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LOS RELÁMPAGOS BEBIDOS

el oro de la tarde se disuelve en mi copa de anís

allí donde cada desnudez


es una brisa infinita
una brisa marina y a la vez labial

llega la noche
y los cuervos se disipan en las estrellas
y las estrellas humedecen sus puntas
en la saliva de los beodos

me divierto entre alondras pensadas


que promueven mis palabras a luz

hace tiempo que ya no escucho nada


ni siquiera al zureo de las palomas mentales
ni al hojoso murmullo del dolor que a veces
suena como el idilio de Sigfrido
los revólveres nevados mutuamente se idolatran
y los verdugos memorizan como a un credo
el ars poetica de Horacio
anejo a mis ruinas todo queda encantado:
mis manos colmadas de luciérnagas
son más felices que mi Deseo

no dejes restos de tu delirio órfico


-aquí en la vida-
ni aún los acordes de la flauta
que hicieron hablar a las estrellas
ni aún los dorados indicios de gloria o crimen
no dejes nada en la tierra sino la sombra
de tus huesos perfumados por las rosas de la palabra
a punto de mito o silencio

se disipan los fulgores en mi experiencia peregrina


como niebla que prometió tierras vírgenes
no eran amor los fulgores sino palabras engañosas
como Calipso o mandrágora ramo de siemprevivas
en la boca de un náufrago

cerrados para mí los paraninfos


-allí deciden el precio medio de las palabras-
vuelvo al poema que sólo aspira durar
lo que la flor del ciruelo
o el vino en la copa

en la risa del verdugo


también hay arcoiris apresables
en el llanto del reo
también hay hachas que esperan
convertirse en mito

sin deberes como manzanas sucias


sin más exilio que darse un paseo diariamente
por las afueras de la serenidad
viviré cerca del lobo echado en la más alta
colina de la aurora boreal:
él es el único que ha comprendido el por qué
de tantas huídas tantas carroñas mentales
el por qué de haberme arrancado los ojos
para no ver más la Esfinge
los destrozos de la Siega Final

hoy es la última función


de tu voz-máscara
cada noche te encierras
en la palabra o su celda más limpia
la luna desova sus larvas de luz
en un nevado vitral de tus ojos

la ciudad enferma amanece con tos de niño

Los álamos tiemblan al soplo del olvido.


El otoño oscurece a esos labios tempranos
donde todo amanecía transparente, manzana.
El gallo solar retorna a las neblinas
a la estaca solitaria donde ya no es Pan.
Todos los caminos ya no conducen al cuerpo.
El otoño pule su lámpara de llovizna
en el bostezo de un lince, en el temblor
de los álamos, en la pereza del caballo
hacia el heno, de la gaviota hacia el mar.
La pereza de esos labios que-antaño-no eran
mudas cenizas.

la experiencia es un fruto que poco a poco


van devorando las hormigas hasta el hueso
la experiencia es halcón peregrino cansado
que se posa sobre una torre de homenaje
contemplando el poniente
la experiencia es el hueso de aquel fruto
que aprovechan los cuervos

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