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ion Historica Ideologica y Tematica a La Psicologia Social

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En la introducción de su obra “Psicología de las relaciones interpersonales”, Heider

(1958) señala cómo la teoría del campo de Lewin influyó en la formulación de su teoría de las

relaciones interpersonales. La premisa de la que parte Heider es la de considerar a las

personas como si fuesen científicos “ingenuos” que establecen conexiones entre causas no

observables y conductas observables, referidas a la vida cotidiana. La idea que guía su estudio

de las relaciones interpersonales es que las personas analizan las acciones que observan o que

conocen de sus semejantes, con el fin de encontrar en ellas una coherencia y un orden, de

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forma parecida a lo que hacen los científicos, y de esta manera intentan predecir tales

acciones y enjuiciar sus causas. La cuestión que se propone explicar Heider es cómo se usa el

sentido común para discernir el significado de los acontecimientos de la vida cotidiana. Este

paralelismo trazado entre la forma de operar del sentido común y la forma de hacer del

conocimiento científico le conduce a hablar de una “psicología ingenua” en la mente del

conocedor social cotidiano.

Heider fue, de hecho, el primer investigador que abordó el estudio del proceso de

atribución causal en las relaciones interpersonales (Morales, 1999b). La tesis que sostiene es

que, en las situaciones de relación interpersonal no sólo se produce una interacción

comunicativa y conductual sino que, entre los implicados en la relación, también se dan

percepciones de atribución causal, a partir de las cuales se realizan interpretaciones sobre las

acciones de los otros. La teoría de la atribución se refiere, pues, a la percepción que las

personas tienen respecto a la causalidad del comportamiento social o, dicho de otra manera, al

análisis “ingenuo” que éstas hacen para establecer asociaciones entre los comportamientos

observables y las causas inobservables. Heider (1958) señala que las personas pueden asociar

dos tipos de causas a los comportamientos: causas internas o personales, tales como

intencionalidad, capacidad, responsabilidad o deseo; y causas externas o ambientales, tales

como circunstancias, azar o características de la actividad.

El juicio que, finalmente, se realiza sobre las causas de la conducta observada

dependerá de la interpretación que el observador haga de una serie de parámetros acerca del

actor y de su acción: la capacidad del actor para producir tal conducta, su motivación para

hacerlo, la naturaleza de su implicación en la acción o la naturaleza de la misma acción,

incluyendo, en su caso, su dificultad.

Pero lo verdaderamente relevante de un proceso de atribución causal es que el perceptor

cree que el juicio que extrae sobre otro individuo es “verdadero”, con independencia de que se

correspondiera o no con la realidad. De hecho, Heider (1958) propone que la tendencia

mayoritaria es atribuir los comportamientos ajenos a causas internas, como consecuencia de

que las personas consideran que sus semejantes poseen características bastante invariantes y

son casi siempre responsables causales de sus propias conductas. Es ése uno de los puntos

centrales de interés en la teoría de la atribución de Heider: el hecho es que las conductas que

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se perciben como intencionales y aquéllas que resultan desconfirmadoras de las expectativas

del perceptor son las que generan más atribuciones en éste y son, precisamente, las que le

aportan datos para extraer rasgos subyacentes estables acerca del actor (Moya y Expósito,

2007).

La aportación de Heider no se circunscribe sólo a la teoría de la atribución. Otros

intereses le conducen a reflexionar sobre las condiciones y efectos del equilibrio entre los

fenómenos cognitivos y los afectivos, elaborando una teoría del equilibrio cognitivo que

menciona que el proceso de atribución depende también de la necesidad de evitar el

desequilibrio cognitivo. Heider (1958) explica que los individuos buscan una coherencia entre

las actitudes que mantienen hacia los otros, así como entre las actitudes que, en general,

mantienen hacia los hechos de su entorno. Cuando una persona percibe un desequilibrio en

sus actitudes, tenderá a modificarlas para evitar tal desequilibrio o a reequilibrar

cognitivamente la situación. Así, por ejemplo, si una persona percibe que alguien por el que

siente simpatía manifiesta una opinión muy divergente a la suya en un tema relevante, se

producirá un desequilibrio que podrá solucionar modificando las propias percepciones hacia

el otro o intentando cambiar el punto de vista de ese otro. Existirá un estado de armonía o

equilibrio cuando las entidades ligadas son todas positivas o son todas negativas. Si dos

entidades que están estrechamente relacionadas tienen signo diferente, resultará un estado de

desarmonía o tensión.

Tanto la teoría de la atribución de Heider como la teoría del equilibro han sido muy

influyentes en la psicología social posterior. De la teoría de la atribución derivan la teoría de

las inferencias correspondientes, formulada por Jones y Davis (1965), y la teoría de la

covariación y configuración de Kelley (1967), que revisaremos en el apartado dedicado a la

orientación cognitivista. La teoría del equilibrio cognitivo influye, asimismo, en otros

investigadores contemporáneos de inspiración guestaltista: la teoría de la disonancia cognitiva

de Festinger (1957/1975), de la que nos ocuparemos posteriormente, recibe el influjo de las

investigaciones de Heider sobre el equilibrio.

Muy cercana a las propuestas de Heider se encuentra la teoría de la presión a la simetría

de Newcomb (1953), investigador también de influencia lewiniana. Según Newcomb, las

personas que interaccionan viven en un mundo de objetos comunes −personas, cosas,…−

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hacia los cuales desarrollan actitudes positivas o negativas. Si las personas se sienten

mutuamente atraídas y tienen actitudes similares hacia terceros objetos, aparecerá un estado

de equilibrio. Así, la atracción mutua, será más marcada entre individuos que mantienen

actitudes y creencias similares.

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