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Do Kamo - Maurice Leenhardt

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Maurice Leenhardt
Maurice Leenhardt

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Así, la palabra no implica el discurso, pero es a la vez el acto medido o es-
pontáneo, la acción, el comportamiento psíquico, mediante los cuales cada uno
se revela o se afirma. Elocución, lenguaje, no son palabra, son un modo de
expresión, y un modo excelente, nacido de la experiencia sensible, pero un modo
insuficiente para el indígena. No porque su lenguaje no sea rico ni esté bien
formado. Su frase, con las partículas que contiene, corresponde a una lógica.
Se pueden extraer de ella las reglas y establecer una gramática que está llena
de sutilezas. Pero, nacido de la experiencia sensible, el lenguaje no sobrepasa
esta experiencia. Su desarrollo es paralelo al de la técnica de los,hombres; pri-
meramente pesada y complicada, tantea durante largo tiempo y tiende a la
simplificación, hasta que se realiza plenamente cuando consigue una construc-
ción en la que ningún material o detalle es inútil o superfluo, en la que todo
el conjunto reviste un carácter absolutamente lógico. La gramática procede

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DO KAMO

a la inversa de la naturaleza, para la que superabundancia y derroche signifi-
can vitalidad: la técnica, obra de las manos, conduce a discernir la lógica de
las cosas. Su práctica dirige de este modo al pensamiento hacia una lógica pa-
ralela. Cuando los canacos preparan un plan o discuten un acuerdo, dicen: Gere
wa ceki tu ma de = nosotros hacemos por ordenado y conforme a la regla;
es decir, actuamos para que todo sea ordenado, justo, igual. La imagen se toma
de la fabricación de faldas, cuya medida en madera de asegura el largo pare-
jo de las fibras. De todas las industrias canacas, ésta es la única en la que in-
terviene la noción de molde o de modelo. Alrededor de este bastoncillo toma
cuerpo la idea de medida y de ajuste, simple imagen, pero también pensamiento
de medida abstracta. Ilustración de la lógica técnica que apoya a una lógica
que crecerá en la medida del desarrollo del canaco. No es todavía el pensa-
miento formal, pero ya es el camino hacia él. El pensamiento propone y re-
suelve ecuaciones de las más altas técnicas, pero, como decía Aristóteles:
AO"(l.XÓ¡; XmX&VÓ¡; = lógico, por lo tanto vacío, formal. El lenguaje representa,
en consecuencia, el papel de un excelente instrumento técnico, pero, en esta
misma medida, deja de participar en la palabra. El ser no se encuentra en lo
que es formal; lo que la palabra manifiesta de él es cualidad, tonus, poderío
creador. Cuando se dice de un hombre na seri no ro poe e = no tiene palabra
en el vientre, se entiende que el hombre en cuestión no piensa nada o que no
es eficiente y está vacío.

LA PALABRA, MANIFESTACIÓN DE FUERZA CONCEPTUAL Y CREADORA

POR LA CUAL EL SER SE AFIRMA

Cuando tiene éxito una gran empresa, como el descenso de un árbol, de
la montaña al mar, para hacer una piragua, se explica enseguida el buen éxito
del descenso del tronco sin accidentes, sin pierna rota, u otra contrariedad,
diciendo exactamente: la palabra (no, acción) ha sido buena porque se ha se-
guido la palabra (no, acción, revelación) de fulano, y nombran un dios. De ma-
nera que después de esta gran operación que exige cien hombres, atención,
preparación de caminos en la selva, de lianas resistentes y grandes esfuerzos
diversos, nosotros pensamos: técnica, y ellos piensan: palabra. Aun en plena
acción mecánica ellos han quedado en lo mítico.
La palabra es, pues, inspiración, revelación, dinamismo. El escultor no tra-
baja si no la siente en él. Cuando tiene que esculpir a algún antepasado deifi-
cado, son los hombres que han llevado al muerto al cementerio, los deudos,
los que van a la selva a buscar la pieza de madera que confiarán al artista.
Las manos de aquellos hombres, por haber velado al muerto, están impregna-
das todavía de los efluvios del difunto, y por esa causa están calificados para
abatir el árbol atávico que será elegido y para transportar el tronco. El largo
contacto de estas manos con la pieza de madera la convertirá en participante
verdadera de la vida del difunto, de quien pronto llevará los rasgos. El escul-
tor cincela esta pieza cuando le place, apoyado contra un árbol de la aldea.
Lo alimentan y no debe preocuparse por cultivos que cuidar. Permanece en
comunicación con su modelo invisible. Respetado por todos, está lleno de pen-
samientos vivos del pasado, y estos pensamientos que se prolongan a lo largo

LA PALABRA

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de generaciones, son precisamente lo que constituye la vida de la tradición:
la palabra.

La levedad de la mano confiere al escultor otras posibilidades, pues am-
plía su campo de acción (en melanesio: alarga el campo de su palabra). Hábil
en el manejo del cincel de escultor, lo será con todo instrumento cortante. La
pequeña lámina de cuarzo que sabe preparar para ahuecar el detalle de una
pupila, o los intersticios de los dientes, en una máscara, constituye exactamente
el instrumento necesario para el alivio del cuerpo humano. El artista se hace
cirujano y su cincel más fino se vuelve bisturí.
Pero no actúa como virtuoso. Así como la escultura se la ha inspirado el
antepasado deificado, la operación quirúrgica también es algo dado por los
dioses, una palabra, no, según su propia expresión. Del escultor, como del mago,
diría: «Nosotros pensamos arte, técnica, y ellos piensan palabra». Y la pala-
bra se confunde de tal modo con su acción o su actividad técnica, que la ac-
ción cesa cuando deja de ser uno de los elementos de la palabra. Un escultor
tenía fama de buen cirujano. Se hizo cristiano. Un día noté que él ya no opera-
ba. Le pregunté la razón.
-No -dijo-desde que la Palabra de Dios está en la región, la cirugía fra-
casa. Operé la pierna de fulano; mi bisturí se ha desviado; la operación no fue
satisfactoria. -y agregó-: Ya no es la misma palabra.
Nosotros disociamos los actos de fe de los actos manuales; pero el melane-
sio no conoce esas dicotomías. La misma revelación es la que impulsa al hom-
bre y la que dicta su gesto. Y el gesto se pierde si la revelación falta. El ciruja-
no se vuelve torpe y el artista tosco.
Para tomar en cuenta la acción por sí misma sería necesario separarla y
procurar realizarla libre de todo apoyo trascendente.
¿Se tratará de un trabajo de secularización del pensamiento? El término
es falaz. En realidad, se forma una estructura nueva del pensamiento, en cuyo
curso la palabra se disociará; el pensamiento y el acto pueden volverse autó-
nomos, a menos que en relación el uno con el otro no se coloque cada uno en
su lugar, en reciprocidad de posición. El técnico canaco consideraba que toda
su actividad era un don de los antepasados deificados. Se comprende que en
el momento del hundimiento de éstos el don desaparezca y el técnico privado
de este influjo no tenga más celo ni talento. Ya no hay voz, no hay dones, y
porque ya no hay mito que nutra la palabra, tampoco hay palabra, es decir,
concordancia asegurada entre el pensamiento, el discurso y la acción técnica.
De esta concordancia está hecha la consistencia humana y la dignidad del ca-
naco. Ella señala al hombre que actúa en comunión con los invisibles y que,
bajo la acción de éstos, se actualiza al vivir el tiempo de un antepasado. Y la
palabra, en su riqueza de pensamiento, de discurso, y hasta en su realización
técnica, aparece en consecuencia como poder de actualización de un tiempo
y de una revelación mítica. Es el surgimiento de fuerza conceptual por el que
el ser se afirma.

Es interesante ver al melanesio intentando retener este momento, para lo
cual repite el gesto o la frase que han sido eficientes. Hechizo, ritmo, fórmu-
las, suplirán todo el trabajo de elaboración conceptual. La palabra se vacía
de la riqueza que atesoraba cuando encerraba a la vez el pensamiento, el dis-
curso y la acción. Ya no queda sino el lenguaje, instrumento pasivo porque

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está reducido al papel de receta mágica y de fórmula. Pero la fórmula es a la
palabra lo que el cadáver al vivo. Por esto también las técnicas degeneran a
medida que la palabra se despoja y cede al lenguaje. Desde que los caledo-
nios, hábiles decoradores y escultores, entraron en contacto con la coloniza-
ción, no saben más «la palabra del clan», como tampoco saben manejar el cin-
cel del escultor. Como decía el cirujano citado anteriormente «ya no es la misma
palabra». Pero puede suceder que ya no sea ninguna palabra si nada reempla-
za a lo que ellos pierden, al ser arrojados de repente a las escuelas francófo-
nas. Es siempre profundo lo que aquel viejo de Goro decía al quejarse, en su
francés, de la ignorancia de los jóvenes letrados:
-Desde que se los ha metido en la escuela ya no saben nada.
Han perdido ese surgir de fuerza conceptual mantenido por sus tradicio-
nes y su lenguaje, que permitía a sus antepasados neolíticos organizar una so-
ciedad y cultivar con gusto una región en nombre de la palabra que permanece.

Así los términos eweke, no, revelan un sentido profundo ligado al término
palabra. Su significación explica por qué los habitantes de Huailú, cristiani-
zados y capaces de leer los Evangelios en su lengua, retuvieron con insospe-
chado interés el Prólogo de Juan: In principio verbum, en el principio fue la
Palabra. Y más adelante: la Palabra hecha carne. Estos indígenas no veían en
todo esto sólo una forma de cosmogonía, de Weltanschauung, sino que se sen-
tían situados, dirigidos y penetrados, porque en su vida habitual no tienen fuer-
za ni comportamiento social sino cuando en ellos se mantiene la palabra que
permanece. Hay mucha distancia entre la palabra de estos indígenas y la de
Juan, pero esta acogida espontánea a textos con re~>utación de arduos mues-
tra de qué manera el término no, palabra, traduce para el canaco la manifes-
tación misma del ser y, en definitiva, el testimonio de sí mismo.4

4. Nuestra observación se ha visto corroborada de manera inesperada por las investiga-
ciones de Goldstein sobre los afásicos. «El lenguaje no es para ellos más que un instrumen-
to. Hablan sin pensamiento ni personalidad.» Y agrega una conclusión que ilustra la vacui·
dad observada en el indígena evolucionado: «El hombre normal parece conducirse de la misma
manera (como los afásicos) cuando habla o actúa en un mundo alejado de él y privado de
alma. Desde el momento en que el hombre utiliza el lenguaje para establecer una relación
viviente consigo mismo o con los semejantes, el lenguaje ya no es instrumento ni medio; es
una manifestación, una revelación del ser íntimo y un lazo psíquico que nos une al mundo
ya nuestros semejantes» (Journal de psychologie, n.O 1,4, pág. 496, 1933).
Exactamente el contenido de no, eweke. Un canaco diría, si pudiera leer este pasaje: el
lenguaje de aquel que establece una relación viva es el lenguaje en el que está la palabra:
Ka wi na no.

CAPÍTUlD 10

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