17 – DE LA SARTÉN AL FUEGO, Y DEL FUEGO…

La puerta de la celda se cerró con un sonido metálico. El carcelero enfiló por el pasillo hasta perderse de vista, silbando una melodía sin ritmo. Jim miró con indiferencia el interior de la estancia. Era más acogedora de lo que había imaginado en un principio, pero John no parecía estar nada contento ante la idea de estar entre rejas. Bien mirado, tenía su lógica: ¡“Soy lo que soy, John: un pirata”! – le imitó airado por enésima vez. A Jim comenzaba a sorprenderle el hecho de cada vez lo hiciera mejor – ¿¡Se puede saber qué coño se te ha pasado por la cabeza!? – el capitán pirata sonrió con suficiencia. Vamos, vamos – le tranquilizó – Deja de ponerte en plan derrotero y sácanos de aquí, anda – señaló. El rostro iracundo de John fue sustituido por una cara de perplejidad. ¿¡Perdona!? – inquirió. Sí, sí – siguió él – Vamos, quítame estos grilletes y salgamos de aquí – apremió alzando las manos esposadas. ¿¡Y vas a decirme cómo piensas que haga tal cosa!? – preguntó el letrado, que empezaba a perder la paciencia de nuevo. ¿¡Pues cómo va a ser!? ¡Crea una llave, o derrite los grilletes! – señaló – Supongo que será algo sencillo para ti – John le miró fijamente y se cubrió la cara con la mano. O al menos intento hacerlo, hasta que su cuerpo se percató de que las esposas se lo impedían. Es que no lo entiendes, ¿¡verdad!? – se lamentó.

-

¿El qué? ¡Que estos grilletes llevan kairouseki! – le informó airado. La expresión confiada de Jim fue siendo sustituida poco a poco por una alarmante preocupación.

-

¿Kairouseki? – repitió – ¿Eso no es…? …el mineral que neutraliza los poderes del diablo, sí – terminó John por él. ¿¡Entonces no puedes usar tus poderes!? – comentó horrorizado. No estaría perdiendo el tiempo aquí contigo si pudiera – asintió el ex-librero. Jim golpeó las rejas abatido.

-

¡¡Joder!! – maldijo – ¿¡Y de dónde coño han sacado esos desgraciados algo como el kairouseki!? – golpeó de nuevo las rejas – ¡Entonces todo el plan se va a la mierda! – se giró hacia su compañero – ¿¡Cómo coño vamos a salir de aquí!?

-

¿¡Que “cómo”…!? – John no parecía creer lo que oía. Se acercó hacia él y le cogió por el cuello de la camisa – ¡¡Para empezar, no deberías habernos entregado a los marines!! – le reprochó.

-

¿¡”Entregarnos”!? – se extrañó él. Le apartó de sí como si hubiera dicho la mayor estupidez del mundo – ¿¡Quién ha hablado de entregarse!? ¡Yo sólo quería aprovechar la situación para colarnos en su base y robar algún que otro botín!

-

¿¡“Robar”…!? – estalló John – ¿¡Se puede saber en qué estabas pensando!? ¡Por tu culpa, ahora estamos aquí encerrados!

-

¿¡Y yo qué quieres que le haga!? – se defendió él – ¡No contaba con que esos capullos estuvieran tan bien preparados! ¡Kairouseki! – maldijo entre dientes – ¡Y encima ese oficial cabrón se ha llevado mi espada y mi pistola! – apretó los

puños con rabia. Luego miró al ex-librero, intentando resultar apaciguador – Yo sólo quería reunir algo de pasta para poder comprar un barco en condiciones. ¡Cómo no haces más que quejarte de lo mal que andamos de presupuesto! – la rabia de John se suavizó un poco. Y es una buena idea – señaló – ¡Pero no así! – se quejó – Además, ¿¡qué ha sido de esa actitud tuya del bar de “soy lo que soy y obtengo lo que me merezco”!? ¡Aunque en aquel momento fuera una soberana gilipollez, por un momento, he llegado a sentir admiración! ¿¡No me digas que te has tragado esa patraña!? – se burló él – ¿¡Dejarme atrapar por la Marina así por las buenas!? ¡¡Ni harto de ron!! – señaló. Su compañero le miró sin saber que decir, mientras que él volvió a golpear los barrotes – ¡Eh, carcelero! – llamó – ¡¡Carcelero!! – el repiqueteo de los grilletes entre los barrotes producía una molesta melodía. No tardaron en oír el sonido de unos pasos que se acercaban airados. ¿¡Qué coño quieres!? – inquirió el hombre de la Marina, molesto. ¿¡Cuándo pensáis soltarnos!? – preguntó Jim – ¿¡Dentro de una semana!? ¿¡Un mes!? ¿¡Un año…!? – el carcelero le miró incrédulo, y luego estalló en carcajadas. ¿¡“Soltaros”!? – comentó entre risas – ¿¡“Soltaros”, dices!? ¡Ja! – se burló de forma cortante – ¡Subiréis al patíbulo de ejecuciones a las seis de la tarde y se os ahorcará junto al resto de la escoria! – rió. ¿¡Qué!? – Jim palideció aún más. La voz de un preso de alguna celda contigua rió con ganas, de forma burlona. Menos risas, Blick, – comentó el carcelero mientras volvía a enfilar hacia su puesto de guardia – que tú también formarás parte de esa escoria hoy – señaló

divertido. Aquella risa ronca y soez cesó al instante. Una nueva carcajada del marine se hizo oír, mientras Jim le perdía de vista – “Soltarnos”, dice… El capitán pirata miró al pasillo impotente. En aquel momento, más que el miedo o la desesperación, lo que se manifestó en él fue la rabia: ¡¡Mierda!! – golpeó las rejas de nuevo – ¿¡Y ahora qué vamos a hacer!? – se volvió hacia su compañero, buscando ayuda, y este enarcó una ceja extrañado. ¿Que “qué vamos a hacer”? – se burló este, ya sin ganas – Me llamo John Reader – señaló – “Reader” – puntualizó – ¿¡O es que acaso has visto algún “Babbacombe” en mi nombre!?*

*John “Babbacombe” Lee: inglés que vivió entre finales del siglo 19 y principios del 20, famoso por sobrevivir a ser ahorcado en tres ocasiones, debido a que la trampilla del cadalso no se accionaba (pese a que en revisiones anteriores funcionara a la perfección), lo que llevo a que su pena fuera conmutada, al barajar que aquello pudiera ser una especie de señal de los cielos, y acabara siendo encarcelado y, posteriormente, liberado. En el fic, famoso ex-pirata de nombre idéntico y misma buena fortuna.

*** La comitiva de reos avanzaba a paso lento, bajo la atenta mirada de la multitud de curiosos que aguardaban impacientes para ver las ejecuciones. A Jim aquello le asqueaba aún más que el hecho de que fuera a ser colgado. Él tampoco es que fuera un santo: había matado, y le encantaba combatir. Pero aquello era diferente. Aquella morbosidad no iba con él. Aún así, siendo escoltado a cada lado por sendos marines, esposado y sin armas, y bajo la atenta mirada de un pelotón armado, no es que tuviera mucha opción de mostrar su descontento. El par de sogas y el verdugo dispuesto a pasarle la suya por el cuello, aguardaban frente a él, expectantes, en el tablado de ejecuciones. La comitiva se detuvo a la espalda del patíbulo, y una especie de informante que aguardaba en las escaleras que conducían a este, subió a él para presentar aquel macabro “espectáculo”. El hombrecillo rubio desenrolló el pergamino que traía consigo: Bajo la firma y el consentimiento del capitán Sakemaru, – empezó – al mando de la decimoquinta división de la Marina, las siguientes personas son declaradas criminales a ojos del Gobierno Mundial, y como consecuencia de sus deleznables actos, se les condena a ser ahorcados hasta morir – puso un notable énfasis en la última palabra, sin ocultar que disfrutaba con la situación – Blick Bedwuin, acusado por piratería y pillaje – anunció. El zarrapastroso bucanero que se había mofado de ellos en los calabozos, subió acompañado por dos marines – Ripper Edmunton, acusado de diversos robos con violencia, con dos asesinatos a sus espaldas – un joven de mirada hostil y con el rostro marcado por la viruela, siguió los pasos del pirata. El verdugo les colocó la soga al cuello, y el informante se paró y miró a los reos con indiferencia – El Gobierno Mundial,

en su infinita muestra de sabiduría y misericordia, tiene a bien el dejaros expresar una última voluntad – declaró – Si alguno de vosotros tiene algo que decir, que hable ahora, – sonrió – o calle para siempre – la multitud estalló en carcajadas ante el comentario. El tal Blick temblaba como un flan, y no era capaz de articular nada. Jim atisbó a ver como el joven con viruela lanzaba una mirada de profundo desprecio hacia la multitud, y luego miraba al informante con la frialdad de alguien que ya ha muerto. Procede – se limitó a decir. El hombrecillo rubio contrajo el gesto molesto y dio la señal al verdugo, que tiró de la palanca. Ambos reos cayeron con un sonido seco cuando la trampilla se abrió bajo sus pies. La muerte del tal Ripper fue limpia. Probablemente la caída le partiera el cuello. No obstante, el pirata a su lado se agitó de forma frenética, mientras intentaba por todos los medios tomar una bocanada de aire que nunca llegaba. Finalmente, se quedó sin fuerzas y colgó inerte. La multitud estalló de júbilo con voces entusiastas. Jim frunció el ceño asqueado, y se fijó en como retiraban el cuerpo del de la viruela. Intentó concienciarse de seguir su ejemplo al morir. Para bien o para mal, la fortuna había tenido la genial idea de posponer la ejecución de los dos compañeros piratas hasta el final. Antes de que el informante contemplase por última vez el pergamino que sostenía entre sus manos, Jim y John habían visto morir a otros tres piratas, un ratero, dos violadores y tres desertores. Y finalmente, llegó su turno: Jim Golden, al que se acusa de ejercer la piratería – anunció el hombrecillo uniformado – Y John Reader, condenado por el mismo delito – mientras subía al tablado, el joven capitán pirata contempló la mirada del oficial que les había

mandado detener en aquel bar, entre el resto de marines de la comitiva. Como si de una burla intencionada se tratase, el marine se había ceñido al cinto la espada y pistola de Jim. Al ver que lo miraba, sonrió con diversión. El verdugo les colocó la soga de mala manera. Parecía ser el único cansado de todo aquello. El informante les miró también con cierto aburrimiento: ¿Algo que decir? – inquirió con desgana. Jim se giró hacia su compañero cuando vio que este se erguía con resolución. Yo tengo una petición – señaló el ex-librero – ¿Podríais colgarle primero a él? – el capitán pirata le miró sorprendido – Creo que lo menos que merezco es verle morir, dado que a fin de cuentas, voy a ser colgado por su culpa. ¿¡Cómo puedes ser tan cabrón!? – le reprochó Jim. El informante y el oficial de la Marina intercambiaran miradas durante unos segundos. Eso no se puede hacer – indicó el hombrecillo volviéndose hacia ellos – Las ejecuciones han de ser dobles, y no hay más condenados. Yo también quisiera decir algo – intervino Jim antes de que su compañero protestara – Él es un pirata y merece pagar como tal – señaló. Aunque no la vio, pudo sentir la mirada iracunda del letrado a su espalda – ¿Pero qué pruebas tenéis de que yo también lo sea? – un extraño silencio se apoderó de la multitud de curiosos. El informante y el oficial de la Marina intercambiaron una mirada de extrañeza. ¿Pruebas? – el hombrecillo se giró hacia Jim de nuevo – ¿¡De qué pruebas hablas!? ¡El mismo sargento nos ha informado de que confesaste tu condición de bucanero!

-

Sí, claro – afirmó Jim – Pero un hombre dice muchas cosas cuando la bebida habla por él. Y muy pocas de ellas son ciertas – señaló. El informante enarcó una ceja.

-

Precisamente un hombre borracho suele resultar más sincero que el mayor de los abstemios – comentó, con cierta diversión.

-

Entonces yo no soy esa clase de hombre borracho – puntualizó Jim. De pronto sintió un fuerte golpe en la sien.

-

¡¡Acepta tu destino, escoria!! – el grito de un hombre entre la multitud, el que había tirado la piedra, levantó al resto de los ciudadanos, que también parecían cabreados porque la ejecución de los dos últimos reos se retrasase tanto.

-

Y para colmo, agredís a un ciudadano honrado – comentó Jim, cerrando el ojo izquierdo por culpa de la sangre que le empezaba a brotar de la reciente brecha – ¿¡Y vosotros os llamáis defensores de la justicia!? – recriminó a los marines. El hombrecillo rubio se echó hacia atrás inquieto.

-

Jim, ¿¡qué coño te propones!? – le preguntó su compañero al oído. ¡Vivir! – comentó el capitán pirata enervado – ¡No quiero morir, joder! – se quejó – ¡No todavía!

-

Jim… ¡No dices más que estupideces! – le recriminó el informante. ¡Lo serán para ti! – le espetó Jim, quién ya no sabía con qué replicar – ¡Para mí son…! – las palabras le faltaban, pero sí sabía lo que eran: segundos de vida. Cada uno más apreciado que el anterior. Más necesitado.

Puede que aquello le hiciera caer en la desesperación o en la cobardía, pero estando a punto de morir, le importaba una mierda. Ahora recordaba claramente las palabras de Dianne: “Tu problema es que asumes la derrota antes de que esta llegue”. En aquella

situación, la muerte era la derrota. Y no podía permitirse tal cosa. Debía de reclutar una tripulación, conseguir un barco, navegar el Grand Line, y llegar a Raftel. No por él, sino por Mediabarba. Se lo debía. Si había sobrevivido al hundimiento del Mechero del Infierno, era sólo por esa razón. Así que debía vivir: ¡¡Soy un pirata, sí!! ¡¡Y a mucha honra!! – confesó airado – ¡¡Así que dejaros de tonterías y quitarme esta mierda, – alzó los brazos esposados – porque mi lugar está en el mar!! Mientras la multitud se amontonaba al borde del patíbulo y lanzaba improperios, Jim contempló como el oficial de la Marina subía al tablado con el ceño fruncido. Apartó de mala manera al verdugo de su puesto y agarró la palanca: ¡Ya está bien de tanta tontería! – señaló. ¡¡No, hijo de…!! – las palabras de Jim se cortaron cuando el marine accionó el mecanismo de la trampilla. Justo cuando su cuerpo se inclinó hacia atrás, al perder el suelo bajo sus pies, el capitán pirata alcanzó a ver un destello metálico, que se dirigía a gran velocidad, hacia su cabeza. Jim cayó. Cayó y no colgó. Y cayó hasta estrellarse contra el suelo con dureza. Mientras notaba un griterío de gente, cada vez más elevado, a su alrededor, se percató de que la muerte no podía doler. Al poco de contemplar el suelo bajo sus pies, algo le golpeó el hombro con suavidad: Jim – John estaba a su lado agachado, y también respiraba. Aún conservaba la soga, cuya cuerda había sido cortada muy cerca del nudo – Jim, ¿¡estás bien!? E-Eso creo – comentó dolorido mientras se incorporaba todo lo que le permitía el techo sobre sus cabezas. El revuelo a su alrededor le retumbaba – Mierda, ¿¡qué ha pasado!?

-

Fue antes de caer – explicó John, quién no podía ocultar una sonrisa de alivio – Creo que alcancé a ver algo parecido a un hacha.

-

Yo también vi algo por el estilo – corroboró él – ¿¡Podría ser…!? – se acercó a la abertura de la trampilla – Voy a echar un vistazo – Jim se incorporó del todo, y apoyó los brazos en la madera para subir de nuevo al tablado, que parecía desierto.

Alcanzó a ver a la multitud de marines, que trataba de retener en su sitio a la turba de ciudadanos descontentos, abajo. El informante y el verdugo habían desaparecido, pero entonces oyó un grito a su espalda y se giró. El oficial de la Marina corría hacia él acero en mano. Aquel cabrón pretencioso se disponía a rebanarle con su propia espada. Jim logró rodar a un lado para esquivar el tajo descendente, y alcanzó a lanzar una patada de barrido, que hizo que el sargento cayera hacia atrás. El marine lanzó un tajo hacia la cabeza del pirata nada más caer, furioso. Jim volvió a rodar cubriéndose la cara con los grilletes, y el acero levantó astillas al cortar la sólida madera. Cuando se incorporó, el sargento ya estaba dispuesto a lanzar un tercer tajo. Jim consiguió que el acero quedara enterrado de nuevo en la madera de sus esposas, a pocos centímetros de su nariz, pero el marine parecía ser más rápido, y lo apartó de sí con una patada en la boca del estómago, que le dejó sin aliento, consiguiendo liberar el arma. El capitán pirata jadeó en el suelo intentando recobrar el aire, cuando el sargento de la Marina se irguió ante él dispuesto a dar un golpe final. Otra clase de golpe, sordo, resonó en la cabeza del marine, y esté cayó sin sentido, mostrando a su espalda la delgada figura de John: Ha estado cerca – señaló el ex-librero tendiéndole ambas manos esposadas. Jim las agarró y se puso en pie.

-

Gracias – comentó aliviado. Luego miró con el rabillo del ojo el cuerpo inerte del marine, y a continuación, su espada caída en el tablado. Hizo rodar el mango con el pie hasta el empeine, y elevó con él el pedazo de acero para cogerlo en el aire con la diestra – Mierda, con estas esposas no puedo esgrimirla en condiciones – se lamentó.

-

¡¡Mirad, es verdad que han sobrevivido!! – las voces airadas de la multitud les recordaron que no estaban solos.

-

¡Tenemos que darnos prisa! – apremió Jim. Cortó con un movimiento apresurado de la espada el cinto del oficial, y le tendió el flintlock a su compañero con la punta del arma – ¡Así no estarás indefenso!

-

Mira cuanto te lo agradezco – asintió su compañero mientras agarraba la pistola. ¡¡¡LOS CRIMINALES SE ESCAPAN!!! – se alarmó una de las mujeres de la multitud. El grito hizo que la comitiva de marines, que había estado ocupada reteniendo a los civiles, se diera cuenta de la situación en el cadalso.

-

¡¡Han abatido al sargento!! – comentó uno de los marines alarmado. ¡¡Apuntad contra ellos!! – señaló otro. Cerca de una veintena de fusiles encañonaron a la pareja de corsarios, dispuestos a disparar.

-

¡¡¡ALTO EL FUEGO!!! – una iracunda voz femenina se hizo oír como un trueno entre aquel alboroto. Una iracunda voz conocida.

-

¿¡Pero qué cojo…!? – empezó Jim. ¡¡Es Dianne!! – señaló John entre la multitud. El capitán enfocó la mirada y alcanzó a ver la figura de la joven, hachas gemelas en mano, que jadeaba entrecortadamente – ¡Esa chica desvergonzada ha sido la que ha cortado las sogas! – Jim recordó de nuevo el brillo del acero.

-

¿¡¡Cómo te atreves a darnos órdenes!? – increpó uno de los marines, que también habían reparado en ella – ¿¡¡Quién demonios…!!?

-

¡¡¡CERRAD LA BOCA!!! – volvió a hacerse oír la joven amazona – ¡Putos marines! – maldijo entre dientes – ¡¡Habéis hecho que falle el tiro!!

-

¿¡“Que falle”!? – se extrañó John. ¿¡¡Cómo osas dirigirte así a…!!? ¡¡Dianne!! – Jim cortó al marine – ¡¡Llegas en buen momento!! – era una compañera un tanto cargante, pero por una vez, se alegraba de verla. La joven le miró con el ceño fruncido.

-

Jim, creo que no… – empezó John. ¡No sé cómo te habrás enterado, pero gracias! – siguió Jim – ¿Has venido a…? ¡Sí! – le cortó la amazona – ¡¡He venido a mataros!!

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful