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El Fariseo y La Pecadora

El Fariseo y La Pecadora

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Publicado porStefano Cartabia
Un comentario a Lc 7, 36-50
Un comentario a Lc 7, 36-50

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Published by: Stefano Cartabia on Aug 30, 2011
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12/09/2012

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El fariseo y la pecadora (Lc 7, 36-50

)

Un itinerario de fe: de la rigidez del amor a la libertad del amor.

El fariseo: una buena persona, creyente, podemos pensar que honesta, cumplidor de la ley, observante de los mandamientos, servicial: como mucho de nosotros. Tal vez nos podemos reconocer en este buen fariseo. De este fariseo no se dice el nombre, no sabemos como se llama. Tal vez esto nos ayuda en pensar en el fariseo que cada uno lleva adentro: cada uno es un poco (o mucho) fariseo. El camino de plenitud que Jesús nos invita a hacer se podría ver como el camino desde el fariseo que todos tenemos adentro a la prostituta que también todos tenemos adentro. Vamos con orden: el fariseo sin nombre invita a Jesús a comer. Esto nos invita a pensar que probablemente ya se conocían o por lo menos era tal la atracción que el Nazareno ejercía que el fariseo no pudo resistir a la tentación de invitar a este Profeta un poco raro y un poco original que se salía de los esquemas, que curaba y perdonaba en nombre de Dios. Y Jesús va, sin problema. Le gustaban estas comidas, este compartir de donde salían las cosas más profundas y donde el amor se alimentaba de intimidad. Para los que tenemos el don de la fe podemos afirmar que esta atracción de Jesús nos atrapó y que también nosotros hemos invitado a Jesús a comer....para los que están en búsqueda podemos afirmar que es el amor que los está atrapando y llamando a través de ideales, proyectos, valores...cada hombre no puede escapar de la llamada del amor. Tenemos entonces, como el fariseo, una relación con Jesús o una relación con el amor, con nuestra búsqueda, con nuestros ideales. Esta relación nos da seguridad, nos haces sentir fuertes, tranquilos y, a menudo, mejores que los demás....tal vez algún lector estará pensando: "Yo...no"..."Yo no me siento fuerte, seguro y mejor que los demás...". Es normal: tampoco el fariseo se sentía así. Somos muy hábiles en engañarnos, en auto-justificarnos... a veces los matices son tan sutiles que nos es fácil detectarlos. Pero...¿qué pasa? ¿Qué es lo que sacude esta aparente tranquilidad? "Entonces una mujer...se presentó con un frasco de perfume". Una mujer entra en la casa del fariseo: una pecadora y ¡además atrevida! Y no entra así no más...entra con algo en sus manos, algo de valor: perfume. Necesitamos un sacudón para darnos cuenta de como están las cosas. La mujer sacude la aparente justicia y tranquilidad del fariseo. Jesús no es propiedad exclusiva de nadie como tampoco los valores y los ideales. Tampoco sabemos el nombre de esta mujer. Los sacudones tampoco tienen nombre...lo importante es que nos sacudan...Esta mujer no habla, solo actúa, y actúa con su cuerpo.

Escándalo: una prostituta amando al Profeta con su cuerpo. El sacudón no saca al fariseo de su rigidez. ¿Cuantas veces no nos dejamos despertar y sacudir por los acontecimientos, los encuentros, la vida y nos quedamos rígidos? Muchas veces nos conviene y queremos quedarnos con Jesús en la mesa y que nadie entre a molestarnos. Así nuestra fe queda rígidamente estable, nuestros valores no se mueven, nuestra vida sigue su curso y nuestro amor queda seguro, pero chico, demasiado chico para Jesús... El fariseo que vive en nosotros quiere pisar firme, quiere que le digan lo que es justo y lo que no, quiere saber que está haciendo bien las cosas...quiere que su pequeño amor sea confirmado por Jesús y no queremos que una prostituta venga a enseñarnos lo que significa amar. La prostituta: una mujer en búsqueda del amor, una mujer que "vendió" el amor, que hizo del amor, y no es el momento para averiguar el porcentaje de culpa, un comercio...¡como nosotros! ¡Cuanta veces hemos comercializado el amor! Y tal vez nuestro vender el amor fue más grave que vender un cuerpo... Tal vez el corazón de esa mujer permaneció virgen. Pensamos en las veces en que hemos vendido el amor: nuestros egoísmos de todos los días, nuestros celos y envidias, nuestras omisiones, nuestra falta de amor para con los pobres y pequeños y nuestro amor siempre un poco interesado: todas forma de prostitución y de comercialización del amor. La mujer del evangelio nos enseña que el primer paso para encontrarse con el amor verdadero es reconocer que no supimos amar, que no sabemos amar, que hemos traicionado y vendido el amor. Tenemos que ir llorando a los pies de Jesús con toda nuestra humanidad.... el tesoro más valioso que el ama. Sin miedo, hasta con una confianza atrevida. "¿Ves a esta mujer?" le dice Jesús al fariseo. El fariseo no ve, está demasiado seguro de si mismo y demasiado convencido de su justicia y su amor. Nuestro camino cristiano es un pasar constantemente desde el fariseo a la prostituta perdonada. Desde nuestras seguridades y nuestra ceguera al reconocimiento del amor vendido y al encuentro con el perdón y el amor de Jesús. Desde ahí podemos amar con el amor de Cristo. Pasar de: "Señor yo te invito a cenar" a "Señor necesito tu perdón, necesito tu cena, necesito tocarte y besarte". Tal vez por todo eso Jesús dijo una vez: "las prostitutas los preceden en el Reino de los cielos". Esta mujer amante nos enseña que el amor hay que buscarlo y hay que recibirlo antes de darlo. Nos enseña que el amor es siempre un regalo, que siempre se recibe y se da gratis. Entonces nuestro itinerario de fe que va del fariseo a la prostituta lo podemos resumir en algunos puntos:

• pasar de las pequeñas seguridades a la búsqueda • pasar de un amor rígido a un amor elástico, abierto • pasar del interés a la gratuidad • pasar de la autosuficiencia a la humildad del recibir el amor

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