9 – LA SOMNOLIENTA DIANNE

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¿¡Que ella es la responsable de todo esto!? – se extrañó Jim, mientras contemplaba como aquella joven dormitaba ignorante de lo que estaba aconteciendo – ¿¡Cómo es eso posible!?

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¿No os lo he dicho ya? – se quejó Marguerite – Porque es capaz de usar el Haoushoku Haki. La “Ambición con Rasgos de Dinastía”.

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¡Eso ya lo veo! – señaló él – ¿¡Pero cómo puede usar ese poder estando dormida!?

Marguerite le miró insegura, parpadeando. Luego se rascó la cabeza y sacó la lengua en señal de disculpa: Supongo que podría decirse que es su poder el que la controla, y no ella la que controla su poder – rió algo abochornada. ¿Qué quieres decir? – intervino John. La mujer le miró antes de hablar. Veréis, Dianne padece narcolepsia – indicó. ¿Narcolepsia? – inquiró Jim. Es una enfermedad que provoca un trastorno del sueño – le explicó el ex-librero. Así es – siguió Marguerite – Por lo general, suelen venirle accesos de somnolencia durante el día. En cualquier lugar y en cualquier momento. ¿Lo que quiere decir que…? – inquirió Jim, que seguía sin pillarlo. Se queda frita cuando menos te lo esperas – aportó John. El capitán pirata abrió la boca y luego la cerró, antes de asentir. Pero eso sigue sin explicar que…

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A eso iba – le interrumpió Marguerite. Dirigió una mirada a la muchacha durmiente – Por extraño que parezca, Dianne sólo es capaz de manifestar su poder cuando está dormida.

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¿¡¡CÓOOOOMO!!? – soltaron Jim y John al unísono. El Haoushoku se fundamenta en intimidar al enemigo – indicó el capitán corsario – ¿¡Cómo coño va a intimidar a nadie estando dormida!?

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Sé que parece extraño – indicó la mujer – Pero hay muchas cosas del Haoushoku que siguen siendo un completo misterio, incluso para nosotras las Kuja – aclaró – Pero dado que ella aún es incapaz de controlarlo, su poder no se despliega acorde a su voluntad. Aunque pueda pareceros algo imposible, vosotros mismos habéis sido testigos de sus efectos – ambos la miraron durante un largo rato, y después asintieron.

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Ahora lo entiendo – dijo John – Por eso Ysack hablaba de una isla hechizada. Si cada vez que esta chica se duerme, cosa que ocurre con bastante frecuencia al parecer, deja fuera de combate a todo un pueblo… – se paró – Yo también sentiría temor hacia este lugar.

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Así es – indicó Marguerite – Vosotros, al igual que yo, sois personas con una ambición y fuerza de espíritu lo suficientemente grande como para aguantar el poder de Dianne. No obstante, los habitantes de este pueblo son otro caso. Son gente pacífica a la que sólo le interesa seguir el transcurso de sus monótonas vidas. Sé que esto puede sonar cruel, pero con semejante falta de voluntad, es normal que caigan ante el influjo del Haoushoku.

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Débiles de espíritu o no, no dejan de ser personas – indicó Jim – Puede que no tenga nada que ver con este lugar, pero no me parece bien que sus vidas estén regidas por los horarios de sueño de tu amiguita – aclaró con el ceño fruncido.

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Opino lo mismo – intervino John – No sé qué motivos tendréis, pero creo que lo mejor sería que abandonarais esta isla – Marguerite les miró algo alarmada.

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Ya lo sé – dijo – En realidad, viajamos de puerto en puerto, e intentamos no permanecer mucho tiempo en la misma isla – indicó – Pero… – miró a la chica, que seguía dormitando, y sonrió con afecto – Dianne tiene un gran corazón. Ella está a mi cuidado, y se siente culpable de que yo haya tenido que abandonar nuestro hogar por ello. Está cansada de que la siga de un lugar para otro – explicó – Por eso llevamos en esta isla ya más de un mes. Dice que no volverá a navegar a ningún lado si yo voy con ella – sonrió apenada y luego les miró con seriedad – Pero yo no puedo cumplir sus deseos. Mi deber es viajar junto a ella y protegerla. Por eso he de permanecer aquí. Hasta que se decida a partir.

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Y supongo que sigues sin querer decirnos porque motivo tuvisteis que abandonar vuestro hogar – indicó John alzando las manos en señal de cansancio. Marguerite miró al suelo con arrepentimiento. Jim dio un suspiro.

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Sea cuales sean tus motivaciones, – dijo – ahora que ya conocemos el misterio en torno a esta isla, lo único que nos queda por hacer es conseguir un mapa, una brújula y alguna embarcación que nos pueda llevar a buen puerto. Por lo tanto, necesitamos que este pueblo esté un poco más activo – miró fijamente a Marguerite – Así que creo que voy a tener que despertar a tu protegida – la mujer le miró incrédula.

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¡Espera! – dijo – No creo que sea buena idea que…

Jim salió de aquel pequeño almacén sin hacerla ni caso, y miró entre los cacharros dispersos por las mesas de la cocina hasta dar con lo que buscaba. Volvió poco después con una olla llena de agua: Supongo que un poco de agua bastará para despertarla – comentó al entrar.

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¿Para despertarla? – inquirió John burlón – Yo creo que sólo quieres verla empapada.

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¿¡Pero qué dices!? – le increpó Jim indignado. Se giró hacia la chica – ¡Yo jamás haría…!

El capitán pirata calló al contemplar la figura de la joven, quién ahora, con una postura más recatada, dormía de forma apacible y silenciosa. Con la cabeza ladeada, los mechones del pelo cayéndole sobre una mejilla, la boca entreabierta… “Es hermosa”, pensó para sí. El pecho de la muchacha subía y bajaba con cada respiración. Jim se sonrojó levemente al contemplar el canalillo que dejaba entrever aquella camisa mal abrochada. Oyó el sonido de una risa contenida: ¿Te traigo papel higiénico? – comentó divertido John. El capitán se volvió hacia él y le miró con inquina. ¡Déjame en paz! – replicó.

Lo del agua le pareció una mala idea dada la situación y optó por despertar a la chica con un poco más de tacto. Se agachó y la sacudió de los hombros ligeramente: Dianne – susurró – Ey, Dianne, despiera. Oye… – fue subiendo el tono cada vez más – Dianne. Despierta. ¡Dianne! ¡Oye! ¡¡Venga, va!! ¡¡¡Dianne!!! – gritó. La chica alzó la cabeza de golpe mientras abría los ojos. ¡Pollo con arroz! – gritó.

Al levantarse de sopetón, Jim recibió un fuerte cabezazo y cayó de espaldas. La otra no pareció inmutarse. Miró hacia los lados adormilada, para luego volver a tumbarse con una sonrisa:

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Y un poco de salsa de tomate por encima – añadió mientras cerraba los ojos para volver a dormirse.

Jim seguía dolorido por el golpe. Aquello era como chocarse contra una viga de metal. Se incorporó llevándose las manos a la cabeza: Ya te dije que no era buena idea despertarla – comentó Marguerite – Es mejor que esperes a que… El pirata se levantó airado. Recogió la olla que había dejado en el suelo y miró desde arriba a la joven que seguía durmiendo, soñando con comida o lo que quiera que fuera. Frunció el ceño: ¡A tomar por culo el tacto! – dijo, y vertió el contenido de la olla sobre la chica.

El agua fría empapó a la joven de cintura para arriba, y esta se sacudió mediante un leve espasmo: ¿¡Qué demoni…!? – le sobrevino una fuerte tos que le impidió hablar. Tras esto, se incorporó, confusa y jadeante. Miró a su alrededor, y luego sus ojos se detuvieron en John y Marguerite – ¿¡Quién cojones ha tenido el descaro de despertarme!? – preguntó. La muchacha tenía una voz agradable, pero con carácter. Una voz que aunque probablemente habría sido hecha para reír, cantar y charlar, podía llegar a imponer bastante llevada por la ira. Y en aquel momento estaba airada. Una simple mirada de aquellos ojos verdes bastó para quebrar el espíritu del ex-librero y la mujer de la serpiente:

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¡Ha sido él! – dijeron al unísono con cierto temor, mientras señalaban a Jim. El joven pirata habría jurado que la cola de la serpiente de Marguerite también lo señalaba.

Antes de poder maldecirles siquiera, el capitán corsario notó como la mirada de aquella airada joven se clavaba en él. Su melena recogida, y que de alguna manera le parecía salvaje, se meció alborotada al girar la cabeza: Has sido muy valiente o muy imbécil, al despertarme de esa manera – le dijo en un tono carente de piedad, con el ceño fruncido. Jim dio un paso atrás, mientras se llevaba la mano a la espada. Optó por mostrarse firme. Te advierto de que si es pelea lo que bus… – antes de poder decir nada más, la mujer se lanzó a gran velocidad contra él. Una mano firme le agarró por el cuello y le inmovilizó contra la pared sin darle tiempo a desenvainar siquiera. ¡Pues claro que quiero pelea, gilipollas! – le increpó. Jim sentía como aquella mano izquierda lo levantaba cada vez más. Sus pies estaban varios centímetros por encima del suelo. La mujer se llevó la mano libre a la espalda – ¿¡Por qué crees sino…!? – sacó un hacha de mano. Un arma que podría servir tanto para el combate cuerpo a cuerpo, como para ser arrojada – ¿¡…que llevaría una de estas!? El pirata miró el arma nervioso. Agarró el brazo de la joven para intentar librarse de su presa, pero le era imposible. La muchacha le agarraba cada vez con más fuerza. El respirar no tardaría en convertirse en una utopía. Aquella mujer… “¡Por todos los demonios!”, pensó. ¡Aquella mujer tenía más fuerza que él! Jim lo notaba. No sólo en sus carnes, sino en aquella joven. Una sonrisa de superioridad afloraba en aquel rostro

que hace unos minutos le había parecido angelical. La garganta le quemaba cada vez más. “¿Qué hago ahora?”, se preguntó. “¿Parlamento?”: C-Creo… – cada palabra era un esfuerzo inhumano – Creo que no hemos empezado con buen… ¡A callar, gusano! – le cortó ella, mientras le empujaba contra la pared. El filo del hacha se acercó peligrosamente al cuello del pirata – No tienes derecho a decir nada hasta que te haya matado – le dirigió una mirada sádica. Luego alzó el arma dispuesta a asestar el golpe de gracia. Jim cerró los ojos antes de ver como esta bajaba. ¡¡¡DETENTE, DIANNE!!! – la voz de Marguerite estalló en el ambiente. Jim abrió los ojos. El filo del hacha pendía a unos pocos centímetros de su nariz. La muchacha lo miraba sin ver. Apartó el hacha y se giró hacia su supuesta protectora. ¿Por qué debería detenerme, Anciana? – inquirió – Este cabrón me ha despertado de mi siesta. ¡Y ya sabes que no soporto que me despierten de mi siesta! – la increpó. Luego volvió a mirar a Jim y le señaló con el hacha – Vamos, dime. ¿¡Por qué cojones no debería matarle!? – sus ojos verdes miraban a Jim como los ojos de un depredador. “Me están viendo morir”, pensó el pirata. Pues porque es un amigo – la voz de Marguerite le sacó de aquel ensimismamiento, y pareció tener un efecto similar en Dianne. La mirada de la chica cambió, la fuerza con la que sujetaba a Jim disminuyó. ¿Un amigo? – dijo. Se giró de nuevo hacia la anciana, y esta asintió sonriente.

La presa de la muchacha se liberó, y Jim cayó al suelo jadeante, entre toses.

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Un amigo… – volvió a decir Dianne. Se giró hacia él y le miró fijamente. Luego se abalanzó sobre él. Jim se llevó la mano a la empuñadura de la espada, alarmado.

La chica le estrechó en un fuerte abrazo, y el pirata aflojó la mano de la espada en el acto, extrañado: Con que un amigo, ¿eh? – comentó con jovialidad la muchacha mientras lo abrazaba. Jim notaba el tacto húmedo de sus ropas, y seguía sin saber qué decir. La chica se apartó y lo miró sonriente. Todo atisbo de aquel instinto asesino de hace un momento había desaparecido – ¡Haber empezado por ahí, hombre! – siguió con una voz cargada de dulzura – Los amigos de la Anciana Kintama son mis amigos – se puso en pie y le tendió una mano para ayudarle a levantarse. Jim la agarró dubitativo – Me llamo Dianne, ¿y tú? J-Jim Golden – consiguió decir él mientras se ponía en pie también. La joven le estrechó la mano con energía. Pues es un placer conocerte, Jim Golden – siguió ella – Perdona lo de antes, ¿eh? Pero intenta no volver a despertarme de esa manera o podría matarte, ¿vale? – terminó sonriendo con todo el rostro. Jim no sabía cómo interpretar aquella sonrisa. Finalmente, se limitó a asentir. Dianne se apartó de él, mientras guardaba su arma, y fue entonces cuando reparó realmente en John: ¿Otro amigo tuyo, Anciana? – preguntó. El ex-librero miró a la anciana inseguro y luego se apresuró a intervenir. No, no, no – alzó las manos en señal de modestia – Sólo un conocido que…

La chica le dio otro abrazo:

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¡Encantada! – dijo – Soy Dianne, de las Kuja – se apartó – ¿Tu nombre es? J-John Reader – saludó él, algo sonrojado. Jim disfrutó del momento. ¿Y qué lees, John Reader*? – preguntó ella con curiosidad. El pirata la miró sin saber que decir.

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¡¡Ah!! ¡¡¡DIANNE!!! – una mujer mayor y gorda irrumpió en escena. Jim la recordó entonces. La cocinera que hacía unos minutos se habían encontrado desmayada – ¡¡Sabía que eras tú, maldita ladrona!!

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¡Mierda! – maldijo la joven. Se apartó de John, y salió escopetada hacia la puerta del almacén – ¡Un placer conoceros, chicos! ¡Ya hablaremos en otra ocasión!

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¡De eso nada! – la cocinera se plantó delante de la salida, para cerrarla el paso – ¡No saldrás de aquí hasta que…!

Jim vio como Dianne se deslizaba con gran rapidez por el suelo, pasando por debajo de las piernas de aquella obesa mujer, para luego incorporarse y seguir corriendo por la cocina, hasta perderla de vista. En sus ocho años de vida pirata, jamás había visto a alguien tan ágil. La cocinera se volvió airada hacia ellos: ¡Esto es culpa tuya, anciana! – se quejó a Marguerite. “Pues está mejor que tú”, pensó Jim. Aunque no se atrevió a decirlo – ¡Desde que esa mocosa y tú llegasteis a esta isla, no paramos de comernos marrones! Lo sé, lo sé – se disculpó Marguerite con una sonrisa – Pagaré por todo lo que se haya comido – sacó un monedero de piel – ¿Cuánto es esta vez?

* Aquí hay un pequeño juego de palabras. Dianne confunde el apellido de John con lector (la traducción al español de reader). De ahí su pregunta. Una tontería que no viene a cuento. Nevermind (risas).

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¡¡No se trata sólo de dinero, imbécil!! – se quejó nuevamente la cocinera – ¡Se trata de que…!

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Jovencitos – Marguerite se volvió hacia ellos ignorando las quejas airadas de aquella mujer – Será mejor que salgáis afuera mientras yo aclaro aquí las cosas. Luego os ayudaré a conseguir lo que buscáis – terminó.

Los piratas se miraron sin saber que decir y luego asintieron. Abandonaron la estancia, apresurándose de no verse involucrados en aquella discusión. El despertar de Dianne parecía haber conseguido lo que esperaba. La normalidad poco a poco volvía al local y al resto del pueblo. Al igual que aquella malhumorada cocinera, el resto de la gente se había despertado de su letargo inducido. No obstante, Jim no encontraba algo parecido a la sorpresa en el rostro de aquellos clientes. Lo que el ambiente reflejaba, más bien, era indignación: ¡Esa niñata lo ha vuelto a hacer! – oyeron quejarse a un hombre joven. ¡Mierda! – dijo otro, mientras levantaba una mesa volcada – ¡Las cartas se han mezclado y ahora vamos a tener que repartir de nuevo! ¡De eso nada! – le increpó otro que andaba junto a él – ¡Esa partida era mía! ¡Tenía escalera de color! ¿¡Y crees que alguno de nosotros va a apoyar tu palabra!? – inquirió un tercer jugador, y el cuarteto de jugadores estalló en carcajadas, incluido aquel al que habían tildado de tramposo. Un par de mujeres, de unos cincuenta años, charlaban entre ellas en otra de las esquinas del local: Ya es la segunda vez este día – indicó una – Va a haber que darle un toque de atención a esas dos.

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Qué le vamos a hacer, mujer – dijo la otra – La muchacha es “especialita”, y esa tal Marguerite parece haber hecho muy buenas migas con el alcalde – la otra mujer chasqueó la lengua, resignada.

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¡Ese inútil de Yosaku pierde el culo por cualquier cara bonita! – se quejó – ¿¡Qué le habrá visto a esa salvaje!?

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No lo sé, chica – siguió la otra – Pero hay que reconocer que se conserva bien. ¿¡Sabías que ya está entrada en los sesenta!?

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¿¡Qué me dices!? – se extrañó – ¡Pero si apenas si aparenta cuarenta! Lo que oyes – siguió la que parecía estar más enterada – Por lo visto, existe un licor de ciruelas del que dicen que…

Jim decidió hacer oídos sordos de aquellos chismorreos de marujas y salió del local junto con su compañero. Seguía teniendo un dolor de mil demonios en el cuello tras el encontronazo con aquella peculiar muchacha: Menuda pieza, esa Dianne, ¿eh? – comentó al salir John, como si le estuviera leyendo el pensamiento. Jim se limitó a chasquear la lengua – ¿Crees que alguien como ella nos vendría bien para nuestra tripulación? ¿Bromeas? – se quejó él – ¡Esa tía está loca! – John le miró pensativo. Es cierto que es un poco rara – admitió. “¿Sólo un poco?”, pensó Jim. – Y es más que probable que tenga alguna especie de trastorno bipolar – sonrió para sí – Pero, no sé… A mí me parece simpática. ¿¡Simpática!? – se extrañó Jim – ¡¡Esa loca ha estado a punto de matarme!! – se llevó la mano al cuello recordando la escena. Pues por eso mismo me cae bien – rió John. El capitán pirata entrecerró los ojos, indignado.

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Si yo fuera como mi antiguo capitán, Mediabarba, te habría mandado azotar por ese comentario – le increpó.

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Si tú fueras como tu antiguo capitán, tendrías un barco y una tripulación en condiciones – replicó el ex-librero. A Jim se le hinchó la vena de la frente.

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¿Te han dicho alguna vez lo pedazo de cabrón que eres? – inquirió con cierto cabreo.

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Muy a menudo y en peores condiciones que las tuyas – contestó él – Piratas con el suficiente orgullo como para no suplicar por su vida – sonrió.

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¿Eso me convierte en una clase de VIP? – inquirió Jim. No – replicó John – Eso te convierte en mi capitán. Vaya – dijo él – Parece que poco a poco te vas haciendo a la idea. ¿Qué le voy a hacer? – se sacudió de hombros – Por ahora dependo de tu experiencia en estos mares. Por escasa que esta resulte.

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Dicho así no parece un cumplido – se quejó Jim. Es que no pretendía serlo – indicó el ex-librero. El capitán corsario chasqueó la lengua irritado. Luego suspiró cansado.

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En serio – dijo – Creo que si no fuera porque esa cría de Chottohitobito lloraría tu muerte, te mataría aquí y ahora – John sonrió divertido.

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Y si el resultado fuera al revés, ¿qué pasaría? – dijo – ¿Quién lloraría por el desconocido pirata desorejado del East Blue? ¿Quién lloraría por Jim Golden? – Jim lo miró con seriedad. El rostro divertido de John perdió su sonrisa – Perdona si he dicho algo que…

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“Ahora” no sabría decirte – le cortó Jim – Pero puede que hace ocho años. Alguien… – sonrió con melancolía – Ella quizás.

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¿Ella? – se extrañó John. El capitán corsario borró la imagen de Bell de su mente. “Ya no es una niña”, se recordó. “Quizás hasta me haya olvidado”.

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Déjalo, no he dicho nada – se incorporó con cansancio – No es algo de lo que quiera hablar. Ya hace tiempo que dejé esa vida atrás – John le miró sin saber que decir y luego asintió con lentitud.

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Sea como sea, en cuanto esa anciana termine con lo suyo, deberíamos buscar la forma de…

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¡¡¡PIRATAS!!! – la voz de un hombre resonó en la lejanía. Jim y John callaron en el acto – ¡¡¡DIOSES, LOS HAN MATADO A TODOS!!! ¡¡¡PIRATAS EN EL PUERTO ESTE!!!

El hombre corría hacia ellos, ensangrentado. Parecía seriamente herido, mientras avanzaba a trompicones: No creo que se refiera a nosotros – comentó Jim dubitativo. ¡Claro que no se refiere a nosotros! – le reprochó John. ¡¡¡PIRATAS EN…!!! – el hombre cayó junto a ellos y Jim lo cogió antes de que tocara el suelo. El desconocido se giró hacia él, jadeante – T-Tengo que avisar a todos – dijo – ¡H-Hay piratas en…! ¿¡Qué está pasando aquí!? – Marguerite acababa de salir del local. Al ver al hombre se horrorizó – ¡¡Yosaku!! – corrió hacia ellos y apartó a Jim para sostener ella misma al hombre entre sus brazos – ¡Yosaku! ¿¡Qué diablos ha pasado!? – la gente del pueblo empezó a arremolinarse en torno a ellos, alarmada. L-Llegaron al poco de despertarnos – dijo el hombre jadeante – Cerca de treinta hombres, izando la bandera negra – explicó – Desembarcaron y nos atacaron sin mediar pala… – una fuerte tos le sobrevino, y escupió algo de sangre – Sólo

unos pocos íbamos armados. Meras azadas, horcas y hoces. Simples herramientas de labranza, que de poco servían contra armas de verdad – volvió a venirle otro ataque de tos – Mientras masacraban a los demás, yo conseguí abrirme paso entre ellos y llegar hasta aquí – empezó a llorar – ¡Mierda! ¡¡Dejé a mi gente a merced de esos animales!! – se mordió el labio llevado por la rabia. No, hiciste lo que debías. Hubiera sido peor si no nos hubieras informado del ataque – le tranquilizó Marguerite. Se volvió hacia los demás – ¡Traed un médico, rápido! ¡¡Este hombre se muere!! – la gente la miró recelosa – ¡¡Haced lo que os digo!! – la muchedumbre se apresuró en obedecer. Cuando se llevaron al alcalde, Marguerite volvió a hablar: ¡Partid sólo con lo indispensable y ocultaros en el refugio de las montañas! – los aldeanos restantes asintieron y volvieron a sus casas – Hacer algo así, esos canallas – siguió la mujer con rabia. Se dirigió a ellos dos – Me temo que vais a tener que esperar un poco – dijo – Antes tengo que ajustar cuentas con esos desgraciados – Jim y John dieron un paso al frente. Iremos contigo – dijo el primero. Creo que tantos hombres son demasiados para una sola mujer, por muy Kuja que seas – aportó el segundo. La mujer sonrió para sí. Haced lo que queráis – dijo – Pero no os interpongáis entre mi arco y su presa. Descuida – aportó Jim. Ambos tenemos experiencia combatiendo contra piratas – argumentó el exlibrero. La mujer asintió y los tres salieron corriendo hacia el puerto. De todas formas, – siguió John – ¿¡que llevaría a unos piratas a visitar una isla de la que se dice que está encantada!? A nosotros nos movió la curiosidad – indicó Jim.

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No todos los capitanes pirata son tan temerarios como tú – le replicó su compañero – Debe de haber alguna razón de peso.

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¿Un tesoro? – inquirió él. O un sitio en el que esconderlo – terminó Marguerite.

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans

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