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La Prisión en México

La Prisión en México

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trabajo de investigación histórico desde cárceles pre hispánicas hasta Lecumberri. Situación actual del sistema penitenciario, análisis, crítica y propuestas. Así como los precursores del penitenciarismo. Historia del sistema carcelario de Estados Unidos. Cárceles en Roma.
trabajo de investigación histórico desde cárceles pre hispánicas hasta Lecumberri. Situación actual del sistema penitenciario, análisis, crítica y propuestas. Así como los precursores del penitenciarismo. Historia del sistema carcelario de Estados Unidos. Cárceles en Roma.

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En realidad, en sus orígenes, la cárcel no existió como tal44

; sucede que
se creó el Tribunal de la Acordada. El establecimiento de la Acorda-

da45

fue el resultado de la necesidad de un remedio pronto y eficaz, para
contrarrestar los peligros con que se veía amenazada la Nueva España
por la multitud de salteadores que, en los caminos, en los poblados y aún
dentro de la Capital, “tenían a los hombres honrados en continua alarma” ;
la pésima situación que guardaba el país por el año de 1710, hizo aceptar el
medio extraordinario de crear un Alcalde Provisional; pero no alcanzando
para el desempeño de su misión las facultades que se le concedieron en la
Real Cédula de 1715, se acordaron otras a Miguel Velázquez Lorea, quien
al precio de la vida de muchos delincuentes reprimió la audacia de los de-
más y consiguió establecer la seguridad en la Nueva España.

Bajo el tema de la Acordada, habrá que comentar que en aquella
época la inseguridad de la Nueva España era completa. La escasez de
población por una parte; las largas distancias, por otra, fueron motivos
más que suficientes para que el gobierno no pudiera vigilar todos los
caminos. Presentaban éstos mayor peligro para los viajeros, tanto que
muchos, antes de lanzarse a las penalidades de un viaje, se preparaban
como si “estuvieran en artículo de muerte, pues a los que bien les iba
eran despojados de todo lo que llevaban”46

Las relaciones de asaltos, de asesinatos y de robos eran frecuen-
tes. Los malhechores habían llegado a gozar de verdadera impunidad.
En muchas ocasiones, las autoridades se consideraban impotentes para
reprimir tantos abusos y tropelías, cometidos por los bandidos que mero-
deaban por muchas de las principales provincias. Llegaron en su audacia

44 De Arrangoiz, Francisco de Paula. México desde 1808 hasta 1867. Ed. Porrúa, México, D.F. 1968.
pág. 24.
45 García Cubas, Antonio. Revista Criminalia, año 1959, número 9, pág. 558.
46 González Obregón, Luis. La Acordada. Revista Criminalia, año 1959, número 9. págs. 454 y 455.

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los ladrones, hasta asaltar e internarse, en pleno día, en las plazas de las
ciudades. “El mal era grande; cundía el pánico; los habitantes de los po-
blados vivían en constante alarma. Muchos medios se habían ensayado
para perseguir a los ladrones, pero todos inútiles”.

Es así que se tomó una medida enérgica, y ésta la tomó el Virrey
Duque de Linares, nombrando Alcalde de la Hermandad de Querétaro a
Miguel Velázquez Lorea, a quien otro Virrey, el Marqués de Valero, amplió
en 1719 las facultades que ejercía, declarando inapelables sus sentencias
y eximiéndole de la obligación de dar cuenta a la Sala del Crimen. Esta
disposición, aprobada por el Rey, el 22 de mayo de 1722, fue dictada con
Acuerdo de la Audiencia, y de aquí que tomó el nombre de Acordada47
.

El Tribunal de la Acordada, conocido también como el Tribunal de la
Santa Hermandad, se encontraba a cargo de un individuo denominado
Juez o Capitán, a cuyas órdenes se hallaban sus colaboradores.

El problema de la delincuencia de esa época, era tal, que el Tribunal
de la Acordada debía tomar resoluciones en el sitio en donde se encon-
traba el delincuente, pues dicho Tribunal no se ubicaba establecido en un
lugar determinado, sino que constituido por el Juez o Capitán, con sus
colaboradores los comisarios, un escribano, un capellán y un verdugo,
ocurría al sitio donde se encontraba el malhechor y en el propio lugar de
los hechos, formaba una sumaria, frecuentemente no más de un pliego
de papel y, ante la identificación de la persona, con la existencia del cuer-
po del delito, se procedía a la inmediata ejecución del reo.

El inmueble que tiempo después dio albergue a la Cárcel de la Acor-
dada era descrito de la siguiente forma: El edificio de la Cárcel de la
Acordada o Cárcel Nacional hasta la fecha de su demolición, en el año
de 1906, era una construcción imponente y sombría, de pesada arquitec-
tura, que por sí recordaba la presencia del célebre Tribunal y de la propia
Cárcel de la Acordada48

.

47 Malo Camacho, Gustavo. Historia de las Cárceles en México. op. cit. pág. 73.
48 Rivera Cambas, Manuel. México pintoresco, artístico y monumental, ed. 1880. Editora Nacional,
última edición 1967, págs. 247-258.

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Esa cárcel estaba situada en el extremo poniente de la ciudad de
México, en la manzana contigua al Hospital de los Pobres, y con la fa-
chada hacia el norte, al sur de la capilla del Calvario, en cuyo cemente-
rio eran sepultados los criminales, más o menos en el lugar que ocupó
el ángulo formado por la Avenida Juárez con las calles de Balderas y
Humboldt. La fachada, sin arte ni belleza alguna, según nos recuerdan
esos autores, sólo observaba una serie de ventanas y balcones largos
y angostos, un zaguán ancho y elevado y dos lápidas, una a cada lado
del anterior, conteniendo las octavas que escribiera José Rincón, preci-
samente para el establecimiento.

Más sobre esa prisión: La construcción, de paredes altas y sólidas y
con los calabozos provistos de cerrojos y llaves, afirmaba su seguridad,
que era fortalecida con la guardia que se hacía notar en las azoteas, en
los garitones y en el exterior del edificio. En el interior, sólo se oía el ru-
mor de las cadenas que arrastraban los presos, el canto melancólico de
algunos, o el lúgubre quejido de los azotados y de los que eran sometidos
a la prueba del tormento. Aquellos infelices tenían casi siempre a su vista
el verdugo y el cadalso.

Vale agregar que el Tribunal de la Acordada surgió en el año de 1710,
durante la colonia y llegó a tener doce jueces en el transcurso de su cen-
tenaria existencia, que finalizó en el año de 1812; después de esta fecha,
la cárcel continuó funcionando como prisión ordinaria, y en el curso de su
existencia llegó a ocupar diversos locales.

Los Presidios de la Acordada49

estuvieron ubicados, sucesivamente,
en unos galerones del Castillo de Chapultepec; de allí se trasladó pro-
visionalmente al lugar en el cual fue fundado el Colegio y Convento de
San Fernando; pasó después a un obraje, que más adelante había de
ser ocupado por el Hospicio de Pobres, y como el edificio era muy chico,
pues tenía un cupo de 493 reos, se pensó en construir otro nuevo, y al
efecto fue adquirido el terreno adjunto. Pasó así a su edificio definitivo
ubicado frente a la Iglesia del Calvario, en el año de 1757; posteriormente,
arruinado el edificio por un terremoto ocurrido en 1768, fue reconstruido

49 García Cubas, Antonio. Revista Criminalia. op. cit. pág. 301.

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para entrar en servicio una vez más hasta febrero de 1781, y en el trans-
curso de la reedificación, interinamente, los reos fueron trasladados a un
local ubicado donde más adelante fue establecido el Cuartel General del
Puente de los Gallos.

En 1812, las Cortes de Cádiz, abolieron el Tribunal y la Cárcel de la
Acordada, y desde entonces el edificio quedó destinado a prisión ordina-
ria, carácter con el que subsistió hasta 1862, bajo el nombre de Cárcel
Nacional de la Acordada.

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