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Abbagnano Nicolas Historia Filosofia Vol 2

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Historia de la Filosofia
Historia de la Filosofia

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Toda la obra de Leibniz se puede considerar dirigida a justificar la
posibilidad de un orden espontáneo y de reglas no necesarias. En primer
lugar, para esta justificación presenta la demostración de que orden no
significa necesidad. La necesidad, según Leibniz, se encuentra en el mundo
de la lógica, no en el mundo de la realidad. Un orden real no es nunca
necesario.
Tal es el significado de la distinción leibniziana entre verdades de
razón y verdades de hecho. Las verdades de razón son necesarias, pero no se
refieren a la realidad. Son idénticas, en el sentido de que no hacen más que
repetir la misma cosa sin decir nada nuevo. Cuando son afirmativas se
fundan en el principio de identidad (todo es lo que es); cuando son negativas
se fundan en el principio de contradicción (una proposición es verdadera o
falsa). Este último principio a su vez supone dos enunciados: el primero es
que una proposición no puede ser verdadera y falsa al mismo tiempo; la

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FILOSOFIA MODERNA

segunda, que es imposible que una proposición no sea ni verdadera ni falsa
(principio de tercero excluido). El mismo principio de contradicción rige,
según Leibniz, las proposiciones dispares, las cuales dicen que el objeto de
una idea no es el de otra idea (por ejemplo, hombre y animal no son la
misma cosa). Todas las verdades fundadas en este principio son necesarias e
infalibles, pero no dicen nada sobre la realidad existente de hecho (Nuevos
ensayos,
IV, 2).

Estas verdades no pueden derivar de la experiencia y son, por tanto,
innatas. Leibniz se opone a la negación total de toda idea o principio innato
formulado por Locke (§ 454). Ciertamente, las ideas innatas no son ideas
claras y distintas, esto es, plenamente conscientes: son, más bien, ideas
confusas y oscuras, pequeñas percepciones, posibilidades o tendencias. Son
semejantes a las vetas que en un bloque de mármol delinean, por ejemplo, la
figura de Hércules, de manera que bastan pocos golpes de martillo para
quitar el mármol superfluo y hacer que aparezca la estatua. La experiencia
cumple precisamente la función del martillo: hace actuales, esto es,
plenamente claras y distintas, las ideas que en el alma eran simples
posibilidades o tendencias. Pero las ideas innatas no pueden originarse en la
experiencia, porque tienen una necesidad absoluta que los conocimientos
empíricos no tienen. Las verdades de razón bosquejan el mundo de la pura
posibilidad, que es mucho más amplio y extenso que el de la realidad. Por
ejemplo, cualquier mundo es, en general, posible en cuanto su noción no

supone ninguna contradicción; pero uno solo es el mundo real. Y

evidentemente no todas las cosas posibles se realizan; si así fuera, no habría
otra cosa que necesidad y no habría elección ni providencia (Gerhardt,
IV, p. 341).

Las verdades de hecho son, en cambio, contingentes y concernientes a la
realidad efectiva. Ellas limitan, en el dominio vastísimo de lo posible, aquél
mucho más restringido de la realidad en acto. Estas verdades no están
fundadas en principios de identidad y de contradicción; lo cual quiere decir
que su contrario es posible. Están fundadas, en cambio, en el principio de
razón suficiente.
Este principio significa que "nada se verifica sin una razón
suficiente, esto es, sin que sea posible al que conozca suficientemente las
cosas, dar una razón que baste para determinar por qué es así y no de otro
modo" (Garhardt, IV, p. 602). Pero esta razón no es una causa necesaria-, es
un principio de orden, de concatenación, por medio del cual las cosas que
suceden se enlazan unas con otras sin formar, sin embargo, una cadena
necesaria. Es un principio de inteligibilidad que garantiza la libertad o
contingencia de las cosas reales. Es el principio propio de aquel orden que
Leibniz se esfuerza constantemente por encontrar en todos los aspectos del
universo: un orden que implique y haga posible la libertad de elección.
Este principio postula inmediatamente una causa libre del universo. En
efecto, hace legítimo preguntarse: ¿por qué hay algo y no nada? Y desde el
momento en que las cosas contingentes no tienen en sí mismas razón de ser,
es menester que esta razón esté fuera de ellas y se encuentre en una

sustancia que no sea a su vez contingente sino necesaria, esto es, que tenga

en sí la razón de su existencia. Y esta sustancia es Dios. Pero, si además se
nos pregunta por qué Dios ha creado, entre todos Los mundos posibles, éste
que es así y determinado de esta manera, será menester encontrar la razón

LEIBNIZ

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suficiente de la realidad del mundo en la elección que Dios ha hecho de él, y
la razón de esta elección será que es el mejor de todos los mundos posibles y
que Dios debía escoger éste. Pero decir que debía no significa aquí una
necesidad absoluta, sino el acto de la voluntad de Dios que ha elegido
libremente en conformidad con su naturaleza perfecta. La razón suficiente,

dice Leibniz, inclina sin suponer necesidad; explica lo que sucede de un

modo infalible y cierto, pero sin necesidad, porque lo contrario de lo que
sucede es siempre posible.
El principio de razón suficiente supone una causa final: y sobre este
punto Leibniz se separa decididamente de Descartes y de Spinoza para
adherirse a la metafísica aristotelicoescolástica. Si Dios ha creado este
mundo porque es el mejor, ha obrado por un fin y este fin es la verdadera
causa de su elección. Y si el orden del universo es un orden contingente y
libre, debe fundarse en el fin que las actividades contingentes y libres
tienden a realizar. Por tanto, también el mecanismo de la naturaleza deberá
al fin resolverse en el finalismo.

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