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Sophie Kinsella - Una chica años veinte

Sophie Kinsella - Una chica años veinte

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  • Capítulo 1
  • Capítulo 2
  • Capítulo 3
  • Capítulo 4
  • Capítulo 5
  • Capítulo 6
  • Capítulo 7
  • Capítulo 8
  • Capítulo 9
  • Capítulo 10
  • Capítulo 11
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  • Capítulo 18
  • Capítulo 19
  • Capítulo 20
  • Capítulo 21
  • Capítulo 22
  • Capítulo 23
  • Capítulo 24
  • Capítulo 25
  • Capítulo 26
  • Capítulo 27

Sophie Kinsella

UNA CHICA AÑOS VEINTE

A Susan Kamil, que me dio hace años la inspiración para esta novela al decirme: «Deberías escribir una historia de fantasmas.»

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ÍNDICE
Agradecimientos Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo 1Error: 2Error: 3Error: 4Error: 5Error: 6Error: 7Error: 8Error: 9Error: 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 Error: Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not

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RESEÑA BIBLIOGRÁFICA Error: Reference source not found

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SOPHIE KINSELLA

UNA CHICA AÑOS VEINTE

Agradecimientos
Me gustaría dar las gracias a quienes con tanta gentileza me han ayudado a documentarme para este libro: Olivia y Julián Pinkney, Robert Beck y Tim Moreton. Mi inmenso agradecimiento, como siempre, a Linda Evans, Laura Sherlock y todo el maravilloso equipo de Transworld. Y, naturalmente, a Araminta Whitley, Harry Man, Nicki Kennedy, Sam Edenborough, Valerie Hoskins y Rebecca Watson, así como a mis chicos y al clan familiar al completo.

***

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SOPHIE KINSELLA

UNA CHICA AÑOS VEINTE

Capítulo 1
Lo de mentirles a tus padres es muy sencillo: debes hacerlo para protegerlos. Es por su propio bien. Pongamos a mis padres como ejemplo. Si supieran la verdad lisa y llana sobre: a) mis finanzas, b) mi vida amorosa, c) las cañerías de casa y d) el impuesto municipal, les daría un ataque cardíaco y el médico diría: «¿Habían sufrido alguna conmoción últimamente?», y la culpa sería mía. Así pues, en los diez minutos que llevan en mi apartamento les he contado las siguientes mentiras: 1. L&N Selección de Ejecutivos empezará pronto a obtener beneficios, estoy segurísima. 2. Natalie es una socia fantástica y fue una idea genial dejar mi trabajo para convertirnos las dos en cazatalentos. 3. Por supuesto que no sólo vivo a base de pizza, yogures de cereza y vodka. 4. Sí, ya sabía que a las multas de aparcamiento les suman intereses. Claro que lo sabía. 5. Sí, miré el DVD de Charles Dickens que me regalaron en Navidad: era una pasada, sobre todo aquella dama con sombrero. Eso, Peggotty. No recordaba el nombre. 6. Precisamente tenía intención de comprar un detector de humos este fin de semana. Qué coincidencia que también ellos lo hayan pensado. 7. Sí, será estupendo ver otra vez a toda la familia. Siete mentiras. Sin incluir las que he dicho sobre el conjuntito que lleva mamá. Y ni siquiera hemos mencionado el Tema. Mientras salgo de mi habitación con un vestido negro y me pongo rímel a toda prisa, veo que mamá está mirando la factura atrasada del teléfono que reposaba en la repisa de la chimenea. —No te preocupes —me apresuro a decirle—, la pagaré enseguida. —Es que si no lo haces te cortarán la línea y luego tardarán siglos en volver a instalártela. Y la cobertura del móvil es muy irregular en esta zona. ¿Y si hubiese una emergencia? ¿Qué harías entonces? Se le ha arrugado la frente de pura angustia. Es como si todas esas desgracias fuesen inminentes; como si una mujer se hubiera puesto de parto en la habitación y las aguas de la riada estuvieran ya a la altura de la ventana… ¿Cómo vamos a contactar con el helicóptero? ¿Cómo?

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Es como si -6- . no como una mujer hecha y derecha de veintisiete que ya posee su propia empresa. A nadie de mi familia le sienta bien el negro. Pero hoy nadie está relajado. Me siento como una cría enfurruñada de tres años. —¿Y qué? Yo no la conocía. Ninguno de nosotros la conoció. El Tema se cierne amenazador en el aire. mamá. cuando estamos todos en Cornualles. te lo prometo. Acabó trabajando en una organización benéfica infantil. ya sabes que en su cabeza se está desplegando un escenario apocalíptico. Las reuniones familiares me provocan alergia. Tiene el pelo castaño y ralo. No obstante. abrigados con forros polares y comiendo empanadas. que es donde se conocieron. por suerte. —No. Me he puesto medias. por ejemplo. —El tío Bill y los demás asistirán —tercia papá—. Lo hace porque es lo único que sabe de ella. ¿Y los zapatos. no requiere un atuendo formal. por ejemplo. hundiendo la cabeza entre los hombros. A los dos se los ve estupendos cuando están relajados y en su territorio. —No será muy largo —insiste mamá para engatusarme. qué va —salta ella. A veces pienso que nos iría todo mejor si fuésemos semillas de diente de león. —Sí que lo será. y le echa una mirada a papá buscando su apoyo—. que lleva hombreras y unos extraños botones metálicos y parece agobiarla un poco. Papá lleva un traje de una tela negra sosísima que le desdibuja las facciones. es bastante guapo en su estilo delgado y discreto. mirándome de arriba abajo. como el mío. ¿Por qué hemos de arrastrarnos hasta Potters Bar por una vieja decrépita que ni siquiera llegamos a conocer? —replico. Hay un silencio. mientras que el de mamá es rubio y ralo. y luego me confesó que había reparado de repente en la araña que colgaba del techo con una raquítica cadena y se había obsesionado pensando en lo que pasaría si se caía en la cabeza de las chicas. que. Mi madre siempre ha sido aprensiva. ¿sabes? Me ha dicho que mi tía abuela tenía ciento cinco años unas ciento cinco veces. Es absurdo. Hundo aún más la cabeza. pero sigo descalza—. cariño? Me desplomo en el sofá. Y todos me preguntarán… cosas. —Miro la alfombra fijamente—. Recuerdo que lo llevaba hace unos diez años. O cuando ambos tocan en la orquesta de aficionados local. seguro. —¿Lista? —me pregunta mamá. sin familia ni historia: simplemente flotando por el mundo. en la desvencijada embarcación de papá. cada uno encerrado en su pelusilla. cómo se usa un ratón. cuando le dio por presentarse a entrevistas de trabajo y tuve que enseñarle los rudimentos de informática: por ejemplo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Pues no lo había pensado. Nadie mencionará siquiera… esas cosas. Pero pagaré la factura. haciéndose añicos. Cuando le sale esa sonrisa tensa y una mirada ausente y aterrorizada. Ahora se estira su traje chaqueta negro. Tenía esa cara todo el tiempo durante mi discurso de despedida en el colegio. Y si ellos pueden hacer ese esfuerzo… —¡Es una reunión familiar! —añade mamá en tono animoso. —¿De veras tengo que ir? —¡Lara! ¡Era tu tía abuela! Tenía ciento cinco años.

Durante un tiempo. batiéndose en retirada. —¡Bueno! Y hablando de… cosas. vamos. O sea. salir y divertirte… Ay. Aunque todavía hace otro intento—. aunque simula repasarse el peinado. que no volvamos a hacer el amor ni nos comuniquemos de ninguna manera. ¡Menudo chivato! —Lara. vale! O sea. Ya sabía yo que acabarías superando… esas cosas. claro! —dice él. Otro eufemismo. mamá se refería a él como «el que no debe ser nombrado». Sólo le envié a Josh algunos mensajes de texto. no soy una supermodelo. Pero. —¿Eso fue lo que hiciste cuando mamá y tú rompisteis aquella vez en Polzeath? ¿Salir y conocer a otra gente? No he podido resistir la tentación. para empezar no hay hombres de verdad. No lo he hecho. cariño. —Papá se aclara la garganta—. sencillamente porque quieres compartirlos y. Ahora sólo dice «esas cosas». mirando a cualquier lado menos a mí. —Titubea—. Estoy bien. eso lo sabe todo el mundo. simplemente porque la otra persona lo haya hecho.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE todos evitáramos mirarlo. Tres al día. ¿no? No puedes decir: «¡Ah. aunque esa historia ya esté muy -7- . unos labios llenos y sensuales que no tiene nadie más en la familia. tampoco cabe esperar que me recupere sin más… —¡No. así en general… estás bien? Mamá. sino sinceros y espontáneos. ¡Qué idea más guay. ya sé que estabas dolida en lo más hondo y que lo has pasado muy mal. que el plan es que no nos veamos nunca más. papá se lanza. —¡Estupendo! —exclama mamá. Quiero decir: no puedes desconectar así como así tus sentimientos. En realidad. no estoy preparada para otra de sus charlas sobre la cantidad de hombres que caerán rendidos a los pies de una belleza como yo. Conocer a otros jóvenes. Al final. Josh! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?» Y lo que pasa entonces es que tú pones por escrito tus sentimientos. todo se ha exagerado mucho. Lo que quiere decir en realidad es: «¿Le has mandado más mensajes obsesivos?» —No —respondo. sonrojándome—. ya sé que doy el pego a veces. escucha con todas las alarmas puestas. Pero han pasado casi dos meses. Tengo la cara en forma de corazón. Y una chica de metro cincuenta y pico con la nariz chata y paliducha tampoco es lo que se dice una belleza irresistible. —Bueno. —¿No has estado… en contacto con él? —pregunta papá. sí. porque yo me deshacía en sollozos e hipidos en cuanto oía su nombre. al cabo de medio minuto. tu ex novio ha cambiado de número y ha ido a contárselo a tus padres. poquísimos. Y para acabar de rematarlo. ya sabes —respondo tras una pausa—. ¿Tú. Mis padres ya nunca dicen «Josh» en voz alta. aliviada—. Y no eran obsesivos. en fin. Pero… ¿estás animada? Asiento. mientras mamá bucea en su bolso. que es como se supone que has de actuar en una relación. unos ojos verdes bien separados y algunas pecas alrededor de la nariz. O sea. ¿vale? Es muy injusto por su parte sacarlo a colación. Vale. Dios. Tienes que mirar hacia delante.

papá. estábamos prometidos… —¡Claro! Ya sé que era distinto. Entender qué pensaba Josh. Esa frase del arco y el violín se ha convertido en un clásico del folclore familiar. cada uno diciéndole al otro con los labios que intervenga y diga algo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE trillada. implacable—. Se hace un silencio. sin discutir. entiendo tu frustración… —Era lo único que quería —replico del modo más convincente—. como una flecha silenciosa y certera—. Mamá niega con la cabeza y lo apunta con un dedo. pero simuló que era un resfriado. Quiero decir: él cortó sin previo aviso. ¿Cómo podrían entenderlo? Ellos no se hacen una idea de cómo éramos Josh y yo como pareja. Papá llegó a casa de mamá todo sudado. ella había estado llorando. (No sé por qué los mantecados son tan importantes. Aunque nadie más me crea. que emprendió la típica huida masculina basada en algún motivo imaginario. —No sé cómo. Papá suspira y le lanza una mirada a mamá. Lo único que digo es que la gente a veces se reconcilia. —Procuro decirlo como si eso fuera ridículo—. Rápido. —No deberíamos habérselo contado nunca —murmura ella. «Y volver con él —añade mi mente.) —Lara. Es como… un trato que no llegas a cerrar. no os habríais reconciliado. La abuela les preparó un té con mantecados. —Porque si lo hubierais hecho —continúo. Así debió de sentirse Einstein cuando sus amigos no dejaban de -8- . sin hablar. pero consigo adoptar mi tono más sereno—. Ni siquiera mencionárselo. pero siempre salen en el relato. Nunca lo comprenderían. —Bueno —dice él—. restregándose la frente—. Miro fijamente la alfombra y restriego el pelo con las puntas de los pies.» Pero no tiene sentido decírselo a mis padres. de cómo encajábamos a la perfección. He oído la historia un millón de veces. —Escucha. No comprenden hasta qué punto es evidente que él tomó una decisión precipitada. —¡No soy una romántica! —exclamo como si fuera el peor insulto del mundo. porque había ido en bicicleta. Nunca me respondió. Llevábamos juntos tres años. Pero… Ahora va a decirme que la vida es como una escalera mecánica. Comunicarnos como dos seres civilizados. Eso fue muy distinto. Ahora lo entenderán de una vez. Como leer una novela de Agatha Christie y quedarse sin saber quién era el asesino. Hablar las cosas. pero los veo de reojo. He de cortarlo. ¿cierto? Papá jamás te habría dicho que él era el arco de tu violín y no os habríais casado. En ocasiones tengo la sensación de que les llevo kilómetros de ventaja. —Siempre has sido una romántica. Lara… —empieza papá. Lo que pretendo no es volver con Josh. No has entendido nada. como diciendo: «¡Habla tú!» —Cuando rompes con alguien —empieza él otra vez—. A veces pasa. cariño —suspira mamá—. y que si yo consiguiera hablar con él podría arreglar las cosas y acabaríamos otra vez juntos. es fácil mirar atrás y creer que la vida sería perfecta si volvieras con esa persona. — Bingo. Porque sé que sigue queriéndome. Lo que yo quería era un final.

He asumido que eso no va a suceder. Albert. Me pongo de pie dando un suspiro y me arrastro hasta mi habitación. Me da la sensación de estar cantando el mantra de un disparatado culto religioso. Lara. Y ahora está todavía más en el candelero porque su autobiografía.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE repetirle: «El universo es recto. Esto es lo que pasa cuando hay una celebridad en la familia. Bueno. Y ahora puedes centrarte en la empresa que has montado con Natalie. Te acostumbras a estar rodeada de cámaras. Muy bien. me fijo en un corrillo agolpado junto a una puerta lateral. vale. —¡Así me gusta! —dice papá. cuando te presentas. Y también a que. Debo tranquilizarlos. lo cual lo ha vuelto más famoso que los Beatles. anda. Me pego una sonrisa postiza en la cara. Que obviamente va de maravilla… Mi sonrisa se vuelve aún más beatífica. Hace un día precioso y soleado y yo he de pasármelo en una espantosa ceremonia familiar provocada por la muerte de una desconocida de ciento cinco años. —¿Qué pasa? —Me asomo por la ventanilla—. —Por supuesto. pero al menos he encontrado un modo de que dejemos de una vez esta conversación peliaguda. Puede que Pierce Brosnan interprete su papel en la película. una cadena de cafés que se ha convertido en un imperio internacional. salió el mes pasado y se ha convertido en un best seller. no he pasado del todo —me corrijo al ver su expresión escéptica—. Y ahora será mejor que nos pongamos en marcha. «Hare hare… ya he pasado a otra cosa… Hare hare… estoy en un buen momento…» Ambos se miran. —Creo que están haciendo un documental sobre él —interviene mamá—. Porque yo ya he pasado a otra cosa. ¿no? ¡Ja. Lo reconocerías en el acto si lo vieras. ja!» Se quedan de una pieza cuando respondes que sí. De veras. Mi tío Bill es el Bill Lington que creó de la nada Lingtons Café a los veintiséis años. Su rostro aparece impreso en todas las tazas. ¿Tendrá que ver con el tío Bill? —Seguramente —asiente papá. sabía que lo lograrías. —«Hare hare… mi negocio va de perlas… Hare hare… no es ningún desastre aunque lo parezca…» —Me alegra tanto que lo hayas superado… —Mamá se acerca y me besa en la cabeza—. la gente te pregunte: «¿Lington? No tendrás alguna relación con Lingtons Café. Por su libro. Distingo el destello de una cámara de televisión y veo un micrófono sobrevolando las cabezas.» Otra vez están hablando con los labios. pero sí he aceptado que Josh no quiere hablar. Debería llevar túnica y tocar la pandereta. Me lo comentó Trudy. haznos caso». No sé si me creen. —No debéis preocuparos —les digo—. Dos pequeñas monedas. -9- . Cuando nos detenemos en el lúgubre aparcamiento del tanatorio de Potters Bar. He aprendido mucho sobre mí misma y… ahora estoy en un buen momento. mientras él decía para sus adentros: «Yo sé que es curvo y un día os lo demostraré. A veces la vida es un asco. aliviado—. Busca unos zapatos negros.

Mientras que yo abrí mi empresa hace seis meses y sólo me he convertido en una chiflada en el acto. —Déjame ver. Hasta que Natalie se fue de vacaciones hace un mes. la he leído de cabo a rabo. que ella era una alta ejecutiva de cazatalentos. como si pudiera leerme el pensamiento. Nunca volveré a meterme en negocios con Natalie. . Por si podía pillar alguna pista para dirigir una nueva empresa. Parecía un plan genial. Abrió una. luego fundó una cadena y ahora es prácticamente el amo del mundo. Añadí que ya teníamos varios contratos en ciernes y que pagaríamos el crédito del banco en un abrir y cerrar de ojos. y al final teníamos que lanzar dos monedas al aire y decir: «Éste es el comienzo. toda la gente del mundo de los negocios querría conocer el secreto de su éxito. no es que mamá se mostrara muy animosa al principio. Por eso empezó sus seminarios Dos Pequeñas Monedas.» Una situación completamente falsa y más bien embarazosa. que yo también debería hacer una escapada. yo misma asistí en secreto a uno de ellos. Quiero decir: tenía veintiséis años cuando ganó su primer millón. mientras aprendía a cazar talentos por mí misma. Había doscientas personas. —El éxito está a la vuelta de la esquina —añade papá con buena fe. Es la historia de cuando estaba sin blanca y se gastó sus últimos peniques en una taza de café: tenía un sabor tan asqueroso que se le ocurrió montar una cafetería. a ella se le fundieron de golpe todos los circuitos. Sólo faltaría que se pusiera a sonar durante el servicio. que se pondría al frente del negocio al principio y que yo me ocuparía de la parte administrativa y el marketing. Era un plan genial. Natalie. pero que todos los asuntos pendientes estaban en el ordenador y que no tendría problemas en coger las riendas. para ser exactos. De hecho.10 - . según aseguraba un artículo el año pasado. Prefiero cambiar de tema cada vez que lo sacan a relucir. Mis padres se han mostrado tan animosos con mi nuevo trabajo que no puedo contarles la verdad. podría afirmarse sin faltar a la verdad que cuando anuncié que dejaba mi trabajo de marketing y que iba a invertir todos mis ahorros en abrir una empresa de cazatalentos (aunque en mi vida había hecho nada parecido ni sabía nada al respecto). todas absorbiendo cada una de sus palabras. que el surf allá en Goa era fabuloso. Bueno. Hace unos meses. una ardilla! —Me apresuro a señalarla por la ventanilla. —¡Quizá Natalie y tú también escribáis un día un libro sobre vuestro negocio! —dice mamá. se enamoró de un ligón playero de Goa y una semana después me envió un mensaje para anunciarme que no sabía exactamente cuándo volvería. Yo escuché con mucha atención y sin perderme un ripio. Lo han apodado «el Alquimista» y. Pero se calmó cuando le expliqué que iba a asociarme con mi mejor amiga. y todavía no entiendo cómo lo consiguió. Natalie. ¡Veintiséis! Abrió un negocio y se convirtió en un triunfador en el acto. —¡Mirad. apretando botones en su móvil sin saber muy bien lo que hace—. —Papá se detiene en una plaza de aparcamiento. muchos besos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Desde luego. aunque la gente que me rodeaba parecía en estado de trance. ¡Uff! —¿Este trasto está apagado? —pregunta mamá.

—Papá pulsa el botón lateral—. y si algún periódico se atreve a insinuar que se lo tiñe.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE apaga el motor y coge el teléfono—. El modo silencioso podría fallar. La familia es la roca en que todos nos apoyamos. Miro a papá. —La familia es lo primero —está diciéndole a un entrevistador con tejanos—. —Papá siempre lo trata con toda cortesía—. mamá! ¡No va a encenderse solo!» —Mami. alarmada—. Le pasó a Mary. —¿Y si se enciende solo dentro del bolso? —Nos mira con aprensión—. Si he de modificar mi agenda por un funeral familiar. Al acercarnos al tanatorio oigo el peculiar acento del tío Bill. ¿Qué tal si lo dejamos en el coche? —Tienes razón. o que lo tocó sin querer… Ha empezado a alzar la voz. Me alegro de verte. Apagado. con su chaqueta de cuero. es él!» —Si pudiéramos dejarlo aquí… —Es uno de sus ayudantes. —Le estrecha la mano a papá. Pobre mamá.11 - . Dicen que debió de darle un golpe. Sí. con todas esas ideas absurdas circulando en la cabeza… Necesita con urgencia ver las cosas en su justa proporción. Al fin. —Bueno. ¿no lo sabíais? El cacharro cobró vida en su bolso y empezó a sonar justo cuando estaba de jurado en un tribunal. Gracias. lo hago sin vacilar. pero de inmediato se vuelve hacia su asistente—. la del club náutico. cuando todos se alejan. exuberante y negro azabache. él se acerca a nosotros. . Esperamos en un lado con paciencia hasta que todos consiguen que el tío Bill les firme con un rotulador sus vasos de café y sus recordatorios del funeral. Sólo unos cuantos autógrafos —añade mirando a los curiosos. casi le falta el aliento. —Qué tal. que lo examina con inquietud. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez. Bill. Ahora es cuando mi hermana Tonya perdería la paciencia y le soltaría: «¡No seas idiota. Lo dejaré en la guantera. chicos. Todo el mundo sabe que tío Bill está obsesionado con su pelo. —¡Gracias por el ejemplar dedicado! —añade mamá. —¡No! —exclama mamá. La cámara no deja de filmar. su bronceado permanente y su pelo esponjoso. —Hola. Bill nos hace un gesto rápido y dice por el móvil: —Steve. ya está. Michael. Lo tiene espeso. amenaza con ponerle una demanda. dirigiéndose al periodista—. —Se lo devuelve a mamá. Bill tiene que entrar en el tanatorio. —Se lo quito de las manos con delicadeza—. Percibo la oleada de admiración que sacude a todos los presentes. que me devuelve una sonrisa de complicidad. recibí tu correo. ¿Cómo te va todo? Felicidades por tu libro. Debes ponerlo en modo silencioso. Quiero apagarlo. ¿Tienes a Steve al teléfono? El ayudante se apresura a tenderle un móvil. Una chica que sujeta un vaso de plástico de Lingtons parece fuera de sí y le susurra a su amiga: «¡Es él. Nos abrimos paso entre la pequeña aglomeración y ahí está. buena idea. —Parece relajarse un poco—.

—Levanta la mano—. Nos vemos dentro. En su seminario. Me he asociado con una amiga. ¿Qué dirías si te pusiera en contacto con mi jefa de recursos humanos y le dijera: «Es mi sobrina. ceñudo. la cara me arde de humillación—. pues yo soy una empresaria. Lara? —Me quedo aquí un segundo —respondo en un impulso—. ¿Vienes. Qué tal. y te estaría inmensamente… —No —me corta—. Cree en tu sueño. —Me lanza una sonrisa deslumbrante—. Nos llamamos L&N Selección de Ejecutivos. Quiero trabajar duro. Sentirás que te lo has ganado. dale una oportunidad»? Siento una descarga de placer. ¿Podría hablar contigo un momento? —Espera —dice alzando una mano y poniéndose su BlackBerry en el oído—. —Espera un momento. No. procurando mantener el tipo—. La apuesta ha valido la pena. —¿Có… cómo? —farfullo desconcertada. Si lo logras por tus propios medios. Paulo. ¿Qué pasa? —Se vuelve hacia mí y me hace una seña. . también podrás tú. ¿no? Y esto es una oportunidad. tío Bill —respondo. —Diría que muchísimas gracias. la misma que exhibe en el anuncio de la tele—. yo quiero ganármelo. O sea. Sólo pensaba que tal vez… —Si yo he podido con un par de monedas. Quiero cantar el Aleluya. Se me acaba de ocurrir un plan diabólico. Lara. incluidos sábados y domingos. tratando de no aturullarme—. —¿Sabías que ahora soy cazatalentos? —digo con una sonrisa nerviosa—. —Trago saliva. Lo que pasaría es que te perderías el respeto a ti misma.12 - . Lara. —Vale. tío Bill. él aseguraba que la clave del éxito para un empresario consiste en pillar las oportunidades al vuelo. —Me dirige una mirada penetrante y positiva. Y estoy haciéndote un favor. ¡Hala! ¡Ha dejado la llamada en espera! ¡Por mí! —Estamos especializadas en buscar personas motivadas y altamente cualificadas para ocupar cargos directivos de primera línea —le comento. Aguardo a que desaparezcan y me acerco al tío Bill. ¿Sería posible que hablara con alguien de tu departamento de recursos humanos para explicarle cuáles son nuestros servicios y quizá encontrar alguna forma de colaborar…? —Lara. Bueno. Se ha llevado la mano al bolsillo y ahora me tiende dos monedas de diez peniques. —Entremos a averiguar dónde es exactamente —susurra mamá—. por favor. ¿Puedo hablarte un momento de nuestra empresa? Él me examina. trabajaría las veinticuatro horas. —Te digo que no. Cree en ti misma. Lo haría lo mejor posible. — Me sostiene la mirada—. como dándome la entrada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Mis padres se miran. Paulo —dice. —Éstas son tus dos pequeñas monedas. la plática familiar ha concluido. te sentirás mucho mejor. Toma. Evidentemente. ¿verdad? Espero hasta que parece terminar su conversación y le digo con voz titubeante: —Hola.

Voy a perdérmelo. En momentos así hemos de apoyarnos mutuamente —improviso por fin. ahora caigo en la cuenta. una anciana con un sombrero negro de terciopelo me mira y chasquea la lengua con simpatía. —La anciana asiente con seriedad. horquillas para el pelo. Di: «Éste es el comienzo. como si le hubiera dicho algo muy profundo y no una frase sacada de una postal de Hallmark—. —¿No tienes pañuelo. una caja etiquetada como «Cordel» y medio paquete de galletas digestivas. Y por las flores. Muy cerca. Muy amable. ¿Bert? Mi tía no se llamaba . fotografías de aves y ambiente reposado. Créelo. —Así es. Para esto sirve pillar la ocasión al vuelo. Me alejo. una pareja gimotea y a una niña le resbalan lágrimas por las mejillas. Me siento un poco culpable. —Gracias. ya han empezado. pero me detengo. Los laterales están ocupados de arriba abajo por preciosos arreglos florales de color blanco y crema. Rodeo el edificio. Joder.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Cierra los ojos. —Siempre hay que llevar pañuelos en un funeral. Para esto sirve buscar contactos. menuda vergüenza.» —Éste es el comienzo —musito. en efecto. Oigo un cántico detrás de una puerta de madera clara. Lara. Ella asiente con aire compasivo. —Me trago las lágrimas y cojo uno—. No hay nadie a la vista. perdona la interrupción. Mientras miro alrededor tratando de localizar a mis padres. Abre su enorme y anticuado bolso de charol. Gracias. Hemos de apoyarnos unos a otros. —Paulo. —Me ofrece uno. La música es tan sugerente y la atmósfera tan emotiva que no puedo impedir que los ojos se me humedezcan. La sala está tan abarrotada que los de detrás han de hacerse a un lado para dejarme pasar. querida? —me susurra. Me llega un inesperado olor a alcanfor y atisbo dentro varios pares de gafas. el tío Bill sigue ahí fuera con su BlackBerry»—. de hecho. ¿Debería haber mandado una tarjeta o algo así? Dios. todavía abochornada. ni siquiera en el mostrador de recepción. muerta de vergüenza—. Oigo una voz femenina cantando Pie Jesu. —No. Él asiente y luego retoma su llamada. me siento abrumada por la cantidad de gente que hay. —Qué momento terrible.13 - . ¿Cómo lo lleva la familia? —Eh… bueno… —Doblo el pañuelito sin saber qué decir. querida. Lo único que deseo ahora es que este absurdo funeral acabe cuanto antes y volver a casa. Me encantaría charlar contigo. cruzo las puertas de cristal del tanatorio y entro en un vestíbulo con sillas tapizadas. espero que mis padres se hayan encargado de todo. A mi lado. —Me estrecha la mano—. Soy la sobrina nieta. pero la gente que tengo delante me impide ver nada. Toda esta gente ha venido por mi tía abuela y yo ni siquiera llegué a conocerla. cuando te venga bien. Es un honor para mí conocer a cualquier pariente de Bert. Me quedo en un discreto rincón. pastillas de menta. Tampoco envié flores. hay hileras de bancos llenos de gente. No puedo soltarle: «A nadie le importa mucho. Abro la puerta a toda prisa y. —Gracias… —empiezo. Siéntelo.

estoy segura. . —Me he perdido.14 - . Pero ahora tengo que… Gracias por el pañuelo… —Y empiezo a abrirme paso otra vez hacia la puerta. donde mamá y papá están en compañía de una mujer de pelo gris y con un montón de recordatorios en la mano. ¿Qué hacías ahí dentro? —¿Estaba en el funeral del señor Cox? —pregunta la mujer de cabello gris. No sabía adónde tenía que ir. me consta: se llamaba Sadie. —La mujer me examina con atención. Mierda. —¡Lara! ¿Dónde te habías metido? —Mamá mira la puerta.30. ¿Nunca te lo han dicho. Deberían poner un cartel en cada puerta. Mejor dicho. perpleja—. Ella alza una mano y señala un rótulo de plástico que hay justo encima del dintel: «Bertram Cox. a veces —respondo a tontas y a locas—.» Maldición. querida? —Sí. 13. Me he equivocado de funeral. Vamos. —Yo diría que la frente… Y tienes su nariz. Me abalanzo sobre la puerta y salgo al vestíbulo. Tenemos que conseguir asiento. pobrecilla. te pareces mucho a él. —Es la sobrina nieta de Bert —oigo que informa la ancianita a mi espalda—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Bert. ¿Cómo no lo he visto? —Bueno… —Procuro recobrar la compostura—. Está muy afectada. —¿Sabes?.

pero con vestidos. (Miré su página web y los vestidos cuestan cuatrocientas libras. Aunque estamos emparentados. que obviamente le ha montado tío Bill. —Quiero decir. ¿Trudy? —cuchichea a través del pasillo—. —Parece preocuparse de golpe—. Lleva un ceñido vestido negro y el pelo rubio enmarcándole elaboradamente la cara.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 2 Conseguir asiento… Menudo chiste. el escote se le ve más bronceado e impresionante que la última vez. no pretendo escatimarle a la anciana un funeral — . La tía Trudy hojea el Hello!. se llama—. pero juro sobre la Biblia que parece más joven ahora que en las fotos de la boda. sólo un espacio desnudo y gélido. mi prima tiene dos coches y una marca de moda propia — Tutús y Perlas. Al menos en aquella sala sentías que pasaba algo. No tiene por qué tener aire festivo. Ni flores. El tío Bill está repantigado en su silla de plástico como si fuera el dueño del tanatorio y sigue manipulando su BlackBerry. Es increíble: tía Trudy se casó con el tío Bill hace veinte años. Comprar flores habría sido un desperdicio. como con ganas de charlar—. ¿veinte minutos? Hay que ser realistas. la tía Trudy y mi prima Diamanté al otro. está enviando un mensaje con el móvil y no para de mirar el reloj con aire enfurruñado. Tiene puesto el iPod. Pero ¿sabes el precio de todo esto? —Hace un gesto alrededor—. —Supongo que sí —dice mamá. En ésta no hay nada. ni fragancia agradable ni cánticos: únicamente el triste hilo musical de los altavoces. Vale. A Diamanté el pelo rubio platino le llega hasta el trasero y lleva un minúsculo vestido estampado con la imagen de una calavera. el nombre de todos los que compran uno aparece en la lista «Los mejores amigos de Diamanté». con un ataúd cerrado delante y un panel sobre un caballete. Muy apropiado para un funeral. siguen pareciéndome como salidos de una revista de famosos. Trudy dijo que ella se encargaría. con un rótulo de plástico bastante cutre que pone «Sadie Lancaster». y el tío Bill. Y la sala está prácticamente vacía. ya sé que es un funeral. Y vamos a estar aquí sentados… ¿cuánto?. ya sé que lo hablamos. no muy convencida.) —Oye. Pippa. flores y música y un ambiente apropiado. Pero al menos en el funeral de Bert había mucho público.15 - . ¿Qué ha pasado con las flores? —Bueno —Trudy cierra el Hello! y se vuelve hacia nosotras. seguramente para enterarse de qué hacen sus amigas. A sus diecisiete años. ¿cómo es que no hay flores? —Ya. La mitad son hijos de celebridades. papá y yo a un lado. Sólo mamá. mamá —susurro—. Deslizo subrepticiamente la mirada hacia la otra rama de la familia. Es como Facebook. En toda mi vida he asistido a algo más deprimente.

Le echo un vistazo cuando la hace circular. saca un sobre de papel marrón y extrae una instantánea deslucida. Hurga en el bolso. sin flores ni nada—. —¡Diamanté! —se escandaliza su madre. mortalmente ofendida. ¿quién crees que va a pagarlo. —Yo tengo una. alzacuellos y gafas de montura oscura. —¡Es verdad! Es el mayor hipócrita del mundo. Tiene el corazón más blando de lo que le convendría. encorvada en una silla. y tú igual. bajando la voz—. Tuvo el derrame y la cabeza se le iba la mayor parte del tiempo… —Exacto —asiente Trudy—. Tiene un millón de arrugas en la cara y su pelo blanco semeja una borla translúcida de algodón de azúcar. Sus ojos parecen opacos. —Mil perdones —dice al tiempo que abre las manos—. ¿Y tú? —Bueno. Me la enviaron de la residencia de ancianos. como si ya no pudiesen ver el mundo . pero es normal colocar fotos del ser querido… Nos miramos unos a otros. no era fácil. Sólo estamos aquí para que papá alardee en público. La mitad de los beneficios. yo ni siquiera la conocía. ¿recuerdas? Y ese arreglito en las tetas con el que no paras de dar la lata. Fue tu padre quien os pagó a ti y Hannah el viaje a Barbados. estamos aquí por Bill —añade lanzándole una mirada cariñosa a su marido—. —Echa un vistazo al féretro desnudo. —Hola. ¿Para qué molestarse? En realidad. más o menos. —Tiene el pelo canoso y muy corto y una voz grave. En ella aparece una viejecita diminuta y arrugada. hasta el punto de que resulta casi masculina—. eh? Diamanté inspira hondo. Confío en que no hayan tenido que esperar mucho. —Eso es superinjusto. Se ha quedado tan patidifusa que estoy a punto de estallar en carcajadas. Y yo tendría que estar ahora en casa de Hannah —dice inflando los carrillos con aire enfurruñado—. Los oí hablar. Su padre ha montado una fiesta monstruosa para celebrar su nueva película y yo voy a perdérmela. No sé si les han informado. Mi pésame por su pérdida. Es superinjusto. Echo un vistazo a mamá. hasta que la tía Trudy chasquea la lengua. ¿no? Vamos. —¿Cómo va a ser caritativa una operación de tetas? —Después concederé una entrevista sobre el tema a un semanario y donaré los beneficios a una institución de caridad —explica con orgullo—. incómodos. A menudo le digo a la gente… —¡Chorradas! —Diamanté se ha arrancado los auriculares y mira a su madre con desdén—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Trudy se inclina hacia nosotras. No puedo contenerme y me inclino hacia ella. Nos volvemos y por el pasillo vemos acercarse a una mujer con pantalones grises. —Mamá parece apenada—. Él ni siquiera pensaba venir hasta que el productor le dijo que un funeral «incrementaría espectacularmente su coeficiente de simpatía». No entendía nada. pero también cabe preguntarse qué hizo ella por nosotros. —¡Diamanté! —la amonesta Trudy con aspereza—.16 - . Sólo para que papá pueda hacer su numerito de hombre familiar y cariñoso. Lo de las tetas es con fines caritativos. con una chaqueta de punto de color malva pálido.

SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE real. —Jovencita. ¿Algún logro en particular? ¿Alguna historia de su juventud? —Jolín. —¿Estuvo casada? —Eh… —Papá arruga la frente—. Aunque no sé el nombre —dice sin levantar la vista de la BlackBerry—. Silencio.17 - . Tenía ciento cinco años. La pastora examina la foto con ceño y la fija en el panel. —Basta. abarcando con un gesto desdeñoso la sala vacía—. Diamanté —interviene el tío Bill alzando una mano—. ¿eh? —Diamanté se arranca los auriculares del iPod—. En el ochenta y dos. —La pastora saca un lápiz y una libreta del bolsillo—. vale —replica ella con grosería. Los hechos más importantes de su vida. Bill? —No lo sé… Creo que sí. A menudo resulta demasiado doloroso para los familiares más cercanos. lo que valga la pena recordar de Sadie. ¿Podemos seguir ya? —Claro. A los ojos de Dios nadie es insignificante. Bueno. Pasamos un momento a verla en… —Hace memoria—. ¿no? O sea. —¿Mil novecientos ochenta y dos? —La mujer parece francamente escandalizada. y la otra se dispone a replicarle a su vez. No era nadie. —Pero es la verdad. —Claro que sí —dice mamá a la defensiva—. . —Ella no nos reconocía —se apresura a explicar papá—. ¿No ve que sólo estamos aquí porque toca? Ella no hizo nada en especial. Si sólo vinieran seis personas a mi funeral me pegaría un tiro. En tal caso. —Ciento cinco —precisa mamá—. produce una sensación triste y hasta embarazosa. —La sonrisa compasiva de la pastora se ha congelado bruscamente—. ¿Había un marido. —Sí. Y ni siquiera la conocí. echa una ojeada —dice. —La pastora se adelanta. No estaba bien de la cabeza. Lara era bebé todavía. Así que ésta era mi tía abuela Sadie. quizá una pequeña anécdota de la última vez que la visitaron… alguna afición suya… Otro silencio culpable. abochornada—. no se da por vencida. hablaré con mucho gusto en vuestro nombre si me dais algunos detalles. Puesta allí en medio. No es nada bonito lo que has dicho. Sólo una mujer insignificante de mil años. —En la foto lleva una chaqueta de punto —sugiere mamá por fin—. sin otra compañía que el rótulo del nombre. No consiguió nada. —Comprendo. —¿A alguien le gustaría hablar de la difunta? Negamos con la cabeza. —¿Y cuando era más joven? —insiste la mujer—. Quizá la había tejido ella… Quizá le gustaba hacer punto… —¿Nunca la visitaron? —La mujer se esfuerza por no perder los modales. Era muy mayor. —No la conocíamos mucho —murmura papá en tono de disculpa—. —¡Diamanté! —la reprende tía Trudy sin demasiada convicción—.

aunque no te hace justicia del todo. es evidente. Y la fotografía es fantástica. —¡Tío. Supongo que usted tendrá un programa muy apretado. La verdad. —¿Cómo están los niños? —le pregunta mamá. endilgándole su habitual sonrisa de sí-yasé-que-soy-un-crack. Antes era directora de una delegación de la Shell y se pasaba el día mangoneando y repartiendo órdenes. 2. Mil veces más fea. —¿Qué tal. Ahora la cosa se pone más fea. —Gracias. igual que nosotros —dice dando unos golpecitos a su reloj. Ay. lo cual ya es decir… Lleva pantalones negros y una chaqueta de punto negra ribeteada con un estampado de leopardo. Se lo he contado a todo el mundo. Lara? Apenas te he visto últimamente. La tía Trudy se remueve en su asiento.18 - . Mamá y papá piensan lo mismo. Bovina y cien por cien inexpresiva. así que ella gira sobre los talones de mala gana. —¡Qué cara más dura! ¡Encima quiere hacernos sentir culpables! ¡Nosotros no teníamos la obligación de venir! La puerta vuelve a abrirse de golpe y todos miramos. me alucinas!» 3. era una persona muy especial. El tío Bill tampoco le presta atención. leí tu libro! ¡Es alucinante! Me ha cambiado la vida. pero Tonya no la oye. —En efecto —responde la mujer tras una pausa—. He conseguido escabullirme del gimnasio de bebés antes de que les diera el berrinche a los gemelos. —¿No os parece un libro fantástico? —nos pregunta—. Mi hermana Tonya tiene básicamente tres expresiones: 1. apaguen por favor sus móviles. Conozco esa mirada. —¿Me lo he perdido? —Su voz de taladradora reverbera por el recinto mientras recorre el pasillo central—. De falso aire compasivo mientras se regodea de placer hurgando . Lorcan y Declan. en plan: «¡Tío Bill. esta au pair es peor que la anterior. que. Escandalosa y con una risa estridente. sino Tonya. No sabía que pensara venir. ay. y se pasa el día mangoneando a las pobres au pair. espeso y con reflejos. Con una última mirada de reproche que nos incluye a todos. cielo —dice Bill. sale de la sala.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Obviamente. pero no es la pastora. yo también lamento no haber visitado a Sadie. Voy a prepararme. El pelo. —Sus ojos se concentran en mí y yo retrocedo instintivamente. con sólo dos monedas y un gran sueño! ¡Es un ejemplo tremendamente inspirador para la humanidad! Es tan pelota que me dan ganas de vomitar. lo lleva recogido en una cola. Parece que te hayas escondido. ¿A que tío Bill es un genio? ¡Empezar de la nada. Ahora se ha convertido a tiempo completo en mamá de dos gemelos. —Es tan encantador que consigue apaciguar el orgullo ofendido de la pastora—. Está totalmente fascinada con el tío Bill. y creo hablar en nombre de todos. Pero lo que quisiéramos ahora es despedirla dignamente. porque ninguno de los dos responde. estoy seguro. ay. Entretanto.

Él lleva las gafas en la cabeza. ofendida—. mamá? Su madre me examina unos instantes. Parecíais la pareja perfecta. medio ocultas entre mechones de pelo rubio. —Son cosas que pasan. Aunque no lo demuestre. —Tonya. ¿Cómo fue la visita al colegio? Pestañeando una y otra vez. de pie en la ladera de una montaña. ¡Estas cosas es mejor hablarlas! Dime… ¿había otra persona? —No lo creo. Siempre hay un motivo. No mires. Es una adicta a los seriales basados en hechos reales y a esos libros con niños de aire trágico en la portada. pero que muy feliz! —Dios mío. —Me encojo de hombros. antes de que pueda contenerme. Entonces. ¿No crees que me lo he preguntado un trillón de veces?» —Son cosas que pasan —repito con una sonrisa forzada—. No mires. mi dedo desciende por el menú hasta «fotos». ¿Te parece el momento adecuado? —Pero papá… Sólo estoy tratando de ayudarla —dice. —No —dice.» —No nos vemos desde que rompiste con Josh. He comprendido que no podía ser y he seguido adelante. Qué pena. —Ya. que llevan títulos como: «Por favor. casi acusador. mamá. —No lo pareces —observa Diamanté desde el otro lado del pasillo—. no me arrees más con el escurridor. saco el móvil y finjo revisar mis mensajes para aislarme. Es una compulsión abrumadora. odio a todos mis familiares. bajando la voz—. Me sonríe con ese hoyuelo perfecto que tiene en la mejilla. Josh y yo. Qué se le va a hacer… —Pero ¿por qué se torció? —Me lanza esa mirada de falsa inocencia y preocupación teatral que le sale siempre que le pasa algo malo a alguien y ella está disfrutando a tope. pero no así como así. apenada—. ese hoyuelo donde yo hundía el dedo como un bebé jugando . —Ladea la cabeza. Pero ya estoy bien. tajante—. —Es implacable —. siéntate —dice mamá con tacto—. He de echar una miradita rápida para darme ánimos… Mis dedos se mueven a toda velocidad hasta que aparece mi fotografía preferida. abuelita. querida. No parece muy feliz. ¡Soy muy. —Entonces ¿por qué? —Se cruza de brazos con aire perplejo. —¡Pues lo soy! —Noto la inminencia de las lágrimas—. ¿No crees. no funcionó.19 - . me ordeno con firmeza. Soy feliz de nuevo. —¿Estabais bien? —Sí. que parecían hechos el uno para el otro? —Bueno. Y ahora estoy en un buen momento. Pero el dedo no obedece. —Intento adoptar un tono práctico—. ambos con la piel bronceada de tanto esquiar. abrazados. «¡No sé por qué! —me gustaría gritar—. ¿Verdad. ¿No te dijo nada? —Tonya —interviene papá.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE en las desgracias ajenas.

Sencillamente no puedo… —¿Va todo bien. ¿No será el teléfono? Quizá lo he apagado mal. Seguimos escribiendo nuestros nombres en el aire hasta que se apagaron las bengalas. pero no veo a nadie. Nada. me preguntó cómo me llamaba y escribió «Lara» en la oscuridad con su bengala. por favor —salmodia—. y guardo otra vez el móvil justo cuando vuelve a entrar la pastora.20 - . justo en el oído. —Mamá —le susurro—. —¿Dónde está mi collar? Esta vez doy un brinco del susto. Los párpados se me están cerrando cuando oigo de nuevo la voz. Era la noche de las hogueras y Josh iba pasando bengalas a todos. te encomendamos el alma de nuestra hermana Sadie… No es que yo esté mal predispuesta. Echo la cabeza atrás. como en los bocadillos de los tebeos: «¡Dios mío. No. Me encendió una a mí. Casi puedo leerle el pensamiento. No debería haber venido. Vuelvo a sacarlo del bolso. Me estremezco y vuelvo a mirar alrededor. Lo más raro es que nadie parece notarlo. Empieza a sonar el órgano del hilo musical y me desplomo en mi silla. luego nos acercamos a la hoguera y bebimos ponche caliente y empezamos a recordar las fiestas con fuegos artificiales de nuestra infancia. Ni siquiera he podido tomarme un buen café… —¿Dónde está mi collar? La voz amortiguada de una chica interrumpe mis pensamientos. ni con una sonrisa tan mona. Qué raro. Sólo llevamos cinco minutos y ya me he cansado de prestarle atención. No soporto a mi familia y no soporto los funerales. de niña bien. Giro la cabeza a derecha e izquierda. hundida en la miseria. miro el techo y desconecto. no puedo imaginármelo con otra. desconcertada. por supuesto! —respondo alegremente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE con plastilina. Nos conocimos en una fiesta en Clapham. pero la pantalla está apagada. igual que antes. Debo de haber oído mal —me apresuro a rectificar. hace sólo un momento… —Me detengo al ver la expresión de inquietud que se dibuja en su rostro. y cierro el móvil de golpe antes de que vea la pantalla. e inclinemos todos la cabeza. —¡Sí. ¿Qué me pasa? —¡Lara! —susurra mamá—. ¿Quién habrá sido? —¿Dónde está mi collar? Es una voz aguda e imperiosa. Lara? —Papá está ojo avizor. Señor. Miro alrededor. en el jardín de una amiga de la universidad. ¿Qué voz? —Parecía una chica. cariño. ¿Te encuentras bien? . Tendría que haberme inventado una excusa. mi hija oye voces!»—. —¿Dónde está mi collar? —Ahora me suena prácticamente en el oído. —De pie. Nunca había conocido a alguien tan relajado y de trato tan fácil. Es como una asamblea del colegio. ¿has oído algo? Una voz… —¿Una voz? No. Yo me eché a reír y le pregunté su nombre. pero esta mujer tiene la voz más monótona del mundo. te quedas adormilada.

SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Me duele un poco la cabeza. Gracias a Dios. —Me apunta con un dedo blanquísimo y yo me encojo en la silla—. con manicura impecable. Y entonces la veo. Una mano esbelta. sólo eso. Estoy demasiado pasmada para hacer otra cosa que no sea mirar boquiabierta. Echo un vistazo al resto de mi familia. —Puedes verme.21 - . La pastora apenas se da cuenta. Una alucinación en toda regla: andante y parlante. La recorro con la vista. volvemos a la tierra… —¿Dónde está mi collar? Lo necesito. Me pongo a toser y me palmeo el pecho para disimular. buscando sorprender a la persona que habla. Estoy sufriendo una alucinación. ella se levanta de golpe como si no pudiera estar quieta y empieza a caminar de aquí para allá. Vale. la chica ha desaparecido. tamborileando en el respaldo con los dedos. pues así como venimos de la tierra. ¿Qué demonios es esto? Mientras sigo mirando. mirando a la pastora. con un pequeño plisado que se agita graciosamente cuando se mueve. que reposa en el respaldo de al lado. Con una melena corta y oscura. —Lo necesito —murmura—. Que se reclina en una silla de atrás. El vestido le llega hasta las rodillas. como en las viejas películas en blanco y negro. Lo único seguro es que los abre con incredulidad al verme. —¡Y me oyes! —No. con un vestido sin mangas verde pálido. que se vuelve para mirarme con ceño desde la otra punta del recinto. Con un gesto de disculpa. Voy a sentarme al lado de la ventana… A ver si me da un poco el aire. ¿Dónde estará? ¿Dónde? Habla con un acento nasal y entrecortado. Súbitamente. pero sufrir una visión… —¿Quién eres? Doy un respingo. no puedo. ya sé que he estado un poco estresada últimamente. con una barbilla afilada y blanquísima. me levanto. —El fin de la vida es el principio de la vida. Se ha esfumado. Todos siguen sentados en silencio. . Cuando miro de nuevo. Creía que estaba volviéndome loca. como si percibiera mi mirada. absorta en su sermón. cruzo el pasillo y me acerco a una de las sillas del fondo. Me vuelvo bruscamente a uno y otro lado. —No. ¡Puedes verme! Me apresuro a negar con la cabeza. Y se acerca a mí. La mano pertenece a un largo y pálido brazo de formas sinuosas. Ahora viene hacia mí por el pasillo central. Una mano. Veo con el rabillo del ojo a mamá. pero nadie ha reparado en su presencia ni en su voz. la chica gira en redondo y clava los ojos en los míos: unos ojos tan oscuros y relucientes que no consigo identificar de qué color son. no puedo. O sea. Que pertenece a una chica de mi edad. incrédula.

. —Yo soy Sadie. y de ésta otra vez a la chica. ¿Qué me pasa? Me ordeno no hacerle caso. ¿Qué es aquello? Ay. Lee el rótulo en que figura su nombre. Sólo servirá para darle alas. Si les dijera que estoy hablando con una alucinación. como un insecto revoloteando por una botella. lo cual nos debe servir de ejemplo… La chica se acerca a ella. Pero no sirve de nada: no puedo evitar seguirla en su ronda febril. —¿Qué lugar es éste? —Ahora la tengo prácticamente encima. ¡Nada de nada! Es sólo… O sea… Yo en tu lugar no lo miraría muy de cerca… Demasiado tarde. ¿Dónde estamos? ¿Quién es toda esta gente? No respondas a una alucinación. Me arrepiento en el acto. Ella se examina la mano. concentrarme en las palabras de la pastora. Tras unos instantes. y le dedica una mirada desdeñosa. nada. ¿Sadie…? No. alzando una mano como para darme un pellizco en el hombro. —¿Qué eres? —dice—. ¿quién eres? —le espeto. ¡Claro que no soy un sueño! ¡El sueño lo serás tú! —Yo no soy ningún sueño. y luego me mira. Yo nunca he tenido un amigo imaginario. pero la mano se desliza a través de mi cuerpo y sale por el otro lado.22 - . entornando los ojos con suspicacia. inspeccionando cada rincón y cada ventana. Mis ojos pasan enloquecidos de la chica que tengo delante a la ancianita arrugada y con el pelo de algodón de azúcar de la foto. Sofoco un grito. Ni hablar. sorprendida. aparece y reaparece aquí y allá. me digo. Percibo en su expresión el sobresalto que se lleva. prácticamente la roza con la nariz. —No. —¿Quién eres? —La chica ha aparecido sin más delante de mí—. —Idiota —dice. ¿Eres real? —dice. Dios. mira a la oficiante. Me encerrarían en un manicomio mañana mismo. Me encojo de miedo. Durante unos segundos mareantes. Giro la cabeza y trato de prestarle atención a la pastora. ¿Un sueño? —¿Yo? —me indigno—. que sigue perorando con voz monótona: —Sadie disfrutó de un matrimonio feliz. —Entonces. Sadie Lancaster.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Quién eres? —insiste—. Ni he tomado drogas. fliparían. —También ella parece indignada. porque mis padres se vuelven hacia mí. La chica alza la barbilla. quitármela de la cabeza. Se da la vuelta y empieza a examinar la sala como si la viese por primera vez. Ya ha reaparecido junto al ataúd y lo observa atentamente desde arriba. Y acaba de fijarse en el féretro—. ¿Tengo una alucinación con mi difunta tía abuela de ciento cinco años? Ella también parece alucinar bastante.

—Bien. —La mujer concluye su panegírico—. adquiriendo una pálida y translúcida consistencia. Muevo la cabeza en todas direcciones. ¿te encuentras bien? —Mamá me mira alarmada. —¡Páralo! ¡Páralo-páralo-páralo! —Sus gritos se elevan hasta convertirse en un chillido penetrante. mientras procuro abstraerme de los alaridos que resuenan en mis oídos y me siento en otra silla. —Levanta la vista y me clava los ojos oscuros y relucientes. —¡Detén el funeral! ¡Detenlo! He de recuperar mi collar. —Lara. Yo no puedo hacer nada. Y entonces… eh… —Es demasiado embarazoso. —Se aparta del atril y vuelve a resonar el órgano del hilo musical. prestando atención. dime. Desesperada. Miro su fotografía… —dice. como si se hubiese acoplado un altavoz a mi oído. ¿Cómo decirlo con tacto?—. Necesito mi collar. —Niega con la cabeza—. No lo soporto más. por ejemplo. ¡Un momento! —grito—. —Debes parar el funeral. ¡Páralo! ¡Páralo! ¡Tienes que pararlo! —¡Vale. —No. vale. así por las buenas. En un abrir y cerrar de ojos está a mi lado—. Estamos en un crematorio. pero cierra el pico! —Me pongo de pie. —Lo siento. pero no sirve—. sin percatarse—. ¿Qué sucede? Dime. Me sujeto la cabeza. pero ella se planta delante de mí—. —¿Qué pasa ahora? —La chica mira alrededor. Ella palidece de consternación. Que halló consuelo en las cosas pequeñas. tratando de cerrarle el paso. Es como si se estuviera desmayando. Ahora entiendo por qué la gente va y asesina a un presidente. a ver si se interrumpe la conexión. Luego. derribando una silla con estrépito. Esto debería terminar en cinco minutos. la observo embobada mientras empieza a desvanecerse. Es como un alma en pena. —Voy a llamar al chófer —le está diciendo el tío Bill a su mujer—. No puede ser. regresa otra vez. La tengo a dos centímetros y me golpea el pecho con los puños. —Bueno. ¡Ponte de pie! ¡Di algo! Su tono es tan insistente y desgarrador como el de un crío.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Fue una mujer que vivió una gran época —prosigue la pastora. pero más fuerte. pese a su dolencia. sin embargo. llevó una vida hermosa. casi llego a ver a través de ella. incrédula. Por un instante. No los siento. —Sí —acierto a decir. desquiciada—. Me estoy volviendo esquizofrénica. —¿Qué? ¡No puedo! —¡Sí puedes! ¡Diles que paren! —Desvío la mirada. —¿En las labores de punto? —repite la chica. me pongo de pie y retrocedo una fila.23 - . ¡Paradlo todo! ¡Hay que parar el funeral! ¡¡¡Parad el funeral!!! . ¿entiendes? Lo cual significa… —Muevo las manos vagamente. tratando de evitarla. pero aun así me echo atrás. En las labores de punto. se llevarán el ataúd detrás de esa cortina —murmuro—. Inclinemos la cabeza y guardemos silencio unos momentos antes de despedirnos. No hay modo de evitarla. señalando la polaroid con su sonrisa comprensiva— y veo a una mujer que. Lo necesito. como si hubiera tomado una decisión.

—Tal vez deberías esperar fuera. Oigo a mi espalda un grito agudo. No creo que sea el momento adecuado… para que ella se vaya. ¡Detenedlo! ¡Ahora mismo! —Cruzo el pasillo corriendo—. —¡Hablo en serio! Hay una causa justa. pero la verdad… —Se vuelve hacia la pastora—. —¿Parar el funeral? —farfulla mamá.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Para mi alivio. sé que has estado sometida a una gran tensión. Dios. —Está haciéndose la interesante. Lo malo es que todos se han vuelto y me miran boquiabiertos. ¡Noooo! ¡Parad! ¡Tenéis que parar! Para mi espanto. Y luego quizá tú y yo podríamos tomar una taza de té y charlar un poco. ¿Qué te parece? Pulsa el botón otra vez y vuelve sonar el órgano enlatado. «Una causa justa. el ataúd se mueve rechinando sobre su plataforma y empieza a desaparecer tras la cortina. la pastora obedece y el féretro se detiene. para ser sincera. compasiva—. —Sin mirarla siquiera. un impedimento por el cual no pueden… freír ese ataúd. querida —musita. No sé por qué sufro esta alucinación ni qué significa. la chica corre hasta la plataforma y trata de retener el féretro. —¡Por favor! —Me mira desesperada—. La pastora aprieta un botón de un panel en la pared y el hilo musical se corta bruscamente. —Lara —papá suelta un suspiro—. como siempre —salta Tonya—. ¿Qué digo? ¿Porque me lo ha pedido una alucinación? —Pues porque… —¡Di que me asesinaron! ¡Dilo! Tendrán que postergar el funeral. Mi hija últimamente no es la de siempre… —«Problemas con el novio». ¡Apriete el botón o lo haré yo misma! Atónita.24 - . la mujer se vuelve resueltamente hacia mí—. —¡Noooo! —Es un auténtico alarido de angustia—. —¡Alto! —vuelvo a gritar—. un impedimento…» Venga ya. ¡qué impedimento ni qué ocho cuartos! Usted continúe —le ordena a la oficiante. ¿Tienes un motivo justificado para querer detener el funeral de tu tía abuela? —¡Sí! —¿Y ese motivo es…? —Me mira inquisitiva. pero parece muy real. ya entiendo. como si estuviera loca. Disculpe. añade moviendo los labios. la chica deja de chillar. . Su tormento parece real. ahora vamos a terminar el funeral —dice como si yo tuviera tres años—. Ay. Lara. —Ah. ¡Parad! —Lara… —empieza mamá. —Lara. ¡No dejes que lo hagan! Empiezo a sentir auténtico pánico. —¡Eso no tiene nada que ver! —protesto. No puedo quedarme sentada de brazos cruzados. —La mujer asiente. No me siento del todo dueña de mis facultades. que parece ofenderse. Afirmo con la cabeza. Pero sus brazos no funcionan: se hunden en la madera y la atraviesan. —Pero ¿por qué? —Yo… eh… —Carraspeo—. Un momento más tarde.

—El tío Bill mira a papá con ceño al pasar por su lado—. . a ver quién aguantaba más. —Tonterías. Es un asunto complicado. Pero no puedo echarme atrás. —Asesinada… ¿cómo? —Eso prefiero hablarlo con las autoridades —replico. En efecto. Me parece que la mujer le está tomando el gusto a la situación. Dios. —Querida —le dice secamente—. esa decisión no te compete. ¡Esto es una farsa! —Con aspavientos de enojo e impaciencia. pero nunca como ahora. lo cual me viene muy bien. —Adopto una expresión inescrutable—. Vamos. ¿eh? —No pienso decir nada. Seguramente ve las series de misterio de la tele todos los domingos. mi coche está ahí fuera y ya le hemos dedicado bastante tiempo a la anciana. ¡Sólo quiere llamar la atención! Veo que la pastora empieza a hartarse de Tonya. se me acerca aún más y susurra: —¿Quién crees que asesinó a tu tía abuela? —Prefiero no explicarlo en este momento —le digo en plan misterioso —. recoge todas sus revistas de famosos. Diamanté. Creo que sería lo mejor. He visto a mi familia mirándome pasmada más de una vez. Una acusación tan grave debe ser investigada. —Lara. —Sí —respondo con firmeza—. Lentamente. Ya me entiende. Sólo a la policía. desesperada. imitando fielmente su grave expresión de esto-no-es-un-asunto-para-tomárselo-a-broma. Lo que ella no sabe es que Tonya y yo solíamos competir a mirarnos fijamente. como tratando de calibrar con exactitud hasta qué punto vale la pena perder el tiempo conmigo. —¡No me diga que va a tomarla en serio! —estalla Tonya—. ¿Acabamos. —El tío Bill se guarda la BlackBerry—. No me estarás acusando a mí. —¡Más que suficiente! —coincide la tía Trudy—. Están todos vueltos en sus asientos. y siempre ganaba yo. sí o no? Porque. —Sí —digo tras una pausa—. —¿Asesinada? —balbucea la pastora. sea como sea. Menuda lunática. Así que debemos conservar el cuerpo para que no se pierda ninguna prueba. como en una especie de bodegón.» —¿Quieres que llame a la policía? —Ahora sí está conmocionada de verdad. Así que le devuelvo la mirada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¡Dilo! —Se pone a mi lado y me grita al oído—: ¡Dilo! ¡Dilo-dilo-dilo! —¡Creo que mi tía fue asesinada! —suelto. la pastora se acerca a mí con los ojos entornados. Ay. Hay que preservar el cuerpo para los análisis forenses. Y tu hermana tiene toda la razón. —Echo una mirada significativa hacia Tonya —. —¡Pero bueno! —Mi hermana enrojece de indignación—. con la mandíbula floja y aire de no entender nada: totalmente inmóviles. como si estuviera en un episodio de CSI: «El tanatorio. Tengo motivos para creer que ha sido un crimen. He de resultar convincente.25 - . no sé a qué demonios estás jugando. Tu hija necesita ayuda. Claro que no quiero que llame a policía. Casi me dan ganas de reír.

Ella no parece oírme. —Cruzo los dedos por detrás y confío en sonar convincente—. —Mamá se acerca con expresión de angustia—. me digo con vehemencia. ¿dónde están las flores? —Ah. —Casi empiezo a creerme lo del asesinato. No es real. Ahora juguetea con un brazalete de serpiente que lleva en la muñeca. Pero si ni siquiera la conocías… —Tal vez no o tal vez sí. Por error. Muchos querían. La chica ha vuelto a aparecer enfrente del panel y observa fijamente la fotografía de la anciana encorvada. Escruta el recinto de arriba abajo como si hubiese algo que no entendiera. —Apenas ha reparado en mí y menos aún se ha molestado en darme las gracias. ¡Me estás sacando de quicio! ¿Eres consciente de que nunca me perdonarán esta locura? ¡Y ni siquiera me has dado las gracias! Se hace un silencio y ella ladea la cabeza. ni en tu ex novio ni en las multas de aparcamiento. —Entonces. la sala se sume en el silencio. Algo impresionante. —Gracias —dice. Con miradas de alarma. —De nada. —¿Dónde está mi collar? —Pego un brinco del susto: ahora su voz suena otra vez ansiosamente en mi oído. Había montones.26 - . Cariño. ¿eh? —refunfuño—. espera aquí… Creo que todos los demás deberían salir. seguidos por la pastora. —Ahora adopto un aire noble e incomprendido—. Madre mía. —Lara. A mandar. de veras. mis visiones ni siquiera tienen modales. —Papá me toma del brazo—. todos desfilan por el pasillo y salen. Me quedo sola. —Siento una punzada de culpa—. Todo saldrá bien. —¿Y la gente? —Parece perpleja—. . Es sólo un producto de mi conciencia culpable. de indignación o compasión. Debo cumplir con mi deber. Lara. —No creo. pero… Me interrumpo al verla desaparecer como por ensalmo. Quizá debería ingresar en uno de esos apacibles sanatorios donde te hacen dibujar en chándal y no tienes que pensar en tu empresa fallida. ¿te asesinaron? —le pregunto. —¿Dónde están todas las flores? Si esto es mi funeral. las han puesto en otro sitio. cariño. «¿Qué demonios acabo de hacer? ¿Me estoy volviendo loca?» La verdad es que eso explicaría muchas cosas. Suspirando. —¡No sé dónde está tu maldito collar! —exclamo—. como una niña pillada en falta. —Papá… sal con los demás. —Cruzo los brazos—. ¿Dónde está todo el mundo? —Algunos no han podido venir. me desplomo en una silla. —Será mejor que llame a la policía. —Vale. Hay muchas cosas que no te cuento. Las flores… eh. La pastora parece aturdida. Ya sabes. Y es como si se hubiera roto bruscamente el hechizo. como si las cosas se le estuvieran yendo de las manos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Lara.

¡estás muerta! ¿Qué eres entonces? ¿Un fantasma? Se hace un extraño silencio. Tiene un cuello largo y blanco.27 - . Esto es una locura. —Ni yo. He hablado con la policía. El pelo. sofocada y nerviosa—. Quieren que vayas a la comisaría. con botoncitos y tacones cubanos. Mi padre es Michael. oscuro y lustroso. sin dejar de retorcerse el brazalete—. Se abre la puerta y me llevo un sobresalto. —La pastora entra en la sala. ¿Cómo es posible que sepa el aspecto que tienes? ¿Cómo es posible que tenga una alucinación contigo? —¡No tienes ninguna alucinación! —Alza la barbilla—. quizá —. Lo cual te convierte en mi tía abuela… —Me interrumpo y me llevo las manos a la cabeza—. . Lleva unos zapatos de color crema minúsculos —un treinta y cinco. Quizá algo más joven. —Lara. William. ¡Soy real! —No puedes serlo —replico con impaciencia—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y yo aprovecho para examinarla más de cerca. La chica mira para otro lado. —Yo no creo en fantasmas —dice despectivamente. Uno de los hijos de Virginia. le enmarca la cara cuando se echa hacia delante. y ahora advierto que sus ojos grandes y luminosos son verdes. Virginia era mi abuela. —Sí. —Tío Bill —dice finalmente. Diría que es de mi edad más o menos.

—¿Por qué? Lo miro impertérrita con el corazón a cien. —¿Y qué? —replico. pienso. Por lo que me dicen. ¿Es que la gente de ciento cinco años no puede ser asesinada? No creía que la policía tuviera tantos . de pelo oscuro y actitud enérgica—. Ella sigue mi mirada. Me dan ganas de reír histéricamente. El inspector toma nota y levanta la vista. contengo el aliento. —Menudo aspecto tienes —dice—. y vuelve a balancear las piernas con despreocupación. ha interrumpido el funeral de su tía abuela. Es alto y fornido. Es un producto de mi mente. ¿Que se muriera así? Quiero decir. ve el hueco y se remueve. En menudo lío me he metido. balanceando las piernas. la gente no se muere por las buenas. «Vete».28 - . Es un policía de paisano. Creo que hubo algo sospechoso en su muerte. —Me sale voz de pito. Inspector James. O de escaparme por la ventana. lo cual resulta casi más terrorífico que si llevara uniforme. tres sillas de plástico y varios carteles sobre cómo prevenir el robo de coches. Ay. aprieto los puños. supongo. sino flotando un par de centímetros por encima. —Se sienta con formalidad y saca un bolígrafo—. veo que no está realmente en el alféizar. Me concentro al máximo. Me han dado una taza de té y un impreso. y una agente me ha dicho que enseguida vendrá un inspector. Aunque. me repito con firmeza. Me han metido en un cuartito donde hay una mesa. Está sentada en el alféizar de la ventana. envalentonándome—. Encantada. ¿Es que te duele el estómago? En ese momento se abre la puerta… Y entonces sí siento una punzada en el estómago. debería haber previsto. Tendría que haber preparado una historia. vete…» Sadie me echa un vistazo y suelta una risita. Soy una idiota. —Asiento con toda la seguridad de la que soy capaz—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 3 Resulta que la policía se toma un asesinato bastante en serio. Dios. —Exacto. al fijarme mejor. —Bueno… ¿usted no lo encuentra sospechoso? —improviso—. ajustando su posición para dar el pego. ¡No sé nada de ti! ¿Cómo explico que te asesinaron? ¿Con un candelabro en el salón? Sadie no parece oírme. —Hola. «Vete. vete. —¿Qué voy a decirle al inspector? —exploto en cuanto se cierra la puerta—. —Bien. —Lara. Cosa que. Si mi cerebro la ha hecho aparecer. también podrá librarse de ella. Seamos racionales. irritada. por los nervios—. Él me mira con una expresión indescifrable. —Creo que tenía ciento cinco años. —Me tiende la mano.

Es… un poco… complicado… —Le echo un vistazo desesperado a Sadie. —¡Eres un desastre! —chilla—. ¡Sin una buena historia no te creerán! ¡Y no aplazarán el funeral ni un minuto más! ¡Di que fue el personal de la residencia! ¡Que oíste cómo lo planeaban! —¡No! —exclamo sin poder contenerme. Como «punción lumbar» o «inspección de Hacienda». ¿Veneno? ¿Cuchicheos en el pub? —¡Intenta tú inventarte algo sobre la marcha! —le digo a la defensiva —. —Se pone en pie—. En cuanto sale. ¡Dilo! ¡Dilo! ¡¡¡Dilo!!! —Ha sido el personal de la residencia —suelto por pura desesperación —. no sé si divertido o irritado. —¿No sabes hacer nada mejor? ¡No van a creerte! Se suponía que ibas a ayudarme. Desvío la vista hacia Sadie.29 - . Sadie planea delante de él. El inspector termina de escribir y da unos golpecitos en la página con el bolígrafo. En Potters Bar —repito.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE prejuicios. que tiene los ojos cerrados como si rememorase algo muy lejano. «Prestar declaración» es una de esas expresiones que imponen. pero sus ojos ahora parecen alerta. Pero tu historia ha resultado patética. ¿tiene algún motivo fundado para creer que ha habido algo fuera de lo normal en la muerte de su tía abuela? —¡Di que ha sido el personal de la residencia! —La voz de Sadie resuena como un chirrido de frenos—. —Yo… eh… los oí cuchichear en el pub. Sadie me lanza una mirada desdeñosa. No tengo ni idea. —S… sí. El inspector me lanza una mirada penetrante. Me está poniendo de los nervios. —¿En qué se basa para afirmar algo así? El inspector sigue hablando con calma. —¿Acusando de asesinato al primero que pasa? —No seas boba. además… . Algo sobre venenos y sobre un seguro. Pero a continuación apareció muerta mi tía abuela. No has dado ningún nombre. En ese momento no le di importancia. Creo. —¿Cómo se llama la residencia? ¿Dónde está? Lo miro fijamente. El inspector James parpadea. —¿Estaría dispuesta a prestar declaración ante un juez? Ay. Dios. Vuelvo en un minuto. —Fairside —dice lentamente—. El inspector me mira extrañado y carraspea. —Lara. —¿Vio a esas personas? —No. —¿Quién cree que asesinó a su tía abuela? —Fue… —Me froto la nariz para ganar tiempo—. Y ésa no es la cuestión. —De pronto reparo en que he tomado la idea de un serial que vi el mes pasado cuando estaba enferma. Cruzo los dedos bajo la mesa y trago saliva. me mira ceñuda y mueve las manos como si girase una manivela para arrancarme cada palabra. —Fairside. —Trago saliva—. Se hace un silencio. En Potters Bar. —Voy a consultar con un colega.

Le ha mostrado sus notas y ha dicho: «¡Menuda pánfila nos ha tocado!» —¿Cómo que «pánfila»? —salto. En cuanto se cierra la puerta. Sadie no hace caso. y parpadeo varias veces tratando de procesarlo todo. y la observé sin decir ni pío mientras ella buscaba por toda la cocina. en lugar de confesárselo a mamá. detrás de las rocas. Dios. Me siento como Alicia en el País de las Maravillas. ¿Qué se hace… con el cuerpo? —Por ahora se quedará en el depósito. Algo espantoso. escondí el resto en el jardín.30 - . Incluso peor que la vez que me comí medio paquete de galletas. intimidada. pero van a investigar por si acaso… —¿De veras? —digo. —Pero… —Parpadeo. Luego veremos cómo continuamos. No debes permitirlo. Pregúntale. Todo esto no tiene sentido. casi temiendo que se volatilice también. A lo mejor todo se debe a un nivel de glucosa demasiado bajo. ¿A salvo? —¡Tú estarás a salvo. me derrumbo en mi asiento. Noto un embrollo tremendo en la mente. y el otro le ha dado la razón. inventándome un asesinato y dejándome mangonear por una chica fantasma que en realidad no existe. O sea. Si decidimos abrir una investigación.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —La cuestión es que hemos de aplazar mi funeral. —Pero luego se han puesto a hablar de otra residencia de ancianos donde sí hubo un asesinato. Creen que seguramente te equivocas. —Noto la mirada feroz de Sadie—. ¡Pregúntale! —Ése no es mi pro… —empiezo. Y uno de ellos ha dicho que quizá deberían hacer un par de llamadas por si acaso. gritando: «¡Que le corten la cabeza!» Me reclino con cautela en la silla. a los ocho años. . y ella se desvanece ante mis ojos. y. Tendré que improvisar sobre la marcha. En cualquier momento aparecerá con un flamenco bajo el brazo. que estamos a salvo. voy a pedirle a un agente que le tome declaración. incrédula. Me he inventado un asesinato ante un policía de verdad. pero yo no! La puerta se abre y Sadie añade a toda prisa: —Pregúntale qué va a pasar con el funeral. Quizá soy diabética y éste es el primer síntoma. ¿Y qué pasará…? —Titubeo—. Es lo peor que he hecho en mi vida. temblando de pies a cabeza. —Pues… gracias. mirándome con ojos suplicantes—. Ni siquiera he almorzado. pero me callo de súbito al ver al inspector James. —El inspector ha ido a hablar con otro polizonte —me explica entrecortadamente—. Hace una leve inclinación y vuelve a salir. —De pronto la tengo a dos centímetros. Él se encargará de ordenar las pesquisas oportunas en caso de que las pruebas sean creíbles. No pueden hacerlo. recuerdo de pronto. Estoy en una comisaría. —Lara. Es inútil tratar de comprenderlo. esto es desquiciante. Pero es demasiado surrealista. —¡Van a investigar! —Sadie ha reaparecido de sopetón y habla tan deprisa que apenas logro seguirla—. Los he seguido. Todavía no. seguirá allí hasta que enviemos un informe al juez de instrucción.

mi amiga Bunty lo esposó para tomarle el pelo. Perdí otras cosas. ¿para qué necesitas ese collar con tanta urgencia? ¿Y por qué ese collar en particular? ¿Era un regalo o algo así? Se queda en silencio. encontraré tu collar». No nos dará tiempo. Por favor.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Sabes que he cometido perjurio? —le digo a Sadie—. ¡Se puso hecho un basilisco! Y ríe convulsivamente. —Le lanzo una mirada hosca—. claro. pero el collar lo conservé. muy bonito. Está tan pálida y delgada que parece una flor marchita. dice: —Esto es un aburrimiento. ¿A ti sí? —¡Muchas veces! —responde a la ligera—. —Vale. Nunca había visto a una chica tan boba. ¿no te parece? Se tapa la boca para sofocar un grito. que no para de balancear rítmicamente. otra vez subida al alféizar—. Fue divertidísimo. —¿Tiempo para qué? —Para encontrar mi collar. muchas gracias. Ojalá pudiera ir a un cabaret. —Empieza a reírse—. levantando un poco la cabeza—. —No tendrías por qué si hubieras inventado algo mejor. Bueno. parte de un disfraz.31 - . esta chica es inasequible al desaliento. La primera por bailar una noche en la fuente del pueblo. Siento una punzada de compasión y estoy a punto de decir «Tranquila. estirando los esbeltos brazos por encima de la cabeza. Por lo visto. ¿Así me demuestra su gratitud? —Si tan aburrida estás —le suelto—. Dejo caer la cabeza sobre la mesa con un golpe sordo. —Quizá sí. ¿Es que nunca te han detenido? —Pues claro que no —digo con ojos desorbitados—. Nos interrumpe un golpe en la puerta y enseguida se asoma una mujer uniformada de aire jovial. Se retuerce las manos y mantiene la cabeza gacha. Me sentía feliz cuando lo llevaba. Es el objeto más importante que he poseído. y mientras un policía me sacaba del estanque. cuando bosteza con afectación y. —¿Lara Lington? . —Deja de reírse de golpe—. A este paso ni siquiera abrirán una investigación. —De repente se agita—. —No te atreverías. podemos ir a terminar tu funeral. Lo llevé toda mi vida. salvo sus pies. No has resultado creíble ni coherente. prefiero no ir a la cárcel y pescar alguna enfermedad espantosa. Personalmente. con la mirada perdida. Pero… —Lo conservé toda mi vida. ¿Sabes que podrían detenerme? —¡«Podrían detenerme»! —se burla ella. —Seguro que fue graciosísimo. qué irritante. —Me lo regalaron mis padres al cumplir veintiún años —dice al fin—. Teníamos unas esposas falsas. No se mueve ni una mosca en la habitación. Lo necesito. ¡Pero bueno…! La miro ceñuda. —Escucha —le digo por fin.

de nada —le digo—. Retrocedo a un rincón que parece tranquilo. Me llega hasta aquí… —Se señala la cintura—. Primero me olvido del nombre de la residencia. Ya te avisaré si aparece. Ni siquiera qué aspecto tiene… —Es de cuentas de vidrio con diamantes de imitación —explica ilusionada—. Sadie se sienta de golpe. Menudo desastre. Observo enfurruñada a Sadie. Se limitó a darme las gracias y me anotó el número de un radio taxi. Al menos. Serán mamá y papá dando la lata… —¡Eh. —No te olvidarás de mi collar. Paso por su lado. muy bien. Me largo. Lo leí en el encabezamiento del impreso: agente Davies. Comprendí demasiado tarde que era su nombre. Saco el número del radio taxi que me ha dado la agente Davies y empiezo a marcarlo. así como recordando una ocasión en que dos policías trataron de detenerla a ella y a Bunty: «Aceleramos a campo traviesa y no consiguieron pillarnos con su automóvil: fue desternillante. Es un vestíbulo profusamente iluminado. —Sólo puedes verme tú. ¿Acaso tengo yo pinta de corredora de marcha? Luego dije que había estado en casa de mi amiga Linda antes de ir al pub. con un jersey de cuello alto y vaqueros. no dije «Kaiser Soze». Tampoco dijo si investigarán.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Una hora después. Dos tipos corpulentos con anoraks discuten acaloradamente y un policía trata de calmarlos. salgo al vestíbulo de la comisaría y saco el móvil. Lara! ¿Eres tú? Un tipo rubio. Yo no sé nada de ese collar. que se ha tendido en la mesa y contempla el techo. Por mucho que me esfuerce. Tengo unos veinte mensajes de voz. ¿verdad? —Dudo que lo olvide en toda mi vida —replico poniendo los ojos en blanco—. con un linóleo mugriento en el suelo y un mostrador que ahora mismo está vacío. cerrándome el paso. Acabo diciéndole que me estaba entrenando para convertirme en corredora de marcha atlética. Ni siquiera hay una Linda entre mis amigas. Es imposible que me haya creído. corrigiéndome y añadiendo sugerencias. Una vez más. —Cojo mi bolso—. —¡Oye!. Nadie más puede ayudarme. En mi vida había pasado un trago parecido. no quería nombrar a ninguna amiga de verdad. ¡no basta con decirme: «Encuentra mi collar»! —exploto—. Ella me preguntó el apellido de Linda y yo solté «Davies» sin pensarlo siquiera. Sólo de pensarlo me muero de vergüenza. El cierre es una madreperla incrustada. Lo que me faltaba. —Vale.32 - . Genial. —Vale. Seguramente iré a la cárcel. Por favor. De pronto la tengo delante. Pues no lo he visto. Debo decir en su honor que ni siquiera parpadeó.» —Bueno. me hace gestos . —Gracias —murmura distraídamente. No ha sido de gran ayuda tenerla todo el rato hablándome al oído. Luego le explico mal la secuencia y me veo obligada a convencer a la mujer policía de que recorrí un kilómetro a pie en cinco minutos. pero no hago caso. he terminado de prestar «declaración».

Ahora atravieso un buen momento. sí. Así pago el alquiler… ¿Y tú? ¿Estás casada? ¿Sales con alguien? Lo miro con una sonrisa forzada. —¡Soy yo! ¡Mark Phillipson! ¡Del instituto! —¡Mark! —exclamo—. ¿Podrías hacerme un pequeño favor? —Claro —dice encogiéndose de hombros. Es decir. —Dibujante de la policía. y yo miro a Sadie con el rabillo del ojo. Un asesinato. tiene su importancia… — me corrijo al ver su expresión—. ¡Pídeselo! ¡Rápido! —¡No! —¡Pídeselo! —Le sale ese chillido de alma en pena que me taladra el tímpano—. He apretado con tal fuerza el vaso de plástico que se ha rajado. —Alza las cejas—. ¿tú qué tal? —Estupendamente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE con la mano. —Sí. Acercamos un par de sillas y Mark saca una hoja de papel y varios lápices. Aunque será mejor que no hable demasiado… En fin. por Dios! —¡Mark! —He gritado tanto que los hombretones de los anoraks dejan de pelearse y se vuelven para mirarme—. Mark parece algo desconcertado. No deja de ser una novedad. yo los dibujo. —¿Eres policía? Se echa a reír. ¿Sabes cómo llegar a casa desde aquí? —Pediré un taxi. ¡Podría sernos de ayuda! —Cierra el pico y déjame en paz —mascullo mientras le dirijo a Mark una sonrisa radiante—. Y trato de tener éxito como pintor. Ha sido un placer verte de nuevo. Vamos allá. Lara… nos vemos —dice alzando la mano—. Es sólo… en fin… —Agito la mano. Adiós. como quitándole importancia—. —¡Él podría dibujar el collar! ¡Así sabrías lo que estamos buscando! — Se pone otra vez delante de mí—. que me da otro susto de muerte—. Un collar. —Bueno. ¡Pídeselo-pídeselo-pídeselo! ¡Aggg! ¡Va a volverme loca. ¿Y qué haces tú en comisaría? ¿Va todo bien? —Sí. lápiz en ristre. Un beso a Anna. bueno. La gente describe a los maleantes. —Bueno. Poco después. todo bien. Pero no funcionó. Aunque ya estoy bien. —Tuve un novio —digo al fin—. —¡No dejes que se marche! —Es la voz de Sadie en mi oído. —Lo vi en una feria de anticuarios —improviso— y me encantaría encargar uno igual. nada del otro mundo. entramos en una salita con sendos vasos de té de la máquina. Dios mío. ¿cómo estás? —Lo único que recuerdo de él es que tocaba el bajo en el grupo del colegio. —Bebe un sorbo de té. hago esto. —¡Bien! ¡Perfecto! —Se acerca—. Gracias. Aparte. ¿la recuerdas? —Me muestra un anillo de boda plateado—. Mark. .33 - . Me casé con Anna. Pero soy un desastre dibujando… Y de repente se me ha ocurrido que quizá tú… —No hay problema. —¿Un asesinato? —Me mira atónito.

Una doble hilera de cuentas de cristal casi translúcidas. Se me ha ido. Lo has conseguido.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Es de cuentas de cristal —dice. Me apresuro a cruzar la puerta. borra y vuelve a dibujar. Largas hileras de cuentas de cristal. Los diamantes de imitación parecen centellear incluso en el dibujo. —¿Y yo qué hago? —dice desanimada. No. Comida moderna —le explico al ver su perplejidad—. que lo observa hipnotizada. Poco corriente. Exacto. No: entre mil millones. Probablemente ni siquiera existe ya. tratando de imaginármelo en la vida real. Sadie ha dicho que las cuentas son de un cristal iridiscente amarillo pálido. —Las cuentas eran más ovaladas —repito. —¡A mí qué me cuentas! Salgo al vestíbulo. Pero la cordura se impone. —Dos hileras de cuentas de cristal —digo—. un taxi está dejando a una pareja de ancianos. Y de bastante valor. asintiendo con la cabeza—. Lo observamos en silencio. Tengo que largarme pitando… —Está bien. Fuera. —Borra y luego dibuja unas cuentas más alargadas—.34 - . —No hay problema. alzando las manos como si pudiera tocarlo—. diamantes de imitación centelleantes y un enorme colgante en forma de libélula con más diamantes incrustados. Doblo la hoja. —Eso es —suspira Sadie al fin. No te olvides de la libélula. —Ajá. Y después me meteré en la cama. he de reconocerlo. ¿Así? —Más ovaladas —dice Sadie. —¡Sí! —Sadie me mira con entusiasmo—. —Y la libélula —murmura—. ¿Ahora sí? Miro a Sadie. Una vez a solas. —¡Taxi! ¿Puede llevarme a Kilburn? Mientras el coche arranca. —Así que esto es lo que buscamos. siento un atisbo de excitación ante la idea de encontrarlo. ¡Ahora no pienso buscar nada! Me voy a casa a tomarme una buena copa de vino. las posibilidades de encontrar el collar de una difunta anciana que debió de perderlo o romperlo hace muchos años son aproximadamente de… una entre un millón. Los ojos le brillan—. Muchas gracias. el collar cobra vida sobre el papel. casi disculpándome—. Con diamantes de imitación entre medias. Durante cinco minutos Mark dibuja. a medida que yo le transmito los comentarios de Sadie. cojo el dibujo del collar. —Asiente y empieza a dibujar unas cuentas circulares—. Y con diamantes de imitación entre medias. despliego la hoja en mi regazo y contemplo el collar una vez más. —Es bonito —dice él al fin. Es muy bonito. Poco a poco. Debe de ser un collar asombroso. mirando por encima de su hombro—. ¿Por dónde empezamos? —¿Estás de broma? —Cojo mi chaqueta y me pongo en pie—. Y si existe. la guardo en el bolso y me arrellano en el asiento. —Consulta su reloj—. No . —Mira otra vez el dibujo con el entrecejo fruncido y sacude la cabeza—. Por un instante. Casi translúcidas. —Perfecto —le digo a Mark—. Me recuerda algo. Ése es mi collar. Y luego un curry de pollo con chapati.

Menudo día. .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sé dónde está Sadie ni me importa.35 - . Cierro los ojos sin hacer caso de la vibración incesante de mi móvil y me entrego a una ligera somnolencia.

—¡Genial! Shireen es uno de los pocos tantos a nuestro favor en L&N Selección de Ejecutivos. La miro alarmada. Te llamará hoy. o sea: nada. —¿Algo más? —le pregunto. Empieza la semana que viene. sus gritos de alma en pena… sin duda creaciones de mi propia imaginación. Doblo rápidamente el dibujo. Bueno. Shireen no paró de llamar en todo el día. Yo también estoy preocupada por mí. una empresa de software. y en ese momento suena el teléfono. El collar. tomando un café y ojeando el dibujo. No tenemos una oficina muy espaciosa. Llamó Jane. ¿Quieres que conteste? . que digamos. —¡Dios mío! —se horroriza—. —Ah. ¿Qué me pasó ayer? Seguramente se me fundieron los plomos a causa de la tensión. lo meto en el bolso y cierro la cremallera. ¿qué tal el funeral? Cuelga su abrigo. Seguramente llama para darnos las gracias. Sadie ha desaparecido y todo se asemeja a un sueño. Perdí un poco la chaveta. Debe de ser ella. Tu padre llamó por la tarde y me preguntó si has estado muy estresada últimamente.36 - . no importa. nuestra secretaria. —¿No le habrás dicho que Natalie se ha largado? —¡No! ¡Claro que no! —La tengo bien adoctrinada sobre lo que puede contarles a mis padres. para que la pongas al día. —Kate toma su bloc con el estilo eficiente que la caracteriza—. abre la puerta y derriba una pila de archivos que he dejado en el suelo mientras sacaba la leche de la nevera. ¿Te encuentras bien? —Sí. de Leonidas Sports. La colocamos hace poco como directora de operaciones en Macrosant. —Observa mi expresión de pánico—. eso creo… —Tengo que controlarme. Por suerte. —En fin —replico en tono enérgico—. A las ocho y media me encuentro ante mi escritorio. Kate echa un vistazo al identificador de llamada y abre unos ojos como platos. sí —añade deprisa—. —Hace una pausa mientras recoge su pelo rubio con una goma—. es bastante atlética. acabé en comisaría. De hecho. Me parece que empiezo a comprender a mis padres por primera vez. Ahora estoy bien. —No muy bien. —¡Hola! —Suena un brusco estrépito cuando Kate. inclinándose sobre la fotocopiadora para llegar al perchero. Me dijo que volvería a llamar hoy a las nueve. —Ya suponía que había pasado algo. —Bueno. ¿Hay algún mensaje? —Sí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 4 Al día siguiente. lo único que me queda de mi alucinante experiencia es el dibujo del collar. Sadie.

Hablaba de la emoción del rastreo. —Retuerzo el cable del teléfono—. Llamaba para ver si hay noticias. por desgracia Natalie aún… sigue pachucha. —Pero estamos haciendo progresos —continúo—. Vas a quedarte impresionada. Pronto contarás con una selección definitiva de primera categoría. Son verdaderas nulidades. todo el mundo se pone a recordar su propia historia de una espantosa-enfermedad-sufrida-duranteun-viaje y ya no te hacen más preguntas. ¿qué candidatos tenemos para Leonidas Sports? —Hummm… El tipo con un vacío de tres años en su currículo. Bueno. Me alegro de oírte. Ése es el cuento que he hecho circular desde que decidió no volver de Goa. Nunca me he encontrado cara a cara con Janet Grady. Por suerte. no imaginaba que el trabajo de cazatalentos fuera tan duro. —¿Nadie más? —Paul Richards se retiró ayer. Rectifico: Natalie prometió encontrarles un director de marketing. desesperada. —¡Janet! —exclamo fingiendo aplomo—. Y ese bicho raro con caspa. «desarrollo profesional» y «palmaditas en la espalda». Solíamos quedar de vez en cuando para tomar una copa y me contaba . si dices «Ha estado en la India». Lara —dice con su voz ronca—. —Muy bien. —Dime. quiero esconderme debajo de la mesa. Recuerdos a Natalie. Dios mío. Algo espectacular. Confiaba en hablar con Natalie. y les hemos prometido encontrarles un director de marketing. y en el acto suena el aparato de mi escritorio. y la cleptómana. Me basta con saber que estás en ello. —Eh… sí. Pero te informaré en un plazo muy breve. Espero a que prosiga. Aquí está la lista.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE No. «jugadores curtidos» que manejaban el mercado con «mano de hierro». Todos tipos expeditivos. Ah. pero se encoge de hombros. —Le paso ahora mismo la llamada —dice Kate con su tono más melifluo. pero me la imagino de metro noventa y con bigote.37 - . El corazón me va a cien. Lara. como disculpándose. —¿Puedes adelantarme algún nombre? —Ahora mismo no —respondo con un sobresalto—. Adiós. Le han ofrecido un puesto en una compañía americana. Me entrega una hoja y repaso los tres nombres. será lo mejor. Leonidas Sports es nuestro principal cliente. Le hago una mueca a Kate y descuelgo. Antes de abrir la empresa. Estaba a punto de llamarte. El estómago se me encoge de los nervios. —Ah. Hay una lista preliminar y tengo encima de mi mesa la ficha de algunos candidatos muy sólidos. te lo aseguro. ya. Sonaba terrorífico. Natalie siempre lograba que me pareciera apasionante. —Janet es de esas mujeres que no malgastan el tiempo en charlas intrascendentes—. No podemos enviar esta lista. —Hola. La primera vez que hablamos me dijo que los miembros del equipo de Leonidas Sports eran «tipos expeditivos». Cuelgo y miro a Kate. Es una cadena de material deportivo con tiendas por todo el país. de «estrategias de contratación».

«Los mejores talentos no devuelven las llamadas. Por ejemplo. haciendo relaciones públicas. Natalie consiguió este cliente. Al principio. cuando me propuso crear una empresa juntas. . Pero ¿cómo? ¿Y si ni siquiera se dignan hablar conmigo? Después de hacer este trabajo por mi cuenta unas cuantas semanas. Talentos genuinos y con trabajo. A Natalie le pirran los mantras de negocios y los tiene pegados en post-its por todo su escritorio. Lo que tienes que hacer es buscar auténticos directores de marketing. Además.» Al menos éste lo entiendo: significa que no has de revisar el currículo de todos los ejecutivos despedidos la semana pasada de algún banco de inversiones y tratar de presentarlos como si fueran directores de marketing. de pie sobre una pierna y rascándose la pantorrilla con la otra. Aunque la verdad es que ya he probado con todos. Los nombres brillan sobre el papel como caramelos relucientes. corrían rumores de que iban a hacer drásticos recortes de plantilla. encima del ordenador hay uno que reza: «Los mejores talentos ya están en el mercado. Levanto la vista y veo a Kate. arrugada y manchada de café. Voy a hacer unas llamadas. todo funcionaba de fábula. —En fin. Redactar textos publicitarios en la página web de un fabricante de coches me parecía aburridísimo en comparación. Nos quedaremos aquí toda la noche si hace falta. —Kate se pone las pilas—. «Los mejores talentos no quieren dedicarse a la venta de material deportivo». Yo no dejo de estudiarlos como si fueran signos rúnicos de una antiquísima religión.» Saco por millonésima vez nuestra lista original.38 - . Pero no tiene sentido seguir pensándolo. Me mira preocupada. —Te traeré un café recién hecho. Todo iba viento en popa. «Los mejores talentos. y la hojeo con pesimismo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE unas historias tan increíbles de su trabajo que me daba envidia. cuando fundamos la empresa. ella siempre sabía la jerga de moda y se las arreglaba para colarnos en los pubs. Yo me dedicaba a montar la página web y a aprender (eso se suponía) los trucos del oficio. uno a uno. El jefe de marketing para Europa de Dartmouth Plastics. La verdad es que Natalie siempre me ha tenido un poco deslumbrada. cuando mencionas el descuento del cincuenta por ciento a los empleados en raquetas de tenis. aunque dejes tres mensajes a su secretaria». Natalie iba a ganarse a todos los candidatos de categoría. Hago un esfuerzo tremendo para mantener el optimismo. me lancé sin dudarlo. —Doy una palmada en la mesa—. se ríen en tus narices. Yo no. ya tengo varios mantras de mi propia cosecha: «Los mejores talentos no se ponen al teléfono». ¿no? Tiene que haber alguno que estaría encantado de trabajar en Leonidas Sports. Natalie sabe cómo se hace. —Tenemos tres semanas para encontrar un director de marketing expeditivo e implacable para Leonidas Sports. No todos pueden estar contentos con su puesto. Se la ve tan brillante y segura de sí misma… Incluso cuando íbamos al colegio. Hasta que desapareció y caí en la cuenta de que no había aprendido ningún truco. Enseguida consiguió algunos contactos importantes y se pasaba la mayor parte del tiempo fuera. con la esperanza de averiguar qué se supone que debo hacer. y no he llegado a ninguna parte. El director de marketing de Woodhouse Retail. Así que.

—Es una oportunidad maravillosa —me apresuro a replicar—. Me detengo de pronto al notar un viejo post-it que se me ha pegado no sé cómo en la mano. aunque ya un poco borrosa. Adiós. quizá durante un almuerzo discreto en un restaurante de su elección… —Voy a desmayarme si no respiro un poco.» Y luego un número. ¡Es el director de marketing de Feltons Breweries. —¿Qué ha dicho? —Kate se acerca con una taza de café en la mano y una expresión esperanzada en la cara. —La línea crepita un poco. y lo llamo para ver si estaría interesado en un nuevo puesto.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Adoro a Kate. escrita con rotulador morado. móvil. así que me detengo para tomar aire. ¡Sería perfecto! Siempre que llamo a su oficina me dicen que ha salido «de viaje». Soy Lara Lington. en lugar de trabajar para dos personas en un despacho de tres metros cuadrados y con una moqueta medio mohosa. —Me desplomo en mi silla mientras ella me deja . ¡El móvil de James Yates! No puedo creerlo. Se comporta como si actuara en una película sobre multinacionales agresivas. si le apeteciera hablarlo. así que empiezo a recoger todos los papeles del fondo. —¿L&N? —Parece receloso—. hay un enorme potencial en Europa… —Lo siento. dice: «James Yates. —Ha colgado. el sueldo. deslizo la silla hasta mi escritorio y marco el número. pierdes»—contesto. pero aun así lo oigo. —Hola —digo. Ni siquiera me ha dado una oportunidad. El problema es que no te enseñan cómo se hace el trabajo. al frente del departamento de marketing de una empresa dinámica y pujante dedicada a la venta al por menor. el sueldo» —dice. —James Yates. y ahora solemos citárnoslos mutuamente. ¿Dice que llama de Lingtons? Doy un suspiro mental. procurando aparentar aplomo—. ¿no? Temblando de excitación. —¡Y el diez por ciento de descuento en ropa de deporte! —grito al tono de marcar. —Somos una empresa relativamente nueva. la fábrica de cerveza! Figura en la lista original. Lo que necesito es un mantra que me explique cómo ir más allá de la pregunta con que siempre te salen al paso: «¿Para qué tema es?» Me deslizo con mi silla hasta el escritorio de Natalie para sacar todos los documentos de Leonidas Sports. No lo había visto antes. Pero allí donde esté. —¿Quién es? —responde con tono suspicaz—. yo misma y Natalie Masser… —No me interesa. soy de L&N Selección de Ejecutivos. —«Si te duermes. mascullando maldiciones.39 - . La nota. No los conozco. —No. ¿Puede hablar? —Es lo que siempre dice Natalie cuando está al teléfono: la he oído un montón de veces. Tendrá la oportunidad de expandir sus horizontes. A Kate también le ha dado por leer los mantras de Natalie. El clasificador de cartón se ha caído de las varillas dentro del cajón. —«El sueldo. Es una oportunidad apasionante. llevará el móvil encima.

ha sido un éxito de Natalie. Escucha. lo entiendo. porque fue ella quien la colocó. Me están discriminando. La cuestión es que Shireen cree haber oído un perro allí. y luego varias veces más. — Va a su mesa y atiende con su mejor estilo—. sigues ahí? —¡Sí! —digo. Lo oí la primera vez que fui allí. de L&N Selección de Ejecutivos. y el teléfono empieza a sonar—. —¿Un problema? —Intento sonar relajada—. Lara. —Claro.40 - . Aquí no hay perros. —Se equivoca —responde Jean tras una fracción de segundo—. No. Shireen! —digo jovialmente—. estrictamente hablando. Se me cae el alma a los pies. —¿Y no podríais hacer una excepción con Shireen? —Me temo que no. ¿Todo listo para tu nuevo trabajo? Sé que es un puesto muy importante para ti… —Lara —me interrumpe con voz tensa—. no me cabe duda de que le tienes mucho cariño a Flash. —Hago una pausa—. —Es educada pero inflexible. Estoy segura de que no te discriminan. Al menos hemos tenido un éxito. Que la política de la empresa no contempla la entrada de animales en la oficina. —¿Ninguno? ¿Ni un cachorro? —Esa vacilación me ha puesto la mosca detrás de la oreja. —Tranquila. saliendo de mi estupor—. —Sí. Pero acabo de hablar con recursos humanos para ver dónde podría colocar una cesta para él y me han dicho que es imposible. pero yo he hecho todo el trabajo de seguimiento. No vamos a conseguirlo. ¿Qué clase de problema? —Mi perro. — Me dedica una sonrisa radiante y yo se la devuelvo. ¡Por eso di por supuesto que no habría problemas! De no ser así. Hay otro perro en el edificio. ¿Jean? Soy Lara Lington. es una de las condiciones del seguro. —¡Hola. espera que me sienta tan indignada como ella. ¿Shireen Moore puede llevar su perro al trabajo? —No está permitida la entrada de perros en el edificio —responde con amabilidad—. Hay un problema. Lo siento. Sólo quería aclarar una cosita. nunca habría aceptado el puesto. es un éxito de la empresa. Shireen. En todo caso. Shireen! ¡Un placer oírla de nuevo! Le paso con Lara. Voy a llamarlos ahora mismo. Miro perpleja el auricular. Varias veces. es una política que afecta a todo el edificio. Más problemas no. ¿Puedes creerlo? Obviamente. . Pero no es algo habitual llevar perros al lugar de trabajo… —Claro que sí. Ya te lo he dicho. Bueno. —Ni un cachorro. ¿Cómo ha aparecido de repente un perro en esta historia? —¿Lara. L&N Selección de Ejecutivos… ¡Ah. Está bien. —Cuelgo y marco el número de recursos humanos de Macrosant—. por favor. —Ha recobrado la calma—. A lo mejor es un brillante ejecutivo deseoso de encontrar un nuevo trabajo. —¿Tu perro? —Tengo la intención de llevarme cada día a Flash al trabajo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE delante la taza—. claro que sí —dice Kate.

Cuando salíamos a tomar una copa y Natalie me contaba anécdotas de cómo había cazado a un talento fuera de serie. —Le habría dicho que se dejara de pamplinas. Tengo una repentina visión de Natalie sentada allí: tamborileando sobre la mesa con las uñas pintadas y levantando la voz mientras hace una llamada de alto nivel. perro. Shireen es una chica muy brillante y apasionada. ¿Qué haría Natalie? Instintivamente. Un silencio mientras Shireen digiere la información. Es muy probable que necesite un perro para conservar la cordura. Lo lamento. Quiero decir… no tomes una decisión precipitada. He llamado a Jean y dice que nadie tiene un perro en el edificio. como siempre me dice papá. cosa bastante probable. Por mucho que me niegue a admitirlo. ¡Mierda! —¿Qué piensas hacer? —pregunta Kate. —Lara. como si hubiera estado esperando junto al teléfono. —Tal vez le habría dicho a Shireen que debía ocupar el puesto y que la demandaría si no lo hacía —aventura Kate. Seguro que hay uno en el edificio. —Cuelgo jadeando y hundo la cabeza entre los brazos—. desde luego. Pero el trabajo es una de las cosas . No fue agradable. Quiero decir. yo no pienso trabajar sin Flash. nos volvemos hacia su escritorio. Te llamaré muy pronto.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Bueno. gracias por atenderme.41 - . de cambiar sus vidas. Y a lo mejor un poquito idealista. reluciente y vacío. ¡yo oí ladrar a ese perro! Cuando hay un perro en un sitio lo percibes… Bueno. la cantidad de decibelios en este despacho ha disminuido un ochenta por ciento. ¿eres tú? Ha descolgado en el acto. voy a tener que renunciar al puesto. Lara. Creía que ayudar a la gente en su carrera daba más satisfacción que vender coches. la verdad es que no me identifico demasiado con su estilo. soy yo. Desde que se fue. Una vez oí a Natalie echándole la bronca a un tipo que dudaba si aceptar un puesto en Dubái. ya sé que soy una novata. —No lo sé. ¿No podrías haber comentado antes lo del perro? ¿En alguna de las entrevistas. Pero ese aspecto de la cuestión no parece ocupar un lugar muy destacado en su agenda. te lo prometo. yo me interesaba tanto en la historia que había detrás como en la operación misma. Aquí hay gato encerrado… bueno. —Sí. seguro. ahora que conozco las ideas y la manera de hacer negocios de Natalie. Dice que es una cláusula del seguro. por favor. Me la imagino ahora mismo dibujando esa interminable rejilla geométrica que garabatea obsesivamente allí donde esté. vuelvo a marcar el número de Shireen. —Shireen… —Me dan ganas de aporrearme la cabeza contra la mesa —. Oye. —Mienten —dice al fin—. Pero ¿qué puedo hacer? No voy a llamar otra vez a Jean para decirle: «No te creo. sí. por ejemplo? —Di por sentado que no habría problema. Yo me encargo de arreglarlo. Cuelgo y comienzo a dar golpecitos con el lápiz en mi bloc de notas. Lo que a mí me atraía de este oficio era la idea de trabajar con gente. La habría tachado de excéntrica y poco profesional.» Tras un suspiro. Shireen. Hay un perro allí. —¡Noooo! —salto consternada—.

aparto el teléfono y empiezo a echar un vistazo al correo. mi ánimo decae progresivamente. Soy la jefa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE más importantes de la vida. Pues quizá sí lo esté. Y lo que yo digo es… que primero voy a pensármelo. Y mientras ella no esté. Un oferta para enviar a todo mi personal a un viaje a Aspen destinado a «crear equipo». Y la verdad es que ahora mismo necesitamos comisiones como sea. una revista de famosos del mundo de los negocios. —¡Exacto! —exclamo aliviada—. ¡No puedo creer que haya llamado! —¡Aguantemos el tipo! —digo—. Quiere concertar un almuerzo para hablarlo. Cierro tristemente la revista. Procurando que parezca una manera firme de actuar. Kate asiente. Veamos… Ah. ¿Cómo lo consiguen? Mi tío Bill y toda esa gente que sale en la revista… Deciden abrir una empresa y se convierte en un éxito instantáneo. y debería satisfacer a las personas. por favor. la jefa eres tú. Así que deberías hacer las cosas a tu manera. —Déjeme ver… —dice al auricular—. El tipo del rugby. —O sea. Que no tengo un guardarropa de trabajo con trajes chaqueta de Dolce&Gabbana y camisas estrafalarias de Paul Smith. Business People es una lectura esencial para un cazatalentos. No podría ser más perfecto para el puesto de Leonidas Sports. es deprimente. claro. que tienen despachos inmensos y espacio de sobra para colgar el abrigo. después de todo. Parece tan fácil… —Sí… sí… —Kate está haciéndome señales desde su mesa. Una factura de papel de oficina. debería llamar a Shireen otra vez y hacerle pasar un mal rato —admito a regañadientes. Consiste básicamente en una página tras otra de fotos de tipos dinámicos vestidos a la última. el Business People. —Dios mío… ¡Él! —La moral me sube de golpe. Le ha quedado un hueco imprevisto. Me pongo a hojearla. y yo no. pero cuando hablé con él me dijo que no quería cambiar. por Dios. ¿Qué me pasa? Que sólo hablo un idioma. El sueldo no lo es todo. por eso Natalie es una cazatalentos de éxito y ha cobrado comisiones espectaculares. Estoy segura de que Lara podría hacerle un hueco en su agenda. Kate parece tan afligida como yo. Es cierto. Mientras voy pasando de un personaje de altos vuelos a otro. La veo roja de excitación mientras habla por teléfono—. Pero. aguarde un momento… Pulsa el botón de espera y suelta un chillido: —¡Es Clive Hoxton! El que dijo que no estaba interesado en Leonidas Sports —añade al ver que no reacciono—. —La cuestión es… —titubea— que tú no eres Natalie. echo la cabeza atrás y contemplo el techo mugriento. Clive Hoxton es el director de marketing de Arberry Stores y fue jugador de rugby del Doncaster. y no de escabullirse. qué suerte. Lara tiene hoy una agenda muy apretada. Que nunca me han propuesto presidir un comité internacional. ¿Quiere indicarme un restaurante? . Y en la base del montón. Se hace un silencio. Finge que estoy ocupadísima entrevistando a otros candidatos.42 - . a ver si encuentro a alguien que pueda convertirse en director de marketing de Leonidas Sports. Pero.

Tendría que haberlo hecho yo. Y a lo mejor él no pide gran cosa —añado con repentina inspiración—. —Cierto. —¿Cuánto queda en el fondo de gastos? —Unos cincuenta peniques —suspiro—. De hecho. decido sobre la marcha. —Claro que no. Todo lo que sé lo he leído en el Evening Standard. Equilibrará la balanza junto al bicho raro y la cleptómana. tiene que irle de fábula si puede permitirse traer a sus clientes aquí!» —Pero ¡es que no puedo permitírmelo! ¿No podemos llamarle y cambiarlo por un café? Incluso antes de terminar de decirlo. Tiene una fuente en medio del local y un enorme acuario de langostas. Cuando te vean almorzando en Lyle Place. —Bueno. Nunca deberíamos haber permitido que él eligiese el restaurante. ¿no? Has de dar la imagen de una ejecutiva de tomo y lomo. tendrá un almuerzo en Lyle Place.43 - . Le he pedido que escogiera un restaurante y ha dicho… —¿Qué? —El corazón me palpita—. A ver. Tendré que usar mi tarjeta de crédito. Es una inversión. Estará lleno. —Ha dicho que puede conseguir una reserva. Y la va a poner a tu nombre. esperanzada—. yo nunca he estado. si podemos meterlo en la selección final. ésa es la única pega. —Peor. que está a la vuelta de la esquina y tiene un menú a mediodía de 12. Si quiere un almuerzo en Lyle Place. Se me encoge el estómago.95. un poquito de sashimi y un vaso de . —Bromeas. Almuerzas con él a la una en punto. —Quizá no sea tan caro como creemos —dice Kate. —¡No habrá sitio! —digo repentinamente aliviada—. Lyle Place. me quitaré de encima a la cleptómana. Lyle Place abrió hace unos dos años y fue bautizado de inmediato como «el restaurante más caro de Europa». Obviamente. Al fin y al cabo. todos pensarán: «¡Vaya. ¡Clive Hoxton es un nombre de primera! Es expeditivo y un jugador curtido. Estamos sin blanca. ¿No será en Gordon Ramsay? ¿O en ese tan pijo de Claridge? Kate hace una mueca. Tomará. los periódicos no paran de hablar de lo mal que va la economía. es deportista.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Me sonríe de oreja a oreja y yo le choco esos cinco en el aire. ¿no? Quizá han bajado los precios. me doy cuenta de lo patético que quedaría. —Titubea—. Y el bicho raro tampoco es tan desastroso si encontramos un modo de librarlo de la caspa… —¡Todo arreglado! —dice Kate tras colgar—. no sé. copa de vino incluida. Habría escogido el Pasta Pot. Kate se mordisquea el pulgar. —Maldita sea. No puede ser un tragaldabas. —¡Magnífico! ¿Dónde? —Bueno. valdrá la pena. y lo frecuentan muchos famosos. O tienen una oferta especial. No me atrevo siquiera a pensar lo que me costará un almuerzo para dos en Lyle Place. Conoce a alguien.

Seguro que.» El estómago se me encoge otra vez. —Me obligo a asentir en plan inteligente y el camarero me mira sin parpadear. No ha . acaban en la red de un tipo que ha de subirse a una escalera para pescarlos. ojos de rana y bigote. ¿Qué tiene de malo? Y en todo caso. Ésta es nuestra carta de aguas. lleno de crustáceos de todas clases que se arrastran entre rocas y que. la gente come y bebe despreocupada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE agua. Se filtra entre rocas volcánicas y tiene un sutil regusto alcalino. O sin postre. «Ceviche de salmón al estilo origami: 34 libras. de vez en cuando. Cada vez que veo un precio. ¿Fanfarronean? ¿Están todos temblando por dentro? Si me subiera a una silla y gritara: «¡Es demasiado caro! ¡No estoy dispuesta a pasar por el aro!». A mi derecha está el famoso acuario de langostas.44 - . el pelo grisáceo. ¿desataría una desbandada en masa? —Naturalmente. ha pagado! ¡Por una botella de agua!» —Prefiero Pellegrino —dice Clive.» No hay ninguna oferta especial.» Y es un entrante. creo que voy a desmayarme. la Chetwyn Glen es una auténtica delicia —añade—. Hoy en día nadie bebe alcohol en las comidas de negocios. encogiéndose de hombros. Estoy sentada en una silla transparente ante una mesa cubierta con un mantel impecable. ¡Un entrante! «Media docena de ostras: 46 libras. Y podemos limitarnos a tomar un plato y el postre. Ni el menor indicio de estos tiempos difíciles. A la izquierda hay una jaula de pájaros exóticos. Ya nadie bebe en el almuerzo. Me estoy armando de valor para echar un vistazo a los platos principales. se mondan de risa: «¡Quince pavos. Salvo que no puedo. Tiene cuarenta y pico años. siento un escalofrío. —Bueno. comamos lo que comamos. en cuanto regresan a la cocina. porque Clive Hoxton acaba de pedirme que le repita las condiciones del puesto. Leonidas Sports acaba de comprar una cadena holandesa… Mientras voy hablando en piloto automático. Kate tiene razón. Un entrante y una buena taza de café. Si les gusta con gas. —Mi voz suena apagada—. Como bien sabes. ¿no? Ay. «Filete de pato con tres combinaciones de naranja: 59 libras. Empiezo a sentirme más optimista. como si todo esto fuera completamente normal. lo cual empieza a provocarme náuseas. cuyos trinos se mezclan con el murmullo de fondo de la fuente que ocupa el centro del salón. —Ah. el consejo de administración quiere un director de marketing capaz de supervisar esta nueva expansión… Ni siquiera yo entiendo las tonterías que digo. Dios mío. A lo largo del salón. No paro de hacer cuentas y el resultado nunca baja de las trescientas libras. —¿Agua mineral? —Ha aparecido un camarero y nos ofrece a cada uno un recuadro de plexiglás azulado—. tampoco puede costar tanto. Y segurísimo que no bebe. mis ojos recorren la carta impresa en plexiglás.

—Intento adoptar un tono informal—. Las ostras no… —Las ostras. Y seguro que las setas están deliciosas. puedo traerle ambas cosas: la langosta y un risotto más reducido. —¿Y para la señora? Recorro con un dedo la carta arrugando el ceño. —¡Creo que me dejaré convencer! —dice Clive. Sabe que estoy sin blanca. —El camarero asiente. —Difícil elección.45 - . Pero habrá valido la pena. por favor. con una lúgubre risita. Elige lo que te apetezca. Clive. —Bueno —digo con vivacidad. ¿Que puede qué…? ¿Quién le ha pedido que se meta? —¡Excelente idea! —Me sale una voz más aguda de lo que quisiera—. ¿Y tú? —Ninguna —me apresuro a responder—. —La verdad es que… he asistido a un desayuno de trabajo bastante copioso esta mañana. después de servirnos sendas copas de un champán que debe de costar una millonada. bebiéndose media copa de un trago. para empezar —dice. el risotto. —A Clive se le ilumina la expresión. —No he cambiado —dice. ¡Nooo! ¡Ni hablar de dos botellas de agua carísima! —¿Y qué te apetece comer. —¿Te apetece seguir con agua. Clive. —¿Una botella de cada. el risotto es siempre mi favorito. ¡Por el puesto! Estoy muy contenta de que hayas cambiado de opinión. podemos pasar directamente al plato principal… —No tengo prisa. Así que tomaré solamente una ensalada César. ¡Dos segundos platos! ¿Por qué no? El camarero me mira con ojos sardónicos y deduzco que me lee el pensamiento.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sonreído ni una vez desde que nos hemos sentado. Si tienes prisa. Clive? —Procuro eliminar de mi voz cualquier matiz esperanzado—. Pero tú decides. Clive? —digo con una sonrisa—. Tiene que valerla. impertérrito. El camarero se aleja finalmente. —Echemos un vistazo a la carta. 90 libras. 45. —Me encanta la comida italiana —digo con una risita relajada—. Sin entrante. ¿Me estoy volviendo loca? ¿Habrá entendido mal Kate? . Se hace un silencio mientras Clive examina la carta con ceño. La langosta. —Si no se decide —propone el camarero. Me siento un poco mareada. Recorro discretamente la carta con la vista. pues? —sugiere el camarero. Lo miro desconcertada. pensativo—. Ha de ser «champagne gran reserva»… Grrrr. y yo me obligo a sumarme a la propuesta. —Una ensalada César. Pasaré el resto de mi vida pagando este almuerzo. El muy sádico no puede sugerir simplemente champán. ¿O quieres vino? —Sólo de pensar en la carta de vinos me recorre un temblor. — Pero no las ostras. —¿Y tal vez una copa de champagne gran reserva para empezar? — sugiere el camarero con una sonrisa afable. Y luego estoy dudando entre la langosta y el risotto con setas. solícito—. —Me mira suspicaz—. sin entrante. ¿Sabes?. alzando mi copa—.

SOPHIE KINSELLA

UNA CHICA AÑOS VEINTE

—Pero yo creía… —Es una posibilidad. —Parte un panecillo—. No estoy satisfecho con mi trabajo ahora mismo y empiezo a considerar la posibilidad de un cambio. Pero veo algunos inconvenientes en Leonidas Sports. Adelante, véndeme el puesto. Por un momento, me quedo sin habla de pura consternación. ¿Me estoy gastando con este tipo el equivalente de lo que costaría un coche sencillito y al final quizá ni siquiera le interese el trabajo? Bebo un sorbo de agua y levanto la vista, adoptando con esfuerzo mi sonrisa más profesional. Puedo ser como Natalie. Sí, soy capaz de venderle este puesto. —Clive, tú no estás satisfecho con tu puesto actual. Y para un hombre de tu talento eso es un crimen. ¡Mírate! Deberías estar en un sitio que te revalorizara como profesional. Hago una pausa con el corazón palpitante. Me escucha atentamente. Ni siquiera ha untado el panecillo con mantequilla. Por ahora vamos bien. —En mi opinión, el puesto en Leonidas Sports sería el movimiento ideal para tu carrera. Eres un ex deportista… y estamos hablando de una empresa de material deportivo. Te encanta jugar al golf… ¡y Leonidas Sports tiene un catálogo entero de ropa y accesorios de golf! Clive alza las cejas. —Veo que te has documentado sobre mí. —Me interesan las personas —digo con sinceridad—. Y conociendo tu perfil, me parece que Leonidas Sports es justo lo que te hace falta en esta etapa de tu trayectoria. Es una oportunidad única, fantástica… —¿Este hombre es tu amante? —me interrumpe una voz nasal, que me hace dar un respingo. Parecía… No. No seas absurda. Inspiro hondo y prosigo. —Como iba diciendo, ésta es una oportunidad fantástica para pasar al nivel siguiente en tu andadura profesional. Estoy segura de que podríamos conseguir un generoso acuerdo… —Te he preguntado si este hombre es tu amante. —Esta vez suena más insistente, así que vuelvo la cabeza. No, no puede ser. Es Sadie. Ha vuelto. Está encaramada en el carrito de los quesos, a dos pasos apenas. Ya no va con el vestido verde, sino con uno rosa pálido de talle bajo y con un abrigo corto a juego. Lleva una cinta negra alrededor de la frente y un bolsito gris de seda, con una cadenita de cuentas, colgado de la muñeca. La otra mano reposa en la campana de cristal para el queso… Bueno, salvo las puntas de los dedos, que atraviesan el cristal y se hunden en un trozo de camembert. Se da cuenta y los saca bruscamente para situarlos con cuidado sobre el cristal. —No es que sea muy guapo, ¿no? Quiero champán —añade en tono imperioso. Los ojos se le iluminan mirando mi copa. No le hagas caso. Es una alucinación. Sólo existe en tu mente. —¿Lara? ¿Te encuentras bien? —Perdona, Clive. —Me vuelvo precipitadamente—. Es que me he distraído con… el carrito de los quesos. ¡Parecen tan deliciosos! Ay, Dios, no le ha hecho gracia. Tengo que encarrilar las cosas,

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deprisa. —La pregunta que debes hacerte, Clive —me inclino hacia delante con decisión—, es ésta: «¿Volverá a presentarse una oportunidad semejante?» Es una ocasión única para trabajar con una gran marca, para utilizar tu probado talento y tus envidiables dotes de liderazgo… —¡Quiero champán! Para mi horror, Sadie se ha plantado a mi lado y hace ademán de coger mi copa, aunque su mano la atraviesa sin moverla siquiera. —¡Córcholis! ¡No consigo cogerla! —Hace un nuevo intento, y otro más, y luego me mira enfurruñada—. ¡Qué fastidio! —¡Basta! —siseo. —¿Cómo? —Clive arquea sus espesas cejas. —¡No es a ti, Clive! Es que se me ha atascado algo en la garganta… —Cojo mi copa y bebo un trago de agua. —¿Has encontrado ya mi collar? —pregunta Sadie con tono acusador. —No —murmuro detrás de la copa—. ¡Lárgate! —¿Y qué haces aquí sentada? ¿Por qué no estás buscándolo? —¡Clive! —Intento concentrarme otra vez en él—. Perdona. ¿Qué estaba diciendo? —Mis envidiables dotes de liderazgo —repite sin esbozar siquiera una sonrisa. —¡Exacto! ¡Tus envidiables dotes de liderazgo! Eh… Así que la cuestión es… —¿No has buscado por ninguna parte? —Sadie acerca la cabeza a la mía—. ¿Te tiene sin cuidado encontrarlo? —Así que… lo que trato de decir es… —Reúno toda mi fuerza de voluntad para no ahuyentarla de un manotazo—. En mi opinión, este trabajo sería un magnífico paso estratégico, un trampolín perfecto para tu futuro profesional, y además… —¡Debes encontrar mi collar! ¡Es importante! ¡Muy, muy…! —Además, sé que los beneficios del generoso acuerdo… —¡Para de desdeñarme! —Sadie ha pegado prácticamente la cara a la mía—. ¡Para de hablar! ¡Para de…! —¡¡¡Cierra el pico y déjame en paz!!! Mierda. ¿Eso ha salido de mi boca? Por la expresión anonadada con que Clive abre sus ojos de rana, deduzco que sí. En dos mesas cercanas la conversación se ha interrumpido en seco, y nuestro engreído camarero también ha hecho una pausa para mirar. El murmullo de cubiertos parece haberse extinguido. Hasta las langostas se han apostado en un extremo del acuario para no perderse el espectáculo. —¡Clive! —Suelto una risa estrangulada—. No pretendía… obviamente, no hablaba contigo… —Lara. —Me lanza una mirada hostil—. Ten por favor la cortesía de decirme la verdad. Las mejillas me arden del sofoco. —Sólo estaba… —Me aclaro la garganta. ¿Qué puedo decir? «Estaba hablando conmigo misma.» No. «Estaba hablando con una visión.» No.

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—No soy idiota —me corta, desdeñoso—. No es la primera vez que me pasa. —Ah, ¿no? —Lo miro, perpleja. —He tenido que soportarlo en reuniones de alto nivel, en almuerzos con directores… Pasa en todas partes. Las BlackBerry ya eran una lata, pero estos aparatos de manos libres son una auténtica amenaza. ¿Sabes cuántos accidentes de tráfico provoca la gente como tú? Manos libres… ¿Se refiere a…? ¡Cree que estaba al teléfono! —Yo no… —empiezo por inercia, pero me detengo. Estar hablando por teléfono es la opción menos demencial. Será mejor que me aferré a ella. —Pero esto ya es lo último —dice amenazador y resoplando de furia —. Atender una llamada durante un almuerzo personalizado. Confiando en que no me daría cuenta. ¡Es una falta de respeto inaudita, joder! —Perdona —digo humildemente—. Lo… lo voy a apagar. —Me llevo una mano a la oreja y simulo desconectar el auricular. —Pero… ¿dónde lo tienes? —Arruga el ceño—. No veo nada. —Es diminuto. Muy discreto. —¿El nuevo Nokia? Me mira la oreja más de cerca. Mierda. —Eh, bueno, de hecho… lo llevo incrustado en los pendientes. — Espero sonar convincente—. Tecnología punta. Escucha, Clive, lamentó mucho haberme distraído. Yo… no he valorado la situación como correspondía. Pero soy totalmente sincera en lo que se refiere al puesto en Leonidas Sports. O sea, que si me permites resumir lo que estaba diciendo… —Debes de estar de broma. —Pero… —¿Crees que voy a hacer negocios contigo después de esto? —Deja escapar una risa breve y nada divertida—. Eres tan poco profesional como tu socia, que ya es decir. —Para mi horror, echa la silla hacia atrás y se pone en pie—. Pensaba darte una oportunidad, pero olvídalo. —¡No, espera! ¡Por favor! —suplico presa del pánico. Pero él ya se aleja con paso raudo entre las mesas, cuyos ocupantes lo miran boquiabiertos. Siento frío y calor al mismo tiempo mientras contemplo la silla vacía. Tomo la copa de champán con mano temblorosa y bebo tres largos tragos. No hay más que hablar. La he cagado. Mi gran esperanza, malograda. De todos modos, ¿qué pretendía decir con eso de que soy «tan poco profesional como mi socia»? ¿Habrá oído algo de la espantada de Natalie? ¿Lo sabrá ya todo el mundo? —¿Va a volver el caballero? —El camarero me saca de mi trance acercándose con una fuente de madera donde hay un plato cubierto con una campana plateada. —No lo creo —digo, roja de humillación y con la vista clavada en el mantel. —¿Me llevo su comida a la cocina? —¿He de pagarla, de todos modos? —Lamentablemente, sí, señora. —Me dedica una sonrisa

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condescendiente—. Puesto que ya se ha hecho el pedido y todo se cocina con ingredientes frescos… —Entonces lo tomaré yo. —¿Todo? —se asombra. —Sí. —Alzo la barbilla, desafiante—. ¿Por qué no? Ya que voy a pagarlo, primero me lo comeré. —Muy bien. —Baja la cabeza, deposita ante mí la fuente y saca el cubreplato—. Media docena de ostras frescas en hielo picado. No he comido ostras en mi vida. Siempre he encontrado repulsivo su aspecto. Vistas de cerca, todavía parecen más asquerosas. Pero no voy a reconocerlo. —Gracias —digo secamente. El camarero se retira y me quedo mirando las seis ostras. Estoy decidida a soportar este absurdo almuerzo hasta el final. Pero noto una tensión peculiar en los pómulos; si no me contuviera, el labio inferior me temblaría. —¡Ostras! ¡Adoro las ostras! —Para mi incredulidad, Sadie aparece otra vez ante mí, se desploma lánguidamente en la silla vacía de Clive y dice, mirando alrededor—: Este sitio es divertido. ¿Tiene cabaret? —No te oigo —murmuro, feroz—. No te veo. No existes. Voy a ir al médico para conseguir una medicina y librarme de ti. —¿Adónde ha ido tu amante? —No era mi amante —le espeto bajando la voz—. Estaba intentando hacer negocios con él y la cosa se ha estropeado por tu culpa. Lo has echado todo a perder. Todo. —Ah. —Arquea las cejas sin el menor arrepentimiento—. No veo cómo puedo haberlo hecho si no existo. —Pues lo has hecho. Y ahora estoy aquí acorralada, ante estas absurdas ostras que ni me gustan ni puedo permitirme, y ni siquiera sé cómo se comen… —¡Es muy fácil comerse una ostra! —Qué va. En la mesa contigua, una rubia con un vestido estampado le da un codazo a una de sus emperifolladas acompañantes mientras me señala con disimulo. Estoy hablando sola. Debo de parecer una chiflada. Cojo un panecillo y empiezo a untarlo de mantequilla sin mirar a Sadie. —Disculpe. —La rubia se inclina hacia mí con una sonrisa—. No he podido evitar oírla. No quisiera interrumpir, pero… ¿ha dicho que lleva un teléfono incrustado en un pendiente? Le sostengo la mirada mientras me devano los sesos para encontrar otra respuesta que no sea «sí». —Sí —digo por fin. La mujer se tapa la boca con una mano. —Increíble. ¿Cómo funciona? —Tiene un… chip especial. De última generación. Japonés. —He de conseguir uno. —Observa maravillada mis pendientes de Claire’s Accessories (5,99 libras)—. ¿Dónde los venden? —Éste es un prototipo. Estarán a la venta en un año. —Bueno, ¿y usted cómo lo ha conseguido? —Me lanza una mirada agresiva.

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—Bueno… es que conozco a unos japoneses. Lo siento. —¿Puedo verlo? —Extiende la mano—. ¿Le importaría quitárselo un momento para mostrármelo? —Es que… ahora mismo me está entrando una llamada. Noto la vibración. —Yo no veo nada. —Escruta mi oreja con aire incrédulo. —Es muy sutil —digo a la desesperada—. Microvibraciones. Eh… ¿qué tal, Matt? Sí, puedo hablar. Le hago gestos de disculpa a la mujer, que vuelve a su comida de mala gana. Veo que me señala y les habla de mí a sus amigas. —Pero ¿qué dices? —Sadie me mira con desdén—. ¿Cómo va a haber un teléfono en un pendiente? Parece un acertijo. —No lo sé. No empieces a darme la lata tú también. —Pincho una ostra sin ningún entusiasmo. —¿De veras no sabes cómo se comen las ostras? —Nunca las he comido. Sadie menea la cabeza. —Coge el tenedor. El de marisco. ¡Venga! —Le lanzo una mirada suspicaz, pero obedezco—. Has de desprenderla por todos lados, asegurarte de que está despegada del caparazón… Ahora échale un chorrito de limón y tómala. Así. —Hace el gesto para mostrármelo y yo la imito—. Echa la cabeza atrás y trágatela. Toda. ¡Como vaciando la copa de un trago! Es como tragarse un trozo gelatinoso de mar. Me las arreglo para sorberlo todo ruidosamente, tomo la copa y bebo un buen trago de champán. —¿Has visto? —Sadie me mira con gula—. ¿A que es deliciosa? —Pse, está bien —digo a regañadientes. Dejo la copa y la observo en silencio. Está repantigada en la silla como si fuera la dueña del local: con un brazo extendido a un lado y el bolsito colgado de la muñeca con su cadenita de cuentas. Es un producto de mi fantasía, me digo. Una invención de mi subconsciente. Aunque… mi subconsciente no sabe cómo se come una ostra, ¿no? —¿Qué pasa? —dice, adelantando la barbilla—. ¿Por qué me miras así? Mi cerebro se aproxima muy lentamente a una conclusión. A la única posible. —Eres un fantasma, ¿no? —digo por fin—. No eres una alucinación, sino un fantasma de verdad, vivito y coleando. Ella se encoge de hombros, como si no le interesara el tema. —¿No es cierto? Tampoco ahora responde. Tiene la cabeza ladeada y se mira las uñas. Quizá no quiera ser un fantasma. Bueno, pues mala suerte. Porque lo es. —Eres un fantasma. Estoy segura. ¿Y yo qué soy, entonces? ¿Una médium? Un hormigueo me recorre la cabeza mientras digiero esta revelación. Siento escalofríos. Puedo hablar con los muertos. Yo, Lara Lington. Siempre he sabido que era distinta. Imagínate todas las implicaciones. ¡Piensa en lo que significa! Quizá

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Sin él no puedo descansar. No puedo… Se interrumpe y mira para otro lado. —Sadie me mira con sus ojos oscuros y aterciopelados y con un triste mohín en los labios—. Y todo por tu culpa. me inclino sobre la mesa. —Me mira con ceño—. —¿Dónde? —Ahí… Ya me entiendes. atrayendo espíritus y almas en pena mientras el público observa con ojos desorbitados. no te pediré ninguna otra cosa. Pero enseguida alza la barbilla otra vez. o como si no quisiera terminarla. Y yo no puedo permitirme esta comida absurda. No he conocido a nadie. como incapaz de terminar la frase.51 - . Si pudiera comunicarme con otra persona. Por un instante. —No he ido a ninguna parte. Me despierto y es como si estuviera en un sueño. te aseguro que lo haría. —Sadie se cruza de brazos y pone morritos—. Te pido perdón por haberte causado tantos problemas. —Mira —le digo—. Me mira a los ojos y baja otra vez la cabeza. Ahora se abraza las rodillas con ese aire alicaído de flor marchita. Tienes que describírmelo. Con montones de ellos. si no te hubieras presentado y lo hubieras estropeado todo. —Bueno. Contarme cómo son las cosas… ahí. Le echo un vistazo a Sadie. pero ¡la única persona que me entiende se niega a ayudarme! —Me lanza una mirada tan acusadora que consigue indignarme. A ninguna. Es alucinante. y empiezo a sacarla con el tenedor. ¿no? —¡No necesitaba aprender a comerme una ostra asquerosa! Lo que quería era que mi candidato no se retirara. —Bueno. Un desastre completo. —No sabía que era tu candidato. Dios mío. ¿No se te ha ocurrido pensarlo? —¡Yo no he estropeado nada! —¡Cómo que no! —Te he enseñado a comer ostras. Es mi único deseo. Pero estoy demasiado intrigada para dejarlo pasar. pues ahora mi empresa está hundida. esa persona tal vez tendría ganas de ayudarte. Cojo otra ostra.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE empiece a hablar con otros fantasmas. . no es que no quiera ayudarte… —Es mi último deseo. parece acorralada. No quiero nada más. malhumorada. ¡podría tener mi propio programa en la tele! ¡Hacer giras por todo el mundo! ¡Ser famosa! Tengo una repentina visión de mí misma en un plato. —¿Conoces a otras personas muertas? ¿Puedes presentármelas? —No. Pisamos un terreno delicado. —¿Has conocido a Marilyn? ¿Y a Elvis? ¿O… a la princesa Diana? ¿Es simpática? ¿Y a Mozart? —Casi me marean las posibilidades que se despliegan en mi imaginación—. Sólo mi collar. claro. Con un arranque de excitación. Porque yo sólo quiero mi collar. Todos sus ánimos parecen haberse evaporado. —Lo siento mucho —susurra—. Ahora soy yo la que se siente mal. Un sueño espantoso. Pensaba que era tu amante.

—De acuerdo. Y que necesito tu ayuda. —¿Para siempre? —Sí. Sólo eso. Sadie parece enfurruñada. —Existió —dice. ¿Cuándo fue la última vez que lo llevaste? . Yo no quiero estar aquí. —¿Te irás igualmente? —insisto—. Por Dios. — Hurgo en el bolso. —Alzo mi copa—.52 - . ¿te refieres a sentarte y relajarte? ¿O a «descansar» en el sentido de irte…? —Veo su expresión glacial y me corrijo—. Porque yo no pienso pasarme todo el verano embarcada en una absurda búsqueda del tesoro… Me mira ceñuda. Trato hecho. Debería esforzarme en satisfacerla. Es mi tía abuela. —Sus ojos han empezado a brillar de nuevo. sofocada. ¿cómo funciona exactamente? —¡No sé cómo funciona! No me han dado un folleto de instrucciones. Me he encontrado aquí. Pero no la encuentra. de pasar a mejor… de alcanzar la otra… —Me restriego la nariz. pero no puedo encontrarlo porque se perdió hace tropecientos años o porque (más probable aún) nunca existió. si encuentro tu collar. Muy bien. como si fuéramos a empezar aquí mismo. —Si busco tu collar con todas mis fuerzas. sin duda pensando en una réplica para desarmarme. O sea. —Sadie —digo suspirando—. saco el dibujo y lo despliego sobre la mesa—. Se hace un silencio. en el restaurante. —¡Venga! ¡Empieza a buscar! —Vuelve la cabeza a ambos lados con impaciencia. —Muy bien —acepta al fin. ¿sabes? —dice en tono cáustico. ¿te irás y me dejarás en paz? —Sí. Cruzo los brazos con severidad. ¿te irás igualmente? Se produce una pausa. Me trago otra ostra. Y es su último deseo. Aunque parezca absurdo e imposible. Haz memoria. esto es un campo minado. pero detecto un destello de inseguridad en sus ojos—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Cuando dices que «no puedes descansar» sin tu collar —intento aventurarme con delicadeza—. la cabeza llena de pensamientos incómodos. Por el éxito de nuestra búsqueda. Y lo único que sé es que he de recuperar mi collar. —¡No podemos buscar al tuntún! Debemos actuar metódicamente. al otro mun… quiero decir. ¿Cómo debería decirlo? ¿Cuál es la expresión políticamente correcta? —O sea —intento una aproximación distinta—.

—¡Exacto! —Su expresión se anima—. con visillos en las ventanas. pensativa. . Bebimos gin fizz toda la noche y bailamos hasta el alba… ¡Ay. que me ha seguido en silencio desde la estación de Potters Bar. Hago un rápido cálculo mental.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 5 El hogar de ancianos Fairside está en una calle arbolada de aspecto residencial. Ha venido conmigo en tren. Se mira los brazos. Una enfermera de uniforme azul me recibe con una ancha sonrisa. —¿Qué desea? —Bueno. El día de mi cumpleaños mis amigas se quedaron a dormir en casa. ¡Es muy bonito! Y con un jardín encantador —añado. mirando a la gente. Sadie no contesta. creo que veintitrés. La observo y percibo una sombra de tensión en su pálido rostro. surgiendo del suelo de repente para enseguida desaparecer de nuevo. pero apenas la he visto. Sí. lo cual significa que… —Tenías veintitrés en mil novecientos veintisiete. cómo añoro esas fiestas! —Se abraza a sí misma—. ya sé que tienes ciento cinco. con el pelo recogido y una cara rolliza y lechosa. —Así que es aquí donde vivías —digo con una vivacidad que suena algo falsa—. Lo examino desde la acera de enfrente y miro a Sadie. No. vamos allá. señalando un par de arbustos birriosos. Es una mujer de treinta y pocos años. subo por el sendero hasta la enorme puerta principal y pulso el botón del interfono. Murió a los ciento cinco. Cruzo deprisa la calle. examina su vestido y palpa. Se oye girar la llave en la cerradura y se abre la puerta. —Le echo un vistazo a Sadie. Bueno. todo de ladrillo rojo. ¿cuántos años tienes? —le digo con curiosidad—. Anda. Sadie parece desconcertada. Debe de resultarle extraño volver aquí. no tenía cita. Tal como eres… en este momento. ¿Vosotras también os pasáis toda la noche de juerga? Me pregunto si un ligue de una noche entrará en la misma categoría de juerga… —No sé si es exactamente lo mismo… —Me interrumpo al ver la cara de una mujer que me observa desde la ventana más alta—. —Oye.53 - . me llamo Lara y he venido a causa de una… antigua residente. —¿Hola? —digo—. porque se ha pasado todo el rato revoloteando por el vagón. Pero quiero decir ahora. Es un edificio de doble fachada. la tela. Me pregunto hasta qué punto recuerda el lugar. verá. —Veintitrés —dice al fin—.

—¡Vaya! —Trago saliva. Mientras relleno los datos del formulario. Su rostro se contrae en una mueca de angustia. —¿Es usted de la familia? —me pregunta. —¡Sadie! —Su expresión se ablanda en el acto—. quiero decir. No puedo creer que haya sido tan fácil. Por una puerta vislumbro a dos ancianas sentadas. —Soy la sobrina nieta. Maldita sea. Perdone —le digo en voz baja—.54 - . Debo pedirle que rellene primero un impreso… ¿Lleva algún documento que la identifique? —Claro. Escruto el jardín de una ojeada. —Los hemos conservado por si cambiaban de opinión. Sé que no es fácil y supongo que usted ni siquiera… —Ya sé a cuál se refiere. nunca he conocido a una persona mayor. Pero no veo impedimento para que se los lleve . con mantitas de ganchillo en las rodillas. No pretendía… Enseguida se le acerca otra enfermera y yo me apresuro a seguir a Ginny. ¿Quiere decir que… existe? —Sadie tenía algunas cosas preciosas. pero se ha esfumado del todo. —¿Qué? —La miro como una tonta—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Ha desaparecido. pero Sadie no aparece por ningún lado. Muy. A decir verdad. sigo echando vistazos alrededor. Siempre se ponía ese collar. —Sonrío como disculpándome—. —Ah. —Los abogados nos dijeron que sus parientes más cercanos no tenían interés en recoger sus efectos personales. La he pifiado—. Sus sobrinos. ¿Una taza de té? Estábamos esperando que llamase alguien. ¿no? Nunca los vimos por aquí. —¡Hola! —Saludo nerviosamente con la mano a una señora de pelo blanco cuando pasamos por su lado. —¡Estupendo! —exclama. Mi padre y mi tío. ¿puedo llevarme la caja? Soy prácticamente el pariente más cercano. ¿Podría verlo? —Estará en la caja —dice—. —Titubeo y decido lanzarme—. con una libélula montada sobre diamantes de imitación. encendiendo el calentador de agua—. —Hurgo en el bolso con el corazón a cien. —Le entrego la hoja a Ginny—. —Me sonrojo—. La sigo por un vestíbulo cubierto de linóleo. haciéndome pasar a una salita. —Para eso venía. Estoy buscando un collar que creo que perteneció a Sadie. ¡Pase! Yo soy Ginny. aparte del chirrido de las suelas de goma de la enfermera y el sonido lejano de un televisor. Huele a cera de abeja y desinfectante. Un collar de cuentas de cristal. —Sí… Sadie Lancaster. No ha venido nadie a recoger sus cosas. sin perder la compostura—. Todo está en silencio. Pero ésa era su preferida. —Ginny abre una puerta batiente—. me ha dejado en la estacada. Espero que no se haya dado cuenta. ¿Dónde se ha metido? ¡Se está perdiendo el gran momento! —Aquí está. —Sonríe—. Entonces. —¿Una antigua residente? —apunta la enfermera. muy mayor. la enfermera jefe.

Pero hicimos un brindis por ella durante la cena… ¡Aquí las tenemos! Las cosas de Sadie. —Sí. —Ginny me sonríe sin ningún reproche. —Ésta es de cuando cumplió los ciento cinco —dice Ginny. señalando otra fotografía—. el collar de la libélula —asiente Ginny—. papá y yo. No es gran cosa. y que no fueron reemplazadas… —Ya. La saco del tablón. amplias sonrisas y sombreritos de fiesta.55 - . Me acuerdo del miserable funeral en aquella sala vacía y me siento peor todavía. por ejemplo. destacado sobre los pliegues del chal de mi tía abuela. Imagino que las cosas se fueron estropeando o perdiendo. y todos los demás? —Ojalá hubiese asistido. Contiene un antiguo cepillo para el pelo con mango de metal y un par de periódicos viejos. —Ginny suspira mientras avanzamos por el pasillo—. Ahí están las cuentas de cristal. Perfectamente a la vista. Sadie está detrás de un pastel de cumpleaños y las enfermeras se apiñan alrededor con tazas de té. ¡Un momento! ¿Es ése? —Sí. Hemos tenido muchos problemas de personal esta semana. Mientras las contemplo. —Se encoge de hombros—. Sólo llevo aquí cinco años y Sadie era residente desde hacía mucho tiempo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE usted. Y estoy segura de que le habrán dado una magnífica despedida. Hemos llegado a un reducido almacén lleno de estantes polvorientos y me entrega una caja de zapatos. la verdad. —¿Nada más? —Estoy desconcertada. —No hemos guardado sus ropas —dice Ginny con un gesto de disculpa—. ¿Cómo no estábamos allí? ¿Por qué no la rodeábamos nosotros: mamá. Quiero decir… yo no sabía… —No es fácil. —Lo lamento. —¿Y qué hay de las cosas de su vida anterior? Los muebles. Noto un pequeño nudo en la garganta mientras examino la foto. ¡Aquí está! ¡Ésta es nuestra Sadie! Es la misma anciana arrugadita de la otra foto. Aquí está. Aparece envuelta en un chal rosa de encaje y lleva una cinta en su pelo de algodón de azúcar. Y ahí la libélula con diamantes de imitación incrustados. Ha sido nuestra residente más longeva. mareada de incredulidad. Me refiero a que no las eligió ella. siento cada vez más vergüenza. Tal como lo describió. —Me muerdo el labio—. No consigo relacionar esa cara diminuta y cubierta de arrugas con el perfil elegante y orgulloso de Sadie. empiezo a sacar las . ¡Es real! —Lamento que ninguna de nosotras pudiese asistir al funeral. No eran suyas realmente. Vislumbro el brillo de un montón de cuentas de cristal arrolladas en el fondo de la caja. más o menos… ¡Eh! —Un detalle de la fotografía me ha llamado la atención—. Ella era bastante feliz. —Tratando de ocultar mi consternación. Puede quedarse la foto si quiere. por así decirlo. ¿sabe? Recibió un telegrama de la reina. No se preocupe. En la foto. o los objetos de recuerdo… Se encoge de hombros. cosa que me hace sentir peor—. Aparte de esas pocas alhajas… —Se detiene ante un tablón de anuncios y señala una foto con gesto cariñoso—.

Ésta es Lara. y sonríe con cariño—. una caja de zapatos? Al hundir la mano en el amasijo de collares y broches del fondo. —¡Qué raro! Vamos a hablar con Harriet. Éste era otro de sus favoritos… —Yo buscaba el de la libélula. Sin hacer caso de mi repentino presentimiento. hecho de diminutas cuentas moradas. ¿Por qué habrá tenido que explicarlo así? Parezco una persona horrible y avariciosa. Quiere recuperar aquel collar precioso de la libélula que llevaba siempre. Quizá lo cogieron por error. Quizá se vendió en el mercadillo por error. y el destello de los diamantes y el fulgor de la libélula… No está aquí. —La enfermera se encoge de hombros—.56 - . ¿No podrían haberlo guardado en alguna parte? ¿O habérselo dado a otro residente? —¡El mercadillo benéfico! —dice de pronto una enfermera morena y delgada sentada en el rincón—. —¡Ay.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE escasas pertenencias que han sobrevivido. —Meneo la cabeza—. que da a una salita muy acogedora. —No puedo ocultar mi agitación—. Hay trece en total. La sigo por el pasillo y cruzamos una puerta marcada con el rótulo «Personal». Tendría que estar ahí. tomando una taza de té. Pero esa habitación la limpiamos muy deprisa —se justifica—. —Harriet —le dice Ginny a una chica con gafas y mofletes rosados—. Pero ninguno es el que busco. —¿Qué mercadillo? —Una recolecta de fondos que organizamos hace dos semanas. sacudo el enredo de collares y los extiendo ante mí. ¿Tú lo has visto? Ay. Pero fueron pasando de habitación en habitación y había cajas por todas partes. Sadie nunca habría donado su collar. siento una creciente excitación. Había un puesto de curiosidades con un montón de baratijas. Dios! —Se asoma por encima de mi hombro—. Ahora que lo dices. —No está en la caja de Sadie —le explica Ginny—. —No. Todos los residentes y sus familias donaron cosas. tal vez no estaba en la habitación. ¿Una persona vive ciento cinco años y sólo queda esto. Lo dice con tanta indiferencia que me enfurezco en nombre de Sadie. la sobrina nieta de Sadie. —No es para mí —digo—. buscando unas de cristal amarillo. Lo siento. Dios. Era demasiado especial para ella. no recuerdo haberlo visto. no encuentro el collar de la libélula. Desenredo con cuidado las sartas de cuentas. ya sé que debería haber hecho un inventario. Bueno. . —Ya. —Levanta otro collar. —Ginny. Hemos estado muy agobiadas… —¿Se les ocurre adónde puede haber ido a parar? —Las miro con impotencia—. Es… por una buena causa. Hay tres enfermeras sentadas en unos sillones floreados del año de Maricastaña. ¿Tienes idea de dónde podría estar? —¿Que no está? —Harriet parece sorprendida—. Ella se encargó de limpiarlo todo. ¿Podría estar en otro sitio? Ginny me mira perpleja.

—Lara. Cuando ya estamos cerca de la puerta. —Se encoge de hombros. ¡Un collar no puede desaparecer sin más! —Tenemos una caja fuerte en la bodega —interviene Ginny. Si era tan valioso. ¡Dios mío. No me lo digan. mirando a las demás. O su amante. El primer premio era una botella de Baileys —añade con orgullo—. Tendríamos que haberla visitado más. Pero era… importante. ya que ha venido. Las tres asienten. Y si por casualidad llegaran a encontrarlo… —¡Desde luego! Nos mantendremos alerta. tengo en las manos una lista fotocopiada de cuatro páginas con nombres y direcciones. —Charles Reece —leo. Bueno… sí. no lo creo. inquieta —. y trato de poner en orden las ideas—. animándose—. mire! ¡Sí tuvo un visitante este año! Hace pocas semanas. claro! Quizá se trate de un viejecito encantador con bastón. ¿Le parece una tontería? —No. que vino a acariciarle la mano una vez más a su . para compensar la falta de más firmas—. muchas gracias. —Ah —vacilo torpemente—. ¿verdad. Y también teníamos un juego de jabones y perfumes de Yardley… —¿Todavía tiene la lista? —la interrumpo—. —¡Claro que sí! —La enfermera morena deja de golpe su taza de té—. Sesenta y siete en total. —Todos los residentes cuentan con su propia página.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Pero ¡un error así no debería producirse! Las pertenencias personales tendrían que estar a salvo. Charles Reece. —Es por aquí… —Va pasando páginas de color crema—. no. —Sonrío. mientras estampo un «Lara Lington» bien grande en mitad de la página. Sesenta y siete posibilidades. aunque ella ya no esté… —Se sonroja levemente—. Contemplo la firma. Anillos de diamantes y cosas así. intrigada. Hablaré con toda esta gente. No. Siempre pedimos a los residentes que guarden allí cualquier objeto de valor. Sadie nunca tuvo muchas firmas. ¡Claro! Todos los que vinieron compraron un número de la rifa —me explica—. Sesenta y siete remotas posibilidades. —Bueno. No tienen ni idea. Quizá fuera un amigo de la infancia. No sé si tal vez le gustaría firmar. ¿por qué no? Ginny saca un libro enorme encuadernado en rojo y empieza a pasar páginas. Yo estaba de vacaciones. ¿Sería posible encontrarlo? ¿Saben quién participó en el mercadillo? —Se miran con aire dubitativo—. decidida a no desmoralizarme—. La sigo otra vez por el pasillo. chicas? —dice Ginny.57 - . sería bonito que firmase. —Me siento. Me dejaron sus nombres y direcciones por si ganaban. Pero. ¿Podría dármela? Cinco minutos después. ¿Quién es? —No lo sé. ¿Tenemos aún la lista de la rifa? —¡La lista de la rifa! —exclama Ginny. —Siento un remordimiento renovado—. tenemos un libro de visitas. debería haber estado bajo llave… —No es que fuese tan valioso. rascándome la frente. ¡Ah. Es muy delicado por su parte. eso es mucho decir. se detiene. la verdad. no me había enterado.

—Sonrío débilmente—. Es sólo una coincidencia. con voz ronca—. Pero debo marcharme. basta con mirarme. —No. Compartís el mismo brío. No. ¿Era muy viejo? —Podría preguntar a las chicas… —Coge otra vez el libro y su rostro se ilumina al leer mi apellido—. —Oficina del inspector James. Debería haber mantenido la boca cerrada. —Empiezo a alejarme con piernas temblorosas—. Voy a confesarlo todo y a desdecirme de mi declaración… Una seca voz femenina interrumpe mis pensamientos. De buena no tengo nada. ¡Lington! ¿Alguna relación con Lingtons Café? Ay. ¿Sabes. Y diría que también la misma bondad. —¿No dejó ningún dato para contactar con él? —pregunto. —Una enfermera pelirroja le hace señas—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE querida Sadie. pero no cuando tengo un capuchino en la mano y me cuesta alcanzar el monedero… —Ginny. Sólo oigo alguna que otra palabra. jadeando de pánico. —Bueno. Me las arreglo para esbozar una sonrisa. No participo en carreras benéficas en bicicleta. Dios. ¿Podemos hablar un momento? —Se la lleva aparte. compro el periódico de los pobres de vez en cuando. Les dije que Sadie había sido asesinada por el personal de la residencia: estas enfermeras encantadoras e intachables. aunque estoy paralizada de miedo. ¿Por qué dije una cosa así? ¿En qué estaría pensando? Toda la culpa la tiene Sadie. —… no sé… número… Ginny coge un pequeño papel y se da la vuelta sonriendo hacia mí. levantando la vista—. ¿Te encuentras bien? Van a acusarla de homicidio y no tiene ni idea. Muchas gracias. saco el móvil y marco el número del inspector James. No debería haber acusado a nadie de asesinato. Lo había olvidado. ha sido un placer conocer a la sobrina nieta de Sadie. Cuando he cruzado el sendero y salgo a la acera. —… extraño… policía. peor me siento. sí. La policía. Voy a arruinar sus carreras. . Es decir. Todo por mi culpa. Hoy no me veo capaz de soportarlo. —¿Lara? —Ginny me escruta. Nunca volveré a hacerlo. la residencia será clausurada y los ancianos no tendrán adonde ir… —¿Lara? —Estoy bien —logro decir al fin. —¿Policía? —Ginny abre unos ojos como platos. Lara? Me parece ver en ti algo de ella. Vale. alarmada—. — Llegamos a la puerta principal y me da un caluroso abrazo—. la verdad. Nunca vine a visitar a mi tía abuela. Y que ni siquiera sabe que ha muerto porque nadie lo invitó al funeral… Somos una familia de pena.58 - . Cuanto más amable se muestra. Adiós. La tengo yo. Perfectamente.

» —Las enfermeras no fueron —repite con desconfianza. —Y una cicatriz. No puedo confesarlo todo. No puedo reconocer que me lo inventé porque acabarán de inmediato el funeral. No la hay. —Fue otra persona —le suelto—. que si pudiera anularla… La mujer hace una pausa y dice: —Señorita. Todo fue un terrible error y… la cuestión es… Me dispongo a confesar que me lo inventé todo. Me equivoqué el otro día. aquí no anulamos ninguna declaración. Llevaba una perilla trenzada —improviso—. Dios. todavía más prolongada. En ese sentido no hay problema. Ahora lo recuerdo con toda claridad. no hay problema. pero era la voz de ese hombre la que oí en el pub. cuando una idea espantosa me detiene en seco. Ay. ¿No podría dejarle un post-it o algo así? «Las enfermeras no fueron. estoy segura de que el inspector . —Un hombre con una perilla trenzada… —Parece esforzarse en seguirme. ¿qué se supone que ha hecho ese hombre? —¡Asesinar a mi tía abuela! Firmé una declaración. La mujer hace otra pausa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Hola. Y tenía una cicatriz en la mejilla. Nunca encontrarán a un hombre con una perilla trenzada y una cicatriz en la mejilla. Tiene que ver con un caso de asesinato. Sólo para distraerlos un poco.59 - . ¿Quiere dejarme un mensaje? Si es urgente… —Sí. —¿Sí? —dice la mujer. Una iluminación crucial. Pero no encuentro ninguna. Bien. —Exacto. en tono paciente. son maravillosas. anotándolo. —Sí. No puedo permitirlo. Y esta mujer se va a hartar de esperar y va a colgar… Debo decir algo… Necesito una pista falsa. Creo que el inspector James querrá hablar con usted personalmente. —Eh… ah… la cuestión es… Mi mente se lanza a una serie de dobles saltos mortales en busca de una solución que me permita a la vez ser honrada y ganar un poco de tiempo. O sea. Recuerdo el grito angustiado de Sadie durante el oficio y siento un escalofrío. ¿Podría hablar con el inspector James o la agente Davies? —Me temo que están los dos de servicio. Soy Lara Lington. pero me equivoqué. —De acuerdo. En mayúsculas. Mientras encuentro el collar. —¿Podría repetirme su nombre? —Lara Lington. Obviamente. Pero que le quede claro que no fueron las enfermeras. Un hombre. es muy urgente. Sobre mi declaración. —Tal vez debería hablar personalmente con él… —¡No! ¡Esto no puede esperar! Tiene que decirle que no fueron las enfermeras las que mataron a mi tía abuela. Pero yo no quiero hablar con él. Él sabe quién soy. —No lo dudo. —Procuro aparentar tranquilidad—. Y déjelo en su mesa. señorita Lington. Ellas no han hecho nada. ¿Podría decirle al inspector que he tenido una… iluminación repentina? —Una iluminación —repite. —Perdón.

¿no he pensado en encargar uno igual?. ¡No estamos en Internet!» Hasta ahora sólo he encontrado a una mujer dispuesta a ayudar: Eileen Roberts. Levanto la vista. Es una estafa por Internet. francamente. so idiota? —quise gritar —. más que de los nervios. Pesadísima. Doblo la lista y la guardo en el bolso. quieren saber qué han ganado y llaman a gritos a su marido: «¡Darren. He empezado a adquirir una nueva visión (por no decir que he empezado a hartarme) del pueblo británico. hemos ganado la rifa!» Y cuando te apresuras a decir que no han ganado nada. Cuelgo y echo a andar calle abajo. Esto ha sido una ocurrencia absurda. Sadie está en el alféizar de la ventana abierta. Está lleno de viejos. Dos horas después. hay una tienda maravillosa de cuentas de cristal en Bromley… Arggg. Tina. la verdad. estoy exhausta. Te llaman y te mantienen un rato al teléfono. En la tercera llamada. Quizá. Mañana llamaré al resto. Y de todas formas. me golpeo la frente contra la puerta del horno. Si te interesas entonces por lo que compraron en el mercadillo. Voy a la cocina y me sirvo una copa de vino. Se titularía: «La gente no tiene nada de servicial. —¡Avisa cuando vayas a aparecer! —exclamo—.» Para empezar. porque me ha tenido al teléfono diez minutos contándome todo lo que compró en el mercadillo y diciéndome que vaya lástima lo del collar. se ponen suspicaces. Me froto la oreja. en cuanto sacas a relucir la palabra «rifa». Estoy metiendo una lasaña en el horno cuando oigo su voz detrás: —¿Has encontrado mi collar? Del sobresalto. o robarles por telepatía el número de su tarjeta de crédito. Pero. «¿Cómo quieres que sea un timo por Internet.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE James se pondrá en contacto con usted. estoy de los nervios. Veintitrés. —Saco del bolsillo de la chaqueta la foto en que aparece arrugadita . roja de tanto apretarla contra el auricular. todavía se muestran más recelosos. Cuelga. Luego. más o menos.60 - . y cuento los nombres que he ido tachando en la lista. Todavía me flaquean las piernas. Tengo la sensación de que podría escribir un libro sobre la naturaleza humana. aquí estás. Por eso ha desaparecido tanto rato. Me quedan cuarenta y cuatro. Puede parecerlo hasta que lo intentas. —Tú eras vieja —le recuerdo—. Se convencen de que quieres venderles algo. Mira. La más vieja del lugar. Me parece que lo he conseguido. pero me doy cuenta de que no soportaba volver allí. Nunca encontraré ese collar. quieren saber cómo has conseguido su nombre y su número de teléfono. He tenido que irme. Puede parecer muy sencillo llamar a unas cuantas personas y preguntarles si han comprado un collar. Habla a la ligera. se oía al fondo la voz de un tipo diciendo: —Ya me lo habían advertido. ¿dónde te habías metido? ¿Por qué me has dejado sola? —Aquel sitio huele a muerto —replica alzando la barbilla—.

Estoy llamando a todas las personas que fueron al mercadillo. —Pero sigo intentándolo —añado—. y estoy haciendo zapping cuando se materializa de nuevo. Lo cantaba la chica de la radio. —Quiere decir… baila. por si alguna lo compró. Has de bailar así. Soy un poquito susceptible con mi manera de bailar. para el grito del alma en pena… pero no llega. —¡Ésa no soy yo! —¡Ya lo creo! Me la ha dado una enfermera de la residencia. pero enseguida le echa un vistazo despectivo. Lo siento mucho. —Le lanzo una mirada hostil y me siento. Me ha sonado a chino. «De nada». —¿Cómo? —La miro. en cualquier caso podrías haberme advertido que te ibas. Siempre están igual. digo con los labios. Pero ella suspira con impaciencia y atraviesa flotando la pared. Ahora se ha puesto a ver la tele. Y ha sido bastante pesado. Así es como me sentía. agotador. ¡Deberías sentirte orgullosa! ¡Recibiste un telegrama de la reina! —Quiero decir que no soy yo. ¡Me has dejado sola! —¿Has conseguido el collar? ¿Lo tienes? —Se le ilumina la cara de esperanza y yo no puedo evitar una mueca. Suéltate. Nadie se siente de ese modo por dentro. —Bebo otro trago.61 - . —Hago unos movimientos de street dance y ella se desternilla. La veo estremecerse. pero el collar de la libélula no estaba dentro.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y con el pelo blanco. ¡Sadie. —Lo lamento. alucinada—. Me he pasado la tarde al teléfono. no puedes espiar a mis vecinos! —¿Qué significa «menea las ancas»? —dice. —¡Parece que tengas convulsiones! ¡Eso no es bailar! —Es baile moderno. soltando gruñidos. —Pero ¿por qué «las ancas»? ¿Quiere decir que agites un zapato? —¡No. De hecho. Me ha dicho que la tomaron cuando cumpliste los ciento cinco. como si le hubiesen quitado las pilas. Sadie. El exterior es… un simple revestimiento. —¿Por qué parecen tan enfadados? —No lo sé. —¡Vives con una gente rarísima! Arriba hay un hombre tumbado sobre una máquina. con los ojos muy abiertos. Unas frasecitas sobre lo lista que soy y lo agradecida que está por mis esfuerzos. Toda mi vida. —Estira los brazos —. Nadie sabe adónde ha ido a parar. Me preparo para el berrinche. sin hacerme caso—. Bebo un sorbo de vino y la observo con aire crítico. —¿Qué es esto? —EastEnders. Vuelvo a la sala. que nunca me he sentido así. A estas alturas espero un poco de gratitud de su parte. un episodio de EastEnders. Ahora de excelente humor. por favor! Las ancas son… —Me levanto y me doy una palmada en el trasero—. Tenían una caja con tus cosas. Un serial de televisión. Se limita a parpadear suavemente. No puedo creer que esté hablando de EastEnders y de «menear las ancas» con mi difunta . —Bueno. Así: una veinteañera.

—Una chica muerta. como diciendo: «¿Y a mí qué?» Bebo un sorbo de vino y reflexiono. ya estoy delgada. O sea. o para guiar hacia la luz a la gente. pero su vacilación inicial me ha picado la curiosidad. Lucha contra demonios y vampiros… —No seas absurda —me corta—. no está aquí para salvar al mundo de las fuerzas oscuras. abstraída—. recobrando la compostura—. —¿No tendrás algún poder especial. Cosas así. —Ni los fantasmas —replico—. tratando de parecer natural.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE tía abuela. Tal vez venga a arrojar alguna luz sobre la situación de la humanidad o el sentido de la vida. Se coloca frente a la repisa de la chimenea y examina una foto mía. dando por terminada la conversación. ¿Qué tal era… eh… Winston Churchill? ¿Y JFK? ¿Tú crees que de verdad lo mató Lee Harvey Oswald? Sadie me mira como si fuese idiota. y mataban a mis amigos. —Ha respondido secamente. Quizá pueda aprender algo de ella. como un superhéroe? ¿Puedes sacar fuego por los dedos? ¿O estirarte como un chicle hasta hacerte delgadísima? —No. —¿Cómo voy a saberlo? —Pues muy sencillo. Debe de tener recuerdos que abarcan más de un siglo. —Sus ojos destellan con una emoción insondable y enseguida elude mi mirada. ¡Y no es absurdo! ¿Es que no te enteras de nada? La mayoría de los fantasmas regresan para combatir a las fuerzas oscuras del mal. ¡porque formas parte de la historia! ¿Cómo eran las cosas durante la Segunda Guerra Mundial? —Para mi sorpresa. Igual que tú. Hacen algo positivo. Evidentemente. Y además. —Se retuerce la falda. . que no exactamente igual que yo. Era todo triste y frío. Los vampiros no existen. —¿Te acuerdas de toda tu vida? —le pregunto con cautela. me mira con cara inexpresiva—. —Así que viviste durante todo el siglo veinte —le digo—.62 - . Algunas partes son muy borrosas. No se limitan a sentarse a mirar la tele. Una chica. Sale en la tele. ¿Es que no lo recuerdas? —Claro que lo recuerdo —dice. —Eliges qué recordar. Recuerdo lo que me hace falta recordar —dice al fin. ¿Cómo demonios se las arregla para manejarlos? —Me parece todo como… como un sueño —murmura casi para sí—. Prefiero no pensar en ello. ¿No deberíamos hablar de algo más trascendente? —Escucha. —¿Cómo que qué soy? —Parece ofenderse—. Sadie… ¿qué eres exactamente? —le pregunto. —¿Tienes un enemigo mortal? ¿Como Buffy? —¿Quién es Buffy? —La cazavampiros —le explico—. La observo mientras se coloca en el borde del sofá. Es la típica foto para turistas del museo de Madame Tussauds y yo aparezco sonriendo junto a la figura de cera de Brad Pitt. —No hace falta que me lo recuerdes —replica. y apago la tele. aunque la gravedad no exista para ella. —Yo no he dicho eso. Es asombroso. Sadie se encoge de hombros. glacial.

Bueno. busco la foto en que sale más favorecido y se la enseño—. —¿No tienes amante? —Lo dice con tal compasión que me enfado un poco. Pero entonces… —Hago una pausa al recorrer otra vez mentalmente ese camino doloroso—. Y de repente rompió conmigo y se negó a hablar del asunto siquiera. en plan «así. Aún me resulta doloroso hablar de Josh. creía que era el hombre de mi vida. Pero creo que se asustó. —Me muerdo el labio—. Yo. cuando… cometí una equivocación. así». ¡No lo sé y punto! Aunque tengo una teoría… —Se me quiebra la voz. ¿Hummm? ¿Es lo único que se le ocurre? Josh está buenísimo. —Me descalzo. Estábamos totalmente entregados el uno al otro. Conectamos en el acto. Fue un golpe tremendo. Estábamos juntos y todo iba de maravilla… —¿Es guapo? —¡Claro que es guapo! —Saco el móvil. pasaron dos cosas. —¡Qué aburrimiento! —Arruga la nariz—. Pasamos por una joyería y le dije: «Ése es el anillo que podrías comprarme. Pero ésa no era la cuestión. —¿Salíais a bailar? —A veces. se mire como se mire. Prefiero pasármela jugando a la ruleta. Cierro los ojos a medida que los recuerdos empiezan a aflorar. Es . Pero se ha terminado. —Mueve la cabeza. Me mira con expectación.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Éste es tu amante? —Ojalá —replico con sorna. no deja de ser un alivio disponer de una persona nueva con la que desahogarse—. Pero.» O sea. —Tenía un novio llamado Josh hasta hace unas semanas. para que se empape bien—. Vale. uno de sus amigos rompió una relación de muchos años. Es publicista de una empresa informática. ¿sabes? Nos pasábamos la noche hablando. ¡Por e-mail! —La cuestión es que todavía le importo. —Hummm. así que salieron todos corriendo. la verdad. un par de semanas más tarde. Me plantó por e-mail. —Voy pasando fotos en la pantalla. La cuestión del compromiso los golpeó en la cara y ninguno supo cómo hacerle frente. —¡Porque estaba enamorada de él! ¡Y ha sido todo muy traumático! ¡Era mi alma gemela. Hablábamos de todo. Entonces Josh empezó a… echarse atrás. La cuestión es que formábamos la pareja ideal. —Estábamos conociéndonos —le digo—. y no porque lo diga yo. Aquí lo tienes. A ver qué opinas tú. Fue como si la onda expansiva afectara a todo el grupo. por otra parte. —¿Y por qué no buscas otro amante? —¡Porque no me da la gana! ¡Todavía no estoy preparada! —¿Por qué? —Parece perpleja. congeniábamos a la perfección! —¿Y por qué decidió romper. me siento con las piernas cruzadas en el sofá y me inclino hacia ella—.63 - . Como todo el mundo en una relación. La primera fue un día. Luego. Así que… ahora mismo estoy soltera. —Nos conocimos en una fiesta al aire libre. junto a una hoguera. está bien. era broma. entonces? —No lo sé.

—Estuve casada una temporada. Nosotros hacíamos algo más que bailar. avisando de que la lasaña está lista. Él pidió el divorcio durante la guerra. y una empieza a preguntarse qué habrá visto en ese tipo al principio. por cierto. Era agotador. —¿Al ataque? —No puedo reprimir un tonillo despectivo—. —Procuro no sonar muy condescendiente—. tarareando en voz baja. ¿Ésa es tu actitud ante los hombres? ¿Al ataque y ya está? —¿Qué tiene de malo? —¿Y qué me dices de una relación armónica y equilibrada? ¿Qué me dices del compromiso? Sadie me mira sin entender. Discutíamos demasiado. Me levanto medio atontada. —Parpadea—. se empolvó la nariz y… ¡al ataque! Antes de Pascua ya estaba prometida. En un taxi. Nada agradable. ¡Te estaba hablando de mi relación! Me observa. arrugando la nariz—. ¡el hecho de que se niegue a hablar lo demuestra! Está muerto de miedo. Levanto la vista y la veo con los ojos cerrados. ¿tú qué crees? Se hace un silencio. nosotros trabajamos nuestras relaciones. Se dedicó a divertirse. —¿De qué compromiso hablas? Para mí verse en un compromiso es otra cosa. Quizá por eso acabasteis rompiendo. No suena nada divertido. tengo tendencia a sumirme en un trance cuando la gente se pone a soltar una monserga. Sadie se divorció. Porque es así como lo decimos ahora. Así que lo dejé. Me hierve en la cabeza todo lo que acabo de descubrir. Se fue a «Oriente» (a saber qué es eso). ¿Una monserga? —¡No estaba soltando ninguna monserga! —exclamo—. o hay otro motivo que desconozco… Pero me siento muy impotente. Hago un esfuerzo para no perder la paciencia. . por cierto. ¿Por qué lo dices? —Cuando yo tenía tu edad. —¿Sadie? ¡Sadie! —Ay. ¿no? —Qué va. —A mi mejor amiga. —¿Te refieres a Asia? —Saco la lasaña del horno y me sirvo un poco de ensalada en el plato—. Me acusó de adulterio —añade como si tal cosa—. ¿Cómo se supone que voy a arreglarlo si ni siquiera quiere hablar? ¿Cómo voy a mejorar las cosas entre nosotros si no sé lo que piensa? Bueno. Pero ella lloró un ratito. Bunty. si un chico se portaba mal. A Oriente. —Escucha. —Sí. Suena el timbre del horno en la cocina. Esto es un poco más serio que un carnet de baile. —¿Trabajáis? —Sadie aparece a mi lado. ¿tú nunca te casaste? Se encoge de hombros. Me marché de viaje. —Eres terriblemente seria. Pero todo el mundo estaba entonces demasiado ocupado para pensar en un escándalo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE decir. un chico que se llamaba Christopher la trató de mala manera una noche de Fin de Año. ya. lo que hacías era simplemente borrar su nombre de tu carnet de baile.64 - . Perdona. Fue en mil novecientos treinta y tres. ¿sabes? —Abre mucho los ojos—. o huyendo. —Los ojos se me humedecen—. Y.

Me chilla al oído. Me siento molesta y frustrada. ¿comprendes? Un método fantástico. Un plan absolutamente genial. ¿Qué significa? —Que tiene bajo contenido en grasas —explico malhumorada. Dios mío. Si pudiera meterme en su cabeza. —Si pudiera hablar con él… —Pincho un trozo de pepino y lo miro tristemente—. Yo la hice un mes y perdí un montón de kilos. medio asqueada. Deberías hacer la dieta Hollywood. —¡Sadie! —Me pongo de pie de un salto. Por eso me ha sido enviada. Pero él no se pone al teléfono. —¿Del gusano de la solitaria? —Se traga toda la comida que tienes dentro. Casi me atraganto con la comida. Oh. En parte por esa visión de gusanos que se me acaba de alojar en la cabeza. no entiende nada. a ver qué hace exactamente… Un momento. Pero se negaba a decirnos de dónde las sacaba. Y yo lograría comprender cuál es el problema entre nosotros y le pondría solución… Ésta es la respuesta. espía a mis vecinos… Tomo un bocado de lasaña y mastico con enojo. cuando las cosas salen mal. El plan que lo resolverá todo. Quizá podría pedirle que espiara al tipo de arriba cuando se pone a armar follón. —Se le ilumina la expresión—. Podría entrar en su apartamento. —No es tan sencillo —replico con fastidio—. se niega a verme… —¿Todavía quieres hablar más? —se asombra—. Es insoportable. Una chica de mi pueblo juraba que tomaba píldoras de la solitaria —añade con aire evocador—. Por lo visto. pero he perdido el apetito. esperando el consabido discursito que mamá suele soltarme sobre las comidas de régimen: que si estoy perfecta. Y muchos cigarrillos. Sólo comes pomelo. tenía que tocarme a mí el fantasma más estrafalario del mundo. Me gustaría saber qué más habrá visto en los apartamentos de mis vecinos. te preparas un cóctel y sales a divertirte.65 - . La miro. que si las chicas de hoy estamos demasiado obsesionadas con el peso… —Ah. averiguar todo lo que piensa y luego contármelo. despliegas tu sonrisa más encantadora. café y un huevo duro al día. Eso es. sigues una dieta. Me siento y miro la lasaña. ¡Ya lo entiendo! ¡Ya sé por qué estás aquí! ¡Es para que . —«Cuenta con nosotros» —lee en el envase de la lasaña—. me hace comentarios indignantes. impulsada por una descarga de adrenalina—. ¿Cómo vas a olvidarlo si no paras de hablar de él? Querida. escuchar sus conversaciones.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Qué va! —Me entran ganas de darle una bofetada. Y en parte porque hacía mucho que no hablaba tan abiertamente de Josh. Algunas tenemos corazón. Sadie podría espiar a Josh. Una nueva idea destella de pronto en mi mente. Algunas… Ha cerrado los ojos y tararea otra vez en voz baja. Y no quiero olvidarlo. ¿sabes? Algunas no renunciamos al amor verdadero. lo que has de hacer es esto —me explica con aire de entendida—: levantas la barbilla.

Como en aquella película. en realidad. Apuesto a que has sido enviada a la tierra para demostrarme que la vida. —No creo que tu vida sea maravillosa —dice—. —No es posible que estés aquí por un collar de pacotilla. Sus esbeltos hombros se agitan con un suspiro de resignación—. pero me ha obligado con su actitud egoísta. Y digo que debes ayudarme. así que mando yo. Me parece más bien gris. pero sabe que no tiene alternativa. —Pues yo tengo la poderosa sensación de que no he venido a arreglar tu asunto con Josh. Qué caradura. Es para recuperar mi collar. ¿Qué sabrá ella de espíritus? ¿Acaso es ella la que puede ver fantasmas? —Yo estoy viva —le espeto—. es maravillosa. Si no. ¿Qué quieres que haga? .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Josh y yo volvamos a unirnos! —Qué va —replica—. No pretendía exponerlo tan brutalmente. ¡Quizá la verdadera razón es que debes ayudarme! ¡Por eso has sido enviada! —¡Yo no he sido enviada! —Parece ofendida—. Debería querer ayudar a su sobrina nieta. enfurecida. Es una idea repulsiva. quizá no tenga tiempo de buscar tu collar. —Muy bien —cede por fin. La miro. Me observa un instante y luego echa un vistazo a la cocina.66 - . —¡Y tú eres un ángel de la guarda de pacotilla! —¡No soy tu ángel de la guarda! —¿Cómo lo sabes? —Me llevo una mano al pecho—. Los espíritus me lo dicen. —Voy entusiasmándome a medida que lo digo—. pero me temo que no tengo elección. ¡Y mi collar no es de pacotilla! ¡Y no quiero ayudarte! ¡Eres tú la que tiene que ayudarme a mí! —¿Eso quién lo ha dicho? Apuesto a que eres mi ángel de la guarda. Tengo una poderosa intuición sobrenatural de que estás aquí para ayudarme a volver con Josh. Sus ojos centellean de rabia. Y tu corte de pelo es espantoso. Los espíritus me lo dicen.

Siempre se lo envidié. este vestido era de una chica que se llamaba Cecily. no seas absurda. tan excitada estoy. Preferiría no haberlo dicho. —Bueno. Eso fue una sola vez. un top nuevecito a rayas y… lista para afrontar el nuevo día: para espiar a Josh y recuperarlo. Renovada. concéntrate… —¿Siempre eres tan lerda? Ya lo he probado. Visualízalo en tu mente y lo recuperarás.Y es muy fácil.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 6 No me sentía tan animada desde hace semanas. con piezas de tul y los hombros un poco caídos. Éste es malva. ¡no hay más que verme! Llena de energía. ¿Se lo has robado? —No lo he robado —replica fríamente—. —¿Cómo sabes qué funciona y qué…? —Se me ocurre una idea genial —. Sólo la idea de estar cerca de Josh me pone de un humor efervescente. Resulta triste imaginárselo convertido en jirones. ¿Y si ella también es un fantasma y quería ponérselo hoy? ¿Cómo sabes que no está sentada en un rincón llorando a lágrima viva? —No es así como funciona. ¿sabes? Me imagino con un vestido determinado y. aparezco vestida con él. meses. Entro en la cocina y me encuentro a Sadie sentada en la mesa con un vestido nuevo. Qué digo. cierra los ojos. Son las ocho de la mañana.67 - . Lo meto en la nevera y tiro la cucharilla en el . chica! ¿Cómo es que tienes tantos conjuntos? —¿No es espléndido? —se ufana—. —Se alisa un poco la falda—. —¡Vaya. ya lo tengo! Sólo tienes que imaginarte el collar. —¿Cómo puedes saberlo? —No puedo resistir la tentación de seguir provocándola—. Intenté imaginarme con mi capa de piel de conejo y mis zapatos de baile. Ropas que también estén muertas. Incluso he pedido un taxi por teléfono para agilizar la cosa. pero no hubo manera… No sé por qué. vale. Un poco de lápiz de ojos. Si vamos temprano podremos pillar a Josh antes de que vaya al trabajo. ni siquiera puedo terminarme el yogur. De hecho. —Quizá sólo puedas llevar ropa fantasma —digo tras una breve reflexión—. o lo que sea. ¡y me siento como una persona nueva! En vez de despertarme deprimida con una foto de Josh manchada de lágrimas en la mano. Miramos el vestido malva. Pero en fin. ¿lista? —cambio de tema—. —Saco de la nevera un yogur y lo engullo con rápidas cucharadas. —¿Le has birlado el conjunto a otra chica? —Se me escapa una risita —. que han quedado hechas trizas o destruidas. ¡Oye. en el acto. Venga. —¿Éste era uno de tus preferidos? —No. una botella de vodka en el suelo y un disco de Alanis Morrisette sonando una y otra vez… Bueno.

He estado un poco liada. No os preocupéis por mí. Perdonad. . pero lo rechazo con impaciencia. una bolsa de productos dietéticos Holland & Barrett. Y mamá. —Mamá se lleva las manos a la boca. —Observa con complacencia los suyos. —Aquí hay vitaminas —dice. Le he preguntado a la dependienta sobre problemas de comporta… —Se interrumpe—. Mamá lleva una maceta con una planta. naturalmente. Nos hemos pasado un momento para ver si estabas bien. No me había fijado. —Ah. Mamá intenta serenarse. ¿Mis padres? ¡Justamente ahora! ¿Y qué es eso de «pasarse un momento»? Ellos nunca se pasan un momento.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE fregadero. Eres tú el que siempre saca el tema. Yo era famosa por mis brazos. que está siempre en el cuenco de la fruta. se acercan con una sonrisa forzada. tan pálidos y delgados—. Hemos pensado que te pillaríamos antes de salir. —Tampoco es imprescindible —dice papá con calma. —Ya. —¡Qué dices! Son puro músculo. En cuanto me ven. soy papá. tratando de aparentar tranquilidad. bueno. Acudimos al gimnasio. —¡Ah… estupendo! —Procuro sonar alegre—. ¡Enseguida bajo! Salgo del edificio y me los encuentro en la acera. Hoy en día valoramos un poquito de definición —la informo—. —¡No quiero una planta! Se me olvidará regarla y se marchitará. Cojo el cepillo del pelo. que está examinándome. cariño? —pregunta mamá. ya descubrirán quién tenía razón cuando Josh y yo volvamos a estar juntos y nos casemos. vamos. cariño. Hola. papá. —Papá —le digo con una sonrisa paciente—. Michael. —Lara. ¿sabes? — Intenta entregarme el tiesto. incrédula.68 - . bajo ahora mismo… —¿Lara? —Una voz conocida y amortiguada—. —Anda. Yo he seguido adelante. Luego recojo las llaves y me vuelvo hacia Sadie. Presté declaración. —Pero entonces… ¿crees de verdad que tu tía abuela fue asesinada? —Mira. ¿Estás preparada? El taxi debe de estar a punto de llegar. Pero es evidente que has pasado una gran tensión entre tu nueva empresa y lo de Josh… Ya cambiarán de estribillo. como si yo fuese una enferma mental. —Tenso el bíceps y ella retrocede con una mueca. echándole una mirada a mamá—. —Ay. tienes los brazos rechonchos —dice—. tampoco es para tanto —intento tranquilizarlo—. —Suena el interfono y respondo—. y me doy un par de toques. Empezábamos a preocuparnos. Sólo que ahora no puedo decírselo. —Papá parece preocupado—. ya. Ya te lo dije: ni siquiera me acuerdo de Josh. —Todo bien. y empieza a hurgar en la bolsa de Holland & Barrett—. Miro el telefonillo. Cuchichean. Cariño. —Peor aún. papá. No has respondido a mis llamadas ni a los mensajes de texto. —¿Qué ocurrió en la comisaría. Y aceite de lavanda… y una planta que también ayuda a rebajar la tensión… Podrías hablar con ella. —¡Cielos!.

¿qué demonios…? —Perdona. —No me acuerdo —replico sin darle importancia—. —Estás loca. la pobre! —Suelto una risita—. —Carraspeo—. Todo bien. —Le doy un abrazo—. Bueno. y sin embargo las pruebas me incriminan. Mamá y papá se miran. Pero debe de ser para otra persona… —¿Taxi para Bickenhall Mansions? —El hombre se asoma aún más y levanta la voz—. pensaba en la pobre tía Sadie. —Sadie me da la espalda. Oigo un gritito sofocado y. Sadie no me hace caso y se pone delante de papá.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¡Ja! Buena jugada. Ha sido genial veros. —¡No se me ha ocurrido otra cosa! —digo a la defensiva. —¿No es ahí donde vive Josh? —dice ella con cautela. simularé que no lo he oído. —¡Sois unos idiotas! —lo increpa—. ¿De qué morcillas hablas? Mamá parece a punto de llorar. cuando se detiene un taxi a nuestro lado y el conductor se asoma por la ventanilla. —Le sonrío—. —¡No son esqueléticos! —Seguramente creía que resultaban atractivos. Por… la tía Sadie. ¡No os preocupéis! . debo irme al trabajo. —Lara. —¡Al menos yo no voy apareciéndome a la gente! —¿Quién se aparece? —Papá se esfuerza en seguirme—. ¿me juras que ese taxi no era para ti? —Te lo juro. Se hace un espeso silencio. ¡Qué engañada estaba. Todavía sostiene el tiesto. Estaba pensando en voz alta. Lara. —¡Cierra el pico. Hasta pronto. Y un libro titulado: Vida sin estrés: tú puedes. Estoy a punto de añadir que quizá sea él quien está obsesionado con Josh. —Nada. —¿Para qué quieres ir a casa de Josh? —Mamá se angustia. papá. Aún está colada por Josh. —Suelto un suspiro compasivo—. Me leeré este libro y tomaré vitaminas. Papá tiene una expresión tan diáfana que resulta entrañable: quiere creerme. en efecto. Quiere espiarlo. ya está bien! ¡Llega con seis meses de retraso! ¡Lárguese! El conductor me mira pasmado y acaba arrancando entre maldiciones. Nada.69 - . la aludida me mira ceñuda. treinta y dos? Maldita sea. De hecho. Y me obliga a hacerle el trabajo sucio. ¡Oiga. —Pero ¡si es un error! ¡Debe de ser un taxi que pedí hace meses! Siempre tardan un montón. —¿Taxi para Bickenhall Mansions. ¿Lara Lington? ¿No ha pedido un taxi? Cabrón. ¿A quién podrían gustarle semejantes escobillas? —¿Y a quien le gustan esas morcillas? —¡No son morcillas! —Lara… —balbucea papá—. Tenía unos bracitos esqueléticos. chivata! —¿Cómo? —Papá se queda patitieso. —Lo abrazo también—. —Bueno.

Si fuese yo la . Me he fijado en eso. Todo va según el plan. He localizado su ventana y le he explicado a Sadie la distribución del piso. como si realmente las hubiera hundido en sus entrañas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Me alejo presurosa. —Hundo la cabeza entre los hombros. pero no veo nada. —Vale. —Vámonos —dice Sadie. Me basta con imaginarme dentro del apartamento. Busca en su escritorio. ¡Y ve con cuidado! Sadie desaparece y yo estiro el cuello para escrutar la ventana. adelante. Y en la cocina hay un montón de fruta —añade —. Y Sadie puede espiarlo a sus anchas. —Ni siquiera has mirado —replico—. atraviesa las paredes. No es que desee que Josh esté hecho una piltrafa y al borde del colapso. Ahora es cosa suya. Esto es lo más cerca que he estado de Josh en muchas semanas. Ni una. —Y a mí qué me cuentas… —¿Qué aspecto tiene el apartamento? —Me muero por conocer cualquier detalle—. la verdad. Sería halagador. Ya he tenido suficiente. Tendría que comprarles una caja de bombones. pues? Él no se marcha a trabajar hasta las nueve. y suelta un bostezo—. Intenta averiguar todo lo que puedas. un poco desanimada. Y buena suerte. Ninguna foto. ¡Venga! —Trato de empujarla hacia el edificio. pero… en fin. ya me entiendes. Procuro aplacar mi agitación y aguardar con paciencia. ¡Agg! —Retrocedo con aprensión. —No exactamente —refunfuña—. —¡No hagas eso! —¿Te he hecho daño? —Me miro las manos. —¿Cómo que no? ¿Y dónde está. —Venga —le digo—. enviándoles un beso sobre la marcha. ¿con cajas de pizza y latas de cerveza tiradas por todas partes? ¿Como si se hubiera abandonado? ¿Como si ya no le importase nada? —Está muy ordenado. ¡Esto es una pasada! —No me hace falta atravesar paredes —refunfuña—. Pero no es agradable notar que alguien anda hurgándome por dentro. Siguen allí. —Ah. Se esfuma otra vez. reapareciendo de golpe. Pero me resulta insoportable estar aquí plantada. Está ahí. pero mis manos se hunden en su cuerpo como si nada—. Me dan pena.70 - . Doy un respingo. ahora mismo. ¿Está hecho un desbarajuste? O sea. Recabará toda la información y entonces… —El señorito no se encuentra en sus aposentos —me informa. La impaciencia me marea. Así que se está cuidando. y al llegar a la esquina les digo adiós con la mano. Veinte minutos después me encuentro frente al edificio de Josh. plantados como figuras de cera. —¡Ni hablar! ¡Entra otra vez! ¡Busca alguna pista! Por ejemplo… ¿Hay alguna fotografía mía? —No. Hiervo de excitación. Quizá tenga una carta a medio a escribir para mí o algo así.

encontraría algo. No tienen ni idea. Y luego ya está.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE que buscara. Una cosa interesante y muy significativa. como el propio Josh. que necesitaba tiempo «para pensar y replanteárselo todo». Sin poder evitarlo. Pensar y practicar el sexo viene a ser lo mismo para los chicos. —¿Quién es Marie? ¿Quién? Se encoge de hombros. me entrego a la fantasía y veo a Sadie encontrando un poema escrito en un papel arrugado. no es que haya pensado mucho. A una chica llamada Marie—.30: almuerzo con Marie. La miro acongojada—. —Ay. ¡Busca por todas partes! ¡Tienes que encontrar más datos! —No pienso volver. «12. —¿Ponía dónde van a comer? Sadie asiente. O tres. quizá? —¡Qué tontería! ¡Él no tiene novia! ¡No podría! ¡Me dijo que no había nadie más! Me dijo… —Me callo de repente. ¿Cómo que ha quedado con…? —Hay una nota en la cocina. te echo de menos. una entrada de su diario donde se muestra decidido a ponerse en contacto conmigo… —Ha quedado para comer con una chica el sábado. —¿Bistro Martin? —Me va a dar algo—.71 - . tengo palpitaciones. Imagínate. no hace falta hablar más. O un correo no enviado. —¿Qué? —Todas mis fantasías se disuelven en el acto. Todo fue un error Dios mío. —En Bistro Martin. un diario con todos sus pensamientos. Lara. seguro. Algo simple y directo. Bueno. —¡Despierta! Abro los ojos. Es algo inconcebible. Ya he averiguado lo que querías saber. No se me había ocurrido que Josh pudiera estar saliendo con otra chica. Por ejemplo. Necesitaría… un año. ¿no? Si yo tuviera que replantearme toda mi vida. Al menos. necesitaría mucho más que seis semanas. ¿Qué? —Apenas puedo respirar mientras las posibilidades más tentadoras desfilan por mi cabeza: una foto mía debajo de la almohada. En su e-mail de ruptura me decía que no iba a apresurarse a meterse en nada nuevo. Dios. señalando el edificio —. Creen que basta con veinte minutos. sobresaltada. —¿Su nueva novia. Adoro tu… No se me ocurre nada que rime con Lara. Josh tampoco. Pero ¡allí tuvimos nuestra primera cita! ¡Siempre íbamos! —Piensa llevar a una chica al Bistro Martin. —¿Has visto algo? —Pues esta vez sí —dice en tono triunfal—. . Entra otra vez —ordeno. Hasta una poesía. O tal vez dos.» No conozco a ninguna Marie.

comprarte un vestido y buscarte otro amante. Algunas personas son tan negativas… —Bueno. Cuando Polly salió. —Giro sobre los talones y echo a andar con aire desafiante—. uno de los chicos empezó a leer una carta de amor que habíamos escrito. Scotty. Estaba convencida de que un tal Desmond seguía enamorado de ella y lo perseguía por todas partes. —¡Qué malas! ¿Y ella no descubrió que era una broma? —Sólo cuando todos los arbustos empezaron a moverse. ¡Y lo consiguió! Me siento conmovida cuando termino. —Es cierto. nadie le dijo a Edison que dejara por imposibles las bombillas y se rindiera. pero ella no tiene ningún problema para seguir mi ritmo —. Que ante su sola presencia se ponía a temblar como una hoja. aun así. Se negó a rendirse. Polly respondió que lo comprendía porque a ella las piernas le flaqueaban como si fueran de gelatina. O varios. Natalie. la anécdota despierta mi interés.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE En realidad. Así que le gastamos una broma. —¡Scott no lo consiguió! —me dice—. tiene razón. aquella ancianita con la que hablé una vez en el autobús… —¿Por qué debería rendirme? —Las palabras me salen a borbotones —. Has de decir: «¡Adiós muy buenas!». —No hay nada peor que irle detrás a un chico cuando el affaire ha terminado —dice con desdén. —No quiero amantes —me obstino—. Después de aquello.72 - . En mi pueblo había una chica llamada Polly que era una pegajosa horrible. Yo continúo andando con paso ligero y sonoro taconeo. Murió congelado. Si no. ¡No era eso lo que quería decir! No pretenderás ir a espiarlos… —No me queda otro remedio. Mis padres. —Pues no puede ser. mondándose. ¡Incluso se recompensa! Vamos. La miro con ceño. —Pero ¿la voz del otro chico no sonaba distinta? —Él le dijo que la tenía agarrotada por los nervios. tienes razón. ¿entiendes? Todo el mundo estaba detrás los arbustos. Quiero a Josh. Aunque me resisto un poco. ¿Por qué todo el mundo se empeña en decirme lo mismo? ¿Qué hay de malo en mantener un único objetivo? En cualquier otro terreno se estimula la perseverancia. pero Sadie me mira como si fuese una cretina. Iré allí y lo veré con mis propios ojos… —¡No! —Sadie se planta delante de mí—. ¡Ríndete a la evidencia! Estoy harta de que la gente me diga lo mismo. —Me vuelvo bruscamente y me alejo del edificio presa de tal agitación que casi me llevo por delante a un anciano—. —Le entra la risa tonta—. Le dijimos que Desmond estaba en el jardín. Sí. a pesar de lo duras que se pusieron las cosas. Pienso ir a ese almuerzo. Entonces mi . ¿cómo voy a averiguar si Marie es su novia? —Pero es que nadie se pone a averiguar cosas así.» Y él siguió intentándolo. ¿verdad? ¡Tampoco le dijeron a Scott que se olvidara del Polo Sur! No le dijeron: «No importa. oculto tras unos arbustos porque le daba vergüenza hablar con ella. Ahora sé en qué restaurante estarán y a qué hora. la llamamos Gelatina durante años. hay otros desiertos nevados por ahí.

quiero preguntarle. Y luego él te mira a los ojos y el escalofrío te recorre la espalda y se convierte en un chisporroteo en el estómago. Sadie no ha respondido a mi pregunta. . Debería empezar a llevar uno para disimular.73 - . el chisporroteo… —¿Qué chisporroteo? —Así lo llamábamos Bunty y yo. flirteas… —Los ojos le brillan. —¿De veras nunca te enamoraste? Un breve silencio. —No lo recuerdo. —Suelta una risotada—. Se llama teléfono móvil. tú dirás lo que quieras. Esperaba que se sonrojara o soltara un gritito. —No es un retrato en miniatura. y luego sacas tus sales de esa botellita… —Son Flores de Bach —le espeto. Hace pocas semanas. Ella abre los brazos con un tintineo de pulseras y echa la cabeza atrás. Estaba rabiosa. —¡No me extraña! Fuisteis muy crueles. Por Dios que está sacándome de mis casillas—. Así que cuando llegamos a la estación del metro. me paro en seco y la observo con curiosidad. ¡No lo niegues! ¡Te he visto mirándolo! Necesito unos segundos para deducir a qué se refiere. con sus canciones de amor y aquellos suspiros. —¡Sí. —Yo me lo pasé bien. ¡Qué anticuada! —¿Anticuada? —Te pareces a mi abuela. —El brillo de sus ojos parece apagarse cuando añade—: No recuerdo gran cosa de ese lugar. Pobre Polly. ¿es eso? ¿Nunca estuviste enamorada? ¿Ni siquiera cuando te casaste? Un cartero que pasa por mi lado me mira extrañado y yo me apresuro a llevarme la mano a la oreja.» —¿Y después? —Bailas. mujer! ¡Charles Reece! Fue a verte a la residencia. No nos habló en todo el verano. Sadie menea la cabeza. pero no estoy segura de que sea la pregunta adecuada para tu tía abuela de ciento cinco años. te tomas unos cócteles. Así que no crees en el amor. pero me mira con aire inexpresivo. Era lo que me importaba.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE amiga Bunty se tiró al césped. —Como se llame. Ya —alzo las cejas—. —No sé quién es. —¿Qué quieres decir? ¿De qué me estás hablando? —De un caballero llamado… Charles Reece. Además. como para ajustar un auricular. Y piensas: «Quiero bailar con él. —Sus labios se curvan en una sonrisa evocadora—. La diversión. —¡Amor verdadero! —se mofa—. Entonces me acuerdo de la visita que tuvo en la residencia—. Todavía sigues mirándolo y poniendo ojitos de cordero degollado. —¿Y? —«¿Te lo tiras?». pero yo sé que sí hubo alguien especial en tu vida. las aventurillas. ¿y si su affaire no estaba muerto del todo? Quizá arruinasteis un amor verdadero. y la diversión se acabó. Incluso llevas en el bolso un retrato en miniatura de tu amado. muerta de risa. Empieza como un escalofrío cuando ves a cierto hombre por primera vez.

es mi cliente. No me acordaba del maldito chucho.74 - . —¿Podrías llamarla y decirle que estoy en ello. Quería saber qué ha pasado con el asunto de su perro. —Eso ya lo sé —replica airada. —¿Con otro hombre? —dice Sadie. —Me apresuro hacia el metro—. ¿Alguna llamada? —Sólo Shireen. De repente. —Voy de camino. Pero yo sí. Joder. —¿Un perro? —Bueno. —Bajo deprisa las escaleras—. He de replantearme mis prioridades. Cuelgo y me masajeo las sienes un momento. Pero bueno. todo va bien… Vaya por Dios. . Estaba tan absorta con lo de Josh que se me ha ido el santo al cielo. espiando a mi ex y olvidándome de mi empresa en crisis. —Hemos de irnos. Pero ella cree que hay un chucho en el edificio. Aquí estoy. con un perro. Kate. flotando a mi lado. Dejaré lo de Josh para el fin de semana. Quiere llevarse el perro al trabajo y le han dicho que no está permitido. mi móvil vibra. que tendrá noticias mías muy pronto? Gracias. Es Kate. en la calle. —Quizá tú no —dice con ojos chispeantes—. Kate. Estoy en un atolladero. —Y como si temiera molestarme con la pregunta. quería saber si piensas venir hoy al despacho. Dios mío. Los de recursos humanos niegan que haya algún perro y no hay manera de demostrar que mienten.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ya… Habías sufrido un derrame años atrás. —No. ¿qué puedo hacer yo? —Ahora casi hablo conmigo misma—. un poco de investigación desde casa. ¿por qué es tan susceptible? Yo no tengo la culpa. Y tampoco puedo ir al edificio y registrar cada despacho… Me paro en seco. Darme cuenta de lo que es importante de verdad. —¿Lara? Oye. Tengo un problema. que no hay problema. Lo saco del bolsillo. —Hola. Sadie se ha plantado delante de mí. —¿Por qué? —Porque lo ha oído ladrar más de una vez. añade—: Vamos. Estaba haciendo… ya sabes. incluso ha hablado de renunciar al puesto. Qué desastre. Parecía muy contrariada.

le sonrío a la chica de la mesa vecina y finjo marcar un número. El edificio es tan grande que tal vez me pase esperando un buen rato. ¿Has vuelto a encontrar el perro? —Sí. —¿Quién? —¡El actor de cine! Alto. ¿No se da cuenta de lo importante que es esto? Ya tengo preparado el móvil cuando entra. Pero es divino. parapetada tras el Evening Standard—. —¿Qué tal? —le digo—. Un chisporroteo instantáneo. excitada—. Parece radiante de felicidad. ¡Shireen tenía razón! ¡Jean me ha mentido! Que se prepare cuando hable con ella. Está en la planta catorce. la dueña se llama Jane Frenshew. como si lo hubiera olvidado—. Sí. —Cualquier cosa perruna —le digo a Sadie. apuesto. un globo terráqueo de acero y grandes ventanales de cristal. Y tal vez incluso una cesta de regalo. Es el pekinés más gracioso… —¿Puedes conseguirme un nombre? ¿Y el número de la oficina o algo así? ¡Gracias! Se volatiliza otra vez y yo sigo bebiendo mi capuchino. moreno. —¿Y bien? —digo al teléfono—. estás muerta. Estaba hablando en una de las salas que he cruzado. una cesta debajo de una mesa. eso —dice. Acabo de pedir otro capuchino cuando Sadie se materializa a mi lado con las mejillas encendidas y los ojos brillantes. No parece tener ninguna prisa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 7 Macrosant se encuentra en un enorme edificio de Kingsway que cuenta con una gran escalinata. debajo de una mesa. Hojeo el periódico y mordisqueo un brownie de chocolate. —¿Cómo que has…? —replico mientras lo anoto todo en un papel—. ¿Has encontrado el perro? —Ah. Y yo acabo de conocer —añade. la verdad. que se acerca por la acera con indolencia. soñadora— a un hombre delicioso. —Menea la cabeza con impaciencia—. Un ladrido. algún juguete para perros… —Bebo un sorbo de mi capuchino—. despacho catorce dieciséis. ¿Dónde está el perro? —Arriba. .75 - . Tú no puedes conocer a un hombre. Yo espero aquí. En una cesta. Saco el móvil. Igualito que Rodolfo Valentino. pero adivina lo que… —¿Dónde? —la corto. Desde el Costa Coffee de enfrente tengo una visión estupenda. hay un perro. Me da un poco de rabia. ¡No me lo digas! ¿Has conocido a otro fantasma? —No es un fantasma. Voy a exigirle una disculpa en toda regla y derecho de entrada para Flash sin restricciones. A menos que… — Levanto la vista—. como reparación simbólica… Miro por la ventana y diviso a Sadie.

Necesito una celestina. como tú dices? ¡Todos estos años. Mis últimas voluntades. —¿Sabes cuánto hace que no bailo? —me suelta en un repentino arrebato—. una Sadie arrugada y viejecita.76 - . —¡Ya! —se irrita—. Tengo que bailar con él. liso como una tabla—. Me he puesto a su lado para comparar nuestras estaturas. —¿Quieres que tenga una cita con un tipo al que no conozco. Salgo de la cafetería y me dirijo hacia la estación de metro. —¿El qué? —Ese hombre que acabo de conocer. Si consigues la cita y salís juntos. —Cierro el móvil. —¿Qué? —No puedo hacerlo sola. Podría apoyar la cabeza en su hombro si bailáramos juntos. Lo he notado aquí… El chisporroteo. señalando el edificio. Bailaremos en casa. —Tiene que ser mío. —¡Exacto! Una cita. para que puedas bailar con él? —Sólo quiero una última dosis de diversión con un hombre atractivo. también yo bailaré con él. ahora que aún puedo. —Se toca el estómago. debo volver al despacho y arreglar este asunto. Pondremos música. ¿Es que no ha entendido aún qué significa ser un fantasma? —Sadie… tú estás muerta. —¡De eso nada! ¡Tú ya expresaste tu último deseo! Era buscar el . con su chal rosado. Es mi último deseo. pero Sadie me cierra el paso. —Fantástico. atenuaremos las luces y montaremos una fiestecita… —¡Yo no quiero bailar en casa con música de la radio! —me espeta—. —Pídeselo tú. Dos segundos después. Con él —añade. y su mirada se ilumina. Habla en serio.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Suena prometedor. Poco me falta para estallar en carcajadas. cojo el bolso y me levanto—. —Y tiene la estatura perfecta —prosigue. se pone otra vez delante con la mandíbula apretada. No hace falta que me lo recuerdes a cada momento. Pero yo debo ir al despacho… — Hago ademán de moverme. —Baja la cabeza y esboza un triste mohín—. atrapada en el cuerpo de una anciana! En un sitio sin música y sin vida… Siento un espasmo de culpa al recordar su fotografía. Bueno. De acuerdo. —Me encojo de hombros y echo a andar. Así son las cosas. Una última vuelta por la pista de baile —añade con voz lastimera—. ¡Quiero salir con un hombre y divertirme! —¿Qué pretendes? ¿Tener una cita? —digo incrédula. balanceando las piernas en un taburete—. yo también podré salir con él. —Vale —le digo—. lo siento. Y si vais a bailar. pero ella interpone un brazo. ¿Me está tomando el pelo? —Sería bonito —intento aplacarla—. —No puedes tener una cita. ¿Cuánto hace que no… muevo las ancas.

77 - . —Y ahora que vislumbro una rodajita de felicidad. Gracias. —Bueno. mi propia sobrina nieta. No es justo. todos los que me conocen ya están convencidos de que estoy como una cabra. Sin visitas. sola. Sin recibir ninguna visita. rascándome la frente—. Acaban de empezar. —Cada Navidad. que ocupa de la planta 11 a la 17. Creo que servirá. ¿Tu nombre es…? —Sarah Connoy —digo. Me estás rechazando… Un último deseo inocente. No puedo pedirle una cita por las buenas a un desconocido. —Escucha. —¡Arriba! ¡Vamos! —Es como un cachorro tirando de la correa. Tendrás que olvidarte de este capricho. Necesito un plan. insensible y egoísta… —¡Vale! —exclamo. El edificio alberga veinte empresas distintas y la única que he visitado es Macrosant. —Me acerco con paso enérgico—. Sólo vejez. Me mira con una expresión tan herida y temblorosa que me pregunto si la he ofendido. Pedirle una cita a un desconocido no cambiará las cosas. un bocado de placer. —Escucha… —Me he pasado años en la residencia.» Dos chicas de aire aburrido se hallan tras una mesa con las placas de identificación. Lo lamento. tomando una placa al azar—. pero ella no parece escucharme. ¡Vamos! La sigo por la escalinata y entro en un amplio vestíbulo de dos niveles. antes de que me arrepienta. soledad y tristeza… Ay. ¿dónde está? —Abarco con la mirada el vestíbulo cubierto de mármol. Llego tarde. No tengo ni idea de dónde estoy. —No hay problema. De hecho. sin diversiones. —Pues éste es mi otro último deseo —dice por fin. Perdón.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE collar. —Una de las chicas se pone en pie con la lista en la mano. Veo en una esquina un panel con el rótulo: «Seminario de Estrategia Global. —Hola. Será mejor que me apresure… Me dirijo deprisa al mostrador de seguridad. —¿En qué planta está el tipo? —le susurro a Sadie. Se pone a dar vueltas en la acera y los tules de su vestido ondean—. la otra se dedica a mirar las musarañas—. ¿recuerdas? Por un instante. —Procuro mostrarme razonable—. será mejor que sea enseguida. —¡No puedo entrar así como así en un edificio de oficinas! —susurro —. le muestro al guardia la placa sin detenerme y enfilo un amplio corredor con las paredes cubiertas de cuadros de aspecto carísimo. Una petición insignificante. a mi padre le encantará la idea. Dios. —Me estás diciendo que no —balbucea—. —¡Eres un ángel! —dice con súbito entusiasmo. No puede hacerme esto. Te enseñaré dónde está. una excusa… Ajá. . Sadie. Si voy a hacerlo. Al fin y al cabo. sin un regalo… —No fue culpa mía —aduzco débilmente. ¡Vale! ¡Lo que tú digas! ¡Está bien! Lo haré. sin vida de ninguna clase. parece atrapada.

Cuando me bajo en la planta 20. —Tengo una reunión en dos minutos. El pasillo permanece vacío y silencioso. —¿Qué haces? —dice Sadie. Una placa en la pared reza: «Turner Murray Consulting. El tipo más alto vacila. He de analizar… los porcentajes. Acelero. Llego a los ascensores y saludo con toda seriedad a las personas que aguardan. Aguanto sentada tres minutos y luego salgo. Oigo un murmullo amortiguado de conversaciones y algún que otro sonido de ordenadores. No conozco al jefe. Mierda. Esto es surrealista. ¡Aquí! —Sadie reaparece a mi lado. 1. —Gracias. me lo pongo en la oreja para evitar cualquier conversación y los sigo. pero debe de ser un pez muy gordo. ¿es que no sabe respetar la intimidad más elemental? —¿Qué crees que hago? —susurro—. ¿dónde es? —Humm. No puedo entrar a lo loco. Al llegar a la puerta.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —En la veinte. materializándose a mi lado. Los dos tipos ya no están. sonrojada de emoción—. uno de ellos introduce un código en el panel. Saco el móvil. Me apresuro a entrar y me encierro en un cubículo de mármol. Gavin. paso por su lado y los dejo atrás. —Le hago un gesto muy serio y entro tras ellos—. Una de estas puertas… Avanza por el pasillo y la sigo con cautela. —¡Espera! —digo. así que no veo el interior. retrocediendo unos pasos. —Bueno. A cinco metros hay un mostrador de granito atendido por una mujer de traje chaqueta gris y aire intimidante. como si fuera a darme el alto. —Sadie mira indecisa alrededor—. . Llamar y entrar en el despacho de un desconocido. «Oficina 2012». De puro escalofrío. Tiene los ojos más penetrantes que he visto. pone el rótulo. Gavin —digo—. Un par de hombres trajeados pasan por mi lado y uno de ellos me mira con curiosidad. colándome en unas oficinas en busca de un desconocido? —Sí. Hay un servicio de señoras a mano izquierda.78 - . Quiero ya esas cifras revisadas en mi BlackBerry. Ahora tengo que dejarte. ya te dije que las cifras de Europa que me habías pasado no cuadran — digo al teléfono. me encuentro en otra zona de recepción grandiosa.» ¡Vaya! Estos tipos de Turner Murray son los genios que se dedican a asesorar a las grandes empresas. Hay que esperar un poco. No hay ventanas ni paneles de cristal. ¿Se puede saber qué hago. —Me señala una puerta de madera maciza. Dios. Es un largo trecho de moqueta gris con algún que otro dispensador de agua y puertas a cada lado. Necesito pensar. —¡Vamos! —Sadie se acerca bailoteando alegremente a una puerta con panel de seguridad. —¿Estás segura? —¡Acabo de entrar! ¡Está ahí! ¡Pídeselo! —Trata de empujarme con las manos. He de preparar un plan.

y todos aguardan a que diga algo. Me he colado en una empresa desconocida. Se le dibuja un surco profundo entre las cejas y mira al tipo del pelo ondulado como si encarnara para él una enorme decepción personal—. en una reunión de alto nivel a la que no estoy invitada. Ahora muestra un gráfico y habla con animación. petrificada. pero no hago caso. Nadie me ha dicho que me largue. Morirme de vergüenza mientras él llama a Seguridad. Así podré huir y borrarlo todo de mi mente y nadie se enterará nunca de que era yo. 6. ¡Llama más fuerte! Y entra sin más. —… y el índice de satisfacción de los clientes ha subido de año en año… —Un momento —dice un hombre que está junto a la ventana y que bruscamente se ha dado la vuelta. Hay unos quince hombres. 4. No dar mi nombre en ninguna circunstancia. Echo una ojeada furtiva alrededor. 3. Pedirle una cita. Tiene el pelo ondulado y ojos azul pálido. Con el rabillo del ojo veo un par de sillas vacías. Nosotros no nos basamos en los índices de satisfacción del cliente. Está ahí. Habla con acento americano y lleva un traje oscuro y el pelo castaño peinado hacia atrás. Inspiro hondo. El de Sadie podría ser cualquiera. El que está haciendo la presentación tampoco está mal. Decirle hola de un modo natural y agradable. Largarme a toda prisa. Quizá él mismo llegue a creer que ha sido una alucinación transitoria.79 - . Quiero hacer un trabajo que yo valore con una A. y lleva la misma corbata que le compré a Josh por su cumpleaños. cojo una y me siento. No es un despacho. Yo no quiero hacer un trabajo que el cliente valore con una A. —Perdón —balbuceo—. Mi corazón se ha puesto al galope. Me acerco a la puerta. Hay veinte personas trajeadas sentadas en torno a una larga mesa y todas se vuelven a la vez. Sin saber muy bien lo que hago. El hombre que está al fondo interrumpe su presentación en PowerPoint. La mujer de al lado me echa un vistazo titubeante y luego me pasa un bloc y un bolígrafo. Vale. Los miro.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE 2. —¡No se ha oído! —exclama Sadie a mi espalda—. ¿No saben que soy una intrusa? El tipo en la cabecera de la mesa reanuda su discurso y algunos se ponen a tomar notas. —Gracias —murmuro. doy un golpe seco. vamos allá. alzo la mano y llamo suavemente. . No puedo creerlo. ¡Vamos! Cierro los ojos. Todo el proceso durará treinta segundos como máximo y luego Sadie dejará de darme la lata. sino una sala de juntas. 5. giro el pomo y entro. Continúen. No quería interrumpir. Al otro lado de la mesa hay uno de pelo rubio rojizo bastante mono.

y el vello oscuro de las muñecas le asoma por los puños inmaculados. y en un abrir y cerrar de ojos se planta delante del americano ceñudo y lo mira con anhelo—. Ejem. —Ah. —El que parece Rodolfo Valentino —dice. escribo en el bloc y lo ladeo para que pueda leerlo. Es verdad que sus ojos son penetrantes.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE El del pelo ondulado parece haber quedado en una posición precaria. Simulo aclararme la garganta—. ¿Cuál es?» Yo apuesto por el del pelo ondulado. —El de la perilla se ha quedado pasmado—. escribo para que me lo confirme. A menos que sea el rubio que tengo delante… no está nada mal. ¿A que es un bombón? —¿Él? —¡Ostras! He alzado la voz. «¿El que está haciendo la presentación?». Pero. Cuando habla de innovar los . En cuanto al último punto… El tipo de la perilla sigue pasando las páginas mecanografiadas. Nuestra misión no es poner parches con fines tácticos. —Es el tipo rubio de enfrente. deberíamos marcar la estrategia. —Debo marcharme —dice el americano. tratando de ser justa. Lo compadezco. como sorprendida de que necesite preguntarlo. —Claro —musita. que se encoge de hombros. —¡Es delicioso! —me dice al oído. escribo cuando regresa a mi lado. Mis disculpas por acaparar la reunión. Demasiado intenso. ¿Puedo… utilizarlo? —Bien. emocionado. Desde que he llegado… Desconecto al ver que Sadie se desliza en la silla de al lado. —Todas las prioridades están mal definidas. que se ha apresurado a levantar la mano—. Manos y ademanes vigorosos. Al contrario. «¿Cómo voy a saber la pinta que tiene ese Rodolfo Valentino del demonio? —garabateo—. —¡No. — Hojea las páginas—. Todo el mundo me mira. —Y con referencia a ese punto —coge una carpeta de plástico y la desliza por encima de la mesa hacia el tipo de la perilla—. —¿Cuándo ha tenido tiempo para hacer esto? —le susurra a su vecino. —El americano mira ceñudo alrededor de la mesa—. ¿O quizá el tipo de la perilla? —¡Ése! —dice señalando hacia el fondo. Tiene la frente amplia y cuadrada y un leve bronceado. Repaso escépticamente al americano. Supongo que puede decirse que es atractivo en un estilo típicamente pijo. «¿Cuál es?». Para nada. Todos parecen tenerle miedo. mirando su reloj—. —Yo tengo una pregunta. Quizá sirva de algo.80 - . la verdad… no es mi tipo. Innovar. Y posee el magnetismo de los líderes. tonta! ¡Éste! —dice riendo. Bueno… gracias. Un modo enérgico de hablar que cautiva a todos los presentes. anoche redacté algunas indicaciones sobre la negociación con Morris Farquhar. ésa era la idea —responde el americano con una fugaz sonrisa irónica—. Continúa. Simon. Por el amor de Dios. Sólo un memorando. Demasiado ceñudo. ejem… «¿Él? ¿En serio?».

Enseguida se impacienta. me obligo a levantar la mano. —¿Perdón? —dice el americano. La que sea. —Yo… eh… Quería preguntarle… —La voz me tiembla de lo asustada que estoy y he de aclararme la garganta—. una mujer se tapa la boca con las manos. desconcertado. ¿Le gustaría tener una cita conmigo? —¡Di que sí! ¡Di que sí! —Los gritos de Sadie empiezan a alcanzar un nivel insoportable. —¡Vamos!. Sacude la cabeza y se aparta un par de pasos. ¡vamos! —me empuja Sadie—. Ladea la cabeza como si le llegase una remota señal de radio. —¡Di que sí! —Sadie empieza a quedarse ronca—. El ceñudo americano se vuelve y me mira. La cara me arde. —Me vuelvo hacia el americano—. Al pobre hombre se le han puesto los ojos vidriosos hasta el extremo de que parece haber caído en trance. Uno le susurra a su vecino: «¿Quién es ésa?» —Muy bien —suspira—. me dice con aspavientos. —Bueno… tener una cita. ¿Podrá oírla? —Jovencita —me dice un hombre de pelo gris con tono cortante—. Todo el mundo se vuelve para mirarme. el americano reacciona. Adelante. Éste no es momento ni lugar… —No pretendo interrumpir —digo con humildad—. —¡Di que sí! —le chilla al oído—. que se marcha! ¡Me lo has prometido! ¡Hazlo! ¡Hazlohazlo-hazlo! «¡Está bien! ¡Dame un segundo!» Sadie camina airada hasta el fondo de la sala y me mira con expectación. atónitos. —Lo siento. No les robaré mucho tiempo. Pero es más bien compasión lo que siento.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE procedimientos… —¡Rápido! —La voz de Sadie resuena en mi oído y doy un respingo—. Se . Las piernas me tiemblan bajo la mesa. como si estuviera presenciando un choque de trenes. El ceñudo americano ha terminado de responder a la pregunta y guarda unos papeles en su maletín. ¡Pídele una cita. Algunos se miran. pero Sadie lo sigue sin dejar de gritar. Habrá de perdonarme. ¡Ahora mismo! ¡Di que sí! ¡¡¡Di que sí!!! Casi resulta cómico verla chillar con todas sus fuerzas para obtener apenas una ligera reacción. No puedo hacerlo. seguro. ¡Di que sí! ¡Di que sí! Para mi asombro.81 - . Es ridículo. —Esbozo una leve sonrisa. ¡Pídeselo! Noto un latido en las sienes. De pronto. Nadie se mueve ni se atreve a hablar. —¿Disculpe? —digo con un gallo. pero se me ha hecho tarde… —Tengo una pregunta. Sadie está a su lado. Una pregunta más. El americano oye algo. Están todos paralizados. «¡Vamos!». Sólo necesito una respuesta. creo que no nos han presentado —dice—. No sé cómo. pero aguanto el tipo. ¿Le gustaría salir conmigo? Se hace un silencio anonadado (salvo por la tos de alguien que se ha atragantado con el café). Es increíble.

aturdido. Aquí está mi tarjeta… —Me pongo a hurgar en el bolso. Ed. —Cojo el bolso y emprendo la retirada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE la ve tan impotente… Es como si estuviera gritando detrás de un cristal y la única persona que la oyese fuera yo. Basta de juegos. Mi compasión se evapora. —El hombre sigue aturdido—. Todos me miran boquiabiertos. Ed Harrison. salvo que tengo que largarme de aquí. —Yo. El mundo de Sadie es tremendamente frustrante. —Se lleva la mano al bolsillo y saca su tarjeta. y una mujer cuchichea: «¿Has visto? Sólo hacen falta agallas. Si hubiera sabido a su edad lo que sabe esa chica…» ¿Qué es lo que sé? Nada. ¿Sí? Se oye una exclamación unánime en torno a la mesa. dejando a mi espalda un murmullo cada vez más fuerte. Entonces… Le enviaré un correo. y enseguida varias risitas contenidas.82 - . Alguien dice: «¿Quién demonios era ésa?». Hay que ser directa con los hombres. las cartas sobre la mesa. —Bueno… eh… pues adiós. Ed. ¿de acuerdo? Me llamo Lara Lington. pero yo estoy demasiado anonadada para responder. . No puede tocar nada ni comunicarse con nadie. Ha dicho que sí. y es evidente que nunca va a conseguir que ese tipo… —Sí —asiente el americano. Lo cual significa… ¿que he de salir con él? —¡Genial! —Procuro recobrarla calma—.

—Bueno. a su adicción a las drogas o al estrés. Sigo repasando la escena en mi mente con absoluta incredulidad. ¿A qué venían esos gritos? Creía que no podías hablar con nadie. —Tose y se frota el cuello. —Hablar no sirve. Me cuesta horrores. ¿De verdad se imagina que vamos a salir los tres juntos? ¿Una cita estrafalaria en plan trío-con-fantasma? Vale.83 - . Sólo tengo que pensar en ti y ya estoy a tu lado. me dirijo hacia la salida. Romperá mi tarjeta. atribuirá el incidente a la resaca. Les va muy mal a mis viejas cuerdas vocales. y no volveré a verlo en mi vida. Soy Lara Lington. me arrellano en mi silla giratoria y me dispongo a disfrutar del momento. que personalmente comprendo y aplaudo. pero sí lo suficiente. Te llamaba para comentar otra vez vuestra política respecto a los perros. —¿En serio? —Quizá —replica con una sonrisita traviesa—. —¿No es una monada? —dice. Sólo para divertirme. ¿y adónde crees que nos llevará? —dice con ojos chispeantes—. hablé un momento con la reina —dice—. —Hola. —Jean Savill. llamo a Jean. Entiendo que deseéis mantener libre de animales vuestro espacio de trabajo. —Ah —murmuro. salvo conmigo. Lara. Sadie es mi fantasma. Ya más tranquila. —Eres la única con la que puedo aparecerme en el acto —precisa tras un instante de reflexión—. Pero he notado que cuando suelto un grito tremendo al oído. Al cabo de un rato debo desistir. Sadie ha logrado comunicarse con ese hombre. Pero me estaba preguntando . —Creía que yo era la única a la que te aparecías —replico. —Bueno. ¿Al Savoy? Adoro el Savoy. Me consideraba especial. Tengo cosas que hacer. secretamente complacida. Sabía que diría que sí. soñadora—. la mayoría parece oírme de un modo amortiguado. Jean —digo amablemente—. Él la ha oído. No sé hasta qué punto. —¿Así que ya lo habías hecho antes? ¿Has hablado con alguien más? —Ya sé que es ridículo. —Pero ¿qué ha ocurrido? —musito—. No pierdas la chaveta.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 8 Aún sigo conmocionada cuando Sadie me alcanza en el vestíbulo de la planta baja. Basta de locuras por hoy. aunque suene infantil—. El tipo no va a proponerme una cita. En cuanto llego al despacho. pero me da un poquito de celos que pueda comunicarse con otros.

Me sonrojo. —Contactos. ¡Y le regalarán una cesta! Cuelgo y marco el número de Shireen. —Como una boutique —puntualizo—. Nunca me habían comparado favorablemente con Natalie. —Ah. ¡Anda! ¡Vete a almorzar! ¡Vas a morirte de hambre! Kate se levanta de golpe. —¿Instinto? —se mofa Sadie.84 - . ¡No tienes el menor instinto! ¡Ha sido gracias a mí! Deberías decir: «Mi maravillosa tía abuela Sadie me ha ayudado y le estoy infinitamente agradecida.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE por qué no se hace extensiva esa norma a Jane Frenshew. . no me has entendido —me interrumpe. —¡Voy a buscar un café para celebrarlo! —dice Kate jovialmente—. Ésta es la gran diferencia cuando trabajas con una empresa más pequeña. que se ha pasado el rato dando vueltas por el despacho—. Ni en un millón de años. ¿Quieres algo? —No. mirándome con expectación. chocando con un archivador. —Se sienta en el borde. y advierto que Kate me observa con curiosidad. Lo decía en el buen sentido. Nunca. Mirando las cosas con los ojos de Natalie. no hace falta. Pero me basta una alusión a los abogados y a los derechos europeos para que se venga abajo. sonrojándose—. —Me encojo de hombros. ¡Cuéntaselo a tus amigos! —¡Tenlo por seguro! ¡Estoy impresionada! ¿Cómo averiguaste lo del otro perro. —Es que… estoy algo hambrienta. Y todavía me resulta más divertido cuando Shireen suelta un grito de incredulidad por teléfono. Luego intenta argumentar que se debe a circunstancias especiales que no sientan precedente. —Sonrío. lo niega todo. por cierto? Vacilo un instante. ¡Se va a poner tan contenta! Por fin empiezo a encontrar divertido este trabajo. sólo pretendía resolver la situación. —No me imagino a nadie de Sturgis Curtis tomándose tantas molestias —me dice una y otra vez—. Quizá haya sido un poco absurdo perder tanto tiempo en este asunto—. Parecía la mejor manera… —No. Nosotras tenemos un toque personal. En cuanto ha cerrado la puerta. —Ay. Al principio. no me siento muy profesional. —¿Cómo has sabido lo del otro perro? —Instinto. radiante de satisfacción. Dios —me horrorizo—. ¡Ja! No creo que Jean haya pasado en su vida un bochorno semejante. del despacho catorce dieciséis. —Bueno. Sadie se acerca a mi escritorio. —Toda mi satisfacción se evapora. Ayer no paré ni para almorzar. Bueno. ¡Shireen puede llevar a Flash al trabajo! La autorización figurará en el contrato que firmarán mañana.» —Natalie nunca se habría molestado en investigar lo de ese perro — dice Kate—. —¡Eres genial! Cuelgo por fin. y coge su bolso.

85 - . La verdad es que un fantasma con mal de amores dando vueltas por mi despacho es una lata. La ahuyento con un gesto y me concentro en el teléfono. —«Pero no lo hará ni en mil años». ¿Es que no sabes cómo funcionan estas cosas? Si quiere llamar. Uno de perlas negras y otro rojo. —Arruga la nariz—. soy Lara. —¡Es él! —dice abrazándose—. ¿quién está obsesionada con un hombre? —No estoy obsesionada —replica con altivez. ¡A él! —¿Te refieres a Ed Comosellame? ¿Pretendes que lo llame yo? —le lanzo una mirada compasiva—. . Gracias de todos modos. ¿vale? —le siseo a Sadie. Estaba pensando en ponerlos en eBay… —No —digo. finalmente. ¿No lo sabías? Sus ojos destellan de rabia. —¿Por qué no vas a hacer un poco de turismo? —le propongo—. No son los que estoy buscando. —Me encojo de hombros—. En buen estado. Dejaste un mensaje sobre un collar. —Si miras un teléfono. —¿Sí? —¿Hablo con Lara? —Es una mujer que no conozco. A la velocidad del rayo. ¿Usted compró uno? —Compré dos. Saco la lista y tacho a Nina Martin. se sobresalta y vuelve la cabeza para otro lado. Puedo venderle los dos. Dile que queremos ir al Savoy a tomar un cóctel. —¡Cierra la boca o no contesto! Nos miramos echando chispas mientras el móvil suena de nuevo y. ¿Quién es? —Nina Martin. sí. o pasarte por Harrods… —Ya estuve en Harrods. Se da la vuelta y empieza a examinar el cordón de la persiana. Sadie me observa ceñuda. no suena. Sadie se coloca a mi lado y me mira ansiosa. Estoy a punto de sugerirle un paseo por Hyde Park cuando suena mi móvil. —¿Es él? —No conozco el número. —¿Estás loca? ¡No pienso decirle eso! —La cita es mía y quiero ir al Savoy —insiste tercamente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Qué pasa? —¿Vas a llamarlo? —¿A quién? —¿A quién va a ser? —Se inclina sobre mi ordenador—. —No es él. Al notar que la miro. ¿verdad? Del mercadillo de la residencia de ancianos… —Ah. Sadie se ha sentado encima de un archivador y no aparta los ojos del teléfono. desilusionada—. —Sí. vaya. Se desliza flotando hacia la ventana opuesta… y vuelve a mirar el teléfono. añado para mis adentros. Puede ser cualquiera. se aparta de mala gana. —Vaya. Podrías visitar el edificio Gherkin. si quiere. Tiro a la papelera unos cuantos mensajes y escribo una respuesta. Tiene un aspecto muy extraño hoy en día. ya llamará.

Sólo intento suavizarte el golpe. —Buena idea —digo con vivacidad. Va hasta la ventana. Sadie. Qué alivio.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Por qué no has probado ya con todos? —Esta noche llamaré a unos cuantos más. Ahora debo trabajar — añado al ver su expresión—. Dios. Me propone una copa porque viene a ser la cita más breve posible. Me mira resentida. Parecemos dos personas que han ganado una excursión en un sorteo y no saben cómo zafarse del compromiso. Voy a tener que sincerarme. Me giro en redondo y la veo en el alféizar de la ventana. vuelve de nuevo… Es imposible aguantar toda la tarde con esta pesada deambulando entre suspiros. Me quedo en blanco. —Perfecto. —Hola. Oh. —¿Cómo que no? Claro que llamará. ¿verdad? Has ido a buscarlo y te has puesto a gritarle.86 - . —¿El sábado. Christopher’s Place —dice—. —Busco a Sadie con la mirada. En cuanto a Ed. —¡No es culpa mía! —le recuerdo—. —Miro alrededor—. Descuelgo distraídamente. Al fin un poco de tranquilidad y silencio. . ha desaparecido. Soy Ed Harrison. vuelve a sonar el teléfono. ¡Sadie! ¿Me oyes? ¡No vas a creerlo! ¡Ha llamado! —Ya lo sé —dice a mi espalda. aunque no me conozca y aunque yo podría ser una asesina en serie. —Llamará —se obstina—. —Oye. tan terriblemente educado que no le ha parecido bien darme plantón. como si me hubiera propuesto amargarle el día. ¿Tomamos una copa allí? Le leo el pensamiento. —Bueno. —Una voz masculina titubeante—. Cuando levanto la vista. —Me vuelvo hacia la pantalla y empiezo a teclear. creo que tenemos una cita —dice con rigidez. —Aguardo a que se vuelva—. pero así es. alucinada. Lo siento. Lo lamento. —No. Has sido tú. ¡Voy a salir con el americano ceñudo! Y Sadie no lo sabe. Pero ¿por qué llama entonces? Es tan anticuado. Mientras le escribo a Jean un mensaje de confirmación sobre Flash. —Hay un bar en St. —Aquí Lara. imperturbable. Suelta un largo suspiro. Es imposible que llame a una chiflada que se coló en su reunión. Tirará mi tarjeta y se olvidará del asunto. Cuelgo. —Meneo la cabeza—. Se desliza hasta mi escritorio y mira el teléfono. En realidad no quiere salir. —Sí… eso creo. Y saldremos con él. has de saber la verdad: no llamará. El Crowe. a las siete y media? —Perfecto. pero no la veo. —Sadie. —Toda esta espera es insoportable. Lo que tú digas. —¡Te lo has perdido! ¡Tu chico ha llamado! ¡Vamos a…! —Me detengo en seco al comprenderlo—. ¿Ed Harrison? —Ah… hola.

sí. Ha chantajeado a ese pobre tipo. ¡No tenía la menor intención de llamarte! La veo tan indignada que he de contener la risa. pero no me hizo caso. toda arrugada. no paraba de agarrarse la cabeza y mascullar: «¿Por qué demonios tengo que llamar a esta chica? ¿Por qué?» Así que le grité al oído: «¡Porque deseas llamarla! ¡Es muy mona!» —Se echa el pelo atrás. caería sobre él la maldición del dios Ahab. Vale. con aire triunfal—. ¿Cómo te las has arreglado para que cambiara de idea? —¡Ha sido extenuante! Primero le dije simplemente que te llamara. ¿No estás impresionada? Le devuelvo la mirada.87 - . —Parece muy satisfecha de sí misma—. Se ha introducido en su mente. Es la única mujer que he conocido capaz de obligar a un hombre a llamar. muda de asombro. por cierto. Tenías razón. ha sido gracias a sus poderes sobrenaturales. —Tía Sadie —le digo lentamente—. Entonces sí que reaccionó. La única. —Bienvenida a las citas del siglo veintiuno. Y te ha llamado. Así que me puse a su lado y le dije que si no te llamaba enseguida y te pedía una cita. —Esboza una sonrisa evocadora—. . Era demasiado deprimente estar esperando su llamada. Entonces me fijé en su máquina de escribir… —¿Su ordenador? —Como se llame. —¿Quién es el dios Ahab? —Salía en una novelita que leí una vez. Se apartaba y continuaba tecleando furiosamente. Había tirado la tarjeta. ¿sabes?. Aunque. Lo ha obligado a meterse en una aventura que él no quiere. —Frunce el ceño.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Pues claro! —se ufana—. Estaba en su papelera. pero lo ha conseguido. eres genial. Le advertí que se le paralizarían los miembros y quedaría cubierto de unas verrugas asquerosas. pero aun así seguía tratando de eludirme. incluso cuando recogió la tarjeta. Le dije que se le estropearía y que perdería su trabajo si no te llamaba. así que decidí darle un empujoncito. disgustada—. Empezó a flaquear.

Y sí. con un montón de mesas. Tuvimos allí nuestra primera cita. Además. ¿Cómo se atreve? Es nuestro restaurante. me di cuenta de que está pensado más bien para niños de diez años.» Aún no puedo creer que Josh vaya a llevar a esa intrusa al Bistro Martin. al agacharme. porque venía con un «Libro de bitácora del espía» y un «Decodificador de claves secretas». y no para ex novias hechas y derechas. Cuando me llegó por correo. De hecho. así que no me ha resultado difícil camuflarme. El local tiene mucho ajetreo. Tengo una perspectiva de ella bastante buena desde mi rincón.88 - . Sólo resta encenderlo cuando llegue el momento. dejé caer una cosa adrede y. Me conozco tan bien este restaurante que he podido planear la cosa a la perfección. pegué debajo la minúscula placa adhesiva del micrófono. seguramente sólo le servirá para sentirse más infeliz. por el amor de Dios. así que podré examinar a conciencia a la tal Marie y estudiar el lenguaje corporal de ambos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 9 A veces. ya sé que no debería andar espiando a la gente. ¡Lo he probado y funciona! Tiene sólo un alcance de siete metros. Estoy oculta en un rincón y me he puesto una gorra de béisbol. Se lo habría dicho si me hubiese preguntado. pero me basta con eso. y ahora se me ha ocurrido una nueva: «Los ex novios tienen terminantemente prohibido llevar a otra chica al restaurante que frecuentaban con su novia anterior. y plantas y percheros por todas partes. Josh ha reservado una mesa junto a la ventana (he mirado a hurtadillas la lista de reservas). De hecho. Está traicionando nuestros recuerdos. Es más: podré escuchar la conversación porque he puesto un micrófono en la mesa. No es broma: un micrófono de verdad. hay unas cuantas que tienen que ver con ex novios. Es como si nuestra relación fuera una de esas pizarras mágicas de juguete y él se dedicara a sacudirla brutalmente para hacer otro dibujo. cuando ya era evidente que no iba a convencerme. El auricular lo tengo escondido bajo la gorra. dijo que si tan desesperada estaba. borrando el cuadro precioso que habíamos pintado juntos. Sé que moralmente no está bien. me imagino las normas que inventaría si llegara a gobernar el mundo. acabamos de romper. ¿Cómo puede salir con otra cuando sólo han pasado seis semanas? ¿Es que no se entera de nada? Meterse a ciegas en una nueva relación nunca es la respuesta. cuando no puedo dormir. Son la doce y media del sábado y llevo sentada aquí veinte minutos. Busqué hace tres días en Internet y compré un minúsculo micrófono de control remoto incluido en un pack llamado «Mi primer equipo de espía». lo que debía hacer era sentarme cerca y . Luego. Hace diez minutos me acerqué casualmente a la mesa. he tenido una tremenda discusión con Sadie al respecto. Qué más da. Primero me dijo que ni siquiera debía presentarme aquí. Casualmente.

Echo un vistazo a la puerta y siento una sacudida tan violenta como en una montaña rusa. cosa que demuestra lo aburrida que ha de ser. ¿Cómo es capaz? ¿Es que no tiene corazón? Lleva mi camisa. Sadie tiene razón. no te dejes llevar por el pánico.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE escuchar la conversación. estuve a punto de no poner aquel micrófono en la mesa de papá.» —¡Creo que ya viene! —dice Sadie. ¿cuál es la diferencia? Si escuchas a hurtadillas. Hay un montón de explicaciones alternativas. En el amor y en la guerra todo vale. ¿no?. Estate calladita. Quizá se han encontrado en el metro o algo así. ¿Por qué juntos? Vale. Como aquella gente de Bletchley Park. —Hacen muy buena pareja —me dice Sadie al oído. Pero no por eso dejaron de hacerlo. la misma camisa… Un momento. en la que les digo a mis hijos: «¿Sabéis?. Y ahora ninguno de vosotros estaríais aquí. Al detener mi mirada en Josh se me encoge el estómago. tratándose de amor. Lo miro con incredulidad. porque ella echa la cabeza atrás y suelta una carcajada con su inmaculada dentadura de anuncio. Ay Dios. La cuestión es que. aunque de momento no ha hecho más que deambular entre las mesas y criticar la indumentaria de la gente. Es la camisa que le regalé por su cumpleaños. estás espiando. ¿A Josh o a ella? A ella. En nuestro restaurante. pero alcanzo a oír la voz de Josh. que descifraba los códigos alemanes durante la guerra. como si acabase de volver de vacaciones. con unos pantalones pirata y uno de esos tops sin mangas.89 - . Tiene los brazos bronceados y mechas claras en el pelo. apareciendo de pronto a mi lado. Es por una buena causa. . ¿verdad? Tengo una imagen de mí misma. ay Dios. Los dos juntos. Es… Josh. No sé a cuál de los dos repasar primero. El mismo pelo lacio y rubio. las mismas zapatillas de lona (de una marca japonesa de moda que nunca he logrado pronunciar). Con la cabeza gacha. Es rubia. de un blanco impecable. la misma sonrisa torcida y algo boba mientras saluda al maître. soñolientos y satisfechos después de una sesión de sexo. También se trataba de una invasión de la intimidad. Bueno. Al final la convencí para que viniera a ayudarme. El tipo de top que sólo puedes ponerte si sabes planchar muy bien. Y ella. Es él. Y sonríe a esa chica como si sólo ella existiera. las normas morales cambian por completo. No te los imagines despertando en la cama. los mismos tejanos descoloridos. Bastante flacucha. Bebo un trago de vino y levanto la vista otra vez. —Qué va —mascullo—. que llevan las chicas en los anuncios de yogures bajos en calorías o de dentífricos. y da lo mismo que estés apostada a medio metro o a seis. El sonido me llega amortiguado y plagado de zumbidos. El maître los acompaña a la mesa de la ventana. meto la mano en el bolsillo y enciendo el control remoto del micrófono. Ahora la coge del brazo y le susurra un chiste que debe de ser graciosísimo. felizmente casada con Josh y sentada a la mesa un domingo. si te paras a pensarlo.

—Podría resultar muy largo. Echo otro vistazo y veo que Josh le llena la copa. Yo quería luchar por nuestra relación. de acuerdo. Está haciendo una negación brutal. —¿Qué quieres saber? —responde ella con sus risitas. —Vaaaale. Y claro. por lo visto. ¿Se le ha olvidado que iba conmigo? ¿Me está borrando de su biografía? —A él se lo ve muy feliz. Me inclino hacia Sadie. pasaste una infancia increíble. —Por favor. Tiene un leve acento irlandés. —¿Preguntarle qué? —Qué fue lo que falló. ¿Qué fue lo que falló? ¿Cómo es que he terminado en un rincón. Me gustaría tomar… eh… una sopa. —¡No puedo hacerlo! —¡Claro que puedes! ¡Métete en su mente! ¡Oblígalo a hablar! Es la única manera que tengo de… —Me interrumpo porque se acerca la camarera para tomar nota. como hiciste con Ed Harrison. Sadie se ha deslizado en la silla de enfrente y me observa con una pizca de compasión. —Le dedica una sonrisa encantadora y ella suelta una risita. partiendo un trozo de pan.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —… no prestaba ninguna atención. —Hago girar la copa de vino—. miro suplicante a Sadie. Ahora tendré que mirar cómo se ponen piripis. he hecho todo el esfuerzo… Se hace un silencio y pone los ojos en blanco. Así me enteraré. Fue exactamente igual: todo sonrisas y anécdotas divertidas y copas de vino. ¡Terminamos demasiado abruptamente! Me sacó sin más de su vida. Acaban de pedir una botella de vino. que acaba de contarle una anécdota muy graciosa. No me dio la oportunidad. . Pero sin metérselo en la boca. —¡En absoluto! —La taladro con una mirada venenosa—. Gracias. —Todo. Tienes que contarme más cosas. —¡No soy una pegajosa! Sólo trato de… de comprenderlo. advierto. —Hola. ¡Esa anécdota es nuestra! ¡Nos pasó a nosotros! Fuimos a parar a otra Notre Dame en París y no vimos la auténtica. —Ve y pregúntale. resulta que el maldito GPS me había enviado a una Notre Dame distinta. —Por lo que veo —le dice—. ¿entiendes? Quería hablarlo todo. Mientras la chica se aleja. Pregúntale qué tengo yo de malo. Fantástico. Tomo unas aceitunas y mastico desconsolada.90 - . Le echo una ojeada a Josh. Me ajusto el auricular sin hacer caso del zumbido de fondo y oigo el vaivén de las risas de Marie. ¿no crees? —observa Sadie. Observo con el corazón desbocado. ¿Se trataba del tema del compromiso? ¿O había otra cosa? Pero él se negó. Podría estar contemplando nuestra primera cita. espiándolo con un micrófono? Y entonces se me ocurre la solución. Se volatiliza y una fracción de segundo más tarde reaparece junto a la mesa de Josh. He llegado hasta aquí. Me pongo hecha una furia. Oblígalo a hablar. —Te lo advertí: nunca te pongas pegajosa. que le sonríe a Marie mientras el camarero descorcha la botella.

¿Así que se ponen muy protectores con su hermanita? —¡Será mejor que te andes con cuidado! —Marie le devuelve la sonrisa y bebe un sorbo de vino—. Ahora él le cogerá la mano. No es de extrañar. sonríe y vuelve a centrar su atención en ella—. —Ah. ¿Qué tal te ha ido la semana? Yo he tenido un follón espantoso con una clienta. ¡Josh! —¡Perdona! —dice él. —Marie mantiene la sonrisa. Pero él se ha quedado como una estatua. Quién puede saber los motivos. sin dejar de sonreír—. —¡Di por qué se estropeó! ¡Dilo! —Bueno. Sadie continúa chillándole al oído: —¡Dilo. Eran tan malvados… —¿Por qué rompiste con Lara? ¿Qué fue lo que falló? ¡Cuéntaselo a Marie! ¡Habla! —… que me metían ranas en la cama y en la mochila… y una vez incluso en el cuenco de los cereales. ¿Estás aquí? —¡Perdona! —Se frota la cara—. ¿Qué pasa con ella? —No lo sé. —Mis dos hermanos me atormentaron durante toda mi infancia — prosigue Marie. ¿Y tú? ¿Tienes hermanos? —¡Di por qué rompiste con Lara! ¿Qué tenía ella de malo? A Josh se le ponen otra vez los ojos vidriosos. ¡Perdona! Qué raro. sin advertir nada—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —No tengo prisa —responde Josh con voz un poco ronca. se lo noto en la cara. Su mano se ha detenido en el aire mientras servía el agua con gas. —¿Josh? —Marie se inclina hacia delante—. Te estaba hablando de mis hermanos. sacudiendo la cabeza—. Marie ríe. y bebe más vino—. Son cosas que pasan. Josh aún tiene un brillo lejano en los ojos. Están justo en ese escalofrío total. Lara. —Josh arruga la cara. —¡¿Por qué rompiste con Lara?! El chillido de Sadie en el auricular casi me hace dar un bote. Josh la ha oído. —Las relaciones se acaban —observa Marie con aire relajado. tus hermanos! —Con visible esfuerzo. nací en Dublín —arranca ella. dilo! —¿Josh? —Marie agita una mano ante sus ojos—. esperando que Josh diga algo. ¿Qué decías? —No.91 - . pero incluso desde aquí veo que se le tensa la mandíbula—. sí. —Marie cambia de tema—. Aquella de la que te hablé. perplejo—. —Ya. porque Sadie sigue aullándole como una sirena al oído. —¡Ah. cuando se encuentran las miradas. o algo peor. Estaba preguntándome qué fue lo que falló entre nosotros. La tercera de tres hermanos. Miro horrorizada. No sé qué me ha pasado. ¿A qué espera Sadie? —Bueno. nada —responde ella encogiéndose de hombros—. . como si tratara de captar el eco de un ruiseñor a través de un valle. ¿recuerdas? —Supongo que era demasiado intensa —suelta Josh. Estaba pensando en mi ex. Me ha pillado desprevenida.

¿te acuerdas? —¡Claro que me acuerdo! —Alarga la mano hacia la copa de vino. pero parece arrepentirse y toma la de agua con gas. ¿Ha pedido sopa? ¿Perdone? Me vuelvo y veo a un camarero que sostiene una bandeja con la sopa y una cesta de pan. ¿Por qué tenía que analizarlo todo? ¿Para qué desmenuzar cada pelea y cada conversación? Apura su copa de un trago. eso. A saber cuánto tiempo lleva ahí tratando de llamar mi atención. ¡Nada! ¡Yo podría . pero no puedo comer. ¿por qué no lo decía? Y en cuanto al libro de fotografía. ¿Cómo es posible que se sintiera así y nunca me lo dijese? Si le molestaba mi modo de cantar. No le interesaban los viajes ni las mismas cosas que a mí… Una vez me compré un libro de fotografía de William Eggleston. No entiendo por qué sigue viniéndome a la cabeza. —Ah. Pensé que tal vez podríamos comentarlo. esa tan exigente de Seattle. Vamos. parece acordarse de Marie. Era un fastidio. ¿Qué más? ¡Dilo! —Tenía la costumbre de llenar el cuarto de baño con cremas y chorradas. En fin. Como su manera de cantar en la ducha. Estoy de acuerdo en lo del canto —añade—. gracias. Pero ella se limitó a hojearlo sin interés… De repente. Me coloca el plato delante y yo cojo la cuchara de modo maquinal. —Joder. Ha sido interesante. Hablemos de otra cosa. pero ¿la misma canción cada día del año? Y además no estaba dispuesta a ensanchar sus horizontes. Estoy demasiado pasmada por las revelaciones de Josh.92 - . —¿Sopa? Disculpe. —Contemplo malhumorada la sopa—. ¿Es que no conoce la compasión? —Muchas gracias. compasiva—. ¿Sabes qué es lo peor? Que nunca me dijo nada de todo eso. Cada vez que quería afeitarme tenía que abrirme paso entre un montón de botes. —Sí. —¡Vaya lata! —dice Marie con una sonrisa forzada—. ¡Perdona. a mí que alguien cante no me molesta. —Solía leerme en voz alta los «temas de pareja» de alguna revista cursi y luego se empeñaba en hablar sobre lo mucho que nos parecíamos a tal o cual pareja.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Quién? —Lara. No tenía ni idea de que se sintiera así. que tiene la cara casi agarrotada por el esfuerzo de escucharlo educadamente. Ahora ya sabes por qué se estropeó la cosa. Iba a hablarte de mi clienta. Así durante horas. ¿de veras? —Marie finge interés. Por cierto… —Y fueron sobre todo las cosas pequeñas. señorita. —Josh frunce el entrecejo con aire evocador—. ¿qué tal te fue en esa reunión? Me dijiste que tu jefe iba a hacer un anuncio importante… —¿Qué más? —Sadie chilla tanto que no oigo a Marie—. Desafinas mucho. Yo lo miro desde mi mesa. ¡yo creía que lo había comprado para él! ¡No para mí! ¿Cómo se suponía que iba a saber que le daba tanta importancia? —¡Bueno! —Sadie vuelve a mi mesa y se sienta delante—. —Suena irritante —asiente Marie. herida en lo más hondo. Marie! —Se restriega la cara con las manos—. Me sacaba de quicio. —Sí. —Marie esboza una sonrisa forzada—.

Y luego se acabó. —¡No es verdad! —casi grita de frustración y la gente de las mesas vecinas lo mira—. Refrescante. Josh vuelve a desplomarse en . Tiene una expresión aturdida y no para de apartar la cabeza de Sadie. Josh. ¿por qué me cuentas lo maravillosa que era? —Miro absorta a Marie. pero luego se encoge de hombros y cruza otra vez el restaurante. pero él no era la persona adecuada. echa la silla atrás y se pone en pie —. Ella menea la cabeza.93 - . —Bebe vino—. o un lápiz metido en el pelo. Josh parece volver en sí. Lo que quiero decirte es que las relaciones se acaban y que uno tiene que seguir adelante. se lo toman como si tuvieras la obligación de hacerlo. no sin cierta amabilidad. mientras Marie habla muy concentrada. —Se frota la frente con un aire tan flipado que casi lo compadezco. Y también su lado estrafalario. —¿Qué le gustaba de ti? ¿Estás segura de que le gustaba algo? —¡Sí! —siseo indignada—. cuando tienes un detalle con ellas. joder! No había pensado en ella hasta hoy mismo. —¡Mierda! No sé qué me pasa. No comprendo por qué estoy pensando en ella. —Si quieres mi opinión. cosas así… Y realmente era agradecida. —… tres años es mucho tiempo. fue duro terminar. Nos vemos. Nunca lo he lamentado ni he mirado atrás. Está tomando vino y picando aceitunas con un pincho metálico. Siempre llevaba algún collar curioso. —Y por eso la sacas cada cinco minutos en la conversación. —Inspiro hondo—. ¿Entiendes lo que digo? Josh asiente de un modo maquinal. ¡Claro que sí! ¡Venga! Abre la boca como para replicar. —Empiezo a desmenuzar el pan—. Ve y pregúntale qué le gustaba de mí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE haberlo arreglado! Lo habría arreglado. Lara y yo tuvimos una relación. —¿Otra vez tu antigua novia? —Hay un tonillo acerado en la voz de Marie que incluso a mí me sobresalta. tratando de retener a Marie —. Ella no. Si me hubiera dado una oportunidad… —¿Podemos irnos ya? —¡No! Aún no hemos terminado. tenlo por seguro. —Su voz cantarina me llega a pesar de los zumbidos e interferencias—. Otras chicas. Mientras ella se aleja entre las mesas. —¿Cómo? —Josh suelta una carcajada—. Marie. que le grita al oído: —¿Qué te gustaba de Lara? ¡Dilo! ¡Dilo! —Me encantaba la energía que irradiaba —dice de pronto—. que arroja la servilleta. ¿Obsesionado yo? ¡Si ni siquiera siento interés por ella! —Entonces. ¡Normalmente no! ¡No había hablado ni pensado en ella desde hace semanas! ¡No sé qué cono me pasa hoy! —Necesitas aclararte —replica Marie. pero no la escucha. Escúchame. Estuvo bien. Me ajusto el auricular y miro a Josh. y coge su bolso—. Es una chica muy dulce. Y sí. Punto. —Se incorpora también. ¡Llámame cuando la hayas olvidado! —¡Ya la he olvidado! ¡Esto es absurdo. pero no fue fantástica. aún sigues obsesionado —le dice Marie secamente.

Es el momento ideal para reavivar nuestro amor. . Me las arreglo para reprimir el impulso de correr a su lado para abrazarlo y decirle que. pero me obligo a dominarme. Vamos. «Estuvo bien. podré resolverlos. tan de anuncio de dentífrico. contrariado. Continúo repasando obsesivamente lo que ha dicho y procurando recordar cada detalle. pero no fue fantástico.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE su silla. —¿Para qué? —¡Para nuestra cita! Ay. Has arruinado lo que podría haber sido un gran amor. He de cambiarme a mí misma. ¡Todos! He ideado un plan de acción y lo primero que voy a hacer es ordenar el baño. Observamos en silencio cómo Josh paga la cuenta y recoge su chaqueta. me sonrojo y hago una mueca. Ahora que sé cuáles son los problemas. —Me lanza una mirada acusadora—. Calla. ya se ha enfriado—. Así que tienes que estar divina. de todos modos. Lo que tú digas. Yo puedo lograr que las cosas funcionen entre nosotros. Estoy segura. —Eso no era amor verdadero —respondo. No me dijo nada de esas irritantes menudencias. La cita. Siento una punzada de culpa. Y todas sumadas se le hicieron una montaña. —Estaré lo más divina que pueda. Pensaba que eso iba contra tu credo. Hemos de volver a casa. No hay prisa. Josh es vulnerable. llena de optimismo. Durante todo el trayecto a casa. —Pero si ni siquiera has escogido un vestido. —Da saltitos de impaciencia—. Tiene la mandíbula apretada y su aire despreocupado se ha desvanecido. ¡Y ya son las dos! Debemos irnos. sino por él. Y tú me vas a representar. En cuanto llegamos a mi apartamento. que cuando se encuentra de buen humor.» Ahora está todo clarísimo. Nuestra relación no fue fantástica porque él no fue sincero. Está confuso. —¿Cómo lo sabes? —Porque lo sé. Cada vez que me tropiezo con una frase en particular. me dispongo a poner manos a la obra. Dios. —A mí me llevaba todo el día prepararme para una fiesta. ¡Ahora! Por Dios. —¡Termina de comer! ¡Rápido! —Sadie me arranca de mi ensueño—. —¿Satisfecha? —dice Sadie. volviendo a mi lado—. Esta cita es mía. Pero tengo que utilizar lo que he descubierto. Estoy segura de que hago lo correcto. De todos modos.94 - . —Aparto la sopa. hecho polvo. Por eso me dio calabazas. No importa. Es curioso: está más bueno así. no le convenía salir con una chica tan rígida y estereotipada. ¿vale? —Tomo una cucharada de sopa. Y sólo vamos a tomar una copa. —¡Faltan seis horas! —protesto—. permanezco sumida en mis pensamientos. —Vale. No sólo por mí. Pero Sadie se interpone en mi camino. Debes empezar a prepararte.

ni el charlestón ni los cócteles… Nada de nada. ¿vale? Está muy de moda ahora. Mi padre no aprobaba el fonógrafo. —Se estremece—. —Trato de esquivarla. una anciana de pelo gris aficionada a la jardinería. Me dijo que él y tío Bill. y con una escalinata majestuosa. ¿Te perdiste la boda? —Salí por la ventana. —Mi madre quería que me pusiera un corsé en la boda de mi tía — dice—. Ese nombre me suena. —¿Qué es Archbury? —El sitio donde vivíamos. ¿Siempre hacías cosas así? —Fui más bien una tortura para mis padres. Un pueblo de Hertfordshire.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Qué piensas ponerte esta noche? —me dice—. La casa entera era como un museo. Ella sí llevaba corsé. Era un sitio fantástico. de pequeños. —¿De veras? —Siento interés. . Se lo ceñía ella misma. Como mi hermana Virginia. se arreglaba el pelo sin ayuda y cada semana decoraba con flores el altar de la iglesia. Enséñamelo. Archbury. se pasó dos días en cama. me fui a Londres y me corté el pelo al estilo garçon —dice orgullosa—. Cuando mi madre lo vio. Sólo tengo recuerdos borrosos de mi abuela. No soy capaz de imaginarla joven—. es un top de estilo corsé. Cuéntame. Pero. —Luego. ¿Y una falda larga? —Es el rollo maxi. —¡Ahora! Por favor. Lo he oído antes… —¡Un momento! Archbury House. Es la casa que se quemó en los años sesenta. e incluso me enseñó una vieja foto en blanco y negro. Archbury House. Sadie lo toca con un escalofrío. Eras una auténtica rebelde. habían pasado algunos veranos en esa casa y que se instalaron allí al morir sus abuelos. Hace años papá me habló de la vieja casa familiar. Y se casó con el hombre más aburrido de Archbury.95 - . Y tal vez unos zapatos con suela de cuña… —¿Un corsé? —Me mira como si le hubiese mostrado las tripas de un cerdo—. Incluso cuando todo el mundo había dejado de llevarlo. a mi pesar—. —¡Vaya! —Dejo la ropa encima de la colcha y la observo mejor—. ¿Qué opinas? ¿Esto. se vendió el solar y se construyeron nuevas viviendas. Yo lo tiré a la chimenea y ella me encerró en mi habitación y les dijo a los criados que no me dejasen salir. tras el incendio. lleno de viejos pasillos y de sótanos inmensos. ¿Cómo era? —Horriblemente virtuosa —dice con una mueca—. ¿Ésa era tu casa? Ahora lo recuerdo todo. Y esto no es ningún corsé. Muy Victorianos. qué pesada. —¿Te refieres… a la abuela? —Me entran ganas de saber más. —¡De acuerdo! —Voy al dormitorio y abro de un tirón la cortina que oculta mi guardarropa—. Era la chica más aburrida de Archbury. por ejemplo? —Saco al azar una falda larga y un top de estilo corsé (una edición limitada de Topshop) —. Pensaba que las chicas tenían que pasarse la vida haciendo arreglos florales y labores de punto. Pero es que ellos eran agobiantes. Mis padres no cabían en sí de contento.

¿Cómo era? Reflexiona un instante. poniendo los ojos en blanco—. Lograba que mis padres resultaran más soportables. fue ella la que provocó el incendio. como si fuera obvio—. créeme. Tenía que salir de allí y el matrimonio no me parecía un recurso peor que otros. Quiero verlos uno a uno. —Trago saliva—. Vimos las casas nuevas. Mis padres habían encontrado ya a un joven adecuado. —Bien que lo sé —digo. A mi hermano mayor lo mataron. —¿Nada más? ¿Sólo un chaleco? —Y tenía bigote —añade. ¿A quién le importa? —Se vuelve hacia el guardarropa y lo señala con aire imperioso—. —¿Qué más da? —Parece volver en sí y esboza una frágil sonrisa—. Virginia vivía allí con su familia en esa época. —Hace una breve pausa antes de añadir en tono cáustico—: No era tan perfecta. No la había entendido bien. Tenían buena pinta. ¿sabes? Edwin. Tuve una riña tremenda con mis padres. Que todo pareciese más soportable. Se dejó una vela encendida. No hay hombres solteros en Londres. Aparte de eso. —Ah. La guerra. —Pues… divertido. —Nosotros perdimos a los nuestros en la guerra —dice. —Lo perdí todo —murmura—. Mi padre dejó de pasarme mi asignación. Y en esa época tampoco es que hubiera una multitud haciendo cola. La miro. —Llevaba un chaleco escarlata el día de nuestra boda. —No te entiendo. Estaban malheridos. Sadie no parece oírme. —De acuerdo. intrigada—. Todo destruido. Sadie me mira sin comprender. O llenos de culpa por haber sobrevivido… —Una sombra cruza su rostro—. Es un hecho ampliamente conocido. Todo lo que había dejado allí guardado mientras vivía en el extranjero. —Arrojo sobre la cama otro montón de perchas—. Tenía diecinueve años. —Una vez pasamos en coche por el pueblo.96 - . Destruidos. —Cojo un montón de perchas y las lanzo sobre la cama —. —Y los que sobrevivieron ya no eran los mismos. Sácalos todos. ¿Yo tenía un tío abuelo llamado Edwin que murió en la Primera Guerra Mundial? ¿Por qué no me han contado estas cosas? —¿Cómo era? —pregunto. Háblame de tu marido. ¿Te habían metido en la cárcel otra vez? —Eso… no importa —responde tras una pausa. ¿Cómo pudiste casarte con un hombre que no amabas? —Porque era el único modo de escapar —responde. el párroco llamaba todos los días y me encerraban por las noches en mi habitación… —¿Qué habías hecho? —pregunto. De hecho. . Mis padres nunca lo superaron.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Sí. La Primera Guerra Mundial. al fin y al cabo. —Qué espanto. Me hacía reír. Ni uno solo. —Tuerce la boca. horrorizada. Claro. no recuerdo gran cosa de él. Desvía la mirada y se vuelve hacia la ventana—. como si no quisiera permitirse una sonrisa—.

Sadie… ¿te sientes bien? ¿Quieres que hablemos? Comprendo que las cosas no habrán sido fáciles para ti… —Nada fáciles. colocados en equilibrio alrededor del lavamanos. Voy a escoger tu vestido para esta noche. Quizá Josh tenga razón. lo tengo todo ordenado en hileras y he llenado una bolsa de botes antiquísimos o medio vacíos que voy a tirar a la basura. surgida como de la nada. pareces un disco rayado. Quizá debajo del sofá… —¡Lo he encontrado! —La voz de Sadie. —¡No me hagas esto! —resoplo mientras me incorporo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Se hace un silencio y sólo se oye el sonido apagado del televisor del vecino. la de harina de avena y la de sales marinas… O sea. Mientras me dirijo al baño. —No me refería a la ropa. Vuelvo a coger mi taza de té—. La sesión de recuerdos ha concluido. ¿era necesario que dieras ese paso. Por Dios. bastaría con una. aunque no hubiera hombres disponibles —le digo—. Espero que esté bien. Parece en trance. Hummm. —Y también me encargaré de tu peinado y maquillaje —añade con firmeza—. Hablo de sentimientos. que te casaras con un tipo cualquiera? ¿Por qué no esperar a que apareciera el hombre adecuado? ¿Y qué me dices del amor? —«¿Qué me dices del amor?» —repite con sorna. Elige.97 - . Has pasado muchas cosas y deben de haberte . Quizá le pida a papá que busque alguna foto de la vieja casa familiar. Debe de estar en alguna parte. Y no será una horrenda falda hasta el suelo. —Pero. Me encargo de todo. ¿Quieres matarme de un susto? Oye. —Vale. Tiene que haber sido duro para ella recordar a su hermano. —Perfecto —digo con paciencia. —Empiezo a extender los vestidos—. Tu guardarropa es un desastre. Dejo la bolsa de cosméticos junto a la puerta para tirarla más tarde y me preparo una taza de té. tienes razón —dice secamente—. Quizá no necesite la crema limpiadora de albaricoque. ¡Mi plan de acción ya está en marcha! ¡Si Josh viera ahora este baño se quedaría impresionado! Casi me dan ganas de sacarle una foto y mandársela con el móvil. ¿no? Media hora después. —¿Sadie? —No responde. pero todo esto me resulta fascinante. El siguiente punto de la lista es encontrar el libro de fotografías del que hablaba Josh. Cosa que a él le encantaría. —Le dedico una mirada comprensiva—. Encantada conmigo misma. pero no veo a Sadie por ningún lado. Quizá necesitaba pasar un rato a solas. paralizado por los recuerdos o los pensamientos. chica. las historias de Sadie siguen dándome vueltas. Cierro la puerta y examino todos los frascos de cremas y cosméticos. saliendo de su ensueño—. me da tal susto que estoy a punto de darme un coscorrón con la mesita de café. Nunca he tenido demasiada afición a los árboles genealógicos ni a la historia. El rostro de Sadie permanece inmóvil. Extiéndelos para que los vea bien. —Examina el montón de ropa que hay sobre la colcha—. me asomo a la puerta del dormitorio.

SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE afectado… Ella ni siquiera me oye. desafiante—. He encontrado todo lo que necesitamos. Tampoco puedo obligarla. . un parque y un colegio. además de varios collares de ámbar. —Recojo el bolso y compruebo que llevo las llaves—. ya ha desaparecido en el interior. —Ahí no. No hay nada aprovechable en tu guardarropa. no puedo evitarlo. Suena la campanilla de la puerta y una mujer de mediana edad me sonríe desde un mostrador minúsculo. con un estampado alucinante de círculos verdes. ¡Ven! ¡Rápido! Bueno. un local minúsculo con un rótulo de madera: «Moda y Accesorios de Época. —Alza la barbilla. —¡Aquí es! Hay dos o tres tiendas en ese tramo: un quiosco. ¡Hemos de salir! ¡Está en una tienda! —¿En una tienda? ¿Qué quieres decir? —No he tenido más remedio que salir. Por aquí no hay nada que se parezca ni remotamente a una tienda de ropa. y lleva un caftán que parece de los años setenta. Enséñamelo. Bienvenida. —Vale —cedo al fin—. Pero no: dobla la esquina y se mete por una serie de callejones que no conozco. es la primera vez. no quiere hablar. ¿Qué has elegido? —Me pongo de pie y voy hacia el dormitorio. muy convencida—. si no quiere hablar. un sombrerito con velo y prendedores por todas partes. ¡Vamos! ¡Coge el bolso! Me conmueve un poco. No me queda más remedio que seguirla. Tiene el pelo desaliñado y teñido de un rubio intenso. imaginarla flotando por H&M o un lugar parecido para buscarme un vestido. —¡No son birriosos! —Así que he ido a dar una vuelta.» En el escaparate hay un maniquí con un vestido largo de satén. ¡Vamos! Antes de que pueda protestar.98 - . Estoy a punto de decirle que se ha orientado mal cuando dobla otra esquina y me hace un gesto victorioso. con guantes hasta el codo. O finge no hacerlo. —Ésta es la mejor tienda de tu barrio —dice. —Genial. date prisa! Pasamos varias hileras de viviendas. Siempre que no cueste un riñón. ¿Ya habías venido por aquí? —No. A su lado hay una pila de sombrereras antiguas y un tocador con una amplia selección de cepillos para el pelo de esmalte. —¡Hola! —me saluda con una sonrisa amable—. ¿Has estado en el centro? —Te lo enseñaré. —Se me pone delante—. Creí que me llevaría a la estación de metro y me arrastraría hasta alguna boutique de Oxford Circus. Me llamo Norah. una lavandería y. Vamos. ¡y he encontrado un vestido que es un verdadero sueño! ¡Tienes que comprarlo! —¿En qué tienda? —Trato de imaginarme adonde puede haber ido—. —¡He encontrado un vestido para ti! —anuncia—. Nunca había visto unos vestidos tan birriosos. —¿Seguro que es por aquí? —¡Sí! ¡Vamos. al final.

varias botas de patinaje de cuero blanco. y una capa a juego. Nunca más permitiré que un fantasma me lleve de compras. Un vestido psicodélico rosa de los sesenta expuesto junto a una peluca «afro» típica de aquellos años. En la etiqueta pone: «Original de los años veinte. ¡Ven aquí! Me hace señas hacia un perchero del fondo. Y colecciones de abanicos. Ya te enseñaré a ponértelo como es debido. bolsos. gracias. pero aun así compruebo que aquí hay cosas increíbles. Y maquillaje adecuado. un vestido nupcial con encaje de color crema. mirándolo enternecida—. Me señala un vestido típico de los años veinte: un modelito de seda color bronce. cuarteadas y muy gastadas. así que empiezo a deambular por el local. —Sadie —susurro—. estuches de maquillaje… —¿Dónde te has metido? —La voz de Sadie me taladra el tímpano—. En una vitrina.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Te interesa alguna prenda o algún período en especial? —Eh… voy a echar un vistazo. La sigo no sin cierto recelo. No veo a Sadie. —Ya sé pintarme los labios. Una pieza muy singular. ¡Y no voy a probarme ese vestido! —He encontrado también unos zapatos a juego. —Señala una vieja caja de cartón en cuyo interior distingo un chisme metálico antiquísimo—. muchas gracias. Tendrás mucho mejor aspecto si haces un esfuerzo. En un maniquí de confección. con el talle bajo y las mangas cortas cubiertas de cuentas diminutas. —No tienes ni idea —me corta secamente—. ¡No puedo ponerme eso para una cita! ¡No seas absurda! —¡Claro que puedes! ¡Pruébatelo! —insiste. Un perchero lleno de corsés de ballena y enaguas. Debo encontrarte unas medias decentes… —¡Ya basta. Nunca me ha interesado la ropa de época.» —Yo tenía uno igual —me dice. ¿sabes?. —Revolotea entusiasmada hasta una estantería y señala unas zapatillas de baile también de color bronce—. Hay varias planchas en venta.99 - . Y también te ondularemos el pelo. confeccionado en París. ¡Debes de estar loca! No pienso comprar ninguno de estos… . —¡Sadie! —exclamo tras recuperar el habla—. con velo y todo.» —¿No es encantador? —Junta las manos y gira sobre sí misma. haciendo aspavientos con sus brazos blancos y esbeltos—. Es perfecto. —Mira a su alrededor—. todo esto es guay. No creerás… —¡Mira! —dice con aire triunfal—. incluso un ramito de flores secas. con ojos chispeantes—. Se vuelve hacia un mostrador de cristal y me muestra una caja de baquelita con una etiqueta que pone: «Estuche de maquillaje original de los años veinte. Sadie! —susurro—. Ése es el mejor pintalabios que se ha fabricado nunca. Mi amiga Bunty tenía uno muy parecido. sólo que el suyo era plateado. Pero yo sólo he quedado para tomar una copa. Pero yo te enseñaré. Por el amor de Dios. desde luego… —¡Qué dices! —Retrocedo horrorizada—. Tendrás que cortarte el pelo. no te digo que no.

¿no? ¿Un guardapelo tal vez? —Un anillo de colorete. Recién adquiridas en una subasta. Te dejo para que sigas mirando. dímelo. —Sí. gracias. Tenemos algunas piezas maravillosas. ¿Es que ya nadie entiende nada? —Me parece que es un anillo de colorete —digo como quien no quiere la cosa. con un tintineo de collares. —Sí.100 - . si no llevas el vestido que yo elija. Me has prometido que yo elegiría el vestido. me temo. Creo que había toda una técnica para usarlas. —Cierra los ojos. — Saca uno de los chismes metálicos y lo sopesa con una mano—. a punto de ponerse a chillar—. ¡Ropa de ahora. Antes de mi época. no esto! —Cojo el vestido y lo agito ante sus narices—. claro! —Norah parece impresionada—. Doy un respingo. —Sí —digo educadamente—. ¡Eres una experta! Quizá tú sepas cómo se usan esas viejas planchas para ondular el pelo. con expresión herida—. Estaba mirándolas. —Pero ¿por qué no? ¿Y si no te queda bien? —¡No me hace falta. Si quieres probarte algo. Qué cosita tan extraña. —Es fácil —me dice Sadie al oído—. —¿Va todo bien? —Norah aparece de pronto. Se oye la campanilla y entran dos chicas que se ponen a dar grititos mientras husmean por todas partes. —¡Ah. Yo te enseñaré. ¡Podría ser tuya igualmente! —Empieza a alzar la voz. —Norah me sonríe—. —¿Te interesan los años veinte? —Se acerca a la vitrina—. —Sadie pone los ojos en blanco—. ¡Venga! —¡Para ya! —murmuro cuando la mujer desaparece—. extasiada—. porque no pienso llevarlo! —Ya me he hartado—. entonces da lo mismo que sea mía la cita.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Todavía recuerdo ese olor delicioso típico de los preparativos de una fiesta. Gracias. —Disculpa. ¡Vuelve a la realidad! ¡Estamos en el siglo veintiuno! ¡No pienso usar un pintalabios del año de Maricastaña ni una plancha para el pelo a vapor! ¡No voy a ponerme un vestido de los alegres años veinte! ¡Olvídalo! Se queda demasiado estupefacta para responder. —Este sitio es una pasada —dice una de ellas. —No sé bien para qué servía esto… —Toma un potecito con pedrería montado en un anillo—. —¡Dile que vas a probarte el vestido de color bronce! —me azuza Sadie—. ¡Para eso me quedo en casa y dejo que salgas con él por tu cuenta! . ¡Es absurdo! ¡Es un disfraz! —Pero. —Pero lo has prometido —musita al fin. —¡Creí que hablabas de ropa normal! —replico exasperada—. ¡No quiero probármelo! Me mira con desconcierto. Olor a pintalabios y pelo chamuscado… —¿Chamuscado? ¡No vas a chamuscarme el pelo ni en broma! —¡No exageres! Sólo se nos chamuscaba a veces.

Y admitamos la realidad: Ed Harrison cree que soy una chiflada. Es que estaba… eh… hablando por el móvil. ¿Quieres probártelo? Es maravilloso. Echo la cabeza atrás para tratar de pensar. . entre sus gritos—. ¿Te has fijado en los botones de madreperla? Son exquisitos. ¡Mío! ¡Con mis propias reglas! ¡Es mi última oportunidad de divertirme con un hombre y tú quieres estropeármela poniéndote algún conjunto espantoso! —No pretendo eso… —¡Me prometiste hacer las cosas a mi manera! ¡Lo prometiste! —¡Deja de chillar! —Me aparto. —Se le dulcifica la expresión y señala el vestido de color bronce.101 - . Así pues. Me has convencido. ¡Por el amor de Dios! —¿Va todo bien por aquí? —Norah reaparece y me observa con suspicacia. —Eh… —¡Lo prometiste! —Sadie. —Escucha. apenas a cinco centímetros. que todavía tengo en las manos—. tapándome los oídos—. Me estallará la cabeza. Es su noche. me clava unos ojos feroces—. Sadie… —¡Es mío! ¡Y es mi cita! —se enfada—. —Ah. ¿por qué no hacerlo a su manera? —¡Está bien! —cedo. Confeccionado en París. —¡Sí! —Intento calmarme—. ¿Qué más da que me presente con un vestidito de los años veinte? Sadie tiene razón. No podré resistir sus chillidos toda la tarde. Voy a probármelo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Doy un suspiro. ¡Me lo prometiste! ¡Es mi cita! ¡Mía! ¡Mía! Es como una implacable alarma de bomberos.

Nadie a la vista. No vale la pena sugerir en lugar de eso un toquecito de brillo de labios Mac. deberíamos haberte comprado una preciosa boquilla… . examinándome de arriba abajo. Lleva un vestido dorado y guantes hasta el codo—. Esto es lo que pasa cuando le permites supervisar tu aspecto al fantasma de tu tía abuela. Seis largos collares de cuentas tintinean alrededor de mi cuello. En cuanto a mi maquillaje… ¿De veras creían en los años veinte que esto era un look guay? Tengo la cara cubierta de polvos claros. gracias a Dios. Obviamente. busco en el bolso el frasco de pringue rojo y me aplico aún más color en el exagerado arco de Cupido que llevo pintado. Llevo puesto el vestidito de la tienda. con un punto de colorete en cada mejilla. etc. Sólo necesitas un pitillo. Sadie se empeñó en aplicarle una extraña pomada que encontró también en la tienda de época. con fibras flexibles. Al bajar del taxi. aunque apenas he logrado subirme la cremallera. ¡Una pluma! Llevo el pelo modelado con ondas y rizos de aire anticuado. y ahora me noto el pelo duro como una piedra. ¿Dónde hay un estanco? Ay. Ha hecho que lo hirviera en un cazo y luego he tenido que untármelo. Está claro que en los años veinte no tenían mucho interés en las tetas. Una cinta negra con cuentas de azabache me ciñe la cabeza.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 10 Si me ve alguien. Impermeable. y de esa cinta sobresale una pluma. Y eso que tengo en casa un rímel de Lancôme nuevo. Me muero de verdad. Todavía no sé qué llevo exactamente en las pestañas: un pegajoso mejunje negro que Sadie llama Cosmetique. que se depilaban las cejas mutuamente y daban de vez en cuando un traguito a su petaca. me muero. —¡Estás divina! —dice Sadie abrazándose—. creen que voy a una fiesta de disfraces y que aspiro a ganar el premio al conjunto más osado. una tortura que ha durado dos interminables horas de plancha. Dos chicas que pasan por mi lado se dan codazos y me miran con sonrisa intrigada. Mis pies están embutidos en las zapatillas de baile. Estaba demasiado emocionada jugando con estos maquillajes prehistóricos. Al terminar. Los ojos perfilados con gruesos trazos negros. —Déjame verte —me dice en la acera. Pero a Sadie la tenía sin cuidado. Con un suspiro. —Se pone a mirar a ambos lados de la calle—. Tienes que repasarte los labios. echo una mirada rápida a ambos lados de la calle. contándome que ella y Bunty se arreglaban juntas cuando había una fiesta. Los párpados embadurnados con una pasta verde chillona que venía en el estuche de baquelita. En mi vida he tenido una pinta más ridícula.102 - .

Hay otra doble puerta a través de la cual veo el bar. Con la boca abierta y la cara pálida. pues. Si me ha dejado en la estacada. —¿Has visto? —clama Sadie. Y me encuentro en un bar minimalista lleno de gente guay con ropa discreta de Helmut Lang. Me lo has repetido toda la tarde. —Ah. —Me mira fijamente—. con un traje convencional.103 - . Al llegar a la puerta. Hipnotizado. advierto que ha desaparecido. —¿Qué tal estoy? —Se alisa el pelo y siento una punzada de compasión por ella. aunque apenas puedo moverme con mis zapatillas de época. . Así me sentiré como si realmente fuera yo la que habla con él. Mis collares tintinean a cada paso como un sonajero. —¡Qué ley más ridícula! ¿Y si quieres montar una fiesta de fumadores? —¡No montamos fiestas de fumadores! ¡Fumar provoca cáncer! ¡Es perjudicial! Sadie chasquea la lengua. ya lo creo. di lo que yo te diga. Y además. Camino hacia el cartel del Crowe Bar. Empujo las pesadas puertas de vidrio esmerilado y entro en un vestíbulo muy chic con paneles de ante y una tenue iluminación. Aún tenía la esperanza de que me diera plantón. Antes de entrar. Se ha quedado hipnotizado sólo de verte. pensaría que eres una bomba. Haz lo que yo te diga. No puede ser muy divertido acudir a una cita siendo invisible. bebiendo lo que tiene toda la pinta de ser un gin-tonic. —Quiero decir que seas… yo. Es la ley. la asesino… —¡Ya ha llegado! —Reaparece de golpe. echa una ojeada distraída y vuelve a mirarme. vamos. —¿Qué quieres decir? —Que eres muy sexy. Al cruzarla. Prometido. Por algún motivo. Parezco una ilustración de los años veinte. Es lo que decimos ahora. triunfal—. Está de muerte. —¡Fantástica! —la tranquilizo—. La pluma se balancea sobre mi tocado. Levanta la vista. está prohibido fumar en lugares públicos. aquí me siento mil veces más ridícula que en casa. Una bomba sexual. Muy guapa. sentado a diez metros. —Mira nerviosamente la puerta y luego a mí—. Tú me apuntas el texto y yo lo recito. ¿Dónde se ha metido? —¿Sadie? —Escudriño toda la calle. —Está bien.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Yo no fumo —la interrumpo—. Avanzo envarada y muerta de timidez hasta que de pronto veo a Ed. recuérdalo: ésta es mi cita. Si él pudiera verte. me veo reflejada en un espejo tintado y noto un espasmo de consternación. ¿Entiendes? —¡No te preocupes! Lo he captado. —Ya —le digo con paciencia—. más ansiosa que antes—. —Vamos. Se me encoge el corazón. muy bien.

sarcástica. Este bar no es de ese estilo. amiguito. —Ed apenas puede hablar del sofoco—. ¡Adoro las varillas de cóctel! —¿Una cucharilla de cóctel? —Ed frunce el entrecejo—. como abriéndose paso por un cenagal tóxico. —¿No ha llegado la banda? ¿Cuándo empieza el baile? —No hay ninguna banda —cuchicheo—. querido!» —¡Para sacar las burbujas. querido! —Suelto mi risita de nuevo y por si acaso le doy otro meneo a los collares. Ed pone cara de tierra-trágame. sin advertir nuestra incomodidad—. Me he hecho daño. Camina hacia él moviendo los hombros y dile: «Hola. sin encontrar las palabras. —Hola —responde débilmente—. —¿Que no hay baile? —replica ansiosa—. —¡Sonríele! —me grita Sadie al oído—. ¡Y sonríe! ¡No te has reído ni una vez! —¿Qué tal una cucharilla de cóctel? —Suelto una aguda risita—. —¡Di algo! —Sadie da saltitos excitada. —Siéntate así —me ordena Sadie. Yo sólo interpreto un papel. sacudiendo los collares con tanto brío que me doy con las cuentas en un ojo. ¿Para qué? ¿Quién coño sabe para qué? Le echo una mirada a Sadie. señalándole al barman. ¡Abre más los ojos! Luego mira alrededor. Pregúntaselo a ése —digo. Estás… —Mueve las manos impotente. papaíto. Veo a los camareros dándose codazos mientras paso por delante de la barra y oigo en una mesa vecina una risa ahogada. Ed aparece justo entonces con una copa de champán y otro gin-tonic. adoptando una pose afectada. muy lentamente. amiguito. se pone de pie y se acerca. con las manos en una rodilla. . No hay baile. El bar entero nos observa. ¿Te apetece… tomar algo? ¿Una copa de champán? —Pide una cucharilla de cóctel —me apunta Sadie—. examinando a la gente que hay en las mesas y la barra. Yo traeré las bebidas. —Tú también estás hecho un galán. Los murmullos se han reanudado y se oye una suave melodía de fondo.» ¿Papaíto? Esta cita no es mía.104 - . —¿Por qué no te sientas? —musita con voz estrangulada—. papaíto! —digo en tono jovial.» Y juguetea con el collar. —¡Hola.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Lenta. me recuerdo febrilmente. Di: «Tú también estás hecho un galán. Me acerco a su mesa y cojo por el respaldo una silla tapizada de ante. Genial. —Bueno. No me extraña. —Di: «¡Para sacar las burbujas. —Lo miro con un rictus forzado. La imito lo mejor que puedo—. Ay. ¡Pero si hay que bailar! ¡Es lo más importante! ¿No tienen música más movida? ¿Algo más animado? —No lo sé. Todas las conversaciones se han interrumpido.

—Ah. Veo a Sadie a mi lado. y se le adivina un torso más firme bajo la camisa de marca. Ve y dile que cambie la música. Mientras me devano los sesos buscando algo que decir. Ed! —Hago un esfuerzo heroico y le sonrío—. . y luego tomar una embarcación hasta Greenwich… —Quizá. enfurruñada y de brazos cruzados. me tiende la copa y levanta su vaso. Una chaqueta gris marengo muy chula. a Covent Garden. pues deberías! Deberías ir al London Eye. ¿Qué desastre va a provocar ahora? —Hummm… ¿este sitio te quedaba muy lejos? La voz de Ed me arranca de mi estupor. Es lo más patético que he oído en mi vida. pero se lo ve tan serio como si estuviera en una reunión en la que todo el mundo va a ser despedido. —Salud. Por tu acento deduzco que eres estadounidense. lo repaso de arriba abajo. —Exacto. —Asiente. Vivo en Kilburn. la misma V en el entrecejo que me llamó la atención en las oficinas… Por el amor de Dios. Al menos podría simular que se lo está pasando bien. ¿no? —No. Y Sadie no está aquí para apuntarme. Dios. Se sienta al otro lado de la mesa. En Kilburn. Fantástico. remuevo el champán con una varilla de plástico y doy un sorbo. buscando la aprobación de Sadie. —No serás de Sturgis Curtis. —Me dirige una tensa sonrisa y echa un trago—.105 - . —Y tú. Ay. Voy a tener que darle conversación. —¿Te gusta Londres? —No he visto gran cosa. ¿Está chalada? Le lanzo con disimulo una mirada asesina y me vuelvo hacia Ed con una sonrisa. ¿Cómo puedes instalarte en una ciudad y no molestarte en conocerla? Ya sabía yo que no me gustaba este tipo. como si le hubiese dicho algo muy profundo. L&N Selección de Ejecutivos. Estoy muy ocupado con mi trabajo. —¡Bueno. —El barman es muy testarudo —masculla—. lo reconozco. ¿a qué te dedicas? —Parece que ha comprendido por fin que debe participar en la conversación. Lara. La busco disimuladamente con el rabillo del ojo y la veo detrás de la barra. —¿Cuánto llevas aquí? —Cinco meses. tengo mi propia empresa. —Asiente varias veces.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Juraría que triple. pero ha desaparecido. no tanto. Una sombra de barba. Acaba de hacerme una pregunta. —¡Ah. Levanto la vista. —¡Chin chin! —Le dedico una sonrisa deslumbrante. es sábado y tiene una cita. —Eh… no. Siento una oleada de irritación. gritándole al oído al barman. —Soy cazatalentos. Se pone en guardia en el acto. Es más alto de lo que recordaba. pero no añade nada más.

—Aunque el año que viene sí. . Y ahora. inunda el local. ya me entiendes. Para hacerlo como es debido. lo introduce en el aparato y. Bueno. pero no sirve de nada. Para que pudiera bailar con Ed. —¡Hala! —No puedo disimularlo: estoy impresionada. estilo Cole Porter. —Ah —murmura. Se celebra siempre en un gran hotel de Londres y es un verdadero despliegue de glamur—. para eso hemos venido. Me atosigan todos los días. Tiene toda la pinta de una persona que no quiere vomitar. ¡Dios mío! Este tipo debe de ser importante de verdad. Es obvio que mi cháchara no le interesa. —Se estremece—. ¡Sácala a bailar! ¡Vamos. ¿Piensas ir? —He de hablar en la ceremonia. ¿Qué se propone esta demente? El barman acaba rindiéndose. No la escuches. ¿Te gustaría… bailar? Si lo rechazo. —Pone tal expresión de horror que me entran ganas de reírme—. Son mesas para doce personas y cuestan cinco mil libras. que de veras no quiere. Sé fuerte. es lo que ella quería. «Resiste —le digo mentalmente—. Ya nos habremos expandido para entonces… —Decido callarme. lo sé. Incluso me han invitado a su mesa en la cena de Business People. son buenos. pero no tiene otro remedio que hacerlo. —¿Y tú? ¿Vas a ir? —Eh… este año no —digo. en unos instantes. Nunca he asistido a la cena de Business People. —Vale. bajando la cabeza. seguramente debatiéndose entre sus propios deseos y los chillidos con que Sadie le taladra el tímpano. claro. Espero no haberte ofendido. intento echarle una mirada significativa a Sadie.106 - . Probablemente reservaremos dos mesas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ah. en la cara del pobre hombre se va dibujando una expresión confusa. una música chirriante y anticuada. —Se aclara la garganta y se pasa las manos por la cara—. A medida que Sadie le aúlla al oído. y en L&N Selección de Ejecutivos somos sólo dos y debemos de tener esas cinco mil libras… en números rojos.» Le estoy enviando mi señal telepática más intensa. pero he visto reportajes en la revista. pero ha vuelto a desaparecer. Saca un disco. Mientras remuevo el champán otra vez. dando a entender que es sólo algo circunstancial—. —¡Al fin! Sabía que ese hombre tendría por ahí algo adecuado. Sadie se desliza por detrás de Ed con una sonrisa satisfecha. seguro —me apresuro a añadir—. —¿Qué tiene de malo Sturgis Curtis? —Son unos buitres del demonio. bien. —Lara. Me vuelvo hacia el barman y lo veo junto al reproductor de CD. No tenía ni idea. No sé por qué me esfuerzo en impresionar a este tipo. ¿Quiero tal puesto? ¿Me interesa tal trabajo? Utilizan un montón de trucos para saltarse a mi secretaria… O sea. caigo en la cuenta de que la música ha parado. Dios. Mi empresa no ha podido reservar mesa este año. ¡sácala a bailar! —le ordena a Ed—. Sadie se ensañará conmigo. vamos! Oh.

Se da media vuelta y nos miramos a los ojos. ¡Eso no es bailar! ¿Qué espera. tratando de seguir la música. Creo que es la experiencia más atroz de mi vida. ¡Más! —Excelente idea —dice Ed en el acto. Pero ¿tiene que hacerlo en mi presencia? —¡Sadie! —la advierto cuando sus manos descienden un poco más. —¡Baila bien! —Sadie me observa con horror—. me imagino. como un torbellino de impaciencia—. —He dicho… que paremos. agitando manos. ambos paralizados por la enormidad de lo que vamos a hacer. rodillas y codos. No sólo no estamos en una pista de baile. —¿No es maravilloso? Le pasa las manos por el pecho. mientras pasa entre los dos con una bandeja de aperitivos chinos. Todo el mundo se vuelve para mirarnos. Tiene una expresión beatífica y la oigo tararear la melodía. Ed tiene la vista perdida. que está tratando de mordisquearle la oreja. —Perdona. No tiene ritmo ni nada. Lleva pantalones beige y una blusa blanca. Parece tan desdichado que me pongo a imitar sus movimientos. ¡Bailad juntos! ¡Bailad! Con una expresión desesperada. Ya. me pongo de pie y sigo a Ed hasta un trecho minúsculo de espacio libre junto a la barra.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Sin creer lo que estoy haciendo. Éste no es un sitio para bailar. Ed me presta atención. se aproxima contoneándose a Ed y le pone una mano en cada hombro. ¿qué decías? —Con visible esfuerzo. años veinte. que no puede. De ninguna manera. —Disculpen —dice un camarero. Mientras la contemplo. Todavía sigue moviéndose a izquierda y derecha. Sadie retrocede. —¿Ed? ¿Ed Harrison? —Una mujer rubia se interpone en nuestro camino. O sea. En mi vida he visto un modo de bailar menos convincente. —Procuro no mirar a Sadie. —¡No! —protesta ella—. como si la hubiera pillado in fraganti. rodeándole la cintura y rozándole la espalda. Aquí nadie baila. dejo la copa. Ni es cosa tuya. No estamos en una pista. como si estuviera sufriendo una experiencia extracorpórea. Al menos. —Pero ¿es que puedes sentirlo? —murmuro incrédula. Cualquier cosa le vale. Es imposible que bailemos esto. Mi vestido se agita grotescamente y mis collares tintinean a locas. ignorando que una chica de los años veinte está pasándole las manos vorazmente por todo el cuerpo. No es un club. Luego le acaricia una mejilla con adoración. —Ésa no es la cuestión —replica—. y tiene una expresión . sólo para que se sienta mejor. Ed empieza a moverse torpemente a izquierda y derecha. —¡Bailad! —Sadie revolotea alrededor de nosotros. es un bar. y se dirige hacia la mesa. alguien se divierte.107 - . La chirriante música de jazz sigue sonando en los altavoces y un tipo canturrea sobre su increíble felicidad. sino que ésta es una zona de paso y estorbamos a todo el mundo. que nos marquemos un vals? —¡Parece que os estéis moviendo por un barrizal! ¡Así es como se baila! Se arranca a bailar en plan charlestón.

—Me quito un zapato y me masajeo los dedos doloridos—. Sobre todo. hay una mesa con varios ejecutivos trajeados que nos escrutan con avidez—. Parecías querer montártelo en medio del bar. ¡Parecía que querías echarle un polvo ahí en medio! —¿Echarle un polvo? —repite—. Lara. En el baño. . —¡No lo dudo! Le devuelvo la sonrisa. ¡Ya me parecía que eras tú! ¿Estabas… bailando? Ed repasa las caras de la mesa y salta a la vista que su pesadilla acaba de quintuplicarse. sino de pillar la onda. —Un vestido adorable —comenta ella. —Es una pieza original. ¿conoces a Genevieve Bailey. Detrás de ella. —Lo ha entendido—. desconcertada—. No estoy segura de que me apetezca hablar del tema con mi tía abuela. ¿Darle de comer al ganso? ¿Y tiene el valor de decirme que «echar un polvo» es raro? —Bueno. Casi lo compadezco. Vuelvo en un minuto. —Me encojo de hombros. echándome una ojeada condescendiente—. —Pero ese colorete no se va.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE de incrédulo regocijo. humedezco un pañuelo de papel y me froto la cara frenéticamente. ya. Lara. Es indeleble. —Enseguida parece volver en sí—. Veo que te va el look de los veinte. ¿Qué significa? —Pues… es como cuando alguien se queda a dormir en tu casa. —Ya. y tú estás pasada de vueltas —replico. —En ninguna parte. —¿Qué haces? —Sadie aparece a mi espalda—. de DFT? Genevieve. Lo último que quiero es dejarme ver como parte de una colección de «muñequitas» de época del Daily Mail. Nosotros también… —O darle de comer al ganso. —Voy a repasarme el maquillaje —digo con una sonrisa forzada—. Sadie suelta una risita y se arregla la cinta de la cabeza al tiempo que se mira en el espejo. como si tampoco él pudiera creérselo—. Bill. Y el pintalabios también. Dura días. —Pues bailas fatal. —Eh… sí. ¿Indeleble? —¿Dónde aprendiste a bailar? —Se coloca ante mí. Mike. como quieras. picada—. ¡Vas a arruinar el maquillaje! —Sólo intento rebajar un poco el color—replico sin dejar de frotarme. Bailando. ¿Qué tal. pero me ha tocado en lo más vivo. —Me siento incómoda. No se trata de aprender. —Debes reconocer que es guapo. —Ah. en efecto —musita. Sarah…? —saluda a los de la mesa.108 - . Pero sin pijama. —Bueno —digo. delante de una colección de ejecutivos de alto nivel. ¿A eso lo llamas «echar un polvo»? —A veces. —¡Qué expresión tan rara! Nosotros lo llamábamos sexo. Pero no hay manera de que salga nada. —¿Qué? —se impacienta—. ¿Qué quieres decir? —Bueno… ya me entiendes.

—¡Ya lo creo que la tiene! ¿Cómo va a saberlo ella? ¡Soy yo la que ha tenido que darle conversación. señor. que está elegantemente apoyada en una silla. pero Genevieve no hace caso. Me mira a los ojos y le sonrío sin poder evitarlo. Debe de estar hecha de un material muy duro. —¿Adivinas lo estúpida que me siento? —Me froto otra vez las mejillas —. tiene razón. Ésta es la noche de Sadie. Intenta quitarla de en medio a codazos y le grita «¡Largo de aquí!». —¡Sí! Habrías sido una diosa de la gran pantalla. Soy una idiota. De hecho. Como londinense que soy. tratando de imaginarme en blanco y negro. veo que Ed continúa charlando con Genevieve. Sadie también los ha visto. todas las chicas se morían por tener unos labios así. ¿No te parece que se ha ser muy estrecho de miras? ¿Qué clase de persona no mostraría interés en una de las ciudades más importantes del mundo? — Me indigno—. Si pudiese verme y bailar conmigo… Veo un brillo tan esperanzado en su rostro que mi indignación se evapora. —Vuelvo a ponerme el zapato con una mueca—. A ti sólo te importa tu cita.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —En apariencia. ¡Pareces una heroína de película! Me echo otro vistazo de mala gana. —¿Crees que yo le gustaría? —Ahora sí abre los ojos—. No. —Qué pinta más ridícula —resoplo. vale —digo. cosa que me inspira cierta simpatía hacia él. En mi época. —¡Se lo ruego. Ni me escucha. Pero compruebo a simple vista que Ed ni siquiera se ha dado cuenta. Cuando volvemos al bar. Levanto la vista para ver qué piensa. Me lo arreglo un poco y examino mi reflejo. Ésta ha sido la cita más estúpida y estrafalaria de mi vida. Podrías haber hecho películas. Podría dar el pego. Le encantarías. —Claro —digo—. —Estás divina. en una pose «informal» pensada sin duda para exhibir su esbelta figura. boba.109 - . Lleva meses en Londres y ni siquiera se ha molestado en darse una vuelta. —Sí. pero su buen humor resulta contagioso. No se merece vivir aquí. Pero no tiene personalidad. me lo he tomado de un modo personal. joder! —Qué va. Eres la chica más mona del local. atada a la vía de un tren mientras suena un piano amenazador. —Lara —me dice con una sonrisa falsa—. malhumorada. —Mírate. quizá —admito de mala gana—. Aparte de mí — añade tan fresca. —Yo también lo creo. observándome en el espejo—: tienes labios de estrella de cine. adoptando una pose desamparada y pestañeando ante el espejo. perdóneme la vida! —declamo. Perdona. ¿Qué más da cómo sea el tipo? No tiene nada que ver conmigo. poniendo los ojos en blanco. pero Sadie está tarareando con los ojos cerrados. ¡No pretendía interrumpir tu velada íntima con Ed! . Tienes el tocado torcido. —Te diré una cosa —murmura. claro.

no… —No soy su novia —me apresuro a confirmar—. —Voy a traerte otra copa. Busco el monedero en el bolso mientras Sadie permanece en silencio. Me dijiste que querías una cita. ya voy yo —respondo con otra sonrisa radiante. no hace mucho. Pero. —Genevieve se ha quedado pasmada. ¿no? —digo para echarle una mano. y al volverme veo que se acerca hecha un basilisco—. Lara. —¡Y entonces vi el sujetador de mi biquini! —estalla con su gorjeo estridente—. Tiene otra vez esa mirada vidriosa. —Probablemente no volveremos a vernos. —¿Qué quieres decir? —chilla Sadie. ¡En el mar! ¡Nunca he pasado un bochorno igual! . Me doy la vuelta y la veo pegada a Ed otra vez. por favor —le digo al camarero. —¡Bueno! —Genevieve se ríe con esa clase de gorjeo estridente que se te escapa cuando estás mosqueada—. Punto y final.110 - . ¡He cumplido mi parte del trato! —¡No. Seguro que no. O sea. —No. gesticulando con su elegante manga de seda. se ha ido.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Tranquila. ni hablar! ¡Ni siquiera has bailado con él como es debido! ¡Te has limitado a arrastrarte de aquí para allá de un modo penoso! —Mala suerte. ¡Nada de coincidencias! ¡Es una cita! ¡Me hiciste una promesa! ¡Qué cara más dura! ¿No podría decir: «Gracias por disfrazarte y ponerte en ridículo»? —¡He mantenido mi promesa! —mascullo entre dientes mientras voy hacia la barra—. me parece que estamos en sintonía por primera vez. Se lo ve tan incómodo que me entran ganas de reírme. Genevieve está contándole una anécdota de un viaje a Antigua y ni siquiera parece haber advertido su expresión ausente. Por Dios. Ed! ¡No sabía que tuvieras novia! Él y yo nos miramos una fracción de segundo. —Ya veo. Ed me dedica la sonrisa más cálida de la noche. Ya te la he conseguido. Le está chillando al oído. aliviado. —Le devuelvo la sonrisa postiza. —Saco el móvil y simulo contestar a una llamada—. ¿qué demonios hace? Pago las copas y me apresuro a volver. ¡Eres una caja de sorpresas. lo cual seguramente augura un numerito de alma en pena. —No es mi novia —dice—. Una copa de champán y un gin-tonic. Los dos asentimos. totalmente de acuerdo. cuando levanto la vista. De hecho. Sólo somos… Es una simple coincidencia… —Sólo estábamos tomando una copa —aclara Ed. En la oficina —asiente. —No. —Sí. No hay nada como saber que sólo estarás diez minutos más con alguien que no te apetece para que te inspire una generosidad repentina. —Probablemente —asevera él—. Ed parece ido. O quizá cree que lo tiene extasiado. Veo que la idea le hace tanta ilusión como a mí. —Fue en la oficina. —¿Y cómo os conocisteis? Le echo una mirada a Ed. —¿Os conocéis desde hace mucho? —pregunta.

—Ed me mira con un esfuerzo brutal y con la frente más arrugada que nunca—. hacer contactos… Es una oportunidad única. La muy descarada. por mucho que Sadie insista… —Lara. Gracias. Resulta que sí. Ni en un millón de años. vamos. Planes para cenar. estupefacta. Ed mira por fin mi copa vacía y me dice: —No quisiera entretenerte. —Hago la pantomima de mirar el reloj—. —Entonces… sí sois pareja —dice. —¡No! —respondemos al unísono. «No quisiera entretenerte…» Menos mal que no me va este tipo. Hablamos como si estuviéramos leyendo un guión.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Toma. —Bebo un sorbito de champán y le echo un vistazo a Ed. —Magnífico. Ha sido… divertido. sabe que no puedo rechazar una invitación a esa cena. O sea… nunca. Seguro que tiene en su agenda un montón de citas de mucha más categoría. yo también tengo planes. Ni hablar. No puede ser. no sé qué demonios será. —Sí —respondo rígidamente—. —Pues sí —me apresuro a responder—. ¿Son imaginaciones mías o parece un poquito molesto? Aguanto otros veinte minutos escuchando a Genevieve. Si eso no es una manera cifrada de decir: «No te aguanto ni un minuto más». —¡Hazlo! —Sadie se abalanza sobre él y le chilla al oído—: ¡Pídeselo! ¡¡¡Ahora!!! ¿Pedirme? ¿El qué? Espero que no sea otra cita. tendiéndole el gin-tonic. Ni hablar. Tú decides. Miro a Sadie con ojos desorbitados. No puedo decir que no. Ed. Con toda libertad. Perfecto. Ni siquiera había reparado en que escuchaba nuestra conversación. Me encantaría. —No tienes que aceptar por mí —se ufana—. Ya lo creo. ¡Cielos. Podré charlar con mucha gente. Es una velada importantísima a la que asisten grandes personajes del mundo de los negocios. que no cesa de alardear de todos los viajes que ha hecho en su vida. . ¿Te gustaría acompañarme a la cena de Business People? No. —Ni hablar —añado para recalcarlo—. Ella me observa con los brazos cruzados y expresión triunfal. —Seguro que tienes planes para cenar —añade educadamente. Genevieve nos mira a uno y otro. —Parece que vuelve en sí. Gracias. Quizá deberíamos… Ha hecho planes para cenar. Te enviaré los detalles. —Ah. — Resisto la tentación de añadir: «En Lyle Place.» —Bueno.111 - . Mis amigos me estarán esperando. Ajá. Claro. con champagne gran reserva. Eres muy amable. Ed —digo. Es más lista de lo que creía. Pues claro. es tardísimo! He de irme ya mismo. —Sí.

buscando una ruta de huida. aunque no sé por qué. ¡Deberías haberle propuesto ir a un club! —He hecho planes para cenar. pero… —Me siento un poco indignada. lo hago en cinco minutos… —Otro silencio. —Ya. Es muy probable que me vea. A estas alturas de la noche. Entro en un Pret A Manger y examino las hileras de sándwiches. Pete. Tendría que haber hecho de verdad planes para cenar. Recorro con la mirada las colas que hay frente al mostrador y me detengo en un abrigo de aspecto caro. es él. —Qué bien. nos despedimos de la gente de la mesa con un gesto general y salimos del bar. Le enviaré un correo más tarde. ¿Va a hablar de mí? —Acabo de perder un buen rato de mi vida con la mujer más odiosa del mundo. Menudo fiasco. ¿Cómo te va? Sadie y yo nos miramos. pero se arrepiente y me tiende la mano —. ¡Ha mentido! —Tú también. me ha invitado delante de un montón de gente y no puede echarse atrás. Tendré que esperar hasta que se haya ido. Gracias otra vez. Pero aquí hay espejos enormes por todas partes. no hay duda. estoy muerta de hambre y empiezo a compadecerme un poco. —Escucha un momento y luego añade—: No es ninguna molestia. Me decido por una empanada de pollo. por allá —respondo—. al volver a hablar suena algo cansado—. Echo un vistazo alrededor. Es fantástico. —Dile que leí la carta del abogado. ¿Ed? Retrocedo instintivamente para ocultarme detrás de un expositor de patatas dietéticas. ya sabes. ¡Ha sido estupendo! Te llamaré para lo de la cena. Y hoy he pasado una velada más bien rara. —Bueno… —titubea—. —Bueno… Yo me voy por allí —añade. ¿recuerdas? Y él también. Su expresión es tan transparente que casi resulta conmovedor. Sí. esta vez más largo—. Me doy media vuelta y oteo la calle. . —¿Por qué te vas a casa tan temprano? —protesta Sadie—. ni rastro de Ed. alucinadas. Estoy a punto de coger también un zumo de frutas cuando oigo una voz familiar entre el murmullo de la clientela. No creo que tengan argumentos suficientes. Vamos a tirar la casa por la ventana.112 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Nos ponemos de pie. Es… —Suspira. Debe de haber salido corriendo tan rápido como yo. ¿Cómo está mamá? —Es su voz. Tenía tantas ganas de perderlo de vista que voy en una dirección equivocada. Comprando un sándwich y hablando por el móvil. —Me paro en seco. Ya se está preguntando por qué demonios se habrá metido en semejante berenjenal. —Pete. por Dios. Qué tal. ¿Éstos eran sus planes para cenar? —No tenía ningún plan —murmuro—. un zumo y un brownie de chocolate. Bueno. claro. Me lo estoy pasando bien. tío. Adiós. es lo que es. Pero. —Yo. Aprieto con fuerza la botella de zumo. Gracias por… —Hace ademán de inclinarse para darme un beso en la mejilla. —Me vuelvo y echo a caminar calle abajo.

recuérdame…» No. Le doy el dinero. Me temo que dice la verdad. Él sigue imperturbable. Ya sabía que no me gustaba este tipo. Mis amigos me han llamado para anularlo. Ni siquiera parpadea. Genevieve Bailey. Para compensar todas las veces que no he colaborado. con una empanada y un zumo en la mano—. Salgo mañana a primera hora para Ámsterdam. Josh nunca me habría hecho sentir así. ¿Por qué tengo que sentirme incómoda. Ha sido… —titubea— una situación extraña. —Hasta luego. hola. decido tener un gesto. preciosa. va a pasar por mi lado. —Ah —musito. y cierra el móvil—. al fin y al cabo? ¿Por qué no se siente incómodo él? ¿Acaso no lo he pillado también? —Pensaba que tenías planes —le digo arqueando las cejas—. Qué tal. —Buenas noches. Aún estoy dándole vueltas a la frase ingeniosa y cortante que debería haberle soltado a Ed. Y de golpe advierto que acaba de pagar y sale del local con una bolsa. no era una cita. mejor: «La . Estoy tan ocupada tratando de fundirme con el expositor de patatas dietéticas que he dejado de observarlo. Aquí las empanadas son buenísimas… Hago un esfuerzo para dejar de farfullar. Parece sorprendido.113 - . —Intento aparentar indiferencia. luego me hace un gesto educado. tío —dice. Comprar algo de comida y terminar un trabajo. pero no avergonzado. —Carraspeo—. cojo las cinco revistas y me acerco a la caja. Bueno… Hay una pausa incómoda. Es que… mis planes para cenar se han torcido. pero… —Quizá la conozcas. como si fuera de lo más normal que me sorprenda agazapada aquí. Sale de Pret A Manger y lo observo alejarse. Voy a dar una conferencia. En el último momento. sí. Va sin afeitar y lleva una gorra de lana y la identificación oficial de vendedor de La Farola. —Gracias. De la DFT. voy vestida de un modo algo peculiar. echa un vistazo a la derecha y tropieza con mi mirada. por favor… Maldición. —Me quedo cinco —digo. —Éste era mi plan. Ay. Dios. no. No.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¡¿Qué?! ¡Yo no soy odiosa! Vale. Una voz interrumpe mis pensamientos: —¿La Farola? Miro al hombre flacucho que tengo delante. Maldita sea. así que he entrado a comprar algo. Qué curioso… eh… verte por aquí. Tendría que haberle dicho con una risa jovial: «La próxima vez que hagas planes para cenar. Como si captase mis pensamientos. —Ya —digo—. Bonito vestido. —El hombre señala mi conjunto de época—. apenas a unos centímetros… No mires. —Ah. con la sensación de haber quedado fatal. ¿Qué ha pasado? ¿También te los han anulado? ¿O es una cena tan sofisticada que te da miedo acabar con hambre? —Echo un vistazo a su bolsa con una sonrisita y aguardo a que se sonroje.

Hay un auténtico éxodo de clientes hacia la calle. sale a la calle con cara de susto y se suma a la multitud. No pienso reconocerlo ante ella. Sadie lo mira con los brazos cruzados. al cabo de un momento. Sadie asimila la información. señor. —Eres una tía enrollada. Sadie —le digo con los labios. aguardando su turno. así que tardo un rato en pagar y pierdo de vista a Sadie. ¿Por qué malgasto mis neuronas con él? ¿Qué más da lo que piense? —Es una revista que venden por la calle —le digo—. Ahora los transeúntes. —¿Siguiente? La cajera se dirige a mí y me acerco al mostrador. —Pero ¿qué…? —Joder. No puedo creerlo. Sé que no querías ponerte el vestido esta noche. Por mí —dice sin mirarme—. sacando la cartera. ¿qué pasa? De repente todas las cajeras se ponen a soltar exclamaciones de asombro. Valoramos el trabajo que hace. Miro al hombre a través de la puerta de cristal. Parpadeo varias veces. Has tenido un gesto muy bonito — añado. La tarjeta de crédito está en el fondo del bolso.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE verdad. —Después de la guerra había mucha gente viviendo en la calle —dice —. Sadie flota junto a él. Los miramos un momento y luego caminamos calle abajo. y le habla al oído. —Una chica de uniforme se lleva al de La Farola fuera del local—.114 - . Sólo ha quedado un cliente dentro. Me vuelvo y descubro el motivo. irritada conmigo misma. con un silencio apacible entre ambas. se unen al corro y el hombre parece abrumado. Todos se agolpan en la acera en torno al vendedor de La Farola. satisfecha. Enseguida aparece a mi lado. —Significa que… eres fantástica. señalando a la gente apiñada alrededor del tipo de La Farola. —Me encojo de hombros y le doy un mordisco a la empanada de pollo—. se pone a ofrecer la revista a los transeúntes. —¿Por qué? —Has tenido un gesto muy bonito también. el tipo deja la caja de sushi que sostenía. Al cabo de un momento. cuando hablabas de cenar…» —¿Qué es La Farola? —Sadie me saca de mi ensimismamiento. perpleja. Pero la verdad es que todo este rollo de los años veinte casi empieza a gustarme. —¿Que soy qué? Cojo el bolso y echo a andar. . Me echa un vistazo. otros le tienden el dinero. Ed. Los beneficios se destinan a la gente sin hogar. Tampoco ha sido para tanto. —De nada. pero son normas de la casa. porque entonces no parará de pavonearse y se pondrá insoportable. Daba la impresión de que el país nunca volvería a recuperarse… —Lo siento. Algunos ya tienen varios ejemplares en las manos. Todos pasan de largo. Así que gracias. pero aquí no se puede vender. con aire reconcentrado. curiosos. pero te lo has puesto. Parece resignado a que lo echen y. yo le sonrío. Es una buena causa. —Tú también lo eres —dice ella al cabo.

115 - . .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Casi.

—¿Te paso la llamada? —Kate está al borde del soponcio. ¿Por qué se empeña en investigar? ¿No dicen que la policía sólo se dedica a poner multas de tráfico y pasa olímpicamente de los asesinatos? ¿Por qué no pasan también de este caso? Kate me mira con unos ojos como platos. —Lara. gracias. ¿Qué pasa? —¡La policía! —dice tapando el auricular—. Maldición. soy la detective Davies. ¿Está libre ahora mismo? Ay. Incluso esa segunda cita con Ed será algo positivo. ¿por qué no? —Finjo seguridad. Conoceré una cohorte de profesionales de alto nivel y podré repartir mi tarjeta e impresionar a la gente. estoy libre —digo con voz chillona—. No hay por qué preocuparse. Quieren venir a verte. Los tengo al teléfono. Dios. —¿Nos hemos metido en un lío? —Descuida —la tranquilizo—. mientras ella tomaba notas con aire impasible. —¡Kate! —digo nada más entrar en el despacho el lunes por la mañana—. quizá haya ido allí. Necesito mis tarjetas. vale. Tenía la esperanza de que se olvidasen de mí. tendría que comprarme uno de esos tarjeteros… Y pásame los números atrasados de Busin… —Ella tiene el teléfono en una mano y con la otra me hace aspavientos alarmados—. ¡Me encantará! Nos vemos aquí. En cuanto oigo su voz me veo a mí misma en aquel cuartito. Muy bien. Miro alrededor para ver si Sadie anda por aquí. —Sí. Cuelgo. Natalie siempre andaba diciendo que tenía que «destacar por ahí» y mantener un «perfil alto». —Hola. —Ah. Y de eso se trata en este caso. pues ahora la que va a destacar soy yo. —Sí.116 - . ¿Qué tal? —Bien. Durante el desayuno me habló de una tienda de objetos de época que hay en Chelsea.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 11 ¡Las cosas van mejorando! Es una corazonada. ¿Hablar con una poli? No me apetece nada. como si la cosa no fuera conmigo y estuviera acostumbrada a tratar todos los días con la policía. Siento como si un trozo de hielo me bajara hasta el estómago. Es sólo . como decía tío Bill. Lara Lington al aparato. Estoy por la zona y me gustaría pasarme por su oficina para hablar un momento. ¿En qué estaría yo pensando? —Hola. Las ocasiones hay que pillarlas al vuelo. pero no. sofocada. diciéndole que me estoy entrenando para las Olimpiadas en la modalidad de marcha atlética. —Amable pero enérgica—. Asistir a la cena de Business People será una oportunidad única para mí.

Quiero decir… ¿cómo que no? ¿Qué hacen . —¡No sabía que a tu tía abuela la habían asesinado! ¿Era la del funeral al que asististe hace poco? —Hummm. qué horror. todo saldrá bien. Sí. la policía no sirve para nada. —Veneno —murmuro. ansiosa—. ¿Qué habré desencadenado? Suena el interfono y Kate se levanta de un brinco. mientras un joven agente lo observa de brazos cruzados por la mirilla y comenta: «¡Pronto se desmoronará!» Siento un acceso de culpa. de verdad que no. Supongo que vienen para ponerme al día. ya verás. Dios. sus pantalones holgados y su aire de autoridad. me repito febrilmente. En cuanto veo aparecer a la detective Davies con sus recios zapatos. es posible que hayan detenido al culpable. No quiero entrar en detalles. encerrado en una celda y gritando: «¡Han cometido un error! ¡Ni siquiera conocía a esa vieja!». —No me extraña que estuvieras tan disgustada. —¿Preparo un poco de té? —pregunta tras pulsar el botón—. Bueno. Lara. de hecho. Pero es superior a mí.117 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE por el asesinato de mi tía abuela. Pero no veo otra manera de salir del aprieto. se ocurre una idea espantosa: ¿y si es cierto? ¿Y si la detective Davies viene a contarme que han encontrado al tipo de la cicatriz y la perilla trenzada? ¿Qué voy a hacer entonces? Me viene la imagen de un hombre demacrado de ojos enloquecidos (con perilla y cicatriz). —Pero ¿quién? —Pues… —carraspeo— de momento no han encontrado al culpable. aunque al punto reparo en lo mal que debe de haber sonado—. ¿Cómo la mataron? Ay. —¿Que no…? —se indigna—. Se agrava un poquito. Ay. No hemos encerrado a nadie. Se pasan la vida poniéndote multas de aparcamiento. Todo saldrá bien. toda mi calma se convierte en pavor infantil. De hecho. —¿Asesinato? —Se tapa la boca con una mano. ¿Han encerrado a alguien? —No —responde con una mirada extraña—. Tampoco hay que exagerar. ¿Cómo te ha ido el fin de semana? La artimaña no funciona. El aire patidifuso de Kate no varía. —Eh… sí. pero al echar la silla atrás derribo con el codo un montón de cartas—. puedes irte. Se me olvida una y otra vez cómo suena la palabra «asesinato» si la dejas caer sin previo aviso en una conversación. —Gracias a Dios —suspiro aliviada. —Procuro no perder la calma. Incluso antes de terminar la frase. ¿Me voy o me quedo? ¿Te hace falta apoyo moral? —No. y cuando resulta que asesinan a alguien ni siquiera les importa… —Creo que se están esmerando —me apresuro a tranquilizarla—. Pero ¿están investigando? ¿Encontraron huellas dactilares? Dios mío. —¿Han encontrado al asesino? —le suelto.

Es un sarcasmo. he recibido una reprimenda y he aprendido la lección y no volveré a molestar a la policía. —Tome asiento. y estampo mi firma—. Sencillamente. la abajo firmante. retirándose y diciéndome «¡inútiles!» con los labios a espaldas de la detective. Necesito que firme este impreso. ¿Usted tiene alguna prueba? —Hummm… —Hago una pequeña pausa. Por favor. tenía la poderosa impresión de que mi tía abuela había sido asesinada. Yo sólo… —¿Qué? —Clava los ojos en los míos. procurando recobrar mi pose profesional—. pero hacer perder el tiempo a la policía es un delito que puede acarrear penas de cárcel. Recordé que lo había visto en el pub y que su aspecto me resultó sospechoso… — Se me apaga la voz y la cara me arde. no me procesen —farfullo. horrorizada—. Según el informe médico. Si ha hecho una acusación con malas intenciones… —¡No eran malas intenciones! —salto. Básicamente. como sopesando la cuestión desde todos los ángulos—. El caso es que lo recordé de repente. —No vamos a acusarla por esta vez. —De acuerdo. Me di cuenta de que había un pequeño error en mi declaración.» —Ah. —De acuerdo. —Trago saliva—. pensándolo bien y ya más en frío… quizá estuviera equivocada. Pero quizá. —Alza las cejas—. No me va a dejar escapar así como así. Ella me mira como la maestra que te pilla copiando en pleno examen de Geografía. —A menos que podamos encontrar pruebas que sugieran otra cosa. no hay duda. —¿A su avanzada edad? —repito. debido a su avanzada edad. —Asiento. sumisa. No lo que usted llamaría una prueba. consternada—. el caso será archivado. No en ese sentido. —¿Qué me dice del mensaje que dejó por teléfono? —Saca un trocito de papel—. ¿cómo va la investigación? —Lara. —Toso—. —Le indico una silla y me atrinchero detrás de mi escritorio. Ahora sí que estoy asustada de verdad. eso. —Lara. Quizá murió a causa de su avanzada edad. —En efecto. murió por causas naturales. —El caso queda cerrado. ¿Qué pasará con mi tía . confirmando que hemos mantenido esta conversación… —Me tiende un papel con un párrafo que viene a decir: «Yo. lo siento. no sé si lo sabrá —dice con calma—. Pero considérelo una advertencia. Sólo quería aclarar las cosas. «Las enfermeras no fueron. —¿Y ese «hombre con perilla»? Un hombre que ni siquiera figuraba en su primera declaración.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE todo el día? —Las dejo a solas —susurra Kate. Sí. —Oiga. —Asiento varias veces. No pretendía hacerles perder el tiempo. —Me mira con severidad—. para ganar tiempo—. Gracias. ¿Y qué pasará ahora con el…? —No consigo decirlo—. Eso es ridículo. Bueno.» Aunque no exactamente así. Hemos llevado a cabo unas pesquisas preliminares y no hemos encontrado el menor indicio de que su tía abuela fuese asesinada.118 - .

Sé que le tenía mucho cariño a su tía abuela. —¡He salido de compras! Te he encontrado el chal más divino que puedas imaginar. ¿Pasa algo? No puedo contarle la verdad. —¿A qué ha venido la policía? Me vuelvo y la veo sentada sobre un archivador. —Tenía ciento cinco años. —¡Qué va! —digo impulsivamente—. Abre los ojos de par en par. Quiero decir… necesita más tiempo. —Hace una pausa. con plumas negro azuladas alrededor. Y ellos organizarán otro funeral. ¿no cree? —Pero es que… —Suspiro frustrada. No tienes los pómulos adecuados. más o menos? —El papeleo podría prolongarse un poco —responde. Una vez que se ha ido. pues un sombrero que me siente bien. tal vez un poco más. —Tú no podrías llevar un sombrero como éste —replica con suficiencia—. No puedo decirle que le quedan dos semanas antes de que… —Nada. Tuvo tiempo de sobra. He de encontrar el collar de Sadie. —Entorna los párpados. —Me sonríe con amabilidad—. No puedo perder más tiempo. Bueno. Saco la lista de nombres . abro el cajón de mi escritorio. ¿Por qué estaba aquí la policía? —¿Has oído la conversación? —No. Sólo una visita de rutina. gracias por su ayuda. Tienes que comprártelo. con un vestido crema de talle bajo y un sombrero a juego. Sadie necesita más tiempo. Yo perdí a mi abuela el año pasado y sé cómo es. —Bueno. ¿Dos semanas? Qué horror. Querían comprobar unos detalles. —Se arregla la estola de piel y parpadea—. suspicaz—.119 - . supongo. —¿No podría… postergarse un poco? —Lara. Quizá un par de semanas. Ya te lo dicho. me quedo mirando embobada la pantalla del ordenador hasta que oigo a Sadie a mi espalda. Ella se ha ido. —¿Me prometes que comprarás el que yo te elija? ¿Y que te lo pondrás? —¡Claro! ¡Vamos! ¡A ver qué encuentras! En cuanto desaparece. A ver si me encuentras uno parecido. —¿Cuánto tiempo calcula usted. ¿Y si para entonces todavía no he encontrado el collar? Dos semanas pasan volando. también crema. estaba de compras. —Me mira ceñuda y suelta un suspiro—. Todo lo que diga resultará inútil —.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE abuela? —El cuerpo será devuelto a los parientes más cercanos a su debido tiempo —dice en tono práctico—. y añade en tono más suave—: Debería aceptarlo. Pero postergar un funeral y hacerle perder el tiempo a todo el mundo no es la solución. Necesito más tiempo. Me gusta tu sombrero —añado para distraerla—. guardando el impreso—.

—No hay de qué. Tiene que haber una respuesta. con un colgante en forma de libélula. ¿Qué voy a hacer ahora? —¿Voy a buscar unos sándwiches? —sugiere Kate tímidamente. —Sí. buscando alguna pista. Hay algo que no encaja. para dar paso a una desilusión creciente a medida que me acercaba al final de la lista. Esa visita que tuvo. Gracias. Hemos descartado todos los números y no sé por dónde seguir. —Por supuesto. Pollo con aguacate. saco el dibujo del collar y lo estudio una vez más. la sobrina nieta de Sadie Lancaster. claro. Mientras espero. de cuentas de vidrio. Podría pedir que le dieran una pátina antigua y decirle a Sadie que es el original. —Residencia Fairside —responde una voz femenina. Y cuanto más lo conozco. —¡Hola! —Me gustaría saber si alguna enfermera podría darme más datos sobre la visita que mi tía recibió justo antes de morir. preocupada—. Me arrellano en la silla y me froto la cara. Una tarea nueva. más hermoso me parece. Encárgate de llamar a los de esta página. Toda mi adrenalina se ha evaporado hace cosa de una hora. Sadie lo llevaba puesto… Súbitamente se me ilumina la cabeza. Tiene que haber otros caminos que explorar. busco el número de la residencia y marco con cansancio. —¿Sí? —Hola. Charles Reece. pero… Han pasado dos horas cuando cuelgo finalmente y miro a Kate con desánimo. ¿vale? Tras un ligero parpadeo de sorpresa. Una réplica exacta. Espero que lo encuentres. Quizá debería encargar una copia en secreto. —Aguarda un momento. Recorro con el dedo los nombres tachados y marco el número siguiente. —Kate —le digo cuando vuelve al despacho—. —Esbozo una sonrisa—. No nos conocemos. El collar estaba allí.120 - . como un soldado leal. No estaría de más probar por ese lado. Ya me veo volviendo a la residencia para hacer más preguntas. Me llamo Lara Lington. —Soy Lara Lington. —¿Has tenido suerte? —No —suspira—. Hemos de encontrar un collar. Largo. Atiende una mujer. apoyo la cabeza en la mesa y me masajeo la nuca. Quizá se lo tragaría… . Lo he mirado tantas veces que casi podría dibujar cada cuenta de memoria. No le he seguido la pista. pienso.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y arranco la última hoja. Saco el móvil. Un tal Charles Reece. No soporto la idea de que Sadie lo pierda. ¿Y tú? —Nada. —Se muerde el labio. por favor. coge la lista y asiente sin hacer preguntas. En cuanto sale. Una de estas personas podría haberlo comprado en un mercadillo de la residencia de ancianos Fairside.

Entonces… ¿él podría haberle quitado el collar? —Bueno. —¿En la habitación de Sadie? —Sí. —Porque el señor Reece era igualito que él. o si telefonease.121 - . ¿serían tan amables de avisarme? —Anoto en un papel: «Charles Reece. Era la viva imagen de Bill Lington. —¿Por qué? —Ginny me dijo que usted no tiene nada que ver con el Lington de los cafés. claro. se veía claramente. Fui yo. Soy Sharon. ¿Cómo voy a localizar a este tipo? —. ¿no? —Eh… ¿por qué lo dice? —respondo. ¿Algún rasgo peculiar? ¿Alguna cosa en que se haya fijado? —Bueno —dice.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Lara? —Una voz jovial interrumpe mis pensamientos—. cincuentón apuesto»—. de hecho. y emite una risita—. Es curioso que usted se llame Lington. súbitamente alerta. una de las enfermeras. Aunque llevaba gafas oscuras y una bufanda. ¿No recuerda nada más de él? —añado—. ¿Quién demonios será? ¿El joven amante de Sadie? —Si apareciese de nuevo. ¿Y pedirle su dirección? —Lo intentaremos. diría yo. Un tipo apuesto. Un comienzo. Nada más. ¿Qué quiere saber de él? «Sólo si birló el collar.» —Bueno. —Ya. —¿Podría decirme cómo era? ¿Qué edad tenía? —Unos cincuenta. ¿cómo fue la visita? —Normal. Se lo comenté entonces a las chicas. —Gracias. Es posible. Yo estaba con Sadie cuando Charles Reece la visitó. —Suspiro desanimada. En las últimas semanas apenas salía de allí. Esto se vuelve cada más intrigante. desde luego —dice dubitativa. ese tipo millonario. quien lo hizo firmar en el registro. Estuvo sentado a su lado un rato y luego se fue. . Ya es algo. posible es.

para mandarme un coche. Llegar hasta aquí ha supuesto un jaleo considerable. para preguntarme qué bebida Lingtons prefería tomar en el coche… Todo eso para una entrevista de diez minutos. Fue como si hubiese solicitado una audiencia con el primer ministro. —¡Por supuesto! —me apresuro a mentir. de qué collar. para pedirme que llevara un documento de identificación. ¿«Charles Reece» era el tío Bill? Pero ¿por qué habría visitado a Sadie con un nombre falso? ¿Y por qué no contó que le había hecho una visita? En cuanto a que pudiera estar relacionado con la desaparición del collar… ¡anda ya! Es multimillonario. he de reconocerlo. con chófer incluido.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 12 No tiene sentido. Ya me lo han dicho. (Obviamente no podía preguntárselo a mis padres. así que al principio no sabía cómo ponerme en contacto con él. creo que no voy a hacerlo. convencí a la operadora de que hablaba en serio. Ningún sentido. —No es para menos. lo mires como lo mires. y por qué había metido mis narices en la residencia de la tía Sadie. Es una locura. pero una vez le oí decir a papá que tío Bill siempre manda un coche a la gente para poder despacharla en cuanto se cansa. Estaban muy emocionados.122 - .) De modo que llamé a la central de Lingtons. todo se fue en los gastos de la residencia. Tiene dos filas de asientos encaradas y una televisión. Inmediatamente empezaron a enviarme mensajes seis secretarias distintas. Al parecer. ¿Para qué iba a querer un collar del año de Maricastaña? Me entran ganas de golpearme la cabeza contra la ventanilla para ver si todas las piezas se ordenan en su sitio. Me sentiría aún más agradecida. y de qué demonios estaba hablando. tal como había pedido. para advertirme que no podía rebasar mi tiempo. —Espero que se sintieran agradecidos. Debía de haber una cantidad considerable. Se lo dejé todo a esos chicos en mi testamento. En mi vida había llamado al tío Bill. y al subir me aguardaba un batido de fresa helado. —Sí. proporcionada por el propio tío Bill. recordando una conversación de mamá y papá. La limusina es digna de una estrella de rock. luego para reprogramarla. satisfecha. porque se habrían empeñado en saber para qué quería verlo. —Se arrellana en el asiento. me pasó con una secretaria y pedí una cita. —William y Michael —me suelta Sadie desde el asiento de enfrente—. Pero como en este momento voy sentada en una lujosa limusina. primero para acordar una hora. para cambiar el sitio. No quiero arriesgarlo todo tontamente. Pero no es necesario que ella lo sepa—. etcétera. .

—Te dejo aquí. ¿Cómo se ha hecho tan rico? —Ya te lo dije —musito. Se hace un silencio. —Me estrecha la mano como si fuésemos viejos amigos—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Al cabo de un momento. No me dejaré intimidar. Miles de locales. —No sé si ya te habrá dicho algo Damian —me indica un asiento y se sienta enfrente—. El edificio anexo es tan impresionante como la casa. Para ella ya no hay «algún día» que valga. Trabajo para Bill. La limusina empieza a subir ronroneando por el sendero y yo miro por la ventanilla como una cría deslumbrada. —¡Es todo un honor conocer a la sobrina de Bill! —dice Sarah mientras me hace pasar. Como en un mecanismo de relojería. . aunque de un estilo distinto: cristal. Por todo el mundo. Siempre se lo preguntamos a las visitas. —Sí. Mientras sale el guardia de la garita y habla con el conductor. Tiene muchas ganas de verte. arte moderno y cascadas de acero inoxidable. reunir la documentación necesaria… En fin. —Me mira vacilante. —Hummm… es un tema privado. —Cielos. —Echamos a andar por la gravilla crujiente y añade en plan informal—: ¿De qué querías hablar exactamente con él? Nadie parece tenerlo muy claro. oh Dios. Me llamo Damian. —Damian me muestra otra vez su dentadura y se aleja por el sendero. el coche deja la carretera y se detiene ante una verja enorme. pero la cierro de golpe. me digo con firmeza. facilita mucho las cosas. Voy a acompañarte al ala de oficinas. Para poder prepararlo. Sadie contempla la mansión a lo lejos. como si nos estuvieran gastando una broma—. He estado sólo unas pocas veces en la mansión del tío Bill y siempre se me olvida lo impresionante que es. y surtidores. Lara. Sarah —dice por el micrófono. sale a recibirnos una chica. Lara. —Hola. Es muy famoso. Es una casa enorme de estilo georgiano con quince habitaciones y dos piscinas en el sótano. —A mí me habría gustado ser famosa —murmura. Y él. pero nos gustaría saber de qué temas quieres tratar con Bill. Es sólo una casa. apenada. —Lara. baja los inmaculados escalones para recibirme. Dos. Perdona. —Gracias. y cuando nos acercamos a la entrada. Ya casi estamos. también de impecable traje oscuro. Estupendo. Pero. un tipo alto con traje oscuro. una persona como cualquier otra.123 - . Es una casa enorme. mientras le doy mi pasaporte al chófer. al recordar la cruda realidad. resulta todo tan imponente… Hay césped por todas partes. gafas de sol y un discreto auricular en el oído. Ni que fuese una terrorista… —Me dijiste que tenía una cadena de cafés —dice Sadie. Soy Sarah. Bienvenida. —Me sonríe—. y jardineros recortando los setos. Los dos deliberan un rato. Hay un matiz de melancolía en su voz y abro la boca para decirle: «¡Quizá lo seas algún día!». quien se lo entrega a su vez al guardia de seguridad. —No te preocupes. arrugando la nariz.

Sarah se gira sobre los talones—. No soy una chiflada. sólo quiero demostrarle lo simpática y normal que soy. Cinco minutos. El funeral. pero que de todos modos quizá habría que pedir refuerzos de seguridad. —¿Quieres ver a Diamanté? —Sus ojos parecen enloquecer todavía más—. ¿Te importa? —Escucha. Al sentarse. ¿y cómo está la tía Trudy? —le digo para darle palique—. —Que por lo visto estás resentida con Bill. —¿Y Diamanté? Quizá podríamos tomar un café o algo así. No hace falta que nadie tome notas. A solas. —Noto que estoy sonrojándome—. Si es que anda por aquí… —Voy a llamar a su secretaria. Algo de un trabajo que no te dio o algo así… ¿Resentida? La miro pasmada. —Detecto cierta tensión en su voz—. —Le hago un gesto jovial—. Perfecto. ¿Ahora? —Sólo un café. Perdón. —¿Cómo? —exclamo. ¿Qué más ha dicho? —le cuchicheo a Sadie. Se aleja hacia un rincón del vestíbulo y la veo murmurar en su micrófono. se está mondando de risa. hasta que caigo en la cuenta. —Bueno. Claro. Sólo quiero mantener una charla con mi tío. Disculpa un momento. Lara. Lo haremos a tu manera. se ajusta el auricular como para tranquilizarse. Pero es un asunto privado. Para mi sorpresa. Sarah —replico con tono sosegado—. —Claro. Lara —dice al fin—. pero sus ojos no cesan de volverse hacia la puerta. Otro silencio. sólo para tomar notas. ¿Qué decía? —Que no le pareces violenta. —Se levanta de un brinco.124 - . —¿Qué pasa? —susurro—. ni estoy resentida con nadie. —Pero si pudieras indicarnos aproximadamente la temática… darnos una idea… —Prefiero no entrar en ello. Me temo que . Lo siento. Una persona del equipo de Bill se sentará con vosotros durante el encuentro. Es una especie de… asunto familiar. —La última vez que me vio tío Bill fue cuando anuncié en medio del funeral que se había cometido un asesinato. —No es que me apetezca tomar un café con ella. ¿Eres consciente de que todo es por tu culpa? —Me callo bruscamente cuando Sarah se acerca otra vez. Sarah todavía tiene la sonrisa pegada a la cara. Lo siento. Nada más. —Muy bien.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ya me lo ha comentado Damian. Sadie planea junto a ella uno o dos minutos y luego reaparece a mi lado. corre al rincón y cuchichea por el auricular. —¡No tiene ninguna gracia! Seguramente temen que haya venido a asesinarlo o algo así. Su sonrisa afable no flaquea. ¡Debe de haberle dicho a todo el mundo que soy una psicópata! —¡Es tronchante! —Sadie suelta una carcajada. Regresa enseguida—. ¿Está en casa? —Trudy se ha ido unos días a la casa de Francia. Sólo… un estornudo rebelde. —Bueno.

Y eso puedes aplicarlo a la familia. muchos políticos de alto nivel han llamado a Bill. Te reunirás con él en su despacho personal. Será una marca de tanta envergadura como Lingtons. señalando la puerta. —Se encoge de hombros y sacude la pulsera—. Habrá un expositor en cada café Lingtons a partir de enero. Quiero decir… todo el mundo puede seguir el ejemplo de Bill. No parecen puertas normales. —¿El presidente llamó a mi tío? —Estoy impresionada. Vamos.125 - . Bill ya puede recibirte. Cruzamos un pasillo engalanado con cuadros que tienen todo el aire de auténticos Picasso. a la economía… Desde que salió el libro. Bill. Dice que quizá la próxima vez. Tiene tanto que ofrecer al mundo… Es un privilegio trabajar con él. como si fuese la encargada de cambiarle los pañales a un león. —Ya. —Dos Pequeñas Monedas es un proyecto espectacular —asegura. —Sarah sonríe—. —Los ojos le brillan y ya parece haber olvidado los motivos para temerme—. muy seria—. Es un mensaje muy potente. Está totalmente entregada al culto. Está histérica.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Diamanté está haciéndose la manicura ahora mismo. y camisetas. . Incluido el presidente de Estados Unidos. a los negocios. ¿cómo podríamos aplicar tu secreto a nuestro país? —Baja la voz con aire reverente—. que no para de bostezar. Será un éxito. Me dan ganas de gritar «¡Manos arriba!» para ver cómo se echa a temblar. y estuches de regalo con dos pequeñas monedas en un cofre… —Fantástico —digo con educación—. Lara. Se levanta y me indica que la siga. Es absurdo ponerse nerviosa. Es muy original. Empieza a darme pena esta pobre Sarah. —El antedespacho. Me tiemblan las piernas. Vamos allá. —Me encanta tu pulsera —le digo en cambio—. ¿No los habías visto? Son de la nueva línea Dos Pequeñas Monedas. si te parece. Creo que es porque las puertas son demasiado grandes. Nos detenemos en otro vestíbulo más reducido. —Su gente. Le echo un vistazo a Sadie. y se aleja sin más. ya. mal que me pese. Tengo derecho a verlo. Me estiro la falda y respiro hondo varias veces. Con Pierce Brosnan en el papel del tío Bill. Sí. —De acuerdo. —Sarah habla por el micro—. sólo relajada… Pero no puedo evitarlo. No debería sentirme rara. —Y por supuesto el reality show también será una cosa sonada. ¿Sabes que va a convertirse en una película de Hollywood? —Ajá —asiento—. —Extiende el brazo con cautela y sacude los dos pequeños discos plateados que cuelgan de la cadenita—. ¿sabes? En plan: Oye. según me han dicho. Cualquiera puede coger dos monedas y decidir cambiar su futuro. la verdad. es mi tío. Todos creemos que Bill debería meterse en política. —Voy a explorar un poco —me anuncia. Son bloques de madera clara y pulida que se elevan hasta el techo y se abren de vez en cuando con sorprendente sigilo. Seguro que Bill te regala una. Hay un colgante también. —¿Ése es el despacho de mi tío? —digo. —Presta atención al auricular y luego murmura—. Ni siquiera le han pasado la llamada.

Lara. se limita a alzar una mano como si fuese el Papa. De repente. inspira hondo y lánzate. Madonna. Para pasar el rato. Es como saltar de un trampolín. como si estuviera todo cronometrado al segundo. —Baja un poco más la voz—. Y allí. Ay. aunque sin dejar de teclear. no hay problema —dice Bill. Si he de hacerlo. El tío Bill ni siquiera responde. —Levanta la vista—.126 - . Empuja una hoja de la enorme puerta y me conduce a través de una espaciosa oficina con paredes de cristal y un par de tipos de aspecto guay sentados ante ordenadores. Te lo agradecemos mucho. cortándola y volviéndose hacia mí—. pero no tenemos notas preparatorias. Damian ha decidido darle cinco minutos. mueren todas en mis labios antes de ser pronunciadas. —La semana pasada fui a la residencia de la tía Sadie —digo atropelladamente—. y sostiene en la mano una taza de Lingtons. Es una vasta y luminosa estancia de techo abovedado. Ted está listo para intervenir. Dios. ¿Qué puedo hacer por ti? —Hummm… —Carraspeo—. miro las fotografías en que aparece con gente famosa. Lara. tres chicas de uniforme oscuro aparecen como de la nada y retiran las tazas de la mesa en sólo treinta segundos. en el sanctasanctórum. Bill —le dice uno de los tipos—. Sarah consulta su reloj y sólo entonces. Sarah. Y por lo visto. Un famosísimo magnate con un millón de asuntos importantes entre manos. ¿Por qué habría de ir semejante personaje a una residencia de ancianos a birlarle un collar a una viejecita? ¿Cómo se me ha ocurrido algo así? —¿Lara? —Frunce el entrecejo. veo al tío Bill con un jersey gris de cuello alto y unos tejanos que le dan aire deportivo. Está más bronceado que en el funeral. así que quería preguntarte… . Seis tipos trajeados se levantan de las sillas. Se hace un silencio. Mientras me acomodo. Estamos hablando de Bill Lington.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Entrando con ella. Tápate la nariz. mejor que lo haga ya. Estaba… Tenía preparadas un montón de frases incisivas para empezar. Ambos levantan la vista y sonríen con educación. como si acabaran de concluir una reunión. inquisitivo. Nos detenemos ante otra doble puerta gigantesca. hace unas semanas tuvo un visitante llamado Charles Reece que era exactamente igual que tú. también ella parece nerviosa. pero ahora que estoy aquí. —Muchas gracias por tu tiempo. Mi tío teclea algo en su BlackBerry. nada menos. con una escultura de cristal en un podio y una zona para sentarse situada en un nivel inferior. como explicarle al presidente norteamericano cómo debe dirigir su país. Nelson Mandela. veo de soslayo a Sarah alejándose y oigo el sonido amortiguado de la puerta al cerrarse. con el pelo de un negro lustroso. Puedo pedir refuerzos de seguridad… —Gracias. Quiere un encuentro a solas. tras un escritorio descomunal. —Su sobrina Lara —le susurra a su jefe—. Sarah me acompaña hasta el escritorio. —Bueno. Siéntate. La selección de fútbol inglesa al completo. cosa que no tiene sentido. Mientras los ejecutivos desfilan. uno de los cuales lleva una camiseta Dos Pequeñas Monedas. Me siento paralizada. da un golpecito y abre la puerta.

Dos chicos. pero me obligo a perseverar—. Tengo un montón de fans. Charles Reece es el nombre que adopto cuando quiero permanecer en el anonimato. Pero tenía mis motivos. Ojalá hubiese un modo de retirar las sonrisas. —¿Sabes?. Con los mismos orígenes. Tienes razón. Le ha ido muy bien en la vida. Pero no ha de resultar fácil ser el hermano mayor de Bill Lington. —Ya lo sé —asiente—. —Pero ¿por qué usaste el nombre de Charles Reece? —Lara. Obras benéficas. no es eso! —Me arde la cara del bochorno. los dos sentimos el mismo impulso —dice por fin. —Sí. ¡Bingo! ¡Un bingo total e instantáneo! Debería reciclarme en detective privada. Abro la boca. —Por todos los santos. A veces es un poco… quisquilloso. No debería haberle sonreído. Siento una oleada de indignación. Parece sopesar lo que va a decir con exactitud. quiero decir. repantigándose en su sillón—. Es verdad. —Pero ¿por qué no lo contaste a nadie de la familia? En el funeral dijiste que nunca habías visitado a la tía Sadie. por lo visto. —Oigo las palpitaciones de mi corazón. Utilizar un pseudónimo es lógico en su caso. Sólo intrigada. y me dijeron que el tipo se parecía mucho a ti. —Bueno. El tío Bill es como una estrella de rock. Hay muchas cosas que hago sin necesidad de andar pregonándolas. ¿Quisquilloso? No lo es en absoluto. tío Bill vuelve a colocar el auricular en su sitio y permanece en silencio. Tiene sentido. Y resulta que había otro nombre en el libro de visitas. No quería que el resto de la familia se sintiera culpable o se pusiera a la defensiva por no haberla visitado. Me da un poco de pena. —¡No.127 - . tu padre. Con la misma educación. No es fácil ser el hermano mayor de Bill Lington porque Bill Lington es un gilipollas engreído. Él me mira con el mismo entusiasmo que si me hubiera arrancado de un tirón una falda hawaiana y me hubiera lanzado a bailar. atónita.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Me interrumpo. Ya me entiendes. Fui allí porque… porque me sentía fatal pensando que nadie había mostrado el menor interés por ella. En realidad. ¿Aún sigues creyendo que Sadie fue asesinada? ¿De eso quieres hablarme? Porque francamente no tengo tiempo… —Alarga la mano hacia el teléfono. —Adopta un tono reflexivo—. Lara —masculla—. Fui a ver a Sadie. La única diferencia entre ambos era . no creo que la asesinaran. visitas a hospitales… —Extiende las manos—. —Suelta un paciente suspiro—. ¿Te imaginas el jaleo que se organizaría si llegara a saberse que Bill Lington en persona ha ido a visitar a una anciana? —Me mira con un brillo afable en los ojos y no puedo evitar devolverle la sonrisa. yo empecé utilizando a tu padre como ejemplo en mis seminarios. —Papá es un trozo de pan —digo con cierta tensión. Lentamente. es un tipo estupendo. Soy una celebridad. —No tienes por qué compadecer a papá —digo—. Y me he quedado… intrigada. Especialmente. Mientras vivía. Él no se compadece de sí mismo.

—Lara… —Sólo un momento. ¿Puedo ver la foto? —No la llevo encima. Sarah te mostrará… ¿Ya está? ¿Se ha acabado la audiencia? Ni siquiera he llegado al asunto del collar. casi sin aliento de pura consternación. un comentario desdeñoso. —Deja la taza en el escritorio como dando por terminada la entrevista—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE que uno de ellos quería llegar. Dios. Ay. Le sostengo la mirada. o sea que… —Lo miro. es una pieza antigua que estoy intentando localizar. Me esperaba otro suspiro condescendiente. pero yo no me muevo. Habla como si estuviera ensayando una charla para un DVD promocional. Lara… —dice. fijando otra vez la vista en mí—. Echa un vistazo a su reloj y juguetea con su llavero. me temo que no sé de qué me hablas. —Hay algo más —me apresuro a decir. Me preguntaba también si cuando visitaste a la tía Sadie… —¿Sí? —Está perdiendo la paciencia. Lo sabe. Pero ¿de dónde saca que todo el mundo quiere ser como Bill Lington? El sueño de algunas personas más bien sería no ver su cara estampada en las tazas de café de todo el planeta. ¿Te refieres a alguna pertenencia de Sadie? Siento un hormigueo en la nuca.128 - . Sólo que lo llevaba puesto en una foto que le sacaron cuando cumplió los ciento cinco y pensé que sería bonito conservarlo. —Interesante. Las enfermeras de la residencia me dijeron que había desaparecido. Tenía un sueño. ¿Qué sucede? Acabo de ver una expresión inequívoca en sus ojos. Sabe de qué estoy hablando. una mirada perpleja. —Hace una pausa—. ¿Por qué finge no saber de qué le hablo? —Sí. —Interesante. Ha sido un placer volver a verte. Voy muy justo de tiempo. ¿Cómo decirlo? —¿Sabes algo de…? O sea. —El instinto me indica que actúe con calma e indiferencia—. Él sabe algo. está que se sale. —Bueno. sin querer… un collar? Un collar largo con cuentas de cristal y un colgante en forma de libélula. Pero al punto el recelo desaparece de sus ojos y recobra la actitud educada. estoy segura. así que… Echa su silla atrás. Por Dios. pero ahora tiene perfectamente colocada su máscara inexpresiva. estoy segura. Esta conversación es rarísima. . —Bueno. Pero no que se quedase helado con una expresión repentinamente alerta y recelosa. —¿Un collar? —Bebe un sorbo de café y teclea algo en el ordenador—. Casi podría creer que la otra expresión la he imaginado. ¿Para qué lo buscas? —pregunta como quien no quiere la cosa. ¿viste… o quizá te llevaste. Como un partido de tenis en el que los dos fuéramos resistiendo la tentación de dar un golpe ganador. esperando una reacción. —Por ningún motivo especial.

vale. pero disimula con otra sonrisa. que permanece algo más retrasado manipulando su BlackBerry. Adelante. pero ni rastro de ella. Lo más probable es que se perdiera hace mucho.129 - . cerrándome el paso. Si me escolta hasta la salida no podré explorar a hurtadillas. Lara. frustrada. la verdad. Ahora. —¿Estás segura de que es el tuyo? —¡Claro que sí! —Se agita mientras gesticula hacia la casa—.» —No. —¡Vale. gracias. Ya a la desesperada. Viene un poco despeinada y jadea. ya con un pie dentro del coche. Voy a subir cuando Sadie se planta delante de mí. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué tiene de especial ese collar? He de hablar con Sadie. ¿podrías soltar el marco de la puerta? Si no. Lara. Me levanto de mala gana. por favor. Maldita sea. Espero que vuelvas pronto. ni fisgonear por los cajones ni nada. lo sabía. ¿Qué crees que habrá pasado? —Yo me olvidaría de ese collar —responde suavemente—. —Lara —dice Sarah con una sonrisa tirante—. ha sido una placer conocerte. —Bueno. Es demasiado nerviosa. alelada.» El chófer de la limusina me abre la puerta. —¿El qué? —Me detengo. No voy a montar una sentada de protesta. Dale recuerdos a tu padre.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Pero ¿qué puedo hacer? ¿Qué opción me queda? —¿Lara? —me apremia. Muy típico. La puerta se está cerrando. Lo sabía. Se sobresalta al oír la palabra «protesta». Reprimo el impulso de decir: «Sí. —Bill asiente—. un Starbucks. Damian. —¿Ya está? —dice éste. Aparece Sarah. Observo al tío Bill. —¿Un café para el trayecto de vuelta? —me ofrece mientras cruzamos el vestíbulo. —¿Hay algún problema. Cruzamos el despacho y la puerta se abre como por arte de magia. presa de la frustración. —Ya está. —¡Lo he encontrado! —exclama. La busco con la mirada. Adiós. —¡Lo he visto en una habitación del piso de arriba. capto el mensaje: «No vuelvas a pisar este lugar en tu vida. —Su falso entusiasmo me arranca una mueca—. en un tocador! ¡Mi collar está aquí! La miro. Te acompaño. Debería dejar de trabajar con el tío Bill. Sí. Éste se apresura a pasar por mi lado y los dos vuelven al interior del despacho. Se está agotando mi oportunidad. ¡Podría haberlo cogido! ¡Lo he intentado! Pero no he podido. Lara? —Sarah baja otra vez la escalinata a . —Es una pena lo del collar. Sarah me pone la mano en el codo para acompañarme fuera de la estancia. Estará persiguiendo a algún jardinero macizo. ¿no te parece? —Lo miro directamente. tratando de provocar una respuesta—. no podemos cerrar. escoltada por Damian. vale! No te alarmes. claro… —Chasquea. —El coche te espera frente a la entrada principal. me aferró al marco de la puerta.

gracias —digo—. aunque. Es un mentiroso de tomo y lomo… Hemos de diseñar un plan. —¿Te has metido en la caja fuerte del tío Bill? —Me deja alucinada—. —¿Preferirías otro coche. Se cierra la puerta y enseguida avanzamos hacia la verja. y me señala con un gesto—. Pero ¿cuál? ¿Por qué es tan importante para él? ¿Tú sabes algo? ¿Acaso tiene una historia especial… o un valor de coleccionista? —¿Esto es lo que piensas hacer? —explota Sadie—. me desplomo en el asiento y miro a Sadie. ¡estás muerta de miedo! ¡En mi vida había visto a una chica tan boba! No fumas porque es peligroso.130 - . y también en la caja fuerte. Está claro que quiere librarse de mí a cualquier precio. ¿O tal vez deseas ir a otro sitio? Neville puede llevarte a donde quieras. Compruebo que el panel que nos separa del chófer está cerrado. mientras anoto «Plan de acción»—. —Aquí hay gato encerrado —le digo. no creo estar del todo preparada. Mi tío acaba de decirme que no sabía nada del collar. ¿va todo bien? —Todo bien —replica el tipo. Asiento repetidas veces. Estaba a punto de darme por vencida cuando me fijé en un tocador… Y allí estaba. Busco el bloc y un bolígrafo en el bolso. Puedes quitarte los zapatos. hablar y hablar? ¡Hemos de recuperarlo! ¡Tienes que trepar por la ventana y cogerlo! ¡Ahora! —Pero… —Levanto la vista del bloc. Sólo que . ¡Hala! ¿Qué contiene? —Papeles. sin parpadear ni una vez. Y joyas espantosas. Completamente a la vista. Y supongo que tampoco comes mantequilla porque puede ser peligroso. —¿Perdón? —Sarah frunce el entrecejo. ¿Algún inconveniente con el coche? Neville. —Vale. ¿Hablar. —Este coche está bien. —Se encoge de hombros—. Tengo un auricular diminuto.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE toda prisa—. No puedo creerlo. ¿Te vas a dejar intimidar por unas alarmas de pacotilla? —¡No! ¡Claro que no! —Córcholis. Incluso puedes contar con su servicio el resto del día. Tiene que haber una razón para que se lo haya llevado y esté mintiendo. —No he dicho que la mantequilla sea peligrosa —replico—. —Me froto la frente—. —Será fácil. Aquí no puedo hablar. —Es… una llamada. Lara? —Hace un esfuerzo supremo por conservar la amabilidad—. —Me doy unos golpecitos en la oreja y subo por fin. y alarmas. —¡Es increíble! ¿Cómo lo has encontrado? —Buscando. He mirado en todos los armarios y cajones. Sube —le murmuro a Sadie entre dientes—. ¿Entrar ahora mismo a hurtadillas en la mansión del tío Bill? ¿Sin un plan de acción? —El único problema —le digo tras una pausa— es que tiene un montón de guardias de seguridad. Te pones un cinturón en el coche porque es peligroso. a decir verdad. —¿Y qué? —Entorna los párpados—. Sólo que se ha puesto a hablar sola.

Al poco. el guardia me abre la puerta para peatones y se asoma por la ventanilla de la garita.» —¡Ahora! Salgo del sendero. No tengo ninguna queja sobre su manera de conducir —añado. pero nadie me descubre. apeándome—. sorteando primero el seto y luego una fuente y una estatua. Y mantén los ojos bien abiertos. El coche se detiene y el chófer se vuelve. —Se supone que tengo que dejarla en la puerta de su casa. Déjeme bajar. qué más da. Me quedo paralizada cada vez que veo a alguien en el sendero. Sólo necesito un poco de aire fresco. Vale. Di: «Ahora. Iré a casa en metro.131 - . avanzando discretamente por la cuneta. como en una película de acción. empiezo a desandar el camino. En menos de un minuto empezarán a rastrearme con perros rottweiler. Dice que no sabe nada de ningún paraguas. al verlo fruncir el entrecejo en el retrovisor —. pero bueno. —¿Vas a trepar por la ventana y coger mi collar? ¿Sí o no? —De acuerdo —cedo tras una pausa. Doblo una curva y me detengo al ver la entrada. No se puede entrar así como así en casa del tío Bill. hace una maniobra para dar media vuelta y regresa a la mansión. —¿Dónde es? —le susurro a Sadie—. indeciso. —¿Dónde está? —Su voz me llega desde la entrada. veo a Sarah bajando por el sendero con expresión inquieta. por favor. —Me inclino hacia delante y abro la ventanita del panel—. superado el primer obstáculo—. —¡Pues venga! ¡Para el coche! —¡Deja de mangonearme! Ya iba a hacerlo. Perdone. Avanzamos por el césped. para ahorrarle molestias —replico. Las verjas están cerradas y son enormes. Avísame en cuanto deje de mirar —le murmuro a Sadie—. me lanzo al suelo y ruedo hasta detrás de un seto. doy unos pasos por el césped. A través del seto. Lara Lington —digo por el interfono—. —… hace sólo un momento.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE el aceite de oliva tiene grasas más sanas… —Me interrumpo al ver su expresión despectiva. Inspiro hondo y me acerco a las verjas con aire inocente. Cierro de un portazo y le digo adiós con la mano. El hombre me lanza una mirada suspicaz. —¡Hola! Soy yo otra vez. Hay un guardia en una garita de cristal y cámaras de seguridad por todas partes. Me he dejado el paraguas. Es usted estupendo. estoy mareada. —El guardia parece perplejo. Guíame. muchas gracias… Ya estoy en la acera. pero que ahora viene. —¡Allí! . En cuanto se pierde de vista. y me apresuro por el sendero antes de que pueda protestar. Hace falta una estrategia. tonta de mí. —Acabo de hablar con Sarah. —Voy a su encuentro. De veras… eh… una conducción impecable. ¡Ja! Pero no puedo cantar victoria. Me he hecho una carrera en las medias. El corazón me palpita. —¡No se apure! —digo.

¡Ahora sí que la has fastidiado! Forcejeo con las puertas. rogando que la doncella o quienquiera que sea no tenga la ocurrencia de salir a tomar el aire. —Es asombroso —digo volviéndome hacia Sadie—. Empujo las puertas. Deberías haberlo cogido. doy un paso y estoy a punto de cogerlo cuando oigo pisadas acercándose a la habitación. ¡Oh. Sigue vigilando. ansiosa—. Encima del tocador. exasperada. no tendré que trepar por la enredadera. Es la cosa más preciosa que he visto en toda… —¡Cógelo! —Agítalos brazos. —Es una doncella. Bajo las escaleras y me los calzo de nuevo. Después de todo este tiempo. Y se ha ido. con una libélula exquisitamente tallada e incrustaciones de madreperla y diamantes de imitación. Oh. —Me fulmina con la mirada—. Podría inclinarme y cogerlo casi sin entrar. después de preguntarme si seguiría existiendo aún… aquí está. mientras Sadie entra y sale de la habitación.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Doblamos una esquina y Sadie señala las puertas acristaladas del primer piso. Casi una decepción. como si no pudiera resignarse a dejar . —¡Tú vigila! —le susurro. pero es inútil. Y la puerta se abre. ¡Deja ya de hablar y cógelo! —Vale. ¡Coge el collar! —¡Hay alguien dentro! ¡Esperaré a que se vaya! En un santiamén. Están entreabiertas y dan a una terraza a la que se accede desde el jardín por unas escaleras. no! —¡Ha cerrado! —Sadie entra a toda prisa en la habitación y vuelve a salir—. y busco frenéticamente alguna excusa por si acaso. me deslizo hasta los escalones y subo a toda prisa. Así pues. tal como ella lo describió. Apenas a dos pasos.132 - . Mágico e iridiscente. no. Una larga y doble hilera de cuentas de vidrio amarillo. se cierran con un firme chasquido. —¿Qué haces? —dice Sadie desde abajo—. aunque más largo de lo que imaginaba y con algunas cuentas abolladas. Sadie aparece en la terraza y se asoma por las puertas acristaladas. Retrocedo y me agazapo a un lado del balcón. Es el collar de Sadie. la verdad. —¡Idiota! —Sadie está fuera de sí—. Me inunda la emoción. justo en este lado de la habitación. Y de golpe el corazón me da un brinco: las puertas acaban de moverse… Pero en lugar de abrirse. vale. Maldición. Ya continuación oigo girar la llave en la cerradura. Camino de puntillas hacia las puertas acristaladas y contengo el aliento. ¡Maldita estúpida! ¿Por qué no lo has cogido sin más? —¡Estaba a punto! ¡Tendrías que haber vigilado si venía alguien! —¿Y ahora qué hacemos? —¡No lo sé! ¡No lo sé! —Tengo que ponerme los zapatos —digo por fin. Me pego a la pared. Ahí está. de tanto buscar y hacerse ilusiones. Me quito los zapatos. —¡Lo haré en cuanto se vaya! No te apures.

Y añadió que faltaba un viejo collar y le preguntó si sabía dónde estaba. Tu tío le dijo que tenían que hablar a solas y ordenó a los criados que salieran.133 - . —Te compraré un collar. Instintivamente. antes de que él averigüe dónde está y vuelva a guardarlo en la caja fuerte. me deslizo con cautela por el césped y avanzo pegada al muro de la casa. —Rodeemos la casa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE su collar. —Ella estaba en la cocina. se da por vencida y baja al jardín conmigo. —Mi mente trabaja a marchas forzadas—. —Dios mío. Al final. Tal vez la habitación donde estaba el collar era la suya. qué susto! —digo llevándome la mano al pecho—. Entonces le preguntó si había cogido algo de su caja fuerte. —Su padre la sigue a paso rápido—. ¿por qué has . alucinada—. Mientras ella desaparece. ¿A que no lo adivinas? —¡Uf. No me da tiempo de pensar si es una buena idea o no. —Mi prima. —¡Exacto! O sea. Dime lo que necesitas y Damian se ocupará… —¡Siempre dices lo mismo! —grita ella—. Eso no es problema. Otra de tus sobrinas nietas. Cosa que no me serviría de mucho si apareciese un guardia… —¡Aquí estás! —Sadie sale directamente de la pared—. joder! ¡Nunca me has dado nada! Es la voz de Diamanté. Supongo que no toda la culpa es tuya. —Bueno —dice a regañadientes—. Oigo gritar al tío Bill cada vez con más fuerza. sarcástico—. —Siento no haber sido más rápida —musito. Voy muy despacio porque en cada ventana tengo que agacharme y moverme a rastras. Pero él no la creyó. Me indica unas puertas batientes. Entra y mira a ver si hay alguien. Qué nombre más raro. Con el corazón desbocado. y parece acercarse. cielo —replica él. Durante unos instantes no nos miramos. Los criados están en el jardín. que hemos de cogerlo ahora. alza la mano y abre mucho los ojos. Soy una persona creativa. Arruga la nariz. con las rodillas temblorosas. Podemos movernos por la casa sin problemas. —… caja fuerte privada… seguridad personal… cómo te atreves… el código era sólo para emergencias… —¡… no es justo. al llegar al vestíbulo. por si no te has enterado… —Si tan creativa eres. Quizá podamos colarnos por otro lado. ¿Qué contestó ella? —Que no. —La miro. ¿Qué? —¡Es tu tío! ¡He estado observándolo! Abrió la caja fuerte de su habitación pero no encontró lo que buscaba. La chica. —Tal vez esté mintiendo. Un segundo después la veo cruzar el vestíbulo con una minifalda asimétrica de color rosa y una camiseta diminuta. ¡Nunca escuchas a nadie! ¡Ese collar es perfecto! ¡Lo necesito para mi próximo desfile de Tutús y Perlas! Toda mi nueva colección se basa en mariposas y otros insectos. finalmente. Cerró de golpe y llamó a gritos a Diamanté. la sigo por una puerta lateral y por un lavadero tan grande como mi apartamento. me agazapo detrás de una silla. luego un corredor y. No hay nadie a la vista.

—¡Diamanté! —Empieza a subir las escaleras—. ¡Vuelve aquí! —¡Vete a la mierda! —se oye a lo lejos. luego acelera y se aleja calle abajo. ¡Y vas a devolvérmelo ahora mismo! —¡Ni hablar! ¡Y ya puedes decirle a Damian que se vaya al infierno! ¡Es un cretino! —Echa a correr escaleras arriba y Sadie la sigue de cerca. —¡Noooo! —aúllo sin poder contenerme. Se lo ha llevado. hace el signo de la victoria hacia la casa. Ni vas abrirme la caja fuerte nunca más. Mierda. cruzo el corredor y el lavadero y salgo al jardín. —El tono del tío Bill resulta inquietante—. Al siguiente no comprendo cómo no lo había deducido antes. ¡Tenemos que atraparla! ¡Ve por la parte trasera! Yo vigilo la escalera. enredado entre sus dedos. mesándose el pelo.134 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE contratado a tres diseñadores para que trabajen en tus vestidos? Me quedo pasmada. Me incorporo con las piernas temblorosas. En la otra mano. recorre derrapando el sendero de grava. consternada. Diamanté. Ya basta. . se detiene al pie de la majestuosa escalinata. —¡Diamanté! —grita—. ¡Es mi propia visión! ¡Y necesito ese collar! —No creas que vas a usarlo. rodeo la casa a la carrera… hasta que me paro en seco. vislumbro el collar de Sadie destellando a la luz del sol. Se lo ve tan frenético y descontrolado que me entran ganas de reírme. No voy a permitir… —¡Lo tiene ella! —me dice de pronto Sadie al oído—. ¿Diamanté utiliza a otros diseñadores? Pero es sólo un instante. El tío Bill está furioso. —¡Son… sólo ayudantes! —grita ella—. Jadeando y ya sin preocuparme de si me ven o no. Diamanté. al volante de un Porsche negro descapotable. Jadea ruidosamente y. Cuando reduce la velocidad para cruzar la verja.

ya verás. y bastante bueno.5 quilates extraído en los años veinte. ¡Mañana. sino auténticos. sin duda la más crucial. He consultado en Google toda clase de páginas sobre diamantes y joyería. y es increíble lo que la gente está dispuesta a pagar por un diamante de 10. a las seis y media de la tarde. Ella suelta un gran suspiro. No se me ocurre otro motivo para que el tío Bill esté tan interesado. por ejemplo! Y añadí. Aproximadamente. El collar está tachonado de diamantes de singular antigüedad y vale millones de libras. El único problema es que la segunda parte de mi plan. hablar con Diamanté y convencerla para que me entregue el collar en cuanto termine el desfile. He empleado todas mis facultades detectivescas desde nuestra visita al tío Bill. El único problema era que no me imaginaba a Diamanté incluyéndome en la lista de invitados ni en un millón de años. Pero entonces se me ocurrió una idea genial: le envié a Sarah un correo en tono simpático y le dije que me gustaría apoyar a Diamanté en su aventura en el mundo de la moda… ¿Podría ver al tío Bill para hablar del tema? Tal vez me pasaría un momento. No creía que fueras tan interesada. Y. Tampoco me sobran cuatrocientas libras para gastármelas en un vestido. resulta muy fácil sacarle a la gente lo que quieres cuando te consideran una psicópata. Será el próximo jueves en el hotel Sanderstead. por ahora no ha . insinuaba. —Un centímetro quizá. —Te veo muy preocupada por el valor de mi collar —me dice—. con rigurosa invitación. me enviaron dos entradas con un mensajero. —¿Era muy brillante? ¿Sin imperfecciones? Eso podría afectar a su valor. La verdad. a una velocidad supersónica. —¿Qué tamaño tenía la piedra más grande del collar? —le pregunto una vez más a Sadie—.135 - . dado que no soy fotógrafa del Hello! ni una de sus amigas famosas. joder! ¡Sólo pretendo comprender por qué el tío Bill quiere quedárselo! Él no perdería un minuto de su tiempo si no fuese muy valioso. —¿Qué diferencia hay. Ha de ser eso. Para empezar.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 13 Sólo hay una posibilidad: que no sean diamantes de imitación. o sea. si no podemos recuperarlo? —Lo recuperaremos. pero que hablaría con la secretaria personal de Diamanté. Sarah me contestó que Bill estaba muy ocupado y que no me pasara al día siguiente de ninguna manera. hice averiguaciones sobre el desfile de Tutús y Perlas que está organizando Diamanté. para rematar la jugada. Tengo un plan. unas cuantas caritas sonrientes en el mensaje. —¡No lo soy.

La verdad. Me ajusto el broche en el pelo. Miro el reloj y noto una punzada de impaciencia. ¿Por qué es tan importante para ti ese collar? Pero permanece callada y empiezo a preguntarme si me ha oído. la ropa se confecciona en unos talleres de Shoreditch. Sólo me queda una opción: asistir al desfile. —El collar te quedaría impresionante con ese vestido —le digo. Como si me leyese el pensamiento. a ella y al collar. no puedo decir que me haya sentido nunca como una diosa. se vuelve y examina mis tejanos con aire dubitativo. Su secretaria se niega en redondo a decirme dónde está y a darme su número de móvil. La miro. inquieta. Deberías intentarlo y probarte algo hermoso. Un poco mejor. —Cuéntamelo de nuevo. Supuestamente le ha pasado un mensaje. Como una diosa. No es de extrañar. Ya sé que no soporta los lamentos. pero no he tenido más noticias. Hace un día . Ella asiente. También debe de haber algo en tu guardarropa que te haga sentir así. bueno… se lo birlaré. —Se recuesta en el marco de la ventana—. me siento bella. pero aun así todo el mundo anda con esos espantosos pantalones azules. Quizá no sean hermosos. para convencerme—. ¿Por qué azules? —Porque… —Me encojo de hombros—. Salgo de las páginas de joyería y giro la silla para echarle un vistazo a Sadie. me levanto y me echo una ojeada en el espejo. Ni especialmente radiante. para variar. —Parece haberse animado y me lanza una mirada mordaz—. —Ya te lo dije —responde al fin—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE funcionado.136 - . como tú dices… —Son azules. Es un vestido de espalda escotada y. Hoy lleva un vestido plateado que al parecer deseaba a los veintiún años con desesperación. por detrás. No lo sé. sólo lleva dos finos tirantes que le ciñen sus hombros esbeltos y un lacito en la cintura. Así que nada de nada. Un colgante muy mono de una rana. Vamos. al menos. O si no. con los hombros ligeramente abatidos. pero que su madre se negaba a comprarle. Una original camiseta estampada de Urban Outfitters. —¡Estos tejanos son bonitos! —Les doy una palmadita. Ya casi es la hora. éste es sin duda mi preferido. Perfecto. Cuando lo llevo. para ver si la localizaba. pero quizá se sentiría mejor si hablara. de todos modos. Kate ha salido temprano para ir al ortodoncista y todos los teléfonos permanecen en silencio. pero por lo visto nunca aparece por allí. Está sentada en el alféizar de la ventana y balancea los pies sobre la calle. Sólo había secretarias y ayudantes. Quizá me vaya yo también. hablaré en privado con Diamanté y la convenceré de algún modo para que me dé el collar. De todos los modelos fantasmales que ha lucido. Tejanos y zapatillas de ballet. —Eh… —titubeo. No mucho maquillaje. Cuando termine. ¡Azul! El color más feo del arco iris. pero permanece callada. —He pensado que podríamos dar un paseo —le digo—. ¿por qué iba a molestarse Diamanté en llamar a la nulidad de su prima? Sadie se dio una vuelta por sus oficinas en el Soho. Radiante. ya puestos. —Quizá a ti no te suceda. Lo teníamos tan cerca… y se nos escapó.

aunque enseguida tengo que apartarme porque se acerca una mujer con una carta. Perfecto. Cuando me vea. Una especie de paseo. —¡Ya lo sé! ¡Estás persiguiéndolo! ¡Esperas a Josh. Ahora que mi plan está a punto de realizarse. Las seis menos cuarto. Quizá podrías ayudarme un poco. —Oye. —¿Un paseo? —Me mira fijamente—. No espero a nadie. —¿A quién esperas? —A nadie.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE muy bonito. pero me conviene mantenerla en reserva por si las cosas se complican. por casualidad. él me ha rehuido. Me echo un vistazo en un escaparate. conecto el contestador automático y cojo mi bolso. otra colección de fotografías suyas. al subir las escaleras del metro. siempre que he tratado de preguntarle qué esperaba de nuestra relación. aunque sería demasiada coincidencia llevarlo encima. no lo niegues! —Estoy volviendo a tomar las riendas de mi vida —replico. —Pues eso. He mantenido el baño en orden. He dejado de cantar en la ducha. ¿Qué clase de paseo? —¡Pues un simple paseo! —Antes de que pueda añadir algo más. Casi desearía habérmela quitado de encima. Siempre que he intentado meterme en la mente de Josh. Creía que íbamos a dar un paseo. Tú espera y verás. ¡Se va a quedar boquiabierto! Ahora solamente tengo que tropezarme con él. Ahora sí me siento capacitada. Un par de colegas de Josh pasan a toda prisa. No pienso escucharla. Josh notará el cambio. Sólo hay veinte minutos hasta Farringdon y. Pésima de verdad. Sadie se planta delante de mí y me escruta. He tomado la firme decisión de no hablar de las relaciones de los demás. Con los ojos fijos en la entrada. . Llego a la esquina de la avenida principal y me detengo. Incluso he estado hojeando ese libro de fotografía de William Eggleston. vuelvo a consultar el reloj. —Tú cierra el pico. Pronto estará aquí. Viendo pasar el mundo. comprenderá su error. Ya estoy mentalizada y lista para entrar en acción. Que queda a unos cien metros. suelta un resoplido al ver que llevo el libro en la mano. me sitúo en el hueco que hay junto a una tienda. Sadie. cuando salga de la oficina. el estómago se me encoge de los nervios. Por eso tengo en las manos uno titulado Los Alamos. Pero ¡ahora por fin sé lo que quiere! ¡Sé cómo lograr que funcionen las cosas! Desde aquel almuerzo me he transformado totalmente. me aplico más brillo de labios y enseguida me lo quito. —¿Se puede saber qué estamos haciendo? —Sadie me sigue de cerca —. Sólo estoy… matando el tiempo. siento una emoción desbordante. apago el ordenador. —Me apoyo en un buzón para demostrarlo. Le demostraré que he cambiado.137 - . —Es una pésima idea. evitando su mirada—. desde donde disfruto de una perspectiva perfecta de los transeúntes que van hacia la estación de metro.

«Es una propuesta razonable. Es el momento de aprovechar mi ventaja—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Qué quieres decir? —pregunta con aire altivo. —Darle un empujoncito a Josh. —¡Es lo mismo! Una vez en marcha. me da . Como los coches antiguos —añado. Lo he pillado desprevenido. En aquella vez en París. ¡Qué coincidencia! —Pues sí… La verdad. —Y así será. ¿te acuerdas?. —Se quita los auriculares y me mira con cautela. ¿Por qué no? Le lanzo una mirada triunfal a Sadie. tal vez para darme ánimos. —Lara. Ese libro… ¿es Los Alamos? —Sí —respondo sin darle importancia—. claro. Se la ve bastante equilibrada. Ay. Salgo de mi escondite y echo a andar hasta cruzarme en su camino. Decirle que yo le gusto. Camina tranquilamente. Las fotos son tan alucinantes que me compré éste. Democratic Camera. —¡Qué curioso! —dice tras una pausa—. Josh. —Me doy una palmada en la frente—. ¿A que fue divertido? —Estoy hablando a trompicones. todo irá como la seda. —La mirada se le ilumina al ver el libro que llevo—. —Se quita el iPod—. tan sorprendida como puedo—. Yo también me acordé de eso el otro día. —¿Me dejas que te invite a una copa rápida? Para hacer las paces sin rencores. —Está desconcertado. Ahí viene.» —De acuerdo. estoy segura… —Contengo el aliento—. cierto. no con los hombres. no hace falta que me mire con tanta suspicacia. Quizá le haga falta un empujoncito. —¿Por qué va a necesitar que se lo digan? Tú dijiste que se daría cuenta de su error en cuanto te viera. ¿recuerdas? Le dabas a la manivela y de pronto el motor arrancaba. porque el GPS iba mal. ¿de acuerdo? Se hace un silencio. con una botella de agua en una mano y el estuche de un portátil nuevo de aspecto guay en la otra. —¡Se me había olvidado que trabajas por aquí! —exclamo con una sonrisa radiante—. Como en tus tiempos. ¿O era otro? —Adoro a Eggleston —dice lentamente—. Pero quizá no sé dé cuenta en el acto. que niega con la cabeza y se pasa el dedo por la garganta. Fui yo quien te regaló Democratic Camera. Sólo por si acaso. Calma. Debes de haberlo hecho miles de veces. —Le doy unas palmaditas y levanto la vista—. —Ah. Josh. súbitamente inspirada—. Casi puedo seguir el hilo de sus pensamientos. El otro día miré ese otro libro fantástico. —Con los coches —dice—. —¡Ah! —digo. —Precisamente pensaba en ti el otro día —le digo—. Oye… ¿a ti no te gustaba también William Eggleston? —Arrugo la frente—. Lo había olvidado. cuando acabamos en la otra Notre Dame. Dios.138 - . Bueno. Hola. Una copa gratis. tenía ganas de decirte… —le dirijo una sonrisa contrita— que siento haberte enviado todos aquellos mensajes. con los auriculares del iPod puestos. No sé qué me entró… —Bueno… —Carraspea.

O sea. le hago señas a Sadie para que deje el taburete que ha ocupado entre dos tipos con tripa cervecera y se acerque. bueno —respondo. Estaba pensando en hacer un viaje. Increíble. ¿Cómo van las cosas? —Josh. Parecemos una pareja feliz. Lo sé porque no paro de mirar nuestro reflejo en el espejo. —Me encantaría conocer Katmandú. —Ha sido una buena idea. incluso ante sí mismo. Estoy harta de la gente que analiza las cosas interminablemente. y el tiempo pasa volando. No es así como había planeado las cosas. Lara. Estoy harta de conversaciones profundas. ¡Sin darle tantas vueltas! Me mira por encima de su cerveza. ¿Lo mismo? En cuanto se aleja hacia la barra. ¿Sabes?. —He cambiado. —Gracias por la copa. Nos estábamos entendiendo de . —¡Dile que me ama! —Pero él no te ama —responde. Los dos tenemos las mejillas encendidas y estamos riendo cuando él finalmente consulta su reloj. Pero si nunca lo dijiste… —Se me ocurrió hace poco. —¿De veras? —Le dedico una sonrisa deslumbrante—. —Apoyo los codos en la mesa y lo miro seriamente—. —En fin. —He de irme —dice—. bien pasmado. Lara. —Está bien. Pero ya nos has visto. Ha sido estupendo volver a verte.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE igual lo que piense. —Ah. Disfrutemos de la vida. ¿Que sigamos en contacto? —¡Tomemos otra copa! —Procuro no sonar desesperada—. Alzamos las copas. —Me encojo de hombros—. sorprendida—. Vivamos. pido un vino blanco para mí y una cerveza para él y localizo una mesa en un rincón. Análisis o como se llame.139 - . ¿Por qué seré tan poco aventurera? Hay tantas cosas que ver. Montañas… ciudades… los templos de Katmandú. Me llevo a Josh al pub más cercano. Sin rencores. Durante los diez minutos siguientes hablamos de Nepal. Josh habla de Nepal y yo coincido en todo lo que dice. —En fin. como si estuviera explicándole algo muy sencillo a alguien muy idiota. Incluso leías esa revista. Sigamos en contacto. Tengo un partido de squash. visiblemente incómodo—. —Pero si a ti te encantaba analizarlo todo. ¿Sabes qué? No lo analicemos todo. Lo mismo digo. bebemos un sorbo y abrimos una bolsa de patatas. a Nepal quizá. una rápida. —Sonríe y se inclina para darme un beso en la mejilla—. —¡Ya lo creo que me ama! Sólo que le da pánico reconocerlo. —Estoy segura de que lo oí hablar varias veces de Nepal. He cambiado en muchos sentidos. ¡Una rapidita! Josh lo piensa un momento y mira el reloj otra vez. estaba pensando en ir el año que viene. —Se aclara un poco la voz. Josh. Tengo el baño libre de mejunjes. Miro alarmada cómo recoge el estuche del portátil. —¿Quieres hacer un viaje? —Ahora está flipando—. Gasto menos en maquillaje. —Le ofrezco el paquete con una sonrisa.

Debería… —No te preocupes —digo. (Vale. generosa—. Después de todo lo que he hecho por ti. —Perfecto. Al fin. Creo que aún te amo.) Cuando finalmente nos separamos. Creo que ya… —Lara. por favor. Porque si es así ya sabes que a mí puedes contármelo. respira hondo y se frota la cara con las manos. En mí puedes confiar. No estoy segura de si me besa él o lo beso yo. Sólo falta un empujoncito en la dirección correcta… Por favor. el corazón se me ensancha en una oleada romántica y los ojos se me humedecen. creo que lo he besado yo. buscando su ayuda. se vuelve hacia mí desde la barra y me examina. tengo ese partido de squash… —Mira el reloj—. Pero él se limita a quedarse todo rígido. Josh —le digo con voz temblorosa—. Se hurga la oreja varias veces. Está a punto de caramelo. se pega a su oído y empieza a chillar: —¡Todavía amas a Lara! ¡Te equivocaste! ¡Todavía la amas! Él se pone rígido y sacude la cabeza. Menuda sorpresa. —Bueno… yo todavía te quiero. —Muy bien. —¿Te preocupa algo? —le digo en voz baja. —¿Sí. está a punto… —¡Amas a Lara! ¡No te resistas. si no estuviese muerta de ansiedad. Aunque sabía que acabaría diciéndolo.140 - . Josh! ¡La amas! Él distiende la frente. Josh? —Apenas me salen las palabras. Inspira hondo. —Traga saliva—. —De acuerdo. —¡Todavía amas a Lara! ¡Todavía la amas! Mientras se acerca con las bebidas y se sienta a mi lado. —Bien. Abre su teléfono. vamos! —Creo que quizá cometí un error. vamos. Ya hablaremos de eso en otro momento. Le lanzo una mirada agradecida a Sadie y bebo un sorbo de vino. —La miro suplicante—. Un segundo más tarde reaparece junto a Josh. Ya hablaremos luego. me echaría a reír. para animarlo—. Soy una vieja amiga.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE fábula. él parece más alucinado que al principio. atisbo por encima de su hombro y me quedo . No voy a sacar a colación ahora que fue una reacción muy exagerada de su parte cambiar de número sólo por los cuatro mensajitos que le mandé. Se lo ve tan aturdido que. Te envío mi nuevo número. como tratando de librarse de algún ruido. —Entrelazo amorosamente los dedos con los suyos—. ¡Vamos. pero de pronto estamos abrazados y nos devoramos el uno al otro. Por favor… Suelta un suspiro exasperado. Miro a Sadie. aguardando a que Josh se me declare. Siempre te he querido. con la mirada perdida. —Lara… —musita. —Bien —dice tras un silencio. Ve. —Oye. No hay prisa. parece en trance.

¡Y ha conservado aquella fotografía! ¡Todo este tiempo! —Bonita foto —le digo. con el equipo de esquí. Me hace sentir bien siempre que la miro. Un taxi para y. —Su rostro parece ablandarse al contemplarla—. Déjalo respirar. a la puesta de sol. Josh se inclina para besarme otra vez. Habíamos esquiado todo el día y el crepúsculo resultó espectacular. —Voy a coger un taxi —dice—. una voz interior que lo animara a decirlo. Sólo necesitaba un empujoncito. Sólo se distingue nuestra silueta. Suena un pitido en mi móvil con el mensaje de Josh y aparece su número en mi pantalla. —Sí. uno a uno. Te quiero. —Te quiero —responde. Lo sabía. Le pedimos a un alemán que nos sacara una foto y el tipo se pasó media hora explicándole a Josh cómo funcionaban los mandos de su móvil. —¡Adiós! —Agito la mano cuando arranca. Ya lo tengo otra vez. —No. De pie en una montaña. ¡Es mío! Salimos del pub con las manos entrelazadas y nos paramos en la esquina. —A mí también —digo ahogadamente. mientras suelto un silbido triunfal—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE boquiabierta… ¡Todavía tiene una foto nuestra en la pantalla! Él y yo. Voy en la dirección contraria. Luego me vuelvo y me abrazo a mí misma. como quien no quiere la cosa. Lo sabía. gracias. un plus de confianza.141 - .» Meneo la cabeza. Me ama. pero recuerdo ese momento con toda claridad. pero la nueva Lara me detiene: «No te entusiasmes demasiado. Suelto un imperceptible suspiro de satisfacción. antes de subir. —Le beso los dedos. ¡Estamos otra vez juntos! ¡Vuelvo a salir con Josh! . ¿Quieres que…? Voy a decir: «¡Genial! ¡Lo compartimos!».

(A mamá la pone nerviosa atender el teléfono porque podrían ser secuestradores… No me preguntes por qué. claro. ¿no? —¡Es alucinante! O sea… ¡increíble! Tampoco hace falta que se muestre tan sorprendida. Así que volvemos a estar juntos. Vamos. suena un poco estresado—. papá. por lo visto. ¿Te has reconciliado con Josh? —Ah. Ya te dije que estábamos hechos el uno para el otro. cada vez que recibía anoche una respuesta de mis amigos. se limitaba a resoplar. Por error. Sí. — Le lanzo una mirada a Sadie. Josh y yo estamos otra vez juntos. —Hola. Marco el número. ¡Ja! ¡Qué gran placer! Quiero disfrutarlo a fondo. nos encontramos ayer por casualidad. (Y al tipo del Telepizza. por la sencilla razón de que tenía sus números grabados en el móvil. . No se ha dignado felicitarme y. para regodearme. qué guay. pero resulta agradable que se alegre. hablamos y me dijo que aún me quiere. Y me dijo que todavía me quería y que había cometido un gran error. porque aún me queda por hacer la llamada más importante. tomamos una copa.) —¡Dios mío. ¿por qué no alegrarles la vida a los demás? Así que envío mensajes a todos mis amigos contándoles que Josh y yo volvemos a estar juntos. He pensado que igual te gustaría saberlo. para acabar de recibir la noticia de que su hija acaba de reencontrar la felicidad con su amado. ¿Estás segura de que tú y Josh…? Jo. —Sí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 14 Nunca he sabido resistir la tentación de propalar las buenas noticias a los cuatro vientos. Pero me da igual. Sadie se ha comportado como una auténtica aguafiestas. —Lara… —No parece tan contento como esperaba. Como tú y mamá. Lara! —estalla Kate nada más entrar—. —O sea que. cree que me lo he inventado. aunque el tipo se alegró por mí. Soy Lara —le digo con el tono despreocupado que llevo ensayando toda la mañana—. ¿has recibido mi mensaje? —respondo como si tal cosa—. —¡Llámalo si quieres! ¡Pregúntaselo! Nos encontramos por la calle. —¿Cómo? —dice tras una pausa. Después de tantas semanas soportando que todo el mundo me dijera que me olvidara y pasara a otra cosa. resulta que todos se equivocaban. me arrellano en mi silla y aguardo ilusionada a que descuelgue papá.) —Michael Lington. Un nuevo silencio. tenía yo razón.142 - . Debe de estar demasiado alucinado para responder. ¿no? —añado impulsivamente—. Y también a algunos de sus amigos. De hecho. Incluso ahora me mira muy seria desde su puesto habitual en lo alto del archivador.

¿no? Y ahora sí estoy interesada. Tu madre y yo nos casamos aquel mismo año. la gente cambia. —No puedo reprimir una sonrisa satisfecha—. . —Suena receloso—. en esa época Bill era el holgazán. Y me preguntaba si tienes fotografías de la casa de tía Sadie. —Cierto —admite débilmente. —Oye —cambio de tema para animarlo—. Tiene razón. pienso excitada. pero nunca me había preguntado por su procedencia. — Suelta una risita y oigo que bebe un sorbo de café—. el otro día estaba pensando en la historia de nuestra familia. Kate está muy atareada. no? Pero así es. —Ya sé que se salvó ese escritorio —me dice tras leer el mensaje. Le hago señas para que mire la pantalla. ¡Quizá era el escritorio de la propia Sadie! ¡Quizá tenía allí sus papeles secretos! Cuando cuelgo. Creí que te gustaría. dices? Creía que se había perdido todo en el incendio. Una noticia fantástica. bueno. soplando para quitarle el polvo. En Archbury. Las guardaron en un almacén y allí quedaron durante años.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Vaya —suspira—. —Ya. —¿Cómo.) —Sí. me intereso por mis antepasados. —La vieja casa familiar que se incendió. Simplemente. ¿no estás demasiado obsesionada con tu tía abuela? —En absoluto. Es bastante… increíble. —Se salvaron algunas cosas. pero me muero de ganas de hablar con Sadie. ¿Todavía la conservas? —Eso creo. Ahora me dará el código cifrado y entonces yo tiraré del cajón. En Navidad sacó un viejo álbum de fotos y yo me quedé dormida mientras me lo enseñaba. por supuesto.143 - . Sólo que… me sorprende. Lara. Y demuestra que las relaciones son muy complicadas. ¿Cuesta imaginárselo. —¿El del vestíbulo. Nadie decidía hacerse cargo de ellas. Una vez me enseñaste una foto. Creo que casi le he provocado un infarto. (Añado en mi descargo que había comido varios bombones de licor. —¡Vaya! Me fascina esta historia. Fue Bill quien se ocupó de todo al morir tu abuelo. cariño? —Le cuesta seguirme. Y el escritorio de roble fue nuestro primer mueble. Pobre papá. Esa foto es lo único que nos ha quedado de la casa. y que la gente no debería inmiscuirse y creer que lo sabe todo. y dentro habrá… algo realmente espectacular. Es una pieza modernista maravillosa. ¡No todo se perdió en el incendio! ¡Había algunas cosas en un almacén! A ver si lo adivinas… ¡Tenemos un escritorio de tu antigua casa!» Quizá haya un cajón secreto con todos sus tesoros perdidos. Y a lo mejor sólo ella sabe abrirlo. no del todo —dice—. El escritorio de roble del vestíbulo también procede de aquella casa. —Me encanta. Por entonces no tenía nada que hacer y yo estaba con los exámenes de contabilidad. «¡Oye. ¿no? —Bueno. No puedo mandarla a buscar otro café. Nunca te habías interesado por la historia familiar. He visto mil veces ese escritorio. Sadie! —tecleo en el ordenador—. —Ya se ha relajado—.

Muy bien. —Clive es un ejecutivo brillante. añadiendo «provisional» entre paréntesis. ¿Te la paso? El chocolate caliente se evapora de mi estómago. está en el momento ideal para hacer un cambio… —Todo eso ya lo sé —me corta en seco—. Los dos nos marchamos. —Bueno… se marchó. Así que lo he puesto igualmente en la lista. —Un momento. —Es muy cutre —dice. también le he contado a papá lo de Josh». sí. medio enojada—. —Sí. A mi modo de ver. Es una maravillosa pieza modernista. Estoy otra vez con Josh y me he reconciliado con el mundo. tuvimos una charla fantástica y él se mostró entusiasmado… —Me dijo que abandonó vuestra entrevista —me interrumpe. Rarísimo. Esperaré media hora o así. es Janet. que digamos. se quedó de piedra al saber que figuraba en la lista. Joder. —Carraspeo—. «¿Dónde has aprendido esa palabra?». Qué tal. —No. No es ésa la impresión que yo saqué. Lara. no lo estoy —me dice con su voz más ronca e imperiosa—. mejor no agobiarlo. Bueno.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE nada impresionada—. —Cierro los ojos. Muebles espantosos. ya me pongo. Clive —finjo aplomo—. —¿De veras? —pregunto con tono de sorpresa—. es dinámico. Y quizá sea capaz de convencerlo antes de la entrevista. Me importa un bledo lo que piense. Hay una cosa que no entiendo. Y pasar todo el día fuera o simular que me había quedado sin voz—. —Empiezo a soltarle el rollo de carrerilla—. Pero me lo encontré en una recepción anoche. «Bueno. No. ¿Por qué está Clive Hoxton en la lista? —Ah. Así que podría decirse que ambos la abandonamos… —Me dijo que estuviste hablando todo el tiempo por el móvil con otro . Me siento contenta y reconfortada. Qué raro. Lara. Una vajilla horrible. De Leonidas Sports. Quizá le envíe un mensajito para contarle cuánto se alegra la gente por nosotros. Janet. Qué gran talento. me mentalizo y luego respondo con mi tono más dinámico y ejecutivo—. —La he oído por ahí —dice encogiéndose de hombros. Me repantigo en mi asiento. Qué tipo. inquieta—. ¡Espero que estés tan entusiasmada como yo! —añado. Dame unos segundos. Como quiera. Tendría que haber previsto que iba a llamarme. Pero ella pone los ojos en blanco y desaparece. Me enviaron una lista por si quería reclamar algo. Janet. como si acabara de tomarme una taza de chocolate caliente. y miro a ver cómo reacciona. Ya sé que mi almuerzo con Clive no terminó muy bien. escribo. escribo. Tiene experiencia en marketing.» Ella se mete un dedo en la garganta. la cosa es así. No me interesaba nada.144 - . saco el móvil y abro uno de los mensajes de Josh. Me dijo que había dejado bien claro que no está interesado. Pero es que sería perfecto para el puesto. por favor —responde Kate y me mira. vale. tajante. Objetos sosísimos de peltre. ¿Cómo estás? ¿Has recibido la selección final? —Kate se la envió anoche por correo electrónico. «No es un mueble espantoso —escribo. y se me escapa la risa. Suena el teléfono y me pregunto si será él. De hecho. como si quisiera vomitar.

SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE cliente y que no pensaba volver a hacer negocios contigo. No hay ninguno. eres un auténtico crack. —Kate recorre con la vista el despacho. —¿Y qué hay de Gavin Mynard? —Tiene grandes dotes —miento—. ¿Es el tipo con caspa? ¿No se había presentado ya otra vez? —Ha mejorado mucho. suspicaz—. como si pudiera haber un alto ejecutivo de marketing escondido en un archivador—. Lara.145 - . Janet. Janet. Es superconfidencial. Nuestra reunión interna es el jueves. por favor? —¡No! —exclamo aterrorizada—. ha sido un placer… —Y cuelgo con el corazón desbocado. temiéndome lo peor. A mi móvil llega un mensaje y lo cojo con la loca esperanza de que sea un ejecutivo de primera interesado en algún puesto libre en el sector de material deportivo. Ahora usa Head & Shoulders. O Josh. Te lo prometo. Su tono es inconfundible. —Lara. he de irme corriendo. quieres decir? —Sí. Tendrás toda la información el jueves. —Me aclaro la garganta—. —¿Sabes que nuestro servicio médico tiene principios muy estrictos respecto a la higiene personal? —Eh… no lo sabía. Estamos hablando de un ejecutivo de alto nivel. —¿Otro? ¿Que no está en la lista. Me dejas perpleja. ¡Su currículo! Todo esto es muy poco profesional. Créeme. —Bueno. Clive Hoxton es un soplón repulsivo. Estaríamos perdidas… —¡También tengo otro candidato! —me sorprendo a mí misma. —Bien. ¿Puedo hablar con Natalie. pidiéndome que me case con él. ¡Sabía que lo conseguirías! ¿Quién es ese candidato tan espectacular? —¡No existe! —digo desesperada—. Janet. ¡Hemos de encontrarlo! —Vale. estoy entusiasmada. Y sólo te digo que vas a quedarte patidifusa cuando veas el nivel de este candidato. . —Cruzo los dedos con tal fuerza que me hacen daño—. Su currículo no refleja… la riqueza de su experiencia… Janet suspira. O papá. Me quedo rígida. Me sonrojo hasta la raíz del cabello. yo diría que es la persona idónea. Eh… el jueves sin falta. Lo anoto. mucho mejor que los demás. Lara. Con muchísima experiencia. Eh… ¿dónde? —¡No lo sé! —Me meso el pelo—. Va a despedirme ahora mismo. Lo único que puedo decirte es que debemos de haber entendido las cosas de una manera distinta… —¿Qué me dices de este Nigel Rivers? —Janet prosigue sin más—. ¿y quién es? —dice. no puedo. No puedo permitirlo. —¡Necesito su nombre! —ladra—. ¿Cómo es que no me has enviado su currículo? —Porque… he de cerrar el acuerdo primero. Un tipo creativo y con talento que ha pasado injustamente desapercibido. Mierda. ¡Mierda! ¿Qué voy a hacer ahora? —¡Hala! —Kate me mira con ojos brillantes—. De hecho.

Te he mandado una foto. ¡Lo cual significa que se muere de ganas de verme! Estoy sopesando si mandarle otro mensajito simpático para preguntarle qué hace. —Ah. anunciándome que ella no necesita para nada ese viejo collar de la libélula y me lo mandará con un mensajero. Ni las terroríficas conversaciones con Janet Grady. lamento tener que ganarme la vida —replico con sarcasmo —. ¡Hola. ¡Y él me ha respondido dos veces! Textos breves. Cuando dan las siete. Al fin y al cabo. cielo! Estoy haciendo yoga en la playa. y menos aún querrá hablar de un trabajo o aceptará que lo incluya precipitadamente en la selección final. No el trabajo. qué quieres que te diga: lo único que importa es el amor. mira qué vista. la habitación se mece y mis problemas parecen alejarse agradablemente. Ni los directores de marketing. todo irá bien. Es Natalie. Me quedo muy sola durante el día. ¿no? Besos.146 - . pero aun así… Está en una aburrida convención de trabajo en Milton Keynes y me ha dicho que se muere de ganas de volver a casa. Situarlas en su debida dimensión. —Bueno. Al comenzar el capítulo de EastEnders me he tomado la mitad. O hacerme pasarme por uno. A lo largo del día le he mandado varios a Josh para mantener la moral alta. Hace un tiempo divino aquí. Internet y un ejemplar de Marketing Week que Kate ha ido a comprar. ¿sabes? Estás tan obsesionada con tu trabajo… Ella también estaría obsesionada si tuviese detrás a Janet. Mientras me aferré a esta idea. Lamento no ser una dama ociosa y no poder ver ni una sola película en todo el día… —¿Has encontrado el collar? —me corta—. ¿Has hecho algo más al . —Me lanza una mirada acusadora—. ¿Dónde estabas? —En el cinematógrafo. Natalie. He elaborado una nueva lista de emergencia valiéndome de números atrasados de Business People. con un vestido de gasa gris claro. hola —le digo—. Tengo el móvil en el regazo y de vez en cuando releo los mensajes de texto. Me he tragado dos películas. ¿no? Hay que poner las cosas en perspectiva.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE diciéndome que se da cuenta de que tenía razón y excusándose por haber dudado de mí.D. cuando levanto la vista y veo a Sadie en la repisa de la chimenea. Pero ninguno de estos candidatos se pondrá al teléfono. pongo la tele y empiezo a beber la botella a buen ritmo. P.: ¿Todo bien en la oficina? Me dan ganas de tirar el móvil por la ventana. me duele el cuello y tengo los ojos enrojecidos. Pero no es ninguno de ellos. O incluso Diamanté. Me quedan cuarenta y ocho horas. Alucinante. Tendré que inventarme un director de marketing. El amor es lo esencial. En cuanto llego a casa. La única noticia positiva es que en el súper tenían un Pinot Grigio a mitad de precio.

las aventurillas. Nos miramos ceñudas. Qué arrogancia… ¿Quién se ha creído que es? —Tonterías —replico en tono glacial—. ¡Él no alberga ningún sentimiento por ti! —¡Ya lo creo! ¡Claro que sí! Tenía mi foto en el móvil. Sadie? —indago con cautela. Lo creo de verdad. ya sé que le diste un empujoncito. No he hecho nada. Es evidente que ninguna de las dos está de humor esta noche. ¡Nunca había conocido a nadie tan débil! Apenas tuve que susurrarle y ya se lanzó. ¿no? La ha llevado encima todo este tiempo. con un amor verdadero. Dijo lo que yo le ordené que dijera. —No seas absurda. Aguardo a que me pregunte cuáles. —No es más que una marioneta —refunfuña—. ¿Es que no lo entiendes. ¿no es maravilloso? —añado para picarla. y de eso tú no tienes ni idea. que sólo le importaba la diversión. Puedes pensar lo que quieras. Me he quedado boquiabierta y estoy a punto de derramar el vino en el sofá. Es todo completamente falso. Se ruboriza y desvía la mirada. —¡Sus sentimientos profundos! Eres tronchante. querida. Pero él nunca me habría dicho que me ama si no hubiese existido un fondo de verdad. pero lograré que las cosas funcionen. Enderezo la mano y doy un trago. ¿Te pasaste la vida esperando una respuesta? . —No es falso. Y no puedes vivir toda tu vida esperando una respuesta. ¿a qué ha venido este estallido? Creía que el amor la traía sin cuidado. entonces será siempre una pregunta. Es evidente que expresó lo que siente. Pero ahora me ha parecido que… —¿Eso te ocurrió. Ya viste cómo me besaba. Sadie. ya oíste lo que me dijo. Se hace un silencio. niña estúpida? ¡Podrías pasarte la vida creyendo y acariciando esperanzas! Si una historia de amor sólo funciona por un lado. —¡Tú nunca has estado enamorada! ¿Qué puedes saber al respecto? Josh es un hombre de verdad: con auténticos sentimientos. Resulta que hoy he tenido que resolver otros problemillas. Eso es amor. sus sentimientos más profundos. Podría haberle dicho que se declarase a un árbol y lo habría hecho. Ella deja de tararear en seco. el mariposeo. Sadie parece tan segura de sí misma que me entra un verdadero ataque de furia. aunque ella sigue dándome la espalda—. no una respuesta. —¡No basta con creerlo! —chilla con súbita vehemencia—.147 - . sólo interrumpido por el barullo de fondo de dos personajes de EastEnders que se están atizando de lo lindo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE respecto? —No. Joder. pero ella se limita a encogerse de hombros. —No tiene nada de maravilloso —dice con expresión hosca—. Vale. Josh alberga sentimientos muy profundos hacia mí. Es real. Sadie suelta una risita. ¿Es que ni siquiera va a interesarse por lo que ha pasado? ¿No va a compadecerme? Pues vaya un ángel de la guarda… —Josh me ha enviado varios mensajes.

no seas tozuda. No se lo diré a nadie.148 - . Debe de haber toda una historia detrás. Sólo puedo darte ese consejo. Antes de irme al extranjero. —Pero ¿qué tenía de malo que te retratara? ¡Deberían haberse sentido halagados! No deja de ser un cumplido que un artista quiera pintarte… —Desnuda. —Como quieras. —¿Os pillaron juntos tus padres? ¿Estabais… dándole de comer al ganso? —¡No! —Suelta una carcajada. Mis padres se quedaron escandalizados. todas tus lágrimas y todo tu corazón en algo que finalmente no es nada. Intento imaginármela con un novio. Era pintor. Simplemente. Un chico atildado de los años veinte. Había un hombre. —¡Aquella bronca con tus padres! —Ahora empiezo a atar cabos—. o que va a esfumarse de nuevo. —¡Tengo agallas de sobra! —Aparece de repente. Tengo que saber más. quizá con un canotier. Yo te he contado todas mis cosas. Y con uno de esos mostachos anticuados. —¿Pues qué pasó? ¡Cuenta! Todavía no acabo de asimilar que haya estado enamorada. —No hay nada que contar —musita al fin—. rabiosa. Sé lo que es malgastar todo tu tiempo. asintiendo. pero intuyo que sigue ahí—. Sin una palabra de advertencia. ¿Fue por culpa de él? Inclina la cabeza levemente. cuéntamelo! ¡Es bueno hablar las cosas! —La sala permanece en silencio. Apago la tele y la llamo. se da la vuelta y se acomoda otra vez en la repisa de la chimenea. Vamos. —Fue hace mucho. Es simplemente que sé muy bien lo que es creer que estás enamorada. —Su risa se apaga y se abraza el cuerpo —. y me cruzo de brazos. Debería haberlo adivinado. Antes de casarme. confía en mí. salvo que saliera muy favorecida… Unos retoques de . se esfuma. No desperdicies tu vida. Yo en mi vida posaría desnuda. ¿Sólo eso? ¿Está de broma? ¡No puede dejarme así! Hubo algo. Soy tu sobrina nieta. ¡Ni en mil años! Bueno. —Me encojo de hombros—. —Encontraron unos dibujos. Mi enfado se ha trocado en curiosidad. sin un «hasta luego». Pero luego suspira. —¡Pues cuéntame! —digo. pero ¿qué? —Cuéntame qué pasó. sí. Esto no puede hacérmelo a mí. Pensaba que tenías más agallas. Le gustaba pintarme. Guarda silencio. —¿Cómo? —Me quedo de piedra. Nada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Y entonces desaparece. ¿Tuviste una aventura? ¿Hubo un hombre cuando vivías en el extranjero? ¡Desembucha. pero me dirige miradas de soslayo. Después de fingir que todo le importaba un pimiento. Después de darme tanto la paliza sobre Josh. —¡Sadie. venga! Por un momento parece que no va a responder.

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artista. —Con una sábana encima. Pero mis padres… —Aprieta los labios—. Fue todo un drama el día que encontraron los dibujos. Me tapo la boca con la mano. Ya sé que no debo reírme, ya sé que no tiene gracia, pero no puedo evitarlo. —Así que vieron… —Se pusieron histéricos. —Suelta un resoplido, casi una risa—. Fue gracioso, pero también horrible. Sus padres estaban tan furiosos como los míos. Se suponía que iba a estudiar Derecho. —Menea la cabeza—. Pero él nunca se habría convertido en abogado. Era un auténtico desastre. Se pasaba la noche pintando, bebiendo vino y fumando un pitillo tras otro. Los apagaba en la paleta… Bueno, los dos lo hacíamos, porque yo me quedaba en el estudio toda la noche. En el cobertizo de la casa de sus padres. Lo llamaba Vincent. Por Van Gogh. Y él me llamaba Mabel. Deja escapar otra risita. —¿Mabel? —Arrugo la nariz. —En su casa había una doncella llamada así. Yo le dije que era el nombre más feo que había oído en mi vida, que deberían cambiárselo. Y desde entonces él empezó a llamarme Mabel. Un bruto cruel… eso es lo que era. Habla en un tono medio jocoso, pero detecto un temblor extraño en sus párpados. No sé si le apetece recordar todo esto. —¿Y tú…? —empiezo, pero me callo. Iba a preguntarle si lo amaba de verdad. Ella está absorta en sus pensamientos. —Salía de allí a hurtadillas, cuando todavía estaban todos durmiendo, y me deslizaba por la enredadera… —Se interrumpe, con la mirada perdida. De pronto, parece muy triste—. Todo cambió bruscamente cuando nos descubrieron. A él lo enviaron a Francia, a casa de un tío, para que se enderezase. Como si fuera posible conseguir que dejara de pintar. —¿Cómo se llamaba? —Stephen Nettleton. —Suspira—. No había pronunciado su nombre desde hace… setenta años. Por lo menos. ¿Setenta años? —Bueno, ¿y qué pasó después? —No volvimos a ponernos en contacto. Nunca más —dice con tono inexpresivo. —¿Por qué? ¿No le escribiste? —Sí, le escribí. —Me dirige una frágil sonrisa que me estremece—. Le envié a Francia una carta tras otra. Pero nunca tuve noticias suyas. Mis padres me decían que era una boba y una ingenua. Decían que me había utilizado. Al principio no les creía, los odiaba por decírmelo. Pero luego… —Alza la barbilla, como desafiándome a que la compadezca—. Yo era como tú. «¡Él me ama, me ama de verdad!» —se mofa con una vocecita aguda—. «¡Me escribirá! ¡Volverá a buscarme! ¡Me ama!» ¿Te imaginas cómo me sentí cuando finalmente recobré el juicio? Un silencio tenso. —¿Y qué hiciste? —¡Casarme, claro! —responde con un brillo retador en los ojos—. El padre de Stephen ofició la ceremonia. Era nuestro párroco. Stephen debió

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de enterarse, pero ni siquiera mandó una postal. Enmudece y yo permanezco sentada. De modo que se casó con el tipo del chaleco escarlata por despecho. Qué espantoso. Con razón no duró. Estoy hecha polvo. Ojalá no hubiera insistido en que me lo contara. No pretendía remover recuerdos tan dolorosos. Creía que me contaría algo divertido, alguna anécdota sabrosa, y que me enteraría de cómo funcionaba el sexo en los años veinte. —¿Nunca pensaste en largarte a Francia con Stephen? —pregunto. —Tenía mi orgullo. —Me mira con expresión mordaz. Me entran ganas de espetarle: «Al menos, yo he recuperado a mi chico.» —¿Conservaste algún dibujo? —Me empeño en encontrar algo positivo en toda esta historia. —Los escondí. Y también un cuadro grande. Me lo trajo de tapadillo antes de marcharse a Francia y lo escondí en la bodega. Mis padres no tenían ni idea. Pero luego se quemó la casa y lo perdí todo. —Vaya por Dios. Qué pena. —No tanto. A mí me daba igual. ¿Por qué tendría que haberme importado? La observo mientras se retuerce la falda obsesivamente, con los ojos preñados de recuerdos. —Quizá nunca recibió tus cartas —aventuro. —Seguro que las recibió. Yo misma las sacaba a escondidas y las echaba en el buzón. Qué espanto. ¡Tener que echar cartas a escondidas, por el amor de Dios! ¿Por qué no habría teléfono móvil en los años veinte? ¡Cuántos malentendidos se habrían evitado en el mundo! El archiduque de Austria podría haber enviado un mensaje de texto a su gente: «Creo que me está siguiendo un tipo muy raro», y no habría sido asesinado. La Gran Guerra no habría estallado. Y Sadie podría haber llamado a Stephen para hablarlo todo… —¿Todavía vive? —Me aferró a una esperanza irracional—. ¡Quizá podamos localizarlo! ¡Buscarlo en Google o ir a Francia! ¡Apuesto a que lo encontramos…! —Murió joven —dice con voz distante—. Doce años después de salir de Inglaterra. Trajeron sus restos y celebraron el funeral en el pueblo. Yo ya estaba viviendo fuera, y tampoco me invitaron. En cualquier caso, no habría asistido. Estoy tan horrorizada que no respondo. No sólo la abandonó: encima se murió. Esta historia es nefasta y tiene un final horrible. Ojalá no hubiese preguntado. Sadie mira por la ventana con aire desencajado. Tiene el semblante más pálido que nunca y una sombra oscura bajo los ojos. Con su vestidito plateado parece una chica desvalida y vulnerable. Noto lágrimas en los ojos. Amaba a su pintor. Más allá de sus bravatas y su insolencia, lo amó de verdad. Toda su vida, seguramente. ¿Cómo es posible que él no la amara a su vez? Menudo cabrón. Si viviera aún, iría a buscarlo y le daría una buena tunda. Aunque fuera un anciano tembloroso con más de veinte nietos.

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—Es triste. —Me froto la nariz—. Muy triste. —No es para tanto —contesta, recuperando su ligereza habitual—. Así son las cosas. Hay otros hombres, otros países, otras vidas que vivir. Por eso sé lo que sé. —Se vuelve bruscamente hacia mí—. Sé de qué hablo, y debes creerme. —¿Qué sabes? —Ahora no la sigo—. ¿Qué debo creer? —Nunca lograrás arreglar las cosas con ese chico. —¿Por qué? —Era de esperar que volviera a sacar el tema. —Porque tú puedes querer y querer —se vuelve otra vez, abrazándose las rodillas; a través del vestido, distingo la silueta huesuda de su columna—, pero, si él no te ama, ya puedes olvidarte. Será lo mismo que si quisieras la luna.

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Capítulo 15
No siento pánico. Aunque sea miércoles y no tenga ninguna solución y Janet Grady esté en pie de guerra. Estoy más allá del pánico, en un estado de conciencia alterado, como un yogui. He rehuido las llamadas de Janet todo el día. Kate le ha dicho que estaba en el lavabo, que estaba almorzando, que me había quedado encerrada en el lavabo… Al final, desesperada, le dijo: «No puedo molestarla, de veras que no puedo… Janet, no sé quién es el candidato. Janet, no me amenaces, por favor…» Ha colgado temblando. Por lo visto, Janet está hecha una fiera. Creo que ha acabado obsesionándose con la lista definitiva. A mí me pasa igual. Los currículos desfilan ante mis ojos como en una pesadilla, y me parece tener el teléfono pegado a la oreja. Ayer me vino una súbita inspiración, al menos eso me pareció. Quizá era desesperación. ¡Tonya! Ella sí que es dura, y tiene mano de hierro y todas esas cualidades terroríficas. Se entendería a la perfección con Janet Grady. Así que la llamé y le pregunté si había pensado en volver a trabajar, ahora que los gemelos ya han cumplido dos años. ¿No le apetecía probar en marketing, por ejemplo? Tonya tenía un puesto de bastante categoría en la Shell antes de que nacieran los niños. Estoy segura de que su currículo es impresionante. —Pero ahora estoy en un paréntesis de mi carrera —objetó de entrada—, ¡Magda! ¡Esos palitos de pescado no! Busca en el fondo del congelador… —Ya has descansado bastante. Una mujer con tu talento… Debes de estar loca por volver. —No tanto. —Pero ¡se te va a reblandecer el cerebro! —Nada de eso. —Pareció ofenderse—. Los niños y yo estudiamos música con el método Suzuki todas las semanas, ¿sabes? Es estimulante tanto para los niños como para los padres, y allí he conocido a otras mamás fantásticas. —¿Me estás diciendo que prefieres la música y tomar capuchinos con las mamás que ser directora de marketing de alto nivel? —Procuré introducir un matiz de incredulidad, aunque yo misma preferiría mil veces la música y los capuchinos antes que lidiar con todo esto. —Pues sí —afirmó con rotundidad—. Lo prefiero. Pero ¿por qué me haces propuestas a mí, Lara? ¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema? A mí puedes contármelo, ya lo sabes… Ay, Dios. Esa compasión fingida no, por favor. —No hay ningún problema. Sólo trataba de hacerle un favor a mi

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hermanita mayor. —Hice una pausa antes de preguntarle en plan informal —. Y entre esas mamás de las clases de música, ¿no habrá ninguna ex directora de marketing? Tampoco habría sido tan raro que en un grupo de mamás ex ejecutivas y profesionales hubiera alguna directora de marketing con experiencia en ventas ansiosa por reincorporarse de inmediato. En fin, ya se ve de qué me sirvió mi gran idea. Todas mis ideas, para ser exactos. La única posibilidad que he encontrado es un tipo de Birmingham que quizá estaría dispuesto a cambiar de empresa si Leonidas Sports le pagara un helicóptero para trasladarse cada semana. Estoy perdida, he de admitirlo. Bien mirado, éste no sería el mejor momento para acicalarse y salir de fiesta. Sin embargo, aquí estoy: metida en un taxi, acicalada y camino de una fiesta. —¡Ya hemos llegado! ¡Park Lane! —anuncia Sadie, mirando por la ventanilla—. ¡Paga al taxista y vamos! Los flashes de las cámaras iluminan el interior del taxi y ya oigo el alboroto de los invitados, que van llegando y se saludan efusivamente. Veo a un grupo con traje de noche que cruza la alfombra roja y se dirige a la entrada del hotel Spencer, donde tiene lugar la cena de Business People. Según el Financial Times, esta noche se reúnen aquí cuatrocientas personalidades del mundo de los negocios. Aunque yo sea una de esas personalidades, estaba casi decidida a no acudir por múltiples razones: 1. Ahora que he vuelto con Josh, no debería asistir a una cena con otro hombre. 2. Estoy demasiado estresada. 3. Estresada de verdad. 4. Janet Grady podría estar aquí y montarme el numerito. 5. Clive Hoxton, ídem. Eso sin contar con que: 6. Tendré que hablar toda la noche con el americano ceñudo. En ésas estaba. Pero entonces pensé: cuatrocientos personajes del mundo de los negocios reunidos en el mismo sitio. Algunos tendrán que ser ejecutivos de marketing de alto nivel, ¿no? Y algunos querrán cambiar de trabajo. Sin duda. Así que éste es mi último recurso. Estoy dispuesta a encontrar un candidato para Leonidas Sports durante la cena. Compruebo que llevo en el bolso un montón de tarjetas y me echo un vistazo en el reflejo de la ventanilla. Ni que decir tiene: Sadie se ha encargado otra vez de mi conjunto. Luzco un vestido años veinte negro: un modelo de lentejuelas, con flecos en las mangas y medallones estilo egipcio en los hombros. Y encima una capa. Tengo los ojos perfilados con

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Glamurosa y retro a la vez. Menuda puntería. desafiante. —¡Vamos! —No cesa de mover nerviosamente las piernas—. —Hola.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE gruesos trazos negros. Me doy la vuelta y ahí está. Josh es superguay. Así que lo he dejado estar. Pero. tan impecable y atractivo como cabía esperar. Siempre lleva algo inusual. Es la voz de Ed.154 - . A muchos los reconozco de los reportajes de Business People. —Sí. Al bajarme del taxi. Lara. Y también un gorro de malla de strass que encontró en un mercadillo. Yo he venido a trabajar. —No me digas… —murmura socarrón. ¿es que piensa comportarse así toda la noche? Nos acercamos a un grupo de fotógrafos. por lo visto. ¡Ardo en deseos de bailar! Madre mía. por ejemplo. He intentado sonsacarle un poco más. pero entonces miro a Sadie y alzo la barbilla. veo gente engalanada por todas partes. le rodea el pecho con los brazos y le frota la nuca con la nariz. me siento más segura. está muy equivocada. —¡Tú estás delicioso! —le dice Sadie alegremente. ¿Y qué. claro. —Tienes un aspecto totalmente… años veinte. Los nervios intentan jugarme una mala pasada. bueno. Se abalanza sobre él por detrás. en realidad. —¡Escucha. a mi espalda. Y aunque protesté un poco por el gorro. está lanzada. desde que me contó su triste historia de amor. Es una cena de negocios. Sadie! —le digo con firmeza—. Esta noche. Está examinando mi conjunto con aire perplejo. todo el mundo irá de punta en blanco. —Le tiendo la mano antes de que se le ocurra darme un beso. Está así. Vale. El esmoquin le sienta perfecto y lleva su pelo oscuro pulcramente peinado hacia atrás. saludándose. Soy socia de mi propia empresa (aunque sólo consista en dos personas y una cafetera más bien chunga). llevo un brazalete de serpiente dorado e incluso un par de medias como las que Sadie solía ponerse. Como quiera. —Me encojo de hombros—. de todos modos. Siempre hay baile en algún lado. Pero si cree que voy a bailar otra vez con Ed. Una mujer con un auricular . Me gusta la ropa de esa época. No para de abrir y cerrar su bolsito y parece poseída por un frenesí. confiada—. como una chaqueta Nehru con tejanos. o se esfuma o cambia de tema. Por Dios. —Ya encontraremos algo —responde. creo secretamente que tengo una pinta guay. como hace ella. No habrá baile. pero se aleja por el aire. Josh nunca se pone esmoquin. riendo y posando para las cámaras. Einstein. Sadie también se ha emperifollado: un vestido de flecos turquesa y verde y un chal de plumas de pavo real. aunque no creo que lo hiciera. —Hola. Para empezar. Lleva unos diez collares y el tocado más ridículo que he visto en mi vida. si son importantes? Yo no soy menos que ellos. con una cascada de strass que le cae por encima de la oreja.

Soy Sonia Taylor. incorporándose—. Avanzamos hacia otro grupo de fotógrafos. Permítame que le deje mi tarjeta… ¡No! —se me escapa un grito de horror. Sadie acaba de meter la cabeza en el . No te preocupes. Estoy en selección de ejecutivos. se desmelena todavía más y mete la cabeza en la chaqueta del esmoquin. Ed parece sorprendido y toma aliento para replicar. sólo unos papeles y tarjetas. —Perdona. —Le doy la mano con mi estilo más profesional—. Que parezco una marioneta de todos modos. —¿Y cómo es que ves Guardianes del Espacio? —¿Bromeas? Lo veía de niño. pero no cuela. pero entonces aparece la mujer del auricular para escoltarnos. —¡Qué va! —replico. ¿Qué hago? —Ponte un poquito de lado —murmura tranquilizador—. Tengo que aceptarlo. mirándolo a los ojos —. mi… —me mira indeciso— acompañante. ¡No! —¡Señor Harrison! —Una mujer de vestido azul marino se ha lanzado en picado sobre Ed—. Me quedo tan desconcertada que casi doy un salto. Mientras nos dirigimos hacia las puertas del hotel. frotarse la mejilla contra la suya y pasarle la mano por el pecho. Sonia. Yo hice un curso especial para enfrentarme a los medios. la agente secreta —admito. el piloto de la nave. —Hola. me temo que me han pillado. sí se parece a una de aquellas marionetas con esas cejas oscuras y ese maxilar tan cuadrado. que se detiene y pone los ojos en blanco. Entretanto. De hecho. Bueno. ¿En qué sector debo ubicarla? ¡Hala! La jefa de relaciones públicas de Dewhurst Publishing. —¡Sadie! —mascullo a espaldas de Ed—. Levanta la barbilla y sonríe. La primera vez estaba tan rígido como una marioneta de Guardianes del Espacio. —Ya sé lo que estás pensando —dice mientras siguen destellando los flashes—. Yo quería ser Scott Tracy. ¿Te acuerdas? Aquel programa de naves espaciales hecho con muñecos. No hay nada interesante. veo que por lo menos te interesa alguna cosa de la cultura británica. Está bien. Cuando hacemos un alto frente a la mesa de recepción. Lara. antes de que la gente se siente a cenar. Permítame que le presente a Lara Lington. He de moverme deprisa. Esperamos con mucha ilusión su discurso. —Me ofrece una cálida sonrisa—. —¡Sadie!—siseo—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE en el oído le hace una seña a Ed. miro alrededor para ver a todo el mundo.155 - . Me gustaría saber qué lleva en los bolsillos del pantalón… Hummm… —Observa su entrepierna y casi veo cómo le salen chiribitas por los ojos. es normal alucinar. —¡Joder! —exclamo mientras me ciegan los flashes—. Se me escapa una sonrisa. —Encantada. pero en fin. Sadie se ha pegado a Ed y no deja de acariciarle el pelo. —Y yo lady Penelope. No estoy muy segura de que un programa infantil cuente como «cultura». por si descubro a algún candidato adecuado para Leonidas Sports. directora de relaciones públicas de Dewhurst Publishing. ¿Qué haces? —Echar un vistazo a sus cosas —responde. —Me alegro de estar aquí —dice él—.

Todo bien. ¡Ha sido espantoso! ¡No sabía adónde mirar! Ella arquea una ceja con aire travieso. Ésta es mi ocasión. —Lara… —empieza. Vamos. Voy a buscar sus placas de identificación. Es una tos rebelde.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE bolsillo de los pantalones de Ed.156 - . ¿no sabe lo desesperada que estoy? ¿Acaso no nos ha visto a Kate y a mí trabajando catorce horas diarias? —¡A mí sí me importa! —le suelto. quizá por todos los cafés que he tomado hoy—. —¿Se encuentra bien? —¡Muy bien! —Procuro mirar a cualquier lado para no ver lo que sucede ante mis narices—. —Me echa una mirada extraña—. ¿para qué crees que he venido? ¡Intento salvar mi empresa! ¡Trato de conocer a gente importante! —Hago un gesto. Al entrar. Hay buenas vistas ahí abajo. —La voz empieza temblarme. —¿Y qué? —Se encoge de hombros—. ¿pasa algo? —Ed me observa con ceño. Sadie asoma la cabeza un instante y vuelve a sumergirse de nuevo. Me llevo una mano a la boca. Soy Lara Lington. —Eh… no. Ed. Me presenta a . Ni siquiera te has dado cuenta. que sale a la superficie por fin—. —¡Hola! —me lanzo—. ¡He de encontrar esta noche un candidato para Leonidas Sports! O eso o nos vamos a la ruina. ¿Qué está haciendo ahí abajo? —Lara. Lara. Ni siquiera se ha quedado mi tarjeta. Las mesas van llenándose de hombres y mujeres de aspecto dinámico. y ella retrocede—. Haz lo que quieras. En fin. Esa mujer habrá pensado que soy un bicho raro. ¡Permitidme que os deje mi tarjeta! —Hola —responde un pelirrojo de aspecto simpático. Oigo retazos de conversación sobre la situación de los mercados. —¡Cielos! —Es Sadie. Llevo días enloquecida y a ti parece que te dé igual. —¡No vuelvas a hacer eso! —le digo a Sadie—. Prácticamente ya lo estamos. Saco el móvil para camuflarme y me giro en redondo. no importa. gracias. ¿podemos hablar un minuto para repasar el orden de intervenciones? —Me sonríe rígidamente y se lo lleva aparte. Pero sal de mi vista. —Sólo quería satisfacer mi curiosidad. veo que Ed y Sonia han subido al podio y que ella está explicándole cómo funciona el micrófono. ¿Qué importa lo que ella piense? Pero bueno. —¡Aquí están! —Sonia vuelve y nos entrega una placa a cada uno—. de L&N Selección de Ejecutivos. áreas comerciales y campañas de televisión. Armándome de valor. tomo la copa de champán que me ofrece un camarero y me acerco a un grupo de ejecutivos que están riendo jovialmente. abarcando el vestíbulo abarrotado—. No pienso preguntarle a qué se refiere. Sadie. —Estupendo. —Pues para ya. Perfectamente. Ed sigue mirándome suspicaz. —Perdón —digo—. Pero la dejo plantada y me dirijo a las puertas dobles del salón principal del banquete.

En una empresa de material deportivo. y los demás ríen a carcajadas. y bebo un sorbo de vino. Pero supongo que eso no es lo esencial para mí. ¿Amigos? —sugiero al fin. L&N Selección de Ejecutivos. —Claro que no. Supongo que sí. no la interpretes mal. —¿De veras? —No sé cómo reaccionar. Adelante. Por sus placas. ¡La mesa 1 en la cena de Business People! —Lara. La verdad es que no hay un motivo racional—. Contengo el aliento. Tú no quieres ser mi novia. —Culpable —sonríe. Ni tú quieres ser mi novio. quiero hacerte una pregunta —me dice—. —¿Te apetecería un nuevo trabajo? —le suelto sin anestesia—. con grandes incentivos. No voy a encontrar un candidato ni por casualidad. —No —confirma. dubitativo—. Mucho más. Pero. Todos se vuelven hacia un tipo rubio. —Estamos en la mesa uno. no pareces obsesionada con el dinero. ¿qué hacemos aquí juntos? —Buena pregunta… —No sé qué decir. . —Es que me interesa dejar una cosa clara. ¿verdad? —Verdad. Vuelvo el programa y experimento un ligero sobresalto al ver mi nombre en la lista. pero me siento como una idiota. avergonzada. Me sumo a las risas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE los demás y doy una tarjeta a cada uno. todos estallan en carcajadas. Lara Lington. —Amigos —repite. ¿No te interesaría una subsidiaria informática asiática? —En perfectas condiciones —bromea otro. —Si lo estuviera no te lo diría. Y de pronto. —No te preocupes. He aprovechado para hacer contactos. —Me gustaría ganar más —admito con franqueza—. Ed se acerca entre las mesas. Al pie del programa que han dejado junto a cada cubierto puede leerse: «Ponente invitado: Ed Harrison. —¿Qué tal? Perdona que te haya abandonado. parece que todos pertenecen al sector informático.» —¿Estás nervioso? Él parpadea y sonríe levemente. Una oportunidad fabulosa. Se hace un silencio. a pesar de mi desánimo.157 - . negando con la cabeza. —No me pareces la típica cazatalentos —dice Ed. siguiendo mi mirada. Ya hemos llegado a la mesa. Entonces. Siempre he visto la selección de ejecutivos como… —Me callo. ¿Es un comentario positivo o negativo? —Para empezar. —¿Alguno trabaja en marketing? —añado en plan informal. Ha sido una idea absurda. por favor. —Me gusta tu estilo —dice el pelirrojo y se vuelve hacia su vecino—. —Me guía hacia el estrado y yo no puedo evitar una punzada de orgullo. Ed se cruza de brazos y me mira—. Me sostiene la silla y tomo asiento. Dejo pasar unos minutos y luego me excuso.

Antes trabajaba para Price Bedford Associates. Un poco como el trabajo de una casamentera.158 - . Y por curiosidad. porque es una cazatalentos de primera. Ahora sí que tengo un mal presentimiento. —Se encoge de hombros—. —Te burlas de mí. Quizá porque me da igual lo que pueda pensar de mí. ¿quién te dijo que era una profesional de primera? Lo miro. tu elección. ¿Qué te dijo? —Bueno. —¿Tan mal? —Peor incluso. ¿no? —Sí. ¿Qué pasa? —No es asunto mío. Pero no estoy muy seguro de que la mayoría de los aquí presentes considere que tiene una aventura romántica con su trabajo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Una vez le expliqué mi teoría a Natalie y ella me dijo que estaba loca y que no se me ocurriese contarla por ahí. Según parece. —No muy bien. Por favor. —Ah. ¿Qué tal resulta en la práctica? Suspiro. buscando la palabra— quedamos para salir… —¿Sí…? —Pregunté un poco por ahí. ¿sabes? Es una empresa importantísima. Lo es y ya está. cada vez más atestado de gente. Hay algo en Ed que me hace bajar la guardia. —¿Como qué? —Bueno. porque la conozco de toda la vida. —Bebo un trago de vino. —¿Y cómo decidiste con quién asociarte? ¿Cómo fue la historia? —¿Por qué Natalie? —Me encojo de hombros—. Y nadie había oído hablar de vosotras. —Es una manera de verlo. —Tranquila. —No. Es tu socia. Interesante. convenció con . Cuéntamelo. Pero cuando tú y yo… —titubea de nuevo. ¿sí? Claro. —Quizá lo considerarían si tuviesen el puesto adecuado —replico con convicción—. O sea… —Veo su expresión escéptica—. Ed parece divertido. —Pero un contacto que tengo en Price Bedford me contó alguna que otra cosa de Natalie. Me gusta como teoría. Su expresión me da mala espina. —Cuéntame. Vale. tu amiga. Porque es mi mejor amiga. —Lo sé. Me ha pillado desprevenida. —Trabajas con otra socia. de pena. —Nadie tenía que decírmelo. Si pudieras ofrecerle a la gente lo que desea exactamente… —Y tú actuarías de Cupido. Ahora mismo. Así que lo que te haya dicho ese contacto… Ed alza las manos. —Bebo otro sorbo de vino y él me mira con aire socarrón. Encontrar a la persona ideal para el puesto ideal. —Dejo la copa. —Genial. —Hace un gesto abarcando el salón. porque perderla debió de cabrearlos. ya sin ganas de bravatas—. —Menea la cabeza—. —Reflexiona un momento—.

Me dijo que todo el mundo en el sector se moría por asociarse con ella.159 - . Tuvo que intervenir el director de la empresa para calmar los ánimos. deprisa! Tengo que hablar contigo. Se organizó un escándalo tremendo. No puedo contarle que me dejó en la estacada y que he tenido que arreglármelas sola. Lo que te hace falta es un trofeo y yo te he encontrado uno. Todavía recuerdo cómo me propuso montar la empresa mientras tomábamos champán en un bar de moda. ya me entiendes. pero tampoco puedo seguir aquí mientras Ed sigue observándome. Nunca me dijo que la habían despedido. —Abre mucho los ojos —. —Titubea—. La sangre me sube a la cara mientras trato de procesarlo todo. —¿Está aquí? —pregunta mirando alrededor—. Luego le presentó la lista a un cliente de segunda fila y alegó que ése era el puesto al que se había referido desde el principio. Luchas de poder. he sido una egoísta y una desconsiderada. Una amiga de toda la vida. No está nada contenta. ¡Ven. Ya empezaba a creer que sería inútil. . —Lo siento mucho —me está diciendo—. Me lo pintó tan atractivo y dejó caer tantos nombres imponentes que me quedé cautivada. que me persigue y farfulla al oído. —¡Vuelvo en un minuto! —le digo con exagerado entusiasmo y me pongo en pie. no existía. además. preocupado. No está aquí… ahora mismo. Estoy al borde de las lágrimas y me apresuro a tomar otro trago. soy una boba de remate.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE falsas promesas a una serie de ejecutivos de renombre para incluirlos en una lista destinada a un puesto de primera no identificado que. ¿Despidieron a Natalie? ¿La despidieron? Ella me dijo que había decidido dejar Price Bedford porque no la valoraban y creía que podía ganar mucho más por su cuenta. perfecto! Sus palabras interrumpen el tiovivo de pensamientos que giran en mi cabeza. Por lo visto. Las cosas se están poniendo feas en su empresa y quiere largarse. Me temo que se ha dado cuenta de que me he quedado anonadada. muy ufana—. ¿A que soy lista? —¿De qué estás hablando? —He escuchado las conversaciones de todo el mundo —explica. No me apetece hablar con ella. pero entonces oí a una mujer llamada Clare cuchicheando con una amiga en un rincón. Cruzo el enorme salón sin hacerle ningún caso a Sadie. en realidad. pero que se lo había pensado y que prefería hacerlo con alguien en quien pudiera confiar de verdad. ¿no? Me quedo muda. Por eso la despidieron. ¿Voy a conocerla esta noche? —No —consigo decir por fin—. Ni reconocer que la cosa es mucho peor de lo que piensa. Nunca. Lo he pensado y tienes razón. —¿Lara? —La voz estridente de Sadie resuena en mi oído—. Dejé mi trabajo a la semana siguiente y saqué todos mis ahorros. pero no es así. —¿Cómo? ¿Qué has dicho? —Tal vez creas que no me intereso por tu trabajo. Así que he decidido ayudarte… ¡y lo he conseguido! ¡Te he encontrado un candidato! ¡Uno maravilloso. Pero tú ya lo sabías. Alguien con quien pasárselo bien.

un lunar en la nariz y estatura normal. Es lo que querías. Podría interesarme. Inspiro hondo y me acerco. Trago saliva. serías mi candidata número uno. —¿Le gustan los deportes? ¿Hace ejercicio? —Pantorrillas musculosas. Una directora de marketing que quiere cambiar de empresa. procurando mantenerla calma. el muy cerdo. No voy a comprometerme a la ligera. directora de marketing de Shepherd Homes». —¡Hola! ¿Clare Fortescue? —¿Sí? —¿Podrías concederme un minuto? —Bueno… —Un poco perpleja. Muchas gracias. Vamos. ¡Está interesada! ¡Y es dura! —¡Fantástico! Podría llamarte mañana por la mañana.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Vale. Quería ponerme en contacto contigo hace días. pero tendría que ser una oferta seria. ¿sabes? —¿De veras? —recela. Me acerco al panel más cercano y repaso la lista de invitados. claro. El mes pasado ganó un premio. tiene un notable potencial y creo que serías la persona perfecta. —Ah. —Me llamo Lara —le digo con una sonrisa nerviosa—. ¿no?. Estoy tan tensa que casi no puedo respirar. tengo que felicitarte por el premio que acabas de recibir. ¿Y qué? —¡Que es directora de marketing! —exclama triunfalmente—. Lo pone en esa plaquita. Clare… Clare… «Clare Fortescue. casi inaudiblemente—. ¡La tenía en la primera lista! ¡Quería hablar con ella. O si ahora . —Un tinte rosado le colorea las orejas—. Tiene el pelo corto y oscuro. pero no conseguí que me pasaran la llamada! —Bueno. Avanzo entre las mesas con el corazón palpitante. Por eso quiere irse. me permite que la lleve a un aparte. —¡Por supuesto! De hecho. ahí está.160 - . leo excitada. ¿hablas en serio? —¡Claro! ¡Está allí! —Señala al otro lado del salón. —Me lanza una mirada de advertencia—. estaba pensando en hacer un cambio —dice al fin. —De hecho. —Hago una pausa y añado—: Aunque. te diré quién es. Una directora de marketing laureada… ¡Oh. —Estoy haciendo la selección para un puesto de director de marketing —le digo bajando la voz— y quería comentarlo contigo. un director de marketing. Dios! —Sadie. Tengo mis principios. Soy consultora de selección de personal. mirando a todo el mundo y buscando a una mujer con cara de Clare. Tu prestigio da que hablar. —¡Ahí! —Sadie señala una con gafas y vestido azul marino. Pero su nuevo director ejecutivo ni siquiera la felicitó. Es una empresa realmente interesante de material deportivo. Me las arreglo para no dar un grito de alegría. Naturalmente. No me cuesta adivinar lo que ocurre detrás de las gafas de Clare Fortescue. Ni siquiera habría reparado en ella de no ser por mi tía abuela. puede que ya estés satisfecha con tu puesto actual… Un silencio.

¿Qué tal te va? —De perlas. ¡Choca esos cinco! —¿Que choque qué? —Esos cinco. Jugaba a hockey en su día… ¡Es la candidata ideal! Sadie parece más emocionada que yo mientras regresamos a nuestro sitio. camino entre las mesas casi mareada de alegría. ya que lo preguntas. —Me mira con aire inquisitivo—. . Acelero para dejarla atrás. Al llegar a nuestra mesa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE tienes unos minutos… —procuro no parecer muy desesperada— tal vez podría informarte con más detalle. Aunque sea brevemente. Formamos un gran equipo.161 - . —Por favor por favor por favor… Diez minutos después. —¡Ya estoy aquí! —Ya veo. ¿No sabes lo que es? Levanta la mano… Bueno. Una mujer de vestido rojo ha creído que iba a darle un tortazo. Cojo mi copa de champán. ¡Sabía que serviría! —Eres una joya —le digo—. —¡De perlas! —repite Sadie y se sienta en su regazo. Mañana sin falta me enviará su currículo. le dedico a Ed una sonrisa radiante. Ahora sí estoy de humor para fiestas. lo de chocar esos cinco con un fantasma resulta un error. —¡Lo sabía! —no deja de repetir—.

sí. —Me estoy comunicando con su mente —dice con voz grave y misteriosa—. falso bronceado y ojos perfilados de negro. La cena es deliciosa. Usted ha escogido… ¡el garabato! —Correcto —asiente él. con chaqueta de pedrería. Miro por encima de su hombro y veo que es un garabato. Deje que El Gran Firenzo utilice sus misteriosos poderes y lea su mente. El mensaje empieza a llegarme. —Muy bien —dice Ed. un cuadrado. incluso los más oscuros y . lo mira fijamente —. ha empezado a dar la lata para que nos vayamos a bailar. para examinarla bien —. Pero atención: cuando usted me abra su mente. y una amiga de Clare Fortescue acaba de pasarse para preguntarme discretamente si no tendría algo para ella.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 16 Esta noche está resultando una de las mejores de mi vida. —Es el poder de la mente —salmodia el mago. —Impresionante. Se hace llamar El Gran Firenzo. No es posible que haya visto cuál elegía. El Gran Firenzo se lleva las manos a la cabeza. He repartido tarjetas y concertado dos entrevistas para la semana que viene. eligiendo una. ¡Y calla! ¡Déjame escuchar al mago! Mientras tomamos café. —¡Hágamelo a mí! —suplica la rubia. —Concéntrese en la forma y en nada más. Estoy eufórica. ¡Léame la mente! —Muy bien. Ahora le ha pedido a Ed que escoja una tarjeta de entre cinco y afirma que lo adivinará leyéndole el pensamiento. aquí al lado hay un pequeño club que es perfecto. —El mago. La única pega es que Sadie. un triángulo. según ella. El poder del… Gran Firenzo. algo increíble. Se oye un siseo alrededor de la mesa. como si estuviese en trance. El discurso de Ed ha tenido pleno éxito y. Había de escoger entre un garabato. mostrando la tarjeta para que la vea todo el mundo. la gente no para de acercarse a felicitarlo y él me presenta a todo el mundo. y además todos sus accesorios llevan el rótulo «El Gran Firenzo» en letras rojas muy relamidas. excitada—. un mago se ha ido paseando por las mesas. recuperando la tarjeta —. —Se vuelve hacia ella—. —¡No! —mascullo cuando me atosiga por enésima vez—. aburrida de tanta charla de negocios.162 - . Acaba de hacer desaparecer una botella ante nuestros propios ojos. un círculo y una flor. una vez terminado. Creo que por fin he empezado a situarme en el mapa de este mundillo. —¡Increíble! —exclama una rubia sentada enfrente. —Ed le da vueltas a la tarjeta. podré leer todos sus secretos. Lo ha repetido ya unas noventa veces. Ha salido a explorar y.

meciéndose a su espalda—. —No. Qué asqueroso. Sólo El Gran Firenzo puede realizar tal proeza. Sé qué tarjeta ha escogido. Sólo El Gran Firenzo es capaz de penetrar en el cerebro a tal punto. Puaj. —¿Perdón? —El tipo me taladra con la mirada. —Le sonríe con toda la dentadura. Permita que Firenzo sondee sus pensamientos. bella dama. Todos observamos mientras la rubia elige una tarjeta y la estudia un instante. —Ya he escogido —dice. ¿He acertado? Se queda boquiabierta. No se resista. —Me dirige una sonrisa feroz—. —Relájese. Sólo El Gran Firenzo… —Yo también puedo —tercio risueña. ¿Alguien tiene un bolígrafo? —El hombre sentado a mi lado me pasa uno y yo empiezo a dibujar en la servilleta. También yo poseo poderes misteriosos que me fueron otorgados en Extremo Oriente. Y un machista. más suaves… pero más deliciosas por dentro. —Lara —susurra Ed—. Seguramente ya le está transmitiendo sus secretos más recónditos. sé hacer magia.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE recónditos. si quiere. Miro a Ed. —¡Lo sé! —replico airada—. Me llaman La Gran Lara —añado. No sea absurda. que también tiene en la cara un rictus de repugnancia. —¿Es usted miembro del Círculo de Magia? —El Gran Firenzo se ha . —Sólo El Gran Firenzo posee tales poderes —añade con aire teatral. —Sus ojos relampaguean y ella suelta una risita. y la rubia ríe y medio se ruboriza. Son más débiles. No interrumpa el trabajo del Gran Firenzo. Qué cara más dura. Sadie me sonríe. —Destapa su tarjeta y se oye un murmullo asombrado alrededor de la mesa—. Pensaba que elegiría la flor. —Que yo también puedo comunicarme con la mente.163 - . —Por favor. mirándonos a todos—. pero no es más que un depravado repulsivo. Acabo de trazar el triángulo y le lanzo la servilleta a la rubia—. Le prometo… —dice desplegando su sonrisa dentona— que seré delicado. socarrona. —El mago se concentra—. no lo sabe —me espeta la rubia—. ¡Uf! Se cree muy sexy. Ahora veremos quién tiene la mente más débil. Es evidente que le gusta El Gran Firenzo. —Ha acertado. Mis largos años de estudio en Oriente me han vuelto sensible a las ondas de la mente humana. Se lo dibujaré. Está estropeándole el espectáculo a todo el mundo. ¿Ha bebido más de la cuenta? —le pregunta a Ed. ¿Cómo lo ha hecho? —Ya se lo he dicho. Me mira con incredulidad y examina otra vez la servilleta. ¿qué estás haciendo? —Magia —le digo. —Encuentro que la mente de las damas es más fácil de… penetrar — dice alzando una ceja—. —Sólo decía —me encojo de hombros— que sé cuál es. joven damisela. —El triángulo —murmura Sadie.

nada más. —Abra su mente.» —Hace una mueca—. —Oh. Para ser una dama. —Impresionante. Pero tú puedes llamarme Larissa para abreviar. El Gran Firenzo empieza a recoger sus cosas. por debajo de la mesa. muy astuto. Una auténtica sonrisa. un cuadrado? Diría que un cuadrado… El tipo intercambia miradas de suficiencia con su amigo. caballero —le digo con severidad—. —Muy bien. Le sonrío con dulzura y alzo las manos hacia él. ofendido en lo más hondo. Le echo una mirada a Sadie. Un dibujo. —Mejor. que planea a su espalda y se inclina para fisgar. De hecho. —Me encojo de hombros con aire inocente—. un número. —La Gran Lara. —Percibo un tic en sus labios y. tal como El Gran Firenzo. cualquier cosa. dice. —Debe de haber sido un error. Así me llaman mis discípulos. Procuraré que me lo arreglen.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE quedado blanco—. Pero tengo una mente bastante poderosa. un tipo de aspecto pomposo con esmoquin blanco alecciona a su acompañante: —Es simplemente cuestión de probabilidades. Deseche esos . es bastante encantador. Ya te lo he dicho. —El tipo cubre la servilleta con la mano y levanta la vista —. y saca un bolígrafo—. Con un poco de práctica. tan impertérrito como siempre. No responde y temo haber ido demasiado lejos. Ah. Porque nuestras normas establecen… —No soy de ningún círculo —replico en tono melifluo—. voy a hacer otro truco. ¡Has sonreído! ¡El americano ceñudo ha sonreído! Ay. —Larissa. Se cree muy listo. yo mismo podría calcular la probabilidad de que elijas un triángulo… —No. Podrías lastimarte la cara sonriendo de esa manera. ¡Dios! —Lo señalo con júbilo—. Le echo un vistazo a Ed. de pronto. —«Estación de nieblas y frutos maduros.164 - . ya ve. ¿Cuál será? ¿Un círculo. Dígame qué he dibujado. se le dibuja una sonrisa en la comisura. No pretendía llamarlo así delante de todo el mundo. Quizá sí he bebido demasiado. Escriba lo que quiera. No quiero ofenderlo. que alza sus cejas oscuras. —Muy bien. Usaré la servilleta. pero se encoge de hombros. Por un momento parece desconcertado. De repente. Leeré su mente y le diré qué ha puesto. no podría —lo interrumpo—. un nombre. ¿Cómo lo has hecho? —Magia. Con una letra horrible. ¿eh? —Sí. como diciendo «Ahora se va a enterar». —El tipo lanza una sonrisa alrededor con las cejas alzadas. Se la pone en el regazo. —La Gran Lara va a leerle el pensamiento. No volverá a suceder. de manera que nadie vea nada. Una forma. Venga.

Y luego vamos. Hablaré de usted en el sindicato. Se pone como la grana. ¡Quiero menear las ancas! —¡Sólo dos más! —Hablo con la comisura de los labios. La Gran Lara ejecutará una proeza todavía más asombrosa. la persona escribe lo que sea y se lo muestra al público y. por suerte. ¿Cómo lo ha hecho? Es imposible que lo supiera. Leeré el pensamiento a… . Quiero bailar. —¿Dónde estudió? —El Gran Firenzo se ha plantado a mi derecha y me habla al oído—. Lara. he logrado deducirlo.) —Y ahora —digo recorriendo con la vista a mi público—. o sea. —Sadie aparece a mi izquierda y empieza a pasarle a Ed la mano por el pecho—. versículos de la Biblia e incluso un dibujo de Homer Simpson. mirando a todos los presentes—. A estas alturas he depurado un poco mi número: ahora me retiro a una habitación lateral. darles mi tarjeta. —Venga. Todo el mundo arde en deseos de que le lea el pensamiento. He leído su pensamiento. Y no ha dibujado nada. ¡Vamos! —Un par de truquitos más. —Le digo entre dientes. reaparezco y lo adivino. por favor. —¡Joder! —masculla su amigo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE pensamientos que dicen: «¡Soy más inteligente que nadie en esta mesa!» Obstaculizan mi visión. —Es un truco —musita el tipo pomposo. Pero he despertado tal expectación que sin darme cuenta ya ha pasado una hora. Neil. Te lo prometo. tapándome con la copa de vino—. Hasta ahora han salido nombres. (Sadie me lo ha descrito y. ¿Cómo ha dicho que se llamaba? —Lara —digo con retintín—. Lentamente. fechas. y se ha formado espontáneamente toda una audiencia. Eh. ven a ver esto. —Ya lo tengo —digo tras una breve pausa—. ojalá sonara un redoble de tambor—: «Estación de nieblas y frutos maduros. Ha escrito… —Una pausa de expectación. mientras se agolpan otros invitados alrededor de la mesa—.» Muestre la servilleta. aunque ya no tan convencido. especialmente poderosos. Lara Lington. —De acuerdo —murmura. —¡Hágalo otra vez! ¡Con otra persona! —El hombre que tengo enfrente hace señas a la mesa vecina—. Todos saben mi nombre. ¿Quién le enseñó ese truco? —Nadie.165 - . ¿no? Han apartado varias mesas y acercado sillas. Me da un poco de pena. tengo poderes especiales. hacer algunos contactos… —Me tienen sin cuidado tus contactos —replica con un mohín—. pero no debería haberse comportado de un modo tan detestable. —Entiendo. seguida de un aplauso. El Gran Firenzo ha recogido sus cacharros y se ha largado. y guarda silencio. Ya se lo he dicho. Poderes femeninos —añado—. ¡Mira toda esta gente! Puedo hablar con ellos. finalmente. ¡Ja! El tipo me mira como si se hubiese atragantado. Nadie puede engañar a La Gran Lara. despliega la servilleta y enseguida se produce una exclamación unánime.

Tomarme un respiro. ¡Arréglatelas tu sola! —¡Sa…! —Se esfuma ante mis propios ojos—. ¡Para bailar siempre hay tiempo! —¡Yo no tengo tiempo! —se enfurruña—. —¡Yo también! —Siéntense ahí. En cuanto cierra la puerta. no puede haberme dejado plantada. Te lo prometo. No puede haberse ido. —¿Cuándo? —Vamos. No hay respuesta. —Simulo una sonrisa—. Estoy acalorada. Te he observado con atención y todavía no lo entiendo. giro sobre los talones. Se ha enfadado. —¡Sadie! —me desespero—. Otra se abre paso a trompicones entre las sillas. noto un subidón brutal. Sea como sea… es impresionante. Ésta es mi cita. —Te espero ahí fuera. vuelve y hablemos. Sadie. Lo haremos por orden.166 - . ¿Lista? —¡No! —Retrocedo instintivamente—. Es Ed. La puerta se abre abruptamente y suelto un gritito. Doy un respingo al oír la puerta y entra Ed. Estoy metida en un buen lío. Él se ha encargado de poner orden y de facilitar bolígrafo y papel a la gente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¡cinco personas a la vez! Suena un murmullo de asombro y algunos aplausos. déjate de bromas. Me meto en la habitación lateral y bebo un trago de agua. Vale. Un truco más y… —¡No! Ya me he cansado. Será fácil… Pero Sadie parece enfurruñada. muy divertido. He de relajar la mente. ¡Sadie! ¡¡¡Sadie!!! Vale. que se ha convertido en mi ayudante improvisado. Todos los que estaban en el bar se han acercado. —Ah. Debe de requerir mucha concentración. Todo el mundo se lo está pasando bomba. —Cinco mentes a la vez. Tranquila. ya iremos. ¡Esto es fantástico! ¡Deberíamos hacerlo todos los días! —Muy bien —digo en cuanto se cierra la puerta—. —Hago un floreo con la mano—. ¡Ahora La Gran Lara se retirará y. Sadie. —¡Yo! —Una chica se adelanta corriendo. Quiero decir. pero no contesta ni la veo por ningún rincón —. —¿Cuándo nos vamos? Quiero ir a bailar de una vez. y yo sonrío con modestia. Comprendo que estés enfadada. —Me repaso el brillo de labios—. Genial. ¿eh? —dice. perdona. Pero ahora vuelve. —No me extraña. Ya no quedan más sillas. Necesito un momento. . —Ya. ¿Ahora quién es una egoísta? ¡Quiero ir ahora! ¡Ahora! —Iremos. cuando regrese. Por favor. Esto es divertidísimo. Sí… ¿por qué no? —Hay una multitud considerable ahí fuera. —Pues… gracias. alarmada. —Se apoya en el marco de la puerta y me mira con curiosidad—. —Me doy la vuelta. leerá sus mentes! Se oye una salva de aplausos y algunos vítores. Miro por todas partes. —Sadie.

Me aferró a la silla siguiente sin atreverme a mirar abajo. No me llega a atrapar en sus brazos propiamente. Es como la Torre Inclinada de las Sillas Doradas. El único problema es que cuanto más arriba subo. —No puedo hacer magia —musito. Escalaré para llegar al otro lado. luego se toca el pecho con una mueca. Hay una puerta de incendios en un rincón. Si consigo subir un poco más. cada vez que muevo un pie. Pongo un pie en la silla de abajo y me encaramo. Y yo estoy casi arriba de todo. Tengo un nudo de angustia en el pecho. la columna se tambalea de tal modo que tengo que recular. . Pero al desplazar mi peso. —¡Lara! —Ed aparece en la puerta—. —Ajá. —Sonrío débilmente—. mirándome los pies. Muy bien. la columna se inclina tanto hacia atrás que lanzo un grito. rebasaré la cima y podré descender por el otro lado hasta la salida de incendios.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Se me olvidaba: ¿quieres algo del bar? —No. Te dejo tranquila. Ed me toma del brazo y me ayuda a ponerme de pie. Sólo estaba… reuniendo mis poderes. —¿Qué sucede? —me dice más suavemente. Subo a la siguiente. ¿Pasa algo? Echo un vistazo angustiado a la puerta. ¡Ufff! —¡Ay! —Aterrizo en el suelo sin hacerme daño. más oscilan las sillas. ¿Qué demonios…? —¡Socorro! —Toda la columna de sillas se viene abajo. —¿Va todo bien? —¡Sí! Claro. más bien frena mi caída con todo su cuerpo—. —Perdona. avergonzada. Da la impresión de que todo va a desmoronarse de un momento a otro y el suelo está muy lejos. Miro alrededor. No puedo quedarme aquí.167 - . pero me las arreglo. No tiene ventanas. —¿Qué pretendías? —Me mira alucinado—. Sin embargo. una escalera coja y desvencijada. muerta de pánico. Intento apartarlas. Es como una escalera. pero pesan demasiado. se balancean de un modo alarmante. Joder. Gracias. Ed se da cuenta y se apresura a cerrarla. Al llegar a los dos metros y pico. He de ser valiente y llegar a la cima. Situándome mentalmente. pero todavía se mueve más. Pongo el pie en la que parece la tercera silla desde arriba. pero está bloqueada por un montón de sillas doradas puestas unas encima de otras. Creo que le he dado una patada al caer. La puerta se cierra de nuevo. Sólo me queda una opción: escapar. Bueno. deseosos de que les lea el pensamiento y haga magia. —¿Cómo? —¡Que no puedo hacer magia! —Levanto la vista. El lacado de la madera es resbaladizo. Intento deslizarme por un lado. La habitación es pequeña y de techo alto. ¿Y ahora qué hago? En menos de un minuto empezarán a reclamarme. sólo sirve para guardar algunos muebles sobrantes. No tenía que haber… —¡Por Dios! —Ed se adelanta justo cuando me desplomo. Inspiro hondo.

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Me observa con suspicacia. —Pero… si acabas de hacerlo. —Lo sé. Pero ya no puedo. Me mira en silencio y parpadea cuando nuestros ojos se encuentran. Se ha puesto muy serio, como si una multinacional se hallara al borde de la quiebra y él estuviera diseñando un plan de rescate. Y al mismo tiempo, parece a punto de echarse a reír. —¿Me estás diciendo que tus misteriosos poderes orientales te han abandonado? —dice al fin. —Sí —musito. —¿Tienes idea de por qué? —No. —Arrastro la puntera por el suelo; prefiero no mirarlo. —Bueno, sal y díselo a la gente. —¡No puedo! —exclamo horrorizada—. Todo el mundo me considerará una farsante. Para ellos soy La Gran Lara. No puedo decirles: «Lo siento, ya no me sale.» —Claro que puedes. —No. Ni hablar. Debo irme. Tengo que escapar. Doy un paso hacia la salida de incendios, pero Ed me retiene por el brazo. —Nada de escapar —dice con firmeza—. Dale la vuelta a la situación. Tú puedes. Vamos. —Pero ¿cómo? —Juega con ellos. Conviértelo en un espectáculo. Si no puedes leerles el pensamiento, al menos puedes hacerlos reír. Y después nos vamos. Pero tú seguirás siendo para todos La Gran Lara. —Me mira fijamente—. Si huyes ahora, serás La Gran Farsante. Tiene razón. Me cuesta reconocerlo, pero así es. —Muy bien —cedo por fin—. Lo haré. —¿Necesitas más tiempo? —No. Ya he tenido suficiente. Lo único que quiero es terminar cuanto antes. Y luego nos vamos, ¿vale? —Hecho. —Una sonrisa se dibuja en sus labios—. Buena suerte. —Gracias. Ya van dos sonrisas, quisiera añadir. Pero no lo hago. Ed cruza la puerta y yo lo sigo, procurando mantener la cabeza bien alta. El murmullo de conversaciones se apaga para convertirse en un formidable aplauso. Suenan silbidos de admiración desde la parte de atrás y alguien empieza a grabarme con el móvil. He pasado tanto rato fuera que deben de creer que estaba preparando un final apoteósico. Las cinco víctimas están sentadas delante, cada una con un trozo de papel y un bolígrafo. Les sonrío y miro a mi público. —Damas y caballeros, disculpen este interludio. Esta noche he abierto mi mente a una gran cantidad de ondas de pensamiento. Y con franqueza, estoy pasmada de lo que he descubierto. ¡Pasmada! Usted —digo a una joven que sostiene el papel contra el pecho—. Por supuesto, sé lo que ha dibujado —le resto importancia con un gesto, como si eso no viniera al caso—, pero resulta más interesante saber que hay un hombre en su oficina que usted encuentra irresistible. ¡No lo niegue! La chica se ruboriza y su respuesta queda ahogada por un estallido

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de carcajadas. —¡Es Blakey! —grita alguien, y suenan más risas. —¡Usted, caballero! —Me vuelvo hacia un tipo rapado al cero—. Según dicen, los hombres piensan en el sexo cada treinta segundos. Pero debo decir que en su caso la cosa es más frecuente. —Más risotadas. Me apresuro a concentrarme en el siguiente—. En cambio, usted, señor, piensa cada treinta segundos… en el dinero. El propio tipo se monda. —Vaya si sabe leer el pensamiento —suspira. —Sus pensamientos, por desgracia, estaban demasiado empapados en alcohol para poder distinguirlos —le digo sonriendo al tipo corpulento de la cuarta silla—. En cuanto a usted… —Hago una pausa para mirar a la chica de la quinta silla—. Le sugiero que nunca le cuente a su madre lo que estaba pensando… Alzo las cejas, en plan burlón, pero ella no me sigue. —¿Qué? —dice, ceñuda—. ¿A qué se refiere? —Ya sabe. —Me esfuerzo para mantener la sonrisa—. Usted lo sabe… —No. —Menea la cabeza, impasible—. No sé de qué me habla. Los murmullos se apagan. Todos se vuelven hacia nosotras con interés. —¿Hace falta que se lo deletree? —La sonrisa se me está congelando —. Me refiero a esos pensamientos que tenía… hace sólo un momento… Súbitamente, su rostro se contrae con horror. —Ay, Dios. Eso. Tiene razón. Contengo un suspiro de alivio. —¡La Gran Lara siempre acierta! —Hago una reverencia versallesca—. Adiós a todos. Espero que nos veamos otra vez. Me abro paso entre el público, que no deja de aplaudir, y me acerco a Ed. —Ya tengo tu bolso —me susurra—. Una reverencia más y luego nos vamos. No respiro a mis anchas hasta que nos encontramos a salvo en la calle. La atmósfera está despejada y corre una cálida brisa. El portero del hotel está rodeado de gente que espera un taxi, pero no quiero arriesgarme a que me vea aquí alguna persona del salón, así que echo a andar rápidamente por la acera. —Buen trabajo, Larissa —dice Ed cuando me da alcance. —Gracias. —Una pena lo de tus poderes mágicos. —Me mira con curiosidad, pero yo finjo no darme cuenta. —Sí, ya. —Me encojo de hombros—. Van y vienen. Así son los misterios orientales. Si seguimos por aquí… —miro el nombre de la calle— deberíamos encontrar un taxi. —Estoy en tus manos. No conozco esta zona. Esta manía suya de no conocer Londres empieza a irritarme. —¿Hay alguna zona que conozcas? —El camino a la oficina —responde, imperturbable—. También conozco el parque que hay delante de mi casa. Y sé cómo llegar a Whole

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Foods, la tienda de comida orgánica. Me tiene harta, la verdad. ¿Cómo puede vivir en esta gran ciudad y no mostrar el menor interés? —¿No te parece que ésa es una actitud arrogante y estrecha de miras? —Hago un pausa—. ¿No crees que vivir en una ciudad sin molestarse en conocerla es una falta de respeto? Londres es una de las ciudades más fascinantes del mundo. Una ciudad increíble, llena de historia. ¡Y a ti lo único que te interesa es Whole Foods! ¡Una cadena americana, por cierto! ¿Qué tal si probaras Waitrose? Quiero decir, ¿para qué aceptas un puesto aquí si todo esto te importa un bledo? ¿Qué pensabas hacer? —Pensaba explorarla con mi prometida —dice sin alterarse. Su respuesta me corta las alas de golpe. ¿Una prometida? ¿Qué prometida? —Hasta que rompió conmigo una semana antes de venirnos juntos — prosigue—. Pidió a su empresa que la reemplazara otra persona en esta tarea en Londres. Así que me enfrenté a un dilema: venir a Inglaterra, centrarme en mi trabajo y arreglármelas solo, o quedarme en Boston, sabiendo que me la encontraría casi cada día, porque ella trabajaba en el mismo edificio. —Hace una pausa y añade—: Y su amante también. —Ah. —Lo miro, consternada—. Perdona. No tenía ni idea. —No pasa nada. Se lo ve tan impasible que da la impresión de que no le importe, pero ya empiezo a conocer su estilo impertérrito. Le importa, claro que le importa. Ahora cobra sentido su ceño permanente. Y esa expresión distante. Y su voz cansada durante la cena. Dios mío, menuda cabrona debe de ser su prometida. Me la imagino con toda claridad: una gran dentadura americana, una melena ondulante y unos tacones de aguja exageradísimos. Apuesto a que él le compró un anillo despampanante. Y apuesto a que ella se lo ha quedado. —Debe de haber sido horrible —digo débilmente mientras echamos a andar otra vez. —Ya había comprado las guías. —Mira fijamente al frente—. Incluso tenía listos varios itinerarios y visitas. Stratford-upon-Avon, Escocia, Oxford… Pero para hacerlos con Corinne. Ahora ya no tiene ninguna gracia. Tengo la repentina visión de varias guías llenas de anotaciones, con todos esos planes ilusionados, ahora guardadas en un cajón. Lo compadezco, la verdad. Creo que debería quedarme calladita y dejarme de monsergas. Pero un instinto más fuerte que yo me impulsa a seguir hurgando. —O sea, que te limitas a ir de casa a la oficina y de la oficina a casa —le digo—. Sin desviar la mirada siquiera. Vas a comprar a Whole Foods, te das un paseo por el parque y ya está. —Con eso me basta. —¿Cuánto llevas aquí? —Cinco meses. —¿Cinco meses? —me asombro—. No, no puedes vivir así. No puedes pasarte la vida encerrado. Has de abrir los ojos y mirar alrededor. Tienes que seguir adelante.

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—Seguir adelante —ironiza—. Vaya, nunca me lo habían dicho. Vale, así que no soy la única que le ha largado un rollo edificante. Bueno, qué remedio. —Me marcho dentro de dos meses —añade—. No importa demasiado que llegue a conocer Londres o no. —Y entonces ¿qué? ¿Piensas quedarte parado, simplemente vegetando y esperando a sentirte mejor? Pues así no lo conseguirás. Debes hacer algo. —Me saca de quicio y exploto del todo—: ¡Mírate! ¡Preparándoles memorandos a tus subordinados, escribiéndole mensajes a tu madre! ¡Solucionando los problemas de los demás porque prefieres no pensar en los tuyos! Perdona, te oí hablar en el Pret A Manger —añado al ver su sorpresa—. Si vas a vivir en un sitio, no importa cuánto tiempo, tienes que meterte de lleno. Si no, es como si no vivieras. Te limitas a funcionar. Apuesto a que ni siquiera has deshecho del todo el equipaje, ¿a que no? —Pues… me lo deshizo mi ama de llaves. —Ya ves. —Me encojo de hombros y seguimos andando, con pasos casi sincronizados—. Las relaciones se rompen —digo al fin—. Así son las cosas. Y no puedes dedicarte a pensar en lo que podría haber sido. Has de pensar en lo que hay. Al decirlo siento un extraño déjà-vu. Creo que papá me dijo una vez algo así, hablando de Josh. Es más, creo que utilizó las mismas palabras. Pero eso era diferente. O sea, la situación era muy distinta. Josh y yo no estábamos planeando un viaje ni trasladarnos a otra ciudad. Y ahora volvemos a estar juntos. Sí, muy distinto. —La vida es como una escalera mecánica —le digo con solemnidad. Cuando papá me lo dice me mosqueo, pero de alguna manera resulta diferente cuando soy yo la que da consejos. —¿Una escalera mecánica? Creía que era una caja de bombones. —No. Una escalera mecánica. Te arrastra pase lo que pase, ¿entiendes? —Deslizo una mano en diagonal—. Uno puede disfrutar de la vista y pillar al vuelo cada ocasión a medida que va pasando. Si no, será demasiado tarde. Eso me dijo mi padre cuando rompí con… con un chico. Ed da unos pasos sin decir nada. —¿Y seguiste su consejo? —Humm… bueno… —Me echo el pelo atrás, eludiendo su mirada—. Más o menos. Se detiene y me mira muy serio. —¿Seguiste adelante sin más? ¿Te resultó fácil? Porque a mí no, desde luego. Carraspeo para ganar tiempo. La cuestión aquí no es lo que yo hice, ¿verdad que no? —¿Sabes?, hay muchos modos de seguir adelante. —Intento mantener el tonillo solemne—. Muchas versiones distintas. Cada uno tiene que seguir adelante a su manera. Ya no sé si quiero continuar esta conversación. Tal vez sería el momento de encontrar un taxi. —¡Taxi! —Levanto la mano, pero el coche pasa de largo. Qué rabia. —Déjame a mí —dice Ed acercándose al bordillo, mientras yo saco el teléfono móvil.

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Conozco un radio taxi bastante bueno. Me amparo en un portal, marco el número y paso varios minutos en espera. Al parecer, esta noche todos los taxis están en la calle y habrá que esperar al menos media hora. —Nada. —Salgo del portal y ahí está, inmóvil en la acera. Ni siquiera ha hecho el intento de parar un taxi. Vaya—. ¿Qué?, ¿no ha habido suerte? —Lara. —Se vuelve hacia mí con una expresión confusa y los ojos vidriosos. ¿Habrá tomado alguna droga?—. Creo que deberíamos ir a bailar. —¿Cómo? —Que deberíamos ir a bailar. Sería el modo perfecto de redondear esta velada. Se me acaba de ocurrir. No puedo creerlo. ¡Sadie! Me doy la vuelta, escrutando en la oscuridad, y la localizo flotando junto a una farola. —¡Tú! —exclamo furiosa. Ed ni siquiera parece notarlo. —Hay un club cerca —añade—. Vamos. Un rato de baile. Qué gran idea, no sé cómo no se me ha ocurrido antes. —¿Cómo sabes que hay un club por aquí si no conoces Londres? —Ya, ya. —Asiente, él mismo un poco desconcertado—. Pero estoy seguro de que hay un club en esa calle. —La señala—. Ahí abajo, la tercera a la izquierda. Vamos a mirar. —De acuerdo. Pero primero he de hacer una llamada. —Miro a Sadie con toda la intención—. De lo contrario, no podré ir a bailar. Sadie desciende a la acera a regañadientes y yo simulo marcar un número en el móvil. Estoy tan cabreada que casi no sé por dónde empezar. —¿Cómo has podido desentenderte así? —le suelto en voz baja—. He quedado fatal. —No, qué va. Lo has hecho muy bien. Te he estado observando. —¿Estabas allí? —Me sentía un poco mal —dice, eludiendo mi mirada—, y fui a ver qué tal te las arreglabas sin mí. —Vaya, muchas gracias. Me has sido de gran ayuda. Y ahora —señalo a Ed—, ¿qué significa esto? —¡Quiero ir a bailar! —replica desafiante—. Así que he tenido que tomar medidas radicales. —Pero ¿qué le has hecho? Parece ido. —He recurrido a ciertas… amenazas —responde evasivamente. —¿Amenazas? —¡No me mires así! ¡No me habría hecho falta si no fueras tan egoísta! Ya sé que tu carrera es importante pero ¡yo quería ir a bailar! ¡A bailar como es debido! Y tú lo sabías. Para eso hemos venido. Se suponía que era mi noche. Pero ¡tú te has adueñado de la situación y yo me he quedado con un palmo de narices! ¡No es justo! Parece a punto de llorar. Y de pronto me siento mal. Se suponía que era su noche, es verdad, y yo se la he arrebatado. —Está bien. Tienes razón. Venga, vamos a bailar. —¡Albricias! Lo vamos a pasar de maravilla. Por aquí… —Ya con el ánimo recuperado, nos guía por unas callejas de Mayfair—. Ya casi estamos… ¡Aquí!

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La miro. Tras una hora de práctica. Si de verdad quieres bailar. mirando a la mujer de arriba abajo. el Flashlight Dance Club. llevas la ropa adecuada. Así que ¿por qué no aquí y ahora? —Ajá.173 - . Ella quiere que bailemos el charlestón. —Le lanzo una mirada asesina a Sadie—. Hay sitios mejores. ¿Quién es ésta? —Necesitas unas clases —responde tan campante—. Hay dos tipos con cara de pocos amigos sentados detrás de la barra. Los poderes del cerebro humano son alucinantes. Me doy la vuelta y veo a una cincuentona esbelta y de pómulos prominentes. Pues vamos a bailar el charlestón. En la puerta hay dos gorilas medio dormidos y nos dejan pasar sin hacer preguntas. Parece ansiosa. Es . —Sonrío. Hasta hace un momento no recordaba que teníamos una clase especial. El pelo. top negro y falda de gasa encima de unas mallas. Es agotador. saco el móvil y me vuelvo hacia Sadie—. perplejo—. Sadie —susurro mientras Ed se acerca a la barra. —¿Vienes por la clase de charlestón? ¿Charlestón? —Lo siento mucho —prosigue—. Mucho más que una clase de Piernas. ¿Se puede saber qué has hecho? —mascullo—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Es un local diminuto. —Le dedico una sonrisa irresistible a Ed—. en una pequeña habitación. Lara. Traseros y Barrigas. Ed vuelve de la barra con dos copas. —Reprime un bostezo—. ¿Listo? El bendito charlestón requiere más energía de lo que parece. ¿Desde cuándo os interesa el charlestón? —¿El charlestón? —repite Ed. La verdad es que Sadie siempre se sale con la suya. candelabros. ya lo creo. —Disculpe. Se lo debo. Gaynor. ¿verdad? Desde luego. rojo descolorido. ¿Esto es lo mejor que ha podido conseguir? —Escucha. Bajamos una escalera de madera sumida en la penumbra hasta un salón espacioso con moqueta roja. Contengo la risa. —¿La has sacado de la cama? —Seguramente olvidé apuntar la hora —se excusa la mujer cuando me vuelvo—. ¿Una amiga tuya? —dice. Un pinchadiscos instalado en una tarima diminuta acaba de poner una canción de Jennifer López. Normalmente da las clases durante el día. —Ya. pista de baile y bar. incrédula. —Soy su profesora de baile. lo lleva recogido en un moño. —Le tiende la mano y él se la estrecha. Ella es la profesora. me duelen los brazos y las piernas. iluminada con neones—. Esto es muy cutre. pero de repente he caído en la cuenta de que estabas esperándome aquí. deberíamos ir a algún club más de moda… —¿Hola? —me interrumpe una voz femenina. No hay nadie bailando. Has de estar coordinada de verdad. No es propio de mí… ¡Suerte que lo he recordado! No sé cómo. —Aquí tienes. En la vida había oído hablar de él. Vive arriba. Y es complicado como el que más.

Le echo un vistazo a Sadie. y patada… Moved los brazos… ¡Muy bien! Muevo los brazos con tal brío que ya casi no los noto.174 - . Me siento fatal. Me tiene impresionada. Me lanza rápidas sonrisas cuando lo miro. ¡Aunque es demoledor! —¡Lo habéis hecho muy bien! —Gaynor se acerca y. bailaremos el charlestón todas las noches. Ellos solos. —Oye. En realidad. Entonces sí habré logrado que ésta sea la noche perfecta para ella. Al parecer. Ella sí es alucinante. —Charlestón. —No me atrevo a mirar a Ed—. Por así decirlo. Tendríamos que haberlo hecho antes. ¿vale? —Bien. jadeante. ¡Los dos prometéis! ¡Creo que podríais llegar lejos! ¿Nos vemos la semana que viene? —Eh… quizá. y además conoce un montón de pasos y nunca parece quedarse sin aliento… Bueno. es bastante diestro con los pies. en fin. no nos engañemos. Hace quince años que no daba una clase de charlestón. por favor. le doy un codazo a Ed. Supongo que hace mucho que no se soltaba el pelo en una pista. Salgo de la pista. a ella no le queda ningún aliento. —Bien. No paro de confundir derecha e izquierda y de dar involuntarias collejas a Ed. Está en la gloria. Baila tú solo un poco. ¡Deprisa! ¡Tu pareja te espera! Abre unos ojos como platos y al punto se planta delante de él. las clases de baile son habituales aquí por las noches. —Y adelante y atrás… —recita nuestra profesora—. —Charlestón. Quiero ver cómo te sale. Se me van a caer a trozos. quiero verte bien. Mucho mejor que la profesora. —Y paso. charlestón… —La música sigue inundando el club con su ritmo vivaracho. Haz ese un-dos con los brazos. Los flecos del vestido se me agitan a locas. —¡Sadie! —cuchicheo—. —¿Qué tal? —Ed me ha seguido fuera de la pista. El único problema es que tengo flato. en un acceso de entusiasmo. Porfa… Pone los ojos en blanco jovialmente y regresa a la pista. Te llamaré. con los ojos relucientes de júbilo. Y gira los pies… Ya no puedo girarlos más. nos estrecha la mano a cada uno—. según Gaynor. . Dejaré la música puesta. Pero la gente quiere aprender salsa. perfecto. pero está demasiado concentrado para hablar.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE como correr una maratón. sonríe y echa la cabeza atrás. Nos dedicaremos a sus pasatiempos favoritos de los años veinte. A partir de ahora. Los dos tipos de la barra nos contemplan con mudo estupor. Ed cruza las manos sobre las rodillas una y otra vez con perseverancia. —¿Solo? —Venga. ¡Así podéis seguir practicando! Mientras se aleja por la pista con sus pasitos de bailarina. charlestón… Sadie capta mi mirada. que baila presa del éxtasis. Ahora debería conseguir que Ed baile con Sadie. —Me seco la frente con un pañuelo—. Sus piernas vuelan adelante y atrás en un parpadeo. Creo que está la mar de contenta de que hayamos venido.

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—¡Sí, adoro bailar! —exclama—. ¡Gracias, muchas gracias! En cuanto Ed empieza a mover las piernas adelante y atrás, ella se sincroniza con él a la perfección. ¡Parece tan feliz! ¡Se la ve tan bien! Le ha puesto a Ed las manos en los hombros y sus pulseras centellean bajo las luces del local, mientras su tocado se balancea al ritmo chispeante de la música… Es como ver una película antigua. —Ya basta —dice Ed, riendo—. Necesito una pareja. —Y, para mi horror, se abre paso a través de Sadie en mi dirección. Ella se lleva un chasco brutal y mira, desolada, cómo su galán abandona la pista. Ojalá Ed pudiera verla, saber… —Lo siento —le digo a Sadie con los labios cuando Ed me toma de la mano y me arrastra a bailar. Bailamos un buen rato y luego volvemos a la mesa. Me siento pletórica después del esfuerzo, y Ed también parece de un humor excelente. —Ed, ¿tú crees en los ángeles de la guarda? —le pregunto impulsivamente—. ¿O en los fantasmas y los espíritus? —No. ¿Por qué? Me inclino hacia él con aire confidencial. —¿Y qué pasaría si te dijera que en este mismo sitio hay un ángel de la guarda colado por ti? Ed me mira. —¿Ángel de la guarda es un eufemismo de prostituto masculino? —¡No! —farfullo, riendo—. Olvídalo. —Me lo he pasado muy bien. —Apura su copa y me sonríe. Una sonrisa auténtica y como Dios manda: los ojos entornados, la frente relajada… ¡en fin, todo! Casi me dan ganas de gritar: «Aleluya, aleluya, aleluya.» —Yo también. —No esperaba acabar la velada así. —Echa un vistazo al club—. Pero ha sido estupendo. —Diferente —digo, asintiendo. Abre una bolsa de cacahuetes, me ofrece y lo observo mientras mastica con aire hambriento. Aunque se lo ve relajado, todavía se le notan las marcas del entrecejo. No es de extrañar. Tiene motivos para estar ceñudo. No puedo evitar compadecerlo mientras lo pienso. Perder a su prometida. Venir a una ciudad extraña. Trabajar una semana tras otra sin disfrutar de nada. Seguramente no le ha venido mal bailar un rato. Es probable que haya sido su velada más divertida en meses. —Oye, Ed —le digo en un arranque—, déjame mostrarte la ciudad. Tienes que conocer Londres. Es un crimen que todavía no hayas visto nada. Te enseñaré lo más importante. ¿Qué tal este fin de semana? —Me gusta la idea. —Parece conmovido—. Gracias. —Ya quedaremos por e-mail. —Nos sonreímos y yo apuro mi Sidecar con un estremecimiento. (Es el cóctel que me ha hecho pedir Sadie: brandy, licor de naranja y zumo de limón. Absolutamente repulsivo.) Ed consulta la hora. —¿Nos vamos ya? Me vuelvo hacia la pista. Sadie sigue a tope, agitando brazos y

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piernas frenéticamente y sin el menor signo de fatiga. No me extraña que las chicas de los veinte estuvieran tan delgadas. —Vamos —asiento. Ella puede alcanzarnos cuando quiera. Salimos a la noche de Mayfair. Brillan las farolas y sobre la acera flota una ligera neblina. No se ve a nadie por la calle. Caminamos hasta la esquina y casi enseguida paramos un par de taxis. Con mi exiguo vestido y la liviana capa que llevo encima me están entrando escalofríos. Ed me hace subir al primer taxi y luego cierra la puerta. —Gracias, Lara —me dice con su estilo formal y educadito. Empiezo a encontrarlo entrañable—. Lo he pasado muy bien. Ha sido… una noche inolvidable. —¿Verdad que sí? —Me arreglo un poco la capa, que se me ha torcido de tanto mover el esqueleto, y los labios de Ed esbozan un rictus divertido. —Entonces, ¿me pongo mis polainas para la ruta turística? —Por supuesto —asiento—. Y sombrero de copa. Suelta una carcajada. Es la primera vez que lo veo reírse así. —Buenas noches, chica años veinte. —Buenas noches.

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Capítulo 17
Por la mañana me siento un poco aturdida. El charlestón sigue resonando en mis oídos y me vienen imágenes de la actuación de La Gran Lara. Todo parece un sueño. Pero no lo es, porque el currículo de Clare Fortescue ya está en mi correo cuando llego al trabajo. ¡Eureka! Kate abre unos ojos como platos cuando lo imprimo. —Pero ¿quién es esta joya? —dice, repasando los puntos principales del currículo—. Mira, tiene un máster en Dirección de Empresas. ¡Y ha ganado un premio! —Ya —digo como si nada—. Es una directora de marketing de primera línea. Nos conocimos anoche. Engrosará la lista de Leonidas Sports. —¿Ella lo sabe? —¡Claro! —respondo con cierto rubor—. Por supuesto que lo sabe. A las diez ya tenemos preparada la lista y se la enviamos a Janet Grady. Me arrellano en mi silla, satisfecha. Kate contempla atentamente la pantalla de su ordenador. —¡He encontrado una fotografía tuya! —me dice—. ¡De la cena de anoche! «Lara Lington y Ed Harrison, llegando a la cena de Business People.» —Vacila un momento—. ¿Y él quién es? Creía que habías vuelto con Josh. —Pues claro. Él es sólo… un contacto de negocios. —Ah, vale. Es bastante guapo… Bueno, Josh también. En otro estilo. Qué mal gusto tiene esta chica, la verdad. Josh es mil veces más guapo. Lo cual me recuerda que no he tenido noticias suyas. Será mejor que lo llame, no vaya a ser que su teléfono funcione mal y que haya estado enviándome mensajes sin obtener respuesta. Para poder hablar a mis anchas, aguardo a que Kate vaya al lavabo. Entonces marco el número de su oficina. —Josh Barrett. —Soy yo —digo cariñosamente—. ¿Qué tal el viaje? —Ah, hola. Fantástico. —¡Te he echado de menos! Hay una pausa. Luego dice algo, pero no lo oigo bien. —Me estaba preguntando si tu teléfono funciona bien —añado—. Porque no he recibido ningún mensaje tuyo desde ayer por la mañana. ¿Los míos te han llegado? Se oye otro murmullo indefinido. ¿Qué pasa con la línea? —¿Josh? —digo, dando unos golpecitos al auricular. —Hola. —De repente lo oigo con claridad—. Sí. Ya me lo miraré. —Bueno, ¿me paso esta noche? —¡Esta noche no puedes! —Es Sadie, que surge de golpe ante mis narices—. ¡Tenemos el desfile! ¡Vamos a recuperar el collar!

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—Ya —murmuro, tapando el auricular con la mano—. Tengo un compromiso —continúo diciéndole a Josh—, pero podría pasarme hacia las diez. —De acuerdo. —Josh parece distraído—. Pero esta noche tengo un montón de trabajo. ¿Más trabajo? Se está volviendo un adicto. —Vale —digo, comprensiva—. Entonces, ¿almorzamos mañana? —Muy bien —responde tras una pausa—. Genial. —Te quiero —digo con ternura—. Me muero de ganas de verte. Hay un silencio. —¿Josh? —Eh… sí. Yo también. Adiós, Lara. Cuelgo y me repantigo en la silla. Me siento un poco insatisfecha, aunque no sé por qué. Toda va bien, todo va perfecto. ¿Por qué entonces esta sensación de que falta algo? Me entran ganas de volver a llamarlo para decirle: «¿Va todo bien? ¿Quieres que hablemos?» Pero no debo. Pensará que me estoy obsesionando y no es así, sólo estoy pensando. Una tiene derecho a pensar, ¿no? En fin. Pasemos a otra cosa. Me vuelvo hacia mi ordenador con gesto enérgico y me encuentro un mensaje de Ed. ¡Vaya!, qué rapidez. ¿Qué tal, chica años veinte? Gran noche la de ayer. Respecto a tu seguro de empresa, quizá te interese mirar esta página. Me han dicho que son buenos. Ed. Hago clic en el enlace y entro en una página que ofrece seguros de tarifas reducidas para empresas pequeñas. Muy típico de él: menciono una vez un problema y me encuentra una solución en el acto. Agradecida, marco responder y tecleo rápidamente un mensaje: Gracias, chico años veinte. Te lo agradezco. Espero que ya le estés quitando el polvo a tu guía de Londres. P.D.: ¿Les has demostrado a tus subordinados cómo bailas el charlestón? Responde casi enseguida: ¿Es ésta tu manera de hacer chantaje? Me entra una risita tonta y empiezo a buscar alguna fotografía de una pareja bailando para enviársela. —¿Por qué te ríes? —pregunta Sadie. —Por nada. —Cierro la ventana. No pienso contarle que estoy intercambiando mensajes con Ed. Es tan posesiva que igual se lo toma mal. O peor: igual empieza a dictarme mensajes llenos de absurdas expresiones de la jerga de los veinte. Empieza a leer el número de Grazia que tengo abierto encima de la mesa y, al cabo de un rato, me dice: «Pasa la página.» Es mi nueva

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misión. Bastante irritante, de hecho. Me he convertido en su esclava pasapáginas. —Oye, Lara. —Kate entra presurosa en el despacho—. Tienes un envío especial. Me entrega un sobre rosa, estampado con mariposas y mariquitas y encabezado con el rótulo «Tutús y Perlas». Lo abro y me encuentro una nota de la secretaria de Diamanté. Diamanté ha pensado que esto quizá te interesaría. ¡Esperamos verte esta noche! Es una hoja impresa con los detalles del desfile de hoy, acompañada de una tarjeta de identificación plastificada donde se lee: «Pase VIP para camerinos.» ¡Vaya! En mi vida había tenido categoría VIP. Le doy vueltas a la tarjeta mientras pienso en el desfile. ¡Por fin vamos a recuperar el collar! Después de tantos esfuerzos. Y entonces… Mis pensamientos se detienen en seco. Y entonces, ¿qué? Sadie me dijo que no podría descansar hasta que encontrara su collar. Por eso se me aparece. Por eso está aquí. O sea, que en cuanto lo consiga… ¿qué ocurrirá? No. No puede… Quiero decir, ella no va… No se iría sin más… ¿no? La miro, sintiéndome un poco extraña. Durante todo este tiempo me he concentrado exclusivamente en recuperar el collar. He perdido de vista lo que ocurriría después. —Pasa la página —me dice impaciente, con los ojos fijos en un artículo sobre Katie Holmes—. ¡Pasa la página! En cualquier caso, estoy decidida. Esta vez no voy a decepcionar a mi tía abuela. En cuanto vea el maldito collar, lo cogeré sin contemplaciones. Aunque lo lleve alguna persona colgado del cuello. Aunque tenga que hacerle un placaje y derribarla. Me acerco al hotel Sanderstead llena de energía. Con los pies ligeros y las garras preparadas. —Mantén los ojos abiertos —le susurro a Sadie mientras cruzamos el espacioso vestíbulo blanco. Dos chicas delgaditas con minifalda y tacones se encaminan hacia una doble puerta adornada con cenefas de seda rosa y globos en forma de mariposa. Ahí debe de ser. Al acercarnos, veo un corrillo de chicas de punta en blanco que cuchichean excitadas y brindan con sus copas de champán mientras de fondo suena una música suave. Hay una pasarela que cruza el centro del salón (con una ristra de globos plateados suspendidos por encima), flanqueada por hileras de sillas forradas de seda. Aguardo mientras las chicas de delante entregan sus entradas y luego me acerco a una rubia con un vestido de gala rosa. Tiene una tablilla en las manos y me dirige una sonrisa glacial. —¿Puedo ayudarte? —Sí. Vengo al desfile. La rubia repasa mi conjunto con aire crítico. Voy toda de negro:

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perlas. Por allí. no la conozco. un cinturón de cuero con tachuelas plateadas y unas botas de charol con tacón de aguja. Trae dos copas de champán y me ofrece una. y pulsa un único número—. Soy la prima de Diamanté. Recorro el pasillo enmoquetado detrás de un tipo que lleva una caja de Moët y. camisola y chaqueta corta. una camiseta ceñida. —¡Lara! ¡Has venido! Diamanté se acerca contoneándose y balanceando la melena rubia que le cae por la espalda. o deambulan de aquí para allá mientras hablan por teléfono. ¡Joder! Me encuentro en un recinto enorme lleno de espejos y sillas. ¡Esto es increíble! —digo. ¿Sabes dónde puedo encontrarla? —Me temo que Diamanté está ocupadísima… —Es urgente. Cadenas. —Señala una puerta al fondo del pasillo. Me he decidido por este color porque las diseñadoras de moda van siempre de negro. Es importante que no me vea desesperada—. —Hola. ¿no? —¿Estás en la lista de invitados? —Sí. altas y delgadas. no. —Saco la invitación—. Bueno. quería pedirte un gran favor. —Ah. En fin —añado—. Mira a ver si encuentras el collar por los camerinos. Y todas llevan al menos veinte collares al cuello. cruzando la puerta. Tengo esto. Puedo entrar a buscarla. su prima. Saca un móvil diminuto. permanecen repantigadas en las sillas con cara de aburrimiento. Lleva una falda diminuta cubierta de corazoncitos. Una prima de Diamanté quiere verla. A ver quién encuentra la aguja… Sadie y yo nos estamos mirando horrorizadas cuando oigo la voz inconfundible de mi prima. ¡Muy graciosa! ¡Nunca lo encontraremos! ¡Nunca! —¿Qué quieres decir? —susurro. añade—: No. Diamanté te espera en los camerinos. con pedrería incrustada. Necesito verla sin falta. Es como un pajar de collares. —¿Fácil de localizar? —dice con voz temblorosa—. veo collares y más collares. colgantes… Allí donde miro. ¡Felicidades! Gracias por invitarme. reaparece Sadie. Luego inspiro hondo. Lucen vestiditos diminutos y casi transparentes. secadores de pelo bramando y maquilladores que charlan todos a la vez con unas treinta modelos. pero si consigues localizarla será más fácil… —Está bien —dice tras una pausa. —¿Cómo sabes eso? . Ellas. tendría que hablar con ella antes del desfile. —De hecho. Magnífico. —Le muestro mi pase VIP—. ¿Recuerdas ese collar con una libélula que andaba buscando tu padre? ¿Aquel antiguo. si tú lo dices… —Guarda el móvil—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE pantalones pitillo. ¿Está por ahí? —Escucha y. Diamanté. con cuentas de vidrio? Diamanté pestañea.180 - . —Adelántate —le cuchicheo a Sadie—. con un susurro poco disimulado. por cierto. Tiene que ser fácil localizarlo. justo cuando le muestro mi pase VIP a un gorila. —Su sonrisa se vuelve todavía más glacial—. Oh.

—¿Qué dices? —Me quedo de piedra—. Extensiones. Sería genial. después del desfile. Fantástico. tabaco y caramelos de menta. podría… eh… quedármelo. No creas que no lo sé. —¡Tendríamos que ir juntas a hacernos unas extensiones de cabello! —dice con repentina inspiración—. Legal. —El collar de la libélula —le digo—. Sé sincera. lo que me faltaba. pero a mi madre siempre le encantó y yo quería darle una sorpresa regalándoselo. te sentirías mejor contigo misma. En fin. ¡No pienso eso! Sólo… —¿Que soy una jodida niña mimada? —Bebe un sorbo de champán—. Lara. Menudo dilema. A mí —repito alto y claro. ¿Extensiones ecológicas? —Desde luego que iremos. —Oye. supongo. originalmente era de nuestra tía abuela Sadie. Así que tal vez. ¿Te parece? Si ya no lo necesitas… Diamanté me sostiene la mirada con ojos vidriosos. —Ya —dice al fin—. —Cruzo los dedos por detrás—. Probablemente lleva todo el día bebiendo champán. tú eres una tía guay. ¿Debo ser sincera? —Creo que… —Titubeo y acabo lanzándome—. como si constatara un mero hecho. como si masticara mis palabras. —Sí. —Ajá. Genial. —Un gilipollas de mierda. Sí. No voy a meterme en ese debate. Es todo orgánico y ecológico. si aprendieras el oficio y te abrieras camino tú sola. ¿Qué? Vale. Podría hacerlo. Bueno. —Pues… no lo sé. Voy a un sitio que es una pasada. Salvo que sería muy duro. Diamanté nunca me ha preguntado mi opinión. ¿por qué no somos amigas? O sea. —Su mirada parece centrarse con una especie de penetración étnica—. —Sé lo que piensas de mí.181 - . dime. —¡No! —me defiendo torpemente—. —Agita su copa. ¿Sa-bes-dón-de-es-tá? Se apoya en mí y percibo un tufo a champán. La miro indecisa hasta que comprendo. Quizá si esperases unos años e hicieras todo esto por tu cuenta. Está borracha. Yo no pienso nada. . ¿Por qué nunca salimos juntas? Quizá porque tú andas siempre por tu mansión de Ibiza y yo por la zona más cutre de Kilburn. —Piensas que vivo a costa de mi padre. Deberíamos. Ella asiente despacio. Porque él ha pagado todo esto. Y por eso has de darme el collar a mí. Diamanté se balancea sobre sus botas y yo la cojo del brazo para que no pierda el equilibrio. Lara. —Mi padre es un gilipollas —dice sin el menor énfasis. bueno. También te hacen las uñas. Etcétera. —Arruga el ceño—. no guay… pero ya me entiendes.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Eh… es una larga historia. Vamos. abriendo sus brazos esbeltos y bronceados—. de eso se trata… —Y tendría por padre a un odioso gilipollas que se cree Dios y que nos hace salir a todos en su estúpido documental biográfico… ¡sin obtener nada a cambio! ¿Qué obtendré yo? —exclama. No lo dudes.

Así aprenderá papá. es tuyo. Pero volviendo al collar de la libélula… —Mi padre se ha enterado de que venías hoy. lo cojo y me largo. Me ha llamado por teléfono. ni siquiera me oye—. ¿Te dijo por qué? —Yo le repliqué: «¿Qué más da si está un poco loca?» —Lo dice como si yo no estuviera delante—. desesperada. —El collar antiguo. Y yo: «No pretendas engatusarme con el jodido Tiffany. me pongo a dar saltitos de frustración. ¿Sabes dónde está el collar de la libélula? —¿Cómo. —No me acuerdo. —Pero… Demasiado tarde. Debe de llevarlo alguna de las chicas. —Ya lo busco yo —digo—. Pero ¿por qué? Lo único que sé es que debo encontrarlo.» Y yo: «¡Que te zurzan! ¡Es mi prima. Escucha. Yo valoro tu visión como diseñadora y tal… Pero ¿me lo darás después del desfile? Tiene una expresión tan vacía que me temo que habré de explicárselo todo otra vez. joder. El tío Bill sigue detrás del collar.» Y entonces se puso a hablar del collar. Que la pongan en primera fila. ¿sabes? —Por lo visto. En cuanto acabe el espectáculo. Soy diseñadora. Está ahí dentro. Ese collar es muy importante para mí. en el pajar. Para mi madre. Ya me han sacado afuera. el que tiene esa libélula tan mona. Si no te importa… —¡No! ¡El desfile está a punto de empezar! —Diamanté me empuja hacia la puerta—. —Genial. por si acaso. El collar de Sadie lo lleva una de esas . cariño? —Lyds se acerca con el móvil en la mano. —Procuro no mostrar el alivio que siento—.» La sangre me bombea en los oídos. ¿vale? Tengo mi propia visión. acompáñala. En plan: «¿Qué hace ella en la lista de invitados? Sácala.» Miro alrededor. Hay modelos por todas partes. —Claro que sí. —Diamanté —le digo cogiéndola por los hombros—. ¿Y dónde lo tienes ahora mismo? ¿Podría verlo? En cuanto le ponga la vista encima.182 - . por favor. Lyds. Entonces me rodea el cuello y me abraza con fuerza. aguzando la vista. joder!» El corazón me da un brinco. cielo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Tienes razón —me apresuro a decir—. Lyds se encoge de hombros. —¡Claro! ¿Lyds? —Llama a una chica con un top a rayas—. ¿Sabes dónde está? —Con una doble hilera de cuentas amarillas —intervengo. Como si dijese: «La aguja debe de estar por aquí. ¿sabes? —Abre unos ojos como platos—. Collares por todas partes. ansiosa— y un colgante en forma de libélula que llega hasta aquí… Pasan dos modelos con un montón de collares al cuello y yo los miro. «Haz el favor de ser más tolerante. No voy a correr más riesgos. Me dijo que me daría otros a cambio. En cuanto se cierran las puertas. —¿Tu padre no quería que viniera? —Me humedezco los labios—.

Me echo hacia delante. —¡Diamanté. Procuro sonar optimista. en un asiento de primera fila. para esa borrosa serie de cuentas. Empiezo a . Se planta frente a la modelo y escruta atentamente el amasijo de cadenas. que no vemos nada! —grita sin cortarse una chica—. —¡Esto es inútil! —Sadie se materializa de golpe y sube de un salto a la pasarela. He mirado todos los collares. levanta la vista y me mira a los ojos. Al otro lado de la pasarela. Le echo un vistazo al tío Bill y siento un escalofrío. He examinado a todas las chicas. Escucha. Pero ¿cuál? —No lo veo por ningún parte —dice Sadie.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE modelos. Está al borde de las lágrimas—. no aparece. —¡Vamos. lista para observar concienzudamente a la primera modelo. no está aquí! Aparece la siguiente modelo y Sadie se abalanza para examinar sus collares. pero no estoy tan segura. Mientras lo contemplo horrorizada. lo lleva una modelo. Al comenzar el desfile hay al menos seis filas ocupadas a cada lado. Para mi espanto. Lleva un traje oscuro y camisa sin corbata. La música resuena con golpes sordos. y la gente es tan alta y espigada que desde más atrás no habría visto nada. Observo los collares que se agitan en su cuello. la niebla va disipándose. dorados y joyas de imitación. y entonces lo veo con el rabillo del ojo. estilo enagua y estampado con telarañas. ¡No lo veo! ¡Te lo he dicho.183 - . ¡Apaga eso! Finalmente. —¡Una colección súper! —exclama la chica que tengo al lado—. pero pasa tan deprisa que cuesta distinguirlos. —Tampoco aquí. —Pero yo sólo tengo ojos para los collares. Te lo prometo. No está. Las miraremos atentamente a medida que vayan pasando y acabaremos por encontrarlo. está el tío Bill. surgiendo a mi lado. La música sube de volumen y de repente aparece la primera modelo con un vestidito blanco. cuentas y amuletos—. las luces parpadean por todo el salón y se oyen gritos de entusiasmo. En la pasarela parpadean topos de color rosa y por los altavoces suena un tema de Scissor Sisters. Lo imito torpemente. ¿Cómo voy a ver a las modelos así? No digamos ya el collar. ¿No te parece? —Pues sí. Él también está examinando los collares. —¡Tiene que estar! —me obstino mientras cruzamos el pasillo—. comienzan a surgir nubes de hielo seco en la pasarela. alza una mano con calma y me saluda. Nada segura. seguramente los amigos de mi prima. Fantástica. y lo acompañan Damian y otro ayudante. Recorre la pasarela con ese contoneo propio de las modelos que resalta sus caderas huesudas y sus brazos flacuchos. Diamanté! —grita uno de ellos. Afortunadamente me han puesto en primera fila. Me quedo paralizada. La gente que tengo alrededor sufre accesos de tos. Sadie. Tras unos segundos interminables.

Ellas se quitan la ropa a tirones o se dejan vestir y peinar. No veo a la modelo. —¡Mi collar! —Se abalanza sobre la modelo. voy tras ella y lo recupero. Echo una ojeada al tío Bill… ¡Horror. Cueste lo que cueste. Esa modelo se ha llevado mi collar. murmurando disculpas y repartiendo pisotones. Estaba esperando un taxi y he entrado a buscarte. ¡Lo hemos perdido! —Pero Diamanté me lo prometió. él también tiene los ojos fijos en el collar! La modelo se aleja con sus andares estilizados. cruzo la doble puerta. Pero… pero… —Lo hemos perdido otra vez —dice fuera de sí—. La modelo sigue con sus contoneos. Bill Lington. corro por el pasillo hasta los camerinos y le muestro mi pase al gorila de turno. Maldición. Tengo el collar apenas a medio metro. Sin atreverme a mirar atrás. ¿entiende? —Es la voz de Damian y parece estar perdiendo los estribos—. buscando a mi prima . Regresa desconsolada unos instantes más tarde. guiñando los ojos porque un topo de luz me da en la cara. ¿Dónde demonios se ha metido? Me abro paso entre secadores de pelo y percheros cargados de ropa. ¡Y ahora se ha marchado! —gime. —Este señor es Bill Lington. pero ella se desvanece otra vez. a ver si la localizo por algún lado. —El puto jefe es él —le espeta Damian—. Sólo porque no tenga un pase de camerinos… —Sin pase no entra —replica el gorila. —¡Rápido! ¡Ven! —¿Qué pasa? —La sigo. Dios mío. que sigue adelante como si tal cosa. pero sabía que serías demasiado lenta. Al menos tengo una ventaja: estoy en el lado de la pasarela más cercano a la entrada. ¡Maldición! Me levanto de un brinco y empiezo a salir. No me extraña que Sadie no lo encontrara. —¿Qué me has llamado? —El gorila suena amenazador y no puedo reprimir una sonrisa… pero se me congela cuando Sadie reaparece con ojos desesperados. Una mujer con tejanos ladra instrucciones y guía a las modelos a empujones hacia el escenario. Esto es insoportable… Sadie sigue mi mirada y da un grito.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE tener un mal presentimiento. Normas de la jefa. jadeante y muerta de pánico. —¿Un taxi? —La miro horrorizada—. Él ha pagado todo esto. inmóviles mientras les repasan el maquillaje… Miro alrededor. —¡Se ha ido! —farfulla tragando saliva—. El corazón se me desboca mientras contemplo sin aliento las cuentas amarillas entrelazadas como una ajorca. cuando oigo un tumulto en la puerta. Miro al otro lado. inflexible—. —Me vuelvo. Dios mío… ¡ahí está! Justo delante de mis narices. El tío Bill se ha puesto de pie y su gente va abriéndole paso. Oh. imbécil. Una ajorca. una sensación de fracaso… Oh. enrollado en el tobillo de una modelo. En pocos segundos habrá abandonado la pasarela. Podría inclinarme y agarrarlo.184 - . La zona de camerinos es un auténtico caos. y le grita—: ¡Es mío! ¡Es mío! En cuanto la modelo salga de la pasarela.

Pero me contengo. al alcance de la mano. —Papá tiene razón —dice—. Le sostengo la mirada. tan tranquila—. las modelos llegan a los camerinos. Tengo que recuperar ese collar. como si yo fuese dura de mollera—. cueste lo que cueste. Llámala ahora mismo. ha sido fantástico! —exclama radiante—. ¡El collar! ¡La chica que lo llevaba se ha ido! Ella me mira sin entender. ¿Recuerdas el collar de la libélula que llevas puesto? —Ajorca —le apunto—. o algo así. se ha ido a una fiesta a París. has estado impresionante! ¿Vas camino del aeropuerto? Muy bien. —La ajorca. Un jet privado —aclara ante mi desconcierto —. Bueno. Dile que voy a buscarla. pero en cuanto lo haya usado. que me taladran los oídos. por favor. alucinada. Flora —dice mi prima. Ahora sólo me une al collar una cadenita muy . Flora! ¡Cariño. ¡Prometió que me lo daría! No puedo creer que lo haya dejado escapar otra vez. Un momento más tarde. Me lo ha prometido. Debería haberlo cogido sin más. ¿Qué combinado de drogas se habrá metido? —Se llama Flora —me susurra Sadie al oído. Estás loca de remate. Flora no sabe dónde es la fiesta. debería haber sido más rápida y haber actuado con más astucia… En la sala principal se oyen vítores y gritos. Pero eso me gusta. —¡Flora! ¡Se ha ido! —Ah. Y ahora resulta que va camino de París y no sé cuándo me lo enviarán. seguidas de una Diamanté emocionada. sí. ¡Sois una pasada! ¡Os quiero! ¡Vamos a celebrarlo! Me abro paso a duras penas entre las modelos. Ella había prometido dármelo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —. llámala. escucha. Lo llevaba como una ajorca. te lo envía. —¡Joder. ¿No es perfecto? —Me sonríe y me ofrece la palma de su mano. ¿sabes? Sí. levanta la vista y me echa el humo en la cara—. ¿Dónde es la fiesta? ¿Puedes quedar con ella? —Escucha unos instantes y. ahora mismo —ironiza. soportando con una mueca los pisotones que me dan con sus tacones y sus gritos estridentes. Sí. Ah. pues la loca de mi prima lo quiere sí o sí. Diamanté. Completamente… Claro… —Al fin. enciende un cigarrillo y da dos profundas caladas—. No sé qué día exactamente. —¿Qué chica? Por Dios. ésa. —¡Diamanté! —llamo por encima del alboroto—. Le he dejado que usara el vestido. Me voy a París. ¿Perfecto? He tenido el collar a medio metro. En el jet de su padre. pero que te lo enviará por mensajero. El desfile debe de estar terminando. —Saca el móvil y pulsa un número de marcación rápida—. Ella me mira boquiabierta y luego alza los ojos al cielo. ¿Cómo va a ser perfecto? Me entran ganas de chillar. Vale. —Pero ¡también se ha llevado el collar! —Hago un esfuerzo para no gritar demasiado—. ¡Eh. —¿Mañana por la mañana? ¿Sin falta? —No. mientras. Se va a París a recogerlo. Dice que quiere llevar el collar porque le va perfecto con el vestido.185 - . Parece que la organiza una amiga de su madre.

—¡Perfecto! —asiento con una sonrisa forzada. . Y esperar. luego cojo su móvil y le dicto mi dirección a Flora. chocando su mano. Si consigo cabrearla.186 - . Ahora sólo resta cruzar los dedos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE frágil y el eslabón más sólido es Diamanté. lo perderé para siempre. deletreándole cada palabra dos veces.

abuelita. Sadie lleva un buen rato callada. Josh no está enamorado de ti. —A ninguna parte. Debo creérmelo. Me lo creo. O en alguna maleta en el asiento de un descapotable… Siento un nudo en el estómago. Esta mañana me levanté preguntándome si debería tomar un tren a París. Sólo aprensiones infundadas. Debo creérmelo. te estás engañando. La verdad es que me atormenta la sensación de haberle fallado. ahora que voy a ver a Josh. colgado del cuello de Flora. Si aún te lo crees. No quiero compañía. que digamos. —Has quedado con Josh. He tenido dos veces el collar al alcance de la mano. que aparece a mi lado cuando ya estoy cerca de la estación del metro. He quedado para almorzar con mi novio. No es eso. En algún punto de París. Ella saltó esta mañana cuando le pisé un pie (se lo atravesé. Pues no te entrometas. —Camino deprisa. Mientras termino de teclear mis correos en el despacho. He de ponerle fin a todo esto o acabaré como mamá. Pero ella no se inmuta. Y entretanto debo continuar con mi vida. estamos desde anoche con los nervios de punta. y en ambas lo dejé escapar. Me siento del todo impotente. sin hacerle caso—. De hecho. ¿verdad? —¿Para qué preguntas si ya lo sabes? —Doblo la esquina. —¿Adónde vas? —me pregunta. supongo. Apago el ordenador con un suspiro y me pregunto dónde estará el collar en este momento. Tengo algo de mieditis. para ser más exactos). El collar aparecerá. no es que tenga dudas ni nada. No puedo obsesionarme con lo que podría pasar o salir mal.187 - . Pero Sadie y yo. permanece sentada en el alféizar con la espalda rígida. Me pongo la chaqueta y recojo el bolso. La ansiedad me reconcome y me hace estar nerviosa y a la defensiva. No voy permitir que . y salgo del despacho sin darles oportunidad de responder. —Hasta luego —les digo a Kate y Sadie. No estamos muy habladoras. —¿No dijiste que no eras mi ángel de la guarda? —le digo por encima del hombro—. Pero no estoy de humor para aguantar a Sadie. tratando de quitármela de encima. —¡No me llames así! —replica indignada—. —Como ángel de la guarda. insisto en que debes entrar en razón — dice—. Déjame en paz. Pero ¿cómo podría localizar a Flora? No sabría ni por dónde empezar. Debe de resultar muy solitario andar flotando por el mundo sin poder hablar con nadie. la verdad. y yo le repliqué de mala manera por criticar mi maquillaje. O sea. aun así.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 18 Recuperaremos el collar.

Josh se dispone a incorporarse. por si quieres saberlo. y se cruza de brazos. implacable—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE pierdas el tiempo con una marioneta pusilánime y sin sangre. desdeñosa—. Yo quiero a Josh y él me quiere a mí… —Me interrumpo al ver que toda la gente del vagón me mira. y lo único que pienso es: «¡Sííííííí!» A continuación hace ademán de sentarse. ¡Quizá acabe haciéndolo para que entres en razón! No vale la pena seguir discutiendo. pero yo lo atraigo y nos besamos otra vez apasionadamente. También me siento respaldada. . —¡Claro que sí! ¿Por qué crees que estaba tan hecha polvo? ¿Por qué habría de desear que volviera conmigo. —La voz de Sadie me persigue. Ja. —¡Eso… eso es una idiotez! ¡Sólo demuestra que no te enteras! No tiene nada que ver. si me apeteciera —responde con desprecio—. —¿Lo ves? —le susurro a Sadie—. Yo le dije lo que debía pensar y decir. Le propuse a Josh que nos encontráramos en el Bistro Martin para disipar todo recuerdo de la estúpida de Marie. Josh se aparta y nos sentamos. —Menea la cabeza. Esa observación me pilla desprevenida. perseguida por Sadie. noto un hormigueo en el estómago. —No vayas a creerte que tienes poderes tan irresistibles. aquí estamos. —Cielo. El pelo le brilla a la luz del local y sus ojos se ven tan azules y límpidos como siempre. Al llegar a su lado. tal vez. O triunfo.188 - . —Ni siquiera lo amas. corro al andén y subo justo a tiempo. Me refugio en un asiento del rincón. Lo abrazo y sus labios se encuentran con los míos. para que luego digas que no le importo. Maldita engreída. ¡Perfecto! Tendría que haberlo utilizado hace mucho. —Sí. Ha llegado antes de hora. si no? —Para demostrarles a todos que tenías razón —dice. Una mezcla de todo. —Bueno —digo casi sin aliento—. saco mi iPod y me pongo los auriculares. Aquí estamos. Mientras entrego mi abrigo. Alzo la copa de vino blanco que ya había pedido para mí. O amor. Me vuelvo hacia ella y saco el móvil de golpe. En un instante su voz queda ahogada. y bajo presurosa las escaleras del metro. Ahora se enterará Sadie de si estamos enamorados o no. Un convoy se acerca. Esto es el colmo. Necesito ordenar mis ideas. Paso a través de ella a propósito y me dirijo hacia la mesa sin hacer caso de sus chillidos de protesta. Paso el torniquete. Finalmente. No lo amas de verdad. ¿eh? Josh es un tipo muy firme. podría hacerlo bailar sobre la mesa y hasta cantar una canción de cuna. Felicidad. —¡No es una marioneta! —le espeto. —Ni siquiera él sabe lo que piensa. veo que ya está en la mesa y noto una oleada de alivio. Es como el muñeco de un ventrílocuo. Cuando veo que se dispone a contraatacar.

—¿Lo ves? —La voz de Sadie.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Por nosotros! ¿No es maravilloso volver a estar juntos? ¿En nuestro restaurante favorito? Siempre asociaré este sitio contigo —añado con cierta intención—. Nunca se estresa. mirándolo con determinación—. Aunque. ¡Díselo! Josh parece aún más confuso. Perdona. —Suspiro—. —¿Qué tal el trabajo? —se apresura a preguntar. —¿Pasa algo? —No. me digo: su maravillosa despreocupación. Se cierne sobre nosotros como un ángel vengador. ahora que lo recuerdo. Concéntrate.189 - . ¡Él no quiere estar aquí realmente! ¡Ya te lo he dicho. Nunca reacciona de un modo exagerado. Lo miro. Lo está estropeando todo con ese estúpido truco. Natalie se largó a Goa y me dejó a cargo de todo. Esperaba una reacción más enérgica. empezando en Bombay… —¡No empieces a planearlo todo! —me ataja—. Coge la carta y empieza a ojearla. Bueno. No podría. Es muy pasota. Pero a veces me viene un pronto de quécoño-estamos-haciendo. No mires. Tenemos que reajustarnos. Actúa como si fuese una lámpara. es una simple marioneta! ¡Puedo obligarlo a hacer o decir cualquier cosa! ¡Algún-día-te-gustaría-casarte-con-ella! —le grita al oído—. . Y sé muy bien que fui yo quien te lo pidió. Ya sé que es fantástico. llevará su tiempo. —¡No es normal! —clama Sadie—. Josh nunca reacciona demasiado. planeando sobre la mesa. Su filosofía consiste en ir tirando sin complicarse la vida. por Dios. —Sí. me provoca un sobresalto. —¡Y-tener-seis-hijos! —Me encantaría tener montones de críos —dice tímidamente—. —Aunque también pienso que algún día… quizá tú y yo… deberíamos casarnos. Y eso me encanta. No puedo evitar una punzada de frustración. No me agobies. —Incluso él parece sorprendido—. lo cual es muy sano. —¡En-una-playa! —En una playa —repite. Al menos… —Se restriega la cara con las manos y luego me mira. —Perfecto. Cuatro… o cinco… incluso seis. —Algún día deberíamos ir a Goa —sugiero. obediente. estoy acariciando la idea de tomarme una temporada libre. tú y yo otra vez juntos. ¿Te parece bien? Le lanzo una mirada asesina a Sadie. —Me parece normal —digo. —¿De veras? Qué mal. aturdida. —Pero… —Perdona. confuso—. para ser sincera… no tan perfecto. Ha sido una pequeña pesadilla. Dicen que es fantástico. Nunca se irrita. Seis meses o así. como si el tema ya estuviera zanjado. Con nadie más. Dejar el trabajo y viajar por ahí. —¡Podríamos hacerlo juntos! —propongo alegremente—. Josh tiene la gentileza de parecer un poco incómodo. ¿Sabes?.

Lara. Creo que debería hacerme inventor. —Se inclina hacia delante y me mira con intensidad—. casi afónica—. Se me acaba de ocurrir. —Los ojos le brillan como a un peregrino que acaba de ver a la Virgen—. Quiero irme a Ginebra y reciclarme en astrofísico. De inmediato. apretando los labios para contener la risa. —¿Inventor? —Y trasladarme a Suiza. ¿Qué le habrá dicho? —Bueno —digo con aire jovial—. —¡Sí! No podrías obligarlo a decir nada que no creyera de verdad en su fuero interno. Josh tiene los ojos vidriosos. —¿Qué has hecho? —Ya lo verás. —Ah. Nunca he cruzado un restaurante a tanta velocidad. ¡Vete de una vez! —Muy bien —replica con indiferencia—. —Se lanza hacia la puerta. Ahora todo encaja. No puedo llegar más deprisa porque tengo delante a un camarero con cinco platos. —Josh… —Intento conservar la calma—. por mucho que lo incites a decir cosas. ¡Despierta! —Perdona. Ya le está chillando al oído. Se me cae el alma a los pies. ¡Y tener un montón de hijos! —¿Eso crees? —se mofa. ¿Nunca has oído una voz interior diciéndote que has de cambiar de vida? ¿Susurrándote que vas por un camino equivocado? . —¡Déjame en paz! —murmuro—.190 - . seguramente sí desea casarse conmigo. Sadie lo ha mareado a base de bien. Josh levanta la vista y me mira con expresión remota. ¿no? —Alza la barbilla y sus ojos relucen un instante—. ¿Cómo vas a convertirte en astrofísico? —Pero quizá yo estaba hecho para estudiar ciencias —dice con fervor —. No lo comprendes. La mataré. Tengo que cambiar mi vida. ¿Qué demonios pretende Sadie? Reaparece de sopetón a mi lado. —¿Qué desafío? —me horrorizo—. Muy bien. pero Sadie se me ha adelantado. así de repente. Desafío aceptado. he estado pensando. hecha un manojo de nervios. no. ¡Me voy! Pero aun así verás que tengo razón. —Pero ¡tú no eres científico! —gorjeo. —¡Josh! —Chasqueo los dedos—. Yo estaba equivocado. ¿Ya has decidido qué vas a pedir? Ni siquiera parece oírme. —Parece tan eufórica que me dan ganas de estrangularla. Tú no quieres ir a Suiza ni hacerte inventor. Así me creerás por fin. ¡Yo no te he retado! Vuelvo corriendo al comedor. Es una idea… asombrosa. Josh —le digo con calma—. —No.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Un momento. Cierro de un portazo el lavabo y miro furiosa a Sadie. eso no demuestra que no me quiera. —¿Qué pretendes? —Demostrar mi tesis. En el fondo. —¡Por supuesto que sí! Además. Debo ir al baño. Se desvanece en el acto y yo me acerco a la mesa. como si estuviera grogui. Oye. —Asiente con seriedad—. Él no piensa por sí mismo. Tú trabajas en publicidad. como si estuviera en trance.

—No me acuerdo. irritado. Su paisaje preferido. tan segura de que en cuanto volviera conmigo comprendería… de que sintonizaríamos en el acto y todo sería fantástico. —¿Exactamente… igual? —Sí. Me duele la garganta de tanto aguantarme las lágrimas. eso. ¿Qué te parece? Creo que voy a echarme a llorar. Como una epifanía. —Bueno. hasta que de pronto arranca y se pone a funcionar como si nada. ¿Por qué quisiste volver conmigo? Se hace un silencio. cuando le das vueltas y vueltas a la manivela y no hace más que toser.» —Josh… —lo interrumpo—. No te lo tomes a mal. Exactamente igual. ¡No le hagas caso! Tú piensa: «¡Qué voz más estúpida!» —¿Cómo puedes decir eso? —replica asombrado—. —Arruga el ceño—. igual que antes… Pero tal vez siempre he estado pensando en otro Josh. Como una revelación. incapaz de levantar la vista.191 - . cuando me ha venido la inspiración —me explica con entusiasmo—. . —Pero no me refería… —Estaba aquí sentado. —Pero después de oír esa voz… —procuro no parecer ansiosa— ¿sentiste que se reavivaban tus sentimientos por mí? Como con un coche antiguo. pero no escuches esa voz! —Pierdo los papeles—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Sí. Una voz interior. por otro. Debiste de conservarla por algún motivo. —Me mira como si no comprendiera mi reacción—. Estaba tan convencida. Lo he captado. Creo que por fin lo veo claro. el Josh que tenía en mi cabeza. Algo me dijo que era lo correcto. Me encanta esa foto. —Ya veo —digo al fin. Existía por un lado el Josh real y. —Ah. Empezaremos una nueva vida. Me decía que aún te amaba. «Está bien —le digo a Sadie mentalmente—. uno ha de escucharse a sí mismo. —Josh… —No. —Saca el móvil y vuelve a mirarla—. ¿Y sabes qué más se me ha ocurrido? —La cara se le ilumina—. Todavía tiene esa expresión vidriosa. claro. ¿Sentiste que algo se reavivaba en ti? Josh me observa como si le hubiera formulado una pregunta con trampa. —Me coge una mano—. escúchame bien. recaudaremos fondos… Se me llenan los ojos de lágrimas. Abrir un zoo. Ven conmigo a Ginebra. Es el paisaje que más me gusta del mundo. Lara. Tú siempre me lo has dicho. Como cuando me di cuenta de que debía volver contigo. —¿Qué más tenía que pasar? —¡La foto! —indago a la desesperada—. la cuestión es que oí esa voz en mi cabeza… —¡Olvídate de la voz! ¿Pasó algo más? Frunce el entrecejo. pensando en mis cosas. Sus palabras me dejan helada. Me limito a pasar el dedo por el borde de la copa una y otra vez. Abriremos un centro especial para especies en peligro de extinción. Contrataremos a expertos. —Sus facciones se relajan—. Y eran casi. Lara. —Da una palmada en la mesa—. La de tu móvil.

Levanto la cabeza y lo miro como si lo viera por primera vez. Ni abrir un zoo. Obviamente. La odio. Que uno me amaba y el otro no. —Cuando el camarero se acerca. Pero resulta muy duro.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE casi iguales. Regreso bruscamente a la realidad. Acabo de rechazar a Josh. No comeremos nada.192 - . me estaba esperando—. cierro la carta que tengo delante—. Tan fácilmente. Acabo de decirle que no tiene sentido que sigamos juntos. Por el amor de Dios. Un zoo. salvo por un pequeño detalle. Él me mira patidifuso. —¿Y bien? —Sadie me arranca de mis pensamientos. —¿Cómo? —Me parece todo un error. Podría haber desatado un conflicto a escala planetaria. Todavía no logro asimilar la magnitud de lo ocurrido. Sólo la cuenta. Habéis roto. —¡Para morirse de risa! Se cree que todo es pura diversión. no pienso darle ese gusto. Lamento haberte atosigado todo este tiempo. —¿Ginebra? —le digo—. Mientras regreso al despacho en metro. Josh —le digo finalmente—. Su rostro atractivo. Sé que el Josh que tenía en mi cabeza era una fantasía. Ni convertirte en astrofísico. No tiene ningún problema. —¿Estás segura? —dice con un hilo de voz. aunque hayamos roto y aunque se lo deba a sus superpoderes. no mencionó nada de un zoo. Y que acabaré asumiéndolo. pienso lúgubremente. ¿Astrofísica? Ella estalla en carcajadas. Sólo que… no es el arco de mi violín. por favor. ¿Te has convencido? No me lo digas. Sé que he hecho lo debido. . Ni… —trago saliva. Ginebra. No voy permitirle que se ría a mi costa. que hemos roto y que ha sido gracias a sus superpoderes. no creo que debas trasladarte a Ginebra. sobre todo cuando podría haberlo retenido fácilmente. —¿Y qué? —Se mece en el aire con regocijo—. Y la culpa es mía —añado—. —Completamente. La verdad es que ha estado así la mayor parte de la conversación. No volveré a molestarte. Josh. Sé que Josh no me quiere. armándome de valor— ni volver conmigo. ¿Te ha dicho que quería abrir un zoo? Quiere oír que tenía razón. su camiseta con el logo de un grupo marginal. Es una auténtica irresponsable. —¿Un zoo? —Finjo perplejidad—. —Escucha. No. Menos mal que no ha tratado de influir en los líderes mundiales o algo así. Debería haber dejado que siguieras adelante con tu vida. el brazalete de plata que siempre lleva en la muñeca. Sigue siendo el mismo. Menos mal que se ha limitado a entrometerse en mi vida sentimental. —¿Has ido alguna vez a Ginebra? —me pregunta. ¿Cómo se le habrán ocurrido estos disparates a Sadie? Le ha armado un desbarajuste monumental en la cabeza. me siento como anestesiada. Pues bien. Aunque tenga toda la razón.

Me mira ceñuda y no se le ocurre ninguna réplica. —No hablas en serio —acierta a decir—. pero que lo más importante era que quería seguir conmigo. Y luego acordamos tomarnos las cosas con calma. Me alegra que valores nuestro trabajo —dice con su habitual seguridad—.193 - . Sí. ¿Sigue en pie lo del tour del domingo? E. —Continúo caminando sin mirarla. —Sonrío con ternura sin alzar la vista de la pantalla—. La veo tan perpleja que casi me siento animada. —Bueno. ¡Ja! Chúpate ésa. aunque suena a la defensiva. No puede ser. fantasmilla. Hace falta algo más que un fantasma gritón para romper una relación auténtica.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¿Debería haberlo hecho? —Ah. para eso cobro mi porcentaje… —Suelta otra vez esa risa ronca. —¿Sabes. Le dirijo una mirada estupefacta a Kate. Yo estaba decidida a ganármela como fuese… No. —Deja de mecerse de golpe. pero enseguida lo descartó como una idea absurda. y justo entonces suena un pitido en mi móvil. entro… y me quedo paralizada del susto. Está sumamente bronceada. tal vez Shireen haya pasado a saludar. —¿Me estás diciendo que seguís saliendo? —Pues claro —replico. viste una camisa blanca y un pantalón pitillo azul marino y no para de salpicar su conversación con una risa ronca. Le echo un vistazo y veo que es un mensaje de Ed. Clare Fortescue llevaba muy bien guardadas sus cualidades. Janet. gracias. —Me encojo de hombros—. Doblo la esquina y entro en el portal de nuestro edificio. —Hay una chica en tu despacho —me informa. como un relincho. siguiéndome—. Jane. Posee un inmenso talento. bueno. Tal vez seas capaz de manipular la mente de las personas. Y que se sentía un poco extraño. Sadie? —Le dirijo una mirada condescendiente—. Y no me gusta nada su aspecto. que se limita a encogerse de hombros. —¿Para casaros y tener seis hijos? —replica con sarcasmo. gracias. como si me sorprendiera la pregunta—. Natalie. Obviamente tiene cosas que aprender aún. Es mi trabajo. hablaré con ella. he tenido . —Dijo algo sobre Ginebra. Luego comentó que últimamente oía una voz irritante. nos mantenemos en contacto. sólo me hace un guiño. ¿sabes? Se ha quedado turulata. —¿Una chica? ¿Qué chica? —Me apresuro a subir. No muestra la menor sorpresa al verme. Nos veremos el domingo. Abro la puerta. Es un acierto seguro. pero… Sí. —Vale. pero no puedes jugar con sus corazones. Tienes razón. —Ya lo creo —respondo. —Es de Josh. ¿Qué demonios hace aquí? Sentada en mi silla y hablando por mi teléfono.

Janet. Iremos a almorzar. Ante mi mirada incrédula. No la des por imposible. De acuerdo. —Me hace otro guiño—. Natalie cuelga y me sonríe con aire perezoso.194 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE que sacarle las castañas del fuego. Cuídate. —Bueno. pero es una chica prometedora. gracias. ¿cómo van las cosas? .

ya lo sé. —Alzó una mano. Y además no importa: si resulta que se han producido cagadas en mi ausencia. ¿Cómo puedo ser tan pazguata? El viernes estaba atónita y dejé que Natalie se hiciera con las riendas. esto ha resultado muy estresante sin ti… —Bienvenida al mundo de los negocios —dijo guiñándome un ojo—. Sé lo que debería haber dicho. Si vuelve a guiñarme un ojo la estrangulo. Para hacer turismo no hace falta un vestido de época. que si una no puede permanecer inactiva mucho tiempo sin volverse loca. Sí. Se comporta como si fuera la reina y no hubiera hecho nada malo. El estrés va incluido en el sueldo. ¿Graham? —dijo al teléfono—. Pero ahora ya está. que ha vuelto. —Pero ¡te largaste por las buenas! ¡Sin previo aviso! Tuvimos que sacar todas las castañas del fuego… —Lara. No me gusta mentirle. Contra mí misma. y como si tuviéramos que darle las gracias por haber regresado. Y Sadie cree que salgo con Josh.195 - . ¿eh? ¿Cuándo pensabas decírmelo?» Pero no lo hice. No le planté cara. Hoy no pienso matarme demasiado. de modo que no pude volver a meter baza. Me quedé boquiabierta y le dije débilmente: —¡Anda.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 19 Es domingo por la mañana y todavía echo chispas. Me hago una coleta. Tendría que haberle espetado: «No puedes presentarte aquí como si no hubiera pasado nada. —¡No iría aunque me lo pidieses! ¿Crees que me apetece seguiros a ti y esa marioneta? No. Y siguió así toda la tarde. seguía pegada al móvil y sólo nos dirigió un gesto distraído. así que por una vez no me atosiga. porque ha sido todo mérito mío!» E incluso: «Así que te despidieron.» Y también: «¿Qué tal una disculpa por dejarnos en la estacada?» Y: «¡No te atrevas a ponerte medallas a cuenta de Clare Fortescue. ha sido muy duro. Le echo una ojeada furtiva mientras me pongo colorete. saltando de una llamada a otra. pero ella no debería haber sido tan odiosa. Natalie! ¿Cómo es que…? Pero… Y ella se embarcó en un largo relato: que si el tipo de Goa resultó ser un gilipollas infiel. que si había decidido darme una sorpresa… ¿Es que no suspiraba de alivio por su regreso? —Natalie —empecé—. pidiendo calma—. Aunque me zumbaban en la cabeza como moscas atrapadas. Ni se te ocurra. Natalie Masser. En fin. Están dando un ciclo . todavía muy baja de moral. me quedo a ver la televisión. yo las arreglaré. Cuando se fue a última hora. —No quiero que vengas —le advierto otra vez—. No le puse los puntos sobre las íes.

—¿De qué te ríes? —Me examina de arriba abajo—. que parecen salidos de un cuento de hadas. Olvídate del collar y mira todo esto. Josh se morirá de aburrimiento. Ed no me reconocerá. Olvídate de Natalie. Aunque quizá tenga algo de razón. zapatillas de ballet plateadas. Me repaso otra vez los labios con un color más oscuro. Alabarderos de la Guardia. Ja. y al punto me siento una pizca más interesante. una de las maravillas del mundo. Le propuse a empezar nuestro tour en la Torre de Londres y. Va con tejanos y una . —¡Lara! ¡Por aquí! Ed está en la cola para sacar las entradas. Pero. —Ya. Las cuentas de plata y azabache caen en hileras y tintinean cuando me muevo. El único problema surge cuando llaman por teléfono y su amiga se pone a charlar en mitad de la película. de cuero plateado. Quiero parecerme a mí. ja. también de época. Dale recuerdos —digo. ¿Qué tal un sombrerito? —No. Si es que no te mueres de aburrimiento tú antes. Maquillaje normal del siglo XXI. no estoy segura de si he visitado la Torre de Londres.196 - . Así que ahora la mayoría de los días se va a su casa y se sienta a su lado en el sofá delante de la tele. Recojo el bolsito. eso es distinto. —Me echo el pelo atrás y sonrío—. paseándose con sus uniformes rojos y azules. Olvídate de Josh. sarcástica. Más glamurosa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE de Fred Astaire. en cuanto salgo del metro al aire fresco de la orilla del río. Termino de ponerme colorete y me miro en el espejo. ¡Es fantástico! Antiguas almenas de piedra elevándose hacia el cielo azul. bueno. Ahora que caigo. O sea. Edna y yo pasaremos juntas un día delicioso. ¿Cómo es posible que Ed no se haya molestado en venir al menos aquí? Es… no sé. —¡Mucho mejor! —dice Sadie—. Pobre. Quizá me he vestido de un modo demasiado informal. Me sorprendo a mí misma tomando uno de mis collares de los años veinte y colgándomelo del cuello. Debería ponerme una pluma en el pelo para que sepa que soy yo. dándoles una silueta más parecida al estilo años veinte. —Pongo los ojos en blanco. ¿Piensas salir así? Nunca había visto un conjunto tan soso. La idea me provoca una risotada y Sadie me echa un vistazo con aire suspicaz. Yo vivo aquí. y me echo un último vistazo ante el espejo. —En tu lugar. me siento instantáneamente animada. gracias. como lo han hecho durante siglos. —Muy bien. Son estos lugares los que te hacen sentir orgullosa de ser una londinense de pura cepa. Vaqueros negros ceñidos. entrar y verla por dentro. Sadie se ha acostumbrado a gritarle al oído: «¡Cállate ya! ¡Cuelga de una vez!» Edna se pone muy nerviosa y a veces cuelga a media frase. una camiseta y una chaqueta de cuero. no estoy obligada. yo llevaría sombrero —insiste. Sadie ha encontrado a una viejecita llamada Edna que vive cerca y que no hace otra cosa que mirar películas en blanco y negro. pero yo no quiero parecerme a ti. muy graciosa.

devolviéndole la sonrisa. No deja de conmoverme un poco que haya hecho semejante esfuerzo. a eso me refería. este edificio que tienes delante es la Torre de Londres — empiezo con el tonillo de un guía turístico—. Una de las muchas maravillas de esta ciudad. Al menos. Cuando me acerco. ¿Y él cómo lo sabía? ¿Habrá estado empollando?—. —En ese momento llegamos a la taquilla—. Éste es de mil novecientos veinticinco — añade. —Bueno. no tenéis nada parecido. Para no desentonar. Dios mío. —Creo que la entrada es por el otro lado. —¿A que sí? —digo. impresionada—. he encontrado un accesorio para mí. Hay momentos en los que ser inglesa resulta ideal. por favor. Dos adultos. y luego me detengo un momento frente a la Torre. —Se encoge de hombros—. Siempre llevo encima un juego de naipes. lo cual resulta interesante. —Escucha. pero no hay ninguna. y la lección de historia y castillos antiguos es uno de esos momentos. —Así que a veces llevas ropa del siglo veintiuno… —Muy raramente —digo. No puedo ponerme a buscarlo en el libro. además. —¿Te refieres a la época de los normandos? —Exacto. No se ha afeitado. ¿Quién tiene más posibilidades de saber dónde está la entrada. —Me encanta. pero él me tira del brazo. Pues en… —me vuelvo un poquito y mascullo unas sílabas borrosas— en el siglo… —¿Cuál? —Se remonta al período… —carraspeo— Tudor… quiero decir. Seguro que nunca pide indicaciones por la calle. De esto me encargo yo —añado cuando hace ademán de sacar la cartera—. Uno de nuestros monumentos más antiguos e importantes. —¿Cuándo fue construido? —pregunta Ed. ¿De dónde lo has sacado? —De una subasta de eBay. Ed —le digo con amabilidad—. es por allí. es de esos hombres que se empeñan en tomar las riendas como sea. Ya lo tenía catalogado como esa clase de hombre que va impecable incluso los fines de semana. —Le lanzo una mirada suspicaz.197 - . Es un crimen venir a Londres y no interesarse por nuestro increíble patrimonio —le advierto con una mirada severa—. Compro las entradas. Es espectacular. tú o yo? . Maldita sea. Debería haber una. Un crimen propio de personas estrechas de miras. —Cierto. mostrándome un sello diminuto. mientras él me mira expectante—. me da un repaso con una leve sonrisa. —Estaba convencido de que ibas a presentarte con otro vestido años veinte. Lo abre y veo una baraja de cartas. Estuardo. —¡Chulísimo! —digo. y una guía titulada Londres histórico. De hecho.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE camiseta gris. Tú eres americano y nunca habías estado aquí. —Observa la Torre con aire contrito—. Bueno. buscando alguna placa. En América. Se mete la mano en el bolsillo y saca un estuche rectangular de plata medio deformado. por el río. Para algo soy la anfitriona. —Hummm… —Miro alrededor. Obviamente. orgullosa. —Lo guío hacia una muralla.

ya tenemos las entradas. Durante el reinado de Guillermo el Conquistador. Jugueteo con las entradas. por otro lado. un alabardero se detiene a nuestro lado con una sonrisa. Él levanta las manos en señal de disculpa. Y la entrada es por allí. A ver.198 - . Tiene razón. Ya vio la Torre el viernes. Son increíbles. Se la devuelvo y me dispongo a preguntarle por dónde se entra. Era una salida de trabajo para fomentar el espíritu de equipo. Sólo que… la ocasión nunca había surgido. —¿No es un poco estrecho de miras por tu parte. —Está bien. Vine el viernes. mientras un grupo de colegiales se toman fotos unos a otros. Él sonríe. —¡Podrías habérmelo dicho! —refunfuño. —Perdona. Y parece tan increíble… Quiero verla. guiándome entre la multitud—. Tú esto ya debes de tenerlo muy visto. —¿Cómo dices? —Que quiero ver las joyas de la Corona. ¿Cómo es que no te interesa el patrimonio de tu gran ciudad? ¿No te parece un crimen ignorar estos monumentos únicos? —¡Basta! —Me he puesto roja como un tomate. —Podríamos ir directamente a la catedral de San Pablo —dice. Voy a mostrarte las maravillosas joyas de la Corona de tu propio país. tallado a partir del célebre diamante . Ed suelta una carcajada. ¿De nuevo por aquí? ¿Cómo? ¿Ahora resulta que conoce a los alabarderos? No acierto a decir nada mientras Ed le estrecha la mano. claro. —¿Me estás diciendo que nunca las has visto? —Me mira con incredulidad—. señor Harrison. Pudimos charlar con algunos alabarderos y resultó fascinante. Explícame qué es esto.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE En ese momento. cuando surja una ocasión. —¡Cuenta! —le exijo. ¿Qué sucederá a continuación? ¿Aparecerá la reina y nos invitará a tomar el té? —Vale —farfullo en cuanto el alabardero sigue su camino—. Es distinto. Estabas tan entusiasmada con hacer de guía… Pero podemos ir a otro sitio. Conozco todos los detalles. —Venga. ¿Nunca has visto las joyas de la Corona? —¡Yo vivo en Londres! —alego—. estudiando el mapa del metro—. —Buenos días. Ya que estamos aquí. confesaré. indecisa. ¿Sabías que las más antiguas datan de la Restauración? —¿De veras? —Ya lo creo —dice. —Hace una pausa y añade con una mueca—. Puedo verlas cuando quiera. — Coge la guía y se pone a ojear el índice. —Me alegro de verlo. La corona imperial contiene un diamante enorme. Le presento a Lara. Queda bastante cerca… —Yo quiero ver las joyas de la Corona —murmuro. Jacob. Lara? —Ahora disfruta de lo lindo—. —Ah… hola —digo débilmente. Así fue como supe que la construcción de la Torre se inició en mil setenta y ocho. pero él se dirige jovialmente a Ed. ¿Para qué vamos a recorrerla otra vez? Aunque.

sabelotodo. —Ed consulta la guía—. ¿Era ahí donde Walter Raleigh cultivaba patatas. Estamos mirando aún la puertita de roble cuando se nos une una pareja de ancianos con impermeables. ¿Es una falsificación? Le asoma una sonrisa por la comisura de los labios. el más grande que se ha extraído nunca. —Se lo muestra con las manos—. —¿En serio? —Me detengo en seco—. Vemos las joyas de la Corona. otras son invenciones baratas y otras… no estoy muy segura. —¿De verdad? —dice boquiabierta—. El maestro peluquero era un hombre muy menudo. . —Que vaya bien el tour —les dice. —Mira la guía guiñando los ojos—. Él lee imperturbable todo el rato. y no sé a qué carta quedarme. Un personaje histórico interesante. Por lo visto. —¿De veras? —Adopto un tono serio. Ahí guardaba sus pelucas el séptimo duque de Marmaduke. la verdad.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Cullinan. Ah. —Sólo quería comprobar si atendías. Shakespeare estuvo a punto de titular su obra «Vaya ruido y qué pocas palomitas». deriva originalmente de la frase «hombre diminuto en un armario». —¿De verdad? —La pobre mujer parece perpleja. sólo con un ligero brillo en los ojos. Ed se empeña en seguir la guía y en leer todas las historias relacionadas con ellas mientras hacemos el recorrido. ¿Qué me dices de ese armario? —Señalo al azar una puertita de aspecto inocuo empotrada en la pared—. —Ajá —asiente—. en lugar de Mucho ruido y pocas nueces. En fin. o qué? —Veamos. Algunas son ciertas. vemos los cuervos y vemos la Torre Blanca y la Torre Sangrienta. Cuando terminamos la visita guiada por un alabardero. La palabra «peluca». que pone cara interesada—. todas las torres. y seguimos adelante. —Vaya —digo con educación. de hecho. Decapitó a muchas de sus esposas. cuando se descubrió que era falsificado. ¡Qué espanto! —No tanto —observa Ed con toda seriedad—. El maestro peluquero estaba obligado a vivir encerrado ahí dentro con las pelucas. Parece que se aprendió todo el rollo de memoria. me hierve la cabeza con visiones de traidores y torturas. —¡Tienes una vena malévola! —le digo en cuanto nos alejamos. Al menos. —Es un armario para las pelucas —le susurra Ed a la mujer. Creo que no quiero volver a escuchar ninguna anécdota más sobre lo que sucede cuando la ejecución sale espantosamente mal y hay que repetirla una y otra vez… Paseamos por los patios. sí. Diminuto. —Vale. —Sin duda habrás estudiado la fiebre de las palomitas que se desató en mil quinientos ochenta y tres. A otras las congeló con técnicas criogénicas.199 - . Le doy un codazo a Ed. es lo que creía todo el mundo hasta mil novecientos noventa y siete. También inventó la versión medieval de la máquina de hacer palomitas de maíz. dejamos atrás a dos tipos con atuendos medievales que escriben con útiles de la época (supongo) y entramos en una sala con troneras y con una chimenea enorme. encantador.

al cabo de un rato. Al menos no he acabado abandonada en una ciudad extraña. la escalera mecánica. como pensando si llevárselo a la boca o no—. No puedo evitar una sonrisa. Cuando tengo hambre. —No. —Me encojo de hombros—. ¿Sabes una cosa? Tenías razón en lo que me dijiste el otro día. inquisitivo—. Intuyo que sabe perfectamente lo que estoy pensando. —¿En serio? —Me siento conmovida. imperturbable— y tengo una capacidad de concentración algo limitada. —Soy americano —dice.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Reflexiona y luego me dedica una sonrisa desarmante. —Perdona —digo torpemente—. ya que yo he comprado las entradas. Vamos. —Mmm-hmm. Me gusta el símil de tu padre. y nos sentamos en un rincón junto a la ventana. —¿Y qué pasó? Si no te molesta que pregunte. Fue… me di cuenta… no éramos… —Me detengo con un suspiro y levanto la vista—. muy serio—. . Hace menos de veinticuatro horas. muy.200 - . Estas cosas ocurren y uno ha de seguir adelante. Se empeña en pagar él. no importa. muy idiota? —Nunca. Hablar con Ed ayuda a ver las cosas en su justa medida. Tengo que explicárselo enseguida a papá. ¿Quieres comer? ¿O visitamos primero el Museo de los Fusileros? Me quedo pensativa. Su lista de monumentos debe de ser todavía un punto doloroso. Pero lo que pasa con las rutas turísticas es que. —Hace un tiempo. y se lleva el tenedor a la boca. Me dijiste que tú también habías pasado por una ruptura. No pretendía recordarte que… —No. Hacia arriba y hacia delante —dice. ¿Qué más había en tu lista? Ed parpadea y advierto de golpe que no tendría que haberlo formulado así. no hay ninguna persona más interesada que yo en nuestro patrimonio cultural. Sólo de pensarlo me entran ganas de cerrar los ojos y empezar a gemir. Quizá será mejor almorzar. Entramos en un café donde sirven cosas como sopa de cebolla georgiana y guisado de jabalí salvaje. Ed me mira con un brillo astuto en los ojos. como sopesando ambas opciones. ¿Alguna vez te has sentido muy. —Niega con la cabeza. Al menos Josh no me engañó. —Quizá sí. Se llamaba Josh. ¿Cuándo fue? El viernes. Si ya has tenido bastante por ahora. —Bueno. empiezan a pesarte los pies y las bellezas del recorrido se convierten en una borrosa secuencia de muros y peldaños de piedra y de historias de cabezas cortadas y clavadas en una pica. He estado dándole vueltas desde que hablamos. —Podemos comer algo —digo con falsa indiferencia—. claro que no. —Mastica un momento y luego me mira. muy idiota. ¿qué más quieres ver de Londres? —le pregunto—. —Mira el bocado que tiene en el tenedor. No soy la única persona del mundo que se siente estúpida. Aunque de vez en cuando sí me siento muy.

Muy eficiente. —Ah. le parecía una tontería. Dime lo que piensas. Ya sabía yo que no me gustaba esa mujer. increíble! ¿Qué tal es en persona?» Ed está metido en negocios de alto nivel. Sólo para ver de qué iba. casi con irritación—. ¿Cómo puede pensar alguien que el London Eye. Depende. Vamos a ver alguna cosa que no hubieras planeado. —Bien. En cuanto lo dice. ¿sí? ¿Y? ¿Hiciste fortuna de inmediato? —¡Por supuesto! ¿No has visto antes mi limusina? —Oh. Lo que hace es explotar a un montón de desgraciados. Y me parece que toda su campaña Dos Pequeñas Monedas es una chorrada y una burda manipulación. Aguardo a que se ría del chiste. Y estoy seguro de que a su éxito contribuyeron diversos factores. —Bebe un trago de vino—. Bueno… es sólo una opinión. al menos en mis propias narices. Algunos parecían desesperados de verdad. —Una vez asistí a una sesión de sus seminarios —reconozco—. no hay otro como él. ¿Has llegado a conocerlo? —Sí. . —No lo sientas —respondo—. hagamos algo que no estuviera en tu lista —le digo impulsivamente—. —¿Y a Bill? —insisto—. Yo vi la clase de gente que iba al seminario Dos Pequeñas Monedas. pero él se limita a estudiarme mientras mordisquea el pan. ¿No vas a Lingtons Café? Ah. —Lingtons es una empresa de éxito. vale. ¿Hay alguna? Ed parte un trozo de pan mientras lo piensa. No ha hecho lo que suele hacer la mayoría de la gente cuando descubre lo de tío Bill. además. Interesante. —A veces. Pero no es eso lo que él vende. Debe de haberse cruzado con él de un modo u otro. comprendo que tiene razón. es una tontería? —Pues al London Eye —decido—. ¿era tuya? Creía que te movías en helicóptero. Se lo ve impasible. Así que… ya sabes que es de mi tío. Le dan miedo las alturas y.201 - . Lo siento. —Corinne no quería subir al London Eye —dice por fin—. Pienso que tu tío es único. Una costumbre inglesa muy pintoresca. —¿Y qué piensas de mi tío? —le pregunto. o sea. —Me encojo de hombros—. Él pretende venderte un mensaje distinto: «¡Es fácil! ¡Hazte millonario como yo!» —Habla secamente. Está eludiendo la pregunta. —Starbucks. se me ocurre. Lo ha averiguado. Algunos habían venido de muy lejos. exclamar: «¡Oh. Muy rentable. Los únicos que asistirán a esos seminarios son tipos fantasiosos que se engañan a sí mismos. Nunca había oído a nadie hablar con tanto descaro del tío Bill. Y el único que ganará dinero con ellos será tu tío.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Oye. de gente desesperada. Resulta refrescante. Y después podemos hacer una parada en la Antigua Taberna Starbucks. esa noria maravillosa. Y el seminario no era barato precisamente. pregunté por ahí sobre ti. —Ya te lo dije.

suele ser para decir algo divertido. —Baraja con destreza—. pero podría significar cualquier cosa. —Relájate —dice Ed—. ¿Y cómo lo adivinas? Ed se sirve tres cartas y las mira. —¿No me engaña. Yo diría que… ¿buenas? Ed parece divertido. —¡Qué va! Soy un desastre apostando… —Me detengo al ver que menea la cabeza. ¿Lo sabías? —¡Me estás distrayendo! —Frunzo los labios un poco. Y dos cartas bajas. —Ya. Como si estuviera dejándole ver más de lo debido. Es saber captar a la persona que tienes delante. Son malísimas. Tampoco frunce tanto el ceño. Hay un brillo en sus ojos. —No lo sé —admito—. rompo el hechizo y desvío la mirada. las arruguitas en torno a los párpados y su barba incipiente. del agradable calorcillo que me da el vino y de la perspectiva de lo que aún queda del día. Gran Lara? —¡No! —Me echo a reír—. —La cuestión en el póquer no es apostar. buscando algún indicio. Ed alza una ceja. noto un cosquilleo en los labios. Me sirve más vino y yo me echo atrás. —¿Buenas o malas? Ay. Fingiendo una tos. Ahora tú. Tú servirías — añade. Muy bien. Tus poderes orientales para leer el pensamiento te serían muy útiles. ¿qué tengo? Ed fija sus ojos castaños en los míos. Y cuando lo hace. No entiendo cómo lo llamé el Americano Ceñudo. Lo único que necesitas saber es si los demás jugadores tienen buenas o malas cartas.202 - . Demasiado íntimo. ¿Pasas todo el tiempo jugando al solitario o qué? —Al póquer. ¡De veras me han abandonado! Ahora no paso de ser una principiante. Permanecemos inmóviles y en silencio. disfrutando de la vista de la Torre. —¿Tienen algo? —repito—. Luego levanta la vista. para librarme de la risita—. Si encuentro a alguien con quien jugar. —Me muestra tres cartas muy bajas—. seguramente un as —dice sin inmutarse—. Claro. No te rías. Tres de tréboles. Ed hace otro tanto. Examino su frente relajada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Reímos. —Tienes una cara de póquer terrible —dice—. —¿Por qué llevas siempre una baraja encima? —le digo—. Esto resulta un poco raro. Bebo un trago de vino. —Muy bien. Tras unos segundos. cuatro de corazones y as de rombos. . —Esos poderes orientales te han abandonado de verdad. Así de simple. mis poderes parecen haberme abandonado. —Tienes una carta alta. Bueno. en cuanto lo dice. noto una extraña sensación en el estómago. Las estudio bien y levanto finalmente la vista con mi expresión más inescrutable. —Me sonrojo levemente—. No tengo ni idea. mirándonos. sirve tres y me observa mientras las recojo. O sea. Mezcla las cartas otra vez. que miras las caras de tus oponentes y te preguntas: «¿Tienen algo?» Ése es el juego. Me mira imperturbable. Dios.

O lo tienes o no lo tienes. Realmente quiere saber la verdad. puestos de libros usados y esas estatuas vivientes que siempre me impresionan. Levanto la vista y me encuentro con la mirada inteligente de Ed. ¿qué pasa? ¿Hay gato encerrado? Me mira fijamente. músicos callejeros. la verdad. No estoy acostumbrada a una atención tan sostenida. Sólo había subido una vez al London Eye y fue en una fiesta de . Me siento como si saliera al fin de un sueño. una persona que apenas conozco. Tu truco para leer el pensamiento… se basa en el análisis de los rasgos de comportamiento. La verdad es que se comportaba así porque yo no le importaba. Bastante… complicado. La gigantesca noria gira lentamente. Estaba tan ocupada persiguiéndolo. como temiendo haberte delatado. aguardando una respuesta. Me siento algo desconcertada. Apenas recordaba los detalles menores de mi vida. Tipo: «¡Bingo! ¡Vaya carta!» Luego has mirado a derecha e izquierda. un tipo tranquilo y despreocupado. me resultaría fácil quitármelo de encima. una repentina embriaguez. Pero ahora lo comprendo mejor. Josh siempre se lo toma todo al pie de la letra. Yo pensaba que era un pasota. —Apuro mi copa. Un descubrimiento definitivo y mortificante que resuena en mi interior con la peculiar vibración de la verdad. Durante todo el tiempo que estuvimos juntos. —Se le escapa la risa—. Alucino. me sentía tan desesperada y tan segura de mí misma que no me detuve a examinar de cerca lo que perseguía con tanto ahínco. O no lo suficiente. Y yo que me creía la dama inescrutable. Nunca me pregunté si él era de verdad lo que yo necesitaba. Él habría dicho: «Vale. —Ed parece divertido—. Y finalmente has tapado el as con la mano y me has lanzado una mirada asesina. Lo percibo en su expresión: no pregunta por preguntar. Así pues. —Pero ese conocimiento no puede haberte abandonado. me meto en la boca el último trocito de pastel y le dedico una sonrisa luminosa para distraer su atención—. Ha sido evidente. nena» y habría cambiado de tema sin cuestionar mis palabras ni analizarlas… «Porque Josh nunca estuvo tan interesado en mí. ¿Cómo lo has sabido? —Los ojos se te han desorbitado en cuanto has visto el as. ¿verdad? —Eh… exacto —digo con cautela. He sido una idiota integral.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Dios mío! —Las pongo sobre la mesa—. nos encontramos con todo el jaleo de un domingo a mediodía: montones de turistas. Sólo que no puedo contársela. —Pero ahora en serio —dice mientras baraja otra vez—.203 - .» Este pensamiento me golpea como un chorro de agua fría. Y el hecho de que él. quiera saber más de mí me produce. Si fuera Josh. Obviamente. —Es… bastante difícil de explicar. Veo a la gente que llena las cabinas transparentes y nos mira desde lo alto. Josh nunca me desafió ni me hizo pasar un mal trago. Y me encantaba que fuera así. Recuérdame que no deje en tus manos ningún secreto de Estado. lo veía como algo positivo. Cuando llegamos al South Bank. que sigue escrutándome con atención. mal que me pese. Me siento bastante excitada. Anda. vamos al London Eye.

Venga. No tiene ni idea de que ha sido utilizado. me mira bruscamente con expresión inquisitiva. ¿Qué puedo decir? —Es… una buena pregunta. mientras pasamos. Me da una entrada y me la guardo en el bolso con cierta torpeza. ¿Quieren entradas? Un diez por ciento de descuento si las compran ahora. buscando unos peniques. Camino en silencio. Como si esperase oír algo que le alegre el día. Genial. —Entiendo. ¿Quieres saber la verdad? Tengo un recuerdo borroso. ¿verdad. Y yo… tengo otra para ti. —Oye. Pero es todo mentira. No les sonará muy bien a nuestros nietecitos. —Muy bien —dice un tipo con barba y bombín.204 - . Es otro espectáculo de marionetas. borra eso: cree que se está enamorando de mí. acercándose con un cuenco para las monedas—. Les contaré que te enviaron unos extraterrestres.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE trabajo con un montón de personas borrachas e insoportables. Una chica desconocida entra en la oficina. No sé por qué lo hice. —Vale. —Desvío la mirada—. ¿Me ha pedido una cita? ¿O es sólo un añadido de nuestra ruta turística? ¿O qué? ¿Qué estamos haciendo? Deduzco que él debe de estar pensando algo parecido. ¿Me habías visto por allí o algo parecido? Hay una brizna de esperanza en su voz. Se está enamorando de mí. —Fue… una apuesta con una amiga. Me gusta la idea. —Claro —dice Ed. Ed da un par de pasos de charlestón y yo agito las cuentas del collar ante sus ojos. medio divertido—. No. —Vuelve a concentrarse en mí con renovados bríos—. ¿Por qué aceptaste? Podrías haberla rechazado. Ha sido . ¿Por qué no? Le paga al tipo. dime una cosa. Siento una punzada de culpa. —Vale. Debías de tener un motivo. tratando de comprender lo que acaba de ocurrir. Después de explicarles lo de las pelucas del duque de Marmaduke. mirándome—. porque cuando nos ponemos en la cola para subir al London Eye. Percibo la calidez de su expresión. —Parece tan relajado como antes—. pero al levantar la vista lo veo en su cara. coge las entradas y seguimos adelante. Va a preguntarme otra vez por mis poderes. Un error. Podríamos ir juntos a esa velada de jazz… Si te apetece. —Me pongo nerviosa en el acto. —Nos interesan los años veinte —dice Ed y me guiña un ojo—. —Bueno —dice al cabo—. Un grupo de jazz toca un rag de los años veinte ante un corrillo de espectadores y. —Ya lo sé. No consigo descifrar lo que pensé. —¿Por qué irrumpiste en la oficina? —Arruga la frente. Sólo los veinte. Lara. Lara? —Hemos organizado para la semana que viene una velada de jazz clásico al aire libre en los Jubilee Gardens —nos informa el tipo—. Ya sé que bromea y que todo es en plan de guasa. Así que fui una apuesta al azar. ¿Por qué me pediste una cita? Esto es mil veces peor. ¿Les interesa el jazz? —Más o menos —contesto. Y acto seguido tengo una cita con ella.

—Hago un esfuerzo—. aunque sin el subidón…» —Quizá creas que te gusto. realmente estupendo. Ha sido divertido y te agradezco el tiempo que me has dedicado. —Bueno. y ya lo ha pasado bastante mal. Hemos estado arriba de todo y contemplado la ciudad entera a nuestros pies. y nos sonreímos. Ahora sí verá Londres de verdad. el palacio de Buckingham y el Big Ben (estas cosas sí las conozco). Subimos. —Su sonrisa se vuelve irónica—. Estamos tan absortos que no advertimos el hueco que se ha formado en la cola delante de nosotros. pero… No lo entiendes… —Me siento impotente. Hemos visto infinidad de figuras diminutas que pululaban como hormiguitas y subían y bajaban de coches y autobuses liliputienses. —Se ríe—. como si tuviera un detector de mentiras en los ojos.205 - . Ésta se aproxima lentamente a la plataforma y la gente sube entre risas y grititos. yo también —admite al fin. Me gustas mucho. —Trago saliva. Me mira fijamente. Hay un silencio y su expresión cambia. Ahora me he apropiado de la guía Londres histórico. Nada de esto es real. No significa nada… De pronto. dilo. Es impresionante. ya veo. no hace falta que trates de suavizarlo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE manipulado por Sadie igual que Josh. me siento absurdamente disgustada. Ed es un tipo estupendo. —Ah. pero yo simulo leer sus datos . tortolitos! —nos apremia un tipo—. sino con el fantasma de mi tía abuela. —¿Qué ves? —Lara. pero ella le ha puesto la cabeza del revés. Puedo pasarme una tarde solo sin problemas. No hace más que crear problemas allí donde va. —A mí me lo parece. Le he señalado a Ed la catedral de San Pablo. Si ya has tenido bastante. ¡Rápido! Lo cojo de la mano y corremos hacia la enorme cápsula oval. Tú no piensas por ti mismo. —¡Venga. todavía cogidos de la mano. —Lo sé. No hay ninguna sección sobre el London Eye. Quiero decir… esto no es real. como si la guía de calles hubiera cobrado vida. muchas gracias… —¡No. Dios. Toda la culpa es de mi tía abuela. Toda la incomodidad se ha disipado. realmente impresionante. no es eso! ¡Para! ¡Me lo estoy pasando muy bien! Y quiero subir al London Eye. —Bueno. Ella ha manipulado tu mente. —¿Sí? Ay. —Vale… estupendo. —Sí. me gustas. señor Harrison —recupero mi tono de guía turística—. —No. ¡Vuestro turno! —¡Oh! —Despierto bruscamente—. No es justo… —Ed. ¿Qué digo? «Tú no has estado saliendo conmigo. es como una dosis de LSD. Pero no es verdad. O sea.

A menos que sea un secreto muy importante que no debería revelar bajo ningún concepto. —Suelta una risotada—. Lara? —Mira alrededor para comprobar que nadie nos escucha. o del limbo… Y quiero darte las gracias. Tampoco te sientas obligado… —No. No tengo ni idea. se convierte automáticamente en un submarino en perfectas condiciones operativas. ¿Ed? Se vuelve hacia mí. Si se sumerge en el agua. —Parece hablar medio en clave y su mirada me inquieta. Mientras estábamos arriba. como si pretendieran llegar al fondo de los fondos. la panorámica de Londres se va aproximando lentamente. o una voz o lo que fuese. La rueda se desplaza… va girando… —Menudas tonterías. eso. —Claro. Tuve la sensación de que una voz interior me ordenaba que respondiera que sí. Bueno. —Asiente. —Cada cápsula está hecha del titanio transparente obtenido de fundir centenares de gafas —informo a Ed—. mirando a través del cristal. Tengo una aguda conciencia de cada cosa que hago—. —Me has preguntado por qué acepté aquella primera cita contigo. —¡No hace falta! Ha sido un placer. sus ojos taladran los míos.206 - . Igual era… Dios. se me eriza el vello de la nuca. Fue como si me arrastrara por los aires… Pero no importa de dónde procediera ni qué clase de instinto fuera: el hecho es que acertó. ¿Te parece que tiene sentido? —No —me apresuro a responder—. Fue algo… alucinante. en realidad. A lo mejor podría encarnar al nuevo Moisés. —Claro. Me siento como si hubiera despertado de un sueño. Cuanto más me resistía. —La cápsula… eh… —No puedo concentrarme. siento hormigueos por todas partes. quiero contártelo. no importa. —Es lo mínimo que cabía esperar. no. A su espalda. Esboza una sonrisa. el sol ha quedado oculto tras un montón de nubes grises que están agrupándose sobre nuestras cabezas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE básicos y me los voy inventando sobre la marcha. Ninguno. más fuerte me gritaba. —Hace una pausa —. —Ah. . —Quizá. La cuestión es que nunca había sentido un impulso tan fuerte. —¿Quieres saber una cosa. Todo parece intensificarse de repente. procurando imitar su expresión impertérrita y aparentando que no pasa nada. —Eso espero. Pero pasan muchas cosas: me sube a la cara un calor repentino. —Titubea—. El corazón se me acelera. y me provocan un extraño hormigueo… Bueno. Salir contigo es lo mejor que podría haber hecho. —Bueno… ¿quieres que siga leyendo? —Hojeo la guía. Cuando quieras repetimos. pero los demás ocupantes de la cápsula se han apiñado al otro lado para mirar una embarcación de la policía que navega por el Támesis. Cierro la guía y le sostengo la mirada resueltamente. —Cada cápsula podría resistir bajo el agua trece horas… —Advierto que no me está escuchando—.

Es muy diferente de Josh. —Sonrío de mala gana—. Es que… estaba… —Me rodea con un brazo y me echo atrás—. —¡Lara. ¿qué te pasa? —¡¿Cómo has podido?! —El chillido despechado de Sadie me obliga a taparme los oídos—. como sondeando el terreno. —¡Sadie! —Voy tras ella y me pego al tabique. Lara. que no es lo que ella piensa… —¡Te he visto! Suelta un sollozo atroz. dos pensamientos se abren paso en mi mente. Vuelve a besarme y yo cierro los ojos mientras exploro su boca con la mía y aspiro su fragancia. En absoluto. pero sólo consigo farfullar. O. en todo caso. Está buenísimo. Luego se inclina. Ya que hemos pagado la entrada. Su boca es dulce y cálida. Dios. Como leyéndome el pensamiento. —¿Pasa algo? —musita. Cuando me rodea con los brazos y me estrecha contra él. él me suelta por fin. asustado—. Antes de aterrizar. todavía con las manos en mi nuca. no puedo… . Quisiera decirle que no había planeado nada de esto. me raspa la piel con su barba incipiente. No tengo más pensamientos ahora mismo. supongo que sí. o en las aguas del Támesis. —¡Nada! —acierto a decir—. esto no entraba en mi planes —dice—. —N… no lo sé. —Sí. estupefactos. Planeando fuera de la cápsula. Mierda. Cogidos de la cintura. ¡Sí! ¡Por favor! Todos mis hormigueos se han convertido en una agitación incontenible. o entre la muchedumbre que aguarda abajo. gira en redondo y desaparece. Me pregunto cuánto más va a durar el billete del London Eye. tratando de verla entre las nubes.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE No entiendo cómo no me parecía atractivo. perdona. me coge suavemente la cabeza con ambas manos y me besa. Sadie nos mira con ojos asesinos y desorbitados. Por si te lo estás preguntando. —¿Lara? —Ed me mira. Nos ha visto besándonos. Ed se separa finalmente. no podrían llamarse pensamientos. Y entonces doy un grito. ¿Pasa? Se acerca y me acaricia la barbilla. ¡Traidora! —Yo… yo… ha sido… —Trago saliva. por Dios! ¿Qué sucede? —Ed parece totalmente flipado y advierto que los demás pasajeros han dejado de contemplar el paisaje para mirarme.207 - . Nos ha visto. Atraviesa la cápsula echando chispas por los ojos y yo retrocedo tambaleante. como si estuviese viendo un fantasma terrorífico. Creo que estaba un poco ciega. pero a él no parece importarle y… ay. —Apenas puedo hablar—. sino deseo voraz. —Quizá debiéramos contemplar la vista una vez más —dice con una risita—. ¡Mierda! El corazón me palpita enloquecido. —Tampoco en los míos —digo casi sin aliento—. Perdona. Ed. —¿Sabes?. nos volvemos hacia el tabique transparente.

retira el brazo. no es eso! —Me froto la cara—. ¡Con Josh! Revolotea ante mí tan encendida y fuera de sí que retrocedo instintivamente. —¿No te iría bien una visita a la Antigua Taberna Starbucks? —Lo siento. No puedo… hacer esto. — Escudriña la calle y advierto que su expresión ceñuda ha reaparecido.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Tras una pausa. —Pero no me cree—. ¡No te atrevas a ponerle la mano encima! —Sadie. —Está bien. Ed. —No te preocupes. No quería reconocer que Josh y yo habíamos roto. Se está protegiendo a sí mismo. Pero no soy una traidora. Perdóname por haberte mentido. deshecha. Sin dejar de lanzarme miradas inquietas. pero sigue atónito—. —Dejo de buscar y me concentro en su rostro preocupado—. Y ahora se siente herido. quiero volver a verte —digo con desesperación—. Ed me gusta. Lara. Ahora se ha refugiado en su estilo formal y caballeroso. Las cosas no son sencillas. Es como si fuéramos dos simples conocidos. Me quedaré un rato por aquí. —Entiendo —asiente—. No lo había planeado… —¡Me importa un bledo si lo habías planeado o no! —chilla—. —Sonrío—. pero… —Pero… ¿no ha salido como habías planeado? —aventura. al menos un poco. Es… muy complicado. Y también Sadie. por todo el tiempo que me has dedicado tan generosamente. Ya hemos llegado abajo. Se está encerrando otra vez en su túnel. Por todo. No pretendía que Ed y yo acabáramos besándonos. —¡No. Mucho. Toda la calidez y jovialidad anterior se han desvanecido. Oteo a la desesperada. Me quedo mirándolo. Lo siento. Gracias. ¿Qué pasa? —No puedo explicártelo —digo afligida. ¿Es que me ha estado esperando todo el rato? —¡Víbora mentirosa! ¡Traidora! He venido a ver cómo te iba con tu novio. Gracias. —Por supuesto. Ha sido un gran día. Una vez que las cosas… se hayan aclarado. —Vacila y me acaricia el brazo un instante—. Me hace un gesto con la mano y se aleja entre la multitud. esperando que me comprenda. Ha sido un día maravilloso. me guía fuera de la cápsula hasta suelo firme. comprendo con una punzada de angustia. Primero tengo que aclararme yo. Y que no me tome por una chiflada. —Ed. —Su tono es jovial. a ver si me despejo un poco. —Bien. Lo miro. —Perdona —balbuceo—. buscando a Sadie. regreso a la tierra. —¿Así que esto es lo que haces a mis espaldas? Me llevo una mano al pecho al oírla. lo siento mucho… —¡Yo lo encontré! ¡Yo bailé con él! ¡Es mío! ¡Mío! ¡¡¡Míííío!!! Está tan convencida de sus derechos y tan furiosa que ni siquiera me . dibujándole trazos de decepción en la cara.208 - . Deja que te pida un taxi. También yo. Menudo desastre. Dejémoslo aquí.

Pondremos un poco de música y nos lo pasaremos bien… —¡No te pongas maternal conmigo! —Vuelve la cabeza y advierto que está temblando—. dejar alguna huella… —¡Claro que has dejado huella! No hables así. Oí cómo hablaba toda la familia. Sadie adopta una repentina expresión vacía y mira hacia el río como si ya apenas me viese. te lo ruego. me enfurezco. Dios. advierto cómo podrían malinterpretarse. Te importa un comino lo que me pase. Que podría conseguir una amistad. ¡Nada ha terminado! ¡He hablado sin pensar! ¡Estaba enfadada! ¡Decía tonterías…! —No. Estoy muerta. Se acabó. Se ha quedado inmóvil mirando la catedral de San Pablo —una figura esbelta. Toda la energía de antes parece haberla abandonado—. . atormentada por la culpa. —¡Cálmate. Tienes razón —replica sin volver la cabeza—. Nos comportamos con una indiferencia atroz. y subo las escaleras. y a mí me sacude una oleada de terror. destacándose en el ambiente gris— y no parece advertir mi presencia cuando llego a su lado. como tú. en el funeral —confirma. —Tienes razón —admite por fin. Corro tras ella. más allá de la culpa. Él tampoco. Sadie. yo no… no… —Me aturullo y no sé muy bien qué quiero decir. Escucha. tienes razón. ¿verdad? ¡Eres un fantasma! ¡Un fantasma! —Toda mi frustración explota—. Sadie! —El viento casi ahoga mi voz—. Eso no es cierto… —¡Os oí en el funeral! —explota.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE escucha. Ya sé lo que piensas. A nadie le importa una vieja insignificante… —Basta. Yo no era más que una «mujer insignificante de un millón de años». Me muero de vergüenza al recordar aquello. No puede creer que me haya referido a… Ay. Sadie mira hacia otro lado con la mandíbula apretada. ¡Puede oírme! —¿Y qué? No por eso va a conocerte.209 - . Creía que podría divertirme por última vez en este mundo. como si la hubiera abofeteado. vamos a casa. Sí. Ojalá pudiera retirarlas. ¿Es que aún no lo has comprendido? ¡Estás muerta! ¡Él ni siquiera sabe que existes! —Ya lo creo que sí. Me he engañado a mí misma. quizá lo estés. recuperando la compostura—. Nadie me lloraba. ¿Que nos oyó? —Sí. no… Quiero decir… Bueno. Se aleja hacia el puente de Waterloo y desaparece de mi vista. Nadie tenía ganas de estar allí. —Pero ¡cómo va a ser tuyo si tú estás muerta! —me oigo gritar—. Todos. —Sadie. ¿Qué sentido tiene seguir? Todo ha terminado. sí. Y de repente. —Acerca su rostro al mío con una mirada asesina —. La diviso hacia la mitad del puente y acelero para alcanzarla. Tú no me quieres a tu lado. ¡Mira quién habla de la gente que se engaña a sí misma! ¡Mira quién habla de afrontar la realidad! ¡No paras de decirme que siga adelante! ¿Qué tal si tú también sigues adelante? Incluso mientras pronuncio estas palabras. —No. Un temblor cruza el rostro de Sadie. Pero… —Estoy muerta.

¡Estabas llorando y gritando hacia el agua! ¡Nos has dado un susto de muerte! ¿Con quién hablabas? —Con un fantasma —respondo secamente. Pero ella no me escucha y ya está llamando a sus amigos. Mi vida ha sido completamente inútil. —Una chica con un abrigo a cuadros que pasa por mi lado da un grito—. Sadie. No conseguí nada en mi vida. Me estoy interponiendo en tu camino. —¡No! —Trato de cogerla del brazo. Me vuelvo sin más y me abro paso entre la gente. desaparece repentinamente por la baranda del puente de Waterloo. que ya se quitaba los zapatos. Dios mío. aunque sepa que no es posible. —¿Y con quién hablabas entonces? —me dice la chica del abrigo a cuadros con aire acusador—. por favor. por favor. me digo. Viví ciento cinco años. vuelve! ¡¡¡Sadie!!! —Me asomo a las aguas turbias y revueltas. desesperada—. —¡Se ha tirado alguien! —gritan—. la verdad! —añade con una risita amarga. también yo a punto de llorar—. —Sadie.210 - . ni una carrera. mirando de reojo a su novia. No significaba nada para nadie. ¿me oyes? —Oh. ni logros. No dejé hijos. saldremos a divertirnos y encontraré tu collar aunque sea lo último que haga. ni nada que valga la pena recordar. —Le asoman lágrimas a los ojos. volverá. Y ahora tampoco. —No tuve amor —continúa. Ninguno. Antes de que pueda darme cuenta. El único hombre que amé se olvidó de mí. ¡Deténgase! —Alguien tiene que hacerlo —dice él con tono heroico. y un hombre a mi derecha se quita la cazadora. ¡No ha sido inútil! Sadie. ¡Sadie. ¡Llamen a la policía! —¡No. —Claro que sí —le digo. como dispuesto a saltar. ya basta. sin hacer caso de las exclamaciones y comentarios. Un chico con chaqueta vaquera filma las aguas del río con su móvil. Madre de Dios. Volveremos a bailar el charlestón. Para mi espanto. —Le tiembla voz—. ¿Por qué habría de importarme? Todo ha sido un fiasco. con la cara arrasada en lágrimas—. . se ha reunido un montón de gente que se asoma por la baranda y mira hacia abajo. El chico del móvil se da la vuelta y empieza a filmarme.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Tu prima lo expresó muy bien. no dejé huella ni fui nada especial. pero mi voz queda ahogada en medio del alboroto. ¡Ha sido un malentendido! ¡No pasa nada! ¡Nadie ha saltado! Repito: nadie ha saltado. no se ha tirado nadie! —aclaro. Volverá. —Ya no me importa el collar —murmura—. El hombre. inexorable—. pero no dejé ni rastro. ante la mirada de admiración de su novia. Sadie. ¡No sé por qué me molestaba en seguir viviendo. ¡Alguien se ha tirado al río! ¡Socorro! —¡No. —¡No! —Lo agarro de la cazadora—. Cuando esté más calmada y me haya perdonado. por favor… —He sido tonta por aferrarme tanto. a mí sí me importas y te lo voy a demostrar. —¡Sadie! —grito—. no! —digo incorporándome. —¡Nadie se ha tirado! —grito agitando los brazos—. se detiene.

Y ahora pretende tratarme como si yo fuera una principiante. —Y yo contigo. ¿Malas costumbres? ¿Yo? Me bulle la sangre. El apartamento parece vacío y sin vida. cielo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 20 Pero al día siguiente mi apartamento permanece en completo silencio. enciendo la radio para tener un poco de compañía. todavía con la taza en la mano. A saber dónde anda. Por lo general. ¿no. Antes de irme echo un último vistazo. —Natalie —le digo en cuanto cuelga—. Así que Ed Harrison. Lara? ¿No habrás adquirido malas costumbres en mi ausencia? En fin. ahora mismo no puedo hacer nada. ven al despacho… Voy llamándola. todo parece extrañamente silencioso sin su cotorreo. Hoy no se mueve ni una mosca en la cocina. —Me guiña un ojo y se señala el reloj —. Si me necesita. ¿Quién se ha creído que es? Fue ella la que se largo a la India. Mientras me preparo para ir al trabajo. he de hablar contigo. me pongo un top con volantes que la horroriza. por si estuviera mirándome. Saco la bolsita de té de la taza y miro alrededor. Después. —Me mira con ojos chispeantes—. —Sí. Te lo tenías muy calladito. Eso fue lo que le dije. —¿Sadie? ¿Estás ahí? Me voy a trabajar. como me siento un poco mal. en vano. El aspecto positivo es que ahora nadie me da órdenes. Llego al trabajo pasadas las nueve y media y me encuentro con Natalie ya instalada en su escritorio. ¿eh? —¿Cómo? —Ed Harrison —repite—. Un poquito tarde. —¿Sadie? ¿Estás ahí? Nada. Ella la que se ha comportado sin la menor profesionalidad. Si hubiera sabido que nos había oído en el funeral… En fin. Sadie se presenta mientras preparo el té. me aplico otra capa de rímel. hablando por teléfono y echándose el pelo hacia atrás. Al menos esta vez puedo maquillarme a mi manera. se acomoda en la encimera y se dedica a hacer comentarios desagradables sobre mi pijama y a decirme que no sé hacer el té como está mandado. ¿Cómo sabes lo de Ed? . ya sabe dónde encontrarme.211 - . En plan desafiante. Al final. Si quieres charlar o lo que sea. por todo el apartamento. cielo… —continúa su conversación. qué está haciendo y cómo se siente… Noto un nuevo espasmo de culpa al recordar su expresión vacía y desolada. ¿eh? —¿A qué te refieres? —Empiezan a sonarme las alarmas—.

volviendo la revista y mostrándome una fotografía en la que aparecemos los dos—. Colocamos ejecutivos en puestos de responsabilidad. ¿Cómo has…? —Ah. créeme. No se ha disculpado ni una sola vez. no. Eso estuve haciendo mientras tú tomabas el sol en las playas de Goa. —¿Qué… qué le has dicho exactamente de Josh? . ¿Tienes algún plan? —¿Plan? —¡Para colocarlo! —Se echa hacia delante y me habla como armándose de paciencia—. no le he dicho mi nombre —me suelta con picardía—. —¡Para ya! ¡No le interesa! —Todo el mundo tiene un precio. ¿recuerdas? —¡Uuuh! —Echa a la cabeza atrás y suelta una carcajada—. de verdad. —Ah. Sólo que era una amiga tuya y que me habías pedido que lo llamara. Hemos mantenido una pequeña charla. la cosa cambiará. Hemos de sacar beneficios. —¡De eso nada! No todo es cuestión de dinero. ¡Miau miau! Qué caradura. —Se arrellana en su silla con la satisfacción pintada en la cara. No es ese tipo de contacto. —Ya lo sé. No soporta a los cazatalentos. —Intento ocultar mi espanto—. ¿Cómo pude llegar a considerarla mi mejor amiga? Tengo la sensación de que ni siquiera la conozco. —Alza las cejas—. Interesante. olvídalo. —Pero si no atiende llamadas de ningún cazatalentos —musito. perpleja—. Lara. Él no parecía saber nada de Josh. Un tipo atractivo. —Finge un bostezo burlón para demostrarme lo mucho que le interesa mi vida sentimental—. —Pero ¿cómo…? —Lo he llamado esta mañana. —No.212 - . pero me he encargado de ponerlo al día. En serio. —Me guiña un ojo y me entran ganas de darle un sopapo. Él no quiere cambiar de puesto. cielo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Business People! —dice. —Yo… Es un asunto de negocios —me apresuro a decir. voy al grano. Se negará a hablar contigo y… —Ya ha hablado conmigo. Este Ed es un pedazo de talento muy apetitoso. No lo entiendes. ¿sabes? Natalie suelta una carcajada burlona. Así es como ganamos dinero. —Cree que no los soporta. —¿Qué ha pasado mientras estuve fuera? ¿Nos hemos convertido en la Agencia de la Madre Teresa o qué? Hemos de ganar comisiones. Cuando ponga ante sus narices el sueldo adecuado. Ya me ha contado Kate que has vuelto con Josh. A eso iba. —Cree que no quiere —me corrige. Yo no pierdo el tiempo. lo sé. No. Ésa es la diferencia entre nosotras. —Sí. —Todavía. Somos una empresa de cazatalentos. Él no quiere cambiar de trabajo. —No está interesado. —Deja en paz a Ed —le espeto—. Lara. ¿Le ocultabas que tienes novio por algún motivo? Me quedo de piedra.

después de la pequeña investigación que hice . ¿En qué puedo ayudarte? —Suena serio y formal. y yo esbozo una sonrisa de circunstancias—. —Hola. Se me encoge el corazón. Y esta vez no me apartaría.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ay. pero había… factores que lo complicaban todo. He de hacer una llamada personal. su aroma. me vienen inevitablemente las imágenes de ayer. —Y que no tengo novio. —Creo que empeora con el bronceado —susurra. su sabor… y luego el modo horrible en que volvió a encerrarse en su caparazón. Cómo me abrazaba. No volverá a suceder. Saco el móvil. digamos. y que me besaras de nuevo. Y también quería decirte… — titubeo— que siento mucho cómo terminaron las cosas ayer. Un frío glacial me recorre la columna. —Natalie parece saborear mi turbación—. —Hola. ¿Podría hablar con Ed? Mientras la secretaria me deja en espera. He de hablar con Ed. salgo del despacho y casi me tropiezo con Kate. —Suena muy distante—. Tú ya sabes que no es de fiar. —Intento disimular los nervios—. Por eso procurabas desalentarme. Me estremezco sólo de pensarlo. Ed —me apresuro a contestar—. —Ed. No comulgo especialmente con tus métodos. te ha llamado esta mañana. —¡No es cierto! Ed. pero procuro adoptar un tono optimista y amable. Ahora no puedo explicártelo. ni una pizca de calidez. pero… —Por favor. Debería haber adivinado que tenías… intereses más comerciales. por muchos fantasmas que me agobiaran. que viene con una bandeja de café y me mira con unos ojos como platos. me he enterado de que Natalie. Soy Lara Lington. A saber qué le habrá dicho Natalie. Bajo las escaleras. No me dirás que crees en serio que urdimos un plan. Lara. Lara. Ahora. —¡Lara! ¿Te encuentras bien? —Natalie —digo por toda explicación. por favor. —No te disculpes. Tú y tu socia habíais urdido una pequeña estratagema. no te pongas maternal conmigo —me interrumpe sin alterarse—. mi socia. En todo caso. el contacto de su piel. Ya sé que las cosas acabaron de un modo extraño. ¿No vienes? —En un minuto. ¿Es eso lo que cree? ¿Que iba con él por motivos profesionales? —No. Y a saber qué piensa ahora de mí. pero supongo que te mereces un aplauso por tu perseverancia. Lo lamento. no puedes creer lo que diga Natalie. Disfruté de veras el día que pasamos juntos. No fue así. te agradezco ese pequeño gesto de honestidad. ¿Estabas tramando una pequeña intriga con él? ¿He arruinado tus planes? —Se tapa la boca con la mano—. ¡Cuánto lo siento! —¡Cierra el pico! —pierdo los estribos. Ella me guiña un ojo.213 - . salgo a la calle y marco el número de Ed. —Despacho de Ed Harrison —dice una voz femenina. ¡es absurdo! —Créeme —replica—. Y que me gustaría que pudiéramos rebobinar y volver a subir al London Eye.

—¿Qué? —Se echa a reír. —Y supongo que no tienes novio. por taimada y estúpida que sea. —Habla como un abogado ante el tribunal. Lara! —Parece a punto de estallar—. Lara. Habla con un tono tan hostil que me estremezco de pies a cabeza. la considero capaz de cualquier cosa. Ha sido todo una tomadura de pelo. —Pone los ojos en blanco—. lo tenía. estás estresada. Quizá habías investigado por tu parte y sabías lo de Corinne. por favor. Debes creerme… —Adiós. ¡Lo que quiero es que seas . nos divertimos… No es posible que creas que era todo una farsa. No insistas. —¡Luego llegas y te pones la medalla por un cliente que encontré yo! ¡Pues no voy a consentirlo! ¡No dejaré que vuelvas a utilizarme! ¡De hecho… ya no seguiré trabajando contigo! No tenía planeada esta última frase. Bueno. pero en cuanto la pronuncio sé que hablo en serio. Nunca me creerá. —Lara. pero se tapa la boca con la mano cuando nos volvemos bruscamente hacia ella. Sé que has vuelto con tu novio. —Pero ¿qué coño…? —Se vuelve en su silla—. Está convencido de que soy una cínica manipuladora. Se corta la comunicación y me quedo paralizada. Es una mujer venenosa. ¡Estaba hablando! —Pues ya no —replico sin pestañear—. No puedo trabajar con ella. me acerco a su escritorio. No. pero rompí el viernes con él… —¡El viernes! —Suelta una risa seca que me provoca un escalofrío—. lo que nos pasó fue real. Ed. No puedes comportarte así. eso ya no lo sé… —¡Lo has entendido todo al revés! —me desespero.214 - . Ya he tenido bastante. No tengo tiempo para jueguecitos. —¡Calma. sí —me corrijo—. Qué oportuno. Y ahora vas a escucharme. —Te largaste a Goa dando por supuesto que nosotras sacaríamos las castañas del fuego en la oficina. alargo la mano y corto la comunicación. Cuando llego al despacho. O una chica débil e ingenua. —¡No! Claro que no. Sí que puedo remediarlo. y no pretendas insultarme. —¡Por Dios. Natalie está al teléfono. Y yo no puedo remediarlo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sobre Natalie. —¡Yo nunca haría algo así! ¡Nunca! —Me tiembla la voz—. cielo. calma! —interviene Kate. Lara. Pensaste que podrías atraparme por ese lado. No tiene sentido volver a llamar para explicarme. limándose las uñas y riendo a carcajadas. Sin la menor pausa. joder. Dios sabe de qué sois capaces. en el mejor de los casos. Ni siquiera pasar el rato con ella. Me seco los ojos con furia y giro sobre los talones. —Se me llenan los ojos de lágrimas—. Que tú seas una ingenua o en realidad tan perversa como ella. —Ed. ¿Por qué no te tomas el día libre? —¡No quiero un día libre! —estallo—. Debería haberlo comprendido en cuanto te presentaste en la oficina. Me equivoco. Un gesto arrogante e injusto. Nada podría sorprenderme viniendo de vosotras. continuando con la farsa. Bailamos. Probablemente ni siquiera habíais roto.

Gracias. No me valoraban como merecía… Vamos. Fue de mutuo acuerdo. Tú y yo vamos a formar un gran equipo. —Como quieras. Y si no se trata de eso. —¡Emparejar personas! —Suelta una carcajada desdeñosa—. ¿Qué voy a decirles a mamá y papá? No. Está en el acuerdo que firmamos. girando en su silla . me siento un poco mareada. te equivocas —me espeta Natalie de repente. ¿puedo irme contigo? Le escribo en el acto: Claro. Nunca lograré que Natalie me devuelva todo el dinero que puse. Ahora no pienses en eso. como si yo no existiera. Pero todavía no sé qué voy a hacer. —Pero si crees que puedes establecerte por tu cuenta y hacer lo que yo hago. —Se encoge de hombros—. Ni se te ocurra intentarlo. la persona. Un momento más tarde. Ni yo a ella. «Lo siento». Eran unos gilipollas integrales. mi teléfono da un pitido y miro la pantalla. Mi portalápices. Haz lo que debas hacer. Recoge tu escritorio.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sincera! ¡Me mentiste! ¡No me contaste que te habían despedido de tu trabajo! —No me despidieron. cruza los brazos y se apoya en su escritorio como si fuera la dueña de todo—. le digo con los labios. Pero su expresión incrédula no se altera. Natalie! ¡No trabajo como tú! Yo quiero colocar a la gente en buenos puestos de trabajo. saco las resmas de papel que contiene y empiezo a llenarla con mis cosas. Plantada allí en medio del despacho. ¿Qué he hecho? Esta mañana tenía una empresa y un futuro. ¡No todo se reduce al sueldo! —Estoy tan encendida que tomo su estúpido post-it del tablón de anuncios («El sueldo. —Se pone de pie. que nos observa horrorizada. Pero no vas a llevarte a ninguno de mis clientes. Se trata de emparejar personas y de que salgan todos ganando. Todavía tengo la vaga esperanza de que reaccione. También importan las formas. el sueldo») y trato de hacerlo pedazos. —Quiero deshacer nuestra sociedad —digo con firmeza—. no tratarla como una mercancía. la empresa… todo el conjunto. Natalie ha vuelto a sentarse y teclea en el ordenador ostentosamente.215 - . Mi perforadora. No te culpo. A ver si te enteras: ¡esto no es una agencia matrimonial! Nunca me entenderá. Y ahora ya no. Se me hace un nudo en la garganta cuando cojo una caja de cartón. debería. Le echo un vistazo a Kate. Si montas tu empresa. —¡De eso nada! ¡Yo no pienso como tú. Ella saca su móvil y teclea un mensaje. —Esboza una mueca muy fea—. además. —Ni loca. —Pues adelante. el sueldo. aunque se me engancha en los dedos y tengo que acabar estrujándolo—. Kate. Hablaré con el abogado. Fue un error. Lara.

Salgo. gracias —replico con dulzura—. —¡Como leer el pensamiento! —Kate esgrime el último número de Business People—. Oye. Pero no hay respuesta. —Natalie alza la barbilla—. Kate silba por lo bajo y. —Buena suerte. —¿Desde cuándo sabes leer la mente? —Natalie entorna los ojos con suspicacia. Lara! Hay una columna entera en la página de cotilleos. ¿Tengo otras dotes? —¿Como cuáles? —dice Natalie con mordacidad. Me siento un poco alelada. Lara. muchas gracias.”» —¿Adivinación? —Natalie se ha quedado patidifusa. El ascensor es antiquísimo y muy lento. Natalie —añado. que llega presurosa. Natalie. Kate. en serio. —Sería difícil de precisar. Lara tiene otras dotes. —¡Aquí dice que les leíste el pensamiento a cinco personas a la vez! —Kate rebosa de emoción—. Lo tuyo sí que es un don de verdad. “Nunca había visto nada parecido —declaró John Crawley.216 - . deberías presentarte a Tienes talento. Lara Lington debería tener su propio programa de televisión. léeme la mente si tienes semejante don. quizá participe en algunos actos corporativos —añado. ¿Qué voy a hacer ahora? —¿Sadie? —digo por pura costumbre. cruzo el pasillo y llamó el ascensor. presidente de Medway SA—. —Quizá ella no siga en la selección de ejecutivos. «Lara Lington entretuvo a la multitud una hora con sus espectaculares números de adivinación. Y no esperes que te dé trabajo cuando acabes tirada en la calle. yendo hacia la puerta. Prefiero no hurgar en la basura. Ni experiencia. Y sí. bueno… aún no sé si voy a montar otra empresa. Quizá abra una pequeña empresa de lectura del pensamiento. Recojo la caja antes de que se le ocurra una réplica demoledora y me acerco a Kate para darle un abrazo. —Para mi asombro. Natalie parece desconcertada. —Ciao. —Ciao. Eres un sol. Kate interviene desde el otro lado del despacho—. ¿sabes? La miro desconcertada. pero ten por . Gracias por todo. —Lara. Así que seguramente no acabaré muerta de hambre en la calle. Los organizadores han recibido numerosas solicitudes para que la señorita Lington amenice actos corporativos. Claro que no. —No.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —. por primera vez. desafiante—. Empiezo a oír sus chirridos amortiguados cuando suenan unos pasos a mi espalda. ¿no necesitarás una ayudante? Por Dios. sosteniendo la caja con una mano. No tienes ningún contacto. Venga. —Me abraza con fuerza y me susurra al oído—: Te echaré de menos. quitándole importancia. Tal vez se dedique a otra cosa. Esos discursitos de «Quiero darle a la gente buenos puestos» y «Hay que mirar todo el conjunto» no te servirán para sacar cabeza. Es Kate. —He estado practicando. —Me encojo de hombros. esta chica es un encanto. —Vale. —Eh. ansiosa—. ¡Sí que lo llevabas en secreto. suerte que te he pillado —dice.

hemos tenido bastantes discusiones. ¿Josh no puede echarte una mano? ¿La conoce? Él siempre te ha apoyado… —Ya no estoy con Josh —admito con un sollozo—. ¡A ella no la soportan! —Gracias. normalmente hablamos todos los días. con Ed. lo has echado todo a perder. Lara! —Kate está casi tan compungida como yo—. mis padres se van a poner frenéticos y me he gastado todo el dinero que me quedaba en absurdos vestidos de época… —Bueno. silencio total. Mírate. —¿Y sabes si ella…? —Titubea—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE seguro que te avisaré… —No. mordiéndome un labio—. —Bueno… estaba entre bastidores. Y de pronto siento un bajón tremendo. —Has hecho bien dejando a Natalie —susurra—. —Ah. No quería salir en público. la verdad es que… ya tengo ayudante. Ni mi mejor día. —Intento sonreír. Pero sobre todo por un hombre. Quiero decir. Y ¿por qué os peleasteis? —Por muchas cosas —reconozco—. Debes de estar hecha polvo. Ha sido todo un poco… —Me pican los ojos. Es decir. —¿Y quién es? —Eh… pues de la familia. ¡Sé hacer malabarismos! —¿Malabarismos? —¡Sí! ¡Con alubias! ¡Podría actuar como telonera! La veo tan entusiasmada que no puedo decirle: «En realidad. Ojalá pudiese decirle a alguien: «Mira. Tal vez fuéramos amigas. —No ha sido mi mejor semana. No tengo ningún don. —Empiezan a resbalarme lágrimas por las mejillas. ¿Y sabes qué? Todo el mundo querrá hacer negocios contigo. quiero decir para tus números de adivinación. que las palabras me salen solas—. me digo.» Estoy harta de que nadie conozca mi secreto. —Vaya. La cosa es que nos hemos peleado. Hemos vivido tantas cosas… En fin… somos amigas. Noto una punzada en el pecho mientras lo digo. Mira. Pero no la mencionan en el artículo. Con Sadie. y yo he pasado tanta tensión. —Me seco los ojos—. Y ella ha desaparecido. —Entonces supongo que os entenderéis bien… —Hemos llegado a entendernos muy bien —asiento. con Josh. ¿No te hace falta una ayudante? A mí me encantaría. la verdad. pero llevamos mucho tiempo juntas. ¿Si se encuentra bien? —No lo sé. ¡Hemos roto! —¿Que habéis roto? —Da un gritito—. No sé qué le ha ocurrido. pero ahora nada.217 - . Podría estar en cualquier parte. Y encima todo esto de Natalie. Te adoran. no sé leer el pensamiento. si alguna vez decidiese dejarlo… —dice Kate—. no tenía ni idea. No la he visto desde entonces. la verdad es que hay un fantasma en mi vida…» —No sé si funcionaría. . Dicen que lo hiciste todo tú sola. Kate —intento ser delicada—. Kate se muestra tan comprensiva y abierta. pero no sé lo que somos ahora. Podría llevar un disfraz. O si ella necesitara una ayudante… —No sé cuáles serán nuestros planes ahora. —¡Ay. Ya no tengo empresa. Dios mío. ¿sí? —dice desilusionada—.

Sanjeev. pero yo no me muevo del sitio. Pero no pienso regodearme en la desgracia. Es como si hubiera tirado toda mi vida a la trituradora en el modo «destrucción total». ¿Eso es como… cazatalentos? —Más o menos. Y tampoco llorar y lamentarme. No pretendo entrometerme… El ascensor empieza a descender entre chirridos y yo me quedo mirando el asqueroso tapizado de las paredes. pero ¿dónde? Después de una eternidad. acierta de pleno. alza la barbilla. —¿Cazafantasmas? —Me mira perplejo—. buena suerte. despliega tu sonrisa más encantadora y prepárate un cóctel…» —¡Al ataque! —le digo a mi reflejo en el espejo mugriento justo cuando Sanjeev. abatida—. aguardando a que yo vaya a disculparme y hacer las paces. Debe de estar esperando en alguna parte. ¿Qué piensa hacer ahora? Ni siquiera hago una pausa para pensarlo. Sadie es tan orgullosa que nunca dará el primer paso. Es sólo una idea —añade mientras se cierran las puertas—. Me marcho. repentinamente paralizada. —Adiós. entra en el ascensor.218 - . no desquiciada). Encantada de conocerle. el portero. —Ah —dice sorprendido—. —Voy a trabajar de cazafantasmas. que sea encantadora. He dejado mi trabajo y no sé cuál será mi futuro. a pesar de que el peso de la caja empieza a abrumarme. . —Sonrío otra vez y me alejo. quizá esté esperando que seas tú la que se ponga en contacto con ella. Casi puedo oír a Sadie: «Cariño. vaya. En fin. ¿no? Si se siente herida. ¿Algún modo de localizarla? —No lo sé. —Me encojo de hombros. Ella sabe dónde encontrarme y cómo ponerse en contacto conmigo… —Quizá lo que quiere es que tú des el primer paso.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Llega el ascensor y Kate me sujeta la puerta mientras meto la caja dentro. cuando las cosas se tuercen en la vida. —Perdón —dice. Kate es genial. Sí. Despliego mi sonrisa más encantadora (o eso espero. —¿No hay ningún sitio donde puedas buscar a tu pariente? —Me mira angustiada—. el ascensor llega a la planta baja.

atisbo las cabezas de los espectadores. He recorrido todas las tiendas de época que conozco. ¿Sadie? —¡Silencio! Ay. ¿Sadie? ¡Sadie! —¡Guarde silencio. Dios. —Está bien. así no funciona. gatita!» Pero no dio resultado. —¡Chist! —¿Sadie. pero no veo sus brazos esbeltos y pálidos. y lo siento mucho. Pero es inútil. Edna estuvo encantadora y prometió que me llamaría si veía algún gato extraviado por el barrio. Llevo días buscando. Proyectan un clásico en blanco y negro y. que digamos. pero quiero que volvamos a ser amigas… —¡Silencio! ¡Cállate de una vez! —Hay una oleada de manos levantadas y cabezas vueltas y exclamaciones de protesta. Escruto aún la oscuridad. pero Sadie no responde. me incorporo. mirando a izquierda y derecha los perfiles apenas iluminados. Ayer me presenté en casa de Edna aduciendo que se me había perdido el gato y acabamos recorriendo la casa y llamando: «¿Sadie? ¡Gatita. pero me vuelvo de repente para hacer un último intento—. perdone. Voy a tener que pedirle que abandone la sala. Nadie los ve. ¿Cómo voy a ver algo en medio de esta oscuridad? Me deslizo casi a gachas por el pasillo. . —Ha aparecido un acomodador—. Ya me voy.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 21 ¿Dónde estará? ¿Dónde demonios estará? Esto ya empieza a pasar de castaño oscuro. —Disculpe. Lo cual no es que me sirva de mucho. —¿Sadie? —cuchicheo. ¿le suena?» Ahora mismo estoy en la Filmoteca. inspiro hondo y grito con todas mis fuerzas: —¡Sadie! ¡Soy Lara! —¡Chissssst! —¡Levanta la mano si me oyes! Ya sé que estás enfadada. Armándome de valor. He llamado a todas las puertas del edificio y gritado desde el umbral «¡Estoy buscando a mi amiga Sadie!» lo bastante alto para que pudiera oírme. susurrando «¿Sadie?» entre los colgadores. Responde por Sadie.» Tampoco puedes andar preguntando a todo el mundo: «¿No ha visto a mi amiga fantasma? Viste en plan años veinte y tiene una voz chillona. estás ahí? —susurro—.219 - . Buscar fantasmas perdidos es una auténtica lata. Sólo me queda una salida. la verdad. desde la última fila. —Lo sigo por el pasillo hacia la salida. por favor! Esto es una sala de cine. Pero ni rastro. No puedes pegar una foto en un árbol: «Desaparecido fantasma de ojos verdes. He ido al club Flashlight y he husmeado entre la gente que bailaba en la pista.

No quiero ver el London Eye. ¿Les habrá dicho la policía: «Fue Lara Lington quien mancilló vuestro buen nombre»? De ser así. Poco me ha faltado para disfrazarme antes de llegar a la residencia Fairside. como si nada. Pero cuando Ginny abre la puerta no muestra ningún indicio de reconocer a la farsante. que me atormenta cada vez que me viene a la cabeza. Me he ido poniendo nerviosa por momentos. Desvío la mirada con tristeza. ¿Por qué habría de estar allí ahora? Aunque por probar no se pierde nada. O sea. Sadie no volvería a ese lugar. casi se me han agotado las ideas. aunque la mayoría ya están tachadas. ¿Sabrán que fui yo? Sigo preguntándomelo mientras llamo. Ni en cómo-hepodido-ser-tan-estúpida-con-Josh. Despliego. La adrenalina que me impulsaba al principio se me ha agotado. Tomaré un café para recobrarme un poco. Debo continuar. Me lo tendré bien merecido. ¿Y si nunca llego a encontrarla? Pero no puedo permitirme ningún derrotismo. El acomodador me acompaña hasta la puerta. en parte porque cuanto más tiempo pasa desde la desaparición de Sadie. mi Santo Grial. y en parte también. pero tengo la sensación de que. ¿No podría haber escogido al menos un sitio más apartado que ahora pudiese evitar? Entro en un café. Ya sé que es absurdo. Ni siquiera quiso entrar la anterior vez. Lo detestaba. mi lista de Ideas para Encontrar a Sadie. Al contrario. Se me echará encima una manada de enfermeras enfurecidas y me patearán con sus zuecos. voy a pasarlas canutas. Me centro únicamente en Sadie. si logro localizarla. pues. porque me aferró a esta búsqueda como a un clavo ardiendo. Así que mejor no pensarlo. Sin contar lo de Ed. Al dirigirme hacia el río. Sólo a mí se me ocurre tener un recuerdo tan amargo en una de las atracciones más destacadas de Londres. ni distingo unas plumas oscilantes por encima de las cabezas. seguro. presentándose una vez más como si nada. Me deja en la acera y yo me siento como un perro expulsado a patadas. Mientras trato de encontrarla. No quiero que me recuerde aquel día.220 - . A decir verdad. Ni en qué-les-digo-a-mis padres. pido un capuchino doble y me desplomo en una silla. No he de pensar en qué-hagoahora-con-mi-carrera. me pongo la chaqueta y echo a andar arrastrando los pies. Esta búsqueda está acabando conmigo. mientras los ancianos me atizan con los andadores. resulta que aquí está la chica que acusó al personal de asesinato. La visita al cine era la más prometedora. todo lo demás se arreglará por sí solo. en honor a la verdad. Considero esta última posibilidad mientras me tomo el café. más preocupada estoy por ella. En parte porque me niego a aceptar la derrota.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ni oigo el tintineo de sus collares. es como si todo lo demás quedase en espera. soltándome advertencias y sermones durante todo el trayecto. en su rostro se dibuja una cálida . que se eleva en el cielo y sigue girando airosamente. Desanimada. Las únicas que me quedan son «probar en otras salas de baile» y «residencia de ancianos». diviso el London Eye.

—¡Qué detalle. me siento más culpable que nunca. En la otra punta de la sala. —O sea. Y entonces empieza a sonar. y con una bombona de oxígeno al lado. —¡Allá vamos! —dice Ginny. vuelve la cabeza. esperando la música. Poco a poco. Nunca se me pasó semejante idea por la cabeza. —¡Cielos! —Y también estas flores para el personal… —La sigo por el vestíbulo perfumado con cera de abeja y dejo el ramo en una mesa—. —¿Y esto qué es? —Ginny observa la otra caja—. un anciano sentado bajo una manta a cuadros escoceses. Todos son Sadie por dentro. —¡Lara! ¡Qué sorpresa! ¿Te ayudo a llevar todo esto? Vengo cargada con varias cajas y un gran ramo de flores. La abro y saco los CD: Melodías de charlestón. nunca. Sobre todo a los más ancianos. al cabo de un momento. ¿estás aquí? No hay respuesta. Y esa mujer de ojos legañosos y mirada perdida tal vez fue una joven picara que no . tendiéndole una caja—. me acerco subrepticiamente a las escaleras y miro por el hueco. incorporándose. Son CD y DVD para los residentes. Una orquesta chirriante de los años veinte. Mientras Ginny abre los bombones. —¿Sadie? —cuchicheo—. interpretando una desenfadada melodía de jazz. Sólo quería darles las gracias a todos por haber cuidado tan bien de mi tía abuela. En el televisor tienen a todo volumen un programa de entrevistas. —¿Sadie? —susurro—. todas las caras se van iluminando. Tendría que haber sabido que era una idea absurda. —¡Les encanta! —dice Ginny—. ¿Estás ahí? —Oteo el descansillo. tras meter un CD en la ranura. Apaga el televisor y las dos permanecemos inmóviles. que casi se me escurre de las manos. El pelo blanco y las arrugas son sólo la superficie. Traigo bombones para todo el mundo. Quizá les levante el ánimo. me gustaría añadir. —He pensado que tal vez les gustaría escuchar la música que bailaban en su juventud —digo tímidamente—. No se oye demasiado y. —Y no por asesinarla. Sadie. El anciano de la bombona de oxígeno fue seguramente un galán de lo más elegante. Busco con la mirada entre las cabezas blancas. soltando exclamaciones de placer. Lara! ¡Vamos a poner uno ahora mismo! Me conduce hasta la sala de estar. Una mujer sigue el ritmo con la mano mientras su rostro se transfigura de placer.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sonrisa y yo. —¡Qué amable! ¡Todo el mundo se sentirá conmovido! —Bueno —digo torpemente—. —Gracias —le digo.221 - . Alguien empieza a tararear la melodía con voz temblorosa. ¡Qué gran idea! ¡Lástima que no se nos haya ocurrido antes! Se me hace un nudo en la garganta mientras los contemplo. como es natural. Mi familia está muy agradecida y lamenta no haberla visitado… más a menudo. Grandes éxitos de Fred Astaire. Será mejor que me vaya. ¿no? Todos siguen viviendo en la veintena. Ginny pone el volumen a tope. ¿Más bombones? —No. llena de ancianos sentados en sillas y sofás. 1920-1940.

En cierto modo. alzando alegremente los talones. ocurre algo muy raro. No puedo quitármela de la cabeza. Me pillas en medio de una conversación. será mejor que me vaya. y tienen otra vez el pelo oscuro y los miembros ágiles. Dios. —¿Hablando en serio? No. pero ella sigue sonriendo y tarareando la melodía (algo desafinada). Ya habría venido a ver qué pasaba. se habrá enterado de que he dejado el trabajo. Te acompaño. jóvenes y felices. —Ha sido un placer volver a verte. ¿Crees en la otra vida? ¿Que hay espíritus que vuelven y todo eso? Antes de que responda. ¿no? —Eh… sí. —No. Tú debes de haber visto morir a muchos ancianos. Pero entiendo que sea un consuelo para quienes han perdido a sus seres queridos. deleitándose con la música… Parpadeo. ¿Por qué me llamará? Claro. Y ni siquiera puedo pasar de la llamada con Ginny mirándome. bailando alegres. —Hola. conservo en la retina la imagen de los ancianos. mi móvil suena de un modo estridente. mientras sigo mirando. Es uno de los peajes de este trabajo. Se ríen. —¿Y tú crees…? —Toso. . —¡Pues crucemos los dedos! —¡Eso. La visión se ha desvanecido. azorada—. no lo encontré. Le lanzo una mirada a Ginny. Estará de los nervios y querrá saber qué planes tengo. ya los he cruzado! En fin. —¡Ya sé lo que quería preguntarte! —dice Ginny de repente—. con Sadie desaparecida. Veo de nuevo la sala llena de ancianos inmóviles. Sus figuras jóvenes y vibrantes se desprenden de sus cuerpos. Sadie no puede estar aquí.222 - . Una chica que está en París iba a enviármelo… Aún no he perdido la esperanza. —Intento sonreír—. Me parece que está todo en nuestra mente. Lo saco y miro la pantalla: es mi padre. Oh. Sólo venía a saludar. se sacuden la vejez y empiezan a bailar a un ritmo endiablado. ¿Puedo ponerte en espera un minuto? Pulso una tecla y levanto otra vez la vista.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE paraba de hacerles travesuras a sus amigos. Es como si pudiera verlos tal como eran. ¿Encontraste el collar de Sadie? El collar. —Ginny —le pregunto impulsivamente cuando abre la puerta principal —. ese asunto parece haber quedado muy lejos. Mientras cruzamos el vestíbulo. Son cosas que la gente quiere creer. papá —le digo deprisa—. Otra posibilidad tachada. no creo. Eran todos jóvenes: con sus amores. sus aventuras y sus fiestas. se cogen de las manos y echan la cabeza atrás. —Sí —admite con tono prosaico—. Ginny me indica con un gesto que atienda. —Lo que me preguntas —dice Ginny con una sonrisa— es si creo en fantasmas. y con una vida interminable por delante… Y entonces. El CD continúa sonando y sus ecos deben de llegar a todos los rincones de la residencia. supongo.

—Suelto una risita—. Bueno… adiós. Ya sé que te sonará raro. No me gusta molestarte en el trabajo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ya —asiento. asimilando sus palabras—. —¡Claro! —digo. ¿En el trabajo? Entonces no sabe nada. Cojo el teléfono. Y gracias. pero he de hablar contigo de algo bastante importante. Desde luego.223 - . Se cierra la puerta y recorro la mitad del sendero antes de acordarme de papá. Aunque ahora mismo no estoy en el despacho… —Quizá sea el momento apropiado entonces. —¡Hola. cruzando los dedos—. cariño. papá! ¡Perdona por la espera! —No. ¿Podemos vernos? . —Titubea—.

nadie más tiene permitido usar ese matiz de marrón. Es propiedad de tío Bill. Quizá papá tenga que darme una mala noticia. porque resulta céntrico y los dos lo conocemos. —¿Qué es esto? —dice el tipo de la caja. Estoy privando al pobre Bill de sus legítimos beneficios. ¿qué voy a decirle de mi ruptura con Natalie? ¿Cómo reaccionará cuando comprenda que la loca de su hija ha invertido un montón de dinero en una empresa para retirarse a las primeras de cambio? Sólo de pensar en la expresión de disgusto que se le va a quedar (una vez más) me estremezco de pies a cabeza. No puedo contárselo. Hemos quedado en encontrarnos en el Lingtons Café de Oxford Street.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 22 Esto es muy raro. Hay un expositor con tazas. Papá hace el pedido y saca su tarjeta Oro VIP. O él. Como que mamá está enferma. con un cincuenta por ciento de descuento. Piensa en . Va a ser un golpe un tremendo. con la que puedes tomar café y comida gratis a cualquier hora y en cualquier local de la cadena. papá propone Lingtons. jarras de café y molinillos. —El tipo contempla la pantalla con asombro y levanta la vista —. En Lingtons no puedes pedir un capuchino.) —¡Lara! —Papá me saluda desde la cabecera de la cola—. —Hola —digo. Y no me quejo. Es gratis. E incluso si no es así. Las lujosas sillas de terciopelo marrón y las mesas relucientes son las mismas que hay en todos los locales de la cadena. Abro la puerta y aspiro el aroma a café. Tiene que ser un lingtonccino. Papá es demasiado bueno. Todavía no. dándole un abrazo—. ¿Al pobre Bill? Me conmueve. (Al parecer. que conste. Quizá no esté enfermo. siempre que quedamos. —Siempre me siento un poco culpable al usar la tarjeta —me confiesa papá mientras recogemos la bandeja y buscamos una mesa—. ¡Justo a tiempo! ¿Qué quieres? Parece contento. no hasta que tenga un plan de acción. Se mantiene fiel al tío Bill y. Y también porque.224 - . con suspicacia—. yo sólo tengo la tarjeta Amigos y Familia. además. todos con los colores distintivos blanco y chocolate.) Al llegar a la fachada de color blanco y chocolate me siento bastante atemorizada. canela y cruasanes recién hechos. El tío Bill sonríe feliz desde un póster descomunal colgado detrás de la barra. —Vaya. No entiendo qué pasa. (Yo no. —Pruebe a pasarla —dice papá con educación. Nunca he visto una igual. tiene la tarjeta Oro VIP de Lingtons. Tomaré un lingtonccino y un sándwich de atún y queso.

hemos hecho hace poco una operación con Macrosant. —Me esfuerzo por sonreír—. —No importa. —¿Cómo va tu empresa? De verdad. —No es eso. ¿de qué querías hablarme? —le digo. Ay. Natalie ya ha vuelto… —¿Cómo que ha vuelto? ¿Es que ha estado fuera? Mentirles a tus padres es muy sencillo. —Me parece que puede permitírselo. —Ha salido una oportunidad que quería comentar contigo. Tenemos algunos clientes importantes. para cambiar de tema. Ya has respondido a mi pregunta. Por si acaso. ¿Te lo pasas bien? —Sí —murmuro—. A veces te entran ganas de deshacerte en lágrimas y gritar: «¡Papá. —Me sale un gallo—. —Cariño. —Miro fijamente la mesa. Era un juego de roles. Tu empresa va bien y tú estás satisfecha. . Él abre la bolsita de azúcar. mentirles a tus padres tiene esta pega: que a veces desearías no haberlo hecho. ¿Una oferta? Se me acelera el corazón. en fin. —Echo un vistazo irónico a la cara del tío Bill impresa en mi taza.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE todo el mundo menos en sí mismo. Quiero saber de qué se trata. muy seria. quiero hacerte una pregunta. Intento frenarme y simular un moderado interés—. Bueno. Pero no quiero perjudicar tu empresa ni poner palos en las ruedas. me ha salido todo fatal! ¿Qué voy a hacer?»—. Además. No necesitas una oferta de trabajo. Quiero decir. Dios. tampoco se pierde nada por comentarlo. con un tono tan animoso que me arden las mejillas de remordimiento. —Es que… vengo de un seminario —improviso—. —Me dedica una mirada cariñosa—. pero tienes que acordarte de qué mentiras les has contado. yo me siento orgulloso de lo que has conseguido —dice con ternura—. Va… bien. Y esto implicaría dejarlo todo. Conmigo no tienes que quedar bien. ya sabes. Estás haciendo lo que te apetece y te va bien así. Vas vestida de un modo muy informal. Todo bien. No vale la pena. Un gran futuro. Nada importante. la vacía en el café y lo remueve—. —¿Qué quieres decir? Él sonríe y menea la cabeza. —Seguramente.225 - . —¿Por qué no me lo cuentas? —Procuro parecer despreocupada—. —¡Fantástico! —dice. Y pidieron ropa informal. —Sonríe y se fija en mis tejanos—. —Sólo unos días. —Lara. —Pero ¿tú crees que tomaste la decisión acertada? —Da la impresión de que le preocupa de verdad—. No había pensado en eso. —Se ríe—. Me lo paso bien. De los millones de preguntas que podría haberme hecho. —Muy bien —asiento. —¡Quién sabe! ¡Cuéntame! —Sueno demasiado desesperada. Lara. ¿Es la nueva política del despacho? Joder. ese tipo de cosas. —Bueno. Es lo que quería saber. tenía que ser precisamente ésta. —¿Te parece que la empresa tiene futuro? —Sí.

Tu madre y yo estamos muy orgullosos de ti. No puedo hablar del collar. Con un sueldo de seis cifras. Me mareo levemente y levanto la vista. pero no logro sonreír. quizá eso sea exagerar. Bueno. Iba a contártelo… —Bueno. Desde que le hablé del collar de Sadie he conseguido sacarlo de quicio. Hay algo que no me gusta. Lo ha hecho sólo porque valora tu talento y tu buen corazón. Y no en una cualquiera. Y ahora. Le ha impresionado tu persistencia. —Creo que Bill se sentía mal por haberte rechazado en el funeral — me dice—. aunque trate de ocultarlo. Le encantaría que tuviera un puesto estable en una gran multinacional. En fin. —Dijo que habías ido a verlo hace poco a su casa. —Bebe un sorbo de café y me mira a los ojos—. Quiere sobornarme. Lo detecté en sus ojos: una conmoción. Saca un sobre del bolsillo y lo desliza por encima de la mesa. Dice todo lo que debe decir. sin más. y si quieres continuar con tu empresa. es evidente que está contentísimo. ¿verdad? —No lo entiendo. confusa—. —Ah. —Me froto la frente. Miro otra vez la cifra. Y el tío Bill lo sabe. cariño! —Se echa a reír—. A pesar de su actitud sosegada. No puedo. Lo abro. Bill me llamó ayer. —¿El tío Bill? —Me quedo de piedra. pero la esperanza destella en sus ojos. Ni de Sadie. ¡Y a mí también! No tenía ni idea de que pensabas ir a pedírselo otra vez. No creo que tío Bill valore mi talento ni mi buen corazón. me hace un ofertón. sino en la de la familia. ¿Por qué. sí! «Tenaz». Papá tiene una expresión resplandeciente. —Bill me leyó por teléfono la propuesta antes de mandármela con un mensajero. dijo. Impresiona. Contiene una carta con el membrete de Lingtons. Al fin y al cabo. Bill no nos debe nada. No te sientas presionada en ningún sentido. Sí. Tanto si lo aceptas como si no. Me ofrecen un puesto de jornada completa en el departamento de recursos humanos. si no. —Pero no quiero que te dejes influir —prosigue papá—. Una alarma total. —Pero ¡yo no le hablé de trabajo! Fui a preguntarle por… —Me detengo. pues se quedó impresionado. intrigada. eso es lo que no me gusta: que papá se lo haya tragado. el resultado es… esto. —Ya —repito. A ver si recuerdo ahora cómo te describió… —dice con esa sonrisa torcida que le sale cuando algo le divierte—. Toda una sorpresa. . —Ya.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Quizá tengas razón. —Es un reconocimiento excepcional. Lara. ¡Ah. La elección está en tus manos. Pero está tratando de congraciarse conmigo. habría enviado la carta a través de papá? Pretende manipularnos a los dos. me pasé un momento para charlar. es todo un cumplido. ¿Por qué te envió a ti la carta? ¿Por qué no a mí directamente? —Pensó que sería un detalle bonito. —¡Sonríe. negro sobre blanco. —Carraspeo—.226 - . Vale. Las sospechas me asaltan como un ejército de arañas. te apoyaremos al cien por cien.

es mi amiga y me necesita… «¿Y dónde está? —dice súbitamente una voz en mi cabeza—. Relájate. Pensaría que soy una paranoica delirante o que estoy tomando drogas. Natalie me dejó en la estacada. —Trago saliva y me obligo a decirlo—: Me he dado cuenta de lo equivocada que estaba. No quería contártelo. Existe. No lo pienses demasiado. no me creería. y ya no sé qué pensar ni qué hacer. —¿Cómo? —Nada bien. —Estrujo la bolsita de azúcar sin mirarlo—. ya sin sonreír—. sus ojos bondadosos. Tu empresa va tan bien… Oh. Dios. todavía mirando la mesa. No puedo continuar con esta farsa. Si le dijera la verdad. también ha desaparecido Sadie. Bueno… tal vez esta oferta llegue en el momento oportuno —comenta por fin. Y además… he roto otra vez con Josh. —¿El tío Bill dijo algo de un collar? —le pregunto sin poder contenerme. La verdad es que… es un desastre. Es que todo esto resulta un poco abrumador. bajando la voz e inclinándose sobre la mesa—. Perdona. Tuvimos una charla bastante sincera. —Suspiro y bebo un sorbo de lingtonccino. creo que Bill tiene problemas con Diamanté. Es una persona. es real. Contemplo su rostro sincero. ¡Cariño! ¿Estás bien? —Perfectamente. —¡Lara! —exclama papá—. Cariño. ¿y sabes qué me dijo? —Su rostro rebosa satisfacción—. —Papá —lo interrumpo—. Sonríe. Se arrepiente de haberla criado con tantos lujos. —Señala la carta—. No lo comprende. —¿Qué problema hay? —pregunta suavemente—. —La culpa es mía —dice. ¿Cómo iba a comprenderlo? Sadie no es un problema inexistente. —Suena consternado—. —Ya. pero está preocupado. Si de . Definitivamente. Quizá deberías aceptar sin más. —Ya veo. ¡No tienes ni idea de lo que pasa! ¡Sólo quiere que deje de buscar el collar!» Me cubro la cara con las manos. ¿por qué te resistes tanto? Tú querías trabajar para Bill. Pero… es complicado. ¿Qué collar? —Hummm… No es nada. Una ocasión para encarrilar otra vez tu vida. tuvimos una bronca tremenda y decidí abandonarla. —Cariño. —¿Un collar? —Me mira perplejo—. Cielos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —A decir verdad —añade. la empresa no va bien. ¡Es una historia tan disparatada! ¡Suena tan increíble! Y ahora. No busques problemas que no existen. Que ve en ti al tipo de joven emprendedora que debería servir de modelo para Diamanté. Tal vez no sea tan complicado como crees. Te he desconcertado. —Quizá —musito. Sólo que yo deseaba desesperadamente que me quisiera.227 - . —Hace una pausa mientras lo asimila todo—. «¡Eso no lo piensa ni loco! —me gustaría gritar—. O ambas cosas. —Lara. No seas tan dura contigo misma. No. No debería habértelo dicho. —Alzo la cabeza—. esto es una gran oportunidad. Aprovecha la ocasión. Te he mentido. tras el collar. Él me mira fijamente. Él no me quería. ¿puedo darte un consejo? —Espera hasta que levanto la vista —.

eso fue lo que pensé la primera vez. Siento una sensación de vacío. Era lo que yo deseaba. Pero no estás loca. Tu madre y yo estuvimos hablándolo después del funeral y recordamos que te llevamos una vez a verla cuando tenías seis años. como para anclarme en la realidad. ¡Claro que Sadie es real! ¡Claro que sí! ¡No seas absurda! ¡Deja de pensar así! Pero ahora resuena en mi interior la voz de Ginny. Ya has perdido bastante tiempo. —Está bien. cariño? Intento devolverle la sonrisa. No es un gran consuelo. Medio mareada. se siente herida y debes encontrarla!» La segunda salmodia con calma: «Ella no existe. ¿tú crees que estoy loca? —le suelto. Mis pensamientos parecen despeñarse bruscamente. Podría ser que me hubiese inventado toda esta historia. —¿Lara? —Papá me mira fijamente—.» No. ¿De dónde sale esa voz? No puedo estar dudando ahora… No puedo estar pensando que… Siento un pavor repentino. Nunca fuimos a ver a la tía Sadie. esperando que mis pensamientos se equilibren y mis instintos se aplaquen. Vuelve a tu vida. —Trago saliva—. Me sentía tan culpable por no haberla conocido que me la inventé en mi inconsciente. ¡Hemos bailado juntas. Eso te viene de tu madre. Quizá sí esté loca de verdad. —Abro los ojos bruscamente—. ¿Estás bien. la he visto y oído. Que era una alucinación. en cualquier caso. —Me dirige una mirada cautelosa—. Podría haber visto el collar entonces. Y ella… ¿llevaba un collar? —Quizá sí. en todo caso. pero estoy demasiado abstraída. En realidad. Papá es real. Vamos. Hablo en serio. ¿verdad? Excepto aquella vez cuando yo era un bebé. Nunca ha existido. Y Sadie es real. Ya no me fío de mí misma. La conocí a los seis años. La primera grita: «¡Sadie es real. Pero no sé qué pensar. —Papá. —Trago saliva. —En realidad. La oferta de mi tío es real. Ni hablar.» Respiro jadeante. lo sabes perfectamente! ¡Está en alguna parte! ¡Es tu amiga.228 - . —Se encoge de hombros. Creo que te dejas llevar por la intensidad de tus emociones y a veces de tu imaginación. Hemos hablado. bebo un sorbo y echo una mirada al local. . O sea… no. ¿Debería consultar a alguien? Él suelta una carcajada. «Me parece que está todo en nuestra mente. —¡No. cariño! ¡Claro que no! —Deja la taza y se inclina sobre la mesa —. ¿cómo podría habérmela inventado? ¿Cómo habría llegado a saber lo que sé de ella? ¿Cómo habría descubierto la existencia del collar? Nunca la había visto. Es como si todo se estuviera poniendo del revés. Lingtons es real. Son cosas que la gente quiere creer. Hay dos voces enfrentadas en mi cabeza. atisbo otra realidad posible. Sé que lo es. no es exactamente así. Por primera vez. Podría haberlo recordado sin ser consciente de que estaba recordando. O no más que ella. ¿dónde está?» Doy un respingo. Y algunas veces te sobrepasan. —Papá. desesperada—. la verdad.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE verdad existe. por el amor de Dios! Y. —Seis.

He de ir a la estación de Saint Paneras. nada mejor que tu hogar. coche. aceptaré el trabajo y me daré por vencida. —Te levantará el ánimo. He ido tan lejos. Sería Lara Lington de Lingtons Café. Mi vida resultaría normal. Podría aceptar. no puedo creer que Sadie no sea real. Se trata sólo de un tío rico que quiere echarle una mano a su sobrina. —Me dirige su entrañable sonrisa torcida—. Sería muy fácil. señalando el sándwich de atún y queso. Mis recuerdos de Sadie se desvanecerían poco a poco. —Bueno. buena idea. —«Nada como en casita» —murmuro con una débil sonrisa—. Mirándola con objetividad. Y de su gran amor. Lo más sano y sensato sería borrar cualquier idea relacionada con ella: aceptar la oferta de mi tío y comprar una botella de champán para celebrarlo con mamá y papá. —Sí —digo tras una pausa—.229 - . ¿Has decidido ya por dónde tirar? —Sí —asiento—. Eso decía Dorothy en El mago de Oz. Hace siglos que no voy. Por muy mayor que seas. Todo el mundo contento. me he esforzado tanto en encontrarla. Al sitio donde antiguamente estaba su casa. Pero no puedo. Sería la mar de fácil. No se me había ocurrido. Nada objetable. ¿Por qué no pasas con nosotros el fin de semana? A mamá le encantaría verte. Podría haber vuelto a su hogar. Eso ya lo sé. no hay nada siniestro en ella. Si tu vida se encuentra en una encrucijada y necesitas pensar. es el escenario de sus primeros recuerdos. —Hace tiempo que no vienes a casa —dice papá con dulzura—. Al fin y al cabo. Y ahora come —añade. perspectivas de ascenso. Definitivamente. —Papá se limpia con una servilleta de color chocolate—. —Señala la carta con un gesto—. . Pero yo sólo lo escucho a medias. En el fondo. Hogar. pero… ¿y si se ha ablandado? ¿Y si está allí ahora mismo? Remuevo mi lingtonccino obsesivamente. Te veo algo más animada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Con dedos temblorosos. cojo otra vez la carta del tío Bill y la leo de cabo a rabo. —Tenía razón. Si no está allí. con un prometedor futuro: sueldo. Se negó a regresar en vida. La palabra me resuena por dentro. que tengo que hacer un último intento.

Su última oportunidad. Pero supongo que se habrá ido por otro lado. cruzando los senderos de gravilla y murmurando: «¿Sadie?» Debería haberle preguntado más cosas sobre su hogar. —Yo soy Sadie. Un rincón preferido del jardín que ahora se ha convertido quizá en un lavadero. Sadie Williams. Perdone las molestias… Echo a andar. Si Sadie ha vuelto a casa. ¿Qué quiere? —Eh… —¿Ha venido por lo del alcantarillado? —Eh… pues no. Me apresuro a alejarme antes de que alguno de ellos saque algún arma y me acerco al césped de la plaza. La Sadie que yo busco… es una perrita. es ahí donde estará. —Ya. Aunque temó llamar la atención. Y ahora estoy aquí. —¿Qué Sadie? —Entórnalos ojos—. No parece haber nadie a la vista. En unos minutos diviso la verja de hierro forjado con el rótulo «Archbury Close». Tal vez tenía un árbol favorito o algo así. éste es el último sitio donde la busco. Al darme la vuelta me encuentro con una mujer de pelo gris que me mira recelosa. Supongo que resultaría bastante pintoresco si no pasaran camiones continuamente haciendo un ruido de mil demonios. Se me ha escapado y estaba buscándola. Lleva una camisa floreada. cada una con un pequeño sendero y un garaje. me pongo a merodear entre las casas y atisbar por las ventanas. y si no se pelearan con tanta furia los tres adolescentes que aguardan bajo la marquesina del autobús. pantalones color canela y zapatos de goma. Hay un tablón con un plano del pueblo y enseguida localizo Archbury Glose.230 - . En el número cuatro. Cuesta imaginar que tiempo atrás había aquí una sola mansión preciosa rodeada de jardines. Y espero que agradezca el esfuerzo que he hecho. en la plaza de un pueblecito que tiene un pub. una parada de autobús y una extraña iglesia de aire moderno. así que al cabo de un rato me animo a levantar un poco la voz: —¿Sadie? ¿Estás aquí? ¿Sadie? —¡Disculpe! —Noto un golpecito en la espalda y doy un brinco del susto. En eso acabó convertida Archbury House después del incendio.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 23 Bueno. He tardado una hora en llegar a Saint Albans en tren y otros veinte minutos en taxi hasta Archbury. Soy la única en esta calle. una calle cerrada al tránsito. Pensaba que en el campo la vida era más tranquila. pero Sadie Williams me agarra del hombro con una . Hay seis casitas de ladrillo. Buscaba a otra Sadie.

SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE fuerza sorprendente. O de Harrods. Me dejo caer en un banco y saco una barrita de chocolate. Lara. ¿no lo sabía? Hay niños pequeños aquí. Sin mirar atrás. De hecho. Intento zafarme de su garra. ¡esperando para atacar! —Sadie Williams me mira ceñuda—. Se me ocurre otra idea. No se me ocurriría dejar suelto un perro peligroso. Vaya pérdida de tiempo. por toda la situación. Vale. . Ya es hora de sacarme esta historia de la cabeza y de empezar una nueva vida libre de fantasmas. ¿no lo sabe? —Bueno… perdone. Si hubiera venido cuando la llamé… Si me hubiera escuchado y no hubiera sido tan terca… Un momento. Ha sido una idiotez venir aquí. Me levanto y me aproximo al pequeño estanque de la plaza. Dios.231 - . Y además —añado cuando logro desasirme por fin—. Estás hablando de una perra imaginaria —. ¿Qué se supone que debo hacer? He buscado. El último intento. y por supuesto no seguiré buscándola. Dios. ganó un premio nacional. Pero es muy cariñosa. Sadie no está aquí. Sin embargo… Ay. porque habría venido al oírme. —¡No. En cuanto me la coma. —Probablemente está oculta entre los arbustos. Más que los bancos. —Todos los perros son salvajes. por mí misma. ¡Son ustedes unos irresponsables! —¡No soy ninguna irresponsable! Es una perrita muy cariñosa. cruzo la verja y vuelvo sobre mis pasos. estoy segura de que no está aquí. No pensaré más en Sadie. Estrujo el envoltorio del chocolate y lo lanzo a la papelera. No lo sabía. ¿Qué clase de perro estamos buscando? Ay. Desde luego. tácitamente le daré la razón. ¿por qué habría de pensar en ella? Apuesto a que ella no piensa en mí. —¿De qué raza es? —me grita Sadie Williams—. —¡Un pitbull! —grito por encima del hombro—.» Si me doy por vencida después de sólo tres días. De todos modos. Y oigo su voz lastimera: «Te importa un bledo lo que me pase… A nadie le importo. Y echo a caminar a toda prisa hacia la verja. —¿Ha dejado un perro suelto por esta calle? ¿Cómo se le ocurre? Aquí están prohibidos los perros. cojo un taxi y me vuelvo a Londres. Es muy obediente. Así que será mejor que siga buscándola. Al fin y al cabo. estoy segura de que ha escapado en otra dirección. Me siento terriblemente frustrada: por ella. tengo poderes. Ya le he dedicado bastante tiempo. Estoy segura de que los estanques son puntos espirituales. Quiero decir. Los perros son animales peligrosos. Me vienen imágenes de la cara desolada de Sadie en el puente de Waterloo. O de dondequiera que esté. buscado y buscado. ¿no? Quizá debería usarlos. señora! —Basta. Me termino el chocolate y me dispongo a marcar el número del radio taxi. Esta vez lo digo en serio. Habría aparecido para contemplar el espectáculo. Invocarla para que venga del inframundo. De poco me ha servido mi brillante idea. ya se lo he dicho.

—¡Muy bien! —Bajo los brazos—. Lo cual significa… que aquí vivía Stephen. enviádmela. ni una visión. ni una sombra. aunque quizá sea el viento. ¡Que te zurzan! Me dejo caer en el banco y saco el móvil. Voy hacia allí. Saco otra vez el móvil por si tengo algún mensaje. La operadora me dice que el taxista me recogerá en diez minutos delante de la iglesia. no se habría metido ahí. En el centro hay un surtidor de piedra cubierto de musgo. Imposible. ¡No vengas! No me importa. Ella misma dijo que nunca se comportaría como una pegajosa. os lo suplico. Soy yo. Escuchad mi voz. Enviádmela ahora. Es un viejo caserón gris con un sendero de grava y varios coches aparcados a un lado. Lara — salmodio con una voz sepulcral—. Sobre todo. Me pregunto… No. Espíritus. Una serie de ondas recorre la superficie del agua. Un sendero rodea la casa. mientras un policía trata de arrastrarla fuera. No parece que hayan introducido nada moderno. media docena de personas a punto de entrar. No tengo ni idea de cómo se hace esto. De las profundidades del mundo de los espíritus. la convoco con mi llamada. Ni en un millón de años se dedicaría a merodear por la casa de un antiguo novio. salpicando y dando grititos. qué caramba. ¿no? Miro más allá de la cerca con curiosidad. Al menos. Busco a… Sadie Lancaster —digo en tono trascendente. Nada. Atended mi llamada. Me largo. preguntándome si habrá una máquina de café en el vestíbulo. —Extiendo los brazos con cautela. Los dueños deben de estar en casa. Ya he arrojado la toalla. Pero está cerrada a cal y canto. —Invoco a Sadie Lancaster —rectifico—. Un rótulo en una cerca: «Antigua Casa Parroquial. —Me pongo a hacer aspavientos—. Amiga de los espíritus. El jardín se halla invadido de rododendros y árboles. del antiguo novio que le rompió el corazón y que ni siquiera le escribió una carta. Ni una voz. y yo imagino a Sadie bailando alrededor. la de los poderes sobrenaturales.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE en todo caso. Ya está bien. ¿no? Pero tal vez… No. Si conocéis a Sadie. cuando algo me llama la atención. Era el hijo de párroco. Yo. Tengo cosas mejores que hacer que quedarme aquí comunicándome con el inframundo. . hace muchísimos años. Lara Lington. Es demasiado orgullosa. de un espíritu —me corrijo. sólo turbado por el graznido de los patos. Es una idea absurda. Me gustaría saber si era allí donde Stephen pintaba. Marco el número del radio taxi que me ha traído hasta aquí y pido que vengan a buscarme. El sitio rezuma una atmósfera especial. No me cuesta imaginarme a Sadie deslizándose por el sendero con los zapatos en la mano y los ojos brillantes al claro de luna. No me gustaría que se me apareciera Enrique VIII—. Para.232 - .» Supongo que aquí vivía en tiempos el párroco. Quizá «buscar» no sea lo bastante enfático. Se hace un silencio. Al fondo distingo un viejo cobertizo. Hay gente en la puerta. —Espíritus. Aún conserva un aire intemporal. Iré improvisando sobre la marcha—. con ese viejo muro de piedra y la hierba crecida y la sombras del jardín.

Vaya. mejor Harvard. eso. Nada de perros extraviados. que estaba justo a mi espalda. El último. Al fin y al cabo. ¿Sadie? —Éste era el comedor familiar… Por el amor de Dios. Grandísima. Ni rastro de Sadie. «Bienvenido a la casa de Cecil Malory». por donde deambula la gente que he visto antes. ¿Ha venido a hacer el tour? ¿El tour? ¡Todavía mejor! Podré deambular por la casa sin necesidad de excusas. Mi tesina versa sobre «los edificios religiosos y las familias que los habitaban». —Me da un folleto. Cecil Malory. ¿estás aquí? —Aquí es donde Malory pasaba las veladas. Vamos. En Birkbeck. Precioso. —A saber quién demonios es Malory—. reza el título. yo. —Parece asombrada por la pregunta—. ¿por qué habría de merodear por la casa del tipo que le rompió el corazón? Doy media vuelta para marcharme y tropiezo con la mujer. vestida con un grueso jersey escocés. —Aquí tiene una guía. Entro con cautela y me encuentro en un vestíbulo con paredes revestidas de madera y parquet antiguo. ya. Por eso la casa fue restaurada y convertida en museo. Me alejo de la mujer. tras una mesa cubierta de libros y folletos hay una mujer de pelo corto y pardusco. —Doy un respingo. —Supongo que es usted una admiradora de su obra —dice con una sonrisa. una estudiante de arquitectura? Sí. Una gran admiradora. Claro. No sabía que las casas parroquiales cobraran entrada hoy en día. aunque supongo que es lógico. ¿Cinco libras? ¿Por ver una casa parroquial? Joder. que parece el escenario para una película de época—. ¿Cuánto es? —Cinco libras. la mujer me ha seguido. Éste es el último sitio donde busco. Una debería tener derecho a hacer el tour sin que la sigan. —Ah. —Echo una ojeada al folleto que tengo en la mano.233 - . no como Picasso. Me acerco a la entrada y ya me dispongo a llamar al timbre cuando veo que la puerta está sólo ajustada. ¿Qué tal si estoy haciendo un estudio sobre antiguas casas parroquiales. ¿se supone que Cecil Malory vivió aquí? —Naturalmente. Un artista famoso. No es la casa lo que me interesa precisamente. —Sonríe como si mi presencia no la sorprendiera—. —Pues sí. Vivió aquí hasta mil . entro en una sala llena de alfombras y sofás anticuados y echo un vistazo alrededor. —Entonces. —Hola. Ha sido una idea estúpida. Se me despierta un leve interés. y debajo se ve un cuadro de unos acantilados. —¿Sadie? —cuchicheo—. por favor. Voy a ver esta parte… —Entro en el comedor adyacente. En serio. Para mi sorpresa. pero ni siquiera lo miro. No. ¿Obra? ¿De quién? —Eh… sí. Sadie. Me acerco a la ventana y contemplo el jardín.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Pero mi mano ya está alzando el pestillo. Me deslizo por el sendero mientras trato de inventarme una excusa. pero he oído hablar de él.

Salgo de mi ensimismamiento y veo que la mujer me mira de un modo extraño. en su tierra natal. Estoy un poco confusa. ¿Hasta 1927? Ahora sí que estoy interesada de verdad. —Asiente con aire entendido—. Estaba pensando. Debían de pertenecer a la misma pandilla. La llevaron a la residencia y nadie le contó nada. primero en Francia y luego aquí. —Me froto la frente—. tenemos a la venta varios libros sobre Malory… —Sale presurosa y regresa con un delgado volumen de tapa dura—. —Lo tomo y empiezo a ojearlo. ¿Stephen era Cecil Malory? ¿Stephen es… Cecil Malory? Me quedo patitiesa. —Su rostro se ilumina—. En los ochenta. —Ah. Sadie nunca me ha dicho que fuera famoso. En cambio. —¿Era amiga del hijo del vicario? Un chico llamado Stephen Nettleton. En los años ochenta se disparó su valor. el volumen de su obra es bastante limitado. Después de trasladarse a Francia… Sólo la escucho a medias. —Luego cambió de apellido legalmente —prosigue—. seguro que Sadie lo conocía. —Querida… —Me mira perpleja—. Luego sonríe—.234 - . Bueno. Si vivía aquí en 1927. Si le interesa. De ahí que aumentara tanto la cotización de sus cuadros. Stephen se convirtió en un pintor famoso. Sadie sufrió su derrame cerebral en 1981. hay anécdotas encantadoras sobre su época en Francia. . Ella habría alardeado de un modo insoportable… ¿O quizá no lo sabía? —… y no llegaron a reconciliarse antes de su trágica muerte en plena juventud —concluye la mujer con una nota solemne. —Eh… Perdone. eso no le sucedió en vida. Esto no tiene sentido. claro. Como murió tan joven. cuando empezó a despuntar como paisajista… —Me tiende el libro. Seguro que preferiría devolverme los cinco pavos y librarse de mí. Él nunca empleó su apellido como pintor. y cuando se iniciaron las investigaciones ya habían fallecido muchos de sus contemporáneos. Fue mucho después de su muerte cuando creció el interés por sus cuadros. La cabeza me da vueltas. según se cree. Pero creo que nunca se enteró de que se había hecho famoso. Los datos sobre sus primeros años son algo imprecisos porque muchos archivos del pueblo resultaron destruidos durante la guerra.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE novecientos veintisiete. —Gracias. Fue una especie de protesta contra sus padres. ¿Le gustaría ver las habitaciones? —No. Sin duda ya sabe usted que Stephen Nettleton era Cecil Malory. ¿sabe? Ella vivió en este pueblo y lo conocía. Fue entonces cuando su fama se extendió por todo el mundo. Eh… Perdón. Steph… quiero decir Cecil Malory… era amigo de mi tía abuela. No tenía ni idea de lo que sucedía en el mundo exterior. Dígame. en cuya portada figura una marina. ¿él pintaba en un cobertizo del jardín? —Sí. Casi enseguida tropiezo con una fotografía en blanco y negro de un hombre pintando en un acantilado.

Sigo hojeando. Quizá se lo merecía —le digo con una mirada siniestra—. Tan hermosa. —Es asombroso —digo. Tan feliz. Aunque lleve tanto tiempo muerto. Mirando desde el interior de un historiado marco dorado. En ese período de su vida fue feliz. ¿Qué es esto? —Señalo la página—. y lleva una camisa raída. Quizá debería haberse portado mejor con su novia. Sólo un ojo. Ahí está. En aquel momento todo era perfecto. —Ya. Evidentemente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE con el pie: «Una de las pocas imágenes de Cecil Malory en pleno trabajo. Sadie.» Ahora todo cobra sentido. —Aquí está. Por favor. alto y moreno. El pelo a lo garçon deja al descubierto su esbelto cuello. Ni tan relajada. pasando paisajes marinos. Por eso quería el collar. ¿Quién es? ¿De dónde procede este detalle? —Querida… —Veo que la mujer se esfuerza por no perder la paciencia —. Está reclinada en una tumbona. con sillones de cuero y un gran cuadro sobre la chimenea. Nunca la he visto tan radiante. Como una diosa. con pestañas largas. Me guía por un pasillo rechinante hasta una habitación sombría y enmoquetada. Lo tenemos en la biblioteca. con los ojos fijos en el cuadro. poniéndome en marcha—. Y alrededor del cuello. entrelazándose con sus dedos y derramando una cascada de cuentas relucientes… el collar de la libélula. he de reprimir el impulso de insultarlo. inmóvil. Seguramente se creía un genio. muy largas. abre la boca y vuelve a cerrarla. y con un brillo burlón. Su muerte prematura fue una de las tragedias del siglo veinte. Es una ampliación de uno de sus cuadros más famosos. Con todo el aire de ser la dueña del mundo. Nuestro gran orgullo. sujetando el libro. secándome una lágrima. Lleva unos pendientes espléndidos.235 - . Es una ampliación de un cuadro. —¿A que es maravillosa? —La mujer me mira complacida. No importa que le rompieran el corazón. Conozco este ojo. —La mujer sigue mi mirada—. ¿No lo había pensado? La mujer se queda atónita. Sus ojos se ven enormes y oscuros y resplandecen de amor. completamente desnuda salvo por un lienzo de gasa que le cubre desde los hombros hasta las caderas y que difumina parcialmente la vista. Seguramente pensaba que era demasiado especial para mantener una relación normal. Me quedo sin habla. por eso significa tanto para ella. —Disculpe —me atraganto—. Y entonces oigo su voz en mi cabeza: «Yo era feliz cuando lo llevaba… Me sentía hermosa. bueno. cubierta de estanterías. Seguro que lo conoce. Qué cabronazo. de ojos oscuros y mirada intensa. si quiere echarle un vistazo. Un ojo me mira desde una página del libro. por fin estoy comportándome como una amante de la . ¿Cómo pudo tratarla tan mal? ¿Cómo pudo largarse a Francia y olvidarse de ella? —Tenía un talento extraordinario. más acantilados. No importa lo que sucediera antes o después. —Sí —digo. cayendo sobre sus pálidos pechos difuminados por la tela.» Ahora entiendo por qué Sadie se prendó perdidamente de él. Es apuesto. un apunte a lápiz de una gallina… hasta que me quedo paralizada. Quiero verlo.

Y es tanto más especial. ladeo la cabeza—. o los expertos. Y me gustaría saber una cosa. Alzo los ojos hacia el cuadro. Un pequeño secreto. Cada cuenta del collar es una pequeña obra maestra. salvo con una lupa… Aquí lo tengo. Nunca quiso pintar otro retrato. —Es casi imposible verlo. En el cuadro. El retrato oculto más diminuto que existe.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE pintura—. —Saca una hoja de papel mate donde aparece la cuenta del collar en una ampliación enorme. salvo éste. esté donde esté. hay mucha gente interesada en la identidad de la modelo. La mujer tiene razón. —Trago saliva—. Su propio reflejo en el collar. ¿me oyes? ¡He encontrado el cuadro! ¡Es precioso! ¡Estás preciosa! ¡Estás en un museo! ¿Y sabes qué? Stephen no retrató a nadie más que a ti. La mujer aparece con un montón de libros. sí. En Francia recibió muchas solicitudes a medida que su fama iba creciendo. Fuiste la única. ¡Sadie! —llamo—. Ya he pintado a quien quería pintar. ¿no? —Por supuesto. o una simple aficionada a la obra de Malory? —Sólo me interesa este cuadro —le digo con franqueza—. cojo la ampliación y observo atentamente el rostro. Se han hecho investigaciones. —Esto es lo que tenemos ahora mismo. —Hace una pausa dramática—. —Me indica que me acerque—. por supuesto. ¿Lo ve? Me concentro en la cuenta de cristal. si lo prefiere. pero él siempre respondía: J’ai peint celui que j’ai voulu peindre. Se negó durante toda su vida. claro está. Como si fuese parte de ella. En cuanto sus pisadas se alejan por el pasillo. distingo en su superficie una cara. En el collar. —¿Éste es…? —Malory —asiente—. ¿No tiene más libros sobre él? — Me muero por sacarla de la habitación y quedarme sola. ¿Sólo pintó a Sadie? ¿En toda su vida? ¿Ya había pintado a la única que quería pintar? —Y en esta cuenta… —Se acerca al cuadro con sonrisa experta—. Pero nunca hizo otro retrato. Y sí. Ahí está Stephen. con la vista nublada de lágrimas. pero la habitación continúa en silencio. pero . Para mi estupefacción.236 - . —¿Qué quiere decir? Cecil Malory pintó un montón de cuadros. Está pintado con tanto amor… — Contempla el cuadro con cariño—. Los detalles y el manejo del pincel son exquisitos. estoy segura. No sabes cómo desearía que pudieras verlo… Me interrumpo sin aliento. ¿Es usted estudiante de arte. —¿Me permite? Con manos temblorosas. Parece igual que las demás. Oigo pasos. Se descubrió hace sólo diez años. Pintó a la única que deseaba pintar. La retrató con amor. La miro pasmada. porque es único. alguna idea de quién es ella? ¿Cómo se titula el cuadro? —La chica del collar. Como si fuese un mensaje cifrado. Sadie. Se incluyó a sí mismo en el cuadro. La cara de un hombre. hay una pequeña sorpresa. Justo en ésta. ¿Tiene usted. Te amaba. Amaba a Sadie. Se aprecia en cada pincelada. Me vuelvo y esbozo una sonrisa forzada. Y se pintó a sí mismo en tu collar. Sadie. No me oye. —Es… asombroso. —La mujer se embarca en un discursito a todas luces ensayado—.

¿no? —¿Cómo? ¿Qué quiere decir? —El original es cuatro veces mayor y me atrevo a decir que incluso más espléndido. ¿vale? Sadie Lancaster. —Cielos. supongo que ahora es de papá o de tío Bill. ¿Qué le hace suponer que se trata de su tía abuela? —No es que lo suponga. Y lo sé porque era… —Titubeo un instante—. ¿puedo hablar con el director de este museo o con quienquiera que esté a cargo del cuadro? Ahora mismo. pero sigue siendo suyo. ¡No se llamaba Mabel! —¡Cielos! —Me sonríe con desconcierto—. ¡Éste es el cuadro de Sadie! ¡Él se lo regaló! Lo había perdido hacía mucho. De puño y letra del propio Malory: «Mi Mabel. . —¿Tiene alguna prueba? ¿Una foto de joven? ¿Algún archivo? —Bueno. en Archbury. a Malory. —¿Mabel? —La miro horrorizada—. pero se perdió hace muchos años. —Adopto un aire formal—. —Hace una pausa y añade—: Mabel. Está en la London Portrait Gallery. —Querida. supongo que es consciente de que esto es una reproducción. querida. Sé que es ella. confusa. Se lo escribiré. —Este cuadro pertenecía a mi tía abuela. no… Pero sé que es ella sin ningún género de duda. ¿Cómo es que ha acabado aquí? —imprimo un desagradable tonillo acusador y ella retrocede un paso. Es ella sin la menor duda. armándose de paciencia—. —Ya. Me esperaba un gritito o un sofoco. Y en el dorso del cuadro hay una inscripción. por supuesto. —Me temo que no tengo ni idea. —¡Era un apodo! ¡Una broma privada! Se llamaba Sadie. O si no.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE lamentablemente nadie ha logrado identificarla.237 - . créame. y conocía a Steph… o sea. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Qué hace este cuadro aquí? —¿Cómo? —La mujer se ha quedado atónita y yo suelto un bufido de impaciencia. La casa familiar se quemó y nadie volvió a verlo. Y lo demostraré de algún modo. A mí me parece auténtico—. pero la mujer se limita a echarme una mirada dubitativa. Eran amantes. —Pero… —Miro el cuadro. Es una afirmación muy seria. Deberían poner un cartel con su nombre real y dejar de llamarla «Mabel»… —De repente caigo en la cuenta—. ¿Dónde está el original? ¿Guardado en una caja fuerte? —No. querida —dice.» Por el amor de Dios. Vivía aquí. Es mi tía abuela. Mabel era un nombre bastante común en aquel entonces. Ya sé que para un oído moderno puede sonar un poco pintoresco. Me mira desconcertada y recelosa. Lo único que se conoce es su nombre de pila. Llevo aquí diez años y siempre ha estado colgado en esta biblioteca. Bien. Alto ahí. pero.

Sadie contempla la sala desde el cuadro como la diosa más bella que hayas visto jamás. disfrutando del retrato. los brazos cruzados y la cabeza ladeada. La madre le señala el collar a su hija. Ya son las cinco. En casa también tengo un póster de ella. absortos. —Y el mío —coincido. Es mi retrato preferido de todo el museo. Las dos suspiran. Debo irme. ¿no cree? —dice la mujer—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 24 Es enorme. ¿verdad? Se me hace un nudo en la garganta. —Seguramente. El original es insuperable. Me levanta el ánimo. pero consigo sonreír. Al cabo. Sadie adorada por toda esta gente. le doy mi nombre a la recepcionista y aguardo entre una manada de escolares franceses. —¿Señorita Lington? Al volverme. Tiene ojillos . Me lo regaló mi hija. suspirando de placer. oigo una voz a mi espalda. sentándose a mi lado—. Tengo una cita con Malcolm Gledhill. Desde que estoy aquí. Pero no me oye. y luego adoptan una pose idéntica. Y me parece que es feliz. No puedo moverme de aquí. Y ella no tiene ni idea. —¿No es maravillosa? —me dice una mujer morena con un impermeable. asomada a la ventana. una y otra vez. —Me pregunto qué estará pensando. Mientras hablo. Luego todos se han acercado para distinguir el retrato en miniatura de la cuenta del collar. una familia japonesa se acerca al cuadro. veo a un hombre con camisa morada. Me dirijo al vestíbulo. —Sí. —Tiene algo muy positivo. O no quiere oírme. Decenas. Me pongo de pie bruscamente y miro el reloj. La he llamado hasta quedarme ronca. El uso que Cecil Malory hace de la luz en su piel es magistral.238 - . Vengo con frecuencia a mirarla a la hora del almuerzo. —Yo creo que está enamorada. Radiante. a lo largo de la calle. miles de personas. felices. casi un centenar de visitantes se han parado a contemplarla. Lo sé porque he oído a una profesora de arte explicárselo a sus alumnos hace media hora. cientos. sonriéndose unos a otros. Feliz de verdad. Llevo sentada dos horas delante del retrato genuino. —Examino otra vez los ojos relucientes de Sadie y el rubor de sus mejillas—. Guardamos silencio. el director de la colección. y se quedan mirándola. Con la frente despejada y sus aterciopelados ojos verde oscuro. Pero el original es insuperable. O simplemente tomando asiento para observarla. Mil veces mejor que el de la casa parroquial.

Lo conservó toda la vida.239 - . Sabía que me gustaba el tal Malcolm Gledhill. Sadie Lancaster. —¿Me está diciendo —pregunta al fin— que esta anciana de aquí es la «Mabel» del cuadro? Debo acabar de una vez con esta tontería de Mabel. Malcolm Gledhill saca un pañuelo de cachemir y se seca la frente perlada de sudor. Vivía en Archbury y era amante de Stephen Nettleton. Se hace un silencio. —Bueno. una barba castaña y unos mechones de pelo alborotados. En fin. soy Lara Lington. ¿no? —Me observa con cautela—. quizá le mandé un mensaje algo exagerado. con el collar puesto. ¿Qué más pruebas necesita? —¿Existe aún el collar? ¿Lo tiene usted? ¿Ella vive todavía? —En cuanto se le ocurre la idea. Y lo primero que quiero decir es que no era una simple «chica». ¿no? —Siento una punzada de frustración—. probablemente sí es todas esas cosas. Creo que ha venido a verme por La chica del collar. Mire. —No se llamaba Mabel. Se llamaba Sadie. Ella aborrecía ese nombre. Estudia el collar que lleva Sadie. Pero estoy intentando encontrarlo. —Malcolm Gledhill. Parece Papá Noel antes de envejecer y me resulta simpático en el acto. No quería verme obligada a contarle toda la historia a un recepcionista cualquiera. Pero sí que era muy… ¿urgente? Vale. Hay postales y reproducciones de cuadros por todas partes: colgadas de las paredes. Luego carraspea ruidosamente. Sólo se oye el resoplido de Malcolm Gledhill. Era mi tía abuela. Los ojos se le salen de las órbitas y se pone rojo de pura excitación. alguna fotografía antigua? —Lleva puesto el collar. —Obviamente. debe llevarse a cabo una . —Observe el collar —añado al dársela. No acabé de entender en su mensaje cuál era la cuestión. como temiendo haber delatado demasiado su interés. por desgracia —lo interrumpo antes de que se emocione más—. Me mira fijamente y vuelve a examinar la foto. Y no tengo el collar. Ella fue el motivo de que lo enviaran a Francia. Acompáñeme por aquí. Busco en el bolso y saco la fotografía de Sadie en la residencia. en un caso como éste. Me guía por una puerta disimulada detrás del mostrador de recepción. Porque eso sí sería… —Acaba de morir. una cuestión de Estado. —Hola. de seguridad nacional. apoyadas contra los libros de las estanterías y adornando su enorme ordenador. —Me sonríe—. —Bastante urgente —asiento—. y luego por unas escaleras hasta un despacho que abarca toda una esquina desde la que se domina el Támesis. Sí. Sus mejillas parecen dos globos desinflados. —Me tiende una taza de té y toma asiento—. de manera que me limité a decir que tenía que ver con La chica del collar y que era un asunto de vida o muerte. ¿Algún documento.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE brillantes. porque reacciona exactamente como cabía esperar. los ojos vuelven a desorbitársele—. Para el mundo del arte. —¿Tiene pruebas de ello? —dice por fin—.

El museo hizo todo lo que estaba en . Es ella. Se consideraba una persona insignificante. ¿Quién demonios se lo vendió? —Me temo… —Hace una pausa—. —Abre una carpeta que ha tenido delante desde el principio y despliega una hoja—. ¡Deberían comprobar estas cosas! —Las comprobamos —responde a la defensiva—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE cuidadosa investigación antes de alcanzar una conclusión definitiva… —Es ella —digo con firmeza. Nunca se enteró de que Stephen Nettleton se había hecho famoso. el mundo sabrá de ella. —Ya suponía que esta cuestión surgiría tarde o temprano. —Espere —replico. Nos lo vendieron en los años ochenta. ¿Cómo llegó a ustedes? Él se pone un poco tenso. —¿En secreto? —Lo miro ceñuda—. —¿De veras? —Me sonrojo de orgullo—.240 - . y resulta que La chica del collar es el retrato más popular del museo. Ellos analizarán su testimonio con sumo detenimiento y examinarán las pruebas disponibles. —¿Cuándo murió su tía abuela? —pregunta en voz baja. créame. Antes de llamar a nadie. Hace poco llevamos a cabo un estudio. —¿Me permite que llame a un colega para que vea la fotografía? — Sus ojos se iluminan—. La procedencia se consideró correcta en su momento. Y sé que me darán la razón. —Hablaré con ellos encantada —digo con educación—. busqué el expediente del cuadro y examiné los detalles de la adquisición. Y el collar reluciente vinculando como un talismán ambas imágenes. Nunca supo que ella misma era famosa. Pero vivía en una residencia desde los años ochenta y no tenía mucho contacto con el mundo exterior. alzando una mano—. ¿Que se lo vendieron? ¿Quién podría haberlo vendido? —Pero si se perdió en un incendio… Nadie sabía dónde estaba. Ojos radiantes y orgullosos en la primera. si nuestro equipo de investigación llega a la certeza de que era la modelo del retrato… entonces. Y precisamente por eso quiero que el mundo conozca su nombre. si me lo permite. hay otro asunto del que debo hablar con usted. Pero si el cuadro era de Sadie. no tenía derecho a venderlo. Porque pertenecía a Sadie. Se lo dio Stephen. La persona que se hizo con él. Me temo que el vendedor exigió en su momento que todos los detalles de la transacción se mantuvieran en secreto. Quisiera saber cómo consiguieron el cuadro inicialmente. la remitiré a nuestro equipo de investigación. Es un estudioso de Malory y su testimonio le interesará mucho. Los dos las observamos en silencio. —Hace pocas semanas. Después de su llamada. Hay un proyecto para darle más protagonismo. —Bueno. Gledhill asiente. fuese quien fuese. A ella le habría encantado saberlo. De pronto. ojos cansados y caídos en la otra. La consideramos un bien muy valioso. entre las postales apoyadas en su ordenador veo La chica del collar. La tomo y la pongo al lado de la foto que le sacaron a Sadie en la residencia. era suyo. —Así pues. Hay que seguir los pasos oficiales. lo comprendo.

—Me temo que se equivoca —replica suavemente—. A principios de los noventa se publicó una tesis según la cual la modelo de Malory era una doncella de la casa y los padres se habrían opuesto a la relación por motivos de clase. Y no vamos a quedarnos de brazos cruzados —me altero. Sus ojos descienden una y otra vez al papel que sostiene. ¿Y sabe qué? Yo pago mis impuestos y contribuyo a financiarlos. lo que los indujo a enviarlo a Francia. y cuando los investigadores acudieron a su pueblo natal. —Ha sido extremadamente difícil descubrir datos nuevos sobre esta pintura —dice Jeremy Mustoe. Pienso llegar hasta el fondo de este asunto. pero ella no fue la modelo. —¿Y si vengo con abogados y la policía? —Pongo las manos en jarras —. Jeremy Mustoe? Tendrá mucho interés en conocerla y en ver la fotografía de su tía abuela… Instantes más tarde. se firmo un documento en que éste daba todas las garantías necesarias. —Por supuesto. Volveré a ponerme en contacto con usted. Pero debo respetar nuestro acuerdo de confidencialidad. Los suyos vuelan una y otra vez al documento que tiene delante. sí —explico con paciencia—. ¿me permite que llame a mi colega. se inclina sobre la foto murmurando «¡Extraordinario!» una y otra vez. Debe de estar viendo ahora mismo el nombre del vendedor. De hecho. Eran . mejor no. se daba por supuesto que la modelo se llamaba Mabel… —Arruga el entrecejo—. perfecto.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE su mano para verificar que quien lo ofrecía tenía derecho a venderlo. colaboraríamos totalmente. Stephen llamaba «Mabel» a Sadie para tomarle el pelo. Esto es exasperante. Hay muy pocos archivos y fotografías de la época. Antes de que se vaya. un tipo flacucho con los puños de la camisa gastados y una nuez de Adán prominente. Tengo amigos en la policía. Ese cuadro era de Sadie y ahora es de mi padre y mi tío. ¿sabe? — añado con aire enigmático—. gracias por su tiempo —digo con formalidad—. levantando la vista—. —Había una Mabel. Tengo las manos atadas. Pues la habrá. dijera lo que dijese esa persona. Alguien se inventó una versión equivocada y tuvo el descaro de llamarla «tesis». —Lo miro furibunda —. Créame. Naturalmente. Lo sé. —Obviamente.241 - . ¿Y si denuncio que el cuadro ha sido robado y lo obligo a revelar el nombre? Malcolm Gledhill alza sus espesas cejas. Los cuadros no aparecen por arte de magia. Créame. El inspector James estará muy interesado en toda esta historia. Y por lo tanto exijo saber quién les vendió el cuadro. —Bueno. si hubiera una investigación policial. Podría abalanzarme y arrebatárselo… No. —Comprendo su inquietud. ya habían pasado casi dos generaciones y nadie recordaba nada. mentía. a mí me gustaría aclarar este asunto tanto como a usted. —Bueno. —Cierra la carpeta—. el museo se toma muy en serio la legitimidad de la propiedad de las obras expuestas. El nombre está ahí. No se atreve a mirarme a los ojos. —Titubea—. Ahora mismo. Nuestro museo no es de titularidad pública y usted no es propietaria del mismo. Me entran ganas de reírme. —Bien.

Son de los pocos documentos que se rescataron después de su muerte.242 - . Él lleva muerto mucho tiempo y ella ha fallecido. Si al menos Sadie no se hubiera casado con el tipo del chaleco. ¿Podría verlas? Una hora después. Por desgracia. No puedo soportarlo. Y si… Basta de «y si». el cielo estaba nublado. La última vez que pasé por aquí. Entonces… ¿su tía abuela sería la «Mabel» de las cartas? —¡Las cartas! —exclama Malcolm Gledhill—. Pero esta tarde hay un aire templado y agradable. —¿De veras? —Jeremy Mustoe me mira con renovado interés—. pese a toda la tecnología actual. Incluso mientras se vestía para la boda.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE amantes —añado—. creyendo que había sido utilizada. Es evidente que alguien interceptó las cartas para que Sadie no las recibiera. tomar un poco de distancia. lo único que veo es esa escritura descolorida y enloquecida que llena montones de cuartillas. no hemos podido… —Perdone que le interrumpa —salto. cuando salgo del museo. aceptó la propuesta de matrimonio del tipo del chaleco como un estúpido gesto de despecho. Me abro paso entre un grupo de turistas y empiezo a cruzar el puente de Waterloo. Sadie se había subido al parapeto y yo gritaba desesperada. Pero sí he leído lo suficiente para estar segura. Y ahora sé que él también. Seguramente esos malvados padres Victorianos que tenía. sólo he tenido unos minutos para examinarlas. seguro. además. Si cierro los ojos. incluso después de enterarse de que se había casado con otro. Pasa una . tan fatídico… Tendrían que haber acabado juntos. pero yo no me siento con fuerzas para volver a mi apartamento. debía de de albergar esperanzas. Y él la decepcionó. ¡Claro! Se me habían olvidado. Y si sus padres no los hubieran sorprendido in fraganti. Necesito respirar aire fresco. Quizá esperaba que Stephen apareciera en la iglesia. No he leído todas las cartas. Una riada de gente pasa por mi lado hacia la estación de metro de Waterloo. Fin de la historia. El Támesis está todo azul y apenas se ve algún que otro trazo de espuma. Y si Stephen no se hubiera ido a Francia. Así que ella esperó sin tener ni idea de la verdad. Él la amaba. No tiene sentido. incluso después de marcharse a Francia. procurando disimular mi agitación—. Y aunque la historia ocurrió hace más de setenta años y ya no se puede hacer nada. Quisiera retroceder en el tiempo y solucionarlo todo. pero es seguro que una de ellas fue remitida y devuelta. la dirección está tachada con tinta azul oscuro y. No está claro si llegó a enviarlas o no. Sadie se pasó toda su vida aguardando la respuesta a una pregunta. ¡Hace tanto tiempo que las examiné! —¿Cartas? —Los miro—. me siento llena de tristeza e indignación. Resultan demasiado íntimas y. la cabeza me da vueltas. Fue todo tan injusto. Demasiado orgullosa para seguir a Stephen y averiguarlo por sí misma. Por eso lo enviaron a Francia. ¿Qué cartas? —En nuestro archivo conservamos un fajo de cartas escritas por Malory —explica Mustoe—.

Encima del quiosco cuelga una pancarta y racimos de globos plateados. Contemplo el espectáculo. Lara! La vislumbro un momento. Sí hay una banda tocando música de los años veinte. No. Siento un espasmo de pánico. Me ha oído. Todavía tengo la entrada en el monedero. escribiéndole a Sadie. como aislándose del mundo. mirando a los bailarines del escenario. Me quedo paralizada. De pronto. con plumas falsas y perlas de plástico y zapatos modernos y maquillaje del siglo XXI. Está junto al escenario. sin ver nada. y una parte del público baila también en la pista montada sobre la hierba: algunos con tejanos y camisetas. escuchando sus frases anticuadas. Suena música de charlestón. desaparece detrás de dos chicas con chaqueta tejana que no paran de reírse. con una cinta a juego ciñendo su pelo oscuro. Continúo viendo la letra irregular de Stephen. Incluso los vestidos de las chicas del estrado son simples imitaciones. Y enseguida. Camino dejándome llevar por la música. el balanceo de las plumas de sus tocados. No se parecen en nada a los auténticos. una multitud ocupa el gran recuadro de césped. con los puños apretados. reparo en la escena que se desarrolla un poco más abajo. Me obligo a no apresurarme ni a correr. Distingo el movimiento de los pies. sin dejar que asome siquiera una brizna de esperanza. Incluso me llegan retazos de un charlestón interpretado por una banda de la época… Alto ahí. Mi mente sigue en el pasado. otros con atuendos estilo años veinte. En Jubilee Gardens. Han levantado un quiosco de música y un grupo interpreta jazz. La gente se agolpa alrededor. echo a andar con calma por el puente y bajo las escaleras. Lo imagino sentado en lo alto de un acantilado francés. Dios sabe qué habrá estado haciendo estos últimos días. y ahora un trompetista de chaleco reluciente se ha puesto de pie y toca un solo vertiginoso. Parece más que nunca un espectro. a un centenar de metros. Hay chicas vestidas de época bailando en el escenario.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE embarcación de recreo lentamente y un par de turistas saludan con la mano hacia el London Eye. el festival de jazz! El que anunciaban aquel día. —¡Sadie! —Empiezo a abrirme paso entre la gente—. doy media vuelta.243 - . casi sin aliento. No puedo perderla otra vez. ¡Sadie! ¡Soy yo. . No se… Me paro en seco. con el corazón en la boca. La gente que baila la atraviesa. pero para mí son meros disfraces. entre la multitud veo… me parece distinguir… No. Y súbitamente. sin permitirme un pensamiento. creando un remolino de flecos y collares. ¡Claro. Lleva un vestido amarillo pálido. la pisotea y le da codazos. después de todo lo que he pasado. no me equivocaba. bailando como una posesa. Todo el mundo los señala con admiración. Me detengo en el mismo punto que la otra vez y miro en dirección al Big Ben. Mira alrededor con unos ojos como platos. pero ella no parece notarlo siquiera. Mientras la contemplo. No se parecen en nada a las chicas años veinte. Tiene la cabeza echada atrás y los ojos cerrados. La gente está bailando.

escúchame. Y también hice un viaje muy revelador. Por lo visto se cree una divinidad omnipotente. Los dejo caer otra vez—. Vi cómo te echaban de aquel cine —dice con una sonrisa socarrona—. Ed. ¡Allí! ¡Mira! Sigo su mirada. —Extiendo impulsivamente los brazos para abrazarla y sólo entonces recuerdo que no es posible. Stephen y el cuadro. entornando los ojos… y el corazón me da un vuelco. También yo te he echado de menos. empieza a crecerme una indignación bien conocida. Te he buscado por todas partes… —¡Pues no debes de haberte esmerado mucho! —Está contemplando a los músicos y parece indiferente a mi aparición. tengo algo que contarte. Tengo algo muy importante que decirte. Ni siquiera yo lo sabía.244 - . mi manera de verla ha cambiado en los últimos días. cuando ella me suelta: —Te he echado de menos. Estoy buscando la manera de aproximarme con tacto al asunto de Archbury. Y ni siquiera lo sabe. —Alza la barbilla con orgullo—. Es famosa. —¿Estabas allí? —me sorprendo—. Y si no hubieras aparecido. por favor. mirando por los rincones! ¡No sabes todo lo que he pasado! —Sí que lo sé. Me llevo tal sorpresa que no sé cómo reaccionar. ¡Allí! —Señala—. No sé por dónde empezar—. Observa a la banda y se mueve al ritmo de la música. Perdona. ni únicamente mi ángel de la guarda. En cierto modo. Escucha. Sadie no es una chica cualquiera. —¡Y yo también! Sabía que vendrías aquí. A mi pesar. Tengo que contártelo. Ella me ve por fin y se queda paralizada. aunque aparenta hacerlo por . Su expresión resulta insondable y. Debería haber deducido que me guardaría rencor durante días. Te estaba esperando. Es un personaje de la historia del arte.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Sadie! ¡Aquí! —Agito los brazos frenéticamente y varias personas se vuelven para ver a quién le estoy gritando. Fue divertidísimo. si es que lo fue alguna vez. ¿Y por qué no respondiste? —Aún seguía enfadada. Está junto a la pista con un vaso de plástico en la mano. Siento un picor repentino en la nariz y empiezo a rascarme torpemente. No tenía por qué responder. Sadie. por si te interesa saberlo! ¡Llamándote a gritos. pensaba ir a buscarte para obligarte a venir. Andaba casualmente por la zona. oí la música y me acerqué… —Yo lo sabía —insiste—. —Y yo. al acercarme. —No podías saberlo —replico—. Vayamos a un sitio más tranquilo para que puedas escucharme con calma. —Di vueltas por todas partes. —Sadie. ¿Y sabes por qué? —Sus ojos centellean mientras escudriña la multitud. Típico de ella. —¡Ya lo creo que sí! ¡Llevo días buscándote. Es posible que te lleves una impresión… —¡Pues yo tengo algo muy importante que mostrarte! —Ni siquiera me escucha—. experimento una aprensión repentina. —Sadie… —Trago saliva.

¿Qué has hecho? —Venga. porque la multitud se ha vuelto para verme gritar al vacío como una loca. Seguramente Ed tenía planeada una velada tranquila en casa y. —Pero creía que él era tuyo. Tenía que hacer algo. a fin de cuentas —dice secamente—. Y ahora. en cambio. —Me llevo las manos a la cabeza—. O al menos lo intenta. Es sólo un momento. No es momento ni lugar para eso. Sólo de verlo me vienen recuerdos que preferiría olvidar—. Y Sadie pretende que vaya a hablar con él. Lo que me faltaba.245 - . ¡Tiene que ver contigo! ¡Con Stephen! ¡Con tu pasado! ¡He descubierto lo que ocurrió! ¡He encontrado el cuadro! Advierto demasiado tarde que los músicos han hecho un alto. —Me lanza una mirada acusadora. No seas tonta. pero mantiene la cabeza alta. ¿Qué pretendías conseguir? —Me sentía culpable. —Muevo la cabeza. Ojalá pudiera sacudirla por los hombros—. —Me hace un gesto enérgico. muévete! Pídele que baile contigo. —Perdón. Intenta empujarme hacia Ed otra vez. por favor. Tierra. que fuiste a buscarlo y te pusiste a gritarle. Olvídate de Ed y de mí. —No —digo horrorizada—. ¿Me habrá oído pronunciar su nombre? . No pretendía interrumpir. —Sadie. Sigue ahí: mirándome fijamente como todo el mundo. —Trago saliva—. ¡Anda. —O sea. La piel empieza a picarme de un modo mortificante mientras él se abre paso hacia mí. enseguida se da la vuelta. No sonríe. ¿podemos ir a hablar a otro lado? —¡Pues claro que es el momento y el lugar! —replica—. Pero yo no puedo arreglar las cosas con él sin más. ¿Es que no me escuchas? ¡Tengo que hablar contigo! ¡Hay novedades muy importantes! Haz el favor de prestar atención. te agradezco tu empeño. ¿Por qué lo has hecho venir? —mascullo—. —¡Vamos! —No puedo hablar con él. solo entre un montón de parejas que bailan alegremente. habla con él. me vuelvo hacia donde estaba Ed con la esperanza de que se haya ido. Sadie. como sí yo fuese la responsable—. Pero no tengo esa suerte. ¡Por eso está aquí! ¡Y por eso tú estás aquí! —¡Yo no estoy aquí por eso! —Empiezo a perder los estribos. Como tú. —Casi sin atreverme. ahora se encuentra en medio de un estúpido festival de jazz. No me gusta sentirme así. Creía que yo lo había estropeado todo… ¿Qué ha pasado desde entonces? Se estremece levemente. —Me escondo detrás de un grupo antes de que él pueda divisarme. Se lo ve tan poco entusiasmado que me reiría si no fuera porque deseo encogerme y desaparecer. Todo el mundo ha dejado de bailar y un tipo está pronunciando un discurso en el escenario. Así que encajáis a la perfección. —No es mi tipo. Mira a Ed entre la multitud con un brillo anhelante en los ojos. Lo más probable es que esté pasando la peor noche de su vida. Está claro que lo ha traído a rastras y bajo coacción. Continúe.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE obligación. Me detesta. incrédula. —Sadie. trágame. Está demasiado… vivo.

He pensado… ya me entiendes. Quiero recuperar aquella sensación. No sabía si te decidirías. —Así que has venido. —Ed aparece a mi lado. Creo que había algo estupendo entre nosotros. Ed me clava su mirada sombría. —Te creo —dice—. Pero Ed es avispado. O sea. cuando me estrechó entre sus brazos y me besó. Ed va a llegar a la conclusión de que estoy loca de verdad y se largará. —Ah. No fue así. Hummm… hola —acierto a decir. pero me resulta casi imposible con Sadie revoloteando alrededor. pero yo no muevo una ceja. Intento decir algo coherente. ¿Estás bien? —Sí. ¡Espera! —le respondo con disimulo. Tienes que verlo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Has encontrado el cuadro? —A Sadie sólo le sale un murmullo ahogado y me mira con expresión desorbitada—. —¿Qué has descubierto? —Ahora se ha puesto delante de mí y habla con voz aguda y perentoria. qué? —pregunta. ambos mirándome con expectación. —Pues… —Carraspeo—. no puedo apartar los ojos de los suyos. Me di cuenta de que había echado a perder… una amistad que era… —¿Qué? —Una buena amistad. —¡Deja de hablar con él! —chilla Sadie hecha un basilisco. Tiene las manos en los bolsillos y el ceño habitual. Y también yo debo disculparme. —¿Decirme. Mis ojos corren enloquecidos del uno al otro. pero veo un cambio en su rostro. Es decir… —Inspiro hondo—. hablando entre dientes. —¿Lara? —Ed se acerca un poco más—. ¡Dímelo! ¡Dímelo! —Ya te lo diré. —Me mira a los ojos un instante—.246 - . —¿Dónde está? —Sadie intenta tirarme del brazo—. no. ¿Dónde? Ed parece tan incómodo como yo. —¿Quieres que sea sólo… tu amiga? —Me cuesta decirlo. Me asalta toda clase de sentimientos encontrados. ¿no? Es el momento de asentir y decir que sí. No me conformo con una buena amistad. —Hummm… —¡Dímelo! —exige Sadie. No se le escapa una. . No aguanto más. No te ofrecí ninguna oportunidad y después lo lamenté. —Tiene una expresión inquisitiva—. Ésa es la verdad. Pero no quiero que quede en eso. Lo deseo. Reaccioné de una manera exagerada. En cualquier momento. Lamento que creyeras que era todo una argucia para venderte un nuevo puesto. Quería decirte que lamento haber abandonado nuestra cita tan precipitadamente. Como si hubiera despertado bruscamente y comprendido que tal vez tengo algo de auténtica importancia para ella—. Tengo a Sadie y a Ed prácticamente encima. ¿El cuadro de Stephen? —Sí —murmuro tapándome la boca con la mano—. Y espero que me creas. observándome con recelo. es increíble… —Lara. Vale.

Me dice que no te deje escapar. ¡Déjalo para después! Él parpadea y yo tengo un presentimiento siniestro. Un momento de silencio. venga! Por un instante percibo aquella mirada abstraída. —¿Te apetece bailar. no seas pesado! —le grita Sadie al oído—. —No. a veces uno oye una voz interior —dice Ed de repente. —Vale —vacilo—. Me dice que eres lo mejor que me ha pasado y que esta vez me esmere en no perderlo. Quiero pasar toda la velada y toda la noche con él.247 - . como si se le acabara de ocurrir—. Sea cual sea la voz que oiga en su interior. Ed. Como… un instinto. Mi bendita tía abuela ha vuelto a estropearlo todo. Oyes una voz y tiene un mensaje. chica años veinte? —me dice. Sus brazos me rodean con decisión y seguridad. Pero no se mueve del sitio. pero me zarandeaste de arriba abajo. ¡Déjalo en paz!» Pero me siento impotente. No me queda otro remedio que contemplar cómo a Ed se le ponen los ojos vidriosos mientras percibe los gritos de Sadie. se inclina y me besa. no es cierto. se separa y sonríe mientras me aparta de la cara un mechón de pelo. —Tengo un nudo en la garganta—. retorciéndose las manos como una adolescente. Es como lo de Josh. Y antes de que pueda respirar siquiera. No puedo creerlo. Echo un vistazo a Sadie. Le devuelvo la sonrisa. Quizá no te necesito. abatida—. que se ha apartado un poco y se mira los zapatos cabizbaja. aún sin aliento. Levanta la vista fugazmente y se encoge de hombros. —Sonríe con tristeza—. Tiene los ojos fijos en los míos. —Se acerca y me toma por los hombros—. Así que estamos igual. —¿Quieres saber la verdad? Creo que eres mi ángel de la guarda. —Titubea y añade—: Eres justo lo que necesito. Cuando apareciste en la oficina reaccioné con un «¿y ésta de dónde sale?». —¿Sabes?. Pero… te deseo. El corazón me palpita enloquecido. Tú estás bien. Lo comprendo. —Habla en voz baja y ronca. Eras justo lo que necesitaba. Si Sadie me estropea esto… yo… yo… —¡Vete! —le grita sin parar—. —Ya —asiento. Te dice que te vayas. quiero bailar. ¡Dile que la llamas después! ¡Fuera! ¡Vuelve a tu casa! Me asalta una rabia ciega. Me devolviste a la vida cuando estaba hundido en un limbo. Seguro que él también lo oye.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Basta! ¡Contéstame a mí! —Sadie se revuelve y le grita a Ed al oído—: ¡Deja de hablar con Lara! ¡Desaparece! ¡Largo. y su mirada me provoca un hormigueo por todo el cuerpo. Y algo más que bailar. —Me está diciendo lo contrario. . Sus ojos se entornan en una cálida y tierna sonrisa. No le hace caso a Sadie. Sí. La ha oído. admitiendo la derrota. reprimiendo la tentación de seguir besándolo. —¡Lárgate. «¡Para ya! —ansió espetarle—. No se marcha. —¿Sabes lo que es que alguien aterrice en tu vida sin previo aviso? — Sacude la cabeza—. —¿Que soy…? —Intento reír. —Bueno. yo también te necesito. no es la de ella… Finalmente. pero no lo consigo.

—Me seco una lágrima de la mejilla. Y porque él se retrató en el collar. Se quemó en el incendio. Y está dispuesta a aguardar un poco más para que su sobrina nieta baile con Ed. vamos ahora. siempre. Es tu turno. pálida. Cuánto me gustaría abrazarla. Él era un pintor famoso —digo. Se hacía llamar Cecil Malory. He de hacerle llegar mi mensaje. Murió hace poco. —¿Cómo lo sabes? —Alza la barbilla. volviéndome hacia ella—. Por favor. comprendes por qué. siguió amándola. No lo sabía. Incluso después de irse a Francia. En marcha. —Hay un museo dedicado a él. Y cuando ves el cuadro. Ed se ha quedado desconcertado. —Ah. temblando de pies a cabeza—. —Ahora —musita Sadie casi inaudiblemente—. —No. Podríamos recorrer varias galerías. Y porque nunca pintó otro retrato. Pero él la amaba. ¿De qué estás hablando? —Lo sé porque él le escribió un montón de cartas desde Francia — digo a Ed—. Pero tras su muerte fui a Archbury. —Le cojo la mano—. vaya. Stephen es un pintor famoso. almorzar y… —No. No pasa nada. Ahora mismo —repito. No me extraña. pero él siempre respondía: J’ai peint celui que j’ai voulu peindre. y le encanta a todo el mundo… Tienes que verlo. Me consta que la amaba. Y el retrato también se ha hecho famoso. Vamos ahora. Aunque ella haya pasado toda la vida sin saberlo. pero le tiembla voz—. Se llamaba Sadie y estaba enamorada de un tal Stephen en los años veinte. —No la conocí en vida.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Baila con él —dice—. Y llevaba ese collar… Cuando ves el collar en el cuadro todo encaja. Lleva años y años esperando averiguar la verdad sobre Stephen. —Las palabras me salen a borbotones. —¿Y conocías mucho a tu tía abuela? —Ed recupera el habla. La gente le suplicaba. Sí. —¿Dónde has visto el cuadro? ¿Dónde está? —Sadie se acerca. —Lo arrastro hacia el borde de la pista. inspirando hondo —. Hace un minuto estábamos besándonos y ahora lo abrumo con un culebrón familiar. donde ella se había criado. Necesito hablarlo ahora mismo. Se había perdido. Radiante. —Parece sorprendido—. Lo descubrieron muchos años después de su muerte. ¿Cómo iba a querer pintar a nadie después de Sadie? —Se me forma un nudo en la garganta—. Creía que él era un cerdo que la había utilizado y luego olvidado. —¿Famoso? —Sadie se queda boquiabierta. He de hablarte de mi tía abuela. Tienes que verlo. Aunque haya vivido ciento cinco años sin recibir una respuesta. —Muevo la cabeza—. más altiva que nunca. —Estoy impresionado —dice Ed educadamente—. Ed… —digo. Miro a Sadie. ¿Quieres que lo hablemos mientras cenamos? —No. Es muy importante. Siento una punzada en el corazón. .248 - . Tiene que creerme. lejos de los músicos—. Esperaré. Ella era la chica más preciosa que hayas visto. él la amaba. mirando a Sadie—. Consiguieron salvarlo y está en una galería de arte. Tenemos que ir a verlo un día.

Van a lanzar una gama de productos con su imagen. Permítame que le presente a… —¡Cuidado. —Ed parece perplejo—. veo sorprendida a Malcolm Gledhill. —Ya les he dicho que era una broma privada —me apresuro a explicar—. Supongo que ha sido un golpe brutal para ti. como informando a Ed—. puzles… —añado. —Perfectamente. y vuelve a concentrarse en el cuadro. el director de la colección. —No tanto —replico—. inquieta—. Si Sadie pensó alguna vez que no iba a dejar huella en este mundo… —Dejo la frase en el aire. ésta es Sadie!—. Creí que iba a desmayarse cuando vio el retrato. Sadie a mi derecha y Ed a mi izquierda. —Han hecho un estudio en el museo —le digo a Ed— y resulta que su retrato es el más popular.249 - . —A mí también. Antes se ha acercado para atisbar el retrato de Stephen oculto en el collar y su rostro se ha contraído en una sobrecogedora mueca de amor y pena.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Estamos sentados los tres en un banco tapizado de cuero. Porque en la parte de detrás pone: «Mi Mabel. Tu familia debe de sentirse orgullosa. Pero lo estará. aunque detecto un brillo de orgullo en sus ojos—. pero no puedo prestarle atención—. —Así que tienen este cuadro desde mil novecientos ochenta y dos — . Parpadeó. —Asombrosos —repito. a Ed Harrison. —Mabel.» —Eso es lo que creían. Sí. —Los ojos son asombrosos —murmura Ed. como inseguro respecto a qué debe decir. que viene con un maletín y me sonríe tímidamente. tazas de café… ¡Va a hacerse famosa! —¿Tazas de café? ¡Qué vulgaridad! —dice Sadie sacudiendo la cabeza. Ella no ha abierto la boca desde que entramos. ¿Estás bien? —Miro a Sadie. A Ed —rectifico a tiempo volviéndome hacia el otro lado—. —Ah. Aquí pone: «Se cree que la modelo del cuadro se llamaba Mabel. —¡Fiu!—. —¿Acaso tengo cara de Mabel? Percibo un movimiento en la entrada. se quedó mirándolo y por fin soltó el aire como si llevase una hora aguantando la respiración. No cesa de mirarme con cautela. una amplia variedad. ¿Dónde más saldré? —Paños de cocina. Después de nuestra conversación de esta tarde se me ha ocurrido echarle otro vistazo al cuadro. Éste es Malcolm Gledhill. Era el apodo que le puso Malory. —¡Qué pariente más famosa tenéis! —Ed arquea las cejas—.» —¿Mabel? —Sadie me mira tan horrorizada que se me escapa una carcajada. señorita Lington. He tenido que mirar para otro lado. pero todo el mundo creyó que se llamaba así. Carteles. —Ed consulta la guía que se ha empeñado en comprar en la entrada—. Malcolm se sienta con nosotros tres y todos contemplamos la obra maestra. —Estoy bien —dice Sadie con una sonrisa lánguida. Al levantar la vista. En fin. Gracias por preguntar.

—¿Tiene el expediente aquí? —digo con súbita inspiración. —Desde luego —repongo con tono tranquilizador—. —El director parece nervioso—. Pero tal vez podría hacerme el pequeño favor de comprobar la fecha de la transacción. Era de Sadie. Nadie debería haber sido autorizado a venderlo. hay una cláusula de confidencialidad. Desapareció durante años y ahora he descubierto que estaba aquí. ¿Sabía que mi tío es Bill Lington? Estoy segura de que utilizará todos sus recursos para desenmascarar este… absurdo secreto. Los ojos se le van hacia el maletín. —Ed empieza a interesarse por fin en la historia—. ¿verdad? . —¿Y no puede decírselo? —No… Bueno… de momento no. Ya lo he entendido. señorita Lington. no puede decírmelo. Es nuestro cuadro. por supuesto. ¿quién lo vendió? —repite Ed. ¿Tiene algo que ver con armas de destrucción masiva? ¿O con una cuestión de seguridad nacional? —No exactamente. —Casualmente. —Buena pregunta —repito—. Mientras no se produzca una reclamación legal. —El acuerdo establece con toda claridad… —empieza. vale. —A ver si lo entiendo bien. todavía leyendo la guía—. el museo no puede… —Vale. —Totalmente absurdo —remacho. El cuadro pertenecía a mi familia. Me llevo los papeles a casa para estudiarlos. ¿Por qué quiso desprenderse de él la familia? Una extraña decisión. Malcolm Gledhill se remueve inquieto. Pero el acuerdo incluye una cláusula de confidencialidad… —Entiendo. —Como ya le he dicho antes. —¿Es una especie de secreto de Estado? —pregunta Ed—. —Buena pregunta —dice Sadie. El museo lo compró en los ochenta. Me pertenecía a mí. El pobre hombre casi se cae del banco. despertando—. bajando la voz —. eso es lo único que sé.250 - . —Y lo que me gustaría saber es quién lo vendió —añade ella. Nadie debería haber sido autorizado a venderlo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE dice Ed. claro que lo sé. Tenemos derecho a saberlo. —Ed se pone automáticamente en modo consultor-denegocios-tomando-el-mando—. Pero voy a averiguarlo. —Sí. Pero se detiene en seco. horrorizado. —¿Usted lo sabe? —Ed mira Gledhill. —Me encojo de hombros—. Es absurdo. que podría enseñarnos el acuerdo —dice Ed. —O sea. Y no vamos a consentirlo. —¡No puedo enseñarles nada! Se trata de una información confidencial. animada por su actitud—. —Y me gustaría saber quién lo vendió. pero no quién lo vendió. ¿Alguien robó el cuadro? —No lo sé. Nosotros no vamos a chivarnos. Pondré a un abogado a trabajar en el asunto mañana mismo. Eso no es ningún secreto. Copias. sí —responde con cautela—. Eso lo comprendemos. Malcolm Gledhill parece acorralado. —Sí.

—¿O sea. ¿Tu propio tío? —Por medio millón de libras. El tío Bill vendió el cuadro. —¿Qué… qué ha dicho? A mí también me cuesta asimilarlo. —¿William Lington? —La miro estúpidamente—. —¿Qué? —dice. calándose unas gafitas—. el acuerdo ha salido de mi vista. El tío Bill tenía el cuadro. Se me acaba de ocurrir otra idea. —¿Qué pasa? —Sadie se impacienta—. da un gritito y levanta la vista. frunce el entrecejo. que quede bien claro. Vuelvo a señalar con la cabeza al director. Lo vendió por quinientas mil libras. La cabeza me da vueltas mientras procuro comprenderlo todo. Una millonésima de segundo después ya está fisgando por encima del hombro de Gledhill. perplejo. Pero Sadie sigue mirándome con cara de no enterarse. eso sí lo recuerdo —dice Gledhill. pero sólo tengo ojos para Sadie. pero yo sigo impertérrita. El director parece a punto de echarse a llorar. tranquilizador—. Lo cual sólo sirve para provocarle aún más pánico al pobre Malcolm. —Que mire qué —dice Ed. se lleva la hoja al pecho. que está alisando una hoja. a la vista de cualquiera que posea una naturaleza fantasmal e invisible. alzando las cejas. Por el amor de Dios. abre con un clic el maletín y saca una carpeta. Ése es el nombre que figura en el acuerdo. se pone blanco. ¿Qué quieres decirme? —Aquí está —murmura él. ¡Míralo! ¡A él! —¡Córcholis! —Por fin se le enciende la bombilla. Un plan que él nunca podría comprender. Déjeme ver la fecha… Me va a entrar tortícolis con tanto gesto furtivo. pero no se le ocurre ningún motivo para negarse. que es verdad lo que ella ha dicho? —responde Ed. Busco la mirada de Sadie y le hago un gesto rápido hacia Gledhill. —No puedo responder… —Enmudece bruscamente y se seca la frente —. Y me va a dar algo de frustración. Por favor. —Pero ¿la fecha exacta? ¿No podría echarle un vistazo al documento? —Abro unos ojos candorosos—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Ed me lanza una mirada inquisitiva. Usted será testigo —le dice a Ed— de que yo no he revelado ninguna información a la señorita Lington. en ningún momento lo he puesto ante sus ojos… —No hacía falta —le dice Ed. Da un respingo. ¿Quieres decir… tío Bill? El efecto de mis palabras en Malcolm Gledhill es brutal e instantáneo. Toda la información está ahí. que lee. —William Lington vendió el cuadro al museo —digo con voz insegura —. Él me observa con suspicacia. Las palabras de papá me vienen de golpe: «Se salvaron algunas cosas. Las guardaron en un almacén y allí quedaron durante años… Fue Bill quien se ocupó… Por . mira la hoja y vuelve a pegársela al cuerpo. En ningún momento. —Fue en junio del ochenta y dos. luego rojo. —¡Joder! ¿Bromeas? —A Ed le brillan los ojos—. —No sé cómo ha obtenido esa información. Y luego dirá que yo soy lenta. Se inclina.251 - . —¡Mira! —musito entre dientes—. Podría sernos de mucha utilidad. —¡William Lington! —exclama—. Tiene poderes.

Háblame. Con medio millón de libras. Y trató de borrar el rastro para que nadie se enterase. comprendió que tenía valor y se lo vendió a la London Portrait Gallery mediante un acuerdo secreto. —Ya. y que le pertenecía a ella. ¿Qué te pasa? —Mil novecientos ochenta y dos. Comienzo a captar la enormidad del asunto. En ningún libro. Una auténtica bomba. con el collar puesto. Me siento mareada. Bill abrió Lingtons Café en 1982. De esta manera. Pero habría sido por decisión propia. Y ahora. Pero creo que en realidad empezó con medio millón de libras. más bien. En ninguna entrevista. O quizá lo habría vendido. Lara? Ed me toca el brazo. Una bomba. el libro. los seminarios. la película… —Todo tonterías. por fin. Ed también ata cabos. Y me salen millones. Pero se las ingenió para hacer creer al mundo que era el retrato de una criada llamada Mabel. alguien decente como mi padre. —¿Lara? —Ed agita una mano ante mis ojos—. Pero él se lo apropió. el DVD. Estoy sumando dos y dos. hubiera encontrado el cuadro y actuado correctamente. De entrada. —¿Te encuentras bien. —¡Joder! —exclama—. Si no estuviera triste. lo utilizó y nunca dijo una palabra. —Si yo fuera Pierce Brosnan llamaría ahora mismo a mi agente —dice arqueando las cejas cómicamente. El mundo entero lo considera un genio de los negocios que empezó con dos monedas. ¿lo sabías? Con la famosa historia de las Dos Pequeñas Monedas —añado—. Me reiría si no tuviese ganas de llorar. Esto es una bomba. ¿Te suena? Fue cuando mi tío Bill fundó Lingtons Café. hasta el último instante. Seguramente él mismo divulgó esa historia. medio aturdida—. En ningún seminario. pero yo estoy paralizada. Veo a Sadie sentada en la residencia. ¿Cómo se atrevió? ¿Cómo pudo tener tanta desfachatez? Con una claridad espeluznante visualizo un universo paralelo en el cual otra persona. Todo cobra sentido. Habría sido un momento de gloria para ella. porque no eran suyas. todo encaja.252 - . Se hace un silencio. disfrutando de su precioso retrato durante toda su vejez. Sólo ella podía decidir si lo vendía o lo conservaba. Detalle que olvidó mencionar.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE entonces no tenía nada que hacer y yo estaba con los exámenes de contabilidad…» Debió de encontrar el cuadro en esa época. —Trago saliva—. Mi mente se mueve en círculos cada vez más amplios. Tenía quinientas mil libras de las que nadie sabía nada. a nadie se le ocurriría acudir a algún Lington para preguntar por la chica del cuadro. Me la imagino saliendo de la . El mismo año en que obtuvo medio millón vendiendo el cuadro. El cuadro era de Sadie. Dedujo nada más verlo que era un retrato de Sadie. —Entonces… toda la historia de las monedas. furiosa y asqueada por el comportamiento de mi tío. Quinientas mil libras de las que nunca ha hablado. —Levanto la vista. Es todo una mentira colosal.

Al menos lo he encontrado. sigue alzando la barbilla. Ni siquiera nosotros estábamos al tanto de toda la historia. — Le hago un guiño a Sadie—. —Me gustaría aparecer en un pintalabios —dice Sadie—. . —Si hubiéramos sabido que vivía… Si alguien nos lo hubiera dicho… —Ustedes no podían saberlo —le digo. ha estallado. los cuatro nos hemos vuelto de nuevo hacia el cuadro. Falleció en la más completa ignorancia. como sacudiéndose mi rabia y mi angustia. Porque el tío Bill no dijo una palabra.253 - . pero voy a vengar a Sadie. De ahora en adelante. Me mira y sonreímos. —Ya no puedo contener la rabia—. —Al menos no parecen morcillas. —Me gustaría saber qué está pensando —dice Ed. ya más calmada—. Le echo un vistazo a Sadie. Sadie debería haber sabido que estaba colgado aquí. Este cuadro debe de ser para él como una bomba de relojería. —Debería utilizar su imagen en un pintalabios —le sugiero al director —.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE residencia con una enfermera para ir a ver el cuadro en la London Portrait Gallery. Hoy he hablado con los de promoción y van a convertirlo en la imagen oficial del museo. Ése no es mi terreno… —Ya le informaré de todas las cosas que a ella le habrían gustado. —Cariño. Y yo nunca se lo perdonaré. Será digno de verse. Y además… no salgo tan gorda como recordaba —añade con repentina animación—. El tío Bill le robó años y años de posible felicidad. Malcolm Gledhill sigue profundamente turbado. —Parece algo apurado—. Sin embargo. Menuda lata. —Demasiado esqueléticos para mi gusto —le suelto. Es lo que a ella le habría gustado. En un precioso y reluciente pintalabios. —Ya le he dicho que es nuestro cuadro más popular —comenta Malcolm Gledhill al cabo de un rato—. Porque lo tapó todo para salirse con la suya. ¿verdad? Yo siempre tuve los brazos bonitos. E incluso la veo sentada. Es casi imposible sentarse en esta sala y no acabar contemplándolo hipnotizado. Se encoge de hombros. lo único que podría haber destapado su artimaña. Saldrá en todas las campañas. sin apartar la vista del lienzo—. Ahora sé que no fue destruido. Tiene una expresión intrigante. Ha seguido haciendo tictac en la sombra todos estos años y ahora. por fin. Pero sus fanfarroneos no me engañan del todo. Los brazos se me ven preciosos. Está pálida y agitada. escuchando cómo alguien le lee las cartas de Stephen. —Veré qué puede hacerse. —Ella debería haberlo sabido. No hay derecho. no te lamentes tanto. más orgullosa que nunca. Lentamente. actuaré extraoficialmente como si fuese su agente. Ahora entiendo por qué quería apoderarse del collar: era lo único que vinculaba a Sadie con el retrato. que se ha apartado un poco y no parece interesada en la conversación. Me figuro toda la alegría que eso le habría proporcionado. Y ponerle su nombre. ¡Bum! Todavía no sé cómo. se nota que el descubrimiento la ha conmocionado.

—Debería irme ya… —murmura Gledhill. Recoge su maletín.» —Tenía ganas de echarle un polvo —le digo al director. —Claro —responde Ed. que permanece sentada. tenía cierta relación sentimental con Malory. Es obvio lo que estoy pensando. —Me observa con aire socarrón—. como si quisiera pasar toda la noche con el cuadro para recuperar el tiempo perdido. —No importa. Miro a Stephen y pienso: «Qué ganas tengo de echarle un polvo. —Aún no —dice ella. —Me levanto y me vuelvo hacia Sadie. Sigo a Ed hacia la salida. nos hace un gesto y se aleja con paso vivo. hubiera encontrado lo que buscaba. con los pies sobre el banco y el vestido amarillo alrededor. —¿Vienes? —digo en voz baja. Sigue absorta. que obviamente ha tenido más que suficiente de nosotros por hoy. Ed me lanza una ojeada. . Como si. Ve tú. Se contempla a sí misma. con tal avidez que parece querer beberse el cuadro. y estalla en carcajadas. burlona—. para asegurarme de que está bien. Miro a Ed y sonrío.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Yo también me lo pregunto a menudo —interviene Gledhill—. Me doy la vuelta una vez más y le echo un último vistazo a Sadie. —Perdona todo este lío. A veces he pensado que quizá él le leía poesía mientras la retrataba… —Menudo idiota —murmura Sadie. a su yo de veintitrés años. finalmente. Unos segundos más tarde oímos que baja la escalinata de mármol prácticamente corriendo. Nos veremos luego.254 - . Parece desprender tal serenidad y tal felicidad… Por lo que usted ha explicado. sin volver la cabeza—. incrédulo. ¿Alguna otra obra maestra que descubrir esta noche? ¿Alguna escultura de la familia perdida durante décadas? ¿Alguna otra revelación de tus poderes paranormales? ¿O nos vamos a cenar? —A cenar. Pero ella ni siquiera se da cuenta.

nos recomendó a una compañía farmacéutica. y «deberías dejar de lamentarte. La venganza será mía. miel sobre hojuelas. hecho está. (Bueno. como tampoco el acuerdo confidencial que tío Bill firmara tantos años atrás. El tío Bill está de viaje y nadie puede ponerse en contacto con él. (Si llega a humillarse. Tampoco ayuda que Sadie se ponga ahora moralista y trascendental. Más que nada porque la llamé para contárselo.) Doy un suspiro. ellos claro que pueden. sabe de sobra que todo el trabajo lo hice yo. La única pega es que Kate ha de trabajar en mi tocador y no sabe dónde meter las piernas. imposible. (Janet no es tonta. Tengo preparado mi discurso vengativo y todo. No hay prisa. No he de moverme de casa y no me cuesta una libra. no es que mis pruebas vayan a esfumarse.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 25 Nunca me he vengado de nadie. no es cierto. Ed ya ha contratado a un abogado que va a poner en marcha un pleito en cuanto yo le dé el visto bueno. Lo hecho. Así que. Pero no van a hacerlo por la chiflada de su sobrina. no tiene sentido preocuparse del pasado. El cuadro no va a desaparecer de la London Portrait Gallery. más furiosa me pongo y más ganas me dan de llamar a papá y contárselo todo. de momento. Y empiezo a descubrir que es más complicado de lo que pensaba. Cuanto más pienso en el tío Bill. Además. claro. Ése es mi objetivo. casualmente. Mi nueva empresa se llama Consultaría Mágica y llevamos tres semanas en marcha. que no para de acosarlo. la verdad.255 - . mi nueva amiga íntima. ¡Ya hemos ganado una comisión! Janet Grady. Pero consigo controlarme. aunque no me hago tantas ilusiones.) Yo misma me encargué de soltarles el rollo para convencerlos y hace un par de días supimos que nos habían dado el trabajo. Le dije al jefe de recursos humanos que era un encargo ideal para nosotras porque. estrictamente hablando. Esto debe hacerse cara a cara. Lo cual. Todo el mundo sabe que la venganza es un plato que se sirve… cuando has tenido tiempo para acumular suficiente furia y vitriolo. Pero lo bueno de Sadie es que aprende rápido y se le ocurren . Cosa que haré tan pronto como me enfrente con tío Bill y lo vea abochornarse. Para distraerme. me reclino en la cabecera de la cama y ojeo el correo. Pero no me importa su opinión. una de mis socias conoce a fondo ese sector. Mi habitación es un despacho estupendo. Nos han pedido que preparemos una lista de candidatos para un puesto de director de marketing. no Natalie.) No quiero escribirle ni hablar por teléfono. estrujo una hoja de papel y la lanzo a la papelera. dice. cielo». Y tiene una cama. Quiero verlo retorcerse de vergüenza. Según ella. Ha de ser un especialista en el campo de la industria farmacéutica.

del viaje en barco que hizo a Estados Unidos. anécdotas sobre las clases de equitación de Tonya y sobre lo obsesionada que estuve con la natación sincronizada. Le he dicho que quiero saberlo todo sobre su vida. Nunca había oído una historia parecida. y levanto la vista: —Kate. Me ha hablado del precioso sombrero que llevaba en Hong Kong cuando estalló la guerra. Parecía bastante aburrido durante la reunión del consejo directivo. Lara —dice ella. Mil gracias. Oro en polvo para un cazatalentos. Números directos. personales. Está sentada en el borde de la cama—. —¡Hola! —Su voz aguda me saca de mi ensoñación. —El segundo acaba de tener un hijo —añade—. Al fin y al cabo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE montones de ideas brillantes. Una vida que no imagino que haya tenido nadie. a veces excitante. ¿Y ahora qué? Deberíamos pensar en otros países europeos. Tiene tendencia a divagar y no siempre logro seguirla. escribo. ¿sabes? Tiene que haber muchos talentos en Suiza o Francia. medita un poco y empieza a contarme. Deprisa. Por eso es uno de los miembros más apreciados del equipo de Consultoría Mágica. eres un fenómeno. cuando Kate se va a casa. «Sadie —escribo debajo de los números—. impresionada—. Sadie me guiña un ojo y yo le sonrío. tanto si es importante como trivial… Todo. Respecto a mí. Le viene muy bien tener un trabajo.» —No hay de qué —dice—. ¿podrías hacerme una lista de las grandes compañías farmacéuticas europeas? Creo que esta vez vamos a extender nuestras redes más lejos. a veces espantosa. a veces desesperada. Quiero que me cuente todo lo que recuerda. Ha sido muy fácil. es ella la que hace toda la investigación. más bien es ella la que habla. También le he hablado de los ataques de ansiedad de mamá y de cuánto me gustaría que aprendiera a . —Buena idea.256 - . Acabo de estar en Glaxo Wellcome. Nos trasladamos la semana que viene. Sadie tuvo una vida asombrosa y pintoresca. Se la ve más despierta y más contenta que nunca. Cuando me pase otra vez averiguaré su sueldo. juguetea con las cuentas de su collar. Sadie y yo nos sentamos en la cama y charlamos. Incluso le he dado un nombre a su puesto: cazatalentos mayor. antes de que lo olvide… Me dicta los nombres y los números. le he contado cosas de mi infancia con mis padres. Todo empieza a encajar. Pero Rick Young tal vez sí. Bueno. A veces divertida. del hombre con el que bailó una noche y que años más tarde se convirtió en presidente… Yo la escucho fascinada. «Excelente idea». Así que seguramente no querrá cambiar de trabajo. del baúl de cuero donde lo metió todo y que acabó perdiendo. de la ocasión en que la atracaron a punta de pistola en Chicago (aunque por suerte no se llevaron el collar). Cada tarde. Me pongo ahora mismo. Así que se sienta. Sólo ella. pero poco a poco he ido perfilando una imagen global de su vida. Ya tengo el teléfono de dos ejecutivos de marketing. También nos ha encontrado una oficina: un edificio abandonado cerca de Kilburn High Road.

no se los daré a nadie —añado con una risita desenfadada. —Sí. Y Sadie no parecía arrepentida en lo más mínimo. ¿Hablas en serio? . Ya sé que está de viaje. vale. Sólo nos escuchamos. seguro que nos observaría todo el rato. de la oficina itinerante de Bill Lington.257 - . — Pulsa el botón de espera—. Hay un motivo en particular: que Ed últimamente ha pernoctado en casa algunas veces. Me alegra que vaya al museo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE relajarse y disfrutar. cateto!» Ya la pillé una mañana metiéndose en la ducha cuando Ed y yo estábamos allí casualmente. Es Sam. —Consultoría Mágica. —Lara. Ed no paraba de mirarme de reojo. Vamos. ya me entiendes. Necesité una hora para tranquilizarme. Suena el teléfono y atiende Kate. Ya nada me sorprendería en su caso. —Hola. ¿Compañía? Después. Pegué un grito e intenté sacarla de un empujón. Más tarde. eso sería imposible. ¿Se te ocurre algo peor que tener a un fantasma dando vueltas por tu habitación cuando estás… ejem. Y ella es una desvergonzada. Ni siquiera sé si va a coger un vuelo de vuelta desde dondequiera que esté. Y por las noches no ha de compartirlo con nadie. Casualmente. Ella no me lo ha contado. se pone a hablar de su niñez y de Stephen y de Archbury. Kate. tú los llamaste. Gracias. Me dijo que exageraba y que sólo pretendía hacernos compañía. Probablemente nos daría una puntuación del uno al diez. Y porque cuando vuelve. Le paso. sí. pero me preguntaba si podrías pasarme los detalles de su vuelo. Por lo visto. Por diversas razones. Allá vamos. No hacemos ningún comentario. conociendo mejor a tu nuevo novio? La sola idea de que Sadie fuera haciendo comentarios sobre la marcha me supera. no puede haber adivinado la verdad. Menudo farol. Verás. Gracias por devolverme la llamada. pero lo deduzco por su manera de desaparecer en silencio con esa expresión remota y soñadora. Bueno. O sea. ¿en que puedo ayudarle? Ah. El cuadro es muy importante para ella. y sin querer le di a Ed un codazo en la cara. —Sam suspira—. Acabo de hablar con Sarah. Y de cómo nos hemos pasado toda la vida a la sombra del tío Bill. Nada de particular. Inspiro hondo y cojo el auricular. todavía abstraída. también me viene bien que me deje las noches libres. Quizá piensa viajar en el Queen Elizabeth II en submarino hecho a medida. Sam —digo en tono amable—. es lógico que pase tiempo con él. Me ha dicho que has estado tratando de contactar con Bill. También me ha informado de que tienes prohibido el acceso a la casa. quería ponerme en contacto con vosotros porque estoy montando una pequeña sorpresa para mi tío. —¿Prohibido? —Aparento una gran consternación—. O le gritaría a Ed al oído: «¡Más rápido. Sadie se va a la London Portrait Gallery y se queda toda la noche delante del cuadro. cuando me acuesto. pero es bastante observador y se da cuenta de que hay algo un poco rarito en mi vida. sí. como si sospechara algo. o diría con desdén que en sus tiempos lo hacían mejor. Obviamente.

Ya sé que tú estás en plan magnánimo. —¡Cielos! —Sadie aparece sobre los fogones—. Lo lamento. Me dan ganas de… de darle un puñetazo. Tu manera de seguir adelante. Seguro que esta situación es fatal para mi salud. —Es sólo una suposición. —Se encoge de hombros—. pero no entiendo cómo lo consigues. pero. perfecto. de no dejarte obsesionar. —Cuelgo de un porrazo. —No lo estaba. Hare hare… La venganza será mía… Hare hare… Sólo he de tener un poco de paciencia. no sé a qué viene esto. Que pases un buen día. Es confidencial —dice suavemente—. Ése ha sido mi modo de actuar toda la vida.258 - . Pero ¿sería así mejor persona? —Se toca el pecho—. mientras me dirijo a la cocina. —Siempre adelante —dice con sencillez—. de fijarte sólo en lo importante. Sólo pretendía organizarle a mi tío una pequeña sorpresa de cumpleaños… —Su cumpleaños fue hace un mes. Y tampoco ninguna otra información. —¿Todo bien? —Sí. —Exageras… —Se echa el pelo hacia atrás. —Saco la bolsita de té de un tirón y la lanzo al cubo de basura—. Cojo una cucharilla y cierro el cajón con un buen golpe. Ya he tenido bastante. Si yo estuviera en tu lugar. —Eres increíble. —Pues te admiro. —Tomo la taza con ambas manos—. no puedo facilitarte información de los vuelos. —Me sirvo un chorro de leche en la taza. dejo el envase en la nevera y la cierro de un portazo—. resoplo y la sangre se me enciende de pura frustración. Maldita sea. Quiero atraparlo. ¿Qué pasa? —Ya sabes lo que pasa. Sadie abre unos ojos como platos. A continuación la observo con curiosidad. Cada vez que paso por un Lingtons Café y veo un expositor de ejemplares de Dos Pequeñas Monedas. La clase de sitio donde podría estar. —No sabía que estabas tan rabiosa. Muy bien… Gracias. ¿Y me sentiría mejor por dentro? —¿El sur de Francia? ¿Qué quieres decir? Sadie parece incómoda de repente. Podría presentarme en el sur de Francia y convertir su vida en un infierno. desearía destruirlo. Procuro sonreír. Otra cosa de la que culpar a tío Bill. me apoyo en la encimera y hago unas respiraciones profundas para calmarme. —Vale. —Podría destruirlo si quisiera. . Enciendo el hervidor. tengo la tentación de entrar corriendo y gritar: «¡Alto todo el mundo! ¡No fueron dos pequeñas monedas! ¡Fue toda la fortuna de mi tía abuela!» Suspiro y bebo un sorbo de té. El problema es que ya estoy harta de ser paciente. A esos lugares van los ricos. —Ah… ¡entonces llego con retraso! —Lara. —¿No tienes ganas de desquitarte? Debes de ser una santa. Pero ahora sí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Bueno.

—Sus ojos se iluminan de golpe—.259 - . —Le dije que estaba gordo. cuenta. Parecía espantosamente satisfecho de sí mismo. Explícamelo todo con detalle. —Vamos. Dios. me duele un poco que me dejase fuera. ¿sabes? —Bueno. Sadie. Fui a su oficina. Y me alegra que le haya dado su merecido. ¿Por qué? —Da la impresión de ser el dueño de la playa entera. Serán como unas vacaciones. yo creo que podemos mejorarlo —digo con decisión. —¿No te dieron ganas de gritarle? ¿No te apeteció probar con él? —Pues de hecho sí le grité —admite tras una pausa—. Lo sé. Parecía muy abatido. ¿Qué le dijiste? Me muero de curiosidad. Sí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¿Por qué no me mira a los ojos? —Ay. La veo tan campante que me dan ganas de soltarle que esto es un asunto muy serio y que haga el favor de dejar de retorcerse las cintas del sombrero. ¿verdad? ¡Sadie! —exclamo al ver que empieza a desvanecerse—. O nada serio. ¿He oído mal? —¿Que estaba gordo? ¿Y ya está? ¿Ésa fue toda tu venganza? —¡Es la venganza perfecta! —replica—. Palabra por palabra. ¡No te atrevas a desaparecer! —Vale. muy rico. Y me llevas a esa playa. Para ser sincera. Estaba enfurecida. cubierto de aceite y con un enjambre de criados alrededor cocinando para él. —¡Fantástico! Bien hecho. en mi opinión. —Vuelve a materializarse. ¿no? —Increíblemente rico. Pero también entiendo que ella tiene derecho a buscar su propia venganza. ya lo creo. hecho de un tejido sedoso anaranjado. Demasiado en serio. Pero. ¿Qué le dijiste? —insisto—. ¿de acuerdo? —De acuerdo. Tumbado al sol en una hamaca. —Un rictus de repugnancia cruza su rostro. con aire enfurruñado—. —¡No he hecho nada! —replica. Sólo quería echarle un vistazo. —¿Por qué no me lo dijiste? —Porque… —Se encoge de hombros con expresión evasiva. le ha . Tú sabes dónde está. Me resultó muy fácil averiguarlo. Lo de las vacaciones se lo ha tomado en serio. No pude resistirme. Es un tipo terriblemente vanidoso. Es muy. desde el principio. Fue allí donde lo encontré. Tú me dices qué billete he de reservar y mañana cogemos un avión. dilo. en fin. El plan es el siguiente. No puedo creer que Sadie se haya enfrentado sola al tío Bill en su playa privada. sostiene una sombrilla y una cesta de mimbre y va tarareando una canción que dice no sé qué de estar sur la plage. que ella llama «pijama de playa». —¡Porque no querías reconocer que eres tan mala y tan vengativa como yo! Anda. Se ha vestido para el viaje con un conjunto largo sin espalda. Lleva puesto un enorme sombrero de paja. ¿Qué le has hecho? Será mejor que me lo cuentes de una vez. Ya ha visto a tío Bill. —Sofoco un grito al comprenderlo—. dejando la taza—. Espero que él lo oyera todo. altiva—. al menos. así es ella.

—Simula que no me ha oído—. mamá». genial —murmuro. —Ya… Tiene razón.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE chillado y se ha liberado de la tensión. que ni siquiera lo había buscado. Luego le ha chillado a la chica de facturación y me ha colocado en primera. sino sólo respetarlos y seguirlos. mientras me debato por dentro. (A decir verdad. Pero lo dijo riéndose. —Bobadas —dice con desdén—. Y si ni siquiera eres capaz de mostrar gratitud… —De repente. —La vida nos lleva por distintos senderos —digo crípticamente—. enroscada en mi interior como una víbora. eludiendo su mirada. pero por dentro me derrito de placer. ¿estabas espiándolo? —Decía que Londres le sentaba de maravilla. pero es cierto: él es así. le dijo Ed. Y que había conocido a una persona que le hacía alegrarse de que Corinne hubiera hecho lo que hizo. Y ella le contestó que se alegraba y que quería conocerte. tendría que ser sincera y decir: «Sí. Quiero… —¿Más champán? —Una risueña azafata aparece a mi lado. ¿No te alegras de que te haya salvado de ese destino espantoso? Bebo un trago de champán. Será mejor que no nos precipitemos. En el aeropuerto se ha puesto a gritar a los demás pasajeros y ellos nos han dejado pasar hasta el principio de la cola. no sé si esto va incluido en el billete o también es cosa de Sadie. Sólo capté unas frases de la conversación. gracias —respondo a la ligera—. Me consta que te salvé de un destino espantoso. Se me ocurrió entrar un momento y resultó que estaba al teléfono. la distrae la vista de la ventanilla—. me alegro de que me salvaras de ese espantoso destino. Yo no me daba cuenta en su momento. —Sadie —siseo—. —Procuro aparentar indiferencia. gracias. ¡Mira! ¡Ya casi estamos! . —Pues… —Vacilo y le tiendo la copa—. Quiero que pague. Sadie.) —¿A que es divertido? —Se desliza en el asiento contiguo y mira el champán con ojos anhelantes.» Sólo que entonces se volverá insufriblemente engreída. pero que había sucedido. —¿Sabes que ya le ha hablado de ti a su madre? —¿Qué? ¿Cómo lo sabes? —La otra noche pasé por casualidad por delante de su oficina. —¿Cómo está Ed? —No sé cómo se las arregla para introducir diez matices insinuantes en un par de sílabas. Cree que voy a ver a una antigua compañera de colegio. La verdad. pan de molde envasado.260 - . —Sí. simulando que hablo a un dictáfono. Aún no me he aplacado ni he tomado distancia. (No pretendo ser grosera con Josh. «Poco a poco. No nos corresponde a nosotros valorarlos ni juzgarlos. Sí. salir con Ed después de Josh es como pasar directamente del pan de molde envasado a una hogaza mullida y deliciosa de pan con sésamo. Y ahora las azafatas no paran de ofrecerme champán. ¡Ed le ha hablado de mí a su madre! —¿No te alegras de no haberte quedado con Josh? —me pregunta de sopetón—.) Así pues. Quiero que sufra. Viajar en compañía de Sadie es una experiencia única. —Bien. Yo aún tengo la mía. Dijo que nunca se lo habría imaginado.

protegiéndome los ojos con una mano y observando a tío Bill. Las turbinas del avión empiezan a rugir cuando iniciamos el descenso. Tu propia playa. que flota a su aire por la cabina. Pero ni contempla nada ni se lo ve relajado. ¿lo sabías? —¿La madre de quién? —De Ed. Me lo había imaginado a sus anchas en una tumbona. Nos vemos allí. por supuesto. contemplando su imperio y quizá acariciando a un gato blanco con su mano maligna. Ahora comprendo para qué sirve ser inmensamente rico. Está con su entrenador personal haciendo abdominales y sudando copiosamente. casi aullando de dolor. Lo miro boquiabierta mientras se incorpora una y otra vez. —Su madre es bastante elegante. Está tan absorto que no advierte que bajo en silencio las escaleras en compañía de Sadie. Así que esto es lo que consigues siendo el propietario de Lingtons Café.261 - . un instante más tarde se enciende la señal del cinturón de seguridad y todo el mundo se lo abrocha. La miro. Soy tu ángel de la guarda. Me quedo parada allí arriba. incrédula. Excepto Sadie. no se parece ni de lejos al personaje que había fantaseado. —¿Cómo lo sabes? —Ahora sí que me ha dejado boquiabierta. Una casa preciosa. La mansión del tío Bill queda bastante lejos del aeropuerto de Niza. balaustrada incluida. donde hay además un viñedo y un helipuerto. ¡No puedes hacer esas cosas! ¡No puedes andar espiando a todas las personas con que me relaciono! —Claro que sí —dice. como se llame una enorme casa encalada y rodeada de otras más pequeñas en los terrenos colindantes. Cada miembro del personal con que nos topamos acaba convertido en una estatua de ojos vidriosos. Paro en el café de un pueblo para tomarme un refresco y practico un poco con el camarero el francés del colegio (para infinita diversión de Sadie). —Sadie arruga la nariz—. Viven en las afueras de Boston. De hecho. —Fui a ver qué tal era. claro. hasta que se derrumba por fin en la esterilla. Los oídos me zumban y noto una opresión en el estómago. Creo que os llevaréis bien. una playa de arena lamida por el ancho Mediterráneo. Luego subimos otra vez al taxi y recorremos el último tramo hasta la villa o el complejo del tío Bill… En fin. Ella se estaba bañando precisamente. abriendo mucho los ojos como si fuese una obviedad—. pero eso no representa un gran problema cuando te acompaña un fantasma que habla francés con fluidez. Tu propio pedazo de mar.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Efectivamente. —Dame… un… segundo… —jadea—. Sadie! —Su descaro me deja pasmada—. ¿recuerdas? Mi deber es cuidar de ti. Y luego… otros cien. . Tu propia vista panorámica. Cruzamos el jardín sin novedad y Sadie me guía hasta un acantilado que tiene una escalera labrada en la roca viva. Tiene muy buena figura para su edad… —¡Basta. —Esta parte no la soporto. El sitio está plagado de empleados. Al pie de la escalera.

—Señor Lington. inexorable. Ninguno de los dos nos hemos movido. Muy sobrecogedor. así que la repito más alto para que resuene en toda la playa—: ¡He venido a vengarme! Dios. Ya se ha dado una buena paliza.262 - . flotando sobre su cabeza y mirándolo con desprecio—. No puedo reprimir la risa. Las manos empiezan a sudarme. Es una venganza genial. cosa que no me sorprende después de cincuenta mil abdominales—. Sobrina nieta de una tía abuela traicionada. Sube las escaleras. Nos vemos esta tarde. me habría encantado ser actriz de cine. sí que tiene! —Casi doy un salto cuando Sadie se abalanza bruscamente sobre él—. —Ya puedes irte. . palpándose los michelines—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Quizá debería descansar un poco —dice el entrenador. Y ahora. ¿cómo has conseguido pasar los controles…? —Sí sabes de qué hablo —replico en tono mordaz—. —Sí. Lo dejamos jadear y gruñir un rato más y luego Sadie se acerca a él. Luego se vuelve y me sonríe con su habitual aire condescendiente y afectado—. Sobrina de un tío malévolo. Mi turno. He de quitarme toda esta grasa. —Necesito trabajar un poco más los abdominales —dice Bill. —¿Qué…? —Me ve de reojo al tenderse en la esterilla y se incorpora de golpe. El sol parece apretar con más fuerza que antes. gordo! ¡Como un auténtico cerdito! El rostro del tío Bill se contrae en una mueca de alarma. estupefacto. —El entrenador recoge sus cosas y les sacude la arena—. Se seca la cara y se anuda una toalla alrededor de la cintura. —Lara. —Pues me temo que no. Lo tienes bien merecido. Hasta las seis. dime. No tiene grasa. Tiene mala cara. y tío Bill hace una pausa. Jean-Michel —dice. Y he venido a vengarme. haciéndome un gesto al pasar. gordo. pero no voy a dejarme impresionar ni a entretenerme con preámbulos. Tengo un discurso preparado y voy a pronunciarlo. Hay que quitarse el sombrero. díselo!!! —le grita al oído. pero no tengo ni idea de qué hablas. —El tío Bill ya ha dejado de jadear y parece haber recobrado su aplomo. Se hace un silencio. ¡Estás gordo! —le chilla—. Sólo se oye el rumor de las olas. Me lleno los pulmones del cálido aire mediterráneo y bajo los dos últimos peldaños. esperando a que tío Bill repare en mí. Sufre. se echa en la esterilla y reanuda los abdominales entre gruñidos agónicos. —Muy bien. traidor y embustero. mirándolo preocupado—. jadeante—. ¿Cuántas veces he de decírselo? —¡Sí. —¡Dile a tu criado que se largue! ¡¡¡Venga. soy yo —confirmo con voz rimbombante y engolada—. —El entrenador lo mira perplejo—. ¿Lara? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? Se lo ve tan aturdido y agotado que casi da pena. —Bien —dice Sadie. Hija de un padre traicionado. Desesperado. Doy unos pasos por la arena caliente y me detengo. y desaparece. ¡Gordo. Lara Alexandra Lington. —Esta frase me ha quedado muy bien. Lo sabes.

He venido por lo de la tía abuela Sadie… Él alza los ojos al cielo con una exasperación muy propia. ¿te ha dicho tu padre que quiero ofrecerte un puesto? ¿Has venido por eso? Porque realmente. no era nadie especial… —… y por el cuadro suyo que encontraste —continúo sin inmutarme —. Ahora pedirá bebidas y simulará que esta visita ha sido idea suya.263 - . cielo. Y por el acuerdo secreto que cerraste con la London Portrait Gallery en el ochenta y dos. ¿Por qué no cambias ya de tema? Por última vez. créeme. jovencita. Como ha hecho siempre con todo el mundo. colocar las cosas a su favor. Para eso estoy aquí. mereces un diez por tu entusiasmo. Y por todas las mentiras que has contado. Me muestra su dentadura y se pone unas chancletas negras. como si acabara de ocurrírsele—. Y por las quinientas mil libras que te embolsaste.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Así que se pone en plan desafiante. Por cierto. —Por Dios. Lara. Es una baratija preciosa y comprendo tu interés. Debe de pensar que el acuerdo confidencial con el museo lo protege y que nadie averiguará nunca la verdad. Debe de creerse a salvo. Y entonces observo con satisfacción que la cara de mi tío se desinfla de un modo nunca visto. Pero no sé dónde está. Y para saber qué piensas hacer ahora. . Intentará comprarme. Le está dando la vuelta a la situación. —No estoy aquí por el collar ni por el trabajo —le corto las alas—. El Cecil Malory. distraerme. —¿Es por lo del collar? —dice de repente. Como un bloque de mantequilla derritiéndose al sol. no la asesinaron.

por lo visto. adujo. al final. Recojo alegremente mi bolso. en lugar de negarla y ocultarla. En el fondo nada cambiaba. En cuanto al libro del tío Bill.) Hemos ido unas cuantas veces para ver esas multitudes y escuchar los piropos que le dedican a Sadie. La cita que han reproducido la mayoría de los medios ha sido: «Me hubiera resultado imposible obtener todo mi éxito sin la ayuda de mi preciosa tía Sadie Lancaster.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 26 Una auténtica bomba.) Para mí. Kate y yo nos trasladamos hoy a nuestra nueva oficina.264 - . La cuestión es que. te espero fuera. por supuesto. la verdadera cuestión no es el dinero. Dos Pequeñas Monedas se ha convertido en un objeto de escarnio general. Aunque. . pero no le servirá de nada. Nunca llega tarde. Incluso hay una página web de sus fans. Y en torno a un veinte por ciento han aceptado. Sadie es como la nueva Mona Lisa. Estoy leyendo un editorial sobre el tío Bill en el Daily Mail de hoy cuando un pitido del móvil me anuncia un mensaje de texto. Ésta es una de las muchas cosas buenas que tiene Ed. sí señor. Los editores están tan abochornados que se han ofrecido a devolver el importe del libro a los compradores. palabra por palabra. o dejarlo en la repisa de la chimenea para reírse de vez en cuando. El retrato de Sadie ha salido en todas las portadas y la London Portrait Gallery ha recibido una enorme afluencia de público. Hola. (Y además era mucho más mona. Ha salido en la portada de todos los periódicos. (Luego se dio cuenta de que ésa era una idea condenada al fracaso y se retractó. él podrá decir lo que quiera de sus principios para el éxito. Lo han parodiado todos los periódicos populares. ya lo había dicho. La gran entrevista apareció en el Daily Mail y el resto de la prensa se abalanzó de inmediato. Sólo que mejor. Supongo que los demás prefieren conservarlo como recuerdo. siendo el tío Bill. ya que en cierto sentido da lo mismo medio millón que dos pequeñas monedas: es sólo la cantidad lo que cambia. Ha confesado lo de las quinientas mil libras. porque el cuadro es tan grande que pueden contemplarlo montones de personas a la vez. cierro la puerta de mi apartamento y bajo las escaleras. y no hay humorista de televisión que no haya hecho un chiste a su costa. ha tenido que reconocerle a Sadie su mérito. Bill Dos Pequeñas Monedas Lington ha «aclarado» su historia.» Una frase que le dicté yo. se apresuró a argumentar que el dinero era sólo una parte de la historia y que sus ideas seguían teniendo vigencia para cualquiera que empezara con dos pequeñas monedas. De todos. Ed. con la que siempre estaré en deuda. Aunque demasiado tarde. Le ha hablado al mundo de ella. sin ánimo de ofender.

Ni siquiera me atrevo a apoyar las rosas para no arañar los revestimientos de cuero. —Nada. —No. ¿Y qué tal: «¡Ni se te ocurra. —¿Cuando qué? —Podrá estar conduciendo. debes involucrarte a fondo en él.265 - . tenéis un sistema ridículo y peligroso. Es un coche elegante de verdad. entregándomelas con un beso. —El cambio de marchas es un invento diabólico. Me lanza una mirada críptica. todavía pasmada. A mí se me escapa la risa. ¿Qué mejor manera que aprender a conducir en ese país? Bueno. ¿Has venido conduciendo? —Tranquila. de clases de conducción ni de nada. —Para la nueva oficina —dice. durante el tiempo que sea. Todo el mundo me mirará en el metro… Ed me interrumpe tocándome el brazo. pero no se le escapa una. no me había dicho una palabra de coches. mamón!»? —A mí me dijeron: «¡Te vas a enterar. Pero… ¿desde cuándo? —Me lo he comprado. como de costumbre. ¿vamos o no? Abre la puerta con un gesto galante y yo. Chica. Se hace un silencio. —¿Tu coche? —Ajá. ¿Qué piensas hacer con él cuando…? —Me interrumpo justo a tiempo y finjo una tos. Aunque no acabo de entenderlo. . —¿Ese coche es tuyo? —Lo miro con ojos desorbitados—. —Bajo la cabeza hasta hundirla casi entre las flores.» Pero ése es un asunto del que no hablamos. mamón!» ¿Me han informado mal? —No. —¡Gracias! —Sonrío encantada—. Pasé el examen la semana pasada. Se lo tenía muy calladito. Salgo a la calle y me lo encuentro con un enorme ramo de rosas rojas. me instalo en el asiento del pasajero. Pero tienes que pulir el acento.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y Ed me ha prometido pasar a verla antes de ir a su trabajo. —Lo observo mientras cambia de marcha con destreza y deja atrás un autobús—. Iba a decir: «Cuando vuelvas a Estados Unidos. He pensado que sería mejor comprar uno británico — añade con una sonrisita irónica. también está bien. —Muy bien —asiento—. una tarjeta de crédito… lo típico. merluzo! —dice imitando el acento cockney. —También he aprendido todos los insultos británicos —añade en cuanto arranca—. No puedo creérmelo. —Alguien me dijo una vez —explica muy serio— que si piensas vivir en un país. —Esta vez podemos ir en mi coche —me dice como quien no quiere la cosa. ¿Se ha comprado un Aston Martin? ¿Así como así? —Pero si tú nunca has conducido por la izquierda… —observo con cierta alarma—. Este coche es muy caro. —Pero… ¿por qué? —le suelto. ¡Mueve el culo. —Señala un elegante Aston Martin negro aparcado muy cerca. qué va —protesto. Y mejor no hablar de vuestras normas de giro a la derecha. Ya sabes: un concesionario.

atontados y maravillados a partes iguales. Y la idea de contratar a un publicista para manejar a la prensa fue suya. —¡Impresionante! —dice papá. Mis padres se quedaron sin habla. y aunque sea una sola habitación con una ventana. —Es muy elegante. aparecen mis padres. a las 9. Lo hemos leído.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Quién sabe lo que haré? Mostrarle la oficina no nos lleva mucho tiempo. En realidad. Mi propia empresa. Se lo he dicho esta mañana a Sadie mientras leíamos un artículo sobre ella en el periódico. Incluso ahora. Ed examina cada detalle con atención y todo le parece fantástico. Así que sospecho que anda tramando algo. ellos no abrieron la boca. Cada vez que le echo un vistazo siento un espasmo de excitación. éste es mi plan de negocios. cuando ya se han relajado un poco y la historia se ha hecho pública y ha . Aunque acabo de enseñarle el despacho a Ed. Entonces el tío Bill se apeó sin decir palabra e hizo lo que yo le había pedido. Mira. cariño. Mi despacho. para mi sorpresa. Me da una lista de contactos que podrían serme útiles y luego se marcha a su oficina. mamá. Nunca los había visto tan pasmados como cuando me presenté de improviso en su casa y les dije que el tío Bill quería hablar con ellos. Permanecieron en el sofá mirándome.266 - . También me ha ayudado mucho en el asunto del tío Bill. justo cuando estoy poniendo las rosas en un jarrón que he corrido a comprar. Incluso cuando el tío Bill ya se había ido y les dije: «¿Alguna pregunta?». —Mamá se asoma a la ventana—. Espero que eso no incluya más citas a ciegas. hojeando el plan. entra». mi vida estará completa. dos puertas y dos mesas. Le tiendo un documento encuadernado tan chulo que casi no puedo creer que lo haya preparado yo. —Ed me ha dado algunos consejos —admito—.» Y desapareció sin más. Si consigo que Consultoría Mágica sea un éxito. Me echó una mano para redactar la declaración. haciendo un gesto con la mano. Se quedó un momento en silencio y. intercambiando una mirada con mamá—. un tablón de anuncios. De verdad. Pero. se puso de pie con un brillo extraño en los ojos y dijo: «¡Soy tu ángel de la guarda! Yo me encargaré de que sea un éxito. sí —murmura débilmente. Como si yo tuviera monos en la cara o algo así. ¿seguro que puedes permitírtelo? ¿No te habría convenido quedarte con Natalie? Por favor… ¿Cuántas veces tendré que explicarles que mi ex mejor amiga era una víbora odiosa y sin escrúpulos? —Me conviene más trabajar por mi cuenta. Por cierto. Si digo que mis padres se han quedado turulatos con todo lo que ha pasado me quedaría corta. no puedo dejar de sentir un hormigueo de satisfacción mientras se lo muestro todo. ¿has visto el artículo que publica hoy el Daily Mail? —Ah. también con flores y una botella de champán (y una caja de clips: una bromita de papá). Al cabo de una hora. Es mío. Y más todavía cuando me volví hacia la limusina y dije: «Vamos.05 ya hemos terminado.

la policía la ha… liberado… es decir… —Los restos —susurra mamá. —Pero eso era antes —añade mamá.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE dejado de ser una conmoción. por cierto. y está valiéndose de todo el alboroto para publicitar su marca. ¿y por qué no? He estado impresionante. una vez que la policía se ha asegurado de que la pobre no fue… —… asesinada —lo ayuda mamá. aunque seguramente las dos se horrorizarían ante la mera idea. Parece incómodo y no cesa de echarle miraditas a mamá—. me gustaría participar —digo con firmeza—. —Eso es. ha sacado partido del asunto. Ya ha hecho una sesión de fotos para la revista Tatler. Pensábamos decírtelo en algún momento… Ya. —¿Sobre qué? —Sobre el funeral —precisa mamá. —Pensamos que eres un prodigio. Diamanté. Lo cual es de pésimo gusto. Decidme por favor que no habéis celebrado el funeral… —¡No. Evidentemente. de ponerlo todo al descubierto ante los medios. dado lo mucho que has… investigado sobre su vida. Una vez cerrado el caso. Descubrir todo eso… ¿Quién lo habría averiguado de no ser por ti? ¡Quizá nunca habría salido a la luz! ¡Nos habríamos muerto todos sin saber la verdad! Sólo a ella se le ocurriría mezclar todas nuestras muertes en el asunto. Papá me da un folleto justo cuando suena el interfono. bajando la voz. —Papá le echa una mirada a mamá—. —Aquí tienes los detalles de la funeraria. —Papá se acerca. No puedo dejar de admirarla por su caradura. en las que posa igual que Sadie en el cuadro. al menos desde mi punto de vista. la situación ha cambiado —prosigue él—. aunque quede mal decirlo. creo que voy a encargarme de todo. Yo misma me he encargado. El día que se publicó la historia. Miro la pantallita y veo una imagen en blanco y negro llena de granulado. —Lara. Así que si quieres participar en el modo de organizarlo… —Sí. pero también bastante inteligente. A saber si volveremos a verla. Obviamente. O sea. Quizá no desde el del tío Bill y la tía Trudy. —Exacto —confirma papá—. Creo que sería lo lógico. Fantástico. ¿no? Me gustaría que Diamanté y Sadie se conocieran. siguen mirándome asombrados. tampoco es culpa suya que su padre sea un gilipollas. Queríamos hablar contigo de la tía Sadie… — Carraspea. por su parte. De hecho. Y ha salido perfecto. —¿No lo habréis hecho ya? —Siento un acceso de pánico—. vale. Bueno. Perfecto. Tienen mucho en común.267 - . Parece . con ayuda de Ed. —Bien. —Exacto. no! En principio estaba previsto para este viernes. Estoy segura de que congeniarían. Lara —me dice mamá con repentino fervor—. Teníamos intención de sacar el tema hace días. la pobre se fue a Arizona e ingresó de modo indefinido en un balneario.

Pero tiene usted una fama excelente en la selección de ejecutivos y me gustaría conocerla. Bueno. —Aprecio mucho su encargo —repite como un robot—. la imagen de una varita mágica en relieve. de Print Please —dice el tipo—. ¿En qué puedo ayudarla? —Me llamo Pauline Reed. Soy la directora de recursos humanos de Wheeler Foods. pero la imagen es tan mala que podría ser igualmente un elefante. abro la caja y reparto tarjetas a todos. pero… ¿ustedes no están en Hackney? ¿No iban a mandarlas por correo? —He pensado que estaría bien —responde él con mirada vidriosa—.268 - . Le traigo las tarjetas. —Muy amable. —Yo misma —digo. como si eso fuera normalísimo. «Lara Lington .Consultoría Mágica». ¿Quién le ha hablado de mí. Ay. —¿Te las ha traído él mismo desde Hackney? —exclama papá. pero no reconozco su voz. —Es una mujer. ponen. Ahora sí que somos una empresa de verdad. ¡Ya tengo tarjetas! Hago a pasar a Birch. suena el teléfono y me apresuro a responder. —¿Sí? —Soy Gareth Birch. —Procuro concentrarme—. es lo mínimo que podía hacer. —Sonrío muy ufana—. debajo. Vamos. Algo me dice que podría ser muy útil para nuestra empresa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE un hombre. —¿Cómo? —Lo miro sin entender. Por suerte. por favor. como si nada—. Cuando cuelgo. si no es indiscreción? ¿Janet Grady? Se hace un silencio. sentándome en una de las sillas giratorias nuevas. Dios. Espero que no haya oído el crujido del plástico—. Nos interesaría que se pasara por aquí para conocernos. Sadie. Se lo agradezco. —¿Cómo es que ha venido a traerlas personalmente? —le digo mientras firmo el albarán—. —¿Buenas noticias. Sadie. ¡Y lo recomendaré a todos mis amigos! El hombre se retira y yo me entretengo desempaquetando las cajas. Quiere que nos veamos. Aprecio mucho el encargo que me ha hecho. —Eso parece —digo. consciente de que mamá y papá me miran sin dar crédito a lo que ven. Es lo mínimo que podía hacer. —Bueno… muchas gracias —le digo con apuro—. mamá y papá me observan ansiosos. . cariño? —Pse… la jefa de recursos humanos de Wheeler Foods —digo. —Con Lara Lington. —Estupendo. He oído grandes cosas sobre usted. es muy amable de su parte. Déjeme ver mi agenda… — La abro y anota la cita. —No recuerdo bien —dice al cabo—. Suba. —De acuerdo. —Consultoría Mágica.

Venga. —¡Vaya. justo delante del portal. Parece que mi ángel de la guardia está cuidando de mí… —¡Tachán! —Es la voz alegre de Kate. Pero no entra. mire —digo.269 - . Ahora empiezo a valorar lo que eso significa. —¡Vamos! —Cojo del brazo a mamá y papá—. En la acera. no deja de ser parte de la familia. es aquí! —Su expresión se ilumina y se acerca. —Sí. Señor. sólo alza la mano y empieza a hacer la señal de la cruz—. hora de comernos una pizza. Bendice todos sus esfuerzos y todas sus empresas. —Se me escapa una sonrisa—. Me acerco. Aunque a veces me saque de quicio. ¿Sabe dónde está? ¿Necesita orientarse? —Bueno… sí.¿Y vosotros? Creo que mis padres se han dado por vencidos.» Y nos deja su número directo. —Sonríe—. Atentamente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Wheeler Foods… ¿no son los de las galletas de avena? —dice mamá. ¿Lo conoces? —No. Me llevo a mis padres. Mamá y papá han vuelto a quedarse sin habla. ¿Les gusta el nuevo despacho? ¿A que está muy bien? Cojo las flores y saco la tarjeta del sobrecito. —Lara —musita papá mientras prácticamente lo arrastro por la calle —. Brian Chalmers. que entra con un gran ramo de flores—. . asombrada. Antes tengo que terminar unas cosas. —Pero conocerás a alguien de Dwyer Dunbar… —Pues no. ¡Mira lo que acaban de traer! ¡Hola. —Es este edificio. Hemos pedido las pizzas y entretanto devoramos bollitos con ajo y perejil. educada—. Jefe de recursos humanos de Dwyer Dunbar. bajamos las escaleras y salimos a la calle. Pero en cuanto bebemos una copa de vino Valpolicella. hay un viejo párroco con alzacuello y sotana que parece un poco perdido. en cuyo cristal hay estampado un 59. haciéndome la sorda—. —Vamos a almorzar a la pizzería —le digo a Kate—. no soy de esta zona. Simplemente se dejan llevar. —«Para el personal de Consultaría Mágica —leo en voz alta—. Busco el número cincuenta y nueve. Incluso cuando aparece Tonya no me pongo tensa. Será mejor que los saque de aquí antes de que sigan ocurriendo locuras. Ha sido idea de mamá y papá decirle que viniera. ¿Me he vuelto loco o ese párroco estaba…? —Yo tomaré una Cuatro Estaciones —digo. señalando nuestro portal. ¿Vienes? —En un minuto. —Hola. señor y señora Lington! — añade. —¡Increíble! —Kate abre unos ojos como platos—. muy en particular a la Consultoría… No puede ser. Me siento de maravilla. te ruego que bendigas a todos los que trabajan en este edificio —dice con voz temblorosa—. sonreímos y cesan las preguntas embarazosas. Confiamos en llegar a conocerlos como clientes y como amigos.

Así que decidí seguir el hilo de mis sospechas. A decir verdad. como si estuviera dando una clase magistral—. Un miembro de la familia… Uff. —Hola. Está tratando de calibrar la situación. mi instinto me decía que algo no cuadraba. Entonces hablé con los expertos de la London Portrait Gallery y ellos verificaron mi descubrimiento. todo el mundo creyó que me había vuelto loca. Tonya —digo—. —Creo que es verdad —la corrige papá suavemente—. —Pero no lo entiendo. —Tonya me taladra con una hosca mirada—. Unas veinte cabezas se vuelven para mirarnos—. —Mamá le pasa una copa de vino—. Mientras Tonya se quita la chaqueta y la cuelga del respaldo. no va a empeñarse en defender al tío Bill. . tras beber un sorbo de vino—. ¿Qué tal los chicos? ¿Cómo está Clive? —¿Podéis creerlo? —insiste—. Y al final se vieron confirmadas. ¿Qué quieres decir? —Investigué sobre el cuadro y sobre la tía Sadie —explico—. esperaba una reacción más aparatosa por nuestra parte. En el funeral. —¿Lara? —De pronto parece más airada que antes—. Dios mío! ¿Podéis creerlo? ¡Todas esas historias sobre el tío Bill! Obviamente. como uno de esos superhéroes que se desvanecen en la oscuridad. Pero nadie quería hacerme caso —añado con toda intención—. ¡Oh. me habría encantado salir en los periódicos. —Aun así. ¿Vino.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Oh. —Todos están pendientes de mis palabras. —He preferido permanecer en el anonimato —digo en tono críptico. ¿y quién ha destapado todo? —pregunta al fin.270 - . Debía de creer que nos encontraría en pie de guerra en defensa del tío Bill. Dios mío! —exclama nada más llegar. Ha de ser una maniobra. —Ten. Él mismo lo reconoce. querida? —Pero… —Tonya se desploma en una silla y nos mira desconcertada. —Bueno. Pero nadie se ha molestado en venir a entrevistarme. Y no alimentándonos alegremente. —Pero ¿no habéis visto las cosas que dicen? —Sí. Ahora te pedimos una pizza. percibo que su mente trabaja a toda velocidad. —Tú dijiste que la habían asesinado —objeta—. —Mi padre me sonríe. —Pero… —resopla de incredulidad— pero tu nombre no ha salido en los periódicos. Y no era cierto. ¿Por qué te dio por fisgonear? —Un sexto sentido me decía que había gato encerrado en el caso de la tía Sadie. ¿Un periodista de investigación? —Ha sido Lara —responde papá con una sonrisita. incluso algo ofendida. Todos los reportajes se limitan a decir que el descubrimiento lo realizó «un miembro de la familia». —Ya lo creo que sí. Y sólo tuve que sumar dos y dos. y eso que me alisé expresamente el pelo por si acaso. Es todo basura. ¿Habéis leído los periódicos? O sea… no puede ser. sin buscar otra recompensa que hacer el bien. —Mamá se sirve más Valpolicella—. Lo hemos visto. Si tiene que ser la única.

Sí. Ahora ha llegado el momento de liberarnos. papá —le repito por enésima vez—. ¡Y era una sarta de mentiras! ¡Tío Bill es despreciable! Y si tú no piensas lo mismo. ¡Hurra. Tonya también se ha quedado de piedra. Papá siempre quiere ver el lado positivo. Pero es mi hermano. A veces. y yo le respondo con un encogimiento de hombros. Darme cuenta de que mi hermano pequeño es un egoísta sin principios y… un cerdo. —Estoy furioso —admite papá—. Y punto. Eso es lo que creo. La aplaudo para mis adentros. mamá! ¡Así se habla! . desafiante—. —Es lo que te corresponde. —Parece más indignada por eso que por cualquier otro motivo—. mamá! —exclamo. El disgusto le acentúa las arrugas bajo los ojos. —No me da ninguna pena —insiste mamá. sangre de mi sangre. Era brutal. papá — añade mirándolo—. ¡Él te lo robó! ¡Es un vulgar chorizo! Tonya se ha quedado sin palabras. Nunca se ha expresado con tanta vehemencia. Increíble. Tiene las mejillas encendidas y coge la copa de vino como si fuese a estampársela a alguien en la cara. muy enfadada. Van a tasar el cuadro… ¡y el tío Bill le dará a papá la mitad de su valor! —¡No! —Tonya se queda boquiabierta—. Claro que lo estoy. Resulta muy difícil… —Da un suspiro. eso implica que… —Implica que hemos de olvidarnos de él —lo ayuda mamá—. por lo visto —murmura papá. preguntándome. Vuestro padre siempre procura ver el lado bueno de las personas y buscar excusas. a pesar de todo… —¡De eso nada! —salta mamá—. —Pues yo recomendé la biografía del tío Bill a mi club de lectura — tercia Tonya—. si no estás furioso.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Y sabes qué? —añado orgullosa—. —Papá hace una mueca—. Pero aún tengo que hacerme a la idea. Logré que vendiera ocho ejemplares. —A mamá le tiembla voz—. —Suelta un resoplido—. Alza las cejas. el estilo directo y expeditivo de Tonya es muy adecuado. A veces no hay excusa. Es parte de su carácter. Lo sentimos por Bill. —¡Bien dicho. —Lo que hizo es imperdonable —prosigue—. Dejarlo atrás.271 - . ¡Se lo tiene merecido! —¡Pippa! —Se ha quedado atónito. Coge un bollo y lo mordisquea. —¿Leísteis el editorial del Times? —dice al fin—. Nunca la había visto reconocer sin ambages que está enfadada. La observo boquiabierta. Nos ha afectado a todos de diversas maneras. —Y si vuestro padre se empeña en seguir defendiéndolo… —No lo defiendo —dice papá—. Claro. —Más bien salvaje. Nunca la he visto tan combativa. —El éxito de tu hermano ha arrojado una larga sombra sobre el resto de la familia. Empezar a vivir el resto de nuestras vidas sin sentirnos ciudadanos de segunda. Pero a veces no hay lado bueno. incómodo—. ¿Cuánto podría reportar? —Millones. Estoy… enfadada. Bill parece muy decidido. es que eres bobo.

Las relaciones a distancia se rompen con mucha facilidad. ¿Dónde te habías metido? —¡O hacer que te pida en matrimonio! —añade sin prestar atención a mi pregunta—. . Está buscando algún punto vulnerable. ¿Y cómo va la cosa con Josh? —Adopta su expresión compasiva—. pero que enseguida rompisteis definitivamente. —Vaya. —Me encojo de hombros—. Sadie carraspea mientras lee. La veo flotando a mi lado.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Bueno. poniéndolos por testigos—. Soy tu ángel de la guarda. ¿no? —insiste. Yo en tu lugar no me preocuparía. Habló con Bill. —Pero has de sentirte muy herida. ¡Será más divertido! Sí. colocando la pantalla de manera que Sadie la vea. —Es un consultor americano destinado en Londres. ¡Genial! Pero será un poco duro cuando vuelva a Estados Unidos. —¡La semana pasada nos invitó a comer! —añade mamá. Saco el móvil y me pongo a teclear. no y no! —escribo a toda prisa—. ¿no? —Se le ilumina la expresión—. con la mirada brillante y resuelta—.272 - . —Tonya parece ofendida—. la verdad. —Qué va. ¿y quién ha negociado con él? —Tonya frunce el entrecejo —. y me encargaré de que escoja un anillo despampanante. Debe de haber sido duro. ¿Tan pronto? No hacía falta que aparentase tanta sorpresa. Papá me ha contado que volviste con él unos días. Nos lo pasaremos bomba con los preparativos de boda… «¡No. Lara. ya lo veo. —¡Yo haré que se quede! —La voz de Sadie me sobresalta una vez más. no logro acostumbrarme. —Lara se ha ocupado de todo —informa mamá con orgullo—. Quiero que sea él quien tome sus decisiones. Todas esas llamadas transatlánticas. ¡Conseguiré que se quede! —Perdonad un momento —digo a todos. le diré que te lo pida. Se llama Ed. pero se le nota la irritación—. —¿Novio nuevo? —Se queda boquiabierta—. ¿Entiendes? —Mira a mamá y papá. Como para estar destrozada. He de enviar un mensaje. levantándome—. algún modo de volver a ganar ascendiente—. Tranquila. mi nuevo novio me ha levantado bastante la moral —digo jovialmente—. —Muy atractivo —dice papá. Sadie! No le hagas hacer nada. clavando sus ojos vacunos en los míos—. Quiero que escuche su propia voz. resolvió cada detalle… ¡y ha abierto una nueva empresa! ¡Ha estado inconmensurable! —¡Vaya hermanita! —Tonya sonríe de oreja a oreja. No hace falta que hagas nada. Hay muchos otros… —Bueno. Tiene que haber sido un golpe terrible para tu autoestima. apoyándome. Tú recuerda sobre todo que eso no significa que no seas atractiva. —Bebe un sorbo de vino y lo remueve pensativamente en la boca. ¡Basta. Debe de haber resultado difícil. Muy bien. más la diferencia horaria… —Quién sabe lo que sucederá —me oigo responder con toda tranquilidad. Ya está superado. negoció con el museo.

Está pensando lo mismo. como si fuese una medalla olímpica. se sienta y sonríe a todo el mundo—. ¡Maldición! — Tengo ganas de reír y llorar—. he anotado todos los números… Y ha llegado el correo. La dirección está escrita con una letra aniñada. Lo abro con manos temblorosas. ¡Es tuyo! ¡Deberías llevarlo tú! ¡Nos haría falta la versión fantasmal! —¡Para! —Sadie alza la voz. No lo he traído todo. ¿y dónde me siento? Cruza la mesa flotando y ocupa una silla libre. Más sólido. ¿verdad? —Se ha puesto lívida—. —Me doy la vuelta y tecleo: «Gracias por todo lo que has hecho para ayudarme. Miro otra vez a Sadie. Sadie me mira desde el otro extremo de la mesa. Lo has conseguido. en cierto sentido. creo que no nos conocemos… Mientras Kate y Tonya se presentan y papá sirve más vino. Tiene un tacto más cálido de lo que esperaba. en vano—. De París. Atisbo una masa de papel de seda. No tenías por qué.» —Me precio de serlo —se ufana—.273 - . Sadie. Viene de París… — Me entrega un sobre acolchado. —Venga —me dice. Enseguida vuelvo… Sorteo las mesas hasta el fondo del restaurante. que da a un patio pequeño y aislado. y a mí se me escapa una sonrisa. Pruebo otra vez. Es tuyo. asintiendo. aguantándome la risa—. me quedo mirando el sobre con una aprensión repentina. —He de… hacer una llamada —digo con voz ronca—. al fin en mis manos. y otra. Los diamantes de imitación destellan al sol y las cuentas de cristal relucen con un brillo trémulo.» —Pero ¡yo quería hacerlo! ¡Es divertido! ¿Habéis tomado ya el champán? «No —escribo. Salgo un momento. yo creo que mi voz es más interesante —dice. La aparto y vislumbro un destello amarillo iridiscente. Abro otra vez el sobre. súbitamente en tensión—. echo la silla atrás. Es tan impresionante que siento el impulso de ponérmelo. justo cuando aparece Kate. Pero me contengo y miro a Sadie. una buena amiga. Bueno. Salgo por la puerta de incendios y voy a un rincón. —Está ahí. A una amiga. ¿Ya habéis pedido? ¡Me muero de hambre! Hola. Al palparlo noto algo duro y desigual. Después de todo este tiempo. saco el envoltorio de papel de seda y lo desenvuelvo. Asiento y. sin saber muy bien lo que hago. observándome. pero había algo que me ha parecido importante. —¡Lara! —exclama—. Pero mis manos se hunden en su cuerpo y lo atraviesan. ¡No di…! —Se . ¡El tipo de la licorería de la esquina nos ha enviado una botella de champán! ¡Dice que es para darnos la bienvenida! Y has recibido un montón de llamadas. —Aquí lo tienes. —No. roja de excitación. reenviado desde tu apartamento. ¿Un collar? Levanto la vista lentamente. que me observa en silencio. —Intento colocárselo alrededor del cuello. —¿Estás enviándole un mensaje a tu novio? —interviene Tonya. eres el mejor ángel de la guarda que ha existido.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Bueno.

Empieza a aparecer gente por el puente y las calles aledañas. No quiero. Tengo el sobre en el regazo y la mano metida dentro. Me siento en un murete y bebo el café.274 - . Estoy dispuesta a quedarme aquí sentada todo el día. me levanto. aferrando el collar. lo que me reconforta un poco el ánimo. Me echo en la cama. —Trago saliva. Ya sabes lo que debes hacer. pero vigilo a uno y otro lado antes de sacar el . No puedo soltarlo. con el collar alrededor del cuello. y me dedico a retorcer sus cuentas mientras veo una película tras otra en el canal de cine clásico. Cerrada y vacía. Le envío un mensaje a Ed diciéndole que me duele la cabeza y que necesito estar sola. Preparo algo de cena y al final no la tomo. pero cuando suenan las ocho en un campanario cercano. Guardo el collar en el sobre y vuelvo al restaurante. Al llegar. lo tengo. Cuando llego a casa. subo al autobús que va a Waterloo y paso el rato mirando absorta por la ventanilla las calles silenciosas. O eso es lo que uno diría. La London Portrait Gallery está cerrada todavía. —Dame un poco de tiempo. No hay un alma ahí dentro. La suave luz grisácea del alba empieza a teñirse de un rosa vivo cuando asoma el sol. He pensado que andarías por aquí. con el estómago vacío. Me quedo inmóvil. Finalmente. Sadie ya ha desaparecido. me visto de cualquier manera y salgo a la calle. Una ráfaga de viento remueve las hojas caídas en el suelo. Pero ahora que lo tenemos… Ojalá no hubiera llegado este momento. No quiero pensar en eso. con los ojos fijos en las losas del patio —. ¿Lo has perdido? —¡No! No te preocupes. El collar es el motivo de que Sadie se me haya aparecido. Sadie levanta la vista. —Hola. sin hacer siquiera el intento de dormirme. Tampoco logro concentrarme cuando vuelvo al despacho. No quiero alarmarla. esta vez gris perla. Se produce un silencio. que nos llega amortiguado desde la avenida principal. contemplando las vetas rosadas del cielo. que ya está tibio pero me resulta delicioso. Permanezco aferrada al collar. Compro un café para llevar. Ni seguir la conversación. No puedo tragar la pizza. lo cual no me sorprende. —¿Dónde está el collar? —dice. Una vez que lo recupere… Mi pensamiento se desvía bruscamente. así que espero hasta que repara en mí. —De acuerdo. Va tocada con un sombrero gris y tiene los ojos fijos en el suelo. asustada—. hacia las cinco y media. pálida y decidida. Sólo se oye el rumor del tráfico. perseguíamos y deseábamos desesperadamente. de nuevo con la mirada abstraída. Todavía no. —Lara. Mira. aunque recibo seis llamadas de jefes de recursos humanos de primera línea que quieren concertar citas conmigo. Lleva otro vestido asombroso. con una falda de tul cortada en forma de pétalos. No hay nadie a la vista. Soy consciente de que esto es lo que buscábamos. —Alzo una mano—. ya son casi las seis y media. la veo aparecer en la escalinata. Sadie no está. No puedo mirarla.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE le corta la voz y se aleja unos pasos.

pero mis labios no ceden del todo—. —¿Ahora? Me mira a los ojos. —Ya. Increíblemente rápido. Ojalá pudiera colocárselo alrededor del cuello. Entonces debes recuperarlo. Tenían cantidad de ofertas . Abren a las nueve. El trayecto me resulta muy corto. —Señalo un rótulo que reza «Capilla de Reposo»—. uno de ellos es una funeraria. Nos acomodamos en un banco de madera y guardamos silencio. Lo deslizo entre mis dedos y las cuentas tintinean suavemente. —Asiento con la cabeza varias veces. Siento un nudo en la garganta. de pronto. El taxi se desliza con fluidez por las calles. —Se lo acerco como si estuviese haciendo una ofrenda. Quiero que me lo devuelvas. lograr que volviera a reunirse con ella. El taxi se aleja. —Me echa un vistazo y comenta de mala gana—: Esos zapatos también son bonitos. agarrando las cuentas con tanta fuerza que temo magullarme los dedos—. Hemos llegado. Sentémonos por aquí. ¿A quién se lo has birlado? —A nadie —dice. Me gustaría que quedáramos atrapadas seis horas en un atasco… Pero. —Quiero recuperarlo —dice en voz baja—. no me atrevo a aflojarlos. —Se encoge de hombros y vuelve a mi lado—. Era mío. —Querría sonreír. sentada con Sadie. siento la garra del miedo en el pecho. Aún no. Ed me ayudó a elegirlos. ¿no? —Sadie suena alegre y decidida. —Ya —digo con una sonrisa forzada—. pero creo que ella ya lo sabe. tiende las manos como si quisiera cogerlo y luego las retira. Estamos delante de varios locales. suave pero firmemente—. Miro el reloj. —Quiero recuperarlo —repite. me va a dar un calambre en los dedos. ni siquiera mientras hago malabarismos para pagar con una sola mano. —Bonito vestido. He pasado demasiado tiempo sin él. Mejor concentrarse en el aquí y el ahora. Sadie y yo nos miramos. —Ahora. Me gustaría decirle al taxista que reduzca la velocidad. Aquí estoy. Sin embargo.275 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE collar. Nueve menos cinco. —Es ahí. —Gracias. —Está bien. así que mejor no pensarlo. Parece cerrado. A la clara luz de la mañana resulta aún más espectacular. —Ojalá pudiera tocarlo —murmura. —Qué rápido. nos detenemos en una calleja. Me gustaría que se detuviera el tiempo. Ella lo contempla con ternura. ofendida—. No consigo decir nada de lo que quería decirle. Se desliza hasta la puerta y atisba el interior. —Será mejor que esperemos. Los compré el otro día. La sola idea me da pánico. Mientras bajamos. —Creo que ha sonado casi normal—. Sigo aferrando el collar. por cierto. Fuimos de compras a medianoche al centro comercial Whiteleys.

—Bueno… —empieza.276 - . encima. O más bien una sugerencia. —¿Podría… sería posible… verla? —Ajá. —Pues todo. Espero que no incluya ningún pegamento indeleble. —Ha reconocido el apellido—. señorita… —Lington. Si me hago la distraída. —Asiente con aire sombrío—. acercándose más. —Trago saliva. ya. Sí. claro. ¡No se espía a la gente cuando está practicando el sexo! ¡Hay leyes que lo prohíben! —Sólo tengo una pequeña crítica que hacer —dice. Antes he de hacer una llamada. Entonces miro por encima de su hombro y me quedo rígida. —Vuelve a asentir—. ¿Darse un meneo? ¿No querrá decir…? ¡No. He venido para… bueno. Vienen con retraso. —¡Basta ya! ¡Déjate de sugerencias! —Tú te lo pierdes. —¿Y qué viste? —gimo. Por el amor de Dios. —Vale —digo—. sentada justo delante y. El hombre acaba de verme. por favor! —¡Lo sabía! ¡Nos has espiado! —¡Qué dices! —Procura fingir. —Se encoge de hombros y se examina las uñas. como si nos hubiesen concedido un indulto. tal vez no llegue a suceder. Ahora me ha picado la curiosidad. —¡Sadie.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE especiales… No sé ni lo que digo. Ah… —Sí. —Esbozo una especie de sonrisa—. Cuéntame esa genialidad sexual de los veinte. la verdad es que tú tampoco eres tan mala. te lo aseguro. Fue un espectáculo la mar de divertido. sin hacerme caso —. Supongo que no podía pasarle inadvertida. Sadie Lancaster. Un anciano enfundado en un grueso abrigo está abriendo la funeraria. Creo que usted… que es aquí… —Ajá. para una visita… para presentar mis respetos. —¿Se encuentra bien? —Eh… hola. Quiero saber de qué se trata. Miro otra vez el reloj. ¿no? —me suelta tan campante—. ¡Fui muy discreta! Ni siquiera percibiste mi presencia. —¿Qué pasa? —Sadie sigue mi mirada—. Si quiere pasar y esperar en la salita… —Voy enseguida. . mirándolo fijamente. Nueve y dos. —Es bastante bueno a la hora de darse un meneo. Es sólo para distraer la espera. Claro. A mi tía abuela. eres incorregible! —Me llevo las manos a la cara—. Ed. Deme un minuto para abrir y poner un poco de orden y enseguida estoy con usted. El hombre desaparece en el interior. —Me pongo de pie haciendo un esfuerzo—. Quiero prolongar este instante. Bueno. pero acaba estallando en carcajadas—. quiero decir. —Lington. Me siento absurdamente agradecida. No quiero que sigamos adelante. echándome miraditas de soslayo. Una cosa que usábamos en mi época.

—Lo que me faltaba. —Su voz suena brillante y nítida como un trocito de diamante. —Y luego nos vamos a ver una película. —Te espero aquí. Cuando se cierra la puerta. —Le tiembla la barbilla. O algo así. Nada que pueda describir lo que ha representado para mí conocerla.» —Así que estoy condenada a aguantarte. Sólo un segundo. Tienes prisa por deshacerte de mí. También para mí. Por si no… —No me atrevo a decirlo. «No pierdas los papeles. —Lo saco del bolso. —¿Señorita Lington? —El viejo se asoma por la puerta—. Fantástico. —¿Qué crees que ocurrirá cuando… cuando…? —¿Quieres saber si finalmente te librarás de mí? —me ayuda Sadie. —Gracias. No hay palabras suficientes. aunque no haga falta. —Un ángel de la guarda mandón —me corrige. Venga. Sadie. —Bueno qué. —¡No! Quería decir… —Ya. ¿No vamos a decirlo ninguna de las dos? —Bueno. Me giro en redondo. Pues no creas que lo conseguirás tan fácilmente. Estos sitios suelen ser bastante deprimentes… —Yo no pienso entrar —dice con calma—. me ajusto la chaqueta varias veces. decidida a no perder los papeles. —Estupendo. —Aquí está. Te espero aquí sentada. —Pongo los ojos en blanco—. La cabeza bien alta. —Pero… por si acaso. a no decepcionarla. . —Sadie da unas palmaditas al banco. Un fantasma mandón acosándome toda la eternidad. Nada de lamentos. Y deduzco que también ella lo está pensando. pero tampoco de decir lo que pienso de verdad. —De acuerdo. —Trago saliva. —Me las arreglo para adoptar un tono burlón—. ¿de acuerdo? —digo en tono práctico. Buena idea. ha sido… No puedo decirlo.277 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Tienes el collar? —pregunta Sadie a mi lado. con más ligereza que nunca. ¿lista? —Procuro hablar con desenfado—. pero me lanza una sonrisa—. —Bien —asiento—. —Me temo que sí. Doy un paso… y me detengo. Cuando quiera. Es evidente que ya no piensa en las técnicas sexuales de los años veinte. Sé que estamos fingiendo y no quiero dejarlo así. con los ojos centelleantes como dos estrellas oscuras—. aunque está tensa. Me mira a los ojos y leo el mensaje con claridad. Será lo mejor. Estás harta de verme. que no quieres… Se me apaga la voz. No soy capaz de continuar. —Sonríe. muévete. O sea. para ganar tiempo. La idea que me ronda la cabeza como una melodía siniestra y cada vez más atronadora. ni siquiera a pensarlo—. —Ya lo sé —murmura. —Entonces dejo el collar allí y nos vemos en un par de minutos. —Bueno.

pero sus palabras me hieren en lo más vivo. Si alguien se lo pidiese. —Ajá. Ya está. Trago saliva. Cuesta creerlo. No hay inconveniente. Al inclinarme sobre el féretro con respiración agitada. Suavemente. —Y no debe saberlo nadie —le advierto—. Sadie —murmuro. Mi tía abuela de ciento cinco años. ¿no? Una edad muy avanzada. Ha llegado la hora.278 - . —¡Al ataque! —me anima. ¿verdad? ¿Ningún riesgo? —Ajá. Qué extraordinario. Voy a… entrar. Es un hombre de barbilla huidiza que ante cualquier comentario reacciona con un «Ajá» musitado y sombrío. ¿De acuerdo? —Ajá —dice. El encargado de la funeraria me ha preparado una taza de té y un platito con un par de mantecados. con infinito cuidado. Por fin. alza la barbilla y me dirige una sonrisa encantadora y desafiante. Su cuello largo y pálido. el vestido ciñendo su figura esbelta. con los pies juntos y las manos enlazadas sobre las rodillas. Que vivió y murió sin que yo llegara a conocerla. —Gracias. cierro la puerta y permanezco inmóvil unos segundos. —Baja la cabeza—. —Ajá. La Sadie real. Me conduce por un pasillo de tono pastel y se detiene ante una puerta con el rótulo «Suite de los Lirios». —Yo no pienso en ella de esa manera —replico—. —Se apresura a asentir—. Ya está. antes de formular la respuesta. Algo que resulta irritante. avíseme primero. Tras un minuto. le deslizo el collar alrededor del cuello. Le lanzo un beso impulsivamente. me vuelvo y abro la puerta con súbita determinación. veo un mechón de pelo blanco y distingo una porción de piel vieja y reseca. Advierte que estoy mirándola. —La dejo sola unos momentos. descuide. No la imagino anciana. —En fin. No quiero que entre ninguna persona después de mí. Entro. cabizbajo y respetuoso—. tratando de dominarme para no dejarme impresionar. No puedo imaginar lo que debe de estar pasando por su cabeza. Sé que trata de mostrarse amable. Está sentada muy erguida. —Aquí lo tienes. como esperando.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Cuando alcanzo la puerta. hago un esfuerzo y doy un paso hacia el enorme ataúd. Mira directamente al frente. Una dama tan anciana… Ciento cinco. Ningún riesgo. Ahora que estoy aquí me flaquean un poco las piernas. Desde luego. Naturalmente. . miro atrás por última vez. —Abre la puerta con un diestro giro de muñeca y la entorna antes de añadir—: ¿Es cierto que ella había sido la chica de ese cuadro tan famoso? ¿El que ha salido últimamente en los periódicos? —Así es. Quiero dejar una cosa… en el ataúd. Y luego otro. —¡Al ataque! —respondo. Ésta es Sadie. en una postura impecable.

muchas gracias. alcanzo la puerta y me precipito fuera. jadeante. lo asumo en el fondo de mí misma. Seguiremos en contacto. Y espero. esquivo las amables preguntas de varios desconocidos y vuelvo a mirar a derecha e izquierda. Procuro respirar con calma y que mis pensamientos sean serenos y apropiados. Tan vulnerable. no está aquí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Se la ve tan diminuta y encogida. pero al mismo tiempo siento un impulso urgente y cada vez más intenso. Cruzo el pasillo y el vestíbulo casi corriendo. . Grito «¿Sadie? ¡Sadie!» hasta quedarme ronca. Con cautela. El banco está vacío. Quiero hacer las cosas bien. le acaricio el pelo y le arreglo el vestido. cuando empiezo a tiritar. —¿Va todo bien? —pregunta. En carne y hueso. —Trago saliva—. Perfecto.279 - . al anochecer. desesperada. la verdad sea dicha. No volverá. Busco. Ahora debo irme… Noto una opresión tan fuerte en el pecho que apenas puedo respirar. Este cuerpo anciano y frágil a punto de desmoronarse fue la morada de Sadie durante más de un siglo. He de irme. para sorpresa del encargado. Pienso en todas las veces que he querido tocar a Sadie. Finalmente. Me bullen extrañas ideas en la cabeza. en todas las veces que he intentado apretarle la mano o darle un abrazo… y aquí la tengo ahora. Y entonces lo sé. Por si acaso. sin darme por vencida. por todos lados. No obstante. Salgo a la calle… y me detengo en seco. He de salir de aquí. Claro que lo sé. que esperaba paseándose por el pasillo. que es donde importa. Ha seguido adelante. Me seco las lágrimas. —Todo bien. Con piernas temblorosas. Era ella. Quizá debiera decir unas palabras. deseando que llegue a sentir mi contacto. sosteniendo aún la puerta. las piernas me llevan a todo correr a la acera de enfrente. Mi corazón. Luego me siento en el banco y lo aferró con ambas manos.

Pero cuando se enteró Malcolm. uno. Bravo.280 - . Cuando llegué y vi toda esta multitud me quedé sin aliento. Nunca he hablado por unos altavoces tan potentes y. Uno. —Damas y caballeros —repito—. (O para ser más cínicos. Contactaron conmigo al enterarse de que iba a celebrarse un oficio conmemorativo y se ofrecieron a hacerlo gratis. y eso es lo que cuenta. muchas gracias por estar aquí. Alrededor y por debajo de ella han dispuesto los arreglos florales más preciosos que he visto en mi vida. dos. abarrotando la iglesia. Creo que Sadie se habría sentido muy satisfecha. el director de la London Portrait Gallery. por si había amantes de la pintura que quisieran presentar sus respetos a la mujer que ha acabado convertida en un icono tan famoso. era «moda años veinte». como no ha cesado de repetirme el párroco. Me vuelvo para mirar la enorme reproducción del cuadro de Sadie que domina la iglesia. en esta hora de tristeza y celebración… —escudriño los rostros que me observan expectantes: filas y filas enteras que llenan los bancos de la iglesia de Saint Botolph— en esta hora de aprecio y admiración por una mujer extraordinaria que nos ha impresionado a todos. Me importa un bledo que no se acostumbre recomendar indumentaria en los oficios de este tipo. porque son admiradores de Sadie y querían homenajearla. Las enfermeras de la residencia Fairside han hecho un esfuerzo . —Repaso con una sonrisa los abrigos de época. recibieron una infinidad de peticiones. Para asombro de todos.) En un principio no pretendía que esto se convirtiera en un acto tan concurrido. aunque antes he hecho una prueba de sonido («¿Sí? ¿Sí? Bienvenidos a Wembley. Incluso apareció en las noticias de London Tonight. porque sabían que ese gesto les daría un montón de publicidad. A Sadie le habría encantado. Sólo me había propuesto organizar un oficio en memoria de Sadie. todavía estoy un poco impresionada. la verdad. personas que han querido honrar la memoria de Sadie. La indumentaria recomendada. y todo el mundo ha hecho más o menos el intento. Al final. hecha con rosas de un amarillo pálido en un lecho de musgo. Y aquí están ahora. Esa maravilla es obra de Hawkes and Cox. me pidió permiso para anunciarlo en su página web. las bufandas con cuentas de cristal e incluso las polainas que lucen algunos—. y hasta con una reproducción del collar de la libélula. tuvieron que hacer un sorteo. dos»). —También quiero decir que vuestras vestimentas son maravillosas. en efecto. con lirios y orquídeas y hiedra colgante.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 27 —¡Damas y caballeros! Mi voz resuena con tal fuerza que me detengo para aclararme la garganta. uno de los mejores floristas de Londres.

Capto la mirada de Ginny y ella me dedica una sonrisa radiante y me hace un gesto de ánimo con su abanico. Ginny y un par de enfermeras más de la residencia asistieron hace unas semanas al funeral privado y la incineración de Sadie. Y afrontaba la vida como la mayor aventura. tanto consigo mismas como con todos los residentes que han traído. Los veo sentados en primera fila. que quede claro. que se pirraba por mover las ancas en un club o en una fuente pública.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE espectacular. Como saben. pintarse los labios. A ella y a los demás. que me miran fascinados. que adoraba conducir deprisa. Él también se sabe de memoria el discurso—. . Fue un acto de recogimiento muy sentido. Era aguda. Llevan unos modelitos fabulosos. Sólo permití que asistieran las personas que la habían conocido. y al final les hice una donación importante para la residencia y todas rompieron a llorar otra vez. —Aquellos de ustedes que sólo conocen a Sadie como la modelo de un retrato podrán preguntarse quién era la persona que había detrás del cuadro. Papá va con un conjunto que no tiene nada de época. un traje normal y corriente. sonríen con educación. y lloramos y bebimos vino. siguió teniendo veintitrés años toda su vida. después me las llevé a almorzar. años setenta. Pero le encantaban Grazia y todas las revistas de moda. Vivió ciento cinco años. Ruego que ninguno de los presentes sepa lo que significa esa expresión. Las circunstancias los separaron trágicamente. Él nunca dejó de amarla. Anoche ensayé el discurso delante de ellos y papá no paraba de repetir con incredulidad: «¿Cómo sabes todo esto?» No tuve más remedio que aludir vagamente a «archivos» y «cartas antiguas» para que se calmara. Lo hechizó completamente. ni ella a él. como si hubiese dicho que le encantaba hacer arreglos florales. en fin. Conocido de verdad. Pero a ella le habría parecido espantoso que la hubieran considerado únicamente una «anciana de ciento cinco años». con tocados y collares cada una de ellas. Pero. Porque. Una chica que amaba el charlestón y los cócteles. Mamá lleva un desastroso vestido lila de cintura baja con una cinta en el pelo que recuerda más el rollo Abba. Mis padres no estaban invitados. lo perdono porque me mira desde ahí abajo con un calor.281 - . y contamos anécdotas de Sadie y reímos. en efecto. en su interior. —Le lanzo una mirada furtiva a Ed. un orgullo y un afecto impresionantes. fumar cigarrillos… y darle de comer al ganso. —Examino a los asistentes. Bueno. Tenía un don para lograr que sucedieran las cosas. ella fue la musa de uno de los pintores más famosos de este siglo. pero si él hubiera vivido más tiempo… ¿quién sabe? Hago una pausa para tomar aliento y echo un vistazo a mamá y papá. —Aborrecía las labores de punto —añado—. Siguió siendo una chica que vivía con un permanente chisporroteo en el estómago. que está al lado de mamá y me hace un guiño. divertida. Creo que más o menos lo comprendieron. valiente y extravagante. debo decirles que era una mujer asombrosa. con una sola hilera de botones y un pañuelo moteado de seda asomando por el bolsillo. Y. para asegurarme de que todos me escuchan—. que la moda de los veinte. —Era una mujer emprendedora y abnegada. lo que ya es todo un logro.

En principio quería prohibirle que asistiera al oficio. Él ni siquiera sabe lo que me dispongo a leer. —Hago una pausa efectista. pues. apoyaremos a varias organizaciones relacionadas con el baile. Con mis propias condiciones. allá voy: —«Sólo gracias al cuadro de mi tía Sadie logré abrirme camino en el mundo de los negocios. En especial. Esperaba risas aquí. me dije. La iglesia entera se ha quedado en silencio. al final reconsideré mi decisión. Se puso colorado y empezó a decirme si me gustaría convertirme en uno de los patronos. —Desde luego. (No quise revelarle que sólo soy una entusiasta de Sadie y que los demás cuadros me tienen sin cuidado. Es muy fácil dar por descontada a la familia y no concederle su verdadero valor. para nosotros. transida de emoción. no me encontraría en la posición privilegiada que ocupo hoy en día. o entrar en el consejo o algo así. ¿por qué no dejar que venga y honre a Sadie?. que procederé a leer en su nombre.) —También me gustaría anunciar que mi tío. Sin su belleza y su ayuda. cosa que me alegra. Sonrío a Malcolm Gledhill. a instituciones benéficas de la tercera edad y a la residencia de ancianos Fairside. acaparar todo el protagonismo y hacer su numerito habitual. Está al lado de papá. Los fondos recaudados serán distribuidos por los administradores entre aquellas causas que ella sin duda habría apreciado. Y sin Sadie. con un traje hecho a medida y un clavel en la solapa. y nunca para recibir elogios. Era parte de nuestra herencia. No soy la única. a lo largo de su vida no la aprecié lo suficiente. ninguno de nosotros ocuparía la posición que hoy ocupamos. Bien. —Motivo por el cual he creado en su memoria la Fundación Sadie Lancaster. Por nada del mundo le habría permitido subirse a este podio. Su publicista estaba desesperado porque él viniera. No puedo evitar echarle una mirada gélida al tío Bill. La gente no para de echarle ojeadas. Era mi tía abuela.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Una risa recorre el templo. eso sí. e incluso detecto algunos codazos y cuchicheos. anunciar que donaré diez millones de libras a la Fundación Sadie . ella no era sólo la chica sin nombre de un cuadro. dado que soy una amante del arte tan entusiasta. O escribir su propio discurso.282 - . pero yo no soportaba la idea de verlo fanfarronear. —Deberíamos honrarla y estarle agradecidos —añado. Bill Lington. Sin embargo. muy erguido. Ha salido continuamente en las noticias y las páginas de negocios. que me devuelve una sonrisa radiante. su familia —prosigo—. así como a la London Portrait Gallery. Ha sido un mes impresionante para él. Los periodistas toman notas afanosamente—. —Vacilo al llegar al punto con que realmente pretendo dar en el blanco—. Se lo ve mucho más demacrado que en aquella playa del sur de Francia. Despliego una hoja y dejo que se cree un silencio expectante. ¿por qué no habría de asistir y enterarse de lo maravillosa que era su tía? Así que le di permiso. Pero tu familia es tu historia. para enderezar un poco su maltrecha imagen. en muestra de gratitud por haber preservado su precioso retrato durante los últimos veintisiete años. Y ahora lo lamento profundamente. Se quedó muy satisfecho cuando se lo dije. Me complace. Le lanzo otra mirada significativa al tío Bill. desea hacerle un homenaje a Sadie. Es parte de lo que eres. ¿Por qué no?. Sin embargo.

Todos por ella. ahora que lo han oído seiscientas personas y una legión de periodistas. Cuando puse el grito en el cielo al enterarme del precio.283 - . no podrá echarse atrás. Se habría sentido abrumada al veros a todos aquí. Miro de soslayo a Ed. El órgano ataca los primeros compases de Jerusalén y yo bajo los escalones del podio en dirección a mi sitio en primera fila. Ella habría estado orgullosa. y a Malcolm Gledhill haciéndole señas a un camarero. —Me giro para mirar la reproducción del cuadro un instante—. Como sobrina nieta suya. Un modesto gesto en honor de una persona muy especial. la multitud que canta con brío en memoria de Sadie. Esbozo una sonrisa e inspiro hondo—. Veo a mamá probando su Sidecar con expresión recelosa.) —¡Al ataque! —Levanto mi copa y todos corean: «¡Al ataque!» Se hace un silencio mientras bebemos un sorbo. Entonces. La gente empieza a cantar pero a mí me resulta imposible: tengo la garganta atenazada y no me salen las palabras. Ed lleva una espectacular chaqueta de esmoquin de los años veinte —por la que pagó una fortuna en una subasta de Sotheby’s— y parece una estrella rutilante del Hollywood clásico. que me hace otro guiño y levanta los pulgares. Y ya sólo resta decir… Por favor. al lado de Ed y mis padres. con lo que me ha costado llegar hasta aquí. El tío Bill está transido y en la cara se le dibuja un rictus que quiere ser una sonrisa. (Y me importa un pimiento que normalmente no se sirvan cócteles en los oficios funerarios. Todos aquí.» Se eleva un murmullo atónito. me siento orgullosa. Sadie estaba ingresada en una residencia cuando se descubrió el cuadro y nunca llegó saber lo mucho que se la apreciaba y admiraba. alzad vuestras copas… Un tintineo multiplicado resuena en la nave cuando todos lo hacen. Sadie siempre se lo ha merecido. los atuendos extravagantes. —Buen trabajo —susurra apretándome la mano—. empiezan a reverberar murmullos y risas por toda la iglesia. con la cara arrebolada. Fue él quien me dijo «¡Que sean diez millones!» cuando yo estaba decidida a pedirle cinco y creía que me estaba pasando de la raya. y al tío Bill apurando lúgubremente su gin fizz. Me limito a contemplar en silencio la iglesia llena de flores. poco a poco.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Lancaster. Ha proporcionado alegría y satisfacción a mucha gente. Se habría dado cuenta de la huella que ha dejado en este mundo. incontenibles. A cada invitado se le ha servido un cóctel al llegar: un gin fizz o un Sidecar. preparados por dos barmans del Hilton. y su legado permanecerá durante generaciones. Se habría dado cuenta… —Las lágrimas asoman. para que vuelva a llenarle la copa. —Quiero agradecerles de verdad que hayan venido. el organista empieza a tocar un charlestón (me importa un pito que en estos oficios no suela interpretarse música . —Recorro la iglesia con la vista—. Lo maravilloso del caso es que. No puedo perder los papeles ahora. se limitó a encogerse de hombros y decirme que sabía lo importante que era para mí todo este rollo de época. Gente de lo más variopinta y de varias generaciones. No. personas muy distintas a las que llegó a conmover de un modo u otro. Cuando termina el oficio.

hace unas semanas me pasó una cosa rarísima. —Le sonrío. Lara. Me imagino a Sadie persiguiéndola . —¿El qué? —Fue como si oyera… —vacila un instante y susurra—: una voz en mi cabeza. con la cinta más torcida que nunca. Pero. Durante horas. aspirando la fragancia de las flores. apurando su copa—. Tu fundación será muy útil. —Echa un vistazo alrededor y se inclina hacia mí—. Tiene las mejillas encendidas e irradia satisfacción. Fuera hay unas azafatas que indican a la gente cómo llegar allí. —Y desde ese día. —Se da unos golpecitos en la mollera—. una y otra vez. ¡esa voz me persiguió todo el día! Aquí dentro. Ha sido maravilloso. No me atrevería a contárselo a cualquiera. todavía no. Pareces menos estresada. comprensiva. por cortesía del amable Malcolm Gledhill. Todavía estoy medio anonadada por la revelación de mamá. Pero. Permanezco sentada en el banco. No se ha angustiado pensando que la gente llegaría tarde. No me veo con fuerzas para afrontar la cháchara y el alboroto. Increíble. ¿Quieres que te llevemos? —No. La recepción se va a celebrar en la London Portrait Gallery. —¿Una voz? —Me pongo rígida—. Hoy no se ha preocupado por nada. —Cariño. —Una cosa muy rara —dice al fin—. — Consulta su reloj—. No me dejaba tranquila. ya lo sabes. de veras. bueno. ¿Qué te ha pasado? Me pregunto de repente si habrá ido al médico. intrigada. deja de preocuparte!» Sólo eso. o rompería las copas. señorita de la voz. y se aleja. a la espera de que se calme un poco el ambiente. ¿sabes? ¡Y los cócteles! —añade. Le he hecho justicia. al menos eso creo y espero. —Gracias. Mamá asiente. todavía con sus cócteles en la mano. ¿Estará tomando Valium o Prozac? ¿Será una euforia química? Ella se ajusta las mangas de su vestido lila. —Me encanta cómo has puesto en evidencia a Bill. Pero yo no me apresuro a salir. o acabaría borracha. verdaderamente maravilloso. ¿Qué clase de voz? —Yo no soy una persona religiosa.284 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE profana) y todos los congregados salen en fila lentamente. con un nudo en la garganta—. papá ha ido a buscar el coche. las cosas no me preocupan tanto como antes. Se sienta a mi lado—. ¡Qué idea más brillante! La observo. interrumpiendo mis pensamientos. —Mamá se acerca. me arrellano en el banco y contemplo las preciosas molduras del techo. Será mejor que me vaya. Mientras el charlestón deja paso a otra melodía de los años veinte. Acabé irritada y al final le respondí: «Vale ya. —¡Hala! —finjo asombrarme. —Mamá… estás distinta —le digo—. Todavía no. ¡Mensaje recibido!» Y entonces se detuvo como por arte de magia. ¡Pensé que estaba volviéndome loca! —¿Y qué… qué te decía? —Decía: «¡Todo irá bien. Nos vemos allí.

que desde luego debía agotar el seguro del coche. mientras nos dirigíamos al ensayo del oficio. bajando la voz—: ¿Lista para ir a la galería? Les he dicho a tus padres que se adelantaran. Me coge del brazo y yo aprieto el suyo. ¿no? ¡Ha venido muchísima gente! —Ha sido increíble. —Claro. ya lo veo. yo hice otro tanto y nos cogimos de la mano con los dedos firmemente entrelazados. Eh… ¿tenemos el coche cerca? —Porque me pareció que decías «Sadie». Me lanzó una mirada significativa y me preguntó qué me parecía. —Me acaricia la mejilla suavemente y me pregunta. Se hace un breve silencio mientras procuro adoptar una expresión perpleja.285 - . —Gracias. No sé qué es. Ayer. Me da la sensación de que incluso ahora ignoro la mitad de lo que Sadie hizo y llegó a conseguir. Él me dedicó una sonrisa de complicidad. Necesitaba estar a solas un momento. Aparece una mujer con túnica y empieza a apagar las velas. por la fuerza de la costumbre—. —Sí. —¿Con quién hablabas ahora? —añade como sin darle importancia. Hago un esfuerzo y se la devuelvo. disimulando mi euforia. Ya no queda nadie en el recinto. —Me sonrojo de satisfacción—. Echamos a andar hacia la verja que da a la calle. —Ed se detiene y me clava una mirada inquisitiva. como salido de la nada. No puede. porque así podrá agotar el seguro del coche. poniendo ojos inocentes. —¡Felicidades! —Ed se planta delante de mí. —¿Yo? Con nadie. Todavía. O sea: «Necesitaría tomarme otro Sidecar. Él no puede leerme el pensamiento. ¿Dónde estaba?. no hay respuesta. Me despabilo por fin. —Quizá sea por mi acento británico —respondo con súbita inspiración —. y me estampa un beso en los labios. meneando la cabeza—. Gracias por esperarme. ¿Sadie? —Pero. comentó que piensa prolongar seis meses su estancia en Londres. me digo. Como me ocurre con frecuencia. . Al salir al patio de la iglesia. Ha estado bien. —Sonrío—. Quizá me has oído decir «Sidecar». Y todo gracias a ti. pero no tengo a nadie cerca y me sorprendo levantando la vista al cielo. No podría haber salido mejor.» —Sidecar. naturalmente. un rayo de sol me da en la cara y parpadeo. recojo el bolso y me pongo en pie. ¿Para qué iba a decir su nombre? —Eso mismo he pensado yo: «¿Para qué va a decir su nombre?» No cejará. Fingí que lo pensaba detenidamente. pero hay algo. —Hay algo… —dice al fin. ¿escondido detrás de una columna?—. Me he sentido orgulloso de ti.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y dándole la vara incansablemente. —¿Eso te ha parecido? —Suelto una risita como si la idea me resultara estrafalaria—. sin previo aviso. La iglesia se ha despejado. sobresaltándome. Aún hay bastante gente charlando en la acera. —¿Sadie? —digo en voz baja. y le dije que sí.

—Sí. Ed sabe todo lo demás sobre mí: las cosas importantes y las triviales. Hay algo. —Me coge la mano con esa firmeza a la que ya me he acostumbrado—. las plumas que oscilan sobre mi frente. Lástima que ella no pudiese verte. chica años veinte. que haya podido verlo. Esboza una sonrisa. Una lástima.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Noto una punzada en el corazón. Pero. Al fin y al cabo. También debería saber esto. *** . mis cimbreantes cuentas de azabache. y su expresión se relaja. Da un repaso a mi vestido de época. Has estado fantástica con tu tía.286 - . mientras nos alejamos. fue parte de ello. Parte interesada. —Sí —asiento—. Y algún día te lo contaré. Espero que sí. me permito una miradita más hacia el cielo. —Vamos. mi pelo cortado a lo garçon.

.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE RESEÑA BIBLIOGRÁFICA SOPHIE KINSELLA Sophie Kinsella es el seudónimo con el que Madelaine Wickham. UNA CHICA AÑOS VEINTE No hace falta ser un lince para darse cuenta de que Lara Lington no atraviesa un buen momento: su novio le ha dado esquinazo. Madeleine Wickham nació en Londres. como todo lo que escribe Kinsella. aparece nada menos que el fantasma de su tía abuela Sadie. De ¿Te acuerdas de mí?. Estudió en Oxford. «Una comedia deliciosa (. si cuentas con la ayuda de un fantasma. su última novela. un auténtico éxito de ventas. Sadie la apremia para que recupere un misterioso collar desaparecido en extrañas circunstancias. Actualmente vive en Surrey y está escribiendo su próxima novela. Ya es hora de que algo le salga bien. The Tennis Party. recientemente fallecida a la edad de 105 años. sólo viaja a Nueva York por razones culturales y mantiene una excelente relación con el director de su banco. han sido traducidos a más de 30 idiomas. su mejor amiga se ha largado a Goa y la empresa de cazatalentos que ha montado con ella se va al garete. pero asegura que siempre paga sus facturas. mientras trabajaba como periodista financiero. la famosa «loca por las compras».287 - . Así. Sophie confiesa que le encanta ir de compras y le vuelven loca las rebajas. Kinsella es la autora de la popular serie protagonizada por Becky Bloomwood. uno de los personajes más simpáticos y peligrosos que ha dado la literatura. Asimismo. a lo largo de este hilarante laberinto. autora de varias novelas. Está casada con un profesor y tiene dos hijos.» DAILY TELEGRAPH «De lectura imprescindible para quien busque una dosis de escapismo este verano. Y aunque Lara intenta tomárselo con calma. la impulsiva Sadie la empujará a través de un alucinante y laberíntico enredo en el que se verán envueltos personajes como su repelente prima Diamanté. al final las cosas siempre se arreglan. que se pondrá a husmear ante la sospecha de un improbable asesinato. En plena tormenta existencial. ha pretendido ocultar sus huellas. se han vendido más de un millón de ejemplares solamente en inglés y más de 250 mil en alemán.. un estirado ejecutivo norteamericano y hasta la misma policía. Publicó su primera novela.» PUBLISHERS WEEKLY «Agradable y alegre. sin el cual nunca podrá disfrutar en paz de su eterno descanso. Sus libros.» TIME MAGAZINE «La cara más original e inspirada de Kinsella. ha sido número uno en Inglaterra. Con el aspecto y la marcha de una joven de los años veinte. Pues no. Estados Unidos e Italia.) Una ráfaga de aire fresco. Lara acabará convencida de que.» SUNDAY EXPRESS. *** .

mayo de 2010 Ilustración de la cubierta: Lucy Traman / New Division ISBN: 978-84-9838-284-6 Depósito legal: B-16. 2009 Título original: Twenties Girl Traducción del inglés de Santiago del Rey Farrés Editor original: Transworld. 01/2009 © Ediciones Salamandra.288 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE © Sophie Kinsella.854-2010 Printed in Spain . 2010 1ª edición.

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