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La Prisión en México

La Prisión en México

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trabajo de investigación histórico desde cárceles pre hispánicas hasta Lecumberri. Situación actual del sistema penitenciario, análisis, crítica y propuestas. Así como los precursores del penitenciarismo. Historia del sistema carcelario de Estados Unidos. Cárceles en Roma.
trabajo de investigación histórico desde cárceles pre hispánicas hasta Lecumberri. Situación actual del sistema penitenciario, análisis, crítica y propuestas. Así como los precursores del penitenciarismo. Historia del sistema carcelario de Estados Unidos. Cárceles en Roma.

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Una desaparecida placa de azulejos, desgastada y añeja, daba cuen-
ta del origen del edificio de lo que fue esa prisión: “Gobernando en
esta Nueva España el Excmo. Conde de Paredes, Marqués de Laguna,
como Virrey y Capitán de ella, se acabó esta casa en el año de 1686”.

Se trataba de siete grandes patios, el principal destacaba por su be-
lleza arquitectónica en un estilo “sobrio y severo” en que se encontraba
construido el inmueble que durante muchos años albergó al Colegio de
Niñas de San Miguel de las Mochas o San Miguel de Bethlem.

El inmueble fue fundado en el año de 1683 por Domingo Pérez Bar-
cia, nacido en Villa Marzo, Asturias, España, quien llegó a México por el
puerto de Veracruz en el siglo XVII aún muy joven con la intención de
llamar a “las arrepentidas del sacerdocio sexual” para atraerlas y per-
suadirlas de que abandonaran su vida de prostitución. Aunque existen
historiadores como Alfonso Toro que sostiene que ese asturiano vino a
México como un aventurero en busca de fortuna y de mujeres para que lo
cuidaran y lo “halagaran”. Él había sido soldado en España y cuando llegó
a México buscó a un tío que era familiar del obispo de Puebla quien lo
acogió para darle techo y alimentos, a la vez que lo inscribía en el Colegio
de San Juan en Puebla y luego lo envió a estudiar a México a la Escuela
de Jurisprudencia59

.

En sus primeros días al frente de la casa de recogidas solamente logró
acoger a dos mujeres, pero su obra de “rescate espiritual” fue creciendo
y con la ayuda del clérigo Lorenzo Fernández, que después se unió a la
“piadosa causa” de Domingo, comenzaron a levantar el edificio definitivo
de esa casa de recogidas, llegando a dar protección, comida y techo a

59 Toro, Alfonso. La Cántiga de las Piedras. 2ª. Ed. Editorial Patria, México, D.F., 1961. págs. 293-308.

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poco más de trescientas mujeres, a las que seguramente persuadían, por
lo menos a una parte de ellas, a que los “contentara” y cuidara.

La casa de recogidas que fundara Pérez Barcia llegó a su fin por ra-
zones de índole económica y no se supo del destino del asturiano.

El edificio de referencia fue construido en lo que fuera el extremo no-
roeste de la ciudad de México, donde posteriormente formaban esquina
las calles de Arcos de Belem y la Avenida Niños Héroes.

Ese edificio también albergó durante algún tiempo a las religiosas de
Santa Brígida, para luego ser utilizado como Colegio de Niñas, que en
realidad se trataba de una escuela que sin llegar a ser convento, aparen-
temente, los estudios que ahí se impartían eran netamente religiosos.

El edificio fue desocupado como consecuencia de la disolución de
las congregaciones y corporaciones religiosas con motivo de las Leyes
de Reforma y las ocupantes fueron llevadas al Colegio de las Vizcaí-
nas y la casa convento de monjas de Belem fue clausurada. Por esas
fechas la Cárcel de la Acordada o Cárcel de la Hermandad era insufi-
ciente para dar cupo a los presos, lo que obligó a las autoridades fede-
rales a ceder al Ayuntamiento de la Ciudad de México el inmueble de
Belem para que mediante adecuaciones y edificaciones muy improvi-
sadas que borraron el sello colonial que lo caracterizaba, se destinara
a la Cárcel Pública General, la que inició su funcionamiento el día 23
de enero de 1863.

Como ya lo asentamos en párrafos correspondientes a la Cárcel de la
Ciudad o de la Diputación y en la fecha que ya señalamos, los presos que
vivían amontonados en dicha prisión, fueron trasladados a la de Belem.
Hay que agregar que en la parte alta de esta prisión y en el frente de la
misma, se levantaron unos cuartuchos para instalar los juzgados.

La cárcel de Belem estaba dividida en 4 departamentos: el principal
era el patio de los hombres, les enseñaban escritura, lectura y aritméti-
ca. El patio de la Providencia destinado a separos de gente de la policía
y gendarmes, con un área para enseñanza primaria. La tercera Sec-

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ción estaba destinada para los menores de 18 años. La cuarta Sección
para las mujeres60

.

Se establecieron talleres de herrería, trabajos de reparación de ca-
rrocería de vehículos, carpintería y telares. Para la realización de las la-
bores de los talleres citados, se ocupaban alrededor de 300 presos. Vale
comentar que el trabajo no era obligatorio y prevalecía la holganza y la
ociosidad. Solamente los sentenciados eran obligados a trabajar y no se
sabe si recibían retribución económica alguna.

Belem también fue conocida como Cárcel Nacional o Municipal exis-
tiendo tres áreas muy definidas: para detenidos, para encausados y otra
para sentenciados.

Se hicieron modificaciones muy improvisadas para instalar fuentes,
lavaderos, tanques de agua y ductos de desagüe.

La capacidad del añejo edificio, no era suficiente para el creciente
número de reos. Vivían como si fueran “rebaños”, a pesar de que con
las modificaciones realizadas se llegó a contar con 116 piezas muy re-
ducidas y una modesta capilla para servicios religiosos, que en conjunto
daban la impresión de tratarse de una enorme vecindad que albergaba a
homicidas, heridores, ladrones, incendiarios, violadores, adúlteros, entre
otros y, como siempre, hasta de inocentes víctimas de los atropellos e
injusticias que siempre han existido

En el mes de diciembre del año de 1887, había en esa cárcel 1432
seres humanos presos, 1119 varones y 313 mujeres de las cuales varias
de ellas ahí tenían a su prole

No había camas ni catres, dormían en el suelo sobre cartones o pe-
tates que les procuraban sus familiares; andaban casi en harapos, semi-
desnudos, pues la prisión no los dotaba de vestimenta. La alimentación
era miserable y si los presos o las presas no tenían trasto para recibir su
comida, ésta les era arrojada sobre su sombrero.

60 Rivera Cambas, Manuel. México artístico, pintoresco y monumental. op. cit. pág. 261.

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Posteriormente a los talleres señalados en párrafos anteriores, se
agregaron de herrería, zapatería, sastrería, manufactura de cigarrillos,
cajetillas de fósforos, artesanías de fibra de palma.

Desde luego que se contaba con pésimas instalaciones que se usa-
ban como cocina, alacena y la indispensable atolería.

El espacio carcelario no era ajeno a la introducción de armas de fue-
go y las llamadas blancas. Constantemente se suscitaban riñas entre los
presos que en varias ocasiones culminaban con la muerte de algunos de
los rijosos o al menos quedaban gravemente lesionados. Ni qué decir de
la presencia del alcohol al interior de la cárcel y de todo tipo de narcóti-
cos, principalmente la mariguana.

En ese año de 1887, más del 50% eran encausados, el resto senten-
ciados y de éstos, 38 estaban condenados a la pena de muerte; ejecucio-
nes que se llevaban a cabo por fusilamiento en un lugar –al interior de la
prisión- de piso de tierra, sin planta alguna y que los presos lo conocían
como el “patio del jardín”. En los muros de esa área donde se cumplía la
pena capital, se apreciaban las horadaciones que como huella imborra-
ble dejaban los proyectiles que salían de las armas que accionaban los
integrantes del pelotón de fusilamiento y que traspasaban el cuerpo de
los acribillados por mandato judicial. En ese lugar y después de la ejecu-
ción, muchos cadáveres ahí mismo eran sepultados cuando se trataba
de infelices seres que habían sido abandonados y otros que siendo tanta
la miseria de la familia, no contaban para el pago de una inhumación en
panteón alguno de la ciudad.

La cárcel de Belem siguió funcionando como tal hasta el año de 1933,
fecha en la que fue demolida y en su lugar se levantó un enorme plantel
educativo: el Centro Escolar Revolución.

caPítuLo iii

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