentarse y meditar bajo un delicado rocío perfumado y tibio. La bañera rosada se parecía más a la piscina de un parque acuático que un lugar donde higienizarse. Cuando alguien se metía en ella aparecían dos deslizadores de agua, uno de ellos con tirabuzón, y cuatro o cinco surtidores, uno de ellos de espuma. No era el lugar más adecuado para relajarse. Cassandra eligió la última piscina. Rodeada por cuatro columnas blancas, y separada del resto de la habitación por delicadas cortinas de gasa. Era la más tradicional, la más sencilla, y la más adecuada. En uno de los lados de la habitación, discretamente separados del resto, estaban los vestidores. Cassandra cerró la puerta desde adentro para no ser molestados, y dejó la muda de ropa limpia en el banco. Un solo pase de la varita solucionó el problema.

133 Le hizo meterse a la bañera, y ella se sentó en el borde, las piernas chapoteando a cada lado. Traía una enorme esponja con ella. Él trató de abrazarla, pero ella no lo dejó. Empezó a friccionarlo y masajearlo con esa cosa áspera, riéndose y besándolo de vez en cuando, hasta que él se cansó de jugar y la zambulló en el agua. Ella cayó entre la espuma todavía riéndose. Pudo sentir el agua tibia y espumosa deslizarse entre ellos, cuando el tapón se salió. Pero no le importó. Se abrazó a él, y se dejó llevar. Cuando pudieron dejar de resbalar lo suficiente como para tapar el desagüe y abrir de nuevo los grifos, ya había pasado un rato. Ella flotó a su lado, perezosa y relajada. Él la acarició de nuevo. Ya no le daba la sensación que quisiera lastimarla, como en la habitación, más temprano. Se atrevió a espiar en sus ojos, y la indiferencia también había desaparecido. Suspiró y lo besó. Y salió de la bañera, envolviéndose en una toalla. Él la siguió. — ¿Qué pasó, Cassandra? — preguntó. — Sh... No hables tan alto, — susurró ella. Él levantó las cejas. Ella continuó: — Algo anda mal por aquí, Javan. Todos parecen cegados por alguna clase de hechizo... A nadie le importa nada. No sé qué les pasa... Ella se había sentado en el banco, en los vestidores. Él se sentó a horcajadas, rodeándola con los brazos. — Continúa. ¿Dices que me afectó a mí también? Ella asintió con la cabeza. — ¿Y a ti no? Ella sacudió la cabeza. — Yo también. Pero anoche recuperé el collar de la Guardiana, y esta mañana restauré las piedras. El Anciano me encontró allí. Aún él estaba afectado... Insinuó... cosas... como para que desconfiara de ti. — ¿Cosas? — Él la apretaba contra sí ahora. — Que tú podrías ser espía... Javan hizo un gesto de disgusto. No era una suposición demasiado irrazonable. Él había elegido abandonar a la Serpiente. Ella continuó con voz infantil. — Te traje aquí porque pensé que podía ser algo así como los polvos de Metamórfica... Quitan los poderes a los magos... — Él hizo una mueca. — Puede que tengas razón, — murmuró. — Me siento diferente ahora... ¿Cómo nos mantendremos protegidos?

134 — Los Tres me dieron esto... Quédatelo tú, yo tengo el collar... Ella lo miraba expectante, tendiéndole las flores. Quizá esperaba que él tuviera las respuestas. La besó, tratando de infundirle confianza. — ¿Cómo limpiaremos a los otros? — preguntó ella desde debajo de sus labios. — No podemos, supongo. A menos que quieras jugar a la Mata Hari con todos ellos... Ella soltó una risa nerviosa y se refugió contra él. — ¿Y entonces? — Tus tres encantadores socios... — empezó él en tono de duda. — Para algo los preparaste... — El súbito ruido de violentos arañazos en la puerta lo interrumpió. — ¿Qué es eso? — El gato... Li’am. Lo encontré en el bosque, anoche... — dijo ella. — ¿Trajiste un gatito perdido del bosque? ¿Estás segura de que es gato? — Él fruncía el ceño. — Sí, claro. Cuatro patas, maúlla... no es perro, no es pájaro... Debe ser gato. — Ella se encogió de hombros con total inocencia. El ruido se hizo más fuerte. Javan se enderezó y empezó a vestirse. Ella lo miró. — Vamos, vístete. Vamos a desayunar. Ella estaba perpleja por el súbito cambio. Pero antes de abrir la puerta, él tiró de su brazo y murmuró: — No hagas ni digas nada importante delante del gato. Tan pronto como Cassandra salió del cuarto, Li’am, el gato saltó a su hombro y se acurrucó allí, alrededor de su cuello. Javan lo miró con una expresión de fastidio que recordaba a la que ponía cuando veía a Siddar en forma de águila. Cassandra abrió la boca para preguntar, pero no lo hizo. — Vamos a desayunar, — dijo, con coquetería. Él sonrió y la siguió. La mesa del desayuno estuvo más extraña que nunca. Cassandra se sentía como si ella y Javan hubieran entrado en una casa de zombis. Se sentía incómoda, y no pudo comer mucho. Javan se comportaba con normalidad, pero era el único. — Discúlpame, — dijo de pronto. — No me siento bien...

135 Andrei se volvió hacia ella, solícito, pero ella creyó ver un brillo metálico en sus ojos. — ¿Pasa algo malo? — preguntó. Su voz sonaba normal. — No... Sólo... No me siento bien... — dijo ella parándose con la servilleta sobre sus labios. — Discúlpame. Y se retiró rápidamente, dejando caer al gato por el camino. Javan encontró las habitaciones cerradas con llave cuando bajó de nuevo. Llamó a la puerta. — ¿Sí? — respondió Cassandra con la voz quebrada. — Soy yo, — dijo él. Ella abrió la puerta, miró a ambos lados del pasillo y cerró rápidamente. — Me estoy volviendo paranoica, — se disculpó. — No. Los dos nos estamos volviendo cuerdos, — dijo él sombríamente. — Encontré esto en mi ropa, — dijo ella mostrándole un pañuelo manchado de algo que parecía hollín. Javan tomó cautelosamente el olor, e hizo un gesto de disgusto. — ¿Metamórfica muerta? — preguntó dudoso. Cassandra asintió. — Quizá... ¿Se fueron ya a sus habitaciones? Javan asintió. — Necesito estar sola. Usaré el espejo. Creo que es tiempo de despertar a mis socios, como tú dices... Él sonrió. — Estaré en mi estudio. Le tomó largo rato a Cassandra encontrar suficientes nomeolvides para rodear el espejo. Aparentemente, Javan tenía razón acerca del gato. Parecía haber destrozado todas las plantas en el patio de Cassandra. Al fin, y luego de bastante trabajo, tuvo el espejo rodeado con una doble corona de nomeolvides. Los últimos los tuvo que sacar de la ramita de Metamórfica que llevaba en el cabello. Cuando todo estuvo listo, se paró frente al espejo. No estaba encantado, como aquel primer espejo suyo que Javan había destruido, ni como el segundo, que ella había roto para que el Consejo de Ancianos perdiera el rastro de Javan. Este espejo, con marco de oro, plata y cobre en una trenza que se anudaba en la parte superior era nuevo. Se lo habían regalado el verano anterior, y Cassandra sabía que al canalizar la magia a través

136 de él, como ya lo había hecho muchas veces este año, el espejo acumulaba energía y se transformaba en una puerta. Lo que había sucedido antes por accidente, lo hizo ahora a propósito. Tocó el cristal con la Piedra del Corazón en su collar. Su propio reflejo fluctuó y se transformó en el de Solana, que en este momento se peinaba distraída, mirando al espejo como si esperara algo. Cassandra se llevó un dedo a los labios, entró en el espejo, y tomó la mano de Solana para que hiciera lo mismo. Estaban en un corredor estrecho, revestido de espejos. Los de ellas, frente a frente, estaban oscurecidos. Los nomeolvides rodeaban al de Cassandra. Cassandra retiró la segunda corona, y la dejó alrededor del espejo de Solana. — Este es un espacio virtual, abierto para nosotras ahora... Tenía que hablar contigo, — dijo en voz baja. Solana la miró asustada. — Sonja dice que tú les enseñaste que este es... — Un lugar prohibido. Este no es el verdadero recinto tras el espejo, no te preocupes. No contaminaría tu magia adrede. — ¿Y entonces? — Tenía que hablar contigo. Estamos en peligro. Tienes que recordar el Corazón... Y Calothar y Drovar también... Solana retrocedió, frunciendo el ceño. El hechizo de indiferencia no se rompía aquí. Cassandra buscó en sus bolsillos. — Toma, guarda esto... — dijo, tirando de la mano de la muchacha para dejar en ella tres ramilletes de flores. — Uno para cada uno de ustedes tres. Cuando la mano de Solana se cerró sobre las flores, su primera expresión fue de perplejidad. Sacudió la cabeza como si fuera a negarse, y la volvió a sacudir como un perro que sale del agua. — ¿Qué... qué me pasa? Me siento diferente. — Había un hechizo sobre ti. Todavía está sobre los demás. El ramillete lo desvía. Sol, tienes que despertar a Drovar para que consiga ayuda, y a Calothar también. No lo deben atrapar. — Pero... — No discutas. Tu ya viste de qué se trata en el espejo del Corazón. Ustedes huirán, y buscarán ayuda. Drovar sabe a quién recurrir.

137 Solana abrió la boca, a medida que las imágenes regresaban. Apenas logró articular: — En el espejo tú... — Asesinaré a Javan. Lo sé. Haré lo que sea necesario. Soy la Guardiana... — Los ojos de Cassandra relampagueaban helados. — No te preocupes. El Trígono sobrevivirá. Solo estén preparados. Solana se limitó a una mueca de duda. Los días que quedaban hasta la Puerta del Verano fueron todavía más extraños. Nadie parecía darse cuenta de lo cercana que estaba la fecha. Todos trabajaban como autómatas. Cassandra quitó las flores del espejo y cuidó de sus plantas como si nada hubiera sucedido. Javan se comportaba como los demás. Solana no era tan buena actriz, y empezaron a vigilarla. Cassandra misma se sentía observada. Drovar fue repentinamente reclamado por los Dro; al parecer su hermana Dromelana estaba enferma. Pero Cassandra notó que había un búho pardo rondando las torres. Calothar parecía ajeno a todo. Cassandra se sentía aislada y vigilada. Javan no le hablaba ni siquiera cuando estaban solos, y el gato no se separaba de ella. El día de la Puerta, pensó que no lo soportaba más. Estaba pensando en llevarse a Javan a la cascada de los helechos, o a la cabaña, o a cualquier otra parte, y contárselo todo de nuevo. Lo que fuera, pero que todo volviera a ser como antes. Subió a la cena pensando en eso, con el gato alrededor de su cuello como siempre. Sintió un frío extrañamente familiar cuando subió las escaleras. Se detuvo junto a las puertas del comedor. Aquí, hacía unos años, había encontrado a seis horrores y a Sirviente, entregándole el ultimátum al Anciano Mayor. El Anciano se había negado. Esta vez el frío era el mismo, pero el desenlace sería diferente. Encendió las luces mecánicamente, y le sorprendió la cantidad de personas estaban ya en el comedor. Se dirigió a su lugar, tratando de no mirarlos demasiado. Parecía que estaban todos. Amerek, que jamás bajaba de su torre; Bjrak, Tenai, Gertrudis, Sylvia, Keryn... ¿Keryn? ¡Si Keryn nunca entraba en el castillo! Buscó a Javan con la mirada, y encontró la de Andrei que la vigilaba con el ya habitual destello plateado. Se estremeció cuando halló el mismo destello en los ojos de Javan. Estaba sola. Llegó a su lugar, y bajó la vista hasta su plato vacío.

138 No tuvo que esperar demasiado. La silenciosa cena apenas había comenzado cuando las puertas se abrieron de golpe. Cassandra levantó la cabeza, sintiendo que el estómago se le contraía y la sangre se le helaba. Y vio lo que había estado temiendo desde la advertencia de los centauros. Seis Sirvientes encabezaban la partida. Luego venía Portavoz. La máscara cayó ante los ojos de Cassandra: era Hafnak, el Tercera Vara. Luego venía Althenor en persona, y otro de sus servidores cerraba la marcha, posiblemente Brekor, el portavoz degradado la vez anterior. El Anciano Mayor se levantó con elegancia. Cassandra se puso también de pie. Nadie más se movió. Althenor caminó a lo largo del corredor central. Se detuvo frente al Anciano. Sus ojos expresaban franco desprecio. Miró lentamente a su alrededor. — Bien, bien, bien... Aquí estamos otra vez... El Anciano habló con una voz estrangulada, como si estuviera luchando para no decir lo que dijo. — Bienvenido al Trígono, mi señor. — Siéntate, — contestó la Serpiente. El Anciano se dejó caer pesadamente en su lugar. Althenor se rió y notó a Cassandra, todavía de pie, y en una postura para nada rígida. — Ah, mi querida pequeña Troya, — dijo. Cassandra experimentó una sensación de deslizamiento. Todos los miedos y las dudas pasaron. El tiempo de elegir. Ella era fuerte, era poderosa. Y ella era todavía la Guardiana. Torció la boca en una sonrisa malvada, y rodeó la mesa lentamente. Se inclinó ante Althenor. — Mi señor, — dijo. La sonrisa de la Serpiente se ensanchó. — Mi señora, — contestó. En el silencio subsiguiente, solo unos cuantos jadeos roncos se podían escuchar.

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Capítulo 14. La Serpiente.

— Como siempre, llegas fuera de tiempo, —dijo Cassandra con lentitud. — No te esperaba hasta dentro de tres días. Althenor la miró desde arriba. Ella continuó. — Pero, debo admitir que tenías razón... esta vez. Tus polvos de indiferencia se están agotando. Una risa aguda se escapó de Althenor. — Eres siempre tan divertida, Troya... — dijo. Cassandra puso una expresión entre inocente y coqueta. — ¿Divertida? ¿No útil? ¿No rescaté a tu sirviente descartado y lo restauré? ¿No recuperé las Prendas que tú destruiste para nada? Desde el comienzo te dije que haría las cosas a mi manera, no a la tuya. Pero tú no escuchas... Ella se fingió ofendida. Althenor volvió a reírse. — ¿Y qué tienes que decir esta vez? ¿Qué ofreces esta vez, Troya? Ella se volvió a él. Una fría sonrisa apareció en sus labios. — Bueno, mi señor. Tus polvos se están consumiendo. No serás capaz de mantenerlos bajo control sin mi ayuda. — Yo no creo, mi señor, que debamos confiar... — empezó Brekor. — Ese es el problema, Felpudo. Tú nunca piensas, — replicó Cassandra. — pero tu amo es un poco más inteligente... tal vez. Ahora comprueba por sí mismo lo que su espía le ha estado diciendo desde que llegó: que el Anciano Mayor es demasiado fuerte como para ser detenido por un poco de ceniza. Ha estado luchando, sigue luchando y finalmente vencerá el efecto de los polvos. Aún mi dulce esposo ha sido capaz de vencerlos. Tuve que controlarlo por mí misma. Hubo un movimiento detrás de ella. Javan se había levantado y la miraba horrorizado. Ella continuó sin mirarlo. — También reconoció a tu espía. — ¡Oh, vamos! ¿Cómo podría? — empezó el sirviente.

140 — Cállate, Felpudo, — indicó Althenor, sin apartar la vista de Cassandra. Ella sonrió. Con un sacudón, hizo caer al gato que había estado sobre sus hombros toda la noche. — Muéstrales, corazón, — le dijo al gato. El gato miró a Althenor como pidiendo su permiso, y luego se transformó en un hombre. — Karl, — soltó Javan en un gruñido bajo. — Li’am como gato... Lilien como hombre... o Louisse. — ¿¡Louisse!? — jadeó Javan. — Sólo después del secuestro, querido. No te preocupes. Me vigilaba a mí, no a ti. Althenor levantó las cejas. — De modo que lo sabías. Cassandra se encogió de hombros. — Te dije que trabajaba sola. Pero tuviste que intentar dominarme. Te he demostrado mi punto, creo, y con creces. Domino sobre los Tres, y ellos hacen lo que yo quiero... con o sin poderes. Y también sé deshacerme de los espías que rondan mis habitaciones. ¿Qué pasó, Louisse? ¿El Glub fue demasiado para ti? — Esa maldita criatura me siguió hasta los viveros, — dijo el mago con un gesto de disgusto. — No se interesó en ninguna otra de las serpientes. Me seguía a mí. Al final tuvimos una pelea, arriba, en el techo. Le enseñé a no meterse conmigo. — Y esa fue la razón de que el Glub insistiera en salirse de la fuente. Te estaba buscando, — concluyó Cassandra. — Tendría que disculparme con él, no era tan desobediente después de todo. Mientras hablaba, Cassandra mantenía la mirada en los ojos vacíos de la Serpiente. Era como una caída en la nada. Pero ella no tenía miedo ahora. — Luego de deshacernos de él como hombre, me casé. La mejor manera de tener a Javan bajo control. Supongo que tomó demasiado de mi tiempo. Debí haber notado a tu espía, todo el año por allí, llenando cada rincón con tus polvos negros... Efecto lento y acumulativo, si tengo razón. — La tienes, Troya. Cenizas de Metamórfica muerta, tallos de noctaria, robados de aquí. Polvos de carbón de Arthuz, y arenas de las Grietas del Viento. Los mantuvo cegados, fríos e indiferentes a todos.

141 — Él solo reconoció la Metamórfica... — dijo Cassandra señalando a Javan. — Aunque sigo pensando que tiene buen olfato. Los labios de la Serpiente se curvaron otra vez. — ¿Y cuál es tu propuesta, mi señora? — preguntó burlonamente. — Controlaré a esta gente para ti hasta que tu signo brille en el cielo. Entonces, si eres capaz de retener el premio, es tuyo. Althenor la miró un momento. Los sirvientes también. Ninguno de ellos se atrevía a hablarle así al Amo. — ¿Y qué pedirás a cambio? — dijo finalmente. Cassandra lo miró y se rió. Largamente, y en apariencia, divertida. Luego se detuvo bruscamente. — Soy más poderosa de lo que tú eres, Serpiente. Más que cualquiera de los de aquí... — dijo con un frío destello en la mirada. — No hay nada que tú puedas darme. — Pensé que pedirías la vida de tu marido. Cassandra lo miró en suspenso unos segundos. Luego se rió. — ¿Para qué? No puedes tomarla, — dijo ella. Javan estaba completamente pálido. Althenor había sacado la varita. La movió un poco hacia él, murmurando algo que hizo palidecer a todos los que lo escucharon. Una luz oscura, tenebrosa, imponente, se levantó desde la varita y amenazó llenar el salón. Cassandra no se inmutó. Se limitó a levantar la mano abierta y cerrarla sobre la punta de la varita. La luz se disipó. Cassandra se estremeció y respiró ruidosamente, pero Javan pestañeó, todavía vivo. Todos estaban ahora espantados. — Nadie puede hacer eso... — dijo alguien. Las palabras cayeron en un denso silencio. Cassandra dio vuelta la mano, y un arenilla negra cayó hacia el suelo, desvaneciéndose antes de tocarlo. — Te dije, — dijo ella lentamente, — que él es mío. — Nubes de vapor salían de su boca, como si estuviera muy fría por dentro. — Pero tienes razón. Empieza a volverse molesto, — agregó. Ella sacó su varita de colores, y dijo las palabras. Una vez más, la luz que no era luz se levantó, y Javan cayó, golpeando el piso con un ruido hueco. Hubo algún movimiento en las mesas de los magos adultos. El horror estaba sacudiéndoles el efecto de los polvos.

142 — Tal vez quieras comprobar su muerte por ti mismo, — dijo ella, y con un movimiento de la varita, hizo volar el cadáver hasta la mesa más cercana. Cassandra se acercó, y se sentó a su lado, tomándole la mano como si estuviera vivo. — En cuanto a lo demás... ¿Qué podrías darme, mi señor? ¿Qué, que yo no tenga o pueda obtener por mi cuenta? — Cassandra miró a la Serpiente a los ojos sin pestañear. — ¿Todavía no sabes lo que quiero? — No, Troya. ¿Qué es lo que quieres? — La diversión se había desvanecido de sus ojos. ¿Podría ser que tuviera miedo? — Lo quiero todo. No puedes darme más poder mágico, así que quiero todo lo demás. Althenor la miró, todavía sin comprender. Cassandra se rió sin ganas. — Conocimiento. Inmortalidad. Dominio. Control. El tiempo y el espacio para ejercer el poder de la Guardiana, sin las trabas que los Tres están siempre interponiendo en mi camino... ¿No lo ves? Quiero que elimines a los Tres, eso es lo que quiero... Hubo un silencio, solo roto por el sonido de la respiración de los espectadores. Althenor clavó sus fríos ojos en ella, evaluándola. — De acuerdo, — dijo finalmente. Cassandra torció la boca. — Muy bien, — dijo. Movió la mano libre, y dijo unas palabras en el antiguo lenguaje. Los ojos de los aprendices se cerraron. — Los enviaré a sus dormitorios. Puedes poner un par de tus inútiles sirvientes en los pasillos, si quieres. No harán nada sin una orden mía. Agregó un par de palabras más. A una, los muchachos se levantaron y comenzaron a caminar hacia las puertas. Algunos de los sirvientes de Althenor los siguieron. — Sáquenles las varitas, idiotas, — dijo Althenor. — Sí, no queremos un motín, ¿verdad? — se burló Cassandra. — Y hablando de varitas... Buscó entre las ropas de Javan, y tomó la varita negra. La partió en dos. — ¡Espera! Dame los Ojos... — Demasiado tarde, mi señor, — dijo ella mostrando los pedazos. — Los Ojos del Vigía buscarán un nuevo dueño...

143 Althenor hizo un gesto de agresivo disgusto, pero el recuerdo de la maldición fulminante estaba demasiado cerca. Necesitaba pensar en ello. Ella se encogió de hombros. — Cuando elimines a los Tres, nombraremos otro Vigía, y le sacarás todos los Ojos que quieras. — Luego ella tocó la mano de su esposo de nuevo. — Se está enfriando. Ya es la hora. Adiós, esposo. Bajó de la mesa de un salto, y dejando las astillas de la varita sobre su pecho, sopló fuego sobre él y la mesa. Las llamas subieron altas en la habitación, y el humo salió por las ventanas. Miró las llamas un momento, y se volvió a los que todavía estaban en el salón: los estudiantes más avanzados y los profesores. — ¿Necesitarás a alguien más esta noche, mi señor? — No, puedes despedirlos, — dijo Althenor fríamente. Cassandra empezó a repetir las palabras. — ¡Alto! ¿Donde está el pequeño Huz? — dijo de repente. Cassandra miró con atención a los estudiantes que se aprestaba a despedir. Ni Calothar, ni Solana estaban allí. — ¿Cómo puedo yo saberlo? Tenías tus espías, ¿no? Y yo tengo mis propios asuntos aquí, — dijo furiosa. Pronunció la invocación, y los jóvenes se levantaron de sus lugares. Media docena más de sirvientes los siguieron para escoltarlos a sus cuarteles y asegurarse que se quedaran ahí. — Y por último, los profesores... — Cassandra miró a Althenor. — ¿A menos que te apetezca otro asesinato hoy? Él hizo una mueca. — Uno es suficiente. Quiero que todos vean mi señal subiendo en las estrellas, como tú dices, antes de que mueran. — Bien. — Ella pronunció la invocación por tercera vez. Esta vez fue un poco más larga. Los magos que habían desarrollado ya su potencial eran más difícil de controlar. Ellos, obviamente, partieron. — Bueno, estamos solos, Troya... Ella lo miró, y volvió a reírse de él. — No. Tú estás solo. Yo me voy a dormir. Siéntete como en tu casa, mi señor. Y ella se volvió y salió del salón.

144 Cassandra llegó a sus habitaciones, cerró la puerta con llave y las piernas dejaron de sostenerla. Cayó al suelo, la espalda contra la puerta, jadeando. Estaba a punto de gritar de desesperación. Se agarró la cabeza con las manos y se desahogó en sollozos de miedo y angustia. Luego de unos momentos pudo controlarse lo suficiente como para trabajar. Se levantó y fue hacia el espejo. Solana la estaba esperando. Había visto todo en el cristal, acompañada por Calothar. — Lo hice, — dijo Cassandra al espejo. El reflejo abrió la boca horrorizado. — Sólo asegúrate que Calothar llegue a la cueva de los helechos, como te dije. Drovar ya debe haber contactado a Siddar y los otros... Buena suerte. Hubo una pequeña pregunta desde el espejo. — Estaré bien. Él estará ocupado conmigo y no mirará en los jardines, ni en el bosque. Pero deben darse prisa. Tengan cuidado. Cassandra cerró el espejo. Primera etapa cumplida. Escuchó cuidadosamente el corredor. Todavía no venía. Se transformó en una brisa suave, y voló afuera por la claraboya hacia la ventana de Andrei. Se sentó junto a él en la cama. Él yacía despierto, no se había molestado en ponerse ropa de dormir, o quitarse los zapatos. Todavía estaba bajo el hechizo de obediencia de Cassandra. Sólo sus ojos delataban lo que sentía, y ahora mostraban una mezcla de miedo e incredulidad. No entendía. No podía creer lo que había visto. Cassandra le tomó la mano, y la sintió fría. — Andrei, — murmuró. — Por favor, tienes que entender... — No hubo cambio en su mirada. — No tengo tiempo para esto. Vendrá a buscarme pronto, y si no soy bastante fuerte... ¿Sabes? Sólo quiere el poder, y le puse adelante una carnada muy sabrosa... Mañana probablemente tendré que hacerte lo mismo que a Javan. Usa esto para protegerte. Cuando estés con él, él te lo explicará todo. Y oculta esto... Cassandra lo besó en la mejilla y se levantó. Los ojos de Andrei mostraban un intenso asombro. Ella acababa de devolverle la varita, y una cosa hecha de flores. — Cassan...dra... — llamó. Ella se dio la vuelta. — No trates de luchar contra el hechizo. Te debilitarías... Y si lo retiro, él se daría cuenta. Tiene que creer que lo voy a ayudar. Por favor, confía en mí...

145 Se transformó en brisa otra vez, y paso por debajo de la puerta para revisar los corredores. Los corredores estaban desiertos. Las voces venían del comedor, donde los sirvientes de la Serpiente se hacían servir por los edoms. Los edom obedecían en silencio. No se dejaron ver ni se hicieron sentir en ninguna forma. Cassandra respiró tranquilizada. No entró en el comedor. Temía que Althenor pudiera verla. Ahora caminaba lentamente frente a los estandartes, balanceando su varita, y mirando con los ojos entrecerrados el bordado de la Naga. Una débil sonrisa curvaba sus labios como si pensara... Sí. Tú me traicionaste, abuelo. Ahora yo te traicionaré a ti. Y hasta que el Gran Signo no se resuelva, no puedes intervenir... Cassandra sacudió su cabeza de aire, perturbada. Los pensamientos de la Serpiente le resultaban punzantes como agujas. Sopló lejos de las ventanas del comedor, y no logró ver al búho rojo por ninguna parte. La ventana del Anciano Mayor estaba abierta, tal como ella esperaba. El anciano estaba sentado a su escritorio, buscando algo pacientemente en un gran libro. Cassandra se sentó frente a él, de nuevo en forma humana. — Liberé a Solana. Ella y Calothar huirán esta noche. Buscarán a Drovar y la ayuda que él haya podido conseguir. Supongo que Siddar, tal vez Adjanara, los centauros... No sé con qué otros contaremos... Pero tenemos que resistir solos hasta el Eclipse... — dijo. El Anciano la miró. — Mató a Javan, — dijo el Anciano. Cassandra sacudió la cabeza vigorosamente. — ¡No, no! La Guardiana no puede matar... No lo maté... Lo cambié. Lo envié lejos, y sustituí su cuerpo por uno falso. Por eso lo quemé cuando la figura estaba por destruirse. No podía dejar que Althenor lo revisara... Ni que tomara los Ojos del Vigía... No se me ocurrió otra manera de protegerlo... Los ojos del Maestro relampaguearon. — Usted sabe que él quiere matarlo, que lo considera un traidor, — agregó ella. El Anciano asintió gravemente.

146 — Así que se le adelantó. Cassandra se encogió de hombros. — Hice un escudo primero, después lo envié al otro lado. Es una suerte que Althenor no conozca el antiguo lenguaje. Maestro; si la Guardiana contamina su magia, la pierde. Althenor no sabe eso, por eso he podido engañarlo. — Cassandra, yo también he hablado con Tenai. Cuando los nodos cambien de signo... — Eso es lo que cree Athenor. Que cuando los nodos cambien de signo podrá forzar las Puertas con magia oscura. Y aniquilar a los Tres como yo le pedí. No sabe que yo lucharé en su contra, para que los nodos no cambien, y para salvar el Trígono tal como es ahora. Tenía que decirle algo que él pudiera creer... — Cassandra, también a mí me dio miedo. Cassandra sonrió, y bajó la vista. Sacó varios de sus ramilletes de entre sus ropas. — Tengo que estar en mis habitaciones. Pero ellos bajarán la guardia hacia la madrugada. Estarán abajo, atendiendo al llamado de su señor... Entonces, usted podrá escapar un momento y entregar esto a todos los que pueda. Tal vez hasta puedan preparar un escape, los más débiles... no lo sé. — No es buena idea que los dejemos solos y a cargo. — Pero los más chicos... La Caja de Dherok está en el salón de los Viajeros. El Anciano asintió. Miró los ramilletes que ella le había dado con simpatía. — ¿Un amuleto podrá contra las maldiciones de la Serpiente? — preguntó. Cassandra sonrió. — Magia antigua. Más antigua que los Ryujin. Nomeolvides para encontrar, siempreviva para resistir, hierba sol para preservar la luz, noctaria para soportar el dolor... Me las dieron los Tres. Funcionó bien con Javan. — Las usaremos, no tema. — El anciano Maestro miró como ella se levantaba para irse. La detuvo con otra pregunta. — ¿Por qué estarán ocupados en la madrugada, Cassandra? Ella lo miró con los ojos llenos de miedo. — Él vendrá por mí esta noche. Intentará... sacarme el poder, como lo intentó con Kathryn. Lucharé. Pero si yo fallo, todo dependerá de usted. Tendrá que matarnos, a mí y a... la cosa. No quisiera pedírselo a Javan. Él ya tuvo que hacerlo una vez, y... Yo no soy bruja-fénix. No deje que se entere siquiera, por favor...

147 — Cassandra... — No. Todo saldrá bien, Maestro. Sólo tenemos que ser más fuertes y astutos que él... El Anciano bajó la vista a los ramilletes que aún tenía entre las manos. Cuando levantó la cabeza, ella ya se había ido. Su habitación estaba vacía y a oscuras cuando entró de nuevo en ella. La oscuridad era agradable y tranquilizadora. Siguió el ejemplo de Andrei y se acostó sin desvestirse. Sólo se sacó los zapatos. Golpearon la puerta ventana más allá. La oscuridad era suave, blanda, calmante. No debes dormir, se repetía. No debes... La oscuridad penetró sus sentidos y se durmió. Se despertó en la mañana temprano. Cada centímetro de su cuerpo le dolía. Tanteó la cama a su lado. Fría y vacía. Había ganado la primera batalla. Debía resistir solo dos noches más. Hizo un esfuerzo para recordar, pero la oscuridad, la misma amistosa oscuridad de la noche anterior había sumergido todo en el olvido. ¿Qué podría haber pasado? ¿Había Althenor invadido su cuarto? Abrió las cortinas que separaban la cama del resto de la habitación. El desorden en el cuarto parecía indicarlo así. Había una larga rajadura en el espejo, y un vaso con flores estaba volcado. El agua se había secado ya. No podía recordar cómo había escapado. Por un momento, deseó poder quedarse en la cama hasta que todo hubiese terminado. Luego se levantó. Tenía un largo día por delante. Tenía que saber de Solana y los otros. Y proteger a los que se quedaban.

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Capítulo 15. La Bailarina.

Subió a los pisos superiores a las nueve. Tomó las escaleras de servicio hacia las cocinas, y ordenó a los edoms que sirvieran a los aprendices y profesores en sus habitaciones, y a los “invitados” en el comedor. Se comportó como si fuera la dueña de la sombra de todos ellos. Delante de ellos llamó a Nita, y le ordenó alimentar al Glub del calabozo cerrado. Ahora, dijo con altivez, y encárgate personalmente. Los demás no intervinieron. Normalmente ella dejaba que se repartieran las tareas como quisieran, y nunca, nunca los había tratado así. Pero ahora... Bien, no podían hacer nada, en tanto ella cuidara de los capullos de Nita. Ella se acercó a darle unas palmaditas entre los facetados ojos, y deslizó una piedra blanca en su pata. Nita la miró un segundo, y luego desapareció a través de la pared. — El desayuno del señor es para las diez, — ordenó antes de salir. Los edom no respondieron. Eran las once cuando Nita apareció frente a ella, en su dormitorio. Ella levantó la vista del pergamino que estaba leyendo. — ¿Ha desayunado ya el señor? Sí, señora, dijeron los ojos. — ¿Han llevado a alguien de los profesores o de los alumnos ante él? No, señora. Ella detuvo la mano en el aire, y miró profundamente en los ojos de Nita. Leyó lo que necesitaba saber. — Entonces, Nita, tráeme un té, por favor, — dijo con una pálida sonrisa. Subió de nuevo las escaleras cuando ya era mediodía. Pasó por la biblioteca principal, y tomó uno de los libros del fondo; uno negro y plateado. Luego se dirigió al comedor. Los gritos que venían de allá la hicieron estremecerse. Era Andrei. Y la voz de Sirviente... Brekor, Felpudo, como lo había bautizado ella, lanzándole una maldición. Más gritos. Escuchando cuidadosamente, también se oían respiraciones entrecortadas. ¿Podían haber traído al resto de los profesores para presenciar la tortura? ¿Y para qué?

149 ¿Matar el tiempo? Tuvo que controlarse cuidadosamente para no correr y detenerlos. Tenía que resistir dos días más. Así que caminó indiferente hacia una de las mesas, cerca del estandarte de Zothar. Sintió varios pares de ojos que se posaban en ella. No los miró. Se limitó a desenrollar su pergamino y sacar una pluma. Desde que ella había entrado al comedor, el único sonido era el jadeo agónico que venía del piso, frente a la mesa central. Ella tampoco miró en esa dirección. Sabía que se trataba de Andrei. Sirviente se volvió hacia él, apuntándole con la varita, pronto a empezar de nuevo. Hubieron algunos murmullos entre los otros secuaces de la Serpiente. El chasquido de la luz azul fue audible, pero pronto quedó disimulado por el aullido de Andrei. Algunos de los otros se rieron. Cassandra miró a Sirviente fríamente. — Basta. Estás haciendo mucho ruido, — dijo lentamente y con suavidad. — No lo haré. No puedes darme órdenes, — dijo el mago. Nuevos aullidos llegaron desde el suelo. Cassandra dijo un par de palabritas, en el mismo tono suave, y la luz oscura que habían visto el día anterior volvió a sobrevolar el comedor. Felpudo se tiró al suelo, temblando, pero la maldición fulminante pasó de largo y cayó sobre Andrei. Los aullidos y jadeos cesaron. Ella tenía los ojos clavados en él. — Tú sigues. Déjame hacer mi trabajo, — dijo. Los ojos de Brekor se abrieron de terror: ella ni siquiera había tocado la varita. En ese momento entró Althenor. Ella miraba de nuevo al pergamino, profundamente concentrada en su trabajo. — ¿Qué estás haciendo, Felpudo? — dijo. — ¿Matando a mi público? — Yo... yo no fui, mi señor... ¡Fue ella! ¡Ella lo hizo! — tartamudeó Sirviente. Althenor volvió una mirada helada hacia ella. — Linda cortada, — saludó ella sin levantar la vista de sus papeles. Él se llevó la mano a la cara. Una fea cicatriz, todavía fresca, cruzaba su mejilla. — Buenos días, mi señora, — dijo con falsa dulzura. Ella le echó una rápida mirada. — Buenos... — dijo ella. Y abrió el libro. Una niebla oscura y helada nacía de las páginas, y se arrastraba pesadamente por la mesa y el suelo. Los sirvientes empezaron a retroceder. La niebla se dirigía a ellos en primer término. Y en la oscuridad había voces, voces muertas que los reclamaban por sus nombres.

150 — ¡Cállenlo! ¡Cállenlo! ¡Que alguien lo deten...! — Uno de los sirvientes, histérico, fue devorado por la niebla oscura. Ella miró el bulto que se debatía, y habló con una voz extraña, diferente de la suya normal. — ¡Rajputk nadiro-o! ¡Elaven-pok! Entulave te-kir, ona miri oka’najh, — dijo. La niebla se retiró un poco, como escupiendo al sirviente, que quedó en el suelo, aterrorizado. La niebla comenzó a formar remolinos en torno a Cassandra. Althenor sonrió. — ¿Necotés? — preguntó. — Neferés, — rectificó ella. — Necotés es masculino, neferés es femenino. Es un lenguaje dual, ¿sabes? — Estás llena de sorpresas, —dijo él, sentándose frente a ella. Parecía no importarle los remolinos de niebla negra que intentaban subir por sus piernas y ahogarlo. — Pero, mi señora, estás asustando a mis sirvientes, — agregó en tono de advertencia. — Ya casi termino... ¡Ah! Aquí está. — Ella garrapateó algo rápidamente en el pergamino y cerró el libro de golpe. La niebla se inmovilizó, pero quedó estancada a sus pies. Ella la miró con indiferencia, y luego a Althenor. — ¿De qué te sirven sirvientes que se asustan tan fácilmente? — se burló. Y luego, el mismo extraño cambio de tono. — Endiro te-kir. Nadiro-a elaven pok. La niebla oscura retrocedió hasta el libro y volvió a meterse en él. Ella puso el libro a un lado. Althenor preguntó: — ¿Qué buscabas en el Libro de la Muerte, pequeña Troya? — ¿Qué tal si almorzamos? —replicó ella. Los ojos de él se endurecieron. No estaba habituado a que lo contradijeran. — Pregunté qué... — Y yo quiero comer algo. Después de eso, tal vez te muestre lo que encontré. — Ella lo enfrentaba con total sangre fría. Sus ojos centellearon con furia. Sus manos temblaron un poco, como si quisiera la varita. Le hubiera encantado maldecirla, pero sabía que no podía. Lo había averiguado anoche, y de la manera difícil. Así que dejó que su voz se deslizara, seductora y peligrosa como una serpiente, y dijo: — Por supuesto. Podríamos almorzar primero...

151 Althenor casi no comió. La estuvo observando, con el ceño a medias fruncido, mientras ella almorzaba. Parecía tan forastera. Su manera de vestir, sus modales... Pero en el fondo de sus ojos brillaba una llama. Ella lo odiaba, y él lo sabía. Él la aborrecía, y aún así, parecían condenados a ser socios. Ella tenía poder más allá de las posibilidades de una bruja, cuánto más de las de una forastera. Y si ella podía acumular poder de esa manera, ¿qué no podría hacer él? ¿Qué límites no podría él atravesar, si hacía suya esa capacidad? Ella no temía a la oscuridad. O era muy buena actriz. Pensó, divertido, que debería probarla. No, era imperativo que lo hiciera. En todas las ocasiones anteriores, ella lo había traicionado y servido al Trígono. ¿Por qué habría de ser diferente ahora? Ella lo haría otra vez. Seguramente. Casi seguro... Aún quedaba esa pequeña sombra de duda. Ella había matado a Javan Fara, el Comites de la Rama de Plata, su propio marido. ¿O no? También había matado a Andrei Leanthross. Había desaparecido el cadáver al sentarse a la mesa. Althenor la había mirado con algo de sorna, y ella dijo que le molestaba el olor. ¿Olor tan pronto? ¿O estaba escondiendo alguna otra cosa? ¿Mataría a...? No. Matar al Anciano Mayor Aurum no sería una prueba adecuada. Si había sido capaz de parar una maldición fulminante con la mano desnuda, y de eso no tenía dudas, también podía fingir todas las otras muertes. ¿Qué prueba podría ponerle? Le quedaba sólo un día para asegurar su posición frente a ella. Sobre ella. Necesitaba dominarla. Esta noche tenía que tomar posesión de ella, y de su poder. Todo su poder. O, de otra manera, matarla. Nunca podría soportar un enemigo potencial tan poderoso a su lado. Los reflejos rojos de luz en la copa le dieron la idea. Ella había estado jugando a eso con Javan Fara desde el comienzo. ¿Por qué no darle un trago de su propia medicina? Sólo necesitaba unas pocas cosas, y todos los armarios de los profesores, incluido el del mismo Fara, estaban a su disposición. Cassandra demoró el final de la comida tanto como pudo. No era que tuviese hambre; era que temía lo que seguiría después. Pero inevitablemente, el almuerzo terminó. Ella trató de escapar de Althenor, pero él no se lo permitió. La había estado vigilando durante todo el almuerzo. Las expresiones cambiantes en su cara delataban el rumbo de sus pensamientos. Desconfiaba, y quería asegurarse de su lealtad. Cassandra estaba preparada. Por eso, ella no se sorprendió demasiado cuando él le dijo, con una especie de diversión en su voz.

152 — Por favor, mi señora. Ahora bailarás para nosotros. Una danza ritual, como las que has danzado para ellos. Me dijeron que eres muy buena bailarina... Cassandra lo miró y sonrió, pero no trató de excusarse. No hubiera funcionado. Él andaba tras algo, y ella debía evitar que eso terminara en alguna muerte. Así que le hizo una pequeña reverencia y fue hacia el centro del salón. Sabiendo cómo afectaba eso a los servidores de la Serpiente, movió la mano para abrir un espacio entre las mesas, y de nuevo para dibujar el círculo. No hubiera sido tan impresionante su hubiera usado la varita. Y dejó caer agua en el círculo por entre sus manos vacías; y sopló una brisa fría, mientras giraba una segunda vez. Y luego de eso, dejó caer polvo de cristales, y en la última vuelta, chispas rojas encendieron las llamas. Golpeando las manos sobre su cabeza, sacó dos cintas de la nada, una de luz y otra de sombras; y las cintas flamearon y ondearon tras ella, siguiendo sus movimientos, salpicando en ondas de luz y oscuridad. Mientras bailaba no sonreía, concentrada en el poder que debía mostrar pero no liberar hacia los espectadores. Si hubiera podido, lo hubiera dejado fluir hacia sus amigos, pero no estaba en condiciones de seleccionar a quién del auditorio iba dirigido el flujo mágico. Casi flotaba ahora, como una pluma que caía. Y terminó girando agazapada contra el piso. Las cintas de luz y sombra cayeron y se disolvieron en silenciosas ondas, y Cassandra levantó el brazo. Un destello de luz lo anunció, y más de uno de los espectadores se estremeció. Cuando ella se levantó, tenía en sus manos el Cetro. Las cuatro Joyas estaban engarzadas en su cabeza: el triángulo con el zafiro al centro, centelleando al sol. Cassandra se detuvo, se enderezó, y saludó con una inclinación. Clap, clap, clap. Althenor aplaudía lenta y burlonamente. Ella sonrió otra vez. Él extendió la mano. — ¿Qué es eso? Déjame ver, — dijo él. Ella frunció los labios. Era tan predeciblemente igual a Zothar. — Es mío. Ven por él... si te atreves, — le dijo. Althenor se levantó. Ella le apuntó con el Cetro. Las Joyas chisporrotearon y empezaron a acumular luz peligrosamente. Él se detuvo, y ella se rió. — Es el Cetro de los Tres. Pertenece a la Guardiana. No puedes tomarlo, y no puedo dártelo... aún si lo quisiera. — Muy bien, — dijo él en voz baja, pero cada músculo de su cuerpo era una amenaza.

153 Ella retrocedió instintivamente, todavía apuntando con el Cetro; y él avanzó. — Detente, — dijo ella. Pero su voz sonó insegura. Él siguió avanzando. — ¡Alto! — dijo ella ahora con una nota aguda de histeria en la voz. — Está bien. — Él sonreía ahora. Ella tenía miedo, por lo tanto no era invencible. — Tú te lo buscaste... Y ella se transformó. Perdido el autocontrol, tomó la forma de una hikiri como la de Zothar, cuarenta o cincuenta metros de largo, alta como todo el salón y gruesa como el tronco de un árbol. Los sirvientes de la Serpiente saltaron hacia atrás y huyeron como si hubieran sido dispersados por un viento fuerte. Althenor se detuvo. Ella lo miró siseando. Y aún así, él se sintió complacido de notar el miedo en el fondo de sus ojos. De modo que dijo: — Muy bien. — Ahora su tono era diferente. Tranquilizador, aunque tan frío como siempre. — Transfórmate, por favor. Tenemos que hablar... Ella se transformó de mala gana. Tuvo que reprimir un escalofrío cuando él la tomó del brazo, pero él se limitó a conducirla a una oficina vacía. Antes de ir, Cassandra envió a los profesores a sus habitaciones y selló el hechizo para que no pudieran sacarlos de allí sin que ella lo supiera. Cassandra se había encerrado en su habitación. Se sentía tan cansada... Pero todavía no era el momento de descansar. Tenía unas pocas horas hasta la noche. Corrió por dentro de las paredes hasta el calabozo cerrado. — C’ssie... — La voz sonó ahogada. — Javan... — susurró ella. Se fundieron en un abrazo cálido. Pero ella lo soltó rápidamente. — ¿Y Andrei? — Está aquí. ¿Qué le...? — Lo asesiné igual que a ti. Pero lo estuvieron torturando un rato, antes... Temí que no resistiera... Javan hizo una mueca. — Ven a verlo, — dijo. Andrei estaba junto a la rueda, en el suelo. Javan lo había cubierto con su capa, y una manta que faltaba del armario de Cassandra. — Como ves, no está muy bien, — dijo en voz baja. — Lo torturaron., — dijo Cassandra. — No lo pude evitar.

154 Ella se arrodilló a su lado, y le tomó las manos. Estaban frías. Tocó su frente y sus mejillas sacudiendo la cabeza. — Ojalá no estuviera tan cansada, —murmuró. — ¡Fuego de Arthuz! Dale nueva fuerza a este servidor de tu Rama... Un destello de llamas brilló brevemente bajo sus manos, en la frente, el corazón y las manos de Andrei. Él abrió los ojos y pestañeó. — ¿Estás bien? — Sí... ¿Qué... qué pasó? — Te maté, como te dije que lo haría... Pero ahora ustedes dos tienen trabajo que hacer. Andrei, ¿podrás...? — Si tú puedes, yo puedo, — le dijo Andrei, haciendo un esfuerzo para ponerse de pie. Cassandra lo ayudó. — ¿Qué pasó contigo? — Vino anoche... pero yo no recuerdo nada. Tiene una cicatriz en la mejilla que creo que le hice yo... Javan la hizo volverse en redondo, la tomó de las manos y la miró a los ojos. Había miedo en los suyos, cuando Cassandra lo miró. Movió la boca, pero no dijo nada. Cassandra sonrió apenas y lo besó. — No te preocupes, — le susurró. Javan se estremeció. — Ven a ver esta cosa, — logró decir él con voz ronca. Y la llevó donde el Triegramma. — Anoche estuvo centelleando, llameando y chisporroteando toda la noche, en especial en la madrugada. Está quemado en algunos lugares. Cassandra miró lo que él le indicaba. Tenía razón. — Supongo que utilicé el poder para rechazar a Althenor. Creo que él trató de hacerme lo mismo que a Kathryn... Javan le apretó los brazos tan fuerte que ella se quejó. Pero él no podía decir nada. — Seguiremos luchando, sabes que tenemos que hacerlo... Estaré bien. Él sólo la rodeó con los brazos y la abrazó fuerte, sin una palabra. Andrei y Javan se habían ido. Cassandra le había encomendado a Javan que ocultara a Kathy de nuevo. Temía por la niña más que por ella misma. Ya era bastante extraño que Althenor no la hubiera buscado aún. Pero Cassandra le estaba dando mucho en qué pensar. Después de todo, Kathy era solo una niña, y para poder usarla, tendría que esperar a que el poder madurase en ella. Cassandra, por otra parte, le ofrecía el

155 poder ya maduro. Tenía que seguir distrayéndolo. Javan había protestado y discutido mucho rato su plan. Libre ahora de los polvos de indiferencia, como casi todos en el castillo, no quería dejarla sola con la Serpiente. Luego de una larga discusión, Cassandra lo convenció. Tenían que salvar a Kathy primero. Cuando Andrei pudo moverse con más soltura, él y Javan habían usado el pasaje a la cabaña y habían regresado desde el otro lado. Cassandra los hizo pasar a través de la frontera. Debían llegar al jardín de Ingelyn lo antes posible. Allí, le habían dicho a Drovar que llevara los refuerzos. Allí... Por un momento, Cassandra pensó que qué harían si no había nadie. ¿Podrían vencer solos? Javan le apretó la mano en las sombras de la mazmorra a oscuras. Él estaría con ella al menos. No tenía noticias del Interior, pero Javan le prometió contactarse con la Hija del Viento. Él suponía que Lyanne era más que suficiente para levantar a todo el bosque de los centauros, y Nero y Ara harían lo mismo con los otros habitantes del Interior si lograban comunicarse con ellos. Como sea, en el bosque sería más fácil encontrarlos. No sabía qué haría Nakhira, pero de todas maneras, la Dama de blanco era un ser extraño, tan propenso a la traición como el mismo Zothar, o Althenor. No iban a bajar al lago para buscarla. Viendo su preocupación, Andrei se acercó a ella. — Si te sirve de consuelo, tenemos algo más para defendernos... — dijo, casi avergonzado. Javan lo miró y asintió. Cassandra los miró con curiosidad. Andrei sacó su varita, el bastón blanco que usaba cuando estaba ciego, y lo sostuvo entre las manos como hacía Javan cuando quería llamar a la Vara del Vigía. La Vara de Andrei creció, se torneó sobre sí misma como una llama, y de pronto fue también la Vara de un hechicero. — El regalo que me trajiste... — dijo Andrei, — es en verdad poderoso... Cassandra miró la vara. En el lugar de la piedra de poder, centelleaba una burbuja de cristal con una flama roja dentro. El huevo de hikiri. — Ahora Andrei tiene poderes similares a los tuyos, al menos en cuanto al fuego y al agua, — dijo Javan. — Aunque nadie viniera, podríamos defendernos... — No, no en este momento. En el Eclipse. Hasta ese momento, cualquier cosa que hagamos será para mal. El Signo debe formarse y llegar a su plenitud antes de que podamos revertirlo. Javan, Andrei... Confío en ustedes. Javan la abrazó y la besó. Andrei se limitó a darle unas palmaditas en el hombro. — Confía también en los otros. Siddar no nos dejará, ni Adjanara, ni los otros Varas del Círculo.

156 — Pero Hafnak... — Hay otros Varas aparte de ese traidor, — dijo Andrei con los dientes apretados. Javan la estrechó de nuevo contra él, pero no hizo comentarios. Se habían ido hacía unos momentos, y ella les había encomendado que se reunieran con los otros en el bosque, en el jardín de los helechos de Ingelyn... A ella le quedaba una hora, y pensando en ellos se recostó un momento. Se quedó dormida. Un par de labios helados y llenos de deseo la despertaron. Estaba muy oscuro. Una lengua fría, sondeando, tratando de abrirle la boca. Un cuerpo pesado sobre ella. Estalló en llamas, y él saltó fuera de la cama, apagando las chispas en su ropa. Ella se sentó, alerta y desafiante. — ¿Qué estás haciendo aquí? Te dije que esto no te lo daría, — dijo ella con frialdad. — Me lo darás todo, mi señora, por grado o por la fuerza. — Eso será solo en el caso que logres retener tu premio, mi señor. Allí estaba, sin lugar a dudas, el tono burlón que ella siempre ponía en la palabra. Debía doblegarla. A cualquier costo. — Mañana daré una clase, — dijo. — ¿¡Qué?! — Esto es un lugar de conocimiento, como una escuela ¿no? — Sí, pero... — Ella no sabía qué decir. — Estamos de vacaciones. — No seas estúpida. Daré una clase de Magia Oscura. Convocarás a todos los estudiantes al comedor mañana a las nueve. Ella estaba aturdida. Debía protegerlos. — No puedes darle una clase a tanta gente. Te daré solo a los de nivel superior, — dijo ella con altivez. Él lo pensó unos segundos. Un puñado de estudiantes eran suficientes para sus fines. Ella estaría tan preocupada por ellos que bajaría la guardia. Y al final estaría tan cansada que podría hacerle lo que quisiera. Doblegarla. Quebrarla. Tomar su poder. Y al final, aplastarla. Pero no sin antes enseñarle a quién se había atrevido a desafiar. — Está bien para mí, mi señora. Mañana a las nueve, no lo olvides. Y se fue sin más discusión, para asombro de Cassandra.

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Capítulo 16. Magia oscura.

Cassandra se despertó temprano. Demasiado temprano. Trenzó varios ramilletes de siemprevivas y nomeolvides, hierba sol y noctarias, y se preparó para llevarlos a los estudiantes avanzados, los que estarían en el comedor más tarde. Fue a buscar a Ryzhak, pero se tropezó con Norak en el camino. El muchacho la miró y se sonrojó. Ella frunció el ceño. — Pro... fesora... Guardiana... Yo... El muchacho había sacado su varita. Cassandra lo miró. ¿Los traicionaría de nuevo? — ¿Por qué estás afuera, Norak? Se supone que no pueden salir. — Mi varita... Mi Vara... Cassandra miró a ambos lados del pasillo, y tomó a Norak del brazo para arrastrarlo al salón de Javan. Sintió un cosquilleo familiar en la mano cuando lo tocó. — ¿Qué pasa con tu varita? ¿Cómo es que estás afuera? — Esta mañana... Mi varita había regresado. Estaba en mi mesa. La tomé, y la revisé para ver si no tenía nada anormal... Y empecé a ver cosas. Cuando toqué la puerta, se abrió y me dejó salir. — Déjame ver, — dijo ella. Cerró los ojos, y se puso a la espalda del chico. Le cubrió los ojos con las manos y abrió los suyos. Miró a su alrededor, y vio el bosque, los centauros que se congregaban, un par de figuras embozadas que se reunían en un campamento, los sirvientes de la Serpiente moviéndose por todo el castillo. Prácticamente no había barreras, salvo en una dirección. Cassandra miró unos momentos la pared de nube blanca que se había levantado ante sus ojos. — En esa dirección está la Serpiente. No trates de mirarlo todavía. Te descubriría demasiado pronto... — Pero... ¿qué es? ¿Por qué...? Ella le sonrió. — Los Tres te han dado un regalo... y una misión, si decides ayudarnos.

158 El muchacho la miraba pálido. Ella tomó la varita de sus manos y la acarició un con la punta de los dedos, desde la punta hasta la base. La varita se alargó unos centímetros, pero en su cabeza brillaban dos pequeñas esmeraldas. — Los Ojos del Vigía, — susurró Norak sin aliento. — Pero... son más pequeños... — Claro, — sonrió Cassandra. — Crecerán contigo. No creerás que puedes alimentarlos con la misma fuerza que a mi esposo le llevó toda una vida cultivar. Eres el nuevo Vigía, Norak. Los ojos del muchacho brillaron. — ¿Qué tengo que hacer? — Por ahora, evitar que la Serpiente lo sepa. Y si ves algo, trata de ponerte en contacto conmigo... Si quiero contactarte, te enviaré primero el perfume de alguna flor... — ¿Jazmín? — Bueno. Pensaré en jazmines y luego te hablaré a tu mente. Javan me está enseñando a hacerlo... La sonrisa de Norak se ensanchó. — A mí también. En ese momento, Cassandra se dio cuenta que su nuevo Vigía sabía perfectamente que Javan y Andrei estaban en el bosque, incluso con más claridad que ella. Sonrió. — Lleva esto a los muchachos del piso de abajo... Y si puedes, contacta al Maestro... Aunque es peligroso. La Serpiente podría ‘escucharnos’. Norak asintió, mientras tomaba los amuletos. — Creo que hablaré con mi padre... — dijo. Cassandra entreoyó las hebras de un plan en la mente del muchacho. — Está bien, pero no corras riesgos... Gracias, Vigía. — A tu servicio, Guardiana. El muchacho se retiró del salón como una sombra. Cassandra regresó a sus habitaciones y salió como una brisa por la claraboya para ir al encuentro del Maestro. A las ocho y media de la mañana, todos los aprendices avanzados estaban desayunando en el comedor. El resto de los aprendices permanecían encerrados en sus dormitorios. Cassandra no sabía, ni quería preguntar a cuántos de ellos habían logrado evacuar la primera noche. Los miraba comer, preguntándose qué pensarían ellos. Los

159 veía mirar alrededor, asustados, y deseaba ir con ellos y tranquilizarlos. Vio a Norak acercarse a Ryzhak como por descuido, y decirle algo. Luego se alejó hacia otro muchacho. Ryzhak continuó comiendo con tranquilidad, y Cassandra miró a otro lado. Cuando volvió a mirar, Ryzhak se había levantado y hablaba con Membrill. Más tarde, vio a Membrill inclinándose hacia Anika. Sí, Norak había pensado algo, y se alegró de no saber de qué se trataba. La Serpiente podría espiar sus pensamientos. A las nueve, las mesas habían sido vaciadas, y Althenor entró en el salón con aspecto de estar sumamente complacido. Traía al Anciano Mayor consigo, y le indicó un asiento, separado de los estudiantes. Cassandra reprimió un escalofrío. Él era poderoso, lo suficiente como para romper el sello con que ella había cerrado su hechizo de obediencia. Se estremeció, pensando que lo estaba subestimando. Sintió que se hundía en la desesperación. Miró a Norak, pensando decirle que mejor no intentara nada, y la visión de un jazminero florido inundó su mente, junto con la voz de Norak. La desesperación es una trampa, no te dejes arrastrar... Y luego nada. Cassandra desvió la mirada, confortada por la luz que vio en los ojos del muchacho. Tenían que resistir. Miró al Anciano Mayor, y detectó un ligero asentimiento en su mirada también. Apretó los dientes y continuó. Althenor había empezado su clase. Se había vuelto a los aprendices, y los examinaba con aire de superioridad. En esto, al menos, tenía razón: nadie estaba más cerca de la magia oscura que él. — Bien, pequeños magos y brujos; llegó el momento de que aprendan algo útil al fin... — dijo, barriendo el salón con una mirada malévola. Los muchachos lo miraban, muchos de ellos pálidos, muchos de ellos nerviosos, muchos de ellos aterrorizados. Todos ellos habían escuchado de la Serpiente, y tenerlo ahí adelante era más de lo que muchos podían soportar. — Como primera lección, — dijo, — aunque no es sobre magia... Como primera lección, aprenderán a no tratar de engañarme. Estaba ahora mirando a Cassandra, que le devolvía la mirada. Su voz había sonado dura y fría. Metió la mano en su bolsillo y sacó un ramillete de flores. Lo mostró a sus servidores, detrás de los estudiantes. — Esto es un absurdo amuleto de protección. Inútil ahora, — dijo. Sopló sobre las flores y el ramo se ennegreció y marchitó. Las flores se deshicieron en cenizas. De los bolsillos de la mayoría de los estudiantes otros puñados de cenizas salieron y se unieron al remolino que se formaba frente a Cassandra. Ella notó que de algunos

160 bolsillos no salía ceniza. Alguien los había traicionado, pensó, cuando los jazmines invadieron su mente otra vez. Esta vez no hubieron palabras. Solo la imagen del ramo que Althenor había sostenido. Había algo mal en ese ramo; no era el mismo que ella le había dado a Norak y a los otros muchachos. La imagen desapareció antes de que ella pudiera llegar a ninguna conclusión. Ocultó como pudo su confusión. — Bonito truco, — dijo a la Serpiente, fingiendo calma absoluta. Y a su vez, sopló sobre las cenizas que se arremolinaban en la brisa. Las cenizas cambiaron de color y desaparecieron. — Bonito truco. ¿Y ahora qué? — Trataste de engañarme otra vez, pequeña Troya, — dijo él. Ella se encogió de hombros. — Claro. ¿Qué otra cosa esperabas de mí? Sigue con tu clase, profesor... La burla impregnaba su voz de nuevo. Él la miró unos momentos más, furioso. No pudo evitar que la mano que sostenía la varita temblara. Pero se contuvo antes de levantarla. — Tienes razón, Troya, — dijo finalmente. — Tenemos cosas importantes que hacer hoy. — Y se volvió a los estudiantes. Cassandra se sentó allí, escuchando. No hizo ningún movimiento. Observó al Anciano, sentado frente a ella y leyó la preocupación en su cara cansada... Pero también vio la fuerza en el fondo de sus ojos. No sonrió, pero la hizo sentir mejor. Volvió su atención a los aprendices. Algunos lo escuchaban ansiosamente, sin perderse una palabra. Otros, con miedo. Para algunos de los aprendices, este era un mundo nuevo, y Cassandra sabía cuánto atractivo tiene lo desconocido. El salón parecía dividido. Había un grupo, a la derecha, cuya expresión era de lo más perturbadora. Una mirada de superioridad hacia sus compañeros, y de tranquila aceptación a lo que la Serpiente iba diciendo. Estaban en su elemento, y la magia oscura no les era ajena. Cassandra se estremeció. Norak estaba precisamente junto a ellos. A la izquierda, estaban los otros, con Drovna y Sonja al centro. En ellos, la expresión era de franco rechazo. Por un segundo, Cassandra creyó ver la sombra de una llama en el estandarte detrás de ellos: el fénix de Arthuz. Miró hacia el otro lado, pero el estandarte de Zothar permanecía indiferente. Como los Tres habían dicho, estaba sola. Se movió en su asiento, incómoda. Él se volvió hacia ella. — ¿Crees que es una clase demasiado teórica? — preguntó. Ella se encogió ligeramente de hombros. Una clase práctica podría ser mucho peor. — Me han dicho que te especializas en espejos. ¿Te gustaría mostrárnoslo?

161 Él hizo un amplio movimiento con la mano, en gesto de invitación. Ella se levantó, y no tuvo que fingir que estaba complacida. Si ella controlaba el espectáculo, nadie saldría herido. Althenor mostró los dientes. Eso era exactamente lo que estaba esperando. Cassandra caminó hacia él, al centro del salón. — Muy bien, — dijo. — Espejos... — Vio la expresión de desilusión del grupo de la derecha, y la de alivio de los de la izquierda, y pensó que pronto ambos grupos se sentirían confundidos y decepcionados. Miró brevemente a Norak, pero el chico no hizo ningún movimiento. No sabía lo que vendría. — Pueden hacer muchas cosas con espejos. Algunas son lícitas, otras no tanto... y otras están directamente prohibidas. Si son lo bastante poderosos, pueden abrir el espejo para mirar adelante o atrás en el tiempo. Eso es magia lícita. Increíblemente, una mano se estaba levantando. Era Sonja, la hermana de Solana. — ¿Sí? — sonrió Cassandra. — ¿Cómo se hace, profesora? — Ella parecía estar en una clase normal. Hasta Drovna la miró extrañada, pero la mayoría de sus compañeros se sintieron refrescados. Un ligero movimiento recorrió el salón. Como en la clase de los Viajeros, Cassandra golpeó las manos y un espejo apareció frente a ellos. — Magia antigua. Yo uso una invocación en el antiguo lenguaje. Emba anatella o’miro... — el espejo se oscureció, y volvió a aclararse. — Hay otras posibilidades. La magia antigua no está al alcance de todos... y los espejos tampoco. Para algunos hechiceros, basta con concentrarse en lo que quieren ver. En la mayoría de los casos, el espejo se debe activar primero con unos rituales... — Cassandra calló. No porque no hubiera leído sobre los rituales de activación y apertura, sino porque nadie la estaba escuchando. Todos miraban atentos el espejo, que ahora reflejaba una cena de bienvenida. Las velas iluminaban el comedor, un comedor lleno de aprendices, y las ventanas estaban oscuras, como si fuera de noche. — Es el banquete de bienvenida, el primer día de este año... — aclaró Cassandra. — Y si vamos más atrás, O’miro antelien... La escena cambió otra vez. La gente del espejo lucía extraña, la ropa era anticuada, y los peinados. Las mesas estaban ubicadas en forma de triángulo, y cada lado estaba presidido por una pareja de magos. Todos miraron el espejo con curiosidad.

162 — Hace mil y pocos años... — sonrió Cassandra. Los magos a la cabeza de las mesas se levantaron. Cada uno sacó su Vara, y apuntaron al centro del espacio dejado por las mesas. Una de las varas estaba formada por tres serpientes entrelazadas. De los rayos unidos de las tres varitas se originó la visión de un árbol, el Árbol de las Tres Ramas. — En esa época, los Tres solían abrir el Interior de esa manera. Sólo mucho más adelante construyeron las Puertas... — ¿Es la Puerta de la Primavera? ¿Van a entrar? — soltó Drovna. Althenor hizo un gesto de disgusto. — No. La tradición de abrir el Interior solo en Primavera es mucho más reciente. De hecho data de una... intromisión que se dio en una prueba de hechicero... ¿No es verdad, mi señor? — preguntó Cassandra de improviso. La Serpiente asintió, complacido al ver el miedo de nuevo en las caras de los muchachos. Cassandra se volvió a ellos, para que él no pudiera verle la cara a ella. — Estás perdiendo el tiempo, mi señora, — dijo él con aspereza. — No. Estoy enseñando. Enseñar y aprender lleva tiempo, — dijo ella. — Ahora la invocación para ver el futuro es... — ¡Basta! Muéstrales lo que ellos nunca les enseñarán. — Él ordenaba ahora. Cassandra se encogió de hombros y dio la espalda a la Serpiente y al Anciano Mayor. Habló en el mismo tono tranquilo que usaría si hubiera estado a solas con ellos en su salón de viajeros. — He tenido esta discusión con mi esposo y el Anciano docenas de veces. Ellos me prohibieron muchas veces hablar ciertos lenguajes, sobre todo para hacer ciertas cosas. Como abrir un espejo. Creía entonces, y creo ahora, que las raíces de la magia oscura y la magia blanca son las mismas; ramas de un mismo tronco. Y no necesitan tener miedo de las sombras... si son fuertes. La expresión del Anciano Mayor era de verdadero espanto ahora, según Cassandra notó al volverse. Althenor la observaba complacido. Ella estaba a punto de hacer lo que él quería. Ella se paró frente al espejo y murmuró unas palabras. La superficie se puso muy oscura de pronto, y onduló como agua. Hubo un destello de fuego blanco, y el espejo volvió a reflejar la habitación. El cuarto, no la gente. Ella habló en un susurro, como temerosa de llamar a los demonios del espejo. — Ahora este espejo es un pasaje hacia otros espejos, otros lugares. Incluso el Interior, si tienen el poder para mantener el portal. El encantamiento para transformar el espejo en un pasaje en el tiempo está fuera de mi alcance. Tal vez, pero no estoy segura,

163 la Llave de Adjanara pueda hacerlo. No lo sé... y de todas maneras, no tenemos esa Llave. — Ella hizo una pausa, y miró alrededor lentamente. Parecía asustada por algo. — Ahora pueden probar el pasaje, y creo que tú querrás hacerlo primero, mi señor... Ella se había vuelto a él de repente, y lo tomó desprevenido. Él se sobresaltó. — Creo que no, gracias. ¿Por qué no lo haces tú, mi señora? — dijo él. — No soy tan estúpida, — le dijo ella. — Si entran ahí, encontrarán una habitación similar a ésta. Detrás del espejo habrá tres puertas, y si quieren ir a algún otro lugar, tienen que elegir. Cada vez que abren una puerta, algo sale de ella y les exige un precio para dejarlos pasar. La mano de Sonja se había levantado otra vez. Drovna intentaba hacerle bajar el brazo, y el forcejeo distrajo a los aprendices. Cassandra no podía permitirlo, los necesitaba concentrados. — ¡Sonja! ¡Drovna! ¿Qué pasa ahora? — preguntó, áspera. — ¿Qué clase de precio, profesora? Cassandra resopló. — Una víctima, un sacrificio o un pacto. Les vendes una parte de tu cuerpo, de tu vida o de tu alma. En todo caso será un pacto del que no podrás retroceder. Y... esta vez no voy a pedir voluntarios. Norak, de la Rama de Plata. Ven aquí. El muchacho se levantó más empujado que ayudado por sus compañeros. Sus piernas no parecían sostenerlo. Algunos chicos que estaban junto a él parecían asustados. Pero uno o dos, se veían complacidos. Aún entre ellos, los de la camarilla de Zothar no eran buenos compañeros. Entretanto, Althenor la miraba satisfecho. ¿Arriesgaría a uno de los estudiantes? Realmente no lo creía. Ella apoyó las manos en los hombros del muchacho y lo miró a los ojos. Contacto mental, adivinó la Serpiente. No lo bloqueó. Necesitaba que ella creyera que podía engañarlo, como con las flores de la mañana. El mismo Norak le había traído el ramito a su padre. Ahora, de nuevo Norak. El muchacho era todo un interrogante. Se había resistido hasta que secuestró a su madre. Y luego había conseguido que lo rescataran y lo aceptaran de nuevo. Nunca entendería a los del Trígono. O eran ciegos o eran decididamente estúpidos. Un gruñido grave y rabioso, proveniente del Anciano Mayor lo sacó de sus pensamientos. El viejo estaba a punto de romper el hechizo que lo encadenaba a la silla. Lo miró un segundo, y luego a Cassandra, preguntándose si el viejo sería capaz de atacarla a ella. Después de todo, estaba yendo demasiado lejos.

164 Cassandra levantó la cabeza y lo miró. Una mirada fría y extraña. El Anciano se quedó súbitamente quieto. Althenor levantó las cejas. Esto se ponía cada vez más interesante. — Ahora me traerás la vela amarilla, — dijo, y empujó a Norak hacia adentro. El muchacho tropezó con el marco del espejo, pero entró, tambaleándose. Atravesó el cristal. El silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Althenor observaba a Cassandra cuidadosamente. Ella escuchaba con todas sus fuerzas, no atendiendo a nada más. De inmediato aprovechó la oportunidad, y ella no notó lo que él hacía. De repente, la expresión de ella cambió. Saltó hacia la luna oscurecida y metió la cabeza en el espejo. Se zambulló a través del cristal, y unos segundos después, Norak caía de espaldas fuera de él. Cassandra salió con la vela amarilla encendida en su mano. Otra mano salió del espejo, tratando de asirla. Ella se volvió. — ¡Quédate quieta! — le siseó. Aquellos que estaban mirando, vieron el reflejo de Cassandra en el vidrio. Pero el reflejo parecía tener vida propia. Su cabello era más claro, y sus ojos más oscuros. Estaba luchando para salir del espejo. Cassandra la miró, y lenta, despreciativamente, levantó la vela hasta sus labios y la sopló. El espejo se oscureció otra vez. Sin una mirada al Anciano o a la Serpiente, ella se inclinó hacia Norak y lo ayudó a levantarse. Él estaba blanco como un papel. — No trates de hablar por un par de horas, — aconsejó, y lo empujó de nuevo a su sitio. — Bien. Ahora, esta vela es la llave a las puertas que les mencioné. Me fue quitada el día que el Comites Fara rompió el hechizo de mi espejo. — Ella se limitó a deslizar la vela en su bolsillo. — ¿Preguntas? No las había. — Entonces, estamos listos para ver la habitación detrás del espejo. No se preocupen, estarán a salvo... Casi tanto como yo. Cassandra se paró frente al espejo otra vez. Dijo unas palabras en un suave murmullo, y el espejo creció para envolverlos a todos. De pronto se encontraron en una habitación diferente. El espejo reflejaba oscuramente el comedor. Detrás de él, tres altas puertas negras. — Aquí estamos, detrás del espejo. Lugar no permitido para magos blancos...

165 — No tienes demonios aquí, mi señora. Francamente, dudo que estés haciendo realmente magia oscura, — se burló Althenor. — ¿Dudas de mí? ¿Realmente quieres ver demonios? Abre la puerta de la derecha. Creo que quedaron allí la última vez... — Ella movió una mano. — ¿Dejaste qué, mi señora? — Abre la puerta, mi señor, — dijo ella mirándolo. — Está bien, te creo. — ¿Podrías, por favor, abrir la puerta de la derecha? — repitió ella. — No. No lo haré. ¿Qué hay detrás de ella? — Ahora aún sus sirvientes notaron su tensión. — Espera y verás, — dijo ella con brusquedad. Avanzó hacia la puerta y la abrió de un tirón. Una ola gigantesca, como una ola rompiente, pero de sombras, se levantó en el umbral. Cassandra se volvió a la clase. — Les presento a mis Horrores... Una variedad de demonios personales, — dijo con calma. La ola parecía estar hecha de muchas criaturas de aire, oscuras, viscosas, moviéndose repulsivamente unas sobre otras, retorciéndose, deslizándose, cambiando amenazadoramente de forma y tamaño. — Cuatro de ustedes, vayan y muéstrenle cuán reales son, — dijo con voz calmada y fría, mientras señalaba a Althenor. — Si no los cree auténticos debería ser lastimado... Cuatro bolas de aire y sombras rodaron y se deslizaron lentamente hacia él. Él dio un paso atrás. — Creo que tus Horrores son reales. Detenlos, — dijo. Ella lo miró, evidentemente disfrutando del espectáculo. — Te dije que soy más poderosa que tú. De manera que dejarás de probarme, — dijo ella. Los Horrores estaban ahora a los pies de la Serpiente y parecían arrastrarse sobre sus piernas. Su cara era ahora una máscara del terror. — ¡Alto! — gritó. — ¡Retrocedan! — Alto, — dijo ella. Los Horrores se detuvieron, y se retorcieron, como si estuvieran volviendo las cabezas que no tenían hacia Cassandra. — Regresen. Ahora, — dijo ella. Las cosas retrocedieron de mala gana a la movediza ola. Cassandra empujó la ola hacia la puerta. Los Horrores se enroscaban en

166 su túnica, y trepaban a ella como lo haría cualquier mascota. Ella los empujó y cerró la puerta. — Si no quieres ver lo que hay detrás de las otras puertas... volvamos al castillo, — dijo ella. — Realmente tienes un don para los espejos, mi señora, — le decía Althenor unos minutos después. El espejo había desaparecido, y con él la amenaza. Él le tendió una copa con un licor ligeramente coloreado, y levantó la suya. — Por nosotros, — dijo. — Por nuestro futuro. Ella levantó la copa, pero mojó apenas los labios. — Estoy cansada. Terminemos la clase aquí, — dijo. — Como lo desee mi dama; haz como desees. — Todo el temor que ella había visto en su cara había desaparecido ahora. Él controlaba de nuevo la situación. Ella dijo las viejas palabras en el antiguo lenguaje, y los estudiantes partieron hacia sus dormitorios. Él la obligó a almorzar con él, y no la dejó ir en toda la tarde. Sabiendo que ella protegería a cualquiera de los habitantes del Trígono, siguió trayendo a uno u otro de los profesores a su presencia, y mantuvo a Cassandra vigilante y tensa hasta el atardecer. A las seis, la dejó retirarse a sus habitaciones, diciendo: — Deberías tratar de descansar y relajarte, mi señora. Mañana es el gran día. Me darás el Cetro y todo el poder que guardas, y yo te daré la recompensa que pides y mereces. Ella se limitó a inclinarse en una ligera reverencia. Se sentía exhausta. Él la había empujado hasta el límite, y ella tenía que resistir todavía una noche más. Él había despedido al último testigo de los profesores y ella quedaba libre por el momento. Bajó las escaleras sintiéndose muy extraña. Mareada. Se había sentido así desde el almuerzo. Pensó que algo en la comida podría haberla indispuesto. No recordó el licor. Entró en sus habitaciones casi tropezando con sus propios pies. Cerró la puerta, pero no la trancó. Cayó sobre la cama, dormida antes de tocar la almohada con la cabeza. Un ligero temblor en la superficie de piedra de la pared precedió a la salida de la sombra. Él cerró la puerta con llave, y después de cubrir a Cassandra con una manta, se sentó en la mecedora a velar su sueño.

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Capítulo 17. El Equilibrador.

Hacia las dos de la mañana, el silencio en el castillo era tan profundo que todos los ruidos sonaban claros y definidos. La respiración rítmica de Cassandra, el crepitar del fuego, los siseos de desagrado de Joya, todavía vagando por el castillo, las pisadas en la escalera. ¿Pisadas? Él venía. Debía actuar con rapidez. Se levantó y fue hacia la cama. Ella no resistiría otra noche. Lo que sea que él le hubiera hecho, lo había hecho bien. Estaba más agotada que la vez que trató con los del Escarabajo, Abajo. Así que reforzó el hechizo de la cerradura, y envolviendo a Cassandra en la capa de piel, se metió en el ropero. La piedra blanca abrió la puerta al Corazón, y el Jardinero estaba allí, justo junto al camino de entrada. — Cuídala, — murmuró, dejando a Cassandra recostada contra el tronco. El árbol bajó un par de ramas y cubrió a Cassandra con una espesa cortina de follaje. Él se volvió para irse. Un susurro de hojas le detuvo, y se dio cuenta, sorprendido, que comprendía. — ¿Qué? ¿Esperar? ¿Para qué? — Él miraba al árbol con cierta indignación. — Realmente, no tengo tiempo que perder... El cielo tormentoso se veía negro, y el viento soplaba frío y húmedo. Miró en dirección al bosque. Un relámpago lejano, en el cuadrante de Zothar le permitió ver algo que volaba hacia él. Los objetos planearon y se posaron en su mano. Eran tres hojas: una de oro, una de cristal, una de cobre. Las miró: otro símbolo: fuego de Arthuz, viento de Ingarthuz, tierra de Ingelyn. Sólo faltaba una. ¿A quién apoyaría Zothar? Otro relámpago, y vio la hoja de plata que flotaba, reluctante hacia él. La atrapó en el aire, y la metió en el bolsillo con las otras tres. — Gracias, — gruñó, y volvió al ropero de Cassandra, reteniendo el collar de la Guardiana. Estaba todavía transformándose en ella, cuando escuchó los ruidos en la puerta. La imagen de Cassandra, hábilmente imitada, le devolvió la mirada desde el espejo. Se puso el collar y uno de sus vestidos, y cambió con ella una mirada de desesperación.

168 Pero en el fondo de los ojos de ella encontró su propia determinación de salvarla, a cualquier costo. Se sentó de nuevo en la mecedora y esperó, quieto, en el cuarto oscurecido. Althenor entró finalmente. Estaba solo. Javan no se movió de la mecedora; se limitó a observarlo ir hacia la cama y correr las cortinas. Como ella le había dicho antes, lo que él quería era el poder, no a ella. Lo único que le importaba era doblegarla a su voluntad. Pudo escuchar su gruñido de descontento cuando no la encontró allí. — ¿Buscas algo, mi señor? — dijo Javan con la voz de Cassandra. El tono de burla era más evidente que nunca. Un áspero toque de odio impregnaba la voz. Debía controlarlo. — ¿Estás despierta, mi señora? — dijo Althenor en un tono suave que apenas ocultaba su sorpresa. — Lo estoy, — respondió la voz de Cassandra desde las sombras. Althenor se acercó a la mecedora. Había esperado encontrarla dormida e indefensa, y ser capaz de tomar su poder sin lucha. Ahora debía cambiar de táctica. Pero ¿cómo había podido resistir la poción? Estaba seguro de haber hecho una lo suficientemente fuerte. — Te estaba buscando, mi señora, — dijo con calma. — Pensé que te gustaría ver las estrellas sobre el lago. Están preparando la señal para mañana... Creí que te gustaría ver las luces señalando el camino de nuestro futuro... — Él hablaba en un susurro ronco, inútilmente fingiendo un trato que no estaba dispuesto a respaldar. — Creo que estoy mejor aquí, mi señor. Mañana es el día, no esta noche. — La voz de Cassandra sonó tan fría como la nieve. La mano de Althenor asió el respaldo de la mecedora y la detuvo. Había perdido la paciencia. Enfrentó a Cassandra. — Debes ser mía esta noche, y lo sabes, — le dijo. — No esta noche, — repitió Javan con la voz de Cassandra y lo miró a los ojos. Un relámpago de ira los atravesó, y él la tomó por los cabellos arrastrándola fuera de la silla. Javan pensó con rapidez, e hizo lo que ella solía hacer: cambió de agua a aire, a tierra, a fuego, estallando en llamas y salpicando fuera del alcance de Althenor. Se paró a pocos pasos de él, riendo con la voz de Cassandra. Althenor se enderezó lentamente. Tenía una mano quemada, y la ira lo cegaba. Se lanzó hacia ella, deseando solo desgarrar, quebrar y destruir. Ella lo detuvo con la mano; estaba curiosamente fuerte

169 esta noche. Él le retorció la muñeca, y sus dedos se cerraron sobre el collar de la Guardiana. Se lo arrancó. Ella ahogó un grito. — No puedes hacerle esto a la Guardiana, — gruñó, tratando de recuperarlo con las manos. En el fondo, Javan se sentía desnudo sin su vara. No estaba habituado a la magia antigua, aún después del regalo de la hikiri. Pero sabía que ella la usaría, así que también lo hizo. Althenor la vio dudando, y la aferró con más fuerza. Estaba luchando muy raro esta noche. No usaba los trucos de las noches anteriores... Y de golpe lo hizo. Estalló en llamas y se convirtió en una Magma, una criatura de tierra y fuego. La primera noche fue un glub. La siguiente tarde, una hikiri. La Magma lo envolvió en altas llamas oscuras, y apretó, tratando de sofocarlo. Podía sentir su respiración ardiente en la cara. Y la Magma habló con voz humana, lanzando la maldición fulminante, condenándolo a muerte, y escupiendo fuego a su alrededor. Una sombra más oscura que la noche, una oscuridad más negra que las sombras se levantó de todas partes a la vez, cerrándose sobre ellos, y aturdiendo a los dos magos. Althenor no estaba muerto. Javan se levantó, todavía mareado, pero bajo la forma humana de Cassandra. La doble transformación era peligrosa, pero además, agotadora. Miró al lugar donde yacía la Serpiente con un profundo sentimiento de odio. — No puedes matarlo, — dijo una voz fría desde la puerta. Javan miró hacia allí. — Karl, — dijo. — Javan, — fue la respuesta. — Sabía que defenderías a tu esposa a cualquier precio. — ¿Cómo supiste? La transformación... — Es una larga historia. Ya no soy más el Karl Lilien que tú conociste. No desde el otoño. Soy un Equilibrador. Tengo que mantener el balance entre lo blanco y lo negro, entre la luz y la oscuridad... Tu esposa lo entendería. — Pero yo no, Explícate, — dijo Javan con brusquedad. — Conocías a Karl. Le gustaba meterse en lugares extraños. Un día se metió en un lugar del que no pudo salir después. Todavía está ahí... Bueno, al menos una parte de él... — ¿Quién eres tú, entonces? — En la oscuridad, Javan tuvo la sensación de que veía unas sombras como tentáculos que salían del hombre frente a él. La voz cambió ligeramente.

170 — Vivimos en NingunaParte, la del Este. Tu esposa vino a nosotros, después de la Puerta del Otoño, y le entregamos la Esmeralda. Después que ella se fue, llegó Karl. Iba tras ella, y no sabía de nosotros hasta que lo atrapamos. — Un sonido como de muchas risas salió de las sombras. En la oscuridad, Javan no podía verle la cara. Reprimió un estremecimiento. — Lo atrapamos, y Nadie, el del Este, quiero decir, nos envió a proteger el equilibrio. Eso hemos estado haciendo todo el año. — ¿Cómo? No los vimos en ningún lado. — No puedes vernos. Somos más sutiles que eso... Este año hemos estado advirtiéndoles a todos en pesadillas, presentimientos, sensaciones... Hicimos que la Guardiana entregara las Joyas. Le devolvimos el collar cuando lo perdió en el bosque. Le dimos el Triegramma. Y los otros, también de los nuestros, cuidaron del grupo de Althenor. Haya un Signo en el cielo o no, necesitaba de nosotros... — No entiendo, ¿De qué lado están? — Ambos. Y ninguno. Mantenemos el balance entre el bien y el mal. Eso es lo que ustedes pueden entender, ya que viven en un mundo bipolar y tienen una mente bipolar. Necesitan de la lucha entre el bien y el mal para continuar creciendo. No podemos permitirle a ninguno una victoria completa. — La sombra frente a Javan hizo una pausa. Luego agregó: — Tu esposa lo habría entendido. — ¿Qué hay de Karl? ¿Está muerto? — No. No realmente, no todavía. Es un prisionero. Retuvimos una parte de él, de su mente y recuerdos allá, en NingunaParte. El resto está aquí, con nosotros. — No entiendo para qué están aquí, — dijo Javan. — ¿Por qué evitaron que lo matara? La sombra rió otra vez. — No, no lo entiendes. Evitamos que tu propia maldición te matara, al no poder tomarlo a él... Sabes que hay solo una persona que puede matar al heredero de Zothar. Y todavía tiene que adquirir el conocimiento para hacerlo. — Calothar de los Huz, — gruñó Javan. La sombra asintió. — No tomarás venganza por tu propia mano, Javan Fara. Deberás ayudar al heredero de Huz para que ejecute tu venganza, — dijo con cierta crueldad. — Ahora ve y sana a tu esposa. Ella tiene un rol que jugar mañana, y es la única que puede hacerlo. Javan vio cómo la sombra de Karl Lilien tomaba el cuerpo de Althenor y lo llevaba arriba. Entonces, cerró de nuevo la puerta y se metió en el ropero.

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El Jardinero se había trasladado a la orilla del lago. El color del cielo, aquí en el corazón, anunciaba el amanecer. Cassandra estaba probablemente a punto de despertar. Caminó hacia el árbol del Anciano Mayor y el árbol hizo sus ramas a un lado para mostrar a Cassandra, todavía dormida. Javan se sentó junto a ella, acariciándole las mejillas y el cabello. Ella se movió en sueños. Él la acarició un poco más, y ella abrió los ojos. — Hola, — dijo con un hilo de voz. — ¿Dónde estamos? ¿Qué pasó? — Él te drogó, para poder hacer lo que ha estado intentando las dos últimas noches. Tomé tu lugar. Se fue. Ella frunció las cejas. — ¿Tomaste mi...? — Me transformé en ti. Estamos en el Corazón. Pensé que sería lo más seguro... Javan la observó. Ella no había tratado de levantarse. Parecía totalmente carente de fuerzas. Como si se lo estuviera confirmando, ella volvió a cerrar los ojos. Él buscó en sus bolsillos. Las cuatro hojas, que le habían dado una capacidad de transformación parecida a la de ella, estaban todavía ahí. Las puso en la palma de la mano, formando un cuenco, tocándose una con otra, y las hojas se fundieron par formar una copa. Se inclinó hacia el lago, y llenó la copa con agua clara. Las aguas de la Primera Guardiana debían ser curativas. Levantó la cabeza de Cassandra y le hizo beber un poco. Ella tosió, y entonces bebió el resto. — Gracias, — dijo. Estaba completamente despierta ahora, y notó la expresión sombría de Javan. — ¿Qué pasó? Javan volvió a sentarse junto a ella y empezó a contarle. — ...y dijo que tú habrías entendido, — terminó. — Bueno, no lo entiendo. ¿No dijo lo que era? — preguntó ella. — No. ¿No lo sabes? — preguntó él a su vez. — No. A menos que fuera un Horror. Uno de veras, no como los que le mostré a la Serpiente. — ¿Hiciste qué, perdona? — Él la miraba con los ojos muy abiertos. — Él quería que hiciese magia oscura frente al Jardinero y a los muchachos. No sé para qué. Así que usé un espejo... Pero en lugar de abrirlo, les hice creer que lo abría, y usé un encantamiento para mostrar temores... Les conté algo de una habitación con tres puertas, y cuando puse en marcha el encantamiento, eso fue lo que apareció...

172 — Pero, Guardiana... ¿Y si alguien hubiera pensado en algo diferente? Cassandra sonrió. — Tenía al Jardinero guiando sus mentes hacia el cuento que yo les había contado... Cuando abrí una de las puertas salieron unas cosas de aire... Dije que eran horrores de aire. No se me ocurrió que otra cosa pudieran ser. Envié cuatro de ellos sobre la Serpiente, y él realmente entró en pánico. No podía dejarlos atacar realmente, pero me hubiera gustado ver lo que hacía él... Una expresión divertida pasó por la cara de Javan. — Así que lo engañaste otra vez, — sonrió. — No creo que podamos seguir haciéndolo mucho más, — dijo ella. Él estuvo de acuerdo. Hubo una pausa. Cassandra deseó que durase para siempre. No quería enfrentar lo que venía. — Él dijo que el joven hijo de Huz necesitaba aprender algo, — dijo Javan al fin. Cassandra lo miró. — Tenía la sensación que el pajarillo de fuego necesitaba conocimiento. Por eso lo traje aquí. Pero el libro solo le mostró su genealogía... y esa adivinanza del agua y el fuego... Javan la miró. La sombra de una idea, largamente sumergida se abría camino en su mente. Ella esperó. — ¿Y qué tal si...? — susurró. — ¿Qué si el Libro de los Secretos muestra sus secretos a determinadas personas en ciertos momentos, cuado están preparados, o algo así? ¿Qué crees que sucedería si el secreto era para él pero no para ti? El Libro no podría mostrárselo. Creo que él debería venir solo, y mirar solo en el Libro. Ella dejó vagar la vista por el lago y el prado florecido. — ¿Tú qué crees, Jardinero? — preguntó mirando arriba, al árbol que los protegía. Se oyó el susurro de las hojas. Cassandra miró a la distancia un momento. — ¿Qué dijo? — preguntó Javan. Ahora que ella estaba despierta y tenía el collar, él ya no entendía las palabras del árbol. — Está de acuerdo contigo. — Ella volvió a darle el collar. — Quédatelo y tráelo aquí. No esperes a la batalla... Si algo nos pasa... El Heredero de Arthuz, el hijo del clan de Huz, tiene que saber lo que debe hacer. — La batalla... Guardiana, ¿cuándo...?

173 — A mediodía. Durante el Eclipse danzaré de nuevo, mientras el Signo se completa. En el punto más oscuro, llamaré al Cetro. Él cree que se lo entregaré... En ese momento, ustedes podrán entrar... y será lo que deba ser. Debemos mantener el signo de nuestros nodos... — En ese momento miró a Javan. — ¿Por qué no estás con ellos? — preguntó alarmada. — Los dos Malditos se hicieron cargo de todo. — ¿Y tu madre? ¿Ella pudo venir, o está con la niña? — Ella está aquí. Pero como deberías saber, a ella no le afecta el signo de nuestros nodos, en su Torre se maneja magia de los dos signos. Cassandra se estremeció. No comprendía cómo Adjanara podía tratar con magia oscura, y aún así estar del lado del Trígono. — ¿Y la niña? — A salvo. — ¿Y por qué no estás con ellos, con ella? — Volví atrás por si me necesitabas, para ayudarte. — Y lo necesité. Gracias... ¿dónde estabas? — En la mazmorra secreta un poco, y luego me deslicé por dentro de las paredes... Hablé con los edoms... Dicen que te han estado obedeciendo, que era su obligación... Cassandra asintió, pero no quiso entrar en detalles. — Y no he podido recuperar mi Vara. Cassandra enrojeció. — Tuve que quebrar tu varita y liberar los Ojos cuando te asesiné... — dijo ella. — Hay un nuevo Vigía. Ella esperaba que él se enojara, pero él se limitó a menear la cabeza. — Está bien, — dijo. — No te diré que me alegro, pero desde hace un año lo estaba esperando... — ¿Un año? — Pronto será nuestro aniversario. El haber perdido los Ojos del Vigía es quizá el signo más prometedor que hemos recibido desde el otoño. Ella lo miró interrogante. Él hizo una mueca. — Si tu no me dices cómo has dominado a los edoms, a mis edoms, no te explicaré nada.

174 Ella sonrió y se reclinó contra él. No necesitaba explicaciones. El Vigía no podía distraerse cuidando de Adjanara, Cassandra y Kathy a la vez. Y ella no quería hablarle de los capullos de los edoms. Él la abrazó en silencio unos momentos. El sol salía tras las nubes de tormenta en el Bosque del Corazón. — Es hora de regresar, — dijo ella. — Tenemos que ser fuertes, más fuertes... — Somos más fuertes ahora, — dijo él con calma. — Tal vez eso era lo que el Equilibrador quería decir. La lucha, la vigilancia, el desafío, es lo que nos hace desarrollarnos y fortalecernos. Si no estuviéramos amenazados, no hubiera tenido que regresar tan a menudo a este lugar... — ¿Y no hubieras desarrollado todo tu potencial? — Ni tú. Ahora usas magia antigua. Creo que tenías algo de eso aún antes de que nos fundiéramos en agua en la cascada... — No, — dijo él pensativo. — Ella me dio la magia antigua... — ¿Ella quién? — No importa. Ella nos ha fortalecido a todos con un propósito, aunque no sé cuál, si en nuestro beneficio o en el suyo... Fue después de lo de la cascada, pero antes de fundirnos en piedra... o fuego. ¿Sabes lo que me estás haciendo, no? — Él la miraba. — Sí, — dijo ella. — Te estoy amando con todas mis fuerzas. — Y ella se acercó a besarlo una vez más.

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Capítulo 18. El Gran Signo.

El día del Eclipse amaneció envuelto en nieblas, pero durante la mañana, las nubes se aclararon y el sol se levantó, brillante en un cielo límpido. Ella había revisado arriba, el comedor y los salones de clase, pero Althenor no estaba allí. No apareció en toda la mañana. Los sirvientes del señor no se le acercaron. Algunos estaba atareados, llevando diversos objetos a la Puerta del Interior. La Serpiente planeaba entrar apenas tuviera el poder que el Signo habría de otorgarle. El Signo y el Cetro de Cassandra. Suponía que podía o bien entrar y realizar alguna clase de conquista militar, o simplemente tomar el poder de los Tres. Cassandra no sabía los detalles de su plan, y mientras vigilaba, se reprochó no haber prestado más atención. ¿Qué harían si fallaban? ¿Cómo lo detendrían? Cassandra arriesgó una mirada hacia Lilien, pero él reaccionó exactamente como cualquier otro de los sirvientes: con miedo. El recuerdo de los horrores los tenía a todos trabajando en silencio, lo más lejos posible de la Guardiana. Así que ella pasó la mañana en una solitaria vigilancia sobre los habitantes del Trígono. Al mediodía, todos fueron llamados al comedor. Aprendices jóvenes, que marchaban automáticamente a sus mesas; aprendices avanzados, que caminaban mecánicamente entre ellos; magos recién reconocidos, que solo tenían uno o dos aprendices a su cargo, porque este era su primer experiencia como profesores, y magos experimentados, con los ojos relampagueando de furia e impotencia, y sin embargo, igualmente obedientes. Cassandra había empleado los últimos minutos de la mañana en desdoblarse e ir a visitar uno a uno a los profesores. Había recuperado algunas de las varitas, pero no todas. Había trenzado nuevos ramilletes y los distribuyó entre aquellos a los que no les podía devolver la varita. Visitó al Anciano y habló con él de lo que se avecinaba. El Maestro la tranquilizó lo mejor que pudo. El enfrentamiento era de todos modos inevitable, y no podían volverse atrás ahora. Cassandra se retiró un poco más calmada. Detrás de ella, cuando salía de la oficina del Anciano Mayor, Li’am bajaba las escaleras.

176 Al verla, el gato se sentó en un escalón y comenzó a lavarse una pata, mientras ella descendía. No hizo ningún otro movimiento, y ella no lo vio. El sol del mediodía brillaba en las ventanas. Brillaba sobre los vasos y las copas y los platos. La fiesta solo necesitaba del señor para empezar, y a pesar de ello, no había expectativa, no había murmullos, no había conversación en las mesas. Y el señor entró al salón. Como había hecho tres días atrás, Cassandra se levantó y rodeando la mesa, le hizo una reverencia. — Mi señor, — dijo con suavidad. — Mi señora, — fue la fría respuesta. Aceptó la reverencia con una ligera inclinación. Tenía un brazo envuelto en apretados vendajes. Ella no hizo comentarios. El banquete empezó. Nadie parecía tener mucho apetito, pero Cassandra se comportaba como si esta fuera una verdadera fiesta. Sirvió a Althenor ella misma, prodigándole toda clase de atenciones. Él la observaba divertido, sin notar la llama helada que le iluminaba la mirada. Pensó que ella estaba, posiblemente, tratando de enmendar su error de la última noche. Pensó que ella, muy probablemente, se había dado cuenta que no tendría otra oportunidad y que no podría evitar su destino. Su juicio y su condena. Pensó, ya saboreando la victoria, que la usaría para obtener un nuevo receptáculo, un heredero, y luego la mataría. No podía, de ninguna manera, admitir un enemigo tan poderoso a su lado. Debía morir. Era imperativo, antes de que pudiera traicionarlo otra vez. Y ella probablemente lo sabía. Así que estaba usando toda esa basura femenina para seducirlo. ¡A él! Su sonrisa se ensanchó, y ella le respondió con otra sonrisa. Se sentía divertido. ¿Cómo podía una mujer presuntamente inteligente caer en un juego tan estúpido? ¡Y creer que funcionaría! Era demasiado. Y recibió el último plato de sus manos con una sonrisa. — Bien, mi señora. El tiempo ha llegado, — dijo cuando hubo terminado. Todos en el salón habían dejado también de comer. Ella lo miró otra vez, y la sonrisa que le dedicó esta vez fue real, diferente. — ¿Un brindis? — dijo ella, levantando su copa, e indicando a los demás que hicieran lo mismo. — Por el juicio y el destino. ¡Por el futuro, y el camino que conduce a él! — dijo. Su voz era fría y sus ojos brillaban.

177 Aún queriéndolo, no hubieran podido rechazar aquel brindis. La voz que lo pronunció era fría, pero la bebida en sus gargantas lo fue más. Fría, refrescante, renovadora. El trago les aclaró las mentes, y se sintieron más fuertes, más alerta que unos momentos antes. Cassandra se levantó. — Ahora es el tiempo, — dijo. — Vamos a los círculos, al encuentro del destino. Y moviendo la mano, hizo levantar a profesores y aprendices, y los dirigió hacia los jardines. Cuando llegaron allá, la luz del sol tenía una extraña cualidad en ella. Ya no era blanca. Se veía amarillenta y oscurecida. Algunos levantaron la cabeza. No había nubes, ni signos de tormenta, aunque unas aves giraban en círculos allá arriba. El Eclipse había comenzado. Cassandra los ubicó alrededor de los Círculos de Protección, pero ella misma entró en ellos y fue hacia el centro. Ella levantó los brazos, con las manos vacías abiertas hacia el cielo y empezó a danzar otra vez. Un giro, una vuelta, y una reverencia hacia el norte. Un relámpago de luz cobriza iluminó el círculo de Tierra. Unos giros rápidos y un salto, una reverencia hacia el oeste, y otra hacia el sur, casi en un solo movimiento. El círculo de Fuego se llenó de una luz dorada. La brisa se levantó, como para avivar las llamas. Otro giro en derredor, una última reverencia hacia el este, y la luz de plata iluminó también el círculo de Agua. Las luces crecieron hacia arriba, formando la imagen del Gran Árbol alrededor de Cassandra. Ella se volvió y giró entre las raíces de luces y sombras, casi flotando a sus pies, y de pronto levantó la mano. Las luces se concentraron sobre el Cetro mientras ella giraba más despacio y se detenía. El sol se había desvanecido. Estaba completamente oscuro ahora. Althenor entró en los Círculos. Saltaban chispas a su paso, como si lo que quedaba de los Tres lo rechazara, ya casi sin fuerzas. Cassandra lo miró acercarse, erguida y fría. Sostenía el Cetro con las dos manos, los nudillos blancos. La única luz que iluminaba la escena provenía de las Joyas en él. — Entrégamelo, — dijo la Serpiente con la voz llena de deseo. Nunca había visto el objeto tan de cerca. Emanaba poder por cada una de sus líneas. — Entrégamelo, mi señora... Los ojos de ella se volvieron súbitamente más oscuros y fríos. Una sonrisa torcida, burlona, oscura, le curvó los labios. Su voz sonó alta y clara como cristal.

178 — No. El tiempo ha llegado, dijiste. Y es cierto, sí. El tiempo ha llegado... ¡el tiempo de luchar! Ella había casi aullado las últimas palabras. Súbitamente el hechizo sobre los del Trígono se quebró. Saltaron de pie y se movieron, invadiendo el círculo. Las luces se volvieron más intensas, a medida que los Tres tomaban poder de quienes los sustentaban. Las llamas se alzaron en el círculo de fuego, y un remolino de niebla se hizo presente en el de agua. Para sorpresa de los sirvientes de la Serpiente, muchos de ellos tenían ya sus varitas. Otros las recuperaron instantáneamente al entrar en su círculo. Aún otros, las recogieron en el aire, mientras un búho rojizo las iba dejando caer sobre ellos. Se lanzaron sin pensarlo sobre los sorprendidos sirvientes. Al grito de Cassandra, el grupo escondido en el bosque también salió a su encuentro. El grupo de la Serpiente se encontraba ahora entre dos frentes. Por un lado, los aprendices, que nunca le habían parecido tan numerosos, completamente despiertos ahora, y los profesores, dando rienda suelta a la ira que habían estado acumulando durante tres días. Por el otro, venían los del bosque. Varios centauros, no liderados por Keryn, el centauro exiliado, sino por la mismísima Hija del Viento, y galopaban al frente de una numerosa hueste de criaturas. Había un grupo de magos humanos entre ellos, pero en su mayoría eran criaturas del Interior. Sirviente-felpudo sintió que el alma se le caía a los pies, cuando vio al pequeño heredero de Huz correr hacia él. Fue lo único que pudo pensar, porque la ira del heredero lo arrolló con una furia ardiente, y cayó al suelo sin sentido. Para Portavoz, las cosas fueron más complicadas. Él tuvo que enfrentar la ira blanca de la Dueña de la Torre. El año anterior había atacado a su hijo. Esta vez, los privilegios de los Varas no lo protegían. La vio acercarse, arrasando el campo a su alrededor, y tembló. Ella venía directo hacia él. Levantó su vara, calzó su yelmo ritual de escamas de dragón, y fue a su encuentro, como reclamaba el honor. La Guardiana los había traicionado. La Serpiente la miró unos segundos. Oyó los ruidos de la batalla como si vinieran de muy lejos, los sonidos de su derrota. Una furia incontenible le distorsionó las facciones, al tomar conciencia del juego de ella. Con la promesa del Cetro, y de entregarle el poder del Trígono, lo había entretenido más allá del punto en que un solo mandato suyo podría haberle dado la victoria. El sol empezaba a mostrarse otra vez. El Signo se deshacía, al igual que sus planes. — Tú... — gruñó, y se lanzó hacia ella, cegado por la ira.

179 Cayeron. El Cetro rodó fuera de su alcance. Él ni siquiera intentó usar su varita o llamar a su Vara. La tomó por el cuello y empezó a estrangularla, sacudiéndola salvajemente, y golpeándole la cabeza contra el suelo. Sólo quería matar, desgarrar, destruir. — ¡Maldita, maldita, mal...! A ella se le escaparon unos quejidos ahogados, pero no pudo hacer nada. Medio asfixiada, la mente oscurecida, no podía pensar. Apenas distinguió los tres rayos aturdidores convergiendo sobre su atacante y su fuerza que desaparecía. Una mano la ayudó a levantarse. Tosió. — ¡Cetro! — llamó. Lo levantó, y tres líneas de color hendieron el aire. — ¡Red de contención! — gritó. Desde el otro extremo del campo de batalla, una voz le respondió: — ¡Aquí! ¡Red de contención! Era la voz de Javan. Desde su mano desnuda, las mismas líneas se levantaron y se entrecruzaron con las de Cassandra. Las luces tejieron una red en el cielo y lentamente cayó sobre la multitud que luchaba. Cassandra avanzó hacia Javan. A medida que la Red los tocaba, los partidarios de la Serpiente quedaban sujetos a ella, y eran atrapados y arrastrados en su movimiento. Cassandra y Javan los estaban encerrando. Los del Trígono eran sencillamente atravesados por la Red sin sufrir daño. Un silencio fue cayendo sobre el campo mientras Cassandra alcanzaba a su esposo. Ella llegó junto a él. Lo miró a los ojos. — Ayúdame, — le dijo. Ella temblaba ahora. Él sostuvo el Cetro con ella y lo levantó; y luego, sin apartar la vista de ella, lo clavó en el suelo. La Red estaba cerrada, la Serpiente atrapada, y sus sirvientes también. Ninguno había podido escapar. Habían vencido. Ella hundió la cara en el pecho de su esposo, todavía jadeante. Él la abrazó con un suspiro. El sol brillaba con luz blanca otra vez. — ¿Estás bien? — le susurró. — Agotada, — dijo ella. — El Triegramma debe haberse consumido ya. No puedo ni moverme. Ah, Norak... Debo agradecerte. Lo desmayaste... — El mío fue solo uno de los tres rayos que le dieron... — ¿De quiénes fueron los otros? ¿Javan? — No, yo estaba lejos de ti, no te vi. Debe haber sido el Maestro, y quizá... Andrei. Él miraba en tu dirección...

180 El Anciano Mayor se acercaba hacia ellos. Dijo en voz alta, para que lo escucharan todos: — ¡Ahora vamos al comedor! ¡Tenemos que celebrar! Y esperó a que los aprendices más jóvenes comenzaran a marcharse, y los del bosque se acercaran un poco a él. — Tenemos que vigilar a éstos hasta que los del Círculo vengan por ellos... Djana, ¿puedes ocuparte de eso? Adjanara asintió con una sonrisa. Sacó su imponente vara y moviéndola en círculo delante de ella hizo aparecer una puerta: la puerta de su torre. — Vamos, Siddar, que tenemos trabajo... Siddar asintió con una sonrisa, y le sostuvo la puerta para que ella pasara primero. Saludó con una ligera inclinación a los que se quedaban y desapareció tras ella. — Ahora, alguien debe custodiar a los que quedan... — Yo me quedaré, — dijo Norak de repente. Cassandra le sonrió. — Ya has hecho mucho por hoy, — le dijo, apoyándole la mano en el hombro. — No, está bien. Quiero hacerlo, — insistió. — Está bien. ¿Quién más? Drovar y otro de los magos del bosque se ofrecieron. El Anciano se dio por satisfecho. — No se despertarán hasta que los saquemos de la Red, no se preocupen, — dijo Cassandra. — Pero si alguno empieza a moverse, llámennos enseguida. — Los relevaremos en una hora, — prometió Andrei. Cassandra lanzó una última mirada hacia la Red, donde yacían los magos inmóviles, y hacia el cielo, donde las estrellas invisibles empezaban a desdibujar el Signo que casi los había perdido. Suspiró. Se colgó del brazo de Javan, y se marchó hacia el castillo. El ruido que venía del comedor indicaba que la fiesta se prolongaría varias horas. Los sonidos y los colores de la caja de música de Dherok se escapaban por la puerta entreabierta. Pero el anciano Maestro condujo a su grupo hacia un salón lateral. Tenían que tratar ciertas cuestiones antes de decidir lo que iban a hacer. Una parte del grupo del bosque lo siguió. La otra parte de la gente del Interior se había marchado por la Puerta del Bosque. Algunos, como los centauros, no les gustaban

181 las habitaciones cerradas, y otros... Bien, eran demasiado discretos como para permanecer de este lado. Cassandra miró a su alrededor con un gesto de tranquila satisfacción. Los del grupo del bosque se mezclaba con los profesores y algunos de los aprendices avanzados que habían venido con ellos, como Solana y Calothar. El heredero de Huz tenía ahora una clara conciencia de su misión, aunque Cassandra suponía que el muchacho no iba a matar a la Serpiente a sangre fría. El chico se había sentado entre Sylvia y Solana, como buscando refugio entre las personas que le resultaban más cercanas. Cassandra le sonrió desde donde estaba. — Bien, habitantes del Trígono... Creo que hay algunas cosas que tenemos que explicar... Guardiana, usted primero. Cassandra no se levantó de la silla que compartía con Javan. Estaba demasiado cansada como para moverse. Sonrió al Anciano Mayor, y se conformó con hablar desde su asiento. Explicó que el Gran Signo les había sido anunciado al empezar las clases, y contó cómo había estado trabajando en esa y otras advertencias. Contó de su trabajo con Lyanne en el Interior, y con Tenai en los cálculos y el Triegramma. Tenai asentía desde su sitio, cambiando ocasionalmente de abba. — Para cuando terminamos de descifrar el Gran Signo, nos dimos cuenta que no teníamos oportunidad de vencer mientras brillara en el cielo. Lyanne fue muy clara al respecto. Entonces, tuvimos que pensar en otra cosa... una distracción. Luego, pudimos detectar los polvos de indiferencia, pero no pudimos combatirlos. Y se nos ocurrió que ya que no podíamos pelear, podíamos distraer a Althenor hasta que fuese demasiado tarde. Cuando él nos invadió, tuve que hacer escapar a Javan de la única manera que se nos ocurrió: fingiendo su muerte. Y de tal manera que la Serpiente empezara a confiar en mí. Después le envié a Andrei. Drovar, Calothar y Solana ya habían ido por ayuda... Aquí, las cosas se pusieron complicadas. Rechacé a Althenor varias veces, siempre mostrándole que tal vez podía dominarme y que le entregaría el poder a él... Hasta que llegamos al Eclipse. Lyanne dijo que este Eclipse marcaba un cambio de era, y el profesor Tenai, que había una inusual acumulación de nodos mágicos en este lugar... y que los nodos podrían cambiar de signo. Fui agotando los nodos en los días anteriores al Eclipse, y la Serpiente no se dio cuenta. Todas mis transformaciones, mis danzas... todo eso era para agotar la magia de los nodos... Cuando llegó el momento, canalicé lo último de los nodos en llamar al Cetro. Y el punto oscuro del Eclipse pasó mientras la imagen del Árbol se formaba en los Círculos y yo todavía bailaba, y se alejó mientras la

182 Serpiente consumía parte de su magia al entrar al Círculo. Los Tres jamás lo aceptarán. Cuando llegó frente a mí, el momento ya se había ido. Me reclamó el Cetro, y yo fui libre de negárselo. Allí entraron ustedes... — ¿Cómo detuviste la maldición fulminante? — quiso saber Gertrudis. Cassandra sonrió. — ¿Javan? ¿Todavía lo tienes? Javan asintió. Sacó algo de su bolsillo, y susurró unas palabras. El objeto ennegrecido se transformó en un ramillete de flores. — Es lo mismo que nos diste a nosotros... — dijo Sylvia. Cassandra asintió. — Los Tres me lo dieron como amuleto de protección. Si él intentaba matar a alguno de ustedes, esto podría ayudar a desviar la maldición... En el caso de Javan, hicimos un antipolo para la magia. El amuleto, la Vara, y yo, canalizando la energía del Triegramma... — Podías haberte matado, — rezongó Javan en voz baja. Cassandra le apretó la mano. — No había otra manera de hacerlo, — dijo con sencillez. — Desviamos la maldición, y luego lo cambié por un cuerpo falso. Perdimos su Vara. El caso de Andrei fue más sencillo; solo tuve que cambiarlo... Andrei le sonrió desde donde estaba. — ¿Y la clase de magia oscura? — preguntó Drovna, que se había colado detrás de Calothar y Solana. Cassandra sonrió. — Un truco para mostrar temores... — No, no hubiera funcionado, — dijo Solana. — Cada uno tiene ideas distintas y temores diferentes... — Pero yo estaba llevándolos a todos a la misma imagen, que la profesora tuvo a bien enseñarme antes de empezar, — dijo el Maestro. Solana bajó la vista, vergonzosa. El Anciano le sonrió. — Yo tenía las mismas dudas que tú, pero como ves, funcionó, aunque los Horrores me sorprendieron un poco. Cassandra ¿por qué envió a Norak dentro del espejo, fuera verdadero o falso? — Era el único que podía entrar ahí sin peligro, — dijo Cassandra con tranquilidad. El Anciano levantó las cejas. — Es el nuevo Vigía, — dijo Javan. Cassandra lo miró sorprendida. — ¿Lo sabías?

183 Él hizo una mueca. — Lo esperaba. He estado preparándolo para algo grande... No sabía exactamente para qué. Cassandra volvió a apretarle la mano, y se volvió a los demás. — Bien, esto en cuanto a nosotros... Ahora les toca contar a ustedes, — sonrió Cassandra.

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Capítulo 19. El grupo del bosque.

Andrei tomó la palabra: — Drovar fue a buscar a los del bosque, cuando Solana los alertó... Solana aclaró: — La Guardiana me despertó a través del espejo. Yo... estaba indiferente, como todos... Ella me dio un ramillete de flores... Le di los suyos a Drovar y Calothar, y copié el mío para Drovna, y Sonja... Las chicas repartieron otros más. Algunos no funcionaron, Cassandra, no sé porqué. — Es por el nudo, — dijo ella con tranquilidad. — Te lo mostraré abajo... Los de Norak tenían la misma diferencia. — ¿Los de Norak? Cassandra sonrió. — Norak pensó que podía tener más libertad en el castillo si aparentaba traicionarnos. Fue a ver a su padre, y le mostró los ramilletes. Pero no eran los míos. Eran unos que él había copiado y repartido. Althenor los destruyó antes de la clase del espejo. El Anciano asintió. Norak también era hábil fingiendo. Pero el muchacho había sido libre de deambular por el castillo, protegido a medias por su padre, durante todo el último día. Lo que había hecho, no lo podía adivinar, pero confiaba en el nuevo Vigía como había confiado en el antiguo. — Y Drovar me pasó uno de los ramilletes. Estuvimos hablando mucho rato, y luego fingimos la llamada desde su casa. Drovar fue por ayuda, — dijo Andrei. — Después abandoné el ramillete para no alertar a nadie, y Drovar dejó que los polvos me dejaran indiferente de nuevo. — ¿Lo enviaste con Siddar? Andrei sacudió la cabeza. — No es tan fácil llegar a la Torre de Adjanara. Lo envié con unos amigos cerca de la frontera, y ellos con otros, y fue alertando al viejo círculo de expulsados. Cassandra lo miró frunciendo el ceño.

185 — Son los Vara que se han retirado del Círculo por causa de la Serpiente y sus secuaces. Se mantienen al margen, la mayoría como Viajeros o como forasteros. — ¿Renunciaron a la magia? — preguntó ella volviéndose a Javan. — Más o menos. Renunciaron a la comunidad mágica, que no es lo mismo. De todas maneras, obedecen a las mismas reglas que nosotros, porque la supervivencia de todos depende de ello. Adjanara es casi una de ellos, y los contacta con frecuencia, — explicó Javan. — Así que Drovar llegó con Adjanara. — Siddar lo encontró tratando de entrar por una de las ventanas de arriba, y casi lo derriba. Se sorprendió mucho de la nueva habilidad de Drovar, — dijo Andrei con una sonrisa. — Dice que él también quiere un regalo como ése. Cassandra sonrió. Ese era un comentario típico de Siddar. — En el bosque, el grupo acampó cerca de la cascada. Javan buscó a Lyanne, y ella no nos permitió ir al jardín de Ingelyn como habíamos acordado. Dijo que era peligroso ir allí. Cassandra se enderezó en su asiento. — ¿Por...? — Ya llegamos a eso. Con Lyanne venían otros. Los más discretos fueron enviados a espiar al castillo. Los más rápidos, fueron empleados como mensajeros. No había mucho que pudiéramos hacer, salvo esperar, y la espera fue casi demasiado larga. El segundo día, varios empezaron a hablar de una falsa alarma, y de que sería mejor volver a casa. Esa noche alguien rodeó nuestro campamento con flores. Nomeolvides, siemprevivas, flores blancas de noctaria... ¿Fuiste tú, Cassandra? — No, yo... estaba muy ocupada. ¿Javan? Él la miró con una luz extraña en los ojos. — Lo hice a través del Triegramma. Todavía quedaban unos pétalos en tu habitación, y pensé que ellos lo necesitarían. No quedaban polvos en el castillo, y supuse que estarían en el bosque... — Realmente lo necesitábamos. De alguna manera, las flores nos sacudieron más que mi ramillete. Enviamos unos grupos a investigar, y descubrimos un par de cosas extrañas en el bosque. Para empezar el claro de los árboles negros está en llamas. Andrei miraba a Cassandra, como preguntando su opinión. Ella sacudió la cabeza. — Eso no tiene nada que ver con nosotros.

186 — ¿Entonces? — preguntó el Maestro. — Es algo... privado de las esporinas. No estoy en libertad de hablar de ello... ¿No habrán perturbado las llamas, no? — No, no tocamos nada. En realidad, Dríel, una dríade que iba con nosotros no nos permitió acercarnos. Cassandra asintió lentamente y esperó el resto de la historia. — Fuimos al jardín de Ingelyn. Dríel parecía muy interesada en visitar ese lugar. Dijo que podía escuchar quejarse a las flores... Así que fui con ella, y uno de los centauros. Encontramos un ser moviéndose entre las flores. Era... como un híbrido de Niebla Negra y Magma, con algo de... — Hikiri y Glub... Un híbrido de todas esas cosas... — dijo Javan. Ella bajó los ojos. Javan le apretó las manos. — ¿Sabes algo de esa criatura? — preguntó Andrei, alarmado. — He oído algo de ella... — dijo Javan, evasivo. — Yo la vi en el Corazón, Andrei, hace un tiempo. ¿Qué pasó con el... híbrido? — Estaba danzando. Pisaba y quemaba las flores cuando se movía, y esa era la queja que Dríel escuchaba. Ella quiso ir, pero Hedrik, el centauro que nos acompañaba no se lo permitió, y la sacó de allí al galope. Los seguí como pude, sin que la bestia me notara. No sé si nos hubiera atacado, pero no quise arriesgarme. No me pareció algo fácil de manejar en silencio... — Hiciste bien. Tendremos que ocuparnos de eso, Javan... No debí... — Hiciste lo que te pareció adecuado en un momento en que no teníamos idea de lo que iba a suceder. — Y agregó, volviéndose a los otros; — Cassandra tomó un fragmento de una pared que tenemos abajo, encantada para absorber las emociones negativas. El fragmento se perdió. Debe haber absorbido energía de los nodos negativos también... y quién sabe si eso no nos ayudó en su momento. — Estoy de acuerdo. En todo caso, los centauros del bosque están vigilando, y podremos ocuparnos de eso más tarde. Lo que nos ocupa ahora es el final de la historia y lo que haremos después, — decidió el Anciano. Andrei sonrió. — Bien, no hay mucho más. Volvimos al campamento con las novedades, y Lyanne propuso que nos acercáramos al castillo. El momento del Eclipse se acercaba. Javan regresó con Calothar en ese momento, y nos dijo que nos diéramos prisa.

187 Llegamos justo cuando el Árbol aparecía, y aprovechamos la oscuridad para tomar nuestra posición. El resto ya lo saben. Cassandra miró a Javan, pero él miraba a Calothar. El muchacho le devolvía la mirada. La mirada de Javan era especuladora, pero la del Heredero era de limpia decisión. Cassandra no pudo evitar un estremecimiento. El destino de la Serpiente estaba echado. — Bien, bien, bien... — dijo el Anciano Mayor. — Ahora nos queda decidir qué haremos con Althenor y sus cómplices en tanto el Círculo no se haga cargo de él. — ¿Qué harán con él en el Círculo? — preguntó Cassandra. Se preguntaba qué clase de prisión podría retener a un hechicero de la talla de Althenor. — Juzgarlo, y encerrarlo después, seguramente, — dijo Andrei. — ¿Encerrarlo? ¿Dónde? No había prisión más segura que la Bestia de Roca, y no estuvo en ella ni tres días... — ¿Y qué propones? Cassandra sacudió la cabeza, y no contestó. — Sólo se lo puede detener matándolo, — dijo Javan con calma. — Y no está en nuestra mano... ¿Qué te pasa, Cassandra? Ella se había enderezado de repente. — Jazmines... ¡Afuera! ¡Todos afuera! ¡Algo anda muy mal! El griterío y las explosiones se escuchaban desde adentro del castillo. — ¡Guardiana! ¡Auxilio...! — era la voz de Siddar. El grito se interrumpió de pronto, y fue seguido por el aullido de Drovar. — ¡Se escapan! ¡Auxilio! El chillido que siguió fue el de Anika, y los gritos de algunos de los chicos que habían salido corriendo desde el comedor. Los profesores que se habían quedado con ellos no los pudieron contener, y se precipitaron escaleras abajo. Cuando Cassandra logró pasar las puertas encontró los restos de la Red lanzando inútiles chispas hacia el cielo. Aquí y allá alguno de los Sirvientes de Althenor forcejeaba con uno o dos de los aprendices o de los profesores. Otros se reunían alrededor de la Serpiente. Althenor se erguía en medio de la batalla, los brazos en alto, aullando palabras de poder que oscurecían el sol y helaban la sangre. Cassandra se estremeció. Tenía que detenerlo.

188 La antigua invocación vino a sus labios sin que tuviera que pensarla. ¡Alas! Siddar desapareció en un torbellino gris plateado. ¡Colmillos! Solo una columna brillante quedaba de Djavan a su espalda. ¡Garras! El mismo humo de plata arrastró a Senek. Ella también se disolvió en la luz plateada, y el Protector, el auténtico Guardián, el dragón de luz plateada hizo su aparición. El dragón batió sus poderosas alas y levantó vuelo en el cielo de la media tarde. La mayoría de los Sirvientes estaban ahora completamente despiertos, y de alguna manera habían recuperado sus varitas. Althenor estaba en medio de ellos, y la vio levantarse en el cielo con una sonrisa de satisfacción. Por fin un adversario al que valía la pena derribar. Varias maldiciones cruzaron el aire en su dirección. — ¡No! ¡El Guardián de Luz es mío! — gritó Althenor. De alguna manera, parecía más alto. Parecía que hubiera podido absorber el poder de la Red, y volverlo a su favor. Cassandra se estremeció, y planeó en círculos alrededor del campo, cuidando de presentar únicamente su flanco blindado a las maldiciones, y escupiendo llamas de plata aquí y allá. La tercera vuelta alrededor del campo le permitió ver que Althenor sostenía algo entre sus manos. Algo redondo, envuelto en un paño oscuro. Cassandra lanzó un largo chorro de fuego en su dirección. La Serpiente solo necesitó un breve y casi indiferente movimiento de su Vara de tres cabezas para desviar las llamas. Uno de sus sirvientes huyó gritando. Las llamas no prendían en los del Trígono, pero sí en los enemigos, y no se apagaban con facilidad. Althenor miró al Guardián de plata a los ojos y sonrió. Apuntó cuidadosamente, siguiendo las evoluciones de Cassandra por el campo de batalla, y al fin, lo lanzó. Sus ojos destellaron roja ira cuando soltó la maldición. Un rayo de luz negra le dio a Cassandra en el hombro. El dragón de luz perdió altura, y la siguiente llamarada erró el blanco. Los enemigos se dispersaron en varias direcciones, para que ella no los pudiera perseguir. Ella empezó a descender. Le dolía el hombro, y había visto a Ryzhak caído en el suelo, herido. Ella se levantó sobre sus patas traseras y estiró el cuello para lanzar su última llamarada sobre los enemigos que huían. La risa estridente de Althenor le llegó como respuesta. — ¡Sí, ríe si puedes! ¡Pero recuerda que fue la forastera la que te engañó otra vez! — y cayó al suelo, retomando forma humana. Más lejos, Siddar, Senek y Djavan

189 volvían a aparecer en los sitios de donde habían desaparecido. Java corrió hacia donde ella estaba. Ella estaba abrazando a Ryzhak. — Cassandra... — Alguien la sacudía por el hombro. — Cassandra... Ella miró alrededor, confundida, la vista nublada. El sol todavía brillaba. A su alrededor la gente parecía volver en sí. Ella todavía abrazaba a Ryzhak. No estaba muerto, como había creído. Sólo desmayado. Andrei la sacudió otra vez. — ¡Cassandra! ¿Estás bien? Ella asintió. — Necesito ayuda... ¿Dónde está Javan? — Aquí. Él estaba detrás de ella. Al romperse la Red de contención el Cetro había rodado colina abajo. Él lo traía en sus manos. Se arrodilló frente a ella y se lo presentó. Ella no lo tomó. Se limitó a entrelazar sus dedos con los de Javan sobre el Cetro y una luz cobriza bajó hacia Ryzhak bañándolo y envolviéndolo. Luego de unos pocos segundos, el muchacho abrió los ojos. — ¡Ryzhak! — El grito venía de una chica, que cruzaba corriendo los jardines. — Membrill... por favor, llévalo a la enfermería, — dijo Cassandra, tratando de levantarse. Andrei tuvo que ayudarla. — ¿Estás bien? — le preguntó otra vez. — Sentí una luz que... — Estoy bien, — dijo ella bruscamente. — Siddar, ¿qué fue lo que pasó? — El Círculo está dividido... Mira... — El hombre pájaro le señaló el otro extremo del prado, donde varias personas discutían acaloradamente. Adjanara y el Anciano Mayor hacían frente común contra un mago que en ese momento retrocedía y trataba de escudarse tras otro de los ancianos. — Neffiro... Esto es inútil. Vámonos de aquí, no quiero cruzarme con el señor Alcalde. ¿Lyanne está todavía en la cascada? Javan asintió. Ella se apoyaba todavía en su brazo. — Entonces vamos a verla. Andrei, Siddar, ustedes dos vean si pueden evitar que Neffiro haga más daño... ¿Crees que podamos usar la escoba? Me siento cansada para caminar... — ¿Estás segura que estás bien? — preguntó Andrei por tercera vez. Ella le contestó con la voz de siempre:

190 — Claro que sí, no hagas preguntas tontas. Javan... Javan asintió en silencio, después de echarle una mirada desconfiada. Extendió la mano y la escoba apareció en ella. Montó sin una palabra y Cassandra subió detrás. — Cuídalos, Andrei... — dijo ella mientras levantaban vuelo. Lyanne y los otros centauros la esperaban. Estaban reunidos en círculo frente al agua del remanso, mirando la cascada. Javan descendió en el borde del círculo, y Cassandra se dirigió hacia la Hija del Viento. — Has venido, Guardiana, — la saludó la mujer centauro. — Aquí estoy. — Cassandra le dedicó una pequeña inclinación a Lyanne. — Te doy las gracias por permanecer junto a nosotros. Hemos vencido gracias a la ayuda del Interior, y... — Cassandra dudó. Miró directo a los negros ojos de la mujer, y ella se estremeció. — Pues, solo podemos decir que pueden seguir contando con nosotros... con los Guardianes de las Puertas... — Guardiana... — empezó Lyanne, turbada. Cassandra la interrumpió. — Pero aún así, tenemos una mala noticia. La Serpiente ha vuelto a escapar... Un murmullo recorrió el círculo de centauros. Cassandra seguía con los ojos clavados en los de la Hija del Viento. — Necesitaremos que continúen vigilando como hasta ahora, hasta que la amenaza desaparezca. Hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance... Javan vio a Lyanne abrir la boca y volver a cerrarla, sin decidirse a decir lo que la preocupaba. La mujer centauro se enderezó, mirando a su alrededor, y su negra cabellera cayó sobre su pecho, balanceándose lentamente. Sus ojos se veían negrísimos cuando los volvió a posar en Cassandra. Se inclinó profundamente ante ella. — Gracias, Guardiana, — dijo con la voz quebrada. — Vigilaremos. Cassandra respondió a la reverencia, y se marcharon. Mientras volvía a despegar, Javan podría haber jurado que veía lágrimas en los duros ojos de la mujer centauro. Cassandra pidió a Javan que la dejara directamente en la enfermería. Dijo que el hombro le dolía un poco y estaba preocupada por Ryzhak. Javan le creyó. Cuando ella entró, sola, en la habitación, Ryzhak estaba descansando y conversando en voz baja con Membrill. Eran amigos desde aquel doble juicio que habían tenido que enfrentar en el Interior. Ella lo miraba de una manera que hizo sonreír

191 a Cassandra. Pero ella siguió de largo y fue a sentarse frente a la señora Corent, en su oficina. La enfermera le sonrió. — Bien, profesora, soportamos a la mismísima Serpiente aquí por tres días, y nadie salió herido. Una victoria de la que puede estar orgullosa, — dijo, y se detuvo. Había algo en la mirada de Cassandra. Su débil sonrisa no le llegaba a los ojos. — Estoy orgullosa de nuestra victoria, — dijo. — Pero temo que no es cierto que nadie esté herido. La enfermera la miró asustada. De todas las personas en el Trígono, Cassandra siempre le había traído las heridas más extrañas y difíciles de curar. — Mire esto, — le dijo, empezando a desvestirse. No tuvo que quitarse mucha ropa. La mancha negra, supurando un líquido también oscuro, era claramente visible en el hombro. La señora Corent soltó un gemido. Cassandra habló en voz muy baja. — Ya sé que estoy muerta, — dijo. — Sólo quería pedirle un buen vendaje, porque quiero pasar una última noche con mi esposo... La enfermera asintió. No encontraba palabras para suavizar la situación. — Y necesito que usted no diga nada hasta que sea... inevitable... La señora Corent asintió otra vez. Se tragó las lágrimas y empezó a limpiar la mancha y vendarla. — Gracias, señora Corent, — dijo Cassandra cuando ella terminó. — Por todo... — Llámame Melissa, — dijo ella. — Creo que debimos haber empezado antes... Cassandra solo le sonrió.

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Capítulo 20. La Maldición de Zothar.

No hubo banquete de celebración. De hecho, nadie pensaba que hubiese algo que celebrar. Al final, Cassandra se levantó, harta de ver tantas caras largas su alrededor y dijo en voz alta: — ¡Pero! ¿No están todos sanos y salvos? ¿No engañamos a la terrible Serpiente una vez más? Nuestro único herido en batalla está entre nosotros, comiendo y conversando... ¡Por favor! ¡Piensen que hemos vuelto a vencer a Althenor, y alegren esas caras! Era algo tan imprevisto, tan incongruente con la situación, que varios de los profesores se miraron entre sí, y sonrieron, y algunos de los aprendices empezaron a aplaudir. La tensión se disipó un poco. Sin embargo, la cena terminó temprano, y Cassandra dejó el salón del brazo de Javan. Una confortable penumbra reinaba en la habitación esa noche. Sólo las estrellas iluminaban el patio tras la puerta ventana. El aire traía los perfumes de las flores. La primavera llegaba a su madurez, y daba paso al verano allá en el bosque. Cassandra apoyó la cabeza en el pecho de su esposo. Recorrió con el dedo su pecho, su garganta, sus mejillas, sus labios. Sus brazos la rodeaban, cálidos y protectores. — ¿Qué te está pasando, Cassandra? — le susurró muy suavemente. — Nada, — suspiró ella. Pero levantó la cara un poco para mirarlo. Tenía una extraña luz en sus ojos esta noche. Y entonces, la chispa de la travesura volvió a brillar en ellos. — Sólo me estaba preguntando... — dijo, trepando sobre él y besándolo, — cuántos besos en fila... puedo poner... en tu nariz... cuatro... cinco... seis... Se retiró un poco, mirándolo a los ojos. — Devuélvelos, — dijo de repente. Él la miró sin comprender. — ¿Qué? — Que me los devuelvas. Eran un préstamo. — Ella hablaba con la boca casi sobre la suya. Él sonrió cuando ella lo besó primero.

193 — Uno... — dijo, y ahora fue él quien la besó, más lento; — Dos... — Y de nuevo, más despacio todavía; — Tres... — Cuatro... El resto de los susurros se perdieron en la oscuridad. Y ella lo hizo. Mientras se besaban, uno en brazos del otro, se transformó en brisa y se fundió con él en aire. El último elemento. El último regalo. Luego de eso, se durmieron estrechamente abrazados. La luz del amanecer despertó a Cassandra. La luz, y la mano de su esposo, recorriendo su cuerpo. Sonrió, y trató de volverse, pero una cruel punzada en su hombro y costado la detuvieron. Cerró los ojos con fuerza y gruñó de mal humor: — Vete. La mano intentó acariciarle la espalda. Ella reprimió un estremecimiento de placer y con otra punzada de dolor se apartó, envolviéndose en la frazada. — Vete. Molesta a alguien más, — gruñó desde abajo del almohadón. La mano se retiró en silencio. Ella esperó hasta que Javan abandonara el cuarto. Solo cuando escuchó la puerta cerrarse otra vez dejó escapar el gemido. La venda estaba empapada con el fluido negro. Y empezaba a tener un olor fuerte. Saltó de la cama, sin importarle el dolor que le atravesaba el brazo y el hombro, y sacó de un tirón las sábanas. Estaban manchadas, y ella las quemó con fuego azul en la estufa. No quería que nadie se contaminara. Luego fue metiendo su ropa y sus cosas en un baúl y lo dejó en el armario. Para cuando Javan mirara allí, todo habría terminado. Apiló los libros sobre el escritorio, y le dejó una nota a Javan para que los devolviera a sus respectivos dueños. Tenía material de casi todas las colecciones privadas del Trígono. Luego fue a su patio. Miró a sus plantas, mimó a sus favoritas. Sólo faltaban los dibujos. La mayoría estaban ya en la cabaña. Empaquetó el resto, y los dejó con el baúl en el ropero. Javan no tendría mucho trabajo cuando ella estuviera muerta. Después de eso, suspirando una vez más, partió escaleras arriba a la enfermería. — Por favor, Melissa, diles que estoy dormida. No quiero ver a nadie... — suplicaba Cassandra. Era la tercera vez que Javan preguntaba por ella en la puerta. La señora Corent había trancado, y solo los atendía por la ventanilla. Echó una mirada preocupada a Cassandra. La maldición iba demasiado rápido. Había tomado el hombro

194 y la mitad del brazo durante la noche. Para el almuerzo había alcanzado su cintura del lado derecho, y la mano. — Se está enojando, Cassandra. Y tiene derecho a saber. — No... Por favor, Melissa... No quiero que me vea así. — Está bien... A media tarde, no era solo Javan en la puerta; también estaban Andrei y el Anciano Mayor. La señora Corent cedió. — Le prometí a ella no decir nada. Y ella no quiere ver a nadie... Por favor... Los tres magos fruncieron el ceño. Javan dio un paso adelante, apretando los puños. — ¿Qué le pasa a mi esposa? — exigió amenazador. — Tengo que saber. Andrei lo detuvo. — Ven aquí, Javan. Hay algo que debes saber... Ven aquí. — Su voz había sonado muy alterada. El Anciano Mayor lo miró alarmado. — Por favor, ¿qué...? — Javan estaba a punto de perder los estribos. Andrei se lo llevó a un pequeño salón junto a la enfermería. — Andrei, ¿qué es lo que quieres decirnos? — preguntó el Maestro. Andrei miró a Javan y bajó la vista. — El Protector de Luz fue alcanzado por una maldición... en el hombro derecho. Lo sentí porque era Garras. Tú eras Colmillos, nunca hubieras podido hacer nada... — ¿Una maldición? — Vi una luz negra de la Vara de Althenor alcanzarla en el hombro. — ¿Una luz negra? — preguntó el Anciano. Pero Javan parecía haber comprendido. Se hundió en sí mismo, la cabeza entre las manos. Luego levantó la cabeza y miró desesperado a Andrei. — Avísale a Ryujin, — dijo solamente. — ¿Qué es esa luz negra, Javan? — Una maldición... de las prohibidas. Una especie de muerte concentrada... El líquido que sale de la mancha la va devorando de a poco, hasta terminar con ella, — dijo. — No hay contra-maldición. — Quizá magia antigua... — dijo Andrei esperanzadamente. — No. Ya te dije, no hay contra-maldición. No puedes detenerla, como no puedes detener la muerte...

195 — Si solo me hubiera dado cuenta antes... — dijo. Andrei. Javan sacudió la cabeza. — No hubiera servido de nada. Una vez que la tocó es como si ya estuviera... Como si ella ya... — Javan no pudo terminar. El Anciano lo miró unos momentos en silencio. — Avísale a Ryujin. Y a Alessandra. Ella querrá despedirse. Yo me voy con ella. — Y sin mirar a nadie, salió de nuevo hacia la enfermería. Cassandra estaba medio dormida cuando las cortinas se abrieron de repente. Se despertó con un sobresalto. Javan estaba allí, pálido y serio, mirándola, enmarcado en la luz de la ventana. — ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Para qué querías verme así? — gimió ella, tratando de ocultar la mitad faltante de su cara con la manta. Él se sentó a su lado, en la cama, y le tomó la mano limpia. — Te amo, y siempre te amaré, — le dijo, besándola en la mejilla sana. Una lágrima saltó de su ojo. Él se la enjugó con otro beso. Ella volvió la cara. — No quiero que me veas así, — dijo ella. — No te preocupes, no te miraré... Ella no pudo reírse. Él le apretó la mano contra su pecho, y se acurrucó contra ella, apoyando la cabeza en su seno. Se quedaron mucho rato así, mientras la luz se iba de las ventanas. Las cortinas estaba de nuevo cerradas. El dolor recorría incesantemente los restos de su cuerpo, no permitiéndole dormir. Ahogó la queja, por si Javan estaba cerca y podía escucharla. Soportar el dolor era una cosa, pero soportar el de él además del suyo propio era demasiado. Y no conocía ninguna manera de liberarlo. De nuevo, una lágrima solitaria corrió por su mejilla. — Andarienna... — Una voz muy conocida susurraba junto a su cama. Extendió la mano por debajo de la cortina, y sintió la caricia cálida de su amigo. Los sonidos ahogados del otro lado le dijeron que él estaba llorando. Sintió las lágrimas en un beso húmedo en su palma. — Me estás mojando, — se las arregló para decir. Y oyó un ruido parecido a una risa. Y un sonido de nariz. — Debes cuidarlos... — dijo. — Javan...

196 — Está aquí, — dijo la voz de Gaspar. Y ella pudo sentir otro par de manos cálidas tocando la suya. Ella guardó silencio, pero los sollozos ahogados atravesaron la cortina. — C’ssie...— la llamaba Javan suavemente. — C’ssie... — Te amo, — susurró ella. Y aún fue capaz de sentir su beso en la mano. A lo largo del día, mucha gente se acercó para despedirse de Cassandra. A algunos de ellos, Cassandra fue capaz de tomarles las manos, o aún decirles algo. Cada vez le costaba más hablar, y Javan no quiso imaginarse por qué. Hacia la noche, la habitación quedó en calma otra vez. Alessandra llegó la segunda mañana, y se sentó entre Andrei y Javan, llorando silenciosamente de a ratos en el hombro de Andrei. Él no decía mucho. No había dicho nada a Cassandra tampoco. Sólo sostuvo su mano una vez, y ella se la oprimió. Pensó que ella lo había reconocido, pero ninguno de los dos habló. — Las estrellas están saliendo, — dijo Alessandra quedamente. El día había pasado lento y melancólico. Ryujin había salido hacía un momento, con el Maestro. Solo estaban Javan, Andrei y ella junto a la cama de Cassandra. El silencio caía pesadamente entre ellos. Alessandra lo rompió otra vez. — Detesto esta espera. Desearía poder hacer algo... Hubo otra pausa. Los hombres no podían o no querían hablar. Ella habló otra vez. — Y toda esa tontería de las Joyas... Javan levantó la cabeza de repente. — ¿Qué dijiste? — gruñó. — Toda esa estúpida historia de las Joyas... cuando el año empezó... — ¿Qué pasa, Javan? — preguntó Andrei. Javan se había levantado vivamente, con una mirada enloquecida en los ojos. — Tengo que hablar con Hoho... — dijo. Y salió del cuarto. Alessandra miró perpleja a Andrei, que le devolvió la mirada. Gaspar estaba en la oficina del Anciano Mayor. — ¿Cómo pudo pasar, Maestro? — estaba preguntando. Su expresión era sombría. El Anciano suspiró.

197 — El Alcalde del Valle vino por ellos. Faltando los tres Varas principales... o sea, Javan y yo, y el señor del Hafno, que nos traicionó, era el que debía hacerse cargo. Siguiendo el estilo del Tercera Vara, decidió usar unos horrores para que lo apoyaran... — ¿Horrores en el Círculo de los Ancianos? Enna me lo había mencionado, pero pensé que solo el o los traidores... — Neffiro no es traidor. Pero tiene una idea demasiado elevada de su propia importancia... y de sus capacidades. Apenas llegó, los horrores lo traicionaron, se volvieron contra él y se pasaron al bando de Althenor. Él volvió en sí, y rompió la Red de contención con sus propias manos. Al menos, no pudo hacerse con el Cetro. — ¿Rompió la Red con las manos desnudas? Enna me dijo que temía que él hubiese tomado poder de la Roca Negra cuando ella lo atrapó allá... El Maestro asintió lentamente. — Es posible. También es posible que él tuviera su propio Triegramma, y que se alimentara de los nodos negativos. También es posible que haya invertido el signo de la Red... Las posibilidades son muchas para un hechicero de su calibre. Su escape es un golpe duro, pero la maldición a la Guardiana es el más duro. — ¿Por qué no eliminan a la Serpiente de una vez por todas? — fue la amarga pregunta de Gaspar. — No podemos. Hay solo una persona que puede, — dijo el Maestro. En ese momento entró Javan. — Pensé que estarías aquí. Tenemos que hablar... Hoho. El Anciano lo miró con curiosidad, Gaspar solo levantó las cejas. — En un segundo. ¿De quién está hablando, Maestro. — El Heredero de Huz. Solo el descendiente de Arthuz puede eliminar al descendiente de Zothar. — Necesitará ayuda. La Serpiente hizo lo que hacen todos los villanos en los cuentos de hadas. Ocultó su vida en un lugar secreto. Tenemos que encontrarla para el Heredero. Hoho, no tengo mucho tiempo. Javan miraba a Gaspar fijamente. — Te escucho, — contestó él. — Cassandra reunió las Joyas en el otoño, como sabes. Las entregó a los Señores de las Ramas en la primavera. Ella me contó la historia... Gaspar había saltado de su asiento. — ¿Crees que podamos detener la Maldición? — dijo Javan.

198 — Espero que estemos todavía a tiempo... — gruñó Gaspar. Y se apresuró escaleras abajo, seguido por Javan y el Anciano Mayor. El comedor estaba desierto y silencioso. Gaspar llegó al centro en pocas zancadas. Miró furioso al estandarte de la naga. — ¡Zoh! Te estoy llamando. ¡Exijo que salgas! — dijo con voz potente. Un viento frío movió los estandartes, pero nada más. Gaspar pateó el suelo y levantó las manos. — Andakiro enkaenor omaryo te, entolevio liso’enkaenor. Onte endiro’enna antulave onot’emmir... Todos los estandartes temblaron en la brisa fría y fuerte, pero ninguno de los Protectores salió. — Comites Fara, por favor, traiga la Prenda de Zothar, — pidió Gaspar. — Si él no sale, la romperé. Javan se volvió, dispuesto a hacer lo que Gaspar pedía, pero el siseo de una naga lo detuvo. Zothar había venido.

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Capítulo 21. La flecha amarilla.

La naga plateada miró a Gaspar a los ojos. Los ojos de Gaspar se volvieron amarillos y su pupila rasgada como los de un dragón. Javan reconoció la orden en aquellos ojos. La naga se transformó lentamente en el espectro de Zothar. — ¿Todavía caminando por el mundo, Ryujin? — fue su saludo. Gaspar se mordió los labios para no replicar. — ¿Qué quieres de mí? — preguntó Zothar bruscamente. — Devuelve la vida de la Guardiana, — dijo Gaspar. Javan había avanzado un paso adelante y estaba ahora a la par del medio-dragón, enfrentando al Protector. — Estás hablando con el espíritu equivocado. Ingelyn es la Curadora. Zothar trató de regresar al estandarte, pero Javan y Gaspar avanzaron otro paso, acorralándolo de nuevo. — Devuélveme la vida de mi esposa, — dijo Javan. Zothar lo miró con ira. — Yo no la tomé. No puedo devolverla. Además... ¿cuánto tiempo la has tenido? Ocho meses tuve yo a mi Fiona. Mil doscientos años ha tenido él a su Reina Dragón... ¿Es justo? Diría que no. Tú, Comites, tuviste cuatro años a tu esposa. No tienes nada de qué quejarte. El espíritu se volvió para desaparecer. Javan avanzó otro paso, extendiendo las manos para detenerlo. — ¡Alto! Debe haber algo que podamos hacer, — dijo. — Querrás que te guardemos tu secreto... Gaspar y el Anciano Mayor miraron sobresaltados a Javan, pero él sólo prestaba atención a Zothar. El espíritu se deslizó fuera de su alcance. — No hay secreto que puedas guardar para mí, — dijo, desvaneciéndose en humo verde. Javan se movió como si fuera a dar otro paso y su cuerpo cayó de espaldas en el suelo. Una figura transparente, con su forma subió al estandarte y penetró en él detrás del espíritu. — ¡No!... — exhaló el Anciano. Gaspar también parecía impresionado.

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Era un lugar oscuro. Su noción espacial estaba seguramente distorsionada, porque podría haber jurado que no había espacio en absoluto. Había llegado allí persiguiendo al humo verdoso, pero ahora no podía ver nada. Lentamente sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, o bien, una luz empezó a mostrarle el lugar en que se encontraba. No había límites en este espacio, no había paredes que lo cerraran o limitaran. Solo la oscuridad alrededor. No había objetos, solo esa pálida luz que aumentaba lentamente. A medida que el rayo de luz cenital aumentaba, vio primero a Cassandra. Pero no era Cassandra, en realidad. La etérea figura era la de la Guardiana, parecida a su esposa y a la vez diferente. Una cinta de sombra, como una serpiente de oscuridad, se arrastraba y trepaba alrededor del cilindro de luz que la envolvía. Parecía hecha de oscuridad pura. Pensó que era la corporización de la maldición. Miró a la Guardiana. Ella estaba inmóvil, los ojos cerrados, como si estuviese congelada. Pero su cara estaba completa, su cabello, sus manos... Avanzó hacia el cilindro luminoso. Tan concentrado estaba, que al principio no notó los tres sitiales que rodeaban el foco de luz. Tres asientos, cada uno iluminado en un color diferente. — No toques la luz, — dijo una voz dulce y musical, la de Scynthé. — La dejarías indefensa... Javan se volvió hacia la luz verde. — Retira la maldición. ¡Retírala! — exigió. — No puedo. Y tú sabes porqué, Comites. — Las facciones de Zothar fluctuaron un lentamente a las de Solothar. — Pero tú has crecido lo suficiente como para hacerlo por ti mismo... Javan se detuvo, rígido, mirando fijamente al Espíritu. — ¿Qué quieres decir? — dijo con los dientes apretados. — Como uno que ha usado el collar de la Guardiana, — dijo Scynthé. — Como uno que ha visitado el Corazón, — dijo Arthuz. — Como uno que ha sido capaz de sostener el Cetro sin ser rechazado, — completó Ingelyn, — fuiste capaz de llegar aquí. El Anciano Mayor no pudo. El mediodragón no pudo. Solo tú has llegado hasta aquí. — Quiero a mi esposa de vuelta, — dijo Javan. — Quédense con el poder, y devuélvanmela a ella...

201 — No estamos buscando poder, Comites, — dijo Arthuz. — Solamente hemos heredado esta maldición de Zothar el Viejo. Nunca intervinimos en ella, pero esta vez es diferente. — Esta vez involucra a la Guardiana, — dijo Ingelyn. — Has sido introducido a la Magia Antigua, — explicó Scynthé. — Y la Hikiri te dio conocimiento y poder del suyo... — Tienes la fuerza, Comites. Es por eso que te traje aquí, — dijo ZotharSolothar. — Puedes hacer lo que nosotros no. — Tienes la voluntad, y el coraje, — dijo Arthuz. — Y el conocimiento, y la inteligencia, — dijo Scynthé. — Ve, combate la maldición, y libera a nuestra Guardiana, — dijo Ingelyn. Javan los miró uno por uno. Las luces coloreadas se desvanecieron, y la única luz que quedó fue la del cilindro. Se enfrentó a la serpiente de oscuridad. — ¿Qué pasó? — preguntó Andrei, cuando Gaspar y el Anciano Mayor entraron a la enfermería trayendo el cuerpo inconsciente de Javan. — Siguió al Espíritu Protector de la Rama de Plata. — ¿A Zothar? ¿Adónde? — No lo sabemos. Doctor Ryujin, ¿cree usted que...? — Lo intentaré, pero no se si sea conveniente ahora. Déjeme ver a Enna. Caminó hacia la cama de Cassandra y corrió las cortinas. Alessandra respiró profundamente y se hizo hacia atrás. Andrei la sostuvo. Ella no la había visto después de la maldición, y las explicaciones de Andrei y de Javan no la habían preparado para eso. Alessandra ocultó su rostro en el hombro de Andrei. Cassandra había perdido casi toda la cara, y el fluido negro cubría grandes zonas de su tronco, piernas y brazos. Solo su mano izquierda, que ella había usado para sostener las de sus amigos estaba limpia. Y sin embargo había un ligero resplandor a su alrededor. — Miren. Algo está sucediendo... —dijo Gaspar. Javan observaba la sombra con forma de serpiente. Sus ojos malignos y amarillentos parecían querer hipnotizarlo. Se sentía atraído hacia ellos, e involuntariamente empezó a inclinarse hacia la sombra. La cosa abrió su colmillada boca escupió su veneno. Javan reaccionó en el último segundo. Se transformó en aire, y dejó que las gotas pasaran de largo. Las oyó sisear, corrosivas, cuando tocaron el suelo.

202 Dio un paso atrás. La serpiente de oscuridad se estiró para alcanzarlo, y soltó un poco a Cassandra. Javan apretó los labios. Eso era lo que él quería. Retrocedió lentamente otro paso. La serpiente siseó enfurecida. Trató de captar su mirada otra vez, pero él apartaba la cara cada vez que la luz amarilla lo buscaba. La serpiente escupió otra vez, y Javan volvió a esquivarla. Estaba cada vez más furiosa. Lanzó su cabeza adelante como una jabalina, y Javan saltó a un lado, retrocediendo otro paso. Otro anillo se soltó de Cassandra. — Está funcionando, — susurró Alessandra. — Lo que sea que él esté haciendo está dando resultado... Andrei le apretó los hombros. Miraron a Cassandra. De alguna manera, el fluido negro parecía retirarse, y el cuerpo de ella reaparecía debajo. — No, no está bien... — dijo Gaspar. Su atención había ido de Cassandra hacia Javan. Él estaba pálido ahora, y algo, muy parecido al fluido negro de la maldición le manchaba las manos. — No creo que él pueda romper la maldición, y vamos a perderlos a los dos. El Anciano lo miró, profundamente concentrado. — ¿Hay alguna manera de ayudarlos desde aquí? Gaspar sacudió la cabeza. — Entonces les daremos todo el tiempo que podamos. Cuando usted crea que estamos por perderlo, tráigalo de vuelta, — dijo. Gaspar se limitó a inclinar la cabeza. La serpiente había escupido otra vez. Algunas de las gotas lo habían alcanzado, y sentía una intensa quemadura en la piel. Trató de obligar a la serpiente a soltar otro de los anillos, pero ella retrocedió y aferró a Cassandra otra vez. Lo miraba enfurecida y siseando, amenazadora. Él hizo sus dudas a un lado, y abandonando toda precaución, avanzó, decidido, y aferró la oscuridad con sus propias manos. Las quemaduras ardieron más, como fuego dentro de la piel. La sensación de esta cosa al tacto era extraña. Sus manos se hundieron en la resbalosa sombra casi hasta la mitad del antebrazo. Donde no se había quemado, ahora también empezó a arderle. Él apretó más fuerte. Estaba buscando alguna parte sólida de la cual asirse, y sus manos se hundieron más sin hallar asidero. Miró a la serpiente, y ésta atrapó su mirada. No podía

203 separar la vista de los ojos amarillos del animal. La serpiente se movió rápido y lo envolvió en un anillo resbaloso, arrastrándolo hacia el cilindro de Cassandra. — Creo que está perdiendo el control de la situación, — dijo Gaspar sombrío, mirando el cuerpo de Javan en la enfermería. El Anciano Mayor también lo miró. Javan estaba ahora medio cubierto por el mismo fluido negro que Cassandra, y su respiración era superficial. Y aún así, un ligero temblor en las manos mostraba la lucha que estaba enfrentando. — Cassandra está peor, — dijo Alessandra, llorosa, desde la otra cama. Hubo un silencio, solo llenado por sus sollozos. — Tráigalo de nuevo, — dijo el Anciano. Gaspar lo miró. Unas lágrimas le llenaron los ojos: él era la última esperanza de Cassandra. Pero el Anciano tenía razón. No podían perderlos a los dos. Asintió lentamente y puso sus manos sobre la frente de Javan. — Andakiro enkaenna, entolevia omaryo te, — empezó. Una luz dorada fluyó de sus manos hacia Javan. Pero no lo tocó. Javan estaba ahora rodeado por un escudo de no-luz que la luz dorada sanadora no podía penetrar. — Demasiado tarde, — dijo Gaspar. La serpiente había empujado a Javan dentro del cilindro con Cassandra. Podía oler el dulce perfume de jazmín de ella, y aún sentir sus manos acariciándolo, pero sabía que era un truco de la serpiente para que la liberase. Escuchó la potente demanda de Gaspar llegándole desde afuera. La sintió golpeándolo, pero no podía alcanzarlo dentro del cilindro. Súbitamente, tal vez ayudado por ese golpe, logró separar los ojos de los de la serpiente, y sus manos se hundieron en la oscuridad un poco más, esta vez hasta el codo. Sintió un temblor nítido de Cassandra, y supo que éste era real. Y sintió que sus dedos se cerraban sobre algo sólido. — ¡Sácala de aquí! — aulló Gaspar a Andrei. Una ola de algo que no era ni luz ni oscuridad había salido de Javan y de Cassandra. Gaspar tomó al Anciano del brazo. — ¡Fuera! ¡Todos afuera! La ola llegó al techo y empezó a caer sobre ellos. Tuvieron el tiempo justo de salir de la habitación y cerrar la puerta para detener la cosa.

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Las manos de Javan se cerraron sobre algo sólido. Lo atrapó y lo arrancó de su envoltura de oscuridad. Y la serpiente de sombras desapareció. Y el cilindro de luz se aclaró también, y Javan salió de él. Cassandra seguía inmóvil y miraba el vacío frente a ella. Él miró el objeto que sostenía en las manos: era una flecha amarilla. La miró unos segundos y súbitamente la partió en dos. Hubo un chisporroteo, y Cassandra comenzó a caer como una marioneta a la que se le cortan los hilos. La sostuvo y ella pestañeó. — Realmente un mal hábito, — murmuró ella. — Tú lo dijiste, — sonrió él, inclinándose a besarla. Las luces coloreadas iluminaron de nuevo los tres sitiales. Ahora, pudieron ver que la luz provenía de unas ramas, oro, plata y cobre, que se abrían sobre los asientos. En cada una de la ramas, estaba una de las Joyas. El Zafiro estaba en medio, sobre el tronco principal, en lo que había sido el cilindro de luz que había contenido y protegido a Cassandra. Estaban dentro del Gran Árbol. Las luces se mezclaron en una especie de arco iris. Una figura salió de detrás del lugar de Zothar. — Eres tan igual a ella, — dijo con amargura, mirando a Cassandra. Cassandra lo miró un momento, y luego al Señor de la Rama, que estaba todavía en su lugar. — Zothar, — dijo suavemente, casi sin intención. El fantasma sonrió a medias. — Zothar el Viejo, sí. El verdadero. La parte de Zothar que nunca pudo abandonar el Trígono por causa de él... — señaló hacia atrás, a Solothar en el asiento. Luego miró a Javan. — De todos los Comites de la Rama, — dijo, — eres el que más poder ha obtenido, y con más justicia lo ha administrado. Honras mi Rama. Sin embargo su voz era fría, más fría que nunca, aún más fría que sus ojos fríos. — Lo siento, — susurró Cassandra, pero los ojos del fantasma relampaguearon de furia. — Dame eso, —dijo, tendiendo la mano hacia la flecha. — Esto es lo que mató a Fiona. Javan dudó. — La Maldición ya está rota. No temas, — dijo Solothar. Zothar tomó los pedazos de flecha de las manos de Javan y las quebró otra vez. Hubo una cortina de chispas plateadas.

205 — ¡Por fin lo hiciste! — dijo una voz. La cara de Zothar se congeló en una expresión de sorpresa. Miró alrededor y lo mismo hicieron Javan y Cassandra. Cuando la cortina de chispas desapareció pudieron ver a una mujer apareciendo de la nada. Tenía un largo cabello castaño, y una sonrisa divertida le iluminaba la cara. Estaba mirando a Zothar. — Fiona... — soltó Zothar. — Siempre fuiste tan testarudo y malhumorado... que tuve que esperar más de mil años por ti... — dijo ella acercándose. Javan se volvió a Cassandra. — Ella es tan parecida a ti... — murmuró, — que me da miedo. Cassandra empezó a reír. Apenas habían cerrado la puerta, y se oyeron unos ruidos horribles desde la enfermería. Gaspar tocó el pestillo otra vez, pero retiró la mano enseguida como si se hubiera quemado. — Está cerrado, — dijo. — ¿Qué está pasando? ¡Por favor, que alguien me lo explique! — gimió Alessandra. Los últimos días habían estado llenos de cosas incomprensibles. Sentía que su mente estaba a punto de ceder, como la vez anterior, en la cabaña. Y aunque el brazo de Andrei estaba sobre sus hombros, sentía que se hundía en la locura. El brazo de Andrei se apoyó con más fuerza, y su mano libre apretó la de ella. Gaspar la miró. — El Comites Fara está combatiendo la Maldición de Zothar. La maldición que está matando a Cassandra tiene dos fuentes. Si hubiera sido tan solo la Muerte Negra, hubiera muerto el mismo día... Pero fue herida mientras estaba bajo la forma del Protector de Luz... la imagen de un dragón, para que te hagas una idea. Es un encantamiento poderoso y antiguo, que requiere mucha fuerza... pero que a cambio brinda una protección especial. En general se logra uniendo los poderes de varios magos o hechiceros... ¿Cómo lo logra Enna, Andrei? Andrei se sonrojó. — Siddar es Alas, yo soy Garras, y Javan es Colmillos. Ella es Fuego. Gaspar asintió, y se volvió a Alessandra.

206 — Cada mago pone una fracción del poder del dragón. Si no hubiera sido por eso, los cuatro hubieran resultado heridos. Tal como fue, sólo Cassandra era vulnerable, a causa de la otra maldición. — La Maldición de Zothar, — apuntó el Anciano. Gaspar asintió. — Sí, eso la dejó vulnerable. Por eso también es que no están todos muertos... La maldición de Althenor tenía que concentrarse en ella. No podía repartirse entre los cuatro. — Ella estaba agotada también por la invasión. Realmente se esforzó demasiado estos días... — Pero... ¿Y el asunto de las Joyas? ¿Por qué Javan fue a verte apenas se las mencioné? Se puso como loco... Gaspar sonrió a medias. — Las Joyas son más que simples símbolos. No me está permitido hablar de su procedencia, pero... poseen una concentración de Magia Antigua. Todo el poder de la Guardiana, el poder que despierta al Dragón de Luz está concentrado allí. — Pero Cassandra llamó al Protector mucho antes de tener las Joyas... — observó el Anciano Mayor. Gaspar asintió. — Con la ayuda de las antiguas aspirantes a Guardianas, ¿no? Por eso era imperativo que encontrara las Joyas. Era su destino... Convertirse en la Guardiana y reparar ciertas circunstancias... — Cassie no cree en el destino. Ni yo, — dijo Alessandra. Gaspar le lanzó una mirada curiosa, pero no replicó. — La cuestión es que la protección de las Joyas y del Dragón la protegen por un lado y las dos maldiciones tratan de aniquilarla por el otro... De momento, las fuerzas están equilibradas, y se necesita algo que altere ese equilibrio. — Javan. Gaspar asintió lentamente. — Dije hace tiempo y lo sostengo. Ellos dos están desarrollando un vínculo muy fuerte... Pero no sé cómo podrá el Comites hacer algo. Sólo se permite magia elemental frente a las Joyas. — Javan tiene ese tipo de magia. Los vimos en la cascada, hace dos años... ¿Te acuerdas? — dijo Andrei, apretando la cintura de Alessandra. — Él y Cassandra se

207 fundieron en agua. Después... Bueno, él fijó el huevo de hikiri en mi Vara con sus manos. Gaspar levantó las cejas. — Así que eso es lo que ella quería decir... — ¿Ella? – preguntó el Anciano. — La hikiri que Andrei tenía y que Cassandra me hizo llevar de aquí. Dijo que compartió su mente y conocimiento con un humano. Obviamente fue más allá. — No entiendo, — dijo Alessandra. — La hikiri le dio poderes de magia antigua a Javan. Y a ti, Andrei, a través de ese huevo que tienes en tu Vara. Fuego para Garras, y poder para Colmillos... — Así que tú también puedes levantar paredes de fuego como él... — dijo Alessandra a Andrei. — Ni se te ocurra hacerlo en mi laboratorio... Ni en mi cocina. Andrei le sonrió y volvió a apretarla contra sí. — Ahora han llegado a un punto en que la magia escapó de su control. Esa ola que salió de ellos... es un desborde de poder. Incontrolable. O los mata a los dos, o entre los dos lo canalizan para vencer la maldición... El Anciano escuchaba ahora con atención, y levantó la mano pidiendo silencio. — No se oye nada más, — dijo, apoyando la mano en el picaporte. La puerta se abrió sin resistencia.

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Capítulo 22. Esporino-elka.

Javan estaba sentado en la cama, los brazos apoyados en las rodillas, y mirando sus manos vacías. Apenas levantó la cabeza cuando ellos entraron. — ¿Dónde está Cassandra? — preguntó Alessandra en un susurro ronco. Él se llevó un largo dedo a los labios, pidiendo silencio, y señaló hacia el biombo. Desde allí, unos ruidos suaves indicaban que alguien se estaba cambiando de ropa. — Agr... Esto es asqueroso... — gruñía la voz. Una sonrisa iluminó las facciones de Alessandra, y caminó hacia el biombo. Se oyeron unos sonidos sofocados, y el biombo cayó, mostrando a las dos mujeres fundidas en un abrazo apretado. Y Alessandra arrastró a Cassandra hacia el grupo. Todavía la tenía abrazada por la cintura cuando ella estiró la mano para tomar la de Andrei y apretársela, mirándolo a los ojos con una sonrisa. Después, un cálido abrazo con Gaspar. Ella murmuró algo, pero él no pudo contestar. Luego el Maestro le tendió los brazos. Ella le tomó las manos, pero el anciano tiró de ella y le dio un abrazo. Se separaron con lágrimas en los ojos, y ella se sentó junto a su marido. — Ustedes dos han hecho lo imposible otra vez, — dijo el Maestro con una sonrisa. — Es una mala costumbre, como un vicio, me han dicho... — dijo ella. Javan sonrió y pasó un brazo sobre sus hombros. — Debemos felicitarlos de nuevo, — dijo Gaspar a Cassandra, pero sus ojos se volvieron a Javan, — ...pero supongo que preferirán un buen descanso... Cassandra miró a Javan, pero él se limitó a asentir con la cabeza. Ella dijo con suavidad; — Mañana celebraremos... Después de todo, es nuestro aniversario... Sin embargo, ellos no aparecieron en la fiesta del siguiente día. Durmieron toda la jornada, y cuando Andrei y el Anciano bajaron a ver cómo estaban, encontraron las puertas cerradas y silencio.

209 Javan y Cassandra habían dormido casi todo el día, pero al atardecer huyeron, transformados en brisa, hacia el jardín de Ingelyn. Estaba vacío. Ella se reclinó en el musgo suave de la cueva de los helechos. Javan la abrazaba por la cintura, apoyando la cabeza en su pecho. Ella le acariciaba el cabello muy suavemente. Suspiró. Él también. — Creí que te había perdido, — susurró. Ella no contestó. Sólo deslizó la mano por su mejilla otra vez. — No vuelvas a hacerlo jamás, — dijo él. Ella sonrió y bajó la cara para besarlo. — Te lo prometo... Cuando llegue el momento, nos iremos juntos. Fuera de la cueva, las estrellas empezaban a brillar. El mes de julio se presentó relajado. La mayoría de los aprendices aprovecharon el mes para marcharse con sus familias. Después del secuestro que habían soportado, era algo por demás comprensible. Además, se trataba del semestre libre, así que los profesores se contentaron con cargar el equipaje de sus alumnos con varios libros y despedirlos hasta el mes siguiente o el siguiente semestre. El grupo de aprendices de Cassandra, los que atendía abajo, no se marchó. Todos habían tenido parte activa en la resistencia, y necesitaban el espacio para conversar. Por varios sábados todavía, la clase se transformó en una especie de terapia de grupo, y por lo que Cassandra podía adivinar, cada uno iba perfilando el rol que le tocaría jugar en la próxima generación del Trígono. Los escuchaba desde el escritorio, sin intervenir, mirándolos con media sonrisa, hasta que Javan venía a buscarla, y con cara de despiste, dejaba la clase a cargo de Solana, de Drovar o de Norak. Uno de los problemas que tenían que solucionar era el de recuperar la vara de Javan. Ella le decía que no necesitaba la Vara para hacer magia. Pero no se podía ser Segunda Vara sin una vara, como él le señaló oportunamente en una discusión. Al fin ella cedió, y un fin de semana, fueron al Mercado del Valle. El Jardinero de Varas vivía en una pequeña casa apartada del Mercado. La cerca blanca de madera se prolongaba en la distancia, mucho más allá de la cancela. Javan miró el jardín y la casa con una sonrisa nostálgica. — Está igual que siempre, — murmuró. — Ey, ¿quién está ahí? — dijo una voz chillona desde adentro. — Djavan Fara, del Trígono... Señor Mispell, ¿podemos pasar?

210 — ¿Podemos no es mucha gente? ¿Quién más está ahí? Cassandra dejó escapar una risa cristalina, que tembló en el aire de la mañana. Los visillos del costado de la puerta se entreabrieron. — ¡Hola! Yo soy Cassandra Fara... del Tri... — Ah, la competencia, — dijo la voz. — La que hace crecer varas sin mi permiso... Bueno, ¿qué hacen todavía en la puerta? Pasen, pasen de una buena vez... Cassandra volvió a reírse. Algo en este jardín y esta casa la ponía de buen humor. Javan la miró por sobre el hombro, sonrió y no hizo comentarios. El interior de la casa era tan sencillo como el jardín de afuera. Parecía una casa forastera, común y corriente. El señor Mispell les trajo un té en tazas de porcelana con rositas y los miró con curiosidad. — Es muy raro que un mago venga por aquí más de una vez... — dijo mirando a Javan con el ceño a medias fruncido. — Se supone que un Vara, y más aún, un criador de varas como tú no debería haber perdido la suya... Cassandra miró al hombrecillo un tanto sorprendida. Nunca había conocido a nadie que tratara así a Javan, con tanta soltura. Javan se las arreglaba para imponer respeto a los otros, de una manera fría e impersonal. Solo ella había atravesado la cáscara, que ella supiera. Javan se había sentado en el sillón, y lucía culpable, como un niño que hubiera hecho un desaguisado. — Bueno, señor Mispell, el problema fue... — No me lo digas. Los jóvenes siempre tienen excusas para todo... — Y el hombrecillo miró a Cassandra. — Así que... ¿me dirás que ella es la culpable? — Paró una maldición fulminante con mi Vara... — murmuró Javan. El hombrecito frunció los labios y sacudió la cabeza. — No me lo digas. Las vibraciones se sintieron desde aquí. Pero aún así, no es excusa para perder una Vara tan bella como la que habíamos cultivado para ti... — ¿Usted cultiva las Varas? — se atrevió a preguntar Cassandra, muy interesada. — Claro que las cultivamos. ¿Cómo podría una Vara seguir creciendo si no estuviera viva? Allá abajo tenemos los viveros de Varas. Las plantas madre siguen en pie, mientras la Vara o el Hechicero persisten... Los ojos de Cassandra brillaron. Abrió la boca como para decir algo, pero el hombrecito la interrumpió.

211 — No, no puedes ir a verlas. Solo el dueño de la Vara, y tal vez los Jardineros de Varas tienen derecho a ir... Si no fuera así, cualquiera podría romper la Vara de otro... — Pero... y si se tratara de la Vara de un... enemigo, como Althenor. — Los criadores de Varas no tienen enemigos, Cassandra... — dijo Javan. — Son neutrales. — Y tú decías que no entendías al Equilibrador... Javan se encogió de hombros, y se volvió al hombrecito. — No he podido recuperar mis trofeos. Tengo que empezar de nuevo, señor Mispell. El hombrecito sacudió la cabeza. — Eso es malo. Habíamos llegado muy lejos contigo. ¿Ni siquiera tienes una piedra para empezar? Javan empezó a sacudir la cabeza. Cassandra lo miró intrigada y se llevó la mano al cuello, jugueteando con su collar. La piedra blanca, que era la llave para el Bosque del Corazón se desprendió, y ella la miró un momento. — Tal vez... Señor Mispell, ¿puedo dársela yo? — ¿Qué dices, niña? — Que si la piedra de poder puedo regalársela yo... — No veo por qué no, aunque es muy irregular que un destructor de varas comience una nueva... — Podría tomarse como una reparación... — dijo ella, haciendo un cuenco con las manos. Y soplando entre ellas. — ¿Qué estás haciendo, Cassandra? — Tu piedra... La piedra blanca se partió, y Cassandra le tendió a Javan una lasca. — No, es muy pequeña, — dijo el Jardinero de Varas. — Necesita más tamaño para convertirse en una piedra de poder. — Tú tienes el resto, Javan... — dijo Cassandra tranquilamente. Javan la miró sorprendido. Se metió la mano en el bolsillo y sacó una piedra blanca y redonda. Volvió a mirar a Cassandra con curiosidad. — Me di cuenta hace unos días... — dijo ella. — Ella me dio la Piedra del Corazón. Mira, la lasca encaja perfectamente... Javan colocó el fragmento de piedra del collar de Cassandra en la piedra que la Cassandra del futuro les había dado un par de años atrás. Encajaba perfecto.

212 — ¿Y tú quieres que yo...? Ella sonrió. — Ya la has usado antes... Y si ella dice que está bien, ¿quién soy yo para contradecirla? Javan sacudió la cabeza, todavía dudando, pero el señor Mispell ya había tomado la pequeña piedra redonda de manos de Javan. — Mm... Sí. Es perfecta. Buen balance de fuerzas, adecuado equilibrio... servirá. ¿Qué hay de las otras cosas? — Perdidas, — dijo Javan secamente. El criador de Varas lo miró. — No juegues conmigo, muchacho. Había dos esmeraldas, unas escamas de naga, polvo de escama de dragón... — Las esmeraldas están perdidas. Los Ojos del Vigía pasaron a otro mago, — dijo Cassandra. — El polvo de escamas de dragón lo podemos conseguir... ¿te parece que Nakhira podrá cooperar con una o dos escamas? — En tus sueños. No sabes lo que me costó conseguirlas... — gruñó Javan por lo bajo. — Javan, fijaste un huevo de hikiri con las manos, Andrei me lo contó. ¿Quieres colaborar un poco? — ¿¡Qué este muchacho hizo qué?! — chilló el señor Mispell. — ¿Qué hiciste, chico? — Está bien... Es cierto. Cassandra trajo un huevo de hikiri para Andrei Leanthross, Senek, y lo convencí que debía fijarlo a su Vara. Los hechizos no funcionaban, así que lo hice de la otra manera. — La otra... manera... — El increíble señor Mispell estaba asombrado. Miró alternativamente a Cassandra, a Javan y de nuevo a Cassandra. — Quiero ver tu Vara, querida. Cassandra se encogió de hombros. — No la uso mucho, ¿sabe? Y me la dieron así como es, no le he agregado nada... Pero cuando Cassandra sacó la varita y la tendió al criador de Varas la varita centelleó, y se transformó en el Cetro de los Tres. Las cuatro Joyas centellearon alegres en su extremo.

213 — ¿Y estas qué son? ¿Caramelos? — dijo el viejo mago, señalándolas. Sacudió un poco el Cetro, y como un fantasma, la imagen de la Llave del tiempo se formó en el asta. Sobre ella, las alas del Dragón de Luz, y un poco más abajo, las alas del águila blanca. Aún más abajo, los brotes de Metamórfica, y casi en el pie, los destellos de la Piedra Arco Iris. Cassandra miró el Cetro atónita, y el criador de Varas se lo devolvió con una mueca. — Para mí son demasiados dulces. Niña, has estado trabajando duro en tu Vara, ahora deja que él se ocupe de la suya. — Yo... yo no sabía... — murmuró ella. Javan hizo una mueca. El jardinero de Varas lo miró. — Pues bien, chico. Tenemos una piedra de poder... Y si tu esposa tiene razón, polvos de dragón para darle resistencia. ¿Me equivoco o necesitarás las otras cosas? Javan asintió de mala gana. — Está bien, señor Mispell. Dígame qué voy a necesitar. — Para empezar, podrías traer algo de tu mimosa... algo de agua, como en los viejos tiempos. Pero si no me equivoco, necesitarás aire y fuego también... Déjame pensar. Y con una mujer así... si no consigues tierra, estás muerto... Ya lo tengo. Es peligroso, pero... El hombrecito hablaba para sí mismo, mientras retrocedía hacia la biblioteca. Se paró frente a ella y movió las manos. Un par de libros salieron volando en su dirección, y él los esquivó. Atajó el tercero en el aire y fue hacia el escritorio, mientras uno tras otro, los demás libros volaban por la habitación. — ¿Quién es tu mimosa? — preguntó Cassandra en un susurro, inclinándose hacia Javan. — Ya la conoces, ella no es competencia para ti... — dijo él con una mueca. — ¿Quién es? — repitió ella. Él se rió en voz baja. — Joya. Te dije que no era una mascota como cualquier otra... Cassandra pareció tranquilizarse un poco. En ese momento, el señor Mispell volvía con el libro en brazos. Otro de los libros rozó su cabeza, y en ese momento pareció reparar el los libros que revoloteaban por la habitación. — ¿Qué están haciendo con mi biblioteca, niños? — los rezongó. Y moviendo de nuevo la mano, los envió de regreso a los estantes. — Bien, si se comportan, le diré lo que creo que necesita la Vara de este pequeño hechicero...

214 Cassandra miró a Javan, y se tragó la risa como pudo. El pequeño hechicero fue más hábil para mantener su aspecto de hombre serio. El criador de Varas abrió el libro frente a ellos. El libro presentaba un artículo como de enciclopedia. El dibujo mostraba a un animal pequeño, con pico de pato y patas palmeadas, pero con garras. El pelaje era de un curioso tono azulino, aunque en la zona de la cabeza y el cuello parecían plumas más que pelos. — Ornitorrinco azul, — dijo triunfal el señor Mispell. Cassandra asintió. — Bueno. ¿Dónde cree usted que podamos conseguirlo? — dijo tranquilamente. Javan pareció atragantarse con algo. — Cassandra... Nadie tiene plumas de ornitorrinco azul en su Vara... — Bueno, — dijo ella con tranquilidad. — Es hora de que alguien las tenga. Además a mí me gustan las plumas. ¿Dónde dijo que...? — Ah, esa es la actitud que me gusta. Empezaré con la piedra de poder. Cuando vuelvan de Australia me traen las plumas... Para la Puerta del Otoño estará bien. Cassandra asintió tranquilamente, y Javan hizo un gesto de desesperación. — Y pensar que yo solo quería una Vara... — murmuró mientras tomaban el camino de regreso al Mercado. Varias semanas más pasaron sin novedad. Llegó agosto. El trabajo en el Trígono siguió como si nada hubiera pasado. Salvo que ahora Cassandra conocía a Tenai, y lo saludaba cuando lo cruzaba en los pasillos del piso de arriba. Solana empezó a trabajar con Mydriel a tiempo completo, y Cassandra se resignó a perderla como ayudante hasta el siguiente semestre. Era hora que la bruja se convirtiera por fin en hechicera. Mydriel podría guiarla en su prueba mucho mejor de lo que Cassandra podría hacer nunca. Y llegó la noche de la luna llena. Cassandra la había estado esperando desde su última visita a las esporinas. Esperó la medianoche en la mecedora, hamacándose suavemente en la penumbra azul. Javan trabajaba en la oficina. Ella esperó en silencio, sintiéndose en paz, y cuando faltaba un cuarto para las doce, se cubrió con una capa liviana, y salió del castillo. Un cuarto para las doce. Javan levantó la cabeza sorprendido cuando escuchó los pasos. A diferencia de otras veces, ella no se ocultaba. Aún así, sopló las velas, y la siguió, silencioso.

215 Ella se movía rápidamente por el bosque, siguiendo el viejo camino. Lo reconoció enseguida. La luz plateada de la luna iluminaba el sendero. Ella no corría, pero se deslizaba veloz entre los árboles. Encontraba dificultades para seguirla. Parecía ansiosa de llegar. Él sintió una punzada de inquietud. ¿tendrían alguna vez una vida normal? ¿sin peligros, sin problemas? La cortina oscura de enredaderas negras apareció de repente ante sus ojos. Habían llegado al claro de las esporinas. Podía oír unos ruidos muy suaves. Pisadas. Una respiración. Extendió la mano e hizo las enredaderas a un lado. La luz de la luna llenaba el claro como una copa. Los árboles alrededor brillaban en diferentes colores, y en el centro del círculo ya estaba Cassandra, girando, una mano levantada y el otro brazo extendido. En un destello de dulce luz de luna, la esporina apareció y bailó con ella. Pero no tenía el cabello dorado de las esporinas, trenzado con hojas y flores. Su cabello lanzaba destellos rojos al mezclarse con el de Cassandra en el aire. Giraron un poco más, y se detuvieron. La danza terminaba antes de comenzar. — Tu esposo está aquí, — susurró la esporina. Cassandra se volvió. Sonreía. — Javan... Por favor, ven. Te presento a la nueva Esporino-elka. La nueva reina esporina... Javan se acercó a las mujeres. Miró fijamente a la esporina. Era Kathryn. Kathara. Ella le sonrió. En su cara, las emociones encontradas lucharon un poco más. No podía devolver la sonrisa aún. — Está bien, Javan... — dijo Cassandra. — Las esporinas no podían ayudarnos porque el Signo coincidía el cambio de reina. Lalaith, Esporino-elka se fue. Kathara es Esporino-elka ahora. — Y lo seré por un par de milenios, — sonrió ella. — Supongo que es afortunado, — se las arregló para decir Javan. — Lo es. — Cassandra también sonrió. — Kathryn todavía retiene muchas de las características humanas, que las esporinas no tienen. Y la visión de las Guardianas. — ¿Y Alice? — Él permanecía serio. Kathryn lo perturbaba muy profundamente. — Ella es una pensadora. Permanece con nosotros, sin ser una de nosotros... — A Kathryn parecía no importarle, o no darse cuenta de cuánto lo afectaba su presencia. Tampoco Cassandra. — ¿Y donde está ella? — insistió.

216 — Con las otras... Cassandra continuó. — Kathryn no podía venir con nosotros porque estaba a prueba, con las otras aspirantes. Lalaith no lo hubiera permitido... Pero, — Se volvió a la pelirroja esporina, — nos hiciste falta. — Lo lamento, amiga. Sabes que fue necesario. Si no hubiera tenido éxito... Bien, tú conoces a las esporinas. Javan se estremeció, pensando en una bandada de esporinas hambrientas sobre un cúmulo de nodos mágicos negativos. — ¿Y que hay de ti? ¿Para qué viniste? Cassandra volvió a sonreír. — Para felicitarla, de Guardiana a Guardiana; luego, como embajadora, para mejorar los términos de nuestro pacto, o mantenerlos. Y después, como amiga... Nosotras hemos compartido cosas más allá de toda comprensión. Compartimos un destino, que yo eludí por milagro... Estamos más cerca que si fuéramos hermanas, y ahora tenemos que separar el poder para compartirlo de nuevo. — No entiendo. ¿Separarlo para compartirlo? — Él fruncía el ceño, los ojos fijos en ella. — Es sencillo. Debemos separarlo para deshacernos del viejo pacto. Y compartirlo para hacer un pacto nuevo, basado en la amistad, y no en compromisos comerciales. — ¿Y las esporinas estarán de acuerdo? — preguntó él con incredulidad. — Ella harán lo que su reina diga, — dijo Kathryn. — Todo este ciclo, desde la puerta del Invierno, mis llamas han ardido en este lugar estableciendo mi derecho a reinar sobre ellas. He pasado la prueba del Rey Dragón. He sido probada y aprobada, y ahora soy Esporino-elka. — Eres demasiado joven como para... — empezó Javan. Le hablaba como solía hacer con Cassandra, como lo había hecho con ella muchos años atrás. Kathryn le lanzó una mirada helada. — Soy Esporino-elka, la nueva reina, Javan Fara. No puedes hablarme como si fuera tu antigua amiga. Ella murió hace muchos años. Debes dejar ir los recuerdos. Cassandra asintió, aunque miró a Kathryn frunciendo el ceño. — Podrías haber dicho lo mismo con más suavidad. Kathryn, — dijo. Kathryn la miró.

217 — No. A veces los hombres necesitan se sacudidos para darse cuenta de las cosas. El tiempo corre. Vamos a hacer lo que vinimos a hacer. — Sí. — Cassandra se volvió a Javan con media sonrisa. — Javan, ¿podrías quedarte en el borde? Él asintió y retrocedió lentamente hasta el borde del claro. — ¡Gracias! — gritó Cassandra desde el centro. Y él pudo ver incluso que Kathryn también sonreía. La danza comenzó. Vio las luces coloreadas en el mismo momento en que las mujeres tocaron sus manos. De las cuatro manos unidas, cuatro haces de luz, blanco, verde, rojo, cobre, saltaron hacia los cuatro puntos cardinales. Pero las mujeres giraban en sentidos contrarios, y las luces se separaron en diferentes racimos de color. Cassandra se quedó con los colores del Trígono, y Kathryn se llevó blancos y dorados. Giraron en espiral alrededor del claro, cortando la noche con sus haces de luz, y cuando llegaron al borde, las luces ondearon como cintas. Y Cassandra se movió hacia el centro otra vez, seguida por Kathryn. Depositó sus cintas en el suelo, y se retiró, y Kathryn llegó al centro. Ella empujó sus cintas de luz hacia el cielo, donde quedaron flotando en el aire, y también se retiró. Cassandra y Kathryn giraron un poco más alrededor del centro en rápidos remolinos, y luego de unos segundos, con un estremecimiento mágico que recorrió todo el claro, Cassandra levantó sus luces y Kathryn bajó las suyas. Las luces se unieron y fundieron unas con otras, cuando las manos de ellas se tocaron. Un relámpago enceguecedor, y la danza terminó. Cassandra estaba sola en medio del claro. Javan se aproximó, silencioso, y la envolvió con la capa. Ella lo miró, y le mostró la mano. Kathryn había dejado tres flores en ella: un jazmín, un nomeolvides, y una flor de noctaria.

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Capítulo 23. Reina.

Agosto terminaba. Un par de semanas después de la visita a las esporinas, Javan se sorprendió de encontrar a Cassandra sentada en la mecedora, concentrada en una carta. Tenía una extraña sonrisa en la cara, mitad feliz, mitad melancólica. Él frunció el ceño. No la había visto desde el almuerzo, pero los días iban deslizándose tan tranquilos que no quería ni pensar en los problemas. Ahora, la vieja inquietud lo asaltó de nuevo. — ¿C’ssie? ¿Qué te pasa? Ella levantó la mirada hacia él. La sonrisa seguía ahí. Señaló a la mesa. Él miró, y volvió a fruncir el ceño. No reconoció el objeto sobre la mesa. — ¿Qué es eso? — Un test de embarazo... — dijo ella con voz ahogada. — ¿Tuyo? Ella sacudió la cabeza. — No, de Alessandra. Andrei todavía no lo sabe. Van a casarse en tres semanas... — Ella le tendió la invitación, que sostenía con la carta. — ¿Y qué es lo malo, C’ssie? — le susurró, acercándose y arrodillándose a sus pies. — Nada... — Las lágrimas habían llenado sus ojos. — Es que ella va a invitar a nuestros viejos amigos, Alice y Pierre... y yo... me di cuenta cuánto los extraño... Él sonrió y tiró de ella. La abrazó fuerte, allí en el piso, murmurando con suavidad. — Está bien. Los verás pronto... y me los presentarás... Sh... Luego de un momento, la crisis pasó, y ella se enderezó. — Soy tan boba... — dijo, como disculpándose. — Sí, lo eres... Por eso me gustas. Vamos a comer. Ella se rió. Todo a lo largo de la cena, Cassandra estuvo mirando a Andrei con una sonrisa divertida, y soportando constantes pisotones y codazos de parte de Javan. Al final, él se inclinó hacia ella y le gruñó:

219 — ¿Vas a dejar eso? Andrei los miraba con una apenas sorprendida sonrisa. — ¿Qué les pasa a ustedes dos? — preguntó. Los ojos de Cassandra chispearon, y ella sonrió. — Yo sé algo que tú no... — empezó. Rápido como una serpiente, el brazo de Javan saltó hacia delante y sujetó a Cassandra, tapándole la boca con la otra mano para que no gritara. Mientras se ponía de pie, dijo, completamente impasible: — Discúlpanos. Luego arrastró a Cassandra fuera de la habitación. Andrei pestañeó y miró la puerta por la que habían salido. Oyó la voz de Javan desde atrás de ella. — Prometiste no decir nada. — No, ella pidió... Yo no dije nada... — decía Cassandra. — C’ssie, no presiones... La voz de ella susurró algo suavemente. Una risa súbita estalló detrás de la puerta. — Compórtate, por favor... — pidió él. Y luego de unos segundos, entraron de nuevo al salón. — ¿Puedo preguntar...? — empezó Andrei. Los ojos de Cassandra centellearon con picardía, pero esta vez, miró a Javan. Él frunció los labios en gesto de censura. Luego sonrió. — Sabemos un secreto que tú no... Y Cassandra no te lo dirá... — dijo. Cassandra se rió ligeramente. — Tiene que ver con una boda forastera a la que estamos invitados... — dijo ella, esquivando el codazo de Javan. Andrei sonrió ampliamente. Cassandra asintió a la pregunta que él no hizo. — La carta de Alessandra llegó hoy. — No preguntaré... — dijo Andrei. — Buena idea. O me enyesarán el brazo. Una semana antes de la Puerta del Otoño, Cassandra se empezó a sentir extrañamente inquieta. La boda de Alessandra, planeada para la semana siguiente, y el viaje a Australia, para un par de días después... Necesitaba vacaciones, no irse a cazar ornitorrincos de colores, pensó. Pero la inquietud que sentía no tenía nada que ver con

220 eso. Salió varias veces, volvió a entrar a su patio, intentó trabajar en la oficina de Javan... Pero no encontraba acomodo en ningún lugar. Javan había salido temprano, y no había hablado con él en todo el día. Volvió a salir a los jardines, y no tuvo que ir muy lejos. El pájaro de alas rojas cruzó el cielo de la tarde cuando ella todavía no había llegado ni siquiera a la mitad del camino. Regresó corriendo a sus habitaciones. Cuando entró, escuchó unos ruidos en el ropero. Abrió la puerta de un tirón, para toparse con Calothar. — Profe... Cassandra... Yo... — tartamudeó. — ¿Está Javan ahí? — jadeó ella. Calothar salió del ropero, y Javan lo siguió. Él pareció súbitamente culpable. — Es el momento... — jadeó ella. — El pájaro rojo... Te estaba buscando, tienes que venir... — No entiendo... — dijo él con suavidad, extendiendo los brazos hacia ella con gesto tranquilizador. — Nosotros solo... — ¡La Reunión Secreta! Hoy es el día... ¡Apúrate! — gritó ella, y tiró de su mano para hacerlo venir. Javan recordó de golpe. Manoteó un par de capas y soltando un ‘Hablaremos después’ hacia Calothar, siguió a Cassandra hacia el bosque. El bosque se hundía en un oscuro crepúsculo cuando salieron de la Cueva del Tiempo. El olor a humo estaba todavía ahí. Igual que el año anterior. Exactamente como lo estaría el año próximo. Se deslizaron sigilosamente por el bosque, deteniéndose de vez en cuando para escuchar. — ¿Crees que vendrán? — susurró ella. — Claro que sí. Nosotros lo hicimos ¿no? — susurró él. Y entonces, oyeron el roce de las hojas en los arbustos más allá. Se escondieron rápidamente, a tiempo de ver otra Cassandra y otro Javan pasar por donde ellos habían estado parados. — ¿Primer año? — dijo ella casi sin respirar. Él sonrió y asintió. Dieron un amplio rodeo y llegaron a la reunión por el otro extremo. El año anterior, parecía que hacía un millón de años, habían usado la Cueva del Tiempo. Los había traído a este punto del tiempo. Habían encontrado una reunión secreta de Cassandras y Javanes de diferentes edades. Ahora se podían ver como habían sido el año anterior, y escuchaban de nuevo las mismas palabras.

221 — Cassandra y Javan del primer año: hemos estado fortaleciéndonos mutuamente desde que ustedes iniciaron estas visitas. Sin embargo, nosotros hemos decidido que éste será nuestra última vez... Era la voz del anciano Javan. Cassandra anciana continuó: — Dentro de unos meses, pasaré la Llave del Tiempo a su siguiente guardián. No volveremos a verlos... Cassandra sintió un peso en el estómago. Recordaba esto muy bien. Casi habían perdido toda esta vida que veía desarrollada en las caras a su alrededor. Se volvió hacia su Javan. Él sentía lo mismo. Le apretó la mano y sonrió. Luego se unieron al grupo. Y el gran día había llegado. La boda de Andrei y Alessandra. Cassandra y Javan se habían instalado en la casita de la frontera, cerca del Valle, o no tan cerca, y cerca del otro lado, o no tan cerca. La caja transportadora de Dherok, que Cassandra mantenía abierta en el sótano lo volvía cerca del Trígono, y la moto de Javan lo volvía cerca del otro lado. Kathy se había quedado con su abuela, presa por causa de un resfrío nuboso. Cassandra pensó que a la niña le hubiera encantado la ceremonia, pero los estornudos de nube violeta hubieran sido difíciles de explicar. Cassandra se removió en su asiento. Alessandra y Andrei no aparecían. Estaban ahora en el salón, esperándolos con el resto de los invitados, para comenzar la fiesta. — Por favor, tranquilízate, — le gruñó Javan. Ella le sonrió con nerviosismo. Él lucía inusualmente elegante en traje forastero. Lo mismo se podía decir de Andrei. Había esperado ver un puñado de magos en la fiesta; los amigos de Andrei. Pero los forasteros parecían llenar por completo el salón. ¿Podrían ella, Javan y Andrei ser los únicos magos en la fiesta? Barrió el salón con la mirada, sintiéndose incómoda. Y descubrió un rodete inconfundible, y una coronita de flores en una cabellera. — Por allí... — susurró ansiosa. —Me parece que vi a Sylvia y a Gertrudis. Javan sonrió. — Por supuesto. Deben haber venido con el Maestro. ¿No creías que íbamos a dejar a Andrei solo? Ella lo miró y sonrió. Estaba a punto de replicar, el novio y la novia entraron bajo una lluvia de aplausos. — ¿Y cómo estás, Cassie? — preguntaba Alessandra media hora más tarde. La preocupación se había borrado de su rostro. Cassandra sabía (Andrei se lo había dicho)

222 que ella había estado muy preocupada de que Cassandra no se hubiera recuperado totalmente de la maldición. Cassandra había pasado mucho tiempo con ella antes de la ceremonia, en parte para conversar, en parte para tranquilizarla. Ahora sonreía, feliz. Y le dijo, con una sonrisa pícara: — Tuve que ampliar la lista de invitados por tu culpa... — ¿Y yo qué hice ahora? — se sorprendió Cassandra. Javan la miró por sobre el hombro. — Travesuras. ¿No es eso lo que haces siempre? — se burló. — ¿A quién tuviste que invitar? — A Gaspar Ryujin. Dijo que solo se quedaría un momento. Algo acerca de su esposa... Cassandra arqueó las cejas con curiosidad. — ¿Le pasa algo a Reina? — No. Algo acerca de que ella tenía otros compromisos. — ¿¡La va a traer aquí?! — Curiosamente Cassandra parecía alarmada. — ¿Qué es lo que...? — empezó Javan, mientras tironeaba de ella para hacerla sentarse otra vez. — Nada. Es que ella es... — Cassandra no pudo terminar. Las puertas del salón se abrieron, y una pareja apareció en el umbral. Gaspar Ryujin venía acompañado por una mujer excepcional. No hubo un solo hombre en el salón que no volviese la cabeza para mirarla. Y la mayoría permanecieron como hipnotizados, viéndola caminar hacia Alessandra y Andrei con la boca abierta. Incluso Andrei y Javan no podían dejar de mirarla. Alessandra pestañeó varias veces antes de volverse a Cassandra. — ¿Quién es esa mujer? — La Reina Dragón. La esposa de Gaspar... Cierra la boca, mi cielo. Ella está casada, — agregó, volviéndose a Javan y sacudiéndolo un poco, y Andrei también. — Estás sintiendo el poder de la Reina — susurró Cassandra. — No puede ocultarlo por períodos largos... ¿Han tenido buen viaje sus majestades? — saludó en voz alta, cuando Gaspar y Reina llegaron junto a ellos. El saludo fue acompañado por una reverencia, y entonces notaron la delicada diadema que adornaba el cabello de Reina. — No seas tan formal, Kierenna. No estamos usando la corona, — dijo Gaspar. — Pero estás mostrando la sombra de tu poder. Gaspar, tú sabes que se refuerzan mutuamente cuando están juntos... Reina sonrió y susurró:

223 — Yhero niro-té. — Su voz era dulcísima, tan hechicera como su persona. Y sin embargo, sacudió la larga cabellera, y fue como si se desprendiera de un manto invisible. El movimiento volvió a las mesas forasteras, y la conversación inundó el salón. Pero Cassandra notó las miradas de los magos todavía fijas en Reina. — Mis felicitaciones a la novia. Gaspar me ha hablado de ti... — Gracias, — sonrió Alessandra. Reina la miraba fijamente. Cassandra vio a los magos que empezaban a acercarse. Se puso de pie, nerviosa. — ¿Tuvieron un buen viaje? — volvió a preguntar aturdidamente. — ¿No quieren comer algo? — No. Sólo pasamos a entregar un regalo, — dijo Reina. Todavía miraba fijamente a Alessandra, y ella palideció de súbito. Cassandra se interpuso. — ¿Qué clase de regalo? Alessandra no es... Los ojos de Reina destellaron, y mostró apenas algo que tenía entre las manos. — ¡No! — dijo Cassandra sin aliento. — La matarías... — Es un riesgo que puedo correr. No morirá si es bastante fuerte y pura, — dijo Reina mirando a Cassandra con ojos negrísimos. — No lo harás. No lo permitiré, — dijo Cassandra frunciendo el ceño. Javan no dijo nada. No podía. Pero dio un paso adelante y apoyó la mano en la cintura de Cassandra. Andrei se había parado del otro lado. — No los pondrás en mi contra, — dijo Cassandra, tranquila. Desde donde estaba, veía a Siddar acercarse, cautelosamente. Reina los miró un momento, y luego sonrió. La amenaza se desvaneció. Se volvió a Gaspar. — Tenías razón, mi Rey. Es exactamente como decías. Alas, Colmillos, Garras, Fuego. Gaspar asintió lentamente. — No sabías a qué te enfrentabas, Kierenna, pero igual estuviste dispuesta a todo. Y ellos contigo. Evidentemente son los indicados... — No te entiendo, — dijo Cassandra. Estaba un poco más relajada, pero todavía alerta. — No quería hacerle daño, ni a ella ni a ti. Estaba probando la lealtad de tu grupo, — dijo Reina. Mientras hablaba, ocultaba lo que tenía en la mano en un bolsillo

224 oculto en su traje. — Y si miras alrededor, todos tus amigos han estado alerta, prontos a defenderte de lo que fuera... Aún ese alocado amigo pájaro que tienes. Siddar dio un respingo y volvió a alejarse, siempre a espaldas de Reina. — Esto es para él, — dijo ella. — Dáselo cuando estén solos, — y puso en la mano de Cassandra un pequeño cristal de fuego. — Mi Rey me ha dicho que la hikiri olvidó darle protección a él... Cassandra sonrió ahora. Gaspar respondió a su sonrisa. — No olvides nunca, Guardiana, que solo si trabajan juntos tienen posibilidades de vencer... — Y ahora sí nuestro regalo. Querido... Gaspar sacó una pequeña cajita del bolsillo de su traje, y se lo tendió a Alessandra. — Un pequeño recuerdo de mi familia. Les deseamos toda la felicidad del mundo... Y tanto Gaspar como Reina besaron a la novia antes de irse.

225

Capítulo 24. El regalo.

— No entiendo, ¿qué pasó? — preguntó Alessandra un poco después. Javan había ido a buscar unas bebidas. — ¿No escuchaste? Nos probaron, — dijo Andrei. — No... No sé que... Cassandra la miró y le sonrió. — Memoria borrada. Los forasteros no logran retener a Reina en sus recuerdos. Ella es demasiado... — ¿Sublime? — Poderosa. Ella encarna el espíritu de las ideas, o del conocimiento... Es... inasible. Gaspar es diferente. Como es mitad humano... — ¿Por qué nos probó? — preguntó Andrei. — No lo sé. No siempre logro entenderla. Ella es dueña de muchos secretos... Y hablando de secretos, ¿le dijiste? Alessandra asintió. — Por eso llegamos tarde. — Sí. Tuvo que resucitarme, — dijo Andrei, y pasó un brazo alrededor de los hombros de su esposa. El recuerdo de Reina y su extraña prueba se había borrado. Cassandra sonrió ampliamente. — Bueno, ya no tengo secretos con qué molestarte... — dijo. Y en ese momento una mano se apoyó en su hombro. Mientras se volvía vio la sonrisa complacida y divertida de Alessandra. — ¡Voilá! La dama desaparecida reaparece, — dijo una voz profunda. Escuchó una risa femenina a su espalda, y cuando ella se volvió, ahogó un grito de alegría. — ¡Pierre! ¡Alice!— gritó, saltando y abrazándolos. — ¡Había esperado tanto para verlos otra vez! Andrei miró a Alessandra interrogante. — Viejos amigos... Hey, ustedes... ¿siguen cazando bichos? — Síp. ¿Todavía exprimes yuyos? — ¡Por supuesto! — dijo Alessandra con orgullo.

226 — ¿Y tú? — Alice se volvía a Cassandra. — ¿Todavía jugueteas con serpientes? Cassandra echó una mirada hacia Andrei y luego se encogió de hombros. — Más o menos. Me casé con una. — Oh, lá, lá... — dijo Pierre, y la observó de cerca. — No pareces haber sido mordida lo suficiente... Vamos a bailar. Quiero saber si te acuerdas de todo. — Está bien. Vamos a probar los maridos de las amigas... — Y Cassandra se levantó entusiasta. Cuando Javan volvió, encontró a Andrei y Alessandra hablando con una mujer a la que no conocía. Ella era alta, de ojos oscuros, y usaba un largo vestido rojo que realzaba su largo cabello negro. Lo miraba fijamente, mientras él se aproximaba con las bebidas. — Javan, ella es Alice Panette, una vieja amiga. Él es Javan Fara, el esposo de Cassie, — presentó Alessandra. La mujer sonrió educadamente y Javan le besó la mano. — Tiene mejores modales que tú, — dijo mientras se sentaba. — Claro. Es francesa, — replicó Alessandra. — No te preocupes. Soy la única normal de las tres, — dijo Alice. — Ya lo veo. — dijo Javan. — ¿Dónde está Cassandra? — ¿Ca-ssandra? — preguntó Alice sorprendida, mirando a Alessandra. Alessandra se encogió de hombros. — Otro cambio de nombre... — explicó. — Ahora lo usa entero, y como nombre oficial... — Y volviéndose a Javan, — Está bailando por allí... Cassandra y Pierre estaban bailando. O algo parecido. Parecía más un juego del gato y el ratón. Cassandra se acercaba, insinuaba una caricia, y retrocedía otra vez, mientras él trataba de atraparla, y ella se alejaba, provocativa. La vieja llama se encendió en los ojos de Javan. — No te atrevas a interrumpir. Es un juego. Sólo actuación. Vamos, vayamos a bailar. — Y Alessandra lo tomó por la mano. — Andrei, baila con Alice, por favor. Vamos a terminar el juego... El destello en los ojos de Alessandra se repitió en los de Alice. Ella podía decir que era la más normal, pero le gustaban las mismas picardías que a Cassandra y Alessandra. Llevaron a sus compañeros hacia Cassandra y Pierre.

227 — La vieja gente otra vez, — dijo Pierre. La sonrisa desapareció de la cara de Cassandra por un segundo, y Alessandra le echó a Pierre una mirada furiosa. — Bocón... — dijo. — Está bien, — dijo Cassandra. Miró a Javan y lo besó. — Excelente. Tú probaste a los tres, pero Alessandra y yo no. Probaré a este, — dijo Alice, tomando a Andrei del brazo. — Está sin estrenar, me parece... — Yo me quedo con el difícil. No quiero que arruine la diversión, — dijo Alessandra, tomando a Javan por el codo. — Cuida al que sobra, — dijo Alice, con una sonrisa para su ‘sobrante’. Y Cassandra se encontró bailando de nuevo con Pierre. Era un juego. Al cabo de unos momentos. Alice y Alessandra estaban de regreso. — Te lo cambio... — Mm... No lo sé... ¿Alice? — También lo cambio. No está mal, pero... Javan y Andrei estaban perplejos, pero Pierre se divertía francamente. — ¿Y nosotros qué? ¿No tenemos derechos? — dijo. — ¿No podemos opinar? — ¿Después de siglos de dominación masculina? Ni lo sueñes, — le dijo Alessandra, arrastrándolo por la corbata. Alice se llevó a Javan, y empezó a explicarle de qué se trataba el juego. Cassandra y Andrei quedaron solos. Ella levantó los ojos lentamente hacia él mientras bailaban. — ¿Qué pasa, Cassandra? — preguntó él en voz baja. — Tengo algo que mostrarte... — susurró ella, y le tomó la mano. Él sintió el contacto de algo redondo y frío. Esa fue la última sensación cierta. Luego una neblina blanca se levantó alrededor. — ¿Adónde vamos? Los invitados... Ella se llevó un dedo a los labios, y señaló abajo. A sus pies, como a través de una ventana, pudieron ver todo el salón, lleno de parejas que bailaban en cámara lenta. — Volveremos antes de que se den cuenta... — susurró ella. Y la neblina blanca se cerró a su alrededor. Estaban sentados en un banco en un lugar blanco. Un lugar sin dimensiones. Ella estaba muy cerca, y sostenía sus manos. La miró a los ojos, y la sintió acercarse más. Cerró los ojos. Y creyó que la sentía rodearlo con sus brazos, y que sentía sus manos

228 acariciándole la espalda, enredándose en su cabello, tocándole la cara, las mejillas, las cejas. Pensó que sentía la respiración de ella muy cerca, sobre su boca, como si fuera a... Y abrió los ojos de golpe. Cassandra estaba parada unos pasos más allá, apoyada en la baranda de un balcón. Él se sonrojó, perturbado. Ella se volvió y le sonrió. — ¿Qué fue eso? ¿Qué pasó? — preguntó él. — Nada. Solo fue una fantasía... — dijo Cassandra. — Tu fantasía... y la mía. — ¿Sabías...? Ella sonrió melancólica. — Te amé desde el día que te conocí, mi amigo... Pero todos tenemos que tomar decisiones. La tuya fue la correcta... La elegiste a ella. Y yo, a mi esposo. Él la miró, todavía algo avergonzado. — ¿Por qué me trajiste aquí? Ella volvió a sonreír. — Ah... Quiero mostrarte algo. Discúlpame por lo de recién, pero... No hay secretos en este lugar, y eso era algo que... el Corazón considera que debíamos dejar claro entre nosotros... — ¿Estamos en el Corazón? Ella asintió, con una sonrisa. Tomó la mano de Andrei y avanzó unos pasos. La baranda, el balcón, el lugar blanco, desaparecieron. Estaban sobre el suelo, en un claro rodeado de árboles. Lo llevó hacia uno de ellos. — Mira, — dijo. Ella señalaba al árbol, su árbol. Las raíces habían por fin desmenuzado la roca que lo había aprisionado por tantos años. Y los brotes nuevos estaban llenos de flores. Las más asombrosas que él hubiera visto nunca. Cambiaban del rojo al blanco, y al azul, y de nuevo al rojo. Cassandra extendió la mano y cortó una de ellas. La puso en el ojal de Andrei. La flor siguió cambiando de color allí. — Las flores en este lugar significan realización personal o grandes logros, plenitud o felicidad. Este es uno de tus grandes momentos, mi amigo. — Lo sé, — dijo él. — Tengo un regalo para ti, — dijo ella. Él la miró, esperando. Ella sacó la llave del Tiempo de entre sus ropas. — Cuando envejezca, deberé pasar esta llave a alguien. Desde la Reunión de Viajeros, hace tres años, más o menos, el Sacerdote del pueblo del Escarabajo viene

229 reclamando que elija un sucesor. Mi sucesor debe ser entrenado... Quiero que tu seas su guardián. — Guardiana, me honra pero yo... No sé si estaré a la altura de la tarea... — Lo estarás. Nadie conoce mejor que tú el Templo del dios-Guardián, y al pueblo del Escarabajo... Pero, ese no es mi regalo. Mi regalo es este: cuando llegue el momento, elegiré a uno de tus hijos para custodiar la Llave. Él la miró un momento más. — Gracias, Guardiana, — dijo finalmente. No sabía qué más decir. Ella sonrió. No había esperado que él entendiera todavía la magnitud del regalo que hacía. Y no conocía a nadie más adecuado para la misión. Confiaba en Andrei. Sabía que él lo entendería al final. — Regresemos, — dijo ella, tomándole de la mano. Él se la oprimió. Estaban todavía en la pista, y todavía bailando. Pestañearon un poco al disiparse la neblina. — Creo que me quedaré con éste, — decía Alessandra. — Disculpen. Y se llevó a su marido. — Está bien. Me quedo con el que sobra, — dijo Alice, y besó a su esposo mientras se alejaban. — Sólo tú y yo, Nag, — dijo Cassandra. Javan se acercó lentamente. — Solo tú y yo... — susurró. — Hasta el final del camino.

230 Sólo una cosa perturbó a Cassandra ese fin de año. Sólo una cosa que ella enterró profundamente en su mente. Todo lo que había sucedido ese año, la invasión de Althenor, la Maldición, las Joyas... Ese había sido un año realmente difícil. Y a pesar de ese último trimestre, tan pacífico, se sentía cansada. Cansada de preocuparse por un futuro que siempre aparecía lleno de peligros y amenazas. Además, esperaba la boda de Andrei, y el bebé de Alessandra... De manera que apenas sucedió, lo olvidó, como si nunca hubiese sucedido. Era la última cena antes de irse a la casa de la frontera. Kathy había estado vagando por el castillo todo el día, envuelta en nubes violeta causadas por su resfrío. Cassandra y Javan habían desaparecido en el bosque a mitad de la tarde. Cuando regresaron, al atardecer, lucían relajados y felices. Cassandra probó un par de remedios caseros para el resfrío, y finalmente, Kathy se quedó dormida. Las nubes violeta se disipaban lentamente. Cassandra y Javan subieron a cenar. La cena promediaba, una cena como todas. Las palabras de siempre, los amigos de siempre... Y entonces... Una sensación de irrealidad golpeó a Cassandra. Frío. Miró a las puertas del salón, y vio entrar a alguien. Una mujer. Una dama. La Dama Oscura. Su rostro le resultó vagamente familiar. Y su porte, y su manera de moverse. En la mano llevaba un anillo que ella encontró conocido. La vio caminar hacia la mesa de los profesores, y detenerse frente a Calothar. El Heredero de Huz se veía varios años mayor. Y el Mago Drovar a su lado. Y la Hechicera Solana, y la Bruja Drovna. Todos ellos enfrentaban a la Dama Oscura, pero ella no miraba a nadie sino al Heredero de Huz. Cassandra se estremeció. — Fuego de Arthuz, protege a tu hijo. Viento de Ingarthuz, levanta tu escudo. Roca de Ingelyn, protege a tu siervo. Agua de Zothar, levanta barrera... Vio un destello, pero nadie más lo vio. La sensación se disipó, y pudo ver que la figurita frente a la mesa de Calothar era Kathy, levantada sin permiso. Otro estornudo levantó una densa nube violeta a su alrededor. Solana sonrió, y se acercó a la niña, para traérsela a Cassandra. — ¿Algo anda mal? — preguntó Javan. — No... no. Solo espero no contagiarme... — dijo ella, señalando a Kathy. Javan sonrió, y se levantó a recibirla. Ella lo detuvo: — No, deja. Yo la llevo abajo... Por la mañana, ella había olvidado.

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Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14. Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24

El regreso de Cassandra Javan. Las señales. El Triegramma. El Bosque del Corazón. El Libro de los Secretos. Aparatos forasteros. La Poción Envejecedora. El lugar en la Frontera. Las Joyas de Nadie. Abril Las señales se cumplen. Polvos de indiferencia. La Serpiente. La Bailarina. Magia oscura. El Equilibrador. El Gran Signo. El grupo del bosque. La Maldición de Zothar. La flecha amarilla. Esporino-elka. Reina. El regalo.

2 12 21 33 45 55 65 75 86 95 107 119 128 138 147 156 166 174 183 191 198 207 217 224

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