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LECCIONES DE INTRODUCCIÓN

AL PSICOANÁLISIS
Volumen I | Oscar Masotta
Intentaré una iniciación a los conceptos básicos de la teoría psicoanalítica: a la obra de
Freud. Es decir, que comenzaré a contar a ustedes, a lo largo de seis reuniones, las
articulaciones de base de la teoría psicoanalítica freudiana. Cuando llegué a Galicia estaba
imbuido de un cierto optimismo. Es que hace tiempo que no dictaba, propiamente, un curso
de “Introducción al psicoanálisis”. Pero ocurre que con respecto a Psicoanálisis, la cuestión
no es cómo comenzar a pensar las ideas, sino algo que tiene que ver con su práctica. O tal
vez debería yo pedir que se me preste una oreja espontánea. Tal vez llegaríamos entonces a
poder hablar el lenguaje de la teoría. Este lenguaje no se parece al lenguaje de todos los
días (pero ello ocurre con todo lenguaje científico).
Lenguaje peculiar en primer lugar. Puesto que si alguien entrara a este recinto en el término
de media hora, no podría ya entendernos. O bien, esa persona podría pensar que,
mentalmente hablando, no estamos muy bien de salud. Pero ello porque no habrá
escuchado nuestras razones de entrada: las palabras que utilizaremos valen en el interior de
la teoría que intentaremos reconstruir. Toda conceptualización es sui generis. Por lo mismo,
no tendremos por qué inquietarnos.
Trataré de ser sencillo. Digamos en primer lugar que hablaremos de un campo específico.
El campo específico de la teoría psicoanalítica. El campo de su práctica y de su teoría. Este
campo teórico y aún práctico poco tiene que ver con la Psicología, con la Psicología
General, la Psicología Evolutiva. Es en cambio el campo de las articulaciones del sujeto
descrito en términos de la teoría freudiana (de su evolución, su estructura y de las
consecuencias de esa “evolución” y de esa estructura).
La mejor manera de hacer una “Introducción al Psicoanálisis” consistiría tal vez en
conducir a ustedes a la idea de que tal cosa no es fácil, y sugerir que la historia sería un
buen punto de partida, que tal vez habría que comenzar por los orígenes históricos del
psicoanálisis, volver a la época de los comienzos. Recordar que el creador del psicoanálisis
es Sigmund Freud y que el psicoanálisis tiene que ver con los avatares de su propia vida,
con la manera en la que va él descubriendo el inconsciente, construyendo ulteriormente la
teoría. La mejor manera tal vez de lograr una “introducción al psicoanálisis” consistiría en
mimar la experiencia de Freud, evocar la experiencia de los orígenes.
Nos veríamos conducidos a la historia del encuentro del hipnotismo y la psiquiatría, a
Francia en tiempos de Charcot. En sus presentaciones de los martes mostró Charcot que
mediante la hipnosis se podía producir síntomas semejantes a los de la histeria. En 1885,
durante su beca en Francia, Freud pudo presenciar tales experiencias en la Salpêtrière: y
también la producción de parálisis experimentales. Los pacientes tenían experiencias de las
que no guardaban conciencia. La hipnosis mostraba la existencia de cosas que no estaban
en la conciencia y que tenían efectos sobre el comportamiento y la vida despierta de los
sujetos. La estancia en París y su viaje a Nancy pusieron a Freud en contacto con tales
experiencias y nuevas ideas: que en la relación con el hipnotizador el paciente podía
producir y suprimir síntomas, la idea de la existencia de dos niveles de psiquismo, la idea
de que la histeria tenía que ver con cosas sexuales. ¿Pero de qué manera se conectaba la
histeria con la sexualidad? Desde los griegos hasta entonces se había pensado, como lo dice
el nombre mismo, ya que “histeria” viene de “útero”, que la enfermedad era femenina. En
su tiempo Freud, estuvo del lado de quienes contrariaban esa creencia, y se puede decir así
que el psicoanálisis comienza con algo que va en esa dirección: tratando de separar la
enfermedad psíquica del sexo biológico. Es importante decirlo así, puesto que parece
paradoja, que el psicoanálisis, que como todo el mundo parece saber, trata de conectar el
psiquismo con la sexualidad, se origina históricamente negando la relación de la histeria y
el útero.
En una conferencia de 1886 en la que debe informar ante la Sociedad Médica de Berlín
sobre su viaje a Francia, Freud muestra cómo la histeria es una enfermedad de hombres, y
todavía de mayor interés para nosotros, que un trauma psíquico puede estar en el origen del
síntoma histérico, que la causa de la histeria puede ser psíquica, que la histeria depende de
acontecimientos encerrados por el pasado. Esta idea seguramente, molestó bastante a los
maestros de Freud, los médicos de la sociedad berlinesa.
En resumen, una teoría que relacionaría el sufrimiento psíquico con la sexualidad,
comienza separando la histeria de la genitalidad y describiendo la causa en términos de
trauma, ubicándola además en el pasado psíquico, por decirlo así. Si se nos obligara a
definir en pocas palabras en qué consiste este campo de lo psíquico que constituye el
campo de la práctica y de la teoría del psicoanálisis habría que decir que se constituye a
partir de una reflexión sobre la sexualidad. Pero desde entonces la sexualidad pasa a ser
algo que no tiene que ver con Saber de todos los días. Punto difícil, puesto que no quiere
decir que el verdadero “saber científico” sobre la sexualidad sea privilegio del
psicoanalista. Quiere decir otra cosa, y aún, lo contrario. Quiere decir que la indagación
freudiana de la sexualidad delimita un campo donde el sexo quedará aislado del Saber, y en
ese sentido el campo del psicoanálisis es distinto al del Saber de todos los días sobre el
sexo: no porque el psicoanalista sabe más sino porque separa el sexo del Saber. El
Psicoanálisis es entonces no-Sexología. Si los sexólogos tuvieran razón, el psicoanálisis no
habría existido, puesto que no habría histéricos, ni obsesivos, ni fóbicos: la gente no se
enferma porque ignora las reglas biológicas, sino porque hay algo bien enigmático en el
sexo. Si la sexualidad ha de ser reprimida como mostró Freud, la culpa no reside en la
sexualidad misma, sino en lo que la sexualidad contiene de enigmático. Cuando se reprime
es porque no se quiere saber nada de algo que exige ser reconocido. Ahora bien, lo que aquí
exige ser reconocido es que no hay Saber ... unido al sexo. Pueden leer esta idea en la
edición española de las Obras Completas de Freud, la primer página del primero de los
“Tres ensayos”, obra de 1905 que encontrarán bajo título de “Una teoría sexual”. Por más
mal que se lea es imposible no leer en esa primera página tal idea. Freud dice ahí que hay
una concepción vulgar de la sexualidad (pero es la de los médicos, la del sexólogo) que
consiste en creer que la sexualidad no existe en la vida infantil, que el sexo hace su
irrupción en la pubertad y que solamente se determina en la vida adulta. Tal determinación
de la sexualidad del adulto significa -es la creencia vulgar- que el sujeto está de entrada
comprometido, prometido a su objeto, el objeto de la exigencia normal del instinto sexual.
Freud entiende por “objeto” a la persona de la tendencia, a la persona a la que se dirige la
exigencia sexual (lo aclaro porque en textos posfreudianos la palabra “objeto” tendrá un
desarrollo diferente). De tal manera, y según esta determinación de la sexualidad en la vida
adulta, el sujeto buscará un objeto (que le será dado) y la realización de un acto, el acto
sexual. Un objeto y un fin, el coito. He ahí en resumen todo el Saber vulgar sobre la
sexualidad; pero se podría decir más: todo el Saber prefreudiano o nofreudiano sobre la
sexualidad.
Ahora bien, en esa primera página que comento tal concepción del sexo que
inmediatamente controvertida. Verdadero vuelco histórico, que “hace” fecha diría yo, como
se dice de esos barcos que “hacen” agua, porque se van a hundir lo que entonces se iría a
pique es la idea del niño inocente y del adulto normal. Lo primero que Freud va a mostrar
es que no es cierto que no hay sexualidad durante la vida infantil. Sino más bien lo
contrario, ya que a los cinco años, en la teoría freudiana, el niño ya tiene determinado su
estructura sexual, y la que irrumpirá en la pubertad no será distinta de la estructura ya
constituida en la primer infancia. Pero además -y aquí está el punto que nos interesa- que la
relación que une al sujeto a sus objetos sexuales, no es tan fuerte ..., a saber, que esa
relación de determinancia es bien lábil, que el objeto es lo que más puede variar, lo que el
sujeto más puede cambiar, y también que el fin buscado puede ser otro y distinto del coito
normal. Comienza entonces un largo capítulo sobre las perversiones sexuales, capítulo que
“hace” historia y que ningún “trabajador de la salud mental” debería ignorar, puesto que es
a partir del primero de los “Tres ensayos” que las perversiones cobran racionalidad, quedan
integradas a una teoría sobre los trastornos psíquicos o a un discurso sobre sufrimientos y
terapias. Es la primera vez que tal tipo de discurso -el discurso psicoanalítico- se constituye
sin necesidad de expulsar a las perversiones de su campo. O más aún, un discurso que no
sólo otorga racionalidad a la perversión sexual (que se permite pensarla, tornarla
inteligible), sino que de alguna manera afirma que su propia racionalidad como discurso
depende de lo que las perversiones sexuales no muestran y no obligan a indagar. Tal el
discurso freudiano. Antes de Freud o en tiempos de Freud existían ya “tratados” sobre la
sexualidad. Por ejemplo, la famosa Psychopathia Sexualis de Kraft-Ebing, o los trabajos de
Havellock Ellis. Pero en aquellos textos no se hacía más que describir los infinitos tipos de
perversiones: un listado de todas las posibilidades sexuales perversas. Pero eran
descripciones, realizadas desde fuera: las perversiones mismas no adquirían gracias a estas
descripciones, más allá del escándalo de su existencia, ningún interés. Las perversiones en
aquellos textos pertenecen todavía al campo de la patogenia incomprensible. Es bien
distinto lo que ocurre en el discurso freudiano.
En primer lugar la indagación de las perversiones sexuales le sirve a Freud para la
constitución de su propio campo de conceptos. Surge así el concepto de “pulsión”, que
Freud distingue del instinto animal. La pulsión (alemán: trieb) tiene para Freud como
característica fundamental la labilidad de eso que la liga al objeto. En términos de querer
definir habría entonces que decir que en Freud, y en primer lugar -y esta es la base de la
teoría- no hay una relación de determinación de la pulsión a su objeto. A saber, que la
pulsión no tiene un objeto dado, natural. Que la relación de determinación de la pulsión a su
objeto no es una relación de determinación necesaria. A partir de entonces, y para que
ustedes puedan medir la consecuencia de esta posición de partida de Freud, no es tan fácil
por ejemplo decir qué es un coito. Pero si se acepta el concepto freudiano de pulsión, diría
yo, ya no será tan fácil decir qué es un coito. Y por lo mismo, aceptando este punto de
partida puede ya uno dejar de escuchar a la gente cuando habla de “relaciones sexuales”.
Quiero decir, dejar de escuchar a quienes creen que saben sobre ese “objeto” del que están
hablando. Otra consecuencia: pensemos en las relaciones entre Psiquiatría y Psicoanálisis.
Aún hoy, en 1976 (debiéramos avergonzarnos de lo que dirán de nosotros los historiadores
que un día se ocupen de nosotros) hay psiquiatras que rechazan el psicoanálisis, sin dejar de
otorgar a la sexualidad un lugar en la etiología de la enfermedad mental. Ahora bien, lo que
distingue a estos psiquiatras del psicoanálisis, es que ellos siguen insistiendo, afirmando,
que saben sobre el sexo.
Para delimitar el campo de la teoría habrá que comenzar a decir que la pulsión –a diferencia
del instinto animal- no tiene objeto. Esta idea es fundamental. Y sólo a partir de ella se
puede pasar a hablar de las otras dos grandes ideas a través de las cuales el psicoanálisis se
constituyó en tanto tal: el inconsciente freudiano (digo freudiano porque hubo un
inconsciente antes de Freud), y la “transferencia”; a saber, que lo que ocurre entre médico y
enfermo no es inocente, que tiene que ver además con toda posibilidad de terapéutica
futura. Algo que tiene que ver con el pasado del paciente, que el paciente repite durante el
tratamiento y en su relación con el analista. Tales son las tres grandes ideas (¿cómo
llamarlas?): que la pulsión no tiene objeto, el inconsciente freudiano, y la transferencia.
No me ocuparé de manera explícita del inconsciente freudiano ( en verdad no dejaré un
instante de referirme a él). Tampoco de la transferencia. Machacaré en cambio sobre esta
idea concreta: que no hay relación de determinación de la pulsión a su objeto, que ningún
dato natural liga la pulsión al objeto. Tal idea, es obvio no es fácil. Freud no la encontró por
azar en una de las vueltas del camino. Como el psicoanálisis mismo, tiene historia: la del
tiempo de su descubrimiento, la manera en que paulatinamente Freud la va extrayendo,
deduciéndola de un contexto contradictorio. Conviene en este punto dejarse guiar por
quienes han estudiado los orígenes de psicoanálisis (se puede leer por ejemplo: L. Chertok
y R. de Saussure, Naissance du psychanaliste, Payot, París 1973; o también -libro más
académico, más cuidadoso- Ola Andersson, Studies in the prehistory of Psychoanalysis,
Stockholm, Svenska Bokförlaget, 1962).
Tiene especial relevancia, se lo sabe, en el comienzo de esta historia, la relación de Freud
con Breuer, quien había tratado a la famosa Ana O., joven histérica que exhibía una
sintomatología bien frondosa; y había logrado ciertos efectos terapéuticos importantes sólo
dejando hablar a la paciente. Induciendo la rememoración del pasado y sobre todo la
palabra. “Talking cure” como bautizó al tratamiento la propia Ana O.
De vuelta de su viaje a Francia y después de haber sacado ciertas consecuencias de las
experiencias que había observado en la Salpêtrière y en Nancy (la existencia de un nivel
inconsciente de la vida psíquica, el poder de la sugestión hipnótica en la producción y en la
eliminación de síntomas, las parálisis artificiales, la extraña relación del síntoma histérico
con la anatomía, las histerias postraumáticas, la evidente alusión a la sexualidad en el
ataque histérico) Freud invita a Breuer a publicar juntos un trabajo. Nace entonces en 1895
los “Estudios sobre la histeria”. Cosa curiosa: el capítulo más teórico del libro lo escribe
Breuer y no Freud. Curioso, puesto que casualmente, la idea que Freud encontraba -la
conexión con la sexualidad- era la misma sobre la cual Breuer nada quería saber. Breuer
escribe entonces aquel capítulo para mostrar cómo la histeria era el producto automático de
una división de la personalidad psíquica; los síntomas no significaban más que esa escisión.
Breuer inventa dos entidades: la histeria de retención y la histeria hipnoide. Digo que
inventa porque ni una ni otra describían observables clínicos; o mejor, permitían observar
todo lo que ocurría en la experiencia clínica, menos lo esencial. A saber: pasaban por alto
tanto la represión de la sexualidad enclavada en el síntoma histérico, como la relación de
transferencia del paciente con el médico. Los Estudios sobre la histeria están firmados por
Freud y por Breuer, pero si se lee bien se ve hasta qué punto Freud muestra cierta cautela
en relación a las ideas de Breuer. Cuando Breuer trató a Ana O. debió enfrentarse con
ciertos fenómenos de transferencia a su persona de los deseos sexuales de la paciente: Ana
O había fantaseado que estaba embarazada por Breuer. Este fantaseo sobre un embarazo
histérico atemorizó a Breuer. Tanto Charcot como Breuer, dos personalidades de peso en la
formación de Freud, reconocían la conexión de la sexualidad con la histeria pero no
permitían que tal reconocimiento pasara ni a sus ideas ni a la práctica clínica.
Contra las dos invenciones nosográficas de Breuer se lee en los Estudios cómo Freud
esboza por su parte una entidad nosográfica nueva: habla de histeria de defensa. La entidad
no tendrá historia ulterior, puesto que, se sabe, el hecho de la defensa (a saber: la represión)
no caracteriza para Freud un tipo específico de histeria sino que define a la histeria misma.
Pero le sirvió a Freud para señalar, contra Breuer, que la histeria era el resultado de una
defensa, que el paciente producía síntomas y escindía su personalidad psíquica para llevar a
cabo el rechazo de ciertas representaciones que se le hacían intolerables: esas
representaciones eran de contenido sexual. He aquí un punto en la historia de los orígenes
del psicoanálisis que es preciso conservar en la memoria. Comienza entonces la historia del
concepto freudiano de inconsciente. Sin embargo, trataré de sugerirlo en seguida, sólo se
trataba del comienzo.
Las ideas descubiertas pivoteaban sobre sí mismas, el terreno era resbaladizo. Freud dio el
primer paso, pero sólo después vino la verdadera historia de la teoría psicoanalítica.
Afirmar la etiología sexual de la histeria era una paso de indudable importancia histórica
pero a su vez planteaba problemas. ¿Por qué la sexualidad podía tornarse intolerable y
producir efectos patógenos? ¿Qué hay que entender por sexo? ¿Se podía construir una
teoría con la idea que cada uno tiene de la sexualidad, con el saber vulgar o médico sobre el
sexo?. Y si el sexo puede ser reprimido, ¿qué hay en el sexo que lo haga reprimible?
Supongamos que se conteste que la culpa no es del sexo, sino que siempre ocurrió que
ciertas sociedades, ciertas culturas prohíben determinadas prácticas sexuales. Pero tal
posición no aclara mucho: por una parte, porque no todas las sociedades prohíben el mismo
tipo de práctica sexual, ya que hay comportamientos sexuales que algunas no toleran pero
que otras aceptan perfectamente, e incluso, a nivel de sus normas, las recomiendan. Pero
además, y si todas prohibieran la sexualidad, o ciertos aspectos determinados de la
sexualidad, ¿qué es lo que torna a estos aspectos prohibibles?. Como se ve la cuestión no es
sencilla. ¿Qué hay en el sexo o qué es lo que liga el sexo a lo que debe ser reprimido?. O
mejor aún, ¿qué es lo que hace que lo reprimido debe ser reprimido? ¿Pero no intentamos
ya un esbozo de contestación a tal cuestión?
Puesto que para tranquilizar los espíritus podría yo contar a ustedes una anécdota divertida
citando las palabras de una cierta señora que cada vez que se mencionan cosas sexuales, no
deja de intervenir y repetir que tales cosas, para ella, son maravillosas y que no entendió
nunca a Freud quién dice que la gente reprime la sexualidad. ¿Por qué habría alguien de
defenderse de alguna experiencia sexual ya que -dice ella- lo sexual es placentero por
naturaleza? Confiesa sentirse muy bien en cualquier experiencia sexual y expresa con
franqueza no sólo su amplitud de criterio, sino aún la capacidad de sus posibilidades para
arreglárselas muy bien en muchas y distintas experiencias sexuales. Se ve que más allá de
lo cómico o de lo envidiable de la vida de tal señora -si es que no miente- ella nos devuelve
a nuestro enigma. ¿Qué es aquello en lo sexual en efecto que hace que lo sexual deba caer
bajo los golpes de la represión?
El problema merecería ser tomado en cuenta, y aún por los psicoanalistas mismos. He
conocido psicoanalistas que lo ignoraban. Lo hemos dicho, en 1905 Freud intenta el
comienzo de una respuesta a tal enigma, lo que el sujeto reprime es lo sexual, pero habría
que agregar: sólo en tanto la pulsión carece de un objeto dado de antemano. Para decirlo de
una manera banal: lo que el sujeto reprime es que, tratándose de cosas sexuales, tiene que
arreglárselas solo. Ni la pulsión le facilita la determinación del objeto, ni hay Saber del
objeto que la pulsión podría determinar.
Lo que está en juego en el sexo es el Saber del objeto. La pulsión no facilita ese Saber. En
este sentido se podría afirmar que el concepto de inconsciente es isomórfico a la razón por
la cual el sexo debe ser reprimido; o mejor, el inconsciente es simétrico e inverso a esa
razón: el sujeto no sabe sobre aquello que está en el origen de los síntomas que soporta (he
ahí al inconsciente) porque quiere saber de que no puede saber que no hay Saber sobre lo
sexual. Que se dé vuelta esta fórmula de todas las maneras que se quiera: siempre -a mi
entender- se verá uno conducido a algo que tiene que ver en serio con el inconsciente
freudiano.
Pero podría dar un ejemplo bien sencillo para conducirnos al punto al que quisiera ahora
poder llegar: o bien las cosas sexuales deben ser incluidas en la clase de cosas
ininteligibles, o bien hay cosas sexuales que nos introducen a la idea de que son
enigmáticas. Pero un enigma no es un ininteligible, sino algo que plantea una cuestión y
exige una respuesta. ¿Por qué un objeto, a veces un trapo sucio, e incluso oloroso, puede
hacerse preferir a la persona del sexo opuesto? ¿Cómo es que hay seres que se las arreglan
mejor con trapos que con personas? Pregunta bien lacaniana. ¿Cómo es que hay seres que
pueden alcanzar el orgasmo con un trapo insignificante, banal, o un objeto sucio; pero
siempre y cuando tal objeto cumpla ciertas determinadas condiciones?
En 1905 Freud se ocupa del fetichismo en el primero de los Tres ensayos. En 1905
comienza a elaborar su teoría sobre el desarrollo de la libido. Libido es una expresión, decía
Freud para el instinto sexual. A saber, una palabra para significar la pulsión, la que por
definición carece de objeto. Ustedes conocen la teoría clásica de ese desarrollo, la que sería
tomada, modificada por Abraham, Melanie Klein y Fairbain. Lo que Freud vino entonces a
decirnos es que la sexualidad del adulto tiene que ver con ciertas maneras que tiene el niño
de referirse a sus primeros objetos. Freud llamó “etapas” a esas maneras: una manera oral,
una manera anal, etc. Lo importante: que esas maneras eran especies de “patterns” por
donde el niño erogenizaba su propio cuerpo. Y además, que el cuerpo erógeno (el cuerpo
sexuado, capaz de goce del adulto) se constituye en los años de la edad infantil, que todo
está decidido ya para los cinco años. En 1905 Freud describe tres “etapas” y un “período”
al que llama “período de latencia”. Una etapa oral (cuyo modelo corporal es la relación del
sujeto con el seno materno), una etapa anal (la relación narcisista del sujeto infantil con sus
propios excrementos). Esta última adquiriría una especial relevancia en la historia de la
teoría posfreudiana (Abraham), a partir de la descripción que Freud había hecho de la
incidencia de la etapa anal en las condiciones del carácter y especialmente en la neurosis
obsesiva. Finalmente Freud describe en 1905 una etapa genital, la que sigue al período de
latencia, y en la que la estructura del sujeto queda acogida en los moldes de la masculinidad
o la feminidad. Obsérvese al pasar que masculinidad y feminidad no son para Freud
propiedades del punto de partida del desarrollo del sujeto, sino puntos llegada, términos de
ese desarrollo.
Pero no haríamos justicia a las posiciones freudianas si no hiciéramos referencia a la
historia ulterior, quiero decir, a la utilización por los discípulos del concepto de desarrollo
de la libido. Podríamos decir, y tal vez sin exagerar, que esa historia tuvo un sentido
negativo, trágico incluso, puesto que dejaría olvidar el postulado freudiano fundamental: la
labilidad del objeto dela pulsión. El resultado fue una utilización excesiva de la noción de
“frustración”, de la idea de que, en el efecto patógeno, siempre se puede ver el resultado de
una privación, e incluso la idea de que toda agresión es resultado de una frustración. La
pareja conceptual frustración-agresión, que es posible, encontrar no sólo en textos
psicoanalíticos sino -y a mejor título- en textos de psicología general o psicología animal,
no es freudiana. Si el sujeto agrede porque se lo frustra -es fácil comprenderlo- será porque
debe estar bien seguro de que el objeto de la frustración era exactamente el que necesitaba.
Lo que bien puede ocurrir cuando lo que está en juego es la necesidad biológica. Pero otro
es el caso de la pulsión. La noción de frustración conduce a la idea de que el objeto de la
privación es real y oscurece por lo mismo el postulado freudiano de que la exigencia
pulsional no tiene objeto, que no lo tiene determinado, que al menos no lo tiene de entrada.
En resumen: la teoría del desarrollo de la libido pudo conducir al desvío de un cierto
empirismo, a una concepción reificada del objeto.
Hay dos maneras de evitar esos desaciertos. Por un lado, distinguiendo -como en la teoría
lacaniana- entre la necesidad (biológica) y la demanda (cuyo fundamento es la demanda de
amor). Y aún, estos dos registros no agotan el campo del sujeto, ya que es necesario además
introducir el deseo. La otra manera es comenzando bien por el comienzo; a saber, por la
cuestión del Falo. Será esta última la que ensayaremos hoy.
Retornemos por instante a la historia. Decir, como Freud, que lo patógeno residía en algo
ocurrido en el pasado, que ese pasado tenía que ver con la sexualidad infantil, no
significaba sino comenzar a delimitar el Complejo de Edipo. Entre 1893 y 1896 Freud
insiste en la idea del trauma: una seducción del niño por el adulto ha sido el acontecimiento
real que ha originado una neurosis. A partir de tal teoría intenta incluso una especie de
nosografía, trata de distinguir la neurosis obsesiva de la histeria. En el primer caso el
trauma de seducción habría sido vivido activamente, incluso agresivamente; en el segundo
se lo habría soportado pasivamente. Freud ve además, y por detrás de toda sintomatología,
algo así como una enfermedad de base con estructura histérica: un Trauma de seducción
soportado pasivamente en la primera infancia.
Freud no había inventado la cuestión del trauma de seducción; lo había obtenido de su
experiencia clínica, del relato de sus pacientes. Pero pronto, en 1897, debería abandonar la
teoría del trauma. Se cita siempre una carta de Freud a Fliess de 1897 (del 21 de
septiembre) en la que con pesar confiesa a su amigo “que ya no cree más en su neurótica”,
a saber, en la teoría traumática y en la utilidad de las consecuencias que de ella había
extraído. Freud había descubierto que los pacientes mentían, que las escenas sexuales
relatadas sobre la primera infancia no habían en verdad ocurrido. Pero en la misma carta
Freud encuentra la salida a aquella encrucijada, nada menos que el descubrimiento del
concepto de fantasía, piedra de toque y pivote fundamental del discurso analítico. En efecto
-reflexiona Freud- que esas escenas sexuales no hayan ocurrido en realidad, pero que sin
embargo aparecen en el relato del paciente, no indica sino que las escenas han sido
fantaseadas. ¿ Pero no había ya en tal manera de razonar algo bien peculiar? Algo que sin
duda pertenece -y de la manera más íntima- al discurso psicoanalítico, y que además tiene
que ver con la noción de verdad: el discurso del paciente se torna verdad (aparece la
fantasía) en el mismo momento que la realidad del referente (la escena sexual infantil) se
manifestaba como falso.
Nace entonces en la historia la noción de fantasía, término que designa eso que no había
existido en lo real sino en el discurso del paciente, pero que por ello mismo conserva su
capacidad de causa, su poder patógeno. Fantasía de seducción en primer lugar, a la que
Freud otorgaría un estatuto nuevo: el de “protofantasía”. La protofantasía, o fantasía
originaria de seducción, es concebida como estructura fantasmática referida a una escena de
seducción del niño por un adulto. Cuando Freud dice protofantasía (Urphantasie) quiere
significar a la vez algo viejo en el tiempo, arcaico, pero también algo constitutivo, fundante
de la estructura del sujeto. En términos modernos diríamos que la palabra denota y connota
algo que tiene que ver a la vez con la historia evolutiva y con la estructura. Posteriormente
Freud agregaría a esta protofantasía de seducción otras dos protofantasías: la castración y la
escena primaria.
Protofantasía de escena primaria: a saber, la visión (no interesa en principio si real o no) del
coito parental. Psicoanalíticamente hablando: algo perturba al sujeto infantil, un motivo
profundo de disgusto y miedo. En cuanto a la protofantasía de castración: en primer lugar lo
importante es eso mismo, que Freud otorga estatuto de “protofantasía” a la castración. A
saber, estatuto de dato arcaico y valor fundante, valor de estructura. ¿Pero acaso no delimita
la suma de las tres protofantasías el campo mismo del Complejo de Edipo?
En primer lugar, el temor a la retaliación paterna si se cumpliera el deseo de acostarse con
la madre (protofantasía de castración). En segundo lugar, la idea de separar a la pareja de
los padres, unión insoportable que merma la importancia de un sujeto para su madre
(protofantasía de escena originaria). Y finalmente, la idea de una relación con un adulto
(protofantasía de seducción que apunta en verdad a los padres como objetos sexuales).
Pero, ¿qué hay que entender por Complejo de Edipo? La ligazón amorosa del niño con el
padre del sexo opuesto y la hostilidad contra el padre del mismo sexo. Pero dejando de lado
que Freud hablara también de un Edipo invertido, homosexual, y también la bisexualidad
(la presión simultánea de la heterosexualidad y la homosexualidad), en esta definición, que
podíamos llamar clásica, no quedaría señalado que en el Edipo cuentan más cosas que los
tres personajes centrales de la tragedia. Pero aún, ¿cuál es el secreto de la relación entre
niño, madre y padre?
¿Qué es lo que, en el Edipo, tiene fuerza “causal”, capacidad en todo caso de mover las
relaciones? O bien, ¿qué es lo que allí se juega? ¿En qué están los personajes interesados?
El niño en cometer el incesto, el padre en conservar a la madre. ¿Pero y la madre? No es tan
sencillo.
Es que no se puede reflexionar sobre el Edipo freudiano sin introducirnos en la cuestión del
Falo. Pero diré en seguida lo que muchos saben, pero no aquellos, me imagino, a quienes la
sonrisa le despierta en la boca. Diré para tranquilizarlos que el Falo no es el pene. Según
términos de Freud el Falo es la “premisa universal del pene”, es decir, la loca creencia
infantil de que no hay diferencia de los sexos, la creencia de que todo el mundo tiene pene.
En la teoría de Freud se parte de esta posición del sujeto infantil: sólo existe un órgano
genital y tal órgano es de naturaleza masculino
Debiéramos en adelante tratar de desconectar la cuestión del Falo de las imágenes. Si
llamamos Falo a la “premisa universal del pene”, lo menos que nos cabe aceptar es que el
Falo es un no-representable. No se puede dibujar, no se puede esculpir un Falo. Pero más
importante: es por la cuestión del Falo que la castración se introduce en la estructura del
sujeto. La confrontación de la premisa, el Falo, con la diferencia de los sexos: he ahí lo que
la teoría ha llamado complejo de castración. Es decir, que la castración es la consecuencia
inmediata del Falo. El sujeto infantil -niño o niña- ha partido de que sólo hay pene, que
únicamente existe el genital masculino, y cuando con el tiempo descubre que hay dos
sexos, que anatómicamente hay seres que carecen de pene, surge entonces el complejo de
castración. El varón, ante la confrontación con el hecho de la diferencia, se siente
“amenazado” en su genital. Él lo tiene - a ese pene- pero podría perderlo. En cuanto a la
mujer, que no lo tiene, anhela tenerlo, lo “envidia”. Envidia de pene y amenaza de
castración: no son sino términos que nombran el caso de la mujer y el del varón en el
interior de esa estructura que Freud llamó complejo de castración.
El complejo de castración es entonces “envidia del pene” en la mujer. Pero no significa
darle privilegio alguno al varón. Tener un pene no asegura de nada. La teoría freudiana,
lejos de ser antifeminista, ofrece un punto de partida adecuado para plantear el feminismo
como necesidad y como cuestión. Recomiendo que se lea sobre este punto un libro
recientemente traducido al español de una feminista inglesa: Juliet Mitchel. Psicoanálisis y
feminismo (Editorial Anagrama, Barcelona, 1976).
Además y como lo dice con perspicacia una conocida frase: “A esa mujer no le falta nada”.
Idea curiosa. ¿Habrá mujeres a las que algo les falta? ¿Frase consuelo? ¿Cuál es la relación
del pene que falta en la mujer y el deseo masculino?
Pero es interesante: no sólo a ciertas mujeres, sino a todas las mujeres, a ninguna mujer le
falta nada. Lo cual muestra que no se entiende la castración si se parte de los datos de
hecho.
La noción o la estructura freudiana del complejo de castración sirve para dejar percibir la
función de la falta en la constitución sexual del sujeto humano. Pero si se parte de datos de
hecho, no hay falta. Para que algo falte es necesario partir de conjeturas, de cosas no
cumplidas. En resumen: datos de derecho y no de hecho.
Guía de lectura

TEXTO: “LECCIONES DE INTRODUCCIÓN AL PSICOANÁLISIS”


Volumen I
Autor: Oscar Masotta

1. Rastree los inicios de la labor del “Padre del Psicoanálisis” en su encuentro con Charcot
en la Salpêtrière.

2. ¿A qué conclusiones arribó Freud luego de su estancia en París y específicamente en la


Universidad de Nancy?

3. ¿Cuáles son los conceptos que comienza a utilizar el autor? Identificarlos.

4. ¿Qué significa PULSION en la teoría psicoanalítica?

5. ¿Cómo está constituido el psiquismo para Freud?

6. ¿A qué se refiere Freud con la TRANSFERENCIA?

7. En 1905 Freud describe tres “etapas” y un “período de latencia” en la constitución de


todo sujeto. Explique en que consiste cada uno de ellos.