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ion Historica Ideologica y Tematica a La Psicologia Social

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La atribución causal consiste en la realización de inferencias sobre las causas de las

conductas de los demás. Como señala Morales (1999b) la relevancia de este proceso estriba

en que sirve de base para predecir el comportamiento de los otros individuos y para juzgarlos.

En todo caso, la atribución realizada no tiene que corresponderse necesariamente con la

realidad. Los juicios de atribución realizados sobre otras personas pueden ser erróneos, pero

lo relevante, desde el punto de vista psicosocial, es que el individuo perceptor cree tales

juicios y actúa en consecuencia (Moya y Expósito, 2007).

Las teorías cognitivistas de la atribución tienen su origen en los trabajos de Fritz Heider

sobre la necesidad que tienen las personas de establecer explicaciones causales de los

acontecimientos que ocurren a su alrededor. La teoría de la atribución de Heider y sus

estudios sobre la “psicología ingenua” −de inspiración guestaltista y lewiniana− pretendían

dar cuenta de cómo las personas formulan inferencias causales sobre los acontecimientos que

ocurren en su medio relacional y cómo dichas inferencias constituyen mecanismos

primordiales para la comprensión del comportamiento ajeno. La investigación sobre estos

tópicos adquirirá una gran importancia en la década de los sesenta y setenta, a través de la

teoría de las inferencias correspondientes formulada por Jones y Davis (1965) y de la teoría de

la covariación y configuración de Kelley (1967). A ambas teorías, de inspiración cognitivista,

nos referiremos en las siguientes páginas.

La teoría de la inferencias correspondientes de Jones y Davis (1965) pretende estudiar

cómo una persona observadora −o conocedora− de un comportamiento ajeno puede extraer de

dicho comportamiento disposiciones personales del actor; esto pasará cuando el observador

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pueda inferir que lo que ha ocurrido tiene que ver con características personales del actor o se

corresponde con una intención estable por parte de éste. Si el observador extrae una

característica personal de la observación de una conducta, se dirá que ha establecido una

“inferencia correspondiente”. El proceso, según Jones y Davis, se produce en dos momentos:

un primer momento en que se infiere la intencionalidad a partir de los efectos observados y un

segundo momento en que se extraen disposiciones personales a partir de esa intencionalidad.

Para que se atribuya intencionalidad al actor, es necesario que el observador piense dos cosas

sobre la persona que emite el comportamiento: que es consciente de los efectos que se

desprenden de su acción y que tiene capacidad para desarrollar tal comportamiento. Si no se

producen estos dos requisitos, los efectos se atribuirán a factores externos y no a

características del actor.

Para explicar este complejo proceso, Jones y Davis (1965) recurren a dos factores que

determinan la probabilidad de que un observador realice una inferencia correspondiente: la

deseabilidad social y los efectos no comunes. La deseabilidad social se refiere a la evaluación

de hasta qué punto el comportamiento observado se ajusta o no a los patrones sociales

normativos. Si el comportamiento goza de aprobación social, será más difícil atribuirlo a

factores internos; pero si este comportamiento fuera desconcertante, antinormativo o

desconfirmador de las expectativas sociales, será más probable establecer una inferencia

correspondiente. Los efectos no comunes son las consecuencias específicas de la acción

observada, al compararlas con las consecuencias que se derivarían de otra acción alternativa:

cuantos menos efectos no comunes perciba el observador, mayor será la probabilidad de que

el comportamiento observado sea atribuido a características del actor. Dada la importancia de

este factor en la explicación de Jones y Davis y su nivel de complejidad, lo ilustraremos con

un ejemplo. Si una persona joven y atractiva no tiene pareja estable y vive sola, se podría

pensar que ello ocurre debido a motivos diversos, cada uno de los cuales reflejaría un efecto

derivado de su elección: evitar el compromiso, disfrutar de una vida libre e independiente,

poder divertirse con sus amigos o no interferir con su estabilización laboral. Si observamos

que esta persona se caracteriza por buscar aprobación de los demás y apoyo emocional, que

suele tener relaciones esporádicas o poco estables, que ya no sale con sus amigos porque éstos

están con sus parejas y, que además, ya ha conseguido estabilizarse laboralmente, sólo

quedará un efecto específico de su comportamiento de vida en solitario: evitar el compromiso.

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De ahí podrá establecerse una inferencia correspondiente, esto es, extraer una característica

personal de una conducta observada.

La segunda teoría de la atribución a la que nos referiremos es la teoría de la covariación

y configuración de Kelley (1967). La propuesta es que cuando las personas tratan de explicar

las causas que han producido una conducta o un efecto observado, utilizan dos procesos

posibles: el de covariación, cuando el observador dispone de información procedente de

múltiples observaciones semejantes, y el de configuración, cuando sólo dispone de aquella

observación particular sobre la cual infiere causas.

El proceso de covariación consiste en la utilización de tres fuentes de información que

permitirían sacar conclusiones sobre las causas que explican un comportamiento observado o

conocido. Estas fuentes son: la distintividad, el consenso y la consistencia. La distintividad es

el grado en que un comportamiento se encuentra asociado, de forma específica, a un

determinado estímulo: existirá alta distintividad cuando el observador crea que el actor no

reaccionaría de la misma manera en otro tipo de situaciones. El consenso es el grado en que el

comportamiento del actor, en una determinada situación, es considerado similar al de la

mayoría de las personas en esa misma situación: existirá alto consenso cuando el observador

piense que la mayoría de las personas actuarían, en esa situación, igual que ha actuado el actor

observado. La consistencia es el grado en que el comportamiento del actor, ante un

determinado estímulo, se mantiene constante en diferentes momentos del tiempo: existirá alta

consistencia cuando el actor responda siempre del mismo modo ante estímulos similares. La

presencia o ausencia de cada uno de los tres elementos dará lugar a un tipo u otro de

explicación causal, habiendo tres combinaciones de estos elementos que producen

atribuciones causales en los observadores:

− Cuando existe distintividad alta, consenso alto y consistencia alta, la atribución más

probable es a las características permanentes del tipo de estímulo que ha provocado la

conducta observada −Por ejemplo, Luis ha suspendido el examen porque esa asignatura es
muy difícil−.

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− Cuando existe distintividad baja, consenso bajo y consistencia alta, la atribución más
probable es a las características personales y estables del actor −Por ejemplo, Luis ha
suspendido el examen porque es poco estudioso−.

− Cuando existe distintividad alta, consenso bajo y consistencia baja, la atribución más

probable es a las circunstancias concretas y eventuales en que se dio la conducta observada

−Por ejemplo, Luis ha suspendido el examen porque ese día no pudo estudiar−.

Por lo que se refiere al proceso de configuración, éste aparecería, según Kelley (1967)

cuando el perceptor no tiene la información, el tiempo o la motivación suficientes para extraer

de su memoria múltiples observaciones, pero, aun así, realiza una inferencia sobre la

causalidad de un comportamiento observado. En este caso, la persona utiliza esquemas

causales, esto es, precogniciones basadas en su experiencia acerca de qué tipo de causas

suelen darse unidas a determinados efectos.

Las teorías de Jones y Davis y de Kelley explican cómo las personas realizan

interpretaciones causales sobre la conducta de sus semejantes. Pero estas interpretaciones, aun

siendo creídas por quien las realiza, no siempre se corresponden con la realidad objetiva. De

aquí se deriva la existencia de los llamados “sesgos atributivos”, entendidos como errores en

la interpretación, que, como tales, no se corresponden con una forma lógica y objetiva de

proceder. Moya y Expósito (2007) cifran en cinco los sesgos atributivos a los que se ha

referido la investigación cognitivista:

− El sesgo de correspondencia o error fundamental de atribución. Consiste en la

tendencia a sobreestimar la importancia de los factores personales o disposicionales en la

atribución causal, es decir, que las causas de la conducta de una persona se encuentran en su

interior y no en otros factores, aunque no hubiera evidencias que justifiquen tal atribución.

− Las diferencias actor-observador. Este sesgo se refiere a que, ante un mismo hecho,

los actores y los observadores dan explicaciones diferentes: el actor suele encontrar

explicaciones externas con más facilidad que el observador, mientras que éste está más

predispuesto a dar explicaciones alusivas a las características del actor.

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− Las atribuciones defensivas. Es un sesgo que permite a la persona reducir la

percepción de responsabilidad de ella misma o de sus allegados cuando se ven afectados por

la adversidad. Por el contrario, se piensa que cuando a otro le pasa algo malo es porque, en el

fondo, algo ha hecho para que le pase.

− Las atribuciones autofavorecedoras. En este caso, se trata de un sesgo de

autoatribución. Consiste en pensar que los éxitos que uno experimenta se deben a sus méritos

y que los fracasos son causados por factores externos a uno mismo.

− Las atribuciones centradas en el yo. Incluye también un componente de

autoatribución. Cuando se realiza una tarea entre dos o más personas, cada una de ellas piensa

que ha contribuido al éxito final, más de lo que realmente ha ocurrido.

Por su parte, en la revisión de Morales (1999b) se menciona un sexto sesgo atributivo,

instalado éste en el marco de las relaciones intergrupales: el llamado “error último de

atribución”, consistente en la tendencia a realizar una atribución interna para los éxitos de

personas del endogrupo y una atribución externa para sus fracasos, así como hacerlo a la

inversa cuando se trata de personas de un exogrupo.

Como se ve, las teorías de la atribución han prestado más atención a la relación

interpersonal que a la intergrupal y, más exactamente, a la actividad mental interna del

perceptor cuando percibe acciones de otros individuos.

Para finalizar este apartado nos referiremos a una tercera teoría de corte cognitivista que

utiliza el proceso de la atribución para explicar, en este caso, no las conductas ajenas sino la

formación de las propias actitudes. Surgiendo como reacción crítica a la teoría de Festinger

sobre la disonancia cognitiva, Bem (1967, 1972) formula la teoría de la autopercepción, en la

que pretende explicar los procesos de formación y cambio de actitudes como consecuencia de

la propia acción, pero sin recurrir a los elementos motivacionales de los que hablaba

Festinger. La propuesta de Bem es que las personas forman actitudes viendo sus propios

comportamientos y atribuyendo a ellos la causa de sus sentimientos. Dicho de otra manera,

aquellas actitudes que se forman como consecuencia de la propia acción lo hacen a través de

dos factores: la autoobservación que un individuo realiza de su conducta y el establecimiento

de atribuciones a tal conducta para explicar los sentimientos posteriores a la acción. No es

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necesario, según Bem, apelar a las complejas dinámicas internas que propone la teoría de

Festinger, ni a la motivación para su reducción. Bem reconoce que las personas tienen acceso

a indicios internos inaccesibles a un observador externo, pero señala que cuando esos indicios

son débiles, la persona está en la misma posición que un observador externo, convirtiéndose,

en ese caso, en actor y observador simultáneamente.

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