10 – PIRATAS de golden VS PIRATAS de SMALLEST

Una negra humareda se alzaba en la lejanía, lo cual hizo que Jim temiera lo peor. Marguerite no tardó en confirmarlo en voz alta mientras corrían: ¡Esos miserables han quemado los barcos que había amarrados en el puerto! ¡Mierda, nuestro bote estaba allí! – maldijo John. No te preocupes por eso – comentó Jim entre jadeos – Tampoco es que nos fuera a llevar al Grand Line. ¡Cómo se nota que tú no lo has pagado! – se quejó el ex-librero. ¡Bueno, vale ya! – les riñó Marguerite – ¡Ahora lo importante es acabar con esos piratas! – ambos asintieron y apretaron el paso. El paisaje que los recibió era desolador. Los piratas habían prendido fuego a las cosechas y al muelle del puerto, junto con todos los barcos, como ya había aventurado antes la mujer de la serpiente. Pero no solo eso. Las casas de las inmediaciones tampoco se habían librado de las llamas. Jim contempló como los bucaneros entraban en los hogares, desbalijaban sus interiores, y luego les prendían fuego. Había estado con Mediabarba ocho años, y en todo ese tiempo como pirata, no había visto nada igual. Su antiguo capitán tenía fama de sanguinario en alta mar, y el joven lo había visto con sus propios ojos. No había barco enemigo que no acabara echando a pique, fuera pirata o de la Marina. Incluso había abordado barcos de pasajeros, y arrebatado la vida a todo aquel desgraciado que no se hubiera aventurado a colaborar. ¿Pero atacar así un pueblo? Había una especie de dicho que Mediabarba siempre repetía antes de desembarcar en alguna isla: “En la mar la guerra y haya paz en tierra”. La tierra era para el descanso del

marinero. Para recuperarse de las penurias de las travesías por el mar. Pero en aquel momento, aquella paz terrenal estaba siendo devorada por las llamas: ¡¡¡ESO ES!!! – una voz ronca y chillona daba órdenes a aquellos hombres – ¡¡¡QUÉ ARDA HASTA LOS CIMIENTOS!!! ¡¡¡A PARTIR DE HOY, ESTA ISLA PASA A SER NUESTRO TERRITORIO!!! – siguió – ¡¡No quiero que unos aldeanos piojosos puedan llegar a poner sus sucias manos en mi tesoro!! ¡¡¡Y QUE NO QUEDE UNA CASA SIN BARRER!!! ¡¡¡A SUS ÓRDENES, CAPITÁN SMALLEST!!! – asintieron los piratas.

Jim comprobó que las órdenes venían de un hombre de pequeñas dimensiones. Lo que a sus ojos parecía un niño, de no más de tres o cuatro años. Pero aquel hombre no tenía cara de niño, sino de adulto. El adulto más pequeño que había visto en su vida. Vociferaba las órdenes subido a los hombros de un hombre que era todo lo contrario a él. Un gigantón de casi ocho pies de altura. Entonces Jim comprendió el nombre: Con que “el más pequeño”, ¿eh? – rió por lo bajo. ¿¡Qué te hace tanta gracia!? – inquirió John. El capitán pirata recobró la compostura. No, nada, es que…

Entonces ambos se fijaron en que los piratas por fin se habían percatado de su presencia, pese a que cualquier mente más despierta podría haberlos visto venir desde lejos. “No nos tendrán en mucho consideración”, pensó. Los tres se detuvieron, mientras que los piratas dejaban lo que estaban haciendo y los miraban con curiosidad: ¿¡Por qué demonios os habéis parado, atajo de incompetentes!? – empezó el menudo capitán – ¡¡Os he dicho que…!! – entonces se giró hacia el grupo de Jim

y por fin reparó en el trío – ¿¡Quién coño sois vosotros!? – Jim fue a intervenir pero Marguerite lo apartó a un lado y dio un paso al frente. ¿¡¡ERES TÚ EL RESPONSABLE DE ESTO!!? – estalló la mujer. Había permanecido callada al ver aquel saqueo, pero parecía que su ira sólo había sido levemente demorada. Miró fijamente al enano y no obtuvo respuesta alguna, aparte de unos cuantos murmullos de fondo del resto de la tripulación – ¡¡¡EXIJO SABER SI ERES TÚ EL RESPONSABLE DE ESTO!!! – repitió. Ey, ey, ey, ey – intervino por fin el capitán pirata – ¿¡Qué maneras son esas, mujer!? ¡Vienes aquí pegando voces e interrumpiendo el trabajo de mis hombres! – se dio la vuelta hacia los suyos – ¿¡Quién os ha ordenado parar!? ¡¡Seguid ahora mismo con…!! El sonido del golpeo del metal se hizo oír en el ambiente. Jim contempló a Marguerite, quién se había quitado la capa de encima, revelando el carcaj de flechas a su espalda. Su serpiente se mantenía rígida, y adoptaba la forma de un arco en su mano izquierda, que apuntaba al capitán pirata enemigo. Se fijó en que el enano estaba cubierto por una especie de escudo redondeado, adherido al enorme brazo derecho del hombre sobre el que se sentaba. Todo el cuerpo de aquel grandullón estaba cubierto de placas de metal similares a las de aquel escudo, que le cubrían a modo de coraza. Marguerite chasqueó la lengua y bajo el “arco”. El gigantón retiró el escudo y el enano se volvió lentamente: Cómo… – su rostro se convirtió en una máscara de odio – ¿¡…te atreves a dispararme, perra!? – Marguerite dio un paso atrás y sacó otra flecha del carcaj – ¡¡Matadla!! – observó a Jim y John – ¡¡MATADLOS A LOS TRES!!! – los piratas se quedaron mirando un rato a su capitán, y luego se volvieron hacia el trío entre gritos y bramidos, empuñando sus armas con fiereza.

La turba de piratas se lanzó sin orden ni disciplina hacia ellos, clamando por su sangre: Buena la hemos liado – comentó Jim, al ver tal cantidad de enemigos. ¡Calla y pelea! – le cortó John, mientras se quitaba el cinturón con tranquilidad. ¿¡Qué demonios haces!? – se extrañó el capitán pirata – ¡¡Este no es momento para desnudarse!! – el ex-librero pasó el cinturón entre sus manos, como si lo acariciara. Como he dicho... – dijo, mientras el cuero comenzaba a retorcerse entre sus manos como una serpiente – Calla… – se volvió hacia los enemigos empuñando lo que parecía un látigo. Alzó el arma y miró a los piratas concentrado – ¡¡…y pelea!! El látigo chasqueó silenciando su propia voz, mientras que las cinco lenguas del arma provocaron un cántico de dolor cantado a coro. Cinco voces de cinco hombres distintos. Al parecer, una reconfortante melodía para los oídos del ex-librero, que sonrió satisfecho mientras recogía el látigo y lo hacía dar vueltas en el aire antes de flagelar con él a otro grupo de enemigos. Jim lo miró sorprendido: ¡No sabía que pudieras hacer eso! – comentó haciéndose oír entre el griterío de enemigos. ¡Soy un hombre de recursos! – respondió también a voces el ex-librero – ¡¡Pero deberías estar más pendiente de tu espalda que de mí!! El capitán pirata se dio cuenta justo a tiempo, y paró a duras penas el ataque por la retaguardia de uno de los piratas. La fuerte embestida del hombre le hizo caer hacia atrás y Jim aprovechó la inercia para apoyar los pies en el estómago de este y lanzarlo por los aires.

Antes de poder respirar aliviado de seguir vivo, un segundo hombre le vino de frente, empuñando un hacha de doble filo. Jim se echó a un lado para esquivar el ataque del corsario, y luego le lanzó un tajo a la altura del estómago. La hoja se hundió en la carne y las tripas del pirata salieron a saludar. El joven capitán corsario apartó el cadáver asqueado, de una patada. Un grito a su espalda le hizo volver la cabeza. El hombre al que antes había lanzado por los aires, cargaba hacía él dispuesto a ensartarle con la espada. Jim sacó la pistola y disparó a la cabeza. Su enemigo recibió la muerte con un fuerte estremecimiento que le hizo caer hacia atrás. El capitán pirata sintió el fuerte retroceso del arma: ¡Menuda potencia de fuego! – comentó asombrado – ¿¡Qué modelo es!?

John lidiaba en aquel momento con dos enemigos a la vez. Había deformado el látigo y se cubría de los tajos enemigos con un escudo de cuero endurecido. Qué, ¿a qué es mucho mejor que la que tenías antes? – preguntó divertido. Lanzó con la mano que tenía libre una especie de proyectiles dorados al oponente que tenía más lejos. Estos se le clavaron en los ojos y el hombre se tiró al suelo entre alaridos de dolor. La verdad es que sí – afirmó Jim – Casi que tengo que dar las gracias de haber perdido mi otra pistola al naufragar. ¿¡Quién iba a pensar que un estirado como tú tendría un arma como esta!? John sonrió ante el comentario. Desarmó al otro oponente con el escudo, y le golpeó con él, haciéndole caer al suelo. Se puso sobre su enemigo y empezó a machacarle la cabeza con el escudo: Es… un… Flintlock modificado – dijo jadeando entre cada golpe – Tiene un calibre mayor que los Flintlocks normales… ¡Y mayor cadencia de fuego! –

terminó produciendo un sonido desagradable cuando acabó con su sangrienta tarea, y tiró el escudo, ahora enrojecido, a un lado. Un buen modelo, sin duda – dijo Jim tras abatir a otro pirata de un disparo.

John volvió a convertir su reloj dorado en el mandoble que ya usara contra él, y cargó en busca de más enemigos. El capitán pirata buscó a Marguerite con la mirada. La mujer se las apañaba bastante bien sola, aunque parecía obcecada en acabar con el menudo capitán pirata. Cada vez que lo tenía a tiro, un nuevo enemigo le salía al paso, y tenía que pararse a lidiar con él. Jim decidió echarla una mano: ¡Te veo apurada! – comentó mientras la quitaba un enemigo de encima de una patada. ¡¡Voy a matar a ese cabrón!! – gritó la mujer. Jim asintió, mientras paraba una acometida tras otra. ¡Ese grandullón que va con él, parece ser un problema! – señaló.

Y lo era. Por más flechas que disparase la amazona, el gigantón interponía aquellos escudos para proteger el pellejo de su capitán. Las flechas en el carcaj de la Kuja mermaban a ojos vista: ¡Llevo mucho tiempo desentrenada, cuidando de esa cría! – comentó la mujer. Jim supuso que se referiría a Dianne – ¡Tú limítate a ocuparte de la morralla! ¡El capitán es mío! – el pirata asintió, y se dedicó a lidiar con el resto de corsarios. Vaya, vaya, vaya – comentó el enano con su ronca voz – ¿Así que quieres un pedazo de mí? – rió – Una pena que tus flechas no puedan alcanzarme – saltó de la espalda del gigantón hacia atrás – ¡Morroz! ¡¡Enséñale porqué eres mi lugarteniente!!

-

¡¡¡MORROZ!!! – repitió el grandullón, que se lanzó hacia delante como si fuera un gorila.

Jim abatió otro enemigo y contempló como Marguerite se mantenía firme, tensando su “arco” y concentrándose en disparar, mientras que el gigantón cada vez se aproximaba más a ella: ¡Es inútil, zorra! – rió el enano – ¡¡Tus flechas no tienen nada que hacer con…!!

La amazona soltó el “arco”. La flecha silbó con fuerza y alcanzó su objetivo, atravesándolo de lado a lado. El sonido del impacto fue similar al de un cañonazo. El tal Morroz se detuvo en el sitio. Observó la zona del impacto y metió una mano en aquel agujero que le acaban de perforar, a través de acero, carne y hueso. Luego miró a la mujer, extrañado: ¿¡Morroz!? – inquirió, antes de caer y expirar su último aliento. El menudo capitán pirata estaba paralizado en el sitio. ¿¡Pero qué…!? – contemplaba el cadáver de su segundo sin saber que decir. Ahora te toca a ti, enano – anunció Marguerite. El tal Smallest la miró con rabia. ¡¡¡JIM!!! – el gritó de John le llegó con fuerza. El capitán pirata se volvió hacia el ex-librero, que en aquel momento parecía muy apurado – ¡¡Jim, me vendría bien una manita por aquí…!! ¡John…! – el joven capitán corsario miró a Marguerite inseguro. Ve con él – dijo ella – Yo ya me apaño a partir de aquí – terminó mirando al capitán enemigo, mientras sacaba otra flecha del carcaj. Jim asintió y corrió en ayuda de su nakama. Dos enemigos le salieron al paso, armados con una especie de lanzas. Jim cargó por el centro, y justó cuando las lanzas se movieron para ensartarle, saltó apoyando los pies en

el plano de la hoja de ambas armas, y superó a ambos corsarios mientras lanzaba dos tajos rápidos con su espada. Al pisar tierra, oyó el sonido de dos fardos al caer, con un grito ahogado, a su espalda, y volvió a apretar el paso. John estaba a punto de recibir un ataque multitudinario, por cinco flancos distintos: ¡¡Al suelo, letrado!! – gritó Jim. El ex-librero se giró hacia él extrañado. Jim se llevó la espada detrás del hombro opuesto al brazo con el que la empuñaba, recordando las enseñanzas de Mediabarba – ¡Estilo de la Espada Imperial:…! – anunció en plena carrera. Su compañero por fin pareció darse cuenta de sus intenciones y se agachó al suelo – ¡¡…Halcón Cazador!! La espada del corsario destelló con aquel tajo, y el acero silbó produciendo un sonido similar al grito de un ave de presa, levantando una poderosa corriente de aire que, como un par de alas extendidas, voló en dirección al enemigo. Jim oyó con regocijo el sonido de la carne al ser cortada, y los alaridos de dolor posteriores. Los hombres que rodeaban a John cayeron abatidos, y el suelo se tiñó de rojo. El ex-librero se incorporó sorprendido: ¿¡Qué demonios has…!? – empezó. ¡¡Sí!! – gritó Jim con regocijo – ¡¡Me ha salido!! ¡No es tan impresionante como el “Águila Victoriosa” del Capitán, pero…! – algo silbó por el lado de su oído bueno y notó un ruido seco a su espalda. Un pirata enemigo yacía muerto tras él, con un puñal dorado clavado en el entrecejo. El joven capitán se giró hacia John, quién parecía haberlo lanzado. ¡¡No es momento para celebraciones!! – le reprochó este. Jim asintió rápidamente y se volvió hacia el resto de enemigos. El ex-librero retrocedió y pegó su espalda a la suya. Estaban rodeados.

-

Son cerca de una docena – señaló el capitán corsario. ¿Mitad y mitad? – preguntó John. Quien pierda invita a una ronda en la taberna – comentó Jim con una sonrisa. El ex-librero frunció el ceño.

-

¡Tú estás sin blanca! – se quejó. Entonces será mejor que no me deje ganar por ti – terminó divertido. Ambos se lanzaron contra el enemigo. ***

Jim pasó un paño por el filo de la espada. Mediabarba le había enseñado que el acero debía cuidarse como es debido. La sangre seca acaba por embotar las armas de filo. Contempló como John extraía su mandoble del último de los enemigos y sonrió: Creo que me debes un trago – comentó mientras guardaba la espada. El exlibrero restauró el mandoble a su forma original de reloj de bolsillo, y chasqueó la lengua mientras lo guardaba. ¡Qué remedio! – se quejó – Pero a este paso voy a quedarme más pobre que tú – Jim sonrió, y contempló satisfecho el montón de cadáveres de pirata dispersos por el suelo. Bueno – dijo – Supongo que Marguerite ya habrá terminado con…

Oyeron un sonido similar al de una explosión, como el derrumbamiento de una estructura: ¿¡Qué ha sido eso!? – comentó John inquieto. ¡No lo sé! – dijo Jim – Pero espero que no…

Al llegar a la fuente del sonido, una nube de polvo se levantaba del lugar. Cuando la nube se disipó, encontraron a Marguerite tirada en el suelo, malherida entre un montón de escombros: ¡Marguerite! – gritó Jim. Los dos corrieron a socorrer a la amazona – ¿¡Marguerite qué te ha…!? – la mujer se volvió hacia él entre toses. Lo siento… C-Creo que me he descuidado – volvió a toser – Ese tipo… De repente su brazo… Y luego me… – le sobrevinieron más toses y luego les miró alarmada – ¡Ese hombre debe de haber probado alguna fruta del diablo! Jim la miró sin saber que decir. El sonido de unas leves pisadas se acercaba hacia ellos: Esto está mal… – oyeron la voz del capitán enemigo, y se incorporaron – ¡Esto está muy mal! – la figura del hombre se vislumbró. Avanzaba bastante airado. El enano se limpió la sangre que le asomaba por debajo del labio y escupió asqueado – ¡Venís aquí! ¡¡Aniquiláis a mis hombres!! ¡¡¡Y LO QUE ES PEOR!! – gritó – ¡¡Esa zorra se atreve a ponerme la mano encima!! – el menudo hombre giró el cuello hacia los lados – ¡No sé de dónde cojones habéis salido, pero no me importa! ¡¡Voy a mataros aquí y ahora!! ¡Mi tripulación ha sido destruida, pero puede ser sustituida! – sonrió – ¡¡Ya sé!! ¡Tal y cómo planeaba, tomaré esta isla! ¡¡Pero además, pondré a sus habitantes bajo mi mandato!! ¡¡¡TENDRÁN QUE PAGARME UN TRIBUTO POR CONSERVAR SU MISERABLE PELLEJO!!! – rió con ganas, y luego les miró con diversión – ¡Pero eso será después de que os aplaste! Jim lo miró de arriba abajo. Sus poco más de tres pies de altura. Lo volvió a mirar una segunda vez. Y luego una tercera. Contuvo una carcajada, mientras el capitán enemigo arqueaba una ceja:

-

¿¡“Aplastarnos”!? – comentó divertido el joven pirata – Discúlpanos si no nos tomamos tu amenaza demasiado en serio.

-

Es un hombre pequeño, pero hay que reconocer que tiene un “gran” espíritu – comentó el ex-librero. Jim lo miró conteniendo la risa. Este le devolvió la mirada, y tras unos breves segundos, ambos estallaron en carcajadas. La vena de la frente del capitán enemigo pareció hincharse.

-

¡N-No deberíais subestimarle…! – señaló Marguerite a duras penas. El capitán corsario seguía avanzando hacia ellos, cada vez más cabreado.

-

¡Haríais bien en seguir los consejos de esa asquerosa mujer! – comentó airado, y les miró con odio. Se paró a unos metros de ellos – ¿¡¡QUIÉN OS CRÉEIS QUE SOY YO!!? – su voz estalló como una tormenta. Pareció volverse más grave y altanera. No sólo eso. Su cuerpo parecía crecer a ojos vista – ¡¡¡YO!!! – siguió, alzando cada vez más la voz – ¡¡¡GOLIATH SMALLEST!!! ¡¡¡CAPITÁN DE LOS PIRATAS SMALLEST!!! ¡¡¡UNO DE LOS CORSARIOS MÁS TEMIDOS DEL EAST BLUE!!! – el hombre crecía y crecía. Ya los miraba por encima del hombro – ¡¡¡AQUEL POR CUYA CABEZA OFRECEN VEINTISIETE MILLONES!!! – siguió, cuando dicha cabeza ya casi era como la mitad del cuerpo de ellos dos. Las partes de su cuerpo se agrandaban e hinchaban – ¡¡¡YO, QUE PROBÉ LA FRUTA DEL DIABLO!!! – Jim y John contemplaban la figura del hombre mirando hacia el cielo, que parecía haberse oscurecido. ¡¡No!! ¡No era el cielo! ¡Era la sombra de aquel hombre, que los engullía, amenazadora! – ¡¡¡YO SOY GOLIATH SMALLEST!!! ¡¡¡¡“EL GIGANTE DEL EAST BLUE”!!!! – rugió, desde sus más de setenta pies de altura.

Jim y John miraron a aquel gigante boquiabiertos, sin saber qué hacer. El capitán corsario lo señaló con un dedo tembloroso: ¡E-E-Eso no vale! – tartamudeo el ex-librero – E-El… ¡E-E-El…! ¡¡¡EL MUY CABRÓN LLEVA ALZAS!!! – terminó Jim por él a gritos.

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful