3. Cambio de plantes. El teléfono empezó a sonar un segundo antes que el despertador.

Sobresaltada, apagué el despertador, le di tal manotazo, que voló por los aires para chocar contra la pared justo en la esquina de la habitación, entre la mesa de luz y la ventana que daba al balcón. El teléfono siguió sonando. Me incorporé, todavía con los ojos entrecerrados; atendí. - Cambio de planes- anunció mi mamá excitada-.Tu tía Sandra nos invitó a pasar la navidad en su casa, ¡en el campo!- informó después de llenarme los oídos, con sus reclamos de madre abandonada y despechada, sus concejos para hijas que no saben manejar su propia vida, y sus interminables peroratas sobre lo que debía hacer para que mi vida profesional despegase de una buena vez. - Que bien- contesté sin el menor interés al tiempo que me levantaba de la cama y me dirigía a la cocina para encender la cafetera. La verdad es que este año las fiestas de fin de año no me inspiraba alegría alguna a diferencia de otros años, tan solo deseaba que enero llegarse lo antes posible, para dejar atrás un año caótico que sin duda había tenido más cosas malas que buenas. - Nos vamos en una hora- añadió mi madre justo en el exacto momento en que la cafetera comenzó a emitir sus sonidos típicos. El agua hirviente ya ascendía a borbotones rumbo al café molido-. Papá quiere salir con tiempo para manejar tranquilo; las rutas en esta época del año son un infierno. - Sí, sí- convine en un tono lacónico que fastidió a mi madre. - ¡¿Estás prestándome atención?!- rugió desde el otro lado de la línea. - Todavía estoy dormida, mamá- expliqué en mi defensa. Mi madre chasqueó la lengua. - Ni modo, la tía Sandra me pidió que te dijera que también estás invitada. Toda la familia se reunirá en su casa. - No puedo ir, mamá, tengo que trabajar, además seguro que me resultaría casi imposible conseguir un pasaje para el fin de semana, y sí o sí tengo que estar aquí de vuelta el lunes por la mañana. - Puedes pedirle a tu jefe unos días, te los debe, eres su mejor empleada, sin duda, si lo manejas del modo correcto no podrá negarse. Y si no funciona por las buenas puedes decirle que renunciarás si no lo hace- dijo subiendo el tono. Comenzaba a pelearse sola. Suspiré al tiempo que negaba con la cabeza. - Sí, claro, voy a darle un motivo para que me eche, total, qué problema hay si me quedo sin trabajo, las cuentas y el alquiler pueden pagarse por sí solos. - No hace falta que seas sarcástica conmigo, Eliza, solamente intento decirte que no quiero que pases la navidad sola en ese lúgubre y decrépito departamento. Mi departamento no era ni lúgubre ni decrepito. Chiquito y antiguo sí, pero en contrapartida tenía su estilo y además era mi hogar-nada que objetarle a eso, este era mi territorio y estaba orgullosa de él-. Además, ¿realmente esperaba que creyera que le preocupaba si no tenía con quién pasar la nochebuena y la navidad? Eso no podía creerlo, si en verdad le importara un poco no habría hecho las maletas y acordado un horario de salida; en vez de eso, me habría llamado antes para consultarme si yo podía o no conseguir un par de días libres para viajar con ellos. - No te preocupes mamá, no me quedaré sola. - ¿Tenías pensado pasarlo con Susana?- inquirió usando un tono de victima dolida por el engaño. El revés que siempre encontraba para echarme la culpa de las situaciones

incomodas no tardó demasiado en llegar, ella siempre, de un modo u otro lograba descargar la responsabilidad en alguien más; así lo había hecho durante toda su vida, o al menos durante toda la mía.Seguro que pretendía estar convencida de que yo ya había urdido un plan a sus espaldas para no pasar con ella las fiestas. - No, sólo digo que quizá pueda pasarlo con ella, eso es todo- dije procurando mantener la calma. Me recordé que todavía era demasiado temprano para estar de mal humor y al día le quedaban muchas horas por delante. Ansiosa miré la cafetera, aún faltaba que la mitad de la cantidad de agua pasara por el filtro. La espera me puso ansiosa. - Bien, procura no quedarte sola-. Fue una recomendación que sonó a reto. Tuve ganas de preguntarle qué más le daba si en la noche buena cenaba pizza fría y me iba a dormir temprano, en vez de atiborrarme de comida en la mesa de unos desconocidos, gozando de su lástima por ser la abandonada por sus padres en una fecha tan emotiva. Sin duda el título no me calzaba en lo más mínimo, no pensaba decirle a Susana que mis padres pasarían fuera el fin de semana, no tenía ganas de que insistiera en que me reuniera con los suyos, de hecho, me sentía aliviada, me vendrían como anillo al dedo unos días de verdadera tranquilidad y soledad en casa. - No te preocupes por mí, mamá, voy a estar bien, pásenlo bien; manda mis saludos a la tía Sandra, explícale que no pude ir por el trabajo pero que le agradezco el gesto; y dale mi saludos al resto de la familia (el resto de la familia eran tíos y primos a los que casi nunca veía y con los que poca o casi nula relación tenía). Qué tengas feliz navidad y nos vemos cuando vuelvan. - Feliz navidad para ti también, querida. Cuando nos veamos te daré tu regalo. El café terminó de colarse. Suspiré aliviada. - Gracias mamá. Pensé que iba a cortar la comunicación pero en vez de eso me pidió que esperara un segundo, que mi padre quería saludarme. Mientras esperaba me serví café y bebí un buen sorbo, inmediatamente me sentía mejor y más despierta. - Hola. Oír la voz de mi padre me cambió el humor. - Lamento que tu madre no te avisara antes. ¿De veras no puedes arreglarlo? Nos gustaría verte allí. - No papá. Pero no te preocupes. Voy a estar perfectamente bien, además vengo teniendo unos días fatales en el trabajo y necesito descanso, la idea de viajar diez horas de ida y diez de vuelta en el incomodo asiento de un micro no me entusiasma demasiado. - Podrías aprovechar el viaje para tomarte unas vacaciones. Trabajas demasiado. Vacié la taza de café con leche. - Quizá tengas razón«de cualquier manera ya es un poco tarde para planearlo- hice una pausa, sabía que mi papá realmente deseaba que pudiese unirme a ellos en el viaje, de modo que pensé en hacer lo mejor para que no se sintiera culpable de dejarme en la ciudad sin más compañía que mi propia persona-. Voy a estar bien. Será una navidad diferente pero creo que voy a sobrevivir-. Mi comentario no le gustó. Gruñó y se quedó callado. Sería la primera vez en mi vida que pasaba la nochebuena y la navidad sin ellos y el hecho de que esto se diera justo después de un año pésimo en que mi vida parecía haber amenazado con caerse a pedazos, no era motivo para broma. Sacudí la cabeza en un esfuerzo por ahuyentar los recuerdos. Lo logré a medias. - Te llamaré en cuanto lleguemos. Fui por mi segunda taza de café con leche. - No es necesario. Estoy bien«- me costó decirlo- «voy a estar bien- eso esperaba.

- Te llamaré en cuento lleguemos- repitió él-. Quizá para la noche lo hayas pensado mejor y decidas reunirte con nosotros. No quise decirle que no tenía intenciones de darle más vueltas al asunto, no viajaría a ninguna parte y menos para pasar las fiestas en compañía de gente a la que le importaba poco y nada sobre mi persona, mi bienestar y mi felicidad. En cambio de eso, me despedí deseándole buen viaje y felices fiestas. Dejé el teléfono en la base del cargador, apuré lo que me quedaba de café con leche y me metí en la ducha, todo eso sin dejar de pensar en que si las cosas hubiesen acabado tal como fueron planeadas, estaría a días de contraer matrimonio. Pero como nada puede planearse con demasiada exactitud, y como en ocasiones, los planes no son más que ideas que pretendemos materializar, susceptibles a borrarse de un plumazo por una simple casualidad de la vida: alguien sale una noche, entra a un bar, conoce a una persona y luego se da cuenta de que eso que pensó que sentía no es ni tan fuerte ni tan valido cuanto creía; aquí me encuentro yo, debajo de la ducha, todavía en mi viejo departamento, preparándome para ir a trabajar. De camino al trabajo, sentada junto a la ventanilla en el colectivo, no pude dejar de imaginar en lo feliz que se suponía debería estar sintiéndome ahora, todo debería haber sido perfecto y sin embargo no lo era. No pretendía sentirme miserable, desde hacía tres meses me había propuesto no apiadarme de mí misma, no derrumbarme frente a la realidad, sin embargo la tristeza era palpable. Supuse que recién comenzaba a asumir que aquello no había resultado, que por más que me propusiera que las cosas se iban a resolver, no se resolverían, no al menos del modo en que hasta esta mañana, yo esperaba« o deseaba, que se resolvieran. Cristian no volvería a mí, no formaríamos una familia, no compartiríamos un hogar ni nada de lo que había soñado para nosotros« es decir se suponía habíamos soñado para nuestro futuro. La realidad era otra, y si bien no era tan mala, era de lo que yo había intentado escapar aceptando su pedido de matrimonio. Supongo que nunca estuve realmente convencida de amarlo lo suficiente para desear pasar el resto de mi vida a su lado, pero presuponía que nunca estaría segura de sentir algo semejante, o mejor dicho: no me creía con la capacidad de sentir tal cosa. Todo en mi vida había sido demasiado tibio, nada en todos mis años de vida había sido ni muy malo ni muy bueno, siempre todo era en la media de lo normal, de lo mundano, y era exactamente esa normalidad la que me alteraba tanto. Odiaba ser común, odiaba no tener una pena lo suficientemente grande ni una felicidad lo suficientemente completa para sentirme verdaderamente especial. Por eso le había abierto las puertas a un hombre que parecía tenerlo todo, aunque es posible que no lo tuviese, pero de todos modos a él no parecía importarle demasiado si tenía carencias o sobrantes, era realmente feliz con su vida, era estable y yo necesitaba esa estabilidad para mí, además no tenía dudas -no por lo menos hasta que conoció a esa chica en el bar al que fue con sus amigos-, y que estaba convencido de que podía hacerme feliz. Ahora dudo que él pudiese hacerme feliz y estoy segura de que más que nada en el mundo, yo lo convertiría en uno de los seres más miserables del planeta si no más. «

- ¿Persisten las nauseas?- me preguntó Susana como quien no quiere la cosa mientras envolvía una caja de madera que contenía dos botellas de vino espumante italiano, que un cliente esperaba al otro lado del mostrador. - No, estoy bien. Contesté mientras le tendía al señor, el ticket de la tarjeta de crédito para que lo firmara. - Has estado muy silenciosa hoy. - No tengo mucho que decir- contesté mientras observaba al hombre estampar su firma en el papelito. Susana le pegó un enorme moño dorado a la caja ya enfundada en papel verde y rojo. - Mentirosa- me espetó-. Vas a contarme qué te pasa o voy a tener que adivinarlo. Tomé la birome y el ticket que el cliente me devolvió y le entregué su comprobante. - No me pasa nada- le contesté a Susana mientras me volvía en dirección a la caja. Susana le entregó su compra al cliente y lo despidió deseándole felices fiestas. En cuanto nos quedamos solas, arremetió con su interrogatorio. - ¿Has hablado con Cristian por el asunto de la casa? La boca se me secó de inmediato. - No, no hay nada de qué hablar, la casa es suya, no mía, nunca me permitió poner un peso para la remodelación por lo tanto no me corresponde nada de su venta, y lo que me correspondía por el gasto de los muebles ya me lo devolvió. No tenemos nada que discutir- finalice para zanjar el asunto de una buena vez. - La casa iba a ser para los dos- replicó Susana. Evidentemente, esa mañana no era la única en recordar que las invitaciones para mi boda tenían una fecha no demasiado distante. - Iba, pasado; además, por si ya lo olvidaste, no estamos juntos y no vamos a volver a estarlo. Cada cual ha seguido con su vida y es mejor así. - Te engañó y te abandonó- bramó enojada. Por suerte estábamos solas, no había ningún cliente en el local y Matías había salido a comprar el tardío almuerzo para los tres -era media tarde y estábamos hambrientos-, de modo que me evité una vergüenza peor de la que ya sentía todavía no sé por qué, si en realidad nada de lo que pasó fue culpa mía« ¿o sí? Bueno, no al menos completamente mía. Coloqué el ticket en su sitió y la birome en el lapicero. - Eso ya es parte del pasado. Carece de importancia y sinceramente no tengo más ganas de pensar en ello. - Sé que todavía te duele. No soy de piedra- pensé para mis adentros, pero no dije nada. Deseé con todo el corazón que Susana cerrara la boca. Usualmente no me molestaba discutir mi vida con ella pero hoy no estaba de ánimo para soportar aquello ni nada más pesado que una banal conversación sobre el clima. - Voy a estar bien- me limité a decir rogando para que entrase un cliente que pusiese fin a una discusión en la que no tenía ganas de participar ni siquiera de presenciar. Para mi suerte, y por desgracia, ya que no tenía ni las más mínimas ganas de verlo, entró Sufár. En contra de mis instintos, le dije a Susana que me hacía cargo, y ella aceptó gustosa sin siquiera darse cuenta de que prefería atenderlo antes de continuar hablando con ella. - Buenas tardes, Eliza- me saludó Sufár, abriendo desmesuradamente sus ojos brillantes, los cuales cada vez se me antojaban más iguales a los de una rata. - Buenas tardes, señor Sufár, qué puedo hacer por usted hoy. - Estaba buscando un buen vino tinto, tengo una cena esta noche y deseaba llevar algo. - Se llevó ambas manos al abultado vientre, daba la impresión de estar degustando ya, lo que cenaría, supongo que se le hacía agua la boca.

- ¿Sabe que van a servir? - Es un asado- me informó curvando los labios hacia arriba, no sé si la mirada libidinosa era por mí o por la carne que cenaría. En todos los aspectos aquel hombre, sin duda era un amante de la carne. Se inclinó sobre mí, pretendido una complicidad entre ambos que en realidad no existía, al menos por mi parte. - Hoy es noche de hombres. Sin esposas, sin hijos, nada más que amigos, buena comida y buena bebida. - Sí, claro- acoté sin tener nada que agregar. Sin que mediara ninguna otra palabra lo guié hasta el sector de los vinos. Sufár me siguió de cerca, de demasiado cerca, fue entonces cuando noté que despedía un fuerte olor a alcohol, sin duda había comenzado temprano a festejar, era evidente que no le importaba esperar a sus amigos. Saber que había bebido, probablemente de más, me puso incomoda, no voy a decir que me asustó, pero si Sufár casi no tenía límites para su comportamiento estando sobrio, seguro menos los tendría con unas copas de más. Procuré no preocuparme, hasta ahora se había comportado relativamente bien, de modo que sin duda podría soportarlo unos cuantos minutos más, tenía pensado no permitir que me hiciera dar demasiadas vueltas, con firmeza y decisión le ofrecería un buen cavernet sauvignon- no el más caro, por supuesto, Sufár era bastante tacaño consigo mismo para esperar de él, que hiciese un acto de arrojo comprando una buena botella de vino para compartir con sus amigos- y lo despacharía enseguida luego de cobrarle el importe de su compra. Eso fue lo que hice, al menos en un principio. No sé cómo, pero en un segundo la situación se me fue de las manos. - Sí, creo que este vino es el adecuado- dijo Sufár en un susurró mirando la botella, luego sus ojos se fijaron en mí- fuiste tú quien lo eligió para mí, de modo que debe ser bueno. Esquivé sus palabras con una sonrisa. - A sus amigos sin duda les gustará. ¿Cuántas botellas quiere llevar?- pregunté lo más rápido posible. Soltaba una palabra detrás de la otra para evitar que él metiera bocado. - Eso depende- fue su respuesta. En su mirada había implícita una desagradable insinuación que no tardó en plasmarse en palabras-. Si quieres« si me lo pides, puedo saltarme la noche con mis amigos para estar contigo, de modo que no necesitaríamos más que una botella«- sonrió de un modo repulsivo- «o quizá podamos llevar más- añadió entre dientes apenas despegando los labios-, eso depende de qué ideas tengas. Estoy abierto a nuevas experiencias. Se me acercó tanto que su aliento a alcohol casi me voltea, evidentemente había bebido algo más que unas cuantas copas. - ¿Qué me dices Eliza, vas a continuar pretendiendo que no lo entiendes o por fin aceptaras mi ofrecimiento?- bajó la mano en que tenía aferrada la botella y acercó la otra al lado izquierdo de mi cabeza para acariciar un mechón de cabello que me caía por encima del hombro-. Sabes que puedo darte todo lo que deseas y mucho más. Si hubiese tenido algo en el estomago le habría vomitado encima, por desgracia llevaba horas sin probar bocado. - No tienes más que pedirlo- me susurró al oído. Estaba paralizada, congelada, en una situación normal le hubiese propinado un buen rodillazo en la entrepierna, pero simplemente no podía moverme. Tenía miedo« un tipo de miedo que jamás había sentido antes, totalmente irracional, y no era capaz reaccionar.

Sufár respiró en mi cuello. Aspiraba profundamente y luego soltaba el aire entre mi cabello. Comencé a sentir el calor de su cuerpo y eso tornó las arcadas más intensas. - Ese muchacho inútil y estúpido no te trató del modo que te mereces« no importa, lo mejor que te ha pasado es que él desapareciera de tu vida-. Inspiró hondo sobre mi cuello-. Jamás habría podido darte lo que la vida ha reservado para ti- añadió en un tono tan libidinoso que me hizo sentir asco de mí misma- acepta venir conmigo y lo tendrás absolutamente todo« Pensé que iba a desmayarme. - Todo, absolutamente todo- repitió. Sufár se alejó unos centímetros y me miró a los ojos. Sin duda esperaba una respuesta pero yo apenas si podía respirar, de hecho apenas jadeaba, creo que me estaba ahogando, es como si hubiese olvidado cómo se respira. Las piernas se me aflojaron, la visión se me tornó borrosa. - ¿Va a llevarse ese vino?- preguntó una voz que nos arrancó a ambos de la situación. Su tono fue tan duro y cortante que dejó una marca en el ambiente. Verlo fue similar a contemplar un claro en el cielo encapotado de un día tormentoso, como ser testigo de una brizna de aire fresco en medio del desierto sofocante. No me sentí ni incomoda ni acomplejada de estar en su presencia, sino todo lo contrario, agradecí a quien correspondiera que él estuviera parado ahí mismo, a unos pasos de mí, mirándome de arriba abajo como si pretendiese asegurarse de que mi integridad no había sido mancillada en lo más mínimo. Al contemplarlo, por esos fugases segundos antes de que mis ojos volviesen a mirar a Sufár esperando una respuesta, me di cuenta de que estaba enojado, más que eso, parecía furioso y no creo equivocarme al asegurar que había adoptado una actitud más que posesiva hacia mí. Su pregunta sin duda, no era acerca del vino, sino acerca de mi persona y dejó eso marcado en las miradas que me lanzaba. El rostro de Sufár se turbó de irritación, ira y desconcierto. No le contestó, simplemente se volvió hacia él en silencio. Pensé que iba a iniciarse una pelea, pero supongo que Sufár lo habría pensado dos veces antes de lanzarle un puñetazo a un hombre que no solamente era unas cuantas cabezas más alto que él, sino que también sin duda más atlético, más joven y más ágil. - ¿Va a llevarse ese vino o no?- inquirió Vicente ahora con mucha más tranquilidad. Su tono rayaba casi en la burla, lo estaba retando. Si esta situación hubiese ocurrido unos doscientos años atrás, sin duda, lo habría retado a duelo, pero ahora simplemente se limitaba a ponerlo en su sitió con su perturbadora e imponente presencia. Sufár giró otra vez hacia mí. Me lanzó una mirada de odio y me devolvió la botella estrellándola contra mi vientre. Todavía no sé cómo, logré atajarla, y no se me cayó. Acto seguido, sin añadir más nada, dio media vuelta y se largó prácticamente corriendo. Tardé un momento en reaccionar. - ¿Se encuentra bien? En cuanto habló se me aflojaron las piernas. Mis rodillas no soportaron el peso de mi cuerpo. Caí en picada y me había estrellado contra el piso de no ser por él, que me atrapó con una mano mientras que con la otra ponía a buen resguardo la botella de vino. Me sentó en el piso y se arrodilló a mi lado, fue entonces cuando empecé a hiperventilar, y por desgracia a llorar. Toda la angustia, el miedo, el dolor, la sensación de pérdida y de fracaso que pretendí ignorar durante estos últimos tres meses finalmente afloraron y las lágrimas se me salían sin que pudiese hacer algo para evitarlo mojándome las mejillas y las manos, detrás de las cuales pretendía esconderme. Mi idea no era hacer una escena frente a

un cliente y menos frente a él, pero después de lo que acababa de pasar ya nada parecía importar demasiado. Ya nada de nada importaba. - ¿No le ha hecho daño, o sí? Negué con la cabeza. Para ese entonces lloraba desconsoladamente. - Deberían regresarlo de donde vino- gruñó entre dientes. Quise dejar de llorar; no pude, aquello me llevaría un buen rato. Sentía un horrible dolor en el pecho, el cual, estaba segura, no pasaría en los próximos minutos. - Debe calmarse, ese hombre ya se ha ido y sin duda no regresará pronto. Bajé las manos e intenté agradecerle la mirada, ya que no podía hablar. Él se metió una mano en el bolsillo del saco con aspecto de nuevo y extrajo un pañuelo que también daba la impresión de ser tan nuevo cuanto el resto de su conjunto. Sequé mis lágrimas, al segundo volvieron a brotar nuevas sin que pudiese evitarlo y realmente deseaba dejar de llorar. Vicente no dijo nada más, simplemente se limitó a quedarse allí arrodillado a mi lado, sin dejar de mirarme. Poco a poco fui recobrando la tranquilidad al punto de darme cuenta del patético espectáculo que estaba dando. Fue entonces cuando me puse de pie; él me siguió. - Discúlpeme- le dije con la voz tomada limpiándome la cara con las manos. - No tiene por qué pedir disculpas, es completamente razonable su reacción. No, no lo era y yo no pretendía ponerme a explicarle que la mayor parte de mi llanto no se debía a Sufár, sino al resto de mi vida. - Muchas gracias. - No tiene por qué, ha sido un placer. Alcé el pañuelo empapado y lo contemplé un instante, no podía devolvérselo así. No sé si adivinó mi pensamiento o qué, pero dijo que me lo quedara, yo, volví a agradecerle. Vicente se quedó con los ojos fijos en los míos, su mirada no era menos fuerte que la de Sufár, todo lo contrario, era potente y decidida, igual que el haz de luz de un rayo láser, pero aún así, por alguna razón que desconozco, o no logro comprender, no resultaba ni la mitad de hiriente que la anterior. Fue como si todos mis miedos desapareciesen de una sola vez« fue un instante perfecto, sin interrupciones, sin palabras sin nada más que sus ojos grises viéndome directo a los míos, metiéndose dentro de mi cabeza, llegando hasta lo más profundo de mi ser. No estoy segura de cuanto tiempo duró aquello, bien podría haber sido una eternidad. Sin embargo, todo tiene un final, y aquel perfecto momento acabó. - He venido a recoger la canasta que le encargue ayer- entonó en voz muy baja, seguro temiendo alterar mi inestable estado de ánimo. Sus esfuerzos no fueron del todo efectivos, tuve que hacer un esfuerzo para que no se me cayera el alma a los pies. Era demasiada realidad para mi estado mental. - Sí, por supuesto-. Intenté sonreír pero creo que me salió una mueca horriblemente grotesca. Me sequé la cara con el pañuelo y lo metí en el bolsillo trasero del pantalón. Inspiré hondo-. Enseguida se la traigo-. Fui prácticamente corriendo en dirección al depósito. Cuando regresé a la superficie, Vicente estaba al otro lado del mostrador, parado en silencio, esperando. Susana atendía a una clienta y Matías todavía no regresaba. Haciendo un gran, esfuerzo puse la canasta sobre el mostrador. - Ésta es. Vicente la miró de reojo, con una suprema indiferencia. De repente, después de tanta amabilidad, se me antojaba que se había convertido en un trozo de hielo, ya ni siquiera me miraba a la cara.

- Perfecto- su voz sonó rasposa y seca. Sin preguntarme el valor del regalo, me tendió unos billetes. En tanto y en cuanto su mano deslizó el dinero por encima del mostrador. Apartó la cara y siguió en lo suyo igual que si yo no estuviese allí. No podía culparlo por sentirse incómodo, después de todo no tenía ninguna obligación de convertirse en mi paño de lágrimas. Conté el dinero y me dispuse a darle su cambio cuando dijo, más bien soltó o escupió, que conservara el cambio. - ¿Ya está?- me preguntó casi de mal modo. En respuesta le entregué su recibo. La canasta ya estaba envuelta y lista. - Gracias- entonó sin gracia alguna al tiempo que tomaba la canasta por el asa. - No hay porqué, gracias y felices fiest«- él no me dejó terminar de desearle felices fiestas, se fue dando grandes trancos. Desde el mostrador vi que se subía a su impresionante automóvil negro, estacionado frente a la puerta del local. Juraría que salió quemando las llantas. Sin duda lo había espantado. Debe pensar que estoy completamente loca- pensé mientras ponía el vuelto de su compra en el frasco que usábamos a modo de caja de empleados. Como una tonta me quedé mirando, obnubilada, el lugar en el que su automóvil había estado estacionado. Entonces recordé que tenía su pañuelo en mi bolsillo. Lo saqué y me lo llevé al rostro. Inspiré hondo procurando captar todos y cada uno de sus olores. Detrás del aroma de mi propio perfume, podía percibirse un dejo del suyo. Resultó embriagador, creo que las piernas volvieron a aflojárseme, por un motivo mucho más agradable y placentero que unos minutos atrás, claro está. Inhalé otra vez y cerré los ojos para perderme en su aroma; por unos segundos logré trasladarme a un universo paralelo que no se regía por las leyes de la lógica sino por mis descomunales desvaríos. El carillón de la puerta sonó. Abrí los ojos y alcé la vista con el corazón en un puño. Fue una reacción infantil la mía, pero esperaba que fuese él que estaba de vuelta para pedirme« para decirme« Apreté los parpados sin poder creer que esperara tal cosa. ¡Qué ridiculez la mía! Sin duda estaba en proceso de perder la poca cordura que alguna vez tuve. Matías se me acercó alzando las bolsas blancas de plástico que contenían nuestros sándwiches y bebidas. - ¡Está la comida!- exclamó feliz sin percatarse de que había un cliente en el local. De todos modos, aquella mujer se iría sin comprar nada. Almorzamos los tres juntos al otro lado del mostrador, oyendo un poco de música. No sé si fue por un milagro o por casualidad: por treinta minutos nadie entró, lo que nos permitió comer en paz pese a los intentos de Susana de saber por qué tenía los ojos rojos. Sin duda era evidente que había llorado, así y todo no iba a ponerme a explicarle lo que acababa de suceder, todavía no lograba encontrarle sentido alguno a aquello, por lo que menos que menos lo haría frente a Matías. El resto del día pasó en una nebulosa condimentada con una cucharada de apatía y una pizca de frustración. Tenía la impresión de que nada podía acercárseme y mucho menos tocarme, todo resbalaba muy lejos de mí, los sentimientos, las palabras, las personas y las cosas. Al entrar en mi departamento oscuro y vacío, sin más ocupantes que los muebles, mis libros, mis discos y demás cachivaches, llegué a la conclusión de que estaba a punto de volverme loca. No cabía duda, ya no existía lógica alguna en vida y mucho menos en mi comportamiento. Pensé que lograría evitar que este momento llegase, sin embargo allí estaba y me dio la impresión de no tener la capacidad de escapar de él, y mucho menos de

resolverlo de manera satisfactoria, no solamente esquivarlo. Al menos continuaba siendo conciente de que esa no sería la solución a mis problemas. Cerré la puerta empujándola con el pie y dejé escapar todo el aire de mis pulmones al tiempo que me recostaba sobre la puerta. Al encerrarme dentro del departamento me quedé casi por completo a oscuras, el único resplandor que provocaba grandes sombras todo alrededor de mi living era la luz de la calle, la cual entraba por la ventana de la cocina. Me quedé allí parada, sola, sin saber que hacer. Sentía frío a pesar del calor del verano, incluso se me puso la piel de gallina. Me abracé a mí misma desconsolada. Esa noche, dormí en el sofá, vestida tal cual estaba, sólo me quité los zapatos, no cené ni me quité el maquillaje, solamente me tendí allí, con el pañuelo entre las manos. En algún momento, no puedo precisar cuando, oí que el teléfono sonaba, sabía que debía ser mi padre, cumpliendo lo prometido, pero no tenía fuerzas para levantarme, ni ganas de atenderlo, simplemente no podía enfrentarlo. Tardé en conciliar el sueño, no sé cuantas veces me eché a llorar antes de dormir, pero en cuanto cerré los ojos, el mundo real desapareció.