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Educar en Valores CUENTOS

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08/04/2015

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Regresaba un campesino a la casa con su carreta , cuando, de repente, se le salió una rueda.
Como llegó la hora de hacer sus oraciones y aún no había superado el problema, el campesino
abandonó la reparación de la rueda y se dispuso a rezar. Para su sorpresa, descubrió que había dejado
olvidado en su casa el libro de oraciones y, como tenía muy mala memoria, decidió rezar del siguiente
modo:

-Señor, como no traje el libro de oraciones, voy a recitar varias veces el alfabeto y tú formas con mis
letras las palabras que más te gusten, de modo que te digas a ti mismo las cosas que quieras, cosas
que yo sería incapaz de decirte pues soy un hombre torpe y necio.

Cuando el campesino concluyó, el Señor dijo a uno de los ángeles que lo acompañaban:

-De todas las oraciones que he escuchado hoy, esta ha sido sin duda la mejor, pues ha brotado de
un corazón sencillo y sincero.

(Cuento de la secta de los Jassidim, tomado de “Cuentos de humor, ingenio y sabiduría”, de
Armando José Sequera).

* * *

Un obispo recientemente nombrado en los mares del Sur, quería visitar cada rincón de su vasta
diócesis. Hacia el final de la gira, divisó una pequeña isla.

-¿Está habitada? –preguntó.

-Sí, pero solamente por tres viejos pescadores –le respondieron-. No vale la pena que su Excelencia
pierda su tiempo visitándolos. Viven aislados de todos, como primitivos, casi como salvajes. Algunos
dicen que están chiflados.

-De todas formas, querría visitarlos –insistió el Obispo.

Cambiaron así la ruta y se dirigieron a la isla. El obispo quiso desembarcar solo y fue recibido con
toda amabilidad por los tres extraños ancianos, que le brindaron a su excelencia sus mejores frutos y
toda su gentileza.

-Hijos míos –les preguntó el obispo- ¿pueden decirme cómo gastan el tiempo en esta isla?

-Yo estoy muy ocupado –dijo el primero-. Desde muy temprano voy a pescar para que mis hermanos
tengan qué comer. Además, las redes están ya muy viejas y gasto mucho tiempo remendándolas.

-También yo me la paso muy ocupado –dijo el segundo-. Desde temprano me voy a cazar a la
montaña. Con la piel de los animales salvajes hago zapatos y vestidos para cubrirnos el cuerpo. Las
plumas las usamos para colchones y almohadas. Si cazo un animal comestible, nos comemos su
carne...

-En cuanto a mí –dijo el tercero-, yo construí esta humilde cabaña y la mantengo arreglada y limpia,
y procuro que, cuando regresan mis dos hermanos, tengan la comida lista –procuro prepararle a cada
uno lo que más le gusta-, y el agua para lavarse y refrescarse. En estas tareas, el tiempo se me pasa
en un instante.

El obispo asentía con su cabeza y, cuando hubieron terminado, les preguntó:

-Pero, ¿cuándo rezan?

Los tres ancianos se miraron con perplejidad. “¿Rezar? ¿Qué cosa es esa? Nosotros somos
ignorantes, no entendemos ¿Cómo se hace para rezar?”

Entonces el obispo, con una gran paciencia, les estuvo explicando lo que era la oración. “Hay que
rezar para que Dios nos ayude. Dios es el padre de todos nosotros, y le tenemos que pedir la fuerza
para vivir todos los días como hermanos. Debemos rezar para no ser egoístas, para no caer en la
tentación, para que sepamos ayudarnos y perdonarnos”.

Los tres ancianos le asentían en silencio, apesadumbrados y perplejos.

-Les dejaría estos libros de oraciones, pero probablemente no saben leer.

-No, no sabemos –dijeron los ancianos un tanto entristecidos.

El obispo intentó en vano enseñarles la memorización de algunas oraciones sencillas. Por mucho
que se esforzaban, los ancianos no podían retenerlas.

Sintiéndose fracasado, el obispo no tuvo más remedio que despedirse de ellos. Los ancianos se

quedaron tristes.

En la placidez de su alcoba, el obispo daba vueltas en su cama sin poder dormir. Por fin, escuchó
una voz vigorosa que le decía:

-¿Por qué te metiste con mis hijos predilectos? ¿Cómo te atreviste a enseñarles a orar si ellos se la
pasan rezando todo el día? Levántate y vuelve de inmediato a la isla. Devuélveles la alegría diciéndoles
que su oración me agrada mucho.

(Versión libre de una historia de Bernard Bro)

En un mundo y una cultura que proponen sin el menor pudor el individualismo y el egoísmo como
valores fundamentales para sobresalir y triunfar, que presentan el consumir y acaparar cosas como
medios de lograr la auténtica realización personal, necesitamos hoy mucho de la oración. Una oración
que transforme la vida, que dé fruto, que se traduzca en disposición a cambiar, en fuerza para seguir
remando contra la corriente, en cercanía y servicio a los demás. Necesitamos orar mucho para ser
fuertes, para atrevernos a ser libres, para comprometernos radicalmente en la entrega y el amor. Una
oración que no mueva al servicio, que no se traduzca en cercanía con el prójimo, es una oración estéril.

La oración que agrada a Dios, es la que brota de un corazón sincero e impulsa a ser cada día
mejor. Una oración que se traduce en obras. Orar y no comprometerse en el servicio al hermano
es encontrar un diálogo narcisista con uno mismo. De la oración, si es sincera, debemos salir
fortalecidos , más comprensivos, más buenos, más serviciales. Rezar implica el compromiso de
intentar vivir de acuerdo a la oración. De muy poco sirve pedir por los pobres, por los alumnos y
sus familias, si no hacemos nada por ellos, si no estamos pendientes de sus necesidades y nos
comprometemos a remediarlas. Recuerda a aquel hombre que, al ver la miseria de los niños de la
calle, las necesidades de los mendigos, los tormentos y dolores de tantas personas inocentes,
levantó un día los puños al cielo y retó a Dios de esta manera: “¡Cómo puedes ser tan cruel!
¡Cómo es posible que no hagas nada ante tanto sufrimiento!”. De pronto, se abrieron los cielos y
bajó de ellos la respuesta a su queja : “¡Cómo puedes decir que no hago nada. Te he hecho a tí”.

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