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English IV August 2008 Translation of an excerpt from “A Rose for Emily” by William Faulkner III La señorita Emily estuvo

enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía parecer mucho más joven, con una vaga semejanza a esos ángeles en los vitrales de las iglesias, mezcla de trágica y serena. Por ese entonces la ciudad recién había firmado los contratos para pavimentar las calles, y los trabajos comenzaron el verano siguiente a la muerte de su padre. La compañía constructora llegó con negros, mulas y maquinaria, y un capataz norteño llamado Homer Barron, un yanqui grande y moreno, bien dispuesto, de voz gruesa y ojos más claros que su rostro. Los niños de la ciudad solían agruparse y seguirlo para escucharlo maldecir a los negros, y a los negros cantar al compás de los picos que alzaban y dejaban caer. Al poco tiempo ya conocía a todo el mundo. Cada vez que se oían grandes carcajadas cerca de la plaza, era seguro que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Poco después empezamos a verlo junto a la señorita Emily los domingos por la tarde, conduciendo la calesa de ruedas amarillas y el par de bayos de alquiler. Al principio nos alegró que la señorita Emily estuviese interesada en alguien, pero todas las señoras decían: “¡Una Grierson no puede pensar seriamente en un Norteño, y para peor jornalero!” Pero había otros, los más viejos, que afirmaban que ni el dolor más grande podía hacer olvidar a una verdadera dama aquello de “noblesse oblige”, aunque es claro que no utilizaban esas palabras, sino que simplemente decían: “Pobre Emily... ¡Sus parientes deberían venir a acompañarla!”. Tenía algunos parientes en Alabama, pero años atrás su padre se había peleado con ellos por la herencia de la vieja Lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces no había comunicación entre las dos familias; ni siquiera habían venido al entierro. Ni bien dijeron “¡Pobre Emily!”, los cuchicheos empezaron: “¿Pero usted cree que sea verdad?” decían. “¡Por supuesto que sí! ¿Qué otra cosa podría…?”, contestaban murmurando. Todo esto se escondía con las manos; y en las tardes de domingo, mientras pasaba el ligero clop-clop de los bayos, entre crujidos de seda o satén detrás de las persianas cerradas por el sol, susurraban una vez más: “¡Pobre Emily…!” Sin embargo, la señorita Emily llevaba su cabeza muy en alto, aun cuando todos creíamos que estaba perdida. Parecía como si exigiera más que nunca el reconocimiento de su dignidad como la última de los Grierson; como si hubiera necesitado ese contacto con lo terrenal para reafirmar que era inmune a las críticas. Como cuando compró el arsénico, el veneno para ratas; esto sucedió más de un año después que empezaran a decir: “¡Pobre Emily!”, y mientras sus dos primas estaban de visita. -Quiero veneno -dijo al boticario. Tenía algo más de 30 entonces y era aún una mujer esbelta, aunque más delgada que de costumbre, con ojos fríos y altaneros en un rostro con la carne estirada hacia las sienes y en las cuencas de los ojos; como uno imagina se debe ver el rostro de un farero. -Quiero veneno –dijo. -Si, señorita Emily. ¿De qué tipo? ¿Para roedores? Yo le recom… -Quiero el mejor que tenga. No me importa cuál. El boticario nombró varios. -Matarían hasta un elefante. Pero lo que usted quiere es… -Arsénico –dijo la señorita Emily-. ¿Ese es bueno?

Valentina Dubini Lemes

-Por supuesto -respondió el hombre-. estaba escrito: “Para ratas”. Pero la ley ordena que me diga para qué va a usarlo. hasta que el boticario desvió su mirada. Valentina Dubini Lemes . Ella le sostuvo la mirada. erguida. El boticario la miró.English IV August 2008 -¿El… el arsénico? Si. La señorita Emily se limitó a clavarle la mirada. el mandadero negro le llevó el paquete. Pero lo que usted quiere… -Quiero arsénico. fue a buscar el arsénico y lo envolvió. con la cabeza inclinada hacia atrás para mirarlo directo a los ojos. bajo la calavera y las tibias. con la cara como una bandera desplegada. Cuando la señorita Emily abrió el paquete en su casa. E1 boticario no volvió. vio que en la caja. señorita. Lo que usted diga.