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JIM LOVE: TRES RELATOS DE LA GUERRA DE LAS MALVINAS

UNA

FOTO FAMOSA, FECHADA EL

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DE ABRIL DE

1982 en Port Stanley, muestra a un soldado de las

Fuerzas Especiales argentinas conduciendo a varios Royal Marines manos en alto. La guarnición inglesa en la capital de las Islas ascendía a 80 infantes; las fuerzas de ocupación se contaban por cientos. Así como su victoria en la desigual batalla de El Álamo no auguraba nada bueno para el ejército mexicano en 1836, lo único que esa imagen podía anunciar era la derrota argentina en la Guerra de las Malvinas/Falkland (2 de abril–13 de junio de 1982). En mayo, a semanas de que estallara el conflicto (esa es su categoría según la ONU), y tras una provocación argentina en las islas Georgia, las fotografías de una tripulación británica confraternizando con un oficial argentino capturado llevaron a los periódicos de Europa la inconfundible angel face del capitán de Marina Alfredo Astiz. Muchos años después, en los 90, veteranos argentinos acusarían a los gurkas de toda clase de sevicias. En su momento, un oficial de Saint Cyr, veterano de Argelia, juzgó inevitable la derrota argentina pues, a su ver, un ejército de tortura y saqueo carecía de integridad para representar un antagonista serio. Otro veterano francés, Pierre Clostermann, el as aéreo de la Resistencia, saludó el valor de los pilotos de caza argentinos que libraron una guerra imposible contra un enemigo circunstancialmente gigantesco. Guerra –cabe recordar– proviene del verbo germánico Warren: “crear confusión.” Por supuesto que la Guerra de las Malvinas/Falkland fue lo que Borges dijo: la disputa de dos calvos por un peine; cierto, y a la vez no deja de sorprenderme cuan perentorio y opinionated suena el venerable señor frente al invierno antártico, las bengalas, los obuses. Eso que el arte recoge y no puede ser desdeñado.

El conflicto originó un par de libros ingleses: Two Sides of Hell (Bloomsbury, 1994), de Vince Brambley; A Soldier’s Song (Orion Books, 1999), de Ken Lukowiak. Brambley entrevistó a sus compañeros de armas y después cruzó el Atlántico para conversar con los soldados argentinos. Lukowiak se decantó por el testimonio en primera persona, animado por esa entente de sencillez y experiencia que originó a un James Herriot y las decenas, cientos de memorialistas ingleses que no han hecho nada más, ni nada menos, que registrar sus días en prosa simple y directa. A sabiendas o no, Lukowiak pertenece a una tradición local centenaria emparentada con la de Samuel Peppys; y, junto con Love, le confiere una amargura inconcebible antes de The Clash. Sí: ambos son memorialistas punk. Love, al grado de ni siquiera estar publicado en papel. Sus cuentos pueden encontrarse tan solo en un sitio web: Britain’s Small Wars. Cuando cobraba the Schelling of the Queen en servicio activo, Jim Love era un juerguista escéptico del rango. Tommy a ras de suelo, sus relatos no aspiran al estatuto de la épica, ni siquiera al de la ficción. Empero, llamarlos “testimonios” es no ver la mano que conduce la narración, el ojo que la organiza, el oído y el tacto que le confieren su lóbrega vitalidad. Se trata de textos densamente poblados de sensaciones, olores, temperaturas; el fuego de artillería y la incertidumbre, la risa y el hedor de las aulagas incendiadas. Del mismo modo en que una carne tártara se resiste a la cocina y al mismo tiempo es alta cocina, los textos de Love se resisten a la literatura y, a la vez, la cortejan con insistencia. La de Love es una sensibilidad compleja, paradójica: es un soldado, es un common, es un lector de Keats; transita de lo atroz a lo fraterno, de lo conmovido a lo despótico con soltura escalofriante. A veces, Love parece escarbar, labrar un lapso mínimo de tiempo hasta sus últimas implicaciones, como quien pinta en un grano de arroz, como quien talla el hueso de una fruta. Sus relatos me recuerdan, en la tosca tenacidad de su factura, la artesanía de los presidios mexicanos. Sus historias se abren paso hasta el lector a fuerza de acumular –voluntariosa, machaconamente– acontecimientos e impresiones, como asentando una declaración bajo protesta de decir verdad, como participando de un acto jurídico. Tal parece que una reconstrucción rigurosa de los hechos preserva una indispensable verdad interior. En los relatos que vienen a continuación, leo literatura en su sentido más esencial y primitivo: vida –feroz, sanguinolenta– aferrada a toda costa por escrito. PABLO MOLINET

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GATITO, VEN, GATITO

LLEVÁBAMOS DOS DÍAS EN UNA CASA DE PORT STANLEY. Willie era el único de la partida que salía. Los demás decidimos permanecer en la relativa seguridad de las cuatro paredes. No sabíamos qué hacía Willie en sus pequeños viajes. Era asunto suyo, quizá se había vuelto algo claustrofóbico. Después de todo, habíamos pasado mucho tiempo al aire libre. Como fue dicho en la inmortal película Ice Cold on Alex, nunca le preguntas a dónde va a un hombre con una pala a medianoche. Además, se suponía que todo había terminado, el más grande “y punto” desde la segunda Guerra Mundial. Honestamente, quedaban muchas minas allá afuera. Lo habíamos hecho bastante bien hasta ahora. Todos estaban enteros; por lo menos sus cuerpos. Quién sabe qué ocurría en la cabeza de cada quién. La casa pertenecía a una pareja de viejos. No creo que les fascinara tenernos viviendo allí. Pero éramos los héroes conquistadores después de todo, así que no podían mandarnos a la chingada exactamente. Que era, estoy seguro, lo que querían hacer. La vieja dijo que le preocupaba que su gato tuviera que comer, pobrecito, esa era la única razón por la que habían vuelto. Eso, y que nos las habíamos arreglado para volar un par de casas y dejarlas todas agujereadas durante los ataques finales. Querían ver si la suya estaba en pie. Bueno, tratamos de alimentar al gato un par de veces. Abrimos un par de latas de carne Argy,* grandes trozos de carne en gravy. La probamos primero, por supuesto, pero estaba demasiado condimentada para nuestros estómagos y le hubiera dado chorrillo a cualquiera. Secretamente deseamos que le diera chorrillo al gato también, pero no se la comió. De hecho, cuando la abuela vio lo que tratábamos de darle a su gato, dijo que andaban bastante escasos de comida. Así que la cargamos a ella y al viejo con todas las latas sin abrir que teníamos. Felices con toda esa comida gratis, se olvidaron del gato.
*

Argentina/Argentino. Despectivo. T.
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Al poco rato, Willie volvió de uno de sus pequeños viajes. Le dio mucha risa cuando le contamos de la visita del viejo matrimonio y de los intentos de alimentar al gato. A Willie no le gustaba el gato y el gato lo sabía. De hecho, cuando veía a Willie, tiraba al monte, literalmente. Justo detrás de la casa había una cresta que corría por detrás del hipódromo, desde el fondo de Wireless Ridge y Moody Brook hasta el aeropuerto de Stanley. El gato vivía allí, salvo cuando Willie se iba de la casa, entonces se deslizaba de regreso. Lo que no sabíamos es que era en esa cresta donde Willie había visto por primera vez al gato. Cuando Willie consiguió parar de reír, nos explicó por qué el gato no comía cortes argentinos y por qué se iba cada vez que Willie aparecía. La Compañía B había limpiado la cresta y todavía quedaban cadáveres por allí. Willie había atrapado al gato junto a uno de ellos, acicalándose. La cara del muerto, azul grisácea, mirando iracundamente el cielo. Agujeros rojo oscuro las cuencas de los ojos. Willie había hallado ya varios cuerpos en las mismas condiciones. Fue hasta el tercer viaje a la cresta que sorprendió al gato arrancando los ojos de un cadáver y comiéndoselos. Afortunadamente para el gato, dejamos la casa al día siguiente y nos mudamos a la escuela de Stanley. Dos camaradas del cuartel general de la compañía que compartieron la casa con nosotros, recordaron haber despertado a medianoche, con el gato en el pecho, mirando sus caras fijamente.
Here, Kitty! Kitty!

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CORONATION POINT

ESTABA EN LA PENDEJA, CON EL CEREBRO EN NEUTRAL, cuando algún bastardo encendió la luz. Seguro muchos dirán que las balas trazadoras son tan impresionantes, maravilloso espectáculo a contemplar. Pero, gente, cuando vienen hacia ti, cuando las ves venir, a todas y cada una, créanmelo, te cagas. Es la muerte la que te mira fijamente a los ojos. Los cuerpos caen como bolos. Izquierda/derecha/izquierda. Me arrojé pecho a tierra. Tórax y codos golpearon el suelo. Luego la cara se estrelló en la hierba, el lodo, la bosta de borrego. Intenté levantar la cabeza y sacar la cara de la mierda (eso, literal). No podía moverme, el pánico comenzó a instalarse. Me apalanqué con los codos, me sacudí un poco, otra vez la cara en el piso. Dios mío, me habían dado. Era la única explicación razonable. ¿Pero en dónde? No había dolor, ni agujeros. Es el shock, me dijo el cerebro. No sientes nada por el shock, el dolor te pegará más tarde. Correcto, entonces debo hallar la herida, antes de que pierda las fuerzas que tengo. Pero no me puedo mover. Rodé a la izquierda, no fue sencillo. Un par de moscas pasaron zumbando muy cerca de mi cabeza. Miré hacia arriba, a mi derecha. Era como en las caricaturas, cuando la marmota o Bugs Bunny excavan un túnel bajo los greens de un campo de golf. Pedacitos de hierba y lodo saltaban en el aire, como en la tele, asombroso. Entonces vi que la sección superior de mi antena y al menos la mitad de la siguiente estaban atoradas en el suelo. Estúpido: Por eso no me podía mover. No me habían dado, era el radio. El porrazo que sentí esa milésima de segundo antes de dar contra el suelo fue el peso del radio golpeándome. Me puse muy feliz y reí como idiota. ¿Y ahora qué? Esa era la cuestión. Miré hacia atrás, donde las trazadoras habían hecho su personificación de Bugs Bunny. Nadie se movía y la ametralladora continuó su barrido hacia la izquierda.

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De repente, uno de los bolos se levantó de un salto y comenzó a correr en zigzag, agachándose, serpenteando. Pensé: “Te vas a morir, bastardo loco.” Bailoteó. Siguió corriendo, bastardo trastornado. Sí… Así que me prometí que, si él hacía quince metros, me levantaría y correría también. La ametralladora se detuvo y cambió de dirección. Resplandores amarillos/blancos se dirigían hacia el fugitivo, cortando el quieto aire matinal. A pesar de ello no se escuchaba más sonido, hasta ahora, que el de las moscas. Parecía haber muchísimas, seguramente por la mierda de borrego. Bueno, pensé, si hace treinta metros, definitivamente me echo a correr. Mientras miraba, resbalé hacia atrás (más como reacción ante las balas) y conseguí liberar la antena. El corredor cayó, el artillero intentó ver qué pasaba. Dejé de respirar. Todo se detuvo. Podía visualizar al Argy en puntas, mirando por encima del cerrojo, detrás del cañón, a ver si había bajado a uno. No. Bolo número uno se arrastraba como condenado hacia un pliegue del terreno. Se deslizó en la hondonada y se perdió de vista. Yo estaba de pie y me desplazaba con pesantez hacia adelante. Los cuerpos se movían en una multitud de direcciones. Uno de ellos hizo encabronar al artillero Argy, que comenzó a disparar de nuevo. Pero era como aplastar una mosca sobre la mesa. ¡Y falló! Ahora el aire estaba lleno de moscas y él no sabía por cuál decidirse. A mí no. Mi cerebro gritaba, a mí no. Escoge a otro. Lo estaba haciendo bien, había aulagas tupidas y amarillas enfrente de mí. El elemento infantil volvió a mi cerebro. La aulaga te ocultará, ve hacia la aulaga. No seas tonto, corta y pica como la chingada. Me podía lastimar. El radio. Si avanzaba hacia atrás, el peso del radio en mi mochila Bergen me llevaría a través del matorral de aulaga y fuera de vista. Sí. Una idea poca madre. Hagámoslo. Me movía más rápido mientras eso ocurría. Supongo que poquita adrenalina y mucho miedo hacen eso. Medio salté, medio giré en el aire mientras me acercaba a la aulaga. Traté de mantener la cabeza erguida, pero mi espalda se arqueaba. Como te enseñaban en la escuela, la técnica de salto de altura Philsbury Flop, de los 70. No era estilo. Era el peso del radio en mi Bergen, que tiraba de mí. Pegué en la aulaga. Reboté.
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Luego volví a rebotar. Me chingué brazos y piernas en las hojas cortantes y espinosas. Nada. Sólo me los chingué. Me quedé tirado como tortuga bocarriba en un colchón ortopédico. Balanceándome. El artillero desvió su arma en dirección mía. Hice lo único que podía hacer. Reírme. No podía hacer otra cosa. Creo que las carcajadas fueron cambiando a grandes sollozos atormentados, porque de veras estaba perdiendo el control cuando las ramas altas me golpearon y caí al matorral. Reconozco que el artillero Argy también debe haberse desternillado de risa. Porque falló sus tiros, todos demasiado altos. La realidad se había instalado de nuevo en su sitio. Yo estaba otra vez en la mierda (borrego, por supuesto). El hedor se elevaba a las alturas, pero las bolitas endurecidas se me hundían en las rodillas. Me arrastraba por un túnel (hecho evidentemente por los borregos locales), tan rápido como un hombre que sólo intenta ocultarse en un prominente matorral de aulaga amarilla. Esconderse, digo, de varios cientos de individuos armados con ametralladoras que pueden demoler la proverbial letrina de ladrillo en menos de cinco minutos. Qué imbécil. Sólo deseaba que ninguno de los muchachos me hubiera visto, si no, me darían carrilla una semana entera. Miré alrededor, para averiguar cuántos más habían conseguido hallar abrigo, al pie de la ladera de un promontorio conocido como Darwin Hill. Después de una rápida revisión, llegué a la conclusión de que sólo yo lo había conseguido. De espaldas a la colina, sólo tenía el mar a la derecha y nada más. A mi izquierda estaban los malos (y me quedo corto; después fueron descritos como conscriptos jóvenes, maltratados y subalimentados. No era así desde donde me tocó verlos). Quizá ya avanzaban colina arriba, sin mí. No había que pensarlo más, debía ascender la colina. Pero la ausencia de resguardo podía ser un pequeño problema. Habrá qué arrastrarse. Era una idea, y brillante. Así que comencé a arrastrarme colina arriba, armado con mi radio y mi confiable metralleta Stirling 9 mm. Después de sepa Dios cuánto tiempo, noté que estaba muy cerca de la cima. Lo que quería decir que me iba a volver visible por todo mundo en la isla. Y probablemente debería ponerme de pie. Honestamente, estaba exhausto hasta la

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chingada. Me detuve a descansar y observé hacia mi derecha, donde se veía un montón de humo y el sonido de armas de mano pesadas en el viento. Pero no había nadie cerca. Revisé el flanco izquierdo, llegué a igual conclusión que cuando estaba al pie de la colina: estaba solo. Correcto. Revisé el cargador de mi arma, me cercioré de que el cerrojo no estuviera obstruido y me preparé para un asalto de un solo hombre a la cumbre de la colina. Después, se me ocurrió un plan mejor. Estaba solo aquí arriba. En el flanco derecho por lo menos había mucha gente. Así que me dirigí hacia allá, hacia el humo y los disparos. Si me iba a morir, que no fuera a solas. Quería, por lo menos, ver una cara amistosa. Alguien conocido. Y fui a buscar a los compañeros.
Coronation Point

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DARWIN HILL

LAS

CADÁVERES YACÍAN EN HILERAS, AL FONDO DE LA COLINA,

a la izquierda de la

hondonada,* cerca del Puesto de Auxilio del Regimiento. Me arrastré de vuelta a las aulagas en llamas, por ver si calentaban. El humo y el hedor se colaban en la ropa y en todo el cuerpo para quedarse allí por siempre. Nos sentamos en grupitos, sombríos por la muerte del oficial al mando, de otros oficiales y compañeros. Los heridos yacían aún donde cayeron. Lejos de la batalla, atendidos ya por sus camaradas, esperaban la evacuación calladamente. Dinger prestó primeros auxilios a Monster Adams con todos los botiquines a mano. Más tarde obtendría una mención por tratamiento de heridos bajo fuego. Dimos toda nuestra ropa caliente extra a los heridos; los dejamos vestidos con una mezcla variopinta de pantalones/chamarras de forro térmico e impermeables. Otros yacían en cuestas inaccesibles, expuestas al fuego enemigo; imposible rescatarlos o administrarles primeros auxilios. Nos enseñaron que era mejor dejar a los heridos, luchar hasta capturar el objetivo y después volver, contar bajas y vendar heridas. Desdichadamente, no conseguíamos avanzar más allá de donde los heridos habían caído. Nos detenían las posiciones profundas de las trincheras argentinas. Separado del cuerpo principal durante el asalto a Darwin Hill, conseguí reagruparme después de un tiempo. Ayudaba a detectar blancos para un par de ametralladoras de propósito general con los binoculares láser que conseguimos a bordo del Norland. Dinger, PJ y yo nos agenciamos también granadas enemigas; estaban dispersas por todas partes en las posiciones tomadas. Negras, de bakelita, con dos fusibles. Los seguros retirados, las espoletas se mantenían en posición
No se trata de un término paisajístico, sino militar. En una configuración geográfica entendida como campo de batalla, “hondonada” (gully) equivale a re-entrant, una línea de combate frente a una salient, que no es una “saliente” en el sentido castellano, sino un accidente del terreno que, por su elevación, expone a una fuerza al fuego de su contraria. T.
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con ligas. Nos las habíamos arreglado para acumular una cantidad considerable y esperábamos con avidez la ocasión de usarlas. Poco después de que el capitán adjunto Woods muriera encabezando un nuevo asalto a las trincheras enemigas vimos a un oficial argentino arrojar una de esas granadas. Voló unas cuantas pulgadas, arqueándose en el aire, se encendió y cubrió el cuerpo del oficial con fósforo ardiente. Lo volvió una bola de fuego. Los fusibles habían valido madres desde ese día y desde el anterior. Nos vaciamos los bolsillos y las cartucheras cautelosamente. Hacíamos pequeñas pilas con las granadas culpables, para que los ingenieros las desactivaran o detonaran sin riesgo. Regadas en nuestras líneas, había también cantidades considerables de granadas inglesas que tampoco detonaron. No les envidiaba a los ingenieros la tarea. Eventualmente, los muchachos capturaron o quitaron de en medio la hilera de trincheras enemigas que se nos interponía. La cima de Darwin Hill era plana durante unos doscientos metros, después otra fila de matas de aulaga y luego otra vez hacia abajo, hacia el aeródromo y el poblado de Goosegreen. La hilera de aulagas impedía la vista de la cima. Pero la pendiente hacia el poblado, salvo por algunas quebradas, estaba con todo el culo de fuera. Los artilleros antiaéreos enemigos volvieron sus armas contra la pendiente y la cresta de la colina. Barrieron alegremente de izquierda a derecha y de regreso cada pedazo expuesto de terreno. Sus 50 y 47 mm cobraron pesada cuota a nuestras tropas en avance. Dinger y el capitán Watson desaparecieron en la cuesta, entre la bruma humeante. Ya habían matado al capitán Dent cuando se dirigía a la misma parte de la hondonada. Honestamente, yo no esperaba volver a ver a ninguno. El encargado de señales del oficial al mando, otros tres y yo fuimos colina arriba, para traer de regreso a H, el oficial al mando, y evacuarlo en un helicóptero. Estaba muerto cuando lo hallamos. Sentado, la chamarra forrada puesta, las manos aferrando el estómago, en la cara una expresión ligeramente aturdida, en choque. Los pantalones sueltos para administrar el baño salino. Lo cargamos sin mucha ceremonia sobre el techo de acero corrugado de una trinchera. Guardábamos esperanzas de que los médicos obraran un milagro. Por
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desgracia, el techo de la trinchera se dividió en dos como la compuerta de un bombardero. Debimos parar e improvisar otra camilla con fusiles FAL e impermeables. Cuando llegamos a la posición principal, otros lo llevaron al Puesto de Auxilio del Regimiento. Bajo la dirección del sargento mayor de la compañía, Colin Price, PJ, algunos más y yo comenzamos a revisar/limpiar de muertos las trincheras enemigas y a juntar munición. Nos estábamos quedando cortos. Retiré el techo de acero corrugado de la primera trinchera, con PJ cubriéndome. Mientas quitaba el segundo tramo, vimos dos cuerpos. Uno yacía bocabajo, en el límite izquierdo de la trinchera. El otro estaba en posición semisentada, a la derecha, con un gran agujero en la pierna derecha. Más o menos donde debería estar la rótula. Llevaba uno de esos ridículos sombreros de perro policía que nos habían advertido que no usáramos pues podían ocasionar una situación de blue on blue.* Barbilla contra pecho, la palidez azul grisácea de la muerte llenaba su cara. Con un movimiento de cabeza, le dije a PJ que nos acercáramos y salté a la trinchera. Me acomodé el arma en la espalda. Necesitaba las dos manos. PJ me cubría y de cualquier manera no había gran espacio. Me agaché de nuevo en el fondo de la trinchera. Cuando me incliné hacia delante, el cadáver abrió los ojos. Me fui de nalgas. Frenéticamente traté de agarrar la cacha de mi metralleta pero no pude. Estaba entre mi espalda y el parapeto. El argentino levantó las manos, con las palmas extendidas, para mostrar que no traía armas, gritando. Pedía a su mamá y pedía clemencia. Lo que salvó su vida fue que algo cayó en la trinchera, un golpe de metal contra metal. Vi sus manos abiertas, pensé granada y abandoné la trinchera en un momento. Sin pensarlo ya estaba afuera, rodando ladera abajo, gritando “granada”. Pasé justo entre las piernas arqueadas de PJ; al grito de “granada” él también huyó rodando de la cima. No hubo explosión, ni más sonido que los gritos del soldado en la trinchera. Regresamos. Juzgándola segura, salté adentro. El argentino no traía armas. Se volvió obvio, su fusil estaba al otro extremo de la trinchera, cerca del cuerpo de
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“Fuego amigo”. T.
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su amigo. Su propio oficial le había disparado en la rodilla, para impedirle la huida. Pero el oficial sí que se había largado, de vuelta a la seguridad de Goosegreen. Había dejado a los otros sin líder, a su destino, contra el avance de los paracaidistas, los paras británicos. Todos los enemigos fueron llevados colina abajo, al Puesto de Ayuda del Regimiento, para clasificarlos. Los muertos fueron acomodados en hileras, junto a los nuestros. Mientras tanto, Dinger había vuelto de las crestas frontales. PJ y yo regresamos para tomar su lugar, con el capitán Watson. El mayor Rice, comandante de batería estaba allí con su gente, evaluando las condiciones. Ahora tenía el mando del batallón, pues era el oficial de mayor rango. PJ fue a las aulagas, donde estaban el capitán Watson y el mayor Rice. Me fui con Bob McGoldrick, el oficial de señales del comandante, que estaba sentado en un pequeño pliegue del terreno, hirviendo agua. Directamente detrás de nosotros había un Royal Marine con un blowpipe, un misil tierra–aire portátil. Aunque por debajo de los disparos de 50 y 47, estábamos sujetos a fuego de mortero y de howitzer de 105 mm. Parecía esporádico de momento, pero cayeron un par de izquierdos y un par de derechos de 105. Y uno nuevo que nos voló por encima. Un método típico de ajuste de fuego de artillería. Un tiro le había atravesado a Bob el casco. Él, como yo, todavía llevaba uno viejo, de acero, de para, le teníamos más fe a estos que a los nuevos, de plástico. El resto de nosotros venía de regreso desde la cresta y se dirigía a buena velocidad hacia la pendiente del otro lado. Bob no necesitaba órdenes, así que también estaba juntando sus tiliches, mientras se aseguraba de no desperdiciar su agua caliente. Había poca todavía. Así que no podíamos tirarla. Además, estaba casi lista para beberse. Llamamos al marine solitario, que se erguía en un pequeño claro entre las aulagas, recortado contra el cielo, sobre la cresta. Se alcanzaba a ver su blowpipe al hombro. A pesar de la distancia, escuchamos el pop de la placa frontal, vimos el arma sacudirse. El marine atacaba una o varias de las naves que aún despegaban del aeródromo en Goosegreen. Hubo una explosión y un penacho de humo negro creció en el aire. Llamamos al marine de nuevo, le dijimos que ya nos íbamos,
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pero él daba de brincos y movía los brazos. Ejecutaba una pequeña danza de victoria para sí mismo. Le había dado a uno. Nos dimos la vuelta y fuimos con los demás; los 105 silbaban en dirección nuestra. Era, aún, el primer día de la batalla por Darwin y Goosegreen.
Darwin Hill

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