16 – SOY LO QUE SOY

Cuando amarraron el balandro en el muelle de la isla, las miradas ajenas ya los contemplaban con cierta curiosidad. El trío abandonó la embarcación en silencio, intentando ignorar la atención que parecían suscitar, y se mezclaron con el resto de la gente en la calle principal. John sacó el mapa y rompió aquel incómodo silencio, acompañado de murmullos: Según el mapa de Marguerite, esta es la isla de Bōhanno – miró el pergamino con detenimiento – Y nos encontramos en la ciudad portuaria de Keitohan. ¿E indica ese mapa algún sitio en el que sirvan un buen café? – inquirió Jim. Yo lo que quiero es comer algo – apuntó Dianne. ¿¡Cómo puedes pensar en comer con esta resaca!? – el capitán pirata se llevó la mano a la boca – ¡Joder! Sólo el pensar en comida hace que se me revuelvan las tripas. ¡Pero yo tengo hambre! – se quejó la joven. ¿¡Queréis callaros los dos!? – les cortó John. Miró a su alrededor y contempló la multitud de curiosos que cuchicheaban – ¡Ya dais bastante el cante con esas pintas! – les susurró de forma cortante a ambos – Lo que menos necesitamos es que encima montéis un espectáculo – Jim parpadeó unos segundos y luego asintió. El letrado tiene razón – dijo – Tomaremos algo… – Dianne le miró esperanzada – ¡Para beber! – puntualizó él. La joven agachó la cabeza desilusionada – Y partiremos al atardecer como muy tarde.

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Tenemos que andar con ojo – comentó John, y bajó la voz para que sólo ellos dos pudieran oírle – Las leyes de esta ciudad son muy duras con los piratas. Si se enteran de que…

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Sí, sí – Jim apartó la idea con un gesto de la mano – Llevo ocho años viviendo de esto. Sé como pasar desapercibido – el ex-librero arqueó una ceja.

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¿Estás seguro de eso? – Jim asintió, algo irritado por el comentario. Más importante que eso – dijo, y señaló a la esquina que marcaba el final de la calle – ¿Aquello de allí no es un tablón publicitario? – John asintió tras verlo.

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¿Por qué lo preguntas? – inquirió. ¿Y tú hablas de pasar desapercibido? – comentó burlón – Recuerda a quién llevamos con nosotros – señaló a Dianne con la cabeza.

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Cierto, me olvidaba de los carteles – asintió el letrado.

Los tres avanzaron como quién no quiere la cosa hasta el tablón. El rostro de Dianne no estaba entre aquellos fugitivos. Y todas aquellas recompensas quedaban por debajo de la suya. La joven agarró un cartel con curiosidad: ¡Anda, mira! – comentó – ¿No es el tipo ese que me cargué en Suiminnana? – les mostró el cartel de Smallest – Aunque aquí parece más pequeño – se extrañó. John miró nervioso a los lados, y luego les apartó de allí con cierta prisa: ¿¡A ti qué te pasa!? – se quejó por lo bajo dirigiéndose a Dianne – ¿¡Acaso no has oído lo que he dicho!? No te pongas así – se quejó ella – Sólo comentaba que… ¡Dejad ya de llamar la puta atención! – increpó en un susurro cortante.

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¡Oye! Aunque seas mayor que yo, ¡no te consiento que me hables así! – comentó la joven algo molesta. Jim la agarró del hombro antes de que aquello fuera a mayores.

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Callaos ya – les cortó – Dianne no es una persona non grata aquí, así que no hay motivos para alborotar – los dos recuperaron la compostura – Mirad – señaló con la cabeza a un local que hacía esquina siguiendo la calle hacia la izquierda. Sus compañeros se giraron – Ese parece un sitio bastante bueno. Entremos.

El trío pirata entró en el local. En el East Blue, cuando habías visto una taberna, las habías visto todas. Los propietarios, por adinerados que fueran, no solían invertir demasiado en mejorar el negocio, así que todos los bares se asemejaban en mayor o menor medida. Aquel en concreto, le recordaba especialmente al Party’s Bar, el local regentado por la ahora difunta anciana Makino. No obstante, por hogareño que le resultase aquello, las miradas desconfiadas del resto de clientes le recordaron que no estaba en casa. Un grupito de curiosos que se había puesto a cuchichear nada más verlos entrar, abandonó el local con cierta prisa cuando ellos tomaron mesa. El tabernero, sin embargo, parecía ser del tipo de personas a las que no les importaba quién fuera el cliente, con tal de que pagara su consumición. Así que sin ninguna muestra de desagrado o recelo, se acercó a su mesa para tomarles nota: Díganme – se presentó. Buenas – saludó Jim, mientras se masajeaba la frente. Aún tenía la cabeza algo embotada – Para mí un café sólo. Y para ellos… Yo tomaré un café con leche – señaló John. A mí póngame un cuerno de cerveza, – intervino Dianne – ¡pero que esté bien fría!

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¿¡Cerveza!? – se sorprendió Jim – ¿¡Es que no has tenido suficiente con lo de esta noche!? Además, ¡son las diez de la mañana!

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En el Grand Line no – señaló ella – Además, sólo es una cervecita de nada – Jim frunció el ceño, y se giró al tabernero.

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Tráigala un café con leche – dijo. El hombre asintió dispuesto a marcharse. ¡Pero yo quiero…! ¡… un café con leche! – cortó Jim a la muchacha. El tabernero volvió detrás de la barra – Mientras seamos nosotros los que paguemos, pedirás lo que te indiquemos – informó a su compañera. La chica apoyó la mejilla en el puño, molesta.

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Sólo tenéis ese dinero porque Kintama os lo prestó – refunfuñó – Debería ser mío.

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Pero como no lo es… – se jactó Jim, apartándole la mirada. Entonces se percató de dos tipos que se acercaban a su mesa, de edad adulta. Tal vez se hubiera topado con piratas que daban menos mala espina.

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¿Qué haces tan alicaída, moza? – señaló uno de ellos, calvo y no carente de cierta obesidad, mientras apoyaba la mano izquierda en la mesa y se inclinaba hacia ella. Dianne le miró sin demasiado interés.

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¿Por qué no nos acompañas afuera? – señaló el otro, mucho más delgado y estirado, con un sucio tono pelirrojo en el cabello alborotado. La chica arqueó una ceja.

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¿Me vais a invitar a comer? – preguntó. Ambos se miraron extrañados. ¿¡A comer!? – dijeron al unísono. Sonrieron entre ellos, y el gordo se giró hacia ella.

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Sí, a comer… – Jim pudo ver con el rabillo del ojo como se palpaba la entrepierna. Dianne se puso en pie sonriente.

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¿De verdad? – comentó con júbilo. La chica se giró hacia sus compañeros piratas y les sacó la lengua en una burla infantil. Luego se volvió hacia los desconocidos – Pues venga, ¿a qué estamos esperando? – los dos extraños volvieron a sonreírse, y mostraron cierta delicadeza al empujarla caballerosamente hasta la salida. John fue a levantarse, pero Jim le agarró del hombro y le hizo volver a sentarse. El tipo delgado y pelirrojo se giró hacia ellos dos.

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¿¡Algún problema!? – inquirió intentado sonar amenazador. No, ninguno – señaló Jim – Pasadlo bien – sonrió. El pelirrojo le miró extrañado y luego reemprendió el camino, hasta salir del local con su gordo compañero y Dianne.

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¿¡Qué estás haciendo!? – se quejó John en un susurro – ¡Está claro que van a…! …morder más de lo que pueden masticar – terminó Jim. El ex-librero le miró extrañado – Esos idiotas ni siquiera se han fijado en que va armada – dijo – Estamos hablando de Dianne. Como mucho le tocarán una teta y perderán la mano por ello – comentó sin darle importancia. Su compañero siguió mirándole y luego asintió algo avergonzado.

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También tienes razón – dijo. Jim sonrió. Puede que dependa de nuestro dinero, pero esa chica no necesita ni mucho menos de nuestra protección – señaló – Sabe cuidarse sola.

El tabernero volvió a la mesa con lo que habían pedido: ¿Y su amiguita? – preguntó cuando iba a servir la taza de Dianne. Ha ido a tomar el aire – señaló Jim. El hombre arqueó una ceja.

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Les advierto que no me gusta la gente que se escaquea sin pagar – señaló tras dejar el último café en la mesa.

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No se preocupe – indicó el capitán pirata – Lo suyo corre de nuestra cuenta – el hombre asintió pausadamente, y volvió a su lugar tras la barra.

Jim agarró la taza que aún estaba caliente, y sopló suavemente. Justo cuando iba a echar el primer trago, oyó una conversación que le llamó la atención: ¿Has visto los periódicos? – comentaba una voz masculina joven y sorprendida – ¡La Marina ha acabado con Mediabarba! ¿Con Mediabarba, de los “Señores de la Sal”? – se extrañó otra voz también joven y más burlona – ¡No digas chorradas, Himaru! No, el chico dice la verdad – intervino una voz anciana – Por lo visto enviaron al mismísimo “Rinoceronte de Piedra” para acorralarlo y hundir su navío – Jim decidió dejar de escuchar. Aquello le traía recuerdos que era mejor no rememorar. Bebió el café intentando dejar de lado aquella conversación, y entonces cayó en algo. Oye, letrado – comentó a su compañero mientras dejaba de lado la taza – Ya he oído eso antes. ¿Qué significa? ¿El qué? – John le miró extrañado. Lo de los “Señores de la Sal” – aclaró. El ex-librero enarcó una ceja. ¿¡Has navegado con uno de ellos y no lo sabes!? – comentó sorprendido. Jim negó con la cabeza – Son los cuatro piratas más meritorios de los cuatro mares – dijo – Todos con una recompensa cercana a los cien millones. Sí, recuerdo que por el capitán ofrecían noventa y cinco millones – asintió Jim. No obstante, – siguió John – no es ninguna clase de título honorífico. ¿A qué te refieres?

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Es un insulto – aclaró. ¿Un insulto? – repitió Jim. Sí – siguió el ex-librero – Tu antiguo capitán, Belguen “Mediabarba”, oriundo del East Blue. Marcus “Army” Crowd, oriundo del South Blue. Shiratori Shiro, “la Dama Blanca”, oriunda del West Blue. Y el paciente, aunque temido, Hristo Dŭrvo, oriundo del North Blue – concluyó – Esos son los cuatro “Señores de la Sal”. Y pese al temor que infunden en todo aquel que oye hablar de ellos, son considerados unos fracasados en el ámbito de la piratería.

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¿¡Unos fracasados!? – se extrañó Jim. Aquello le resultaba un tanto ofensivo. Mediabarba era el hombre al que más admiraba, después del famoso Rey de los Piratas – ¿¡Por qué!?

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Perdieron ante el Grand Line – siguió John – Algo o alguien les obligó a abandonar aquellas embravecidas aguas, y volver a su lugar de origen. Desde entonces, se han posicionado como dueños de su respectiva zona, de forma directa o indirecta. Pero el resto del mundo sigue refiriéndose a ellos como los “Señores de la Sal”, en señal de burla.

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Sigo sin comprender – indicó el capitán pirata. El East Blue, el South Blue, el West Blue, el North Blue… Son todos mares sin complejidad alguna – señaló John – Meras extensiones de agua salada. ¡No es algo sobre lo que merezca la pena gobernar! – indicó – Pero el Grand Line… Es otra cosa muy diferente. Es la mar verdadera, cambiante y cruel como él solo. Y aquel que lo domine…

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… será el Rey de los Piratas – terminó Jim por él. El ex-librero asintió, y de pronto le cambió el gesto – ¿Sucede algo? – preguntó extrañado. John le señaló con la cabeza hacia delante. El capitán pirata se giró y también se puso tenso.

Tres marines, encabezados por un cuarto, que hacía las veces de oficial, irrumpieron en el local. El tabernero se acercó a ellos con curiosidad: ¿Les puedo ayudar en algo? – preguntó. Hemos recibido un chivatazo – comentó. Observó con curiosidad a los clientes y su mirada se paró en la mesa de Jim y John. Sonrió, y se acercó a ellos – Vosotros dos – saludó – Nos han informado de que sois piratas. ¿Es eso cierto? – Jim enarcó una ceja. Pinta de marines no tenemos, ¿no? – comentó con sarcasmo – Sí, somos piratas – el oficial sonrió divertido. John miraba a su compañero como si no creyera lo que oía. Muy bien, en ese caso, por la autoridad que me confiere el Gobierno Mundial, tengo el deber de… – uno de los marines le sacudió del hombro – ¿¡Ahora qué quieres!? – el hombre le susurró algo al oído – ¿¡Tres!? – se giró hacia él – ¡Ya sé que eran tres, idiota! Pero aquí sólo hay dos, ¿¡o es que no tienes ojos!? – se volvió hacia los dos piratas – ¡Arrestadles! – ordenó – Ya preguntaremos a nuestra fuente sobre el tercero. John se dispuso a forcejear, pero Jim le indicó con la mirada que les dejara hacer. Los marines les esposaron sin encontrar resistencia, aunque el ex-librero les replicó cuando le quitaron el cabestrillo. Luego les tiraron contra el suelo de mala manera: Por lo pronto, llevadlos a los calabozos del cuartel – indicó el oficial – Ya decidirá el capitán qué hacer con ellos. ¡Sí! – asintieron los marines. John se giró hacia Jim confundido. ¡Jim! – indicó en un susurro – ¿¡Qué demonios haces!? ¿¡Por qué coño te has delatado!? – el capitán pirata le sonrió con cierta tristeza.

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Soy lo que soy, John: un pirata – dijo – Con todas sus consecuencias…

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

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