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Jorge Ibargüengoitia - Instrucciones para vivir en México

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No hagan aulas

Al actual ritmo de construcción de escuelas, se necesitarán diez años para compensar el déficit
de 42000 aulas que hay en el país, declaró la semana pasada el licenciado Carlos Campuzano
Oñate, subgerente del Comité Administrativo del Programa Federal de Construcción de Escuelas.
Todo parece indicar que en los diez años que llevará compensar el déficit actual se habrá
creado otro déficit todavía mayor. Es decir, que todos los esfuerzos que se hacen en este sentido
no sólo no son suficientes para resolver el problema, sino que ni siquiera impiden que se vuelva
más grave.

Esto, junto con el sopor por el que atraviesan las inversiones y la encefalitis, fueron los tres
desastres nacionales de que nos tocó enterarnos la semana pasada.
Con respecto al problema de la educación en México conviene decir lo siguiente: la falta de
aulas no es más que una de tantas cabezas de la hidra, y la que aparece con más frecuencia. O,
mejor dicho, la única que aparece. En efecto, con cierta regularidad nos enteramos de que se han
construido tantas más cuantas aulas, que se van a construir tantas más cuantas otras, o bien que
hay tantos más cuantos niños sin aulas. Es menos frecuente que se den a conocer estadísticas
referentes a los otros aspectos del problema educativo: el déficit en el número de maestros, el
grado de preparación de los mismos, las faltas de asistencia de maestros y alumnos, la utilidad de
los textos, el aprovechamientos en clase, la exactitud de las calificaciones, etcétera.
La razón de que esto suceda es, creo yo, que vivimos en un medio esencialmente
monumentalista. La educación es la escuela… el edificio de la escuela. Aprender es ir todos los días
a ese edificio, que tiene en la entrada un letrero que dice, por ejemplo, “Josefa Ortiz de
Domínguez”, y sentarse en una banca a esperar a que dé la hora de la salida. Para los gobernantes,
en cambio, “dar educación al pueblo”, consiste en recorrer construcciones recién terminadas,
cortar listones y descubrir leyendas que digan: “este plantel fue construido siendo Presidente de la
República…” etcétera.

Esta tendencia a ver la educación como edificio o a creer que los edificios mismos son el fin
que se persiguió al construirlos, quedó para mí claramente ejemplificada un día que vi salir de una
escuela que queda cerca de mi casa a la directora acompañada de tres profesoras y un maestro.
Mientras el conserje echaba el candado, la directora se volvió a darle una última orden y entonces
vio, tras la reja, no sólo al conserje, sino el patio de deportes, con el piso encharcado, porque
había llovido, enmarcado todo esto por los dos cuerpos del edificio, con sus corredores; todo muy
limpio y recién pintado; al fondo se veían unos jacales miserables y a los lejos, los volcanes.
La directora, que llevaba una peluca importada de Corea, se volvió a sus acompañantes y les

dijo, sonriendo:

—¡Ay, miren nomás qué retechula es nuestra escuela!

Se refería al edificio, porque lo que pasa dentro es funesto. Los lunes por la mañana, la
directora reúne a sus alumnos en el patio y después de hacerle honores a la bandera y de cantar el
himno nacional, les explica, por medio de un sistema de altavoces, cuáles son las virtudes a que
debe propender toda mujer mexicana y qué clase de zapatos deben usar los hombres. Después lee
las listas de los reprobados, de los que no han pagado el regalo de su propia madre, de los que no
se presentaron a tiempo para hacer calistenia, etcétera. Después de esto entran los grupos “a
clase”.

Entrar a clase quiere decir entrar en el aula, no necesariamente a tomar clase, porque hay
veces —yo lo he visto desde un balcón vecino— que el maestro llega tarde, o no llega, o llega

nomás a corregir los trabajos. En otros casos el maestro es puntual y explica su materia, pero los
alumnos no le hacen caso porque están ocupados en hacerles jeux d’ espirit a las criadas de la casa
vecina.

Y después de ver esto me entero, gracias a lo revelado por el CAPECE, que de una población en
edad escolar de veintidós millones de individuos, sólo diez van a la escuela. Es decir, que a pesar
de que una parte considerable —casi desproporcionada— del presupuesto oficial está aplicada a
la educación, hay diez millones de mexicanos que están recibiendo una educación deficiente,
mientras que el resto, no está recibiendo educación de ninguna especie.
La solución que ha sido propuesta consiste en pedir a las clases de mayores recursos que
ayuden a resolver este problema “por un elemental sentido de justicia”.
Yo, francamente, creo que no va a ser suficiente. Creo que por este camino lo más que se
puede lograr es que el país de edificios, por lo general horribles, en cuyo interior no sucede casi
nada de provecho. Tengo la impresión de que el problema es de tal índole que no tiene solución
dentro de los medios tradicionales, aunque éstos se multipliquen. (19-7-71)

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