15 - ¿¡tres son multitud!?

Dianne contemplaba con el ceño fruncido el horizonte, mientras apoyaba la barbilla en la borda de la embarcación, sentada de mala manera. De vez en cuando, soltaba algún que otro suspiro airado, como para dejar patente su disconformidad. Ya llevaba un buen rato así, desde que había despertado, así que Jim decidió intervenir. A fin de cuentas, era el capitán: ¿Hasta cuándo vas a seguir con esa cara de malas pulgas? – inquirió. Métete en tus asuntos – replicó ella de morros, sin ni siquiera molestarse en mirarle. El corsario suspiró con cansancio, y miró a su compañero, que parecía estar ocupado en aquel momento, manejando la vela de la embarcación. No iba a tener ayuda en aquello. Volvió a mirar a la joven. Oye, vamos a estar navegando juntos durante mucho tiempo… – siguió – Lo mejor será que nos llevemos bien, ¿no te pare…? – Dianne volvió a mostrar su malestar con otro de sus irritantes suspiros. ¿¡Por qué tengo que navegar con estos idiotas!? – se preguntó como si no hubiera nadie más con ella – ¡Son débiles, y encima tienen el descaro de darme órdenes! – volvió a dar otro suspiro, y tuvo el detalle de girarse hacia él – Debería de tiraros por la borda y seguir por mi cuenta en este barco. A fin de cuentas, me pertenece – su mirada cansada, no obstante, no delataba que estuviera dispuesta a hacer aquello. Ya lo hemos hablado antes, ¿no? – comentó Jim – Yo sólo estoy haciendo lo que Marguerite me ha dicho que haga – Dianne chasqueó la lengua. Maldita Kintama… – murmuró entre dientes.

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Y yo que pensaba que la tenías un gran aprecio – inquirió Jim burlón. Y se lo tengo – siguió la joven. Se agarró las rodillas y apoyó la barbilla en ellas, enfurruñada – Pero eso no quita que deje de ser una vieja pelleja – volvió a balbucear. En aquel momento, más que una guerrera, parecía una niña a la que habían castigado sin salir.

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Vamos, mujer, que tampoco es para tanto – la animó Jim, mientras se sentaba a su lado. La joven dio un grito de rabia mientras alzaba ambos brazos.

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¡Os odio! – se quejó – ¡A vosotros y a esa vieja metomentodo! – entonces su estómago rugió hambriento, y se llevó las manos a este – ¡¡Y encima me muero de hambre!! ¡¡Y no sé qué coño habéis hecho con la comida!! – aquella actitud empezaba a enervarle. Jim intentó mantener la compostura.

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La comida está guardada a buen recaudo – dijo – Pero tienes razón, ya va siendo la hora de comer – se incorporó con lentitud – Voy a por la mesa y algunas sillas. Le diré a John que prepare algo – la joven le miró con curiosidad.

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¿A John? Claro – siguió Jim – Ese tipo es realmente útil. ¡Sabe hacer de todo! – señaló con una sonrisa.

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¿Sabe cocinar? – poco a poco, el enfado de la joven estaba siendo sustituido por una ávida curiosidad.

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No se le da nada mal – afirmó Jim. Los ojos de Dianne parecían hacer chiribitas, mientras le miraba con la boca abierta de ilusión – Bueno, voy a por eso – señaló. “¿Podría ser así de fácil?”, se aventuró a desear.

John le miró con curiosidad mientras sacaba y colocaba las sillas y la mesa plegable: ¿Qué estás haciendo? – le preguntó. Es obvio, ¿no? – señaló el capitán – Estoy poniendo la mesa.

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Eso ya lo veo – comentó el otro con cansancio – ¿Pero por qué la estás poniendo? – Jim guió a Dianne, la cual se había vuelto realmente dócil, hasta su sitio.

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Pues porque vamos a comer – volvió a señalar. Se giró hacia la joven – Como ves, hay que explicárselo todo – le susurró al oído con cansancio. La muchacha asintió con una sonrisa de oreja a oreja, aunque tenía la mirada perdida. “Pues sí que es fácil, sí”.

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¿Y vas a cocinar tú? – preguntó el ex-librero. Esperaba que lo hicieras tú – aportó Jim. ¿¡Yo!? – se señaló el otro con irónica diversión – ¿¡Es que acaso tengo pinta de criada!?

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¿De verdad quieres que responda a esa pregunta? – comentó él enarcando una ceja. John le miró con el cuño fruncido durante un largo rato – Recuerda que soy tu capitán, y las órdenes del capitán… – la mirada del ex-librero persistió. Luego puso los ojos en blanco y se dio la vuelta, camino de la cocina.

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Un día de estos te juro que… – empezó a maldecir. Da lo mejor de ti mismo – se despidió Jim, saboreando el momento. Se giró hacia su recientemente adquirida compañera – Bueno, parece que la comida está en cami… – Dianne roncaba sonoramente, con la boca abierta y la baba colgando – ¿¡Otra vez durmiendo!? – se sorprendió el pirata. ***

Cerca de una hora después, John volvió con lo que parecía una suculenta comida, modesta, pero apetitosa. Aquel rico aroma hizo que Dianne se despertara: Aquí tenéis – señaló el ex-librero, cuya cara no podía negar que aquello, en cierto modo, le gustaba – Sopa de gaviota, ternera marinada, y calamar en su

tinta – Dianne babeaba ante aquello, mientras que Jim se limitó a asentir satisfecho. ¿Seguro que no quieres ser el cocinero de abordo? – propuso a su compañero. Esto es algo provisional – señaló este – No te acostumbres demasiado a ello. ¿¡Es todo para mí!? – comentó abrumada Dianne. Para todos – apuntó John, pero para aquel entonces, la joven ya estaba llenándose el buche de comida, como si aquel fuera a ser su último festín en la vida. Jim consiguió hacerse a duras penas con un plato y se sirvió la sopa con cuidado, ignorando el hecho de que su compañera ya había usado el cazo para comer directamente de la cazuela: ¿Tú no vas a comer nada? – le preguntó a su compañero. Creo que se me han quitado las ganas – comentó este asqueado ante el desagradable espectáculo que estaba dando aquella mujer. Como quieras – Jim se sacudió de hombros y agarró una cuchara.

Por muy falta de modales que estuviera Dianne, él había vivido entre piratas durante ocho años. Para Jim, aquello era tan común como la mar embravecida o la brisa marina, si bien le chocaba un poco que viniera de una mujer. Pero él tampoco era ningún noble de modales refinados: Voy a leer un poco – anunció John mientras se apartaba de ellos dos. Un sonoro eructo le provocó una especie de escalofrío. ¡Gracias por la comida! – comentó Dianne con la boca llena – ¡Sois unos tíos de puta madre! – el ex-librero se paró en el sitio.

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En lugar de agradecérmelo, ¡dedícate a masticar debidamente! – declaró antes de meterse de nuevo en la cocina, y dar un portazo. La joven se giró hacia Jim, con un tentáculo colgándole de la comisura de los labios.

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¿He dicho algo malo? – comentó de forma casi ininteligible. Déjale, se toma las cosas demasiado en serio – Jim sorbió la sopa sonoramente – Con que unos tíos de puta madre, ¿eh? – inquirió – ¿Dónde ha quedado ese odio tuyo? – la muchacha le miró fijamente y tuvo la decencia de tragar lo que tenía en la boca.

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Cosas que se dicen, ya sabes – comentó – No puede caerme mal un tío que cocina tan bien. ¡Y menos aún si cocina para mí! – indicó con cierto júbilo.

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Eso sólo atañe a John – señaló Jim – ¿Entonces, yo sigo cayéndote mal? – la joven pinchó un trozo de ternera y se lo llevó a la boca. Luego le sonrió con cierta picardía.

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Eres un poco idiota – señaló sin reparo – Te das demasiados aires para ser tan debilucho – Jim frunció el ceño ante el comentario – Pero, – se sacudió de hombros – tus razones tendrás para hacerlo, digo yo – el pirata sonrió.

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Tú tampoco es que seas muy modesta – señaló. Yo soy objetiva – se volvió a llevar otro trozo de carne a la boca – Y desde mi objetividad, opino que soy fuerte – Jim arqueó una ceja – De momento no me he topado con nadie que me haya hecho morder el polvo. El día en que lo haga, admitiré mi flaqueza. Pero jamás tiraré la toalla – le señaló con el tenedor – Y ese es tu problema.

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¿Mi problema? – se extrañó Jim. Aquel gigantón… – se rascó la cabeza – ¡Mierda! Ya se me ha ido el nombre… Smallest – le recordó él.

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¡Ese! – apuntó Dianne – ¿¡Acaso crees que aquel tío te derrotó porque fuera más fuerte que tú!?

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Es que era más fuerte que yo – señaló Jim. La joven dio un suspiro de indignación.

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Y otra vez has vuelto a perder – informó. ¿Perdón? Tú problema es que asumes la derrota antes de que esta llegue – explicó la joven – En cuanto ves que la situación se torna en tu contra, y que la victoria no es sencilla, admites tu fracaso y tiras la toalla.

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No te entiendo – la joven dio otro suspiro y agarró el cuchillo. ¡En una batalla, tienes que atacar, atacar y atacar! – señaló dando estocadas al aire con saña – ¡Avanzar atacando hasta que tu enemigo se doblegue ante ti! Y entonces… – clavó el cuchillo en la mesa con fuerza – ¡¡…te lo cargas!!

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Haces que parezca fácil – se quejó él. La chica le miró un rato sin saber que decir. Luego apoyó la cara en el puño, cansada.

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Igual no me explico demasiado bien… – apuntó – Lo que quiero decir es, que si admites tu derrota, serás derrotado. En cambio, si confías en tu victoria, ganarás.

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Las cosas no son tan simples – comentó Jim abatido. Pues a mí me ha ido bien así – señaló ella. Eso es porque tú eres fuerte. ¿Y tú no? – inquirió ella. Tú misma me consideras débil. ¿Y acaso eso hace que lo seas? – preguntó la joven con una sonrisa. Jim la miró inquisitivo. “¿A dónde quería ir a parar con todo aquello?”.

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Voy a por algo de beber – se levantó, cansado, pero la chica le agarró de la muñeca.

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¡Jim! Porque eras Jim, ¿no? – giró la cabeza inquisitiva. Él asintió – Jim Golden, ¡el “capitán pirata”! – su tono reflejaba cierta burla, aunque no hiriente – “Capitán”. ¿Sabes lo que esa palabra implica? – Jim la miró fijamente. Debía saberlo bien. Su capitán había muerto por él. Sin embargo, no dijo nada – Pues yo te lo diré. Implica “confianza”. Supongo que sabrás lo que es la confianza – el pirata asintió cansado – ¿¡Cómo quieres que tu tripulación confíe en ti, si ni siquiera tú eres capaz de hacerlo!? – el pirata agachó la cabeza y sonrió apenado.

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Entiendo – luego volvió a mirarla – ¿Tú confías en mí? Es obvio que no – negó ella sin miramiento alguno. Vaya, no te cortas a la hora de decir la verdad – se lamentó él. ¿¡Y qué esperas que te diga!? – sonrió la joven – Apenas te conozco, y con esa falta de fe en ti mismo, no es que seas una persona muy confiable, por mucho que diga Kintama – el corsario la miró fijamente – No obstante, – alzó las manos como dejando de lado el tema – te daré un poco de tiempo. Navegaré con vosotros por ahora, y esperaré a ver cómo te desenvuelves. Pero, – le hincó el índice en el pecho – si veo que no eres capaz de cumplir tu papel como capitán, – marcó cada palabra con un nuevo golpe de dedo – nuestro trato acabará, y seguiré navegando por mi cuenta, en este barco u en otro, pese a lo que te haya dicho esa vieja entrometida – el pirata parpadeó varias veces y luego asintió sonriente.

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Me parece bien – dijo, y se dispuso a volver a sentarse. La joven le volvió a agarrar de la muñeca. Se giró de nuevo – ¿¡Y ahora qué quie…!?

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¿¡A dónde crees que vas!? – Jim enarcó una ceja extrañado – ¿¡No se suponía que ibas a traer algo para beber!? – entonces cayó en la cuenta y asintió – ¡Pues vamos! – le apresuró la joven alargando la última palabra. El pirata obedeció sin pararse a pensar el porqué, y se giró extrañado hacia ella una vez más antes de entrar en la cocina. La muchacha le sonreía – Al menos confío en que traerás algo en condiciones, dado que yo misma he elegido la mercancía. Así que lo dejo en tus manos, “capitán” – Jim sonrió, y cerró la puerta dispuesto a ahogar aquellas estúpidas dudas en alcohol barato. ***

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¡Llena el vaso! – le instó por enésima vez Dianne. La ebriedad se notaba en el tono de su voz.

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¿¡Cuántas copas llevas ya!? – inquirió Jim, que había perdido ya la cuenta de las suyas.

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¡Una más que tú! – señaló la joven – ¡¡No pienso dejarme ganar!! – declaró a voces.

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Imbécil. Esto no es ninguna competición – la reprendió él. ¡¡Cierra la boca y llena la copa!! – le volvió a apremiar. El corsario obedeció con una sonrisa, y la joven soltó una carcajada ebria al ver el vaso lleno.

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¡A mi salud! – comentó, y bebió el contenido de un solo trago. Luego le soltó el aire en plena cara, y Jim arrugó la nariz.

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¡Joder, apestas a alcohol! – se quejó. La muchacha le señaló con un dedo tembloroso.

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¡No más que tú! – comentó entre risas, y perdió el equilibro para caer hacia delante, encima suya.

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Dianne… – empezó Jim. Tener a su compañera apoyada en aquella situación, le incomodaba un rato. La joven, que yacía bocarriba mirando hacia él, alzó un brazo y le tocó la punta de la nariz con el dedo índice.

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Méteme mano y eres hombre muerto – le advirtió. El pirata la miró extrañado. La muchacha le devolvió la mirada muy seria, y luego estalló en carcajadas ebrias. Aquello le pareció particularmente divertido y él también rió sin reparo.

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Anda que, vaya dos… – comentó John mientras apilaba los barriles vacíos con cierta dificultad, debido a la escayola.

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¿No te nos unes, letrado? – inquirió Jim divertido. Alguien tendrá que llevaros a puerto sanos y salvos, ¿no? – comentó él con cierto cansancio. El capitán pirata suspiró asqueado.

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Perdona. Me olvidaba de que eras un estirado – sonrió para sí. John entrecerró los ojos.

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¡Llena el vaso! – comentó nada más sentarse junto a ellos en el suelo. Dianne obedeció sin rechistar. El ex-librero se aflojó el cuello de la camisa antes de llevarse el vaso a los labios.

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¡Bebe, bebe, bebe, bebe! – corearon con ánimo Jim y Dianne, expectantes. John ingirió el contenido de un solo trago, y soltó el aire sonoramente.

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Ahora otra copita más – le animó la joven amazona. Con una es suficiente – el ex-librero se levantó decidido. ¿¡Qué!? – se extraño la muchacha – ¡¡Menudo soso estás hecho!! – señaló de morros.

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Eso ya me lo dirás mañana – terminó el pirata cortante.

John se volvió a encerrar en la cocina sin decir nada más. Jim, no obstante, optó por seguir bebiendo:

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¿Y de dónde eres, Jim? – la pregunta de Dianne le dejó un tanto descolocado. Tosió secamente.

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Vengo de una pequeña aldea llamada Fūsha, perteneciente al Reino de Goa – señaló. La joven asintió con interés.

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¿Y está eso lejos de aquí? – preguntó. No tanto como tu hogar – comentó él, que en aquel momento sintió cierta nostalgia – La Isla de Dawn, de donde vengo, se encuentra en este mismo mar.

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¿Y si está cerca de aquí, cómo que no vuelves allí? – el pirata la miró sorprendido, y luego bajó la mirada, sonriendo con tristeza.

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La verdad es que me gustaría – comentó – De hecho, hay una persona muy querida para mí a la que desearía volver a ver. Pero, – la miró fijamente – antes tengo una promesa que cumplir.

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¿Una promesa? – se extrañó la joven. Jim sonrió. Una promesa para con mi capitán – miró al cielo sin saber porqué – Encontrar Raftel – Dianne se sirvió otro trago.

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Ya veo – comentó. El corsario la miró extrañado durante un largo rato. La joven, al verse observada, enarcó una ceja – ¿Algún problema? – Jim esbozó una sonrisa.

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Esperaba otra reacción – comentó algo desilusionado. ¿Algo cómo que aplaudiría tu valor o me sorprendería de tu temeridad? – la joven soltó una leve carcajada ante la idea – “Encontrar Raftel”. Eres demasiado ingenuo para comprender verdaderamente el valor que esas palabras representan – Jim frunció el ceño algo molesto – Pero, – la amazona se sacudió de hombros – después de todo, he decidido viajar con vosotros. Y si hay que ir a Raftel, pues se va, oye – Jim se llenó el vaso.

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Antes me has preguntado que de dónde soy – comentó antes de dar un trago. Luego miró el contenido del vaso mientras lo agitaba – ¿Y tú? ¿De dónde eres? – Dianne arqueó una ceja.

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Si ya lo sabes, ¿no? – comentó – Me crié en Amazon Lily, junto a la tribu de las Kuja.

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Sí – asintió Jim – Pero lo que me interesa saber es dónde naciste. ¿Que dónde nací? – se extrañó – Pues, la verdad, no sabría decirlo con certeza – en aquel momento parecía confundida – Todo lo que sé es que las Kuja me encontraron un día en una isla vecina.

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Rusukaina – asintió Jim. ¿¡Si ya lo sabes, por qué preguntas!? – se quejó ella. Perdona – se disculpó – ¿Entonces no sabes nada de tus padres? ¿Mis padres? – repitió la muchacha – Pues la verdad, nunca me he parado a pensar en ellos – comentó sin mucho entusiasmo – Aunque…

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¿Qué? – se interesó Jim. Debía de ser muy pequeña, porque es demasiado vago… – comentó – Pero recuerdo haber estado en brazos de cierto hombre.

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¿Un hombre? – inquirió el pirata – ¿Quién? ¿¡Cómo quieres que lo sepa!? – se quejó – ¡Lo más probable es que por aquel entonces, no fuera más que un bebé!

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¡Vale, vale, perdona! – se disculpó él. No recuerdo ni su rostro, ni su apariencia, ni su voz – siguió – Sólo sé que, aquella persona, transmitía una cierta sensación de bienestar. No sé cómo explicarlo, – le miró buscando ayuda – pero es como si cada vez que evoco aquel vago recuerdo, sintiese una especie de tranquilidad interior.

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¿Crees que sería algún familiar tuyo? – preguntó Jim. No lo sé – comentó – No obstante… – se rascó la cabeza pensativa – También hay otra cosa.

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¿Otra cosa? No es un recuerdo – señaló Dianne – Es una especie de sueño recurrente. O mejor dicho, de sueños – el corsario la miró con curiosidad – En ellos, suelo ser un gran guerrero, o una valiente intrépida. Soy más joven de lo que soy, o soy más anciana. Soy un hombre, o una mujer. Pero siempre estoy combatiendo – le miró fijamente – Contra soldados. Piratas. Monstruos. ¡Incluso contra un dragón! – señaló. Jim se sorprendió al oírla mencionar aquella extinta criatura, de dudosa existencia real – Y en todas aquellas rencillas, de mayor o menor importancia, siempre hay un elemento en común.

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¿Un elemento en común? – se extrañó. ¡Todos ellos pelean como yo! – comentó – ¡¡Usan mi estilo de combate!!

La puerta de la cocina se abrió de repente, y ambos se sobresaltaron: ¡¡Ya es noche cerrada!! – informó John – Si no vais a estar vigilando el rumbo a seguir, ¡¡al menos estaros en silencio!! – se quejó, y dio un sonoro portazo. Jim miró fijamente a su compañera: Será mejor que durmamos un poco – señaló. ¿¡Vas a hacerle caso!? – se sorprendió la joven – ¿¡No se supone que eres el capitán!? De vez en cuanto tendré que hacérselo – comentó mientras se recostaba en la cubierta. La verdad es que se sentía realmente cansado, y el alcohol le nublaba

un poco la vista – Igual así consigo que se haga la falsa idea de que me importa su opinión – sonrió con cierta picardía. Cómo eres… – comentó Dianne divertida, mientras se apoyaba sobre la borda, al otro lado de la embarcación. Bostezó sonoramente – Bueno, es posible que aún no seas un buen capitán. Pero, – le dirigió una sonrisa – no creo que seas mal tipo – Jim sonrió ante el comentario. Ten la amabilidad de recordármelo de vez en cuando – dijo – A uno le gusta que se lo recuerden – cerró los ojos dispuesto a rendirse al sueño – Le hace creer que no es un pirata… – bostezó. *** Un repentino golpe de humedad le hizo despertar con crueldad. Notó los rayos del sol por encima suya. Al intentar levantarse, le sobrevino un fuerte dolor de cabeza. Se incorporó entre quejidos: Ya va siendo hora de levantarse, ¿no crees? – comentó John desde toda su altura, con un cubo vacío en las manos. ¿¡Qué demonios te…!? – otro pinchazo en la sien le hice llevarse la mano a la frente – ¡Joder, qué jaqueca! Os está bien empleado – se jactó el ex-librero. Jim miró a su alrededor y se topó con Dianne, quién también estaba empapada y confundida. Buenos días – saludó la joven con cierta resignación. La resaca permanecía patente en su rostro. No debí haberle enseñado a hacer eso – comentó el capitán corsario malhumorado – ¿¡Y qué hay de ti!? ¡A mí por lo mismo estuviste a punto de matarme! – la muchacha cerró los ojos y se llevó la mano a la frente con un quejido.

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¿¡Tú crees que estoy yo como para matar a nadie!? – inquirió. Jim se terminó de poner en pie a duras penas. La cabeza le dolía ante el más ligero movimiento.

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¿¡Y por qué nos has levantado, si puede saberse!? – se quejó mirando a John. Por eso – indicó el ex-librero, mientras le pasaba un catalejo, y señaló al horizonte. Jim miró en la dirección en la que le indicaba.

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Una isla – comentó al ver aquella masa flotante de tierra – Pero…, – se fijó detenidamente y pudo ver una bandera blanca hondeando, con un motivo azul que conocía bien – ¿Hay una base de la Marina en ella?

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Así es – indicó John – ¿Qué piensas hacer? ¿¡Que qué pienso hacer!? – se extraño él – ¡Desembarcar, está claro! Necesito pisar tierra firme y espabilarme, porque como siga con este balanceo, creo que voy a vomitar hasta las tripas – se llevó la mano a la boca para contener las náuseas.

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Me parece bien – indicó el ex-librero, y se acercó a él – ¿Pero olvidas a quién llevamos con nosotros? – le susurró al oído. Jim enarcó una ceja, y su compañero se apartó y señaló con un gesto de la cabeza a Dianne. La joven les miró con curiosidad.

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A ti te buscaban en el Grand Line, ¿no? – le preguntó el capitán corsario. La amazona asintió – ¿Y en el East Blue? – Dianne se puso en pie lentamente.

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El cartel que Kintama llevaba consigo no lo arrancó de ninguna de las islas por las que pasamos en este mar, precisamente – dijo. Jim asintió.

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Entonces no hay nada que discutir – dijo – Pon rumbo a esa isla, letrado. ¿¡Pero y si de verdad la tienen fichada!? – inquirió John. Jim revisó el hatillo con sus cosas y se ciñó la espada al cinto.

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Si la Marina cree que va a poder echarle el guante a esta chica así como así, – desenfundó parcialmente la espada para comprobar el filo y luego la volvió a enfundar – entonces es más idiota de lo que creía.

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

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