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ESTRATEGIAS DE ENSEÑANZA Y APRENDIZAJE QUE DESARROLLAN COMPETENCIAS SOCIOEMOCIONALES Tesis doctoral

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Reflexionar sobre las estrategias que desarrollan competencias socioemocionales es una actividad que reviste interés en la formación universitaria. Colaborar en el cambio educativo es una tarea apasionante. Esta investigación es la expresión de un largo proceso y un comprometido esfuerzo en el cual se busca el camino más adecuado para ofrecer a la sociedad herramientas que contribuyan a la formación personal y a la construcción de una sociedad más tolerante, justa y solidaria.
Reflexionar sobre las estrategias que desarrollan competencias socioemocionales es una actividad que reviste interés en la formación universitaria. Colaborar en el cambio educativo es una tarea apasionante. Esta investigación es la expresión de un largo proceso y un comprometido esfuerzo en el cual se busca el camino más adecuado para ofrecer a la sociedad herramientas que contribuyan a la formación personal y a la construcción de una sociedad más tolerante, justa y solidaria.

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Existen diversos procesos por los cuales nos emocionamos. Según

Mandler (1985), cuando un esquema no encaja con la experiencia (enfoque

constructivista) provoca una activación del sistema nervioso vegetativo. La

experiencia emocional se produce por la activación vegetativa y la

valoración cognitiva. Según Lazarus (1991) la evaluación primaria y

secundaría intervienen en la valoración de la emoción. La evaluación

primaria determina las consecuencias que se derivan de la situación

emocional vivida que pueden ser irrelevantes afectivamente ya sean

favorables o estresantes (daño, pérdida, miedo…). La evaluación secundaria

determina si se tiene la suficiente competencia personal para saber qué

hacer (relajarse, tranquilizarse, actuar, contenerse, huir, etc.) para afrontarla.

Todo este proceso se realiza en un tiempo muy breve.

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Las emociones se manifiestan como alteraciones súbitas, rápidas e

intuitivas de nuestro estado de ánimo que experimentamos casi sin darnos

cuenta. Son provocados por las ideas, recuerdos y acontecimientos que

producen en nosotros reacciones rápidas en función de lo que sentimos en

ese momento.

Goleman (2006, p.93) declara que “la corteza orbito frontal conecta

directamente neurona a neurona tres grandes zonas: la corteza cerebral (o

cerebro pensante), la amígdala (el centro desencadenante de muchas

reacciones emocionales) y el tronco cerebral (es decir la región reptiliana,

que controla nuestras respuestas automáticas). Esta estrecha conexión

sugiere la existencia de un vínculo rápido y poderoso que facilita la

coordinación instantánea entre el pensamiento, sentimiento y la acción. Esta

autopista neuronal coordina los inputs procedentes de la vía inferior

(originados en los centros emocionales el cuerpo y los sentidos) con los que

vienen de la vía superior que dan sentido a los datos y determinan las

intenciones y planes que guían nuestras acciones”.

Nuestros recuerdos, según LeDoux (1999), son en parte

reconstrucciones. El cerebro actualiza el pasado en función de nuestros

intereses y preocupaciones presentes. Al nivel celular recuperar un recuerdo

significa reconsolidarlo. Es decir, se modifica porque recibe una nueva

síntesis proteica que nos permite almacenar ese recuerdo pero actualizado.

Cada vez que evocamos un recuerdo se reorganiza su misma configuración

química hasta el punto que la próxima vez que lo evoquemos volverá tal y

como se vio modificado.

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La emoción producida da paso a un estado de ánimo que

denominamos sentimiento. Los sentimientos de frustración o impotencia,

por ejemplo, de tristeza ocasionada por una mala noticia. Cuando se

prolonga en el tiempo, decimos que suscita un sentimiento. Nos

emocionamos respondiendo a amenazas de las situaciones que tienen que

ver con la supervivencia o la integridad personal como en el caso de las

emociones de miedo.

El miedo es una de las emociones básicas o universales. Es una

reacción de defensa ante el peligro físico o psicológico como consecuencia

de algo que nos resulta desconocido y que potencialmente no sabemos cual

pude ser su alcance. Así, por ejemplo, un estudiante puede sentir miedo ante

las amenazas de un compañero porque no sabe la magnitud que puedan

tener sus intimidaciones. Según Le Doux (1999, citado en Goleman 2006,

p. 113), “las células de la amígdala se reprograman y desarticulan el

funcionamiento original del miedo”. Por ello uno de los objetivos en la

formación en competencias para la educación superior puede ser la

reconfiguración gradual de algunas emociones negativas como el miedo, la

ansiedad, la depresión, la aversión, la vergüenza y la venganza entre otras.

El simple hecho de revisar con alguien que nos ayude a contemplar

desde una perspectiva levemente diferente, un recuerdo doloroso puede,

según Le Doux (1999, citado en Goleman 2006), contribuir a aliviar

gradualmente parte de la ansiedad provocada por el recuerdo perturbador.

La revisión mental de una determinada preocupación nos permite asumir

una nueva perspectiva, empleando la vía superior para remodelar la inferior.

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La universidad debe constituirse en un espacio privilegiado en donde

se aprende a convivir con las emociones y sentimientos negativos como la

ira, la frustración, ansiedad, celos, odios, frialdad, arrogancia, pena dando

paso a las emociones positivas y sentimientos de altruismo, alegría,

generosidad, humildad, tolerancia, cooperación, solidaridad. Podemos

aprender de las emociones de acuerdo con el ambiente en que vivimos y de

acuerdo a la educación que recibimos. Desde la niñez, la adolescencia, la

juventud y la adultez vamos consolidando estilos emocionales según las

circunstancias que nos toque vivir.

Una actuación inteligente en la práctica cotidiana es saber identificar

adecuadamente la naturaleza de las emociones en nosotros mismos para que

podamos controlarlas de manera reflexiva, estableciendo relaciones

adecuadas entre los pensamientos, las emociones y el comportamiento,

como una forma de orientar la vida personal. Necesitamos aprender a ser

más inteligentes emocionalmente (Valles, 2000).

A continuación profundizaré en la inteligencia emocional y social. Es

decir, en cómo se pueden sustituir unas emociones por otras y expresarlas

adecuadamente respetando nuestros propios derechos y los de los demás.

Expresar adecuadamente nuestras emociones en nuestro pensar, sentir y

actuar es un compromiso con uno mismo, necesita automotivación y un

esfuerzo continuado e intencional y es aquí donde va mi aporte en esta

investigación: como ofertar algunas estrategias de aprendizaje que formen

en competencias emocionales en los currículos para la educación superior.

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