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Carpio,Adolfo Principios de Filosofia

Carpio,Adolfo Principios de Filosofia

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Cerramos estas ya largas páginas con un par de conclusiones acerca del hombre y
de la esencia de la filosofía.

1. El hombre como existencia

Las diversas interpretaciones que del hombre se han dado, vienen todas a coincidir,
en el fondo, con la que todavía pasa por ser su definición: homo animal rationale, el
hombre es un ser vivo dotado de razón. Tal idea del hombre tiene diversas variantes:
desde la que lo vincula con lo divino, hasta aquellas que ven en él sólo un animal más
"evolucionado", en el cual el sistema de sus instintos (de poderío, o económicos, o la
libido) lo coloca por encima de todos los demás entes naturales, aunque sin separarlo
radicalmente de ellos.1

Pero en todos los casos, al hombre se le atribuye una esencia fija,
una esencia pensada, según la noción clásica, como algo cósico, dado ya de antemano, y
que cada hombre individual realizaría de modo más o menos adecuado -a la manera
como todos los caballos realizan la esencia de su especie, o las sillas la de la suya.

En su vertiente espiritualista, esta interpretación del hombre llega a su culminación
con Hegel. Para él (cf. Cap. XI), el hombre, como cualquier otro ente, responde a una
esencia establecida por la Idea. La esencia del hombre consiste en pensar, y en definitiva
pensar la Idea, las "simples esencialidades" (einfache Wesenheiten)2

"dadas"

(intemporalmente) antes de toda existencia. Con otras palabras: lo propio del hombre se
halla en el ejercicio de la actividad teorética, y, en última instancia, de la filosofía (tal como
lo había anticipado Aristóteles).
Según el materialismo histórico -donde pareciera quebrarse la concepción clásica-,
la esencia del hombre, en cambio, está dada por el trabajo, por la praxis social, de la que
el pensamiento es elemento constitutivo. En ese acto de producción de sí, el hombre, de
acuerdo con Marx, se acredita o se muestra como lo que es -como lo que es por esencia-:
como "ser genérico" (Gattungswesen), es decir, como referencia a lo universal (cf. Cap.
XII, § 3). De tal modo hay una esencia que le fija al hombre su meta, que le pone un ideal
que deberá esforzarse por realizar: el cumplimiento o plenitud del hombre como ente
genérico o universal. En consecuencia, si por un lado Marx lo caracteriza al hombre como
el ente que se produce a sí mismo, es preciso en seguida agregar que ese proceso de
autoproducción tiene ya dado de antemano lo que ha de producir, a saber, el "ente
genérico". Ahora bien, lo universal, o el género, es lo que siempre se ha llamado
"esencia". Entonces Marx repite la concepción clásica racionalista, pues si ésta decía:

1

Cf. Max Scheler. El puesto del hombre en el cosmos, cap. IV, trad. esp., Buenos Aires, Losada, 1938 (y

reediciones).

2

Phänomenologie des Geistes, hrsg. Hoffmeister, Leipzig, Meiner, 1949, p. 101 (trad. esp. Fenomenología
del espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p. 81).

PRINCIPIOS DE FILOSOFIA EPÍLOGO. EL HOMBRE Y LA FILOSOFÍA

realización de la racionalidad, Marx dice: realización del género, es decir, de lo universal,
de lo racional. Pero entonces ocurre que el verdadero productor no es el individuo, ni
siquiera la sociedad, sino la Gattungswesen, la "esencia genérica" -es decir, la "idea".
Marx, por último, simplemente parte de la relación -constitutiva- del hombre con la
naturaleza, con los otros hombres y con los demás entes en general, sin preguntar por lo
que hace posible tal relación; para él es perfectamente "natural" que el hombre sea un
ente natural.

Pero el hombre no es un ente natural, la animalitas no puede definirlo, ni siquiera con
el agregado de la ratio como diferencia específica. Y no puede hacerlo porque esa
"naturaleza" queda sin aclarar y se la toma como un hecho, como si hubiera una
naturaleza en sí. Mas la naturaleza, es decir, lo que la ciencia llama naturaleza (que es a
lo que Marx se refiere, y a lo que se refiere toda la filosofía moderna) es resultado del
proyecto por el que se funda la ciencia moderna (cf. Cap. XIV, § 20).

Si se toma la palabra "esencia" (Wesen) en el sentido que siempre se le ha dado en
filosofía, no puede decirse en modo alguno que el hombre, entendido como Dasein, tenga
esencia. En efecto, los caracteres del Dasein son "modos de ser posibles para él en cada
caso y sólo esto"3

En cambio los caracteres de las cosas son caracteres ante-los-ojos
(vorhanden), porque las cosas mismas son "ante-los-ojos", esto es, simplemente dadas y

como ofrecidas a la mirada como algo que se presenta con tal o cual aspecto (IMHS:

[eidos]) dado. El Dasein, en cambio, no tiene "aspecto" (IMHS:) porque él es poder-ser,
relación a sus posibilidades, que, por ser posibilidades, no son nada real o cósico; de
manera que su relación con las posibilidades es esencial "movilidad", por así decirlo. Para
que algo tenga "aspecto" (esencia), ese algo tiene que ser susceptible de ofrecerse
simplemente a la mirada (sensible o intelectual) y tener así un ser simplemente dado y
presente (a la mirada). El hombre, en cambio, se determina en función de las
posibilidades, esto es, de lo que todavía no es, es decir, ad-viniendo hacia sí, desde el

futuro. La esencia (IMHS: ,"aspecto" especie, género), al revés, significa algo así como un
pasado (aunque intemporalmente pensado) que se ha hecho simplemente presente,
porque tales determinaciones ya están dadas desde siempre y le vienen al individuo
"desde atrás", desde el pasado; por ello Aristóteles la llamó a la esencia

XS XM LR IMREM "lo que era para ser", y Hegel recordaba el parentesco entre "Wesen",
"esencia", y "gewesen", "sido".4

La cosa agota su ser en lo que es (desde siempre, desde
"antes"); el hombre es más de lo que de hecho es, porque en lugar de quedar en sí como
la cosa, va más allá de sí, hacia sus posibilidades, que, como posibilidades existenciarias,
son lo que son en tanto posibles, no en función de su realización. El sentido primario de la
existenciariedad es el futuro o ad-venir.5

Desde este punto de vista, entonces, el hombre no tiene esencia, si con ella se
quiere señalar cualquier conjunto de caracteres ante-los-ojos, o un qué con el que se
indique un contenido (razón, trabajo, etc.) que cada ejemplar debiera realizar y de hecho
realizara. El hombre no es un qué sino un quién, y de él no puede hablarse en términos
generales (genéricos, esenciales), sino sólo con pronombres personales. En todo caso, su
"esencia", si aún quiere emplearse el término, equivaldrá a su ser, el que "reside en su
existencia" 6

-donde existencia significa el modo concreto cómo en cada caso el hombre,
en cuanto comprensión-del-ser, se comprende también a sí mismo.

3

M. HEIDEGGER. Sein und Zeit, p. 42: trad. esp. El ser y el tiempo, p. 50.

4

Wissenschaft der Logik (hrsg. Lasson), Leipzig. Meiner, 1948, II 3 (trad. Ciencia de la lógica, tomo II, p. 9).

5

Cf. Sein und Zeit . p. 337; trad. p. 388.

6

Sein und Zeit, p. 42: trad. p. 50.

PRINCIPIOS DE FILOSOFIA EPÍLOGO. EL HOMBRE Y LA FILOSOFÍA

Así se explica -cosa que no ocurre con las otras ideas del hombre- que éste pueda

interpretarse a sí mismo como animal rationale, como vida teorética, etc., pero también
como praxis social, o como servidor o criatura de la divinidad, o como mero ente natural

(digamos, v. gr., como animal más evolucionado). De manera que todas éstas -la de
Aristóteles, la de Hegel, la de Marx, la religiosa, la mítica, la naturalista o cientificista- son
todas ellas interpretaciones del hombre, pro-yectos que el hombre hace de sí mismo, y,
en cuanto interpretaciones, todas ellas están justificadas, pero a la vez son parciales,
porque ninguna lo agota, o, mejor dicho, porque ninguna de ellas alcanza su raíz.

En cambio, parece que solamente el concepto de existencia llega al fondo o
fundamento mismo del hombre, y a la vez explica la posibilidad de todas aquellas
interpretaciones, porque constituye la condición de posibilidad de cualquiera de las
mismas. En otras palabras, explica que el hombre haya podido ser interpretado en toda
aquella diversidad de maneras -porque ninguna j interpretación es posible sino en el
horizonte de la previa comprensión-del-ser.

El Dasein es en el modo de que en cadacaso se ha entendido, o no se ha

entendido, ser [de] tal [modo] o [de] tal [otro].7
[...] el Dasein [...] se ha comprendido en cada caso ya, por mítica y mágica que
resulte su interpretación. Pues en otro caso no "viviría" en un mito, ni se ocuparía de su

magia en el rito y el culto.8

El hombre pues, en su fundamento (Dasein), no es nada fijo, no es substancia ni
cosa, sino que es ec-sistencia o trascender, el movimiento del adelantarse a sí para venir
hacia sí, hacia lo que ya es, en función del proyecto-del-ser. En tanto que el ser de las
cosas es ser-en-sí, ser cerrado, substancia, el hombre es de modo totalmente diferente:
no encapsulamiento en sí (según lo pensaba la idea de "sujeto"), sino aquel esencial
"movimiento" de salir de sí hacia el mundo, gracias a lo cual pueden aparecérsele los
entes, entre ellos el ente que él mismo es.9

El hombre es hombre en tanto comprende, en

tanto proyecto, en tanto acto de trascendencia -en tanto relación-al-ser.

Allí se encuentra, a la vez que su privilegio, el riesgo de su condición, el riesgo de

ser hombre: el "hermoso peligro"10

que significa para la vida humana el no tener la guía
de una esencia, el no disponer del "seguro" y garantía de una esencia. Porque el hombre
es en tanto ec-siste, es decir, en cuanto se proyecta; pero esta comprensión no encuentra
ningún sentido ya dado, objetivamente -porque (repitamos) el sentido, el ser, no es nada
"objetivo", nada que esté dado en alguna parte (así fuese el mismo mundo de las ideas, o
en el fin de la historia o de la prehistoria del hombre). El "ser" (sentido) sólo "es" en el
proyecto mismo. De manera que lo que el hombre sea depende de cómo se comprenda o
interprete a sí mismo; el "sentido" es algo que se lo tiene que inventar, algo que el hombre
en cada caso tiene que pro-yectar. Como proyecto de sí, él tiene que hacerse a sí mismo,
libremente -pero no libre en absoluto (en abstracto), sino dentro del campo de juego de
las posibilidades concretas que a cada uno se le ofrecen (y que, sin duda, pueden ser
harto limitadas).

7

op. cit., p. 144 {cf. trad. p. 167).

8

op. cit., p. 313; trad. p. 361 retocada.

9

No es quizá casual que cuando se habla de una persona poco inteligente, de poca capacidad de
comprensión, nuestra lengua diga que se trata de un individuo "cerrado", que es un "cascote" o "duro como
una piedra", con lo que el lenguaje diario, al aludir a la impenetrabilidad o impermeabilidad de tales
individuos, interpreta tácitamente que la verdadera humanidad es la de la comprensión y la apertura.

10

Fedón 114 d.

PRINCIPIOS DE FILOSOFIA EPÍLOGO. EL HOMBRE Y LA FILOSOFÍA

2. El valor de la filosofía

Considerada como proyecto-del-ser, la filosofía no es nada ajeno al hombre, no es
un mero "agregado", ni siquiera una posibilidad suya entre otras, sino la necesidad de su
ser como trascender, como ir más allá de los entes para comprenderlos en función del
proyecto -el vuelo del alma de que hablaba Platón.11

Porque no se trata de que el hombre
"tenga" comprensión-del-ser, sino que él es su respectivo proyecto (cf. Cap. XIV, espec.
§§ 4, 7 y 13), y por eso no puede prescindir de ella sin dejar de ser hombre.
Schopenhauer decía12

que "el hombre es un animal metafísico" -lo cual significa en
nuestro contexto que es un ente que no se limita a darse como los demás, sino que se
proyecta "más allá" del ente en general. Podrá el hombre dedicarse a la política, o no- al
comercio o a las artes; abrazar una religión, o hacerse ateo; podrá dedicarse al estudio, o
preferir los pasatiempos más superficiales: todo ello lo podrá o no, dependiendo de sus
decisiones (y dentro, claro está, de las condiciones impuestas por la facticidad). Pero el
filosofar -entendido como trascender, como comprensión-del-ser- es una fatalidad de la
que el hombre en tanto hombre no puede deshacerse, y no hacer filosofía es una radical
imposibilidad.

Pero entonces -podría argüirse-, si en tanto hombres "ya acontece el filosofar"12 bis
en nosotros, ¿para qué ocuparnos de filosofía expresamente? ¿No basta acaso con que
el trascender efectivamente acontezca, sin necesidad de ponerlo en claro, sin necesidad
de explicitarlo -sin necesidad, en una palabra, de tomarnos el trabajo de pensar! ¿No es
que hay otras urgencias, mucho más imperiosas, que nos reclaman -como la necesidad
de ganarse la vida, o la necesidad de modificar las condiciones de la sociedad para llegar
a una organización más justa? Sin ninguna duda.

Y quien crea que los filósofos -los grandes filósofos, se entiende, no los segundones-
han pensado otra cosa, se equivoca por completo. ¿Cómo podría nadie pensar, si no
comenzase por alimentarse? En su República (libro en general todavía mal leído), el
"idealista". Platón enseña, con la mayor claridad posible, que toda vida humana y toda
organización social comienza por la satisfacción de las necesidades más elementales:
alimentos, habitación, vestimenta.13

La República tiene a la vez una función
"revolucionaria" -como se diría hoy-, la de proyectar una sociedad mejor, más justa que la
existente. Pero también enseña que la mera satisfacción, por mejor ordenada y "justa"
que fuese, de aquellas necesidades elementales, no haría con la vida humana mucho
más que "mejorar" su condición animal, y la resultante sólo sería una sociedad de
cerdos.14

El hombre se realiza plenamente tan sólo con una salida de la caverna (cf. Cap.
V, §§ 14 y 15), es decir, en la paideia como despliegue de su comprensión-del-ser, de su
relación con el mundo de las ideas. En sentido semejante, Aristóteles, refiriéndose a la
metafísica comparada con las demás disciplinas y actividades humanas, decía:
Más urgentes son todas las otras; pero ninguna es mejor.15

11

Fedro, 249 a - 250 a.

12

Die Welt als Wille und Vorstellung II. 176 (trad. esp., El inunda como voluntad y representación.

Complementos al I libro, Cap. XVII).

12 bis

Cf. Cap. XIV, nota 234.

13

Lib. II, 369 b ss.

14

372 d. Esto no lo dice Sócrates, sino Glaucón, y refiriéndose más bien al lujo y a las "necesidades"
artificiales que la civilización suele traer consigo; pero se aplica a nuestro propósito, a saber, que sin cultura,
sin paideia, el hombre no es verdadero hombre, y ésta es enseñanza capital de la República.

15

Metafísica, 983 a 10.

PRINCIPIOS DE FILOSOFIA EPÍLOGO. EL HOMBRE Y LA FILOSOFÍA

Por ende, cuando se pregunta -como es tan común oírlo- ¿para qué sirve la
filosofía?, la respuesta es muy sencilla: la filosofía no sirve para nada. Más esto no es una
descalificación de la filosofía, sino todo lo contrario. Porque lo que sirve para algo, lo que
es "útil", es lo que no tiene valor en sí, lo que no vale por sí mismo, sino por otra cosa
para la que sirve. Aristóteles mostró (cf. Cap. VI, § 8) que la vida humana siempre
requiere un fin último, a cuyo servicio esté todo lo demás (porque si no todo lo otro
carecería de sentido y valor), pero que él mismo-, como fin, ya no sirve. Y algo semejante
se encontró al hablar de la estructura referencia! del útil, que remite a un para-qué final,
que es el hombre mismo (cf. Cap. XIV, § 9). De manera que todo lo que meramente
"sirve" os lo "servil" -trátese de cosas o de personas (las que, por tanto, por ser serviles,
han dejado de ser personas). Lo que sólo vale como medio para alcanzar un fin, no tiene
valor absoluto. Pero lo que vale más, lo supremamente valioso, no puede ser un medio,
sino fin en sí, para lo cual sirve todo lo demás. Con más energía que cualquier otro
filósofo. Kant puso de relieve que ese fin absoluto es el hombre mismo, al cual ha de
considerárselo siempre "como fin, nunca como mero medio" (cf. Cap. X, Sec. II, § 4). Y el
núcleo del hombre lo ha encontrado Heidegger en la comprensión-del-ser, es decir, en la
filosofía. Por eso la frase de Aristóteles dice que hay muchas cosas útiles, muchas cosas
y actividades más urgentes y apremiantes que la filosofía -pero que no hay ninguna que
valga más, porque la filosofía es el hombre mismo y todo lo demás le sirve a ella, es decir,
al hombre; le está subordinado como los medios al fin último. De modo que preguntar
para qué sirve la filosofía, equivale a preguntar para qué sirve el hombre. 16

Ahora bien, estas consideraciones no quieren ser una recomendación para que
nadie estudie filosofía. El llevar a clara conciencia la propia comprensión-del-ser no
requiere necesariamente estudios formales. Hay muchas maneras de embrutecerse, y
una de ellas pueden ser los estudios académicos; no ha de creerse que la cultura está
forzosamente ligada a los exámenes, a los títulos y a los libros -si bien, fuera de duda, la
adecuada formación académica puede constituir una excelente ayuda y necesaria
disciplina para lo que de otro modo fuera dispersión o esfuerzo vano. 17

Lo que las
consideraciones anteriores pretenden es tan sólo insistir en que la filosofía, entendida
como proyecto-del-ser -y no, v. gr., como libros de filosofía, que se publican en cantidad y
pueden ser pésimos-, expresa el núcleo esencial del hombre, aquello de lo que no es
posible prescindir sin dejar de ser lo que en cada caso se es.

El estudio de la filosofía hecho a lo largo de estas páginas quisiera servir de ayuda
para los verdaderos estudios, que deberán hacerse sobre la base de los grandes
pensadores, y quisiera a la vez servir de incitación. Si lo que cada uno es en su más
honda raíz es la respectiva comprensión-del-ser, que llamamos filosofía, y si eso que en
definitiva somos es lo que más nos interesa, porque se trata de nuestro propio ser -
entonces resulta que, por lo menos en alguna medida y alguna vez, debiéramos prestar
atención a ese "fondo filosófico" que cada uno de nosotros "es"; debiéramos alguna vez
tratar de pensarlo con alguna detención, debiéramos tratar de elaborarlo conscientemente
de la mejor manera posible, dentro de nuestras respectivas capacidades. De otro modo, la
consecuencia es fatal e ineludible: seremos víctimas del impersonal, que se encarga de
"pensar" por nosotros -del impersonal en cualquiera de sus manifestaciones, pero que hoy
día domina especialmente a través de todas las formas de la propaganda y de las
ideologías, aun las más inocentes, aun las más "humanitarias" o "redentoras". ¿O será

16

Es preciso subrayar que no se defiende aquí ninguna forma de antropocentrismo y menos aun de
antropolatría. Cf. Cap. XIV. § 2. y en general todo lo dicho en ese capítulo sobre la facticidad.

17

Esto conviene ponerlo de relieve, ;obre lodo en nuestros días, contra la fácil crítica de lodo lo
"académico", crítica que por 'r general es fruto de la incapacidad, del resentimiento, la ignorada o la
haraganería.

PRINCIPIOS DE FILOSOFIA EPÍLOGO. EL HOMBRE Y LA FILOSOFÍA

que queremos abandonarle nuestra propia existencia al impersonal? ¿Será acasoque la
responsabilidad de la existencia es demasiado pesada, molesta y gravosa, y preferimos
cedérsela a los "sofistas" de cualquier especie, que prometen facilitárnosla?
¿O bien será que, por el contrario, estamos decididos a pensar lo que somos?
Sapere aude! ¡Atrévete a pensar! nos exhorta Kant con palabras de un verso de

Horacio18

"¡Anímate a valerte de tu propio entendimiento! "19

3. Las "soluciones" de la filosofía. Conclusión

En tal perspectiva, el panorama que ofrecen estos Principios puede considerarse
como un repertorio de los conceptos y problemas básicos de la filosofía, con los cuales
poder abordar todo estudio ulterior, y, ante todo, como galería de los grandes modelos del
filosofar. No de soluciones, sino de modelos, porque no se trata de repetir a Platón, ni a
Kant, ni a Heidegger, ni a quien fuere, sino de buscar, con la ayuda de su ejemplo, con la
incitación y guía de los grandes pensadores y maestros, la aclaración de los insoslayables
problemas a que como hombres no podemos escapar, la aclaración de la propia
comprensión-del-ser.20

Con su ayuda, porque son los grandes pensadores, esto es,
aquellos que con mayor hondura han penetrado en los problemas filosóficos y que más
decisivamente han determinado la historia en que nos encontramos insertos (es decir, la
historia que constituye nuestra facticidad). Y no, sin duda, para seguirlos dogmáticamente,
porque la filosofía no puede asimilarse a la manera de un catecismo religioso o político, o
de cualquier ideología, ni es prescripción ninguna; al contrario, el estudio de la filosofía
debiera enseñar el arte de vivir sin recetas,21

el arte de pensar con la propia cabeza y no

de prestado.

Nadie mejor que los grandes filósofos puede librarnos de los lugares comunes, de la
falacia de las ideologías, de todas las formas de tiranía del "uno".

Porque sin duda, al enfrentarse con los problemas de la filosofía -el del
conocimiento, el de la conducta humana, el de Dios, el de la belleza, el del alma, el de la
libertad, etc., y, en definitiva, el del ser-, y, además, al tropezar con tanta diversidad de
pareceres como ofrece la historia de la filosofía (cf. Cap. I, § 5 y Cap. IX, § 9), el lector se
habrá formulado más de una vez las preguntas: ¿pueden solucionarse estos problemas, o
no? Si los grandes pensadores no se han puesto hasta ahora de acuerdo, ¿no será vano
todo esfuerzo empeñado en tales cuestiones?

La segunda pregunta ya ha sido contestada más arriba (fin del § 2); en esos
problemas nos jugamos nosotros mismos, y cada uno sabrá si ello le importa o no. Por lo
que se refiere a la primera pregunta, la respuesta inmediata tendrá que ser forzosamente
ambigua: "sí y no", se solucionan y no se solucionan, porque ello depende de qué se
entienda por "solución", y depende en definitiva de cada uno de nosotros. En efecto,

18

Epist., I. 2, 40.

19

³¿Was ist die Aufklärung?" (¿Que es la Ilustración?). Werke (Cassirer), IV, 169 (cf. trad. esp. en el tomo
Filosofía de la historia, Buenos Aires, Nova, 1958, p. 57).

20

También para evitar el descubrir la pólvora...

21

Cf. L. SCHAJOWICZ, Mito v existencia San Juan de Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico. 1962, p.

253.

PRINCIPIOS DE FILOSOFIA EPÍLOGO. EL HOMBRE Y LA FILOSOFÍA

conviene distinguir tres tipos principales de "soluciones", que llamamos disolución,
absolución y resolución.22

La disolución consiste en deshacer el problema, de tal manera que deje de serlo. Es
lo que ocurre, v. gr., con los típicos problemas matemáticos: allí se formula una cuestión,
y luego, con ayuda del cálculo, se llega a una respuesta con la cual el problema
desaparece, queda disuelto; una vez alcanzada la "solución", el problema ha
desaparecido, ya no es problema. La historia de la filosofía, y la misma índole de ésta,
muestran que en su dominio no es posible tal tipo de solución; la disolución se aplica a
entes ante-los-ojos, a objetos como los entes matemáticos, pero no al filosofar como pro-
yecto. En otras palabras, en filosofía se trata de los problemas referentes al hombre como
ec-sistencia, como ente siempre abierto y que siempre tiene-que-ser.23

La segunda forma de solución la llamamos absolución, porque consiste en
descargarse (uno de los sentidos de la palabra latina absolutio es "descaigo") del
problema, en quitárnoslo ("ab-") y delegarlo en otro para que el otro se haga cargo de él.
Ese otro puede ser el sacerdote, o el psicoanalista, o el maestro a quien se venera
ciegamente -o puede ser el uno, el impersonal, "la gente" o el grupo al que se pertenece.
Pero, en cualquier caso, no soy yo mismo.
Puesto que no hay "ser en sí", sino que el ser lo hay siempre sólo en el proyecto, no
puede haber en filosofía disolución; y como el proyecto es siempre en-cada-caso-mío (cf.
Cap. XIV, § 7), toda forma de absolución es ya secretamente un acto en-cada-caso-mío,
por más impropio que sea Por ello la filosofía, desde Sócrates y Platón, nos invita a la
más alta forma de solución-a la re-solución, vale decir, a una decisión fundamental que
cada uno debe tomar libremente, por sí mismo y con la mayor claridad que pueda
encontrar en su propia soledad. Porque solamente así será respuesta propia, auténtica y
libre - genuino proyecto-del-ser.

22

De esta cuestión, así como de la diversidad de las filosofías y del problema de la verdad filosófica, nos
ocupamos extensamente en nuestro libro El sentido de la historia de la filosofía, Buenos Aires, Eudeba.
1977.

23

Quizás por ello, el del ser no era, según G. MARCEL, "problema", sino "misterio".

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