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América Latina: Historia e Institucionalismo

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06/02/2014

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América Latina, Economía Neoinstitucional, Historia Económica: Algunas vinculaciones

Isaías Covarrubias Marquina icovarr@ucla.edu.ve

Ponencia presentada al 2° Encuentro Virtual: Instituciones y Desarrollo Organizado por el Grupo Eumednet de la Universidad de Málaga Marzo, 2004

Resumen
Desde una perspectiva histórica, el capitalismo imperante en la mayoría de los países latinoamericanos, signado por el intervencionismo estatal, los controles, la burocracia, la política redistributiva y la captura de rentas de los grupos de poder, guarda un mayor paralelo con el mercantilismo desarrollado en Europa en los siglos XV al XIII, que con respecto a las economías de mercado modernas. Este sistema, entre otras deficiencias, socava la iniciativa empresarial, restringiendo las posibilidades de que los empresarios se conviertan en verdaderos agentes del cambio social y generadores de riqueza. La economía neoinstitucional provee herramientas heurísticas que permiten explicar el papel de las instituciones en el desempeño económico de largo plazo. Este enfoque se basa en la hipótesis de que los cambios institucionales, como cambios en los derechos de propiedad, o la capacidad asociativa, fueron claves en la emergencia del capitalismo y en que, hacia 1700, naciones como Inglaterra y Holanda iniciarán un crecimiento económico sostenido. La mayor parte de los países latinoamericanos se han dado códigos mercantiles que, en el papel, aprueban la economía de mercado, más, en la práctica, muchas reglamentaciones y leyes van a contracorriente de las instituciones que se requieren para desarrollar los mercados y fomentar el capital social. Más allá de las necesarias reformas macroeconómicas, se siguen requiriendo políticas microeconómicas de calidad, apuntando en la dirección de una reforma institucional que posibilite generar dentro de la matriz institucional la estructura de incentivos que permiten generar riqueza.

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1. El Debate Culturalismo vs. Institucionalismo en América Latina Cinco siglos después del Descubrimiento de América, cinco siglos después de heredar las instituciones ibérico-católicas y haberlas transformado para adaptarlas a sus particularidades actuales; casi dos siglos después de haber conquistado su Independencia, darse gobiernos y haber elaborado constituciones que, en letra y espíritu, competían con la norteamericana y francesa, la gran mayoría de los países latinoamericanos siguen sumidos en el subdesarrollo económico. Este subdesarrollo ha sido motivo de análisis de toda índole, sobre todo desde los años sesenta, cuando enfoques y teorías para explicarlo rivalizaban en capacidad heurística. Sólo basta la mención a los acuñados al interior de los propios países latinoamericanos: la teoría de la dependencia, el estructuralismo; para tener idea de lo que fue un abigarrado esfuerzo por sintetizar, por simplificar una realidad que es sumamente compleja. La discusión de los problemas que aquejan a América Latina tiene una vertiente muy interesante representada en el debate orientado a dilucidar hasta qué punto las dificultades se deben a la existencia de una suerte de brecha cultural, o, por el contrario, son el resultado de un desempeño institucional inadecuado. La tesis culturalista arraiga en la premisa de que existe un sustrato cultural propio de los países latinoamericanos que imposibilita sustraer todos los beneficios inherentes a la operación de un sistema de libre mercado, un sistema capitalista de la forma como fue desarrollado por Occidente, primero en Europa y luego en Norteamérica, Australia y, más recientemente, en Asia Oriental. Por su parte, a estas posturas se le oponen argumentos que, sin desdeñar la importancia del hecho cultural, señalan las debilidades estructurales de la economía latinoamericana como producto de la debilidad atávica de sus instituciones. En sintonía con el enfoque brindado por la economía neoinstitucional, estas tesis suponen que las causas del magro desempeño económico hay que rastrearlo en la existencia de un marco institucional generador de una estructura de incentivos y penalizaciones ineficientes para operar unas economías que, al menos constitucionalmente, se afirman de mercado. A considerar algunos aspectos de esta discusión se dedicarán las siguientes líneas.

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La tesis culturalista Son varios los mentores del pasado y formuladores más recientes de esta tesis, la mayoría imbuídos de prestigio intelectual y académico. Representan un amplio abanico de posturas que van desde la oposición civilización-barbarie expresada, hacia mediados del siglo XIX, por el argentino Domingo Faustino Sarmiento en su obra Facundo, pasando por las tesis que exaltan la condición “especial” del latinoamericano, como se deja entrever en el ensayo Ariel del uruguayo José Enrique Rodó y en La raza Cósmica del mexicano José Vasconcelos, escritos en las primeras décadas del siglo XX. Por su parte un teórico marxista, el peruano José Carlos Mariátegui, propone en 1928, en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, una reinterpretación de la condición indígena. Más allá de sus diferencias, estas posturas tienen, como lo hace saber Monsivais (2000), al menos dos aspectos comunes, superpuestos en una cierta forma de creencias totalizadoras: la fe en el pueblo y la catalogación de las esencias nacionales. El pueblo es una entidad nutricia, la tierra fértil de la inspiración y la autenticidad, el ámbito de suprema abstracción donde conviven marxistas, nacionalistas y creyentes. Las esencias nacionales son lo que define a una sociedad y caracteriza deterministamente sus componentes: el Alma Nacional Argentina, el Ser Colombiano, el Ser Venezolano, la Mexicanidad, el concepto de “raza” en Mariátegui. No se debe desdeñar el impacto de este movimiento, en la medida que logró consustanciarse con el ideario político y social de la época. Por ello, se alinea con la configuración de una nueva utopía en torno a la revolución bolchevique, en primer lugar, y, algunas décadas después, en torno a la revolución cubana. En efecto, la utopía de la revolución, del cambio total del régimen de propiedad y actitudes mentales, del hombre nuevo, va a coincidir con la ilusión modernista de oponer un ser auténticamente latinoamericano al “Becerro de Oro” de Norteamérica. Desde la década de los cincuenta las tesis culturalistas se renuevan y se emparentan con la posibilidad de sentar las bases para una filosofía de la historia de cuño latinoamericano. Sus principales mentores siguen realizando un esfuerzo por interpretar el hecho contradictorio que, siendo tributarios de la cultura occidental en todos los aspectos esenciales, la asimilación de los productos de esta cultura, sean en el terreno político o en el ámbito económico, ha sido precaria y, las más de las veces, a contracorriente de los desempeños demostrablemente exitosos, vale decir, los desempeños que han conducido a democracias efectivas y economías de mercado.

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Desde la perspectiva de Zea (1970), la historia de la conciencia Iberoamericana es un proceso que la ha dejado, paradójicamente, al margen de la historia. A diferencia de lo que ocurrió con la América sajona, que no sólo asimiló el espíritu de la cultura occidental, sino que se convirtió, a su vez, en el desarrollo natural de la misma, Iberoamérica se va a encontrar con el hecho que la adopción de este espíritu implicará la renuncia a otro. La renuncia a una conciencia que no se conjuga bien con el espíritu occidental. Por ello, predominó la idea que lo importante era imponer, en esta parte de América, las expresiones e instituciones de la cultura occidental, aunque esta imposición significara el arrasamiento de la cultura heredada. El resultado de este proceso ha sido la constatación de que se tienen productos occidentales: leyes, política, economía, pero sin correspondencia con el espíritu que los creó. Por su parte, Briceño (1966) ha argumentado que la problemática económica y social latinoamericana parte desde el mismo momento que se reflexiona sobre la imposibilidad de asimilar plenamente la cultura occidental. Cuesta aprehender los valores y la racionalidad occidental, subsumida en el progreso científico-técnico, en la democracia y en el modelo económico capitalista. Esto es así porque existe un sustrato psicosocial, producto del mestizaje, en el cual no han penetrado profundamente las estructuras culturales europeas, y que, con mayor o menor fuerza, se oponen a ellas, entorpeciendo su funcionamiento, pero sin tener ni poder crear otras formas, otras estructuras que erigir en defensa de su idiosincrasia.

La tesis institucionalista Representan un abanico de tesis políticas, sociológicas, fundamentalmente

económicas, que se congregan en torno a la corriente de análisis económico neoinstitucional, siendo el economista estaunidense Douglas North su principal mentor [1]. Para North (1990), el análisis en perspectiva histórica del crecimiento de las naciones debe considerar lo que él denomina path dependance o dependencia del pasado. Constituye la matriz institucional que una sociedad reproduce en el tiempo, y aunque se transforma, siempre resguardará algunos elementos del pasado perpetuándolos. Sólo basta comparar las diferente herencia histórica de Estados Unidos y Latinoamérica para corroborar esta aseveración. En efecto, los Estados

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Unidos fueron colonizados esencialmente por Gran Bretaña y heredaron su cultura y su sistema legal. Aunque la Constitución norteamericana impuso formalmente la separación entre Iglesia y Estado, la formación de los Estados Unidos se vio desde un primer momento fuertemente influída y modelada por el protestantismo, reforzando marcadamente el individualismo. Por el contrario, América Latina heredó diversas tradiciones culturales de la península Ibérica, signada por la dependencia a instituciones grandes y centralizadas, como lo son el Estado y la Iglesia, debilitando la acción de la sociedad civil independiente. En unos términos parecidos, North, Summerhill y Weingast (2002), señalan que la cultura política basada en la participación y el bajo protagonismo del gobierno en los asuntos económicos que había en las colonias británicas, habría favorecido la práctica de los consensos políticos; por el contrario, en las colonias españolas, el exceso de atribuciones económicas discrecionales de las autoridades habría actuado como incentivo para la competencia y el disenso. De ello se desprende una herencia histórica, que llega hasta la actualidad, de un sistema democrático mejor asentado en los Estados Unidos que en América Latina y un marco institucional de mayor orden en el primero por efecto de una cultura política compartida y consensuada, lo que habría actuado como incentivo para la inversión y los negocios, permitiendo el liderazgo de los Estados Unidos y el rezago de Latinoamérica. La diferencia fundamental entre los argumentos culturalistas y los enfoques neoinstitucionalistas no son, pues, de forma sino de fondo. Los primeros tienden a ser deterministas y, por tanto, a arraigar en posturas atadas a la imposibilidad de modificar sustancialmente la realidad económica y social sin apelar a revoluciones políticas. Los segundos manifiestan un mayor optimismo en cuanto a las posibilidades de que una sociedad modifique sus patrones de comportamiento económico, a partir de cambios en su matríz institucional. Ello es factible en tanto se puede transformar y moldear las instituciones económicas y políticas que presentan una estructura ineficiente. Si bien las instituciones son producto de la herencia cultural, éstas pueden experimentar importantes cambios hacia la eficiencia, si se activa el mecanismo de incentivos y penalizaciones adecuado. En este sentido, basta observar que España, una de las naciones raíz de la cultura ibero-católica, generadora de la tradición centralista y de las actitudes de desdén hacia los

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negocios como vocación, de la competencia y de la ganancia, en unas pocas décadas dejo la rémora que para su desarrollo suponían estos aspectos y hoy se exhibe como una economía de mercado, con crecimiento económico sostenido, niveles de vida similares a otros países desarrollados y con instituciones sólidas. Por otra parte, las naciones del Este Asiático han experimentado en las útimas décadas un crecimiento económico similar, partiendo de códigos culturales muy diferentes a los prevalecientes en Occidente. Aunque la mayoría de los estudios al respecto de este crecimiento se inclinan a considerar que los patrones culturales, como la presencia de la ética confuciana, han jugado algún papel en este exitoso desempeño, le atribuyen mayor peso relativo a la forma como las instituciones, incluyendo al propio Estado, fueron trasnformándose en la dirección de dotar a estas sociedades de economías de mercado, con altas tasas de ahorro e inversión, altos niveles de educación, receptoras de tecnologías de punta y produciendo bienes fundamentalmente para la exportación. El hecho que países tributarios de la tradición católica por un lado, y países donde prevalece la ética confuciana por otro, demuestren la factibilidad del desarrollo económico desde culturas diferentes, también demuestra que varias éticas son posibles. Por ello, los valores y presupuestos éticos de una sociedad son sistemas de respaldo normativos y no rasgos de personalidad colectiva. Por tanto, como lo sostiene Levine (1992), no deben ser tratados como prerequisitos necesarios para el desarrollo o como condiciones suficientes para cualquier logro. Otras éticas pueden sustituir funcionalmente a aquellas que han existido o, lo que es más importante, otros sistemas de apoyo pueden generar el mismo tipo de comportamiento. Dado que las instituciones representan el universo de leyes formales, pero también el conjunto de normas informales que existen en una sociedad, los cambios pueden ser provocados desde un amplio espectro de posibilidades que van desde los planes educativos, pasando por reformas legales y alcanzando hasta las políticas económicas. Desde esta perspectiva, si bien el subdesarrollo latinoamericano puede ser entendido como derivado de diversos obstáculos, ninguno de ellos supone la imposibilidad de ser superado. Las nuevas tesis, bastante alejadas del culturalismo imperante por mucho tiempo, contraponen una visión diferente en el tratamiento de esta problemática. Los factores culturales deterministas son desechados con base en la evidencia empírica existente, correspondiente al desarrollo económico de diversos países, demostrativa de que la

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factibilidad de acceder a altos niveles de bienestar social no es privativa de ninguna cultura, si sus instituciones y políticas se alinean a una estructura de incentivos que genere un verdadero progreso económico y social. No se va a rastrear excesivamente en los antecedentes de esta nueva formulación de los problemas latinoamericanos, aunque ya hay un cúmulo de literatura respetable al respecto. Basta indicar, a riesgo de olvidar algunos nombres, que las tesis culturalistas fueron combatidas, en su determinismo, por intelectuales de la talla del mexicano Octavio Paz, como lo hace en El Laberinto de la Soledad, publicado originalmente en 1950. Paz rescata, ciertamente, la individualidad histórica del hombre mexicano, pero no deja de llamar la atención, a contracorriente de las posturas culturalistas de la época, que, en esencia, también “Somos por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres”. De allí su llamado a la necesidad de profundas reformas democráticas y económicas, que rompieran con la atávicas estructuras políticas centralistas y burocráticas, actuando dentro de regímenes económicos similares a los imperantes en la época feudal. Desde el decenio de los ochenta y con más fuerza aún en la década de los noventa del siglo XX se comienzan a desarrollar, partiendo de la base que brinda la economía neoinstitucional, importantes aportaciones intelectuales y académicas consustanciadas con este orden de ideas. En particular, el economista mexicano José Ayala Espino hizo un gran esfuerzo por poner en la palestra el importante papel que cumple el buen desempeño institucional en aras de lograr cotas más altas de bienestar económico. Ayala y González (2001) sostienen que el neoinstitucionalismo logró proveer a la economía de una teoría que en la práctica se ha traducido en un marco riguroso y analiticamente poderoso para abordar los problemas. La teoría económica neoinstitucional se ha convertido en una herramienta heurística, que evita la mera descripción de las instituciones para más bien probar la relevancia de éstas en el desempeño económico de largo plazo. El punto de partida para conectar los problemas latinoamericanos con la economía neoinstitucional pasa por subrayar que, si no se toman en cuenta las instituciones, el desarrollo económico puede posponerse indefinidamente, o seguirá su curso volátil, entrampado en una “vía ineficiente de desarrollo” desperdiciándose importantes recursos y esfuerzos en la redistribución de la riqueza, pero no generando el entorno favorable para generar riqueza.

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Si la instituciones son tan importantes para el desarrollo, surge inmediatamente la pregunta de cuáles han sido los factores que han inhibido en la mayoría de los países latinoamericanos la creación de buenas instituciones. Una primera aproximación al problema es constatar la falta de incentivos suficientemente poderosos para que los agentes se involucren en la construcción de buenas instituciones y que éstas sean capaces de incluir los intereses de todos los ciudadanos. La falta de incentivos se corresponde con aspectos que van desde la mala definición de derechos de propiedad, pasando por la estrechez de intereses de los grupos en el poder y la incompatibilidad de estos intereses con los de otros grupos, hasta la constatación de unos Estados débiles, incapaces de generar las condiciones para que individuos y grupos emprendan acciones colectivas eficientes y efectivas (Ayala y González, 2001). El economista colombiano Salomón Kalmanovitz, también ha realizado aportes significativos en la dirección de establecer las bases de los estudios de economía neoinstitucional en América Latina y en precisar sus alcances. Cuando se analizan los problemas latinoamericanos desde una perspectiva histórica, salta a la vista lo pertinente de la teoría neoinstitucional para abordarlos. Por ejemplo, el estudio de los incentivos que podían conducir a los individuos a iniciar y desarrollar actividades socialmente deseables, como sería el comercio, contrasta con las prácticas atávicas en muchos países latinoamericanos de privilegiar las actividades redistributivas, que permiten la captura de la renta de otros agentes (incluyendo al Estado) o la depredación de sus excedentes. En este contexto, la mayor parte de las veces la política no se pone al servicio del desarrollo

económico, sino que se convierte en un instrumento fiscal para la depredación de la riqueza privada (Kalmanovitz, 2004). En América Latina, más allá de la herencia histórica signada por la larga tradición de controles burocráticos y centralistas, persisten instituciones ineficientes porque siguen existiendo agentes poderosos que se benefician con ellas. Sistemas financieros y monetarios distorsionados, que conllevan a créditos subsidiados y tasas de inflación que castigan a los tenedores de rentas fijas y asalariados. Alto nivel de proteccionismo que desvía rentas de los consumidores hacia terratenientes e industriales, exenciones de impuestos a la tierra que contrastan con altos y regresivos impuestos al consumo (Kalmanovitz, 2004). Este análisis se emparenta con los postulados que desde el decenio de los ochenta ha venido desarrollando

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el economista peruano Hernando de Soto, al frente de un equipo multidisciplinario laborando en el Instituto Libertad y Democracia. Sutentados en una buena base teórica y empírica, sus planteamientos suponen prestar atención a las “reglas del juego” económico y político, presentes y ausentes en las constituciones, leyes, normas y reglamentos de los países latinoamericanos, para extraer de allí lo que, en lo básico, está fallando. El hecho que no exista a priori una actitud de animadversión de los latinoamericanos hacia el tipo de relaciones que constituyen el centro de la actividad capitalista: la propiedad y el mercado, lo corrobora De Soto (1986) al estudiar la evolución histórica de la informalidad en comercios, transporte y construcción de viviendas en Lima. La inexistencia de leyes que otorguen derechos de propiedad bien definidos, aunado a la existencia de fuertes barreras burocráticas para el acceso al mercado formal, antes que deprimir estas actividades, logró más bien el efecto contrario. Al margen de las reglamentaciones formales se desarrolló y se sigue desarrollando en el Perú un dinámico mercado para el desempeño de comercios y empresas, para la obtención de viviendas. De manera que esta dinámica sería una prueba fehaciente de las capacidades de los agentes económicos en busca de maximizar su bienestar, a pesar de los obstáculos impuestos por legislaciones inadecuadas y un sistema basado en los privilegios, las políticas discrecionales y la discriminación. Por supuesto, esta realidad no comporta como tal una estructura ventajosa para la sociedad. Antes más bien la informalidad acarrea diversos costos que amilanan la eficiencia y la productividad, como los asociados con los costos de transacción y los costos de la falta de derechos de propiedad, que obstaculizan, por ejemplo, el acceso al crédito formal. Particularmente, la falta de derechos de propiedad bien definidos y la carencia de una estructura institucional eficiente, que respondan al objetivo de obtener todo el potencial que se esconde detrás del capital, ha sido analizada por De Soto (2000) y un grupo de investigadores. Contando con una base empírica que prácticamente abarca el globo entero, con información proveniente de países pobres muy diferentes en todos los demás aspectos, la investigación llega a la conclusión que las dificultades para convertir activos en capital líquido, el tipo de capital que genera riqueza, frustra la posibilidad de inversión oculta tras este capital, cuya forma de utilizarlo se ha convertido en un verdadero “misterio” para estas sociedades. Resulta paradójico comprobar que en muchos de estos países subdesarrollados los pobres han acumulado una gran cantidad de ahorros en activos, que garantizarían un

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éxito capitalista si dichos activos no permanecieran, debido a reglas y leyes mal fundamentadas, como capital inutilizable.

2. Historia económica y neoinstitucionalismo La economía, como el resto de las disciplinas que intentan explicar los hechos sociales, ha estado sometida en los últimos decenios a intensos debates epistemológicos. Uno de estos debates tiene que ver con el dilema positivo y normativo planteado en la dirección de dilucidar sí la economía y sus disciplinas son más operativas dentro de la corriente metodológica arraigada firmemente en su interior, conocida como individualismo metodológico, o sí, por el contrario, la economía debería subsumirse con las demás ciencias sociales para intentar explicaciones sistémicas. El individualismo metodológico rescata la capacidad de mejores explicaciones que encierra la fragmentación; la factibilidad de levantar un cuerpo de teoría y predicción a partir del aislamiento de ciertos hechos, sometidos al rigor de modelos teóricos y empíricos pertinentes. La otra visión postula la necesidad del abordaje sistémico, con el objeto de explicar bajo supuestos que tomen en cuenta las profundas interrelaciones existentes entre los hechos, sean estos de naturaleza política, económica, cultural. La ciencia económica es la ciencia social más férreamente sujeta a la posibilidad de construirse positivamente, apelando su corriente principal a la defensa del individualismo metodológico como el enfoque válido desde el cual explicar los hechos y formular teorías y leyes correspondientes. Sin embargo, existe el reclamo de que el relativo aislamiento en el que ha permanecido la economía respecto a las demás ciencias sociales haya terminado por restarle capacidad explicativa. Según el criterio de Stiglitz (1991), debe existir una preocupación genuina por incorporar al campo de lo económico los hallazgos sistemáticos de otras ciencias sociales, particularmente la sociología y la sicología.

Enfoques metodológicos en historia económica La historia económica, una disciplina que se fundamenta en la posibilidad de suministrar teorías y explicaciones acerca del pasado material y su evolución, no se escapa a esta confrontación metodológica, puesto que en la base de ésta se encuentra, a su vez, la posibilidad de hacer una interpretación del pasado enriquecida por enfoques renovados y

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creativos. La historia económica ha venido evolucionando en una dirección que supone una percepción mucho más consciente de las limitaciones que encierran explicaciones lineales y deterministas de los fenómenos históricos, sean estos de naturaleza económica o social. Por ello, se ahonda en enfoques metodológicos que ponen el acento en la multiplicidad de perspectivas de explicación de los hechos. Se llama la atención sobre la necesidad de explicar desde diferentes puntos de vista, apreciando un entorno de factores más amplio y no exclusivamente económico. Por lo demás, han dejado de ser pertinentes enfoques deterministas o reduccionistas, sean de tipo marxista o no marxista, como el reduccionismo que supuso la publicación a principios de los sesenta de Las etapas del crecimiento económico, de Walt Rostow [2]. La nueva historia económica, surgida en el decenio de los cincuenta, evitó en lo posible sesgar las investigaciones apelando a explicaciones que involucraran una sola o muy pocas causas, pero, paradójicamente, la herramienta heurística favorita de la nueva historia económica, la cliometría, también se ha orientado, algunas veces, hacia el determinismo. En la década de los sesenta se sujetó el trabajo de la cliometría a la aplicación de la economía neoclásica dominante, especialmente la teoría de precios, con el fin de exponer las debilidades en la lógica de los argumentos presentados por historiadores tradicionales. Posteriormente, evolucionó hacia un campo que supone la aplicación de métodos econométricos sofisticados. Es el caso de los filtros econométricos conocidos como HodrickPrescott y el Kalmam, que sustraen las tendencias de largo plazo de las que son específicamente cíclicas en el comportamiento de las variables de un modelo. Estos filtros son de gran auxilio para analizar el crecimiento potencial de una economía en el largo plazo y cómo se desvía de esta tendencia el crecimiento real, bien en períodos en que la sobrepasa, bien en períodos en que se coloca por debajo de la misma (Kalmanovitz, 2004). Una apretada síntesis de los servicios más importantes prestados por la cliometría los destaca Coll (2000) en tres campos en particular: la contrastación de hipótesis, la reconstrucción de cuentas nacionales y la formulación o reformulación de nuevas respuestas a viejas preguntas. Es sobre todo en el ámbito de la medición y estimación histórica del crecimiento económico donde la cliometría ha tenido los mayores alcances, pero también el campo donde genera mayor debate. Por ejemplo, de las estimaciones cliométricas del crecimiento económico ha emergido una visión contrastante con la sabiduría convencional

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respecto al verdadero impacto de los descubrimientos tecnológicos sobre el crecimiento global (resultante de la medición de la productividad total de los factores). En efecto, los estudios cliométricos han arrojado que dicho impacto es en realidad más modesto de lo que normalmente se supone, sobre todo al principio (Crafts, 2001). En la actualidad es ampliamente aceptada la introducción de la cliometría en la mayoría de los ámbitos de la historia económica, haciendo más frecuente el uso de la teoría económica y de las herramientas estadísticas. Esto conlleva a que, en general, puedan diferenciarse los trabajos atendiendo a los que son cliometría en estado puro, y los “no cliométricos”, también en estado puro, con numerosas tonalidades intermedias.

Historia económica y la perspectiva neoinstitucional Particularmente interesante de analizar resulta la conjunción de la cliometría con la corriente neoinstitucional. Como lo reseña Kalmanovitz (2004), los neoinstitucionalistas, en particular North, le otorgan a la cliometría un gran alcance, al lograr sustituir o especificar con mayor precisión la mayor parte de las explicaciones de historia económica tradicionales. Empero, pese a sus logros, identificando importantes aspectos como que la esclavitud era rentable, o que los ferrocarriles no habían sido tan esenciales como se pensaba, la cliometría falla en aspectos claves, como detectar el impulso detrás del crecimiento de largo plazo o el discernimiento de los cambios de la distribución del ingreso causados por los cambios históricos. Esta falla es atribuible a su incapacidad de incluir las instituciones y el gobierno como variables endógenas. Por el contrario, la perspectiva neoinstitucional se plantea evitar la rigidez impuesta por la teoría neoclásica y el supuesto de un mundo sin fricciones, de forma tal de hacer que el desempeño institucional eficiente o ineficiente juegue un papel explícito en la comprensión del crecimiento de largo plazo. Una primera aproximación a los intentos neoinstitucionalistas de hacer una “nueva historia económica” se corresponde con la explicación sobre el desarrollo económico europeo y el origen del capitalismo. El trabajo de North, en conjunto con Robert Thomas, El nacimiento del mundo occidental. Una nueva historia económica (900-1700), publicada originalmente en 1973, abrió un campo fértil para la indagación histórica del desempeño económico desde una perspectiva diferente, por ejemplo, al enfoque marxista. Dentro de este

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análisis, se hace especial énfasis en el papel de los cambios jurídicos e institucionales como los aspectos claves del desenvolvimiento económico en su perspectiva histórica. El argumento central es que la clave del crecimiento reside en la constitución de una organización económica eficiente y eficaz, que paulatinamente minimice los costos de transacción y negociación implicados en las actividades productivas. Una organización eficaz supone el establecimiento de un marco institucional y de una estructura de la propiedad capaz de canalizar los esfuerzos económicos individuales hacia actividades que se traduzcan en una aproximación entre la tasa privada y la tasa social de beneficios. Esto supone, en la visión de North y Hartwell (1981), la exploración sistemática de costos de transacción que definen y se aplican en un sistema de derechos de propiedad de una sociedad, considerando un determinado estado de la tecnología. Este tipo de investigación contribuye a explicar las varias formas de organización económica a través de las cuales se ha realizado el intercambio en la historia y ayuda a interpretar la división de las actividades económicas entre las familias, las organizaciones voluntarias, los mercados y el Estado en un determinado momento, así como los cambios en la combinación de esos factores a lo largo del tiempo. Además, una ventaja importante del enfoque de los derechos de propiedad es que se presta a la investigación empírica y a las proposiciones comprobables. Por ello, la observación de los cambios en los precios relativos evolucionando históricamente resulta fundamental, pues éstos generan cambios en las conductas de los poseedores de los recursos económicos, desatando, a su vez, los cambios políticos e institucionales. Se debe resaltar que, más allá de la ruptura parcial con el análisis factorial tradicional, el enfoque neoinstitucional recala en un esfuerzo deliberado por hacer una historia económica ajustada a los requisitos de la teoría y el análisis económico neoclásico o, como mínimo, del mainstream de la economía. Prueba de ello es que en la perspectiva de análisis histórico de la economía neoinstitucional ocupan un lugar central el análisis costo-beneficio y el supuesto de optimización de las utilidades como fuerza impulsora del cambio institucional (Kalmanovitz, 2004). Pero, al mismo tiempo, al evitar la economía neoinstitucional las simplificaciones correspondientes a un tratamiento determinista o reduccionista de los hechos y datos históricos, redunda en una importante ventaja metodológica para hacer una historia económica más genuina.

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No obstante, es posible que la propia economía neoinstitucional deba alimentarse de otros enfoques alternativos si quiere enriquecer sus análisis históricos. Esto es así porque, se pueden contrastar cualquier conjunto de enfoques o herramientas como alternativas contrapuestas, pero en realidad el análisis siempre saldrá enriquecido en la medida que no se desdeñe a priori ninguno. Sirva de ejemplo la conclusión a la que llega Boehme (1981) reflexionando al respecto. De la confrontación entre la visión hermenéutica y la visión sistemática de la historia económica se desprende la necesidad de superar las contradicciones, en aras de aprovechar tanto las interpretaciones cuando faltan los hechos, como aquellas teorías que se sustentan en los hechos, pero cuya fundamentación tiende a volverse ahistórica. Esto es así porque los conceptos estructurales de la historia económica, que ordenan las masas de materiales y de datos económicos, alcanzan gracias a los factores no económicos un plus cualitativo de contenido explicativo. Con este proceder se está postulando una historia económica cuyo interés epistemológico se coloca por encima de la corona de datos, para mostrar que la “totalidad” de los procesos sociales no se agota ni en los procesos y relaciones económicas, ni en las teorías inmanentes al sistema. Los criterios “economicistas” en historia económica deben ser vistos con precaución, pues, como advierte Braudel (1982), si la historia económica del mundo es la historia entera del mundo, es porque es vista desde un solo observatorio: el observatorio económico. Elegir este observatorio es privilegiar de antemano una explicación unilateral y peligrosa.

3. El origen del capitalismo desde la perspectiva neoinstitucional Hacia el final del período medieval, coincidiendo con la emergencia del capitalismo, ocurren importantes cambios institucionales que sentarán la base para el despliegue de fuerzas dinámicas generadoras, a partir de 1700, de los primeros signos de un crecimiento económico sostenido. Estos cambios contrastan con la rigidez institucional existente en el final de la Edad Media, extendiéndose hasta el Mercantilismo, caracterizada por la presencia de sistemas de privilegios discriminatorios, derechos de propiedad comunes o inexistentes, el poder anticompetitivo de los gremios, el proteccionismo, la reglamentación y regulación excesiva, el envilecimiento del sistema monetario y financiero. Particularmente, los obstáculos institucionales de todo tipo que existieron en el medioevo se convirtieron en una

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rémora para el potencial de emprendimiento, obligando a muchos empresarios a desistir, o permanecer al margen de la formalidad y de las leyes, perdiéndose la posibilidad de aprovecharlos como agentes efectivos de cambio social. Este tipo de barreras, generadas por burocracias rígidas que entorpecieron la emergencia del capitalismo, también se observó en el imperio chino y en el bizantino del siglo XV. Algunas de estas trabas burocráticas medievales y mercantilistas persisten en varias economías latinoamericanas del siglo XXI. Empero, la economía medieval, particularmente en su época tardía, también es fecunda en hechos demostrativos de que los europeos de la época, especialmente italianos y flamencos, se enfrentaron con éxito a problemas institucionales bastantes similares, aunque en otra dimensión, a los que se enfrentan las empresas y las naciones en la actualidad. La definición de los derechos de propiedad, problemas de agencia, el sostenimiento de la competitividad, costos de información y de transacción se trataron con innovaciones organizacionales y cambios institucionales significativos. Estos cambios van a la par de un proceso mediante el cual los europeos medievales paulatinamente internalizan las ventajas que subyacen en el mejoramiento técnico, vale decir, la innovación, en la división del trabajo, en los intercambios monetarios y, fundamentalmente, el cálculo racional de las ganancias y la diversificación del riesgo. Por lo demás, la racionalidad económica deviene en el numen, en el espíritu que, complementado con una ética característica, insuflará de vida al capitalismo. Algunos ejemplos permiten visualizar como los cambios institucionales se generaron en la dirección de alentar las actividades mercantiles y productivas. En el caso de la insurgencia del Estado Nación, North y Thomas (1976) proveen una explicación alternativa a la sabiduría convencional. En el mundo fragmentado de la sociedad feudal, el castillo inamovible y el caballero armado habían constituido las piezas esenciales del mecanismo defensivo. A medida que se fue imponiendo una nueva tecnología militar fue aumentando el tamaño óptimo de defensa de la unidad política local, puesto que operaba un proceso similar al de las economías de escala, en el sentido que los costos de los servicios de defensa se reducen, en la medida que se reparten entre una población más amplia, habitando en unidades territoriales más amplias. De manera que, por razones de mera eficiencia, el señorío tuvo que crecer para convertirse en una comunidad, en un Estado. La emergencia de la nación-estado se explicaría entonces en virtud de los cambios tecnológicos introducidos en

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las actividades bélicas, los cuales requirieron de una escala mucho mayor, y en consecuencia, el aumento del tamaño de las unidades gubernamentales. En el caso de los derechos de propiedad también se generan importantes cambios que tendrán un impacto directo sobre el aumento de la producción y la productividad agrícola. Hacia 1500, cuando se produce la renovación del crecimiento demográfico, los nuevos acuerdos institucionales respecto a las prestaciones laborales en la agricultura y los derechos de propiedad sobre la tierra se habían extendido de forma generalizada por toda Europa occidental, particularmente en Inglaterra. La tierra pasa a ser paulatinamente cultivada o bien por sus propietarios, con trabajadores libres que percibían un salario y podían contratarse libremente, o bien por arrendatarios. La pérdida de los derechos comunales sobre la tierra, particularmente sobre las tierras destinadas al pastoreo del ganado en Inglaterra, fue consecuencia en lo fundamental del proceso de cercamientos destinados a la cría de ovejas, lo cual modificó sustancialmente el paisaje rural. Dentro del análisis sostenido por una historia económica convencional la resultante de esta reconversión del suelo fue la expropiación de los campesinos. Sin embargo, North y Thomas (1970), siguiendo un criterio diferente para evaluar los mismos hechos, han apuntado que, en primer lugar, las tierras destinadas al pastoreo tenían una menor densidad poblacional que las tierras dedicadas a la agricultura. En segundo término, la pérdida de los derechos sobre las tierras comunales fue el precio que se tuvo que pagar por un uso más eficiente de los pastos. El costo económico de alimentar el rebaño propio en tierras comunales para un individuo se acercaba a cero, de manera que al aumentar el precio de la lana había un incentivo adicional para utilizarlas. Pero, desde el punto de vista de la sociedad como un todo, el sobrepastoreo origina una disminución de los rendimientos y en consecuencia del beneficio social neto. Al delimitarse las áreas y definir derechos de propiedad mejoraron los rendimientos y la tasa privada de beneficios se acercó un poco más a la tasa social. Las consecuencias de los cercamientos fueron, por lo tanto, ventajosas y posibilitaron elevar la productividad agrícola. Por otra parte, la capacidad de asociatividad pública y privada, con el fin de minimizar el riesgo en los negocios, sumar capital o emprender empresas mancomunadas de envergadura, también comenzó a generarse a partir de cambios institucionales que

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potenciaron

la

acción

colectiva,

gestándose

redes

muy

similares

a

lo

que

contemporáneamente se denomina “capital social” [3]. En estos términos, como lo fundamenta Fukuyama (1999), dado que las normas generadoras de capital social deben incluir, básicamente, virtudes como decir la verdad, cumplir con las obligaciones y practicar la reciprocidad, no resulta sorprendente que éstas coincidan con los valores del puritanismo que Max Weber identificó como esenciales para el desarrollo del capitalismo occidental. Adicionalmente, los valores de la reforma protestante tuvieron la importancia que le asigna Weber, porque no sólo arraigaron entre la clase empresarial, sino que estas virtudes fueron practicadas por primera vez y en forma extensiva fuera de la familia. Se trata, debe repetirse, de desarrollos rudimentarios, si se les compara con las fuerzas dinámicas institucionales, técnicas y económicas que impulsaron, por ejemplo, la Revolución Industrial. Pero el tipo de cambios institucionales que hacen la actividad económica más eficiente comenzaron a desplegarse durante esta época. La existencia de este tipo de redes y su desarrollo a lo largo de la Edad Media comporta otro aspecto muy interesante. Permiten visualizar que el orden y el capital social no sólo se generan de arriba abajo de forma jerarquizada, también pueden emerger en forma espontánea y descentralizada. Aunque en su conjunto la economía y la sociedad medieval representan un período de fuertes restricciones para el despliegue de la actividad económica, no es menos cierto que a partir de esta época, particularmente hacia su final, las normas informales, generadas en forma espontánea para el comercio y los negocios, comenzaron a socavar muy lentamente, las bases de reglas, leyes y regulaciones formales, creadas por fuentes jerárquicas de autoridad. En la práctica, significó que los códigos y regulaciones formales hacia la producción y el comercio paulatinamente se hicieran consustanciales con las normas emergentes, convirtiéndose en su expresión. Algunos ejemplos de cómo se fueron conformando estos cambios institucionales pueden ilustrar mejor la aseveración. Se da por sentado que el dominio ejercido por los italianos sobre el comercio del sur y occidente de Europa durante los siglos XIII y XIV se debió a su organización empresarial relativamente más eficiente. Las economías de escala, necesarias para los beneficios del comercio de larga distancia, fueron la causa del surgimiento de las empresas familiares italianas en el comercio y en las finanzas (la rogadia, la compagnia). Pero, esta explicación no responde a la pregunta de por qué en el mundo

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islámico, donde también se desarrollaba un comercio a gran escala, no hubo empresas de este tipo. Al respecto, Greif (2000), adelanta una hipótesis bastante original. Una característica distintiva de las empresas italianas medievales lo constituye el hecho de que fueron las primeras organizaciones en exhibir la división entre propiedad y control de las operaciones. La eficiencia del comercio de larga distancia exigía la atenuación de un problema organizacional relacionado con los costos de transacción y de información: la provisión de los servicios requeridos para el manejo en el exterior de los bienes de un comerciante. La empresa familiar italiana, al tener una menor probabilidad de quiebra dado su carácter colectivo, permitiendo el reemplazo individual, evitó en buena medida el problema del “agente-principal”, puesto que las relaciones de contratación de los agentes operadores evolucionaron hacia un sistema de incentivos y de penalizaciones legales que mitigaban los incumplimientos de contrato, los fraudes y desalentaban los sobornos. La rotación permanente de los agentes evitaba su vinculación con los intereses locales y un proceso de selección y capacitación de agentes servía para promover el capital humano de la empresa. Lo que pone en la palestra el funcionamiento de las empresas familiares italianas es un principio general. Señala la necesidad de nuevas instituciones para facilitar las transacciones a medida que las economías crecen y se desarrollan. Los mecanismos comunitarios del siglo XII, instituidos para facilitar el acceso al crédito y al comercio internacional, van a dar paso en el siglo XIII, a un sistema de observancia y sanciones basado en la responsabilidad individual. El mecanismo colectivo resultaba válido en la medida que el tamaño del mercado y el volumen del comercio posibilitaba que la comunidad asumiera el comportamiento individual de sus miembros frente a otras comunidades. La simple reputación se convirtió en un incentivo efectivo para el cumplimiento de los contratos. Pero al crecer el tamaño del mercado y las ciudades se hizo más difícil ejercer la intervención colectiva, debido al aumento de la competencia y la intensificación de los problemas de información y de observancia. Esto conllevó a que los miembros de una comunidad ya no quisieron ser colectivamente responsables del incumplimiento de los contratos. El paso de la responsabilidad colectiva a la individual requería una innovación institucional, representada en el hecho de que fuera un tercero quien pudiera exigir y hacer cumplir los contratos. El

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reino de Inglaterra, hacia 1275, adelantó esta reforma institucional promulgando un estatuto que declaraba ilegal la responsabilidad comunitaria de las deudas (Greif, 1997). De forma complementaria, el final de la Edad Media experimentó el cambio definitivo de las actitudes hacia el interés como medida de valor de operaciones financieras redituables en un futuro. El interés deja de ser visto como “usura” y se contraponen su percepción negativa de ser un instrumento del mal, con sus bondades como impulsador del despliegue de las fuerzas productivas. Se trata, a no dudarlo, de un cambio de actitud mental, colectiva o cultural que, no obstante, hunde sus raíces en los cambios institucionales operados en los negocios, algunos de los cuales ya han sido mencionados. Al respecto, Hirschman (1977) ha sostenido que la idea del interés, en el sentido de cálculo racional económico, recibió desde por lo menos principios del siglo XVI, particularmente en el pensamiento de Maquiavelo, un fuerte impulso en la teoría política. El interés experimentó una transformación en su concepción de avaricia, de usura, hacia una concepción más benigna, significando su contraposición a otras pasiones de carácter destructivo, como la guerra [4]. La justificación del interés va a evolucionar hacia un complejo de ideas más alambicado que Hirschman (1992) agrupa dentro de lo que denomina el "comercio gentil". Antes de la Revolución Industrial ya existía una postura fuertemente arraigada en los individuos europeos, particularmente de la sociedad inglesa, e incluso de Norteamérica, que los impulsaba a percibir el comercio como un agente civilizador de gran fuerza y alcance. El comercio tomó así un carácter de sistema pacífico, operando para hacer cordial a la humanidad, volviendo a las naciones y a los individuos mutuamente útiles. Por supuesto, esta visión del comercio está fuertemente vinculada con el pensamiento de Adam Smith, quien otorgará a la búsqueda del interés propio, como motivación económica fundamental, una sanción moral positiva. Al hacerlo, legitimó la actividad empresarial como la llamada a propiciar el desarrollo del sistema capitalista. La búsqueda de oportunidades de negocios se acopla perfectamente con la búsqueda del interés propio. La prosperidad del empresario y, por ende, la de la sociedad como un todo, sería tanto más exitosa cuanto menos fuera obstaculizada por intervenciones, restricciones o regulaciones, ya provinieran del gobierno o de otros agentes. El empresario capitalista se encargará de dar un sentido práctico al pensamiento teórico del liberalismo económico, haciendo corresponder su visión, imbuida de la necesidad de su tarea, con lo que se consideraba era políticamente correcto y

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socialmente útil. De allí que la práctica empresarial inmersa en el capitalismo fomente un conjunto de actitudes sicológicas y disposiciones morales compatibles, que son tanto deseables en sí mismas, así como conducentes a la mayor expansión del sistema.

4. América Latina, la historia económica y la economía neoinstitucional La posibilidad de vincular el desarrollo económico de América Latina con la historia económica y la economía neoinstitucional se basa en dos premisas. La primera, subraya la importancia de la historia y de la perspectiva histórica comparativa como herramienta de análisis. Si adicionalmente esta perspectiva histórica se alimenta con el enfoque de la economía institucional, las posibilidades de extraer comparaciones y lecciones del pasado económico se enriquecen con esta visión, pues le otorga al cambio en las reglas de juego, en la evolución de las normas formales e informales, en las políticas, una importancia fundamental. La segunda premisa descansa en la apreciación que conjuga la historia de las instituciones económicas y su evolución con el desarrollo económico. Sí esta premisa es tomada como válida, significa que, de cara al futuro, existe la posibilidad de que las sociedades latinoamericanas puedan modificar sus patrones de comportamiento económico, a partir de cambios en su matriz institucional. Ello es factible en tanto se puede transformar y moldear las instituciones económicas y políticas que presentan una estructura ineficiente. Si bien las instituciones son producto de la herencia cultural, éstas pueden experimentar importantes cambios hacia la eficiencia, si se activa el mecanismo de incentivos y penalizaciones adecuado.

El mercantilismo latinoamericano La frase “mercantilismo latinoamericano” alude al hecho que la tradición centralista, burocrática y redistributiva, poco fomentadora de la generación de riqueza, imperante en buena parte de la región, encuentra un paralelo histórico con la fase mercantilista del capitalismo europeo de los siglos XV al XVIII. Incluso en varios aspectos la comparación retrotrae hasta algunas características que tenían las economías alto medievales. Esto puede resultar un contrasentido para quien analice las constituciones y los códigos de comercio de las naciones latinoamericanas, pues en ellas el espíritu de la ley está

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fuertemente comprometido con el desarrollo de economías de mercado. En realidad, aunque formalmente se trata de sistemas capitalistas, en la mayor parte de Latinoamérica se carece o no han prevalecido las instituciones necesarias para el desarrollo de los mercados. Por ello, el paralelo es válido con el mercantilismo, en la medida que muchas de las prácticas económicas en América Latina responden a un sistema de privilegios, a la posibilidad de agremiarse en defensa de intereses particulares, obtener protección comercial del Estado y capturar rentas, a la presencia de inmensas trabas burocráticas, además del espíritu dirigista e intervencionista que ha marcado la pauta de la acción de los gobiernos. Las iniciativas empresariales y la actividad emprendedora representan uno de los campos cubierto por las leyes gubernamentales donde las excesivas reglamentaciones y regulaciones, la ausencia de derechos de propiedad o su presencia en términos mal definidos, socavan el genuino espíritu de empresa. Por lo demás, estas trabas terminan constituyendo el mayor impedimento para desarrollar actividades productivas dentro del ámbito formal. No es de extrañar, como comenta De Soto (1991), que el auténtico perfil de economía de mercado de muchos países latinoamericanos hay que observarlo en las actividades económicas y las redes informales, puesto que esto es equivalente a saber que es lo que quieren la mayor parte de los agentes económicos y cómo desean participar. Supone la existencia de una “normatividad extralegal” la mayoría de las veces más eficaz que la normatividad formalmente sancionada. Las limitaciones institucionales observadas respecto a la iniciativa empresarial en América Latina son de variada índole y tienen un peso específico diferente en cada sociedad, pero se repiten en forma recurrente de país en país. La excesiva reglamentación e ineficacia de la burocracia pública, junto con la corrupción y la ausencia de un sistema judicial confiable, que hace oneroso el registro formal de empresas, sería la razón aparente para que, por ejemplo, más de la mitad de los empresarios peruanos se encontraran hacia mediados de la década de los ochenta en el sector informal de la economía (De Soto, 1986). Una problemática similar para la misma época, se reflejaba en el clima para la creación y sostenimiento de pequeñas empresas en México. Zaid (1987), desde una perspectiva diferente, argumenta al respecto que las grandes pirámides burocráticas públicas y privadas, protegidas y protectoras, habían ahogado, con su paternalismo, una gran tradición de productividad independiente. Paradójicamente, destruir un pequeño productor autónomo y

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crearle un empleo moderno con todas las inversiones necesarias, costaba muchas veces más que equiparlo mejor para aumentar su productividad independiente. Las limitaciones legales y reglamentarias que establecen definiciones precarias de los derechos de propiedad, dificultan el acceso a créditos por parte sobre todo de pequeños y medianos empresarios que se inician en actividades de negocios. En muchos países latinoamericanos existen muchas restricciones para la utilización de los bienes muebles e inmuebles como garantía. Cuando los prestatarios no pueden utilizar sus propios bienes como garantía de un préstamo, ni pueden adquirir bienes a crédito utilizando como garantía esos mismos bienes, las tasas de interés sobre los préstamos son, por término medio, más elevadas, puesto que los prestamistas, formales o informales, buscan, de esta manera, compensar el riesgo al que se ven expuestos. Por su parte, un entorno hostil, signado por la inseguridad personal, abundancia de permisos, acoso de las autoridades y poco acceso a servicios financieros y tecnológicos disponibles para empresas de mayor tamaño, explicarían, según Márquez y Gómez (2001), las ineficiencias de los microempresarios de Venezuela. En América Latina, los problemas a los que se enfrentan emprendedores y empresarios comienzan desde la observancia de una tradición que otorga, regularmente, una imagen negativa a las actividades de negocios. Esta visión retrógrada, se exacerba en la medida que la sociedad en cuestión tiene como base una economía predominantemente rentista y redistributiva. En estas circunstancias, la capacidad empresarial no se considera una opción, porque la sociedad no valoriza suficientemente las actividades que desarrolla un empresario. Con frecuencia se le identifica con la obtención de un lucro, la acumulación de poder y otros motivos predominantemente materialistas, y, en consecuencia, inferiores. Esta imagen disuade a muchos potenciales empresarios de adoptar este rol social [5].

5. Conclusión: el reto de las Instituciones en América Latina La eficacia institucional, vista como una palanca de la iniciativa empresarial y de la generación de un buen clima para las inversiones, puede ser corroborada a partir de un estudio comparativo del Banco Mundial (2002). Una investigación al respecto reveló que en muchos países en desarrollo el costo financiero que implicaba el cumplimiento de los

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reglamentos de los registros de empresas es muy elevado con relación al PIB, y bastante superior a los promedios de los países industrializados. De manera contradictoria, las naciones pobres, con menores capacidades administrativas son las que requieren más procedimientos para el registro de empresas. El elevado costo de transacción, desde el punto de vista tanto de la complejidad como de los recursos, desalienta el ingreso de empresas en el sector formal, reduciendo la capacidad competitiva y generando costos adicionales en forma de mayor corrupción. Los incentivos que pueden aportar las instituciones públicas y privadas para propiciar iniciativas empresariales también están relacionados, entre otros aspectos, con la calidad en la prestación de los servicios públicos, la percepción favorable o desfavorable acerca del régimen jurídico existente, la calidad de la infraestructura, la disponibilidad y facilidad para obtener información sobre normas, reglamentaciones y políticas, la calidad de los recursos humanos, con la mayor apertura al comercio internacional y a los mercados financieros, y, de manera significativa, con la capacidad de cooperación para el establecimiento de redes de todo tipo. Es en este sentido que North (1996) precisa la necesidad de desarrollar el espíritu empresarial alterando el ambiente, para lo cual se requiere crear un ambiente constructivo y competitivo. Un ambiente competitivo que sea productivo y creativo no sólo se logra con una normativa de derechos de propiedad, leyes y normas que brinden incentivos para que los empresarios sean productivos, sino que va más allá de esto, y procede a especificar cuáles son las normativas aplicables en diferentes mercados económicos, que proporcionarán los incentivos para que cada uno de esos mercados sea productivo y creativo. Por las mismas razones, se ha postulado la necesidad de generar un medio innovador para alentar el potencial empresarial en una sociedad. Este medio innovador, según lo detallan Castells y Hall (1994), puede ser entendido como un sistema de estructuras sociales que incluye, entre otras, las instituciones económicas que crean las condiciones para una generación continua de sinergias y su inversión en procesos de producción generados a partir de esta capacidad sinérgica, tanto para las unidades de producción que son parte de este medio innovador como para el medio en su conjunto. Más allá de las reformas macroeconómicas, que garanticen estabilidad y condiciones favorables para atraer inversiones extranjeras, las necesarias reformas institucionales son fundamentalmente de tipo microeconómico. Se corresponden con un amplio espectro de

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problemas que, sin embargo, pueden comenzar a resolverse en la medida que exista una clara intención política y de políticas orientada a propiciar economías de mercado, dentro de medios innovadores que fomenten la inciativa empresarial. Vale la pena repasar brevemente las tareas de reforma más importantes en lo que atañe a la promoción de empresarios: derechos de propiedad y seguridad jurídica, desarrollo del mercado de capital, eliminación de las trabas legales para el registro de empresas, fomentar la vinculación universidad-industria, posibilitando la innovación en productos, servicios y procesos, inversión en educación donde sea mayor su rentabilidad social. La buena definición de los derechos de propiedad, por ejemplo, permitiría “capitalizar” los escasos bienes que poseen potenciales emprendedores, y servirían de garantía para la obtención de préstamos en condiciones que no recarguen las tasas de interés, al minimizarse los costos de transacción implicados, elevando así las oportunidades de negocios. La disminución de los obstáculos legales para la creación de empresas incentivaría la presencia de éstas en el ámbito formal de la economía, con los consiguientes beneficios fiscales, para la productividad y la competitividad. Correlativamente, en la medida que mejora el entorno económico y social para los negocios, se estimula la planificación y la asunción del rol de emprendedor de manera profesional [6]. Más allá del peso de las tradiciones y de la historia, que fomentó gobiernos burocratizados, intervencionistas, redistribucionistas y grupos sociales dedicados

permanetemente a capturar rentas del Estado y protegerse de la competencia, los latinoamericanos han demostrado tener capacidad para emprender actividades

empresariales en su región e incluso globales. No hay ningún obstáculo cultural que los condene a no aprovechar los beneficios de la competencia y de una economía de mercado, en muchos aspectos están mejor preparados y cuentan con iguales o más recursos respecto a otras naciones. China, Rusia y los países del Este Europeo, a diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos, ahora están embarcados en un amplio proceso de reformas institucionales que les permitirá volverse sociedades más prósperas y sacar partido de las ventajas de la globalización. Será sobre una matriz institucional con una estructura de incentivos diferente que las necesarias, pero insuficientes, reformas macroeconómicas latinoamericanas podran tener éxito. Se requieren, pues ambas reformas, de lo contrario, como lo dijo en otro contexto Simón Bolívar, es probable que sigamos “arando en el mar”.

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Notas

[1] Conviene dar al respecto una definición sucinta de lo que en economía neoinstitucional se entiende por instituciones y cambio institucional. Las instituciones representan las normas formales, obligaciones informales, tales como normas de comportamiento y códigos de conducta autoimpuestos y en sus características relativas a su observancia. Las instituciones existen, entre otras cosas, porque reducen las incertidumbres propias de la interacción humana. Estas incertidumbres surgen como consecuencia de la complejidad de los problemas de cooperación social, por ejemplo, para el intercambio, que deben resolverse. El cambio institucional es el fomento de cambios y transformaciones en las normas, reglas, organizaciones, que define un sistema de cooperación social con la finalidad de acercar la tasa privada de beneficios con la respectiva tasa social. Veáse al respecto “Institutions, Institutional Change and Economic Performance” de Douglas North, 1990. [2] A propósito del reduccionismo económico o de cualquier otro tenor, que toma un factor o a lo sumo un grupo de factores como explicación unívoca de los hechos, el historiador italiano Carlo Cipolla ironiza sobre este particular en un singular ensayo. Cipolla hace descansar en el supuesto poder afrodisíaco de la pimienta, el incentivo fundamental para que se diera el fenómeno de las Cruzadas, la posterior expansión del comercio mediterráneo, la acumulación de capital, el desarrollo de la banca en Florencia y hasta la guerra de los Cien Años. Usando técnicas “cliométricas” calcula unos factores que aparentemente le dan respaldo estadístico a su teoría. Por supuesto, en definitiva se está lanzando un llamado de alerta sobre lo inconveniente que resultan los modelos explicativos simplificadores de la realidad. Véase C. Cipolla “El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media” 1991. [3] La variable del desarrollo económico identificada como “capital social” está estrechamente relacionada con algunas formulaciones teóricas aportadas por investigadores de este fenómeno. Así, el capital social estaría vinculado, entre otros factores, con la capacidad de acción colectiva, postulada por el economista Mancur Olson en la década de los sesenta; con la existencia de virtudes cívicas, estudiadas desde el decenio de los ochenta por el politólogo Robert Putnan; y con el grado de confianza y el establecimiento de redes familiares empresariales en una determinada sociedad, analizado por el científico social Francis Fukuyama a mediados de los noventa. Todas estas tesis confluyen en aseverar que un elevado capital social se transforma en estabilidad política v macroeconómica, incentivos para la productividad y la innovación, énfasis en la educación, transparencia, erradicación de prácticas corruptas, crecimiento del trabajo voluntario. Un bajo capital social, o en proceso de erosión, genera condiciones desfavorables para el desarrollo económico, al

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reflejarse en altos niveles de desconfianza, poca participación y un mermado grado de conciencia ciudadana. Véase I. Covarrubias. “Emprendedores y Empresarios: Un Enfoque Institucional” 2003. s/p. [4] Los argumentos políticos a favor del capitalismo apuntaban a mostrar que la búsqueda del interés propio y la actividad lucrativa como pasiones benevolentes, se orientaban en una dirección transparente y predecible que no podría sino beneficiar el interés público y, por tanto, tendría efectos ventajosos para el Estado. Esta apreciación representa sin duda, un prolegómeno del debate que tomaría fuerza dentro de las ciencias sociales y particularmente dentro de la economía, respecto a los procesos donde se generan conseciencias inintencionadas de acciones intencionadas, discusión que se ha desarrollado desde el siglo XIX. La confluencia de acciones no buscadas que resultan colectivamente beneficiosas a partir de acciones individuales buscadas, está en el centro del pensamiento económico liberal. Véase T. Sowell “A conflict of Visions”. 1987. p. 32. [5] Al parecer, esta situación ha cambiado paulatinamente en países como Chile, donde el empresario ha comenzado a ser valorado como uno de los más importantes agentes del cambio social y del desarrollo. No obstante, las condiciones de cambio institucional que permitieron instaurar una economía de mercado, abierta y competitiva, propiciadora de la iniciativa empresarial, se dieron en el contexto de un proyecto político donde el empresario no ha terminado de asumir una verdadera función de liderazgo y de compromiso social. Véase C. Montero, “¿Son los empresarios agentes del cambio institucional? Reflexiones a partir del caso chileno” 1999. s/p. [6] Al respecto, es apropiado destacar el perfil que han adquirido los emprendedores chilenos Este se corresponde con el segmento profesional emergente en la economía de mercado chilena a mediados de los noventa. No se trata ni de personas de origen humilde que habrían surgido en la sociedad de oportunidades, ni de los hijos de los empresarios tradicionales. Son más bien personas de clase media, sin grandes fortunas, pero cuyas familias los dotaron de capital humano. Muchos eran profesionales altamente calificados, que en un momento determinado de crisis del trabajo asalariado y de apertura de nuevos mercados, tomaron la decisión de crear una empresa. Véase C. Montero Op. Cit. s/p.

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