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Editorial

Los miembros de la revista Somorgujo estamos concientes de las dificultades del intrincado momento por el que atraviesa el país: sólo basta encender el televisor o salir a la calle para experimentar los acontecimientos que acechan nuestra realidad cotidiana. Asimismo, el mundo cultural tiene lo propio: el grupo que conforma esta revista ha experimentado de primera mano las vicisitudes e incertidumbres que conlleva toda incursión primeriza. Es por ello que nos vimos obligados a atravesar por una transformación que reconfiguró la forma de la revista, mas no el contenido. Si una revista literaria, como dijera Octavio Paz, es menos que una religión y poco más que una secta, en el grupo que conforma Somorgujo se hallan mezclados el fervor y la creencia, acaso fe, por un proyecto que es a todas luces arduo, y a veces mal recompensado. En el pasado, pero no en el olvido, y de manera prematura y repentina, quedaron los días de Contexto, revista de la cual ésta es la heredera directa. Pero más allá de las caras largas y el desánimo que el cambio obligado de nombre pudiera suscitar, la experiencia sirvió como piedra de toque para templar el carácter y la persistencia de cada uno de nuestros miembros. Ni los colaboradores—con los que estamos en deuda por su apoyo incondicional—, ni el diseñador, ni el consejo editorial mostraron un derrotismo ante este volado de izquierda que, afortunadamente, pudo ser sorteado a tiempo. Así, la dificultad devino en oportunidad, esa que confirma el lugar común, que no por ello deja de ser cierto: lo difícil vale la pena. Y como en la revista Somorgujo pensamos que no hay nada más valioso que trabajar por aquello que parece inasible, he aquí nuestra primera entrega (que en realidad es la segunda) con colaboraciones a la zaga de la revista Contexto que continúan con los mismos parámetros: es decir, la intención de crear un espacio plural y polifónico, una encrucijada para las nuevas propuestas. Reiteramos una vez más nuestro agradecimiento a todas aquellas personas que de manera incondicional han brindado un apoyo total e inmerecido. Esta primera entrega de esperemos muchas más está dedicada a todos ustedes. Per aspera ad astra

DIRECTORIO Directora general Kristel Monserrat Gerardo Figueroa Editor general Jorge Alberto Morteo Díaz Consejo consultivo Asunción Rangel López Rebeca Martínez Rodríguez Víctor Hugo Vásquez Rentería Consejo editorial Jesús Arriola Rivera María del Carmen García López Anabel Morales-Guzmán Luis Arturo Hernández Basave Alina Hernández Parra José Roberto Viveros Castillo Difusión Myrna Tenorio Pérez Ilustración de portada Sebastián Fund Diseño de portada Fabiola Arieta Diseño editorial e ilustraciones Yéred Zabdiel Domínguez Pérez Cómic Alhelí Espinosa García

Contenido

Poesía
17 De navegaciones
Luis Miguel Cruz

Ensayo
04 El sitio del verano
Rafael Toriz

29 Certeza de la noche
Selva Espesa Alicia Cuevas

08 Jack Kerouac o el

33 Las olas
Claudia Domínguez

bebop de la literatura norteamericana José Pulido Jorge Morteo

20 Meet Etgar Keret 22 Del canto de las

37 Licor albino

Jesús J. Barquet

sirenas y otras disgresiones no necesariamente marinas Victor Hugo Vásquez Rentería

Cuento
06 Dejando atrás a la
red flu Andrés Vidaña Torres Jesús Arriola Rivera

Reseña
34 La Red Social
Jaime Reyes

Crónica
18 Cada quien lava su
interior Rodolfo Bracho

12 Así pasó 31 Mis otros
Cibela Ontiveros

34 Bodas de Sangre
Ma. del Carmen García López Razco Corsten

35 Rock Dust Light Star 35 El Cisne Negro
Myrna Tenorio Pérez

Entrevista
26 Malva Flores

36 Mala fe sensacional

Cómic
38 La Noche del Féretro
Alhelí Espinosa García

Kristel Monserrat Gerardo Figueroa

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El sitio del verano
Rafael Toriz
Summertime And the livin’ is easy Fish are jumpin’ And the cotton is high George e Ira Gershwin

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eres destinados al tiempo, nuestras vidas son una sucesión ininterrumpida de distintas y similares coloraturas. Ya sea que se trate de estancias tropicales, gélidas o templadas, siempre nos encontramos sujetos a las inclemencias del ambiente. De entre las cuatro posibles estaciones –imágenes a su vez de los períodos de la vida– el verano es el territorio que conjunta el vigor con la libertad y el placer con el descontrol. La llegada del verano –en la acepción monotemática que promueven las sociedades de consumo– es una invitación a la sensualidad y al libertinaje, al ocio desaforado y al recuerdo radiante: evocar el verano, para una generalidad en la que me incluyo, es recordar la vida descalzo (la expresión es de Alan Pauls y alude a la playa), el sol infinito, la experiencia del viaje, el calor sofocante y algunos encuentros amorosos tan duraderos como una paleta de hielo en un microondas y tan intensos como la luz de un cocuyo en una noche de perseidas (fue Olivia Newton John quien cantó con inocencia “summer

loving happened so fast “ en Vaselina (1978) junto a un rudísimo y delgado John Travolta). Recordar el verano es ubicar un sitio intangible que acaso no viva más que en las opacidades de las fotos no digitales, las mentiras de la memoria y el resabio de temas musicales que tan pronto como llegaron se extinguieron para siempre.

El verano, como el paraíso divino, es un lugar del que hemos sido expulsados y al que sin embargo podemos retornar, eventualmente, como a los paraísos artificiales. Fábulas sin moraleja Es de sobra conocida aquella fábula que cuenta la historia de una perse-

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verante hormiga que durante el verano se la pasa trabajando para asegurarse sustento durante el invierno; mientras que una “holgazana” cigarra no hace otra cosa que cantar y bailar sin preocuparse por su futuro. Desde que escuché la historia por vez primera siempre abominé de la pésima moraleja que encierra el relato y de la mezquindad de la hormiga, quien no tuvo reparos en realizar su actividad cansina al cobijo de la alegría, la buena vibra y la gratuidad de la belleza del canto de la cigarra, metáfora del artista donde las haya. Este ejemplo preclaro de egoísmo encierra una deontología moral reprobable que obliga a despreciar a la sociedad “improductiva” y a sentirse mal por disfrutar la vida a plenitud, ese derecho a la pereza que no sin acierto defendió Paul Laforgue, yerno, para regocijo de la ironía histórica, de Carlos Marx. No pocos han sido los artistas que han hecho del verano, en buena medida distrito inmaculado del deleite, un sitio cercado y palpable, dando rienda suelta a su temperamento de cigarras. El italiano Cesare Pavese (1908-1950), autor entre otros libros de Trabajar cansa, La playa, El bello verano y La luna y las hogueras, es un escritor que nos muestra –a través de su memoria atávica– una de las características del “verano de la vida”: la pérdida de la inocencia y la imposibilidad de habitarlo a perpetuidad. En su obra, el acto de volver al pasado se revela como un ejercicio que entraña una amarga tristeza no exenta de una discreta dosis de dulzura, de calor diferido que, si bien no conforta, sí constituye un testimonio de otros tiempos, acaso mejores. Pavese es un escritor, como la mayoría de los excelentes, corroído por el paso del tiempo: por la reminiscencia espectral de otros lugares vistos con otros ojos. El italiano es un otoño entrado en invierno que mira más con deseo que nostalgia eso que ya no es y nunca más será. Otro escritor de similar temperamento pero vuelto hacia el placer y la alegría, Roland Barthes (19151980), escribirá en Mitologías –libro espléndido por donde se le vea– “El escritor en vacaciones”, un ensayo tan desmitificador como pertinente. Sostiene el francés: “La prueba de la

maravillosa singularidad del escritor es que durante esas tan comentadas vacaciones, que comparte fraternalmente con obreros y dependientes, no deja de trabajar, o al menos no deja de producir. Falso trabajador, también es un falso vacacionista. Uno escribe sus recuerdos, otro corrige pruebas, el tercero prepara su próximo libro”. El párrafo es un relámpago. Acostumbrados al ocio (im)productivo, buena parte de los escritores no descansan ni siquiera en días de asueto; lo que por otra parte no implica que en “días laborales” no puedan pasarse la vida al ritmo de la rumba y la maraca. Entre el amplio espectro de los servidores del arte creo que los escritores son conspicuos habitantes del sitio del verano, ese lugar que más que visitar de vez en cuando (si en algo estimula la lectura es por su consentimiento del viaje sin boleto) los habita a plenitud. Todos los veraneantes son consumados sibaritas. Para sitiar el verano es preciso mencionar la ópera Porgy and Bess realizada por George Gershwin (1898-1937). La composición, parte fundamental de la banda sonora de occidente, es un reflejo dichoso de la cultura del sur negro de Estados Unidos en matrimonio con la tradición sinfónica europea. Es imposible no estremecerse ante el profundo e inefable moaning del segundo movimiento “Summertime”, interpretado por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. Posteriormente se destacarían los covers de Frank Sinatra y Janis Joplin, así como las ejecuciones hechizantes de Charlie Parker, Miles Davis y John Coltrane. “Summertime” más que un ícono es un himno de cálida tristeza en expansión. Por otro lado resulta obligado referirse al mítico y tempranamente muerto Eddie Cochran (1938-1960), autor de uno de los máximos éxitos del rockabilly, “Summertime Blues” género en el que se destacarían Elvis Presley, Johnny Cash, Jerry Lee Lewis y Chuck Berry. Las composiciones y las letras de Cochran serían una influencia en mayor o menor medida en grupos como The Beatles, The Who (quienes interpretaron una versión molesta de “Summertime Blues”) y en personajes tan aparentemente disímiles como Sid Vicious o Mick

Jagger. Otro grupo que ha hecho su agosto con el verano (valga la redundancia climática para esta parte de la tierra) han sido los galeses de Maniac Street Preachers, quien con el tema “Indian Summer”, tercer sencillo del disco Send away the tigers, han construido con bellísimo acierto un lugar para el verano, la esperanza y la nostalgia: una canción armoniosa y liviana. Finalmente no puedo dejar de pensar en el Verano porteño de Piazzolla, pieza que consigue instalarme en cuestión de segundos en mi primera niñez (aunque nunca en la misma medida ni con la magia perfecta del Chorus 1 de Heitor Villa-Lobos), cuando escuchaba a mi padre tocar su guitarra hasta bien entrada la madrugada. Recordar aquellas noches con la casa apagada mientras todo era llenado con sonidos de ese pozo de viento es, de alguna manera, regresar a la alegría. El verano, como cualquier otra estación, es una disposición del ánimo, un territorio que se puede recordar, olvidar, celebrar o ignorar pero en el que está prohibido echar raíces. El verano es un estado mental: una ensoñación hermosa y alucinante como nos enseñara Shakespeare en A Midsummer Night's Dream, jardín en el que nada es lo que parece y no obstante todo es maravilloso y verdadero. El verano es un sueño lúbrico y narcótico. Al ser transitorios como el planeta que nos contiene, estamos condenados a vivir el otoño y a sucumbir con el invierno (cabe también la posibilidad de morir en primavera o de brincarse estaciones). Intentar aprehender un lugar tan incierto y a la vez tan seductor con la fragilidad de los recuerdos o la cortina de las palabras no puede sino ser un acto de fe que se resuelve en espejismo: ya no somos lo que fuimos ni estaremos donde estamos. Seremos otros. Sin embargo, pese al calentamiento global y las heladas imprevistas, mientras guardemos la conciencia de un pasado, aún podremos viajar a sus gloriosas costas melancólicas; ese lugar que conocimos en el sueño de una noche de verano.

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Dejando atrás a la red flu
Andrés Vidaña Torres

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ra un fin de semana muy aburrido. Estaba harto de comer todos los días comida chatarra, y quería recordar los viejos tiempos cuando mamá hacia sus deliciosas comidas. He rentado este departamento por un año y nunca había utilizado la estufa de la cocina ni una sola vez. Aquel día (16 de junio de 2010) decidí hacer una de las viejas recetas de mi madre. Fui al supermercado y compré especias, algunas verduras, rosas y un gran pedazo de carne. Ese día fue estupendo: recordé los sabores y olores de la deliciosa comida casera. Pelé los ajos, licué las especias junto con las rosas y agregué esencia de éstas para darle un toque estupendo. En ese momento recordé mi infancia en Londres, el viento helado y la nieve. Terminé la salsa de rosas, la vacié sobre la carne previamente condimentada y la puse dentro del horno de la estufa mientras mis recuerdos se hundían en el pasado. Esperé 45 minutos para que la carne estuviese bien cocida y al abrir el horno descubrí, con sorpresa, que la comida no estaba. La expresión de mi rostro cambió por completo: nadie había entrado a la cocina, la puerta de la entrada estaba bajo llave. Pasé toda la tarde pensando en el extraño suceso: no tenía la menor idea del paradero de la carne. Por unos segundos llegué a pensar que no la había preparado, pero eso era imposible: los ingredientes sobrantes estaban encima de la mesa. Al día siguiente decidí cocinar otra receta: pollo horneado. Misteriosamente, mientras me encontraba recordando una estancia en Texas—donde probé por primera vez el pollo horneado—sucedió lo inusual: al cumplirse el tiempo de cocción, abrí el horno y ¡sorpresa!, estaba vacío. ¿A dónde diablos iba a parar la comida? Era imposible que alguien la robara o que simplemente se incinerara dentro del horno sin dejar rastro. Ya no sabía qué creer. Hasta llegué a pensar que mi cocina estaba poseída por un ser demoniaco que robaba los alimentos. Durante dos días consecutivos no probé bocado: mi cerebro estaba a punto de colapsar. De repente, ya fuera por el hambre o por la desesperación, tuve una idea disparatada. Ese día pensé en hacer algo más barato por si no funcionaba mi plan (así no tendría tantas pérdidas económicas). Preparé un poco de pasta, agregué mantequilla, queso y algunos embutidos, cubrí el molde con papel aluminio e introduje en la comida un chip GPS que le pedí a mi cuñado (él trabaja en el Departamento de Seguridad del Estado). Este platillo, aunque barato, era más especial: lo aprendí de mi abuela durante las visitas que le hacía a su casa en Veracruz. Esperé el tiempo suficiente para que la pasta estuviera perfecta. Abrí la puertecilla del horno, pero no estaba. Apresuradamente, corrí a la sala en busca del localizador. Vaya sorpresa al mirar el

radar de la pequeña pantalla del rastreador: la comida había viajado hasta Veracruz, México. Era increíble y a la vez aterrador. Al cabo de una hora mi abuela me telefoneó para agradecerme por la comida. Al momento de colgar, fui a la cocina y preparé el platillo más sencillo que se me ocurrió. Lo coloqué en el enigmático artefacto y calculé el tiempo exacto de preparación al igual que el sitio donde lo degusté por primera vez. Cuando transcurrió el tiempo estimado y abrí la puertecilla caliente, estaba vacío. Tomé el teléfono y llamé a un amigo para preguntarle si de casualidad había recibido mi obsequio. Me dijo que sí. Estaba declarado; mi horno era una máquina transportadora de alimentos. Y entonces me pregunté si aquello sólo funcionaría con la comida. El día siguiente intenté con un zapato viejo. Como por arte de magia desapareció del horno. Llamé a mi madre para decirle que alguien le había enviado uno de mis zapatos por error. Ella sólo me dijo que debería de ser más cuidadoso con las cosas y colgó el teléfono. De inmediato, la siguiente persona en la que pensé fue mi ex jefe. Hubo un tiempo en el que salí con la hija de mi ex jefe. Realmente no me interesaban las posesiones materiales hasta que cierto día me vi en la necesidad de buscar un trabajo mejor pagado. Entonces solicité un empleo con el padre de mi novia en una empresa comercial de gran prestigio. Al término de nuestro noviazgo—el cual transitó sobre circunstancias algo fuertes y desagradables— mi entonces jefe exigió mi renuncia inmediata y no me quedó sino aceptar. Al estar al tanto de las cualidades del horno, invertí mis tardes recortando letras de revistas para hacer cartas dirigidas a mi ex jefe. En ellas amenazaba a su hija y a la empresa. Al terminarlas las ponía en mi horno y recordaba los lugares que él frecuentaba. Cada día mandaba tres cartas: una a su cafetería preferida, otra a la sala de juntas, y la tercera al baño de su oficina. Los mensajes estaban llenos de amenazas confusas. Las cámaras de la empresa no registraban a ningún desconocido que entrara a deshoras para colocar las cartas. Cuando empezó a desvariar nadie lo tomó en cuenta: su hija lo comenzó a ver con desconfianza y la empresa atravesó por un periodo de crisis, pues mi ex jefe ocupaba toda su atención en descubrir quién era el responsable de esos hechos paranormales. Después de un mes, el mejor de mi vida, mi ex jefe terminó loco. Tengo entendido que la empresa pasó a manos de su hija. Yo solicité nuevamente un empleo. Naturalmente no aceptaron mi solicitud, pero al menos no quería parecer sospechoso.

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JACK KEROUAC
o el bebop de la literatura norteamericana
José Pulido
No hay que olvidar que Kerouac se ha pasado toda la noche despierto, escuchando con los ojos y las orejas. Toda una noche de mil años. Lo oyó en el útero, lo oyó en la cuna, lo oyó en la escuela, lo oyó pegando la oreja a la pared de la bolsa de la vida, allí donde un sueño vale oro. Henry Miller

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eñala Fernanda Pivano que el único fenómeno verdadero y típicamente americano que se produjo en los Estados Unidos después de la Lost generation ha sido la generación beat: especie de santones vagabundos que encontraban una absoluta libertad en las drogas, los viajes y la literatura. Los maestros de dicha generación fueron Allen Ginsberg y Jack Kerouac. Ginsberg no sólo fue un gran escritor y dio uno de los más emblemáticos poemas de la sociedad estadounidense, sino que también fue un defensor desmesurado de la libertad y las causas justas, un activista hasta los últimos años de su vida. Kerouac, por su parte, acuñó el nombre de la generación que fue adquiriendo su verdadero significado a lo largo de

toda su obra. Fue él quien sentó las bases para designar una conducta individualista, pero a la vez universal: ‘amad nuestra vida, creer en las líneas santas de la vida, escribir para vuestra felicidad’1, generando no sólo un cambio drástico en el establishment literario. A la par, su literatura dio pauta en gran medida a todos los cambios sociales e ideológicos de los años 60 en Norteamérica. A diferencia, por ejemplo, de los existencialistas o los surrealistas, que venían sufriendo un desencanto continuo a raíz de vivir las dos grandes guerras, la generación beat es una generación que nace desencantada. En su libro La contracultura en México, José Agustín escribe:

el desencanto de los existencialistas pero le dieron un sentido totalmente distinto. La literatura fue su gran vía de expresión. También crearon un lenguaje propio.2

No se trata sólo de literatura de culto o de una mordaz crítica a la sociedad norteamericana (resultado del segundo periodo de posguerra). Se trata de literatura en toda regla, formal, puntillosa, libre de artificios, honesta consigo misma y con el lector, una literatura en gran medida influenciada por una religiosidad místico-oriental y una suerte de padecimiento del mundo. La escuela crítica actual siempre ha intentado, al igual que el estructuralismo, disociar la figura del Los beatniks constituyeron un fenó- autor y el narrador, sin embargo mumeno contracultural. Compartieron chas veces dichas posturas se encuen-

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Ilustración basada en una foto de Tom Palumbo

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tran con una barrera difícil de superar. Tal es el caso de Jack Kerouac: su vida misma es un acontecer literario, un libro que se vuelca de las páginas al mundo y viceversa. Kerouac era un ser sensible, sensible a la realidad que lo rodeaba y a las artes. En su cuarto de la calle 115 en Nueva York una noche se cortó y escribió en un papel: ‘la sangre de un poeta’, después lo pegó en la pared junto a una cita de Rimbaud, ‘Navidad en la tierra’ y la sentencia de Nietzsche: ‘el arte es la tarea superior y la actividad metafísica propia de esta vida’. Y es precisamente esta navidad, esta metafísica la que Kerouac busca a lo largo de su vida a través de su obra y en canales como el alcohol, la bencedrina, la marihuana, el jazz o el budismo, al mismo tiempo que en autores como Poe, Yeats, Whitman, Blake, Baudelaire, Rimbaud o Crane. Lo que ellos encontraban en los bares, las calles, las esquinas perdidas de Manhattan era la ‘La Navidad en la tierra’, una sensibilidad religiosa ante la muerte, el ciclo de las generaciones, la acritud del momento y el paso del tiempo.3 Esta sensación de rechazo hacia el mundo material le llevó a familiarizarse con el mundo marginado, el mundo de los obreros y, especialmente, el de los negros. El espíritu de Kerouac se sentía atraído por dichas clases sociales ya que éstas, como él, se sentían en la periferia del mundo, pero esa misma tendencia al rechazo y al autoexilio generaba unas ansias inusitadas de vivir y de cantarle a la vida. La única gente que me interesa, es la que está loca, loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo. La gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas…4 Toda la obra de Kerouac podría
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denominarse como autobiográfica, desde En el camino hasta la Vanidad de los Delouz, sin excluir su poesía; pero su mayor y verdadero mérito reside en hacer de la literatura un canto constante de la vida. Su obra se sustenta sobre una realidad física y biológica, por decirlo de alguna forma: vitalista. Su voluntad de aferrarse

SE CORTÓ Y ESCRIBIÓ EN UN PAPEL:

la sangre de un poeta
al mundo es equiparable a la debilidad que sentía Camus por el suicidio. Es en el desamparo, la incomprensión, la fatalidad, donde Kerouac encuentra una postura propicia para manifestarse en pos de la vida. El numen de Kerouac no pertenece ni a lo racional ni a lo irracional, sino a la realidad física únicamente, es decir, la vitalidad en Kerouac no es sólo una idea en el sentido platónico, más bien, ésta halla su manifestación por medio de los sentidos; es una literatura que transforma al amor y a la pasión en sudores, al dolor en algo palpable. La decadencia del hombre se presenta en las arrugas, en el sedentarismo exacerbado, en la falta de lucidez, en la degradación del cuerpo. ‘Los hombres son tan locos, desean la esencia: la mujer es la esencia, ahí la tienen directamente entre las manos, pero ellos se precipitan en todas direcciones erigiendo inmensas construcciones abstractas’.5 La vitalidad de Kerouac era puramente arrancada de la experiencia física, de sus múltiples trabajos como marinero, velador, recolector de algodón, guardafrenos, seudoindio mexicano. Era un héroe de Goethe, un Werther que había decidido un suicidio espiritual para renacer con una visión distinta del mundo, una visión que sólo el arte supo darle. En su estilo se rastrea un ‘sentimiento fundamental de adhesión a la realidad física’ lo que forma parte

constitutiva en su manera de escribir: la escritura automática. Automática no en el sentido surrealista o dadaísta, más bien en el sentido de Yeats: ‘escribir excitado, a toda prisa, hasta sentir calambres, de acuerdo con las leyes del orgasmo’.6 Es en el jazz en donde Kerouac encuentra la excitación: toma la base de su estilo del ritmo sincopado del bop, de las ejecuciones de Charlie Parker, Chu Berry, Louis Armstrong y Miles Davis. En su decálogo de la prosa espontánea Kerouac escribió: Dado que el tiempo es la esencia de la pureza del discurso, el lenguaje es un libre fluir de la mente en secretas ideas-palabras personales, un expresar (como lo hacen los músicos de jazz) el objeto de la imagen.7 Y más adelante apunta: No hagan periodos que separen frases-estructuras ya confundidas arbitrariamente por falsos puntos y comas y por tímidas comas, en realidad inútiles, y sírvanse en cambio de una enérgica abertura que separe la respiración retórica (igual que el músico de jazz toma aliento entre las distintas frases ejecutadas).8 La aportación lingüística va más allá de implementar el habla de negros a la literatura, se trata de un método descriptivo diferente, una visión particular del tono y sonoridad de la lengua. Fue de los negros de quienes Jack tomó el término beat, la manera de vestir, la afición por la marihuana y demás drogas, la pobreza auto impuesta, el humor sarcástico. Los hipsters, que tenían al bop como su música, parecían criminales pero hablaban de las cosas que a mí me gustaban, grandes bosquejos de experiencias personales y de visiones, largas noches de confesiones llenas de esperanza que la guerra reprime y condena, agitaciones, rugidos de un alma nueva (la misma y antigua alma humana). Y así apareció Huncke

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entre nosotros diciendo –soy un olvidar que escribe desde lo inmediabeat– con una luz radiante que des- to, por lo tanto no cabe la posibilidad tellaba por sus ojos desesperados9 de jugar con el tiempo y el espacio narrativos. Beat sería en un principio, el homLa fuerte vinculación del jazz con bre golpeado, abatido o demolido por la literatura de Kerouac pueden justila nueva estructura socioeconómica. Luego pasó también a formar parte ficar en cierta medida su uso monode una definición particular de la len- corde de la lengua: de alguna forma gua, la conducta, etcétera. Todos eran trató de buscar un estilo uniforme, beatniks, beats, jazzniks, bopniks, sin ascensos ni descensos lingüístiy el culpable era indiscutiblemente cos, simplemente sentía la necesidad Kerouac. La lengua beat era, entonces, de dejar suelta la pluma y que fuera una lengua violenta, transgresora, in- la propia armonía de la lengua la que cisiva, que servía de catalizador para le diera las pautas para seguir o deexpresar los más feroces sentimientos tenerse. de desarraigo y que al mismo tiempo En Los vagabundos del Dharma, ayudaba a generar una visión distin- el autor narra su experiencia con el ta de las cosas. Toda la terminología budismo y la literatura Zen. De esta beat se fue convirtiendo en un len- afición que siente Kerouac por la liteguaje, en una manera diferente y más ratura china, algunos críticos sugieren ad hoc para nombrar el mundo, atendía a las necesidades expresivas, se estremecía en las profundidades de la imagen hasta lograr una reproducción dinámica y económica en el papel. Tal vez el hecho de que Kerouac perteneciera a un grupo de jazzmen, (donde alternaba sus poemas con la música) sirviera para dilucidar lo que él llamaría su prosa ‘espontánea’, en la cual se verían justificadas las desviaciones y constantes retornos que caracterizan su obra. Esa espontaneidad no es otra cosa que tomar del jazz el privilegio de la improvisación, específicamente del bop, dentro del cual una de las características era, precisamente, el distanciamiento que presentaba respecto a la melodía convencional para experimentar en la improvisación particular. ‘La estructura estilística de Kerouac se basa en una serie ininterrumpida de variaciones sobre el tema fundamental que hace perno y sostén de un periodo’10. Podría decirse entonces que Faulkner logró hacer lo mismo con su monólogo interior, donde se valía de reconstrucciones, que, de la misma, Jack tomará la preconexiones laterales, elipsis, etcétera, ferencia de los chinos por el valor de para mantener el flujo de una ima- las imágenes sobre las frases y las gen durante páginas y páginas. Pero palabras. la diferencia radica precisamente en Interesado en el budismo, asumió la que a Kerouac poco le importaban las veloz exploración de la cotidianeiconexiones y las reconstrucciones, dad como una meditación y buscó más bien su estilo es como una nota el nirvana en clave de novela negra musical que rebota dentro de una para descubrir los enigmas del mal y misma composición. Puede acusarse nuevas fuentes de energía.[11] al estilo de Kerouac de poco imagiEn México, Jack Kerouac enconnativo. Sin embargo no debemos

que rebota

nota musical
composición

es como una

su estilo

traría la fuerza del bop en el mambo y en el indio, la figura del hombre marginado. Tal vez este sentimiento se acendró en Jack debido a su ascendencia de indio canadiense. Asimismo, gracias al español, la literatura de Kerouac se ve fecundada por una serie de ritmos internos que dominarían Tristessa, México City Blues y parte de En el camino. Lo que Jack Kerouac intentaba era buscar la nota primigenia, el hilo universal. Su búsqueda fue siempre ésa: volver al origen, a sus raíces de indio canadiense, a su espíritu salvaje. Jack Kerouac aceleró su prosa para viajar de nuevo hacia el principio. Su torrencial capacidad de devorar kilómetros lo devolvió al punto de partida de la invención literaria. Gracias al lenguaje, Kerouac logra una suerte de desterritorialización. Abandona su lugar en el mundo, se muda a un territorio que abastece sus necesidades individuales para luego reubicarse en la sociedad desde una nueva óptica. Sólo así es como Kerouac escribe y como debe leerse, desde las afueras de una sociedad enajenada, desde su condición de merodeador, de vagabundo, de amante del jazz, de beatífico escrutador del mundo.
Referencias 1 Pivano Fernanda, Los subterráneos, Introducción. Anagrama, pág 15 2 Agustín José. La contracultura en México. Debolsillo, pág 28 3 McMally Dennis, Jack Kerouac América y la generación beat. Paidós, pág 94 4 Kerouac Jack. En el camino. Bruguera, pág 19 5 Kerouac Jack. Los subterráneos. Anagrama, pág 46 6 Pivano Fernanda, Op. cit. pág15 7 Ibíd. pág 16 8 Ibíd. 9 Kerouac Jack. Los orígenes de la generación beat (1959). Este texto salió publicado en la revista Generación. Núm 14 y fue tomado del suplemento cultural del periódico Uno más Uno, donde salió publicado el 5 de mayo de 1984 10 Pivano Fernanda, Op. cit. Pág 19 11 Villoro Juan. La velocidad del sueño. La tempestad. Núm 57. pág 138

dentro de una misma

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ASÍ PASÓ
Jesús Arriola Rivera
Para mis hermanas: Luisa y Beatriz Y para Asunción Rangel
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Las mentiras del amor son el único barniz de existencia en la infinita irrealidad E. M. Cioran La fidelidad es la primera de todas las virtudes; la fidelidad da unidad a nuestra vida, que, de otro modo, se fragmentaría en miles de impresiones pasajeras como si fueran miles de añicos. Milan Kundera, La insoportable levedad del ser

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o sé por qué le confesé todo a Julia. Lo único que sé es que le dije toda la verdad. Ya no podía seguir callado ni un día más: sentía que mi secreto –uno terrible por cierto- me oprimía el pecho. Sinceramente casi no recuerdo nada de lo ocurrido aquella lejana noche de agosto. Tampoco recuerdo con exactitud lo que le dije ni lo que ella contestó. Sin embargo, sus lágrimas se quedaron grabadas en mi memoria —y creo que allí seguirán hasta el fin de mis días. Esta mañana me levanté muy temprano (a las 7 a.m.) y en lugar de tomar mi acostumbrado baño matinal me dirigí a mi escritorio. Una vez allí me senté cómodamente y tomé, de la lapicera de madera de cedro, un bolígrafo de tinta negra. Asimismo, del cajón saqué una hoja blanca tamaño carta y comencé a escribir lo que ahora leen. Aunque no confío en ustedes en lo más mínimo, tenía la necesidad de desahogarme, y la única manera en la que puedo hacerlo es ésta. Quizá se pregunten por qué les escribo todo esto en vez de contárselo a un buen amigo, lo cual, sin lugar a dudas, sería lo mejor. En realidad soy nuevo en la ciudad y ésa es la razón por la cual no tengo aún ningún conocido. Pero vayamos al grano. Yo estaba felizmente casado –o eso pensaba— con Pamela Rivas (una mujer maravillosa).Vivíamos en un modesto y céntrico apartamento en la ciudad de México. No teníamos hijos, auque ya llevábamos dos años de casados. Quizá no queríamos tenerlos aún, pues cuando los niños llegan la relación de pareja se enfría y nosotros no deseábamos que eso pasara. Sin embargo, tanto nuestros planes como nuestras vidas dieron un giro de ciento ochenta grados cuando conocí a Julia. Era una mujer seductora —sin mencionar que era también la prometida de mi hermano Gabriel— que conocí en una cena en un lujoso restaurante de la ciudad. Mi hermano nos había invitado (a Pamela y a mí) a cenar con motivo de mi cumpleaños número treinta. Aún recuerdo lo que me dijo cuando me llamó por teléfono aquella tarde: “David, sólo

te llamo para desearte un feliz cumpleaños y también para decirte que he reservado una mesa en el restaurante más lujoso de la ciudad —tú ya sabes cuál— para que cenemos tú, Pamela y yo. Por cierto, mi prometida irá conmigo para que la conozcas. Verás que te caerá de maravilla, es muy simpática. Nos vemos a las nueve en el restaurante. Salúdame a Pam.” Lo que mi hermano Gabriel no sabía —y yo tampoco— era que Julia no sólo me caería de maravilla, sino que la desearía desde el primer momento. No perderé el tiempo relatando todo lo acontecido en el restaurante, pues no es del todo importante. Solamente mencionaré que no pude dejar de mirar a Julia en toda la velada, y estoy ciento por ciento seguro de que ella tampoco despegó sus ojos de mí. Pamela y yo regresamos sumamente agotados a nuestro apartamento aquella noche después de la cena. Ella estaba tan cansada que con un impulso casi mecánico se despojó de su vestido negro y se botó en la cama. Yo por el contrario no podía dejar de pensar en Julia. Sin embargo, no podía permitir que Pamela, a pesar de su evidente somnolencia, leyera mi mente a través de mis ojos y descubriera que en ella se encontraba la imagen de Julia. Fue por eso que tomé la novela Las puertas del paraíso, del escritor polaco Jerzy Andrzejewski, que se encontraba en uno de los cajones del buró y comencé a leer con la esperanza de que la lectura me hiciera olvidar a Julia. Pero el intento fue en vano. Durante tres días actué como un zombi —no era a causa de mi trabajo el cual es muy demandante: soy arquitecto— y apenas y pronuncié palabra. Pero un día mientras me encontraba trabajando, sonó el teléfono de mi oficina. Descolgué rápidamente el auricular pensando que era mi esposa quien llamaba. Me equivoqué. La voz que oí era dulce, suave e hipnotizante. Era una voz que ya había escuchado antes. Era la voz de Julia. No supe qué hacer en ese momento. Tal vez por eso sólo

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me limité a balbucear un burdo: “Hola, ¿cómo has estado?”. Pero Julia tenía sin duda otras cosas en mente —la verdad yo no sé, ni sabré nunca cómo piensan las mujeres; por eso mismo ya no me esfuerzo en entenderlas— pues no respondió a mi saludo y dijo: “Te espero en el hotel Gillow a las 5:30 p.m. ¡Sé puntual!” Y después colgó. Me quedé boquiabierto y sentí cómo la vida, literalmente, regresaba a mí. Claro que fui a verla a aquel hotel donde me había citado. Todo el trayecto hasta el punto de encuentro me pregunté el porqué de aquella cita tan inesperada. ¿Qué tenía que decirme la prometida de mi hermano? Quizá yo tenía que dejar de hacerme ilusiones, pues no sabía si Julia sólo quería verme para arreglar conmigo algún tipo de sorpresa que ella deseaba darle a mi hermano; o bien podía seguir haciéndome ilusiones y seguir soñando despierto. Seguir soñando que entre ella y yo podría haber algo. Llegué puntual al hotel y entré en el lobby con inseguridad. Me acerqué a la recepción y pregunté en qué habitación se alojaba la señorita Daniela Vizcaya –ella me había dicho que preguntara por ese nombre. El encargado me dijo, con una sonrisa fría, que en la habitación ciento nueve. Me dirigí hasta allí y toqué la puerta con mano trémula. Segundos después, me abrió Julia y me invitó a pasar. Lo que hicimos en aquella recámara de hotel no lo contaré. Sólo me limitaré a decir que ella no tenía en mente ningún plan para sorprender a mi hermano. Tampoco quería hablarme de negocios ni mucho menos de sus problemas psicológicos, si es que los tenía. Lo sucedido en aquel elegante cuarto de hotel se los dejaré a su imaginación. Salí horas más tarde de aquella habitación con un visaje de alegría tatuado en el rostro, mientras Julia –que aquel día había decidido llamarse Daniela Vizcaya- se había quedado fumando un cigarrillo. Me había dicho, minutos antes de que yo partiera, que se quedaría unas horas más. La verdad no sé por qué ella había tomado esa decisión ya que no le pregunté. Pero la verdad no me importaba en lo más mínimo. Pasaron los días y no recibir noticias de Julia. Mi vida transcurría tranquila y normal. Sin embargo, mi vida con
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mi esposa Pamela había cambiado. Por decirlo así, se había enfriado nuestra relación. Quizá ese repentino enfriamiento lo causé yo. Tal vez lo causó ella. De alguna manera ya no éramos los mismos. Pasé un mes entero —todo el mes de mayo— sin saber de Julia. Esto hizo que mi relación con Pam volviera a la normalidad. Nuestros conocidos y amigos decían que parecíamos un par de recién casados, pues los dos desbordábamos alegría. Incluso llegamos a contemplar la idea de tener hijos. Todo iba viento en popa. Sin embargo, una lluviosa mañana del mes de junio tocaron a la puerta de mi departamento. Era mi hermano, Gabriel. Estaba hecho una sopa. Lo hice pasar y le pregunté por qué se encontraba en aquella deplorable condición —además de empapado tenía un semblante taciturno—. -Me ha dejado- dijo tartamudeando.

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-¿Quién?- pregunté yo sin pensar (mi pregunta era obviamente muy estúpida). -¡Julia! ¿Quién más, David?gritó Gabriel desesperado como si la respuesta fuese obvia (lo era). -¿Cómo? ¿Cuándo?- inquirí un poco sorprendido por la noticia. -Esta mañana. Al despertar ella ya no estaba. Solamente encontré una carta sobre la mesa del comedor en la cual me decía que ya no podía seguirse engañando. Me decía, de igual forma, que la había pasado bien a mi lado, pero que ya no me amaba. La verdad dudo que lo haya hecho alguna vez. Y eso no es todo, al lado de la carta se encontraba su anillo de compromiso. Es el fin, David. Es muy probable que tenga a otro- dijo mi hermano con voz entrecortada. -¿Cómo sabes que tiene otro?- pregunté (ésa era otra de mis preguntas necias). -¡Ay, David! Es obvio que cuando una mujer deja a su futuro esposo de esa manera es porque tiene otro- agregó

mi hermano ya algo enojado. -Tienes razón, Gabo… No te preocupes, yo jamás te abandonaré. Siempre podrás contar conmigo, y con Pam también. Recuérdalo siempre- le aclaré a Gabriel mientras lo abrazaba. Repentinamente, el recuerdo de aquella mujer que hacía apenas unas horas había abandonado a mi único hermano, regresó a mi mente. Aunque lo siguiente suene mal tengo que decirlo: me sentí muy feliz porque pasó por mi cabeza la idea de que Julia había dejado a mi hermano por mí. Esperaba, con todo el corazón, que así fuera. Mientras tanto, yo seguía consolando a mi hermano mayor hipócritamente. Esa noche no pude dormir debido al recuerdo de aquella tarde que pasé con Julia en la habitación del hotel Gillow. Mi hermano —quien se recostó en el sofá del living— cayó en un ensueño profundo apenas entrada la noche y no despertó sino hasta la mañana siguiente. Pamela, por otra parte, parecía tener pesadillas constantes ya que se movía de un lado para otro en su pedazo de colchón y susurraba palabras ininteligibles de vez en cuando. Como podrán imaginar pasé la noche en vela. Menos mal que al otro día no tenía que trabajar, pues era domingo. Mi hermano regresó ese domingo a su casa ubicada en la colonia Roma. Tan sólo dejó un recado sobre la mesa del comedor diciendo: “Gracias por su apoyo y por dejarme pasar la noche en su apartamento para no sentirme solo, pero debo continuar con mi vida. Los quiero a ambos.” Se marchó al alba como lo había hecho la que iba a ser su esposa. Llegó el lunes y yo, como ya es costumbre, me dirigí a mi trabajo. Al llegar a la oficina tenía la disposición de trabajar arduamente. De pronto sonó el teléfono. Levanté lenta y temerosamente el auricular como si de ello dependiera mi vida y una voz suave, al otro lado de la línea, dijo “hola” amistosamente. Era Julia. Una vez más me quedé anonadado, embelesado y apabullado por la melodiosa voz de Julia. Recuerdo que lo mismo me sucedió la primera vez que me llamó hacía ya algunos meses. Asimismo, recuerdo con exactitud lo que me dijo esta segunda vez: “Lo he dejado. Mi relación con tu hermano ha llegado a su fin. ¿Sabes por qué lo dejé? Por ti”. Esperaba con ansiedad que me dijera eso, sin embargo, yo no dije nada después de ese “por ti”. Estaba atónito. Ella continuó hablando: “¡ven a verme a las 6 p.m.!, me encuentro en el hotel Geneve. Esta vez pregunta por mí en la recepción, ya no tengo nada que
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ocultar.” Después de haber dicho esto colgó. Ella quizá no tenía nada que ocultar, pero yo sí. No ahondaré en lo sucedido en aquel bonito cuarto de hotel, esta vez, del Geneve y no del Gillow. Solamente diré que en esa ocasión salimos juntos y de la mano. Subimos a mi auto y fuimos a cenar al restaurante en el cual nos habíamos conocido. Terminada nuestra velada, llevé a Julia nuevamente al hotel, ya que así me lo había pedido. Yo regresé a mi hogar. Una vez allí, antes de abrir la puerta, miré el reloj. Era ya algo tarde (la 1:40 a.m., exactamente). Saqué la llave del bolsillo derecho de mi pantalón y la introduje muy lentamente en la ranura de la puerta. Abrí tan despacio como pude. Subí a mi alcoba en donde se encontraba Pamela acostada en nuestra cama matrimonial. Me puse a oscuras el piyama blanco que se encontraba en uno de los cajones del clóset y me recosté en la cama al lado de mi mujer. Pamela no se despertó –quizá fingió estar profundamente dormida- y yo no puede conciliar el sueño en toda la noche. Tenía en mi mente muy presente a Julia y era muy posible que su aroma tan particular lo llevara tatuado en mi piel. Desperté muy temprano por la mañana –Pamela aún se encontraba dormida- y tomé una ducha. Me vestí y antes de salir rumbo a mi trabajo besé, hipócritamente, la frente de mi esposa. Obviamente no logré concentrarme en mis labores del día, ya que sólo pensaba en Julia. Ella llamó minutos antes de que terminara mi jornada laboral. Me citó de nuevo en el hotel Geneve y yo, como un perro fiel que le hace caso a su amo incondicionalmente, acudí a su encuentro. Julia y yo nos estuvimos viendo a escondidas durante tres meses (junio, julio y agosto). Todo ese tiempo ella me pidió que dejase a Pamela y nos fuéramos a vivir juntos a otra ciudad en donde nadie nos conociera. Yo, obviamente, sólo le di largas y le mentí diciéndole: “amor, sé paciente. Pronto la dejaré y tú y yo viviremos felices en algún lugar lejos de aquí.” Como podrán imaginarse yo no tenía ni la más mínima intención de dejar a Pamela. ¿Por qué lo haría si con ella tenía todo lo que un hombre podía desear? Claro que no podía dejarla; a pesar de que —es verdad— yo amaba a Julia, pero también amaba a mi entonces esposa. Las amaba a ambas. Debo aceptar que Julia tenía mucha razón. Sus argumentos –los cuales aún recuerdo- eran muy ciertos. En una ocasión, en una de nuestras escapadas me dijo: “tú no amas a tu mujer como dices hacerlo. Si fuese así no tendrías la necesidad de engañarla conmigo. Una persona que ama a otra es incapaz de hacer lo que tú le haces a Pamela.” Yo, como era de esperarse, me sentí ofendido y le respondí: “tú bien sabías que yo estaba casado. Sabías a qué te atenías, ¿o no?”. Ella callaba y sólo me miraba como diciendo “yo por eso dejé a tu hermano. Pensé que tú harías lo mismo y dejarías a tu esposa”. Después de un breve e incomodo silencio ella añadió: “¡yo no estoy jugando! A veces dudo que me ames.” Ahora que me pongo a reflexionar sobre lo ocurrido, creo que ella tenía muchísima razón. Yo no la amaba y, es obvio, tampoco amaba a mi mujer. De esto me di cuenta
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mucho antes de que nos descubrieran –así es, nos descubrieron- en nuestra, digamos, “movida”. Me di cuenta de esto porque un día al llegar a casa después de mi “trabajo” encontré a mi esposa llorando desconsoladamente en el sofá del living. Le pregunté el porqué de su llanto. Ella me contestó con una pregunta que yo no esperaba y la cual recuerdo a la perfección: “¿desde cuándo?”. Yo entendí de inmediato a que se refería y contesté que desde el mes de junio (ya era agosto). Sin más, me dirigí a mi alcoba y saqué mis maletas y en ellas metí todas las pertenencias importantes que poseía. No me despedí de Pamela, quien seguía llorando desconsoladamente en el sofá del living, y partí de la casa para nunca volver —jamás volví a saber de Pam—-. Sabía que nuestro matrimonio había llegado a su fin. El único lugar a donde podía ir era al hotel donde se hospedaba Julia. Sin embargo, a ella –como lo dije antes- ya no la amaba desde hacía mucho tiempo. No sé cómo pasó, pero de repente sus conversaciones se me antojaron triviales, sus besos eran ya insípidos y sus caricias no me hacían sentir nada. Ella no sabía nada de esto y cuando toqué a su puerta, abrió con una sonrisa de oreja a oreja —esta sonrisa quizá la provocó la presencia de mis valijas— y sin decir una palabra entré en la habitación. Esa noche de agosto era muy fresca. Los ventanales de la recamara de Julia estaban abiertos de par en par. Ella me cuestionó, alegremente, si por fin había dejado a Pamela. Yo le contesté que sí. Recuerdo perfectamente la segunda pregunta que Julia me hizo. “¿Ya te vendrás a vivir conmigo?”. Yo, con voz decidida, le dije que no. Le dije que ya no la amaba y que tampoco pensaba regresar con Pamela. Le dije que tenía otros planes para mi vida y que en ninguno de ellos figuraban ni ella ni mi ex-esposa. Incluso ahora, no sé por qué le confesé todo a Julia ni por qué casi no recuerdo nada de lo ocurrido esa noche. Lo único que recuerdo es su llanto. Se quedaron por siempre en mi mente sus lágrimas. Claro que después de haberle dicho esto a Julia me marché del hotel. Pasé el resto de la noche en otro de muy mala calidad. Al otro día renuncié a mi trabajo. Ya estaba todo planeado, puesto que había enviado mi currículum a una firma de arquitectos que se encuentra en la ciudad Madrid y para mi sorpresa fui aceptado. Fui hasta el aeropuerto y compré un boleto para el próximo avión con destino a Madrid. Esa misma noche partí con rumbo a la capital española. Ya son más de las 3: 30 p.m. aquí en Madrid y esto, que acaban de leer, es todo lo que tenía que contarles. Pasé casi medio día escribiendo esta historia –que más bien es un recuerdo-, pero tengan por seguro que así fue como pasó. Ésta es la pura verdad. Espero que no me juzguen mal. Creo que es hora de tomar un baño caliente pues me siento un poco sucio.

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De navegaciones
Luis Miguel Cruz
Dormido ciego sordo y muro ojo adentro de mi ojo poza adentro de mi poza nada una mujer desconocida verde que no dura Nilo del que bebo origen cada noche los árboles corren en mi frente sus grabados mi mano sueña que escribe y extiende al buró una joya envuelta en papel mojado vuelvo al agua en amada tutela conducido bajo un aire favorable CUANDO CAIGA cuando en realidad caiga diez o cinco manos me sostendrán y sabré así lo bueno que alguna vez di. Es diferente a la sábana que imaginaba, es más bienhechora y cálida. Las manos son dulces -las manos siempre son dulcespor ellas se tiende un calor que dice: yo te reconozco

EN ESTE BAZAR árabe hebreo neoyorquino de las calles indiferente a mis rostros más amados te busco entre la gente como si corriera en un pasillo despejando miles de cortinas Llego a la noche alumbrado por estrellas sin oriente y hay un aire de ti que la delinea que hasta laten besos en mis sienes. Si la noche es esta frontera tú estás mirando allá desde los altos cristales.

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Cada quien lava su interior
Rodolfo Bracho

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alapa es una ciudad eminentemente estudiantil o, en su defecto, llena de gente seriamente indispuesta a lavar su ropa. Pueden encontrarse lavanderías en casi cada cuadra. El negocio prolifera. Las lavadoras se apilan, formadas en hilera, pegadas a la pared, en improvisados cuartos que ahora fungen de negocio familiar. Cocheras o antiguos recibidores sirven ahora como esterilizadas y perfumadas lavanderías. El lavado de ropa profesional sobresale dentro del mercado económico regional, conformado, entre otras cosas, por establecimientos tan dispares como pueden llegar a ser las sui generis empresas que ofrecen al consumidor, en un mismo espacio físico, pizza y yogurt, o los cada día más populares salones de baile, en los que se ofrecen clases de salsa, mambo y tango como una especie de sustituto para los gimnasios. Pero —no debe dudarse— en esta ciudad, la gran reina dentro del universo de las pequeñas empresas es la lavadora. Y, como dentro de todo gran reinado, existen situaciones que surgen expresamente a causa de esa concentración de poder —decretos y sobrentendidos que rebasan cualquier explicación, cuestionamiento o lógica. Una prescripción de tal naturaleza es la relativa a la ropa interior: ninguna lavandería la recibirá. El sobreentendido es tan grande que incluso en algunos establecimientos han decidido omitir el letrero que prohíbe dichas prendas. En el fondo se entiende: debe tratarse de una cuestión de higiene. Imaginémonos por un momento como propietarios de una lavandería: lo último con lo que quisiéramos lidiar es esa prenda con manchas en tonos ocres o bermellones y un olor nauseabundo (por ponerlo en términos tangenciales y dejando de lado la viscosidad del asunto). La situación ha llegado a tales extremos que hace poco un conocido me pidió que si me enteraba de la existencia de una lavandería dispuesta a recibir ropa interior, se lo hiciera saber de inmediato. Su desesperación era evidente. Al parecer, debe de haber un mercado negro; lugares clandestinos dispuestos a recibir ropa interior con tal de

ganarse unos cuantos clientes extras. Pero antes de emprender el vuelo de la suposición y de la fantasía, decidí enfrentar a la reina. En mi caso, durante un año dejé de ir a dichos establecimientos, pues a casa había llegado una lavadora. Lamentablemente, se descompuso y derrotado, regresé al mundo de las lavanderías, llevando conmigo, a pesar de los letreros que me advertían su prohibición, mezclada entre pantalones y playeras, mi ropa interior. No tuve ningún problema. Las mujeres me recibían la ropa y un par de días después me la entregaban reluciente y oliendo a detergente (el suavizante es opcional en algunos establecimientos), sin decirme una sola palabra relativa a mi contrabando de bóxeres y calcetines. Ni siquiera cuestioné mi suerte. Pensé que mi ropa interior simplemente había librado la prescripción; y no porque fuera especial o tuviera atributos mágicos o fuera de lo normal; sino quizá, pensé, porque aquella prohibición era, en esencia, una formalidad más. Consideré que la prescripción era simplemente la manera en que las lavanderías hacían saber a la comunidad su indisposición a lavar—digámoslo como es—calzones cagados, y que, mientras mi ropa interior se mantuviera dentro de cierto margen de pulcritud, sería aceptada. Pero esa situación llegó a su fin. Desde hace un mes, después de haber probado los servicios de distintas lavanderías, decidí serle fiel a una en particular. Básicamente porque es la más cercana a mi casa y porque ahí no se me han perdido prendas. Dicho establecimiento ocupa el espacio que anteriormente servía de recibidor o sala en una casa dentro de una privada. La persona a cargo de la lavandería es una mujer de unos cincuenta años, abuela de un niño que usualmente juega entre las lavadoras. El patio luce limpio, seguramente es barrido cotidianamente y al fondo, tres macetas adornan el lugar. La limpieza, en esa casa, es una forma de vida. Las escaleras, la lavandería, el patio, incluso la vestimenta de la señora: todo luce pulcro y aseado. A dicho lugar había llevado mi carga de ropa sucia en más de cinco ocasiones, sin recibir alguna especie de ad-

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monición, hasta que, en mi último viaje a ese paraíso de la limpieza, recibí la advertencia. La señora, al tanto de mi gusto por la desobediencia, me vio acercarme a ella, cargando mi saco de ropa, y lo primero que preguntó fue: –¿Trae ropa interior? –Sí, respondí. Silencio. El momento había llegado. Seguramente, en las ocasiones anteriores la señora había lavado mi ropa interior pensando en cómo hacer para decirme que estaban prohibidas. ¿Acaso el letrero no me lo dejaba bastante claro? Sin embargo, yo había persistido. Y como dije antes, incluso pensaba que mis calzones estaban, no me pregunten por qué, más allá del bien y el mal. –No recibimos ropa interior, dijo después de un largo e incómodo silencio. En su rostro podía ver lo mucho que aquellas palabras le habían costado. Sin embargo, el momento de la verdad había llegado y yo no lo iba dejar pasar. Con calma y portando una sonrisa de sociabilidad pregunté: –¿Por qué? Ella se turbó; era notorio que había tomado mi pregunta como una recriminación. Intenté tranquilizarla, haciéndole saber que la naturaleza de mi pregunta era una inocente curiosidad, y que por nada del mundo deseaba enemistarme con ella o comenzar una guerra contra dicha prohibición. Dije: –Sí, he visto ese letrero y siempre he querido saber por qué no aceptan ropa interior. –No, no lavamos ropa interior, respondió, con sequedad. De manera evidente, mi intento de diálogo se acercaba al fracaso. –Mi ropa interior está limpia, dije absurdamente. Y al ser consciente de la tremenda estupidez que había dicho, intenté componer mi discurso: –Bueno, sí. Es ropa sucia, pero, quiero decir que, dentro de eso, está limpia, hasta cierto grado.

Lo que realmente debí decirle, en aras de la claridad y el entendimiento era: ¡vamos, mis calzones no están embarrados de mierda! Pero esas palabras me parecieron bastante toscas, mucho más cuando aquella mujer no me estaba facilitando las cosas. Finalmente, derrotado, sin saber por qué no recibían ropa interior, la señora dijo: –Es por los bebés. Como todo se lava en las mismas lavadoras, luego se revuelve y… No me quedó claro si la señora quería darme a entender que los bebés eran muy delicados y su ropa no debía mezclarse con la de los adultos, o al contrario, la ropa interior de un bebé era un ente inclasificable que por nada en el mundo debía entrar en contacto con cualquier otra especie de prenda. Sacarle aquellas palabras me había costado bastante y no me aclaraban nada. Tan sólo terminaron inmiscuyendo de forma misteriosa a los bebés. Finalmente la señora me recibió la ropa, con todo y calzones. Por supuesto no sin antes aclararme que esa sería la última vez. Por mi parte, la ropa sucia había dejado de importarme. Mi mente, en aquel instante, se sentía aturdida a causa de otros sinsabores. Mi pregunta acerca de la causa de la prohibición era sincera, realmente deseaba saber por qué no recibían ropa interior. No deseaba imponerme ni hacerle ver lo absurdo de la medida. La escena recién narrada pudo haber tomado distintos cauces: A) La señora sigue haciéndose de la vista gorda, como en las ocasiones precedentes, y acepta mi ropa sin más. B) Ella me dice que no aceptan ropa interior y yo pregunto por qué y ella me da sus razones. C) Ella no acepta mi ropa interior, yo pregunto por qué y ella me responde: “¡Qué le importa!” D) (Mi opción favorita) Ella no acepta mi ropa interior, yo pregunto por qué y ella dice “no sé” y los dos comenzamos a carcajearnos. Nos despedimos sonriendo y el mundo sigue su curso.

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Jorge Morteo
La contradicción es la sal del pensamiento Proverbio francés.

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s inevitable que el Medio Oriente venga acompañado de una sensación arenosa mezclada con mucha fe y una pizca de pólvora. En gran medida esta imagen incompleta (como toda imagen que es la representación de algo más) guarda una verdad a medias: Medio Oriente es esto, pero también mucho más. Etgar Keret (Tel Aviv, 1967) —cuentista, dibujante de comics, director de cine —es el producto de un país de contradicciones y ambivalencias: por un lado la tradición recalcitrante de la

ley mosaica, por otro la apertura hacia las nuevas ideas de Occidente. O en palabras del autor de Extrañando a Kissinger (1994) Israel: …es tan conservador como para prohibir el transporte público durante el Sabbat, pero tan abierto como para mandar a un travesti al Eurovision Song Contest. El hogar donde creció Etgar Keret, a manera de microcosmo, no estaba exento del absurdo que provoca el enfrentamiento entre los opuestos: la

sedentaria mentalidad religiosa ante el pujante avance de la vanguardia ideológica. Su hermano mayor encabezaba el movimiento Israelí en pro de la legalización de la marihuana, mientras que su hermana era una judía ultra-ortodoxa madre de once. Bajo esas circunstancias se moldeará la obra de Keret: un espacio heterogéneo en donde un restaurante de comida japonesa convive al lado de una sinagoga. Etgar Keret propone una narrativa en la que existe una dicotomía entre

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tradición y modernidad, razón y estulticia, escisión y apertura. En consecuencia, y como resultado de este choque, las historias del narrador israelí están salpicadas de un humor negro muy ácido y de un surrealismo que intenta cartografiar la mentalidad de su época y de su terruño. En Crazy Glue (1998), cortometraje stop motion dirigido por Tatia Rosenthal y basado en un cuento de Keret, una pareja disfuncional subsana sus diferencias maritales mediante el uso de un súper pegamento; en otra historia, los restaurantes cuentan con pescados parlanchines (siempre y cuando uno esté dispuesto a curarlos de la depresión); en una tercera historia las mujeres se convierten en hombres al atardecer. Esta es la clase de mundo disparatado con el que sorprende Etgar Keret: un mundo de absurdos irreconciliables que intentan convivir en la página. Es decir, el mundo en el que le tocó vivir y en el cual, en un grado u otro, todos estamos inmersos. Etgar Keret inserta en varias de sus historias elementos de la tradición hebrea dentro de la típica historia moderna occidental. Cuentos como ‘La historia del conductor de autobús que quería ser Dios’ y ‘El deschavete de Nimrod’, en los que hay un constante cuestionamiento al establishment eclesiástico y social tan arraigado en Israel, son prueba de ello. La presencia de Dios (infranqueable entre el pueblo judío) se manifiesta en la narrativa del autor de The Girl on the Fridge (2008) como un agón perpetuo. En ambos cuentos se pone a luz la relación tan especial de los hebreos con su creador: odio o temor, pero jamás indiferencia. ‘La historia del conductor de autobús que quería ser Dios’, bien pudiera leerse a manera de una alegoría moderna sobre el poder, mientras que ‘El deschavete de Nimrod’ es una historia cómica en la que un Dios vengador trata de volver locos a sus protagonistas: Es que fue todo muy raro, dice Mirón, de repente comencé a oír voces, conversaciones, canciones. Como una radio estropeada que no sabes cómo apagar. Acabas por volverte loco, no

tienes ni un segundo de lucidez. Te peranzadora en Pizzería Kamikaze lo juro, era como si alguien estuviera será Ergá, antigua novia de Haim, intentando volverme loco. que acaba de suicidarse. Haim junto a Ari se proponen realizar un viaje La narrativa de Keret está llena de para encontrarla. Paradójicamente, a un humor que lo mismo juguetea con medida que la historia se desarrolla alusiones bíblicas, trae a colación nos damos cuenta que todos los peruna referencia de la cultura pop o sonajes que rondan ese otro mundo manda al carajo sin tapujos. En pose hallan en busca de algo: Kneller cas palabras, hay una conjunción busca a su perro perdido; Lihi busca entre lo sagrado y lo profano. En el a Dios para reclamarle por su muerte ‘Deschavete de Nimrod’ la inspiración prematura; Haim a su novia Ergá; y no proviene de la divinidad, sino de Ari acompaña al narrador para no los estados alterados de conciencia caer en el hastío del otro mundo. De provocados por la marihuana. El Sinaí, modo que el desanimo inicial sirve a donde transcurre parte de la historia, manera de telón de fondo. Pero una es el lugar de la experiencia iniciátivez sorteada la primera impresión, ca. Si Moisés recibiendo el decálogo presenciamos la contradicción y el inició el judaísmo, Ran, narrador del absurdo que tienen tanto vida como cuento, se inicia auxiliado de generomuerte aun en el más allá. La casa sas cantidades de hierba aromática. del rey Mesías—una suerte de cristo Pizzería kamikaze (2001), novela viviendo en una comuna hippie— corta que sintetiza el corpus de Etgar comprueba que los suicidas aún poKeret (traducida a más de una vein- seen algún tipo de ilusión, a pesar de tena de idiomas), cuenta la historia hablar desde la muerte. del suicida Haim a su llegada al otro Por supuesto las historias de mundo. Pero el más allá es tan pareEtgar Keret—como toda buena histocido a la calle Allenby o a cualquier ria—tienen diversas posibilidades de callejuela de Frankfurt o a la avenilectura. Los cuentos están disfrazados da Xalapa. Las mismas frivolidades, de una falsa ligereza: parecen banalos mismos vicios son reincidentes: les. Sin embargo, si uno ve más allá, la Coca-cola light, el racismo, el staencontrará que los temas en la obra tus quo. Se percibe a la par un gran keretiana, por su indagación sobre el desencanto no por la vida, sino por individuo y su constante cuestionala muerte. La vida después de la vida miento a los cánones rígidos, no son para Etgar Keret es, ¡oh sorpresa!, inferiores a la producción de cualquihumana demasiado humana. En esa er otro de esos escritores a los que suerte de limbo para suicidas, la genles gusta mantener bien anudada la te continua esclavizada por la rutina: corbata y el cabello en su lugar. bebiendo cerveza, trabajando o simIsrael, Medio Oriente, analogía de plemente sumida en la ociosidad. El otro mundo es un escenario anodino: la era moderna en donde—para usar al carecer de porvenir no se espera una referencia nacional—una tienda nada. No hay coros angelicales ni se- de autoservicio aguarda a las faldas tenta vírgenes ninfómanas esperando de la pirámide del sol. Tierra que ha nuestra llegada: la promesa religiosa creado una de las vetas más ricas que fue una tomadura de pelo y los pro- irrigan la vida intelectual de Occitagonistas de Pizzería Kamikaze no dente, Tel Aviv, dice Keret, es todo, pierden la oportunidad de declararlo. todo el tiempo. Y a medida que uno Así lo expresa el terrorista que ter- se familiariza con la obra del autor mina sirviendo tragos en el distrito israelí, da la impresión de estar mirando un crisol poliédrico en donde árabe: se hallan compaginados pasado y -Así que al final te tomaron el pelo, presente, modernidad y tradición. He Nasser—le dijo Ari, alegrándose de aquí un acercamiento a Etgar Keret: su desgracia. la voz de un profeta (pues profesa) las vicisitudes actuales. Acaso como -¡Anda! Pues puede que sí—asintió Tel Aviv, Keret es todo, todo el tiemNasser—¿Y a ti?, ¿Qué es lo que te po. Pero puede que aún sea muy temprometieron a ti? prano para darnos cuenta. El contrapeso de esta visión deses21

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canto
de las
Víctor Hugo Vásquez Rentería

Del

sirenas
y otras digresiones no
necesariamente marinas
uisiera empezar con una frase de Antonio Muñoz Molina, autor español que escribe sobre todo novelas. Sé que por ahí anda también un libro de cuentos, además de algunas noveletas y un par de buenas recopilaciones de artículos suyos publicados —en su mayoría o enteramente—en el diario El País.

para Artemia Rentería Landa, la jefita, all my loving …un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo. Bohumil Hrabal

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Le debo a mi amigo Rafael Antúnez el haberlo conocido, pues hace ya algunos ayeres, me habló con entusiasmo de El Invierno en Lisboa, una de las novelas de Muñoz Molina que desde entonces más aprecio y he leído. Caminábamos por la calle Enríquez, en una de esas tardes alcahuetas en las que camuflábamos — tomando un café o un refresco—el inicio de lo que sería una parranda legendaria. Una de ésas en que la noche de asombro en asombro —en El as de oros, el Kumbala, Las Buganvilias, La Curva, o el mítico y entrañable Pabenny’s— nos permitía saludar de mano al mismísimo primo Lymon o a un jovial Truman Capote, si bien nosotros —igualados que éramos, que somos— lo llamábamos Ti; o bien escuchar la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz. “Existe un momento en las separaciones en el que la persona amada ya no está con nosotros.”, recuerdo el epígrafe de El invierno en Lisboa, no a causa de las bondades de mi arbitraria memoria, sino porque rendido a la imagen que Gustave Flaubert logra captar en ese fragmento de La educación sentimental, lo he repetido decenas, casi debiera escribir centenas de veces desde que lo leí por primera vez. Seguro que cuando mencioné Lymon, algunos lo recordaron, ¿no? ¿Cómo no? ¡Lo conocen! O al menos les latiría conocerlo. El de La balada del café triste, ándenle, esa disfrutable noveleta en la que Carson McCullers acomoda en un tórrido triángulo al ya citado primo —que es enano y jorobeta— junto con la atlética y más bien hombruna señorita Amelia y Marvin Macey, el carita del pueblo. Pero, ¿por qué salió todo esto? Ah, porque quiero comenzar con una frase de Antonio Muñoz Molina que no viene en El invierno en Lisboa, novela que dicho sea

de paso trata de, entre otras cosas, amor—ustedes perdonarán la palabra—, pero, caray, estamos en abril. Ese mes al amparo del cual se dispara a quemarropa el verso inicial de La tierra baldía de T. S. Eliot, poema cuyas complejas referencias culturales, en no pocas ocasiones trascienden al lector. Como nos trascendía, ya avanzada la nocturna travesía etílica, el descenso a un Hades terreno, luego de haber recorrido la variante xalapeña del río Aqueronte o el Estigia (Virgilio, Pausanias y Dante deberán ponerse de acuerdo —o no—si era uno u otro). Ocurría sin más Caronte que nos guiara que la bendita lucidez de una borrachera que comenzaba a madurar. Nos acompañaba o más bien ya estaba allí Revueltas —Pepe, claro—, o por lo menos su sordidez. - Oye, pero no dijo nada de Capote. - Ni de Sor Juana. - Si se parecía, era él, lo alucinaban, cosas del alcohol, tú sabes… o qué o cómo. - Ni citó aquello de Si con mi ofensa al uno reconvengo, me reconviene el otro a mí, ofendido; y a padecer de todos modos vengo, - Ni habló del new journalism… - ¿Del quééé? - Pus, del nuevo periodismo… esa combinación de los elementos literarios con otros propios de la investigación periodística. Y que surge a raíz de la publicación de su novela de no ficción A Sangre fría. - Aaaah. - Sí, y Operación masacre del argentino Rodolfo Walsh, se considera el antecedente del género, que a su vez toma elementos de Jack Kerouac y los beat. - Ooooh. pues ambos atormentan mi sentido: aquéste, con pedir lo que no tengo; y aquél, con no tener lo que le

pido. - Uuuuh. Y si de pedir hablamos, se nos ha dicho que para entrarle a La tierra baldía de Eliot, aparte del bagaje cultural, se precisa de la intuición, pues no es sólo el palimpsesto. - ¿El quééééé? - Pues un texto de ésos en los que subyacen voces, estructuras de otras obras o civilizaciones. - Pues bien visto todo libro es un palimpsesto, ¿qué no? - Pus igual y sí. También se ha dicho que es “largo, bello, inquietante e indispensable.” Si bien más de alguno se deberá preguntar indispensable para qué o para quién. Y sin que nadie me lo pida me apresuro más que a responder, a arbitrariamente recordar a Vargas Llosa: leemos, dice, para no barbarizarnos espiritualmente, para no comprometer nuestra libertad, porque es uno de los más enriquecedores quehaceres del espíritu, leer literatura dice el autor de La ciudad y los perros (ese libro que a juicio de Carlos Fuentes es la mejor novela de iniciación que se ha escrito en nuestra América), es una actividad irremplazable para la formación del ciudadano en una sociedad moderna y democrática, de individuos libres, y que, por lo mismo, debería inculcarse en las familias desde la infancia y formar parte de todos los programas de educación como una disciplina básica. Y si de recuerdos sin arbitrio se trata, traigo entonces al Sergio Pitol de El mago de Viena, leer para crear: “Las lecturas iniciales son decisivas para el destino de un futuro escritor.” Leemos para que un mundo nuevo se abra ante nosotros, para salir aturdidos, internamente transformados. Pero, ¿y la frase de Muñoz Molina? Ésa que no viene en la espléndida El invierno en Lisboa,

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donde habita Lucrecia con la tramposa ternura de su sonrisa, la serenidad y la vehemencia de sus mentiras, más que por maldad, a causa de “la voluntad maltratada o perdida, con esa grave y recta expresión de quien ha visto la verdadera oscuridad y no ha permanecido limpio ni impune.” Ese libro donde quien lo leyera se enteraría del cómo y el porqué Santiago Biralbo nada más no puede retener a Lucrecia, si bien atisba que “Hay ocasiones en las que uno tarda una fracción de segundo en aceptar la brusca ausencia de todo lo que le ha pertenecido.” ¿Saben? El Lymon xalapeño existe, no es sólo un hombre de palabras, era asiduo de uno de los bares que frecuentábamos; Ti también, sentado siempre a la barra, con ese aspecto de púber sempiterno, pero si eligiera hablar de alguien sería de aquella mujer que de bar en bar, de mesa en mesa, en algún punto de su embriaguez y habiendo agotado los fondos destinados para ésta, decía versos de Sor Juana. Así como otros recitan “Abril es el mes más cruel”, el incipit de ese poema nos dicen de lectura obligada. Condición que —editores, críticos, promotores, investigadores, escribanos—igual le achacan a un específico puñado de libros, y así entre el deber y placer, la mercadotecnia, el arte y la economía, se hacen listas, quinielas, encuestas, programas de estudio, antologías, colecciones, y pus uno quien es pa no entrarle al jelengue, pa no hacer su íntimo who is who de los títulos que convocan la completud y el contentamiento, o “Abren zanjas oscuras/en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.” Como cuando Lucrecia, pese a haber regresado donde está Biralbo, nada más no puede tener la certeza de que es a él a quien tiene enfrente. Le toca la cara y el pelo para reconocerlo con una certeza que no

lograba la mirada. “Acaso no la conmovía la ternura, sino la sensación de una mutua orfandad. Dos años más tarde, en Lisboa, durante una noche y un amanecer de invierno, Biralbo iba a aprender que eso era lo único que los vincularía siempre, no el deseo ni la memoria, sino el abandono, sino la seguridad de estar solos y de no tener disculpa del amor fracasado.” Pero hablaba yo del bonche de libros que me llevaría a la isla. ¿O de la prosélita de Sor Juana? Ésa de la voz —a lo Janis Joplin, a lo Chavela Vargas—que se iba imponiendo a la de los parroquianos que hablaban de fut, trabajo o mujeres; comenzaba queda, quieta, casi ausente, invisible a causa del ninguneo… hasta que un oído no del todo zafio, atendía el canto de aquella sirena subvertida, varada sombra del bien esquivo, de quien no podíamos blasonar satisfechos que triunfara en ella nuestra indiferencia, pues nos labraba prisión su melodía. Como ésta que escucharon aquellos primeros hombres: “Ya estáis, pues, al final del primer viaje. Ahora, escucha lo que voy a decirte, que algún día te lo hará recordar un dios. Tendréis que pasar primero cerca de las Sirenas, que encantan a cuantos hombres se les acercan. ¡Loco será quien se detenga a escuchar sus cánticos, pues nunca festejaran su mujer y sus hijos su regreso al hogar! Las Sirenas le encantaran con sus frescas voces. La pradera en donde habitan tiene a su alrededor una orilla blanqueada por los huesos de los hombres cuyas carnes se perdieron... ¡Pasa sin detenerte después de taponar con blanda cera las orejas de tus compañeros! ¡Que ni uno solo las oiga! ¡Tú solo en la nave puedes oírlas si quieres, pero con los pies y las manos atados y en pie sobre la carlinga, hazte amarrar al mástil para saborear el placer de oír su canción! ¡Y ordena a tus compañeros que si les suplicas o les or-

denas que te suelten, den una vuelta más a la cuerda! Estamos en el canto XII de La Odisea de Homero. Es la hechicera Circe quien habla. Ulises, Odiseo, a quien le habla. ¿Así o más humano? La sirena se tambaleaba. El silencio se había hecho en nuestra mesa. Pronto las burlas cedieron al reconocimiento, las muecas de rechazo al oído atento, la desconfianza inicial al brindis; al agrado siguió la comprobación de que la literatura, parafraseando a Grotowski, era un camino para comprender la vida, para compartirla con otros. Supe que ella no iba a caerse, era su forma de estar en el mundo, de acentuar la cadencia de los versos, de brindarnos parte del embrujo de su canto. Un ángel en apuros, sitiado por la sed. Aquello era, poesía en movimiento, no cabía la menor duda. ¿Y mi Reading list? ¿Mi bonche de libros? Nah. No son tantos. Va. Uno. Pa la isla. No necesariamente el favorito. Pero sí uno de los consentidos. Del maese Ben Jelloun. L’enfant de sable. El que cuenta aquella historia del hombre que, rodeado de libros, vio llegar, entre otras apariciones, a una delgada, alta y blanca mujer que leía a Shakespeare en el texto original y que había leído todas las versiones de Las mil y una noches, aquella mujer que al mismo tiempo que él puso su mano sobre el mismo libro: Don Quijote de La Mancha, y que luego de unos segundos de volverlo cierto con su mirada, se fue como se marchan esas dos o tres irrepetibles alegrías a que tenemos derecho en la vida, dejándonos un tanto a la deriva, en la inconsciencia, poseedores de un secreto que nos vuelve eternos. Y, por fin, encuentro el libro de Muñoz Molina el cual incluye un artículo que, entre otros asuntos, trata de la espera, del tiempo bien

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o mal invertido, de que para un artista o un científico, los largos años de la búsqueda estéril se salvan en un minuto de iluminación. “Para un escritor, que está perdiéndose siempre en el desaliento y en el tedio de las palabras, que no sabe nunca nada, que escribe vanamente contra sí mismo y contra su propia enfermedad del olvido, toda su disciplina y su búsqueda no valen si en un cierto momento no encuentra algo que no esperaba, no recuerda algo que no sabía.” Ajá, no del todo quedo, se escucha el eco de Borges. Ya termino. Pero, antes piensen en su rola favorita, el grupo o solista que tienen en el altar, el morro o la morra que les gusta; el deporte que les hace o les haría pagar Sky o comprarse unos tenis o el outfit correspondiente; o en la actividad artística con que se subliman; o en el amigo o los amigos con el que, con los que van al café, caminan rumbo a casa, o se toman un trago, de preferencia si el varo lo permite el que más chiquea a su

paladar; o piensen en ese platillo que aparte de nutrirlos los satisface —si bien aquí lo primero no importa tanto; o el programa por el cual prenden la tele, el director o la peli por la que van al cine o al changarro de piratería más cercano a su monedero… ¿Necesariamente la filia, el afecto, el goce de estos hallazgos ocurrieron por contagio, a causa de haber escuchado el canto de las sirenas? Y es entonces que llega la frase con la que quería empezar. “…para escribir un libro, hace falta primero merecerlo.”, afirma Muñoz Molina. Y, creo que —en más de un sentido—para leerlo, también.

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Entrevista con

MALVA FLORES
Fotografía: Rodolfo Mendoza
Malva Flores. (México, 1961) Poeta, ensayista y narradora. Es autora, entre otros, de los siguientes libros de poesía: Mudanza del árbol / Passage of the tree (Literal Publishing, 2006), Malparaíso (Eldorado, 2003), Casa nómada (Joaquín Mortiz, 1999), Ladera de las cosas vivas (CNCA, 1997). Ha publicado en revistas y suplementos culturales como Vuelta, El Ángel de Reforma, La Jornada Semanal, Leviathan Quarterly (Inglaterra), De Gids (Holanda), Poesia (Brasil), entre otros. En 1999 recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y, en 2007, el Premio Nacional de Ensayo José Revueltas. Ha sido traducida al inglés, francés, portugués, japonés y holandés. En 2000 ingresó al Sistema Nacional de Creadores. Becaria del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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S

omorgujo: En muchos de sus poemas la percepción por medio de la vista juega un rol muy importante. ¿Cuál es exactamente el lugar que ocupa en su poesía? Malva Flores: Lo que miramos es esencial para la mayoría porque es, después del tacto, una de las formas privilegiadas de nuestra conciencia sobre el mundo y de nuestro contacto con él. Yo diría que, en mi caso, privilegio dos sentidos: la vista y el oído. De su mezcla nacen mis poemas. S: ¿Qué papel tiene la contemplación –a través de la observación ya sea por medio de los sentidos o la conciencia de la existencia en el desarrollo de su poesía? MF: No creo ser un espíritu particularmente contemplativo. Yo creo en la poesía como una forma de la revelación y ésta siempre es un proceso instantáneo. Surge, sí, de tu mirada sobre el mundo, pero aparece en un centelleo. S: ¿Considera que los poemas cortos aventajen de alguna forma a aquellos de mayor extensión? MF: No hay una forma poética que “aventaje” a otra. Sus formas y propósitos son distintos. Aún cuando dije que creo en el centelleo de la revelación, en el caso de la poesía que yo escribo, ésta se articula generalmente a través de poemas largos que cuentan una historia. S: ¿Cómo describiría Malva Flores su poesía?

MF: Para mí, la poesía es un libro móvil de respuestas íntimas. Tú las encuentras cuando las escribes y si se publican en forma de libro, puedes tal vez compartirlas. Es, para el que escribe, una explicación del mundo como experiencia de algo invisible: la tensión entre tu necesidad y tu deseo. En ese sentido, creo que la poesía que escribo intenta responder a las preguntas que yo misma me hago. Su naturaleza corporal está signada por dos preocupaciones fundamentales para mí: la musicalidad del poema y la posibilidad de contar una historia de las cosas que tal vez no vemos, esas que dejamos pasar en el tráfago del día. S: En la antología de literatura chiapaneca: Voces particulares, menciona que el trabajo del antologador es infeliz, sin embargo lo ha realizado. ¿Qué es lo que compensa dicha infelicidad? MF: El trabajo del antologador es infeliz porque siempre va a ser juzgado imperfecto, pero todo trabajo de deslinde lo es. Lo que compensa dicha infelicidad es justamente el proceso de elección. Uno sabe que puede equivocarse, pero siempre es tentador imaginar que uno logra, a través de una elección personal, intransferible, establecer puntos de referencia que uno supone necesarios. Por otro lado, es el camino más divertido de la crítica, es decir, del trabajo esencial del crítico: desbrozar y limpiar el campo de alimañas.

S: ¿A qué edad se inició en la poesía y la escritura de ensayo? MF: Como casi todos, lo primero que escribí de niña fueron cuentos y algunos poemas en la adolescencia. En realidad yo quería ser novelista y he escrito cuatro novelas que jamás he logrado concluir. La razón es que mis tramas eran innecesariamente complicadas y mi lenguaje, basado en metáforas, no resultaba, ni siquiera para mí, convincente. Sigo insistiendo en ese afán y espero terminar algún día una de esas novelas. Volví a la escritura de poemas hasta los 29 años y lo recuerdo porque mi primer libro ganó el Premio de Poesía Joven Elías Nandino un día antes de que cumpliera los 30 años, edad límite para participar. Con respecto al ensayo, mis balbuceos iniciaron poco tiempo después, pero es un trabajo que nunca me convence porque soy obsesiva y los temas que suelo abordar tienen que ver con “verdades ocultas”. Es, entonces, un trabajo de detective que me encanta pero que no se acaba nunca porque la elección de mis “temas” siempre tienen que ver con el descubrimiento de alguna verdad que, en el fondo, me atañe. Estoy convencida de que, aún cuando habláramos de Cervantes, para poder hacerlo debemos advertir qué de él es parte de nosotros, qué pulsión de su escritura es también nuestra, porque la amemos o porque la detestemos. Si no tenemos una relación personal con la materia de nuestros ensayos, nunca podrán ser auténticamente nuestros y sólo repetiremos lo que

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otros han dicho. Sin pasión no hay el lector y una revista cultural sea la ensayo, aunque nos equivoquemos. solemnidad. ¿Piensa que es lícito que una publicación pueda darse liberS: ¿Cuáles cree que sean las diferen- tades (digamos en cuestión del tema, cias más palpables entre la literatura tono, etc.) siempre y cuando mantenmexicana y la del resto de Latinoamé- ga en sus colaboraciones cierto nivel rica? de calidad? MF: Creo que la mayor parte de MF: Yo tengo un gran problema la literatura mexicana, pero particu- con la palabra “solemnidad” y, peor larmente la poesía, ha sido “política- aún, con la “irreverencia”. Creo que mente correcta”, por decirlo de algún la literatura, la buena literatura, no modo. Canta bien, está bien escrita, debe ser calificada desde esas perspero lamento no encontrar en ella, pectivas en cuyo fondo se macera, como en buena parte de la poesía y muchos lectores no lo advierten, sudamericana, el poder del error, el el aliento maligno de la comercialidesvío que nos permitiría encontrar zación. Las revistas deben obligarse nuevos derroteros, y lo pienso tam- a publicar textos de calidad siempre. bién sobre mi propia escritura. En el Eso no quiere decir que sean abucaso de la narrativa no sucede lo mis- rridos, sosos. La verdadera literatura mo pero creo que la última narrativa no es aburrida o solemne porque es mexicana está demasiado atenta a los una materia viva. Eso es lo que debe poderes del mercado y eso, se verá buscar un editor, aunque publique con el tiempo, ha sido fatal. ensayos sobre las jarchas mozárabes. Tiene la obligación de ver que eso S: ¿Qué podría compartirnos de su que publica está vivo. Su vivacidad experiencia como miembro del con- depende de la escritura, de la capacisejo editorial de una revista literaria dad del autor para transmitir una idea (Literal. Latin American Voices)? de mundo que se vuelva un espejo MF: Literal es una revista que surgió en el que podamos mirarnos y allí por el empeño talentoso de su direc- reconocernos. Y eso es más que sutora, Rose Mary Salum, que nos invitó ficiente. a David Medina Portillo, su editor, y a S: El siglo XX mexicano dio grandes mí a participar en una empresa muy poetas y cuentistas. En su opinión complicada en tiempos de Internet. Contra viento y marea hemos llegado ¿qué escritores llegaron realmente a al sexto año de una publicación cuya alcanzar el nivel de universales? Deidea inicial, dar un espacio a las voces pende de lo que se entienda por “unilatinoamericanas en Estados Unidos, versales”. se ha cumplido, creo, de manera adeMF: Existen grandes autores mexicuada. La revista tiene dos puntales: el canos (Reyes, Rulfo, Pitol, Pacheco, arte y la literatura latinoamericanos. Lizalde…), pero para mí, el más uniEn ese sentido, es una revista que se versal, por la amplitud de su obra, diferencia de las demás porque hace porque logró engarzar como ningún énfasis en las relaciones que como otro escritor mexicano la poesía y el lectores podemos establecer entre las ensayo —esas dos formas del conoartes plásticas y la literatura. Desde cimiento— fue Octavio Paz, un escriel principio se planteó la necesidad tor que ha sido “ninguneado”, vilide que esta revista, aun cuando se pendiado o adorado sin haber sido edita en Estados Unidos, circulara en realmente leído. Sobre su obra penMéxico y buena parte de los ensayos dió siempre el prejuicio ideológico, que incluye se publican de manera para bien o para mal, y con esa malla bilingüe. Ha sido complicado, pero que todo tergiversa lo hemos leído. es un proyecto que muchas veces nos ha hecho felices. S: A lo largo de su experiencia laboral, ¿cómo combina su trabajo doS: Quizá una de las barreras entre cente con la escritura? ¿Cómo se com-

plementan? MF: Mi mayor alegría la proporcionan tres cosas: la felicidad de los seres que amo, la escritura y dar clases. Pocas cosas me hacen tan feliz como esto último, pues en ello, como en la literatura, priva un asunto esencial, el más importante para mí: la conversación, el diálogo. En el caso de mi trabajo docente puedo decir que mis alumnos han sido muchas veces mis guías. Confío en ellos, en su capacidad para advertir, sin ataduras, la parte sensible del mundo: su libertad. Saben muchas cosas más que yo y las comparten conmigo y con ellos aprendo siempre a ver esa otra parte de la realidad que la edad o el tiempo, me ocultan. Su capacidad de percepción es fundamental para mi trabajo poético y te lo pueden decir ellos. Muchos han tenido la generosidad de leerme y criticarme y suelen tener razón. S: ¿Cuál ha sido su mayor satisfacción a nivel intelectual? MF: Podrá parecer una salida de tono, pero es lo primero que recordé. Durante muchos años trabajé en la burocracia universitaria, en la UNAM. Tenía a mi cargo el Programa de Estímulos de toda la Universidad. Las personas que trabajaban para mí, en el área de cómputo, habían diseñado un programa que “no corría”. Pasaron días buscando el problema y yo les dije que me enseñaran todas las líneas, más de cinco mil, de la programación. Me dieron el programa porque yo era su jefe, pero vi que sonreían con condescendencia. Lo revisé, línea por línea durante dos días. Encontré el error de programación y eso me hizo inmensamente feliz y pensé que, tal vez, debí haberme dedicado a la primera de mis preferencias vocacionales: las matemáticas. Después he pensado que fue sólo producto de mi obsesión y de la certeza de que, en la programación o en la vida, todo tiene un orden. Si encuentras la falla en ese orden, resuelves el problema.

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Certeza de la noche
La noche avanza plena, implacable. Inútil evitar su arribo, cae. Los rostros son más tenues, profunda la mirada. Derrama claridad pero más sobria; penetra hasta los huesos, nos descubre. Murmullo oscuro, casual, que todo dice: el esperado umbral de lo que somos.

Selva espesa
Tu amplia y peligrosa sonrisa de cocodrilo herido por la noche se disuelve en el agua oscura al borde del pantano. No pregunto siquiera si tu viaje nocturno se asemeja a una roca alargada y carcomida por rencores y sobresaltos. ¡Ataque a muerte hacia la presa! ¡Asalto armado con los ojos! Presa soy yo de tu fatal instinto, mueca sombría de color durazno. Muerdes en vilo, sin más pasión que un instinto invicto; murmullos voraces se prenden a tu propia soledad. No pasa nada más allá de la muerte: muerta estoy más viva que nunca, más ardiente que muerta, ni acabada, ni bajo tierra. Callada sí, por un momento apenas; presta a lanzarme sobre alguna presa que no sabrá en qué momento saltará una rana durazno a su escondite.

Alicia Cuevas

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Cibela Ontiveros

MIS OTROS
Los Troyanos tienen mucho miedo Homero Hoy se han agitado con violenta melancolía las alas polvorientas de la cabeza y el pecho. He visto a través de la lluvia pensamientos húmedos en el ayer del nuevo día. He visto gotas indecisas. El nudo negro de mi garganta me había tragado por la tarde. Me había escupido del otro lado, al revés. Entonces un poco de sol me bañó los ojos. Luego perdí los pies. Cada parte se empezó a desmembrar, me sentí más ligera para después rodar y ver el mundo reinventarse de atrás hacia delante, primero en círculos, luego en espiral. En una noche golpea violentamente un corazón contra el pecho. Quiere huir. La sangre desciende por la espalda. La nariz respira frío, las manos comienzan a temblar, el aliento se pierde… Tratar de detenerlo es como querer atrapar la lluvia con los dedos. Los estragos que me ha hecho el tiempo no se comparan con el presente. En una noche golpea violentamente. (Regreso, ecos de risas) Cinco cervezas estropearon mi dicción, visión y tambalearon mi equilibrio cuando me levanté al baño. Estaba realmente contenta, pero temía caer y tocar el otro extremo. Al volver del baño le hice espacio a una casta más. Selene —una de mis compañeras de la casa— se sentó junto a mí, platicamos y reímos de anécdotas reales y supuestas. Yo tenía mucho sueño y después de una larga sonrisa, mi semblante se llenó de tristeza y preocupación. Había caído en el otro lado donde nadie te rescata, no lo decides, y dejas de ser tú para que otro ocupe tu cuerpo unas horas. Poseída por uno de mis otros yo, suspiré y dije —Una casta más…— aquel demonio que vestía mi cuerpo era casi inerte; ignoraba los sabores, los aromas, la temperatura, amor, odio. Él sonreía, poseía secretos y pensamientos que yo mantenía bien ocultos, tenía acceso a mi memoria. Era poderoso y saboreaba ser libre mientras yo desvanecida y evaporada junto al alcohol, me resistía apenas a quedarme en el limbo. Sin embargo, la mirada lo delataba… -Ni una cerveza más… —ordenó alguien en la reunión Pero el demonio pidió otra, la última, ¿sí? Sus mejillas sonrojadas y la sensualidad de mi boca le valieron para otra cerveza, y otra, otra y otra, y una más… El demonio había ido a parar al limbo conmigo para dejar a otro peor en su lugar. II El segundo demonio era más grotesco, había descompuesto mi semblante y sólo me escucharon balbuceos. Dicen que dormí unos minutos, que mi respiración era casi imperceptible, los labios teñidos de blanco y el cuerpo desvanecido. Mis amigos me hablaron varias veces, en tanto, mis demonios y yo luchábamos por salir del limbo, ninguno tuvo éxito. El tercer demonio abrió mis ojos. Era peor que los otros a pesar de tener la cualidad de ser lingüista, ni siquiera podía mantenerse (¿mantenernos?) despierto o de
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pie. Sentí que el cuerpo se me vaciaba, temimos (¿es que él podía experimentar temor?) perder los órganos y la sangre, o arrojar el cerebro por la boca. Aquél fue el más débil de mis demonios, pronto cayó junto a nosotros. Luego todo fue oscuridad seguida de una noche como las otras y un sueño enlazado a muchos más. Cuando desperté, recordaba sólo al primer demonio, la vergüenza comenzaba a asomarse pero la espanté de la cabeza. Era de noche, ¿habían pasado sólo unas horas, un día? Estaba sola, recostada en la cama y tenía puesta la ropa del día anterior. El techo se movía y las cosas se hundían una y otra vez en la realidad aparente. Había salido de la nada, pero sólo una parte de mi regresó. El estómago a punto de volcarse, el rostro descompuesto. Afuera todo parecía estar mejor. Ignoraba si eran mis facultades alteradas o la negrura del anochecer que no era como las otras; era más fúnebre, más callada, interminablemente confusa y triste. Yo no cabía en su puño. Intenté cerrar los ojos y volver a dormir, con suerte… III Con suerte… dormí. Habitaba el segundo piso de la casa y la finura de mi oído me permitía escuchar cuando cerraban la puerta de la calle. La vieja casa tenía tal resonancia; y aunada a mi alta percepción del sonido; podía escucharlo todo, hasta lo que no sucedía y que nadie escuchaba Pero claramente oí cuando azotaron la puerta de la calle. Supuse que eran los vecinos del piso de arriba; eran muchas voces, que nunca subieron y de pronto cesaron. La duermevela me acogió suavemente cuando oí las mismas voces revueltas subiendo la escalera. Tenían que pasar frente a la puerta de mi cuarto para llegar al otro piso, pero se desvanecieron. ¿Cómo comprobar que se escucha un sonido, siendo éste intangible? No lo puedes coger o atrapar. ¿Cómo saber que los sonidos no son invenciones de la mente? ¿Y si la mente además se encuentra alterada… y nos engaña y… no lo sabemos? Sentada en la cama comencé a asustarme. Me animaba y desanimaba. Luego salí valiente a buscar a una de mis compañeras de casa. Para llegar a su cuarto tenía que atravesar dos estancias atestadas de humedad. Lo hice de prisa, sin mirar a los lados porque siempre tenía la sensación de ser observada. Mi compañera no abrió. Insistí. ¿No estaría? ¿Por qué no abría? ¿Estaría dormida? Volví rápidamente a mi cuarto para tranquilizarme y tratar de reanudar mi sueño. Tomé el celular para ver la hora, pero se había descargado. Me envolví en la sábana y el ensueño me arrastró más rápido de lo que hubiera deseado.

-Selene… -¿Qué pasó? -Si te necesito y en la noche toco tu puerta… ¿me prometes que no me vas a abrir? -¿Por qué?, preguntó extrañada. -Por favor, no me abras… -Está bien, no te preocupes. Tocaron violentamente mi puerta; brinqué de la cama. De nuevo el silencio. Quise prender la luz, pero extraña e irónicamente, no había. Otra vez me armé de valor y fui hasta el cuarto de Selene, le grité hasta la afonía, conciente del riesgo de ser escuchada por ellos… Después de casi tirar la puerta me contestó que no abriría. Le pregunté por qué, le rogué…., le dije que se habían metido a la casa. Nadie se metió, vete a dormir, estabas soñando, contestó. ¿No entiendes?, le dije. Prometí que no te iba a abrir… En la estancia sólo se oía mi respiración. Recordé en segundos. Te juro que no me tiraré del balcón…, le grité. Y ella calló, calló, calló. Pensé en salir de la casa y buscar ayuda; ir con alguien, buscar a un amigo. Bajé corriendo las escaleras en medio de la oscuridad, al llegar a la puerta de la calle me di cuenta de que estaba cerrada. Tenía que volver a atravesar toda la maldita casa para ir al cuarto y buscar las llaves. V Ya en la habitación, en el corazón de las tinieblas, no las pude encontrar, me temblaban las manos. Otra vez los murmullos entraban después de azotar la puerta de la calle. Iban a romper el vidrio de mi puerta, sólo me quedaba subir a la azotea… Corrí a las escaleras. Subí precipitadamente. Con el corazón en la garganta llegué al tercer piso. El pasillo era más largo que todos los días juntos. Sonaban mis latidos con tal fuerza que asemejaban el pulso del mundo. Caminé a lo largo del techo. En la orilla observé con fijeza la banqueta. No debía mirar atrás, pero lo hice, eran tres… ¿Has soñado alguna vez que te haces daño a ti mismo? ¿Que te atacas sin querer? ¿Que te haces daño conciente e inconscientemente? Seis ojos clavados en los míos, las pupilas encontradas como espejos, mis labios y mi desaliento no suplicaban piedad, querían vivir sin miedo. Antes de que mis otros me tocaran, el aire me acarició los cabellos, jugueteó con mis dedos, todo en un instante. Y dormí, por fin.

-Era tan joven —escuché un murmullo. -Dicen que fue un accidente, que se cayó de la azotea. IV -No, a mí me dijeron que se tiró del balcón… Estábamos todavía en la fiesta y de la euforia había La sirena de la ambulancia se acercaba casi somnolienpasado a la tristeza. En aquellos días me veía tirándome ta y con ella los primeros rayos de la mañana. del balcón del cuarto de mi compañera, ¿eran sueños? Sentía que el pavimento de la calle rompía mis huesos.
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Las olas

Claudia Domínguez

sólo a solas a trocar las olas sólo a solas se atreve a soñar con lo perdido

el mar se atreve

fugitivo

permanece para ir a parar al sueño sordo de saber muy bien que sólo a solas sólo a solas este mar se atreve el mar se atreve a soñar las olas a soltar las olas

tocar la sal hasta que el horizonte vuelva

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La Red Social
Jaime Reyes Cuenta la leyenda que a fines del año dos mil tres un alumno de Harvard, y experto en programación, comenzó frente a su laptop el desarrollo de una red social capaz de revolucionar la comunicación. Sin haber terminado la carrera, quinientos millones de usuarios y siete años después, Mark Zuckerberg, a sus veintiséis años es el billonario más joven del mundo –aprende Slim– y ocupa el puesto número treinta y cinco en la lista Forbes de personas más ricas del mundo. Sin embargo, para este emprendedor declarado —de manera injusta en lugar de Julian Assange, fundador de WilkiLeaks— persona del año dos mil diez por la revista Time, el éxito vino acompañado de conflictos personales y legales. Con el eslogan: “no llegas a tener quinientos millones de amigos sin hacer algunos enemigos”, todo el mundo atendió al llamado, aún sin saber quiénes estaban involucrados en un proyecto cinematográfico que no prometía mucho. No fue hasta que sonaron grandes nombres de la industria cuando La red social se vio como un proyecto serio y no sólo mera publicidad. David Fincher con ayuda de Aaron Sorkin, guionista respetado en la industria cinematográfica norteamericana, se encargó de plasmar en pantalla la novela de Ben Mezrich The Accidental Billionaires: the Founding of Facebook, a Tale of Sex, Money, Genious and Betrayal —título largo— que en español se traduciría como Multimillonarios por accidente: el nacimiento de Facebook, una historia de sexo, dinero, talento y traición. ¿Qué más se le pudiera pedir a una novela? Quizás a algunos cinéfilos les suene familiar, pues su autor es el mismo que sirvió de inspiración para la película Blackjack (2008). Fincher es un director de fiar. No hay que olvidar su trabajo al dirigir cintas como Seven (1995), El Club de la pelea (1997) y El Curioso Caso de Benjamin Button (2008). “La película de Facebook“ —cómo es conocida por la mayoría— centra su argumento en el desarrollo del sitio web, desde su nacimiento como proyecto universitario hasta su conversión de la noche a la mañana en un éxito que cambiaría la vida de sus fundadores. La película cuenta con Justin Timberlake —que quiere colarse en Hollywood— quien interpreta al co-fundador de Napster, Sean Parker; Jesse Eisenberg, bufón de Zombieland, quien da vida a Mark Zuckerberg; y Andrew Garfield, próximo hombre araña, que encarna a Eduardo Saverin. Las actuaciones -incluso la del mismo Timberlake- son muy fluidas, nada forzadas y crean un mundo verosímil como el de cualquier universitario/a. Además se nos presenta un Mark Zuckerberg alienado y soberbio que, irónicamente, inventa la mejor herramienta para estar al pendiente de sus amistades, sin dar la cara. La historia nunca pierde el suspenso, se mantiene constante al ser narrada en tres momentos temporales paralelos. Fincher se valió de estos cambios temporales y espaciales sin dejar afuera los encontronazos legales entre Zuckerberg y sus antiguos socios. El espectador se familiariza con los cambios de ritmo que no hacen necesaria una mayor linealidad en la historia. La banda sonora, realizada por Trent Reznor, único miembro oficial de la banda Nine Inch Nails, funciona a manera de personaje, pues transmite a través de beats, tonadas melancólicas y sutiles sintetizadores, el conflicto y la intriga que ésta conlleva. Personalmente, terminé con la intención de querer borrar mi cuenta de Facebook. La película desarrolla tan bien los roles que uno termina por odiar a Justin Timberlake. Mark Zuckerberg y Facebook son usados como metáfora. El filme, a juicio personal, más que tratar sobre emprendedores o una empresa (ya no digamos sobre Mark Zuckerberg) fue la excusa para abordar el tema de las amistad y la expectativa. Es cierto que son reales los conflictos de la famosa compañía, pero hay que recordar que quien hace ficción se roba historias reales de individuos reales para mentir bonito. En algunos casos la ficción supera a la realidad, y éste es uno de ellos. ¿Se puede ir al cine con carteles de “Me gusta”?.

Brunetti, D; Chafffin, C. et al (Productor), y Fincher, D. (Director). (2010). La red social. EEUU: Sony Pictures.

Bodas de Sangre
Ma. del Carmen García López “Bodas de Sangre”, del autor Federico García Lorca, fue representada durante el mes de febrero por la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana, bajo la dirección de Marcel Sisniega y la producción de Elda Domínguez Sigüenza y Nadia Arcos. La obra original narra la tragedia de un amor prohibido, cuyo filo mortal desangra a sus protagonistas lentamente bajo la mirada inquisitiva de la sociedad española de la época. Sobre la tierra: las madres, esposas, tías, hermanas, hijas que se lamentan la pérdida violenta y cruel de las figuras varoniles de sus familias. Bajo la tierra que ellas pisan y sobre la cual lloran para hacer crecer flores en ofrenda: los cuerpos de todos los hombres muertos a causa de “…una cosa tan pequeña como una pistola o una navaja… muertos llenos de hierba, sin hablar, hechos polvo…” Es indudable el acercamiento a la realidad que García Lora logra con esta obra. Su efecto se refleja en la empatía de un público que hasta nuestros días se muestra conmovido frente a tales escenas dramáticas. El destino inexorable del hombre es retratado en un lenguaje simple, donde el amor se convierte en la máxima condena del ser humano. Sin embargo, al contemplar la adaptación magistral hecha por la Facultad de Teatro, es evidente que ni los discursos ni sus personajes evocan los años posteriores a la Guerra Civil Española. En primer lugar resalta la mexicanización de los diálogos, como el mismo programa advierte antes de comenzar la representación. Además, la implementación de nombres a los personajes de Novio y Novia, quienes se convierten en Pedro y Rosaura respectivamente, agregan un matiz notablemente nacional. Así, entre son jarocho y machetes, España y México se funden en una boda de sangre; boda entre amor y muerte que trasciende a través de los temas supremos no tan sólo de la literatura universal, sino de la vida misma.

García Lorca, F. (Autor). Sisniega, M. (Director). Bodas de Sangre. Facultad de Teatro UV: Xalapa, Ver. Febrero, 2011. 34

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Rock Dust Light Star
Rakzo Corsten …Get on down and work me babe On your knees, once again She's a fast persuader, outta space Escalator to elation any place… Tras una larga ausencia sin lanzar nuevo material, Jamiroquai sobresale con este disco impecable. El séptimo álbum de estudio de la banda inglesa podría considerarse algo arriesgado para un grupo que, pese a su historia, pudiera ser mal criticado como light. No obstante, resulta exquisito. Su madurez musical ha sabido seguir esa línea del funk que los ha caracterizado desde que se dieran a conocer en 1992. El estilo y la voz inconfundible de Jay Kay hacen de Rock Dust Light Star una pausa entre el rock y lo electrónico para que el funk, la música Disco y el Acid Jazz sean los protagonistas absolutos que recreen la mística de las bandas de sonido blaxploitation de los setentas. Regresando a los arreglos, que incluyen instrumentos de viento y cuerdas, en el disco subyace la versatilidad, pues luego de cinco años, la banda da un salto estrepitoso. El resultado de cada una de las canciones es una calidad interpretativa, un plus en composición casi perfecta, que les otorga un lugar significativo en la escena musical contemporánea. En “She’s a fast persuader”, apertura con toque futurista y manejo vocal, irrumpen las atmósferas de tonos variables bien integrados. Las canciones que más resaltan a nivel de composición son “Goodbye To My Dancer”, “Never Gonna Be Another”; “Hey Floyd”, por mencionar sólo algunas. Jamiroquai ha sabido proponer un buen material y este es un disco que vale la pena tener en nuestra colección. Los que hemos tenido la suerte de escuchar el más reciente material podemos decir que, como todo buen álbum, contiene una variedad de temas muy apropiados para los diversos estados de ánimo. Y aún así, Rock Dust Light Star es un trabajo que recoge y representa la esencia misma de Jamiroquai, mirando al futuro de una manera armónica y contundente, y dejando atrás ciertos elementos electrónicos que abundaron en entregas anteriores. Por eso esta producción supera con creces a álbumes anteriores como Dynamite. En conclusión, a pesar de su estilo tan peculiar bastará darle play para escuchar todo el disco de seguido. En el proceso, una vez llevada a cabo esa primera exploración, y una vez tomado el gusto por las canciones, los tonos comenzarán a ‘pegarse’. Finalmente, de Rock Dust Light Star se puede decir que ese estilo particular hace de Jamiroquai uno de los pocos grupos que pueden jactarse no sólo de tener músicos impecables en cada uno de sus instrumentos, sino de ser capaces de transmitir tanto su energía como un funk pegajoso.

Jamiroquai. (2010). Rock Dust Light Star. Tailandia: Universal Music.

Myrna Tenorio Pérez

El Cisne Negro
“La perfección es muerte” decía Manuel Vicent. No hay duda de ello en todas las dualidades y ambivalencias insertas en esta película. A primera vista, el póster oficial de El cisne negro se pudiera confundir con el perteneciente a alguna de esas películas de terror que últimamente circulan en los cines sin pena ni gloria. O bien al ver la palabra ballet uno podría tener la idea de un filme “romántico”. Sin embargo, una vez que sabemos que el director es Darren Aronofsky todo cambia, pues hablamos del creador de películas de culto tales como Pi: el orden del caos y Réquiem por un sueño. Esta vez, con un proyecto de tintes más hollywoodenses y un reparto conocido, Aronofsky hace uso de una mengambrea de imágenes para retratar tanto el absorbente mundo del ballet, así como las ansias de una bailarina por alcanzar la perfección. Situada en el mundo de una compañía de ballet en Nueva York, El cisne negro presenta a Natalie Portman como Nina, dulce y virginal bailarina que vive bajo la presión de una madre sobreprotectora y de la competencia por obtener el protagónico en la obra El lago de los cisnes. Cuando el director de la puesta en escena Thomas Leroy (Vincent Cassel) decide otorgarle el rol principal a Nina todo parece encajar, pues ella es perfecta para encarnar al tímido y puro “cisne blanco”. A la par, Nina deberá poder representar al sensual y maligno “cisne negro”, un papel que no obstante, pareciera estar hecho para Lily (Mila Kunis), nueva integrante de la compañía quien representa un peligro para los intereses de Nina. En este momento surge el clímax del film, pues al intentar encarnar de la mejor manera posible al “cisne negro”, Nina atraviesa los parajes de su oscuridad más reprimida. Mientras aumenta la presión, la psicosis de la protagonista produce episodios de alucinaciones, auto mutilación y paranoia: entre más sufrimiento y libertad la interpretación del “cisne negro” será mejor. Aranofsky es, como lo muestran sus anteriores trabajos, un cineasta de imágenes más que de palabras y esta no es la excepción. Todo en la película sirve para deleitar visualmente al espectador y al mismo tiempo delinear la psicología de sus personajes: vemos el infantil cuarto de Nina, su tierno vestuario rosa contrastado con la libertad y los colores oscuros de Lily; las bellamente retratadas secuencias de ballet que, en lugar de provocar tedio, se integran adecuadamente en la historia. Asimismo, algunas escenas, que acompañadas de sonidos incidentales tan nerviosos y psicóticos como la protagonista, muestran en conjunto una dualidad al puro estilo de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Darren Aronofsky se ha convertido en los últimos años en sinónimo de eclecticismo. No obstante, sus últimos proyectos han provocado opiniones divididas; por un lado resulta versátil en los proyectos que decide realizar (el dirigirá la secuela de Wolverine) y se le alaba al mismo tiempo que se le critica fuertemente por ello. Su filmografía contrastante nos sugiere un director cambiante y discontinuo a la hora de repetir las fórmulas que le han dado éxito. Lo que hace a El cisne negro ir más allá de la simple imagen es la confrontación entre el bien y el mal llevada a la pantalla.

Fischer, B. (Productor), y Aronofsky, D. (Director). (2010). El cisne negro. EEUU: FOX.

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Kristel Monserrat Gerardo Figueroa

Mala fe sensacional

Panini, L. (2010). Mala fe sensacional. México: Fondo Editorial Tierra Adentro.

Es reciente y escasa la literatura que habla a modo de ficción sobre las múltiples realidades que la mass media nos muestra, como también es reciente la aparición de los libros de Luis Panini. Después de ganar el premio de literatura otorgado por el gobierno de Nuevo León por su primera obra Terrible anatómica llega a las librerías con un tiraje muy limitado su libro de cuentos Mala fe sensacional, editado por el fondo editorial Tierra adentro. Los mini retratos que Luis Panini logra desprender del entorno familiar y de la vida cotidiana son verdaderamente complejos, sin embargo uno pudiera pensar que todo se reduce a la asiduidad de una tendencia freudiana en el funcionamiento del ser humano. Este libro parece insinuar que estos padecimientos psicológicos, que son tratados de manera periférica en nuestra sociedad, es decir aquello de lo que no se habla con tanta apertura o evidencia, pero que de a poco va ganando más espacio de lo que nuestra remilgada dignidad está dispuesta a aceptar. Algunos cuentos tergiversan su realidad con una crónica fantástica, Luis Panini también ha apelado a los sucesos conocidos que existen en nuestro imaginario y que han dejado una no tan grata sino incierta marca en nuestra memoria. Desde aquella composición fotográfica ganadora del premio Pulitzer de 1993 en la que se ve una menor de edad, una bebé a punto de morir de hambre, mientras un buitre espera a que muera para comérsela, hasta otra controversia menos conmovedora pero no menos álgida; la exposición fotográfica de Robert Mappletorphe

en Cincinnati, donde se mostraban cuerpos y poses explicitas y no siempre planeadas de naturaleza erótica. Y casualmente a razón de estas referencias, lo que Panini intenta hacer es tomar la foto del otro lado de la lente, poniendo de antemano una lectura primero gráfica después literaria. De este modo el momento es uno y la intención de suspenderlo es la misma. Luis Panini otorga tanta importancia al esteticismo, supongo yo, a causa de la profesión que ha elegido como primigenia y que no son las letras, él es arquitecto y ha decidido desarrollar su investigación de posgrado en el diseño gráfico, aunque también es narrador y poeta. Y es muy efectivo en la creación de imágenes de alto e impacto y larga remembranza. Respecto a las artes plásticas la importancia de los objetos cobra un vital presencia al punto en que se evaden sujetos para ser sustituidos, hipostasiados por un objeto que cautiva la belleza neta de su circunstancia. En otro aspecto importante de su forma narrativa, la brevedad de los cuentos quizá tenga su razón de ser en nuestra reciente y progresiva pérdida de la comunicación. Y es también a mi parecer la táctica bajo la que se mueven los intensos sentimientos de una sociedad contrariada como la de Estados Unido de Norteamérica, misma que influye a todo el globo. La brevedad es un sistema elemental del funcionamiento de nuestra sociedad y Mala fe sensacional recorre a tal velocidad la condición humana desde Edipo y Electra hasta la “californización” del mundo, ahí está el ombligo del

mundo. Rigiendo las tendencias de pensamiento. Las anécdotas en los cuentos hablan bien de nuestra maleada percepción y juicio sobre el resto de las personas como resultado de nuestra educación, que últimamente se constituye a través de lo que el mainstream nos permite. La narrativa de Luis Panini quizá requiera más años de trabajo en la estructuración narrativa, sin embargo los dos libros publicados pintan un buen futuro en la constitución de una literatura global e integral. Éste que es un efectivo catálogo de absurdos nos muestra condiciones humanas hiperrealistas que asumimos como normales e inofensivas y a su vez padecimientos o circunstancias condenables que no son sino saludables para el espíritu. Mala fe sensacional es un libro entretenido, de una lectura relativamente fácil, impactante, con imágenes que un joven desde los 17 años hasta los adultos tienen en su imaginario, en recuerdos fugaces sobre lo que en la primera década del siglo XXI ha transcurrido. La forma narrativa no es quizá la más pulida o nítida, pero se puede pasar un buen rato en las 126 páginas que están aglutinadas en la cotidianeidad del absurdo en que todos vivimos y los complejos psicológicos y patológicos de problemáticas sociales difíciles de discernir hasta que se tiene la azarosa suerte de sufrir.

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Licor albino
Jesús J. Barquet
Sobre el viejo odre de Whitman, el nuevo vino del Junior. São Paulo, 2007 Da lechada a mi alma. Virgilio Piñera

Cuando mi turgente y joven camarada —ese que ha dormido junto, sobre y debajo de mí haciendo interminable el amor durante un largo y fatigoso fin de semana— se levanta y se va con trasnochado sigilo para el trabajo, cuando incluso antes de irse vuelve su amaneciente cuerpo una vez más hacia mí y me cubre de nuevas frutas maduras y más licor albino, no le pregunto de dónde proviene tanta cornucopia cuajada como blanquísimo lienzo sobre mi piel cada mañana de lunes, ni qué propósito habría en tal bautismo suicida. Simplemente le dejo hacer su voluntad sobre mi cuerpo y con humilde resignación acepto que en esos desiguales viajes a Ítaca no sea ya mi gloria, como antaño, llegar erecto a sus costas y proclamarme en sus playas, sino acompañar hecho cómplice o bitácora ajena, con suficiente y hasta didáctico brío, a estas fervorosas e infatigables huestes deseosas aún en hacer semejante travesía conmigo. No arribar ya en Ítaca sino desgranar en el viaje, uno a uno, sus más frescos racimos.

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Solicita colaboraciones para el siguiente número en las siguientes secciones - Ensayo (de 5 a 8 cuartillas) - Poesía (de 2 a 3 poemas) - Narrativa (de 3 a 6 cuartillas) - Crónica (máximo 4 cuartillas) - Reseña de álbum discográfico, libro, película (máximo 2 cuartillas, material del año en curso) - Fotografías e ilustraciones (300 dpi formato jpg) Los temas son libres y los textos deben ser inéditos. Tipo de letra Arial 12, interlineado 1.5, justificado, referencias estilo APA. Todo el material recibido quedará sujeto a revisión del Consejo Editorial de la revista. Interesados enviar su material o preguntas a somorgujorv@gmail.com

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