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Iglesia Primitiva j Sobrino

Iglesia Primitiva j Sobrino

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La siguiente etapa de la evangelización en este primer viaje de Pablo se llama la ciudad de
Iconio, perteneciente a la región de Licaonia. El nombre de esta ciudad subsiste en la actual
ciudad turca de Konieh, que se halla a unos 100 kilómetros de distancia de Antioquia de Pisidia.
El camino discurre a través de una llanura, seca y polvorienta en verano y cubierta de nieve en
invierno, que, al fundirse, queda en parte estancada, formando un terreno pantanoso e insalubre.
Al final de estas penosas jornadas, que suponen tres o cuatro días de marcha, los caminantes
divisaron en el horizonte la ciudad de Iconio como un oasis de exuberante vegetación.
Los iconios estaban orgullosos de la antigüedad y belleza de su ciudad, que recientemente
había sido favorecida por el emperador Claudio, quien le concedió el nombre de Claudio-conio;
y a la sazón la ciudad estaba habitada por gálatas ya helenizados, por veteranos romanos y por
una floreciente colonia judía.

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En Iconio se repitió la predicación de los misioneros, seguida de la aceptación de la
nueva doctrina por sus oyentes. Y como Iconio era un importante centro industrial de productos
textiles de lana, es muy probable que Pablo encontrara allí trabajo y que permaneciera en aquel
lugar durante varios meses.

Como es frecuente en hagiografía, estamos en presencia de un hecho histórico sobre el
que se ha abatido la fantasía de una leyenda. Sin embargo, la existencia de una Santa Tecla,
mártir de Iconio, citada por San Pablo, está bien probada por la existencia de su culto muy
primitivo y bien documentado, incluido en muchos “santorales” primitivos. También a la Iglesia
española llegó la fama de la santa, y en particular a Tarragona, colocada bajo el patrocinio de
dicha santa. Y asimismo se conserva una pintura del Greco. Dejando a un lado historia y
leyenda, la dura realidad fue que se repitió en la ciudad de Iconio el doble esquema de la
aceptación gozosa y del rechazo violento, hasta el extremo tal que los apóstoles tuvieron que
abandonar apresuradamente la ciudad para no ser apedreados. Sin embargo, también aquí dejaron
fundada una comunidad cristiana que con el tiempo llegaría a convertirse en un floreciente
patriarcado, cabeza de 14 ciudades.

La Leyenda de Pablo y Tecla.
A modo de paréntesis, más bien curioso que histórico, podríamos recordar aquí la llamada historia de Tecla, muy citada
por los historiadores y Santos Padres de la Antigüedad cristiana, cuyo principal documento son las Actas de Pablo y
Tecla. Aunque se trata de un documento apócrifo del cual se reía San Jerónimo, sin embargo, este mismo aceptaba que
podría haber debajo de la leyenda un núcleo histórico que brevemente resumiremos aquí.
Al acercarse los misioneros a Iconio, les salió al encuentro un tal Onesíforo, en cuya modesta casa Pablo reunió a sus
primeros oyentes. Mas desde una mansión próxima, donde habitaba una familia noble, una hija de esta familia, llamada
Tecla, todavía muy joven, pero que ya estaba prometida en matrimonio, oía asiduamente la predicación de Pablo, y en
particular lo que el Apóstol predicaba sobre la virginidad. Tecla, atraída por esta predicación, decidió renunciar a las
prometidas nupcias, por lo que los familiares, airados ante esta resolución, pensaron que la joven había sido hechizada por
Pablo, que así fue encarcelado por ejercer artes mágicas.
Tecla, sobornando a los porteros de su casa y a la guardia de la cárcel con algunos regalos, entró en el calabozo, donde
Pablo la instruyó en la fe cristiana y donde la bautizó. Pero al ser sorprendida por sus familiares, se originó en la ciudad
un tumulto tal entre partidarios y enemigos de Pablo, que esto fue causa de que los misioneros tuvieran que huir.

La persecución ha perturbado de nuevo la tarea evangelizadora de Pablo, aunque no se rompió el
hilo del viaje, ya que el Apóstol cumplía a la letra el consejo que en otro tiempo diera Jesús: “Si
os persiguen en una ciudad, id a otra.” Y esta vez Pablo, dejando atrás el oasis de Iconio, se

dirigió hacia el sur por el territorio inhóspito de Licaonia, y, atravesando por una meseta
esteparia, a unos 40 kilómetros de distancia, llegó a la pequeña ciudad de Listra, cuya exacta
localización se ha perdido.

Los licaonios eran un pueblo inculto y supersticioso. Las condiciones de vida eran muy
duras. Y especialmente se hacía sentir la falta de agua, que sólo se conseguía excavando
profundamente. El historiador griego Estrabón nos informa de que el pueblo licaonio era
predominantemente de pastores y que abundaban los rebaños de cabras y de onagros. El onagro,
como su nombre griego indica, era un asno salvaje, de mayor talla que nuestros burros,
sumamente difíciles de domesticar y cuya carne era muy estimable.
La incultura suele ir unida frecuentemente a la superstición, y en el caso de los licaonios
ésta les había llegado a través de los griegos, portadores de la leyenda mitológica de los dioses
Zeus y Hermes, que eran los mismos a quienes los romanos llamaban Júpiter y Mercurio.

El Mito de Filemon y Baucis.

Según esta leyenda, este par de dioses habían bajado a la tierra para indagar los sentimientos de hospitalidad de los
hombres y se habían visto rechazados en todas partes; hasta que llegaron, precisamente en esta región de Licaonia, a una
pequeña cabana de pastores donde vivía una pareja piadosa, llamados él Filemón y ella Baucis, que acogieron

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espléndidamente, en medio de su pobreza, a los dos visitantes. Complacidos por ello, al día siguiente Zeus les declaró
quiénes eran y les prometió cumplirles un deseo: pero ellos sólo le pidieron la gracia de conservarse sanos y unidos hasta
la ancianidad y morir juntos el mismo día.
Zeus les concedió sus deseos, y tras muchos y felices años, al morir ambos a la vez, Zeus los tranformó en árboles:
Baucis en una encina y Filemón en un tilo, que entrelazaron para siempre sus ramas. Ovidio poetizó esta leyenda en su

Metamorfosis.

Éste trasfondo mítico de Zeus y Hermes va a manifestarse en seguida en un suceso que aconteció en la ciudad.

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