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Las Emociones en La Espiritualidad Humana

Las Emociones en La Espiritualidad Humana

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Observar, conocer y comprender nuestros sentires es importante para ir del control a la expresión y llegar a su transformación.
Observar, conocer y comprender nuestros sentires es importante para ir del control a la expresión y llegar a su transformación.

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La observación es la toma de distancia ante un hecho, y donde nuestra consciencia
está despierta, completamente alertas, con atención plena; y que, prácticamente es
cuando confluyen simultáneamente cuerpo, mente, las emociones y los sentimientos.
Cuando ante cualquier acto de nuestra vida cotidiana está rodeado por nuestra
consciencia, es la luz que ilumina la acción.

La Gestión Emocional en la Espiritualidad Humana Luis Hernando Mutis Ibarra

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Por lo común, para las personas que inician o comienzan la ruta del viaje hacia
dentro, la consciencia no es un acto mágico que se presenta sólo porque lo deseemos.
Tendrá que ser un trabajo sostenido hasta conquistarla y volverla parte de nosotros; es el
proceso de interiorización, donde lo que ha estado fuera de nosotros lo volvemos a
recuperar como parte de nuestra interioridad.
En un inicio, la consciencia estará distante del acto, mucho después de sucedido y
consumado. Pero el hecho de ser conscientes aún después de lo ocurrido, la ganamos
para sí. La continuidad del proceso y la disciplina del trabajo personal nos darán la
capacidad de ir acercando nuestra consciencia al acto mismo, de acortar la distancia
entre el hecho y el momento en que estemos vigilantes de ellos. El espacio, distancia y/o
tiempo varía proporcionalmente a la dedicación, la atención y la constancia en el
mantenimiento de dichos propósitos. Puede ir desde algunos minutos, horas, días,
semanas, meses y hasta años, e incluso puede haber sido solo un destello, del cual es
como si no hubiese sucedido nunca.
El desafío es poder hacer que entre un estado de consciencia y otro sea cada vez
con menores intervalos de tiempo y espacio. Lograr que cualquier detalle de la vida diaria
pueda ser motivo de ese despertar, donde la consciencia vuelva a nosotros; por lo que
tener la oportunidad de estar conscientes, es poder aprovecharlo y extenderlo hasta
donde más podamos: ampliarlo a más segundos, minutos, horas. De conseguirlo, sería
entonces poder vivir en un estado meditativo permanente.
Lo siguiente al proceso de darle el espacio a nuestra consciencia es poderla acercar
más y más hasta el acto mismo, hasta el momento real del presente. Estar conscientes
mientras está ocurriendo el hecho, podremos entonces, observarlo, estar conscientes de
ello en plena ocurrencia de la acción.
Mantener este propósito, nos hará más fuertes y agudos en la observación;
tendremos una consciencia más estable, constante y sutil, para internarnos en espacios y
condiciones de mayor profundidad y complejidad: ir del cuerpo a la mente, a las
emociones, los sentimientos y hasta la consciencia misma.
Anticiparnos al hecho mismo ya es una condición conquistada de la sostenibilidad
de la observación, es poder estar conscientes cuando aún no ha ocurrido el hecho, pero
estamos en las condiciones de verlo venir; cuando todavía sea un pensamiento, cuando
está ahí en potencia, está en la mente creciendo aceleradamente; la idea aún no se ha
convertido en hecho real –aunque a veces se considere, que tan solo darle cabida en
nuestro interior es ya un delito, que afecta, contamina y mancha-.
Captar el pensamiento cuando está surgiendo, poder intervenir en esa cadena de
pensamientos, que comienza a funcionar como una bola de nieve, que crece y crece a
medida que avanza por la pendiente, es una capacidad de ruptura que podemos hacer
sólo cuando ya hemos sido capaces previamente de ser conscientes durante el hecho y,
ahora tenemos las condiciones óptimas de estar presentes antes de la emergencia
emocional. Justo en estos momentos, nos sentamos en silencio y simplemente nos
dedicamos a observar aquellos pensamientos, sus matices, cómo surge, cómo toma
forma, cómo se queda, se ajusta y se marcha. Solo observamos, sin hacer ningún tipo de
juicio, sin verbalizar absolutamente nada.
Podemos ensayarnos y practicar, ya sea sentados, parados o acostados, cerrando
los ojos, relajándonos y en disposición para observar cualquier pensamiento que pase por
nuestra mente. Los pensamientos suceden sin cesar, como una multitud y sin ningún
orden aparente. Podemos probar con pensamientos que tengan mayor carga emocional

La Gestión Emocional en la Espiritualidad Humana Luis Hernando Mutis Ibarra

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(enfado, angustia, ira, envidia, avaricia, prepotencia, resentimiento…) observémonos en

medio de aquellos pensamientos. El reto está en captar el proceso que al final
desencadena en un hecho, pero que estará bajo nuestra vigilancia, vendrá, se estará
poco tiempo y se irá rápido porque no tendrá de donde agarrarse, no podrá alimentarse,
ni tendrá poder sobre nosotros.
Los círculos alrededor del ser son la acción, el pensamiento y el sentimiento y que
en orden de distancia, la acción es el más alejado del ser. Las tres tendrán que ser
superadas por nuestra consciencia para llegar a él. De donde se recomienda encontrar
tiempo y lugar para la meditación como práctica diaria; es el espacio para estar
completamente libres, sin hacer nada, desocupados, inactivos, simplemente para

“observar” lo que pasa en nuestro interior. No sobra recordar que somos como un espejo

que solo refleja lo que se pone ante sí. Requiere paciencia, porque para entrar a la
consciencia hay que hacerlo sin ninguna prisa.
Hay que comenzar siendo plenamente conscientes con cosas sencillas y de la vida
diaria como: comer, bañarse, caminar, hacer un oficio doméstico. El permanente ejercicio
nos irá dando la capacidad para ser bidireccionales, en el sentido de poder estar
centrados en nuestro ser interior, y también poder ver la tormenta a nuestro alrededor.
Sería como convertirnos en el centro del ciclón, donde hay profunda calma aunque en el
exterior exista el caos. Es tener la capacidad para poder actuar y observarnos de manera
simultánea.

La ruta implica poder ir de la cabeza al corazón, sin detenernos ahí; saber que el
corazón es solo una parada, una estación; que no es la meta, ya que del corazón se va al
ser. La meditación nos puede conducir directamente al ser, no importa que estemos en la
cabeza o en el corazón –pero si estamos en este último será mucho más fácil y rápido-, es
el camino hacia el centro de nuestra propia existencia. Cuando la meditación ahonda en
nuestro interior, los pensamientos y los sentimientos comienzan a desvanecerse. Desde
estas condiciones, conocer nuestro ser y estar centrados en él es haber encontrado el
sentido de la vida. Somos simplemente como somos, e imponernos otro modo de actuar y
vivir sería violar nuestra propia naturaleza.

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