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35 Cuentos Para Primaria 2011

35 Cuentos Para Primaria 2011

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DOÑA CLEMENTINA QUERIDITA, LA ACHICADORA Graciela Montes Cuando los vecinos de Florida se juntan a tomar mate, charlan y charlan

de las cosas que pasaron en el barrio. Se acuerdan del ladrón de banderines de bicicletas; de cuando, por culpa de la máquina del tiempo, se les heló el agua de las canillas en pleno diciembre. Pero más que de ninguna otra cosa les gusta hablar de doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez. Doña Clementina no había empezado siendo una Achicadora: por ejemplo, a los dos años era una nenita llena de mocos que se agarraba con fuerza del delantal de su mamá y a los diez, una chica con trenzas que juntaba figuritas de brillantes. Cuando doña Clementina Queridita se convirtió en la Achicadora de Agustín Álvarez era ya casi una vieja. Tenía un montón de arrugas, un poquito de pelo blanco en la cabeza y un gato fortachón y atigrado al que llamaba Polidoro. A doña Clementina los vecinos la llamaban "Queridita" porque así era como ella les decía a todos: "Hola, queridita, ¿cómo amaneció su hijito esta mañana?”, “Manolo, queridito, ¿me harías el favorcito de ir a la estación a comprarme una revista?”. Pero, aunque todos la conocían desde siempre, doña Clementina, solo llegó a famosa cuando empezó con los achiques. Y los achiques empezaron una tarde del mes de marzo, cuando doña Clementina tenía puesto un delantal a cuadros y estaba pensando en hornear una torta de limón para Oscarcito, el hijo de Juana María, que cumplía años. En el preciso momento en que doña Clementina estaba por agarrar los huevos de la huevera, entró Polidoro, el gato, maullando bajito y frotándose el lomo contra los muebles. -¡Poli! ¡Tenés hambre, pobre! -se sonrió doña Clementina, y volviendo a dejar los huevos en la huevera, se apuró a abrir la heladera para buscar el hígado y cortarlo bien finito. -¡Aquí tiene mi gatito! -dijo, apoyando el plato de lata en un rincón de la cocina. Y ahí nomás vino el primer achique. El gordo , peludo y fortachón Polidoro empezó a achicarse y a achicarse hasta volverse casi una pelusa,

del mismo tamaño que cada uno de los trocitos de hígado que había colocado doña Clementina en el plato de lata. El pobre gato, bastante angustiado, erizaba los pelos del lomo y corría de un lado al otro dando vueltas alrededor del plato, más chiquito que una cucaracha pero, sin embargo, peludito y perfectamente reconocible. Era Polidoro, de eso no cabía duda, pero muchísimo más chico. Doña Clementina, asustadísima, le hizo upa enseguida: le parecía muy peligroso que siguiera corriendo por el piso; al fin de cuentas podía matarlo la primera miga de pan que se cayera desde la mesa… Lo sostuvo en la palma de la mano y lo acarició lo mejor que pudo con un dedo. En medio de la pelusita atigrada brillaban dos chispas verdes: eran los ojos de Polidoro, que no entendían nada de nada. Se ve que la enfermedad del achique es muy violenta porque después del de Polidoro hubo como quince achiques más, todos en el mismo día. Doña Clementina se sacó el delantal a cuadros, agarró el monedero y corrió a la farmacia. -¡Ay, don Ramón! -le dijo al farmacéutico, un gordo grandote y colorado, vestido con delantal blanco-. Don Ramón, algo le está pasando a Polidoro. ¡Se me volvió chiquito! Don Ramón buscó un frasco de jarabe marca Vigorol y lo puso sobre el mostrador. -¿Y usted cree que este jarabito le va a hacer bien, don Ramón? -preguntó doña Clementina mientras miraba con atención la etiqueta, que estaba llena de estrellitas azules. Y en cuanto terminó de hablar, el frasco de jarabe se convirtió en un frasquito, en un frasquitito, el frasco más chiquito que jamás se haya visto. Don Ramón, el farmacéutico, corrió a buscar una lupa: efectivamente, ahí estaba el jarabe de antes, muy achicado, y, si se miraba con atención, podían divisarse las estrellitas azules de la etiqueta. -¡Ay, don Ramón, don Ramoncito! ¡No sé lo que vamos a hacer! -lloriqueó doña Clementina con el frasquito diminuto apoyado en la punta del dedo. Y don Ramón desapareció. -¡Don Ramón! ¿Dónde se metió usted, queridito? -llamó doña Clementina. -¡Acá estoy! -dijo una voz chiquita y lejana.

Doña Clementina se apoyó sobre el mostrador y miró del otro lado. Allá abajo, en el suelo, apoyado contra el zócalo, estaba don Ramón, tan gordo y tan colorado como siempre, pero muchísimo más chiquito. "¡Pobre hombre!", pensó doña Clementina. "¡Qué solito ha de sentirse allá abajo...! Voy a llevarlo con Polidoro, así se hacen compañía." De modo que doña Clementina se llevó a don Ramón en un bolsillo y al frasquito de jarabe en el otro. Entró en su casa y llamó: -Poli… Poli… Estoy acá. Pero Polidoro no vino. Se había caído en el fondo de la huevera y desde allí maullaba pidiendo auxilio. Entonces doña Clementina se dio cuenta de que las hueveras eran muy útiles para conservar achicados. Sin pensarlo dos veces, sacó los huevos que quedaban, los puso en un plato y en la huevera puso a don Ramón, que la miraba desde el fondo, perplejo, y algo le decía, pero en voz tan bajita que era casi imposible oírlo. En fin, basta con que les cuente que, en esos días, doña Clementina llenó la huevera, y tuvo que inaugurar dos hueveras más, que contenían: -un gato Polidoro desesperado, -un don Ramón agarrado al borde, que cada tanto pedía a los gritos algún jarabe, -un frasquito de jarabe Vigorol con una etiqueta llena de estrellitas, -el "kilito" de manzanas que doña Clementina le había comprado al verdulero, -la "sillita" de Juana María, en la que se había sentado cuando fue al cumpleaños de Oscar, -el propio "Oscarcito", al que de pronto se le había acabado el cumpleaños, -un "arbolito", al que se le estaban cayendo las hojas, -un "librito de cuentos", -siete "velitas" (encendidas para colmo), y otras muchas cosas que resultaban invisibles a los ojos -como un "tiempito", un "problemita" y un " amorcito" - todas chiquitas. Y, claro, doña Clementina no sabía qué hacer con sus achicados; le daba mucha vergüenza esa horrible enfermedad que la obligaba a andar achicando cosas contra su voluntad. Era por eso que, en cuanto algo o alguien se le achicaba (gente, bicho, cosa o planta), se apuraba a

metérselo en el bolsillo y después corría a su casa para darle un lugarcito en la huevera. Con las "manzanitas", la "sillita", las "velitas", el "jarabito" y el "librito de cuentos" no había conflicto. Pero con Polidoro, y sobre todo con don Ramón y con Oscarcito era otra cosa. En el barrio no se hablaba de otra cosa que de su misteriosa desaparición. La mujer de don Ramón no sabía qué pensar: había encontrado la farmacia abierta y sola, sin rastros del farmacéutico por ninguna parte. Y Juana María y Braulio, los padres de Oscarcito, andaban desesperados en busca del hijo tan travieso que se les había escapado justo el día del cumpleaños. Así pasaron cinco días. Doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez, cuidaba con todo esmero a sus achicados: al arbolito le ponía dos gotas de agua todas las mañanas, a Oscarcito lo alimentaba con miguitas de torta de limón (su torta favorita) y a don Ramón le preparaba churrasquitos de dos milímetros vuelta y vuelta. Dos veces al día, doña Clementina vaciaba las hueveras sobre la mesa de la cocina: Oscarcito jugaba con Polidoro y los dos se revolcaban hasta quedar escondidos debajo de la panera; don Ramón, en cambio muy formal, se sentaba en la sillita y le explicaba a doña Clementina cosas que ella jamás entendía, mientras mordisqueaba una manzana (perdón una manzanita). En el quinto día de su vida, en la huevera Oscarcito se puso a llorar. Fue cuando vio, apagadas y chamuscadas, las siete velitas de su torta de cumpleaños. Doña Clementina se puso a llorar con él: Oscarcito era su preferido entre los chicos del barrio. No sabía qué hacer para consolarlo; era tanto más grandota que él que ni siquiera podía abrazarlo... -Bueno, Oscar, no llores más -le decía mientras le acariciaba el pelo con la punta del dedo. -¿Cómo vas a llorar si ya sos un muchacho? ¡Un muchachote de siete años! Entonces Oscar creció. Creció como no había crecido nunca. En un segundo recuperó el metro quince de estatura que le había llevado siete años conseguir. Y se abrazó a la cintura de doña Clementina, la Achicadora de

Agustín Álvarez, que por fin, había encontrado el antídoto para curar a sus pobres achicados. Doña Clementina corrió a agarrar al gato Polidoro y le dijo, entusiasmada: -¡Gatón! ¡Gatote! ¡Gatazo! Y Polidoro creció tanto que hasta podría decirse que quedó un poco más grande de lo que había sido antes del achique. Le tocaba el turno a don Ramón. Doña Clementina dudó un poco y después llamó: -¡Don Ramonón! Y don Ramón volvió a ser un gordo grandote y colorado, con delantal blanco, que ocupó más de la mitad de la cocina. Y todos corrieron a casa de todos a contar la historia esta de los achiques, que con el tiempo, se hizo famosa en el barrio de Florida. Desde ese día, doña Clementina Queridita cuida mucho más sus palabras, y nunca le dice a nadie " queridito" sin agregar "queridón". La sillita de Juana María, el frasquito con la etiqueta de estrellitas azules y el librito de cuentos siguieron siendo chiquitos. Están desde hace años en un estante del Museo de las Cosas Raras del barrio de Florida, adentro de una huevera. EL CLUB DE LOS PERFECTOS Graciela Montes Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de Florida. Pero no es culpa mía: en Florida pasa cada cosa que una no puede menos que contarla. Como la historia esa del Club de los Perfectos. Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club. Algunos de ustedes preguntarán quiénes eran los Perfectos. Bueno, los Perfectos de Florida eran como los Perfectos de cualquier otro barrio, así que cualquiera puede imaginárselos. Por ejemplo, los Perfectos no son gordos, pero tampoco flacos. No son demasiado altos, y mucho menos petisos. Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las uñas. Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima. No son miedosos. Ni confianzudos.

No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido. Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden “por favor” y jamás hablan con la boca llena. Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que digamos. Es más, eran muy pocos. Tan pocos que había calles como Agustín Álvarez donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa. Pero -pocos y todo- decidieron formar un club porque todo el mundo sabe que a los Perfectos sólo les gusta charlar con Perfectos, comer con Perfectos y casarse con Perfectos. El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran el Deportivo Santa Rita y el Social Juan B. Justo. El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados por la tarde se llenaba de floridenses porque los sábados por la tarde se jugaban los partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo. El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la noche los floridenses que querían ponerse de novios se reunían a bailar con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas. Pero el Club de los Perfectos era otra cosa. Para empezar no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la calle Warnes, con grandes ventanales y un enrejado alto de rejas negras. Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y margaritas, sólo palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros de hojas lustrosas. Los sábados por la noche, los Perfectos llegaban al club con sus ropas planchadas y sus corbatas brillantes. Como eran perfectamente puntuales llegaban todos juntos. Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla deslumbrante. Comían tranquilos y educados. Masticaban bien. Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia. Ni ganas. Ni celos. Ni frío. Tan diferentes eran que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir a visitar el Club de los Perfectos. Bueno, visitar es una manera de decir porque al club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás miraban de afuera. Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el partido, los del Deportivo Santa Rita se venían en patota a la calle Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B. Justo, las

parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles una ojeadita a los Perfectos. Los floridenses se apretaban todos junto al enrejado. Eran un montón, pero ninguno era perfecto. Estaba doña Clementina, llena de arrugas; el nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en los dientes, chicos que a veces se comían las uñas, chicos que a veces se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los dientes en los sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas un poco despeinadas porque había viento. Los sábados por la noche, el Club de los Perfectos estaba siempre rodeado de floridenses. Y fue por eso que, cuando pasó lo que tenía que pasar, hubo muchos que pudieron contarlo. Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre reunidos alrededor de la mesa, perfectamente bronceados porque era verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que tenía que pasar. Pasó una cucaracha. Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el mantel almidonado y empezó a caminar, perfectamente serena, por entre los platos. El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas, perfectamente rubio. La cucaracha se acercaba, pacíficamente, hacia su plato. El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque volcó la silla, empujó con el codo el plato decorado, que se estrelló contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la Perfecta de vestido blanco. La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente, seguía recorriendo la mesa, desviándose sin sobresaltos cuando se le interponía algún plato. Los Perfectos, en cambio, sí que parecían sobresaltados. Había algunos que se subían a las sillas y gritaban pidiendo ayuda, y otros que se comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones. Había algunos que lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se reían a carcajadas.

El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y copas volcadas. Y serena, parsimoniosa, la manchita negra y lustrosa proseguía su camino. Los floridenses que estaban junto a la reja al principio no entendían. Se agolpaban para ver mejor, los de la primera fila les pasaban noticias a los de atrás. Aníbal, el relator de los partidos amistosos, se trepó a lo alto del enrejado y empezó a transmitir los acontecimientos: El Perfecto de la Camisa a Cuadros se cae de espaldas. Rueda. Quiere ponerse de pie, trastabilla y cae sobre la Perfecta del Collar de Nácar. La Perfecta del Collar de Nácar pierde la peluca. Se arroja al suelo y camina en cuatro patas tratando de recuperarla. El Perfecto del Traje Azul tropieza con ella, pierde el equilibrio y cae… Cae también su dentadura, que golpea ruidosamente contra la pata de la mesa… Arrugados, despeinados, manchados y llorosos, los Perfectos fueron abandonando la casa de la calle Warnes. Los floridenses los miraban salir y no podían casi reconocerlos. Algunos estaban pálidos. Otros parecían viejos. Algunos, si se los miraba bien, eran francamente gordos. Y todos, uno por uno, estaban muertos de miedo. A los floridenses más burlones les daba un poco de risa. Los más comprensivos les sonreían y les daban la bienvenida: al fin de cuentas no era tan malo estar de este lado de la reja. De más está decir que ese mismo día se disolvió el Club de los Perfectos. Y cuentan en el barrio que los sábados por la tarde algunos de los que fueron sus socios llegan cansados y hambrientos del Deportivo Santa Rita y que otros van, un poco despeinados, al Social Juan B. Justo. Cuentan también que en la casa de la calle Warnes ahora crecen malvones. Y parece que así es mucho mejor que antes. HISTORIA DE UN RAMÓN, UN SALMÓN Y TRES DESEOS Graciela Montes Ésta es la historia increíble de lo que le pasó a Ramón Gariboto a las siete y veinticinco de la mañana de un Día de Morondanga. Ramón se despertó, como siempre, a las siete y cuarto. A las siete y veinte entró en el baño y se miró en el espejo: tenía pelo de

sueño, ojos despeinados y barba pinchuda. Después, Ramón Gariboto, con la mano izquierda, agarró el tubo de pasta dentífrica y el cepillo de dientes y, con la mano derecha, abrió la canilla del agua fría. Y en realidad ahí fue donde empezó el cuento porque de la canilla del agua fría primero salió… ¡agua fría, por supuesto! Pero después salió… bueno, no salió, pero al menos intentó salir: ¡un pez! El pobre no podía pasar por el caño demasiado estrecho de la canilla: apenas asomaba la cabeza. -¡Un bagre! -gritó Ramón Gariboto, que jamás había visto un pescado que no estuviese bien frito. Pero miró mejor y dijo: -No, un bagre no es… No tiene bigotes… ¡Ya sé! ¡Es un pejerrey!.. ¡No! ¡Una merluza!... ¡Un surubí!... ¡Un...! -Soy un salmón, ignorante -lo interrumpió el pez-, y hacé el favor de ayudarme a salir de acá adentro, que me estoy ahogando. -Sí, cómo no -dijo Ramón Gariboto amablemente. Ramón Gariboto era una persona más bien tímida, y a las siete y media de la mañana era tan tímido que hasta un pez podía asustarlo. De modo que sostuvo al pez con dos dedos y tiró hacia afuera. -¡Ay! ¡Con cuidado! -se quejó el prisionero, que parecía bastante malhumorado-. ¡Me estás lastimando las agallas, infeliz! ¡Se habrá visto! -Lo siento mucho -se disculpó Ramón Gariboto y volvió a tirar hacia afuera con la mayor suavidad. El último tramo fue más fácil. El pez se agitó, su cuerpo tornasolado terminó de atravesar la canilla y un momento después andaba a los coletazos por la piletita del baño. -¡Caramba! -dijo Ramón Gariboto agachándose para mirarlo bien-. ¿Por qué abrirá tanto la boca? ¿Me querrá decir algo? -A-a-a-a-a-a-agua-a-a-a-a-a-a -logró musitar el pez antes de desmayarse. Y sólo entonces Ramón Gariboto recordó que los peces tienen la costumbre de vivir en el agua, y miró y vio que toda el agua que salía por la canilla se escapaba en un santiamén por el sumidero. Ramón se apuró a buscar un tapón, y al rato el pez empezó a respirar tranquilo. Tranquilo pero enojadísimo, como siempre. Ramón Gariboto se

preguntó si todos los salmones serían tan impacientes. -¡Más tonto que una mojarrita en primavera! -murmuraba el pez mientras iba y venía por la diminuta pileta-. ¡Más estúpido que un caracol agujereado! ¡Más inútil que un renacuajo sin cola! ¡Más…! -¡Bueno, basta! -rugió Ramón Gariboto, harto ya de tantos retos-. Mire que saco el tapón y se acaba la función… El pez se calló la boca y durante los cinco minutos siguientes sólo nadó de un lado al otro de la pileta, llenándose las branquias de agua. Parecía aliviado, casi contento. Después de un rato, cuando Ramón Gariboto ya había empezado a enjabonarse la cara para afeitarse la barba, dijo: -Bueno, al grano. Supongo que te habrás dado cuenta de que yo no soy un pez cualquiera, un pececito de tres por cuatro, ¿no es cierto? -En fin -empezó a decir Ramón Gariboto, sin dejar ni por un momento de afeitarse y decidido ya a no dejarse patotear por el primer salmón que se le apareciera en la canilla. Le diré: usted no me parece muy diferente de otros peces… Salvo porque habla, claro. Y miró de reojo al pez, que empezaba a enojarse nuevamente. -¡Será posible! -chilló el salmón-. Una vez cada cinco mil años tengo posibilidades de charlar con un humano y me viene a tocar un ignorante como éste. ¡Qué desgracia! ¡Qué decadencia! Casi con medio cuerpo fuera del agua el salmón enfrentó a Ramón Gariboto y le dijo: -Yo soy el pez de la suerte, señor mío. Otorgo deseos. No me va a decir que nunca oyó hablar de mí. ¡Soy famosísimo! -Si usted es el pez de la suerte, ¡cómo serán los peces de la mala suerte! -se burló Ramón. Ramón Gariboto estaba decidido a no tomarse demasiado en serio al salmón, al fin de cuentas un pez que hacía su entrada triunfal por una canilla no parecía un pez muy formal. -Bueno, estoy esperando -dijo el salmón, un poco ofendido por la indiferencia de Ramón. -¿Y qué es lo que espera, si puede saberse? -preguntó Ramón mientras se pasaba la toalla por la cara. -¿Cuál es tu primer deseo? Ramón Gariboto no quería perder la calma, eso estaba bien claro, pero

tampoco quería perder la oportunidad. Y nunca le había pasado que alguien le preguntara así como así cuál era su primer deseo. Antes de hablar quiso asegurarse: -¿Cuántos deseos tengo? -Tres, claro está -volvió a enojarse el pez-. Decime: ¿vos nunca leíste un cuento? Entonces Ramón se miró al espejo: tenía los ojos peinados, el pelo descubierto y la cara lisita… Después miró por la ventana del baño y vio una paloma revoloteando por ahí cerca. -¡Ya sé! -gritó de pronto, sin sacar los ojos de la ventana-. Quiero volar como una paloma. -¡Todos piden los mismo! -se quejó el pez-. Bueno, tu deseo será concedido. Ya podés volar. Ramón Gariboto se acercó al balcón y miró hacia abajo. Vivía en un cuarto piso, de modo que no era cuestión de saltar así como así para ver qué pasaba. En una de esas el pez había perdido sus poderes o sencillamente era un pez mentiroso y lo había engañado. Entonces Ramón Gariboto bajó en piyama hasta la planta baja (pero por las escaleras), salió a la vereda, estiró los brazos, los agitó hacia arriba y hacia abajo… y voló. Voló alto, voló bajito, revoloteó, subió en picada hasta la altura del cuarto piso y volvió a entrar al departamento (pero por el balcón, que por suerte había dejado abierto). No fue un aterrizaje muy prolijo: tiró tres macetas, el pantalón del piyama se le enganchó en uno de los barrotes y se torció un tobillo al apoyar los pies. -Es cuestión de practicar -se dijo Ramón-, con el tiempo me va a salir mejor que a Súperman. Revoloteo hasta el techo de la habitación para buscar un pulóver amarillo con rayas rojas que estaba en el estante más alto del placard. Cuando fue a la cocina a prepararse el mate cocido sintió un dolorcito, un extraño dolorcito de panza. -¡Qué raro! Me duele la panza… -dijo en voz alta. -Claro -comentó el pez desde el baño-, estarás por poner un huevo… Ramón Gariboto corrió desesperado hasta la piletita, donde el salmón nadaba serenamente. -¿¡Por poner un huevo!? ¡¿Cómo “por poner un huevo”?! ¿Quién dijo que yo

pongo huevos? -Yo lo digo -aseguró el pez-. Todas las palomas ponen huevos. -Pero yo no soy una paloma -se defendió Ramón-, ¡jamás he sido una paloma! -lloraba. -¡Quién entiende a los humanos! -suspiró el salmón-. Acabás de decirme que querés volar como una paloma… ¿Qué te hace suponer que se puede volar como una paloma sin estar obligado a poner huevos como una paloma? -Yo quise decir “palomo”. -Pero dijiste “paloma”. -Mirá que te saco el tapón de la piletita… -Mirá que te dejo poniendo huevos para el resto de tu vida. Ramón Gariboto miraba al salmón. El salmón no le quitaba los ojos de encima a Ramón Gariboto. Ramón Gariboto no estaba acostumbrado a poner huevos. Y no le gustaba nada la idea de tener que empollarlos. Además, ¿qué iba a pensar su novia? -Voy a pedir mi segundo deseo -dijo por fin. -Sea -dijo el pez, haciéndose el pez del cuento. -Quiero dejar de volar como una paloma, y de poner huevos como una paloma. -Tu deseo está concedido -dijo el pez, con una sonrisita que a Ramón no le gustó nada. El dolorcito desapareció de inmediato. Y cuando Ramón Gariboto quiso buscar la bufanda del estante de arriba del placard… tuvo que subirse a una banquito, por supuesto. -¡A ver, che! -lo llamó el pez desde el baño. Ramón frunció el ceño y fue hasta el baño, cada vez más molesto con el pez tan grosero y confianzudo. -¿Qué quiere? -preguntó. -A ver si le ponés un poco más de agua a esta pileta que me estoy quedando en seco. Y andá pensando el tercer deseo, eh, que ya estoy cansado de esperarte.

Ramón echó un poco más de agua en la piletita y quiso saber: -Y después del tercer deseo, ¿qué? -Y, nada más -dijo el pez-. Me quedo a vivir acá con vos por un tiempito… Claro que no en esta pileta de morondanga, te imaginarás. Lo menos que podés hacer por mí es instalarme un acuario como la gente, con plantas caracoles, cascadas… En fin, yo ya te voy a ir diciendo… y entonces… Ramón Gariboto volvió a mirarse en el espejo: tenía los ojos redondos de susto. Se imaginó cómo serían sus días con ese pez antipático ocupando la mayor parte de su departamento de un ambiente, charlando todo el día como un loro, dándole órdenes, gritándole, patoteándolo… De pronto, Ramón Gariboto supo cuál iba a ser su tercer deseo. No quería volverse chiquito como una arveja. Tampoco quería crecer como un obelisco. No quería volverse invisible, ni volverse rico, ni volverse valiente, ni volverse hermoso… -Señor salmón, estése atento: voy a pedir mi tercer deseo antes de que se me enfríe el mate cocido -dijo. -¡Era hora! ¿Cuál es tu tercer deseo? -¡Quiero que usted se vaya por donde vino! ¡Y pronto! -gritó Ramón Gariboto con una sonrisa triunfal. El salmón entrecerró los ojos, echó hacia un lado la cabeza y dijo: -Tu deseo será concedido… Pero no te vayas a creer que me voy a ir sin antes decirte que es la primera vez en los ochenta y siete mil novecientos quince años de vida que tengo que me pasa algo semejante… La ignorancia de la gente, que… -¡Dije “pronto”! -repitió Ramón Gariboto, y abrió la canilla. El pez empezó a remontar el chorro de agua. -Menos mal que los salmones sabemos nadar en contra de la corriente -dijo. Y eso fue lo último que dijo. Un par de minutos después, sólo se veía la cola tornasolada moviéndose en la punta del caño. Ramón Gariboto cerró la canilla, sacó el tapón de la piletita, se puso el pulóver amarillo con rayas rojas, se enroscó la bufanda, se tomó el mate

cocido y salió a la calle. Como todas las mañanas de los Días de Morondanga caminó hacia el quiosco de diarios y revistas que quedaba justo en frente de su casa. En el techó de latón del quiosco se había posado una paloma. Ramón Gariboto la miró y le preguntó de sopetón al diariero: -Don Luis, dígame la verdad, ¿qué opina usted de los salmones? UN ELEFANTE OCUPA MUCHO ESPACIO Elsa Bornemann Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar “en elefante”, esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento: Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes, el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente. -¿Te has vuelto loco, Víctor? -le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula-. ¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo! La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche: -Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí tan lejos de nuestras anchas selvas... -¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro-. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida? -Tú has nacido bajo la lona del circo... -le contestó Víctor dulcemente-. La esposa del domador te crió con mamadera... Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad... -¿Se puede saber para qué haremos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá. -¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran obligados a

ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga general...). -Bah... Pamplinas... -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma? -Sí -aseguró Víctor-. El loro será nuestro intérprete. Y enroscando la trompa entre los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. Enseguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. Al rato, todos retozaban en torno a los carromatos. ¡Hasta el león! Los primeros rayos del sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas... (Los animales nunca supieron sí fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped...). De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio: -¡Los animales están sueltos! -gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos. -¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! -les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente. -¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante! -¿Qué disparate es éste? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente. -¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes. La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres: -¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! -¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas! -¡No usen las manos para comer! -¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Píen! ¡Ladren! ¡Rujan! -¡Basta por favor, basta! -gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-.¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren? El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante: -...Conque esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán... porque... o nos envían de regreso a nuestras anchas selvas... o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho. Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje entre los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino a África. Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor... porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio... Basado en el poema “El gigante de ojos azules” De Nazim Hitmet CUENTO GIGANTE Elsa Bornemann Existió una vez un hombre con el corazón tan grande, tan

desmesuradamente grande, que su cuerpo debió crecer muchísimo para contenerlo. Así fue como se transformó en un gigante. Este gigante se llamaba Bruno y vivía junto al mar. La playa era el patio de su casa; el mar, su bañera. Cada vez que las olas lo encerraban en su abrazo desflecado de agua salada Bruno era feliz. Por un instante dejaba de ver playa y cielo: su cuerpo era un enorme pez con malla dejándose arrastrar hacia la orilla.

La estación del año que más quería Bruno era el verano. En ella, su patio playero –solo y callado durante el resto del año- volvía a ser visitado por los turistas y a llenarse de kioscos. Entonces, también también Bruno se sentía menos solo. El primer día de un verano cualquiera Bruno conoció a Leila. El gigante acababa de salir del mar y caminaba distraído. Sus enormes huellas quedaban dibujadas en la arena. De tanto en tanto, Bruno volvía su rizada cabeza para verlas. De pronto, otros pies, unos pies pequeñísimos, empezaron a pisarlas una por una… Eran los pies de Leila, una mujercita, una mujercita apenas más grande que sus propias huellas. Bruno se detuvo, asombrado: -¿No me tienes miedo? –le preguntó, doblando la cintura. Leila –larga trenza castaña rematada en un moño- simuló no escucharlo. Bruno se le acercó un poquito: -¿Eres sorda acaso? Te he preguntado si no me tienes miedo… -y el aliento del gigante hizo agitar las cortaderas de las dunas. La mujercita se rió: -No. ¿Por qué habría de temerte? Eres tan hermoso… La belleza no puede hacer daño… Bruno se estremeció: -¿Hermoso yo? -Sí. Eres hermoso. Me encanta el metro de azul que tienes en cada ojo…. El segundo día de aquel verano, Bruno se enamoró de Leila. -¿Quieres casarte conmigo? –se animó a preguntarle, quebrado la timidez por primera vez en su vida. -Sí –le contestó ella-. Quiero casarme contigo… -y se alejó saltando. El tercer día del verano, no bien la siesta se despertó, Bruno corrió hacia el mismo lugar del encuentro, buscando la larga trenza castaña. Y la encontró, muy ocupada, juntando almejas en un balde.

-¡Hola Leila! –le dijo después de mirarla unos minutos en silencio. -¿Qué tal Bruno? le respondió ella. Desde esa tarde, y hasta que terminó el verano, el gigante y la mujercita se encontraron en la playa todos los días. El último día de las vacaciones, Bruno la tomó de la mano y la llevó –con los ojos cerrados- a conocer la casa que él mismo había construido frente al mar. -Puedes abrir los ojos, Leila -le dijo tras caminar un largo trecho por la playa-. Esta será nuestra casa; aquí viviremos cuando nos casemos… -y el enorme corazón de Bruno hizo agitar su camisa tanto o más que el viento… Lo primero que vio Leila fue el zócalo, que le llegaba hasta las rodillas… Después miró la puerta, de la que ni siquiera podía alcanzar el picaporte… Finalmente echó su cabecita hacia atrás y la contempló entera… Una gigantesca casa de piedra ocupó su atención durante media hora: el tiempo necesario para verla de frente, con sus pequeños ojos. Puerta de madera, tallada con extraños arabescos… Ventanales con vidrios azules… Una cúpula allá, a lo alto, tan lejos de la playa… Tan cerca de las nubes… -¡No me gusta! -gritó Leila de repente, con su vocecita chillona-. ¡No me gusta! -Pero si todavía no la has visto por dentro… -le dijo el gigante un poco triste… -y, tomándola en brazos, franqueó la entrada y llevó a Leila hacia el interior de la casa. No bien pisaron la alfombra del vestíbulo, Leila protestó: -¿Y esas escaleras? ¿Para qué tantas escaleras? ¿No hay ascensor en esta casa? ¿Piensas que me voy a pasar el día subiendo escaleras? -Pero por esta escalera podrás alcanzar el verano… -le explicó Bruno tartamudeando-. Esta otra te llevará a la terraza… Desde allí miraremos ahogarse el sol en el mar todos los atardeceres… Aquélla sube hasta la noche de Reyes… podrás poner tus zapatos cada vez que lo desees… Esa

llega a

un jardín

de aire libre… Allí tendrás todo el que quieras para

llenarte las manos… Esa otra… -¡No!, no y no, y quiero una casita chica, bien chiquita, con cortinas de cretona y macetitas con malvones… -Pero allí no cabría yo… -gimió Bruno-. No cabría. -¡Podrías sacar la cabeza por la chimenea! –aseguró Leila furiosa- y desenrollar tu barba por el tejado… y estirar tus brazos a través de las ventana… y deslizar una de tus piernas por la puerta y doblar la otra… y… No… Bruno era un gigante, Y esa mujercita no sabe que el corazón de un gigante no cabe en una casa chiquita… Un gigante hace todas las cosas “en gigante”… Hasta sus sueños son gigantes… Hasta su amor es gigante… No caben en casas chiquitas… No caben… -Adiós Bruno –le dijo entonces-. No puedo casarme contigo –y, dando varios saltitos, desapareció de su lado. A la semana siguiente se casó con un hombrecito de su misma altura, y desde entonces vive contenta en una casita de la ciudad, con cortinas de cretona y macetas repletas de malvones. ¿Y Bruno? Pues Bruno sigue allá junto al mar. Sabe que cualquier otro verano encontrará una mujercita capaz de entender que su corazón gigante necesita mucho espacio para latir feliz. Y con ella estrenará entonces todas las escaleras de la casa de piedra… Y con ella bailará en la cúpula, al compás de la música marina… Y con ella tocará –alguna noche- la piel helada de las estrellas… GUSTOS SON GUSTOS Gustavo Roldán Ahí estaban el yuchán y el jacarandá, el quebracho colorado y el chañar, las palmeras y el mistol, y el lapacho, esa fiesta de flores rosadas. Todos los árboles eran grandes y hermosos, pero el algarrobo parecía una guitarra llena de colores y música porque ahí cantaban los pájaros. La sombra del algarrobo, tan grande, alcanzaba para todos los bichos, y las vainas amarillas colgando de las ramas y desparramadas por el suelo eran hilos de sol y dulzura.

Y ahí estaba el río de aguas marrones, el río del color de la tierra, ese río al que no se podía mirar sin pensar que hay cosas que nunca comienzan y nunca se acaban. Y al lado del río, a la sombra del algarrobo, estaban el mono y el coatí, el quirquincho y el oso hormiguero, el pequeño tapir y la corzuela y la iguana, y mil animales más. También estaba el ñandú. Y el piojo que vivía en la cabeza del ñandú. Entonces el grito los sorprendió a todos. Desde la pluma más alta de la cabeza del ñandú el piojo estaba largando un sapucai que tenía revoloteando a los pájaros y hacía caer algarrobas a puñados. Siete minutos duró el grito, y fue el sapucai más largo que se hubiera escuchado por esos pagos. Y se hizo tan famoso que ese paraje que se llamaba El Monte de las Víboras, fue conocido desde entonces como El Monte del Sapucai del Piojo. Los pájaros se posaron otra vez en las ramas, las algarrobas dejaron de caer, y el piojo, después de respirar hondo, pudo decir: -¡Volvió don sapo! ¡Ahí llega don sapo! Todos los animales corrieron a recibirlo. -¡Cómo le fue, don sapo! ¡Qué tal el viaje! ¡Cómo hizo, don sapo, cómo hizo! ¿Queda muy lejos? ¿Es cierto que hay mucha gente? ¡Cuente, don sapo, cuente! ¿Es grande Buenos Aires? -Despacito y por las piedras… que ya parecen porteños por lo apurados. -Es que estamos curiosos desde que nos enteramos de que se había ido a Buenos Aires -dijo el coatí-. ¿Cómo hizo, don sapo? -Fácil, m´hijo. ¿Usted vio la creciente grande y todos los camalotes que pasaban? Bueno, en cuanto vi pasar un camalote que me gustó, salté y me fui. -¿Y es muy grande Buenos Aires? -¡Ni le cuento! Pueblo grande, sí, pero todos apurados… -¿Apurados? -preguntó la cotorrita verde-. ¿Adónde van apurados? -A ninguna parte. Son costumbres nomás. Será que eso les gusta. Y se la pasan viajando, amontonados, en unas cosas enormes que van para todos lados. -¿Y eso les gusta? -Debe ser, porque pagan para hacerlo.

-¡Mire que es loca la gente! -dijo el piojo. -No diga eso, m´hijo. Gustos son gustos… Y cuando vuelven a sus casas se sientan frente a una caja, y ahí se pasan las horas mirando propagandas. -¿Propagandas de qué? -De champú. Se ve que son locos por el champú. -¿Y río, don sapo? ¿Tienen río? -Uno grande a más no poder. -¿Más ancho que el Bermejo? -Más ancho. Dicen que es el más ancho del mundo. -¡Qué lindo! -dijo el yacaré-. ¡Ahí se bañarán todos muy contentos! -¡Qué se van a bañar! Lo usan para tirar basuras. Está prohibido bañarse ahí. -Será que no les gusta el río. -Don sapo -dijo el tapir-, tengo dos preguntas para hacerle: ¿Esas gentes nos conocen? ¿Nos quieren? -Linda pregunta, pero es una sola, no dos. -No, don sapo, yo le hice dos preguntas. -Mire chamigo, hay un viejo pensamiento que acabo de inventar que dice: “No se puede querer lo que no se conoce”. -¿Y a nosotros no nos conocen? -No. Conocen muchos animales, pero de otro lado. Se ve que les gusta conocer cosas de otro lado, hipopótamos, cebras, elefantes, jirafas, ardillas y un montón más. Pero a nosotros no nos conocen, y por eso no nos quieren. -Bah -dijo el quirquincho-, no saben lo que se pierden. -Yo me quedé pensando en eso de que usan el río para tirar basuras -dijo el monito-. ¿Y qué les gusta? -Prohibir. Eso se ve que les gusta. Se la pasan prohibiendo todo el día. Prohibido subir, prohibido bajar, prohibido pisar. Prohibido pararse y prohibido correr. Siempre ponen cartelitos prohibiendo algo. -Eso sí que no lo entiendo -dijo el coatí-. ¿Y si alguno no les hace caso a los cartelitos? -Viene la policía y se lo lleva. -No le veo la gracia -dijo el piojo. -¡Qué quiere que le diga, m´hijo! Gustos son gustos.

UNA CARA MUY FEA Gustavo Roldán El piojo daba vueltas y vueltas y pegaba grandes saltos mortales arriba de la cabeza del ñandú. -Eh, compadre, ¿qué le anda pasando? Me está haciendo un revoltijo en las plumas. -Es que estoy ordenando mis ideas, pero ya están a punto. Mire, ahí llega don sapo para resolver mis dudas. -Lo escucho y contesto como contestador automático. ¿Qué dudas anda teniendo amigo piojo? -Don sapo, lo que no me puedo imaginar es cómo son esas gentes. ¿Son lindos? ¿Son feos? -Feos, m’hijo. Muy feos. -Eh, don sapo, usted siempre dice que no hay que andar criticando, y ahora nos viene con eso… -Es que no lo digo yo. Es la opinión de ellos mismos. -¿Dicen que son feos? -No es que lo digan, pero siempre se andan tapando el cuerpo con trapos de colores. Apenas se dejan sin tapar la cara. Y si se esconden tanto, no debe ser porque se sientan lindos… -¿Todo el cuerpo tapado? ¿Aunque haga calor? -Todito, m’hijo. Todo tapado. Y lo peor, tienen que trabajar toda la vida para comprar esos trapos. -¿Trabajar toda la vida? –dijo el monito sorprendido-.¿Tantos tienen que comprar? -Muchos. No, muchos no, muchísimos. Compran unos para trabajar, otros para pasear, algunos para usar de día, otros de noche. Unos para los días comunes, otros para los días de fiesta… -¡Están todos locos! -No diga eso m’hijo. Si así están contentos… -Bueno, estarán contentos, pero cómo se deben sentir de feos para hacer todo eso. -Don sapo –dijo la garza blanca-, ¿y la cara? Porque usted dijo que en la cara no se ponen trapos. -No, ahí no.

-Entonces no se ven tan fea la cara. -No crea m’hija, no crea. No se ponen trapos, pero ni le cuento lo que hacen, en especial las mujeres: ¡Se pintan de todos los colores! -¡Eh, don sapo!, ¿no nos está haciendo un cuento? –dijo el piojo. -¿Un cuento? ¿Una mentira? ¿Yo? ¿Me creen capaz de andar inventando historias? No, m’hijo, todo lo que digo es cierto. Se pintan la boca, los cachetes, los ojos; de rojo, de verde, de azul, de negro, de cualquier color. -¿Se pintan toda la cara? -Toda, y de varios colores a la vez. -¿Hasta las orejas? -No, las orejas es lo único que no se pintan. -Ah, bueno, por lo menos se ven lindas las orejas. -Yo no dije eso. Dije que no se pintan. -Por eso, será porque no se las ven tan feas. -Es que hay otras cosas. No se pintan pero se hacen un agujero y se cuelgan piedritas de colores. -Don sapo –dijo con un poco de timidez el monito-, usted sabe que nosotros le creemos todo lo que nos cuenta, pero eso de que alguien se haga un agujero en la oreja y se cuelgue piedritas de colores… No, don sapo, eso no puede ser cierto. -Mire m’hijo, sé que algunos dicen que soy un sapo mentiroso, a lo mejor por alguna mentirita que dije cuando chico, pero ahora estoy hablando en serio. Y el sapo se fue silbando a pegar una zambullida en el río. Los bichos se quedaron un rato callados, pensando. Después el mono dijo: -¡Añamembuí! ¡Qué lindo miente don sapo! -Cierto, -dijo el tapir-, un poco más y me hace creer que en Buenos Aires se agujerean las orejas y se cuelgan piedritas de colores… -Y bueno –dijo el piojo-, aunque mentiroso, habría que darle un premio por la imaginación que tiene. ¡Pero miren si uno va a creer todas esas cosas! UNA PIEDRA MUY GRANDE Gustavo Roldán

Esa tarde la lluvia caía y caía y un olor a tierra mojada llenaba el monte.

-¡Eh, don sapo! -gritó el piojo desde abajo de la panza del ñandú-. ¡Aquí no nos moja la lluvia! ¡Qué oportunidad para que nos cuente un cuento! -¡Un cuento de Buenos Aires, don sapo! ¡Cuéntenos más de Buenos Aires! -pidió la garza blanca. -¡Eso, don sapo! -dijo el quirquincho-. ¿Qué les gusta a los que viven allá? ¿Tienen buena tierra? ¿Les gusta el olor de la tierra mojada? -Son raros, no tienen tierra a mano, los pobres. -¿Cómo? -¿Que no tienen tierra? -¡No puede ser, don sapo! -No nos haga bromas, don sapo! ¡Cómo no van a tener tierra! -Ya les explico. Tienen que pensar que allá las cosas son diferentes. -Sí, pero no puedo creer que no tengan tierra. -Y sin embargo es así. Todo todo es como una piedra muy grande y chata. -¿Una piedra muy grande? -Sí. Tapa todo el suelo. -¿Tienen el suelo forrado? -Sí, pero en el fondo se ve que la tierra les gusta, porque vuelta a vuelta la rompen y hacen grandes pozos, y ahí, debajo de la piedra, tienen tierra. -¿Y qué hacen con esa tierra? -La sacan afuera, la tienen algunos días amontonada y después la vuelven a meter al pozo y la vuelven a tapar con la piedra. -¿Y siempre hacen eso? -Todos los días. Cuando tapan un pozo se van un poco más allá y cavan otro pozo. -¿Y después lo tapan otra vez? -Claro, pero otro poco más allá vuelven a cavar otro. -¿Y así toda la vida? -Parece.

-¡Pero no tiene sentido, don sapo! -Mire m´ hijo, no se apresure a juzgar. Se ve que a ellos les gusta hacerlo, y bueno. Lo que yo les aseguro es que cavan y cavan y rompen las piedras todo el día. -Bueno, don sapo, pero lo que no entiendo es por qué no dejan toda esa tierra afuera del pozo y listo. La tienen a mano para toda la vida. -Es que allá tienen muchas leyes, y parece que la ley dice que tienen que ser así. -Bueno, unos cavan y cavan, ¿y qué hacen los otros? -Se paran y miran dentro del pozo. Se paran y miran. Por eso digo que les gusta la tierra. -¡Pobres! ¡Qué mala suerte tener esa piedra arriba! ¡El trabajo que les cuesta! -Y bueno, amigo piojo, son cosas de la vida. No a todos nos toca la suerte de vivir en el monte.

TRISTE HISTORIA DE AMOR CON FINAL FELIZ Gustavo Roldán Las aguas del Bermejo corrían alborotadas después de la lluvia, de las hojas colgaban infinitos espejos de luz brillando bajo el sol y el monte florecía de colores y bailaba con el canto de los pájaros. ¡Qué lo tiró! -dijo el piojo-. ¡Esto es tan lindo que me da un no sé qué!, -y de puro nervioso lo picó tres veces al ñandú. -¡Eh, don piojo, no se entusiasme tanto! -gritó el ñandú sacudiendo la cabeza. -¡No se achique compañero! -dijo el piojo saltando de contento. Éste es un día para no desperdiciar. ¿No ve que anda contenta hasta doña vizcacha? -¿Doña vizcacha contenta? ¡No lo puedo creer! No hay más que mirarle la cara.

-¿No estará enferma? -dijo preocupado el quirquincho-. A ver si tiene algo grave. -¿Grave? -dijo el sapo-. Grave fue lo que le pasó al abuelo del oso hormiguero cuando era mozo. Y me acuerdo porque estos días tan lindos a veces son peligrosos. -¿Qué le pasó, don sapo? -La culpa fue de un día como éste. Todos contentos, y al oso hormiguero se lo dio por enamorarse. Ahí andaba la parejita jurándose amor eterno y todas esas cosas que se dicen en esos momentos. -Bueno, -dijo la paloma-, andar enamorado no es nada malo… -Hasta ahí estamos de acuerdo, y no va a ser este sapo el que hable mal del amor, pero aquí la historia es diferente. Resulta que se enamoró de la hormiga, y ustedes saben que el oso hormiguero no tiene ese nombre porque sí nomás. Y desde ese día no pudo comer hormigas, que es lo que come un buen oso hormiguero. -¿Y qué hizo?, porque eso es bastante grave. Probó vainas de algarrobo, frutitas de tala y mistol, un poco de puiquillín y chañar. Pero nada. Iba enflaqueciendo que era una tristeza. Al final estaba puro cuero y huesos. Con decirle que lo quisieron contratar de la universidad para estudiar el esqueleto. Le ofrecían un buen sueldo y todo. -¿Y no acepto? -¡Qué iba a aceptar! ¡Si lo único que quería era estar con su hormiguita! ¡Mire que yo conozco historias de amores grandes, pero como éste, ninguna! -Me tiene sobre ascuas, don sapo -dijo la pulga emocionada-. ¡Me enloquecen las historias de amor! -¡A mí también -dijo la paloma-, siga, siga, don sapo, que estoy muerta de curiosidad! ¿Las cosas andaban bien entre ellos? -Y bueno, bien o mal, según como se mire. Porque al final el oso hormiguero ya no tenía fuerzas ni para decirle un “te quiero” a la hormiguita. -¡Ay! ¡Ya me imagino! -dijo la paloma-, ¡seguro que se cruzó una desgracia! -Y… sí, o no… Según como se mire… -Don sapo, usted no está hablando muy claro -dijo el piojo-. ¿Se cruzó o no se cruzó una desgracia? -Y, sí o no… Según como se mire.

En realidad, lo que se cruzó fue un hormigo. Un hormigo simpático, buen mozo, que también se enamoró de la hormiguita. -¡No me diga que la hormiguita se fue con el hormigo! -dijo la paloma. -Si no quiere no se lo digo. Pero eso fue lo que le pasó. Ni más ni menos. -¡Ay, qué triste historia! -dijo la pulga. -Y, sí o no -dijo el sapo-, según como se mire. El oso hormiguero primero se puso muy triste, después más triste todavía, pero al final justo apareció por ahí una osa hormiguera que lo cuidó, se preocupó por hacerlo sentir bien… y ya se imaginarán cómo terminó el cuento. -¡Ay, qué suerte! -dijo la pulga-. ¡Me vuelve el alma al cuerpo! ¡Este final sí que me pone contenta! -A mí también -dijo el piojo- y saltando de alegría lo picó tres veces al ñandú. Mientras los bichos volvían a corretear de un lado para el otro, aprovechando el día tan especial, el sapo se zambulló en el río. Algunos juran que lo oyeron decir: “Já, si sabrá este sapo de historias de amor”. Eso dicen algunos, pero otros aseguran que dijo ”Me parece que yo también voy aprovechar este día tan especial”, mientras nadaba hacia una sapita que estaba arriba de un tronco. COMO SI EL RUIDO PUDIERA MOLESTAR Gustavo Roldán Fue como si el viento hubiera comenzado a traer las penas. Y de repente, todos los animales se enteraron de la noticia. Abrieron muy grandes los ojos y la boca, y se quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir. Es que no había nada que decir. Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el viento se quedó quieto, dejó de ser viento y fue un murmullo entre las hojas, dejó de ser murmullo y apenas fue una palabra que corrió de boca en boca hasta que se perdió en la distancia. Ahora todos lo sabían: el tatú estaba a punto de morir. Por eso los animales lo rodeaban, cuidándolo, pero sin saber qué hacer. -Es que no hay nada que hacer -dijo el viejo tatú con una voz que apenas se oía-. Además, me parece que ya es hora.

Muchos hijos y muchísimos nietos tatucitos lo miraban con una tristeza larga en los ojos. -¡Pero, don tatú, no puede ser! -dijo el piojo-, si hasta ayer nomás nos contaba todas las cosas que le hizo al tigre. -¿Se acuerda de las veces que lo embromó al zorro? -¿Y de las aventuras que tuvo con don sapo? -¡Y como se reía con los cuentos del sapo! Varios quirquinchos, corzuelas y monos muy chicos, que no habían oído hablar de la muerte, miraban sin entender. -¡Eh, don sapo! -dijo en voz baja un monito-. ¿Qué le pasa a don tatú? ¿Por que mi papá dice que se va a morir? -Vamos, chicos -dijo el sapo-, vamos hasta el río, yo les voy a contar. Y un montón de quirquinchos, corzuelas y monitos lo siguieron hasta la orilla del río, para que el sapo les dijera que era eso de la muerte. Y les contó que todos los animales viven y mueren. Que eso pasaba siempre, y que la muerte, cuando llegaba a su debido tiempo, no era cosa mala. -Pero, don sapo –preguntó una corzuela-, ¿entonces no vamos a jugar más con don tatú? -No. No vamos a jugar más. -¿Y el no está triste? -Para nada. ¿Y saben por qué? -No, don sapo, no sabemos… -No está triste porque jugó mucho, porque jugó todos los juegos. Por eso se va contento. -Claro -dijo el piojo-. ¡Cómo jugaba! -¡Pero tampoco va a pelear más con el tigre! -No, pero ya peleó todo lo que podía. Nunca lo dejó descansar tranquilo. También por eso se va contento. -¡Cierto! -dijo el piojo- ¡Cómo peleaba! -Y, además, siempre anduvo enamorado. También es muy importante querer mucho. -¡Él sí que se divertía con sus cuentos, don sapo! -dijo la iguana. -¡Como para que no! Si más de una historia la inventamos juntos. Y por eso se va contento, porque le gustaba divertirse y se divirtió mucho. -Cierto -dijo el piojo-. ¡Cómo se divertía! -Pero nosotros vamos a quedar tristes, don sapo. -Un poquito si, pero... -la voz se le quedó en la garganta y los ojos se le mojaron al sapo-. Bueno, mejor vamos a saludarlo por última vez.

-¿Qué esta pasando que hay tanto silencio? –preguntó el tatú con esa voz que apenas se oía-. Creo que ya se me acabó el piolín. ¿Me ayudan a meterme en la cueva? Al piojo que estaba en la cabeza del ñandú se le cayó una lágrima. Pero era tan chiquita que nadie se dio cuenta. El tatú miró para todos lados, después bajó la cabeza, cerró los ojos, y murió. Muchos ojos se mojaron, muchos dientes se apretaron, por muchos cuerpos pasó un escalofrío. Todos sintieron que los oprimía una piedra muy grande. Nadie dijo nada. Sin hacer ruido, como si el ruido pudiera molestar, los animales se fueron alejando. El viento sopló y sopló, y comenzó a llevarse las penas. Sopló y sopló, y las nubes se abrieron para que el sol se pusiera a pintar las flores. El viento hizo ruido con las hojas de los árboles y silbó entre los pastos secos. -¿Se acuerdan -dijo el sapo-, cuando hizo el trato con el zorro para sembrar maíz? FLORI, ATAÚLFO Y EL DRAGÓN Ema Wolf No todas las princesas son lindas, como algunos piensan. No, señor. La princesa Floripéndula, sin ir más lejos, tenía unos ojitos, y unas orejas, y una bocucha… ¡que bueno, bueno…! Todos los días Floripéndula le preguntaba a su espejo mágico: -¿Hay alguna dama en el reino más bella que yo? Y el espejo le contestaba: -Sí. Dos millones trescientas mil. O bien: -Espejito, espejito… ¿Cuál es la dama más linda de este reino? El espejo respondía: -Mi tía Romualda. Tanto por decir algo... Cuando Floripéndula llegó a la edad de tener novio, su padre, el rey Tadeo, empezó a preocuparse. Y le decía estas cosas a su esposa, la reina Inés: -Me pregunto quién va a querer casarse con nuestra amada hija. No es lo que se dice una belleza.

La reina Inés no atinaba a dar una respuesta. Floripéndula era una buenísima princesa, pero el tiempo pasaba y nadie se apuraba a pedir su mano. El rey Tadeo consultó entonces al astrólogo de la corte, como se acostumbra en estos casos. El astrólogo se tomó un tiempo para meditar la cuestión. No todos los días se le presentaban problemas así. Finalmente dio su opinión: -Si quieren que Flori se case -dijo el astrólogo-, van a tener que recurrir al viejo truco del dragón. Y el rey Tadeo y la reina Inés escucharon lo que sigue: -Hay que conseguir un dragón que cometa bastantes estropicios en la comarca. Después, convocar a los más nobles caballeros de este reino y otros reinos para que luchen contra el dragón. El valiente que lo deje fuera de combate obtendrá como premio la mano de la princesa. ¿Qué tal? El rey Tadeo reconoció que el astrólogo había dado con una solución. Seguramente así, Flori conocería muchachos interesantes. Sin perder un minuto, el rey llamó a sus ayudantes y ordenó: -Manden a mis seis mejores caballeros para que consigan un dragón adulto. No importa adónde tengan que ir a buscarlo ni a qué precio. Los seis hombres más valerosos del reino partieron al día siguiente para cumplir la misión. Durante varias semanas no dieron señales de vida. Los dragones no abundaban por aquellas zonas y habían tenido que viajar lejos. Con el correr de los días, cinco caballeros regresaron derrotados y sin dragón. Que no conseguían, que eran muy pichones, o muy caros, o de segunda mano… Excusas, ¡bah! Por fin, el sexto caballero, el joven Ataúlfo de Aquitania, apareció con un espléndido dragón atado de una soga. Lo había capturado en pelea de buena ley y no alquilado, como decían los chismosos. -¿Dónde lo suelto? -preguntó. -Por ahí, en los alrededores de la comarca -dijo el rey. Y así lo hizo. Cuando la gente del pueblo vio aparecer al dragón se guardó muy bien en sus casas tras puertas con cuatro vueltas de llave y se dedicó a espiarlo por las ventanas.

La temible bestia sólo pudo alimentarse de maíz, espinacas, y alguna gallina desprevenida que se aventuraba fuera del corral. Al día siguiente apareció en la plaza de la aldea un bando real. El anuncio prometía la mano de la princesa Floripéndula al caballero que liberara a la comarca del espantoso dragón. Cuando la noticia llegó a oídos de todos los solteros del reino, la respuesta no se hizo esperar. Unos se excusaban diciendo que casarse con una princesa era un honor demasiado alto para ellos y que gracias de todos modos. Otros se ofrecían a desalojar al dragón pero sin casarse con la princesa. Otros estaban dispuestos a vencer a cien dragones antes que casarse con la princesa. Uno dijo que prefería casarse con el dragón. El caballero Ataúlfo de Aquitania se rascaba la cabeza mirando el bando real. -¿Pero no es éste el dragón que me hicieron traer la semana pasada? -decía. Aunque a Ataúlfo nada de eso le importaba, porque -¡sépanlo todos de una vez!-estaba enamorado hasta el caracú de la princesa Floripéndula. Siempre le había parecido la más hermosa de todas las princesas de la Tierra. Y la veía así porque la amaba. La amaba de verdad. Hasta entonces Ataúlfo no había hecho más que suspirar por ella como un ventilador. Ahora tenía la oportunidad de convertirla en su esposa. Pero lo mejor de todo es que Flori ¡también amaba a Ataúlfo! Y si no, ¿por qué dejaba caer pañuelos desde su balcón cada vez que él pasaba por abajo? Temerario como era, Ataúlfo de Aquitania marchó contra el dragón. Era la segunda vez que se enfrentaban. El dragón le tenía un fastidio atroz. -¡Acá estoy, lagartija agrandada! -le gritó Ataúlfo. Y le tiró tres o cuatro espadazos con buena suerte. El dragón le contestó con una bocanada de fuego que chamuscó las pestañas del valiente. Se entabló entre los dos un combate durísimo. Horas y horas duró la pelea. La espada de Ataúlfo ya estaba casi derretida cuando le asestó un último golpe formidable al dragón. La bestia huyó con la cola entre las patas y el ánimo por el suelo.

Se perdió en un bosquecito y nunca más lo volvieron a ver. Sí. La bestia horrible había huido para siempre. Y el gran Ataúlfo de Aquitania marchó triunfante hacia el palacio con un puñado de escamas de dragón en la mano. El rey lo recibió en la escalinata con toda su corte. Las trompetas sonaron. La princesa Floripéndula ofreció su tímida mano al caballero. Y Ataúlfo se la besó tiernamente como hacen los héroes enamorados. Una semana más tarde, Floripéndula y Ataúlfo se casaron. Tuvieron siete hijos. ¡Siete principitos! Eran todos iguales. Iguales a su padre y a su madre, que -aquí entre nosotros- se parecían bastante. Todos tenían los mismos ojitos, las mismas orejas, la misma bocucha… Fueron muy felices, créanme. PELOS Ema Wolf -¡Oh, madre! ¡Me ha salido un pelo! -dijo el pequeño surubí. En efecto, una mañana de junio de mil novecientos y pico, un jovencísimo surubí que nadaba como todos los días en el Río de la Plata se descubrió un pelo en la cabeza. La madre se sorprendió bastante porque -ya se sabe- los peces no tienen pelos. Pero como hacen todas las madres, enseguida lo mandó a peinarse y listo. Así empezó la mayor rareza de la historia peluda y acuática. Porque ese pelo era apenas el principio de muchos otros pelos que vendrían. Y no sólo para el surubí, sino para todos los demás peces del río. La causa era bien simple: El marinero de un remolcador había volcado en el agua, por accidente, un frasco de tónico capilar. El pobre ni se imaginó las novedades que eso iba a producir en el fondo del río. A los sábalos les salió una melena enrulada. A los dorados, una cabellera larga y lacia. Los patíes y los pejerreyes empezaron a peinarse con flequillo. Al principio se sentían raros con la nueva facha, pero después todo el mundo estaba encantado con sus pelos.

Las hijas más chicas de una familia de dientudos salían de paseo con trenzas. Las palometas y las viejas se hicieron la permanente. Nadie hablaba de otra cosa. -¡Qué bien te queda el brushing, Ernestina! -le decía una boga a su amiga-. Yo hoy tengo el pelo horrible con tanta humedad. Y también: -¡Papá, quedé ciego! -No, nene. Es el pelo que no te deja ver -protestaba el pacú-Ñata-, ¿a este chico lo dejan entrar así a la escuela? En cada esquina había una peluquería. Y en cada peluquería los peces se ondulaban, se alisaban, se cortaban, se estiraban, se teñían, se afeitaban, todo mientras leían revistas. Entre los juncos crecieron grandes fábricas de peines, peinetas y gorras de baño; de champúes y fijadores; de vinchas, hebillas y secadores de pelo. Pero nada dura en esta vida… Y un día todo terminó como había empezado. Una señora que volvía del Delta en una lancha colectivo dejó caer en el agua un frasco de crema para depilarse. Destapado, el frasco. Y así fue como los hermosos pelos empezaron a desprenderse de las cabezas. Primero vinieron las calvicies y, poco a poco, avanzó la peladez. El disgusto de los peces fue enorme. Era lógico: habituados ya a sus melenas, se veían feos sin ellas. Y no había peluca que parara semejante desastre. Muchos, para disimular, se raparon la cabeza y se hicieron punkies o cantantes de rock pesado. El único que conservó restos de la era pelosa fue el bagre, que aún hoy tiene bigotes. Así, los peces volvieron a ser como han sido siempre: calvos como huevos. Pero todavía hoy siguen sin entender qué les pasó y por qué los pelos son cosas que aparecen y desaparecen tan locamente. Por eso, para evitarles problemas, es mejor no tirar cosas raras al río. EL CENTAURO INDECISO Ema Wolf

Casi llegando a Dolores yo vi un centauro. Estaba parado a cincuenta metros de la ruta. Mitad hombre, mitad caballo. Mitad caballo, mitad hombre. El centauro quería comer porque era pasada la hora de la merienda. A su derecha se extendía un campo jugoso de alfalfa fresca. A su izquierda, un puesto de choripán. -¿Qué como? –dijo-. ¿Alfalfa o choripán? ¿Choripán o alfalfa? Dudaba. Y tanto dudó que se fue a dormir sin comer. -¿Dónde duermo? –dijo-. ¿En una cama o en un establo? ¿En un establo o en una cama? Dudaba. Y tanto dudó que se quedó sin dormir. Mucho tiempo sin comer y mucho tiempo sin dormir, el centauro se enfermó. -¿A quién llamo? –dijo-. ¿Al médico o al veterinario? ¿Al veterinario o al médico? Dudaba. Y tanto dudó que se murió. -¿Dónde van los centauros cuando mueren? –me dije entonces yo. Y como no lo sé, agarré y lo resucité. EL MENSAJERO OLVIDADIZO Ema Wolf Hace mucho tiempo había reinos tan grandes que los reyes apenas se conocían de nombre. El rey Clodoveco sabía que allí donde terminaba su reino empezaba el reino del rey Leopoldo. Pero nada más. Al rey Leopoldo le pasaba lo mismo. Sabía que del otro lado de la frontera, más allá de las montañas, vivía Clodoveco. Y punto. La corte de Clodoveco estaba separada de la de Leopoldo por quince mil kilómetros. Más o menos la distancia que hay entre Portugal y la costa de China.

Entre corte y corte había bosques, desiertos de arena, ríos torrentosos, precipicios y llanuras fenomenales donde vivían solamente las lagartijas. Tan grandes eran los reinos… Cuando Clodoveco y Leopoldo decidieron comunicarse, contrataron mensajeros. Y como siempre se trataba de comunicar asuntos importantes, secretos, nunca mandaban cartas por temor de que cayeran en manos enemigas. El mensajero tenía que recordar todo cuanto le habían dicho y repetirlo sin errores. El mejor y más veloz de los mensajeros se llamaba Artemio. Además, terminó siendo el único: nadie quería trabajar de mensajero en aquel tiempo. No había cuerpo ni suela que durase. Pero Artemio era veloz como un rayo y no se cansaba nunca. El problema es que tenía una memoria de gallina. Una memoria con poca cuerda. Una memoria que goteaba por el camino. Artemio partía de la corte de Clodoveco de mañana bien temprano con la memoria afinada y tensa como un arco. Al llegar al kilómetro 7.500 más o menos, había olvidado todo, o casi todo. No era para menos… Lo que no recordaba, lo iba inventando en la marcha. Una vez, la esposa del rey Clodoveco le mandó pedir a la esposa del rey Leopoldo la receta de la mermelada de frambuesas. Artemio volvió y recitó ante la reina la receta de los canelones de acelga. No se sabe si había trabucado el mensaje en el viaje de ida o en el viaje de vuelta. La reina pensó que la otra señora estaba loca, pero preparó nomás la receta. -¡Qué buena mermelada, Majestad! -decían todos, mientras comían canelones. Otra vez, el rey Leopoldo quiso anunciar al rey Clodoveco la feliz noticia del cumpleaños de su abuela. El mensaje que Artemio debía transmitir era: Te saludo, Clodoveco, y te anuncio que mañana va cumplir noventa años la reina nona Susana.

Artemio cruzó valles, selvas, acantilados y charcos, nadó ríos y atravesó planicies a lo largo de quince mil kilómetros. Cuando llegó a la corte del rey Clodoveco se presentó en la sala del trono y dijo lo que salió: Te saludo, Clodoveco, y te cuento: esta mañana en el jardín florecido se me ha perdido una rana. Clodoveco no entendía por qué tanta preocupación por una simple rana. Leopoldo debía estar chiflado. Pero allá mandó a Artemio con un mensaje que decía:

Lo siento, ya conseguirás otra. Leopoldo, creyendo que se refería a su abuela, se enojó mucho y juró que no cambiaría a su nona por ninguna otra en el mundo aunque estuviera viejita. A veces, Artemio recorría quince mil kilómetros solamente para decir: “gracias’’. Y volvía con la respuesta “de nada’’. Un día, Clodoveco lo envío para que le pidiera a Leopoldo la mano de su hija Leopoldina. Quería casarlo con su hijo, el príncipe heredero. Mientras marchaba a través de los caminos peligrosos, Artemio se iba olvidando. -¿Qué tengo que pedir de la princesa Leopoldina? ¿Era la mano? ¿No sería el codo? Me parece que era el pie. Cuando estuvo frente a Leopoldo, dijo: Te hace el rey Clodoveco una petición muy grata: que le envíes enseguida de Leopoldina una pata. A Leopoldo le dio un ataque de furia. ¡Cómo se atrevía ese delirante a pedir una pata de su hija!

Mandó a Clodoveco una respuesta indignada por semejante ocurrencia. Artemio se olvidó de todo. Cuando llegó a la corte de Clodoveco, dijo sinceramente: Necesito dormir la siesta antes de darte respuesta. Clodoveco creyó que ésa era la verdadera contestación de Leopoldo y quedó convencido de que el pobre no tenía cura. ¡Cómo podía irse a dormir la siesta cuando le pedía la mano de su hija! Y así siguieron las cosas. Hasta que un día, un día… Un día, el rey Leopoldo le pidió prestado al rey Clodoveco algunos soldados. Quería organizar un desfile vistoso. ¡Qué mejor que los soldados de Clodoveco, que tenían uniformes tan bonitos! Entonces le mandó decir por Artemio: Necesito seis legiones, o mejor: diez batallones. Pero Artemio, en el colmo del olvido, dijo: Que me mandes cien ratones. ¡Todo mal! Cuando Leopoldo recibió en una linda caja con moño cien ratones perfumados, la paciencia se le terminó de golpe. -¡Basta! -gritó- ¡Clodoveco me esta tomando el pelo! ¡No lo soporto! ¡Si no le hago la guerra ya mismo el mundo entero se va a reír de mí! Y sin pensarlo dos veces mandó alistar sus ejércitos para marchar sobre el reino de Clodoveco. Pero antes, como era de costumbre, le mandó una declaración de guerra: Yo te aviso, Clodoveco,

que guerra

me

esperes

bien

armado, pues voy hacerte la por insolente y chiflado. Artemio se lanzó a través de montañas y llanuras llevando en su cabeza el importante mensaje. Tanto y tanto tiempo anduvo que cuando llegó a la corte de Clodoveco la noticia se había convertido en cualquier cosa: Mi querido Clodoveco,

espérame bien peinado, pues visitaré tu reino en cuanto empiece el verano. Clodoveco se llevó una alegría. -¡Leopoldo va a venir a visitarnos! Seguramente quiere arreglar el casamiento de Leopoldina con mi hijo. Vamos a prepararle una recepción digna de un rey. Y ordenó a sus ministros que organizaran la bienvenida. Mientras en el país del rey Leopoldo, los ejércitos se armaban hasta los dientes, en la corte del rey Clodoveco, todo era preparativos de fiesta. Leopoldo amontonaba pólvora y cañones. Clodoveco contrataba músicos y compraba fuegos artificiales. Leopoldo preparaba provisiones de guerra mientras los cocineros de Clodoveco planeaban menúes exquisitos. En un lado fabricaban escudos y lanzas de dos puntas. En el otro adornaban los caminos con guirnaldas de flores y banderines. Por fin llegó el día. Las tropas de Leopoldo avanzaron hacia el reino de Clodoveco haciendo sonar clarines y tambores de combate mientras la corte de Clodoveco salía a recibir al rey Leopoldo vestida de terciopelo, con bufones, bailarines y acróbatas. Se encontraron a mitad de camino. Unos formados para la batalla, otros cantando himnos que decían “Bienvenido rey Leopoldo”.

Los dos reyes, frente a frente, se miraron. Uno con cara de guerra y otro con una sonrisa de confite en los labios. Artemio se encontró entre los dos. Estaba quieto, muy quieto. Miraba a Leopoldo y miraba a Clodoveco. Se rascó la cabeza y pensó que algo andaba mal, muy mal… Tan mal que mejor encontrara una solución antes de que fuera demasiado tarde. Bramó un tambor y estalló un fuego de artificio. Entonces Artemio tomó aire y gritó con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Cuídense del rey Rodrigo si es que quieren seguir vivos! -¿Rodrigo? ¿Y quién es el rey Rodrigo? -preguntaron los dos reyes. ¡El que les morderá el ombligo…! …gritó Artemio, y salió corriendo hacia el norte, veloz como una flecha enjabonada. Clodoveco y Leopoldo se quedaron pensando. Nunca habían oído hablar del rey Rodrigo, pero parecía un enemigo de cuidado. -¿Será el rey Borboña? -decía Clodoveco. -No, ése se llama Ataúlfo -decía Leopoldo-. Debe ser el rey de Bretoña. -No creo, me parece que se llama Ricardo, y además tiene un apodo que ahora no me acuerdo… Así siguieron Y todavía están allí, tratando de averiguar quién es el famoso Rodrigo. Mientras tanto, Artemio sigue corriendo, que para eso estaba bien entrenado. Ya se olvidó del rey Rodrigo, y seguramente tampoco se acuerda de por qué corre. LA PLANTA DE BARTOLO Laura Devetach Bartolo sembró un día un cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol y, cuando menos lo esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores.

Pronto la planta comenzó a dar cuadernos. Eran hermosísimos, como esos que les gustan a los chicos. Tenían tapas de colores y muchas hojas muy blancas, que invitaban a hacer sumas y restas y dibujitos. Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo: -¡Ahora, todos los chicos tendrán cuadernos! Pobrecitos los chicos del pueblo. Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque escribían mucho y los iban terminando, rezongaban y les decían: -¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen! Y los chicos no sabían qué hacer. Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó: -¡Chicos!, ¡tengo cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos nuevos que venga! ¡Vengan a ver mi planta de cuadernos! Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita de Bartolo, y todos los chicos salieron brincando con un cuaderno nuevo debajo del brazo. Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro, y ellos escribían y dibujaban con muchísimo gusto. Pero una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de Bartolo y los chicos. El Vendedor de cuadernos se enojó como no sé qué. Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con las manos llenas de anillos: ¡Toco toc! ¡Toco toc! -Bartolo –le dijo con falsa sonrisa atabacada-, vengo a comprarte tu planta de cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón de pelotitas de colores. -No –dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan. -¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos arbolitos de Navidad. -No. -Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes. -No. -Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja. -No. -¿Qué quieres entonces por tu planta de cuadernos?

-Nada. No la vendo. -¿Por qué sos así conmigo? -Porque los cuadernos no son para vender, sino para que los chicos trabajen tranquilos. -Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo. -No. -Pues entonces –rugió con su gran boca negra de horno-, ¡te quitaré la planta de cuadernos! Y se fue echando humo como una vieja locomotora. Al rato volvió con los soldaditos azules de la policía. -¡Sáquenle la planta de cuadernos! –ordenó. Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pájaros y los conejitos. Todos rodearon con grandes risas al Vendedor de cuadernos y cantaron “arroz con leche”, mientras los pájaros y los conejitos le desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones. Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al Vendedor con sus calzoncillos colorados, aullando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar. -¡Buen negocio en otra parte! –gritó Bartolo secándose los ojos, mientras el Vendedor tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando no trabajan. TODO CABE EN UN JARRITO Laura Devetach La Viejita de un solo diente vivía lejos, lejos, a orillas del río Paraná. Su rancho era de barro, y el techo de paja tenía un flequillo largo que apenas si dejaba ver la puerta y las dos ventanas del tamaño de un cuaderno. Vivía sola, pero su casa siempre estaba llena. Si no venían los perros, estaban las gallinas, estaba el loro y la cotorra, que era más entendida que el comisario. Si no estaba la cotorra, estaba algún vecino viajero. Y no se podía pasar por la casa de la Viejita sin parar a tomar unos mates, porque ella siempre tenía algo para convidar al cansado.

Algunas veces sucedió que en las tardecitas calientes se juntaban todos: perros, gatos, loros, chicharras, vecinos de pie o a caballo, vaquitas de San Antonio que se dormían en la higuera y malones de mosquitos que cantaban y querían comer. Entonces la Viejita sacaba agua fresca del pozo para convidar y cebaba mate mientras canturreaba junto al brasero: -Todo cabeee en un jarrito si se sabeee a-co-mo-dar. Por eso tenía tantas visitas. Pero una tarde empezó a llover. Y dale lluvia, dale lluvia; no se podía ni mirar para arriba porque uno se ahogaba de tanta agua. Hasta los patos se inquietaron y, medio mareados, se metieron en el rancho sacudiendo las colas y haciendo cuac y que-te-cuac. Y se acurrucaron entre los perros que hacía rato habían tomado ya posición de lluvia debajo de la mesa. Cuando llegaban esas tormentas, el río se ponía enorme y rebalsaba como un plato de sopa, desparramando camalotes, ramas y perros y vacas nadando. Por eso nadie se sorprendió cuando entraron al rancho la vaca color café, el ternero manchado y un burro. -Todo cabe en un jarrito si se sabe acomodar -dijo la Viejita y los empujó hacia un rincón. Y así fueron llegando el pavo, el chancho, la chancha y los chanchitos, un tatú mulita, dos ovejas y todos los socios más chicos: pulgas, piojos y garrapatas. -Todo cabe, todo cabe… -iba diciendo la Viejita mientras los acomodaba para que la vaca no pisara al gato ni el gato al cuis, ni el cuis a la iguana. Además, iba poniendo al cuis lejos del gato para que a éste no se le ocurriera cazarlo. Y a las gallinas lejos de las orugas. -Todo cabe, todo cabe… -canturreaba acomodando a los animales como en las estanterías de un negocio. Estaba muy ocupada con el acomodo mientras el agua subía y nadie se quedaba quieto. Los patos y las gallinas se treparon sobre la vaca y el

burro. Los perros estaban sobre la mesa y el jarro de lata de tomar el mate cocido había empezado a flotar como una canoa porque el agua también había trepado a lambetear la mesa. El río subía y subía y los animales estiraban los cogotes y se ponían en puntas de pie. Chapoteaban, pataleaban y hacían ruido. Entonces, en medio del alboroto, la gallina se acercó al jarrito de lata que pasaba flotando y pácate, se metió adentro, haciendo saltar también a los pollitos. -¡Vamos, vamos, suban! –cacareó, para poder salir de allí y navegar hasta donde estaban las lanchas que venían a sacar gente del río durante la creciente. -¡Adentro! –gritó con su voz gruesa la vaquita de San Antonio. Y todos empezaron a meterse en el jarrito. Los perros, el gato, el loro y la cotorra, la vaca, el burro. Y se acomodaban, se acomodaban. Por ahí había mordiscones, plumas perdidas, arañazos. Pero finalmente todos se metieron en el jarrito de lata, casi sin respirar. Y tenían que quedarse muy muy quietos para no desacomodar el amasijo de pelos, patas y colas, porque si uno movía una pestaña, saltaban todos los demás. En medio del batifondo de relinchos, gruñidos y mugidos, el jarro iba acercándose a la puerta para salir y meterse en la correntada. De pronto, la cotorra gritó abriendo apenas el pico por la falta de lugar: -¿Dónde está la Viejita? ¡No veo a la Viejita! Y era terrible, porque en el jarro ya no entraba ni el pelo de un gato. Y nadie sabía dónde estaba la Viejita. -La perdimos –lloraban en susurros apretados. -Con lloror no gonomos nodo –dijo la vaca moviendo apenas el hocico. Y todos empezaron a moverse de a poquito, de a poquito hasta que chas, como un corchazo, saltó una ristra de patos que se zambulleron para buscar a la Viejita de un solo diente. Y entonces se oyó un sonido que salía del fondo, pero bien del fondo del fondo. Era una voz medio amordazada que decía: -Todo cabe en un jarrito si se sabe acomodar. Y ese fondo era el fondo del jarro de lata. Todos se alegraron con alegrías grandes, pero con risas apretaditas. Los patos se metieron de nuevo y cada cual se enroscó, se aplastó, hizo lugar y

el jarro de lata salió por la puerta del rancho. Y navegó, navegó con su carga, en busca de las lanchas que sacan a la gente del río cuando llega la creciente. CUENTO DE LA POLLA Laura Devetach Érase que se era una pollita un poco qué-sé-yo. Un día le dieron ganas de salir a dar una vuelta por ahí, a ver qué había de nuevo. Pero... - ¡Uy! -dijo-. Si me voy no me quedo, y si me quedo no me voy, ¡Qué sé yo! Picoteó tres yuyos mientras pensaba. Uno más largo, uno más cortito, y otro que parecía un rulo. Y decidió irse nomás. Para eso tuvo ganas de pintarse el pico con la fruta de la tuna que ya estaba del color de la puesta de sol. Pero... - ¡Uy! -dijo-. Si me pinto me va a quedar el pico todo colorado, y si no me pinto voy a quedar paliducha igual que siempre. -¡Qué sé yo! -pensó mientras miraba fijo fijo un agujerito del suelo. Y eligió pintarse. Buscó hasta que encontró una tuna que parecía una luz roja allá arriba en su tunal. - ¡Uy! -dijo-. Si la bajo tengo que saltar como una rana, y si no la bajo la tuna quedará allá, tan campante. ¡Qué sé yo! Se puso a sacudir margaritas mientras pensaba y eligió saltar, bajar la tuna y pintarse el pico de colorado. Después quiso arreglarse un poco las plumas, pero para eso tenía que esperar al viento, que era su modisto y tintorero. -¡Uy! -dijo-. Si lo espero voy a tener las plumas fluflú, y si no lo espero seguirán todas lisas en su lugar. ¡Qué sé yo! Eligió esperar al viento. Cuando llegó, vaya a saber de dónde, la polla cerró los ojos y levantó el pico para que el viento la cepillara un poco y, con un toquecito aquí y otro allá, le dejara las plumas bien fluflú. Después tuvo ganas de mirarse en un charco. -¡Uy! -dijo-. Si me miro sabré como estoy de buena moza, y si no, no. ¡Qué sé yo! Eligió mirarse, y se gustó mucho en el agua chispeante de sol.

Ya estaba estirando la patita para irse por el camino verde requeteverde cuando, tuit, tuit, le chifló la panza porque tenía hambre de un grano de maíz. - Quiero un grano muy pupipu -dijo-. Pero ¡uy!, si como un maíz no me voy enseguida, y si no lo como la pancita seguirá haciendo tuit tuit. ¡Qué sé yo! Y eligió buscar un grano de maíz para comérselo. Empezó a caminar toda durita, porque si no, le parecía que se le iba a despintar el pico. A los dos ratitos más o menos, encontró un grano de maíz amarillo, panzoncito y de nariz blanco. ¡Qué grano tan pupipu! -dijo la polla abriendo apenas el pico para que no se le despintara. Después se quedó parada en medio del camino verde requeteverde diciendo: ¡Uy! Si pico, me ensucio el pico. Si no pico, pierdo mi grano. ¿Pico o no pico? Y ahí se quedó la polla plantada, dele que sí, dele que no. Y si se comió el grano pupipu o no se lo comió, la verdad de las cosas... ¡Qué sé yo!

NOCHE DE LUNA LLENA Laura Devetach Blanca vivía en un rancho que parecía un nido de hornero. Tenía el pelo muy negro y, para los días de calor, un sombrero igual al techo de paja del rancho. No muy lejos estaba el montecito, cueva verde y llena de pájaros. Allá iba Blanca al trote, cruzando el pastizal, en las tardes de verano. Era el lugar ideal para jugar sin que sus hermanos pequeños rompieran sus tesoros. Esos que ella guardaba en una caja desde hacía mucho. La caja cerrada y atada con dos vueltas de piolín era de cartón. Se la dieron en el almacén del pueblo y ahora, adornada con recortes que Blanca le pegó, vivía bien escondida debajo del catre que la niña compartía con su hermana pequeña.

Eran seis hermanos y Blanca, la mayor. Ayudaba a su madre y trajinaba con los cinco chicos. Pero en las tardes de verano, no había fuerza que la hiciera quedarse en su casa. Sacaba la caja mientras todos estaban adormilados en los catres o bajo la sombra del naranjo y trotaba hacia el montecito. Ya se había ocupado antes de sacar una naranja del árbol para comérsela y convidarles algunas tajadas a los pájaros. Allí jugaba con las muñecas pequeñísimas que ella misma había hecho con rollos de trapos. Iba sacando de la caja dos cunas de latas de sardinas, vestiditos y zapatos de papel, una cinta para el pelo, hebillas, una tijera, un collar de colores, varias latitas de azafrán, un libro de cuentos que le habían regalado en la escuela, cinco carozos de duraznos bien lustrados para jugar a la payana, y lo mejor de lo mejor: su espejo. Era un espejo redondo como la luna. Se lo había regalado una señora muy linda que una vez se acercó a su casa porque se le había roto el auto en medio del campo. Esperó a la sombra y Blanca le convidó agua fresca del pozo. La señora tenía el mismo olor de los azahares del naranjo. Al despedirse, abrió la cartera y le regaló el espejo. Y fue algo maravilloso. Ella nunca había tenido un espejo. Poco sabía de su cara. En la casa había un trozo roto colgado muy alto, afuera, en la pared del rancho, pero no le había hecho demasiado caso. Ahora, en el montecito, se miraba, hacía muecas, ataba y desataba el pelo, jugaba con los reflejos del sol. Lo que más le gustaba era ponerlo entre los árboles y ver cómo se alborotaban los pájaros. Temblaba de sólo pensar que sus hermanos se lo rompieran. Aquella tarde en el montecito, Blanca hizo hablar a las muñecas, las vistió con las ropas de papel, se pintó los labios con moras, leyó su cuento por vez número cien y de pronto se dio cuenta de que ya había caído la tarde y la luna llena estaba en lo alto como un farol.

Apuradísima, metió todo a medio guardar dentro de la caja y corrió hacia la casa donde, seguramente, la esperaban con cara de pocos amigos. No podía dormir aquella noche tan clara. Muy tarde, revisó silenciosamente las cosas de la caja y vio que el espejo no estaba. Por la ventanita alta del rancho entraba la luna a chorros. Blanca pensó que era como si su espejo se hubiera instalado en el cielo. Con pisadas de gato, salió a buscarlo por el campo. Dicen, quienes hablan con los animales, que las noches de luna llena suelen inquietarlos, y después se ponen a contar cosas extrañas. Aquella noche, muy tarde ya, se encontraron en el montecito el burro viejo, la vaquita de San Antonio y el teru. Todos excitados y atropellándose por contar. -Esta noche fue muy rara -dijo el burro-. Vi algo brillante en el pasto… ¡Y resultó ser una tajada redonda de luna! Ahí estaba, chata. Yo digo que es por esas cosas que andan por los cielos y no son pájaros, puestas por los hombres. Van a terminar gastando la luna. Bueno, la lamí y tenía gusto fresco y plateado, nada del otro mundo. Siempre había querido probar la luna. -Debe ser una noche mágica -dijo la vaquita de San Antonio-. Yo también andaba paseando cuando de pronto me encontré a la orilla de un mar. ¡Yo, que nunca había visto el mar! Era plateado y me metí para cruzarlo pensando que sería un largo viaje lleno de aventuras. Y, sin embargo, pronto llegué a la orilla. Después de todo, cruzar el mar, no es para tanto. -A mí también me pasó algo extraño -contó el tero-. Encontré un charco que parecía un plato lleno de estrellas. Me puse a picotear, pero no logré picar ninguna. Lástima, siempre tuve el antojo de picotear estrellas. Arriba, el farol de la luna se despedía con todo su esplendor.

Los animales se acomodaron aquí y allá. Ya faltaría poco para salir a buscar el primer alimento del día. A lo lejos, después de buscar y buscar, Blanca, alborozada, levantó del pasto la tajada de luna, el mar y el plato de estrellas. El campito era todo luz. Al mirar el espejo, le pareció ver un lengüetazo de burro, las pisadas de una vaquita de San Antonio y los picotazos de un tero.

LOS TRES ASTRONAUTAS Umberto Eco Era una vez la Tierra. Era una vez Marte. Estaban muy lejos el uno de la otra, en medio del cielo, y alrededor había millones de planetas y de galaxias. Los hombres que estaban sobre la Tierra querían llegar a Marte y a los otros planetas; ¡pero estaban tan lejos! Sin embargo, trataron de conseguirlo. Primero lanzaron satélites que giraban alrededor de la Tierra durante dos días y volvían a bajar. Después, lanzaron cohetes que daban algunas vueltas alrededor de la Tierra, pero, en vez de volver a bajar, al final escapaban de la atracción terrestre y partían hacia el espacio infinito. Al principio, pusieron perros en los cohetes: pero los perros no sabían hablar y por la radio del cohete transmitían solo "guau, guau". Y los hombres no entendían qué habían visto y adónde habían llegado. Por fin, encontraron hombres valientes que quisieron trabajar de astronautas. El astronauta se llama así porque parte a explorar los astros que están en el espacio infinito, con los planetas, las galaxias y todo lo que hay alrededor. Los astronautas partían sin saber si podían regresar. Querían conquistar las estrellas, de modo que un día todos pudieran viajar de un planeta a otro, porque la Tierra se había vuelto demasiado chica y los hombres eran cada día más. Una linda mañana, partieron de la Tierra, de tres lugares distintos, tres cohetes.

En el primero iba un estadounidense que silbaba muy contento una canción de jazz. En el segundo iba un ruso, que cantaba con voz profunda "Volga, Volga". En el tercero iba un negro que sonreía feliz con dientes muy blancos sobre la cara negra. En esa época los habitantes de África, libres por fin, habían probado que como los blancos podían construir, casas, máquinas y, naturalmente, astronaves. Cada uno de los tres deseaba ser el primero en llegar a Marte: El norteamericano, en realidad, no quería al ruso y el ruso al norteamericano, porque el norteamericano para decir "buenos días" decía How do you do y el ruso decía zdravchmite. Así, no se entendían y creían que eran diferentes. Además, ninguno de los dos quería al negro porque tenía un color distinto. Por eso no se entendían. Como los tres eran muy valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Descendieron de sus astronaves con el casco y el traje espacial. Y se encontraron con un paisaje maravilloso y extraño: El terreno estaba surcado por largos canales llenos de agua de color verde esmeralda. Había árboles azules y pajaritos nunca vistos, con plumas de rarísimo color. En el horizonte se veían montanas rojas que despedían misteriosos fulgores. Los astronautas miraban el paisaje, se miraban entre sí y se mantenían separados, desconfiando el uno del otro. Cuando llegó la noche se hizo un extraño silencio alrededor. La Tierra brillaba en el cielo como si fuera una estrella lejana. Los astronautas se sentían tristes y perdidos, y el norteamericano, en medio de la oscuridad, llamó a su mamá. Dijo: "Mamie". Y el ruso dijo: "Mama" Y el negro dijo: "Mbamba" Pero enseguida entendieron que estaban diciendo lo mismo y que tenían los mismos sentimientos. Entonces se sonrieron, se acercaron, encendieron juntos una linda fogatita, y cada uno cantó las canciones de su país. Con esto recobraron el coraje y, esperando la mañana, aprendieron a conocerse.

Por fin llegó la mañana y hacía mucho frío. De repente, de un bosquecito salió un marciano. ¡Era realmente horrible verlo! Todo verde, tenía dos antenas en lugar de orejas, una trompa y seis brazos. Los miró y dijo: "grrrrr". En su idioma quería decir: "¡Madre mía!, ¿Quiénes son estos seres tan horribles?". Pero los terráqueos no lo entendieron y creyeron que ése era un grito de guerra. Era tan distinto a ellos que no podían entenderlo y amarlo. Enseguida se pusieron de acuerdo y se declararon contra él. Frente a ese monstruo sus pequeñas diferencias desaparecían. ¿Qué importaba que uno tuviera la piel negra y los otros la tuvieran blanca? Entendieron que los tres eran seres humanos. El otro no. Era demasiado feo y los terráqueos pensaban que era tan feo que debía ser malo. Por eso decidieron matarlo con sus desintegradores atómicos. Pero de repente, en el gran hielo de la mañana, un pajarito marciano, que evidentemente se había escapado del nido, cayó al suelo temblando de frío y de miedo. Piaba desesperado, más o menos como un pájaro terráqueo. Daba mucha pena. El norteamericano, el ruso y el negro lo miraron y no supieron contener una lágrima de compasión. Y en ese momento ocurrió un hecho que no esperaban. También el marciano se acercó al pajarito, lo miró, y dejó escapar dos columnas de humo de su trompa. Y los terráqueos, entonces; comprendieron que el marciano estaba llorando. A su modo, como lo hacen los marcianos. Luego vieron que se inclinaba sobre el pajarito y lo levantaba entre sus seis brazos tratando de darle calor. El negro que en sus tiempos había sido perseguido por su piel negra sabía cómo eran las cosas. Se volvió hacia sus dos amigos terráqueos: -¿Entendieron? –dijo-. ¡Creíamos que este monstruo era diferente a nosotros y, en cambio, también él ama los animales, sabe conmoverse, tiene corazón y, sin duda, cerebro también! ¿Todavía creen que tenemos que matarlo? Se sintieron avergonzados ante esa pregunta. Los terráqueos ya habían entendido la lección: no es suficiente que dos criaturas sean diferentes para que deban ser enemigas.

Por eso se aproximaron al marciano y le tendieron la mano. Y él, que tenía seis manos, estrechó de una sola vez las de ellos tres, mientras con las que tenía libres hacía gestos de saludo. Y señalando con el dedo la Tierra, ahí abajo en el cielo, hizo entender que quería hacer conocer a los demás habitantes y estudiar junto a ellos la forma de fundar una gran república espacial en la que todos estuvieran de acuerdo y se quisieran. Los terráqueos dijeron que sí muy contentos. Y para festejar el acontecimiento le ofrecieron un cigarrillo. El marciano muy feliz se lo metió en la nariz y empezó a fumar. Pero ya los terráqueos no se escandalizaban más. Habían entendido que en la Tierra como en los otros planetas, cada uno tiene sus propias costumbres y que sólo es cuestión de comprenderse entre todos. EL ÁRBOL DE LAS VARITAS MÁGICAS Ricardo Mariño Faltaba poco para que empezara la función del Circo de los Hermanos Tortorella. El público ya estaba acomodado en sus butacas; los artistas tenían puestos sus trajes y esperaban ansiosos detrás del telón. Como hacía siempre antes de la función, el Fabuloso Mago Kedramán fue a su camarín a ensayar su número. Pronunció las palabras mágicas; “Protomedicato... protomedicato...” y a continuación pidió: “Que aparezca una cala... que aparezca una cala”. Finalmente dio dos golpes con la varita mágica sobre su galera y esperó... Apareció una calandria. El Fabuloso Mago Kedramán pensó que algo debía haber fallado en sus pases mágicos, así que volvió a probar. Esta vez le pidió a su varita que hiciera aparecer un palo... Apareció una paloma. El Mago Kedramán miró preocupado a su varita. Por las dudas, siguió probándola: Le pidió una cana. Apareció una canaria. Le pidió una bala.

Apareció una balanza. Y ya, tirándose los pelos de rabia... Le pidió una sopa. Apareció una sopapa. Le pidió una bomba. Apareció una bombacha. ¡La varita funcionaba mal! ¡Y faltaba muy poco para que él tuviera que hacer su número! ¿Qué podía hacer? El Fabuloso Mago Kedramán decidió que lo mejor era consultar a un varitero. El varitero era un hombre barbudo y panzón, que en su juventud había sido mago en los mejores circos del mundo, y que ahora se dedicaba a reparar varitas mágicas. Nunca había logrado arreglar ninguna, pero era el único varitero de la ciudad. El Fabuloso Mago Kedramán llegó agitado a la casa del varitero y casi a los gritos le explicó su problema. El varitero estuvo un momento pensativo, rascándose la barba, y por fin dijo: -Ya sé, esta varita exagera. Hay que cortarle cinco centímetros. -¿Está seguro? -preguntó tímidamente Kedramán. -¡Pero claro, hombre! Agarre ese serrucho y córtele cinco centímetros. El Mago Kedramán le cortó cinco centímetros a la varita y enseguida la probó: Le pidió un soldador. Apareció un soldado. Le pidió un geniol. Apareció un genio. Le pidió seda. Le dio sed. –Ajá –murmuró el varitero, rascándose la barba y la nariz-. Ya sé: tiene que agarrarla al revés. Pruebe agarrándola por el otro extremo... El Fabuloso Kedramán la probó tomándola al revés... Le pidió una banana. Apareció un ananá. Le pidió una cala. Apareció un ala. Le pidió un barco.

Apareció un arco. -Ajajá -murmuró el varitero, rascándose la barba, la nariz y la frente-. Ya sé: córtela por la mitad. -¿Usted cree que cortándola puede andar bien? –preguntó Kedramán. -¡Pero por supuesto! ¿Quién es el varitero? ¿Usted o yo? Córtela por la mitad y pruebe. El Fabuloso Kedramán la cortó por la mitad y probó: Le pidió un camaleón. Apareció una cama y un león. Le pidió un soltero. Apareció un sol y un tero. -Ajajajá –murmuró el varitero, rascándose la barba, la nariz, la frente y la nuca-. Córtela en tres... -¿En tres? -¡En tres sí! ¡Y pruébela! El Fabuloso Kedramán la cortó en tres y la probó: Le pidió una balanza. Apareció una bala, un ala y una lanza. Le pidió un terremoto. Aparecieron una erre, un remo y una moto. -Ajajajajá –murmuró el varitero, rascándose la barba, la nariz, la frente, la nuca y la oreja-. Córtela en cuatro... -¡No! -¡Sí! -¡No! -¡En cuatro! ¡Y pruébela! Refunfuñando, el Fabuloso Mago Kedramán cortó la varita en cuatro partes y la probó: Le pidió un astrónomo. Aparecieron un as, un astro, un trono y una botella de ron. Le pidió una comarca. Aparecieron una coma, un mar, una marca y un arca. -Ajajajajajá -murmuró el varitero, rascándose la barba, la nariz, la frente, la nuca, la oreja y el cuello-. Ahora córtela en cinco... -¡BASTAA! –gritó enojado el Fabuloso Mago Kedramán-. No pienso cortar más la varita.

¡Me cansé! –el varitero lo miró asustado-. ¿Sabe qué voy a hacer? Le voy a pedir a la varita que se arregle ella misma. Kedramán tomó las cuatro partes de la varita y pronunció la palabra mágica: “Protomedicato... protomedicato... ” Después pidió que la varita se arreglara sola. Hubo como una pequeña explosión y una humareda. Kedramán y el varitero miraron asustados. Cuando el humo desapareció, el Fabuloso Mago Kedramán y el varitero ya no estaban en la casa de éste, sino en una montaña de Arabia. Ante ellos había 500 árabes con turbante blanco y un árabe con turbante rojo. El árabe con turbante rojo miró al Mago Kedramán, al varitero, y a los 500 árabes de turbante blanco y dijo:-Síganme... Caminaron durante unos minutos hasta que llegaron a un bosque y se internaron en él. De pronto, el de turbante rojo se detuvo ante un gigantesco árbol y dijo: –Es éste. Este es el árbol de las varitas mágicas. Hay que arrancar una rama, la más alta, y hacer con ella una varita. Enseguida, señalando a uno de los de turbante blanco, le ordenó: -Sube tú, Abdulito. El hombre trepó ágilmente hasta llegar a la rama más alta. La arrancó y bajó rápidamente. Después, frotó la rama entre sus manos y se la dio al que estaba segundo en la fila. El segundo frotó la rama entre sus manos y se la pasó al tercero. Y el tercero al cuarto y el cuarto al quinto, hasta llegar al número 500. Cuando el número 500 la terminó de frotar y se la pasó al de turbante rojo, la rama era ya una varita perfectamente pulida y reluciente. Entonces el árabe de turbante rojo hizo una reverencia y le alcanzó la varita al Fabuloso Mago Kedramán. No bien Kedramán agarró la varita entre sus manos, volvió a formarse la humareda. Cuando el humo desapareció, los árabes ya no estaban, y el Mago Kedramán y el varitero volvieron a aparecer en la casa del varitero. -Probémosla –dijo ansioso el varitero. -No, no hay tiempo –contestó nervioso Kedramán-. Me tengo que ir volando para el circo... Entonces la varita tembló en las manos del mago e inmediatamente apareció una alfombra mágica. -¡Es un fenómeno! -exclamó el varitero-. ¡Qué bien la arreglé!

Kedramán se sentó en la alfombra y salió volando por la ventana. Pasó por encima de los edificios de la ciudad y llegó al circo justo cuando el príncipe Patagón lo estaba anunciando. Dio varias vueltas por encima del público y aterrizó en el centro de la pista. El público gritaba: ¡Genio! El único problema que tiene desde entonces el Fabuloso Mago Kedramán es que cada vez que le pide a la varita un pan francés, aparece un pan árabe y, si le pide una camilla, aparece un camello. Pero en todo lo demás, no falla nunca. CUENTO CON OGRO Y PRINCESA Ricardo Mariño Fue así: yo estaba escribiendo un cuento sobre una Princesa. Las princesas, ya se sabe, son lindas, tienen hermosos vestidos y, en general, son un poco tontas. La Princesa de mi cuento había sido raptada por un espantoso Ogro. El Ogro había llevado a la Princesa hasta su casa-cueva. La tenía atada a una silla y en ese momento estaba cortando leña: pensaba hacer “princesa al horno con papas”. Las papas ya las tenía peladas. Es decir había que salvar a la Princesa. Pero no se me ocurría cómo salvarla. El cuento estaba estancado en ese punto: el Ogro dele y dele cortar leña y la Princesa, pobrecita, temblando de miedo. Me puse nervioso. Más todavía cuando el Ogro terminó de cortar, acarreó la leña hasta la cocina y empezó a echarla al fuego. En cualquier momento dejaría de echar leña y acomodaría a la Princesa en la enorme fuente que estaba a su lado. Agregaría las papas, un poco de sal, y zas, ¡al horno! ¿Qué hacer? Se me ocurrió buscar en la guía telefónica. Descarté llamar a la policía (en las películas y en los cuentos la policía siempre llega tarde); tampoco quise llamar a un detective (no soporto que fumen en pipa en mis cuentos). Por fin, encontré algo que me podía servir: “Rubinatto, Atilio, personaje de cuentos. TE 363-9569” -Hola, ¿hablo con el señor Atilio Rubinatto? -Sí, señor, con el mismo. -Mire, yo lo llamaba… en fin, por la Princesa… -¿Qué le pasa? ¿Está triste?

-Sí, más que triste. -¿Qué tendrá la Princesa? -La van a hacer al horno. -¿Al horno? -Sí, con papas. -¿Quién? -¿Quién qué? -¿Quién la va a cocinar? -El Ogro, ¿quién va a ser? -Pero mire un poco. ¡Las cosas que pasan! Y uno ni se entera. Ya no se puede salir a la calle. Adónde iremos a parar. Casualmente, hoy le comentaba a un amigo que… -Escúcheme, Rubinatto. -Sí. -Lo que yo necesito es que usted participe en el cuento. -¿Qué cuento? -En el que estoy escribiendo. Quiero que usted haga de héroe que salva a la Princesa. -Bueno, no le niego que la oferta es interesante, pero, en fin, últimamente estoy muy ocupado. Tengo trabajo atrasado… -¿Trabajo atrasado? -Claro. Tengo que hacer de sapo pescador que se transforma en sardina en un cuento que se llama “Malvina, la sardina bailarina”. Además, me falta repartir como treinta cartas en un cuento donde hago de “viejo cartero bondadoso”. Es un personaje muy lindo, todos los chicos lo quieren… -¿Piensa dejar que el Ogro se coma a la Princesa? Usted no tiene sentimientos. Es un monstruo. -Ya le digo, ando muy ocupado. No sé, si me hubiera avisado con tiempo, lo hacía gustoso… Llámeme en otro momento. -¡Qué otro momento! Si esperamos un minuto más, chau Princesita. Rubinatto, usted no puede hacer esto, qué pensarán sus admiradores… -Es cierto… -Van a pensar que usted es un cobarde, un… -Está bien, está bien. Veré qué hago. No, usted tiene que decirme qué hago, ¿qué hago?

-Y… puede hacer de vendedor de manteles. Ahí está. Listo. Usted hace de vendedor de manteles. Llega hasta la casa del Ogro. Llama a la puerta. Cuando el Ogro abre, usted le da un par de sopapos. Después desata a la Princesa y escapan… ¿qué le parece? -¡Ni loco! ¿De vendedor de manteles? De Príncipe o nada. Y al final, después que la salvo, me caso con ella. -No, de vendedor de manteles. -¡De Príncipe! -¡Vendedor de manteles! -¡Príncipe o nada! -Está bien, haga de Príncipe… me va a arruinar el cuento, pero por lo menos salva a la Princesa. Y llego en un caballo blanco y tengo una gran capa dorada. -Sí, todo lo que quiera, pero apúrese porque si no… -Y ahora la meto en la fuente y listo –dijo el espantoso Ogro, pellizcando el cachete de la Princesa. En eso se escuchó que alguien gritaba fuera de la casa-cueva: - ¡Ehh! ¿Hay alguien en la casa? ¿Quién sería? El Ogro se asomó a la ventana. Vio que del otro lado de la verja de su casa-cueva había un tipo muy extraño montado en un caballo blanco. Llevaba una capa dorada pero se notaba que se había vestido de apuro. Tenía la ropa mal puesta, la camisa afuera, una bota sin atar, y el pelo desprolijo. -¿Qué quiere? –le preguntó el Ogro desde la ventana. -Soy el Príncipe Atilio. -¿Y a mí qué me importa? –contestó el maleducado del Ogro. -Es que ando vendiendo manteles… -Manteles, ¿eh? -Sí. Tengo algunos en oferta que le pueden interesar. Lavables. Estampados. Confeccionados en fibras de tres milímetros. En cualquier negocio cuestan dos o tres pesos. Yo, el Príncipe Atilio, se lo puedo dejar en tres centavos. El Ogro lo pensó. La verdad que no le venía mal un lindo mantelito. La cueva estaba hecha un asco. Y ya que se iba a dar un festín de “princesa al horno con papas”, ¿por qué no estrenar un mantelito si estaban tan baratos? -Espere. Ya le abro –dijo por fin el Ogro. Atilio bajó del caballo.

Acá viene la parte de las piñas. -Tomá. Agarrá el mantel –le dijo el Príncipe Atilio. Cuando el Ogro lo agarró, le dio una trompada que lo hizo volar exactamente 87 metros y 34 centímetros. Pero el Ogro se levantó, arrancó un sauce de más de 3.600 kilos y se lo dio por la cabeza al Príncipe. Antes de que el Ogro saltara sobre él a rematarlo, el Príncipe agarró una piedra de más o menos cuatro mil kilos y se la tiró sobre el dedito gordo del pie derecho. El Ogro la esquivó y rápidamente hizo un pozo en la tierra de un metro y medio de diámetro y diez metros de hondo, para que el Príncipe cayera adentro. Era una pelea muy dura. El Príncipe, queridos lectores, desgraciadamente cayó al pozo. El Ogro volvió contento a su casa. Pero cuando llegó, la Princesa ya no estaba. La había desatado el caballo blanco del Príncipe. La Princesa subió al caballo y juntos fueron a sacar al Príncipe Atilio del pozo. -Amada mía –le dijo el Príncipe Atilio desde allá abajo al reconocer el rostro angelical de la Princesa. -Amado mío –respondió la Princesa. -He venido a salvarte –le dijo el Príncipe. -¡Oh! ¡Qué valiente! -He venido por ti. -Has venido por mí. -Pero si no me sacas de aquí, no podré salvarte. -Oh, si no te saco de ahí, no podrás salvarme. -Amada mía. -Amado mío. -¿Por qué no se apuran un poco, che? –se quejó el caballo-. Va a venir el Ogro y este cuento no se va a terminar nunca. Huyeron. Se casaron, fueron felices, pusieron una venta de manteles y nunca se acordaron del Ogro. LOS SUEÑOS DEL SAPO Javier Villafañe

Una tarde un sapo dijo: -Esta noche voy a soñar que soy árbol. Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva. Era feliz; iba a ser árbol esa noche. Todavía andaba el sol girando en la rueda del molino. Estuvo un largo rato mirando el cielo. Después, bajó a la cueva; cerró los ojos, y se quedó dormido. Esa noche el sapo soñó que era árbol. A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo escuchaban. -Anoche fui árbol –dijo-; un álamo. Estaba cerca de unos paraísos. Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos brazos como alas; pero no podía volar. Era un tronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba, pero era el otoño llevándome las hojas. Creí que lloraba, pero era la lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces sedientas y profundas. No me gustó ser árbol. El sapo se fue; llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una hoja de acelga. Esa tarde el sapo dijo: -Esta noche voy a soñar que soy río. Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron rueda para oírlo. -Fui río anoche –dijo-. A ambos lados, lejos, tenía las riberas. No podía escucharme. Iba llevando barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre los mismos pañuelos en el puerto. La misma prisa por partir, la misma prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan. Descubrí también que el río es agua que está quieta; es la espuma que anda; y que el río está siempre callado, es un largo silencio que busca las orillas, la tierra para descansar. Su música cabe en las manos de un niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No vi una sola sirena; siempre vi peces; nada más que peces. No me gustó ser río. Y el sapo se fue. Volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que señalaban los límites del perejil. Esa tarde el sapo dijo: -Esta noche voy a soñar que soy caballo. Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escucharon. Algunos vinieron desde muy lejos para oírlo.

-Fui caballo anoche –dijo-. Un hermoso caballo. Tenía riendas. Iba llevando un hombre que huía. Iba por un camino largo. Crucé un puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo. Oía latir el corazón del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo en el agua. Me ataron a un poste. Después vi una estrella grande en el cielo; después el sol; después un pájaro se posó sobre mi lomo. No me gustó ser caballo. Otra noche soñó que era viento: Y al día siguiente dijo: -No me gustó ser viento. Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente: -No me gustó ser luciérnaga. Después soñó que era nube, y dijo: -No me gustó ser nube. Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua. -¿Por qué estás tan contento? –le preguntaron. Y el sapo respondió: -Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo. JUANITA DEL MONTÓN Silvia Schujer Así la llamaban en el barrio: “Juanita del montón”. No porque hubiera un montón de Juanitas, sino por su colección de montones. Ninguna cosa le gustaba de a una. Ni de a dos ni de a tres. De “a muchas” para arriba. Por lo menos, de “a montón”. Ya de chica, a los siete años, se enfurecía porque eran sólo siete y quería tener más. Entonces sumaba los años de todos sus amigos(los cinco de Manuela, más los siete de Ramón, más los ocho de Susana, más los cuatro de Javier. Y los convertía en un montón. Y como para juntar un montón de años precisaba un montón de amigos, Juanita era la más amigable del barrio. Ni ella misma sabía cuántos eran. Pero estaba segura de que al menos -los amigos- eran un montón. Tal vez por eso guardaba con tanto celo un montón de ganas de jugar. -Porque- decía Juanita- sólo teniendo un montón de ganas de jugar puedo encontrar un montón de amigos.

Y, bien, si para sumar aquel montón de años, necesitaba un montón de amigos, y para tener un montón de amigos juntaba un montón de juguetes, lo que a Juanita le hacía falta entonces, era un montón de espacio donde guardarlos. Convenció a su mamá y a su papá de que fueran a vivir a una casa con un montón de habitaciones. Y cada habitación, con un montón de metros de largo y un montón de metros de ancho. El problema fue para limpiar un montón de espacio, se necesitaba un montón de escobas, un montón de trapos y un montón de jabón. Como se imaginarán, para comprar semejante montón, hacía falta un montón de dinero. Bien sabía Juanita que juntar tanto dinero le llevaría un montón de tiempo. Así que guardó una a una las hojitas del montón de almanaques. Día a día hasta que los días se volvieron un montón. De tiempo, claro. Y casi sin darse cuenta, cumplió los dieciséis. Hizo entonces una fiesta de cumpleaños en la que recibió un montón de regalos. Había preparado un montón de diversiones para que se divirtieran un montón de personas. Allí descubrió a Joaquín entre el montón de invitados. Y le pareció el más lindo, más bueno y más divertido que el montón. Bailó con él toda la tarde. Hasta que la fiesta se acabó. Al día siguiente, y para no perder su costumbre de amontonar, Juanita se fue a buscar muchos Joaquines para tenerlos en el montón. Dio un montón de pasos, atravesando montones de calles durante un montón de horas y todo fue inútil. No puedo encontrar uno sólo que fuera como el Joaquín de su fiesta. Sintió un montón de tristeza. Y derramando un montón de lágrimas, descubrió que tenía un montón de amor dentro de un solo corazón. Y fue al médico para que le diera algunos corazones más. -Esto es imposible -dijo el doctor-. Para cada persona existe un solo corazón. -¿Qué voy hacer? -se dijo Juanita. Y juntando el montón de palabras que conocía, trató de armar un montón de pensamientos, que la ayudaran a encontrar un montón de soluciones para su problema. Pero sólo se le ocurrió una idea: ir a buscar a Joaquín. El único Joaquín que conoció.

Lo buscó y lo buscó durante largas noches. Hasta el día en que volvieron a encontrarse… Fue en medio de un montón de alegría en que Juanita y Joaquín se enamoraron. Y, aunque parezca mentira, entregándose un montón de amor, fueron felices un montón de tiempo. PAPANUEL Graciela B. Cabal Los Cardoso eran gente famosa en el barrio de San Cristóbal, pero sólo para las Navidades. Y esto por dos razones. Porque, año tras año, la abuela, la mamá y los Cardosos chicos -tres nenas de nueve, seis y cinco años y un varón de cuatro- armaban un Pesebre que ni les cuento en el patio con techito de la casa. Y porque Nochebuena tras Nochebuena, el papá llegaba al barrio, antes de dar las doce, vestido de Papá Noel (“Papanuel”, decían los chicos). Lindo era el Pesebre de los Cardoso. Y muy completo. Hay que ver que la abuela lo había ido armando desde el día en que su padrino le regaló una Virgen, un San José y un niño Dios con ojitos de vidrio. (La Virgen y San José eran mucho más petisos que el Niño, pero en la vida no se puede andar con tantas pretensiones.) El Pesebre fue creciendo junto con la abuela. Así que ahora que la abuela tenía un montón de años, el pesebre tenía un montón de piezas: 195, sin contar los ocho pastorcitos y las cuatro ovejas que, en un descuido imperdonable, se había comido Lilí, la perra del vecino. Los aguafiestas que nunca faltan -tampoco en San Cristóbal- decían que el Pesebre de los Cardoso era una mezcolanza espantosa, y que dónde se había visto un Pesebre con gauchos, indios, buzos y espejos con patitos. Y ya que estaban en tren de criticar, también decían que el traje de Papá Noel del señor Cardoso, además de quedarle corto y ancho, era un remiendo vivo. Pero hablaban de pura envidia... Y porque eran de esas personas aburridas que piensan: “¡Yo no sé quién habrá inventado las fiestas!” y se van a dormir antes de que suenen las campanas. ¿Que cómo conseguía Cardoso el disfraz de Papá Noel?

Muy fácil: él trabajaba de Papá Noel en “El oso mimoso”, la juguetería de Constitución. Bueno..., de Papá Noel trabajaba para las Navidades. El resto del año hacía de todo un poco en la juguetería: plumerear los estantes, llevar paquetes, cebarle mate al dueño, perseguir a los ratones... Y bien contento estaba Cardoso con su empleo: gracias a él podía llevarles a los hijos alguno que otro juguetito en Nochebuena. Pero este año las cosas venían mal. -No hay ventas, Cardoso -había dicho el patrón-. Así que vaya olvidándose de los juguetes para los hijos, que yo no soy Papá Noel, ¿sabe? Y llegó, por fin, la Nochebuena. La casa de los Cardoso estaba de punta en blanco: la puerta abierta, para que los vecinos pudieran espiar; el árbol de Navidad, con su estrella en la punta; el famoso Pesebre, debajo del techito del patio. También la mesa, con el mantel almidonado, los platos del juego, las copas rojas, el fuentón de los huevos rellenos y el pollo cortado finiiiiiiito, cosa que alcanzara. Alrededor de la mesa, recién bañados y con la ropa de paquetear: los Cardoso. Todos menos el papá. Y a la mamá le entró una inquietud que se le alojó en la panza. (Sí, también podía tratarse de hambre.) Pero justo cuando en la radio empezaron a dar las doce, apareció. Con un traje bien rojo, bien brillante, bien nuevito: ¡Papá Noel! -¡Ah! ¡Oh! -gritaron todos impresionadísimos. Y el de cuatro corrió a esconderse detrás de la abuela. -Es papá, bobito -dijo la de nueve. -¡No es papá! ¡Es “Papanuel”! -berreó el de cuatro. Sonriéndose a través de la barba, Papá Noel abrió la bolsa y empezó a repartir: una cajita de música y un libro de cuentos por aquí, un trompo de colores y un títere por allá... ¡Y también un barrilete de cola larguísima y un pizarrón con tizas y todo, y un barco de vela y unas acuarelas en caja de lata...! -¿Para los grandes nada, Car... Papanuel? -se animó la abuela. -Pero cómo no: unas peinetas plateadas con piedritas, un collar de caracoles, un mate con bombilla y en la bombilla un escudo... -¡¡CARDOSO!! -–tronó la madre hecha una furia-. ¿¿A
QUIÉN LE..??

¿¿DE

DÓNDE...??

Él pareció no oírla, tan interesado estaba en el Pesebre. Fue entonces cuando, moviendo la cabeza como si algo no acabara de gustarle, se puso a buscar en la bolsa. Busca que te busca, busca que te busca, al final encontró y sacó: un Papá Noel chiquito, con su trineo lleno de campanas diminutas y sus ciervos de cuernos dorados. Tratando de no tirar nada, Papá Noel lo ubicó en el Pesebre, entre un indio sioux y un San Martín de caballo blanco. Ahora sí, se sonrió conforme Papá Noel. Y después los miró a todos, fijo y en los ojos, levantó la mano en un saludo y se fue, sin darles tiempo de reaccionar. Pero al rato nomás volvió. Lo único que, esta vez, tenía el traje de antes: corto, ancho, remendado. -¡Papi, ése es mi papi! -dijo chocho el de cuatro. -¡Ahora me vas a explicar clarito en qué lío te metiste vos, Cardoso! -protestó la mamá por lo bajo mientras se abrochaba el collar de caracoles-. Aunque, mejor, primero comamos los huevos, que se hizo tardísimo. El señor Cardoso nunca pudo convencer a la familia de que él no había sido el de los regalos maravillosos. Y bueno... Hay gente que se resiste a creer en Papá Noel. SI TIENES UN PAPÁ MAGO… Gabriela Keselman Había una vez un niño que, cada mañana, dejaba un sueño a medias. Primero saltaba sobre la cama, y luego, fuera de la cama. Se vestía tan deprisa que se equivocaba al ponerse un calcetín. A punto estaba de lavarse las manos…, pero decidía que la izquierda no estaba sucia. Luego, salía patinando por el pasillo. En fin, Chiqui hacía, ni más ni menos, lo de todos los días. Y es que, cuando papá esperaba en la puerta, no había que retrasarse. Sobre todo, si se trataba de un papá mago, como el suyo. Era un mago muy especial que, siempre, le despedía con un regalo maravilloso. Le daba unas palabras. Pero no unas palabras de esas del montón. Eran palabras mágicas. Chiqui le guiñaba un ojo y las guardaba en su bolsillo secreto.

Así, cada mañana, emprendía el camino del colegio. Primero pasaba por la casa de Mijito. La mamá de Mijito también le acompañaba hasta la puerta. Pero como no era maga, sino dentista, no le daba palabras mágicas. Le daba palabras dentales: -¡Mijito, lávate los dientes antes y después de comer! ¡Y mientras masticas también! ¡Y ni se te ocurra mordisquear el lápiz!-le decía. Luego, le daba un cepillo azul, uno morado y uno amarillo. Y, además, una pegatina en la que ponía: LOS CHICLES SON UN ASCO. Y una gorra, que tenía escrito con grandes letras bordadas: SUPERFLÚOR AL ATAQUE Chiqui miraba a su amigo con gesto divertido. Pero su amigo lo miraba con cara de dolor de muelas. Entonces, Chiqui se ponía la mano en el pecho, donde tenía el bolsillo de las palabras mágicas. Y sonreía a Mijito con tantas ganas, que lo malo ya no parecía tan malo. Al fin, se iban los dos juntos hacia el colegio. Doblaban la esquina y hacían la segunda parada. Era la casa de Nenitalinda. Su papá la acompañaba a la puerta, igual que el suyo. Pero como no era mago, sino guardia de tráfico, no le daba palabras mágicas. Le daba palabras guardianas. -¡Nenitalinda, antes de cruzar la calle, mira a la izquierda y a la derecha! ¡Y arriba y abajo! ¡Y adelante y atrás! -le decía. Luego, le daba una mochila con bocina incorporada, luces rojas que se encendían y apagaban y espejito retrovisor. Además, le daba un silbato, que al soplar anunciaba: ESTOY CRUZANDO, ESTOY CRUZANDO… Chiqui miraba dentro de su bolsillo secreto, cerca del corazón, allí donde guardaba las palabras de su papá mago. Luego, atravesaba la calzada con paso seguro y tranquilo. Nenitalinda lo miraba con cara de semáforo averiado. Pero él cogía a su amiga de la mano y lo malo ya no parecía tan malo. Al fin, los tres amigos seguían camino al colegio. Una manzana más arriba vivía Campeón.

El papá de Campeón también salía a despedirlo, como los demás. Pero como no era mago, sino corredor olímpico, no le daba palabras mágicas. Le daba palabras rápidas. -¡Campeón! ¡Date prisa! ¡No pierdas tiempo! ¡Llega el primero! ¡Adiós, adiós! Además, le daba veinte cronómetros, unas botas con motor en los talones y una medalla en la que estaba escrito: SOY EL MEJOR… DESPUÉS DE MI PAPÁ Chiqui se reía despacito. Pero a Campeón se le ponía cara de carrera perdida. Entonces, Chiqui recordaba las palabras mágicas que llevaba en el bolsillo. Daba un abrazo a su amigo y lo malo ya no parecía tan malo. Al fin, ya eran cuatro amigos camino del colegio. Hasta que llegaban a una casa enorme con enanitos en el jardín. La mamá y el papá de Tesorito abrían la puerta y despedían a su hija. Pero como no eran magos, sino ricos, no le daban palabras mágicas. La verdad, no le daban ninguna palabra porque pensaban que Tesorito ya tenía de todo. Chiqui miraba a su amiga con cara muy seria. Tesorito miraba a Chiqui con cara de banco asaltado. Chiqui volvía a asegurarse de que sus palabras mágicas seguían allí. Le daba la otra mano a su amiga y lo malo ya no parecía tan malo. Al fin, la pobre se unía al grupo y se iban todos al colegio. Un buen día, a la salida de clase, todos rodearon a Chiqui. Formaban un curioso círculo: una cara de dolor de muelas, una cara de semáforo averiado, una cara de carrera perdida y una cara de banco asaltado. Y en el medio, una cara serena y alegre. Los niños no aguantaban más. Querían saber el secreto de Chiqui. A ver: ¿Por qué Chiqui nunca ponía cara de conejo hechizado? ¿Eh? ¿Qué palabras mágicas eran esas que le daba su papá mago? ¿Eh? -¿Te dice MagiChiqui, magitoma estas magichachi magipalabras y te irá de magimaravilla? -¿O abra la cabra que labra macabra a la sombra de la pata? -¿Y, luego, te echa jugo puedelotodo en la cabeza? -¿O una pócima de carcajadas de rana, alegría de león y fuerza de búfalo? -A lo mejor, te da en la nariz con una varita y te deja turulato y te crees que él es un mago, pero no lo es…

-Es un cuento chino. -Eso, tu papá es japonés. -No, seguro que es oficinista. -Entonces, Le dará palabras oficinistas. -¿Y esas palabras cómo son? Y bobada va, bobada viene, pasaron una tarde bobísima. Como tanta bobería cansa bastante, Chiqui se marchó a casa. Los otros niños se quedaron murmurando, hasta que se les ocurrió un plan: -Mañana vamos nosotros a buscar a Chiqui. -Y lo espiamos. -Y descubrimos las palabras mágicas. -Y les decimos a nuestros padres que las aprendan. -O que las compren. -O que las cocinen. Por la mañana, Mijito, Nenitalinda, Campeón y Tesorito saltaron de la cama más temprano que nunca. Se vistieron en silencio y se escabulleron sin despedirse de nadie. Tal como habían acordado, se encontraron frente al portal de Chiqui. Agachados detrás del seto, esperaron. Enseguida, aparecieron los dos: Chiqui y su papá mago, Y Chiqui le pidió, ni más ni menos, lo de todos los días: -Papá, no te olvides de darme las palabras mágicas. Entonces, su papá le dio una vuelta por el aire y un montón de besos. Y, además, le dijo: -¡CHIQUI, QUE TENGAS UN DÍA FELIZ! Los niños vieron una ráfaga de estrellitas de colores volando alrededor de Chiqui. Una a una, se metieron en su bolsillo secreto. Ese que queda muy cerca del corazón. EL PATIO María Elena Walsh Ésta era una escoba que se aburría. Estaba en un rincón del patio, con la paja para arriba. Eso no le gustaba, porque la paja eran sus piernas y

también sus manos. Estar en un rincón, patas arriba, y para colmo en un patio tan sucio, ¡qué mortadela de vida! Las hojas secas, las pelusas, los diarios viejos, los carozos de banana, los pelos de gatiperro, las cáscaras de aceituna y las latas vacías le hacían cosquillas en la punta del palo, que era su cabeza, y ella pensaba (en el suelo) que alguien la debía llevar a barrer alguna vez. Su abuela le contaba que en sus tiempos, los chicos se entretenían en montar una escoba, jugando al caballito, pero eso nunca le había pasado. Un día alguien tiró junto a ella un trapo de piso. El trapo se le enredó en la cabeza como una bufanda. O como una media de lana. O como el turbante de Arafat. -¡Qué asquete! -pensó la escoba. Y el trapo, que estaba sucio, pero no era zonzo, la oyó. -Por lo menos te acompaño y te abrigo -le dijo. -Tengo frío no -dijo ella-, aburrida pero estoy, cuento un contame, dale. Pero el trapo no entendió, porque la escoba trabucaba las palabras al estar con la cabeza para abajo. Además, no recordaba ningún cuento. La familia de la casa era buena gente, pero no tenía ganas de ocuparse del patio. Los chicos prometían baldearlo cada verano y después se iban a los videojuegos. Un domingo se fueron todos al Zoológico, y entonces entraron dos ladrones. Cargados con el televisor, la licuadora, una lata de galletitas, un par de zapatillas y el reloj de cucú, quisieron escapar por el patio. Cuando los vio, la escoba se cayó del susto, con tal puntería que un ladrón tropezó con ella y se rompió el coco. El trapo dio un salto y se le enredó al otro ladrón en la cabeza, que asustado empezó a disparar tiros a la bartola. Al oír el tiroteo, el vigilante de la esquina se despertó y entró corriendo en la casa, después de abrir la puerta de un patadón inútil, porque ya los cacos la habían forzado. Se agarró el pie golpeado y saltando en una pierna llegó al patio, empuñó la escoba y de un buen escobazo en la mano del asaltante, hizo volar el arma, que cayó patinando hasta chocar con una maceta petisa. ¡Poiiiing! De la maceta colgaba un helecho grande como una peluca de gigante. El policía esposó a los ladrones y los llevó presos, a la vista de todos los vecinos, que aplaudieron como en el teatro y revolearon camisetas.

Los presos declararon que habían sido atacados por una escoba asesina y un trapo feroz. Esto lo supo la familia cuando encontró su televisor y sobre todo su reloj de cucú despanzurrados por ahí, como otras basuras. Entonces vieron lo sucio que estaba ese pobre patio y a pesar de que ya oscurecía se pusieron a baldear con alma y vida. Los chicos terminaron bailando con la escoba y al trapo lo colgaron, limpito, de un alambre, donde se hamacó hasta hartarse. La tortuga Manuelita, que estaba durmiendo a pata suelta bajo el helecho, despertó sobresaltada y se desveló para el resto del invierno. No quiso saber nada más de ese patio ni de esa maceta ni de ese helecho ni de esa escoba ni de ese trapo de piso ni de esos ladrones ni de ese vigilante ni de ese reloj de cucú ni de esos pelos de gatiperro. ¡Mucho menos de los carozos de banana! Y decidió irse a recorrer el mundo.

BISA VUELA María Elena Walsh Había una vez una ancianita con más años que hojas tiene un ombú. Alta y flaca y memoriosa y sabia. Y había una vez un pueblo grande como dos sábanas cosidas al medio por las vías del ferrocarril. Y había en el pueblo varias familias con muchos chicos. Y había trenes que pasaban de largo, llenos de vacas y sin pasajeros. La ancianita vivía sola en lo alto de un mangrullo. Guardaba cachivaches en un baúl de su antepasado el Conquistador. Y su grillo Pachimú se guardaba él solo dentro de una caja de fósforos. Un buen día, los niños, reunidos en asamblea en el galpón del ferrocarril bajo las alas de un viejo avión herrumbrado, decidieron adoptar a la anciana como bisabuela de todos y llamarla Bisa. Y desde entonces vivieron felices, jugando con Bisa a la rayuela y al ajedrez.

Salían todos a pasear, algunos en bicicleta, otros en caballo de palo y alguno en un cajón tirado por un carnero. Pescaban renacuajos para investigarlos y cultivaban enormes calabazas anaranjadas. Bisa, en sus tiempos, había sido aviadora. Y el viejo avión era su famoso “Águila de Oro”. La campeona de vuelo estaba jubilada –decía- desde que sus ojos se debilitaron y un mal día al aterrizar había atropellado a una pobre perdiz viuda. Entre todos se pusieron a limpiar y aceitar el aeroplano, con la esperanza de volar algún día y llegar, por lo menos, hasta la orilla del mar. ¡Y ese día estaba cerca! Porque ya las hélices rugían como dos leones tartamudos, comandados por la famosa aviadora. Bisa abrió un baúl, sacó su viejo uniforme arrugado y se lo probó frente al espejo. -No es tan distinto del uniforme de los astronautas, ¿verdad, Pachimú? Pero el grillo, por ser tan pequeño, no sabía nada de astronautas. Bisa se encasquetó la gorra y se puso unas antiparras que nunca había usado: era un trofeo regalo de su madrina después de su último vuelo ¡tantos miles de días atrás! -Estos anteojos se han vuelto locos -dijo Bisa. Y miró a Pachimú, y en su lugar vio un gato con cola de pavo real. -Estás muy raro. ¿Qué te pasa, Pachimú? Pero Pachimú, por ser tan pequeño, no sabía nada de rarezas. Bajó de su casa y con el grillo en su caja dentro de uno de sus 54 bolsillos llenos de herramientas, corrió a contarles a sus bisnietos la novedad.

Los niños, por riguroso turno, se probaron las gafas y no vieron nada, sólo las encontraron asquerosamente sucias y empañadas. -Estoy segura de que con estos anteojos maravillosos pondré en marcha el motor -dijo Bisa. Los chicos abrieron los portones, Bisa trepó a la diminuta cabina, movió manivelas y palancas y… brrrrummmm… cruzó las vías y remontó vuelo. Los bisnietos la siguieron un poco a la carrera, después se taparon los ojos temiendo lo peor. Seguramente ustedes también tiemblan de espanto pensando que se va a estrellar contra el más alto de los eucaliptos. Pero no, Bisa vuela, feliz. Mira hacia abajo y ya no ve a sus bisnietos ni el ocre de los monótonos campos. Ve toda la ciudad de Nueva York, ve una carroza tirada por mariposas gigantes, ve las pirámides mexicanas, ve un cohete espacial que pasa cerca, y allá lejos ve algunas torres de la ciudad de Bagdad. Como le quedaba escaso combustible, al divisar una calle ancha y poco transitada, decidió aterrizar. ¿Dónde estaría? ¡Buena pregunta para Pachimú! Bisa se levantó las gafas y vio que los niños de un pueblo extraño se acercaban a recibirla, con sonrisas, besos, abrazos y un ramillete de margaritas. Pero ¡ay!, hablaban en otra lengua, sólo entendieron el idioma de los cariños. Entonces Pachimú se puso a cantar, y a él sí lo entendieron, porque los grillos cantan en un idioma universal. Salió de su caja y del bolsillo y desde el ala del avión trabajó de traductor. Los chicos de ese pueblo también decidieron adoptar a Bisa como bisabuela de todos. Y le ofrecieron domicilio en una casita construida en las ramas de un árbol. Desde entonces Bisa vuela de pueblo en pueblo y de bisnietos en bisnietos.

Ya aprendió otro idioma y, en cada viaje, que dura media hora o tres meses –nadie lo sabe-, sigue mirando encantada por los cristales de sus antiparras, las maravillas del mundo que siempre quiso conocer. LA PLAPLA María Elena Walsh FELIPITO TACATÚN estaba haciendo los deberes. Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas emes, orejudas eles y elegantísimas zetas. -¿Qué es esto?, se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos. Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno. Felipito no lo podía creer, y sin embargo era cierto: la letra, como una araña de tinta, patinaba muy contentamente por la página. Felipito se puso otro par de anteojos para mirarla mejor. Cuando la hubo mirado bien, cerró el cuaderno asustado y oyó una vocecita que decía: -¡Ay! Volvió a abrir el cuaderno valientemente y se puso otro par de anteojos y ya van tres. Pegando la nariz al papel preguntó: -¿Quién es usted, señorita? Y la letra contestó: -Soy una Plapla. -¿Una Plapla?, preguntó Felipito asustadísimo, ¿Qué es eso? -¿No acabo de decirte? Una Plapla soy yo. -Pero la maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla, y mucho menos que caminara por el cuaderno. -Ahora ya lo sabes. Has escrito una Plapla. -¿Y qué hago con la Plapla?

-Mirarla. -Sí, la estoy mirando, pero ¿y después? -Después, nada. Y la Plapla siguió patinando sobre el cuaderno mientras cantaba un vals con su voz chiquita y de tinta. Al día siguiente, Felipito corrió a mostrarle el cuaderno a su maestra, gritando entusiasmado: -¡Señorita, mire la Plapla, mire la Plapla! La maestra creyó que Felipito se había vuelto loco. Pero no. Abrió el cuaderno, y allí estaba la Plapla bailando y patinando por la página y jugando a la rayuela con los renglones. Como podrán imaginarse, la Plapla causó mucho revuelo en el colegio. Ese día nadie estudió. Todo el mundo, por riguroso turno, desde el portero hasta los nenes de primer grado, se dedicó a contemplar a la Plapla. Tan grande fue el bochinche y la falta de estudio que desde ese día la Plapla no figura en el abecedario. Cada vez que un chico, por casualidad, igual que Felipito, escribe una Plapla cantante y patinadora la maestra la guarda en una cajita y cuida muy bien de que nadie se entere. Qué le vamos a hacer, así es la vida. Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?
La sirena y el capitán María Elena Walsh Había una vez una sirena que vivía por el río Paraná. Tenía un ranchito de hojas en un camalote y allí pasaba los días peinando su largo pelo color de ébano, y pasaba las noches cantando porque su oficio era cantar. En noches de luna llena por el río Paraná

una sirena cantando va por aquí, por allá el agua que fría está, Juncal y arena del Paraná, una sirena cantando va. Alahí se llamaba la sirena, y como era un poco maga sabía gobernar su camalote y remontarlo contra la corriente. A veces iba hasta las Cataratas del Iguazú para darse una larga ducha fresquita llena de espuma. Después tomaba sol y conversaba con los muchos amigos que tenía por el agua, el cielo y la tierra. Ninguno le hacía daño. Hasta los que parecían malos, como los caimanes y las víboras, se le acercaban mimosos. A veces, toda una hilera de mariposas le sostenían el pelo y los pájaros se juntaban en coro para arrullarle la siesta. Hace muchos años de esto. América todavía era india y no habían llegado los españoles con sus barbas y sus barcos. Las pocas personas que alguna vez habían entrevisto a Alahí creían que era un sueño y corrían a frotarse los ojos con un ungüento para espantar la visión de esa hermosa criatura mitad muchacha y mitad pez. Una noche de luna, Alahí se puso a cantar como de costumbre, y tanto se entretuvo y tan fuerte cantaba recostada en la orilla lejos de su camalote, que no oyó que por el agua se acercaba un enorme barco con las velas desplegadas. Los hombres del barco también remaban cantando. Soy minero y aventurero vengo de España y olé. Quiero gloria, quiero dinero y con los dos volveré, para mí será el dinero la gloria, para mi rey. -¡Callad! -dijo el capitán, que era flaco y barbudo como Don Quijote. -Callad, que alguien está cantando mejor que vosotros.

-¿Será quizás un pintado pajarillo cual la abubilla o el estornino, capitán? -le dijo un marinero tonto. -Calla, que los pajarillos no cantan de noche. ¡Tirad las anclas! -¿Vamos a tierra, capitán? -No, iré yo solo. El barco amarró suavemente muy cerca de Alahí, que al ver a los hombres enmudeció y trató de deslizarse hasta su camalote para huir. El capitán saltó a la orilla y la sorprendió. Alahí se quedó quieta, muerta de miedo, mientras cundía la alarma entre todos sus amigos. -¿Quién vive? -preguntó el capitán don Gonzalo de Valdepeñas y la Villatuerta del Calabacete, que así se llamaba. La sirena no contestó y trató de escapar. -¡Alto allí! El capitán alzó su farola y… -¡Una sirena, vive Dios! ¿Estaré soñando? ¡Qué cosas se ven en estas embrujadas tierras! -Más raro es usted, señor -dijo Alahí-; todo vestido de lata y más peludo que un mono. -Eres tan bella que paso por alto tu insolencia. Serás mi esposa y reina de los ríos en España. -No, señor, lo siento mucho, pero no… Y Alahí trató de escurrirse entre las hojas. -¡Detente! El capitán la ató al tronco de un árbol. En las ramas, los pajaritos temblaban por la suerte de su querida sirena. -Haré un cofre y te encerraré para que no te escapes. El capitán sacó su hacha y allí mismo se puso a cortar un árbol para construir la jaula para la pobre sirena. -Ay, tengo frío -dijo Alahí. El capitán, que era todo un caballero, quiso prestarle su coraza, pero no se la pudo quitar porque se había olvidado el abrelatas en el barco. A todo esto, los amigos de Alahí se habían dado la voz de alarma y cuchicheaban entre las hojas, mientras el capitán talaba el árbol... Varios caimanes salieron del agua y se acercaron sigilosos. Muy cerca relampaguearon los ojos del tigre con toda su familia.

Cien monitos saltaron de árbol en árbol hasta llegar al de Alahí. Un regimiento de pájaros carpinteros avanzaba en fila india. Las mariposas estaban agazapadas entre el follaje. Las tortugas hicieron un puente desde la otra orilla para que los armadillos pudieran cruzar. Cuando estuvieron todos listos, un papagayo dio la señal de ataque: -¡Ahura! Los monitos se descolgaron sobre el capitán, chillando y tirándole de las orejas. Los caimanes le pegaron feroces coletazos. Las mariposas revolotearon sobre sus ojos para cegarlo. Dos culebras se le enredaron en los pies para hacerlo tropezar. El tigre, la tigra y los tigrecitos le mostraron uñas y colmillos, porque no hacia falta más. Luego llegó el escuadrón blindado de los mosquitos y obligaron al capitán a escapar despavorido y trepar por una escala de cuerda hasta la borda de su barco. -¡Alzad el ancla, levad amarras, izad las velas, huyamos de esta tierra, demonios! Mientras el barco soltaba amarras, los pájaros carpinteros terminaron el trabajo picoteando las cuerdas hasta liberar a la pobre Alahí. -¡Gracias, amigos, gracias por este regalo, el más hermoso para mí: la libertad! Amanecía cuando la sirena volvió a su camalote, escoltada por cielo y tierra por todos sus amigos. Allá muy lejos se iba el barco de los hombres extraños. Alahí tomó el rumbo contrario en su camalote y se alejó río arriba, hasta Paitití, el país de la leyenda, donde sigue viviendo libre y cantando siempre para quien sepa oírla. El ovillo María Elena Walsh Voy a contarles un cuento que me contaron hace añares, no sé si lo recuerdo bien porque la memoria se pasea mucho, los cuentos cambian todo el tiempo, y los chicos no se quedan quietos. El cuento dice más o menos así:

Éste era un pueblo chico y feo. No llovía y no llovía, y el suelo estaba reseco alrededor del rancho de la familia Chumpi. La bomba no tiraba una gota más. De noche, en vez de rocío, caían espinas de cacto. El padre se había ido a cazar peludos o lo que encontrara. La madre lidiaba con un montón de hijos en vacaciones. Estaban tan sucios que no se sabía si eran rubios o morochos, nenas o varones. La cabra y el cabrito parecían muñecos de alambre. Los frutales sólo hubieran servido para leña. Al fin la madre dijo: -Vayan todos a buscar algo de comer, por ahí desentierran una batata, pero cuidadito con robar. Y allá se van corriendo todos juntos, menos Rocío, que es la más chica, y toma por otro camino, con su gato flaco Bergamín pisándole los talones. La madre se pone a amasar su último pan, con harina de yuyo seco y un poco de baba de cabra, y, de paso, canta una copla que dice: No quiere llover, sale una nube y se vuelve a perder… Así pasa el día y los chicos van volviendo más sucios todavía. ¿Qué encontraron? ¡Claro, un pedazo de pelota, tres figuritas pisoteadas y unos cascotes, porque brillaban de mica! Los maullidos de Bergamín anuncian a Rocío: vienen rendidos, con la lengua afuera y los pelos llenos de abrojos. ¿A ver qué basura encontraron ustedes? Rocío muestra el puño cerrado, le da vergüenza abrirlo, pero al fin estira los dedos uno por uno. ¿Qué es? ¡Bah! Un ovillito de hilo celeste muy enredado. -Ni para remiendo sirve –dice la madre, pero no acaba de hablar cuando el ovillo escapa de la mano de Rocío… se desanuda solo y resulta que es un hilito de agua, que empieza a viborear y rodar.

Cuando sale del rancho se convierte en arroyo, y el arroyo canta y da vueltas y engorda y crece y todos miran, se quedan como de palo, los ojos muy abiertos. La cabra y su cría beben hasta reventar. Entonces los chicos chapotean y vemos que son lindos y feúchos, rubios y morochos, cuatro varones y tres niñas, contando a Rocío, que va a buscar un trozo de jabón. El gato Bergamín se trepa a un árbol huyendo del baño. Juntan agua en todos los cacharros que tienen y se van a dormir con hambre pero al fin sin sed. Tienen miedo de que al amanecer el hilo de agua haya desaparecido como un sueño. Cuando despiertan, el sol ya está redondo y el río sigue allí. ¡Qué misterio misterioso, señores! Durante la noche han nacido brotecitos muy verdes, ha vuelto el benteveo a bañarse y el agua tan limpita deja ver cómo juegan unos cuantos peces de plata. Y ahí vuelve papá Chumpi, con un atado de choclos y tres huevos de ñandú. ¡ja! Deja caer todo y primero se queda tieso mirando el río, después va a buscar una caña y pesca que te pesca. ¡Y todos contentos, gracias a Rocío y su ovillito de hilo celeste, que no era más que agua dormida al pie de un sauce amarillo! Dicen que dicen que así nació el río Lapizul.

AVENTURA DE UN PAPELITO SUELTO Gabriela M. Romeo Alan y Lucía gritaron “¡Hurra! ¡Genial!” cuando su mamá les dio la noticia: ella, como les había prometido al terminar las clases, los iba a llevar a la oficina donde trabajaba, que quedaba a metros del Obelisco, en pleno corazón de la Capital Federal, para que presenciaran un mágico espectáculo. -¿Qué veremos, mami? –preguntó curiosa Lucía. -¿A Papá Noel en el trineo? –agregó Alan con un suspiro, recordando cómo la Nochebuena del año anterior, en casa de los abuelos, corrieron a la terraza, pero no lo alcanzaron a ver.

-No, amor, porque ustedes vendrán el último día de diciembre, la semana siguiente y, para ese entonces, Papá Noel ya estará de regreso en el Polo Norte. -¿Entonces, qué será? -Si se los digo, no tendrá el mismo encanto. Bueno, ya que los noto tan impacientes… ¿qué tal si, mientras tanto, preparan un precioso dibujo entre los dos para participar del evento? Los hermanos intercambiaron miradas cómplices y Alan dijo: -¡Ah! ¡Ya sé! Seguro que participaremos en un concurso de ilustraciones con los hijos de tus compañeros de oficina. -¡Huy, qué divertido! Pero, ¿cómo? Traer los dibujos de casa no vale – repuso la pequeña Lucía, a quien le gustaban las reglas claras como le habían enseñado en el Jardín. -Nada de eso, hijitos -respondió la mamá-, por el momento sólo dedíquense a pintar. Los chicos entonces, sabiendo que mamá no les revelaría el secreto por más que insistieran, se pusieron a trabajar. Tomaron una hoja vacía del último cuaderno de clase de Alan, lápices de colores, crayones, marcadores y acuarelas. Con todo sobre la mesa, debieron ponerse de acuerdo con respecto al dibujo: así pensaron en un bosque de pinos y pájaros, una familia de osos polares, acaso una ciudad del futuro con rascacielos, o mejor un circo con payasos y malabaristas… Claro… Todo era fácil en la imaginación, pero les resultaba muy difícil volcarlo en el papel. Después, propusieron cosas más sencillas: una casa con chimenea y jardín, un gatito… -¿Y un Barrilete de los colores del cielo y las nubes? –aventuró Alan, que por algo era el mayor. -¡Buena idea! –exclamó Lucía-. ¿Y si le agregamos unos cascabeles en la cola de flecos y un farolito en la punta? Así no será cualquier PapelitoBarrilete, será único. -¡Manos a la obra! Y tras dibujar un rombo perfecto, así lo colorearon: celeste-azul el cuerpo, con una franja central blanco-nube; la cola con flecos multicolores donde se distinguían los cascabeles y un farolito anaranjado flúo en la punta. Cuando terminaron, se lo mostraron a sus padres y lo guardaron en un folio para que no se estropeara. La mañana del 30 de diciembre se presentó radiante, los chicos desayunaron muy temprano, cargaron el dibujo y se prepararon para salir. Mamá, Alan y Lucía debieron tomar primero el tren y luego el subte para llegar a la oficina, pues ellos vivían lejos del trabajo, en los alrededores de la ciudad. Durante esa jornada matinal, nada extraordinario ocurrió en la oficina, sólo un clima de alegría recordaba que ése era el último día hábil del año. Los niños esperaban ansiosos. Sin embargo, al mediodía, pasadas las 12, cuando algunos negocios y oficinas cierran sus puertas al público, y habiendo terminado el balance anual, los chicos, a pedido de su mamá, se asomaron a la ventana que daba a la famosa avenida Corrientes. Allí contemplaron boquiabiertos como, primero tímidamente, luego con más entusiasmo, oficinistas, mecanógrafas, contadores, estudiantes, cadetes, diseñadores gráficos, empleados de bancos, etc., arrojaban papeles de variados tamaños y colores por las ventanas hacia la calle. Como había algo de viento, numerosas cintas de

máquinas bailaron como serpentinas antes de caer, otras se enredaron cual bufandas en los cables. Parecía que una lluvia de papelitos, papeletas y papelones hubiese inundado la ciudad, o una extraña nevada tapizara las veredas. Los chicos no podían creer lo que veían. Los empleados del piso de arriba, arrojaron papeles de computación, la secretaria del gerente, más discreta, tiró las hojas viejas de la agenda, prolijamente en orden. Las chicas de la agencia de enfrente aprovecharon a vaciar sus cajones llenos de papeles de golosinas. La editorial vecina echó algunas simpáticas ilustraciones. Entonces, Alan pensó que ya era tiempo, sacó el dibujo del folio y junto con su hermana se acercaron a la ventana abierta. Aprovechando una ráfaga de viento cálido lo soltaron. El Papelito-Barrilete se sintió libre, se desperezó, dio unas volteretas en medio de aquel insólito espectáculo y, de pronto, de un envión se elevó por los aires. Los niños lo siguieron con la mirada y vieron cómo su dibujo los saludaba y fijaba rumbo hacia el Obelisco. Llegó hasta casi la punta, descubrió la ventanita, pero como no vio a nadie en su interior, siguió viaje meciéndose al compás de los acordes de la orquesta estable del Teatro Colón que ensayaba para esa noche de gala. Un viento pícaro le hizo dar varias vueltas de carnero. Luego lo dejó en Diagonal Norte. El Papelito-Barrilete, curioso, se acercó a la boca del subterráneo y fue atrapado por una de las pícaras brisas cálidas que vive en los pasillos de los túneles del metro. Muy asustado por la velocidad que había adquirido en aquel corredor, casi como la de los trenes, entró en un vagón, atontado por el sonido de apertura y cierre de puertas y el pobre se pegó al maletín de un señor que descendió muy apresurado en la Plaza de Mayo. ¡Qué felicidad! ¡Otra vez al aire libre! La Plaza y los alrededores estaban cubiertos de papeles de banco, y sólo algunas facturas viejas y boletos de colectivos se mantenían pesadamente a flote. Pero ninguno volaba como él: tan suave y elegantemente, tanto que las ofendidas palomas intentaron alcanzarlo y el Papelito Barrilete, temeroso por tanto revuelo, se tuvo que ocultar entre las tejas coloniales del Cabildo. Desde allí pudo contemplar emocionado la Catedral Metropolitana, La Casa Rosada, La Pirámide de Mayo y más allá… ¡el Río de la Plata! Cuando la bandada volvió a ocupar su espacio en la Plaza, el PapelitoBarrilete abandonó su escondite para reiniciar su aventura, pero al elevarse… -¡Oh! ¡Mi colita! Y a pesar de que tiró y tiró de ella, el Papelito no pudo soltarse. Se había enredado en la Veleta del Cabildo. Ella lo saludó con cortesía y tras una breve presentación, comenzó a revelarle los secretos que escondía esta mágica Ciudad. Caía la tarde, el Papelito seguía encantado los vaivenes de la Veleta de voz dulce y armoniosa, cuyas historias nostálgicas brotaban como las ansias de libertad que promovieron la evolución de nuestra Nación. Él no podía sentirse mejor. Había encontrado un lugar cómodo y seguro, y una amiga ideal. Entre tanto, los pequeños Alan y Lucía se preguntaban qué sería de su Papelito- Barrilete andariego. Ese verano, mientras disfrutaban de un paseo junto al Río de la Plata, una gaviota chismosa a la que los chicos habían arrojado migas de pan de su merienda, les contó que había conocido a un simpático Barrilete celeste y

blanco, que desde su puesto de vigía, en lo alto del Cabildo, acompañaba los tañidos de las campanas de la Catedral con sus cascabeles y, por las noches, hacía guiños enamorados al faro de la costa vecina con su farolito anaranjado. Los chicos se miraron intrigados. -¿Será nuestro dibujo? –preguntaron al mismo tiempo. -¿Quién sabe?, -respondió la mamá y agregó- será cuestión de ir a averiguarlo. Y colorín colorete, Este cuento se ha volado Como el Papelito-Barrilete.

Cuentos de Exagerados (Paí Luchí), Tontos (Juan) y Pícaros (Pedro Urdemales) Cuento de tradición oral. Cuentos de personas. Tipo: Mentirosos o exagerados. Origen: Litoral argentino (especialmente de la provincia de Corrientes). EL BURRO CON ZANCOS (Recreado por Laura Devetach) Una vez contó el Paí Luchí que andaba con muchos problemas por un burro que tenía. Era un lindo burro con el hocico oscuro y las orejas bien paradas. Solía jugar carreritas con el perro Ciclón. Además, era un burro fuerte, capaz de llevar cargas pesadas y de caminar y caminar sin cansarse. Pero el Paí siempre tenía motivos para rezongar por su culpa. Cada vez que lo cargaba con bolsas o con alforjas llenas de leña, de harina o naranjas, el burro llegaba con la mitad de la carga. ¿Por qué? Porque era muy petiso y arrastraba las bolsas. Entonces, se iban agujereando y la carga quedaba por el camino para alegría de otros viajeros. Aquella tarde, el Paí estaba tomando mate delante de su rancho y rezongaba contra el burro. -¡Linda ganancia! –le decía-. ¡Siempre llegás con la mitad de la leña, la mitad de la harina, con dos o tres naranjas! ¡Me perdiste siete galletas por el camino! ¿Vos sabés lo que son siete galletas?

-Hi, ho –rebuznaba el burro como pidiendo disculpas. -Hi, ho –lo imitaba el Paí-. ¡Te voy a dar “Hi, ho”! ¿Por qué tenés tan cortas esas patas, eh? ¡Si te voy a regar para que crezcas un poco! ¡Tendrías que usar tacos altos como las hijas del almacenero, que más parecen terus (teros) que señoritas! Y se quedó pensando: -¿Tacos altos, tacos altos? Ahí nomás se le ocurrió la idea salvadora y se fue a comer el guiso que había cocinado su mujer. Ésta lo miraba extrañada porque el Paí comió sonriente y se durmió sonriente. Al día siguiente, madrugó sonriente. Pero no decía nada. Antes de que saliera el sol, el Paí se fue al sauzal. Con hacha y con machete cortó unas lindas estacas de casi medio metro cada una. Las emparejó bien y se fue a su casa mientras lo mandaba al Ciclón a buscar al burro que andaba pastando. -¡Guau guau! –le dijo el Ciclón al burro. -Hi, ho –contestó el burro que era muy entendido. Y los dos animales corrieron hacia el rancho para ver qué quería el dueño. El Paí lo estaba esperando con las cuatro estacas y unos cuantos tientos de cuero. -Vení, burro –le dijo mientras le acariciaba el lomo. Y con la ayuda de su mujer, que no podía trabajar de la risa, le ató cuatro zancos a las patas. El pobre burro no entendía nada. Se enredó un poco, anduvo chueco con los zancos como dos días. Pero al tercero, ya había aprendido un pasito pitucón (elegante) y no se caía más. Y, además, estaba mucho más alto. Tan alto que ya no arrastraba las alforjas y podía hacer los mandados sin perder galletas por el camino. El Ciclón lo desconoció primero y le daba vueltas ladrándole. Pero finalmente aceptó la nueva moda del burro y siguieron tan amigos como antes. -¡Guau guau! –ladraba el Ciclón. -Hi, ho, hi ha, hi he –contestaba el burro que desde que había cambiado de altura, cambió también de rebuzno. Y bueno, pero todo andaba muy bien; el Paí, contento y su mujer, también porque ahora estaba menos rezongona.

Un buen día, cuando llegó la hora de preparar al burro para ir al pueblo, éste no apareció. Hacía dos días que no lo ensillaban ni lo habían buscado por los alrededores porque estaba lloviendo mucho y entonces no era necesario ir al pueblo. Pero aquella mañana había amanecido rosada y sin lluvia, así que era tiempo de ir a buscar fideos para el guiso, yerba, cebollas y otras provisiones. El Paí, su mujer y Ciclón, salieron, cada uno en una dirección diferente, a buscar al burro. Pero hasta el perro le perdió el rastro por culpa de los charcos y de los zancos. Lo buscaron y lo buscaron. Fueron a ver al comisario que estaba tomando mate con el preso. Los dos dieron una vuelta por el lado de la loma, pero nada. El almacenero dijo que no lo había visto y que, pobrecito, nunca había sabido de un burro tan trabajador. La curandera prendió unas velas para ver si aparecía el burro. Doña Cirila le ofreció al Paí unos mates con cáscara de naranja para consolarlo y el guitarrero del pago compuso un valsecito que se llamaba “Se me perdió el burro”. Pero no había consuelo. El Paí estaba triste, su mujer estaba triste, el Ciclón estaba triste. Y así pasaron los días y algunas estaciones. El Paí hacía ahora sus compras con una carretilla. Nada fácil, pero a mal tiempo buena cara. Estaba ya bien entrada la primavera y una vez le tocó ir a cazar a un lugar pantanoso al que nunca iba. Como siempre, el Ciclón adelante con la cola parada, olisqueando todo. Era un lugar lleno de sauces metidos en los pantanos. Caminaba el Paí buscando patos para cazar, cuando oyó a lo lejos: -Hi, ho, hi, ha, hi, he. -¡Pará, Ciclón! –dijo con el corazón como un tambor. -¡Gruau gruau! –ladró, nervioso, el Ciclón. -¡Hi, ho, hi, ha, hi, he! –se oyó de nuevo a lo lejos. -¡Ése es el burro! –dijo el Paí. Y empezaron a caminar con la esperanza de encontrarlo. Cada vez el rebuzno sonaba más cerca, pero sonaba raro.

-Es como si viniera de arriba… -decía el Paí mirando la copa de los sauces. Caminó y caminó con muchísimo trabajo, porque al mirar todo el tiempo para arriba, se tropezaba con todo lo que encontraba. -¡Hi, ho, hi, ha, hi, he! –oyó de pronto muy cerca. Y el Ciclón se puso como loco a dar vueltas alrededor de un grupito de árboles que estaban bastante juntos. El Paí se fijó bien y allá, bien arriba, sobre las cuatro copas de los sauces, coleteaba y rebuznaba el burro, contento de ver al Ciclón y a su dueño. La cuestión es que dicen que el Paí contó que el burro estaba hermoso, bien alimentado con brotes de sauce. Que se había empantanado con los zancos y, por la humedad, las estacas echaron raíz, crecieron y se llevaron al burro para arriba. Y que allí estuvo, lo más bien, hasta que fue él y lo bajó. Eso dicen que él dice. POTRO FANTÁSTICO (Recreado por Laura Devetach) La mujer de Paí Luchí cebaba mate con la pava renegrida mientras la paisanada hablaba de potros en el patio del rancho. Hablaban de potros veloces, de caballos retobados, de potrillos pequeñitos, de matungos inteligentes, de fletes bravos. Pero para pingo fantástico, lo que se dice fantástico, el del Aparición Valenzuela –comentó Paí Luchí. -¿Y por qué fantástico, Paí? –preguntó un paisano picado por la curiosidad. -Y porque era un fenómeno, chamigo. ¡Fíjese que, en cuanto lo montó para domarlo, el pingo empezó a dar saltos, pero tales saltos que de pronto el Aparición sintió el golpe del cielo en la cabeza! -¡Del cielo! –comentó un mozo. -¿Y es muy duro el cielo? -No –dijo el Paí-. No ha de ser porque después de dos o tres saltos se metió en el cielo hasta la cintura. -¡Fa! –dijo el mozo-. ¿Y qué vio allá arriba? -Y él dice que vio a muchos antepasados que ya habían muerto, que andaban paseando por las calles del cielo. Y en eso la vio a la finada su

abuela que estaba tomando el té, pero el caballo le pateó mucho y se vinieron como tiro para abajo. Y Paí Luchí se quedó callado. -¡Pobres! ¿Se lastimaron? –quiso saber el mozo. -Lastimarse, lastimarse, no. Solamente que al pingo se le destornilló la cabeza y en el apuro en ponérsela, el Aparición se la atornilló mirando para arriba. Otro silencio con mate amargo. -¿Y? ¿Qué hizo el potro? –preguntó un paisano impaciente. -Y nada, qué va hacer. ¿No le dije que era un potro fantástico? Así nomás se quedó, comiendo hojas de los árboles y tomando agua cuando llueve. EL CONEJO AYUDANTE (Cuentos de Pedro Urdemales Contados por: Gustavo Roldán Centro Editor de América Latina) Personaje del tonto: Juan Los caminos, algún día, siempre terminan por cruzarse. No pasó demasiado tiempo y Juan volvió a encontrar a Pedro Urdemales, que estaba sentado a la puerta de su casa sacándole punta a un palito. No hicieron falta muchas palabras entre ellos. Juan, sin decir nada, sacó su enorme cuchillo y se bajó del caballo. -No repitamos la historia -dijo Pedro Urdemales-, usted sabe que yo tengo mis derechos, y eso es algo que nadie me puede quitar. -¡Qué derechos ni torcidos! Vos sabés muy bien que te tengo que matar. Y esta vez no te salva ningún sombrero. -No se olvide de que… -Sí, sí –lo interrumpió Juan-. Ya sé, esa historia de la última voluntad… Bueno, andá ensillando. Pedro Urdemales buscó su caballo y, sin que Juan lo oyera, le encargó a su mujer que fuera preparando el mejor asado y poniendo la mesa como para recibir visitas. Partieron para el poblado cuando ya el sol empezaba a entibiar los pastos. Pedro silbaba, contento, como si fuera de paseo. Galoparon y galoparon hasta que, de repente, Pedro detuvo su caballo.

-¡Me estaba olvidando de algo importante! -dijo desmontando-. No es más que un minuto. -No me hagás perder tiempo con tus mañas, mirá que no te saco el ojo de encima -dijo Juan. -Apenas un minuto -repitió Pedro. Y de bajo el poncho sacó un conejito gris, le acarició las orejas y le dijo: -Andá a la casa y decile a mi mujer que prepare una buena parrillada, que vamos a volver a almorzar. Y que no se olvide de poner abundantes chinchulines y mollejas. No bien lo puso en el suelo, el conejito paró las orejas y de un salto se perdió en el monte. -¡Y no se ande demorando con las conejitas! -le gritó Pedro-. Y después siguió, como hablando para sí mismo: Estos “ayudantes”, si uno no los apura un poco… Juan no había perdido detalle. Lo que vio era como para despertar la curiosidad de cualquiera, pero en especial la curiosidad de Juan, que se quedó pensando: “Bah, ha de ser algún cuento de Pedro”. Galoparon hasta el pueblo. Pedro quiso recorrer varios boliches, pero Juan estaba demasiado apurado para volver. Tenía que salir de una duda que le estaba carcomiendo hasta el caracú. Para empezar decidió ser amable con Pedro, por si las moscas. Total, para matarlo siempre habría tiempo. Llegaron a la casa de Pedro, ataron los caballos, y Juan, rápidamente, se adelantó para poder espiar. Primero vio el asado en la parrilla que ya estaba a punto, con abundantes mollejas y chinchulines. Después vio la mesa tendida, y ahí cerquita, atado a un poste, estaba el “ayudante”. Pedro, después de desensillar, entró, miró al conejito gris y le dijo: -Bravo “ayudante”. No perdiste tiempo. El asombro de Juan le recorría de los pelos a los talones. Tenía que conseguir ese “ayudante” de cualquier manera. Lo único que no sabía era que los conejos eran dos. Mientras que éste estuvo todo el tiempo atado, el otro a estas horas andaría correteando conejitas en el monte. Juan no quiso perder tiempo, y tenía todas las de ganar. Iba a hacer un buen negocio.

-Pedro –dijo-, vos sabés que ya me engañaste demasiadas veces, pero ahora quiero hacer un negocio bueno para los dos. -¡Eso sí que no! –dijo Pedro-. ¡Ya sé qué clase de negocio quiere hacer conmigo! -No te apurés, Pedro, mirá que te perdono la vida y te doy un montón de plata. -Jamás. Usted no sabe lo que me está pidiendo. -Sí que sé. Es apenas un conejo, y tu vida es tu vida. Y, además, la plata. Mirá. Apurado, Juan fue hasta su caballo, sacó de las alforjas una bolsa de monedas de plata y otra de monedas de oro. -¿Y le parece que con esa miseria compra a mi “ayudante”? Juan no contestó nada. Se limitó a sacar dos bolsas más de monedas de oro. -Bueno –dijo Pedro-. Pero que quede claro que esto sólo lo hago porque usted es usted. Una vez hecho el trato, Juan alzó con mucho cuidado al conejito y partió rápidamente para su casa. Al otro día invitó al juez, al comisario, al cura y a otros personajes importantes del pueblo a dar una vuelta a caballo. Cuando el sol ya comenzaba a calentar los sombreros, Juan sacó su conejito y les contó lo inteligente y obediente que era. Le acarició las orejas –así lo había hecho Pedro Urdemales- y le dijo: -Vaya, “ayudante”, y dígale a mi mujer que prepare una buena comida, que voy a llegar con cinco amigos. Lo puso en el camino y el conejo, de un solo salto, se perdió en el monte. Siguieron cabalgando, y la alegría de Juan era enorme. Tenía algo único que sus amigos envidiarían a más no poder. En todo el tiempo no se cansó de alabar la inteligencia de su “ayudante”. Cuando el calor empezó a pasar de los sombreros a la cabeza, decidieron volver. La comida ya estaría a punto. Cuando llegaron, con la panza pidiendo a gritos una buena comida, se encontraron con que apenas había dos platos en la mesa y un resto de locro del día anterior. Las risas de los amigos de Juan no paraban más. Aguantaron contentos el hambre. Total, un rato de panza que silbe no es nada al lado del cuento que tenían para seguir divirtiéndose mucho tiempo.

EL PICHÓN DE PERDIZ DORADA (Cuentos de Pedro Urdemales Contados por: Gustavo Roldán Centro Editor de América Latina) Pedro Urdemales miró hacia el suelo y vio a la culebra deslizándose suavemente hacia el arroyo; miró hacia lo alto y vio al halcón, planeando en grandes círculos, en un vuelo casi mágico. Miró a lo lejos y vio una tropilla de yeguas pastando con sus potrillos. -Bicho complicado el hombre -se dijo-, es el único que se inventa problemas para vivir. Y ahí nomás se sentó a un costado del camino para hacer sus necesidades. Después, mientras silbaba de lo más entretenido, vio acercarse un cura montado en una mula. Sin ponerse a pensar agarró su viejo sombrero, se arrodilló y tapó lo que había hecho. Y ahí se quedó, como concentrado en un trabajo importante. -¿Qué estás haciendo, muchacho? -dijo el cura al llegar. -Tengo un pichón de perdiz dorada, pero tengo miedo de que se me escape. -¿Perdiz dorada? ¿Cuáles son ésas? -Esas que dicen que ponen huevos de oro. Sería una lástima dejarla escapar. ¿No me presta la mula para ir corriendo a buscar una jaula? -Andá, nomás –dijo el cura-. Yo te la cuido para que no dispare. Pedro saltó a la mula y se alejó al trote largo mientras el cura se quedaba sosteniendo el sombrero con la mano. Pero apenas la mula se perdió a la distancia, el cura pensó: -Una perdiz que pone huevos de oro para qué le puede servir a ese tonto. Y sin pensar más comenzó a levantar despacito el sombrero con una mano mientras con la otra daba un manotazo para agarrarlo bien al prisionero. Y lo agarró bien… como para acordarse para siempre de que no hay perdices que pongan huevos de oro. FIN

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