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La oración de San Agustín que nunca me

cansaré de repetir dice: como palabras de


alguien que murió dirigidas a los que quedaron
en la tierra:

No llores si me amas.
¡ Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo!
¡ Si pudieras oír el cántico de los ángeles y verme en
medio de ellos!
¡ Si pudieras ver con tus ojos los horizontes, los
campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!
¡Si pudieras, por un instante, contemplar como yo la
belleza ante la cual los astros palidecen!

Créeme: cuando la muerte venga a romper tus


ligaduras como ha roto las mías y, cuando un día que
Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este Cielo en
que te he precedido, ese día volverás a verme y
encontrarás mi corazón que te amó y te sigue amando
con todas las ternuras purificadas.
Volverás a verme pero transfigurado y feliz avanzando
contigo por los senderos nuevos de la luz y la Vida
bebiendo de los pies de Dios un néctar del cual nadie
se saciará jamás.
Por eso no llores si me amas.

No sólo se trata de un texto muy bello sino, también


de un cántaro lleno de esperanzas con esas palabras
escritas por uno de los Padres de la iglesia y una de
las mentes más lúcidas e impresionantes de la historia
del mundo. A los 37 años Agustín se ordenaba como
sacerdote y a los 41 fue nombrado obispo de Hipona.
Es el más importante de los llamados Padres de la
iglesia y sus escritos teológicos son simplemente
imprescindibles. Hoy está demostrado que un ser
humano usa a penas entre el 8 y el 12 por ciento de su
capacidad cerebral. Pero San Agustín no tenía ese dato
y no lo necesitaba. Sabía por pura fuerza de la fe que
lo sobrenatural excede por mucho a la razón. Ese era
el hombre que escribió aquella bella oración que hoy
cualquiera de nosotros puede leer como dicha por
algún ser amado que ya no está en la tierra.