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Fernando Rodríguez. Francisco de Carvajal

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Francisco de Carvajal, vir facetus en el libro v
de la Historia General del Perú
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FRANCISCO DE CARVAJAL, VIR FACETUS EN EL LIBRO V DE LA HISTORIA GENERAL DEL PERÚ

B. APL, 44. 2007 (61-76)

FRANCISCO DE CARVAJAL, VIR FACETUS EN EL LIBRO V DE LA HISTORIA GENERAL DEL PERÚ FRANCISCO DE CARVAJAL, VIR FACETUS DANS LE LIVRE V DE L’HISTOIRE GÉNÉRALE DU PÉROU Fernando Rodríguez Mansilla Universidad de Navarra - UNC at Chapel HUI
Resumen: El presente artículo analiza el punto de vista que el Inca Garcilaso asume con respecto al viejo conquistador, Francisco de Carvajal, «El demonio de los andes», enfoque en el cual intenta desmitificar la imagen cruel y despiadada que los demás cronistas han construido sobre él. Además, presenta una descripción sobre la función que este personaje cumple en el libro V de la Historia General del Perú, dónde se narra la guerra entre Gonzalo Pizarro y el pacificador Pedro de la Gasca. Por otro lado, se revisa en Carvajal, el concepto humanístico del vir facetus, ese hombre culto y refinado, capaz, al mismo tiempo, de deslumbrar en los salones con su ingenio y sus facecias o divertidas anécdotas. Résumé: Cet article analyse la perception présentée par l’Inca Garcilaso du vieux conquérant Francisco de Carvajal, communément appelé « Le démon des Andes ». Dans son approche, il essaie de démystifier l’image cruelle et impitoyable de Francisco de Carvajal, telle qu’elle a été divulguée par les autres chroniqueurs. De plus, cet article présente une description du rôle joué par Carvajal dans le cinquième tome de l’Histoire Générale du Pérou dans lequel est racontée la guerre entre Gonzalo Pizarro et le pacificateur Pedro de la Gasca. En outre, Garcilaso a révisé chez Carvajal le concept humaniste de vir facetus, cet homme cultivé et raffiné et, en même temps, capable d’éblouir les salons par son génie et ses mots d’esprit ou par ses anecdotes amusantes.

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Palabras clave: Crónicas, corona, guerra civil, providencia, humanismo, vir facetas, etc Mots clef: Chroniques, couronne, guerre civile, providence, humanisme, vir facetus, etc.

Sabido es que el proyecto histórico narrativo del Inca Garcilaso en la segunda parte de sus Comentarios reales, publicada bajo el nombre de Historia general del Perú (1617), posee una visión trágica manifiesta sobre las guerras civiles que asolaron estos reinos en las décadas siguientes a la conquista1. Sin embargo, este texto surcado de asesinatos y traiciones posee algunos interludios cómicos para disfrute del lector. Esto se observa especialmente en los capítulos dedicados a Francisco de Carvajal, maese de campo de Gonzalo Pizarro. En el presente trabajo analizaremos el punto de vista que Garcilaso asume frente al viejo conquistador, bien distinta de la ofrecida por otros cronistas, y la función que este personaje cumple especialmente en el libro V, en el cual se narra la guerra entre Gonzalo Pizarro y el pacificador Pedro de la Gasca. Si, como advierte el Inca, cada libro de la Historia general acaba con una muerte lastimera «porque en todo [la Historia general] sea tragedia» (VII, XIX, 250)2, puede considerarse cada libro como una tragedia en miniatura o subtragedia. En la tragedia particular que envuelve a Gonzalo Pizarro y sus hombres, Carvajal, como vir facetus, cumplirá una función retórica primordial, la de la relaxatio (Luck 116), en medio de este episodio peliagudo de la conquista: la rebelión encabezada por Gonzalo Pizarro que puso en jaque la autoridad de la Corona en el Perú e inclusive el papel de Sebastián Garcilaso, el padre del Inca, en la misma.

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Carmela Zanelli, en particular, ha investigado los alcances del concepto, bastante complejo y ecléctico, de «tragedia» vigente en la época del Inca y la aplicación que este le da en su obra. Las citas de la Historia general del Perú se toman de la edición de Ángel Rosenblat en tres volúmenes que figura en nuestra bibliografia. En romanos se indican el libro y el capítulo correspondientes y en arábigo la página.

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Este procedimiento no debe extrañamos. El Inca Garcilaso demuestra constantemente, como lo indicó José Durand, «una elaboración literaria de la historia» («Introducción», 82). Por otra parte, el discurso histórico en su época no pretendía la rigurosidad científica que se le exige actualmente. En su interesante estudio sobre La vocación literaria del pensamiento histórico en América, Enrique Pupo-Walker señala que «ese sesgo creativo de la historiografia americana fue determinado en gran parte por consideraciones retóricas y ampliado, a su vez, por preceptos detallados que elaboraron los primeros cronistas oficiales» (69). Para circunscribirnos al personaje de Carvajal, cabe resaltar que su faceta jocosa está presente también en otras crónicas, pero en ellas es solo un complemento de su característica esencial según estas mismas: la crueldad. A Garcilaso le debemos un enaltecimiento de la comicidad de Carvajal y una elaboración literaria mucho más recusada del mismo que lo conecta incluso, como veremos, con la mitología clásica. Creo que es posible afirmar, como lo hace Pupo-Walker para referirse a la figura de Cortés, la cual guarda reminiscencias de los héroes clásicos en las crónicas, que nos hallamos, en el caso de Carvajal, también ante una «laboriosa ficcionalización de la historia» (50). Comparándolo con los testimonios de López de Gómara y el Palentino3, constantemente citados y discutidos en la Historia general, se observa que Garcilaso toma distancia de estos testimonios y superpone la agudeza de Carvajal, tanto en lo militar, gracias a la cual Gonzalo Pizarro vence en la estratégica batalla de Huarina, como en lo jocoserio. Garcilaso se preocupa de matizar lo suficiente el lugar común de «cruel» que le
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En particular Diego Femández de Palencia, a quien refuta más el Inca a este respecto, da una descripción muy negativa de Carvajal, con el añadido de una edad sumamente imprecisa: «Era en esta sazón [Carvajal] de edad de más de setenta y cinco años, crudelísimo de condición, mal cristiano y muy codicioso» (I, XI, 20). López de Gómara, por su parte, admite que Carvajal era el soldado más famoso en Indias, «aunque no muy valiente ni diestro», reconociéndole solo la crueldad como su rasgo más sobresaliente, ya que «dicen por encarecimiento: ‘Tan cruel como Carvajal’, porque de cuatrocientos españoles que Pizarro mató fuera de batallas, después que Blasco Núñez entró en el Perú, él los mató casi todos con unos negros que para eso traía siempre consigo» (273). La exageración es insoslayable.

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endilgan otros autores a Carvajal: «Cruel fue, que no se puede negar; pero no con los de su bando, sino con sus enemigos, y no con todos, sino con los que él llamaba pasadores y tejedores, que andaban pasándose de un bando al otro, como lanzaderas en un telar, por lo cual les llamaba tejedores» (IV, XXVIII, 98). Garcilaso de esta forma transfigura la crueldad en una operación punitiva frente la deslealtad contra su líder, Gonzalo Pizarro. Esta crueldad aplicada a los tránsfugas lo erige en defensor de un valor altamente estimado en el Antiguo Régimen (la fidelidad), no obstante deba acatarse frente a quien, en principio, desde el punto de vista de la Corona, es un desleal. Con todo, Carvajal es suficientemente hidalgo para no ensañarse contra enemigos que se han conservado fieles a la Corona; respeta su posición y los considera sus iguales: «Con estos tejedores que le engañaban mostraba él su ira y crueldad, que a los soldados que derechamente servían al Rey, sin pasarse por una parte a otra, les hacía honra cuando los prendía y procuraba regalarles, por ver si pudiese hacerlos de su bando» (IV, XXIX, 101). Por este mismo rasgo de su personalidad (su deslealtad a la Corona abrazando la causa de Gonzalo Pizarro), el Inca tiene que hilar muy fino para que su simpatía hacia Carvajal no sea malinterpretada. Así, reconoce que su rol en la guerra civil ha sido la razón por la que no ha merecido todo el encomio que se merece, ya que para Garcilaso, en lo que respecta a su talento militar, Carvajal fue flor de la milicia del Perú si se empleara en el servicio de su Rey, que esto solo le desdoró y fue causa de que los historiadores escribiesen tanto mal dél; hombre tan esperimentado en la guerra y tan diestro en ella, que sabía a cuantos lances había de dar mate a su contrario, como lo sabe un gran jugador de ajedrez que juega con un principiante. (V, XVIII, 199) Otro descargo, contra la crueldad que se le achaca, se ofrece en el episodio de la batalla de Huarina. El Palentino afirma que después de la lucha, Carvajal remata a los heridos enemigos, lo que Garcilaso refuta, enfatizando de esa forma el «buen arte militar» del conquistador: 64 B. APL, 44(44), 2007

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Carvajal no mató a nadie después de la batalla; contentose con sola la victoria, que, por haberla alcanzado él por su buena maña e industria (como fue notorio), quedó satisfecho por entonces y tan ufano de su hazaña que se loaba de haber muerto él solo el día de la batalla más de cien hombres, y pudiera decir que a todos los que murieron en ella, pues los mató su buen arte militar. (V, XXI, 210)4 En contraste con el sádico Carvajal de las otras crónicas, el que retrata Garcilaso adquiere cierto tinte de humanidad. Mientras López de Gómara recoge el testimonio de un testigo que afirma que Carvajal, capturado ya y vencidos los pizarristas, se extraña de que no hayan matado a nadie, pues de haber ganado él ya habría descuartizado a novecientos hombres, el Inca sostiene que «Carvajal no dijo la bravata de derramar los cuartos de novecientos hombres por aquellos campos, que no era tan loco ni tan vano como eso» (V, XL, 267). En otro momento, haciendo la semblanza del viejo conquistador que acaba de ser ajusticiado, el Inca nuevamente rechaza los testimonios de los otros cronistas sobre el personaje: «En el discurso de su vida tuvo su milicia por ídolo; y así todos los tres autores [el Palentino, Gómara y Agustín de Zárate] lo condenan, pero no fue tan malo como ellos dicen, porque, como buen soldado, presumía de hombre de su palabra y era muy agradecido de cualquiera beneficio, dádiva o regalo que le hiciesen, por pequeño que fuese» (V, XL, 269). Esto queda demostrado en el relato del encuentro entre Carvajal y Miguel Cornejo, a quien el viejo soldado libera,

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A propósito de la refutación que en este punto hace Garcilaso de la versión del Palentino, que incluye una paráfrasis del discurso de este último que no hemos incluido aquí, Rodríguez Garrido observaba que las citas y referencias tomadas de los cronistas españoles (López de Gómara, Diego Fernández, Agustín de Zárate, etc.) constituyen en la Historia general del Perú un recurso argumentativo muy importante para la escritura de la historia que emprende el Inca: «[El Inca Garcilaso] parte del supuesto reconocimiento del prestigio de las palabras de los cronistas españoles para llegar a la destrucción de él. Insinúa una imagen modesta de sí mismo y construye la afirmación de su autoridad» (113). La misma operación puede observarse, con mayor o menor exactitud, en lo que se refiere a la representación del personaje de Carvajal, según iremos viendo a lo largo de este trabajo.

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pese a que es del bando contrario a Gonzalo Pizarro, en razón de que Cornejo lo había hospedado en su casa cuando Carvajal llegó al Perú. Para no ser acusado de falta de objetividad, el Inca tiene a bien declarar su fuente para este breve relato, ni más ni menos que Gonzalo Silvestre, el mayor enemigo que Carvajal tuvo y por el contrario amicísimo de Diego Centeno [también antagonista de Carvajal] [...] Doy testimonio tan fidedigno, porque ni en abono ni en mal suceso de nadie pretendo adular a quienquiera que sea, añadiendo o quitando de lo que fue y pasó en hecho de verdad. (V, XXV, 221) Más adelante, negando algunas de las anécdotas que cuentan los otros autores sobre las últimas horas de Carvajal, que lo pintan como alguien despreocupado de su tránsito a la otra vida, nuevamente Garcilaso defiende su objetividad, no obstante empática con el conquistador, resaltando que Carvajal quiso matar a su padre y que por tanto no tiene por qué hacer estos descargos sobre su personalidad: Pero la obligación del que escribe los sucesos de sus tiempos, para dar cuenta dellos a todo el mundo, me obliga y aun fuerza, si así se puede decir, a que sin pasión ni afición diga la verdad de lo que pasó. Y juro, como cristiano, que muchos pasos de los que hemos escrito los he acortado y cercenado, por no mostrarme aficionado o apasionado en escribir tan en contra de lo que los autores dicen, particularmente el Palentino, que debió de ir tarde a aquella tierra y oyó al vulgo muchas fábulas compuestas a gusto de los que las quisieron inventar, siguiendo sus bandos y pasiones. (V, XXXIX, 263) La destreza en las armas de Carvajal se ve secundada por su extraordinario ingenio verbal. En otro episodio, justificando una digresión sobre Carvajal, Garcilaso señala «la destreza deste hombre [Carvajal], mezclada con gracia y donaire en todo cuanto hacía y decía» (V, XVIII, 203). Otras veces afirma estar reprimiendo su propio discurso por no introducir las agudezas del viejo soldado, quien en alguna ocasión,

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como hombre tan discreto y de tanta experiencia de semejantes cosas [la promesa de fidelidad que hacen sus soldados a Gonzalo], reía, burlaba y mofaba en secreto con sus más amigos y les decía: «Vosotros veréis cómo se cumplen las promesas y cómo se respeta la majestad del juramento». Decía otras muchas cosas, que, si las tuviéramos recogidas, pudiéramos hacer un galano discurso, como lo fueron los de aquel hombre en todos los propósitos, que cierto fue rarísimo en el mundo. (V, XI, 181)5 Ciertamente Carvajal es bastante experimentado para intuir que la empresa de Gonzalo está condenada al fracaso. Así, vaticina el final violento que esperaba a los conquistadores en las guerras civiles (V, XV, 189). Más adelante, sin embargo, Carvajal, producto de intrigantes cercanos a Gonzalo, pierde credibilidad frente a este último, lo cual provoca que se desatiendan sus consejos y que, a la larga, se precipite la fatalidad sobre su líder: «Fue tan cruel esta sospecha [del doblez de Carvajal], que también dañó al mismo Pizarro, que por no creer en Carvajal ni tomar sus consejos, se perdió más aína; que si los admitiera, pudiera ser (como lo decían los que sabían estos secretos) que tuviera mejor suceso» (V, XXX, 236). Esto se comprueba en la etapa final de la rebelión, cuando Carvajal insta a Pizarro, recordándole un pronóstico sobre su vida, a que no salga a dar batalla a Centeno y que se retire. Gonzalo, a partir de que Carvajal le propuso que se convierta en rey del Perú, «le llamó de allí adelante padre, porque como tal le miraba y procuraba el aumento de su grandeza y perpetuidad della» (IV, XL, 135). Pese a ello, el líder de la rebelión no hace caso a su «padre» y se dirige con sus tropas al campo de Sacsahuana, donde será vencido. Garcilaso no deja de encontrar en este hecho el signo de la tragedia. Los compañeros de Pizarro no osan contradecir su decisión de luchar,

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Otro par de ejemplos de Garcilaso declarando que se abstiene de explayarse en los decires de Carvajal: en su campaña contra Lope de Mendoza, al capturar a unos soldados enemigos, «dijo algunos dichos de los suyos que Diego Hernández escribe largamente» (IV, XXXVIII, 128); cuando se le exige firmar la condena a muerte, en ausencia, del presidente La Gasca, se burla del papel condenatorio, que era más que nada simbólico y «con esto dijo otras muchas cosas de burla y donaire, como él las sabía decir» (V, VII, 169).

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porque bien veían que él [Gonzalo Pizarro] iba a entregarse a la muerte, que le estaba llamando muy a priesa en lo mejor y más felice de su vida, pues andaba en los cuarenta y dos años de su edad y había vencido cuantas batallas indios y españoles le habían dado y últimamente, seis meses antes (aún no cumplidos), había alcanzado la victoria de Huarina, con la cual estaba encumbrado sobre todos los famosos del Nuevo Mundo. Estas prosperidades y las que pudiera esperar y su vida con ellas, llevó a enterrar al valle de Sacsahuana. (V, XXXIII, 246) Como lo recuerda Zanelli, similar estrategia de adelantar hechos aciagos, mediante la prolepsis, lleva a cabo Garcilaso también en el libro II, cuando revela la muerte de Manco Inca algunos años después del fallido cerco del Cusco. Se trata de un ingrediente de la tragedia tal como la recibió Garcilaso de la tradición literaria de su época: la tensión permanente entre la fortuna y la Providencia divina (Zanelli 166-168). No es casualidad que al final de libro V, tras el ajusticimiento de Gonzalo, el Inca resalte que para todos los miembros del consejo presidido por la Gasca la muerte del rebelde era necesaria «para servicio de su Majestad y quietud de aquel Imperio» (V, XLIII, 280). Es una fuerza exterior, la Providencia, la que impulsa a Gonzalo prácticamente a entregarse a la muerte, a sabiendas que arriesga todo lo obtenido, desatendiendo a su lugarteniente, Carvajal. Que sea este, precisamente, el que puede vaticinar o pronosticar el futuro lo aproxima a una figura mitológica que probablemente Garcilaso tenía en mente para plasmar la tragedia de Gonzalo Pizarro en las Indias: Sileno, el sátiro maestro de Baco, un anciano, gordo y borracho, poseedor de una especial sabiduría (Grimal 422), y que conjugaba en su persona la comicidad y la inteligencia6. Como Sileno que marcha sobre un asno,

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Cervantes recuerda al viejo sátiro en un pasaje de Don Quijote en que el hidalgo, luego de la golpiza que le dan los yangüeses, tiene que ir a lomos del rucio de Sancho, cosa que no considera afrentosa: «No tendré a deshonra la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa [Baco], cuando entró en la ciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muy hermoso asno» (I, XV, 165-166). M. Bakhtin nos recuerda que Rabelais

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Carvajal acostumbra ir en mula (II, XVII, 226), montura que lo aleja de lo noble y lo serio, es sumamente anciano (ochenta y cuatro años) y es «muy grueso de cuerpo» (V, XXXVI, 257). Según Zárate, en cita que recoge Garcilaso, «muy amigo de vino», hasta el punto de, a falta de vino de Castilla, tomar chicha, «aquel brebaje de los indios» (V, XL, 269). En la batalla de Huarina, el viejo Carvajal se presenta vestido de verde, que es el color emblemático de la locura (Márquez Villanueva 36-48) y además «iba en un rocín común; parecía soldado muy pobre, de los caballos desechados; quiso ir desconocido» (V, XVIII, 200), acaso evocando el aspecto del célebre Gonella, bufón de los duques de Ferrara, cuyo caballo, según lo recuerda Cervantes citando el latín macarrónico de Teófilo Folengo, «tantum pellis et ossa fuit» (I, I, 42). Las aristas del personaje de Carvajal, con sus burlas y sus veras, en la Historia general del Perú llevaron a Durand a emparentarlo con la picaresca: «Carvajal, como los pícaros de que habla Américo Castro, significa en su propia vida una terrible y sarcástica revisión de la moral y costumbres de su tiempo» («La idea de la honra», 111). De hecho, Garcilaso hace un retrato del cruel conquistador siguiendo en parte el modelo del vir facetus, ideal del siglo XVI que equilibra el humor con la inteligencia. El vir facetus es un auténtico artista que ejecuta su performance todo el tiempo y cuyo ingenio no es descontrolado (como el que se le reprocha a los bufones), sino que está regido por la razón (ratio) y el sentido del decoro (mensura) que hacen que su virtud humorística (facetudo) tenga un valor tanto moral como estético (Luck 118-120). Cuando los otros cronistas retratan a Carvajal, no siguen este modelo humanístico y por ende llaman la atención sobre defectos o excesos que en la versión de Garcilaso están depurados. El vir facetus practica el humor de la preceptiva aristotélicociceroniana que recogieron y sintetizaron los tratadistas de manuales
en el prólogo de Gargantúa retrata a Sócrates como otro Sileno, es decir feo, desharrapado y risible por fuera, pero resaltando que por dentro está lleno de virtudes y sabiduría; agrega el investigador ruso que el equiparar a Sócrates con Sileno proviene de la descripción, sumamente popular entre los humanistas, dada por Alcibiades en El banquete de Platón (Bakhtin 168-169).

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cortesanos, desde Baldassare Castiglione hasta Giovanni Della Casa con su fundamental Galateo: una risa decorosa, que no caiga en lo indecente, ni en el vicio de motejar ni mucho menos en burlas sobre la apariencia física (Roncero 312). Solo teniendo en cuenta este concepto del vir facetus se comprenden las observaciones de Garcilaso sobre Carvajal, su afán de desplazar su crueldad a un segundo plano y, sobre todo, el desautorizar muchos de los cuentecillos que lo tienen como protagonista tal como los cuentan otros autores. Así lo hace con el Palentino en un episodio que compromete al obispo del Cusco, a Carvajal y a Diego Centeno ocurrido el día de la muerte del viejo conquistador. Garcilaso considera inverosímil lo narrado por Diego Fernández de Palencia en torno a la actitud agresiva del obispo y de Centeno (quienes habrían vejado a Carvajal, lo que Garcilaso refuta), pero especialmente la del lugarteniente de Gonzalo Pizarro, a quien el Palentino reprocha haber muerto «más como gentil que como cristiano», según lo cita el propio Inca (V, XXXIX, 265). En el capítulo XL del libro V, Garcilaso niega otros excesos que se le atribuyen a Carvajal, quien, equilibrado como vir facetus, «no era tan loco ni tan vano» (V, XL, 267) para tomarse las cosas tan a la ligera a esas alturas de la situación. Al final del mismo capítulo, muerto Carvajal, Garcilaso exalta algunas de sus virtudes (como la ya referida del ser hombre de palabra) y para ejemplificar su don de vir facetus, dedica a la narración de anécdotas jocosas suyas los capítulos XLI y XLII, titulados respectivamente: «El vestido que Francisco de Carvajal traía y algunos de sus cuentos y dichos graciosos» y «Otros cuentos semejantes, y el último trata de lo que le pasó a un muchacho con un cuarto de los de Francisco de Carvajal»7. Estos microrrelatos de chanzas y agudezas atribuidas al viejo soldado configuran lo que podríamos llamar un «ciclo de Carvajal», un repertorio
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Notable diferencia con López de Gómara, por ejemplo, quien recoge muy al vuelo dos de los cuentecillos de Carvajal (el de «Basta matar» luego de escuchar su sentencia y su sorpresa de ver cara a cara a Centeno, a quien solo había visto hasta entonces de espaldas), no precisamente los de mayor donaire, y comenta finalmente con displicencia: «Largo sería de contar sus dichos y hechos crueles; los contados bastan para declaración de su agudeza, avaricia e inhumanidad» (273). A la luz del concepto del vir facetus, el Carvajal de López de Gómara es monstruoso, ya que mezclaría la virtud de facetudo con tachas morales realmente graves.

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de cuentecillos tradicionales indianos, semejantes a los atribuidos, en la península, al doctor Francisco López de Villalobos o al propio Juan Rufo. Los personajes de los cuentecillos, a decir de su mayor experto, Maxime Chevalier, son a menudo anónimos o estos pueden atribuyarse por igual, según la fuente consultada, a más de un personaje con nombre y apellido y existencia histórica conocida. A menudo ocurre también que el recuerdo exacto de alguna anécdota se va perdiendo y con su transmisión de baca en boca acaba por atribuirse a un personaje anónimo o al que un escritor elija según sus particulares propósitos (Chevalier XVI-XVII)8. Un recurso bien repetido de Garcilaso a lo largo de la Historia general del Perú, y ya presente en la primera parte de los Comentarios reales, es atribuirse calidad de testigo o de manejar información de primera mano. El caso de Carvajal no es la excepción. El Inca nos ofrece la selección de cuentecillos carvajalianos apelando a su prodigiosa memoria: Tuvo Francisco de Carvajal cuentos y dichos graciosos, que en todas ocasiones y propósitos los dijo tales. Holgara yo tenerlos todos en la memoria para escrebirlos aquí, porque fuera un rato de entretenimiento. Diremos que se acordaren y los más honestos, porque no enfade la indecencia de su libertad, que la tuvo muy grande. (V, XLI, 270) Al final de este pasaje se hace evidente además hasta qué punto Garcilaso escribe con el concepto humanístico del vir facetus siempre en la mente, justificando su selección no solo ya según el recuerdo, sino mediante una suerte de autocensura, descartando cuentecillos que escapen del ideal del humor que ha venido trazando a lo largo de su narración. De allí también que, al final de uno de los cuentecillos, el que narra el encuentro del viejo conquistador con un mercader, el Inca comente la posibilidad de

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Este fenómeno ocurre, por ejemplo, con el cuentecillo que puede denominarse «la prueba del fraile» que Garci1aso atribuye a Carvajal y Gonzalo Correas en su Vocabulario de refranes (1627) a un oscuro Garay, «tirano en Indias». Me he ocupado de este cuentecillo y el curioso empleo que le da Ricardo Palma en su diálogo literario con Clorinda Matto de Turner, en mi artículo «Garcilaso, Palma y Clorinda Matto: notas sobre ‘Beba, padre, que le da la vida’» que figura en la bibliografía.

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encontrar otra versión discordante, quizás menos apropiada según su gusto estético y por ello descartada: «Este cuento u otro semejante cuenta un autor muy de otra manera» (V, XLI, 271). No está de más añadir que al menos en el caso particular de los cuentecillos tradicionales atribuidos a un personaje festivo célebre, como lo es Carvajal en las crónicas de Indias, la estratagema de presentarse como testigo privilegiado (mediante declaraciones del tipo «yo vi», «yo oí», etc.) o el señalar que se recoge el relato de un informante fidedigno es bien conocida en el Siglo de Oro y se emplea más que nada con finalidad retórica 9 . Hace varios años, Marcel Bataillon llamó la atención oportunamente, a propósito del Lazarillo de Tormes, gran depósito de materia tradicional, la existencia de «cuentos de mentiras», cuentecillos que incluso a menudo se narran en primera persona, factor que otorga una cuota «realista» a los textos, la cual no debe sorprendernos (49-50). Diego Fernández de Palencia, que también pretende, en tanto historiador, recoger información fidedigna, pone en boca de Carvajal un cuentecillo presente en la archifamosa Floresta española de Melchor de Santa Cruz (parte IV, capítulo VI, núm. 7; 412): el del ahorcado que en vez de aceptar que lo casen con una desagradable prostituta que lo reclama como esposo (recurso lícito en la época para escapar de la horca), prefiere la muerte. Lo incluye el Palentino en su Historia del Perú (II, XLL, 114). Se trata, según la erudita nota de Chevalier y Cuartero a su edición de la Floresta, de un cuentecillo de gran circulación por la Europa del siglo XVI (401; con referencias a otros varios testimonios). El lugar de este interludio ameno de cuentecillos carvajalianos no debe ser pasado por alto: se coloca antes de la muerte trágica y por ende ejemplar de Gonzalo Pizarro. He aquí la función de relaxatio propia del vir facetus que es Carvajal en manos del Inca Garcilaso. La materia de Carvajal no es mero apéndice de los capítulos finales del libro V de la Historia
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A este respecto, Pupo-Walker añade la idea de que, precisamente «la invocación a esta tópica narrativa parcialmente nos sirve para confirmar el cariz imaginativo del relato» (56). Tal sería el caso, como el mismo estudioso lo indica, del relato del naufragio de Pedro Serrano que incluye Garcilaso en la primera parte de los Comentarios reales.

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general, sino que tiene un propósito. En su análisis del duelo en la obra del Inca, Durand señalaba que este apelaba al humor o la ironía, ya que «no halla mejor paliativo para las atrocidades de los heroicos, pero terribles conquistadores, que presentarlas desde el punto de vista pintoresco» («El duelo», 121). Es en esas coordenadas trazadas por Durand en que cabe interpretar la comicidad de Carvajal. Así, por ejemplo, otra diferencia notable entre la narración de los hechos del Palentino o la de López de Gómara frente a la del Inca (la cual tiene visos de estrategia discursiva orientada a paliar, precisamente, un momento clave de las guerras civiles) se encuentra en la ubicación de unos versos entonados por Carvajal («Estos mis cabellicos, madre,/ dos a dos me los lleva el aire»). Mientras Garcilaso cuenta que el viejo soldado los canta contemplando la deserción de su ejército en la batalla de Sacsahuana y «a cada cuadrilla que se les iba [al campo del ejército del rey] lo entonaba de nuevo» (V, XXXV, 254), el Palentino menciona el canto de los mismos versos cuando Gonzalo pierde algunos hombres que escapan a Trujillo (II, LXV, 196), mucho antes de la decisiva batalla con La Gasca; y lo mismo hace López de Gómara en la Historia de las Indias, ubicando los versos en un contexto nada épico (268). Garcilaso, tal vez en aras de un efecto más profundo en el lector, ha introducido los versos en un contexto dramático, crucial, donde estos ponen de manifiesto el estoicismo de Carvajal y resaltan mucho más la lealtad con su líder. El humor cumple la función de amortiguador dentro del discurso grave y sentido de la Historia general, sin negar su esencia trágica; además de revelar una conciencia narrativa de parte del Inca bastante afín a la de los mejores autores auriseculares. Esta concepción humanista del personaje humorístico que representa Carvajal no caerá en saco roto. Unos años más tarde, Tirso de Molina, una de cuyas fuentes es el Inca Garcilaso, transmite la misma idea de vir facetus al referirse a Carvajal en Amazonas en las Indias (segunda pieza de la Trilogía de los Pizarros). Vaca de Castro, admirado tras escuchar el ingenioso relato de Carvajal sobre la expedición de Gonzalo Pizarro al país de la Canela, resalta sus dotes festivas: «A vos, maese de campo, os sobra tanta [canela, o sea ‘calidad’]/ y endulzáis narraciones lastimosas/ B. APL, 44(44), 2007 73

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de suerte que si oírlas nos espanta,/ vuestra sazón las sabe hacer sabrosas» (vv. 1559-1562)10. Más de dos siglos después, en el XIX, será Ricardo Palma el tributario de la faceta cómica de Carvajal, pero ya con distintos fines. Queda no obstante, un vestigio del trabajo del Inca Garcilaso sobre el personaje del viejo conquistador, ya que todas las recreaciones posteriores que se hacen del mismo parten de la Historia general del Perú. BIBLIOGRAFÍA BAKHTIN, Mikhail. Rabelais and His World. Bloomington: Indiana University Press, 1984. BATAILLON, Marcel. Novedad y fecundidad del Lazarillo de Tormes. Madrid, Anaya, 1966. CERVANTES, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Edición de Francisco Rico. Barcelona, Crítica, 1998. CHEVALIER, Maxime. «Apotegmas, cuentecillos, motes». Floresta española. Por Melchor de Santa Cruz. Edición de Maxime Chevalier y María del Pilar Cuartero. Barcelona, Crítica, 1997. IX-XXVIII. DURAND, José. «Introducción a los Comentarios reales», «La idea de la honra en Garcilaso» y «El duelo, motivo cómico». El Inca Garcilaso, clásico de América. México, Sepsetentas, 1976. 61-87, 88-114 y 115121. FERNÁNDEZ DE PALENDA, Diego. Historia del Perú. Edición de Juan Pérez de Tudela Bueso. Madrid, Atlas, 1963. Colección Biblioteca de Autores Españoles. Vol. 164.
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Cabe apuntar, como lo hace Miguel Zugasti en nota a pie de página de su edición de Amazonas en las Indias, que si bien Tirso explota la jocosidad inherente al personaje no pretende erigirlo en el gracioso de la comedia (nota a los vv. 151-152), lo cual hubiera implicado arrebatarle buena parte de su esencia de vir facetus.

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