Tema 2.

Modelos vigentes y desarrollo tecnológico

Los modelos vigentes y su desarrollo tecnológico La entente que hubo entre los cuatro enfoques tradicionales, durante las décadas de los 70 y 80, en las que la práctica totalidad de los autores aceptaban las técnicas de intervención derivadas de cualquiera de ellos, pero manteniendo el prurito de identificarse con uno de los enfoques, empieza a romperse. Esto se debe, a nuestro modo de ver, a dos cuestiones: a) La consolidación de la orientación cognitivo-conductual o modificación de conducta cognitiva que surge como síntesis de todas las posiciones anteriores, asumiendo desde posturas mediacionales, todos los tipos de aprendizaje que venimos mencionando, al mismo tiempo que se aceptan las verbalizaciones del sujeto indistintamente como indicios de las variables cognitivas que median entre estímulos y respuestas y/o como respuestas verbales operantes. b) El surgimiento, de entre el reducido número de autores conductistas radicales que mantienen que los métodos de intervención a partir del análisis conductual aplicado son suficientes, de un movimiento de vuelta a los principios del aprendizaje, al análisis experimental de la conducta verbal, con una interpretación actual y renovada basada en el contextualismo retomando los principios de la psicológia interconductual, y como consecuencia de todo ello, revalorizando de nuevo al sujeto frente a su comportamiento. Bellack, Hersen y Kazdin (1990), Gambrill (1995) y Pérez (1996b) afirman que de los cuatro enfoques tradicionales, dos han perdido peso o están siendo absorbidos por los dos dominantes: la teoría del aprendizaje social, después denominada teoría cognitiva social de Bandura (1986) y la orientación conductista mediacional se integran en la modificación de conducta cognitiva, de manera que los dos enfoques mediacionales se unen en uno solo. El análisis aplicado de la conducta ha dado lugar al enfoque contextual, aunque manteniendo sus planteamientos iniciales y ampliando su perspectiva, lo que ha permitido el surgimiento de nuevas técnicas basadas en la conducta verbal. A pesar de ello, Kazdin (1994/1996) considera que la orientación del aprendizaje social es la predominante a nivel clínico. Pérez (1999b) plantea una evolución lógica de la modificación de conducta (como alternativa a la cronológica), partiendo del supuesto de

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que ya inicialmente los enfoques existentes se podían clasificar en dos grandes líneas, la cognitiva (conductismo metodológico) y la contextual (conductismo radical). Como ya comentamos en el capítulo anterior, diversos autores como Pérez (1996a,b) o Tous (1989b) consideran que la terapia de conducta cognitiva es una consecuencia o derivación del enfoque conductista mediacional, de tal manera que ambos se acogerían a una perspectiva representacional de la conducta (la mente como espejo, capaz de dar cuenta del comportamiento). Frente a ésta, el conductismo radical daría lugar al enfoque contextual en terapia bajo una perspectiva fenomenológica de los problemas de conducta (la conducta en función del contexto, estando la conducta y el contexto en el mismo plano de explicación de los fenómenos estudiados). Cada una de estas dos grandes corrientes darían lugar a la diversidad de enfoques actuales, estando el conductismo paradigmático1, a juicio de Pérez (1996b), compartiendo supuestos de ambas. En las siguientes páginas vamos a comentar el estado actual de los dos grandes enfoques, resultado de la evolución de los tradicionales en modificación de conducta, y además expondremos las directrices generales (teóricas y terapéuticas) en los otros dos que están cobrando especial relevancia en la actualidad que, hasta esta década, habían permanecido ignorados o considerados parte de los cuatro imperantes: el conductismo psicológico (Staats, 1996/1997) como planteamiento integrador de la psicología del comportamiento y el interconductismo (Kantor, 1959/1978; Hayes, y Fredericks, 1999; Ribes, 1990), que supone una alternativa filosófica de la psicología como ciencia natural más completa que la postulada por el conductismo en las formulaciones de Watson y el propio Skinner, desde un modelo de campo y que en parte ha contribuido al contextualismo y al más preciso análisis de la conducta verbal. Por ello primero analizaremos muy brevemente lo que es la Psicología interconductual, en parte porque contribuye al surgimiento del enfoque contextual que veremos en segundo lugar; después analizaremos el enfoque cognitivo conductual y sus derivaciones estrictamente cognitivas y, finalmente, revisaremos lo que constituye el conductismo psicológico, como introducción al siguiente apartado sobre las posibilidades de integración.
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Antes llamado Conductismo Social y actualmente Conductismo Psicológico (Staats, 1996/97).

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6.4.1. La psicología interconductual La psicología interconductual tiene una larga historia pero ha permanecido prácticamente en el anonimato, salvo en algunas universidades de Estados Unidos y en países latinoamericanos como México (Hayes, Ribes y López, 1994; Ribes y López, 1985). Sin embargo, en los últimos tiempos, siguiendo a Franks (1991), Delprato (1995) o Hayes y Fredericks (1999) se está produciendo un importante resurgimiento del interés por la psicología interconductual de Kantor (1424; 1926; 1959/1978), su creador y máximo exponente. Intentar resumir la obra de Kantor en unas líneas es una tarea imposible, dado la extensión, densidad y complejidad de sus planteamientos; por ello no intentaremos tal resumen sino que nos limitaremos a exponer algunos de los aspectos relevantes de sus obras y de las de sus continuadores en relación a la intervención psicológica (Kantor, 1924, 1926, 1959/1978; Hayes, 1992; Hayes y Fredericks, 1999; Hayes, Ribes y López, 1994; Ribes, 1990; Roca, 1989; Delprato, 1995, Ruben y Delprato, 1987; Segura Sánchez y Barbado, 1991). Kantor realiza una crítica sistemática del dualismo metafísico, insiste en que la teoría y la terapia de conducta deben ser tan científicas como las ciencias físicas, siendo el conductismo un paso necesario pero no el objetivo final para la construcción de la psicología natural. Se le considera un autor aristotélico, especialmente crítico con la doctrina dualista cartesiana y de la lógica del reflejo que arranca con Descartes e impregna el condicionamiento (Ribes, 1999). La propuesta de Kantor no es una teoría dentro del conductismo ni tampoco una teoría conductista sino que es una teoría sobre la lógica y los contenidos psicológicos y en ese sentido es una metateoría de la psicología como ciencia (Ribes, 1994).Considera que más que modelos causales, en el caso de la psicología es más conveniente utilizar un modelo de campo que permite una mejor aproximación a los fenómenos psicológicos. Desarrolla la teoría conductual de campo, con un lugar fundamental para el organismo, centrándose en las interacciones recíprocas y simultáneas entre éste y el ambiente. Su escuela se llamó primero Psicología organísmica (en un intento, afirman Hayes y Fredericks (1999), de implicar a la totalidad del organismo como un actor relevante, y no una

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parte, en el evento psicológico) y después interconductista. Es el sujeto en su estructura única el que se relaciona con el contexto. Lo biológico responde reactivamente y lo psicológico condicionadamente a los estímulos del contexto y no es lícito el reduccionismo en ninguno de ambos sentidos. El objeto de estudio de la psicología es el campo interconductual, que comprende: organismo y objeto estímulo, medio de estimulación y factores del contexto. Los sucesos que tienen lugar en el campo consisten en ajustes del organismo a los objetos ambientales. Tales ajustes se desarrollan a lo largo de toda la vida del organismo, en continua evolución, independientemente de la existencia de determinantes internos o externos. El campo es un todo con los siguientes elementos participantes: ♦ Factores organísmicos: organismo, respuesta, función respuesta. ♦ Factores estimulares: objetos, objetos estímulo, función estímulo. ♦ Historia interconductual (evolución de los campos interconductuales): categorías organísmicas (biografía reaccional), categorías estimulares (evolución del estímulo), medio de contacto. ♦ Factores del contexto: condiciones que facilitan o permiten el contacto entre respuestas y estímulos. Siguiendo a Hayes y Fredericks (1999), se puede señalar que la psicología interconductual presenta diferencias sustanciales con el conductismo radical skinneriano: 1. Respecto al concepto de conducta, Skinner (1938/1975) la entiende como la acción del organismo en el mundo externo mientras que Kantor (1924; 1959/1978) considera que la conducta es la interacción de un organismo en un ambiente. 2. Respecto al concepto de estímulo, Skinner lo entiende como un objeto que determina una respuesta y Kantor considera que un objeto no es un estímulo hasta que interactúa con el organismo y adquiere función de estímulo. 3. Respecto al concepto de función, Skinner la entiende en un sentido causal, como algo que hace responder a un objeto, mientras que Kantor considera que es la participación de un objeto estímulo en una interacción o evento psicológico. 4. Respecto al concepto de historia, Skinner considera que el organismo evoluciona debido al cambio por la exposición a contingencias de reforzamiento. Por su parte, Kantor entiende que lo que evolucionan

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son las relaciones funcionales; el producto de la historia interconductual no es un cambio en el organismo sino un cambio en su forma de responder respecto a la estimulación. 5. Respecto al concepto de contexto, para Skinner, contexto es similar a factores estimulares mientras que para Kantor el contexto es el conjunto de circunstancias generales que rodean la interacción, localizables tanto en el organismo como en los factores estimulares. Los factores del contexto son los que permiten seleccionar o actualizar funciones particulares en momentos concretos. Para Ribes (1990), el problema de la teoría operante es la interpretación de los eventos privados y la subjetividad. Los eventos privados se pueden tomar como un sustituto “conductual” de los eventos mentales, lo cual implica una perspectiva dualista (en el mismo sentido en que lo afirmaban Ryle (1949) y Kantor, 1959/1978). Frente a esto, la psicología interconductual considera: 1. Todo proceso lingüístico de referencia a eventos “privados” o “subjetivos” constituye el evento privado en sí mismo, es decir, que el evento supuestamente referido es en realidad el acto de referir como interacción lingüística originada públicamente. El acto de referir eventos privados constituye el evento privado mismo. Los eventos privados sólo son formas de referir en contextos públicos. 2. No existe funcionalidad psicológica de los eventos físicos producidos por la propia reactividad biológica, mientras no se expresen ligüísticamente de forma coherente con el grupo social del individuo. Los eventos “privados”, como eventos psicológicos, sólo existen como descripciones lingüísticas. Esto implica que la “subjetividad”, es decir, la identidad personal y las formas de referirse a ella, son consecuencia de las prácticas lingüísticas de la sociedad. Desde el interconductismo se considera que el lenguaje es un sistema sustitutivo convencional de eventos y acciones que se caracteriza por el desligamiento en el espacio y el tiempo de las acciones del que refiere o habla. Siguiendo a Kantor (1979) y a Ribes (1990), se denomina lenguaje referencial al proceso de mediación de las contingencias que incluye, necesariamente, un sistema reactivo convencional (el lenguaje), un mediador de las contingencias (el referidor-hablante), un individuo mediado (el referido-oyente) y un

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conjunto de eventos, objetos, personas o acciones que constituyen el objeto de dicha mediación (referente-de lo que se habla). Por otra parte, el proceso de sustitución no referencial, es decir el lenguaje interiorizado, implica la mediación de los eventos lingüísticos por acciones lingüísticas del propio individuo, en el que no hay otra persona y el sujeto se habla a sí mismo (diálogo interno y procesos simbólicos). Es un proceso de autointeracción, pero no podemos considerar que ocurra “bajo la piel”, sino que “es una interacción estrictamente lingüística y originada en - y significada por - el intercambio social con los otros individuos” (Ribes, 1990, pp. 65-66) Las aportaciones de la psicología interconductual son enormes y sobre todo constituyen una reformulación conceptual más potente desde una perspectiva de la psicología como ciencia natural y en su interrelación con las demás ciencias. Desde nuestro punto de vista, en un análisis somero de lo constituye la la psicología interconductual querríamos señalar como características diferenciales más relevantes: 1. La aportación de un modelo de campo frente a un modelo causal. Un modelo que estudia covariaciones entre estímulos y respuestas en un marco o contexto en el que no se exige relaciones causales lineales (véase figura 6.5).

SEGMENTO ANTERIOR

Factores disposicionales FUNCIÓN Estímulo OBJETO FUNCIÓN Respuesta Organismo

SEGMENTO

Historia Interconductual

POSTERIOR del CONTEXTO y del SUJETO

Figura 6.5 Modelo de campo de Kantor. La unidad de análisis es la interacción E⇔R. ⇔

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2. La importancia del sujeto. Se analizan cortes de un continuo de interacciones en el que el medio estimular y el sujeto aportan factores disposicionales para la siguiente interacción. Los desarrollos de Ribes y López (1985) y Ribes (1990) definen una manera de evaluar esos factores disposionales que el sujeto y el medio aportan a la interacción. 3. La consideración del sujeto como inmerso en un contexto social que hace que las normas culturales y el grupo de referencia se constituyan en factores disposicionales del contexto. 4. El importante papel que juega el lenguaje y los otros como estímulos distriminativos o reforzantes y, en consecuencia, la distinción entre contingencias directas de la conducta (microcontingencias) y las contingencias mediadas por otros o por el grupo de referencia (macrocontingencias). La psicología interconductual propone sustituir el análisis funcional por el análisis contingencial (Ribes, 1990) como alternativa a las aproximaciones terapéuticas del comportamiento. Dicho análisis considera las siguientes dimensiones: 1. Sistemas macrocontingenciales (entorno social). 2. Sistemas microcontingenciales (situación, entorno inmediato en relación con la conducta del individuo). 3. Factores disposicionales (historia de aprendizaje, personalidad, repertorios básicos de conducta). 4. Conducta individual (respuesta problema). Los problemas psicológicos no radican tanto en la conducta como en la red de relaciones del comportamiento problemático con otros eventos y con las prácticas valorativas que lo contextualizan socialmente. Los pasos a seguir para desarrollar un programa de intervención serían los siguientes (Segura, Sánchez y Barbado, 1991; Ribes, 1990): 1. Identificación de las relaciones microcontingenciales: • Morfologías concretas de los comportamientos, del cliente y de las personas del entorno (duración, intensidad, frecuencia y vigencia)

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Condiciones de las situaciones que poseen funciones disposicionales de las microcontingencias (condiciones que probabilizan una relación sin formar parte de ella). Situaciones que provocan conductas convencionales de otros y factores disposicionales del sujeto tendencias de respuesta del sujeto, capacidades o competencias, experiencias, tendencias de interacción en el pasado. • Personas o individuos implicados funcionalmente en la situación problemática. • Efectos contingenciales (directos o indirectos, inmediatos o demorados). • Ejercicio no problemático de la conducta considerada problema (efectos positivos o valorados socialmente).

2. Evaluación del marco o sistema macrocontingencial, entre otros aspectos: • Prácticas sociales dominantes relativas a la conducta problema (lo que la gente hace por norma o convención). • Prácticas lingüísticas sustitutivas (lo que la gente dice, como valoraciones del grupo). • Individuos y grupos de referencia vinculados con prácticas sociales macrocontingenciales que regulan la conducta problemática. 3. Génesis del problema que explica o resume la disposicionalidad ante las circunstancias presentes en las que se da la conducta problema. • Evaluación de los recursos y competencias del individuo en relación a las situaciones problemáticas (E, R y microcontingencias problemáticas). • Evaluación de la evolución de la personalidad en forma de consistencias interactivas del individuo (identificación de estilos interactivos). 4. Análisis de soluciones que exige determinar previamente si se puede modificar el sistema de macrocontingencias como ocurre en instituciones cerradas y en cualquiera de los casos la solución podría ser : • Optar por nuevas relaciones microcontingenciales. (p.e. cambiar de reforzamiento a extinción). • Cambiar la conducta de otros en las mismas microcontingencias.

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• •

Cambiar la conducta propia en las mismas microcontingencias. Promover otras funciones de la misma conducta problemática.

5. Selección, diseño y aplicación de procedimientos de intervención. • Las técnicas de tratamiento serían las tradicionales de la modificación de conducta, desde un análisis operante de las mismas, en el sentido que comentábamos al referirnos a la obra de Martin y Pear (1996/1999). No es este el lugar apropiado para discutir las aportaciones teóricas de la psicología interconductual a la psicología como ciencia, que desde luego consideramos que son importantes. La conceptualización de la conducta como interacción y del evento psicológico como evento conductual nos parece de sumo interés por lo que aportan a la clarificación del objeto de estudio de la psicología en general y de la modificación de conducta en particular. La obra de Kantor, tal como dijimos antes, es de una enorme densidad y complejidad en su lectura (y también la de sus sucesores, como Ribes), y quizás sea esa una de las razones, de acuerdo con O’Donohue y Kitchener (1999), que han contribuido a que tuviese tan escasa difusión. En cuanto al proceso terapéutico, consideramos que el análisis contingencial no constituye una alternativa al análisis funcional clásico, en el sentido de que no realiza aportaciones nuevas o relevantes, más que en cuanto al detalle con que especifican cada una de las condiciones que tienen que ser evaluadas (en este sentido coincide con el análisis propuesto por Staats, 1995; 1996/1997). Sin embargo, sí son de gran ayuda las propuestas de análisis diacrónicos que hace desde la perspectiva de los factores disposicionales presentes en la interacción pero que no constituyen propiamente relaciones funcionales, que se reservan a la interacción, es decir, a la relación entre estímulos y respuestas o, en sus propios términos, a las relaciones entre la función de estímulo y la de respuesta. Sin embargo no coincidimos con PérezAlvarez (1996b) respecto a la importancia de las aplicaciones derivadas del interconductismo, ya que si bien son pocos los trabajos publicados (debido al escaso interés en el mundo académico anglosajón) desde hace bastante tiempo se trabaja profesionalmente con este modelo en el ámbito clínico, al menos en España y en Latinoamérica. En la figura 6.6 se puede ver un esquema de lo recogido en un análisis de contingencias y

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la inclusión del pasado como factores disposicionales tomado, en parte, de los numerosos ejemplos de Segura, Sánchez y Barbado (1991). Otra cuestión interesante a destacar es su intento de superar el pragmatismo derivado de la demanda social en la clínica, en su búsqueda exclusiva de la eficacia, determinada por criterios que, cuando están explícitos, no siempre se conoce la autoría: criterios del paciente o del terapeuta; ni tampoco el momento en que fueron explicitados. La manera de superar el eclecticismo, afirman los autores de estas propuestas, es mediante la descripción sistemática y funcional del proceso de modificación del comportamiento que lleva a un resultado particular. El criterio de superación tecnológica, es decir, lo que define como mejor una nueva técnica, no sería sólo el grado de efectividad sino la posibilidad de hacer preguntas que permitan hacer variaciones sistemáticas en los procedimientos de intervención y, como consecuencia, generar conocimiento (Ribes, 1980).

VARIBLES DISPOSICIONALES Contexto próximo. Elementos del contexto estimular que facilitan el contacto. (Trabajando) Contexto lejano. contexto socioeconómico. Clase social. Localización (rural, urbano, barrio). Valores socioculturales del grupo o entorno (honradez, agresividad, ganancia económica, cultura).

CONTEXTO

Historia de la interacción (condicionamiento) de las conductas clave. R⇔E, recientes. Organismo biológico. Estado físico, lesiones, agotamiento, estructura morfológica, momento evolutivo. (30 años, atractivo, sano) Historia psicológica. Habilidades generales inteligencia, competencia verbal y social. Competencias específicas relacionadas. Motivación. Sistema de valores propio y funciones de refuerzo prioritarios.(más sueldo, ascender en la empresa). Tasa general de refuerzos.

INDIVIDUO.

E (FUNCIÓN) de predecir o controlar otros estímulos. motivacional (satisfacer). de sustituir otro estímulo.

R (FUNCIÓN) Cambios fisiológicos. Cambios de posición. Cambios en las verbalizaciones.

Figura 6.6 Esquema general de evaluación en el modelo interconductual

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Esta perspectiva eminentemente científica del interconductismo (aplicado a la clínica y a cualquier otra área de la psicología) es algo que lo diferencia claramente de otros enfoques, desarrollados con una perspectiva utilitarista sin ningún objetivo de desarrollar el conocimiento científico. Y en el mismo sentido lo conecta con el conductismo psicológico de Staats (1996/1997) para quién, como vamos a ver ahora, el desarrollo en cualquiera de los niveles o campos de estudio de la psicología tiene que suponer necesariamente un desarrollo general de la ciencia psicológica. Otra cuestión que es relevante en la psicología interconductual, en su versión aplicada, es la consideración de la enfermedad psicológica como un problema social. La enfermedad psicológica, que aparece como demanda del sujeto viene determinada por las prácticas sociales del grupo dominante y del grupo mayoritario y por ello se da a la enfermedad una explicación natural no culpabilizadora, porque no hay causas ni la causa del problema puede estar en el sujeto. Por ello en el tratamiento sólo se proponen alternativas que, finalmente, podrían conseguir la resolución del problema, muchas de las cuales lo podrían lograr cada una por su parte, o conjuntamente con algunas de las otras alternativas. 6.4.2. El análisis aplicado de la conducta y el enfoque contextual Decíamos antes que el análisis de la conducta verbal está recobrando importancia en modificación de conducta. En el marco de la investigación actual sobre la conducta verbal en la línea de Skinner (1957/1981) surge un nuevo enfoque teórico en modificación de conducta, el enfoque contextual que concentra sus esfuerzos en el análisis de la conducta clínica, en el análisis de la conducta más importante que se lleva a cabo en el contexto clínico por parte del cliente y el terapeuta: la conducta verbal. Este enfoque desarrolla a su vez diversas aproximaciones terapéuticas, como la Psicoterapia Analítica Funcional (PAF, Kohlenberg y Tsai, 1987, 1995) y la Terapia de Aceptación y Compromiso (TAC, Hayes y Wilson, 1994; Hayes,

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McCurry, Afari y Wilson, 1995; Hayes, Batter, Gifford, Wilson, Afari y McCurry, 1999). Estas nuevas terapias contextuales representan realmente una novedad en modificación de conducta, e incluso superan el ámbito de la misma. De hecho, sus autores afirman que algunos planteamientos psicodinámicos, existencialistas y de otras viejas psicoterapias concebidas sin base empírica se pueden reconceptualizar en términos de condicionamiento verbal e integrar en la terapia de la psicología de la conducta, pero en palabras de Hayes (1987), no de forma ecléctica, sino en su marco conceptual (el análisis experimental de la conducta). El enfoque contextual es una versión actualizada del análisis aplicado de la conducta en el contexto clínico; son varios los autores (Pérez, 1996a,b; Goldfried y Castonguay, 1993) que consideran que es la estrategia más potente de cambio psicológico y la más sólida en cuanto a lo que a su formulación teórica se refiere. En cualquier caso, sería un error reducir el enfoque del análisis conductual aplicado a estas nuevas formas de intervención. Las nuevas terapias, como la PAF o la TAC no son más que intentos que todavía necesitan demostrar su utilidad de forma generalizada en el área clínica de adultos. Con esto queremos dejar claro que, como señalan algunos autores como Pérez (1996a,b) o Luciano (1999) los desarrollos del análisis conductual aplicado de los años 90 consisten en los trabajos llevados a cabo desde el enfoque contextual con exclusividad, aunque como bien señalan Pierce y Epling (1995) o Martin y Pear (1996/1999) el análisis conductual aplicado mantiene los mismos principios teóricos y técnicos propuestos por Baer, Wolf y Risley en su escrito fundacional de 1968, tal como se han descrito en el capítulo anterior. En este sentido, las características de la modificación de conducta desde este enfoque son las siguientes (Martin y Pear, 1996/1999): 1. Hincapié en definir los problemas usando términos de conducta que puedan medirse de una u otra forma, tomando los cambios en la medida comportamental del problema como el indicador por excelencia del grado en que se está aliviando tal problema. 2. Los procedimientos y técnicas de tratamiento son formas de organizar el ambiente del individuo (variables concretas del entorno inmediato que son las que producen y mantienen el comportamiento problema). 3. Sus métodos y técnicas pueden ser descritos con precisión.

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4. Sus técnicas provienen de investigaciones básicas realizadas en el laboratorio, en el campo de la psicología experimental. 5. Dentro de la psicología experimental hay que destacar la psicología del aprendizaje en general y de los principios del condicionamiento clásico y operante en particular. 6. Énfasis en la prueba científica para determinar si una intervención específica es responsable o no del cambio. 7. Se da un alto valor a la responsabilidad de todos los involucrados en el proceso de modificación (terapeuta, cliente, otros relevantes) En cuanto a las técnicas que consideran, únicamente excluyen las cognitivas tradicionales, porque no son integrables tal como están fundamentadas, a diferencia de las terapias contextuales que se consideran una alternativa al tratamiento de las verbalizaciones del cliente en la clínica y, por consiguiente, admiten su uso, tal como señalan Hayes, Follete y Follete (1995) y Pérez (199b). Por lo demás, no presenta ninguna otra diferencia importante respecto a sus orígenes. El manual de Martin y Pear (1996/1999) es una excelente muestra de la explicación de cómo se lleva a cabo la modificación de conducta utilizando, sobre todo, técnicas de control de estímulos y manejo de contingencias, pero también técnicas de condicionamiento clásico y de modelado así como alguna cognitiva que, según estos y otros autores (Martin y Pear, 1996/1999; Pérez, 1996b; Zettle y Hayes, 1982) pueden explicarse perfectamente desde el control de la conducta regida por reglas. El enfoque contextual, aunque se considere un heredero directo del análisis aplicado de la conducta (Guifford y Hayes, 1999; Hayes, 1987; Kohlenberg y Tsai, 1995; Pérez, 1996a), presenta unas marcadas diferencias respecto a éste, no tanto en cuanto a los fundamentos teóricos como al desarrollo terapéutico, tal como veremos a continuación. Este enfoque considera el contexto como elemento determinante de la conducta y explicativo de la misma: todas las causas de la conducta están restringidas a los eventos ambientales. En línea con este argumento, el nombre de análisis de la conducta clínica alude al análisis de la conducta aplicado en el contexto clínico (paciente externo adulto con trastornos neuróticos, dificultades interpersonales y desórdenes de personalidad).

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Tradicionalmente, se consideraba que las conductas problema tratadas en sesión no eran observadas directamente por el terapeuta, sino que se presentaban en el contexto cotidiano, fuera del control del psicólogo. Para resolver esta dificultad terapéutica, se han utilizado diversas medidas: desde los ensayos conductuales al entrenamiento de observadores o en última instancia al autoinforme del individuo o a los autorregistros de su conducta. De hecho la evaluación conductual nace con el objetivo de resolver en parte este problema. Sin embargo, desde una perspectiva conductual se podría entender que el problema se manifiesta como queja del paciente ante el psicólogo en la sesión clínica y, por tanto, que lo único necesario para resolver el problema del cliente se da en la misma sesión de tratamiento, esto es, la conducta tal como se manifiesta allí es la conducta problema en sí misma, por tanto, debemos tratarla mediante las variables del contexto clínico. Esta afirmación se refiere sobre todo a la conducta verbal, a lo que el sujeto y el terapeuta dicen, que en el enfoque contextual se considera esencial para la terapia. Diversos autores de este enfoque (Hayes, Follete y Follete,1995; Kohlenberg y Tsai, 1991; Linehan, 1993; Luciano, 1999; Pérez,199b) consideran que en la clínica se habla, pero habitualmente el terapeuta no maneja el lenguaje como conducta verbal (en el sentido de Skinner, (1957/1981) y de Keller y Schoenfeld, 1950/1975) dependiente de antecedentes y consecuentes sino exclusivamente en su función sustitutiva, como representación o descripción de eventos pasados (estímulos o conductas) referidos por el cliente que es, en definitiva, lo que interesa al psicólogo. Por ello, el enfoque contextual asume los siguientes supuestos (Kohlenberg, Tsai y Dougher, 1993):

-

Los problemas de la vida cotidiana pueden y de hecho se dan en la sesión, por lo que el terapeuta los puede observar y tratar directamente. El lenguaje que tiene lugar en la sesión se considera una conducta clínicamente relevante, porque es tanto una muestra del problema como una ocasión para la terapia.

Pérez (1996b) afirma, siguiendo a Skinner, que el único problema que ha de resolver una ciencia de la conducta por lo que respecta al subjetivismo, se encuentra en el campo verbal. Desde la perspectiva operante, se recurre al análisis de la conducta verbal para explicar los

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acontecimientos privados (Catania, 1968/1974; Kazdin, 1991; Luciano, 1993, 1999). Cuando un sujeto verbaliza emociones o pensamientos, no hay que utilizar tales verbalizaciones para explorar un presunto mundo interior sino estudiarlas como conductas en sí mismas, especificando las condiciones que las hacen posibles y las funciones que tienen (Skinner, 1957/1981). Yendo más allá de Skinner, Pérez (1996a) afirma que habría que reconstruir el conductismo radical como una fenomenología del comportamiento: Skinner defendía la formulación de explicaciones que no rebasaran el propio campo de las realizaciones experimentales, considerando que añadir cualquier tipo de variable teórica, ya sea en términos fisiológicos o mentales, no era relevante en el plano donde ocurren las efectivas relaciones y variables psicológicas (Fuentes, 1989). De acuerdo con la perspectiva fenoménico-conductual mantenida por Pérez (1996a,b), lo cognoscitivo no es algo ajeno o diferente de lo conductual, sino que consiste en una propiedad inherente al ejercicio mismo de la conducta, frente a la perspectiva representacional del enfoque cognitivo que entiende que la conducta nos sirve para conocer una realidad distinta, la realidad cognitiva (sería un planteamiento dualista). Recuperan la idea del “yo”, del factor personal que ya habían introducido Staats (1975/1979) y Bandura (1978/1981), reconceptualizándolo desde una perspectiva supuestamente operante, como “unidad funcional de tercer grado (Kohlenberg y Tsai, 1991) o como “contexto social verbal” (Hayes y Hayes, 1992). Al hilo de los textos mencionados se puede ver que el problema de la ubicación del yo e incluso de su denominación ha atravesado la historia de la filosofía, con soluciones parcialmente admitidas, al igual que ocurre con el conductismo cuando, como es el caso actual, se trata de recuperar el sujeto. Desde la perspectiva contextual, la unidad de análisis es la acción en su totalidad, entendiendo por tal los actos, los contextos y las características de la acción (Hayes, 1987; Hayes, Follete y Follete, 1995). Se maneja para dicho análisis una contingencia de tres términos (estímulo discriminativo, respuesta, estímulo reforzador) con dos condiciones causales iniciales (los estímulos discriminativos y los reforzadores); pero como el estímulo discriminativo puede estar a su vez discriminado (discriminación condicional) y ser reforzador, el resultado es una causalidad múltiple. Cada término se define por los otros, de

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forma inseparable, como covariación. La causalidad es una forma de hablar sobre los sucesos, no un hecho2. En la conducta verbal, el presente interactúa con el pasado y con el futuro, lo que permite, según Guifford y Hayes (1999), introducir dimensiones funcionales no presentes en la situación (“predecir” el futuro y “revivir” el pasado). El antes y después verbales son convencionales y permiten construir futuros que nunca han sido vividos, pero que no se analizan como sucesos hipotéticos sino como reales en la medida en que la conducta verbal es real y presente. Dada la fundamental importancia que tiene la conducta verbal para el enfoque contextual, creemos conveniente, tener presentes los planteamientos skinnerianos sobre este tipo de conducta (Skinner, 1957/1981), que han sido retomados fielmente por el enfoque contextual. Las conductas verbales se definen como clases funcionales operantes que pueden tener consecuencias verbales (una contestación verbal de otro) como no verbales (acciones de otros) y pueden estar controladas por un ED que corresponde a un estímulo del contexto verbal o no verbal. La clase funcional se refiere a la naturaleza genérica de los conceptos de estímulo y respuesta, esto es, diversos estímulos o respuestas que tienen la misma función. Las reglas son un tipo de conducta verbal consistente en instrucciones que especifican contingencias (que pueden tener correspondencias con contingencias ambientales; p.e. juntando los cables rojo y verde se enciende el motor). En este sentido, la conducta de un sujeto podría estar bajo el control de contingencias ambientales o bajo el control de reglas que, como una conducta verbal más, el sujeto puede emitir. En cierto modo, se trata de dar una explicación a comportamientos del sujeto que no están controlados por las contingencias ambientales que el propio sujeto señala como explicación de su conducta. Por ejemplo una persona realiza el comportamiento A (beber agua) frecuentemente para conseguir algo B (ganar peso), que en cualquier caso no consigue. El control del comportamiento se debe al seguimiento de una instrucción y no se atiene a las contingencias ambientales: no ganar peso. Sin embargo, como señala Catania, Matthews y Shimoff (1990) y Luciano (1993) el sujeto no atiende a las contingencias ambientales para cambiar la regla porque las reglas están

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Estas afirmaciones recuerdan en parte el planteamiento interconductual de Kantor (1924; 1926) y de Ribes y López (1985).

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controladas por otro tipo de contingencias, fundamentamente sociales3 (de otras personas). La mayoría de las instrucciones generadas por el sujeto tienen un carácter discriminativo, pero hay algunas que ejercen otro tipo de control, esto es, son capaces de alterar la función. La “alteración de la función” es la capacidad de algunas reglas para producir operaciones instrumentales, como extinción, reforzamiento, castigo, etc. por el hecho de ejecutar las especificaciones de la regla. La conducta controlada por reglas, de acuerdo con la taxonomía skinnerriana, tiene unas características diferenciadoras respecto a otro tipo de conductas verbales ya que es insensible a las contingencias ambientales, por lo que adquiere autonomía funcional. Siguiendo a Luciano (1993), si las cosas se hacen por “cumplir”, de acuerdo con las exigencias sociales, entonces difícilmente se tiene la oportunidad de “seguir” las contingencias naturales. Y esto puede ser así porque la gente es más reforzada (por otros) por seguir las reglas que por cualquier otra cosa, con independencia de la utilidad de la regla. Si como señalan estos autores esta afirmación es correcta, está plenamente justificada, la insensibilidad del sujeto a las contingencias especificadas en la regla. Las normas de cómo vestirse en determinadas ceremonias (usar corbata) o la forma de saludar a una persona son ejemplos de reglas que no se seguirían por su propia utilidad o porque de seguirlas se deriven consecuencias reforzantes, salvo por parte de las personas que sugieren seguir la regla. Del mismo modo reglas como “deja de leer novelas o suspenderás los examenes” no se siguen más que por obediencia, puesto que, al menos la primera vez, no se tiene experiencia respecto a si la regla es cierta. La propia conducta verbal puede ser controlada por reglas o controlada por contingencias. Cuando las reglas que especifican las respuestas apropiadas son moldeadas (gobernadas por contingencias), resultan más efectivas que las reglas que meramente describen las contingencias relevantes. De acuerdo con Catania, Matthews y Shimoff (1990), moldear lo que la gente dice acerca de lo que hace parece ser una forma más efectiva de cambiar su conducta que, incluso, si se moldea la conducta directamente y, desde luego, que si se dan las intrucciones para que se haga. Se sugiere que es más efectivo esperar a que el cliente diga
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Se dice que seguimos las reglas que nos dan otras personas, en consecuencia, las personas nos refuerzan por seguirlas.

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“Me pondré a estudiar en cuanto llegue a casa” y entonces reforzar verbalmente que sugerir mediante la instrucción “Ponte a estudiar en cuanto llegues a casa, verás como apruebas”. El moldeamiento de la conducta verbal es una potente técnica de cambio de la conducta (Kohlenberg, Tsai y Dougher, 1993): primero, en las situaciones clínicas es más fácil moldear lo que dice el cliente que lo que hace. Segundo, la conducta verbal del cliente (dichas las cosas en sus propias palabras) moldeada por el terapeuta, puede corresponderse mejor con el comportamiento a que se refiere el sujeto que la conducta instruida o informada desde el terapeuta. Este planteamiento respecto a la conducta verbal es el que siguen todas las terapias desarrolladas en el marco del enfoque contextual; éstas conciben el proceso terapéutico como un proceso dialéctico (Luciano, 1999), en el que la marcha del mismo es una función de las contingencias habidas en cada momento en un marco de actuación abierto que permite que ciertas formas de comportamiento del cliente queden seleccionadas por las contingencias generadas por el terapeuta. Desde esta perspectiva, la modificación de conducta se define como la aplicación de operaciones conductuales básicas para problemas psicológicos (Hayes, Follete y Follete, 1995). Se denominan básicas porque son las características del análisis experimental de la conducta y serían las siguientes: a) observación; b) presentación de estímulos (ambas forman parte de la evaluación, puesto que se pretende observar la conducta ante determinados estímulos en el contexto clínico); c) disposición de consecuencias (manejo de contingencias); d) disposición de control antecedente (introducción de algún estímulo ED cuya presencia afecta la probabilidad de cierta conducta); e) establecimiento de funciones motivacionales (tipo de control antecedente que altera la efectividad del refuerzo) y f) alteración funcional de las reglas o proposiciones generadas por el sujeto como consecuencia de su aprendizaje moldeado por el ambiente o instruido por otros (mediante control contextual de las relaciones contingenciales establecidas en la regla, para que el sujeto vea la inoperancia de la misma, en algunos casos). En la terapia contextual, los problemas psicológicos se consideran desajustes entre las demandas del ambiente y el repertorio personal

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(Luciano, 1999). La persona es producto de su historia (de su comportamiento pasado) y su conducta actual está controlada por el contexto; por ello, el cambio del comportamiento se hace por medio de cambios sistemáticos en las contingencias y/o por la introducción de fórmulas verbales que alteran o transforman las funciones de las reglas del propio sujeto, en el sentido explicado anteriormente. No sólo las contingencias directas sino también las fórmulas verbales (instruidas o moldeadas) producen nuevos comportamientos y alteran las funciones o relaciones entre comportamientos, sin entrenamiento explícito o contingencias directas (Hayes, Follete y Follete, 1995). En cierto modo vienen a decir, como señalábamos en el capítulo referido a las formas de aprendizaje, que el aprendizaje por instrucciones de otro determina el comportamiento del sujeto más allá de su interpretación como conducta operante. Así pues, se considera que lo que el terapeuta haga, consciente o no, en relación a los comportamientos del cliente, son contingencias que operan directamente sobre las clases operantes mantenedoras de las respuestas a las que el terapeuta ha reaccionado. De esta manera, el análisis del comportamiento del terapeuta se convierte en el objetivo del análisis, en cuanto que es el dispensador de contingencias (reforzantes o no) de la conducta del cliente que, como estamos en la situación clínica, se corresponde fundamentalmente con determinadas verbalizaciones. En el análisis de los problemas psicológicos es especialmente relevante considerar cómo el cliente aprendió a relacionar sus comportamientos, sobre todo “decir” y “hacer”; esto es, cómo aprendió a percibir y a hablar de sentimientos (estar triste, estar enfadado...) y, lo que es más importante, cómo aprendió a reaccionar ante tales sentimientos considerados como estímulos aversivos (estos planteamientos recuerdan sin duda a los de Staats, respecto a la función de los estímulos y a la adquisición de nuevas funciones). En muchas ocasiones, tales pensamientos o proposiciones del sujeto son elementos de control (ED) para ciertas actuaciones y, en ese caso, dan la apariencia de causas del comportamiento sin serlo en absoluto: un individuo puede decir cuando no sale a la calle “No salgo porque estoy triste”, entendiendo que la causa de no salir es la tristeza. El enfoque contextual entiende que la tristeza no es la causa de que el sujeto no salga, porque cree que es más útil analizar la frase como conducta verbal del cliente. Desde esa perspectiva lo que analizamos son las covariaciones (no son causas pero son correlaciones) entre lo que el sujeto ha dicho, su respuesta verbal (“No salgo porque estoy triste”) y lo que ha hecho (“no

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salir”) (Luciano, 1993), cuya función es necesario analizar. Los eventos privados (en el sentido skinneriano) no causan la conducta manifiesta, sino que ellos mismos constituyen estímulos cuya función es adquirida a través de la conducta verbal y están controlados por los indicios contextuales en el ambiente. Por ello, tampoco se considera que los eventos privados sean la cuestión crítica ni la causa de la conducta problema (y no se plantea como objetivo central la necesidad de cambiar las verbalizaciones, como en la terapia cognitiva clásica) aunque los eventos privados, como descripciones verbales específicas, se tienen en cuenta para explicar el cambio de comportamiento y para llevar a cabo la terapia. Por ello, el objetivo es determinar el contexto en el que ciertos eventos privados están asociados con respuestas manifiestas para luego cambiar ese contexto, ya sea a través del manejo directo de las contingencias que mantienen la clase operante (por ejemplo, en la PAF), o bien sea por medio de diferentes estrategias (fórmulas verbales, sobre todo metáforas) que colocan la relación antigua en un nuevo marco o contexto verbal que, si realmente es distinto, debe alterar la función de relación previa entre los comportamientos (como se haría en la TAC). La PAF y la TAC tienen mucho en común: la importancia que dan a la relación terapéutica, las asunciones sobre los problemas clínicos y su necesidad (y suficiencia) de tratarlos en la propia situación terapéutica, el análisis funcional de la conducta verbal del cliente y del terapeuta, y el concepto de transferencia y de aceptación activa, esto es, de lo que no puede cambiarse o no se desea cambiar (por ejemplo, el pasado). Vistos aunque sea someramente los planteamientos subyacentes a las terapias contextuales en general, vamos a ver el procedimiento de actuación específico de cada una de ellas para, finalmente, hacer una valoración conjunta de sus aportaciones.

A) La psicoterapia analítico-funcional (PAF) La PAF desarrollada por Kohlenberg y Tsai (1987, 1991, 1995) pretende manipular la relación funcional para que el estímulo no alargue la conducta problemática que ocasiona. Dado que se considera isomórfica la relación entre estímulos públicos y privados, no se

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pretenden eliminar los eventos privados sino exponer al sujeto a ellos según los principios operantes de extinción, para romper dicha relación funcional. Los cambios terapéuticos se dan en la propia sesión, la cual se considera el lugar en que han de ocurrir las conductas clínicamente relevantes por parte del cliente y en el que se han de dar las ayudas técnicas por parte del profesional (Kohlenberg y Tsai, 1985, 1991, 1995; Luciano, 1999). La terapia se concibe en términos de aprendizaje. El terapeuta tendría tres funciones de estímulo: evocativa, discriminativa y reforzante4. La función evocativa se refiere a determinadas verbalizaciones del terapeuta que darían lugar a conductas respondientes (reacciones condicionadas involuntarias ante ciertas presentaciones estimulares que hiciera el terapeuta); la función discriminativa la ejercerían determinadas conductas del terapeuta, generalmente, verbales, para las que ciertas conductas del cliente que tendrían consecuencias por parte del terapeuta. Las funciones reforzantes son las consecuencias (por parte del terapeuta) que afectan a la probabilidad de la conducta del cliente (generalmente atención selectiva y muestras de interés). El terapeuta ha de estar alerta para generar condiciones que puedan tener diferentes funciones y para aplicar las contingencias oportunas y naturales. Igualmente, ha de provocar numerosas respuestas en el cliente, a fin de facilitar la generalización desde el nivel de funcionamiento conseguido en las circunstancias clínicas a otros contextos que son precisamente aquellos en los que se detectó la presencia de un problema. Para ello se requieren ciertas habilidades terapéuticas que permitan una mayor implicación personal. Todas estas funciones del terapeuta se espera que modifiquen la conducta del cliente en la propia sesión, no en vano (se insiste) llamada terapéutica. Se siguen utilizando las técnicas tradicionales de la terapia de conducta, pero en ocasiones con otras funciones; por ejemplo, las tareas para casa pueden poner de manifiesto la dificultad para responder a las demandas adecuadamente si, por ejemplo, el paciente llega a la sesión y no trae el registro que se había acordado en la sesión anterior. El terapeuta no hace lo habitual en estos casos que consiste en castigar o extinguir la conducta y mandarlo a casa sino que considera esta conducta como una clase de conducta que crea problemas al paciente. Como podemos ver, en la sesión aparecerían problemas que son muestras de la clase general de problemas que tiene
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Este análisis recuerda al de Staats respecto a los estímulos en general.

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el paciente, con lo cual, lo correcto por parte del terapeuta es considerarlo una conducta clínicamente relevante (CCR) que habría que tratar en su momento. Los componentes esenciales de la PAF son los siguientes (Kohlenberg y Tsai, 1995): 1. Conductas clínicamente relevantes (CCR). Son aquellas que se dan en la sesión terapéutica y son de gran interés para el cambio. Pueden ser de tres tipos: los problemas del cliente durante la sesión (CCR1), las mejorías del cliente durante la sesión (CCR2) y las interpretaciones del cliente acerca de su conducta o la explicación de porque hace lo que hace (CCR3). 2. La identificación de las CCR que son mostradas. por el cliente en la sesión. Se requiere un análisis funcional del lenguaje, dado que es la clase de comportamiento más importante en la sesión. Por ello se impone diferenciar los distintos tipos de respuestas verbales y clasificarlas de manera que permita la identificación de sus funciones dentro de las CCRs. De acuerdo con la clasificación de la conducta verbal de Skinner (1957/1981) al menos habría que considerar: Tacto (y autotacto): conducta verbal que depende de un control discriminativo y está fortalecida por reforzadores generalizados (son descripciones). Mando: conducta verbal que ocurre porque es seguida por reforzadores específicos y aparece bajo un amplio rango de estímulos discriminativos y su función motivacional varía según el estado de necesidad. Tiene que ver con la petición, la solicitud y la demanda. Los mandos pueden estar disfrazados, encubriendo peticiones y haciéndose pasar por tactos. Intraverbal: conducta verbal discriminada por estímulos verbales antecedentes y que se mantiene como pauta de respuesta prefijada. Autoclítica: conducta verbal que repara en la propia conducta verbal del hablante. Además del lenguaje hay que estar atento a otras situaciones terapéuticas que evocan CCRs; Pérez (1996a) especifica algunas de las conductas que emite el sujeto en la sesión que pueden ser indicativas de problemas. Por ejemplo, relativas a la estructura temporal (cómo se desenvuelve el cliente en función del momento temporal de la sesión), al

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anuncio de las vacaciones del terapeuta, a la terminación de la terapia, a los honorarios, a los eventos inusuales, a las expresiones de afecto, etc.. Estos eventos u operaciones del terapeuta pueden ser contextos en los cuales el sujeto emite conductas potencialmente problemáticas y, directamente, se tratan. La PAF plantea una serie de reglas a seguir para una actuación terapéutica relevante. Son reglas que gobiernan la conducta del terapeuta y permiten hacer de la sesión clínica un contexto natural para el cambio psicológico: Regla 1: Observar las CCRs Regla 2: Evocar o generar las condiciones para la ocurrencia de CCRs Regla 3: Reforzar las mejorías, reforzamiento natural, tanto directo (lo que ha de hacer el terapeuta para dar el refuerzo) como indirecto (las condiciones del terapeuta que disponen al reforzamiento natural). Se puede decir, por ejemplo, “-Te veo muy bien ahora” o “- ¿Estás sonriendo, no es cierto?. Regla 4: Observar el potencial reforzante como terapeuta en relación a la conducta del cliente Regla 5: Proveer las condiciones para generar interpretaciones del cliente sobre un comportamiento. Sólo queremos resaltar aquí cómo este enfoque terapéutico está enfocado a tratar al cliente en la propia sesión mediante un análisis específico de la conducta verbal, tan olvidado hasta ahora por los terapeutas de conducta que, sistemáticamente, han manejado las estrategias cognitivas mediacionales que obviaban el clásico análisis de Skinner de la conducta verbal. B) La terapia de aceptación y compromiso (TAC) La TAC desarrollada por Hayes y Wilson (1994); Hayes, McCurry, Afari y Wilson (1995) y Hayes, Batter, Gifford, Wilson, Afari y McCurry (1999) se enmarca dentro del denominado conductismo contextual (Hayes y Hayes, 1992) o contextualismo funcional (Gifford y Hayes, 1999) y ha recibido diversos nombres, terapia contextual, terapia de aceptación y cambio, terapia de aceptación y compromiso. Enfatiza el carácter eminentemente social de los problemas psicológicos, realzando el papel de la conducta verbal en la génesis, extensión y mantenimiento de los problemas (contexto social verbal). En este enfoque, el análisis de

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las psicopatologías se dirige al estudio de las características del comportamiento verbal (Hayes, McCurry, Afari y Wilson, 1995; Hayes, Batter, Gifford, Wilson, Afari y McCurry, 1999) y se fundamenta en una filosofía en torno a la reflexión sobre lo que puede y quiere cambiarse y lo que no puede cambiarse aunque así lo quisiera el cliente. Para que lo que no puede cambiarse se propone la aceptación activa (no victimista). Para lograr el cambio se utilizan principalmente metáforas o ejercicios que pretenden situar los problemas en otro contexto verbal que permita una actuación adaptativa; se trataría de alterar las maneras en que funcionan las reglas, alterando precisamente el contexto en que ocurren. No trata directamente la conducta, sino que cambia el contexto para que la conducta (verbal) se modifique (no exactamente la conducta sino el problema). La conducta puede modificarse o no al cambiar el contexto pero el problema, con el cambio de contexto, se soluciona en cualquier caso. El problema no estaría en la conducta, ya que lo decisivo es la función de la conducta y la función es cuestión del contexto. Pérez (1996a) afirma que la TAC (él la denomina terapia contextual) no es exactamente terapia de conducta, pero si es conductista porque: primero, se dirige a las condiciones que determinan el problema, especialmente el contexto verbal; segundo, trata con “clases de conductas” y no conductas concretas, como es la lógica conductista (el problema no es la conducta, sino la función); y tercero, el objeto de tratamiento está en la propia situación terapéutica (contexto verbal). Describir con palabras lo que se hace en sesión resulta bastante más difícil que mostrarlo en vídeo, pero sobre todo, en este segundo caso, resulta más fácil de comprender, según ponen de manifiesto los autores. Los aspectos centrales de la terapia de aceptación y compromiso son los siguientes (Hayes, 1987; Hayes y Hayes, 1992; Hayes y Wilson, 1994): 1. El contexto social verbal, diferenciando cuatro tipos: contexto de la explicación (las explicaciones que uno se da se asumen como causas), contexto del control cognitivo y emocional (las explicaciones causales verbales dirigen nuestro comportamiento), contexto del significado literal (las palabras se apropian del

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significado de los objetos a los que se refieren) y contexto de la evaluación (el lenguaje valora los actos) En esta proposición hay ejemplos de todo ello: “voy a comprar un nuevo coche porque el que tengo es una ruina. Ya tenía que haberlo cambiado”. 2. Distanciamiento comprensivo: puesto que el contexto verbal en el que ocurren los problemas es envolvente, hay que tener alguna forma de “distanciamiento” o “desmantelamiento”. Por distanciamiento entienden situar al sujeto en otra perspectiva respecto de sus propios problemas, para poder hacerse cargo de estos, comprenderlos. El distanciamiento comprensivo pretende cinco metas: - Meta 1: Establecer un estado de desesperanza creadora (las vías tradicionales de solución no sirven, pero hay otras). Logramos que el sujeto diga: Efectivamente tartamudeo en casi todas las palabras y no se me entiende y tardo bastante en decir lo que quiero. - Meta 2: Hacer ver que el problema es el control. Los intentos de control anterior sobre pensamientos y sentimientos es lo que constituye el problema. Logramos que el sujeto diga: Cuando me esfuerzo en no tratamudear lo hago mucho peor. - Meta 3: Diferenciar entre la persona y la conducta. Logramos que el sujeto diga: No soy un tartamudo son un estudiante de biológicas de familia media, bilingüe, y tartamudeo, especialmente por teléfono. - Meta 4: Abandonar la lucha contra las emociones y los pensamientos. Logramos que el sujeto diga: Efectivamente siento vergüenza cuando comienzo a tartamudear y, algunas veces, odio hacia las personas que no tartamudean. - Meta 5: Establecer el compromiso de actuar. Logramos que el sujeto diga y realmente se comprometa: Ocurra lo que ocurra, hablaré muy despacio por teléfono. 3. Procedimiento de la terapia contextual. Existe un manual (Hayes, McCurry, Afari y Wilson, 1995) creado para la agorafobia pero válido para cualquier “evitación emocional”. Está diseñada para 16 sesiones de 90 minutos, a lo largo de las cuales, y después de la evaluación, se tratan ocho temas, entre otros la desesperanza creadora, la toma de perspectiva, el compromiso y la aceptación, y la prueba de realidad. Es característico de la TAC la utilización de metáforas para facilitar el cambio.

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D) La terapia de conducta dialéctica Esta alternativa terapéutica (Linehan, 1993) está derivada de la psicoterapia analítica funcional de Kohlenberg y Tsai (1987, 1991) para el tratamiento específico del trastorno de personalidad borderline. Se basa en lo que el autor denomina principio de interrelación parte-todo, esto es, la vinculación e interdependencia de la conducta definida como problema respecto de las circunstancias sociales, en relación con las cuales tiene su función. El problema se determina en la práctica social, hay que entenderlo como un reajuste entre el entorno social y la persona. La terapia consiste en crear un contexto de validación más que de inculpación del paciente, dentro del cual el terapeuta bloquea o extingue las conductas inadecuadas, hace surgir las adecuadas y procura que sean reforzadas hasta que se instauran en el paciente. Es un proceso largo y complicado (la terapia dura alrededor de un año, con sesiones prolongadas) ya que se trata de una reconstrucción personal. La terapia se ofrece como un ambiente validante sobre el que reconstruir la regulación emocional (interpersonal, conductual y cognitiva) y, en definitiva, el yo. La relación terapéutica es importante y combina técnicas de tratamiento dispares, desde las conductuales a la meditación zen. El tratamiento es un balance entre posiciones extremas; la cuestión es facilitar el cambio enfatizando la aceptación y mantener la aceptación enfatizando el cambio. Probablemente sea la propuesta menos formalizada en el marco del enfoque contextual. No queremos terminar la presentación del enfoque contextual sin hacer una valoración sobre la aportación de las terapias contextuales a la modificación de conducta. Desde nuestra perspectiva, una de las cuestiones fundamentales ha sido la rigurosidad con que han retomado el análisis del lenguaje en terapia y, la otra, el tratar de establecer las claves de la relación terapéutica. Desde hacía mucho tiempo se estaba señalando la importancia de lo que ocurría dentro de la sesión y lo relevante de la relación interpersonal entre cliente y terapeuta, al tiempo que se insistía en la necesidad de analizar ambos aspectos en profundidad. Sin duda alguna, para llevar a cabo estudios sobre la conducta verbal de cliente y terapeuta hacía falta: 1) demostrar experimentalmente las relaciones entre lo que se dice y lo que se hace; 2)

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concebir distintos tipos de aprendizaje y fundamentalmente el aprendizaje por instrucciones de otra persona; y 3)considerar que en un contexto social las contingencias aportadas por los otros (oyente, público, instructor, modelo, compañeros, etc.) son radicalmente importantes y específicas de la conducta verbal y, en ocasiones, de signo opuesto a las denominadas contingencias ambientales. Efectivamente, las terapias contextuales han recogido la información existente (recogida en gran parte en el libro de Hayes y Hayes, 1989) y la han puesto al servicio del análisis de la conducta verbal en la sesión terapéutica. El análisis skinneriano de la conducta verbal tiene sus limitaciones, pero indudablemente ofrece un marco muy sólido para la consideración operante de los intercambios verbales en sesión. La taxonomía funcional propuesta por Skinner es el primer paso de un programa de investigación que, por ahora ve el mundo exclusivamente en operante, en cadenas de análisis lineales y en el que, desde nuestro punto de vista, no está bien resuelto el tema de las proposiciones generadas por el sujeto respecto de su experiencia como totalidad, de las que la generación de reglas es sólo un caso particular. El enfoque contextual visto en las descripciones de sus procedimientos terapéuticos parece pretender reducir la acción terapéutica al contexto verbal y suponer que lo que se dice se traduce en lo que se hace (bajo las adecuadas contingencias de reforzamiento y/o las reglas correctas) y, más todavía, que los cambios en lo que se dice y hace en sesión dan lugar a cambios perfectamente generalizables a lo que se dice y hace en la vida cotidiana. Creemos que, sin duda, se darán los procesos normales de generalización pero también los de discriminación y, por ello, cabe pensar que no todo lo aprendido en sesión se generalizará al contexto natural. Por otra parte, si bien es cierto que una característica central de la modificación de conducta es que el cambio se consigue haciendo más que hablando, esto no es lo que plantea el enfoque contextual, cuando considera que a través la conducta verbal podemos cambiar el comportamiento (hacer) y, en cualquier caso, eliminar el problema. El cambio de comportamiento se ha producido tradicionalmente en modificación de conducta a través de lo que ahora llamamos contingencias ambientales (para distinguirlas de las sociales, lo que dice el otro) y en menor medida de las contingencias sociales. Los

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tratamientos clásicos, de acuerdo con los informes de los autores, han modificado el comportamiento problema y también han eliminado las quejas del cliente, esto es, han resuelto el problema con éxito. Por tanto, entendemos que hay que buscar un equilibrio entre lo que se dice en terapia, aprovechando al máximo el efecto (reforzador, discriminativo o del tipo que sea) de las palabras del terapeuta, y la práctica de nuevas conductas en la vida cotidiana, instruidas, modeladas o practicadas en sesión o en situaciones en vivo, sin olvidar la investigación básica que se va desarrollando sobre la conducta verbal y sus correspondencias con la acción que describen (Luciano, 1993), teniendo en cuenta lo descrito en los capítulos 2 y 3 de este trabajo, sobre el sujeto y los procesos de aprendizaje. Entendemos que un técnico en modificación de conducta ha de recuperar todo el conocimiento disponible para desarrollar tratamientos eficaces y complementarios para afrontar los problemas de salud del sujeto humano, pero en esa acción terapéutica aplicada debemos proceder meticulosamente, con procedimientos experimentales, devolviendo en parte el esfuerzo del trabajo básico realizado por otros investigadores, rechazando modas y exigiéndonos una precisa comprobación. Consideramos, en contra de lo que mantienen los autores del enfoque contextual, que estas terapias no se limitan a la aplicación de las operaciones conductuales básicas a la conducta verbal; de hecho, ellos mismos afirman que parte de sus estrategias terapéuticas son tomadas de enfoques no conductuales, como el psicodinámico o el existencialista (Hayes, 1987; Pérez, 1996a); en la misma línea, se sugiere la afinidad de la PAF con la terapia rogeriana y el psicoanálisis, tomando de éste el efecto de transferencia (Luciano, 1999). A pesar de ello, los autores insisten en afirmar el conductismo de sus procedimientos de intervención dando algunas razones (Pérez, 1996a), como ya citamos en la primera parte de este capítulo, que consideramos que no justifican totalmente tal fundamentación: todas las terapias se dirigen a las condiciones que determinan el problema, la diferencia radica en cuáles son esas condiciones para cada una de ellas; afirma el autor que trata con “clases de conductas” y no conductas concretas, como es la lógica conductista, pero, creemos que la forma de tratamiento propuesta excede con mucho dicha lógica; por último, el objeto de tratamiento está en la propia situación terapéutica y, añadimos nosotros, también el del psicoanálisis, la fenomenología, la terapia gestáltica, la constructivista y cualquier otra

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que se nos pueda ocurrir (precisamente la modificación de conducta podría ser en ocasiones una excepción). Por último, se señala que el éxito de la terapia contextual no hay que medirlo por la reducción de emociones sino por el interés demostrado por el cliente de experimentar cualquiera de ellas (el interés, las ganas o el willing (Hayes, McCurry, Afari y Wilson, 1995; Pérez, 1996a), aunque dichos autores aportan como prueba de la eficacia diferencias de la TAC frente a otras terapias en los resultados obtenidos en la autoevaluación de la ansiedad y en una escala de depresión que, desde nuestro punto de vista, es lo mínimo exigible. En el fondo, la cuestión es que hay una gran diferencia entre las terapias conductuales y todas las demás y estriba en que los terapeutas de conducta siempre han exigido, como criterio de éxito de tratamiento, un cambio de comportamiento públicamente observable además de informes sobre la satisfacción con el tratamiento y sobre la reducción de síntomas mediante autoinforme, mientras que las terapias verbales, han exagerado el papel del informe verbal como criterio. Pensamos que debemos admitir al enfoque contextual (las técnicas derivadas del mismo) como complementario, para los casos que demostremos su superior eficacia, sin desbancar otros procedimientos exhaustivamente probados. En las terapias contextuales parece como si hubiera un gran salto inferencial y, en ocasiones hasta una contradicción, entre la exposición de la base teórica de las terapias (conductismo radical, análisis de la conducta verbal, conducta gobernada por reglas) y su aplicación. Al leer las descripciones del procedimiento, en qué consisten y cómo se llevan a cabo, se aprecia una cierta incongruencia con el planteamiento de partida: se describe cada forma de terapia paso a paso, lo cual va en contra del análisis funcional y el desarrollo individualizado característico de la modificación de conducta y, por supuesto del análisis aplicado; igualmente se describe la actuación del terapeuta, ya no estableciendo unas líneas generales sino relatando qué es lo que debe decir y hacer cuando el cliente hace o dice algo; se describen posibles actuaciones o comentarios del cliente y se proporcionan los posibles “significados” que puedan tener esas conductas (por ejemplo, si el cliente mira el reloj durante la sesión puede estar manifestando un rechazo por la misma, lo cual ha de ser tomado como una conducta clínicamente relevante).

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Entendemos que las indudables aportaciones iniciadas por el enfoque contextual (análisis formal de la interacción cliente-terapeuta y del intercambio verbal en terapia, utilización prioritaria de las denominadas operaciones conductuales básicas para promover el cambio terapéutico) quedan ensombrecidas con esta incorporación de conceptos de otros enfoques y con el desarrollo de unas formas de intervención particulares que están absolutamente alejadas de los planteamientos teóricos originales del análisis aplicado de la conducta y las investigaciones en torno a la conducta gobernada por reglas (veáse el manual de la TAC (Hayes, Batter, Gifford, Wilson, Afari y McCurry, 1999; Hayes, McCurry, Afari y Wilson, 1995) o las publicaciones sobre la PAF (Kohlenberg y Tsai, 1999; Luciano, 1999). Ello se debe a nuestro parecer a dos cuestiones: a) una concepción alternativa de lo que constituye la enfermedad psicológica; y b) que la investigación básica sobre la conducta verbal es insuficiente. Tal como venimos diciendo quedan muchos interrogantes que contestar y comprobar fehacientemente. Cuestiones como la insensibilidad a las contingencias ambientales cuando el sujeto aplica una regla generada por instrucciones de otro, abren nuevos interrogantes a la investigación. Por otra parte, aún no hay suficientes resultados sobre la eficacia de las aproximaciones terapéuticas mencionadas, con lo cual tendremos que esperar a que pase algún tiempo antes conocer la efectividad de las mismas.

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6.4.3. El enfoque cognitivo-conductual Siguiendo a Gambrill (1995), el enfoque cognitivo de los años 90 ha asimilado al enfoque conductista mediacional y a la teoría del aprendizaje social. Constituye sin duda el enfoque mayoritario entre los terapeutas de conducta en todo el mundo, como han puesto de manifiesto las sucesivas encuestas profesionales aunque, sin duda, hay grandes diferencias en la actuación de cada uno de ellos, tanto en la evaluación como en el tratamiento con pequeñas diferencias según los campos de actuación que abarcan la psicología clínica infantil y de adultos. El enfoque del aprendizaje social, que ya en su inicio, asumía elementos de los otros dos enfoques (operante y clásico) fue revisado por los distintos representantes del grupo adoptando finalmente el nombre de enfoque cognitivo-social (Mischel, 1973; Bernstein y Nietzel, 1980/1982; Bandura, 1986/1988) incorporando elementos cognitivos, lo que sin duda facilitó su integración o asimilación por parte del modelo cognitivo conductual. El cambio de nombre propuesto por Bandura está motivado por el mayor énfasis que su autor pone en las variables cognitivas, si bien los conceptos centrales de su teoría, la imitación, la interacción triádica, la autoeficacia y el autocontrol siguen manteniéndose similares al planteamiento original (Cervone y Scott, 1995, Pérez, 1995). En la teoría cognitivo-social, la porción social de la terminología, reconoce los orígenes sociales de gran parte del pensamiento y acción humana y, la porción cognitiva, reconoce la influyente contribución causal de los procesos de pensamiento hacia la motivación, afecto y acción. El autor sostiene claramente una concepción de interacción basada en una reciprocidad triádica. Su modelo de determinismo recíproco entre la conducta, los factores cognitivos y personales, y las influencias ambientales, señalando que éstos operan de modo interactivo como determinantes de cada uno de los otros dos elementos. Los tres factores no tienen la misma influencia en todas las conductas, en todos los individuos y en todas las circunstancias ni tampoco operan simultáneamente sino secuencialmente en el trancurso del tiempo (Bandura, 1978).

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Mientras que tradicionalmente, en el enfoque conductual, se ha dado mayor importancia a la interacción entre conducta y ambiente, Bandura (1986/1988, 1989) señala la importancia de la cognición. La teoría cognitivo social analiza las estructuras y procesos cognitivos que subyacen a las competencias, preferencias, emociones y valores humanos y explora las relaciones entre las variables cognitivas, el ambiente social y la conducta (Cervone y Scott, 1995). Además de la incorporación de la nueva teoría de Bandura al enfoque cognitivo, dentro de éste se han producido cambios suficientemente importantes como para que algunos autores consideren que se ha escindido de la modificación de conducta y se ha constituido en un paradigma independiente (Caro, 1995). Caro plantea la evolución de la terapia cognitiva-conductual a través de cinco tipos de paradigmas: 1) condicionamiento encubierto (el que tienen relación más directa con el modelo conductual); 2) autocontrol (inicios de la ruptura con el conductismo); 3) habilidades de afrontamiento (planteamientos cognitivo-conductuales); 4) reestructuración cognitiva (terapias más identificadas con el modelo cognitivo) y 5) constructivistas-evolutivos (supone un alejamiento radical de la modificación de conducta). Así pues algunos autores hablan del enfoque cognitivo conductual como síntesis de los otros dos ya mencionados mientras que otros lo llaman enfoque cognitivo considerando lo cognitivo del enfoque cognitivo-conductual, más el constructivismo. El constructivismo, según Mahoney, uno de sus máximos exponentes y acérrimos defensores, nació como reacción a los fracasos de la terapia cognitivo-conductual al no ser capaz, desde sus planteamientos de, en primer lugar, resolver problemas conceptuales y terminológicos propios de su desarrollo conceptual; en segundo lugar, mantener los resultados conseguidos en el tratamiento más allá de unos meses, ya que los pacientes si no tienen las mismas conductas problemas tienen los mismos tipos de problemas, especialmente, en los casos en los que o tienen graves dificultades interpersonales, tienen otros trastornos de personalidad o dificultades con el terapeuta que le trata; y en último término tener dificultades para integrar los elementos activos de otras psicoterapias que compiten con éxito con la tradicional terapia de conducta cognitiva.

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En la obra editada por este autor sobre las psicoterapias cognitivas y constructivistas, Robins y Hayes (1995/1997) plantean cómo la terapia cognitiva originaria en los trabajos de Beck ha intentado superar tales fracasos pasados mediante las siguientes acciones: 1. Distinción entre esquemas centrales versus periféricos: los esquemas mentales se organizan jerárquicamente; algunos se refieren al sentido básico de la propia identidad desde una perspectiva más periférica y otros desde un ángulo más central y, estos últimos, son difícilmente modificables y tienden a autoperpetuarse. 2. Reconocimiento de la existencia de procesos defensivos para protegerse de la expresión de las creencias disfuncionales ya que éstas generan ansiedad, al ir en contra del contenido de los esquemas centrales, que en parte son los más aceptados por el sujeto. Estos procesos defensivos consisten en generar creencias que parecen ir en contra de los procesos centrales. Así un paciente que se cree “inútil” expresa creencias acerca de sus valores de modo narcisista5. 3. Énfasis en la exploración de la relación terapéutica y de las relaciones interpersonales del paciente en general. Es importante modificar las relaciones sociales inadecuadas (la relación con el terapeuta puede ser un reflejo de éstas) ya que, a veces, son las que mantienen los esquemas desadaptados del paciente. 4. Énfasis en el papel de la activación afectiva para la elicitación y modificación de esquemas. Se sugiere provocar la activación afectiva en sesión para de esta forma cambiar los esquemas disfuncionales (Safran y Segal, 1991/94). 5. Énfasis en la exploración de experiencias evolutivas que puedan ser significativas para el desarrollo de los esquemas desadaptativos. Young (1990) destaca la importancia de las raíces históricas de las creencias desadaptadas, especialmente las que corresponden a los esquemas centrales, volviendo en parte a las experiencias traumáticas de la infancia. Los tres grandes grupos de técnicas cognitivo-conductuales unánimemente reconocidos (de reestructuración, de afrontamiento y de
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El cliente expresa en público: “Se me da muy bien la mecánica, mi jefe me estima mucho”. Cuando en realidad cree que generalmente es un inútil y que los mecánicos del taller son tan buenos o mejores que él.

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solución de problemas) han evolucionado, principalmente hacia una mayor cognitivización (siguiendo el camino que se manifiesta en el tipo de estrategias consideradas para la superación de los fracasos que acabamos de señalar), dando lugar a tres nuevos grupos o modalidades de hacer terapia cognitiva en las que actualmente están de acuerdo la mayoría de los autores, aunque no todos los autores provinientes del modelo cognitivo-conductual estén de acuerdo en que el constructivismo todavía permanezca dentro del modelo original (Caro, 1995; Mahoney, 1995/1997; Pérez-Alvarez, 1996b): 1. Terapias de reestructuración cognitiva (terapia cognitiva de Beck, terapia racional emotiva-conductual, terapia autoinstruccional). 2. Terapias cognitivo-comportamentales (inoculación de estrés, solución de problemas). 3. Terapias constructivistas. Los dos primeras modalidades todavía mantienen ciertas características de la modificación de conducta, pero las terapias constructivistas pueden considerarse como un enfoque totalmente independiente (diferente de las otras dos, en opinión de los propios representantes del constructivismo (ver Mahoney, 1995/1997) o incluso ya independiente desde su origen el cual, según Caro (1995), no sería ni cognitivo ni conductual). En el grupo de técnicas cognitivo-conductuales no se han producido cambios importantes, aunque se han estudiado exhaustivamente las técnicas y generalizado su uso ajustándolo a los problemas o a los casos en los que el análisis funcional así lo requería (p.e. en depresión, Santacreu, 1987). Esto puede verse no sólo en manuales de modificación de conducta sino en manuales de psicología clínica que ahora abiertamente adoptan el nombre de psicopatología (sin adjetivos como conductual o cognitivo-conductual, Caballo, Buela y Carrobles, 1995); se ha incorporado alguna nueva forma de intervención, generalmente paquetes de tratamiento para trastornos específicos como la terapia cognitivo-conductual del pánico de Clark (Clark y Salkovskis (1989; Botella y Ballester, 1991) y en general se aceptan con agrado tratamientos específicos para cualquier trastorno psiquiátrico, lo que representa un cambio desde el tratamiento o modificación de comportamientos al tratamiento de nosologías psiquiátricas.

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Por otra parte, la terapia racional-emotiva de Ellis (Ellis, 1962/1970; Ellis y Grieger, 1977/1981) ha cambiado de nombre y ahora se denomina terapia racional-emotiva conductual (Ellis, 1993). El nuevo nombre y la explicación del cambio que da el autor es sorprendente, primero por la tónica general de cognitivización y segundo, por las propias afirmaciones de Ellis sobre la RET dos años más tarde (Ellis, 1995/1997). La razón de la incorporación del término conductual está basada en la importancia que tienen las tareas comportamentales que el cliente ha de realizar entre las sesiones terapéuticas (cognitivas), con lo que podríamos pensar que Ellis tiene un cierto interés en que se considere a su técnica como cognitivo-conductual, y así lo reconoce redenominando el nombre de la misma. Sin embargo, en una obra posterior, Ellis (1995/1997) habla de una nueva RET, la RET preferencial, diferenciándola de la RET general; en ésta se considera la existencia de esquemas profundos a los que no se puede llegar conscientemente. Ellis plantea que la RET prefencial es claramente constructivista y humanista, que los esquemas profundos o creencias centrales del individuo sólo son accesibles cuando los estímulos ambientales, en un momento determinado, se corresponden con las características de los recuerdos almacenados. En la terapia se puede activar este conocimiento, a través de recordatorios de conocimiento aversivo: aunque la representación subyacente permanece inaccesible, sus productos se vuelven accesibles a la conciencia y permiten que una persona haga inferencia sobre el material almacenado en la memoria (Lega, Caballo y Ellis, 1997). En este sentido, la RET preferencial está más cerca del constructivismo que de la modificación de conducta. Las críticas de los antiguos autores cognitivo-conductuales a este tipo de técnicas es muy dura. Especialmente Mahoney (1995/1997), afirma que las terapias originales de Meichenbaum, Ellis y Beck son “teorías conexionistas de la cognición”, ya que su proceder consistía en sustituir unas cogniciones por otras mediante el ensayo repetido; sus conceptos cognitivos son reflejos pasivos de la realidad. Frente a ello, el enfoque constructivista propone un funcionamiento psicológico activo y generativo, de modo que los procesos cognitivos reelaboran la información y construyen el mundo (ver esquema de la figura 6.7). Los constructivistas critican a los cognitivos por sus insuficiencias, porque desestimaron la importancia de los procesos inconscientes, porque entendieron los sentimientos de forma muy estrecha (como artefactos

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fenoménicos que son controlados en vez de experimentados), porque ignoraban teorías cognitivas fundamentales, como las teorías motoras de la mente (según las cuales la mente es un sistema activo en continuo proceso de conceptualización y reorganización (Weimer, 1977)) y por el énfasis excesivo que daban al papel de la racionalidad en la adaptación. El cambio del enfoque cognitivo a enfoque constructivista está caracterizado por lo que Pérez (1995, 1996a) denomina “freudianización” de la terapia cognitivo-constructivista.
Figura. 6.7. Diferencias cognitivo-constructivistas (Neimeyer, 1993; 1995/1997) CARACTERÍSTICAS TERAPIAS COGNITIVAS TRADICIONALES Pensamientos y creencias aisladas Correctiva, eliminando la disfunción Directivo y educativo Individualista Lógica, validación objetiva Literal, universal Resultado de distorsiones del pensamiento. Baja motivación, patrón disfuncional TERAPIAS CONSTRUCTIVISTAS Sistemas de constructos y narraciones personales. Creativa, facilitando el desarrollo. Menos estructurado y más exploratorio. Individualista o sistémica Consistencia interna, consenso, viabilidad personal Metafórico, idiosincrásico Señal informativa de desafío hacia las construcciones existentes Intento autoprotector de los procesos nucleares

Teoría cognitiva
Objetivos de intervención y evaluación Meta del tratamiento Estilo terapéutico Contexto de terapia Pruebas para la adecuación de las creencias del cliente Interpretación de los signos del cliente Interpretación de las emociones Resistencia del cliente a la terapia

Asociacionista o racionalista Constructivo.

En definitiva, según Mahoney (1995/1997), los principales avances conceptuales de la terapia cognitiva de las tres últimas décadas han sido los siguientes: 1. La diferenciación entre las teorías racionalista y constructivista respecto a la cognición para pasar de una inadecuada representación de la realidad objetiva a una construcción personal y proactiva. Una forma entre otras de construir la realidad.

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2. El reconocimiento de los aspectos sociales y biológicos en el tratamiento de los trastornos psicológicos. 3. Una nueva valoración de los procesos inconscientes, su reconocimiento como parte importante de las cogniciones. 4. Una mayor atención a los sistemas de construcción del yo, del sí mismo o de la identidad frente a otros sujetos. 5. El papel de las emociones en el trastorno psicológico y su importancia en la construcción del sujeto. Se propone que las emociones no son un subproducto de las cogniciones inadecuadas. Las emociones forman parte de los sistemas de adaptación y construcción del yo. 6. La contribución de las psicoterapias cognitivas al movimiento de integración en psicoterapia. El constructivismo se enmarca dentro de un paradigma postmoderno (Caro, 1995; Neimeyer, 1995/1997), que en psicología supone tres cuestiones centrales: 1) el descentramiento de sí mismo; 2) el desplazarse del interior de la psique al texto del mundo; y 3), el énfasis en el conocimiento práctico. Al modernismo corresponderían las terapias cognitivas y al postmodernismo las constructivistas. Cuatro premisas son necesarias tener en cuenta en la vertiente terapéutica de la postmodernidad: 1. Ausencia de base epistemológica: no existe una base epistemológica que permita afirmar la verdad indudable del conocimiento, puesto que éste es la consecuencia de esquemas que interpretan, organizan y dan significado a la experiencia. 2. Fragmentariedad: lo que llamamos real no es un cuerpo único, integrado, sino un proceso en continuo cambio, por lo que el conocimiento es un conjunto de fragmentos de comprensión. 3. Constructivismo: conocer es construir y lo hacemos gracias a nuestros procesos cognitivos (que operan al margen de la consciencia) y a las interacciones enmarcadas en el mundo de los objetos materiales, los otros y el sí mismo. 4. Neopragmatismo: la prueba para el conocimiento radica en su utilidad pragmática para lograr una tarea. El conocimiento se preocupa más en descubrir el cómo (acciones que logran de forma efectiva determinados fines) que en descubrir el qué (el intento de describir o teorizar sobre lo real en sí mismo).

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El construcionismo critica la perspectiva asociacionista, por cuanto defiende una perspectiva sensorial del conocimiento y una posición pasiva de la mente enfatiza, por el contrario la naturaleza proactiva de todo conocimiento (Mahoney, 1995/1997). Plantea una clara diferenciación entre conocimiento tácito y explícito y propone una actividad intrínseca de la mente que se organiza por sí misma como explicación para entender los procesos de conocimiento. El conocimiento tácito es directo y posiblemente es lo que podríamos llamar desde otra perspectiva aprendizaje asociativo. El conocimiento explícito está mediado por el lenguaje y surge como reflexión sobre el otro tipo de conocimiento. La mente es la que construye la realidad, no existe un mundo objetivo. La realidad construida es un continuo proceso de transacciones del sujeto, que van construyendo el mundo en el que se desenvuelve; por tanto, hay tantos mundos, verdades o realidades como sujetos (Botella, 1987a,b; 1991; Guidano y Liotti, 1993; Owen, 1995). Se critica desde esta perspectiva, el papel que los primeros modelos de procesamiento de la información concedían al cerebro/mente, señalando, que no tiene sentido considerarlo como un almacén de representaciones escrito en un código desconocido. “La mente/cerebro, por tanto, deja de considerarse un almacén (“banco de memoria”) de las representaciones del mundo que tienen un sujeto, para pasar a ser un sistema orgánico de actividades relacionadas las unas con las otras.” (Mahoney, 1995/1997, p. 25). La experiencia humana es compleja, entendida como un modelo de relación de sistemas en el cual el pensamiento, el sentimiento y la conducta son expresiones interdependientes de las interacciones resultantes a lo largo de la vida entre el self y los sistemas (fundamentalmente sociales), de modo que el primero construye el mundo a través de procesos de feedback y de feedforward; la mente se construye a sí misma y al mundo de manera singular, constituyendo esta construcción, el conocimiento personal que debe ser entendido como un proceso en continua evolución. Algunos autores consideran que el paralelismo entre la hermenéutica y el constructivismo es tal que realmente son la misma cosa. La terapia constructivista tiene que interpretar a través de distintos procedimientos hermenéuticos las cogniciones explícitadas en la relación clienteterapeuta para poder ayudar al proceso terapéutico. (Mahoney, 1995/1997). El número de conceptos nuevos y algunas veces

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innecesarios utilizados por los autores constructivistas como por ejemplo en el modelo de Guidano y Liotti, (1983) es un de las críticas mas comunes realizadas por los autores de tradición conductual o cognitivoconductual (Amigo, Fernández y Pérez-Álvarez, 1991; Botella, 1987a,b) Las características básicas del modelo constructivista son las siguientes (Neimeyer, 1993): 1. La constitución social de los sistemas de creencias y de lo que podemos llamar “nuestras realidades”. Se emplaza al sí mismo6 en el contexto social. 2. No se puede afirmar la validez del conocimiento sino su viabilidad. Una construcción es viable en función de las consecuencias que tiene para el individuo o el grupo que la mantiene en un momento determinado, al igual que está en función de su grado de coherencia respecto al sistema personal o social en el que se incluye. 3. Los seres humanos son agentes activos que, individual o colectivamente, construyen los significados de sus experiencias. 4. El conocimiento humano es interpersonal, evolutivo y proactivo, en oposición al enfoque cognitivo, al que consideran reactivo, pasivo y determinado. 5. Los sistemas humanos se entienden como sistemas caracterizados por un desarrollo auto-organizativo, que busca proteger y mantener la coherencia interna. Esta concepción tiene unas implicaciones fundamentales para la terapia. El tema central sería el sistema de constructos y las narrativas personales. Terapeuta y cliente estarían al mismo nivel cada uno con sus propias construcciones del mundo. La concepción de la realidad que tiene el terapeuta no es más adecuada ni más satisfactoria que la del cliente. La “verdad” y lo “real” son conceptos relativos. Desde esta perspectiva, la meta del tratamiento es facilitar una nueva concepción o narrativa del sí mismo, como fuente de todo saber (Caro, 1995). Mientras que el pensamiento cognitivo racionalista entiende que la irracionalidad es la principal fuente de psicopatología neurótica, y por ello la alternativa terapéutica se dirige a desarrollar patrones de pensamiento racional y, en su caso, realistas o contrastados empíricamente, la teoría constructivista adopta una visión proactiva
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Desde nuestra posición resulta muy difícil diferenciar al yo, del sí mismo, del individuo, del sujeto o la persona.

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(versus reactiva y representacional) de la cognición y el organismo y considera que los procesos emocionales (más poderosos que los racionales) no son causa de disfunciones psicológicas, ya que no son más que la expresión dinámica de los procesos de organización o desorganización que definen el desarrollo de los sistemas del self (por eso defienden ejercicios y técnicas de las terapias experienciales); la resistencia al cambio terapéutico sería un signo de autoprotección frente a la amenaza de “revolución personal” que supone la terapia, pero la terapia ha de llevar a una narración o discurso coherente de la historia integrada del sujeto en relación al mundo social en el que vive. Mahoney (1991, 1995/1997) señala que el interés para el terapeuta radica en si la psicoterapia ha de corregir el desequilibrio para restablecer el orden inicial (utilizando, por ejemplo, un procedimiento de extinción); utilizar dicho desequilibrio del paciente en la búsqueda de alternativas (solución de problemas) o promoverlo, incrementándolo, para pasar a otra situación (intención paradójica). El tratamiento desde posturas constructivistas no busca un resultado estándar para todos los clientes puesto que cada realidad es particular. La finalidad de la terapia recae en el mundo del paciente y no en el del terapeuta, lo cual implica que los terapeutas alientan a los clientes a descubrir (o inventar) sus propios conceptos, creencias, valores, etc., coherentes con sus estructuras cognitivas. No se busca el equilibrio sino ayudar al paciente para que asimile los desequilibrios que se han producido a lo largo de todo el proceso de su desarrollo personal y que han frustrado sus intentos por alcanzar niveles de conocimiento y autoconciencia elevados. Por esta razón, Mahoney (1995/1997) considera que es difícil evaluar (y de hecho no se hace) la efectividad del constructivismo por su escepticismo respecto al sinsentido de las metodologías tradicionales y los intrumentos que utiliza para medir el impacto psicológico. Dentro del enfoque constructivista se han desarrollado una gran variedad de procedimientos terapéuticos. Caro (1995) cita nueve terapias constructivistas en la década de los 90, entre las que se encuentras las siguientes: • La terapia cognitivo-estructural (Guidano y Liotti, 1983; Guidano, 1995/1997)

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• Terapia de los constructos personales (basada en la teoría de Kelly, 1955/1966) de Neimeyer (1985), Landfield (1980/1987) y Sewell 1995/1997) • Psicoterapia del desarrollo personal de Mahoney (1991) y Mahoney, Miller y Arciero (1995/1997). • Psicoterapia cognitiva narrativa de Gonçalves (1995/1997). • Terapia cognitiva interpersonal de Safran y Segal (1991/1994) Vamos a comentar brevemente algunas de ellas, a pesar de que es difícil su consideración como formas de intervención de modificación de conducta (o incluso como terapias científicas). Si las incluimos es por varias razones: la primera y fundamental es que algunos de sus autores más representativos (Mahoney, Meichenbaum) desarrollaron un importante trabajo dentro de la modificación de conducta (aunque en la actualidad es prácticamente imposible reconocer al Mahoney del Control permanente de peso (Mahoney y Mahoney (1976/1981) en sus textos de 1995 (Mahoney, 1995/1997). En segundo lugar, el enfoque constructivista ha surgido en el seno del enfoque cognitivo de la modificación de conducta (si bien Caro (1995) opina que es independiente desde su origen), aunque ahora la mayoría de los autores, incluidos los propios constructivistas, coincidan en que apenas tiene que ver con éste. En tercer lugar, diversas obras de modificación de conducta incluyen técnicas constructivistas (por ejemplo el de Caballo, (1991) escrito por Botella) A) La terapia cognitivo –estructural (TCE, Guidano y Liotti, 1983) Es una psicoterapia constructivista que toma en consideración las propiedades estructurales de la organización cognitiva. Un concepto entral en esta terapia es el de organización cognitiva personal (OCP). La organización del conocimiento se desarrolla a varios niveles (Botella, 1987b, 1991; Guidano (1995/1997) y Mahoney, Miller y Arciero (1995/1997): 1. Nivel de organización tácito: es el marco de referencia general, nuclear, capaz de organizar toda la información que llega del exterior (procesos de primer nivel).

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2. Nivel de organización explícito: modelos de representación que dan una imagen más incompleta y limitada de sí mismo y del mundo (procesos de segundo nivel). 3. Identidad personal: resultado de una relación continua entre el conocimiento tácito y la concepción consciente que la persona tiene de sí mismo y del mundo. 4. Modelo de realidad: modelos de representación del mundo externo que constituyen la única posibilidad de establecer una relación con éste. 5. La organización cognitiva personal (OCP). El procedimiento terapéutico tiene dos fases: la evaluación (que es un proceso terapéutico en sí, como reevaluación de la propia “realidad” personal) y el propio proceso de terapia. La evaluación se realiza a tres niveles: análisis funcional (enfatizando la importancia del pensamiento), análisis cognitivo-funcional (hacer cada vez más consciente al paciente de los pensamientos que generalmente preceden, acompañan o siguen a las conductas problemáticas), y reconstrucción de los supuestos tácitos que se encuentran en la base de la conducta problemática. En estos momentos, el terapeuta está preparado para, en primer lugar, reconstruir paso a paso la organización cognitiva personal del cliente (OCP) y ver las discrepancias que tienen que ser asimiladas; en segundo lugar, identificar los supuestos tácitos y los modos de pensamiento relacionados con el desequilibrio y, por último, identificar el estadio de desarrollo concreto en el que tuvo lugar el desequilibrio (siguen en este punto a la teoría del apego de Bowlby (1985/1988). En cuanto al proceso de terapia tiene dos fases: un cambio superficial, para el cual sirven las técnicas cognitivo-conductuales, y un cambio profundo, donde se utiliza la RET, la terapia de Beck y técnicas semánticas (similares a las de reestructuración cognitiva enseñando al paciente a utilizar correctamente el lenguaje). Las técnicas cognitivas no se usan de la forma tradicional (persuadir y reeducar al paciente) sino de modo que le ayuden a reconstruir sus propios supuestos acerca del “proceso de sí mismo”. B) Terapia cognitiva interpersonal (TGI)

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La terapia cognitiva interpersonal descrita por Safran y Segal, (1991/1994) pone un doble énfasis en los dos términos incluidos en su denominación: primero, en el proceso cognitivo, subyacente, a través del cual se produce el cambio y, segundo, en el encuentro humano de la relación terapéutica, interpersonal. Respecto al proceso, considera tres mecanismos de cambio: desmentido experiencial (las experiencias vividas pueden tener diversas lecturas), descentramiento (distanciarse de la experiencia) y descubrimiento de aspectos desconocidos de la propia experiencia. En cuanto a la relación interpersonal, considera que la terapia se basa en el encuentro humano de la relación terapéutica. Dicha relación adquiere la condición de una situación social real en la que se presenta el problema y se realiza la terapia. C) Psicoterapia cognitiva narrativa Se parte del concepto de narración constructiva (Gonçalves, 1995/1997). Según éste autor, no hay una realidad, sino múltiples realidades; los seres humanos son narradores de historias, describen su experiencia a cada momento y van construyendo una historia de sí mismos. Además como señalan Lakoff y Johnson (1980/86), su pensamiento es esencialmente metafórico e imaginativo (tienen la moral alta, una depresión profunda o un dolor punzante) y cuando surgen problemas en la narración que se hace del mundo y de la propia experiencia, la tarea del terapeuta es ayudar a ser conscientes de cómo se crean esas realidades y las consecuencias de dichas construcciones. El proceso terapéutico consta de cinco fases: recuerdo de las narraciones, objetivación de las narraciones, subjetivación de las narraciones, metaforización de las narraciones y proyección de las narraciones. El terapeuta es un co-construccionista que ayuda a los clientes a modificar su historia (por ello tiene un papel fundamental la relación interpersonal), a reestructurar cognitivamente sus acontecimientos estresantes y a “normalizar” sus reacciones, o lo que es lo mismo a contarlas con metáforas adecuadas (en definitiva, a volver a narrar su historia). Durante este proceso es normal sentir cierto malestar, dado que es un momento en el que cliente hace público, con sus palabras su historia y cuenta una nueva historia que, es parte de un proceso de reconstrucción y adaptación personal.

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Después de este breve resumen de algunas de las terapias constructivistas que han surgido en la década actual, no queda más que señalar la importante diferencia que las separa de las técnicas cognitivas de los años 70 y 80, cuando su irrupción en el enfoque terapéutico conductual supuso el denominado salto cognitivo en la clínica en palabras de Mahoney (1974/1983). Lo que tenían de conductual, tanto en su planteamiento teórico como en su proceder terapéutico, lo han perdido totalmente. El modelo cognitivo-conductual de anteriores décadas tenía poco de cognitivo, en un sentido estricto del término, ya que se limitaba a manejar verbalizaciones como supuestas muestras de variables internas. Los psicólogos que provenían de modelos mediacionales consideraban las verbalizaciones como representaciones de los procesos cognitivos internos, mientras que los provinientes del modelo radical ni siquiera se plantearon que estaban en un nuevo modelo cognitivo ya que las conductas verbales se podían considerar conductas manifiestas, observables y evaluables. En este sentido, de acuerdo con O’Donohue y Krasner (1995), creemos que el adjetivo cognitivo unido al conductual de la terapia es redundante y, por lo tanto, innecesario7. Pero en el caso de las terapias constructivistas la cuestión es radicalmente diferente: ni en cuanto a sus planteamientos teóricos, tanto de la conceptualización de los problemas psicológicos como de la terapia (la realidad objetiva no existe, sólo es posible analizar las construcciones personales, cambiantes, que cada individuo se hace del mundo), ni en cuanto a su proceder terapéutico (antiexperimental y acientífico) ni, por supuesto, en cuanto a su metodología de investigación (inexistente). Desde las posiciones conductistas (radicales) se criticaba al enfoque cognitivo por su dualismo implícito al considerar un mundo objetivo, real y un mundo subjetivo, la representación que tiene el sujeto de éste (Pérez, 1996a), pero los constructivistas lo han resuelto anulando el mundo objetivo, la realidad, es decir, desechándolo como quimera inútil. Para entender al sujeto tenemos que tener en cuenta que cada uno tiene una realidad propia y diferente aunque compartida con su grupo sociocultural. En cuanto al proceder terapéutico, es fácil encontrarle un paralelismo con la terapia psicoanalítica: la recuperación de experiencias
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Estos autores dicen que es redundante en el sentido de que las cogniciones son un tipo de comportamiento.

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pasadas e inconscientes, la reconstrucción del desarrollo evolutivo para encontrar en que punto comenzó la vivencia experiencial que ahora se tiene como un problema, o el aceptar algunas emociones que se tienen que revivir. Sin embargo, tienen muy poco en común con la modificación de conducta en cuanto que no comparten una misma idea de ciencia natural para la psicología, una concepción psicopatológica de los problemas o trastornos psicológicos y, naturalmente, como consecuencia de ello no comparten una metodología terapéutica, aunque Guidano y Liotti (1983) hablan de la realización de un análisis funcional como punto de partida en la evaluación del caso. Sin embargo creemos que ni el proceso de análisis ni su uso posterior tienen algo que ver con el proceso de evaluación conductual tal y como lo conocemos y es consensuadamente asumido (Fernández Ballesteros, 1994). Por otra parte, consideramos que también se podría establecer un paralelismo entre los procedimientos terapéuticos construccionistas y los contextualistas. Probablemente los autores de uno y otro enfoque no estén de acuerdo en ello (toda vez que el contextualismo se declara enraizado en el conductismo radical), y sin embargo existen similitudes en su forma de proceder en terapia que permiten la comparación: ♦ Ambos enfoques se declaran fenomenológicos (Mahoney, 1995/1997; Pérez, 1996a,b). ♦ El énfasis que ponen en la relación terapéutica, como uno de los componentes esenciales del tratamiento (no secundario, como ocurre en modificación de conducta). ♦ Desde ambas perspectivas se considera que la relación con el terapeuta es un reflejo o reproducción de las relaciones interpersonales del cliente fuera de la clínica. ♦ Igual que las terapias constructivistas, las contextuales intentan provocar la activación afectiva en sesión para que surjan los aspectos constitutivos del yo. ♦ La TAC (terapia de aceptación y compromiso), al igual que las constructivistas, considera que en el proceso terapéutico surgirá un malestar necesario, previo a la aceptación (la reconstrucción, diría Gonçalves (1995/1997). ♦ Dicen Safran y Segal (1991/1994) que la situación terapéutica adquiere la condición de una situación social real en la que se

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presenta el problema y se realiza la terapia, lo cual es similar a lo que plantean los contextualistas. ♦ Pérez (1996b) critica al constructivismo, entre otras cosas, porque este planteamiento supone que “relatando” las cosas de otra manera, las cosas cambian; pero las descripciones que hacen de la sesión terapéutica recuerdan al las de los contextualistas cuando mantienen que el cambio del sujeto se produce a través del “decir” en sesión, moldeado por el terapeuta (aunque sin duda, el análisis de la conducta verbal se hace desde una perspectiva operante, radicalmente distinta al constructivismo). ♦ Ambas perspectivas enfatizan la historia del problema; los contextualistas están interesados en cómo el cliente ha aprendido a relacionar pensamientos/verbalizaciones con acciones (decir-hacer) o el uso de reglas que gobiernan la conducta insensibles a las contingencias mientras que los construccionistas se interesan en cómo los sujetos han desarrollado esas construcciones personales. No queremos terminar sin señalar que el paralelismo es únicamente respecto a los procedimientos terapéuticos, ya que la conceptualización de los problemas psicológicos y su fundamentación teórica es radicalmente diferente: desde el conductismo radical, en el caso del contextualismo y desde el propio construccionismo, en el otro caso. Y esto es posible porque, como ya comentamos en su momento, entre la teoría y la práctica clínica del enfoque contextual hay un gran salto, distanciándose del enfoque conductual original. Al retomar el modelo de funcionamiento humano que hemos descrito en los capítulos 2, 3 y 4 vemos, parafraseando a Wittgenstein (1953), que estamos hablando de cosas relativamente parecidas en su conjunto, a veces parecidas en su globalidad y a veces parecidas en los detalles. Desde nuestro punto de vista recordar lo expuesto anteriormente, en capítulos precedentes, sobre modelos de sujeto, procesos de aprendizaje y concepción de los problemas psicológicos, permite interpretar con bastante facilidad los problemas y soluciones de la terapia psicologica de los noventa. Creemos que saldremos de esta indefinición pronto, por exigencias de la responsabilidad social que tienen los psicólogos como terapeutas, convencidos de que los modelos, fundamentalmente, han de tener un valor heurístico; que la investigación sobre el lenguaje como conducta

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que controla otras conductas propias y ajenas y como procedimiento de aprendizaje ha de ser investigado y clasificado en sus funciones; que no podremos, al menos en la clínica, asumir modelos completos y simples al mismo tiempo. Si estudiamos procesos complejos y sujetos que se conforman en una larga historia tendremos que asumir que o bien los modelos son complejos o bien que siendo simples y parciales tenemos la obligación de integrarlos de modo que podamos exponerlo en nuestros programas docentes para psicólogos clínicos que como técnicos han de usar la psicología como ciencia. 6.4.4. El conductismo psicológico o paradigmático La terapia de conducta psicológica o paradigmática es la propuesta del conductismo psicológico en el campo clínico (Staats 1981; 1983; 1995; 1996/1997). El denominado conductismo psicológico es la evolución del conductismo paradigmático (Staats, 1981), primero denominado social (Staats 1975/1979), cuyo nombre actual pretende reflejar su propuesta de unificación de los distintos campos de la psicología científica, paso que el autor considera indispensable para el avance de la psicología como ciencia. Con este objetivo de unificación propone una teoría del “marco de referencia” (Staats, 1981, 1996/1997), consistente en la construcción de un “esqueleto” teórico, una teoría abierta y en permanente desarrollo constituida por una conceptualización que engloba las diversas teorías de “marco de referencia” de cada campo (nivel de estudio). Según esta perspectiva, todos los fenómenos de la psicología están relacionados y los diversos campos deben considerarse como niveles de estudio y jerarquizarse desde lo más básico a lo más avanzado (figura 6.8). Cada campo debe relacionar el material importante y formular sus principios básicos en relación con dos objetivos: 1) construir una teoría para el nivel en cuestión, y 2) construir una teoría que pueda servir para la teoría jerarquizante multinivel. El progreso en cada nivel “rellenará” el esqueleto de la teoría en ese nivel y contribuirá al de la teoría general de la psicología. Staats (1996/1997) considera que su propuesta corresponde a una tercera generación de conductismo, caracterizado por mantener las características generales de la ciencia (observación, experimentación y construcción sistemática de teorías) pero enmarcado en un positivismo

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unificado, que admite la subjetividad en la observación y en la teoría. El conductismo psicológico analiza todos los fenómenos estudiados tradicionalmente por la psicología pero, desde la perspectiva de la conducta, ocupándose de cómo se aprenden y explican y, por tanto, de cómo se relacionan entre sí. Su objetivo es “conductualizar” la psicología (estudio conductual de lo psicológico) y “psicologizar” el conductismo (abrirlo a los contenidos tradicionales de la psicología). Los elementos teóricos esenciales del conductismo psicológico son los siguientes: ♦ Principio acumulativo jerárquico base del aprendizaje humano. ♦ La consideración trifuncional de los estímulos y de las respuestas, (AR-D Afectivo-Reforzante-Discriminativa o directiva). ♦ La consideración de la personalidad como un conjunto integrado de repertorios básicos de conducta adquiridos por aprendizaje clasificables en tres grandes grupos: cognitivo-lingüístico, emotivomotivacional y motor-sensorial.

NIVEL BIOLÓGICO
NIVEL DE APRENDIZAJE ANIMAL BÁSICO

NIVEL DE APRENDIZAJE HUMANO

NIVEL DE INTERACCIÓN SOCIAL
NIVEL DE DESARROLLO DEL NIÑO NIVEL DE PERSONALIDAD
NIVEL DE EVALUACIÓN PSICOLÓGICA

NIVEL DE PSICOLOGÍA ANORMAL NIVEL DE TERAPIA DE CONDUCTA

Figura 6.8. Los campos de estudio de la psicología desde la teoría multinivel del El psicológico. Reformulado a partir del original de Staats, (1996/1997). Las conductismoconductismo psicológico plantea un análisis diacrónico de la flechas negras distinto del influencia del aprendizaje básico en todos los demás niveles. conducta, representan la determinismo recíproco (sincrónico) de Bandura La flecha roja la relación de cada nivel con el inmediato inferior, de lo básico a lo aplicado. Las flechas azules las influencias directas que recibe la terapia
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(1977, 1978) que se refleja especialmente en la evaluación, tal como sugiere Fernández-Ballesteros, (Fernández-Ballesteros, y Staats, (1992); Fernández-Ballesteros 1994). La conducta se analizaría en función de cuatro variables fundamentales: 1. Condiciones ambientales pasadas (aprendizaje acumulativo jerárquico). 2. Condiciones ambientales actuales (estímulos afectivo-reforzantediscriminativos). 3. Condiciones biológicas (constitucionales y circunstanciales). 4. Repertorios básicos de la personalidad (cognitivo-lingüístico, emotivo-motivacional y motor-sensorial). El análisis de las condiciones biológicas del organismo y su separación de las variables de personalidad constituye una de las aportaciones fundamentales, de este planteamiento, al análisis funcional. La inclusión del organismo, la “O” en el esquema E-R se produjo, de acuerdo con Vila (1997), a costa de introducir nuevos factores mediacionales, sin llegar a profundizar realmente en qué era el organismo. Se mezclaban variables biológicas con variables de personalidad, elementos del pasado con otros presentes, aspectos biográficos con variables cognitivas. La “O” del esquema se convirtió en el sitio donde se metía todo lo que no tenía un lugar explícito en el análisis funcional. Justamente, para solucionar esta situación, el conductismo psicológico (Fernández-Ballesteros, 1994; Staats, 1996/1997) propone una fórmula diacrónica, longitudinal e interactiva para sustituir a la formulación transversal, secuencial y discreta de los modelos anteriores (Kanfer y Phillips, 1970/1976; Goldfried y Sprafkin, 1974, Bandura, 1978). El conductismo psicológico separa claramente las condiciones biológicas “O” (y diferencia niveles de “O” en los distintos momentos de la historia del sujeto) de los personales repertorios básicos de conducta (RBCs) sin dejar de investigar las relaciones entre ambas. En este punto no podemos menos que recordar las posiciones mantenidas desde la psicología interconductual. En su último texto, Staats considera circular la definición skinneriana de reforzador, por lo que propone una alternativa, conceptualizándolo como un estímulo que provoca una respuesta emocional, que en el caso de reforzamiento positivo sería de

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acercamiento. Un reforzador, como cualquier estímulo, tiene tres funciones (teoría del aprendizaje ARD): afectiva-emocional (procesos de condicionamiento clásico, a través del cual puede pasar sus propiedades a otro), reforzante (en cuanto que puede aumentar la frecuencia o intensidad de una respuesta motora) y discriminativa (en cuanto que es capaz de propiciar una respuesta de aproximación o de evitación). Las dos primeras están determinadas por la biología pero la tercera es aprendida. Staats explica el aprendizaje de estas funciones del estímulo del siguiente modo. Un estímulo externo provoca una respuesta motora de acercamiento que puede ser reforzada por el contacto con tal estímulo (por ejemplo, ver comida y comer). Al reforzar el aproximarse al estímulo también se refuerza la emoción que se siente cuando nos aproximamos a un estímulo apetitivo. Como consecuencia, esta asociación entre el estímulo interno de una emoción positiva y una respuesta de aproximación se aprenderá muy bien, con lo que cualquier cosa que produzca una respuesta emocional positiva automáticamente tenderá a producir una respuesta de aproximación (cuanto más fuerte sea la respuesta emocional, más fuerte será la provocación de la conducta). Una vez aprendido este mecanismo se generalizará a cualquier estímulo que provoque una respuesta emocional positiva: al ver el estímulo se producirá acercamiento. Esto hace posible que los humanos respondan sin ensayos de aprendizaje, de una forma anticipatoria a muchas cosas. Cuando se experimenta una emoción, la respuesta psicofisiológica implicada (alteración del sistema circulatorio) también se constituye como un estímulo deseado y ello proporciona el mecanismo mediante el cual las emociones pueden influir en la conducta: llevamos a cabo conductas asociadas a (que producen) emociones positivas. La razón por la que determinadas respuestas emocionales internas pueden producir sensaciones estimulares (positivas o negativas) es que el organismo, de esta manera puede aprender respuestas motoras asociadas a esos estímulos emocionales (Staats, 1995; 1996/1997). Se propone, como alternativa terapéutica, la terapia de conducta psicológica, cuya principal diferencia respecto a la terapia de conducta clásica es el tipo de análisis utilizado para la evaluación del problema, considerando que las técnicas de modificación de conducta son válidas para el tratamiento. Como dijimos al principio del capítulo, el conductismo psicológico insiste en la importancia del lenguaje en la situación terapéutica; sugiere, coincidiendo con Martin y Pear

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(1996/1999) o Zettle y Hayes (1982) que la terapia cognitiva clásica funciona en la medida que es la aplicación de principios de aprendizaje a la conducta verbal. Desde el conductismo psicológico se opina que la conducta puede cambiarse de varias formas, señalando que lo que realmente habría que hacer es analizar porque funcionan correctamente, a pesar de sus diferencias de procedimiento, todas las terapias de base conductual (Staats, 1996/97). En definitiva plantea que la conducta, en el caso de personas adultas, se modifica en contextos naturales y en la sesión clínica: 1. Contextos naturales (cambio de comportamiento): • Cambio de conducta por aprendizaje de nuevas conductas mediante condicionamiento clásico y operante. 2. Contextos clínicos (conducta verbal): • Directamente, en psicoterapia mediante instrucciones verbales. (Instrucciones verbales del terapeuta al cliente) • Indirectamente, mediante el cambio en la forma emocional de responder al problema, aceptando al cliente y comprendiendo o razonando sobre su forma de proceder. • Indirectamente, mediante el cambio de las “cogniciones” propias del individuo, esto es, de los repertorios del lenguaje, afectando a las contingencias de su verbalizaciones. En la actualidad, y de acuerdo con Pérez (1996a), es uno de los enfoques más potentes en terapia de conducta y, desde nuestra perspectiva, una ambiciosa propuesta de integración desde una perspectiva conductual. Trata de integrar todo el conocimiento generado no sólo desde una perspectiva de la psicología de la conducta sino de toda la psicología, pero no desde una postura ecléctica, posición que rechaza de plano, sino desde una perspectiva teórica conductual, partiendo de una definición elemental de lo que constituye la ciencia psicológica. Insiste en psicologizar el conductismo porque entiende que no hay que rechazar los conocimientos psicológicos (generados antes o después del conductismo) que no han generado los conductistas y, por tanto, lo han sido desde otras posiciones teóricas. De esta forma psicologizaremos, como el autor propone, el conductismo. Por otro lado, hay que reinterpretar lo que se hace desde las distintas posiciones conductistas y no conductistas porque quizás corresponde a los mismos

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marcos teóricos y funciona por las mismas razones, por mucho que parezca, por los procedimientos descritos y por las interpretaciones de sus autores, que se trata de cosas opuestas. En síntesis, el planteamiento de los psicólogos que apoyan el conductismo psicológico plantean la construcción de una única psicología científica como fórmula de progreso de la psicología. Esta construcción será posible integrando los conocimientos por campos en una teoría coherente y comprehensiva. Veamos ahora el movimiento de integración de las psicoterapias en contraste con los modelos o enfoques psicológicos actuales que acabamos de revisar, que, de alguna manera, hunden sus raíces en la psicología de la conducta. El movimiento de integración de las psicoterapias no surge en el seno de los modelos conductuales o entre los terapeutas de conducta, aunque presentaremos exclusivamente las posiciones de este movimiento expuestas por autores originalmente conductistas.

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