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El populismo

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La asunción de Alberto Fujimori a la presidencia del Perú, en 1990, se enmarca

sintomáticamente dentro del patrón del Neopopulismo, ya descrito en capítulos

anteriores, y sus antecedentes directos pueden ser rastreados en los resultados de
la presidencia de Alan García, de 1985 a 1990. García era uno de los líderes más
destacados de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), partido político

fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre en 1930, considerado uno de los más

destacados líderes del “Populismo clásico latinoamericano”, quien llegó al poder
como depositario de enormes esperanzas de gran parte de los peruanos.
La presidencia de García estuvo signada por políticas económicas y sociales
muy cercanas al prototipo populista latinoamericano, con un esquema estatista y
distributivo más propio de los años 40 y 50. Estableció un control de cambio, con
subsidios para el precio de la gasolina, de los alimentos y de la mayoría de los servicios
públicos. Además, trató por medio de diversas vías de nacionalizar los bancos y las

compañías aseguradoras que operaban en territorio peruano, para así infuir de manera

determinante en el sector privado. Producto de estas y otras decisiones, al cierre del

gobierno aprista la economía había decrecido en más de un 8,7%; el défcit fscal se
situó en 7% del PIB y la infación se situó en un alarmante 1.722%.
En términos económicos, la situación se refejó directamente en el aparato

productivo, con una considerable reducción del empleo formal, un aumento de la
desocupación y, en consecuencia, de la llamada “economía informal”. Según algunos
autores, esta coyuntura produjo “la emergencia de un universo nuevo de relaciones,
identidades e instituciones sociales” (Quijano, 1998: p. 191); en otras palabras, gente
que quedó totalmente desprotegida y excluida de cualquier resguardo del Estado

ante una serie de decisiones políticas que la convirtió en damnifcada del sistema.

El marco de estas nuevas relaciones e identidades sociales sentó las bases para
la irrupción del fenómeno antipolítico como identidad en la sociedad peruana, lo que
condujo a un gran sector de la población a rechazar las propuestas y los candidatos
de los partidos políticos tradicionales, entre ellos el APRA, puesto que no se sentían
representados por dichos candidatos. Además, los sectores informales y desocupados

empezaron a cuestionar la permanencia en el poder de la burguesía peruana, del

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Una aproximación a un problema de las democracias de todos los tiempos

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statu-quo, así como el discurso discriminatorio de tintes racistas que esta profesaba
(tildaba de “cholos” a los sectores populares de la sociedad).
Por estas y otras razones, un ingeniero agrónomo, de ascendencia japonesa,
Alberto Fujimori, sin vinculaciones con organizaciones políticas tradicionales, sin
discurso político ni propuestas de gobierno que le distinguieran especialmente; en

resumen, sin ningún tipo de experiencia política (lo que lo identifca con los líderes

outsiders propios del fenómeno neopopulista), pudo alcanzar la presidencia del Perú
al derrotar en segunda vuelta, con un 63% de los votos, a Mario Vargas Llosa quien,
en medio de un discurso antirrentista, antiestatista y elitesco no pudo calar en los
sectores populares.

El candidato Fujimori integró, más que un partido político estrictamente

hablando, una plataforma electoral de nombre CAMBIO 90 que le facilitó acceder a
la presidencia. A pesar de haber sustentado su campaña en un discurso profundamente

antiliberal (mas no antitecnocrático), una vez juramentado en el cargo, Fujimori

adoptó una serie de medidas en sentido contrario a lo que había expresado a lo largo

de toda su campaña. Sus decisiones y visiones en materia de política económica

se fueron evidenciando y separando de las promesas electorales al implementar un
programa de ajustes que estipulaba la eliminación del control de cambio, el aumento
del precio de la gasolina, la eliminación de subsidios para otros bienes y servicios,
la liberación de precios, la suspensión de exoneraciones tributarias, el incremento
del salario mínimo, entre otras medidas.
En tanto que transcurría su primer mandato presidencial, en abril de 1992, las
diferencias con el Poder Legislativo y el bajo rendimiento de las medidas económicas
puestas en marcha los años anteriores, llevan a un Fujimori (quien carecía de apoyo

signifcativo en los demás poderes públicos) a apoyarse más consistentemente en las

Fuerzas Armadas para cerrar el Congreso y remover a gran parte de funcionarios,
magistrados, jueces y otros representantes del Poder Judicial, en lo que fue considerado
un “autogolpe” de Estado64

. Como podemos constatar empíricamente, a partir de este

64

El caso de Fujimori revela con crudeza el revés de muchos de los candidatos antipolítica de

los 90 y la actualidad. Por una parte obtienen mucha popularidad basándose en el desgaste del
sistema político tradicional pero, por otra, al gobernar, carecen de partido o estructura que los
ayude a consolidar fuerzas y alianzas. En muchos casos se nota cómo con base en puro carisma

estos líderes logran coagular movimientos políticos en torno a su fgura, esos que raramente

les sobreviven luego de que desaparecen física o políticamente. Es precisamente el caso de

Fujimori en Perú con su Cambio 90, o de Caldera en Venezuela con Convergencia.

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momento “la administración se declaró Gobierno de Emergencia y Reconstrucción
Nacional y convocó a elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente (ANC)
en noviembre de ese año, (…) dominadas ampliamente por el fujimorismo” (Koeneke,
Ídem. p. 10). La labor de la ANC dio como resultado una nueva constitución en 1993,
en la que se consagraba la reelección presidencial, propósito central del autogolpe

según lo señalado por diversos analistas. Los síntomas del Populismo clásico,

remozados con elementos mediáticos más de mensaje anti establishment volvían

a entremezclarse con el autoritarismo pues el Populismo viejo o nuevo siempre

promueve y acentúa la verticalidad.

Asegurado un segundo mandato presidencial, Fujimori implementó un

programa social de carácter expansivo que fue duramente criticado por los organismos
multilaterales, al aducir que ese dinero pudo haberse destinado para el pago de la
deuda externa peruana. El programa social del gobierno resultó gracias a los ingresos

obtenidos de las privatizaciones impulsadas con anterioridad, y se impuso como

objetivo captar a la población que pertenecía a las provincias donde la oposición
había cosechado éxitos en las elecciones municipales de 1993.

Así que, siguiendo el modus operandi no solo de los populistas clásicos,

sino también de los líderes neopopulistas, de carácter demagógico y acomodaticio,

Fujimori implementaba políticas focales y programas específcos que buscaban

dividendos inmediatos, para los efectos de apoyo popular, sin tratar de resolver los
problemas estructurales de la economía peruana. En otras palabras, lo que el presidente
procuraba con el incremento del gasto social era la generación de una lealtad hacia
su persona sin ningún tipo de intermediación institucional (el éxito de este proceso

fue signifcativo, y el apoyo a Fujimori por parte de los sectores populares para su

segunda reelección, en 2000, así lo demuestran) que se tradujera en votos electorales.
En algunos aspectos, parte de la estrategia de Fujimori para ganar adeptos
se asemejaba a la de su predecesor, Alan García, en cuanto a que ambos procuraban

atraer la atención del electorado mediante empatía e igualación discursiva. Eran

frecuentes sus discursos improvisados en los que trataba de congeniar con los diversos
sectores del país vestido incluso con atuendos locales para lograr mejor asimilación.
Probablemente la mayor diferenciación sería considerar que mientras Alan García

representaba a un partido tradicional, Fujimori quería ser visto como el hombre

común, sin alianzas distintas a las que el mismo “pueblo” le impusiese. García era un
hombre del partido y como tal tenía jerarquía en sus intereses, pues debía responder

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a la maquinaria que lo había llevado al poder. Fujimori ofrecía justamente todo lo
contrario al hombre de la calle y le prometía, además, resultados simples y rápidos

que no habían sido tomados antes pues el anterior liderazgo estaba imbuido de

politiquería burocrática y corrupta.
Como señalan algunos estudiosos del tema, “la orientación a corto plazo de
las estrategias de Fujimori se manifestó en muchos frentes. Primero, el programa

social de su gobierno fue fnanciado con el ingreso de las privatizaciones, que se

redujo durante su segundo período presidencial. Estas asignaciones, atribuidas por
consideraciones electorales, al igual que los programas sociales compensatorios,
focalizados y promovidos por los neoliberales y apuntados en contra de la pobreza

crítica, eran de corto plazo por su misma naturaleza. Segundo, Fujimori, cuyas

acciones siempre se calculaban sobre la base de encuestas de opinión, utilizó trucos

para infar su popularidad en momentos claves. (…) Tercero, (…) no emprendió

esfuerzos para construir un partido político que le hubiera asegurado (…) una presencia
a largo plazo en el Perú” (Ellner, 2004: p. 31).
En conclusión, el estudio del gobierno de Alberto Fujimori es de cuantiosa

valía para entender la actuación del “Neopopulismo” en la región, ya que posee,

según su propia constitución, los principales rasgos que caracterizan al fenómeno y

que hemos tratado de distinguir. En este sentido, afrmamos que el “fujimorismo”

estuvo sustentado en el modo de hacer política propio del Populismo de nuevo cuño
que hemos presentado anteriormente en este trabajo, y debió su arraigo en buena
medida al clima antipolítico que reinaba en la región, lo que se tradujo en un profundo
descontento de la población hacia los sistemas democráticos de la región.

Este descontento le abrió el camino a la presidencia a Alberto Fujimori,

candidato que se ufanaba de no tener vinculaciones con el statu quo, ni con la clase
dirigente, y que a través de un hábil manejo de los medios masivos de comunicación,

de un discurso novedoso que buscaba anclar en los sectores populares al identifcarse

directamente con ellos (“los chinitos con los cholitos” como diría en su primer mitin
público en una barriada de Lima en 1990), las promesas de reconocer como ciudadanos
plenos de derechos políticos a los sectores informales de la economía peruana (llegó

a ofcializar la buhonería y creó un banco buhonero en su gobierno), y a la habilidad

demostrada por su persona para evitar el menoscabo de su popularidad en estos

sectores, mientras impulsaba políticas económicas de corte liberal para reactivar el
aparato productivo del país.

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