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El Principe Que Ha de Venir

El Principe Que Ha de Venir

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Daniel, Profecia, 70 Semanas, Anticristo.
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«LAS COSAS SECRETAS pertenecen a Jehová nuestro Dios, más las
reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre.»1

Y

entre las cosas «reveladas» la profecía cumplida tiene un lugar
prominente. A la vista de los eventos en los que ha sido cumplida, su
significado sale a la superficie. Admitamos los hechos de la Pasión, y
su relación con el Salmo 22 es indiscutible. Hay profundidades de
significado espiritual en las palabras del salmista, debido a la natura-
leza de los hechos que las han cumplido; pero el testimonio que la
profecía da se dirige a todos, y el que se apresure puede leerlo. ¿Es
posible, preguntará alguien, que esta profecía de las Setenta Semanas
exija tanta investigación y discusión?
Tal objeción es perfectamente legítima; pero la respuesta que se le dé
dependerá de la distinción que se haga entre las dificultades que
surgen de la profecía misma, y aquellas que dependen completamente
de la controversia a la que ha dado origen. Los escritos de Daniel han
sido más el objeto de la crítica hostil que cualquier otra parte de las

1. Dt. 29:29.

65

Escrituras, y los versículos finales del capítulo 9 han sido siempre un
punto principal de ataque. Y ello por necesidad, porque si este solo
pasaje se puede comprobar como profecía genuina, éste establece el
carácter del libro como revelación divina. Reconocidamente, las
visiones de Daniel describen eventos históricos desde los días de
Antíoco Epífanes; por ello el escepticismo asume que el autor vivió
en los días de los macabeos. Pero esta asunción, que se arguye sin tan
siquiera una pretensión decente de pruebas, queda totalmente refu-
tada al señalar una porción de la profecía cumplida en una fecha más
posterior; y por ello es de necesidad vital al escéptico poder desacre-
ditar la predicción de las Setenta Semanas.
La profecía no ha sufrido nada de los ataques de sus enemigos, pero
mucho a manos de sus amigos. No se precisaría de ningún argumento
elaborado para dilucidar su significado, si no fuera por las dificul-
tades suscitadas por los expositores cristianos. Si todo lo que los
autores cristianos han escrito acerca de este tema pudiera ser borrado
y olvidado, el cumplimiento de la visión, hasta allí donde ha sido
cumplido, quedaría claro sobre la página abierta de la Historia. Por
respeto a estos autores, y también con la esperanza de eliminar
prejuicios que son fatales a la recta comprensión del asunto, se han
considerado aquí estas dificultades. Ahora solamente queda reca-
pitular las conclusiones que se han registrado en las anteriores
páginas.

El cetro del poder terreno que había sido confiado a la casa de
David fue traspasado a los gentiles en la persona de Nabucodonosor,
para permanecer en manos gentiles «hasta que se cumplan los
tiempos de los gentiles».
Las bendiciones prometidas a Judá y a Jerusalén fueron pospues-
tas hasta después del período descrito como «setenta semanas»; y al
final de las sesenta y nueve semanas «se le quitaría la vida al
Mesías». Estas setenta semanas representan setenta veces siete años
profé-ticos de 360 días, a ser contados a partir de la promulgación del
decreto mandando la reconstrucción de Jerusalén —«la plaza y el
muro» de Jerusalén. El edicto de referencia fue el decreto promul-
gado por Artajerjes Longimano en el año vigésimo de su reinado,
autorizando a Nehemías a reconstruir las fortificaciones de Jerusalén.

La fecha del reinado de Artajerjes puede determinarse de una
manera cierta, no por medio de elaboradas disquisiciones de comen-
taristas bíblicos, sino por la voz unida de los historiadores y cronó-
logos seculares. La afirmación de Lucas es explícita e inequívoca,
que el ministerio público de nuestro Señor empezó en el año deci-
moquinto del reinado de Tiberio César. Es igualmente claro que
empezó poco antes de la Pascua. Así, se puede fijar su fecha entre
agosto de 28 d.C. y abril de 29 d.C. La Pascua de la crucifixión fue
entonces el año 32 dic., cuando Cristo fue traicionado en la noche de
la Cena Pascual, y llevado a la muerte el día de la Fiesta Pascual.
Así, si las anteriores conclusiones estuviesen bien fundadas,
deberíamos esperar que el período intercalado entre el edicto de
Artajerjes y la Pasión fuera de 483 años proféticos. Y una exactitud
tan absoluta como la que lo permite la naturaleza misma del caso es
todo lo que se está aquí permitido esperar. No puede existir ninguna
cuenta inexacta en la cronología divina; y si Dios se ha dignado
señalar en calendarios humanos el cumplimiento de Sus propósitos,
tal como éstos están predichos en la profecía, el escrutinio más
cuidadoso no detectará fallos ni equivocaciones en los cálculos.
El edicto persa que restauró la autonomía a Judá fue promulgado
en el mes judío de Nisán. De hecho, bien pudo haber sido fechado
desde el 1° de Nisán, pero no mencionándose otro día, el período
profético tiene que contarse, según la práctica común entre los judíos,
a partir del día de Año Nuevo judío.2

Así, las setenta semanas se
tienen que contar a partir del primero de Nisán del año 445 a.C.3

2. «El primero de Nisán es un año nuevo para el cálculo del reinado de los reyes,
y para las fiestas.» Mishná, tratado «Rosh Hash». (Ver p. 124, nota.)
3. «Fue terminado, pues, el muro el veinticinco del mes de Elul, en cincuenta y
dos días» (Neh. 6:15). Cincuenta y dos días, contados a partir del día veinticinco
del mes de Elul, nos llevan hacia atrás al 3 de abril. Por ello, Nehemías no pudo
haber llegado más tarde que el 1° de abril, por lo que parece llegó varios días antes
(Neh. 2:11). Compárese esto con el viaje de Esdras trece años antes. «Pues había
fijado para el día primero del primer mes su salida de Babilonia, y al primer día del
mes quinto [el mes de abril], llegó a Jerusalén, estando con él la buena mano de
Dios» (Esd. 7:9). De ello deduzco que Nehemías también partió tempranamente en
el primer mes.

66

Ahora bien, la gran característica del año sagrado judío ha perma-
necido sin cambios desde aquella memorable noche cuando la luna
llena lanzaba sus rayos sobre las chabolas de Israel en Egipto, ensan-
grentadas por el sacrificio pascual; y ahí no hay dudas ni dificultades
en fijar dentro de límites muy estrechos la fecha juliana del 1° de
Nisán en cualquier año. En el año 445 a.C. la luna nueva por la que la
Pascua se regulaba tuvo lugar el 13 de marzo a las 7 h. 9 m. de la
mañana.4

Y por ello el 1° de Nisán se puede asignar al 14 de marzo.
Pero el modo de hablar de la profecía es claro: «Desde la salida de la
orden para edificar y restaurar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe,
habrá siete semanas y sesenta y dos semanas». Por lo tanto, una era
de sesenta y nueve «semanas», o 483 años proféticos contados a
partir del 14 de marzo de 445 a.C, deberían consumarse con algún
suceso que satisfaciese las palabras, «hasta el Mesías Príncipe».

…Viene 3

Los paralelismos cronológicos entre los viajes respectivos de Esdras y Nehemías
han sugerido la ingeniosa teoría de que ambos subieron a Jerusalén juntos, siendo
Esdras 7 y Nehemías 2 dos relatos del mismo acontecimiento. Ello se basa sobre la
suposición de que los años del reinado de Artajerjes, según el cálculo persa, eran
contados a partir de su nacimiento, suposición ésta, no obstante, que es caprichosa
y arbitraria, aunque su autor la describa como «en absoluto improbable» (Trans.
Soc. Bib. Arch.,
ii, 110: Rev. D. H. Haigh, 4 de febrero, 1873)
4. Para estos cálculos, tengo pendiente una deuda de gratitud al Astrónomo Real,
cuya respuesta a mi pregunta sobre este asunto adjunto a continuación:

ROYAL OBSERVATORY, GREENWICH.
26 junio, 1877
Señor. He hecho calcular las posiciones de la luna de las Tablas de Largetau,
Adición a la Connaisance des Temps, 1846, por uno de mis ayudantes, y no tengo
ninguna duda de su exactitud. Habiéndose calculado la posición para el año -444,
12 de marzo a las 20 h, por la norma francesa, o 12 de marzo a las 8 de la tarde, se
ve que en este momento le faltaba para ser Luna Nueva unas 8 horas 47 minutos, y
por ello la Luna Nueva tuvo lugar a las 4 h 47 m de la mañana el 13 de marzo, hora
de París.

Quedo suyo, etc.
«(Firmado), G. B. Airy.»

Por lo tanto, la Luna Nueva tuvo lugar en Jerusalén el 13 de marzo de 445 a.C.
(444 astronómico) a las 7 h 9 m de la mañana.

La fecha de la Natividad no hubiera podido ser la culminación de
este período, porque entonces la finalización de las sesenta y nueve
semanas hubieran tenido que terminar treinta y tres años antes de la
muerte del Mesías.

Si el principio del ministerio público de Cristo es el que se toma
como punto de partida, se presentan dificultades de otro tipo. Cuando
el Señor empezó a predicar, no se presentaba al reino como un hecho
ya cumplido en Su venida, sino que era una esperanza, el cumpli-
miento de la cual, aunque a las puertas, tenía todavía que cumplirse.
Él tomó sobre sí el testimonio del Bautista: «el reino de los cielos se
ha acercado».
Su ministerio fue de una preparación para el reino,
guiando hacia el tiempo cuando en cumplimiento de las Escrituras
proféticas Él se proclamaría a Sí mismo el Hijo de David, el Rey de
Israel, y reclamaría el homenaje de la nación. Fue la culpa de la
nación que la Cruz y no el trono fuera la culminación de Su vida en
la tierra.

Ningún estudioso de la narración del evangelio puede dejar de ver
que la última visita del Señor a Jerusalén fue no sólo de hecho, sino
en su mismo propósito, la crisis de Su ministerio, la meta hacia la
cual aquella había estado preparada. Después de que habían apare-
cido las primeras indicaciones de que la nación rechazaría Su procla-
mación mesiánica, El rehuyó cualquier reconocimiento público de tal
cosa. Pero ahora Él había dado el doble testimonio de Sus palabras y
de Sus obras de una manera plena, y Su entrada en la Ciudad Santa
era para proclamar Su mesianismo y para recibir Su sentencia. Una y
otra vez les había mandado a Sus apóstoles que no le dieran a cono-
cer. Pero ahora El aceptaba las aclamaciones de «toda la multitud de
los discípulos», y silenció el reproche de los fariseos con la indignada
respuesta: «Os digo que si éstos callan, las piedras clamarán».5
El pleno significado de las palabras que siguen en el Evangelio de
san Lucas queda escondido por una ligera interpolación en el texto.
Mientras que los discípulos prorrumpían en gritos:

«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del
Señor! ¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!»

5. Lc. 19:30-40.

67

El miró hacia la Ciudad Santa y exclamó:

«¡Si también tú conocieses, y de cierto en este tu día, lo que es para
tu paz! Mas ahora está oculto a tus ojos»
.6
El tiempo de la visitación de Jerusalén había venido, y ella no lo
conoció. Mucho antes la nación ya le había rechazado, pero éste era
el día predestinado cuando la elección de ellos se haría irrevocable
aquel día tan claramente señalado en las Escrituras como el cumpli-
miento de la profecía de Zacarías:

«Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén;
he aquí que tu rey viene a ti, justo y victorioso, humilde y cabalgando
sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna».
7

De todos los días del ministerio de Cristo sobre la tierra, ningún
otro satisfará tan bien las palabras del ángel, «hasta el Mesías
Príncipe
». Y la fecha de aquel día se puede determinar. De acuerdo
con las costumbres judías, el Señor fue a Jerusalén alrededor del 8 de
Nisán, «seis días antes de la Pascua».8

Pero como el 14, en el que se
comía la Cena Pascual, caía aquel día en jueves, el 8 era el viernes
anterior. Tiene que haber pasado el sábado en Betania, y en la noche
del 9, después de que el sábado hubiera finalizado, tuvo lugar la cena
en casa de Marta. El día siguiente, el 10 de Nisán, El entró en
Jerusalén tal como está registrado en los Evangelios.9
La fecha juliana de aquel 10 de Nisán era el domingo 6 de abril
del año 32 d.C. ¿Cuál fue entonces el período entre la salida del
decreto para reconstruir Jerusalén y el advenimiento público del
«Mesías Príncipe» —entre el 14 de marzo de 445 a.C, y el 6 de abril
de 32 d.C?

6. Lucas 19:42, «Tú también, como éstos mis discípulos.» «incluso» (Alford, Gr.
Test, in loco).
La Versión Revisada (inglesa) dice: «Si tú hubieras sabido en este
día»,
etc.
7. Zac. 9:9.
8. «Cuando la multitud vino en gran número a la fiesta de los panes sin levadura
en el octavo día del mes Xantico», o sea, Nisán (Josefo, Guerra, vi, 5, 3).
«Y estaba cerca la Pascua de los judíos; y muchos subieron de aquella región a
Jerusalén antes de la Pascua para purificarse... Seis días antes de la Pascua, vino
Jesús a Betania» (J. 11:55; 12:1).
9. Lewin, Fasti Sacri, p. 230.

EL INTERVALO CONTENÍA EXACTAMENTE, Y DÍA POR DÍA
173.880 DÍAS; O SEA, SESENTA Y NUEVE VECES SIETE
AÑOS PROFETICOS DE 360 DÍAS, las primeras sesenta y nueve
semanas de la profecía de Gabriel.10

10. El 1° de Nisán en el año vigésimo de Artajerjes (el edicto para reconstruir
Jerusalén) fue el 14 de marzo de 445 a.C. [En base de un trabajo posterior de
Harold W. Hoehner, se reveló una discrepancia de 10 días en la Cronología con
respecto al comienzo de las hebdómadas. Ver esquema en Carballosa, E. L., Daniel
y el Reino Mesiánico,
Barcelona: Publicaciones Portavoz Evangélico, 1979, p. 284.
(N. del T.)] El 10 de Nisán de la Semana de Pasión (la entrada de Cristo en
Jerusalén) fue el 6 de abril de 32 d.C.
El período entre estas dos fechas fue de 476 años y 24 días (contándose los días de
una manera inclusiva, tal como lo requiere la forma de hablar de la profecía, y
conforme a la práctica judía).

Ahora bien: 476 X 365 = 173.740 días
Añádanse del 14 de marzo al 6 de abril (ambos inclusive) 24 días
Añádanse por años bisiestos 116 días
173.880 días

Y 69 semanas de años proféticos de 360 días (69 X 7 x 360) = 173.880 días.

Será aquí conveniente ofrecer las siguientes aclaraciones.
Primera: al contar los años desde a.C. hasta d.C, siempre se tiene que omitir un
año; porque es evidente, por ejemplo, que del año 1 a.C. al año 1 d.C. no hubo dos
años, sino tan solo uno.
1 a.C. debería ser denominado con propiedad como 0 a.C, y así es denotado por los
astrónomos, que denotarían la fecha histórica 445 a.C. como 444 (ver nota en p.
141).
Y, segunda, el año Juliano tiene 11 minutos 10,46 segundos más que el año solar
medio. Por ello, el año Juliano contiene tres años bisiestos de más cada cuatro
siglos, un error que se acumuló a once días en 1752 d.C, cuando se corrigió
nuestro calendario al declarar al 13 de septiembre como 1 de septiembre, y al
introducir la reforma Gregoriana que tres años seculares de cada cuatro como años
normales; por ej.: 1700, 1800 y 1900 son años comunes, y el 2000 es un año
bisiesto. «El antiguo día de Navidad» está aún señalado en nuestros calendarios, y
se observa en algunas localidades, en el 6 de enero; y hasta nuestros días el
calendario continúa sin corregir en Rusia. (El autor está hablando de Inglaterra con
respecto a la tardía reforma del calendario, y desde que él escribió esta obra se
corrigió el calendario en lo que ahora es la Unión Soviética. (N. del T.)

68

Hay muchas cosas en las Sagradas Escrituras que la incredulidad
puede tener en valor y reverenciar, aun sin aceptarlas en absoluto
como divinas; pero la profecía no admite media fe. La predicción de
las «setenta semanas» era ya una burda e impía impostura, ya en el
sentido más pleno y estricto inspirada por Dios.11

Bien podría ser
que en años todavía por venir, cuando la gran llegada de Judá a su
hogar restaurará a Jerusalén a los verdaderos dueños de su suelo,12
los judíos mismos escarbarán de debajo de las ruinas los registros del
decreto del gran rey y del rechazamiento del Nazareno, y aquellos
para quien se escribió la profecía se quedarán enfrentados con las
pruebas de su cumplimiento. Entretanto, ¿qué decisión deberían
tomar ante esto las personas reflexivas y rectas? Creer que los hechos
y cifras aquí barajados no constituyen más que afortunadas coinci-
dencias envuelve el ejercicio de una fe mucho mayor que la del
cristiano que acepta el libro de Daniel como divino. Se llega a un
punto en el que la incredulidad es imposible, y en el que la mente, al
rehusar la verdad, tiene que buscar refugio en una forma de falsa
creencia que es tan sólo una desnuda credulidad.

11. 2.a

Ti. 3:16.
12. Reiteramos que desde que este autor escribió esta obra (1882) ha tenido lugar
la restauración de Judá en Palestina, con el advenimiento del Estado de Israel en
mayo de 1948. (N. del T.)

11

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