Mi nombre es Aschlop

Con los ojos abiertos en la oscuridad, la joven chuj descansaba en la cama, oyendo el canto de los grillos, unas veces intenso, otras suaves. También oía el viento de la selva, que a ratos hacía sonar una cinta de casete que su hermano Antil colocó alrededor de los palos que había entre las casas. Y es que cuando el porta casetes se rompió y dejó de funcionar, Antil extendió la cinta y la enrolló en los palos, de manera que cada vez que el viento soplaba, ésta emitía un sonido extraño. Todos estaban asombrados de la inventiva del muchacho. "Ahora se oye la música de Antil", decían las mujeres de la fi n ca cuando escuchaban aquel sonido y momentáneamente suspendían sus quehaceres para escucharla. Cuando la 'música' cesó, la joven supo que el viento se había calmado y que estaba a punto de amanecer. Se quedó quieta, se cubrió el mentón con la sábana, y se puso a pensar en lo que hacía tiempo deseaba hacer. Sí, realizaría algo que ningún indígena c h uj había hecho antes, lo que ningún hombre, joven o viejo, se atreviera a emprender. Lo había decidido mucho tiempo atrás. Cuando cumplió catorce años y le regalaron unos billetes de un país lejano, supo que era posible. Ahora estaba dispuesta a hacerlo, pero deseaba quedarse un rato más en medio de la oscuridad segura y cálida, escuchando la respiración de sus padres y sus hermanos y sintiendo un poco más el calor de la hermana con la que compartía la cama. Voy a levantarme cuando cante el primer gallo, pensó. Y así lo hizo. Se incorporó cuando los gallos empezaron a cantar en el patio y como acostumbraba dormir con la ropa puesta, sólo se agachó a recoger el tanate que había escondido debajo de la cama una noche antes, se lo echó a la espalda, abrió la puerta y desapareció en la oscuridad. Llevaba unos zapatos de lona en la mano, porque no se acostumbraba a cargarlos puestos. Aún estaba demasiado oscuro para ver los charcos que había en el camino, a pesar de que era verano, así que se ayudaba con una pequeña linterna de metal para ver dónde pasaba. Una perra le salió al paso moviendo la cola. Era una perra blanca y negra que pronto iba a tener cachorros. La joven le ordenó alejarse, pero la perra no le hizo caso, por lo que le pegó con la linterna, pero se sintió incómoda por haber tenido que proceder de esa ñera. Se consoló pensando que había sido necesario Aquella joven que fuera bautizada con el nombre de Angelina Pérez Pérez empezó a bajar por el sendero en dirección a Río Blanco. Este pequeño pueblo mexicano estaba a veinte kilómetros de distancia de la finca, pero ella había recorrido el camino muchas veces y no tenía miedo. No todavía. Así, caminando debajo de los árboles altos y jugando con la l u z de la li n t e r na , no sentía miedo, pero, eso sí, era presa d e un a constante inquietud. Estaba asombrada de sí misma. Y es que lo n a t u r a l es q u e un a muchacha se mantenga en su casa. Una muchacha trabaja en casa con el sagrado maíz y el lavado y todos los otros trabajos qu e se impone a las mujeres. Un a muchacha tiene miedo y n o va sola a ni n gú n lado. Pero e l l a , Angelina Pérez Pérez, por sí y ante sí, había tomado l a gran decisión de su vi d a . No sa b í a cómo había sucedido. La i n qu i e t u d tenía q u e ver con lo desconocido que tenía frente a ella y trataba de n o pensar en eso, pero los pensamientos siempre volvían, como atraídos por u n imán i n vi s i bl e. ¿Qué podría pasar si alguien en México descubría q ue e l l a era u na refugiada de Guatemala y no tenía papeles de identidad? ¿Cómo podría pasar ¡legalmente la frontera con Guatemal a ? ¿Encontraría el camino a su viejo pueblo de Yalambojoch? ¿Encontraría a su abuela? ¿Viviría todavía? ¿Encontraría a su hermano Mateo?, en f i n. ¿Encontraría respuesta a todas sus preguntas? Cuando pensaba en Yalambojoch se llenaba de imágenes prohibidas. De pronto si nt i ó náuseas, y quiso vomitar pero siguió caminando. Río Blanco brillaba bajo la l u z de la mañana, en tanto que la niebla a ú n c u b r í a los valles, y los picos de las montañas flotaban como islas entre la niebla blanca. Se puso los zapatos ató los cordones y subió al viejo autobús. Solo una vez había viajado en autobús cuando ella y diez familias de refugiados se mudaron al rancho en la orilla de la selva del sur de México. Una sola vez en tres años había dejado la casa, pero a pesar de eso no tenía miedo, fue la primera en subir al autobús y tomó asiento junto a una ventanilla. El vehículo se f u e llenando de hombres con viejos sombreros de paja y de mujeres descalzas cargando niños a la espalda. Todos p a r e cí a n s e r i n dí g e n as c o m o e l l a , p er o e r a n mexicanos y n i n gun o vestía trajes típicos. An ge l i n a misma, con su vestido de color rojo encendido, sus zapatos de lona y su pelo largo y

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negro, sujeto por una cinta elástica con pelotitas de plástico, se parecía a t o d as l a s ot r as m uj e r e s y m u ch a c h a s d e l a camioneta. " N o creo q u e se den cuenta de que soy u n a refugiada guatemalteca y q ue no tengo papeles", pensó. De repente, el autobús se puso en marcha. A cada rato, ella miraba por la ven t a n a ; desde hacía tiempo había querido viajar en ese autobús, ver México... Con sus ojos negros y curiosos lo miraba todo. El viaje duró todo el día. El autobús cruzó selvas con árboles talados, pasó por lagos verdes y misteriosos, así c om o praderas secas, hasta llegar a la ciudad de Comitán, donde le causaron asombro las casas y las iglesias. Al lí abordó otro autobús para continuar el viaje, y todo el día se entretuvo bebiéndose el paisaje con los ojos. Al atardecer llego a C ar m e xá n. S a b í a qu e a l l í e m pe z a b a l o m ás di f í ci l y pe l i gr o s o . Carmexán la decepcionó un poco, porque no era otra cosa que unas cuantas casas maltratadas por el sol, justo donde termina la pradera y comienza la montaña. Pero esa montaña que alzaba su silueta alta y azul contra el cielo era su propia montaña, Los Cuchumatanes, sabía que era su montaña, que estaba en Guatemala y que más allá, entre las estribaciones, estaba Yalambojoch. Sabía que la frontera entre México y Guatemala pasaba a la orilla del pueblo. También sabía que en Carmexán estaba el puesto de migración, y que por lo mismo había guardias; todos los indígenas refugiados de Guatemala tenían miedo a los de la migra. Y había tanto soldados de uniforme como agentes de la policía secreta, de repente empezó a pensar que cualquiera de esos hombres podía detenerla si llegaba en el autobús hasta el mismo pueblo. Entonces se levantó rápidamente del asiento con su tanate sobre la falda. Por el espejo retrovisor, el piloto advirtió sus movimientos y detuvo el vehículo. Angelina se bajó, se colocó el tanate sobre la cabeza y empezó a caminar rápidamente hacia el primer camino que le pareció la llevaba lejos de la calle principal. "Debo aparentar seguridad", pensó. "Deben de creer que vivo aquí". Para su alegría, vio que aquel camino no llevaba al caserío, sino que subía por una colina desnuda y luego desaparecía en un bosque seco, quemado. Cuando llegó al bosque y se aseguró de que nadie la veía desde el camino, se detuvo y puso el tanate en el suelo. Se agachó, desanudó la manta y la extendió con todo su contenido. La mayor parte era ropa volvió a descalzarse pues ya se le habían ampollado los talones y puso los zapatos en medio de la manta, luego se quitó el vestido y lo tiró al suelo. Cómo odió esas ropas cuando la obligaron a usarlas, pero ahora se había acostumbrado. Después de casi tres años hasta llegó a quererlas, de modo que recogió el vestido, acarició la tela brillante y fresca, lo dobló cuidadosamente y lo puso al lado de los zapatos. En lugar del vestido se puso una falda, un corte de una sola pieza y una blusa amarilla. Encima de ésta se puso otra blusa bordada y gruesa, le llegaba hasta las rodillas por larga y ancha. Era el 'huipil de las indígenas chujes que las protegía del frío de las montañas. Después se quitó la cinta elástica que recogía sus cabellos, se peinó cuidadosamente y con unos listones azules y naranjas, se trenzó el pelo y se lo enrolló alrededor de la cabeza. Por último, con las puntas de los listones se hizo un moño y lo fijó en uno de los lados. Angelina se sentía incómoda, pues la blusa le apretaba los brazos y el pecho, debido a que no lo había usado por tres años; durante ese tiempo había crecido y hasta había comenzado a tener busto. La ropa tenía olor de humedad y el pesado huipil se había decolorado. Sin embargo, ella sentía una alegría inmensa. No sabía bien por qué. Quizás porque ya no estaba “disfrazada”. Ahora volvía a ser Aschlop. "Soy Aschlop. Soy la indígena chuj Aschlop del pueblo de Yalambojoch en Guatemala", pensó. "Sí, es cierto que el sacerdote me bautizó con el nombre de Angelina, pero mi nombre verdadero es Aschlop. Es extraño que todos en el pueblo sean bautizados con nombres castellanos, pero cada nombre castellano tiene su correspondencia en un nombre indígena. Y es el nombre indígena el que más usamos. Siempre me he preguntado por qué no nos bautizan con el nombre indígena de una vez. Pero papá dice que es porque a los sacerdotes no les gustan esos nombres. El cree que está prohibido usar nombres indígenas." La muchacha que fue bautizada como Angelina, pero que prefería ser llamada Aschlop, se quedó quieta para ver si alcanzaba a escuchar alguna voz, algún ruido. A lo lejos, en dirección del pueblo, se oían ladridos y el sonar de una marimba. Se encuclilló y de entre una servilleta sacó unas tortillas. Se comió tres y guardó el resto. Al poco rato le entró miedo. Conforme fue oscureciendo, el miedo se volvió paralizante. Sin embargo, sabía que tenía que cumplir lo que se había propuesto, de modo que esperó a que oscuridad fuera total. Sabía que allí no debía usar linterna, porque alguien podría verla. Lenta, muy lentamente, empezó a caminar hacia la frontera.

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La hija del puma.
A la luz de la luna vio al soldado. Se apoyaba en el fusil. Estaba tan cerca que podía verle el uniforme verde y las botas altas. Por suerte, cuando salió la luna y lo ahogo todo con su luz plena, a ella la ocultaba la sombra de un árbol. El soldado encendió un cigarrillo y miró hacia donde Aschlop estaba. Ella trató de no respirar fuerte, pero era imposible. Por el uniforme del soldado comprendió que ya había pasado la frontera y que ahora estaba en Guatemala. El soldado vestía un uniforme igual al de los soldados que un día llegaron a su pueblo. Entre ella y el soldado mediaba una distancia como de treinta metros. La joven no sabía cuánto podría soportar quedarse quieta. No se atrevía a moverse, ni apoyarse en el tronco del árbol, mucho menos agacharse. Trató de quedarse completamente quieta y de ahuyentar el pánico. El soldado empezó a silbar, y Aschlop trató de distraerse con los cantos de los grillos y las cigarras, cuyo concierto se fue intensificando acompañado de graznidos y silbidos. No sabía qué animales producían tales sonidos, pero estaba segura de que eran animales y a estos no les tenía miedo alguno. En cambio, el soldado que tenía enfrente sí era peligroso. De repente, él se movió y ella tembló de angustia. El soldado tiró la colilla del cigarrillo y levantó el arma como si fuera a disparar. ¿La había visto? No. De pronto empezó a caminaren dirección a Gracias a Dios. Allí había un gran cuartel y ella sabía que esa parte de la frontera estaba muy vigilada, de modo que aunque ese soldado se fuera, había muchos otros en la cercanía. Aschlop continuó sin moverse bajo la sombra del árbol. ¿Sería imposible hacer lo que se había propuesto? ¿No era mejor volverse? Entonces pensó en el niño, y en los alumnos de la escuela con sus pancartas. Si ellos se habían atrevido, ella también tenía que hacerlo. Tenía que esperar a que oscureciera, dejar que la luna se ocultase y sólo entonces podría cruzar la frontera vigilada por una gran cantidad de soldados. Quería ir a Yalambojoch, pues pensaba que allí se enteraría de todo y encontraría a su hermano mayor, Mateo, lo mismo que a su abuela. Además hablaría con su abuelo Juan. Sin embargo, aún no se podía ir, la luz de la luna lo alumbraba todo; los árboles, las rocas y los arbustos se veían claramente y formaban sombras definidas. Si ella intentaba correr a campo abierto para alcanzar el bosque del otro lado de la frontera, los soldados podrían verla. Tenía que esperar que oscureciese. Entonces se guareció aún más en la sombra, se acurrucó en una grieta que había entre dos rocas grandes y se cubrió aún más con el huipil. No hacia demasiado frio pues aún estaba en clima caliente. Aprovechó el tiempo para comerse las últimas tortillas. La luna seguía cubriéndolo todo con su luz reveladora Aschlop intentó conciliar el sueño pero no pudo. Cuando se dio cuenta de que era la primera vez en sus catorce años, que no tenía a su alrededor el calor de su familia, se sintió inmensamente sola. Al llegar la noche empezó a sentir hambre y se arrepintió de haberse comido todas las tortillas ahora ya no tenía nada que comer pensó que lo mejor era dejar pasar el tiempo y comenzó a fantasear, como de costumbre. Imaginó que preparaba la comida y comenzó a verlo todo muy claro. Le parecía que de verdad estaba de vuelta en la cocina de su casa, que llenaba con agua una pequeña olla de barro y la ponía a l el fuego. Luego tomaba un poco de frijol lo limpiaba, lo echaba en la olla y se sentaba jumo al fuego a esperar que hirviera hacia calor junto fuego y además la atosigaba el humo. Después de un largo rato los frijoles empezaron a hervir, pero ella siguió cuidando la olla. Finalmente tomó una cuchara azul de peltre para sacar unos frijoles se los puso en la mano y los sopló para que se enfriasen, con el fin de probarlos. Los frijoles ya se habían cocido. Con la misma cuchara los sacó de la olla y se dirigió adonde estaba el molino de mano para colarlos. Luego hizo girar el manubrio hasta que los frijoles se transformaron en una masa marrón. En seguida tomó la botella de aceite y volcó un poco de su contenido ente sartén. Cuando considero que el aceite estaba caliente derramó cuidadosamente los frijoles y con una paleta se puso a moverlos lentamente Por último, puso dos Cucharadas de frijoles fritos en una tortilla recién hecha y se la comió despacio. Aschlop repitió la operación dos, tres veces. Con mucho deleite saboreaba cada bocado y movía las mandíbulas como si de verdad estuviera comiendo. Para su sorpresa, se sentía un poco llena, como si en realidad hubiera comido. Estaba tan embebida que casi se había olvidado de los soldados. Hacía tres años que Aschlop y su familia habían huido de su pueblito en el noroeste de Guatemala, pero no eran los únicos indígenas que tuvieron que abandonar sus casas. Por la radio se enteró, tiempo después, que más de doscientos mil guatemaltecos, indígenas en su mayoría, se habían refugiado en México. En el camino de vuelta se encontró con algunos que se habían ido después al refugio y le dijeron: "Ahora Guatemala está peor que nunca. Nadie puede ir libremente de un lado a otro. Si uno va por un camino cuando ha oscurecido, los militares le disparan. Todos los hombres indígenas son reclutados por la fuerza para las Patrullas de Autodefensa Civil. Las hay en todos los pueblos y tienen órdenes de los militares de arrestar a cualquiera que no sea del lugar, así como disparar sobre todo lo que se mueva después que ha caído la noche." Aschlop se puso a meditar con mucha preocupación en lo que le dijeron, pero a la vez se le ocurrió un plan que le pareció bueno: tenía que andar una o dos horas, para alejarse de la zona fronteriza donde habían muchos
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soldados, luego buscaría un lugar donde esconderse y esperar a que llegara el amanecer. También pensó en que durante el día caminaría con la cara descubierta por los caminos. Al fin y al cabo era la tierra de los chujes y ella vestía como una indígena más. Por otra parte, sólo era una adolescente, quizás las patrullas no la detuvieran. "Ahora, el que no tiene papeles en Guatemala se ve en problemas", le habían dicho los refugiados, "las patrullas nos detienen todo el tiempo, nos piden los papeles de identificación y los miran cuidadosamente. Ellos consideran enemigo a todo aquel que no los lleva consigo." Aschlop no tenía nada con qué identificarse, pues sus papeles se habían quedado en la casa de Yalambojoch cuando ella y su familia tuvieron que escapar. Al llegar la madrugada, se sintió triste y desanimada; le pesaban los párpados, pero en cuanto alumbró el sol, continuó su larga caminata hacia Yalambojoch. Unas veces apresuraba el paso y otras caminaba despacio, siempre con los pies descalzos. El camino iba cuesta arriba y trepaba los Cuchumatanes. De repente se detuvo para escuchar el trino rápido y corto de un pájaro. Este dejó de cantar, pero no tardó en reanudar su canto. ¿Sería un 'guía de león'?, se preguntó. El abuelo le había enseñado a reconocer los diferentes trinos de las aves. En aquel momento recordó lo que le había dicho el anciano: "Si escuchas a un guía de león, debes quedarte quieta y escuchar. Si oyes que el pájaro vuela de árbol en árbol, sabrás que el puma anda bastante cerca, porque los “guíade león” son compañeros inseparables de los pumas." El canto intenso del pájaro se oyó de nuevo. Ahora estaba más cerca. Justo en ese momento el sol se asomó en los Cuchumatanes y le dio un tono entre naranja y rosa a las cumbres. Entonces pudo ver al pájaro. Estaba parado en un árbol, cerca de una pendiente muy pronunciada. En la montaña se abría una gruta, lo cual no es nada raro en esta zona, pues por doquiera existen grutas como esta y los ríos sorprenden entrando por un lado de la montaña y saliendo por el otro. Recordó las palabras del abuelo: "No tengas miedo de los pumas. Un puma no ataca jamás a la gente. Tú, sobre todo, no debes tener miedo porque eres la hija del puma." Sí, la hija del puma, así era como la llamaba su abuelo en broma. Aschlop dio un paso prudente hacia la gruta. Jamás había visto un puma y casi nadie de las personas que conocía recordaba haber visto uno. Estos animales eran raros en la zona pues todos los habitantes los odiaban, porque solían comerse a los corderos, los terneros, los toros jóvenes y a veces hasta las vacas adultas, de modo que los que tenían escopeta trataban de cazarlos. En vista que l a abertura de l a gruta quedaba un poco arriba de l a pendiente, Aschlop no alcanzaba ver en el interior, por lo que se trepó sobre una piedra. Al l í e n las rocas, adelante de l a gruta, se encontraba el puma, estirado bajo l a luz del amanecer, con los ojos cerrados, relajada y hermosa. Su piel rojiza brillaba bajo la incipiente l u z del día. En seguida ocurrió algo t a n rápido, q u e As c hl o p a pe n a s s e dio cuenta inesperadamente, el puma dio un salto desde la boca de la gruta y cayó cerca de la piedra sobre la que Aschlop estaba y desapareció a grandes saltos como un rayo rojizo adentro de la maleza. Aschlop vio cómo el pájaro lo seguía. ¿Qué significaba todo aquello que acababa de ver? ¿Era un puma común el que había visto o era un 'nahual'? ¿Y si fuera su nahual, su espíritu protector? Hubiera deseado que su abuelo estuviera allí pasa explicárselo. El era uno de los ancianos que todavía recordaba el calendario antiquísimo de los mayas. Él podía decir cuál animal era el nahual de una persona, dependiendo del día en que se había nacido, según el viejo calendario. Tu nahual es un puma", le había dicho a la joven, " y p o r eso mismo, tú y él van a tener el mismo corazón. Sí tú eres una buena persona tu nahual va también a serlo y no va a herir a nadie, Pero sí tienes mal corazón, él también lo tendrá y será peligroso, porque podrá hacer mucho daño. Algunos ancianos y ancianas de Yalambojoch a simple vista podían ver en un animal sí se trataba de un nahual o de un animal común; había quienes estaban todo el tiempo en contacto con el suyo. El nahual del abuelo era una lechuza, Aschlop recordaba que él siempre sabía dónde estaba su lechuza A hora está agarrando una rata", acostumbraba decir," A hora descansa y duerme en un ceibal. Sí el puma que acababa de ver era su nahual, algo quería decirle, pero ella no alcanzaba a comprender, no entendía si el puma había venido a protegerla de algún peligro Lo único que sabía con certeza era que su vida estaba en peligro más que nunca. Las personas siempre estaban unidas a sus nahuales. "Si alguien le dispara a tu nahual y éste muere, tú también morirás un poco después", le había dicho su abuelo. Lo único que sabía con certeza era que su vida estaba en peligro más que nunca. Abrumada de presentimientos, la joven siguió caminando montaña arriba. El camino siempre apuntaba hacia arriba, el aire cada vez era más fresco y había más pinos. De repente sintió un fuerte olor a savia que le hizo recordar su infancia de forma muy distinta. Pasó por varios pueblos chujes. Cuando encontraba a alguna persona, bajaba la mirada tímidamente y susurraba:
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-Kilkobá -Kilkobá -le respondían todas las personas, porque todas eran de su mismo pueblo y hablaban su mismo idioma. Nadie la detuvo. Nadie le pidió documentos de identidad. De vez en cuando, le parecía ver una sombra rojiza que se movía entre los árboles a lo largo del camino. ¿Era el puma o su imaginación? "Probablemente es e l puma", pensó. Como cosa rara, se sentía más segura sabiendo que el animal se movía entre los pinos, a la par del camino. "Es porque soy la hija del puma", se dijo, riéndose. Caminó todo el día. Conforme iba subiendo hacia la cima de l a montaña, se sentía más relajada y contenta. A medida que se acercaba al pueblo donde había v alzaba más la cabeza en señal de que se sentía segura. En el último pueblito iba con la cabeza y mirando la gente a los ojos. Respiraba mas rápidamente, los ojos le brillaban y en sus labio. La sonrisa. Le faltaba poco para llegar a su casa pronto encontraría a Mateo, Pronto vería a sus padres Y también pronto estaría sentada junto al fuego contándole a su abuela todo lo que les había pasado desde que ella y sus padres se vieran obligados a abandonar el pueblo.

Los recuerdos ya no podían detenerse.
Desde una loma divisó Yalambojoch, su viejo hogar. A lo lejos se veían las casas con sus negros techos de madera, el pequeño riachuelo, los verdes sembrados y las milpas marrones. Todo era más pequeño que como lo recordaba y las montañas de los alrededores no eran tan altas como las había imaginado. En su recuerdo, el pueblecito había sido siempre verde y luminoso, pero ahora había sequía, por lo que todo estaba quemado y seco. De todas maneras, el corazón le golpeaba anhelante. "Tienen que estar allí abajo", pensó. "¡Santa María Madre de Dios, haz que estén allí! ¡Santa María Madre de Dios que estás en el cielo, haz que estén en nuestra vieja casa!" Por la noche había pernoctado en el bosque. Ahora era muy temprano y el pueblo todavía estaba envuelto por la neblina. Sólo cuando el sol salió pudo ver más claramente el pueblo, la escuela blanca, la pequeña iglesia las casas dispersas, las huertas y los campos preparados para la siembra de maíz, que estaba a punto de comenzar. Aquello era para sentirse alegre, pero ese momento que debió haber sido de gran felicidad, de triunfo, una vez más vinieron a su mente imágenes terribles, la asaltaron con tanta (fuerza yfue tan grande su dolor, que se sentó en el suelo yte echó a llorar. Aschlop temblaba y lloraba sin consuelo. Trató de evitar aquellas imágenes pero no podía, otra vez lo veía todo como si estuviese sucediendo en ese instante: los niños de San Francisco la cabeza de Pascual... Oía los gritos y de llanto de los niños y a la vez sentía el olor a quemado, como gallinas quemadas. Cuando ya no tuvo más lagrimas, se secó los ojos con la manga del huipil No acostumbraba llorar por algo que hubiera pasado antes. Cuando se celebraba alguna fiesta en la finca y alguien había comprado aguardiente, su madre y las otras mujeres refugiadas bebían y cantaban sus tristezas. En esas canciones que componían en el momento, contaban todo lo que les había ocurrido en Yalambojoch. Cantaban de todo. Luego recordaban y lloraban. Casi siempre cuando ellas cantaban sus penas. Aschlop no estaba presente. Y cuando los muchachos en la escuela empezaban a hablar de Pascual y de lo que había pasado la vez que los soldados llegaron. daba la vuelta y se alejaba. Se había propuesto que no debía pensar en eso. A l rato de haberse desahogado se incorporó y miró nuevamente hacia el pueblo, en medio de la alegría de haber vuelto y la tristeza por lo que había pasado y los que habían desaparecida Tenía la sensación de un vacío interior: estaba cansada, demasiado cansada “Debo quedarme un rato más aquí", se dijo. "Bajaré cuando todo el mundo en el pueblo se levante y se vaya a sus quehaceres, porque entonces los hombres de las patrullas no estarán muy atentos y si me ven, es posible que piensen que soy una muchacha del pueblo vecino que ha venido a hacer algún mandado." Yalambojoch estaba en lo alto, a mitad del camino hacia los picos más altos de los Cuchumatanes. Los indígenas mismos decían que su pueblo estaba en "tierra fría". En verdad, ahí hacía mucho frío. Para conservar el calor, Aschlop metió las manos entre el huipil. Los recuerdos terribles habían desaparecido, pero otros los habían sustituido y se sucedían uno tras otro. La huida debajo de la lluvia torrencial. Schepel que se cayó en el fuego. La pelota de Antil. El pájaro quetzal que de repente salió de las nubes... Aschlop trató de recordarlo todo bien desde el principio.

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Que se la coman los coyotes hambrientos.
Aschlop nació en Yalambojoch. Era un pueblo aislado, a que únicamente se llegaba por senderos estrechos y escarpados, pero todos sus habitantes estaban agradecidos de tener un lugar donde vivir, sus bisabuelos habían vivido en San Mateo Ixtatán, en las ruinas de una antiquísima ciudad maya, pero cuando los militares se instalaron en el lugar, lo primero que hicieron fue arrestar a los adultos para obligarlos a trabajar en las plantaciones de los terratenientes, mientras que los muchachos jóvenes fueron reclutados a la fuerza como soldados. Los indígenas se resignaron por largo tiempo. Pero, por fin un día empezaron a protestar. Después dos familias se dirigieron a lo alto de la montaña donde encontraron una zona desierta en la parte izquierda de los Cuchumatanes. En aquellas alturas prepararon la tierra y sembraron el maíz que habían llevado consigo. Poco a poco empezaron a llegar otras familias de San Mateo Ixtatán. En los primeros días vivieron bajo un árbol pero las personas que llegaron antes que ellos los ayudaron a construir sus casas, al pueblo lo llamaron Yalambojoch. La bisabuela de Aschlop tenía siete años cuando s u b i ó a la montaña junto a sus padres y sus hermanos. Llevaban cuatro ovejas. Durante el viaje tuvieron que pernoctar en una gruta y finalmente llegaron a Yalambojoch. Allí podrían vivir en paz. Cuando Aschlop nació, el pueblo lo constituían alrededor de 150 familias, todos de la etnia chuj. Los padres de Aschlop se llamaban Juana y Kuschín. Su primer hijo fue bautizado con el nombre de Mateo. Luego se acabó el maíz, como decían en broma los hombres del pueblo, pues ya no nacieron más niños. Juana y Kuschín tardaron siete años en tener otro hijo, a quien bautizaron Andrés, pero se acostumbraron a llamarle Antil El pequeño tenía dos años cuando nació Aschlop. Ella fue una niña muy querida. Su madre solía cargarla en un rebozo ala espalda mientras hacía tos oficios domésticos. Cuando la pequeña despertaba o lloraba, de inmediato l a amamantaba. Por las noches, luego de haber terminado sus quehaceres, Juana y Kuschín se sentaban junto al fuego a contemplar a su hija, la acariciaban, la besaban, le hablaban y hasta improvisaban canciones para ella. Como todos los padres del mundo, ellos pensaban que nunca habían visto a una niña tan bonita como la suya. Los recuerdos iníciales de Aschlop eran con su madre, pues siempre estuvieron juntas. El primero era cuando estaba sentada en el piso de tierra, viéndola machacar el maíz en la piedra de moler. Cuando Aschlop aprendió a caminar, seguía a su madre por todas partes. Por las mañanas iban a ver ' si las gallinas habían puesto huevos y acompañaba a su mamá al riachuelo para traer agua. Juana acostumbraba llenar un gran cántaro de barro y cargarlo en la espalda de regreso. Precisamente, uno de los juegos de Aschlop era 'cargar agua, el cual consistía en tomar una pequeña vasija, llenarla de agua y echársela a la espalda como su madre. Por otra parte, cuando la madre hacía tortillas, Aschlop estaba siempre al lado de ella y más adelante, cuando estuvo en posibilidad de hacerlo, mamá Juana le daba un puñado de masa para que aprendiera a tortear. Los primeros intentos de Aschlop no fueron muy felices, pero ahí estaban, en el comal, y ella estaba tan orgullosa de su trabajo que se las comía todas. Y así, incansable, ayudaba a su madre a hacer tortillas, cada vez mejor, para el desayuno, el almuerzo y la cena. Siendo aún muy pequeña, cuando no estaba ayudando a su mamá, solía jugar con su primo Pascual, casi siempre, a 'hacer tortillas'. Para ello, se iban al río a buscar barro y se acomodaban detrás de la huerta de verduras, donde amasaban el barro y, sobre unas piedras, ponían a secar al sol las 'tortillas' grises y lisas.

Por la tarde ayudaba a su madre a lavar ropa en el río. A veces, Juana la dejaba cargar a la espalda un pequeño tanate de ropa sucia y esto la hacía feliz. La r ut i na era que luego de lavar l a ropa y tenderla sobre algunas matas que había cerca de la casa, se sentaban dentro del rancho a desgranar maíz, el cual ponían a remojar para el día siguiente por las noches, mamá Juana, papá Kuschín y sus tres hijos se sentaban junto al fuego. La casa consistía en un solo cuarto que era cocina y dormitorio al mismo tiempo con cuatro camas pegadas a lo largo de las paredes; del techo colgaban mazorcas ahumadas. Aschlop acostumbraba sentarse en las rodillas de su padre, quien hablaba mucho con ella; en realidad, todos le hablaban y la escuchaban cuando quería decirles algo y a menudo los hacía reír. Cuando había invitados, el padre y los hermanos llevaban a casa la marimba del pueblo. Tanto el papá como el hermano mayor tocaban la marimba. Cuando la marimba empezaba a sonar, la mamá solía decir -Baila, Aschlop. La pequeña Aschlop se contoneaba y a todos les causaba mucha gracia. Las veces que su papá estaba de buen humor bailaban con ella. Una noche, cuando tenía cinco años, sorpresivamente la despertó su padre. Aschlop se levantó de la cama aún semidormida. Una única vela brillaba en la casa y antes de que su padre la sacara en brazos para afuera, percibió que su madre se quejaba.
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¿Qué había pasado? ¿Su madre estaba enferma? Papá Kuschín la sentó en un banco afuera de la casa. Los hermanos ya estaban sentados allí. La noche era muy oscura y hacía frío. Papá Kuschín la cubrió con su gruesa chaqueta de lana. Ninguno de los hermanos dijo una palabra. -¡Quiero i r con mi mamá! -gritó Aschlop. La pequeña estaba m u y asustada. -¡Cállate! -dijo su padre enojado-. Tienes que guardar silencio. De tanto en tanto se abría la puerta y por último, una mujer entrada en años apareció en el umbral. Aschlop vio que el fuego ardía con gran fuerza y escuchó gritar a su madre. Por la mañana pudieron entrar en la casa. La madre estaba en la cama y a su lado había un bultito envuelto en trapos. - ¡Ahora tienes una hermana! -dijo papá Kuschín. El sacerdote venía al pueblo cada tres meses en una cabalgadura. La siguiente vez que vino dio la misa y bautizó a la niña. La bautizaron como Isabel, y siempre la llamaban Schepel. Al principio, Aschlop sentía aversión por la pequeña. Y es que, según ella, su hermanita había venido a alterarlo todo. Ahora sólo ella se sentaba en las rodillas de su padre, y todos querían tenerla en sus brazos, incluso sus hermanos. Todos la besaban, la alzaban en sus brazos y le hacían gracias para que sonriera. Por ser chiquita, la madre tenía que llevarla consigo a todos lados y tan pronto como lloraba le daba el pecho. Aschlop opinaba que nunca había visto a un niño comer tan a menudo. -No entiendo qué es lo que pasa con Aschlop, -comentaban sus padres. Aschlop había entrado en una etapa de celos en la que con frecuencia se tiraba al suelo y lloraba a gritos aunque no tuviese motivo para hacerlo. Cuando mamá Juana le daba alguna fruta, un durazno maduro, para calmarla, Aschlop sólo le daba un mordisco y tiraba el resto. Y por si fuera poco, hasta la gallina pinta que su padre le regaló cuando era recién nacida, sufría sus corajes porque con frecuencia le daba puntapiés. Aschlop se negaba empecinadamente a aceptar lo que había pasado, quería que el tiempo retrocediera. -Mamá, ¿puedo cargar a Schepel en la espalda con un rebozo?, -le dijo un día que la vio sentada amamantando a su hermanita. -Eres demasiado pequeña. -¿Y entonces por qué a otras niñas las dejan cargar a sus hermanos pequeños? Fueron tantos los ruegos que la madre finalmente cedió, le puso a la pequeña Schepel sobre la espalda y le ató el rebozo para estar segura de que no se le caería. No era nada raro. Había muchas otras niñas de cinco años que llevaban a sus hermanos pequeños en la espalda. Aschlop estaba feliz. Con Schepel en la espalda se dirigió al río, lo vadeó por donde era menos hondo y siguió caminando por una pendiente. Allí dejó abandonada a Schepel y salió corriendo. -Ahora se la comerán los coyotes hambrientos. Ahora se la comerán los coyotes hambrientos -cantaba con voz alta y aguda. En realidad, algo dentro de ella la hacía vacilar respecto de lo que le dirían mamá Juana y papá Kuschín cuando la vieran llegar sin su hermanita. Esto la hizo quedarse contemplando el río por largo rato, también se detuvo a mirar a las mujeres que lavaban ropa y jugó con otras niñas. Finalmente regresó a casa con paso lento. "Ahora estará todo como” antes, pensaba. Al llegar se detuvo en el umbral y... ¡vaya sorpresa!, allí estaba su madre sentada en un tronco, dándole de mamar a Schepel. Allí estaba, como de costumbre, sosteniéndola en sus brazos. -¿Cómo pudiste hacer algo así? -gritó la madre con cierto aire de enfado, que Aschlop casi no la reconoció. -El vecino Mekel la encontró. Estaba sucia y con hambre. ¿No entiendes que es peligroso dejarla abandonada en el suelo e irse así nomás? Los coyotes pudieron haber llegado adonde estaba ella. Por un momento Aschlop pensó que su madre le iba a pegar, pero no lo hizo. Papá Kuschín también estaba en la casa y parecía una nube de tormenta. Nunca le había pegado, tampoco lo hizo ahora, pero le habló con tono fuerte. Fue como si hubiera pasado una frontera invisible. Por primera vez en su vida se sintió del otro lado de sus padres. Lloró como no lo había hecho antes, con mucho sentimiento.
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Lloró porque sus padres estaban tan enojados con ella. Pero también lloró por decepción. "¿Por qué el tonto Mekel había tenido que venir y encontrar a su hermanita?", pensaba, "¿Por qué sus papas habían tenido otro hijo más? ¿No bastaba con tres?" Aschlop se quedó de pie en el medio de la habitación y los miró con mucho enojo a través de su lacio y largo flequillo: -Ni piensen que me voy a dedicar a cuidar a esa niña -les dijo.

Schepel en el fuego y el mundo que crecía.
Un recuerdo de la infancia perseguiría a Aschlop el resto de su vida. Cierto día de la estación lluviosa mama Juana había ido a visitar a unos vecinos y solo Aschlop con Schepel se habían quedado en cas. La lluvia caía a cantaros afuera y golpeaba con fuerza contra el techo. Todo estaba húmedo y resbaladizo y en el umbral de la puerta se había formado un gran charco. Schepel ya tenía un año y Aschlop seis. La mas pequeña se puso a gatear sobre la tierra mojada. Cuando Aschlop la vio considero que estaba muy sucia y pensó: “Tendría que llevarla al rio para limpiarla, pero no tengo ganas, además hace mucho frio y llueve”. Al poco rato la vio gatear en dirección al fuego, pero no le dio importancia. Schepel ya estaba muy cerca del fuego, el cual crepitaba y ardía vivamente en el medio de la habitación. De pronto, la pequeña desnuda y sucia, se puso de pie. Se balanceaba hacia atrás y hacia delante, pues sus piernas aun no podían sostener el cuerpo con firmeza. Sentada sobre un saco de maíz al otro lado del cuarto. Aschlop la miraba pero seguía sin prestarle mucha atención. De repente, la pequeña Schepel dio un paso adelante y cayo. Finalmente, Aschlop se incorporó e intentó alzar en sus pequeños y débiles brazos a Schepel, pero no fue fácil. A su edad, Schepel era una niña robusta y Aschlop apenas tenía seis años. Sin embargo, pudo más el deseo de salvar a su hermana, y fue así como logró tomarla en los brazos y salir vacilante hacia el patio. Schepel seguía gritando de dolor. Aschlop se puso a gritar lo más alto que podía: — ¡Mamáaaaaa! ¡Mamáaaaaa! ¡Mamáaaaaa! Juana llegó corriendo bajo la lluvia, detrás suyo, todas las vecinas y sus hijos llegaron corriendo. Aschlop vio cómo su madre la miraba con gesto de pregunta. -Yo no la empujé -le dijo, sin contener el llanto-. ¡Yo no lo hice! ¡Por diosito que no! -Y para que la madre le creyera se dio un beso en el dedo pulgar. Aschlop estaba aterrorizada por lo que había pasado. Se prendió de la falda de su madre y lloró con mayor desconsuelo. "No quiero que Schepel se muera, pensaba. No quiero que la pongan en un cajón y la entierren en el cementerio junto a los otros muertos." Mamá Juana parecía perdida. Cargó a Schepel y, dando de gritos, entró a su casa, bajo la lluvia torrencial. Se sentó en una de las camas y comenzó a mecer en sus brazos a la infortunada niña. Los vecinos y sus hijos, todos mojados, llenaban el interior de la habitación. De pronto, una de las ancianas tuvo la idea de rezar "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros...", y repitió la oración varias veces. Después de un tiempo que a Aschlop le pareció como un año, su hermana cesó de llorar, se puso a chupar el pecho de mamá Juana y poco a poco se quedó dormida, pero siempre quejándose en el sueño. Aschlop, quien todo el tiempo había estado adelante de las mujeres y los niños que acudieron al enterarse del percance, levantó una mano y acarició con el dedo índice la mejilla de su hermana, pero lo hizo con mucho cuidado, para no despertarla. -Mi pequeña Aschlop -dijo su madre con ternura-. Corre a buscar a tu padre. Juana y Kuschín nunca habían visitado a un médico ni conocido a una enfermera, porque éstos jamás habían llegado a Yalambojoch. Nadie en el pueblo había intentado desplazarse por la mañana para llegar a un camino vecinal, donde tomar una camioneta para ir a la ciudad en busca de un hospital. Si alguien se enfermaba, lo más natural era que se curase recurriendo a yerbas o que buscase a un hombre del pueblo. Desde hacía unos años, éste guardaba un botiquín de primeros auxilios que cierta
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vez le dio el cura que llegaba a decir misa y administrar los sacramentos. Algunos acudían a este hombre. Pero para cosas muy serias, como haber sufrido la mordida de una víbora, una quemadura o tener mal de ojo, la gente prefería ir a un curandero. Los padres de Schepel no dudaron. La envolvieron en un trozo de plástico corrieron bajo la lluvia a la casa de uno de los tantos curanderos que había en el pueblo. El curandero rezó por la mano herida, sabía un conjuro mágico contra las quemaduras. Luego le untó la mano con grasa de res. Esa noche. Kuschín abrazó fuertemente a Aschlop. Entonces el llanto se agolpó en la garganta de la niña hasta dolerle, y el dolor no se calmó hasta que se hubo desahogado. Lo de Schepel no es serio, dijo la mamá. El conjuro ha sido tan milagroso, que ahora duerme tranquila. Aschlop se quedo quieta, pensando en lo que su madre acababa de decir. Que no era serio. Que dormía tranquila. ¿Entonces no se iba a morir? Juana bordaba. Se había sentado en uno de los troncos cerca del fuego para poder ver la costura, pues la única luz dentro de la casa provenía del fuego. De tiempo atrás llenando la tela blanca con bordados en rosa, rojo y verde. Había que ver con qué paciencia reproducía flores, hojas y pájaros en aquella tela que más tarde sería un huipil. -Empecé un nuevo huipil para Aschlop -dijo-. Quiero que ella lleve uno nuevo cuando vaya conmigo al mercado. El que tiene ahora es tan pequeño y está tan viejo que me da vergüenza. Y dirigiéndose a su hija mayor, agregó: -Ahora eres grande, Aschlop. Schepel es muy pequeña y por unos años aún va a dar trabajo, pero tú eres grande. Creo que me ayudarás a vender en el mercado. Te enseñare a pesar cosas y a contar dinero para que puedas cobrar por tu propia cuenta. Aschlop apretó la cara contra la camisa de papá Kuschín y se rió. La mano de Schepel fue sanando, en cambio el malestar que Aschlop sentía contra ella tardó en desaparecer; sin embargo, después del grave percance, empezó a querer un poco más a su hermana. Poco a poco fue desapareciendo aquel confuso estado de ánimo en la pequeña. El cambio quizás tenía que ver con el hecho de que ahora tenía seis años y su mundo no giraba solamente en torno a la casa y a mamá Juana. Su mundo era ahora enorme. En primer lugar estaba el mercado. El domingo era un día especial porque los indígenas, en gran número, bajaban de la montaña cargando sus ventas a la espalda, una costumbre que se repetía todos los domingos desde que empezaba a clarear. Llegaban de todos los pueblos cercanos a comprar y a vender en Yalambojoch. El mercado era el centro del pueblo; era el corazón del pueblo y como tal, latía con mucha fuerza y viveza. Alrededor de donde se levantaba el mercado, junto a los pastizales, estaba la escuela y allí mismo, la casa del maestro, hecha de trozos de madera y vigas; también había una casa de adobe pintada de blanco que los habitantes del pueblo llamaban orgullosamente la 'casa comunal'. Ésta se hallaba dividida en dos piezas, en una de ellas había puesto el alcalde su oficina, aunque lo único que tenía era una mesa con un mantel plástico floreado y un banco de madera; la otra habitación no tenía ningún mueble, por lo común era usada como cárcel. Como los domingos son para el descanso, entonces los hombres descansaban de las tareas del campo y se reunían en grupos alrededor de la plaza. Toda la plaza estaba llena de mujeres acompañadas de sus hijos. Se las veía sentadas en cuclillas, luciendo sus trajes más hermosos y coloridos, junto a sus mercancías, entre las que había sacos de papas, chiles, frijoles, coliflores, aguacates y duraznos. Asimismo, tomates, cebollas, café, gallinas vivas, recipientes de barro y hasta algún cerdo. Los domingos, algunas mujeres ancianas acostumbraban vender caldo de gallina, que desde temprano ponían a cocinar en grandes ollas, y nomás comenzaba a hervir llenaba el ambiente de un olor apetitoso. Lo acompañaban de 'tamales' y 'atol' blanco, todo servido en jícaras. Los que habían ganado algunos centavos solían darse el gusto y comprar un tamal o un poco de caldo. En un extremo de la plaza había un espacio techado que era ocupado por los que llegaban de más lejos. Todos eran indígenas la mayoría Ahí se ponían a vender camisas y pantalones, tazas de porcelana peinen faldas tejidas y caites hechos de llantas viejas. En realidad el domingo era el día de fiesta del pueblo, A tempranas horas, los hombres se asomaban cargando una marimba y la instalaban en el medio de la plaza, era una marimba hecha por artesanos del pueblo con madera de palo de hormigo y cedro. La
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tocaban cuatro o cinco hombres provistos de baquetas, con las que extraían de aquel instrumento los más delicados y alegres sonidos que se extendían más allá de la plaza. Ese domingo los hombres jóvenes y viejos tomaban la vida con calma, conversando en grupos; unos cuantos ingerían un aguardiente traído de más allá de la montaña, de Bolej, un pueblito donde se elaboraba aguardiente clandestino, A medida que consumían mas y mas aguardiente los hombres comenzaban a cantar. Por la tarde ya había un buen número de ellos en torno a la marimba canturreando, con voz alta y un tanto desafinada, canciones de amor y penas de amor. Eso no era nada nuevo para Aschlop Cada domingo desde que nació, su mamá la llevaba al mercado» Sin embargo este sería un día especial. Era un día de cambios Estrenaba el huipil que le había bordado su madre largo ancho y cubierto de hermosos dibujos. Camino al mercado no podía resistir el deseo de bailar un poco detrás de su mamá para que el huipil se le moviese

Aschlop se sentó junto a su madre en la esquina acostumbrada. Se sentó en cuclillas como las otras indígenas, con la espalda recta y el gesto solemne. Delante de Aschlop, la madre colocó un canasto con las escasas papas que tenían para vender y a su lado la balanza. Juana le había enseñado cómo vender. Ahora, ella, sin la ayuda de su madre, pesaría y cobraría lo que vendiera. Completamente por su cuenta. Aschlop no conocía a la primera compradora, no la había visto nunca; seguramente no era del pueblo. La mujer cogió unas papas para ver si eran buenas y preguntó cuánto costaban. Aschlop le respondió en voz baja. La mujer quería dos libras. Aschlop comenzó a pesarlas, y aunque sus manos le temblaban un poco, lo hizo. También pudo calcular cuál era el precio de las dos libras. Mamá Juana le sonrió para darle aliento y Aschlop miró alrededor para ver si alguien la había visto. Claro que había otras niñas que sólo tenían seis años y estaban sentadas al lado de sus madres. Allí estaba la hija de la vecina con una gallina en las rodillas. "Pero sólo la cuida", pensó Aschlop. "Y la otra, esa que sujeta a los marranos con un lazo, de seguro que no sabe cuánto cuestan". Siguió viendo hacia todos lados y no pudo encontrar una niña en el mercado que fuera tan pequeña como ella y que pudiera pesar y cobrar sin la ayuda de nadie. Mateo, su hermano mayor, la llevaba a un mundo todavía más grande. La dejaba acompañarlo a las milpas que tenia en una ladera de la montaña. Cuando el maíz estaba recién sembrado, Aschlop ayudaba a cuidarlo. Con palos y trapos armaban espantapájaros para alejar a los zanates y a otras aves que trataban de comerse las plantitas y más adelante los granos de maíz. Su abuelo Juan influyó de sobremanera en el gran cambio que se operó en la vida de Aschlop. Aquel era un hombre amable; todo el tiempo estaba alegre, que al sonreír mostraba sus dientes amarillos y disparejos y entonces el rostro se le llenaba de mil arrugas. El abuelo era de pequeña estatura y descalzo, casi siempre vestía una chaqueta de lana con un pájaro bordado en la espalda. El día que vino a buscarla, se veía muy serio. En una mano llevaba un manojo de velas largas y delgadas y en la otra, flores y hojas de palma que debió traer de la costa. -Aschlop tiene que venir conmigo- dijo secamente-.También su primo Pascual. En seguida, salieron a las afueras del pueblo; el abuelo iba a la cabeza y atrás, Aschlop y el primo Pascual; los dos tenían la misma edad. Aschlop estaba inquieta y un poco asustada. “¿Adonde iremos?”, se preguntaba. ¿Se irían del pueblo sin tener a su mamá con ellos? Subieron a uno de los cuatro picos del cerro que rodeaba a Yalambojoch, en cuya cima había una cruz de madera. Ante la mirada de asombro de Aschlop y Pascual, el abuelo ató las flores y las hojas de palma a la cruz y luego encendió fuego, cuando éste terminó de arder, echó los restos en una lata que le servía de incensario y encima dejó caer gramos de copal de inmediato despidieron su aroma envolvente. Cada vez que el abuelo removía la lata salía una gran nube olorosa y blanca. Aschlop lo miraba con sorpresa. Ella sabía que el abuelo era el rezador del pueblo. Había oído que mantenía las viejas tradiciones, que hablaba con los espíritus de las montañas, de los ríos, del maíz y de los vientos, pero no sabía bien lo que hacía un rezador. El abuelo puso la lata en las manos de Aschlop y le enseñó a moverla de un lado a otro. Después, encendió las velas y las clavó en la tierra frente a la cruz, se puso de rodillas y desde donde estaban, miró hacia abajo en dirección al pueblo. En seguida, comenzó a rezar, diciendo en voz alta: -¡Nombre de Dios! ¡Santa Justicia! Abre tu corazón y escúchame. Vengo a pedirte que protejas a nuestro pueblo. Te pido que los militares no vengan. Que podamos seguir viviendo en paz en Yalambojoch. Haz que mi pueblo prospere. Protégenos de las enfermedades. Haz que todos los
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recién nacidos vivan. No dejes que venga la helada y queme el maíz recién nacido. No dejes que los vientos doblen las plantas de maíz. Haz que la cosecha del sagrado maíz sea grande para que el tiempo del hambre sea corto. Por eso te enciendo velas y te doy flores y copal. Lo único que te pido es que protejas a mi pueblo. Tan pronto como el abuelo terminó la oración, se puso de pie y se marchó, seguido por los dos niños. En ese mismo viaje ascendieron a los otros tres picos que custodiaban a Yalambojoch. En cada uno de éstos, el abuelo pidió por el pueblo.

Las grutas sagradas y la gran serpiente.
El abuelo Juan siguió llevando a sus dos nietos a las ceremonias. Lo habían elegido como rezador del pueblo cuando era joven, pero luego la gente del pueblo lo siguió eligiendo año tras año. El rezador era el guía espiritual del pueblo Era el que se ocupaba de todos los ritos que había que ejecutar. En caminatas que efectuaba alrededor del pueblo, el abuelo Juan se detenía en muchos lugares para hacer ofrendas. Algunas de sus oraciones eran tan secretas que los niños debían alejarse un poco y prometer que no lo escucharían. Aschlop se aburría de tantas oraciones. Lo que más le gustaba era sentarse en algún lugar, ya fuera sobre la grama, sobre una piedra o bajo un árbol, y comer de las tortillas que el abuelo llevaba siempre en su morral, después que el anciano había terminado de rezar. Entonces, él les llenaba la imaginación Con alguna historia. Les hablaba de la tierra sagrada, del padre sol y de la madre luna. También les hablaba de los espíritus de las montañas y de los ríos. Les contaba cómo se había formado la tierra y les enseñó a oír a la naturaleza y a reconocer las plantas y los animales. Aschlop pensaba que su abuelo Juan lo sabía todo. Y tenía razón porque el anciano podía interpretar sueños. También sabía qué días eran buenos, porque no todos eran iguales. Algunos eran buenos para hacer una fiesta o para comprar una vaca. Otros, en cambio, eran peligrosos. Por ejemplo, si un niño nacía en uno de éstos, los padres y los abuelos tenían que pedirle al dios de ese día para que el niño sobreviviese. También había malos espíritus y los niños que nacían bajo su influencia no tenían salvación. Asimismo, había días en que uno debía ser cuidadoso, si uno tenía malos pensamientos o se peleaba con alguien en un día de esos, debía hacer ofrendas, pues de lo contrario podían suceder accidentes. Fue en una de esas caminatas que el abuelo le dijo a Aschlop que su nahual era un puma y el de Pascual un escorpión, en tanto que el suyo era una lechuza. Sin embargo, lo que más le gustaba a Aschlop era que el abuelo les contara de las grutas sagradas y de la gran serpiente. La niña casi siempre trataba de hacer que el abuelo les hablase de esto, cuando estaban sentados, descansando. Aschlop había oído la historia muchas veces, pero cada vez que la escuchaba de nuevo, sentía el mismo gusto y el mismo miedo. —Hace mucho tiempo, cuando aún vivíamos en San Mateo Ixtatán. Hacíamos ofrendas y rezábamos oraciones en una gruta que está un poco lejos del pueblo -contaba el abuelo-. A veces ofrendábamos chumpipes. La gruta era grandísima y profunda; en el fondo tenía una laguna y un río subterráneo; además, había varios espacios con figurillas de dioses labradas en piedra por nuestros antepasados. Anualmente, el rezador del pueblo se encerraba en ella cuarenta días y entonces veía el futuro. Podía ver lo que iba a suceder al año siguiente en el pueblo y en el resto del mundo. Podía ver todas las enfermedades, los accidentes y las guerras que estaban por venir. Después rezaba para que todas esas desgracias no llegasen a ocurrir. Durante ese tiempo, rezaba por su pueblo y por todo el mundo. Las grutas que usamos son sagradas. En la de San Mateo sólo el rezador y sus asistentes pueden entrar. En otras grutas sagradas sólo pueden entrar indígenas, pero no los ladinos. ¿Saben ustedes a quién se le llama ladino? -El maestro de la escuela es ladino -contestó Aschlop sin vacilar, pero al mismo tiempo pensó que la pregunta era tonta, pues todos sabían lo que era un ladino. -Sí-dijo el abuelo-. También el sacerdote es ladino. Así llamamos a todos los que no son indígenas. Ahora les voy a contar lo que pasó en Santa Eulalia, un pueblo que está del otro lado de la montaña. Santa Eulalia está al lado de una carretera, y por eso muchos ladinos se han ido a vivir allí. Pues bien, muy cerca del pueblo hay una gruta a la que una mujer ladina Quiso entrar por curiosidad, tal vez porque había oído el rumor de que los indígenas guardamos grandes riquezas en las grutas. La mujer era dueña de una tienda en el pueblo. Un día se acercó en secreto a la entrada de la gruta. Lo que ella ignoraba es que todas las grutas sagradas tienen un guardián, y la de Santa Eulalia era custodiada día y noche por un espíritu. Cuando éste vio que la mujer se acercaba, hizo surgir un río en la entrada de la gruta. Pero la mujer no hizo caso del río. su curiosidad era tan grande que se quitó los zapatos y vadeó el río. Cuando llegó a la ribera opuesta, se encontró con una gran serpiente, que se le enroscó en las piernas. En seguida, dos grandes rocas rodaron en dirección adonde la mujer estaba, quedando a ambos lados de ella, de modo que no podía escapar. La mujer lloraba en medio de la oscuridad. De repente, el rezador del pueblo llegó a la gruta y viendo la situación en que estaba la mujer,
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le tuvo lástima, por lo que le pidió al guardián de la gruta que la dejara ir. Fue así como la serpiente se desenroscó de las piernas y las rocas volvieron al lugar de donde habían llegado La mujer estaba ilesa pero aterrorizada. Ni bien se vio libre, se fue corriendo para su casa. Unos días más tarde se volvió loca. Aschlop veía todo esto delante de sus ojos; en su fantasía la serpiente era blanca, enorme, con un estómago grande, como el de una vaca, y con ojos brillantes y rojos En San Mateo pasó lo mismo -siguió contando el abuelo-. En 1958. un maestro ladino entró en la gruta. y se encontró una sapiente enorme. Dos días más tarde estaba muerto Durante tres años Aschlop y su primo Pascual le hicieron compañía al abuelo Juan en sus caminatas y oraciones. A Aschlop le gustaba acompañarlo a pesar de que no entendía lo que él decía y contaba. Pero eso sí, se sentía incómoda cuando el abuelo comenzaba a hablar en contra del sacerdote católico y la religión que éste predicaba, porque entonces el anciano se encolerizaba, y eso la asustaba. De todas estas cosas, mucho tiempo después ella no recordaría más que esto: "Cuando nuestro pueblo subió a la montaña y fundó Yalambojoch, los entristecía que no hubiera ninguna gruta en las cercanías, por eso tuvieron que construir una casa especial para rezar. Cuando me eligieron rezador, la casa ya estaba hecha y era allí donde hacíamos todas nuestras fiestas y ceremonias. Allí nos juntábamos todos los años antes de sembrar el maíz. Bebíamos atol, tocábamos la marimba y bailábamos." "Entonces, yo le pedía perdón a la sagrada tierra. Ustedes tienen que comprender que cuando uno siembra, el cuerpo de la tierra siente dolor, y es por eso que antes de hacerlo hay que pedir perdón. Le pedía que el sagrado maíz creciera sano y hubiera buenas cosechas. Al siguiente día todos los habitantes del pueblo iban a rezar a las cruces que hay alrededor del pueblo. Cuando empezaba la 'tapizca', se armaba una gran fiesta. En ese tiempo todos en el pueblo trabajábamos juntos y lo hacíamos según el viejo calendario maya, tal como lo habían hecho nuestros antepasados por miles de años. Diariamente yo imploraba a los espíritus guarda fronteras, es decir, los espíritus que custodian los límites pueblo que nos protegieran y no permitieran que nadie nos despojara de nuestra tierra." "Sin embargo, no día vino un sacerdote católico montado a caballo, era un sacerdote extranjero, mas como cosa curiosa, hablaba nuestra lengua. Según dijo, todo lo que yo hacía venia del diablo y recalcaba en que su dios era el único de verdad. Aquella vez, les roció agua bendita a algunas gentes del pueblo y les dijo que ya estaban bautizadas, que ésa era la señal de que ya pertenecían a su iglesia. Después se fue y nadie pensó más ni en él ni en su dios. Siete años más tarde volvió de nuevo a caballo. Esta vez logró casar a varias parejas, a algunas personas les ensenó a cantar salmos en castellano y eligió a otras para que enseñaran el catecismo. Además, consiguió que los habitantes del pueblo construyesen una iglesia, para la cual donó una pequeña imagen de la Virgen María. Todos los que la visitaban decían que tenía gran poder, que podía hacer milagros sí se le pedían "Yo no voy a vivir en el pueblo, dijo el sacerdote, pero lo visitaré cada tres meses para oficiar la misa; mientras tanto, ustedes deberán reunirse todos los domingos en la iglesia y los que elegí como catequistas habrán de dirigir el canto de los salmos y leer la Biblia." "Los hombres nos reunimos en la plaza para discutir lo que el sacerdote había dicho. Yo estaba muy enojado Insistí en que no podíamos abandonar el camino de nuestros antepasados, pero muchos de los jóvenes dijeron que debíamos probar la nueva religión, que practicar la antigua religión tomaba mucho tiempo, pues había que rezar bastante. 'La nueva religión, en cambio, parece ser buena, basta con una media hora cada domingo1, dijeron." Tal como lo había prometido, el padre vino cada tres meses a oficiar la misa, a la que asistía casi todo el mundo. Entonces, muchos se casaron y llevaron a bautizar a sus hijos. A veces sentía odio en contra de mi pueblo porque siempre terminaban haciendo lo que decían los blancos. Yo también iba a la misa pero estaba en contra de todo. Estaba en contra de que hubiesen echado abajo la casa en la que acostumbrábamos rezar; en contra de que hicieran una escuela y en contra de cultivar verduras y fundar una cooperativa como decía el sacerdote. Tampoco estaba de acuerdo en que se mandara a algunos jóvenes a un curso de enfermería. Sólo coincidía con el sacerdote en que todos los hombres somos iguales. 'A los ojos de Dios un indígena y un ladino son iguales', dijo un día." Cuando Aschlop empezó a acompañar al abuelo Juan en sus caminatas, casi todos en el pueblo eran católicos. Pero él siguió siendo el rezador del pueblo y por lo tanto, los habitantes le daban maíz, dinero y frijoles para que rezara a los dioses antiguos y celebrara las ceremonias que acostumbraban los antepasados. Aschlop acompañó a su abuelo por tres años y al cabo de un tiempo también quiso recordar lo que él le había contado acerca de las transformaciones que Había experimentado el pueblo desde la llegada del sacerdote, pero fue inútil. Solamente se recordaba de la vez que fueron a la gruta sagrada Quen Santo y vio al pequeño Dios Verde.

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El pequeño Dios Verde.
Estoy muy preocupado -dijo el abuelo Juan cierta noche que visitó la casa de Aschlop, cuando todos estaban sentados alrededor del fuego-. La rueda del tiempo va rápida, me estoy volviendo viejo. Quiero rezar por el pueblo en una de las grutas sagradas antes de que me muera y pienso ir a la gruta Quen Santo. -¿Dónde queda? -preguntó mamá Juana. -Allá donde se pone el sol, del otro lado de Waxa-kaná. El día que el abuelo emprendió el viaje, Aschlop y Pascual se fueron con él, cada uno cargaba a la espalda un bulto con tortillas y frutas para comer por el camino. Debían caminar dos días. Cada noche dormían en un pueblo chuj, donde el abuelo hablaba con los ancianos, mientras los niños les mostraban a Pascual y a Aschlop sus secretos, un hueco en la montaña donde vivía una lechuza, un nido con pajaritos, una colina donde las piedras eran completamente rojas. En cuanto amanecía, el abuelo y los muchachos continuaban su camino, cuesta abajo de la montaña. En el camino encontraron restos de pirámides y muros de piedra sobre los que había crecido el pasto y la vegetación. -Todo esto fue construido por nuestros antepasados -dijo el abuelo. Aschlop miró las ruinas. Sólo eran montones de piedra. En realidad no podía entender por qué sus antepasados habían construido tantos montones de piedra. Cuando llegaron al pie de los Cuchumatanes vieron un pequeño valle que se extendía delante de ellos, a un lado había unas ruinas y al otro una gruta. -Hemos llegado, -dijo el abuelo con cierto aire de solemnidad. Esta es la gruta Quen Santo. Aschlop miró con gran inquietud a su alrededor, pues sentía miedo. Se preguntaba dónde estaría el guardián de la gruta. No vio nada raro, pero no pudo dejar de pensar en la gran serpiente que mencionó el abuelo y la vio claramente enfrente suyo, blanquecina, enroscándose. -Ahora entraremos -dijo el abuelo-. Ven Aschlop, ven. No es peligroso. Tú no eres ladina, de modo que puedes entrar y si hay un guardián en esta gruta, no te hará ningún daño. -¿Cómo lo sabes? — preguntó Pascual de inmediato. Al ver la inquietud del Pascual y Aschlop, el abuelo decidió entrar solo. Cuando salió tenía el sombrero roto más abajo dela frente y las manos ocultas en las amplias mangas de De chapeta. Los niños se habían dado cuenta que el abuelo había cambiado; parecía como si se hubiese encogido allí adentro. A pesar de eso sintieron la necesidad de correr hacia él y preguntarle: ¿Abuelo que vistes? ¿Estaba allí la serpiente? ¿Había imágenes de dioses? ¿Vistes el futuro? El abuelo guardó silencio y empezó el camino de regreso Caminaba lento y pesadamente, Por primera vez Aschlop pensó que su abuelo ya era muy viejo. Por la tarde se aproximaron a Chucula, "el lugar del agua roja" Aquella era una gran extensión de tierra, propiedad de un alemán. Es uno de los hombres más ricos de toda Guatemala", decían los indígenas. "Es dueño de este rancho de ganado y en la costa tiene doce grandes plantaciones." Sin embargo, ninguno había visto nunca al dueño. Tenía empleados que cuidaban de El Agua Roja, él llegaba sólo una vez al año en helicóptero para inspeccionar. No podemos ir por el camino que atraviesa El Agua Roja, dijo el abuelo. Era la primera vez que hablaba desde que saltó de la gruta. Al dueño de la finca no le gusta que uno atraviese su propiedad -siguió diciendo-. He oído que tiene dos perros negros que andan sueltos y que atacan a todos los que pasan por sus terrenos. Será mejor que caminemos por el bosque El abuelo y los niños apresuraron el paso. Ya era tarde, hacía mucho calor y había que apurarse para llegar al próximo pueblo antes que anocheciera. Dejaron el sendero y se internaron en el bosque tupido. Aún estaban en las tierras bajas; el bosque era frondoso; a veces los bejucos se les enredaban en los pies como queriendo detenerlos. El abuelo llevaba el machete en la mano y lo usaba todo el tiempo para cortar las ramas y los bejucos que les entorpecían el paso. La vegetación era tan cerrada, que el aire apenas movía las hojas. De repente el abuelo se detuvo y les hizo señas a los pequeños para que no se movieran. Aschlop alcanzó a oír ruidos. Lo primero que pasó por su mente fue que los perros negros se acercaban, pero antes de que tuviera tiempo de asustarse de veras, oyó voces de gente y un ruido como de metal chocando contra una piedra. El abuelo les susurró de nuevo que se quedaran quietos, mientras él avanzó despacio, tratando de no hacer ruido. Aschlop se le quedó viendo y le pareció que no estaba tan viejo. Ahora el ruido se oía más claro. El anciano les hizo señas de que lo siguieran en silencio. Entre las hojas y las ramas podían ver un montón de piedras y dos hombres del otro lado. El corazón de Aschlop empezó a latir fuertemente. ¿Cómo podía latir un corazón de esa manera? Aquellos hombres le
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daban miedo, pues no eran indígenas. Tenían gorras rojas y hablaban entre sí en una lengua que ella no conocía. Los hombres cavaban con palas sobre el montón de piedras y muy cerca de ellos había dos pistolas tiradas en el suelo. Si acaso las llegaran a necesitar, les bastaría con dejar las herramientas y estirar el brazo para alcanzarlas El abuelo les hizo señas a Aschlop y a Pascual de que se mantuvieran quietos y callados. Aschlop lo intentaba pero le era difícil. El bosque estaba caliente y húmedo. Las gotas de sudor le hacían cosquillas al rodarle por las mejillas, y debía secárselas con la mano. El abuelo la vio y frunció el ceño. La cosa empeoró cuando llegaron los mosquitos y formando una pequeña nube rodearon a los tres. Uno zumbaba sobre la cabeza de Aschlop, de vez en cuando otro se detenía en su cara o en sus pies descalzos, y la niña sólo apretaba los dientes. Era doloroso no poder quitárselos de encima. Detrás de las ramas vieron cuando los hombres dejaron las palas y se agacharon para tomar cada uno un costal, dentro del cual metieron algo, luego se colocaron al cinto las pistolas y se alejaron del pozo que habían excavado, llevando el costal en una mano y las palas en la otra. Oyó sus voces feas y una risa bulliciosa. El abuelo volvió a pedirles a los niños que no se moviesen de donde estaban y se acercó adonde los hombres habían estado excavando. Cuando estuvo seguro de que no había otros desconocidos llamó a los niños. Entonces, Aschlop vio que el abuelo no estaba triste, sino furioso: -¡Saqueadores!, ¡ladrones ladinos!, ¡bandidos! -decía con indignación, mirando el hoyo excavado por los hombres-. Este montón de piedras es parte de una obra de nuestros antepasados. Quizás de una tumba..., no lo sé. De todas maneras siempre hay objetos valiosos de aquellos tiempos en ruinas como esta y eso era lo que buscaban. Vinieron aquí para robarse las cosas de maestros antepasados en la cara enrojecida se le podía ver la ira. Enojado como estaba, empezó a rellenar con piedras que al caer levantaban una nubecilla de polvo. En medio de esa nubecilla Aschlop vio un objeto verde que brillaba, Mira abuelo! –dijo. El anciano, entonces, se agachó y con la mano removió la tierra. Cuidadosamente levantó la pequeña pieza y se la dio a Aschlop Era una cabeza de hombre esculpida con primor -¿Que es? -preguntó Pascual. —Es una cabeza tallada en jade —respondió el abuelo-, fue hecha por nuestras antepasados — ¿Pero que es? —insistió Pascual. -Quizás representa a un dios, -dijo el abuelo-. Pero también puede ser un juguete. Quizás alguien hizo esta cabeza para que sus hijos tuvieran algo con que jugar. Al decir esta el rostro amigado del abuelo se iluminó con una sonrisa y en seguida lanzó una carcajada -Ahora sí se “tontearon” los ladrones, porque no encontraron esta cabeza -dijo-. Aschlop la ha descubierto y por lo tanto ella debe conservarla.Dirigiéndose a la pequeña, continuó-: Pero antes debes prometerme que la conservarás siempre, que no la venderás a nadie porque muchos indígenas Excavan en las ruinas y encuentran tinajas, pequeñas estatuas y anillos que les venden a los compradores que vienen caminando o a los turistas en las ciudades. Prométeme que tú no harás nunca eso. Aschlop apretó la cabeza de la figurilla de nariz 'aguileña y con pendientes en las orejas y la sintió fría. En seguida le prometió a su abuelo que jamás la vendería ni a compradores de antigüedades ni a turistas Después se quedó pensando en las palabras del abuelo y se preguntaba qué era un turista. Aschlop y Pascual le llamaron "El pequeño Dios Verde" a la figurilla, la cual se convirtió en el secreto más grande de sus vidas. Además, le encontraron hogar en una hendidura entre dos piedras, al otro lado del río, adonde casi nadie iba. En ese agujero escondieron al pequeño Dios Verde y lo resguardaron con piedras. Aschlop ayudaba a mamá Juana todos los días en los quehaceres de la casa. Pascual cuidaba las seis ovejas de la familia y trabajaba con su padre en el campo. Al medio día, los hombres regresaban del campo para almorzar. Aschlop esperaba toda la mañana el regreso de Pascual. Su casa quedaba tan cerca de la de ella que podía verlo entrar por la puerta. Aschlop pensaba muy a menudo en Pascual. Lo consideraba distinto a los demás, pues raras veces se juntaba con ellos cuando peleaban o cuando andaban en zancos o hacían arcos y fusiles de madera para jugar a la guerra. Pascual también prefería estar con ella. Las niñas se burlaban de Aschlop. "¡Te vas a casar con Pascual!, ¡Te vas a casar con Pascual!", le gritaban. Aschlop Simulaba enojarse cuando le decían eso, pero en realidad le gustaba. Como Pascual no tenía que volver enseguida al trabajo, cuando terminaban de almorzar se dirigían al río y lo atravesaban metiéndose en el agua cristalina y fría. Cuando estaban seguros que nadie los espiaba, sacaban al pequeño Dios Verde de su escondite y lo colocaban en el suelo en
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medio de los dos, a la vez que se miraban y sonreían. Su gran secreto los unía en una hermandad mágica. En seguida, se daban a la tarea de recoger pequeñas flores y las ponían en la hendidura de la gruta para que el pequeño Dios Verde durmiese sobre ellas. A veces le pedían al abuelo un poco de copal y una caja de fósforos para hacer un pequeño fuego y quemar aquella sustancia aromática delante de la figurilla. "Cuando la tierra era joven, el humo de la savia era la comida de los dioses", les había dicho el abuelo. "Si les damos copal, ellos tendrán que comer y estarán de buen humor". Así pues, los niños quemaban copal delante del pequeño Dios Verde. "Quizá sólo sea un juguete, pero a lo mejor es un dios de verdad", pensaban. A menudo, el abuelo llegaba al escondite, cuando Aschlop y Pascual se hallaban jugando con el pequeño Dios Verde, pues era el único que sabía dónde estaban. Entonces, se sentaba a su lado y les contaba cómo surgió la tierra y cómo fueron creados los hombres y los animales. El abuelo insistía en que debían aprender de memoria trozos del calendario paya. Era como si él tuviera mucha prisa.

Bailando entre las tumbas de los muertos.
El abuelo Juan murió dos días después de que Aschlop cumpliera diez años. —Ya no quería vivir más -dijo mamá Juana-. Era como si hubiera decidido morirse. Lo enterraron en el cementerio ubicado en la pendiente de una colina. El primero de noviembre, día de los muertos, todo el pueblo iba en peregrinaje al cementerio. Ese día se hacía una fiesta dedicada a los muertos. Los viejos y los muchachos encendían fuegos artificiales, quemaban cohetes y pronto todo el ambiente olía a pólvora. Aschlop, como todo el mundo, sabía que aquello agradaba a los muertos. Ella dejó frutas en la tumba del abuelo, como lo hacía el resto de la gente, para que los muertos tuvieran algo para comer en la fiesta. Las botellas con aguardiente pasaban mano en mano, todos tomaban un trago y volcaban el resto sobre las tumbas. Como algunos hombres habían llevado la marimba del pueblo, también había música y era así como al son de sus notas, todos los habitantes de Yalambojoch, los niños y los viejos bailaban entre las tumbas. Aschlop bailaba con su hermano Mateo. Pensando que ahora bailaba en honor al abuelo, trató de hacerlo lo mejor que podía. Estaba convencida de que el abuelo podía verla, aunque ella no lograse hacer lo mismo. Mientras bailaba vio cómo su mamá derramaba la mitad de una botella de aguardiente sobre la tumba del abuelo. -¿Se emborrachará allí abajo el abuelo? -le preguntó a Mateo. -En realidad no sé le respondió su hermano-. Nadie sabe de verdad cómo es estar muerto. Pero quizás los muertos beben y se emborrachan. -¿Él baila? -No. Se dice que los muertos no bailan ni cantan, y de ahí que nosotros lo hacemos por ellos. Hacemos todo esto para mostrar que los queremos. Aschlop extrañaba muchísimo a su abuelo. Con frecuencia lloraba por las noches al recordar los momentos felices que había vivido a su lado. Casi todos los días iba con su madre y con su hermana Schepel a la tumba. Allí le pedían perdón por las cosas con las que pudieran haberlo ofendido cuando él estaba vivo. También le pedían que les quitara la tristeza para que pudieran estar de nuevo alegres. Con el tiempo se resignaron a su ausencia. Cuando Aschlop volvió a ser la niña feliz de otros días solía acercarse a una de las ventanas de la escuela y empinarse para escuchar a hurtadillas al maestro. Todo le parecía muy interesante. El maestro era un joven ladino, al que se le notaba que no le gustaba trabajar en un pueblo de indígenas como Yalambojoch. Su familia vivía en otro lugar, por lo que él venía caminando todos los lunes por la mañana y se iba todos los jueves. A Aschlop le divertía oírlo hablar, pues él no sabía chuj, que era el idioma que se hablaba en el pueblo, sólo castellano, y ése era el idioma que trataba de enseñarles a sus alumnos. También se reía mucho de los niños cuando intentaban hablar en castellano. Ella no iba a la escuela, porque sus papas no se interesaban en que aprendiera a leer y escribir. En el pueblo eran muchos los niños que no asistían a la escuela y fue por eso que el maestro se dio a la tarea de ir de casa en casa para convencer a los padres sobre la importancia de que los niños fueran a estudiar. En realidad, era una lucha muy difícil. Un lunes por la mañana, el maestro regresó a Yalambojoch llevando consigo una pelota de fútbol Nadie en el pueblo había jugado al fútbol ni había tenido una pelota. Lo primero que hizo el maestro fue mostrarles cómo se jugaba.

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-Todos los que vayan a la escuela podrán jugar con esta pelota -dijo. Antil tampoco iba a la escuela. El y Mateo ayudaban a papá Kuschín en las labores del campo todos los días. A su lado sembraban maíz, frijol, papa o verduras; también cuidaban las cinco vacas de la familia. Trabajaban desde temprano hasta bien entrada la tarde» porque en Yalambojoch la tierra era pobre Y pedregosa y se necesitaba mucho trabajo para conseguir una cosecha que alcanzara para alimentar a una familia. Al principio, Antil soñaba con la escuela, pero sólo por el atractivo de la pelota. A veces su deseo era tan fuerte que se escapaba del trabajo y se iba a la escuela. Se escondía en la parte de atrás, desde donde veía a los muchachos jugar, hacer pases y marcar goles. Una vez trató de jugar con ellos, pero al verlo, el maestro vino corriendo y le gritó: -No, tú no, porque no vienes a la escuela. Ve a tu casa y dile a tu padre que te deje venir, y sólo entonces podrás jugar fútbol. Por la noche, Antil se armó de valor para pedirle a su padre que lo dejara ir a la escuela, pero Kuschín era inflexible. -No quiero que mis hijos vayan a la escuela -dijo enojado-. Yo fui a la escuela. Fui dos años y aprendí a leer y a escribir un poco. Pero, ¿para qué me ha servido? Para nada. ¿Ven algún libro o alguna revista en esta casa? No, no hay nada de eso en todo el pueblo. La escuela está bien para ladinos, pero no para nosotros. Es mejor que aprendan a trabajar. Además, no me gusta el nuevo maestro. Deja que los muchachos jueguen con la pelota, pero uno no va a la escuela para aprender a jugar. En mis tiempos había un poco de orden en la escuela, había que estar adentro de ella todo el día y uno aprendía muchas cosas de memoria. Ante la actitud negativa de su padre, Antil empezó a juntar algunas bolsas de plástico e hilos que los vendedores tiraban los días de mercado. Cuando tuvo suficientes bolsas, se las ingenió pura atarlas fuertemente con los hilos hasta que hizo una pelota. Al final tenía una que era tan grande como la del maestro. La terminó una tarde. Aschlop recordaría bien ese día: Antil se dirigió a la casa en donde vivían niños que no iban a la escuela, llevando entre sus manos la pelota. Esa noche empezaron a jugar. La pelota de Antil era un poco liviana y era difícil tirarla lejos. Pero no importaba. Desde ese día, Antil y los otros niños jugaban al fútbol todas las noches. Aschlop siempre miraba cómo se entretenían los muchachos con la pelota. Parecía divertido, pero nunca se le ocurrió tomar parte en el juego. Y es que las niñas no jugaban fútbol, eso no era para ellas. Había muchas cosas que las niñas no hacían. los muchachos, en cambio, jugaban fútbol, se peleaban, se trepaban a los árboles, iban en sancos, con bolsas de plástico y varas hacían barriletes que volaban en la estación de los vientos; además, montaban a caballo y a veces hacían largas excursiones a un lago, donde pescaban y donde algunos aprendieron a nadar. A las niñas no se les permitía hacer nada de eso. Por lo mismo, Aschlop no había estado nunca sobre una montura, a pesar de que había muchos caballos en el pueblo, no se trepaba a los árboles y no sabía nadar. No jugaba casi nunca. Excepto las tardes secretas con Pascual y el pequeño Dios Verde, no jugaba. Pasaba los días junto a su mamá, lavando ropa, acarreando agua o moliendo maíz. También se ocupaba de Schepel, cocinaba, lavaba los trastos, barría la casa y estaba aprendiendo a bordar huipiles. Además, cada domingo vendía en el mercado. Eran pocas las veces que se entretenía con juegos sencillos con algunas niñas de su edad con las que ataba chales en una cuerda para saltar o iban por la plaza del mercado riéndose de sus ocurrencias y hablando de muchachos.

La “seña” del quetzal.
Cuando Aschlop tenía once años, empezó el tiempo de! hambre en Yalambojoch. Era algo que ocurría casi todos los años por el mes de julio. -Ahora no tenemos casi nada de maíz -dijo papá Kuschín, preocupado-. Mañana debo llevar a Aschlop y a los muchachos a la montaña, porque vamos a buscar a la 'madre del maíz'. Esta era una planta salvaje que crecía en los picos húmedos y fríos de las montañas y a menudo era la salvación en épocas de hambre. Cuando se terminaba el maíz, la gente se iba a la montaña a buscar las plantas carnosas para llevarlas al pueblo, en donde las mujeres las molían para hacer tortillas. Desde luego, no tenían el mismo gusto de las tortillas de maíz, pero llenaban y gracias a ellas la mayoría de la gente del pueblo sobrevivía hasta que la nueva cosecha estaba lista. Dejaron Yalambojoch durante la noche. Tenían que ir lejos, de modo que los esperaba una dura y larga jornada hacia la cumbre de la montaña. Tomaron el camino que pasaba por el suroeste del pueblo. Cuando iban por la mitad de la subida, el aire empezó a enrarecerse. Aschlop sentía perder el aliento y como si el corazón fuera a salírsele del pecho.
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-Papá, estoy muy cansada, ¿podemos detenernos un poco? -se quejó. Pero Kuschín parecía no oírla. Aschlop insistió varias veces, pero él quería llegar pronto adonde estaba la planta deseada. Aschlop vio que él también estaba cansado, que el sudor le corría por la cara, que resollaba, pero no quería detenerse. -¿Por qué tanta prisa? -se quejaba Aschlop. Tenemos que tratar de hacer esto lo más rápido posible. -¿Por qué? -Porque aquí es peligroso detenerse. Aschlop, con su viva fantasía, vio de inmediato los peligros delante de ellos. Vio una manada de coyotes peludos y grises con grandes dientes que los atacaban. Luego vio una serpiente verde y delgada desplazándose en la rama de un árbol en actitud amenazadora. ¿Eran esos los peligros en los que pensaba su papá? -¿Qué es lo peligroso? -preguntó. -La guerrilla está por estos lugares, no sé donde, pero he oído que están aquí, en los Cuchumatanes. Si encontramos guerrilleros, no debemos detenernos ni contestarles, sino seguir de prisa. Pero si los “pintos” vienen debemos irnos corriendo. Prométemelo Aschlop, si vienen, debes correr para adentro del bosque lo más rápido que puedas, vete lejos y escóndete y no salgas hasta que yo te llame. Aschlop se quedó fría cuando oyó la palabra pintos, que era como llamaban a los soldados. No sabía bien lo que eran, pero pensaba que eran peor que los coyotes y las serpientes venenosas, peores que los malos espíritus y el mismo diablo. Por las noches, había oído a los adultos hablar de los pintos; sentados alrededor del fuego y cuando creían que los niños dormían, los adultos hablaban de esas cosas. Aschlop empezó a mirar entre las hendiduras de las piedras y la sombra de los árboles al lado del sendero. En un momento, creyó ver algo moviéndose cerca de ellos, pero no dijo nada, sólo trató de caminar lo más cerca de su papá. Después de la lluvia nocturna, el sendero estaba mojado y resbaladizo. Aschlop levantaba sus pies descalzos, para no tropezarse y hacer ruido. La madrugada llegó como una liberación. ¿Ya no podía ser peligroso ahora que estaba claro? Se detuvieron en una salida de la pendiente, y se dieron cuenta de que estaban bastante arriba. La mayoría de árboles eran pinos, sus ramas tenían muchas orquídeas y las lianas se enroscaban en los troncos. El papá y los hermanos se tendieron en el suelo, exhalaban un olor a sudor rancio. Aschlop se sentó en una piedra, un poco apartada. El sol se levantó sobre las montañas detrás de ella y el cielo se puso radiante. Estaban tan alto de la montaña, que las nubes pasaban abajo del lugar donde se habían detenido. Aschlop se bebió ávidamente el paisaje con los ojos; vio los Cuchumatanes cambiar de azul a verde brillante y siguió los contornos de la montaña con la mirada. Debajo de sus pies, en un valle en forma de olla, estaba situada su casa, el pueblo de Yalambojoch. Miró hacia el pueblo y pensó que muy muy abajo estaban su mamá, Schepel y su nuevo hermano. Y allí estaba Pascual. Sí, allí estaba todo lo hermoso y común que le pertenecería para siempre. -Yo creo ver nuestras milpas allí-dijo papá Kuschín excitadamente. Señalando con el dedo hacia abajo-. ¿Las ven? ¿Verdad que son bonitas? Mucho de lo que ven ahora pertenece al pueblo. No pueden ni imaginarse todas las peleas y las complicaciones que hubo, antes de que los líderes del pueblo lograran obtener los títulos de propiedad de la tierra. Ahora tenemos los papeles que dicen que los habitantes del pueblo, juntos, somos dueños de 120 hectáreas de tierra. Ahora nadie puede venir y echarnos de Yalambojoch. Es por eso que, cada vez que entro en la iglesia, agradezco a Dios y a la Virgen María por esos papeles. Quiero que ustedes también estén agradecidos por eso. Son muchos los indígenas que no tienen tierra propia. Nosotros, en cambio, tenemos tierra; quizás sea pobre y pedregosa, pero vivimos de ella. Gracias a esa tierra, ya no necesitamos irnos todos los años a la costa a trabajar para los finqueros, como muchos otros. Niños, den gracias por esto. Miren para abajo, cuánta tierra nos queda todavía sin cultivar. Estoy seguro que va a alcanzar para sus hijos y sus nietos. Pueden quedarse a vivir en Yalambojoch por toda la vida. Todos van a tener tierra para cultivar y se van a casar con alguien de Yalambojoch y a tener muchos hijos. Seguramente van a tener más vacas que yo. Y sin duda, también, podrán tener un caballo. En cuanto a mí, podré envejecer tranquilo y morir rodeado de mi numerosa familia y todos mis buenos vecinos y amigos. ¿Se puede pedir más en la vida? Aschlop no dijo nada. No le gustaba que su papá hablara de la muerte de esa manera.

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Luego de recuperar fuerzas, continuaron caminando montaña arriba. Allí, junto al húmedo pinar, encontraron muchas madres de maíz fuertes y floridas. Las cortaron con machete y las ataron en grandes manojos que se echaron a la espalda sujetas por un | lazo y un “mecapal”. Era tanto el peso, que al bajar caminaban casi de rodillas y medio corriendo, para no sentirlo. Justo cuando empezaban a bajar, vino una neblina espesa que se posó sobre ellos, por lo que casi no podían distinguir el sendero. -Nos detendremos un poco y esperaremos que pase la nube -dijo Kuschín. De momento, bajaron las cargas y se acurrucaron juntos. En aquel momento comenzó a lloviznar y un frío helado se apoderó del ambiente. Aschlop temblaba de frío. ¡Qué raro lo que pasa con las nubes!", pensó. "Cuando las vemos desde el pueblo, son tan maravillosas, que uno quisiera subirse y saltar sobre ellas, pero aquí arriba son sólo niebla gris y fría. De pronto Mateo gritó: Miiiren! Miiiren! Allá! Era un pájaro saliendo de la niebla y desplazándose armoniosamente en el aire con dirección a Aschlop; parecía una mancha de luz en medio de la masa blanquecina El pájaro era pequeño, pero tenía un plumaje verde esmeralda en sus alas, que brillaban con el sol. y en el pecho una mancha roja como el fuego. Detrás arrastraba una cola de largas plumas con todos los colores del arcoíris Era tal su belleza, que los embelesó a todos y ninguno fue capaz de pronunciar palabra. El pájaro voló en arcos hacia ellos, pasó al lado del grupo y se ocultó entre el espesor de la neblina. Cuando Aschlop miró a su padre, éste sonreía. -Era un quetzal, Aschlop dijo con una voz solemne-. Es la primera vez en mi larga vida que veo un quetzal! Aschlop sintió que algo especial había ocurrido. Allí estaban sentados, envueltos por la nube fría y húmeda, pero se miraban y sonreían con una satisfacción fuera de lo común. Aschlop ya no sentía frío y cuando se pusieron en movimiento, tampoco sentía cansancio."Hemos visto un quetzal", cantaba, tratando hacerlo lo mejor posible. "Vimos al quetzal volar en la nube con su larga cola verde” Pensó en que seria lo primero que le contaría a su mamá en cuanto llegaran a casa. “”Ya veré como se asombra y alegra. También iré a casa de Pascual para contárselo.” En ese momento, Aschlop recordó que el abuelo tenía un quetzal bordado en la espalda de su chaqueta de lana y que alguna vez le habló de esas aves maravillosas, pero no recordaba qué. Cuando el camino se ensanchó, apresuró el paso hasta ir al lado de Mateo y le dijo: -¿Te acuerdas de las historias del abuelo sobre los quetzales? -Claro que me acuerdo -dijo Mateo, quien ahora ya era un hombre casado. Mateo era el más alegre de la familia. Normalmente no podía hablar largo rato sin decir algo gracioso y reírse. Ahora, sin embargo, hablaba con gran seriedad: -El quetzal es el pájaro más hermoso que Dios ha creado. Tú misma lo has visto. Hoy vive solamente en los bosques húmedos y espesos, en lo más alto de las montañas. Raras veces puede vérsele, pues casi se está extinguiendo en Guatemala. Antes que los españoles llegaran a esta tierra y la conquistaran, había muchos quetzales. El abuelo decía que antes de que los españoles vinieran, había quetzales por todas partes y vivían cerca de los hombres. He oído decir que nuestros antepasados usaban las hermosas plumas para cambiarlas por cosas caras. Todos los reyes mayas tenían capas brillantes y tocados en la cabeza hechos de plumas de quetzal y que para algunos el quetzal era su nahual, es decir, el que los protegía y ayudaba. El último que tuvo un quetzal como protector fue Tecún Umán. Pero de esa historia sí te acuerdas, ¿verdad? -Sí, pero no muy bien. Por favor, cuéntala. Esto ocurrió antes de que los hombres blancos vinieran, cuando aquí solo había indígenas. En ese entonces, todos vivían bien y en paz. Todos cultivan su maíz y sus frijoles; habla grandes ciudades, con hermosos palacios y pirámides donde la gente se reunía para presentar ofrendas a los dioses. Pero un día llegaron los extranjeros, los españoles, sí, los conquistadores. Traían consigo caballos y armas de fuego y, además, tenían miles de guerreros salidos de las tribus que habían conquistado por el camino y que ahora los ayudaban para dominar a los demás pueblos. El que encabezaba a los extranjeros se llamaba Pedro de
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Alvarado, un hombre al que el pelo le brillaba como el sol y era alto como un árbol. Nadie en estas tierras había visto un pelo como el del tal Alvarado y por eso empezaron a llamarlo Hijo del Sol. Por otra parte, muchos creyeron que era un dios. Demasiado tarde comprendieron que no era un dios y ni siquiera un buen hombre. Pedro de Alvarado ordenó matar a nuestro pueblo, incendió nuestras ciudades, destruyó nuestros templos, destrozó nuestros libros. Sí, es cierto. He oído que nuestros antepasados sabían escribir y que nuestra historia estaba escrita en mochos libros, pero Alvarado mandó prenderles fuego. Así también, hizo matar a nuestros reyes y a nuestros sacerdotes y se robó nuestro oro y nuestras joyas. Los que murieron a manos de sus soldados, fueron obligados a trabajar para él y su gente. Tuvieron que cultivar tierra y construir casas y ciudades para él y sus hombres. Todos, todos, hasta las mujeres y los niños, fueron obligados a ir a los ríos para extraer el oro y dárselo a los extranjeros. Pero no todos los hombres de esta tierra se rindieron. Uno de los que no lo hizo fue Tecún Umán. Mientras las mujeres y los niños se escondían en cuevas, él se enfrentó a los invasores al frente de un ejército. Alvarado tenía más hombres y traía armas de fuego y cañones, mientras que Tecún Umán y sus hombres sólo estaban armados con lanzas cortas. Nuestros antepasados jamás habían visto un caballo, de manera que salieron corriendo cuando los vieron. Tan pronto como Tecún Umán comenzó a pelear, un quetzal que brillaba como un rayo verde, rojo y azul a la luz del sol, fue hacia donde él estaba y empezó a volar en círculos encima de su cabeza. Era su espíritu protector que llegaba en su ayuda. Y lo hizo. De vez en cuando, en lo más recio de la salvaje pelea, el pájaro bajaba y picoteaba el rostro de Pedro de Alvarado. Sin embargo, la pelea fue una gran derrota para nosotros. Tecún consiguió herir al caballo de Alvarado pero éste le atravesó el pecho con su larga lanza. Tecún Umán murió de inmediato y cuando sus huestes vieron que había caído, se rindieron. Entonces sucedió algo de lo que aún hablan los herederos de los españoles, y que para nosotros los indígenas no es nada del otro mundo: se dice que cuando Tecún Umán estaba tendido en el suelo, el quetzal vino a posarse en su pecho y no se fue cuando los españoles se acercaron al cadáver. Pedro de Alvarado y sus hombres miraron con asombro al hermoso pájaro, lo tomaron en sus manos y lo pusieron en una jaula, pero, tan pronto como cerraron la jaula, el ave murió. -¿Por qué? -preguntó Aschlop. -Porque era el nahual de Tecún Umán; se dice que cuando fallece la persona con la que el nahual se relaciona, éste muere. Pero también sucede que todos los quetzales mueren si se los pone en jaulas. -¿Por qué? Mateo, como el abuelo, dijo que porque el quetzal es el pájaro de la libertad. Sólo puede vivir en libertad. El sendero pedregoso que llevaba a Yalambojoch era cada vez más inclinado, por lo que Aschlop no pudo seguir al lado de Mateo y siguió bajando detrás de él. Pensó en el cuento de Mateo y como siempre, lo vio todo delante de sus ojos. Imaginó a Pedro de Alvarado con el cabello brillante y rubio. Ella sabía cómo era ese color. Una vez, el sacerdote había llevado a otro religioso al pueblo y todos los habitantes se reunieron a su alrededor para verlo, pues tenía el pelo tan amarillo y brillante como las mazorcas de maíz. Aschlop también imaginó al cacique Tecún Umán. En su fantasía se parecía a su papá Kuschín y tenía un sombrero de paja en la cabeza, como su padre. También imaginó al hermoso y colorido quetzal con su larga cola, que volaba por encima de su cabeza y que de vez en cuando se lanzaba en picada hacia el malvado y rubio Pedro de Alvarado. Tan pronto como el camino se lo permitió, Aschlop volvió a caminar al lado de su hermano. Dime Mateo, ¿por qué ya casi no hay quetzales en Guatemala? No lo sé -dijo su hermano y guardó silencio. Cuando Aschlop lo miró, descubrió que tenía el ceño fruncido, lo cual era una señal segura de que no quería hablar más. Volvieron a la caída de la tarde. Cada vez que Aschlop salía de su casa, aunque no fuera más lejos que a buscar agua al río, se alegraba tanto de verla de nuevo. Ahora empezó a correr tan rápido como pudo. Apenas vio el techo negro de teja aparecer entre los árboles. -jMamáaaa, mamáaaa! -gritó-. ¡Hemos visto un quetzal! Había creído que su madre se asombraría y alegraría sobremanera, pero en lugar de eso Juana se notaba preocupada. Durante el resto de la noche, Aschlop y su papá se quedaron sentados hablando del quetzal. Contaban la historia de todas las formas posibles y mamá i Juana decía todo el tiempo: -No me decido. No sé si es una buena o una mala seña ver un quetzal.
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Los indígenas se refugian en lo alto de la montaña.
Aschlop había estado en la milpa de su papá ayudando un poco a sus hermanos, y ahora estaba de regreso en el pueblo. El tiempo de las lluvias había comenzado, y en unos cuantos días todo lo que estaba marchito se había vuelto verde y brillante, pero la lluvia había vuelto resbaladizo el camino, por lo que ella se había caído ya dos veces. El camino atravesaba un milperío que se alzaba alto y verde claro por ambos lados. Como todos los habitantes del pueblo, ella miraba las milpas con atención. No había salido ninguna mazorca todavía y todos se preguntaban si la cosecha sería buena este año. Fue entonces cuando vio que algo se movía entre la vegetación; sí, una sombra se movía con cierta rapidez entre las milpas. De pronto pareció como si la sombra se hubiera caído. Aschlop se detuvo concertada, se agachó y trató de ver entre la siembra logró ver que era un muchacho el que n el suelo, con la cabeza erguida y la miraba muy delgado; además, estaba sumamente sucio tenia el pelo parado y su camisa estaba llena agujeros. De pronto le dijo algo en un idioma que ella no entendía. el joven se fue incorporando despacio; se trataba de un indígena y era mayor de lo que ella había creído. Quizás tendría catorce o quince años, El muchacho volvió u pronunciar palabras que Aschlop no entendía. A pesar de esto, ella se quedó quieta viéndolo fijamente. Eran tan pocos los extraños que llegaban a aquel lugar. Buenos días le dijo él en castellano. Aschlop entendió el saludo porque las veces que se asomaba a las ventanas de la escuela había captado algunas palabras en castellano, de modo que sabía lo eso que quería decir. Buenos días -le contestó tímidamente. El muchacho se llevó una mano a la boca . —Comida dijo. Aschlop no había escuchado nunca esa palabra, pero por el gesto entendió que él quería comer. Ella dijo sí en su propio idioma y empezó a caminar hacia el pueblo. El muchacho la siguió. Aschlop movía rítmicamente sus pies descalzos al sortear el lodo del camino, el muchacho chapoteaba detrás, él también estaba descalzo. Parecía esperanzado y amedrentado al mismo tiempo. Mamá Juana había empezado a hacer tamalitos con el poco de maíz y frijoles que quedaban de la cosecha del año anterior, cuando Aschlop entró en la casa con el desconocido a quien le hizo señas de que se sentase y comenzó a ayudar. Madre o hija torteaban la masa, enseguida le echaban un poco de frijoles luego lo cubrían con la misma tortilla; por último lo envolvían en hojas verdes. Cuando terminaron de preparar los tamalitos, los metieron en una olla y la pusieron al fuego para que se cocieran. El muchacho miraba glotonamente la olla. Cuando estuvieron listos, mamá Juana le dio un tamalito, él tiró la hoja y se lo comió casi atragantándose. Al finalizar, se levantó y saltó corriendo. Aschlop lo oyó vomitar afuera: sin embargo, el desconocido volvió a entrar e hizo señas de que quería más tamales. Le dieron uno más y también lo vomitó. -Se ve que ha pasado mucha hambre, comentó mamá Juana. Uno siempre vomita cuando no ha comido y empieza a comer de nuevo. Tomó la última bola de masa que quedaba e hizo una tortilla delgada que dejó en el comal hasta que se tostó. Después le puso unos granos de sal y se la dio al muchacho. -No comas tan rápido, le dijo. Era como si el joven le hubiese entendido, porque esta vez masticó con más cuidado. Entonces sí pudo conservar la comida. Por la noche cuando estaban todos sentados alrededor del fuego, como de costumbre, el muchacho empezó a contar que provenía de otra parte del país y que por lo mismo, no hablaba chuj sino otro idioma que él llamaba achí y que los presentes no entendían. Sin embargo, el muchacho sabía un poco de castellano, como papá Kuschín, Largo tiempo estuvo sentado, a ratos miraba el fuego Fijamente, contando cosas de su vida en un castellano pobre que el papá de Aschlop traducía. Lo que contaba parecía irreal, pero a la vez era muy atemorizante. Su nombre era Pablo Hernández y no sabia bien que edad tenía. Dijo que venía de Río Negro, en Baja Verapaz. Esta era una región muy árida del país, donde por lo regular había hambruna en los mese de junio a octubre. Cuando los años eran realmente duros, los indígenas empezaban a pasar hambre alrededor del mes de marzo.
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Contó que cuatro de sus hermanos se habían muerto de hambre. Además, relató que un día llegó al pueblo un nuevo sacerdote católico acompañado de otros dos religiosos. La primera vez que el sacerdote habló con los habitantes del pueblo les dijo: "Soy el nuevo párroco. Los hermanos y yo vamos a visitarlos una vez por semana. Les parecerá raro que hable de una forma extraña, pero es porque vengo de España, un país que está muy lejos, al otro lado del mar. Ya tengo muchos años de vivir en Guatemala. Desde que vine y empecé a vivir entre los indígenas pobres de Guatemala, he cambiado mucho, Es la realidad la que me ha cambiado. Antes sólo me interesaba difundir la palabra de Dios y consolaba a todos los pobres diciéndoles: "hijos, los más pobres serán los principales en el cielo. Sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta de que estaba mal. Tenemos que actuar aquí y ahora, esa es la voluntad de Dios. El Señor no quiere pobreza. El Señor no quiere injusticias no quiere hambre, hoy muchos sacerdotes estamos del lado de los pobres y de los oprimidos. Yo quiero que trabajemos juntos. Quiero mejorar la vida en este pueblo junto con ustedes, si podemos hacerlo aquí, podemos hacerlo en toda Guatemala. Porque Dios es justicia. No es su voluntad que los niños se mueran de hambre en una tierra tan rica como ésta." Los habitantes del pueblo lo escucharon asombrados, pues ningún sacerdote les había hablado de esta manera anteriormente. Después de la misa, el padre se reunió con los vecinos en la iglesia y, fumando un cigarrillo detrás del otro, discutieron lo que el pueblo necesitaba y lo que se podía hacer. El religioso tuvo el apoyo de la gente. Y fue así como se organizaron. Fundaron una granja avícola por cooperativa. Asimismo, empezaron a cultivar Verduras para que la gente comiera mejor. También fundaron una tienda que vendía más barato que en la ciudad todo lo que los habitantes del lugar necesitaban. Además, crearon una pequeña farmacia y construyeron una escuela, así como una cancha de fútbol. Los religiosos trajeron al pueblo muchas bolsas de Incaparina, una harina nutritiva que los indígenas no conocían, y las repartieron entre las mujeres lactantes y los niños desnutridos, de manera que en el siguiente período de hambruna sobrevivieron muchos más niños. Cuando el nuevo sacerdote llegaba al pueblo, todos los habitantes asistían a misa, incluyendo a los que se decían tradicionalistas y se aferraban a las creencias de sus antepasados. Muchos hombres asistieron a los cursos que impartía y se hicieron catequistas. El papá de Pablo era uno de ellos. Dirigía la escuela dominical para los niños y se ocupaba de los oficios religiosos cuando el sacerdote no llegaba. También lo eligieron presidente de la cooperativa que llevaba la tienda del pueblo. "Pero un día empezamos a oír cosas terribles", continuó diciendo Pablo, "Oímos que muchos sacerdotes y catequistas habían sido asesinados por los militares. En algunos pueblos se dio el caso de familias enteras que fueron asesinadas porque entre sus pertenencias tenían una Biblia o un libro de oraciones. Todos los que tenían algo que ver con los nuevos sacerdotes eran amenazados. También se dio el caso de familias que fueron masacradas sólo porque les encontraron bolsas de Incaparina en sus casas. Los militares sabían que esa harina era repartida por los sacerdotes." Cuando el padre de Pablo oyó esas cosas, tomó su Biblia y su libro de salmos, los metió en una bolsa de plástico y los enterró en el piso de tierra adentro de la casa. Más tarde, toda la gente del pueblo se juntó en la iglesia para comentar todo lo terrible que habían oído. Los campesinos no podían entender lo que pasaba. Los sacerdotes solo trataban de ayudarlos para que viviesen mejor. ¿Acaso los indígenas pobres no podían vivir mejor? ¿No estaba bien que sobreviviesen más niños? Dos días después, una columna de soldados con armas pesadas se dirigió hacia el pueblo. Un hombre de un pueblo vecino los vio y tomando un atajo por el bosque fue a darles la noticia. La gente volvió a juntarse en la iglesia y uno de los dirigentes dijo: “Todos los hombre y los muchachos deben irse del pueblo, es a nosotros a quienes persiguen. Pero las mujeres y los niños pueden quedarse, porque no corren peligro. Los hombres tenemos que escondernos en el bosque, arriba del pueblo, hasta que se vayan los soldados”. Los viejos y los jóvenes pudieron irse del pueblo antes de que llegara el ejército. Los soldados vestían uniformes camuflados, y por eso es que les decían pintos. Estos juntaron unas 167 mujeres así como a los niños y se los llevaron bosque adentro, donde los mataron a todos, menos una adolescente que logró escapar. Cuando Pablo y su papá volvieron del escondite, su casa estaba quemada; y todo cuanto había adentro estaba destruido y roto, la mayoría de los productos así como el dinero, había desaparecido, lo mismo que las medicinas, también las gallinas, los cerdos y las vacas. Los soldados habían destruido hasta las piedras de moler. Poco después, dentro del bosque, encontraron los cuerpos sin vida de las mujeres y los niños. Entre éstos a su madre. A sus hermanos más jóvenes y a su abuela. Tuvo que ayudar a abrir las fosas que se necesitaban para enterrar a las 167 mujeres y a los niños. Los religiosos que habían llegado a la comunidad queriendo cambiar las condiciones de vida de los pobladores de Río Negro
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jamás volvieron. Los campesinos oyeron que habían tenido que huir del País, como muchos otros sacerdotes. A pesar de lo sucedido, Pablo y su padre permanecieron en el pueblo y construyeron su casa nuevamente, lo mismo hicieron los otros cuyas casas habían sido quemadas. Los que perdieron a sus madres, sus mujeres y sus hijos trataron de atenuar la tristeza, pero ninguno pensó en dejar el pueblo. Aquél era su hogar. De no ser ahí, ¿adonde se irían a vivir? Un día llegó un mensaje del destacamento, donde se conminaba a todos los habitantes ir a Chococ. Según el mismo, todos debían ir. El que se rehusara a cumplir la orden, seguramente era guerrillero y lo matarían como a un perro rabioso. Pablo y su padre fueron junto con los demás. En esa ocasión, los soldados asesinaron a 50 hombres. -Mi papá y yo nos salvamos, pero no nos atrevimos a vivir más en el pueblo -contó el muchacho. De ahí que junto con otros hombres y mujeres, buscaron refugio en la montana. Dormían al aire libre y cultivaban sus campos a escondidas, particularmente en la noche. Pero muchas mujeres con niños de brazos seguían viviendo en el pueblo. Un día pasó lo que todos habían estado temiendo: los soldados volvieron al pueblo y cuando descubrieron que los viejos y los jóvenes no estaban, juntaron a las mujeres y a los niños en la escuela y el comandante preguntó. -¿Dónde están los hombres? Perdón, pero no sabemos -¿Dónde están escondidos? -No sabemos. -¡Son unos guerrilleros asquerosos! -No, señor, son campesinos comunes. -¡Yo digo que son unos guerrilleros asquerosos! -No, patroncito. Esta vez los soldados se llevaron a 150 mujeres y a varios niños y los asesinaron en un valle a pocos kilómetros de donde vivían. Únicamente una mujer y sus cuatro hijos quedaron en el pueblo. Cuando Pablo y su padre volvieron a Río Negro, el lugar estaba envuelto en silencio, no se escuchaba el molino de maíz, ni el batir de palmas de las mujeres cuando tortean, tampoco se escuchaba risas o voces de niños. Entonces, padre e hijo se pusieron a llorar. Cuando se acercaron a ver dentro de las casas, se encontraron con que aún había tortillas enteras sobre la mesa y vieron canastas con chiles y tomates de la cooperativa que nadie había tocado. Lo que estaban viendo los hizo derramar lágrimas de nuevo. -Huimos del pueblo. Dejamos todo lo que teníamos y nos fuimos a la montaña -dijo el muchacho. En el monte se encontraron con muchos indígenas provenientes de otros pueblos y se dieron cuenta de que lo que a ellos les había ocurrido, también estaba sucediendo en todo el país. Por eso, no tardarían en marchar miles de indígenas a las partes más altas e inaccesibles de las montañas. El muchacho y su padre se unieron a unas 76 personas, entre niños y mujeres, jóvenes y viejos de cuatro pueblos diferentes. Empezaron a preparar la tierra, sembraron maíz y construyeron unas chozas, pero cuando los soldados vieron el maíz desde un helicóptero bombardearon el campo. Después de que ocurrió esto, las gentes huían permanentemente. Y los pintos también los perseguían sin tregua. Las gentes caminaban todo el tiempo, siempre movilizándose entre las partes más inaccesibles de las montañas. Sólo en las noches se atrevían a salir. Los niños del pequeño grupo tuvieron que aprender a no jugar, ni reír, ni hablar en voz alta durante el día, porque era cuando los soldados se desplazaban por las montañas. La gente tampoco se animaba a cocinar durante el día, pues temía que el humo los delatara. Sólo cuando estaba totalmente oscuro se atrevían a encender fuego. Lo más difícil era conseguir algo para comer. Como herederos de los mayas, habían vivido sedentariamente durante miles de años, pero ahora, de pronto, de nuevo eran cazadores y recolectores. No eran buenos en esto. Vivían, sobre todo, de hierbas
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silvestres que cocinaban por las noches. Pasaban mucha hambre. Pablo vio nacer a muchos niños, pero así también vio morir muchos más. Casi todas las noches se movilizaban de un lugar a otro, y el muchacho acostumbraba cargar a alguno de los niños más pequeños. Dormían en grutas en hoyos o bajo de los árboles. Como estaban tan cerca de las cimas de las montañas, el frío era intenso y durante las lluvias no tenían otra cosa para protegerse que algún pedazo de plástico. Muchas veces los soldados dieron con ellos. Una vez los salvó una gran nube negra que de pronto los ocultó. Otra vez corrieron llenos de pánico perseguidos por un grupo de soldados que les disparaba con armas automáticas. Dos de los niños del grupo, de cinco y siete años, no pudieron correr tanto como los otros. Días después encontraron sus cadáveres. Los habían matado con cuchillos. "Yo estaba todo el tiempo desconcertado. No entendía por qué nos perseguían", recordaba el muchacho. "Mi papá me explicó que nuestro 'pecado' era querer una vida mejor en Río Negro, por eso era que los militares nos trataban de subversivos y decían que éramos peligrosos, que éramos guerrilleros. Por eso nos perseguían con helicópteros, y nos arrojaban bombas de napalm desde los aviones, y miles de soldados iban tras de nosotros.' "Pero también había cosas muy hermosas", dijo. Todos en el grupo se ayudaban en todo. Los que sabían leer trataban de enseñar a los otros. Por las noches se sentaban alrededor del fuego con los niños en las rodillas y platicaban. Con frecuencia hablaban de lo que había ocurrido y cuestionaban a Dios. El tiene la culpa, decían algunos. 'En el pueblo nos organizamos para tratar de vivir mejor, por eso los militares vinieron y mataron a tantos. Si Dios fuera justo lo hubiera impedido. Otros decían: ¿No entienden que DIOS esta muerto? Tres veces permitió que los soldados entraran al pueblo y mataran a la gente. Dios no puede estar con vida Había confusión De los ocho catequistas que había en el pueblo cuatro habían muerto a manos de los soldados y cuatro estaban con el grupo en la montaña. Tres de éstos habían dejado de ser católicos, sólo el padre del muchacho seguía aferrado a lo que el sacerdote les había enseñado. De esa cuenta, continuó bautizando a todos los niños que nacían y casando a todas las parejas jóvenes. Sabía que para unir a las parejas, tenía que ser un sacerdote de verdad, pero como no había ningún otro en la montaña, pensó que él debía hacerla "También era frecuente que nos encontráramos con otros grupos de indígenas que huían. Un día encontramos un grupo en el que uno de los hombres tenía dos cuadernos y tres lapiceras." El padre de Pablo cambió su único par de zapatos por los lapiceros y los cuadernos. En uno de éstos escribió los nombres de los niños que había bautizado, los nombres de los que habían muerto y los de las parejas jóvenes que había casado bajo el cielo. El hombre nunca dudó en su fe. Muchas veces le decía a su hijo que Dios no tenia culpa en la muerte de las gentes, sino los soldados. Cada mañana se arrodillaba y le daba gracias a Dios porque todavía estaban vivos y le pedía que les permitiese seguir viviendo un día más por lo menos. Le pedía que pusiese fin a la violencia. Le pedía por todos sus hermanos y hermanas guatemaltecos, por todos que deambulaban en las montañas y por todos los que sufrían en el mundo. Finalmente le pedía a Dios que bendijera al pequeño grupo que estaba a su cargo. -Yo no rezaba nunca-dijo el muchacho. ÉL también había perdió su fe. De vez en cuando, en su continuo ir y venir de un lado a otro, se encontraban con guerrilleros. Casi todos los hombres y los muchachos querían unirse a la guerrilla, pero no había armas suficientes. -En vista de eso, seguíamos caminando –comentó Pablo. Un día subían por una pendiente a plena luz del día fueron descubiertos por un helicóptero. No tardaron en aparecer otros tres helicópteros que volaron muy bajo sobre sus cabezas y les dispararon con ametralladores; en seguida, dos pequeños aviones les arrojaron bombas. El muchacho corrió y se perdió de la vista del grupo. Al decir esto se quedó callado. Sólo una vez a lo largo de su relato, cuando contó cómo había encontrado a su madre, a sus tres
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hermanos y a su abuela entre el montón de muertos, los ojos se le llenaron de lágrimas y bajó la cabeza para que no vieran que lloraba. Luego que terminó de contar tan triste historia, mamá Juana dijo: -Dile que me da mucha lástima. Tiene que haber sido terrible andar por la montaña de esa manera Papá Kuschín tradujo las palabras de su mujer. -Ustedes no han entendido -replicó el muchacho. ‘El primer tiempo que estuvimos en la montaña era como una fiesta. Era como tomar café con mucho azúcar. Albergábamos sueños hermosos. Creíamos que todo lo que el sacerdote había dicho era posible. Creíamos que sólo teníamos que esperar un poco y luego todos los refugiados bajaríamos de la montaña y todo sería distinto. Los dueños de las fincas ya se habrían ido a otra parte y todos los sin tierra tendrían una parcela; además, todos los niños irían a la escuela. Después todo fue amargura. Pero no crean que yo me he dado por vencido. He tenido grandes sueños, ahora son más pequeños, pero existen todavía. -Dile que se puede quedar con nosotros -dijo mamá Juana-. Dile que me gustaría tener otro hijo grande. El muchacho los miró fijamente por primera vez y sonrió levemente. -Gracias -dijo-, pero no pienso quedarme en Guatemala. He oído que muchos huyen por la frontera hacia México. Yo también me iré. Quizás allí encuentre a mi padre o a alguien del pueblo. Juana se levantó, lo tomó de la mano y lo llevó hacia la cama de Antil y Mateo. Era una cama hecha de tablas burdas, cortadas a mano, y las frazadas estaban bastante gastadas. Pero para el muchacho que había dormido en el suelo en los últimos tiempos, aquello era un milagro. Se metió en la cama, se arrimó a Mateo y a Antil, se cubrió el cuerpo y pronto se quedó profundamente dormido. Juana y Kuschín se quedaron conversando junto al fuego. -Tengo miedo -dijo Juana. -No tienes por qué temer -replicó su marido-. Aquí no vienen los pintos. Además, no hemos hecho nada malo. El sacerdote siempre insistió en que hiciéramos una cooperativa y que cultiváramos verduras, pero siempre dijimos que no, de manera que no nos puede pasar nada. Además, creo que el muchacho nos ha dicho mentiras. A la mañana siguiente el desconocido se marchó rumbo a México.

El Ejército de los Pobres.
Aún era muy temprano y Aschlop ya tenía hambre; por lo visto el tiempo del hambre había empezado de verdad. Dos dias antes, cuando el muchacho pasó la noche en su cas, habían comido los últimos tamales y los útimos frijoles, de modo que ahora tenían que comer hierbas silvestres hasta que la nueva cosecha de maíz estuviera lista para recogerla. Una bocina ronca perturbó el silencio de la mañana; alguien soplaba en su cuerno de vaca en la plaza del mercado y papá Kuschín se dirigió a ese lugar Aschlop se sentía orgullosa, pues su padre había sido electo alcalde del pueblo. La señas del cuerno lo llamaba a la alcaldía ubicada junto a la plaza. -Oye -dijo mamá Juana-, otra vez está sonando y esa señal es para todos. Todo el pueblo debe ir. Ojalá no haya pasado nada. Aschlop salió corriendo de la casa. Se le olvidó que apenas tenía once años y corrió hacia la plaza entre una bandada de niños, rodeó la esquina de la escuela y de pronto se detuvo asustada por lo que estaba viendo. Frente a la pequeña casa que ocupaba la alcaldía, vio a su padre, rodeado de hombres con uniformes verdes. Todos llevaban fusiles colgados de los hombros y uno de ellos sujetaba un hacha. La niña recordó todo lo que había contado el muchacho. Los soldados que venían. Los asesinatos. La huida a la montaña. Su padre había dicho que lo que aquél había dicho era mentira; ella, en cambio, creía que todo era cierto.
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Como de costumbre, los niños fueron los primeros en acercarse, los adultos vacilaban, hasta que Kuschín les hizo señas de que se acercasen. Entonces, los vecinos hicieron un semicírculo frente a los uniformados. Las mujeres tomaron a los niños da la mano y ninguno dijo nada. Uno de aquellos hombres extraños se subió a un banco que había afuera de la alcaldía. Parece un indígena, pensó Aschlop. Y cuando el hombre comenzó a hablar se quedó asombrado de que hablara chuj. -No deben tener miedo, -dijo el desconocido-. Acérquense para que todos oigan bien. Nosotros tenemos uniformes pero no somos soldados. Somos lo que los militares llaman terroristas. Somos del Ejército de los Pobres, que forma parte de la guerrilla guatemalteca. Queremos liberar al país de la dictadura militar y sacarlo de la pobreza. Todos los vecinos estaban como petrificados, pero Aschlop sintió que el nudo en el estómago se le aflojaba, el que hablaba era un indígena y lo hacía en el idioma de ella, entonces no debía tener miedo de un indígena chuj. No puedo decir mi nombre verdadero, siguió diciendo el nombre. Ninguno de los que está en el Ejército de los Pobres usa su nombre verdadero, pero todos me llaman El Rayo. Como oyen yo hablo chuj. Soy un indígena chuj como ustedes. Vengo de San Mateo y llevo un año de estar en el Ejército de los Pobres. Muchos de nuestros compañeros son indígenas. Pero también hay muchos ladinos. Y es que en este país, los pobres no son únicamente los indígenas, también hay muchos ladinos en las mismas condiciones, de ahí que juntos queremos derribar la dictadura militar y terminar con la pobreza. El Rayo dejó de hablar Miró por encima de las cabezas de la gente Estaba parado en el banco, muy derecho, y no infundía miedo. Los indígenas que estaban delante de lo miraban con rostros sombríos e inexpresivos -¡ustedes son explotados! -gritó de pronto El Rayo- , Saben qué es eso? ¿Saben lo que quiere decir la palabra explotación' -le preguntó a Kuschín y este abrió la boca como para decir algo, pero de in-mediato la volvió a cerrar -No es nada de lo que haya que avergonzarte -dijo El Rayo, Yo tampoco había oído esa palabra antes de unirme al Ejército de los Pobres. Explotar quiere decir 'aprovecharse'. Se aprovechan de nosotros cuando vamos a la costa a trabajar en las grandes plantaciones, Todos saben que hay una ley que dice cuánto tenemos que cobrar por un día de trabajo. Pero los patrones pagan sólo la mitad, y sí uno se queja lo despiden. ¿No es así? -Nosotros no vamos nunca a la costa- dijo Kuschín. -¿No trabajan nunca en la finca que hay aquí cerca? -Si a veces nos dan trabajo por unos días. -¿Les pagan el sueldo completo? -No, sólo una tercera parte de lo que nos corresponde. -¿Se dan cuenta entonces de que los explotan? También son explotados cuando viene gente de fuera y quieren llevarse los objetos que ustedes encuentran en la tierra y que fueron hechos por nuestros antepasados, dándoles un quetzal o dos por cada cosa. ¿Saben cuánto vale cada uno de estos objetos? Quienes se los compran a ustedes los venden por cincuenta, cien, doscientos quetzales, o más. Los que somos pobres en este país y poseemos un pequeño trozo de tierra, somos engañados con facilidad. Los ricos y poderosos tienen abogados que hacen trampas con los títulos y es así como nos despojan de lo que nos pertenece. Esto pasa en todas partes en este país. Hace mucho tiempo, los indígenas eran los dueños de toda esta tierra, hoy Guatemala está llena de indígenas pobres y sin tierra. ¿No creen que eso esta mal? Ningún vecino contestó. -¿Saben lo que he aprendido en el Ejército de los Pobres? -siguió diciendo El Rayo-, que casi no hay país en el mundo donde se usen tantos pesticidas en la agricultura como en Guatemala. Los dueños de las grandes fincas los compran en Estados Unidos, donde está prohibido usarlos porque son muy, peligrosos, pero Estados Cuidos se los sigue vendiendo a Guatemala. ¿Y quiénes son los que fumigan los cafetales y las plantaciones de azúcar y los algodonales con esos pesticidas peligrosos? Somos nosotros, los pobres. ¿Y quiénes mueren a causa de los venenos? No son los dueños de las plantaciones, pues ellos viven en grandes casas en la capital. Somos nosotros los que morimos envenenados y nuestros hijos. Cada año mueren muchos trabajadores y sus hijos en las plantaciones. Y los pájaros también mueren por los pesticidas. Y los insectos. Y las mariposas.
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-Pero la liberación está cercana -dijo El Rayo alzando la voz. -Vamos a vencer. Dentro de ocho meses habremos derrocado a la dictadura y a los militares. Entonces, los quetzales, los pájaros de la libertad, volarán de nuevo sobre las montañas. -Entonces ustedes vivirán en una Guatemala libre. Vamos a hacer una reforma agraria. Ustedes tienen tierra, pero muchos indígenas y ladinos no cuentan con ella. Cuando el país sea liberado, vamos a tomar la tierra de los terratenientes y a repartirla entre los que no la tienen. Y ustedes aquí en Yalambojoch van a estar mucho mejor. Van a tener una clínica. A los niños se les darán los libros gratuitamente. También habrá una carretera hasta Yalambojoch para que puedan viajar en autobús y no tengan que andar a pie días enteros para ir a alguna parte. Y nunca más pasarán hambre porque en la nueva Guatemala habrá qué comer. El Rayo guardó silencio y miró al grupo de gente que tenía enfrente. Aschlop sintió que la miraba especialmente a ella y bajó la mirada. -Pero para eso necesitamos ayuda -dijo-. Para lograr esta victoria necesitamos la ayuda de ustedes. Muchos de los que estamos en el Ejército de los Pobres somos campesinos como ustedes y podemos cultivar el maíz y las papas y los frijoles igual que ustedes, pero es difícil hacerlo en la montaña, porque los soldados vienen todo el tiempo y destruyen los cultivos. Por eso les pedimos ayuda. No les pedimos mucho. Queremos que de vez en cuando nos den un poco de maíz, frijoles, café y azúcar. Se los pagaremos luego de la liberación. Aquí cerca hay dos grandes fincas. Una es San Francisco, y su dueño es un coronel. La otra es El Agua Roja, propiedad del hombre más rico del país. Cuando hayamos triunfado repartiremos esas fincas entre los que no tienen tierra, entre los pobres. Si ustedes piensan que su tierra es pobre y estéril, les daremos parte de esa otra tierra. Cuando hayamos triunfado, ustedes dejarán de ser pobres. En la nueva Guatemala, todo trabajo se pagará como corresponde. Van a poder comprarles juguetes a sus hijos. También tendrán una tienda en este pueblo, o quizás varias. Quizás algunos de ustedes compren un camión, porque en la nueva Guatemala todo va a ser muy diferente. En la nueva Guatemala los indígenas vamos a poder comprar vehículos. Esto último lo dijo con un tono triunfalista. Los vecinos estaban mudos de asombro. ¿Podía ser cierto todo esto? Especialmente lo que dijo sobre los autos echó a volar su imaginación. -¿Qué dice el señor Alcalde? -preguntó El Rayo con una sonrisa, dándose vuelta hacia el papá de Aschlop —No sé —respondió Kuschín con vacilación, a la vez que miraba intensamente sus pies. Finalmente dijo: -En realidad, no queremos mezclarnos en todo esto. -Entiendo que tienen miedo -dijo El Rayo-. Es natural. En todas partes los indígenas son asesinados, otros también, pero sobre todo los indígenas. Algunos son asesinados porque los soldados sospechan que colaboran con nosotros, otros son asesinados porque intentan mejorar la vida de sus pueblos y los militares los juzgan peligrosos; a otros los matan por el simple hecho de ser pobres e indígenas, pues podrían colaborar con nosotros en el futuro. Pero, hagan lo que hagan, ustedes corren peligro. Yo creo que deben de pensar en el futuro de sus hijos. Es por ellos que peleamos. Lo mejor que pueden hacer por sus hijos es ayudamos. No les pedimos mucho. Solamente queremos que nos den un poco de comida de vez en cuando y que nos permitan dormir aquí cuando pasamos. ¿Qué me responden? -Yo soy nuevo en todo esto, me acaban de elegir alcalde -dijo Kuschín titubeante, y volvió a ver a los vecinos. Pero ahora soy el responsable. Aquí hay muchísimos niños, y no quiero que les pase nada. Por eso lo mejor es no hacer nada, no queremos estar ni con ustedes ni con lo militares. ¿Hay alguno en la cárcel ahora? -preguntó de repente el guerrillero que llevaba el hacha en la mano. - Ahí adentro hay dos -dijo el alcalde Kuschín, y miró la puerta que estaba cerrada con un candado por el lado de afuera. -¿Qué han hecho? -El viejo Palas estaba borracho y le pegó a su mujer y Pedrito robó unas mazorcas de un vecino cuando se le terminó el maíz. Van a estar allí adentro una semana, luego los dejaré salir. Apenas había terminado de hablar el alcalde, cuando el guerrillero empezó a darle de hachazos a la puerta, hasta hacer un hoyo grande. Aschlop lo miraba con espanto. Cuando el hoyo fue lo suficientemente grande para dejar pasar a una persona, el hombre grito a través del agujero:

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-¡Salgan! Nadie se movía en la oscuridad del cuarto. Entonces, el guerrillero se metió por el hoyo y obligo a los dos hombres a salir. El viejo Palas y Pedrito tropezaron, pues el destello de la luz obligo a cerrar los ojos, y se pusieron contra la pared. Miraban hacia delante y parecían tener mucho miedo. Al ver la escena, Aschlop pensó que era como si se estuvieran preparando para ser fusilados. -No tengan miedo -dijo El Rayo y se rió-. Están libres. El Ejército de los Pobres los ha liberado. De la misma manera en que hemos liberado al viejo Palas y a Pedrito, vamos a liberar a todos los pobres en este país, vamos a liberarlos de la explotación y de la opresión. Ahora les pregunto por última vez, ¿podemos contar con ustedes? Aschlop vio a su padre fijar los ojos en la tierra y no respondió. Nadie dijo nada.

San Francisco
En Yalambojoch, nadie quería darle algo de comer al Ejército de los Pobres, y tampoco los siguió ningún muchacho cuando se fueron rumbo a la montaña. La mayoría en el pueblo sintió un gran alivio cuando se fueron. Aschlop se fue para su casa, encendió el fuego y puso a calentar la sopa. Tenía mucha hambre, pero a la vez estaba muy inquieta. Pascual estaba por llegar. Pero ella ignoraba que muy pronto se marcharía hacía San Francisco. La finca San Francisco distaba unos cuantos kilómetros del pueblo de Aschlop. Eran 180 hectáreas de tierra que pertenecían al coronel Víctor Manuel Colonos. El coronel no vivía en la finca, la cuidaba un capataz y la trabajaban 45 familias chuj. A veces, algunas de esas familias trabajaban solo unos días en la finca, pero sobrevivían arrendando un poco de tierra del coronel para cultivar maíz y frijol. El mismo día que los guerrilleros del Ejército de los Pobres trataban de convencer a los habitantes de Yalambojoch para que los ayudaran, cinco jornaleros de San Francisco se hallaban en el pueblo. Eran jóvenes y alegres. Habían cabalgado hasta ese pueblo para comprar Incaparina para algunos niños desnutridos de la finca. En Nentón, la dueña de una de las tiendas les dijo en secreto que desde que el general Ríos Montt había tomado el poder por medio de un golpe de Estado, los soldados estaban matando indígenas. En San Cristóbal, en San Martín Jilotepeque, en las afueras de Santa Cruz del Quiche y de Chichicastenango. Los jóvenes encontraban un poco aburrida la plática de la señora. Además, ellos no tenían nada que temer, la finca donde vivían era de un coronel y estaban cabalgando en los caballos de él. Después de haber comprado Incaparina para los niños y cinco quetzales de pan, emprendieron el camino de regreso, y cerca de El Agua Roja los detuvieron los soldados. Cuatro de ellos fueron asesinados enseguida, al último lo colgaron de una ceiba. Lo habían perdonado porque podía hablar un poco de castellano. -Ahora nos vas a contar quiénes en San Francisco son guerrilleros -dijo el sargento. -Nadie -contestó el joven, que ahora lloraba. -Vamos -insistió el sargento-. Cuéntanos quiénes son y te bajamos del árbol. Si no nos lo dices, te espera el mismo destino que a tus amigos. El hombre que colgaba del árbol y sentía un dolor agudo en los brazos pensó en el capataz. La semana anterior había trabajado tres días para él. Le hubieran tenido que pagar tres quetzales con treinta centavos por día, pero solo le pagaron un quetzal con veinticinco centavos. Sintió que la rabia le llegaba al corazón y dijo: El capataz está en la guerrilla. Es Coronel en el Ejército de los guerrilleros. Tan pronto como dijo esto, uno de los soldados levantó el arma y le disparó. Aschlop no sabía nada de esto cuando calentaba la sopa y papá Kuschín le dijo que iría a San Francisco al día siguiente. Toda la casa estaba llena de gente. Sus parientes más cercanos, la abuela de Aschlop y la familia de su tío materno estaban de visita. Pascual estaba sentado en una de las camas. Cuando la sopa estuvo lista. Aschlop tomó una jarra y fue echando agua en las manos extendidas de los hombres y de los muchachos. Cuando echó agua sobre las manos de Pascual, sus miradas se encontraron por un segundo; entonces sintió un cosquilleo en el cuerpo y no pudo evitar una sonrisa.
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Los adultos estaban preocupados. Hablaban de cómo harían para conseguir comida. Era el 16 de julio, y el maíz no estaría seco sino hasta septiembre. Por suerte hay mucha madre de maíz en la montaña. dijo Kuschín. Tendremos que ir a buscar más. Pero no tiene buen gusto si no hay un poco de maíz para mezclárselo. Por eso quiero que tu, Mateo, vayas con Aschlop a San Francisco para ver si alguien tiene un poco de maíz que pueda vendernos. Les daremos nuestros últimos veinte quetzales. Aschlop escuchaba excitada la conversación de los hombres. Esperaba que dijeran que el primo Pascual podía acompañarlos. Pero no fue así. -Este año sembré maíz en la tierra caliente -dijo el padre de Pascual-. Allí madura mucho más temprano. Quizás ya haya mazorcas. Creo que será bueno ir a ver no toma más que unas horas ir y volver. -No -dijo papá Kuschín—. Opino que no hay que dejar el pueblo. Ahora está muy agitado. Yo no puedo hacerlo porque soy el alcalde. Además, hoy alguien comentó que los soldados habían matado gente en Ixcán. -Sí, pero nosotros no hemos hecho nada -dijo el padre de Pascual-. Si los militares matan a alguien es porque algo han hecho. Nosotros no hemos hecho nada. -De todas maneras, pienso que todo está muy intranquilo en este momento -insistió papá Kuschín-. Lo mejor es que los hombres nos quedemos en el pueblo. Mandemos a algunas mujeres y niños en nuestro lugar. Aschlop se decepcionó mucho cuando oyó que Pascual acompañaría a las mujeres y a los niños a la tierra baja para ver si había algunas mazorcas de Maíz que cosechar. Ella iría a San Francisco. Esa noche, los pájaros nocturnos cantaban como si quisieran decir que algo iba a ocurrir. Por la noche, los coyotes se aproximaron al pueblo y se la pasaron aullando al cielo. Aschlop estaba despierta escuchando los aullidos. También oyó gritos que venían de la montaña. Nadie en el pueblo tomó la advertencia en serio. Temprano por la mañana, hasta la misma tierra sagrada les gritó a cuatro mujeres afuera de la casa comunal. Pero tampoco nadie escucho ese aviso. Aschlop y Mateo partieron a San Francisco cuando comenzó a clarear. Mateo guiaba la mula, en ella cargarían los sacos de maíz en caso de que pudieran conseguirlo. Aschlop iba al lado de su hermano. Aunque no fuera Pascual, lo mejor, después de eso, era ir a alguna parte con su hermano mayor. A Mateo le gustaba hablar con ella. Jamás había ido a la escuela, de manera que no sabía leer ni escribir, y sin embargo, sabía tanto. Era el único que Aschlop conocía que se interesaba por las cosas que ocurrían fuera del pueblo, -¿Qué pensaste de ellos? -preguntó Aschlop, refiriéndose a los hombres del Ejército de los Pobres. -¿Quieres saber la verdad, hermanita? Yo tenía ganas de irme con ellos, pero no podía. Pensándolo bien, papá Kuschín le pagó cincuenta quetzales al padre de Catarina para que pudiera casarme con ella. Eso es una fortuna. Y fue papá quien pagó todos los gastos de la boda. A todos los que vinieron les dieron café y pan dulce. Costó mucho dinero y ahora Catarina va a tener un niño. Por eso no pude irme, pero no me faltaron ganas. No se lo cuentes a nadie, Aschlop, ni siquiera a papá, tienes que prometérmelo. Te lo prometo -dijo Aschlop y se sintió importante de tener un secreto tan grande para guardar. -¿Recuerdas lo que dijo El Rayo?- preguntó Mateo-. Un día los quetzales, los pájaros de la libertad, volarán de nuevo sobre Guatemala. Aschlop miró a su alrededor. Ahí el camino era parejo y ancho; junto a él había una milpa, una arboleada y un riachuelo de agua clara y fría. La niña imagino un puñado de quetzales posados sobre los árboles y también una bandada volando en dirección a ella. —No debes decírselo a nadie —recalcó Mateo—, pero creo que tenían razón. Nosotros los indígenas siempre vamos por la vida con la cabeza agachada. Deberíamos hacer algo. Siguieron caminando en silencio junto a la mula, cavilando en sus pensamientos. Ni siquiera imaginaban que la matanza en San Francisco estaba por comenzar. Llovía ligeramente cuando llegaron. En la tercera casa donde preguntaron por maíz, vivía un hombre entrado en años que accedió a venderles veinte quetzales del grano. Les dio dos sacos pequeños que Mateo colocó sobre el lomo de la mula.

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-Ahora que les he hecho un favor, quiero pedirles otro a ustedes-dijo el anciano. Esta mañana me di cuenta que mi vaca había desaparecido, debo ir a buscarla, pero no veo bien. -Yo iré con usted -dijo Mateo-. Aschlop, espérame aquí. La pequeña se quedó es aquel sitio como se lo indicó su hermano. Se puso a acariciar el hocico de la mula y la ató a un árbol donde había bastante pasto. Miró a su alrededor. Afuera no había ninguna niña de su edad, pero salía humo por entre las tablas de todas las casas y supuso que las niñas estaban ayudando a sus madres con la comida. ¿Qué podía hacer? Como no conocía suficientemente a nadie para ir a visitarle. Decidió ir a la pirámide. La pirámide era lo único que diferenciaba a San Francisco de su pueblo, listaba junto a la plaza. lo único que Aschlop sabia era que la habían construido sus antepasados mayas. Suponía que era muy antigua porque estaba cubierta de plantas trepadoras, musgo y arbustos que habían nacido entre las grietas. Subió por los escalones, que estaban resbaladizos a causa de la lluvia, pero no era difícil ascender porque la pirámide era de mediana altura. En la parte más alta había un hoyo que, según Mateo, había sido una tumba mucho tiempo atrás. Aschlop se metió adentro del agujero. "Ahora nadie me puede ver desde abajo", pensó. Sin embargo, ella sí podía mirar entre los vanos de las piedras la plaza del mercado, y si se estiraba, podía ver todo el pueblo de San Francisco. Aschlop buscó la casa del coronel, pero ya no había nada de ella. Había sido una casa de dos pisos, la única casa de dos pisos en toda la región. Ella y muchos indígenas habían ido a ver esa casa grande y especial. El coronel pasaba en ella dos semanas al año Según rumores de los lugareños, en la casa había muebles muy bonitos, pero nadie los había visto, porque cuando el coronel estaba allí, ninguno se animaba a pasar cerca y tan pronto como el hombre se iba, el capataz cerraba la casa y bajaba las persianas. La casa del coronel se había quemado hacia poco tiempo. Todos decían que el incendio había sido provocado por el Ejército de los Pobres. "Tal vez fue El Rayo", pensó Aschlop. Lo cierto es que después de aquel suceso, el coronel no había vuelto a la finca. Ahora que la casa de dos pisos no estaba, San Francisco era igual que su pueblo. Junto a la plaza, abajo de donde ella se encontraba, estaba la casa comunal, una iglesia y una escuela. Las casas grisáceas, con sus techos de madera, estaban desparramadas por todas partes. De repente, la llegada de un helicóptero con pintos rompió la rutina del pueblo. El aparato descendió detrás de las colinas, al noreste, Aschlop lo vio aterrizar como un gran pájaro al otro lado de la plaza. Mientras las hélices seguían girando, una puerta se abrió en aquel cuerpo grisáceo y varios hombres salieron agachados. Vestían uniformes camuflados. En el mismo momento vio gran movimiento donde empezaba el bosque. Eran más pintos acercándose al pueblo. Aschlop recordó el relato del muchacho y se sintió invadida por la angustia. Muchos más hombres seguían saliendo del bosque, era como si aquella fila no fuera a terminar jamás. Ahora entendía por qué a los soldados del gobierno les llamaban pintos, pues todo lo que llevaban puesto se confundía con los colores de la selva, los uniformes, las gorras las botas y las mochilas, Cada uno de ellos llevaban un fusil una mochila y un machete, del cinturón colgaba un cuchillo grande y en los hombros llevaban prendidas unas pelotas. Después supo Aschlop que estas eran granadas de mano. Del bosque seguían saliendo más y más soldados, los cuales se dispersaron por todo el pueblo. Rodearon todas las casas y las registraron una por una. -Queremos dos vacas, gritó uno de los oficiales a los hombres del pueblo que se habían congregado en la plaza, pero no tienen que ser vacas del coronel, sino de ustedes. Dos hombres corrieron al corral donde estaban los animales y regresaron con las dos vacas. Habían pensado que dándoles dos de las mejores vacas apaciguarían a los camuflados. Pero, tan pronto como entregaron las vacas, fueron encerrados en la casa comunal. Aschlop tenía miedo, sentía como si una cortina se interpusiera entre ella y la realidad "Esto no es real, pensó. "Esto es algo que estoy imaginando”. Se puso de pie siempre dentro del hoyo y miro a través de las piedras llenas de musgo y hierba de la pirámide. Veía con toda claridad lo que estaba sucediendo abajo. Podía ver a todos los soldados. Seguramente había más soldados que vecinos de San Francisco Ahora, los soldados empezaron a juntar a todos los hombres y a los jóvenes del pueblo. Luego los llevaron a la casa comunal y los encerraron. Aschlop trató de olvidar las atrocidades que les había relatado Pablo Hernández que su papá Kuschín no había creído. ¿Ira a suceder algo parecido aquí? Ojala que no pase nada pero ¿qué pensarán hacer los soldados con todos los prisioneros? ¿Dónde estará Mateo? Aschlop miraba cuidadosamente a lodos los que eran llevados a la casa comunal, pero en ningún momento vio la camisa roja de Mateo

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No cabía duda que los últimos tres hombres apresados por los soldados eran los más ancianos del pueblo. Eran tan viejos que caminaban con dificultad y se apoyaban en bastones. Los soldados los empujaron impacientes y también los encerraron. — ¡Ahora juntaremos a las mujeres y a los niños!-gritó uno de los oficiales, con un vozarrón que resonaba en la cabeza de Aschlop. Los soldados corrieron de nuevo a las casas y sacaron por la fuerza a las mujeres y a los niños que se escondían adentro. Aschlop se sentó y cerró los ojos. Tenía que esconderse. Trató de hacerlo en lo que una vez fue una tumba. No era un buen lugar para esconderse. Si alguno de los pintos tenía la ocurrencia de subirá la pirámide, la vería inmediatamente, pero no había otro lugar. Se acurrucó., pues, y trató de hacerse lo más pequeña posible. ¿Estaban llegando en ese momento? En realidad, no se oía ningún ruido de bota en los escalones de la pirámide. Lo único que escuchaba era el llanto de los niños. De pronto, el llanto se hizo más agudo; finalmente Aschlop no soportó más, tenía que ver lo que estaba ocurriendo allá abajo. Estaba aterrorizada, pero se incorporó y miró por entre las grietas de las piedras. La sensación de irrealidad había desaparecido, ahora sabía que lo que estaba viendo era cierto. Los niños y las mujeres fueron conducidos a la pequeña iglesia. Cada grupo de mujeres y niños fue empujado dentro y luego cerraron la puerta detrás de ellos. Cada vez llevaban más gente allí. "¿Cómo podrán caber? Para lograrlo tendrán que estar todos de pie \ allí adentro", pensó Aschlop. Y es que eran tantos niños y tantas mujeres, mientras que la iglesia era muy pequeña. Los gritos de los niños y las mujeres herían como machetazos el corazón de Aschlop. La última mujer que los soldados tomaron era una anciana que volvía del bosque con una carga de leña a la espalda. La empujaron dentro de la iglesia con todo y leña. Tres soldados llamaron la atención de Aschlop, pues se encaminaron con paso firme hacia la iglesia, con los fusiles terciados y el dedo en el gatillo. Abrieron de un golpe la puerta de la iglesia, levantaron las armas y dispararon a mansalva. ¡Tastastastastastas! ¡Tastastastastastas! Dispararon sus armas sobre el grupo de mujeres y niños. Los gritos de los niños sobrevivientes llegaban hasta el cielo cargado de negros nubarrones. Aschlop también quería gritar. ¡Tastastastastastas!, se oyó de nuevo. Aschlop estaba de pie en lo que fue una tumba maya, con la boca abierta, enmudecida. Los soldados empezaron a sacar a rastras a las mujeres sobrevivientes, las cuales gritaban y se resistían. Cada mujer tenía un grupo de soldados detrás de sí. Una por una, las obligaron a entrar en una casa. Las mujeres continuaron gritando dentro de las casas, pero después de un rato ya no se oyeron más gritos ni lamentos. Adentro de la iglesia seguía oyéndose el llanto de los niños que no murieron cuando les dispararon y llamaban a sus madres. Gritaban, ya fuera porque sus madres estaban muertas o agonizantes en el piso o porque se las habían llevado de ahí. Cuando las madres no contestaron, los pequeños empezaron a gritar llamando a sus padres, que estaban encerrados en la casa comunal. Aschlop seguía de pie; viendo lo que pasaba, se olvidó de esconderse. Cuando los soldados salieron de las casas donde habían estado con las mujeres, llevaban consigo algunas cosas, como ropa, ollas, machetes, radios... Juntaron lo robado afuera de la escuela. Luego se dirigieron a la iglesia, sacaron a los niños y los llevaron a la plaza, donde los mataron a puñaladas. Entonces Aschlop no soportó seguir viendo aquel terrible espectáculo. Se acurrucó en el fondo de la tumba. Se tapó lo ojos, pero no le sirvió de nada, pues de todos modos seguía viendo y oyendo lo que sucedía. Todo el cuerpo le temblaba como si cada miembro tuviera vida propia. Vanamente se pasaba las manos de los ojos a los oídos para no tener que escuchar los gritos desgarradores. Cuando el silencio fue total, se incorporó. Entonces vio los cuerpos de los niños esparcidos sobre la grama. Era tan dramática la escena que la hizo vomitar. se acurrucó de nuevo en la tumba, donde lloró a más no poder y vomitó. Trataba de llorar en silencio pero no podía. Quería irse, pero cómo, si aun había soldados por todas partes, podían apresarla al pie de la pirámide. Luego de haber asesinado a todas las mujeres, los soldados se fueron a comer. Y es que mientras unos se ocupaban de la matanza, otros habían sacrificado las dos vacas y cortado la carne y otros más se encargaron de cocinar la carne en grandes ollas de hierro. De unos cajones que llevaban en el helicóptero sacaron latas de jugo y tortillas que se repartieron entre todos. Pronto, los pintos estaban comiendo, recostados bajo los árboles. -Aschlop se la pasó llorando, quién sabe cuánto tiempo. No se borraban de su mente las imágenes de los niños. Una y otra vez oía los gritos. Y Mateo. ¿Dónde estaba su hermano? Al oír música trató de incorporarse con las piernas aún temblorosas, estaba empapada por la lluvia que había empezado de nuevo; toda ella temblaba de frío y desesperación. Se asomó con cuidado y miró por entre las piedras. Los soldados habían terminado de comer. Ahora estaban afuera de la casa comunal. Uno de ellos sostenía una casetera.
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La colocó sobre una banca y subió el volumen al máximo. Luego abrió la puerta. Primero sacaron a los tres ancianos y los mataron como se mata a las ovejas. Luego les tocó el turno a los hombres menos viejos y a los muchachos. Los fueron sacando en grupos de a diez; los amarraron y los empujaron para que se cayeran y ya en el suelo, os acribillaron. Luego de ejecutar a diez, los soldados hacían una pausa y arrastraban los cuerpos a Iglesia, donde los apilaban con las mujeres y los o niños muertos. Algunos fueron masacrados con granadas de mano Que los soldados tiraban hacia adentro de la casa comunal. Aschlop escuchó el ruido y vio el humo salir por la puerta, luego vio salir un río de sangre y convertirse en una flor roja sobre el cemento gris. La matanza prosiguió toda la tarde. Sólo al finalizar el día descansaron los soldados.

Los pintos se marchan a Yalambojoch.
Los soldados incendiaron todas las casas pero no lograron que la iglesia agarrase fuego, por lo que se dirigieron al helicóptero en busca de gasolina y la rociaron con ella. Aschlop vio explotar la casa de oración bajo la lluvia. Desde la pirámide podía ver a los soldados que seguían introduciendo cadáveres en las casas y luego les prendían fuego. Iban incendiando una casa tras otra y eso los tenía muy ocupados. Después vio cómo un número considerable de soldados, tal vez doscientos, formados en fila, comenzaron a dejar San Francisco guiados por un oficial. Se fueron caminando hacia Yalambojoch. "¡Ojalá no vayan hacia allá!". "Tengo que llegar antes que ellos para prevenir a mi gente", pensó Aschlop, y a la vez miraba a su alrededor. No vio a nadie haciendo guardia. Cuidadosamente comenzó a bajar de la pirámide, detrás de unos grandes árboles. Como las piedras estaban mojadas, se resbalaba y caía por algunos de los escalones, pero ninguno de los soldados podía escucharla. Otra vez se sentía muy mal. El olor a gasolina, el dulce olor de la sangre y la pestilencia como a gallinas quemadas se le habían impregnado en los sentidos. Comenzó a correr. Quería alejarse de todo. Corrió a lo largo de la explanada frente a la pirámide, entre los arbustos y a través de un campo de repollos y papas, hasta alcanzar el bosque. Ya no se veían los pintos, habían desaparecido por el camino que llevaba de San Francisco a Yalambojoch. Aschlop no se atrevía a tomar el camino porque los soldados podrían verla. Tendría que irse por el bosque, pero había muchos arbustos y piedras; además, comenzaba a oscurecer, ella andaba descalza y había muchas culebras en el monte. Comenzó a faltarle el aliento y sentía que sus piernas pesaban como troncos, pero sabía que la vida de mamá Juana, papá Kuschín, sus hermanitos, Pascual y todos los demás en el pueblo dependían de ella. Sabía que tenía que correr más rápido, pero no podía. Las piernas le dolían, cada vez las sentía más pesadas y no le obedecían. Las imágenes de San Francisco le quemaban los párpados. Crecían y se volvían monstruos en la oscuridad. Aschlop corría, pero sentía como si fuera caminando en el agua. Trató de correr más rápido, pero el cuerpo no le obedecía, jadeaba más, sentía que le faltaba el aire. De pronto se cayó y se raspó una pierna, luego vio cómo le salía un hilito de sangre caliente; la herida le dolía demasiado, pero se levantó y siguió corriendo. Ya había oscurecido y no podía ver. El camino por donde se habían ido los soldados llevaba al valle, pero Aschlop se dirigió hacia el monte. Hacia todo lo posible por seguir adelante. El sudor le escurría debajo del huipil. ¿Ya habría rebasado a los pintos? Creía que sí. Finalmente llegó a la piedra desde la cual podía verse todo el pueblo. Estaba oscuro, pero una gran fogata alumbraba la plaza. Se puso muy tensa cuando vio las siluetas de los soldados. Ya estaban ahí. La plaza estaba llena de gente. Los soldados comenzaron a dividirlos en grupos: en uno estaban las mujeres y los niños; en otro, los jóvenes y los hombres maduros. A los viejos los habían puesto en un tercer grupo. Aschlop podía ver todo lo que ocurría, pero ya no sentía coraje, ni odio; únicamente un vacío en su interior. ¿Qué podría hacer si ya hubieran matado a sus papas, a Mateo, Schepel, Antil, Pascual y a todos los demás? No imaginaba la vida sin ellos. Si el pueblo dejaba de existir, ella tampoco tendría razón de ser. Fue bajando despacio; ya no trató de esconderse y cuando casi llegaba al pueblo, se fue a media calle. Cuando arribó a la plaza, los tres grupos estaban rodeados de soldados con los fusiles terciados. Un inmenso fuego en medio de la plaza iluminaba a los tres grupos. Todos estaban quietos y callados. Por primera vez, Aschlop vio el rostro de los soldados frente a la luz. Pensaba que se veían horribles, retorcidos como el demonio o como fantasmas malignos. Pero a la vez se veían como personas comunes y corrientes, iguales a Mateo, de unos dieciocho o diecinueve años. Eran de baja estatura, morenos, anchos de hombros y con el cabello corto. Se veían como jóvenes normales. Los oficiales eran altos y rubios.
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Aschlop atravesó rápidamente la plaza. Caminaba como en una burbuja. Los soldados la veían ligeramente sorprendidos, cuando se dirigió hacia el grupo de hombres. Ahí estaba su papá Kuschín. Se paró junto a él y recargó el rostro contra su brazo. Las miradas de ambos se encontraron, pero papá Kuschín no le sonrió. Como lo hacía siempre que la veía, y su rostro tampoco reveló sus verdaderos sentimientos; Estaba inmóvil y extraño. Aschlop casi no lo reconoció. Estaba a punto de decirle que acababan de matar a todos en San Francisco y que Mateo no estaba. Cuando sintió una mano fuerte sobre su hombre. Era uno de los soldados que la jaló hacia atrás y la condujo hacia el grupo de niños y mujeres. -Ahora tienen que darnos de comer- gritó uno de los oficiales alto y rubio. Papá Kuschín dio un paso adelante y empezó a hablar; primero lo hizo en voz baja, pero luego con más fuerza para que todos lo escucharan. Dio órdenes de preparar comida para los soldados. Escogió algunos hombres, entre las mujeres solo escogió mujeres viejas o viudas. Aschlop, su madre y sus hermanos permanecieron dentro del grupo en la plaza. Los soldados no dejaban de vigilar a la gente que habían detenido. Aschlop sentía que no era real todo lo que estaba sucediendo. Tranquila, veía mucho movimiento a su alrededor. La gente sacrificaba gallinas, cerdos y vacas. En algunas casas se escuchaba a las mujeres moler maíz y tortear. “Ahora, todos están tomando su último maíz para dárselos a los soldados”. Le susurró mamá Juana “¡Qué bueno! Si se los damos lo último que nos queda a lo mejor no nos harán nada.” Cuando su mamá dijo eso, se dio cuenta de que tenía mucha hambre. Y es que lo único que había comido ese día interminable había sido un plato de sopa con unas yerbas cocidas, temprano en la mañana. Quizá por eso era que le temblaba el cuerpo y se sentía muy cansada. Las mujeres mayores, hablando en voz baja, también manifestaban que ya no podían estar de pie. Por último, un poco vacilantes, optaron por sentarse sobre el pasto. Los soldados que las custodiaban no dijeron nada, pero siguieron apuntándoles con sus fusiles. Las mujeres y los niños se amontonaron como si buscasen el calor y la seguridad de los demás. Aschlop se apoyaba en su madre lo mismo que Schepel y la esposa de Mateo; el hermanito dormía ajeno a todo sobre la espalda de Juana. Aschlop todo el tiempo había querido contarles lo que había sucedido en San Francisco, pero parecía como si los imágenes y los gritos estuvieran encerrados en su cabeza y no pudiera expresarlos con palabras. Los oficiales caminaban de un lado a otro de la plaza observando con cuidado a la gente. Aschlop seguía con la mirada sus movimientos. “Ahora nos encerrarán en la casa comunal y en la capilla”, pensó. De repente, los oficiales se pararon frente al grupo de hombres y jóvenes, donde estaban papá Kuschín y Antil. -¡Todos ustedes tienen que estar en las Patrullas de Autodefensa Civil! -dijo el que parecía estar al mando- Es un deber patriótico. Tienen que proteger al pueblo de los terroristas, de los guerrilleros. ¿Entienden? Los hombres se quedaron callados temerosos. ¡Ustedes van a ayudarnos, van a colaborar con el ejercito para defender la libertad y la democracia! Les daremos armas, pero primero los pondremos a prueba. Para empezar. Utilizarán palos y machetes. Si llegan a ver a algún guerrillero deben matarlo o llevárnoslo, para que nosotros acabemos con él Cada grupo de patrulleros debe rondar el pueblo las veinticuatro horas del día. Y lo tiene que hacer cada tres días. Les advierto que si le dan aunque sea una taza de café a la guerrilla, vendremos y los mataremos a todos. En cambio, si ustedes nos ayudan, nosotros también los ayudaremos y les construiremos una carretera. Una de las mujeres, que entendía español, en voz baja fue traduciendo al chuj lo que decía el oficial. Aschlop no había entendido muy bien lo que había dicho aquel oficial ladino, pero intuyo que los hombres y los jóvenes debían cuidar del pueblo. ¿Eso quería decir que no los iban a matar? Pero el hombre no había dicho nada acerca de las mujeres los niños y los ancianos. Entonces, era de suponer que de todos modos los iban a matar. De pronto vio que uno de los soldados empujaba a dos hombros al fuego eso la hizo sentirse mal. Los hombres mostraban los rostros hinchados y tenían las manos atadas a la espalda los tiraron junto a la hoguera y comenzaron a patearlos. Uno de los infortunados tenía una herida grande en el cuello; la sangre casi se había coagulado, pero aún le corría un pequeño hilo hacia abajo. Aschlop logró reconocerlo: era el capataz de San Francisco. Los soldados no dejaban de patearlo. -Ahora lo intentaremos de nuevo -dijo el oficial—. ¿Quiénes en este pueblo son guerrilleros? Toda la plaza estaba en silencio, lo único que Aschlop escuchaba era el sonido de las botas al golpear los cuerpos. Sin embargo, los que estaban atados no dijeron una sola palabra. Finalmente, los soldados se cansaron, dejaron de patearlos y los llevaron de vuelta a la casa comunal, que el pueblo también utilizaba como cárcel.

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-¡Ahora regresen a sus casas! -gritó el oficial- En cada casa se quedarán algunos soldados. Nadie podrá abandonar el pueblo, porque dispararemos sobre los que lo intenten. Aschlop quería hablar acerca de lo que había sucedido en San Francisco. Toda la noche había querido hacerlo y decirles a los suyos que Mateo había desaparecido, pero no se atrevió. Un soldado dormía sobre la cama de Antil, con la boca abierta; el otro estaba sentado sobre un banquito, con el fusil sobre las rodillas, sin apartar la vista de la familia. Finalmente, se durmió, pero se despertó un par de veces gritando. Todos los soldados se fueron al amanecen con la misma premura con que habían llegado, pero se llevaron a cincuenta vecinos. Entonces Aschlop comenzó a platicarle a toda la familia, que estaba sentada alrededor del fuego. Sin embargo, parecería como si algo le impidiera contarles con claridad lo sucedido en San Francisco, pues sólo le salían palabras entrecortadas. Mamá Juana comenzó a llorar durante el relato y se quejaba, diciendo: -Pero, Mateo, ¿dónde está Mateo?... -Tengo que llamar a los concejales a una junta -dijo papá Kuschín-. Debo contarles esto y luego decidir qué hacer. Tomó el cuerno de la pared y salió al patio, haciéndolo sonar con la señal con que se llamaba a los miembros del cabildo. Cuando estuvieron todos reunidos, papá Kuschín les participó todo lo que Aschlop había contado. Entonces, todos salieron a la calle y miraron hacia San Francisco. Aún podía verse el humo a lo lejos. -Todavía hay muchos soldados allí—dijo papá Kuschín -. ¿Qué piensan que debemos hacer? -Debemos abandonar el pueblo -respondió uno de los hombres. -¿Qué dicen los demás? -preguntó papá Kuschín. -Si nos quedamos, tal vez también nos maten -dijo otro. -Si nos quedamos y no pasa nada, el ejército nos forzará a hacer guardia cada tres días -manifestó el padre de Pascual-. Además, no nos pagarán nada y no tendremos tiempo para cultivar nuestras tierras. Yo también pienso que debemos irnos. Ya casi no queda nuda de comer agregó otro. -¿De veras piensan que hay que dejar el pueblo? -inquirió papá Kuschín. -Sí -dijo una voz que Aschlop conocía muy bien, y la alegría se abrió como una flor dentro de su pecho. Allí estaba Mateo. Su rostro mostraba heridas y estaba sucio, pero vivo. -Vengo de San Francisco -dijo-. Vi lo que los soldados hicieron allí. Aquello fue terrible. Mataron a todos: niños, mujeres, ancianos y hombres menos viejos. Acabaron con todos. ¿Entienden? Ahora están quemando todo el pueblo, todas las casas, para no dejar rastro de lo que hicieron. Cuando terminen, a lo mejor vendrán para acá y harán lo mismo. Sabemos que la gente de San Francisco era inocente, como nosotros. Pero eso no les importó. Lo único que nos queda es abandonar el pueblo. Esa noche, Aschlop no pudo dormir; se acostó pero se mantuvo despierta. Todos los adultos habían dicho que esa sería su última noche en el pueblo, que antes del amanecer escaparían. Aschlop estaba despierta y escuchaba. Hubiera deseado escuchar alguna seña de advertencia, pero ni los coyotes, ni las liebres, ni la tierra misma la enviaron! En la semioscuridad vio unos ojos. Todos, con excepción de papá Kuschín, se habían acostado, pero nadie dormía. Aschlop vio ojos brillantes a la luz del fuego, pero nadie hablaba. Papá Kuschín estaba sentado frente al fuego. Ella comprendió que él estaba allí pensando en el pueblo, en la huida y en los hombres que se habían llevado los soldados. Todo el tiempo le parecía escuchar ruidos extraños ¿Qué era eso? ¿Eran los soldados que estaban de regreso? Esperaba escuchar alguna señal, o en el peor de los casos oír a los soldados, pero lo único que oía era el ruido de la lluvia al caer
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sobre el techo. Aschlop compartía la cama con su hermanita Schepel, que ahora tenía seis años. Schepel también estaba despierta, -Mañana temprano vamos a dejar Yalambojoch -susurró Aschlop- Pero, ¿adonde iremos? -No lo sé -respondió Schepel-, No lo sé. Aschlop la abrazó, ¿o era al revés? Ambas se abrazaban. Aschlop hacía lo posible por alejar de su mente lo que había visto en San Francisco, el ruido, los olores. Para conseguirlo, comenzó a pensar en Pascual y por un rato se sintió contenta en su interior. Al día siguiente se verían. ¿Qué suerte que él no había ido a San Francisco! ¡Qué bueno que su padre lo hubiera enviado a tierra caliente con las mujeres y los niños! Papá Kuschín había dicho que, cuando se fueran del pueblo, pasarían por ese camino para recoger a Pascual y a los demás. Aschlop se acurrucó en su mundo de fantasías. Se imaginaba el encuentro con Pascual en la mañana siguiente. Allí estaba Pascual, cerca del lago que había en la planicie y traía una red llena de 'elotes' a la espalda. Ahora le mostraba una sonrisa tan típica de Pascual, que le iluminaba el rostro. Se imaginaba cómo se iban alejando juntos de allí, primero iba Pascual y luego ella. Caminaban como acostumbraban hacerlo las parejas casadas.

La huida.
Papa Kuschín hizo sonar el cuerno poco antes de la madrugada y Aschlop saltó de la cama con frío y miedo. Aún se percibía sobre el pueblo el olor nauseabundo de San Francisco. Lo único alegre era que los hombres, llevados a la fuerza por los soldados, estaban de regreso. Pero de pronto la alegría se convirtió en horror, cuando aquellos hombres empezaron a contar lo que había sucedido. Los habitantes se juntaron fuera de la casa comunal, para escuchar a los hombres. Con rostros inexpresivos y con los ojos muy abiertos contaron lo que habían visto. Aschlop no quería escuchar, no soportaba más. Lo único que entendió fue que el capataz de San Francisco había sido torturado hasta morir, que tres de ellos habían sido ejecutados por los soldados y que éstos habían dado muerte a cinco hombres del pueblo vecino de Bolej, porque pensaban que les habían dado de comer a los del Ejército de los Pobres. Cuando los hombres terminaron de contar lo sucedido, todos se echaron a correr. Todo el pueblo, más de mil mujeres, viejos, niños y hombres dejaron sus casas, su tierra, sus pocas pertenencias. Era una huida de pánico y desorganizada. Papá Kuschín dejó su sombrero de paja que sólo se quitaba al acostarse; mamá Juana nunca pensó que podrían necesitar frazadas, ollas o comida. Tampoco se acordaron de llevarse sus papeles de identidad. A papá Kuschín ni siquiera se le ocurrió que debía llevarse los papeles del pueblo, los derechos de propiedad que demostraban que los vecinos eran dueños de la tierra en Yalambojoch. Aschlop no se llevó nada. Había llovido toda la noche y ahora llovía de nuevo. La lluvia caía a torrentes sobre los fugitivos e inundaba los caminos. Todos corrían bajo la lluvia, alejándose del pueblo, y a pesar del pánico, trataban de no romper los grupos familiares. En el de Aschlop, papá Kuschín iba a la cabeza con la pequeña Schepel en brazos. Detrás iba mamá Juana con el más pequeño de sus hijos, amamantándolo, y más atrás corrían Aschlop, Antil, Mateo y su esposa, de dieciséis años, gorda como tonel, pues pronto tendría un hijo. Lo único que Juana se llevó fueron unos plásticos. Ahora corrían agachados debajo de la lluvia, tapándose con esas piezas. Pero aún así, Aschlop pronto se empapó, iba temblando de frío y los dientes le castañeaban. Al acercarse al cementerio, Aschlop pensó con desesperación en los restos del abuelo. "¿Qué vamos a hacer con él? No se le puede dejar en el cementerio... Por favor, abuelo, perdónanos", dijo para sus adentros, "porque tenemos que huir de los pintos, pero pronto regresaremos". En ese momento recordó que había olvidado algo. Sí, había dejado al pequeño Dios Verde. Entonces se le rodaron las lágrimas. Toda su atención se centraba en aquella figurilla. "Si me lo hubiera traído, nos habría protegido. Pascual se va a decepcionar de mí porque olvidé traer nuestro secreto, y el abuelo se pondrá triste porque quería que yo lo tuviera siempre." El cementerio estaba en una colina. Cuando llegaron a las primeras tumbas, papá Kuschín se volvió, al igual que Aschlop y los demás del pequeño grupo. Desde ahí se dominaba el pueblo; el hogar donde papá Kuschín había pensado que sus hijos y nietos
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vivirían siempre y donde él mismo moriría un día, rodeado de sus amigos y su numerosa familia. Aschlop hizo esfuerzos por ver su casa, pero no pudo distinguirla; no podía ver casi nada porque la lluvia era intensa. Tenía tanto frío que todo el cuerpo le temblaba; además se paró en un charco. -Kilkobá Yalambojoch, adiós Yalambojoch --dijo papá Kuschín. Aschlop vio que su padre estaba llorando. -Kilkobá, kilkobá, kilkobá -se escucharon otras voces. Ahora todos lloraban. Parecía como si su hermanito se hubiese dado cuenta de que algo andaba mal porque comenzó a llorar dentro del rebozo mojado. La larga fila de refugiados seguía por el camino que se desplazaba por el noroeste hacia las tierras bajas. La lluvia cesó y les fue más fácil caminar, pero todos sentían pánico todavía y ocasionalmente volvían la cabeza para ver sí los soldados los perseguían. Aschlop sentía que éstos la tomaban por la espalda pero no se atrevía a ver hacia atrás. En medio de su desesperación, pensaba en Pascual. Se imaginó con Pascual jugando con el pequeño Dios Verde. Pensaba en Pascual y en ella cuando acompañaban al abuelo y quemaban copal en las cumbres de las montañas. Recordaba cuando se quedaron quietos detrás de un arbusto viendo a extraños excavar en una ruina maya. "Pronto lo veré", pensó. "Pronto estará parado a la orilla del camino esperándonos, esperándome." El hambre la molestaba, no habían comido nada desde la mañana antes de salir del pueblo. Ahora volvió a ver la imagen de Pascual cargando una red con elotes a la espalda. Ahora veía cómo se detenían, encendían el fuego y de forma milagrosa conseguían una olla grande para cocer los elotes.., Súbitamente, la fila de gente se detuvo. Algo había adelante que hizo que se detuvieran los que iban a la cabeza. Los demás también se fueron deteniendo y un gran temor se apoderó del grupo. Aschlop presintió que algo malo había pasado. Comenzó a correr. Corrió a la orilla del sendero, rebasando a todos los que se habían detenido. Fue entonces cuando los vio, justo en medio del camino. Eran todos los que se habían ido a tierra caliente para ver si el maíz estaba seco para cosecharlo. A las mujeres les habían disparado y a los niños los sabían matado a machetazos. Había veintitrés cadáveres tirados en medio del camino. Aschlop los conocía a todos. Ahí estaba su tía y sus cinco primos pequeños; una prima mayor y su hija recién nacida al lado. No tardó en encontrar a Pascual. Estaba a la orilla del camino. Lo primero que vio fue el cuerpo, la cabeza se encontraba un poco más lejos, se la habían cercenado de un machetazo. Era una escena irreal. La cabeza parecía la de siempre; tenía la boca entreabierta y los ojos la miraban fijamente. Aschlop comenzó a correr y los demás hicieron lo mismo. Todos corrieron presas del pánico. Aschlop no lloraba. Corría como en una pesadilla debajo de la lluvia. Sólo quería alejarse de aquel lugar. Los adultos a su alrededor trataban de calmar a los pequeños, nadie debía llorar o hacer raido porque los soldados podían estar muy cerca. Aschlop vio cómo los grandes les tapaban la boca a los niños para que nadie los oyera llorar. Cuando ya nadie tema fuerzas para correr, las familias se juntaron y reanudaron la marcha: iban callados, cabizbajos, bajo una lluvia fría y pertinaz. Aschlop iba como sonámbula. No veía ni escuchaba nada. Casi no se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Cuando papá Kuschín se cansaba de cargar a Schepel ella la tomaba de la mano automáticamente y le pedía que caminara más rápido. Sin embargo, no era fácil. El invierno había convertido la tierra en una ciénaga. A veces. Aschlop tenia que cargar a Schepel sobre el lodo, otras más se hundía hasta los muslos y se atascaba y papá Kuschín tenía que ayudarla. Pero ni siquiera entonces lloraba. Cuando oscureció, papá Kuschín y su familia se sentaron bajo un pino. A su alrededor había otros refugiados de Yalambojoch. Seguía lloviendo. Antil y Aschlop se acurrucaron juntos y se taparon la cabeza con un plástico. Schepel comenzó a llorar a gritos. -¡Cállate! -dijo papá Kuschín, enojado. Después lo escuchó hablar en voz baja con mamá Juana, diciéndole que ya no debía faltar mucho para llegar a la frontera. --Sólo cuando crucemos la frontera de México estaremos seguros -agregó. A Aschlop ya no le importaba nada. Toda la noche estuvo sentada junto a Antil cubriéndose la cabeza con el plástico. Tenía frío y tiritaba. La lluvia golpeaba contra
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el plástico y resonaba dentro de su cabeza. No podía dormir, pero tampoco pensaba en lo que había sucedido. No se permitía pensar en eso. Estaba en una zona gris donde no existían pensamientos, fantasías ni sentimientos. Tres días duró la pesadilla. Tres días estuvo lloviendo a cántaros, sin parar. Tres días se la pasaron caminando, tratando de alejarse lo más que pudieron de Yalambojoch. Durante esos tres días no tuvieron nada que comer. Y por tres noches pasaron acurrucados como animales para conservar el calor. Ya llegamos a México -anunció papá Kuschín, de repente, al cuarto día. Entonces, Aschlop se dio cuenta de que él ya no susurraba, sino que hablaba con el tono de siempre, con voz alta y clara. -Ya estamos a salvo. Aquí no pueden venir los soldados.

Abuelo, quien habla es Aschlop, la hija del puma.
Angelina Pérez, que tenía catorce años y que prefería llamante Aschlop, se incorporó y miró su antiguo pueblo. Vio a dos hombres que iban hacia la milpa y a una anciana, así como a dos niños pequeños que llevaban unas ovejas. El pueblo ya no era como antes, Ahora se hallaba extrañamente desierto. Pero ella empezó a caminar hacia allá. La inquietud y las expectativas habían vuelto a su corazón. "Ojalá que la abuela este ahí y también Mateo", pensó. Una de las tragedias ocurridas tres años antes, fue que la abuela se había quedado atrás Había ido a visitar a una hermana en un pueblo vecino, cuando todo comenzó y tuvieron que irse sin ella. Desde entonces vivían pensando qué habría sido de la abuela. ¿Estaría viva todavía? Papá Kuschín le había escrito una carta a la dirección de Yalambojoch. pero posiblemente no llegó, pues nunca recibió respuesta. Además la abuela no sabía leer. Aschlop caminó despacio por el pueblo, No iba por la calle principal, pues no quería que la vieran. Le costaba trabajo creer lo que estaba viendo. Yalambojoch era un pueblo fantasma. El monte crecía entre las casas, que en su mayoría fueron quemadas o se habían caído; en algunos lugares sólo había restos de madera carbonizada entre la maleza. La plaza estaba silenciosa y vacía. Sólo se veía a algunos hombres armados con fusiles y sacos de arena apilados. Sin duda se trataba de la Patrulla de Autodefensa Civil del pueblo. Deseaba ardientemente que no la vieran. Rápidamente se metió entre la maleza y se dirigió a la que fuera su casa, pero también estaba vacía. Todo parecía irreal. Estaba parada frente a su antigua casa, pero nada estaba como antes. Las tablas de las paredes habían desaparecido y el techo se había derrumbado. Al asomarse al interior, vio que la pieza estaba invadida por arbustos y plantas trepadoras. Entró y comenzó a caminar con cuidado. Arrancó todas las plantas, quería encontrar algún objeto, algo que le recordara su vida feliz en aquel lugar. Pero no halló nada. Desde el umbral vio unas cuantas casas que no estaban destruidas y que parecían habitadas. ¿Pero quiénes vivían ahí ahora? Se dirigió hacia la derecha, sobre el camino que llevaba al río; era el mismo de antes, pudo reconocer cada piedra, todo estaba igual que cuando iba y venía, varías veces al día, en busca de agua. Ahora estaba frente a la casa de la abuela. No estaba destruida. Había un cartel electoral en la pared y salía humo por la puerta. La abuela estaba sentada cerca del fuego. Aschlop se alegró de sobremanera Parecía como si nunca hubiera estado lejos; la abuela se veía igual que cuando Aschlop salió del pueblo, tres años antes. La abuela tenía un pañuelo azul atado sobre el cabello gris, la nariz curva y el labio inferior un poco salido Llevaba puesto un grueso huipil rojo y amarillo y estiraba los pies para calentarse. -¡Abuela! Aschlop tomó sus manos y las apretó. No se dijeron nada. Aschlop sólo apretaba las delgadas y pequeñas manos de la abuela, la veía y sonreía. -¡Abuela! -dijo-. Y pensar que estabas aquí. -Pequeña Aschlop -dijo la abuela-. ¡Qué grande estás! Ya te podrías casar. Pero qué pálida y cansada te ves. -Es que he caminado varios días y no he dormido desde hace mucho. - Tengo algunas tortillas y sopa de repollo. Te haré café. La abuela puso la jarrilla con café y la olla en el fuego. Aschlop se acurrucó junto a ella y entonces se dio cuenta de lo cansada que estaba.
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-Sé que tienes mucho que contarme -dijo la abuela-. Pero come primero. Luego dormirás un poco, ¿Te ha visto alguien? -¡No! Por la tarde, la abuela despertó a Aschlop con un pocillo de café caliente. Tenía unas velas y una caja de fósforos en la mano. Ve primero con el abuelo -dijo-, pero procura que no te vean. Aschlop evitó pasar frente a las casas habitadas hasta llegar al cementerio. Lo encontró destruido y lleno de monte, como todo en Yalambojoch. La única tumba que estaba cuidada era la del abuelo. Se hincó frente a ella y rezó todas las oraciones que el sacerdote le había enseñado. Cuando terminó de rezar, encendió las velas y las colocó sobre la tumba. Luego se sentó y comenzó su relato: "Ahora estoy aquí, abuelo, -dijo con voz clara-, soy yo, Aschlop, la hija del puma. Han pasado tres años desde la última vez que estuve aquí. ¿Te acuerdas cómo nos divertimos el Día de Muertos, cuando bailamos, comimos y tomamos, para que te pusieras contento? ¿Cómo has estado todo este tiempo? Espero que no te hayas sentido demasiado solo." Te voy a contar todo lo que nos ha pasado a mí y a la gente del pueblo. ¡Qué lástima que te hayas muerto! Cuando te fuiste, no había nadie en el pueblo que conociera el calendario maya, sus rezos y sus ceremonias. Tú lo habías hecho solo durante tantos años y cuando te moriste no había nadie a quien elegir como rezador. Por eso ya no hubo nadie que hiciera ofrendas en las montañas y pidiera por todo el pueblo. Ya no hubo nadie que pudiera interpretar las señas. La noche antes de que pasara la desgracia, se escucharon los pájaros carpinteros, los coyotes y las liebres; los animales nos previnieron, pero nadie les hizo caso. Y al día siguiente, la tierra gritó fuera de la casa comunal, pero tampoco se le hizo caso. Si tú hubieras estado, nos habrías advertido. Seguramente nos habrías hecho huir a nosotros y a los de San Francisco antes de que llegaran los pintos. Yo estuve en San Francisco cuando ocurrió la desgracia ¿Lo sabías, abuelo? Mateo y yo habíamos ido a comprar maíz, pero Mateo se adentró en el bosque en busca de una vaca y por eso se escapó. Yo me escondí en la parte superior de la pirámide. Los pintos no me vieron. Todos los pobladores fueron asesinados, sólo dos hombres pudieron escapar. Después los encontramos en México. Tenían una lista de todos los que habían sido ejecutados. Yo vi aquella lista. Había trescientos cincuenta y un nombres, más de cien eran de niños menores de doce años. "Espero que no estés decepcionado de nosotros, pero no podíamos quedarnos en el pueblo. Nos vimos obligados a huir. Me entristeció mucho tener que dejarte, pero pensé que sólo nos iríamos por algunos días, lo cual no fue así. Ya han pasado tres años desde entonces. Cuando huimos me dio mucha tristeza no haberme llevado al pequeño Dios Verde. Simplemente se me olvidó." Aschlop guardó silencio y comenzó a buscar dentro del rebozo que se había amarrado alrededor de la espalda con un nudo en el pecho. En seguida, sacó algo que conservó en la mano apretada como un puño. Poco a poco fue abriéndola; en su palma de la mano estaba la pequeña cabeza de jade verde. "Mira, abuelo, aquí está. ¿Creerás que estaba en el mismo escondite? No se me ha olvidado lo que me dijiste: que siempre la conservara y que jamás la vendiera” De seguro ya sabes que los soldados mataron a Pascual, También asesinaron a tu hija y a tus nietos. Incluso a los más pequeños, Quisimos enterrarlos, pero no nos atrevimos y salimos corriendo de allí ¡Corrimos bajo una lluvia intensa. Casi no me acuerdo de la huida. Sólo recuerdo que teníamos frío y que en las noches nos tapábamos con un trapo de plástico, Luego papa dijo que estábamos en México, A mí no me importaba. Estaba, cómo te diré, como perdida. No quería seguir viviendo. Me acuerdo que nosotros, bueno, papá y nuestra familia, nos detuvimos frente una casa, que papá dijo que se hallaba en el lado de México. Era una casa con techo de palma y paredes de bajareque. Una mujer con una gran pansa salió rodeada de sus hijos harapientos. Nos vio y papá le dijo que veníamos huyendo del ejército guatemalteco." -Pasen dijo aquella mujer, Soy pobre y tengo muchas bocas que alimentar pero la comida también alcanza para ustedes.

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Salvados a tierra y libertad.
Nos adentramos más en territorio de México. Por algún tiempo, estuvimos viviendo con otros refugiados en seis casas pequeñas. Eran campesinos mexicanos pobres que nos permitían dormir en el suelo. Compartían su comida con nosotros, pero no alcanzaba para todos." "Fue entonces cuando empecé a tener pesadillas; cada noche me despertaba sobresaltada, pues soñaba con los pintos. Por último, decidí no dormir, porque no quería volver a vivir todo lo horrendo otra vez. Durante el día parecía como si Pascual y los niños de San Francisco estuvieran metidos dentro de mi cabeza, porque los tenía presentes todo el tiempo." "Lo cierto es que no era la única en tener pesadillas, cada noche, más de alguno despertaba llorando. Lo peor de todo era que los adultos siempre estaban hablando de Yalambojoch. Platicaban de lo que habían dejado atrás: la tierra, las vacas, los caballos, los perros, las casas, la ropa y las piedras de moler. Los hombres también hablaban de los sombreros y los machetes que habían olvidado y todo el tiempo que no entendían por qué los soldados habían asesinado a tantas personas. “¿Cómo es posible que Dios haya permitido matar a tanta gente inocente y obligarlos a dejar todo lo que tenían?” “¿Cómo fueron capaces de asesinar niños?, decían.” “Por fin esta gente se enojaba. ¿Por qué insistían en hablar de Yalambojoch todo el tiempo? ¿Por qué papá no podía encontrar un mejor trabajo para que comiéramos? Yo sé que era injusta, porque era casi imposible conseguir trabajo en México. Pero recibimos un poco de ayuda. Primero llegaron los de migración, apuntaron nuestros nombres y se encargaron de que nos dieran comida de vez en cuando. Nos daban miedo porque vestían uniformes como los de los pintos. Pensábamos que en algún momento nos mandarían de regreso a Guatemala. Pero no fue así, nos dijeron que no podíamos seguir vistiendo nuestra ropa tradicional, que teníamos que vestirnos como ladinos, ahora que estábamos en México. Insistieron en que era por nuestro bien. Por nuestra seguridad. Decían que la tropa guatemalteca solía cruzar la frontera y atacaba a los refugiados y que esa era la razón por la que no podíamos vestir nuestra ropa que más bien debíamos parecer campesinos mexicanos comunes y corrientes.” “Uno se sentía extraño poniéndose esa ropa. A mí me dieron un vestido color café, muy grande para mi tamaña. Era muy feo, abuelo. Me sentía rata. Cuando me ponía aquel vestido largo y feo y me echaba el pelo hacia atrás en mugar de recogérmelo, ya no era la misma. A mamá Juana le costó mucho trabajo aceptarlo. Lloraba a menudo. Y por las noches sacaba su huipil para verlo.” “Casi todas las gentes de Yalambojoch fueron llevadas a un campo de refugiados. Allí los mantenían encerrados. Para salir tenían que pedir permiso a los de migración, Pero, por lo menos, todos tenían comida y ropa. Nosotros no nos fuimos, porque habíamos escuchado que los refugiados en el campo serian trasladados a otra parte de México y eso nos daba miedo. No queríamos que nos mandaran a otra parte. No deseábamos estar más lejos de Yalambojoch. Éramos diez familias las que tratábamos de arréglanos por nuestra cuenta,” es decir, todos tus parientes, abuelo, las familias de tus hijos. Los papas buscaron trabajo. Era difícil. Cada cierto tiempo nos mudábamos. Los papas siempre andaban en busca de trabajo. Pasábamos hambre y muchos de los nuestros estaban enfermos." "Un día, papá Kuschín conoció a un sacerdote, y éste le dijo que podíamos vivir en la finca de una mexicana adinerada. Allí no había tierra que cultivar, pero por lo menos pudimos construir una casa. La techamos con pedazos de plástico y en ella vivimos diez familias, todos juntos y apretados. No había trabajo fijo para los hombres, pero de vez en cuando podían trabajar un día o dos para los campesinos del lugar. Recuerdo que yo siempre tenía hambre. Los adultos fueron perdiendo las ganas de hablar entre sí y nosotros los niños ya no jugábamos.” "Entonces sucedió algo muy extraño, abuelo: llegaron tres extranjeros, un hombre, una mujer y una niña. Lo recuerdo muy bien. Todos estábamos sentados dentro la casa, apretados como siempre. Ninguno decía nada. Los niños tampoco estaban jugando. Cuando nos dimos cuenta, los tres nos estaban observando; el hombre llevaba a la niña de la mano. Se fueron acercando despacio y, cuando la mujer nos vio más de cerca, comenzó a llorar. Nosotros seguimos sentados, viéndolos. Los extraños se aproximaron hasta llegar a la choza y se pararon junto a la puerta. Cuando el hombre le preguntó a papá Kuschín cómo nos iba. - Así no se puede sobrevivir. Será mejor que volvamos a Guatemala y que nos maten los soldados respondió papá." "Entonces la mujer lloró más y al poco rato se marcharon. Al día siguiente regresaron. Habían comprado maíz y frijol, así como
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medicinas para los enfermos." "Los recién llegados se llamaban Per, Aura y Mayarí. Decían que venían de un país muy lejano que se llama Suecia. Nunca habíamos oído hablar de ese país. Pero con Per, Aura y Mayarí todo cambió." "Alquilaron una casa en las cercanías y diariamente venían a visitarnos. Se sentaban a conversar con nosotros dentro de la casa. Nos hicieron contarlo todo, desde la vida agradable en Yalambojoch hasta las cosas terribles que nos ocurrieron más tarde. También ellos nos platicaron de sus vidas. Per decía qu e trabajaba en un hospital cuidando ancianos. Pero más extraño para nosotros era que Aura había nacido en Guatemala. Aunque no era indígena, puso todo su empeño en ayudarnos.nos conto que hay lugares en Guatemala donde casi no viven indígenas que ella venía de uno de esos lugares. Por eso era que no sabía nada acerca de nosotros. Sólo cuando comenzó a trabajar como maestra en una escuela adonde asistían niños indígenas, aprendió algo acerca de las condiciones en que vivíamos nosotros y se dio cuenta de las dificultades que teníamos para salir adelante. Entonces se decidió a luchar para que los indígenas de Guatemala pudieran vivir mejor. Pero era difícil. Intentó abrir una escuela en el campo, pero fue imposible. Entonces, ella y su hermano comenzaron a enseñar a campesinos adultos a leer y escribir. Un día llegó un primo suyo que era militar y les dijo que estaban en la lista negra del ejército, lo cual significaba que los matarían, Si estaban enseñando a leer y escribir a los campesinos pobres, seguramente eran comunistas. Y en Guatemala, todos los comunistas eran asesinados/' "Aura y su hermano huyeron del país y se salvaron, como nosotros. Aura llegó a Suecia, donde conoció a Per, se casaron y tuvieron una niña, a quien le dieron un nombre indígena: Mayarí. Aura contó que estando en aquel país lejano, extrañaba Guatemala, pero que no se atrevía a regresar. Tiempo después decidieron hacer un viaje largo, a través de México. Vendieron su apartamento y además, pidieron un préstamo de diez mil coronas, así se llama la moneda en su país, para poder quedarse largo tiempo, Pero lo primero que pasó cuando llegaron a México fue que nos encontraron. De manera que nunca hicieron el largo viaje por México, como lo habían proyectado. Se quedaron con nosotros y usaron todo su dinero en comprarnos comida, ropa y medicinas. -Ya casi no tenemos dinero —dijo Per un día Tenemos que irnos a casa a trabajar otra vez. Pero, ¿cómo podemos seguir ayudándoles? -Sólo hay una cosa en la que nos pueden ayudar -contestó papá Kuschín-. Somos campesinos y por lo mismo sabemos cultivar la tierra. Un indígena no vive de veras si no tiene una milpa que cuidar. Con un pedazo de tierra que tuviéramos aquí, nos las arreglaríamos para sobrevivir," "¿Sabes lo que pasó entonces, abuelo? Per tomó un autobús, se fue a la ciudad y desde allí llamó a su papá, que vive en Suecia, le dijo que pidiera un préstamo de cien mil coronas en un banco y que le enviara ese dinero porque pensaba comprar una finca para unos indígenas que había conocido. Una semana más tarde llegó Per y nos dijo que había recibido el dinero y que ahora iba a comprar tierra. Creímos que estaba bromeando. Pensamos que nos estaba engañando. No podíamos creer que gente extraña quisiera ayudarnos de ese modo, pero al final entendimos que hablaba en serio. Entonces comenzó una nueva época, abuelo, una época fantástica. Todos solíamos sentarnos en la casa, junto con Per, Aura y Mayarí. Todos platicábamos, no sólo hombres sino también las mujeres y los niños todos queríamos decir lo que pensábamos. Hablábamos del futro y hacíamos planes. ! Era tan bonito! Y nadie estaba triste. Ninguno hablaba más de Yalambojoch” "Tal como esperaban, encontraron una finquita y nos la compraron. La misma estaba abandonada, llena de maleza y no había camino que llevase a ella. Pero pensábamos que estaba bien, pues de esa manera no nos encontrarían los de migración, ni los soldados guatemaltecos. Queríamos que el rancho tuviera un nombre muy bonito y que además fuera en chuj. Lo discutimos mucho y cada uno propuso un nombre. Finalmente encontramos uno con el que todos estábamos de acuerdo: se llamaría 'Kolchaj Nak Lu'um' (Tierra y libertad)."

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La vida en la selva.
Para mudarnos a la finca alquilamos dos camiones. Todos se subieron en la parte de atrás. ¿No es verdad que tú anduviste en autobús, abuelo? Esto era mucho peor. Todos tenían miedo, porque nadie se había subido antes a un autobús. Hacía mucho ruido, se movía de flojo y parecía que de un rato a otro volcaría. Nos llevaron hasta donde terminaba el camino. Luego tuvimos que continuar a pie. Íbamos cargando todo. Llevábamos sacos con maíz, frijol, azúcar y café, que Per y Aura habían comprado para que tuviéramos algo de comer en los primeros días. Cuando llegamos nos llenamos de alegría. La finca está en un claro de la selva y había una casa pequeña. Los niños corrimos a examinarlo lodo. Se sentía raro pensar que íbamos a vivir en aquel lugar. Era tan diferente de Yalambojoch. Allá es tierra caliente, es un lugar cálido y bonito. Por todas partes domina el verde y también hay un arroyuelo. “Ahí podemos recoger agua y lavar la ropa” dieron las mujeres. Más lejos hay un arroyo con pozos. “Tal vez pueda aprender a nadar ahí” pensé. Días después descubrimos que al otro lado de la colina había un río. “Ahí seguramente se podrá pescar, dijeron los muchachos." "El lugar había permanecido en abandono desde hacía mucho tiempo, de manera que todo estaba enmontado, pero eso no les preocupó a los hombres mas bien decían: “Miren cómo ha crecido el monte esto quiere decir que la tierra es buena”. En aquel lugar había unas seis mil matas de café y varios naranjos. En seguida empezamos a trabajar. Lo primero que hicimos fue construir casas. Los papas talaron árboles. Luego aserraron tablas dentro del bosque y después las llevaron a la casa principal. Los niños nos encargamos de buscar bejucos para amarrar la madera. Sólo se tuvo que comprar láminas para los techos. Los hombres las cargaron desde Río Blanco, distante veinte kilómetros de la finca, pero todos estaban contentos porque en Yalambojoch había que cargar desde más lejos. "Se construyeron las casas de una en una y todos ayudaban. Finalmente todos tenían casa. Pero ahí las cosas son distintas, abuelo. En Kolchaj Nak Lu'um cada familia tiene dos casas: una para cocinar y otra para dormir. También cada uno tiene su propio 'temascal', como en Yalambojoch." "Al principio pasábamos ocupados todo el tiempo. Las mujeres en busca de barro para hacer trastos donde preparar la comida, También hicieron grandes comales. El tío Lucas, tu hijo, comenzó a buscar plantas para curar enfermedades. Los hombres y los muchachos se dieron a la tarea de arrancar la maleza en los cafetales. ¿Recuerdas que en Yalambojoch intentamos sembrar café pero no fue posible porque hace demasiado frío? En la finca si se puede. Cuando el café maduró, todos nos dedicamos a la cosecha. El primer año hubo una buena cosecha, así que se vendió y se repartió el dinero entre todas las familias. Todos compraron maíz y frijol, un poco de ropa y algunas gallinas. Después, los hombres empezaron a talar el bosque para sembrar maíz," "En la finca los niños comenzamos a jugar de nuevo. Me acuerdo que mi otro abuelo siempre les decía a los adultos: 'Escuchen, los niños han vuelto a reír." "Tengo muchas cosas que contarte. Estoy yendo a la escuela de la finca. ¿Puedes imaginártelo, abuelo? He aprendido español y ahora puedo leerlo y describirlo, ¿Sabes quién es el maestro? Papa Kuschín. ¿No es fantástico? Él, que estaba en contra de la escuela cuando vivíamos en Yalambojoch. Siempre decía que la escuela no era para los indígenas. Cuando nos mudamos a la finca, comenzó a visitarnos de vez en cuando un niño mexicano llamado Roberto. Su padre tiene una pequeña propiedad, pero su hijo vive en la ciudad, donde va a la escuela. Roberto dice que estudia el último año de la escuela secundaria. Se hizo nuestro amigo, principalmente de papá Kuschín, Empezó por explicarle lo importante que era para nosotros los niños ir a la escuela. Decía que era necesario que aprendiéramos español 'Si únicamente saben hablar chuj los van a engañar y a discriminar en México', en vista de que papá Kuschín era el que sabía más español y podía leer y escribir un poco, Roberto opinaba que él debería ser nuestro maestro, pero papa no quería. Entonces, Roberto comenzó a practicar lectura, matemáticas, ortografía y gramática. Por las noches se juntaban en la cocina para leer los viejos libros de Roberto. En Yalambojoch nunca tuvimos una mesa, pero aquí, mi papá fabricó una, donde por las noches se sentaban a hacer la tarea bajo la luz de una vela. "Roberto escribió una carta a Per y Aura, quienes ahora estaban en Suecia. En ella les decía que los niños de la finca necesitaban ir a la escuela. Entonces, ellos mandaron dinero con el cual compramos cemento, pintura y láminas para el techo. Para los tendales se utilizó la madera de los árboles que los hombres habían talado. La construcción de la escuela comenzó en julio, con la ayuda de todos. La gente trabajó sin descanso durante un mes. En agosto ya estaba lista la escuela. Se ve muy bonita, abuelo. La pintamos de azul y blanco. Es la única casa de la finca que está pintada. La escuela ilumina todo lo que hay a su alrededor. Cuánto daría porque pudieras verla." "Ahora papá es el maestro de la escuela. Por la mañana da clases a los niños más grandes y por la tarde a los más pequeños. Tenemos una pelota de fútbol. A veces, durante el recreo, papá juega con nosotros.” "Per, Aura y su hijita han vuelto de visita. Aura vivió durante meses con nosotros. Entonces era maestra. Hasta fue a la ciudad
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de México a comprarnos libros. Creo que en Yalambojoch nunca vi un solo libro, en cambio en la escuela de la finca tenemos todo un estante lleno.” "Ya tienes dos nietos y ocho bisnietos en México. Ya debes saber que Mateo y su esposa tienen dos niños. Yo me ocupo mucho de ellos. ¿Qué te parece que desde que vivimos en la finca no se ha muerto ningún niño? Recuerdo que aquí morían muchos, seguido veía muchos entierros de niños acá en el cementerio." "Ahora tengo una amiga por correspondencia. ¿Sabes qué es eso? Cuando uno aprende a escribir puede escribirles cartas a las personas que conoce. Per y Aura se han preocupado, como no tienes idea, de que cada niño de la finca tenga en Suecia una familia que lo “apadrine”. Estas personas mandan dinero mes a mes y algunos de estos padrinos les escriben cartas a sus ahijados. Yo tengo mucha suerte, pues los que me han tocado de padrinos, siempre me escriben y yo respondo sus cartas. Cada vez que les envío carta, les pongo algunas palabras en chuj y ellos me escriben algunas en sueco. Pero nos escribimos en español. ¿Quieres escuchar un poco de sueco? Papá Kuschín tiene un cuaderno donde escribe todas las palabras en ese idioma. Por las noches nos sentamos en la cocina alrededor del fuego y leemos en voz alta e intentamos pronunciar esas palabras, lo cual nos causa risa. Ahora escucha: Majs (maíz). Hej (hola). Häst (caballo). Höna (gallina). Kaffe (café). Hur nár du? (¿cómo estás?). Adjó (Adiós). Nu ska jag gá till Río Blanco (voy a ir a Río Blanco). Jag har en mycket arg hund (tengo un perro muy bravo). ¿Has oído, abuelo?, ¿No te parece que se oye extraño? es así como hablan en Suecia." "A veces mis padrinos me mandan paquetes. Me han enviado lápices y crayones, con los que hago dibujos y luego se los mando. Una vez enviaron una tela para que me hicieran una falda y una peineta, aquí cargo una, mírala, ¿verdad que está bonita? cuando llegan paquetes, me emociono, pero al mismo tiempo me pongo triste, pues quisiera mandarles algo lindo, pero nunca nos sobra dinero para comprar regalos. Sin embargo, en la última cosecha de café tuve la idea de tostar unos granos de café, luego los molí y los empaqué en bolsas de plástico. Papá Kuschín hizo dos paquetes, uno para Aura y otro para mis padrinos, y se los llevó al correo. Él va una vez al mes en autobús para ver si han llegado cartas o dinero de Suecia y para comprar algunas cosas para la gente que vive en la finca." “Ahora que te lo cuento, da la impresión de que todo ha sido fácil, pero no. Toda la gente ha tenido que trabajar muy duro. A veces no hemos tenido qué comer. Pero ahora es mejor. Aunque a veces los hombres se quejan, pues no están acostumbrados a cultivar en la planicie. Mucho de lo que sembrábamos en Yalambojoch no se da en la finca. No se puede sembrar papa ni trigo. El frijol se murió. De todos modos, seguimos sembrándolo porque es impensable no tener frijoles, estamos acostumbrados a comer frijoles con tortillas tres veces al día. Por suerte, este año sí se lograron. Antes de venirme, ya habíamos recogido la primera cosecha de frijoles." "Espero no preocuparte contándote esto, hay muchas otras cosas que podemos cultivar ahí. Por ejemplo, hemos sembrado maíz y plantado mis matas de café. Lejos de las casas hay un valle con buena tierra. Ahí tenemos diferentes tipos de plátanos y cerca de allí cada Familia tiene una huerta. Ya tenemos seis caballos y varías mulas, además compramos sillas de montar. Ahora ya no tenemos que llevar cargas pesadas sobre la espalda desde Río Blanco, sino que las conducimos sobre los caballos y las mulas." "Aura montó a caballo una vez que estuvo en la finca. En Yalambojoch no cabalgué nunca, las niñas nunca montaban. Ahora probé una vez y no fue tan terrible. "Hemos plantado muchos árboles de cedro, caoba y pino; más adelante utilizaremos su madera. También hemos plantado limón, mango, papaya, guayaba y aguacate y vamos a seguir sembrando más árboles. El dinero para hacerlo llega de Suecia. Per y Aura nos escriben diciendo que no sólo ellos lo proporcionan, sino que hay muchas otras personas, incluso niños, que ayudan. Dicen que, en las escuelas, los niños juntan dinero para enviárnoslo.” "En cierta ocasión llegó una caja con juguetes fabricados por alumnos de una escuela. En la caja también había muñecas de trapo. Todas las niñas querían una. Las muñecas todavía existen, todos los días se ve a las niñas pequeñas cargándolas en la espalda con su rebozo. También compramos gallinas y algunos hasta tienen cerdos. Nosotros tenemos uno, abuelo, es muy grande y bonito. Este año sembramos caña de azúcar por primera vez. Nuestros vecinos son campesinos mexicanos y viven más o menos como nosotros. A veces suelen visitarnos. De repente se paran en la puerta y le dicen a mi mamá: -¿Cómo va todo, Juana? -Muy bien -responde ella en español-, pero luego no tiene más que decir porque casi sólo habla chuj, pero los invita a pasar adelante y tomar café y sólo se quedan ahí sentados. Los mexicanos siempre traen algo consigo cuando vienen, como huevos o ayotes. Y nosotros siempre les damos algo a cambio; por ejemplo, fruta o verdura."

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"Los niños ya no trabajamos tanto como lo hacíamos en Yalambojoch. Ahora, todos vamos a la escuela la mitad del día. Por supuesto que aunque vaya a la escuela, yo siempre ayudo a mi mamá en casa. Por las mañanas, antes de irme, la ayudo a moler el maíz, hacer tortillas y traer agua. Por las tardes ayudo a barrer la casa y a preparar la comida, cuido a mis sobrinos y a veces lavo en el riachuelo. Pero aún así sobra tiempo para ir con mis amigas a ver los árboles nuevos o para ir en busca de naranjas. También se ve a los pequeños dar volteretas y jugar a perseguirse en donde pastan los caballos. En otras ocasiones vamos a bañarnos en el río grande." "A veces voy sola a ese río; bueno, no totalmente sola, pues llevo a mi hermanito envuelto en un rebozo sobre la espalda. El camino que lleva al río atraviesa el bosque, es lodoso y un poco oscuro bajo los árboles, hay garrapatas y a veces se ven culebras, pero al llegar al río, aquello es muy bonito. Allí siempre se ve todo luminosamente verde. Apenas sopla el viento, el agua es clara y hay una pequeña cascada. Entonces me quito la ropa y me meto al río. Estoy aprendiendo a nadar.” "Muchas veces me he preguntado cómo estás, abuelo. Lo hago con frecuencia. Antil se levanta de madrugada y sopla el cuerno para despertar al vecindario. Cuando me despierto y salgo al patio, miro la finca con sus casas y el humo que comienza a subir, veo las flores que hemos plantado alrededor de la escuela, los caballos, los valles al otro lado, donde crece el maíz, el bosque alrededor de la finca, y entonces me pongo triste, porque pienso en ti. '¿Por qué no puedes estar aquí, abuelo?', me pregunto. ¿Por qué no puedes ver este lugar maravilloso en que vivimos?

Los hombres de maíz.
En casa tengo algo que me gustaría enseñarte. Se trata de un libro llamado Popol Vuh. Per nos lo regaló, dijo que es el libro sagrado de los antiguos mayas. Per nos contó que cuando los españoles conquistaron Guatemala, juntaron todos los libros sagrados de los mayas y los quemaron. Los sacerdotes españoles bautizaron a todos los hombres que encontraron en estas tierras y a algunos los llevaron a vivir en sus casas para que en verdad cambiaran su religión y aprendieran bien la Biblia. Cuando los nativos pudieron leer y escribir en español, comenzaron a contarles a los sacerdotes acerca de sus creencias y de cómo fueron creados la tierra, los animales y los humanos. Fue tanto el interés de uno de los sacerdotes, que pidió a los indígenas escribir todas esas historias y eso es lo que está en el libro que tenemos en casa”. He aprendido las primeras líneas de memoria. Dicen así: 'Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado y vacía la extensión del cielo.' ¿No es hermoso?, ¿quieres que te cuente más?" Aschlop guardó silencio. No sabía qué hacer. Si el abuelo quería oír algo más de aquel libro, debía darle una seña. Pero la joven no escuchó nada. Miró a su alrededor. Esperaba ver un búho volar por el bosque para continuar su relato. Y es que el búho era el nahual del abuelo. Pero tampoco voló ningún búho. Entonces pensó en los peligros que pudiera haber a su alrededor. A lo mejor era la última vez que iba a poder sentarse junto a la tumba del abuelo y platicar con él. "Voy a contarte un poco más del Popol Vuh. Al principio no había ni un hombre ni un animal, pájaros, peces, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques; sólo existía el cielo. Pero los dioses se reunieron e hicieron un plan para la creación. Entonces crearon la tierra. Como por arte de magia, crearon las montañas y los valles, en un momento surgieron bosques con ceibas y pinos sobre la tierra. Crearon a los animales: los venados, los pájaros, los jaguares, las serpientes grandes y las pequeñas, los guardianes de los bosques. Pero los dioses no podían hacer que los animales hablaran. Querían que dijeran sus nombres y les agradecieran por lo que habían hecho. Pero los animales sólo gruñían y hacían ruidos." "Los dioses no estaban contentos, querían que los adoraran con sacrificios y les rezaran. Por eso decidieron tratar una vez más. Querían crear al hombre. Entonces lo formaron con barro. Pero pronto se dieron cuenta de que su creación no había sido muy buena, pues los seres que habían hecho eran blandos, no podían sostenerse por sí mismos, no se movían ni tenían fuerzas y su mirada era turbia. Además carecían de inteligencia. - Estos seres no pueden caminar, ni reproducirse -dijeron los dioses-. Debemos tratar de nuevo, pero antes de empezar hay que destruir estas obras.
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La siguiente vez lo intentaron con madera. Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, se movían, hablaban y tuvieron hijas e hijos. Pero carecían de alma e inteligencia. Inmediatamente se les olvidaba quién los había creado. Y sólo caminaban, sin rumbo sobre la superficie de la tierra." "Los dioses tampoco estaban contentos. Por eso provocaron un gran diluvio que cayó sobre los muñecos de palo. Se dice que la descendencia de aquellos son los monos. Se parecen a nosotros, los humanos, pero sólo de madera fue hecha su carne." "Poco faltaba para que aparecieran el sol y la luna y las estrellas cuando los dioses se reunieron y celebraron consejo para tratar de hacer nuevamente al hombre. Esta vez pensaron en utilizar el sagrado maíz. Tomaron maíz blanco y amarillo y lo molieron. Únicamente masa entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados. Los hombres de maíz podían ver, hablar, oír, caminar y sujetar cosas. También eran muy sabios. Todo lo oculto lo veían sin tener que moverse; de inmediato veían el mundo desde donde estaban. Su sabiduría era grande. Sus miradas alcanzaban los bosques, montañas, lagos, océanos y valles. Dieron las gracias a los dioses por haberlos creado, pero también decían que poseían toda la sabiduría. Eso no les gustó a los dioses. -Debemos detenerlos -dijeron-. No deben ser nuestros iguales. No puede haber seres que lo sepan y abarquen todo. Entonces, los dioses les echaron un vaho sobre los ojos, los cuales se empañaron como cuando se respira frente a un espejo. Y así los ojos de los seres eran nebulosos y sólo podían ver y entender lo que estaba muy cerca." "Bueno, así fue como los dioses crearon a los hombres de maíz." "Abuelo, ¿recuerdas que tú me contaste esto cuando era niña? Cuando Per leyó en voz alta el Popol Vuh, recordé que tú ya me lo habías contado. Te lo he contado para que sepas lo que he aprendido. En el libro también hay otras historias. Papá Kuschín acostumbra leérnoslo en voz alta por las noches. Yo también hago lo posible por leerlo, pero es difícil, porque aún no leo muy bien. Ahora entiendo por qué nos contabas tantas cosas a Pascual y a mí cuando éramos niños. Nos hablabas del sol y de la luna, del calendario maya, donde cada día es un dios. Contigo también aprendimos cuáles días son buenos y cuáles son malos. Entiendo que nos lo contabas para que aprendiéramos, pero yo estaba muy pequeña y Pascual murió. Pero cuando nos dieron ese libro, reconocí cosas que me habías enseñado y decidí aprender todo lo que hay en él y mucho más. Te prometo, aprenderé todo lo que pueda de nuestras cosas antiguas."

Mateo
Abuelo, no fuimos los únicos que buscamos refugio en México. Ahora que sé español entiendo lo que dicen por la radio. Tenemos uno en casa y lo oigo con frecuencia. Una vez escuché al Presidente de México. Dijo que habíamos doscientos mil refugiados guatemaltecos en México, casi todos indígenas." "La mayoría no vive como nosotros, sino en campos de refugiados. He estado en uno de estos albergues, pues está bastante cerca de la finca. Ahí viven varios miles de refugiados, todos muy apretados. Los hombres no tienen milpas, ni nada que hacer durante el día. Muchos discuten y se pelean." "En la finca las cosas son diferentes; ahí la gente disfruta de un poco de alegría. Es cierto que vivimos en otro país, pero nunca nos sentimos solos. Sabemos que tenemos amigos en Suecia, que piensan en nosotros y nos ayudan, trabajamos juntos y nadie se pelea. En Kolchaj Nak Lu'um hay alegría. Desde luego que hay momentos de tristeza. En el fondo de su corazón, cada uno lleva una gran tristeza por lo que sucedió en Yalambojoch y San Francisco y por las cosas que tuvimos que dejar. Sé que papá Kuschín piensa mucho en Yalambojoch. '¿Qué pasó con mis vacas?', dice, '¿Habrá nuevas personas en el pueblo ahora? ¿Quién sembrará en mi terreno?'. Mamá Juana también piensa todo el tiempo si la abuela aún está viva. También piensa en la casa. ' ¿Estará ahí todavía? ¿Volveré a verla algún día?'." "Mateo y yo solíamos hablar de esto, pero cuando no había nadie que pudiera oírnos.
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-Los grandes no pueden sentirse totalmente felices con lo que tenemos, porque su corazón está en Yalambojoch -decía Mateo-. Tenemos que hacerles olvidar lo pasado. Es el mismo sol y la misma luna y la misma tierra. ¿Qué importa en qué país vivamos? Además, aquí estamos mejor." "Pero un día, Mateo, tu nieto valiente, decidió regresar a Guatemala. Dijo: 'Voy a enterarme de cómo está Yalambojoch y Guatemala ahora'. Papá y mamá no van a estar tranquilos hasta saber lo que ha pasado. Por la radio escuchamos que el gobierno militar había decidido dejar un poco el poder y que habría elecciones libres. En el verano hubo elecciones. Luego escuché que decían: 'Ahora hay democracia en Guatemala. Ahora todos los refugiados son bienvenidos y pueden retornar'. Naturalmente, ninguno lo creía, pero Mateo decidió regresar. Decía: 'Seguramente ya no es peligroso como antes y yo sólo me voy a quedar unos días. Voy a ver si la abuela está viva. También averiguaré todo sobre Yalambojoch y si es verdad que los refugiados pueden regresar.' Ninguno estaba de acuerdo con su decisión. Su esposa y mamá Juana lloraban. Pero de todos modos se fue." "Mateo ya no regresó. Ya no supimos nada de él. Fue terrible, abuelo. Nadie hablaba de otra cosa y estaban preocupados por saber qué pudo haberle pasado. Pero ningún otro joven u hombre se atrevió a seguirlo para ver qué había pasado. Por eso fue que yo decidí venir. Sé que estás sorprendido. Yo también lo estoy." "Fueron dos cosas las que me impulsaron. Lo primero fueron los jóvenes con las pancartas. Eso también lo escuché en la radio. Un día, la autoridad decidió subir al doble el precio del boleto en el transporte. ¿Sabes qué pasó entonces? Fue increíble. Miles de jóvenes dejaron las escuelas y se concentraron frente al Palacio Nacional, empezaron a protestar y llevaban pancartas." "Los policías llegaron entonces en sus vehículos, con armas y en el cielo aparecieron helicópteros que dispararon a los manifestantes. Algunos murieron al instante, otros fueron arrestados. Pero miles de jóvenes siguieron firmes en su protesta. Luego llegaron más y más gentes. Por la noche se llenó de estudiantes y de adultos, que rompieron las ventanas. Gritaban e incendiaban camionetas. Entonces la autoridad se dio por vencida: 'El precio del boleto en los autobuses no aumentará', se anunció súbitamente." "¿Te lo puedes imaginar, abuelo? Yo estaba con la oreja pegada al radio y escuchaba todo aquello. Parecía un cuento. Traté de imaginármelo, pero fue imposible. No me podía imaginar cómo sería la capital de Guatemala, porque nunca había visto una ciudad. Tampoco podía imaginar cómo era la autoridad. Pero sí podía ver a esos jóvenes iracundos gritando."

"Luego hubo otra cosa que también me dio fuerzas. Un día acompañé a mi padre a la ciudad para hacer las compras. Era la primera vez que él recibía los papeles de migración en México, donde decía su nombre y que era refugiado guatemalteco. Ahí también decía que tenía una hija llamada Angelina. Yo no tengo papeles propios, por eso no puedo ir a ningún lado sola. Llegamos a la ciudad, era la primera vez que veía una en toda mi vida. Me quedé sorprendida. Jamás había pensado que hubiera tantas casas juntas en un solo lugar y aún así, mi papá dijo que Comitán era una ciudad pequeña." "Fuimos al correo y luego hicimos compras para la gente de la finca. Había gente y casas por todos lados. Cuando terminamos, nos dirigimos al restaurante El Río Escondido. Ahí adentro había un salón como nunca había visto, era mucho más grande que la capilla de Yalambojoch y la escuela de la finca. Estaba lleno de mesas. Del techo colgaban guirnaldas y tiras de papel engomado para atrapar moscas, en las paredes había imágenes de santos y en una repisa estaba una caja cuadrada." "Papá la señaló y me dijo: - Es un televisor. Me quedé viendo aquella caja. Parecía como cualquier caja, pero tenía un vidrio enfrente. Cuando la camarera vio que mirábamos la caja, le apretó un botón. Entonces el aparato cobró vida. Parecía como si de verdad hubiera personas adentro, se les veía claramente y también había muchas casas tan altas como Los Cuchumatanes. Una voz de adentro de la caja dijo: -Ahora estamos afuera del Palacio Nacional, en la ciudad de México." "Se podía ver al que estaba hablando, traía algo negro y redondo en la mano, que extendía hacia un niño. -¿Por qué te paseas de arriba abajo delante del Palacio? -Porque quiero hablar con el Señor Presidente -respondió el niño.
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-¿Podrías explicar por qué? -Quiero hablar con él acerca de la selva en Chiapas. Ahí hay gentes que están acabando con la selva, y es la última que nos queda en México. Yo quiero que el Presidente lo impida. -¿No sería mejor protestar en Chiapas? -Eso ya lo hice. Vivo aquí en la ciudad de México, pero me fui caminando hasta Chiapas acompañado de mi papá. Caminamos treinta y nueve días. En esa ocasión quería hablar con el gobernador del Estado, pero no me quiso recibir. Por eso ahora quiero hablar con el Presidente. Además, él es quien decide. -¿Tú crees que el Presidente te vaya a escuchar? - ¿Cuántos años tienes? -Nueve. -¿Y cuántos días has pasado delante del palacio? -----Cuatro." "Esto me hizo pensar en los jóvenes de Guatemala con sus pancartas. A ellos no les importaban los militares, ni el hecho de que pudieran matarlos. También pensé en el niño que se hallaba delante del Palacio Nacional en la ciudad de México, y que llevaba allí cuatro días porque deseaba que salvaran la selva que hay donde vivimos." "Pensé mucho en todo eso. Pensé que si ellos se atrevían, yo también debía hacerlo, aunque fuera una niña. Entonces me decidí." "Cuando recibí dinero de mis padrinos por mi cumpleaños, supe que era posible. Así que me marché, sin decirles nada a mis padres." "Bueno, abuelito, ya te platiqué una eternidad. Ya es hora de que tu nieta, la hija del puma, regrese. También debo contarle todo esto a la abuela y ver a Mateo. Todavía no lo he visto. La abuela dijo que había ido a otro pueblo. Abuelo, te prometo que volveré y seguiré platicándote más cosas. Kilkobá, abuelito." Justo cuando Aschlop se levantaba de la tumba del abuelo, se acordó de algo. Todos los indígenas que habían huido a México extrañaban a sus antepasados, que dejaron en los cementerios de Guatemala. Se sentían débiles sin los espíritus de sus antepasados, porque sabían que eran ellos quienes les daban fuerza y valor. Pero para tener esa fuerza debían ir al cementerio a hablar con sus antepasados. Aschlop se puso de rodillas nuevamente y dijo: -Abuelo, hazme fuerte, quítame el miedo y las pesadillas. Entonces pensó en algo. No había sentido ninguna angustia cuando habló con su abuelo acerca de Pascual y lo que había sucedido en San Francisco y la huida del pueblo. Ni siquiera había tenido ganas de llorar. -Gracias abuelito -dijo. Cuando se dirigió a la casa de la abuela, se sentía tan ligera como el aire y alegre. Pronto vería a la anciana y a Mateo y se enteraría de todo lo que fuera posible saber sobre Yalambojoch. Luego ella y Mateo, y quizás la abuela, regresarían juntos a contarles todo a las gentes de Kolchaj Nak Lu'um. Cuando llegó, la abuela estaba sentada en el suelo, desgranando una mazorca. Aschlop fue a sentarse junto a ella en silencio, dispuesta a ayudarla. -¿Cuándo va a regresar Mateo? -le preguntó. La abuela permaneció en silencio. Aschlop volvió a hacer la misma pregunta, un poco más fuerte; pensó que a lo mejor, la abuela ya no oía bien. -Te mentí -dijo la abuela-. Mateo no está en el pueblo vecino. -¿Dónde está, entonces? -No lo sé.

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La abuela calló, dejó de desgranar el maíz y comenzó a moverse de un lado a otro. -Pero abuela, cuéntame qué pasó. -El regresó y me puse tan contenta. Me contó que les había ido muy bien, lo cual también me alegró. Porque hasta entonces no había sabido nada. Cuando regresé a Yalambojoch después de la masacre de San Francisco, el pueblo estaba desierto. Con el tiempo me enteré de que habían huido a México, pero nada más. Pensé que ustedes vivían en grutas y que no tenían nada para comer. Luego me contó Mateo que traía unos sacos grandes de maíz y frijol para mí, que los había comprado en México y los había escondido en el bosque, cerca de la frontera. Me dijo que iba por ellos y ya no regresó. Una mujer que llegó de Aguacate me contó que lo había visto regresar con dos sacos muy pesados, que de pronto llegaron los soldados y lo apresaron, llevándoselo en un helicóptero.

Debemos decir basta.
¡No, Mateo, no! No puede ser verdad. Ella está inventando. Tiene que haber un final para la violencia, no nos puede pasar algo más a nosotros..." piensa Aschlop. Luego vino el grito, un grito ahogado, que se transformó en llanto seco. -Sh, sh -dijo la abuela, y la abrazó- Silencio. Los vecinos pueden oírte. Es gente de otros pueblos que se ha mudado aquí. Son cuarenta familias. Y los soldados vienen de vez en cuando. Han obligado a todos los hombres a estar en las Patrullas de Autodefensa Civil y vigilar el pueblo. Los militares han dicho que van a arrestar a todos los que no son de aquí. Han dicho que se llevarán a los cuarteles todos los que parezcan sospechosos. Cállate, por favor, Aschlop, tienes que tranquilizarte. Es peligroso para ti estar aquí. El ejército dice que todos los que han huido a México son guerrilleros. No cabe duda que por eso arrestaron a Mateo. También podrían llevarte a ti. Finalmente, Aschlop dejó de llorar y se acurrucó, dispuesta a quedarse callada, aceptaría. Es lo que su pueblo había hecho por cientos de años. ¿O no? Sabía tan poco de su propia gente. Hubiera querido saber más. Pero creía que estaba mal guardar silencio y resignarse. De pronto reaccionó con determinación. "Esto no puede suceder. Y si sucede, uno no puede estar callado y aceptarlo", pensó. -Voy a ir a la capital -dijo. Su voz manifestaba una firme decisión. La abuela la miró con una expresión vacía. La capital. ¿Esa mocosa estaba dispuesta a ir a la capital? Ella había oído hablar de la ciudad de Guatemala, sabía que la mayoría la llamaban sencilla y llanamente Guate. Muchos hombres de Yalambojoch habían estado ahí, pero ella no. Cuando su madre tenía siete años, caminó por las montañas con sus padres y se establecieron en Yalambojoch. Aquí había nacido ella y aquí se había quedado. Aquí había tenido trece hijos, de los que sólo habían sobrevivido cuatro. No había visto nunca una ciudad, pues sólo se había movilizado entre algunos pueblos cercanos. Ahora la nieta estaba diciendo que iba a ir a la capital. -Voy a ir a Guate, abuela. Voy a protestar en Guate. La abuela se le quedó viendo fijamente, sin decir una palabra. - Antes éramos tan ignorantes, no sabíamos casi nada de Guatemala mientras vivíamos aquí -dijo AschlopVivíamos una vida provinciana, cultivábamos la tierra y queríamos sobrevivir, eso era todo. No nos ocupábamos de lo que pasaba en el resto de Guatemala. El único que se preocupaba por lo que ocurría fuera del pueblo era Mateo. Cuando llegamos a México tuvimos que aprender tanto. Aprendimos español y pudimos hablar con todos los que no son chuj. También empezamos a escuchar la radio. En realidad la prendíamos para oír música de marimba de Guatemala, pero a veces había noticias que no podíamos dejar de oír. Sobre todo aprendimos de los demás. A veces venían gentes a la finca y cuando hablaban nos dábamos cuenta de que sabían más de Guatemala que nosotros. Nos contaban que las cosas terribles que habíamos sufrido y que también habían pasado en muchos otros lugares, eran la razón por la que muchos escaparon por la frontera con México. También nos contaron de todos los asesinatos políticos y todos los que desaparecieron sin dejar rastro en Guatemala. Fue entonces cuando supimos del GAM.
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Ninguno de nosotros, ni siquiera Mateo, había oído hablar del GAM. Es una asociación que se llama Grupo de Apoyo Mutuo. Todos los que forman parte de ella han perdido a un ser querido por la violencia. Nos dijeron que los miembros del GAM son los únicos que se atreven a protestar abiertamente contra la violencia. ¿Y sabes lo que dijeron, abuela? Que la mayoría de los miembros de esa organización son mujeres e indígenas. Se han hecho miembros porque quieren saber qué ha pasado con sus parientes desaparecidos y porque anhelan que cese la violencia. Voy a ir a Guate, abuela. Les voy a contar a todos los del GAM lo que ha pasado con Mateo. Aschlop se mostraba muy decidida, pero a la vez la embargaba el miedo. "Santa Madre de Dios", pensaba, "¿Cómo voy a encontrar mi camino en Guatemala? ¿Dónde voy a dormir por las noches? ¿Qué voy a comer? ¿Y cómo voy a recorrer todo el país sin papeles de identidad?" A pesar de la inseguridad, quería marcharse enseguida. Comprendió que si ella o algún otro quería hacer algo por Mateo, había que actuar rápidamente. ¿Viviría Mateo? Y si vivía, ¿qué habían hecho con él? Intentó alejar de su mente la imagen del capataz de San Francisco, atado, tirado en el piso y el golpe seco de las botas contra su cuerpo. ¿Habrían hecho algo parecido con Mateo? Quiso gritar de nuevo, pero se contuvo. En lugar de eso comenzó a pensar en cosas prácticas. ¿Qué podía llevar con ella? ¿Dónde quedaba Guate? La abuela recordó que los hombres del pueblo que habían viajado a la capital, primero habían ido hasta San Mateo Ixtatán y de allí habían seguido el viaje en autobús. Aschlop decidió hacer lo mismo, pero el camino a San Mateo era largo, tenía que ir por las cumbres más altas de Los Cuchumatanes. Durmió una noche en la casa de la abuela y al día siguiente empezó su peregrinaje. El sendero serpenteaba como una cinta marrón rojiza. Pronto le dolieron los músculos de las piernas y comenzó a sentir cansancio. Estaba en lo más alto de los montes y era difícil respirar el aire liviano, el corazón le palpitaba fuertemente y se quedó sin aliento, seguido se veía obligada a detenerse y descansar. Aschlop se dio cuenta de que la vida en México había contribuido a que ya no estuviera en buenas condiciones físicas, pues no corría igualmente de rápido por las laderas de la montaña como cuando vivía aquí. El calor de la selva también la había hecho olvidar lo terriblemente fríos que eran los parajes entre las montañas de los chuj. Cuando trepaba las empinadas pendientes de las montañas conservaba el calor, pero por las noches era difícil. Se acurrucaba hasta cubrirse todo el cuerpo con su huipil, pero no era suficiente. Sentía cómo el frío calaba en sus piernas y sus muslos. De vez en cuando se veía obligada a levantarse, saltar y mover los brazos. Cuando encendió la linterna, vio que su aliento había formado una como nubecilla blanca alrededor de su boca. En la madrugada, la escarcha había blanqueado la tierra. Temblorosa y cansada volvió a caminar tan pronto como la luz de la mañana se lo permitió. Subió hasta la cima más alta y luego comenzó a descender. Al otro lado de la montaña había grandes bosques de pinos, altos y olorosos. Tenía tanta prisa que debía apurarse. Trató de no pensar en su hermano. Finalmente divisó el pueblo de San Mateo Ixtatán. De allí habían llegado sus antepasados. Vio el hermoso y amplio valle con casas blanquecinas que descendían hacia el río. Arriba, la tierra se dividía en cuadros irregulares con variedad de verdes. Había algunos de tierra oscura, eran los campos donde sus dueños sembrarían maíz en unos pocos meses, los de color verde claro eran aquellos en los que el trigo ya había nacido. Sabía que aquí la tierra era magra y pobre, pero a la vez pensó en lo difícil que habría sido para sus antepasados irse de ese lugar, pues el mundo era tan hermoso en San Mateo Ixtatán. Más abajo de las casas rodeadas de praderas verdes había un amplio valle que colindaba con cordilleras de montañas azuladas. Sintió vértigo cuando vio cordillera tras cordillera. Sintió como si el azul fuese a tragarla. "Tal vez allí es donde queda Guate", pensó. Hasta aquí se había extendido Guatemala para ella. Cierta vez, cuando tenía diez años, había caminado hasta aquí con su papá y su hermano Mateo para vender papas y repollos. Lo único que conocía de Guatemala era Yalambojoch y los pueblos vecinos, lo demás era leyenda e invención. Sin saber con precisión a dónde ir, bajó al pueblo. Estaba tan lleno de vida. Era domingo y día de mercado, por todas partes encontró gente rumbo al mercado. Sobre la cabeza llevaban canastos con chiles rojos y verdes, tomates, frijol negro y pequeños pescados secos. Parecía como si todo el pueblo hubiese salido a la calle. Así había sido Yalambojoch antes de que tuvieran que escaparse. Con curiosidad miró a las mujeres y a las muchachas. Todas eran indígenas chuj e iban descalzas como ella; vestían cortes tradicionales tejidos y huipiles. El huipil de ella le quedaba pequeño y había perdido la esplendidez de los colores, de modo que le dio envidia ver los alegres colores de los de ellas, de sus coloridos chales de seda y de los cuellos bordados con hilos de oro y de plata que brillaban bajo el sol cada vez más cálido. Aschlop no conocía a nadie. Tampoco sabía bien lo que debía hacer. Caminó sin rumbo por las calles del pueblo. Subió por una colina y allí se sentó a comer unas tortillas que su abuela le había dado. En la colina había unas cruces de madera un poco inclinadas, debajo de las cruces habían restos de fuego hecho quién sabe cuándo. "Parece que todavía hay un rezador que hace
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ofrendas aquí. Tal vez la gente de San Mateo aún le reza a los espíritus de la lluvia, de los ríos y de las montañas", pensó. Cerca de donde estaba había una cancha verde, donde unos muchachos jugaban fútbol. Del otro lado de la cancha se veían restos de una construcción de piedra, totalmente invadida por la vegetación. Al lado del estadio había un muro sobre el cual estaban sentados unos cuantos muchachos mirando el partido. Sus ojos cansados se quedaron viendo el montón de piedras y a los muchachos que jugaban con la pelota. Lentamente todo cambió en su imaginación. El montón de piedras ya no era un montón de escombros, sino una gran construcción, una pirámide. Los jugadores estaban vestidos con túnicas cortas y tenían protectores de cuero en las rodillas y en los codos. Sus cabezas llevaban adornos hechos de plumas de pájaros. Se pasaban una pelota, pero ésta era dura y negra como la cabeza de un niño, no la pateaban, sino que se la tiraban sin hacer uso de los pies ni de las manos, dejaban que la pelota rebotara contra sus caderas, su espalda, sus antebrazos y sus hombros. Asimismo, los jugadores dejaban que la pelota rebotara contra los muros de piedra que flanqueaban la cancha, allí había un anillo de piedra por el que intentaban que pasara la pelota. El juego era rápido, y el aire, claro y transparente, se llenaba con gritos. Había muchos espectadores que seguían el partido, con sus gritos y aplausos les daban ánimo a los jugadores. Sobre el muro de piedra estaban sentados los que gobernaban la ciudad maya de Ixtatán y otras personas importantes, los astrónomos, los arquitectos, los maestros que les enseñaban a los hijos de los nobles la historia del pueblo maya, los guerreros. Todos estaban vestidos con ropa de algodón hecha a su medida, adornos de plumas en la cabeza, collares y pulseras que brillaban bajo el sol. Los gobernantes eran llevados en una silla de manos. Algunos estaban sentados en sillas arriba del muro y detrás suyo tenían sirvientes que los protegían con parasoles. Debajo, en cada extremo de la cancha, la gente común, es decir, los campesinos y los artesanos, se apretujaban. Todos se empujaban para ver el partido. Aschlop vio que uno de ellos tenía un loro grande en el hombro, otro llevaba un mono atado con una cuerda, y algunas mujeres, sentadas en el suelo, vendían frutas. El entusiasmo subía y bajaba. Cuando uno de los equipos conseguía pasar la pelota por el anillo de piedra, los espectadores gritaban y más de uno se lanzaba a la cancha. La ciudad maya de Ixtatán era mucho más grande y hermosa que la actual San Mateo. Todo el campo era mucho más fértil. Las siembras de las laderas de los alrededores estaban hechas con el sistema de terrazas. Los jardines de las casas, así como los campos, estaban llenos de árboles. Dentro de la ciudad había grandes construcciones de piedra y detrás de la cancha se alzaba el más alto de los edificios, la pirámide. Por escalones empinados se llegaba a la parte superior, donde había una plataforma y sobre ella un templo. El umbral estaba decorado con pinturas y relieves que mostraban figuras de dioses en vistosos colores. Un sacerdote vestido con pieles de jaguar quemaba copal y bailaba envuelto por el humo, con los brazos extendidos hacia el cielo. De repente, Aschlop descubrió una jaula de madera, dentro de la cual había un prisionero de guerra. Al finalizar el juego de pelota lo llevarían al altar de los sacrificios en lo alto de la pirámide, donde lo ofrendarían a los dioses. Para el pueblo, aquel sacrificio era necesario. Era por el bien de todos. El sol tenía que alimentarse con sangre. Cada noche, cuando terminaba su recorrido sobre el cielo, bajaba al mundo de los muertos. En la madrugada apenas quedaba un esqueleto y para que el sol recuperara sus fuerzas y el calor, necesitaba sangre, y qué mejor si ésta era sangre humana. Aschlop vio que, en el lado opuesto de la cancha, estaban construyendo otra pirámide. Columnas interminables de hombres semidesnudos trepaban los escalones, encorvados bajo el peso de piedras enormes y pulidas. Abajo, unos niños jugaban con un cachorro de tigre. Aschlop despertó de su embeleso, sacudió la cabeza y se preguntó de dónde había sacado todo eso. En el momento recordó que una vez había estado allí con Mateo y que, mientras ella estaba sentada en esa colina, él le había contado historias de la ciudad maya que había existido en el mismo lugar y de la cual aún podían verse unas ruinas. Por otra parte, el abuelo contaba cómo habían sido conquistadas las ciudades mayas por los españoles y señalando los montones de piedras que había por todas partes, decía: "eso fue construido por nuestros antepasados". Por mucho tiempo, Aschlop había creído que sus antepasados habían construido montones de piedras, pues no entendía que alguna vez los montones de piedras habían sido grandes construcciones. Fue Mateo quien se lo aclaró. -Yo me enteré hace algunos años -le dijo, mientras estaban sentados en la colina-. Antes yo tampoco lo sabía. Es extraño que el maestro no nos contara nada, pues él ha estudiado, debería saberlo, pero nunca nos ha contado nuestra historia. Esto lo aprendí de un arqueólogo. ¿Recuerdas que hace algunos años vinieron unos desconocidos al pueblo? Vinieron a caballo y traían mulas cargando paquetes y equipaje. Su propósito era excavar unas ruinas cerca de Agua Roja. Varios del pueblo fuimos contratados
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como excavadores. Por las noches, cuando el trabajo había terminado, el arqueólogo nos reunía y nos contaba acerca de cómo vivían los mayas en los tiempos antiguos. Lo contaba en español, pero uno de los excavadores entendía, y traducía al chuj todo lo que decía el arqueólogo. De esa manera aprendí. Aschlop se incorporó y se fue caminando lentamente al pueblo construido sobre las ruinas de la vieja ciudad maya. Era domingo y había misa en la iglesia. Aschlop entró. La iglesia estaba repleta de gente, los hombres en el lado izquierdo y las mujeres en el derecho; los niños en el medio se mantenían inquietos. El sacerdote era extranjero, pero hablaba en español. Aschlop no se preocupó mucho en escucharlo. Había comprado tres candelas a la entrada y abriéndose pasó entre las personas, se acercó a una mesa donde ardían muchas velas pequeñas, encendió las suyas y las fijó con un poco de cera derretida en la mesa. Sus velas eran para la Santa Madre de Dios, para los santos. Eran por Mateo. Se santiguó, juntó sus manos y oró a la Virgen y a todos los santos cuyos nombres recordó. Le rezó especialmente al Hermano Pedro, él había hecho muchos milagros, particularmente hacer que lo perdido apareciese. -¡Oye santito!, ¡ayúdame!, haz que Mateo esté vivo, ayúdame a encontrarlo. Tú quizás no lo sabes, pero ahora voy camino a Guate. Voy para contar cómo se lo llevaron los soldados; también pienso contar lo que pasó en Yalambojoch y en San Francisco. Nosotros los indígenas nunca hemos hablado y todo el tiempo hemos permanecido agachados bajo el peso de nuestras cargas. Debemos alzarnos, caminar erguidos, mirar a la gente a los ojos y hablar. Debemos decir que nosotros también pertenecemos a este mundo. Aschlop se quedó un poco asustada de sus pensamientos. ¿De dónde le habían salido? Entonces recordó que eran los pensamientos de Mateo. No se quedó a oír la misa. Tengo que ser valiente y preguntar, pensó. Debo saber cuándo sale el autobús. De pronto vio venir a una niña de su misma edad. Una cinta amarilla y brillante le sujetaba el pelo rematando un moño. En las manos llevaba dos grandes tinajas de plástico vacías. -¿Cuándo sale el autobús? -le preguntó Aschlop. La jovencita se detuvo y le respondió: -Los autobuses únicamente salen por la mañana. El próximo saldrá mañana, a las cuatro de la mañana. Aschlop no había pensado en eso. Ahora tendría que dormir en San Mateo, pero no sabía en qué lugar. -¿De dónde vienes? -le preguntó la muchacha, a la vez que veía con curiosidad el pálido huipil y la cinta del pelo, azul y naranja, también muy pálida de Aschlop. -De Bolej -contestó Aschlop rápidamente. No quería decir que venía de Yalambojoch. Probablemente la gente aquí sabía que todos los de Yalambojoch habían huido a México. Si decía que era de Yalambojoch, iban a darse cuenta de que era una refugiada y quizás llamarían a las patrullas civiles. -Si vas a tomar el autobús, deberás esperar hasta mañana temprano -le dijo su interlocutora-. ¿Tienes parientes aquí? -No. -¿Y dónde vas a dormir? -No lo sé. -Si me ayudas a buscar agua salada, podrás dormir con nosotros. Aschlop tomó una de las tinajas a rayas. Se sentía llena de vitalidad y entusiasmo. Todo era tan fácil. Siguió a la joven por un sendero que serpenteaba hacia abajo y terminaba en una casa. Adentro de la casa esperaba en silencio un grupo de mujeres y niñas con recipientes vacíos. -¿Has estado aquí antes? Aschlop sacudió la cabeza, como diciendo no.
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-Esta es la mina de sal. ¿Ves la escalera?, va directamente a la montaña. Esta agua salada es la única riqueza que tiene nuestro pueblo. De vez en cuando nos permite ganar unos centavos, vendiendo la sal. Aquí venimos a buscar el agua salada y la ponemos a hervir en grandes ollas, finalmente quedan unas tortas de sal negra de gran tamaño que se pueden vender. Sin embargo, cada tarde se termina la sal en la fuente y esto nos preocupa, pero el rezador del pueblo viene cada cinco días a rezar y prender candelas. -¿Y eso ayuda? -¡Oh, sí!, porque a la mañana siguiente vuelve a llenarse. La muchacha tomó su lugar en la fila de mujeres. Estas miraban a Aschlop con curiosidad, pero ninguna intentó hablarle. Detrás de una mesa paticoja había un hombre con un cuaderno. La joven pagó treinta y cinco centavos por cada tinaja que iba a llenar. -El dinero va a la caja del pueblo, le susurró a Aschlop. Las dos jóvenes recibieron las tinajas llenas, de manos de dos hombres sudorosos que bajaron por la empinada escalera que llevaba a la fuente. De vuelta al pueblo, subieron trabajosamente la cuesta, pues las tinajas pesaban demasiado para ellas. Cuando llegaron, había mucha gente congregada. Dejaron las tinajas a un lado y fueron a ver lo que estaba sucediendo. Se trataba de un hombre, el nuevo alcalde, que se dirigía a la multitud: -Escuchen con atención porque esto es importante -decía-. Tenemos un serio problema en el pueblo y hoy debemos tomar una decisión urgente. Los grandes bosques de pinos que hay a la orilla del pueblo y aún más allá nos pertenecen. Los hemos heredado de nuestros antepasados. No son de nadie en particular, sino de todos. Allí cada uno de nosotros puede cortar árboles y hacerse una casa. También cualquiera de nosotros puede cortar leña para su uso. Allí talamos árboles y preparamos la tierra, si alguno de nosotros tiene necesidad de cultivar para darle de comer a sus hijos. Pero no tomamos más de lo necesario. Los árboles no son sólo para nosotros. También son para nuestros hijos y nuestros nietos. Los árboles pertenecen al futuro. Pero como todos saben, el alcalde anterior fue engañado por una empresa maderera. Vinieron unos hombres de la capital, eran unos ladinos elegantes que se conducían en un jeep, y dizque venían de una gran maderera. Entonces le dijeron al alcalde: 'Vea, su bosque está siendo atacado por insectos dañinos. Esos insectos devoran los árboles, la plaga se extenderá y acabará con todos los árboles. Pero no se inquiete. Venimos a ayudarlo. Vamos a talar ese pedazo de bosque que está siendo atacado, para que la mancha no se extienda al resto del bosque.' El alcalde pensó que estaba bien. Y firmó un papel en el cual decía que como alcalde de San Mateo Ixtatán, autorizaba a la maderera para que talara el bosque. En realidad, el alcalde no entendió el contenido del papel que estaba firmando. El creía que sólo les daba permiso para talar la parte del bosque atacada por los insectos. Pero no era así. Ahora, los hombres de la maderera han regresado y mostrando el papel, han dicho: 'Vean, aquí dice que estamos autorizados para talar su bosque. Tenemos derecho a talar todo el bosque que les pertenece'. Esa es la triste verdad. La maderera va a talar todos los árboles del bosque de este pueblo. Ahora se trata de pensar qué podemos hacer -dijo el hombre, y terminó de hablar. Aschlop vio con asombro lo que pasó después. Uno detrás de otro hablaron varios hombres, la mayoría se parecían a su abuelo, con sombreros de paja rotos y chaquetas de lana marrón con quetzales bordados en la espalda. Todos los hombres opinaban que había que decir que no. Que había que impedir que la maderera talara el bosque, porque les pertenecía. Y que sólo se podía disponer de algunos árboles cuando alguien del pueblo los necesitaba. -Tenemos otro gran problema -dijo el nuevo alcalde, y bajó la voz, de modo que Aschlop apenas podía escuchar lo que decía-. Ha sido muy difícil la vida en este pueblo. Hace algunos años, éramos veintitrés mil los habitantes. Ahora únicamente somos dieciocho mil. ¿Por qué? La razón es esta: unos cinco mil han sido asesinados u obligados a huir de aquí. Cuando empezaron las persecuciones, todos los ladinos se fueron de aquí, pues no se animaban a vivir más en el pueblo y se mudaron a las ciudades. Es una lástima que no haya más ladinos aquí. Tal vez hubieran sabido cómo enfrentar a la maderera. Son mejores que nosotros para hablar. Podrían haber ido a las oficinas de la maderera en la capital y decir que no queremos que talen nada. En ese momento, un hombre viejo se acercó a la tarima y comenzó a hablar. La joven le susurró a Aschlop que aquél era el rezador del pueblo. -Debemos aprender a hablar por nosotros mismos. No necesitamos la ayuda de ningún ladino -dijo el viejo. Cuando terminó de hablar, todos los que estaban cerca de Aschlop empezaron a gritar, pero luego callaron y el alcalde habló de nuevo: -Parece que todos queremos salvar nuestros bosques.
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-¡Síiiii! -gritaron los hombres.

- ¡Siiiii! -secundaron las mujeres.

-Entonces tomaremos dinero de la tesorería del pueblo y mandaremos a dos personas a la capital, mañana. Deben ir a las oficinas de la maderera y decir que no queremos que talen el bosque. -¡Síiiii¡-gritaron todos de nuevo. -¡Síiiii! -gritó Aschlop.

El viaje a Guate.
Qué suerte increíble! Dos hombres de San Mateo irían a Guatemala al día siguiente. Lo único que Aschlop tenía que hacer era tomar el mismo autobús. Sin embargo, los hombres no aparecieron a las cuatro de la mañana, Aschlop esperó pacientemente, en la oscuridad y el frío que llegaran a tomar el autobús de las cinco. Pero los hombres tampoco llegaron a esa hora. Por fin tomaron el último autobús, el que salía a las seis de la mañana. Aschlop subió al vehículo y se sentó detrás de ellos, para no perderlos de vista. Aún estaba vestida con el traje de las mujeres chuj, y en un tanate llevaba el vestido rojo y los zapatos tenis. Pensó que tal vez tendría que haberse cambiado. En realidad, no lo sabía. Se sentía muy insegura. Demasiado nerviosa. La noche había sido fría. La helada cubría los campos cuando el autobús salió. -Es terrible -dijo uno de los hombres que iba adelante de ella-. Ahora el trigo se va a quemar de nuevo con la helada. Va a ser un mal año. Lenta y trabajosamente, el autobús dejó el valle y empezó a subir por la montaña. Aquí empezaban los grandes bosques de pinos que le pertenecían al pueblo de San Mateo. Pero junto al camino, el bosque estaba muerto. A la orilla yacían troncos secos y caídos, que ocupaban varios cientos de metros de ancho. La muchacha le había contado de esto la noche anterior. "Primero vino la guerrilla", le había dicho, "algunos hombres y algunos muchachos los siguieron a la montaña, pero el resto no quería. Luego vinieron los militares al pueblo. Mataron a unos cuantos, y al resto lo obligaron a talar su propio bosque. Tenían que talar todos los árboles a lo largo de la carretera. 'Es para que los subversivos no puedan emboscarse cuando venimos nosotros. No se pueden llevar los árboles caídos, no los pueden vender ni usarlos como leña. Tienen que estar allí, desordenados, para hacer el movimiento más difícil a los terroristas'. De ahí que todos los hombres y los muchachos del pueblo tuvieron que ocupar meses en talar sus propios árboles y no les pagaron nada." Aschlop vio árboles caídos a cada lado del camino por varios kilómetros. Eso la asustó, pues no era natural. Pero a la vez estaba agradecida porque los árboles le ocupaban el pensamiento y le impedían pensar en las patrullas civiles que vigilaban los caminos y paraban todos los autobuses. Era tonto de su parte irse de esa manera. Nadie podía viajar a través de toda Guatemala sin papeles de identidad. Pero el odio por lo que había pasado con Mateo era tan grande, que ella se sentía obligada. Iría a la ciudad de Guatemala y le diría a todo el mundo lo que les pasaba a los refugiados que intentaban retornar al país. De repente vio un puesto de control en el camino. Era una barrera atravesada en la carretera que obligó al autobús a detenerse. Al lado del camino había una casa de adobe, con techo de lámina oxidada y bolsas de arena. Afuera había hombres con machetes y fusiles. Se veía claramente que no eran soldados, sino miembros de las patrullas, indígenas de la zona reclutados a la fuerza. Vigilaban el camino para los militares y su trabajo consistía en arrestar a todos los que no eran del lugar. Aschlop temblaba interiormente. Los patrulleros eran de la zona, de manera que conocían a todos en el autobús. Pronto se darían cuenta de que ella no era del pueblo y la arrestarían. Apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y se hizo la dormida. Tenía miedo, pero pensaba que era posible que no le dieran importancia. Sabía que podía llegar hasta la capital sin que la descubrieran. Por los refugiados que llegaban en grandes cantidades a México, sabía que las patrullas estaban más interesadas en vigilar a los hombres, quienes tenían que bajar de los autobuses para mostrar sus cédulas y ser chequeados. Por las mujeres casi no se preocupaban.
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Los patrulleros subieron al autobús fusil en mano, echaron una mirada y en seguida se bajaron. Por último, alzaron la barrera y le hicieron señales al chofer de que podía proseguir. Todavía estaban en las alturas de los Cuchumatanes. El camino era angosto y serpenteante. A veces parecía como si se balanceara en el borde de un abismo. Aschlop cerraba los ojos. En algunos lugares vio restos de autos que se habían precipitado al abismo.

En la próxima parada el autobús fue detenido por una patrulla civil, y todos los hombres tuvieron que bajar. Se pusieron en fila y les fueron revisados sus papeles de identidad; los patrulleros examinaron sus maletas y los registraron, en los bolsillos, en las axilas, en la línea del pantalón. Luego de esto les permitieron continuar el viaje. El autobús llegó a una zona donde no había ningún árbol, todo era piedras y tierra desierta. La sequía había acabado con casi todo lo verde. Sólo una vez vio Aschlop a unos niños que pastaban un rebaño de ovejas y cabras, pero los animales estaban muy desnutridos, estaban con el hocico pegado a la tierra buscando un pasto casi inexistente. Los dos hombres de San Mateo que iban delante de Aschlop sacudieron la cabeza. -Ni siquiera las cabras pueden sobrevivir aquí -dijo uno de ellos-. Es seguro que aquí hubo un bosque hace algún tiempo. Si dejamos que la maderera tale nuestro bosque, probablemente va a suceder esto mismo. -Debemos ser firmes -dijo el otro-, no nos dejaremos acobardar. En esa parte del altiplano, seca y caliente, el polvo se arremolinó al llegar el autobús. El polvo rojizo se metió dentro y lo cubrió todo con una capa espesa, se metió en los oídos, en los ojos y en la boca, también cubrió los asientos como un tapiz rojo. Aschlop se miró las palmas de las manos, estaban sucias y sudorosas. No se sentía bien. Le dolía el estómago y el dolor le subía por la espalda. También le dolía fuertemente la cabeza. ¿Se estaría enfermando? Al sentir algo pegajoso y caliente entre las piernas se alegró ligeramente. Cuando consideró que nadie la observaba, se metió la mano debajo de la falda y luego vio que su dedo tenía manchas de sangre. Era su período menstrual, ya lo había experimentado antes y estaba preparada para ello. En el tanate que llevaba en las rodillas había puesto unos trapos. En el momento que el autobús se detuviese de nuevo, podía bajar y, sin que nadie se diera cuenta, ponerse los trapos en los calzones. Pero el autobús seguía resoplando por el camino serpenteante. ¿No se iba a detener nunca? Tenía que parar. Aschlop tenía miedo de que la sangre le manchara la falda, era una vergüenza para una mujer que le llegase a pasar eso. Sentía que la cabeza le explotaba y pequeñas manchas de luz le enturbiaban la mirada. Pero de todos modos no podía dejar de mirar por la ventana. El autobús rechinaba. A veces, el camino tenía tantos baches, que ella se golpeaba la cabeza contra el vidrio de la ventanilla. De pronto, el vehículo se detuvo por un desperfecto. El chofer y el ayudante se bajaron, levantaron la tapa del motor y, desarmadores en mano, empezaron a buscarle solución al problema. Aschlop aprovechó el momento para adentrarse en el matorral. Se agachó detrás de unas piedras y se acomodó los trapos. Para su alivio, la falda no se le había manchado. El chofer y su ayudante lograron que el autobús arrancase y, entre ruidos y temblores, continuó su camino a través de la cordillera, rumbo al sur. Aquí, el paisaje no era igual de seco. Aquí se veían cultivos hermosos y pequeñas casas. Las mujeres ya no vestían como las chujes; en realidad, cada pueblo indígena tenía un traje particular. Le gustó especialmente un pueblo en donde las mujeres tenían huipiles largos y anchos de tela blanca y liviana, que se alzaba ligeramente con el viento cuando ellas caminaban, y alrededor del cuello lucían bordados con mucho colorido y collares dorados. Aschlop miraba a las mujeres como hipnotizadas, pues, según su imaginación, quizá así se habrían vestido las mujeres mayas en los viejos tiempos. Deseó tener un collar de esos para llevárselo a mamá Juana. Pero era mejor no pensar en el asunto. No podía fantasear. Ahora debía ir a Guatemala. Además, no sabía si alguna vez volvería a la finca. Sólo podía imaginar su vida hasta el momento en que protestara, no quería pensar más adelante. No podía o no quería pensar en lo que le pasaría después de la protesta. Una nueva barrera hizo detener al autobús. Esta vez los hombres permanecieron en sus asientos y subieron dos patrulleros. Uno de ellos llevaba un fusil y el otro un revólver. Aschlop sintió vértigo. Pensó que éste era el final. Trató de no aparentar miedo. Sabía que era peligroso. Si los hombres de la patrulla veían que tenía miedo, sospecharían de ella y se la llevarían detrás de los arbustos. Y... -¿Tienen todos papeles de identidad? -preguntó el hombre del fusil. Todos en el autobús presentaron sus papeles de identidad y sus permisos. Aschlop desató el tanate y fingió buscar sus papeles entre la ropa.
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-Está bien, -dijo el hombre, luego se bajó y dio la orden de levantar la barrera. Aschlop sintió alivio y al mismo tiempo se le llenaron los ojos de lágrimas. El viaje en autobús tomó el día entero. Cuando los hombres que iban en el asiento delantero cambiaron de autobús, ella hizo lo mismo. Nadie la detuvo. En la noche, cuando ya estaba oscuro, el autobús se detuvo. Entonces, todos los pasajeros se levantaron, tomaron sus paquetes y maletas y se bajaron. "Ahora habremos llegado a la ciudad de Guatemala", pensó Aschlop y se bajó tambaleando. Miró a su alrededor, los hombres de San Mateo ya habían desaparecido entre un montón de gente. Sólo entonces reconoció que no tenía idea de adonde ir. Quería encontrar a los miembros del GAM. Pero, ¿dónde estaba el GAM en esta ciudad que por grande le daba tanto miedo? No tenía ninguna dirección. Lo único que sabía era que el GAM acostumbraba manifestar delante del Palacio Nacional. Empezó a caminar despacio. Hacía calor y estaba oscuro. No le gustaban los olores. Alrededor de ella había casas muy altas y bullicio, el ruido de los autos, autobuses y motocicletas se oía por todas partes. Casi todos los conductores tocaban la bocina con rabia; los autobuses y los camiones expelían humo negro en grandes cantidades. Aschlop no podía respirar. Las calles estaban llenas de gente y puestos de ventas. Tenía miedo del sinnúmero de autos y de la gente que llenaba las banquetas. Todos trataban de abrirse paso a como diera lugar. Los mendigos pedían limosna, había niños pequeños tratando de vender cordones de zapatos o manojos de ajo. Todos parecían estar apurados, todos parecían estar en camino hacia alguna parte. Pero ella, ¿a dónde iría? De repente se detuvo en una esquina. Se quedó parada como si fuera un árbol, sin moverse. No sabía qué hacer. No tenía ningún pensamiento sensato en la cabeza. Lo único que pensaba era que no había silencio. Además pensaba en sus ropas. ¿Por qué no se había puesto ropa ladina? No. Allí estaba, en sus ropas de indígena. Vio pocas mujeres con ropas indígenas, la mayoría tenía ropa de ladina. Lo peor es que se le había olvidado ponerse los zapatos. Miró los pies de los que pasaban al lado de ella, las mujeres daban pequeños pasos con sus zapatos de tacones altos y ninguna tenía zapatos tenis. -¿Vas a comprar estos zapatos? De pronto alguien le había hablado y ella sintió pánico. -¡Mira, qué zapatos tan bonitos! Te los puedes llevar por diez quetzales. Una mujer se había detenido a su lado. Era una mujer joven y ladina, con un par de zapatos negros en la mano. Aschlop movió negativamente la cabeza y no dijo una sola palabra, pero no pudo evitar echarle una mirada a los zapatos. Eran sandalias hechas de plástico. Pensó que eran bonitas y que quizás no ampollaban los talones. Pero sabía que no tenía dinero para comprarlos. -Cómprame los zapatos, así me puedo ir a casa -insistió la mujer-. Necesito el dinero para comprar comida para mis tres hijos y estoy atrasada con el alquiler. La mujer siguió hablando e insistió sobre su mala economía. Aschlop no la oía, pero la miraba. La veía familiar, pero sabía que no la había visto jamás, quizás era sólo que parecía una indígena, aunque estaba vestida con una blusa y una falda rosadas y tenía zapatos blancos. De pronto sintió una gran necesidad de confiar en la mujer que estaba delante de ella tratando de venderle un par de sandalias de plástico. -¿Sabes dónde queda el Palacio Nacional?-; le preguntó. -Allí adelante tienes la quinta avenida -dijo la mujer y le señaló-. Si sigues por ahí llegarás al palacio. ¿Qué vas a hacer allí? -Nada -dijo Aschlop. No se atrevía a contarle nada a una desconocida. Sin embargo quería seguir hablando. -¿Es esa calle donde da vuelta el autobús? -le preguntó. -Precisamente -dijo la desconocida-. No debes tener miedo de mí. Puedes confiar en mí. Cuéntame lo que vas a hacer al Palacio. Aschlop miró para todos lados. Sabía que en Guatemala había que ser prudente, que no había que confiar en nadie. No tenía que hablar con desconocidos. Pero quería confiar en alguien. -Busco al GAM -le susurró.

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Entonces la mujer echó la cabeza hacia atrás y se rió. Se rió mucho y ruidosamente. -Ven. Ahora te irás conmigo a casa. Donde la mujer vivía era una única pieza dentro de un patio en uno de los suburbios de la ciudad. Sus hijos dormían en una sola cama. Aschlop le echó un vistazo a todo. El piso era de cemento. Había un cuadro con la imagen de un santo, un pequeño televisor. En la mesa había una fotografía de un hombre en traje de baño en una playa, un florero con flores de plástico, algunos juguetes... Un cuaderno en el que alguien estaba aprendiendo la letra K. Al mismo tiempo pensaba, "¿qué hago yo aquí?, ¿qué va a pasar?, ¿me habrán engañado en algo?" -Siéntate,- dijo la mujer-. Si te sientas en la silla me sentaré en la cama. En seguida, la mujer quitó del lugar a uno de los niños y se sentó, luego se levantó y tomó un sombrero de paja que colgaba de un clavo en la pared. Había un nombre escrito en el sombrero con letras rojas: Esteban Mendoza Castillo. -¿Sabes leer? -Algo. -Yo no, pero sé que aquí dice, Esteban Mendoza Castillo. Es el nombre de mi marido. Me pongo ese sombrero cuando voy a manifestar. Aschlop la miró sin entender lo que le decía. -Lo uso cuando manifiesto con el GAM. Entonces sí entendió Aschlop. Ahora sí, ella también se podía reír. La mujer sentada en la cama se llamaba María Luz, tenía 27 años y era lavandera, pero cuando no conseguía ropa que lavar, iba por las calles vendiendo zapatos. Sus padres eran indígenas, se habían trasladado a la capital para que sus hijos vivieran mejor y tuvieran educación, y trabajo. Pero nada salió como habían pensado. Ninguno de los quince hermanos pudo ir a la escuela, todos eran vendedores callejeros como sus padres. Cuando María Luz tenía dieciocho años, encontró a Esteban y se fueron a vivir juntos. Tuvieron tres hijos. No tenían dinero suficiente para casarse. A veces Esteban trabajaba en una panadería, pero la mayor parte del tiempo estaba desocupado. Tenía un buen amigo que también era panadero, pero lo perdió el día en que unos desconocidos le dispararon en plena calle. Enseguida, Esteban salió a buscar trabajo, pero no regresó más. -¿Por qué? -preguntó Aschlop. -No lo sé. La misma tarde en que desapareció vinieron tres hombres a preguntar por él. No sé por qué lo buscaban, pero creo que él y su amigo se habían metido en el sindicato de los panaderos. Eso es suficiente para que a uno le disparen o lo hagan desaparecer. -¿Fue entonces cuando te metiste en el GAM? -No, yo iba a la morgue todos los días en un intento por encontrarlo. Cada día iba a mirar los cadáveres que entraban, por si alguno era el de él. No lo encontré nunca. Pero en la morgue hallé a otras mujeres que también buscaban a sus parientes desaparecidos. Me contaron del GAM, que es una abreviatura que quiere decir Grupo de Apoyo Mutuo. Ahora soy parte de él. Ya hace un año que Esteban desapareció, pero yo todavía voy a la morgue para ver si lo encuentro. Aschlop sintió escalofríos, a pesar del calor. -Lo peor es no saber -dijo María Luz-. Es mejor cuando uno sabe que alguien está muerto, se le hace luto y uno termina por resignarse. Pero la desaparición. .. Todos los días pienso en Esteban. ¿Vivirá todavía? ¿Hay alguna esperanza? ¿Es cierto que los militares tienen cárceles secretas con miles de presos políticos? Me parece verlo en la calle, entre la multitud. Por las noches despierto porque creo sentir sus pasos afuera. Pienso en cómo lo ha de pasar. ¿Qué hacen con él ahora? -A mí me pasa lo mismo -dijo Aschlop. Y le habló acerca de Mateo.

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Secuestrado.
María Luz no estaba cuando Aschlop sé despertó. No había ventanas en el cuarto, pero la luz deslumbrante del sol entraba por la puerta entreabierta. María Luz, ella y los tres niños habían compartido la cama por la noche. Los niños aún dormían. En el ambiente hacía mucho calor. No me voy a casar nunca. Jamás. Aunque... Se sentó en la cama, vio las caras tiernas y sudorosas de los niños y no pudo menos que sonreír. Estiró la mano y agarró el pie del más pequeño y lo acarició. "Ahora me ocuparé de la comida", pensó. María Luz estaba en el umbral de la puerta. Aschlop la vio con asombro. Vestía pantalones largos y el pelo largo y negro le caía sobre los hombros. Ella nunca había usado pantalones largos y tampoco se había dejado el pelo suelto. María Luz llevaba un trasto con masa sobre la cabeza. -Tengo que comprar la masa pues me vi obligada a vender el molino. Claro que es mucho más caro comprar la masa hecha que moler uno mismo. -¿Dónde cocinas? -preguntó Aschlop sin timidez, pues había desaparecido la noche anterior, cuando estuvieron hablando por varias horas. María Luz corrió una cortina floreada, detrás de la cual había un cuartito oscuro, era tan pequeño que había que entrar de costado para poderse mover allí adentro. Tomó una caja de fósforos de la estantería, y con uno encendió una hornilla. -¿Qué es eso? -preguntó Aschlop. -Una cocina a gas -explicó María Luz sin reírse-. ¿No has visto una cocina a gas antes? -Nosotros siempre cocinamos con leña. -Alégrate. Aquí en la ciudad está prohibido hacer fuego con leña. Pero el gas es mucho más caro que la leña. Aschlop miraba a María Luz con curiosidad. Cocinó fríjoles e hizo tortillas. Cuando torteó lo hizo como todo el mundo, aplastaba las bolas de masa y las ponía a cocer en un comal de barro sobre la llama del gas. María Luz hablaba todo el tiempo. -Cuando me junté con Esteban nos mudamos aquí. Era un cuarto de dieciocho metros cuadrados con piso de cemento. Yo estaba deslumbrada. Era mucho mejor que donde yo había vivido antes. En casa no habíamos tenido otra cosa que tierra apisonada. Claro que por el techo entraba agua cuando llovía, pero sólo un poco. Cuando Esteban tenía trabajo, nos dábamos gustos. A veces íbamos al cine. Y cuando él trabajaba, siempre compraba algo para la casa: toallas, platos, la mesa, sillas. Una vez vino con un televisor. Mi papá ya se había muerto. Me hubiera gustado que él hubiera visto el televisor. Nos sentábamos en la cama y teníamos el televisor en la mesa. Pero cuando el trabajo de Esteban se terminaba, siempre pasaba eso y todo volvía a ser difícil. Sin embargo, yo estaba acostumbrada, toda la vida he tenido que contar los centavos. Siempre preocupada. Creo que es más fácil si uno vive en el campo, aquí en la ciudad hay que pagar por todo. Hasta por la propia basura hay que pagar. Yo tengo que pagar dos quetzales por mes para que pasen recogiéndola. Si quemo la basura, debo pagar treinta quetzales de multa. Siempre estoy pensando en el dinero. Si compro seis libras de maíz, no me alcanza el dinero para comprar frijoles. ¿Como voy a poder pagar el alquiler? Ahora estoy atrasada con veinticinco quetzales, ¡mira si nos desalojan! Y ahí me ves diciendo: "Disculpe, podría lavarle algo a la señora?" Hay que arrastrarse todo el tiempo. Siempre arrastrarse y disculparse cuando se es pobre. Despertarse por la noche preocupada, pensando: "¿Podré lavarle algo mañana a alguien? ". Ahora debo comprar medicamentos al niño pequeño que de nuevo tiene diarrea. Y el tambo de gas se está terminando. Una vez, cuando Esteban trabajaba, vino a casa con una licuadora eléctrica. Entonces compré fruta y cada noche que él volvía a casa hacía jugo de frutas, con melones, papayas, bananos, zanahorias. Luego nos sentábamos frente al televisor y nos lo bebíamos despacio. Pero después se quedó sin trabajo de nuevo y tuvimos que vender la licuadora. Cuando Esteban desapareció, tuve que vender casi todo lo que él había comprado. Sólo nos queda el televisor, pero está roto y no tengo posibilidades de mandarlo a arreglar. Pero me lo quedo. Sé que lo puedo vender como está y que me darán unos veinticinco quetzales. Lo tengo
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como un último recurso. Ya está. Ven y comamos. Los niños se habían despertado, estaban somnolientos en la cama y miraban asombrados a Aschlop. -¿Cómo te llamas?-preguntó el mayor, que tenía siete años. -Angelina, pero me llaman Aschlop. -Aschlop, ¡que nombre más extraño! -Es Angelina en mi idioma. En chuj. Es mi nombre indígena de verdad. -Ah, así que tú eres indígena, -dijo el pequeño-. Yo no. -Cállate - dijo María Luz-, estoy hablando con Angelina. Aschlop miró el televisor. Estaba todavía en el medio de la mesa. María lo había cubierto con un mantel y encima había puesto un florero con flores rojas de plástico. -No tienes papeles de identidad, ¿verdad? -No-, dijo Aschlop-. Los dejé cuando abandonamos el pueblo. -Debo irme un rato. Lo mejor es que te quedes aquí adentro. Puedes salir al patio, pero no a la calle. Aquí en la ciudad no hay tantos controles como en el campo, pero a veces sí. Hace tres meses me detuvieron. Había comprado baratas ocho camisas e iba por la quinta avenida tratando de venderlas, entonces vino la policía y me pidió los papeles de identidad, - Yo tengo, pero los había olvidado en casa. No me dejaron venir a buscarlos, me llevaron a la cárcel. Por suerte la policía no se enteró de que estoy en el GAM y de que mi marido está desaparecido. De lo contrario, no sé qué habría pasado. María no dijo más. Comieron frijoles cocidos en platos de peltre y dos tortillas cada una. Nadie dijo nada. Aschlop se sentía bien. Antes, ella había encontrado gente que hablaba mucho de sí misma. Eran refugiados y extranjeros que venían a la finca. Contaban de México, de Guatemala y de otros países, así como de sus historias personales. Aschlop había oído lo que contaban, pero siempre a escondidas. Que ella recordara, jamás se había atrevido a hacerle una pregunta a ninguno de los desconocidos, Pero con María Luz era distinto. A ella le podía preguntar lo que la estaba torturando en los últimos tres años. -¿Por qué matan a la gente? María Luz dejó de masticar y la miró. -Eso también me lo he preguntado yo muchas veces -dijo finalmente—. En realidad, creo que lo entendí siendo niña. Vivíamos en una casa de tablas al borde de un barranco. Aquí nomás, cerca del cementerio. Como dije antes, éramos quince hermanos. Hacíamos tamales en casa y los vendíamos por la calle. También vendíamos fruta. Todos los niños de nuestra familia empezamos a trabajar tan pronto como fuimos suficientemente grandes para cargar una canasta en la cabeza. A menudo no conseguíamos suficiente comida para la familia, así que la buscábamos en los basureros. Desde la casa veíamos el cementerio del otro lado del barranco. Cuando yo no trabajaba, me iba al cementerio a jugar. Era amiga de todos los sepultureros y jugaba entre las tumbas. Lo que más me emocionaba eran los entierros, siempre los estaba mirando. Ahí empecé a entender que había diferentes clases de gente. Había gente como nosotros, que somos la mayoría. Cuando enterraban a un pobre, lo más que le ponían era una cruz de madera en la tumba. Después estaban los que tenían mausoleos. ¿Sabes lo que es un mausoleo? Aschlop negó con la cabeza. Mausoleos, qué palabra tan extraña, no la había oído nunca. -Es una casa grande, una casa de verdad que se construye en el cementerio; cuando alguien se muere, lo meten adentro. Sólo un muerto, podía tener una casa mejor y más grande que la casa donde vivíamos mis quince hermanos, mis papas y yo. Algunos de los mausoleos tienen torres y parecen palacios o iglesias. Había un mausoleo que tenía una araña de cristal adentro. Entendí que uno vivía de una manera o de la otra, dependiendo de su origen. Yo venía de las casas pobres del barranco, de los caminos barrosos. Yo caminaba con los pies llagados porque no tenía zapatos, yo no podía leer porque no había ido nunca a la escuela, yo estaba sucia porque había muy poca agua donde vivíamos. La gente de los mausoleos venía a sus entierros bonitos, las mujeres con zapatos de tacón alto y con el pelo lindo. Todas tenían el pelo corto y ondeado. También tenían anillos en los dedos y brazaletes. Y dejaban montañas de flores en las tumbas. Cuando se iban de allí, siempre lo hacían con la cabeza erguida, y sus
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largos auto-móviles se deslizaban despacio. A veces me las llevaba de valiente y me acercaba a alguna de esta gente cuando el semáforo marcaba alto a sus vehículos y tenían las ventanillas bajas; entonces yo trataba de venderles fruta. Pero no contestaban, más bien miraban hacia adelante. Es porque hay gente que tiene mausoleos que hay violencia. ¿Entiendes? -No -dijo Aschlop. No entendía nada. Vio todo delante de sí, el cementerio, las pequeñas casas colgando al borde del barranco, vio a la niña jugando entre las tumbas y a los ricos en sus largos autos, pero no entendía qué tenía que ver con la violencia. -Sí, primero hay gente como nosotros, pobres diablos que no podemos ni comer. Somos los más. Luego están los que viven bastante bien. ¿Me entiendes? -Sí. -Luego está la gente de los mausoleos. No son tantos, pero son dueños de mucho, casas y autos y mausoleos para sus parientes muertos y anillos. También son dueños de hoteles, negocios y de todas las grandes plantaciones. Cuando nosotros queremos trabajo o más sueldo o ustedes en el campo quieren tierra para cultivar, se asustan. No quieren perder nada de lo que tienen. Por eso hacen que los militares maten a todos los que los amenazan. Es así de sencillo. Aschlop pensó en lo que había oído, finalmente le dijo: -Hubo algo que nunca te dije ayer. Los soldados que vinieron a San Francisco y a Yalambojoch eran indígenas. No lo entiendo. Una vez se lo pregunté a mi padre. El dijo que los oficiales podían hacer que los soldados hicieran cualquier cosa. Fue por eso que nuestros antepasados habían huido de San Mateo Ixtatán a Yalambojoch una vez, dijo él. Y por eso mi abuelo rezaba en las cimas de las montañas para que los militares no llegaran a nuestro pueblo. No puedo entender cómo los soldados podían hacer cosas tan terribles contra su propio pueblo. Y cómo se puede matar niños. -Mis hermanos eran soldados, - dijo María Luz-. No porque quisieran, sino porque éramos pobres. Los militares los sacaron de la calle y les dijeron: "Sígannos. Van a hacer el servicio militar. Van a estar veinte meses en el ejército". Los muchachos que tienen padres con dinero no necesitan hacer el servicio militar. O van a las academias militares y se hacen oficiales. A mis hermanos los reclutaron a la fuerza. Los únicos que estaban contentos eran mis padres, pensaban que estaba bien que les dieran casa y comida por unos años. Mis hermanos contaron cómo era. Al principio los oficiales les pegaban y los amenazaban, a veces no les daban comida o tenían que hacer ejercicios horas enteras. Luego los oficiales decían que eran el orgullo de la patria. Cada día, los oficiales los juntaban y les lanzaban discursos. Les decían que la patria está amenazada por los comunistas y que cuando éstos tomen el poder, no va a haber más libertad, que entonces los comunistas se van a llevar a todos los niños para Cuba y Rusia. Recuerdo que uno de mis hermanos me contó que los oficiales decían que había pueblos comunistas en el campo y que allí hasta los niños eran comunistas y que por eso había que matarlos a todos. Cuando marchaban, entonaban canciones con letras que decían: "Ahora vamos a salir a terminar con todos los comunistas". -No sé en lo que anduvieron mis hermanos, no contaron mucho -dijo María Luz-. Mi hermano mayor no es el mismo desde entonces, a veces no habla en todo el día y tampoco come. Su mujer dice que es porque piensa en todo lo que hizo cuando fue soldado. -Pero, ¿por qué no se niegan? -Porque son cobardes. Son cobardes como ratas que no se animan a decir que no. Yo les voy a enseñar a mis hijos a no ser cobardes. Es por eso que los llevo a las manifestaciones. -¿Llevas a los niños a las manifestaciones del GAM? -preguntó Aschlop, aunque en realidad no sabía lo que era una manifestación. -Primero, cuando Esteban desapareció, yo encerraba a los niños bajo llave mientras iba a la morgue a buscarlo. "Papá va a venir enseguida", les decía y los encerraba. Cuando me integré al GAM, hace un año, y empecé a ir a las reuniones y a las manifestaciones, también los encerraba, pues no me animaba a llevarlos. Es peligroso estar en el GAM, quizás no lo has comprendido. Al principio éramos unos cuantos miembros, la mayoría éramos mujeres y muchas como tú, indígenas del campo. Era un milagro que se atrevieran a viajar a la ciudad. Hicimos algunas manifestaciones, hicimos una huelga de hambre afuera de la catedral en el verano. Exigíamos una sola cosa: que nos devolvieran a los desaparecidos o por lo menos que nos dijeran qué
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había sido de ellos. El miedo impedía que se integrase más gente. Hay cuarenta y cinco mil desaparecidos en Guatemala, pero a las manifestaciones venían sólo unos cientos de familiares. La gente no se atrevía a ir a vernos. Claro que es peligroso ser miembro del GAM. El año pasado mataron a dos de los dirigentes y recién hubo alguien que le disparó a Nineth, cuando ella venía manejando su auto. Nineth es nuestra presidenta. Por suerte se salvó. Pero yo no tengo miedo. Y desde que tuvimos elecciones, hay muchos más que se han animado a hacerse miembros. Hoy somos más de mil y manifestamos cada viernes frente al Palacio Nacional. Ahora sí llevo a los niños. Quiero que sean valientes. Quiero que sean capaces de decir que no cuando sean adultos. María Luz se levantó y se peinó frente a un pequeño espejo que colgaba de la pared. -Me tengo que ir, tengo algo que hacer. Pedí dinero prestado a un vecino, así que no tengo que lavar hoy. Me voy, regresaré a más tardar a las once. Se sonrió. -Así somos en la ciudad. Aquí nadie sale sin decir a qué hora exacta va a volver a la casa. Si uno no vuelve a esa hora, todos se asustan y piensan que ha pasado algo. Todavía pasan muchas cosas. Cada día se encuentra a alguien asesinado. Hay personas que desaparecen sin dejar rastro. ¿Sabes qué es lo último que Esteban dijo? "Vuelvo a las cinco". Y no volvió nunca. María Luz guardó silencio, al ver la expresión angustiada de Aschlop, luego se rió y la besó en la mejilla. Aschlop sintió un poco de vergüenza, pues no estaba acostumbrada; eso no lo hacían los indígenas chujes. -No te inquietes -dijo María Luz-, No te preocupes por lo que dije. Regresaré a las once. Aschlop se quedó sola con sus pensamientos y con los niños. Eran niños silenciosos, jugaban tranquilamente en el pequeño espacio de aquel cuarto. El de siete años estaba sentado a la mesa y llenaba hoja tras hoja del cuaderno con la letra K. Los dos más pequeños jugaban con un caballo de plástico. "Tiene frío", decían y ponían al caballo en una bolsa de plástico vacío, lo sacaban de nuevo y lo volvían a guardar. Parecían no cansarse nunca de ese juego. Para Aschlop el tiempo no pasaba nunca. Deseaba tener un reloj para saber la hora. ¿Eran las once ya? ¿Y si le pasaba algo a María Luz, quién se ocuparía de los niños? ¿Podría hacerlo ella? De pronto, apareció María Luz en el umbral de la puerta, bajo un fuerte sol. -Espero que no te hayas inquietado. He arreglado algo. Ponte tu vestido y suéltate del pelo. Puedes usar las sandalias de plástico. Aschlop se vistió con el vestido rojo que había traído desde México, se peinó y se hizo un moño que ató con una cinta elástica; en las orejas se puso unos aretes que le habían enviado de Suecia. Se probó las sandalias, eran un poco grandes, pero las quería usar. -Ven -dijo María Luz y salió antes que ella. Caminaron por el patio, donde las mujeres las miraban con curiosidad. Afuera esperaba un auto verde y abollado, el chofer era un hombre con un bigote delgado. Tan pronto como las vio salir abrió la puerta y le hizo señas a Aschlop de que se sentara en el asiento de adelante. Ella se sintió un poco rara al acomodarse en el asiento caliente. "Esto me recuerda cuando anduve a caballo en la finca", pensó. No había andado nunca en un auto, sólo había viajado en la parte de atrás de un camión. Miró a María, que se había quedado en la puerta, y que le dijo adiós con la mano. Aschlop se asustó. ¿No vendría con ellos? En el mismo momento, el hombre puso en marcha el auto, manejó por una calle llena de hoyos del suburbio, pasó a la orilla del basurero, donde la gente hurgaba como pájaros en un campo de maíz recién sembrado, finalmente dobló, tomó una calle ancha y asfaltada y llegó al tráfico intenso del centro de la ciudad. ¿A dónde irían? Aschlop quería preguntarle pero no se atrevía. Estaba llena de desconfianza. ¿Quién era él? ¿Qué había hecho María Luz? ¿Por qué no los había acompañado? ¿Quién era ella de verdad? ¿Y si todas sus historias fueran invenciones? El hombre del volante no decía nada. Aschlop intentaba no mirarlo, miraba para adelante con inquietud, sin ver nada de la ciudad por la que se movían. De pronto el auto se detuvo y el hombre abrió la boca por primera vez: -Ahora debes cambiar de auto. ¿Ves el auto blanco estacionado? Apúrate y ve hacia él. Aschlop no entendía nada. ¿Por qué tenía que cambiar auto y abordar el blanco? ¿En dónde se había metido? ¿Era él un militar vestido de civil? De todas maneras no trató de escaparse sino que obedientemente fue y se sentó en el otro auto. El chofer era un hombre joven con una camisa amarilla. El motor ya estaba en marcha y partieron rápidamente. El hombre tarareaba y seguía el
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ritmo con las manos en el volante, de vez en cuando daba vuelta la cabeza y la miraba, pero sin decir nada. Dejaron la aglomeración del centro y llegaron a una sombreada zona residencial. El hombre detuvo el automóvil afuera de un alto muro, lo único que Aschlop pudo observar fue que el muro estaba lleno de flores rojas y lilas, pero no eran flores conocidas por ella. El miedo le hizo sentir un gran nudo en el estómago, pero continuó obedeciendo lo que le decían. Siguió al hombre a través de una reja alta y subieron por un camino empedrado. Cuatro señales en un timbre hicieron que la pesada puerta se abriese. Tres personas esperaban allí adentro. Tres ladinos. Dos hombres y una mujer. Aschlop se sintió extraña y muda. La mujer la tomó de la mano y la llevó a un salón grande y fresco. Le hablaba con un tono amistoso; era extraño cuando hablaba, quizás era extranjera. -Siéntate a la mesa -dijo uno de los hombres-. Hemos oído que tienes testimonios directos de lo que ha pasado en el noroeste de Guatemala. Es importante para nosotros oír lo que te ha pasado. La mayoría de la gente en el campo tiene demasiado miedo para contar. Por eso estamos tan agradecidos de que hayas querido venir. Una joven con vestido negro y un pequeño delantal blanco en la cintura entró y puso una taza de café y un plato con chuchitos delante de Aschlop. -No debes temer -dijo la mujer. Aquí estás completamente segura. Nadie sabe que estás aquí. Cuando hayas terminado de contar te llevaremos de vuelta. -Quizás publiquemos una parte de lo que nos cuentas -dijo uno de los hombres-, pero si lo hacemos no daremos a conocer tu nombre verdadero. Usaremos un nombre ficticio. No queremos que el contarnos algo te cause problemas. La mujer señaló una grabadora que estaba en la mesa y le preguntó. -¿Sabes lo que es eso? -Sí, -dijo Aschlop-. En la finca tenemos una grabadora. -¡Qué bueno que estás acostumbrada! Vamos a grabar todo lo que nos cuentes. A veces te vamos a interrumpir y a preguntarte, porque es importante que sepamos todo lo que pasó exactamente. ¿Entiendes? Aschlop se sentó en el borde de la silla. Extrañaba a María Luz. Con ella hubiera sido tan fácil hablar. Su mirada recorrió el cuarto. Había una mesa enorme. Sillas altas y rectas. Una cosa larga y tapizada para sentarse. Varias mesas más pequeñas. De repente se dio cuenta que esto debía ser lo que llamaban muebles. En Yalambojoch hablaban todos de que el coronel tenía muebles en su casa de San Francisco, pero nadie los había visto ni sabía de verdad lo que quería decir la palabra muebles. La mujer empezó por preguntarle su nombre, su edad y el nombre de los padres, así como el nombre del pueblo y el número de familias que había en él. Aschlop respondía con la mirada puesta en la mesa. Al principio se sentía extraña y oía cómo su voz sonaba rara. A ratos se detenía pues no se acordaba cómo era el nombre de algunas cosas en español. Después mejoró. Les contó lo que sabía de Yalambojoch, de cuando llegó el Ejército de los Pobres. También les habló de San Francisco. Aquí la interrumpieron los tres, y tuvo que describir varias veces lo que había visto. Cuando terminó de contar, la mujer puso su dedo grande en la grabadora y la detuvo. -Ahora haremos una pausa -dijo-. Vamos a beber algo. ¡Has sido muy buena, Angelina! . Para Aschlop, había sido bastante fácil contar lo de San Francisco. No se había dejado llevar por la angustia, no había llorado, apenas había sentido el olor nauseabundo. Fue peor cuando tuvo que contar lo de Yalambojoch. Y el fin de Pascual. Cuando les iba a contar de Mateo, se le vinieron las lágrimas. La mujer dejó la grabadora en marcha. Finalmente las palabras volvieron, podía hablar de nuevo. Cuando Aschlop terminó, la mujer detuvo la grabadora y salió del salón. Luego volvió con más café y chuchitos. -Ha sido muy bueno que hayas venido hasta aquí para contar todo esto -dijo uno de los hombres-. Es un testimonio muy importante. Ahora estamos muy interesados en saber qué les pasa a los refugiados que intentan volver a Guatemala. Tu hermano fue arrestado y llevado en un helicóptero. Ya tenemos testimonios similares. Un testimonio trata de toda una familia de refugiados que fue detenida. Los mataron en Gracias a Dios. Aunque la mayoría de los que regresan no son tratados violentamente, los llevan a las aldeas modelo. ¿Sabes qué son las aldeas modelo?

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-No -susurró Aschlop. -Los indígenas del campo que vuelven a Guatemala no pueden volver a vivir en sus pueblos -siguió diciendo el hombre-. Los juntan en pueblos donde hay casas que están muy juntas y tienen que vivir bajo vigilancia militar. La idea es que no puedan apoyar a la guerrilla, porque hay muchos pueblos indígenas que lo hicieron. En todas las aldeas modelo hay escuelas, en muchas hay electricidad. Algunas cosas son mejores. Pero la gente no tiene libertad alguna. Pensamos que las aldeas modelo son campos de concentración para los indígenas. Aschlop no entendió bien. No sabía lo que era un campo de concentración, pero sonaba horrible De regreso tuvieron que cambiar de auto tres veces. -Lo hacemos por tu propia seguridad -dijo el hombre que conducía el último auto-. No queremos que te pase nada, ha habido demasiadas desapariciones, pero tiene que haber un punto final.

Donde la tierra sonríe.
Aschlop estaba parada en la gran plaza, frente al Palacio Nacional. El día estaba soleado y ventoso. María estaba al lado y llevaba a los dos niños más pequeños de la mano. Aschlop tenía puesto un sombrero de paja, lo sostenía con una mano para que no se lo llevara el viento. Mateo Pérez Pérez era el nombre escrito en el ala del sombrero. Alrededor de ella había hombres, mujeres y niños con sombreros parecidos en las cabezas, todos con los nombres de los desaparecidos en el ala del sombrero. Todos eran miembros del GAM. Se habían reunido en la plaza para manifestar. Aschlop echó una mirada y confirmó que era cierto lo que había oído, la mayoría eran mujeres indígenas. Estaban vestidas con sus trajes típicos; muchas iban descalzas y algunas llevaban niños pequeños en rebozos. A los más grandes los llevaban de la mano. Entre ellas, Aschlop se sentía como en familia, aunque notó que ninguna llevaba traje de la etnia chuj. Luego supo que venían de otras partes del país y que no hablaban su mismo idioma. Estaba contenta de no haberse puesto el vestido esa mañana. Ahora iba vestida como Aschlop, la indígena chuj. Los miembros del GAM portaban carteles y alfombras de palma trenzada llenas de nombres. María Luz le dijo que eran los nombres de los parientes y familiares desaparecidos. La mirada de Aschlop se dirigía todo el tiempo hacia el edificio semi verde que parecía alcanzar el cielo. Era el Palacio de Gobierno. Vio a los soldados en sus uniformes de campaña, con los fusiles apoyados en el suelo y sin quitarles la mirada de encima. El miedo hizo que por un momento sintiera dificultad para respirar. Trató de no verlos y de concentrarse en los rostros de los manifestantes. La mayoría tenía rostros curtidos, marcados por la tristeza y la inquietud. -¿Eres nueva aquí? -le preguntó una indígena pequeña y encorvada. Aschlop asintió con la cabeza. -¿A quién has perdido? -A un hermano -respondió Aschlop. -Yo he perdido a mi hijo -dijo la anciana, a la vez que se apoyaba en el hombro de Aschlop y se ponía a llorar silenciosamente. Alguien empezó a hablar en un megáfono. -Esa es Nineth -dijo María Luz-. Ella es la presidenta del GAM. Ha perdido a su marido. Un grupo de manifestantes se instaló en las gradas del palacio, llevando en silencio los carteles con los nombres de sus seres queridos. El sol era inclemente y el viento rompía los carteles. -Antes de que los militares dejaran el gobierno a los civiles, adoptaron una ley, el decreto 886 -gritó Nineth por el megáfono-. El decreto 886 le da amnistía a los militares. Esa ley hace que no se pueda enjuiciar a los militares por todos los terribles delitos que cometieron antes de las elecciones. Nosotros en el GAM decimos que la ley 886 es ilegal. Exigimos que esa ley sea abolida. Exigimos que los militares sean enjuiciados y castigados por sus delitos. -¡Abajo el decreto 886! -gritaron los que estaban en las gradas del palacio y todos los miembros del GAM que se congregaban en la plaza.
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-¡Castigo para los asesinos del pueblo! -¡Que se enjuicien a Ríos Montt y a Mejía Víctores! -¡Queremos justicia y paz! -¡Queremos a nuestros seres queridos de vuelta con nosotros! María y sus tres hijos también gritaban. Aschlop vio bocas desdentadas gritando y a mujeres de avanzada edad alzando coléricas los puños. Entonces ella también gritó. Gritó lo mismo que los demás y cuando lo hizo, sintió una alegría que la embriagaba y al mismo tiempo la desesperación más negra. Se acordó de Mateo. Nadie había dicho si tenía la menor posibilidad de recuperar a Mateo. Muy adentro había creído que iba a conseguir ayuda en Guatemala. Sintió que el odio le crecía. -¡Castiguen a los verdugos del pueblo! -gritó con los demás. El hombre alto y rubio que decía ser sacerdote conducía el automóvil por calles atestadas de gente. -Hemos entendido que tú quieres volver a México pero que no tienes papeles de identidad-dijo. Hablaba con un fuerte acento extranjero y Aschlop tenía dificultades para entenderlo. -Yo pertenezco a las Brigadas de Paz -continuó diciendo-. Somos activistas pacíficos de muchos países y de diferentes religiones. Es difícil para organizaciones extranjeras trabajar en Guatemala. Podemos quedarnos, gracias a que no nos mostramos, no damos entrevistas a los periodistas, preparamos informes sobre lo que pasa pero los publicamos fuera del país. Lo que hacemos es defender a los miembros del GAM con nuestros propios cuerpos. Siempre hay gente de las brigadas viviendo en las casas de los dirigentes del GAM. Los protegemos las veinticuatro horas del día y estamos siempre en todas las manifestaciones. No participamos activamente, no gritamos, pero estamos siempre cerca. Si los militares o la policía atacan una manifestación, nos ponemos delante de los fusiles y hacemos que el resto del mundo se entere de lo que pasa. El hombre que decía ser sacerdote detuvo el auto afuera de una pequeña casa amarilla. ¿Que pasaría ahora? ¿La ayudaría de alguna manera? Aschlop sintió que la desconfianza le crecía por dentro como una niebla, pronto la invadió el miedo. El hombre caminó adelante de ella y atravesó una puerta. De lo primero que ella vio fue una mesa sobre la cual había un tanate. Lo reconoció, era el suyo. Sabía que allí adentro estaba su ropa y su dinero y también el pequeño Dios Verde envuelto en un trapo. -Aschlop. La joven se dio vuelta rápidamente y se encontró con una sonrisa grande. ¡Mateo! Allí estaba su hermano Mateo. Vivo. El dio un paso hacia ella y le tendió una mano. -Me llevaron a un cuartel militar en Guatemala. Pero me pude escapar. Juni Aschlop, pequeña Aschlop, ahora nos vamos a casa. Todo estaba igual en la casa de la finca. El techo lleno de hollín. Los trastos de barro. Los estantes con sus frascos y latas. El fuego ardía en el medio del piso. Aschlop vio que en su lugar de siempre ahora estaba sentada Schepel y alimentaba el fuego con ramas secas. Ella, Mateo y la abuela estaban sentados en el único banco de la casa. Mateo tenía a sus dos hijos en las rodillas, los abrazaba continuamente y escondía la nariz en su pelo. Alrededor de ellos, sentados en el suelo y en cajones bajos, estaban mamá Juana, papá Kuschín y los hermanos, así como la mujer de Mateo que sonreía todo el tiempo. Además, tanta gente del pueblo como cabía dentro de la casa. El resto estaba en el umbral y se apretaba para oír y ver. Todos miraban asombrados a los tres que estaban sentados en el banco. Aschlop contaba. Mateo también contaba. Y la abuela. Toda una tarde y una noche contaron. Mamá Juana hacía café de la cosecha de ese año, le echaba azúcar fina y lo servía en jarros a todos los que se habían congregado en la casa para oír lo que contaban los recién llegados. Cuando terminaron de contar, papá Kuschín fue por la grabadora. Para entonces ya la habían arreglado. Puso un casete con música de marimba de Guatemala. Tan pronto como se oyeron los primeros tonos, el viejo Gaspar se levantó y todos se rieron, pues siempre estaba pronto para bailar y bailó con Aschlop en el pequeño espacio, delante del fuego. Todos los demás los miraron bailar y volvieron a reírse. Después del viejo Gaspar, Aschlop se puso a bailar con su hijo Carlos, el bailarín más alegre de todos.
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Luego bailó con papá Kuschín, como cuando era pequeña. Y también bailó con su hermano mayor, Mateo. Aschlop se sentía emocionada, casi embriagada. Esa sensación tan fuerte de vida le había venido tan pronto como pasaron la frontera entre Guatemala y México. Quizás fue entonces cuando el miedo aflojó sus riendas, el miedo que había estado bajo la superficie todo el tiempo que ella había permanecido en Guatemala. Pero quizás no era sólo la alegría de estar viva, sino el hecho de haber vuelto a su casa. El humo, las risas, la calidez de todos los que conocía, todo la hacía sonreír. Estaba en su casa. Yalambojoch ya no era su casa. Este era el hogar. Finalmente no pudo bailar más y se dejó caer al lado de su abuelo paterno. Transpiraba y no tenia aliento. Se apoyó en él como lo hacía cuando era pequeña. -No te voy a reprochar por lo que hiciste, -dijo el abuelo-. Fue tonto, pero ahora sabemos, ya no tenemos que vivir más con nuestros corazones divididos. Ahora sabemos que no debemos tratar de regresar. Las conversaciones y las risas cesaron, todos oían al abuelo, pero él sólo miraba a Aschlop, era a ella a quien le hablaba. -Aquí, en Kolchaj Nak Lu'um vivimos en paz, dijo el abuelo. En Guatemala todavía no hay paz. No hay ninguna seguridad para los refugiados que regresan. Es cierto que hay un presidente que no es un militar, no sé ni su nombre. Está bien, da esperanzas, pero las matanzas siguen y los militares todavía están a cargo de muchas cosas. Estuvo bien que ustedes se enteraran de todo eso. Tenemos que olvidar lo que teníamos allá. Son otros los que viven en nuestras casas, son otros los que cultivan nuestras tierras. Que lo hagan. Yo no siento ninguna tristeza al pensar en eso. Ustedes que son jóvenes, quizás algún día puedan regresar a Guatemala. Tú, Aschlop, quizás puedas regresar a las montañas y a los ríos de nuestros antepasados. Pero nosotros los viejos, no. Aschlop, aquí voy a morirme y aquí quiero ser enterrado. ¿Sabes, Aschlop?, cada día voy a la colina afuera de mi casa y lo veo todo, lo escucho todo. ¿Te imaginas lo que escucho? Oigo las risas de los niños. No recuerdo haber oído tantas risas de niños como aquí. Y pienso en mis amigos. Es importante tener amigos. Eso tenemos aquí, no es nuestro pueblo, pero son nuestros amigos. Todos los mexicanos que viven cerca de aquí son mis amigos. Cuando voy a visitarlos, les llevo plátanos de mi propia plantación. Y cuando vuelvo a casa, siempre me traigo un ayote como regalo para mi familia. También tenemos muchos amigos en Suecia, en esa tierra lejana, donde todos tienen dinero pero donde han de sufrir mucho, ya que hace demasiado frío y no tienen maíz. Y sin embargo, nos han ayudado a tener todo esto. Esos son verdaderos amigos. En Yalambojoch, la tierra gritaba para advertirnos, pero no la escuchamos. Aquí, todos los días intento escuchar a la tierra para que no cometamos el mismo error, pero no oigo nada. Aquí en la finca, la tierra está callada. ¿Sabes por qué, Aschlop? Aquí está en silencio porque no tiene nada para decirnos, más bien sonríe. Cada día que subo a la colina, veo a la tierra sonreír. Aschlop tomó la bolsa de plástico con los libros escolares y empezó a caminar por el camino que conducía a la escuela. En la mitad de la bajada se detuvo. Había estado tanto tiempo ausente que quería mirarlo todo con detenimiento. Vio a los hombres que se habían reunido al lado del portón del corral de los caballos, e imaginó que hablaban de los trabajos que harían durante el día. Vio el humo mañanero que salía de las casas a la hora del desayuno. Vio la tienda que los hombres habían construido mientras ella se hallaba en Guatemala. Era la tienda de las mujeres, la cooperativa. Cuando estaba en Guatemala llegó dinero de Suecia junto con una carta donde decía que era para las mujeres de la finca. Tuvieron muchas reuniones y al final decidieron abrir un negocio que ellas mismas manejarían y donde la gente podría comprar más barato que en Río Blanco. La noche anterior, Aschlop supo, para su asombro, que la habían nombrado secretaria de la cooperativa. La habían elegido mientras estaba en Guatemala, a pesar que nadie en la finca creía que la iban a ver de nuevo. "Quizás fue como un conjuro para hacerme volver", pensó, "pero no es una mala idea, ahora yo puedo escribir y hacer cuentas muy bien, y eso no lo sabe ninguna de las mujeres mayores." Cuando la tienda se inauguró, todavía quedaba algún dinero, de modo que se reunieron de nuevo y decidieron hacer también una cooperativa de costura. Ahora, todas las mujeres y las niñas iban a coser la ropa tradicional de las indígenas chujes. Se habían decidido por eso para no olvidarse de su origen, aunque ahora vivieran en México.
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La abuela y las mujeres ancianas enseñarían a las mujeres jóvenes. "Coseré para mí un huipil y lo bordaré de dorado, rosa y verde", se dijo Aschlop, "y tendré una cinta en el pelo con los mismos colores." Se quedó quieta bajo la luz de la mañana y vio las colinas donde crecía ya la nueva milpa, robusta y verde. "Quiero tener ese color en mi huipil", pensó. También miró las hojas verdes, verdes de los cafetales, los naranjales, las mujeres cargando agua, algunos niños chapoteando abajo en el arroyo, riendo y saltando. Vio los caballos y las mulas pastando en el corral y más allá, el bosque denso que envolvía la finca y la ocultaba. Se quedó en la mitad del camino hacia la escuela y vio claramente lo que el abuelo le había dicho la no-che pasada: la tierra sonreía. Vio claramente que la tierra sonreía en la comunidad "Tierra y libertad". Aschlop corrió el último tramo hasta la escuela, y llegó cuando papá Kuschín soplaba el silbato para llamar a todos los niños.

Epílogo.
Dedico este libro a los refugiados indígenas de Guatemala que encontré en la finca Kolchaj Nak Lu'um -Tierra y libertad— en México; particularmente a Malín, Pascual, Juana, Gaspar, Lucas y el "Gordo" Pascual, padre del pequeño Pascual, el niño de 11 años que fue degollado por los militares, También lo dedico a las demás personas que encontré en Guatemala. En parte, La hija del puma es un libro documental, pues muchos de los acontecimientos descritos en sus páginas sucedieron; unos son narrados de la forma en que los indígenas me los contaron y otros de la forma en que yo misma los viví. La violencia que aquí se describe es verdadera y puede ser confirmada por muchas fuentes. Así, por ejemplo, la masacre de San Francisco tuvo lugar el 17 de julio de 1982 y está relatada de la manera en que la escuché de boca de dos de los sobrevivientes, únicamente he tratado de darle otro tono a la narración, pues si hubiera sido explícita respecto de la forma en que fueron asesinados muchos de los niños, creo que la mayoría de lectores hubiese dejado el libro. Lo que le sucedió al niño Pablo Hernández y los desmanes que cometieron los soldados en su pueblo Río Negro, así como su huida hacia la montaña, aparece en el libro con los mismos detalles que me contaron dos personas, una de las cuales fue asesinada poco después de nuestra conversación. El capítulo donde cuento cómo el pequeño grupo de indígenas chujes se encontró con los suecos Per y Aura Bylund y cómo éstos obtuvieron un préstamo bancario con el que compraron una finca para los indígenas en México es otro de los testimonios narrados por los beneficiarios, a pesar de todo lo increíble que parece. En la configuración de la protagonista de este libro, adapté las características de dos adolescentes indígenas, una de ellas vivía en la finca "Tierra y Libertad", en México, la otra fue una quichelense que encontré en la capital de Guatemala. Esta joven no había estado nunca en la ciudad, estaba descalza y asustada, pero a pesar de su miedo había venido caminando desde su pueblo, ubicado en la montaña, para buscar a su hermano desaparecido. El material para La hija del puma fue recolectado durante dos viajes que emprendí a Guatemala y México. Llegué a Guatemala por primera vez en julio de 1985. La idea era juntar material para un libro de reportajes sobre lo que nadie se ocupaba de escribir, las persecuciones de la población indígena de Guatemala. Encontré un país presa del miedo y el silencio, un país donde la resistencia había pasado a la clandestinidad, donde la atmósfera estaba llena de sospechas y de desconfianza. Era difícil hacer entrevistas, la mayoría de personas no se animaba a contar nada. Pero tuve éxito. Volví a Suecia con muchos testimonios, todos describiendo una violencia enorme. Cuando pasé en limpio las entrevistas que había hecho empecé a reflexionar. Al principio había pensado en escribir un reportaje, pero, ¿habría alguien capaz de leerlo? ¿Lograría su meta, o los lectores dejarían el libro, sin fuerzas para seguir leyéndolo? Entonces se me ocurrió escribirlo como una novela. Elegí contar lo único positivo que había experimentado durante todo el viaje. Escribí sobre un grupo de indígenas mayas que sufrieron la violencia y las persecuciones del gobierno no porque estuvieran organizados o participaran de alguna manera en la
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lucha política para transformar Guatemala, sino sólo porque eran indígenas. Quise contar acerca de este grupo porque en su trágica historia también había algo de positivo. Eran indígenas chujes del pueblo de Yalambojoch en el noroeste de Guatemala, a quienes encontré en la finca Kolchaj Nak Lu'um en México. Se vieron obligados a huir de su pueblo cuando los militares mataron a más de 300 personas en el pueblo vecino de San Francisco y además asesinaron gente en Yalambojoch. En México tuvieron un golpe de suerte cuando encontraron una joven pareja, Per y Aura Bylund, de Suecia, quienes se propusieron ayudarlos. Fue así como estos refugiados pudieron empezar a construir casas y una escuela y a cultivar maíz y café. Después, empezaron a recibir ayuda de muchas escuelas de Suecia y todos sus hijos tuvieron padrinos suecos. Gracias al compromiso, entusiasmo y solidaridad de los suecos, los indígenas de esta finca eran muy diferentes a los que yo había encontrado en otros campos de refugiados en México, pues tenían su propia tierra para cultivar, eran más fuertes, más orgullosos y eran mucho más alegres. No se habían quedado pasivos y paralizados por todo lo terrible que les había sucedido, se reían de nuevo, sentían que habían recuperado su dignidad y pensaban que ahora tenían un futuro. Creí que valía la pena hablar sobre todo esto. Entonces empecé a escribir un libro para jóvenes acerca de los indígenas de Yalam, como acostumbraban a llamar a su pueblito. Usé la historia, pero como no sabía nada de la vida interna de aquel pequeño grupo y de su cultura, le di vuelo a la imaginación. Pero no me sentía a gusto, sobre todo por pensar que si el libro se traducía al español, si los indígenas chujes leían lo que había escrito sobre ellos... En realidad, yo había utilizado su historia pero sin profundidad ni conocimientos reales. Cuando el manuscrito estuvo casi terminado decidí regresar a la región. Sólo quería hablar con la gente sobre la que estaba escribiendo. Tomé la decisión y después de unos días estaba en un avión; todo había sido tan rápido que no había tenido tiempo para escribirles a los indígenas de la finca y avisarles que llegaba. A pesar de eso, todos estaban esperándome cuando llegué. Al preguntarles cómo se habían enterado de que iba a llegar, me dijeron: "Nos lo dijo el viejo José". Este hombre era el más anciano del pueblo y la noche anterior había soñado que yo llegaría, de modo que fue por todas partes para avisarles: "Mónica llega en la tarde". Esta vez llegué como una vieja amiga y conviví varios días con cada familia. Ahora, el contacto que tenía con ellos era tan bueno que empezaron a revelarme su cosmovisión, aprendí mucho de la cultura maya y de los nahuales, los animales protectores. Cada una de las familias quería contarme lo más fantástico que les había pasado, particularmente el encuentro con Per y Aura. Tiempo después pude entrar a Guatemala y al pueblito Yalam, de donde aquellos indígenas habían tenido que huir. El acceso al lugar estaba vedado por los militares y nadie del exterior lo podía visitar. Dos periodistas estadounidenses lo intentaron y habían desaparecido. Varios años más tarde los encontraron degollados. Yo pude entrar gracias a una carta de mi editor sueco que decía que yo estaba escribiendo un libro sobre la cultura maya y debía documentar algunas ruinas. En esa época no había ningún camino que llevara al pueblo, por lo que me vi obligada a caminar tres días para llegar a Yalam y al pueblo vecino de San Francisco, donde había sucedido la masacre. Yalam había sido destruido por los militares luego que la gente se fue. Ahora sólo era ruinas cubiertas de plantas trepadoras. San Francisco había sido demolido completamente. Lo único que quedaba era una pirámide maya, alrededor de la cual había un gran campo vacío. Era imposible pensar que allí hubiese existido un pueblo grande, con escuela, casa comunal y capilla. En el camino de regreso me detuvo una patrulla de kaibiles, la élite del ejército, pero yo pude salir de la situación mostrando la carta de la editorial y un libro sobre la cultura maya que dicha casa había editado. Luego que me soltaron, me dirigí a San Mateo Ixtatán y por último a la ciudad de Guatemala, donde pude hablar con muchos miembros del GAM, la organización que intenta develar todas las desapariciones en el país. Entonces —marzo de 1986—, la gente del GAM protestaba abiertamente y en voz alta, había esperanzas en Guatemala. Cuando regresé a Suecia leí de nuevo el manuscrito, y como me di cuenta de que no correspondía a la realidad que yo había visto, lo rompí y comencé a reescribirlo desde el principio, es el libro que ustedes están leyendo ahora. No sé si literariamente es mejor que el que había escrito antes, pero estoy segura de que es mucho más veraz. El libro La hija del puma fue publicado en Suecia por primera vez en el otoño de 1986 y después en Dinamarca, Noruega, Alemania y México. Más tarde fue filmado por los directores suecos Ulf Hultberg y Asa Faringer, pero, por razones de seguridad, la filmación no se hizo en Guatemala, sino en México y con mucho secreto. De ahí que tan pronto como se terminaba de filmar un rollo de la película, se le transportaba en avión a Dinamarca. Los actores eran mexicanos, pero todos los indígenas que aparecen en la película eran refugiados de Guatemala, muchos de ellos sobrevivientes de otras masacres. Varias veces visité el lugar de la filmación y entrevisté a algunos de los que actuaban. "Es terrible para nosotros estar haciendo esta película porque abre viejas heridas", decían algunos, "pero lo hacemos porque queremos que todo el mundo se entere de lo que le ha pasado a
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nuestro país y a nosotros, para que nunca vuelva a suceder." La película se estrenó en Suecia en 1995 y en 1996 recibió un Escarabajo de Oro, la mayor distinción que se le puede otorgar a una película en Suecia. Desde entonces ha recibido once premios internacionales y se ha visto en 43 países. En 1999 regresé a Yalambojoch y a San Francisco. Este último lugar estaba tal como lo vi la última vez: sólo quedaba una pirámide rodeada de un campo desierto. Pero el pueblito de Yalambojoch había cobrado nueva vida. En 1996 el Gobierno de Guatemala y la guerrilla habían firmado los Acuerdos de Paz. Por fin el país tenía paz luego de 36 años de conflicto armado interno. Muchos de los 100,000 indígenas mayas que habían huido a México pudieron regresar a su país. Una parte de aquellos sobre los que había escrito en La hija del puma aún vivía en la finca Kolchaj Nak Lu'um en Chiapas, México, y en las otras dos fincas, Nueva Esperanza y Fortuna, que los indígenas habían podido comprar gracias a la ayuda de Suecia, pero la gran mayoría había regresado a Yalambojoch. Ahora había allí un camino, una escuela, guardería, biblioteca, casas nuevas, un comedor escolar, casas para los maestros, molino, policlínica. También se estaba construyendo la Casa del Pueblo y un liceo. Los visitantes pueden pernoctar en la escuela. Muchos amigos de Suecia ya se han quedado allí. En dicho centro se dan cursos; por ejemplo, a las jóvenes que han vivido en México y que han olvidado mucho la manera tradicional en que las mujeres chujes hacen huipiles. También se da educación en el idioma chuj, con el Popol Vuh como texto escolar. Los habitantes de Yalambojoch y de los pueblos vecinos Aguacate y Yuxquén comparten un proyecto de turismo ecológico. Han construido cabañas al lado de la Laguna Brava. El excedente del proyecto es invertido en almuerzos para la guardería. El agua potable había sido un problema. Para asegurarse del acceso al líquido vital han comprado 220 hectáreas de bosque. En vista de que el mismo fue talado con anterioridad a su adquisición, las mujeres comenzaron un proyecto de reforestación en colaboración con INAB, el ente encargado de controlar los bosques. A la fecha han reforestado 105 hectáreas. En octubre de 2002, cuatro mujeres del pueblo fueron a Santa Eulalia, a una reunión en la que recibieron elogios del mandatario por el éxito de su trabajo. Gracias a esas tierras nuevas, hoy el pueblo tiene agua potable y el bosque recién plantado dará ingresos a muchas familias en el futuro, además de proveer madera para construir las casas y los muebles. Desde mediados del año 2003, alrededor de 1,200 indígenas de Yalam y 1,000 de los pueblos adyacentes participan en este proyecto. En México hay más o menos 400 indígenas que se han quedado en la finca, la cual ahora es autosuficiente. ¿Cómo ha podido suceder todo esto? Durante veinte años, los suecos Per y Aura Bylund, de los que hablo en La hija de el puma, han continuado su excepcional trabajo de solidaridad, a pesar del peligro que conlleva. Han compartido la vida de los indígenas, primero en la finca de México y luego en Yalambojoch, donde han ayudado en la reconstrucción del pueblo. Su trabajo es apoyado por la asociación de amigos de Kolchaj Nak Lu'um en Suecia, así como por escuelas suecas, agrupaciones y particulares; una parte ha contado con financiamiento del ASDI, es decir, del gobierno sueco. Los indígenas de Yalambojoch han construido un pequeño parque y un museo para recordar a todos los que fueron asesinados allí. El que dirigió el trabajo fue el "Gordo" Pascual, él vivía en Yalambojoch; su mujer y sus dos hijos fueron degollados por los soldados. El parque y el museo son un importante recordatorio de lo que sucedió, los indígenas no quieren que se olvide lo que les sucedió. Una sociedad nueva y justa jamás se puede construir sobre el olvido. El libro La hija del puma cuenta algo del pasado negro de Guatemala, pero es también un libro sobre coraje y solidaridad. Espero que sea una gota en el río poderoso que va a llevar a "un Guatemala Nunca Más." Mónica Zak, Estocolmo, junio 2003-11-19

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Que la historia se conozca, que no se olvide.
Por Irene Piedra Santa. Las primeras personas con quienes platiqué sobre los temas que ahora podemos llamar del "esclarecimiento histórico" fueron mis propias hijas; eran unas niñas entonces. Después lo he hecho con estudiantes y docentes, por motivos relacionados con mi trabajo de editora. Hace muy poco conocí a Mónica Zak. Admiré su valor, especialmente por arriesgar la vida viajando al interior de Guatemala para escribir La hija del puma. Con ella conocí Yalambojoch. Me siento su amiga porque en los más dispares países y situaciones, ambas hemos escrito en revistas para niñas, niños y jóvenes. Este artículo, escrito en forma de conversación, resume algunas pláticas que he tenido con jóvenes, así como preguntas y comentarios que surgen con frecuencia.

I
En Guatemala se dio -desde 1960 hasta 1996- un terrible enfrentamiento armado. Durante esos años vivimos bajo la sombra de la muerte, el terror y la desesperanza. Guatemala se convirtió en un país silenciado, sembrado de desaparecidos, asesinados y huérfanos. Este es el contexto histórico-social en el que se desenvuelve La hija del Puma. La masacre de la aldea-finca de San Francisco, en el municipio de Nentón, Huehuetenango, ocurrió el 17 de julio de 1982. Los únicos dos testigos que sobrevivieron fueron quienes relataron, ya a salvo en Chiapas (México), los hechos de ese día. Cerca de 600 soldados llegaron caminando desde Barillas; también llegó un helicóptero que aterrizó en el campo de fútbol. El coronel que comandaba la operación ordenó a la población que se congregara en el centro del poblado. Después, procedió a encerrar a los hombres en el juzgado y a las mujeres en una iglesia. A la una de la tarde, comenzó la masacre; primero, dispararon sobre las mujeres. Después, mataron a los niños que se habían quedado llorando y gritando, separados de sus madres. Siguieron con los hombres, primero los ancianos y después los adultos y jóvenes. En pocas horas murieron más de 300 personas, a manos del Ejército guatemalteco. La noticia de la masacre de San Francisco llegó rápidamente a otras aldeas vecinas y cercanas (San José Yalaurel, Yalambojoch, Yalanhuitz, Yalcastán, etc.). Miles de personas -mujeres, hombres, niños, ancianos-comenzaron a escapar de la muerte, huyendo a México; unas nueve mil de ellas se refugiaron en ese país, sólo en julio y agosto de ese año. ¿Pero eso es cierto o es puro invento? Es cierto. Se trata de un capítulo terrible pero auténtico de la historia de Guatemala. Las masacres caracterizaron el enfrentamiento armado guatemalteco entre 1960 a 1996. Durante los primeros quince años estuvieron dirigidas contra la población campesina de oriente. Años después, especialmente desde 1978 a 1984, se perpetraron contra las poblaciones indígenas del Altiplano, principalmente en cinco departamentos: Chimaltenango, Alta y Baja Verapaz, Quiche y Huehuetenango. En total se registraron 626 masacres cometidas por las fuerzas de seguridad del Estado, principalmente por el Ejército, apoyado en muchos casos por otras fuerzas paramilitares: las PAC y los comisionados militares. Durante las masacres se cometían múltiples delitos: pillajes, extorsiones, asesinatos, ejecuciones extra-judiciales, destrucción de bienes, violaciones sexuales, destrucción de siembras y cosechas, torturas, mutilación de cadáveres. Por eso se dice que las masacres fueron "violencia y crueldad concentradas". Estos delitos los padeció la población civil e indefensa, aquélla que no participaba directamente en las hostilidades: niños y niñas, adolescentes, mujeres, mujeres embarazadas, recién nacidos y ancianos. En total, se ha calculado que el saldo en muertos y desaparecidos del enfrentamiento llegó a ser de más de doscientas mil personas. Dices que las masacres se dirigieron principalmente contra los pueblos indígenas. ¿Qué tan cierto fue eso? El Estado se apoyó en tradicionales prejuicios racistas para agredir masiva e indiscriminadamente a las comunidades indígenas, sin importar si colaboraban o no con la guerrilla. Especialmente entre 1981 y 1983, el Ejército llevó a cabo operaciones militares contra centenares de estas comunidades en el occidente y noroccidente del país. Hay numerosos testigos y entrevistas colectivas con comunidades que revelan que las órdenes fueron las de "terminar con estos indios" y "matar a todos los indios". En la región ixil, 7 y 9 de cada 10 aldeas fueron arrasadas; también en el norte de Huehuetenango, Rabinal y Zacualpa se prendió fuego a aldeas enteras y se quemaron siembras, bienes y cosechas. No importaban la edad, sexo o condición de las víctimas; no importaba si eran culpables de algún delito o no; contaba que eran indígenas. Fueron acciones genocidas.... ¿Genocidas? ¿Qué quiere decir esa palabra? La he oído en la radio.... En un genocidio se busca la eliminación o exterminio de un grupo social. Para ello se cometen matanzas o lesiones graves a la integridad física o mental de sus miembros; y se les somete intencionalmente a condiciones de vida que conllevan su destrucción. Durante las masacres, se cometieron actos de indescriptible crueldad, como torturas y violaciones colectivas y públicas contra mujeres y niños. Ya no se trataba de ganar la guerra, sino de aterrorizar y aniquilar física y espiritualmente a la
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población indígena. Reiterada y sistemáticamente el Ejército buscó eliminar a los líderes comunitarios; cuando se quiere dañar a un grupo social, una estrategia importante es la de proceder contra los líderes. Durante el enfrentamiento armado de 1960-1996 se cometieron actos de genocidio contra los indígenas. ¡Y qué responsabilidad la del Estado de Guatemala! En su mayoría, esos actos fueron parte de una política planificada por el comando superior del Ejército. ¡Pero los hechos nunca fueron investigados ni sancionados por ninguna autoridad militar, judicial o política! ¡Tierra arrasada! Yo he oído hablar de la tierra arrasada, ahora lo entiendo.... Así se llamaron estas operaciones militares; operaciones de tierra arrasada. Durante el enfrentamiento armado, 400 aldeas desaparecieron del mapa. Había que "quitarle el agua al pez", decían; en esta imagen, el pez era la guerrilla y el agua eran las comunidades. Se ensañaron tanto con ellas para quitarle la base social a la guerrilla. Las masacres provocaron masivos desplazamientos de la población sobreviviente que huía y buscaba salvar la vida. Decenas de miles de guatemaltecos huyeron hacia México, la costa sur y la capital. Muchos otros vagaron por años en las selvas del Ixcán y Peten, organizándose en las Comunidades de Población en Resistencia (CPR). Otros grupos más pequeños se encaminaron hacia Honduras, Belice y Estados Unidos. Se considera que durante el período más álgido (1981-1983), el número de guatemaltecos desplazados pudo haber sido desde quinientos mil hasta un millón y medio de personas. Aschlop, La hija del puma, era una de ellas.... En la novela, Aschlop era una niña refugiada en México. Según el libro, ella regresa a Guatemala en busca de su hermano, a quien considera vivo. Al final, Aschlop lo encuentra y se une al Grupo de Apoyo Mutuo, GAM. En la vida real, el GAM es una asociación que se presentó al público el 4 de junio de 1984, impulsada por un pequeño grupo de mujeres de la capital, que buscaban a seres queridos desaparecidos. Muy pronto se incorporaron al GAM numerosas mujeres indígenas y más familiares de desaparecidos. El GAM es una asociación cuyos miembros se sobrepusieron al terror, a pesar de que varios de ellos fueron asesinados. Actualmente sigue dedicado a buscar desaparecidos, a denunciar las violaciones a los derechos humanos y a brindar refugio a activistas perseguidos.

II
¿Cómo fue que surgió este terrible conflicto armado? ¿Por qué pasó eso tan horrible? Hubo muchas causas. Una de ellas fue la inhumana pobreza en la que vive la mayoría de los guatemaltecos. Mientras un sector muy reducido de la población abunda en bienes y servicios, la inmensa mayoría carece de lo más indispensable para sobrevivir: agua, electricidad, vivienda, educación, salud. A esto es lo que se le llama "injusticia institucionalizada", "violencia institucionalizada". Y es que las relaciones entre los guatemaltecos han sido excluyentes, antagónicas, racistas, autoritarias y conflictivas, reflejo de nuestra historia colonial. ¡Pero si la independencia de 1821 terminó con la historia colonial! Sí y no. Sí, porque efectivamente desde 1821 Guatemala dejó de ser una colonia española. Pero la independencia de 1821 fue impulsada por las élites económicas y políticas de esa época y sólo ellas se beneficiaron. El Estado guatemalteco que emergió pocos años después de la independencia continuó siendo autoritario, excluyente de las mayorías y racista en su práctica. En gran parte, su función ha consistido en proteger los intereses de sectores privilegiados. Para lograrlo ha violentado la ley, suprimido los derechos civiles y políticos de muchos guatemaltecos e impedido los procesos de cambio. Según la Constitución de Guatemala, "es deber del Estado garantizar a los habitantes de la República la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral de la persona"... El Estado guatemalteco no ha impulsado las políticas sociales que requiere la mayoría de la población guatemalteca. Un resultado de ello es la pobreza extrema que aflige a la mayoría, la cual se ha incrementado; en 1999, alcanzaba al 54.3% de la población; y en 2001, al 57%, ubicándose fundamentalmente en la región del Altiplano. La falta de voluntad política se mostró muy claramente durante los veinte años de mayor crecimiento económico en Guatemala, entre 1960 y 1980. En esos años, a pesar del crecimiento económico, el gasto social del Estado -es decir el que se invierte en educación, cultura y salud- fue el más bajo de Centro América. También la carga tributaria fue la más baja. He leído algo sobre los gobiernos de Arévalo y Arbenz. Creo que en esos años sí se dieron algunas reformas sociales... Durante los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz (1944 a 1954) se produjeron reformas im-portantes, que crearon verdaderas oportunidades de desarrollo social y de participación política. Fueron los años de "la primavera democrática, en el país de la eterna dictadura". El Estado invirtió en educación, especialmente en la del área rural; se fundó el Instituto
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Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS); la Universidad de San Carlos fue declarada autónoma y se emitió el Código de Trabajo. Estos dos gobiernos comenzaron a renovar la vida social, económica, política y cultural de Guatemala. ¡Ala, qué bien! Pero entiendo que el Presidente Jacobo Arbenz tuvo muchos problemas y las cosas terminaron mal. Así fue. El gobierno de Arbenz quiso modificar el régimen de tenencia de la tierra. Esto era muy importante en un país predominantemente agrícola como Guatemala, en el que la mayoría de su población es campesina. La Ley de Reforma Agraria intentó modernizar el agro para estimular la agricultura campesina y ampliar el mercado interno; a la compañía bananera estadounidense United Fruit Company (UFCO), por ejemplo, se le expropió más de la mitad de su latifundio, el cual mantenía en un 85% sin cultivar. Estas transformaciones le generaron muchos enemigos a Arbenz y comenzaron a organizarse importantes grupos de oposición, dentro y fuera del país. Fue entonces cuando la Agencia de Inteligencia de Estados Unidos (CÍA) organizó, financió y dirigió una operación encubierta destinada a derrocar al Presidente Jacobo Arbenz. Leí en los periódicos que el gobierno de Estados Unidos había desclasificado unos documentos secretos que tienen que ver con la caída de Arbenz... Es cierto; en 1997, el gobierno de Estados Unidos desclasificó unas 1,400 páginas de un archivo secreto que contiene más de 100,000 páginas sobre cómo se organizó el complot que derrocó al Presidente Arbenz. Este complot abortó un movimiento social legítimo, popular, diverso, dinámico y progresista. Después de 1954, Estados Unidos se convirtió en el aliado de las dictaduras militares que se arraigaron en el país por treinta años. La ayuda estadounidense reforzó los aparatos de Inteligencia, vendió armas y entrenó a los oficiales del ejército en la guerra contrainsurgente, durante todo el enfrentamiento armado. Por eso se dice que el apoyo de los Estados Unidos, comenzó siendo anti-reformista (se opuso a las reformas del gobierno de Jacobo Arbenz); luego fue anti-democrático (propició la caída de un gobierno legítimo); para convertirse en contrainsurgente y criminal (al vender armas y entrenar al Ejército que cometió operaciones violatorias de los derechos humanos). Según las investigaciones de la CEH, el ejército guatemalteco y grupos paramilitares afines fueron responsables del 93% de las violaciones documentadas. ¿Y cuál fue el papel de Cuba y Fidel Castro ? A partir de 1954 se consolidaron, en Guatemala, dictaduras militares fuertes, apoyadas por los partidos políticos y los sectores de poder, opuestas a todo cambio y a todo espacio democrático. Esto provocó gran descontento social, especialmente entre los estudiantes, maestros, obreros, campesinos y algunos profesionales y militares. En pocos años, la rebelión de la izquierda echó raíces sociales y se radicalizó. En 1962, estalló el enfrentamiento armado en Guatemala; la izquierda proclamaba la necesidad de tomar el poder por medio de las armas, con el objeto de construir un nuevo orden social, político y económico. El triunfo de la guerrilla de Fidel Castro, en Cuba, había ocurrido en enero de 1959; su exaltación de la lucha armada influyó a los nuevos revolucionarios guatemaltecos. Además, Cuba prestó apoyo político, logístico, de instrucción y entrenamiento a la insurgencia guatemalteca durante todo el período 1960-1996. Según la CEH, las acciones de los grupos insurgentes produjeron el 3% de las violaciones de los derechos humanos y hechos de violencia. "La CEH concluye que fenómenos coincidentes como la injusticia estructural, el cierre de los espacios políticos, el racismo, la profundización de una institucionalidad excluyente y antidemocrática, así como la renuencia a impulsar reformas sustantivas que pudieran haber reducido los conflictos estructurales, constituyen los factores que determinaron en un sentido profundo el origen y ulterior estallido del enfrentamiento armado. El enfrentamiento armado se desencadenó en Guatemala debido a una suma de fenómenos internos como la caída del arbencismo, el feroz anticomunismo de importantes sectores de la población y la alianza defensiva de militares, empresarios y otros segmentos de la población, temerosos del cambio social. Asimismo, intervinieron factores externos como la 'Guerra Fría' y la influencia de la triunfante revolución cubana al alentar en todo Latinoamérica el naciente movimiento guerrillero".

III
¿Qué es eso de la CEH? ¡Disculpa, debí de haberlo explicado antes! Nos estamos refiriendo a la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) establecida el 23 de junio de 1994, mediante el Acuerdo de Oslo. Esta Co-misión fue establecida por las dos partes directamente involucradas en el conflicto armado: el Gobierno de la República de Guatemala y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), es decir, la guerrilla. Ambas partes acordaron que la CEH debía esclarecer con toda objetividad las violaciones a los derechos humanos y los hechos de violencia que causaron tanto sufrimiento a la población guatemalteca entre 1960 y1996.
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¿Cómo fue que la CEH investigó ese pasado reciente? La CEH solicitó, utilizando diversos medios de comunicación social, la cooperación de aquéllos que quisieran contar lo que había sucedido. ¡Se recibieron miles de testimonios provenientes de todos los sectores sociales, de víctimas, de victimarios y de sus familiares! Miles de testigos dieron su testimonio individual o colectivo de lo que habían visto o vivido; y se escucharon todas las versiones. También, se leyeron miles de páginas de documentos que entregaron diversas organizaciones de la sociedad civil. A todos, se les garantizó que la información sería manejada confidencialmente, para su propia seguridad. Además, los testimonios fueron tratados científicamente para eliminar la mayor cantidad de inexactitudes o falsedades. Se trabajó con objetividad y en permanente contacto con la población afectada. La CEH tuvo su sede en la ciudad de Guatemala y subsedes en otras partes del territorio guatemalteco. También se contó con equipos móviles que visitaron en sus propias comunidades, casas, oficinas y otros lugares a las personas que así lo solicitaron. ¿Y qué hicieron con esa investigación? Todo lo oído, visto y leído se recogió en un informe que fue entregado a la sociedad guatemalteca en febrero de 1998. Este Informe se publicó en 1999, bajo el nombre de "Guatemala, Memoria del Silencio"; consta de cinco volúmenes y se encuentra en muchas bibliotecas del país. ¡Es una lectura dolorosa pero esencial para los guatemaltecos! De hecho, la mayor parte de lo que has leído en este artículo, lo hemos tomado del Informe de la CEH. ¿Quiénes formaron parte de la CEH? Tres personas. Uno de ellos era un experto alemán, delegado de la Organización de las Naciones Unidas, Christian Tomuschat. Otra persona, fue el abogado y notario Alfredo Balsells Tojo; y también Otilia Lux de Cotí, una mujer indígena; estos dos últimos, guatemaltecos. La CEH trabajó independientemente del gobierno de Guatemala y de la URNG, contando con la colaboración y verificación de las Naciones Unidas. También se tuvo el apoyo de la comunidad internacional y de numerosas asociaciones de derechos humanos y de la sociedad civil guatemalteca. El Informe de la CEH es un informe veraz del pasado reciente de Guatemala, de los hechos de violencia que enfrentaron a los guatemaltecos y de las causas del enfrentamiento. Contiene, además, recomendaciones para que el pasado violento no vuelva a repetirse... ¡Nunca más! ¿Para qué servirá todo ese esfuerzo por conocer la verdad? La CEH permitió a los guatemaltecos y guatemaltecas hablar sobre su pasado reciente, lo que por mucho tiempo tuvieron que callar. Conocer y revelar la verdad contribuye a que la violencia del pasado no vuelva a repetirse; era necesario que los hechos históricos fueran reconocidos, para que la sociedad guatemalteca pudiera aprender las lecciones que emanan de tanto sufrimiento. Esa es la esperanza que tenemos. Que el enfrentarnos con nuestro pasado inmediato nos ayude a superar la intolerancia, la discriminación y la exclusión que caracterizan a nuestro país. ¿Y podemos hablar de este capítulo de nuestra historia en los colegios, institutos y escuelas del país? ¿O es un tema "sólo para adultos"? ¡Qué va! ¡Por supuesto que NO es sólo para adultos! La Reforma Educativa guatemalteca nos dice con toda claridad que debemos "conocer gradualmente la memoria histórica del conflicto armado para fortalecer la armonía social, la reconciliación y la cultura de paz". Y la Recomendación No. 36 del Informe de la CEH expresa que "...en los currículos de educación primaria, secundaria y universitaria se incluya la enseñanza de las causas, el desarrollo y las consecuencias del enfrentamiento armado, así como el contenido de los Acuerdos de Paz".... La inclusión de este tema en los planes de estudio es muy importante para la formación cívica y política de los jóvenes. Sólo si estudiamos el pasado trágico de Guatemala, aprenderemos de él para impedir que se repita en el futuro. Como dijo uno de los testigos que declararon ante la CEH: "Que la historia que pasamos quede en las escuelas, para que nuestros hijos la conozcan, para que no se olvide".
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GLOSARIO
Atol: Bebida de masa de maíz o de harina de arroz o trigo cocido que se bebe caliente. Comal: Cosecha de maíz sin desgranar. Utensilio plano y circular de barro o metal, que colocado sobre brasa o fogón, sirve para cocinar. Chumpipes: Aves de granja, pavos, guajolotes. Tontearon: Chuchitos: Actuaron como tontos. Tamal pequeño de masa de maíz con relleno de carne y envuelto en tusa (hoja de la mazorca de maíz). Chuj: Etnia del noroccidente guatemalteco. Huipil: Blusón propio del traje indígena. Juni: Palabra chuj que significa joven. Kilkobá: Saludo en idioma chuj, Mecapal: Faja con dos cuerdas en los extremos que sirve para llevar carga a cuestas, poniendo parte de la faja en la frente y las cuerdas sujetando la carga. Peltre: Metal usado para fabricar objetos de uso doméstico. Rebozo: Pañolón, chai tejido que usan las mujeres para cubrirse. Señas: Señales, signos. Tamal: Pequeña porción de masa de maíz cocida, con relleno de carne y envuelta en hoja de plátano. Tortilla: Pequeña porción de masa de maíz redondeada y aplanada con las palmas de las manos y cocinada en comal. Alimento popular que sustituye al pan de trigo. Temascal: Baño rustico en forma de horno, hecho de adobe. Funciona como baño de vapor al calentar piedras en su interior. Tanate: Envoltorio; lío de cosas; conjunto de cosas. Tapisca:

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