18 – ¿¡QUIÉN COÑO TE CREES QUE SOY!?

JIM VS DIANNE

Jim parpadeó varias veces mientras se preguntaba si el hecho de tener una sola oreja le hacía oír mal: ¿Ha dicho…? – empezó girándose hacia su compañero. …que ha venido a matarnos, sí – corroboró por él el ex-librero. El capitán pirata volvió de nuevo la vista a la amazona. Dianne, ¿¡qué mosca te ha picado!? – inquirió extrañado. Encima, – la joven temblaba de rabia – ¡¡no te hagas el tonto!! – gritó airada, agarrando las hachas con firmeza – ¡Fotsporone av Tyr! Dianne desapareció de golpe: ¿¡A dónde ha ido!? – se alarmó John. Jim se concentró en “oírla”. Pudo percibir una voz llena de ira, que se desplazaba a gran velocidad, en el aire… ¡Cuidado, está encima nuestra! – le advirtió a su compañero. Miró arriba al mismo tiempo que el letrado. La amazona reapareció varios metros por encima de ellos, preparada para atacar, con ambas hachas alzadas: ¿¡Cómo ha llegado hasta ahí arriba!? – se sorprendió John. ¡No hay tiempo para eso! – le apremió Jim – ¡¡Va a atacar!! ¿¡Desde esa distancia!? – inquirió el letrado – ¡Eso es impo…! ¡Mjolnir!* – Dianne bajó las armas en un tajo descendente.

*Mjolnir: Literalmente “Demoledor”. Es el nombre del mítico martillo empleado por Thor, el dios del trueno en la mitología nórdica y germánica, que fue forjado por los enanos Sindri y Brok.

Jim logró empujar a su compañero para saltar fuera del cadalso. Un poderoso impulso de fuerza descendió sobre la estructura y la redujo a escombros en el acto: Ha ido de un pelo – se atrevió a decir una vez a salvo – ¡No sabía que también empleara el Busoushoku! Las amazonas de Kuja son realmente aterradoras. ¡No es momento para quedarte admirándola! – le reprochó John – ¡Ya vuelve!

La nube de polvo levantada por la caída del patíbulo se disipó, y la figura de Dianne emergió de ella. Era como un demonio en medio de la destrucción. Jim no necesitaba emplear el Kenbushoku para saber en qué pensaba. Aquellos ojos verdes siempre reflejaban aviesas intenciones cuando la joven estaba malhumorada: No sé qué le habremos hecho para que se ponga así – comentó el joven capitán pirata – ¡Pero creo que ahora tenemos una preocupación más importante que esos marines! Y hablando de los marines… – empezó John.

La comitiva encargada de las ejecuciones parecía haberse sobrepuesto al caos provocado por la aparición de Dianne, y en aquel momento les rodeaba a los tres: Señorita, haga el favor de bajar las armas y entregarse sin oponer resistencia – exigió el hombre que parecía llevar la voz cantante ante la indisposición del sargento. La amazona se giró hacia él airada. ¡Nadie te ha dado vela en este entierro, idiota uniformado! – la joven lanzó una de sus hachas hacia el marine, que pasó peligrosamente cerca de su cabeza. El hombre cayó al suelo y se alejó arrastrándose por él, temeroso. D-D-D… ¡¡Disparadla!! – logró articular presa del pánico.

Una docena de fusiles abrió fuego contra la joven. Lo que tuvo lugar a continuación, fue un tanto confuso. Las balas atravesaron el cuerpo de Dianne sin dañarlo, y al estar en la misma línea de fuego, los marines se abatieron unos a otros, mientras todo se llenaba de pólvora: Bedrag av Loki* – Jim alcanzó a divisar la figura de la amazona, de nuevo en el cielo. N-No es posible – se sorprendió el cabecilla de los marines – ¿¡Cómo ha…!? ¿¡Una imagen residual!? – Jim era incapaz de creerlo – ¿¡Pero a qué velocidad se mueve!? E-Es un m-monstruo – el hombre de la Marina apuntó a la joven con su pistola reglamentaria, aterrorizado – Un monstruo… Un… Dianne cayó a tierra, a espaldas del marine. Habían sido dos cortes, rápidos y fugaces. El primero le cercenó la muñeca, desarmándole. El segundo, directo al cuello, acabó con su vida. Jim parpadeó inmóvil mientras contemplaba como aquella especie de demonio recuperaba el hacha que había lanzado antes: Te lo advertí – anunció al cadáver con frialdad. Luego se giró hacia Jim y el exlibrero – Y ahora, sigamos donde lo dejamos. E-En un momento ella a… – John también estaba sorprendido. Dianne, tú…

Cuando la mirada de la amazona destelló, supo que era el momento de actuar. El entrechocar de hacha y espada, le hizo clavar los pies en la tierra. Nunca había parado una estocada como aquella. Dianne le miró sonriente:
*Bedrag av Loki: “Engaño de Loki”. En la mitología nórdica, Loki era el dios del engaño y la mentira.

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No está mal – dijo. La mano libre de la joven ascendió desde la cintura, con un segundo tajo. Jim se echó hacia atrás como pudo.

El corte del acero de la amazona terminó de romper sus esposas. El impacto le hizo caer al suelo, y rodó rápidamente para no perder el contacto visual. La ira de la joven parecía haber sido sustituida por una divertida sonrisa homicida. Jim se incorporó mientras los grilletes de madera caían al suelo: Dianne, ¿¡es que te has vuelto loca!? – la increpó. ¿Loca? – inquirió ella – ¡Lo que me habéis hecho sí que es una locura! – exclamó mirando a ambos – ¿¡Tan poco apreciáis vuestras vidas!? ¡Seguimos sin saber a qué te refieres! – se quejó él. La joven le lanzó una mirada furibunda acompañada de un hachazo, que paró a duras penas. ¿¡Así que queréis seguir haciéndoos los tontos, eh!? – comentó – ¡¡Me refiero a lo que me hicisteis pasar en el bar!! ¿¡En el bar!? – inquirió John. La amazona apartó a Jim por la fuerza y se lanzó a por él. El ex-librero rodó por el suelo para esquivar un golpe tremendo. ¡¡En el bar, sí!! – estalló Dianne, y se volvió hacia el que se suponía que era su capitán – ¡¡Después de machacar a dos gilipollas que no tenían intención alguna de invitarme a nada, – empezó. Jim y John tuvieron que esforzarse por disimular la risa – me tocó volver al bar y pagar la factura de otros dos gilipollas, que habían tenido el descaro de irse de allí sin pagar!! – el dúo pirata abrió los ojos de par en par – ¡Pero claro! Como estos dos gilipollas de los que hablo habían guardado para sí todo el dinero, ¡¡me tuve que quedar ayudando en la cocina fregando platos!! – Jim y John se miraron el uno al otro, y estallaron en carcajadas. Aquello fue la gota que colmó el vaso.

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¿¡¡QUÉ ES LO QUE OS HACE TANTA GRACIA!!? – el corte que le lanzó Dianne esta vez, hizo volar a Jim hacia atrás varios metros, pese a que logró pararlo con la espada. El capitán pirata cayó al suelo con dureza. Se incorporó entre toses.

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El motivo de tu enfado… – comentó dolorido. De repente cayó en algo – Entonces, cuándo has cortado esas sogas, ¿¡lo que en realidad pretendías era…!?

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Si no hubiera sido por esas malditas trampillas, habríais tenido una muerte rápida – informó ella.

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¿¡Pretendías cortarnos la cabeza!? – se sobresaltó John – ¿¡Pero a ti que te ha dado!? – la joven se giró hacia él.

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¡Ya os lo he dicho! – dijo – ¡No pienso perdonaros la vergüenza que me habéis hecho pasar en ese bar!

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¿¡Y por qué narices no te has largado de allí!? – preguntó Jim. La amazona se volvió hacia él airada y le lanzó un nuevo corte, que esquivó saltando hacia atrás.

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¡Por mi honor! – le increpó – ¡Habíais actuado de forma deshonrosa, y era mi deber, como vuestra compañera, enmendarlo! – informó – Pero eso se acabó… – apretó los puños en torno al mango de las hachas.

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Dianne, – empezó John con calma. La joven se giró de nuevo – antes de que la tomes con nosotros, deberías saber que no abandonamos aquel local por gusto – indicó – Al poco de irte, nos…

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No digas nada, John – le cortó Jim. Pero…

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No hay necesidad de poner excusas – indicó. La amazona le miró con el ceño fruncido – Dices que no vas a perdonárnoslo – siguió, dirigiéndose a Dianne – Pero yo digo, ¿acaso hay algo por lo que tengamos que disculparnos?

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¿¡Cómo te atreves a…!? ¿¡¡QUIÉN COÑO TE CREES QUE SOY!!? – la cortó Jim – ¡¡Soy tu capitán!! – la joven se echó hacia atrás recelosa, mientras el autoproclamado capitán pirata la miraba con seriedad. Dianne también le miró durante un largo rato. Luego sonrió para sí.

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Así que reafirmando tu posición, ¿eh? – sonrió divertida. Jim no le veía la gracia a aquello – Entonces supongo que esto podría ser considerado como una especie de amotinamiento – sugirió. El capitán no apartó la mirada de ella. Dianne vaciló por un momento y luego agarró con firmeza sus armas. Le dirigió una sonrisa sincera – Me gusta esa actitud, Jim. Te mataré igualmente, pero tal vez lamente el hacerlo.

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Querrás decir que lo intentarás – corrigió él agarrando su espada con decisión. ¿¡Estáis en vuestros cabales!? – intervino John – En un momento como este, ¿¡de verdad pensáis…!?

Capitán y subordinada se lanzaron el uno contra el otro con decisión. El acero se encontró con el acero, dando inicio a una melodía metálica. En todo momento, Dianne llevó la voz cantante, pero Jim tiró de aplomo y mantuvo la figura, pese a que su rival le superaba. Debía hacerlo. Era su capitán. Más fuerte o más débil, tenía que enseñarla quién mandaba allí. O no se ganaría su respeto. Era algo que la misma amazona le había dejado claro. Nunca desfallecer. Nunca rendirse. Quién admite la derrota acaba siendo derrotado:

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Te mueves bien – comentó Dianne, mientras seguían intercambiando golpes. Pues tú te mueves con demasiada lentitud – la increpó él, aunque no era cierto para nada. La joven sonrió.

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¿Quién te enseñó a manejar la espada? – Jim se agachó para esquivar un tajo, y lanzó una estocada al vientre de la amazona, que esta desvió con la segunda hacha.

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Mi capitán, Belguen “Mediabarba” – comentó. Entonces fue un buen maestro – indicó la joven, mientras Jim bloqueaba ambas hachas con la espada.

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Gracias, supongo – comentó entre dientes. Sin embargo, – la amazona hizo un rápido movimiento de muñecas, y le desarmó limpiamente. La espada de Jim voló y se clavó en el suelo – tú no fuiste un buen alumno – señaló. Alzó ambas hachas para asestar el golpe definitivo – ¡Adiós!

En aquel momento, los sentidos de Jim se agudizaron como nunca. Podía percibir con total claridad “la voz” de los movimientos de Dianne. Y en verdad parecía lenta a sus ojos. El joven pirata se echó hacia atrás, agarrando a la joven por ambos brazos, mientras apoyaba el pie derecho en la boca de su estómago. La inercia hizo el resto, y la amazona voló a su espalda, hasta golpear el suelo con dureza, desarmada. Jim se incorporó y la miró con seriedad. Dianne estaba de rodillas, con la boca y los ojos abiertos como platos: ¿Tú me has…? – aún no se lo podía creer. Ni siquiera le miraba a la cara. Los hombres, – empezó Jim – y supongo que las mujeres que se comportan como hombres también, arreglan sus diferencias hablando con los puños – señaló. La amazona se giró hacia él con el ceño fruncido.

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¿¡“Mujeres que se comportan como hombres”!? – repitió irritada. Jim se sacudió de hombros.

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El caso es que en Suiminnana, quisiste recurrir a esto antes de embarcar – señaló – ¡Pero tuviste la poca educación de quedarte dormida! – Dianne se incorporó – Así que antes de que te dé por planchar la oreja de nuevo, ¡¡te voy a enseñar cuál es tu lugar a base de hostias!! – la amazona le miró extrañada y luego sonrió con todo el rostro. Después le lanzó una mirada decidida.

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¡Era justo lo que quería oír! – se lanzó hacia él con el puño en alto. Jim cargó también con el puño alzado.

El ambiente pareció retumbar cuando ambos contendientes acertaron la mejilla de su rival, y encajaron sendos puñetazos. A Jim le castañearon los dientes: Pegas como las mujeres – farfulló. Pues tu nivel está muy por debajo de eso – balbuceó la otra.

Ambos se echaron hacia atrás, con los puños altos en guardia: ¿¡En serio creéis que este es el momento y el lugar!? – inquirió John, que había permanecido como espectador – ¡El revuelo que se ha armado ha hecho que los ciudadanos corran en desbandada! Al no oír noticias de la comitiva, ¡el cuartel de la Marina no tardará en enviar nuevas tropas para saber qué ha pasado! – los contendientes encajaron de nuevo sendos puñetazos – ¿¡Me estáis oyendo!? ¡¡¡CÁLLATE!!! – le increparon ambos. John se echó hacia atrás temeroso. ¡Me importa una mierda quién venga! – espetó Dianne – ¡Nada ni nadie me va a impedir cobrarme vuestra deuda! ¿¡De qué deuda hablas, imbécil!? – la increpó Jim – ¡Te has sublevado contra tu capitán, y vas a pagar por ello!

Los dos contendientes lanzaron un grito de batalla, y volvieron a enzarzarse en su particular pelea a puñetazos. John suspiró con cansancio, y se sentó junto a las cajas y barriles amontonados a las afueras de un bar cercano, mientras contemplaba la contienda: Por mí como si os matáis – se limitó a decir. Apoyó el puño en la mejilla aburrido – Pero que no os lleve mucho. Jim lanzó un directo que acabó rozando la mejilla de Dianne. La joven aprovechó su fallo para agarrarle del brazo y tirarle al suelo, apresándole por el cuello en una dolorosa llave, que le cortaba la respiración: Esto lo aprendí en las arenas de combate de Kuja – señaló la amazona, pagada de sí misma. El capitán abrió la boca intentando respirar, pero el codo de la joven se flexionaba duramente y le impedía la entrada de aire. Cuando sintió el roce de la camisa de la joven en los labios, vio su oportunidad. No era una forma honrosa de pelear. Pero no le llamaban pirata por nada. Dianne lanzó un grito que dejó patente toda su feminidad, mientras le soltaba y se llevaba la mano al brazo mordido. Jim respiró entrecortadamente, y luego se puso en pie, bajo la atenta e iracunda mirada de la joven. Se pasó una mano por la boca para limpiarse la saliva: Esto lo aprendí en mi primera pelea de bar – se jactó. La amazona frunció el ceño. ¿¡Un mordisco!? – comentó mientras se frotaba el brazo aún dolorida – ¿¡Ahora peleas como los niños!? – Jim sonrió.

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Entre eso y morir ahogado… – comentó indiferente – Sea como sea, no pienso perder esta pelea – se lanzó hacia ella de nuevo.

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Hablas mucho – sonrió Dianne, y apretó los puños en el sitio – Pero, – Jim no supo qué, pero algo le golpeó en plena cara, a toda velocidad – ¡aún estás muy verde!

El capitán pirata cayó con dureza hacia atrás en plena carrera. Aquel golpe aumentó considerablemente la fuerza con la que el suelo le atraía. Todo le retumbaba, hasta que notó como un peso se colocaba encima suya: Bien, bien – la vista se le aclaró y contempló a Dianne, hacha en mano – ¿Te mato ya, o prefieres que vaya por partes? – comentó. “Mierda”, pensó. “¿Acaso sigue sin entrar en razón?”. El hacha descendió de nuevo, y el joven pirata recurrió a sus últimas fuerzas restantes. Una mano ágil detuvo el brazo del arma, mientras que se incorporaba con gran rapidez, asestando un fuerte cabezazo a la amazona. La cabeza le retumbó. Fue como golpear el acero. Pero aún así, aguanto el balanceó y se puso encima de su contrincante. La joven le miraba sorprendida, tendida en el suelo, mientras él la señalaba con un dedo ebrio, por culpa del mareo: Escucha – anunció, sin saber si su vista la estaba enfocando a ella – E-El motivo por el que abandonamos el local fue porque esos cabrones de la Marina nos habían arrestado… – señaló. En aquel momento, su cuerpo se meneaba en una extraña danza – Si estábamos en el cadalso, es porque iban a ejecutarnos. Es de cajón… – se inclinó hacia delante a punto de perder la consciencia, y luego hacia atrás. Señaló de nuevo con fiereza apuntando hacia alguien a quien no veía – Pero eso no viene a cuento. Has de saber que yo soy tu capitán, y tienes que

obedecerme en todo. ¿¡Ha quedado claro!? – preguntó, cayendo sobre la joven – Pues eso… – terminó, y perdió el conocimiento. *** Dianne no sabía con qué responder a un hombre inconsciente. Aquel último cabezazo le había enfriado los nervios, y su sed de sangre parecía haber desaparecido. Pero bien mirado, tirada en el suelo, el peso del cuerpo de su capitán empezaba a ser una molestia. La amazona lo apartó de sí suavemente con la rodilla, y el cuerpo dio la vuelta y quedó bocarriba. La joven se sentó y miró a Jim, extrañada. Que un idiota semejante se atreviera a plantarle cara… Sonrió sin saber el porqué. El sonido de unos pasos la hizo volver la vista: ¿Ya habéis acabado? – inquirió John. Cuando se acercó con un nuevo paso, Dianne alzó un hacha y le apuntó amenazadora. El hombre se paró en el sitio, inquieto. La joven dio un suspiro y dejo caer el arma. Quiero que me invitéis a una buena comida en la próxima isla, por las molestias – señaló con una mirada inquisitiva. John le dirigió una sonrisa. Hecho – concedió. Entonces sí, – Dianne se puso en pie y se estiró – ya hemos acabado.

A sus oídos llegaron los sonidos de una marcha apresurada. John se giró hacia ella: Tenemos que… – la amazona asintió antes de que terminara la frase. El exlibrero se agachó junto al cuerpo de Jim – En cuanto a este “ser”… Déjalo – señaló Dianne – Yo cargaré con él. ¿Estás segura? – se extrañó John, y se apartó mientras la amazona se arrodillaba junto al cuerpo.

-

Qué remedio me queda, ¿no? – comentó ella, mientras se lo echaba a hombros – A fin de cuentas, este capullo es mi capitán – terminó con una sonrisa. ***

El mundo siempre le daba vueltas cuanto se despertaba de su siesta, siempre aleatoria, siempre ebria. Sakemaru abandonó aquel tugurio por la puerta trasera, y llevó sus pasos hasta la calle principal. Las gentes iban y venían de la plaza central, así que decidió ir a ver qué pasaba, avanzando con su conocido balanceo borracho. En la plaza, varios de sus hombres trasladaban a otros compañeros heridos, en camillas. Tras echar un vistazo rápido al lugar, pensó en que algo fallaba allí. Cayó tras un escrutinio perezoso. El cadalso había sido derribado: ¿Se puede saber…? – el hipo le cortó durante un instante – ¿Se puede saber qué ha pasado aquí? – repitió, ya sin interrupciones corporales. Uno de los marines que atendía a los heridos se fijó en él. ¡Capitán Sakemaru! – comentó aliviado – ¡Capitán, ha sido terrible! – el hombre parecía a punto de echarse a llorar. ¿Qué ha sucedido? – preguntó. La cabeza le dolía horrores. ¡Por fin aparece! – se quejó una segunda voz. Sakemaru se fijó en el hombre al que había estado atendiendo Gilbert. El sargento Cobould. Tenía una enorme astilla clavada en el hombro. Cobould, ¿te encuentras bien? – comentó el capitán de la Marina, preocupado. ¡¡Pues no!! – se quejó su interlocutor – ¡Mientras usted estaba empinando el codo, yo he estado cumpliendo sus obligaciones! ¡Y justo cuando íbamos a ajusticiar a los últimos condenados del día, todo se fue por la borda! ¿¡A qué te refieres!? – inquirió Sakemaru.

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¡Lo lamentamos, mi señor! – intervino Gilbert – Eran tres, pero fuimos incapaces de dar con el más peligroso de todos ellos. ¡Por culpa de eso, los otros dos consiguieron escapar con la ayuda del tercero! ¡¡Y el cadalso, patrimonio histórico de la ciudad, fue destruido!! – el hombre se echó a llorar – ¡Lo siento! ¡¡Lo siento mucho!!

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¡¡No te disculpes, imbécil!! – le reprochó el sargento, airado. Era un hombre muy impulsivo, y eso acrecentaba el dolor de cabeza de Sakemaru, ya de por sí grande por las constantes resacas – ¡La culpa es suya por no estar presente!

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Así que se os escaparon tres criminales – señaló el capitán – Bueno, supongo que si les digo a los mandos que yo estaba combatiendo en alta mar y que no pude llegar a tiempo, el marrón os lo comeréis vosotros solos – comentó aliviado.

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¿¡Ya está otra vez rehuyendo sus responsabilidades, capitán!? – le increpó Cobould – ¡Voy a pedir un traslado como siga haciéndolo! ¡¡E informaré a los mandos de su completa pasividad y problemas con la bebida!! – Sakemaru dio un suspiro.

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Está bien, está bien – concedió – Me haré cargo. ¿Alguna imagen de los fugitivos?

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Un reportero consiguió sacar una fotografía de uno de ellos – comentó Gilbert, tendiéndole la foto – Fue uno de los pocos testigos presenciales que no abandonaron la plaza cuando el incidente, y dice que el sujeto no paraba de decir que era el capitán.

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Un capitán pirata, ¿eh? – comentó Sakemaru, viendo la imagen de aquel joven. Le devolvió la foto – ¿Quién es?

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En el registro figuraba como Jim Golden – explicó el marine – El otro condenado, es un tal John Reader.

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No les conozco – comentó. También es la primera vez que oigo hablar de ellos, señor – asintió Gilbert – Pero nuestro principal problema es el tercero – esta vez, le tendió un cartel de se busca.

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¿¡Sesenta y tres mil millones!? – se sorprendió al ver la cifra – ¿¡Quién diantres es esta muchacha!?

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Al parecer, no es una pirata propia de estas aguas – comentó Gilbert – ¡Pero fue la razón por la cual recibimos el soplo de que había piratas en la isla! – explicó – Los hombres que nos avisaron, eran tripulantes de un barco mercante que había estado navegando por el Grand Line hará cerca de un mes. Cuando nos dieron el chivatazo, dijeron que uno de los tres fugitivos les sonaba de los avisos de búsqueda y captura. ¡Y un poco antes de que se llevaran a cabo las ejecuciones en la plaza central, se presentaron en la base con el cartel de “se busca”!

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Vaya por dios – se lamentó Sakemaru – Así que se nos ha escapado una buena pieza, ¿eh?

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¡Ya le dije que si hubiera estado aquí, habríamos podido evitarlo! – le increpó Cobould. El capitán suspiró con cansancio.

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Hay que ver… – comentó – Si me presento sin nada en el Cuartel General, la vicealmirante Hina se cabreará conmigo…

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Aún podemos partir – comentó el sargento – Si salimos ahora podemos intentar darles caza.

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Partiremos, – asintió Sakemaru – pero no todavía. Quiero que estés completamente recuperado para cuando zarpemos. Gilbert, – se giró hacia el

marine – envía la foto del fugitivo al Cuartel General, e informa también del tal Reader y la criminal del cartel. Yo asumiré toda culpa. Diles también que partiremos en su captura en cuanto podamos, y que manden a la isla nuevas tropas para cubrir los puestos que dejaremos libres. ¡Sí, señor! – asintió el marine, y se marchó corriendo. Parece que por fin te has decidido – comentó Cobould satisfecho, mientras otros dos hombres, tras saludar al capitán, se acercaban para llevárselo en su camilla. ¡No seas idiota! – le increpó Sakemaru. El sargento arqueó una ceja extrañado – Sencillamente, si capturo a una buena pieza, los mandos dejarán de darme el coñazo por un tiempo. Así que era eso, ¿eh? – comentó el otro decepcionado. El capitán de la Marina sacó su petaca y bebió un largo trago. Echó el aire asqueado. Malditos corsarios… – se quejó – Hacen que el alcohol me sepa a rayos.

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans .

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