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ion Historica Ideologica y Tematica a La Psicologia Social

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La idea de que los elementos étnico-culturales forman parte de los contenidos de la

psique ya fue desarrollada por Wilhelm Wundt y la Völkerpsychologie. Igualmente, el

interaccionismo simbólico se refirió al hecho de que el individuo, al aprender una cultura, se

convierte en miembro de la sociedad y en sociedad misma. Junto a estas aportaciones −de las

que ya hemos tratado anteriormente−, habrá que mencionar también otros antecedentes de los

análisis socioculturales en psicología social: las aportaciones del psicólogo bielorruso Lev

Vygotski y las que provienen de la antropología cultural, como son las de los estadounidenses

Margaret Mead y Ward Goodenough o las del francés Claude Lévi-Strauss.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la obra de Vygotski destacó el carácter

esencialmente sociocultural de la naturaleza humana. Su propuesta fundamental es que el

desarrollo del ser humano, de niño a adulto, es explicable en términos de interiorización de

contenidos culturales. A través de la interacción social se transmiten elementos de la cultura,

que serán diferentes en sociedades distintas −en distintos países, regiones, etnias,
religiones,… pero también en distintos momentos históricos−. El proceso de interiorización

de los contenidos de la cultura de pertenencia es el que permite reorganizar permanentemente

la actividad psicológica de los sujetos como seres sociales. El rasgo distintivo de la psique

humana, según Vygotski, es, precisamente, la interiorización de las actividades socialmente

originadas e históricamente desarrolladas en una cultura particular. En el marco de la

propuesta de Vygotski, los procesos de interiorización de la cultura son creadores de la

personalidad y de la conciencia individual (García-González, 2005).

Margaret Mead, retomando la idea del relativismo cultural que ya apareciera en Franz

Boas, enfatizó la gran posibilidad de conocimiento sobre el ser humano que puede generarse a

través del estudio de las diferentes sociedades y culturas. En su prolífica carrera, desarrollada

desde antes de la Segunda Guerra Mundial hasta los años setenta, consideró la diversidad

cultural como un recurso enriquecedor y nunca como un inconveniente para la humanidad. La

noción de relativismo cultural alude a que todas las verdades inducidas a partir de la

experiencia son meras construcciones sociales, y que, por lo tanto, no son independientes del

contexto cultural en que fueron formuladas como proposiciones. No obstante, este concepto

no está exento de polémica interpretativa, pues podría significar desde una oposición a la

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uniformización cultural hasta la negación de cualquier código ético universal (Rachels, 2007).

En todo caso, implica que ninguna cultura es, en esencia, mejor que otra y que cualquier

aspecto de una sociedad debe estudiarse en relación con los estándares culturales propios.

Uno de los principales hallazgos de Mead fue comprobar que los roles de género que

llamamos tradicionales no funcionan del mismo modo en todas las culturas del planeta, lo

cual cuestionará la interpretación universalista sobre el comportamiento de género y abrirá

una posibilidad a explicaciones sobre la conducta en general basadas en factores culturales

(Pollard, 1999).

Contemporáneo de Margaret Mead, aunque desde un posicionamiento antropológico no

siempre coincidente, Claude Lévi-Strauss se interesa por las estructuras mentales que

subyacen a los hechos culturales y a las instituciones sociales. Considera la cultura como un

sistema de comunicación simbólica y afirma que las diferentes culturas de los seres humanos,

sus conductas, esquemas lingüísticos y mitos revelan la existencia de unos patrones psíquicos

subyacentes, que son comunes a toda la especie humana, pese a que su expresión concreta

puede ser notablemente diversa. Cada sociedad, según Lévi-Strauss, intenta proteger y

mantener su particularidad mediante la invocación a un pasado mítico que le es propio.

Igualmente, cada cultura encierra un modo específico y peculiar que los seres humanos han

elegido para resolver el problema de vivir juntos (Bertholet, 2005).

Las ideas de Lévi-Strauss influyeron en la corriente de la etnociencia, surgida en la

antropología cultural estadounidense a principios de los años sesenta y cuyo principal

representante fue Ward Goodenough. La etnociencia conceptualiza la cultura como un

sistema de cogniciones compartidas, es decir, un sistema de conocimientos y creencias

compartidas. Tal sistema podrá ser estudiado mediante la investigación de las formas de

percepción propias de los miembros de cada cultura concreta y a través del modo en que estos

individuos describen su mundo (Beaucage, 2000). Para esta corriente resulta de especial

relevancia la distinción entre dos planteamientos de la investigación: los enfoques emic y etic.

El primero se refiere al examen y análisis de los procesos desde dentro de una cultura y

atendiendo exclusivamente a la interpretación de sus participantes. Por el contrario, el

enfoque etic supone el análisis desde las categorías teóricas que el investigador tiene

disponibles en su mente, que no siempre serán iguales a las interpretaciones de los sujetos de

la sociedad estudiada.

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La psicología social también ha recogido la distinción crítica entre los planteamientos

emic y etic: la mayoría de las teorías psicosociales han sido construidas a partir de

investigaciones sobre población estadounidense, por lo cual, al aplicarlas para explicar el

comportamiento en otras culturas, se está asumiendo el supuesto no comprobado de que los

mismos conceptos, técnicas y medidas empíricas son siempre válidos transculturalmente

(Berry, 1989; Smith y Bond, 1993).

Los enfoques culturales dentro de la psicología social han pretendido sacar a relucir la

dimensión sociocultural del comportamiento y de la psique. Más que una orientación teórica

establecida en torno a una ortodoxia de postulados, se trata de un conjunto de desarrollos de

investigación que comparten un mismo interés por las raíces socioculturales de la naturaleza

humana. De hecho, algunas de estas investigaciones encuentran buen acomodo en ciertos

parámetros sociocognitivos, aunque la especificidad de sus argumentos y el énfasis puesto en

los contenidos culturales más que en los procesos mentales, permite considerarlas

autónomamente. Con la finalidad de ejemplificar los desarrollos socioculturales en psicología

social, nos referiremos, en las páginas que siguen, a tres de ellos: el estudio transcultural de

los valores sociales, el enfoque sociocultural en el estudio de los estereotipos y las

investigaciones sobre aculturación y contacto entre culturas.

Hofstede (1999, 2001), después de estudiar las prioridades de valor en muestras de más

de 70 países de los cinco continentes, concluye que las diferentes culturas humanas pueden

diferenciarse y clasificarse en función de la importancia que conceden a cuatro dimensiones

de valor:

− Distancia jerárquica: Se refiere al grado en que culturalmente se aceptan las

desigualdades de estatus y de distribución del poder.

− Individualismo-colectivismo: Alude a la prioridad que una cultura otorga a la

individualidad o a la cohesión social.

− Masculinidad-feminidad: Hace referencia al mayor o menor énfasis puesto en la

diferenciación entre los roles tradicionales masculino y femenino.

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− Evitación de la incertidumbre: Se trata del grado en que la gente se siente amenazada

por situaciones ambiguas y por el miedo a lo desconocido o novedoso, lo que les lleva a

apelar a creencias férreas y seguras.

Las grandes diferencias encontradas entre países distintos en estas cuatro dimensiones

llevan a Hofstede a concluir que las diferentes culturas humanas difieren significativamente

en el modo en que se enfrentan a la solución de las cuestiones básicas para la convivencia y la

supervivencia.

En una línea similar, Triandis (1995) diferencia dos dimensiones que permitirán

establecer una tipología de las culturas: la dimensión individualismo-colectivismo y la

dimensión alta-baja jerarquización. De este modo, podrán diferenciarse cuatro tipos de

culturas:

− Culturas basadas en la unicidad. Son aquéllas caracterizadas por alto individualismo y

baja jerarquización. En ellas se valora la identidad propia y la autonomía personal.

− Culturas basadas en el logro. Se caracterizan por alto individualismo y alta

jerarquización. Se valora el éxito personal y el hedonismo.

− Culturas basadas en la cooperación. Son las caracterizadas por bajo individualismo y

baja jerarquización. Se valora la cohesión social y el compromiso con los demás.

− Culturas basadas en el cumplimiento. Son aquéllas caracterizadas por bajo

individualismo y alta jerarquización. En ellas se valora el respeto y la obediencia al poder.

Otros investigadores se han aproximado al estudio de las diferencias interculturales en

valores. Schwartz y Ross (1996) diferencian entre los valores sociales predominantes en

Europa occidental y en los Estados Unidos, concluyendo que los europeos otorgan más

prioridad a la cohesión social y a la responsabilidad con los demás, mientras que los

estadounidenses valoran, en mayor medida, la búsqueda del éxito y del beneficio personal y

consideran que la autonomía individual es un valor garante de la seguridad y el orden social.

Anteriormente, autores como Katz y Hass (1988) o McConahay (1986) se refirieron a

ciertas contradicciones presentes en los valores de la población media estadounidense de raza

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blanca, en el sentido de mantener una posición de ambivalencia: valoran el igualitarismo, pero

también otorgan prioridad a la libertad individual y a los valores tradicionales de la ética

protestante, tales como el trabajo duro, la disciplina y el éxito personal. Por ello, el rechazo a

grupos sociales diferentes −afroamericanos, principalmente− no lo fundamentan en una

minusvaloración del valor de la igualdad, sino en la adhesión a unos valores propios de la

tradición WASP2

estadounidense, que no aparecen con tanta prioridad en la tradición del

exogrupo. El prejuicio queda justificado por el apego a unos valores considerados como

prioritarios para el grupo social dominante y que resultan tan políticamente correctos como el

valor de la igualdad. Así, puede expresarse rechazo a ciertas políticas de integración, sin

necesidad de manifestar explícitamente menosprecio por el igualitarismo. Por ejemplo, los

miembros de la cultura dominante de cualquier país podrían apelar a la educación como una

prioridad de valor incuestionable, y argumentar que ésta quedará empobrecida por los ajustes

que requerirá la incorporación escolar de niños de culturas no dominantes.

Un segundo espacio de investigación al que nos referiremos en este apartado es el de los

estereotipos sociales como construcción sociocultural. A diferencia de la orientación

cognitivista, que encontraba en el estereotipo un sesgo en el procesamiento de la información,

las investigaciones socioculturales enfatizan el significado del estereotipo como construcción

colectiva y cuyo contenido incluye observaciones empíricamente verificables por el

observador cotidiano de la realidad social.

Para entender esto, partiremos de la diferenciación que establece Devine (1989) entre

los estereotipos y las creencias prejuiciosas personales. El estereotipo social es el conjunto de

características que son atribuidas a los miembros de un determinado grupo social, mientras

que el prejuicio representa una actitud negativa y de rechazo, mantenida sólo por

determinadas personas. El estereotipo, es decir, lo que se piensa de una categoría social, está

culturalmente determinado, pues su creación no corresponde a la actividad mental de personas

individuales sino a lo que establece una sociedad colectivamente: el estereotipo no es una

creencia individual, sino una construcción sociocultural. Por su parte, el prejuicio recoge un

2

Acrónimo de White, Anglo-Saxon and Protestant.

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estereotipo negativo que, en la mente de sujetos particulares, se convierte en una actitud de

rechazo.

Esta distinción entre estereotipo social y prejuicio tendrá una consecuencia, y es que las

personas que forman parte de una sociedad conocerán los estereotipos que ésta define sobre

grupos étnicos, de género, de profesión,… y los utilizarán en su percepción de la realidad,

como una noción más que se activa automáticamente en sus mentes, aunque no haya sido

creada por ellas; sin embargo, sólo algunas personas convertirán un estereotipo negativo en

una evaluación prejuiciosa hacia todos los miembros de un grupo social. Las personas

conocen los estereotipos que genera su sociedad y los activan automáticamente ante la

presencia de individuos de los grupos estereotipados, pero no necesariamente les asignarán

verosimilitud absoluta. Sólo cuando el estereotipo es negativo y se le concede verosimilitud,

será factible que esa persona desarrolle un prejuicio.

En todo caso, el prejuicio, como actitud que es, también tiene una génesis social y,

consecuentemente, ha sido comprobado en diversas investigaciones que los niños suelen

mantener actitudes raciales muy similares a las de sus padres (Gómez-Jiménez, 2007). Pero,

como afirman Stangor y Schaller (1996), el estereotipo no es que esté influido por la sociedad,

sino que está en “la mente de la sociedad”, siendo creado, mantenido y modificado

colectivamente por el consenso social y utilizado por los individuos, como ocurre con el

lenguaje o con los roles sociales.

La construcción sociocultural del estereotipo ya fue puesta de manifiesto por Eagly y

Steffen (1984) o por Levine y Campbell (1972), quienes explicaron que el estereotipo social,

sea de signo negativo, positivo o neutro, refleja diferencias ocupacionales y conductuales que

son observables empíricamente en la vida social cotidiana. Por ejemplo, cualquier niño, en su

proceso de socialización, ha observado que las tareas domésticas en el hogar son realizadas,

en casi todos los casos, por mujeres o que ciertos grupos sociales viven en condiciones de

marginalidad, pobreza y delincuencia. A través de esta observación empírica se interioriza el

estereotipo social y se mantiene intergeneracionalmente, con independencia de que se

convierta o no en prejuicio y discriminación. Pero también ocurrirá así con el estereotipo

positivo o el neutro, al observar las conductas que más probablemente realizan los miembros

de cada grupo social.

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Sangrador (1985) alude a esta cuestión con un ejemplo muy didáctico: cuando se dice

que los andaluces son graciosos, obviamente, se está realizando una sobregeneralización, pues

todos los individuos andaluces no son así; pero también es cierto que es estadísticamente más

probable encontrar una persona graciosa y dicharachera en Andalucía que en otras

comunidades autónomas del Estado español. El estereotipo, por tanto, está basado en la

percepción de diferencias reales entre grupos sociales y, en este sentido, siempre tendrá un

cierto fondo de verdad, aunque suponga una descripción sobregeneralizada acerca de una

categoría social.

No obstante, esta línea sobre el estereotipo social como constatación empírica de una

realidad observable no esconde el hecho de que un estereotipo negativo pueda responder a

situaciones de injusticia y desigualdad que, muchas veces, hunden sus raíces en dilatados

procesos históricos. Lo que ocurre es que la comprobación de coincidencia entre el

estereotipo de una categoría y el comportamiento concreto de sus miembros actúa a modo de

profecía autocumplida: “Si se comportan así es porque son así”, por lo tanto, los miembros del

grupo dominante se relacionarán con los del grupo no dominante como si, realmente, eso

fuera cierto, lo cual promoverá las condiciones efectivas que mantienen la desigualdad.

El interés por el contenido concreto de los estereotipos ha llevado a muchos

investigadores a analizar cómo se perciben mutuamente los diferentes grupos sociales, es

decir, qué características son atribuidas, en las diferentes sociedades, a los distintos grupos

sociales. Cuadrado (2007) y Gómez-Jiménez (2007) describen cómo diversos estudios se han

aproximado al análisis de las percepciones estereotípicas sobre las personas de países

concretos o al análisis de los contenidos de los estereotipos de género en la sociedad. En el

Estado español existe una rica y extensa tradición de estudio sobre los estereotipos de las

diferentes comunidades autónomas, reflejada en los trabajos de Javaloy, Cornejo y Bechini

(1990), Ramiro (2004), Rodríguez y Moya (1998), Rodríguez-Sanabra (1963), Ros, Cano y

Huici (1987) o Sangrador (1981, 1996), entre otros.

Otra cuestión analizada desde la perspectiva sociocultural ha sido la del cambio de los

estereotipos sociales. Bar-Tal (1994) se refiere a diferentes situaciones de conflicto bélico o

político que han propiciado la acentuación de estereotipos negativos entre los grupos

enfrentados o, incluso, la creación de ellos cuando no existían. Otros autores han aludido a la

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creencia, ampliamente extendida en la sociedad, de que los estereotipos negativos y los

prejuicios desaparecen cuando existe contacto y conocimiento mutuo entre personas de

grupos distintos. Contra la ingenuidad de esta idea, Cook (1984) argumenta que las

experiencias de contacto fortalecerán el contenido del estereotipo existente, si el

comportamiento cotidiano de los miembros de un grupo confirma el estereotipo social de esa

categoría, o también cuando la relación intergrupal ocurre en situaciones enmarcadas por la

desigualdad de poder, recursos o prestigio.

El tercer ámbito de estudios socioculturales del que vamos a tratar, para finalizar este

apartado, es el de los estudios sobre aculturación y contacto entre culturas. La aculturación es

un concepto surgido de la antropología y que hace referencia al cambio en los elementos de

una cultura producidos por el contacto directo y continuado entre dos grupos culturales

distintos (Sabatier y Berry, 1996). El concepto de aculturación engloba diferentes situaciones

de relación intergrupal en sociedades pluriculturales, en las que, generalmente, el grupo

cultural no dominante o minoritario es el que ve modificados sus elementos culturales de

partida, como consecuencia de la relación con el grupo dominante o mayoritario. La

naturaleza del grupo no dominante puede ser diversa: pueblos aborígenes colonizados,

inmigrantes en la sociedad de acogida, culturas minoritarias autóctonas dentro de un mismo

Estado,…

Los cambios que definen la aculturación afectan a los elementos colectivos propios de

un grupo cultural y, en consecuencia, implicarán también cambios psicológicos en sus

miembros, pues se trata de modificaciones en las formas de vida en su totalidad: prácticas

cotidianas, creencias y significados sobre el mundo, instituciones educativas y socializadoras

e, incluso, la lengua en la que se habla. Los cambios psicológicos producidos por la

aculturación conforman una amplia clase denominada genéricamente “desplazamientos de
conducta”, en la cual se encuadran las nuevas actitudes que se desarrollan y las nuevas

identidades que se adquieren (Morales, 1999c). El proceso de aculturación puede acarrear

importantes costes psicológicos, con consecuencias para el bienestar físico y psíquico de sus

protagonistas. Ante el cambio en las condiciones culturales, el individuo puede optar por el

ajuste, la reacción o la retirada (Berry, 1992). En el ajuste es la persona individual la que

intenta cambiar, en la reacción se intenta incidir sobre las condiciones sociales y en la retirada

se busca escapar de las presiones mediante conductas reductoras del estrés de aculturación. La

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estrategia de la retirada incluye, a menudo, el consumo de alcohol y otras sustancias como

respuesta a la pérdida de la identidad cultural (Daumer, 1985).

En el caso concreto de situaciones de aculturación producidas como consecuencia de la

inmigración, Berry, Kim, Power, Young y Bujaki (1989) explican que los grupos no

dominantes se hallan ante dos dilemas colectivos: uno es mantener o no sus tradiciones,

costumbres y modos de vida dentro de la sociedad de acogida, y otro es integrarse plenamente

en ésta o no hacerlo. Las respuestas dadas a los dos dilemas generan lo que Berry et alii

denominan cuatro orientaciones de aculturación:

− Asimilación: Se abandonan las características culturales de origen y se adoptan las del

grupo dominante, con la intención de formar parte de éste.

− Integración: Se intentan mantener los rasgos culturales de origen, al mismo tiempo

que se aspira a formar parte, plenamente, de la sociedad general, con los mismos derechos y

deberes que el grupo dominante.

− Separación: Se pretende mantener las características culturales de origen, al tiempo

que se rechazan las relaciones con el grupo dominante. Si es éste el que impone esta

orientación, cabe hablar, más propiamente, de segregación y no de separación.

− Marginalización: Se produce un alejamiento de la cultura de origen, pero también un

deseo colectivo de no formar parte de la cultura dominante. En este caso, aparecerá una

tercera identidad, caracterizada, paradójicamente, por la ausencia de referentes culturales.

Cuando es el grupo dominante el que impone esta situación, habría que hablar de exclusión,

más de que marginalización.

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