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Los Cipreses Creen en Dios, De Jose Maria Gironella

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  • CAPÍTULO II
  • CAPÍTULO III
  • CAPÍTULO IV
  • CAPÍTULO V
  • CAPÍTULO VI
  • CAPÍTULO VII
  • CAPÍTULO VIII
  • CAPÍTULO IX
  • CAPÍTULO X
  • CAPÍTULO XI
  • CAPÍTULO XII
  • CAPÍTULO XIII
  • CAPÍTULO XIV
  • CAPÍTULO XV
  • CAPÍTULO XVI
  • CAPÍTULO XVII
  • CAPÍTULO XVIII
  • CAPÍTULO XIX
  • CAPÍTULO XX
  • CAPÍTULO XXI
  • CAPÍTULO XXII
  • CAPÍTULO XXIII
  • CAPÍTULO XXIV
  • CAPÍTULO XXV
  • CAPÍTULO XXVI
  • CAPÍTULO XXVII
  • CAPÍTULO XXVIII
  • CAPÍTULO XXIX
  • CAPÍTULO XXX
  • CAPÍTULO XXXI
  • CAPÍTULO XXXII
  • CAPÍTULO XXXIII
  • CAPÍTULO XXXIV
  • CAPÍTULO XXXV
  • CAPÍTULO XXXVI
  • CAPÍTULO XXXVII
  • CAPÍTULO XXXVIII
  • CAPÍTULO XXXIX
  • CAPÍTULO XL
  • CAPÍTULO XLI
  • CAPÍTULO XLII
  • CAPÍTULO XLIII
  • CAPÍTULO XLIV
  • CAPÍTULO XLV
  • CAPÍTULO XLVI
  • CAPÍTULO XLVII
  • CAPÍTULO XLVIII
  • CAPÍTULO XLIX
  • CAPÍTULO L
  • CAPÍTULO LI
  • CAPÍTULO LII
  • CAPÍTULO LIII
  • CAPÍTULO LIV
  • CAPÍTULO LV
  • CAPÍTULO LVI
  • CAPÍTULO LVII
  • CAPÍTULO LVIII
  • CAPÍTULO LIX
  • CAPÍTULO LX
  • CAPÍTULO LXI
  • CAPÍTULO LXII
  • CAPÍTULO LXIII
  • CAPÍTULO LXIV
  • CAPÍTULO LXV
  • CAPÍTULO LXVI
  • CAPÍTULO LXVII
  • CAPÍTULO LXVIII
  • CAPÍTULO LXIX
  • CAPÍTULO LXX
  • CAPÍTULO LXXI
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  • CAPÍTULO LXXXI
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  • CAPÍTULO LXXXIV
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  • CAPÍTULO LXXXVI
  • CAPÍTULO LXXXVII
  • CAPÍTULO LXXXVIII
  • CAPÍTULO LXXXIX
  • CAPÍTULO XC
  • CAPÍTULO XCI
  • CAPÍTULO XCII
  • CAPÍTULO XCIII

LOS CIPRESES
CREEN EN DIOS

JOSÉ M. GIRONELLA

Los cipreses creen en Dios Jose María Gironella

EDITORIAL PLANETA
BARCELONA

1.a edición: 2.a edición: 3.a edición: 4.a edición: 5.a edición: 6.a edición: 7.a edición:
8.a edición: 9.a edición: 10.a edición: 11.a edición: 12.a
edición: 13.a edición: 14." edición: 15.a edición: 16.a edición: 17.a edició_n: 18.a
edición: 19.a edición: 20.a edición: 21.a edición: 22.a
edición: 23.» edición: 24.a edición: 25.a edición: 26.a edición: 27.a edición: 28.»
edición: 29.a edición: 30.a edición: 31.a edición: 32.a
edición: 33.° edición: 34.a edición: 35.a edición: 36.a edición: 37.a edición: 38.a
edición: 39.a edición: 40.a edición: 41.a edición:
Marzo de 1953. Mayo de 1953. Septiembre de 1953. Diciembre de 1053. Abril de
1954. Septiembre de 1354. Marzo de 1955. Julio de
1955. Diciembre de 1955. Julio de 1956. Diciembre de 195S. Abril de 1957. Julio de
1957. Marzo de 1958. Junio de 1958. Noviembre de
1358. Junio de 1959. Diciembre de 1959. Abril de 1960. Agosto de 1960. Diciembre
de 1960. Enero de 1961. Febrero de 1961. Marzo de
1961. Abril de 1961. Mayo de 1961. Mayo de 1961. Junio de 1961. Junio de 1961.
Junio de 1961. Septiembre de 1961. Octubre de 1961.
Enero de 1962. Marzo de 1962. Marzo de 1962. Octubre de 1962. Diciembre de 1962.
Junio de 1963. Septiembre de 1963. Marzo de
1964. Junio de 1964.
18-8

© JOSÉ MARÍA GIRONELLA, 1964
DEPÓSITO LEGAL,: B. 16134 — 1964 N.° BEGISTRO 5339 - 51

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Los cipreses creen en Dios Jose María Gironella

ACLARACIÓN INDISPENSABLE

La empresa en que ando metido consiste en escribir una novela sobre España
que abrace los veinticinco últimos años de su historia. Dividida en tres partes:
anteguerra civil, guerra civil en los dos bandos, posguerra. En la posguerra
incluyendo la odisea de los exiliados, odisea de altísimo interés humano.
Este libro que sale ahora, titulado Los CIPRESES CREEN EN Dios, constituye el primer
volumen de la trilogía. Abarca, por lo tanto, el período inmediatamente anterior a la
contienda, desde 1931 hasta fines de julio de 1936. Es decir, la época de la
República, en que las fuerzas se alinearon. El segundo volumen abarcará el período
1936-1939, en que las fuerzas se combatieron; el tercero, partiendo de 1939,
alcanzará nuestros días.
Se trata, como queda dicho, de una novela y no de un ensayo histórico, filosófico o
político. Vaya por delante esta declaración, justificativa de mil libertades que me he
tomado. En efecto, lo que he intentado ha sido la creación de una novela, y en
consecuencia, aun manejando en la posible hechos verídicos, me he reservado en
todo momento el derecho de apelar a la fantasía.
Así que me he valido, como medio de penetración en el recentísimo drama de
España, de los recursos propios de un novelista: invención de personajes, de
circunstancias ambientales, elaboración de un tejido de situaciones, etc. He
inventado, sobre todo, una familia, la familia Alvear, que cruzará las tres etapas
históricas antedichas, nutriéndolas proporcionalmente con su presencia al tiempo
que recibiendo en su carne los correspondientes cascotes de metralla.
Entendí que debía eludir el peligro de la elefantiasis geográfica, de la novela de área
ilimitada. Por ello he centrado la acción en una pequeña capital de provincia. Tal ha
sido mi preocupación en este terreno —apoderarme de un centro inamovible—, que
decidí que la ciudad elegida fuera una ciudad amurallada; y después de muchas
dudas opté por Gerona.
Varias razones me inclinaron a ello. Gerona, en el ámbito nacional, es una de las
ciudades de más musculosa representación. Por su origen remoto, por su ficha
guerrera, por las características de su religiosidad, por las sucesivas influencias
recibidas. Su arquitectura es nobilísima —pétrea— en el barrio antiguo, horrible en lo
contemporáneo. Un menguado río la cruza, sus habitantes perpetúan formas
estancadas de vida. Preside una provincia tan completa como la de Guipúzcoa, y en
ella se dan cita tres elementos constitutivos de belleza: montañas —el Pirineo—,
llanura —el Ampurdán—, mar —el Mediterráneo—. Por si esto fuera poco, está
emplazada en una zona clave para participar del problema separatista. Es, por
último, población fronteriza, por lo que recibe de Francia, y no sólo
meteorológicamente, insistentes ráfagas más o menos huracanadas.
Tal vez sea Gerona demasiado rica para representar a España, y el paisaje que la
circunda demasiado armonioso y equilibrado; sin embargo, dado que, a pesar de ello,
los corazones de los gerundenses, por causas inexplicables, han latido siempre a un
ritmo tan sincopado como los corazones de Ronda, Cuenca o los que cuelgan
sangrantes de los picos asturianos, el conflicto subyacente resulta por ley de
contraste más intenso y dramático todavía.
Un motivo de tipo personal ha sido, también, determinante de la elección. En Gerona
han transcurrido importantes años de mi vida adolescente y juvenil, por lo que su
temperatura ha marcado indeleblemente mi espíritu. En el seminario de Gerona me
pelaron al rape y me calzaron medias negras; en Gerona se afincaron mis padres,
nació mi esposa, fue bautizada una de mis hermanas; a la sombra de sus cipreses
creen definitivamente en Dios personas que he querido.
Por lo demás, en Gerona —y esto es básico— vi estallar la revolución.
Ahora bien, no se trata, repito, de redactar los anales de una ciudad. Las exigencias
del relato me han obligado con frecuencia a situar en Gerona acontecimientos que
ocurrieron en otras partes. Gerona representa, en el libro, la indispensable

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localización en el espacio, nada más. De modo que cuando en sus calles se produzca
una huelga, ello no significa que dicha huelga se produjera forzosamente en la
realidad. Y lo mismo cabe decir respecto a los partidos políticos que se citen, a las
actividades masónicas, a los generales, administradores de orfanatos, curas,
maestros, barberos, limpiabotas, etc., que se describen o que surjan en la narración.
Que nadie se de, pues, por aludido personalmente; que nadie me culpe de
falseamiento «localista» por exceso u omisión. Ni siquiera las nomenclaturas se
adaptan rigurosamente a las que existieron. Sólo he respetado el orden cronológico
y, desde luego, la significación de aquellos sucesos de índole nacional que
repercutieron de una manera directa en la ciudad, y la evolución de las costumbres y
tradiciones. En los casos en que la precisión se imponía, se citan nombres y
apellidos.
Creo que todo ello indica bien a las claras hasta qué punto lo que me ha importado
no es el inventario, sino la vida. Ahí sí desearía no haber errado. Consecución de una
atmósfera y creación de unos personajes. Que una y otros sean auténticos: esto es lo
que primordialmente me interesa. Que la familia Alvear vaya poco a poco cobrando
cuerpo y alma, que ella y las personas de su trato e influencia no formen una
comunidad fantasmal; que bajo los campanarios de Gerona se sucedan, año tras año,
con realismo incluso olfativo y táctil, la primavera, el verano, el otoño y el invierno.
Y que al llegar al final de este libro —julio de 1936—, el lector admita que sí, que los
españoles caímos un buen día unos sobre otros, ocasionando un millón de muertos,
no por capricho o azar, sino porque en todo el territorio se dieron circunstancias

análogas o equivalentes a las relatadas a lo largo de estas páginas.

Lo más difícil, casi astral, de mi cometido consiste en esto; en discriminar, en toda su
complejidad, las fuerzas psicológicas que, fruto de una elaboración lenta y fatal,
fueron alineándose en uno y otro bando.
Para avanzar hacia este objetivo desde el principio, sentí la imperiosa necesidad de
que el protagonista del libro, Ignacio Alvear, llevara en sí mismo la guerra civil.
Sólo me falta añadir que cuantos esfuerzos he hecho para acortar el original del libro,
han resultado vanos.
JOSÉ MARÍA GIRONELLA Gerona, verano de 1952.

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PRIMERA PARTE
De Abril de 1931 a Noviembre
de 1933

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CAPÍTULO PRIMERO

En una de las casas más antiguas de la orilla derecha del río, primer piso, vivían los
Alvear. Los balcones de la fachada daban a la Rambla, frente por frente del café
Neutral, situado en el centro de la más acogedora hilera de arcos de la ciudad;
ventana y balcón traseros colgaban sobre el río, el Oñar.
La casa, pues, comunicaba entre sí dos vidas, al igual que las restantes a lo largo de
la Rambla. De ahí que en el piso el misterio fuese alegre y que para crear intimidad
fuera preciso cerrar todas las puertas. Si por descuido quedaba abierta alguna, se
oían todos los relojes de la población; no obstante, los Alvear sabían que en un
puñado de metros podían crear un mundo íntimo y aun infranqueable.
En aquellos pisos era posible porque las casas eran antiguas. Por lo demás, la mayor
parte de las puertas no sólo cerraban, sino que a veces se cerraban por sí solas, lo
cual era un encanto teniendo en cuenta la proximidad del río y que éste a veces olía
mal.
En efecto, el lugar era tenido por insalubre. Tal vez el trecho en que vivían los Alvear
fuera el menos afectado, pues el agua del Oñar alcanzaba allí, casi siempre, ambas
orillas. En cambio, quinientos metros más abajo, cercana su confluencia con el río
Ter, la corriente se encharcaba, formando pequeños remansos pantanosos.
Otro inconveniente lo constituían las periódicas inundaciones. Tampoco éstas
afectaban a los Alvear, dada la altura de la ventana y el balcón; en cambio, los
inquilinos de la planta baja, cuando el Oñar llegaba crecido, no tenían remedio. El Ter
no le admitía el caudal y entonces el pequeño río se hinchaba y se introducía por
todas las brechas y agujeros de la casa, cruzaba con furia cocina, comedor y pasillo,
y salía en tromba por la puerta de la fachada, vertiendo, en la Rambla, frente por
frente del Neutral, mil secretos familiares.
El piso de los Alvear era más bien pequeño —pasillo y tres habitaciones, comedor y
cocina—, pero mucho mejor que los que habían ocupado en Madrid, Jaén y Málaga,
en las temporadas que residieron en estas ciudades. El cabeza de familia, Matías
Alvear, estaba encantado con él, especialmente porque el sol le rondaba todo el día,
por la calidad y tono discreto de los mosaicos y por la estratégica situación de ambos
balcones. El de la Rambla lo utilizaba después de comer para controlar la entrada en
el café de las componentes de su peña de dominó; el del río lo utilizaba a la caída de
la tarde, para pescar. Pescar desde el propio hogar, recordando a menudo la penosa
esterilidad del Manzanares, en Madrid.
En el dominó era un as, una suerte de seis doble; como pescador, cero. Tan
raramente era mordido su anzuelo, que cuando ello ocurría, en algún verano
bochornoso, el hombre se ponía a horcajadas, izaba sigilosamente la caña, entraba
con ella en el comedor y haciendo bailotear el pececillo, lo restregaba con sorna por
las narices de sus hijos. En una ocasión la presa fue de tal tamaño que, algo
asustado, entró caña en alto en la mismísima cocina y depositó el pescado
directamente en la sartén, ante los atónitos ojos de su esposa, Carmen Elgazu, recia
mujer que cuando le llamaba loco lo hacía en vascuence.
Matías Alvear tenía cuarenta y seis años, era funcionario de Telégrafos y en Gerona
formaba entre los forasteros. Era madrileño. Llevaba cinco años en la ciudad y
parecía haberse aclimatado a ella.
En Madrid dejó un hermano, Santiago, anarquista militante, que no vivía feliz sino
rodeado de mujeres y folletos clandestinos. En Burgos otro hermano, casado,
también empleado de Telégrafos, de ideas avanzadas pero algo más teórico que
Santiago, y con el que Matías sólo se ponía en contacto por Navidad, felicitándose a
través de sus respectivos aparatos telegráficos.
Toda la familia de Matías Alvear fue siempre extremista, y sobre todo anticlerical. El
padre, muerto joven, proponía fundir todas las custodias de la nación y repartir el oro
entre los pobres de Almería y Alicante. Ahora Santiago, en Madrid, encorajinado con

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la República, repetía por los tranvías la propuesta, si bien Carmen Elgazu, que se
preciaba de conocerle bien, decía siempre que le veía capaz de fundir las custodias
de la nación, pero no de emplear el oro en lo que su padre propuso.
Matías fue siempre el más reposado. Republicano toda la vida, y también anticlerical,
hasta el punto que cuando se casó con Carmen Elgazu apenas si sabía cómo se
dobla, ante el Señor, una rodilla; pero Carmen Elgazu había heredado del Norte el
tipo de fe que «mueve las montañas», y en este caso la montaña movida fue Matías
Alvear. El funcionario de Telégrafos amaba tanto a su mujer, que de pronto la idea de
que con la muerte todo termina le horrorizó. Le parecía imposible que Carmen Elgazu
no fuera eterna y a su vez deseó vivamente disponer de toda una eternidad para
continuar viviendo junto a ella. A los diez años de matrimonio, su deseo era
convicción. Creía en todo lo que negaban sus hermanos y se sorprendió
persignándose con respeto. Halló gran consuelo en este nuevo orden de
pensamientos y acabó escuchando la historia del gallo de San Pedro con una
naturalidad que él mismo, pensando en su juventud, no acertaba a explicarse.
La familia de Carmen Elgazu era, ciertamente, lo opuesto. Vasca, tradicional y
católica hasta la medula. El padre murió abrazado a un crucifijo, y al morir dijo a sus
hijos: «No os caséis con personas que no crean en Dios». La madre vivía aún en un
pueblo de Vasconia, erguida a pesar de sus ochenta y tantos años, escribiendo sin
cesar cartas y más cartas a sus ocho hijos, en tinta violeta y letra increíblemente
enérgica dada su edad; cartas apostólicas que sólo Carmen Elgazu leía enteras, pero
que ninguno se atrevía a tirar o quemar.
Carmen Elgazu llevaba en el cuerpo el sello de esta reciedumbre. De mediana
estatura, cabellos negrísimos, recogidos en moño, cabeza bien sentada entre los
hombros. Cuando, arremangada, lavaba ropa se veía hasta qué punto tenía los
brazos bien torneados. En la cintura se le notaba que había tenido hijos. Sus piernas
eran las dos columnas del hogar.
Lo que más destacaba de su persona eran las cejas, pobladas y también muy negras.
Matías Alvear las comparaba, riendo, a los arcos de la Rambla. Carmen Elgazu
consideraba aquello un piropo, pues para ella una mujer sin cejas no era nada.
Y luego los ojos. Imposible imaginar ojos más opuestos a los de un ciego. Brillantes,
expresivos, sin rodar como los de los locos, sin permanecer extáticos como el de
Dios. Ojos humanos, cambiantes, auténticas ventanas del alma. A causa de los ojos,
las cejas y el alma, le bastaba con ponerse un vestido negro y unos tacones altos
para parecer una reina. Una reina con gran ternura en su porte, especialmente
cuando se hablaba de alguien que sufría o cuando, terminado el trabajo en la cocina
o en los dormitorios, se quitaba el delantal y se sentaba en el comedor a repasar la
ropa, bajo un precioso calendario de corcho que representaba una tempestad.
Matías Alvear, seco, tenía más distinción; pero era menos impresionante. Llevar bata
gris en Telégrafos, y sobre todo lápiz en la oreja, acaso le restara cierta autoridad.
Sin embargo, era un hombre. El sentido del humor se le manifestaba en el bigote,
ameno siempre, en un sinnúmero de expresiones irónicas, en la manera de llevar el
sombrero. Sus ojos eran más pequeños que los de Carmen Elgazu, pero también
negros. La energía se le concentraba en la nariz, pegada a su cara como un impacto.
Sus manos eran de funcionario, pero cuando escuchaba tonterías les imprimía unos
espasmos de duda muy sutiles, de gran expresividad. Era cuidadoso, vestía
preferentemente de gris corbatas discretas excepto en las fiestas onomásticas de
sus hijos. Le gustaba el dominó porque decía que era un juego limpio, que las fichas
eran limpias y agradables al tacto. Sin una peña de amigos para cambiar
impresiones, hubiera muerto.
Sus querellas con Carmen Elgazu se limitaban a temas religiosos relacionados con la
educación de los hijos, y a comparar Madrid y Bilbao. Para Matías Alvear, Madrid;
para Carmen Elgazu, Bilbao. Cuan do estaban de buen humor, Carmen Elgazu
comparaba el Oñar con el Cantábrico y Matías Alvear el edificio de Telégrafos de
Gerona con la Telefónica de Madrid, pero luego uno y otro se arrepentían de ello y
admitían que Gerona, sobre todo en la parte antigua y la Dehesa, era muy hermosa.

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Carmen Elgazu decía a veces que Matías Alvear no era nada sabio, pero que tenía
mucho sentido común. Los componentes de la peña de Matías Alvear corroboraban lo
segundo y le rebatían lo primero. Creían que Matías era conocedor de más cosas de
las que Carmen Elgazu sospechaba, porque sabía leer el periódico y porque los
telegramas le habían enseñado a comprender el cruce de los acontecimientos y a
sintetizar. De todos modos, lo que más amaba en él Carmen Elgazu eran los
sentimientos. Le quería tanto que era evidente que sólo consentiría en parecer reina
a condición de que el rey fuera Matías Alvear.
Matías Alvear, después de ganar oposiciones en Madrid, había sido destinado
sucesivamente a Jaén, Málaga y Gerona. Todos sus hijos Ignacio, César y Pilar,
habían nacido en Málaga, lo cual se prestaba a muchas bromas. «Los aires del Sur —
decía Matías—; los aires del Sur.»
Cuando les llegó el traslado de Málaga a Cataluña, Ignacio, el mayor, tenía diez años.
Había nacido el 31 de diciembre de 1916, a las doce de la noche, o sea en un
instante solemne y trascendental. Carmen Elgazu, que siempre había prometido a
Dios ofrecerle el primero de sus hijos, dio a aquella circunstancia una interpretación
profética. Varias vecinas malagueñas, entre ellas una gitana, entendieron que, según
los astros, su hijo sería un talentazo, probablemente obispo y sin duda alguna un
gran predicador. Matías Alvear arrugó el entrecejo; pero, en efecto, Ignacio a los
pocos meses discurseaba de lo lindo: «¡Ya lo ves! —gritaba Carmen Elgazu,
alborozada—. ¡Es un ángel y en un santiamén convertirá a la gente!»
César tenía, al llegar a Gerona, ocho años, y era mucho más tímido que Ignacio.
Dotado de grandes orejas, miraba a los que le rodeaban y al mundo como si todo
fuese un milagro. Matías siempre contaba que, al bajar del tren y ver la Catedral y a
su lado el campanario de San Félix, había dicho que aquello le gustaba más que el
mar de Málaga» Luego las vecinas le informaron: «Pues, chico, por campanarios aquí
no te vas a quejar».
Pilar tenía un año menos que César: siete. A ella todo lo que fuera viajar le
encantaba. Al darse cuenta de que bajaban las maletas, exclamó, mirando a todo lo
ancho de la estación: «¡Oh...! ¿Ya se ha terminado?»
La instalación de la familia en Gerona —en el piso colgando sobre el río— coincidió
con un inefable triunfo de Carmen Elgazu y de la gitana malagueña: Ignacio accedió
a entrar en el Seminario.
Carmen Elgazu no había cejado un solo instante en inculcar a su hijo la vocación.
Cualquier detalle le servía de trampolín. Si Ignacio se quedaba inmóvil contemplando
el paso de un entierro, le decía: «¿Qué, te gustaría rociar con agua bendita, verdad?»
Si pintaba en un cuaderno un hombre con una corona alrededor de la cabeza, le
decía a Matías Alvear: «Ya lo ves: todo lo de la Iglesia le tira».
Ignacio fue adaptando sus ojos a aquella manera de mirar. Sin querer reprimía su
temperamento revoltoso. Había sentido sobre su cabeza la mano de varios curas que
le preguntaban: «¿De modo, pequeño, que quieres entrar en el Seminario?» Por la
noche, al arrodillarse ante la cama para rezar, Carmen Elgazu le señalaba como
ejemplo a la atención de César y la pequeña, y aun a la de Matías Alvear.
Cuando, llegados a Gerona, el ambiente eclesiástico de la ciudad facilitó tanto las
cosas que Ignacio dijo: «Sí, madre, quiero ser sacerdote», la alegría de Carmen
Elgazu fue una especie de inundación que llegó también de una a otra orilla. Las
propias vecinas se contagiaron. «¡Mi chico al Seminario, mi chico al Seminario!» Le
besó veinte veces; hubiera querido sentarle en la falda del Sagrado Corazón que
presidía majestuoso, el comedor, frente al reloj de pared.
Los preparativos duraron una semana, la semana que faltaba para principiar el curso.
Mosén Alberto, importante autoridad eclesiástica, les aconsejó que, visto el
temperamento díscolo del chico, le tuvieran interno. A Matías le dolió desprenderse
de su hijo, pero Carmen Elgazu le tiraba de la nariz: «¡Tendrías que estar orgulloso,
más que tonto!» Iniciales rojas, «LA.», brotaron en toda la ropa interior del
muchacho.
El día en que Ignacio desapareció tras los imponentes muros del Seminario, que se

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erguían en la parte alta de la ciudad, coronando las escalinatas de Santo Domingo,
en el piso de la Rambla hubo gran jolgorio. Carmen Elgazu preparó un bizcocho
vasco, cruzado de parte a parte por el nombre de pila de su hijo y debajo una raya
ondulada, blanca. Pilar se reía mirando vacía la silla de su hermano, y quería
sentarse en ella. Matías dijo: «¡No, que está ocupada por el Espíritu Santo!» Carmen
Elgazu también se rió y se dirigió a Matías. «¿Sabes lo que podríamos hacer? Luego
voy a buscarte al Neutral y me llevas a la Dehesa a dar una vuelta.»
Así se hizo. Pilar se fue a las monjas del Corazón de María, César, a los Hermanos de
la Doctrina Cristiana. También empezaba el curso. En cuanto a Matías, a las tres en
punto tuvo que abandonar las sillas del café y trasladarse a los bancos de piedra de
la Dehesa.
—¿No te gustan más estos plátanos que las fichas de dominó? —ironizaba Carmen
Elgazu.
Matías Alvear se ladeaba el sombrero, pero disfrutaba lo suyo. Porque su mujer era
feliz y porque, en efecto, los plátanos de la Dehesa, altísimos y alineados en cantidad
incalculable, estaban muy hermosos a la luz del otoño.
De regreso, la madre de Ignacio entendió que era preciso perpetuar la jornada.
Detuvo a su marido y le preguntó:
—¿No me tienes prometido un regalo?
—Sí.
—¡Pues ésta es la ocasión!
Matías sonrió, aunque aquello iba a alterar con exceso el presupuesto familiar.
Miraron escaparates y por fin se decidieron por algo práctico, que les hacía mucha
falta: un perchero. Lo instalaron sin pérdida de tiempo en el vestíbulo, y abrieron dos
o tres veces la puerta para comprobar que el efecto era sorprendente.

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