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EL REBOZO. ESTUDIO HISTORIOGRÁFICO, ORIGEN Y USO

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Entre 1763 y 1766, el fraile capuchino español, Francisco de Ajofrín (1719-1789),

visitó la Nueva España con el fin de reunir limosnas para las misiones del Tibet. A

través de su largo itinerario por el virreinato recogió sus impresiones en un libro

conocido como Diario de Viaje a la Nueva España.1

El capuchino describe varias

veces la manera de vestir de las mujeres de diferentes castas y regiones

novohispanas. Al referirse a las indias de Tehua,2

habla sobre su habilidad como

tejedoras, y de su “hipil”, tejido como un finísimo encaje, que se ponían en la

cabeza,3

como aún lo hacen muchas mujeres indígenas de la Sierra de Puebla y el

Istmo de Tehuantepec. El fraile se escandalizó por la falta de respeto de las

indígenas dentro de los templos, por ello comenta: ”generalmente, están en la

iglesia con la cabeza descubierta, pues parece no habló el apóstol con las indias

cuando mandó que las mujeres se cubrieran en velo en las iglesias.”4

¿A que se refiere el fraile con el mandato del apóstol? Sin duda, Ajofrín

alude a la Primera Epístola de San Pablo a los Corintios, donde se especifica la

manera en que las mujeres cristianas deben orar. Conviene transcribir tan

importante información citada en la Biblia. Dice San Pablo lo siguiente:

1

Francisco de Ajofrín, Diario de viaje a la Nueva España, México, Secretaría de Educación Pública, 1986,
(Colección Cien de México).

2

No se encontró referencia alguna a este lugar; podría tratarse de Tehuacán, población ubicada en el actual
estado de Puebla, o Tehuantepec en el actual estado de Oaxaca, lugares cuyos nombres están compuestos
por la raíz Tehua. Aquí nos inclinamos por este último sitio.

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Os hablo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las
tradiciones como os las he transmitido. Sin embargo, yo quiero que
sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer
es el hombre; la cabeza de Cristo es Dios. Todo hombre que ora o
profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Y toda mujer que
ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta a su cabeza; es como
si estuviera rapada. Por tanto, si una mujer no se cubre la cabeza, que
se corte el pelo. Y si es afrentoso para una mujer cortarse el pelo o
raparse, ¡que se cubra!

El hombre no debe cubrirse la cabeza pues es imagen de Dios;
pero la mujer es reflejo del hombre. En efecto, no procede el hombre
de la mujer, sino la mujer del hombre. Ni fue creado el hombre por
razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre. He ahí por qué
debe llevar la mujer sobre la cabeza una señal de sujeción por razón
de los ángeles. Por lo demás, ni la mujer sin el hombre ni el hombre
sin la mujer, en el Señor. Porque si la mujer procede del hombre, el
hombre a su vez, nace de la mujer. Y todo proviene de Dios.

Juzgad por vosotros mismos ¿Está bien que la mujer ore a
Dios con la cabeza descubierta? ¿No os enseña la misma naturaleza
que es una afrenta para el hombre la cabellera, mientras es una gloria
para la mujer la cabellera? En efecto, la cabellera ha sido dada a modo
de velo.

De todos modos, si alguien quiere discutir, no es esta nuestra
costumbre ni la de las iglesias de Dios (Primera Epístola de San
Pablo a los Corintios
, XI, 2-16).

Esta recomendación de Pablo tuvo en el mundo cristiano una validez de casi

dos mil años5

, así lo que empezó como un requisito para orar, se convirtió con el

tiempo en una práctica obligatoria para cualquier mujer honesta que saliera de su

casa, a lo largo de todo el mundo cristiano; de tal manera, surgieron infinidad de

prendas para cubrir la cabeza de las mujeres, según la época y la región, a las que

3

Fray Francisco de Ajofrín, Op. cit., p. 165.

4

Ibidem.

5

Las mujeres católicas estuvieron obligadas a llevar velo para orar o para entrar en la iglesia hasta el
Concilio Vaticano II, celebrado entre 1963 y 1965.

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llamaremos prendas de recato para distinguirlas de las prendas de abrigo, como las

capas, que a diferencia de aquellas servían para proteger del frío y no para

demostrar honestidad, ni para cumplir con un mandato religioso.

La costumbre de cubrir la cabeza como símbolo de sujeción y recato

femeninos ejercida en el cristianismo viene desde la Antigüedad y se practicó por

muchas culturas mediterráneas, entre ellas Grecia, Etruría, Roma e Israel, que

consideraban a la mujer inferior al hombre en todos los aspectos y por lo tanto esta

debía estar sujeta a él.6

Para el cristianismo es de especial importancia la influencia

de la cultura y la religión hebrea y por lo tanto su concepción de la inferioridad

espiritual femenina. Es por eso que san Pablo, un judío converso, insiste en el uso

del velo para las seguidoras de Jesús.

En el Antiguo Testamento se mencionan distintos usos del velo por las

mujeres hebreas. Rebeca se cubrió con uno para su encuentro con Isaac, quien más

tarde la haría su mujer (Génesis XXV, 65). Rut hizo lo própio para ir a buscar a

Booz (Rut III, 3). Mientras que en el Cantar de los Cantares se alaba la belleza de la

novia que se presenta ante el altar cubierta por un velo, que más tarde tendrá que

usar siempre como mujer casada (Cantar de los Cantares IV, 1-3). Al velo de las

novias se le conoce como velo esponsaliseo o velo nupcial y también fue parte de

las bodas romanas. Los cristianos lo empezaron a usar en el siglo IV. Por otro lado,

en los Evangelios Apócrifos también se menciona el uso del velo por las mujeres

6

Véase: Monique Alexandre, “Imágenes de mujeres en los inicios de la cristiandad,” en Georges Duby y
Michelle Perrot (coords), Historia de las mujeres, Tomo I, México, Taurus, 2005, p. 496.

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hebreas. En el Protoevangelio de Santiago Judit, la criada de santa Ana, le ofrece

un “pañuelo de cabeza” a esta última para que festeje la fiesta mayor.

(Protoevangelio de Santiago II, 2).

El personaje femenino más importante del cristianismo es la Virgen María,

modelo de virtud y modestia para las mujeres. Ella se ha representado casi siempre

velada a lo largo de la historia del arte cristiano. Esto ha reforzado el uso de las

prendas de recato. Una Virgen siempre velada aparece en las tres escenas del

Tríptico de la adoración de los magos, pintado a mediados del siglo XVI por

Marcellus Coffermans (documentado entre 1549 y 1575) (fig. 1).

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