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Los Rucos del Barrio Yungay1

Guillermo Molina2

¿ “Nómades urbanos”, o la nostalgia de una ruralidad perdida?

Esta investigación etnográfica surgió del observar la ocupación humana de los sitios
eriazos del barrio Yungay, y tratar de sondear las estrategias de sobrevivencia
utilizadas por sus ocupantes. Como hipótesis de trabajo se plantea que las personas
que ocupan los sitios eriazos, operan siguiendo un patrón de asentamiento nómade
o trashumante, muy similar a la lógica de supervivencia empleada por las
sociedades preagrícolas. Estas personas –en teoría- serían una especie de
"nómades" contemporáneos, que se valen de estrategias de sobrevivencia análogas
a las de los "cazadores- recolectores" de antaño; y en cierta forma podrían ser
grupos humanos que se diferencian de otros grupos callejeros 3.

Existía un interés por observar una especie de reducto resistente al modo de vida
urbano, y encontrar en los rincones de la ciudad una socialización relicta e invisible,
cercana a la definición de lo rural en contraposición a lo urbano. Rural, en el sentido
1
Este texto proviene de un manuscrito del año 2000, resultado de una etnografía realizada
dentro del marco de la asignatura de Antropología Urbana del profesor Bernardo Arroyo,
mientras cursaba el segundo año de carrera en la Escuela de Antropología Social de la
Universidad Bolivariana. Esta etnografía me inició en el tema que posteriormente sería mi tesis
de grado.
2
Antropólogo Social, Universidad Bolivariana de Chile. Alumno del Programa de Postgrado en
Antropología de Universidad Católica del Norte y Universidad de Tarapacá.
3
El planteamiento de esta hipótesis de trabajo para realizar esta etnografía, finalmente fue
tratada como una hipótesis ilusa que develaba toda mi ingenuidad como estudiante de
antropología recién iniciado en el trabajo etnográfico, sin embargo esta hipótesis funcionó como
un buen pretexto para acércame al tema de investigación, y motivó el encuentro - cara a cara -
con los habitantes de los sitios eriazos, de los barrios Brasil y Yungay de la ciudad de Santiago.

1
de la relación amplia que establece el Hombre con la Naturaleza, tal como lo hace
un cabrero, un arriero o un pescador que se adentra al mar, o el campesino que
observa las señales de la naturaleza para predecir el tiempo de las labores agrícolas
como señala Rafael Barahona (1999). Una ruralidad territorializada en un segmento
de la ciudad, específicamente en los sitios eriazos, en donde la ocupación del
espacio desarrolla un sentido lógico opuesto a la desterritorialización de las
ciudades de la que nos habla Jesús Martín Barbero (1992). Situación que fragmenta
el espacio y confina las interacciones sociales a micro espacios interconectados. En
cierta forma esta socialización territorializada que observábamos en los sitios
eriazos, también se oponía a la lógica de los no-lugares planteada por Marc Augé
(1988).

A partir de las huellas observadas en los sitios eriazos del barrio Yungay, pude
plantear que existe otra forma de ocupación y apropiación de los espacios
supuestamente en desuso, tras el proceso de modernización y remodelación
urbana, después de cada demolición, emerge un nuevo sitio eriazo que queda
expuesto a la ocupación (y re-territorialización) como un lugar de refugio o
campamento temporal.

En un primer momento, los indicios de ocupación en los sitios eriazos son restos
materiales encontrados: restos de fogones, piedras acomodadas, carbones, tarros
adaptados como chocas4 para calentar agua, refugios abrigados hechos con
cartones, piedras, bloques de cemento, maderas, latas y plásticos. Se podía ver
claramente en estos vestigios un lugar de refugio y descanso.

En estos sitios eriazos o peladeros encontré refugios escondidos, camuflados entre


escombros y malezas. Imaginé que detrás de estos vestigios encontraría una
filosofía de la vida nómada y ermitaña en la ciudad; un grupo humano que por
instinto se resiste a vivir de modo urbano y que por eso, de alguna manera,
aprovechan las condiciones que brindan estos sitios despejados, para encontrar
abrigo, refugio y camuflaje tras unos muros en ruinas, entre los escombros o las
malezas, ya sea para calentar el cuerpo, cocinar o hervir agua, como evidencian las
chocas tiznadas que suelen encontrarse en estos sitios. Esta posibilidad de poder
hacer fuego y estar más en contacto con la tierra y el aire libre en medio de la
ciudad, la interpreté como un deseo o una opción por reproducir (consciente o
inconscientemente) costumbres rurales que se oponen al modo de vida urbano.

Pensaba, antes de conocer cara a cara a los ocupantes de los sitios, que ellos
debían sentir una especie de nostalgia por la naturaleza perdida y que de alguna
forma por instinto, optaban por esta vida nómade. Que detrás de esta conducta
existía una opción por evitar el modo de vida urbano y moderno, los asentamientos
sedentarios y la dependencia con rutinas laborales y familiares alienantes, evitando
así las obligaciones o "responsabilidades" impuestas por una socialización

4
Las chocas son tazones confeccionados a partir de un tarro de lata y un asa de alambre, son
ideales para hervir agua en el fuego directo o las brasas. Son usadas tanto por trabajadores
agrícolas como por obreros de la construcción y se usan generalmente para hacer té.

2
normalizante, generadora de dependencias económicas, basadas en el uso de la
moneda como sistema de valor en el mercado, el cual suele negar toda posibilidad
de independencia y autosuficiencia dentro de este engranaje y que sólo permite
libertades parciales dentro del sistema socioeconómico totalizante.

Ellos presentaban una lógica distinta, a la de los otros sujetos que viven en la calle,
los conocidos vagabundos, andantes y chichas 5, que duermen directamente en la
calle o en hospederías y cuyas estrategias de sobrevivencia se basan
principalmente en la caridad.

Existe otro tipo de personas que optan por no pedir ni mendigar, pero sin embargo
prefieren hurgar en la basura, o torrejear 6 para comer, o prefieren vender sus
cachureos7 y objetos reciclados de la basura en las ferias libres. En estas
actividades parece existir una lógica de subsistencia distinta a la opción de vivir de
la caridad. La lógica de estos recolectores urbanos se acerca a la estrategia de
sobrevivencia empleada por las sociedades nómades, quienes basan su economía
en la práctica de la caza y la recolección orientada hacía el autoconsumo. La
acumulación de bienes y el intercambio monetario suele ser poco significante
dentro de este sistema de subsistencia. La moneda se usa en un ámbito muy
restringido.

La dinámica de movilidad o trashumancia, que implica la labor de recolección en el


contexto urbano, esta ligada al seguimiento de los flujos de recursos que circulan
por las calles, por lo tanto, esta particularidad demanda que el recolector desarrolle
una habilidad especializada en el reconocimiento de estos flujos, junto con la
habilidad del tratamiento geográfico de la urbe y la identificación precisa de los
recursos susceptibles de recolectar. Esta habilidad sería similar a la que establecen
los "cazadores-recolectores" en relación al desarrollo de habilidades de observación
del ambiente y distinción precisa de los micro-ambientes o nichos específicos de
cada hábitat, llegando a abarcar un conocimiento acabado de grandes extensiones
geográficas.

Los sitios eriazos o la tierra prometida

La dinámica de modernización urbana de la ciudad de Santiago, está cambiando la


fisonomía de barrios de larga tradición histórica como: Brasil, Blanco, República,
Dieciocho, Matta y Yungay, debido a una serie de demoliciones de casas antiguas y
la construcción de edificios nuevos8. La tradición histórica y cultural de estos

5
Alcohólicos.
6
Torrejear es la acción de recoger cosas del piso o hurgar en la basura para obtener comida u
objetos de utilidad. A las personas dedicadas a torrejear en la calle se les conoce como torrejas,
torrantes o atorrantes. También al torrejear se le llama torrantear.
7
Objetos o utensilios desechados que todavía poseen algún valor o utilidad.
8
Estas nuevas construcciones son levantadas con un criterio altamente comercial, en desmedro
de una urbanización amable con el entorno del barrio, pues prima la rentabilidad del negocio
inmobiliario. El Estado incentiva la construcción brindando subsidios adicionales a la adquisición
de viviendas nuevas en Santiago centro, con un incentivo de 200 UF y descuentos tributarios vía

3
antiguos barrios va más allá del evidente y reconocido valor arquitectónico y
patrimonial de los edificios más significativos. El problema está en la instalación de
una actitud selectiva que se presenta como un criterio de "rescate patrimonial" de
sólo algunos edificios considerados monumentos nacionales y condena a muerte al
resto de la arquitectura tradicional del barrio; siendo este criterio bastante
cuestionado por los propios vecinos del barrio en su conjunto.

Dentro del reordenamiento de la ciudad y de los barrios del centro, el mercado


inmobiliario reserva el privilegio de la remodelación del patrimonio arquitectónico a
los más pudientes, profesionales, intelectuales y artistas de élite, para que
participen en la revitalización de la vida comercial y turística de los barrios,
abriendo restoranes, bares, pubs, o habilitando lofts en los viejos edificios. Sin
embargo en el otro extremo, también opera un proceso de recambio o extirpación
del tejido social dañado, al desalojar los viejos convetillos y cités, conjuntos de
antiguas viviendas obreras, ahora deterioradas, en donde se arriendan piezas o se
da pensión a inmigrantes peruanos o a provincianos. De esta forma el
repoblamiento de Santiago implica también un despoblamiento, un recambio, un
reacomodo. Sube la plusvalía del suelo del centro, y los habitantes más pobres
salen a la periferia, y entran en cambio ciudadanos más "decentes" a la comuna.

Después de la demolición emerge el sitio eriazo, despejado, y surge un limbo o


transición entre dos estadios: pasado (casa demolida) y futuro (edificio
proyectado). Los sitios eriazos emergen mostrando el suelo descubierto, como
manchas o claros de tierra en medio del paño de cemento. No obstante, la
ordenanza municipal obliga al cierre inmediato del sitio en cuanto se demuela una
construcción, pues el sitio eriazo es percibido como potencialmente peligroso,
representa una amenaza a la vecindad, puede ser guarida de delincuentes o puede
ser ocupado en forma indebida. Por esto muchas casas se demuelen y conservan
las fachadas o algunos muros para ahorrar la construcción de los cercos de cierre, y
precisamente son estos sitios con paredes de fachadas y vestiduras semi-
demolidas, los que son escogidos preferentemente por los ocupantes ilegales. Son
los espacios más propicios para encontrar refugio, camuflaje y cobijo, el lugar
predilecto, la "tierra prometida" de los sin casa.

Primer contacto con los ocupantes del sitio eriazo

El primer contacto se produjo en un terreno baldío ubicado en la esquina de la calle


Maipú con Santo Domingo. Se veía ropa tendida en un rincón y a lo lejos se podía
distinguir una construcción a modo de refugio. Fui un día a conversar con algún
ocupante de este sitio. Pude ver a una mujer lavando ropa en un balde, había dos
perros junto a ella que al percibir mí presencia corrieron hacia donde yo estaba y
decreto DFL2 por la compra de propiedades. Pero sin duda, los más beneficiados con este
subsidio son las empresas constructoras e inmobiliarias, que inflan los costos de mercado de las
propiedades. La creciente oferta inmobiliaria de departamentos y lofts nuevos han seducido
principalmente a los profesionales jóvenes y la clase media alta a mudarse a vivir a la comuna
de Santiago.

4
comenzaron a ladrar. Ella me miró a lo lejos y le gritó a los perros para que se
callaran. Incómodo fui a dar una vuelta a la manzana. Al pasar nuevamente junto al
sitio me encontré con esta mujer, la saludé cordialmente y empezamos a
conversar9. Así fue como conocí a Pilar quien fue la puerta de entrada al grupo de
los ocupantes de este sitio eriazo. Pilar desde ese día se mostró muy abierta a
conversar. Le pregunté acerca de la posibilidad de que me presentara a los demás
ocupantes del sitio. Justamente en ese momento venían llegando dos hombres, uno
alto y delgado y otro bajo y macizo. Los dos me miraron con desconfianza. Pilar los
saludó y yo también. Ellos me devolvieron el saludo de una forma cortante,
entraron al sitio por un agujero en la reja y llamaron a Pilar. Decidí volver en otra
oportunidad.

En otra ocasión me encontré con Pilar en la esquina del sitio eriazo, nos pusimos a
conversar y de repente llegó una mujer muy nerviosa gritando:

– ¡Pili, Pili, no sabís na', mataron a la Ana! Fue el conchesumadre del Chuqui-
–¿En serio? –Contestó Pilar sorprendida-
–Te juro que si veo a ese conchesumadre me las va a pagar, y no se va a salvar ¡Y
le voy a meter esta botella en la raja! ¡Te lo juro!- 10.

Dijo esta mujer moviendo una botella de cerveza que traía en la mano, con la
mirada desorbitada. Salivaba una espuma que se le pegaba en los labios. Pensé
que podía estar drogada. La mujer estaba muy afectada, muy afligida, se le notaba
en su voz temblorosa y en todos sus gestos. Pilar la consoló abrazándola y
escuchándola con mucha atención, hasta que se tranquilizó. Esta mujer se llama
Bernarda y vive en unos rucos de calle Santo Domingo, casi al llegar a Maturana.
Trabaja cuidando autos en la calle frente al restaurante Puro Chile.

En una de las primeras conversaciones con Pilar, ella se refirió a su hogar con el
nombre de El Ruco. Es una precaria construcción cuyo techo parecía ser un toldo de
plástico grueso suspendido sobre una cuerda amarrada en sus extremos a dos
postes. Este toldo se apoyaba a su vez a una vieja muralla de adobe, donde se
apoyaban dos viejos colchones de espuma plástica sobre el piso de tierra. Las otras
tres murallas estaban hechas de grandes letreros de madera y lata con los que la
corredora de propiedades Carvajal anunciaba la venta del sitio. El Negro me contó
que cuando eligió este sitio para quedarse lo primero que hizo fue echar abajo los
letreros.

Los rucos pueden ser tan solo cuatro palos levantados, sobre el cual se extiende un
techo de plástico, cholguanes y algunas fonolas 11, paredes de latas, cartones y
maderas. En fin, lo que esté a mano para levantar un refugio urbano. Al parecer la
palabra ruco, designa a este tipo de construcción precaria de duración
9
Cuaderno de Campo, mes de marzo del 2000.
10
Ibidem.
11
Los cholguanes son planchas de madera aglomerada, y las fonolas son planchas de cartón
grueso acanalado pintado con alquitrán o aceite quemado, que es utilizado en los techos de las
casas de emergencia o de sectores marginales de las grandes ciudades.

5
indeterminada, caracterizado por la ligereza de sus materiales, además por su
posibilidad de levantar y desarmar fácilmente. En definitiva ellos mismos hacen la
distinción: "un ruco no es una casa, pero sirve igual".

Después, en el transcurso de tiempo visitando el ruco de la calle Maipú, ví como


iban refaccionando y mejorando sus rucos: hicieron una caseta de letrina, las
murallas se reforzaron con cholguanes y los techos con plásticos.

Un ruco, una familia

Fue en el sitio de Santo Domingo con Maipú donde conocí a Pilar, El Negro, La
Turca y El Peruano. Nunca olvidaré la sensación que sentí la primera vez que me
invitaron a entrar al ruco, a su espacio íntimo. Fue un día sábado por la noche,
alrededor de las nueve. Yo había quedado de ir para conversar con ellos y
entrevistarlos con grabadora. Ellos ya me esperaban. Estaban bastante borrachos,
alegres, compartiendo con un grupo de amigos. Yo les llevé de regalo unos Faritos
(cigarrillos mexicanos de tabaco rubio sin filtro) y tuvieron gran aceptación.
Inmediatamente el Negro me invitó a pasar al ruco, donde estaban los invitados.
Las risas y murmullos se escuchaban a lo lejos, había varias personas allí dentro. El
Negro abrió la cortina y al momento de traspasar el umbral del ruco y entrar en esa
oscuridad donde sólo podía ver las brazas de los cigarrillos encendidos, una
sensación muy extraña me invadió; era entrar a un mundo desconocido, podía
sentir el olor a ropa vieja y sudada, olor a lana húmeda, olor a cantina y a
transpiración de alcohol. Entré como un ciego y sentí manos que me tomaban y me
hacían un espacio para sentarme en un colchón que estaba sobre el piso de tierra.
Allí amontonados estábamos El Flaco, La Pili y El Peruano y yo. Detrás de nosotros
habían otros dos durmiendo en un colchón.

Poco a poco mi vista se acostumbró a la oscuridad y pude distinguir las siluetas de


los que estaban en el colchón de enfrente, había otras personas durmiendo, el Galo
y la Turca, el Tito y el Negro, y dos perros bastante grandes. Me sorprendió ver a
tanta gente en un espacio tan pequeño. Afuera hacía bastante frío y adentro un
calor muy húmedo, similar al que se siente en una micro atestada de gente.

Todos reían y hablaban al mismo tiempo, nadie parecía estar escuchando, todos
querían hablar al mismo tiempo. El Negro formalmente me presentó haciendo callar
a todos, me presentó como un amigo "periodista" que quería hacer una entrevista.
Yo reparé diciendo que era antropólogo y no periodista. Eso provocó muchas
preguntas acerca de lo que estudia la antropología y de por qué yo tenía interés de
conversar con ellos. La Turca me dijo que antes habían venido unos periodistas de
la tele a entrevistarlos y que les preguntaban cómo era la vida en la calle. Que los
de la tele estaban más interesados en saber si eran drogadictos o delincuentes que
en saber lo que pensaban, y de que querían grabarlos consumiendo drogas, y que
ellos les dieron en el gusto haciendo un show con cuática 12, para que se quedaran
12
Histrionismo, parafernalia, dramatismo.

6
contentos. Éstos en agradecimiento les regalaron unas botellas de pisco. Luego
unos amigos les contaron que salieron en un canal televisión.

Poco a poco fui entrando en confianza, compartiendo el estrecho espacio con nueve
personas y dos perros. Me invitaron a tomar en un frasco de vidrio del que todos
bebían.

– ¿Qué es?– pregunté, mientras tomaba el primer sorbo de un trago tibio,


espumoso y muy fuerte.
– Checoslovaco– me contestó el Negro
- Es cerveza con pisco– me dijo un joven que flirteaba con Pilar.

Encendí la grabadora. Todos querían decir algo, todos estaban borrachos o


drogados. Contaron muchas historias, confesiones, cuentos, chistes, canciones,
amores, aventuras policiales y experiencias de la cárcel.

El ambiente se distorsionaba. Encendieron algunos cigarrillos de marihuana,


aumentaron las risas y la intensidad de las conversaciones. El Peruano se puso a
llorar, me sentí confundido sin saber como reaccionar. Sólo pude grabar
intermitentemente, sucedían muchas cosas al mismo tiempo.

Esa noche cada uno contó su historia, algunos rasgos de esos relatos me
produjeron desconfianza, pues algunos relatos parecían ser muy estereotipados y
fantásticos.

La Turca afirmaba ser hija de un musulmán muy importante de Turquía, de un rey


que fue asesinado, y su madre le salvó la vida al entregarla a los militares chilenos.
Ellos la ingresaron al país y le dieron otra identidad, pero su identidad real era
Eliana Samid Adbarahamed. Ella decía ser millonaria y que estaba en la calle sólo
por rebeldía, pues no le interesa la plata. También contó que su madre le decía
"busca un buen hombre para casarte, yo te pongo un departamento y nada te va a
faltar". La Turca al momento de hablar se ponía a mezclar palabras en francés,
italiano y "turco". Decía que conocía muchos lugares del mundo. La Turca estaba
muy enamorada del Negro y declaraba "soy hija del amor y por eso estoy
pendiente de todos, el amor es lo más importante en mi vida, los amo a todos. La
embajada de Turquía me tiene en impugna, por eso estoy yo acá pasando
desapercibida".

El Negro

El Negro me contó que desde muy chico se arrancaba de la casa, que vivía en La
Legua y que allí todavía estaban sus padres. Pero él siempre prefirió la calle,
siempre fue muy pelusa. Cantaba en las micros. Me cantó muy emocionado esta
canción:

7
Se llevan al Pelusita
camino del más allá...
murmuran unas vecinas
que el Pelusita al cielo se va.

Dice la gente
que no cantaba
que estaba enfermo de soledad...
y que por las noches
se preguntaba
por qué no tengo Papá ni Mamá.

Muy blanca su carrusita al


cielo del más allá... murmuran unas vecinas
que el Pelusita al cielo se va.

Muchachitas de cara triste,


caritas sin color,
que suben a las micros a entonar una canción,
no les nieguen una moneda
sino es perfecta su voz.

Muy blanca su carrusita... (Bis)

El Negro.

El Negro además contó que él tiene una familia e hijos, que se casó pero que no
pudo vivir en casa porque estaba acostumbrado a la vida libre de la calle, donde
nadie le dice nada y hace lo que quiere. "Lo malo es que estoy mal acostumbrado
cachai, soy alcohólico y no puedo vivir con mi familia, no me hallo encerrado allí, y

8
no quiero que me vean así todo cuático. Pero eso sí me dan ganas de chantarme 13
y tener una casita, y un trabajo".

El Negro dijo que lo intentó una vez. Se casó, tuvo hijos y no funcionó, no se pudo
chantar, pero ahora quiere intentarlo con la Turca, porque está enamorado, pero la
Turca no se quiere chantar y no quiere dejar el vicio ni su estilo de vida libre.

El Negro era el más callado y reservado. Indiscutiblemente era el líder del grupo y
la autoridad del ruco. Él era quién se preocupaba de todos y tomaba las decisiones
de lo que había que hacer. Su carácter era el de un líder, todos lo admiraban por
ascurrío14, bravo e inteligente. El Negro era en definitiva un guerrero de la calle, es
el más feroz en la pelea (decían todos). El Negro decía conocer casi todas las
cárceles de Chile, porque fue patiperro, viajó al norte y al sur y siempre fue
ladilla15, por lo que caía preso por desordenes y peleas. "Soy muy inquieto cuando
ando con copete". En una ocasión se acercó y me dijo "seguramente tú no confías
en nosotros, aunque tratas de hacerte el confiado, de eso yo me doy cuenta" y
agregó mirándome fijamente a los ojos, "no es malo ser desconfiado, hay que ser
desconfiado, yo tampoco confío en ti pero me caes muy bien" y me abrazó diciendo
"no creas que soy mala onda contigo ¡Me entiendes! Pero uno tiene que desconfiar
siempre". Finalizó mirándome nuevamente a los ojos y riendo.

El Peruano decía que también había recorrido el mundo. Primero se fue a España y
en Barcelona traficaba con hachís y heroína que traían de Marruecos, y de allí fue a
Francia. Decía que en Francia conoció al Galo, y que allí se farrearon todo el dinero
que tenían y se vinieron a Chile. Al parecer hablaba francés y se comunicaba con El
Galo, quien sí tenía aspecto europeo y hablaba francés, aunque siempre lo vi
borracho y le costaba hablar.

En una oportunidad el Negro comentó que iban a cobrar un giro que le había
llegado a Galo de Francia, entonces estaban tratando de mantenerlo despierto,
pues estaba muerto de borracho tendido en un colchón. No pude acompañarlos en
esa oportunidad a cobrar el cheque, pero después me contaron que les había ido
muy bien, que se habían tomado casi toda la plata entre muchos amigos y más
encima les había alcanzado para comprar ropa.

Pilar era una mujer muy callada y todos la querían mucho porque era muy buena
tela16. Ella era la más casera, no le gustaba salir mucho. Pilar me contó que vivía en
la calle desde los ocho años y que había vivido incluso debajo de los puentes en el
río Mapocho. Siempre había vivido con amigos, la mayor parte del tiempo en
caletas17. Pilar también decía que tuvo familia, que se casó y tuvo hijos, pero se
aburrió de vivir con su marido porque él le pegaba. Ella le entregó sus hijos a una
13
Chantar es parar de beber y de consumir drogas.
14
Inteligente, atinado, astuto.
15
Desordenado, Inquieto.
16
Buena persona.
17
Las caletas son lugares específicos de la ciudad que sirven de escondite-refugio, en donde
grupos de niños o jóvenes de la calle que se juntan a dormir, brindándose apoyo en comunidad.

9
hermana y a su mamá y se fue de la población (La Pincoya). Prefería vivir en la
calle, aunque de vez en cuando veía a sus hijos y a su familia.

En el ruco de calle Maipú, se puede decir que vivían en forma estable como familia,
El Negro, La Turca, El Peruano y La Pili. Pero siempre llegaban por las noches
algunas visitas. Entre los amigos frecuentes estaban el Flaco, El Kramer, El Galo y
El Tito, que se quedaban de vez en cuando a dormir.

Las reuniones de noche en el ruco se repitieron varias veces, siempre con la misma
estructura: había alcohol y llegaba gente nueva, ellos me presentaban a sus visitas
y todos pasaban a contar sus historias. Por ejemplo, el Kramer trabajaba en la
feria, él tenía casa pero se desaparecía una o dos semanas y se juntaba con sus
amigos de la calle. A él le gustaba la casa pero también le gustaba la calle, la vida
libre y compartir con los amigos. Es de la población La Pincoya, de allí conocía a
Pilar y tenía una relación con ella. A Kramer le gustaba tener plata segura, por eso
llevaba muchos años trabajando en la feria libre de Portales, la de Rosas y la de
Romero. Decía que era rasta, y que viajó a Jamaica con unos amigos y allí se volvió
rastafari y se dejó rastas (dredloocks) en el pelo.

El Tito decía ser cinturón negro de karate y también decía saber capoeira. Me
enseñaba sus habilidades en combates simulados, haciendo una exhibición con los
demás amigos que estaban tan borrachos como él. En un momento jugamos a
combatir con patadas voladoras y golpes de karate muy descoordinados. En un
momento El Negro casi se pelea de verdad con El Tito por una patada que le llegó,
pero más bien me parecía que estaba celoso, porque el Tito estaba enseñándole
karate a La Turca y ella decía "Tito, tú eres mí instructor personal, mí “personal
trainer””.

Grabación y fotos: la verdadera casita de cristal

En una de tantas noches, La Turca me dijo "¿Por qué mejor, en vez de anotar tanto
o grabar en casetes, no te consigues una cámara filmadora y te hacemos una
película, así bien cuática, todos locos así, sexo, drogas y rock and roll, y también
karate, cachai? Y te cuento mi historia, le ponemos a la película "la verdadera
casita de cristal"¿Ah, cómo la veí?”.

10
La Turca, el Negro y el Peruano.

La idea me gustó, ellos mismos se propusieron para hacer la película, pero la


verdad es que me producía algo de temor realizarla. Al final de sus juegos y
representaciones dramáticas siempre se asomaba la intimidad, se les escapaba de
sus historias medio fantásticas e irreales18.

Al comienzo, cuando recién los estaba conociendo, los fotografié. Esas primeras
fotos me impactaron y luego no pude realizar nuevas fotos, lo evité. Tal vez si no
los hubiera alcanzado a conocer tanto les hubiera sacado más fotos.

Apenas revelé la película les regalé las mejores fotos. A ellos les gustaron mucho y
me lo agradecieron cariñosamente. No se molestaron por esas escenas íntimas que
las fotos retrataban, sino todo lo contrario. "Estas fotos valen mucha plata", me dijo
La Turca-, "no vas a encontrar a nadie en el mundo como nosotros, somos únicos".

Durmiendo al interior del Ruco.

18
Lo cual me hace recordar el texto de Erving Goffman (1979) en el que habla de las formas de
simulación en la presentación pública.

11
El día y la noche

El ánimo es distinto en el ruco cuando es de noche, cuando están borrachos, en


comparación a la mañana, cuando están sobrios. Las conversaciones que tuvimos
en la mañana fueron muy distintas. Abundaban los momentos de largo silencio sin
emitir ninguna palabra; sólo miradas intensas que me daban la sensación de
complicidad y amistad, miradas afectivas tratando de expresar con actitudes, cosas
que no pueden ser expresadas en palabras. De día no personificaban sus roles de
fantasía. Tomábamos una taza de té, comíamos un pan con mortadela. Era como si
fuese otro mundo ver los rucos con la luz clara de la mañana, se veían los
desperdicios botados en el suelo, las botellas, las colillas de cigarros y los restos de
comida. En los rostros se veían los efectos del carrete, pero todavía había sonrisas,
bromas y buen humor para seguir con las labores del día: buscar agua al grifo,
darle de comer a los perros, lavar ropa, ordenar las cosas y arreglar el ruco.

La Turca me mostró a su perro regalón, un Alaska malamute que se llamaba Joe.


Decían que un día saltó de una camioneta y corrió por la calle. "El Joe se vino a
vivir con nosotros por que es de la calle cachai 19, es libre como nosotros" decía la
Turca con orgullo.

La Turca y el Negro fueron los primeros en llegar a este sitio eriazo, "antes
arrendábamos una pieza con el Negro en una pensión en la calle Chacabuco y
después en Herrera, ahí conocimos al Flaco, pero nos salía muy caro así que mejor
nos vinimos a vivir a este sitio que está bacán”– me dijo la Turca.

Pilar me contaba "no somos malos pero le hacemos al choreo 20, no somos ladrones,
somos oportunistas, si un gil deja su mochila botada es porque no la quiere cachai,
entonces allí nos escurrimos y ¡Pah! Tomamos la mochila o el bolso, porque
perdieron por agilados21, por no cuidar sus cosas, hay que andar vivos". "Mi pololo
es güiña22 de las mochilas allá en el terminal, una vez tomó una mochila grande y
tenía una carpa y nos fuimos con ella a la playa, a Cartagena, y allá la vendimos e
hicimos hartas monedas. Bueno, así uno se gana algo, según la suerte, la
oportunidad uno no la anda buscando" confesaba Pilar.

19
Entender (viene de cachar, entender, captar).
20
Robo menor
21
Tontos (viene de gil, tonto, torpe)
22
Hábil ladrón

12
Desayunando en el Ruco, el Negro, Pilar y el etnógrafo.

De la calle a la caleta, de la caleta al ruco

El estudio de esta pequeña comunidad de ocupantes del sitio eriazo de la calle


Maipú con Santo Domingo, terminó rompiendo con mi hipótesis de que los
habitantes de estos sitios pudieran ser definidos como nómades urbanos. Si bien
se dedicaban a la recolección, también la complementan con otras estrategias de
explotación de los recursos de la calle. Alternado la recolección y el reciclaje de
objetos, con sofisticadas estrategias de macheteo y trabajos esporádicos diversos
como cuidar y lavar autos en la calle, vender cachureos, ayudar a los comerciantes
en la feria libre e inclusive recurriendo al robo oportunista.

También el estudio de la forma en que ellos ocupaban estos sitios eriazos reveló
una lógica de ocupación muy distinta a la planteada al inicio de esta investigación
de campo. La constatación en terreno de un patrón de asentamiento tendiente a la
sedentarización, como lo es la construcción de rucos, los cuales reproducen el estilo
de vida urbano, contradijeron mis supuestos.

Los Habitantes del ruco de la calle Maipú se acercan en algunas características a la


definición de “nómades urbanos”, pero también se alejan de esta definición, ya que
este grupo presenta rasgos propios de un asentamiento tendiente al
establecimiento permanente, o al menos, esa era la intención que manifestaron
algunos de sus ocupantes en la práctica, al construir un ruco e ir consolidándolo
cada vez más, afianzando su estructura a medida que la permanencia en el lugar se
prolongaba. Así, la ocupación del sitio eriazo de calle Maipú, se parece en algún
grado a los movimientos sociales de toma de terrenos, cuando los pobladores sin
vivienda se organizan para tomar ilegalmente terrenos baldíos, apropiándose de
ellos y asentándose en el lugar con la intención de permanecer en él. Pero los
movimientos sociales de toma de terrenos son estrategias de cohesión social, que

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se apoyan en lazos de solidaridad organizada, presionan políticamente a las
autoridades y resisten activamente con todas sus fuerzas al desalojo. En cambio la
ocupación de sitios eriazos es una estrategia más solitaria, más individualista, más
oportunista.

En el sitio eriazo de Maipú, se optó por una ocupación ilegal, pero se pretendía
pasar inadvertido utilizando una estrategia de mimetismo urbano, lejos del alcance
de la mirada de los curiosos y lejos de la vigilancia policial, tratando de ser lo
menos evidentes, evitando molestar a los vecinos, para refugiarse en un espacio de
intimidad .

El Negro contó que antes vivía en un ruco en un sitio eriazo en la calle Romero con
Sotomayor, hasta que los echaron de allí. Antes vivió un tiempo debajo del puente
del río Mapocho en una caleta, y antes de aquello arrendaba una pieza en una
pensión en calle Herrera. Una historia similar contó Pilar. Una trayectoria de vida en
la calle durmiendo en distintas caletas, armando ruquitos o volviendo
intermitentemente a su casa materna y de ésta de vuelta a la calle.

Mi ingenua hipótesis se destrozó poco a poco al ir escuchando sus testimonios. La


intermitente vida errante entre la calle y el hogar, huir y volver interminablemente..
Los vínculos esporádicos con sus núcleos familiares de origen, salieron a la vista
después de aplicar una visión sistémica a las redes sociales que ellos establecían
con su entorno. Existían redes de relación que funcionaban como una especie de
puente, de interacción emocional con vínculos afectivos, de parentesco o
reciprocidad, vínculos económicos o comerciales con el entorno barrial. La
autonomía del ruco tenía lazos con el sistema.

El Peruano posa, la Turca besa al Galo, y Joe el perro aúlla.

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Postdata

En noviembre del 2000 me encontré con el Flaco de la pensión de calle Herrera, me


contó que alguien le había prendido fuego al ruco de la calle Maipú y que se quemó
entero. Ellos creen que pudo ser el dueño del sitio o la corredora de propiedades,
para sacarlos de allí. Al día siguiente fui a ver el ruco y efectivamente sólo
quedaban restos carbonizados de lo que fueron las cosas del Negro, la Turca, la Pili
y el Peruano. En enero del 2007 volví a encontrarme con el Negro y la Turca en la
Plaza Brasil, siguen juntos como pareja, después de separarse en varias
oportunidades y volverse a juntar; vivieron en Concepción, Valparaíso e Iquique.
Tuvieron un hijo y perdieron otro. Su hijo vive con la madre de La Turca, ellos no se
sienten capaces de poder cuidarlo, pero lo visitan de vez en cuando.

Referencias Bibliográficas :

Augé, M. (1988) “Lugares y no lugares de la ciudad”. En: Actas Tercer Congreso


Chileno de Antropología, Tomo 1.

Barahona, R. (1999) “Un campesino por dentro”. En: Revista AL-STERRA N° 1,


Escuela de Antropología Universidad Bolivariana de Chile.

Barbero, J. M. (1991) “Dinámicas urbanas de la cultura” En: Gaceta de Colcultura


N° 12, Instituto Colombiano de Cultura.

García Canclini, N. (1999) Culturas urbanas de fin de siglo.


http://www.crim.unam.mx/cultura/ponencias/ponen2faseindice/Canclini.htm
(visitado 15 de febrero 2006).

Goffman, E. (1979) “La presentación del yo en la vida cotidiana”. Editorial


Amorrortu, Buenos Aires.

Harris, M. (1971) “Introducción a la Antropología General”. Editorial Alianza


Universitaria.

Mackenna, T. (1992) “El manjar de los Dioses”. Editorial Paidós, Buenos Aires.

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