Selección musical: J. Taboada Técnicos sonido: O. De Ávila y Ó. Soria. Fotografías: A. Álvarez y G. Ocio Diseño: M. Campo y A.

Guisasola México, 2011
Agradecimientos: A Juan Taboada, mi productor preferido, a J.L. Vigil, por cedernos su casa y estudio, a M.A. Caballero, quien despertó en mí la pasión por la palabra, y a Silvia, mi mujer, por su infinita comprensión y paciencia. (Joaquín De la Buelga)

Versos prestados es una producción de La Caravana del Verso
1 Presentación 2 Romance que trata de los peligros que provocan los libros de IGNACIO SANZ 3 Romance del Rey Don Enrique IV de IGNACIO SANZ 4 Aunque camine sin rumbo de RAMÓN GARCÍA MATEOS 5 Momentos felices de GABRIEL CELAYA 6 La casada infiel de FEDERICO GARCÍA LORCA 7 Poema 20 de PABLO NERUDA 8 Tus manos de PABLO NERUDA 9 Casi cien acrósticos de CAMILO JOSÉ C ELA 10 Vengo del norte de AURELIO GONZÁLEZ OVIES 11 El glayíu la gaita de AURELIO GONZÁLEZ OVIES

Aquí comienza un romance que trata de los peligros espantosos que provoca la relación con los libros. Pongan atención, señores, agucen vista y oído, porque iremos relatando sus efectos negativos. Los libros son artefactos que conducen al conflicto. Llevar un libro en la mano tendría que ser delito. Con acierto, algunos reyes, los mantuvieron prohibidos, mientras al pueblo le daban fiestas de toros y circo. Mi abuelo fue estraperlista, gran corredor de caminos; y mi padre comerciante de licores y de vinos. La vida no les fue mal, hasta que la muerte quiso. Y en su vida no hubo nunca rastro lejano de libros.

Romance que trata de los peligros espantosos que provocan los libros. Ignacio Sanz
Fíjense en el presidente de los Estados Unidos: tuvo que elegir un día entre armamentos o libros y ya ven donde ha llegado, con su poder infinito, que tiene el mundo a sus pies, literalmente rendido. Don Quijote de la Mancha fue lector empedernido, y ahí lo tienen ustedes, preso de sus desvaríos, atrapado en sus quimeras, y siempre metido en líos. Mientras, el bueno de Sancho, sólo recibe castigos.

Dicen que el sabio más sabio Muchos fuegos pavorosos que aniquilan edificios comienzan ¿dónde comienzan?: en las páginas de un libro. Porque la gente se abstrae con ensueños y delirios, mientras las llamas avanzan con su paso destructivo. Las migrañas, las jaquecas, los retortijones de hígado, cegueras y cataratas, la flojedad de intestinos, o esos dolores terribles que dan las muelas del juicio, encuentran en la lectura un cómplice decisivo. El marrano suculento llamado también cochino, cuyas ancas se convierten en jamones exquisitos, anda libre por el campo , entre encinas y quejigos. De libros no sabe nada. ¡Y qué bien sabe el gorrino! de todos los tiempos idos fue Sócrates, un filósofo muy sagaz y persuasivo, inventor de un pensamiento llamado de los sofísticos. Pues bien, lo cierto es que Sócrates no escribió jamás un libro. Ya lo están viendo ustedes, los libros son muy dañinos, no nos dejan ver la tele cada vez que los abrimos. Y sin tele ¿qué es la vida?: un horror, un cataclismo, una caída al silencio, un despeñarse al vacío. La gente que ahora me escucha supongo que ha comprendido las amenazas que esconden estos objetos nocivos. De tal modo que actuarán como dicta el buen sentido. El que evita la ocasión está evitando el peligro.

Baroja, Valle, Machado, Los libros son contagiosos, además de corrosivos, disuelven el pensamiento y socavan los principios. Convierten a muchos hombres obedientes y pacíficos, en personas temerarias y en ciudadanos altivos. Bajo su aspecto inocente se resguarda un fementido, un farsante, un impostor, un trapacero legítimo, Las palabras que lo forman nos hacen perder el juicio, y nos llenan la cabeza de quimeras y de grillos. ¿Quién fue Miguel de Cervantes? ¿Y quién Homero o Virgilio? Góngora, Lope o Quevedo, palabristas de artificios; Borges, Neruda o Calvino, inventores engañosos de falsos mundos ficticios. Llevar un libro en la mano tendría que ser delito; espero que tomen nota que sé muy bien lo que digo, que yo caí en sus páginas y abracé todos los vicios. Pero el romance se acaba y con ello me despido.

Romance del Rey Don Enrique IV Ignacio Sanz
De las muchas dinastías que en España gobernaron sólo un rey fundó en Segovia la corte de su reinado. Le llaman el Impotente al rey Don Enrique IV, gran infamia han cometido los que quieren difamarlo. Pocos reyes tan sensibles a las artes, al teatro. Pocos reyes tan serenos, tan justos y tan equilibrados. Ciertas costumbres de entonces a muchos causan espanto, que más que propias de reyes parecen de mentecatos. La misma noche de bodas le obligan a hacer el acto circundado de testigos sin reservas ni recatos.

Y le obligan a la fuerza, a la vista de un notario, de un arzobispo de Roma, de un juez y de un escribano. Y todo porque la gota no caiga fuera del vaso para evitar componendas y corrimientos en falso. No vaya a ser que el infante proceda de otros asaltos, que muchos juegos de cama trajeron reyes bastardos. ¿Quién, ante tales testigos mantiene el mástil en acto? Hay que ser un semental, un gigantesco verraco, un tigretón de Bengala, un gallo de cien asaltos, toro de fiera embestida, de pura raza un caballo. Para dar el do de pecho ante mirones ingratos con las vergüenzas al aire y los cañamones colgando?

Nuestro rey no dio la talla, pero ¿quién la hubiera dado? que los reyes por ser reyes no son garañones natos. de ahí le vino el apodo, un apodo envenenado, la falta de descendencia no justifica el palabro.

Y según cuenta la Historia en cronicones de antaño, tuvo sus más y sus menos con ciertas damas y damos. Y cumplió como es debido en el dulzor de su cuarto sin sufrir mengua ninguna ni sombra de gatillazo. Y cumplió sobradamente como auténtico jabato como se espera que cumpla un monarca coronado. Pese a todo, ahí sigue el mote mal metiendo y cizañando. Ojalá que quien lo diga padezca el mal en sus bajos. En Segovia queda dicho donde fundó su palacio, donde soñó vida justa el rey Don Enrique IV.

Aunque camine sin rumbo Ramón García Mateos
Aunque camine sin rumbo por el prólogo inquietante de un deseo, por el prefacio inútil de los años que uno tras otro inevitables pasan, aunque atónito me pierda en el acorde culpable de un relámpago, en el relincho impuro de un caballo en celo, aunque cubra mi soledad desamparada con el hábito azul de las certezas, con la curva orgullosa donde se oculta el alma de los dioses, aunque tapie el vacío de lo cóncavo con el miedo infantil de lo convexo, aunque me venza tantas veces el cansancio, yo sé quien soy, yo sé quien soy y sé de donde vengo. Mis antepasados sembraron el camino e hicieron del adobe hogar y amparo, luz del carburo, esperanza del hambre, mis antepasados inventaron la vía láctea y la ternura, el hierro y la canción en flor de espiga, esos muertos míos que contemplan mi rostro testaron para mí su sufrimiento, el sudor y el arado, el corazón atravesado por gemidos sacrílegos, el calvario del pobre sin pan y sin historia, aquellos hombres labraron mi conciencia, amasaron mi carne con manos amorosas, manos de mujeres de eternidad y luto, manos de madre, de arcilla, de tormento, mis ojos son reflejo de sus ojos, mi pan producto de su hambre, mis palabras el grito de sus labios, mis antepasados, muertos míos, hombres de lumbre y carámbano y dolor, yo sé quien soy, yo sé quien soy y sé cual es mi sitio.

La memoria es el territorio de la ausencia, memoria para tejer el lino y la sarga donde duerme el recuerdo, ausencia y humo, piel y escalofrío, mi memoria se viste de pretérito para hablarme al oído, muy bajo, un bisbiseo, la memoria es la brasa, es el carro, es la lanza, piedra que golpea sobre el vértigo de este vivir a rastras, la dignidad de quienes no tuvieron otra cosa que su orgullo y su pena, mi memoria es la llave para abrir el lugar que a mí me toca, el sitio donde clavar los pies y resistir los envites astados del olvido, mi memoria es de sangre, roja como la sangre, como la sangre roja, mi memoria, mi sitio, yo sé quien soy, yo sé quien soy y sé porqué yo escribo. Para grabar con tinta incandescente -caligrafía indeleble que mana del espanto- la palabra justicia sobre el vientre de los poderosos, sobre el aterido aguijón del alacrán, sobre la frente añil de la ignominia, para arropar mi soledad con frazadas de sílabas, palabras para tapar la oquedad aristada del invierno, frío en el corazón, palabra y lumbre, fuego para derretir los hielos de diciembre, solsticio en el alma, ay, una manta que cubra mi pobre desamparo, escribo contra el silencio y la amnesia y el alivio sepulcral de los vencidos, contra la mirada tangente del centauro, contra el gesto otoñal del humillado, contra la luz cenital de las verdades, contra la hiel derramada de los patriarcas, sí, piedra y lignito, barreno y honda, para vencer el peso insalvable de la muerte, esa muerte pequeña que baja las escaleras a mi lado, que bebe de mi copa, que fuma mis cigarros, frente a la muerte escribo para salvar de sus huellas mi camisa, contigo, con tus besos, con tu dulce corazón y flor de mayo, a tu lado, contigo, para ti, para todos los que saben del llanto y las ortigas, fermento y cal, de la llanura interminable del deseo, para ti, para ellos, mis versos, mis entrañas, mis caricias, mis manos, yo sé quien soy, yo sé quien soy, nadie se llame a engaño.

Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo tirando todo al fuego: poemas incompletos, pagarés no pagados, cartas de amigos muertos, fotografías, besos guardados en un libro, renuncio al peso muerto de mi terco pasado, soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego, y así atizo las llamas, y salto la fogata, y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento, ¿no es la felicidad lo que me exalta? Cuando salgo a la calle silbando alegremente —el pitillo en los labios, el alma disponible— y les hablo a los niños o me voy con las nubes, mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando, las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos desnudos y morenos, sus ojos asombrados, y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando, salpican la alegría que así tiembla reciente, ¿no es la felicidad lo que se siente? Cuando llega un amigo, la casa está vacía, pero mi amada saca jamón, anchoas, queso, aceitunas, percebes, dos botellas de blanco, y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—, y no quiero pensar si podremos pagarlo; y cuando sin medida bebemos y charlamos, y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos, y lo somos quizá burlando así la muerte, ¿no es la felicidad lo que trasciende?

Momentos felices Gabriel Celaya

Cuando me he despertado, permanezco tendido con el balcón abierto. Y amanece: las aves trinan su algarabía pagana lindamente: y debo levantarme pero no me levanto; y veo, boca arriba, reflejada en el techo la ondulación del mar y el iris de su nácar, y sigo allí tendido, y nada importa nada, ¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo? ¿No es la felicidad lo que amanece? Cuando voy al mercado, miro los abridores y, apretando los dientes, las redondas cerezas, los higos rezumantes, las ciruelas caídas del árbol de la vida, con pecado sin duda pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio, regateo, consigo por fin una rebaja, mas terminado el juego, pago el doble y es poco, y abre la vendedora sus ojos asombrados, ¿no es la felicidad lo que allí brota? Cuando puedo decir: el día ha terminado. Y con el día digo su trajín, su comercio, la busca del dinero, la lucha de los muertos. Y cuando así cansado, manchado, llego a casa, me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos, y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi, y la música reina, vuelvo a sentirme limpio, sencillamente limpio y pese a todo, indemne, ¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones, me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice: «Estaba justamente pensando en ir a verte». Y hablamos largamente, no de mis sinsabores, pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme, sino de cómo van las cosas en Jordania, de un libro de Neruda, de su sastre, del viento, y al marcharme me siento consolado y tranquilo, ¿no es la felicidad lo que me vence? Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo; pasar por un camino que huele a madreselvas; beber con un amigo; charlar o bien callarse; sentir que el sentimiento de los otros es nuestro; mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha, ¿no es esto ser feliz pese a la muerte? Vencido y traicionado, ver casi con cinismo que no pueden quitarme nada más y que aún vivo, ¿no es la felicidad que no se vende?

La casada infiel Federico García Lorca
Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido. Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos. En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos. El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos. Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido y un horizonte de perros ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo. Yo me quité la corbata. Ella se quitó el vestido. Yo el cinturón con revólver. Ella sus cuatro corpiños. Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese brillo. Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido. Sucia de besos y arena yo me la llevé del río. Con el aire se batían las espadas de los lirios. Me porté como quién soy. Como un gitano legítimo. La regalé un costurero grande, de raso pajizo, y no quise enamorarme porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.

Poema 20 Pablo Neruda
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos." El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. ¡Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos! Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. ¡Qué importa que mi amor no pudiera guardarla! La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Yo no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.. Mi voz buscaba al viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Cuando tus manos salen, amor, hacia las mías, qué me traen volando? Por qué se detuvieron en mi boca, de pronto, por qué las reconozco como si entonces, antes, las hubiera tocado, como si antes de ser hubieran recorrido mi frente, mi cintura? Su suavidad venía volando sobre el tiempo, sobre el mar, sobre el humo, sobre la primavera, y cuando tú pusiste tus manos en mi pecho, reconocí esas alas de paloma dorada, reconocí esa greda y ese color de trigo. Los años de mi vida yo caminé buscándolas. Subí las escaleras, crucé los arrecifes, me llevaron los trenes, las aguas me trajeron, y en la piel de las uvas me pareció tocarte. La madera de pronto me trajo tu contacto, la almendra me anunciaba tu suavidad secreta, hasta que se cerraron tus manos en mi pecho y allí como dos alas terminaron su viaje.

Tus manos Pablo Neruda

Casi cien acrósticos Camilo José Cela
Te diría al oído la palabra todo Si descubriese de repente que sirve para algo Y vale para lo que quisiera que me oyeras En un profundo silencio. Sé bien que me estoy muriendo pero no de vejez sino de amor Y también sé que te estoy matando pero no de juventud sino de amor (Aunque esto sea muy difícil de explicar). Cuando la esperanza se convierte en quebradiza realidad Y todos los misterios están ya maduros para dejar de serlo Una rara sensación de dolor invade el corazón del hombre Y pide auxilio a los fantasmas. Sé que no me negarás un recuerdo de mínima caridad Y sé que no me vas a tupir el hueco que dejo en tu corazón con la amargura del olvido del luto que ya no lo es. Tus palabras no me sirven pero me están ayudando a morir de estupor. Te juro que ignoraba los casi cien acrósticos Todos bellísimos y ciertos Que podían hacerse con las letras de la palabra amor.

Vengo del Norte Aurelio González Ovies
Vengo del Norte, de donde la tristeza tiene forma de alga, de donde los siglos son muy anfibios todavía, de donde las grosellas son un veneno puro para beber un trago cada noche. Vengo de allí a conquistar paisajes malheridos, a dar voz a los ecos de estos valles que nunca se han hablado más que con señas de humo. Ella viene conmigo, con todos los caminos enroscados al cuello y una perla de hambre colgada de su frente. Quiero vallar aquí la eternidad para todos los míos, para todos los hombres que desciendan de un padre carpintero, para todos los muertos condenados a girar esas aspas del eterno retorno. Mirad aquellas tierras, aquellas plantaciones de pájaros mojados, mirad aquellas granjas donde todos los días el sol devora el pan. Mirad y, por última vez, podéis llorar al pie de los lechos del trigo que agoniza.

Porque vengo del Norte, de donde nunca anidan las cigüeñas porque las torres tienen que apuntalar el cielo; de donde el frío habita el carbón de los lápices y hay una flor gitana que cura el desencanto. Vengo de allá, de un paseo marítimo alumbrado con gas de calaveras y estrellas de carburo. Ella viene conmigo porque lleva en el vientre más de doscientas conchas y un hijo sin edad como los faros. Ahora la prisa está bajando su marea, ahora las caracolas tienen un rey de nácar, ahora cada ola desemboca un destino y yo os vomitaré un mar para que nunca más os encontréis solos, para que los auspicios os lleguen en botellas y podáis escribir al horizonte. Vengo del Norte, y sé un poco del trayecto de la muerte porque allí desembarcan sus galeras. Escuchadme y seguidme, os traigo grana verde de la palabra que sangran los manzanos y dentro de unos años nuestra felicidad podrá estar muy madura.

El glayíu la gaita Aurelio González Ovies
Oyíla tantes veces, pue ser lo qu'ella quiera: ñeve, frescura, agua, carrascu, manantial. Pue tener les edaes que-y dean los nuesos oyíos, pue ser vieya, neña, mocina, namorada. Pue ser la estación que más-y lluza nos flecos: primavera, veranu, cinta, borla, ivernada. Oyíla tantes veces, antes ser tan sofisticada nin ser toos tan celtes nin modernos y finos por falar con pallabres del senu maternal. Pue ser aire llibre, pozu mina, molín, pastora, vaqueirada. Pue ser lo qu'ella quiera: parroquia, despidida, ronda, tenreza, nana.

Duerme, neñín míu, que vien el coco, y marcha colos neños que duermen poco.
Oyíla pela calle, cola virxe delantre, na romería'l pueblu, apoyáu na portiella, y ya se me poníen los pelos mui de punta; oyíla ente la nueche, pa festexar el Carmen, qu´en Bañugues celébrase a finales setiembre, coles viudas rezando-y al nome d´un paisanu y al salvavides la lancha, y yá m´entraben ganes d'abrazame a quien fuera. Oyíla, con mio madre, yá malina, que la oyía y callaba, y tragaba saliva emocionada. Oyíla en romeríes, al mediudía, nel prau, colos homes vistíos coles meyores gales y les muyeres guapes, arreglaes, espurríes, d- estrenu, con sandalies charol y les uñes pintaes; y entós yá me clavaba como guyes xigantes col grosor d´una estaca.

Oyíla en misa, mezclándose solemne, melódica, col llatín y la salve, col credu y la pallabra, y desprendía fe, soltaba como inciensu, como lliturxes d´oro, como orbayos sagraos, como oración en grana. Y los santos, escuchándola, facíenseme más humanos; como si ella quixera vibra-yos nos sos llabios o ellos intentaren baxar del pedestal. Oyíla nos entierros, cuando dalgún nos marcha, nuna tarde d'iviernu, nel medio'l cementeriu, cuando namás que tábamos el difuntu, los páxaros, cuatro amigos, la llápida, y nun sabría dicir si'y dio vida a la muerte o pena o esperanza. Oyíla munches veces, y siempre me dexó una allegría tristona, un dulzor qu'amargaba. Pente los maizales, siendo yo un chavalucu, cuando andábemos tantiando cola edá y la inocencia, col tabacu y los cuerpos, con Pepe, Inacio, Vitoria, Pablo, Marta, Yolanda ...; frente a la mar, sonando, tamién la oyí sonar, pasame pola piel como cuando la brisa pasa y roza coles fueyes y paez que t'enfresca pero paez que te manca. Oyíla ente xelaes, cuando diba a la escuela, y alguién la tocaba tras de casa. Oyíla munches veces, y nunca me ponía nin llocu de contentu nin apagaú del too. Pero algo había nella que me metía nel cuerpu como una ilusión grande que te quita la gracia; algún tono como que ta diciéndote qu'aproveches el tiempu, qu'agarres lo que llega, porque si non que vuela, porque si non qu'escapa.

Pastor que tas nel monte, y duermes entre la rama,

Oyíla en tou Asturies, si nun recuerdo mal: na picarota un monte, cola rexón dormiendo sobre una vega fondia y la niebla allargada; montáu nuna chalana, p'allá del cabu Peñes, como una sirenina que clama pol so pá. Oyíla tamién lloñe casa, au dicen cornamusa, y entós cálate ren pechu como si te clavaren un gaxarte morrina y t'echaren nos gueyos un xarráu d'humedá. Na cocina mío güela, mientras ella amasaba, y namás que la oyía tarariaba lletres o empezaba bailar:

Pastor que tas nel monte, y duermes entre la rama, si te casares conmigo, pastor, durmieres en buena cama ....
Oyíla nes verbenes, añu tras añu, echar de menos cares, llamar col so llamentu, primitivu y eternu, a los que yá nun tán; oyíla entre los corros, dando-y la soníu al xiru, xuntándonos les manes con fuerza y amistá. Alredor la foguera, esguilando nes llames, cuando la flor del agua ta a puntu reventar. Ellí, sonando bruxa, como l'ecu una xana, como'l gritu una madre cuando pare y la rasguen. Oyíla, oyíla abondo na nueche de san Xuan. Oyíla tola vida, crecí oyendo la gaita, y güei cuando la escucho, la de siempre, la que tien un punteru, un roncón, un soplete, la payuela, el payón, el fuelle y los asientos, cuando la oigo quexase danme ganes llorar, cuérreme poles venes como un ríu muy vieyu, como un regatu humilde y viénenme a la mente los que nun tán equi nin m´apetez nomar.

Óigola y, nun segundu, como los cangarexos, voy andando p´atrás, llévame a tolos sitios, a tolos sentimientos, a toles mios vivencies, a toles mios quebradures; a tola intensidá. Trespórtame, y toi tovía esmarañando yerba nes tablaes de xunu, ellí onde comíamos tortiella con chorizu, debaxo d´un salgueru, ellí onde pisaba, muertu sede y picores, agarráu a la estaca, l´altura´l balagar. Trespórtame, quítame años, pero améstame nudos na garganta, por allegre que suene, por saltarina que sea, por festexera que sople; tien algo dientro'l fuelle, mezclao cola pelleya, qu'esparce xiringüelos y sema soledá. Algo-y echen al fuelle, con algo l'unten a la hora adobalu, que suelta per Asturies muñeiras y floreos, ximielga castañales, atr'y a les calandries, apasiona a los horros, engatusa a los perros, pero fai dañu a l 'alma como con llontananza y buena voluntá. Ye como si t´abracen, te canten y t´abracen y al abrazate tanto, al sentite queríu, feliz, fuera de ti, entusiasmáu, radiante, te lleguen afogar. La gaita .... Cuántes veces paso delantre casa, estallando voladores, baxo´l cielu d´agosto, col tambor a la vera, y mío tía ensiguida volvíase tonada, metíase nes coples, con voz entrecortada, y nun llera a callar:

Dime xilguerín parleru, dime que comes, como arenines del mar, del campu, flores.

Cuántes veces, sentaos a media tarde, na fiesta Samartuelu, nel tendeyón, les gaites, dende lloñe, nos adormecieron nuna siesta perfondia mui arcaica .... Nun sé qué bocanaes de lluminosidá despide. Nun sé con que potencia nos borra les angusties, si nun ye más qu'un tubu, el cachín d'una caña de la sensibilidá. Nun sé como domina la tierra y los homes, y atrapa-yos los cinco sentíos al sonar. Ye oyila, y estremecete y adientrate nel tiempu, y viaxar por quintanes, onde hai pitines sueltes; ye oyíla, y ponete a xiblar. Oyíla, per Candás, nel Cristu, a l´alborada, dici-y adiós a barcos que nun sabíen zarpar, y paecía que toles lanches se movíen col ritmu d´una cuna, col pesar d´una llágrima que nun quier resbalar. Per Verdicio, per Cardo, per Perdones, per Cangas .... Oyí tamién les notes dedicaes a Llumeres que casi toles tardes, engaramáu nel horru, esparcía Lolo Rey, l´home Aurelia. Oyíla, siempre la oyí, y paparaos d´olvidu atragantábenme d´alcordanza, y borbotones d´imaxes empapizábenseme nel olvidu. Oyíla sola, y a toes a la vez, imponese como un coru d´ausentes, glayar d'amor, al son y'l dominiu y la maestría Manólo, un quirosanu, del Norte, que namás arrimase al soplete, namás cariciar el punteru, empañaba la vista los cuatro puntos cardinales, tiñía la xeografía de preciosidá. Por eso en Ricao, al escurecer, suspiren tanto les rendixes la tierra, porque fue onde nació aquella eternidá que vive ellí enterrada:

En Quirós yo nací, en Quirós enseñáronme a andar, en Quirós yo aprendí, a rir, a querer, a suañar ....

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