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Epoca Precolombina[1]. Descubrimiento y Conquista 2

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Período Paleo-indio 15000 / 5000 a.C.

De la piedra al arco y la flecha Los primeros pobladores de Venezuela proceden del norte del continente y son descendientes de las oleadas provenientes del continente asiático, constituidas por cazadores de grandes mamíferos que ingresaron a nuestro territorio trayendo consigo instrumentos de piedra y una incipiente tecnología lítica que consistía en golpear una piedra contra otra –el núcleo– para obtener un filo tosco y lascas. Las lascas o trozos pequeños y delgados desprendidos de la piedra, son modificadas progresivamente hasta convertirlas en cuchillos y raspadores. Trabajan, además, madera, fibra, hueso, cuero y conchas marinas. Durante mucho tiempo estos primeros pobladores conviven con una fauna compuesta principalmente por mastodontes, caballos, megaterios y cliptodontes, animales todos de grandes volúmenes. Una de las técnicas desarrolladas por los paleoindios para cazar estos voluminosos animales consiste en acosar la presa hasta aislarla y darle muerte con palos afilados y artefactos de piedra enmangados. Con el paso del tiempo, la disminución progresiva de los grandes animales y el aumento poblacional, obligan a la invención de métodos e instrumentos más eficaces para la caza de presas más pequeñas. Se emplearon armas menos pesadas que podían ser arrojadas y permitían herirlas de manera más fácil. Un gran salto tecnológico se produjo con la invención de la punta del proyectil en forma de dardo y del propulsor que actuaría como una prolongación del brazo y del antebrazo. Son los antecedentes del arco y la flecha que hace 9.000 años le permitieron al hombre del paleoindio cazar a distancia e individualmente y, por ello, aprove-char animales de menos tamaño y más veloces como las aves y los peces, y animales terrestres como venados y roedores, especies anteriormente poco explotadas como fuente de alimentación. Comienza nuestra historia La unidad social básica de los primeros habitantes de nuestro territorio estaría constituida por la microbanda, de 12 a 35 miembros, cuya unión formarían bandas de entre 100 y 500 miembros. Su existencia transcurre dentro del nomadismo, modo de vida que limita la producción de utensilios difíciles de transportar y el crecimiento demográfico, pues no le permite a la mujer parir más hijos que los que puede cargar consigo. Suponen los investigadores que en esos momentos de la antigua Venezuela estaba en marcha el inicio de la vida social en nuestro territorio, la gestación de las primeras tradiciones transmitidas oralmente durante los descansos

o en los rituales, y la expresión de las primeras inquietudes artísticas pintadas o talladas en huesos y piedras.

Período Mesoindio 5000 / 1000 a.C

Recolectores del agua y de la tierra La extinción de los grandes animales característicos del Paleoindio, debida principalmente a fuertes cambios climáticos, propicia la adopción de nuevas formas de subsistencia. No significa esto que dejaran de existir las antiguas prácticas –como parece demostrarlo una industria rudimentaria de piedra tallada que hacia los 5000/4000 años a.C. existió en la península de Paria– sino que habría una situación de convivencia en la que comienzan a predominar las nuevas formas de vida, sustentadas en una aparente abundancia y estabilidad de recursos provenientes del mar. Las evidencias arqueológicas señalan el norte de Venezuela como un área de mayor concentración de comunidades recolectoras. En las costas de Sucre y Anzoátegui y en la isla de Cubagua hay evidencias del abandono de la industria lítica (piedra) y de la adopción de una economía fundamentada en la recolección de productos marinos. Se tienen noticias de ciertas manifestaciones de la agricultura y de la confección de cerámica, elementos que caracterizarán el período siguiente. De otras evidencias se infiere que los mesoindios basaron su subsistencia en las siguientes alternativas: explotación de productos marinos en las zonas costeras, recolección de recursos vegetales en el interior del territorio y caza de pequeños mamíferos. En las dos primeras existiría una especie de sedentarismo semipermanente que daría origen a las primeras manifestaciones de la agricultura

Ante todo, hombres de mar Podría decirse que la vida de los mesoindios dependió esencialmente del mar, si se tiene en cuenta la profusión de concheros o montículos de conchas que se han encontrado. La ausencia casi total de utensilios para la caza y la existencia de una tecnología para la pesca y recolección de recursos marinos, como anzuelos, pesas para redes e instrumental para fabricar arpones de madera, abrir conchas y fabricar canoas así lo demuestran. Los mesoindios habrían poblado, entre otros sitios, algunas islas del Caribe, lo que indica un conocimiento del mar y sus posibilidades. La alimentación a base de productos marinos, parece haber sido complementada con las carnosas pencas de la cocuiza asadas al fuego, y otros recursos vegetales. En el modo de vida descrito se percibe una valoración de la experiencia sedentaria que, sumada a la posible búsqueda de recursos alimenticios diferentes, propició formas primarias de agricultura, representadas esencialmente por la domesticación de tubérculos y frutos en el interior del territorio con la continuación de la explotación intensiva de productos marinos en la costa. El sistema de subsistencia en el interior del territorio necesitó seguramente de un conocimiento más preciso de los ciclos biológicos de recursos como frutas, semillas, miel, huevos de tortuga, granos, y de un dominio de los ciclos de abundancia y de escasez; de conocimientos topográficos más precisos y de una organización social que pautara su comportamiento como recolectores. La organización social que estuvo presente fue seguramente el resultado del perfeccionamiento de las bandas, que se unirían durante la abundancia y se dividirían durante la escasez. Tal situación no es general en todo el territorio. Con los grupos preagrícolas convivieron pescadorescazadores-recolectores, hasta el momento del contacto con los europeos. Lo que existe es la convivencia de varios modos de vida, que desarrollaron un intercambio de cultura y de productos entre pescadores, cazadores, recolectores y agricultores obteniéndose seguramente un generalizado beneficio mutuo.

Período Neoindio 1000 a.C. / 1500 d.C.

Culturas de la yuca y del maíz El período Neoindio está determinado esencialmente por la agricultura y la estabilización de los cultivos de asentamiento. Las últimas investigaciones consideran la existencia de un tercer centro de desarrollo cultural tipificado por el Patrón Andino, con relaciones culturales con el altiplano colombiano y los Andes centrales, que se caracterizaría por la existencia de una cerámica simple, arquitectura incipiente y un sistema de subsistencia basado en el cultivo de tubérculos como papa, ruba, cuiba, oca y ulluco. La arquitectura consiste en construcciones como terrazas agrícolas y bóvedas alineadas por piedras (mintoyes) utilizadas como tumbas y silos para el almacenamiento de productos agrícolas. En los llanos occidentales hay evidencias de construcciones artificiales asociadas a la agricultura, que consisten en terraplenes, campos elevados, camellones o calzadas que funcionaban como muros de contención de las aguas en zonas anegadizas y permitían, entre otras cosas, atravesarlas a pie. Hay también indicios de canales de riego en las riberas de los ríos Turbio, Tocuyo, Yaracuy, Güeque, y de agricultura de regadío entre los caquetíos, de quienes se conoce su práctica prehispánica de la represa, o buco, de la que sacaban acequias principalmente para el riego con aguas de la sierra de San Luis (Falcón). También hay indicios de canales en las márgenes del río Mamo y en la zona del Orinoco. El intercambio como práctica comercial La actividad comercial, desarrollada mediante el intercambio generalizado de productos, incluyó tanto formas primarias como una especialización en los artículos que se intercambiaban. Se han reportado productos naturales y artesanales en varios lugares, cuya presencia sólo se explicaría por el trueque, viajes, movilizaciones humanas y búsqueda de nuevos parajes, lo que seguramente fue base de actividades bélicas organizadas. Existen testimonios también de que los timoto-cuica (Andes) canjeaban productos agrícolas, sal de urao y tejidos de algodón por el pescado de los grupos caribes del sur del lago de Maracaibo. Desde las costas falconianas, al parecer, hubo un intercambio de sal hacia el interior del territorio. La arqueología y la etnohistoria han comprobado estrechas e intensas relaciones entre las distintas sociedades de la Venezuela prehispánica y la existencia de una especie de red de comercio en la que los llanos de Barinas, Portuguesa, Cojedes y Apure serían un área significativa de vínculos con la zona andina, la costa caribe y la cuenca del Orinoco. Asimismo, se tienen noticias de la utilización de caracoles de agua dulce como moneda y de la existencia de algunos puntos de intercambio comercial, como el mercado de pescado del Orinoco Medio, el de curare del Alto Orinoco o las playas de tortugas del río Guaviare.

Pueblos de alfarería El trabajo de dar forma a la arcilla hasta secarla y luego someterla al fuego, se conoce como alfarería. La mayoría de los pueblos indígenas que poblaron el territorio han dejado pruebas de haber practicado este arte con maestría y en una gran variedad en todas sus manifestaciones. Las piezas más antiguas que se han encontrado hacen presumir que el oficio se inició 900 años antes de Cristo en las zonas aledañas a la desembocadura del río Orinoco.Posteriormente, grandes tradiciones alfareras fueron desarrolladas en todo el territorio. Los primeros pobladores del Bajo Orinoco desarrollaron un oficio conocido como la tradición Barrancas, caracterizado por el relieve o “talla” de imágenes y el uso de motivos con formas de animales y bandas decorativas con incisiones geométricas repetidas. Las sociedades que habitaron la costa central de Venezuela y la cuenca del lago de Valencia entre los años 800 y 600 de nuestra era, cultivaron una alfarería de gran calidad estética, en la que predominaron las figuras de animales, principalmente monos y ranas, y las conocidas Venus de Tacarigua, las cuales presentan hipertrofia de la cabeza, abultamiento de la región abdominal y los glúteos, y atrofia de los pies. Otros grandes centros creadores de alfarería se ubican en la región de Quíbor, donde predominó la producción de boles e incensarios de carácter ceremonial y particular diseño geométrico; en los Andes venezolanos donde sobresalen figuras femeninas con rostros poco expresivos; en la cuenca del lago de Maracaibo, con una alfarería de gran riqueza formal y decorativa, y en los llanos Occidentales, territorio de creadores de vasijas de cuerpos biconvexos y platos de base pedestal. La vida organizada En el Neoindio, las formas colectivas para la organización del trabajo caracterizan el área del Orinoco, los llanos, la costa centrooccidental y parte de la cuenca de Maracaibo, donde la producción de alimentos se basa en un sistema balanceado de horticultura de la yuca, caza terrestre y fluvial, recolección de productos de ríos, lagos y del mar, y depende del cultivo de tala y quema. En los Andes y, en general, en los núcleos del noroeste de Venezuela, la organización social es más compleja y el uso de la tierra más eficiente, pues se cuenta con el manejo de técnicas y recursos hidráulicos y un control político de la población. La inhumación deferencial que se observa en algunos cementerios sugiere una compleja vida ceremonial y una estratificación social con una estructura de poder central.

La institución del cacicazgo Importantes dirigentes indígenas defendieron sus tierras y sus culturas frente a los conquistadores. Se los llamó jefes, diaos, guerreros o caciques y por lo menos uno de ellos –Manaure– dirigía un importante cacicazgo en el área del actual estado Falcón durante las primeras décadas del siglo XVI. Conocemos nombres y hazañas de muchos de estos dirigentes para el momento de la conquista, pero desconocemos sus ascendencias. Suponemos que éstas se remontan a fechas anteriores, como parece revelarlo el plan de ataque de Guaicaipuro y la resistencia que encabeza en la zona centronorte de Venezuela hacia la segunda mitad del siglo XVI. Guaicaipuro convoca a un levantamiento de las sociedades gobernadas por Baruta – su hijo mayor– Naiguatá, Aricabacuto, Guaicamacuto, Chacao y el guerrero taramaima Caracaipa, entre otros. Del área nororiental se menciona a Cayaurima, cacique de los cumanagoto, y sus alianzas con otros caciques de la zona de Cumaná para enfrentar a los conquistadores, y a otros como Doaca, con quien se identifica la actual zona larense de Duaca; a Nigale, jefe zapara en el Zulia; a Huyapari, con cuyo nombre los españoles identificaron al río Orinoco y su área en 1531, y a muchos otros jefes, caciques, guerreros, como Acaprapocón y Conopoima –quienes comandan la lucha una vez muerto Guaicaipuro–, Caricuao, el cacique oriental Maturín, Morequito, Paryauta, Parnamacay, Pitijay, Sorocaima, Tiuna, Tamanaco y Terepaima. La institución indígena del cacicazgo sobrevive, deformada, durante varios años del período siguiente (Indohispano).

Artes, representaciones y dioses Hasta el presente se han reportado en nuestro territorio 320 lugares con gran número de petroglifos (rocas con grabados), 28 con pinturas rupestres, 6 estaciones de conjuntos megalíticos compuestos por menhires (rocas verticales en fila, algunas con grabados) y otras expresiones artísticas rupestres diseminadas por casi toda nuestra geografía. Su ubicación, las técnicas de confección utilizadas, la tipología de las figuras y su vinculación con material arqueológico, permiten suponer que en su gran mayoría son de manufactura prehispánica y que sus autores seguramente fueron recolectores avanzados o agricultores. Sobre formas teatrales en la Venezuela prehispánica, los datos permiten suponer la existencia de representaciones pantomímicas que quizá reproducían actividades de subsistencia –recolección, caza, pesca– o la imitación de animales, personas, fenómenos naturales y de escenas cotidianas o extraordinarias, para lo que seguramente se utilizaron instrumentos musicales como la elegante maraca del curandero adornada con plumas, o guaruras y tambores cuyos sonidos sirvieron, además, para la comunicación a distancia. Estas representaciones quizás hayan sido un recurso educativo, como

seguramente lo fueron las narraciones de acontecimientos que con el tiempo constituyeron el patrimonio histórico oral indígena. Héroes y dioses indígenas creadores del mundo y los seres humanos; héroes filósofos, maestros y artesanos, representados en expresiones teatrales, grabados en petroglifos o cantados y contados como historia en canciones y mitos. Como el Amalivacá de los tamanaco, caribes del área orinoquense, dador de los elementos necesarios para la vida, con cuyo hermano Vochí creó el mundo y los seres humanos. O como Urrumadua, venerada entre los achagua como diosa creadora, junto a Ibarrutua y Jumenirro, nombres de algunas estrellas.

Período Indohispano 1500 d.C. hasta el presente
El período indohispano, como su nombre lo indica, corresponde a lo acontecido en los pueblos prehispánicos desde el momento en que irrumpen los primeros conquistadores hasta el presente. Durante este largo período, las características y el número de su población fueron modificados notablemente, tanto por la política de exterminio puesta en práctica por los conquistadores, como por el proceso de asimilación por parte de la cultura criolla que se fue gestando lentamente con la mezcla de los aportes étnicos europeos, africanos y los específicamente aborígenes. Para el momento del contacto el territorio venezolano estaba ocupado por centenares de grupos, familias y pueblos indígenas (ver paginas 8-9) que se encontraban dispersos a lo largo y ancho del territorio nacional. Esos grupos, sin embargo, llevaban sus vidas de manera relativamente autónoma y no formaban parte, ni cultural ni políticamente, de una unidad administrativa mayor. Hoy en día, en cambio, los pueblos indígenas sobrevivientes forman parte de la nación venezolana y se encuentran agrupados en 36 familias ubicadas en las zonas fronterizas –como los guajiros que pueblan por igual territorios colombianos y venezolanos o los yanomami en territorios venezolanos y brasileños–, en las selvas y sabanas del sur del Orinoco, en las tierras lejanas de los llanos occidentales, o en zonas excepcionales como las que ocupan los cariña en la Mesa de Guanipa. A pesar de la política de exterminio y del desdén criollo, la Venezuela actual muestra importantes huellas de quienes fueron sus habitantes originarios. La nueva Constitución de la República, aprobada en 1999, establece una sección completamente dedicada a reconocer los derechos de los pueblos indígenas, entre los que se incluyen el respeto a sus territorios ancestrales, sus lenguas y culturas, y su participación política.

1 Acaguayo 2 Arawaco 3 Arutani 4 Baniba 5 Bare 6 Bari 7 Caribe 8 Cariná 9 Cariña

10 Curripaco 11 Chaima 12 Guaiguay 13 Guajibo 14 Guajiro 15 Guapichana 16 Guarao 17 Guarequena 18 Japreira 19 Joti 20 Macusi 21 Mapoyo 22 Maquiritare 23 Panare 24 Paraujano 25 Patamona 26 Pemón 27 Piapoco 28 Piaroa 29 Puinabe 30 Sapé 31 Tunebo 32 Yabarana 33 Yanomami 34 Yaruro 35 Yeral 36 Yucpa

Lo indígena en nuestra habla Una de las maneras más intensas de sobrevivencia del mundo indígena entre nosotros resulta casi imperceptible porque está en las palabras que usamos a diario. La nomenclatura geohistórica está llena de nombres indígenas. Desde términos puros –como Cumarebo, Paraguaná, Curimagua, Cumaná, Píritu, Aragua, Maracay, Muchichíes, Mucuchachi, Chejendé– hasta los resultantes de la mezcla indohispana – como Santa María de Ipire, Nueva Segovia de Barquisimeto, Santiago de León de Caracas o Espíritu Santo de Guanaguanare. Lo mismo ocurre con la toponimia de árboles y vegetales –como la macanilla, chaguaramo, mapora, urupagua, dividive, ceiba, jabillo, urape, samán, araguaney, totumo, anime, mijagua, maguey o cocuiza– y con la de los animales –nigua, cunaguaro, acure, araguato, báquiro, bachaco, caimán, casiragua, cocuyo, paují, arrendajo, turpial, tucuso, arigua, caricare, oripopo, carrao, chaure, piscua, guacamaya, guanaguanare y zamuro–.

Lo aborigen también en el paladar En la gastronomía nos han quedado hábitos alimenticios indígenas fundamentales procedentes del uso del maíz, como la arepa, la hallaca, la hallaquita, la cachapa y los derivados de la harina de maíz tostado; con base en la yuca, la costumbre de comerla sancochada y, en el caso de la yuca amarga, el casabe. Otros hábitos alimenticios incluyen el consumo de papa, en su variedad denominada ruba o papa criolla; frijoles y caraotas, frutas como el jobo, guanábana, piña, guayaba, merey, mamey, mamón, lechosa, hicacos, cotoperiz, tuna; también el de la cura, mejor conocido como aguacate, nombre que proviene de

ahuácatl, palabra náhuatl de los aztecas. Se agrega también a nuestra cultura el consumo de ocumo, mapuey, auyama y batata o chaco y la utilización del onoto y varias clases de ají como condimento. Se suman a esta dieta vegetal las carnes de venados, lapas, guacharacas, patos, iguanas, morrocoyes, palomas y diversas clases de peces como carites, sábalos, guabinas, morocotos, meros, zapoaras y muchos otros, además de moluscos, mariscos, chipichipes y jaibas.

Vigencia de una arquitectura Entre las más ricas expresiones de las culturas indígenas venezolanas se encuentra su arquitectura. En ellas destacan dos vertientes: la arquitectura de agua y la de selva. A la primera, la de agua, corresponden las viviendas palafíticas que todavía se encuentran en las riberas del lago de Maracaibo y de la laguna de Sinamaica, territorios del pueblo wayúu, y en el Delta del Orinoco, hábitat del pueblo warao. Según cuentan los cronistas, al contemplar por primera vez estas viviendas anfibias en el norte del estado Falcón, Américo Vespucio llamo al lugar Pequeña Venecia, de donde se supone derivó el nombre de Venezuela. A la segunda, la arquitectura de selva, corresponde la churuata, una deslumbrante vivienda colectiva propia originalmente de los pueblos panare y piaroa, ubicados al sur del Orinoco. Con el transcurrir del tiempo, y con particular fuerza en las dos últimas décadas del siglo XX, la churuata es cada vez más apreciada por los venezolanos y su presencia se ha ido difundiendo a todo lo largo y ancho del país, ya como elemento atractivo en restaurantes y otros centros de esparcimiento, ya como espacio complementario en casas modernas e, incluso, con adaptaciones al confort contemporáneo como vivienda común y normal en zonas urbanas y rurales. Tres elementos la han convertido en tan apreciado objeto. La belleza, armonía y perfección de sus formas coronada por una punta cónica en la que culmina el techo y destaca sobre la vivienda. La tranquilidad, bienestar y sosiego que genera la armazón de postes de maderas y círculos concéntricos interiores, sobre los que se colocan los delgados haces de palma que conforman la capa impermeable del techo.

Y, por último, algo muy valorado en los climas cálidos, su eficiente principio de ventilación que la hace una morada permanentemente fresca sin que importen los rigores del clima en su exterior.

Lo prehispánico en las fiestas tradicionales Las fiestas religiosas de nuestro calendario popular contienen en su música, letras, instrumentos, coreografía, vestuario y sentido elementos indígenas. Las Turas y el Maremare ofrecen rasgos de claro origen prehispánico. Algunas músicas autóctonas merideñas, y de otras zonas criollas del país, como la de la Bajada de los Reyes en San Miguel de Boconó, son de origen indígena, así como algunos elementos de nuestras danzas y bailes populares. Algunas deidades y héroes culturales prehispánicos sobreviven, transfigurados, en casi todas las expresiones dancísticas y creencias del pueblo venezolano. Tal es el caso de la fiesta del Espuntón o Parranda de los Caribes, en Caigua (Anzoátegui); el Baile del Mono, en Caicara de Maturín, (Monagas), y el Espuntón de Pueblo Nuevo (Mérida). La fiesta de San Isidro Labrador, en nuestros Andes, es celebrada en vinculación directa con las labores agrícolas, así como la Bajada de Ches. La Candelaria, fin del ciclo de Navidad, es celebrada en varios lugares del país y algunos de sus elementos tienen evidente connotación indígena, sobre todo en lo que se refiere a la reproducción coreográfica de labores agrícolas. Igual ocurre con la fiesta de San Benito, particularmente en las regiones andinas, y algunas de Locos y Locainas, en cuyo vestuario y adornos corporales se recuerdan posibles influencias indígenas, lo que parece reafirmarse con el porte de arcos y flechas. Principalmente en el oriente del país se montan diversiones en cuyos nombres y coreografía y en algunos de sus aditamentos, es indudable el aporte indígena. Han sido consagradas como diversiones orientales El Sebucán o Baile de Cintas, El Carite, El Chiriguare, El Pájaro Guarandol, El Baile de la Culebra. En La Victoria (Aragua) el baile de La Llora, que recuerda costumbres funerarias prehispánicas.

Fuentes Acosta Saignes, Miguel. Los caribes en la costa venezolana. México: Fondo de Cultura Económica, 1946. — Estudios de etnología antigua de Venezuela. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Ediciones de la Biblioteca, 1961. Atlas de Tradiciones Venezolanas. Caracas: Fundación Bigott-El Nacional, 1998. Sanoja O., Mario. Los hombres de la yuca y el maíz. Un ensayo sobre el origen y desarrollo de los sistemas agrarios en el Nuevo Mundo. Caracas: Monte Ávila Editores (Colección Estudios), 1982. Strauss K., Rafael A. El tiempo prehispánico de Venezuela. Caracas: Fundación Eugenio Mendoza, 1992.VV.AA. Aborígenes de Venezuela. 3 vols. Caracas: Fundación La Salle de Ciencias Naturales, 1980 / 1988.

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