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La habitación de los objetos perdidos

La habitación de los objetos perdidos

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Poemas escritos en el peor momento de 2005
Poemas escritos en el peor momento de 2005

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La habitación de los objetos perdidos Ricardo Silva Romero

Promesa Habrá un momento en que la oscuridad no podrá ser escrutada por ninguna vela. Se agotarán los fósforos de los cajones. Y las siluetas serán solo una silueta. Habrá una vez, en una vida nueva, un silencio más que suficiente. En un principio sentiremos miedo, pero después no nos harán falta ni el sol ni las quimeras. Una ola llegará a la orilla del oído, como un recuerdo que buscará a su dueño, pero se irá de nuevo para siempre. Estaremos ahí, en una estación segura, invariables, fijos, con el alma muda y los pies bajo una manta de reposo. Estos viernes se acabarán. Te lo prometo. No esperarás llamadas milagrosas. Llorar no volverá a servir de nada. Vivir sólo será seguir con vida.

Una vez Hubo aquí un pueblo invisible, en las naves de estas catedrales de basura, nacido de Dios, en esta era, para el oficio de ser exterminado. En los jardines de cartón de este infierno, a unos pasos del palacio de gobierno, hubo una casta repudiada que creció en el paredón, del uno al diez, hasta llegar al grito de salida. Ninguna lápida, ni una sola huella de sangre, lo revela, pero pasaron de largo, sin saludar ni despedirse ni aprenderse el padrenuestro de memoria.

Croquis Sólo queda una palma de humo en esta plaza oficiada por fantasmas, pero nadie se atreve a negar su grave lentitud de camposanto. Hay un relámpago oscuro, cada noche, entre la última voz y la primera, un segundo en la brújula del mapa en que aparece un palacio naufragado que guarda una tormenta de gritos como una caja de música perversa. A esta hora parece una mentira esa escena que parpadea en la vigilia. Y sin embargo se pueden sentir, si uno se queda quieto en una loza, las manos plegadas de las víctimas. ¿Y el humo?, ¿y la corona de humo que viaja por todas las estatuas? El humo pinta en esta página negra el aura gris de cada muerte.

Ya pasó Lo dice el lugar donde ha estallado una bomba, la madre atada de manos que ha visto caer a su hijo, los dos pies que consiguen quitarse los zapatos, los pasajeros del avión que ha aterrizado, la era que ha logrado volverse una era nueva. Lo dicen los fantasmas en los bordes de mis gafas (esas luces punzantes de formas anónimas que me siguen, voz a voz, por el camino) pues nadie más, nadie con vida, podría advertir la paz a la que llega la mirada. Lo dice ella, que acaba de cerrar la última puerta de un amor que la volvió un espectro, para seguir ese camino que se queda en su lugar. “Ya pasó”, se dice ella. “Todo está bien ahora”. El mundo siempre vuelve a su cauce como un río apacible lleno de cadáveres.

Amén He aquí un minuto de silencio por ese pordiosero de tres años que pasa bajo los paraguas de una multitud de pecados. Qué tal ahora un grito velado por ese hombre rendido que se ha quedado atrás como una estatua de paso mientras el bus avanza. O una ovación ensordecedora para ti, que vuelves a una casa porque es la única casa que tienes, lejos de las ruinas y de las palabras necias de todos los mundos posibles.

Adiós Que aquel barco navegue Bogotá, frente a esta lluvia de agujas de agua, no es una noticia de última hora, pero que naufrague en septiembre, embestido por monstruos de viento, es algo para contarle a los nietos. Los niños le dicen “adiós” desde las ventanas del último piso como viudas flamantes en un puerto. Y el capitán reclama la proa cuando doblan la última esquina sin acatar el fallo del semáforo. El fantasma de mi amigo va ahí, buscándome desde la torre del mástil, en paz porque nadie muere dos veces. Su barco se hunde en mi ventana, como se hunde el amor por los demás, para dejarme ver el horizonte.

Autopista Vas por la autopista, a merced del azar, en el camino de regreso a una casa a la que no crees que quieras llegar, en un bus que se va en la oscuridad detrás de las luces de los postes y las ventanas que siguen trabajando. Vas en un barco fantasma que persigue los faros clavados en una novela. Pero nadie te creería algo como eso. Los carros se van en un punto de fuga a un sitio que está en ninguna parte. Y tú, que no puedes ponerte al volante, que te resignas a ser otro pasajero en un viaje que se sale de tus manos, sólo ves esos gestos de paso que no alcanzan a ser gestos. Querría decirte “no será así toda la noche”. Daría la vida por creer en tu regreso. Pero vas por la autopista de los otros con la secreta esperanza de perderte.

Huellas Este es, una vez más, el lugar en donde estábamos, pero no sé, si me preguntas, el camino hacia mi casa. Sé que había un balcón enterrado en helechos de flores. Una mujer pidiendo más. Y un soldado a la espera de una guerra perdida. Sé que un vendedor de nada repetía el “Dios los bendiga” que quería que le dieran. Y que tú le dabas las gracias, le decías “lo mismo”, por si acaso. Pero no sé nada más. Yo nunca sé de nada. Si alguien sabe bien quién soy, si me ha visto volver atrás o golpear alguna puerta, que no tenga miedo de salvarme.

Calle abajo Vienen los segadores, en esta noche de carros lluviosos, en una carreta que un caballo herido lleva a cuestas, con hoces de lata, señales de muerte y palabras de vaho. Son dos niños de cera, un perro fumado y un viejo sin día siguiente, habituados a los ojos perdidos de los grandes hallazgos, vestidos con abrigos pobres de padres culposos. Llevan una bandera de un país que no existe en el mapa, pero el viento se niega a izarla en el aire de todos pues nadie se atreve a admirar el paso de los segadores. El eco de los cascos en el pavimento llega al último piso, a los hijos que leen La vendedora de fósforos por última vez, pero ninguna madre se da el lujo de ver por la ventana. Los segadores se van, de eso se trata, como una mala noticia que esperábamos oír desde el principio de la vida, como una figura en un óleo que puede moverse. Son dos señoras secas, una niña lijada y la silueta de un ogro, extraviadas en una ciudad que sólo puede ser una ciudad, en un mundo que no es más que el eco o que la lluvia.

Ruego Sal de este lugar mientras puedas hacerlo. Ciérrate ahora, ya, olvida que tienes dos manos. Sube al segundo carro que detengas. Y lee de reojo las sentencias en los muros para probar que aún hablas el idioma. Pide que te dejen en una multitud. Déjate ir en el primer río que suene hasta que no reconozcas el mundo, hasta que no seas tú, ni él, ni nadie. Piérdete en las aceras de ese bosque de personas que no volverás a ver en los años o los días que te queden. Y no vuelvas por ti, olvídate, aunque tus gritos no te dejen oír las voces obstinadas de los otros.

El futuro La batalla está a punto de empezar. Se ve en el suspenso del aire, en el silencio que nadie recibe, y en el temblor de las hojas que aguantan cuando todo el mundo falta. Este paisaje dejará de suceder: es una verdad de dominio público. Pronto, más pronto que la muerte, caerá el telón sobre los lugares vacíos, y nadie aplaudirá, nadie podrá decir si estuvo bien o estuvo mal, si se alcanzó alguna conquista en el camino. Cualquier cosa que quede, la luz vencida, los árboles del fondo, la vida que va detrás del monte, compendiará lo que perdimos.

Edificio La Gran Vía Porque no es razonable ni está bien que haya tanto dolor en una sola vida, el hombre se reparte en edificios. Y cada cual entra en la habitación del drama que le corresponde. Este es el edificio en donde naciste. Este es el árbol que tiene tu edad. Tu deber es volver a la habitación en donde espera el único reflejo del único espejo que no miente, para ingerir tu dosis del espanto. Que ningún apartamento esté vacío. Esa es tu otra obligación. Tu otro oficio. Vigila, por debajo de las puertas, que cada quien haga su parte en este plan que se nos sale de las manos. Habrá una recompensa en el camino. Puede pasar que no la notes.

101 Y él le dijo “estoy cansado, Marta”, pero quería decirle en voz alta que hubo una edad, una vez, un día en que sus plegarias fueron escuchadas. Y ella fingió que no había oído, que estaba en otra habitación, porque le temía a los ruegos ajenos como a los vaticinios. Y el frío detuvo a la noche hasta las dos de la madrugada a la espera de un consuelo que sólo nos llega cuando niños. Y alguno de los dos dijo en voz baja “son las dos: es hora de acostarnos” convertido en el único adulto en esa oscuridad incuestionable.

102 Ella ha dicho que va a llover mañana. Lo ha repetido como si supiera. Y la luz a medias del apartamento, una victoria breve de la intimidad, ha puesto en evidencia ese silencio que se sienta al lado de las víctimas. Cuando ella no espera a que alguien vuelva, cuando las mariposas negras se asilan detrás del bodegón que cuelga en su sala, cuando hace mal los cálculos del mes y se dedica a ver el álbum de fotografías que ha incumplido todas sus promesas, se dice “esto no era lo que imaginaba: seguro que va a llover mañana”. Quiere dejar de ser ella, o ser como era, en el hombro que fuera de su padre. Pues su padre le habría dicho “niña: la lluvia está afuera” como en un bodegón de cosas vivas.

201 La madre que se apaga los reúne en la cocina para contarles la única historia que se sabe. “Y hubo un mal día años después”, les dice, “en que las escaleras sólo fueron hacia arriba, y yo no tuve ya una madre que me dijera dónde había quedado el mundo”. Pero ellos, sus seis hijos, no hablan más su lengua y no quieren volver a sentarse en esa mesa porque ahí los asalta, bajo la ropa lejana colgada en las cuerdas del patio de ropas, la tentación de llevarla a un sanatorio. Gracias a Dios existe el día siguiente. Y aplazar la verdad es nuestro oficio.

202 Aquella mujer, que se acuesta bocabajo en la cama en donde agonizó en vano con ese personaje indescifrable, es un horizonte que por fin termina, una espalda adivinada que espera la llegada de un fantasma que susurre “no tendrás miedo”, “no tendrás hambre”, “no tendrás frío”, mientras una mano pasa por las faldas de su cuerpo.

203 Érase una vez un cuerpo enfermo, aquejado por un mal impronunciable que le daba la espalda a la memoria pues solía volver a la infancia como a un cuarto lleno de juguetes. Érase una vez una figura en la ventana, su olor a haberse rendido esa mañana, su zapato izquierdo sin cordones y su vergüenza, por no reconocernos, que era una sonrisa involuntaria. La enfermera le decía “mi señora: ¿quiere volver a contarme su niñez?”, y ella escapaba del dolor de sus manos en el relato hablado de una vida que era una foto empobrecida.

204 Que llegue alguien a esta hora, por favor, que llegue el padre, la madre o el vecino, que de la puerta venga un “¿todo está bien?” antes de que el pobre niño viejo sea maltratado por el ogro. La bestia tiene el hambre, tiene el sueño, tiene el dolor de cabeza de las bestias que envidian las noches de los otros como si todos los demás tuvieran suerte. Y el niño se le esconde a su venganza. El monstruo no descansará hasta estremecerlo, hasta hacerle pagar cada hora de tedio en ese apartamento cerrado con seguro, si no aparece un ángel de la guarda que aplace el horror para mañana.

301 Lucía le jura a su hijo de tres años que nada malo va a pasarle mientras se peina su sereno pelo negro en la llama de una lamparita. El niño se sube a una silla coja, como un explorador sube a un nevado, y le dice “mamá: eres la niña más linda del mundo” en el segundo plano del espejo. Y ella le canta, por partes, su nostalgia, en la efímera cuna de sus brazos, mientras cambia las guardas del día para que no entre más la noche.

302 Comenzó a leer este libro hace diez meses. Y leerlo, hasta hoy, ha sido un paréntesis a su vejez, al dolor en la parábola de sus manos, al viaje de bodas de su hijo menor, a los objetos que tumba cuando pasa. Esta mañana odia el tacto de sus páginas pues está a unas pocas frases de acabarse. Si no se hubiera quedado dormido, si el fantasma de su esposa no pusiera sus gafas pendientes, bajo la pequeña lámpara alucinada, en la mesita de todas las noches, se rendiría en las ruinas del campo de batalla. Si ella no volviera a encajar el separador de libros en los primeros episodios de la historia, despertaría a punto de morirse.

303 Y Dios le dijo al hombre en el oído: “Te he quitado de las palmas de las manos el mejor amigo que pudiste tener, la esposa que te hacía sentir a salvo, y el orgullo de ser la persona que eres, como el sol arruina a los helechos altivos o la lluvia deja a los árboles sin piso. Y te has quedado quieto, sin plegarias ni súplicas de último minuto, igual que el hombre que dice „Señor, acepta mi voz, vete de viaje, no me des la vida que quieres para mí, no me des lecciones a destiempo‟”. Y el hombre tuvo que dormir, entre las voces de todas las noches, como una hoja que ha querido caer pero sólo caerá cuando Dios quiera.

304 Quien supera a tientas, en la oscuridad espesa, los portarretratos vacíos sobre las mesas, los pequeños hombres de acuarela del pasillo, y las habitaciones a prueba de sueños de guerra, puede verle esta cara de quedarse sin aire Quien supera, en la ceguera, los tantos precipicios de este apartamento a medianoche, puede ver a este hombre que fuma bajo un bombillo agrietado, que es su miedo de perder la vida que tenía. Aquí está. Con sus rodillas apaleadas. No tiene a la mano ninguna palabra de consuelo. Verlo es un pequeño privilegio.

401 Está vacío desde hace nueve meses. Las puertas tienen huellas de las peleas de la pareja de guajiros que se condenó a la muerte torpe de ciertas parejas. El sol no entra cuando uno lo espera por las persianas de madera que un inquilino dejó ahí desde el mayo soleado de 1987. La cocina oxidada es la mansión oscura de las mariposas negras que se cuelan en los últimos apartamentos habitados. Pero él cree que puede mudarse, pues le gusta más creer que no creer, vivir como se habita un sitio abandonado. Desde la ventana raída de la habitación ve el patio verde donde aún es un niño, un pasado vacante que sólo él conoce. Sí le gusta el mal olor del 401: sí lo trae de vuelta de esa vida feliz en la que todo se cierra con seguro. “A mi esposa va a encantarle”, dice.

402 Siempre que alguien se va a ir, vuela por el pasadizo de este apartamento una gigantesca mariposa negra. Si un amigo va a morir al día siguiente, la mariposa espera con las alas quemadas de par en par en el indefenso marco de la habitación. Si un amor se va a perder en esta vida, aletea extraviada en un bosque de objetos contra las ventanas de la sala. Si es solo un aviso, una forma de decir “nada tienes en las manos”, se sienta en una esquina insólita como una servilleta sombría que sólo sirve para eso.

403 “Te esperé toda la tarde en la silla que siempre dejamos vacía. Vi que no tienes nada, sólo ciruelas heladas, en la nevera. Te habrás propuesto matarme de tu hambre, guardar lo que no tienes. No apagué las lámparas porque sé que no te gusta llegar en la oscuridad. Puse el libro de William Carlos Williams en mi mesa de noche. Y dejé caer mis llaves en el borde de la cama”.

404 El gesto que iba a hacer (iba a llevarse una mano a la frente para decirse “no puedo más”, “si mi amigo viviera no me perdería en el silencio de Dios”) se ha extraviado en la habitación de los gestos perdidos igual que todos los gestos malogrados. Tratará de hacerlo otra vez. Todos lo intentamos. Querrá decir “no puedo más”, dejarse ir en la palma de su mano, pero podrá mentirse a tiempo (pensar, por ejemplo, en el futuro) como quien muere de viejo.

501 No llores, te lo ruego, mientras te vea llorar. Ten claro que sufrir es evitar el sufrimiento. Sube las escaleras heladas en las puntas de los pies para que nadie se entere de que eres como todos. Vete a dormir, duerme aunque no cierres los ojos. Y trágate la madrugada sin pedir clemencia hasta llegar a la mañana que indulta a cualquiera.

502 Dejaste los objetos donde están. No cerraste la puerta de tu habitación, no abriste la luz de las cortinas ni alisaste los pliegues de la cama como si todas las cosas fueran a esperarte. Dejaste la ropa del día anterior en la silla en la que nadie se sienta. Y el periódico abierto en una buena noticia cubierta por la taza del té de las mañanas. Dejaste tus rastros así, en el suelo, en los bordes, en el polvo, como si esta tarde fueras a volver a poner las piezas en orden. Pues quien deja todo en paz, en su lugar, antes de irse de viaje, se despide, para siempre, de su vida. Y no quieres morir como tu amigo.

503 Gracias, gracias por preguntar, digo sin voz, he estado más que bien en estos días. Mi corazón ha descansado en la idea de la muerte y me he quedado dormido de pronto, en la última luz que acepta la noche, antes de someterme al sinsentido. Me he levantado ileso de la cama, cada día, sin razones de peso para levantarme, como si vivir fuera una disciplina y no hubiera lugar para balances. Y he vivido en paz, sin pedir clemencia o sentirme peor que ahora, o antes, o después, sin reclamarle alivio a dioses de emergencia o hallar culpables de un horror que es sólo mío. Así que sí, he estado bien, todo ha seguido. No niego que despierto a medianoche. Pero créame que logro estar con vida.

504 Desde este día toma su lugar. Cierra con seguro el mundo de los dos como si fuera una iglesia invisible o una ciudad amurallada frente a la incertidumbre. Y dice “todo está bien”, un hombre sordo a los acordes fúnebres, un soldado ciego a los pueblos invasores, a salvo en la puesta en escena de una vida de tantas posibles. Desde este día es él quien lanza sentencias aleccionadoras, se queja del estado de la juventud y niega en el cuerpo el monstruo que crece a escondidas.

601 Que vengan ya los buenos tiempos. Tengo el alma lista a recibirlos. Que el planeta que ensombrece esta era perfile en el aire su viaje de regreso. Que la luz de las cuatro de la tarde sostenga mi esperanza hasta mañana. Que el tercer acto de la vida de mis padres sea el milagro que han sembrado sin saberlo. Que vengan ya los buenos tiempos. Ya he cometido todos los errores. Que venga ya mi hijo, el hijo que no viene, y me nombre caballero de su suerte. Que tú sigas honrando tu promesa y me concedas la tregua de tu hombro. Que la vejez preserve mi cuerpo y me cedan el paso en los cortejos. Que vengan ya los buenos tiempos. Ha sido suficiente de este mundo.

602 ¿Estaría mal, sería una conducta pobre, indigna, de mal gusto, lanzar un grito de horror a esta hora, en este apartamento sin muebles, a los oídos lejanos de un planeta de inquilinos? ¿Sería algo mal visto, un gesto desmedido de tiempos de hombres bárbaros, dejarse llevar por un golpe de voz exasperado que abriera un paréntesis perturbador en los vecinos? ¿Tendría que avergonzarme, deshonrarme, aunque nadie entendiera lo que grito, aunque fuera una sílaba errática, ronca, que yo mismo alcanzara a detener con las dos manos en el borde cerrado de los labios? No habrá nada más. Sólo ese grito. Juro quedarme quieto, después, hasta dormirme.

603 La vida es larga en este apartamento. La vida es fácil en este lugar. Y la vida está sola, como será de sola, en esta infancia tan secreta. Las mañanas son jornadas enteras, que se van pero se quedan en la imaginación de la ventana. Y las tardes son batallas perdidas, pequeñas puestas en escena, de un niño que cierra los ojos para hacerse una idea de la noche. La vida acá no duerme en paz. La vida se apaga en la madrugada. Y entra, por debajo de la puerta de metal, la corriente helada de todo lo que viene.

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