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CRÍTICA “CIUDADANO KANE”

“Ciudadano Kane” ha pasado a la historia del cine como una de las mejores películas de todos los tiempos. Dirigida por un joven Orson Welles y producida por la RKO y Mercury Theatre Productions en 1941, fue nominada a diez premios Óscar y obtuvo el de mejor guión, compartido entre Herman J. Mankiewicz y el propio Welles. Si nos atenemos a lo que esta magnífica obra del séptimo arte aportó en su momento en aspectos puramente estéticos, tenemos que resaltar la fotografía de Gregg Toland, que da una lección insuperable de manejo de la profundidad del foco así como del juego de la luz y el claroscuro. El más joven cámara en el Hollywood de los años 30, trabajó con directores de la talla de John Ford, Howard Hawks, King Vidor y William Wyler, pero junto a Orson Wells realiza en mi opinión uno de sus mejores trabajos. La imagen plástica es digna heredera del expresionismo alemán, con toda su fuerza y carga dramática, logrando hacer poesía con el manejo de las sombras. Algunos la consideran más próxima al cine negro, lógica afinidad si pensamos por ejemplo en uno de sus grandes hitos, “El halcón maltés”, basada en la novela homónima de Dashiell Hammett, dirigida el mismo 1941 por John Huston y que viene considerándose como la primera del género. También destacaremos la música de Bernard Herrmann, utilizada de modo soberbio para crear los distintos ambientes que las situaciones requieren, ya sea éste la intimidad de un humilde hogar, el alboroto festivo de una celebración en las oficinas de un periódico, o conseguir en el espectador el impacto de un gran acontecimiento. El elenco es una de los principales valores de la película. Son actores curtidos en el teatro, que se crecen en los primeros planos: cómo olvidar el rostro de Dorothy Comingore (Susan Alexander), forzada a ser una “estrella” de la ópera, o de Agnes Moorehead en el papel de la madre de Kane, quien toma una decisión que marcará para siempre la vida de su hijo. Charles Foster Kane, nace en un humilde hogar del que es separado por voluntad de su madre para educarse según lo que se espera de él, convertirse en un gran magnate. Al tomar posesión de su cuantiosa herencia, sólo se interesa por un pequeño y arruinado periódico, el Inquirer, pues comprende que el verdadero poder no reside en el oro ni en el dinero sino en el poder de la información, trampolín hacia el poder político. A partir de ahí, pone en marcha un mecanismo en el que “el fin justifica los medios” tanto en su vida personal como profesional, que en realidad es una sola. Tildado por unos de fascista y por otros de comunista, él se defiende viéndose a sí mismo como un americano. Si algo le caracteriza es el compromiso político, estar a favor o en contra pero nunca indiferente a la

realidad. Desde su “atalaya”, crea un imperio, el suyo, dentro de otro imperio, el americano, al ser capaz de forjar la opinión de la mayoría: “la gente pensará lo que yo les ordene que piensen”. Nos da su particular lección de periodismo con frases como “si un titular es grande, la noticia se convierte en sensacional”. “Ciudadano Kane” es una historia de amor, del amor que el protagonista busca desesperadamente en los demás, incapaz de darlo él mismo ni de recibirlo, por lo que pierde todo cuanto de verdad le importa. El miedo a esa pérdida le lleva a construir un gran castillo, con aire entre medieval y morisco, en una enorme propiedad donde todo lo guarda, lugar al que llama Xanadú, auténtica réplica del fabuloso reino de Kublai Khan, donde Kane, el nuevo “emperador” al que sus “súbditos” no han sabido corresponder, atesora obras de arte de valor incalculable junto a plantas exóticas y animales de todas las especies, creando algo así como una espléndida arca de Noé donde poder encerrarse junto a su segunda esposa cuando se ve rechazado por el mundo. Allí se encuentra, solo, abandonado por cuantos lo amaron, cuando le sorprende la muerte y momentos antes de morir pronuncia una enigmática palabra: Rosebud. La investigación que un periodista lleva a cabo para averiguar su significado es el hilo argumental de la película, pero nadie salvo el espectador tendrá el privilegio de conocerlo y sólo durante unos breves instantes, antes de ser consumido por las llamas. ANA RIUTORT

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