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Carta Decano

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Publicado porDiego Vela Grau
Carta escrita al Decano por Juan Ignacio Silva
Carta escrita al Decano por Juan Ignacio Silva

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Señor Francisco Rosende Decano Facultad de Ciencias Económica y Administrativas Pontificia Universidad Católica de Chile Mi nombre es Juan Ignacio

Silva y entre los años 2006 y 2010 fui alumno de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Pontificia Universidad Católica de Chile, titulándome de Ingeniero Comercial el año 2011. En mi paso por la Universidad y la Facultad aprendí muchas cosas, desde aspectos técnicos de administración y economía, hasta aspectos de formación general como persona. Tomé cursos de filosofía, pintura, historia, etc., y participé y/o dirigí diversas actividades extracurriculares: pastoral, trabajos, misiones, foros, debates, elecciones. De la Universidad me llevo muy buenos recuerdos, grandes amigos y una sólida formación. Curiosamente, una semana antes de mi titulación, estuve en otra actividad en el Centro de Extensión de la Universidad: un encuentro con los sacerdotes Mariano Puga y José Aldunate SJ, quienes nos invitaban a no seguir permitiendo que la Universidad Católica, por medio de sus ex alumnos, “construyera el anti Reino”, es decir construir aquello opuesto al Evangelio de Jesús, quien nos dijo hace 2000 años que “en verdad, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí”1 o a aquello que el Papa Benedicto XVI nos sigue invitando, a “una solidaridad creativa, no sólo para distribuir lo superfluo, sino cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad”2. En este encuentro me preguntaba si realmente estaba en la misma Universidad que me había formado, si las palabras de estos sacerdotes encontrarían eco al interior de mi Facultad, o si yo estaba viendo solamente un bello espejismo. Pero durante la ceremonia de titulación, donde el Decano y el Rector nos proponían a los graduados trabajar en pos del bien común, poniendo especial atención en quienes menos tienen, me di cuenta que estaba en el mismo lugar: la Pontificia Universidad Católica de Chile. En ambos discursos se hizo un llamado fuerte y claro a trabajar por el bien común, mencionando muchas veces palabras como “pobreza”, “desposeídos”, “sociedad”, “realidad”. En ese momento, los discursos del Decano y del Rector me hicieron confiar en que Mariano y José no eran los únicos que querían una universidad más orientada al servicio de quienes menos tienen, de aquellos que el sistema ha dejado de lado, de esos que fueron –y sin duda siguen siendo- los predilectos de Jesús. Pero me apenó profundamente ver que, en mi Facultad, esas palabras –de los sacerdotes en el encuentro, y las autoridades en la graduación- nos son más que intenciones y palabras que se vuelan en el tiempo y pasan a ser lugares comunes de discursos, pues en el diario vivir de la Facultad, no tienen cabida. Ahora que soy Ingeniero Comercial siento que algo faltó en mi formación como estudiante. Siempre lo sentí, pero esperé hasta el final de mi carrera para ver si la visión cristiana de la Universidad Católica llegaba a las ciencias económicas y administrativas y
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Mateo 25, 40. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial por la Paz, 2009.

las teñía de un tono humanista, integral y que promoviera estructuras sociales para crear un mundo más fraterno y humano. Ese día no llegó, hasta la graduación. En un comienzo me pareció muy bueno el llamado del Rector y el Decano, pero me quedé pensando y me llamó profundamente la atención que, durante esos minutos que duró la ceremonia, esas palabras sonaron en mayor cantidad, y con más fuerza, frecuencia y convicción que a lo largo de toda la carrera. Durante los años que fui alumno de la carrera escuché a los profesores hablar de maximización de utilidades, mercado de capitales perfecto, cuentas por cobrar, ventas y estrategia, pero no los escuché hablar de pobreza, justicia social, redistribución de la riqueza, políticas públicas. Tampoco los escuché haciendo frente a un modelo económico que algunas veces reproduce pobreza, inequidad, fomenta el individualismo y el consumismo. Tampoco escuché una propuesta humanista, integral y trascendente de la economía. Tampoco escuché de la “la opción preferencial por los pobres que está implícita en la fe cristológica”3. Viendo la historia de nuestra Facultad, creo que la ésta ha sido partícipe de grandes cambios en la sociedad chilena, entregando al país servidores en muchos ámbitos: sacerdotes, líderes sociales, empresarios, políticos y personajes anónimos luchando por un país más justo, humano y fraterno. Pero también creo que nuestra Facultad ha colaborado pertinazmente en la reproducción de las grandes injusticias de nuestro país, de un modelo económico que mantiene a millones en condiciones poco evangélicas y promueve y fomenta una lucha desmedida por la riqueza, que ha llevado a grandes atropellos a la dignidad humana. Pero, penosamente, constato que quienes mejor han encarnado el espíritu de la Facultad han sido aquellos, que, usando la eficiencia a ultranza, han maximizado utilidades empeñando la dignidad de sus trabajadores, de la sociedad y del medio ambiente. Se nos enseñó que esta ciencia social –la economía- no respeta supuestos que le son anteriores y superiores: la dignidad humana y el trato fraterno al que nos invita el Evangelio de Jesús, Señor de los Pobres. Asimismo, creo que nuestra Facultad fue muy relevante en las reformas económicas llevadas a cabo en Chile especialmente en los años ’80, las cuales han permitido a muchos salir de la pobreza, trabajar por sueldos dignos y mejorar integralmente su calidad de vida. Pero ese modelo de desarrollo también nos ha llevado a una cultura de individualismo, materialismo, competencia y consumismo extremo, donde estamos valorando a las persona por cuánto tienen –incluso por cuanto aparentan teneren vez de valorar al otro por lo que es: ser humano digno de respeto y admiración. Esto ha llevado a que muchos, como no pueden tener todo lo que el modelo les indica como deseable, aparenten o incluso utilicen medio ilegítimos para conseguir eso que es “bueno”. La violencia que se vive, la falta de esperanza, el trato inhumano, es -en partefruto de una violencia económica, la injusticia y las diferencias abismantes que nos separan como sociedad. Todos estos años soñé con una Facultad donde se incentivara el profesionalismo y la capacidad de emprender, pero sin dejar de lado a quienes menos tienen, una Facultad que nos preparara para trabajar en organismos públicos y privados, con y sin fines de lucro, una Facultad inclusiva y fraterna, donde las diferencias fueran vistas como una riqueza y no como una amenaza, una Facultad donde, con la misma fuerza con que se nos enseña a maximizar utilidades, se nos enseñara el respeto por los trabajadores y el mundo sindical, una Facultad donde las ventas estuvieran ligadas a la honestidad, donde
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Benedicto XVI, Discurso Inaugural de Aparecida.

la producción tuviera como elemento central el respeto por quienes trabajan en ella y por el medio ambiente, una Facultad donde se nos enseñara tercamente que “la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia”4, una Facultad donde el Reino se hiciera carne y futuro, en definitiva, una Facultad que fuera colaboradora de la misión evangélica de la Universidad. Se despide atentamente, y con la esperanza del Evangelio que inspira los valores de nuestra Universidad, Juan Ignacio Silva Domínguez

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Benedicto XVI, Caritas in Veritate.

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