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Cuento corto: El Sol

Cuento corto: El Sol

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12/05/2012

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El Sol.

En días como estos me doy cuenta de lo mucho que te extraño. Y es que hoy salió el sol. Tú sabes que por aquí no lo vemos mucho. El cielo, de un turquesa que casi lastimaba la vista, lo recibió a eso de las ocho de la mañana, naciendo por el oriente, más allá de las montañas de hielo. Y de inmediato se sintió su efecto, en particular porque hoy la gente no salía de sus casas con las linternas de neón e incluso la iluminación artificial de las paradas de autobuses estaba apagada. Cierto que a muchos aún les sigue amargando el hecho de que el hielo de la calle se derrite tan rápido y forme charcos aquí y allá también, pero a la mayoría le gusta esa excusa para usar sus pantalones con corte ³de pescador´. Ridículos, claro, pero nadie repara en eso, como tampoco en las bermudas o las chanclas. En realidad la calle está llena de caras sonrientes.

En días como estos el camino hacia el trabajo es como una excursión escolar; e incluso en la oficina mi jefe está de buen humor. En el ambiente se respira frescura, vida. Quizá sea la esencia de las flores que nacieron y están creciendo durante toda la mañana en los campos que rodean el edificio corporativo. Campos que casi siempre son de color acre, donde todos nos reunimos en grupos para fumar durante los descansos. Ahora son verdes, tan verdes como el pasto de Wimbledon que veo en los archivos. Y aquí y allá, en grupos, nacen flores tan diferentes que dudo que haya una sola persona sobre la faz de la tierra que las conozca todas. Cada una con su olor y forma particular y perfecta. No nos atrevemos a pisar los campos (que ahora son, genuinamente, jardines), solamente nos sentamos en las bancas de los bordes y los vemos por minutos que nos parecen horas. Y nadie fuma, como si eso fuera un sacrificio para hacer que el verde no se vaya. Pero sabemos que se irá.

En días como estos, de hecho, nadie trabaja. Todo mundo escucha música mientras juega emuladores de Ms. Pacman o Street Fighter 2 o habla con su familia por horas y horas mediante los videoteléfonos de sus estaciones. En días como estos los supervisores no se presentan en el edificio corporativo.

Más tarde, en el inmenso comedor (tan grande como el que alguna vez te impacto tanto al verlo en una película, no recuerdo cual), materializada de las risas y las conversaciones alegres, surge una guerra de comida tan espontanea y vivaz como las que los niños de los internados realizan en días como estos. Expresión de la pura felicidad que ahora solo nos viene contada. Salimos de ahí completamente sucios y sonrientes y ya nadie regresa a las

estaciones, sino que matamos el tiempo en los campos (que hoy son, genuinamente, jardines) o caminando hacia casa. Un camino largo, como bien sabes, pero que hoy vale la pena realizar.

El sol nos acaricia. El sol nos calienta. El sol evapora la depresión y el estrés. El sol ilumina nuestra alma. Porque tenemos alma, aunque casi nunca la notamos, dando tumbos por todo nuestro cuerpo.

Llegué a mi casa a eso de las cuatro de la tarde y esta vez ni siquiera me molesto lo sola y fría que esta desde que te fuiste. Robot abrió las ventanas mientras yo puse el estéreo en el dial 15. La música lo inundo todo y los rayos que bañaban el piso de ónix desde el horizonte parecían danzar al ritmo de mi propio y particular soundtrack de una tarde perfecta. Me dieron ganas de ordenar mis cosas, pero solo las desparrame por la alfombra de la sala. No había un orden posible en aquella maraña de hojas tatuadas con caracteres arial a doce puntos. Recuerdo lo mucho que te molestaba que aún imprimiera mis cosas. Pero aún así las ordenaste lo mejor que pudiste antes de irte. Te confieso que después de una semana desparrame los papeles por todo el edificio, en la época de la furia ciega y la incomprensión. Me tomó alrededor de cuatro horas volver a juntarlos todos, tiempo en el que hasta la peda se me bajó. Pero el orden se había perdido. Y hasta ahora no lo he encontrado. Incluso Robot intentó ordenarlos alguna vez, ya que me dijo que te ayudó en tu trabajo aquella fría tarde de septiembre. Pero fue inútil. Aún están desordenadas. Después de bañarme, decidí salir a caminar a la Catedral de Cristal. Estaba abarrotada, como siempre, pero esta vez no me molesto para nada. Las risas de los niños componían el score, ahogando la voz de Gwenno y Ani Saunders del programusic retro. Las tiendas trataban a duras penas de atenderá a la marabunta atraída por las ofertas especiales, por la temperatura tan agradable, por la alegría que se respiraba en el aire, pero más que nada por los Espejos del centro de la catedral. Les llamamos ³espejos´ a falta de una palabra mejor, ya que los espejos tienden a reflejar y estos no lo hacen. No sabemos mucho de ellos, ni porqués están en el centro de la Catedral de Cristal (que a su vez en el centro del Valle, como bien sabes), pero estas cosas son casi lo único que hace soportable la vida en aquellos días oscuros o grises que componen casi todo el año. Por alguna razón, estar cerca de los Espejos nos hace recordar a los días de sol. Incluso nos calienta un poco y nos sacan sonrisas a duras penas. Se siente una alegría gélida estando cerca de ellos, como la que se siente cuando vez por última vez a una persona querida. Te alegras por verla, pero a la vez te entristeces recordando que pronto se marchará. Sin embargo, en los días de sol, los Espejos iluminan nuestros rostros con todos los colores que existen y de ellos empieza a salir música. Si, una música indescriptible que relaja nuestro ser y que nos da una paz

difícil de explicar. Nos llenan de energía, nos gritan a la cara que estamos vivos y que el mundo, arruinado y moribundo como esta, aún es un lugar hermoso. A mí me dijeron este día que el mundo no es hermoso por los campos o las flores o por los días de sol; sino por ti. Solamente por ti.

No compré nada en la Catedral de Cristal, había demasiada gente para eso y la verdad es que tampoco necesitaba nada, pero ya sabes que eso no tienen nada que ver con el simple hecho de comprar. Sin embargo, pasé junto a los Espejos alrededor de 3 horas. Fue muy poco tiempo, la verdad, y tuve que apelar a toda mi voluntad para irme y ver el ocaso desde la cima del monte Springfield. A esa hora ya había mucha gente ahí, familias sobretodo, pero también trabajadores anónimos como yo, quienes casi siempre veo acudir al puesto de café por las mañanas, armados solo con su periódico y su cara de amargados. Esta vez sonríen en todas direcciones mientras comen deliciosos conos de helado y pasean de la mano con sus esposas. Ellas miran a los niños con ternura y cierta expectativa. La mayoría de esas parejas no pueden tener hijos, pero no pierden la esperanza. Desde el monte se veía perfectamente el Valle, casi limpio, ya que el viento de la tarde había logrado quitar por un momento la capa de contaminación que siempre lo opacaba, como las manchas del espejo de un bar. Ahora luce limpia, nueva, irrealmente bella, dorada gracias a la luz del moribundo sol, que ya inicia su camino hacia el tartano.

Me senté un momento en un pedacito de pasto tan suave como terciopelo, tomando fotos del cielo, de la ciudad, de la Catedral de Cristal, de la luz de los Espejos que sale por el techo de esta y se descompone en miles de motas de luz, cada una tan brillante como un diamante. No pude dejar de pensar en ti, pero también en la vida en esta parte del planeta en aquellos tiempos en los que la humanidad disfrutaba de cientos de días soleados al año. Debió ser genial vivir ahí. Quizá ese era en realidad el Paraíso del que mi madre me hablaba cuando era niño. Mi jefe dice que en U-277 existen una primavera y un verano igual o mejor que nuestras más locas fantasías inspiradas por los libros electrónicos, pero el tipo tiende a exagerar, como bien sabemos, así que no le creo tanto. Aunque igual sería bueno verlo. Juntos, claro. Quizá al final del año, cuando regreses.

En ese momento podía decir sin temor a equivocarme que era feliz. Y sobretodo que la gente a mí alrededor también lo era. Sin embargo, de repente en un momento que al parecer no tenía nada de especial, el bullicio cándido de aquella pequeña esquina del mundo se apagó tan rápido como la llama de un encendedor. Era el momento: los últimos dos minutos de sol del día. Todos los sentimos en el interior tan claro como la alarma de un despertador (o en nuestro caso como los gritos histéricos de Robot exactamente a las 6:30

a.m. durante la semana laboral) y nos estremecimos al unisonó. Y sin darnos cuenta todos nos pusimos de pie y nos tomamos de las manos. Y todas las miradas estaban puestas en aquella estrella que ahora ya no era radiante, sino melancólica, como las hojas de los arboles que habían reverdecido esta mañana y que ahora se desojaban al viento formando un aura dorada a su alrededor. Todos le rogábamos en silencia que no se fuera, pero eso estaba más allá de nuestro control. Muchos lloraban, sobre todo las parejas de estarrios, quienes abrazados en silencio aceptaban en su alma que ya nunca volverían a ver el sol. El sol, que ahora casi llegaba a la cadena montañosa lejana, tras la cual sabíamos que se encontraba el mar, aunque nadie lo había visto jamás.

De pronto, tan repentina como llegó por la mañana, la luz se fue.

Y bueno, no hace falta que te describa un paisaje que seguramente todavía ves en tus sueños. De inmediato llegó el frio para dispersar a la multitud mejor que cualquier policía antimotines de Régimen, porque entonces ya no había nada que hacer ahí y cada uno inició su propio y particular camino de regreso bajo aquél familiar cielo lóbrego completamente nublado. Los niños ya no reían y las parejas jóvenes avanzaban con la cabeza gacha evitando mirarlos, ya que sentían en su interior que no había ninguna esperanza para que ellos se convirtieran en padres. La oscuridad, atenuada por el alumbrado público, era tan profunda como los ojos de un cadáver, tanto así que no era visible ni siquiera una sola estrella, si es que tales cosas siguen existiendo. Bueno, ya sé que si existen, pero a veces me cuesta trabajo creerlo, así como a veces me cuenta trabajo creerte cuando dices que me amas o que vas a regresar al final del año. Eso no es culpa tuya, sino mi forma pesimista de ser.

El hielo y la nieve llegaron muy rápido, a medio camino de regreso, como para hacernos creer que jamás se habían ido y que aquello del sol solo había sido una barata alucinación producto del soma (malditos). A mi paso el verde de los patios delanteros de los condominios iba desapareciendo y el mismo monte Springfield era ahora solamente una masa informe de piedra volcánica. No regresé a la Catedral de Cristal, a los Espejos, motivado por el pensamiento de regresar lo más pronto posible y escribirte esto con las últimas fibras de alegría que me quedaban después de la nevada que paralizó al viaducto principal del Valle durante media hora. Ahora el hogar que construimos juntos desde las cenizas de lo que yo tenía, está oscuro, solamente iluminado por el resplandor artificial del monitor a la altura de mi rostro. Y ahora es momento de hacer una confesión. Y es que cuando me senté a escribir esto, de repente no pude recordar nada del sol o del pasto o de las flores o del calor del día. En realidad estaba completamente bloqueado y entumecido

(ya que fui a la catedral y al monte sin un abrigo, como la mayoría de la gente). Entonces me sentí frustrado y enojado de no poder compartir tanta belleza contigo y ese fue el detonante: pensar en ti. Y de inmediato, al recordarte, volví a sentir toda la felicidad del día, solamente que ahora junta y mucho más real. Volví a sentir el calor en mi alma.

En todo este día lo que más deseé fue que estuvieras a mi lado. En todo este día me iluminó tu recuerdo en forma del sol que ya casi nunca vemos por esta parte del mundo. En todo este día solamente pude pensar en ti y eso hizo que tuviera tatuada permanentemente una sonrisa idiota en mi cara. Por eso fue genial, como también fue genial aquella vez en las montañas de hielo cuando me caí a ese precipicio de la risa que me causó tu chiste sobre los rabinos españoles (que, por cierto, no creo haber entendido muy bien en ese momento); o aquellas tardes en la Catedral de Cristal en las que pasabas horas probándote ropa que no era de tu estilo; o aquella mañana del 10 de febrero de hace dos años, el día más frio del último siglo, en la que no había un alma visible en kilómetros a la redonda, solamente los dos, en nuestro patio, haciendo hombres de nieve. En todas esas ocasiones brillaba el sol. Yo lo sentía, como lo sienten los nativos de las partes altas. Y por eso ahora no me siento deprimido o triste, ni siquiera al pensar en la ya cercana mañana plomiza y helada y en el trabajo inútil y la amenazante vigilancia de los supervisores del siguiente día. Porque sé, yo sé, a diferencia de muchos científicos de nuestro tiempo y de tiempos pasados, dónde está el sol en este momento.

En días como estos me doy cuenta de lo mucho que te amo.

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