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El Principe Que Ha de Venir

El Principe Que Ha de Venir

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Daniel, Profecia, 70 Semanas, Anticristo.
Daniel, Profecia, 70 Semanas, Anticristo.

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LA PRINCIPAL CORRIENTE de profecía se desliza por el canal de la
historia hebrea. Ello es ciertamente verdadero en toda la revelación.
Once capítulos de la Biblia bastan para cubrir los dos mil años
anteriores a la llamada de Abraham, y el resto del Antiguo Testa-
mento se relaciona con la raza abrahámica. Si por un corto espacio de
tiempo la luz de la revelación descansó sobre Babilonia o Susa, ello
fue debido a que Jerusalén estaba desolada, y a que Judá estaba en el
exilio. Por un tiempo los gentiles han obtenido el principal puesto en
la bendición sobre la tierra; pero ello es enteramente anómalo, y el
orden normal en los tratos de Dios con el hombre va a ser restaurado.
«Que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya
entrado la plenitud de los gentiles; y así todo Israel será salvo, como
está escrito.»1

1. Ro. 11:25, 26. No se debe de confundir la llegada de la plenitud de los gentiles
con el cumplimiento de los tiempos de los gentiles (Le. 21:24). Lo primero se refiere
a bendición espiritual, lo segundo al poder terrenal. Jerusalén no debe ser la capital de
una nación libre, independiente del poder gentil, hasta que el Hijo de David venga a
reclamar el cetro. Ver nota n.° 25 de p. 174.

Las Escrituras están llenas de promesas y profecías en favor de
esta nación, ni una de ellas ha tenido todavía su cumplimiento. Y
mientras que se hace de la apasionada poesía, en que muchas de las
antiguas profecías están moldeadas, un pretexto para tratarlas como
descripciones hiperbólicas de las bendiciones del Evangelio, no se
puede apelar a la misma excusa en el caso de la Epístola a los
Romanos. Escribiendo a los gentiles, el apóstol de los gentiles razona
allí este asunto en presencia de los hechos de la dispensación gentil.
Las ramas naturales de la raza de Israel han sido rotas del olivo de los
privilegios y bendiciones terrenas, y, «contra naturaleza», se han
puesto en su lugar las ramas de olivo silvestre de sangre gentil. Pero a
pesar de la amonestación del apóstol, nosotros, los gentiles, hemos
llegado a ser «sabios en nuestra propia soberbia», olvidando que el
olivo «de cuya raíz y rica savia» participamos, es esencialmente
hebreo, porque «los dones y el llamamiento de Dios son irrevo-
cables».

Las mentes de la mayor parte de las personas están esclavizadas a
los hechos normales de su experiencia diaria. Las profecías de un
Israel restaurado les parecen a muchos tan increíbles como las
predicciones de los presentes triunfos de la electricidad y del vapor
hubieran podido parecer a nuestros antepasados hace un siglo.2
Mientras que se aparenta independencia al juzgar de esta manera, la
mente da solamente prueba de su propia impotencia e ignorancia.
Además, la posición que los judíos han mantenido durante dieciocho
siglos es un fenómeno que por sí mismo desmonta cualquier aparente
presunción en contra del cumplimiento de las profecías.
No se trata aquí de cómo una falsa religión como la de Mahoma
puede mantener un frente sin fisuras en presencia de una fe verda-
dera; el problema es muy distinto. No solamente en la edad pasada,
sino también al principio de la presente dispensación, los judíos
gozaron de una preferencia en la bendición, que, en la práctica,
llegaba a significar casi un monopolio del favor de Dios. En su
infancia la Iglesia cristiana era esencialmente judía.

2. Reiteramos aquí que esta obra fue escrita en 1882, cuando el imperio turco era
señor y dueño de la Tierra Prometida. (Ñ. del T.)

76

Los judíos bajo su techo se contaban por miles, los gentiles por
decenas. Y a pesar de ello, este mismo pueblo llegó a ser, y por
dieciocho siglos lo ha continuado siendo, más muerto a la influencia
del Evangelio que cualquier otra clase de personas en el mundo.
¿Cómo puede darse razón de «este misterio», como lo denomina el
apóstol, excepto de la manera en que las Escrituras lo dan, o sea, que
la era de la gracia especial a Israel se cerró con el período histórico
de los Hechos de los Apóstoles, y que desde aquel período de su
historia «ha acontecido a Israel endurecimiento en parte?»
Pero esta misma palabra, la verdad de la cual queda tan claramen-
te probada por los hechos públicos, continúa declarando que este
endurecimiento judicial ha de continuar solamente «hasta que haya
entrado la plenitud de los gentiles»; y el inspirado apóstol añade: «Y
así todo Israel será salvo; como está escrito: Vendrá de Sión el
Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y éste será mi pacto
con ellos.»3

Pero puede preguntarse, con toda la razón: ¿no implica ello
meramente que Israel será introducido a las bendiciones del
Evangelio, y no que los judíos serán bendecidos bajo un principio
que es totalmente inconsistente con el Evangelio? El cristianismo,
como sistema, asume el hecho de que en una edad anterior los judíos
poseían un puesto peculiar de bendición: «Cristo Jesús se puso al
servicio de los de la circuncisión
para mostrar la verdad de Dios,
para confirmar las promesas hechas a los padres, y para que los
gentiles glorifiquen a Dios por Su misericordia.»4

Pero los judíos han
perdido su peculiar terreno debido al pecado, y ahora se hallan sobre
el terreno común de una humanidad arruinada. La cruz ha derruido
«la pared intermedia de separación» que les separaba de los gentiles.
Ha nivelado todas las diferencias. Con respecto a la culpabilidad «no
hay diferencia, por cuanto todos pecaron»; y en cuanto a misericordia
«no hay diferencia entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor
de todos, que es rico para con todos los que le invocan».

3. Ro. 11:25, 26. No cada israelita, sino Israel como nación (Alford, Greek
Testament, in loco).

4. Ro. 15:8, 9.

Entonces, si no hay diferencia, ¿cómo puede Dios dar bendición
bajo un principio que implica que hay una diferencia? En una
palabra, el cumplimiento de las promesas a Judá sería totalmente
inconsistente con las verdades distintivas de la dispensación actual.
La cuestión que aquí tratamos es una de inmensa importancia, y
reclama nuestra consideración más dedicada. Tampoco es suficiente
aseverar que el undécimo capítulo de Romanos supone que en esta
época el gentil posee una ventaja, aunque ésta no constituya una
prioridad, y que, por lo tanto, Israel puede disfrutar del mismo
privilegio después de ello. Constituye parte de la misma revelación
que, aunque la gracia desciende al gentil allí donde él se halla, no le
confirma en su posición como gentil, sino que le eleva de este
terreno, y le desnacionaliza; porque en la Iglesia de esta dispensación
«no hay judío ni griego».5

Por el contrario, las promesas hechas a
Judá implican que la bendición llega al judío como judío, no tan sólo
reconociendo su posición nacional, sino confirmándolo en ella.
Por ello, la conclusión es inevitable, que antes de que Dios pueda
actuar así, debe haber cesado la especial proclamación de la gracia en
la presente dispensación, y se debe haber inaugurado un nuevo prin-
cipio en los tratos de Dios con la humanidad.
Pero aquí sólo parece que las dificultades se multipliquen y se
hagan mayores. Pues, podría preguntarse: ¿nuestra dispensación no
sigue su curso hasta el retorno de Cristo a la tierra? ¿Cómo pueden
ser hallados los judíos a Su venida sobre un terreno de bendición
nacional, del mismo tipo del que mantenían en una era pasada?
Todos deberán admitir que las Escrituras parecen enseñar que éste
será el caso.6

La cuestión aún es planteada de si éste es el significado
que realmente tiene. ¿Hablan las Escrituras de alguna crisis en rela-
ción a la tierra, que tenga que tener lugar antes «del día en que el
Hijo del hombre se manifieste»?

5. Gá. 3:28. Comparar esto con las palabras del Señor en Juan 4:22 «la salvación
viene de los judíos».
6. En prueba de ello se puede apelar a estas mismas profecías de Daniel; y otras pro-
fecías testifican de ello de una manera más llana aún, particularmente el libro de
Zacarías.

77

Nadie que busque diligentemente la respuesta a esta cuestión puede
dejar de quedarse impresionado por el hecho de que a primera vista
parece haber una cierta confusión en las afirmaciones de las Escri-
turas a este respecto. Ciertos pasajes afirman que Cristo volverá a la
tierra, y que estará de pie en el mismo monte de los Olivos donde sus
pies lo tocaron por última vez antes de que ascendiera a Su Padre;7

y

otros nos dicen de la manera más llana que El vendrá, no a la tierra,
sino al aire por encima de nosotros, y llamará a Su pueblo a encon-
trarse allí con El, y para estar con Él.8

De nuevo, estas Escrituras nos
demuestran de la manera más clara que es Su pueblo creyente que
será «arrebatado hacia arriba»,9

dejando que el mundo siga su curso
hasta su juicio; mientras que otras Escrituras nos afirman de manera
igualmente inequívoca que no es Su pueblo, sino los malvados los
que serán entresacados, dejando a los justos que «resplandecerán
como el sol en el reino de Su Padre».10

Y parece que la confusión
aumenta cuando notamos que las Sagradas Escrituras parecen señalar
a los justos que van a ser así bendecidos en ocasiones como judíos, y
en ocasiones romo cristianos de esta dispensación en la cual el judío
es rechazado por Dios. Esas dificultades admiten tan sólo una
solución, una solución tan satisfactoria como sencilla; la de que lo
que llamamos la segunda venida de Cristo no es un solo evento, sino
que incluye varias y distintas manifestaciones. En la primera de ellas,
El llamará a Sí mismo a todos los justos muertos, juntamente con Su
pueblo propio que esté entonces viviendo sobre la tierra. Con este
evento cesará el día especial «de la gracia», y Dios volverá otra vez a
«los pactos» y las «promesas», y aquel pueblo a quien le pertenecen
los pactos y las promesas11

volverá a ser de nuevo el centro de la
acción divina hacia la humanidad. Todo lo que Dios ha prometido
queda dentro del campo de las esperanzas del creyente;12

pero éste es

su horizonte próximo.

7. Zac. 14:4; Hch. 1:11, 12. 8. 1a

Ts. 4:16, 17.

9. Ibid., 1.a

Co. 15:51, 52.. 10. Mt. 13:40-43.
11. Ro. 9:4. 12. «Pero esperamos, según su promesa, cielos
nuevos y tierra nueva» (2.a

P. 3:13). Largas épocas de tiempo e innumerables suce-
sos deben tener lugar antes de la consecución de esta esperanza.

Todas las cosas esperan este cumplimiento. Antes del retorno de
Cristo a la tierra son muchas las páginas de las Escrituras que han de
cumplirse, pero ni tan sólo una línea de las Escrituras se interpone
ante la realización de esta esperanza especial de la Iglesia, de Su
venida para tomar a Su pueblo consigo mismo. Aquí tenemos, pues,
la gran crisis que pondrá fin al reino de la gracia, y que introducirá
los predeterminados ayes del más fiero juicio sobre la tierra —«días
de venganza, para que se cumplan las cosas que están escritas».13
La objeción de que una verdad de esta magnitud hubiera sido
afirmada con una claridad más dogmática es olvidar la distinción
entre enseñanza doctrinal y proclamación profética. La verdad de la
segunda venida pertenece a la profecía, y las afirmaciones de las
Escrituras respecto a ella están marcadas por las mismas caracte-
rísticas que marcaron las profecías del Antiguo Testamento acerca
del Mesías.14

«Los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían detrás de
ellos» fueron predichos de tal manera que un lector superficial de las
antiguas Escrituras no hubiera advertido que iban a haber dos venidas
del Mesías. E incluso el estudiante cuidadoso, si no hubiera estado
versado en el esquema general de la profecía, hubiera podido suponer
que las dos venidas, aunque moralmente distintas, debían estar ínti-
mamente conectadas en el tiempo. Así es con respecto a la venida
futura. Algunos contemplan la segunda venida como un solo evento;
otros reconocen su verdadero carácter, pero dejan de ver el intervalo
que tiene que separar su primera etapa de la última. Una aprehensión
inteligente de la verdad con respecto a esto es esencial para la recta
comprensión de la profecía aún sin cumplir.
Pero, habiendo ya fijado así claramente estos límites básicos para
que nos guíen en nuestro estudio, no podemos dejar de reprochar
intensamente los intentos de llenar el intervalo con mayor precisión
que lo que exigen las Escrituras.

13. Lc. 21:22.
14. Para un tratado admirable acerca de estas características de la profecía, ver
Christology de Hengstenberg (Grand Rapids: Kregel Publications), p. 222.

78

Existen eventos definidos que han de tener su cumplimiento, pero
nadie puede dogmatizar con respecto al instante o manera de su
cumplimiento. Ningún cristiano que estime rectamente el asombroso
peso de sufrimiento y pecado que cada día que pasa añade a la
culpabilidad y al sufrimiento de este mundo, puede dejar de ver que
ciertamente el fin puede estar cerca; pero que no se olvide del gran
principio de que «la longanimidad de nuestro Señor es para
salvación»,15

ni del lenguaje de los Salmos, «porque mil años delante
de tus ojos son como el día de ayer que pasó, y como una de las
vigilias de la noche».16

Hay mucho en las Escrituras que parece
justificar la esperanza de que la consumación no se retardará pero,
por otra parte, no es poco lo que sugiere el pensamiento de que antes
de que se cumplan estas escenas finales, la civilización habrá retor-
nado a su antiguo hogar en Oriente y, quizás, que una Babilonia
restaurada habrá llegado a ser el centro de progreso humano y de
religión apóstata.17
Mantener que todavía tienen que transcurrir largas edades sería tan
injustificado como lo son las predicciones hechas tan confiadamente
de que todo se cumplirá dentro de nuestro siglo. Es tan sólo en cuanto
a la profecía que queda dentro del campo de las setenta semanas de
Daniel que entra en el reino de la cronología, y la visión de Daniel se
relaciona principalmente con Judá y Jerusalén.18

15. 2a

P. 3:15.
16. Sal. 90:4.
17. Isaías 53 parece conectar la caída final de Babilonia con el gran día que se
aproxima (cp. los versículos 1, 9, 10, 19); y en Jeremías 1, el mismo suceso queda
relacionado con la futura restauración y unión de las dos casas de Israel (v. 20). Pero
presento la sugerencia solamente como un caveat en contra de la idea de que ya
hemos llegado a los últimos días de la dispensación. Si la historia de la cristiandad
tuviera que llenar otros mil años, esta espera no desacreditaría en absoluto la verdad
de una sola afirmación de las Sagradas Escrituras.
18. Desde luego, ninguna de las visiones de Daniel presenta una extensión mayor.
Isaías, Jeremías, y Ezequiel tratan de Israel (o las diez tribus); pero Daniel trata
solamente de Judá.

79

13

El segundo Sermón del Monte

EL LAZO QUE CONECTA el pasado con el futuro, entre lo cumplido y lo
que queda por cumplir, se hallará en el Evangelio de Mateo.
Las principales promesas mesiánicas quedan agrupadas en dos
grandes clases, conectadas respectivamente con los nombres de
David y Abraham, y el Nuevo Testamento abre sus páginas con el
relato del nacimiento y del ministerio del Mesías como el «Hijo de
David, Hijo de Abraham»,1

porque en un aspecto de Su obra El «se
puso al servicio de los de la circuncisión para mostrar la verdad de
Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres».2

La pregunta

de los Magos, «¿dónde está el que ha nacido rey de los judíos?»,
suscitó una esperanza que constituía una parte de la política nacional
de Judá; e incluso el indigno Idumeo que entonces usurpaba el trono
era sensible a su significado: «Herodes se turbó, y toda Jerusalén con
él
».3

1. Mt. 1:1.
2. Ro. 15:8.
3. No debe imaginarse que al rey le moviera ninguna emoción do tipo religioso.
El anuncio de los Magos fue para él lo que el nacimiento de un heredero es para un
presunto heredero. Los Magos le preguntaron: «¿Dónde está el que ha nacido Rey
de los Judíos"?»
Por ello, la pregunta de Herodes al Sanedrín fue: «¿Dónde había
de nacer el Cristo?» Y, al serle mencionada la profecía que indicaba Belén de una
manera tan clara, decidió destruir a todos los niños de corta edad en aquella ciudad
y distrito. Herodes y el Sanedrín no habían aprendido a espiritualizar las profecías.

Y cuando la proclamación se hizo después, primero por parte de
Juan al Bautista, y al final por el mismo Señor y por Sus apóstoles,
«el reino de los cielos se ha acercado», los judíos conocían bien su
importancia. No se trataba del «Evangelio» tal y como lo entende-
mos en la actualidad, sino el anuncio del inminente cumplimiento de
la profecía de Daniel.4

Y este testimonio tuvo un doble acompaña-
miento. «El Sermón del Monte» es registrado como incorporando las
grandes verdades y principios asociados con el Evangelio del Reino;
y los milagros que le seguían daban prueba de que todo ello era
divino. Y en las primeras etapas del ministerio de Cristo, Sus mila-
gros no estaban reservados a aquellos cuya fe respondía a Sus pala-
bras; la única cualificación que se demandaba era que el receptor
tenía que pertenecer a la raza favorecida.

No vayáis por camino de gentiles, ni entréis en ciudad de samari-
tanos, sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y
al ir, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado.
Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera
demonios; de regalo recibisteis, dad de regalo.5

Tal fue la comisión que los doce se dedicaron a cumplir a través
de aquel pequeño país, a cada rincón en los que la fama de su
Maestro ya les había precedido.6
Pero el veredicto de la nación, por medio de sus líderes acreditados y
responsables, fue el de rechazar Sus afirmaciones mesiánicas.7

4. Cp. Pusey, Daniel, p. 84.
5. Mt. 10:5-8. El capítulo es profético, siguiendo el carácter de este libro, y llega
en su testimonio hasta los últimos tiempos (ver p. ej. v. 23).
6. Mt. 4:24-25.
7. En nuestra propia época los judíos han tenido la temeridad de publicar una
traducción de la Mishná, y el lector que lea sus tratados puede juzgar con qué des-
precio y repulsión el Señor tuvo que haber contemplado la religión de aquellos
hombres miserables. El tratado Sabbath permitirá un invalorable comentario sobre
el capítulo 12 de Mateo. La Mishná es una compilación de las tradiciones orales de
los rabinos, ejecutada en el siglo II d.C, para impedir que quedasen perdidos a
causa de la diáspora; las mismas tradiciones, muchas de ellas, que prevalecían
cuando el Señor estaba en la tierra, y que condenó con tan pocas contemplaciones

80

Los hechos y palabras de Cristo recogidas en el capítulo doce de
Mateo constituyeron una condena abierta y deliberada y un desafío a
los fariseos, y la respuesta de ellos fue la de reunirse en consejo
solemne y decretar Su muerte.8
A partir de aquel momento Su ministerio entró en una nueva fase.
Los milagros continuaron, porque Él no podía hallarse en presencia
del sufrimiento y rehusar remediarlo; pero aquellos a los que de esta
manera El bendecía eran ordenados «que no le descubriesen».9

El

Evangelio del Reino cesó; Sus enseñanzas vinieron a ser camufladas
en parábolas,10

y los discípulos tuvieron prohibido enseñar que Él era

el Mesías.11

El capítulo 13 de Mateo es profético del estado de cosas que ha de
dominar entre la época de Su rechazamiento y Su retorno en gloria
para reclamar el puesto que en Su humillación se le negó. En lugar de
la proclamación del reino, les enseñaba «los misterios del reino»12

Su

misión cambió de carácter, y en lugar de un rey venido a reinar, se
describió a Sí mismo como un Sembrador sembrando semilla. De las
parábolas que siguen, las tres primeras, pronunciadas a la multitud,
describen el carácter y los resultados exteriores del testimonio en el

…Viene 7

como minando las Escrituras, pues entonces como ahora los judíos las aceptaban
como poseyendo aprobación divina (Cp. Jewish Cal., Introduc. de Lindo; History
of the Jews
de Milman, libro XVIII).
8. Mt. 12:1-4.
9. Mt. 12:16.
10. Mt. 13:3, 13. «Por la expresión en Marcos, comparada con la pregunta de los
discípulos en el versículo 10 --y con el versículo 34-- parece ser que éste fue el

preciso momento en que el Señor empezó a enseñar en parábolas por vez primera,

expresamente dadas como tales, y propiamente así llamadas. Y la secuencia natural
de las cosas concuerda aquí y confirma la disposición del relato de Mateo en contra
de aquellos que los situarían (como Ebrard) entero antes del Sermón del Monte.
Allí El habló sin parábolas, o principalmente sin ellas; y así continuó hasta que el
rechazo que sufrió y la mala comprensión de Sus enseñanzas le llevaron a adoptar
este rumbo judicialmente, tal como aquí se indica, Alford, Greek Testament, Mt.
13:3.
11. Mt. 16:20.
12. Mt. 13:11.

mundo; las tres últimas, dirigidas a los discípulos,13

hablan de las

realidades escondidas reveladas a mentes espirituales.
Pero estas mismas parábolas, mientras que enseñaban a los
discípulos, de la manera más clara, que todo quedaba pospuesto de lo
que los profetas les habían enseñado a esperar en relación con el
Reino, les enseñó de una manera no menos clara que el día vendría
con toda seguridad cuando todo se cumpliría; cuando la maldad sería
desarraigada, y el Reino establecido en justicia y paz.14

Así, ellos
aprendieron que iba a existir una «edad» de la cual la profecía no
había registrado su existencia, y otro «Advenimiento» a su final; y
«el Segundo Sermón del Monte» fue la respuesta del Señor a la
pregunta: «¿Cuál será la señal de Tu venida, y del fin de esta
época?»15

El capítulo 24 de Mateo ha sido bien descrito como «la clave de la
interpretación apocalíptica», y «la piedra de toque de los sistemas
apocalípticos».16

El versículo 15 especifica un evento que marca una época, por la
cual podemos conectar las palabras del Señor con las visiones de
Juan, y ambas con las profecías de Daniel.
El pasaje entero es, evidentemente, profético, y su cumplimiento
pertenece claramente a los tiempos del fin. La aplicación más plena y
definida de las palabras tiene que ser así para aquellos que van a ser
testigos de su cumplimiento.

13. Como también lo fueron las interpretaciones de las parábolas del Sembrador y de la
Cizaña.

14. Mt. 13:41-43.
15. Mt. 24:3. «Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le
acercaron aparte.» Cp. con Mt. 5:1: «Subió al monte; y sentándose, se acercaron a
Él sus discípulos.»
El Sermón del Monte desarrolló los principios sobre los cuales se establecería el
Reino. Habiendo sido rechazado el Rey por la nación, el segundo Sermón del
Monte expone los sucesos que tienen que preceder a Su retorno.
16. Alford, Greek Testament, vol. iv, part. II. Proleg. Rev.

81

Es a ellos que se dirige especialmente la advertencia de que no
sean engañados por una falsa esperanza del retorno inmediato de
Cristo.17

Una serie de terribles sucesos ha de tener lugar todavía; pero
«todo esto será el principio de dolores»; «pero aún no es el fin». La
duración de estos «dolores» no se revela. El primer signo seguro de
que el fin está cerca será el advenimiento de la prueba más terrible
que hayan conocido jamás los redimidos sobre la tierra. El cumpli-
miento de la visión de Daniel de la contaminación del Santuario ha
de ser la señal para la huida inmediata; «porque habrá entonces gran
tribulación»,18

que no habrá tenido paralelo ni siquiera en la historia
del judaísmo. Pero como ya se ha señalado, esta última gran perse-
cución pertenece a la segunda mitad de la semana septuagésima de
Daniel,19

y por ello permite un punto de referencia por el que pode-
mos determinar el carácter y fijar el orden de los principales sucesos
que marcan las escenas finales predichas en la profecía.
Con la clave así obtenida del Evangelio de Mateo, podemos diri-
girnos confiadamente al estudio de las visiones apocalípticas de Juan.
Pero primero se debe reconocer claramente que en el capítulo 24,
como en el libro de Daniel, Jerusalén es el centro de la escena con la
que se relaciona la profecía; y esto, necesariamente, implica que los
judíos habrán sido restaurados a Palestina antes del tiempo de su
cumplimiento.20
Las objeciones basadas en la supuesta improbabilidad de tal suceso
quedan suficientemente contestadas señalando la relación entre pro-

17. Mt. 24:4-6. Esto es, la etapa final de Su advenimiento no Su venida tal cual
está profetizada en la 1a

Ts. 4 y en otros lugares, la cual no tiene ningún signo que
la preceda. Ver la p. 163. Referir el v. 5 a los tiempos de Bar Cochba constituye un
anacronismo evidentísimo. La referencia primaria en los vv. 15-20 y, por ello, a la
porción más anterior de esta profecía, era el período que finalizaba con la destruc-
ción de Jerusalén.
18. V. 15-21. Cp. con Dn. 12-1. Ver p. 113.
19. Ver p. 113.
20. La cuestión de la restauración de ellos a la posición de bendición ya se ha
considerado en páginas precedentes. Ver pp. 159-161.

profecía y milagro.21

La historia de la raza abrahámica, con la que la
profecía se relaciona tan estrechamente, es poco más que el registro
de interposiciones milagrosas.

Su salida de Egipto fue milagrosa. La entrada de ellos a la tierra
prometida fue milagrosa. Sus tiempos de prosperidad y de adver-
sidad en aquella tierra, sus servidumbres y sus liberaciones, sus
conquistas y sus cautividades, fueron todas milagrosas. Toda la
historia desde el llamamiento de Abraham hasta la construcción del
Templo constituyó una serie de milagros. Este período constituye
tanto el principal objeto de los historiadores sagrados que poca cosa
más queda registrada... No hay historiadores en el sagrado volumen
del período en que se retiró la intervención milagrosa. Después de la
declaración por medio de Malaquías de que un mensajero sería
enviado para preparar el camino, el siguiente suceso registrado por
un escritor inspirado es el nacimiento de aquel mensajero. Pero del
intervalo de 400 años entre la promesa y su cumplimiento no se da
ningún relato.22

Los setenta años desde el nacimiento del Mesías hasta la dispersión
de la nación fueron fructíferos en milagros y en cumplimiento de
profecías. Pero la existencia nacional de Israel es como si fuera el
escenario único donde el drama de la profecía puede representarse en
su plenitud; y desde la era apostólica hasta nuestra era presente no se
puede apelar a ni un solo evento público que dé una prueba indispu-
table de intervención inmediata de parte de Dios en esta tierra.23
Un cielo silencioso es una de las características principales de la
dispensación en la que nuestra suerte ha sida echada. Pero la historia

21. Es algo asombroso considerar que desde que este libro fue escrito (fue
publicado en 1882), Israel ha sido ya restaurado, y que Dios se valió de las
atrocidades cometidas por el régimen de Hitler para acelerar la emigración de los
judíos a Palestina, donde en 1948 proclamaron el Estado de Israel. Sal. 76:10.
(N. del T.)
22. Clinton, Fasti H., vol. i, p. 243.
23. Existe, sin duda alguna, lo que puede llamarse el milagro privado de la
conversión individual, y el creyente tiene prueba trascendente no sólo de la
existencia de Dios, sino además de Su presencia y poder con los hombres (ver pp.
57-60).

82

de Israel tiene que ser aun completada; y cuando aquella nación salga
de nuevo a escena, el elemento de interposición milagrosa volverá de
nuevo a marcar el curso de los eventos en la tierra. Por otra parte, la
analogía del pasado nos guiará a esperar un solapamiento en el paso
de una dispensación a la otra, más bien que una transición brusca; y
la cuestión es de particular interés, en líneas generales, de si los
sucesos actuales no están llevando a esta consumación misma, la
restauración de los judíos en Palestina.
La decadencia del poder musulmán es uno de los hechos públicos
más patentes; y si el desmembramiento del Imperio Turco se retrasa
aún, ello es debido enteramente a los celos mutuos entre las naciones
de Europa, cuyos intereses rivales parecen hacer imposible una distri-
bución amistosa de sus territorios. Pero la crisis no puede retrasarse
indefinidamente; y cuando ésta llegue, la cuestión de la máxima
importancia, siguiente en importancia a la de Constantinopla, será: ¿y
qué ha de ser de Palestina? Es improbable en alto grado una anexión
por parte de cualquier estado Europeo. El interés de varias de las
potencias principales lo impide. Así, el camino quedará abierto a los
judíos, cuando sus inclinaciones o su destino les devuelvan de nuevo
a la tierra de sus padres. No solamente dejaría de impedirles su
retorno cualquier influencia hostil, sino que las probabilidades del
caso (y en esto estamos tratan-do de probabilidades)24

están en favor

de la colonización de Palestina por aquel pueblo a quien histórica-
mente le pertenece. Hay razones para creer que ya ha empezado un
movimiento de este tipo; y si, ya sea debido a que el Cercano Oriente
llegue a ser lugar de paso a la India, o por alguna otra causa, surgiera
la prosperidad en cierto grado a aquellas costas que fueron en su
tiempo el centro comercial del mundo, los judíos emigrarían hacia
allí por miles desde todos los países.

24. Es digno de notar cómo Sir Anderson distingue entre meras probabilidades y
la brillante exposición de las Escrituras mismas. Es curioso ver que, al final, la
emigración judía a Palestina se efectuó contra viento y marea, y frente a la oposi-
ción del mismísimo país de Sir Anderson, Inglaterra,
que no quería malquistarse a
los árabes y su posible influencia en la región. Ciertamente, los judíos fueron
conducidos a Israel no por circunstancias favorables, sino a pesar de todas las
imposibilidades. (N. del T.)

Es cierto que colonizar un país es una cosa, mientras que crear una
nación es algo muy distinto. Pero el testimonio de las Escrituras es
explícito de que la independencia25

nacional de Judá no ha de ser
conseguida mediante la diplomacia ni la espada. Jerusalén ha de
permanecer bajo supremacía gentil hasta aquel día en que se cumplan
las visiones de Daniel. En el lenguaje de las Escrituras, «Jerusalén
será pisoteada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles
se cumplan
».26

Pero mucho antes de ello la Cruz tiene que suplantar a
la Media Luna en Judea, pues si no es increíble que la Mezquita de
Omar deje su puesto al Templo Judío en el Monte Sión.27
Si la operación de causas como las anteriormente indicadas,
juntamente con la decadencia del poder musulmán, guiara a la
formación de un protectorado en un estado judío en Palestina,
posiblemente mediante la ocupación militar de Jerusalén por o para
alguna de las potencias Europeas, no se precisaría de nada más que
suponer un avivamiento religioso entre los judíos, para preparar el
camino al cumplimiento de las profecías.28

25. Aquí, desdichadamente, se confunde independencia nacional con la soberanía
sobre Jerusalén. En 1948 los judíos consiguieron lo primero, pero no la soberanía
sobre la Jerusalén propia, la Ciudad de David, en la que entraron en 1967. En
efecto, desde el punto de vista de Dios, Jerusalén «el lugar que Jehová tu Dios
escogiere para poner allí Su nombre» es el monte de Sión, y en particular la era de
Arauna Jebuseo, el lugar del Templo, que tiene en su centro la Mezquita de Omar,
lugar santo del Islam, y en otros rincones la Mezquita de El Aqsa y la Casa del
Tesoro,
o Qubbet es Silsile. Estos lugares, precisamente en el área del Templo,
están aún bajo soberanía y protección del Islam, y, desde el punto de vista objetivo,
Jerusalén continúa estando pisoteada por los gentiles. Así, aunque los judíos están
ya de vuelta a Israel, y poseen la ciudad de Jerusalén, el elemento definitorio de la
ciudad y que realmente define al judaísmo como tal, la adoración judía en el
Templo, está aún fuera del alcance de ellos, y está esperando al tiempo que Dios ha
marcado. (N. del T.)
26. Lc. 21:24. Esto es, hasta después del período durante el cual la soberanía
terrena, confiada a Nabucodonosor hace veinticinco siglos, tiene que permanecer
entre los gentiles (ver p. 73).
27. Ver nota 25.
28. El siguiente extracto de la Jewish Chronicle del 9 de noviembre de 1849 es
citada en Ten Kingdoms del señor Newton (2.a

ed., p. 401): «Los potencias
europeas no tendrán que preocuparse por restaurar a los judíos individual o

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«Dios no ha desechado a Su pueblo»; y cuando la actual dispen-
sación cierre sus páginas, y el gran propósito para lo que fue intro-
ducida haya quedado satisfecho, los cabos sueltos de la profecía y de
la promesa volverán a ser anudados, y la dispensación históricamente
interrumpida en los Hechos de los Apóstoles, cuando Jerusalén era el
centro designado por Dios para Su pueblo sobre la tierra,29

volverá a

seguir su curso. Judá volverá a ser una nación, Jerusalén será
restaurada, y se volverá a construir aquel templo en el que ha de
erigirse «la abominación de la desolación».30

…Viene 28.

colectivamente. Désele a Palestina una constitución como la de los Estados
Unidos... y los judíos se restaurarán a sí mismos. Ellos volverían alegre y
confiadamente, y allí esperarían piadosamente hasta que un Mesías inspirado
celestialmente venga, quien tiene que restaurar la luz mosaica a su esplendor
original.
29. Los gentiles eran entonces admitidos dentro del círculo, no como iguales, sino
en cierto sentido como prosélitos que habían sido aceptados en el seno de la nación.
La Iglesia era esencialmente judía. El templo era el lugar en que se encontraban
(Hch. 2:46; 3:1; 5:42). El testimonio de ellos estaba en consonancia con las
antiguas profecías de la nación (Hch. 3:19-26, ver p. 108), e incluso cuando fueron
dispersados por la persecución, los apóstoles permanecieron en la metrópolis, y
aquellos que habían sido dispersados predicaban tan sólo a los judíos (Hch. 8:1, 4,
y 11:19). Pedro rehusó ir entre gentiles hasta que le fue dada una revelación
especial (Hch., cap. 10), y tuvo que defenderse ante la iglesia por haber ido (Hch.
11:2-18. Cp. con el cap. 15).
30. Esparcido entre el pueblo habrá un «resto» quienes «guardan los manda-
mientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo» (Ap. 12:17); judíos, y a pesar
de ello cristianos; judíos, pero creyentes en el Mesías, a quien la nación continuará
rechazando hasta el momento de Su aparición. Tiene que ser evidente a las mentes
reflexivas que profecías tales como la 24 de Mateo implican que existirá un pueblo
creyente que tendrá que ser consolado y guiado por ellas en aquel tiempo y en
medio de aquellas escenas de su cumplimiento.

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